ELEGIA I
Bien debes esconder, sereno Cielo,
tus luces, y tejer de oscuro manto
en torno luengamente el ancho velo;
Y España deshacerse en mustio llanto,
y volver en un triste sentimiento
siempre la dulce voz, y alegre canto;
Y Betis remover del hondo asiento
negras ondas, creciendo el mar hinchado
el curso de su mísero lamento;
Pues oh dolor, tarde temido, el hado
pudo airado robar la luz hermosa
al suelo eternamente despojado.
Perpetua sombra y niebla tenebrosa
desconhorte los pechos, espantados
de dureza tan áspera y llorosa.
Acábense con este los cuidados;
las congojas antiguas; y el gemido
por todos los sucesos desdichados.
El Sol de hermosura esclarecido,
rayo de la divina hermosura
yace en fría tiniebla oscurecido.
Quien pudo ver la luz suave y pura,
clarísima Heliodora, de tus ojos,
nunca esperó tan grande desventura.
Las ricas hebras, lúcidos manojos
de oro terso, sutil, y ensortijado,
son ya de muerte míseros despojos.
Vese el dulce color amortiguado,
y sin vigor la bella y blanca frente;
y queda el cuello apuesto derribado.
El blando trato; el corazón clemente;
la gracia generosa y cortesía;
la fe y modestia y la virtud presente
Entrega un desdichado, y cruel día
en duros brazos de la muerte fiera,
cuando menos al miedo se debía.
Esta engañosa vida lisonjera,
desierta y en confuso error perdida,
después de tanto mal qué bien espera?
Con esta triste y última partida
es dulce vida ya la amarga muerte,
y amarga muerte ya la dulce vida.
Ningún caso tan áspero, o tan fuerte
estrago, y ningún ímpetu sañoso
del Cielo; que contrasta nuestra suerte,
Puede; aunque, quebrantando proceloso,
arranque gruesos muros bien trabados,
y se confunda el orbe temeroso,
Rendir los corazones levantados;
que el valor glorioso los alienta,
entre peligros mil nunca turbados.
Mas esta, que enemiga se presenta,
y deshace cruel con impía mano
la verde flor, indigna de esta afrenta;
Al más excelso pecho, y sobrehumano
desnuda de la usada fortaleza;
que contra su rigor se opone en vano.
Terrible mal, pero común tristeza;
que desbarata la ambición profana,
freno de vanas pompas y grandeza.
Contra esta furia, rígida tirana
solo finca un reparo no ofendido;
que es la ardiente virtud y soberana.
Rompa el Cielo, en mil rayos encendido,
y con pavor horrísono cayendo,
se despedace en hórrido estampido;
Tal es, que este furor y horror tremendo,
y cuanto conspirare por su daño,
rendido ante ella quedará gimiendo.
Bien puede al hombre ciego y de ella extraño,
enflaquecer, y su memoria injusta
acabar del olvido en lento engaño;
Mas nunca podrá haber victoria justa
de quien se aparta, y singular contino
sigue y alcanza al bien con gloria Augusta.
Dichoso, aquel espíritu divino;
que la alta frente descubrió seguro,
sin temer el común peligro indigno;
Y al estrellado claustro y ardor puro
encumbró el fácil vuelo en paz, purgado
de corteza mortal y error oscuro.
Si amor de la virtud jamás cansado;
si piedad; si corazón honesto;
si sufrimiento, apenas enseñado;
Y si ánimo humillado, y bien dispuesto;
si trabajos de inmenso sentimiento;
si a santas obras pecho firme y puesto,
Pueden de este apartado, y grave asiento
colocarte, oh sin par bella Heliodora,
en los giros de eterno movimiento;
Tú serás en el Cielo nueva Aurora,
antes luciente Sol; que muestre al día
la riqueza y valor, que en ti atesora.
Y cuando la desnuda noche fría
oscurezca el fulgor, serás Lucero;
que descubra en su horror serena vía.
Y viendo el color tuyo verdadero,
variado en la púrpura y la nieve,
y el oro, que igual nunca vio el Ibero;
Dirá; quien te mirare, si osar debe
en tanto mal; ingrato a tu belleza,
el impío hado a tanto bien se atreve.
Tú jamás descansaste en la estrecheza;
que tu alma ofendía, y padeciste
dolor, y siempre afanes y tristeza.
Ni quiso el claro Olimpo, ni pudiste
ya esperar más trabajos, y dejaste
alegre al Cielo todo, a España triste.
Contigo arrebatado nos llevaste
el deseo de amor honesto y santo,
con el que en nuestros pechos inflamaste.
Yo canté tu valor, y ahora canto
el premio merecido de tu gloria,
aunque a la voz impide el tierno llanto.
Mas en mí no desmaya la memoria
de tu virtud, de quien el tibio Olvido
desespere ganar jamás victoria;
Y veo, que es el llanto mal perdido;
porque descansas libre ya, y segura,
y la ocasión de mi dolor olvido.
No podía tu inmensa hermosura;
tu valor; tu divino entendimiento
contento sosegar en sombra oscura;
Y desdeñando, el duro ligamento
deslazaste; y en leve vuelo suelta
pisas el cerco eterio y firme asiento.
Si puedes renovarte alguna vuelta
la memoria del suelo despreciado,
en dichosa alegría y bien envuelta;
Da esfuerzo a este mi espíritu cuitado;
para sufrir la acerba y luenga pena,
de esta vida la lástima y cuidado.
Que ya de la esperanza se enajena,
ya su intento engañado y error siente;
y en tormento molesto se condena.
Que en tu honra inclinado el Occidente;
el frío Ebro; el Tajo caudalosos
venerará este día humildemente.
Y Betis, que contigo fue dichoso,
pero ya desdichado que te pierde,
y triste, y sin el ancho curso ondoso;
En medio de su fértil campo verde
hará, que el coro todo se levante
de Ninfas; que con dulce voz concuerde;
Y metiendo en el piélago de Atlante
la frente por su abierto y hondo seno
con ímpetu extendido resonante;
Dará ocasión; que el mar de peñas lleno,
alce el canto en tu gloria, rodeando
sus bandas, de otra alguna voz ajeno;
Hasta que el claro son multiplicando,
entre, volviendo el paso, en el Egeo,
en el último Euxino reparando.
Yo, si el Cielo, presente a mi deseo,
no corta el hilo frágil de esta vida,
y al canto aspira espíritu Febeo;
Espero, tu memoria esclarecida
hacer insigne ejemplo de la Fama,
prenda solo a mis lágrimas debida,
Y quien oír pudiere de tu llama
viva el puro esplendor, y la belleza;
que, por cuanto el Sol cerca, se derrama;
Culpará de sus hados la dureza;
que le negó admirar en este suelo
la luz excelsa de ínclita grandeza.
Alma dichosa, tú, que el alto Cielo
enriqueces alegre, y gloriosa
te cubres de purpúreo y sutil velo;
Vuelve a mirar a España lastimosa
en tu partida; que de bien y ajena,
yace en terreno afecto congojosa.
Esta triste ribera, de afán llena,
que vio desparecer su blanca Aurora;
con mustio verso murmurando suena.
La sublime y bellísima Heliodora,
roto el cansado y grave peso frío,
abrasada en la eterna luz; que adora,
es tutela del sacro, Hesperio Río.
CANCION I. A don Alonso Perez de Guzman Duque de Medina
Príncipe excelso, a quien el hondo seno
por su luciente curso y extendido
el sacro, padre Océano, inclinado
ofrece, de respeto humilde lleno,
en el corriente estrecho celebrado
el tributo debido;
si del Dirceo Cisne esclarecido
la voz grande y sonora el alto canto,
y de Cirra el aliento en mí inspirara;
yo nunca las hazañas ensalzara
de aquel que causó en Troya último llanto;
ni el que ofendido tanto
de la sañosa Juno, limpió en guerra
de fieras y tiranos la ancha tierra.
Antes pensara, alzando osado el vuelo
por la inmensa región de vuestra gloria;
sin perder el dichoso atrevimiento,
entre los puros astros que orna el Cielo,
con cercos de lumbroso movimiento,
vuestra insigne memoria entrelazar, negando la victoria
del claro nombre al Tiempo desdeñoso.
mas aunque el valor vuestro, y su grandeza
no admiten de mis versos la rudeza;
y de Ícaro el suceso peligroso
me vuelva temeroso,
y el riesgo, a que me obligo, atento veo;
no puedo contrastar a mi deseo.
Si el noble, liberal, y cortés hecho,
y piedad del ánimo excelente
no sufrió; que la sangre generosa
(aunque contraria con discorde pecho)
de la estirpe real, y gloriosa
casa vuestra en la ardiente
Libia acabase presa indignamente,
premio tenéis ya de esta cortesía;
que toda cuanto es grande, admira España
la honra singular de esta hazaña;
y, vencida la Envidia, se desvía
de su antigua porfía;
y a su pesar conoce en tanta muestra;
que solo pudo ser tal obra vuestra.
Vos; que, cual Sol, que luce entre las nieblas;
resplandecéis en esta edad oscura,
a renovar la bella edad pasada,
cuando venciendo alegre las tinieblas,
fue la sola Virtud más estimada;
pues ya por vos procura
subir a su grandeza y lumbre pura,
y del olvido ingrato, en quien se esconde
vuestro favor invoca, y vuestra mano
pide; y osa elevar el vuelo ufano
a su difícil yerta cumbre donde
el premio igual responde,
no la desamparéis; que en vos espera
vibrar su llama, y descubrir entera.
No esperéis, en el mármol esculpido,
o en el sujeto bronzo bien labrado;
que figurado vuestro nombre espire;
que en breve espacio yace oscurecido,
aunque el ingenio junto y arte inspire
de Fidia aventajado;
que este es mortal trabajo limitado.
porque el divino coro de Helicona,
intento a vuestra gloria, el árbol verde;
que su esplendor florido nunca pierde,
teje en hojas de roble, y lo corona
de una inmortal corona;
para ceñir en torno de oro ardiente
con siempre eterno nombre vuestra frente.
Nunca la luz jamás, y la grandeza,
que de amable virtud el fuego inflama;
y el brío generoso; el alto pecho;
después de la fatal, común tristeza,
cuando al valor se niega su derecho
centellará en la llama,
do la memoria más vos busca y llama;
si la sagrada Musa, agradecida,
no deshace la sombra del Olvido.
es vano intento, es ciego error perdido,
cuidar que pueda alguno alcanzar vida,
a su nombre debida;
si este favor pujante no proviene,
de aquella ínclita voz de Melpómene.
Cuántos famosos Príncipes encubre,
cuántos heroicos pechos encerrados
tiene el silencio oscuro en negro velo?
el Tiempo vencedor esconde, y cubre
todo cuanto valor ilustró al suelo.
de aquellos, que admirados,
y fueron de los hombres venerados;
aun rastro de su gloria no se alcanza.
vos, de tanta engañada muchedumbre
distinto vos veréis en alta cumbre,
con pocos alcanzando esta alabanza;
no engañéis la esperanza;
que de vos nos promete y hace cierta
la natural virtud que está encubierta.
Seguid, Señor, y osad los grandes hechos,
no menos en la paz que en dura guerra,
de los vuestros clarísimos mayores,
cuyo valor sublime, cuyos pechos
quebrantaron los bárbaros furores;
que nuestra rica tierra,
por donde el Africano mar la cierra,
anegaron en sangre; y la abrasada,
arenosa Numidia, helada y fría,
roto su orgullo todo y su porfía
vencida, en tristes lágrimas bañada
se les rindió humillada;
y Atlante con horror temió presente,
gimiendo el postrer hado, amargamente.
Del más preciado nombre y glorioso,
que España, de las gentes domadora,
puede alabarse, sois felice lumbre.
grande honor, gran cuidado trabajoso,
para pedir las puntas de su cumbre;
porque la roja Aurora;
y la lista; que intenso ardor colora;
y la que en hielo torpe se condena;
y las partes del orbe más extrañas
conocen el fulgor de sus hazañas;
que su valor en todas crece y suena
con luz de gloria llena.
vos, a igualar sus hechos obligado,
solo seréis de todos admirado.
ELEGIA II
Qué honor vos pudo dar, bella Enemiga;
rendir mi pecho, que con tal cuidado
buscasteis la ocasión de mi fatiga?
Si yo nací sujeto y obligado
a perderme en las ondas del mar fiero,
cual navegante mísero, engañado;
Por qué con dulce canto y lisonjero
suspenso, me llevasteis compelido
al dolor grave, en que lloroso muero?
Bien conocía yo, aymé perdido,
de vuestro corazón el falso engaño,
y el áspero rigor de vuestro olvido.
Huía, temeroso de mi daño,
la luz de vuestros ojos y belleza;
como si del Amor naciera extraño.
No me valió vestirme de dureza
contra las crudas flechas del tirano;
que solo se contenta en mi tristeza.
Porque viendo, que el golpe de su mano
no abría bien el corazón constante,
y que su intento sucedía en vano;
Y que el arco de duro diamante
perdía su vigor, vuelto indignado
contra mi presunción tan arrogante,
Se puso en vuestros ojos, regalado,
blando, lleno de tierna cortesía,
suave y dulcemente lastimado.
Con esto mi firmeza y mi porfía
rota, quedó vencida, y entregada
a vuestra voluntad siempre la mía.
Mostrasteis vos alegre, y agradada
tanto del grave afán, que por vos siento,
de rigor y desdén tan apartada;
Que os di mi libertad, y el pensamiento
ocupé solo en vos, y fue mi gloria
merecer en virtud de mi tormento.
Ahora, que soberbia en la victoria
vos descubrís, a mi pasión esquiva,
a mi nombre negáis vuestra memoria.
En vuestro pecho no sufrís que viva
de tanto amor una pequeña parte,
sin deslazar mi ánima cativa.
Este es el mal, que me deshace y parte
el corazón mezquino, y con crudeza
a mil varios peligros lo reparte.
Si ofende al valor vuestro y su grandeza,
que ose tanto fiar de mi cuidado;
que adore mi humildad vuestra belleza,
No merezco por ello ser culpado;
porque conozco bien, cuán poco alcanza
al cielo alto mi vuelo desmayado.
Pero vos alentasteis mi esperanza,
y vuestra luz me dio merecimiento,
para abrazar tan alta confianza.
La honra de mi noble pensamiento,
mi fe y amor, a sola vos debido,
son dignos de más grato acogimiento.
Memorias tristes de mi bien perdido
me siguen siempre, y me molestan tanto;
que deseo acaballas en olvido.
Deshecho todo en miserable llanto,
hago testigos este prado y fuente
del mal, que sufro ausente en mustio canto.
Solo un cuidado tengo, que contente
el corazón cuitado en tanta pena;
que descanso ninguno me consiente,
Y es, que al fin quedo en esta suerte ajena
alegre de haber muerto a vuestra mano,
antes que despedace esta cadena.
Mas yo qué digo? a quién me quejo en vano?
a un bello rostro y corazón de fiera,
tierno en vista y en obras inhumano.
Mejor será, que antes que yo muera
en este error, huya mi suerte dura,
y, lo que la Razón me ofrece, quiera.
Esta Luz soberana y hermosura,
que tanto hacer pueden en mi daño,
se cubran para mí de sombra oscura.
Otra extraña región y cielo extraño
me conviene buscar; porque perezca
en la ausencia la causa de mi engaño.
Do nunca a la memoria se me ofrezca
el dulce nombre, iré, y a do conmigo
siempre ocasión de justo desdén crezca.
Mas qué valdrá? que nunca mi enemigo
se aparta de mi pecho, y me presenta
mi pura Estrella en mi favor consigo.
A vos, mi Bien, así jamás consienta
el cielo, que la luz de esa belleza
del tiempo la común ofensa sienta;
Pido, que no sufráis, que mi firmeza
acabe; sin que sea agradecida,
conforme al merecer de esa grandeza.
Por ventura será cosa debida
a vuestro gran valor, ser vos llamada
ingrata, desleal, desconocida?
La dulce Venus, madre regalada
del tierno Amor, estaba lastimosa,
y en fatiga contina congojada;
Porque su hijo, cuya poderosa
diestra rinde herido y humillado,
cuanto cerca del Sol la luz fogosa;
Aunque bello, y en ella figurado,
cual parto de su inmensa hermosura,
divinamente puro y acabado;
No crecía en grandeza y compostura
igual a la belleza, y que vivía
mucho tiempo sujeto a tal ventura;
Doliéndose del daño, no sabía,
qué remedio tuviese una extrañeza,
nunca vista jamás hasta aquel día.
Al fin del triste caso la graveza
la llevó a consultar por más seguro
de las secretas cosas la certeza.
Témis, que revelaba lo futuro,
viendo su confusión, le dice; olvida
Venus este temor del hado oscuro.
Este tu Amor en esa edad florida
Si no crece, aunque solo es engendrado,
es por oculta causa y escondida.
Puede solo nacer y ser criado,
y no crecer. si quieres tú, que crezca;
pare otro hijo, Contramor llamado;
Con tal suerte, que el uno favorezca
mirando al otro hermano en crecimiento,
cobrando cuerpo; que al igual florezca.
Pero si uno falta, a un movimiento
ambos acabarán forzosamente,
y este es decreto de infalible asiento.
Volvió Venus alegre, y juntamente
al regalo del dulce, amado Marte,
y, cuanto dijo Témis, vio presente.
Amor luego creció, mirando aparte
a su hermano, y de sí con gran porfía
el uno daba al otro mejor parte.
El uno y otro en igualdad crecía,
hermoso en la figura y la grandeza;
que a Citerea admiración ponía.
Señora, si al amor, que a vuestra alteza
tengo, fallece amor, agradecido
en parte alguna a mi mayor firmeza;
No digo; que por mí será perdido;
que mi fe tal error nunca ha pensado,
mas es Amor tan tierno y tan sentido;
que temo, que se acabe mal mi grado.
CANCION II. Por la Pérdida del Rey Don Sebastian
Voz de dolor, y canto de gemido,
y espíritu de miedo, envuelto en ira,
hagan principio acerbo a la memoria
de aquel día fatal aborrecido;
que Lusitania mísera suspira,
desnuda de valor, falta de gloria.
y la llorosa historia
asombre con horror funesto y triste,
dende el Áfrico Atlante y seno ardiente,
hasta do el mar de otro color se viste;
y do el límite rojo de Oriente,
y todas sus vencidas gentes fieras
ven tremolar de CRISTO las banderas.
Ay de los que pasaron, confiados
en sus caballos, y en la muchedumbre
de sus carros, en ti, Libia desierta;
y, en su vigor y fuerzas engañados,
no alzaron su esperanza a aquella cumbre
de eterna luz; mas con soberbia cierta
se ofrecieron la incierta
victoria, y sin volver a Dios sus ojos,
con yerto cuello y corazón ufano
solo atendieron siempre a los despojos;
y el Santo de Israel abrió su mano,
y los dejó; y cayó en despeñadero,
el carro, y el caballo y caballero.
Vino el día cruel, el día lleno
de indignación, de ira y furor, que puso
en soledad, y en un profundo llanto
de gente, y de placer el Reino ajeno.
el Cielo no alumbró, quedó confuso
el nuevo Sol, présago de mal tanto.
y con terrible espanto
el Señor visitó sobre sus males,
para humillar los fuertes arrogantes;
y levantó los bárbaros no iguales,
que con osados pechos y constantes
no busquen oro; mas con hierro airado
la ofensa venguen y el error culpado.
Los impíos y robustos, indignados
las ardientes espadas desnudaron
sobre la claridad y hermosura
de tu gloria y valor, y no cansados
en tu muerte, tu honor todo afearon,
mezquina Lusitania sin ventura.
y con frente segura
rompieron sin temor con fiero estrago
tus armadas escuadras y braveza.
la arena se tornó sangriento lago,
la llanura con muertos aspereza.
cayó en unos vigor, cayó denuedo,
mas en otros desmayo y torpe miedo.
Son estos por ventura los famosos,
los fuertes, los belígeros varones,
que conturbaron con furor la tierra?
que sacudieron reinos poderosos?
que domaron las hórridas naciones?
que, pusieron desierto en cruda guerra,
cuanto el mar Indo encierra;
y soberbias ciudades destruyeron?
do el corazón seguro y la osadía?
cómo así se acabaron, y perdieron
tanto heroico valor en solo un día;
y lejos de su patria derribados,
no fueron justamente sepultados?
Tales ya fueron estos, cual hermoso
cedro del alto Líbano, vestido
de ramos, hojas, con excelsa alteza;
las aguas lo criaron poderoso,
sobre empinados árboles crecido,
y se multiplicaron en grandeza
sus ramos con belleza;
y, extendiendo su sombra, se anidaron
las aves, que sustenta el grande cielo;
y en sus hojas las fieras engendraron,
y hizo a mucha gente umbroso velo.
no igualó en celsitud y en hermosura
jamás árbol alguno a su figura.
Pero elevóse con su verde cima,
y sublimó la presunción su pecho,
desvanecido todo y confiado;
haciendo de su alteza solo estima.
por eso Dios lo derribó deshecho,
a los impíos y ajenos entregado,
por la raíz cortado.
que opreso de los montes arrojados,
sin ramos y sin hojas, y desnudo,
huyeron de él los hombres espantados;
que su sombra tuvieron por escudo.
en su ruina y ramos, cuantas fueron
las aves y las fieras se pusieron.
Tú, infanda Libia, en cuya seca arena
murió el vencido Reino Lusitano,
y se acabó su generosa gloria;
no estés alegre y de ufanía llena;
porque tu temerosa y flaca mano
hubo sin esperanza tal victoria,
indigna de memoria;
que si el justo dolor mueve a venganza
alguna vez el Español coraje,
despedazada con aguda lanza,
compensarás muriendo el hecho ultraje;
y Luco amedrentado, al mar inmenso
pagará de Africana sangre el censo.
ELEGIA III
Cuál fiero ardor, cuál encendida llama,
que duramente me consume el pecho,
por estas venas mías se derrama?
Abrasado ya estoy, ya estoy deshecho,
cese, Amor, el rigor de mi tormento;
basten los males; que en mi alma has hecho.
Este dolor; que nuevo siempre siento;
esta llaga mortal, contino abierta;
este grave y perpetuo sentimiento;
Esta corta esperanza y siempre incierta;
este vano deseo peligroso;
esta, fin de mis penas, muerte cierta
Tal me tienen confuso y temeroso,
y sin valor perdido, y quebrantado;
que ni aun huir de mis pasiones oso.
No es amor; es furor jamás cansado;
rabia es; que despedaza mis entrañas,
este eterno dolor de mi cuidado.
Qué gran victoria, Amor, y qué hazañas,
atravesar un corazón rendido,
un corazón; que dulcemente engañas.
Ya que me tienes preso, y tan herido,
que en mi pecho no hallas lugar sano,
no me acabes, cruel, en duro olvido.
Mi fe, y mi pensamiento soberano;
de mi grande osadía la nobleza,
no sufren, que me dejes de la mano.
Nací, para inflamarme en la pureza
de aquellas vivas luces; que al sagrado
Cielo ilustran con rayos de belleza.
Y de sus flechas todo traspasado,
por gloria estimo mi quejosa pena;
mi dolor por descanso regalado.
Tal es la dulce luz, que me condena
al tormento, y tal es por suerte mía
de mi Enemiga la beldad serena.
Mas, aunque sin igual fue mi osadía,
y el mal, que sufro, por tu fuego juro;
que contrastar no puedo a mi porfía.
Y cuanto en él mi corazón apuro
y afino, tanto más crece el deseo,
y un temor; con que nunca me aseguro.
Quién me daría, Amor, que el bien; que veo,
gozase solo, y libre de recelo,
en aquella verdad, con que lo creo;
Que nunca mi ofensor, medroso celo,
que tan grave me aflige y desbarata,
podría derribarme por el suelo.
Ay cuánto tu crudeza me maltrata!
ay cuánto puede en mí tu diestra airada,
que contino me aviva, y siempre mata!
Bella Señora, si mi voz cansada
alcanza tanto bien, que no os ofende,
oídla blandamente sosegada.
Luz de eterna belleza, en quien me enciende,
y gasta Amor, y en un lloroso río
vuelto, contra sus llamas me defiende;
Si os puede enternecer el dolor mío,
comiencen a ablandaros mis enojos;
no deis ya más lugar a más desvío.
No me neguéis esos divinos ojos,
que todo en vos me han ya trasfigurado,
llevándose consigo mis despojos.
Si ausente estoy de vos, muero cuitado,
y vivo alegre, solo cuando os miro.
mas ay cuán poco duro en este estado!
Que cuando a verme en vos presente aspiro,
mi enemiga fortuna no consiente;
que falte causa al mal, por quien suspiro;
y así estoy ante vos solo y ausente.
CANCION III
Con dulce lira el amoroso canto
en alabanza de los bellos ojos,
causa de mi error luengo y desvarío,
probé, y aunque robaron los despojos
de mi gloria el dolor y el grave llanto;
que acrecentó las ondas a este río,
oyendo el canto mío
Febo y el coro eterno de Helicona,
de mirto delicado y oloroso
en honra de mi intento cuidadoso
tejiendo de sus manos la corona
dijeron enlazándome la frente;
que cantase de Amor la fuerza ardiente.
Yo entonces, en mis males ofendido,
puse en olvido al belicoso Marte,
y los fieros gigantes fulminados;
y celebré en la Hesperia alguna parte
del dulce tiempo en mi dolor perdido;
aunque en los años en amor gastados
mis penosos cuidados
el espacio mejor todo ocuparon,
y dende allí huyó de mi memoria
de los Iberos ínclitos la gloria;
y cuántos hechos grandes acabaron
en tierra y mar, en uno y otro polo,
igualando en el curso al mismo Apolo.
Y justo fue, que entre el furor del hierro
el flaco son de esta mi humilde lira
perdiese (si la tuvo) su osadía.
mi débil canto a débil gloria aspira.
el desdén, pena acerba, y mi destierro
puede llorar la triste musa mía,
y la antigua porfía
de mi dolor. quien a Mavorte crudo,
de adamantina túnica cubierto,
cuando en la áspera Tracia al campo abierto
mueve teñido en sangre el duro escudo,
podrá escribir; si al fin le falta el vuelo,
y se despeña dende el alto Cielo?
Bien veo, oh gloria generosa, y lumbre
de la invencible y bien dichosa España;
que en vano el canto levantar intento;
y que es más temeraria esta hazaña,
que la de aquel, que en la celeste cumbre
pensó regir del carro el movimiento.
desfallece mi aliento,
cuando presumo alzar vuestra grandeza,
y aquellos altos soberanos pechos
de los mayores vuestros, cuyos hechos
exceden toda humana fortaleza.
no cabe no en la inculta musa mía
tanto valor y heroica valentía.
Mas un deseo, que a alabaros mueve
y compele mi ánimo, no deja
que tenga en mi lugar el temor vano.
y aunque Amor forme toda justa queja,
que en honra ajena yo las voces pruebe
de la lira ofrecida de su mano;
tanto entiendo, que gano
en celebrar el nombre glorioso
de vuestro León claro y excelente;
que olvido sin temor su flecha ardiente,
y con furor divino y venturoso
subir de un giro en otro presto espero
al orbe, do reside Marte fiero.
Ya con no usado vuelo me sublimo
con fuertes alas por el grande campo
del líquido sereno, y confiado
en el instable globo el paso estampo,
y ya en el cerco lúcido el pie imprimo,
y en el sanguino, do feroz armado
Marte nunca aplacado
vibra la asta cruel, y arroja fuego,
sin miedo entro; do veo tan extrañas
de los abuelos vuestros las hazañas;
que cuando a dalles justa estima llego,
veo, que mi osadía en vano emprende,
lo que su luz clarísima defiende.
Qué espíritu tan alto y generoso
no dudará cantar el brazo fuerte,
y el corazón indómito, que pudo
con singular valor y diestra suerte
romper en tierna edad al espantoso
Moro, y después de vil temor desnudo
ser de tantos escudo
en el asedio de la presa Alhama;
por quien Genil temblando volvió el paso
lloroso, ensangrentado, triste y laso,
oyendo del divino Héroe la fama;
que al bárbaro feroz y su denuedo
hizo siempre cubrir de frío miedo?
Pirámides sublimes levantadas,
ostentación de la soberbia humana,
grandes colosos de elevada cumbre
el tiempo domador huyendo allana,
mas las obras insignes y extremadas,
ardiendo con fulgor de eterna lumbre
entre la muchedumbre
de tantos, que oscurece el torpe olvido
sobran la inmensidad de luengos años,
la Muerte, Envidia, Tiempo y sus engaños
con su esplendor venciendo esclarecido;
y os obligan, mostrando el vivo ejemplo,
que lo sigáis al glorioso templo.
Vuestro valor, vuestro ánimo prudente,
en una y otra suerte siempre entero,
el amor de virtud firme y constante
no sufre, que su ímpetu ligero
el tiempo contra vos muestre inclemente,
ni que el fatal olvido se adelante.
antes piden, que cante
en honra vuestra aquel suave Orfeo;
que revocó del reino inexorable
su esposa, y que de vos contino hable
con grave lira el escritor Dirceo.
y vuele vuestra luz hasta la Aurora
dende los fines de Favonio y Flora.
Quisiera yo, que fuera tal mi canto,
que mereciera la grandeza vuestra;
y me inspirara Clío y Melpómene,
mas pobre vena y temerosa diestra
no me dejan alzar el vuelo tanto
que lo menor, que en vos yo siento suene.
quien lo poco, que tiene,
ofrece, no merece alguna culpa;
y en una empresa tan dudosa y alta
quien se atreviere; si hiciere falta,
haber osado vale por disculpa.
y pues vuestro valor es soberano,
no os merece ensalzar ingenio humano.
Mas cual fuere, acoged mi simple musa,
que yo (si no me engaña mi esperanza)
pienso en la eternidad de la memoria
esculpir vuestro nombre y alabanza;
y hacer, la futura edad confusa
que envidie a la que goza vuestra gloria.
no estrenará victoria
ira del Cielo, fuego, hierro airado,
ni envejecido curso sin reposo;
ni el tiempo no cansado y presuroso
del canto a vuestro nombre consagrado;
antes por la desierta Libia ardiente
torcerá el gran Danubio su corriente.
ELEGIA IV
No bañes en el mar sagrado y cano,
tu estrellada corona, Noche oscura;
antes de oír este amador ufano.
Y tú abriendo la húmeda hondura,
alza las verdes hebras de la frente,
de Náyades lozana hermosura.
Aquí, do el grande Betis ve presente
la armada vencedora; que el Egeo
con sangre coloró de Turca gente,
Quiero decir la gloria, en que me veo;
pero no cause envidia este bien mío
a quien aun no merece mi deseo.
Sosiega el curso tuyo insigne Río,
oye mi gloria; pues también oíste
mis quejas en tu ondoso asiento frío.
Tú amaste, y como yo, también supiste
del mal dolerte; y celebrar la gloria
de los pequeños bienes que tuviste.
Corta será en mi bien la alegre historia
de mi favor; que corta es la alegría,
que tiene algún lugar en mi memoria.
Cuando en el claro Cielo se desvía
del Sol luciente el alto carro apena,
y casi igual espacio muestra el día;
Con voz, que entre las perlas blanda suena,
teñida en puro ardor de fresca rosa,
de honesto miedo y tierno y de amor llena,
Me dijo así la bella desdeñosa;
que me negaba un tiempo la esperanza,
sorda y dura a mi lástima llorosa,
Si por firmeza y dulce amar se alcanza
premio de Amor, tener yo espero y debo
de los males; que sufro, más holganza.
Mil veces, por no ser ingrata, pruebo
vencer tu mucho amor, mas nunca puedo
que es mi pecho a sentillo rudo y nuevo.
Si en sufrir más me vences, yo te excedo
en pura fe y afectos de terneza;
vive, y confía osado amante y ledo.
No sé, si oí, si fui de su belleza
arrebatado; si perdí el sentido;
sé, que allí se perdió mi fortaleza.
Turbado dije al fin; por no haber sido
este sublime bien de mí esperado,
pienso, que debe ser (si es bien) fingido.
Señora, bien sabéis; que mi cuidado
todo se ocupa en vos; que yo no siento,
ni pienso, sino en verme más penado.
Mayor es que el humano mi tormento,
y al mayor mal igual esfuerzo tengo,
igual con el trabajo el sufrimiento.
Las que por vos padezco, y que sostengo,
penas, me dan valor, y siempre crece,
mi fe, cuanto en mis males me entretengo.
No quiero concederos; que merece
mi mal tal bien; que vos probéis el daño;
más ama, quien más sufre y más padece.
No es mi pecho tan rudo, o tan extraño;
que no sienta en el dulce afán primero;
si, en esto que dijisteis, cabe engaño.
Armado un corazón de fuerte acero
tengo para sufrir, y está más fuerte,
cuanto más el asalto es bravo y fiero.
Diome el Cielo la causa de esta suerte,
y yo la procuré, y hallé el camino,
para poder honrarme con mi muerte.
Lo que más entre nos pasó, no es digno,
Noche, de oír el Austro presuroso,
ni el viento, de tus lechos más vecino.
Mete en el ancho piélago espumoso
tus luengas trenzas negras y semblante;
que en tanto, que tú yaces en reposo,
podrá Amor darme gloria semejante.
ELEGIA V
En tanto que el furor del seco estío
arde, y deja de sombra ya desierto
cuanto de Betis parte el hondo río;
Vos en sosiego, y en seguro puerto
vivís, Luz de Cabrera, descansado,
de los peligros de este mar incierto.
No os turba el corazón grave cuidado,
ni la molesta y desigual tristeza,
ni un trabajo con otro encadenado.
De la ambición el fasto, y la grandeza
no os cansa; que sabéis cuán poco dura
en cosas tan caducas la firmeza.
Lo que el vulgo confuso ama, y procura,
huís, y en las tinieblas veis la lumbre
que la virtud descubre en su faz pura.
Subiendo su alta, y su difícil cumbre;
miráis abajo tanto error, y engaño
de la ignorante y ciega muchedumbre.
Y apartando del cierto bien el daño
mostráis no haber gastado vanamente
el tiempo, causador del desengaño.
Y cuando el ocio algún lugar consiente,
con vuestra bella esposa recogido;
vuestro pasado amor hacéis presente.
Y en su dulce memoria entretenido,
referís con señales de alegría
cuando por ella os visteis más perdido.
Y satisfecho bendecís el día,
que posesor vos hizo en ledo estado
del bien, que en esperanza os ofendía.
Mas yo mísero amante, enajenado
de mí, siempre rendido, y temeroso;
en frágil tabla corto el mar turbado.
Solo, sin esperanza, sospechoso,
seguido de un perpetuo descontento,
nunca en mi mal admito algún reposo.
Cuando quise perderme en mi tormento,
fuera acabar la vida mejor suerte;
que abrazar un eterno sentimiento.
Mas mi hado no quiere, que yo acierte
a huir los peligros, y me obliga
a padecer viviendo inmortal muerte.
Yo vi, no sé, si será bien, que diga,
o si calle mi mal; yo vi mezquino
mi dulce y hermosísima enemiga.
Ya otras veces la vi, y perdí contino,
temiendo mi dolor, aquella gloria
debida solo a espíritu divino.
Mas esta vez que comenzó la historia
prolija, y no acabada de mi pena,
su imagen pintó Amor en mi memoria.
Aunque la mortal suerte no es tan llena
de bien; que alcance el nombre soberano,
de esta mi pura y celestial Sirena.
Mi pecho, que sufrió de Amor tirano
los más bravos asaltos, y dureza,
y mereció mas honra que hombre humano;
Cuando atento notó la gran belleza,
las luces, donde Amor solo respira,
y del color suave la pureza.
Cual mariposa, que a perderse aspira
en la llama, corriendo con engaño
al dulce fucilar, que en ella mira;
Tal se arrojó, más cierto de mi daño,
a consumirme en este sacro fuego,
y aunque veo mi mal, en él me engaño.
Mas oh Deseo mío vano y ciego,
por qué me haces renovar memorias;
que no me sufren consentir sosiego?
Amor, en tus despojos y victorias
cuenta esta mía; y cuenta juntamente
esta gloria mayor entre tus glorias.
Si yo pensaba descansar ausente,
y libre de mis males acabados,
el breve curso de esta edad presente;
Ya estoy con nuevas penas y cuidados
sujeto, derribado, y tan rendido;
que soy solo entre amantes desdichados.
Pero cuánto es mejor ser yo perdido,
y lamentar por ella; qué contento
ser de alguna jamás favorecido?
Amor, inspira en mí el divino aliento.
para dejar perpetuo en letras de oro
su valor, mi firmeza, y mi tormento.
Que en cuanto baña, y cerca el seno Moro;
y el Indo riega, y el Danubio frío,
el nombre eterno irá, que siempre honoro.
Y el caudaloso y rico Betis mío
de verde sauz la frente coronado,
humillará a su voz el grande río.
Y cuando por ventura mi cuidado
pudiere relajar de tanta pena;
que me fatiga el corazón cansado,
Diré; dulce y bellísima Sirena,
cuya suave voz, y tierno canto
con celeste armonía espira, y suena;
Si puede mi tormento valer tanto;
que satisfaga en parte mi osadía,
yo a padecer me obligo siempre en llanto.
Pero sufrid, que piense la alma mía,
por haberse ofrecido a vuestra alteza;
que merece perderse en su porfía.
No condenéis ingrata su firmeza
en sombra del olvido, y desdeñosa
su vuelo no turbéis con aspereza.
Sed, pues tan bella sois, sed piadosa;
porque bien debe ser favorecido,
quien en tan alta empresa espera, y osa.
Y en honra de mis males busco y pido
solo una corta muestra de esperanza,
de ser perpetuamente más perdido.
Que en mi fortuna injusta la bonanza
no procuro, ni atiendo, y solo quiero;
que mi pasión no alivie la mudanza.
Otras cosas diría, mas el fiero
dolor me aqueja tanto; que cuitado
de todo mi remedio desespero.
Vos, que sabéis, cuán mal este cuidado
puede arrancarse de un vencido pecho,
con inmortales nudos enlazado;
Vivid, de vuestro estado satisfecho,
con la bella Isabela dulcemente
en yugo honesto con blandura estrecho.
Yo, pues mi dura suerte no consiente;
que pueda descansar de mi querella,
solo, sin esperanza, firme, ausente,
seguiré siempre mi cruel estrella.
CANCION IV
Si alguna vez mi pena
cantaste tiernamente, Lira mía,
y en la desierta arena
de este campo extendido
dende la oscura noche al claro día
rompiste mi gemido;
ahora olvida el llanto,
y vuelve al desusado y alto canto.
No celebro los hechos
del duro Marte; y sin temor osados
los valerosos pechos,
la siempre insigne gloria,
de aquellos Españoles no domados;
que para la memoria,
que canto, me da aliento
Febo a la voz, y vida al pensamiento.
Escriba otro la guerra,
y en Turca sangre el ancho mar cuajado,
y en la abrasada tierra
el conflicto terrible;
y el Lusitano orgullo quebrantado
con estrago increíble;
que no menor corona
teje a mi frente el coro de Helicona.
A la grandeza vuestra
no ofenda el rudo son de osada lira;
que en lo poco que muestra, glorioso Fernando,
aunque desnuda, y sin destreza espira,
el curso refrenando
el sacro Hesperio Río
mil veces se detuvo al canto mío.
El linaje y grandeza;
y ser de tantos reyes descendiente,
la pura gentileza;
y el ingenio dichoso,
que entre todos vos hacen excelente,
y el pecho generoso
en esa edad florida
de vos prometen una heroica vida.
No basta no el imperio;
ni traer las cervices humilladas
presas en cautiverio
con vencedora mano;
ni que de las banderas ensalzadas
el Cita y Africano
con medroso semblante,
y el Indo y Persa sin valor se espante.
Que quien al miedo obliga
y rinde el corazón, y desfallece
de la virtud amiga;
y va por el camino,
do la profana multitud perece,
sujeto al yugo indigno
pierde la gloria y nombre,
pues siendo más, se hace menos hombre.
Los Héroes famosos
los niervos al deleite derribaron,
que ni en los engañosos
gustos, ni en lisonjeras
voces de las Sirenas peligraron;
antes las ondas fieras
atravesando fueron,
por do ningunos escapar pudieron.
Seguid, Señor, la llama
de la virtud; que en vos sus fuerzas prueba;
que si bien vos inflama
de su amor en el fuego,
viendo su bella luz, con fuerza nueva,
sin admitir sosiego;
buscaréis en el suelo
la que consigo os alzará en el Cielo.
No os desvanezca el pecho
la soberbia ignorante y engañada,
ni lo mostréis estrecho;
que para aventajaros
entre las sombras de esta edad culpada,
debéis siempre esforzaros.
que solo aquello es vuestro
que a vos debéis y a vuestro brazo diestro.
Aquel, que libre tiene
de engaño el corazón, y solo estima
lo que a virtud conviene;
y sobre cuanto precia
el vulgo incierto, su intención sublima,
y el miedo menosprecia;
y sabe mejorarse,
solo Señor merece, y Rey llamarse.
Qué no son diferentes
en la terrena masa los mortales;
pero en ser excelentes
en valor y hazañas?
se hacen unos de otros desiguales.
estas glorias extrañas;
en los que resplandecen,
si ellos no las esfuerzan, se entorpecen.
Por el camino cierto
de las divinas Musas vais seguro;
do el Cielo os muestra abierto
el bien, a otros secreto,
con guía tal; que en el peligro oscuro
de perturbado afecto
venciendo el duro asalto,
subiréis de la gloria en lo más alto.
Y porque las tinieblas,
fatal estorbo a la grandeza humana,
no escondan en sus nieblas
el valor admirable,
haré; que en vuestra gloria soberana
siempre Talía hable;
y que la bella Flora,
y los Reinos la canten de la Aurora.
ELEGIA VI
A la pequeña luz del breve día,
y al grande cerco de la sombra oscura
veo llegar la corta vida mía.
La flor de mis primeros años pura
siento perder su fuerza en todo, y siento
otro deseo, que mi bien procura.
Voluntad diferente y pensamiento
reina dentro en mi pecho, que deshace
el no seguro y flaco fundamento.
Lo que más me agradó, no satisface
al ofendido gusto; y solo admito,
lo que sola razón intenta y hace.
Del ancho mar el término infinito,
la inmensa tierra, que su curso enfrena,
al bien que estimo, son lugar finito.
Lo que la gloria vana alcanza apena,
por quien se cansa la ambición profana,
y en mil graves peligros se condena;
La virtud menosprecia soberana,
y contenta de sí, no para en cosa
de las que admira la grandeza humana.
Yo lejos por la senda trabajosa
sigo entre las tinieblas a su lumbre,
abrasado en su llama gloriosa.
Y si no rompe, antes que a la cumbre
suba el hilo mortal, hallarme espero
libre de esta confusa muchedumbre.
Porque ya veo apresurar ligero,
y volar, como rayo acelerado,
del tiempo el desengaño verdadero.
Huyen, como saeta, que el armado
arco arroja, los días no parando,
envidiosos del no firme estado.
Va el tiempo siempre avaro derribando
nuestra esperanza, y llévase consigo
las cosas todas del terreno bando.
Esta caduca vida, por quien sigo
lo que en su gusto conformar no debe,
y soy de mí por ella mi enemigo;
Sombra es desnuda, humo, polvo, nieve,
que el Sol ardiente gasta con el viento
en un espacio muy liviano y breve.
Es estrecha prisión, do el pensamiento
repara, y ve en la niebla una luz clara
de la razón, que oprime al sentimiento.
Y, como quien mi libertad prepara,
siento, que de mi sueño entorpecido
me llama, y de esta suerte se declara;
O mísero, oh anegado en el olvido,
oh en Cimeria tiniebla sepultado,
recuerda de ese sueño adormecido.
Estás en ciego error enajenado,
que contigo se cría y envejece;
y no das fin a tu mortal cuidado?
Por ventura, mezquino, te parece
que el Sol no toca el medio de su alteza,
y la cercana noche te oscurece.
En tanto que está verde esta corteza
frágil, y no la cubre torpe hielo,
y blanca nieve llena de graveza;
Vuelve por ti, refrena el presto vuelo;
y coge al tiempo la mal suelta rienda;
no te condene de ignorancia el velo.
Porque si vas por esta abierta senda,
serás uno en la errada y ciega gente,
do nunca el fuego de virtud te encienda.
Cuanto Febo de Aurora al Occidente,
y ciñe dende el Austro hasta Arturo,
perece sin virtud indignamente.
Aquel dichoso espíritu, seguro
de estos asaltos vivirá contino,
que fuere en obras y en palabras puro.
Fuerza es de la virtud, y no destino
romper el hielo y desatar el frío
con vivo fuego de favor divino.
Desampara tu osado desvarío,
no des más ocasión a tanto engaño;
que la edad huye, cual corriente río.
Serán de tu fatiga premio extraño
dolor confuso, vergonzosa afrenta,
tristes despojos de tu eterno daño.
Si esto no te congoja y descontenta,
que puede dar congoja y descontento,
a quién del suelo levantar se intenta?
Tú te acabas en mísero tormento,
pensando vanamente ser dichoso,
y contigo tu incierto fundamento.
Arranca de tu pecho desdeñoso
la impía raíz, que cría tu esperanza
falsa en loco deseo y engañoso.
Y no es otra tu gloria y confianza,
sino perder y aborrecer (cuitado)
a ti por quien descansa en la mudanza.
Este sano consejo y acertado
la venda de los ojos me descubre,
y me hace mirar con más cuidado.
Viéndome en el error, y que se encubre
la luz, que me guiaba, en el desierto,
un frío miedo el corazón me cubre.
Mas yo no puedo de mi engaño cierto
librarme; porque el fuego espira ardiente,
que al mal me tiene vivo, y al bien muerto.
Y cuando espero con la luz presente
sacalla del incendio, con dulzura
extraña la alma presa se resiente.
Al resplandor de la belleza pura
corre encendida con tan alta gloria,
que ni otro bien, ni otro placer procura.
Porque Amor me refiere a la memoria
de mi dulce pasión el triste día,
que le dio nueva causa a su victoria.
Yo ya de mil peligros recogía
el corazón cansado con reposo,
y conmigo indignado así decía;
Después de este trabajo congojoso
razón será, que en agradable estado
viva algún tiempo alegre y no medroso.
Qué fuerza del Amor, qué brazo airado
penetrará mi pecho endurecido
con un hielo perpetuo y obstinado?
No sufra el cielo ya, que más perdido
ser pueda yo en tan luengo desvarío;
baste el tiempo en engaños despendido.
El grave yugo y duro peso frío,
que oprime a la alma , y entorpece el vuelo
al generoso pensamiento mío.
Descienda roto y sacudido al suelo;
que la cerviz ya siento deslazada,
ya niego el feudo a Amor, ya me rebelo.
Será el prado, y la selva de mi amada,
y cantaré, como canté, la guerra
de la gente de Flegra conjurada.
Y levantando la alma de la tierra,
subiré a las regiones celestiales;
do todo el bien y quietud se cierra.
La vanidad de míseros mortales
miraré, despreciando su grandeza,
causa de siempre miserables males.
En estos pensamientos y nobleza
pasar contento y ledo yo pensaba
de esta edad corta y breve la estrecheza;
Que aún ya de la cruel tormenta y brava
no estaba enjuto mi húmedo vestido
ni apena el pie en la tierra yo afirmaba.
Cuando Amor, que me trae perseguido,
en tempestad más áspera pretende
que yo peligre en confusión perdido;
Con tal belleza el corazón me ofende,
que no puede huir su nueva pena,
ni del mal, que padece, se defiende.
Un furor bello, que con luz serena
me representa una inmortal figura,
en perpetuo tormento me condena.
De la suave faz la nieve pura,
la limpia, alegre, y mesurada frente,
do mostrarse la púrpura procura,
Y apena osa, y al fin osadamente
quiere mostrarse; fueron en mi daño
causa de este pestífero accidente.
Cual yo quedase, hecho de mí extraño,
sábelo Amor, que en la miseria mía
me da ocasión para mayor engaño.
Suspiro y lloro cuanto es luengo el día;
y nunca cesan el suspiro y llanto
cuanto es luenga la noche oscura y fría.
La dulce voz de aquel su dulce canto
mi alma tiene toda suspendida;
mas no es canto la voz, es fuerte encanto,
Que tras su viva fuerza y encendida
me lleva compelido sin provecho,
para perder en tal dolor la vida.
Duro jaspe cercó su tierno pecho,
do Amor despunta con trabajo vano
las flechas todas del carcaj deshecho.
El rostro, do escribió Amor de su mano,
dichoso quien por mí pena y suspira,
si cabe tanto bien en pecho humano;
de este miedo y peligro me retira,
y hace, que levante el pensamiento
a la grandeza, que en su lumbre mira.
A todos pone espanto mi tormento,
y a quién no espantará el dolor, que paso?
y, lo menos descubro, en lo que siento.
Yo voy siguiendo de uno en otro paso
a mi bella Enemiga presurosa,
y la pienso alcanzar con tardo paso.
Cuando la pura Aurora y luminosa
muestra la blanca mano al nuevo día,
veo la de mi Estrella más hermosa.
Mas cuanto mi fortuna me desvía
de su grandeza, tanto más osado
por ella sigo la esperanza mía.
Tus viras en mi pecho traspasado
ya no caben, Amor, porque está lleno
de tantas, como en él has arrojado.
En la luz bella y resplandor sereno
estabas de sus ojos escondido,
y me penetró de ellos el veneno.
De allí arrojaste en ímpetu encendido
flechas de mi Enemiga, y tu victoria
de ellos nació, y fui de ellos yo herido.
Amor, tu bien les debes esta gloria;
que, si no fuera por la fuerza de ellos,
en mí ya se perdía tu memoria.
Tal es la nieve de los ojos bellos,
tal es el fuego de la luz serena;
que hielo y ardo a un mismo punto en ellos.
Del frío Euxino a la encendida arena,
que el Sol requema en África abrasada,
no se ve, cual lamía, otra igual pena.
Pero podrá dichosa ser llamada
por quien me causa esta pasión interna,
con envidia de todos admirada.
Así fuese yo el cielo, que gobierna
en cerco las figuras enclavadas,
para siempre mirar su luz eterna;
Así sus puras luces y sagradas
volviese siempre a mis vencidos ojos,
y me abrasase en llamas regaladas;
Como todas mis ansias, mis enojos
serían bien y gloria, y mi tormento
descanso en el ardor de mis despojos.
Mal podré yo decir mi sentimiento,
si el dolor no me deja de la mano;
si vence su rigor al sufrimiento.
Grande esperanza en un deseo vano
es la molesta causa de mi pena,
y un ciego error de dulce Amor tirano.
No me espanto, que esté mi Estrella ajena
de amor, pues he el amor todo ocupado,
y de él solo mi ánima está llena;
Que en el todo se ha toda trasformado;
y así amo solo, y ella sola amada
es, no amando un amor tan extremado.
Tal vez suele poner la faz rosada
de aquel color, que suele al tierno día
mostrar la fresca Aurora rociada;
Y le digo, Señora dulce mía,
si pura fe, debida a vuestra alteza,
merece algún perdón de su osadía;
Vuestro excelso valor, y gran belleza
no se ofendan en ver, que oso y espero
premio, que se compare a su grandeza.
Tanto peno por vos, tanto vos quiero,
y tanto di; que puedo ya atrevido
decir, que por vos vivo, y por vos muero.
Así digo; y en esto embebecido
con dulce engaño desamparo el puerto,
y me abandono por el mar tendido.
Sopla el fiero Aquilón, de bien desierto,
las ondas alza y vuelve un torbellino,
y el cielo en negra sombra está cubierto.
No puedo, ay oh dolor, ay oh mezquino,
remediar el peligro, que recela
el corazón en su dolor indigno.
Bien fuera tiempo de coger la vela
con presta mano, y revolver a tierra
la proa, que cortando el ponto vuela.
Mas yo, para morir en esta guerra,
nací inclinado; y sigo el furor mío,
por donde del sosiego me destierra.
El que de este amoroso desvarío
vive libre, si puedo ser culpado,
por volver a este mal con tanto brío,
sepa, que debo más a mi cuidado.
CANCION V. Al Santo Rey Don Fernando
INCLINEN a tu nombre, oh Luz de España,
ardiente rayo del divino Marte,
Camilo, y el belígero Africano,
y el vencedor de Francia y de Alemaña
la frente armada de valor y de arte;
pues tú con grave seso y fuerte mano
por el pueblo Cristiano
contra el ímpetu bárbaro sañudo
pusiste osado el generoso pecho.
cayó el furor ante tus pies desnudo,
y el impío orgullo Vándalo deshecho,
con la fulmínea espada traspasado,
rindió la acerba vida al fiero hado.
De ti temblaron todas las riberas,
todas las ondas, cuantas juntamente
las columnas del grande Briareo
miran: y al tremolar de tus banderas
torció el Nilo medroso la corriente;
y el monte Libio, a quien mostró Perseo
el rostro Meduseo,
las cimas altas humilló rendido
con más pavor, que cuando los Gigantes,
y el áspero Tifeo fue vencido.
prostráronse los bravos y arrogantes,
temiendo con espanto y con flaqueza
el vigor de tu excelsa fortaleza.
Pero en tantos triunfos y vitorias,
la que más te sublima y esclarece,
de CHRISTO oh excelso Capitán, Fernando,
y remata la cumbre de tus glorias,
con que a la eternidad tu nombre ofrece;
es, que peligros mil sobrepujando,
volviste al sacro bando,
y a la Cristiana religión trajiste
esta insigne Ciudad y generosa;
que en cuanto Febo Apolo de luz viste,
y ciñe la grande orla espaciosa
del mar cerúleo, no se ve otra alguna
de más nobleza y de mayor fortuna.
Cubrió el sagrado Betis de florida
púrpura y blandas esmeraldas llena
y tiernas perlas la ribera ondosa,
y al Cielo alzó la barba revestida
de verde musgo; y removió en la arena
el movible cristal de la sombrosa
gruta, y la faz honrosa
de juncos, cañas y coral ornada,
tendió los cuernos húmedos, creciendo
la abundosa corriente dilatada,
su imperio en el Océano extendiendo;
que al cerco de la tierra en vario lustre
de soberbia corona hace ilustre.
Tú después que tu espíritu divino,
de los mortales nudos desatado,
subió ligero a la celeste alteza,
con justo culto, aunque en lugar, no digno
a tu inmenso valor, fuiste encerrado;
hasta que ahora la real grandeza
con heroica largueza
en este sacro templo y alta cumbre
trasfiere tus despojos venerados.
do toda esta devota muchedumbre,
y sublimes varones, humillados
honran tu Santo nombre glorioso,
tu religión, tu esfuerzo belicoso.
Salve oh defensa nuestra, tú, que tanto
domaste las cervices Agarenas,
y la fe verdadera acrecentaste.
tú cubriste a Ismael de miedo y llanto
y en su sangre ahogaste las arenas;
que en las campañas Béticas hollaste.
tú solo nos mostraste
entre el rigor de Marte violento,
entre el peso y molestias del gobierno
juntas en bien trabado ligamento
justicia, piedad, valor eterno ;
y cómo puede, despreciando el suelo,
un Príncipe guerrero alzarse al Cielo.
ELEGIA VII
Bien puedo, injusto Amor, pues ya no tengo
fuerza, con que levante mi esperanza,
quejarme de las penas, que sostengo.
No temo ya, ni siento la mudanza;
que en la sombra de un bien me dio mil daños,
nacidos de una vana confianza.
Luenga experiencia en estos cortos años
de tantos males trueca a mi deseo
el curso, enderezado a sus engaños.
Pienso mil veces, y ninguna creo,
que he de llegar a tiempo, en que descanse
del grave afán, en que morir me veo.
Mas porque tu furor tal vez se amanse,
no tienes condición, que se conduela
de ver, que yo de padecer no canse.
Tendí al prospero Céfiro la vela
de mi ligera nave en mar abierto,
donde el peligro en vano se recela.
El Cielo; el viento; el golfo siempre incierto
cambiaron tantas veces mi ventura;
que nunca tuve un breve estado cierto.
Anduve ciego, viendo la luz pura,
y, para no esperar algún sosiego,
abrí los ojos en la sombra oscura.
La fría nieve me abrasó en tu fuego;
la llama, que busqué, me hizo hielo;
el desdén me valió, no el tierno ruego.
Subí, sin procurallo, hasta el Cielo;
que se perdió en tal hecho mi osadía.
cuando me aventuré, me vi en el suelo.
No estoy ya en tiempo, donde a la alegría
dé algún lugar, ni puedo a mi cuidado
sacar del vano error de su porfía.
Do está la gloria de mi bien pasado,
que, como en sueño, vi tal vez delante?
a do el favor a un punto arrebatado?
Mísera vida de un mezquino amante,
siempre en cualquier sazón necesitada
del bien que huye, y pierde en un instante.
Mal puedo hallar fin a la intricada
senda, por donde solo voy medroso,
si no la tuerzo, o rompo en la jornada.
Tan alcanzado estoy y menesteroso,
que desespero de salud, y pienso,
que vale osar en hecho tan dudoso.
Mas oh cuán mal en este error dispenso
las cosas; que contienen mi remedio!
con cuánto engaño voy al mal suspenso!
Tiénesme puesto, Amor, un duro asedio;
yo no sé, si me rindo, o me defiendo;
ni sé hallar a tanto daño un medio.
Nuevo fuego no es este, en que me enciendo;
pero es nuevo el dolor; que me deshace,
tan ciega la ocasión, que no la entiendo.
La soledad abrazo, y no me aplace
el trato de la gente, en el olvido
el cuidado mil cosas muda, y hace.
En árboles y peñas esculpido
el nombre de la causa de mi pena
honro con mis suspiros y gemido.
Tal vez pruebo, rompiendo en triste vena
primero el llanto, con la voz quejosa
decir mi mal, mas el temor me enfrena.
Pienso, y siempre me engaño en cualquier cosa;
que encuentra con el vago pensamiento
la atrevida esperanza y temerosa.
Dísteme fuerza, Amor, dísteme aliento,
para emprender una tan gran hazaña;
y me olvidaste en el seguido intento.
No tiene el alto mar, cuando se ensaña
igual furor, ni el ímpetu fragoso
del rayo tanto estraga, y tanto daña;
Cuánto en un tierno pecho y amoroso
se embravece tu furia; cuando siente
firme valor y corazón brioso.
Qué me valió hallarme diferente
en tu gloria, que huye, y conocerme
mayor en tu vencida y presa gente?
Ni tu podías más ya sostenerme,
ni yo en tan grande bien pude, mezquino,
aunque más me esforzaba, contenerme.
Yo siempre fui de tanta gloria indigno,
y también de este fiero mal; que paso.
ni tú, ni yo acertamos el camino.
Una ocasión y otra a un mismo paso
se me presentan; que perdí, y conmigo
me culpo, y avergüenzo en este paso.
Tú solo puedes ser, Amor, testigo
de aquellos días dulces de mi gloria,
y cuán ufano me hallé contigo.
No te refiero yo mi alegre historia
con presunción, antes la traigo a cuenta
para más confusión de mi memoria.
No es tanto el grave mal, que me atormenta
que no merezca más, pues viendo abierto
el Cielo al bien, me hallo en esta afrenta.
Austro Cruel, que en breve espacio has muerto
la bella flor, en cuyo olor vivía,
y me dejaste de salud desierto;
Siempre te hiera nieve; y sombra fría
te cerque; y a tu soplo falte el vuelo,
impío ofensor de la ventura mía.
Yo, me vi en tiempo, libre de recelo,
que aun el bien me dañaba, ahora veo,
que el más mísero soy, que tiene el suelo.
Desespero, y no mengua mi deseo;
y en igual peso están villano miedo,
osadía, cordura y devaneo.
Estos cuidados, que olvidar no puedo,
me desafían a sangrienta guerra;
porque esperan vencerme o tarde, o cedo.
El hijo de Agenor la dura tierra
labra, y le ofende el fruto belicoso;
que en armadas escuadras desencierra;
A mí de mi trabajo sin reposo
nace de cuitas una hueste entera;
que me trae afligido y temeroso.
Del lago Argivo la serpiente fiera
no se multiplicó con tal espanto,
como en crecer mi daño persevera.
Para mayor caída me levanto
del mal tal vez, y luego desfallezco,
y me acuso de haber osado tanto.
El tormento, que sufro, no encarezco;
que pasar mal no es hecho de alabanza,
mas descanso en decir cómo padezco.
Horas, que tuve un tiempo de holganza,
cuando pensaba, que era agradecida
mi pena, tomad ya de mí venganza.
Yo soy, yo el que pensé en tan dulce vida
no mudar algún punto de mi suerte,
yo soy, yo, el que la tengo ya perdida.
El corazón en fuego se convierte,
en lágrimas los ojos, y ninguno
puede tanto; que venza por más fuerte.
A ti me vuelvo, amigo no oportuno,
antes cruel contrario, antes tirano;
robador de mis glorias importuno.
Tú me traes a una y otra mano
sujeto al freno, y voy a mi despecho
por fragoso camino y por lo llano.
Condición tuya es rendir el pecho
feroz, oso decir; que ya te olvidas
de ella, con quien me pone en tanto estrecho.
Tu arco y flechas dónde están temidas?
do está la ardiente hacha abrasadora
de tantas almas, a tu ley rendidas?
Eres tú aquel, que al padre de la Aurora,
vencedor de la fiera temerosa,
quebró el orgullo, y sojuzgó a deshora?
Aquella diestra y fuerza poderosa;
que derriba los pechos arrogantes,
do está ocupada, o dónde está ociosa?
Puedes vencer los ásperos Gigantes,
los grandes Reyes abatir, trocando
a un punto sus intentos inconstantes;
Y no te ofendes ver ahora, cuando
más tu valor mostrabas; que perdiste
las honras, que ganaste triunfando?
Mísero Amor, tan poco (di) pudiste,
que un tierno pecho, a tanta furia opuesto,
sin temor te desprecia, y te resiste?
Ya conozco el engaño manifiesto,
en que viví; ninguna fuerza tienes,
jamás a quien te huye eres molesto.
Solo en mi triste corazón te vienes
a mostrar tu poder, no más, oh crudo;
que ni quiero tus males, ni tus bienes.
Ves este pecho de valor desnudo,
abierto, traspasado, a tantas flechas
hará de tu desdén un fuerte escudo.
Aunque pesadas vengan y derechas,
puede tanto el agravio de mi ofensa,
que sin efecto volverán deshechas.
No sé, cuitado, si hacer defensa
será mas daño; que tu dura fuerza
la siento cada hora más intensa.
Quién puede haber tan bravo, quién que tuerza
un ímpetu tan grande, y que deshaga
tu furor, cuando más furor lo esfuerza?
Tan dulce es el dolor de esta mi llaga;
que en sentirme quejoso soy ingrato;
porque en mi pena el mal es mucha paga.
Atrevido deseo sin recato,
memoria, que del bien ya tuve, ufana,
mueven mi lengua al triste mal, que trato,
Engaño es este de esperanza vana,
que piensa en sus mudanzas mejorarse,
instable siempre, y sin valor liviana.
No pueden las raíces arrancarse,
que en lo hondo del pecho están trabadas;
donde pueden del tiempo asegurarse.
No esperen pues tus penas nunca usadas,
ni espere, Amor, la voluntad de aquella,
que las tiene en mi daño concertadas,
Hacer, que de ellas yo me aparte, y de ella
me olvide un punto; porque el vivo fuego,
que nace de su luz serena y bella,
cual siempre, me traerá vencido y ciego.
ELEGIA IIX
De aquel error, en que viví engañado,
salgo a la pura luz, y me levanto
tal vez del peso, que sufrí cansado.
Pudo mi desconcierto crecer tanto,
que anduve de mí mismo aborrecido,
sujeto siempre a la miseria y llanto.
Ya vuelvo en mí, y contemplo, cuán perdido
rendí el lozano corazón sin miedo
a los dañados gustos del sentido.
Mas sé, que, aunque me esfuerzo, apena puedo
abrazar la razón; porque el engaño
no se me aparta de la vista un dedo.
Y no me vale, aunque en mi bien me engaño,
pensar quién soy, ni deducir del Cielo
la clara origen contra un dulce daño.
Cuán mal se limpian del corpóreo velo
las manchas, y cuán tarde se desata
de su pasión quien anda en este suelo!
Mil buenos pensamientos desbarata
la ocasión, a deleites ofrecida,
cuando menos el hombre se recata.
Mas estos son peñascos de la vida,
do se rompe la nave en mar ondoso,
si no va con destreza bien regida.
Quién es tan temerario y desdeñoso,
que se entregue a la muerte en esperanza
del caso siempre incierto y peligroso?
Quien quisiera hartarse en la venganza
de mis males hallara a su deseo
colmada la medida sin mudanza;
Si, conociendo yo mi devaneo,
no diera al vano gusto de la mano,
y alzara de la tierra al fiero Anteo.
Grande trabajo es, aunque no es vano,
querer mudar una costumbre larga;
grande es, pero es el premio soberano.
Traje en los hombros esta grave carga
sin reposar, como otro nuevo Atlante,
en quien de todo el Cielo el peso carga.
No soy después del daño tan constante,
que no tiemble en pensar lo que sufría,
y de mi obstinación que no me espante.
Ahora voy por una llana vía
a la seguridad del bien, que sigo,
do será no acertar desdicha mía.
Considero apartado yo conmigo
del rojo Sol la inmensa ligereza,
y en cuanto infunde su calor amigo;
La tibia, instable Luna, la grandeza
del ancho mar; su vario movimiento;
el sitio de la tierra y su firmeza.
Juzgo, cuánto es el gusto y el contento
de gozar la belleza diferente,
que en sí contiene este terrestre asiento.
Y cuán dulce es vivir alegremente
espacios luengos de una edad dichosa,
y contemplar tan alto bien presente;
Do en esta vista y luz maravillosa
el ánimo encendido ensalce el vuelo
a la profunda claridad hermosa;
Y allí se afine de aquel torpe velo,
que en sí lo trajo opreso; y no le impida
la gruesa niebla y el error del suelo.
Cuánta miseria es perder la vida
en la purpúrea flor de la edad pura,
sin gozar de la luz del Sol crecida!
Cuán vana eres humana hermosura!
cuán presto se consume y se deshace
la gracia y el donaire y apostura!
La bella virgen, cuya vista aplace,
y regala al sentido, en tiempo breve
al mismo, que agradó, no satisface.
No así tan presto aparta el viento leve,
y disipa las nieblas, y el ardiente
Sol desata el rigor de helada nieve;
Como a la tierna edad la flor luciente
huye, y los años vuelan, y perece
el valor y belleza juntamente.
Cuán breve, y cuán caduca resplandece
nuestra gloria! cuán súbito, en el punto
que deleita a los ojos, desparece!
Mas oh si ser pudiese, que este punto
de breve vida alegres en sosiego
gozásemos sin miedo y dolor junto.
Cual, de ambición y de avaricia ciego,
surca el piélago inmenso peregrino,
y ve del Sol más tarde el claro fuego.
Cual, ardiendo en furor de Marte indigno,
arma el osado pecho en duro hierro
contra el estrecho deudo y el vecino.
Cual, de sí mismo puesto en un destierro,
niega su voluntad por otra ajena,
y sigue inferior el mayor yerro.
Lisonjeros halagos, dulce pena,
buscado mal del desvarío humano
traen de gusto la esperanza llena.
Ningún monte, o desierto, ningún llano,
a do pueda llegar gente atrevida,
nos librará del ciego error profano.
Ira, miedo, codicia aborrecida
nos cercan, y huir no es de provecho,
que las llevamos siempre en la huida.
Incierto y congojoso tiene el pecho,
quien espera, no goza ni sosiega,
si sus vanos contentos no ha deshecho.
Quien sabe en qué se goza, y nunca entrega
la fortuna dichosa al brazo ajeno,
de la virtud a la alta cumbre llega.
Estos deleites que seguí sin freno,
que al fin tan caro cuestan, me trajeron
siempre de confusión y temor lleno.
Ni fueron firmes, ni fieles fueron,
dañáronme huyendo; y si hubo alguno,
que no, huyó con cuantos me huyeron.
Seguro gozo puede ser ninguno,
ninguno puede ser perpetuo, en cuanto
la tierra cría, y cerca el gran Neptuno.
Sola Virtud, tú sola puedes tanto,
que el gozo dar perpetuo, y bien seguro
puedes, si en amor tuyo me levanto.
Lugar puede hallarse tan oscuro,
do se esconda algún tiempo el error cierto,
mas sale a fuerza al cabo al aire puro.
La vergüenza del propio desconcierto,
el miedo, vengador de nuestras penas,
nos muestran nuestra falta en descubierto.
El delito y las culpas son ajenas
de nuestra condición, pero nacimos
con flaquezas de mil miserias llenas;
Y tan mal nuestros bienes conocimos,
y dimos tanta mano al torpe gusto,
que solos sus regalos admitimos.
Do está el deseo ya del honor justo?
do el amor verdadero de la gloria?
do contra el vicio el corazón robusto?
Gran hazaña es gozar de la victoria
del bravo contendor, y los despojos
guardar para blasón de la memoria;
Pero es mucho mayor ante los ojos,
que miran bien, por la no usada senda
caminando entre peñas y entre abrojos
Sobrepujar en áspera contienda
sus contrarios, y verse en la ardua cumbre,
do no alcance el nublado, ni lo ofenda.
Mas quién podrá subir sin viva lumbre?
quién sin favor que aliente su flaqueza,
y la alce de esta grave pesadumbre?
Si yo pudiese bien en tu belleza
fijar mis ojos, Musa soberana,
y contemplar cercano tu grandeza;
Del ciego error y multitud profana,
que se entorpece en la tiniebla oscura,
no seguiría la opinión liviana.
Antes con libertad libre y segura,
abrasado en tu amor, ocuparía
la vida en admirar tu hermosura.
Y aquí, do el Betis desigual varía
el curso, y vuelve y trueca la creciente;
un apartado puesto escogería.
Do la ambición de tanta errada gente,
los deseos injustos, la esperanza,
dulce engaño del ánimo doliente;
En este estado, libre de mudanza,
no podrían turbarme del sosiego,
que en la discreta soledad se alcanza.
Rompa los senos otro del mar ciego
con prestas alas de su osada nave,
do no se aventuró Romano, o Griego;
Llegue, do el sacro Océano se trabe
con el piélago Austral, y no cansado
cerque el golfo, que el hielo torna grave;
Que bien puede alabarse confiado
de haber visto, tratado y conocido,
y mil varios peligros allanado;
Pero no habrá gozado, ni entendido
los bienes, que el silencio en el desierto
da a un corazón modesto y bien regido,
fuera de todo humano desconcierto.
CANCION VI
Bien puedo en este oscuro y solo puesto,
pues el silencio ocupa este desierto,
romper la voz y quejas de mi llanto.
sufrí la fuerza del dolor molesto,
cuando en el mal cabía algún concierto;
ya ni esfuerzo, ni seso valen tanto;
que le resistan, cuanto
pensé y osé esperar. mas oh perdido,
cuán bien merezco verme en tal estado.
de qué sirve injuriar al afligido;
que la pena que siento,
es harta confusión de mi cuidado?
esconda al fin el triste apartamiento
de este cerrado bosque mi lamento.
Vos, que por luenga edad tenéis en uso,
árboles altos, de escuchar atentos
quejas de otros amantes desdichados;
oíd tristes mi llanto y mal confuso;
que nunca pena igual a mis tormentos,
ni cuidado se vio, cual mis cuidados.
en pasos bien contados
perdí el camino, no en la sombra oscura;
que fuera a mi dolor algún consuelo,
hallar disculpa, mas la lumbre pura
siguiendo atentamente,
erré, por donde me guiaba el Cielo.
pensando a la Ocasión tener la frente,
perdí todo mi bien, halleme ausente.
Procuré quebrantar mi esquiva suerte,
poniendo el pecho osado a todo trance;
que el dolor dio licencia a mi osadía.
creció el furor de males, y en alcance
no vino de ellos, no, la dura Muerte;
que pusiera remedio a mi porfía.
triste y acerbo día,
que siempre estará vivo en mi memoria.
mas do me lleva mi pasión ajeno?
desesperado Bien y muerta Gloria,
vos oh, vos me trajisteis,
adonde sin remedio en vano peno,
y, como si debieran ser, me disteis,
sin un alegre día, tantos tristes.
Ahora veo tarde el desengaño,
mas llega a tiempo que aprovecha poco;
que pierde en mi fortuna el bien su efecto.
aunque pensar contar parte del daño,
o descubrir de este dolor, que toco,
será imposible, pero en este aprieto
alguna vez prometo
romper por el camino mas espeso
para salir del mal, y es error mío;
porque me lleva con el mismo exceso,
por la revuelta senda,
donde me cansa el ciego desvarío;
y desespero el bien, y a suelta rienda
voy, adonde no habrá quien me defienda.
Segura es la fortuna al miserable;
porque de mayor daño falta el miedo.
yo en última miseria estoy, y temo,
si ya no mayor mal, mal variable.
no es mucho que lo tema, pues no puedo
asegurarme. oh mi dolor supremo,
sácame de este extremo;
entrégame a los brazos de la muerte;
pues no sé quien mi afrenta satisfaga.
y es de linaje tal y de tal suerte,
que es mejor no tocalla,
no pudiendo sanar esta mi llaga.
triste quien solo y sin vigor se halla
herido y sin escudo en la batalla.
Bien sé, que mi pasión secreta entiende
solo quien conoció mi pensamiento;
y que esta queja otro ninguno alcanza.
mas, como quien ventura ya no atiende,
no oso mostrar mi grande sufrimiento,
y confuso en mis ansias y mudanza,
tomo de mí venganza.
qué no pudiera al fin mover mi llanto,
si otro con menor causa mover pudo
el negro lago y sombras del espanto?
oyose su recuesta.
náufrago, temo el piélago sañudo.
pero no era sazón de quejas esta
en ocasión tan grave y tan molesta.
Quiero hablar más claro, y la vergüenza,
que tengo de mí solo, no concede
que pueda respirar el dolor fiero.
crece el mal siempre, y siempre en él comienza
la esperanza del bien. ninguno puede
no engañarse en su daño lisonjero;
si sigue al mal primero
el bien, que se conforma a su deseo.
descubriome la usanza de mis males
por el pasado engaño, este que veo;
que me tuvo dudoso,
en cuanto descubría sus señales.
y quedé tan cobarde y sospechoso;
que ni aun mirar de lejos el bien oso.
ELEGIA IX
Si el presente dolor de vuestra pena
sufre escuchar de la pasión, que siento,
esta mi Musa de dulzura ajena;
Estad, Señor, un breve espacio atento
a las llorosas lástimas, que canto
solo, puesto en olvido y descontento.
Que, si yo puedo declarar bien, cuanto,
estrago hace Amor en mis entrañas,
no será en vano mi quejoso llanto.
Mas cómo las cruezas y hazañas
del fiero usurpador de la alma mía
decir podré, y sus vueltas siempre extrañas?
Seguro, alegre, en quietud vivía
con libertad y corazón ufano,
mostrando contra Amor grande osadía.
Pensaba, mas al fin pensaba en vano,
que contra la dureza de mi pecho
no pudiera el rigor de este tirano.
No me valió; que al cabo a mi despecho
rendí a su yugo el quebrantado cuello,
y fue mi orgullo sin valor deshecho.
Un sutil hilo pudo de un cabello,
más bello que la luz del Sol dorado,
traerme preso sin jamás rompello;
Y unos ojuelos de color mezclado,
que prometen mil bienes, sin dar uno,
tomaron el imperio en mi cuidado.
Vilos, y me perdí, mas oh importuno
remedio, que no viéndolos me pierdo
del mayor mal, que tuvo amante alguno.
El seso pierdo, cuando estoy más cuerdo.
pero amor es furor. quien no está loco,
dirá; que hablo sin algún acuerdo.
Las cosas, que de amor apunto y toco,
no alcanza esa profana y ruda gente;
vos sí, que de su mal no sabéis poco.
Yo voy por un camino diferente
en los males que tengo, y nunca espero
sanar de este dolor, que la alma siente.
Al bien medroso, al mal osado y fiero,
y estoy de gloria y ufanía lleno,
cuando en la fuerza del tormento muero.
Si puedo alguna vez hallarme ajeno
de mi pasión, ocupo la memoria;
en cuán poco merezco, lo que peno.
No cabe en mí, pensar que tanta gloria
se debe a mi dolor; ni que se entienda
de mi afán la dichosa y rica historia.
No hallo ya razón, que me defienda
de perdición; pues corro tras mi engaño,
y me despeño sin cobrar la rienda.
De un día en otro voy al fin del año,
desvanecido y lleno de esperanza,
sin abrazar el claro desengaño.
Pienso y entiendo, que hacer mudanza
podrá valerme, mas la cruda vira
de Amor o cerca, o lejos todo alcanza.
Mil veces contra mí me pongo en ira,
y culpo mi temor y mi flaqueza;
que del honrado intento me retira.
Mas quién tiene tan grande fortaleza?
quién ve libre del mal aquel semblante
y pura flor de angélica belleza?
No soy peña, ni duro diamante;
tal furor tierno vive en estos ojos,
que de su luz se enciende en un instante.
Son pequeños, no alcanzan mis enojos
a merecer la gloria del mal mío,
ni verse juntos entre sus despojos.
Nevoso invierno y abrasado estío
destruyen mi esperanza de tal suerte,
que me acaba el calor, y mata el frío.
Mas, que otro pudo ser, mi pecho es fuerte;
pues no fallece en tal dolor, sufriendo
los extremos efectos de la muerte.
Cual suele Febo aparecer, trayendo
la luz, y los colores a las cosas,
cuando del sacro mar sale luciendo;
Tales sus dos estrellas gloriosas
dan a mi alma claridad divina;
que me enciende en mil llamas amorosas.
Y cual se muestra el Cielo, si declina
la luz, y con la sombra tenebrosa
el horror de la noche se avecina;
Tal yo, sin su beldad maravillosa,
estoy confuso y lleno de recelo,
desierto y triste en soledad penosa.
Las ricas hebras del dorado velo
vencen a las que cercan a Ariana
en el eterno resplandor del Cielo.
Cuánto me engaña esta esperanza vana
en contar de mi afán la triste historia,
y el desdén de mi Estrella soberana!
No sufre mi fortuna tanta gloria,
que espere merecer alguna parte
de mi dolor lugar en su memoria.
El fiero estruendo del sangriento Marte,
de que tiembla medroso el Lusitano,
atónito de tanto esfuerzo y arte;
Incita este mi canto humilde y llano
en su alabanza, pero apena puedo
juntar las Musas al furor insano.
Otro, que tenga espíritu y denuedo,
podrá cantar igual a tan gran hecho;
que yo en decir mis males estoy ledo.
El dolor, que padece vuestro pecho,
permita, y la serena luz ardiente,
y el oro, que os enlaza en nudo estrecho;
Que yo, oh sublime gloria de Occidente,
ose mostrar en este rudo canto
lo que el deseo publicar consiente.
Que si, como pretendo, yo levanto
la voz, el Indo extremo, el Lapon frío,
y aquel, que el alto Febo abrasa tanto;
Y quien habita el Amazonio río
honrarán vuestro nombre generoso,
admirados de oír el canto mío.
Cuándo será aquel día, en que el hermoso
rayo de Amor y celestial Lucero
hiera este campo y río venturoso?
Betis, que al grande Océano ligero
con curso ufano contrastar porfías,
sin espantarte su semblante fiero;
Con creciente mayor, que la que envías,
rebosa, y salgan del ondoso seno
tus Ninfas a ayudar las voces mías.
Descubra el Cielo el resplandor sereno;
y virtud nueva infunda a tu ribera,
y al campo de mis flores siempre lleno.
La luz de hermosura verdadera,
por quien suspira el venturoso amante,
por quien en esperanza desespera;
De rosas, con faz pura, semejante
a la bella y divina cazadora,
se te muestra, y ya casi está delante.
Pinta pues variando, orna y colora
de perlas y esmeraldas tus cristales,
y tus arenas enriquece y dora;
Y ciñe con mil ramos de corales
la venerable frente, a cuya alteza
son los más grandes ríos desiguales;
Y ofrece humildemente a su belleza
los nobles dones, que abundante cría
de tu fértil corriente la riqueza.
Venid, diciendo, ya Señora mía,
merezca ya por vos aquesta tierra
el bien, que mereció esa tierra fría.
En esta parte el largo Cielo encierra
(tanto puede alcanzar la suerte humana)
cuanto aparta de otras y destierra.
Sola vuestra grandeza soberana
le falta, para ser siempre dichosa,
venid pues, oh clarísima Diana.
Este prado y ribera venturosa,
este bosque, esta selva y esta fuente
vos llama y vos suspira deseosa.
Ceñid vuestra serena y limpia frente
de este florido cerco entrelazado
de los ricos esmaltes de Oriente.
Humilde don, mas debe ser preciado;
que yo doy solo a vos estos despojos,
a pagar mayor censo condenado.
Ya son eternas flores los abrojos,
y el frío invierno vuelto ya en verano
con la cercana luz de vuestros ojos.
En medio de este abierto y fértil llano
alzará de mis Ninfas todo el coro
un templo a vuestro nombre soberano.
Y con guirnaldas en las hebras de oro
tejerán vueltas, y traerán consigo
las que en sus ondas cría el seno Moro.
Y todas juntas cantarán conmigo
del sagrado himeneo en alabanza;
de que el Cielo ha querido ser testigo.
Venid, oh gloria nuestra y esperanza;
deshaga vuestra vista el sentimiento
de quien tanto se ofende en la tardanza.
Mas dónde me arrebata el pensamiento?
do en tan alta grandeza me levanto
con vano y temerario atrevimiento?
Vos tenéis, gran Marqués, de esto, que canto,
la culpa, y me hicisteis atrevido;
que yo de mí no pienso, ni oso tanto.
Mi ruda Musa solo en mi gemido
se ocupa y en memoria de los daños,
que a tan mísero estado me han traído.
Sabrosa perdición, dulces engaños,
siempre temido mal, eterna pena,
que sufrí triste de mis tiernos años,
Gloria de mis desdichas dieron llena
al simple canto, a cuya rustiqueza
abrió el Amor una profunda vena.
Mas para celebrar la gran belleza,
de la inmortal Diana y su luz pura,
y del mucho amor vuestro la grandeza,
ni puedo, ni merezco tal ventura.