El Golfo De Las Sirenas Zarzuela Famosa Égloga Piscatoria Personas que hablan en ella ALFEO, pescador simple SILENO, pescador galán LAURO, pescador viejo ASTREA, villana CELFA, villana ESCILA, cazadora CARIBDIS, deidad marina ULISES, galán ANTEO, criado DANTE, criado CUATRO SIRENAS MÚSICOS PESCADORES MÚSICAS VILLANAS LOA Salen Alfeo, pescador rústico, y Celfa, villana. Tiende estas redes al sol y no me repriques, Celfa, que vengo hecho un basilisco. ¿Con quién, dime, es la pendencia? Con el mar y la cabaña. Pues ¿qué tiene que ver, bestia, la cabaña con el mar? Fácil es la consecuencia: vo al mar y pesca no hallo, do a la cabaña la vuelta y hállote a ti en la cabaña. Pues ¿qué mucho que dar sienta, viendo contra mí a las dos en sus efectos opuestas, con la mala pesca allá y aquí con la buena pesca? Ya esperaba yo que fuese alguna malicia vuesa. Pues engañaisos, que nunca fue malicia la evidencia; fuera de que si adelanto el enojo, no es con ella soldemente. Pues ¿con quién? Con todos cuantos poetas dicen que ríe el aurora y, si llora, llora perlas. Con cuantos dicen que el mar de plata la orilla argenta, en cuyo regazo son catres de flores las selvas; los arroyos, instrumentos de cristal; cítaras bellas, los árboles de esmeralda; las aves, capilla diestra de la cámara del sol. Enamorada caterva que, reacia en el buen tiempo, nunca del malo te acuerdas, sal al campo, si eres hombre, con todas tus copras llenas de rosicleres y albores, verás si mientes, cubierta de ceños hallando al alba, al sol de tupidas nieblas, las aves mudas y tristes, las flores mustias y yertas, y al mar enojado, tanto que hidrópica su soberbia se quiere beber los montes. Y si no, por que lo veas, oye, Celfa, lo que dicen aire, agua, fuego y tierra. Pues ¿qué dice el aire? Que el enero sus verdes imperios le tala furioso con ráfagas tales que en vez de que entonen sus aves y copas, sus copas se quejan y gimen sus aves. ¿Y qué dice el agua? Que el enero sus campos de vidrio en páramos vuelve de nieve y escarcha que, en vez de que al alba le sirvan de espejos, de helados embozos le sirven al alba. ¿Y qué dice el fuego? Que el enero sus luces hermosas le apaga entre nubes de pálidos velos, que, en vez de que al hielo sus rayos deshagan, pasmados sus rayos tiritan al hielo. ¿Qué dice la tierra? Que el enero sus flores y rosas de suerte marchitas y mustias le deja, que, en vez de que sean estrellas lucientes, aun ser no permite eclipsadas estrellas. Y todos, ¿qué dicen? Que porque el enero cruel los embiste,… …las flores se pasman,… …los rayos tiritan,… …las ondas se quejan,… …los pájaros gimen. ¿Qué dicen? ¿Qué dicen? Que porque el enero con ellos embiste, las flores se pasman, los rayos tiritan, las ondas se quejan, los pájaros gimen. dentro Venturosos pescadores de las sagradas riberas del tinacrio mar. dentro Hermosas zagalas que en sus arenas tantas veces de sus ninfas vencisteis la competencia. Salen por una puerta pescadores y por otra, villanas, Sileno y Astrea. ¿Qué nos quieres? ¿Qué nos mandas? Dadme albricias. ¿De qué nuevas? Antes que yo las mías diga, diga las suyas Astrea, que la urbanidad más ruda es cortés con la belleza. Aunque no lo sea la mía, agradezco la licencia. Desde aquel pardo peñasco –en cuyos hombros se asienta, no sin vanidad de noble, rústica fábrica bella, breve alcázar de los dioses la vez que de sus esferas descienden a nuestros valles– hasta esa cerca pequeña que verde, a pesar del tiempo, todo el año se conserva –advertid de dónde a dónde digo, no perdáis las señas, que importa saber qué son, si la planta se os acuerda, si se os acuerda el peñasco–, desde el Pardo a la Zarzuela discurría, apacentando la siempre familia inquieta de mis cabras, que golosas de uno en otro álamo trepan por que les pague la hoja lo que les debe la hierba, cuando de su ameno espacio la enmarañada aspereza miro discurrir a tropas festivas, carrozas llenas de hermosos coros de ninfas, cuyas divinas bellezas a desagraviar sin duda vienen a la primavera, restituyendo a los campos cuantos matices grosera de enero robó la saña, pues les hacen que florezcan de las destroncadas ruinas que marchitó la violencia, cada coscoja un clavel, cada arista una azucena. Vilas y, dejando al libre uso de su ligereza el desmandado rebaño, procuré saber quién eran y supe que eran de dos deidades que iban tras ellas sagrado obsequio; bien como la rosa, del prado reina, la maravilla, del prado infanta, salen risueñas, acompañadas de flores, cuando alba y aurora dejan el cielo de los matices, el campo de las estrellas. Sus nombres oí, pero soy tal que ya no se me acuerdan. Mas bien sé que el uno dellos, significando que reina en guerra y paz, se compone de deidad de paz y guerra, pues Diana el nombre acaba, siendo Marte quien le empieza, primero y último acento dando los dos, de manera que tomando a Marte el «Mar» y a Diana el «Ana», encierra el nombre de Mar y Ana imperiosas excelencias. Él se juntó en su principio, con él conviene, mas echa por otra parte, acabando en no sé qué cosa tersa, si ya cierta Margarita, tan linda como ella mesma, no la prestó para el caso el atributo de perla. En fin, sean las que fueren, quien me entendiere me entienda, fiando el sagrado solio al respecto de la ausencia. A nuestro mísero albergue descienden, que la grandeza tal vez se divierte afable entre la humilde simpleza de lo rústico, porque, cotejando diferencias, ver lo que son y no son, les suele servir de fiesta. Salid pues a recibirlas, haciendo a la usanza nuestra festejos a su venida. Y añade, para que sean aún más dignos los festejos, que, atravesando la selva en un enfrenado bruto tan ajustado a la rienda que le sobraba el castigo para estar a la obediencia, el Apolo destos valles –pues, como cuarto planeta, por más que se emboce, no hay traje en que no resplandezca, cuidado haciendo el acaso y descuido la fineza, si hay fineza descuidada– las sigue; que esta es la nueva que yo os traigo, porque, estando a la falda desa sierra montado Adonis, le vi bajar, haciendo deshecha de que en su busca venía el alcance de una fiera que colmilluda pensaba ser de otra Venus tragedia, sin ver que a su rayo no hay, por más que vuele ligera, por más que ligera corra, pluma o piel que se defienda. Y pues, mejorando el día tanta montaraz grandeza, hace que los elementos retiren sus inclemencias, valeos del ejemplar, oyendo sus asperezas cómo en halagos convierten aire, agua, fuego y tierra. Pues ¿qué dice el aire? Que ya sus gemidos son ecos suaves. Pues ¿qué dice el agua? Que ya son sus celos espejos de plata. ¿Qué dice el fuego? Que ya son sus nubes templados reflejos. ¿Qué dice la tierra? Que el que antes fue invierno es ya primavera. Y todos, ¿qué dicen? Que a vista de tales deidades felices… …los pájaros cantan,… …las luces se alegran,… …las flores renacen,… …las ondas se ríen. ¿Qué dicen? ¿Qué dicen? Que a vista de tales deidades felices, los pájaros cantan, las luces se alegran, las flores renacen, las ondas se ríen. Ea zagalas, vosotras venid, reduciendo a aquella Zarzuela a pequeña zarza, vuestras cabras por que sea, si por ventura a su abrigo quisieren pasar la fiesta, de su cándido tributo divertimiento la ofrenda. Vosotros echad al mar las redes para que tengan, si les cansare la caza, segunda holgura en la pesca. ¿No será mijor, por que tiempo el festejo no pierda, que desde luego cantando y bailando demos muestra de nuestro alborozo? Bien ha dicho. Pues Alfeo, empieza tú la canción, pues que tú eres quien todo lo alegra. Eso no haré yo en verdad, porque hay en las islas nuevas deidades tan rencoriosas que de otros cultos les pesa. Si sabéis que Escila, envidia de Anfítrite, pues, por ella de Neptuno despreciada, en estos montes se alberga, semidea es destos montes, cuya nociva belleza es veneno de los ojos, pues cuantos náufragos echa a esta playa el mar la siguen, venciendo el ceño, a esa cuesta que en vez de alcázar remata en una profunda cueva donde el triste peregrino que engañado una vez entra muere despeñado al mar; que así la pasada ofensa de Anfítrite y de Neptuno en sus huéspedes la venga; si sabéis que hija de Aglauco, marino dios, y una bella sirena, Caribdis tiene su adoración en aquellas rocas que dentro del mar sobre un escollo se asientan, cuya regalada voz, traidoramente halagüeña, es veneno del oído, de suerte que nadie llega a oírla que arrebatado de su acento no perezca, siendo imperio suyo todo el golfo de las sirenas en venganza de su madre a quien Aglauco desprecia; ¿por qué queréis enojarlas, y más cuando tienen hechas paces con los mercaderes destas tostadas arenas, en fe de los sacrificios que llegamos a ofrecerlas? Y así, id vosotros, que yo no quiero nada con ellas, ayudando a celebrar las deidades estranjeras, ni desa Mari-Diana ni de esotra Mari-Tersa por que Escila ni Caribdis contra mí no se conviertan en alguna Mari-Brava que, como otra vez, me prenda y sin comello y bebello venga yo a pagar la fiesta. Aunque a esos riesgos nacimos los que nacimos en estas islas del tinacrio mar, antes por la causa mesma debemos a otras deidades tener gratas. Ven apriesa. Juro a Baco, dios vinoso, que era mijor para pera que para dios, de no ir si no me llevan a cuestas. Échase en el suelo. No roguéis a un ruin, que yo, a tan digna acción atenta, su ausencia sopriré. ¿Cuándo no soprís vos mis ausencias y enfermedades? Mas ¿cómo ha de ser? Canta. Desta manera: Las nuevas deidades de nuestra ribera, a desagraviar a la primavera, vengan norabuena. Bajan todos. Norabuena vengan. La alba destos montes, que con su belleza hace que a la tarde el sol amanezca, venga norabuena. Norabuena venga. El sol que la sigue, cuya luz suprema aun más que en las vidas, en las almas reina, venga norabuena. Norabuena venga. La aurora que a entrambos igual sigue en muestra de que participa de entrambas grandezas, venga norabuena. Norabuena venga. Las ninfas hermosas, las gracias discretas, de aquella alba flores, de aquel sol estrellas, vengan norabuena. Norabuena vengan. Y pues ya sus rayos se ven de más cerca, digan en su salva fuego, aire, agua y tierra. Dentro ruido como de terremoto. dentro Júpiter, piedad. dentro Neptuno, clemencia. Levántase. Aquél es otro cantar. ¿Qué es aquello? Si las señas no desmiente la distancia, con agua y viento forceja contrastado allí un bajel. dentro Amaina, amaina la vela. dentro A la tierra. dentro Al chafaldete. dentro A la escota. ¡Qué tragedia! Pues nosotros no bastamos a repararla, sus quejas no oigamos, volved al baile y, atravesando esa selva, venid a salir al paso. Bien dice. Prosigue, Celfa. Vanse cantando y bailando. Las nuevas deidades de nuestra ribera… dentro Júpiter, piedad; Neptuno, clemencia. …norabuena vengan, vengan norabuena. dentro Júpiter, piedad; Neptuno, clemencia. Bien muestran lamento y canto que de alegría y tristeza este siempre voraz monstruo de los siglos se alimenta. Mas ¿quién me mete en moral siendo almendro? Y así entre estas y estotras, por no causar a Escila y Caribdis queja, de mi red allí cogiendo los puntos a las carreras –que si hay medias que son redes, también redes que son medias– diré sólo que si hubiese esto de servir de fiesta, aquí acabará la loa y empezará la comedia, diciendo los unos: dentro Norabuena vengan. Los otros diciendo: Vase. ÉGLOGA PISCATORIA dentro Amaina la vela y, antes que viento de mar dé con nosotros en esas altas rocas, el esquife los que pueda salve. dentro Sean Ulises, Dante y Anteo los primeros. dentro Mientras vuelva, pues nunca el voto es inútil, repitan las voces nuestras. dentro Júpiter, piedad; Neptuno, clemencia. Salen en lo alto Escila, vestida de cazadora, y Caribdis, de sirena, cada una por su parte. Qué bien parece a mi vista… Qué mal a mi oído suena… …el zozobrado huracán… …la desesperada queja… …de aquel bajel que, embestido… …de aquella nave que, expuesta… …de las ráfagas del viento,… …a los bajos de la sierra,… …corriendo viene fortuna. …está corriendo tormenta. ¡Oh, mueran todos! ¡Oh, ninguno muera! Que no hay para mis rencores… Que no hay para mis soberbias… …música como el gemido. …dolor como la miseria. Porque ¿qué mayor lisonja…. Porque ¿qué mayor ofensa… …que ver que perezcan todos,… …que ver que nadie perezca… …aunque no sea a mis manos? …y que a mis manos no sea? Y así, alegre en su desdicha,… Y así, triste en su tragedia,… …es justo que la celebre… …es preciso que la sienta… …al ver que los trae el rumbo al choque de aquestas peñas. …al oír que ya no tienen esperanzas sus faenas. Pues los árboles troncados… Pues rebujadas las velas… …desarricadas las jarcias… …enmarañadas las cuerdas… …sin gobernalle el timón… …la bitácora sin muestra… …cascado crujiendo el pino… …al tope la quilla vuelta… …tumba ya del mar, el buque desesperado lamenta: dentro Júpiter, piedad; Neptuno, clemencia. ¡Oh, mueran todos! ¡Oh, ninguno muera! Mas, ¡bien!, que de los que ya bebiendo la muerte anhelan… Mas, ¡ay!, que de los que animan cercanías de la tierra… …algunos salva el esquife… …algunos la lancha alberga… …conque lograré mis iras. …pero ¿qué me desconsuela, si morirán a mi saña, ya que a su ruina no mueran? Y así saliendo a la orilla… Y así bajando a la selva… …hallarán fuera del mar más derrotada tormenta. ¡Oh, mueran todos! ¡Oh, ninguno muera! ¿Escila? ¿Caribdis? ¿Dónde vas? Mi misma duda es esa y con más razón, pues yo, trascendiendo desta sierra a esta playa, no trasciendo los términos de mi esfera; tú sí, pues dejas la tuya, que es el mar. ¿Qué hay que te mueva a venir a tierra? Ver que algunas vidas reserva de ese naufragio el esquife y voy a acabar con ellas. Pues bien te puedes volver, que yo haré esa diligencia. Mío fue su primer riesgo y lo que mi patria empieza, no lo ha de acabar la tuya. Que es ya mío considera, pues ya es de tierra el peligro. Poco importa, si resuelta le tomé a mi cargo yo. ¿Tú conmigo competencias? ¿Por qué no? Porque te excedo, ya que es una la acción nuestra en ser bandoleras ambas vengando ambas las afrentas de Aglauco y Neptuno, cuanto es la gran distancia inmensa de la hermosura a la voz. Pues ¿quién dio más preeminencia al encanto de la vista que al del oído? La mesma naturaleza, que puso en la vista mayor fuerza. Es error, mayor la puso en el oído, si llegas a considerar que solo lo hermoso, que es parte ajena del alma, es hechizo suyo, mas la voz, que al alma entra, es el veneno del alma. Si ese el mayor riesgo fuera, no les pusiera a los ojos en los párpados defensa: ponerles antemurallas con que a lo hermoso defiendan fue prevenir el peligro. Es verdad; mas no ponerlas a las orejas fue darse por vencida de que era contra superior poder inútil la resistencia. No fue sino lo que dijo el Filósofo. ¿Qué? Que eran las orejas del humano mundo tan viles rameras que a ningún interés saben tener cerradas las puertas. También ser los ojos, dijo, tan traidoras centinelas que, en vez de avisar el daño, son las que en casa le entran. Aunque pudiera a razones convencerte, por que veas que no las estimo, quiero que una sola te convenza. Ven, pues, a tierra, que yo te permito la licencia, a precio de que decida esta cuestión la experiencia. Veamos cuál de las dos vuelve con mayores triunfos de esa gente que a merced del hado, cuando los demás se anegan, náufraga viene arribando a la orilla. Soy contenta, mas con una condición. ¿Cuál es? Que ninguna pueda decirles de la otra el nombre, dejando la competencia a lo libre del arbitrio. Norabuena. Norabuena. Pues ¿qué esperas? Pues ¿qué aguardas? A tierra, pues. Pues a tierra. Ea, encanto de la voz, que tuya ha de ser la empresa. Vase. Ea, hechizo de la vista, tu mayor victoria es ésta. Vase, y bajando al tablado salen Ulises, Dante y Anteo. ¡Ah, tierra!, aunque ya de tantas fortunas siempre deshechas fui asunto, nunca con más rendido voto la arena besé; ¡oh, madre común, cuánto te debe el hijo que deja tu regazo y a cobrarle permite el hado que vuelva! Aunque siempre fue piedad, tal vez quieres que parezca, más que cariño, ojeriza. Y si percibes las señas deste inhabitado seno, donde la vista no encuentra verde hoja ni el oído perdida voz que no sea de inculta fiera bramido, gemido de ave funesta, hoy es cuando menos madre nos recibe. Ved por esas intrincadas breñas que impiden hallar la senda si por dicha hay población o gente alguna. En la quiebra que hace allí un risco está un hombre. Pescador es según muestran traje y ejercicio, pues la red enjuga y remienda. ¡Ah, pescador! Sale Alfeo. ¡Cuánto va que me busca Escila bella o Caribdis para darme las gracias de que no sea yo del baile! ¿Quién me llama? Decidnos por vida vuestra… Buenas Caribdis o Escilas, si no que no son muy buenas. …a tres derrotados hijos de la fortuna, ¿qué fiera nos arrojó a estos umbrales? ¿Qué ignorada patria es esta? ¿Qué tierra? ¿Qué selva? ¿Qué isla? ¿Y qué deidades venera por que acudamos al voto que fue del naufragio ofrenda? Gracias a Dios que llegó el día de que yo hiciera una relación, oíd. Escila y Caribdis a las dos puertas del tablado escondidas. (Desde esta parte encubierta… (Oculta desde esta parte… …pensaré con qué cautela… …discurriré con qué industria… …mi voz oigan). …mi luz vean). Esta patria es una patria, pero ahora se me acuerda de que no puedo ser largo; me vo con vuesa licencia. Di qué patria y te irás luego. Como más no me detengan, esta patria es una patria, esta tierra es una tierra, esta isla es una isla y esta selva es una selva de tantísimo trabajo que es la Tinacria desierta donde –aquí que no nos oyen ni es posible que oírnos puedan– Caribdis y Escila son, desde aquel escollo a esa torre, que una legua hay, dos deidades de la legua que andan por montes y mares robando, como si fuera el mar la Calle Mayor y estos peñascos sus tiendas. Tan fieras son las dos que me vo sin decir cuán fieras, porque hay mucho que decir y no cabe en hora y media. Vase y encuentra con Escila; vuelve huyendo. Tenedle. ¿A qué, si es un loco? (¿Así, villano, me afrentas?). (Vive el cielo que lo oyó todo, mal haya mi lengua; huiré por estotra parte). Ya que vuelves, oye, espera. El diablo que espere ni oiga. Vase a ir por la otra parte y encuentra con Caribdis. (¿Que así, villano, me ofendas?). (Aun peor está que estaba). (Yo vengaré mis ofensas). (Yo vengaré mis agravios). (Hemos hecho buena hacienda). ¿Qué tienes que huyes y vuelves? ¿Qué más quiere usté que tenga, si no canto por servirlas, hablando para ofenderlas? Mas bien empreado está, si en mí sus enojos vengan, que sea día de trabajo, pues no quiere ser de fiesta. Vase. Por loco que es, nos ha dicho cuánto es nuestra suerte adversa, pues entre Escila y Caribdis nos hallamos, de quien cuenta tantas crueldades la fama. ¡Oh, tirana Venus bella, siempre del griego enemiga!, ¿hasta cuándo tus ofensas han de durar?, ¿hasta cuándo tus rencores? ¿Qué te quejas de Venus, si en Circe tienes otra enemiga más cerca? Si en ella, Ulises, burlados dejas ingenio y belleza, ¿qué mucho que contra ti el conjuro de sus ciencias altere montes y mares y te traiga donde tenga nuevos peligros tu vida? Pues por más que me acontezca, importa menos que no que se presuma ni entienda que en la encantada prisión de una hermosura discreta Ulises envilecía el antiguo honor de Grecia. La voz más armoniosa, ya suene sutil, ya cuerda, ¿es más, di, que una asonancia? La hermosura más perfecta y afable, mire ya esquiva, ¿es, di, más que una apariencia, tan hija aquella del viento, tan hija del tiempo ésta que cualquier aura la gasta, cualquier hora se la lleva? Pues ¿por qué se ha de pensar que en heroico pecho puedas, perfeción que es accidente, postrar valor que es esencia? Mi vista y mi oído, ¿es justo que a ajeno dueño me vendan? No, ni es posible. (¿Qué oigo?). (¿Qué escucho?). Y así no teman nuestros recelos que airados muchos peligros me venzan, mas, por que temeridad esperarlos no parezca, para que de aquí los tres salgamos con mayor priesa, sigue tú de aquel villano, Dante, la perdida huella. Tú, si hay población, Anteo, mira desde esa eminencia. Pues yo, para que podamos hallarnos, me quedo en esta parte, haciendo punto donde a dar vuestras líneas vuelvan. Ya te obedezco. Yo, y todo. Mas la fortuna no quiera… Pero no permita el hado… …que reconozcas… …que adviertas… …la jatancia escarmentada… …castigada la soberbia… …del que lo que oye no estima. Vase. …del que lo que ve desprecia. Vase. Siempre los sentidos fueron vasallos de la prudencia y no tienen contra mí mi vista ni mi oído fuerza, más que aquello que yo quiero que livianamente tengan. (Ahora lo verás). (Agora te lo dirá la experiencia). ¡Ay, infelice de mí! ¿Pero qué voz es aquella? (De mano me gana Escila, mas yo esperaré que sea mía la ocasión). ¿No hay quién una infeliz favorezca? Mujer y afligida, ¿cómo puedo faltar a la deuda de ser quien soy? Escila sale cayendo. Peregrino destos montes, cuyas señas generosamente nobles no es posible que desmientan el valor, una infelice, a quien una inculta fiera –que siendo aborto del monte, escándalo es de la selva– andando a caza ha salido al paso, a tus plantas puesta te pide… Pero no puedo proseguir, porque, suspensa la voz desde el pecho al labio, ni bien viva ni bien muerta, con andarla cada día, se le ha olvidado la senda, y ya no es que el corazón tímidamente no deja, por que le haga compañía, que salga, conque la lengua torpe, balbuciente el labio, ni uno espira ni otro alienta. ¡Ay de mí, infeliz! (No en vano cautelosa Escila intenta que el valor de la hermosura más con la lástima crezca. Mas no le valdrá, pues hay cautela contra cautela, divirtiendo yo de oírme las atenciones del verla). Beldad que con tus temores compadeces y deleitas y al revés de otras te afeitas, que es quitándote colores, ¿contra una fiera favores pides? Y aunque te asegura mi honor, mira que es locura querer que dé mi fineza armas contra una fiereza si me mata una hermosura. Demás que si solicitas que me resuelva a ampararte, ¿cómo he de poder yo darte la vida que tú me quitas? Mas, ¡ay!, que bien solicitas ser la fiera mis despojos, previniendo tus enojos piadosamente tiranos, por que ella muera a mis manos, que no muera yo a tus ojos. Pero ¿cómo puede ser que ya la muerte resista? Que a quien mata con ser vista, ¿qué falta le hace no ver? Y así, bien puedes volver, no tanto porque la fiera debió de torcer ligera la senda, cuanto por que veas que tu triunfo fue que ella viva y que yo muera. Ni habla ni alienta ni mueve; turbado a tocarla llego. ¿Quién creerá que todo es fuego, cielos, donde todo es nieve? ¿Que haré? Dejarla es aleve acción; cargar mis pesares con ella, temeridades, pues no sé que haya retiros aquí… Dentro Caribdis canta. Aquí donde mis suspiros pueblan estas soledades. ¿Qué nuevo acento es aquel que dejó mi voz en calma? ¿Si es de aqueste cuerpo el alma que no se halla fuera de él y sintiendo cuán cruel desamparo sus donaires, los repetidos desaires que van ganando horizontes enternecen… Enternecen estos montes y embarazan estos aires? Ella es, bien mi pensamiento previno; que mal pudiera decir lo que yo dijera quien no, cómplice en mi aliento, sintiera lo que yo siento. Y pues mis dudas persuades, dime, oh, tú, que las añades, dónde que las busquen quieren aquí… Aquí donde necias mueren mis vanas seguridades. Ya voy, espera, y no así culpes tú el quedarte hoy, que, si tras tu alma voy, no es dejarte a ti por ti. ¡Ay, infelice de mí! Pero una duda a otra iguale, aunque, si otra alma la vale, todas quedarán desechas a manos… A manos de mis sospechas, cada vez que el alba sale. Hace que se va tras la voz. Forastero (vuelva en mí, no aquel acento veloz con el imán de su voz le quiera llevar tras sí), dichosa en hallarte fui, pues no dudo que amparada contra aquella fiera airada en mi desmayo sería. No es tanta la dicha mía que te haya servido en nada. Mi obligación satisfice con solamente esperar, que no me quiero alabar de fineza que no hice. Conque dos veces felice a mi ser me restituyo, pues constantemente arguyo desempeñado tu brío a costa de susto mío sin la del peligro tuyo. Y pues generoso un pecho que noble se considera, la fineza que se hiciera iguala a la que se ha hecho. Ven conmigo, satisfecho de que en mi albergue tendrás fiel galardón (pues verás que al mar despeñado mueres). Bien se ve que deidad eres, pues premio al intento das. Pero, aunque tú no me dieras la licencia, la tomara yo, pues nunca te dejara hasta que de incultas fieras asegurada estuvieras. No sé si lo crea. ¿Por qué? Porque al volver te miré dejarme por el veloz eco de no sé qué voz. Es verdad; pero eso fue dar crédito a una locura, pensando dejarte a ti por ti, que a no ser así, no quedara tu hermosura sin mi asistencia segura. Por mí y por tu honor lo creo. (Cielos, ¿qué nuevo deseo es aqueste con que lucho? Que cuando atento le escucho, cuando restado le veo, me parece… Mas ¿qué digo? ¿Ni qué me ha de parecer si con todos ha de ser de mis rigores testigo?). Sígueme pues. Ya te sigo. Mas, no me sigas, espera. ¿Qué te suspende y altera? Pensar, si conmigo vas, que el galardón no tendrás que quisiera y no quisiera. Enigma es que, aunque pretendo entenderla, no es bastante mi discurso. No te espante, que yo tampoco la entiendo. Con todo eso, voy siguiendo tus pasos. Ven y no ven. ¿Juntos, favor y desdén? Sí; que desdén y favor, uno es hijo de mi honor, y otro… ¿De quién? No sé quién. Pero sea de quien fuere, basta saber de mí y de él que piadoso y que cruel tan confuso nace y muere que quiere lo que no quiere. Y pues a un tiempo me obligas y me ofendes, por que digas lo que en mis afectos puedes, quédate, mas no te quedes; sígueme, mas no me sigas. Vase. ¿Quién igual confusión vio? ¿Habrá quién pueda, ¡ay de mí!, descifrar mis dudas? Cantando dentro. Sí. ¿Seguiré sus pasos? No. ¿Quién me lo aconseja? Yo. Sale Caribdis con un velo en el rostro. Voz que llevas suspendidos tras tus ecos mis sentidos y, sin dejarte mirar, me solicitas tapar los ojos con los oídos, ¿por qué me aconsejas, di, que aquella beldad no siga, con tal dulzura que obliga a que me vaya tras ti? Por ver si consigo así probar que es pasión más fuerte el oír que el ver. Advierte que competir es locura una voz a una hermosura. No es. Di cómo. Canta. Desta suerte. Entre vista y oído la ventaja es que hay siempre que oír, pero no que ver. Aquel exterior sentido que se agrada en lo que ve nunca con verdad se rinde, pues se agrada al parecer. El que en lo que oye se agrada tiene más de interior, pues, pasando al alma, acredita la realidad de su ser. Quien alaba a una hermosura, la dice «no hay más que ver» y es verdad, porque no hay más, en mirándola una vez. Nunca crece a ser mejor, pues la más hermosa tez hará harto en ser mañana tan linda como era ayer. El objeto del oído cada instante crece, en fe de que siempre hay más que oír, pues siempre hay más que saber. De suerte que yendo uno a menguar y otro a crecer, al paso que uno se ilustra fallece el otro, conque entre vista y oído la ventaja es que hay siempre que oír, pero no que ver. El sol o la material luz le acreditan en quien ven en su edad la hermosura, pues le apagan ella o él. Dígalo el que nadie a escuras logró lo hermoso, porque del rosicler de otra dama se adorna su rosicler. Lo entendido de la voz ni aun del sol ha menester, que lo discreto y afable aun lucen sin luz también. Perfección que de la noche no está sujeta al desdén ni pide favor al día, quién duda que prueba… ¿Qué? …que entre vista y oído la ventaja es que hay siempre que oír, pero no que ver. Y si al desvanecimiento apela el galán de que fue dueño de una hermosura, dígame, ¿quién no lo fue? Porque si en el verla estriba de su dicha el mayor bien, el mayor bien es igual a cualquiera que la ve. El no ser vista una dama no puede el recato hacer, porque está sin gusto suyo en otra mano el poder. Pero el no ser oída sí, porque no puede romper sin gusto mío mi voz de mi silencio la ley. Luego, común la hermosura dio a todos qué merecer y no común el ingenio, que aun no adora sólo aquel; siendo así, deja en los ojos lo vulgar de su placer y yendo a lo no vulgar del alma mostrando ven que entre vista y oído la ventaja es que hay siempre que oír, pero no que ver. Vase. Oye tú, segundo enigma destos montes, que a crecer la confusión del primero has venido con hacer que neutral el alma dude si dueño más suyo es crueldad que busca piadosa que piedad que huye cruel. Tras cuál iré de los dos, no sé, ¡ay, infeliz!, no sé, que el hierro de mis sentidos tiran con igual poder el norte de lo que oyen y el imán de lo que ven. ¿No me dijo una hermosura con desmayada altivez que la siga y no la siga? ¿No me dijo una voz, que dulcemente armoniosa me ha podido suspender, que tras ella vaya? Sí. Pues ¿qué dudo? ¿Oh, cuándo fue, ¡cielo!, argumento del mal la duplicación del bien? Sale Escila. (Habiendo oído de Caribdis la voz, vuelvo por saber si va tras ella). Sale Caribdis. (No viendo que me sigue, vuelvo a ver si la hermosura de Escila tras sí le lleva, y no sé si con nuevo afecto, ¡ay, cielos!, que el de la envidia). ¿Que haré? Pero aquí de la hermosura, que no tiene más que hacer que ser hermosa una dama; cantar o no cantar es habilidad y no hay más habilidad que ser hermosa; y así yo… ¿Dónde vas? Si me das a escoger entre quedarme y seguirte, ¿qué dudas? ¿Cuándo no fue tan grosero el propio amor, tan villano el interés, que lo mejor para sí no elija? Sígueme pues, que, aunque ignores tú y yo ignore a qué vas, baste saber que es a dejar la hermosura coronada de laurel. Ella sola está. Canta. ¡Ay de ti! ¿De qué calmado bajel se cuenta que fuese el aire la rémora de sus pies? ¿Qué te suspende? Una voz que traidoramente fiel me ha amenazado, diciendo… ¡Ay de ti! Conmigo ven. Sí, pero espérame, aguarda un instante, hasta entender qué quiere decirme. Mira que no me hallarás después. Pues sígueme tú hasta hallarla. No está a mi vanidad bien. Pues quédate o no te quedes o sígueme o no, saber tengo con qué fin intenta mis dichas desvanecer, antes con sofisterías y con lástimas después. Pues yendo conmigo, ¿hay cosa que te pueda entristecer? No, mas puédeme obligar a que examine por qué se lamenta en mis fortunas. Sale Caribdis. Porque miras y no ves. Pues entre ver y mirar, ¿qué distinción hallas? Que mirar lo hermoso es mirar y ver el peligro es ver. Aunque la oigas, no la escuches. ¿Qué distinción tú también hallas entre oír y escuchar, que me las divides? Que el oír es sólo oír y el escuchar, atender. ¿Qué me quieres decir tú? Que no te pares en ver, sin que pases a mirar que el más hermoso vergel contiene tal vez al áspid entre la rosa y clavel. Tú, entre el escuchar y oír, ¿qué quieres darme a entender? Que no te creas del aire, que el que espira al parecer blandas auras, venir suele inficionado tal vez; no la escuches… No la veas… …y ven tras mí… …y tras mí ven… …a argüir,… …a examinar,… …a discurrir… …a entender… …que entre vista y oído la ventaja es que hay siempre que oír, pero no que ver. De un mismo sentido entrambas equívocas os valéis. Que no hay que ver, dices tú; confieso que verdad es, habiéndote visto a ti; tú dices que hay que oír, también te lo confieso, pues hay tu dulce acento; conque concediendo a cada una que hay que oír, no más que ver, me concedo a mí el dudar lo que tengo de creer. Pues a mí el dudar me basta para llegarme a ofender. Para llegarme a sentir, a mí me basta el temer. Sigue pues su voz, que tú me vengarás de ti. Vase. Ten el paso, que tras ti voy, hermoso hechizo. Haces bien, pero tú me vengarás de ti. Vase. Los pasos detén, dulce encanto, que tras ti también voy, mas mal podré siendo uno seguir a dos. dentro Conque diremos los tres: Que entre vista y oído, la ventaja es que hay siempre que oír, pero no que ver. Oye tú, tú espera; cielos, ¿quién igual duda vio? Sale Anteo y Celfa. Al pie de ese monte, esa villana que venía hacia aquí hallé y te la traigo a que diga lo que pretendes saber. Dante y Alfeo salen. Yo penetrando la selva este villano alcancé y segunda vez le traigo a que te informe más bien. ¡Oh, si pudiera uno y otro mis dudas satisfacer! Ven acá, dime, villana, ¿quién una hermosura es cazadora destos montes? Si es una que yo encontré volviendo hacia la cabaña harta de bailar, dempués que forasteras deidades festejamos mal o bien, Escila era. Calla, calla. ¿De qué se enoja? De que diciéndome que era Escila, me dices que puede ser traidora aquella hermosura. ¿Qué hermosura no lo es? Fuera de que ella ¿qué hace más que, en dejándose ver, llevar a su torre a un hombre y dar en el mar con él? Sin duda, ¡ay de mí, infelice!, deidad favorable fue la que me avisó el peligro. Dime tú, villano, ¿quién es una oculta beldad cuya voz a deshacer vino la traición de esotra? Yo cosa ninguna sé, lo dicho dicho y no más. Si es una que yo escuché, Caribdis era. La voz suspende. ¿Por qué? Porque tal halago no es posible que en sí pudiera esconder de Caribdis las crueldades. ¿Ahora sabe su merced que el engañar con halagos lo hace cualquiera mujer? ¡Ay, infeliz! ¿Qué suspiras? ¿Qué tienes? ¿Qué he de tener, si una hermosura que vi y si una voz que escuché, por dar dos muertes, han dado una vida al conocer… dentro …que entre vista y oído la ventaja es que hay siempre que oír, pero no que ver? ¿No dices que los sentidos tú solo sabes vencer? ¡Ay, que es fácil de decir, pero no fácil de hacer! Y siendo así que me dan dos muertes en que escoger, muera a las mejores armas: tras Escila hermosa iré, que morir de una hermosura es achaque más cortés. Mas no, vaya tras Caribdis, que más noble elección es morir a manos del alma. Mira… Advierte… ¿Qué he de hacer? Huir de aquí, que estos contrarios huyendo se vencen. Bien me aconsejáis, no se diga de Ulises que envilecer una voz o una hermosura su valor pudo, después que en Circe hermosura y voz vencer supo; vamos, pues, salgamos presto de aquí. Pero ¿cómo puede ser, si el esquife que nos trajo, dando en la roca al través, pedazos se hizo? En la playa varados barcos hay. ¿Quién nos aprestará uno? Este pescador. Has dicho bien. No ha dicho sino muy mal. Tu barco, amigo, prevén. Llega a la orilla, que yo te lo sabré agradecer en echándome a otra playa. Harto tengo yo que hacer en lo que dije de Escila y Caribdis sin querer enojarlas con libraros. Pues si no lo haces por bien, morirás a nuestras manos. Celfa, pues eres mujer, ruégales tú que me dejen. Señores, no le llevéis, que es tonto y no sabe más que remar y conocer los bajos de aqueste puerto sin dar en ningún través por más bravo que ande el mar. Muy buenas señas, ¡pardiez!, para dejarme; ¿qué dices? Digo lo que verdad es. ¿Sabéis otra cosa vos que en dos paladas o tres atravesar todo el golfo? Que me destruyes, mujer. Por eso lo digo yo. De grado, villano, ven o arrastrando irás. Será andar el mundo al revés ser yo el arrastrado, siendo el sentenciado vusted. Celfa mía, que me llevan. Los tales habían de ser y los cuales… De aquí vamos. Mátenme a coces y iré, porque yo soy muy galante en llevándome por bien. Llevadle y llevadme a mí, que voy forzado también, tanto que licencia os doy, si me viéredes volver el rostro, que los oídos y los ojos me vendéis, atado al árbol; y aun todo no basta si oigo otra vez… dentro …que entre vista y oído la ventaja es que hay siempre que oír, pero no que ver. Vanse Ulises, Dante y Anteo. Aquel adagio que dijo la ida del humo y aquel de allá vayas y no tornes, nunca han venido más bien. Sale Caribdis. (¡Qué mal descansa un rigor!). Sale Escila. (¡Qué mal sosiega un desdén!). (Sin duda, pues no está aquí ni en todo el monte se ve, fue tras Escila). (Sin duda, pues ya no está aquí, que fue tras Caribdis). (Y no ya lo siento por mi altivez tanto como por mi envidia). (Y no ya tanto cruel lo siento como celosa). (¡Oh, ira vil!). (¡Oh, afecto infiel!). ¿Villana? ¿Quién llama? Yo. Conformaos las dos, porque, llamada a un tiempo de entrambas, ignoro a cuál responder. A ella, que viéndola aquí no tengo yo qué saber. Viéndote a ti, yo tampoco. Según eso viene a ser una la duda; podrás respondernos de una vez: ¿viste un derrotado huésped del mar que ahora aquí dejé? Por señas de que me puso en gran obligación. ¿Qué es? Dejarme sin mi marido, porque apenas le nombré quién erais, cuando por fuerza le hizo aprestar su bajel en que huyendo de las dos se volvió… La voz detén. Calla, calla, que me has muerto por darle la vida a él. ¿Pues qué le dije yo más de quién erais? Cielos, ¿quién creerá que muera yo a manos de un desprecio? ¡Oh, nunca fiel se hubiera dado a partido mi siempre altiva esquivez! El primero día que afable me llegó a reconocer, es el primero, ¡ay de mí!, que me miró padecer el desaire de una fuga. Ya la barquilla romper se ve desde aquí las ondas. Ahí que no os miento veréis. ¡Viven los cielos, villana, que has de pagarme el haber dicho quién soy! Bella Escila, ya que igual el rencor es, pase nuestra competencia a venganza, y para que no quede ejemplar que hubo quien nos venció, yo pondré, pues que soy deidad del mar, nuevos encantos en él de las sirenas, haciendo que armonioso el tropel le entre en su golfo; pon tú, pues que te llegas a ver deidad de la tierra, escollos en que choque; y pues aquel villano de las dos dijo lo que escuchamos tal vez y ésta quién éramos, tú te venga en ella, yo en él. Yo desde estas altas rocas, basas de ese azul dosel, peñas arrojaré al mar, aunque se desplome el ej que en ellas estriba, haciendo que el impulso del caer le zozobre a los embates de un vaivén y otro vaivén. Y a esta villana… ¡Ay de mí! …en esa torre daré la prisión que a él esperaba, adonde encantada esté para más pena hasta que haya quien la libre. Mire usted que para cantada soy mala letra, pues se ven cantar villancicos, no villancicas. Subiendo a la torre. Fiera, ven a esa cumbre en cuyo seno miras del aire pender una cueva que su luz su despeñadero es. Mal agasajo para una huéspeda como yo, aunque por lo menos me consuela el que Alfeo no lo ve, y cantada o no cantada al fin viviré sin él. Vanse las dos. Yo en tanto de las sirenas el coro convocaré, cantando y llorando a un tiempo, supuesto que es menester para que me oigan mezclar el pesar con el placer ¡Hola, ahó! ¡Ah del golfo de las sirenas! dentro ¡Hola, ahó! ¿Quién nos llama desde la selva? ¿Ya la voz de Caribdis, no hay quien conozca? dentro ¿Quién conoce a quien canta, la vez que llora? Pero dinos, ¿qué quieres de nuestra esfera? Que el que apenas las sulque, las sulque a penas. Aquel mísero bajel –que, monstruo de dos especies, siendo del aire delfín, águila del mar parece– de un forajido huésped sagrado intenta ser, no siendo albergue. dentro Pues ¿qué mandas? ¿Qué quieres? Que en calma sienta, llore, gima y pene. Sienta. Llore. Gima. Pene. Entre Caribdis y Escila, coronado de laureles, es el primero adalid que piensa que huyendo vence, como si ser pudiese quedar mejor el que huya que el que muere. De una voz y una hermosura triunfando va y os compete por hermosas y por dulces que el ejemplar le escarmiente. Llamadle, detenedle. Terremoto dentro y dice Escila, durando el ruido y la música. Llamadle, detenedle, que yo también guerra le haré de suerte… …que en calma sienta, llore, gima y pene, conociendo que el golfo de las sirenas el que apenas le sulca, le sulca a penas. Con el terremoto sale el barco y en él Ulises, Dante, Anteo y Alfeo remando. No costees, barquerol, sino hazte al mar, que de tierra nos hacen los montes guerra con terremotos que al sol turban, despeñando encima del barco una y otra cumbre, de su inmensa pesadumbre la más eminente cima. Peor será que, si lanzado tomó el golfo vuestras penas, aumente de las sirenas la voz que ya se ha escuchado. ¿Qué sirenas? Hazte al mar, que esas sabré vencer yo. Basta esto para quien no tiene gana de remar. Deja los remos y para el barco. ¿No dijeron que correr el golfo en un punto puedes? Pues ¿qué esperas? El terremoto. ¿Luego ustedes creyeron a mi mujer? En su vida habló verdad y esa es la mayor mentira que en su vida dijo. Mira que es loca temeridad pararte cuando se viene sobre nosotros la sierra. El terremoto. Yo soy pescador de tierra, y ir a terrado conviene, tierra a tierra, tan despacio que me entierre la terraza de un terrado de la plaza o un terrero de palacio antes que de un terremoto el temor que me sotierra en los terraños de tierra me dé sepulcro remoto en el agua. Un loco es. Y aún dos. ¿Qué haremos? Tomemos nosotros, Anteo, los remos. Y de mí, ¿qué harán después? Agárranle. Echarte, villano, al mar. Y el aligerarse gana el barco. Aunque so un Juan Rana, miren que no sé nadar. Vaya al mar por embustero. Mijor por eso era haber arrojado a mi mujer un poquitico primero. Échanle al mar. ¡Hombre a la mar! ¡Qué pesar! Pero que me echéis os dejo, porque en llegando a ser viejo ¿qué hombre no es hombre a la mar? Mas ¡ay, ahogado de mí! Sale el pescado. ¿Qué pez horrible y cruel que hacia aquí viene es aquel? ¿Si querrá tragarme? Sí parece y pues escapar no puedo, usté, señor pez, me trague por esta vez, mas no sirva de ejemplar. Trágale y vase. Nada en mar y tierra vemos que otro prodigio no sea. Vencido el mayor se vea, conque el golfo atravesemos. Reman ellos. dentro No podréis, porque el golfo de las sirenas, el que apenas le sulca, le sulca a penas. Suspéndese. ¿Qué nuevo sonoro canto es el que habemos oído? A todos ha suspendido de su dulzura el encanto. ¿Quién canta en el mar tan bien? Quien… ¿Cuándo otra vez me destierra… …de tierra… …de que yo escapar pretendo… …huyendo… …porque a mi honor le conviene? …viene. Misterio el eco contiene. No es eco, ¿no ves veloces sirenas decir a voces… Quien de tierra huyendo viene…? ¿De quién pretendo yo huir? De oír. ¿Qué más intento vencer? Y ver. Pues ¿quién tiene por disgusto… …gusto… …que yo a mí me quiera dar… …pesar? Sentido tray singular el canto que nos persigue. Sí, pues dice que se sigue… …de oír y ver, gusto y pesar. Pues si me juzgué muriendo… Viendo… …un peligro a otro añadiendo… …oyendo… …durar mi dolor cruel… …en el… ¿no era morir y no amar? …mar. Mas, ¡ay!, que para vengar la fuga que haciendo voy, en el mismo riesgo estoy… …viendo y oyendo en el mar. Y así el que vencer intenta,… Sienta… …el que una voz le enamore… …llore… …y el que una beldad no estima… …gima… …y pues remedio no tiene… …pene. Sólo este medio conviene: que quien librarse procura de una voz y una hermosura… …sienta, llore, gima y pene. Mas ¡ay, infeliz de mí! ¿Qué querrán mares y vientos? En lo alto Escila y Caribdis. Junta todos sus acentos. ¿Y cómo dirán? Así: Quien de tierra huyendo viene de oír y ver, gusto y pesar, viendo y oyendo en el mar, sienta, llore, gima y pene. Pues si llorar y gemir fuerza es, sentir y penar, mejor es que acabe el mar de una vez tanto sufrir embates de la fortuna. ¿Qué haces? Arrojarme donde quien tantas vidas esconde añada al número una. Y más si, después de oír las sonoras amenazas de esas hermosas sirenas que a un tiempo cantan y encantan tanto que aun los dos suspensos dejáis sin remos la barca, veo sobre aquella roca la hermosura soberana de Escila y sobre aquel risco escucho las voces blandas de Caribdis, las dos siendo vivos imanes del alma. Todos aquesos peligros contra una industria no bastan. ¿Qué es? Que pues que ya en la vela sopla favorable el aura y de ella el barco impelido no le hacen los remos falta, cerrados oídos y ojos, correr nos dejemos, hasta que dé del hado el arbitrio con nosotros a otra playa. Agora, agora, sirenas, repetid en voces altas. Quien de tierra huyendo viene de oír y ver, gusto y pesar, viendo y oyendo en el mar, sienta, llore, gima y pene. Conociendo que el golfo de las sirenas, el que apenas le sulca, le sulque a penas. ¿Qué importa que yo las manos ponga en los oídos y haga fuerza a los ojos, si ojos y oídos, ladrones de casa, saben los rincones della y, viendo impedir sus causas, retiran al corazón las especies y él las guarda tan vivas que a los sentidos volver el uso les manda? Conque menos que arrojado al mar ni el fuego se apaga ni el corazón se sosiega ni los sentidos descansan. Harás que de la licencia que nos diste usemos hasta pasar el golfo. ¿Qué fue? Que al árbol atado vayas, vendados ojos y oídos. Átanle y pónenle una banda en los ojos. ¿A qué loco no le atan? Bien hacéis; Escila hermosa, suave Caribdis sagrada, sirenas del negro golfo, altos montes de Tinacria, decid a voces que Ulises, dándole el viento sus alas, entre Caribdis y Escila, atado y vendado, escapa de vuestros riesgos por que le quede al mundo enseñanza que así se ven los estremos de la hermosura y la gracia. Seguidle, seguidle todas. ¿A qué, si no sirve nada contra quien ojos y oídos de voz y hermosura guarda? Pues si no bastan mis ecos… Si mi hermosura no basta… …contra quien vencerlas quiera… …contra quien quiera postrarla… …dando la rienda a la ira… …soltando el freno a la rabia… …caiga despeñada al mar… …al mar despeñada caiga… …muriendo como él había de morir, en cuya saña las funerales exequias montes y piélagos hagan. Arrójanse al mar. ¿Qué segundo terremoto la luz del sol nos apaga? Abajo el orbe se viene. De todo ese azul alcázar, los peñascos de su centro, proceloso viento arranca. Sí, pues el mar a su esfera parece que los traslada. Es verdad, que dos escollos miramos sobre las aguas, nunca hasta ahora descubiertos. ¿Qué será? Sale Sileno. El cielo me valga. ¿Qué es esto, Sileno? Que, mirando el mar en bonanza, salí a pescar y a lo lejos vi arrojarse despeñadas al mar Escila y Caribdis cuyo sepulcro de plata construyen nuevos montes en dos pirámides altas, contra cuantos marineros tocaren en esas playas, pues quien escape de Escila, tendrá en Caribdis borrasca. Y no paró aquí el prodigio, sino que la red que echada tenía al mar, al recogerla la sentí con tan gran carga que de remolque ha venido sin conocer lo que traiga. Por que todos lo veamos, ayudemos a sacarla. Marino monstruo que abre la boca de sus entrañas, arroja otro horrible monstruo todo vestido de escamas. Sale Alfeo. Gracias a Dios que he llegado a la orilla; para, para, cohete pez que me has traído en ti como en una caja. Todos estamos acá, amigos. ¡Qué fiera estraña! ¡Qué salvaje tan cruel! Tú eres la fiera y tu alma, y tú la salvaja, puesto que aquí no hay otra salvaja ni otra fiera. Pues prodigios es hoy toda esta comarca, huyamos todos. Huyamos. Pues con dejar transformada en escollos a Caribdis y a Escila, queda acabada la fábula y ahora viendo arrojar en esta playa aquese marino monstruo, empieza la mojiganga. Vanse todos y queda Alfeo solo. MOJIGANGA ¿Qué mojiganga? Esperad, oíd; ¡el cielo me valga! Agora que caigo en ello, ¿dónde estoy? Que aquesta estancia no es mi tierra, pues en ella no había aquellas peñas altas y había cierta mujer mía; pero si ella de aquí falta… Mas, que esté donde estuviere, manos a labor y vaya de náufrago peregrino que derrotado se halla sin saber cuándo ni cómo. ¡Ah de los montes! ¿Quién llama? Qué sé yo quién soy, porque una marina tarasca que me concibió en el mar con dos cosas tan contrarias como son aborrecerme y meterme en sus entrañas me ha malparido a esta tierra donde, aunque he sido vianda, ni soy carne ni pescado. Pues ¿qué quieres? Pues ¿qué mandas? Ya que ustedes me responden, sea quien fuere, con tanta melanoche o melodía, ¿qué tierra es?, que como en zarzas en ella estoy. La Zarzuela. ¿La Zarzuela? ¿Qué te espantas? ¿No he de espantarme si en este instante en Tinacria estaba? ¿Pues quién le quita que sea la Zarzuela de Tinacria? Algún crítico que ponga en razón las mojigangas. Mas, ya que lo saben todo, ¿saben quién soy yo? Juan Rana. Gloria a Dios que di conmigo, que ha rato que me buscaba y no me podía encontrar. Mas digan, si no se cansan, en este bosque vustedes, ¿qué son, qué cantan, qué rabian y a qué he venido yo a él? Tú lo sabrás si le andas. Ve aquí que le ando y que no lo sé. ¡Ay, triste, ay, desdichada, ay, mísera, ay, afligida, ay, amarrida y cuitada, y ay, encantada de mí! ¡Oh, tú, voz que a longe ayas! ¿Dónde estás y cúya eres? Los ojos al desván alza deste monte, verás dónde me dejó Escila encerrada por último encantamiento de su póstuma venganza, hasta que haya caballero que me libre, con tan rara condición en la aventura que lo primero que manda es que cuando entre, un salvaje venza; un dragón, cuando salga; pena de que, si venciere uno sin otro, se vayan los encantados y él quede en la prisión. Grande infanta sin duda es, que estos primores las de las villas no gastan. No se me acuerda por ahora bien de cómo me llamaba en el sigro, pero sé que estoy aquí con tal rabia, con tal cólera, tal ira, tal impaciencia y tal saña, que todos los encantados me llaman la Mari-Brava. ¿Mari-Brava y Zarzuela? Ahí verás lo que el diablo enzarza. De buena ventura eres si desta prisión me sacas, porque sacarás conmigo cuantos encantados andan por aquestos vericuetos. Llevará Bercebú el alma que tal sacara, que fuera muy heroica patarata que la que me prendió antaño desprendiera hogaño. Gracias a tu valor. ¿Pues de qué las gracias son? De que tratas tomar la demanda mía. No hago tal, devota santa. Por mi vida, ¿para qué tomara yo su demanda? Encantados caballeros y princesas encantadas que andáis por aquestos montes en diversas formas varias, un aventurero dice que quiere tomar las armas por mi amor. No dice tal. Yo que me lo entienda basta, que esto de verse servidas basta soñarlo las damas. Venid todos, venid todas a recibirle. Deo gracias. En toda mi vida vi fieras tan buenas cristianas. Desencantadorcito del alma, mira aquí lo que desencantas. Pues encantadorcitos del cuerpo, veis aquí que me voy huyendo. No irás tal, que ya empezado, no puedes volver la espalda. Sí iré tal, porque vendido, la puedo volver. Aguarda, desencantadorcito del alma, mira aquí lo que desencantas. Pues encantadorcitos del cuerpo, veis aquí que me voy huyendo. ¿Quién eres, oh, tú, que osado hasta aquí mueves las plantas, dándome a entender que quieres entrar conmigo en batalla? Para salvaje ese es mucho discurrir, porque en mi alma que no quiero tal. Sí quieres, pues de sus términos pasas eso lo que tiene puesto a los encantos que guarda el grande cuento de cuentos, Gasparilis de Aravaca. Si es usté, ponga entre esotros cuentos que cuenta que el que haga guerra yo a usted es el cuento de nunca acabar. No basta ya ese propósito; escucha, tenía una dueña una enana… Ya ese es viejo y no he de oírle. ¿Pues hay más de que otro vaya? A cuatro o cinco chiquillos… También ese tiene canas y no te canses, que ese ni otro alguno, si me matas, no he de oírle. Aqueso es matarme tú con ventaja. ¡Ay, que me ha muerto! Al salvaje mató. Él lo vendría de casa, que yo no he llegado a él. Tú me has muerto. ¿Con qué armas? Con no oírme, que a un salvaje, quien no le escucha le mata. Con que ya volver podemos a nuestras formas pasadas. Desencantadorcito del alma, mira aquí lo que desencantas. Yo que fui en el modo tía, era una arpía. Yo que me asombro y me arrobo, cogí un lobo. Yo, serpiente verdinegra, era una suegra. Yo que fui un grande lebrón, me hice león. Yo, tercera en quien peligre trancado el honor, fui tigre. Y yo, atento a mi interés, gato montés. Yo que fui una dueña flaca, era una urraca. Y yo que un gran puerco fui, soy jabalí. Con que nuestras formas cobradas, mira tú lo que desencantas. Ya lo miro y ya reconozco que hacéis el bosque cuadro del Bosco. Tú a quien la vista debemos, agora que bajes falta. Ya yo bajo en una nube. ¿Esa es nube o es banasta? ¿Qué se espanta, si es nube de mojiganga? ¿Quién es el que me ha librado? Vesle aquí. Humilde a tus plantas… Mas ¡qué miro! Mas ¡qué veo! ¿Tú eres, fiero? ¿Tú eres, falsa? ¿Qué es eso? Que es mi marido. Que es mi mujer y ¿qué sacan deso? Que su libertad no quiero, ni yo librarla. Pues buen remedio. ¿Qué es? Que pues de vencer te falta el dragón de la salida, escuses esa batalla y que tú preso te quedes y que ella libre se vaya. Yo soy contenta. Y yo. Pues metámosle en la banasta. Señores desencantados, adviertan no hable palabra, porque en el punto que hable, dará una gran zaparrada. No hablaré más que un marido encantado. Arriba vaya. Vaya arriba. ¿Qué haces, mozo? Está la cuerda enredada. ¡Que se va el torno, Jesús mil veces! ¡Qué gran desgracia! Juan Rana se ha hecho pedazos. Acabemos sin Juan Rana. Sin marido y desencantada, qué dos venturas, venturas tan raras. No os veréis en ese gozo, pícara desvergonzada. Que con marido y desencantada, qué dos venturas, venturas tan raras. Quedo, quedo, sed amigos. Sin marido y desencantada qué dos venturas, venturas tan raras.