Argenis Y Poliarco Comedia Famosa Personas que hablan en ella Meleandro, rey de Sicilia. Argenis, su hija. Timoclea, dama. Selenisa, dama. Poliarco. Arcombroto. Arsidas. Eristenes. Lidoro. Gelanor, su criado de Poliarco. Hianisbe, reina del África. Dos damas suyas. Timonides. Músicos. Primera Jornada Suene dentro un clarín y ruido de desembarcación y digan marineros y Arcombroto. Dé el esquife en la playa y en él a tierra el africano vaya. Dejadme en ella solo, que en esta selva consagrada a Apolo quiero quedarme libre del ultraje del viento. En paz te queda. ¡Buen viaje! Agora sale. Salude el peregrino que en salado cristal abrió camino la tierra donde llega, cuando inconstante y náufrago se niega del mar a la inclemencia procelosa. ¡Salve y salve otra vez, madre piadosa! En rendidos despojos los labios te apelliden y los ojos. Y tú, Sicilia bella, a quien corona la mayor estrella, por cabeza del mundo, fénix de las ciudades sin segundo, sin segundo y primero, salve también y admite un forastero a quien tu nombre llama a conseguir honor, a ganar fama en el trinacrio suelo. Un africano soy... Dentro. ¡Válgame el cielo! ¿Qué voz tan triste ha sido la que lengua y acción ha suspendido con ecos lastimosos? Dentro. ¡Dadme vuestro favor, cielos piadosos! Una mujer huyendo sale del monte; socorrer pretendo su valiente fatiga, que una mujer con ser mujer obliga al hombre más cobarde. Tarde la sirvo y la socorro tarde si alas no calzo. Agora salga Timoclea. Ampara, ¡oh, caballero! –que el traje te acredita, aunque extranjero–, ampara generoso el pecho más bizarro y más brioso del mundo, cuya vida yace de tres contrarios combatida, de tres prodigios fieros, partos destas montañas, bandoleros, que por tirana suerte su vida compran con la ajena muerte. Vuelve los ojos a esa parte y mira cómo el gallardo joven los retira y la vitoria de los tres pretende: con tal maña los lidia y se defiende. Hermosa dama, sea la respuesta servirte, por que vea Sicilia mi valor el primer día que a ella me consagró la estrella mía. Vase. Valiente el forastero rayos esgrime en el templado acero. Ya la sangre del uno el campo baña y los dos desamparan la campaña huyendo infamemente. Digan dentro Eristenes y Lidoro y salgan luego huyendo con las espadas desnudas, y Poliarco y Arcombroto. Huye, Eristenes, ya que en tan valiente acción los dos tan infelices fuimos. Vivo quedó; grande ocasión perdimos. Vanse. Esperad, no los sigáis; dejadlos, pues van huyendo, porque de tanto valor es poca vitoria el miedo, y dadme lugar en que, agradecido al esfuerzo de vuestra valiente mano, saber merezca a quién debo la vida; y en esta parte perdonad no conoceros, cuando pudiera informarme de la fama. No os merezco tan grandes favores, cuando más que os obligo, os ofendo. Agravio fue, no lisonja, el llegar a socorreros y ansí esperaba de vos quejas, no agradecimientos, por haber entrado a parte en ese triunfo pequeño, sobrando vuestro valor a mayores vencimientos. De que no me conozcáis no me admiro; soy tan nuevo en esta tierra que hoy pisé el siciliano suelo. El patrón de aquella nave que a vista pasó, a mis ruegos me arrojó en aquesta playa. Lo que de mí decir puedo es que soy un africano que a ganar opinión vengo llamado de mi valor, cuyas voces, cuyo aliento el corazón me arrebatan, que ya no cabe en el pecho. Las guerras que hoy a Sicilia en tanto peligro han puesto –que allá lo dijo la fama– deseoso me trajeron de ver si en la ajena patria soy más dichoso, que el cielo a ninguno favorece en la propia. Llegué a tiempo que esta dama me avisó de vuestro peligro y, puesto a vuestro lado, os serví, compañero en vuestros riesgos. Es Arcombroto mi nombre. Esto sé de mí y, si puedo saber de vos el estado de las cosas deste reino y quién sois, será favor digno de un heroico pecho, a cuyo servicio ya la vida y el alma ofrezco. Para urbana ceremonia de amistad y cumplimientos rústico palacio es la soledad de un desierto; en él, detrás desos montes, una hermosa quinta tengo donde podéis albergaros, aunque es alcázar pequeño a huéspedes tan ilustres. Y pues ya el dorado Febo en ondas de plata y nieve baña los rubios cabellos, dando licencia a la noche que baje entre obscuros velos, infundiendo a los mortales miedo, espanto, horror y sueño, y pues es fuerza admitirlos, por ser de mujer mis ruegos, no espero mejor respuesta que deciros que os espero. Váyase Timoclea y salga Gelanor, criado, en cuerpo. ¡Gracias a Dios que te hallé! ¿Dónde están los bandoleros? Vamos apriesa a buscarlos, que ya con cólera vengo, que entonces no la tenía y solamente por eso les dejé que me llevaran espada, capa y sombrero. No tenéis que prevenir armas, porque ya yo llevo esta pistola, que acaso se me quedó en los griguiescos, con que podemos matarlos. Pues ¿por qué, di, a mejor tiempo no la sacaste y con ella defendiste todo aquello que te llevaron? Porque ese es, señor, un secreto notable. ¿Mejor no fuera? Sí fuera, pero no puedo decirlo, porque el guardarla entonces tuvo misterio. ¿Y qué fue? Pues que ya es fuerza decirlo, escúchame atento. Como vi que me quitaban cuanto llevaba, prevengo el no sacar la pistola entonces... Pues ¿por qué efeto? Por que no me la llevaran también. ¡Mira si soy necio! Eres cobarde. Es verdad. Ya, pues, que los dos nos vemos a vista dese palacio que hospedaje ha de ser nuestro, por el camino podéis ir, señor, satisfaciendo a las deudas en que os puse cuando os conté mis sucesos. De las cosas de Sicilia muy poco informar os puedo, porque también, como vos, soy, Arcombroto, extranjero; pero, en efeto, la curia de la corte, en poco tiempo que la asistí, me habrá dado más noticia; estadme atento. Yo, generoso africano, soy un francés caballero a quien destierran y arrojan de su patria los sucesos del amor y la fortuna. Mirad si cualquiera destos dos contrarios ha postrado, ha sujetado y deshecho tantos triunfos, majestades, coronas, timbres y imperios que en los teatros del mundo fueron fábulas del tiempo, cómo pudo resistirse, acometido mi pecho de dos violencias, dos golpes, dos venganzas, aunque pienso que el haberme acometido los dos en mi vida han puesto más seguras confianzas, pues, a dos muertes sujeto, muero pensando que vivo, vivo pensando que muero. Vine a Sicilia, no sé si con el disignio vuestro, pero sé que he conseguido sus causas y sus efetos, pues he mostrado en las lides que se han ofrecido y hecho hazañas que ellas pudieran haberme dado... Mas dejo al silencio mi alabanza, si la merece el silencio, y paso, ya que os he dado noticia de mí, a sucesos de Sicilia, y esto baste, que aun no pensé decir esto. Meleandro, de Sicilia rey único, a quien el cielo, más que de ánimo gallardo, dotó de su entendimiento, largo tiempo gobernó entre el ocio y el sosiego de la paz, sin que a la guerra diese el militar gobierno, por ser de ánimo apacible, espíritu manso y quieto y al fin inclinado más que a la milicia al consejo, cuya condición afable, cuyo semblante modesto en los ánimos altivos, en los alterados pechos de traidores, engendró osados atrevimientos. ¡Oh, a cuántos reyes; oh, a cuántos les hizo mal el ser buenos!, que el temor sobre el amor da estimación y respeto. Lidogenes, pues, un hombre que fue en su gracia el primero, fue el primero en su desgracia, pues, arrogante y soberbio, mezclando pompas de Marte entre regalos de Venus, al sol se atrevió sin alas, trepando torres de viento. Arroyo fue que del mar salió humilde y, adquiriendo caudal y pompa, volvió, no a darle tributo y feudo, sino a presentar batalla al mismo que fue su centro y de quien él recibió la majestad y el aumento. Este, pues, desvanecido con los favores supremos del Rey, llegó a levantar tan altos los pensamientos que, enamorado de Argenis, hija suya... Mas, ¡ay, cielo!, ¿cómo viviendo la nombro? ¿Cómo sin morir me acuerdo? Argenis, Argenis digo, en quien liberal el cielo logró, a pesar de la envidia, belleza y entendimiento. En efeto, es un milagro; es un asombro, en efeto, de la gran naturaleza, en cuyos rasgos se vieron, con la discreción del alma y la hermosura del cuerpo, admirados los pinceles del artífice supremo. Este, pues, desesperado de conseguir tanto empleo por la paz, movió la guerra y, convocando los pueblos, cuya fe siempre dudosa quiere sacudir el peso de la lealtad, aspiró a la corona y el cetro. La primera vez que dio escándalo tanto intento fue una noche que, entregado a las lisonjas del sueño, Meleandro descansaba por más gusto o más sosiego en una quinta a quien hizo cárcel voluntaria el cielo de la voluntad de Argenis, porque doctos agoreros, que al oriente de su vida juzgaron su nacimiento, dijeron que su hermosura sería asombro, espanto y miedo del mundo, siendo discordia de príncipes extranjeros. Y, prevenido este daño, el Rey, advertido y cuerdo, en aquella fortaleza que dije con sabio intento la dio guarda de mujeres, siendo inviolable precepto que ningún hombre llegase a profanar el silencio de sus muros. Mas ¿qué importa que el hombre vele si es cierto que no bastan prevenciones contra fatales decretos? Allí retirado estaba o logrando o discurriendo los cuidados de la corte, cuando en el mudo silencio de la noche de improviso los dos asaltados fueron. Solo yo, que la asistía mientras estaba durmiendo él –cómo entré a lo vedado del jardín y en lo encubierto vivir me importa el callarlo y no os importa el saberlo–, en fin, solo yo atrevido me concedí a tanto riesgo, me opuse a tanto valor, porque solo... ¡Al fuego, al fuego! ¡Válgame el cielo! ¿Qué voces robaron y deshicieron de entre tu labio y mi oído la admiración y el acento? Ya no solo lo que escucho, sino también lo que veo me admira. ¿No ves el campo todo poblado de fuegos, cuya vista nos declara que no fue acaso su incendio, porque con orden se van unos a otros sucediendo? ¡Al fuego, al fuego! Salga Timoclea alborotada. ¡Ay de mí! Pues,Timoclea, ¿qué es esto? ¡Ay, huéspedes! Grande daño hay en Sicilia. De nuevo alguna grande traición sin duda se ha descubierto. Esas llamas, de quien veis todos los campos cubiertos, esas voces que escucháis lenguas son, lenguas de fuego que dicen nuestras desdichas. Si no es en notables riesgos de crímines y delitos contra el Rey, nunca se vieron encendidos, porque ansí se avisa a todos los puertos que ninguna nave pueda salir por entonces dellos. Luego se nombra el traidor y es tan grave, es tan severo este rigor que ninguno puede ampararle o es cierto que, cómplice en su delito, muere con él. Pues ¿qué haremos para saberlo?, que ya el corazón en el pecho no cabe sobresaltado; un grave temor, un hielo me cubre y he de saber la causa destos extremos. No vayas tú, Poliarco, pues ya, el daño descubierto, en vano te sobresalta el temor; mejor acuerdo es que vaya Gelanor a la ciudad y, sabiendo el daño, vuelva a avisarnos. A mi pesar te obedezco. Parte, Gelanor, y vuelve a darme la vida presto, pues tú solamente sabes la confusión en que quedo. El viento, si le comparas conmigo, es corto elemento; el pensamiento es pesado, porque a todos los excedo en la ligereza; en fin, compararme a nadie puedo, sino solamente... ¿A quién? A mí, cuando voy huyendo. Vase. Yo, en tanto, por divertir discursos y sentimientos, Arcombroto, a la empezada historia de Argenis vuelvo. A este alcázar de mujeres –aquí acabé y aquí empiezo mayores admiraciones; escucha, africano, atento–, por una parte que el mar combatía sus cimientos arrojaron cautamente las escalas y subieron. Yo, que a sentencia de muerte por hallarme allí encubierto estaba ya condenado, que a mí me buscaban pienso y ansí recatado huyo secretamente a lo espeso de un montecillo sitiado del mar, pero, cuando veo que llegan hacia la torre y con máquinas de hierro rompen la puerta y la asaltan, con mayor cólera vuelvo. A tiempo llegué que ya Meleandro estaba preso, porque imagen de la muerte lo fue dos veces el sueño. Asombrada del horror, temerosa del estruendo, Argenis, medio dormida, salió de su cuarto huyendo y, como en el mar se ve, Volcán de espumas, ardiendo una nave y el soldado, en peligros de agua y fuego , por huir de uno da en otro, ansí Argenis, pretendiendo escapar de sus desdichas, tropezó en ellas más presto, pues se entregó a sus contrarios. Yo, que en aquel punto llego, osado al morir me arrojo entre las armas y el fuego, siempre cubierta la cara. ¡Oh, qué valiente, oh, qué diestro es el que riñe, restado a vender su vida a precio de muchas, el que no riñe por vivir! No te encarezco lo que hice, pero basta decir que solo mi esfuerzo al Rey le dio libertad, quietud a Argenis, recelo de más armas al contrario, pues se volvió al mar huyendo. Yo, en mayores confusiones, en mayores dudas puesto, gozoso de la vitoria, temeroso del decreto rompido, ignoré si había de conseguir descubierto la gracia del Rey o irme, temeroso a sus preceptos. Pero entre una y otra pena parto la duda y me atrevo a decir mi nombre a Argenis y callarlo al Rey; con esto me ausento de su palacio y de mi vida me ausento. En fin, para no cansarte, ya declarados los pechos de la traición, el tirano puso en armas todo el reino. Árdese en guerras Sicilia, en cuyos duros encuentros partió Fortuna las suertes, que también la guerra es juego. En este estado el traidor quiso venir a concierto y, en oprobrio de sus armas, Meleandro a concederlo, Porque ¿se atreviera un hombre particular a un imperio soberano a no saber que, cuando a su atrevimiento llegue el castigo, ha de estar puesta la piedad en medio? Yo corrido, yo afrentado, siquiera por haber puesto en defensa de Sicilia mis armas, no vengo en ello y ansí de la corte salgo –no sé si te diga huyendo– hoy que sus embajadores entran en ella y, viniendo en servicio desta dama, que lo es de Argenis, salieron los bandoleros que vistes, por que le deba a ese esfuerzo la vida y a mi ventura la ocasión de conoceros, para que tengáis en mí un amigo verdadero. Salga Gelanor. Nunca la desdicha fue pensada ni prevenida tanta como sucedida. ¿Qué es lo que dices? No sé. Contra ti ha sido, señor, todo este fuego encendido; contra ti la voz ha sido que te publica traidor. Un hombre me dijo el caso, que la pena suele ser bandolera del placer, que le está esperando al paso. Contome, pues, que hoy habías muerto tú un embajador de Lidogenes, señor, y, como en público habías resistido este concierto, de tu gran valor disculpa, todos creyeron tu culpa, todos lo tienen por cierto, diciendo que tú has quitado la paz de Sicilia y puesto en peligro manifiesto el bien común del Estado y en sospecha la palabra del Rey, pues contra derecho a un embajador se ha hecho tal traición, y tanto labra en el vulgo aqueste error, que te buscan desta suerte todos para darte muerte como a público traidor. ¡Válgame el cielo! ¿Qué escucho? ¡Válgame el cielo! ¿Qué veo? Siendo mi mal, no lo creo; sin duda mi mal es mucho. ¿Cuándo yo rompí la fe al Rey? ¿Cuándo fui traidor? ¿Cuándo yo al embajador de Lidogenes maté? Dicen que esta tarde aquí, en esta selva de Apolo. Yo en aquesta selva solo muerte a un bandolero di que con otros dos salió. Mas, sin duda, ellos han sido los que matarme han querido esta tarde y, como yo me defendí, han publicado que matarlos pretendí. Pero volverá por mí la verdad; desesperado iré al Rey y su rigor se vengue, que en caso tal más quiero morir leal, ¡cielos!, que vivir traidor. Poliarco, aguarda, deja la cólera, que, aunque es mucha la ocasión, atiende, escucha a un hombre que te aconseja sin pasión. Aunque no estés culpado en esta traición, la autoridad, la opinión común en tu daño es. Huir el primer furor a un juez apasionado fue siempre muy acertado, y más a un rey, que en rigor se querrá satisfacer. Más la quietud importó de todo un reino que no una vida, y el poder tal vez, siendo interesado el bien de su reino entero, con capa de justiciero mata por razón de Estado. Confieso que me aconsejas mi bien, mas ¿qué solicitas, si una confusión me quitas, cuando con otra me dejas? ¿Qué he de hacer? ¿Dónde he de ir, si nadie puede ampararme? ¿Quién ha de querer guardarme? ¿Quién atreverse a morir por que yo viva? ¿Pues no? ¿Habrá quien muera por mí con tan grande infamia? Sí. ¿Quién querrá ampararme? Yo. Dudoso de haber oído vuestras voces, considero a quién debía primero responder agradecido: al favor de tu hermosura o de tu esfuerzo al favor. A nadie, porque el valor por sí solo se asegura esta gloria y, pues aquí te da en los dos la fortuna valor y ingenio, ninguna tendrá fuerza contra ti, que el eje a su rueda roto has de ver si en ti se emplea la industria de Timoclea y el esfuerzo de Arcombroto. Y pues que me toca a mí la industria, hacer lo que mando, que yo obedeceré cuando te toque el vencer a ti. Tú, Gelanor, parte luego y esparce que tu señor, temeroso del rigor que le busca a sangre y fuego, a nado quiso pasar el Himera, undoso río, y que el caudaloso brío de su curso sujetar no pudo el caballo y tal sepulcro a su fama debe que tiene en urnas de nieve monumentos de cristal. Tú, por si alguien te vio acaso llegar aquí, la sospecha desmiente y haz la deshecha de irte y encamina el paso por la vereda que enseña esa amena población de los árboles, que son doseles, y en una peña que está al fin atento mira hasta tanto que la roca abra una funesta boca, tronera por quien respira una cueva que esta casa tiene para tal efeto labrada con tal secreto que nadie sabe que pasa hasta allí.Y, si entras por ella una vez, fía de mí que no ha de saber de ti ni aun la luminar estrella del sol. En tanto ir podemos los dos a tenerla abierta, que es un peñasco la puerta. Una antorcha sacaremos para que sirva de guía; bien seguro estarás dentro, que es un abismo su centro, triste oposición del día. Váyanse Timoclea y Arcombroto. Que no me dejes te ruego tú, Gelanor, entre tanto que entre suspiros y llanto vivo a mi sepulcro llego. Direte por el abismo desta umbrosa competencia lo que has de hacer en mi ausencia o en mi muerte, que es lo mismo. Lo primero es avisar a Arsidas, y solamente a él, Gelanor, cuerdamente el aviso le has de dar de mi vida, por que luego avise prudente y sabio a Argenis... Mas ¿cómo el labio, cuando en mi llanto me anego, pudo pronunciar su nombre sin que me aborrezca aquí mi misma vida? ¡Ay de mí! Justo será que me asombre tu pensamiento. ¿A qué fin verte perseguido quieres, pues con solo decir que eres, señor, el francés delfín pudieras...? Necio, villano, ¿tal pronuncias? ¡Vive Dios, que, a no estar solos los dos, te matara con mi mano! Vase Poliarco. Al tiempo que ya la salva del sol estos montes dora, sale riendo la aurora y sale llorando el alba: risa y lágrimas envía el día al amanecer, para darnos a entender que amanece cada día entre lirios y azucenas, entre mirtos y jazmines para dos contrarios fines de contentos y de penas. Salgan Arsidas y Timonides. No hay rastro ninguno de él. (Gentes de palacio son; empiece aquí la invención.) ¡Hado severo y cruel, fortuna inconstante y varia, suerte injusta y enemiga, muerte, nunca al hombre amiga, y estrella siempre contraria! Gelanor, ¿con qué dolor te acompañas y aconsejas, que de los cielos te quejas? ¿Adónde está tu señor? Los dos me habéis preguntado una mesma cosa y ya una respuesta será la que os dé mi pecho helado, pues con deciros que dejo, ¡hado injusto y enemigo!, muerto a Poliarco digo dónde está y de qué me quejo. ¿Qué es lo que dices? Que luego que aquella nueva escuchó que traidor le publicó y que supo de aquel fuego la ceremonia y la ley que le excluye del favor de los hombres, al rigor quiso ausentarse del Rey y, por no fiarse a alguno que, cómplice, en su ausencia padeciese la sentencia de rigor tan importuno, se fio de su valor y quiso, desesperado, pasar el Himera a nado y, despreciando el temor, puso los pies a una alfana, rayo, si hay rayo de nieve, que con la espuma se atreve a vivir dos veces cana, y diciendo: «Sabe el cielo que al Rey he sido leal», átomos hizo el cristal, pedazos deshizo el hielo. El bruto, que ya no es sino bajel eminente, hizo proa de la frente, remos hizo de los pies y, como una y otra ola la helada clin erizaban, era vela a quien hinchaban los vientos, timón, la cola; y monstruo confuso, en fin, de dos especies, tal vez era bruto y era pez, siendo caballo y delfín. Pero, cansado el aliento, por boca y ojos vertió fuego: una batalla yo vi de elemento a elemento. Pensó vencerla, mas luego, aunque su valor le esfuerza, se rindió, porque era fuerza que venciese el agua al fuego; y, yendo a su discreción donde en el mar se desagua, vivió en fuego y murió en agua con envidia de Faetón. ¡Qué desdicha! Justamente sientes las penas que digo, que yo sé que era tu amigo. Importa que brevemente llegue a palacio la nueva. Tú,Timonides, podrás, porque yo es justo que más pena y sentimiento deba a la muerte de un amigo. Déjame hacer entretanto las exequias de mi llanto. Hoy veloz al viento sigo. No pongas cuidado en esto. ¿Por qué, Arsidas? Porque llevas, Timonides, malas nuevas y es fuerza que llegues presto. Vase Timonides. Huélgome que aquí te quedes para que sepas que ha sido cuanto te he dicho fingido. ¿Qué es lo que dices? Que puedes darme albricias de la vida que te estima y te desea. En casa de Timoclea, en una cueva escondida, vive Poliarco y dice que a ti solamente dé noticia de dónde esté. ¿Hay suceso más felice? Toma un diamante, lucero que no hay llama que le iguale y medio talento vale. Como quisiere el platero, que, como esto no se entiende y es su precio estimación, lo que compra en un doblón vale diez cuando le vende. Pero parte luego a dar estas nuevas. Ya te entiendo; volar sin alas pretendo por si antes puedo llegar yo que el mercurio cruel de Timonides. Aquí puedo yo decirte a ti lo que tú dijiste a él: no harás de veloz alarde, aunque a los vientos te atrevas, porque llevas buenas nuevas y es fuerza que llegues tarde. Váyanse y salgan Argenis y Selenisa, dama. Pena mal resistida muerte será forzosa. No hay pena tan dichosa que acabe con la vida, porque en ser la postrera no fuera pena, que lisonja fuera. ¿Quieres ver si prevengo remedio a un mal injusto? Solo conozco el gusto en ver que no le tengo y, si en sentir tuviera gusto, por no tenerle no sintiera. Sí, mas resista al llanto la fingida alegría. ¡Ay, Selenisa mía! Más me admiro y espanto de que en penas tan graves tú me consueles, que la causa sabes. Quizá mentira ha sido que Poliarco ha dado muerte al embajador. ¿Y mi cuidado podrá ser mentiroso ni fingido cuando el vulgo le aclama traidor y como tal el Rey le llama? Él a tu cuarto viene; no respondo por eso. Que estoy muerta confieso. Disimular conviene. ¿Quién podrá, Selenisa, mezclar pena y contento, llanto y risa? Salgan Meleandro, rey, viejo; Lidoro y Eristenes con una caja y una banda en ella. Como padre y amante de tu hermosura, vengo a darte parte de un dolor que tengo. Ya habrás sabido tú cómo arrogante Poliarco en campañas y desiertos mató al embajador que a los conciertos de secreto venía y que rompió la fe y palabra mía. Eristenes lo diga, que, del muerto embajador amigo, allí le acompañaba. De su traición, señor, fui yo testigo. Poliarco en el monte oculto estaba con emboscada gente y al paso nos salió improvisamente. Un presente enviaba para testigo de que confirmaba la paz, y de sus joyas he eligido para ti aquesta banda, porque ha sido pasmo con su belleza del artificio y la naturaleza. Esa banda, señor, que a Argenis diste es prenda de soldado más que de dama. (¡Quién pudiera, ay, triste, el daño descubrir que está encerrado en la banda, supuesto que el secreto de su traición no tuvo buen efeto!) He mandado buscalle para que con su muerte me libre del delito y publicalle traidor, pues desta suerte ha de quedar mi fama satisfecha. Y es justa ley que muera. (¿Qué aprovecha disimular, fingir la lengua enojos, si, lenguas de cristal, hablan los ojos y el alma, que no miente, dice una cosa y otra cosa siente?) Sale Timonides. Dame tus pies. ¿Qué hay de nuevo, Timonides? Que ya pide tu cuidado más quietud que tuvo hasta aquí. ¿Qué dices? Que ya vives disculpado y ya Lidogenes vive satisfecho. ¿De qué suerte? Murió Poliarco. (¡Ay, triste!) Huyendo de tu rigor –para que más se acredite que no fue de ti mandado– quiso ausentarse y partirse y, como todos los puertos estaban tomados, mide con la desdicha el valor y se atrevió al invencible curso del Himera a nado, donde el caballo se rinde, y él, piloto de un bajel animado, se fue a pique. Ansí lo dice un criado y ansí villanos lo dicen, ciudadanos de su orilla que oyeron las voces tristes. Ya Lidogenes está vengado; pártete y dile cómo he castigado ofensas suyas yo sin que él castigue las mías. (Bien sucedió; murió el francés invencible, por que consiga la lengua lo que el brazo no consigue.) Váyanse todos. Queden Argenis y Selenisa. Ya se fueron, ya has quedado sola; no quiero pedirte, mi princesa, mi señora, que diviertas ni que alivies tu dolor, sino que antes sientas, llores y suspires. ¡Ay, Selenisa! ¡Ay, amiga! Mal me aconsejas, mal dices. ¿Cómo he de poder quejarme? ¿Cómo he de poder decirte desdichas que conocerlas no puedo? Y es tan terrible, tan tirano este dolor que entre los labios oprime la voz, la lengua aprisiona, negándome que respire, porque, si es gusto quejarme, aun este no me permite. ¡Ay de mí otra vez! ¡Ay, cielos! ¿Cómo a la lengua le distes tantas guardas que encerrada en cárcel estrecha vive con muralla y con canceles de corales y marfiles, si es instrumento por cuya consonancia se repiten dulces acentos? Y ya que vive guardada, ¡ay, triste!, ¿por qué, por qué a las orejas también no las defendistes con más guardas? ¿Es razón que sin defensa posible escuche mi mal y luego, cuando quiera divertirle con publicalle, no pueda y tenga en mi pecho humilde la pena fácil la entrada y la salida difícil? Sale Arsidas. Dame, señora, tu mano, si esta dicha se permite a quien por llegar a verte plumas calza y alas viste. ¡Ay, Arsidas! ¡Buena cuenta de aquel vuestro amigo distes! ¿Adónde está Poliarco? Arguyo, por lo que dices, que ya la nueva engañosa de Timonides oíste. ¿Cómo engañosa? No quiero con pinturas divertirte, sino decir de una vez... ¿Qué? Que Poliarco vive. La nueva que, dilatada por Timonides, oíste fue industria con que asegura que de buscarle se olviden. En casa de Timoclea está escondido; allí asiste Poliarco en una cueva, albergue lóbrego y triste, hasta que el descuido pueda dar lugar a que camine y en los brazos de los vientos del Rey, tu padre, se libre. Arsidas, si desta suerte consolarme pretendiste, mira que doblas el llanto, mira que el dolor repites, pues quieres que de dos veces muera. La verdad te dije. No sé cuál de las dos nuevas, la cruel o la apacible, a mi discurso me niega, que ignoro a quién deba humilde declararme agradecida: o a Timonides, que dice desdichas que ya son glorias, o a ti, a ti que me dijiste glorias que fueron desdichas, que es tal efeto el que pide este gusto que ya es fuerza que el dolor pasado olvide. Pues no me quitó la vida el pesar, no me le quite el placer: viva un dichoso lo que un desdichado vive. ¡Muera Poliarco, muera! ¡Cielos! ¿Qué voces describen los vientos, que, mal formadas, «Muera Poliarco» dicen? ¿Otro temor, otra pena ya me atormenta y aflige? Apenas en el diluvio de mi llanto asomó el iris, cuando otra vez se cerró el cielo. Sale el Rey. Confuso y triste, Argenis, me traen las voces que escuché. ¿No las oíste? Sale Timonides. Señor, por que no presumas que sospechoso te dije la muerte de Poliarco, la verdad vengo a decirte. (¡Ay de mí! ¿Si quiso el cielo que la verdad se publique?) En casa de Timoclea... (No hay que esperar, que él le dice la verdad.) (Sí, que las señas que nos mientan no es posible.) ... escondido estaba... (Cierta es mi pena. ¡Ay de mí, triste!) ... y la gente de su casa por librarse y eximirse de la opinión de traidores... (¡Cobardes, traidores, viles!) ... preso le traen y, por ser tan amado, no permiten que nadie el rostro le vea, por que su vista no obligue a algún alboroto. Él entre contigo solo y retiren a la gente que le trae. (No hay prevenciones que avisen la sentencia de los hados. Su vida quiero pedirle.) Saquen a Arcombroto, cubierto el rostro. Aqueste es el preso. ¿Quieres que la banda al rostro quiten? No, por que mirando el mío no quede de muerte libre. Ya, señor, que me condenas a muerte antes que examines mi culpa... Descúbrese. (¡Válgame el cielo!) ¿Qué es esto que miro? ... dime por qué muero, ya que muero. ¿Son por ventura de Circe estos palacios o son tus entrañas de caribe que con sangre de tu huésped las aras injustas tiñe? ¿Ansí premias a quien viene desde su patria a servirte, pensando volver a ella coronado de invencibles trofeos con que adornar los follajes de sus timbres? ¿Quién eres? Un hombre soy que ayer a Sicilia vine; en casa de Timoclea me hospedé, donde me afligen tantas penas sin saber la causa; solo me dicen que buscas un extranjero joven y, si el serlo pide tan gran venganza, mi muerte dichosa será y felice como por tu gusto muera, sujeto a tus pies humilde. Las señas, joven gallardo, que generosas compiten con el que busco, engañaron los que te prenden y siguen, pero válgate el sagrado de tu inocencia. Ahora dime: ¿de dónde eres? Africano. ¿Qué provincia? La que ciñe el oceano. ¿Qué tierra? Mauritania. ¿Y tú naciste noble en ella? Sí, lo soy. Bien tu presencia lo dice. (No vi más gallardo joven.) ¿Quién eres? No me permiten el decirlo y más a ti. ¿Por qué? Juramento hice de no decirte quién soy, y ha de ser fuerza cumplirle, que con estas condiciones, señor, a Sicilia vine. ¿Conociste por ventura a vuestra reina Hianisbe? Y soy su criado yo. ¿Y Ana, hermana suya, vive? Sí, señor. ¡Qué buenas nuevas me has dado! Mas ¿de qué sirven pasadas memorias? Baste que esto sepa; que me aflige el acordarme de un tiempo que yo, peregrino ulises, viví en África y en ella dejé, ¡ay, memorias felices!, alguna prenda del alma. Y en ti, porque me repites estos gustos, mostrar quiero mi piedad: desde hoy me sirve, que quiero premiar desde hoy el intento que trujiste. (¡Válgate el cielo por joven! ¿Qué es lo que al alma le dices?) Váyase el Rey y los demás. Queden Arcombroto, Argenis y Selenisa. (Gallardo es el africano.) Vos, señora, permitidme que llegue a tocar la esfera de vuestras plantas humilde quien solo a serviros viene. En obligación os vive el alma. Será dichoso mi valor como os obligue, que hasta agora no ha mostrado que a vuestra deidad se rinde. Vos seáis muy bien venido, que, si decir se permite, me holgué en veros y que hoy fueseis vos el que venisteis. Guárdeos el cielo. (Deseos, mentira fue cuanto oísteis; en las láminas mintieron las pinturas y matices; en las lenguas de los hombres, lisonjas y aplausos viles, porque es más hermosa Argenis que cuanto la fama dice.) Segunda Jornada Salgan Argenis,Timoclea y Selenisa. Por las apacibles sombras destas amorosas selvas a divertir pensamientos ven conmigo,Timoclea. Tú, Selenisa, este rato o te adelanta o te queda, que después podrás buscarnos. (¿Qué novedad es aquesta? ¿Argenis de mí recata sus gustos? ¿A mí me niega sus secretos y ya fía de otro pecho sus tristezas? ¿Pues en qué la he deservido? ¿Qué ha visto en mí que no sea lealtad y amor? Triste voy; ¡quiera Dios que por bien sea!) Vase. Como te digo, salió Poliarco de la cueva en hábito de villano. No te espantes de que quiera escucharlo muchas veces para que muchas lo sienta. Vuelve al principio de todo. Si sabes de la manera que él y el africano hicieron amistades y que dellas resultó que se dejó prender para que pudiera escaparse Poliarco, porque algunos por las señas le siguieron y trujeron a Arcombroto a tu presencia, ¿por qué quieres que lo diga tantas veces? Timoclea, no te canses, porque yo ni hablar ni escuchar quisiera cosa que de Poliarco no fuese, y ansí no tengas por prolijo este cuidado, que, para que no lo sea, yo no te he de preguntar otra cosa sino esta: ¿iba muy desconocido? El hábito diferencia las personas. Mas ¿qué mucho, si un diamante hermoso apenas se reconoce engastado en bajo metal? Quisiera preguntarte, y no me atrevo, una cosa; sola esta me has de decir: ¿iba triste? Y de su grave tristeza dieron los ojos señales. ¿Lloraba? Lágrimas tiernas. ¿Y qué decía? Del cielo y de la fortuna quejas. ¡Ah! ¿Y de mí? No te nombraba. ¿Y parécete que era no acordarse de mí? No, sino respeto. ¿Estás cierta de que lo fuese, y no olvido? Sí, señora. ¡Buenas nuevas te dé Dios! Dame los brazos y dime agora... ¿Aún te quedan más preguntas? Para una sola pediste licencia. Es verdad, tienes razón; no me acordé. Mas no seas, a quien con gusto pregunta, avara de una respuesta. Arcombroto viene. Calla y disimula; no vea mi cuidado en tu semblante. No es tan atento que pueda por semblantes conocer, porque yo sé que pudiera haber en alguno visto... Prosigue. … amorosas muestras. Sale Arcombroto. Ya vuestra Alteza, señora, podrá, porque el sol empieza a desvanecer reflejos entre corales y perlas, dejar sin luz esos montes, sin lisonja esas riberas, sin hermosura ese valle y sin deidad esas selvas. Una dorada carroza en ese margen espera; no tan hermosos caballos el aurora hermosa ostenta, cuando el alba antes que el sol sombras viste y nubes huella y él en ondas de zafiros sepulta abismos de estrellas, como los que deste carro son hipogrifos que llegan a competir con las aves, pues en su veloz carrera ni flor malogran sus plantas ni surco imprimen sus ruedas, que, siendo brutos del viento, siendo aves de la tierra, vuelan pensando que corren, corren pensando que vuelan. La retórica pintura se mira en vos tan perfeta que ha de faltar a la vista tan hermoso objeto. En ella antes se verán, señora, de mi ignorancia las señas, porque yo soy tan cobarde en hablar que, aunque quisiera alguna vez declararme, no acierto y la voz se queda en aquel breve camino que hay desde el pecho a la lengua. Muchas veces el conceto que se previene en la idea no se permite a los labios tan sutil como se piensa, mayormente en las pasiones del ánimo. Fuera desa razón, hay muchas en mí para que la voz suspenda. ¿Cuáles son? Soy extranjero y el idioma desta tierra no sé tan bien que con él me explique, que, si estuviera en mi tierra, en ella hablara con más libertad y en ella hablara mejor, por que me oyeran mejor. ¿Qué esencia es que otro me escuche bien de hablar yo bien? Porque lleva gran crédito de su parte quien habla si sabe o piensa que el teatro que le escucha le soleniza y celebra. Y si no, vos escuchadme con gusto y dadme licencia para hablar: veréis, señora, que ni me turba ni eleva lo confuso del conceto, lo ignorado de la lengua, la novedad del idioma, ni lo sutil de la idea, ni lo ajeno de la patria. ¿Sino qué? Vuestra belleza. Pues ¡qué atrevimiento! Yo he dicho lo que dijera de mi sentimiento cuando vos me diérades licencia. Si ha de enojaros el darla, no me la deis y suspensa el alma vuelva a dudar idioma, conceto y lengua. Pues volved a dudar tanto que el pensamiento aun no vuelva a creer... ¡Qué gran desdicha! ¿Qué es eso? Que se despeña un coche y en lo profundo desa laguna se anega. ¡Ay, Dios, que ese es el del Rey, mi padre! ¿No hay quien se atreva a sus ondas y se arroje tras él? Sí, cuando no fuera por ti, que me ves, por él me arrojara, que secretas causas mi espíritu mueven y mis acciones gobiernan. Vase. Todo lleno de agua ya se va a pique. ¡Qué tragedia tan lastimosa! Mejor «¡qué felice acción!» dijeras, pues al rigor de las ondas el Rey ha hallado defensa y en los brazos de Arcombroto llega vivo a tu presencia. Salga Arcombroto con el Rey en brazos, mojado. Si otro Eneas de las llamas, yo, de las ondas eneas, mejor anquises libré; será mi alabanza eterna. Dame, gran señor, tus brazos en albricias lisonjeras de tu vida. Hermosa Argenis, ¿quién duda de que tú seas la deidad deste milagro que ha dado a Arcombroto fuerzas para tal acción, por que a los dos la vida deba? Salgan Arsidas,Timonides, Lidoro, Eristenes y otros criados. Señor. Señor. Deteneos. ¿A quién hacéis reverencia? A nuestro rey. No lo soy yo, porque, si yo lo fuera, os arrojarais tras mí al agua; vuestra nobleza os llamara a socorrerme. ¡Bueno fuera que yo fuera vuestro rey y de un peligro en vuestra misma presencia me librara un extranjero! Yo estaba, señor, más cerca; por eso llegar pude antes. Y agora a mis brazos llega, llega al corazón, pues él diciendo está que agradezca mi desgracia, pues me ha dado ocasión para que pueda sin envidia levantarte a mi privanza y grandeza. Pídeme mercedes, pide cuanto imaginas y piensas. La vida de Poliarco es todo cuanto desea mi amistad: esa te pido. Pues ¿no murió? Por que sepas la verdad, antes quisieron matarle a él. Timoclea y yo somos los testigos desta verdad. De tu tierra se ausentó; en África vive. Pues luego a Sicilia venga. Tú, Arsidas, que eres su amigo, búscale y dile que vuelva a mi reino y a mi gracia. Y dadme un caballo apriesa, que he menester descansar. Ocasión habrá en que veas cuánto tu persona estimo, cuánto estimo tu nobleza. Váyase el Rey. Arsidas, pues ya los cielos suspendieron la sentencia que contra mí decretó la fortuna, parte y lleva a Poliarco una banda de mi parte, que es aquella que Lidogenes le dio a mi padre, donde apenas se sabe cuál pudo más, el arte o naturaleza. Váyase Arsidas. Cada día me ponéis en obligaciones nuevas; cada día os debo más, Arcombroto. Si por esta acción merecí, señora, tal favor, dicha es pequeña no haber perdido la vida en generosa defensa del Rey, mi señor. Más que eso quieren los cielos que os deba. Muy agradecida estoy a vuestro valor y fuerzas; mucho os debo. Pues pagadme, ya que conocéis la deuda. ¿Qué merced pedís? Si aquí de un discurso se me acuerda pasado, en él me faltó solamente una licencia para no ser ignorante. Tomad esta joya bella y estimadla, porque vale una ciudad. Por ser prenda de vuestras manos la estimo, que es cada rayo una estrella. Pero ¿qué me respondéis en esto de la licencia? Que sois un desvanecido, pues que con alas de cera queréis penetrar los rayos del sol en dorada esfera y que si, porque me veis agradecida, os alienta vuestro favor, eso mismo os castiga, pues no fuera yo agradecida, si yo el favor agradeciera con la licencia, porque la causa, Arcombroto, mesma que me fuerza a agradeceros lo que habéis hecho me fuerza a que esa licencia os niegue, porque en dos causas opuestas la misma que me acobarda es la misma que me alienta. Vase. ¡Válgame el cielo! ¿Qué enigmas, qué confusiones son estas? ¡Juntos favor y rigor, risa y llanto, gloria y pena, gusto y pesar, vida y muerte, solo en Argenis se engendran! Pues, si el bien y el mal tan juntos andan y el uno se templa con el otro, yo, confuso entre alegría y tristeza, porfiaré, porque también entre dos causas opuestas la misma que me acobarda es la misma que me alienta. Váyanse y queden solos Eristenes y Lidoro. ¿Oíste, señor, aquello de la banda? Y es la mesma que al Rey truje presentada, Lidoro, la vez primera que le vine a divertir con estas fingidas treguas y también es la que tiene en su hermosura cubierta la muerte, como entre flores el áspid, porque está llena de veneno. Desa suerte, hoy, si a Poliarco llega, conseguirás el deseo de darle muerte en la selva. Es verdad, mas, si por dicha Arsidas, que se la lleva, no le halla o, si le halla, él no la estima ni aceta, quejoso del Rey, y en fin no se la pone, ¿qué fuerza habrá tenido el veneno? ¿Qué harás para que le tenga? Oye una industria: tú has de ir también a buscarle y sea con tal orden que, a la acción de Arsidas atento, veas si se la da y él la toma y, si se la pone, deja de decir a lo que vas y da a Sicilia la vuelta. Mas, si Arsidas no le halla o él no la estima o la precia, harás del ladrón fiel dándole una carta; en ella le diré cómo el Rey quiere matarle, y ansí que tema de ponerse aquella banda que va de veneno llena; de suerte que, ya perdidos todos los efetos della, que fue dar la muerte al Rey o a Poliarco, no pierda el último, que es hacelle traidor; con cuya cautela Poliarco no vendrá a servirle en nuestra ofensa. ¿Haslo entendido? ¡Qué industria tan sutil, si no tuviera tanto de traición! Te engañas, que la industria o la cautela que traición fuera en la paz, se llama ardid en la guerra. Váyanse y salga Hianisbe, reina del África, y una dama con ella. Triste estás. ¿No tengo causa? Bastante fuera, señora, si de tu hijo lloraras la ausencia o la rigurosa muerte de Ana, tu hermana, como suspiras y lloras de un hurto, un robo el efeto. ¿Tú, Reina, invicta señora del África, a un sentimiento tanto te rindes y postras? Reina eres. Es verdad. Pero, ya que me provocas a que te diga secretos que mi mismo aliento ignora, tu lealtad la justa causa de mis pensamientos oiga. Túsbal, que tú y todo el reino mi hijo heredero nombra, ausente porque su brío le dio alas generosas para volar a la esfera del sol y en tierras remotas quiso ganar por su esfuerzo aplauso, honor, fama y honra, aunque es mi heredero y es príncipe vuestro y le toca este reino, no es mi hijo. Novedad dificultosa te habrá parecido; pues atiende al suceso agora. Casé con Túsbal de Persia, rey cuyas partes heroicas diga en la paz su consejo y en la guerra sus vitorias. Casada y enamorada viví la edad más dichosa, si no trujera la dicha esta pensión de ser corta, porque, no queriendo el cielo que yo gozase la gloria que llaman paz de casados, cuya fe estiman y adoran el bruto, el ave y la planta, pues con muestras generosas, amantes de sus especies, sus semejantes informan, Túsbal, cansado de mí, ya de sus brazos me arroja, ya mis finezas le cansan, ya mis regalos le enojan. No sé cómo se consuela, cómo se desapasiona una mujer que escuchó mil finezas amorosas y ya desprecios, desvíos oye de la misma boca, porque hay hombres que las digan, si hay mujeres que las oigan. En este estado vivía cuando nuestros mares corta una nave de Sicilia que a nuestros puertos arroja un bello, un gallardo joven peregrino; poco importa aquí el callarte un traidor, pues a este caso no toca más que saber que galán de Ana, mi hermana, se nombra. Liberal de hacienda y vida, en secreto se desposa. ¿Qué mucho? Estaba al principio de su amor, donde no hay cosa que el deseo de gozar no facilite y disponga. Para no cansarte, en fin, Ana, puesta en cinta, llora que a ella le haga desdichada lo que me hiciera dichosa, porque ser ingrato el huésped es ya uso. Con las proas de sus armados bajeles volvió a atormentar las ondas y en la despedida dio a Ana en un cofre una joya que había de ser la seña por donde a su hijo conozca y como tal le asegure no menos que una corona. Volvió a su patria con esto, donde pasadas memorias el tiempo cubrió de olvido en los brazos de otra esposa. Declarose Ana conmigo, ofendida y vergonzosa, y aconsejándola cuerda «Ana –le dije– no pongas en pretensiones tu honor, que quien le pide pregona su desdicha y la secreta hace pública deshonra. Quéjate de ti y padece tus liviandades tú propia sin que sepan el camino que hay desde el pecho a la boca. Y para que se remedie el daño que esperas, oiga tu atención de mí una industria cuerda, sutil y ingeniosa: yo publicaré que estoy preñada y, cuando la hora llegue de tu parto, yo, prevenida y cautelosa, lo fingiré, y ansí haremos que tu hijo se suponga en mi lugar. Tú estarás segura de la afrentosa opinión; yo viviré mejor casada; de forma que se sigan dos efetos juntos de una causa sola». Sucedió así. Agora, pues, dobla a este caso la hoja y vamos a los cosarios que mis palacios despojan. Entre otras prendas llevaron una arquilla que atesora de Túsbal hados y señas por donde el reino le toca de su padre. Mira, pues, si la pérdida me importa poco y es razón que sienta una pena tan forzosa, una desdicha tan clara, una ofensa tan notoria, una pérdida tan grande y suerte tan rigurosa. Salga otra criada. Señora, un bajel llegó de paz al puerto y en él desde su vientre el bajel a nuestro puerto arrojó con un escudero un bello, un gallardo joven, tal que fuera a Narciso igual desde la planta al cabello. Este pregunta por ti y humilde pide licencia de llegar a tu presencia. ¿Qué puede quererme a mí? Dile que entre solo. ¡Mucha es mi pena, triste estoy! Salga Poliarco y Gelanor con un cofrecillo. ¿Eres Hianisbe? Yo soy. Pues a ti te busco, escucha. Yo soy, deidad del África, un soldado francés y noble que a Sicilia vino ya por obedecer la ley del hado o ya por quebrantar las del destino. De mi patria y la ajena desterrado, en el mar inconstante peregrino, vivo violento y soy en tanta guerra hijo del agua más que de la tierra. Errando, pues, por la salada espuma, ciudadano del mar y de una nave huésped, que ha sido, sin escama y pluma, del viento pez y de las ondas ave, miserias vi también, por que presuma que hallar el mal a un desdichado sabe en la tierra y el agua, pues violento para enemigo basta y sobra el viento. A su enojada saña nos rendimos cuando la nave en un escollo choca, y arribando –¡qué horror!– los que pudimos a los desnudos hombros de una roca, tres tardes, tres auroras estuvimos, como dicen, el agua hasta la boca; y, como una bebía, otra lloraba, la vida entre dos aguas zozobraba. Pasó a vista un bajel y a los veloces acentos por el aire derramados vinieron por el norte de las voces más de rigor que de piedad armados, porque eran unos bárbaros atroces, cosarios deste mar. ¡Ay, desdichados, temed, temed, que no hay miseria alguna donde no haga otra suerte la fortuna! Codiciosos del precio de las vidas, puente de cabos al bajel hicieron y, ya las fuerzas al poder rendidas, eran prisiones las que vidas fueron. Pero, cuando sus manos atrevidas a mí llegaron y ligar quisieron, ansí dije, a morir determinado, que vive a su pesar el desdichado: «¿Es posible, soldados, que no os llama vuestro valor y espíritu valiente a morir con honor, aplauso y fama, antes, pues, que vivir míseramente? A sí mismo se ofende, a sí se infama quien esta injuria bárbara consiente. Si nuestras vidas han de ser vendidas, comprémonos nosotros nuestras vidas». Tales razones pronunciaba apenas cuando un rumor confuso se levanta y, discurriendo por heladas venas, nuevo furor el ánimo adelanta: los forzados con remos y cadenas, nosotros con las manos, al fin, tanta fue la naval tragedia de aquel día, que el bajel troya de agua parecía. Muertos unos en fin y otros vencidos, de esclavos nos hicimos los señores y, todos a mi esfuerzo agradecidos, su caudillo me aclaman vencedores. Yo les ofrezco que, restituidos a sus patrias y haciendas, los rigores han de vencer del hado, mas perplejo así me dijo un venerable viejo: «Deste bajel, ¡oh, joven!, soy el dueño, que de él y de mi hacienda despojado viví cautivo, pero, si te enseño un tesoro que en él está guardado, rescate vendrá a ser y no pequeño. Dámele, pues, y sabe que encerrado está en diamantes, perlas, plata y oro de la reina del África el tesoro, porque estos le robaron». Yo, que solo fama pretendo, por que no se hallase en mi poder, al africano polo mandé que nuestra proa enderezase. Este te restituyo; sabe Apolo que no dejé que nadie le tocase. Tómale, pues, y porque espira el día quédate en paz. Esta es la empresa mía. Bien, generoso francés, muestras que eres principal, porque quien es liberal ya dice que noble es. No estimo, no, que me des con tu dichosa venida gusto, hacienda, honor y vida, porque más me has dado en darme esta ocasión de mostrarme liberal y agradecida. De todo el presente aceto una joya rica y bella, y esta tomo, porque en ella vive el alma de un secreto. Y pues altivo y discreto sabes dar, sabe pedir en qué te pueda servir, que aquí, en la ignorancia nuestra, tanto el ánimo se muestra en dar como en recibir. No me niegues este bien y, pues en mi tierra estás, descansar aquí podrás y repararte también dese continuo desdén. Mi huésped aquí has de ser; noble eres, agradecer debes mis preceptos hoy, y no porque noble soy, sino porque soy mujer. Tú, Reina, me has enseñado a recibir del favor una parte, y fuera error no haberte en esto imitado. Tú me has ofrecido y dado joyas y hospedaje, altivo valor; yo, que atento vivo, a imitarte me resuelvo, y ansí las joyas te vuelvo y el hospedaje recibo. Pues en tanto que dispones tu gente, yo dispondré el cuarto. Feliz seré si entre triunfos y blasones esta obligación me pones. Váyase la Reina y sus damas. Gelanor. Adsum. Aquí. ¿Qué te ha parecido a ti de mis sucesos? Señor, unos mal y otros peor. ¿Quién te ha metido ahora, di, de por ajenas querellas, por los mares y desiertos ir enderezando tuertos y desforzando doncellas? Vida, honor, ser atropellas, reino y patria. Cuando toco esa verdad, que estoy loco confieso; mas, si me acuerdo que por Argenis me pierdo, todo me parece poco. ¡Bajel se perdió, que el mar, por despojos de la guerra, cuerpos y tablas a tierra arroja! Dentro Lidoro. Dadme lugar para que pueda llegar, ¡cielos!, a la tierra amada. ¿Qué es eso? Un hombre –no es nada–... ¡Qué lástima! ¡Qué mancilla! ... que nadó y murió a la orilla. El alma tengo turbada. Mira si murió. Señor, muerto está; mas miraré otra cosa que yo sé. ¿Qué? Qué cosa de valor quiso escapar del rigor de las ondas, que un fardel trae al cuello. Mas ¿que en él hay oro, plata o diamante? ¿Posible es que no te espante esa tragedia cruel? Déjale. Gracias a Apolo, que ya en la ocasión presente vengo yo a ser el valiente y tú el cobarde; mas solo una carta viene aquí. Nunca mejor lance tiene mi fortuna. ¡Oigan, y viene la cubierta para ti! ¿Qué dices? Lo que ella dice. Cosas los ojos ofrecen que imaginación parecen. ¿Hay suceso más felice? Sin duda es de Argenis, sí, porque ninguno pudiera buscarme desta manera en tierra remota a mí, sino solo su cuidado. Muestra, pues, y la abriré. Llega con tiento, porque el papel está mojado. Sobre la arena mejor la podrás abrir y ver. ¿Quién, ¡cielos!, pudiera hacer tal milagro, sino amor? Lee. Un hombre de los muchos que tenéis obligados (porque nunca el bien se pierde) os avisa que Arsidas va a buscaros de parte del Rey, que aborrece vuestra vida y, para mataros más seguramente, Argenis os envía una banda con veneno. No os la pongáis, sino haced la experiencia: veréis qué dama amáis y qué rey servís. Júpiter os guarde. ¡Válgame el cielo! ¿Qué veo? Con justa razón me admiro; ni bien dudo ni bien creo si es verdad esto que miro, si es mentira esto que leo. Señor, aqueste suceso que llamas de amor milagro, yo, si la verdad confieso, a tu fortuna consagro, que es de la fortuna exceso que un hombre muerto llegase hasta aquí y que te entregase la carta que te traía por piedad del cielo y mía. No es posible que tal pase. ¡Oh, si alguno aquí saliese que más claras muestras diese! Si es eso cuanto deseas, este es Arsidas. No creas que tal mi ventura fuese. ¡Arsidas! Sale Arsidas. Dame los brazos que busco. Y con tales lazos de amistad y nudo fuerte no los deshace la muerte, aunque los haga pedazos. Dicha ha sido haber llegado a tus pies, porque, alterado el mar, la nave sorbió en que navegaba y yo en su esquife me he librado. ¿Y qué hay, Arsidas, de nuevo? Que ya tu pena acabó, que aquel gallardo mancebo africano le pidió tu vida al Rey. ¿Tanto debo a su amistad? Él envía por ti; el enojo destierra en que su engaño vivía o es porque vuelve la guerra al estado que tenía. Esto te diré después más despacio; agora escucha, que Argenis bella, después que vives ausente, mucha su tristeza y pena es... (Si habla en la banda este día, el aviso fue verdad.) (Fuera gran desdicha mía.) ... y en prendas de voluntad aquesta banda te envía. ¿Cómo tal tristeza lucha en tu pecho? ¿No respondes? Sin duda la causa es mucha, pues tan mal la correspondes. Arsidas, amigo, escucha. Escribieron un papel a Alejandro que decía que un médico, de quien él se fiaba, pretendía darle un veneno cruel. Cuando el médico llegó con una pócima, ansí el césar le recibió: «Mira si fío de ti y lee mientras bebo yo». Esta noble confianza se mira en mí repetida, pues tanto poder alcanza que hoy a costa de mi vida examino una mudanza. Mira, pues, lo que fió de Argenis bella y de ti mi amistad, mi dicha no, y lee tú, mientras aquí me pongo la banda yo. El rigor o la piedad hoy me den la muerte. Mira que es loca temeridad. Si es verdad, porque es verdad y, si no, porque es mentira. Poliarco, no aseguro hoy de la banda el veneno, pero asegurar procuro que vive su pecho lleno de amor firme, honesto y puro, y que no pudo... Detente; tu lengua injusta no afrente sus soberanas acciones, que en oír satisfaciones me ofendiera claramente. Pues agora, sin que pida más esperiencia tu suerte, vuelva el alma agradecida a ver quién busca su muerte o a quién le debe la vida. Irás a ver la piedad del Rey, del pueblo el favor, de Arcombroto la amistad, de mi pecho la lealtad y de Argenis el amor. Dices bien, pues todo ya con ver a Argenis tendrá dulce efeto, alegre fin. Ese sediento delfín que harto en el mar está, volar, no nadar, presuma, las velas al viento erice y con ligereza suma escarchada plata rice, entorche nevada espuma. ¡Ea, Gelanor, prevén la nave en tanto que voy a despedirme también desta deidad a quien hoy debe el alma tanto bien! Aunque en despedirse en vano del África el alma yerra, pues con discurso tan llano del África me destierra la amistad de un africano. Váyanse y salga Arcombroto. Yo he visto que quien amó alta prenda encareciese sus partes y aun que añadiese más de las que mereció, pero que quitase no de su poder infinito: yo solo, que solicito un bien, soy tan desdichado que el mérito que me añado son los muchos que me quito. No sé qué camino siga ni seguro puerto halle, pues ya es forzoso que calle lo que es forzoso que diga. Mas para que se consiga hablar y callar, haré acciones con que se dé a entender mi calidad: callaré ansí la verdad y la sospecha diré. Selenisa es esta; quiero asegurar la esperanza, Vaya saliendo Selenisa. pues que, siendo la privanza de Argenis, seguro espero en su favor lisonjero. Por dar tengo de empezar mi valor a declarar, porque en juegos y en amores los que dan son los señores, no los que tienen qué dar. Salga Selenisa. Selenisa, ¿qué tristeza cubre tu hermoso arrebol? ¿Eclipses padece el sol y accidentes la belleza? ¿Tú lloras? Naturaleza queda de suerte admirada, a un sentimiento postrada. Es mi estrella rigurosa. ¿Qué tienes? Que fui dichosa, que es más que ser desdichada. A la privanza subí de Argenis y mi fortuna en la esfera de la luna colocada entonces vi. Era fortuna; caí. También yo en alto lugar me vi; testigo he de dar de mi privanza. ¿No ves esta joya? Sí. ¿Y no es para ver, para admirar? Es rica, costosa y bella. Y, en fin, ¿su valor no abona que era su dueño persona de alto estado? Sí, en ella se conoce. Llega a vella, toma. Toda es un topacio, rayo del sol. De palacio sale el Rey y aquí los dos no es bien que nos halle. Adiós, y mírala muy de espacio. Vase. ¿Qué quiere decirme en esto? Liberal el africano, apenas dejó en mi mano la joya, cuando tan presto se ausentó. En dudas ha puesto de mi secreto el decoro, porque ni dudo ni ignoro que quiere, como discreto, ser ladrón de algún secreto quien abre con llave de oro, y a tiempo llega que yo desengañe su esperanza por solo tomar venganza. El tiempo que se fió de mí Argenis, en mí halló lealtad y, pues desconfía de mí quien de otra se fía, a un agravio, una venganza. ¿No faltó su confianza? Pues falte también la mía. Vuelva a salir Arcombroto por otra puerta. ¡Oh, Selenisa! ¡Oh, señor! Ya muy de espacio miré la joya y en ella hallé arte, hermosura y valor. Tómala, pues. Fuera error, pues lo que dices estoy dudando. Yo viendo voy que eres liberal y cuerdo. Yo, si recibo, me acuerdo; no, Selenisa, si doy. Esa joya fue favor de una dama, un tiempo bella, mas, como suele una estrella deshacerse al resplandor del sol, planeta mayor, ansí esta joya hizo ausencia de mi vista y mi presencia, temiendo el mortal desmayo que esta le da rayo a rayo, segura la competencia. Pues da sepulcro de olvido a una esperanza que yace en la cuna donde nace, porque tu intento atrevido conquista imposible ha sido de una hermosura sin fe... Prosigue presto, por que dispare la flecha el arco. … porque viene Poliarco. ¿Qué es lo que dices? No sé; pero sé que en tanto daño ignoro cuál hizo más: tú, que una joya me das, o yo, que por más extraño favor doy un desengaño, siendo mujer; grande espacio hay de uno a otro. De palacio sale Argenis y los dos no estamos bien aquí. Adiós, y míralo más de espacio. Vase. ¿Qué es lo que pasa por mí? ¡Válgame el cielo! ¿Qué escucho? ¿Tanto pudo una razón? ¿Tanto un desengaño pudo? Pero son celos y son vivos rayos, fuego puro, que sin abrasar el cuerpo penetran hasta lo oculto del alma, donde la vida suele convertirse en humo. ¿Habrá entre cuantos amaron, ha habido un hombre en el mundo tan aleve, tan cobarde, tan infame, tan perjuro que haya sido de su dama tercero? No, pues, si alguno vendió su honor, este tal –que lo niego y que lo dudo, pero, en fin, si la malicia tan gran delito propuso en alguno– digo que era –dado caso que le hubo– tercero de su mujer, mas de su dama ninguno. Yo sí, yo sí que lo he sido, pues solicito y procuro con Poliarco ocasiones para mi muerte y su gusto. Esta joya, que favor juzgué un tiempo y en los rumbos celestiales pretendí fijarla por astro puro, colocarla por imagen, ya la juzgo, ya la juzgo precio vil, merced infame, con que pagarme propuso la intercesión; claro está, pues me dijo entonces: «Mucho os tengo que agradecer», palabra que entonces pudo darme la vida y agora la muerte. No, ¿tal pronuncio? ¿Que, jornalero de celos, me paguen el precio justo que valgo, y aun el valor precio? Mi afrenta es lo sumo de la infamia, pues parece que por interés lo sufro. Salgan Poliarco, Arsidas y Gelanor. Sola esta vez para mí el inconstante Neptuno fue piadoso, pues pudimos llegar a Sicilia ocultos. Avisa a Argenis, que quiero –si puedo antes que ninguno me vea– en el parque hablarla, donde en matices confusos admire la primavera el natural y el estudio. Espérame aquí. Allí he visto a Arcombroto. ¡Qué mal sufro la dilación! Muy ingrato seré, si no me descubro y llego a darle los brazos, pues a su amistad presumo que debo la vida. Es cierto, y dos vidas, si es que juzgo esta y la de los traidores de marras –lenguaje culto–. Dame, Arcombroto, los brazos, cuyo lazo será nudo tan inviolable en mi pecho que nunca el acero duro de la muerte le desate y aun en los siglos futuros vivirá eterno en los bronces que a la amistad labren bultos. (¡Qué presto llegó, qué presto, a Sicilia! Mas ¿qué mucho, si navega ondas de fuego el piloto que lo trujo?) Pues ¿cómo, Arcombroto, cómo triste, suspenso y confuso me recibes? Quien finezas merecer ausente pudo, ¿presente no ha merecido los brazos? ¿Qué agravio injusto me niega de tu amistad ni aun los primeros anuncios? Poliarco, lo que siento, lo que callo y lo que dudo no se permite a los labios, que siempre el dolor es mudo. Mas, ya que rompo el silencio a mi pesar, lo que juro a Júpiter soberano, lo primero es que procuro tu amistad y que en mi vida el pensamiento, el discurso te ofendió, porque ignorante se ha rendido; lo segundo es que seas bien venido a coger el dulce fruto que te ha dado una esperanza de tantos pasados lustros y gócesla, ruego al cielo... Iba a decirte que muchos, mas ruego a Dios no la goces ni un instante ni un minuto. Pero, en efeto, esta prenda te toca, pues quien la puso aquí debió de ponerla en depósito, presumo, para que tú la cobrases, que no fuera caso justo ver en ajeno poder lo que de derecho es tuyo. Y ansí te advierto que yo la tengo y la restituyo a tu dicha, porque tú la mereces, mas te anuncio que soy yo quien la defiende, porque también fuera injusto que quien me la dio la viera en tu poder sin que el rubio esmalte valor la diera más acrisolado y puro. Atrévete, pues te importa –y con aquesto concluyo–, a cobrarla, pero mira... ¿Qué? Que te atreves a mucho. Pues espérame. Váyase Arcombroto, Poliarco quiera ir tras él y le detenga Arsidas que saldrá a este tiempo. Al instante que Argenis hermosa supo que estabas aquí, bajó al parque. (Mal disimulo el enojo, pero es fuerza que por agora esté oculto. ¡Oh, qué bien mis penas siento! ¡Oh, qué mal mis celos sufro!) Salga Argenis. Tú seas tan bien venido como recebido bien de los ojos que te ven. Apártese Poliarco. Mas ¿cómo tan divertido los brazos me has defendido? ¿Tú, sentimientos? ¿Tú, enojos? ¿Tú, lágrimas en despojos? ¿Tú, desvíos, y tú, agravios? Haz contracifra los labios de las cifras de los ojos, que no te entiendo, aunque aquí quejarme de ti pudiera, pues, cuando tu amor tuviera alguna queja de mí, no fuera justo que ansí me recibieras. Advierte que vengo en secreto a verte; si perder el tiempo dejas y si le gastas en quejas, vendrá a suceder de suerte que después no habrá lugar para el gusto, y ansí es justo que empecemos por el gusto y, si nos ha de faltar tiempo, fáltele al pesar. Mas, si dudando verdades contra mí te persuades, olvídalas, pues sospecho que faltas del tiempo han hecho infinitas amistades. Argenis, nunca creí que un pecho de piedad lleno conficionara el veneno de una banda para mí; mas, después que vine aquí, mis desdichas, mis recelos, mis penas y mis desvelos creyeron tu tiranía, que veneno me daría mujer que me ha dado celos. ¿Qué gloria adquieres? ¿Qué palma, de piedad tu pecho ajeno? ¡Para la vida un veneno y otro, Argenis, para el alma! Si en esta dudosa calma no fuera en sus desconsuelos eterna como los cielos el alma y morir pudiera, pienso que el alma muriera desta enfermedad de celos. Tu rigor está bien llano, dueño ingrato, pues ansí me dará el veneno a mí y la joya al africano, pero... Poliarco, en vano formas de mi amor recelo; para mi inocencia apelo. Y estos efetos, ¿qué son? Oye la satisfación. Pues ¿hayla? Sí. ¡Plegue al cielo! Y una palabra te doy... ¿Y es? Que, aunque imposible sea la satisfación, la crea. ¿Qué dices? Que tal estoy rendido a mis penas hoy, que cualquiera que me des he de creer. Oye, pues. Aquella banda envió... ¿Quién? Lidogenes, y yo te la he dado a ti después: se averiguará el veneno y el alma de la traición. ¿Es buena satisfación? Ya aquel enojo condeno. Pero tu joya, ¿fue bueno verla en otro poder yo? ¿Quién a Arcombroto la dio? ¿Lidogenes? Yo la di. Pues ¿tú lo confiesas? Sí. ¿Y que no lo niegas? No, que por serte amigo fiel la di en muestras de mi amor. Y si él la trae por favor, ¿quién me asegura a mí de él? Ser quien soy. ¿Y no es cruel rigor saber que te quiera otro? No, pues, si no fuera para ser querida, yo nada hiciera por ti. ¿No? No, pues no te prefiriera a otros méritos. Pues ¿quién podrá el discurso parar de aquel que te llega a amar para que a mí no me den celos sus penas también? Pues, si la imaginación hace efeto, ciertos son mis temores, pues ya habrá imaginádose allá dentro de la posesión. Esas son sofisterías del viento en el pensamiento. ¿Y no da celos el viento? Mas, ya que las penas mías conviertes en alegrías, da los brazos a un ausente. ¡Quita, detente, detente! Pues ¿tú te retiras? Sí, que a quien sospecha de mí tan baja y groseramente castigo. Advierte que vienes para tan dichoso efeto a hablarme agora en secreto; y, si al enojo previenes tiempo, después no le tienes para decir las verdades. De conformes voluntades deja mi amor satisfecho, que faltas del tiempo han hecho infinitas amistades. ¡De mí se forman recelos tan bajos! ¡Veneno yo! Nunca el alma lo creyó. Hasta ver otros desvelos. ¿Qué más veneno que celos? ¿Yo había de dar favores a otro dueño? Mis temores fueron de amor. Ver no esperes en principales mujeres dos gustos ni dos amores; uno, sí. ¿Y ese quién fue en tu elección? Quien amó siempre firme. Ese soy yo. ¿Por qué lo entiendes? Porque es firme mi altiva fe. ¿Quién lo asegura? Los cielos. ¿Y has de tener más recelos de mi lealtad? No de ti, mas de mi desdicha sí cuantas veces me des celos. Pues ¿en qué has escarmentado? En andar más advertido. Pues de mí, ¿por qué has temido? Porque estoy enamorado. Pues ¿no quiere el confiado? No, pues no teme el perder el bien que llega a tener, que son los celos crisol y, cuando te mire el sol, celos tengo de tener mientras no soy tu marido. ¿Y en siéndolo? Satisfecho... Prosigue. ... vivirá el pecho a tu amor agradecido. Esa palabra te pido. Y tú esa mano me das. ¡Qué dulces paces! Jamás vieron tal dicha mis ojos: sobre nublados y enojos amor y el sol lucen más. Tercera Jornada Salgan Argenis y Timoclea. ¿Qué novedad atormenta tu discurso? Dasme causa a repetillo mil veces. Atenta te escucha el alma, porque tragedias de amor es lisonja el escucharlas. Vino Poliarco y diome quejas de que en una banda yo quise darle veneno, mas Eristenes declara que de Lidogenes era intento, con muestras falsas de amistad, dar muerte al Rey, cuya fingida embajada vino a costarle la vida públicamente en la plaza. Después de aquesto, celoso de Arcombroto –porque basta para dar celos el viento– apelaron a las armas, y, siendo tales amigos que prometieron estatuas a la amistad, se midieron cuerpo a cuerpo en la campaña, que no hay segura amistad donde interviene una dama y en celos averiguados las amistades se acaban. Supo el Rey el desafío y al parque en persona baja y, ya de todo informado, desta manera les habla: «Extranjeros que a mi reino venisteis a ganar fama por que os adopte dichosa por hijos la ajena patria, aunque yo no sé quién sois, vuestros alientos declaran sangre generosa y, pues mayores aplausos llaman vuestras victorias, Sicilia otra vez se pone en armas: a los dos he menester para mi defensa y guarda. Yo no tengo más de un premio, si bien es tal que aventaja los imperios que el sol mira desde la cuna de nácar hasta la tumba de nieve que son la noche y el alba. Este daré, como sea sangre real, ilustre y clara quien la merezca, después del valor». Con esto manda que en busca del enemigo con dos ejércitos salgan. Según los avisos vienen, ayer se dio la batalla y hoy han de entrar en la corte; mira tú si tengo causa de sentir, pues he de ser el laurel de su alabanza, el premio de sus vitorias, el palio de sus hazañas, trofeo de su valor y fin de sus esperanzas. Salga el Rey y acompañamiento. Felice, Argenis, el día en que los dioses amparan mi piedad; de dos victorias te doy el laurel y palma: venció el africano. ¡Ay, cielo! ¿Y Poliarco? Hoy alcanza igual victoria. Los cielos te den vida y edad larga para que laureles de oro ciñan tus sienes de plata. Sale Arsidas. Ya de la ciudad, señor, con la belicosa salva los ejércitos saludan las trompetas y las cajas. Toquen cajas y salgan por ambas puertas del tablado dos alardes de soldados y, al fin de cada uno, Poliarco y Arcombroto vayan pasando y haciendo cortesía a los Reyes. ¡Salve, invictísimo Rey... ¡Salve, felice monarca... ... para blasones del tiempo! ... para triunfos de la fama! ¡Y tú, estrella de aquel sol... ¡Y tú, rayo de aquella alba... ... salve también... ... también salve... ... y goce tu edad dorada... ... y tu edad florida goce... ... triunfos... ... glorias... ... dichas... ... fama... ... aplausos... ... honras... ... trofeos... ... vencimientos... ... y alabanzas! Ya tu rebelde enemigo vuelve la cobarde espalda. Ya Lidogenes te deja la tierra desocupada. De la lid sangrienta fue, señor, la tragedia tanta que el sol tuvo por claveles las hojas de la campaña, porque murieron corales y nacieron esmeraldas. El sol, mirando su faz en espejos de escarlata, dudó cómo hallaba mar la que dejó tierra: tanta era la vertida sangre que los cuerpos navegaban, siendo bajeles de hueso sobre las ondas de nácar. Los cuerpos muertos pudieran hacer defensa a su infamia, pues cadáveres y montes les fabricaron murallas. Aquí no, porque, si juntos estuvieran, levantaran promontorios hasta el cielo, mas fue urna cada planta, pirámide cada hoja y sepulcro cada mata. Este estandarte real es alfombra de tus plantas. Esta sangrienta cabeza, de tus pies coluna y basa. Poliarco, tu valor, tus empresas, tus hazañas y tus vitorias merecen inmortales alabanzas; no lo niego; pero yo, igual contigo en las armas, en los méritos te excedo, pues en iguales balanzas el Rey me debe la vida y ha de ser fuerza pagarla. Si ya es forzoso que a luz guardados méritos salgan, no solo al Rey se la he dado, sino también a la Infanta, pues fui quien libré a los dos de una encubierta celada, de modo que también di vida al Rey y de ventaja llevo la vida de Argenis y ha de ser fuerza pagarla. Tú me la debes a mí y en obligación me estabas de cederme tu derecho. En esa opinión te engañas; que te la debo es verdad, pero quien hace una gracia y después se satisface descubre intención villana. ¿Qué importa que allí me dieses la vida, si aquí me matas? Si vida y muerte me has dado, no vengo a deberte nada. Eres ingrato. Tú fuiste amigo doble. Quien habla con libertad... Pues ¿qué es esto? ¿Aquí empuñáis las espadas? Señor... Señor... ¡Por la vida de Argenis... (¡Ay de mí!) ... que haga demostración que escarmiente altiveces y arrogancias! Y, pues méritos iguales me hacen árbitro en la causa, yo veré lo que conviene. Arcombroto. Señor. (¡Vana fue mi esperanza!) (¡Ay de mí, que a él le nombra!) ¿Qué me mandas? Venid conmigo, que es tiempo de saber quién sois. (¡Mal haya, pues da lugar a mis celos este honor, esta privanza!) Todos se vayan. Queden solos Poliarco y Argenis. ¡Quién, Argenis, tuviera tiempo para quejarse en mal tan fuerte! ¡Quién quejarse pudiera! Porque es mi pena y mi dolor de suerte que para tanto agravio falta la voz desde la lengua al labio. De ti, perdido dueño –iba a decir, ¡qué necio desvarío!, perdido dueño mío, aunque error fue pequeño, porque suele tal vez entre rigores por costumbre decir la lengua amores–, de ti, de ti me quejo, porque, ingrata, has querido tantas memorias sepultar de olvido. La más honesta dama piensa que no la ofende quien la sirve, adora y ama; y no mira, no atiende, que dice aquel con esperanza vana: «Quien se deja hoy querer querrá mañana». Míralo en ti, pues llega a tanto de Arcombroto la esperanza que en tus rayos se anega: tu favor despertó su confianza y, persuadido a que le merecía –que nadie de sí mismo desconfía–, por tu amante, ¡ay de mí!, se ha declarado, que quizá no lo hiciera cuando al principio tus enojos viera. ¡Él, valido del Rey, yo despreciado; él alegre, yo triste; él declarado amante, yo celoso; él lince y ciego, ¡ten lástima de mí, por Dios te ruego! Poliarco, pudiera tener queja de ti, pues que creíste que mudarse pudiera mujer en quien tan grande extremo viste; pero en rigor tan fiero ni disculparme ni culparte quiero; amarte sí, y ponerte por freno a tus livianas presunciones tantas obligaciones, y para que se acuda al daño y a la queja, la presunción, la duda, dile al Rey quién eres; verás lo que a Arcombroto te prefieres. Si sabes que encubierto vine a Sicilia, Argenis, desde el día primero que te vi, por estar cierto de que mi sangre el Rey aborrecía –que suelen entre sacras majestades los reyes heredar enemistades–, si sabes que esta ha sido la causa de no haberme declarado y de haber tantas penas padecido, ¿cómo quieres que ya desesperado al Rey diga mi nombre sin que el temor de ser quien soy me asombre? Salga Gelanor. Perdona, que no puedo excusar esta vez las necedades de dividir amantes voluntades. (¡Triste estoy!) (¡Muerta quedo!) Prosigue, pues; ¿qué novedad es esta? El africano... ¿Qué? ... un bajel apresta y en los brazos del viento al África camina, porque el Rey determina –ansí lo dice el vulgo– el casamiento y ¡qué veloz ha ido a su tierra a hacer pruebas de marido! Ya es tiempo, si ha dejado la memoria de pasada alegría o de perdida gloria en tu verdad, hermosa Argenis mía, llama o ceniza alguna, de que venza el amor a la fortuna. ¿Cómo quieres que viva victorioso el amor con los despojos de deidad tan ingrata y vengativa? Pues es mudable, ciérrala los ojos con firmeza y costancia, y, pues vas con tu esposo, vete a Francia. Allí estarás segura, allí servida, allí serás... Detente, que tu lengua procura seguir un imposible inconveniente. Pues, si posible fuera, ¿qué hiciera la fortuna? ¿Amor qué hiciera? Imposible fue amarte sin verte, Argenis; imposible el verte, imposible el hablarte y todo fue posible con quererte. Pues hazte tú posible y venza un imposible otro imposible. Poliarco, acortemos discursos. Yo soy tuya; mas agora probemos a ver si quiere Amor que se concluya esta paz por buen medio, que, si no, ya sabemos el remedio. Si en Sicilia no quieres declararte, vete a Francia tú solo y vuelve luego con bajeles que Marte admire por volcanes de agua y fuego y entre estos horizontes teman el parto a tus preñados montes; mi padre, temeroso de tu poder y fuerzas, ha de hacerte –¡quiéralo el cielo!– mi feliz esposo. Verás que desta suerte un imposible otro imposible allana, no siendo tú traidor ni yo liviana. Yo quiero obedecerte. Hoy a Francia me iré, porque no quiero –por si llego a perderte– tener queja de mí, que solo espero de ti, de ti quejarme, que solo este consuelo has de dejarme. Sola una cosa, si atreverme puedo a pedirte, te pido, y es... No la digas; yo te la concedo. ... que si alguno ha de ser... ¿Qué? ... tu marido... (¿Hay quien mis penas crea?) ¿No lo sea Arcombroto? Que él lo sea –esto te pido y ruego–; otro, no. Pues, ¿qué alcanza de alivio tu esperanza? Porque, si a verte en otros brazos llego, será pena más fiera saber que uno te goce, otro te quiera y yo lo sienta todo; mejor es que los cielos junten todos mis celos en un sujeto singular, de modo que uno solo te quiera, uno te goce y uno solo muera. Pues yo a los dioses juro –y por Júpiter, dios más soberano– que te ausentas seguro no solo del amor del africano, sino del mismo amor, porque fue mucha mi firmeza. Di cómo. Atiende, escucha. ¿No miras ese monte o nuevo atlante que, coluna del sol, al sol se atreve, dando batalla en derretida nieve al mar, que espera aun menos arrogante? Pues ya sobre las nubes se levante o ya se atreva al que sus ondas bebe, comparado al amor que el alma debe, menos firme será, menos constante. Haré leyes de amor para obligarte, preceptos buscaré de obedecerte , los dioses negaré por adorarte; y, si el alma inmortal puedo ofrecerte después de muerta, el alma he de entregarte, por que muerta aun no deje de quererte. ¿Porque muerta aun no dejes de quererme, después de muerta el alma has de entregarme? Pudiera, Argenis, de tu amor quejarme y de mis esperanzas ofenderme, pues, si el alma inmortal has de ofrecerme, no me das lo que dices que has de darme; luego poder el alma reservarme para otro tiempo, agora no es quererme. Yo no solo te doy el alma, pero antes que el cielo nuestras almas bellas formase, te la di, pues considero que entonces se quisieron las estrellas, y ansí antes y después mi amor espero que ha de durar lo que duraren ellas. Váyanse cada uno por su puerta y salgan Hianisbe y la dama. ¿Gusto en esta quinta tienes? Diviérteme su belleza. ¿Aquí a templar la tristeza de tus pensamientos vienes? Está de Sicilia cerca por esta parte, que ufano este piélago oceano estas dos provincias cerca, y véngome a consolar pensando tal vez que veo a Sicilia, que un deseo es lince que penetrar los mares sabe y fingir a los ojos el objeto más apartado y secreto. Pues bien, ¿qué quieres decir? Que está en Sicilia Arcombroto sospecho y engaño ansí la esperanza y desde aquí, aunque esté en lo más remoto del mundo, pienso que está en esa provincia bella y consuélome con vella. Gusto mar y tierra da. Salga Arcombroto. No quise que otro viniera, hermosa Hianisbe, a dar estas nuevas y a ganar las albricias tuyas. Fuera prevención y aviso injusto, pues todo lo que tardara prevenido el bien, quitara de valor el gusto al gusto. Dame los brazos mil veces. Tu favor más soberano será, si la blanca mano para besarla me ofreces. No te pregunto si tienes salud, porque tu hermosura della informa y asegura. Galán lisonjero vienes; en la corte habrás estado. Y en corte que he de volver presto. ¿Luego viene a ser este bien solo prestado? Después de venir a verte, a cosas que importan vengo y a solas que hablarte tengo. Vete tú. Vase la dama. Agora advierte. Yo, señora, me ausenté, llamado de mi valor, a ganar fama y honor. Llegué a Sicilia y llegué, por mejor decir, al cielo, que es dosel y que es esfera de un sol que causar pudiera diluvios de luz al suelo. No es tan común hermosura la que mi vida desea que Argenis misma no sea, Argenis, imagen pura del templo de Venus bella de las aras del amor, del cielo divina flor y del campo humana estrella. En fin, para conseguir tan altas vitorias hoy me falta decir quién soy, que no lo quise decir, por cumplirte la palabra, ni a Argenis ni al Rey, que estima mi persona; antes le anima amor, que su pecho labra, a decirme que, si soy noble, su esposo seré de Argenis –¡qué dulce fe!–. ¡Mira qué nueva te doy! No me niegues la licencia que humilde te pido agora, Hianisbe, reina, señora, o con más prolija ausencia el alma destituida del cuerpo verás, de suerte que en tu mano está mi muerte y en tu mano está mi vida. (¡Oh, quién pudiera decir, cielos, a Arcombroto agora secretos que el alma ignora! Pero callar y fingir importa, porque, si aquí de improviso desengaño su amor, temo mayor daño. No sé qué hacer.) ¿Cómo ansí me recibes, cuando yo en los brazos esperé la respuesta, porque fue tal mi valor que llegó a levantarse en los rayos del sol? ¿Tan suspensa estás que respuesta no me das? Fueron avisos y ensayos estos temores que en mí has visto de no saber cómo debo agradecer el valor que vive en ti; mas descansa sin cuidado solo un día y fía de mí que has de volver desde aquí a Sicilia tan honrado que, en sabiendo el Rey quién eres, con más gusto te reciba del que piensas, por que viva entre agrados y placeres tu persona tan honrada del Rey y Argenis que sea un asombro que se lea por historia celebrada. Si soy de Argenis esposo, es llano... En él lo verás. ¿Luego licencia me das? Sí. ¡No hay hombre más dichoso! Váyase Arcombroto y salga una dama. Un extranjero ha llegado sin querer decir quién es, en traje y lengua francés, a estos puertos derrotado y dice que, si le das, para que te hable, licencia, se atreverá a tu presencia. Si es francés, no espere más. Salga Poliarco solo. Dos veces, señora, el suelo que piso el alma adoró: una porque quise yo y otra porque quiso el cielo. Una vez llegué a tus pies victorioso y atrevido, y esta, cobarde y rendido, te pido que me los des. Eso no, llega a los brazos, que del favor recebido no has de pensar que me olvido. Haranme tan dulces lazos dichoso y en tan penoso estado me llego a ver que los dejo por no ser solo un instante dichoso. Yo he perdido a las desdichas el temor con tanto extremo que ya solamente temo el veneno de las dichas. Aunque es fuerza que me pese del rigor de tu fortuna, también me holgara que alguna tanto a ti te persiguiese que me hubieses menester, para que en mi pecho vieras, ¡oh, francés!, con cuántas veras espero satisfacer la obligación en que estoy. ¿Es por no deberme nada? No, sino porque obligada cuanto agradecida estoy. En fin, ¿qué me quieres? Solo que me escuches y después favor y amparo me des. Sí prometo, por Apolo. Yo soy, hermosa Hianisbe –que ya es forzoso decir secretos que tanto tiempo a mí mismo me encubrí; no te espantes de escucharme– Manfredo, francés delfín, que sujeto a la fortuna llega a tus pies ya feliz. Amor –¿quién duda que habían de empezarse por aquí de un príncipe las fortunas, porque es un rayo sutil que con arrogancia sabe lo más eminente herir?– el amor, pues, de mi patria me ausentó; della salí a vencer un imposible y, pues no importa decir quién fuese, pase en silencio por su respeto y por mí. Por no cansaros, señora, aunque con gusto me oís, os diré solo que, césar de amor, llegué, vi y vencí: llegué a la imposible empresa de un reservado jardín; vi en el reducido cielo de una hermosura feliz y vencí la más constante belleza que ha de vivir en lienzo y mármol por alma del pincel y del buril. Merecí alguna fineza y alguna noche –¡ay de mí!– lloró en mis brazos un alba porque otra empezó a reír y, al despedirnos los dos, yo y el céfiro sutil bebimos más de un clavel, lamimos más de un jazmín. En esta paz fue forzoso ausentarme; discurrid, las desdichas de un ausente, que todas juntas las vi, pues hallé, ¡válgame el cielo!, cuando a sus ojos volví, un fuerte competidor que me pudo preferir, si no en el agrado della, en el de su padre sí. Para ganar por las armas lo que por trato perdí a Francia quise volverme, solo para conseguir, como su príncipe, el logro del premio que merecí. Embarqueme, pero apenas en el salado zafir abrió la quilla los senos del pavimento turquí, cuando rizadas espumas, combatidas entre sí, imitaban con las ondas un verdinegro tabí. Sacó la escamosa espalda el agorero delfín; sacó Tritón el torcido caracol, acento vil que es trompeta de los vientos, y hizo señal de embestir. Aquí en montes se levanta el mar hasta competir con las estrellas, y juntos luces y fanales vi, que parecieron errados cometas que del cenit del cielo se despeñaban a dar guerra y a morir. Gime el viento, brama el mar, y en su bramar y gemir de dulces sirenas era la música para mí por pensar que estaba cerca la muerte que pretendí, que aun la muerte tiene días para quien cansa el vivir. Cúbrese el cielo de luto y el sol, bajando al nadir, apercibiendo tragedias, vistió púrpura y carmín. No pudiendo a los decretos de los cielos resistir, nos dejamos a los vientos, que, piadosos, hasta aquí nos derrotaron, adonde supe, Reina, que vivís por vuestro gusto esta quinta, narciso que en el viril del mar mira su hermosura, enamorado de sí. Y, pues los cielos quisieron conducirme a este país, halle en él piedad y amparo, pues ya no es posible ir a Francia y volver a tiempo de estorbar esta infeliz boda, gloria para ellos y tragedia para mí. Por reina, por poderosa, por obligada y, en fin, por vos misma os toca, ya que mis desdichas oís. Amparadme, dadme gente y armada con que salir otra vez a la campaña del mar o ya desde aquí serán sepulcro las ondas de aqueste francés delfín que a vuestras plantas se arroja. ¡Tened lástima de mí! Vuestras desdichas, señor, se pudieran imprimir, por amorosas y vuestras, no en un pecho femenil de mujer, sino en el bronce más rebelde, porque así arrebatan y suspenden con lo heroico y lo sutil de lo dulce y lo cruel que me han llevado tras sí el alma. No solo quiero daros gente con que ir a conquistar esa dama que adoráis y que servís, sino daros un amigo con cuyo valor medir podáis los rayos al sol, porque en la edad juvenil nació para hacer verdades cuantas fábulas fingir supo la encantada selva de Esplandián y de Amadís, y sobre estas partes tiene otra más alta y feliz para el propósito vuestro, porque ama también y oír sabrá las fortunas vuestras, que es también suerte decir uno sus penas y hallar a quien las sepa sentir. Este es Túsbal, hijo mío, que estaba ausente de aquí cuando esotra vez llegastes a estos puertos y venir hoy a tan buen tiempo pudo, que con pecho varonil irá a esta amorosa empresa a acompañar y servir vuestra persona. Ensanchad el corazón y vivid confiado, pues el cielo hoy os ofrece por mí, señor, de vuestras fortunas el más imposible fin. Deja que mil veces bese esa tierra que el marfil de tus pies convierte en nieve. Yo le voy a prevenir de vuestro suceso y él vendrá agradecido aquí a ofreceros alma y vida. Váyase la Reina. La mía será feliz con tal amigo. Los cielos, cansados de perseguir mi vida, ya favorables se muestran, pues que ya vi tras el diluvio de ausencia resplandecer y lucir el arco de paz morado, verde, azul y carmesí. Bien África me recibe si un africano… –¡ay de mí!, que, si repito mis celos, muero y vivo– pero, en fin, si un africano me dio la muerte, otro me da aquí la vida, que desta suerte el África para mí salud produjo y veneno. César soy de amor: vencí. Salgan Hianisbe y Arcombroto. Esta fue su fortuna y mi dicha también, pues que ninguna a mis ojos pudiera ser más dulce, apacible y lisonjera. Vida y alma le debo en un tesoro, pero no me muevo por eso solamente, sino porque de mí y de ti valiente y rendido se ampara. ¿Y que es delfín de Francia? Lo declara su pecho generoso, su persona y su trato. Deseoso de llegar a sus brazos, los instantes parecen largos plazos, que, si en esto te obligo, tengo de ser su verdadero amigo, porque en la tierra mía se debe a huésped tal tal cortesía. (Con un delfín de Francia en mi favor, segura la ganancia tengo de Argenis bella y de Sicilia, pues si llego a ella por quien soy declarado y de un príncipe tal acompañado, Poliarco no puede igualar mi valor, porque le excede como excede a una estrella el sol hermoso.) Con este amigo solo soy dichoso. Ya vuestra Alteza tiene a Túsbal a sus pies, que humilde viene a servirle. (¡Qué veo!) (¡Qué miro!) (No lo dudo.) (No lo creo.) (Los dos se han admirado de verse.) (Estoy suspenso.) (Estoy turbado.) Confirmen dulces lazos esta amistad. Da al príncipe los brazos, Túsbal, y vos, señor. (¡Que aquesto miro! Segunda vez de mi rigor me admiro.) Nudos de amor enlacen vuestros cuellos. Sí le daré, para matarle en ellos, porque quien llega a verse ofendido, podrá satisfacerse donde quiera que encuentre su enemigo. Acométense con las dagas desnudas y la Reina se ponga en medio. Y yo tus arrogancias no castigo porque estás en mi tierra; no presumas que en ella te hago guerra ni que aquí con ventaja he de matarte, que eres mi huésped y he de respetarte todo el tiempo que en ella estuvieres. Mas yo de África bella saldré luego al instante, por que me busques fiero y arrogante. Hazte al mar, que primero saldré de África yo. Y en él te espero. Pues ¿cómo desta suerte, con venganzas y amagos de la muerte, príncipes se saludan cuando llegan a hablarse? ¿Cómo dudan los generosos pechos, a tantos triunfos y vitorias hechos, el trato y cortesía, esmalte del valor y bizarría? Tú,Túsbal, ¿cómo admites enojado tal huésped? Como estoy enamorado. Vos, ¿cómo entráis, ¡oh, príncipe famoso!, tan arrogante? Como estoy celoso. ¿Cómo a romper te atreves la cortesía que en tu patria debes a un príncipe extranjero de tanta fama? Como amando muero. Vos, ¿cómo vengativo llegáis aquí? Como rabiando vivo. Y los dos, en efeto, ¿cómo contra el decoro y el respeto ofendéis a los cielos? Como yo tengo amor. Yo, amor y celos. Bien se dejan mirar vuestros rigores y que de Argenis sois competidores. Pues yo premiaros quiero remitiendo a mi industria vuestro acero: dadme palabra aquí con prevenido homenaje, a los príncipes debido, de volver a Sicilia los dos luego llevando cada uno al Rey un pliego, haciéndome testigos a los dioses de hablaros como amigos hasta que el Rey le vea. Y, si en el punto que las cartas lea no os diéredes los brazos, haciendo la amistad eternos lazos, y quedarais contentos, logrados de los dos los pensamientos, tenedme por fingida, falsa y aleve y quíteme la vida con mortales desmayos el dios de los relámpagos y rayos. A cosas nos persuades de fabulosos extremos y das causa a que dudemos el crédito a tus verdades. ¡Que donde hay dos voluntades y una Argenis solamente, eso tu discurso intente! Una es sola Argenis bella; pues ¿cómo el que ha de perdella posible es que se contente? Perdona si desconfía de tu crédito un temor, porque el cetro y el amor no permiten compañía. Si Argenis ha de ser mía, ¿cómo otro dueño procura merecer igual ventura? Y, puesto que a uno ha de darse, ¿cómo podrá consolarse quien perdiere su hermosura? Y apurado el caso más, cuando tu ingenio te ofrezca que ninguno la merezca –si eso imaginando estás–, igual tormento nos das, no igual premio, como dices, y, cuando lo sutilices, dejando el premio dudoso, dejas de hacer un dichoso por hacer dos infelices. Cuando ese tu ingenio fuera, en pie la duda quedara, porque de nuevo empezara la competencia, pues fuera imposible que viviera sin amar a Argenis yo. Mi amor conmigo nació; conmigo ha de fenecer. No gozarla puede ser, mas quedar contento, no. Las dudas tengo entendidas y vuelvo a decir que, en viendo el Rey las cartas, entiendo que han de quedar concluidas. Yo estimo vuestras dos vidas por ley y naturaleza y sé que la sutileza de mi ingenio pudo hacer esta paz, aunque ha de ser de uno solo su belleza. Pues yo digo que de ti me fío. Lo mismo yo. ¿Reñiréis hasta allá? No. ¿Seréis muy amigos? Sí. Pues fiad los dos de mí, porque vuestra paz intento. Yo digo que la consiento. Si pierdo bien tan dichoso, yo seré el primer celoso que haya quedado contento. Váyanse y salgan Argenis y Timoclea y Selenisa, los músicos y Gelanor. Sereno el cielo y el mar agradable vista ofrecen cuando espejos de sí mismos a competirse se atreven. Y la tierra con los dos pues en tornasoles vence al cielo en sombras azules y al mar en celajes verdes. Si fuera el mar de hipocrás, como a partes lo parece, qué lindo monstruo que fuera y más si pudiera hacerse todo de una limonada. Pudieran bajar a verle los dioses y dar dos higas al sacro néctar que beben. Sola esta apacible quinta con soledad me divierte, ausente de Poliarco o, por decir bien, ausente de mí misma, pues la vida a mí misma me aborrece, que quien vive ausente vive por morir y nunca muere. Yo espero que presto veas ese cristal trasparente república de sus naves, población de sus bajeles y, conociéndole el Rey, luego a sus brazos te entregue, y él, como dice Ganasa, te reciba alegremente. Selenisa. Mi señora. Canta una letra; suspende agua, tierra, mar y viento con tu voz. ¿Triste o alegre? Canta de amor, por que sea todo amor cuanto yo oyere. Canten. Si no me dejan hablar, yo moriré de temor, que no hay tristeza en amor como sufrir y callar. ¡Oh, filomena con saya! ¡Oh, jilguero con copete! ¡Oh, ruiseñor con perico! ¡Oh, calandria con afeite! ¡Oh, Orfea con enaguas! ¡Oh, chirimía de nieve! ¡Oh, corneta sin sentido! ¡Oh, monacordio con fuelles! Vuelve a cantar otra vez y otras cuatrocientas veces, que quiero hacerte un favor de escucharte. Vuelve, vuelve. Vuelvan a cantar. ¡Qué tarde remedio espera quien ama y no se declara!, que yo pienso que, si hablara, hasta las piedras moviera. El callar me ha de matar sufriendo tanto rigor… … Que no hay tristeza en amor como sufrir y callar. Mucho mejor que yo cantas. Salga el Rey. Bien la música divierte, que yo, por no interrumpir su voz, entre estos laureles la escuché. Música y agua son dos sujetos alegres. ¿Siempre has de estar triste? Sí, que soy infelice siempre. Ya serás presto dichosa, pues dueño y esposo tienes. Ya le espero. Y yo también. Huélgome de que le esperes. Yo espero que presto venga, porque ese piélago breve por esa parte divide el África y solamente hay un pequeño viaje, y más si en sus pinos verdes el viento sopla feliz. No sé cómo responderte. Ruego al cielo que el esposo que espero felice llegue a tus pies. ¡Cuánto me obligas cuando humilde me obedeces! Pero ¿qué salva es aquesta? Salga Arsidas. De un edificio eminente del mar, alcázar con pies y ciudad con alas, vienen a tierra dos hombres solos, y el número solamente la vista nos lo permite, no las señas. Pues que lleguen donde estoy. (¡Válgame el cielo! ¿Cómo tan conformes vienen Arcombroto y Poliarco?) (Estos dos jóvenes fuertes Poliarco y Arcombroto son. ¿Qué intentan? ¿Qué pretenden tan conformes?) (Si salieron de aquí a partes diferentes enemigos, ¿cómo agora juntos los dos nos prometen amistades?) (Confusión dan.) (Admiración ofrecen.) Hija, ya viene tu esposo. Ya veo, señor, que viene. Salgan Arcombroto y Poliarco. No dudo yo que te admires, invicto señor, de verme con Poliarco, jurada la paz, que enojo valiente fue otra vez en tu presencia; pero después que leyeres esta sabrás el suceso que tan conformes nos tiene. (¡Válgame el cielo! ¿Qué encanto, qué hechizo puede ser este? En más confusiones vivo que tuvo el caos.) (El Rey vuelve, leyendo, a ver a Arcombroto y con el semblante alegre le mira. ¡Qué mal anduve en fiarme neciamente de mi enemigo!) Los brazos, ¡oh Túsbal!, me da mil veces. (Túsbal le llamó.) (¿Qué es esto? Enigma mi amor parece.) (El Rey le abraza y después a leer la carta vuelve y a mirarle con más gusto. ¡Oh, mal haya aquel que quiere una dama y llega a trato, sino que viva quien vence!) ¿Qué encomienda de Hianisbe traes? Esta joya excelente. Ella es. ¡Hijo del alma! Deja que tu cuello apriete. (¿Qué enigmas, cielos, son estas? Aquella joya que tiene el Rey volví yo a Hianisbe y por ella le agradece su venida; yo le he dado al contrario armas. ¡Que fuese yo el tercero de su amor! ¡Valedme, cielos, valedme!) Túsbal. Señor. Llega, llega y da los brazos a Argenis. (¡Muerta soy!) (¡Dichoso soy!) Eso no,Túsbal, detente, que, si yo he sido engañado de mujer que no me debe agravios, sino alabanzas, no es bien que aquí me sujete a sus engaños. Señor, oye agora atentamente mi parte, pues has oído la de Túsbal, excelente príncipe de África. Di. Para ti esta carta viene de Hianisbe; sabe della antes su engaño y advierte después a la justa causa que tal enojo me mueve. Entre tanto que el Rey lee, diga Arcombroto aparte. (Bien el Rey me ha recebido; coronará de laureles hoy las victorias de amor, pues soy esposo de Argenis. Pero, leyendo la carta de Poliarco, suspende el Rey el rostro y le mira agradecido.) (¿Qué puede contener aquella carta, que así a los dos enmudece?) Vuestra Alteza, gran señor, hoy a mi ventura deje tocar los indignos brazos y perdóneme que fuese tan necio que en tanto tiempo su valor no conociese. Por no dejar de serviros no permití conocerme, porque ser criado vuestro más me ilustra y ennoblece que ser de Francia delfín. Pues sé desta que merece vuestra persona y valor premio tan divino, dele, para fin de sus fortunas, la mano de esposo a Argenis. Eso no, que, si engañado fue de la Reina, no debe mi valor obedecer la fe jurada. Detente, Túsbal, que, si tú pudieras ser su esposo, solamente lo fueras tú. Pues, ¿no puedo? No, porque su hermano eres. Hijo mío, aquestas señas tal desengaño me ofrecen. Joven al África fui y entre agrados y placeres rendí con la fe de esposo los amorosos desdenes de Ana, hermana de Hianisbe, por que, ya que a Argenis pierdes, ganes a Sicilia. Solo tener sangre tuya puede consolarme deste daño y hacer que contento quede de una pérdida tan grande. Dame los brazos, pues puedes sin celos de Poliarco, y, por pagar lo que debe mi amor, doy a Timoclea la mano. Danse las manos. Pues ya fenecen las competencias, volvamos a la amistad que se deben dos que fueron tan amigos. Si el amor la culpa tiene de la enemistad, también la disculpa. Bien merece mi amor tan dichoso fin. Con cuyas paces le tienen las amorosas fortunas de Poliarco y Argenis.