- XXII -
Los campos de Agenor nevado toro
por Europa pacía enamorado,
el mayor dios, el siempre venerado,
grave esplendor del soberano coro.
El Caistro le oyó cisne canoro,
en blanca pluma amor disimulado,
y hallando la deidad nuevo cuidado,
los aires coronó con plumas de oro.
Ya es fauno, ya pastor, ya estrella errante,
y ni sus fraudes vencen sus ardores,
ni la llama se ve menos remisa.
¡Ah! Deja los engaños, gran Tonante,
si quieres al amor matar de amores,
transfórmate en los ojos de Belisa.