Personajes SCIPIÓN, joven galán LELIO, General de Tierra EGIDIO, General de Mar LUCEYO, primer galán FABIO, viejo TURPÍN, Soldado gracioso BRUNEL, Soldado gracioso ARMINDA, Dama FLAVIA, Dama LIVIA, Dama CORO de Damas MAGÓN, Gobernador de Cartago CURCIO MÁXIMO SOLDADOS MÚSICOS Jornada I Transmútase el teatro de la Loa, que será la fábrica de un suntuoso templo, y se ve la perspectiva de una campaña rústica, poblada de chozas, cabañas y villajes, y al son de cajas y trompetas, dicen dentro. ¡Arma, arma! ¡Guerra, guerra! Antes que a impedirnos llegue las surtidas de los montes ese ejército que viene contra españolas campañas marchando en romanas huestes, salgan de Cartago aquellos que en ella inútiles fueren para las armas, llevando cuanto tolerar pudiere sobre el peso de sus males lo precioso de sus bienes. ¡Arma, arma! ¡Guerra, guerra! ¡Scipión viva! ¡Viva, y reine! Dentro. Infelices de nosotras. Dentro. No el rigor os desconsuele con que de sí nuestra patria nos arroja; y pues conceden paso a los montes las tropas que avanzadas se detienen en ir tomando los puestos, sus malezas nos alberguen hasta que obscura la noche, entre sus sombras nos lleve donde, ya que no nos libre, por lo menos nos aleje de un peligro en otro. Ahora salen todas las mujeres, trayendo cada una algunas alhajas como ropa o joyas y por otra parte soldados, y entre ellos Turpín y Brunel. En vano, hermoso escuadrón, pretende vuestro valor que un peligro de otro os salve, que no tiene el infelice lugar donde su hado no le encuentre. Daos a prisión. ¡Qué desdicha! Si preciosos dones pueden hacer que vuestra codicia en ellos el rigor quiebre, que no es poca conveniencia que antes que la prisión llegue llegue el rescate, ya dueños sois de los pobres haberes que llevamos con nosotras, pues todas os los ofrecen por mí a vuestras plantas. Arrojan a sus pies lo que llevan. Dadnos paso, sin que osada intente embarazar nuestra fuga vuestra saña. Neciamente procediera quien trocara por humanos intereses divinas presas; y así, aunque los dones se acepten, no el partido. Recogen las presas los soldados. Claro está, que fuera injuriar la suerte contentarla con lo menos quien cargar con todo puede. Venid, pues, adonde esclavas nuestras viváis. Si no os mueve la hacienda, muévaos el llanto. El llanto más que enternece tal vez enamora, que es el más natural afeite de la hermosura. Pues antes que a vuestro dominio entregue nuestro pundonor, la vida sabrá entregarse a la muerte. ¿Cómo habéis de defenderos? ¡Socorro, dioses clementes! Quieren llevarlas y ellas se defienden. No hay socorro. ¡Piedad, cielos! No hay piedad. ¡Hados crüeles, favor! No hay favor. Dentro. Llegad, y ved qué lamento es ese. Sale Scipión, joven romano; Fabio, viejo, y soldados. Quitad, apartad. ¿Qué es esto? Si ello no lo ha dicho, atiende, Segundo Scipión, que aunque hasta hoy no merecí verte, el parecido retrato que con boreales pinceles en las láminas del viento copió tu imagen al temple, en lo grave de tu aspecto, lo afable y lo reverente de tu semblante, lo amable de tu vista, y finalmente, lo florido de tu edad, pues en cuatro lustros breves caben valor y hermosura, me está diciendo quién eres; Segundo Scipión, segunda vez digo, sin ofenderte, que ser segundo a tu padre es ser primero a tus gentes, esa inmensa población que entre villajes silvestres yace, por su planta altiva, por sus abundancias fértil, por su puerto inexpugnable y por sus murallas fuerte, es la segunda Cartago (que hoy este número tiene no sé qué prerrogativas, que no hay donde no le encuentre). Sus primeros fundadores fueron los cartagineses que de la primer Cartago de África su orgullo ardiente trajo a conquistar a España, y como los accidentes de la milicia no obligan a ser vencedores siempre, para retirada suya, sitio eligieron que fuese árbitro de tierra y mar, y así, poblaron en este, que de una parte anchos mares, de otra montes eminentes, de ráfagas y de embates por sí solos le defienden. Segunda Cartago dije, porque sus hijos, al verse de su patria enajenados y de su cariño ausentes, por engañarse a sí mismos pensando que la poseen, tan regulares tiraron de sus líneas los niveles, de sus zanjas los diseños, que una y otra se parecen no solo en el nombre, pero en su gran fábrica, desde almenas y baluartes a torres y capiteles. Magón, hoy alcaide suyo, viendo cuán altivo emprendes en la herencia de tu padre perpetuar los laureles, pues si él en África pudo triunfar tan gloriosamente de la primera Cartago, con la desastrada muerte de Anibal, de quien vivió mortal enemigo siempre, por cuya grande vitoria el alto renombre adquiere de Scipión Africano, por ser África en quien vence, tú en heroica emulación suya, porque en nada quedes deudor al sacro laurel con que Roma orló tus sienes, en quien las canas del juicio aun antes que nazcan crecen, a conquistar en España la nueva Cartago vienes, queriendo con su ejemplar, que la fama te celebre por Español Scipión; quédese esto aquí pendiente y vamos al caso en que hoy mi voz a enlazarse vuelve. Magón, pues, alcaide suyo, dando a entender, que no teme, por más que el terreno ocupe, por más que el golfo navegue tu armada con tantas velas, tu campo con tantas huestes, ni en sus muros tus escalas, ni en sus puertas tus arietes, sino el asedio, que al fin, al hambre no hay plaza fuerte, por si dando tiempo al tiempo lograr en él consiguiese, que tu ejército deshagan los dos destemplados meses, o el resistero de agosto o la escarcha del diciembre, atenido a aquella ley que entre otras severas leyes dispone la guerra, que no coma quien no pelee, haciendo bienes comunes todos los ajenos bienes, de los víveres de todos proveyó sus almacenes, echando bando de que niños, viejos y mujeres salgan de la plaza, donde la tierra adentro se entren a guarecer, persuadidos a que volverán alegres, no durando tú en sitiarle lo que él dure en defenderse. Yo y las demás que conmigo corriendo fortuna vienen, presumiendo que ese monte escondidas nos albergue hasta que norte la luna de nuestro destino fuese, a él caminábamos cuando una tropa de tus gentes desmandada salió al paso, y no contentos con verse dueños de las pobres prendas que llevábamos, crueles intentaron reducirnos a su esclavitud, de suerte fieros, que el ruego ni el llanto, ni el despecho de la muerte bastaron a no temer que si en su poder... Suspende la voz, no, no la pronuncies, que no quiero que te cueste vergüenza explicar tan noble temor, sin que consideres, que escrúpulos del honor sin que se digan se entienden. ¿Pues cómo, villanos, cómo, infames, viles, aleves, ignoráis el natural respeto que se les debe a las mujeres en todo trance, sean las que fueren? La milicia, que es la corte donde son los procederes el mayor caudal del hombre, pues al de mejor progenie sin mirarle a cómo nace se mira a cómo procede, ¿hacéis choza de bandidos? ¿Con qué valor que le aliente irá hacia lo formidable quien va enseñado a lo débil? Las mujeres, que corona son del hombre, las mujeres, que archivos son de su honor, ¿es justo que se le entreguen a quien, después de entregado, ofenda porque la ofenden? ¡Fabio! ¿Señor? A esas damas restituid en sus bienes, y esos..., a decir soldados iba, pero no merecen tan noble nombre..., a esos ruines hombres, sin que se motejen, porque al fin fueron soldados demás que de descorteses, al son de roncas sordinas y de destempladas pieles, haced, borradas las plazas, que del campo se destierren, que no me harán falta en él, pues no puede ser valiente con los hombres quien no es cobarde con las mujeres: quitádmelos de delante, llevadlos, y agradecedme, villanos, que no quedáis de aquesos troncos pendientes. Por ti, pícaro gallina, esta afrenta me sucede. ¿Por mí? Sí, dime con quién andas, direte quién eres; nunca yo viniera a esto, si tú no me persuadieses. ¿Y es peor ser yo aconsejante que ser tú cito credente? Calla, infame, y en tu vida, ni a hablarme, ni oírme, ni verme te atrevas. No haré, si no es que halle ocasión que me vengue destos baldones. Fortuna, aunque desterrado me eches, yo volveré por mi fama. Vase. Pues es fuerza que me ausente, no habiendo ya pecorea, también lo será que lleve para ayuda del camino cuanto robarle pudiere al villano que en su choza me alojó, sin que le queden aun sábanas en la cama. Vase. Ahora, porque llegue a verse que el castigar a culpados es amparar inocentes, de todos esos villajes, que han de ser nuestros cuarteles, el mejor, más bien parado, y más capaz, se reserve a esas mujeres y a cuantas desamparadas vinieren a valerse de nosotros; y para que nadie llegue a ofenderlas, mandaréis de salvaguardia ponerles siempre una escuadra, y de cuantos víveres, granos y reses, o condujere la armada o el país contribuyere, se las asista, con bando que al que se las atreviere a razón que las enoje o a acción que no las respete, tenga pena de la vida. El cielo tu vida aumente, pues eres fénix de Europa, las duraciones del fénix. Venid donde tan piadosa, tan liberal, tan prudente resolución mi obediencia disponga. Livia, ¿no vienes? No. ¿Por qué? Porque no sé si ha sido acción más clemente, que me destierre Magón que no que Scipión me encierre: ¿para qué quiero encerrada que los hombres me veneren, sino que me chicolíen por donde quiera que fuere? No digas tal, cuando a todas ir diciendo nos compete. ¡Scipión viva! Dentro ¡Scipión viva! ¡Viva y reine! Dentro ¡Viva y reine! Vanse las mujeres y tocan cajas. Oíd, que de tierra y mar distintas voces parece que son en el aire unas y en el eco diferentes. A lo que de aquí se mira, de los fortines del muelle mal defendida la boca, entrando en el puerto viene tu armada; y si no me engaña la vista, entre sus bajeles, que son de velas latinas, redondo buque se ofrece de extranjero mar, según, si la distancia no miente, están banderas de cuadra, flámulas y gallardetes, sin águilas imperiales. Sin duda alguna que debe de ser vaso que ha apresado Egidio. A reconocerle demos vuelta a la marina. Cajas y clarines. Antes, señor, que te ausentes deste sitio, será bien, puesto que tiempo no pierdes, llevar sabido qué tropa de caballos de aquel verde frondoso bosque a nosotros a rienda batida viene. Nuestros son sus estandartes, con que, bien como pendiente acero entre dos imanes, no resuelvo a cuál me acerque. A una parte suenan faenas marítimas y a otra cajas y trompetas, y salen por la una Egidio con Arminda, y por la otra Lelio con Luceyo. Dentro. ¡Amaina, amaina! ¡A la entena! ¡A la escota! ¡Al chafaldete! Dentro. Aquí haced alto y pie a tierra ninguno conmigo llegue a Scipión, sino solo ese prisionero. Dentro. Aferre la áncora y vaya el esquife al agua y ninguno entre en él, sino esa divina hermosura. Dentro. Otra, y mil veces vuelva a repetir la salva. ¡Scipión viva, Scipión reine! Sale Egidio y Arminda. Permite, pues mi fortuna tan feliz me favorece que haya llegado a tus plantas, que humilde, señor, las bese. Sale Lelio y Luceyo. Pues no puedo competir yo a lo que Egidio merece, con solo besar tu estampa es justo que me contente. Lelio, Egidio, bienvenidos seáis los dos y pues los fuertes atlantes de Roma a un tiempo fama y fortuna os ofrece, a Lelio a uno en la tierra el bastón, a Egidio a otro en el mar el tridente, sepa de vuestra arribada qué nuevo bajel es ese, y de vuestra marcha qué nueva tropa es la que viene con vos, que según sus trajes extranjera me parece. ¿No habláis, suspensos entrambos? Espero que Lelio empiece, porque en igual concurrencia, es él a quien se le debe siempre el primero lugar. Aunque no se deba siempre, esta vez le acepto, y ya que es mío, ¿quién hay que niegue que puedo disponer dél?, y así como mío, a ofrecerle a Egidio, con tu licencia, vuelvo. A que yo no le acepte también la darás. Ya sé que vuestra amistad excede a la de Euríalo y Neso, la de Pílades y Orestes, y porque logréis entrambos tan finos afectos fieles, hablad los dos alternados, que no quiero se interpreten ni a desdenes ni a favores que a uno elija y a otro deje, cuando en mi igualdad no hay ni favores ni desdenes. A la invasión de España, yo por el mar y tú por la campaña, con ligerezas sumas, tú ajando flores, yo rizando espumas, tan iguales partimos que nunca de la vista nos perdimos hasta llegar seguros hoy de Cartago a saludar los muros. Viendo sus horizontes sitiados yo de piélagos y montes, porque no hubiese en ellos emboscada me adelanté batiéndote la estrada. Del norte que seguía me divirtió que al despuntar del día un bajel a lo lejos, descubrí. Entre los últimos reflejos yo de la tarde, una lucida tropa de caballos. Y viendo, viento en popa, que el rumbo que traía era a la plaza... Y viendo que volvía a enfrascarse en el bosque... ...el barlovento mi capitana le ganó. ...el intento con que escaparse piensa cortó mi batallón. Puesto en defensa... Puesto en fuga... ...a su anhelo... ...a su deseo escollo fue el avance de mi ofensa... ...rémora fue la amarra de mi arpeo... ...conque, por más trofeo, entregadas las riendas de las bridas a buen cuartel, les concedí las vidas. ...conque rendido a ley de buena guerra, capitulé a remolque traerle a tierra. Venía por su cabo ese gallardo joven; no te alabo su valor, que sería quererle encarecer jactancia mía. Ya apresado, el tesoro que en él topa mi gente, fue en su cámara de popa llorando una hermosura con quien la luz del sol es menos pura. Y para que él te diga quién es, y qué motivo el que le obliga a ocultarse del monte en la aspereza... Y porque nadie ser de igual belleza dueño merece... ...viene prisionero a tus pies. ...en tus manos ver espero la liberalidad y la fineza que a su piedad le debe tu grandeza. a Luceyo. Llega, ¿qué esperas? (Hoy sin duda muero en sabiendo quién soy.) a Arminda. Llega, ¿qué aguardas? ¿Por qué en llegar, fortuna, me acobardas, cuando infelice puedo llevar perdido a tu rigor el miedo si tu mano... (¡qué veo!) Si tus plantas... (¡qué miro!) Al inclinarse se miran los dos, y Lelio repara en ella. (Ciégueme el llanto.) (Ahógueme el suspiro.) (Déjame imaginado devaneo, si es que eres ilusión de mi deseo.) ...besar, señor, merezco. ...tocar logro... ...mi vida a ellas ofrezco. ...en ella mi fortuna no tendrá que envidiar dicha ninguna. Saca Lelio un retrato. (Ella es, si bien cotejo aquel sol a la luna deste espejo.) Del suelo alzad. (No vi más soberana beldad jamás.) Hace Luceyo seña a Arminda. (¿Qué espera mi tirana suerte, pues llega a verle, para hablalle? Pero señas me ha hecho de que calle.) (¡Quién decirla pudiera que quién es y a qué viene no dijera!) (¿Qué no entendido afecto que hasta hoy no supe, con contrario efecto, es este, que él se enciende y él se apaga, pues con lo mismo que atormenta, halaga; mas lo que fuere sea.) Bellísima deidad, cuánto desea curioso examinar el pensamiento quién eres y el intento que a navegar te obliga, excusado será que yo lo diga, pues a luz de tu sol mirarse deja, y así, omitan tus lágrimas la queja, principalmente cuando tu traje y tu beldad considerando, es también fin que en apurarlo llevo saber el tratamiento que te debo. Heroico Scipión, a quien aclama Marte español profética la fama, viendo el valor con que a la edad prefieres, mal te puedo negar, siendo quien eres, el ser quién soy. Di, pues. Escucha atento. Yo... Hácele seña Luceyo de que calle. ¿No prosigues? Cobraré el aliento. Aparte. (Otra vez de que calle me hace señas. Fortuna, ¿en qué me empeñas? Considera que son muchos agravios abrir los ojos y cerrar los labios.) Si el aliento has cobrado, prosigue. Aparte. (Injusto hado, ¿qué he de hacer cuando obliga uno a que calle y otro a que lo diga?) Yo soy... Aparte. (¿Qué he de decirle?) Aparte. (¡Ay infelice! que yerra si lo dice, y si lo calla yerra.) ...hija del... ¡Arma, arma, guerra, guerra! Oye, espera, ¿qué alboroto es ese? Sale Fabio. Que de la plaza, antes que la gente pueda cubrirse fortificada en las líneas del cordón, que aun no han abierto las zanjas, salida hace el enemigo con tan soberbia arrogancia que en doblados escuadrones y a banderas desplegadas, parece que el sitio quiere que se reduzga a batalla. Quien teme el asedio más que el asalto, siempre halla conveniencia en las salidas, pues quedando las murallas guarnecidas, perder gente más que pérdida es ganancia: Lelio, a disponer tus tropas; Egidio, a guardar tu armada, no sea en esta diversión que por otra parte salgan y con máquinas de fuego quemarla intenten. Tú manda, Fabio, que a esos prisioneros, ya que este trance dilata oír sus informes, se pongan fieles soldados de guardia que no los pierdan de vista. Quien me busque, en la avanguardia me hallará el primero. (Afecto ignorado, basta, basta, no hables al alma en idioma que aun no te le entiende el alma.) Vanse Scipión y Fabio. ¡Ay, Egidio, quien tuviera lugar en que desahogara contigo, no sé qué raro suceso que por mí pasa! ¡Ay Lelio, quien te dijera la más nueva, más extraña confusión que ha padecido nadie en el mundo! ¡Arma, arma! Cajas. Mas ya ves con cuanta prisa aquesas voces me llaman. ¡Guerra, guerra! Y a mí estotras. Si de un riesgo,y otro escapan nuestras vidas, hablaremos después despacio. Doblada la hoja quede, a Dios. ¡A Dios! Hado, por más que me arrastras, por lo menos me has cumplido la mitad de mi esperanza. Vase. Estrella, nada me digas, que ya sé que en penas tantas, cumplida mi obligación, cumplir contigo me falta. Vase. ¡Arma, arma, guerra, guerra! ¿Quién, ay Arminda, pensara, que siendo mi mayor dicha el llegarte a ver, trocada la suerte, el llegar a verte fuera mi mayor desgracia? Yo no lo pensara, que es Luceyo, dicha tan rara, que no hay ansia que con verte no alivie las demás ansias. Salen dos soldados. ¡Quién pudiera esa fineza agradecer a tus plantas! Mas no me atrevo, porqué las centinelas de guardia no colijan en la acción lo que no de las palabras colegir pueden, supuesto que nos miran retiradas, y no alcanzan los oídos lo que los ojos alcanzan. Las cajas. ¿Tanto el recato te importa? Sí. Sepa yo con qué causa. Aun no me atrevo a decirla, que si en que hablamos reparan quizá harán juicio de que nos conocemos. Pues haya medio en que hablemos sin que ellos lo entiendan. Como que andas hablando contigo a solas, que yo haré lo mismo, pasa junto a mí, y lo que digamos sea a media voz tan baja que a los dos llegue,y no pueda transcender a su distancia, mayormente interrumpida de voces, trompas y cajas, siempre diciendo a lo lejos... ¡Guerra, guerra, arma, arma! Desaire es que otros peleen y estemos los dos de guardia. Al soldado no le toca más que hacer lo que le mandan. Dura estrella. Hado infelice. Fiero influjo. Suerte ingrata. De su fortuna se quejan. Quéjense, si así descansan, y no estorbemos su alivio, pues verlos desde aquí basta. Tocan cajas y trompetas. Si sabes que de Anibal hijo soy, cuya heredada enemistad de ambos padres, a mí y a Scipión declara tan enemigos que aunque nunca nos vimos las caras siempre nos aborrecimos, instando en ambos la saña, a él por temerse de mí y a mí por tomar venganza... Si lo sé y que ese recelo, mirando cuánto le ensalza en tierna edad la fortuna, te retiró a la Dorada Isla, en que virrey mi padre te favorece y te ampara. Si sabes que en ella tuve la dicha de que llegara a verte, que fue lo mismo que amarte, pues cosa es clara que a soberanas bellezas lo mismo es verlas que amarlas... Eso no sé, mas sé que una estrella influyó en dos almas. No deben de conocerse, pues ni se miran ni se hablan. ¿Qué han de conocerse, él español y ella africana? Si sabes que en este tiempo hube de venir a España llamado al heredamiento de mi celtíbera patria, cuyo estado me atrevió a que a pedirte aspirara a tu padre... También sé que teniendo él en su casa hijo varón, la que había de ser justicia hizo gracia, capitulando contigo el que tú te adelantaras a tomar la posesión en tanto que él aprestaba las nupciales prevenciones de embarcación y jornada, señalando nuestras vistas en Cartago, como raya que es de África y Europa. Pues si eso sabes, ¿qué extrañas que viniendo tú a su puerto y yo a esperarte en su playa tan a un tiempo que es lo mismo hallar la ciudad sitiada, que haber corrido fortuna, yo en la tierra y tú en el agua, tema que Scipión, sabiendo quién eres y quién soy, haga que consigan sus rencores en mi muerte dos venganzas? Mal dije, porque el perderte, y el morir son una entrambas. A este fin te hice la seña de que no le digas nada de quién eres ni quién soy, ni dónde vas. ¿No reparas que así la gente de mar, como la que me acompaña, no sé yo lo que habrán dicho al general de la armada, que al fin, secreto de muchos, o tarde o nunca se guarda, y hará mayor su sospecha mi mentira? Y si no basta esta razón, ¿será bien negarnos a la esperanza de que mi padre no sepa mi prisión y esfuerzos haga a mi libertad? Bien dices, que si tú tu riesgo salvas, ¿qué importa el mío? Quién eres le di, dile con quién casas; muera yo como tú vivas. ¿No será mejor que parta nuestra desdicha el camino? ¿Cómo? Como si recatas tu nombre, y si yo le digo que en tus estados me aguardas, poniendo allá el odio, aquí no pasará a más instancia que lo que tú le dijeres, en cuyo intermedio que abran podrá ser los hados senda, que diga en nuestra desgracia... Dentro cajas y trompetas. Dentro. ¡Vitoria por Scipión! Ya la gente rechazada, no sin gran pérdida suya, vuelve a encerrarse en la plaza. De su cuartel las mujeres, que dél viven amparadas, en muestra de agradecidas salen cantando la gala. Bien en sus ecos lo dice dulce y militar la salva. Música y instrumentos. Dentro. ¡Viva Scipión, y entre voces varias, publiquen su aplauso, digan su alabanza pífaros, clarines, trompetas y cajas! Señores soldados. ¿Qué es, señora, lo que nos mandas? ¿Será contra orden que oyendo que la vitoria se canta por Scipión, al camino mi rendimiento le salga a darle la enhorabuena? Como esotro también vaya con vos, y él a los dos vea, que es lo que se nos encarga, que sea aquí o que sea allá viene a importar poco o nada. ¿Queréis venir, caballero? Sobre ser justo, que haga también yo ese rendimiento, será segunda ganancia el iros sirviendo a vos. ¿En qué vamos? En que salgas tú bien, y yo a mi pesar, también diga en su alabanza... Música, clarines y cajas. ¡Viva Scipión, y entre voces varias, publiquen su aplauso, digan su alabanza pífaros, clarines, trompetas y cajas! Con esta repetición, se entran los cuatro y sale como de una cueva Turpín con un lío de ropa. Vitoria por Scipión dice el eco, pues ¿qué aguarda mi miedo para salir, ya que acabó la batalla, desta cueva, en que escondido he estado, con las alhajas que al villano le robé?, pues aunque tan poco valgan que dellas diría el adagio más vale poco que nada, servirá para el camino, si es que algún marchante halla la desdichada almoneda de tan negra ropa blanca; pero hacia aquí viene gente; entre tanto que ella pasa, vuelva a esconderme, y aun sea en su más obscura estancia, donde nadie pueda verme. Escóndese en la cueva y sale Brunel, con una bandera envuelta en el asta. Ya que fie de mi fama, que ella volvería por mí, y esta bandera ganada al enemigo, me pone en segura confianza del perdón y de la medra, y ahora no es tiempo, entre tanta gente como ha concurrido a dar del suceso gracias, para que pueda hablar yo, en esta cueva guardada hasta mejor ocasión quede, que no es bien que vaya haciendo ostentación della hasta que pueda lograrla sin tanto alboroto y ruido. Vase. Sale Turpín. ¿Banderita y esperanza de la medra y del perdón, y yo sin medio ni traza para uno ni otro? Eso no: troquemos, fortuna, alhajas; y pues la arrojó en lo obscuro, donde si vuelve a buscarla es fuerza que a tiento sea, sirva este tronco de asta en que revuelta la ropa en mayor engaño caiga; y agora, por si volviere a ver lo que halla y no halla, no me encuentre antes que logre su pérdida y mi ganancia; pues todos por aquí vienen, haya bulla o no la haya, sin perder tiempo será bien que al camino les salga, diciendo con todos por si en mí repara... Cajas, clarines, y música. ¡Viva Scipión, y entre voces varias, publiquen su aplauso, digan su alabanza pífaros, clarines, trompetas y cajas! Vase. Con esta repetición van saliendo todas las mujeres cantando y bailando, y todos los soldados, Arminda, Luceyo, Egidio y Lelio, y Scipión detrás de todos. No prosigáis, que aunque estimo de vuestra festiva salva el afecto, también siento que anticipéis la alabanza: rechazar una salida no es vitoria, es circunstancia de las muchas que consigo trae la guerra; mas no pasa a graduarse por triunfo con los méritos de hazaña. Magón es tan cortesan, que mirándome en campaña, a darme la bienvenida quiso que su gente salga; y ansí, guardad el aplauso para el día que yo vaya a pagarle la visita dentro de su mismo alcázar. Entonces y ahora, señor, es justo con vidas y almas mostrarnos agradecidas a tu piedad. Que a ella añadas la que has de tener conmigo, también humilde a tus plantas te suplico yo. Y yo a ellas espero ver qué me mandas. Ya que paréntesis fue la salida a la deseada noticia de que yo sepa quién eres, y adónde pasas, será justo que prosigas la relación que empezada quedó. Después hablaréis vos, español. (Amor, gracias te doy, sobre haberla visto, de saber quién es.) (Aunque haya sabido ya de su gente quién es y a qué fin se embarca, atienda a lo que ella diga, por si finge o no.) ¿Qué aguardas? di, pues. (No entendido afecto, ¿qué nieve es esta o qué llama, que abrasa como que hiela y hiela como que abrasa?) Yo, heroico Scipión, que el cielo edades prospere largas, logrando en tu claro día la aurora de su mañana tantos triunfos que volando tu renombre con las alas del águila de dos cuellos, de oriente a poniente esparza no solamente en los bronces de sus esculpidas tablas tu eterna memoria, pero de tu persona la estampa, para que en humano culto te veneren y te aplaudan, como Roma primer cónsul, el orbe primer monarca, hija soy de Curcio, que hoy, virrey de la Isla Dorada por el africano imperio, la rige, gobierna y manda. Quítase Scipión el sombrero. Mi nombre es Arminda; el fin que de sus brazos me aparta es haberme dado estado, por conveniencias que él guarda en sí, sin tener yo en ellas ni elección ni repugnancia, que mujeres como yo se casan porque las casan. Luceyo, hijo de Anibal, que por su madre, heredada hoy la Citerior provincia goza, que el Ibero baña partiendo jurisdiciones entre Celtiberia y Galia, es el esposo; y porqué allá por no sé qué causas, que como se heredan dichas, también se heredan desgracias, obligado vive a que de sus límites no salga, en las capitulaciones que firmaron fe y palabra, fue condición que mi padre me condujese hasta España, a cuyo efecto, a la sombra de las venerables canas de Máximo, hermano suyo, con la familia y la casa que viene en séquito mío en ese bajel me embarca. La derrota que traía, era arribar a la playa de Cartago, no en fe solo de la tranquila esperanza del abrigo de su puerto por los montes que le guardan, sino en fe del pasaporte que en la hermandad y alianza que España y África tienen hoy contra Roma juradas me aseguraban el paso, trayéndole amigas cartas para allanarme el camino; ¿pero qué importa que haya fe en los hombres, en los vientos paz y quietud en las aguas, si no hay quietud, paz, ni fe en la fortuna, que varia sabe hacer que se transforme en tormenta la bonanza? Dígalo... No hay para qué, que en lo que la vista alcanza ahorrar deben los sentidos la costa de las palabras. Fabio, mi tienda, con cuanto menaje, adorno, oro y plata para mí estaba dispuesto, se quede como se estaba para Arminda, que en su obsequio a mi un villaje me basta; y porque en su corto espacio no haga a su asistencia falta, con su tío del bajel toda su familia salga. Vosotras, si agradecidas os veis, ya que no obligadas, por ella más que por mí, asistidla y festejadla, que si en buena guerra al noble prisionero se agasaja, a tan noble prisionera ¿cuánto es más digna la usanza? Y así, pensad que al decoro, a la estimación, la fama, veneración y respeto, no habéis de echar menos nada de cuanto dar de sí pueden hospedajes de campaña, mientras Cartago no sea quien os aloje en su alcázar, desde donde como dueño, ya que hoy conmigo no hablan enemigos pasaportes, hablarán sus circunstancias. Venid, pues, que iros sirviendo es precisa deuda, hasta sus umbrales. No sé como tanta piedad, honra tanta aceptarla o despedirla pueda, porque el aceptarla es obligarme a un empeño a que alma y vida no bastan; y despedirla es un casi desdoro, pues es dejarla, siendo gracia no admitida al riesgo de no ser gracia; y pues en ambos estremos dice más el que más calla, hable el silencio por mí. Y aun por mí, que en muda calma, no sé, discreta y hermosa, qué para deidad te falta. (¡Ay de quien duda si tanto favor es dicha o desgracia!) Cuanto ha dicho, Lelio, es lo mismo que me declara su gente a mí. Luego, Egidio, hablaremos. (¡Oh villana pasión, hija de la envidia! ¿Por qué has de sentir que vaya en busca de mi enemigo una ventura tan alta? Mas yo te divertiré, por si de cansar te cansas.) Español, porque no quede pendiente adelante nada, mientras voy sirviendo a Arminda, quién eres y con qué causa ocultarte pretendías o defenderte pensabas, me ven diciendo. (¡Ay, Luceyo, si el empeño en que te hallas quiso el odio que en él entres, quiera el amor que dél salgas.) Van andando por el tablado. (No sé que le he de decir, que el mentir es tan no usada frase para mí, que no sé si sabré pronunciarla, si ya no es que amor me dé tan equívocas palabras que sean mentira al oírlas y verdad al apurarlas.) Mi nombre, Scipión invicto, es Uliceo, mi patria esta Citerior provincia, y mi suerte es tan escasa de dichas, que me fue fuerza el que della me ausentara por una muerte, en que tuve poca culpa y mucha falta; conque habiendo de vivir peregrino en tan ingrata tierra como África es para los hijos de España, me hube de valer de arte que siendo aprenderle gala de ociosa juventud, más por agilidad y maña que por profesión, si bien tan noble que aunque le usara por profesión me sería más que objeción alabanza, por ser el de la escultura, para cobrar en él fama, de la diosa del amor labrar intenté una estatua; y aunque elegí la materia tan dura, difícil y ardua como un mármol, con todo eso de mi asistencia a la instancia, de mi afecto a la porfía, y de mi fineza al ansia, el mármol se dio a partido, convertido en cera blanda: tan hermosa, tan perfecta salió que por no injuriarla jamás en precio la puse, tanto porque no pensara nadie en el mundo que había tesoros que tanto valgan, cuanto porque para mí la reservé, en confianza del voto que a su deidad hice de que si a mi patria me volvía, había de ser templo de Venus mi casa, a ella dedicado. Apenas lo ofrecí cuando obligada aceptó, pues a muy pocos días, señor, tuve carta de que estaba ya compuesta de mi destierro la causa, pero que me convenía, cuanto antes pudiese vaya veloz a restituirme en mi hacienda, que embargada quedó, conque fue forzoso tan a la ligera parta que no habiendo nave en que segura osase embarcarla, fleté para mí un jabeque, dejándola encomendada a tan confidente amigo que atento a la vigilancia de no perder ocasión me avisó en postas de Italia, que en la embarcación de Arminda procuraría enviarla, que acudiese al puerto yo de Cartago, como a escala que es de África y Europa, por si era mi suerte tanta que con Arminda viniese el logro de mi esperanza. A este fin me adelanté, no sabiendo que tu marcha sobre Cartago venía. Lo que desde aquí me pasa es tan evidente como que viniendo en camarada de otros, a quien no conozco, ni ellos a mí, al mirar tantas armadas tropas, quisimos valernos de la maraña del bosque. No nos valió, ni a tan superior ventaja el ponernos en defensa, ni osáramos intentarla a saber que era la dicha de haber de besar tus plantas. Di las de Arminda, a quien debes el porte de dicha tanta. No debe, porque hasta ahora no sé que tan soberana encarecida deidad el bajel conmigo traiga, que no había de tomar razón yo de las alhajas que entre las de mi servicio, familia o patrón embarcan. Mas lo que me deberá es que mandaré buscarla, y dársela, pues es suya. Eso a mi fortuna basta. Pues esperadla seguro, español, de que no trata hacer en vuestra conquista todo el poder de mis armas prisioneros, sino amigos, desuniendo la alianza que contra el romano imperio hoy con África jurada tenéis. Esto no es de aquí, pues solo es de aquí que vaya Arminda donde descanse. Ya que en ella has de alojarla, para llegar a tu tienda por aquí hay menos distancia. Ven, pues, y todos venid. Sea nueva consonancia parabién, en que se mezclen su venida y nuestra salva. Norabuena venga la hermosa africana, que presa aprisiona las vidas y almas, y pues Scipión tanto la agasaja, que de prisionera a huéspeda pasa, su vista saluden, a fuer de campaña, resonando en ecos entre voces varias, pífaros, clarines, trompetas y cajas. Con esta repetición, cajas y trompetas, se entran todos por una parte y salen por otra, en cuyo intermedio, sin cesar la música y baile, se mudan los bastidores de villajes en los de tiendas de campaña, cuyo foro será una tienda mayor, con puertas que descubran algunos adornos a lo lejos como sillas, bufetes y escritorios, y a su tiempo entrarán por ella Arminda y las mujeres, quedándose los demás en el tablado. Ya desde aquí se descubre nueva ciudad, que fundada sobre piélagos y riscos a las nubes se levanta en armados pabellones que han transmutado la estancia de rudos villajes en nobles tiendas de campaña. Destas la real de tu corte es esta, señor. Te engañas, Fabio, que si donde está el rey es la corte, es clara cosa que donde está el sol sea esfera. Entra, ¿qué aguardas?, que yo me quedo a su umbral, y dél mi atención no pasa, porque basta que en él quede a ser su posta de guardia. Al que liberal ofrece, si vuelvo a aquella pasada duda, no aceptarle el don es desairarle la gracia, con cuya disculpa, puesto que admitirla es estimarla, usaré della. Aparte. (¡Ay Luceyo!) Aparte. (¡Ay Arminda!) (¿Quién pensara...) (...que mi dicha es tu desdicha?) (...que tu gracia es mi desgracia?) (Pero espera...) (Mas confía...) (...que si en tal pena...) (...en tal ansia...) (...el odio quiso que entres, el amor querrá que salgas.) Al ausentarse... Al partirse... ...sin vida estoy. ...yo sin alma. No la dejéis sola ir, id todas a acompañarla. Sí haremos, una y mil veces diciendo alborozo y salva, sea bien venida la hermosa africana, que presa aprisiona las vidas y almas, y pues Scipión tanto la agasaja, que de prisionera a huéspeda pasa, su vista saluden, a fuer de campaña, resonando en ecos entre voces varias, pífaros, clarines, trompetas y cajas. Con esta repetición, se entran las mujeres en la tienda principal y se cierran las puertas. ¡Qué digna de tu valor ha sido acción tan bizarra! Servir a las damas es, Fabio, deuda tan hidalga, que el ser quien soy me la debe y el ser quien soy me la paga. Vamos a ver en qué forma del recinto que se labra van trincheas y reductos. Dentro Turpín y Brunel, y salen luego asidos a la bandera. Tengo de llegar. Aguarda, que no has de llegar primero, que yo. ¿Cómo que no? Aparta. Ved que es eso. Yo, señor, lo diré. Él no sabe nada; mejor que él lo diré yo, que lo sé todo. Pues habla. Uno de aquellos soldados, señor, que desterrar mandas por aquella femenina pecorea en que nos hallas, soy; en ella me metió ese infame camarada, cómplice en la hablilla que dijo dime con quién andas; viéndome, pues, indiciado de acción tan ruin, vil y baja, de tu enojo y mi destierro apelé para mi fama, y así, en aquesta salida, esta bandera ganada al enemigo, a tus pies traigo. Él, con envidia y rabia de ver que ella en tu piedad, para aclararme la plaza y levantarme el destierro de medianera me valga, impedir quiere que a ellos llegue, y... No es esa la causa, sino que teniendo yo otra bandera guardada hasta tener ocasión de poderte hablar sin tanta gente como te ha seguido, le dije que me esperara que fuera por ella, y juntos llegásemos; él, con gana de ganar las gracias antes, no quiso que yo... Te engaña, que él ni ha tenido ni tiene bandera, porque es un mandria que en toda su vida ha visto al enemigo la cara; y si quieres ver quién es, mándale que te la traiga. Aun bien, que la gruta está cerca, y entraré a sacarla. Vase. ¡Rara competencia! Tales son tus soldados que andan siempre a cuál es mejor. Llegándose al paño. ¿Cómo tanto con ella te tardas? Como está todo esto obscuro; mas ya encontré con el asta. Esta es, señor, mi bandera... ¡mas qué miro! Sale con una sábana revuelta a un palo. Que le falta lavandera a la bandera, pues su alabarla es lavarla. Este debe de ser loco. Antes es cuerdo, pues trata mostrarte que es tan valiente que lidia con dos espadas, pues sacando a la Tizona va a buscar a la Colada. Esta cueva, ¡vive Baco!, sin duda, es cueva encantada: Magiquillo, sal aquí, si eres hombre. Basta, basta, echadme de ahí ese loco; tú, de tu bandera en paga, toma esta cadena, libre ya del destierro. (Tirana pasión, déjame siquiera un breve espacio.) Vase Scipión y Fabio. Bien haya quien sirve a buenos. Y mal quien a coces y patadas no te la quitare. Eso será... ¿Cómo? ...si me alcanzas. Vanse corriendo los dos. ¿No sigues al cónsul, Lelio? Es mi pena tan extraña, que para nada me deja elección. A mí me pasa lo mismo; y pues entretanto que al ataque de la plaza da vuelta falta no hacemos, aquella hoja que doblada quedó desdoblemos. Dime tu pena, alienta y descansa conmigo, porque contigo descanse yo. Oye, y sabrasla. Un extranjero pintor murió en Roma, y yo por ver cuánto el pueblo encarecía el primor de su pincel, fui a su almoneda y entre otras curiosidades noté en un espejo el retrato de una divina mujer; pregunté al hijo quién era y él me respondió: “No sé, que nunca mi padre dijo el dueño; lo más que dél supe fue que su hermosura por rara le movió a ver si la suma perfección se retrataba tal vez”. A esta general noticia, quizá por encarecer su habilidad, añadía a los del arte que fue retrato copiado al aire, paseándose en un vergel, y que a no decir quién era le obligaba el no romper la fe y palabra jurada que dio al que le escondió en él. Yo (ya lo dije) por sola curiosidad le ferié estimándome el buen gusto de tenerle en mi poder. Cuantas veces le miraba, que eran muchas, sin saber la causa, sentía un pesar, que a manera de placer era molestia primero y complacencia después, que como estaba en cristal y por los claros que en él dejaba el matiz sin mancha yo me miraba también dentro del mismo cristal, di en dudar u di en creer si del desdén y el favor jeroglífico era, pues permitir la cercanía sin volver el rostro a ver quién estaba a sus espaldas daba en enigma a entender el favor en que la viera y en no verme ella el desdén. En fin, para no cansaros, siendo yo verdad de aquel mentido adagio que dijo amar sin saber a quién, mi mayor batalla era el procurarlo saber, y hoy es mi mayor batalla haber sabido quién es. ¿Hoy lo habéis sabido? Sí, y a tan mala ocasión que saberlo y saber que es de otro es dejarlo de saber. Aparte. (¿Saberlo y saber que es de otro? ¿Qué fuera (¡pena cruel!) que fuera Arminda, que entrambas señas la convienen bien? Por sí o por no, declararme con él es fuerza, porque él no se declare conmigo.) ¿De qué os suspendéis? De que haya amor donde no hay vida, y donde no hay alma, fe. Monstruosidades de amor a cada paso se ven. ¿Y a quién las monstruosidades no dan horror? ¡Ay de quien adora una realidad que su monstruosidad es el ser monstruo de hermosura! Apresando ese bajel, en su cámara de popa fui yo el primero que entré porque muriera el primero al ver entre el rosicler de arreboles de cristal segunda aurora llover uno y otro hilo de perlas sobre uno y otro clavel; hermosa estaba y llorando, que es ser hermosa otra vez, una deidad... Esperad, no prosigáis, que no es bien que quede por monstruoso mi amor sin satisfacer a la objeción, y queráis que entre en el vuestro antes que quede disculpado el mío. Aparte. (Declarareme con él antes que él se me declare.) ¿Qué disculpa puede haber a idolatrar un retrato? La de dejárosle ver. Dale el retrato. Ved si es bastante disculpa. Bastante disculpa es. Pues aún es más que bastante si añadís a ella que en fe de que Scipión no quiera que casando con quien es su enemigo, él y su padre unan poder a poder, y en premio de mis servicios, ya que en su poder la ve obligada a su obediencia me la otorgue por mujer. Sobre esa razón milita, ya que es tan forzoso haber de hablar claro, otra que yo tengo y vos no la tenéis. ¿Qué razón? Que ya fue mía el día que la apresé y no habéis de querer vos hermosura que mía fue. Antes que vos la apresarais la amaba yo; luego es más antiguo amor el mío y es más fácil de vencer que un amor de muchos años un amor que nació ayer. No son pleito de acreedores las damas, para tener antelación. Ved que soy vuestro amigo. Yo también, y para que lo veáis, servid, amad, mereced, galanteándola los dos, y obre fortuna después. ¿Competidores y amigos? Eso no. ¿Por qué? Porqué mi alma, mi vida y mi honor, mi hacienda y todo mi ser es de mi amigo; mi dama solamente no lo es; y el que la mirare crea que soy su enemigo. Pues ya yo lo llevo creído. Esperad. ¿Qué me queréis? Que me volváis mi retrato. ¿Cómo le puedo volver? Y más a quien no es mi amigo; y así, ved cómo ha de ser, porque yo no le he de dar. Ni yo volverme sin él. Pues porque no presumáis que le intento defender con la ventaja de estar en mi mano, le pondré (perdone el culto de dama) entre el vario rosicler destas plantas, que la sirvan de tapete y de dosel. Ahí le tenéis, ved ahora cómo cobrarle emprendéis. Desta suerte. Empuñan las espadas y sale Scipión. Que el retrato... ¿Qué retrato? ¡Hado cruel! ¿Empuñadas las espadas? ¿Qué es esto? Yo no lo sé. Ni yo tampoco. Pues yo desta suerte lo sabré, sin decírmelo ninguno ya que ambos no lo sabéis. Levanta el retrato. ¿Qué miro cielos? Egidio, vos a la armada volved; vos a vuestra tienda, Lelio; y el uno y otro atended que este duelo, sea el que fuere, queda en mí, y que yo daré el retrato a quien le estime y no le arroje otra vez. Señor, yo... si... Bien está. Si yo, señor... Está bien; idos digo. Vil fortuna... Fiera suerte... ...estrella infiel... ...¿no te bastaba quitar... ...¿no te bastaba perder... ...el más verdadero amigo sino el retrato también? Vanse los dos. ¿Otro torcedor, fortuna, a una pasión tan cruel que yo solo he de sentir y nadie la ha de saber? ¿Pues cómo... mas esto quiere más espacio; y así habré de remitírselo al tiempo, a que él lo diga después. Jornada II Múdase el teatro de las tiendas en el de fuego y salgan las mujeres con las voces siguientes, atravesando el tablado por diferentes partes. Dentro. ¡Fuego, fuego! ¡Al monte! ¡Al valle! ¡A la marina! ¡A la selva! ¡Piedad, cielos! ¡Favor, dioses! Sale Livia con una caja. ¡Ay desdichada belleza! ¿Quién te trajo a que tostaras tez tan blanca, pura y tersa, como Dios te dio? Mas no te aflijas, puesto que llevas contigo de tus tesoros el caudal. Vase. Sale Turpín. ¿Puesto que llevas contigo de tus tesoros el caudal? Iré tras ella a quitársele, que no será esta la vez primera que el que acude a apagar fuego no acuda a apagar la hacienda que se halla desmandada. Vase. Dentro. ¡Fuego, fuego! Dentro. ¡A tierra, a tierra!, y sígame el que pudiere, que es el cuartel que se quema el de Lelio, cuya vida hoy más que nunca me empeña en su socorro. Sale Scipión y Fabio deteniéndole. Señor, ¿dónde va? Donde no vea que abortados desde el muro rayos de embreadas flechas que alquitrán y azufre forjan artificiales cometas, rasguen el aire a diluvios de llamas que el campo enciendan y perezcan mis soldados sin que con ellos perezca. Más tu vida importa que todo el ejército. Deja, y más al ver que de aquel cuartel, vanguardia primera de Lelio, a mi tienda pasa el fuego, que a sacar della acuda a Arminda, no digan que solo tuve clemencia para hospedarla y no tuve valor para socorrerla. ¿Quién lo ha decir de ti? Fabio, aparta. Señor. Suelta. No he de dejarte, por más que oigas en voces diversas. Dentro. ¡Piedad, soberanos dioses! Dentro. ¡Piadosos cielos, clemencia! Salen por una parte Luceyo con Arminda en los brazos, y por otra Egidio que saca a Lelio. Alienta, Arminda, y respira... Respira, Lelio, y alienta... ...que ya estás segura. ¡Qué ansia! ...que ya en salvo estás. ¡Qué pena! ¿Quién me da la vida? Yo. ¿Otra dicha? ¿Otra tragedia? ¿Qué es eso, Egidio? Español, ¿qué es eso? Que al ver que vuelan en culebrinas de fuego las encendidas pavesas llevadas del viento hasta prender el fuego en tu tienda, y que a todas las mujeres arrojaba el susto fuera desalentadas sin que saliese Arminda con ellas, me atreví a entrar donde hallé su peregrina belleza rendida a mortal desmayo, ni bien viva ni bien muerta, con que cortesano el riesgo, dando al decoro licencia, con ella cargué en los brazos. Viendo yo que el cuartel era de Lelio el que se abrasaba... Aparte. (Ya que no hice una fineza, mantengámonos en otra, porque entrambas no se pierdan...) con la gente que del mar sacar, señor, pude a tierra, a su socorro acudí. Tal, que sin él pereciera, pues de improviso asaltado con el humo que me ciega, y la luz que me deslumbra, perdí el tino de manera que le he debido la vida. Más que eso, a poder, hiciera por ti. Aparte. (¿Tanto rompimiento ayer, y hoy tanta fineza, y en mi poder el retrato? Mas tampoco esta materia de aquí es.) Ya que el cielo quiso que a Arminda y Lelio no pierda, a que el incendio se ataje acudamos. Salen soldados. Ya está hecha por tus invictos soldados, señor, esa diligencia, pues cortado el fuego en zanjas no a poca fatiga abiertas, consumiéndose en sí mismo yace en apagada hoguera que alimentada en su ruina ahúma tibia y arde lenta. Y no es tanto el daño como se presumió; muy apriesa verás toda la campaña a sus pabellones vuelta. Pues si aquese empeño, ya que no hace paces, da treguas, bien será, español, y bien, Egidio, será que vuelva a que envidioso de entrambos y obligado a entrambas deudas me dejáis. La mía, señor, justo es que se la agradezcas, que a ti te guardó mi vida, pues es tuya. Aunque lo sea la mía también, no señor, tienes por qué agradecerla; que ya ese agradecimiento la amistad puso a su cuenta. Está bien; y pues de una la amistad me desempeña, desempéñeme de otra el que por ti, Arminda, tenga de su adorada deidad el premio en la estatua bella que aguarda. Ya hubiera yo entregádola, si hubiera estado en mi mano, pero hasta agora no sé della, Aparte. (Y es verdad, pues que no sé de mí), que no habiendo a tierra salido, señor, mi tío, hasta que el patrón entrega haga del cargo que trae no ha sido fácil que sepa si viene o no. Pues en tanto que él su esperanza entretenga, será bien que tú te cobres del pasado susto. Fuerza será (¡ay de mí!) que me valga de esa piadosa licencia, porque tan desalentada, tan confusa, tan suspensa me tiene el pasmo, que temo que balbuciente la lengua, titubeado el labio, torpe la voz y la vista ciega, al corazón desamparan, pues cuando... si... Cae desmayada en brazos de Luceyo. Helada y yerta cayó en mis brazos. Aparte. (Porqué en ellos cobres la deuda siendo abrazo de cariño el que antes fue de violencia.) (¡Qué felicidad!) (¡Qué ansia!) (¡Qué sentimiento!) (¡Qué pena!). Arminda... ¿pero qué digo? Fabio. ¿Qué me mandas? Lleva a tu tienda a Arminda en tanto que a restaurarse mi tienda vuelve en sus adornos. Todos iremos, señor, con ella. No hay para qué. El español basta, con la consecuencia de que merezca llevarla, pues que mereció traerla. Ven, pues, conmigo, que yo te ayudaré. Aparte. (Arminda bella, ¡ay lo que me debes!) (¡Ay, Luceyo, lo que me cuestas!) Vanse los tres. Aparte. (¿En mi silencio, fortuna, no me bastaba la pena de la resistencia mía sin la de la resistencia de la plaza?) Salen Turpín y Lelio asidos de la caja de Livia. Suelta digo, ladrón, la caja. ¿Qué es suelta, si a que se la guarde el dueño me la ha entregado? No mientas, que yo alcancé a ver que tú se la quitabas por fuerza. Quien miente, miente. ¿Tú a mí desmentirme? Dale una bofetada a Turpín. Tómate esa. Nunca tomo lo que doy. Ved que voces son aquellas. Que quien malas mañas ha no es posible que las pierda: ese ladrón a una pobre mujer... Señor, no le creas. Callad vos, que ya yo sé que son locuras las vuestras; di tú. A una pobre mujer que del fuego con aquella caja iba huyendo, llegó a quitársela; yo al verla que iba llorando le dije que era cosa muy mal hecha; respondiome no sé qué que me obligó a que le diera tan gran bofetada. ¿Tú a mí, infame? Sí, por señas de que, si mal no me acuerdo, pienso que fue a mano abierta, que a ser a puño cerrado no hubiera quedado muela que no hubieras escupido. ¡Hay tan grande desvergüenza! Haced que al instante a ese ladrón dos tratos de cuerda le den; toma tú esa caja: vete volando con ella a la mujer que de ti fio que tú se la vuelvas. Sí haré. (Bien dijo quien dijo “Dios me de mala pendencia y buen coronista”.) Vase. Mira, señor. No aquí te detengas. Huye, pues te doy escape. No es buena partición esta, que él lleve la bofetada y a mí me quede la afrenta. Vase. (¿No te bastaba, fortuna, vuelvo a repetir, la pena de la resistencia mía, sin la de otra resistencia?) ¿A mí, cielos, el desaire de ver abrasar mi tienda? Nunca desaires han sido hostilidades de guerra; antes para el vencedor son lauros, pues cosa es cierta que nunca vence con gloria el que vence sin defensa. Estas máquinas de fuego, ardides, estratagemas, minas y emboscadas, son el crisol en quien acendra sus quilates el valor. Aparte. (Aunque es forzoso que vengan tales frangentes, también es forzoso que se sientan, y más yo, que si hubo quien entre dos aguas padezca yo padezco entre dos fuegos, el que abrasa y el que hiela, sin saber cuál es peor; ¿habrá quien de uno siquiera aliviarme pueda?) Sale Flavia. Yo hablarte, señor, quisiera a solas, que el atreverme a llegar a tu presencia no ha sido acaso, sino quizá importancia. Aparte. (¿Qué fuera que esta supiera el secreto del retrato y la pendencia que a preguntar no me atrevo a nadie, porque no sepa nadie de mí lo que yo de mí no sé; y si es que ella, sin que yo se lo pregunte, viene a decirlo, ¿qué esperan mis dudas?). Pues tanto importa hablarme a solas, la vuelta tomemos; di, pues. Escucha. Éntranse los dos como hablando. Pues haciendo la deshecha de ir con la mujer hablando, aun sin mirarnos se ausenta, no quiere que le sigamos. Notablemente cautela no darse por entendido del retrato y la contienda en que a los dos nos halló. Es la mayor excelencia de un príncipe en sus motivos saber obrar con reserva, y ya que me da lugar a que agradecido... Espera, que no tienes de qué estarlo, que lo que obran mi nobleza y mi amistad por sí mismas que ellas mismas lo agradezcan me basta. A ti sí, mas no a mí; que es acción diversa que tú no me lo permitas o que yo no te lo ofrezca; obligado estoy de ti y he de... Que la voz suspendas te ruego otra vez, y si es que agradecido te muestras, selo, mas no me lo digas, que no quiero que se entienda que merchante de amor hice granjería la fineza; salga de ti el estimarla y no de mí el proponerla, que lo que obres o no obres lo ha de decir la experiencia. Quizá no podrá. ¿Por qué? Porque habrá quien la enmudezca; agradecer como puedo es reconocer la deuda, mas como no puedo, no, que es también acción opuesta en orden a obligaciones en que domina una estrella, sin saber si he de cumplirlas arrojarme a prometerlas; la vida te debo, y... Tú dices lo que no dijera yo jamás; y ya una vez pronunciado de tu lengua, siendo quien lo olvida yo y siendo tú quien lo acuerda, dime, ¿es justo que hombre en quien concurren tantas excelsas prendas de honor, sangre y fama, confiese que a otro hombre deba tener vida, y luego para hacerle pesar la tenga? No, mas tampoco será generosa acción suprema el darla para quitarla, obligándole a que muera a manos de otro dolor; con que es forzoso que pierda también las prerrogativas de honor, fama, sangre y prendas. No es mucho dolor borrar una imaginada idea. Ni mucho desistir de una tan recién nacida pena. Recién nacida, o no, es realidad y no apariencia. ¿Ser apariencia qué importa, si es realidad su dolencia? Eso es locura. Y esotro es desta locura el tema. No nos vamos empeñando en demandas y respuestas; tú verás, Lelio, lo que ser quien eres te aconseja. También el ser tú quien eres te dirá si es bien que pierda por ti el retrato, y por ti el original. Si esa vaga lejana esperanza es fundada en la propuesta de que Scipión quizá te satisfaga con ella tus servicios, ya te dije entonces que en mí la mesma razón milita; y ahora, porque quizás te convenza, añado cuánto intratable cosa es romper por belleza que sin saber nuestro amor, está en que quiera o no quiera Scipión que case o no case dentro o fuera de su tierra; y ansí, pues esto han de hacer o la fortuna o la estrella, siga cada uno la suya. A eso di yo por respuesta que en la dama no hay partido, tenga esperanza o no tenga, sepa o no sepa mi amor: en interviniendo ella es primer móvil que a todos tras sí arrebatados lleva, sin dejar al albedrío más sentidos, más potencias, más alma, vida, ni ser, que adorarla sin quererla. Eso es querer que volviendo a la plática primera vuelva ella al primer duelo. ¿Dígote yo que no vuelva? Pues si ha de volver, ¿qué aguardas? Pues si ha de volver, ¿qué... Sacan las espadas, y sale Scipión y Flavia. Espera, que luego proseguirás, Flavia. ¿Qué es esto? ¡Qué apriesa volvió a doblarse el acaso! ¿Qué mal hay que solo venga? ¿Qué es esto?, digo otra vez; mas no, no me deis respuesta, que yo me sabré buscarla. Mira a un lado y a otro. ¿Qué hay que mires? ¿Qué hay que veas? Si hay por aquí otro retrato, puesto que hay otra pendencia; y que le haya o no le haya, que esto al decoro se queda de quien es y de quien soy, agradeced que no inquiera la causa y que no la sé porque no quiero saberla, pero no quiero tampoco dejar de valerme della. Llega, Flavia, di a los dos lo que a mí a solas me cuentas, pues son los dos a quien más les tocan tus advertencias. (¿Qué le habrá dicho?) (Sin duda ella oyó algo, y él intenta que ella lo diga por no decirlo él.) ¿Qué es lo que esperas? Di, pues. Que atentos me escuchen. Ponga amor tiento en tu lengua. Las mujeres de Cartago, esa ingrata patria nuestra, que más madrastra que madre, aborrecidas nos echa de sí con el vil pretexto de que nuestro valor sea solo para la paz útil y no útil para la guerra, por una parte ofendidas del bando que nos destierra y agradecidas por otra al valor que nos alberga, solicitamos que el mundo en nuestro despecho vea que donde hay hombres que agravien hay mujeres que se vengan, y así, de parte de todas, para que el despique tengas y Magón tenga el castigo de haber tocado en tu tienda de su arrojadizo fuego aun la más leve centella, vengo a decirte por dónde esa incontrastable fuerza que montes, muros y mares tan a todas partes cercan, para padecer asaltos tiene su menor defensa. Esta es la puerta del mar, porque como sobre arena corre su cortina, a tiempos derrubiada suele en quiebras ruina amenazar, que es como estaba cuando la nueva la llegó de que tu marcha a ella doblaba la vuelta, conque mal terraplenada por de dentro y por de fuera no más que unida, dejó facilitada la brecha de tus arietes al choque de sus aceradas testas, de suerte que si a un costado haces frente de banderas, y a escala vista dispones que tu ejército acometa, es preciso que con todo su grueso a impedirte venga, a cuyo tiempo, si mandas que saque su gente a tierra la armada y por ambas partes acometido, le estrechas, será preciso también que divididas sus fuerzas, hayan de flaquear; y más si tú a su principal puerta de retén das vista para recrutar donde convenga; y para que no presumas, que el empeñarte es cautela, haciéndonos sospechosas ser contra la patria nuestra, todas tomaremos armas y todas en tu defensa moriremos, porque el mundo, aunque a repetirlo vuelva, vea cuánto miente quien de cobardes nos moteja y de desagradecidas, pues verá cuánto resueltas, ya fieramente apacibles, ya apaciblemente fieras, damos asumpto a la fama, para que en plumas y lenguas diga en nuestro manifiesto a las edades eternas que en favor de quien nos honra y contra quien nos afrenta hubo mujeres que lidien y mujeres que agradezcan. Vase. Cuando esto una mujer dice ved si será heroica empresa a vista del enemigo blandir las cuchillas vuestras contra vosotros primero que contra él. Las dos cabezas que allá el águila de Roma ciñó de imperial diadema, ¿neutral índice no son, que mira a las dos esferas de la tierra y de la mar? ¿Pues cómo haciéndoos en ella, a ti de la mar Neptuno y a ti Marte de la tierra, antes de ir a las vitorias anticipáis las tragedias? Dejad, pues, dejad enigmas de odio y amistad compuestas, no me obliguéis a que yo diga lo que siento dellas, que quizá es más que pensáis; y pues da desde tan cerca la mural corona voces al primero que acometa y fuerce la línea al muro, Lelio, en formadas hileras los tercios y batallones de pertrechos se prevengan para el asalto; tú, Egidio, cuando cajas y trompetas te avisen de que ya está la embestidura dispuesta, echa tu gente en la playa, que no es justo que te vean hasta que en segundo abordo segundo peligro sientan, que yo a vista de los dos estaré con la reserva del cuerpo de la batalla, a opósito de la puerta para acudir a quien más lo necesite, y pues esta es la obligación que os llama para hacer mi fama eterna, no se diga de vosotros que abandonasteis la vuestra a Roma ingratos, y omisos a los puestos que os entrega, donde hay mujeres que lidien y mujeres que agradezcan. Vase. Lelio... Egidio... Puesto que ir a nuestros cargos es fuerza, sepamos cómo los dos vamos. En cuanto a la guerra tan amigos como antes. ¿Y en cuanto a la paz? En ella como antes enemigos. Norabuena. Norabuena. Pues a Dios. A Dios, que ampare tu vida. Él te favorezca. Que una cosa es nuestro honor y otra nuestra competencia. Vase. Córrese el teatro del fuego y vuelve a verse el de las tiendas de campaña, y salen Fabio, Luceyo y Arminda. Ya que cobrada quedáis del desmayo, aunque no bien hospedada, en parabién de la salud que gozáis, a ganar con Scipión las albricias volveré, con vuestra licencia. Que tales vuestras honras son, le podéis también decir, que solas ellas pudieran suplir las suyas. Si fueran lo que hubieran de suplir deseos, bien juzgo yo que en ellos no me excediera; y porque sé que me espera con este cuidado, no me detengo más. Con vos sirviéndoos, señor, iré. Quedaos, que no es justo que sin el uno de los dos quede, por si repetido vuelve el desmayo, que tenga quien con cariño prevenga su alivio, que como ha sido nueva familia la mía, con ella se extrañará y por lo menos, tendrá conocida compañía con vos. ¿Cómo he de dejar de iros sirviendo? Con ver que os lo ruego yo. Vase. Por ser gusto vuestro, a mi pesar, obedeciéndoos, no os sigo. ¡Ay, Arminda!, ¿quién creyera que el ruego menester fuera para quedar yo contigo? Gracias a aquel fingimiento que a Scipión dijiste, pues él te tiene aquí. Y él es mi alivio y mi sentimiento; mi alivio porque te veo; mi sentimiento porqué qué pueda durar, no sé, cuando por tan fácil creo en tanta gente extranjera como al sitio ha concurrido ser de alguno conocido, y doblar desdichas fuera que sobre el odio heredado el del engaño aumentara, y si a este fin me ausentara, dejara en ti mi cuidado y en él el del fingimiento, viendo que la ausencia mía, antes de ver si venía la estatua, mudaba intento, con que de estarme ya ves el peligro, y de ausentarme el dolor; y pues quedarme o irme un mismo riesgo es, quedarme expuesto a la muerte es el que habré de elegir, que no es dejar de morir haber de vivir sin verte. En una, y otra fatiga, un consuelo solo el cielo me permite. ¿Qué consuelo? Ese papel te lo diga, que en secreto recibí de un hombre del mar después que no te vi. ¿Cúyo es? De mi tío. Dice así. Espera antes que le leas. Livia. Sale Livia llorando. ¿Qué es lo que me quieres? Que ya que tú sola eres la que asistirme deseas más que todas las demás, pues al entrar vi que has sido la que hasta aquí me has seguido, a esa puerta avisarás, si vuelve Fabio. Sí haré. ¿Lloras? Presumo que sí. ¿Qué te ha sucedido, di? Cuando del fuego escapé, una caja en que tenía todo mi caudal librado, un demonio de un soldado (¡ay pobre belleza mía!) llegó, y me la arrebató y huyendo se fue con ella. No llore, satisfacella podré con el tiempo yo. Haz lo que digo. Sí haré. Vase Livia. Ahora que, aunque Fabio venga, no habrá sospecha que tenga de hallarte leyendo, lee. Lee Luceyo. ¿Es poco la brevedad del amor y autoridad con que ha de cuidar de mí mi padre? ¿Fuerza no es que contra nuestro destino haya de buscar camino a mi libertad? Y pues en este breve intermedio, el que seas conocido es tu riesgo, yo te pido (porque a gran mal gran remedio) el que te ausentes, que cuando ponga en sospecha tu ausencia no es la sospecha evidencia. ¿Eso dices? Sí; llorando te pido que prisionera, sin el consuelo de que te vea me dejes, en fe de que ella es tan verdadera como infelice mi suerte; pues también sabrá sentir, que no es dejar de morir haber de vivir sin verte. ¿Que mi ausencia, Arminda, quieras, porque a mi vida importó? Quisiera decirlo yo y que tú no lo dijeras. No desdice a lo que siento ver que tu ausencia no impida, que donde importa tu vida, ¿qué importa mi sentimiento? Importa haber de sentir, si en mis hados infelices eso mismo que me dices me dejaras de decir. Pues si el decir y el callar uno mismo viene a ser, habrá de darme a entender el idioma del llorar, que ni es callar ni decir. Antes el llorar de un modo lo dice y lo calla todo. Pues ¿qué medio he de elegir? El de mi tirana suerte. Ya sé cuál es. Repetir que no es dejar de morir haber de vivir sin verte. Salen Fabio y Livia por diferentes partes. Y pues mi ausencia conviene... ¿Y pues mi ausencia conviene? Fabio, sin que le vea yo, por otra puerta se entró. (Por si algo escuchó, previene mi ingenio disimular. No te des por entendida, Arminda, de su venida.) Lo que os debo suplicar, es, que si mi estatua bella parece, la guardéis vos. Id con Dios. Quedad con Dios, que yo volveré por ella. Señor, ¿tú estabas aquí? Envíame Scipión a que dé satisfación a Arminda. ¿Scipión a mí? De no haberte visitado en el nuevo alojamiento, porque a otras cosas atento le tiene el nuevo cuidado de haber de satisfacer... Mas no importa agora esto, ¿por qué vos os vais tan presto?, que, a lo que pude entender, os estabais despidiendo los dos. (Forzoso es fingir.) (Cielos, ¿qué le ha de decir?) Sí, señor, irme pretendo, por no verme desairado, que si intenta Scipión alguna heroica facción no sé a qué estoy obligado: él, con ser su prisionero, a que aguarde mi deidad, me deja en mi libertad; si tomar las armas quiero en su favor, soy traidor a mi patria; si en defensa suya, es de Scipión ofensa ser ingrato a su favor; si la neutralidad sigo, a andar solo me condeno, porque el neutral nunca es bueno para amigo ni enemigo; y en fin, señor, suspendido, viendo pelear sin pelear, es dejarme motejar de cobarde; conque ha sido el ausentarme el mejor medio, y así de irme trato, por no ser neutral ni ingrato, ni cobarde ni traidor. Como le debo la vida, Aparte. (Esto es que de mis enojos no digan algo los ojos) confieso que enternecida me deja verle partir, sin que el corto tiempo quiera ver si la deidad que espera viene o no. Verte sentir con tanta causa que a él, dándole su estatua en paga, su deuda no satisfaga tu vida, y luego cuán fiel, atento a su pundonor, no hay conveniencia que aguarde, por la nota de cobarde, de ingrato ni de traidor, me pone en obligación de aplicar un medio en que seguro ese tiempo esté de la una y otra objeción. ¿Qué medio? Estar retirado aquí, pues que con no verle no hay ninguna que ponerle. De tu favor amparado claro está que mi opinión, señor, siempre queda bien. Gracias mis brazos te den por tan nueva obligación. Venid, que yo entre mi gente mandaré que oculto estéis. Vase. Un esclavo en mí tendréis. El cielo tu vida aumente. ¿Qué dices? Que nuestra suerte se enterneció... Sí, al oír, que no es dejar de morir haber de vivir sin verte. Vanse los dos y sale Livia. Ya que aquí fue mi venida consolar con el favor de Arminda el sumo dolor de mi hermosura perdida, pues sola pude quedar, un soliloquio he de hacer, que a una afligida mujer ¿quién quita el soliloquiar? —Deshermoseada belleza. —¿Qué quieres, señora mía? —Que digas a mi tristeza noche y día: “perdí mi bien, perdí mi compañía”. Sale Turpín huyendo, con la caja. Mujer, quien quiera que seas, (perdona en estilo hablar de fantasma), si estorbar una desdicha deseas, un hombre que me ha seguido y con más de ochenta viene darme la muerte previene, ¿dónde estar podré escondido mientras tú a decirle sales que aquí no entré ni salí? Aparte. (¿No es mi caja aquella? Sí. ¡De buen sagrado te vales! Mas si quitársela quiero, sola estoy, también huirá de mí o quizá me dará con algo; cobrarla espero, valiéndome del que huyendo viene.) Retírate aquí; seguro estás, pues de mí te fías. Vase Livia. Sacar pretendo, pues ya abierta la tenía, y echarme en la faldriquera algunas joyas siquiera, y dejársela vacía en pago de la piedad, y de excusarme el enfado de andar con ella cargado. Ea, vil necesidad, hoy mejoras de fortuna, pues por lo que sucediere llevaré lo que pudiere. ¿Qué joya será esta? Una salserilla es de color, este es un casco de espejo, este un desdentado y viejo peine, un papel de alcanfor este, y en estotro están dos moros: ojos, miraldos, veréis al bajá Albayaldos, con el turco Solimán; botes hay y redomillas, a quien con salvas no pocas, están de rostro dos tocas sirviéndolas de rodillas... ¡por Dios que es riqueza brava! Salen Livia y Brunel. ¿Adónde está el que de mí dices que entró huyendo? Aquí. Aun peor está que estaba. La caja que estás mirando es la que a mí me quitó. Para volvértela yo, mujer, te venía buscando; que es lo que a mí Scipión me mandó. Cuando eso fuera, ¿mandote que no te diera muerte yo? Eso no mandó. Dime, infame, ¿yo no fui quien te dio la bofetada? Sí por cierto, y muy bien dada, que fue lástima que en mí una cosa se emplease hecha con tanto primor. ¿Cómo dijiste, traidor, darla tú? Que castigase creyendo, en ti la osadía, temí, y así mi valor dijo por salvar tu error, que la dádiva era mía. Buen error salvaste, pero a mi mano morirás. Saca la espada. Tente, no te empeñes más, hasta que cobre primero yo mi hacienda. Vesla ahí, que a mí también me importó desembarazarme yo. Arroja la caja y salen della los trastos que ha dicho y otros vidrios y riñen los dos, pisándolo todo. En que es mi cara (¡ay de mí!) eso que arrojas, repara. Yo de defenderme trato. ¿Qué mucho, si ves que es gato, que haya saltado a la cara? ¡Ay, mi belleza por tierra! El defenderte es locura. ¡Ay pisoteada hermosura! Tocan cajas. ¡Arma, arma, guerra, guerra! Pues que la puerta cobré, del arma y dél sabré huir. Vase. Y yo te sabré seguir. Vase. Y yo recoger sabré lo que se arroja y se entierra, diciendo, al veros ajadas, ¡ay dulces prendas por mi mal halladas! Dentro. ¡Arma, arma, guerra, guerra! Vase Livia recogiendo sus trastos y córrese el teatro de tiendas, descubriendo el de murallas, y en sus almenas Magón y otros soldados. Heroicos cartagineses, nobles reliquias de aquellos primeros conquistadores y pobladores primeros destos montes y estos mares, pues con africano esfuerzo para la invasión de España fortificaron en ellos contra las campañas muros y contra los golfos, puertos, ese generoso joven, a quien el romano imperio, por aclamación juró su cónsul en años tiernos, no contento que pudiera solamente con haberlo intentado haber llegado a Cartago; no contento, vuelvo a decir, con haber sitio a sus murallas puesto, que bastaba para gloria que hiciera su nombre eterno, hoy, quizá porque no digan, que abandonando el acero se valió de la embotada torpe segur del asedio, intenta dar el asalto, según desde aquí estoy viendo en cerrados batallones venir avanzando puestos la caballería, a quien siguen de la infantería los tercios tan en orden que parecen unos y otros, a reflejos del sol, siendo en unos y otros caña el asta, espiga el hierro, mies abrigada a la sombra de armados montes de hielo, a cuyo diestro costado, otro menor trozo, haciendo cuerpo aparte de batalla, en real marcha, a paso lento le sigue, partiendo vista entre el golfo y el terreno. Ea, pues, que hoy es el día que nos favorece el cielo, puesto que precipitado de su joven ardimiento, su ejército trae a ser glorioso despojo nuestro, pues viene por donde está más fortificado el riesgo. Ya en bandas los tiradores, desunidas de su grueso, poblando el aire de flechas se adelantan, con intento de desalojar del muro la guarnición. Y tras ellos las artificiales hondas de los trabucos pedreros, por quien, nubes de madera, graniza piedras el cierzo. Dentro. Ea soldados, al muro las escalas, que ya es tiempo, y a embestir trompas y cajas hagan señal. Cajas y clarines. Dentro. Pues los ecos de las cajas y las trompas ya en militares estruendos nos avisan de que están para el asalto dispuestos, a tierra, a tierra, soldados, y como vayan saliendo acudan al terraplén zapas y palas. ¿Qué es esto? Que de la armada ha salido otro ejército no menos numeroso. Ya veo que es cada bajel de aquellos marino Paladión que de su preñado seno aborta gentes, sin más máquinas, sin más pertrechos, que escalas y gastadores, con rústicos instrumentos para picar la muralla; ¿quién les habrá dicho, cielos, que es lo menos defensable? Mas no desmayéis por eso, sino de la plaza de armas acudan a echar sobre ellos, despedazando los riscos, que allí estaban de repuesto para las recrutas. ¡Viva Cartago! ¡Viva el imperio! Sale por una parte Lelio, Brunel y soldados con escalas. Aquí arrimad las escalas, que yo he de ser el primero que de la mural corona merezca gozar el premio. Hoy la perdida opinión cobrar con Scipión intento, siendo el que arrime la escala y suba en su seguimiento. Sale por otra parte Egidio y soldados con escalas. No prosigáis en abrir la brecha, que ya no quiero, sino que arriméis escalas, por no perder el derecho de la corona mural si por el muro no entro. Dan la escalada unos y otros y suben Lelio y Egidio los primeros, y tocan cajas. ¡Arma, arma, guerra! ¡Viva Cartago! ¡Viva el imperio! Lelio en lo alto. Los cielos me sean testigos de que yo he sido el primero que he puesto el pie sobre el muro. Éntrase riñendo, y dice Egidio en lo alto, en otra parte. Testigos me sean los cielos de que yo el primero he sido que el pie sobre el muro he puesto; mas ¡ay infeliz! que como cavado estaba el cimiento, tiembla el terraplén. Desciende antes que se venga al suelo. ¿Qué es descender? ¿Yo pie atrás? ¿No es mejor, pues me despeño, siendo lo mismo caer hacia fuera que hacia dentro, caer donde el mural laurel consiga después de muerto? ¡Valedme, dioses! Cae hacia dentro. Dentro. Cayó desplomado todo el lienzo que Egidio minaba. Acuda en su amparo. Éntrase. Pues nos vemos en dos partes asaltados, sea el último remedio, a más no poder rendidos abrir las puertas, pidiendo a merced las vidas. Vanse. ¡Muera Cartago y viva el imperio! Salen Flavia, Livia y las demás mujeres. Pues los romanos el muro en una parte han deshecho y en otra le han asaltado, solo queda a nuestro esfuerzo ganar la puerta. Pedid que avancen los ingenieros los acerados arietes que están en sus fustas puestos, con satisfación de que nosotras la batiremos. Excusada diligencia será, que ya la han abierto los de adentro. Salen Magón y soldados por la puerta del muro. ¿Dónde vais, cobardes? Adonde puestos a los pies de Scipión, queremos que su real pecho a merced nos dé las vidas. Pues nosotras no queremos sino que todos muráis a nuestras manos primero que sus piedades escuchen vuestros míseros lamentos. ¿Vosotras contra la patria? No es patria la que del centro nos arroja. Ahora veréis si somos para el manejo de las armas. ¡Mueran todos! ¡A ellos, Livia! ¡Flavia, a ellos! ¡Vitoria por Scipión! ¡Muera Cartago! ¡Viva el imperio! Salen Scipión y Fabio con estas voces. Entra a tomar posesión, pues las puertas te han abierto, demolidas y asaltadas sus murallas. No me atrevo a pisar sus calles, Fabio, cuando inundadas las veo de humana púrpura ser cadáver cada tropiezo. ¿Ahora el valor te retira? No es falta de valor esto, que el valor al conseguirlo, se vuelve en lástima al verlo. Iguales pasiones, Fabio, en un corazón excelso, magnánimo y generoso, son piedades y ardimientos: ningún cruel fue valiente, ningún valiente fue fiero; y así, no extrañes que yo, valiente y piadoso a un tiempo, en la vitoria me glorio y en la sangre me enternezco. Toca a retirar; soldados, baste, baste lo sangriento, ni la mortandad prosiga ni el saco. Salen por una parte Lelio con Egidio en los brazos como desmayado, y por otra las mujeres con Magón y soldados rendidos. ¡Valedme, cielos! Alienta Egidio y respira, pues ya estás en salvo puesto. ¿Quién me dio la vida? Quien diera la suya a igual precio. Llega, arrójate a sus plantas, porque antes que te demos muerte, tengas eso más que sentir. Ved qué es aquello. Que debajo de la ruina que había fabricado él mesmo, dentro ya de la ciudad, en polvo y fajina envuelto, vitorioso más que vivo y enterrado antes de muerto, sin temer el amenaza de lo que quedó pendiendo, a Egidio saqué en mis brazos. A él, señor, la vida debo, pues... mas no, no puedo hablar. Nada me debes, supuesto que yo lo que debo pago. Aparte. (¿Qué es esto, cielos, qué es esto? ¿Ayer la espada en la mano y hoy la hidalguía en el pecho? ¡Oh, lo que pienso, no sea, porque es mucho lo que pienso!) ¿Y esotro qué es? Que nosotras ganamos la puerta, haciendo que ninguno salga vivo. Y en pago de su destierro, y de tu amparo, a Magón preso a tus plantas traemos. Retira tú a Egidio donde reparado cobre aliento, y retirad a Magón también, que al verle no quiero le compadezca rendido más que me enojó soberbio. Rendido, Scipión, de ti, honor es el rendimiento. Llegad todas a mis brazos, y en justo agradecimiento del vuestro, tendrán desde hoy especiales privilegios las mujeres de Cartago. Y todas será diciendo, mientras se previene el triunfo para tu recibimiento... ¡Viva el grande Scipión, que a honor del romano imperio nació segundo para ser primero! Qué poco me desvanece el aplauso, cuando temo que no venzo a mi enemigo si a mí mismo no me venzo. ¡Viva el grande Scipión, que a honor del romano imperio nació segundo para ser primero! Jornada III Cajas y trompetas, y salen por una parte Brunel, y por otra Turpín, cada uno con su bujaca al hombro. ¡Viva el grande Scipión, que a honor del romano imperio nació segundo para ser primero! Dentro. Pase la palabra, y cesen lo saqueado y lo sangriento. Dentro. Pase la palabra, y cesen lo saqueado y lo sangriento. Bien temí que Scipión, a sus piedades atento había de mandar que el saco cesase, conque en oyendo el rigor del bando, hube de cebarme en lo primero que hallé en una casa, que era sin duda de Baco templo, según la ofrenda que estaba puesta en su recibimiento. Hoy Scipión ha de ver que no soy yo el embustero, ni el gallina, ni el ladrón; pues más entregado al riesgo que al interés, buen testigo en la bujaca le llevo de mi valor. ¿No es aquel Brunel? Sí; al mirarle temo que me coja en escampado; y así, retirarme intento entre esas ramas, adonde despeñado un arroyuelo con su ruido encubra el mío. Escóndese Turpín a un lado. Cansado estoy y sediento; y pues no sé dónde hallarle, porque él anda discurriendo la campaña, y hacia allí, entre aquellas ramas siento que corre un arroyo, en él cansancio y sed templar pienso, pues hasta saber adonde le halle no se pierde tiempo. Hacia aquí viene buscando el agua; y lo que yo tiemblo es que ha de dar con el vino, a contrario el argumento de la conclusión que hoy sustentan los taberneros, que es ir por vino y dar agua. De bruces echarme pienso, según la sed que me aflige; la bujaca, con el peso, metida a estomaticón, no solo me estorba, pero aun me abruma la garganta; estese aquí mientras bebo, que no he de brindar con agua al huésped que tiene dentro. Quítase la bujaca, y pónela detrás de sí, haciendo que bebe y Turpín se la quita, poniéndole la suya en su lugar. La bujaca se ha quitado, y que en ella tenga, es cierto, pues tanto el peso le abruma, alhaja de mucho precio, trocarela por la mía, si es que me vale el proverbio que dijo que la fortuna ayuda al atrevimiento. ¡Qué bien sabe el agua a ratos! Y a ratas también, supuesto que habitan en los molinos. Y pues ya he cobrado aliento, en busca de Scipión iré, que la hora no veo Vuelve a tomar la bujaca, que es la de Turpín. de que conozca mis bríos y conozca los enredos de aquel infame Turpín que matar a palos tengo donde quiera que le halle. Antes que te veas en eso me veré yo en lo que tú del saco has sacado. Pero ¿dónde voy, si allí gran tropa viene, que en su seguimiento debe de ser, según dicen repetidos los acentos? Dentro. ¡Viva el grande Scipión, que a honor del romano imperio nació segundo para ser primero! Por esta parte atajando podré salirle más presto al encuentro. ¿Quién está aquí? Ve a Turpín. El azar de ese encuentro. Pícaro, ¿qué haces aquí? Agárrale. Buscando un arroyo vengo con sed; y si usted me dice donde está el agua, yo creo que podré decirle donde está el vino. En fin te tengo donde no puedes huir. Suélteme, y verá si puedo. Primero te he de dar muerte. Pues si me mata primero, ¿después para qué que he de huir? Mas ya matarte no quiero. Hace bien. Sino que pues Scipión, en hacimiento de gracias, pasando vista a batallones y tercios viene hacia aquese cuartel que desde hospedaje y fuego, con sus tiendas le ha servido de prestado alojamiento, llegues conmigo a sus plantas y veas que te desmiento con mis hazañas. Ya sé que usted es un hazañero, y me doy por desmentido. Ven, que has de ver lo que llevo que ofrecerle. También sé que no he menester saberlo. No te detengas, que ya se ha apeado, según veo que se despiden las tropas, una y otra vez diciendo... Dentro. ¡Viva el grande Scipión, que a honor del romano imperio nació segundo para ser primero! Tocan cajas y salen Scipión y Fabio, y soldados. Qué poco me desvanecen, si es que a repetirlo vuelvo, los aplausos, cuando en otra civil batalla, no creo que he vencido a mi enemigo, mientras a mí no me venzo. Puesto que a tus pies, señor, otros soldados han puesto los trofeos que han ganado en este asalto, bien puedo atreverme yo a poner también mi humilde trofeo. Un capitán enemigo, que señalado entre ellos con insignias militares, la muralla defendiendo por aquella parte estaba que yo subí, fue el postrero que en el almena quedó, conque con él cuerpo a cuerpo lidiando, le di la muerte, y no con ella contento, la cabeza le corté, que es la que a tus pies ofrezco: Saca una bota. Mas ¡cielos!, ¿Qué es lo que miro? ¿Quién en bota me la ha vuelto? ¡Cuántas cabezas se vuelven en botas cada momento! Ya otras veces este loco, con sus vagos desaciertos me ha cansado; retiradle de aquí. No te enojes de eso, que yo tampoco hago caso del pasado lance nuestro, porque es un pobre menguado sin razón ni entendimiento. Todo lo que te ha contado le venía yo diciendo, y con su locura hizo tan vehemente aprehensión dello que cree que es suya la acción; y porque veas que no miento esta la cabeza es de aquel cartaginés fiero que yo destronqué. También de ver ese horror me ofendo: ¿quién mató otro y pasó a más que al dolor de haberle muerto? ¿Mi cabeza no es aquella? ¡Infame, dame mi muerto! Embístense los dos. Para lo que a mí me sirve, vesla aquí. Tírasela. Apartaos. Teneos. También a ese retirad, que ver locuras no quiero ni atrocidades, y todos me dejad, por ver si puedo descansar conmigo un breve rato. Idos todos. Vanse. ¿Qué es esto? Día, señor, que consigues tan glorioso vencimiento que Scipión en Cartago la fama ha de hacer eterno sin que la melle sus bronces la sorda lima del tiempo, día que de tu piedad movido todo su pueblo, el que empezó en sobresalto viene a parar en obsequio, pues para tu triunfo está carros y arcos previniendo, ¿de tu gente te retiras tan absorto y tan suspenso? ¿Qué sientes? Si yo supiera decir (¡ay Dios!) lo que siento, de ti, Fabio, lo fiara, pero es un dolor tan nuevo que por más que me habla claro le oigo pero no le entiendo; déjame tú también solo. A mi pesar, te obedezco. Vase. ¡Gracias, oh Júpiter, dios de dioses, que alentar puedo sin temor de que alabarse pueda aun el más leve acento de que rompió delincuente las cárceles del silencio, pues solo le oirá quien sé que sabrá guardar secreto, tanto que a su dueño aun no le dirá mi atrevimiento! Saca el retrato. Hermoso asombro sin vida, sin alma hermoso portento, que sin alma y vida tienes en vidas y almas imperio, ¿qué duelo fue aquel, en que te hallé?, que aunque mi deseo fue saberlo también fue ignorarlo, que al respeto tuyo no quise atrever ni ignorarlo ni saberlo, ni ahora te lo preguntara si bastaran los esfuerzos de mi callado dolor en sí a mantenerse; pero como no hay nada que no tenga terminado aumento, ¿qué mucho que haya llegado al suyo mi sufrimiento?, y más siendo el preguntarlo a quien no ha de responderlo... ¿Qué duelo, pues, aquel fue, tan nunca acaecido duelo, como que viese en la tierra la hermosa deidad de Venus el ídolo de su altar y la imagen de su templo?, cuyo sacrílego ultraje solo me dejó el consuelo, al quererte llevar dos, que ninguno era tu dueño, pues el que lo fuera no te pusiera en igual riesgo, luego si Lelio ni Egidio lo eran, ¿con qué acción de serlo Lelio y Egidio, decían... ¡Viva Egidio! ¡Viva Lelio! ¿Pero quién al pronunciarlo publica, cuando yo muero, que ellos vivan? ¿Qué alboroto, Fabio, es ese? Sale Fabio. Acude presto, señor, que en civil batalla tus dos ejércitos puestos, para venir a las manos están, en morir resueltos. La gente del mar pretende que el siempre glorioso premio de la corona mural, insignia de tanto aprecio, que es una guirnalda de oro, militar honor supremo, a su general Egidio se debe, pues fue el primero que dentro del muro entró, en su misma ruina envuelto; la de la tierra, que a escala vista y cuerpo descubierto, su general Lelio fue el primero que entró dentro, con que unos y otros, al ver que siempre resulta en ellos de sus cabos el honor, se van a embestir, diciendo... Dentro. ¡Viva Lelio! ¡Egidio viva! Salen en dos bandos los soldados y Egidio deteniendo a los unos, y Lelio a los otros. Teneos, amigos,... Teneos, soldados,... ...que no es razón... ...que no es justicia... ¿Qué es esto? Detener yo a mis soldados, a fin de que su pretexto no es lícito. Y yo a los míos, a causa de que su intento no es justo. Pues siendo quien pretende el blasón excelso de la corona mural Egidio, nunca yo puedo competir con él, que siempre es suyo el merecimiento. Lo mismo a mi gente yo persuado, reconociendo que no hay servicios en mí que igualen a los de Lelio. Y así, que a él le des su lauro te suplico. Yo te ruego que a él se le des, pues él es su más legítimo dueño. El haberle competido me basta a mí para premio de inmenso honor. Que él le goce me basta a mí para eterno renombre. En dársele a él me le das a mí. Lo mesmo debo yo decir. Aparte. (¿Quién vio dos tan contrarios afectos, como que se den las vidas y los honores a trueco, y que de honores y vidas apelen a los aceros?) Aunque ellos, señor, compitan en corteses cumplimientos... ...no son dueños desta acción, que todos somos sus dueños... ...el día que en su valor está interesado el nuestro. Soldados, ese litigio quiere más prudente acuerdo; y así, le reservo en mí, para que con más consejo que el del furor de las armas, le determine, y ¡los cielos viven!, que si habiendo oído el que yo en mí le reservo hubiere quien.. pero ¿quién ha de haber? Vuélvase al pecho la voz sin que la pronuncie el labio, porque no quiero que me pague la amenaza lo que me debe el respeto. Retirad al mar, Egidio, vuestros soldados; vos luego también, Lelio, retirad a sus cuarteles los vuestros. Soldados, al mar. Soldados, al cuartel. Todos iremos contentos, señor, en fe... ...de reservar en ti el medio en que podamos decir... ¡Viva Egidio! ¡Viva Lelio! Vanse. Ya, señor, que este alboroto está por ahora suspenso, sabe que Máximo, tío de Arminda, habiendo compuesto las cosas de su viaje que en el mar le detuvieron, licencia para salir a tierra te pide. ¿Eso desde que yo a Arminda vi no lo concedí, diciendo que él y toda su familia saliesen? Con todo eso te hace esta segunda salva a ley de buen prisionero. Excusada ceremonia; y ya que hablamos en esto, ¿qué se hizo el español, (que ha mucho que no le veo) que le dio la vida a Arminda? Si la verdad te confieso, yo le tengo retirado. ¿A qué fin? Es tan atento que al ver que a dar el asalto estabas, señor, resuelto, por no tomar armas contra su patria, y al mismo tiempo no poder en tu favor, contra su agradecimiento, que el neutral es sospechoso, que no está airoso el suspenso que ve lidiar sin lidiar, sin esperar el efecto de aquella estatua que aguarda le vi a ausentarse dispuesto; moviéronme sus razones a que le diese por medio ausentarse y no ausentarse, y es que estuviese secreto. Dar el consejo y no dar ayuda para el consejo, es, según suelen decir no sé qué vulgares versos, darlo todo y no dar nada, y así, en mi tienda le tengo retirado. Bien hiciste, que yo también le agradezco el socorro que hizo a Arminda, y que consiga deseo la deidad que aguarda, y verla, según los grandes extremos con que la encarece. Sale Egidio. Ya, señor, embarcada dejo la gente del mar. Sale Lelio. Y yo la de la tierra en sus puestos. Desembarcada pudiera decirte también, supuesto que Máximo, en fe de haber revalidado el primero liberal permiso tuyo, conmigo ha salido al puerto, y para besar tu mano licencia espera. Mal puedo negar lo que di. También Arminda, señor, sabiendo, que está aquí su tío, gozosa viene a su recibimiento. Sale Máximo por una parte y Arminda por otra. Una, y mil veces, señor, humilde tus plantas beso; bien que a tan altos favores como Arminda y yo debemos a tu piedad, dudo que baste un agradecimiento; y así, dejándole ahora a que te le explique el tiempo, paso al feliz parabién de la vitoria que el cielo te deje gozar los años que merece el que en tan tiernos, tan heroico, tan glorioso, tan invicto y tan excelso nació segundo para ser primero. Alzad del suelo; a mis brazos llegad. Permitid, que dellos al tribunal del cariño apele de el del respeto; dame tú, Arminda, los brazos. Aparte. (¡Qué bien hace mi silencio en que no me atreva a hablarla, pues a verla no me atrevo!) Tú seas tan bienvenido como te esperó el deseo que ya de verte tenía. Todo es debido al afecto de mi amor. Aparte. (Con tu rescate tu padre vendrá muy presto él mismo en persona.) Aparte. (En tanto, porque importa, te prevengo, que si vieres aquí...) Arminda. ¿Señor? Aparte. (Yo lo diré luego.) Lo agradecido que estoy al español Uliceo de haberte dado la vida en obligación me ha puesto, ya que Máximo ha salido a tierra, que él vea si es cierto venir su deidad; esto es prevenirte de que quiero ganar las albricias yo. Fabio, pues a lo que creo vos sabréis adónde está, decidle que yo le espero, que venga con vos, mas no le digáis para qué efecto; yo se lo diré. (Perdida soy, si a mi tío no advierto: A Máximo. Óyeme.) (Di.) (Cuando vieres...) Máximo. ¿Gran señor? (Luego me lo dirás.) ¿Qué me mandas? Pues habéis venido a tiempo que vuestra sangre, que vuestras canas, y que el valor vuestro, que ya sé cuanto habéis sido en letras y armas experto, en un duelo en que me hallo me podrán dar el consejo de que necesito, pues no siendo amigo ni deudo de las partes, juzgareis desapasionado y cuerdo, venid conmigo, porqué sin ellas os diga el duelo en que habéis de aconsejarme. Dichoso seré, si acierto, pero al que en obligación de elegir está, sospecho que es darle que desechar desahogarle el pensamiento. Vanse los tres. Aparte. (No bastó, ¡ay de mí!, que no le escribiese, por el miedo de no fiar de un papel tan importante secreto, sino que para advertirle me hubiese de faltar tiempo; aquí no hay otro camino sino salirle al encuentro y decirle que no venga hasta que avise primero yo a mi tío.) Amor... Fortuna... ¿Qué me acobardo? ¿Qué temo? ¿Dónde, caballeros, vais? Acompañándoos. Sirviéndoos. Aunque como debo estimo ese galán cumplimiento, os suplico no paséis adelante. Si el deseo de que conozcáis en mí, señora, un esclavo vuestro, esta ocasión pierde, ¿cuándo la ha de lograr? Si el afecto, no de esclavo, que en mí es voluntario el cautiverio, desaprovecha esta dicha, ¿cuándo... Suspended, os ruego, estilos que yo no alcanzo, que esto de afecto y deseo, libertad y esclavitud, para mi idioma es tan nuevo que nunca llegó a mi oído de sus voces el estruendo. Quedaos, os suplico. Cáesele a Arminda al irse a entrar un guante. Un guante que se ha caído, os advierto, porque prenda vuestra yo a tocarla no me atrevo. Yo sí, que no he de esperar que me dé el merecimiento lo que no me dé la dicha. De que vos le alcéis me huelgo, para llevarle yo. ¿Cómo? Como por más fácil tengo el quitárosle ahora a vos que el levantarle del suelo. Eso falta de ver. Pues así se vera bien presto. Sacan las espadas y riñen. Oíd, esperad. Scipión, Fabio, Máximo... Salen Scipión, Fabio, Máximo, y después Luceyo. ¿Qué es esto? Habérseme caído un guante y haberse estos caballeros empeñado sobre cual ha de llevársele. (Cielos, esto me faltaba ahora, cuando temeroso llego llamado de Scipión sin saber a lo que vengo.) ¿Hasta cuándo han de durar tantos locos devaneos como haberos de hallar siempre amigos y siempre opuestos? ¿Apenas de la mural guirnalda de oro el supremo honor cedéis uno a otro, y yo, para componeros, con vuestros mismos soldados ando consultando medios, cuando lidiáis por un guante? Pues ¿por qué te admiras desto? ¿Es una guirnalda de oro alhaja de tanto aprecio como el guante de una dama? ¿Es un dorado ornamento más que un honor añadido? ¿Pues porque no he de echar menos si yo me tengo el honor, el guante que yo me tengo? Aparte. (Calle hasta ver en quién para, que yo le cobraré luego.) ¿Cómo, habiendo yo llegado? Como en su ira... ...en su despecho... ...locura es puesta en razón la locura de los celos. Soltad el guante. Tomadle vos, Arminda, pues es vuestro. Quítale el guante a Lelio, y dásele a Arminda. Y no os halle yo otra vez finezas mezclando y duelos, porque si otra vez... Señor... Baste por ahora esto. Aparte. (¡Oh cuánto me desempeña ver que a su mano haya vuelto, pues si no, fuera preciso el desafiar a Lelio!) Aparte. (De grave empeño me saca el haberla el guante vuelto.) Aparte. (El que volviese a su mano a mi suerte le agradezco.) Mirando a Luceyo. ¡Qué es lo que miro! Tus plantas en nuevo agradecimiento otra y mil veces, señor, me da a besar. Pues ¿qué nuevo favor veis en mí? ¿Volver un guante a quien es su dueño merece extremos tan grandes? Aún son cortos mis extremos el día que llego a ver que está en tu gracia Luceyo, pues a tu persona asiste. Admirándose. ¡Qué oigo! ¡Qué escucho! ¡Qué veo! Dame, Luceyo, los brazos. Va Máximo a abrazar a Luceyo. ¡Oh si fueran en mi cuello, no brazos, sino dogales, que me ahogasen, pues es cierto, que nunca está más dichoso un infelice, que muerto! ¡Raro empeño! ¡Lance extraño! (¿Quién vio que a quien no pudieron matarla tantos pesares, tantas ansias y tormentos, tantas penas y fatigas, un acaso la haya muerto?) ¡Buen huésped metí en mi casa! ¡Vive Dios, que yo el tercero he sido de sus amores! ¿De qué estáis todos suspensos? ¿Qué os admira el que yo hable a mi sobrino Luceyo, habiéndole hallado donde no esperaba? Aparte. (Santos cielos, solo aqueste torcedor le faltaba a mi silencio.) ¿Tú eres Luceyo? Yo soy, que nunca mi nombre niego, para que la fama diga que vuelvo la espalda al riesgo. ¿Cómo no?, si me dijiste, al referirme el suceso de tu venida a Cartago que era tu nombre Uliceo. Como las letras mudé, mas no el nombre, pues es cierto, si bien, Scipión lo advierte de tu discurso lo excelso, que con unas mismas fui anagrama de mí mesmo. Embozar una verdad cuando me importa el hacerlo, no es mentir, pues siempre queda verdad al correrla el velo, y así decir que por una muerte dejé el patrio suelo, verdad fue, pues de mi padre quedé en su muerte heredero de la enemistad del tuyo, de cuyo poder huyendo pasé al África. Si en ella te dije que arte y ingenio me hicieron escultor, dije bien, pues de Arminda fue el pecho en su desdén duro mármol y a mi llanto mármol tierno. Que en mi celtíbera patria gocé un noble heredamiento, el principado lo diga que me dio ilustres alientos para pedirla a su padre por esposa. Que a este tiempo a tomar la posesión hube de venir tan presto, que no la traje conmigo por falta de lucimientos, también es verdad, bien como que ajustados los conciertos, quedó encomendada a quien la remitiese a este puerto, donde para las entregas habíamos los dos de vernos. Y en fin, si dije que era aquí mi venida, a efecto de que en Arminda vendría para llevarla a mi templo, de Venus la hermosa imagen, ¿en qué te mentí, supuesto que con Arminda ha venido la hermosa imagen de Venus?, y así, si tu piedad... Basta, basta, que con todo eso, el equívoco sentido no me da por satisfecho, pues cuando no hubiera contra su sofístico concepto más que haber desconfiado de mi generoso pecho en que habían de durarme enojos de tanto tiempo, ni vengarme a sangre fría en quien es mi prisionero, bastaba para delito. A un cuerpo de guardia preso le llevad, soldados. Vos, Fabio, hasta su alojamiento id acompañando a Arminda. Advierte... Ya nada advierto. Mira, señor... Nada miro. Atiende que... Nada atiendo. Dejadme todos, dejadme, (que he de ver si es, ¡vive el cielo!, locura puesta en razón la locura de los celos.) Vase. Pues va con él tan airado, ahora de hablarle es tiempo. Vase. No es esta mala ocasión de hablarle en mi sentimiento. Vase. ¡Oh nunca hubiera salido a tierra a ser instrumento de tanto escándalo! Iré tras él, por ver si entre el duelo que me hablaba, introducir alguna disculpa puedo. Vase. Feliz, ¡ay Arminda!, quien sin ti va a morir, supuesto que morir un desdichado es el último consuelo. Infeliz quien sin ti queda, Luceyo, a vivir, sabiendo que no es la vida del triste más que un prolijo tormento. Ven, Arminda. Venid vos. Oíd, os suplico. Oíd, os ruego. Que al despedirse dos almas es muy precioso un momento. Esto es preciso. ¿Ayer tanto cariño, hoy tanto despego? Esto es fuerza. ¿Ayer mis guardas de vista, y hoy mis opuestos? Sí, pues hiciste mi casa cómplice en tu fingimiento. Sí, que hoy delincuente sois, y ayer erais prisionero. Venid, pues. ¡Qué ansia! ¡Qué pena! ¡Qué dolor! ¡Qué sentimiento! A Dios, bellísima Arminda A Dios, infeliz Luceyo. A nunca más ver. Di a nunca ver la clara luz del cielo. Pues el que humano con todos... ...solo contigo severo... ...no permite que podamos decir con la voz del pueblo... Todos dentro y los dos. ¡Viva el grande Scipión, que a honor del romano imperio nació segundo para ser primero! Vanse y salen todas las mujeres. Otra y mil veces veloces nuestras voces lleve el viento, que nunca las del contento ser pueden molestas voces. Dices bien, y pues es día que agradecidas las nuestras vienen a dar claras muestras de su común alegría, justo es que de nuestra fiesta la aclamación oiga altiva. ¡Scipión reine, triunfe y viva! Sale Scipión. Pues ¿qué novedad es esta? Aunque de Cartago viste que a nuestro avance las puertas estaban, señor, abiertas, en ella entrar no quisiste a causa de que el valor que tu espíritu acompaña, el que es triunfo en la campaña en el poblado es terror, y ansí, a pedirte venimos que ya que nuestro cuidado las lástimas ha quitado que al entrar en ella vimos, no te excuse la piedad gozar el alto blasón que de español Scipión nuestra española ciudad te ofrece, y ya que constante no quisiste, al ver su horror, en ella entrar vencedor, entres en ella triunfante. No solo de lo fatal limpia está, pero adornada de arcos, que para tu entrada ha dispuesto. Y un triunfal carro, en cuyas esperanzas cada calle es un abril, cada balcón un pensil y todo bailes y danzas. Ven, pues, su posesión toma, sea aplauso el que fue estrago. Y ensáyate hoy en Cartago para los triunfos de Roma. Desagradecido fuera si ese afecto no estimara; y pues fineza tan rara su logro en mi triunfo espera yo le acepto, y presto iré donde su aplauso reciba. ¡Scipión reine, triunfe y viva! Vanse todas. Sale Lelio. ¡Viva, triunfe y reine, en fe de que premie los servicios que yo en su milicia he hecho! ¿Ahora, a qué fin? Si el despecho que en mí viste no da indicios de ser Arminda por quien me precipitó el furor, que las vislumbres de amor a muy poca luz se ven, sabe que el retrato bello de Arminda acaso llegó a mi mano, y sin que yo supiese cúyo era, al vello tan perfecto le entregué alma, vida y libertad. En fe de nuestra amistad, a Egidio se le fié, él... Sale Egidio. ...cuando al bajel entró, también en suspensa calma, la libertad, vida y alma a su original rindió de suerte que aquel cuidado tan distante deste está cuanto la ventaja va de lo vivo a lo pintado. Si él a que el retrato viera de mi mano le fio, también se le puse yo donde cobrarle pudiera, quedando de allí adelante (tus ojos fueron testigos) en lo caballero amigos y enemigos en lo amante; y ya que a hablarte empezó de su parte, hable en la mía, pues es lo que él te decía lo que te dijera yo. El presupuesto primero que asiento en esta materia, es que Arminda a Celtiberia va comprometida, pero no casada; de manera que en el trance que hoy los ves Luceyo tu preso es y Arminda tu prisionera; el padre della africano y él español es querer unir poder a poder contra el imperio romano, y así que aquí la detengas y que aquí la dé tu agrado esposo es razón de estado, en que de paso te vengas de Luceyo. Si hasta aquí Lelio por mí y por sí habló, desde aquí es justo que yo hable por él y por mí, porque si bien considero lo que de su voz se infiere soy su amigo y lo que él quiere es lo mismo que yo quiero, y así, si el consejo toma tu acuerdo, que le concede razón con que Arminda quede naturalizada en Roma, te suplico no te olvides de mis vitorias navales. Yo de los triunfos campales que he conseguido en tus lides. Y pues te hallas en empeño de que con mérito igual... ...de la corona mural hayas de elegir el dueño... ...y lo mismo te sucede, si el consejo has de admitir... ...en cuanto a haber de elegir quien lograr su mano puede... ...yo te ruego... ...yo te pido... ...que a él el dorado laurel entregues... No, sino a él... ...pues sobre honor adquirido... ...pues sobre segura fama... ...no vale tanto, señor, de una guirnalda el favor como el desdén de una dama. Vanse. ¿A quién habrá sucedido verse en tan confuso estado, como a un silencio obligado y a dos violencias rendido? Lelio un retrato que vio le rindió a su celestial belleza; el original vio Egidio y también rindió a su belleza el sentido; pues yo que el retrato vi y el original ¿no fui quien de uno y otro ha tenido entrambas disculpas? Sí. ¿Pues cómo vencerme trato si original y retrato se conjuran contra mí? Si uno de otro está celoso, yo de uno y otro lo estoy; luego con dos celos, soy dos veces menos dichoso, y aun tres, si atiendo advertido que a Luceyo también dan posesiones de galán esperanzas de marido. ¿Pues de qué provecho me es tener en disculpa (¡ay Dios!) al ejemplar de amor dos y al dolor de celos tres? Rompa, pues, el labio mío la estrecha cárcel del pecho, salga y goce a su despecho, sus fueros el albedrío: declarado desde aquí, sabrá Arminda... Mas ¿qué digo? El que venció a su enemigo, ¿no sabrá vencerse a sí? No, que en esta interior guerra, el vencedor el vencido viene a ser, pues siempre he oído... Dentro. Scipión viva. Dentro. ¡A tierra, a tierra! Suena dentro a un lado música y a otro voces de marineros y chirimías, y salen Máximo y Fabio, por distintos lados. El triunfo que ha prevenido, sumamente alborozada la ciudad, para tu entrada, dice ese festivo ruido. Un bajel que ha descubierto la armada, costeando viene, y según el viento tiene su rumbo es a nuestro puerto. Ven adonde logres, pues, tan bien merecido honor. Ven donde sepas, señor, de dónde viene y quién es. (Un triunfo a un tiempo, y una novedad me llaman, cuando están en mí vacilando amor, celos y fortuna; y pues nada resolví tome plazo para que lo mejor resuelva). Iré primero al mar. Fabio, di a esa pública alegría que a reconocer me llego ese bajel, y que luego al punto vuelvo. Tú guía a la marina; sabré lo que ha en el pasado duelo discurrido tu desvelo, (aunque más discurriré qué medio habrá, qué partido en que hipócrita mi honor no entre como vencedor, pues sé yo que va vencido.) Vanse y córrese el teatro de muralla y se descubre el de la marina, sin dejarse ver más que la proa del bajel grande, que estará Curcio en ella, y tocan a este tiempo chirimías. Amáinese la vela, y este neblí del mar, delfín del viento, que desde un elemento a otro elemento tan equívoco anhela que ignora cuándo nada o cuándo vuela, gozando el blando halago del aura que le inspira, de Cartago las almenas salude, y al compás que sus flámulas sacude la salva de la paz que en él espera, Chirimías. mar en través, tremole la bandera. Salen Máximo y Scipión. Blanca bandera ha puesto en su tope la gavia. Haced, supuesto que de paz nos saluda, que a responderle nuestra salva acuda. Tocan cajas y clarines. Del timonel guiñada ya la quilla, quebrantando las olas, ha dispuesto la proa su aviada hacia la orilla. ¿Qué extraña maravilla será la que tan bello buque encierra? Pues nos han respondido, a tierra. A tierra. Tocan chirimías. Pasa el bajel y ciérrase el foro. De un bordo en otro ya en el puerto ha entrado. Y en el esquife, poco acompañado, tierra toma, según desde aquí infiero, un venerable anciano caballero. Y si no es que la edad la vista rinda, Curcio, mi hermano es, padre de Arminda. Aparte. (Solo ese requisito me faltaba, sobre las dudas en que yo me estaba.) Salirle a recebir es cortesía. Sale Curcio. Esa, señor, obligación es mía, ya que las señas de tan real persona la majestad en juventud abona. Vuestra mano me dad. Habiendo oído quién sois, más noble don serán los brazos. Por ser prisión admitiré sus lazos. Vos seáis bienvenido. Fuerza es serlo quien viene agradecido al favor que en Arminda considero, a ser de envidia vuestro prisionero, bien que una y otra libertad que trate, por lo amables que son, de su rescate me habéis de perdonar. No soy tan necio ni avaro, que presuma que haya precio en el mundo que iguale lo que solo un chapín de Arminda vale. Estimación es esa tal que a una luz complace y a otra pesa, pues es fuerza, señor, darme cuidado, cuánto desconsolado el príncipe Luceyo, que en la esfera de su patria celtíbera la espera, estará sin saber este suceso. No estará, que aquí yo le tengo preso. ¿Preso? Sí, y pues no es caso este para tratado tan de paso, y más cuando el deseo de ver a Arminda creo que ansioso os tenga, id, pues. Acompañadle, Máximo, vos, y donde está guiadle. Perdonad que no os voy acompañando, porque me está esperando la ciudad con el triunfo prevenido a mi recibimiento, que no sé con qué intento entrar hasta ahora en ella no he querido. Aparte. (¡Oh vil fortuna!) A vuestros pies rendido, de su vitoria os doy la enhorabuena... (Cuando el pésame a mí de mayor pena sobre la que traía), y ya que vine en tan felice día, a acompañar el triunfo me apercibo, añadiendo a su carro otro cautivo. (Máximo, ¿qué es aquesto?) (No sé a lo que dispuesto su antiguo enojo está, mas mucho temo algún trágico extremo, según de tanta sequedad colijo.) (Qué bien dijo el que dijo que es cobarde el pesar, pues nunca ha andado solo, y siempre acomete acompañado.) Vanse los dos. ¡Qué de cosas revuelvo en mi imaginación si es que a unir vuelvo cómo mi honor hipócrita fingido triunfará vencedor yendo vencido?, y más habiendo (¡ay cielos!) en muda muestra sido del reloj de un silencio adormecido en callados desvelos, despertador el ruido de los celos; si a Egidio y Lelio su pasión reñía ¿qué dirán, sabedores de la mía?; si Curcio, que ha venido de mi cortesanía agradecido, halla que fue mi amparo fantasía, pues fue intención y no cortesanía, ¿qué dirá?; ¿qué dirá Luceyo, viendo que es mi enemigo y en su honor le ofendo cuando no tengo yo para conmigo más honor, que el que tiene mi enemigo?, pues si él no le tuviera, no mi enemigo, mi desprecio fuera; y en fin, el mundo contra mí ofendido, ¿qué dirá, si me vengo en un rendido? Pues ello ha de haber medio, aunque duela el remedio, para sanar los males con que lidio, y ha de ser... Dentro caja y clarín. Dentro. ¡Viva Lelio! Dentro. ¡Viva Egidio! Dentro. ¡Scipión solo viva! Dentro instrumentos de música. ¿Otra vez militar voz, y festiva? ¿No bastaban tantas dudas? Sale Lelio. Viendo cuanto estás remiso en dar la mural corona que has reservado a tu arbitrio, mayormente día, señor, que triunfantemente invicto te espera Cartago, siendo así que siempre fue estilo que coronado acompañe el plaustro aquel que en el sitio más se señaló, la gente de tierra y mar ha movido nuevo alboroto, creyendo que sin este requisito, por no desairar a uno dejando a dos ofendidos celebrar el triunfo intentas. Sale Egidio. ¿Qué mucho haberlo creído, cuando, sin ver que hayas dado sentencia al marcial litigio, tan adelantado está lo plausible y lo festivo que su nobleza y su plebe los instantes cuenta a siglos?, o díganlo esos tres ecos que en tres bandos divididos, diciendo están a tres voces... ¡Viva Lelio! ¡Viva Egidio! ¡Solo viva Scipión! Volved los dos y decidlos que al triunfo concurran todos y sabrán a quien elijo. (Más para esotra elección, que para esa, te suplico, te acuerdes de mí.) (Sí haré, y lleva, Egidio, entendido, que Lelio no te prefiera.) (No en esta elección te pido que de mí te acuerdes...) (Ya entiendo por cuál lo has dicho, y lleva entendido, Lelio, que no te prefiera Egidio.) (Dichoso soy, pues que llevo esa esperanza conmigo.) Vase. (Felice yo, que con esa esperanza aliento y vivo.) Vase. Ea fortuna, ya estamos en el término preciso en que es fuerza resolverme. ¿Habrá medio, habrá camino que quedando bien con todos no queden Lelio ni Egidio vengados en mis afectos, ni sin premio en sus servicios? ¿Habrá camino, habrá medio que no queden persuadidos Curcio y Máximo a que tuvo mi cortesanía más viso que mi liberalidad, sirviendo a Arminda tan fino que nunca llegue a saber cuán a mi costa la sirvo, ni cuán a mi costa sea hoy de Luceyo el castigo, tan generosa venganza que vengado en un rendido airoso quede y vengado? Mucho haré si lo consigo, y consigo que vea el mundo que de mí mismo vencido, de mí mismo vencedor, valgo yo más que yo mismo. Vase. Dentro instrumentos y voces, y después salen Curcio, Arminda y Máximo. Pues ya a nuestro ruego viene Scipión agradecido, recíbale nuestra salva, diciendo en alegres ridmos... Dentro. ¡Viva Scipión, de cuyos floridos años la memoria numeren a siglos la tierra con flores, el mar con arenas, el sol con reflejos y el aire con visos! Cuando de los hados corren, señor, los vientos esquivos, que traen el agua a los ojos y a los labios los suspiros, no hay más prudente remedio que el de domeñar los bríos, puesto que es el tolerarlos más fácil que el resistirlos: la caña y el roble sean su ejemplar, pues siempre vimos que la caña, que se agobia, se cobra en su ser antiguo, y el roble, que se resiste, caduca en su precipicio. Luceyo preso, Scipión poderoso y ofendido, Máximo y yo prisioneros, tu huésped advenedizo, en fe del salvo conducto que su blanca seña hizo, ¿qué resistencia podemos hacer que no sea rendirnos?, y así, pues que tan alegre, quizá a su pesar, previno Cartago, disimulando su ruina en su regocijo, triunfales arcos y carros, hagamos los tres lo mismo, que yo seré la primera, por ver si a piedad le obligo, que con las demás mujeres, cuyo afecto agradecido es el que el triunfo ha dispuesto, mezclada entre sus festivos coros acompañe el metro de sus armónicos himnos, diciendo con todas... Que de sus floridos años la memoria numeren a siglos, la tierra con flores, el mar con arenas, el sol con reflejos y el aire con visos. Dices bien, y antes que a él, (porque el espíritu mío vaya a rendirse enseñado) a tu parecer me rindo. Pues ya que de la marina atrás dejamos el sitio y transcendiendo los muros, abierta la ciudad miro, que en sus adornos parece artificial paraíso, y que al umbral de su alcázar está el triunfo suspendido, lleguemos a que nos vea que sus aplausos seguimos. Llegad los dos, porque yo me he de mezclar, como he dicho con las damas de Cartago, con ellas diciendo a gritos... ¡Viva Scipión, de cuyos floridos años la memoria numeren a siglos la tierra con flores, el mar con arenas, el sol con reflejos y el aire con visos!. Con esta repetición se cierra la marina y se descubre el teatro de la calle, en cuyo foro estará Scipión sentado en el carro triunfal, y a sus lados Lelio y Egidio, y delante Magón con una fuente, y en ella una corona de laurel doradas las hojas, y algunos de cautivos en acción de tirar el carro, delante todas las mujeres cantando y bailando, y se introduce Arminda con ellas, y los dos con Fabio y los demás. Oíd, esperad, suspended los acentos repetidos, que no tengo de salir a los públicos distritos triunfante sin que primero, ya que mi valor lo ha dicho, diga también mi justicia si soy o no dellos digno. Aparte. (A Máximo, Arminda y Curcio entre otras gentes he visto; hasta mejor ocasión, no me dé por entendido.) Y pues para esto ha de ser Luceyo el primer testigo, id, Fabio, y de la prisión traedle aquí. ¡Cielos divinos, él quiere que conste a todos el cargo de su delito! Mucho su venganza temo. De imaginarla me aflijo. Sin duda, puesto que envía por él para su suplicio... Sin duda, puesto que quiere público hacer su castigo... ...que es para que Arminda libre, se pueda casar conmigo... ...que es para que libre Arminda, conmigo case... ...pues dijo... ...que no me prefiera Lelio. ...que no me prefiera Egidio. Ahora, en tanto que viene Luceyo al llamado mío, porque en el triunfo no falte tan principal requisito como que entre coronado el que en el asalto ha sido más señalado, rompiendo el primero los altivos homenajes de sus muros, y consta que a un tiempo mismo entraron Egidio y Lelio, es bien, pues están partidos los méritos, que lo estén los lauros de que son dignos: entregad esa mural corona que habéis traído vos, Magón, a fin de que de vuestro oprobio ministro, veáis que a vuestro vencedor con ella las sienes ciño. Ya sé que esta ceremonia padrón es de los vencidos. Bien veis que es una, y que son dos los que la han merecido; pues porque ninguno quede desdeñado o preferido, ya que tan amigos sois, que la partáis como amigos es la sentencia que debo dar en el triunfal juicio. Llegad, pues, llegad entrambos, partid su laurel invicto, y llévele cada uno entero, aunque va partido, Divídese la corona en dos y lleva cada uno la suya. conque ya podrán decir entrambos bandos unidos, viendo laureados sus cabos, que vivan Lelio y Egidio. ¡Viva Lelio y viva Egidio! Aunque este premio, señor, bien como tuyo le admito... Aunque este lauro, bien como dádiva tuya le estimo... ...el que aguardo... ...la que espero... Necios sois, pues no habéis visto que el premio que ambos pedís no es premio para partido, y pues no puedo igualaros en él, tened entendido que dél, a quien yo he de darle, es más que vosotros digno. ¿Más que yo? ¿Más que yo? Aparte. (Cielos, sin duda por sí lo ha dicho.) Salen Fabio y Luceyo. Aquí está Luceyo ya. Postrado, señor, humillo a tus plantas la persona y la garganta al cuchillo. Sabe, Luceyo, y sabed todos (haciendo testigos a los dioses que heredadas enemistades omito) que el delito de que solo hoy me ofendo es el delito de desconfiar de mí, habiendo de mí temido que soy hombre en quien podían durar rencores antiguos: esto es de lo que vengarme justamente solicito, y para que la venganza no sea vil en un rendido y sea en un vencedor noble, lo que determino es vengarme sin vengarme, pues de quien a mí me hizo un pesar, ¿qué más venganza, que hacerle yo un beneficio? Dale la mano de esposo a Arminda, y libre contigo a tus estados la lleva. Vosotros ved si he cumplido la palabra que a ambos di en no haberos preferido el uno al otro, y en que había de darla al más digno, pues nadie más digno es que el que es su proprio marido. ¿Quién, sino tu valor, pudo trocar en honra el castigo? ¿Quién pudo, sino tu fama, hacer al rigor benigno? ¿Quién, sino tu ingenio, a todos dejarnos agradecidos? y Máx. ¿Ni quién añadir al triunfo voluntarios los cautivos, sino tú? Y en fe de serlo, que recibas, te suplico, como tributo un tesoro no escaso, ya que no rico, que era de Arminda rescate. Aunque ya otra vez te he dicho que para Arminda no hay precio, con todo, ahora le recibo para añadirle a su dote: Luceyo, haz dél sacrificio a aquella hermosa deidad que tu metáfora dijo, al colocarla en su templo, y en vez del trasumpto vivo, pon en su ara ese retrato. Dásele. Este es el que un pintor hizo, que para copiarla, tuve yo en un jardín escondido, y no sé por qué desgracia, saliendo de la isla huido, sin dármele se ausentó. Sin saber cúyo era, vino, por primoroso, a mi mano; desta verdad claro indicio es tener yo por más fácil ir tuyo que quedar mío: añade esta joya más al dote, y pues habéis visto todos que he vencido no solo al campal enemigo, sino al doméstico, pues a mí mismo me he vencido, siendo la mayor vitoria el vencerse uno a sí mismo, prosiga ahora el triunfo. Todos será repitiendo a gritos. ¡Viva Scipión, de cuyos floridos años la memoria numeren a siglos la tierra con flores, el mar con arenas, el sol con reflejos y el aire con visos! Sale Brunel. No todos, que falto yo, que también justicia pido de un infame que me ha hurtado honra y fama. Sale Livia. Yo testigo, a quien también la robó todo su dote. Eso es lindo: ¿quién vive hoy que haciendo robos no diga que son arbitrios? Quitad, apartad, que ya no es tiempo de desatinos, no, sino de que mudando el cántico su sentido, puesto que fortuna y fama tienen ya el velo corrido, el Segundo Scipión, español César invicto, diga que el Segundo Carlos... ¡Viva, de cuyos floridos años la memoria numeren a siglos la tierra con flores, el mar con arenas, el sol con reflejos, y el aire con visos!