SONETO II Luz, en cuyo esplendor el alto coro con vibrante fulgor está apurado; de dulces rayos bello ardor sagrado; do enriqueció Eufrosina su tesoro; Ondoso cerco; que purpura el oro, de esmeraldas y perlas esmaltado; y en sortijas lucientes encrespado, a quien me inclino humilde, alegre adoro; Cuello apuesto; serena y blanca frente; gloria de Amor, gentil semblante y mano; que desmaya la rosa y nieve pura, Es esta, por quien fuerzo al mal presente; que pruebe su furor; y siempre en vano aventajar intento mi ventura. SONETO IV Oh, fuera yo el Olimpo, que con vuelo de eterna luz girando resplandece; cuando mengua Timbreo, y Cintia crece, en el medroso horror del negro velo; En lo mejor del noble, Hesperio suelo; que cerca y baña el Betis y enriquece, viera la alma Belleza; que florece, y esparce lumbre y puro ardor del cielo; Y, en su candor clarísimo encendido, volviera todo en llama, como espira en fuego, cuanto asciende a la alta etra. Tal vigor en sus rayos escondido yace; que si con fuerza alguno mira en ella, con más fuerza en él penetra. SONETO V Amor, que me vio libre y no ofendido, torció, de mil despojos ricos llena en lazos de oro y perlas la cadena; y en nieve escondió y púrpura atrevido. Con la flor de las luces yo perdido, llegué, y apresuré mi eterna pena. tiembla el pecho fiel, y me condena. huyo, doy en la red, caigo rendido. La culpa de mis daños no merezco; que fue el nudo hermoso, y de mi grado no una vez le entregara la victoria. Cuanto sufro en mis cuitas y padezco, hallo en bien de mis yerros engañado; y del engaño salgo a mayor gloria. SONETO VII Vuela y cerca la lumbre, y no reposa, y huye, y vuelve a su beldad rendida, figura simple suya; y encendida siente; que fue a su muerte presurosa. Mas yo alegre en mi luz maravillosa a consagrar osando voy mi vida; que espera, de su bello ardor vencida, o perderse, o cobrarse venturosa. Amor, que en mi engrandece su memoria; entibia mi esperanza en lento engaño, y en llama ingrata ufano me consumo. Cuidé (tal fue mi mal!) ganar la gloria del bien, que vi, y al fin hallo en mi daño; que solo de mi incendio resta el humo. ELEGIA I Un divino esplendor de la belleza, pasando dulcemente por mis ojos, mi afán cuitoso causa y mi tristeza. Peno, pero el valor de mis enojos agradezco a mi llama, por quien amo dolor; que da a mi Estrella mis despojos. Nuevo amador en nuevo ardor me inflamo; y me renuevo en su vigor, y espero aquel bien; que suspiro ausente y llamo. Primero es este mal, será postrero; que no podrá sufrir el tierno pecho o mayor otro fuego, o menos fiero. Si Amor, do el hielo en el Rifeo lecho cobra rigor eterno, me llevara, se viera de mi incendio al fin deshecho. Cuido, que el frío Ponto no engendrara veneno más terrible que su vista; ni que más algún rayo penetrara. Mas que fuera, si acaso y cerca vista tal vez de mí; y gozara yo rendido el precio de abrasar me en tal conquista? Cuantas flechas desarma en mi herido corazón el Tirano; tanta gloria atiendo, de mis males ofendido. No me dará el cruel por más victoria, que las cuitas me acaben; que padezco, negando tanta estima a mi memoria. Bien sé, que con mi pena no merezco honrarme; y el sentido devanea, osado en la pasión, a que me ofrezco. Diome el impío sus ojos, con que vea mi sola perdición, mas mi ventura esta mi perdición por bien desea. El valor; la grandeza y hermosura me esfuerzan al peligro; y me sustenta en medio del dolor mi Lumbre pura. El áspero trabajo, que me afrenta en descanso se vuelve; y, si la miro, el daño más molesto me contenta. Si sale de su pecho algún suspiro; quedo ingrato a mis males; y deseo, y debo la razón, por que suspiro. Corto en la mucha gloria; que poseo, por mi excelso y felice pensamiento, hallo el humano nombre al bien, que veo. Y más temo en la envidia del tormento, el que me excusa y roba este inhumano; que cuanto mal me causa, y cuanto siento. No toca el puro fuego y soberano a quien no muere amando, a quien perdido no se deja llevar de ajena mano. Dichoso yo, que aventuré atrevido la amada libertad; en que vivía, y, me gané venciendo, de vencido. Lánceme el caso vario, donde enfría Arturo, y la desnuda tierra en cielo nevoso hiela, o Febo do porfía. De África el seco rostro con el vuelo abrasado, y feroz con hacha ardiente recocer y teñir de oscuro velo; Que en la impresión, o rígida, o caliente, alentará mi pecho desmayado con suave beldad mi Luz presente. Quien el deleite sabe regalado del triste; y el placer, que encubre y tiene el tierno corazón en su cuidado, Solo puede entender, cuan bien me aviene en mi dulce pesar; y la holganza; que en mi pena a mi espíritu proviene. No puedo de mi afán hacer mudanza; que Amor no me consiente, que descanse del dolor; que sostiene mi esperanza, antes quiere; que en el muriendo canse. SONETO IX Pues de mi bello Sol el rayo ardiente mi débil vista ofende en claro día; y tarde la suave llama envía al pecho; que su aliento apenas siente; Vea yo en blanca Luna su fulgente esplendor; que dé fuerza a la alma mía, no por mi daño incierta siempre y fría, mas con florida luz y ardor presente. Que la celeste hacha será oscura, y la nocturna sombra luminosa; y podrá gloriarse en mis despojos. Y, sin cobrar temor a mi ventura, veré (o gran bien) mi Delia piadosa volver, cual a Endimión, los tiernos ojos. SONETO X Lento y pesado Olvido, que del daño eres, que más me aqueja, mayor parte; si a mi memoria ocupas esta parte; que siempre me recuerda el desengaño, Y ajeno del Amor y de su engaño respiro, y mi dolor de mí se parte; prometo agradecido celebrarte en la misma sazón del día y año. De suerte; que a tu nombre igual no sea Nemósina; y se humille el claro asiento, y a la umbrosa región rinda tu gloria. Si no, desierto Olvido, yo te vea padecer olvidado con tormento, y eterna de tus males la memoria. SONETO XI Bellas Flechas de la alma; ardiente llama; do afina y avalora sus despojos; LAZOS purpúreos; lúcidos Manojos; en cuyo cerco amor mi espíritu inflama; Volved la luz serena a quien vos llama, crespas Hebras floridas; dulces Ojos; que los nudos bien siente y los abrojos, quien pena, y su mal sufre y por vos ama. En solo un corazón tentad el fuego, y el arco; que, aunque solo, su firmeza el precio del mayor amante encierra. Que gastará la aljaba el Niño ciego, y los rayos; que enciende esa belleza, primero que desmaye en tanta guerra. SONETO XII Yacía sin memoria entorpecido, con fría sangre el corazón helado, Amor hizo; que escriba en mi cuidado; cosas; que me enajenen del olvido. Vi una Luz bella, en ella vi encendido; que el rigor corrió en llamas desatado; y, todo en ardor vivo transformado, espero ver el tiempo al fin vencido. Levanto ya el cuidado y pensamiento. quieren Amor y Honor; que ensalce el vuelo de más noble osadía, que Perseo. Trabajo dulce, amado sufrimiento, que sin pavor podéis llevarme al cielo; acompañad eternos mi deseo. SONETO XIII Do el suelo hórrido el Albis frío baña al Sajón; que oprimió con muerta gente; y rebosó espumoso su corriente en la esparcida sangre de Alemaña; Al celo del excelso Rey de España, al seguro consejo y pecho ardiente inclina el duro orgullo de su frente medroso y su pujanza a tal hazaña. La desleal cerviz cayó; que pudo sus ondas con semblante sobrar fiero; y sus bosques romper con osadía. Marte vio, y dijo; y sacudió el escudo; oh gran Emperador, gran Caballero, cuánto debo a tu esfuerzo en este día! SONETO XVII Las hebras, que cogía en lazos de oro con arte vuestra blanca y tierna mano, miraba; y el semblante altivo y llano; y la florida luz; que amando adoro. Creía, en vos del sacro, excelso coro que el esplendor se unía soberano; porque en sombra, aunque bella, y traje humano no vio tal bien el orbe y tal tesoro. Cuando rompistes leda el dulce espanto; que de vos parte ausente y solo apena, preguntando; qué fuerza me arrebata? Yo, que temo partir me, suelto en llanto, digo; pienso, que a muerte me condena del cruel vuestro amor la saña ingrata. SONETO XIX Crece y alienta fiero en el Nemeo León, e imprime su furor presente; y en el orbe terrestre esfuerza ardiente las llamas el dañoso Hiperioneo. Y cuando Amor, ingrato a mi deseo, descubre en su León mas inclemente los rayos; acabar indignamente mi estéril esperanza triste veo. Abrasa el corazón, do nunca el frío tuvo lugar. ay oh dolor penoso, a quien otro es ninguno semejante. No puede amortiguar el llanto mío este incendio; que el Betis espumoso, ni todo el grande Océano es bastante. SONETO XXI De bosque en bosque, de uno en otro llano solo en medroso horror y en sombra oscura voy suspirando ausente, y la Luz pura busco; que me encubrió el Amor tirano. Corto el río, y traspaso el monte en vano; que no se debe más a mi ventura. el bien, que la esperanza me procura, huye, y se me desliza de la mano. En este duro estrecho me lamento; porque sea mi daño manifiesto, y alguno se conduela en mi cuidado. No conhorta al fin esto mi tormento; que tanto mi dolor es más molesto, cuanto de ajeno pecho más llorado. SONETO XXIII Del fiero Marte el canto numeroso, y de la selva olvido y verde prado la avena; porque vuelvo al fin, cuitado, en gloria de quien turba mi reposo. De aquel cruel, que fuerte y poderoso terror de hombres y Dioses y cuidado, me forzó a tolerar el mal de grado, y en mi pasión me agrada estar lloroso. El silencio; el semblante descontento; y el confuso gemido es muestra abierta de mi penoso y luengo desvarío. No me duele, aunque inmenso, mi tormento. duéleme; que mi pena, a todos cierta, no conozca, quien causa el error mío. SONETO XXIIX El bravo fuego sobre el alto muro del soberbio Ilión crecía airado; y todo por mil partes derramado se envolvía confuso en humo oscuro Caía, traspasado por el duro hierro; y ardía en llamas abrasado; y se rendía al ímpetu del hado del Frige osado el corazón seguro. Solo el Rey de Asia, muerto en la ribera, grande tronco (ay cruel dolor) yacía; y su cuerpo bañaba el Ponto ciego. Oh fuerza oculta de la suerte fiera, que cuando Troya en fuego perecía; falte a Príamo tierra, y falte fuego. SONETO XXIX Acabe ya el lamento grande mío, con quien inundo, Betis, tu corriente; que mi dolor acerbo no consiente perpetuo estado a tanto desvarío. Este fuego, en quien ardo, gaste el frío; rompa este yugo estrecho ya mi frente; y Amor en sus rendidos no me cuente; que de él, a luengo paso, me desvío. No me tendrá en confuso error su olvido, su desdén, su rigor, y su tormento; que tanto se cansaron en mi pena. Mas yo qué digo, ausente y ofendido, si el impío ofrece siempre al pensamiento de mi astro fatal la luz serena? SONETO XXXIV Las hebras de oro puro, que la frente cercan en ricas vueltas, do el tirano Señor teje los lazos con su mano, y arde en la dulce luz resplandeciente; Cuando el invierno frío se presente, vencedor de las flores del verano, el purpúreo color tornando vano, en plata volverán su lustre ardiente. Y no por eso Amor mudará el puesto; que el valor lo asegura y cortesía; el ingenio y de la alma la nobleza. Es mi cadena y fuego el pecho honesto, y virtud generosa, Lumbre mía; de vuestra eterna, angélica belleza. SONETO XXXV Si a mi triste memoria en hondo olvido desierta sepultase sombra oscura; jamás yo ausente en mísera figura lamentaría el daño no debido. Mas presente la llevo, y voy perdido, por cierto error, a estrecha desventura; y es muerte fiera el, ya de mi ventura, rico despojo; al corazón caído. De mi gloria me acuerdo para pena; del mal para dolor; y nunca veo o pienso cosa ajena de mi engaño. Pobre de bien mi suerte, y de afán llena, fue; y aunque no, bastara mi deseo; para no dar lugar al desengaño. SONETO XXXVI Del peligro del mar, del hierro abierto, que vibró el fiero Cimbro; y espantado huyó la airada voz; salió cansado de la infelice Birsa Mario al puerto. Viendo el estéril campo, y el desierto, sitio de aquel lugar infortunado; lloró con él su mal ; y lastimado rompió así en son triste el aire incierto. En tus ruinas míseras contemplo, oh destruido muro, cuanto el cielo trueca; y de nuestra suerte el grande estrago. Cual más terrible caso, cual ejemplo, mayor habrá, si puede ser consuelo, a Mario en su dolor el de Cartago? SONETO XXXIX Del mar las ondas quebrantarse, vía en las desnudas peñas, desde el puerto; y en conflicto las naves, que el desierto Bóreas, bramando con furor, batía. Cuando, gozoso de la suerte mía, aunque afligido del naufragio cierto, dije; no cortará del Ponto incierto jamás mi nave la temida vía. Mas ay triste! que apenas se presenta, de mi fingido bien una esperanza, cuando las velas tiendo sin recelo; Vuelo cual rayo, y súbita tormenta me niega la salud, y la bonanza; y en negra sombra cubre todo el cielo. SONETO XLII Desea descansar de tanta pena, conociendo ya tarde el desengaño, mi alma, hecha a su dolor extraño; y del perdido tiempo se condena. Ve su triste esperanza de ansias llena; poco bien; mucho mal; perpetuo daño; y las glorias debidas, cierto engaño; que él su dulce tirano al fin ordena. Siente sus fuerzas flacas y sin brío, y su deseo vano y peligroso; y medrosa levanta apena el vuelo. Amor, porque no crezca en ella el frío, el fuego aviva, do arde; y sin reposo busca y gime, hallando luz del cielo. SONETO XLIII El suave color, que dulcemente espira, el tierno ardor de rosa pura; la viva luz de eterna hermosura; el sereno candor y alegre frente; El semblante, do yace Amor presente; la mano; que a la nieve de blancura orna; pueden volver la noche oscura en día y claridad resplandeciente. En vos el Sol se ilustra, y se colora el blanco cerco; y ledas las estrellas fulguran; y las puntas de Diana. Tal vos contemplo; que la roja Aurora, y de Venus la lumbre soberana, en vuestra faz ardiendo son más bellas. SONETO XLIV Alzo el cansado paso, y a la cumbre, sufriendo encima esta pesada carga, pruebo llegar; mas la distancia larga me ofende, y más la grave pesadumbre. Bien que me esfuerza una pequeña lumbre; que veo lejos, pero no descarga esto mi afán penoso; antes alarga de mi prolijo error la incertidumbre; Con el peso abrazado desfallezco; que mi obstinada afrenta no consiente, que desampare ya esta empresa mía. Luchando con el mal pruebo, y me ofrezco al peligro; esperando ver presente alegre en tantos tristes algún día. SONETO XLV El fuego, que en mi alma se alimenta, y consume al estéril duro frío, da vida al, casi muerto, pecho mío; y en virtud de sus llamas me sustenta. Justo es, que muera y viva en él, y sienta la gloria de mi dulce desvarío; porque de mis trabajos yo confío la esperanza del premio, en quien me alienta. Como en inmenso frío junta espira inmensa oscuridad, cuya tristeza ocupa el corazón con grave pena; Así con el excelso ardor conspira excelsa luz; que deja en su belleza mi alma de alegría y de bien llena. SONETO XLVI De vos ausente ocupo en llanto el día, y la noche me acoge en mi lamento; y, para más dolor, conmigo cuento mi breve bien perdido y alegría. Vuestro duro rigor ya bien debería enternecerse de mi sentimiento; y descubrirme tanto apartamiento un rayo solo de la Lumbre mía. Pero si vos queréis con este olvido alentar la pasión, que me maltrata; lo hecho sobra ya para venganza. Mas, aunque en soledad y aborrecido, no podréis; aunque más podáis, ingrata, que yo no os ame; ajeno de esperanza. SONETO XLIIX Pues la flor, do crecía mi esperanza, quemó duro rigor de ingrato hielo; y a mi ardiente deseo negó el cielo de fortuna mejor más confianza; Do el Sol con tibio rayo tarde alcanza, y luenga sombra ofende el mustio suelo; daré ausente, olvidado, sin consuelo; a mi injusta osadía igual venganza. Mas no sufre la fuerza, que padezco, tan corta paga, en tanto atrevimiento; que en la ausencia el dolor es menos fiero. Llego ya a estrecho tal, que no merezco, alabanza, ni culpa en mi tormento; tanto es grande mi mal que desespero. SONETO L El trabajo de Fidia ingenioso que a Júpiter Olimpo dio la gloria; fue soberbio despojo de victoria al Tiempo, en nuestra injuria presuroso; Pero al valor de Aquiles animoso el siempre insigne Homero alzó la historia; y dio a la Fama eterna su memoria, con alta voz del canto generoso. Yo, que mal puedo ser en honra vuestra nuevo Homero; consagro, Luz de España, de mis incultos versos la armonía. Mas si me mira Calíope diestra, valdrá (si mi deseo no me engaña) más que Fidia mortal la Musa mía. SONETO LI Triste esperanza, incierta, en blando pecho, por luengo tiempo inútil engendrada; que mi descanso y gloria aventurada en temor truecas vano, y en estrecho; Huye de mí; que sobra el daño hecho. sigue en otra ocasión mejor entrada; porque en vida tan mísera y cansada es toda tu porfía sin provecho. Si este lugar lloroso te contenta; busca mejor fortuna el pobre estado, y sosiego al furor del dolor mío. Que atendiendo el deseo me atormenta, y caído y sin fuerzas mi cuidado me estrecha el corazón con torpe frío. SONETO LII Razón es ya, que la cansada vida, tanto tiempo sujeta al Amor vano, huya el fiero poder de este tirano; y ya deslace mi cerviz caída. Perezca la esperanza aborrecida; el deseo abatido; y mi liviano intento; que mi bien ya está en mi mano, ya tengo mi fortuna conocida. Seguro podré ver de hoy más la suerte del mísero amador; el vil denuesto; el congojoso miedo; el celo frío. Que no podrá respeto de mi muerte hacer que mude el curso al fin propuesto; tal ejemplo es el grave dolor mío. SONETO LV Igual al Tebro, al Arno y al Metauro, superior al Tajo y Duero y Ebro; sagrado, Hispalio Río, a quien celebro, corre ufano al ondoso Ponto Mauro. Tu bello Mirto rinde al verde Lauro, y a las menores hojas del Enebro. cuanto es mayor el Lauro que el Enebro, tanto es al Mirto inferior el Lauro. Solo falta, conforme a tu alta gloria, lugar en el luciente y firme cielo con el nombre de Erídano trocado. Mas ya que se te niegue esta victoria; serás en el dichoso, Hesperio suelo, cual Heliconio Olmeo, venerado. SONETO LVI La viva llama dais y luz ardiente del rosado esplendor y faz serena; la gracia y risa tierna, de amor llena, a Venus bella, a Faetón luciente; Al cielo el, que vos dio, valor presente; la suave armonía; que resuena en vuestra dulce boca, a su Sirena; el olor; perlas y oro al Oriente; La mano y color lúcido a la Aurora; las flechas al Amor; que en mi herido pecho gasta cruel con ardor ciego. A mí triste vos place dar, Señora, solo esquivo desdén, ingrato olvido; que en vuestro hielo enciénden me impío fuego. SONETO LIIX La muerte pido, un corazón amante vos me entregáis; y me dejáis ausente de las bellas lazadas de oro ardiente; y del sereno y celestial semblante. Porque no temo pues el mal instante; aunque sus rayos Marte ya clemente contraiga; si el dolor, que está presente, cansa el pecho en sus lástimas constante? Este afán no esperado, esta partida, el errante furor enciende fiero; no el trabajo cruel de enferma suerte. Tal me hallo en la ausencia aborrecida; que el dado corazón fue triste agüero al duro cierto riesgo de la muerte. CANCION II Algún tiempo esperé de aquellos ojos gozar la dulce luz; que tiernamente se mostraba a mi llanto piadosa; del Sol cuando Diana estuvo ausente, y no le desplacieron mis enojos. ahora, que esta sombra tenebrosa se entrepone a mi Lumbre venturosa, su esplendor me fallece en el desierto, cercado de terror y niebla oscura; y crece el mal, y el daño se apresura. procuro salir del con paso incierto, y doy en la espesura; donde todo me estorba, y la esperanza desmaya con dolor de la mudanza, cualquier fulgor presente a la memoria vuelve de mi perdido bien la gloria. Fue en mi luengo camino cierta guía mi Luz, y mi cuidado embebecido adestraba por ella el pensamiento. ahora (ay triste) ausente y ofendido, en soledad confusa y agonía la veo oscurecida sin aliento. culpa de quien me causa tal tormento. cuando en la asperidad del bosque espeso me enselvo mas, la claridad se aparta, y de su ajena gloria a la alma aparta. temo otro nuevo error en mi progreso. de este agravio no harta la Fortuna, un nubloso cerco opone; que pluvioso el bien me descompone, y mi Estrella arrebata de los ojos. yo ciego voy por ásperos abrojos. Ya subo apenas, y nunca descansando, por yertos riscos, pasos despeñados, ya en hondos valles bajo con presteza, lugares de las fieras no tratados, el pensamiento en ellos variando. un frío horror y súbita tristeza roba el vigor, y engendra la flaqueza. cualquier soplo de viento, que resuena entre árboles desnudos quebrantado, aqueja la esperanza y el cuidado; que piensa ser la causa de su pena. pero luego engañado hallo el cuidado y la esperanza vana; que, como sombra, se me va liviana. mas luego en la memoria Amor despierta, para cobrar su bien, la gloria muerta. Salgo de esta aspereza a un verde llano, de flores y de violas vestido, y de mi Luz el claro lampo veo. la belleza, el olor lleva el sentido, y el sereno esplendor y soberano. contemplo en su vigor, cuanto deseo, y es el Amor semblante a mi deseo. el pecho abierto admite el blando fuego, y pruebo en la dulzura de este hecho, que no arde con viva fuerza el pecho. todo mi gran placer se turba luego, al principio deshecho. admírame la culpa; que no es mía, y procuro encenderme con porfía, y tanto lo procuro por mi daño; que me abraso y consumo en este engaño. Cuando oso descubrir el mal, que siento, hallo tanta tibieza el bien, que espero; que desconfío luego de mi gloria. y vuelvo al llanto y al dolor primero, desesperado de mi pensamiento, viendo muerta en mis bienes la memoria. olvido el dulce tiempo y dulce historia de mi leda fortuna y aplacible. veo mi malandanza estar presente, y el remedio; que aguardo, siempre ausente. torno a la oscuridad; que más terrible es la luz al doliente. y estoy en soledad con luengo llanto, do suena solo y gime el triste canto. y no espero volver al bien pasado, ni fin al vano error de mi cuidado. SESTINA III Por este umbroso bosque y verde selva con mi prolija pena ofendo el día; y, cuando cerca a Febo ciega noche, renuevo mis gemidos en el llanto; y acreciento las ondas a este río, ausente de los rayos de mi Lumbre. Tal vez pienso cuidoso, que mi Lumbre hiere con el sereno ardor la selva; y cansa de mis lágrimas el río. más cuando se me aparta y huye el día, desierto me resuelvo todo en llanto; y a mis ojos deseo eterna noche. Si en el silencio oscuro de la noche riela por el cielo alguna lumbre, luego, la que fue causa de mi llanto, me parece presente en esta selva; y hace esclarecer un nuevo día, y alegra el mustio bosque y hondo río. Testigo de mi gloria ha sido el río; que engañado me vio en profunda noche, hasta que apareció rosado el día, y allí representándose mi Lumbre; que enriquece la fría, estéril selva, así dije tal vez, cesando el llanto; Mi Sol, si a compasión vos mueve el llanto; que produce de lágrimas un río; sufrid, que rompa yo esta espesa selva; y vaya envuelto siempre en dulce noche, para encender mi pecho en vuestra lumbre, pues me es niebla sin vos el claro día. Oh que seguro bien tendré en el día, que enjuguéis de estos ojos vos el llanto; y enviéis a mi alma aquella lumbre; que consume en su fuego el tardo río; que no verán mis ojos triste noche, y será alegre el tiempo en esta selva. La selva alcanzará un perpetuo día, y estancará del llanto el grande río en la noche; en quien viere yo mi Lumbre. SONETO LIX Después que en mí tentaron su crudeza de Amor y vos las flechas y los ojos; di honra al uno, al otro los despojos, y sufrí saña de ambos y aspereza. El fuego, que encendió vuestra belleza, hizo dulces y alegres mis enojos; y suave entre espinas y entre abrojos el dolor; que causaba mi tristeza. Tuve esperanza incierta de mi ufana muerte, viendo el valor de mi tormento; y confié este error de mi osadía. Mas ay, que tanta gloria suerte humana no alcanza; y no se debe al mal, que siento, el bien, que me negáis, Estrella mía. SONETO LX Quién debe, sino yo, acabar el llanto? que, de mis esperanzas derribado me veo en tal miseria, y apartado de aquella Luz; que ausente alabo y canto. Mi alma no soporta pesar tanto, y el nudo, que la estrecha, desatado, ligera irá con vuelo acelerado, sin descansar siguiendo su ardor santo. Si esta indigna corteza la retarda; y lenta engaña el gozo de su gloria, corta, Amor, corta presto el flaco aliento. Que solo el bien, que en mi dolor me guarda, por la vida, que pierdo, tal victoria dará; que en precio exceda a mi tormento. SONETO LXI Aquí, donde florece la belleza, en cuyo dulce fuego el Amor prueba su flecha; y mil trofeos nobles lleva, vi de mi Luz serena la pureza. Mi bien, que fue, el valor y su grandeza en mi memoria mísera renueva; y, entre pasado afán y cuita nueva, no espero algún remedio a mi tristeza. De mi gloria oh dichoso, antiguo puesto, cuán desigual semblante en ti contemplo! cuán gran mudanza aflige la alma mía! Oscuro el día, y siempre el Sol molesto te hiera; y seas de mí mal ejemplo, hasta que en ti renazca mi alegría. SONETO LXII Mientras Amor vos entrega los despojos de quien suspira tierna, y cuida, y ama; yo en vano ausente ardo en tibia llama, viendo trocar mis flores en abrojos. Vos en vuestro esplendor honráis los ojos; yo voy, a do mi ciego error me llama. vuestro Sol vos regala y vos inflama; yo en lenta pena enciendo mis enojos. Dichoso vos, que nunca o vuestra gloria fue de penosas ansias ofendida; o sentistes la fuerza del veneno. Mas yo jamás, mezquino, sin memoria, sin triste mal de amor pasé la vida; y del más corto bien fui siempre ajeno. SONETO LXIII Yo vi en sazón alegre un tierno pecho ufano dulcemente con mi pena; y que anudarnos pudo en su cadena el ya cortés Amor con lazo estrecho. Yo veo el bien, que tuve, ya deshecho, y mi segura fe, de cuitas llena; y que el ingrato en impío afán condena, a quien halla en su agravio satisfecho. Yo vi, que no fui indigno de la gloria; que en su rigor me usurpa la mudanza, y en sombra del olvido ya me veo. Entristéscome siempre en la memoria; desfallezco medroso en la esperanza, y al fin pierdo la vida en el deseo. SONETO LXV Si yo puedo vivir de vos ausente, fálteme siempre el bien, y ofenda el cielo; y al débil cuerpo mío en leve vuelo la alma, suelta del peso no sustente. Si puedo respirar sin el presente vigor de vuestra luz; el impío suelo, lleno de eterna sombra y desconsuelo, entre el perdido número me cuente. Si padezco doliente y apartado; si se enajena el bien; que en vos tenía, por qué no rompe el pecho esta mudanza? Si muero, do se pierde mi cuidado; a mis ojos Amor por qué no envía un solo rayo dulce de esperanza? SONETO LXVII Con triste voz, oh triste Musa, suena de estos excelsos Héroes la memoria; de quien recela el Hado la victoria, y las mustias exequias mustia ordena. Por que pueda cantar (si en tanta pena da lugar el dolor) la ingrata historia. esparce en tanto en honra suya y gloria el Jacinto, Amaranto y Azucena. Vos, no rendidas almas generosas, con desigual asedio y dura suerte, en la ribera Libia; que el mar baña, Al cielo id veneradas, id dichosas; que no osará negar soberbia Muerte; que sois eterna luz y prez de España. ESTANÇAS I Podrá fuerza cruel de airado cielo, y hacer suerte adversa de mi hado; que pise peregrino estéril suelo, o surque el ancho piélago apartado; y no que de la fe el seguro celo se mude, y dé lugar a otro cuidado; y entre agrado de la alma, o a despecho nueva llama de amor en este pecho. No es brío de lozano pensamiento, ni liviana promesa y mal cumplida, certeza firme sí de noble intento; que durará en el curso de mi vida. aunque ofendo al honor de mi tormento, declarando verdad tan conocida; pues basta ser la causa de mi pena la gran beldad de vuestra luz serena. La luz serena vuestra y beldad pura, que sola en vos eterna resplandece; el tierno acogimiento y la dulzura; do espira, y en mi alma el Amor crece, así me desvanecen la ventura; que se pierde en el bien, que no merece. porque es la mayor gloria, que se alcanza, padecer, en mi mal, sin esperanza. Tan encogido estuvo mi deseo; que aun del dolor no pretendió memoria, nunca se aventuró mi devaneo, y puse siempre en el temor mi gloria. amando me contento, y no deseo esto de vos, y pierdo esta victoria, si se puede decir; que la ha perdido, quien ama tan cortés y comedido. Volved la alegre Luz de vuestros ojos, y afijad en los míos su belleza; porque renueve en ella los despojos, y afine la alma de esta vil corteza. no querría más bien de mis enojos; que publicarse en toda la grandeza, que el cielo ve; que tuve sufrimiento igual a mi osadía y mi tormento. Después que ya no pudo estar cubierto el dolor, en que vivo de mí extraño; y Amor me hizo osado al descubierto, lo menos de mi afrenta fue y mi daño, lo mucho, que sabéis; que el riesgo cierto; que paso en mi temor y usado engaño, ni se puede decir; como se siente, ni sentirse de pecho diferente. Solo espero en dolor tan inhumano, que conozcáis; que sin algún reposo lo sufro, y estoy siempre más ufano, cuando en mi afán, me hallo más penoso. si mereciese yo de Amor tirano este bien, en mis lástimas dichoso, podría ya cuidar; que en vos no prende menos el vivo fuego, que me enciende. No cabe en la fortuna humilde mía tanto bien, sobra haber de vos oído; que no vos desagrada mi osadía, y place ver en este error perdido. el grande amor medroso desconfía, el pequeño contino es atrevido. quien ama poco, espere mucho, pero yo, que amo mucho, poco bien espero. SESTINA IV Dejo la más florida planta de oro, y lloro ausente y solo aquella Lumbre; que sigo, y siento el pecho arder en fuego. mas el estrecho lazo de la mano me alienta, y la dulzura de la boca; que puede regalar la intensa nieve. Yo recelé la fuerza de la nieve; cuando no pude ver el árbol de oro, y perdí las palabras de su boca. pero volvió al partir la alegre lumbre; y con el blanco hielo de la mano todo me destempló en ardiente fuego. Ardió conmigo junto en dulce fuego; y el rigor desató de fría nieve, y el corazón me puso de su mano en la mía; y tendió los ramos de oro, y, vibrando en mis ojos con su lumbre, ambrosía y néctar espiró en su boca. Si oyese el blando acento de su boca, y fuese de mi pecho al suyo el fuego; que procedió a mi alma de su lumbre, yo jamás temería ingrata nieve; y, cogiendo las tersas hojas de oro, crinaría mi frente con su mano. Mas ya me hallo lejos de la mano; y no escucho el sonido de su boca; ni veo la raíz luciente de oro; y no me abraso todo y vuelvo en fuego? pues crece siempre en mi dolor la nieve, y no ofenden mis lástimas mi Lumbre, Abre, dulce suave, clara Lumbre, las nieblas; y mitiga con tu mano mi sed; y la dureza de tu nieve desencoge y resuelve; pues tu boca fue la última causa de mi fuego, y contigo me enreda al tronco de oro. Yo espero ya Flor de oro y pura Lumbre tocar la tierna mano; y vuestra boca que deshiele en mi fuego vuestra nieve. ELEGIA VII La llama, que destruye el pecho mío; y consume cruel en fuego eterno, se alienta en el rigor de vuestro frío. Qué nieve, que engendró Sitonio invierno, basta contra su fuerza? qué dureza cerca ese corazón medroso y tierno? De mi encendido Etna la braveza no puede regalar el tardo hielo de vuestra blanda y áspera belleza. Aunque de la herviente Libia el cielo con intensos ardores abrasase, y siempre el rojo Sirio nuestro suelo; Y aunque las llamas todas exhalase de su ahumada cumbre Tifoeo, y con guerra al Olimpo fatigase; Con mi dolor, con mi denuesto creo, que no podrán romper el hielo vuestro, ni el incendio podrá de mi deseo. Favoreció al ardor el Amor diestro; que le dio vida luenga en mis entrañas, y fui yo mismo en mi pasión maestro. Aquí tienen principio sus hazañas en la tibieza vuestra y en mi llama con gloria en el suceso y pena extrañas. Hiélase en vos Amor, en mí se inflama, la pena que me dais, tengo por gloria. vuestro desdén me aparta, amor me llama. Gran valor y gran honra es la victoria de un vencido, y soberbios los despojos de un desdichado amante y sin memoria. Conocí yo el poder de vuestros ojos, rendíme , y sujeté mi libre cuello con aquejada cuita a mis enojos. Tejióme en bellos lazos el cabello; que excede al oro Arabio, la cadena; que el mal me causa, y fuerza a sostenello. La boca, en que el alado Niño suena con armonía alegre y risa honesta, el furor acrecienta de mi pena. Grave error, grave culpa mía es esta; pues admito recelo en mi tormento, y a mi osadía miedo vil molesta. Porque mi aventurado pensamiento halla bienes de amor, jamás pensados, y regalos de tierno sentimiento. Ay los favores casi a fuerza dados; la habla; la dulzura; y el consuelo; que dan tarde los ojos recatados. Trasportado me tienen en el cielo, y ledo en su memoria el bien contemplo; que igual no estrenó amante en mortal velo. Yo sé, que muero ya, y que soy ejemplo, aunque ofrecido al mal de mi cuidado, de venturoso amor en alto templo. Solo estoy de un afán desconhortado; que del fuego, que sufro, una centella no entra en vuestro corazón helado. Si Amor permite, que esa luz, mi bella llama, vibre sus rayos en mi vista, y que el ardor presente lleve en ella; sé, que no habrá tormento, que resista mi gloria, y cuido ufano, que el trofeo alzaré vencedor en mi conquista. Que la divina fuerza, que en vos veo, podría desatar la nieve fría, y el hielo envejecido del Rifeo. Gloriosa, serena Estrella mía, relucid en el fuego; que consiento, y dad nuevo vigor a mi osadía. Que a vuestra alteza ínclita presento mi dolor; mi cuidado; el daño cierto, y el blando y lastimoso sentimiento. Los suspiros fogosos, que yo vierto, darán fe de mis males, y admirada enterneced tal vez el pecho yerto. Sois vos mi Estrella sola venerada de la alma, que vos honra, con firmeza, aunque no agradecida, no mudada. Yo procuro hacer vuestra belleza perpetua, con osado y noble canto; que en el tiempo asegure su grandeza. Aliento me da Amor, con que levanto la voz, no inferior a eterna Fama; cubierto de purpúreo y rico manto. Y en el ardor dichoso de mi llama se deshará, quien viere el nombre escrito, el nombre; que en suave amor me inflama. Tendrá jamás el término prescrito; porque, como su inmensa hermosura y su valor, así será infinito. Cual vuela la paloma blanca y pura, tal en la gloria, que suspenso honoro, mi canto volará con voz segura. Luces bellas; Sortijas crespas de oro; Mano; en nieve y en púrpura teñida; dulce Boca; de Amor dulce tesoro; Gracia; Risa; Armonía nunca oída; Valor; Ingenio conceded la gloria a quien por vos de todo el bien se olvida. Que aunque se debe al cielo esta victoria mi fe es digna, que sola tal hazaña celebre, y alce en vuelo su memoria, por cuanto señorea y vence España. SONETO LXIIX De aquella ardiente Luz y ardor luciente, en quien los ojos abre el Amor ciego; centellas de suave y blando fuego vuelan con alas de oro dulcemente, Unas llegan al orbe, a do presente Venus estrellas puras forma luego; que lo ornan más, errando en bello fuego, que el Héspero hermoso al Occidente. Mas otras, descendiendo por mi suerte, para dar me valor, al tierno pecho, lo abrasan, condenado a eterna pena. Yo pido por envidia de mi muerte; que en este corazón, de amor deshecho, todas ponga mi alegre Luz serena. SONETO LXX Volved, suaves Ojos, la luz pura, si a esto da lugar vuestra grandeza; y templad mi dolor; que la dureza no cabe en vuestra inmensa hermosura. La soberbia y desdén harán oscura la mucha claridad de vuestra alteza. y, no es blasón de singular belleza, trocar en mal el bien de mi ventura. Después que Amor dejó, serenos Ojos, por vos el celeste orbe, el dulce puesto mejoró alegre en vos, y honró la tierra. Mirad, o no, mi cuita y mis enojos, (tal es mi noble afán!) yo estoy dispuesto, para morir ufano en esta guerra. SONETO LXXI El roto lazo había ya del muerto fuego alegre del cuello sacudido; mas fue en vano el reposo concedido, y recreció mayor el desconcierto. Amor a vuestros ojos trajo cierto el corazón; y en ellos defendido, allí encendió su flecha, allí herido vos entregué mi pecho, al hierro abierto. En la tibia ceniza resplandece de vuestra dulce luz centella ardiente, y su blando calor desata al frío. Oh cual venganza al justo Rey se ofrece! porque ya vuestro ardor mi pecho siente, y siente vuestro pecho el hielo mío. SONETO LXXII Amor, para qué vale el sufrimiento en un pecho enseñado a tanta gloria, si es, todo lo que guarda la memoria, causa de afán a la alma y de tormento? Porque no pierde triste el flaco aliento, quien perdió, y no en su culpa, la victoria; y de su dulce bien la alegre historia vio trocar en eterno sentimiento. Por qué se esfuerza en vano mi esperanza, y ajeno en luenga ausencia de mi suerte me sostiene en dolor y en llanto fiero? Harto es al que padece en tal mudanza, poder honrar su vida con la muerte; que lentamente llega al fin postrero. ELEGIA IIX El Sol del alto cerco descendía, y el paso lentamente apresuraba; y no expiraba la aura mansa y fría; Cuando, suspenso el curso, con que lava el sacro muro, honor de Hesperia fama, Betis la frente ovosa triste alzaba. No viendo la cruel, por quien derrama mil suspiros lloroso, en voz ajena dijo, ardiendo de amor en fiera llama. Adónde estás? escucha de mi pena la fuerza, que en tu ausencia reverdece; y a mayor mal me obliga y me condena. Ven, Ninfa, adonde el Ciclamor florece; que en la entrepuesta hiedra está sombrío; y do, al Timble igualando, el Pobo crece. Que todo, cuanto abraza este gran río, es mío, y será tuyo, si tú vienes. ven; oh ven Galatea al llanto mío. Qué tardas? por qué, ingrata, te detienes? no canses mi esperanza, que afligida penando en confusión y en miedo tienes. Una guirnalda guardo retejida de siempre ardientes rosas, blancas flores, y de violas blandas esparcida; Que enlazada en tu frente con olores, que cría el Oriente fortunado, encenderás los Sátiros de amores. Cubrirá de ostro Asirio un estimado y rico manto el cuerpo bello y puro, envidia de las Naides y cuidado. Consagraré a tu nombre un bosque oscuro, con empinados árboles tendido; que nunca ose cortar el hierro duro. Mas esto, Galatea, si rendido no ha tu altivo corazón, yo quiero prometer otro don mas escogido. Las torres, que el Tebano alzó primero, mira, a quien la cerúlea y alta frente y el curso inclina el mar de Atlante fiero; Do vibra la asta Marte; que caliente bañó en la sangre Maura, y, llena de ira, pone a la Aurora el yugo y Occidente; Donde valor, virtud el cielo inspira; la grandeza; el imperio glorioso; y felice fortuna siempre aspira. En estos dará Febo poderoso a sublimes espirtus noble aliento con industria y cuidado generoso. Habrá, quien cante humilde su tormento; quien belígero horror y aguda espada; y quien el dulce y rústico lamento. Que aunque tú de pastores celebrada seas en Aretusa y Mincio frío, y del lascivo Sulmonés cantada; Si atiendes a su alegre desvarío; te agradará, en mis brazos blanDa mente, su canto, que suspira el dolor mío. Ven pues, ven, Galatea; que el ardiente calor a estas mis ondas te convida, templadas con el Céfiro presente. Y en la secreta Urna y escondida trataremos de amor suave y blando, sin nunca desear más dulce vida. Cantando yo, tú ayudarás sonando, y la zampoña y canto confundido con lazo estrecho al fin irá cesando. Dichoso yo, si, alcanzo, lo que pido; que si lo alcanzaré, pues tu deseo no aborrece los juegos de Cupido. Aunque la Siracusia Ninfa Alfeo busque; y con Ilia el Tebro venturoso; y esté con Tiro el hórrido Enipeo; Ensalzaré yo el curso espacioso con puras ondas, esmaltado y lleno de esmeraldas el suelo deleitoso. Y el vaso de Cristal y claro seno coronaré con oro y perlas bellas, la aura esparciendo espíritu sereno. Infundirán propicias tus estrellas virtud al campo alegre y flor hermosa. y, arderé, yo inflamado en sus centellas. Qué lira habrá, qué cítara llorosa, que no se rinda humilde y dé la gloria? qué silvestre zampoña y amorosa? Será eterna y sagrada tu memoria, en cuanto ciña el mar, y Cintio vea; pues das al amor mío esta victoria, mi dulce, bella, amada Galatea. SONETO LXXIII La Luz serena mía; el oro ardiente, en mil cercos lucientes dividido; y en dulce nieve y púrpura teñido, Casa, el color suave de la frente; Canto, y, como el ingrato Amor consiente ciego en su esplendor bello, estoy herido, y oscurezco sus glorias, ofendido de tanto bien con lira y voz doliente. Oso, y aunque el deseo me levante, el peso es grande, y culpa mi osadía; quien amara el peligro de mi pena. Mas el cielo cansó al soberbio Atlante; y no es mayor su empresa que la mía, pero si el vano error, que me condena. SONETO LXXIV Cuando el dolor desmaya al sufrimiento, estoy de todo bien desamparado; y sacudir del cuello quebrantado pruebo el yugo inmortal de mi tormento. Mas viendo el oro terso suelto al viento; o entre sortijas bellas enlazado; vuelvo alegre de nuevo a mi cuidado. tan dulce me es por él el mal, que siento! Al ardiente crispar de dulces ojos, del tierno y puro Amor hermosa llama, descubro sin temor el pecho abierto. Mal puedo yo negalle mis despojos; si blanda enciende, y áspera me inflama; y con el mal y el bien me tiene incierto. SONETO LXXIIX Si algo puedo cuidar, que vos ofenda; muera en ausencia vuestra perseguido; y, en ciego engaño y confusión perdido, a remediar mi daño nunca atienda; Y jamás la esperanza me defienda de ese injusto desdén y tibio olvido; y, cuando más me importe ser oído, tarde la voz de mi dolor se entienda. Pero si no da entrada el pensamiento a cosa; que no sea vuestra gloria, y de cuanto es ajeno se desvía; Por qué negáis, ingrata a mi tormento, que se ufane mi mal con la memoria de ser la causa vos, Estrella mía? CANCION III Desnuda el campo y valle el yerto invierno, y empaña en torno al cielo desvelado negra faz de enemiga, oscura niebla; y el sereno esplendor del Sol eterno se confunde en una hórrida tiniebla; y, rendido a mis lástimas, cuitado, miro el mísero estado; que mi gloria enflaquece y confianza, cobrando siempre fuerzas la olvidanza. y la Luz, que en mi bien resplandecía, asombró con mudanza en triste noche al fin mi alegre día. Esclarece en el último Occidente el cielo, y los colores matizando, baña y orna la tierra de su lumbre. su claridad la hierba y la flor siente, y el árbol; que corona su alta cumbre; mas yo, mezquino, mi dolor llorando, voy en vano lamentando. y la Luz, que mostraba su grandeza; y me cubría de inmortal belleza, cerrada nube ofusca, y de mis ojos la roba con presteza, y mi llanto acrecienta y mis enojos. Con instable fulgor y rayos de oro Cintia entre sombras altas aparece, y lleva el dulce amante a su cuidado; a quien, para gozar de su tesoro, la sazón y la suerte favorece. yo laso, que me veo mal tratado. solo y desconfiado sin mi Lumbre en desierta noche y fría, qué traza seguiré? qué cierta guía? quién podrá en esta niebla aborrecida adestrarme a la vía; que escogí de mi bien, tan mal perdida? Va el piélago surcando presurosa la nave, enderezada de la estrella; que gobierna su curso, y sin recelo sufre la ira del Ponto procelosa; que con terror descarga toda en ella. yo, en quien su saña toda vierte el cielo, el hondo mar del celo abro con frágil pino, y la Luz clara veo anublarse y esconderse avara; ondas gemir; subir el golfo en alto; y cuan poco repara mi vida de la muerte el duro asalto. En el horror nocturno brama airado, y quebranta los árboles el viento, hasta que muestra el día luz alguna; que retarda su ímpetu indignado, y espira deleitoso un blando aliento. mas en mi oscuridad y en mi fortuna una sombra importuna crece, encubriendo el lustre de la Aurora, y su imagen los astros descolora. estruendo es todo, es ira, es furia horrible, y al enfermo; que llora su mal, es el remedio ya imposible. Al dulce ardor primero y pura llama las aves cantan ledas, y el rocío las flores cerca de esplendor luciente; que tiembla entre las perlas, que derrama, y alegra el campo un aire tierno y frío; y cuando mi Luz sale, el mal presente lloro, y de humor caliente el suelo con mis mustios ojos baño, y no descanso con llorar mi daño; que mi dolor no admite algún consuelo. solo este desengaño del mal tengo en mi acerbo desconsuelo. SONETO LXXIX Cuando el fiero Tirano de Oriente la afrenta, que sufrió, con osadía se aventura a pagar, y, España mía, contrastas con valor su saña ardiente; Amor se esfuerza en mi pasión doliente, y finge, y me presenta una alegría vana; para que sienta en mi porfía, del bien cayendo, el mal más duramente. Yo cuido defenderme en mejor suerte; y resistir sin miedo el duro asalto; y descansar seguro en mi sosiego. Cuando importa mostrar el pecho fuerte, me pierdo, y hallo de valor más falto; y rindo el corazón al hierro y fuego. SONETO LXXXIII Si la fuerza, que ponen y cuidado en mi dolor las lágrimas; pusiera la voz de mi doliente suerte, fuera el dulce son y llanto bien gastado. Que el pecho ingrato vuestro al fin trocado. con piedad y lástima se viera; y a mi estrecha esperanza no ofendiera desdén tibio, ira injusta de mi hado. Mas cuido, que si el mísero lamento, para gemir mi mal, y el nuevo canto; que me enseña el Amor, me ofrece el cielo; Que, cual Áspide sorda al tierno acento, negara al corazón, que temo tanto, que ablande su rigor, vuestro impío celo. SONETO LXXXV Duro el pecho, y fue grande el sufrimiento; que enceló la crudeza de esta llaga. mas bien no sé (mezquino) ya, que haga en el dolor esquivo, que consiento. Oso, y fallece el ánimo al tormento, de mi arrojado intento justa paga. pero, aunque más la pena me deshaga, acabará en silencio el sentimiento. Tan grave el golpe fue, que el fiero arquero de las purpúreas alas quedó ufano, viéndome atravesado las entrañas. Temblé al furor, que trajo, y gemí, empero después (oh simple yo!) alabé la mano ocasión de estas ásperas hazañas. SONETO LXXXVII Si deseáis, que muera a vuestra mano; por qué dais vida a un corazón abierto? es crueldad vengar en cuerpo muerto culpa, si la hay, de un simple error liviano. Si con saña buscáis de amor tirano dolor eterno a un mísero desierto; por qué hacéis, (oh extraño desconcierto!) que mengue y mi pasión fallezca en vano? Poco es esto, si debo yo, Luz mía, que mis entrañas corte el hierro y parta; y me acabe el desdén; que el mal me ha hecho. Mas que mis esperanzas y alegría rompa, quien tanto bien, cruel, me aparta, cómo sufre y no estalla un tierno pecho? SONETO LXXXIIX Bello Cerco y ondoso, que, enlazado en sutil vuelta y varia de ámbar pura, tenéis mi preso cuello; que aun procura hallarse más revuelto y anudado; Si el vigor de ese fuego renovado, veo, que abrasa (oh bien de mi ventura) a aquella; que me tiene, ingrata y dura, ausente, y de mi todo enajenado; No habrá en el suelo nuestro, ni en el cielo hebras lucientes de oro terso tales, ni de amor tan hermosa red y llama. Ni aun en el cielo habrá, ni habrá en el suelo despojos de cabello ilustre iguales honor, oh rica Trenza, de quien ama. SONETO LXXXIX Trenzas, que en la serena y limpia frente, de anillos de oro crespo coronadas, formáis lucientes vueltas y lazadas; donde el mayor Vulcano espira ardiente, El Sol, o que aparezca en Oriente con las puntas de llamas dilatadas, o que las junte, de subir cansadas, se rinde a vuestra luz resplandeciente. Vos, mis hermosos Cercos, anudado tenéis mi cuello, y nunca espero el día, principio a libertad, fin a la pena. Porque, alegre en el mal de mi cuidado, de la prisión huir no pienso mía; ni los lazos romper de esta cadena. SONETO XC Aquí, do lloro en ti, fiel Desierto, y aquejo con mi llanto el son del río, vi la luz y belleza y amor mío en la serena noche al cielo abierto. Esperé entonces vida, espero muerto sepulcro ahora en este asiento frío, y en el aliento último; que envío, perdón humilde haber de quien me ha muerto. Porque a tanta grandeza y hermosura fue mi error temerario; y justa pena la muerte, aunque menor que mis tormentos. Mas nunca mi memoria será oscura; que Amor no siempre a olvido me condena, pues muero osando grandes pensamientos. SONETO XCII Justo es, que la cansada, incierta vida, tiempo tanto sujeta al Amor vano, desdeñe el rigor impío; y del tirano; yugo ose alzarse mi cerviz caída. Perezca la esperanza aborrecida; el deseo abatido; y mi liviano intento; que mi bien ya está en mi mano, ya tengo mi fortuna conocida. Seguro podré ver la indigna suerte del mísero amador; el vil denuesto; el congojoso miedo; el celo frío. Qué no podrá respecto de mi muerte hacer que mude el curso al fin propuesto; tal ejemplo es el grave dolor mío? ELEGIA X Dulce y bello Dolor de mi cuidado, que el corazón, cubierto de esperanza, en temor tenéis puesto y engañado; Si en esta de mi bien cruel mudanza mi triste afán conhorto y sufrimiento, de fortuna mejor no es confianza. Hallo dispuesto al mal el sentimiento, para mostrar la causa de mi pena; no para pretender merecimiento. No sufre vuestra inmensa luz serena, que miren su esplendor aquellos ojos; que hacen su esperanza de bien llena. Débense a la belleza mis enojos; y que se pierda, en cambio, la victoria, de contar, como vuestros, mis despojos. No merece la vida, quien la gloria espera de su amor por bien sufrido; o quien intenta más que la memoria. El que pudo llegar a tal partido; que descubrió una muestra de alegría, conténtese del bien, con ser perdido. Venturoso fue el claro y dulce día; que señaló el favor del bien, ya hecho, con piedra de Oriente, a la alma mía. Si no fuera en sazón de tiempo estrecho, temor había justo de la vida; que no era en tanta gloria diestro el pecho. Pero si ser debía, bien perdida fuera, si feneciera allí, y quedará recuerdo de mi suerte esclarecida. El valor del deseo allí gozara, si desmayado, en vuestros brazos puesto, tiernamente muriendo descansara. Mas a mi duro afán y ausencia expuesto, padezco en soledad, de bien desierto, y humilde inclino el cuello al yugo impuesto. Y si, después que ausente fuere muerto, se buscare la causa de mi daño, muéstrese en claridad el pecho abierto. Que en él sin velo y sin error de engaño escrito el nombre se verá mi Estrella, vuestro, el favor, que tuve, el día, el año. Veráse rutilar vuestra luz bella en él con la suave fuerza ardiente; y a quien la ve, que abrasa su centella. Que ya que vos dio el cielo al Occidente, solo en el pecho mío pertenece tener lugar debido y excelente. Ni amaros, ni mirar la luz merece, el que no rinde a vos los pensamientos con la primera vista, que se ofrece. Después que se mudaron mis intentos, peno, y holgara estar, si más pudiera, sujeto a nuevos y ásperos tormentos. No cuido recelar mi suerte fiera, aunque aparte mis ojos de su lumbre; que poco duele el hado a quien lo espera. Estáis, mi Sol sereno, en alta cumbre, do no puede llegar nuestra bajeza; y de allí me miráis con mansedumbre. Mostráis dulces vislumbres de terneza; para dar a mi pecho algún consuelo, ocupado de lástima y tristeza. Mas yo, que no levanto presto el vuelo, culpa del ser humano a vuestro asiento, gimo desamparado en este suelo. Quién me diera las fuerzas al intento iguales, para alzar me de la tierra; do solo llegará mi atrevimiento; Y hecho vencedor en esta guerra, entrara en los lugares, que deseo; que la distancia y ocasión los cierra. Dichoso tú, que al monstruo Meduseo la soberbia y frente hórrida cortaste; que en marmóreo rigor trocó a Fineo, Pues con talares de oro sin contraste sublime al Oriente y glorioso por no usado camino traspasaste. Yo desdichado y triste, que el hermoso Lucero de mi alma aun con la vista cercar no puedo ya, ni espero, ni oso. Si la vida perdiere en tal conquista de males amorosos, esta pena hay sola, que a su ímpetu resista. Desdeñar, de dulzura tierna ajena, que ofenda a vuestro pecho soberano la gloria, en que la muerte me condena. Que no se debe a mi tormento insano tanto bien; que deshaga con la vida. mi sufrimiento y mi dolor tirano. Pero si en esta ausencia aborrecida del cuidado acercáis la esquiva muerte, digna de mi esperanza mal perdida; Pienso, que usáis conmigo en esta suerte de última piedad en tiempo indigno; por acortar la pena a mi mal fuerte. Y acabaráse aquel temor contino en este caso injusto, y la engañada opinión del ánimo mezquino. Mi alma, alegremente aventurada, volará, triunfando en los despojos de mi afán y mi ansia no cansada. En tanto que se aluengan mis enojos, vos, oh mi Sol hermoso, con terneza mirad mi cuita y húmedos mis ojos. Y si el deseo ausente a la belleza sin igual me llevare en algún día; volviendo a mí los rayos de esa alteza, tornadme a la primera suerte mía. SONETO XCV Quejoso ya del tiempo mal perdido, las armas, con que al dulce Rey tirano ofrecido seguí, esperando en vano, pongo, de mis deseos ofendido. Basta en mi tierna edad haber crecido Amor; que en mí cansó su diestra mano. consejo me parece ya bien sano; desviarme del curso proseguido. Bien puedo, y tengo fuerzas y osadía, y valgo a contrastar su gran dureza; y negar de mis males la victoria. Mas no sufre el cruel, que en la alma mía mi Luz no me presente su belleza; y así me aflige y vence la memoria. SONETO XCIX En los lucientes nudos enlazado ufano, yo sufría mi tormento; y en llama dulce ardía y puro aliento, cual Ave Arabia, en ella renovado. Creía, en tales lazos anudado se escondía el cruel; que el mal, que siento, causa, de su cadena tan contento, cuan sin memoria alguna en mi cuidado. Cuando los ricos cercos relazaron el oro terso, a la aura desparcido; y quedé nuevamente asido en ellos. En los ramos, que a suerte se enredaron, me abrasé, en vivo fuego convertido; y Amor se consumió en los ojos bellos. SONETO C Sombra y vano terror del pensamiento mi alma en un confuso error condena; y aparece, de horror medroso llena, la sañosa aspereza, que lamento. Desmaya en el silencio el sufrimiento, y la ausencia ensandece más la pena. crece y arde el desdén, y el miedo enfrena las iras de un honrado sentimiento. Revuelvo en la inquieta fantasía cosas; que dan principio a mayor daño, y no acierto el remedio en tal mudanza. De qué sirve huir, si mi porfía contrasta, asegurada de su engaño, y abraza en el peligro a la esperanza? SONETO CI Podrá ser que este afán indigno acabe, y que de mi debida gloria cobre un bien pequeño; y en mi mal me sobre razón, con que tu nombre, Amor, alabe? Gran bien te pido, pero en mi bien cabe. mas, cuando tu favor en mi más obre; la esperanza se halla ya tan pobre; que ni gozallo puede ya, ni sabe. Si no valgo este bien, a cuándo aguarda tu crueldad; que su furor no harta en lo que más me vale y me disculpa? Oh muerte, oh vida luego; que si tarda cualquiera, y tu dudanza no se aparta, será la dilación la mayor culpa. SONETO CII Ardí, Fernando, en fuego claro y lento, muchos días dichoso; y si el turbado reino de Amor no tiene fiel estado, entre los presos yo viví contento. Después por dar la vela al blando viento. cuando la luz del cielo se ha mostrado, de aquel estrecho nudo desatado esparcí con el pie la llama al viento. Mas la imagen de Amor airada y fiera siempre delante trae a mi enemiga, tal, que estoy a la orilla de Leteo. Si muriendo pasare su ribera escríbase en mi mármol que huía, y que murió luchando mi deseo. SONETO CIII Es este el fruto, Amor, que al fin recojo del contino servicio de mis años? esta es la cierta fe de tus engaños? de tus promesas este es el despojo? Ay, que bien yo merezco el mal, que escojo; pues que cierro los ojos en mis daños; y huyo de tus claros desengaños; y contra mi tan sin razón me enojo. Porque no debe un noble entendimiento tanto abatirse, que te dé el imperio; y de ti solo penda su esperanza. Mas qué? si yo amo y sigo mi tormento; y por la gloria abrazo el vituperio; y estimo por firmeza la mudanza. ELEGIA XI Estoy pensando en medio de mi engaño, el error de mi tiempo mal perdido; y cuan poco me ofendo de mi daño. Vuelvo los ojos, que el mejor sentido alumbra; y hallo una pequeña senda, do paso humano apena está esculpido. Procuro, antes que el breve Sol descienda a encubrirse en el último Occidente, llegar al fin de esta mortal contienda. Y como quien se ve del daño ausente, que considera su temor pasado, y aun no descansa con el bien presente; Tal de mi afrenta y mi dolor cargado, en la seguridad nunca sosiego; y en el sosiego siempre estoy turbado. Aquel vigor, aquel celeste fuego, que enciende mis entrañas, me levanta de la oscura tiniebla y error ciego. Veo el tiempo veloz, que se adelanta, y derriba con vuelo presuroso, cuanto el hombre fabrica, y cuanto planta. Oh cierto desengaño vergonzoso; oh grave confusión de nuestro yerro; claro enemigo; amigo sospechoso; Tú me pusiste solo en un destierro, de cuanto me podía dar contento; y por ti a la alegría el paso cierro. Cuantas veces me diste al pensamiento ocasiones de gloria; si yo osara valer me del honor de tu tormento. Fueme la suerte en lo mejor avara, sombras fueron de bien las que yo tuve; oscuras sombras en la luz más clara. Ninguna en tantas penas, que sostuve, puso merecimiento al amor mío; cuando de merecer más cerca estuve. Acabe ya este grande desvarío, o, pues no acaba, estas razones vanas; que sin provecho, a quien no escucha, envío. Tus mundanzas, oh tiempo, soberanas, las cosas que revuelven y quebrantan, movibles, graves, firmes, y livianas, Me arrebatan el ánimo; y levantan de este cansado peso, que contrasta; y en su diversa condición me espantan. La edad robusta huye apriesa y gasta las fuerzas; y se pierde la ufanía; y a tu furor ninguna fuerza basta. Cuántas cosas mostró el sereno día alegres; que tu furia apresurada entristeció en la noche y sombra fría? Venció vencida Troya, y derribada se alzó; y en su ruina se prostraron los muros de Micenas estimada. Las vencedoras llamas abrasaron las altas torres, que labró Neptuno; y a Grecia sus cenizas acabaron. El Africano ejército importuno a España sepultó en sangriento lago; y libre su furor dejó a ninguno. Mas roto sufre igual el duro estrago por la mano Española; y al fin siente el hierro, no una vez, la gran Cartago. Y el que en el patrio suelo estrechamente vivía oscuro, osado se aventura, por el remoto golfo de Occidente; Y con valor, igual a su ventura, bravas gentes sujeta y fieros pechos; sin rendirse al temor de muerte oscura. Arcos y claros títulos estrechos son a su gloria inmensa; pues él solo vence los grandes hechos, con sus hechos. No descubre la luz del rojo Apolo tal vigor, y osadía, y brazo fuerte; en cuanto cerca en uno y otro polo. Tú domador de toda humana suerte al fin vences, abates su grandeza, y entregas a los brazos de la muerte. Tú ejercitas ahora la riqueza, las armas del soberbio Turco fiero; y del Persa el valor y fortaleza. Las celadas y escudos, el ligero Araxes vuelve en ondas espumosas, del bravo Trace y Medo Cavallero. Osadas gentes, duras y sañosas, a la ambición de cuyo grande pecho es pequeño el imperio de las cosas; Teñid en sangre el hierro; y el estrecho paso abrid, oh crueles, a la muerte; vengad el daño a vuestras honras hecho. No volváis la fiereza y brazo fuerte, y el furor de la ira no vencida, sobre nuestra desnuda y flaca suerte. Que ya la gloria del valor perdida nuestra virtud en ocio se remata; nuestra virtud, que tanto fue temida. Culpa de quien, pudiendo, la maltrata; y no le da lugar; antes procura, que muera a manos de la envidia ingrata. La ardiente Libia es triste sepultura del destruido Reino Lusitano; y eterna pena a su fatal locura. Bañado en noble sangre el Africano campo rebosa, y con dolor suspira lejos Atlante, y Abila cercano. El impío Cimbra osadamente aspira y espera el cetro; y sin pavor seguro a su marino Claustro se retira. El alto, fuerte, inexpugnable muro pasó la fuerza Hispana; y puso a tierra cuanto halló el furor del fuego oscuro. Mas oh infame remate de tal guerra, reina el vencido, y el engaño tanto puede, que al mismo vencedor destierra. Oh cuánto en vano se ha expendido, oh cuánto valor esconde aquel ingrato suelo, que al Turco de temor cubriera y llanto. No ha visto el (que ve todo) inmenso cielo empresa de mayor atrevimiento; más firme corazón y sin recelo. Contumaz y cobarde movimiento, furor plebeyo, y desleal nobleza, indigna de sufrir vital aliento; Do está la fe, que a la real alteza debes? a do huyó de tu memoria? a do la religión y su firmeza? Piensas, o esperas alcanzar victoria contra Dios, contra el Rey? oh intento ciego digno de vituperio, y no de gloria. Oh como crías en tu pecho el fuego; que ha de abrasar tu patria generosa; sin que esfuerzo te valga, o humilde ruego. Cual soberbio turbión de la fragosa alcázar se despeña de Apenino, tal va contra ti España poderosa. Apresurar el paso a su destino veo las cosas todas; y en mi pecho hacer los pensamientos un camino. No puedo, aunque procuro a mi despecho, librar me de ellos; y a mal grado mío voy con ellos adonde el mal me han hecho. Oso temiendo, y con el mal porfío; y tal vez la razón lugar me deja, contra mi obstinación y desvarío. Mas poco dura, porque al fin se aleja en la ocasión que viene; y quedo ufano de aquello que debiera tener queja. Quién pudiera traer siempre a la mano de la razón la voluntad perdida; sin que temiera su ímpetu liviano. Varias revueltas de confusa vida dejadme respirar de mi deseo; dejadme ya curar esta herida. Que todo cuanto pienso, y cuanto veo, es dar aliento a la amorosa llama; dar vigor sin provecho al devaneo. Dichoso aquel, a quien jamás inflama vano amor, ambición, y lo que adora y teme el vulgo incierto, siempre, y ama. Que el miedo, y la esperanza engañadora con gran pecho seguro y sosegado en todo trance doma, a cualquier hora. Y de cuanto fatiga, y da cuidado a nuestros votos, libre va paciente; en todos los peligros no turbado. Y no sufre en su pecho, ni consiente, que algún liviano afecto le dé asalto: y ofenda su sosiego injustamente. Antes mayor, mas glorioso y alto, que lo que alcanza fortaleza alguna, se ve y de ricos bienes menos falto. Firme y constante, sin temer fortuna, con mesurado curso va contino; y cualquier ocasión le es importuna. No lo ve en dudoso torbellino de las cosas el día extremo, pero dispuesto si, a seguille en su camino. Nosotros, turba vil, con afán fiero puestos en desear y amar estamos, y en servir a este bien perecedero. En mil casos presentes peligramos; y pocas o ninguna vez concede nuestra ruda ignorancia que huyamos. Nuestro valor tan cortamente puede; que caemos de la alta pesadumbre; y alzarnos casi nunca nos sucede. Él mira de la sacra excelsa cumbre los que erramos, y el gozo y vano intento desprecia con aguda y pura lumbre. Soplo airado no bate el yerto asiento del elevado Olimpo; si no alcanza a su ensalzada cima el fiero viento. Quien tan rastrera trae la esperanza desespere llegar a tal estado; que aunque tenga de sí más confianza, al fin verá, que en vano se ha cansado. SONETO CVII Esas columnas y arcos, grande muestra del antiguo valor; que admira el suelo, olvidad Escobar; moved el vuelo a la insigne y dichosa patria vuestra. Que no menos alegre acá se muestra o menos favorable el claro Cielo; antes en dulce paz y sin recelo vida suave, y ocio y suerte diestra. No con menor grandeza y ufanía, que el generoso Tebro al mar Tirreno Betis honra al Océano pujante. Mas si oye vuestra lira y armonía, no temerá vencer, de gloria lleno, la corriente del Nilo resonante. SONETO CIIX Adónde me dejáis al fin perdido, ingratas horas de mi bien pasado? por qué no lleváis todo mi cuidado, y con favor tan corto mi sentido? Nunca volváis del puesto conocido a amancillar el corazón cuitado; torced antes el curso apresurado a la oscura región del hondo Olvido. Corred, huid con alas presurosas, horas de mi dolor, y mi memoria arrebatad, el vuelo acelerando. Si, sois crueles tanto, envidiosas, por usurpar la sombra de mi gloria; que a vosotras vais mismas acabando. SONETO CXIII Tiéneme ya el dolor en tanto estrecho; que el desmayado corazón doliente ve el grave mal; que más temió, presente, y no cuida rendirse al triste hecho. Obstinada porfía esfuerza el pecho; y vence endurecido este accidente. honra es, y no es valor; quien no consiente, que el mal tejido nudo esté deshecho. Vos, que con generoso y alto vuelo alzáis alegre el noble y dulce canto, libre de este amoroso sentimiento; Herid la lira, y dad algún consuelo a mi pena y afán; antes que el llanto último ponga fin a mi tormento. ELEGIA XII Por el seguido paso de mi gloria Amor me llevó triste y lastimado, a perder con la vida la memoria. Allí se renovó mi bien pasado; los dichosos lugares de esperanza; el tiempo de mis premios engañado. Desfalleció mi alma en la mudanza, y rehuyó seguir por el camino; que le dio en otro estado confianza. Vio su presente suerte y su destino, y el mal; que la afligía no apartarse del bien; que ausente causa afán contino. Allí sintió sus fuerzas acabarse, y, como sabidora de su daño, en la ocasión, que tiene, repararse. Mas que pudiera al fin contra el engaño de Amor, aunque excusara su presencia; si la trajo a perder su error extraño. Si yo no me valía con la ausencia; cómo podía ver me defendido presente, y sin hacelle resistencia? Por no usado tormento estoy rendido, y por usado mal sufro y espero, (si puede ser) hallar me más vencido. Mas luego torno a ver mi dolor fiero; y conozco su ímpetu y braveza, y huyo, y vuelvo a él, y con él muero. Helado fue mi pecho, de aspereza se vistió en otros años, por bien mío; no se abatió al regalo y la terneza. Lleno de noble ardor y osado brío, seguro se hallaba y confiado; juzgando el dulce bien por desvarío. Viviera yo contento en tal estado, sino viera la Luz resplandeciente; que encendió el corazón en fuego airado. En lazos de oro y ámbar, que su frente ufanos esmaltaban, dio a mi cuello el yugo; que padece mansamente. Ni desatallo pude, ni rompello; ni pude desdeñar el duro imperio; que me perdió mi mal; para querello. Estoy en un estrecho cautiverio, ya sin algún valor; y en mi tormento descubre siempre Amor nuevo misterio. Ahora, que reciente el daño siento con la memoria dulcemente amarga, busco alguna ocasión al sufrimiento. Mas esta del dolor pesada carga las fuerzas enflaquece, y mi deseo, para crecer más pena, el vuelo alarga. Bien puede mi impío Rey alzar trofeo solo de mis miserias; pues me lleva, donde mayor afrenta siempre veo. Si desease yo segunda prueba de mis pasadas glorias, cobraría esfuerzo en el afán, que se renueva. Mas ya no tengo fuerza, ni osadía; para sufrir presente el bien incierto, ni me contentan casos de alegría. Moriré solo, ausente en el desierto, o ante mi soberana Luz presente, si, primero que llegue, no soy muerto. Pero temo, que la aura se presente del favor; que tenía, y se deshaga mi triste confianza vanamente. Amor estas mis deudas tan mal paga; que no pretendo premio, y solo quiero, que de mi voluntad se satisfaga. Promesa fue de muerte el bien primero, y yo la consentí, y con la mudanza muerte será por bien el mal postrero; pues niego a mis trabajos la esperanza. SONETO CXV Llegado al fin del cierto desengaño, qué debo hacer más en mi tormento; si no mostrar al ciego entendimiento el error de su curso siempre extraño? Desespero, no temo ya algún daño, huyo, osando en el mal, mi perdimiento; y, aunque no gusto bien el bien, que siento, huelgo hallar me libre de mi engaño. Mas todo es vanidad, todo es braveza de estos mis pensamientos desvalidos; que con cualquier favor harán mudanza. Mal excusar ya puedo mi flaqueza; si Amor, a mis mejores dos sentidos promete viva lumbre de esperanza. SONETO CXVI Yo voy, oh bello Sol de la alma mía, buscando el nuevo ardor del Sol luciente; porque, desamparado el Occidente vuestro esplendor no veo y mi alegría. Podré decir; que voy en noche fría, por donde humano paso no se siente. mas llévame el osado Amor presente; pensando que a nacer me torna el día. Encúbrense las luces, que aparecen, cuando en ellas humilde a vos me inclino; y el Oriente tardo se me aparta. Que las vuestras en Hispal resplandecen, y la tersa corona de oro fino; do procuro, que el cuerpo a veros parta. SONETO CXVII La falda y el tendido, yerto lado del abrasado Etna, a do suspira del peso opreso, y con furor respira el espantoso Encélado inflamado; Con hierba y verdes árboles ornado florece, y todo el fuego; que con ira resonando su cumbre excelsa espira, no ofende al fresco sitio variado. Mas el cruel incendio de mi pecho consume, aunque pequeña, si aparece, la flor de la esperanza incierta mía. Ardo todo, y, en fuego al fin deshecho, me rehago en su llama, y siempre crece con el ardor la fuerza y la porfía. SONETO CXIX Si Amor el generoso y dulce aliento en mi rendido pecho ardiendo inspira; yo ufano ensalzaré con noble lira la hermosa ocasión de mi tormento. Aquel, que en tierno y nuevo y alto acento celebró el verde Lauro; en quien espira Erato, y a quien sigue, honra y admira de Italia bella el doto ayuntamiento; Oiria en el puro, Elisio prado entre felices almas la armonía; que llevaría deleitosa la aura; Y diría; del canto arrebatado, o es esta la suave lira mía, o Betis, cual mi Sorga, tiene a Laura. SONETO I El bello nombre, quiere Amor, que cante, de mi Luz, por do en propia, o tierra ajena, nunca otro Español pie imprimió la arena siguiendo, Cintia y Delia, a vuestro amante. Seré el primero, osando que levante la humilde voz, do el Betis grande suena; y que las flores coja a mano llena del rico huerto nuestro y abundante. Vos, a quien de Cefiso; Eurota, Ismeno las dulces ondas bañan, y del Tebro; oíd mi canto, y dad a Amor la gloria. Porque admirando el esplendor sereno de mi Luz; ni al Erídano, ni al Ebro pensaréis honorar con la victoria. SONETO II Al puro ardor, que vibran mis estrellas, do Amor sus rayos tiempla en dulce fuego; siente abierto mi pecho el daño luego, apurando mi alma en sus centellas. Crueles, aunque siempre luces bellas; que no me sufren consentir sosiego. y es el mal, que, herido y preso y ciego, la pena, es galardón, que nace de ellas. Si algún lugar me finca de esperanza, es para padecer; y en dura suerte nueva ocasión presente a mis enojos. Tal me tiene este ingrato en viva muerte; que puedo ya decir sin confianza; Amor para mi error cerró los ojos. SONETO III Puede, oponerse osando mi cuidado con razón al rigor del Amor fiero; y de este afán, en que penando muero, buscar tarde el remedio no hallado. Puede traer la culpa del pasado error, y del presente, y del que espero; y dar me a conocer; que sigo y quiero y amo mi perdición más obstinado. Y no podrá romper el nudo estrecho, ni aliviar la cerviz del grave peso; que tal valor su vil temor no encierra. Solo me muestra el mal al fin de él hecho, y, aconseja, que huya, estando preso; porque me haga el impío mayor guerra. SONETO V Cual planta, que pidiendo el alto cielo, muestra el verde remate y la belleza; y del sonante rayo la braveza la arroja con estruendo rota al suelo; Tal, mi Esperanza ufana alzaba el vuelo, mas de vuestro desdén cruel dureza sin gloria la derriba con tristeza, cuando menos debía a su recelo. La aura, que de Favonio blando espira, no concede indignado a la alma mía Amor, que no se harta de mi daño. Rendido al desamor y a vuestra ira, sufro desesperado con porfía de mi dolor la fuerza y vuestro engaño. SONETO VI Cuidé yo de tus lazos y tu fuego, mal grado de tu saña, Amor tirano librar me , y fue mi pensamiento vano; que tú no me sufriste algún sosiego. Tenté de tus engaños (rudo y ciego) escaparme , y huyendo en campo llano, vine a caer (oh mísero) en tu mano; que tarde se conmueve a tierno ruego. Cuánto, decía entonces; fortunado es, quien se te defiende, Señor fiero! mas quien, fiero Señor, se te defiende? Ay, que todo es esfuerzo imaginado; que tu fuerza deshace el fuerte acero, y tu ingenio al más cauto engaña y prende. SONETO VII Do el Mauritano Ponto fiero baña de la soberbia Argel el fuerte muro, el cielo con terror y horror oscuro amenazó la muerte a toda España. Bramaba el mar ardiendo en ira extraña, bramando ardía airado el mar perjuro; solo en tanto pavor domó seguro César del hado adverso la impía saña. El piélago y aliento embravecido abatieron su ímpetu indignado; y respiró el medroso Libio suelo. Ve alegre, corazón nunca vencido; que la victoria no te impide el Hado, ni el viento, y mar cruel, mas todo el cielo. SONETO IIX Si en mano del Amor yo puse el freno de esta mi voluntad, no bien sujeta, de qué me espanto pues; que se prometa traerme tan rendido y siempre ajeno? Tarde llego al remedio; que el veneno cruel destiempla el pecho con secreta virtud. no es justo ya en edad perfecta andar lleno de afán, de afrenta lleno. Pueda abrir la razón la niebla oscura, y ose romper por esta selva espesa; que mil buenos deseos embaraza. Dura resolución, mas bien segura; que, quien teme el trabajo, y lento cesa, el premio de la gloria en vano abraza. ELEGIA I En este bosque frío, que sostiene mi cítara, en el Sauce levantada, más pena de mi triste amor no suene. Céfiro la aura blanda y sosegada aparte de las cuerdas; que hería con armonía dulce y regalada. Que la serena Luz de la alma mía cubre sus bellos rayos a mis ojos, y del favor, que tuve, la alegría. Vencen el sufrimiento mis enojos; porque tengo en mis cuitas tierno pecho, no usado a caminar por los abrojos. Ya no espero mudanza al daño hecho; que Amor, Fortuna, y mi luciente Estrella me aprietan, puesto siempre en duro estrecho. Cual del fuego se informa la centella; procede mi dolor del amor mío, y el luengo afán de mi mortal querella. Sigo un error, y sigo un desvarío por el confuso rastro de mi vida, y, aunque alcanzo mi engaño, en él porfío. Cómo podré esta suerte aborrecida huir? cómo podrá el cansado cuello sacudir esta carga desabrida? Un blando hilo de un sutil cabello en un lazo lo aflige apremiado, sin que pueda quebrallo, o deshacello. Si fuera con acero fabricado; o en terribles cadenas gravemente de hierro rudo y rígido labrado; Según el corazón la pena siente, poco era quebrantallo entre los brazos, roto con fuerza airada y saña ardiente; Y el esparcido peso, en mil pedazos mostrara el indignado sentimiento, enhiesto y libre el cuello de embarazos. Mas ay, que da este áspero tormento del amoroso yugo; que sostengo, lugar, sin que se rompa, al movimiento. Y cuando pienso (triste) que el bien tengo, el cuello hallo atado al mismo instante; y de nuevo a sufrir mis ansias vengo. Ojos, rayos de Amor, fulgor crispante de mi alma, abrasada en su veneno, oíd esto; que dice un pobre amante. Belleza inmensa, y puro Ardor sereno; do Amor su flecha, el Polo sus estrellas, tiempla, y baña de honor y gloria lleno; La ilustre claridad de esas centellas me inclina al fuego, y su vigor inflama mi pecho en las celestes luces bellas. Nunca tocado fui de ajena llama, ni de semblante dulce fui vencido; que el vuestro la beldad mayor desama. Soporté mi mal siempre, no rendido, subiendo, a do no llega otra ventura, y no esperé el favor, jamás debido. Ni ardiente Sol; ni fría noche oscura; ni peligros; que turban la osadía, me impidieron mirar vuestra luz pura. Solo fue mi regalo y mi alegría, con sujeción de la alma venerada, cuanto pudo sufrir la suerte mía. Qué cosa vos dijisteis, que admirada de mí no fuese? qué memoria augusta pudo ser con más honra celebrada? Ahora, que en mi pena gloria justa yo atendía por premio a mi firmeza; que de vos no presumo cosa injusta, En esta soledad de mi tristeza, do me olvidáis, ausente, se dilata, probando en mil contrastes mi flaqueza. Ay cuánto de mis bienes desbarata esta grave mudanza! cuánto siente la alma , que en daño tal Amor maltrata! Triste aquel, que sus lástimas consiente, y ve herir su pecho rayos de ira, y está siempre a su agravio obediente. Como el que en alto y bravo mar suspira, temiendo con pavor el furor crudo, y mustio el cielo oscuro en torno mira; El raudo soplo de Aquilón desnudo el horror le presenta de la muerte; cuyo golpe atraviesa el duro escudo; Así yo, del desdén sañudo y fuerte en el golfo de olvido enajenado, temo el último trance de mi suerte. El cielo, antes quieto y sosegado, turbar veo, y trocarse en hielo frío blando espirtu del Céfiro templado. Crece con mi lamento el grande río, y corre entre estas peñas espumoso, llevando al sacro Océano el mal mío. Un tiempo ledo en él y venturoso canté la gloria ufana de mi llanto con lira y verso humilde y piadoso. Betis apareció con fresco manto de verdes hojas, y escúchome atento; y agradó a Galatea el vario canto. Entonces con dichoso y noble aliento crinó mi frente el árbol de victoria, y di en mi patria a Amor primero asiento. Mas para qué refiero yo la historia de mis daños? pues hacen mis despojos indignos de caber en su memoria. Ay mis bellos, floridos, dulces Ojos, no vos canse, si al fin saber deseo; por qué vos placen tanto mis enojos? Que el singular honor de mi trofeo perdéis con tales hechos, y no debo padecer la esperanza del deseo. No soy en vuestro amor, mis Luces, nuevo; que, dende que nací, me dio por pena mi impío Rey el afán, que ausente llevo. Puso a mi cuello preso una cadena, para señal de aquella; que arrastrando con mi vergüenza y confusión resuena. No sabía su fuerza, aunque penando andaba en esta prueba amarga mía, mi futura pasión pronosticando; Hasta que en el alegre y triste día de mi bien y mi mal, crecer presente vi mi ardor en la nieve vuestra fría. Resplandeció en mis ojos dulcemente, cual lúcido relámpago vibrado, pura vislumbre de un vigor luciente. El error descubrió y dolor pasado, incierta y ruDa mente padecido; que siento con más fuerza renovado. El Soldado, en la guerra envejecido, del trabajo y horror del duro Marte descansa con el premio merecido. Yo, abrazando de Amor el estandarte, traigo roto el pavés; cortado el pecho; atravesado de una y otra parte; De espantosas heridas ya deshecho; que abiertas con peligro y rigor fiero me arrojaron corriendo al mismo estrecho. Y, cual si mármol fuera, o fuera acero, tal desdeñoso y áspero me trata semblante blando y corazón severo. Pues mi fatal Estrella me es ingrata, lo que esperar se debe, de mi daño, es no temer; porque el temor me mata. Que más vale esforzarme en el engaño; y no rendirme a un simple movimiento; y juzgarme en la pena por extraño. Que con esto, si puedo, mi tormento será menos terrible; y si no basta, al fin acabarase el sufrimiento con la vida; que opuesta al mal contrasta. SONETO X El corazón huido busco y llamo él; do el rigor esfuerza el duro hielo, entra, y sin miedo pisa estéril suelo, yo, esquivando el dolor; mis males amo. Las lágrimas y quejas, que derramo, no vencen su porfía, y sin recelo allí se pierde; y no osa alzar el vuelo, y su obstinado error al fin desamo. No porque tema ya peligro alguno; que no doy más lugar a miedo cierto, ni admito en tanto afán remedio vano. Mas porque es poquedad ser importuno a un lento pecho; y ser más precio muerto; que esperar la salud de ingrata mano. SONETO XI Amor, si el fuego, en quien inunda el pecho; que mal puede entibiar la fría nieve, con tus alas avivas, muerto en breve será tu ardor y el corazón deshecho. Procuro, en esta llama satisfecho, que sin cesar en mí su fuerza pruebe; porque del mal mi alma el premio lleve, causando el daño luengo algún provecho. Este suave incendio me sustenta; y consagra en honor de mi Luz pura mis entrañas; que crecen apuradas. Dichoso el corazón, a quien alienta tal virtud; que engrandece con ventura la gloria de mis penas renovadas. SONETO XII Podrá (y no yerro) nunca luz ardiente tocar mi pecho, y nunca ser vencido de oro podrá, en madejas esparcido, con gloria de otra ilustre y bella frente. Que vuestra luz, do yace Amor presente, tiene y el rico cerco recogido mi cuello y pecho preso y mal herido, y dulcemente el yugo y fuego siente. Nací yo destinado a vuestra llama, Amor me dio valor para mi muerte; y pago amando a vos la deuda nuestra. Volando voy, do el ciego ardor me inflama; cual va a su fuerza el cielo, y es mi suerte en vuestro fuego arder, y helaros vuestra. SONETO XIII La llama crece, y arde; y crece luego el dolor; que mi gloria y bien deshace. el pecho exhala todo, y se rehace cual Ticio, sin hallar algún sosiego. No sé, do alienta Amor, do esfuerza el fuego. ni de qué pena ya se satisface. mal me quejo del daño, que me hace, si es cruel, voluntario, ingrato y ciego. Felice Meleagro, cuya muerte gastó su ardiente hado; mas yo veo, que renace mi vida en el tormento. No huyo la aspereza de mi suerte. aunque, si por la causa la deseo, la temo por el fiero mal, que siento. SONETO XIV Regando enciendo todo, ardiendo baño con triste humor, prolijo el campo abierto, y mi afán canso y lloro sin concierto; y el llanto con suspiros acompaño. Esperanza y razón mi injusto daño; causa; esta y aquella al fin desierto me tienen de salud, y tan incierto, que con el bien y con el mal me engaño. Voy, como sombra pálida, y cuitoso doy gemidos, y asombro el bosque oscuro; que tarde en lasa y honda voz responde. En tanta confusión, do estoy medroso, una Luz se me ofrece y ardor puro distante, pero cerca se me esconde. ELEGIA II Yo siempre culparé los ojos míos; que, enemigos del ocio de mi vida, siguieron de mi error los desvaríos. Por ellos llama tal fue despedida al corazón; que, ardiendo en las entrañas, crece con nuevo ímpetu encendida. Todo el valor de Amor y sus hazañas, su bien, su mal, su gloria y su tormento eran a mi memoria muy extrañas. Mas cuando con un tierno sentimiento en mi sus rayos descubrió mi Estrella; y mis daños honró mi sufrimiento, Conocí su poder y mi querella, y el temor; que me aflige no apartado, y no me dolió arder en su centella. Dulce me era el dolor; caro el cuidado; dichosa la membranza de mi pena; ledo el tiempo lloroso de mi estado. Aquel bello esplendor de luz serena me miró blanDa mente de su alteza, y la culpa admitió, que me condena. El bien, que cabe en la mortal flaqueza, (direlo? o no?) me dio; si se consiente, que ose yo pensar tanta grandeza. Porque sufre, que abrase mi doliente, pecho su llama, y (suelto el torpe frío) lo afine siempre en su vigor presente. Mas este que me vale esfuerzo mío, si muero en soledad; y si mis ojos son causa del engaño, en qué porfío? Tiranos de mi gloria y mis despojos, que los lleváis, do esperan ser perdidos, llorad, si por vos peno, mis enojos. El uso y la virtud de mis sentidos vos ocupasteis todos en mi muerte, sin ser a mi remedio consentidos. La vida vence al fin el riesgo fuerte; y vos, como si hubiérades victoria, este daño escogéis por mejor suerte. Si visteis, y gozasteis de la gloria; si ufanos abrazáis el bien primero, perded ya con la vista la memoria. Estoy tal, que otro bien de Amor no espero, y vos no lo esperéis; pues tarde entiendo en mi mal; que es a todos el postrero. Aborrezco el lugar, do estoy muriendo, ved, cuán corta firmeza es esta mía; porque ante de mi Luz no expiro ardiendo. Sandeces de amorosa fantasía son estas, que me traen en dudanza ausente, con temor, sin alegría. Mis Ojos, poco debo a la esperanza, si me duelo de vos, y temo, ajeno de cuita, en mis dolores la mudanza. Y aunque en mi soledad con ansia peno, nunca veré al Amor tan mi enemigo; que no juzgue mi afán por justo y bueno. La Noche; que, me escucha, lo que digo, y el Cielo de sus astros esparcido, será de este mi crédito testigo. Los ojos, que hube un tiempo aborrecido; por ser principio al mal de mi deseo; donde quedé a mis lástimas rendido, Más dulces que la vida, que poseo son, y a mi gloria vienen tan iguales; que al mérito el dolor ceder no creo. Y aunque lleve victoria de mis males, la que el progreso rompe al curso humano, serán en mí sus bienes inmortales. Y porque jamás esto salga en vano, ante mi Lumbre afirma el Amor puro; que nunca en bien tan alto y soberano otro felice amante vio seguro. SONETO XVI. A Martin R. de Arellano Dura por mí fue al Tajo tu partida, dejando solo el Betis, Arellano; y en llanto me obligó y dolor insano tu ausencia, de mí siempre aborrecida. Tú sabes, que esparció a mi triste vida afán el cielo y cuita en larga mano; y en mi mal dulce amigo eras y hermano, y no hay quien me consuele ya en tu ida. Hiriome fiera el pecho mi Luz bella; y se escondió a mi vista, y con ardiente fuego a la alma abrasó en su mal envuelta. Y tú, que eras descanso a mi querella, te vas en tanto; sin dejar presente una incierta esperanza de tu vuelta. SONETO XVII Ardo, Amor, y no enciende el fuego al hielo, y con el hielo no entorpezco al fuego. contrasta el muerto hielo al vivo fuego. todo soy vivo fuego y muerto hielo. No tiene el frío polo tanto hielo, ni ocupa el cerco eterio tanto fuego tan igual es mi pena; que ni el fuego me ofende más, ni menos daña el hielo. Muero, y vivo, en la vida, y en la muerte, y la muerte no acaba, ni la vida; porque la vida crece con la muerte. Tú, que puedes hacer la muerte vida; por qué me tienes vivo en esta muerte? por qué me tienes muerto en esta vida? SONETO XIX Estos ojos, no hartos de su llanto; que atan estrecha suerte me han traído, lloren, sin descansar, el bien perdido, si lágrimas prolijas valen tanto. Que cuando mi dolor subiere, cuanto debe al mal y al amor, en lento olvido solo, a la ira y al desdén rendido, cual Cisne, expiraré en funesto canto. Y este cielo, enseñado a mi lamento, podrá llevar por este campo abierto mi voz triste a la causa de mi daño. Porque yo oso esperar, que mi tormento (pues es venganza indigna contra un muerto) o venza, o junto acabe con mi engaño. SONETO XX Si tiene a do reináis mi pura Estrella, lugar la fe; en la pena, que consiento; mostrad algún pequeño sentimiento, y el premio vendrá a ser que espero de ella. Pero si vos queréis, que pierda en ella este bien; acabad con mi tormento; que, a quien daña el valor del pensamiento, no es justo, permitáis vivir con ella. Y si estas obras de afición ausente en vuestra voluntad tal vez la gloria gozan; que se concede al venturoso. Aquí do estoy, diré; que estoy presente; y que más vale el mal de mi memoria, que el bien, que causa ajeno amor dichoso. SONETO XXI Dulces Contentos míos, ya pasados, que sostuve en error de mi esperanza; lo que vuestro recuerdo más alcanza, es dolor de mis días mal gastados. Porque, envuelto en deseos y cuidados; me consumo, llorando la mudanza; y Amor, que reconoce su venganza, mis daños me descubre, renovados. Qué puedo yo, si ausente me condeno, sino solo al olvido y niebla fría esta memoria ingrata rendir muerta? Mas ay, que tiene el corazón, ajeno de bien; presente siempre la Luz mía, y ofrece en cierto mal su gloria incierta. SONETO XXII Alzo ligeras alas al deseo, sigo el bello esplendor de mi alegría; hállolo reluciente en la Osa fría, y desespero el bien, que más deseo. Suspenso en un incierto devaneo; que mi esperanza cansa y mi porfía, digo; porque, serena Lumbre mía leda en estéril parte arder vos veo? Llevar debía el Céfiro victoria, siempre de vuestra llama esclarecido, al Euro ufano, que con él contiende. Mas oh, que el cielo causa mi gemido, por honrar gente, indigna de memoria; que el Sol con tibio rayo apena enciende. SONETO XXIII Amor con todo el fuego, que el humoso Etna espira y las islas de Vulcano, me abrasa el pecho; que asegura en vano a su mortal ardor algún reposo. Con la nieve, que, el Cáucaso nevoso y el desnudo Rifeo hace cano, mi alma enfría; y rompe el inhumano, a la esperanza el paso temeroso. Que en los ojos, do siempre el hielo y llama suya en mi muerte acuerdan, fijo tiene el ímpetu y furor de su braveza. Y por vengarse más, la seca rama; do estoy asido, sin quebrar sostiene, probando en nuevas penas mi flaqueza. SONETO XXIV Un tiempo ave Caistra viví en fuego, pero ya blanco Cisne en ondas vivo; que solo de mi mal cuitoso escribo, cuanto escribí de bien en mi sosiego. Pensé, trocando grado, trocar luego suerte, y fue vano error; que Amor esquivo en uno y otro estado al fin cativo me oprime y en igual desasosiego. De mi pecho exhaló un Vesubio ardiente, ahora, de mis ojos despedido, corre un Istro nevoso desatado. No esfuerza con la nieve la creciente, antes con el ardor más encendido va en abundoso curso dilatado. SONETO XXV Ningún remedio espero en mi tormento, y de mejor fortuna desespero. muriendo vivo, aunque viviendo muero, ajeno y ocupado en pensamiento. Temo el fiero dolor, y si contento alguno tengo, temo el dolor fiero. cansado mi pasión abrazo y quiero, y el mal, que más rehúyo, más consiento. Tan ufano estoy siempre en la tristeza; que nunca ceso de alabar el día; que fue ocasión de merecer mi daño. No doy lugar al bien, y en mi estrecheza, perdiendo vanamente la edad mía, no sé hallar me libre de mi engaño. ELEGIA III Quién me daría, Amor, una voz fuerte, y espíritu en mis lástimas osado, para cantar las cuitas de mi suerte? Que el luengo error de mi primer cuidado ocupada me tiene la memoria, y todo mi sosiego enajenado. Yo nací, para ver, cruel, tu gloria, cual Tántalo, engañado, y al extremo para llorar perdido mi victoria. Sufro el dolor, que ya algún mal no temo; si a tan estrecho paso reducido, de ti desesperar es bien supremo. Pero al freno me traes tan rendido; que en mi furor enciendes la esperanza; que me vuelva suspenso y confundido. Nuevo mal al antiguo mal alcanza, y tal es el pasado y el que viene; que en su rigor no siento la mudanza. Ni huir, ni esperar ya me conviene, y huyo, espero, temo ya y confío, y, lo que me desmaya, me sostiene. Por qué este porfioso desvarío no extirpas, Rey ingrato, y de mi pecho no arrancas este indigno dolor mío? Téngate ya mi daño satisfecho; que poca es la venganza en el sujeto, y matar al rendido no es derecho. Seguí siempre en lo público y secreto tu estandarte, y, al carro aherrojado, tu valor celebré con tierno afecto. Si no eres en las rocas engendrado del alto, yerto Cáucaso espantoso, y de la Armenia tigre alimentado, Serás a mis tormentos piadoso; que de la pena ya, que la alma siente, no sé, gran tiempo ha, lo que es reposo. El esplendor de Febo, y, la fulgente escuadra de las lúcidas estrellas recoge el hondo seno de Occidente; Yo mezquino, constante en mis querellas, jamás descanso doy al mustio canto, y se envuelven mis lágrimas con ellas. Que no acabe en tan duro mal me espanto, y que crezca a los cercos de mis ojos perpetua exhalación de ardiente llanto. Si cuidas tú, que llevas más despojos en mi pasión, o gloria más dichosa, y por eso acrecientas mis enojos; Yo te protesto, Amor, por la penosa historia de la vida, que prosigo; que la victoria alcanzas afrentosa. Fortuna, que te sirva, oh mi enemigo, quiere, su imperio temo, y temo el tuyo, ya vasallo rebelde, infiel amigo. En mi muerte, Tirano, te destruyo, pues nací para amar, y solo quiero, que se entienda, cuán poco de ti huyo. Bien sé que en vano me lamento y muero, por ablandar esa cruel dureza; que sin provecho mitigar espero. Cual revuelve la rueda con presteza a Ixión; que se huye y va siguiendo, tal me revuelve y tuerce tu fiereza. Y cual el triste Sísifo subiendo va el gran peñasco alzado a la alta cumbre, siempre descanso alguno no admitiendo; Tal de mi afán la grave pesadumbre llevando lejos voy, do ausente veo, triste sin alcanzar, mi pura Lumbre. El nieto ilustre del insigne Alceo, en mil grandes empresas glorioso, se inclinó al duro yugo de Euristeo; Yo, que no soy tan fuerte y valeroso, y de tu fuego, Amor, estoy herido por qué, estaré soberbio y animoso? Mírame ante tus pies preso y rendido, y suena en mi cerviz el hierro puesto, humilde a tus crudezas ofrecido, Perdona mi dolor; que ya dispuesto estoy a sufrir sin quejas mi tormento, y escoger por más gloria mi denuesto. Aspire el deleitoso y vivo aliento a mi encendido pecho; porque en llama se tiemple el hielo, en que enfriarme siento. Ya que mi muerte no se excusa, inflama mi alma en el vigor de la Luz mía; porque ensalce mi nombre eterna fama. Que el helado rigor y nieve fría de su olvido y desdén turba y detiene a tu fuego el valor con osadía. Si volver por los tuyos te conviene, por mis ojos arroja en sus entrañas el fuego; que abrasado al orbe tiene. Que si yo veo, Amor, tales hazañas, daré en justo rescate de tal pena mi hierro, y el ardor, con que te ensañas. Porque su libre cuello en la cadena ver y encenderse el frío de su pecho, es todo el bien; que tu poder ordena, si tu poder se extiende a tan gran hecho. SONETO XXIIX Cuando pienso, cansado del tormento; que con mi afrenta Amor herirme pudo de una serena Luz con rayo agudo, y que rendí el valor y entendimiento; Vuelvo triste a mirar mi perdimiento, mas tan solo me hallo y tan desnudo de fuerza; que romper el débil nudo, que me enlazó el deseo, nunca intento. Seguir el mismo curso en el cerrado laberinto, y sufrir ya más denuesto; no debo, si en mí queda algún sentido. Acabe el vano error de mi cuidado. pero qué digo simple? yo protesto; que hablo enajenado y ofendido. SONETO XXIX Si no es llorar, qué pueden ya mis ojos? mi alma de lamento se mantiene. con él crece el ardor, y se sostiene, y la pluvia se alienta en sus despojos. Un tiempo esperé premio a mis enojos, mas tarde es ya; que mi pasión previene. pero acabar en lágrimas conviene a quien de flores nacen los abrojos. En llanto me consumo, y cuando espero, (grande y nuevo milagro) dar memoria a mi nombre, resuelto en triste río; Ocurre el fuego, en él me abraso y muero, desvaneciendo en llama con más gloria. justo, aunque grave bien al dolor mío. SONETO XXX Al sereno esplendor de luz ardiente, de celestial zafiro a la belleza la alma , volando en torno con presteza, las alas rojas mueve dulcemente. Amor, que de este cielo nunca ausente respira, le descubre su grandeza, y de gloria mil bienes y riqueza; que sola ella los conoce y siente. En este engaño siempre va, y se olvida de quien cuidoso de su afán la llama, y en conocido error cansa y porfía. Porque espera tal vez allí, encendida de aquellas puras luces en la llama, hallar sepulcro igual a su osadía. SONETO XXXI Corre soberbio al mar del llanto mío, Betis claro, sagrado honor de ríos; y no acaben mis grandes desvaríos, donde se acaba en él tu grande río. Antes oigan mi afán y desvarío entre el fuego y rigor de hielos fríos, y se conduelan de los males míos Libia ardiente y desnudo Islando frío. Y el Indo; que primero ve la Aurora; y el otro, que más tarde alumbra Apolo, hagan memoria eterna de mis daños. Y tú lamenta esta postrera hora; en que muero de bien ausente y solo, rico de pensamientos, pobre de años. ELEGIA IV Si este inmortal dolor y sentimiento; que me fuerza a penar sin esperanza, no puedo desatar del pensamiento; Si esta fortuna súbita y mudanza a una prolija ausencia me condena, por qué tengo en mi daño confianza? Quien vio mi día, y vio mi Luz serena, podrá juzgar, a cuanto mal me ofrezco en noche de tiniebla y de horror llena. Tormento nuevo en viejo mal padezco; que quiere este impío Rey, que solo sienta, lo que esperó ninguno, y no merezco. Lidio en mi soledad, que me presenta siempre el pasado bien y la ventura, y la perdida gloria me atormenta. Rayos de Amor, inmensa Hermosura, que suspiro y deseo y busco ausente, volved la claridad excelsa y pura. Que, si veo los cercos y oro ardiente; que vos ciñe y corona en rico velo, descansaré del llanto y voz doliente. Y en el herboso, fresco y fértil suelo, que el padre y sacro Betis deleitoso baña, agradable al alto y claro cielo; Alzaré a vuestro nombre generoso, cual fue en Pafo a Dione consagrado, un templo insignemente suntuoso. Do, quien el peligroso mar surcado hubiere del Amor, ya salvo en puerto, a las aras atento y humillado, Los votos, que en el ancho golfo incierto prometió, pagará, dejando escrita la causa del peligro y temor cierto. Mas voy, por do no sufre la infinita fuerza de mi pasión y suerte indigna; que alguna muestra de esperanza admita. Y antes que pueda ver la luz divina vuestra, aquel rigor último a la vida, vendrá del mal, en que mi ardor me inclina. Y en breve espacio fincará perdida la esperanza desierta y el deseo, triunfando de mi muerte aborrecida. Nunca temí el dolor del mal, que veo; que entró al descuido Amor blando y sereno, para aquistar de mí el mayor trofeo. En tal sazón ya sin remedio peno; que, lo que menos duele, es el tormento. tanto de mí me aparto y enajeno! Quien abrir del mar ciego el alto asiento en mi ligera nave ver me pudo con alegre bonanza y manso viento, Y viese el cielo oscurecer desnudo de luces; borrascoso el Ponto; el fiero Noto con negro horror soplar sañudo; Aunque su pecho armase duro acero; en tan cruel mudanza y suerte mía, donde solo y sin fuerzas desespero, De humana compasión se vencería, si puede un grave caso sucedido turbar de mortal pecho la alegría. Ya que estoy a mis lástimas rendido, de mis hermosos ojos (triste) ausente, en soledad y en confusión perdido; A do torciere el paso, irá presente el florido esplendor de la belleza; que me tiene abrasado en fuego ardiente. Por difíciles riscos y aspereza en la nocturna sombra celebrada será del canto mío su grandeza. Adonde no se halle alguna entrada de hombre, o fiera, mostrará el desierto su figura en los árboles labrada. Allí mi error y engaño y desconcierto escrito, y en mi llanto lamentado, será de mi dolor testigo cierto. Aquel tierno semblante, venerado; la bella luz; do el cielo gracias llueve, la rica falda de oro ensortijado; Y el suave color de rosa y nieve; las perlas; por do Amor alegre envía la voz al corazón y el daño aleve, Presentes en mi triste compañía, para temor de la alma, a la memoria renovarán la ufana suerte mía. Y del perdido bien de la victoria darán las ocasiones; que huyeron, en el progreso luengo de mi historia. No sé, por do los hados inducieron esta mi soledad en el extremo; que en el principio nunca prometieron. Vos, Ojos, de quien cuido solo y temo morir penoso ausente, cuando fuere de mi dolor el término supremo; Húmedos en mi muerte a quien vos viere vos descubrid, y vuestra faz llorosa muestre, como mi mal vos duele y hiere. Porque sea mi suerte más dichosa, que en vida, en muerte, y el tormento mío venza a la vuestra condición sañosa. Porque en ausencia por el bien porfío; si en presencia me niegan el derecho, y me engaño en tan alto desvarío? Destinado nací para este hecho; y sujeto a belleza ingrata y dura, siempre afligido y triste y roto el pecho. La Aurora pareció con veste oscura, présaga de mi afán, y el nuevo día mudó el semblante ledo y luz segura. Jamás gocé alguna hora de alegría; que no fuese teñida de tristeza, si merecí tal bien en mi osadía. No culpo yo el rigor y la dureza de mi luciente Estrella en tanto engaño, mi obstinación sí culpo y mi firmeza. Debía no huir mi desengaño; mas consiento la pena, y no rehúso, si abracé la ocasión, sufrir el daño. Pero la ausencia así me descompuso de toda la paciencia; que no hallo en mí el lugar; que la razón dispuso. Sufriendo peno y muero, y siempre callo; pues me conozco al fin de Amor tirano humilde y pobre y sin valor vasallo. Yo sé, que un tierno pecho y soberano del mezquino se acuita y condolece, y procura su bien con larga mano. Mas a quien la ventura desfallece, y no vale esperanza, es bien la muerte; pues en la vida mísera el mal crece. Ya no mas buscaré, si el dolor fuerte desmaya; porque estoy determinado en seguimiento siempre de mi suerte. Y de esta soledad acompañado, con un deseo, en otro convertido, de mis glorias iré desamparado. Y cuando no pudiere haber olvido, (que difícil será) no es ya tan largo el tiempo, en los trabajos consumido; Que no me halle luego el trance amargo, y al cuerpo suelta la alma en vuelo presto, cansada dejará el pesado cargo. Y en sombra yacerán y oscuro puesto mis dolores conmigo sepultados; y cesarán del vago error molesto, que ahora no reposan, mis cuidados. SONETO XXXIV Mi Luz, así en la vuestra bella frente nunca ofenda las rosas hielo frío; y así blando al ingrato Señor mío vea en esas estrellas yo presente; Que me digáis; humilde amante ausente si en vuestro corazón hallo desvío? si vuestro pecho tierno el desvarío dulce, como en mi tiempo alegre, siente? Porque por esa púrpura templada en blanca y pura nieve, y por los ojos suaves, do respira mi esperanza; Que en la más luenga ausencia y apartada no vos negó mi alma los despojos, ni en mí temió el Amor jamás mudanza. SONETO XXXV Cuando cantar deseo la belleza vuestra y serena luz, que humilde honoro; el esplendor y puros rayos de oro, do afinan los de Febo su riqueza; Reconozco el valor y la grandeza, en quien de eterno ardor celeste coro ensalzó de sus bienes el tesoro, y desigual me inclino a tanta alteza. Dadme favor alguno en vuestra gloria, de honesto amor oh llama generosa, y de esta nuestra edad oh raro ejemplo; Porque a la eternidad de la Memoria por precio de beldad maravillosa consagre vuestro nombre yo en su templo. SONETO XXXVI Llegue el dolor, si puede crecer tanto, a desatar esta secreta llaga; que no me deja reposar, y haga ante quien temo el justo oficio el llanto. Que cuando descubriere de ello, cuanto mostrar se debe, a quien tan mal se paga de mi mal, podrá ser, que se deshaga la sombra del peligro y de mi espanto. Si no, escondido en esta oscura niebla, acabe a gusto ajeno; mas de suerte, que falte del remedio la esperanza. Porque quien siempre yace en la tiniebla, no espere ver la luz, sino en la muerte; que la gloria de amor tarde se alcanza. SONETO XXXIIX Profundo y luengo, eterno y sacro Río; que el ancho curso tuyo y grande frente mezclas en el mar hondo de Occidente, y en él junto el amargo llanto mío; De mi deseo vano, en quien porfía; de esperanza y remedio siempre ausente, en esta soledad por tu corriente hago ocasión a nuevo desvarío. Tú, si del canto mío un tiempo oíste el tierno son, aunque mayor que el Ebro, y yo cuánto menor que el claro Orfeo! Admite en estas ondas mi voz triste; que serás en los males, que celebro, solo mi Pimpla y mi Castalio Olmeo. SONETO XLI Viví, cuando Amor quiso, en mi cuidado ufano y sin temor; mas mi destino no sufrió, que este bien fuese contino; que no dura en amor un dulce estado. Desierto de remedio y engañado, cual mísero y errante peregrino, por los montes voy solo sin camino, de mí mismo y de Amor desamparado. En medio del dolor en la memoria tal vez consiento sombras de alegría; que engañan dulcemente la esperanza. Mas esto es la segur, que de mi gloria corta lo extremo; que en la suerte mía del bien nace en mis daños la venganza. ELEGIA V Pues la luz, que escogí por cierta guía, sombra oscura del cielo me defiende; llora conmigo, Amor, la pena mía. Ya sobre mi nubloso horror desciende, y me aflige la suerte y rinde a llanto; que el fuego, que me abrasa, airado enciende. En lágrimas deshago el triste canto, y en ellas ya debría estar deshecho el duro corazón, que sufre tanto. Qué áspera condición de fiero pecho en tan siniestro caso me levanta, y me tuerce a sufrir tan impío hecho? Cómo explicar podré congoja tanta, si faltan las palabras? si el efecto triste el sentido mísero quebranta? Qué podré ya temer? qué tierno afecto habrá, que ablande en parte mi dureza, pues vivo en tal dolor con mal secreto? Quién me impide mirar la gran belleza; el celestial semblante y armonía; que deterraban toda mi tristeza? Ya para mí se ha oscurecido el día; y pues en las tinieblas me lamento, llora conmigo, Amor, la pena mía. El puro fuego, aquel divino aliento, que en el blando y rendido pecho mío mi Sol bello envió de su alto asiento; Se altera con rigor en hielo frío, y acaba de la vida ya suspensa la parte; que estrenó mi desvarío. Y la virtud de la alma y fuerza inmensa; que me llevaba sin graveza al cielo, entorpecida está de nieve intensa. Ya no pretendo yo encumbrar el vuelo a algún favor; que estoy desconfiado, sin bien, oscuro y derribado al suelo. Queda solo este bien a mi cuidado, renovar con dolor esta memoria; Amor, lloremos mi dichoso estado. A do el favor antiguo? a do la gloria de mi pasado tiempo y venturoso? a do tantos despojos y victoria? Collados altos; Bosque deleitoso; Fuente abundosa y agradable Puesto; testigos de mi bien y mi reposo, A do las luces y el semblante honesto? el oro en rico cerco recogido, con bello error entorno, o descompuesto? A do el coral lustroso y encendido; y el color dulce de suave rosa, tiernamente tal vez descolorido? A do la blanca mano y generosa; que el yugo puso blanDa mente al cuello, y fue prenda a mi alma dolorosa? A do el ardor luciente del cabello? a do más que marfil y no tocada nieve del pecho tierno el candor bello? A do la perfección, nunca imitada, de aquella imagen viva y hermosura, con envidia de todas admirada? Qué fuerza de astro, qué cruel ventura puede apartarme el bien de mi deseo? de mi grave temor quién me asegura? En un mismo lugar estoy, y no veo la Luz, que a la alma da virtud crecida, y pierdo el bien; que siempre ver deseo. Grande dolor, pero en cuitada vida bien lo debe abrazar, quien la consiente, y sufre sustentar esta caída. Si donde el Sol se esconde de la gente; o a do en rosado carro va la Aurora con purpúreo celaje y blanca frente, Fortuna, de mi daño causadora, me llevase esta Luz serena y bella; que humilde reconozco por Señora, Aunque mil muertes me ofreciese en ella. por la tiniebla y claridad del día buscando iría mi fatal Estrella. Y ahora una enemiga compañía el paso, al bien abierto, me deshace; llora conmigo, Amor, la pena mía. En esta soledad me satisface cuanto es triste, y a muchos insufrible, y todo extraño desconcierto aplace. Quién espera en Amor? si aborrecible su bien y su mal es en su mudanza, y, cuanto mas halaga, más terrible. Si pudiese perderse la esperanza, oh cuán breve sería el ciego engaño; que nace de amorosa confianza! Porque descubriría el desengaño, presente al cielo, que mis cuitas mira, la vanidad y causa de su daño. Mísero, quien estima, y quien admira simple tan frágil fuerza, y olvidado de sí, su perdición busca y suspira. Pues yo ausente, aún no estoy desesperado; para que no desmaye el dolor crudo; Amor, lloremos mi dichoso estado. Mis quejas oiga el ímpetu sañudo de Vulturno, y las lleve resonando, do Hiperión esconde el rayo agudo; Y traspase de allí al caliente bando, y a la llena región de fría nieve, mi cuidado y dolor multiplicando. Mi daño alcance, quien surcando debe abrir el hondo lago de Neptuno, y quien, oh Marte, a tu furor se atreve. Si se hallare desdichado alguno; que tuvo bien, y lo perdió, este puede consuelo en mí tener más oportuno. Escrita mi infelice historia quede en bronzo; y llore de mi gloria muerta quejoso el mal; que a tanto bien sucede. Si algún amante en esta parte incierta llegare, lleno de mortal fatiga, y con dolor herido y cuita cierta, Señale en esta arena, y mustio diga; aquí no entra, quien no es desdichado. y aquí la suerte a todo afán obliga. En tanto que se acerca el impío hado: y nos escucha esta ribera fría, lloremos, Ojos, mi dichoso estado. Llore Betis los versos; que me oía, y tú, que no te ofendes de mis males, llora conmigo, Amor, la pena mía. Las aves con sus cantos desiguales acompañan la voz de mi lamento, y de esta fuente rotos los cristales. No es mi queja mayor que mi tormento; que el corazón, que tengo, es bien bastante para cualquier profundo sentimiento. Mas este que padezco, va delante a todos cuantos tiene el Amor fiero; ni puede alguno ser su semejante. Desconfío, aborrezco, amo, espero, y llega a tal extremo el desconcierto; que ya no sé, si quiero, o si no quiero. Testigo es de mis males el desierto; que me ve en su desnuda y roja arena vencido del dolor y casi muerto. Cándida Luna, que con luz serena oyes atentamente el llanto mío; has visto en otro amante otra igual pena? Mírame en este solo y hondo río lamentando mi mal con su ruido, y me cubre del cielo el manto frío. Repara el carro instable a mi gemido; y pues Amor tocó tu exento pecho, duélete de quien ama tan perdido. Así el dormido Joven, satisfecho del hermoso fulgor de tu luz pura, amancille jamás tu alegre lecho. Pues de nieblas la faz rompiste oscura, para mirar el tiempo ufano y ledo; cuando pude esperar en mi ventura, En este mal, en que me vence el miedo, ofrece algún remedio a tanto daño; pues valer me en mis ansias nunca puedo. Que en este mi infortunio y mal extraño por ventura la suerte ofrecería algún flaco reparo a tal engaño. Mas pues Diana sigue su alta vía; y acogida a mis lágrimas me niega, llora conmigo, Amor, la pena mía. Ya que mudanza a tanto mal no llega; y, roto del mar negro en la onda fiera, cruel fortuna a lástimas me entrega, De este sonante río en la ribera esperaré, si soy de tal bien digno, que mi esquiva pasión conmigo muera. Y seré en esta tierra triste indigno ejemplo del dolor; que Amor presenta al más dichoso amante y más mezquino. Cubrirá mi sepulcro esta sedienta arena; que el Sol hiere en luengo día, y un verso; que declare así mi afrenta; Dio ausencia y soledad, siendo su guía. a un mísero amador injusta muerte; Amor, que siempre fue en su compañía. yace con él en una misma suerte. SONETO XLVI Cuando de mi Luz bella el desdén siento, y fenecer mi gloria en tibio olvido; huyo señero y triste, aborrecido, el áspero dolor de mi tormento. Mis vanas esperanzas represento, el poco bien, el mucho mal sufrido; y ausente, despagado y ofendido mi libertad llorada osado intento. Pero si vos después rendido el cuello, y vieredes colgados mis despojos; dudad las duras armas de Amor ciego. Que en las lucientes hebras del cabello y alegre fucilar de dulces ojos preso, me pierdo todo, y ardo en fuego. SONETO XLVII Vuelvo al ufano corazón el día; en que mi Luz mostró su luz hermosa, y relució suave y amorosa, bella en mis ojos igualmente y pía; Y acuérdome, que el Sol, que descendía, paró al ardiente Flegón la espumosa rienda, y con su tardanza espaciosa sintió el ínfimo polo ausencia fría; Entonces inflamado en dulce fuego, mi gloria alabo y bien, y alegre digo; cuál buena suerte alcanza a mi ventura? No el cetro del Romano envidio y Griego; porque imperio mayor tiene consigo, quien ama soberana hermosura. SONETO L Cual dejando el Olimpo soberano, por la columna ebúrnea y roja frente las ondas y sortijas de luciente oro mi Luz movió en semblante humano. En ellas centellando Amor tirano, me anudó el corazón con red ardiente; y blando puso el yugo a mi doliente cuello entonces la tierna y blanca mano. Promesa fue este dulce acogimiento para el bien de esperanza glorioso, y fin del peso; que sufrí cansado. Qué no podré esperar de mi tormento, si en hebras, que el Sol mira envidioso, me hallo estrechamente relazado? SONETO LIII Ardió en las llamas de Eta Alcides fiero; que desdeñó el valor nunca vencido de su inmortal espíritu encendido quedar mortal, sujeto al común fuero. Tal yo, que en la serena lumbre muero de mi Estrella inflamado; aunque el perdido dolor me trae mísero rendido, eterno en su vigor vivir espero. Mas cuanto desigual es nuestra suerte; que el veneno acabó su fuerte pecho, y del error nació su grande gloria. Pero mi Luz no se preció en mi muerte, y yo, en sus rayos vivo incendio hecho, perpetua ofrezco al tiempo esta memoria. SONETO LV Ya pues que no resiste mi esperanza de esta ausencia mortal el golpe fiero, y cuido, que será dolor postrero este; que renació en vuestra mudanza; Acabad con mis ansias la venganza; que si de esta ocasión injusta muero, libre, que en vida triste nunca espero, sentiré en tanto afán tal vez bonanza. Y si vos no sufrís, que mi tormento ponga término al daño con la muerte; porque jamás descanse de mi pena. Diré contra mi mal; que más contento estoy con la dureza de mi suerte; pues, esto quiere en mí, quien me condena. SONETO LVII A do inclino los ojos, allí veo de mi ingrata enemiga la belleza; y en dulce sentimiento de terneza cuitoso con mi pena devaneo. Cuánto debo en mi mal a mi deseo; que entibia mi dolor con tal destreza; que, cuando más envuelto en mi tristeza, descubro lo que busco y más deseo. Si este engañoso velo de mi daño no sustentara el pecho, acostumbrado al perpetuo furor de mi tormento, Ya fuera muerto. mas dañoso Engaño, que me enlazas de nuevo en mi cuidado; por qué me huyes más veloz que el viento? SONETO LX No espero más de Faetón luciente, ni de la blanca Cintia noche, o día. discurra Hiperión, por otra vía, y Prosérpina ocupe el Oriente. Porque los dulces rayos de la frente, que el cielo de la Estrella ilustran mía, son, mi Apolo y mi Delia, cierta guía en la oscura tiniebla y luz presente. En tanta gloria ofende mi flaqueza; que tolerar no puedo, en ella atento, cual águila, el ardor de su belleza. Dichoso yo, si, como el gran deseo de cegar en la causa del tormento, Argos fuera tal vez, después Fineo. ELEGIA IIX Mi Luz, el esplendor de esa belleza dio aliento al simple mío y débil canto, y de Pieria me encumbró en la alteza. Ni del pedido carro el miedo tanto, ni el fuego me cortó el atrevimiento; que Faetusa por mí acabase en llanto. Llegó a mi solo bien el pensamiento; que solo se debía a mi ventura tal bien, tal esperanza y tal tormento. Tanto puede el valor y hermosura de vuestros ojos; que temer ya dudo, que me cubra en olvido muerte oscura. No alcanzara tal bien mi ingenio rudo, si vuestro alegre espíritu amoroso no armara al miedo el corazón desnudo. Creció el ardor con ímpetu dichoso, y abrasó en su virtud mi tibio pecho, vuelto ligero todo y generoso. El gran Toscano amante, que, deshecho de amor, cantó su pena dulcemente; y quien de Adria lo sigue en el estrecho; Y aquel, por quien Sebeto alza la frente con guirnaldas hermosas y corales; do, Pausílipo al mar airado siente, Y quien del rico Tajo los cristales, mezcla no inferior al Arno frío, tierno en encarecer sus propios males; No igualan con la pena y dolor mío, bien que suena menor al fin mi lira, ni fue tal su famoso desvarío. Mas pues mi alma mísera suspira por vos, mis Ojos, donde muero y vivo, flaqueza es mía, si a exceder no aspira. En no acabado incendio yo me avivo, y hallo efectos; que jamás pensados pueden ser de otro pecho, a vos esquivo. Estos pasos, que llevo tan contados; el temor; el respeto; la esperanza; los favores, sin tiempo enajenados, En dudoso recelo y confianza, me tienen trasportado, y mi porfía sigue por toda parte su mudanza. Si a donde el rojo Sol su luz desvía, o a do hiere su fuerza ardiente arena, me pudiese poner la suerte mía; Entre el hielo desierto con mi pena estaría contento, entre la llama, sonando en mis pies presos la cadena. Yo sé, con que vigor Amor inflama sujetas voluntades, y que nieve lento en amado corazón derrama. Yo sé, que aunque de nuevo ingrato pruebe su saña en mí, no olvidaré el cuidado, ni el daño luengo, ni el descanso breve. Que, solo a do estuviere y apartado, la imagen de belleza soberana ya sabe, que en mi pecho he trasformado. Donde jamás entró beldad profana; después que vi su luz, y a su deseo quedó mi voluntad rendida y llana. Y allí, cuando a Occidente el rayo Ideo va, o la Aurora su límite esclarece, con la más pura lumbre arder la veo. Mi alma goza el bien, que Amor le ofrece, y humilde envía nuevos los despojos; y cuanto más vencida, tanto crece en ella el fuego vuestro, bellos Ojos. SONETO LXI De la Luz, en que espira Amor herido, al corazón altivo y desdeñoso pasó, rompiendo, el rayo glorioso, la sombra, en que dormía, del olvido. Doliome entonces mucho, haber perdido un punto, y vi en mi mal dolor dudoso; gloria cierta; afán breve; bien dichoso; y el deseo en sus votos ya vencido. De hoy más amo y adoro cuantos daños, celoso de mi suerte, Amor procura, bienes viendo exhalar sus ojos bellos. Eternos corran mis felices años; y a mi alma, abrasada en llama pura, siempre enlace la red de sus cabellos. SONETO LXII Si fuera esta la misma de belleza luz; que mi dulce Rey pintó serena, juzgando lo que siento de mi pena, pensara en ella ver vuestra grandeza; Mas tanta gloria y bien mortal flaqueza no admite, y del deseo me condena; que Amor no sufre, oh celestial Sirena, ni sufre veros cerca vuestra alteza. Y es justo, que si viera de otra suerte, creciera con tal ímpetu mi llama; que mis cenizas fueran los despojos. Mas oh dichoso yo, si de tal muerte acabara; que el fuego, que me inflama, cual Fénix, me avivara en vuestros ojos. SONETO LXIII Tú gozas la luz bella en claro día, dichoso Endimión, de tu Diana; mi Luz yo veo con la luz temprana, y deseando pierdo mi alegría. Tú duermes blando sueño en noche fría, hasta que sale la Alba roja y cana; yo velo con herida nunca sana la sombra siempre y luz sin la Luz mía. En tu rosada frente y dulces ojos Delia suspira; y tu robado aliento de su pasado afán la aquista gloria; Yo mi Luz sin dolor de mis enojos veo con rayos de oro en alto asiento, ingrata al que padece en su memoria. SONETO LXIV El suave esplendor de la belleza; que alegre en vos espira dulcemente; y la serena luz; do Amor presente tiempla los puros rayos de terneza; En el más claro asiento de la alteza vos hacen entre tantas diferente; que por vos glorioso el Occidente, su nombre solo ensalza con grandeza. Mas el valor; el noble entendimiento; el espirtu; el intento generoso asciende a la región de luz serena. Y fuera del humano sentimiento, de Envidia sin temor llamaros oso; oh sola en nuestra edad bella Sirena. SONETO LXV Cuán bien, oscura Noche, al dolor mío conformas, y resuenas a mi llanto, murmurando con sordo y triste canto, entre estas duras peñas alto Río. Óyame este desnudo cielo frío, (si tanto con mis quejas me levanto) mas pues no espero bien en daño tanto; vana es la queja y mal, en que porfío. Rompa del corazón más tierna parte mi gran pesar; acábese encubierto; y a tal agravio falte la memoria. Que no es justo, que en esta, u otra parte se diga; que perdí, sin culpa muerto, las debidas promesas de mi gloria. SONETO LXIIX Si intentas imitar mi Luz hermosa, templar, oh grande artífice, procura en el candor de nieve llama pura, y confundir los lirios con la rosa. Y será el color de ellos la amorosa terneza; que florece con dulzura suavemente en su gentil figura, si la arte es para tanto poderosa. Mezcla cínamo negro y Sirio nardo, casia, incienso, en que cubre el rico nido, vivo el Arabio Fénix en su muerte. Que, si no te atraviesa el duro dardo de su vista, dichoso y atrevido dar podrás muestra alguna de esta suerte. ELEGIA IX Esta amorosa Luz serena y bella, que en el usado curso a la alma mía es eterno esplendor, y al cielo estrella; Esta, que en sombra oscura, en claro día con el inmenso ardor me abrasa el pecho, quedando toda en sí nevada y fría; De mi dolor, del grande agravio hecho con su valor me paga, y aunque muero, me hallo en mi tormento satisfecho. Amor me trajo el mal, y en él espero volver al bien perdido; y si esto niega, el sentido acabó el dolor primero. Surco el áspero mar en noche ciega, siguiendo porfioso mi deseo; que sin pavor al piélago se entrega. Yo, que al fin naufragar al triste veo entre las altas ondas; qué esperanza buscar podré al temor, con que peleo? No procuro a mi daño seguranza en la fortuna mía, ni pretendo mis cuitas mejorar en la mudanza. Ni ya huyo, ni oso, ni defiendo mi alma del peligro, ni me excuso del mal; que en mi cercana muerte entiendo. Todo para mi pena se dispuso, y lo debo, pues di ocasión en ello; su flecha cuando Amor al pecho puso. Mi osado orgullo, y mi lozano cuello, la razón y el gallardo pensamiento quedaron enredados de un cabello. No siente en el yusano, oscuro asiento, los cien brazos y cuerpo relazado, Egeón con sus nudos más tormento. Las trenzas de oro crespo, ensortijado, que, cual cometa ardiente, resplandecen, esparcidas con arte, o sin cuidado; De quien las tersas hebras se enriquecen del radiante hijo de Latona, y en color y belleza se engrandecen; Juntas en ricos cercos y corona, entre lucientes piedras anudadas, do mi impío Rey alegre se corona; En sus hermosas vueltas y sagradas el corazón llevaron, y herido halló el error y muerte en sus lazadas. De allí quedé sujeto y sin sentido, si no para dolor, y de alegría, en cuanto amando viva, despedido. Conmigo este mi afán y suerte mía temprano acabará con pena indigna; que no dura en dolor luenga porfía. Pues consiente mi excelsa Luz divina, que celebre la gloria de su nombre, y al cuerpo humano el fuego suyo afina. Hacer sublime espero su renombre, y que en sus fines últimas la Aurora, y el negro Melo y frío mar lo nombre. Ensalce al verde Lauro en voz canora el tierno, dulce y amador Toscano la belleza y el bien, que humilde honora; Que yo canto, aunque el duro Amor tirano en mis entrañas fiero el odio incita, el valor de mi Lumbre soberano. Y si en mi pena y lástima infinita se me concede espacio de reposo, su memoria en el tiempo será escrita. En tanto, a do alza Betis deleitoso las verdes cañas y la ovosa frente del puro vaso de cristal hermoso; Y con llena, espumosa, alta corriente entra, donde Neptuno la ancha y honda ribera ocupa y ciñe de Occidente; En la rica, dorada y fértil onda haré los sacros juegos en su gloria; y que el coro de Náyades responda. Y al árbol generoso de victoria rendirá el tierno Mirto, aunque mi canto por sí no espera honrarse en tal memoria. Cuantas veces reí del blando llanto de Laso; cuyo igual no sufre España; ni tiene a quien venere y precie tanto. Cualquier dolor de amor, cualquier hazaña, me pareció, y aquel temor fingido; que ahora siento bien su fuerza extraña. Amor, que no comporta un atrevido y libertado pecho, el arco fiero torció, y al desarmar dio un gran sonido. Pasome el corazón, y con severo imperio me usurpó el dichoso estado, en que ufano cuidé vivir primero. Quedé siempre cativo y sojuzgado de tales dos estrellas; que en el cielo a todas la beldad han despojado. Y en la purpúrea red y rico velo de la hermosa frente vi mi vida presa, sin esperar algún consuelo. Mas tal bien y tal honra vi ofrecida a los trabajos míos; que contento justamente la di por bien perdida. De allí el soberbio y animoso intento oscuro de mi canto quedar pudo; que solo dio lugar a mi tormento; Y aquel rayo de Júpiter sañudo; y los fieros Gigantes derribados; principio de mis versos grande y rudo; Y el valor de Españoles, olvidados fincaron; que pudieron en mi pena más mis nuevos dolores y cuidados. Entre armas y entre hierro mal resuena cansado, el noble espíritu amoroso, del mal; que su sosiego desordena. Dichoso, quien en verso generoso celebra las hazañas inmortales, y el vigor y el esfuerzo valeroso. O quien en las regiones celestiales termina el vuelo, y de su cumbre mira la vanidad y cosas de mortales. Quien de una bella Luz arde y suspira; quien se ve condenado al mal presente; que de su pensamiento no retira, No puede contemplar al Sol luciente, ni admirar la virtud y el nombre ajeno; que Amor tanto reposo no consiente. Basta el dolor, en que muriendo peno, si cabe esta memoria en el mal mío, y de mi gloria ausente el tiempo bueno. Mas yo temo, que yace en horror frío (que el ánimo es présago de su daño) del olvido, en que triste desconfío. Fue siempre a mi deseo Amor extraño, indució mi congoja y sentimiento, y me encubrió la sombra de mi engaño. Mas pues que desconhorto el pensamiento, o siga olvido, o el desdén me hiera, ya estoy hecho a cansar el sufrimiento. Por do me lleva injusta suerte fiera, irán conmigo solos mis enojos, hasta el fin miserable, que me espera. Y siempre volveré los mustios ojos, donde quedó (y do yo quedar deseo) mi gloria, mi fortuna y mis despojos. Si de ellos levantare algún trofeo mi Luz, espero ver, que por ventura tierna se muestre y mansa a mi deseo. No es de roca engendrada alpestre y dura, es blanda y cortésmente piadosa, y causa mi pasión mi desventura. En color de suave y pura rosa, dulces ojos y angélica armonía, y noble trato y gracia deleitosa. No reina crueldad, ni ser podría, que en celestial belleza se hallase deseo de la pena y muerte mía. Si a los hondos estrechos me llevase Amor del Indo Océano, o perdido en la Africana arena me abrasase; Firme siempre estaría, no rendido; que en pecho, más que fino diamante, está fijo el cuidado y esculpido. Si puede ser, que Hiperión levante primera luz de España, y que el corriente Ganges no entre en el golfo resonante; Esperar se podrá; que al pecho ardiente oprima el frío intenso de la nieve, o mitigue su fuego vehemente. La pluvia, que en mi faz contino llueve, regalar puede bien el duro hielo, aunque apretar su fuerza Aquilón pruebe. Gracias humilde hago al alto cielo; que, ya que me perdí en mi daño cierto, mostró en mi tiempo esta mi Estrella al suelo. Amor, cuando el pesado cuerpo muerto mi espíritu dejare, a mi Luz bella presenta mi peligro descubierto. Que una lágrima puede sola de ella renovarme la gloria de la vida. dichosa, si tal bien hallase en ella! En tanto que mi suerte aborrecida me aqueja, cantaré desamparado mi presente fortuna y la perdida, de todas esperanzas apartado. SONETO LXXII. A Fernando Melendes de Cangas Ya que nublosa sombra cubre y frío la blanca frente de este monte alzado; y del grave Aquilón aliento helado retarda el lento curso al hondo río; Siento de ingrata mano al pecho mío nieve arrojada, y siento desmayado mi fuego; y culpo mi deseo osado, y de Amor el tirano señorío. Que por un vano bien; que huye luego, y me deja dolor eterno; pierdo de libertad amada la nobleza. Mas oh que acierta mal, quien anda ciego! y el que cuida, Fernando, ser más cuerdo, descubre en tal hazaña más flaqueza. SONETO LXXIII Canté quejas y afán de injusta pena; que padecí cuitoso y ofendido, a todas las desdichas ofrecido, en que el Amor a un mísero condena. Fue el premio en tibia voluntad ajena dolor con esperanza, a do perdido deseo me inclinó, y al fin vencido traigo a fuerza arrastrando la cadena. Tú, a quien rinden su gloria insignes ríos, favorece, Tarteso padre, el canto; que tierno y simple en honra tuya espira. Que, si me dan lugar los males míos; no solo oirás de Amor gemido y llanto, más hazañas; que Marte airado inspira. SONETO LXXIV La Hidra de amoroso pensamiento, que rota del acero siempre crece; contienda áspera a la alma triste ofrece, rendida a la impía fuerza del tormento. Si del olvido justo y sentimiento la aguda espada en ella se entorpece; y con su daño fértil reverdece, por un cuidado muerto alzando ciento; Forzoso es el socorro al ya cansado Alcides del trabajo; porque en fuego con el desdén la acabe el duro hierro. Mas recelo; que en Juno Amor trocado la suba al cielo, y crezca en vano luego con nueva confusión más grande el yerro. SONETO LXXVI De mi blanca Sirena la luz pura de tierna y bella nieve se vestía, y entre aquel frío dulce Amor traía llamas, en que mi alma ardiendo apura. Al son suave, lleno de dulzura mi preso corazón con gloria mía deja el cuerpo, y las alas de alegría, a perderse en sus ojos, apresura. Cuando el hielo se rompe, y encendido reluce, y el color de ardiente rosa, y el pecho afina en su beldad serena. Y yo, con tanto bien enriquecido, me renuevo con vida gloriosa en la inmensa virtud de mi Sirena. ELEGIA X Qué señales presentes de tristeza me roban la esperanza de alegría, y me rinden sujeto a su dureza? Qué noche de dolor me cierra el día? y qué niebla del cielo oscurecida destiñe el fulgor puro a la Luz mía? Oh mísero quien sufre en triste vida los asaltos de Amor, y ya no siente remedio a su fortuna aborrecida. No veré yo mi Luz resplandeciente, que esclarezca en mis ojos, y el hermoso ardor y crespos lazos de la frente? Aún no es grave este mal, que si penoso esperase después mudar ventura, y ver aquel semblante generoso; No vendría a tener por desventura la soledad; que muerta en quien bien ama, pierde en él su rigor la muerte oscura. Y tornaría aquella ardiente llama con la vista a abrasar me en la presencia del fuego, en que mi alma ausente inflama. Temo empero, que en esta luenga ausencia me desampare solo en el camino, y desfallezca al mal con la paciencia. El cielo, que entre el cerco cristalino de sus astros intenta sostenella, claro día podrá tener contino. Será, si esparce mi luciente Estrella su esplendor y su fuerza al frío suelo, más dichosa la tierra y siempre bella; Más hermoso el purpúreo, abierto cielo, pero yo más mezquino y desdichado, y entregado a perpetuo desconsuelo. Qué corazón tendré en mi mal, cuitado? qué dureza habrá en mí, si yo no muero de terrible dolor atravesado? Tú Ánimo, présago lastimero de mi infelice suerte, el cuerpo al punto desnuda del sutil vigor ligero. Que, como en el amor le fuiste junto, justo es, que en tal estrecho no te alejes de aquel divino y celestial trasunto. Y, antes que el peso inútil veloz dejes, lleva del muerto amante la memoria; aunque tardando con razón te quejes. Sienta el mísero cuerpo alguna gloria, (si puede sentir bien helado y frío) y tu goza felice tu victoria. Mas oh dolor, oh extraño desvarío, quién me ofreció este mal de triste muerte? de qué nace este vil recelo mío? Es de alta y soberana, eterna suerte esta mi sola Lumbre de belleza, y el hado; opuesto a ella, es poco fuerte. Tan rara perfección, tanta grandeza no sufre, como yo, mortal mudanza, es luego eterno su valor y alteza? Pero en el golfo airado sin bonanza, donde se halla nunca algún sosiego; y falta en el peligro la esperanza, Se cansa y se fatiga el vital fuego, y desea arribar al rico asiento; do segura desprecie el furor ciego. Esto es lo que recelo descontento; y porque el corazón jamás rendido, se desmaya, y se muere el sufrimiento. Siempre cuidado tal cayó en olvido, que si el temor, que tengo, me hiriera, hallara Amor el paso defendido. Si la pasión de la alma consintiera, venciera esta aflicción, que me atormenta, y descansado de este afán viviera. Mas amo, y busco, y hallo al fin mi afrenta, y sigo el ancho paso de mi daño; por donde la ocasión me lo presenta. Nueva Pena y Temor; Furor extraño; y vos, en quien mi rostro se humedece, Lágrimas; Esperanza; Error y Engaño, Porque el usado brío en mi fallece, pues en esta sospecha no estoy cierto? por qué el frío mis venas entorpece? Si es porque muera ausente, ya estoy muerto; después que mis dos luces me dejaron con soledad penando en el desierto. Todas las esperanzas me faltaron, y contra la fortuna de mi vida Amor y el cielo airados conspiraron. Ella será temprano mal perdida; que en tan terrible mal muy poco puede la fuerza, que en sí tiene enflaquecida. Si Amor este deseo me concede; que, faltando primero del aliento libre de este pesar y afrenta quede; Daré por bueno yo mi apartamiento, y, triste sepultado en este ajeno campo, descansaré de mi tormento. Que mi Lucero el esplendor sereno difundirá a mi túmulo dichoso, de eterna y nueva lumbre siempre lleno. Y entonces, con el vuelo glorioso, ilustrando la sombra de Occidente, al cielo se alzará victorioso. Saturno frío, el impío Marte ardiente tendrán de sus clarísimas centellas virtud y luz más pura y excelente, y el coro de las cándidas estrellas. SONETO LXXXII Un tiempo, aunque fue breve, osé atrevido, por ventura atendiendo la victoria, quejar y de mi afán mostrar la historia a quien me trae en ciego error perdido. Ahora, o con más lastima ofendido o cierto de la falta de mi gloria, no hago de mis males más memoria; que si yacieran solos en olvido. Pero el silencio al fin no puede tanto; que en soledad no rompa, y, lo que impide su vista, escribo del dolor forzado. Comienza el día, y doy principio al canto y llanto; que en la noche Amor despide, y llanto y canto avivan mi cuidado. SONETO LXXXIV Mi pura Luz si olvida el fértil suelo, que Betis enriquece en Occidente; y abre las frías nubes con ardiente rayo, esparciendo en torno el rico velo; El asiento más digno será el cielo al sacro esplendor suyo reluciente; y de allí con las llamas de su frente romperá el rigor duro al torpe hielo. O, ya que aun no se debe a la belleza sin el riesgo de ausencia, será el grado propio el pecho, do yace obedecida. Que a tal valor del mundo la grandeza, o la alma , en sus centellas encendida, es de esta excelsa Luz lugar sagrado. SONETO LXXXV Nunca mi mal terrible sentiría, ni descansar querría de mi pena; si cuidase tal vez, que mi serena Luz alegre y suave me sería. Mas no sufre la indigna suerte mía esta gloria, y de sí la aparta ajena; y a rendir la esperanza me condena; porque osé, y di lugar a esta osadía. Haga el cielo, que pierda en menor daño la memoria de aquel atrevimiento; que tuve en ver mi afán no aborrecido; Cuándo agradó a mi Bien, que en dulce engaño sufriese ufano y ledo el mal, que siento. mas qué vale, a quien muere en tibio olvido? SONETO LXXXVII. Por la Vitoria de Lepanto Hondo Ponto, que bramas atronado con tumulto y terror, del turbio seno saca el rostro, de torpe miedo lleno; mira tu campo arder ensangrentado, Y junto en este cerco y encontrado todo el Cristiano esfuerzo y Sarraceno; y, cubierto de humo, y fuego y trueno, huir temblando el impío quebrantado. Con profundo murmurio la victoria mayor celebra; que jamás vio el cielo, y más dudosa y singular hazaña; Y di, que solo mereció la gloria; que tanto nombre da a tu sacro suelo, el Joven de Austria y el valor de España. SONETO XC Aquí, do me persiguen mis cuidados, solo, sin mi Luz bella, y ofendido, en noche de dolor siempre escondido lamento mis deseos engañados. Vuelvo a ver mis contentos ya pasados, para mayor afán; que el bien perdido más duele al que se ve en confuso olvido, y contra sí sus males conjurados. Cuanto intento alentar mi acerba pena; y cuanto fundo en esperanza y tengo, todo gasta y destruye mi tormento. Vos, que, rota de Amor la impía cadena, respiráis del trabajo; que sostengo, dadme esfuerzo en tan grave sentimiento. SONETO XCV Huyo la blanda voz y el tierno canto; que en celeste armonía espira y suena, de esta, de España luz, gentil Sirena, mas vuelvo al fin sujeto al dulce encanto. Bien sé, que este placer acaba en llanto; que esto es imagen cierta de mi pena, y Amor injusto siempre me condena; porque sirvo, y padezco y sufro tanto. Ulises, que pudiste venturoso surcar, seguro y sin temor del daño, el golfo de la bella Leucosia; Cuánto fueras más grande y valeroso, si tentaras perderte en este engaño, oyendo a la inmortal Sirena mía. CANCION VII Ya bien podrás hartar de tu crudeza, Amor, en mi herido pecho el hierro; y tu rabia ensañar en mis entrañas. mas no podrás hacer, que mi dureza dude ya mayor mal; ni en mi destierro que la venza el temor de tus hazañas. son tales tus extrañas leyes y condición; que ya no espero remedio, ni lo quiero. antes ufano abrazo el daño todo de esta mi perdición; que el dolor fiero no da lugar al bien en algún modo. véngate en mí, Cruel, que estoy desierto, en pena vivo siempre, en gloria muerto. No deja respirar el golpe crudo al triste corazón, ni deja al llanto; que quiebre su furor, antes los ojos secos, y el rostro de pasión desnudo fingen ledo semblante. pero cuanto procuran encerrar de sus enojos, son míseros despojos de obstinación confusa y clara afrenta. quién habrá, que consienta tanto mal, y lo esconda en ciego olvido, sin que memoria alguna de él se sienta? mas oh cuánto es mejor, que esté perdido en silencio; pues cabe tal cuidado solo en mi corazón desesperado. Es, cuanto pienso, lástima, es tormento. el bien me cansa, aflige la alegría; que sin envidia en otra gente veo. temo el favor; procuro el descontento; reposo en la mudanza esquiva mía; y tan ajeno estoy de buen deseo; que olvidar me deseo de todo, lo que fue mi bien y gloria. qué presta la memoria, de perdidos contentos en un triste? qué pequeño triunfo, qué victoria tan corta, Amor, en acabarme hubiste? hubiste, Amor, victoria de tal suerte; que estoy, vencido al fin, más duro y fuerte. Los ojos abro, solo a ver mi daño, y holgarme con él sin confianza; pues desamparo ya sin ella el miedo. y valgo tanto ya en el desengaño; que, aunque me siento extraño de esperanza, como volver a ella nunca puedo, cobro tanto denuedo; que, si tal vez me acuerdo, que la tuve, y con ella sostuve los males, que me dio tu mano fiera, cuando en más bien con más favor estuve; aborrezco los días y primera ocasión; que me trajo al desvarío, y alabo esta ventura del mal mío. El rayo de los tiernos ojos bellos; el color dulce y pura faz serena; que mi soberbia frente quebrantaron, el rico y terso lazo de cabellos; que prendieron mi alma en su cadena; y mil trofeos de ella levantaron; y en tu templo colgaron mis despojos, Amor, ya poca parte serán, para estimarte. osado pecho tengo y generoso; que se atreve a mostrarse, sin dudarte, contrario de tu nombre poderoso. bien puedes revolver en guerra luego contra mí el aire, el mar, la tierra, el fuego. Si, en cuantos, impío, ofendes, hay alguno; que se espante de ver mi atrevimiento; y tenga de mi pérdida recelo; crea; que mi dolor me fue importuno; y que un desesperado pensamiento se obliga mal a recibir consuelo. pero yo qué recelo? que contra ti, oh cruel, oh mi enemigo pocas injurias digo. y pues llego en el daño a tanto extremo; que estoy solo en estrecho sin amigo, esfuérzome en el mal, y no lo temo; que no rehúye alguna desventura, quien tiene tan perdida la ventura. SONETO XCVII Sol, que con alas de oro vas luciente, y al Euro tu primero ardor colora; mostrando al blanco cerco de la Aurora la fogosa corona y roja frente; Cuando el ondoso claustro de Occidente entrares, donde reina alegre Flora; si la Luz, que este ausente amante adora, vieres, lleva esta triste voz doliente. Después que vos dejé, mis bellos ojos, y en puras perlas Hebras enlazadas, la noche oscureció al sereno día. El bien me falta, y sobran los enojos; y en horas de tristeza mal contadas ningún lugar me queda de alegría. SONETO XCIIX Tiempo fue de dolor, el que yo tuve sujeto a dura voluntad ajena. Tiempo fue, en que perdí mi grande pena; mas en perder más fiero mal sostuve. Tiempo fue de mi afrenta aquel, do estuve atado y sin valor en la cadena. Tiempo fue, en que cerré a la luz serena los ojos, y en error perdido anduve. Tiempo es ya, que no duerman en su engaño, mis sentidos; ya es tiempo; que deshaga la razón mi porfía y devaneo. Que ya no es justo conocer el daño, y abrazar la ocasión; aunque en la llaga siempre abierta respire mi deseo. SONETO XCIX Ya que la grande fe del amor mío, y el eterno dolor de mi tormento no pueden descubrir un sentimiento liviano en vuestro ingrato pecho frío; Mostrad con más desdén mayor desvío; porque con el afán, que triste siento, o acabe en triste muerte el descontento, o huya este confuso desvarío. Antes, pues más no sufre el mal presente, volved, fiera Enemiga de mi gloria, la dulce libertad, que yo tenía. Porque de vos ya pierdo osadamente sin esperanza alguna la memoria. mas ay cómo me engaña esta osadía. SONETO C Bien puede el vano error y la porfía de mi ardiente deseo desfrenado llevarme en su furor arrebatado, y oscurecerme el cielo en claro día; Que al fin la Luz serena, que me guía, la vista abre de nuevo a mi cuidado; y de improviso horror todo ocupado, repugno a la perdida suerte mía. Respiro ya del importuno peso; y, aunque no arrojo el yugo sacudido, no me oprime la fuerza del tormento. Ni libre canto ya, ni lloro preso; ni sano, de mi llaga, ni herido, dudoso estoy en confuso sentimiento. SONETO CI Ya comienza a mudar su faz el cielo sereno de mis días no turbado; ya tornan a estrecharme mis cuidados; y Amor en fuego vuelve el tibio hielo. Incauto en tantos daños alzo el vuelo de atrevidos deseos no cansados; que van, en lo que siguen, tan cebados; que pierden al peligro ya el recelo. Ufano intento, débil esperanza y pocas fuerzas hacen, que fallezca en medio del camino la osadía. Cuando trocare el caso esta mudanza; será, para que siempre en mal padezca, quien yerra, y persevera en su porfía. ELEGIA XII Las quejas, y suspiro y llanto luengo de mi pasado daño, en tanto extremo descubran la pasión, del mal que tengo. Presente está el cruel dolor; que temo, y conmigo no finca la esperanza; que de mi triste afán fue el bien supremo. Miserables efectos de mudanza, que roban de mi dulce primavera las flores con perpetua mal andanza. Perdida bien en otro tiempo fuera la vida, cuando lleno de alegría mi muerte más plañida ser pudiera. Pero en esta mezquina suerte mía qué consuelo tendré, si en tal estado, mi niebla oscureció a la luz del día? Si yo me hubiera tanto recelado de peligros de amor, con más paciencia sufriera este dolor necesitado. Mas quien favorecido en la presencia estuvo siempre; no esperó, a su gloria que nuciera la fuerza de la ausencia. Antiguas ocasiones y memoria, y mis nuevos trabajos representan la esperada promesa de victoria. Los bienes y los males más me afrentan; cuando inquiero razón, para librar me de los lazos de Amor, que me atormentan. Pueden mis pensamientos animarme; para mostrar ausente sufrimiento, no osando en el peligro conhortarme. No se debe a mi grave sentimiento ya compasión alguna, antes conviene un extraño linaje de tormento. En tanto mal no sé, por qué sostiene mi espíritu la vida, ni si es justo, que en mísero temor se canse y pene. Amor me lleva ausente por su gusto; para extremar en mí toda crudeza, y obedezco por fuerza el mando injusto. Si mi pecho constante con dureza se vio, sin confianza y osadía conocerá su ímpetu y braveza. No doy lugar al bien, en que me vía; después que, puesto solo en el desierto, mi niebla oscureció a la luz del día. Cuanto al dolor terrible ya estoy muerto; pero en la honra de sufrir tan vivo, que a su rigor opongo el pecho abierto. Quien me juzgó otro tiempo muy esquivo, no me culpe, si estoy sin fuerza alguna; que con el mal perdí el intento altivo. Cúlpeme, si abrazare esta importuna cuita en el corto espacio de mi vida, si otra vez esperare en tal fortuna. Yo tengo la esperanza aborrecida, y tengo amor, y sé que no me engaño; pero no sé, en qué parte en mí se anida. No siente, quien no sabe, que es el daño de amor desesperado, cual el mío, revuelto en el horror del desengaño. No espero, y amo; y huyo ya, y porfío; y si busco pretexto a mi ventura, es inútil, pues temo y desconfío. No se vio, cual la mía, desventura; mas, mirando a la causa, do procede; bien debida al furor de tal locura. El temor de no ver tanto en mí puede; que derriba mis vanos fundamentos, y ver mi adversa suerte no concede. Cuidé tener seguros mis intentos, cuando en mar sosegado navegaba con próspera bonanza y frescos vientos. Mas ensañose tempestad tan brava; que las crespadas ondas de alegría en altos montes de agua levantaba. Corrió fortuna allí la nave mía: y, sin que me valiera confianza, mi niebla oscureció a la luz del día. Ya tarde puedo yo aguardar mudanza; si no espero remedio, ni lo pido, ni me asegura Amor más esperanza. Tan mísero me veo y confundido, y rendido a la pena; que imposible será, cual yo, hallar otro perdido. El afán, que padezco, es insufrible; mas por aquella Luz, do Amor florece, cuanto es más grave, me es más aplacible. Favor de la ventura no merece, quien por temor del mal del bien rehúye; y al peligro su vida nunca ofrece. El suceso en mil casos varios huye, cuando se pesa más y considera, y toda la esperanza se destruye. A la entrada difícil y carrera del amoroso y ciego laberinto no aprovechó temer mi suerte fiera. Amor halló mi pecho en el procinto tan gallardo y soberbio; que no pudo ser más bravo el que rige a Delo y Cinto. Mas vibrando sañoso el rayo crudo. temblome el corazón, y desmayado dejé caer medroso el fuerte escudo. Allí, cuando yo fui desamparado, fuera justa la muerte por castigo; pues perdí mi temor y mi cuidado. Confío yo mi vida a mi enemigo; muéstrole la ocasión para mi pena, y laméntome de él, como de amigo? Ya no daré razón tan cierta y buena, que me excuse de afrenta en mi porfía; ni habrá ya a quien admire mi cadena. En soledad estoy sin alegría, y me asombra el dolor; porque en una hora mi niebla oscureció a la luz del día. Gime conmigo el Sol, conmigo llora el Héspero, y la Noche se lamenta, y conmigo te quejas, roja Aurora. Quién es tan olvidado, que consienta, y procure lugar para su muerte; tomando la ocasión, que se presenta? No recelo el dolor del trance fuerte, sino que estoy ausente; y que, si muero, no puede haber memoria de mi suerte. Si fuera piedra yo, si duro acero, comportara mis ansias; mas (cuitado) no tengo en tanto mal el pecho fiero. El ánimo en mis llamas abrasado, después de roto el nudo, alzará el vuelo al trono, donde está sacrificado; Yo quedaré desierto en este suelo, premio digno a mi lástima penosa, y lo espera, quien ve mi desconsuelo. Tú, si bañare tu ribera ondosa, Tartesio Río, mi sepulcro; suena, hiriendo triste en él con voz quejosa. Pues no se condolece de mi pena un pecho ingrato, y sin amor, lloroso sus iras impías y mi mal resuena. Podrá ser, que, en la muerte venturoso, alcance claro nombre y escogido de constante amador y no dichoso. Pero ya que me veo al fin partido, de mis bellas estrellas desterrado, do no puedo, ni espero ser oído; Y que, a molesta ausencia condenado, relucho, contrastando al dolor mío, protesto; que en mi mal no soy culpado; No para atender bien; que en pecho frío no cabe compasión de mal extraño, ni admite Amor tan áspero desvío. Mas para no dar fuerzas al engaño, por donde me conduce solo, ausente, con que pueda culparme en tanto daño. Y pues Amor mis lástimas consiente, no quiero yo vedar a mi memoria cosas; con que mi pena se acreciente. Los favores, que fueron rica historia y dichosos despojos de alegría; los perdidos contentos de mi gloria Sean triste desdicha y suerte mía, pues en seguro y llano y ledo estado mi niebla oscureció a la luz del día. Mas porque no se ofenda el bien pasado; aunque es agravio injusto al pensamiento, quiero el dolor por él sufrir doblado. Pero tengo tan tierno el sentimiento; que me enflaquece, y temo la caída; que mal se pierde tanto laxamiento. El riesgo no me turba de la vida; que abandono el temor con el deseo, y la esperanza yace confundida. Bien puedo ya decir; que no deseo, mas dudo la memoria; que persigue mi alma, a do mis bienes, triste, veo. Amor qué bien, o qué valor consigue, trocando a cada paso mi tristeza? qué gloria de mal nuevo se le sigue? Si yo me viera rico y en grandeza; si estuviera rebelde y no vencido; si pudiera perder en mi pobreza, Mostrara en mí la fuerza de su olvido; vengara su desdén; su airado pecho; y trajera contino perseguido. Mas a quien olvidado ya y deshecho está de su furor; a quien no siente; a quien llegar no puede a más estrecho, Para qué lo maltrata? que ni ausente, ni preso y desdeñado, ni sujeto tengo más que sentir, que me atormente. Si algún bien esperara, yo prometo, que de grado escogiera este importuno dolor; que no permite estar secreto. Mis males cuento todos de uno en uno, hallo poca razón, y no me atrevo a consolar mi ofensa con alguno. Confórtome con esto; que no debo mas a mi bien; que no haya merecido; y que en estos mis males no soy nuevo. Y así triste y lloroso me despido de la alma ; que me da el postrero aliento, si del cielo no soy favorecido. La voluntad rendida le presento otra vez, y consagro los despojos de este mal y cuitoso apartamiento. Que no es mucho, que guarde mis enojos con las ricas memorias de alegría; pues voy solo y ausente de sus ojos. Pero si la infelice suerte mía la mueve tiernamente a mi cuidado, huirá mi niebla de la luz del día. Y, siendo de sus rayos inflamado, aquí, do estoy ausente en dolor fiero, renovaré la gloria al mal pasado. Después de tanta sombra el Sol espero; que el día ilustrará a la noche oscura, y en aquel dulce bien de amor primero los ojos fijaré en mi Lumbre pura. SONETO CVI Hurtadas glorias de esperanza incierta; vanos efectos; días mal gastados dieron triste principio a mis cuidados, y ocasión a mis lástimas abierta. De mi favor y mi alegría cierta los pasos fueron súbito cortados; y fueron mis dolores renovados con la memoria de mi gloria muerta. Ahora queda inútil esperanza; frío; calor; temor; suspiro y llanto; y solo Amor, en mi engañada suerte. No deseo tornar en confianza; que no hay corazón, que sufra tanto; ni aun bien, que me defienda de la muerte. SONETO CVII Solo de unos honestos, dulces ojos tengo lleno mi alto pensamiento; solo de una belleza cuido y siento; que da justa ocasión a mis enojos. Solo me prende un lazo; que en manojos de oro esparce el Amor al manso viento; solo de una grandeza mi tormento procede; que enriquece mis despojos. No escucho otra voz, ni amo, y no me acuerdo de otra gracia jamás, ni espero y veo otro valor igual en mortal velo. Si no fuese saber, que ausente pierdo la gloria, que se debe a mi deseo, nunca más bien de Amor me diese el cielo. SONETO CIX Aquí yo vi el luciente y puro velo por los hermosos hombros esparcido; que se puso en mi cuello, y sacudido a la aura el oro retocó en su vuelo. Cual baja el bello Amor del alto cielo, con crispante esplendor esclarecido; tal mi Luz pareció con encendido vigor; que hace ilustre y rico el suelo. Mis ojos, que gozaron esta gloria, son dichosos, y guardan la alegría para el dolor; que la alma presa siente. O que dulce holganza a la memoria, dulce bien y regalo de aquel día; que siempre alabo en soledad ausente. SONETO I Las armas fieras cante, el triste hado del soberbio Ilión, ceniza hecho; el impío orgullo; el temerario pecho, con saeta celeste atravesado; El mar, nunca primero navegado, y duras peñas del concurso estrecho; de Centauros el ímpetu deshecho, o Egeón con cien brazos indignado; Quien en la Aonia selva ornó su frente, habitador de la Cirrea cumbre; para vencer la muerte con memoria. Que yo solo (si Amor tal bien consiente) mi pura Estrella, canto vuestra lumbre; que me afina en las llamas de su gloria. SONETO III Quién rompe mi reposo? quién desata el dulce sueño al corazón cansado? quién despierta el temor de mi cuidado? quién mi sosiego amado desbarata? La fuerza de mi afán, que me maltrata, turbando mi descanso; y tan pagado estoy del mal; que, en él enajenado, de lo más el sentido se recata. Fuera yo a mi pasión no agradecido, si no buscara extremos en la pena; como en la presunción de mi osadía. El bien de mi dolor tan bien sufrido es, pensar que, cuan fiero me condena, tanto es mayor con él la gloria mía. SONETO IV Ojos, en quien mi espíritu respira tal vez, ardiendo en lúcidas centellas; ojos no, mas purísimas estrellas; rayos, que el Sol menor celoso mira; Rico puesto, a do solo Amor espira, dichoso, en las eternas luces bellas; y sus llamas afina, y tiempla en ellas siempre fiero y cruel la aguda vira; No alcanza nombre alguno a la belleza vuestra, y así no digo cuanto siento; que tanto bien no cabe en voz humana. Baste, que para osar a vuestra alteza, vos llame; oh dulce causa a mi tormento, ojos de mi Sirena soberana. ELEGIA I Bien debes esconder, sereno Cielo, tus luces, y tejer de oscuro manto en torno luengamente el ancho velo; Y España deshacerse en mustio llanto, y volver en un triste sentimiento siempre la dulce voz, y alegre canto; Y Betis remover del hondo asiento negras ondas, creciendo el mar hinchado el curso de su mísero lamento; Pues oh dolor, tarde temido, el hado pudo airado robar la luz hermosa al suelo eternamente despojado. Perpetua sombra y niebla tenebrosa desconhorte los pechos, espantados de dureza tan áspera y llorosa. Acábense con este los cuidados; las congojas antiguas; y el gemido por todos los sucesos desdichados. El Sol de hermosura esclarecido, rayo de la divina hermosura yace en fría tiniebla oscurecido. Quien pudo ver la luz suave y pura, clarísima Heliodora, de tus ojos, nunca esperó tan grande desventura. Las ricas hebras, lúcidos manojos de oro terso, sutil, y ensortijado, son ya de muerte míseros despojos. Vese el dulce color amortiguado, y sin vigor la bella y blanca frente; y queda el cuello apuesto derribado. El blando trato; el corazón clemente; la gracia generosa y cortesía; la fe y modestia y la virtud presente Entrega un desdichado, y cruel día en duros brazos de la muerte fiera, cuando menos al miedo se debía. Esta engañosa vida lisonjera, desierta y en confuso error perdida, después de tanto mal qué bien espera? Con esta triste y última partida es dulce vida ya la amarga muerte, y amarga muerte ya la dulce vida. Ningún caso tan áspero, o tan fuerte estrago, y ningún ímpetu sañoso del Cielo; que contrasta nuestra suerte, Puede; aunque, quebrantando proceloso, arranque gruesos muros bien trabados, y se confunda el orbe temeroso, Rendir los corazones levantados; que el valor glorioso los alienta, entre peligros mil nunca turbados. Mas esta, que enemiga se presenta, y deshace cruel con impía mano la verde flor, indigna de esta afrenta; Al más excelso pecho, y sobrehumano desnuda de la usada fortaleza; que contra su rigor se opone en vano. Terrible mal, pero común tristeza; que desbarata la ambición profana, freno de vanas pompas y grandeza. Contra esta furia, rígida tirana solo finca un reparo no ofendido; que es la ardiente virtud y soberana. Rompa el Cielo, en mil rayos encendido, y con pavor horrísono cayendo, se despedace en hórrido estampido; Tal es, que este furor y horror tremendo, y cuanto conspirare por su daño, rendido ante ella quedará gimiendo. Bien puede al hombre ciego y de ella extraño, enflaquecer, y su memoria injusta acabar del olvido en lento engaño; Mas nunca podrá haber victoria justa de quien se aparta, y singular contino sigue y alcanza al bien con gloria Augusta. Dichoso, aquel espíritu divino; que la alta frente descubrió seguro, sin temer el común peligro indigno; Y al estrellado claustro y ardor puro encumbró el fácil vuelo en paz, purgado de corteza mortal y error oscuro. Si amor de la virtud jamás cansado; si piedad; si corazón honesto; si sufrimiento, apenas enseñado; Y si ánimo humillado, y bien dispuesto; si trabajos de inmenso sentimiento; si a santas obras pecho firme y puesto, Pueden de este apartado, y grave asiento colocarte, oh sin par bella Heliodora, en los giros de eterno movimiento; Tú serás en el Cielo nueva Aurora, antes luciente Sol; que muestre al día la riqueza y valor, que en ti atesora. Y cuando la desnuda noche fría oscurezca el fulgor, serás Lucero; que descubra en su horror serena vía. Y viendo el color tuyo verdadero, variado en la púrpura y la nieve, y el oro, que igual nunca vio el Ibero; Dirá; quien te mirare, si osar debe en tanto mal; ingrato a tu belleza, el impío hado a tanto bien se atreve. Tú jamás descansaste en la estrecheza; que tu alma ofendía, y padeciste dolor, y siempre afanes y tristeza. Ni quiso el claro Olimpo, ni pudiste ya esperar más trabajos, y dejaste alegre al Cielo todo, a España triste. Contigo arrebatado nos llevaste el deseo de amor honesto y santo, con el que en nuestros pechos inflamaste. Yo canté tu valor, y ahora canto el premio merecido de tu gloria, aunque a la voz impide el tierno llanto. Mas en mí no desmaya la memoria de tu virtud, de quien el tibio Olvido desespere ganar jamás victoria; Y veo, que es el llanto mal perdido; porque descansas libre ya, y segura, y la ocasión de mi dolor olvido. No podía tu inmensa hermosura; tu valor; tu divino entendimiento contento sosegar en sombra oscura; Y desdeñando, el duro ligamento deslazaste; y en leve vuelo suelta pisas el cerco eterio y firme asiento. Si puedes renovarte alguna vuelta la memoria del suelo despreciado, en dichosa alegría y bien envuelta; Da esfuerzo a este mi espíritu cuitado; para sufrir la acerba y luenga pena, de esta vida la lástima y cuidado. Que ya de la esperanza se enajena, ya su intento engañado y error siente; y en tormento molesto se condena. Que en tu honra inclinado el Occidente; el frío Ebro; el Tajo caudalosos venerará este día humildemente. Y Betis, que contigo fue dichoso, pero ya desdichado que te pierde, y triste, y sin el ancho curso ondoso; En medio de su fértil campo verde hará, que el coro todo se levante de Ninfas; que con dulce voz concuerde; Y metiendo en el piélago de Atlante la frente por su abierto y hondo seno con ímpetu extendido resonante; Dará ocasión; que el mar de peñas lleno, alce el canto en tu gloria, rodeando sus bandas, de otra alguna voz ajeno; Hasta que el claro son multiplicando, entre, volviendo el paso, en el Egeo, en el último Euxino reparando. Yo, si el Cielo, presente a mi deseo, no corta el hilo frágil de esta vida, y al canto aspira espíritu Febeo; Espero, tu memoria esclarecida hacer insigne ejemplo de la Fama, prenda solo a mis lágrimas debida, Y quien oír pudiere de tu llama viva el puro esplendor, y la belleza; que, por cuanto el Sol cerca, se derrama; Culpará de sus hados la dureza; que le negó admirar en este suelo la luz excelsa de ínclita grandeza. Alma dichosa, tú, que el alto Cielo enriqueces alegre, y gloriosa te cubres de purpúreo y sutil velo; Vuelve a mirar a España lastimosa en tu partida; que de bien y ajena, yace en terreno afecto congojosa. Esta triste ribera, de afán llena, que vio desparecer su blanca Aurora; con mustio verso murmurando suena. La sublime y bellísima Heliodora, roto el cansado y grave peso frío, abrasada en la eterna luz; que adora, es tutela del sacro, Hesperio Río. CANCION I. A don Alonso Perez de Guzman Duque de Medina Príncipe excelso, a quien el hondo seno por su luciente curso y extendido el sacro, padre Océano, inclinado ofrece, de respeto humilde lleno, en el corriente estrecho celebrado el tributo debido; si del Dirceo Cisne esclarecido la voz grande y sonora el alto canto, y de Cirra el aliento en mí inspirara; yo nunca las hazañas ensalzara de aquel que causó en Troya último llanto; ni el que ofendido tanto de la sañosa Juno, limpió en guerra de fieras y tiranos la ancha tierra. Antes pensara, alzando osado el vuelo por la inmensa región de vuestra gloria; sin perder el dichoso atrevimiento, entre los puros astros que orna el Cielo, con cercos de lumbroso movimiento, vuestra insigne memoria entrelazar, negando la victoria del claro nombre al Tiempo desdeñoso. mas aunque el valor vuestro, y su grandeza no admiten de mis versos la rudeza; y de Ícaro el suceso peligroso me vuelva temeroso, y el riesgo, a que me obligo, atento veo; no puedo contrastar a mi deseo. Si el noble, liberal, y cortés hecho, y piedad del ánimo excelente no sufrió; que la sangre generosa (aunque contraria con discorde pecho) de la estirpe real, y gloriosa casa vuestra en la ardiente Libia acabase presa indignamente, premio tenéis ya de esta cortesía; que toda cuanto es grande, admira España la honra singular de esta hazaña; y, vencida la Envidia, se desvía de su antigua porfía; y a su pesar conoce en tanta muestra; que solo pudo ser tal obra vuestra. Vos; que, cual Sol, que luce entre las nieblas; resplandecéis en esta edad oscura, a renovar la bella edad pasada, cuando venciendo alegre las tinieblas, fue la sola Virtud más estimada; pues ya por vos procura subir a su grandeza y lumbre pura, y del olvido ingrato, en quien se esconde vuestro favor invoca, y vuestra mano pide; y osa elevar el vuelo ufano a su difícil yerta cumbre donde el premio igual responde, no la desamparéis; que en vos espera vibrar su llama, y descubrir entera. No esperéis, en el mármol esculpido, o en el sujeto bronzo bien labrado; que figurado vuestro nombre espire; que en breve espacio yace oscurecido, aunque el ingenio junto y arte inspire de Fidia aventajado; que este es mortal trabajo limitado. porque el divino coro de Helicona, intento a vuestra gloria, el árbol verde; que su esplendor florido nunca pierde, teje en hojas de roble, y lo corona de una inmortal corona; para ceñir en torno de oro ardiente con siempre eterno nombre vuestra frente. Nunca la luz jamás, y la grandeza, que de amable virtud el fuego inflama; y el brío generoso; el alto pecho; después de la fatal, común tristeza, cuando al valor se niega su derecho centellará en la llama, do la memoria más vos busca y llama; si la sagrada Musa, agradecida, no deshace la sombra del Olvido. es vano intento, es ciego error perdido, cuidar que pueda alguno alcanzar vida, a su nombre debida; si este favor pujante no proviene, de aquella ínclita voz de Melpómene. Cuántos famosos Príncipes encubre, cuántos heroicos pechos encerrados tiene el silencio oscuro en negro velo? el Tiempo vencedor esconde, y cubre todo cuanto valor ilustró al suelo. de aquellos, que admirados, y fueron de los hombres venerados; aun rastro de su gloria no se alcanza. vos, de tanta engañada muchedumbre distinto vos veréis en alta cumbre, con pocos alcanzando esta alabanza; no engañéis la esperanza; que de vos nos promete y hace cierta la natural virtud que está encubierta. Seguid, Señor, y osad los grandes hechos, no menos en la paz que en dura guerra, de los vuestros clarísimos mayores, cuyo valor sublime, cuyos pechos quebrantaron los bárbaros furores; que nuestra rica tierra, por donde el Africano mar la cierra, anegaron en sangre; y la abrasada, arenosa Numidia, helada y fría, roto su orgullo todo y su porfía vencida, en tristes lágrimas bañada se les rindió humillada; y Atlante con horror temió presente, gimiendo el postrer hado, amargamente. Del más preciado nombre y glorioso, que España, de las gentes domadora, puede alabarse, sois felice lumbre. grande honor, gran cuidado trabajoso, para pedir las puntas de su cumbre; porque la roja Aurora; y la lista; que intenso ardor colora; y la que en hielo torpe se condena; y las partes del orbe más extrañas conocen el fulgor de sus hazañas; que su valor en todas crece y suena con luz de gloria llena. vos, a igualar sus hechos obligado, solo seréis de todos admirado. SONETO IIX Tal vez abrasa con vapor fogoso, tal vez enfría con horror helado, de la Africana fuente desatado el cristal en el mismo trato ondoso. Cuando el cielo en la sombra está medroso, hierve en ardor su curso destemplado, y cuando yace el Sol más inflamado, corre un invierno de rigor nevoso. Son tales los milagros que en mi pecho, sujeto y condenado a tu crudeza, haces, fiero tirano y Señor mío; Que estoy en el calor un hielo hecho, y un fuego de inmortal naturaleza en la fuerza y vigor del mayor frío. SONETO X Ausente pienso en mi dolor conmigo, si alguna vez estuve tan contento, que no diese al cuitoso sentimiento el lugar, que se debe al más amigo; Y hallo al fin en este mal, que sigo, que nunca una hora libre de tormento pude alcanzar; que al cabo el pensamiento es mi mayor contrario y enemigo. Bien que pruebo traer a la memoria sombras de un bien, que descubrí tan vano; que se despareció luego a mis ojos. Mas esto no me puede causar gloria, antes da siempre a mi dolor la mano; para que no se acaben mis enojos. SONETO XVI Fiero dolor, que el corazón cuitado tanto afliges y cansas; dolor fiero, que por templar mi mal con honra, quiero llamar solo dolor desesperado; Pues al extremo ha tu rigor llegado, y del Amor ningún remedio espero; acaba ya mi vida, o, pues no muero, acábese contigo mi cuidado. Porque si del furor de mi tormento puedo alentar, ya nunca más victoria daré de mí al autor de tu crudeza. Y el horror de la pena y mal, que siento, quedará siempre vivo en mi memoria; para huir contino tu dureza. SONETO XVII Preso en la red Amor dorada y pura, y ardiendo en vivos rayos de belleza, mueve el sutil pincel, y con destreza su fuerza en vuestra luz mostrar procura. La arte a su fin llegó; la hermosura al intento excedió en extrema alteza. en ella infunde el mismo su grandeza, y espíritu se hace en su figura. Su llama en él enciende a quien la mira, y en la virtud, que haya, soberana lleva la alma abrasada en alto vuelo. Y con la gloria eterna; que la inspira, goza, excelsa y bellísima Diana, el sereno esplendor del alto Cielo. SONETO XIIX Esta sola, desierta, ardiente arena; fatal sepulcro al último Occidente; de armas rotas de muerta y presa gente, y de sangrientos ríos está llena. Infamia y honra en un error condena al corazón cobarde, y al valiente, el premio es desigual; que el uno siente perpetua gloria, el otro eterna pena. Con un súbito estrago y espantoso, y confuso desorden acabando, cedió el valor Heroico al Africano. Grave crimen del vulgo temeroso; que pues murió, muriera peleando, do murió todo el Reino Lusitano. SONETO XIX Fernando, yo surqué con viento lleno del dulce Amor el grande mar abierto; y libre de temor, sin buscar puerto atravesé de un seno en otro seno. En medio el curso se turbó el sereno Cielo, y revuelto todo el Ponto incierto rompe mi flaca nave, y ya desierto, de salud en las ondas voy ajeno. Si en esta tempestad es tal mi suerte; que escape de peligro; nunca el fiero tirano llevará de mí victoria. Mas antes que en olvido cubra Muerte mi nombre humilde, celebrar espero del Español belígero la gloria. SONETO XX Si no sufría ya la adversa suerte, que más viviera el Reino Lusitano, ardiera en guerra fiera, y Marte insano moviera del contrario el brazo fuerte. Cuánta Saña y furor la furia vierte, hierro, fuego, enemigo, de impía mano armara, y no entregara al Africano los cobardes despojos en su muerte. No es vergüenza morir, y la victoria y vida, el honor no, rendir osado al ímpetu de Libia violenta. Fuera sin culpa mísero con gloria; honrárase en la queja de su hado, y faltara a sus lágrimas la afrenta. SONETO XXI Soberbio Tajo, que en la gran corriente entrabas de Neptuno impetuoso, por qué con tardo paso y temeroso vas humilde abatiendo tu creciente? Si el fiero Luco osado alza la frente domador de tu ejército famoso, no debes tú por eso estar medroso; ni el furor Libio recelar presente. Que en tu favor el Ebro grande, el Duero, y el sacro ondoso Betis a porfía el valor juntarán la fuerza y arte. Luego verás al Númida guerrero perder roto el orgullo y la osadía, y cativo humillado venerarte. SONETO XXII Ya que en vano contrasto al dolor fiero, y faltándome el bien, crece el tormento, y la esperanza sin algún aliento me olvida, y de remedio desespero; Este desierto puesto solo quiero; pues lo aquejó mil veces mi lamento; que al triste cuerpo, siempre descontento, sea el sepulcro de su mal postrero. Si tuvo en vos, Francisco, Amor tirano tal vez imperio, a lástima movido este verso cortad en mi memoria; Uno aquí yace, que amó firme en vano; y cuando esperó bien, aborrecido la vida lo dejó; y huyó su gloria. SONETO XXIII Fría Ceniza de mi ardiente fuego; y rotas hebras del mal firme nudo; que me enlazó; de cuitas ya desnudo vos miro alegre, y libre en mi sosiego. No es este el tiempo no, en que anduve ciego; ni la ocasión; que así perderme pudo; que contra el mal embraza el fuerte escudo razón; y el feudo antiguo ya vos niego. La luz pura, en mi oscura niebla abierta, me descubre el error, que proseguía; y lleva osando por el paso estrecho. Muerto el deseo, y la esperanza muerta, y sin fuerza vosotros, qué porfía vos mueve a molestar mi duro pecho? SONETO XXIV Cuando rendía la arrogante frente el ya vencido Reino Lusitano, y de Filipo el brazo soberano ponía el freno estrecho al Occidente; Con fiero influjo, con señal ardiente, que dio sospecha y dio temor no en vano, el Cielo se llevó con dura mano la luz más pura de Austria y excelente. Mas de estrelladas hebras coronada esculpió entre los astros su belleza, do alegre mira el rico Hesperio suelo. Cuánto puedes Virtud, que arrebatada de esta humildad a la inmortal grandeza, eres amor, y eres honor del Cielo! SONETO XXVI Alma bella, que en este oscuro velo cubriste un tiempo tu vigor luciente, y en hondo y ciego olvido grave mente fuiste escondida, sin alzar el vuelo; Ya, despreciando este lugar, do el cielo te encerró y apuró con fuerza ardiente; y roto el mortal nudo, vas presente a eterna paz, dejando en guerra el suelo. Vuelve tu luz a mí, y del centro tira al ancho cerco de inmortal belleza, como vapor terrestre levantado Este espíritu opreso; que suspira en vano, por huir de esta estrecheza; que impide estar contigo descansado. SONETO XXVII En noche sola voy con sombra oscuro, sin bien, perdido, ajeno de reposo, con débil paso y corazón medroso buscando del Amor lugar seguro. Siento al lado del arco el golpe duro, y, de mayor peligro receloso, vuelvo sujeto a mi dolor penoso; y en mal antiguo nuevo mal procuro. El yerto, hórrido risco, despeñado, y la montaña áspera parece llana senda al Deseo; que me lleva. Culpa no es de él, que siempre va engañado, mas la Razón; que ve, por qué se ofrece al conocido error, que nunca aprueba? SONETO XXXI Yo, que el temor al piélago Adriano quité, y de Etolia en el famoso estrecho quebré el orgullo, y sin valor deshecho dejé primero el ímpetu Otomano; En este peligroso golfo insano, do Francia llora rota el crudo hecho; osando en tu valor, con fuerte pecho, pongo fin al imperio Lusitano. Alargue el mar su derramado seno, que en todo él pienso ser victoriosa, siguiendo en cualquier trance tu bandera. España así con esplendor sereno dijo al grande Bazán, en la dudosa conquista de la presa ya Tercera. CANCION III Con dulce lira el amoroso canto en alabanza de los bellos ojos, causa de mi error luengo y desvarío, probé, y aunque robaron los despojos de mi gloria el dolor y el grave llanto; que acrecentó las ondas a este río, oyendo el canto mío Febo y el coro eterno de Helicona, de mirto delicado y oloroso en honra de mi intento cuidadoso tejiendo de sus manos la corona dijeron enlazándome la frente; que cantase de Amor la fuerza ardiente. Yo entonces, en mis males ofendido, puse en olvido al belicoso Marte, y los fieros gigantes fulminados; y celebré en la Hesperia alguna parte del dulce tiempo en mi dolor perdido; aunque en los años en amor gastados mis penosos cuidados el espacio mejor todo ocuparon, y dende allí huyó de mi memoria de los Iberos ínclitos la gloria; y cuántos hechos grandes acabaron en tierra y mar, en uno y otro polo, igualando en el curso al mismo Apolo. Y justo fue, que entre el furor del hierro el flaco son de esta mi humilde lira perdiese (si la tuvo) su osadía. mi débil canto a débil gloria aspira. el desdén, pena acerba, y mi destierro puede llorar la triste musa mía, y la antigua porfía de mi dolor. quien a Mavorte crudo, de adamantina túnica cubierto, cuando en la áspera Tracia al campo abierto mueve teñido en sangre el duro escudo, podrá escribir; si al fin le falta el vuelo, y se despeña dende el alto Cielo? Bien veo, oh gloria generosa, y lumbre de la invencible y bien dichosa España; que en vano el canto levantar intento; y que es más temeraria esta hazaña, que la de aquel, que en la celeste cumbre pensó regir del carro el movimiento. desfallece mi aliento, cuando presumo alzar vuestra grandeza, y aquellos altos soberanos pechos de los mayores vuestros, cuyos hechos exceden toda humana fortaleza. no cabe no en la inculta musa mía tanto valor y heroica valentía. Mas un deseo, que a alabaros mueve y compele mi ánimo, no deja que tenga en mi lugar el temor vano. y aunque Amor forme toda justa queja, que en honra ajena yo las voces pruebe de la lira ofrecida de su mano; tanto entiendo, que gano en celebrar el nombre glorioso de vuestro León claro y excelente; que olvido sin temor su flecha ardiente, y con furor divino y venturoso subir de un giro en otro presto espero al orbe, do reside Marte fiero. Ya con no usado vuelo me sublimo con fuertes alas por el grande campo del líquido sereno, y confiado en el instable globo el paso estampo, y ya en el cerco lúcido el pie imprimo, y en el sanguino, do feroz armado Marte nunca aplacado vibra la asta cruel, y arroja fuego, sin miedo entro; do veo tan extrañas de los abuelos vuestros las hazañas; que cuando a dalles justa estima llego, veo, que mi osadía en vano emprende, lo que su luz clarísima defiende. Qué espíritu tan alto y generoso no dudará cantar el brazo fuerte, y el corazón indómito, que pudo con singular valor y diestra suerte romper en tierna edad al espantoso Moro, y después de vil temor desnudo ser de tantos escudo en el asedio de la presa Alhama; por quien Genil temblando volvió el paso lloroso, ensangrentado, triste y laso, oyendo del divino Héroe la fama; que al bárbaro feroz y su denuedo hizo siempre cubrir de frío miedo? Pirámides sublimes levantadas, ostentación de la soberbia humana, grandes colosos de elevada cumbre el tiempo domador huyendo allana, mas las obras insignes y extremadas, ardiendo con fulgor de eterna lumbre entre la muchedumbre de tantos, que oscurece el torpe olvido sobran la inmensidad de luengos años, la Muerte, Envidia, Tiempo y sus engaños con su esplendor venciendo esclarecido; y os obligan, mostrando el vivo ejemplo, que lo sigáis al glorioso templo. Vuestro valor, vuestro ánimo prudente, en una y otra suerte siempre entero, el amor de virtud firme y constante no sufre, que su ímpetu ligero el tiempo contra vos muestre inclemente, ni que el fatal olvido se adelante. antes piden, que cante en honra vuestra aquel suave Orfeo; que revocó del reino inexorable su esposa, y que de vos contino hable con grave lira el escritor Dirceo. y vuele vuestra luz hasta la Aurora dende los fines de Favonio y Flora. Quisiera yo, que fuera tal mi canto, que mereciera la grandeza vuestra; y me inspirara Clío y Melpómene, mas pobre vena y temerosa diestra no me dejan alzar el vuelo tanto que lo menor, que en vos yo siento suene. quien lo poco, que tiene, ofrece, no merece alguna culpa; y en una empresa tan dudosa y alta quien se atreviere; si hiciere falta, haber osado vale por disculpa. y pues vuestro valor es soberano, no os merece ensalzar ingenio humano. Mas cual fuere, acoged mi simple musa, que yo (si no me engaña mi esperanza) pienso en la eternidad de la memoria esculpir vuestro nombre y alabanza; y hacer, la futura edad confusa que envidie a la que goza vuestra gloria. no estrenará victoria ira del Cielo, fuego, hierro airado, ni envejecido curso sin reposo; ni el tiempo no cansado y presuroso del canto a vuestro nombre consagrado; antes por la desierta Libia ardiente torcerá el gran Danubio su corriente. SONETO XXXII Osé subir con poco diestra suerte al florido Helicón, y donde baña el cristal de Hipocrene la campaña, y Castalia sus puras ondas vierte; Para alabar el pecho osado y fuerte, los grandes hechos; que honran nuestra España, mas no se debe a mí tan gran hazaña, no es vencedor mi canto de la muerte. Por no entregarme al ocio descuidado, Antonio, escribo, y mi serena Estrella voy con mis rudos versos ofuscando. Mas, si en sus vivos rayos inflamado, me veo, vos veréis en gloria de ella honrando a España ir vuestro Fernando. SONETO XXXIII Dejad ya de seguir el paso incierto del militar honor, y aquel cuidado de igualar al abuelo celebrado; y en paz tomad, Señor, seguro puerto. Ya vuestro Sol va al Occidente cierto, de dolencia y afán y años cargado, qué esperáis? romped ya el embarazado camino, y escoged el más abierto. Harta gloria habéis dado a nuestra España con el valor y la real largueza; que sin igual en vos conoce el suelo. Creed, que no será menor hazaña vivir con vos de hoy más, y dar al Cielo parte de vuestras obras y grandeza. SONETO XXXIV Aunque el dolor, que la alma triste oprime, no deja respirar al buen deseo, si tal vez descargado el peso veo, y el duro afán, que menos me lastime; Podrá ser por ventura, que se estime mi canto igual con el del Tracio Orfeo; y que el sacro furor del gran Timbreo en la celeste cumbre me sublime. Entonces, cuando ya vencida incline la envidia, entre los pocos que sostiene, mostrará vuestro nombre la memoria. Y allí el valor y el corazón insigne vuestro honrarán las Musas de Hipocrene, del Hesperio León oh excelsa gloria. SONETO XXXIIX Al triste humor, que mísero destilo, cómo no falto? cómo crece tanto en medio de la vena de mi llanto de ardientes ondas este eterno Nilo? La llama esfuerza mi lloroso hilo, las lágrimas mi fuego; porque cuanto templallos pruebo, en mi dolor levanto de su concurso un mal mezclado estilo. No inundó mayor pluvia el duro suelo de la ancha tierra, ni Etna de su cumbre exhaló mayor llama sin sosiego. Deucalión, y quien pensó del Cielo regir incauto la perpetua lumbre, más agua aquí hallaran y más fuego. SONETO XL Cuitado yo, de cuál furor perdido olvido el sentimiento mejor mío? al peligroso error y desvarío por do voy? A do vuelo aborrecido? El orgullo del Austro embravecido, el Cielo oscuro y solo, y horror frío no me ponen temor, que al fin porfío y venzo la razón con el sentido. No cierro yo los ojos a mi daño; que quien me tiene opreso no consiente, que merezca en mi mal hallar disculpa. Delito es voluntario, no es engaño, pero si es; que en voluntad doliente siempre Amor da ocasión a nueva culpa. ELEGIA V En tanto que el furor del seco estío arde, y deja de sombra ya desierto cuanto de Betis parte el hondo río; Vos en sosiego, y en seguro puerto vivís, Luz de Cabrera, descansado, de los peligros de este mar incierto. No os turba el corazón grave cuidado, ni la molesta y desigual tristeza, ni un trabajo con otro encadenado. De la ambición el fasto, y la grandeza no os cansa; que sabéis cuán poco dura en cosas tan caducas la firmeza. Lo que el vulgo confuso ama, y procura, huís, y en las tinieblas veis la lumbre que la virtud descubre en su faz pura. Subiendo su alta, y su difícil cumbre; miráis abajo tanto error, y engaño de la ignorante y ciega muchedumbre. Y apartando del cierto bien el daño mostráis no haber gastado vanamente el tiempo, causador del desengaño. Y cuando el ocio algún lugar consiente, con vuestra bella esposa recogido; vuestro pasado amor hacéis presente. Y en su dulce memoria entretenido, referís con señales de alegría cuando por ella os visteis más perdido. Y satisfecho bendecís el día, que posesor vos hizo en ledo estado del bien, que en esperanza os ofendía. Mas yo mísero amante, enajenado de mí, siempre rendido, y temeroso; en frágil tabla corto el mar turbado. Solo, sin esperanza, sospechoso, seguido de un perpetuo descontento, nunca en mi mal admito algún reposo. Cuando quise perderme en mi tormento, fuera acabar la vida mejor suerte; que abrazar un eterno sentimiento. Mas mi hado no quiere, que yo acierte a huir los peligros, y me obliga a padecer viviendo inmortal muerte. Yo vi, no sé, si será bien, que diga, o si calle mi mal; yo vi mezquino mi dulce y hermosísima enemiga. Ya otras veces la vi, y perdí contino, temiendo mi dolor, aquella gloria debida solo a espíritu divino. Mas esta vez que comenzó la historia prolija, y no acabada de mi pena, su imagen pintó Amor en mi memoria. Aunque la mortal suerte no es tan llena de bien; que alcance el nombre soberano, de esta mi pura y celestial Sirena. Mi pecho, que sufrió de Amor tirano los más bravos asaltos, y dureza, y mereció mas honra que hombre humano; Cuando atento notó la gran belleza, las luces, donde Amor solo respira, y del color suave la pureza. Cual mariposa, que a perderse aspira en la llama, corriendo con engaño al dulce fucilar, que en ella mira; Tal se arrojó, más cierto de mi daño, a consumirme en este sacro fuego, y aunque veo mi mal, en él me engaño. Mas oh Deseo mío vano y ciego, por qué me haces renovar memorias; que no me sufren consentir sosiego? Amor, en tus despojos y victorias cuenta esta mía; y cuenta juntamente esta gloria mayor entre tus glorias. Si yo pensaba descansar ausente, y libre de mis males acabados, el breve curso de esta edad presente; Ya estoy con nuevas penas y cuidados sujeto, derribado, y tan rendido; que soy solo entre amantes desdichados. Pero cuánto es mejor ser yo perdido, y lamentar por ella; qué contento ser de alguna jamás favorecido? Amor, inspira en mí el divino aliento. para dejar perpetuo en letras de oro su valor, mi firmeza, y mi tormento. Que en cuanto baña, y cerca el seno Moro; y el Indo riega, y el Danubio frío, el nombre eterno irá, que siempre honoro. Y el caudaloso y rico Betis mío de verde sauz la frente coronado, humillará a su voz el grande río. Y cuando por ventura mi cuidado pudiere relajar de tanta pena; que me fatiga el corazón cansado, Diré; dulce y bellísima Sirena, cuya suave voz, y tierno canto con celeste armonía espira, y suena; Si puede mi tormento valer tanto; que satisfaga en parte mi osadía, yo a padecer me obligo siempre en llanto. Pero sufrid, que piense la alma mía, por haberse ofrecido a vuestra alteza; que merece perderse en su porfía. No condenéis ingrata su firmeza en sombra del olvido, y desdeñosa su vuelo no turbéis con aspereza. Sed, pues tan bella sois, sed piadosa; porque bien debe ser favorecido, quien en tan alta empresa espera, y osa. Y en honra de mis males busco y pido solo una corta muestra de esperanza, de ser perpetuamente más perdido. Que en mi fortuna injusta la bonanza no procuro, ni atiendo, y solo quiero; que mi pasión no alivie la mudanza. Otras cosas diría, mas el fiero dolor me aqueja tanto; que cuitado de todo mi remedio desespero. Vos, que sabéis, cuán mal este cuidado puede arrancarse de un vencido pecho, con inmortales nudos enlazado; Vivid, de vuestro estado satisfecho, con la bella Isabela dulcemente en yugo honesto con blandura estrecho. Yo, pues mi dura suerte no consiente; que pueda descansar de mi querella, solo, sin esperanza, firme, ausente, seguiré siempre mi cruel estrella. SONETO XLIV Al fin yaces, oh del valor Latino última gloria, por tu fuerte mano; tentado habiendo reducir en vano la libertad al orbe, de ella indigno. La virtud te guió, perdió el destino; pero pudo tu esfuerzo soberano mostrar, que fuiste capitán Romano, y solo sucesor de Bruto digno. O si ajena ambición no te moviera a desnudar el hierro, o ya desnudo, siguiera tu hazaña la ventura; Que ninguno tu igual en Roma hubiera. mas trájote en desprecio el hado crudo del grave seso y la virtud segura. SONETO XLV Tú, que del sacro imperio de Occidente, Francia, fuiste cabeza, y del Cristiano, valor, mísera ya, el orgullo insano pierde, y humilla al fin la yerta frente. No tientes del Ibero pecho ardiente, siguiendo el odio ciego de un tirano, mas el poder y esfuerzo soberano; que a injusta empresa el Cielo es inclemente. A do huyó el deseo, que tenías de imitar piadosa las hazañas del grande Carlo y fuerte Godofredo? Mas oh mezquina en impío error porfías; y enciendes fiera el fuego en tus entrañas; y corres a tu muerte ya sin miedo. SONETO XLVII Bárbara Tierra, que en tu frío seno cubres los grandes cuerpos derribados de aquellos Españoles; que domados dejaron de terror el orbe lleno; Mira en los altos troncos el ajeno trofeo, y gime viendo allí colgados los despojos, jamás nunca esperados en tanto honor del impío Sarraceno. Y tú Mar, que manchaste tu corriente con generosa sangre, suena airado; y decid ambos tristes de esta suerte; Heroicas almas, gloria de Occidente, id dichosas; que ya el acerbo hado lloró España, honró el mundo vuestra muerte. SONETO LIII Así perturbe pluvia nunca, o viento tus bellas ondas, sacro Hesperio Río, y a tu nombre se incline el Ebro frío, y el Tebro, el Nilo, el Istro violento; Si a piedad te mueve mi tormento; do siempre muero, y sin temor porfío, ausente entre mil males del bien mío, sin que pueda aun valer me el pensamiento; En estos troncos guarda mi cuidado, y en estas peñas mi gemido y pena tus Naides suenen con lloroso canto; Que nadie habrá, que, habiendo aquí aportado, lea mi mal, y con la faz serena pase, y no bañe el rostro en tierno llanto. SONETO LV La fría falda y cumbre de Pirene, que parte al Franco y al osado Ibero, cuando hiela desierto Aquilón fiero, tanta copia de nieve no sostiene, Cuanto hielo en mi pecho el temor tiene, cuando aparta sus rayos mi Lucero; y, retraído su esplendor primero, de avivarme en su bella luz se abstiene. Libia arenosa, aunque el ardor presente, del Sol te abrasa, si del hielo mío el rigor sientes, perderás la fama. Que mayor fuego me encendió este ausente corazón; mas en mí ya acaba el frío el vigor, y deshace de su llama. SONETO LVI Este dolor, que nace en mí y se cría, si tal vez, desdeñoso de él, me atrevo a dalle muerte; con furor de nuevo torna a crecer sin miedo en su porfía. Poca defensa hace la alma mía, que en el último extremo ya no pruebo poner el pecho al trance, como debo, más cansado, que ajeno de osadía. Vos, que me veis, Ribera, quebrantado, no me culpéis; que el mal, que así recelo, combate con gran ímpetu conmigo; Cual fiero Anteo, siendo derribado, que, tocando la dura faz del suelo, más feroz revolvía al enemigo. SONETO LVII Tú, que vengando con la armada mano el ya perdido honor del Occidente, teñiste del Ionio la corriente con la vertida sangre de Otomano; Y volviendo, en el piélago Africano venciste el Reino antiguo y Tiria gente, y del Francés y Escoto el pecho ardiente rompiste y la pujanza del Germano; Y de rendir cansado el mar y tierra, descansas ya en la paz del alto Cielo; que la tierra era poca a tanta gloria; Ahora que amenaza cruda guerra el impío Cita, y tiembla todo el suelo, ven, o envía a los tuyos la victoria. SONETO LIX Rayo de guerra, grande honor de Marte, fatal ruina al Bárbaro Africano, que en la temida España del Romano imperio levantaste el estandarte; Si la voz de la Fama, en esa parte, do estás, puede llegar al reino vano, teme con el vencido Italiano del osado Español la fuerza y arte. Otro, mayor que tú, en el yugo indigno lo puso, y un gran Leiva la victoria de Italia conquirió en sangrienta guerra. Y al fin un nuevo César, que al Latino en clemencia y valor ganó la gloria; y añadió mar al mar, tierra a la tierra. SONETO LXI Adónde está el placer, que yo sentía en pensar que de vos era querido? adónde el bien, que tuve me ha huido, cuando más mi esperanza prometía? Cuán presto gustáis ver, Señora mía, deshecho el lazo en vos, de amor tejido; aunque a vuestro desgrado más torcido lo siente mi cerviz en su porfía. Excusé siempre, y recelé dudando vuestra altiva exención, mas en mi daño no me pude valer de mi cordura; Que Amor vos tuvo, y dísteisme burlando dulces promesas, arras del engaño; que da fin no debido a mi ventura. SONETO LXII Tú, que en la tierna flor de edad luciente, Jerónimo moriste, y apartado de los tuyos, el piélago sagrado honraste con tu cuerpo eternamente; Recibe, no de mármol excelente digno sepulcro, del mortal cuidado breve gloria, do al fin yace olvidado, más lágrimas de triste amor ardiente. Recibe esta memoria de mi pena; que te será perpetua por ventura, pequeña prenda del amor estrecho. Tú gozas de la pura luz serena, tú tienes todo el mar por sepultura, y siempre eterno vives en mi pecho. SONETO LXIII Reina del grande Océano dichosa, sin quien a España falta la grandeza, a quien Valor, Ingenio, y la Nobleza hacen más estimada y generosa; Cuál diré, que tú seas, Luz hermosa de Europa? tierra no; que tu riqueza y gloria no se cierra en su estrecheza, Cielo sí; de virtud maravillosa. Oye, y se espanta, y no te cree el que mira tu poder y abundancia; de tal modo con la presencia ve menor la fama. No Ciudad, eres orbe. en ti se admira junto, cuanto en las otras se derrama, parte de España, mas mejor que el todo. SONETO LXIV No siento ya del modo, que sentía del dulce Amor los hechos, ni el contento, que en el tierno dolor de mi tormento y en mi sola tristeza descubría. Porque esto (que perpetuo yo fingía) no alcanza mi doliente sentimiento; y no se puede (ay hado violento) guardar bien tanto en la memoria mía. Pierdo triste el sentido con la pena, que tengo en ver me en tal estado puesto, lleno de confusión, de bien desierto. Del cuello flojo arrastra la cadena a mi despecho, y voy al fin dispuesto, para sufrir de grado el daño cierto. SONETO LXV Vos, que ajeno del mal, en que rendido fuiste al duro Amor, alzáis la frente, y libre ya de su dolor presente, Señor, vivís alegre y no ofendido; No penséis, que del todo sacudido habéis el yugo a la cerviz doliente, ni estéis ufano; porque el fuego ardiente en la muerta ceniza está escondido. Que no tal vez la lumbre de esperanza descubrirá camino, cuando luego volveréis, como yo, al error pasado; Mas si vuestro valor tal suerte alcanza, que no deis más lugar al furor ciego, seréis de mí, más que varón llamado. SONETO LXVI Si de nuestra amistad el nudo estrecho por desdén, o liviano movimiento, que culpa no conozco en mí, ni siento, queréis, que sea sin razón deshecho; Aunque no me saldrá del firme pecho del justo amor el gran merecimiento, y he de llevar contino, descontento la injusta pena de este injusto hecho; Romped los lazos ya de esta cadena, que suelto a mi pesar; si al cabo os place poner fin triste a nuestro dulce trato. Yo vuestra culpa sufriré y mi pena; pues tarde sé, que en esto satisface a tanta voluntad un pecho ingrato. SONETO LXVII Temor me impide, esfuerza la esperanza, y cuanto me entorpece, Alfonso, el hielo; tanto el ardor me alienta, y alza el vuelo, y llega, do el deseo apena alcanza. Fijo la vista, sin temer mudanza, en la luz bella de mi eterno Cielo, y oso traer una centella al suelo; que abrasará con él mi confianza. Si fue con pena inmensa la osadía, que robó el fuego a la celeste rueda, terror y ejemplo a humano atrevimiento; Podré alabarme en la fortuna mía; que aunque mi grande afán al suyo exceda, deseo, que no acabe mi tormento. SONETO LXIIX Soto, no es justo, que tu canto suene, y honre solo al humilde Dauro frío; más digno es de él el sacro Betis mío; que el nombre tuyo en tanta estima tiene. Las venas de Castalia y de Pirene rebosarán por ti en su ondoso río; y vendrá a conocelle señorío, quien fue sepulcro al hijo de Climene. Aquí es la rica Arabia, y el dichoso nido, en que tu inmortal fénix enciende el fuego; que en ti afina su belleza. Ven al florido asiento y oloroso, huye el desierto, do su luz se ofende, y de tu excelso ingenio la grandeza. SONETO LXIX El Frigio nudo deslazar procura el grande vencedor del Oriente; y en vano cansa, aunque mil modos tiente contra aquella difícil ligadura. Con arte no, con fuerza se aventura. al fin, y rompe con la espada ardiente toda su confusión; y juntamente cumple, o burla del hado la ventura. Yo, que mal puedo con industria alguna desatar este lazo; que mi cuello oprime, y de valor muestra desnudo; Hacer debo lo mismo en mi fortuna, mas puedo mal, que no es cortar un nudo, Fernando, quebrantar este cabello. SONETO LXX Mira del sacro Amor oh bella esposa este luciente espejo, que Uranía te ofrece, el cual de la inmortal Sofía es don; que muestra su virtud hermosa. Afija en él la vista generosa, su concierto percibe y armonía; y, conociendo tu valor, desvía los ojos de esta niebla tenebrosa. Porque si bien estimas tu grandeza, no te podrá teñir el claro velo humo, o sombra de error y de mancilla. Antes, ardiendo en fuego de pureza, alzarás con tu fuerza el noble vuelo; que merezcas la eterna y alta silla. SONETO LXXII Podrá imitar la singular destreza del Pintor el semblante generoso, y el rayo de esas luces amoroso; si tanto cabe en la mortal bajeza. Mas cómo imitará tanta grandeza, tantos bienes; que el alto y poderoso Olimpo os dio, si al que es en ver dichoso, ciega la luz de esa inmortal belleza? No puede merecer la suerte humana bien de tanto valor; porque encogiera en este corto espacio todo el Cielo. Baje Amor, oh Francisca soberana, y descubra esa imagen verdadera; para que nunca envidie al Cielo el suelo. CANCION VI Bien puedo en este oscuro y solo puesto, pues el silencio ocupa este desierto, romper la voz y quejas de mi llanto. sufrí la fuerza del dolor molesto, cuando en el mal cabía algún concierto; ya ni esfuerzo, ni seso valen tanto; que le resistan, cuanto pensé y osé esperar. mas oh perdido, cuán bien merezco ver me en tal estado. de qué sirve injuriar al afligido; que la pena que siento, es harta confusión de mi cuidado? esconda al fin el triste apartamiento de este cerrado bosque mi lamento. Vos, que por luenga edad tenéis en uso, árboles altos, de escuchar atentos quejas de otros amantes desdichados; oíd tristes mi llanto y mal confuso; que nunca pena igual a mis tormentos, ni cuidado se vio, cual mis cuidados. en pasos bien contados perdí el camino, no en la sombra oscura; que fuera a mi dolor algún consuelo, hallar disculpa, mas la lumbre pura siguiendo atentamente, erré, por donde me guiaba el Cielo. pensando a la Ocasión tener la frente, perdí todo mi bien, halleme ausente. Procuré quebrantar mi esquiva suerte, poniendo el pecho osado a todo trance; que el dolor dio licencia a mi osadía. creció el furor de males, y en alcance no vino de ellos, no, la dura Muerte; que pusiera remedio a mi porfía. triste y acerbo día, que siempre estará vivo en mi memoria. mas do me lleva mi pasión ajeno? desesperado Bien y muerta Gloria, vos oh, vos me trajisteis, adonde sin remedio en vano peno, y, como si debieran ser, me disteis, sin un alegre día, tantos tristes. Ahora veo tarde el desengaño, mas llega a tiempo que aprovecha poco; que pierde en mi fortuna el bien su efecto. aunque pensar contar parte del daño, o descubrir de este dolor, que toco, será imposible, pero en este aprieto alguna vez prometo romper por el camino mas espeso para salir del mal, y es error mío; porque me lleva con el mismo exceso, por la revuelta senda, donde me cansa el ciego desvarío; y desespero el bien, y a suelta rienda voy, adonde no habrá quien me defienda. Segura es la fortuna al miserable; porque de mayor daño falta el miedo. yo en última miseria estoy, y temo, si ya no mayor mal, mal variable. no es mucho que lo tema, pues no puedo asegurarme. oh mi dolor supremo, sácame de este extremo; entrégame a los brazos de la muerte; pues no sé quien mi afrenta satisfaga. y es de linaje tal y de tal suerte, que es mejor no tocalla, no pudiendo sanar esta mi llaga. triste quien solo y sin vigor se halla herido y sin escudo en la batalla. Bien sé, que mi pasión secreta entiende solo quien conoció mi pensamiento; y que esta queja otro ninguno alcanza. mas, como quien ventura ya no atiende, no oso mostrar mi grande sufrimiento, y confuso en mis ansias y mudanza, tomo de mí venganza. qué no pudiera al fin mover mi llanto, si otro con menor causa mover pudo el negro lago y sombras del espanto? oyose su recuesta. náufrago, temo el piélago sañudo. pero no era sazón de quejas esta en ocasión tan grave y tan molesta. Quiero hablar más claro, y la vergüenza, que tengo de mí solo, no concede que pueda respirar el dolor fiero. crece el mal siempre, y siempre en él comienza la esperanza del bien. ninguno puede no engañarse en su daño lisonjero; si sigue al mal primero el bien, que se conforma a su deseo. descubriome la usanza de mis males por el pasado engaño, este que veo; que me tuvo dudoso, en cuanto descubría sus señales. y quedé tan cobarde y sospechoso; que ni aun mirar de lejos el bien oso. SONETO LXXIII Si para que yo sienta cuánto fuego abrasa vuestro pecho, a la luz pura y a los rayos de eterna hermosura queréis, que llegue deslumbrado luego; No me digáis; que mire con sosiego su resplandor y su gentil figura; mas que huya su ardor; si, la ventura puede librar me, ya encendido y ciego. Qué maravilla es, que en viva llama os consumáis, teniendo el Sol presente, y siendo vos a su calor de cera? Conoce el mal ajeno, quien bien ama; y mi pasión en su presencia siente la fuerza de la vuestra más entera. SONETO LXXIV Fue gloria de mi alto pensamiento osar y ver vuestra beldad serena; y de firmeza arder mi alma llena, desesperando el fin de su tormento. Si como mereció mi atrevimiento la honra y el valor de tanta pena, consintiera el cruel, que me enajena, no ofender os el bien del mal que siento; Pensara merecer con la fe mía nombre de vuestro, mas a tanta alteza la humilde, mortal suerte no conviene. Mas ya que no vos canse mi osadía, no pretendo consuelo a mi tristeza; sino que consintáis, que por vos pene. SONETO LXXV Pues cubre al orbe en asombrado velo la negra oscuridad, y las estrellas miran, errando en torno en formas bellas dudosas el desierto y hondo suelo; Tú noche, a quien mis lástimas revelo, y al gemido respondes triste de ellas; oye mi mal, atiende a mis querellas, así a ti sola sirva el vago Cielo. Que no quiero, que el día vea el llanto de estos ojos mezquinos; que en tal pena no conviene la luz al dolor mío. Escucha tú, que del color el manto de mi ventura tienes, oh serena Noche, mi queja en tu silencio y frío. SONETO LXXVI Estos, que al impío Turco en cruda guerra, al Moro, al Anglo, y al Escoto airado, y vencen al Tudesco, y al dudado Francés, y al Belga en su cercada tierra; Y los estrechos, que el mar hondo encierra, sobran, pasando por lugar vedado con valor, cual vio nunca el estrellado Cielo; que tantas cosas mira, y cierra; Bien muestran en la gloria de sus hechos, que son tus hijos, oh felice España, honra del alto imperio de Occidente. Alabe Roma los famosos pechos de los suyos; que nunca (y no me engaña el amor) fue a esta igual su osada gente.