1. Ya de vos no he de querer Ya de vos no he de querer galardón de mis suspiros, pues de mi pena en serviros me supe satisfacer. No tengo más que esperar en la causa de mi pena, pues es la causa tan buena con que me puede salvar. Y pues llego a merecer la gloria de mis suspiros, de mis males con serviros me puedo satisfacer. Pues nunca tenéis memoria del daño que me hacéis, para matarme la gloria de mi mal no os acordéis. Que no sufre el corazón no morir ya en vuestro olvido; membráos de su pasión, porque ser menos perdido es su mayor perdición. Matadme en vuestra memoria porque menos me matéis, que con aquesta victoria nunca alcanzaréis la gloria que en mis males pretendéis. Tan ufano y tan contento me hallo con mi pasión, que en lugar del galardón pido, señora, el tormento. Porque sola la memoria de que vos causáis mi pena hace mi pasión tan buena que su mal es mayor gloria. Y descansa el corazón de su grave sentimiento, pues honra su perdición con la causa del tormento. Ningún galardón merece el que espera merecer del tormento que padece, porque mengua en padecer lo que en esperanza crece. Y porque de la pasión la mejor y la más buena es la que es sin redención, ventaja tiene el que pena sin esperar galardón. 2. Pues que ya desengañar Pues que ya desengañar no me puede el desengaño, quiero volverme a engañar, señora, con vuestro engaño. Podrá ser que ya no acierte en este confuso error, ¿pero qué puede el dolor si no llevarme a la muerte? Y pues que el desesperar no es remedio de mi daño, ya que me vuelvo a engañar no me dañe el desengaño. Quien sirve do es más servir encubrir el pensamiento, en vano sufre el tormento que no puede descubrir. Porque es alivio de pena al herido corazón, dar muestras de su pasión a quien sus males ordena. Mas quien sufre lo que siento y no lo puede decir, más siente: que es su tormento sufrir, y no descubrir. 3. Callo la gloria que siento Callo la gloria que siento en mi dulce perdición, por no perder el contento que tengo de mi pasión. Y más hago en encubrir por la honra de mi pena, que no me duele sufrir el mal que el Amor ordena. ¿Quién publica mi tormento? ¿Será tal mi presunción que perderé el sentimiento que tengo de mi pasión? Y estimo tanto la gloria de mis penas recibida, que tengo en más su memoria que el descanso de mi vida. Por no perder el contento de mi grande perdición, no gozo de mi tormento publicando mi pasión. 4. Hermosos ojos serenos Hermosos ojos serenos, serenos ojos hermosos, de dulzura y de amor llenos, lisonjeros y engañosos, quien no os ve pierde la vida, y el que os ve halla su muerte; mas quien muere de esta suerte cobra la vida perdida. Cuando veros merecí, tan contento me hallé con el gozo que sentí que todo el mal olvidé. Y viendo tanta belleza fue tan grande mi placer, que vivo ya sin más ver con extremo de tristeza. Porque no consiente Amor que viva sin sus enojos; que es hacer flaco el dolor que nace de vos, mis ojos. Soberbio en el pensamiento de estar en vuestra memoria, solo me acaba la gloria de penar en tal tormento. Y con tan alta locura, consigo de mi pasión por favor de mi ventura lo que no cabe en razón. Porque en veros sin desdén alcance más gloria tal, que pierde su fuerza el mal y cobra fuerzas el bien. Cuando me aflige el deseo desfallezco en mi tormento, mas por una hora que os veo mil años vivo contento. Y ufano en esta visión, ajeno de mis enojos, vuelve al corazón los ojos y al sentido el corazón. Torno siempre de mi pena al descanso de miraros, y alabo mi suerte buena porque tan bien supe amaros. Pero después que os miré, vi un mal que nunca sentí, y troqué el bien que perdí por los males que gané. Ojos en cuya blandura nos hace el Amor la guerra, y en dichosa sepultura a cuantos os miran cierra, ¿por qué en mi pecho sembráis tan dulce y ciego furor, que no os viendo sin dolor, sin respeto me tratáis? Poco o nada me debéis en querer yo mis enojos, es fuerza que me hacéis cuando me miráis, mis ojos. Adonde quiera que os veo todos mis males olvido, y en vuestra luz encendido lleváis, cual Hado, el deseo. 5. Días de mi perdición Días de mi perdición, temidos y deseados, si os cansáis de mi pasión, ¿por qué crecéis mis cuidados? No hay en mí tanta dureza que los pueda sostener, ni me puede ya hacer mayor mal vuestra braveza. Yo padezco aborrecido, pero no desesperado, porque cuanto más perdido tanto más vivo engañado. Confuso solo y dudoso, no puede alegrarme el bien, que los daños del desdén me hacen todo celoso. Vos fuiste principio, días, de mis pequeños contentos, y volvéis mis alegrías ya en eternos descontentos. Tiempo ligero mudable, que nunca tienes firmeza, solo para mi tristeza te haces siempre inmutable. Como llevas sin parar mis cortos bienes perdidos, ¿por qué dejas afirmar estos mis males crecidos? No tuve tanto de gloria que tal dolor sustentase: no quiso Amor que gozase de esto solo mi memoria. Mis ojos están gastados de lo mucho que lloraron, y mis sentidos cansados sin sentido me dejaron. No me queda otro caudal en esta grave mudanza, sino penosa esperanza de este mi perpetuo mal. 6. Dulces esperanzas mías ¡Dulces esperanzas mías, qué vanamente nacisteis!, ¡cuán presto acabáis los días de los bienes que me disteis! Levantástesme en la cumbre para derribarme luego; no pude sufrir la lumbre y caí turbado y ciego. Yo todo lo que merezco, y que no debiera, vi, pues por el mal que padezco a mí mismo aborrecí. ¡Cuán mal hace confianza de sus contentos quien ama, que en una breve mudanza lo que desea desama! ¡Para tan grave tormento cuán corta es, Amor, tu gloria!, ¡y cuán vano el pensamiento que se ocupa en tal memoria! Es la esperanza temor duro, y cuidado el deseo, y con tan cansado amor, cuanto temo, más deseo. ¡Dichoso quien no padece desesperación de olvido! Pero ningún bien merece quien no pena aborrecido. ¿Qué mal habrá que no sea menor que las que consiento? Bástale a quien no desea para no sentir tormento. Las horas de mi alegría en tristeza se volvieron, y de la desdicha mía su fundamento hicieron. Yo pagué como culpado porque en Amor esperé; mas ¡cuán bien es condenado quien ama con tanta fe! Toda perdición merece el que espera en tal belleza, porque ventura fallece a quien se calla en grandeza. Atrevióse el corazón, y a osadía tan injusta Amor le da en galardón la muerte por gloria justa. Y quédame de esta gloria un tan dudoso contento, que en traerlo a la memoria renuevo todo el tormento. ¡Vanidad de mis deseos, en lugar no agradecido: para tantos devaneos poco bien habéis tenido! Ya que me vea en extremo que la paciencia no basta, mis dolores menos temo cuanto el tormento más gasta. Y al fin de largo destierro, traigo con dura señal, al cuello por fuerza el hierro, y adoro solo mi mal. 7. Vivo en nuevo desvarío Vivo en nuevo desvarío dudoso y desconfiado, y tanto temo el mal mío que huyo de mi cuidado. Busco ausencia a mi deseo, pero ¿qué vale el olvido, pues que todo cuanto veo me condena por perdido? Mis bienes persigue un mal tan desusado y esquivo, que aunque es mi pasión mortal, me tiene al tormento vivo. Mis glorias ya son deshechas por voluntad del Amor, que gastando en mí sus flechas me dejó solo el dolor. Derribé la confianza que sustentarme solía: ¡o, cuán triste es la mudanza a quien perdió la alegría! En medio del corazón tengo escondida tal llaga, que no sana mi pasión por más bien que Amor me haga. Sospechas que me matáis, cese ya vuestra braveza, si de tal modo tratáis quien hace de vos firmeza. ¿Para qué me abrís los ojos en tan grave sentimiento, pues que con tales enojos desfallece el sufrimiento? Mas quiero encubrir mis males y negar lo que yo veo, porque son penas mortales las ansias de mi deseo. Seré sordo a la razón que me publica mi engaño; que por no pedir perdón quiero sufrir nuevo daño. A veces determinado me siento contra el recelo, y doy por bien empleado el menosprecio del celo. ¿Pero qué vale osadía contra un fiero vencedor? ¿Quién es aquel que porfía en hacer su mal mayor? Con estas mudanzas mías engaño mis sentimientos, de esperanzas en porfías, de cuidados en tormentos. No se muda mi dolor porque crezca la congoja, que el freno de mi temor nunca se tuerce ni afloja. Yo conozco ya mi culpa; mas del celo que consiento, aquello que me disculpa causa todo mi tormento. Cuanto procuré encubrir ahora está descubierto, que no puedo ya sufrir tanta pena y desconcierto. En un temor ofendido mil temores se me ofrecen, y de un breve mal nacido otros mil nacen y crecen. 8. Daba por ver una hora Daba por ver una hora serena y sin turbación, los bienes que mi señora promete por galardón. Pero no sufre ventura este espacio de alegría, porque el bien huye, y no dura en alguna cosa mía. Confuso y aborrecido, medroso y desesperado, ¿para qué temo el olvido si muero al fin olvidado? No es el corazón de hierro para llevar más tormento, pero del ajeno yerro yo pago lo que consiento. Si la esperanza no falta, siempre doblará mi pena, que cuanto sube más alta tanto más peligro ordena. solo me queda presente de mis bienes la memoria, y jamás estará ausente de mi pecho aquesta gloria. Amor muestre su dureza y encienda su crueldad, que ya nunca su aspereza mudará mi voluntad. Que en memoria del tormento permito mi perdición, porque igualo el pensamiento con mi desesperación. En tal lugar me levanto que desespero el remedio, mas quien piensa y osa tanto a su mal no busca medio. Faetón con ardor ciego del Sol llevó los caballos, con que el mundo abrasó en fuego, porque no supo guiallos. Y de un rayo derribado, puso fin a su ventura, en el río sepultado cuyo nombre siempre dura. Yo que de mi Sol hermoso presumí la pura lumbre, y atrevido y animoso no desmayo en la alta cumbre; si quiere Amor que del cielo encendido baje, y muerto, lugar pequeño es el suelo para tanto desconcierto. ¡Oh vanidad!, ¡don perdido que se conoce engañado!, ¿para qué pretendo y pido lo que me ha de ser negado? Quien no debe esperar bien sus fantasías deshaga, que los golpes del desdén no dejan cerrar la llaga. Mas crean que no porfío por la mudanza que viene, porque solo el desvarío a la esperanza entretiene. Y la fuerza del deseo se consume de tal suerte, que en mis males yo no veo otro bien si no la muerte. No buscaré a mi esperanza cosas con que se sustente, porque en vana confianza ¿qué tendré que me contente? solo deseo el dolor para nuevo desvarío, porque no se queje Amor de este sentimiento mío. Para servicios perdidos y trabajos olvidados, no serán mal recibidos estos presentes cuidados. Y no en vano Amor procura que muerte acorte mi pena, porque a quien faltó ventura la vida jamás fue buena. 9. Yo lloro mi mal ausente Yo lloro mi mal ausente, de toda esperanza ajeno: quien lo causa no consiente que descubra por qué peno. Quiere que muera en olvido entregado al mayor daño, y cuando veo este engaño me conozco más perdido. Cuitado, que en tal temor no puede hallar defensa, y librarse del amor la razón ya tarde piensa. Entré en el tormento nuevo alegre del bien primero, mas agora desespero: que sin remedio lo pruebo. De esto no es la culpa mía, pero sí la eterna pena, porque el mal de mi porfía me trajo quien me condena. ¿Mas para qué, triste, cuento lo que a mi señora ofende, pues en silencio pretende que yo acabe, y mi lamento? Nunca me saldrá del pecho cosa que turbe su gloria, ni del daño que me ha hecho sufriré que haya memoria. Sin fiar al pensamiento mis males, desesperado, aquí do estoy olvidado abrazaré mi tormento. En tinieblas de la muerte, en soledad de la vida, mi triste y penosa suerte será de mi bien querida. Tan contento con mi mal estaré en este destierro, que cantaré atado al hierro el bien de dolor mortal. Pero no permite Amor que yo salga a ver la lumbre, porque en sombra del temor tengo ya antigua costumbre. Mis ojos a oscuridad hechos viven en tiniebla, y si se rompe la niebla cegarán en claridad. En el duro hielo frío intento matar mi fuego, y aunque de ello desconfío, la verdad siempre me niego. No que yo querría acabar la llama en que me consumo, pero arde tanto el humo que puede al mundo abrasar. 10. Un mal que nunca descansa Un mal que nunca descansa, una pena sin reposo, un dolor que no se amansa, y un tormento riguroso, en enfermo y triste pecho ejercitan su poder, mas cuanto pueden hacer lo doy todo yo por hecho. Pudiera ser que mi mal se aliviara en la presencia, mas imposible es ser tal en las mudanzas de ausencia. Así perdido y cansado estoy sujeto al temor, porque me tiene el dolor en tiempo desesperado. El descanso de mi afán es el llanto de mis ojos, más harta gloria me dan pues puedo honrar mis enojos. Y lejos del bien que adoro ando triste y afligido, porque lloro por perdido todo el tiempo que no lloro. Peno por verme en presencia y muero porque no veo, porque fue siempre ausencia duro contrario al deseo. Tan lejos de mi remedio, cuan cerca de perdición, las cosas que busco son extremos lejos del medio. Vivo ajeno de contento, ausente, siempre en mudanza, y me falta la esperanza por gloria de mi tormento. Quisiera solo pedir que de tantos mis enojos que sufro y he de sufrir, se humedeciesen sus ojos. Con esto el desconfiado corazón podrá alzarse, esperando mejorarse de este miserable estado. Mas ¡o grande desvarío de las mudanzas de amor!, ¿cómo espero y desconfío?, ¿cómo oso y tengo temor? Firme comencé a quejarme, y ahora vuelvo liviano a pedir consuelo vano, debiendo nunca mudarme. Este pecho que sostiene tanto mal, tanto tormento, aunque más padezca y pene nunca ha de torcer su intento. Duro mármol no es tan fuerte como voluntad dispuesta, a quien rigor no molesta, ni rinde Fortuna o Muerte. Mas no temo esta fuerza que es poco al hombre constante, pero Amor oprime y fuerza al corazón arrogante. Grave es su ímpetu y furor, mas pues del bien desespero, contrastar también espero Fortuna, Muerte o Amor. 11. Yo me perdí por miraros Yo me perdí por miraros, pero nunca quiso Dios que consintieses vos que mereciese yo amaros. Porque vuestra hermosura no sufre mortal bajeza, y es corta tanta ventura para tan alta grandeza. ¡Desdichado el pensamiento que pone en vos la osadía, porque es vana la porfía, y es corto el merecimiento! Mas de tanta vanidad un solo consuelo queda: que promete la beldad lo que la grandeza veda. El gusto del pensamiento gastado en vuestra memoria, vuelve toda pena en gloria en la furia del tormento. Con esto en mi mal esquivo descanso, porque sé cierto que estoy en vuestros ojos vivo, pero en la memoria muerto. Levanto atrevido el vuelo para comenzar mi guerra, y aún no salgo de la tierra, y espero llegar al cielo. Mas aunque el lugar es alto, probaba favorecerme: que es culpar me ya si falto, ya que quisiste valerme. Para tan rica esperanza pequeño favor os pido, porque en tanto mal sufrido mayor victoria se alcanza. Mas do no vale servicio, ni tiene fuerza el amor, cualquier poco beneficio bien puede tener valor. Puedo decir que merezco los bienes que Amor ordena, pues descanso con mi pena cuando más por vos padezco. Pero vuestra presunción no da lugar al deseo, y así rindo el corazón a lo mucho que en vos veo. Mas el temor me condena que no muera en tanto mal, porque un gran dolor mortal la vida acorta la pena. Pero yo sé que el tormento, padeciendo siempre en vida, me da más merecimiento que la muerte conocida. Vivo siempre con dolor desque vi vuestra belleza, que a do no reina tristeza nunca se halla el amor. Como si fuera pesar así huyo de alegría; descanso solo en llorar el mal de la suerte mía. Si me pudiere valer, yo conozco cuanto erré, mas la culpa pena fue de mi pena por querer. Y pues no vale al tormento la confesión de mi daño, quiero callar lo que siento por no publicar mi engaño. Y adonde Amor me desecha, podré esperar en mudanza, porque do su brazo alcanza, todo lo pasa su flecha, Y si no, baste a mis ojos que vean su perdición, porque de tales despojos es el mal su galardón. 12. Pues no puede este dolor Pues no puede este dolor acabarme en tal tormento, o ya no tengo yo amor, o me falta el sentimiento. Mas si crece mi firmeza con tantas penas mortales, y si me duelen mis males ¿de qué nace esta extrañeza? ¿Amor, qué gana en perderme con tan áspera mudanza? Conténtese ya de verme desear sin esperanza. No me haga tanto daño, como en el nombre de amigo hacer obras de enemigo, sin descubrirme el engaño. No es tan terrible la muerte al penoso corazón, ni tan dura alguna suerte como perpetua pasión. La vida abrace el contento, que el que siempre está con pena no la juzga por tan buena como dar fin al tormento. Males sin remedio míos, de esperado bien despojos, abrid perpetuos dos ríos a estos mis llorosos ojos. Nunca permitáis que quien desespera por amar halle ocasión y lugar para ver siquiera el bien. Yo en este postrero punto conozco mi desengaño, pero viene con él junto el amor con quien me engaño. Mas pienso, si soy varón, que no valdrá su poder para de nuevo encender a este frío corazón. No es tanto el rigor del hielo en las nevosas montañas, como es el que esparce el celo en mis desnudas entrañas. Buen consuelo si me vale, mas nunca encendida llama con tal fuerza el monte inflama que a mi ardiente pecho iguale. Excede a todo dolor lo que menos me lastima, y en las ansias del temor la muerte menos me estima. Puede en mi alma claro engaño renovarme una esperanza. aunque siempre la mudanza me descubre el desengaño. ¡Dura ley de Amor tirano, que a sufrir y ver me obliga, y me muestra por su mano lo que no quiere que diga! Tanto veo que no siento si lo publique o calle. ni sé mi razón si halle disculpa a mi sufrimiento. Grave, extraño desconcierto de este nuevo mal esquivo, tarde vienes para un muerto. pero presto para un vivo. Cuando moría en olvido y perdía mi cuidado, fueras tan bien estimado cuanto ahora aborrecido. Vanidad de mi porfía es ésta, que nunca acierta a seguir la vana vía y dejar la senda incierta. Haga Amor lo que más quiere, que ya no podrá hacer sino acabar de perder al que por momentos muere. 13. Desesperado, deseo Desesperado, deseo levantar mi flaco vuelo, y aunque su pérdida veo pretendo llegar al cielo. Las alas el fuego quema cuando no vale el remedio, porque con mi muerte tema extremos lejos del medio. ¿Por qué Amor procuró tanto bien, tanta grandeza, si en un punto derribó mi vida desde su alteza? Mas yo, ¿por qué confiado no huí mi perdición? Vénganos de un lastimado que no espera redención. Revuelve la confianza cosas que temo y espero; mas, ¡o dudosa esperanza, cosas pides con que muero! Conoce tu presunción, mira que subes el vuelo donde falta el galardón, y a do sobra el desconsuelo. Aun no estás bien afirmada y te juzgas por segura; vana esperanza engañada, deja de tentar ventura. Que todo cuanto presumo en el aire se desliza, y se deshace cual humo de mi fuego la ceniza. Cánsase el atrevimiento, mas mi ciega voluntad por no rendirse al tormento vive en esta vanidad. Hallo luego mil dolores con el sentido despierto, ¿pero qué valen temores contra un corazón ya muerto? Vencido de mi pasión desespero merecer, perdida la presunción que tuve de no querer. Pensando en mi bien pasado no pasa por mí alegría; cuanto más desconfiado, tanto es mayor mi porfía. Conocido desvarío de rendida voluntad dio principio al furor mío negando mi libertad. ¿Para qué busco disculpa cuando más siento el engaño? Llámese ya propia culpa lo que consiente mi daño. Suspiros tristes, mezclados en pequeñas alegrías, comenzaron los cuidados de mis antiguas porfías. Levantóse la esperanza con tan poco fundamento, que con liviana mudanza destruyó mi pensamiento. Pues de mi bien desespero, y doy por bien empleado este dolor en que muero perdido y determinado, no pueda más la pasión que la constancia atrevida; tenga fuerza el corazón contra su cansada vida. Las más receladas flechas perderán cuanto ya han hecho, aunque vayan bien derechas al acostumbrado pecho. No es atinada dureza rehusar tu yugo más, Amor, pues por mi firmeza este galardón me das. Al fin de largo servicio con soledad en presencia, saco por más beneficio desesperación y ausencia. ¿Hasta cuándo, di, pretendes tenerme en desconfianza? Ya mi pecho en vano enciendes pues quedo sin esperanza. Este galardón me dejas de los días de mi olvido: que pierda todas mis quejas celoso y aborrecido. No quiero esperar tu bien y voluntad convertida, porque ya debo al desdén lo que resta de mi vida. Será mejor que me acaben sentimientos tan honrados. y que en mi muerte se alaben nobles y tristes cuidados. Huirán, cual niebla del viento, mis deseos consumidos, porque no sobre al tormento, sino solos mis gemidos. 14. En todas mis alegrías En todas mis alegrías, breves y vanos contentos de mis engañados días, me dejáis los sentimientos de tantas tristezas mías. Pero mal pude esperar en tal bien tantas mudanzas, debiendo considerar que a tan grandes esperanzas se sigue el desesperar. ¡O bienes de confusión, causa de mi perdición!, ¿adónde me habéis traído, pues ya de lo bien servido desespero el galardón? Mas ¡oh, qué vana victoria el cambio de aquesta gloria con suceso tan lloroso! ¡Quién se viera tan dichoso que perdiera la memoria! Ausente, desesperado, aborrecido y sin bien, sufriendo un mortal cuidado, padezco nuevo desdén solo, triste y olvidado. No me deja la pasión que conozca la razón; y puesto en continuo engaño los ojos cierro a mi daño con muy liviana ocasión. Revuelve con mil antojos un error en otro error; si huyo de mis enojos torno forzado de amor a dar en ellos de ojos. Cercado de mi flaqueza no tengo en cosa firmeza sino en mi perpetua guerra, porque al bien que busco cierra siempre el paso mi tristeza. No huelgo de estar presente ni lejos de mi tormento, no me pesa verme ausente, no puedo tener contento, ni hallar quien me contente. Ando de mí todo esquivo, sin razón, libre y cautivo, acompañado y desierto; no puedo llamarme muerto, ni puedo nombrarme vivo. El dolor que siento es tal en mi suerte aborrecida, que sufro pena inmortal, porque muriendo mi vida no puede morir mi mal. ¡Oh, si pudiesen llegar a do siempre habrán de estar estos deseos, que son lástimas del corazón para nunca descansar! ¿Por qué no huye mi pena pues que me huye la culpa? Mas de aquesta culpa ajena el amor que me disculpa a mayor mal me condena. Perdiérase la esperanza en esta grave mudanza, pues para tan triste vida fuera más bien escogida la falta de confianza. El error del pensamiento ha llegado a tal extremo, que en la pena estoy contento, y nunca en mis males temo la fuerza de su tormento. Condenado y despedido, confuso y puesto en olvido, tan lleno estoy de cuidado que juzgo por mal pasado algún espacio perdido. Es este engaño presente muestra de mi desvarío, que quien no se duele y siente de mal como aqueste mío, con su daño se arrepiente. Sale agora de mis ojos el fuego por sus despojos, con que se abraza la tierra, y no se acaba la guerra causada de mis enojos. Yo estoy en dudosa suerte para esperar más mudanza, y el corazón no es tan fuerte que no pierda la esperanza de esta mi cercana muerte. Acábense ya mis días al fin de mis alegrías: ¡que en un pequeño dolor diese término el Amor a mis antiguas porfías! Si en algo me satisfago luego allí se me deshace, y si en hacello me pago, veo que nunca se hace porque yo jamás lo hago. Si comienzo a proponello está en la mano mudallo, y cuando vengo a gozallo, la causa de no hacello ha sido determinallo. 15. Comience ya mi dolor Comience ya mi dolor a publicar lo que siento, porque quede al pensamiento, en premio de tanto amor, la honra de mi tormento. Y mis penas inmortales, con gemidos desiguales, descubran de mi pasión lo que calla el corazón, temeroso de sus males. Y vos, escuchad el canto de mi quejosa porfía, causa de la pena mía, pues tan presto ocupó el llanto al cabo de mi alegría. Mas si os cansa la rudeza de mi profunda tristeza, podréis, señora, decir que poco sabe sentir quien dice con sutileza. Cuando yo os pude mirar fue dar fuerzas al deseo, para verme cual me veo, y para desesperar de la gloria que deseo. Juntáronse, por mi daño, mi firmeza y vuestro engaño en mi mal ; pero en un día cuando mi fe más crecía fue el engaño desengaño. Los mis servicios pasados sin provecho se acabaron, los presentes me dejaron huyendo desesperados del galardón que esperaron. Y con nuevo desamor olvidada del favor que diste, os apartaste de mi remedio, y dejaste en la noche del dolor. Si pudiera desear de mis males la venganza. ver esta triste mudanza me hiciera sosegar con el fin de la esperanza. Porque vi ya perdida por vuestra mano mi vida, y con tan grande firmeza que falta a vuestra belleza de quien pueda ser servida. Por alivio de mi pena crece siempre mi cuidado, de bien amar no cansado; descanso con mi cadena de mi bien desesperado. Mas tiéneme el sentimiento tan cercado de tormento, cuan apartado de olvido, y de todo me despido pero no del pensamiento. Sufro contino la mengua de mi perpetua pasión, mas en tanta confusión mal podrá decir la lengua cuanto siente el corazón. Vos, que sabéis conocer lo que yo supe entender, podéis bien considerar cuánto más muestro en callar lo que me debéis doler. Cansado ya de la vida, pero nunca del deseo, conmigo solo peleo con la voluntad rendida al dolor en que me veo. Y no hallo otro tormento en el grave sentimiento de mi pasión inmortal, sino abrazar más mi mal cuando más crece el tormento. Si se ofrece a mi memoria algún dulce bien perdido, que debiera no haber sido, es por matarme la gloria que dormía en el olvido. Que la tristeza de un día en esta fortuna mía, con un perpetuo disgusto, duele más que dieron gusto muchos días de alegría. Sufro más pena que pueda mi cuidado comportar, y de tanto bien amar solo por dolor me queda padecer sin descansar. En los males que entretengo, los menores que sostengo son de tan áspera suerte, que huyen de darme muerte, porque con ellos la tengo. De mi dolor sin ventura, mi ventura con dolor me tiene siempre en temor, puesto en una noche oscura que no hiere luz de amor. Y allí en tristeza crecida padezco pena no oída, porque viven sin mudanza mi vida sin esperanza, y mi esperanza sin vida. Por ventura vuestros ojos, hermosa luz celestial, en mi dolor desigual pueden solo dar enojos y no remediar el mal. No, que yo vi, por mi pena, en vuestra lumbre serena volverse en vida mi muerte, cuando gocé en buena suerte solo de mi suerte buena. Vuestras manos me acabaron los bienes que en mí hicieron, y aunque ellas me deshicieron, mis deseos me mataron cuando ante vos me trajeron. No cabía en mi memoria presumir esta victoria de ser de vos bien querido; nadie fue jamás nacido que alcanzase tanta gloria. Acerté solo en miraros cuando más temía veros, para errar siempre en quereros; mas pues yo merecí amaros, ¿cómo merecí perderos? Ninguno sufrió tormento que igual sea al que yo siento, y en penas siempre mortales ninguno alcanzó mis males, ninguno mi sufrimiento. Mas ya que, pues desespero, en vuestro olvido apartado, ¿quién me diese que el cuidado y este dolor en que muero pueda ser manifestado? Y lo que secreto escribo de este mi tormento esquivo fuese a todos descubierto, porque cuando fuere muerto puedan decir que estoy vivo. 16. Sígueme siempre el Amor Sígueme siempre el Amor, y tiéneme en tal extremo, que tengo menor temor cuando más mis males temo, por acabar el dolor. Busco mi mal, y lo quiero, mas, ¡oh, si tanto valiese que por vos de amor muriese!; pero tan gran bien no espero que vuestra merced sufriese. El bien que gozo en amar es de tanto merecer, que no lo puedo pagar sino solo con perder la vida que he de ganar. Y la ventura de veros es todo mi galardón, pero no sufre razón que en el bien de conoceros quede en vida el corazón. Ved que tal es mi cuidado, que de los males que siento viéndome bien empleado, con la gloria del tormento me hace desesperado. Porque cuanto más padezco los daños de mi memoria, alcanzo más en la gloria de lo que en pena merezco, pues sufrir es mi victoria. Cuanto más mi pena crece desmerezco en padecer, que pues ninguno os merece, mal puedo yo merecer el bien que el amor me ofrece. Mas pues sufrir sé el dolor cuanto darme vos sabéis, bien, señora, entenderéis que os sabrá servir mejor quien sabe cuánto valéis. No sé mostrar mi pasión cuanto la supe sentir, que en mi grave perdición no se puede bien decir cuanto siente el corazón. Aunque vencido del miedo que tengo a mi sufrimiento, os digo de mi tormento mucho más de lo que puedo, y menos de lo que siento. Cansado de tanto amar, no descanso del cuidado volviendo siempre a penar, que de tanto amor pasado queda mucho que pasar. Amor de grado me obliga con ley tan áspera y fuerte, que cuando mudando suerte su estandarte yo no siga, siga a mi vida la muerte. Volved a mi mal esquivo, tiernos tal vez, vuestros ojos, que si quedo en ellos vivo la gloria de mis enojos me hará andar siempre altivo. Si jamás, señora mía, quejoso del mal que siento de vos, mudé el pensamiento, fallézcame el alegría que tengo de mi tormento. En estos bienes de Amor solo temo el olvidar: mas, ¡oh, que vano temor!, porque en ley de bien amar no cabe tan grave error. Y pues he yo merecido al deseo igual la gloria, viviendo en vuestra memoria nunca los males de olvido llevarán de mí victoria. 17. Pues vivo desesperado Pues vivo desesperado de presumir ya algún bien, ¿por qué no muere el cuidado con este fiero desdén? En tan declarado olvido engañarme es poquedad, y en trocada voluntad no sentir ser ofendido. Lo que los ojos descubren es error negar que sea; pequeños males se encubren al que amando devanea. Yo que miro en mi presencia esta mudanza enemiga, no es razón que sufra y diga que conviene la paciencia. No espero bien, y consiento sin gloria grave pasión. ¡Cuán áspero es el tormento sin remedio o galardón! Ya es furor y desvarío conocerme maltratado y no querer ser curado, pues de otro bien desconfío. En destierro aborrecido paso la vida llorando, el bien poniendo en olvido y los males acordando. Tal guerra dentro en mi pecho Amor hace cada día, que por librarme daría estar ya muerto y deshecho. Con un deseo encendido me levanto en alto vuelo, y sin temor, atrevido, las alas pongo en el cielo. Mas no pueden sustentarme las fuerzas de este deseo, y cuando menos lo creo siento en el mar anegarme. Suspiros que vais perdidos, do no seréis escuchados, en males no conocidos, ¡cuán mal que sois derramados! Yo, de mí mismo enemigo, busco el mal do no lo veo, y así, engañado, deseo, cuando debo huir, sigo. Antigua contrariedad en mis entrañas criada, que niego mi libertad con mi voluntad dañada. Cruda guerra del sentido que en el corazón se enciende, y con mi mano me ofende cuando voy menos perdido. Veo ya mi mal tan claro que no lo puedo negar; lo poco que en él reparo no lo deja remediar. No es de piedra el corazón que no siente su dureza, pero juzga su flaqueza rendirse a tanta pasión. Pensar del alma apartaros será, señora, acabarme; ¿mas cómo podré olvidaros, sin que pueda yo olvidarme? A do vos estáis, señora, mis tristes suspiros van; mas, ¡o, cuán poco podrán donde nunca piedad mora! Yo os amo y no desespero, porque os di tanto en miraros, que en la fe de amor espero todo cuanto puedo amaros. Y en pena de lo que osé vos admitís mi pasión, olvidando el galardón debido a tan grave fe. Tanto mal tengo sufrido que no puede ser mayor, sin tener, aunque fingido, bien de vos en mi dolor. No temo ya más tormento aunque más mal me tratéis, que más que el mal que me hacéis es mayor mi sufrimiento. Mas si vos vuestra dureza siempre en mí queréis mostrar, no soy de tal fortaleza que la pueda comportar. Y si vuestro desamor siempre a mi daño os convida, dadme vos, señora, vida que pueda con mi dolor. Mas, ¡cuán lejos, mi señora, estáis vos del mal que siento, sin cuidar en algún hora que por vos es mi tormento! Defiende la suerte mía, por vuestra grande esquiveza, la salida a la tristeza. y la entrada a la alegría. Pero más siento el olvido en que mi pena padezco, porque en ser por vos perdido tan grande mal no merezco. Mas si en este mal de amor, do nunca supe de gloria, hubiese de mí memoria, no sentiría el dolor. ¿Mas cómo puedo esperar lo que desespero ser, que tal bien no puede estar en tan corto merecer? Y acordaros de mi mal en mi pena más crecida, daría gloria a mi vida como si fuese inmortal. ¿Pero para qué me quejo a quien descansa en mi daño? ¿Por qué ya, triste, no dejo de seguir tanto mi engaño? Desesperado, sin bien, en soledad y en olvido, no temo ser ofendido, ni recelo ya el desdén. Vestiré el desnudo pecho de constancia y fortaleza, sin que dude ser deshecho de aquel rayo de belleza. Do no cabe la esperanza y do no se espera medio, tendrá el mal solo el remedio que por la muerte se alcanza. Acábense con los días de mi pasado favor mis engañadas porfías, mi mal estimado amor. Y quédese la memoria a mi señora presente, porque alguna vez sea fuente de haber llevado tal gloria. 18. Dulce y errada porfía Dulce y errada porfía, lisonjero pensamiento, al fin llegado es el día de vuestro gran perdimiento. Creístes en el engaño de quien no os dio una esperanza, porque más sintáis el daño de no pensada mudanza. Mas ya que trueco el estado, ¿quién fuera tan venturoso que perdiera su cuidado como olvidó su reposo? Que en las desdichas de amor, al que tuvo alguna gloria, de los males el mayor es no perder la memoria. ¿Adónde me habéis traído, prometiendo galardón, pues de tanto bien perdido saco desesperación? Mi deseo y desvarío, que robasteis mi sosiego, mal podréis a un pecho frío encender en vuestro fuego. Desespero de alegría, y lamento con tristeza, y perdida la osadía desfallezco de flaqueza. No descansa mi dolor con llorar siempre mis males, porque es el llanto menor que mis penas desiguales. En el mal con que peleo no me vale ser mortal, porque vive mi deseo cuando más me acaba el mal. Cuando mas va de caída, sigo al fin mi mala suerte, porque más temo la vida que no recelo la muerte. De desdichas alcanzado abrazo mi perdición, y de mucho lastimado ya no siento mi pasión. Y en esta fortuna mía, donde perdido me veo, no tengo más alegría que el dolor de mi deseo. Al cabo seréis perdidos, deseos bien ocupados, y moriréis ofendidos, pensamientos tan honrados. Pues me llevasteis la gloria del bien que gocé perdido y dejasteis la memoria por dolor del mal sufrido. Con la pena de teneros estoy tan sujeto al miedo, que no quiero ya quereros y desamaros no puedo. Pasiones, que perseguisteis un pecho tan lastimado, de los daños que hicisteis ¿qué provecho habéis sacado? Y vos, continuos cuidados, en mi error desvanecidos, ¿por qué sois tan bien llorados, pues sois tan mal consentidos? Pero todos los despojos de mi antigua gloria son lágrimas para los ojos, fuego para el corazón. Mas, ¡oh poco sufrimiento de esta mi contraria suerte, pues basta mi pensamiento para tan honrada muerte! Yo tengo por bien el mal, no siendo pena mayor; que a no ser mi pena tal, ¿qué merece mi dolor? Que el servicio es más ganado cuanto más perdido fuere, y aquel es mejor cuidado que más lástimas sintiere. Es gloria de mi pasión el grave dolor que siento, porque está mi perdición en acabarse el tormento. Y si bien alguno tengo del mal que sufro, y procede, y el mayor mal que sostengo por galardón me sucede. ¿Pero quién podrá tener tanta fineza de amor, que sepa bien entender los gozos de mi dolor? 19. Desespere el corazón Desespere el corazón que osó quereros en vano, pues que ningún galardón se espera de vuestra mano. Mas, ¡oh, qué mal empleado es el bien de mi tormento, pues sobra mi pensamiento por premio de mi cuidado! Que no es digna de memoria la pena que sufro yo, porque deshace la gloria que vuestra merced me dio. Tanto en el amor merezco, que basta para mi fe acordarme que os miré para cuanto mal padezco. No cabe en mi corazón pensando en tan gran ventura, la gloria de mi pasión, por tan alta hermosura. Es tan grande la extrañeza que descubro en mi tormento, que temo el contentamiento como la mayor tristeza. Antes me falte la vida que me fallezca la pena, que pues della sois servida, la muerte tengo por buena. Y alegre con esta suerte, vivo solo en confianza que a todos quito esperanza de la gloria de mi muerte. Porque es tal mi ventura, que no merece la pena quien ,más dolor no procura, y de sí no se enajena. Mas si encubro mi tormento, es porque algún confiado no quiera morir osado de envidia del mal que siento. No siento ya mi pasión ni temo el dolor crecido, pues me disteis presunción, señora, de ser perdido. La vanagloria que siento de morir a vuestra mano, hace ser mi mal liviano y ufano mi pensamiento. Mas la pena del amor no me deja sosegar: que do no reina el dolor nunca llega el bien amar. Pero en las que yo sostengo en los males que me dais, no quiero que me debáis más de las culpas que tengo. En mi grave sentimiento es ocasión de mi gloria, que aunque muera en el tormento viviré en vuestra memoria. No merezco yo bien tal más, pues vuestra merced ordena, por no acabarle la pena, que viva siempre mi mal. 20. Quien vive en mortal cuidado Quien vive en mortal cuidado, si en mortal cuidado vive, perdido y desesperado, a ti su bien solo escribe. No juzguéis atrevimiento aquesta libertad mía, que no se llama osadía hacer público el tormento. Escusado fuera el miedo a un corazón ofendido, mas tan poco es lo que puedo que huyo de ser oído. Porque amo es lo que temo, que do no vive el temor no puede hallarse amor que se esmere con extremo. Mi grave dolor obliga a escribirte tu crudeza, mas no sufre que lo diga el pesar y mi tristeza. Háblelo por mí el amor, si bien no pudiere yo, que no puedo decir, no, cómo siento mi dolor. ¿Adónde estás? ¿A do escondes de mi vista tu belleza? ¿O por qué no, di, respondes a la voz de mi tristeza? Yo me acuerdo que solías alegre oír mis pasiones, y con tus blandas razones cortésmente me acogías. Cuando holgabas mostrarme disgusto de mi dolencia, cuando tardabas en darme a la partida licencia; y cuando mi descontento, señora, no te placía, y a tu merced le dolía la pena de mi tormento; cuando no se me negaba el regalo de tu vista; cuando mi mal se pagaba con los males de una vista; cuando mezclaba en placer los daños de mi dolor, cuando me diste el favor que no pude merecer; tú, no sé yo si fingido era el amor que mostrabas, al canto de mi gemido dulcemente te ablandabas. Desvaneciste mi pecho, y en soberbia le pusiste, y con el bien que me diste todo mi bien fue deshecho. ¿Por qué con fiero desdén, después que me viste tal, me ofreciste tanto bien para sentir mayor mal? ¡O ánimo endurecido!, ¿para qué fue la clemencia si agravaste la sentencia contra un mísero rendido? Quien menos yerra en amor y quien más amarte pudo, yo soy, pues en mi dolor me esfuerzo a mostrarme mudo. solo por mí podré creer lo que otros podrán decir: que cuanto bien sé sentir callo por no te ofender. ¿Por qué, señora, pusiste mi nombre en tu corazón, para usar conmigo ahora de tu dura condición? Hartaras, pues, tu crudeza sin fingir piedad un día, ni me dieras alegría para acabarme en tristeza. ¿Hasta cuándo, cruel, piensas negarme la confianza? Contra ningunas ofensas ejercitas la venganza. No soy de ajeno señor, ni otro tiene en mí poder, ¿pues por qué quieres perder al que tuyo hizo Amor? Bien puedes contar por gloria el engaño que me usaste, pero ninguna victoria podrás decir que ganaste. 21. Yo moriré tan ufano Yo moriré tan ufano, si tu merced lo consiente, que sentiré solamente no haber muerto más temprano. Rasga los ojos, señora, do mis días se escribieron, que en el mal que siento ahora mis fuerzas desfallecieron. No tengo forma de hombre, llego ya al punto postrero, que con los efectos muero y vivo con solo el nombre. Esta desdichada vida y mi venturosa muerte, por ingratitud perdida, ganada por bien quererte, por último beneficio de las penas que me dan, ante tus ojos harán de mí solo sacrificio. Que el corazón ya no basta con dolor de tal dureza, y flacamente contrasta la vida a tanta tristeza. Porque por tu condición sirviendo, vine a ganar, para que pueda contar lo servido en perdición. Yo venzo en fe de querer a cuantos Amor siguieron, y así mi mal ha de ser más grave que cuantos fueron. Que pues excedo en amor todo humano sentimiento, es fuerza que mi tormento de todos sea el mayor. Y es muy justo que mi mal sobre todos en grandeza, porque no conoce igual tu valor y tu belleza. Y mi pensamiento ufano con tan alto desvarío, espera que del mal mío vendrá el remedio temprano. Pero yo entiendo en mi pena que siempre me ha de seguir en una misma cadena, y que nunca ha de morir. Porque la luz de tus ojos de tal suerte me abrasó, que lo mortal apuró y me hizo sus despojos. En tan largo tiempo y hora, oye de la pena mía a quien todas por ti llora, sin consuelo ni alegría. Acabarme en mi pasión no estimes por gran vitoria, que la causa de mi gloria nace de mi perdición. ¡Oh, si alguna vez osase descubrirte mi dolor, y mi lengua desatase esta sola vez Amor! Porque yo podría tanto, si por suerte no me engaño, y acabado el grave llanto que vería fin al daño. Que llevado en mi dolor no consiente el sufrimiento que pueda, y esto es amor, decir bien el mal que siento. Pero si Amor prometiese que se pudiese entender, no podría merecer el menor don que me diese. El uso de tantos males, hechos en mis sentimientos, los hace consigo iguales para abrazar tus tormentos. Fallézcame, pues, la gloria que tengo de mi mal fiero, si contento alguno espero que no sea en tu memoria. Aunque tú eres mi señora, sola tú, señora mía, la que destruye en un hora los años de mi alegría. ¡Oh, si alguna vez volvieses esos tus ojos hermosos a mis males lastimosos porque de mí te dolieses! ¡Mas yo, triste y cautivo, de gloria y de bien desierto, estoy en tu olvido vivo pero en tu memoria muerto! ¿No es pequeña presunción pensar que debe caber tan estrecho merecer con tan grande perfección? Mas yo esperando templar la pasión de mi deseo, no me sé desengañar de tan ciego devaneo. Culpa de mi desventura que en mi daño se concierta, y nunca al remedio acierta el error de mi ventura. Que pretendiendo sanarme me puso la mano Amor, pero no pudo librarme de la llaga del dolor. Porque el golpe de tu mano es la causa de mi muerte, y al triste que pudo verte espera salud en vano. 22. Pues no puedo sostener Pues no puedo sostener la vejez de mi dolencia, quiero en público traer las lástimas de mi ausencia. Bien holgara yo encubrir mi mal, mas Amor me obliga que de mi tormento diga lo que más temo decir. La voz salir no se atreve del pecho que miedo enfrena, porque sabe que cual debe no puede decir su pena. Mas yo pienso aventurarme por los bienes que perdí, que aunque hable más por mí, ninguno podrá culparme. El dolor que me maltrata dé lugar para decir la culpa de quien me mata, si lo puede consentir. Que a manifestar mi ofensa me atrevo muy cortamente, porque consigo se afrente quien de mí tan poco piensa, ¡Oh tú, enemigo mortal de mi esperanza perdida, da tanta vida a mi mal cuanto mal diste a mi vida! Porque me queda en descuento, como una sombra de gloria, esta pequeña memoria de los bienes que lamento. Mas si en mis penas mortales tan poca membranza tienes, la muerte, fin de mis males, dará principio a mis bienes. Que ya estoy en tal sazón por lo que vengo a decir, que temo menos morir que sufrir tu condición. Yo soy triste a quien sobró ventura en el pensamiento, y a quien siempre le faltó la esperanza del tormento. Supe sentir y entender cuánto se gana en mirar, para más desesperar y siempre desmerecer. Mi casa es aqueste yermo lleno de espinas y abrojos, el lecho, do nunca duermo, riegan en llanto mis ojos. En las tinieblas de olvido vivo de bienes desierto; menos mal fuera ser muerto que padecer tan perdido. No me duelen, pues, mis males, que me duelen sin cesar, sino que siendo mortales no me acaben de matar. Y lo que más me condena es el bien de la memoria, que quien más sabe de gloria sabe más sentir de pena. Todo me ofende también, porque mi suerte fue tal, que elegí por mayor bien lo que es para mayor mal. Derriba ya mi flaqueza el error en que porfío; prosigo mi desvarío siempre lleno de tristeza. Déjanme solo en temor en los fines de mi daño, ¿quién mereció tal dolor que un amor tan sin engaño? ¿Quién tendrá, pues, sufrimiento, do el mal siempre mayor crece, que si la edad desfallece no fallece mi tormento? ¿Cómo puede ya sufrir tantas muertes una vida? ¿Cómo se podrá sentir un mal que nunca se olvida? Tal estoy, que ya no espero remedio a mi mal esquivo, no vivo ya, porque vivo, y muero porque no muero. 23. Busqué en mi muerte la vida Busqué en mi muerte la vida, y hallé en la vida mi muerte, la muerte no me fue vida, y la vida me fue muerte. Nacieron de aqueste error males de tal desconcierto, que cuando me tienen muerto me avivan para el dolor. Cuando el pensamiento mío bien alguno me promete, el error del desvarío en mil peligros me mete. Yo sé que es bien conocido el amor por quien padezco, y que galardón merezco porque también me he perdido. Mas pagan con desengaño los daños de aquesta cuenta, pero no deja el engaño lugar por donde los sienta. Así vuelvo el pensamiento, pensando mudar ventura; mas poco vale cordura, que al fin torno a mi tormento. Mejor es llorar mis daños y entender lo que perdí, que sufrir más los engaños que tanto siempre temí. Mas ¿quién puede comportar desengaño tan dañoso, y por vivir en reposo perder la gloria de amar? Conoce de mí muy poco, y menos de lo que siento, quien por las penas que toco piensa alcanzar mi tormento. Mucho callo, y poco digo, antes no dejan que abra la boca a decir palabra, porque se muera conmigo. Voluntad desempeñada, ingrato y altivo pecho contra una vida cansada se embravecen sin provecho. Vil efecto de crudeza vengarse en hombre rendido: ¿qué puede haber merecido quien padece por firmeza? Desengáñese quien piensa que es de error este castigo, porque sin hacer ofensa me tratan como a enemigo. Si es error querer amar, yo cometí gran error, de mi error es causa amor, si de amor nasce el errar. Mas del dolor que padezco a mí solo culparé, porque todo mal merezco por los males que busqué. Pero quien tuvo en ventura tan honrado pensamiento, ¿qué más quiere que el tormento con que a tanto se aventura? El remedio que yo espero no lo espera el más perdido, y contino desespero del galardón merecido. Tanto merecí en osar, que pude esperar en quien no sabe pagar con bien, lo que se pierde en amar. ¡Oh, quién fuera tan dichoso que olvidara el pensamiento! ¡Quién no se viera medroso en las ansias del tormento! ¿Cómo vivo, pues deseo? Porque en suerte tan perdida, poco desea la vida el que vive con deseo. 24. Podrá con tal pena quién ¿Podrá con tal pena quién? ¿Quién podrá con pena tal? Si alguna vez cansa el bien, ¿qué hará un contino mal? Mas nunca adonde entró Amor salió de allí la tristeza, y al que vence su crudeza jamás se vio vencedor. ¿Qué mal me puede venir que no tenga merecido? ¿Quién puede en vida sufrir el mal de tan grande olvido? ¡Ay!, qué tan triste memoria... Mas, ¡ay!, qué tan grave error... ¿Que viva con tal dolor quien perdió toda su gloria? No hallo tan gran placer con quien descanse mi pena, que a quien se viene a perder ninguna fortuna es buena. Y porque mejor yo pueda quejarme de estas mudanzas, de tan ricas esperanzas el desengaño me queda. Estas esperanzas mías me dieron por lastimarme; porque mil vanas porfías me afligen sin acabarme. Y porque si las perdiese hiciese experiencia yo, como el que en más bien se vio, cuanto el mal más me doliese. Forzado del sufrimiento, viviendo en confusa suerte, de miedo de mi tormento, pierdo el miedo de la muerte. Y en este extremo dudoso conozco ya, pero tarde, que fui vencedor cobarde y soy vencido animoso. En mis congojas mortales no me puedo defender, que no me vencen mis males ni los puedo yo vencer. Ni puedo, porque ellos pueden fácilmente derribarme; para mejor acabarme unos a otros suceden. Ya mis antiguas tristezas se cansan en su venganza, y las usadas crudezas tornan a hacer mudanza. Aquejado del dolor me suspendo en un cuidado; mas de tanto amor cansado tanto quedo del amor. Grande fue la presunción que cobré con osadía; mas fue mayor la pasión, fue mayor la pena mía. No basta mi sufrimiento, mas mi desdicha resiste: que alarga mi vida triste, por alargar el tormento. Alguna vez que me deja el dolor abrir los ojos, doy principio a nueva queja, y fin a viejos enojos. No hallo males que comienzan a renovarme la guerra; yo luego pierdo la tierra, no esperando que me venzan. Estoy tan sujeto al miedo, tan rendido a la flaqueza, que defenderme no puedo ni huir de mi tristeza. En otro tiempo solía no temer y ser osado, ¿mas qué puede un desdichado ausente y sin alegría? Nadie piense que yo tengo mal igual al de otra gente, porque lo sufro y sostengo con ánimo tan paciente. Pues la causa que me fuerza es mayor que cuantas fueron, y jamás otros tuvieron ocasiones de esta fuerza. No siento ya confianza que me pueda defender, que debajo de la lanza del dolor vengo a caer. Mil males he procurado pensando acabar mi mal; no he hallado alguno tal, mas ellos bien me han hallado. Si me quiero desatar de esta engañosa pasión, no puedo, triste, acabar el furor con la razón. De las finezas alcanza que hay en el amor muy poco, ¿quién ama si no está loco, con muy pequeña esperanza? Esperanza y seso pierdo, porque amando desespero; nunca me hallo más cuerdo que cuando menos la quiero. Peno siempre y no descanso, descanso cuando más peno, nunca tengo tiempo bueno sino cuando más me canso. El dolor de mi gemido no me duele en padecer, sino porque va perdido donde se estima el perder. Pequeño dolor padece a quien la culpa condena, mas solo siente la pena aquel que no la merece. No creí que el mal que pudo llegarme a la última suerte, pudiera a un cuerpo desnudo volver a darle la muerte. Mas hace el amor esquivo en mí tan gran desconcierto, que me ocluida como a muerto, y atormenta como a vivo. Tan ajeno y tan suspenso me hallo, y tan apartado, que de mí me olvido, y pienso que se me ocluida el cuidado. Traspórtome desde el suelo, mas cuando miro la lumbre, antes de tocar la cumbre las alas faltan al vuelo. Pensar que pueda decir como debo el dolor mío, ni amor lo querrá sufrir ni en mí hay tal desvarío. Quédese en este destierro entre mi gemido y llanto, porque no se ofenda tanto quien es culpa de mi yerro. 25. Ufano muero en mis males Ufano muero en mis males porque sois ocasión de ellos, y no valgo a merecellos: que no son mis fuerzas tales que pudiesen sostenellos. Pero en mi fe los merezco; pues a sufrillos me ofrezco digo en medio del dolor: "Loado seas, Amor, por cuantas penas padezco." Pero mal puedo sentir lo que más debo huir, porque en las penas mayores, livianos son los dolores que el seso puede encubrir. Sufrí siempre el mal que siento sin pretender galardón, que es ingrato el corazón que os pide más que el tormento de tan dichosa pasión. Y con la gloria que vi cuando viéndoos me perdí, en mi grave pena digo: "No sé por qué me fatigo, pues con razón me vencí." Con el grande bien que veo en hallarme tan perdido, mi muerte pongo en olvido por la honra que poseo de ser yo vuestro vencido. Y siempre mi pensamiento dice en medio del tormento, alegre de su pasión: "Justa fue mi perdición, de mis males soy contento." Mas poco dura esta gloria a quien teme la partida, porque por partir la vida y quedar con la memoria es pena que no se ocluida. Y así el dolor que consiento en aqueste apartamiento no puede acabar mi mal; ved que tanto es más mortal que la muerte mi tormento. De la Esperanza desierto, del Deseo acompañado, voy en un mortal cuidado en mi triste vida muerto, en mi muerte no acabado. Y pues voy siempre conmigo en discordia, y enemigo, y de salud desespero, no tardes, Muerte, que muero; ven, porque viva contigo. Porque yo no puedo tanto que resista a mi dolor; basta que me tenga Amor contino deshecho en llanto, y el alma siempre en temor. Mas porque yo soy testigo de esto que solo te digo, sin que lo sepa la vida, ven, Muerte, tan escondida que no te sienta conmigo. Porque yo sé que esta gloria no cabe en mi pensamiento, que aunque sufra más tormento, no contaré por victoria morir del mal que consiento. Y pues queréis que mi mal me tenga en vida mortal, porque más dolor sintiese, ¡oh, si yo nunca muriese ni mi pena desigual! Mas quedéme satisfecho de mi voluntad rendida, que si sostengo la vida es por el bien que me ha hecho con pena tan merecida. No neguéis a mi pasión tan honrada presunción de perderme en contemplaros, pues que jamás olvidaros no puede mi corazón. Bien sé que el mal que padezco a mayor mal me condena, que en causa tan justa y buena si alguna cosa merezco es en honra de mi pena. Mas tal es la suerte fiera de mi pena lastimera, que digo desesperado: "Si no os hubiera yo amado, pluguiera a Dios que no os viera." Tal voy ausente y perdido, que el menor mal que yo siento es el más grave tormento que jamás ha padecido amoroso pensamiento. Aunque estéis de ello ofendida, descansara en mi partida, temeroso de perderos, si como partí de veros me partiera de la vida. Mas ya que el Amor consiente esta nuestra división, yo os dejo mi corazón, porque veáis lo que siente en la ausencia mi pasión. Y en el mal de mi porfía ya que se me acaba el día, digo lleno de deseo: "¿Dónde estás que no te veo? ¿Qué es de ti, esperanza mía?" 26. La gloria que en mi mal siento La gloria que en mi mal siento, es que para merecer ha de igualar mi tormento, cuanto más pueda crecer, con mi alto pensamiento. Con esto espero tendré cuanto merece mi fe si el Amor, juzgo, me vale, pues sé claramente que no hay mal que a mi mal se iguale. No hay tormento igual al mío, ni tan grande presunción que ose lo que yo porfío; que nunca en mi corazón no cabe tal desvarío. Y en haciendo mi victoria de tan honrada memoria, a la estima de mi mal no puede hallarse igual, ni bien tal. En el mal a que me ofrezco, contento de ser perdido gozo el bien, porque merezco lo que nadie ha merecido por el dolor que padezco. Y nunca más pena siento que cuando cesa el tormento, porque en mi pasión mortal no hallo ajeno contento por quien trocase mi mal. 27. CANCIÓN AL BIENAVENTURADO REY SAN HERMENEGILDO, MÁRTIR, QUE RECIUIÓ LA CORONA DEL MARTIRIO, SÁBADO SANTO, EN LA NOCHE, POR MANDADO DEL REY LEUVIGILDO, SU PADRE, HEREGE ARRIANO No sublimes columnas, do esculpía Roma de sus tiranos las hazañas, ni despojos del Bárbaro vencido honran, o nuestro Rey, tu sacro día, mas el humilde pecho y las entrañas de aqueste ayuntamiento esclarecido a tus aras rendido; y no te da el de Augusto piadoso y vencedor dichoso, que a tu valor pequeño es precio tanto, sino el más glorioso nombre de Mártir, y su amparo santo, y tu insigne memoria ensalza España por cuanto cerca el sol y el Ponto baña. Celebró los osados corazones Grecia, y Enotria en armas generosa el amor de virtud y la firmeza de ínclitos varones, y en su gloria la fama no reposa. Pero de tantas suyas. ¿ cuál proeza iguala a la grandeza de tu excelso valor? ¿el pecho ardiente a la fe floreciente? ¿Quién a tanto se puso aventurado? ¿Quién ofreció presente tanto, y perdió, y cobró tan alto estado? Tú entre los hombres, y entre Reyes fuiste el que vencer a todos mereciste. Ni el dudoso peligro de la muerte, del impío padre ni el furor terrible, ni la terneza del afecto hermano que derriba el robusto pecho fuerte, quebrantaron tu ánimo invencible o movieron tu pecho soberano; todo engaño fue en vano, halago o crueldad no tuvo parte, o con fuerza o con arte para alcanzar de tu virtud victoria; pudieron bien quitarte la vida, y tú gozar eterna gloria; y mueres cuando, ¡oh caso nunca visto!, resurge el Redentor del mundo, Cristo. Mas el cruel, de fe y de amor ajeno, que a tan fiera hazaña se dispuso, y pudo osar en su maldad seguro, ¿qué Istro, o Nilo con el curso lleno podrá limpiar la culpa en que se puso? Tema mirar la luz del cielo puro, huya al profundo obscuro; no espere, no, el fragor del rayo airado que rompe arrebatado: que el Olimpo, el viento y mar sañudo contra él han conjurado, y mal su error le puede ser escudo. que cuanto se dilata la venganza recompensa el tormento la tardanza. Tu afortunada patria a quien el cielo entre todas ha hecho tan gloriosa (no tanto por ser joya más preciada, de España honra, y esplendor del suelo y reina del Océano dichosa, cuanto por ser querida y estimada y en la sangre bañada del sacro Hermenegildo) muestra ufana con piedad cristiana en mayor excelencia tu grandeza; pues es tu soberana guarda y tu incomparable fortaleza, y da principio en este santo día a tus glorias, y bienes y alegría. 28. CANCIÓN. Al varón firme y justo Al varón firme y justo no el culpado gobierno y la fiereza, no el tirano robusto, y toda su dureza, muda de la segura fortaleza. Nunca peligro alguno le turba, ni el desnudo hierro alzado, ni el piélago importuno, ni del Tonante airado el rayo de tres puntas arrojado. La terrible ruina que al corazón más áspero quebranta, de su valor no es digna, que osado en furia tanta, el libre cuello sin temor levanta. De esta suerte el ardiente pecho del gran Pelayo abrió camino a su vencida gente, y de llanto contino bañó la faz del vencedor indigno. Tal el insigne y fuerte Conde, y el Cid en armas generoso, no dudando la muerte, al Árabe animoso domaron, y su orgullo temeroso. Y aquel gran caballero que contra el caro hijo rindió el hierro, y movió al Señor fiero con el impío destierro a proseguir airado el crudo yerro. Por esta mesma vía el noble pecho y corazón constante y la fe que debía, mostró en igual semblante al Rey dudoso el Cordobés pujante. 29. SONETO. Diestra heroica de Carlos, que igual mira Diestra heroica de Carlos, que igual mira del cielo vivo en vos vuestra vitoria, seguid, que ya el valor de toda historia rendido al vuestro, con dolor suspira. Domad del alto piélago la ira, que es la tierra pequeña a vuestra Gloria, donde el Imperio a España, y la memoria que por vos contra el Asia sola aspira. No puede ser mayor la gloria vuestra aunque es menor que vos, y vuestra Fama la grandeza del cielo abraza y cierra. Podéis cumplir esta esperanza nuestra, que para ella Europa toda os llama, pues sois Neptuno en mar, Marte en la tierra. 30. A UNA OBRA ESPIRITUAL QUE ESCRIVIÓ DON LUIS PONCE DE LEON, HIZO FERNANDO DE HERRERA ESTE SONETO Vuestro canto y aliento excelso y pío, con armonía dulce así resuena, que se le rinde el cisne cuando suena en el corriente vaso del gran río. Dichoso vos, a quien no seca el frío, mas puro fuego de virtud serena, y yo, pues vuestro noble canto ordena vida inmortal al nombre humilde mío. Ya veo transferirse de Helicona la cumbre y de Parnaso la ribera al asiento de Náyades ondoso; y que del lauro verde la corona os da Betis, oh gloria de Ribera, y del León más fuerte y generoso. 31. A LA MUERTE DE DON LUIS PONCE DE LEÓN, DEL MISMO AUTOR. SONETO Aquí donde tú yaces sepultado, oh gloria del León más excelente, el valor todo yace de Occidente con envidia de Marte derribado. No culpes la dureza de tu Hado que en tierra ajena tu dolor consiente, pues cuanto ves del Austro al Oriente es sepulcro a los fuertes consagrado. Será eterna en nosotros tu memoria, y puesto en el dorado y alto asiento defenderás mejor tu patrio suelo. No queda ya a la muerte mayor gloria, pero queda igualado el sentimiento, tristeza a España y alegría al cielo. 32. ELEGÍA DE FERNANDO DE HERRERA A LA MUERTE DEL MAESTRO JUAN DE MALARA No se entristece tanto cuando pierde desnudo, el ramo fértil y florido ya sin vigor cortado, el árbol verde, cuanto yo viendo suelto y dividido de la alma el lazo estrecho, con la muerte que velo no podrá cubrir de olvido. ¡Oh duro corazón que en mal tan fuerte no rompes!, ¿cuándo esperas ablandarte después de esta terrible y grave suerte? De mi alma murió la mayor parte y el cielo, que en mi llanto es buen testigo, ve que nunca el dolor de mí se parte. ¡Oh ejemplo de virtud!, ¡oh caro amigo!, que en mis entrañas vivas juntamente lo mismo que ya fuiste eres conmigo. Que la fe del amor jamás consiente que la muerte consuma con tu vida la llama que mi pecho ardiendo siente. Cortóse el paso a la amistad crecida, que nuestro dulce trato es acabado y el corazón de amarte no se olvida. Pensaba yo que el cuerpo desatado de los nudos de la alma, antes viviera, que yo sin ti esperar solo, apartado. Al fin pasé esta vida lastimera, y la sufrí. ¿Qué aguardo? ¿Por qué al cielo no te muestras mi guía verdadera? Cansado ya procuro alzar el vuelo al lugar glorioso y soberano, que al ánimo es pequeño asiento el suelo. Amor terreno, y un deseo vano, cuidado y engañosa la esperanza, no me dejan un punto de la mano. ¿Cuándo pondré en mi estado tal mudanza que solo amor celeste en mí respire, con segura firmeza y confianza? Divino celo al corazón inspire, y le dé tal virtud que solo sienta el alto bien que a mortal pecho admire. No me deje caer en esta afrenta donde me veo en confusión perdido, donde el mal que conozco me atormenta. Tú, que en el cielo estás esclarecido, ruega por mí al Señor de cielo y tierra, porque no muera en sombra del olvido. Valga la peligrosa y larga guerra que en mi alma se traba noche y día, con quien el paso a bien obrar me cierra. Después que llevó muerte oscura y fría de tu mortal cuidado los despojos, huyó de mí el contento y alegría. Lágrimas abundaron en mis ojos, y por tu arrebatado apartamiento en mí se renovaron los enojos. El inmortal y claro ayuntamiento celebró los trofeos de tu gloria, y gimió Betis lleno de lamento. Sonó una voz llorosa en tu memoria, el ingenio y bondad junto acabaron, cuando el Hado gozó de tu vitoria. El valle y alto monte suspiraron, y a Híspalis vestida en negro manto pluvias y ciegas nubes ocuparon. Contigo pereció el alegre canto, y en reliquias del daño doloroso quedó grave y quejoso y triste llanto. Betis, que al sacro Océano espumoso llevaba el son de tu dorada lira altivo, y con grandeza glorioso, mudo en su gruta oscura se retira, y en el profundo vaso con gemido las tardas ondas discurriendo mira. De tu canto quedaba suspendido el español osado, y el romano, y el francés orgulloso y atrevido. Por ti, el ilustre príncipe tebano es más famoso, y vive su memoria, que por vencer al bárbaro africano. Aunque se estime con eterna gloria por la fiera de Arcadia embravecida, más valor le dará tu noble historia. Era trueno tu voz, pero tu vida claro rayo, que puro resplandece, con llama presurosa y encendida. Que tu virtud y nombre reflorece con perpetua memoria, y sube al cielo la fama, que con honra tuya crece. Aunque tú me dejaste en este suelo, queda con Dios, ¡oh alma venturosa!, cubierta de purpúreo y rico velo. Que, si mi pena grave y dolorosa me da lugar en la pasión que siento, yo cantaré tu gloria generosa. En tanto, lo que sufre mi lamento, permite este lloroso verso mío, triste muestra de duro sentimiento. Aquí yace sin vida el cuerpo frío de Malara, que roto el mortal nudo donde a Vandalia riega el grande río voló al cielo su espíritu desnudo. 33. FERNANDO DE HERRERA Con pena eterna y con dolor crecido, por alto mar, por el desierto suelo, Psyche mísera busca sin consuelo al dulce esposo, al bello amor perdido. Cuando el Amor, de propio amor herido, sus flechas toma y deja el alto cielo, cubierto en amoroso y claro velo, y a Malara hirió ya del vencido. El cual tocando la dorada lira a Psyche alegre canta, Amor hallado, y sus afectos resonó en el canto. Dichoso a quien Amor su aliento inspira que puede revolver nuestro cuidado, en esperanza, en miedo, en risa, en llanto. 34. TRASLACIÓN DE LA PSYCHE DE HIERÓNYMO FRACASTORIO, POR FERNANDO DE HERRERA Ven, dulce Amor, o ven, dulce Cupido, a ti, hermoso Amor, Psyche hermosa te busca ardiendo en fuego no vencido. Y a ti te pide dios, ella diosa, a ti niño, ella niña blandamente con voluntad suave y amorosa. O si te ama y te desea presente tan semejante a ti, di ¿por ventura, Amor, no la amarás ardientemente? Cupido, su belleza y su hermosura ¿no la codiciarás? Ambos tenemos una patria, una origen de la altura. De Júpiter entrambos procedemos, entrambos juntamente en tierra estamos, juntamente en el cielo ambos nos vemos. Y los dones mezclados empleamos, entrambos juntamente en los mortales, y nuestros beneficios dilatamos. El bien y hermosura celestiales, con modos pongo yo maravillosos tiernamente en los pechos terrenales. Tú hieres corazones amorosos, y traes fuegos escondidamente, y en nuevo amor enciendes presurosos. De donde se concibe y juntamente crece, juntando en dulce casamiento de animales el género excelente. Ay me, mísera, sufro yo tormento usando de mis artes con mi daño, y padezco esta pena y sentimiento. Ay, muy tierna y muy apta al crudo engaño, para de ti, hermoso, ser movida al fuego que en mi blando pecho extraño. ¿Cómo te vi, ay cuitada, ay me, perdida? ¿Cómo te conocí, o el más hermoso de cuantos en el mundo tienen vida? Ardí luego en tu fuego presuroso, y en amor de tu amor, y esto me agrada si en igual fuego tú ardes amoroso. Quita, niño, las vendas de la amada vista, y vuelve los ojos y luz pura a mí, que en amor tuyo estoy inflamada. Porque amarás, Amor, mi hermosura, codiciarás, Cupido, mi belleza, y no te apartarás de mi figura. Yo te labro con arte y sutileza una delgada venda entretejida con blanda seda y oro con pureza; con que ciñas la frente, do torcida la pintura se muestra con mil flores y rosas y jacintos esparcida. Aquí te finjo yo, con los Amores que te sirven y van acompañando con la dorada aljaba y pasadores. Las anchas tierras todas traspasando, y los altos nublados con el vuelo, y el mar mojado y húmedo cortando. A las aves pintadas del gran cielo, a los monstruos del mar, los animales a cuanto cría el abundoso suelo sujetando con fuerzas desiguales a tu sublime imperio, y consagrado, y no perdonas a los celestiales. En carro de oro Júpiter llevado, se muestra por tu fuerza poderosa, los pies y manos con el hierro atado. Entre los cuales va tu Psyche hermosa, también triste y atada con cadena, y sigue tus triunfos dolorosa padeciendo cautiva larga pena. 35. FERNANDO DE HERRERA Velleio, si mi canto rinde al olvido ciego la victoria, yo no presumo tanto que vuestra insigne gloria ose ofrecer a la inmortal memoria. Mas el amor debido a vuestro claro nombre y alabanza me aventura atrevido, aunque sin confianza, para seguir el fin de esta esperanza. Porque en tanta riqueza y nobles dones de la gran Sofía, podría mi rudeza, no como se devría, algo alabar do tanto se ofrecía. La memoria perdida de los convites que vio Roma ufana cuando cayó vencida la soberbia Atiana, que de sus vencedores fue tirana, las cenas abundantes que vuestro culto estilo orna y colora, cuales nunca vio antes ni después vio la aurora, alaba mi pequeña musa agora. ¡Oh vos afortunados, Lucullo, Antonio, Reina generosa!, que, yaciendo olvidados con muerte rigurosa, volvéis a luenga vida y venturosa. Los coliseos famosos, pirámides de inmensa pesadumbre y arcos espantosos que, con sublime cumbre, amenazaran la celeste lumbre, atierra el tiempo airado y dio tributo Roma de esta gloria al enemigo hado con tan grande victoria cuanto fueron sus honras y memoria. Mas lo que en esta cena vos celebráis, Velleio esclarecido, irá de suerte ajena, ni el fuego enfurecido podrá entregar jamás al hondo olvido. 36. SONETO DE HERNANDO DE HERRERA De estas doradas hebras fue tejida la red en que fui preso y enlazado; fue blanda y dulce en mi primer estado, luego en dura y amarga convertida. Por la ocasión antigua fue sufrida la pena en que aborrezco lastimado, y en tal tormento adora mi cuidado la causa de mi muerte, y de mi vida. Y de estos ojos fue herido el pecho con hierro, y fuego, y cada día crece con el golpe mortal el amor mío. Crece mi ardor y crece vuestro frío, la red me aprieta, el ánimo fallece, y está dudoso Amor en mi provecho. 37. ELEGÍA DE HERNANDO DE HERRERA Tan alta majestad, tanta grandeza mostráis con vuestra luz, mis dulces ojos, que aun yo temo mirar vuestra belleza. Lleváis de tantas almas los despojos que muero con envidia; mas la gloria es mía, pues yo sufro los enojos. Ojos do siempre vivo, si memoria tenéis de mí, dichoso mi tormento, que esto recibirá por su victoria. No puede haber en mí merecimiento, si el mal que yo padezco no lo alcanza en honra de mi afán, y sufrimiento. Ojos, que me quitáis la confianza cuando estoy más seguro, y bien tratado, y no cortáis el vuelo a la esperanza, tan lleno de vos pongo mi cuidado que lo que no sois vos tengo en olvido, y en vos estoy atento, y no cansado. Aunque no vea el bien de ser vencido de vuestra soberana hermosura, válgame que jamás os he ofendido. El día que no os veo es noche oscura, la noche que yo os veo es claro día, y el cielo se abre a vuestra lumbre pura. Pierdo tanto el valor, y la osadía, mis ojos, cuando alegre considero la varia historia de la suerte mía. Amor que ......... en vos está, y severo, me turba, pero al fin vuestra grandeza me alienta ...... y solo espero. Humilde es mi fortuna a vuestra alteza y todo el ser humano os viene falto: mas si ... veis, lucero de belleza, podré solo subir a un bien tan alto. 38. SONETO DEL MESMO El oro crespo al aura desparcido, y el resplandor de bella luz hermoso, el semblante suave, y amoroso del tierno rostro, aunque descolorido; la dulce risa a quien estoy rendido, la blanca mano, el trato generoso, la gracia, la cordura y el reposo y el excelso valor esclarecido pudieron quebrantarme la dureza, y entregarme al Amor con nuevo engaño, y ser causa y efecto de mi muerte. Mas defender que ame la belleza que me dio tanto bien, aunque a mi daño, ni vos podréis, ni Amor podrá en mi suerte. 39. SONETO De los rayos del sol por quien me guío llega la luz al alma, que la enciende, y las delgadas venas, brava, ofende y del presto calor destierra el frío. Miro la pura imagen del bien mío con aquella verdad que la alma entiende, y cuanto más la miro en mí se emprende la cierta luz que al corazón envío. Presente queda y vive en mi memoria, entrando por mis ojos de sus ojos, en los cuales Amor tiene más gloria. Por ellos bebe el bien y los enojos, que Amor dio a su belleza la victoria, como a causa mayor de sus despojos. 40. SONETO "Presa soy de vos solo, y por vos muero (mi bella Luz me dijo dulcemente), y en este dulce error y bien presente, por vuestra causa sufro el dolor fiero. "Regalo y amor mío, a quien más quiero, si muriéramos ambos juntamente, poco dolor tuviera, pues ausente no estaría de vos, como ya espero." Yo, que tan tierno engaño oí, cuitado, abrí todas las puertas al deseo, por no quedar ingrato al amor mío. Ahora entiendo el mal, y que engañado fui de mi Luz, y tarde el daño veo, sujeto a voluntad de su albedrío. 41. SONETO Esta belleza, que del largo cielo contiene en sí la más felice parte, a do con clara luz su luz reparte, sereno deja el aire, alegre el suelo. Amor en torno va con puro velo, y de sus bellos ojos no se parte, que allí descubre su destreza y arte y en la causa del mal pone el consuelo. Dichosa la alma puesta en tal tormento, que espera descansar en dulce gloria; dichoso más quien es favorecido; yo, que también que de ello alcanzo aliento para cantar su nombre y su memoria, que no podrá temer favor de olvido. 42. SONETO. A JUAN SANCHES ÇUMETA Zumeta, vuestra noble y dulce lira, a quien dará ventaja la de Orfeo, de nuestro Duque cantará el trofeo y la virtud que Marte en él inspira. Porque la mía débil aún no espira en gloria del amor como deseo, y en él consumo el tiempo yo y no veo más blando su desdén, menor su ira. El nombre que me da el soberbio canto convertid en vos mismo, y los despojos cantad, y las hazañas y memoria. Que yo tengo la lira hecha al llanto y solo suena en honra de los ojos y del cabello que robó su gloria. 43. SONETO Aquí, en el gran Océano, apartado de mi Lucero, estoy en esperanza; ya pierdo y cobro varia confianza y renuevo mi lástima y cuidado. Tal vez mirando el piélago indignado, turba mi olvido tarde la mudanza, y esperando en mis males la mudanza, soy de nueva fortuna salteado. Y mientras de mi Luz conmigo trato, el amor vuelve quieto y la dureza de ella, siempre alterada en mi memoria, ya me aparto y enojo y me maltrato, mas cuando considero su belleza, hallo que el mal por ella es alta gloria. 44. SONETO En esas trenzas de oro Amor ordena el lazo fuerte, que jamás deshecho podrá ser de quien puesto en tal estrecho tiene igual a su gloria eterna pena. Y de los rayos de esa Luz serena el fuego temo con que abraza el pecho, y siente de su fuerza satisfecho la llama el pecho, al cuello la cadena. De esa hermosa boca en quien espira las suaves razones y el engaño, la dulce cortesía y blando trato; y en ellas prende al triste que suspira, esperando la gloria de su daño, sujeto al yugo del Amor ingrato. 45. SONETO ¡Ay de mí! ¡Ay qué lágrimas derrama amor con dolor nuevo! ¡Ay, oh sagrada pluvia, tú en la alma mía lastimada cae, templando el fuego que la inflama! Alienta al corazón, ya hecho llama, aunque por culpa ajena derramada; que tú en su mejor parte conservada serás cierto remedio de quien ama. Como la bella, tierna y fresca rosa que la púrpura y nieve del rocío tocando muestra más su hermosura, con esta pluvia así, de oro hermosa, más bello se descubre el amor mío con rayos claros de su lumbre pura. 46. SONETO Los ojos bellos y las varias flores, el oro crespo y terso y frescas rosas, que tiemplan nieve y púrpuras dichosas, la boca dulce, asiento a los Amores; la blanca mano, larga a mis dolores, las palabras suaves y amorosas, la risa y gracia y todas vuestras cosas no causan a mi alma estos temores. Que bien puede librarse el que es sujeto y quebrantar el lazo inexplicado, si quiere su remedio en mal tan fuerte; mas porque es justo y glorioso efeto que os ame quien os vio, cual yo he mirado, mi vida ofrezco al yerro de la muerte. 47. ESTANCIAS Abrasa mis entrañas un templado y suave calor, que de centella mansa y blanda procede sosegado, y las consume poco a poco en ella. Del bello rostro el resplandor rosado abraza al pecho con la fuerza de ella; cabellos, manos, ojos, cuello y frente, abrásanme en su fuego dulcemente. A una y otra parte Amor me lleva y me inflama en la Luz de que estoy ciego, aunque según yo veo en mí la prueba, no debe ser amor, sino algún fuego. Abrasa al corazón con fuerza nueva y dale aliento para el daño luego, enciéndelo, y, después de fuego hecho, más gloria siente el abrasado pecho. Entonces hallo en vuestros dulces ojos un cuidado, un dolor, un sentimiento, que vuelve sus trabajos, sus enojos, en amoroso premio y en contento. Entrégaos de su alma los despojos, por ver también cautivo el pensamiento, y con la honra que en su fuego espera, arde y torna a nacer sin que en él muera. Purpúreo fénix que la Arabia cría, en quien no goza Muerte la victoria, en las llamas que enciende con porfía, quemándose no alcanza tanta gloria. Que el fuego que el Amor al pecho envía, como a holocausto digno de memoria, nace en más alta parte y es su efecto mejor y de más precio en el sujeto. 48. AL CONDE DE GELUES. CANCIÓN Ilustre Conde mío, honor sagrado y gloria generosa del navegable río, que con ribera undosa levanta la cabeza venturosa; aunque con débil canto mi simple musa y mal ejercitada no pueda subir tanto que sea comparada con la de Tajo insigne y consagrada; y aunque por culpa mía no resplandezca Betis glorioso igual a la onda fría de Pisuerga dichoso, por quien Tajo dorado está dudoso, no penséis que el olvido pondrá en oscuridad mi nombre y fama, por el tiempo traído, porque Febo me llama y de su aliento el rudo pecho inflama. Entre las ondas de oro que Tajo lleva al mar acanalado, do su rubio tesoro, teñido en colorado, espacioso pasa y derramado; y entre Pisuerga y Tormes, y Turia con las flores oloroso, con mi canto conformes, Betis victorioso sus Ondas claras mezclará espumoso; y en toda su ribera los cisnes numerosos y sagrados, con voz no lastimera sonarán sosegados y de favonios mansos halagados. No os pese que en mi canto vuestro valor se vea entretejido, aunque no sea tanto que haya merecido celebrar vuestro nombre esclarecido. Que en él os he compuesto un inmortal y sacro monumento, adonde está dispuesto a daros nuevo aliento después del trance y último tormento. No bastará la furia del Aquilón airado y mar y fuego a haceros injuria, ni el tiempo sin sosiego, ni envidia ni ambición del odio ciego. Sujetarase el hado, la rabia de la guerra sin memoria, y del cielo estrellado desciende la victoria: que consagro a las musas vuestra gloria. Aquel es venturoso a quien algún ingenio peregrino, con aliento dichoso, se le mostró benino y de mortal lo hace ser divino. La levantada cumbre, el grande anfiteatro, el muro fuerte, por no mudar costumbre, haciendo igual la suerte, allana la indignada altiva muerte. La soberbia de imperio, los hechos de españoles valerosos son triste vituperio de días presurosos, que en largo olvido quedan tenebrosos. solo puede Talía vivir, que con el tiempo nunca muere, y quien por esta vía seguir sus pasos quiere y quien loado de poetas fuere. 49. SONETO Alégrate, Danubio impetuoso, de quien huyó el tirano de Oriente; tú, Alfeo sacro y Ebro caudaloso, sujetos a esa bárbara y vil gente; que la presa con lazo riguroso, que enfrena el curso a vuestra gran corriente, Betis quebrantará victorioso y vuestro imperio juntará a Occidente. Veréis al fiero y áspero tirano dejar del largo Éufrates esta parte, por fuerza y sangre y hierro y fuego y muerte. Y cerradas las puertas del dios Jano, sosegará, domesticado, Marte, con vuestra diestra y gloriosa suerte. 50. SONETO. A JUAN DE MALARA Mientras, Malara, a Alcides valeroso haces eterno con sagrada lira, y el mismo Febo en vos su aliento inspira y divino furor ingenioso, Amor, a mis entrañas, temeroso, las flechas de oro crudamente tira, y pensando aplacar su cruel ira, dejo el canto de Marte sonoroso. Las blandas musas sigo con cuidado y amor solo en mis números resuena y aquella Lumbre de inmortal belleza. No puedo defenderme en tal estado, que a eterno y duro yugo me condena: ved cuánto pudo Amor en mi aspereza. 51. SONETO Si el tierno canto y blando movimiento de esta cítara triste, que solía en fortuna mejor con mi alegría causar en vos un nuevo sentimiento, no puede enternecer el duro intento y el crudo rigor vuestro que porfía llevar a muerte la esperanza mía y deshacer de Amor el fundamento, diré que no hay amor en vuestro pecho, que el amor que mostrasteis fue un engaño, que sois ingrata, indina de memoria. Serame aquesta afrenta satisfecho y algún breve reparo a tanto daño, aunque es pequeño mal a tanta gloria. 52. SONETO La incauta y descuidada mariposa, de la belleza de la luz rendida, en torno de ella vuela y, encendida, pierde en ella la vida presurosa. Mas yo en aquella Lumbre gloriosa corro a sacrificar mi triste vida, que de su bello y puro ardor vencida, perderse quiere en suerte tan dichosa. Amor, que en mí pretende nuevo efeto, dame vida por darme dura muerte y en la luz y en el oro me detiene. En torno de ellos voy con mal secreto y en ellos pierdo y cobro nueva suerte, y todo para daño mayor viene. 53. A FRANCISCO PACHECO. SONETO De flores ciñe, Betis, tu corriente, más fresco y deleitoso que Peneo, pues en tu gloria canta un nuevo Orfeo y a tu honra inclina el Tebro la alta frente. Oirá tu nombre el lúcido Oriente y el esparcido piélago Eritreo; perlas el Indo, olores el Sabeo darán en tu memoria al Occidente. La urna de cristal, con letras de oro, descubre en tu perpetua y clara gloria, murmurando en sus ondas extendido: "Mis aguas, dice, olivas y tesoro el tiempo sepultara en el olvido a no ilustrar Pacheco mi memoria." 54. SONETO "¿Qué espero adonde tengo el sufrimiento? ¿Qué fruto he de coger de aquestas flores? Basten ya las afrentas y dolores, causadas de amoroso sentimiento. "Mi altivez, mi juicio y pensamiento, rendidos, ¡cómo están de estos temores! ¡Oh mísera esperanza, en mis amores cuánto trabajo alcanzas y tormento! "Razón será que se convierta el pecho al alto y noble intento a que es criado, y desconfíe y tema de lo incierto." Cuán bien habló después del daño hecho, como si yo no fuese el más culpado y no aquella belleza que me ha muerto. 55. SONETO Ardiente llama en abrazado pecho hace de su valor la mayor prueba con ocasión incierta y causa nueva para doblar el mal y crudo hecho. de este fuego yo estoy tan satisfecho, que vuelvo a arder en él cuando Amor prueba sus fuerzas en mi alma, que la lleva al duro trance y peligroso estrecho. En mis entrañas vive y las consume su fuego, sin remedio de la vida, que a su templo devoto la consagro. Amor efecto nuevo en mi presume, mas la llama en que ardo embravecida descubre que soy otro Meleagro. 56. SONETO Amor con tal engaño me ha traído, que derriba la fuerza del cuidado cuando me ve más bien afortunado, y anégame en las ondas del olvido. Cuando estoy condenado ya y caído, dame aliento a subir al bien pasado, mas es en el favor tan limitado, que temo siempre verme más perdido. Quisiera que el favor, o fuera frío para desesperar la confianza, o, para tomar vida, más caliente; porque tanta tibieza al dolor mío ni da vida ni muerte a la esperanza, mas tiéneme con pena diferente. 57. SONETO Este tormento mío causó aquella bella, dulce y cruel señora mía; no sé si más cruel se vio algún día, ni si se vio más dulce o vio más bella. Muestra de piedad jamás vi en ella, y ella fue siempre dulce a mi porfía, y es siempre bella, y de la luz que envía su vista vence a la más clara estrella. Ya que es bella y cruel por dolor mío, sea, pues fue, ya dulce a mi tormento, y escuche atenta el mal de que yo muero. Que de mi grande y cierto amor espero mudar con tierno y lastimoso acento en fuego el hielo de su pecho frío. 58. A PEDRO MOXCOSO DE MOXQUERA SONETO. Ms B Vuestro suave y tierno y noble canto, el espíritu excelso y armonía, a mi pecho virtud celeste envía y mueve en él furor divino y santo. Y si el Amor, cansado de mi llanto, diese espacio a la grave pena mía, en vuestra honra la cítara alzaría, Moxcoso, aunque no igual la voz levanto. Mas vos hacéis eterno el nombre vuestro, estampado en el rico manto de oro que Atenas consagró a su gran Minerva. Dichoso vos a quien el cielo diestro lo mejor entregó de su tesoro y la gloria que dio con vos reserva. 58a. A PEDRO MOXCOSO DE MOXQUERA SONETO. Ms B ¿Cuál espíritu excelso y noble canto puede encenderme más en su armonía que vuestro grave estudio, que la vía enseña de virtud y de amor santo? ¡Cuántas veces, cansado de mi llanto, procuro terminar la pena mía, Moxcoso, y celebrar como devría vuestra honra, a do el vuelo no levanto! Mas voz hacéis eterno el nombre vuestro, estampado en el rico manto de oro que Atenas consagró a su gran Minerva. Dichoso vos, a quien el cielo diestro lo mejor entregó de su tesoro, y la gloria que os dio con vos reserva. 59. SONETO Yo ardo, Lumbre mía, en la belleza de vuestro oro sutil y dulces ojos, do Amor, flaco y enfermo, los despojos lleva a mi alma, llena de terneza. ¡Qué celeste vigor y qué grandeza de Amor, que causa todos mis enojos: la débil flor en ásperos abrojos convierte por mi daño y mi tristeza! ¡Ay, mi sagrada Luz, si al dolor mío vuestra dolencia ha acrecentado el fuego y con mayor rigor la antigua pena!, ¿por qué me abrazo en vuestro hielo frío y en mi llama os heláis? ¿Por qué Amor ciego me prende y a vos suelta en la cadena? 60. SONETO ¡Que muera yo en el mal de mi tormento de vuestros bellos rayos abrazado! No merezco, mi Lumbre, ser culpado, pues ellos causan el dolor que siento. Que vos no padezcáis el sentimiento de mi pena y la fuerza del cuidado, justo es: que vuestro grave y alto estado no sufre desigual merecimiento. Que arda yo sin premio de esperanza y que el deseo me consuma en vano, gloria es de Amor, que atravesó mi pecho. Que vos deis al dolor de mí venganza, que estéis ingrata al mal de Amor tirano, es culpa y vuestra, y mío el daño hecho. 61. A DON PEDRO DE ÇÚÑIGA. SONETO Las estatuas, las tablas en que muestra que contiende la industria con el cielo y a los ojos engaña con el velo de la sutil y ingeniosa diestra, no pueden dar, señor, tan clara muestra de la luz que os inspira el Rey del cielo, y del tiempo el perpetuo y leve vuelo las oscurece, y la memoria vuestra. Consagrad a las musas vuestra gloria si queréis vida ilustre, y en su canto veréis vuestro valor representado. Eternas son y eterna en su memoria, y el nombre que celebran vive tanto, que en la inmortalidad es colocado. 62. SONETO Amor, para remedio de mi vida, hízome en mis tormentos elocuente; valióme un tiempo, agora no consiente que me valga en fortuna aborrecida. Mi bella Lumbre de mi mal se olvida, ya que, cual buey cansado, voy paciente a sujetarme al yugo , obediente a su esquiveza, siempre endurecida. solo hallo un remedio en tanto daño, que es, callando, sufrir mi dura suerte, formando piedad en su aspereza. Que por ventura, en este largo engaño, ella se mudará, o vendrá la muerte que me pueda librar de su dureza. 63. CANCIÓN En caduca sazón de invierno frío cuando suena con pluvia el bravo viento, Amor sembró las flores del verano en el huerto labrado en daño mío, y el sol favoreció con blando aliento y espiró la aura fresca , aunque temprano; y el Amor, de su mano, las plantas trasponía con estudio y porfía; reverdecen las plantas, nacen flores, y nacieron con ellas mis dolores, porque después el cielo quemó el huerto y esparció mis amores estériles en tierra, sin concierto. Con el templado tiempo se vestían las flores del color de mi esperanza, y pensaba gozar desvanecido el fruto que los árboles traían. Creció siempre segura confianza, y las flores siguiendo yo, perdido, solo fue concedido que el verde color viese y el dulce olor sintiese. Miré y traté y probé de su belleza, a tiempo que el estío con braveza se encendía indignado, no entendiendo bajar a la tristeza en que me veo ahora estar muriendo. Luego, una pluvia, en tempestad cubierta, los árboles deshoja con mi daño, las flores quemó el cielo y queda el huerto destruido, la industria de Amor muerta, y conozco yo tarde el crudo engaño de bien, viéndome solo en tiempo incierto; y en grande desconcierto, con súbita mudanza, olvido la esperanza; y aún no la olvido, que al Favonio espero que renueve mi huerto cual primero. Y con este cuidado y pensamiento, a cada paso muero y no muere conmigo mi tormento. Canción, en frío tiempo y en el huerto nacida, con fortuna caída, si no quieres perderte en tal estado, espera que a ti vuelva el bien pasado, que tendrás, por ventura, mejor suerte y el daño remediado, si no será a los dos igual la muerte. 64. EGLOGA Este es el fresco puesto, esta la fuente donde se recogía la hermosa Leucotea, del prado y bosque gloria. De aquí se parte a la ribera umbrosa de Pisuerga, que corre blandamente, y goza con su vuelta la victoria; y cubre la memoria de Betis cristalino, que al mar lleva el camino. Pierde el campo su bien en su partida y nace en mí la pena sin medida. Mas pues el llanto crece en noche y día y al dolor me convida, versos de Betis suena , avena mía. Betis murmura en su ribera y prado y los pinos responden a su canto; siempre escucha el amor de los pastores y a Pan que esparce el doloroso llanto, en amorosos fuegos inflamado. Betis siente las quejas y dolores de tiernos amadores. Betis sabe qué sea amar a Galatea. Será testigo el levantado pino, el prado verde, el bosque sin camino, la selva con oscura sombra fría, que al sol cierra el camino. Versos de Betis suena, avena mía. ¿A do llevas, pastora, tu ganado? ¿A qué pasto, a qué río caudaloso con oro y plata? ¿A qué hermosa fuente? ¿A qué bosque encubierto y sonoroso? ¿A qué selva, arboleda y a qué prado? ¿Qué dura voluntad te lleva ausente de este puesto presente? ¿Quién lleva en tu partida nuestra gloria y la vida? ¿Cómo podrán vivir sin ti pastores? ¿Cómo podrás vivir sin tus pastores? ¿Por qué niegas, pastora, la alegría al campo y a las flores? Versos de Betis suena , avena mía. Si ya de hoy más en cuanto Betis baña con turbio cielo, el tempestuoso viento derribare los árboles hojosos y al ganado dañare el grave aliento, y si huyeren ya de la campaña con temor los pastores dolorosos, tristes y congojosos, no turbe a quien lo vea, pues se va Leucotea. Partiendo, Leucotea, los collados mirabas y los bosques consagrados, deseosa de ver la selva fría de Pisuerga y sus prados. Versos de Betis suena, avena mía. Admirados se muestran los pastores y de la selva mírante llorando, que dejas de Vandalia el rico puesto y de Betis dorado el fértil bando por Pisuerga, y olvidas sus dolores. Pastora, quien tu ausencia ve suspira, y así, espantado, mira cuán dulce y fresco asiento dejas por tu contento; y viendo la ribera y bosque y prado, vuelve contra Pisuerga congojado, y dice sin consuelo y alegría: "Ya todo está trocado." Versos de Betis suena, avena mía. Jamás veré la fuente, el prado, el río que llorando no diga: "Aquí yo vide a Leucotea, altiva, con Albano, y agora de esta fuente se despide." ¿Cómo podré mirar sin dolor mío en su ausencia la selva y bosque y llano? Aquí con blanca mano la vi despojar flores, mirando los pastores su hermosura, y con mi pena veo que está apartada más que yo deseo. Pisuerga ve lo que mi Betis vía y goza su deseo. Versos de Betis suena , avena mía. Cualquier pastor que pasa, sola viendo sin ti esta selva triste, que hermosa era contigo, y es ya sola y fea, dice: "Con Leucotea era dichosa esta selva, sus árboles creciendo, y desdichada es ya sin Leucotea." Sola, sin Leucotea, aquel día que Albano trocó el florido llano por Pisuerga, huyeron con espanto, turbadas de su daño y de mi llanto, las ovejas. Mas triste, con porfía y con lloroso canto, versos de Betis suena, avena mía. No pacieron las tristes lamentándose y la agua rehuyeron de esta fuente; los bueyes en la noche no llegaron al heno, y las cabrillas tardamente vuelven del alto monte querellándose. Los pastores, confusos, se espantaron y tu ausencia lloraron; pero yo, aborrecido, así dije perdido: "No descienda a la hierba y al rocío, pues Leucotea va a Pisuerga frío y a su estéril ribera y selva fría y deja al Betis mío. Versos de Betis suena, avena mía." Hermoso valle y abundosa fuente, alegre prado, de árboles ornada sombría selva, cuando con terneza os vía Leucotea coronada de rojas flores la dorada frente, ¡cuál estaréis, no viendo su belleza, con perpetua tristeza! Valle, la hermosura y la corriente pura perderás, fuente; tornaraste, prado, con las espinas duras erizado; los ramos secarás, selva sombría, del árbol despojado. Versos de Betis suena, avena mía. Y es justo que olvidéis, valle hermoso, la belleza, y las ondas, limpia fuente, y la alegría, prado; y tú, adornada selva espesa, los árboles, doliente; pues la gloria del campo deleitoso, oh valle, fuente, prado, selva amada, os deja, y no le agrada la purpúrea ribera, adonde honrada fuera. De los árboles altos no se acuerde la selva, y de la flor el prado verde, y tú, fuente, la vena estanza fría; valle, lo bello pierde. Versos de Betis suena, avena mía. Betis triste, cuánto a que yo te vide sereno y argentado espacioso; ahora torna turbio con tristeza y el curso inclina alzado y espumoso y las tendidas ondas ya despide. Cuántos ríos, temiendo tu grandeza, te daban la nobleza, y Tajo, igual primero, mostrábase postrero, lugar te concedía , aunque presente cantase a Elisa su pastor doliente; mas ya que Leucotea se desvía, primero alza la frente. Versos de Betis suena, avena mía. Betis, que altivo de tu hermosura, Tajo te dio y Pisuerga la ventaja, pues se va Leucotea con tu gloria, da al Tajo y a Pisuerga la ventaja, y al fondo mete la cabeza oscura. Con tu daño levanta y con victoria Pisuerga su memoria y el vaso de ovas lleno hinche en su curso ameno; con flores y con violas dichosas sus aves la resuenan amorosas y al numeroso canto y armonía se extienden deleitosas. Versos de Betis suena, avena mía. Venturoso quien viere sin trabajo su gracia, su sosiego y su belleza; dichosos, ¡oh dichosos!, los pastores que tienen tal beldad en la aspereza de Pisuerga, ¡oh pastores!, y de Tajo. A cuyo son siguiendo sus amores los faunos amadores, de las grutas callando, se quedan admirando. Vos, oh pastores, gloria de la avena que iguala Tajo cuando el curso suena, con el canto que Betis alto envía resonad con voz llena. Versos de Betis suena, avena mía. Irás, pastora , a tu querido Albano, y los abrazos tiernos y amorosos le darás; él pondrá las variadas guirnaldas en tus rubios y hermosos cabellos, escogiendo con su mano las frutas en los árboles colgadas, con oro señaladas. Iréis ambos trabados con abrazos mesclados: con tu pastor, pastora venturosa, con tu pastor, pastora más hermosa. El cielo siempre os abra un nuevo día con luz pura y dichosa. Versos de Betis suena, avena mía. Albano, del sagrado Betis gloria, ¿mitigó Leucotea tu esquiveza? El suspiro primero, él te ha causado; por él precias, pastora, tu belleza, por él con ella ganas la victoria. Los dos ha en dulces nudos enlazado, viendo vuestro cuidado, el Amor tiernamente, favorable y presente, al blando yugo puesto por su mano. ¡Dichosa Leucotea con Albano, que gemiste por él con agonía!, triste es nuestro llano. Versos de Betis suena, avena mía. De selvas gloria y honra, Leucotea, domar la fuerza y el rigor pudiste del lozano pastor, dichoso Albano; el suspiro primero a ti dio triste. Dichoso Albano con tu Leucotea, dichosa Leucotea con tu Albano. Tú le das con tu mano, en medio tus amores, frescas y bellas flores; él te da con su mano las hermosas violas y purpúreas nuevas rosas, que el sol templado abiertas esparcía sus hojas olorosas. Versos de Betis suena, avena mía. Dichoso Albano, Leucotea bella contigo arde en amor y está contigo; tus versos cantáis ambos juntamente, los versos de quien Betis es testigo que sonando su canto y su querella se espanta Filomela, y, dulcemente, os responde presente. Contigo Leucotea el sueño, el día emplea. Agora que contigo está, a ti mira segura , a ti contempla , a ti suspira, por ti muestra los ojos de alegría, sin tristeza y sin ira. Versos de Betis suena, avena mía. A ti concede, Albano venturoso, la tierra hierba, el prado varias flores; a tu canto serena todo el cielo. Dichoso tú, que en medio los pastores de Pisuerga, con árboles hermoso, alegre cantas sin tener recelo. Contigo tu consuelo, contigo Leucotea coge el fresco y marea, y entre la verde grama recostado tu amor le muestras, y ella su cuidado, y cuenta las querellas que decía a este bosque apartado. Versos de Betis suena, avena mía. Mas ya el dolor que al llanto te ha llevado, Jolas, cese con tan larga pena, pues dura del tormento la aspereza hasta que vea en la ribera, llena de ninfas y pastores y ganado, a Leucotea, altiva en su belleza, y entonces la tristeza fallezca, y venga junto Albano, al mismo punto. Venid los dos, que en tanto que el rocío ame la abeja, el bosque alto y sombrío el jabalí, los cisnes la onda fría, sois ambos amor mío. Versos de Betis deja, avena mía. 65. ESTANCIAS Dichoso sea el tiempo y sea el día y el lugar soberano y venturoso en que ardí en vuestro ardor, oh Lumbre mía, y el fuego me abrazó más glorioso. Dichoso yo, y mis ojos que son guía a mi bien, y mi pecho el más dichoso, que está lleno de amor, y venturosos los suspiros que envío, a vos llorosos. Como la rosa extiende los colores y los colores se abren en la rosa, así mudáis el rostro en los colores de limpia nieve y de encendida rosa. Cuando los blancos lirios, rojas flores veo resplandecer con luz hermosa, compárolos a vos en la belleza, pero menores son a vuestra alteza. Mi fuego veo en vos, mis bellos ojos, y el lazo en tersas y doradas hebras; y cuanto me encendéis, divinos ojos, me prenden tanto las sagradas hebras. Si el pecho me abrazáis, ardientes ojos, el cuello anudan las compuestas hebras; sois mi prisión y muerte, nudo y llama, y así, enlazado, vivo y muero en llama. Sois estrellas, mis ojos; frescas rosas, hermoso rostro; y blanca nieve, cuello; estrellas sois y nieve, frescas rosas, y no sois ojos, dulce rostro y cuello; hebras del oro puro, sois hermosas, y no doradas hebras del cabello: no sois oro ni rosas, nieve o estrellas, que más valor tenéis y sois más bellas. La llama, el lazo, la prisión, el dardo que el pecho arde y anuda y ata y hiere, sois ojos, hebras; vos, mirar gallardo, causa porque, esperando, desespere. Veloz al daño y al remedio tardo fui por donde el Amor mi afrenta quiere: trenza, flecha , armonía y la luz alma, enlaza, llaga y prende, abraza al alma. Yo sufro el lazo, flecha, ardiente llama, y pésame que tengo solo un pecho para llevar el mal, pero bien ama quien procura tornar a ser deshecho. Cuanto Amor me persigue, hiere, inflama tanto está de mi fe más satisfecho. ¿Qué puedo yo a mi bien dar por mi gloria si no muero? Mas muerte es mi victoria. La vida me dio Amor para la pena, con ella satisfago el mal que siento, y el descanso en la muerte a la alma ordena, pero yo vivo alegre en mi tormento. Amor, quien a tus males se condena, merece que le des algún contento; mas bien pagado está de tu grandeza quien arde en fuego eterno de belleza. 66. ELEGÍA Ardo en el resplandor y en la pureza que da valor y gloria al alma mía de inmortal luz y celestial belleza. A mi pecho el Amor por ella envía sus rayos, que, hiriendo por mis ojos, un deseo amoroso y alto cría. Dulces suspiros son y sus enojos, que en un regalo dulce trasportado, me muestra la que lleva mis despojos. Alégrome, que estoy de mí apartado y junto de la bella Luz serena, do siento el corazón más inflamado. Nunca me satisfago de mi pena, que siempre miro en ella y allí tengo el fin de todo el bien que Amor ordena. Con la belleza ajena a formar vengo la suya soberana, y me levanto con ella adonde apena me sostengo. El rico y el dorado puro manto que teje en lazos bellos, y el rosado color, las luces que celebro y canto; la dulce habla, el trato sosegado, la gracia, la humildad y cortesía me tienen en sus llamas abrazado. El deseo conmueve a la alma mía y al resplandor de su pureza lleva y ofrece la esperanza de alegría. Allí hace mi espíritu que mueva las alas a la luz del alto cielo y halle su belleza siempre nueva. Nunca bajo los ojos en el suelo, que la alma, de sus nudos desatada, rompe la oscuridad del mortal velo. Conoce el bien que tiene, y admirada en aquel claro sol de hermosura, alcanza su virtud toda inflamada. Dichoso yo, que tuve tal ventura, que la perfecta luz busqué encendido, no engañado en fingida compostura. Y el canto de sirenas esparcido huí, sin que de circes el veneno me tuviese de mí puesto en olvido, de vicio y confusión y de horror lleno. 67. SONETO Traspasó de esa Luz el tierno pecho el amoroso fuego y la belleza, dura ocasión de toda mi tristeza, y pusieron mi vida en grave estrecho. Yo sufrí, confiando, el daño hecho, porque en vos esperaba más terneza; mas ahora que sé vuestra dureza, suspiro y temo, y busco mi provecho. Mas ya que me obligáis al dolor mío, por esos bellos ojos en quien siento la fuerza que a mi alma del mal viene, admitid los suspiros que os envío; que no os pido remedio a mi tormento, sino que consintáis que por vos pene. 68. EGLOGA Paced, mis vacas, junto al claro río. mientras yo, en su ribera recostado, ahora que el suave y blando aliento del Céfiro se mueve sosegado, canto la gloria y bien del amor mío, con amoroso y lastimado acento. Sabrá mi pensamiento Betis, cual supo Tormes, y ambos serán conformes resonando mi gloria y bien, y en tanto las ondas paren a mi alegre canto; pues solo glorias cantaré y despojos, por no acabar en llanto estos mis tristes y cansados ojos. ¡Oh dulces sombras, olorosas flores de verdes prados! ¡Oh marea fresca! ¡Oh árboles! ¡Oh hierba deleitosa, que en mi memoria siempre se refresca! ¡Oh bella Nais, presente a mis amores, cuando con mi pastora más hermosa, en la fuente dichosa, gocé de mi sosiego, ardiendo en tierno fuego, y ella con varias rosas me adornaba, y yo con mis abrazos la estribaba, el dorado cabello dando al viento, que al sol su lustre daba, y a mí la gloria y bien y oro el contento! ¡Oh dulce resonar del viento blando, cuando cantaba yo y me respondía Filomela suave tiernamente, y celebrabas, bella Cintia mía, nuestros amores tiernos suspirando, y al canto murmuraba aquella fuente, adonde Amor presente se mostró laborable! Tanto no es agradable a seca tierra pluvia, a estéril prado verde grama, en verano deseado, tanto tu voz en mí, que en mi memoria el Amor ha formado, que no me olvidaré de aquesta gloria. En tanto que la vid ciña hermosa el olmo espeso, y que levante el pino su corona extendida en la ribera de Betis, siempre te amaré con tino, aunque tú dura seas o amorosa. Cuanto es más grata dulce primavera que la aspereza fiera del invierno terrible, cuanto es más apacible la Aurora que la noche oscura y fría, tanto te quiero más, pastora mía. Testigo es este pino, a do cortado está; primero el día será sin luz que olvide a mi cuidado. ¿Estás, pastora mía, por ventura, en el cerrado bosque y mismo puesto adonde yo te vi la vez primera, donde Amor en tus ojos se vio puesto y donde me venció tu hermosura del río deleitoso en la ribera? ¿Dónde mi suerte fiera me llevó por mi daño, para mayor engaño, por ventura suspírasme apartado, triste, solo, y a ausencia condenado, a las selvas de Betis conducido, llorando mi cuidado, entre árboles desnudos escondido? Dadme flores, oh ninfas, dadme rosas que envíe a mi pastora, a quien si veo, Amor me da temor y el pecho enciende. Dad a vuestro querido Meliseo los lirios y violas amorosas, ninfas, si hay alguna a quien ofende Amor, que en mí pretende nuevo mal mi pastora. Decid si espera ahora mi vuelta, así yo vea coronado vuestro crespo cabello y de oro ornado; si habéis visto en pastora más belleza en todo el bosque y prado; si habéis visto en pastora más terneza. A espigas rojas, que del sol ardiente tocadas muestran resplandor del oro, vencen las hebras tuyas, que esparcidas descubren el valor de su tesoro, a quien el viento mueve mansamente como ondas de oro, de quien vi perdidas de mil pastores vidas. Cual parece Diana con beldad soberana suelto el cabello, en oro convertido, habiendo al fiero jabalí seguido, de cazadoras ninfas rodeada, tal, Cintia, has parecido de pastoral escuadra acompañada. Cuanta ventaja al mirto deleitoso da la humilde gemista, al fuerte pino, al lento sauce, y cuanta da la fuente a las ondas de Tormes cristalino, cuanta el carnero al toro generoso, tanta, Cintia, en belleza refulgente te dan humildemente las pastoras hermosas y ninfas amorosas. Los sátiros lascivos, admirados, su pena declaraban y cuidados; mas tú, los ojos de tu Meliseo en los tuyos trocados, hacías vanos de ellos el deseo. Esta dorada trenza recogida, en color roja y en azul mezclado, de quien tu bella frente despojaste, tan preso acá me tiene y enlazado y tan sujeta de su ardor mi vida, cuanto allá, Cintia mía, me anudaste. No hay llanto que baste, viendo ante mis ojos estos bellos despojos, y que tan lejos de ese bosque ausente estoy, Cintia, abrazado en fuego ardiente, aunque es algún consuelo ver que tengo una parte presente de ti, con quien mis males entretengo. Juro por esos ojos, Cintia mía, que son fuego en que está abrazado el pecho, que no gozo sin ti de alguna gloria, ni estoy de cosa alguna satisfecho. Tú sola eres regalo y mi alegría, tú sola eres eterna en mi memoria; por ti llevó victoria de mí el Amor primero, que me será postrero; por ti mi mal y mi gemido envío y responde a mi llanto triste el río. Suspiro amargamente y llamo: “¡Cintia!" Resuena al canto mío el monte y prado y bosque atento: "¡Cintia!" Acuérdate, pastora, cuando al cuello anudaste tus brazos amorosa, callando, y de temor y amor turbada, mesclando los abrazos vergonzosa, en mí esparciendo tu sutil cabello, y que dijiste, abriendo la rosada boca, en voz alterada: "Goza la gloria mía, mi luz y mi alegría, mi bien, mi dulce amor; no quiera el cielo que yo ame otro, ni que vea el suelo igual amor, y toma del tormento premio justo, en consuelo, y sea alegre ya tu pensamiento." dejome entonces tu suave boca, con el dichoso aliento recibido, casi sin vida; el tierno Amor, muriendo, volvió el camino luego, arrepentido, y a perderse en tus labios se provoca; de abejas el rocío recogiendo, sus gozos confundiendo, mil veces ya callando, en ti ya suspirando. Dichoso yo, que merecí esta gloria presente, y siempre viva en mi memoria alegre tiempo, y bien y dulce aliento que me dio tal victoria, blando el dolor y grato mi tormento. ¡Ay tiernos hurtos de la noche oscura, en el secreto y solo apartamiento! ¡Ay bien perdido y ay perdida gloria!, ¿cuándo veré ese puesto y fresco asiento y la luz de mi dulce hermosura, y esta gloria que lloro mal perdida? ¡Ay suerte aborrecida!, por ti solo me veo lejos de mi deseo, suspirando, gimiendo, lamentando, sin ver el tiempo deseado, cuando, sin pena alguna y lleno de alegría, estos bosques dejando, en tus brazos me halle, Cintia mía. 69. ELEGÍA Si puede dar lugar a mi tormento, llena de Cintia bella tu memoria, Moxquera, cantaré el dolor que siento. Y en tu dichosa y bien tratada historia tendrá vida el amor de mi cuidado, que un tiempo fue que mereció más gloria. Tú, aunque del frío Tormes apartado, gozas de tu trofeo los despojos y vas altivo de ellos y adornado; mas yo, por mis crueles bellos ojos, padezco, y mayor daño siempre espero, que Amor me obliga a todos sus antojos. ¡Dolor terrible, dolor crudo y fiero, que solo en mí se pruebe la crudeza de quien mi vista le agradó primero! Cintia, con piedad y con terneza, llena de amor, regálase contigo, y muestra en larga ausencia gran firmeza. Mas yo, que de mi mal solo testigo puedo ser, diré bien en tal estado, que me trata mi Luz como a enemigo. Y de sus dulces ojos desviado estoy, como en ausencia allí presente, pues un tierno mirar aún me es negado. Extiende el rojo sol su nueva frente a todos agradable, y las estrellas tiemblan con claridad resplandeciente; pero mi bien sus puras luces bellas a mí solo da graves y enojosas y me abraza el ardor de sus centellas. Cintia te escribe las antiguas cosas, memoria leda del amor dichoso, que agora en referir son deleitosas; aquel temor confuso y piadoso, el recelo, esperanza confundida, y al fin, con quietud vuestro reposo; pero yo en mi fortuna aborrecida veo eterno dolor y grave suerte y la esperanza rota y abatida, asaltos crudos de terrible muerte; que muero en el temor de su braveza y no tengo valor al rigor fuerte. Infausta fue a mi vista su belleza, que a mi vida y mi alma fue tan cara, cuanto triste lo muestro en mi flaqueza. Si por alguna vía yo esperara tanto mal, según de él con daño entiendo, el mar de Amor incierto no surcara. Mas ¡ay! que con mis males más me ofendo y la razón que hallo en mi fatiga descubro a mi dolor cuando me enciendo. Esta mi cruda y dulce mi enemiga sujeto a su deseo me condena, y a más que padecer mi mal me obliga. Cintia sufre contigo igual la pena, que la gloria es de Amor más verdadera cuando el amante, con quien ama, pena. Si Amor solo este bien me concediera, yo fuera entre amadores venturoso y en su loor mis años consumiera, ¿qué templo hubiera insigne y suntuoso a Júpiter sagrado o a Diana igual al nombre suyo glorioso? Siempre la honra ilustre y soberana de mi fulgente Luz le diera parte con verso y armonía más que humana. Cintia es la muestra de tu ingenio y arte, y esclarecida con tu noble canto, su fama vuela en una y otra parte. ¿A quién su bella luz, el rico manto del enlazado resplandor del oro no pone de ti envidia y causa espanto? Dichoso amante , a quien el alto coro de Febo y sus bellísimas doncellas da su riqueza y su mayor tesoro, Cintia más clara es ya que las estrellas, y tú gozas por Cintia de la gloria cuando con amor tierno te querellas. Ella tendrá la honra y la victoria entre cuantas exalta la edad nuestra, sin que ofenda el olvido su memoria. Hieres la dulce lira con la diestra, y Amor, que cantas en su honor, se mueve alegre al canto y la voz tuya adiestra. Entonces de los bellos ojos llueve de Cintia pluvia mansa y amorosa y Amor de ellos contigo el humor bebe, cual ave puesta en fértil y olorosa planta que coge con la boca abierta el rocío en su rama deleitosa. Varios efectos del dolor concierta piadoso el Amor, y dulcemente la ocasión os presenta llana y cierta. Yo, con mísero canto y voz doliente, celebro de mi Luz la hermosura, la crespa y sutil trenza de oro ardiente. Para tan gran sujeto y tal ventura corto ingenio, mas digno de tal canto por el amor, por mi firmeza pura. Pero si su memoria no levanto al purpúreo Oriente desde Atlante, y si mi verso siempre suena en llanto, es por su pecho, en mi dolor constante, que me trae rendido a su crudeza, más dura que el perpetuo diamante. Porque el valor de su inmortal belleza mi espíritu en sus honras enriquece y de Helicón iguala con la alteza. Que con el fuego que en mi alma crece me mueve un generoso y alto brío para la gloria que en su nombre ofrece. Mas aunque el furor noble al canto mío incita, por mi mal ella pretende que muera de su helado, estéril frío; y así el bien que mi Luz me da me ofende. 70. CANCIÓN Jamás alzo las alas alto al cielo, de rosados colores adornado, mi tierno y amoroso pensamiento, que de vos, ¡oh Luz mía!, no olvidado, temiese nombre dar al ancho suelo, del cerúleo Neptuno hondo asiento, como ahora que el blando y dulce aliento del manso Amor, que favorable espira, temo para cantar la gloria vuestra, si a la alma no me inspira la lumbre que a subir al cielo adiestra; porque para estimar tanta belleza, no hay espíritu igual a su grandeza. Vos, a quien el ardiente pecho mío en vuestras aras se consagra puesto, con el olor suave desparcido, aunque tengáis el corazón honesto armado contra mí de hielo frío, guiad mi plectro, en vuestro amor herido, porque de vos merezca ser oído; y sea mi dichoso y noble canto muestra de la divina hermosura que nueueco y solo espanto; será admirado de la edad futura, que se puede quejar del tiempo injusto, pues en vos le negó un milagro augusto. Hermosos nudos, crespas trenzas de oro, en coronas lucientes sustentadas, que enriquecéis la blanca y roja frente, llena de puras perlas y lazadas, del propio, rico y celestial tesoro, odores esparciendo de Oriente, al rubio sol, cuando en León ardiente los rayos altos tiende a nuestro suelo, vuestros cercos rebatan, y, rendido, huye del azul cielo, que vuestro resplandor esclarecido a tierra y mar y aire alumbra, y muestra cuánto es mayor la ilustre lumbre vuestra. Claros zafiros, esmeraldas bellas, dulcemente mezcladas, en quien tiene Amor su llama y el dolor mi pecho, de quien mi muerte al corazón proviene; del alma luces y del cielo estrellas, que alegre me tenéis del daño hecho, del mal cuanto de gloria satisfecho, vuestra llama envió dulce a mis ojos el ardor que me abraza, y la centella se alienta en los despojos que restan de mi alma , ardiendo en ella vuestra luz. Si me hiere Amor, me sana con vuestra virtud alta y soberana. Coral lustroso, antes rubí encendido, donde el risueño Amor alegre espira, que cubrís de las piedras la blancura que el rojo mar en su corriente mira; espíritu celeste y recogido, principio dulce a toda mi ventura, deseo eterno de mi gloria pura, grato parlar y tierno acogimiento, respuesta humilde y piadosa vista, causa de mi tormento, que me lastima, prende y me conquista, de vos me viene el bien, de vos procede todo el favor que el blando Amor dar puede. Rosada, tierna y bien compuesta mano, de las perlas de Idaspes reluciente, llena de mil victorias con trofeo; puras plantas, en quien perder consiente la nieve el color vivo; altivo y llano y mesurado paso, por quien veo colgado arder en llama mi deseo, que el purpúreo coturno, en lazos de oro, por vos soberbio, cierra con grandeza el dichoso tesoro de la divina y celestial belleza, vos causáis mi dolor y pena fuerte; vos, mano y plantas, me buscáis la muerte. Hermoso blanco pecho, enhiesto cuello, limpio marfil de acerbas pomas bellas, que dulcemente muestra el sutil velo, los ojos de oro y luz de las estrellas y de Febo el ardor luciente y bello no ven en cuanto cubre el ancho cielo belleza tal en el terreno suelo; vos sois mi mal, y junto sois mi gloria, aunque ingratos y crudos en mi pena; no tenéis ya memoria, después que me enlazasteis la cadena que no podrá romper desdén y olvido, ni el dolor de mi tiempo mal perdido. Gracia, valor, ingenio, entendimiento no visto en nuestra humana compostura, humilde brío llano y gran reposo que esmaltáis la sagrada hermosura, digna de soberano y claro asiento; semblante tierno, grave y amoroso, alegre risa, trato generoso, que la gloria lleváis a la belleza, llevándoos la belleza y a la gloria, dais gloria a la belleza, y la belleza os da valor y gloria, como el sol, que da al orbe eterna lumbre y tiene en sí los lustres de su lumbre. En el alto y divino simulacro que en mis entrañas vuestra lumbre forma, por los ojos rompiendo el paso, lleva ardiente fuego de la ardiente forma del semblante real, hermoso y sacro; y siempre en la presencia se renueva para abrazarme en amorosa prueba, y tan firme se muestra cuando ausente, cuan cierta y bella en propia fuerza ofrece. Aquesa Luz presente Amor de sus efectos engrandece, que no puede crecer más la belleza ni verse más constante mi firmeza. Los rayos que esparció Amor en mi vista con la ardiente virtud de vuestros ojos abrazan en su fuego el pecho mío y, en él quemando, dejan los despojos, sin que mi alma a su valor resista; que no hallo en mi fuerza tanto brío y fuera contrastalle desvarío. Herido el corazón, temió su pena en la sangre alterada al hecho extraño, y aquella sangre ajena mi cuerpo inficionó con nuevo daño, tal que enfermo padece en su veneno, que porque vive en él lo da por bueno. Tiempla el ardor que siento la armonía del amoroso verso y dulce llanto y con doradas alas subo al cielo, imitando al sublime y grave canto que sigue vuestra luz, Estrella mía; y la frágil corteza dejo al suelo, que impide con su peso el leve vuelo; y contemplo por vos la suma alteza, el celestial espíritu y la gloria de la inmortal belleza, y a vos os debo aquesta gran victoria, pues me prestáis el soberano aliento con alto y generoso atrevimiento. ¿Qué debo, pues, hermosas bandas de oro, rayos y bellas piedras y corales, blanca mano, rosadas plantas, pecho gallardo, apuesto cuello y celestiales pomas, y marfil terso a quien honoro, dar igual al valor de tan gran hecho que pueda ser en parte satisfecho, sino es que yo me abrace siempre en fuego, y ardiendo pueda ver la edad futura? Que de esos rayos ciego conté vuestra grandeza y hermosura y vi con vuestros ojos tanta gloria, que hice eterna mi ínclita memoria. Canción, queda conmigo en testimonio del bien de mi dolor, si no te agrada llegar ante las luces de mi Estrella, y arder como yo en llama consagrada, que sola una centella de ella puede abrazar con fuego ardiente cuanto el sol ve del Euro al Occidente. SONETO XXVII Las luces, do el Amor su fuerza apura, con el sereno ardor de sus centellas, el Oro crespo en mil sortijas bellas de rayos coronado, y llama pura; Las palabras vestidas de dulzura, (que la armonía celestial en ellas parece) el pecho duro a mis querellas, la mano que a la Nieve vuelve oscura, Son causa del tormento y dolor mío, con muchas que callando siento y veo; y no me valen en mi esquiva suerte. En su dureza solo el bien confío, porque a vana esperanza y gran deseo no se debe pedir sino la muerte. 71. ELEGÍA Deboos, mi Luz, tan poco de mi gloria y tanto sois en cargo a mi tormento, que no oso confiallo a mi memoria; porque no habrá valor de sufrimiento que pueda sostener tanta dureza, ni permite el dolor más sentimiento. Veo el mal que temí y mayor crudeza, porque para mi pena siempre crece ocasión de recelos y tristeza. Nunca Amor en sosiego permanece, que hiere con las flechas de mudanza a quien de sus servicios más merece. Si desviar pudiese esta esperanza del bien que yo no tengo ni lo quiero, no daría a mis lástimas venganza. Podéis creer, mi Luz, que si no muero es porque no sufrís que mis enojos se valgan de este bien que en vano espero; y pues que yo os miré con estos ojos, para dolor del alma, no sería justo que diese a muerte mis despojos. Matáisme dando vida, que la mía es merecer por vos quedar desierto mi cuerpo en esta tierra estéril, fría. Acabaráse todo el desconcierto de mis grandes afanes, y gozara la gloria, que por vos soy de vos muerto; mas vos, Luz mía, la vendéis tan cara, que no la hallo precio, y así quedo culpando mi temor, mi suerte avara. Un espacio pequeño me concedo de reposo al dolor, y es la memoria del tiempo ya pasado en que fui ledo. Y como veo esta mi nueva historia cercada de tristezas y suspiros, doy principio a mi llanto con mi gloria. Tal estoy, Lumbre mía, por serviros, que siento más la pena que la muerte, y no oso algún remedio al mal pediros. Mas ¿cuál no puede ser más buena suerte, si yo muero por vos y no en ausencia, duro hielo a mi fuego inmenso y fuerte? Amor me dio y Fortuna esta sentencia: que cuando más amase lastimado, huyese de mirar vuestra presencia. Y vos, como si fuese yo culpado, me condenáis a muerte del olvido, que poco os pareció verme apartado. Pero el mal que padezco en ser perdido por vuestra hermosura soberana, estimo en más que el bien más escogido. Desde la oscura noche a la mañana y desde que el sol pinta el Oriente hasta que da la blanca luz su hermana, os llamo, ¡oh Estrella mía! , en voz doliente, y llevo vuestra efigie en mis entrañas, que más daño me hace estando ausente. En esta selva y soledad extrañas, voy contando mi gloria y dolor mío, y de Amor el valor y sus hazañas. Si la tierra calienta el seco estío, el fuego de mi pecho presuroso la quema, y arde juntamente el río. De mí todo me olvido sin reposo, por acordarme el mal que me habéis hecho, y huélgome de verme doloroso. Agradezco mi lástima a mi pecho, que tuvo sufrimiento en tanta pena, y dejo a mi enemigo satisfecho. Mas ya que estoy sin vos en tierra ajena, do el sol no tiende rayos de alegría, que toda yace en vuestra luz serena, y tuve algún valor en mi osadía, para osar levantar el pensamiento donde no mereció la suerte mía; pues deseáis que crezca mi tormento para hacerme mal, tened memoria, y acordad renovar mi sentimiento. Porque yo estimaré de tanta gloria que de mi mal tenéis, aquella parte que me dará de este acordar victoria. Y en tanto, pues, que vos por esta parte do todo el bien me huye, la esperanza irá de mi dolor adonde parte quien causó a su memoria esta mudanza. 72. AMARILIS EGLOGA A la muerta Amarilis lamentaba Delfis, amor de musas, y la fuente, el sacro río y ninfas amorosas consolaban su mal; que en voz doliente en la ribera sola se quejaba a las ondas airadas y espumosas con ansias dolorosas, y sin tomar consuelo así decía al cielo: "Vos dríades, napeas, ninfas bellas, que el canto lamentable y las querellas oísteis del pastor enamorado, referid todas ellas a quien canta su lástima y cuidado. "Este pino contiene las señales del dolor de Amarilis y su muerte; montes, vos sois testigos de mi llanto; vos escuchasteis con llorosa suerte mis lágrimas y quejas desiguales, y en lamento aullasteis a mi canto, doblando mi quebranto. ¡Qué dolor, qué tristeza os tendrá en aspereza, oh valle, sierra, breña, cueva y prado! Y con qué llanto, todo congojado, triste se mostrará con el exceso del miserable hado de mi pastora y su cruel suceso. "Aun creo ahora que en el campo abierto que nace en vez de fértil sementera (según la suerte a todo mal se esfuerza) el cardo áspero, espina hórrida y fiera; y que está el bosque estéril y desierto y que las ondas corren ya por fuerza .....................erza del puro movimiento, que va quieto y lento. Ni trae su ganado al pasto, al río, cantando Jolas por el llanto mío, ni muestra el vivo Téstilis humoso en el ardiente estío al labrador cansado y caluroso. "Fértil prado y hermosa fuente clara, sombría gruta y árboles ramosos, mientras mi dulce amor aquí vivía; fértil, clara, sombría voz, ramosos, ahora que muriéndoos desampara, desnudos, turbia, estéril, no sombría, ajenos de alegría, ¡cuál quedaréis, cuitados, tristes y congojados, con la partida suya y mi lamento, como yo quedo agora descontento, viéndome de mi bien arrebatado, con eterno tormento, hasta que llegue el tiempo deseado! "Oh hermosa Amarilis, mayor parte de mi alma, no habrá jamás olvido que pueda de mi pecho enamorado borrarte, ni aún habiendo fenecido la vida, y siempre duraré en amarte. Mientras el tomillo verde su cuidado la abeja hubiere amado, la cigarra el rocío, serás tú dolor mío; y cuanto me contentan dulcemente las cabras, gloria mía ; así al presente tan triste mes aquella dura muerte, que te me llevó ausente. ¡Ay cómo fui engendrado en triste suerte! "Tu muerte ya las ninfas la lloraron. Vosotros, pino, sois testigo, y río. Las vacas aquel tiempo no pacieron; espantadas de oír el llanto mío, la grama y la agua clara no tocaron. Tu muerte aún crudas fieras la gimieron con dolor que tuvieron. Los montes resonando responden suspirando. Están los campos secos y sin gloria, viendo que muerte ensalza su victoria; las selvas gimen y peñascos fríos tu llorosa memoria, y las montosas cumbres y los ríos. "Vengan las fieras tristes a mi llanto, sus quejas crezcan, suspirando suenen los árboles, y hieran con lamento las peñas impelidas, que resuenen con un largo clamor que ponga espanto, el nombre de Amarilis por el viento, doblando el movimiento; esparcido contino, y por mi mal, mezquino, desvanezca el rocío, y juntamente niegue la miel la abeja diligente, los árboles la fruta conocida; séquese el prado y fuente, y todo falte a quien faltó la vida. "Aymé mísero, veo yo cargada la vid, con verdes pámpanos hermosa, al olmo maridable sustentarse, y en la haya que crece ambiciosa, las palomas contemplo en paz amada, con dulces juegos dulces arrullarse, porque pueda inflamarse, creciendo en ellas luego el amoroso fuego; y yo, cuitado en culpa de fortuna, sin luz, sin bien, sin esperanza alguna, que es lo que menos (triste) ya presumo, por la suerte importuna, viviendo solitario, me consumo. "¿Por qué, muerta Amarilis, estos ojos desearán mirar la luz del cielo? Oh ¿para qué, mi lumbre escurecida, debo esperar (¡ay Laso!) algún consuelo? ¿Por qué no entrego a muerte mis despojos y sigo con el vuelo aquella vida que tanto fue querida de mí, que la estimaba y como dea honraba? ¿A qué me tardo? ¿Para qué, tendido en la tierra cruel, do está escondido mi bien, lloro la muda sepultura, fatigando perdido? Murió la luz, nació la sombra oscura. "Venid conmigo, dríades, al llanto, y náyades que en corros os juntaba mi pastora suave y amorosa y con vos en las ondas se bañaba. Venid ahora, Oreas, a mi canto, Hamadrias, Napea lastimosa, que en la ribera umbrosa del río derramado y en el herboso prado os acordáis de corros concertados, hechos allá en los montes levantados; los lamentos doblad en la espesura, que suenen congojados. Murió la luz, nació la sombra oscura. "Ya no caiga el rocío deleitoso, ni amiga pluvia; caían el rocío y pluvia en tristes lágrimas mudados, de donde corra un querelloso río con ribera y concurso doloroso; y los mismos murmureos redoblados, confusos y mezclados, resuenen suspirando, su muerte lamentando; la arena crezca en lágrimas bañada, do la urna en cristales sustentada tiene Betis, y triste , en su hondura, hiera la voz cansada. Murió la luz, nació la sombra oscura. "Los robles van los ramos despidiendo; vos, mirto, y lauro, vos, romped ahora vuestras cabezas, con los ramos sueltos, mientras se mezclan juntos en un hora, con un confuso y esparcido estruendo, por las mareas blandas casi envueltos, a todas partes vueltos, y sopla con aliento el sacudido viento. El aire, ramos, hojas, impelidos con el ruido, suenen conmovidos, y resuelta con número lloroso tu nombre a mis oídos, porque acreciente el llanto doloroso. "¿Quién te me arrebató, Amarilis mía, Amarilis, dulcísima y hermosa, en un tiempo que quiso el alto cielo que gozases de vida deleitosa, de mi vida descanso y alegría? Dolor eterno ahora y desconsuelo, mientras fuere en el suelo, mísero y desdichado, ciego, sin bien, cuitado, pues no pude gozar con Himeneo próspero y largo cuanto mi deseo quisiera, siendo justo, concedido. Más eres según veo. Ya sombra es esta piedra con olvido. "Por ti el campo y ganado me alegraba, ahora de él me aparto y lo aborrezco con dolor que del alma no está ausente; pues veo mayor pena que merezco, y, lo que yo jamás nunca esperaba. Aquí viere sonar alegremente, estando tú presente con las ninfas hermosas, coronada de rosas, sus versos, aunque rústicos, pastores, llenos de blandos celos y de amores. Ahora calla el campo y el ganado, y viendo mis dolores, dejó contigo su deleite el prado. "Tú estando aquí, las ninfas amorosas hacían corro, allí también viniendo los faunos, temor suyo; tú faltando, ellas faltan, los faunos no acudiendo. Estas selvas contigo eran hermosas, sin ti feas, y van desamparando, las estrellas dejando; que no le basta al prado rocío deseado. Apena llevo yo con paso incierto el mísero ganado sin concierto, apacentando triste en la maleza de este campo desierto, con bravas zarzas llenas de aspereza. "Quiero huir ya el trato de la gente, mezclado con las fieras espantosas, y allí gastar la vida lamentable en tristezas, con ansias congojosas; que pues me dejas, yo iré al sol ardiente, triste, solo, lloroso y miserable, o al frío incomportable, o a morir ahogado aquel río nombrado, donde dicen que hay los espantosos mostros, y que enriquece sus dichosos campos. Adiós, quedad, triste ganado y árboles hermosos; adiós, pastora mía, y mi cuidado. "Mas primero recibe tú estas flores y guirnaldas, que he puesto a tu memoria en el sepulcro, y este mirto crezca, que haga sombra y cubra aquí mi gloria; pues no me quedan ya sino dolores, con que el cuidado triste se refresca. Y aunque animal se ofrezca algún impedimento, adonde descontento estuviere, pondré con presta mano tres altares en medio del verano, derribando tres toros poderosos en el tendido llano, con guirnaldas de lirios olorosos. "A ti te dará Apolo a ruego mío su lauro siempre verde y consagrado; darán faunos las vides adornadas de ramos y cloro entremezclado; dará sus piedras el ondoso río y Pales cuantas frutas variadas tiene en tierras labradas; y coronas de flores, gimiendo mis dolores, las ninfas, con los vasos espumosos de blanca leche; y versos numerosos yo te doy con las musas; yo los canto tristes y lastimosos y de su boca espiran en mi llanto. "A ti susurran tierna y blandamente los árboles cercanos, que, moviéndose, baten en la Aura mansa y regalada, con las hojas delgadas rebulléndose al suave sonido de Occidente, que halaga la tierra coronada, con la fuerza templada, resonando en mi canto doliente; y todo cuanto las selvas gimen, árboles, ganado, es Amarilis de su propio grado; y antes se verá el día tenebroso que no sea cantado tu nombre de mi verso numeroso. "Vendrán tristes: Espío, la hermosa de Betis hija; Espío, que los bellos campos tiene de flores despojadas; Talía, desatada los cabellos, y la mayor Betisa y la amorosa Egle, guarda del campo y mis ganados; y en coros concertados, consolando mi llanto, dirán el tierno canto, el que les enseñó fauno benino a las dríades, cuando al peregrino Nemoroso el suceso consolaron, de su pastora indino, y a las náyades ellas lo enseñaron. "Y me darán consuelo glorioso dando a mi canto en honra tuya vida; que no se tardará afirmando el día que en esa sepultura ennoblecida no se junte este cuerpo venturoso con el tuyo, olvidando esta alegría la desventura mía. Y eras dina, pastora, que en avena sonora Títiro te cantara levantada, y que ya Galatea, despreciada, los cantos de Sicilia, que se oyeran en tu gloria extremada, y si en su tiempo fueras, lo hicieran. "Mas tú, o estés con Venus en el cielo, o en los Elíseos campos venturosos, escojas varias flores del verano, jacintos y narcisos amorosos, verde amaranto en el herboso suelo, que baña el río deleitoso y llano; y juntes con tu mano las rosas coloradas con violas mezcladas y con las flores blancas, y en tu frente hermosa las adornes; tiernamente me mira; que serás nuevo cuidado a la silvestre gente, y cual Pales honrada en todo el prado. "Así vengan las ninfas en mi llanto juntas a visitar tu sepultura, celebrando en su coro no cansado tu gracia, piedad y hermosura; y tú recibe blandamente en tanto en tu grande sepulcro levantado, de negro señalado, este verso postrero, que aquí ponerte quiero, el cual lo lea el que en el estío aquí llegare o que llevare al río o al pasto su ganado, y descontento de ver el dolor mío, suspirando lamente mi tormento: "En la dichosa selva está durmiendo, acompañada del hermoso coro, dejando el prado de su vista indino, pues jamás conoció tan gran tesoro hasta que lo perdió, su bien perdiendo, Amarilis, que hace ser tan dino a Betis cristalino, que tiene en la hondura su sacra sepultura, cuanto el sepulcro insigne y venturoso de Elisa, que le puso Nemoroso, hace nobles los líquidos cristales del Tajo espacioso y ambos en este precio son iguales." Así cantaba, mientras Filomela las usadas querellas repetía, acompañando el canto miserable aquella pena que en su pecho cría, que la memoria triste la desvela y al cielo sube el canto lamentable. Con la voz admirable sonaban su lamento la selva y campo atento, la lástima y miseria redoblando, con la fuerza del canto resonando. Callando el triste, el campo resonante, del llanto respirando, y la selva callaron al instante. 73. SONETO Rosas de nieve y púrpura vestidas, coral rojo en marfil resplandeciente, estrellas que ilustráis la pura frente, en oro fino hebras esparcidas, pues mi dolor y penas encendidas el duro pecho vuestro no consiente, o él es de humana suerte diferente, o estáis en blanca piedra convertidas. Y aunque ensalzado está en divina alteza, premio de vuestra eterna hermosura, por vos está obligado a más terneza; si no seréis de Cipro la figura, que en la perdida muestra de belleza encubría la piedra ingrata y dura. 74. SONETO En tanto que en el rico hesperio suelo alzas cual puro cisne el noble canto, Fernando, mi dolor solo levanto, y ausente y triste me lamento al cielo. Mi llama ardiente tiempla el frío hielo de mi enemiga, en cuya gloria canto; la voz quejosa impide el grave llanto, que esparce en mis entrañas crudo celo. Si ya el tierno, amoroso y dulce aliento en sacro verso diste a la memoria, consolando tu afán y larga pena, procura algún consuelo al mal que siento; así tu amor te dé toda la gloria de quien mi Luz a ausencia me condena. 75. SONETO Ahora que siguiendo el fiero Marte de la fértil Calabria el rico llano guardáis con valerosa armada mano en la florida edad con fuerza y arte, yo, sujeto a dolor, el estandarte siguiendo voy del crudo Amor tirano por do no se estampó el paso humano, donde tristeza y soledad no parte. Vuestro animoso pecho alzar un templo espera al duro Marte y el trofeo ilustre componer de los despojos; yo en mi fortuna espero ser ejemplo de tormento, y temiendo mi deseo, morir solo, sin ver mis bellos ojos. 76. EGLOGA El lastimoso canto y el lamento de los tristes pastores Olimpio y Tirsi, a quien oyó cantando la ovejuela, olvidada sus dolores, y las linces, callando, se espantaron, oyendo el dulce acento, y los ríos sus cursos alterados pararon refrenados, diré, de Olimpio y Tirsi el triste canto, ahora tú en las armas, oh dichoso príncipe y valeroso, al abuelo que a Francia puso espanto, imites con la fuerte y diestra mano, con fortuna y prudencia esclarecida, o en estudio de musas soberano, do Febo te convida. ¿Cuándo será que cante yo tu gloria? ¿Cuándo será que ensalce tu victoria con alto estilo y dé al horror de Marte la rudeza del campo alguna parte? Esta musa recibe ahora en tanto, aunque silvestre suena, y admite de pastores el lamento, pues tú amaste, y con voz suave y llena, al resonar del viento, día y noche esparciste el tierno canto, buscando a tu pastora y la llamaste, y los pinos amaste, donde ella, recostándose, dormía. Sentarte en ellos no te pese ahora, como si tu pastora se te mostrase en ellos cual solía. En tanto que descubro su cuidado, escúchame, y al canto ven tú, río, que de esta gloria, Betis, te ha alcanzado. Con el primer rocío la Aurora se mostraba cuando a un pino recostándose Olimpio, con indino dolor y con gemido largo habiendo suspirado, comienza así diciendo: "Calla en las ondas Betis ya quieto y deja el grave viento su rabia, con la sombra acrecentada, y no calla ni amansa su tormento la llaga renovada de mi pecho, do el fuego está secreto, mas en ella me abraso bravamente. Con el dolor presente el duro Amor en mis entrañas prueba su fuerza y se enfurece en mi partida. ¿Qué suerte aborrecida al mar airado con dolor me lleva? ¿Quién me aparta de verte, Galatea? ¿Qué río con mi llanto no ha crecido? No hay quien mi dolor no entienda y vea: han visto mi gemido, han visto mi lamento el nuevo día, y sin sueño la noche más tardía; quejándome a los campos sin concierto, responde a mi dolor todo el desierto. "Ya, mísero, no tengo yo cuidado que el lucero tardío el cielo cierre, o que a la roja Aurora destiña el claro sol, que el dolor mío aun no me deja un hora libre de mi tormento; mas, cuitado, suspiro de lo hondo de mi pecho y llamo en tal estrecho a mi cruda y querida Galatea. La voz me vuelve, y suena en dulce acento el quebrantado viento, y las ondas murmuran "Galatea". Ya no guío el ganado a la alta fuente, ni al puro río en la corriente fría, ni corono de flores ya mi frente. Pasada es mi alegría en este duro y largo apartamiento, y en su lugar tristezas y tormento entraron en mi alma, y por mezquino, siguiendo solo el áspero camino. "Ahora me recuerdo, Galatea, del lugar por mi daño donde vieron mis ojos tu belleza, que me enlazó con amoroso engaño. Yo entonces con simpleza no sabía de Amor, aunque Nerea conmigo estaba en dulce compañía desde la noche al día. Acuérdome que siendo niño tierno, que aun apena llevaba mi ganado, en un hermoso prado, deshelando ya el suelo el duro invierno, engañando las aves junto al río, en un ciclamor alto a Amor vi puesto, como lo vi por grave dolor mío, de sus plumas compuesto. Junté alegre las varas enligadas para trabar sus alas variadas, y con callado paso me acercaba, si me sentía atento o si miraba." "Deja, niño, esa caza peligrosa, díjome Melibeo (riendo de mi engaño y mi rudeza); deja, niño, ese ciego devaneo, y huye con presteza, que es cruel ave la que ves hermosa, y tú serás, Olimpio, venturoso, si en quieto reposo vivieres libre de ella y de su engaño; mas cuando en la edad verde y floreciente estuvieres presente, hallarás al Amor por mayor daño, que pondrá al cuello tuyo la cadena que te traerá sujeto y condenado." "Ya sé que es el Amor; ya sé su pena habiéndote mirado. Nació en ásperas peñas del desierto y vive de mi mal y desconcierto. Ya sé que es el Amor en mi partida, que se muestra sediento de mi vida. "Ya voy al mar dudoso, a la ribera importuna, buscando los pastos peregrinos, y ya dejo del llano Betis el hermoso bando, y de mi bien me alejo, adonde solo y sin memoria muera. Oh Galatea, mi suspiro y llanto, si Amor pudiese tanto, que te hallase aquí en la vuelta mía, el mal sería breve, mas ya temo, por mi dolor supremo, que desampares esta selva fría. Ya me despido de esta selva y prado, de esta arboleda y río, mas primero iré triste aquel monte levantado, y veré por entero el lugar donde estabas y la fuente, do la siesta tuvimos juntamente. El dolor moverá los tristes ojos, viendo perdidos todos mis despojos. "Quedad, adiós, hermoso prado mío; adiós, oh Galatea, más que él hermosa, y tú, dichosa fuente. Adiós, oh prado, fuente y Galatea. Volved ya tardamente, ovejas tristes, y huid el río y el conocido pasto. Adiós, oh selva, a do mi bien se enselva. Envidioos, selva umbrosa y fértil prado; más umbrosa y más fértil, pues mi gloria y mi sola memoria en vos sufre el calor del sol airado, y callando suspira el amor nuestro. Ahora os mira ella y habla ahora y se huelga en el verde sitio vuestro, y con la voz sonora mis dulces versos, meditando, suena; o con la deleitosa y blanda avena canta, cual ya cantaba en mis amores, los celos de mi alma y los dolores. "Envidioos selva umbrosa y fértil prado, ambos muy venturosos, ambos dignos de nombre soberano, en quien ella pondrá los pies hermosos y con su blanca mano cogerá verdes flores; y el dorado cabello, recogiendo entre las rosas las luces gloriosas, encubrirá, sus miembros reclinando, y doblará la hierba tierna y fría; y de la gloria mía el bien pasado son ahora cantando, gozaranse los valles, cueva y fuente y callarán las aves, retardándose las reparadas ondas lentamente, que bajan deslizándose, mientras con voz cantaré deleitosa mis quejas blandas y pasión llorosa. Envidioos, selva y prado, pues es vuestra la que ha sido alegría y gloria nuestra. "Mas ya con el dolor del mal que siento la fuerza se entorpece y el calor de mi cuerpo con el frío de la muerte se aparta y desfallece, pues que veo el bien mío de mí alejado y voy al hondo asiento de Neptuno sin él, mirando alzarse las ondas y bajarse. Tú, carnero mayor de mi ganado, jamás tu amor se esconde ni se aleja, ni que bales te deja en el bosque desierto y apartado, solo y triste; mas antes va siguiendo tu pasto, al valle, al río, y va contigo. ¿Por qué yo, mi pastora , al mar partiendo, no te llevo conmigo? Tú, clara Luna, que con luz dudosa vuelves a tu pastor, tú, piadosa, pues sabes el dolor de amor qué sea, ten dolor de mi mal sin Galatea." Esto cantó el pastor, y, suspirando, calló con gran gemido. El prado y valle y gruta y río y fuente responden a su canto entristecido, con acento doliente, de Galatea el nombre resonando, tristes de su dolor y grave pena que la ausencia le ordena. Tú, lo que siguió Tirsi lamentando, refiere con el dulce verso, Febo, que los versos a Febo convienen, que en la hierba recostado comenzó con voz tierna el blando canto, de su intenso dolor tristes despojos, deshaciendo en contino y largo llanto los fatigados ojos, porque Leucipe mire su lamento y escuche de su amor el sentimiento; que lo tiene en temor y en llanto eterno, pues no viste de roble el pecho tierno. "Si no hay quien escuche mi lamento en este solo prado y a las ninfas ofende mi gemido, a este monte, a este río arrebatado, a este pino extendido mis versos cantaré con triste acento. Oídme, montes, ríos, selvas mías, pinos y peñas frías, pues Leucipe, a mi llanto endurecida, es sorda y huye . Arded en fuego, montes; arded conmigo, montes; arded, selva y ribera desparcida, pues Leucipe me deja en bravo fuego encendido y a muerte me condena por un vano furor, que mi sosiego trocó en perpetua pena. ¿Quién pudiera pensar que hubiera día que la bella y cruel pastora mía mi avena y dulce canto no escuchara y del favor pasado se olvidara? "¿Por ventura te di, Leucipe, en vano los jacintos y rosas, los amarantos y agradables flores, y te puse guirnaldas amorosas, de mis tristes dolores memoria y triste don de Amor tirano? Cruel Leucipe , escucha estas mis quejas, pues a Tirsis ya dejas y de tu pecho a Tirsis has huido. Si no tienes amor, ten ya memoria, que se ofende tu gloria, ingrata a quien te adora tan perdido. Mira la amarillez de mi semblante y los hondos suspiros y lamento y la flaqueza del vencido amante, y muévate el tormento. Estos ojos que fueron gloria tuya no ven, que los dejó la lumbre suya; ni llevo al pasto ni al hermoso río mis ovejas, llorando el dolor mío. "No desprecies, Leucipe , el tierno canto que resonó en tu gloria y puso admiración a nuestro Jolas, que me ciñó la yedra en mi victoria, las rosas y violas, amorosos despojos de mi llanto, cuando vencí en la selva Alfesibeo y el viejo Melibeo, cuya memoria y pastoral avena engrandece de Betis la ribera; mas la mía primera con ventaja mayor y nombre suena, y Fauno, que escuchó mi canto atento, quedó del armonía suspendido; paró Betis su curso, calló el viento, cesando su ruido. La bella Libia díjome, herida de amor, que era su luz, que era su vida. No me pudo vencer con su belleza, llena de piedad y de terneza. "¡Oh amada de mí más que mi vida! , el deleitoso prado , el verde bosque, el caudaloso río que el alto curso tiende al mar hinchado, sin ti son dolor mío, sin ti mi quietud está perdida, sin ti todo me cansa y desagrada; por ti tengo olvidada la fría fuente, ninfas y ganados. Por tu belleza y ojos amorosos, los pastos abundosos, por ti, Leucipe, son, por ti olvidados. Ven ya, pues, mi Leucipe, a esta ribera y a este abierto y levantado pino, testigo de la pena lastimera de tu Tirsis mezquino. Descansaré contigo del tormento, contigo estará el campo más contento; verase el llano verde, el río puro, que parece sin ti seco y oscuro. "No confíes, Leucipe , en tu belleza, que no siempre hermosa serás, que el lirio las colores pierde. Pierde el olor y la beldad la rosa, la flor el árbol verde; huye la edad y corre con presteza, que dura poco su verano tierno, vencido del invierno. Vendrá algún tiempo que amarás, pastora, herida del amor que yo padezco, y este bien que te ofrezco llorarás, lamentando en algún hora este perdido bien, esta victoria. Cuando perdieres el color hermoso y de la luz la deseada gloria y el semblante amoroso, sabrás entonces el dolor, la pena con que el olvido y el desdén condena, y de tu Tirsis muerto y olvidado lástima te hará tu triste estado. "Ven ya, Leucipe; mira el fresco viento que espira mansamente por toda esta ribera sosegada; el río, que las ondas mansamente va volviendo callando y suena de las aves el concento. Ahora ríe el prado y se levanta toda hermosa planta alegre con tu nombre, y ya las flores guardan y, en nueva luz, las frescas rosas y violas dichosas con tu gloria su lustre y los olores. Yo cogeré, Leucipe, con mi mano las castañas del árbol extendido y los dorados frutos del manzano, de Aretusa querido; y en la alta peña, al blando viento puesto, esperaré que vengas a este puesto. Ven ya, Leucipe, ven, pastora mía; aquí, ondas; aquí, Aura y sombría fría. "Aquí resonará el pasado canto y tu dichosa gloria y mis antiguos ásperos dolores, presente muestra de mi triste historia. Tú enlazarás de flores mi frente, y romperás tal vez en tanto la voz, hurtando el amoroso aliento, y con suave acento conmigo cantarás, Leucipe mía, nuestro amor, mi dolor y tus enojos, y volverás los ojos blandos, que mi tristeza en alegría trocarán. Ven, pues, ya; ven a este pino. Así halles buen pasto a tu ganado, y siempre el curso de ondas cristalino quieto y sosegado. ¿Qué gusto puede darte en la aspereza de aquesa soledad y su tristeza? ¿Qué gusto puede darte que yo muera, solo, sin luz, tendido en la ribera?" Aquí Tirsis paró y sonó un gemido, testigo del tormento que padecía su cansado pecho. El río respondió con ronco acento, de tristes ondas hecho; el pino, de su daño enternecido, las ramas estremece suspirando; los pastores, alzando los fatigados cuerpos, el ganado llevan con tardo paso, que ya el cielo mostraba , abriendo al suelo, el sol, de puros rayos coronado, y con las cañas juntas, dulcemente, provocan su dolor con nuevo llanto. Uno siguiendo al otro en diferente número y triste canto, Leucipe resonaba y Galatea. Blandamente suave a la marea, Olimpio al fin al mar torció el camino, y Tirsis vuelve solo y triste al pino. 77. SONETO Con largo paso el áspero camino de este perjuro Amor seguí cuitado, de mil vanos temores maltratado y siempre me hallé de bien indino. Ahora que descubro el mal contino, de desdén y de olvido reforzado, condeno mi deseo y mi cuidado, la dura inclinación de mi destino. Que bien fuera razón alzar el vuelo con alto pensamiento y noble pecho de la abatida suerte que he sufrido; y no esperar que tierra y mar y cielo supieran cuanto mal Amor me ha hecho para quedar más preso y despedido. 78. SONETO Por altos bosques voy con paso incierto; iba arrastrando el hierro al cuello impuesto; grave es, y el son que hace me es molesto, que me recuerda el daño y dolor cierto. Los ojos alzo y veo un gran desierto lleno de horror, de espinos mal compuesto; desmayo en un intenso dolor puesto y a mi salud no hallo paso abierto. Esperanza desnuda me sustenta, deseo ardiente y Aura breve y fría, y mis suspiros rompo en triste llanto. Y cuando la razón del mal me afrenta, en medio del trabajo y pena mía, de mi enemiga la belleza canto. 79. OTRO, DEL MISMO Dulce y vello despojo de la boca, en quien Amor se anida tan gozoso, ¿es posible que soy tan venturoso que la victoria de este bien me toca? Mi gloria en la vuestra se provoca, y vuestro es ya el espíritu dichoso. Por un premio tan alto y generoso fue mi trabajo poco y pena poca. Si en aquel dulce espacio de mi gloria nos llevara el furor del duro hado, fuera sola en nosotros una suerte, y de ambos fuera solo una memoria, y el sepulcro fuera así entallado: "Una vida fue de estos y una muerte". 80.SONETO DE FERNANDO DE HERRERA Cese, que tiempo es ya, el lamento mío con el cual creció, Betis, tu corriente; que mi dolor inmenso no consiente perpetuo estado a tanto desvarío. Este fuego en quien ardo acabe el frío, rompa el estrecho yugo ya mi frente, y Amor por su enemigo ya me cuente, que de él, a grandes pasos, me desvío. No me tendrá confuso más su olvido, su desdén, su rigor y su tormento, que tanto se probaron en mi pena. Mas yo ¿qué digo, ausente y ofendido, si Amor me ofrece siempre al pensamiento la pura luz de mi inmortal Sirena? 81. No bastó al fin aquel estrago fiero No bastó al fin aquel estrago fiero del fuerte muro y del Sidonio techo y haber traído al cautiverio estrecho a quien a Italia quebrantó primero; Sino a un infame Dárdano extranjero (a quien oh Roma padre tuyo has hecho) decir, que di rendida el limpio pecho, y pagué al limpio Amor injusto fuero. Tanto pudo la envidia, pudo tanto la Musa de Virgilio mentirosa; que osó manchar mi nombre esclarecido. Mas la verdad, mayor que su alto canto, dirá; que menos casta y generosa Lucrecia fue, que la Fenisa Dido. 82. Después q. Mitradates rindió al hado Después que Mitradates rindió al hado el fiero pecho, y Asia sacudida cayó rota, y la tierra al fin vencida vio el mar de los Piratas despojado; Lo que no pudo el Medo, el Parto osado, y de Sertorio la virtud crecida, una vil, flaca diestra la temida cabeza, oh gran Pompeyo, te ha cortado. Y el Cuerpo, mal cubierto de la arena, mísero ejemplo de la humana gloria, desierto yace. oh cuanto en ti la dura Suerte discorde se mostró y ajena; pues falleciendo tierra a tu victoria, la tierra falleció a tu sepultura. 83. DE FERNANDO DE HERRERA Bien debe coronarte Febo Ideo, Casas, la ingeniosa y docta frente con las hermosas hojas de Peneo: Pues tú primero diste a la corriente del rey de ríos Betis generoso las perlas, que Arno, y Po en sus ondas siente. Ya el casto amor, y fuego deleitoso de aquel, por quien va Laura con victoria, premio justo de ardor maravilloso, Y quien dio a Mergilina insigne gloria, y aquel grave escritor de Marte airado, que de Rugier celebra la memoria, y todo el coro a Cintio consagrado, que la rica Toscana ha producido, igual de Augusto al tiempo afortunado. Roto el velo de error oscurecido, con la luz que les das, al claro día salen de las tinieblas del olvido. grande, pero dichosa tu osadía, que consiguió este fin de una esperanza, que solo en noble corazón se cría. Ahora nueva vida Laura alcanza, y a ti debe lo mismo, que al Toscano, pues reparas del tiempo la mudanza. En tanto que hiriere amor tirano a su rendida escuadra, y en los ojos se viere de quien aman inhumano: Y por un breve bien largos enojos diere a quien mas espera en su crudeza, trocando y renovando sus despojos: de este trabajo tuyo la grandeza celebrarase con eterna vida: que no sienta del tiempo la dureza. Y España a tu memoria agradecida tu nombre cantará perpetuamente entre los que la hacen conocida. Betis levantará la altiva frente, de esmeraldas lucientes adornado, tu gloria murmurando en su corriente. Y llevando su curso al mar sagrado, Casas resonará en el seno Mauro, y de allí al Indo extremo dilatado irá el nombre, en que Delio ilustra el lauro. 84. CANCION EN ALABANZA DE LA DIUINA MAGESTAD, POR LA VITORIA DEL SEÑOR DON IUAN Cantemos al señor, que en la llanura venció del mar al enemigo fiero. Tú Dios de las batallas, tú eres diestra, salud, y gloria nuestra. Tú rompiste las fuerzas, y la dura frente de Faraón feroz guerrero. Sus escogidos príncipes cubrieron los avisos del mar, y descendieron cual piedra en el profundo, y tu ira luego los tragó, como arista seca el fuego. El soberbio tirano confiado en el grande aparato de sus naves, que de los nuestros la cerviz cautiva, y las manos aviva al ministerio de su duro estado: derribó con los brazos suyos graves los Cedros más excelsos de la Cima y el árbol que más yerto se sublima, bebiendo ajenas aguas, y pisando el más cerrado y apartado bando. Temblaron los pequeños, confundidos del impío furor suyo, alzó la frente contra ti, señor Dios, y enfurecido ya contra ti se vido con los armados brazos extendidos el arrogante cuello del potente. Cercó su corazón de ardiente saña contra las dos hesperias, que el mar baña. porque en ti confiadas le resisten, y de armas de tu fe, y amor se visten. Dijo aquel insolente, y desdeñoso, no conocen mis iras estas tierras, y de mis padres los ilustres hechos? O valieron sus pechos contra ellos con el Húngaro dudoso, y de Dalmacia y Rodas en las guerras? pudo su Dios librallos de sus manos? que Dios salvó a los de Austria, y los Germanos? por ventura podrá su Dios ahora guardallos de mi diestra vencedora? Su Roma temerosa y humillada sus canciones en lágrimas convierte. Ella y sus hijos mi furor esperan, cuando vencidos mueran. Francia está con discordia quebrantada, y en España amenaza horrible muerte quien honra de la luna las banderas. Y aquellas gentes en la guerra fieras ocupadas están en su defensa, y aunque no, quien podrá hacerme ofensa? Los poderosos pueblos me obedecen, y con su daño el yugo han consentido, y me dan por salvarse ya la mano. Y su valor es vano, que sus luces muriendo se escurecen. Sus fuertes en batalla han perecido, sus Vírgenes están en cautiverio, su gloria ha vuelto al cetro de mi imperio. Del Nilo a Éufrates y al Danubio frío cuanto el sol alto mira: todo es mío. Tú señor, que no sufres que tu gloria usurpe quien confía en su grandeza, prevaleciendo en vanidad y en ira: a este soberbio mira. que tus templos afea en su victoria, ..........................................eza y en sus cuerpos las fieras bravas ceba, y en su esparcida sangre el odio prueba, y hecho ya su oprobrio, dice: dónde el Dios de estos está? de quién se esconde? Por la gloria debida de tu nombre, por la venganza de tu muerta gente, y de los presos por aquel gemido, vuelve el brazo tendido contra aquel, que aborrece ya ser hombre, y las honras que a ti se dan, consiente, y tres y cuatro veces su castigo dobla con fortaleza al enemigo y la injuria a tu nombre cometida, sea el duro cuchillo de su vida. Levantó la cabeza el poderoso, que tanto odio te tiene en nuestro estrago junto el concilio, y contra nos pensaron, los que en él se hallaron. Venid dijeron: y en el mar undoso hagamos de su sangre un grande lago. Deshagamos a estos de la gente. y el nombre de su Cristo juntamente. Y dividiendo de ellos los despojos: hártense en muerte suya nuestros ojos. Vinieron de Asia, y de la antigua Egito, Los Árabes, y fieros Africanos, y los que Grecia junta mal con ellos, con levantados cuellos, con gran potencia y número infinito. Y prometieron con sus duras manos encender nuestros fines, y dar muerte con hierro a nuestra juventud más fuerte, nuestros niños prender, y las doncellas, y la gloria ofender, y la luz de ellas. Ocuparon del mar los largos senos, en silencio y temor puesta la tierra, y nuestros fuertes súbito cesaron, y medrosos callaron, hasta que a los feroces Agarenos el señor eligiendo nueva guerra, se opuso el joven de Austria valeroso con el claro Español y belicoso. que Dios no sufre en Babilonia viva su querida Sion siempre cautiva. Cual león a la presa apercibido, esperaban los impíos confiados a los que tú señor eras escudo, que el corazón desnudo de temor, y de fe todo vestido, de tu espíritu estaban confortados. Sus manos a la guerra compusiste, y a sus brazos fortísimos pusiste como el arco acerado, y con la espada mostraste en su favor la diestra armada. Turbáronse los grandes, los robustos rindiéronse temblando, y desmayaron. y tú pusiste Dios, como la rueda, como la arista queda al ímpetu del viento, a estos injustos, que mil huyendo de uno se pasmaron. Cual fuego abrasa selvas, y cual llama, que en las espesas cumbres se derrama, tal en tu ira y tempestad seguiste, y su faz de ignominia confundiste. Quebrantaste al dragón fiero, cortando las alas de su cuerpo temerosas, y sus brazos terribles no vencidos. que con hondos gemidos se retira a su cueva silbos dando, y tiembla con sus sierpes venenosas, lleno de miedo torpe sus entrañas, de tu león temiendo las hazañas. Que saliendo de España, dio un rugido, que con espanto lo dejó aturdido. Oí los ojos se vieron humillados del sublime varón y su grandeza, y tú solo, señor, fuiste exaltado. Que tu día es llegado, señor de los ejércitos armados, sobre la alta cerviz, y su dureza, sobre derechos cedros y extendidos, sobre empinados montes y crecidos, sobre torres, y muros, y las naves de Tiro, que a los tuyos fueron graves. Babilonia y Egipto amedrentada, del fuego y hasta temblará sangrienta, y el humo subirá a la luz del cielo, y faltos de consuelo, con rostro oscuro y soledad turbada tus enemigos llorarán su afrenta. Y tú Grecia, concorde a la esperanza de Egipto, y gloria de su confianza. Triste, que a ellas pareces, no temiendo a Dios y en tu remedio no atendiendo. Porque ingrata tus hijas adornaste en adulterio con tan impía gente, que deseaba profanar tus frutos, y con ojos enjutos sus odiosos pasos imitaste, su aborrecible vida, y mal presente? por eso Dios se vengará en tu muerte, que llega a tu cerviz su diestra fuerte la aguda espada. Quién será que pueda tener su mano poderosa queda? Mas tú fuerza del mar, tú excelsa Tiro, que en tus naves estabas gloriosa, y el término espantabas de la tierra: y si hacías guerra, de temor la cubrías con suspiro, como acabaste fiera y orgullosa? quien pensó a tu cabeza daño tanto? Dios, para convertir tu gloria en llanto, y derribar tus ínclitos y fuertes: te hizo perecer con tantas muertes. Llorad naves del mar, que es destruida toda vuestra soberbia y fortaleza. quien ya tendrá de ti lástima alguna, tú que sigues la luna, Asia adúltera en vicios sumergida? Quién mostrará por ti alguna tristeza? Quién rogará por ti? Que Dios entiende tu ira, y la soberbia que te ofende. y tus antiguas culpas y mudanza han vuelto contra ti a pedir venganza. Los que vieren tus brazos quebrantados, y de tus pinos ir el mar desnudo, que sus ondas turbaron, y llanura, viendo tu muerte oscura, dirán, de tus estragos espantados: quién contra la espantosa tanto pudo! el señor que mostró su fuerte mano por la fe de su príncipe Cristiano, y por el nombre santo de su gloria: a España le concede esta victoria. Bendita señor, sea tu grandeza, que después de los daños padecidos, después de nuestras culpas y castigo: rompiste al enemigo de la antigua soberbia la dureza. adórente, señor, tus escogidos. Confiese, cuanto cerca el ancho cielo, tu nombre, oh nuestro Dios, nuestro consuelo, y la cerviz rebelde, condenada, padezca en bravas llamas abrasada. A ti solo la gloria por siglos de los siglos, a ti damos la honra, y humillados te adoramos. 85. DE HERRERA EN RESPUESTA. SONETO Si de la bella y dulce lumbre mía cuando sus hebras de Oro esparce al viento, Amor, los rayos de divino aliento a vuestro pecho, aunque rebelde, envía. Yo espero ver en vos tanta osadía que cantéis el dolor y sentimiento que el blanco Cisne, en el herboso asiento con clara y suavísima armonía. Mas temo yo señor, que la belleza de mi luz soberana, por mi daño en vos hará, lo que en el pecho mío. No quiera amor, que pueda en mi tristeza este dolor cruel y puro engaño básteme el fuego, sin el celo frío. 86. CANCIÓN DE FERNANDO DE HERRERA Alza del hondo seno con ramosos corales enlazada la venerable frente, y en el curso sereno ilustra tu ribera celebrada, sagrado río Hesperio: a quien las claras aguas de Occidente reconocen imperio, y con ledo semblante Tarteso del olvido se levante. Tarteso engendradora de ligeros caballos, que vencían el ímpetu del viento con furia voladora, y las alas del rayo entorpecían: pues con eterna gloria su linaje, destreza, enseñamiento renueva a la memoria; y junta en esta parte el claro Andrada la experiencia el arte. Ya el Argeo no estime sus osados caballos belicosos, con que el Cita guerrero las campañas oprime de los incautos vénetos medrosos: donde el Lisonzo frío no sufriendo en su vaso el horror fiero de la sangre sin brío embebió en las arenas el ímpetu y corriente de sus venas. El pegaso famoso, que entre sus astros tiene el ancho cielo no merece igualarse con aquel generoso, que este enseña, y lo engendra nuestro suelo: el Domador Latino, y el que pudo entre Griegos señalarse por un igual camino tanto le son menores, cuanto en la fama y en la edad mayores. Tú Betis pues ufano de haber criado en tu corriente ondosa tal hijo la corona le teje de tu mano con inmortal labor artificiosa: y del cerco encendido hasta la una, y otra helada zona el nombre esclarecido florezca de tal suerte, que no lo gaste el tiempo con la muerte. 87. Musa, esparce purpúreas frescas flores Musa, esparce purpúreas frescas flores al túmulo del sacro Laso muerto; los lazos de oro suelte sin concierto Venus; lloren su muerte los Amores. Arda la rota aljaba y pasadores, la mirra y casia; y cuanto el encubierto Fénix quema; y con verso grave y cierto cante su gloria Febo y tus dolores. Laso, por quien el Tajo al rico Tebro y excede al Arno puro, sepultado yace entre verdes hojas de amaranto. Incline al nombre claro, que celebró sus coronas Parnaso; y admirado venere el alto y noble y tierno canto. 88. SALICIO, EGLOGA Entre los verdes árboles, do suena Betis con altas ondas extendido, llevando al mar la frente de ovas llena; Alcón y Tirsis tristes con gemido lloraban de Salicio tiernamente el miserable caso sucedido. Cual simple tortolilla gime y siente el caro esposo, que perdió muriendo, y su dolor descubre en son doliente. Violos llorar el rubio Sol naciendo, del bosque al uno y otro descuidado, violos llorar la luna apareciendo. Alcón sobre el un brazo recostado, Salicio, dijo, del ganado fuerte un tiemplo gloria y su mayor cuidado; Dolor cruel ahora y dura suerte, entre nosotros siempre aborrecida; quién te llevó con rigurosa muerte? Contigo el dulce amor perdió la vida; no resuena tu canto en la aspereza al tierno son de la aura desparcida. Cual Febo, cuando oía su tristeza y suspiros de amor y afán penoso de Anfriso la corriente ligereza. Cubra el cielo el color claro y hermoso; llorad vos Ninfas del sonante río multiplicando el curso doloroso. Llorad lauros y plátano sombrío, y tú Fauno en el suelo reclinado, y contad en su muerte el dolor mío. Valles, crezca el suspiro apresurado por una y otra parte; y no cesando suene en llanto confuso todo el prado. Decid hijas de Betis suspirando; y el cisne entre sus ondas espumosas alce el lloroso cuello lamentando. ay ay pinta Jacinto en tus hermosas y tristes letras con el mal presente, y derrama mil quejas lastimosas. Oh Febo, Febo, ahora en el corriente Janto, o en Delo estés, ven ya ceñido de funesto ciprés la triste frente; Quebranta el arco de oro guarnecido, despedaza los duros pasadores; pues tu gloria y cuidado es ya perdido. Ven, no esparciendo al aire tus olores Citerea, ni en mirto coronada, ni mezclando las rosas a las flores; Mas con cerúlea veste congojada, y en triste hábito venga la alegría con negras hachas y con luz turbada; Y tú lloroso Amor en compañía rotas flechas y aljaba y arco, alzando con las gracias del llanto la armonía. Traed valles suspiros vos llorando; y el lamentable acento vaya luego por campo y selva y bosque resonando. oh crudas Parcas, duro hado ciego, correrá el río con perpetua fuente, vivirán estas peñas en sosiego? Salicio, honor de la silvestre gente, no se verá en la selva, en este cielo nunca se verá más estar presente? Como la flor purpúrea, a quien el hielo del penetrable invierno y rigor frío; o dañó el rojo Sirio el tierno velo. Corred ya largas ondas del gran río, durad vos peñas, alargad la vida; que a vos el hado es amoroso y pío. Mas ya en otro Salicio en la escondida selva, ni alto monte, y valle abierto sonará su zampoña conocida. Gimen los montes mudos y el desierto, y las matosas peñas inclinadas, do el aire hiere; ya Salicio es muerto. Sus ondas Tajo en lágrimas trocadas, bañó la gruta oscura en tristes sones, y las montosas vueltas y apartadas. La vana imagen busca tus razones por las selvas callada; que no siente el blando y tierno son de tus canciones; Que ya no te responde dulcemente, y no imita tus labios, y se esconde Filomela con mustia voz doliente. Y al canto de palomas ya responde el llanto con murmurio suspirando, que al dolor de tu muerte corresponde. Y nosotros los versos resonando con simple avena alzamos tus loores? decid Náyades tristes lamentando. Quién sonará entre rústicos pastores la zampoña, que al mismo Febo espanta, y aun espira tu canto y tus amores? Llora, y los versos Galatea canta, que te oía, aunque dura, helada y fiera, y con su voz al cielo los levanta; Y no los del Cíclope en la ribera, cuyo nombre en el canto celebrado de mi memoria está del todo fuera. A ti de verde hiedra coronado todos nuestros pastores rodearon, y te dieron la gloria en todo el prado. Oyendo tus canciones se admiraron las Dríades, los Faunos su aposento por oírte cantar desampararon. Llorote, pastor sacro, el frío asiento del claro Tormes y ribera umbrosa con más dolor y con mayor lamento, Que a sus pastores dos con voz quejosa Sicilia, y a Sincero y Meliseo Sebeto con corriente no abundosa. Nunca sintió, mezclada con Alfeo Aretusa, en sus ondas tal gemido, ni el Ebro por la muerte de su Orfeo. Yo te lloro, Salicio, enternecido; tú el canto, que engendró el dolor, consiente; pues más de amor, que de arte va vestido; Que si algún tiempo el rudo son doliente de Betis pasa la ribera llena, que mete en el gran mar la altiva frente; Tú verás en el verso, que resuena tu memoria y tu nombre glorioso, do el puro Tebro y donde el Arno suena. Aquí el pastor con llanto lastimoso paró; y al triste canto dio un gemido del hondo río el curso presuroso. TIRSIS luego siguió el son esparcido, y atentas a su voz fueron cesando las ondas en el vaso recogido. No resonéis ya Ninfas lamentando; dejad vos montes y peñascos fríos las quejas, que extendisteis suspirando. Ahora derramad pastores míos en la pintada tierra frescas flores; traed sombra a las fuentes y a los ríos. Venid vosotros Faunos amadores, a las Dríades bellas descubriendo vuestro amor, vuestros celos y dolores, Porque Salicio al cielo alto subiendo así lo quiere; y llenos de alegría alzad el canto, versos componiendo. Y junto aquella pura fuente fría este verso cortad en el sagrado lauro, que de sus hojas lo ceñía; Porque si algún pastor allí cansado llegare, pueda vello; y dar memoria del túmulo, que cerca está labrado. Salicio, al campo y a pastores gloria, en brazos de las Musas muere puesto; y en el cielo está vivo con victoria. Yo te pondré Salicio después de esto dos consagradas aras, levantando una a ti y otra a Febo en este puesto; Pues le igualas en canto dulce y blando; y aquí pondré dos vasos espumosos ambos con leche nueva rebosando. Vendrán aquí pastores venturosos, Menalca, Olimpio y Epolo, que en danza imitará los Sátiros vellosos. Y cuando honrare con antigua usanza tu sepulcro esparciendo el dulce vino, serás de los pastores esperanza; Y pediremos tu favor divino para guardar el pasto y campo lleno contra el rigor del duro cielo indino. Tu túmulo adornando el verde seno de Flora cubrirá; que al fresco prado las rosas quitará y color ameno. Aquí vendrán en coro concertado Faunos, Sátiros, Pan, Cintio hermoso, las Náyades de Betis venerado; Las Ninfas del monte alto y confragoso, las de árboles y selvas; consagrando en honra tuya el canto numeroso. Aquí soplará manso el viento blando del templado Favonio, habrá contino verano nuevo y Cloris con su bando. Palma, plátano, pobo, álamo y pino, el grande ciclamor, el lauro verde, que a tu divina frente bien convino; Extenderán con son, que nos acuerde de ti, las hojas; y con rico manto mostrará el prado, que el color no pierde. Nacerá siempre eterno el amaranto, Narciso y helicriso deleitoso y suave Jacinto y tierno acanto. Torcerá el curso el río no espumoso con blandas ondas largo y extendido, para regar el campo espacioso. Cantar te han con dulcísimo sonido las selvas y los bosques altamente en verso noble y canto esclarecido. Árbol no habrá, que a Febo más contente, que el que tu nombre escrito en sí tuviere, tu nombre entre pastores excelente. Y cuando el viento de través hiriere; resonará en el aire con tu gloria el árbol, que sus hojas conmoviere. Por ti al Tajo dará el nombre y victoria el puro Eurotas y el nevoso Ebro, que refiere de Orfeo la memoria; Y el mismo grande y caudaloso Tebro inclinará sus ondas, admirado del canto y de la avena, que celebro. En tanto que en el monte levantado el jabalí espumoso tenga asiento, y cayere el rocío al verde prado; En todo el pastoral ayuntamiento será tu nombre eterno, y la dulzura y tierna voz del amoroso acento. Calló Tirsi; y del bosque la espesura hirió el viento en señal de su grandeza, y resonó Salicio con voz pura el río y de los montes la aspereza. 89. Betis, que en este tiempo solo y frio. Versión de las Anotaciones Betis, que en este tiempo solo y frío escuchas mi dolor; del hondo asiento acoge en tu callado movimiento los últimos suspiros; que yo envío. Y si tiene valor tu sacro río; dame que en árbol verde mi tormento lamente trasformado; que ya siento cual Cisne débil voz al canto mío. Porque con nuevas ramas tu corriente cercaré coronando, y destilado iré en tu curso largo y extendido. Que mi luz ceñirá su bella frente de mis hojas; o en llanto desatado seré en sus blancas manos recogido. 89a. Betis, que en este tiempo solo y frio. Versión de B Betis, que en este tiempo solo y frío escuchas mi dolor; del hondo asiento acoge en tu quieto movimiento los últimos suspiros; que yo envío. Y si tiene valor tu sacro río; dame que en árbol verde mi tormento lamente trasformado; que ya siento cual Cisne débil voz al canto mío. Porque con nuevas ramas tu corriente cercaré coronando, y destilado iré en tu curso largo y extendido. Que mi luz ceñirá su bella frente de mis hojas; o en llanto desatado seré en sus blancas manos recogido. 90. Dichoso fue el ardor, dichoso el vuelo Dichoso fue el ardor, dichoso el vuelo, con que desamparado de la vida, dio nombre a su memoria esclarecida Ícaro en el salado y hondo suelo. Y quien el rayo derribó del cielo, culpa de la carrera mal regida, que Lampecie llorosa y afligida lamenta en el hojoso y duro velo; Pues de uno y otro eterna es la osadía y el generoso intento, que a la muerte negaron el valor de sus despojos; Yo más dichoso en la fortuna mía, pues al cielo llegué con nueva suerte, y ardí vivo en la luz de vuestros ojos. 91. Desterrado el invierno frio y cano Desterrado el invierno frío y cano, la tierra se vestía en mil colores con vivo lustre y fuerza del verano; Y esparcidas las Rosas y las flores, con aura fresca espiran dulcemente en el aire tendido sus olores; Cuando la alba salía de Oriente, cubierta de oro y púrpura hermosa el variado manto refulgente; Y alegrando a la tierra deleitosa, con rociadas gotas regalaba a la hierba florida y abundosa. Yo entonces en el campo me hallaba cogiendo el fresco del templado aliento, que blandamente entre arboles sonaba. Traía la marea un movimiento suave y tierno, en torno desparcido que hería con dulce sentimiento. Vi el campo en flores varias revestido, que del rocío estaban esmaltadas, con que más su belleza ha florecido. Vi las húmedas Rosas, levantadas abrir la hojas bellas, que primero tenían todas juntas y cerradas; Y alegres con la vuelta del Lucero, mostraban su color entremezclado, más hermoso que nunca y más entero. No sé si la Alba había a Rosas dado, o tomado el color, y si a las flores había el día nuevo retocado. Uno el rocío, y unos los colores, uno el día, y de Venus amorosa ambos, y por ventura unos olores. Mas aquel con más fuerza poderosa por el aire se tiende en grande alteza, acá más cerca espira el de la rosa. La reina de las gracias y belleza. en su flor misma y astro reluciente pinta del puro rojo la fineza. Las flores ya extendían juntamente, con hermosas figuras reluciendo, su color y postura diferente. Unas en punta suben, esparciendo sus tiernas hojas al abierto cielo, otras una corona van tejiendo. Otras se tuercen en herboso suelo, de verde, azul y jalde señaladas, con violado, o con purpúreo velo. Y casi unas con otras enlazadas, heridos los colores van mudando; y a los ojos engañan ayuntadas. Esto miraba atónito yo, cuando vi toda su belleza ir de caída, el resplandor y olores olvidando. Maravilleme, viendo así perdida la beldad y la edad de tantas flores, y muerta ya la Rosa aun no nacida. Tanta belleza y varios resplandores un día mismo adorna y descompone, ofreciendo y robando sus colores. Nosotros nos quejamos, porque pone naturaleza con avara mano tan breve gracia en flores, que compone; Aun no salen los dones del verano; cuando ella los derriba con la muerte, dejando al tiempo del despojo ufano. Cuan largo el día, es tan larga suerte de las Rosas, que junto en un momento su juventud en senectud convierte. La que ya vio nacer el blando aliento del nuevo Sol; morir aquesta vido, cuando del mar bajaba al hondo asiento. Más bien les ha la suerte concedido, si así mueren tan presto; que naciendo sucedan a su término cumplido. Coged las Rosas vos, que vais perdiendo, mientras la flor y edad Señora es nueva; y acordaos, que va desfalleciendo vuestro tiempo, y que nunca se renueva. 92. O soberbia y cruel en tu belleza Oh soberbia y cruel en tu belleza, cuando la no esperada edad forzosa del oro, que aura mueve deleitosa mude en la blanca plata la fineza; y tiña el rojo lustre con flaqueza en la amarilla viola la rosa, y el dulce resplandor de luz hermosa pierda la viva llama y su pureza; dirás (mirando en el cristal luciente otra la imagen tuya) : "Este deseo ¿por qué no fue en la flor primera mía? "¿Por qué, ya que conozco el mal presente. con esta voluntad con que me veo, no vuelve la belleza que solía?" 92. SONETO. Versión de B Oh soberbia y cruel en tu belleza y con su verde flor victoriosa, cuando la edad trocare presurosa del oro crespo en plata la fineza; y al color encendido con flaqueza destiñere en la viola la rosa, y el dulce resplandor de luz hermosa perdiere el vivo fuego y su pureza, dirás entonces, viendo tanto daño en el cristal luciente: "Este deseo ¿por qué no fue en la edad primera mía? "¿Por qué, ya que conozco el mal extraño, con esta voluntad que yo poseo no vuelve la belleza que solía?" 93. Cuando el osado Leandro Cuando el osado Leandro, olvidado de temor, iba por el mar estrecho a gozar su dulce amor; cansado y puesto en peligro del mar lleno de furor, ya que las hinchadas aguas causaban su perdición; a las ondas que lo siguen dijo así el triste amador (como si jamás las ondas le muevan a compasión) perdonadme mientras llego, a do dejé el corazón, y mostrad en mí a la vuelta vuestro ímpetu y furor. 94. Tu que en el crespo piélago llevada Tú que en el crespo piélago llevada con la concha de perlas de Oriente y de rojos cabellos esmaltada, guiaste en sombra oscura el pecho ardiente por la canal tendida, que alterada con furor resonaba; a do presente la virgen temió el ponto, y el cortando, dejó el náufrago claustro atrás bramando. Tendió los brazos luego, alzó la mano tres veces a la imagen fugitiva, tres veces abrazando el aire en vano; probó abrazar aquella sombra esquiva. Y el oro que en la frente relucía la purpúrea mejilla aun no vestía. Hasta este tiempo contra el padre mío declina el yugo que me impone el cielo. 95. Nací yo por ventura destinado Nací yo por ventura destinado al amoroso fuego, y que ofrecido me vea a desdén grave, a duro olvido, sujeto siempre a miserable estado? Rompa la aguda espada el implicado nudo, pues de mi industria nunca ha sido suelto por mi dolor; que en mal perdido el remedio cruel es acertado. Cuelguen de este alto roble los despojos de mi engañado amor, y la esperanza muera, que un tiempo me sostuvo incierto. Que ya no doy lugar a bellos ojos, ni a la falsa risa y vana confianza, y en él se escriba; Amor quedó aquí muerto. 96. Dime te ruego Lidia Dime te ruego Lidia, di por todos los dioses, por qué a Sibaris Quieres perder amándote? di, por qué ha aborrecido el campo Marcio, Pues tiene fuerza, y ánimo, para sufrir el polvo y el sol cálido? Por qué entre iguales jóvenes a caballo no prueba la milicia; Ni rige con freno áspero la dura boca del bridón de Francia? Por qué se muestra tímido, y no toca del Tebro el vaso líquido? Por qué la lucha rígida huye más que la sangre de la víbora? Y no descubre cárdenos los fuertes brazos con las armas hórridas; Llevando la victoria con disco, y dardo, que traspase el término? Por qué en grave silencio se esconde, como el animoso Tessalo, Poco antes que en Asia, se destruyese el Ilión de Dárdano Porque en varonil hábito no fuese a muerte del Troyano ejército? 97. Aunque en el caso yo de tal amigo Aunque en el caso yo de tal amigo herido gravemente y lastimado codiciase a mis lágrimas consuelo, porque mis lumbres en perpetuo llanto no manasen, ni este dolor tan grande a quemarme los pechos comenzase, pero, luego que aquesto concederme de mi ánimo pudo la amargura, acabé para ti estos mustios versos; con que te consolasen mis Camenas, si algo puede aliviar la Musa un mísero. porque tú todo poco a poco en lágrimas no te fueses, cual hielo se desata tocado con el Noto pluvioso. pues es rumor que en última tristeza vives con el acervo y duro hado del caro hermano, y que gozar no puedes del reposo los gustos, y del sueño; mas que cuando se aparta, y vuelve el día te quejas, y que buscas al perdido triste, y vago, y con llanto torpe el rostro, por todas las riberas, de la suerte que anduvo errando por las bandas todas de Erídano Lampecie congojada con la fraterna muerte, la cual dicen que siete noches sin el don del sueño, y ayuna continuó otros siete días. y, cuando con el largo error cansada del viaje, cayó en la gran ribera del Erídano umbroso; dando voces a las ondas decía, vos volvedme mi Faetón, ay oh cualquiera sea la Ninfa, que esconde en este río. tú pero, si doler a alguno debe ajena muerte, tienes justa causa de tan grave dolor. porque tu hermano hizo perder en su temprana muerte tus cómodos y a ti mismo y a los tuyos. perdió tu caro hermano de ti mísero quitado, a quien amabas más que a otro. aquel Amor, aquel consuelo dulce de tu juventud era y esperanza y reparo y columna de tu casa; con quien siempre tratar, con quien solías estar, y los consejos escondidos de tu ánimo decir, mirando a él solo, y a todos prefiriendo, en cuya boca la gracia de la ambrosía parecía. oh grandemente míseros nosotros, y linaje afanado y fatigoso, de cuya suerte no hay peor alguna. en nos se embraveció la fiera guerra, que nunca edad alguna vio más dura, ni la tendrán jamás algunos días. Sufrimos tristes el cruel servicio, y los bárbaros mandos, y perdimos parte las caras casas y la patria. consumió las reliquias, y los míseros ciudadanos la peste corrompida, y aun hoy arde la furia en todas partes. No habían aun fin puesto los gemidos, y no habían cesado ya los ojos del triste llanto con mejillas secas, cuando tú Marco caes, cuando en tantas tristezas quebrantados desamparas a nosotros frustrados en tu crédito. esto no permitía que esperásemos tu edad verde y virtud y buenos hechos; que nosotros a ti joven sin ánimo y sin alguna habla miserables en la extranjera tierra sepultásemos; mas que habías de ser, a quien con fama la virtud igualase el alto Olimpo, uno que a muchos pueblos enseñases. Vos oh entretanto del Benaco padre cien Ninfas, y tú Sarca, que desciendes de las Alpinas cumbres, vos oh peñas de Naco, y vos oh piedras de Briano, y espesos bosques con umbrosas cimas, traed, oh traed algún consuelo a mi Bato, y quitadle de su ánimo tanta tristeza, a quien la santa ciencia abrazando no puede dar alivio, ni puede dar la Musa diligente con los acostumbrados dulces versos. mas después Bato que el poeta Tracio grande tiempo buscó, y lloró gran tiempo a su perdida Eurídice robada, con nada consolar más sus cuidados pudo, que con el blando canto y ciencia. siempre, o errase de Ródope en las selvas altas, o en ondas de Estrimón desierto, la acompañó la Musa, siempre al hombro pendió la ebúrnea lira, diestra en números. él siempre contemplaba el orbe inmenso, y el ornato del orbe y las estrellas con puras lumbres, y los grandes mares vastos montes, y ríos sin sosiego, y todo cuanto al fin pare la tierra. cuyo tenor con ley cierta advirtiendo, poco a poco sintió a su cara Eurídice borrársela en olvido, y en un gozo mudar la mente triste, tanto puede la forma de las cosas presentada ablandar y mover todos los ánimos! Entre los cuales él tu mismo hermano reciente de su muerte, mira el cielo admirado y las casas celestiales, y el día eterno, y la felice gente por orden, entre quien recibe gozo contándose con ellos. con él cerca las ánimas ilustres, sus abuelos y su padre en el rostro de su nieto fijan los ojos, y la bella efigie conocen, él su estirpe generosa, y ve el claro linaje, y los conoce y aprende sus hazañas y sus nombres, y también cuanto has de habitar en tierra. oh muy dichoso, a quien fue concedido antes que la vejez triste llegase, tender el paso al celestial camino. La tierra, en tanto que los astros fueren, y que los mares corran, no olvidada al cielo llevará tu nombre y hechos. 98. Los sueños que con sombras voladoras Los sueños que con sombras voladoras engañan al humano entendimiento, ni sacros templos, ni en calladas horas envían dioses del celeste asiento; mas con falsas visiones formadoras de las cosas, que ofrece al sentimiento; cada uno los hace y los figura en el reposo de la sombra oscura. Porque cuando los miembros derribados con hondo sueño están profundamente perdido su vigor, y desmayados, en vano juega la quieta mente, todo lo que en negocios y cuidados hubo en la claridad del sol luciente, con el horror y oscurecidas nieblas lo trata de la noche en las tinieblas. El que el fuerte lugar bate con guerra, y con ardientes llamas espantoso se encruelece en la enemiga tierra, y el miserable pueblo impetuoso con duro hierro y bravo fuego atierra, las armas ve y ejército dudoso, y las muertes de reyes, y cubiertos los campos con la sangre de los muertos. Los que las causas oran, el juzgado ven y las leyes, y con el rendido pecho y medroso el tribunal cerrado. sus riquezas esconde el afligido avaro, y halla el oro sepultado. del cazador el bosque es perseguido. libra su nave, o hace el marinero, que zozobre con él en el mar fiero. La deshonesta hembra, enajenada de sí, escribe regalos a su amante. Y adúltera da toda enamorada dones, que el pecho vencen más constante. la traza de la liebre imaginada ladra el can, que en los sueños ve delante. en el espacio de la noche oscura de la mísera gente el dolor dura. 99. Juntos todos; la tierra atropellada Juntos todos; la tierra atropellada con los pies no se ve, ni tanta gente en multitud confusa amontonada se podría contar, antes la ardiente arena sería en Libia numerada. todos crueles, de ánimo valiente, mas ruda turba, de soberbia llena, de razón falta, y de consejo ajena. Ni desnudar el hierro arremetiendo, ni en ordenanza saben conservarse, apriétanse, y apremian confundiendo, y unos con otros vienen a implicarse. mas quien atentamente fuese viendo con orden el ejército mostrarse del gran Cesar, diría sin recelo que lo juntó, y dispuso solo el cielo. Allí estaba de Italia poderosa la juventud belígera mostrando el gran valor, la industria belicosa. sus antiguas hazañas renovando; y de España en las armas generosa los capitanes en ilustre bando. que al cielo alzó sus hechos la victoria, y dio la tolerancia eterna gloria. También Rin, los que habitan tu ribera, a morir, o vencer acostumbrados, que menos temen a la muerte fiera, que ser vencidos; todos enseñados a seguir de Mavorte la bandera, de relucientes armas adornados en orden puestos todos, y sujetos de quien los rige y manda a los preceptos. 100. SONETO DE FERNANDO DE HERRERA Al Canto de este Cisne, y voz doliente, que se queja en el sacro Hesperio río, Betis del arenoso asiento frío alzó revuelta en Ovas la alta frente. Tú serás grande gloria de Occidente, dijo, y eterna fe del honor mío, y Galatea, y la ascondida Espío responderá a tu canto dulcemente. Darame el rubio Tajo la victoria, Tajo del tierno Laso celebrado, y al Arno seré igual en la nobleza. Calló, y las ondas levantó en su gloria, resuena luego el hondo seno, y vado, con dulce voz y con mayor pureza. 101. FERNANDO DE HERRERA AL AVTHOR No bastaba ilustrar con viva Gloria Los Trofeos? y dar al fiero Marte Las Coronas y Palmas de Victoria? Y con nuevo Valor, Industria, y Arte Vibrar Terrible la Sangrienta Espada, Y celebrarla en una y otra Parte? Que en cuanto ve del Sol la Luz Dorada, Y en cuanto abraza el Mar, y cerca el Cielo, Va de Inmortales Glorias rodeada? Si no también con Generoso Vuelo Y con Fuerzas de Claro Entendimiento Dejar Perpetua su Memoria al Suelo? Y en Cartas a quien nunca Fuego y Viento Y las vueltas del tiempo harán Daño, Su Virtud descubrir y Fundamento? Donde roto y deshecho todo Engaño Su Valor resplandece Esclarecido, Con rara Muestra y con Intento extraño. No esconderá ya Nube del Olvido CARRANZA vuestro nombre Glorioso, Y el Espíritu excelso y encendido. Solo vos con Ardor Maravilloso En el Ingenio igual y en Valentía Seguís a Febo y Marte Belicoso. Y con Brío Dichoso y Osadía A España enriquecéis de aquella Gloria, Que nunca esperó ver en algún día. Y si vuestros trabajos con Memoria Fueren de Claro Artífice esculpidos, Los Despojos pondrá de la Victoria, No Flores de Jacintos escogidos, Ni de Venus las Rosas estimadas, Mas Yelmos con las Plumas esparcidos, Rotas Astas, y Escudos, y Doradas Corazas, Fuertes Grebas, y de Marte Ardiente Cortadoras las Espadas. También pondrá con Gloria en otra Parte, Las Muestras del Ingenio, que levanta Una Nueva y Difícil, y Útil Arte. Esta Gloria admirable ensalza y canta Con mil Alas la Fama no cansada, Y a la una y otra Hesperia el Hecho espanta. Obra y Honra Inmortal tan extremada, Que la Máquina excelsa y la Grandeza De Egipto vence al Cielo levantada. Cuanto de hoy más la Fuerza y la Destreza Tuvieren de Valor, a vos se debe, Y vos les dais Valor y Fortaleza. Si alguno hubiere ya, que osado pruebe Con Armas la Dudosa y Varia Suerte. Conviene, que de vos la Industria lleve. No temerá el Peligro de la Muerte, Que crece en la Destreza la Osadía, Y al Corazón más Flaco hace Fuerte. Si a la Ribera Sosegada y Fría Que Betis orna, y viste, y al Sagrado Mar de Atlante su llano Curso envía, Fuere alguno, y mirare el Venerado Lugar, que le da Gloria, y su excelente Y Rico Sitio, y siempre afortunado. Aunque es honra del Último Occidente Y en el Poder soberbio y la Grandeza Oscurece y oprime al Oriente. No tanto admirará de su Riqueza La Abundancia, y sus Glorias, y su Fama, Cuanto de vuestro Pecho la Nobleza. Pues en vos solo el Cielo Alto derrama Industria, y Fortaleza no vencida, Y al Amor de Virtud Ilustre os llama. Oh Dichosos Trabajos de tal vida, Que cuando los Despojos diere a Muerte, Vivirá con más Luz esclarecida, Sin que le ofenda el tiempo y dura Suerte. 107. SONETO II. Versión de B Voy siguiendo la fuerza de mi hado por este campo estéril y escondido. todo calla, y no cesa mi gemido; y lloro la desdicha de mi estado. Crece el camino, y crece mi cuidado; que nunca mi dolor pone en olvido. el curso al fin acaba, aunque extendido; pero no acaba el daño dilatado. Que vale contra un mal siempre presente apartarse y huir, si en la memoria se estampa, y muestra frescas las señales? Vuela Amor en mi alcance; y no consiente en mi afrenta, que olvide aquella historia, que descubierto el paso dio a mis males. 116. SONETO X. Versión de B Rojo Sol, que con hacha gloriosa das color al profundo y alto cielo, hallaste tal belleza en todo el suelo, que igualase a mi bella Luz dichosa? Aura suave, blanda y amorosa, que nos regalas con el fresco vuelo; cuando se cubre del dorado velo mi Luz, tocaste trenza más hermosa? Luna; honor de la noche, ilustre coro de las errantes formas y fijadas, consideraste tales dos estrellas? Sol puro, Aura, Luna, luces de oro, oísteis vos mis penas nunca usadas? visteis Luz más ingrata a mis querellas? 117. SONETO XI. Versión de B Suspiro, y pruebo con la voz doliente, que expire en sus dolores la alma mía; crece el suspiro en vano, y mi agonía, y el mal renueva siempre su accidente. Estas peñas, do solo muero ausente, rompe mi suspirar en noche y día; y no hiere (oh dolor de mi porfía) a quien estos suspiros no consiente. Suspirando no muero, y no deshago parte de mi pasión, mas vuelvo al llanto; y cesando las lágrimas, suspiro. Esfuerza Amor el suspirar, que hago, y como el cisne muere en dulce canto, así acabo la vida en el suspiro. 118. SONETO XII. Versión de B Yo voy por esta solitaria tierra, de antiguos pensamientos molestado, dejando el resplandor del Sol dorado, que de sus puros rayos me destierra. El paso a la esperanza se me cierra; de un alta cumbre a un monte voy enriscado, con mis ojos volviendo al apartado lugar, solo principio de mi guerra. Tanto bien refigura la memoria, y tanto mal encuentra la presencia; que me desmaya el corazón vencido. Oh crueles despojos de mi gloria, desconfianza, olvido, celo, ausencia, por qué seguís a un mísero rendido? 130. SONETO XXII. Versión de B Céfiro renovó en mi tierno pecho floridas ramas de esperanza cierta, a mansa pluvia, a sol rosado abierta, y todo se mostraba en mi provecho. Cuando de hielo un crudo soplo hecho, de aquella parte de calor desierta, abate en tierra mi esperanza muerta, y el trabajo en un punto fue deshecho. Quedó en el mismo puesto el hielo frío, que con el fuego en mi dolor contiende; y vence alguna vez, otra es vencido. De allí siempre temí en el pecho mío la nieve, que aunque el fuego me defiende, dudoso estoy del daño recibido. 137. SONETO. Versión de B Huye mi pensamiento el horror frío y la aspereza helada y duro invierno, y la aura espera de Favonio tierno para librarse de él y del estío; pero en la suerte y grave estado mío el prevenir me ofende, y yo discierno Céfiro breve y Aquilón eterno y siempre en mi dolor por mal porfío. Al fin había de ser que el destemplado estío acabe en fuego, o en el hielo rígido invierno mi obstinado pecho. Que del furor sufrido no cansado, no se mueve a las vueltas que da el cielo, ni está en mis estragos satisfecho. 140. SONETO XXXI. Versión de B El tiempo, que se alarga al mal extraño, y me muestra mis pasos bien contados; si término pusiese a mis cuidados, sería a mi esperanza desengaño. Que el oro, que me tiene en nuevo engaño, los ojos dulcemente regalados, sin valor a mis años mal gastados el remedio serían de su daño. Pero si en él se aumenta el dolor mío, si el oro es y los ojos inmortales, y es eterno el valor y altivo intento; Será de amor perpetuo el desvarío; y en las penas, que a todos son mortales, renacerá contino mi tormento. 149. SONETO XXXIX. Versión de B Pura, bella, suave Estrella mía, que sin que os dañe oscuridad profana, dais la sagrada luz a la mañana, y la tierra encendéis helada y fría; Pues vos, por quien suspiros mil envía mi alma, cual castísima Diana, levantáis la bandera soberana contra Venus y Amor con osadía; Yo seré, como aquel, que su belleza con hierro violó; y el casto hecho más bello lo deseo y con mayor gloria. Mas si fuérades Luna en la aspereza, de Ladmo, yo temiera el tierno pecho del cazador que aún vive su memoria punto. 154. SONETO XLIII. Versión de B Oh cómo vuela en alto mi deseo, sin que de su osadía el mal fin tema! que ya las puntas de sus alas quema, donde ningún remedio al triste veo. Qué mal podrá alabarse del trofeo, subiéndose en la parte más suprema del fuego ardiente, en esta banda extrema cae por su culpado devaneo. Debía en mi fortuna ser ejemplo Dédalo, no aquel joven atrevido, que dio al salado seno insigne su nombre. Mas ya tarde mis lástimas contemplo. pero si muero, porque osé, perdido, jamás a igual empresa osó algún hombre. 169. SONETO LVI. Versión de B Temiendo tu valor y tu ardiente espada, sublime Carlo, el bárbaro Africano, y el bravo horror del ímpetu Otomano la altiva frente humilla quebrantada. Italia en propia sangre rociada, el invencible, el áspero Germano, y el osado Francés con fuerte mano al yugo la cerviz trae inclinada. Alce España los arcos en memoria, títulos en colosos y estandarte despojos y coronas de victoria; Que ya en la tierra y mar no queda parte, que no sea trofeo de tu gloria, ni le resta más honra al fiero Marte. CANCION IIII. Versión de B Esparce en estas flores pura nieve y rocío blanca y serena luz de nueva Aurora, y con varios colores se vista el bosque frío de los despojos de la rica Flora; pues la excelsa Heliodora ya muestra su belleza, a do con alta frente da Betis su corriente, llevando al mar tendida su grandeza; y vos, lumbres del cielo, mirad felices nuestro Hesperio suelo. Rojo Sol, que el dorado cerco de tu corona sacas del hondo piélago, mirando el Ganges derramado, al Danubio y la Sona, y del divino Nilo el fértil bando; si tu llegares, cuando esta serena Estrella alza al rosado cielo, dando alegría al suelo, los ojos, do está Venus casta y bella, de aquellos rayos ciego, arderás, con tus llamas hecho fuego. Luna, que resplandeces sola, fría, argentada en el callado velo tenebroso; y tu luz enriqueces en la hacha inflamada del Sol con resplandor maravilloso; si el Lucero hermoso, do el puro Amor se alienta, mirares, encendida en llama esclarecida, que a limpias almas con virtud sustenta, correrás por la cumbre con grande y siempre eterna y clara lumbre. Junta a inmensa belleza ya está la cortesía, y suma honestidad y humilde trato con valor y grandeza, en el dichoso día que el largo cielo nos la volvió grato. vivo y puro retrato de inmortal hermosura, rayo de amor sagrado que al dulce esposo amado contigo junto en fuego eterno apura; y si parte le ofende, es que el cuerpo mortal su bien comprende. El sacro rey de ríos, que nuestros campos baña, al bello aparecer de este Lucero cubrió los vados fríos al pie de la montaña, do vio resplandecer su Luz primero, del oro, que el Ibero en las cavernas hondas procura, y con las flores compuso en mil colores, y con perlas el curso de las ondas; y esclarecía el cielo, y daba olor suave en torno el suelo. Las gracias amorosas con las Ninfas un coro tejían en el blando, undoso seno; y de purpúreas rosas envueltas en el oro con ámbar oloroso y flores lleno, dulce despojo ameno del revestido prado, las guirnaldas ayuntaban, y todas coronaban el cabello sutil, largo y dorado, que, cual de las estrellas, por el aire volaron sus centellas. El alto monte verde, que de Palas es gloria, sintiendo en sí los pies de su señora, su tristeza ya pierde, y le da la victoria aquel, do Prometeo gime y llora; y donde la sonora lira de Tracia espira; el sagrado Helicona con florida corona, y do Atlante del peso no respira; pues su alteza sostiene la belleza, que el cielo en tierra tiene. Yo entretejer quisiera su nombre esclarecido entre la blanca Luna y Sol rosado; y su gloria pusiera en el peplo extendido, que en otra edad Atenas vio estimado; cuando el tiempo llegado Minerva es celebrada. dichoso el año y día; y es quien ve el año y día. allí pintado está con asta airada el áspero Tifeo, que muerto pierde todo su deseo. Mas pues que la rudeza de este mi débil canto, causado de un deseo simple y vano, no puede a su belleza dalle la gloria, cuanto merece el valor suyo soberano, y mi intento es vano; Cisnes, que la corriente de Betis vais cortando, el canto vuestro alzando, su gloria y nombre resonad presente; y oían céfiro y Flora su inmensa hermosura con la Aurora. Canción humilde di a esta pura Estrella: sufra vuestra belleza mi rústica simpleza. 175. SONETO LXI. Versión de B Cual de oro era el cabello variado, en mil varias lazadas dividido; y cuanto en más figuras esparcido, tanto de más centellas ilustrado. Tal suele de sus hebras coronado, Febo mostrarse en llamas encendido; tal discurre en el cielo esclarecido un ardiente cometa arrebatado. Debajo el puro y rico y sutil velo Amor, Gracia, Valor y la belleza templada en nieve y púrpura se vía. Pensara, que se abrió esta vez el cielo, y mostró su poder y su riqueza, si no fuera la Luz de la alma mía. 178. EGLOGA VENATORIA. Versión de B De aljaba y arco tu Diana armada, que por el monte umbroso y extendido a las fieras fatigas presurosa, huye del alto Ladmo desdichada, donde tu cazador duerme escondido; porque otra cazadora más hermosa persigue impetuosa al jabalí espumoso y enojado; porque otra más hermosa cazadora al ciervo sigue ahora. y si la viere Endimión, tu cuidado, ya corriendo la fiera en la maleza, te dejará por ella en la aspereza. Mas a Endimión no dejes tú Diana, queda con él, no siga al amor mío. Endimión, amor tuyo, esté contigo. en la callada noche, en la mañana, al Sol ardiente, al importuno frío mi dulce cazadora esté conmigo. este bosque es testigo, cuantas veces la llamo y busco en vano. la Aurora me oye sola sin su amante, y se ofrece delante, cuando espera las fieras en el llano. suspira ella su amor, yo lloro el mío, si al monte mira , yo a mi bosque y río. Hermosa cazadora, que has llevado del frío bosque mi herido pecho con el cabello de oro suelto al viento, y de flores y rosas coronado; eres Napea de este valle estrecho, que alcanzas con ligero movimiento al jabalí sediento, y del ciervo la planta voladora? que tu paso, y tu voz, y tu belleza mas que mortal grandeza descubre a tu Menalio, que te adora. tal va Cintia con traje soberano, encendiendo de amores a Silvano. ¿Qué dios, oh Ninfa bella, te ha ofrecido a mis ojos, corriendo yo una fiera sin cuidado de Amor; y vista luego te me llevó, dejándome perdido, porque en llama inmortal ardiendo muera? de tus ojos probó el tirano ciego con mi daño su fuego. mas tú habites el bosque oscuro y prado, o la tendida selva de este río, jamás del pecho mío se apartará el Amor, que me ha abrasado, el bosque y prado del amor testigo, a amarte aprenderá también conmigo. O la ligera garza levantando mire al halcón veloz y atrevido, o espere al jabalí cerdoso y fiero, o la Aura entre los árboles gozando; con silencio o voz muda en lo escondido del pecho solo lloraré primero el dolor, en que muero. sin ti el feroz caballo, el rayo ardiente del imitado trueno, y la sabrosa caza, me es enojosa, pues tú me dejas mísero y doliente. todo me agradará, y será mi gloria, si vuelves, y de mí tienes memoria. Porque huyes, y quieres que sin lumbre en esta selva muera con tormento, y no miras tu amante, que te llama? baja de esa fragosa y alta cumbre; que, según el ruido grave siento, por entre una y otra espesa rama, que las hojas derrama, un feroz jabalí se ha recogido. con el arco en la blanca y tierna mano baja antes que al llano llegues, atravesado, y extendido de mi venablo, y muerto, la espumosa cabeza, llevarás victoriosa. No te confíes, Ninfa, en tu belleza, que vendrá el día, en que las hebras de oro mude la edad ligera en blanca plata. antes muera, que vea tu tristeza. mas para qué suspiro triste, y lloro por quien a mis querellas es ingrata? si tu dureza mata a quien te sigue, aquel, que te aborrece, qué pena habrá, que iguale con su culpa? pero quién no me culpa, pues sigo solo el mal, que se me ofrece? suspenso en el amor y en el deseo, al fin doy en un ciego devaneo. Mas vos Amores, rojos dulcemente, dejad las ondas claras de Citera, y a mi Ninfa herid con vuestra llama; que su hermosa flor perder no siente sin fruto inútil en la edad primera. y tú Diana, pues, Amor te inflama, cuando el monte te llama por el dormido amante, y ya el tormento conoces del Amor; si he venerado tus aras, y colgado del jabalí terrible y violento la alta frente, y del ciervo la ramosa, muéstrate a mis dolores piadosa. Si contigo viviera, Ninfa mía, en esta selva, tu sutil cabello adornara de rosas, y cogiera las frutas varias en el nuevo día; las blancas plumas del pintado cuello de la garza ofreciendo, y te trajera de la silvestre fiera los despojos, contigo recostado, y en la sombra cantando tu belleza; y en la verde corteza de la frondosa encina mi cuidado extendiendo, conmigo lo leyeras, y sobre mí las flores esparcieras. Ah cuantas veces entre aqueste juego a tu cuello los brazos rodeara! y en tus ojos mis ojos encendiendo, cuando mas descuidada de mi fuego, a tu boca el espíritu hurtara, mi espíritu en el tuyo convirtiendo, dulcemente muriendo. esto preciara más, que ver el vuelo del halcón, más que dar de un golpe muerte al jabalí más fuerte, o alcanzar por el ancho y largo suelo junto al agua herido y sin aliento al ciervo que atrás deja el leve viento. No dudes, ven conmigo, Ninfa mía. yo no soy feo, aunque la altiva frente no se muestra a tus hebras semejante. mas tengo amor, y fuerza y osadía, y tengo parecer de hombre valiente; que al cazador conviene este semblante robusto y arrogante. iremos a la fuente, al dulce frío, y en blando sueño puestos al ruido del murmureo esparcido de la agua, tú en mis brazos, amor mío, y yo en los tuyos blancos y hermosos, a los Faunos haría envidiosos. Mas si te agrada, y o si te agradase, ven conmigo a esta sombra, do resuena la aura en los ciclamoros revestidos de hiedra, do jamás se vio que entrase alzado el Sol con luz ardiente y llena. aquí hay álamos verdes y crecidos, y los pobos floridos, y el fresco prado riega la alta fuente con murmurio suave y sosegado. aquí el tiempo templado te convida a huir el Sol caliente. ven, Ninfa bella, ven ya Ninfa mía, este prado te llama y fuente fría. 198. SONETO. Versión de B Sufrí llorando, al crudo Amor rendido, el dolor congojoso del cuidado; a celo, a pena, a ausencia condenado, y a desdén y a asperezas ofrecido. Amor movió mi canto entristecido y gobernó mi ingenio descuidado; él pudo levantarme a tal estado, que por ventura excederé al olvido. Quien conociere bien cuanto Amor puede, que leyere mis versos que compongo, muéstrese agradecido a mi memoria. Que él solo entiende cuánto mal excede al dolor, que en mi canto, Amor, dispongo, y él sabe si es igual el premio y gloria. 200. SONETO. Versión de B Pues de este grave mal morir espero y no hay confianza en tanto daño, Amor me diese en premio de mi engaño este remedio solo, aunque postrero: que en duro bronce y en labrado acero, estuviese el dolor y el mal extraño, y la dura ocasión del desengaño, por quien, con triste suerte, triste muero. Para quien de mi muerte la memoria y de la fe que tuve la firmeza a la futura edad fuese notoria. Que habría quien llorase mi tristeza con noble canto, y mi pasada gloria, despojos de mi bien y mi riqueza. 203a. SONETO. Versión de B Con el cielo sereno, al mar abierto mi nave corre, y fresco el viento llega, y, entrando en golfo, la salud le niega cielo turbio, aire adverso, mar incierto. Vuelve, temiendo el mal presente, al puerto; temor y oscuridad la turba y ciega; y arrójala, y abierta, que se anega, libre la tempestad del daño cierto. Arrebatada va por el mar largo, sin esperanza alguna de remedio, y con temor de perdición terrible. Navegando en el mar de amor amargo, yo hallo en su peligro el mejor medio que es desear salud en lo imposible. 203b. SONETO. Versión de B Al viento y al mar doy la vela y remo; próspero el viento es, y el mar quieto, y al fin puerto seguro me prometo y el voto hago de salud extremo. Dentro en el golfo airado el daño temo, con soplo adverso y piélago inquieto, y el cielo a oscuridad está sujeto: no hay remedio a mi dolor supremo. Una Luz muestra clara el Occidente, que viste el cielo y la esperanza crece, el viento cae, sosiega el mar incierto. La prora vuelvo a ella, y juntamente la tierra en altas puntas aparece, y nunca llega al deseado puerto. 205. SONETO. Versión de B ¿Qué recio y fuerte lazo me encadena con hermosura y resplandor sagrado, que en llama ardiente, mísero, abrasado, a eterno y grave daño me condena? El celeste tesoro es, que mi pena en crespas hebras de oro fue tirado; por él levanto al cielo mi cuidado; por él gozo de gloria puesto en pena. Dichosos nudos del dorado hilo, que sois dulce consuelo a mi tormento y sois honra de España y luz del cielo, si fuese tal mi humilde y simple estilo que alzase vuestro nombre en alto acento, ¿quién pudiera igualarme en mortal velo? 212. SONETO. Versión de B La púrpura en la nieve desteñida sus dulces llamas del Amor perdía, y en los dorados cercos se veía Venus desfallecer con vuestra vida. La fiera muerte, de beldad vestida, su oscura noche vuelve en claro día, y en vuestros ojos puesta desconfía mi alma, que en vos muere partida. Pero espirando Amor, suave y tierno, en el bello semblante, la victoria llevó esperada, y se rindió la suerte. Ardió con vuestra luz su fuego eterno, y a la belleza dio de sí la gloria, que nuevo Amor en vos hizo a la muerte. 213. SONETO. Versión de B Corta, vana alegría, inútil gloria, deseos sin efectos mal perdidos, suspiros tarde en mi dolor nacidos, despojos tristes de llorosa historia; para amargo temor de la memoria os siento en daño mío reducidos; mas después de mis males pretendidos, ¿qué podéis pretender que os dé victoria? Conozco ya y entiendo bien mi engaño, que las heridas que en mi pecho veo mostraron la experiencia de mi afrenta. Dejadme, pues huís, mi desengaño: que ni vuestras promesas ya deseo, ni el bien de vuestra pena me contenta. 214. SONETO. Versión de B Veo el placer ajeno y el contento que ofrece Amor en el humilde estado, y como estoy doliente y fatigado procuro algún remedio a mi tormento. Levanto de la pena al pensamiento y digo que ya soy afortunado, y finjo la mudanza en más cuidado y dame la esperanza sufrimiento. Huye en vano mil veces mi deseo, la presa se le va, por quien yo muero, y se remonta, con desdén, perdido. Temo que habré de ser cual Salmoneo, que pretendió mudar el rayo fiero y fue con rayo cierto confundido. 216. CANCIÓN. Al sueño. Versión de B Suave sueño, que con tardo vuelo las alas perezosas blandamente bates, de adormideras coronado, por el sereno y adormido cielo, ven ya al extremo puesto de Occidente, y del licor sagrado baña mis ojos; que, de amor cansado, con las revueltas de mi pensamiento, no admito algún reposo, y el dolor desespera al sufrimiento. ¡Oh sueño venturoso, ven ya, ven dulce amor de Pasitea, a quien rendirse a tu valor desea! Divino sueño, gloria de mortales, descanso alegre al mísero afligido, sueño amoroso, ven a quien espera descansar breve tiempo de sus males, con el humor celeste desparcido. ¿Cómo sufres que muera libre de tu poder quien tuyo era? ¿No es dureza dejar un solo pecho en perpetuo tormento y que no entienda el bien que al mundo has hecho sin gozar de tu aliento? Ven, sueño blando, sueño deleitoso, vuelve a mi alma ya, vuelve el reposo. Sienta yo en este paso tu grandeza, baja esparciendo el inmortal rocío, huía la Alba, que en torno resplandece; mira mi grave llanto y mi tristeza y la razón del descontento mío, y mi frente humedece, en la sazón en que la lumbre crece. Vuelve, sabroso sueño, y las hermosas alas suenen ahora, y huya con sus alas presurosas la desabrida Aurora; Y lo que en mí faltó la noche fría acabe la cercana luz del día. Una corona fresca de tus flores, sueño , ofrezco, y descubre el dulce efeto en los cansados cercos de mis ojos; que el aire, lleno en líquidos olores, ya tiene por qué sea más secreto; y de estos mis enojos destierra, manso sueño, los despojos. Ven ya, pues, blando sueño, ven dichoso, antes que el Oriente descubra al sol con fuego presuroso. Ven ya, sueño presente, y acabará el dolor: así te vea en brazos de tu dulce Pasitea. Canción, si no agradares hecha en sueño, como yo alcance a ser del sueño oído, sufre el mal que te diere quien más cuidado en tu dolor pidiere. 217. SONETO. Versión de B En este espacio de camino incierto, armado con los riscos y espantoso, ay afán largo y paso peligroso, dudosa la salud y temor cierto. Entre espinas, huyendo este desierto, pruebo buscar el paso no dañoso. Resuena áspero el viento tempestuoso, el cielo en negra sombra está cubierto. Ya corro, despeñándome, sin tiento; ya doy en las espinas con los ojos, y término no hallo en mi camino. Cánsase y desespera el sufrimiento, y no teme ya tanto los abrojos cuanto ver la ocasión del mal contino. 219. SONETO. Versión de B Estaba en varios nudos recogido el cabello dorado a quien adoro; no cabello dorado, antes el oro, por quien alegre llevo el mal sufrido. Estaba el resplandor más encendido de aquellas luces, del Amor tesoro, por quien mi gloria, ya perdida, lloro, pues son causa del daño a que he venido. La veste negra, la beldad del cielo era, y la voz de angélica armonía, el aire y gracia, de divino aliento. Yo que buscaba, triste, algún consuelo, viendo el valor de aquesta lumbre mía, llegué para llevar mayor tormento. 221. SONETO. Versión de B En tus cristales claros la belleza, Océano, yo veo figurada de mi Luz, que, en sus hebras coronada, muestra su majestad y su grandeza. Tus ondas resplandecen con la alteza de los rayos de Febo, y la dorada frente en ellas contemplo reformada y de púrpura y nieve la pureza. Si alzo al cielo los ojos, donde junto imitas su color, hallo presente mi Lucero, de llamas esparcido. Yo, dudoso del bien, al mismo punto vuelvo a ti, y en tus ondas refulgente y en el cielo lo miro dividido. 223. SONETO. Versión de B Tan alto llevó el vuelo mi esperanza, que mereció perderse en su osadía; yo bien lo imaginaba y le decía que no subiese al bien que ella no alcanza. No me escuchó, y fundose en confianza incierta, y perdió el bien que poseía; y puesta en tal extremo y agonía, conmigo se lamenta en la mudanza. Y para consolalla de su daño, de Faetón el rayo le recuerdo y de su osada empresa la memoria. Que a mi mal solo vale ya el engaño, con quien de mi esperanza el premio pierdo, y aun esto juzgo por más alta gloria. 224. SESTINA I. Versión de B Un verde Lauro, en mi dichoso tiempo, solía darme sombra, y con sus hojas mi frente coronaba junto a Betis: entonces yo en su gloria alzaba el canto, y resonaba como blanco Cisne, la Soledad testigo fue, y el bosque. Después que al bien me dio principio el bosque, y en la sombra gocé del dulce tiempo, y canté como cuando muere el Cisne, el Lauro me negó sus verdes hojas. y en triste se trocó el alegre canto, y se admiró de mi lamento Betis. Yo busco el Lauro junto al grande Betis, y está cerrado en el espeso bosque, do apena llega el lastimoso canto, que le ofrecí, el pasado alegre tiempo; mas él huye de darme más sus hojas; y yo me quejo como suele el Cisne. Jamás cantó tan triste el dulce Cisne, en el sonante curso del gran Betis; como yo, por el Lauro, y verdes hojas, que me impiden tratar el duro bosque; y con memoria del suave tiempo, resuena todo en lástimas mi canto. Ya no sonaré yo el felice canto, que puso envidia, en Betis, al gran Cisne; pues es contrario a mi esperanza el tiempo tristezas oirá y lágrimas ya Betis, y al cielo moveré contra aquel bosque, que del Lauro defiéndeme las hojas. Pues ya no me corono de las hojas enmudezca de hoy más el tierno canto; así vea desnudo al triste bosque, y llore mi dolor el blanco Cisne, que tiende el lecho en el soberbio Betis; pues el Lauro me falta, y deja el tiempo. Entristéceme el tiempo, el Lauro, y hojas, el canto no me agrada, el blanco Cisne lamente en Betis, y arda en fuego el bosque. 225. SONETO XXV. Versión de B Dulce el fuego es de Amor, dulce la pena, y dulce de mi daño la memoria, cuando renueva Amor la antigua historia, que a su grave tormento me condena. Mas cuando hallo mi esperanza llena de bien y de promesas de victoria, un súbito dolor turba mi gloria, y todos mis concentos desordena. Que será esta Luz pura de belleza, la fe del limpio Amor en poca tierra muerta, y el fuego muerto; que me inflama. Oh vano ardor de la mortal flaqueza, si el fin; que ofrece paz de tanta guerra, no dejara ceniza de mi llama. 226. SONETO XXVI. Versión de B A do tenéis la luz, Héspero mío, la luz, gloria y honor del Occidente? estás puesto en el cielo reluciente en importuno tiempo y seco Estío? Lleva tu resplandor al sacro río, que tu belleza espera alegremente, y el céfiro te sea otro Oriente hecho Lucero, y no Héspero tardío. Merezca Betis fértil tanta gloria, que solo el de estas luces ilustrado a tierra y cielo lleva la victoria. Que tu belleza, y resplandor sagrado hará perpetuo, de inmortal memoria, mientras corriere al mar arrebatado. 230. SONETO. Versión de B Yo vi que mi Sirena dividía sus crespas ondas de oro al manso viento, y en voz tierna y suave movimiento mi duro corazón enternecía. Mi rustiqueza ingrata y rebeldía perdió, vencida , el obstinado intento, y en blando y regalado sentimiento trocó mi alma la aspereza mía. Nunca me vi más preso ni rendido, y nunca vi en Amor mayor dureza, ni más grave desdén, ni largo olvido. Mi bien a tanto extremo y estrecheza con dolor nuevo, Casas, me ha traído, que su dureza temo y su belleza. 231. ELEGIA II. Versión de B Si ya la Luz que causa mi alegría, su resplandor aparta de mis ojos, para qué quiero ver la luz del día? Para ver por ventura mis despojos en ajeno poder; y mi memoria muerta; y vueltas las flores en abrojos. Amor, porque me dio breve victoria y no entera, con daño de la vida, que fortuna en sus hechos nueva gloria; Más grave siente la inmortal herida, con la fuerza del mal; y triste temo a la alma a tales ímpetus rendida. Espero ya llegar a tal extremo, que a todos ponga lástima mi pena; y no espero tornar al bien supremo. Libre quisiera estar de la cadena, que en los dorados nudos me ha forzado, a padecer el daño que me ordena. Adonde la luz vuelvo fatigado una sombra, un horror, un gran tormento, se presenta en la fuerza del cuidado. El prado que solía estar contento, y el río de mi canto entretenido, muestran de mi dolor el sentimiento. Los árboles las ramas han perdido; la hierba se consume, y se deshace; el calor en las flores esparcido. A nadie de mi lástima le place, sola mi bella Luz (ay dura suerte) se alegra, y mi dolor le satisface. A do me volveré con mal tan fuerte, quien podrá remediar mi desventura, sino la cruda, y espantosa muerte? Aquella claridad y hermosura que ya algún tiempo se llamaba mía, deshizo mi esperanza y mi ventura. Pues me deja mi Luz, y mi alegría, y no deja el dolor; quiere que muera, porfiando con mísera agonía; qué vana gloria de mi muerte espera? 232. SONETO XXXII. Versión de B Largos sutiles lazos esparcidos por el rosado cuello, y blanca frente; dorada diadema ardor luciente; llenos de mis despojos ofrecidos. Tiernos y bellos ojos encendidos, rayos de Amor; por quien mi pecho siente la herida inmortal que llevo ausente; abrasada mi fuerza y mis sentidos. Dichoso yo, que merecí cadena de vuestras ricas hebras; y la llama, que de vos procedió en estos mis ojos. Oh si pudiera acrecentar la pena, y avivar más el fuego que me inflama, para daros debidos los despojos. 232. SONETO XXXII. Versión de F Largos sutiles lazos esparcidos por el rosado cuello, y blanca frente; dorada diadema ardor luciente; llenos de mil despojos ofrecidos. Tiernos y bellos ojos encendidos, rayos de Amor; por quien mi pecho siente la herida inmortal que llevo ausente; abrazando mi fuerza y mis sentidos. Dichoso yo, que merecí cadena de vuestras ricas hebras; y la llama, que de vos procedió en aquestos ojos. Oh si pudiera acrecentar la pena, y avivar más el fuego que me inflama, para daros debidos los despojos. 233. SONETO XXXIII. Versión de B El duro hierro agudo, que la mano rica de mis despojos, por vos siente; y la sangre esparció, que Amor presente guardó, cual Néctar puro y soberano. Guiolo Amor; y abrió manso y humano lugar al dolor vuestro tiernamente; que el mal que siento grave y vehemente, blando siente el cruel pecho tirano. La herida terrible que en mis ojos de los vuestros entró, y causó mi pena, venganza toma agora en vuestro yerro; No es culpa vuestra es gloria a mis despojos; y así que os hiera, el dulce Amor ordena, (como a mí vuestros ojos) vuestro hierro. 237. SONETO XXXVII. Versión de B No es tan duro mi pecho, que no sienta la fuerza del dolor; que en él desciende; mas Amor, por más daño, me defiende que dé muestras algunas de mi afrenta. Quiere, que calle el mal, y que consienta la pena que de nuevo al alma ofende; y en fuego nunca usado ahora enciende el corazón; que en llama se sustenta. Si esta grave pasión no perturbara el pecho; bien pudiera confiado llegar al dulce fin del Alegría. Mas ay, cuánto es esta esperanza cara! y, por mirar su bien, cuánto ha pasado de dolor y tormento la alma mía! 238. SONETO XXXIIX. Versión de B Este Lauro, que tiene en su corteza verde, escrita la honra de mi pena; y en él, el manso céfiro resuena, mi mal, su resplandor, y su belleza; Cuando el Sol elevado en más alteza se vio, me dio en sus hojas sombra llena. fue el calor blando, y la congoja buena; y entonces me alegraba la aspereza. Ahora oh triste hado, avaro cielo: que deja el Sol ardiente el paso abierto, y todo es mal y daño en mi fortuna. Con llanto eterno, y falto de consuelo. miro el Lauro; y padezco en el desierto, por su culpa, el calor queme importuna. 240. ELEGIA III. Versión de B Oh suspiros; oh lágrimas hermosas, gloria del alma mía, y mi cuidado, que de mi pena fuisteis piadosas. Oh sentimiento de amoroso estado; oh prendas de mi alma, y mi esperanza; que reparáis el mal del bien pasado. Si alguna vez hallare yo mudanza, y algún desdén, en quien está mi vida, vos seréis mi reparo y confianza. No temeré por vos ira encendida, si el Amor no temiese; vos sois puerto a la alma, en peligroso mar perdida. Suspiros míos que me tenéis muerto, sueño yo aqueste bien? decid, es fingido? decid, hermosas lágrimas, es cierto? Oh lágrimas, si hubiera concedido Amor, que yo os bebiera porque el pecho regarades, que en fuego está encendido. No para que pudiera ser deshecho, mas para que tomara blando aliento, y fuera este de Amor ilustre hecho. Y para que tuviera su aposento propio en el corazón; y relevara parte de mi dolor, y mi tormento. No hay Néctar dulce por quien yo os trocara, ni pluvia de oro, oh lágrimas hermosas, por quien mi alma su dolor repara. Tales lágrimas dulces piadosas, Venus Citerea derramó, dejando a Adonis en las selvas amorosas. Y tales fueron los suspiros, cuando de amor de Marte presa suspiraba, ardiendo en fuego deleitoso y blando. Con estas bellas lágrimas bañaba Diana el rostro blanco tiernamente, cuando de Endimión triste se apartaba. Hermosas perlas que del Oriente nacidas en la concha generosa se esparcen por el último Occidente, Tendidas por la púrpura hermosa, no dan tal resplandor, cual habéis dado; cayendo en los colores de la rosa. El rocío del cielo derramado, y en olorosas flores esculpido a vuestra gran belleza no ha igualado. Oh lágrimas dichosas, que el olvido nunca podrá borrar de mi memoria, con quien jamás espero ser perdido. Oh mi vida, mi alma, bien, y gloria; y vos suspiros de amorosa suerte, por quien gané vencido la victoria. Vivid alegres, sin que enojo fuerte o aspereza revoque esta alegría, que no podrá romper la dura muerte. Conmigo faltaréis a un mismo día, y renovándoos los celestes ojos lloraréis en la pena y muerte mía; y seréis del Amor dulces despojos. 240. ELEGIA III. Versión de F Oh suspiros; oh lágrimas hermosas, gloria del alma mía, y mi cuidado, que de mi pena fuiste piadosas. Oh sentimiento de amoroso estado; oh prendas de mi alma, y mi esperanza; que reparáis el mal del bien pasado. Si alguna vez hallare yo mudanza, o algún desdén, en quien está mi vida, vos seréis mi regalo y confianza. No temeré por vos ira encendida, si el Amor no temiese; vos sois puerto a la alma, en peligroso mar perdida. Suspiros míos que me tenéis muerto, sueño yo aqueste bien? decid, es fingido? decid, hermosas lágrimas, es cierto? Oh lágrimas, si hubiera concedido Amor, que yo os bebiera porque el pecho regarades, que en fuego está encendido. No para que pudiera ser deshecho, mas para que tomara blando aliento, y fue este de Amor ilustre hecho. Y para que tuviera su aposento propio en mi corazón; y relevara parte de mi dolor, y mi tormento. No hay dulce néctar por quien yo os trocara, ni pluvia de oro, oh lágrimas hermosas, por quien mi alma su dolor repara. Tales lágrimas dulces piadosas, Venus Citerea derramó, dejando a Adonis en las selvas deliciosas . Y tales fueron los suspiros, cuando de amor de Marte presa suspiraba, ardiendo en fuego deleitoso y blando. Con esas bellas lágrimas bañaba Diana el rostro blanco tiernamente, cuando de Endimión triste se apartaba. Hermosas perlas que desde el Oriente nacidas en la concha generosa se esparcen por el último Occidente, Tendidas por la púrpura hermosa, no dais tal resplandor, cual habéis dado; cayendo en los colores de la rosa. El rocío del cielo consagrado, y en las hermosas flores esculpido a vuestra gran belleza no ha igualado. Oh lágrimas dichosas, que el olvido nunca podrá borrar de mi memoria, con quien jamás espero ser perdido. Oh mi vida, mi alma, bien, y gloria; y vos suspiros de amorosa suerte, por quien gané vencido la victoria. Vivid alegres, sin que enojo fuerte o aspereza revoque esta alegría, que no podrá romper la dura muerte. Conmigo faltaréis a un mismo día, y renovándoos los hermosos ojos lloraréis en la pena y muerte mía; y seréis del Amor dulces despojos. 246. SONETO XLVII. Versión de B Lloro solo mi mal, y el hondo río en sus turbadas ondas lleva el llanto; ya es tiempo, digo; Amor, en triste canto, que pongas justo fin al dolor mío; Que sigo ausente, sin tu desvarío, y en tu vana esperanza me levanto; y en este paso desamparas cuanto de tu promesa y tu valor confío. Ya es tiempo Amor, que el áspero tormento acabe; o que mi vida se deshaga, la esperanza, el deseo; y osadía. Que en tanto mal ya falta el sufrimiento, y el crudo golpe de esta acerba llaga a lo íntimo llegó de la alma mía. SESTINA II. Versión de B Al bello resplandor de vuestros ojos mi pecho abrasó Amor en dulce llama, y desató el rigor de fría nieve, que entorpecía el fuego de mi alma; y en los estrechos Lazos de oro y hebras sentí preso y sujeto al yugo el cuello. Cayó mi altiva presunción del cuello, y en vos vieron su pérdida mis ojos, luego que me rindieron vuestras hebras; luego que ardí, Señora, en tierna llama; pero alegre en su mal vive mi alma, y no teme la fuerza de la nieve. Yo en fuego ardo, vos heláis en nieve; y libre del Amor alzáis el cuello, ingrata a los tormentos de mi alma, que aun blandos a su mal no dais los ojos; mas siempre la abrasáis en viva llama, y sus alas prendéis en vuestras hebras. Viese yo, las doradas ricas hebras bañadas de mi llanto, si la nieve vuestra, diese lugar a esta mi llama; que la dureza de ese yerto cuello la pluvia ablandaría de mis ojos, y en dos cuerpos habría sola una alma. La Celestial belleza de vuestra alma mi alma enlaza en sus eternas hebras; y penetra la luz de ardientes ojos, con divino valor la helada nieve; y lleva al alto cielo alegre el cuello, que enciende el limpio ardor inmortal llama. Amor, que me sustentas en tu llama, da fuerza al vuelo presto de mi alma; y del terreno peso alzando el cuello inflamarás la luz de sacras hebras; que ya, sin recelar la dura nieve miro tu claridad con puros ojos. Por vos viven mis ojos en su llama, o Luz de la alma, y las doradas hebras la nieve rompen, y dan gloria al cuello. 249. ELEGIA IV. Versión de B Si es ley de Amor que quien os ama muera. y pague con la vida la osadía mi pena, y muerte sea la primera. Mas si pretende Amor, oh Lumbre mía, que quien merece amaros siempre viva, por qué queréis matarme con porfía? Acabe ya, vuestra dureza esquiva, que no sufre razón tan gran crudeza, ni es bien, al tierno amante ser altiva. Si no merezco amar vuestra belleza, y buscáis con la muerte mi castigo, por ser indigno yo de tanta alteza; Este amoroso puesto es buen testigo de quien fue la ocasión de mi tormento, dando principio al mal que yo prosigo. Nunca osé levantar el pensamiento, a más que contemplar la hermosura, vuestro valor, y blando acogimiento. Nunca me confié de mi ventura tanto, que pretendiese tal victoria, siendo justo perder tal coyuntura. Vos disteis causa a mi primera gloria, vos pusisteis aliento a la esperanza; prometiendo certísima memoria. Creí vuestro deseo, y la bonanza que vi en el mar quieto y sosegado, diome vuestra amorosa confianza. Ahora veo, mi dichoso estado en miserable vuelto, y mi alegría en tristeza, y mi bien en mal trocado. No sé a quién yo me vuelva en mi porfía, que pueda consolarme en tal fortuna, sino a vos, enemiga dulce mía. Mis quejas os publico de una en una, muestroos mi pena, y lástima presente, y veo que mi mal os importuna. Estáis a mis tormentos inclemente, ingrata, esquiva, dura, y desdeñosa; y de vuestra memoria estoy ausente. Mi alma que con vos era dichosa, sin vos triste, sin vos es desdichada, sin vos de su dolor jamás reposa. No hay quien de mi pena lastimada no suspire, y no tenga descontento, y vos estáis más cruda, y obstinada. Oh Luz, gloria de Hesperia, y ornamento, criada por mostrarnos la belleza, del alto, y claro, y celestial asiento. Mirad, que si en vos falta la terneza, perdéis parte mayor de vuestra gloria, y el más ilustre nombre de la alteza. Sufriréis que os escriba la memoria por bella, y por cruel? oh Lumbre mía! no deis a tal pecado tal victoria. Sed, pues que sois mi Luz hermosa, pía; dad a quien os adora algún consuelo, en premio de sus penas, y agonía. No me dejéis morir con desconsuelo, de vuestra crueldad desesperado; baste el dolor sufrido, y su recelo. Cómo sufrís que muera en tal estado quien era vuestro amor, vuestro contento, y dulcemente fue de vos tratado? Mas si vuestra dureza y mi tormento, quieren cortar el hilo de mi vida, y esto es ya de los dos postrero intento; En este breve espacio, y despedida, mostrad dolor alguno de mi muerte; en término tan áspero ofrecida. Que después no habrá pena, o mal tan fuerte, que pueda deshacerme esta memoria, último bien de mi infelice suerte, y despojo dichoso de mi gloria. 253. SONETO LIII. Versión de B Muestras de breve bien que huye luego, antes que la ocasión vuelva la frente, fueron las que el Amor halló presente, con que mi alma ardió en su eterno fuego. Pero glorias de un niño solo y ciego, que presto las deshace un accidente, cómo pueden valer a un pecho ausente; que no sabe qué es tiempo de sosiego? Alcé mis esperanzas sobre arena, que el viento aparta, y lleva sin concierto, y no temo los golpes de mudanza; Cayeron, y el Amor, por mayor pena, quedó en las altas nubes descubierto; con temor, y sin fuerza, y confianza. SONETO LIV. Versión de B Duro es este peñasco levantado, que no teme el furor del bravo viento; fría esta nieve, que el soberbio aliento del Aquilón arroja apresurado. Más duro es vuestro pecho, y más helado, en quien la piedad no ha hecho asiento; ni el fuego de amoroso sentimiento en él jamás, por culpa vuestra, ha entrado. Sordas las ondas son de aqueste río, pero más sorda vos, a mis clamores; que aún poco os pareció ser dura y fría. Mas todo este dolor al pecho mío no causa tantas penas y dolores cuanto la soledad de la alma mía. 255. ELEGIA V. Versión de B Los ojos que son luz de la alma mía, húmedos vi tornarse con lamento, la púrpura bañando, y nieve fría. Un tierno y congojoso sentimiento con suspiros forzado, fatigaba el pecho, donde inspira Amor su aliento. A la armonía, y llanto atento estaba el aire, suspendido el alto cielo, y a mí, junto con ella se quejaba. Cuándo oyó tan suave canto el suelo? aunque tenga de Orfeo la memoria, y de Febo cubierto en mortal velo? Cuándo tuvo el Amor tan gran victoria? cuándo sintió el valor de su grandeza? sino en esta dichosa y sola gloria. Qué piedad fue ver en tal tristeza los dulces ojos, que jamás vio tales la luz del rojo Sol puesto en alteza. Los dulces verdes ojos celestiales, que entre la blanca nieve, y frescas rosas (a quien son las de Pesto desiguales) Esparcían las lágrimas hermosas, avivando el color con el rocío que cubría las flores amorosas. Qué lástima, era ver, en el Sol mío el puro resplandor, que me encendía, amortiguado sin aliento y frío. Qué compasión mirar la gloria mía sujeta a un triste y miserable estado, y ver que Amor en ella padecía. No hubiera pecho (aunque de acero armado) que al dolor no entregara sus despojos de la aspereza en piedad trocado. El licor que bajaba de los ojos por los pechos, y veste variada, de lazos plateados, y de abrojos. En nieve con dureza congelada convertida su forma en la figura de una luciente perla bien tallada. No cría con tal Luz y hermosura en sí el rosado y oloroso Oriente perla de tan perfecta Compostura, Si tuviera esta perla refulgente Juno, de la alta Samo sacra Diosa, Paris le diera el premio fácilmente. Con esta fuera Venus más dichosa, y el resplandor más blanco de Diana, y de Febo la luz más poderosa. Llegué yo a esta mi perla soberana ay triste, inadvertido por mi daño, que su luz a mis ojos fue tirana. No me temí del amoroso engaño, no pude persuadirme a tal afrenta; no siendo de la ley de Amor extraño; A la luz que en mis ojos se aposenta iba para quejarme de la pena que la fortuna adversa le presenta. Cuando cerca del mal que Amor ordena miré con piedad, y confiado, la que todas mis glorias enajena. La luz, y el dulce resplandor nevado el corazón venció con su belleza, y la tomé en mis manos admirado. Lloroso y con temor de su tristeza me olvidé de la perla que traía, y a mi boca llevela con simpleza. Disuelta al punto, oh dura suerte mía, a las entrañas descendió, y en fuego se trasmudó la nieve dura y fría. El corazón se abrasa ardiendo luego, como si por mi bella Luz no ardiera, y su calor dejome aun tiempo ciego. Oh crudo engaño, quién jamás creyera que en un cuajado y recogido hielo oculto un fuego líquido estuviera. Qué, fuera del Amor, virtud del cielo, pudo mostrar en lágrimas hermosas un nuevo efecto, nunca visto, al suelo. Estas lágrimas puras, y amorosas, eran fuego de Amor, eran mi muerte, estas lágrimas tiernas, y dichosas. Si estas pudo arrojar con triste suerte por los ojos, doblando el desvarío al pecho, que rindió su brazo fuerte, Si estas pudo enviar en hielo frío, conociendo en la luz de su belleza más virtud que en su fuerza, el Amor mío; Por qué quiere que viva en su dureza siempre sujeto, y preso, y engañado, pues no trató conmigo con llaneza? Mejor fuera, que ya que mal tratado debía yo vivir, en su tormento, me llevara al dolor sin ser forzado. Y no que con su fraude, y crudo intento, me robara la gloria de mi pena, dejándome en confuso sentimiento rebelde el cuello siempre a la cadena. 258. SONETO LVII. Versión de B Formar quiso el artífice dichoso que vio vuestra belleza y lumbre pura al pensamiento igual la hermosura que hace el tiempo nuestro venturoso. La dulce gracia, el resplandor hermoso que dan púrpura y nieve en su pintura dio, y luz que venza a la tiniebla oscura, más que todos osado y temeroso. Pero la celestial sola belleza, las hebras de oro y la rosada frente, los ojos blandos, donde Amor se cría, no pudo, y justo fue que su rudeza no muestre gloriosa y excelente vuestra beldad, oh ínclita María. 258. SONETO LVII. Versión de París Formar quiso el artífice dichoso que vio de tal belleza la luz pura el pensamiento igual a la hermosura por quien el siglo nuestro es venturoso. Un aire y gracia, un resplandor hermoso, que dan púrpura y nieve su mixtura, y luz que venza la tiniebla obscura pudo dar su pincel tan ingenioso. Mas la luz y belleza tan entera, el semblante amoroso y soberano, los ojos bellos, donde Amor se cría, no pudo, y fue bien que no pudiera, pues pintar no merece ingenio humano vuestra beldad, oh ínclita María. 267. SONETO LXIV. Versión de B Si el dulce y tierno canto Amor te inspira, si pone en tu memoria algún cuidado la luz que te guió en el mar turbado, torna, Amalteo, a resonar tu lira. Por ti Betis al Tebro altivo admira, al Tebro con el Arno ya igualado, y entre puras estrellas colocado envidioso Erídano lo mira. Contigo calla el coro de Helicona, que en su cristal se baña reluciente, y Amor pierde en tu olvido los despojos. Yo, que tanto te estimo, la corona pido que no rehúyas a tu frente: así te miren sus hermosos ojos. 270. SONETO LXVI. Versión de B Alfonso, vuestro noble y dulce canto, con quien suena del cielo la armonía, debiera celebrar de la Luz mía las hebras de oro crespas que honro y canto. Que yo muestro la fuerza de mi llanto y el bien que a mi esperanza se desvía, y solo el mal que Amor a la alma envía cuando mi ruda voz débil levanto. No que a mi nombre humilde vida y gloria diera, que ya alza igual la altiva frente a quien ilustra el Arno puro y frío. Mas si puedo estimar esta memoria, verá el templado puesto de Occidente que vuestro valor canta el Betis mío. 280. ESTANCIAS II. Versión de B Oí el son del amoroso canto, hermosa Estrella mía, que yo veo en vuestra luz el fuego, en quien levanto, ardiendo prestas alas, al deseo. Por vos no puede en mí el dolor y el llanto, y, lleno de la gloria que poseo, hallo que en vos mi pena me disculpa y en mi dichoso mal estoy sin culpa. Abrázame las venas este fuego; las junturas y entrañas abrasadas siento, y nervios arder y correr luego las llamas por los vasos dilatadas. Mi llanto tiembla al fuego, y si sosiego, crecen las llamas, súbito alentadas; el fuego en la ceniza me revuelve y en lágrimas al pecho el Amor vuelve. Cuando en vos pienso, en alta fantasía me arrebato, y ausente me presento, y crece, contemplandoos, mi alegría, donde vuestra belleza represento las partes con que siente la alma mía, enlazada en mortal ayuntamiento, y recibe en figuras conocidas al sentido las cosas ofrecidas. Aunque en hondas tinieblas sepultado, y estoy en grave silencio y escondido, casi en perpetua vela del cuidado se me adormecen, y en el bien crecido, de esta memoria, con amor formado, se vencen, y allí todo suspendido el espíritu os halla, y tanto veo, cuanto pide el amor y mi deseo. Con la grande igualdad que en la belleza vuestra halla mi alma semejante, que trasfigure en mí vuestra grandeza me fuerza, y a mí en vos, y del semblante de vuestra luz procede con terneza a los ojos de vuestro humilde amante un furor blando, en que perderme siento, y se dobla en la vista mi tormento. Amor me hiere y hace que mi pena exceda a la que ha sido más terrible; anda de mí mi alma hecha ajena, sufriendo el mal, que amor es imposible. Solo estoy do mi alma se condena, y estoy do al mortal cuerpo no es posible; do estoy no estoy, y estoy do no me veo, y véome do estar siempre deseo. Casi sin esperar, mi bien, os temo, y en temor infinito os sirvo y amo con infinito amor, y en tanto extremo más desconfío cuanto más me inflamo; y mi desconfianza en lo supremo se halla del dolor, pero si llamo la esperanza al favor, se me retira, y lejos de salud mi empresa mira. Padezco yo por vos sin esperanza y menos me debiera si gozara el dolor de mi mal en confianza, porque por mi provecho ya penara y no por el valor que la alma alcanza; y esta suerte de mal me es dulce y cara, porque gozo mis glorias, apartado de remedio, en la pena del cuidado. Tengo esperanza de dolor, y tengo por ella alguna cuenta de esta vida que aborrezco, y las penas que sostengo deseo, por ser vos de ellas servida; y aunque me tratan mal las entretengo y en medio de mi alma doy cabida, y duéleme perder la vida y ellas, porque mereceré el dolor con ellas. Aunque perder la vida me asegura mis trabajos, no tomo algún contento, porque es mi gloria verdadera y pura acordarme quién causa mi tormento; mas luego Amor sus alas bate y jura que el bien que dará el mal del pensamiento es la muerte, pues ve que la memoria de quien me olvida, alabará mi gloria. No tengo de vos bien sino el cuidado que siente el corazón, y es mejor parte esto del mayor precio y estimado, que vuestra corta piedad reparte; y téngolo en secreto tan guardado, que jamás daré de él alguna parte; que solo nací yo para tenello y él para darme muerte en merecello. Yo no esperé algún bien cuando mis ojos os dieron de su alma la victoria, los males esperé de mis despojos, y gusta tanto de ellos mi memoria, que ya no trocaré de mis enojos el menor por el bien de mayor gloria que no venga de vos, y en ellos vivo tan hecho, que al descanso estoy esquivo. Contento estoy, pues el dolor no muere, que nazca más dolor de vuestra mano, porque me quede más razón do espere merecer el tormento soberano; y ya no podrá Amor que desespere quien ve que su osadía no fue en vano, no para confiar de bien que venga, mas para que en la pena otro mal tenga. Quien nació como vos tan extremada y de tanto valor y tan hermosa, ¿cuál alma dejará no condenada a la llama de Amor maravillosa, y qué vida a serviros no obligada; y qué pena daréis, que gloriosa no sea más que el bien de la más bella, si alguno os osa amar, mi pura Estrella? Mi gloria es y galardón crecido que os acordéis que, aunque por vos yo peno, haciendo lo que debo en lo servido, de esperanza de premio estoy ajeno; que en acetallo queda agradecido cuanto en serviros tiene Amor por bueno; y no que vos lo agradezcáis, señora, que no se debe tanto al que os adora. Deuda es de Amor, a quien estoy obligado, que por pagalla gloria no merezco, mas mucha pena que tendrá el cuidado cuando el dolor huyere, a que me ofrezco. Si no la satisfago estoy culpado, y no la pago en cuanto mal padezco. A perderme aventuro de tal suerte, que gano de mi vida viva muerte. El galardón que aguarda la fe mía, en fin de los trabajos que ha sufrido, es quedar con más fuerza y agonía otro para pasar más extendido. Amenázame un mal y se desvía por dar lugar al mal que ve encendido; quien parece más grave no me mata, porque de otro mayor se desbarata. Ausente en soledad me huelgo tanto por el mal que me hace mi tristeza, que no tengo otra gloria de mi llanto sino pensar mi mal y su dureza. Las horas que pasé y el tiempo canto del bien; y puesto solo en su aspereza, pienso lo que ya fui, y en ello espero, que en lo que soy agora desespero. Aquí estoy y de mí en olvido puesto por acordarme el daño que me hace vuestra belleza, y este ausente puesto con más cuidado mi pasión rehace el mal que se me debe más molesto. Tal estoy que me alegra y satisface, porque es más agradable lo dañoso a quien en ello siente algún reposo. Con aquella grandeza y hermosura y majestad, contemploos, mi ausencia, tierna en oírme, en responderme dura; y como si me viese en la presencia, temo vuestro desdén, que me procura la muerte, que consiento con paciencia; porque no mereciendo fui osado, aunque en belleza tal no estoy culpado. Si os acordáis de alguna breve muestra de vuestra hermosura esclarecida, a ella daréis la culpa y será vuestra la osadía, en mi alma merecida. Sea, si vos sufrís, la culpa nuestra; sea la pena sola de mi vida y el error cometido a esa grandeza, que con él valdrá en parte mi firmeza. Merezca piedad, tan corta y justa, la voluntad con que me hace vuestro, que será vuestra voluntad injusta si no dais al Amor el honor nuestro; mas si vuestra crudeza y desdén gusta de mi muerte, bañad el brazo diestro con duro hierro en sangre de mi pecho, que yo seré del daño satisfecho. Premio honesto será de mi osadía, que muerto de esa bella y dulce mano no sentiré más males y agonía, ni veré contra mí al Amor tirano; pero vos sentiréis en algún día (si esto sintiere un pecho soberano) la pérdida que de ello solo os viene, aunque en vos poca fuerza el perder tiene. Haced cuanto os agrada y os enseña aquesa vuestra condición esquiva; cercad el corazón de dura peña, mostrad despojos míos siempre altiva, porque de vuestro amor sigo la seña. En tanto que en mortal prisión yo viva, tan bien os quiero, que ninguna pena hará mi voluntad de vos ajena. Si lástima os moviere al dolor mío, sea por aquel bien do estuve puesto, no por el mal que sufro en quien porfío, pues de mi grado me es y fue molesto. Mira, mi bien, cuánto en mis males fío, que no salir de sujeción protesto, y si con esto pienso que os obligo, sedme vos y el Amor fiero enemigo. Si alguna vez me trae a la memoria la fantasía cómo en vano peno, téngola por ingrata a la victoria, y gozo en aquel tiempo de amor lleno. Sin fe la llamo y hallo por más gloria estar de ella apartado y hecho ajeno, hasta que se contenta con mis males y me muestra del daño las señales. Mas ¿para qué me quejo del tormento si os agrada mi pena y os contenta; si el dolor da tal bien al pensamiento que alegre de su mal os representa dichoso mi trabajo y sufrimiento, que en las llamas más vivas me sustenta? Dichoso yo que abraso mis entrañas de amor y vos mostráis vuestras hazañas. Vuestra belleza tanta fuerza tiene conmigo, que me pierdo más por ella, y mi valor tan desigual os tiene, que aun la pena no debo merecella. Que os acordéis de mí, mal os conviene, que aun eso no merezco, mi Luz bella, sino para hacer en mis dolores otros no usados males y mayores. Ni veo en mí merecimiento alguno, ni dignidad que valga a la grandeza, que presumido llegará ninguno en osadía, intento y en firmeza que pueda en mi favor ser oportuno para valer servir vuestra belleza, si no es el grande amor que solo os tengo, por quien en precio a compararme vengo. Bien sé que esta osadía no merece buen fin, pues que vale amar pretende; más justo es que se admita, pues padece la pena que en su falta amando entiende. Que si vuestro valor le favorece, en su fuego inmortal Amor la enciende; mas ¿qué ya no merece quien os ama? ¿Qué temerá quien arde en vuestra llama? Debeisme mucho, pues que no he perdido con la dificultad la confianza; mas ¿qué mal dañará al pecho atrevido en quien vos y el Amor pone esperanza? Si en peligrosas ondas sacudido temí desesperado de bonanza, Amor me desampare, que el cuidado jamás temí, aunque me vi olvidado. En señal de mi daño, si os agrada, permitid, vos, señora, mi osadía; mostrad con luz serena y sosegada los ojos, que me vuelven la alegría, porque en mortal trabajo, desmayada, no derribéis esta esperanza mía; pero ¿si vos no consentís mi gloria y ponéis en olvido mi memoria? Aunque no lo merezca el pensamiento, siempre a vuestros deseos enseñado, a vuestra condición busca el tormento y último fin al corazón cansado. Porque jamás me quede sentimiento y queja de no haberos agradado, mis males pido solos y mi engaño, y vos quedad contenta de mi daño. 280. ESTANZAS II. Versión de las Anotaciones Oíd atenta el son del tierno canto, hermosa Estrella mía; que yo veo en vuestra luz la llama, en quien levanto ardiendo prestas alas al deseo. por vos venzo el dolor, y rindo el llanto, y lleno de la gloria, que poseo; hallo, que en vos mi pena me disculpa, y en mi dichoso mal estoy sin culpa. Enciéndeme las venas este fuego, las junturas y entrañas abrasadas siento y niervos, y siento correr luego las llamas por los vasos dilatadas. mi llanto el ardor tiempla, y, si sosiego, las centellas resuenan alentadas. el fuego en la ceniza me revuelve, y en lágrimas el pecho el Amor vuelve. Cuando en vos cuido, en alta fantasía me arrebato, y ausente me presento; y crece, contemplando, mi alegría, donde vuestra belleza represento. las partes, con que siente la alma mía, enlazada en mortal ayuntamiento; y recibe en figuras conocidas al sentido las cosas ofrecidas. Aunque en honda tiniebla sepultado, y estoy en silencio oscuro y escondido; casi en perpetua vela del cuidado se aduermen, y en el dulce bien perdido de esta memoria en puro amor formado se vencen, y allí todo suspendido el espíritu vos halla, y tanto veo, cuanto pide y espera mi deseo. Con la grande igualdad, que en la belleza vuestra mi alma tiene semejante; que trasfigure en mí vuestra grandeza me fuerza, y a mí en vos, y del semblante suave y luz procede con terneza a los ojos de vuestro humilde amante un furor blando, en que me pierdo, y cuanto la vista alegra, crece el mal y el llanto. Amor me hiere, y hace, que mi pena exceda a la que ha sido más terrible. y sufre, de mi alma hecha ajena, más dolor, que el que puede ser sufrible, solo estoy, do se ufana, y se condena, y estoy, do al tardo cuerpo no es posible. pero gozo en mi afán de tanta gloria; que si es fiero, es eterna mi memoria. Casi sin esperar, mi Luz, vos temo, y en temor infinito sirvo y amo con infinito amor, y en tanto extremo más dudo, cuanto siempre más me inflamo, y llega mi recelo a lo supremo del peligro; y tal vez si triste llamo la esperanza al favor, se me retira, y lejos de salud mi empresa mira. Peno, y por vos estoy sin esperanza, y menos me debiera, si aplacara la fuerza del tormento en confianza; pues por mi bien honrándome penara, y no por el valor, que la alma alcanza. y esta suerte de mal dichosa y rara me obliga a presumir en mi cuidado, ajeno de remedio y olvidado. Tengo esperanza de más pena, y tengo por ella alguna cuenta, de esta vida; que aborrezco, y la cuita, que sostengo, menos, cuanto es más áspera, es temida. desamo el bien, y en el dolor me vengo de la engañada libertad perdida, y de mí; que temía, simple y vano, la gloria de morir a vuestra mano. No tengo de vos bien, sino el cuidado, que siente el corazón; y es mejor parte esto del don más noble y estimado; que vuestra incierta piedad reparte. tan secreto lo encubro y tan guardado; que jamás daré de él alguna parte; que solo nací yo, para tenello, y el, para darme muerte en merecello. No esperé yo algún bien, cuando mis ojos vos dieron de mi alma la victoria; los males esperé de mis despojos, y ellos aplacen tanto a mi memoria, que ya no trocaré de mis enojos el menor por el bien de mayor gloria; que no venga de vos, y en ellos vivo tan hecho, que al descanso estoy esquivo. Procuro, si el dolor ya nunca muere; que nazca más dolor de vuestra mano; porque me esfuerce con razón, y espere ser digno del tormento soberano. y Amor jamás podrá, que desespere, quien ve, que su sandez no salió en vano; no para confiar de bien alguno; sino para otro mal más importuno. Solo mi bien, mi galardón crecido es, que cuidéis; que aunque por vos yo peno haciendo lo que debo, en lo servido de esperanza de premio estoy ajeno; que en admitir mi pena, agradecido queda, cuanto en mis males hay de bueno, y no que vos lo agradezcáis, Luz mía; que no se inclina a tanto mi osadía. Deuda es esta de amor, que siempre hago. si la compenso, gloria no merezco, pena sí, con la cual no satisfago; si el tormento huyere, a que me ofrezco. bien conozco esta culpa, y no la pago por su valor, en cuanto mal padezco. a perder de tal suerte me aventuro; que en la vida la muerte me aseguro. El premio, que se guarda a la fe mía, en fin de mis trabajos y mi engaño, es quedar con más fuerza y agonía otro para pasar cruel y extraño. amenázame un mal, y se desvía, para otro nuevo mal y nuevo daño. el que viene más fiero, no me mata; porque de otro mayor se desbarata. Ausente en soledad me huelgo tanto, por el mal, que me causa mi tristeza; que es mi gloria en la fuerza de mi llanto, atender solo a él y a su dureza. las horas, que pasé, y el tiempo canto del bien perdido, y puesto en su aspereza, pienso lo que ya fui, y en ello espero que, en lo que soy ahora, desespero. Si vos puede acordar alguna muestra de esa inmensa belleza esclarecida; dadle toda la culpa, y será vuestra la osadía, a mi alma consentida. sea, si sufrís vos, la culpa nuestra, sea la pena sola de mi vida; que mi fe del error, que ufano intento, me asegura en mis miedos y tormento. Aquiste piedad tan corta y justa sola mi voluntad, por quien soy vuestro; que será presunción y saña injusta, si no dais al amor el error nuestro. y si vuestro desdén airado gusta de mi muerte, bañad el brazo diestro con hierro agudo en sangre de mi pecho, que yo estimaré alegre el daño hecho. Haced, cuanto vos place, y vos enseña la ingrata condición y suerte altiva; que mis despojos conocer desdeña, terrible a mi pasión, y siempre esquiva; que aunque estéis mas instable y zahareña, de tal parte mi lástima deriva; que ni volver podrá rigor, ni pena mi voluntad de vos un punto ajena. Si compasión vos mueve al dolor mío, por el bien, donde ledo me vi puesto, sea, no por el mal, en quien porfío; pues de mi grado me es y fue molesto. mirad, cuanto en mis ansias me confío; que no salir de sujeción protesto. y si cuido, que en esto vos obligo; sedme vos y Amor siempre mi enemigo. Cuánto me sois en deuda, si he temido nunca en difícil trance la mudanza! mas qué mal contrastar al atrevido pecho puede; que honráis con la esperanza? si, en peligrosas ondas sacudido, temí, desesperado de bonanza, vuestro favor me falte; que el cuidado ni ausente recelé, ni desdeñado. Si, en honra de mi pena, vos agrada, permitid cortésmente mi osadía; volved con luz serena y regalada los ojos; que me tornan la alegría; porque en mortal trabajo desmayada no acabéis esta ufana suerte mía. pero si no sufrís mi mucha gloria, y entregáis al olvido mi memoria? Aunque no lo merezca el pensamiento, siempre a vuestros deseos enseñado; pues buscáis dura y áspera el tormento; y última afrenta al corazón cansado; porque nunca me duela el sentimiento, quejoso de no haberos agradado; mis males pido solos y mi engaño, y vos quedad contenta con mi daño. 284. SONETO. Versión de B Ahora que cubrió de blanco velo el oro la hermosa Aurora mía, blanco es el puro sol y blanco el día y blanco es el color del claro cielo. Blancas tus flechas son, que yo recelo, tu arco blanco y rayos de alegría, Amor, con que me hieres a porfía; blanco es tu ardiente fuego y frío hielo. Mas ¿qué puedo esperar de esta blancura, pues que su blanca nieve el tierno pecho tiene contra mi alma defendido? ¡Oh beldad sin amor, oh mi ventura!, que ardo yo en mi fuego satisfecho y muero en nieve fría convertido. 288. SONETO. Versión de B Los ojos levanté yo, descuidado de mi futuro daño y cierta pena; el cuello suelto ya de la cadena que me trajo algún tiempo apremiado. Y queriendo mirar (¡ay duro hado!) el resplandor de aquella Luz serena, en quien Amor a fuego me condena, de quien con flechas tiene el arco armado, los suyos en los míos se encontraron y luego con la fuerza de su fuego sentí la dura flecha, el duro engaño. Herido y ciego, ardiendo, me dejaron, y mi tormento en ellos se vio luego, con Amor conjurados en mi daño. 289. SONETO. Versión de B Eustacio, yo seguí al Amor tirano, esperando en su fe por dolor mío; que al hielo intenso, al riguroso estío busqué el descanso prometido en vano. Veo ahora huirme de la mano las ocasiones, y aunque en este frío invierno doy mi llanto al patrio río, lo hallo contra mí más inhumano. Vos, a quien Febo dio la dulce lira y la arte gloriosa de Melampo, buscad consuelo alguno a vuestro amigo. Que el remedio de aquella que suspira por su cruel belleza el frigio campo, por ventura tendrá valor conmigo. 291.ELEGÍA. Versión de B Hermoso y rubio Febo, que escondido en el seno argentado de Occidente, dejas el suelo nuestro oscurecido; si a las rosadas puertas de Oriente esparcieres los puros rayos de oro con nueva luz de roja y alta frente, encubre el resplandor de tu tesoro, que hoy vi las luces do perdí, herida, mi alma en la belleza y bien que adoro. Ya pasó mi dolor, ya sé qué es vida; ya puedo esperar bien en mi tormento, sin recelar mi muerte aborrecida. Verás de tu sublime y rico asiento las trenzas crespas, en que estoy enlazado, sueltas al espirar del manso viento; los ojos, do Amor yace venerado, el semblante, que en púrpura y en nieve dulcemente parece estar mezclado. Pero sea la vista en tiempo breve, que si tu Luz en ella se detiene, hará que Amor sus flechas en ti pruebe. Dar claridad al orbe te conviene, y no ciego de aquella Luz hermosa que en tinieblas profundas te condene. solo para mi alma venturosa se concedió el amor de su belleza, la vida dulce y muerte gloriosa. Sienta el persa animoso mi riqueza y quien de Idaspes bebe la corriente y del dorado Ganges la grandeza. Mi gloria vaya a la escondida fuente del fértil Nilo, imitador del cielo, Y a la apartada inculta y nueva gente. Pues entre cuantos ciñe el mortal velo, que las leyes de Amor hayan seguido desde la Aurora a nuestro hesperio suelo, yo el más dichoso y cierto amante he sido, y mi Luz entre todas la más bella, aunque el troyano estrago ha sucedido. No tiene el alto polo clara estrella, bien que estime la esposa de Perseo y a quien del falso griego se querella, igual a esta mi Luz, que alegre veo tender los rayos blandos a mis ojos y contiende en el mío su deseo. Que de mi largo afán de mis enojos escondió la ocasión, y, dulcemente, descubrió la esperanza a mis despojos. Ya mi alma el ardor divino siente con efectos de amor, y, renovado, el regalo después del mal ausente. Vi su pura belleza, y, alterado el ánimo, el placer me confundía, y la voz me dejó desamparado. Llegó todo mi bien con alegría, vime con piedad favorecido y escuché el dulce acento y armonía. Si del cielo me fuese concedido levantar en imperio el nombre mío, con diadema y cetro esclarecido, y el Indo ardiente, el Trace áspero y frío sujeto fuese a mi poder, y el fiero que riega de Danubio el alto río, sin esta bella Luz por quien espero morir, si Amor me ofrece tanta gloria, ni estimo la corona ni la quiero. Más deseo sin fama y sin memoria estar en pobre y solo apartamiento, cantando de mi bien la rica historia, que con ella viviera más contento. Y sé bien que me diera con su lumbre gloria al dolor y grave mal que siento, y a mi nombre lugar en alta cumbre. 295. CANCION. Versión de B Desciende de la cumbre de Parnaso, con grave y noble y consonante lira, cantando dulce, ¡oh tú, inmortal Talía!, y nuevo aliento al pecho mío inspira, aquí, donde el torcido y rico paso Betis corriente al hondo mar envía; porque de la voz mía suene el canto y florezca la memoria hasta el rosado puesto de Oriente, y donde a Libia ardiente el sol abrasa, y con perpetua gloria el nombre eterno de la ilustre planta, que de Córdoba y Serda se levanta, crezca, y dé honra al Céfiro dorado este sacro lucero venerado. Las victorias, trofeos levantados en los desnudos robles, el sangriento suceso del feroz armado Marte, las alzadas banderas en el viento, los presos, los imperios conquistados con ánimo, prudencia, fuerza y arte, que dieron tanta parte de la rota y herida y muerta Francia al primero Fernando glorioso, que al turco belicoso rompió en el alto Jonio la jactancia y en Italia ganó el soberbio nombre con más valor que cabe en mortal hombre, con alas de encendida y viva gloria a Europa y Asia muestra su memoria. El ánimo del nieto esclarecido, igual en nombre y en virtud y en fama, que perturbó de Enrico la braveza, como de Febo la luciente llama que deshace al nublado oscurecido, así se extiende lleno de grandeza puesto en mayor alteza, siguiendo al blando Apolo y a Belona, y de lauro y de yedra floreciente, a su sagrada frente doblada ciñe, y orna la corona; pero tratar de su valor famoso pertenece a un espíritu dichoso; mas ¿qué, si canto yo la soberana Francisca, al uno nieta, al otro hermana? ¡Oh alma llena de valor y gloria, ilustre muestra de real grandeza, a quien el favorable y largo cielo sus dones entregó con su riqueza y en vos sola ocupó nuestra memoria, que igual no ve la luz que nació en Delo; el nuestro hesperio suelo a vuestra deidad consagra un templo, de ingenio, de virtud, prudencia rara, cual el que dedicara Atenas generosa con ejemplo a la armada doncella que sin madre nació de la cabeza de su padre! Y no es mucho que igual esta honra sea, pues se os rinde la virgen Atenea. De vos procede, ¡oh sola luz de España!, la divina virtud que mi deseo inflama en nuevo ardor y glorioso. Ya debajo mis pies la tierra veo, y el ancho y largo Ponto que la baña, cortando el campo llano y luminoso, y veo en el dichoso sol de vuestro valor y en las estrellas cuanta grandeza en sí contiene el cielo que os cubre el mortal velo, y vuestras alabadas obras bellas; y en vuestro resplandor contemplo atento el ser, virtud, el claro entendimiento, y hallo la celeste hermosura que espira en vuestra lumbre excelsa y pura. Como el ardiente sol la antigua tierra con sus rayos alumbra y enriquece, haciendo el campo fértil, selva y prado, que con sus varios dones reflorece y en su seno los frutos nos encierra, tiene así el resplandor claro y sagrado nuestro ingenio ilustrado, y produce , esparciendo su riqueza, el fruto del espíritu divino con valor peregrino, y celebra las obras de grandeza con alta, insigne y gloriosa lira; y tanto en vos descubre que se admira, porque halla encerrado en vos el cielo y altivo de ello y arrogante el suelo. Todo cuanto al terreno cuerpo alienta, por la virtud eterna fabricado, en vos se halla con igual efeto. Vos sois ejemplo a todo lo criado; de vos la tierra vive, y se alimenta el mar, el aire y fuego más perfeto ; que con valor secreto, a tierra, a mar, al aire, al puro fuego, cual la virtud del cielo, y las estrellas, son vuestras obras bellas la tierra, el mar, el aire, el puro fuego. ¡Oh glorioso cielo en nuestro suelo! ¡Oh suelo glorioso con tal cielo!, ¿quién podrá celebrar vuestra grandeza? ¿Quién osará alabar vuestra belleza? Vuestro valor eterno y soberano excede a nuestro rudo entendimiento y ciega vuestra luz resplandeciente los ojos del humano sentimiento. Yo (aunque el sagrado Amor me da la mano) temo del hondo Pado la corriente y el mar que dentro siente del atrevido joven la caída. No soy el insolente Salmoneo que con vano deseo imitó el rayo que abrazó su vida. Cuanto ve el sol y cuanto el cielo cubre, todo en vuestra alabanza se descubre, y toda se presenta a gloria vuestra la ingeniosa y clara madre nuestra. ¿Qué puedo, pues, yo dar a la grandeza del inmortal vigor, porque las flores, las perlas que enriquece el Oriente y de Arabia dichosa los olores, es don pequeño a la sublime alteza? Daré a su templo de mi pecho ardiente el corazón caliente, que se abrase en sus aras ofrecido; la libertada voluntad sujeta, si puede ser acepta al valor y al ingenio esclarecido ; si es poco, daré la alma, y si tuviera otra cosa mayor, también la diera. Que su lumbre será felice guía a la voz simple de la musa mía. Canción, de puro afecto hecha, aunque indigna puesta ante sus ojos, di con humilde frente: "A vuestra gloria ofrece estos despojos quien venera el valor vuestro excelente." 299. SONETO XCI. Versión de B Alma, que ya en la luz del puro cielo ardes de santo amor; a quien suspira tu ausencia, con suaves ojos mira, y alienta a que levante el débil vuelo. Ceñida en torno de purpúreo velo, en mi lloroso pecho el fuego inspira; porque sin odio, sin temor, sin ira desprecie el vano amor del frágil suelo. Lloré yo tu partida, amé tu gloria, y en tu último dolor creció mi pena; para seguir contigo el mismo hado. Si el amor te renueva la memoria; en esta sombra ven con faz serena a consolar el corazón cansado. 301. SONETO. Versión de B En este prado y soledad desierta, que tiene en temor triste el viento airado, del caudaloso Betis apartado, considero mi estado y vida incierta. Hallo del grave Amor la vía abierta, que para mi tormento ha levantado; espacio largo veo y no tratado, difícil la salud, la muerte cierta. De lejos aún no veo árbol desnudo que no sea león, y siento a la ora cuajárseme la sangre al pecho fría. No hay quien ya no sienta el dolor crudo que mi alma padece en esta hora, que rehúye mirar la luz del día. 302. SONETO. Versión de B Luces llenas de amor, en quien colora los rayos de oro Febo y las estrellas, con vuestra claridad quedan más bellas en la primera sombra y nueva Aurora. ¿Qué oscuridad os turba y descolora y desmaya el vigor de esas centellas? ¿Por qué con viva fuerza ardiendo en ellas el pecho no abrazáis del que os adora? Con llanto sí podrá, amorosos ojos, tener vuestra belleza oscuro velo, cual nube rara al sol que esté encendido. Después que al dolor dais estos despojos, se cubre Amor de luto y queda el cielo en tiniebla, confuso y escondido. 304. SONETO. Versión de B En alto y bravo mar, sin luz alguna, con tempestad contraria y fiero viento, mi nave abierta está, y airado siento en mi daño, Arellano, la fortuna. Ya esperanza de bien tengo ninguna, que aun esto no se debe al pensamiento; la fuerza y arte falta, y el tormento de la presente muerte me importuna. Pues el amor me deja y niega el puerto que veo en las reliquias de mi nave, que el mar lleva esparcidos mis despojos, la veste y armas de este amante muerto, que restan del naufragio duro y grave, consagrad a mis dulces verdes ojos. 305. CANCIÓN. Versión de B De las más bellas trenzas y doradas que jamás vio el sol claro, estoy ausente, entre estas peñas, solo en el desierto, que mis quejas responden tiernamente. De las más bellas luces y sagradas estoy en soledad, de bien incierto, y puesto en dolor cierto. De aquellas hebras bellas y hermosas estrellas mi fortuna cruel, mi suerte dura me aparta en larga, en fría noche oscura. Amor, llévame aquel cabello y ojos de cuya hermosura fui y soy y seré siempre los despojos. No son más relucientes y encendidos cuando más rojos son en claro día los puros rayos del sol alto ardiente, que son de la enemiga dulce mía los filos, enlazados o esparcidos por la serena, blanca y limpia frente; donde el Amor presente la red dorada ordena, la entrenzada cadena al alma, que merece ser vencida, y sufrir satisfecha y bien perdida el dolor amoroso y el tormento que le da eterna vida, cual me da en mi trabajo el sufrimiento. Las llamas del purpúreo abierto cielo, con quien la noche sola se corona de lucientes figuras adornada, componiendo en su frente una corona de vario resplandor, que ilustra el suelo, vence mi Luz, de rayos inflamada; do tiene Amor formada toda su mayor gloria, su imperio, su victoria, y con doradas flechas en la mano en ella se descubre ser tirano, y al dulce centellear de luz ardiente no deja pecho sano, que cuanto mira hiere crudamente. Cuando crece la sombra y mengua el día, el fuego del Amor con mayor fuerza me abrasa, y yo no hallo en dolor mío remedio alguno, que mi mal se esfuerza en esta miserable suerte mía; y de mis ojos va un lloroso río que en el invierno frío la condensada nieve disuelve en tiempo breve; mas de los ojos blandos la terneza y el resplandor ilustre de belleza podrían mitigar su fuerza ardiente, si en esta mi tristeza no estuviese apartado, solo, ausente. Amor no dulce, sino Amor amargo, ¿con qué virtud me tienes, que no muero de mi hermosa Estrella no alumbrado? ¿A do está el bien? ¿A do el favor primero? ¿Qué tiempo es este de destierro largo? Los ojos, de mí todo transportado, vuelvo al puesto sagrado, donde está la Luz mía, y allí, suspenso, el día paso y la noche en mísero lamento, y mi deseo, alzando el pensamiento, llévame a contemplar mi Luz, qué hace, y si mi apartamiento le agrada, si mi mal le satisface. Mil cosas imagino que deseo; hácelas verdaderas la esperanza, último bien del amador mezquino. Hallo siempre razón y confianza de conseguir el bien de mi deseo. Ya corre el pensamiento sin camino por el error contino de mi antigua fortuna. Halla tal vez alguna muestra de su dolor, y teme y huye, y el pasado contento se destruye, y por el mismo paso que ha llevado entrar luego rehúye: tal va de su temor, triste y cuitado. ¿Qué podré yo hacer en tal extremo, pues me obliga mi suerte a mi tormento, sino sufrir el mal que Amor me diere? Hecho estoy al dolor y al sufrimiento, y, primero que venga, el daño temo, y espero cuanto su dureza quiere. Y aunque cruel me hiere, no servirá que quiera rehusar la carrera. Haga, pues, el dolor en mí su oficio, Y Amor crudo y sangriento su ejercicio; que no podrá el tormento ser más fuerte que hacer sacrificio a la ara de mi Lumbre con mi muerte. solo permite, ya que estoy ausente, quejarme de mi mal a este desierto, primero que a la espada entregue el cuello y el cuerpo al fuego que me tiene muerto, y mis perdidas glorias que recuente, cuando el dorado lazo del cabello crespo, sutil y bello en mi cerviz se puso, dejándome confuso, y que imprima la causa de mi afrenta en esta arena estéril y sedienta, y, repitiendo de principio el daño, haré que el campo sienta, pues solo estoy, la fuerza de mi engaño. Será el desierto y mi dolor testigo de mi liviana culpa y grave pena, y cuán en vano, triste, me lamento; porque quien a la muerte me condena, ingrata y dura y áspera es conmigo, y siempre va doblando mi tormento. Mas si el dolor que siento turbase por un día esa enemiga mía y me llevase ante sus bellos ojos, serían gloria todos mis enojos; y por el bien de verme en tal estado, querría ser despojos de ausencia y de temor y de cuidado. Amor, yo muero solo en el deseo, y aunque es mi dolor grave y trabajoso, huelgo, que de la causa porque muero querrías tú morir envidioso. Si doy en gloria y en amor primero, tal es mi mal, que tú tendrías por bueno no morir como yo, muriendo, peno. 312. SONETO CV Temerario Pintor, por qué di, en vano, te cansas en mostrar la hermosura de la excelsa Heliodora; y la luz pura, y el semblante amoroso, y soberano. Será trabajo el tuyo sobrehumano, que no debe esperar lo que procura; mas cuándo ofreció el cielo tal ventura al rudo conseguir de mortal mano? Si tú muy confiado en la grandeza de toda la beldad que espira en ella, osares descubrir alguna parte, Pinta la misma imagen de belleza; y si puede imitar las luces de ella habrás llegado a perfección de la Arte. 311. SONETO CIV. Versión de B Aquel sagrado ardor que resplandece en la belleza de la Aurora mía, mi espíritu moviendo, al pecho envía la pura imagen, que en mi alma crece. En ella está afijada; y de allí ofrece al pecho su valor en compañía; y de sí misma efectos altos cría; con que me ingenio y nombre se engrandece. Vuelo tan alto que con rayo fiero o con ardiente Sol fuera impedido; si no me diera aliento mi Luz pura. Mas ya que muero, como siempre espero; ni en Mar seré, ni en Río sumergido; que el mundo me será la sepultura. 316. SONETO CIX. Versión de B Quien la luz de belleza amando adora, si quiere ver la vuestra, al Sol dorado y al lucero de Venus estimado mire; y la claridad de blanca Aurora; Los rayos que esparciendo muestra Flora; de Diana el semblante venerado; el valor, la grandeza, ingenio, estado; y cuanto el ser humano en sí atesora. Que en ellos vuestra alteza y hermosura verá, y la Aurora, y Flora, y Sol vencido; y rendirse el lucero con Diana. Mas si hermosa blanca la luz pura volvéis, de Casto amor dirá encendido que sois toda inmortal y soberana. 323. SONETO. Versión de B La red, la hacha, el amoroso dardo que en la belleza de mi Lumbre veo, dieron de mí al Amor justo trofeo y al fuego me llevaron en que ardo. Jamás a presa tan veloz el pardo se vio como el amor de mi deseo. Yo resistí por mal y no deseo ser ya contra sus fuerzas más gallardo. El brío y libertad del pensamiento. las vanas esperanzas de victoria 333. SONETO. Versión de B Grande fue, aunque infelice, tu osadía, oh valeroso hijo de Climene, que por guiar el carro que contiene la ardiente luz que da color al día, del rayo muerto en la intentada vía, Erídano en sus ondas te sostiene, hecho claro sepulcro, cual conviene a la muerte que Júpiter te envía. Mas yo que el glorioso fuego y lumbre de mi sagrado Sol y rayos de oro siempre esperé regir con diestra suerte, caí herido de mi excelsa cumbre con desdeñoso rayo, y mi tesoro perdí en vida, sujeto a dura muerte. 355. SONETO. Versión de B Tú, que de nuestro Betis extendido por el Tebro dejaste el rico llano, y aquella gloria del valor romano miras en el sepulcro del olvido, ¿por ventura del yugo sacudido la cerviz libre muestras, y el tirano Amor prueba sus flechas en ti en vano, o en nuevas llamas ardes encendido? Que yo en la patria sin mi bien me veo, triste, preso, herido, solo, ausente, y siempre perseguido de un cuidado. Sin esperanza vivo con deseo y apena de este río la corriente descubro el mal que sufro no cansado. 359. SONETO. Al Conde de Gelves. Versión de B Señor, si este dolor del mal que siento yo veo quebrantado en mi memoria y olvidada la triste y grave historia, dura ocasión de todo mi tormento, de España con voz alta y noble aliento cantaré los triunfos y victoria, y alzando al cielo igual su eterna gloria daré a vuestro valor insigne asiento. Mas unas encrespadas trenzas de oro, un resplandor divino, una armonía y gracia nunca vista en nuestro suelo; una belleza a quien suspenso adoro, impiden esta altiva empresa mía, y en su furor que llevan hasta el cielo. 361. CANCIÓN. Versión de B Oh clara luz y honor del Occidente, espíritu real, do puso el cielo cuanto valor contiene su grandeza, a quien, cubierta en oro, el vario velo y en la púrpura ilustre de Oriente, la gloria esparce toda su riqueza; si el inmenso dolor de mi tristeza, que me obliga a cantar la grave pena que aborrezco y procuro, me dejase algún tanto ya seguro del fuego ardiente que en mi pecho suena y del rigor del golpe áspero y duro que me condena a doloroso llanto y a perpetua cadena, en honra vuestra levantara el canto. Mas yo siguiendo voy, con paso incierto, en noche oscura y en turbado día, por difíciles pasos no tratados, lejos el resplandor de la Luz mía, que me lleva a morir en temor cierto, adonde solo entraron desdichados: que esto es premio a mis penas y cuidados. Ya en la doblada imagen espartana la coronada frente muestra la cuarta vuelta el sol presente, después que Amor y Venus soberana me llevaron al jugo obediente. Jamás sonó de allí mi triste lira, que mi dolor no se a... y el desdén de mi Luz y ardiente ira. Los despojos, los arcos, la memoria, las columnas del fiero armado Marte, los trofeos alzados, que en rocío sangriento manan; la destreza y arte que a fuertes capitanes da la gloria que en sus ondas bañó mi patrio río, a que aspiraba el rudo canto mío, oscurecidos quedan en olvido. Solo es amor mi canto, los ojos bellos y oro puro canto. ¡Tal me tiene el Amor preso y rendido y sujeto a la fuerza de mi llanto! Recíbeme la noche y deja el día celebrando perdido la hermosura de la Lumbre mía. Aquel que el glorioso y rico lauro inflamó de sus verdes hojas de oro, que con suave y noble y docta lira, igual de Grecia y de Castalia al coro, suena en el Indo piélago, en el Mauro, y con el canto al mismo Febo admira, y osadamente a levantarse aspira con felice armonía a la memoria del valor escogido, con puro y alto espíritu encendido, y de las almas claras con victoria; aquel a vuestro ingenio esclarecido puede esculpir en el pintado cielo con inmortal historia, que no mi canto, ajeno de consuelo. El peso inmenso y movimiento ardiente sustenta grave apena el grande Atlante, su revuelta sintiendo presuroso. Yo, que no soy tan fuerte y tan constante, temo caer con él y, juntamente, dar fama a mi deseo peligroso, y morir como Erídano animoso, de aquel paléneo espíritu abrasado, en la corriente undosa llamada de su nombre, do en llorosa honra el antiguo electro fue engendrado. Su caso acervo y muerte lastimosa aparta mi esperanza y mi deseo, y el miserable hado de quien rigió el caballo de Perseo. Vuestro valor excelso, la grandeza del ánimo, el ingenio levantado, la gloria propia, el generoso intento a Esmirna y Mantua hubiera ya cansado y del cisne Dirceo aquella alteza de no imitado vuelo y grave acento, y de Olmeo al sagrado ayuntamiento, ¡cuánto más una pobre , estéril vena!; aunque el oro abundoso que Hermo vuelve en sus ondas y el dichoso Tajo con reluciente y rica arena y de Hidaspes dorado el curso ondoso sonasen de mi canto en la corriente, de vuestra gloria llena, y de Rodas la pluvia reluciente. Querer cerrar en pecho el bien que el cielo, largo y felice, ofrece al nombre vuestro, será como quien piensa vanamente contar de la ribera del mar nuestro las ondas, o en el alto libio suelo las arenas que junta el seno ardiente, o los astros del orbe refulgente. Mejor es con silencio a vuestra fama dar la gloria debida y admirar el valor, virtud crecida que resplandece con eterna llama, como estrella del polo esclarecida; que contra el tiempo y duro hierro agudo la lumbre en que se inflama será inmortal y soberano escudo. Canción humilde, si al real semblante de quien iguala al rojo Cintio y Marte, y de lauro sagrado está la insigne frente coronado, fueres, dile inclinada desde aparte que la pena cruel de mi cuidado y mis suspiros y amoroso llanto, el espíritu y arte negaron en su gloria al débil canto. 364. SONETO. Versión de B Cuando miro el dorado velo al viento, suavemente en torno desparcido, o en altos lazos crespos recogido, mil causas justas hallo a mi tormento. Cuando la llama y luz de puro aliento veo resplandecer y que el vencido pecho tiene en su fuego convertido, mil causas justas hallo al mal que siento. Cuando escucho la angélica armonía y el grande valor vuestro considero, mil causas hallo justas a serviros. Mas cuando pienso en la paciencia mía y en vuestra piedad, en quien espero, no hallo causa justa a más suspiros. 368. ELEGÍA. A la muerte de don Pedro de Cabrera. Versión de B Luego que me hirió el profundo pecho el triste son del caso sucedido, turbose el corazón, un hielo hecho. Quise engañar yo mismo a mi sentido y negar a la fama la certeza : que tanto mal no debe ser creído. Mas el lloroso estado y la tristeza y el común sentimiento que se vía, me declaró del daño la grandeza. ¡Cuán de otra suerte, triste, yo fingía la alegre nueva, y toda la memoria que en la pompa real se me ofrecía! Contaba los sucesos y la gloria en ejercicios de la diestra ardiente y del feroz caballo la victoria; el juicio, el ingenio floreciente, el valor de aquel ánimo dichoso, que era sola esperanza de Occidente; el santo celo, el pecho generoso, la piedad, el ser afable, humano, la constancia y grandeza y el reposo. Mas, ¡oh mis esperanzas, cuán en vano salieron, cuán en breve cortó Muerte la tierna flor con rigurosa mano! ¿Cuál corazón se vio tan duro y fuerte que no quedase en lágrimas deshecho, que no temblase con tan grave suerte? Murió don Pedro, y mi terrible pecho no se rompe. ¿Qué espera mi dureza, después de este cruel y triste hecho? ¿Qué muestras podré dar de mi tristeza, sino suspiros tristes y lamento, que condenen del hado la aspereza; y en exequias del duro sentimiento estos versos, que sean los despojos del bien que ya perdí, del mal que siento? Lágrimas ¿quién dará para mis ojos? Suspiros ¿quién al corazón doliente? ¿Quién palabras que hieran como abrojos? A mis ojos ya veo estar presente aquel semblante en nueva luz cubierto, con pura claridad resplandeciente. Y culpa si su espíritu desierto lloro, que en la región del alegría está, dejando en tierra el cuerpo muerto. Gran causa de llorar es esta mía, pues considero cuánta confianza a España arrebató un oscuro día. Mas si revuelvo intento esta mudanza, y veo a quien suspiro más dichoso, donde el poder terreno tarde alcanza, es envidia y no llanto lastimoso que se tiene a quien huye del cuidado y miseria del suelo trabajoso. ¿Quién llora porque viva descansado, lejos de las congojas de esta vida, el que siempre estimó y fue de él amado? Allí la ambición mala y sin medida, odio, codicia, miedo y la tristeza, su quietud no turban escondida; mas seguro sosiego y la simpleza, que en celestes espíritus asienta, divino amor de la inmortal belleza. Nuestra mísera vida ¿a quién contenta? ¿Quién desea vivir en las cadenas donde la alma se cansa y atormenta? Nuestras glorias, de afán y dolor llenas, sin bien, sin esperanza, sin consuelo, siempre con más dolor doblan las penas. Nunca alzamos los ojos en el cielo, sujetos con la carga y peso humano que al alma impide levantar el vuelo. Revueltos en deseo y temor vano vivimos, enemigos de la gloria de aquel supremo asiento soberano. ¿A quién no cansa la cruel memoria, do más ilustra Betis la alta frente y da al mar de sus ondas la victoria? Hambre, peste, furor de Marte ardiente, rigor del cielo, nunca mitigado, y contino temor del mal ausente. Entonces nos llevó el adverso hado de León aquel joven animoso, con la cumbre del monte quebrantado. Quedó tendido el cuerpo generoso sin vida en la desnuda tierra, helada con el horror del golpe impetuoso. No baja con tal furia arrebatada el rayo resonante, despedido de la nube, con ímpetu rasgada. Betis turbó sus ondas con gemido y sus ninfas lloraban a su amante y del león sonó el feroz rugido. Jamás dolor a este semejante sintieron las riberas caudalosas que hiere el alto piélago de Atlante, creciendo las memorias dolorosas con su muerte, y España fue testigo del triste llanto y quejas congojosas. A ti ahora también su estrecho amigo lejos lleva del sacro y patrio río el mismo hado desigual consigo. Quema el duro rigor del seco estío la bella flor, y de la tierna planta las hojas el nevoso invierno frío; mas Céfiro suave las levanta hermosas con alegre y blando vuelo y Filomela en ellas dulce canta. Nosotros, cuando rompe el mortal velo y desampara el corporal aliento, jamás el pie estampamos en el suelo. Breve, dudosa vida, con tormento cierto, temor, deseos no acabados, son de nuestra miseria el fundamento. ¡Áspera y justa ley que los cuidados refrena y el amor desvanecido de humanos corazones engañados! Yo mismo mi dolor, mi muerte pido; yo busco mi trabajo y hago queja del cielo, que resiste a mi sentido. ¡Qué pocas veces el dolor nos deja! ¡Cuán presto se deshace la alegría! ¡Y, no siendo aún hallado, el bien se aleja! Como desierta, oscura incierta vía, que se revuelve en sí, sin dar camino a quien confuso por sus pasos guía, así es la vida nuestra, que contino seguimos engañados, sin que acierte sacar el paso el corazón mezquino, hasta que la fatal postrera suerte rompe el impedimento y deja llano camino a la dureza de la muerte. Entonces de la tierra el amor vano y la gloria caduca al alma ingrata son dolor y tormento sobrehumano. Las esperanzas todas desbarata la muerte, y al que en vicio sepultado yace , en eterna pena aflige y trata. Dichoso tú, que, al cielo arrebatado, alegre relucir ves las estrellas y bajo de tus pies el mar hinchado; y del viento los soplos, las centellas que el aire errando ilustran esparcido y nuestro clamor oyes y querellas; y ante el inmenso Rey esclarecido que al alto cielo rige y pone freno al mar, que no se extienda embravecido, de gloria y piedad celestial lleno, ruegas por nuestras culpas por ventura, abriendo de amor santo el largo seno. Aunque la voz del llanto y veste oscura no sufra la alegría de tu suerte que goza de la excelsa hermosura, permite que a tu acerba y grave muerte publique, con señales de tristeza, cuánto España sintió tu dolor fuerte. Afectos son de la inmortal dureza estos hondos suspiros y lamentos, que muestran su dolor con tu grandeza. Porque siempre perpetuo el sentimiento con memoria será del bien perdido, pues eras nuestra gloria y ornamento. Yo al amor que te debo, agradecido (si algo pueden mis versos), te prometo que tu nombre no bañe eterno olvido. Antes por donde Betis va quieto al extendido vaso de Nereo y siente en su profundo al sol secreto, de los pinos del piélago Eritreo, do ve del nuevo mar la gran corriente el español muriendo en su deseo, y donde el rojo puesto de Oriente mira la rociada y pura Aurora, do imprime el hielo, do arde el sol caliente, será tu nombre en la sagrada Flora más ilustre y famoso y estimado de quien no solo por tu ausencia mora, mas de quien tu valor aventajado, de quien oyere tu virtud y gloria: porque tu nombre siempre celebrado hará igual con el tiempo su memoria. 371. CANCIÓN. Versión de B Este lugar desierto y este silencio oscuro y escondido, do el sol no haya abierto el paso al carro ardiente, testigos son del dulce bien perdido y de mi daño cierto, memoria amarga de mi gloria ausente, donde en grave tormento cansa el vano deseo al pensamiento. Aquí, junto a estas flores, al pie de este alto lauro coronado, volaban los Amores sobre la bella frente, que el cerco, en hebras de oro relazado, con los varios colores de las dichosas perlas de Oriente, a la Aura descubría y a los Amores de su amor hería. Volaban rociando con la ambrosía el rosado, apuesto cuello, y yo atento, mirando su luz ardiente, en fuego preso, en las rosas vueltas del cabello, y vi mi muerte cuando en sus ojos se puso el niño ciego, y en su hermoso pecho quedó espíritu dulce el Amor hecho. Salían de los ojos rayos que me rompieron las entrañas, llevando mis despojos en señal de su gloria y en ellos descubrieron sus hazañas, doblando mis enojos para mayores muestras de victoria: que el Amor no condena a quien ama a pequeña o justa pena. Las perlas que en el seno rojo y del claro Hidaspes relucían en el curso sereno, formaban diademas en las cogidas trenzas que ceñían del oro en ámbar lleno, y esparciendo las puntas más extremas por la purpúrea frente, mi alma se abrasó en su fuego ardiente. Cuál fue mi grave pena, luego que en su belleza vi mi muerte, sábelo quien ordena que muera aquí perdido con esquiva memoria de mi suerte. Cuán presto desordena Amor lo que desea un afligido; que luego en la mudanza corta el vuelo sin tiempo a la esperanza. Pequeña fue mi gloria, pero grande y eterno mi tormento que dejó en la memoria soledad de belleza y vana confianza al pensamiento, que en miserable historia revuelve la pasión de su tristeza; y quédame en despojos fuego en el corazón, llanto en los ojos. Quieto y fresco río, y de los verdes árboles vestido, alto monte, y tú, frío bosque, solo y cerrado, ¿cuántas veces mi llanto habéis oído? Y el grave dolor mío ¿cuántas veces turbó vuestro callado silencio, sin que viese que piedad en mi señora hubiese? Su nombre en la corteza vuestra extendiendo, en llanto deshacía mis ojos con terneza, y en el lugar donde ella se recostó, lloroso me tendía; y atento en su belleza, hasta que daba luz la Idalia estrella, allí estaba llorando y al cielo de mis lágrimas cansando. Pasó mi bien ligero cual niebla que la esparce y rompe el viento; quedome dolor fiero, que nunca de mí parte, y en su memoria desmayar me siento; y jamás, triste, espero que el tiempo en mí deshaga alguna parte; que en la alma con firmeza fijó el Amor su gracia y su belleza. Canción, sola y desnuda y hecha de dolor y pena mía, huye de la alegría, busca donde no pueda ofender tu desdicha a gente leda. 381. CANCIÓN. Versión de B Amor, tú que en los tiernos bellos ojos, tocados de hermosa pluvia de oro, centellaste, las alas esparciendo, y mi pecho encendiendo, llevaste nuevamente los despojos, tu sacra hacha y tu favor imploro para cantar la Luz de mi cuidado; las hebras que Aura mueve por el cuello, que pura leche y nieve en la blancura vence, y el templado color de la purpúrea y fresca rosa, en sombra desteñido, de viola suave y amorosa, donde quedé otra vez preso y perdido; y en la robada forma de belleza cantaré tu valor y su grandeza. Cual en la solitaria noche oscura resplandece de Venus el lucero con la sagrada frente rutilante, que al sol corre delante, tal mi Lumbre, de eterna hermosura, en el horror se descubrió primero, y la sombra venció, mostrando el día en el nubloso manto, y con el amoroso y dulce llanto enterneció el dolor a la alma mía: rocío celestial, que en vario lustre las nubes hace bellas. Cuando tiende sus rayos Febo ilustre no iguala en el color a sus centellas, que por las esmeraldas y zafiros de mi pecho trajeron mil suspiros. No mereció esta pluvia nuestro suelo. aunque el templado puesto y escondido enriquezca por ella alegre Flora, y a la rosada Aurora exceda, que bañar debía el cielo. Esta esparció de Psique Amor herido y quien dejó las ondas de Citera por Adonis hermoso. Este rocío, dulce y amoroso, que dobla el mal do quiere Amor que muera, en fuego me abrasó, dando a mis ojos nueva ocasión de pena y otro inmortal principio a sus enojos. No habrá canto suave de sirena, ni circe que nos busque igual engaño, como esta Luz llorosa causó el daño. Las hebras esparcidas por el cuello, cual oro en filos vuelto y derramado sobre el blanco marfil, que el manso viento bate alegre y contento, cogidas unas van en lazo bello, otras sin arte sueltas y cuidado; cual juega errando por la pura frente, cual cubre un sutil velo. Así el dorado ardor y luz del cielo aun no encelan las nubes de Occidente. En unas Amor hace el jugo, y tiene en otras ordenada la cadena, en la cual mi error sostiene, de bellas piezas presa y enlazada. Unas me dan la vida y otra muerte, y siempre crece en el dolor mi suerte. No he visto yo de púrpura encendida la gracia desnudarse nueva rosa, que solo se descubra su blancura, que así quede tan pura, tan bella, tierna y de color perdida, cuanto mi Luz turbada y amorosa. Blanco alabastro el rostro parecía, blando y descolorido, de dolor y de lástima ofendido, que me robó el sosiego y alegría. La Alba, cuando, enlazado al hombro, ciñe el manto entretejido que la concha sidonia en perlas tiñe, ríndese a su color esclarecido. Tal es Amor hermoso y Venus bella cual mi luciente y clara y blanca Estrella. La luz turbada, pues, las trenzas de oro, sin orden apartadas, la belleza del rostro, sin color y desmayado, si no fuera el cuidado que tengo suyo y el valor que honoro, rindiéramos al poder de su grandeza. Y aunque de su señal halló apuntada mi frente, y preso el cuello del glorioso nudo del cabello, mi alma se sintió y paró alterada; las alas sacudió y ardió en el fuego que en sus centellas crece, y yo quedo otra vez herido y ciego, y la llama presente resplandece en las entrañas mías, y conmigo en la ausencia yo soy del mal testigo. Bien creo yo que puede una luz bella arder en pecho tierno y amoroso y desatallo en la ceniza ardiente, más que pueda a mi ausente pecho ablandar la fuerza de mi Estrella en su fuego perpetuo y presuroso, estando triste, sin cuidado, ajena del compuesto ornamento y llena de lloroso sentimiento, que mueve más a lástima que a pena; y que en ella se admira aquella gloria de eterna hermosura con el dolor que siente en la memoria y en la virtud que resta en su figura, esto es ser de belleza soberana, que no debe alabar lengua profana. Ya no procure Amor para mi daño el crespado cabello, el vario nudo, la alegre luz, la púrpura suave; pues no es al dolor grave remedio alguno de mi mal extraño luz llorosa, oro suelto y el desnudo color de blanca y no tocada nieve; que en ellos abrasado estoy, cual rudo amante lastimado. Y aunque ya mi temor en vano pruebe sacarme de este fuego que me inflama, ni el Amor lo permite, ni yo quiero huir mi dulce llama, ni que mi muerte mi tormento evite, porque yo sé que gano con la muerte eterna vida y nueva y alta suerte. Tú, sacro Amor, que con doradas alas atraviesas del Austro al Oriente y abres con tu fuerza el mar sonante, y a Febo, al arrogante Marte vences, subiendo, y alto igualas a Jove y sobrepujas tú, presente; pues viste la Luz mía, dame aliento para cantar su gloria, mi firmeza, constancia, tu victoria, mis quejas y suspiros y lamento. Yo no te pido premio ni deseo, que bien sé que no debo esperar bien alguno a mi deseo; mas por el mal que siempre sufro y llevo, memoria sola pido en la mudanza y una pequeña muestra de esperanza. Tú esculpiste (admitiendo la belleza mis ojos) en el pecho su figura, y en él, resplandeciendo por las venas, de su forma no ajenas. cobró valor y fuerza con presteza, y se descubre en mí su hermosura. De aquí me nace espíritu y el brío que me levanta al cielo y hace que aborrezca el frágil velo que dentro encierra todo el valor mío; y el puro ardor me abrasa en pura llama y en la sagrada cumbre la vista hermosura más me llama de la inmortal, celeste inmensa lumbre; y todo el bien, Amor, de tu ser viene y el ancho mundo en tu poder sostiene. Canción, Amor me mueve y mi alma con él está presente en tierra y mar y aire y fuego y cielo, que no hay donde pueda estar ausente; yo solo estoy en el suelo, falta del ser humano; si te agrada conmigo queda en soledad criada. 382. SONETO. Versión de B En cercos de oro fino y llama ardiente, de blancas rosas tiernas coronada, con hermosas figuras enlazada, mi Luz vistió la pura y bella frente. Los olores que esparce el Oriente y la ámbar de sus hebras consagrada se movieron con la aura sosegada, cual en las ondas nuevo sol luciente. Espíritus de amor en aquel fuego armaron las saetas y cadena, y Amor herido ardió y anudó el cuello. Yo, preso y encendido, quedé ciego, Conde, mas fue mayor mi grave pena, porque más me inflamé con el cabello. 384. SONETO. Versión de B En esta helada parte, do no envía el sol sus rayos a la intensa nieve, ausente quiere Amor que el dolor lleve, en sombra de la noche, en luz del día. Jamás de estos mis ojos se desvía el llanto, y si descanso un tiempo breve, más doloroso llanto de ellos llueve, con soledad del bien del alma mía. El mal no me quebranta, que ya hecho estoy a su furor, mas verme ausente y en una vida muerta condenado, donde el fuego de Amor me abrasa el pecho, donde mi alma ve su bien presente para más confusión de mi cuidado. 390. SONETO. Versión de B De vuestro intenso y duro hielo frío, temiendo Amor la fuerza y aspereza, puso en él, con su afrenta y rustiqueza, el alto y presto ardiente fuego mío. Su nieve muestra y llama el fuego y frío, y contrastando extienden su grandeza; el fuego al frío ablanda la dureza y lo sujeta a todo su albedrío. Quedó Amor, del asalto glorioso, y vos y yo contentos nos hallamos, pero todo mi bien turbose luego. Que por un triste caso y lastimoso, con daño de mi vida , ambos quedamos, vos con más frío y yo con mayor fuego. 393. SONETO. Versión de B Inmenso resplandor de hermosura en vuestra dulce luz se me parece, y ardiendo en mis entrañas siempre crece con su fuerza inmortal la llama pura. Con alteza y valor vuestra figura sin igual en mi pecho resplandece, y pues con ella sufre, bien merece algún corto favor de su ventura. Vos toda bella sois y la belleza ya no puede ser más, y así a mis ojos no es justo que hiráis con mayor fuego. Que si al pecho mostráis vuestra grandeza, hecho llama, no puedo dar despojos, los que pudiera dar quedando ciego. 396. SONETO. Versión de B Cuando mi pecho ardió en su dulce fuego, osé cantar el mal que grave siento, y diome al canto glorioso aliento aquella Luz que me detuvo ciego. Osé mostrar mi llanto en tierno ruego a quien Amor no estima y su tormento, y el humilde quejar de mi lamento me dio osadía y esperanza luego. Ahora que la Luz yo dejo ausente y crece mi dolor con su belleza, sin que haya piedad de la alma mía, lloro el pasado bien y el mal presente, y puesto en soledad de mi tristeza, la esperanza me falta y osadía. 398. SONETO. Versión de B Si yo pudiese con mejor ventura trocarme como Júpiter solía, en blanco cisne vuelto ya estaría delante de mi Luz hermosa y pura. Y sin algún temor de muerte oscura, en honra suya el canto ensalzaría; la boca y a los ojos besaría, alegre de perderme en tal dulzura. Mas en dorada pluvia convertido, perdería el electro la fineza, si el velo esparce envuelto en hebras de oro. Y si en su pecho fuese recogido, aunque no igual, gozando su belleza, tendría el precio de mayor tesoro. 399. SONETO LXXXIX Mi bello Sol, si voy de vos ausente a parte extraña, do el dolor me ofende, y el fuego dulce que mi amor enciende, en ella se contiene y va presente. Aunque el color purpúreo de Oriente, do el Sol menor de vuestra luz desciende, vea cerca; y do el manto oscuro tiende el apartado extremo de Occidente, Conmigo irá el Amor igual en parte con la mitad de la alma; que me alienta; que vive el resto en vuestra luz que adora, Y dividido en una y otra parte, presente con el bien; que me sustenta, siempre veré resplandecer mi Aurora. 401. ELEGÍA. Versión de B Yo pensé, dulce bien del alma mía, que primero con muerte el cuerpo ausente desamparara en tierra sola y fría, y que la fuerza del dolor presente pudiera humedecer de vuestros ojos la pura luz y resplandor ardiente, que apartado y muriendo en mil enojos sustentar esta ausente y triste vida, acrecentando al mal nuevos despojos; mas ya vivo en ausencia aborrecida y no muero en la sombra del olvido, donde quedó mi gloria oscurecida. Pues esto sufro, ¿qué no habré sufrido? ¿Qué puede ya imprimir el sentimiento en este corazón endurecido? Mayor es que el dolor el sufrimiento, y tal es el dolor, que puede el pecho juntamente abrasarse al mal que siento. De heladas rocas ásperas fui hecho y me crió la fiera tigre hircana, pues no estoy de mi pena ya deshecho. En esta parte estéril y profana, do la noche con tela tenebrosa vence a la luz de Febo soberana, vuestra belleza inmensa y gloriosa conmigo veo atento, y considero la pérdida de ausencia lastimosa. Alguna vez me tiene el dolor fiero tan rendido a su fuerza y quebrantado, y, no muriendo, con suspiros muero. Betis, de este mi llanto acrecentado, testifica mi lástima, sonando en el cristal de Océano apartado. Y creo yo que en el purpúreo bando que Euro hermoso hiere y con luz nueva siente al sol, que sus rayos va dorando, es mi mal conocido; que la prueba que ha hecho Amor en mí quiere que sea señal adonde sus desdichas lleva. Si alguna vez mi alma ver desea vuestra luz rutilante , en vivo fuego arde, sin que su bien en ella vea. Porque el tirano, que en mi pecho ciego está siempre, me ofrece a la memoria mi pérdida y mi crudo dolor luego. La muerte, si viniere, será gloria; pero a tan duro corazón no quiere dar esperanza alguna de victoria. Un continuo temor me aflige y hiere; que ya, si no me mata el mal de ausencia, no habrá por qué mi muerte Amor espere. Porque yo, que vivía en la presencia alegre y venturoso, estando ausente, deseo poner fin a mi dolencia. Mi alma en vuestra bella y pura frente presa de ricos lazos me tendría, siempre en vuestra divina luz presente. Y satisfecho el bien de mi osadía, gozara merecer; que, por vos muerto, consagré a vuestra luz la vida mía. Y aunque de bien alguno estaba incierto, ¿qué mayor bien le diera su fortuna, si, solo y sepultado en el desierto, mereciera gozar de sola una lágrima de esos bellos, tiernos ojos, lo que esperar no puede en suerte alguna? Dichosos más que flores los abrojos, que de esa rica pluvia rociados honrarán la ocasión de mis enojos. Los sepulcros, de mármoles alzados, reliquias de memoria gloriosa, no fueran cual el mío celebrados. Mas ¡oh mi solo bien y Luz hermosa!, que ni de vuestras lágrimas bañado, ni estoy muerto en mi ausencia dolorosa; antes, como sujeto y obligado a lástimas de Amor, me veo ausente con esta vida y mi dolor cansado. A un tibio y frío pecho vuelve ardiente el uso del amor, y quien bien ama, esperando su gloria, el mal no siente. Mi pecho que arde siempre si se inflama y siempre mío consiente su tormento, no le queda otro ser que pura llama. Pero en sola esta llama me sustento, y no tengo otra vida que en la fuerza de su ligero y fácil sufrimiento. El temor amoroso que se esfuerza en mi alma me trae quebrantado, y perder mi esperanza y bien me fuerza. El semblante divino y adorado, la luz serena , el resplandor fulgente, el oro, en crespas ondas variado, si un tierno amador vuestro no ve ausente, que en otro tiempo con mejor ventura gozó mirar y veneró presente; y si apartado en noche siempre oscura, suspira con dolor, solo y perdido, que ver no puede ya su hermosura, cúlpenle si la vida , aborrecido, desea, y si esperar más bien pretende donde su limpio amor quede ofendido. De tal causa mi lástima desciende, que aun en el mal condeno yo mi suerte, si algún pequeño espacio no me ofende. Por el paso que voy a ver mi muerte, tanta envidia merezco, que no siento en alguno dolor de mi mal fuerte. Después que vi y gocé de mi tormento, y conocí el valor de esa belleza y os di mi libertad y pensamiento, mis entrañas cercó vuestra grandeza y ocupó vuestro nombre mi memoria, y Amor hizo en mí asiento de firmeza. Sin vos no tuve en tiempo alguno gloria y siempre amándoos, quedé a Amor forzado, llevando de esta fuerza la victoria. Siempre vive en mi alma venerado vuestro valor y gracia y cortesía, de quien lleno se halla mi cuidado. Pero si ahora, lejos de alegría, padezco, yo lo debo a vuestros ojos. que dieron tanto bien al alma mía. Vuestra beldad merece mis enojos, que no es justo que goce la esperanza seguro de perdella en mis despojos. Si el Amor prometiese confianza sin temor de peligro en la ventura y no alterase el bien con la mudanza, recibiría agravio esa Luz pura, porque es deuda de penas y tormento osar amar tan alta hermosura. Mas a la ausencia en que morir me siento, yo no hallo razón para su daño, sino acabar, muriendo, el sufrimiento. Desdén y crueldad, cubierto engaño, memoria del dolor, del bien olvido, para quien ama bien, no es mal extraño. Pero apartarme, ausente y perseguido, ajeno de esperanza y de consuelo, es un dolor terrible y nunca oído. De sus vueltas perpetuas varié el cielo, trueque todas las cosas, que no espero de esta mísera suerte alzar el vuelo. En esta soledad padezco y muero, y en la razón mis penas entretengo, pero para acabar de dolor fiero. Alguna vez, que suspendida tengo la fuerza de mis males, me levanto a do sin esperanza me sostengo. Allí rompo las venas de mi llanto, y de la pluvia crece un fuego ardiente que en ceniza convierte el mortal manto. Etna, que el duro y frío hielo siente en sus altas coronas ensalzado y con el blanco velo reluciente, cuando el fiero Encélado inflamado es con las sierpes ásperas herido y se revuelve de uno y otro lado, el fuego, en nube espesa reducido, con centellas y horror impetuoso, arroja contra el cielo enfurecido. El estruendo de peñas espantoso, en fuego recocidas, alto brama y tiembla todo el monte cavernoso. Mi pecho, que de fuera es nieve y llama, dentro, cuando el Amor lo mueve y hiere, el cuerpo todo en bravo ardor inflama. Corre grandes incendios cuando quiere Amor que la alma abrace su crudeza, sin que haya piedad de aquel que muere. El rayo que sepulta con fiereza al terrible gigante que del cielo pensó regir el cetro y la grandeza, no iguala al que en eterno desconsuelo me deja atravesado, sin la culpa que él tuvo en el soberbio y patrio suelo. Sola una cosa habrá con que me culpa Amor, que es tener vida en esta ausencia, pero el deseo mío me disculpa. Aunque apartado , os tengo en la presencia, tan hermosa, tan alta y venerada, que os doy todo el valor de esa excelencia. Con el mismo respecto estáis honrada y temida, y con mismo sentimiento y tierno afecto siempre sois amada. Ya veo vuestros ojos y consiento por los míos la pena que proviene, y temo el rostro airado y descontento. Ya mi temor con prestas alas viene y me deja sin bien, de bien incierto, y preso la tristeza el pecho tiene. Ya veo con mi gloria el cielo abierto, que os hallo alegre, blanda y piadosa y que ya visitáis este desierto. Consuelo son de ausencia congojosa estas muestras de vana fantasía, aunque es cierta mi pena dolorosa. Profunda soledad, larga porfía, tristeza lastimada, mal secreto, divídenme de vos, oh alma mía. Ausencia es tal dolor, que con su efeto la muerte sigue al amador cuitado, y este es el bien mayor de su defeto. Muera, pues, quien de vos se ve apartado; acábese en la vida la memoria; porque a tantos trabajos y cuidado ¿qué bien puede venir que les dé gloria? 410. SONETO CIII. Versión de B Ya siento el dulce espíritu de la aura; que mansamente murmurando aspira; ya veo el puesto, a donde Amor me tira, y a do su muerta llama el fuego instaura. Cual amador de Cintia, o Delia, o Laura temió mas el desdén, la ardiente ira; que yo la Luz; que tiernamente mira mi mal, y de la pena me restaura. Como al que el rayo con la lumbre y trueno espantó, que aun le queda en la memoria el alto estruendo del terror pasado, así yo, que del mal estuve lleno, rehúyo en las señales de mi gloria, temiendo el bien que no esperé engañado. 414. SONETO. Versión de B En tanto que en el sacro, antiguo seno del grande y alto Océano con arte y nueva industria dais al fiero Marte vida y nombre, de gloria eterna lleno; yo aquí, do el rico Betis con sereno curso sus varias vueltas fértil parte, dando de mí al Amor la mejor parte, de mi larga esperanza me enajeno. Mi Luz bella y doradas trenzas canto, y aunque admiro el valor de vuestro pecho, no os envidio de lauro la corona. ¿Qué mayor premio esperaré a mi llanto, quedando de mis penas satisfecho, si mi Luz de sus hebras me corona? 415. SONETO. Versión de B Renuevo al alma de mi error pasado el tiempo que he perdido y el presente, ya que razón alguna no consiente que viva en esperanzas engañado. El cuello ya levanto deslazado, que la señal del yugo impresa siente, y digo : "¿Cuál de Amor grave accidente podrá llevar la gloria de mi estado?" Yo sé bien cuánto duele una esperanza que huye, y un temor que crece en pena, y cuán vano es el fin de mi deseo. Mas deshace esta simple confianza Amor, que al daño antiguo me condena, y alegre voy al mal que temo y veo. 424. ELEGIA II. Versión de las Anotaciones Qué honor vos pudo dar, bella Enemiga; rendir mi pecho, que con tal cuidado buscasteis la ocasión de mi fatiga? Si yo nací sujeto y obligado a perderme en las ondas del mar fiero, cual navegante mísero, engañado; Por qué con dulce canto y lisonjero suspenso, me llevasteis compelido al dolor grave, en que lloroso muero? Bien conocía yo, aymé perdido, de vuestro corazón el falso engaño, y el áspero rigor de vuestro olvido. Huía, temeroso de mi daño, la luz de vuestros ojos y belleza; como si del Amor naciera extraño. No me valió vestirme de dureza contra las crudas flechas del tirano; que solo se contenta en mi tristeza. Porque viendo, que el golpe de su mano no habría bien el corazón constante, y que su intento sucedía en vano; Y que el arco de duro diamante perdía su vigor, vuelto indignado contra mi presunción tan arrogante, Se puso en vuestros ojos, regalado, blando, lleno de tierna cortesía, suave y dulcemente lastimado. Con esto mi firmeza y mi porfía rota, quedó vencida, y entregada a vuestra voluntad siempre la mía. Mostrasteis vos alegre, y agradada tanto del grave afán, que por vos siento, de rigor y desdén tan apartada; Que os di mi libertad, y el pensamiento ocupé solo en vos, y fue mi gloria merecer en virtud de mi tormento. Ahora, que soberbia en la victoria vos descubrís, a mi pasión esquiva, a mi nombre negáis vuestra memoria. En vuestro pecho no sufrís que viva de tanto amor una pequeña parte, sin deslazar mi ánima cativa. Este es el mal, que me deshace y parte el corazón mezquino, y con crudeza a mil varios peligros lo reparte. Si ofende al valor vuestro y su grandeza, que ose tanto fiar de mi cuidado; que adore mi humildad vuestra belleza, No merezco por ello ser culpado; porque conozco bien, cuan poco alcanza al cielo alto mi vuelo desmayado. Pero vos alentasteis mi esperanza, y vuestra luz me dio merecimiento, para abrazar tan alta confianza. La honra de mi noble pensamiento, mi fe y amor, a sola vos debido, son dignos de más grato acogimiento. Memorias tristes de mi bien perdido me siguen siempre, y me molestan tanto; que deseo acaballas en olvido. Deshecho todo en miserable llanto, hago testigos este prado y fuente del mal, que sufro ausente en mustio canto. Solo un cuidado tengo, que contente el corazón cuitado en tanta pena; que descanso ninguno me consiente, Y es, que al fin quedo en esta suerte ajena alegre de haber muerto a vuestra mano, antes que despedace esta cadena. Mas yo qué digo? a quién me quejo en vano? a un bello rostro y corazón de fiera, tierno en vista y en obras inhumano. Mejor será, que antes que yo muera en este error, huya mi suerte dura, y, lo que la Razón me ofrece, quiera. Esta Luz soberana y hermosura, que tanto hacer pueden en mi daño, se cubran para mí de sombra oscura. Otra extraña región y cielo extraño me conviene buscar; porque perezca en la ausencia la causa de mi engaño. Do nunca a la memoria se me ofrezca el dulce nombre, iré, y a do conmigo siempre ocasión de justo desdén crezca. Mas qué valdrá? que nunca mi enemigo se aparta de mi pecho, y me presenta mi pura Estrella en mi favor consigo. A vos, mi Bien, así jamás consienta el cielo, que la luz de esa belleza del tiempo la común ofensa sienta; Pido, que no sufráis, que mi firmeza acabe; sin que sea agradecida, conforme al merecer de esa grandeza. Por ventura será cosa debida a vuestro gran valor, ser vos llamada ingrata, desleal, desconocida? La dulce Venus, madre regalada del tierno Amor, estaba lastimosa, y en fatiga contina congojada; Porque su hijo, cuya poderosa diestra rinde herido y humillado, cuanto cerca del Sol la luz fogosa; Aunque bello, y en ella figurado, cual parto de su inmensa hermosura, divinamente puro y acabado; No crecía en grandeza y compostura igual a la belleza, y que vivía mucho tiempo sujeto a tal ventura; Doliéndose del daño, no sabía, qué remedio tuviese una extrañeza, nunca vista jamás hasta aquel día. Al fin del triste caso la graveza la llevó a consultar por más seguro de las secretas cosas la certeza. Temis, que revelaba lo futuro, viendo su confusión, le dice; olvida Venus este temor del hado oscuro. Este tu Amor en esa edad florida si no crece, aunque solo es engendrado, es por oculta causa y ascondida. Solo puede nacer y ser criado, y no crecer. si quieres tú, que crezca; pare otro hijo, Contramor llamado; Con tal suerte, que el uno favorezca mirando al otro hermano en crecimiento, cobrando cuerpo; que al igual florezca. Pero si uno falta, a un movimiento ambos han de acabar forzosamente, y este es decreto de infalible asiento. Volvió Venus alegre, y juntamente a los regalos del amado Marte, y, cuanto dijo Temis, vio presente. Amor luego creció, mirando a parte a su hermano, y de sí con gran porfía el uno a otro daba mejor parte. El uno y otro en igualdad crecía, hermoso en la figura y la grandeza; que a Citerea admiración ponía. Señora, si al amor, que a vuestra alteza tengo, fallece amor, agradecido en parte alguna a mi mayor firmeza; No digo; que por mí será perdido; que mi fe tal error nunca ha pensado, mas es Amor tan tierno y tan sentido; que temo, que se acabe mal mi grado. SONETO XXXV. Versión de B Por un camino solo, al Sol abierto, de espinas y de abrojos mal sembrado, el tardo paso muevo, y voy cansado a do cierra la vuelta el mar incierto. Silencio triste habita este desierto; y el mal, que hay, conviene ser callado. cuando pienso acaballo, acrecentado veo el camino, y mi trabajo cierto. A un lado levantan su grandeza los riscos juntos, con el cielo iguales, al otro cae un gran despeñadero. No sé a quién tuerza el curso en mi estrecheza, que me libre de Amor, y de estos males; pues remedio sin vos, mi Luz, no espero. SONETO XLII. Versión de F Aura templada y fresca de Occidente, que con el tierno soplo y blando frio halagas el ardor del pecho mío, qué espíritu te mueve agora ardiente? Ni Euro espira, ni el Austro vehemente en el rigor más grave del estío ; y tú abrasas el verde prado y río, cual al suelo Africano el Sol caliente. Sin duda te encendiste en mi Luz bella, y no entendiendo el bien de tu ventura, abrazas a las ondas y las flores. Cesa Aura, no me enciendas más, que en ella ardo siempre, y me abraso en llama pura. ah no des al campo, al río tus favores. 230. SONETO XXXI. Versión de B Yo vi, a mi dulce Lumbre que esparcía sus crespas ondas de oro al manso viento, y con tierno y suave movimiento, mi duro corazón enternecía; Mi rustiqueza, y torpe rebeldía, perdió, vencida, el obstinado intento; y en blando y regalado sentimiento, trocó mi alma la aspereza mía. Nunca me vi más preso ni rendido, y nunca vi en mi Luz mayor dureza; ni más recio desdén; ni largo olvido. A término tan grave, y estrecheza Casas, mi triste suerte me ha traído; que temo de mi Lumbre la belleza. 272. ELEGIA VI. Versión de las Anotaciones En tanto que, Malara, el fiero Marte, y el no vencido pecho del Tebano ensalzas, por do el Sol su luz reparte; Yo, siguiendo el error de Amor tirano, vivo en usadas quejas y lamento, y, crezco en mi dolor, temiendo en vano. Doy culpa a la ocasión de mi tormento; que no pueda ablandar de su dureza la fuerza y el rigor del mal, que siento. No encarezco del daño la grandeza; que no soy en mi llanto ambicioso, ni procuro alabanza en mi tristeza. Sirvo más al dolor impetuoso, y a la infelice suerte de mi estado; que al deseo de nombre ingenioso. Esto es último fin de mi cuidado, en esto espero merecer la gloria, igualmente penoso y engañado. Solo es el bien, que busco, y la victoria, agradar a mi Luz, y que mi canto haga de mis trabajos la memoria. Entre suspiros dieron y entre llanto la edad florida; el pensamiento incierto ley a los versos míseros, que canto. Rendida juventud mi estrago cierto dudando lea, y quien en lazo eterno, cual yo, espera acabar, de bien desierto. Que alguno, que tuviere pecho tierno, celebrará en mis penas la firmeza, y culpará el furor del mal interno. En mi Luz admirando la belleza; el rico cerco de oro y dulces ojos; no alabará el desdén y su tibieza. Hallará de amor triste los despojos; oscura piedad; poca alegría; claro el dolor, y muchos los enojos. Y alguna, a quien la indigna suerte mía, y su no cierta fe inclinar apena puede, dirá llorosa en su agonía; Si Amor, que a sus crudezas me condena, tanto bien me hiciera; que estrechara a mí y a ti en su yugo una cadena; Ni yo de amante ingrato me quejara, ni tú de mi dureza; que antes diera debido y justo premio a fe tan rara. Mas tú, si amor con flecha y diestra fiera te hiere el pecho, dignamente airado, de verte altivo de su imperio fuera; A Alcides dejarás desamparado, y será aquel soberbio y alto canto en cuitoso y humilde trasformado. Cubrirá del olvido el negro manto sus hechos, y tendrán fiel membranza tus cuidosos afanes y tu llanto. Otra más grave lástima y mudanza te ofrecerá el dolor terrible; cuando faltare a tus fatigas la esperanza. Codiciarás en vano el verso blando; que mitigue suave aquella saña; que te aflige ya mísero llorando. Verás entonces bien, que Amor se extraña de administrar el canto piadoso; que en deleitoso ardor a la alma engaña. Estimarás entonces congojoso la lira; que cantar mis males usa, y el verso, antes caído y lagrimoso. Y al duro son del hierro y voz confusa del Marcial estruendo preferida será por ti mi tierna y simple Musa. Y no podrás callar en tu crecida desdicha y ansia; tu amoroso pecho ardió siempre en su llama esclarecida. No te pese, que tenga Amor deshecho tu preso corazón en dulce fuego; y que esté de tu agravio satisfecho. Si te da de su gloria parte luego; si consagra tu canto; si vencido de él yace el vencedor Olvido ciego. Por ti será su cetro conocido de los purpúreos fines de Oriente, hasta el lecho de céfiro escondido. Y de la fría Cinta el cerco ardiente irá perpetuo el nombre glorioso, mientras encendiere en Ida el Sol la frente. El verso dulcemente generoso tendrá sublime honor y soberano del terso y culto Laso y amoroso. Tal a su bella Laura el gran Toscano cantó con alta, insigne y noble lira; guiando el Niño Rey su diestra mano. Y de su Delia tal gemir la ira se vio el Romano amante en voz quejosa, y por la ausente Némesis suspira. Será eterna la llama milagrosa de aquel, que ciñe Febo el verde Lauro, y enciende Amor con fuerza poderosa; Que, do en Genil se mezcla el breve Dauro, ardiendo osadamente en furia pía, suena en el seno Arabio y Ponto Mauro. Vivirá de Vandalio la porfía; la aquejada pasión y el puro canto; que murmurando Betis hondo oía. Y tú también harás con tierno llanto de tu afanada pena honrosa historia; que te dará este premio el furor santo. Yo, que esperé mendigo un tiempo gloria, loando de mi Luz la hermosura; temo, que no merezco esta victoria. Porque ausente el rigor de mi ventura de toda mi esperanza y bien me tiene; y siempre aguardo nueva desventura al dolor; que penando me sostiene.