Pedro Calderón de la Barca Los encantos de la culpa Personas LA GULA. EL HOMBRE, (Ulises). EL ENTENDIMIENTO. EL GUSTO. EL TACTO. EL OLFATO. LA VISTA. EL OÍDO. LA LISONJA. LA PENITENCIA. LA CULPA, (Circe). LA LASCIVIA. MÚSICA. Acompañamiento. Suena un clarín y descúbrese una nave, y en ella el HOMBRE, el ENTENDIMIENTO, el GUSTO, el OLFATO, la VISTA, el OÍDO, y dicen todos dentro de ella. En la anchurosa plaza del mar del mundo hoy, Hombre, te amenaza gran tormenta. Yo he sido de tus cinco sentidos el Oído, y así el primero siento bramar las olas y gemir el viento. Yo, que he sido la Vista que al sol los rayos perspicaz conquista, desde lejos diviso uno y otro huracán, a cuyo viso en esta cristalina campaña te previene fatal ruina. El Tacto soy, a horrores te provoco, pues ya cercanos los peligros toco. El Olfato te dice que se crea el húmedo vapor de la marea. Yo en trance tan injusto, con ser el Gusto, estoy aquí sin gusto. ¡Gran tormenta corremos! ¡En el mar de la vida nos perdemos! ¡Larga aquella mayor! ¡Iza el trinquete! ¡A la triza! ¡A la escota! ¡Al chafaldete! En alterados hielos corre tormenta el Hombre. ¡Piedad, cielos! En el texto sagrado, cuantas veces las aguas se han nombrado, tantos doctos varones las suelen traducir tribulaciones con que la humana vida navega zozobrada y sumergida. El Hombre soy, a astucias inclinado, y por serlo hoy Ulises me ha nombrado, que en griego decir quiere cauteloso, y así, quien ya quisiere corra las líneas de la suerte mía; de Ulises siga en mí la alegoría, y los que en una parte me llamaron viador, viendo mi arte, y en otra navegante, que en camino del mar discurre siempre peregrino, dando ocasión a que ningún viviente se admire de peligro tan vigente. Y así, nadie se espante que Ulises, peregrino y navegante, con inquietud violenta corra tanta tormenta, confusos y perdidos en mis tribulaciones mis sentidos. Sólo se escuchan en la selva fría ráfagas que nos dan por travesía. Sólo se ven en esos horizontes montes que se deshacen sobre montes. Sólo se tocan ondas, con quien sube el mar, que nace mar, a morir nube. Unos son ya los dos azules velos. ¡Que nos vamos a pique! ¡Piedad, cielos! Si los llamáis, serenidades crea vuestro temor cobarde, y que no sea este bajel, que en piélagos se mueve, sepulcro de cristal, tumba de nieve, que el cielo, humildes voces, siempre abierto, al náufrago piloto es feliz puerto. Acordémonos de él ahora, que estamos en riesgo los que el mundo navegamos. Dadle voces en tales desconsuelos, pues él siempre responde. ¡Piedad, cielos! Ya escucho que se llena de paz la vaga habitación serena. Y el mar tranquilo ya, con ira suma no riñe, sino juega con la espuma. Todo el aire es cambiantes y reflejos. Todo es serenidad, y ya no lejos, antes que todos miro cumbres que tocan al azul zafiro del mar, burlando la sañuda guerra. Celajes se descubren. ¡Tierra, tierra! Prudente Entendimiento, piloto que al gobierno estás atento de aquesta humana nave que nadar y volar a un tiempo sabe, siendo en mansiones de átomos de espumas sin escamas delfín, cisne sin plumas, pon la proa en aquella montaña, en quien la más luciente estrella peligra, pues su cumbre es donde se roba al sol la lumbre, y así, sus puertas inconstantes cierra a este humano bajel. Desembarcan y escóndese la nave. ¡A tierra, a tierra! Humanos sentidos míos, vasallos que componéis la república del hombre, que mundo pequeño es; generoso Entendimiento, piloto de este bajel, que sobre el campo del mar monstruo se alimenta, pues cuanto bate el viento es ave; cuanto baña el agua es pez; compañeros de mi vida, dejad el mar, no porque nuestra peregrinación en la tierra que ahora veis haya de cesar su puesto, que siempre tengo de ser yo peregrino del mar y de la tierra también; dejad fiada esta nave a la discreción crüel de un embate y otro embate, de un vaivén y otro vaivén; seguramente amarrada con las áncoras esté, que de quien piloto ha sido el Entendimiento, aunque ahora le deje, quizás le habré menester después, y entremos a examinar estos montes, que han de ser puerto de nuestra fortuna. ¿Qué tierra es ésta? No sé; mas quiera el cielo que sea Tiro, para que haya en él holandas, sedas y ropas donde regalado esté mi tacto. ¿Mejor no fuera que fuera a tanta altivez la gran India de Sabá, donde hubiera, para oler yo, suavísimos aromas? Ninguno ha pedido bien. Pedir la India oriental porque habita en su vergel dulces aves, cuyos cantos sonora música den que regalen mis oídos. Necios sois; pues no queréis que sea Tiro, y que haya aquí oro y diamantes, en que mi vista halle más reflejos que el sol en su rosicler. Mal habéis deseado todos en no desear y creer que sea la tierra de Egipto esta tierra, para que en ella hallemos las ollas que en ella dejó Moisés, pues no hay en el mundo gusto sin comer y sin beber. ¡Que como humanos sentidos todos deseado habéis hallar cada uno el objeto que más conviene a su ser! ¿No fuera mejor que fuera la tosca Tebaida en quien la penitencia se hallara riéndose del poder de las cortes populosas, puesto que tan cierto es que sin pena de esta vida no haya en la eterna placer? ¡Y como el Entendimiento has hablado tú! ¡Que estés siempre aconsejando penas a mis sentidos! ¿No ves que son sentidos humanos, y que al fin es menester alivios que los diviertan de las fatigas en que han nacido? ¿Cómo tú siendo su señor y rey vuelves por ello? ¿Ya olvidas aquel pasado vaivén de la fortuna, en quien viste la troya del mundo arder, de adonde te saqué yo? ¿Ya te olvidas que después en una tormenta viste tus sentidos padecer con tantas tribulaciones? ¿Ya no te acuerdas de que el cielo te libró de ellas? No tienes que responder; yo responderé por ti, prudentísima vejez, que aunque somos de una edad, sólo tú cano te ves, porque te ha hecho tu podrida condición encanecer; ¿ahora sabes tú que el Hombre cuando en peligro se ve de la enfermedad prolija, del enemigo crüel, de la pérdida de hacienda, de la esperanza del bien, sólo se acuerda del cielo, y que se olvida después que lo uno esté mejorado u esotro alcanzado esté? Esa ingratitud le pienso quitar yo, que aqueste fue del Entendimiento oficio. Mi gusto os ha dicho bien; sentidos, seguid al Gusto, y no arguyáis más con él, sino esta tierra a que habemos llegado a reconocer, entra tú, pues eres vista; delante de todos ve, mira si acaso descubres población. Tú, que eres fiel oído, mira si oyes voces que noticias den de gente o ganado. Tú, el suavísimo placer, con que esas flores respiran, el rastro sigue con él. Mira si puedes tocar algún blando lecho en quien descanse. Y tú, Gusto, al fin, mira si hallas qué comer, y todos buscad delicias para mí. A la VISTA.Al OÍDO.Al OLFATO.Al TACTO.Al GUSTO. Aunque deseé que halles penitencia, yendo a eso, la Culpa hallaréis. Yo veré si hay población. Vase. Y yo me quedo sin ver. Yo escucharé si oigo voces. Vase. Yo, ausente tú, nada oiré. Yo, si hay lecho en que descanses. Vase. Ya yo no lo he menester. Yo, si hallo blandos aromas. Vase. Ya no tienes para qué. Yo, si hallo dulces manjares. Vase. Ahora no quiero comer, porque mientras vais vosotros el mundo a reconocer, al pie de este ciprés quedo, echado a dormir. échase a dormir debajo de un ciprés. ¡Qué bien! Para dormir, los sentidos apartas de ti; pues es cierto que queda sin ellos el que duerme, y que bien fue ciprés el árbol que aquí tomaste para ti, pues viene a ser árbol de muerte, de quien el sueño también es sombra, que aunque dorados los ricos catres estén en que descansen los hombres, desde el mendigo hasta el rey, aunque sean de otras maderas, son árboles de ciprés. Quedó el hombre sin sentido y durmió; ya, ¿qué he de hacer? Que aunque potencia del alma soy, y ella, que inmortal es, dormir no puede este tiempo que yace el Hombre, también estoy yo sin discurrir, sin percibir ni entender. Vaga mi imaginación, confusas visiones ve, y todo es tiniebla y sombras para mí el mundo, porque sin los sentidos no puedo actos de razón hacer; seguirélo, pues sin mí se queda el Hombre a la vez que duerme, y que sepultado temporal cadáver es. Vase. Van saliendo, de fieras, los sentidos. Y hacen lo que dicen los versos. ¡Ay de mí! Pesado sueño, no tanto me aflijas; ten la violencia de la sombra. ¿Qué es lo que mis ojos ven sin vista? Mas digo mal, que mis sentidos cobré; si bien informes, y brutos, en el punto que llegué a ver estos fieros monstruos que me quieren deshacer; y cuando su atrocidad esperaba que, crüel, cada uno cebase en mí, todos se echan a mis pies; por señas dicen que huya, que los quiero conocer parece; desesperados, se entran al monte otra vez. ¿Qué es esto, cielos? Vanse los sentidos, y sale el ENTENDIMIENTO como asombrado. Escucha, Ulises, yo lo diré, que aunque estás ahora incapaz de sentir, tocar y ver, porque brutos tus sentidos y entorpecidos se ven por los vicios a que tú los diste licencia, bien me entiendes: mas los del alma fuerza es que velando estén. Apenas fuimos, Ulises, vagando aqueste horizonte tus compañeros, del monte penetrando los países, cuando un palacio eminente nuestra vista descubrió, cuya eminencia tocó a las nubes con la frente. Llegamos a sus umbrales, y habiendo llegado a ellos, en dos escuadrones bellos de hermosuras celestiales vimos salirnos a hacer fiestas a nuestra fortuna con varias música(s) y una hermosísima mujer, de paso la repetí nuestra peregrinación, que el uso de la razón siempre me ha tocado a mí. Ella, afablemente humana, dulcemente lisonjera, a entender nos dio que era de estos campos la Diana; mas yo, como Entendimiento soy, y a mi divino ser siempre le toca tener natural conocimiento, conocí al instante que era la Culpa fiera y crüel, que a habitar en un vergel fue desde la-edad primera. Aquí damas suyas son los vicios, con que ella lidia: la Lascivia, Gula, Envidia, Lisonja y Murmuración. Mandónos agasajar de estas damas, y ellas luego, al mandato, si no al ruego, quisieron ejecutar, y con vicios y placeres al momento nos brindaron tus sentidos, que se hallaron servidos ya de mujeres tan hermosas y tan bellas, sin ver que el Entendimiento allí se hallaba al momento, se conformaron con ellas. La Envidia, que es todo enojos del bien que en los otros ve, viendo a la Vista, porque la Envidia, al fin, toda es ojos, en los halagos crüel, brindó al Tacto, porque él las blanduras apetece. La Murmuración, que es quien lo malo ve, y no lo bueno, brindó al Olfato, que lleno de este defecto le ven; sólo por eso le igualo con causa al murmurador, que no alaba lo mejor y hace lo malo más malo. La Gula al Gusto brindó probarlo; no es menester, porque bien se deja ver que el Gusto a la Gula amó. La Lisonja, mortal fiera de las cortes, al Oído brindó; que el objeto ha sido de toda voz lisonjera. La Soberbia, con intento de que el veneno que esconde pasase a mí, porque es donde peligra el Entendimiento, me brindó; mas sin el fruto que de mí estaba esperando, por saber yo que en pecando se convierte el Hombre en bruto. David lo diga, que atento este sentir en él hallo: «que el que peca es un caballo en quien no hay Entendimiento». Y fue así, que como fueran bebiendo, todos mudados en fieras, y transformados en varias formas se vieron. Mas atención desde aquí, Hombre, te pide mi acento; escucha a tu Entendimiento, que es el que te habla. Di. La Vista, en tigre cruel fue de la Envidia despojos, que este animal todo es ojos bien lo publica su piel manchada de ellos, y cuando no baste esto, bastará que el tigre muerte se da si oye música rabiando, y el envidioso en sus penas se da muerte cada día si oye la dulce armonía que hacen las dichas ajenas. El Tacto, que fue el objeto que a la Lascivia creyó, en oso se convirtió, que este animal imperfecto sin forma y sin ojos nace, y al apetito a creer llego, que nace sin forma y ciego, pues tantos errores hace. El Gusto (glotón hambriento) en un bruto inmundo fue transformado, esto porque sólo a su comida atento vive, sin que de su pecho el Hombre servicio adquiera, pues ha menester que muera para serle de provecho. El Olfato, que entregado se vio a la murmuración, se convirtió en un león, que es quien rugidos ha dado. Y, finalmente, el Oído, que falsedades creyó, lisonjeras, se miró en camaleón convertido; y el bruto que vivir quiere del viento sólo fiado, es el más vivo traslado de la Lisonja en que muere. Docto Entendimiento mío, en gran peligro me veo; a mis sentidos deseo rescatar con mi albedrío, para vivir, pues que yo de aquí no puedo ausentarme, que no tengo de dejarme compañeros que me dio mi misma naturaleza. Y supuesto que perdidos todos mis cinco sentidos están en esta aspereza de la Culpa, entrar intento a libertarlos, porque bien de la empresa saldré si voy con mi Entendimiento. Pues que conmigo has de ir a cobrarlos, ha de ser con tres cosas que has de hacer: primeramente, pedir al cielo perdón de que tan mal los aconsejaste, que al riesgo los entregaste; otra, confesar que fue tuya la Culpa que ha habido, aunque ellos, Ulises, fueron los que entregarse quisieron; y otra haberte arrepentido. Digo que pido perdón del mal ejemplo, ¡ay de mí!, que a mis sentidos les di; digo que hago confesión de la Culpa que he tenido de que se hayan entregado a las manos del pecado, y que voy arrepentido. Tocan chirimías y cantan. Ya que el Hombre confiesa su culpa y arrepentido me pide perdón, ¡oh Penitencia!, pues eres el iris, acude volando a darle favor. Mientras cantan sale un arco en lo alto, y en él la PENITENCIA. Ya corro veloz en el arco de paz, en quien nacen las amistades del Hombre y de Dios. ¿Mas qué música sonora es la que oímos los dos? Auxilio es que te da Dios. ¿Y aquel bello arco que ahora sobre las nubes se asienta? Arco es que la paz abona, y que ya cesó pregona el rigor de la tormenta. Dios le puso por señal de paz entre sí y el Hombre, y así el verle no te asombre. ¿Y la Ninfa celestial quién es? Que saberlo espero. La Iris, embajatriz más solícita y feliz del Júpiter verdadero, la que a los hombres envía a consolar su dolencia. Pues ¿quién es? La Penitencia; bien que en esta alegoría probado está con decir que es la que con dulce nombre se pone entre Dios y el Hombre. Su voz volvamos a oír. Pues el Hombre confiesa, etc. Ya corro veloz, etc. Cristiano Ulises, tus voces en el Imperio se oyeron, que ellas hasta subir saben por las escalas del viento, y viendo que tus sentidos tan postrados y deshechos de la Culpa están, y que es el rescatarlos tu intento, el gran Júpiter me envía con auxilios y consuelos a ti, para que la Culpa con sus hechizos soberbios no pueda dañarte y puedas tú postrarlos y vencerlos. Aquestas flores te traigo, que es un ramillete bello de virtudes matizadas de la sangre de un cordero de quien ara fue cruenta la inmensa crueldad (de un leño). En virtud de tus virtudes podrás postrar sus venenos, que no tendrán fuerza alguna en tocándolos a ellos. Toma, y adiós, y no temas que me ausente, aunque me ausento, porque siempre que me llames verás que a tus voces vuelvo. Cantando.Dale unas flores. Corriendo veloz en el arco de Paz, en quien nacen las amistades del Hombre y de Dios. Tocan chirimías y desaparece el arco. Iris bello, hermosa ninfa; no desvanezcas tan presto tanta multitud de estrellas, tanta copia de luceros. Rasgo de luz que has corrido por las campañas del viento, señal de paz, que a Moisés Dios señaló en el desierto. Tente, aguarda. Escucha, espera. Fuese, dejándome impreso un renglón de tres colores en el papel de los cielos. ¡Ay, Entendimiento mío! Dichoso soy, pues que tengo con que vencer los encantos de esa Circe. Alza del suelo esas flores. Alza las flores del suelo. ¡Ay de mí! ¿Qué sientes? Herirme siento con sus espinas. Las flores de la Penitencia, es cierto que ásperas son al principio cuanto fragantes son luego. Espinas de mi pecado, con temor a alzaros llego. Vamos, que aunque mis sentidos estén cautivos y presos de su bellísimo encanto, así libertarles tengo. Salen la LASCIVIA, la CULPA, detrás de todos; trae una salvilla, un vaso de plata, y otra una toalla al hombro. No tienes que ir a buscarla, que ella a buscarte a este puesto ha salido con las voces de música e instrumenetos. En hora dichosa venga a estos jardines amenos el peregrino del mar, donde halle seguro puerto. En hora dichosa venga, digan los dulces acentos una y mil veces, sin que nada les usurpe el eco, bandolero de los aires, que se queda con los medios. En hora dichosa venga el Hombre, que por sus hechos es asunto de la fama por su valor y su ingenio, donde tenga en sus fortunas dulce patria, amado centro, noble asilo, ilustre amparo, blando albergue y feliz puerto. Apenas supe, inconstante, huésped de dos elementos que sobre tribulaciones vais en las ondas surgiendo, ya los embates del mar, ya las ráfagas del viento, apenas supe, señor, hoy de vuestros compañeros (a quien ya en palacios míos bien agasajados tengo) que erais el valiente Ulises, que quiere decir en griego «hombre ingenioso» (que al fin no hay cautelas sin ingenio), que de la Troya del Mundo huyendo venís al fuego, a quien vos mismo en vos mismo alimentáis el incendio, cuando a recibiros salgo con todo ese coro bello de mis damas, celebrando tan noble recibimiento. Llegad todas a sus plantas, y con corteses festejos le saludad; y porque el que en el mar tanto tiempo fluctuó golfos de penas en piélagos de tormentos, es la sed la que le aflige (mas ¿a quién no admira esto, que siendo el mar todo agua, tenga a su huésped sediento?); brindalle con este nácar que está de dulzuras lleno, en tanto que en mis palacios más regalos os prevengo. Bebe, señor, el sabroso licor que yo te presento. ¡Ay de ti, si le bebieres, que todo es lascivo fuego! ¿Qué haces? ¡Para resistirme conmigo mismo peleo! Tómale. No le bebas; ¿ya no sabes que es tósigo y es veneno? Sí, Entendimiento; y tu aviso ha llegado a muy buen tiempo. Estoy cobarde, estoy mudo, tanto al cortés cumplimiento que debo a vuestra beldad y a vuestra hermosura debo, que aunque retórico fui, al miraros enmudezco: en fe de lo cual, el néctar con que me brindáis afecto; mas por no ser descortés haré la salva primero con estas flores, que no se atreven a ser groseros tanto mis labios, que lleguen sin aqueste cumplimiento. Toca el ramillete al vaso y sale fuego de él. ¡Ay de mí! El fuego que había en este vaso encubierto reventó. Es verdad. ¡Qué mal arde encendido tu fuego, vil Lascivia! ¡Ay, infeliz! ¡Mortales furias! ¿Qué es esto saber hoy que mis encantos desvanezca? Sí, que habiendo llegado aquí acompañado de un noble Entendimiento, aunque llegué sin sentidos, porque tú me los has preso con este ramo, sabré desvanecer tus intentos, porque es el ramo del Iris, que está de virtudes lleno. ¡Ay, infelice de mí, habiendo volado el fuego de la mina, que ocultaba entre lisonjas mi pecho! ¿Cómo soy yo, cómo soy la que me abraso? ¿Qué es esto? ¿Tú eres quien la mina enciendes, y soy yo quien la reviento? Sí, que sabiendo que eres horror de aquestos desiertos y Circe de estas montañas -que quiere decir en griego maleficiosa hechicera-, a darte la muerte vengo y a rescatar mis sentidos de la prisión de tus hierros. Saca la daga. Detén la daga -¡ay de mí!-; no manches tan noble acero en mí, que soy inmortal, y ya sin morir me has muerto. Yo volveré tus sentidos a su ser, porque viniendo armado de las virtudes que dio tu arrepentimiento, no tengo yo poder, no, para guardarlos más tiempo. Oído que oíste lisonjas que tu dulce encanto fueron, por quien te tuvo trocado en camaleón tu afecto. Los sentidos salen, asombrados. Sale el OÍDO, asombrado. ¿De qué letargo tan dulce a esta nueva voz despierto? Olfato, murmurador de lo malo y de lo bueno, que fuiste león que diste dañado olor con tu aliento. Sale del mismo modo. ¡Oh, nunca yo despertara de tan regalado sueño! Tacto, que lascivamente empleado en tus deseos, oso fuiste, pues que nace sin forma, sin vista y cuerpo. Sale el TACTO, asombrado. ¡Que a mi pesar me levanto de tan regalado lecho! Vista, que manchado tigre has pacido este desierto, pues, envidioso, eres ojos que sientes bienes ajenos. Sale la VISTA, como asombrada. Si noche han de ser los míos, ¿de qué sirve los que veo? Gusto, que animal inmundo eres, porque siempre hambriento sólo en esta vida cuidas de sustentarte a ti mesmo. Sale el GUSTO, asombrado. Que era un gran puerco soñaba; nadie que hay que creer en sueños diga... ¡Si diga, que yo lo soy dormido y despierto! Ya están aquí tus sentidos, ya a tu poder te los vuelvo. Idos, que en mí no duráis sino solamente el tiempo que tarde en venir el Hombre por vosotros; pues es cierto que está en su mano el cobraros como en su mano el perderos. No esperes más; ven a este bajel de tu Entendimiento. ¿Dónde hemos de ir tan aprisa? ¿Apenas llegado habemos a estos palacios, y ya nos quieres ausentar de ellos? ¿Adónde quieres llevarnos por ese mar padeciendo? Deja que de las fortunas pasadas nos reparemos. Déjame, señor, que sea puerco otro poco tiempo, pues no hay más seguridad en el mundo que ser puerco. En fin, sois bruto, sentidos tan brutos que holgáis de serlo. ¿No sabes cuán bueno es estar comiendo y gruñendo? Vamos, ¿qué esperas, Ulises? Vamos, pero no tan presto, porque de haber visto aquí mis sentidos mal contentos de dejar estas delicias, no sé (¡ay de mí!) lo que siento. Yo te llevaré por fuerza. No harás tal, que tu consejo arrastrarme no podrá; moverme sí, ya lo has hecho. Ve a prevenir el bajel, pues piloto eres. Ya vuelvo. Por poder más libremente ver esta deidad, le ausento de mí aqueste breve instante, sin temor de sus preceptos. Ahora podré hablarte, pues aparto su Entendimiento. Ya, Ulises, que victorioso te miras de mí volviendo de esas incultas montañas coronado de trofeos, no tan presto al mar te entregues en ese inconstante leño que el mar de la vida surca amenazado de riesgos. Mira alterados los mares, que con veloz movimiento en pirámides de espumas son alcázares de hielo. Deja que el mar se serene; y puesto miras exento de la magia de mi encanto, en fe de este ramo bello que te dio la Iris, no quieras volverte al afán tan presto: descansa, pues, en mi albergue, que mañana será tiempo para dejar estos montes, de tantas delicias llenos. ¿Qué prisa te corre ahora de ausentarte, y más sabiendo que yo, cada vez que quieras ir, detenerte no puedo? Entra en mis ricos palacios, donde son divertimientos todas sus ocupaciones, todas gustos y festejos. Verás mis grandes estudios, mis admirables portentos examinarás, tocando de mi ciencia los efectos. ¿Por qué piensas que me llaman la Circe de estos desiertos? Porque ciencias prohibidas, que son leyes que yo tengo, con mis estudios alcanzo, con mis vigilias arreglo. Verás apagado el sol sólo a un soplo de mi aliento, pues en la luciente edad el día yo le oscurezco -bien digo, la sombra soy: David lo dijo en un verso-. Verás, a sólo una línea que corran mis pensamientos, desclavadas las estrellas del octavo firmamento -y es verdad, pues tercer parte de ellas aparté del cielo-. La Nigromancia verás ejecutada, saliendo a mi conjuro obedientes de sus sepulcros los muertos -cadáver es el que peca, pues me obedece; no miento-. La grande quiromancía verás, cuando en vivo fuego en los papeles del humo caracteres de luz veo -¿qué fuego no enciendo yo?, no es engaño, pues lo enciendo-. Titubear verás caducos uno y otro polo, haciendo que desplomados se caigan sobre todo el universo -no será la vez primera que yo estremecí su imperio-. El idioma de las aves verás, que yo sola entiendo siendo el canto vaticinio y siendo el graznido agüero. De las flores te leeré estos escritos cuadernos, donde la naturaleza escribió raros misterios. A todas horas tendrás dulces músicas, oyendo suaves cantos de las aves, de los hombres dulces versos. Sabrosísimos manjares te servirán con aseo tal, que el Olfato y el Gusto se estén lisonjeando a un tiempo; la Vista divertirás en estos jardines bellos, que son nuestros paraísos de varias delicias llenos. Dormirás en regalada cama, donde el Tacto, atento a tu descanso, en mullidas flores tendrá blanco lecho. A todas horas habrá damas que te estén sirviendo, que, como soy en común la Culpa, conmigo tengo en particular a todas las que se precian de serlo. Y sobre todo tendrás los regalos de mi pecho, las caricias de mis brazos, los halagos de mi afecto, las finezas de mi amor, la verdad de mi deseo, la atención de mi albedrío, de mi vida el rendimiento; y, finalmente, delicias, gustos, regalos, contentos, placeres, dichas, favores, músicas, bailes y juegos. Aparte.Aparte.Aparte.Aparte.El HOMBRE va dejando caer algunas flores del ramillete, mientras oye a la CULPA. No sé qué he de responder, porque, divertido oyendo la retórica süave de su voz, fui deshaciendo el ramo de las virtudes que desperdiciadas veo y ajadas entre mis manos; pero ¿qué mucho si advierto que para que ella me hablase aparté mi Entendimiento? Sin él hablaré. Gallarda Circe, a tus voces atento, de mí me olvido; ya sólo de tu hermosura me acuerdo. A tus palacios me guía, porque ser tu huésped quiero desde hoy, estimando humilde tan corteses cumplimientos. Descúbrese un palacio muy vistoso. Vencí; la música vuelva a repetir sus acentos, y esos gallardos palacios que están en el puro centro del monte, sus puertas abran, que va su huésped a ellos. Al Entendimiento aguarda antes, señor, que entres dentro por que sepas dónde estás. ¿Para qué, pues es tan cierto que no entrara si supiera, ¡ay de mí!, mi Entendimiento? Dices bien; vamos sin él; ¿para qué acá le queremos?, que es un ministro cansado, todo limpio y nada puerco. En hora dichosa venga a estos jardines amenos el peregrino del mar, donde halle seguro el puerto. Entran el HOMBRE y la CULPA asidos de las manos, y los demás tras ellos, y sale el ENTENDIMIENTO y dice desde lejos. Sale. Hombre, espera; escucha, aguarda; no entres en ese soberbio alcázar, porque no sabes los peligros que están dentro. Mas, ¡ay de mí!, con las voces que le han tenido suspenso no me oye. Que bien, ¡ay, triste!, se echa de ver, pues pudieron los halagos de la Culpa, los hechizos y venenos moverle; que me tenía retirado. Porque es cierto que a tenerme a mí consigo no se rindiera tan presto. Sale la PENITENCIA. Entendimiento, ¿qué voces son estas que das al viento? Lástimas son, de haber dado mala cuenta de un sujeto que Dios me entregó; hoy el Hombre me ha dejado; de mí huyendo se ha entrado en ese palacio, poblado de encantamientos. Las virtudes que adquirió con un arrepentimiento que tuvo, desperdiciadas en el aire las encuentro. Mira en el suelo las flores que tenía el HOMBRE. Pues yo las recogeré, guardándolas para el tiempo, que arrepentido me busque de su culpa y de su yerro. Sin mí está, que no estuviera conmigo (¡ay de mí!) tan ciego que se olvidara de sí. Darte yo una industria quiero para sacarle de aquese encanto; toca en su pecho alarma, pues escuchando este belicoso estruendo (haciéndole de sí mismo siempre mortales acuerdos), verás que con tal temor creerá, advertido y atento, a su Entendimiento, donde está sin Entendimiento. Vanse. Salen el HOMBRE, la CULPA y los sentidos, y MÚSICA y damas. Compitiendo con las selvas donde las flores madrugan, los pájaros en el viento forman abriles de plumas. Ven por aquestos jardines, adonde crítica y culta la Naturaleza ha hecho, entre jazmines y murtas, alarde de sus primores, pues su varia compostura academia es, donde el mayo de un año para otro estudia. Tan hermosa es esta estancia, que el mismo sol que la alumbra su esfera dejara, a precio de que fuera esfera suya. Dígalo el cielo, que al ver las flores que la dibujan arreboló las estrellas por que compitan las unas con las otras, y así están desde la tiniebla oscura hasta la luciente aurora esas estrellas cerúleas, donde en brazos de la noche duermen las esferas mudas. Compitiendo con las selvas, donde las flores madrugan. Todo el jardín es delicias; no hay planta, no hay hoja alguna que, verde aroma, los más blandos perfumes no supla. Y por que Vista y Olfato la pompa no se atribuyan para sí solos, objetos son del oído las puras fuentes, siendo en el ruido compás que a coros se escucha apacibles porque parlan, y alegres porque murmuran. Envidioso todo el viento al ver por la tierra en una primavera solamente tantas primaveras juntas, de otras flores se ha poblado que aladas sus golfos surcan, siendo ramilletes vivos; y así cuanto entre esta suma deidad las flores y fuentes de la tierra como industria pájaros forman de rosas por igualar su hermosura. Los pájaros en el viento forman abriles de plumas. De una belleza engañados por aurora la saludan y viendo sus bellos ojos quedan vanos de su culpa. Toda esa belleza, toda esa varia compostura de vientos y cuadros, que émulos siempre se usurpan la alabanza dignamente, sus trofeos se aseguran cuando al saludar tu Vista a todas horas te juzga aurora de esas montañas, haciendo que se confundan en los tormentos del día salpicadas las purpúreas hojas, pues aunque haya aves y flores del día en la cuna, bebiendo a la aurora el llanto que cendales de oro enjuga el verte segunda vez con nueva salva segunda. De su belleza engañados por aurora la saludan. Culpa fuera de las aves y las flores, por que nunca para equivocar deidades hallar pudieran disculpa. Si es Culpa o acierto, no es justo que yo lo arguya; pero bien sé que mi amor hoy de su parte asegura que aunque Culpa decir sea que por aurora te anuncian flores y aves, ni las aves ni las flores se disculpan de esa Culpa, porque antes sé que con causa más justa... En viendo tus bellos ojos quedan vanos de su Culpa. Ya que me ha tocado a mí, que, en efecto, soy la Gula, preveniros las viandas de cuya alegre dulzura cuanto corre, nada y vuela, registro entre mil dulzuras su sabor, desnudo ya de piel, de escama y de pluma, mirad adónde queréis comer hoy. Sea con una ceremonia lisonjera. La Lisonja es muy astuta, pues que sabe sembrar mesas tan cándidas y purpúreas. Sale la mesa por debajo del tablado con muchas viandas; siéntanse la CULPA y el HOMBRE y los demás sirven, y los sentidos se sientan en el suelo. Siéntate, Ulises, y todos os sentad en la verdura de esas flores. Pues yo quiero que no todas se atribuyan las finezas sin que a mí el huésped me deba una. Aquella letra cantad que yo hice. Pues si es tuya será amorosa. Sí es. No hay dama aquí que no acuda a un sentido. Sí, señor; ¡pero víctor! Come mucho el GUSTO. ¿Quién? La Gula. Si quieres gozar florida edad entre dulce suerte, olvídate de la muerte y acuérdate de la vida. No cantéis más, que atrevida voz nuestros gustos advierte. En cantando tocan cajas dentro y alborótanse todos, y dice el ENTENDIMIENTO. Dentro. Ulises, capitán fuerte, si quieres dicha crecida, Dentro. Dentro. olvídate de la vida y acuérdate de la muerte. Dentro. ¿Quién con tanto atrevimiento trueca el gusto en confusión? Circe, las que escuchas son voces de mi Entendimiento; él me ha llamado e intento responderle. De él te olvida. Suelta. Es acción atrevida. Cantad, por que no se asombre de oír aquella voz el Hombre. Acuérdate de la vida. Sí haré, que bien larga es y después tendré lugar para sentir y llorar, pues me bastará después. A tus brazos vuelvo, pues, dulce sueño. ¡Feliz suerte! Tu hermosura me divierte, contigo ufano me nombre; no quiero más dicha. Dentro. Hombre, acuérdate de la muerte. Dentro. Tocan cajas. Fuerza es que me acuerde, ¡ay triste!, cuando mi afecto se mueve, de que es tan caduca y breve, que en un instante consiste. Entendimiento, que hiciste en mí tal afecto, advierte que ya voy a obedecerte. Vuestra voz al paso impida. Acuérdate de la vida. Acuérdate de la muerte. Aquí me están halagando gusto, placer y contento, cuando allí mi Entendimiento alarma me está tocando. ¿Qué dudas? ¿Qué estás pensando? No de esa voz confundida tu memoria está afligida. En aqueste canto advierte. Acuérdate de la muerte. Acuérdate de la vida. En dos mitades estoy partido (pasión tirana): entre el horror de mañana y la ventura de hoy; a aquél sigo y a éste voy, y uno y otro en mal tan fuerte o me aflige o me divierte. ¿Cuál ha de ser preferida de mis glorias? Vida, vida. ¿De mis penas? Muerte, muerte. Sale el ENTENDIMIENTO. Y aunque me la den a mí, los encantos de esta fiera he de entrar, porque no fuera Entendimiento si aquí temiera morir. ¿Así, Ulises, te has olvidado de ti mismo? ¿Así entregado a unos placeres fingidos, que sin mí y con tus sentidos aquí vives engañado? ¿Estará, dime, mejor creído de tu prudencia allá con la Penitencia, adonde todo es horror, todo tristeza y pavor, que aquí, donde le divierte tanta gloria? Sí, si advierte que aquella gloria es fingida. Cantad, cantad. Vida, vida. Tocad, tocad; muerte, muerte. La caja. Dicen bien, a ti te creen los influjos de mi estrella. Pues ¿déjasme? ¡Ay, Culpa bella, que tú también dices bien! Valor mis voces te den. Muévate al verme rendida. Nada en seguirme te impida. Tocad. Cantad. ¡Pena fuerte! Vida, vida. Muerte, muerte; muerte, muerte. Vida, vida. Este bien perecedero. Aquélla es pena cruel. Por eso espera el laurel. Goza tu vida primero. Mira que es encanto fiero. Mira que es tormento fuerte. En que eres mortal advierte. No te acuerdes de eso, no. Vida. ¡Muerte! ¿Quién venció? La memoria de la muerte. ¿Qué importa que haya vencido si escaparte no podrás de mí? En mi poder estás sin reservarte un sentido. Las flores que había tejido la Penitencia, que eran las Virtudes que pudieran librarte, ya las perdiste, tú mismo las deshiciste; pues ¿qué alivio de mí esperan hoy tus ansias? No te dé aquello desconfianza; ten en el Cielo esperanza, que es columna de la fe. Esas Virtudes, yo sé que cuanto más divertido las habías esparcido, para guardarlas llegó a recogerlas. ¿Quién? Sale la PENITENCIA en un carro triunfal. Yo, que el arco de paz he sido, que si hoy en carro triunfal llegas a verme sentada sustituyendo el dosel de oro, de púrpura y nácar, es porque a triunfar de ti vengo, que cuando me llama del Hombre el Entendimiento no puedo yo hacerle falta. Las virtudes que sin él desperdició su ignorancia yo recogí, pues es cierto que si se adquieren en gracia, siempre que vuelva por ellas en depósito las halla. Y para que el Hombre vea que solas a vencer bastan tus encantos, hoy verás todas aquestas viandas de viento desvanecidas en humo, en polvo y en nada; mostrando con este ejemplo lo que son glorias humanas, pues el manjar solamente que es eterno es el del alma. éste es el Pan soberano que veis ya sobre esta tabla; la Penitencia os lo ofrece, que sin ella (cosa es clara) que verle no merecía el Hombre con glorias tantas. Sentidos, esto no es Pan, sino más noble Sustancia. Carne y Sangre es, porque huyendo las especies, que aquí estaban los accidentes no más, quedaron en Hostia blanca. ¿Cómo quieres que te crean los Sentidos con quien hablas si todos conocerán que los ofendes y agravias? Llega, Olfato, llega a oler este Pan. En él qué hallas, ¿pan o carne? Van llegando los sentidos. De pan es el olor. Llega. ¿Qué aguardas, Gusto? Este gusto es de pan. Llega, Tacto; ¿qué te espantas? Di lo que tocas. Pan toco. Vista, a ver, ¿qué es lo que alcanzas? Pan solamente. Tú, Oído, rompe esa Forma, que llama carne la fe y Penitencia; y luego las desengaña al ruido de la fracción; ¿qué respondes? Culpa ingrata; aunque en la fracción se escucha ruido de pan, cosa es clara que en fe dé la Penitencia, a quien oigo que la llaman carne; por carne la creo, pues que ella lo diga basta. Esa razón me cautiva. Ea, Hombre, ¿pues qué aguardas? Cautivo tu Entendimiento está ya de la fe santa por el Oído, a la nave de la Iglesia soberana vuelve y deja de la Culpa las deliciosas montañas. Ulises cautivo ha sido de esta Circe injusta y falsa; huye, pues, de sus encantos, ya que estos secretos hallan en el Júpiter divino quien sus encantos deshaga. Dices bien, Entendimiento; de aquí mis sentidos saca. Vamos al bajel, que aquí todo es sombras y fantasmas. ¡Qué importa, ay de mí! ¿Qué importa que así de mi poder salgas si mis encantos sabrán seguirte por donde vayas? Yo sabré alterar las ondas. Y yo sabré serenarlas. Tocan clarines y descúbrese otra vez la Nave. Llega al tablado y entran todos en ella. ¿Tribulaciones no son en la Escritura las aguas? Luego a padecer le llevas trabajos, afanes y ansias. Sí; pero éstos son regalos con que más mérito alcanza. Dentro ¡Buen viaje! ¡Buen viaje! Dentro Aquestas voces me matan. Circe crüel, pues que supe vencer prodigiosas magias, quédate donde te sirva de monumento tu alcázar. Ondas que tanto bajel sufrís sobre las espaldas, en vuestros senos de nieve le dan sepulcro de plata. Ondas, serenad el blando movimiento de las aguas, por que vuestros pavimentos no sean montes, sino alcázar. Vientos que sopláis del Norte, no le saquéis de Trinacia y chocad, cascado el pino, en aquellas peñas altas. Notos que venís del Austro, soplad con süaves auras, por que hasta el puerto de Hostia hoy a salvamento salga. Buen viaje nos prometen las señas de la bonanza. Haced, vicios, que el velamen todo pedazos se haga, y, vuelto el barco, sea tumba, con pirámides y jarcias. Haced, Virtudes, que rompa la quilla, suave y blanda, encrespando las espumas vidrios de nieve y de plata. Buen viaje, buen viaje, que vientos y ondas se amansan. Circe, poco tus encantos han podido, pues me saca, ¡ay de mí!, la Iris divina coronado de esperanzas. Circe, ya su Entendimiento va con él; poco las trazas de tu magia te han valido. Desaparece la Nave. Llena estoy de furia y rabia. Si yo soy víbora, ¿cómo no me rompo las entrañas? Si soy áspid, ¿cómo hoy mi veneno no me mata? Pedazos del corazón me arrancaré con mis ansias para tirarlos al cielo. Mas a mí, ¿qué me acobarda? Si en la nave de la Iglesia huyes de mí, sabré darla tormentas que la zozobren. ¡Mas, ¡ay de mí!, que ya es vana mi ciencia, pues que la veo navegar con tal bonanza. Falten todos mis sentidos, pues que ya poder me falta. Confúndanse los palacios y volviéndose montañas oscuras no viva en ellas sino yo, pues que me saca a quien encantando tuve la Penitencia sagrada en virtud de aquel divino manjar que da por vianda. Ruido de terremoto y húndense los palacios. A cuyo grande milagro el mundo mil fiestas haga, principalmente en Madrid, noble corazón de España, que en celebrar a Dios fiestas con la opinión se levanta. Con esta repetición y al son de las chirimías se da fin al auto.