La estatua de Prometeo Fiesta de años Personas que hablan en ella PROMETEO, galán EPIMETEO, segundo TIMANTES, barba MERLÍN APOLO MINERVA PALAS DISCORDIA LIBIA MÚSICOS VILLANOS VILLANAS Jornada Primera Mutación de bosque sobre peñascos, y el foro ha de ser una gruta de peñascos pelados y en ella una puerta de la misma peña capaz de una persona, hasta que a su tiempo se abre todo el foro, y sale della Prometeo dando voces. Moradores de las altas cumbres del Cáucaso, en cuya inhiesta cerviz descansa todo el orbe de la luna. ¡Ah del monte! ¿Quién nos llama? Dentro ¡Ah del valle! ¿Quién nos busca? Dentro Prometeo soy; venid, que ya es tiempo que os descubra el alto empleo que en esta triste, pavorosa gruta tantos días de vosotros tuvo mi persona oculta. Venid, pues, venid trayendo de vuestras zampoñas rudas, de vuestros rudos albogues, las armonías confusas que en culto de las deidades festivos aplausos usan. Dentro ¿Prometeo dijo? Todos seguid su voz, que sin duda a grande efecto hoy se deja ver. Dentro Y más cuando pronuncia Dentro que alegremente festivos vamos todos en su busca. Dentro Pues percebir no podemos Dentro adónde la voz se escucha, por varias sendas en varias tropas la maleza inculta penetremos. Sea diciendo, para volverse a hallar juntas: Cantando. ¡Al monte! ¡Al valle! ¡Al llano! ¡A la espesura! ¡Al monte, al valle, al llano, a la espesura! Llegad, llegad, y veréis la más perfecta hermosura que el arte y naturaleza en sus dos primores juntan... ...al monte, al baile, al llano, a la espesura. Dentro No en desmandadas cuadrillas vago ya el tropel discurra, sino en seguimiento mío a esta parte se reduzcan, que en lo intrincado de aquel risco le he visto. Dentro Pues unan sus lígneas a un punto, el fiero afán dejando en su busca, ... ...el monte, el llano, el valle, la espesura. Salen todos y todas con arcos y flechas. Ya, Prometeo, a tu voz apenas hay quien no acuda. Dinos, pues, a qué nos llamas. Sepamos a qué nos juntas. Corriendo a la voz tuya el monte, el valle, el llano, y la espesura. Ya sabéis que de Japeto y Asia, en cuyo lustre y cuya belleza se compitieron naturaleza y fortuna, de un parto nacimos yo y Epimeteo, sin duda para ejemplar de que puede haber estrella que influya en un punto tan distantes afectos, que sea una cuna, en vez de primer abrigo, campaña de primer lucha. Opuestos crecimos, no en la voluntad que anuda nuestros corazones, pero en la inclinación, que muda los genios; de suerte que, dada a los montes la suya, no hay fiera que por la saña, no hay bruto que por la fuga, la piel redima o la testa de las aceradas puntas de su venablo o su aljaba, pues testa y piel le tributan lo feroz a sus cuchillas o lo veloz a sus plumas. Yo, dada mi inclinación a la paz de la lectura, culpando cuanto a la noble naturaleza la injuria quien la racional aplica al comercio de la bruta, movido quizá de aquella razón de dudar que una estrella en un mismo instante un mismo horóscopo infunda dos afectos tan contrarios, con ansia de ver si apura el ingenio que una causa varios efectos produzca, me di a la especulación de causas y efectos, suma dificultad en que toda la filosofía se funda. Este anhelo de saber, que es el que al hombre le ilustra más que otro alguno –supuesto que aquella distancia mucha que hay del hombre al bruto, hay del hombre al hombre, si junta la conferencia tal vez al que ignora y al que estudia– me movió en joven edad a dejar la patria en busca de maestros, y como es la más celebrada curia de artes y ciencias la Siria, donde de toda Asia cursan los más floridos ingenios, con ellos me mezclé, en fucia de que ya a lo menos sabe algo el que al saber se ajusta. La lógica natural, que estaba en el alma infusa sin saber della, ilustrada de la clara lumbre pura de la enseñanza, me abrió sendas que hasta allí confusas pisaba, bien como ciego que anda tropezando a escuras y, como puerta de ciencias se difine o se intitula una vez abierta, pude trascender de sus clausuras, por los principios de todas, a la profesión de algunas. La escuela de los caldeos, en que es principal lectura la astrología, con más afecto que otra ninguna seguí, porque como en ella había empezado mi duda no descansé hasta saber cuánto en un instante mudan al rapto curso del sol, veloz siempre y tardo nunca, los astros semblante, pues entre primera y segunda influencia se dividen, no solo, aunque nazcan juntas, las inclinaciones, pero la desdicha y la ventura. Rico, pues, de artes y ciencias, viendo cuanto el cuerdo acusa al que adquiere en patria ajena y no lo logra en la suya, a ella volví, con deseo –la sabia judicatura de otras gentes observada– de ver si hiciese mi astucia que vuestra rusticidad a preceptos se reduzca de político gobierno, lastimado de la ruda barbaridad que os mantiene sin leyes que os constituyan racionales, mayormente cuando en los polos se fundan de paz y justicia, siendo pocas, guardadas y justas. Apenas proposición tan digna os hizo mi industria cuando, temiéndoos de que era halagüeñamente astuta –solo a fin de avasallaros, con ciega popular furia, notándome de ambicioso–, de la no impuesta coyunda sacudisteis la cerviz, con tan infame calumnia como torcer el sentido de un beneficio en injuria. Hasta aquí he dicho, por que la admiración os confunda de ver cuánto en mi favor vuestro desprecio resulta; pues ofendido de ver lo que un tumulto repugna la obediencia, interpretando el buen celo como culpa, a vivir conmigo en esta melancólica espelunca me reduje; que no hay compañía más segura que la soledad a quien no encuentra con lo que gusta. Aquí no solo del sol, no solo aquí de la luna, las liciones repasaba que en esa plana cerúlea me dieron el día y la noche, leyendo a edades futuras líneas de dorados rayos en pautas de estrellas rubias, pero de plantas y flores en la silvestre cultura naturales cualidades, y aun de las aves que surcan el aire, cantos y vuelos, pues las que a la luz saludan y las que a la sombra aplauden a mi invocación anuncian vaticinios como faustas y agüeros como nocturnas. Viendo pues en una parte cuánto los hombres repudian la enseñanza y viendo en otra cuánto los dioses la ilustran, a su alto conocimiento elevé la mente, en cuya especulación hallé las monarquías difusas del cielo y la tierra dando de Júpiter a la augusta majestad el cielo, el mar a Neptuno, sus espumas a Venus, luego la tierra a Saturno, sus fecundas mieses a Ceres, sus flores a Aura, a Pomona sus frutas, los abismos a Plutón, a Eolo, vientos y lluvias, a Mercurio los comercios, a Apolo ninfas y musas, a Marte y Palas las lides; y, para decirlo en suma, a Minerva de las ciencias la inspiración absoluta. Conque obligado de ver cuánto en mí las distribuya liberal, interior culto más que a otra deidad ninguna –oféndanse o no se ofendan las demás– rendí a la suya. Y discurriendo en qué obsequio podría yo hacerla que supla a mi hacimiento de gracias, di en aprehender su hermosura tan viva en mi fantasía que no había parte alguna en que no me pareciese mirarla, con tan aguda vehemencia que aun en las sombras de la noche siempre obscura –pues hasta ahora no vio luz en ella humana criatura– jurara que un vivo fuego para mirarla me alumbra. Bien ser locura pensé; pero como a la locura es tal vez el complacerla cierto género de cura, complacer quise la mía siguiendo su tema en una estatua que me dictaba el arte de la escultura, creyendo que con tenerla siempre a la vista segura cesaría el verla en sombras de fantásticas figuras. Ya concebida esta idea, para que mejor la esculpa, me dio su dócil materia la tierra al agua conjunta, con que siguiendo el dictamen del aire que la dibuja, de su vago original fui copiando una estatura al natural, aplicando en simétricas mensuras partes al todo, de suerte que aun informemente bruta la semejaba, y más cuando, para que la labre y pula, me franqueó la primavera de su varia agricultura liquidados los matices; díganlo dos teces juntas, pues para que de su rostro sonrosease la blancura, la cándida dio el jazmín y la rosa la purpúrea. Laurel y oliva, bien como premio en literales justas, aquel sus rizos corona, esta su siniestra ocupa. Lo demás de sus adornos, ropajes y vestiduras, se bordan de varias flores, tanto que le disimulan la tosca materia al barro según cuajado le ocultan. Pero ¿para qué la voz se detiene en su pintura ociosa cuando la vista mejor que ella lo divulga? Llegad, pues, llegad, veréis su efigie, y pues mi cordura ya no os da leyes, sino simulacros, sobstituyan a políticos consejos sagrados ritos; construya, pues, vuestro celo ara y templo a la sabia deidad pura de Minerva en su primera estatua del mundo y suban, aceptados vuestros ruegos a mejorar de fortuna, al sagrado solio, donde vive, reina, vence y triunfa. Descubre la estatua, abriendo la gruta, que estará como la pintan los versos y parecida a la que hiciere el papel de Minerva. ¡Qué prodigio! ¡Qué portento! Pues ¿qué os asombra?, ¿qué os turba? Yo responderé por todos, pues a mí nada me asusta. Aparte. (Mal dije, que quizá a ellos admira y a mí me ofusca). Prometeo, que tu ingenio es grande nadie lo duda; y cuando alguien lo dudara, retóricamente muda le desmintiera esa estatua, puesto que a todos perturba verla algo menos que viva con algo más que difunta. Pero una cosa es (¡qué mal el corazón disimula!), pero una cosa es que no admitamos leyes tuyas, contentos con nuestras leyes, que son las dos que ejecuta el pueblo cuando castiga al que mata y al que hurta, y otra es que no admitamos sagrados ritos que incluyan adoración a los dioses; y por que mejor se arguya que acepta lo sacro quien lo político renuncia, de parte de todos, yo voto hacer que se construya templo a Minerva que exceda en riqueza y escultura al del gran Saturno nuestro, donde aquesa imagen tuya se venere; pero en tanto que mi ofrecimiento cumpla Aparte. (esto es para no perderla de vista, mi nueva angustia), hasta su colocación no la saques desta gruta, por que el trato, que es quien más las estimaciones frustra, no como al sol la desdeñe, pues por ver cuánto madruga regular a una hora siempre, ya no nos admira nunca. Y así, otra vez lo repita, aquí hasta entonces la oculta, que aquí vendremos por ella luego que la arquitectura del templo a la región media, sobre dóricas columnas de bronceados capiteles en piramidal abuja crezca, de suerte que el aire dude cuando la sacuda si es huracán que se abate o fábrica que se encumbra. Y para que veas que todos lo que él ha votado juran, ya que voces y instrumentos a su llamado se aúnan, empiece su aclamación desde luego. Acción es justa, y yo me obligo a que el himno de las mismas voces tuyas se componga. ¿De mis mismas voces? Sí. Di cómo. Escucha. Cantan y bailan. Venid, moradores del Cáucaso, en cuyas cervices descansa sus orbes la luna. Venid y festivos corred en su busca. Vueltas. El monte, el valle, el llano y la espesura. Venid y veréis Canta que en nueva escultura la naturaleza y el arte se juntan. Venid y trayendo de cítaras rudas, de rudos salterios las voces confusas, respondan los vientos cuando la saludan. Dentro Al valle, al llano, al monte, a la espesura. Oíd, ¿qué disonantes ecos los cóncavos articulan de todo el Cáucaso? Oigamos, por si más claro se escuchan. Sale Timantes [viejo]. Huid, pastores, que una fiera que horriblemente sañuda no hay sembrado que no tale, ganado que no destruya, del bruto seno en que yace aquella cueva profunda, que tal vez al cielo empaña y tal vez al viento ahúma, al monte ha salido. Todos discurren, puestos en fuga. Al monte, al valle. Dentro ¡Qué asombro! Al llano, al bosque. Dentro ¡Qué angustia! Salirla al paso me toca, que es bien mi valor presuma, por más veneno que exhale, por más ponzoña que escupa, que en loor de Minerva tuvo sacrificada su furia la primer víctima mía, la primer estatua suya. Vase. Primero, tomando yo mi arco y cerrando la gruta, sabré por dónde atajarla, desmintiendo a quien murmura que se embotan los aceros en el corte de las plumas. Vase. Por si es verdad que a las sierpes las músicas las conjuran, venid repitiendo todos, cláusulas y voces juntas. Al monte, al valle, al llano, a la espesura. Vanse. ¿No vas tú, Merlín? No, Libia. ¿Por qué? Porque no me gusta, por ir a ver su fiereza, dejar de ver tu hermosura. Sí, eso es ser gallina; no fundes en mí tu disculpa. ¿Cómo gallina?, si es solo por que tú huyas segura el quedarme yo, pues cuando esa horrible fiera adusta viniese hacia donde estás vieras en defensa tuya lo que hacía. Dentro. Al monte, al llano. Pues tiempo es de que lo cumplas, que hacia aquí viene. ¿Qué dices? Que veamos qué procuras en mi defensa hacer. Ponte delante tú; verás una heroica gloriosa acción. ¿Delante? Sí. ¿A qué? ¿Eso dudas? A que dando antes contigo cebe en ti presas y uñas, y pueda afufallas yo mientras ella a ti te engulla. Vase. ¡Aprovechada fineza! Pero aténgome a la suya, pues por otra parte vuelve acosada de la bulla, siendo Prometeo el que más en su alcance se apresura, pues él solo dice cuando todos los demás divulgan... Al monte, al llano. Vase. Dentro. Por más, oh, fiero vestiglo, que huyas desta bárbara montaña al más pavoroso centro, sabrán alcanzarte dentro de su intrincada maraña mis ardientes flechas. Sale Minerva de fiera y canta[, y tras ella Prometeo]. No las dispares. Blando acento, que a mí me paras y al viento, ¿quién te ha pronunciado? Canta. Yo. Quítase las pieles y queda como la estatua de la gruta. ¿Quién eres, oh tú, beldad de tan no esperado asunto, que lo que a un monstruo pregunto me responde una deidad? Pues para que tú lo seas, sobre ser la que admiré en sombras, la que copié en fantásticas ideas y la que trueca el feroz aspecto en aspecto amable, nada lo hace más probable que lo dulce de tu voz; pues los horrores que das quitas con las suavidades; siendo así que las deidades no hablan como los demás, sonando siempre a armonía cuanto pronuncia su acento. Y en fin, deidad, sombra, viento, ilusión o fantasía que aparentemente vi, que realmente retraté, si tu culto procuré, ¿qué es lo que quieres de mí? Recitativo Yo soy, oh Prometeo, Minerva, que a tu vida, no solo agradecida por su estudioso empleo, mas por la ara en que ya arde tu deseo, en aquel propio traje que tu idea me copia, por que de ser yo propia cualquier duda se ataje, quiso mi amor que en busca tuya baje. Y por no dilatarte las gracias que te debo, a revestir me atrevo tal disfraz que te aparte de todos donde a solas pueda hablarte, trayéndote a esta esfera que la luz no la dora, que el pájaro la ignora, el bruto la venera, negada al sol, al ave y a la fiera. Mira, pues, qué don quieres que mi agradecimiento rinda a tu pensamiento, persuadido a que eres dueño de cuanto imaginar pudieres no en el avaro anhelo del centro de la tierra, pero en cuanto en sí encierra debajo de su velo toda esa azul república del cielo. Al verte y oírte lucho con segundo devaneo; si dudo cuando te veo, ¿qué creeré cuando te escucho? Pero ya que tu favor el sobresalto destierra y no puedes en la tierra darme tesoro mayor que el que ya me diste, pues me diste sabiduría, aspire la ambición mía al soberano interés del cielo. Cantando. ¿Qué quieres de él? Si yo, Minerva, supiera lo que contiene la esfera, de su estrellado dosel un don te pidiera igual al poder que en ti se mide, que el que acobardado pide hace avaro al liberal. Mas, si bien no sé –aunque sé bien sus imágenes bellas– lo que puedes darme dellas, ¿cómo pedirte podré lo que ignoro?; llegue a oír qué hay allá particular, y enseñarete yo a dar, pues me enseñas tú a pedir. Canta. Son tan raras, tan bellas, sus altas maravillas, que no es bastante oíllas, Prometeo, sin vellas, para saber lo que se incluye en ellas. Mas, si tú te atrevieras a penetrar osado conmigo su dorado alcázar, en él vieras lo que quieras traer de sus esferas. ¿Si me atreviera dices? ¿Qué habrá a que no se atreva quien consigo te lleva? Cantando Pues no te atemorices si, arrancando este tronco sus raíces, deja la tierra dura por escalar el viento. En tan glorioso intento tu deidad los temores asegura... Suben asidos a un árbol. ...al monte, al llano, al valle, a la espesura. Dentro No fatiguéis en vano el monte, la espesura, el valle, el llano, Sale despavorido. que el valle, el llano, la espesura, el monte, en todo su horizonte, talado tronco a tronco y peña a peña, no os pueden dar ni huella, rastro o seña ni de la fiera ni de Prometeo, que ambicioso de hacer suyo el trofeo, a lo lejos le vi romper el seno tras ella al coto, que de horrores lleno, pisado no se vio, según espanta, de bruta huella ni de humana planta. Y pues no es bien se diga que él siguió el riesgo sin que yo le siga, arrójese a su centro mi destino, que morir en su amparo determino, no tanto ya, ¡ay de mí!, por ser mi hermano cuanto por ser autor del soberano simulacro de aquella beldad tan imposible como bella a quien dejé su víctima ofrecida; y así en su nombre, ¿qué ha de haber que impida mi altivez? Mas, oh, Júpiter divino, Entra y sale por otra parte y ábrese otra gruta en el foro, más horrorosa que la otra. qué estancia tan sin senda ni camino mi atrevimiento pisa, donde aun la luz del sol no se divisa cuanto y más Prometeo ni fiera; pues tan solamente veo a escaso viso la funesta boca de una entreabierta roca por donde con pereza melancólico el Cáucaso bosteza. Sin duda este es su albergue y, aun sin duda voraz, horrible, trágica y sañuda en él le oculta, ¡oh, pese a mi denuedo! Acuérdate, valor, de que no hay miedo que te estorbe a que entres hasta donde le encuentres con espíritu altivo, bien que al asombro yerto, para librarle si le hallares vivo, para vengarle si le hallares muerto. Lóbrego panteón deste desierto, a pesar del terror que en ti se encierra, he de ver... Dentro de la cueva con cajas y trompetas. ¡Arma, arma, guerra, guerra! ¿Qué desusado estruendo de mal ruidoso idioma que no entiendo mezcla a un tiempo en su cóncavo veloces roncos acentos y sonoras voces? Si lo horrible, bramido es de la fiera, ¿cúya será la dulce lisonjera cláusula que diciendo al aire yerra? Cajas. ¡Arma, arma, guerra, guerra! Cajas. Sale cantando Palas, armada. ¿Cúya ha de ser, sino de quien inspira al valor, puesta en música la ira? ¿Quién eres, bello prodigio, de tan encontradas señas que tu voz dice deidad, y no deidad la aspereza de tu semblante? ¿Quién eres, otra vez a dudar vuelva y otras mil, oh, tú que a un tiempo ceñuda y afable muestras rayo de acerada nube, parto de infausta quiebra? Que no deja de ser monstruo quien es monstruo de belleza. Cantando De Júpiter y Latona, hermanas del sol, Minerva y yo nacimos, gozando tan una la infancia nuestra que el número no podía distinguirnos, de manera que ya hubo quien dijo que, equívocas, eran o Minerva o Palas una cosa mesma. Pero, aunque en deidad, en solio, en majestad y grandeza nacimos las dos conformes, crecimos las dos opuestas en los divididos genios de nuestras dos influencias; blanda ella lo diga, dígalo severa yo auxiliando lides, dictando ella ciencias. Y siendo así que de un parto visteis las luces primeras Prometeo y tú, imitando nuestra fortuna en la vuestra, partimos los dos asuntos, trabada la competencia de cuál mayor lustre, mayor excelencia da al uno en las armas que al otro en las letras. A este efecto, en tanto que te asista en altas empresas, te incliné a la caza, bien como imagen de la guerra; pero viendo cuán ingrato al influjo que te alienta, a una inanimada, fingida belleza víctimas dediques y altares ofrezcas, mayormente habiendo dicho la sacrílega soberbia de aquese ignorante sabio que en obsequio de Minerva, todas las demás deidades, se ofendan o no se ofendan, al son de mis voces, cajas, y trompetas que tu ánimo inspiren, tu espíritu enciendan, quise abatirte a este abismo, en tanto que al cielo eleva ella a su alumno, oponiendo a su lisonja mi ofensa; no tanto airada porque él culto a su deidad prevenga, cuanto porque tú tan villano seas que la propia olvides y aplaudas la ajena. ¡Minerva, primera estatua, primero templo, primera víctima, primera pira, siendo quien más la engrandezca el héroe que eligió Palas!, ¿y que Palas lo consienta? ¡No solo es desaire, no solo es bajeza, pero es furia, es rabia, es ira, es violencia! Y así disponte a que tú has de ser quien desvanezca toda su pompa, esparciendo al aire en polvos deshecha la estatua, o prevente a que por enemiga me tengas, volviendo a mezclar de deidad y fiera extremos que digan en voces diversas contra Prometeo... ¡Arma, arma, guerra! Desaparece [Palas]. ¡Oye, espera! No es posible seguirla, porque me cierran el paso troncos y ramas. ¿Quién se habrá visto en tan ciega confusión como buscar a un hermano y a una fiera, y en vez de fiera y hermano hallar deidad tan violenta que se explique favorable para declararse adversa? Que rompa la estatua, dijo, esparcida en tan pequeñas partes que la lleve el viento en sus ráfagas envuelta. ¿Cómo, cielos, –si al mirar tan hermosa, tan perfecta estampa, con el dolor de que alma y vida no tenga, la ofrecí mi vida y alma por si viviese con ellas– podré obedecer a Palas? Pues en igual conferencia, si la obedezco, peligran una y otra en la obediencia, y en la amenaza, si no la obedezco; de manera que, expuesto a un sagrado ceño o a una dominante estrella, obedecerla es el mismo riesgo que no obedecerla. ¿O no hubiera un medio en que, partida la diferencia, complacer supiera a Palas sin ofender a Minerva? Mas ¿qué dudo?, que sí habrá, si no me miente la idea de una imaginada industria: yo he de fingir... Dentro Hacia aquella parte está. Lleguemos todos. Quede la industria suspensa hasta otra ocasión. Salen [Timantes, Libia y Merlín y] todos los villanos. Los brazos nos da. Montañas y selvas hasta hallarte hemos corrido. Dónde has estado nos cuenta y si al monstruo o Prometeo has visto. Mi duda es esa, que ni a Prometeo ni al monstruo, con llegar hasta su cueva y examinarla, no vi ni sé daros más respuesta de que salgáis deste sitio, ¡huid, huid de su maleza, que hay más prodigios en él que pensáis! Vase. Bien aconseja quien aconseja que huyamos. Aunque él no te lo dijera, supieras hacerlo tú. Ahí verás, oh, Libia bella, lo que me debes, pues siendo tú mi vida, fue fineza guardar la tuya en la mía. Pues ya inútil diligencia es buscar a Prometeo puesto que la noche cierra, vamos de aquí. También es buen consejo, si te acuerdas de que mi amo dijo que hay prolijos por aquí cerca. Harto desconsuelo es el irnos sin que parezca Prometeo. ¿Qué habrá sido de él? Bien presto, si dijera yo lo que pienso, sería saberlo. Pues, di, ¿qué piensas? Que sin duda convidados en otra parte la fiera tenía, y para su banquete voló con él. ¿De qué, bestia, lo infieres? De que sin duda sería gran plato en su mesa, porque el que crudo sabía tanto, forzoso es que sepa más o cocido o asado. Luego vi que sería necia frialdad tuya; de aquí vamos, que ya el sol en la eminencia de aquella elevada cumbre en que el rumbo de sus ruedas suele rozarse según sobre las nubes descuella, sus altas cimas transmonta su carroza. Vase. ¡Oh, quién supiera lo que al verse descender del cenit de su grandeza dirá al despeñarse al mar! ¿Qué dificultad es esa?, pues con saber que es cochero sabrás que vota y reniega y que da al diablo a su amo porque nunca el coche presta. ¡Que en tu vida digas cosa que una necedad no sea! ¿Mayor necedad no es Aquí puede haber mutación de cielo. querer tú desde la tierra oír si dirá o no dirá Apolo cuándo se acuesta? Vanse. A su tiempo aparece el sol, que va pasando de una a otra parte, y estarán Minerva y Prometeo sobre una nube, y al pasar le quita un rayo. Canta dentro No temas, no, descender, bellísimo rosicler, que, si en todo es de sentir que nace para morir, tú mueres para nacer. Canta Ya que sobre el pedestal de tupida nube densa del transparente zafir las diáfanas vidrieras has penetrado, observando cuanto se contiene en ellas, mira qué don quieres que yo te conceda, ya que mi palabra cumplírtela es fuerza. De cuanto he visto y de cuanto he notado en sus esferas nada me suspende, nada me admira, pasma y eleva tanto como el esplendor, mirado desde tan cerca, deste corazón del cielo, de ese aliento de la tierra que –árbitro del día y la noche, monarca de los planetas, rey de los signos y dueño de luceros y de estrellas– vida es de frutos y flores, y alma de montes y selvas. Si yo pudiera llevar un rayo suyo que fuera, su actividad aplicada a combustible materia, encendida lumbre que, desmintiendo las tinieblas de la noche, en breve llama supliese del sol la ausencia, fuera don bien como tuyo, pues moralmente se viera que quien da luz a las gentes es quien da a las gentes ciencia. Canta Mucho pides, mas por mucho que pidas a más me empeña la palabra que te di; y pues que ya el sol se acerca, embozado en pardas nubes, que se te transponga deja para que al pasar sin ser visto puedas, hurtándole un rayo, llevarle a la tierra. Instrumentos. La armonía de los orbes –a cuyo compás su tierna, dulce voz va divirtiendo la continuada tarea que de la eclíptica pasa Va pasando el sol, poco a poco. atravesando la senda al Zodíaco, a quien siguen de sus imágenes bellas las cláusulas– arrebata mis sentidos de manera que no sé si he de tener acción que no se suspenda. Pues yo te apadrino en tan alta empresa, atiende a su luz, no a su voz atiendas. No temas, no, descender, ... No temas, no, descender, ... ...bellísimo rosicler, ... ...bellísimo rosicler, ... ...que, si en todo es de sentir... ...que, si en todo es de sentir... ...que nace para morir, tú mueres para nacer. ...que nace para morir, tú mueres para nacer. No temas ver que la aurora delante de ti fallece, pues en los rumbos que dora, si a cualquier hora anochece, amanece a cualquier hora. Y pues nunca anochecer puede, sin amanecer, ¿quién podrá contradecir que nace para morir y muere para nacer? No temas, no, pues adquiere nueva luz la luz que yace, y tanto a todas prefiere, que muere de la que nace, y nace de la que muere. Y así no temas caer desde el cenit al nadir, pues es tan otro tu ser que nace para morir y muere para nacer. Al emparejar el carro le quita una luz. Perdone, Apolo, esta ofensa, y tú, gran Minerva, piensa que a consagrarte voy fiel este rayo; huyo con él pues quedas en mi defensa y te sabré agradecer, si llega en tu culto a arder, que por él puedan decir que nace para morir y muere para nacer. Repite toda la copla la música y pasa el carro y Prometeo baja, Minerva sube, y acaba la jornada. Segunda Jornada Empieza con la mutación de bosque y peñascos de la primera jornada con la misma gruta, y a un lado a su tiempo se verá Prometeo sobre un peñasco, y la que hace a Minerva estará en lugar de la estatua dentro de la gruta. Salen como a escuras Epimeteo y Merlín. Hacia esta parte ha de ser, si la noche no me engaña, la estancia de Prometeo. Si has dicho que en su comarca hay prolijos, ¿cómo a ella vienes?; y más cuando baja la noche sus verdes riscos vistiendo de sombras pardas. Calla y sígueme, Merlín, ya que hice confianza de ti más que de otro alguno. El favor te perdonara, porque seguirte y callar son dos cosas muy contrarias; y ya, señor, que el seguirte en mis pies esté, repara que el callar no está en mi boca. Y así la duda se parta que, pues te sigo y no enojo, no es justo quitarme el habla; sepa a qué efecto buscando vas de Prometeo la estancia. (Que sea fuerza que el más cuerdo de algún criado se valga el día que por sí solo a sus motivos no basta; mayormente el día que es fuerza también que a dar vayan a su casa sus motivos, donde del ladrón de casa el tesoro de un secreto o nunca o tarde se guarda. Y pues por ambas razones deste he de valerme, haga confianza desde luego. Quizá podrá ser que haya tal vez villano en quien tenga mérito la confianza). Yo, Merlín, viendo que eres hombre honrado... Sí, a Dios gracias. ...y que ha tanto que me sirves, ... Cuanto ha que tú no me pagas. ...pretendo, atento a tu buena ley, ... Lo primero es el alma. ...fiar de ti un noble secreto. Mejor fuera que fiaras de mí un villano vestido. Oye, y sabrás con qué causa. Entre los raros acasos que en este monte me pasan en busca hoy de Prometeo, el mayor fue que llegara a la boca de una cueva en cuyas duras entrañas con dulces y horribles voces superior deidad me manda que la estatua de Minerva, en vez del templo y el ara y víctima que ofrecí, la rompa, quiebre, y deshaga. ¿Mandote más? ¿Esto es poco? Y tan poco que no es nada; que puesto que Prometeo de todo el contorno falta y la estatua se está allí, ¿qué enfecultad habrá en darla –pues el mandato no es barro y es barro la tal estauta– con un canto en el cogote, con otro canto en la cara, con otro canto en los pechos y con otro en las espaldas, y cátala aquí deshecha? ¡No lo digas, calla, calla!, que ultrajes de igual prodigio aun solo dichos agravian. Pues ¿no vas a deshacerla? No, Merlín, sino a robarla; que esto es lo más que de ti fío, pues para llevarla a esconder entre los dos te traigo. ¿Cómo, si manda suprior deidad que la rompas? Como no es posible que haya obediencia a un cruel precepto en que me van vida y alma; pues desde el instante que vi maravilla tan rara idolatré su hermosura. Eso, señor, no me espanta, como esas estautas hay por ahí que se idolatran. ¿Cómo, si esta es la primera que ha visto el mundo? Te engañas, que yo he visto muchas. ¿Dónde? En bobas de buena cara; y esto aparte, porque creo que ya está dicho, ¿qué trazas? Llevarla donde escondida, no sabiendo della, no haya quien templo la dé ni culto, con que satisfago a Palas, que fue la deidad que dije, y sin llegar a ultrajarla la reservo para mí, contento con adorarla, teniéndola en mi poder. Conque tendrás una dama para la comodidad de notables circunstancias, pues no te pedirá el coche, ni la joya, ni la gala, ni el cairel, ni el perendengue, el relámpago, la enagua, la hungarina y, cuanto al plato, no hará costa en las viandas, pues dellas te pagará el escote en la garganta; y en fin, no te dará celos, pues siempre metida en casa no dirá esta calle es mía. Mas sobre esto, ¿no reparas que Palas se ofenda y, viendo el que para ti la guardas, airada se vuelva en dios Palos la diosa Palas? No lo sabrá, que la noche siempre en sus sombras ampara hurtos de amor. Eso es dar ignorancia en soberanas deidades. Esa objeción pondrá alguno, pero es vana; que deidad que tiene envidia ¿por qué no tendrá ignorancia? Y pues por aquí es la gruta de Prometeo, a la escasa, trémula luz de la luna la busquemos; que el hallarla ya ves cuánto importaría antes que amanezca el alba. Que a escuras encuentre un hombre alguna sima en que caiga, vaya, mas que encuentre sima en que galantear, no vaya. No me repliques. ¿Qué hiciera Minerva, pese a su alma, en alumbrarnos?, supuesto que el ir a buscar su estauta es hacerla el agasajo de no deshacerla. Aguarda, que apenas lo has dicho cuando un nuevo esplendor jurara que me había dado luz. En lo alto Prometeo con la luz. Yo también. ¿Ves en la alta cumbre del Cáucaso un bello nuevo esplendor cuya llama ni es relámpago que brilla ni es exhalación que pasa, sino desasida estrella del firmamento que vaga a elección del viento que de su epiciclo la arranca? Y como que lo veo, y veo... ¿Qué? ...que de la altura baja. Dices bien, pues de la cumbre cay, alumbrando la falda. Hacia nosotros se acerca. Sin duda Minerva trata favorecer mis deseos, agradecida a mis ansias, porque tan no vista luz de estos montes, en la opaca obscuridad de la noche, ¿quién duda que sea enviada –pues percibimos que viene, sin percibir quien la traiga– de alta deidad? Clara cosa es, puesto que es cosa clara. Hasta averiguar qué sea, retírate entre estas ramas. Ocúltanse y sale Prometeo. Hurtado rayo del sol, ven donde otro sol te aguarda, que para ser sol Minerva, ser su retrato la basta. Atraviesa el tablado. Pues, sin distinguir qué bulto es el que la mueve, pasa por delante de nosotros, sigámosla, Merlín, hasta que apuremos de una vez en qué igual portento para. Sea, señor, a lo lejos, porque me ciega el mirarla. Ábrese la gruta. Bella imagen de Minerva, ... ¿Ves que la gruta se abra, y a la estatua en ella? ¡Y cómo que lo veo! Atiende y calla, hasta apurarlo más. Pónele la luz en la mano derecha. ...este rayo del sol te consagra quien como el rayo en tu mano pusiera el sol a tus plantas. Agora por que las gentes de todas estas campañas crezcan la adoración tuya, creyendo que de ti nazca al mundo este beneficio de que familiar se haga al hombre la actividad del fuego, y con más instancia te labren el templo que hoy te han ofrecido que vaya será bien a convocar a todos para que añadan, con segunda admiración, sacrificios a tus aras. Vase. La luz dejando en su mano, el bulto della se aparta. Pues, para que yo la vea y lleve donde ocultarla de Palas pueda, la luz paró en su mano, ¿qué tardas? Llega conmigo, que ella, dando el reflejo en su cara, se deja ver, como quien dice, pues me ves, ¿qué aguardas para que en salvo me pongas? Y así, entre los dos, a casa la llevemos. De esa parte tú, señor, con ella carga y yo de estotra. Al llegar, los asusta hablando Minerva. ¡Teneos! No, sacrílegos, con vana presunción tocarme oséis. ¡Ay, que se enoja la estauta! ¿Qué es lo que miro? ¿Quién, dioses, nuevo espíritu la inflama, nuevo aliento y nueva vida? Dentro Quien triunfa para enseñanza de que quien da ciencias, da voz al barro y luz al alma. Sale la estatua de la gruta. ¿Qué es esto, Merlín? Esto es que, al compás que encanta, canta doña Estatua mi señora; como una persona, anda, habla, ve, alienta y respira. ¡El gran Júpiter me valga! A mí, el gran Baco, deidad más devota, pues es llana cosa que él solo entre todas deidad de bota es. ¡Qué estancia tan pavorosa, tan triste, tan trémula, obscura y vaga! Si no fuera por el astro que me influye... Mas, ¿quién anda allí?, ¿quién va?, ¿quién es? ¡No se llegue acá! ¿Qué os espanta?, ¿qué os retira?, ¿qué os suspende?, ¿qué os estremece? A mí nada. A mí todo. Que si sé que te di mi vida y alma en el punto que te vi, ¿qué mucho, si en dicha tanta, veo yo que vives con ellas, que veas tú que a mí me faltan? ¿Yo, tu alma? ¿Yo, tu vida? ¿Dónde, cómo o cuándo hallarlas pude, si ya no es que estén dentro desta viva llama que me anima? Y si son tuyas, llega tú, llega a cobrarlas. ¡No la acerques, no la acerques! ¡Aparta su ardor, aparta!, que más que alumbra, deslumbra, y tanto pavor me causa, que arrojándome de sí me fuerza a que a buscar vaya quien me descifre el enigma de una escultura animada, un inanimado fuego, que con calidad contraria abrasa como que hiela y hiela como que abrasa. Bien dices, llamemos gente. ¡Pastores destas montañas, ... Dentro ¡Pastores destas montañas, ... El eco te favorece pues repite tus palabras. [Vase.] Acercándose uno, se aleja el otro, y queda Prometeo y se va Epimeteo con estas voces. ...venid, que hay nuevo prodigio... ...venid que hay nuevo prodigio... ...que admirar en nuestra patria! ...que admirar en nuestra patria! Sacudid el blando sueño. Sacudid el blando sueño. Dejad, dejad, las cabañas. Dejad, dejad las cabañas. Dentro. ¿Quién a esta hora nos despierta? Dentro Quien triunfa para enseñanza de que quien da ciencias, da voz al barro y luz al alma. Músicas el aire, espantos la tierra, y el fuego ansias; ¿quién soy yo, dioses, que he puesto el orbe en confusión tanta? Sale Prometeo. Ya que a mi voz y a la voz del eco que la acompaña despierta la gente queda y es fuerza que aquí la traiga el nuevo imán del reflejo, adelántome a esperarla para que me halle con ella cuando llegue; mas ¿qué rara maravilla es ésta, cielos? ¿Fuera de la gruta no anda en ajena mano? Vea quién se ha atrevido a quitarla. ¡Qué miro! ¡Sacra Minerva! ¿Qué oigo? ¿Yo, Minerva sacra? ¿En qué de mi amor te ofendes? ¿En qué de mi fe te agravias? ¿Por qué el rayo que me diste para tu imagen le traiga, ... ¿Qué rayo, qué imagen? Dioses, ¿qué es esto que por mí pasa? ...si en honor tuyo en su mano le puse? ¿A qué efecto bajas a quitársele tú della? ¿Por qué te enoja el que arda en culto tuyo? Dos cosas bien nuevas y bien estrañas –oh, tú, quien quiera que seas, hombre, ilusión, o fantasma– admiro al oírte y verte: una, que huyendo no vayas, deslumbrado deste ardor; y otra, mirar que me tratas como si me hubieras visto antes de ahora. Otras dos, y ambas bien estrañas y bien nuevas tú, al verte y al oírte, causas: una, que, siendo tú más favorecido, reparas en que te conozca; y otra, que vengas tan enojada que te desmientas divina para castigarme humana. ¿Qué se hizo la armonía? ¿Qué se hizo la consonancia de tu voz? ¿Aún no merezco aquella dulzura blanda con que me hablabas? ¿Qué dices? ¿Cuándo yo, dime, te hablaba, si son éstas las primeras razones que articuladas fueron de mí, trascendiendo las rudezas de la infancia a los discursos de joven? No el enojo, oh, soberana Minerva, desluzga el don más lucido, que es tirana pena que a tu ceño muera, sin saber yo de qué nazca. Dime ¿en qué te desobliga el que, en honor de la estatua que te labró, aquese hurtado rayo del sol te consagra? Y ya que para su robo me guardaste las espaldas, ¿en quién le pude emplear mejor que en ti misma? Aguarda, que no sé quién la razón de dudar en mí adelanta: ¿mi estatua labraste tú? ¿Eso dudas? ¿Tú, esta llama al sol hurtaste? ¿Eso ignoras? ¿Tú la trujiste? ¿Eso estrañas? ¿Y es don de Minerva? ¿Eso admiras? ¿De qué te espanta el que admire, estrañe, dude y ignore la que se halla, sin saber cómo, con vida tan recién nacida, sabia? Pues ¿quién eres? No lo sé; que solo sé que ilustrada desta antorcha, por mí dijo, no sé si el Euro o el Aura... ...que quien da las ciencias, da voz al barro y luz al alma. Que quien da las ciencias, da voz al barro y luz al alma. Oh, moralidad envuelta en fabulosa enseñanza, qué de cosas que me dices; pero ninguna más clara que al ver que el monte discurras, ver que de la gruta faltas. No es mucho, no, que repitan los vientos en voces altas, en bajas voces los ecos... Dentro ¡Pastores destas montañas, sacudid el blando sueño! ¡Dejad, dejad las cabañas! ¡Acudid, acudid todos! ¿Quién nos busca? Dentro ¿Quién nos llama? Dentro Dentro Epimeteo, a mayor portento de nuestra patria que al que os llamó Prometeo; pues, si él os convocó a causa de ver a su estatua muerta, yo, de ver viva su estatua. Cuanto dudamos los dos ha dicho en una palabra. Dentro Llegad, llegad, que la noche, Dentro según es de cortesana doña Estatua mi señora, no os impedirá el mirarla. Salen todos Pues ¿quién su sombra ilumina? ¿Quién su obscuridad aclara? ¿Quién nace antes que la aurora? ¿Quién madruga antes que el alba? Quien dando las ciencias, da voz al barro y luz al alma. ¡Prometeo! ¡Epimeteo! ¿A dónde hasta ahora estabas? Para tanta confusión esa es noticia muy larga; después lo sabrás. Bien dice, que ahora no hay para nada atención que no sea asombro. Pues ¿qué os suspende?, ¿qué os pasma que el rayo del sol me anime a fuer de flores y plantas, mayormente cuando oís que, a merced de soberana deidad, Minerva le invíe y que Prometeo le traiga? Y pues ya en este usurpado rasgo del luciente alcázar, en tres edades del fuego, pasando de luz a brasa y desde brasa a ceniza, su actividad aplicada a la dispuesta materia, tenéis quien supla la falta del sol para los comercios de la noche, en dignas gracias de su doméstica lumbre, repetid en voces varias... Que quien da las ciencias, da... Dentro ¡Guerra, guerra, al arma, al arma! Dentro Caja y clarín ¿Qué nuevo escándalo, cielos, es el que los vientos rasga? Este, en baldón de Minerva, es el enojo de Palas contra mí. Y aun contra todos. No temáis sus amenazas, pues cuando diga el terror de sus trompas y sus cajas... ¡Arma, arma, guerra, guerra! ...dirán otras consonancias... Que quien da las ciencias, da voz al barro y luz al alma. Si ya no es que el ver mezclados horrores y voces blandas jeroglífico es que diga que, pacífica, esta llama será halago, será alivio, será gozo, será gracia y, colérica, será incendio, ira, estrago y rabia; y así, temed y adorad al fuego cuando le esparza, o afable o sañudo, a toda la naturaleza humana la estatua de Prometeo. Vase. ¡Oye! ¡Espera! ¡Escucha! ¡Aguarda! Por veloz que corra yo, fuerza es ir tras mi esperanza. Vase. Yo tras mi admiración. [Vase.] Yo tras saber si algo me manda doña Estatua mi señora. [Vase.] Hasta ver adónde para, seguidla todos. Y sea en hacimiento de gracias, dando a su nueva deidad, con dones, bailes y danzas, la bienvenida. Bien dices, aunque en parte me acobarda el oír a un tiempo a una de dos deidades contrarias... Que quien da las ciencias, da voz al barro y luz al alma. ...y a otra, ... Cajas ¡Arma, arma, guerra! ...conque recelo que nazca la estatua de Prometeo para escándalo del Asia. En tanto que él no suceda, mejor es decir con ambas... ...que quien da las ciencias, da voz al barro y luz al alma. ¡Arma, arma, guerra, guerra! Vanse y salen Palas por una parte, y por otra la Discordia cantando recitativo o en tramoyas, como mejor parezca. Entre dulces voces blandas, ¿qué militares estruendos, concebidos de los montes y abatidos de los ecos, tocan al arma sin mí? ¿De cuándo acá pudo, cielos, haber guerra sin Discordia? Nunca, y así, previniendo que habías de ser primera centella de mis incendios, dejé mi sagrado solio para salirte al encuentro. Pues ¿qué te obliga hoy a tanto bélico marcial apresto? Minerva y yo... Ya lo sé, partisteis valor y ingenio. Ella en Prometeo... Inspiró ciencias. Yo en Epimeteo, alto espíritu... De ambos sé el estudio y sé el esfuerzo. Prometeo a su deidad... Labró una estatua, a quien luego, dando el uno el simulacro, el otro la ofreció templo. Agradecida Minerva... Elevó su alumno al cielo. Y embozado en pardas nubes... Le ocultó, para que un bello rayo al sol le hurtase. Este, al calor del sacro fuego... Influyó en la bruta forma alma, ser, vida y aliento. Había a Epimeteo mandado... Romperla, y Epimeteo, al verla vivir, no pudo ejecutar el precepto. Hasta aquí sé de esos raros prodigios. Gracias al cielo que llegué a lo que no sabes, conque me oirás con silencio. Epimeteo, no sé si la buscó con intento de cumplir con mi obediencia u de cumplir con su afecto; dejemos aquí esta duda, y vamos a que los pueblos de esos rústicos villajes, de esos bárbaros desiertos, admirados de los dos tan nunca vistos sucesos como que entre leño y barro viva el barro y arda el leño, en loor de Minerva no hay quien con dones y festejos no la celebre, inventando bailes, músicas y juegos, aclamándola con nombre de Pandora, que en el griego vulgar frase significa la providencia del tiempo; conque desairada yo de que haya Prometeo conseguido a su auxiliar deidad tan común obsequio, por derramar sus solaces, al arma les toqué, pero como la guerra no consta de solos los instrumentos, mientras no hay en los humanos desavenencias, supuesto que el ruido en trompas y cajas no es más que alhaja del viento, viendo cuánto necesito de corazones opuestos, valerme de ti, Discordia, para mi venganza intento. Y así, pues tú sediciosa deidad eres, siembra en ellos ojerizas, disensiones, odios y aborrecimientos. Débate yo lo que tú me deberás a mí, viendo que de tus cizañas nacen mis victorias, pues poniendo el fuego Minerva y yo la sangre, verás cuán presto no sólo el Cáucaso, el orbe, agoniza a sangre y fuego. Esto por mí... No prosigas, que se desdeña el respeto de que se valga el mandato de la sumisión del ruego. Introducida en su tosco traje, mezclada con esos villanos y desmentido mi acento entre sus acentos, mi don la ofreceré en una urna que contenga dentro los hados de la discordia; conque en abriéndola, es cierto que, rota la cárcel, salgan infestando el aire envueltos en venenosos vapores; mayormente contra esos dos rivales como más nobles caudillos del pueblo, que le alteren, pues su nueva deidad, a uno aborreciendo y favoreciendo a otro, es fuerza que entren los celos, última sedición mía, tocando al arma, si llego por ti a turbar los mortales. Yo haré que en ese intermedio cuente sus rayos Apolo y, echando el hurtado menos, su luz les niegue eclipsado, por que asaltados a un tiempo digan al son de mis trompas sus relámpagos y truenos... Dentro música y gritos. Al festejo, al festejo, zagales, zagalas, venid, venid al festejo. ¿Es este su aplauso? Sí. Pero ya de él no me ofendo, si atiendo a cuán poco dura la brevedad del contento; y más cuando vas, Discordia, tú a turbarle. Así lo ofrezco. ¡Pues al arma!, ... ¡Pues al arma!, ... ...que yo aguardo... ...que yo espero... ...giman mañana llorando por más que hoy canten riendo... Con la Música [dentro]. Al festejo, al festejo, zagales, zagalas, venid, venid al festejo que a la nueva deidad destos montes la ofrecen, en fe de ser hija del fuego, la tierra con flores, el agua con perlas, el aire con plumas, con salvas el eco. Tercera Jornada Mutación de selva y saldrá de debajo un peñasco como pira para poner los sacrificios, de forma que un hombre pueda dar fuego a lo que se pusiere en él, y salen cantando y bailando, lo mismo con que se acabó la segunda jornada, todos los pastores y zagalas, y en medio Minerva y Timantes viejo, Prometeo y Epimeteo con todos. Al festejo, al festejo, zagales, zagalas, venid, venid al festejo, que a la nueva deidad destos montes la ofrecen, en fe de ser hija del fuego, la tierra con flores, el agua con perlas, el aire con plumas, con salvas el eco. Pues te tocó a ti la suerte de haber de hablar el primero, llega. Devina Pandorga... Pandora has de decir, necio. ¿Cómo? Pandora. Está bien. Aparta y cómo lo enmiendo verás: Devina... ...Pandora. [La hipermetría del testimº se corrige omitiendo lo verde] Pandorga... Gentil enmienda, por cierto. Si otros han de enquivocarse, tan estraño nombre oyendo, quizá es artimaña que me enquivoque yo primero, para que del sonsonete no tengan que trovar ellos. Y así, devina Pandora - si de tres la una lo acierto -, sepa su merced que todo el Cacaoso muy contento de estar tan favorecido y tan sobido de precio con su hermosura y su luz, viene el que a sus patas puesto le bendiga en su olor, una y mil veces repitiendo: Al festejo, al festejo, zagales, Cuatro cornetas, con la Música. zagalas, venid, venid al festejo, que a la nueva deidad destos montes la ofrecen, en fe de ser hija del fuego, la tierra con flores, el agua con perlas, el aire con plumas, con salvas el eco. Con esta repetición sale de villana la Discordia y se mezcla con ellos. Ya que aquí no hay otra pira en que te sacrifiquemos nuestros dones, sea este risco trono tuyo y altar nuestro. Canta En esta guirnalda bella, Canta para que en tu frente hermosa la menos fragrante rosa sea más brillante estrella, te sirve, cifrando en ella sus matizados primores la tierra con flores. En este nácar, la orilla del mar, cuajando al aurora, de las lágrimas que llora, los netos hilos que brilla, te ofrece una gargantilla, si llega en tu cuello a verlas, el agua con perlas. Si aplaudió tus hechos graves allí el aurora, aquí el alba, haciendo a tu vista salva la música de las aves, y así te sirve en suaves auras que gozar presumas el aire con plumas. Todo a tu hermosa deidad se rinde y se sacrifica, pues hasta el monte publica méritos de tu beldad; del clarín la suavidad hable, en quien resuena hueco con salvas el eco. Todos que te sirvan les agradecemos: La tierra con flores, el agua con perlas, el aire con plumas, con salvas el eco. Cuatro cruzados en alas. Yo también, que de la sierra con mi don he descendido, esta urna te he traído en que verás que se encierra más que en eco, aire, agua y tierra dan en sus ofrecimientos la tierra con flores, el agua con perlas, el aire con plumas, con salvas el eco. Al festejo, al festejo, zagales... Representa Tened, suspended, parad el festejo, que más dilaciones no sufre mi agradecimiento. Dadme lugar en que yo, reconocida al obsequio y del obsequio quejosa, intente mezclar a un tiempo de la lisonja y la ofensa las gracias y el sentimiento. ¿Quién soy yo, para que hagáis tantos festivos extremos en mi alabanza? ¿Soy más que un advenedizo objeto que a los golfos de la vida tomó en vuestros montes puerto? Entre vosotros, humilde, sólo a hacer número vengo, no excepción, y así... No más, que todos reconocemos la felicidad que en ti nos participan los cielos, pues de Minerva y Apolo, dando ella el retrato al cuerpo y él la luz al alma, eres tan elevado concepto que, ya que no diosa, te hace semidiosa por lo menos. Dígalo yo, pues aun antes de cobrar vida y aliento, inanimada hermosura, te adoré y ofrecí templo; y después, quizá a pesar de algún soberano ceño, librarte intenté de otro no menos costoso riesgo que el de no llegar a ser vivo animado portento. Esto he dicho por que sepas lo que me debes, a efecto, si lo que me debes sabes, de saber lo que te debo. ¿Cómo tú, tan retirado no me alegas, Prometeo, lo que a ti te debo? Como quien da en rostro lo que ha hecho en servicio de una dama desluce el merecimiento. No es dar en rostro acordar. No, mas es hacer acuerdo. El silencio en las finezas fineza es aparte, pero serlo para no sabidas ¿de qué les servirá el serlo? De complacerse en sí mismo quien las hiciere, supuesto que, aunque a la dama las calle, a él se las dirá el silencio. Esa es modestia que hoy es, en las malicias del tiempo, virtud desaprovechada. Es otra japtancia, al mesmo paso vicio interesado, supuesto que aspira al premio. Sin esperanza, ninguno sirviera. Servir es necio, porque ¿qué más esperanza el día que servir merezco? Eso es bueno para dicho. Eso es malo para hecho. Quien piense... Quien imagine... No más, que no es bien que a duelo pase de la voluntad la lid del entendimiento. Como yo no sé argüir, sino lidiar... ¡Qué soberbio! Yo, ni argüir ni lidiar sé, mas sé sentir. ¡Qué cuerdo! Pues yo, por que mude asunto, pasando de uno a otro extremo la cuestión, dejo la queja y a lo que es lisonja vuelvo. Tan agradecida estoy al no merecido obsequio, como antes dije que, en fe de mostrar que le agradezco, he de repartir con todos los dones que incluye dentro de sí esta dorada urna, que serán preciosos, puesto que encierra cuanto obstentaron aire, agua, tierra y eco; y así, en el nombre de todos, para irlos repartiendo, la abro, mas ¡ay, infeliz! Abre la caja y sale humo y todos se barajan como ciegos. ¿Qué es esto, dioses? ¿Qué es esto? Si tenéis el fuego hurtado, ¿qué admiráis el humo, siendo tan natural consecuencia que haya humo donde hay fuego? ¡En ti, mágica villana, vengaré el pavor! ¡Primero le castigaré yo! ¡Muera a tus manos, Prometeo! ¡Muera, Epimeteo, a tus manos! En vano procuráis, ciegos, que ellos os venguen de mí, cuando he de vengar yo en ellos de Apolo... ¿Qué es lo que escucho? ...y Palas... ¿Qué es lo que veo? ...el sacrilegio del hurto y del culto el sacrilegio, con tan discordantes hados como que tú, Epimeteo, amarás aborrecido; tú, al contrario, Prometeo, aborrecerás amado, y todos en bandos puestos arderéis en duras lides. Canta Y pues ya en discordia dejo puesto el monte, mientras yo con segundo disfraz vuelvo a turbarlo, acude Palas a los enojos de Febo; que a mí no me toca más que haber sido humo y ser viento. Desaparece. ¡Qué asombro! ¡Qué confusión! Ahora nos dice tu acento ser deidad de la discordia. Truenos Y aún no para aquí que, envuelto el sol entre pardas nubes de negros obscuros velos, deja al día sin el día. Qué mucho, si son efectos de Apolo airado en mi robo que ellas, rasgando sus senos, se quejen en culebrinas de relámpagos, siguiendo. Terremoto el aborto de los rayos, el gemido de los truenos. Obscurécese. Anticipada la noche, tocando arma al universo, desarrugadas desdobla tupidas sombras sin tiempo. Qué mucho, si es la ojeriza de Palas, a quien yo temo. El humo de la discordia a todos ciega. No es bueno. ¿Qué? Que con ser griegos todos, parece que somos griegos. ¿A quién del rigor con que amenazados nos vemos acudiremos? A solo el llanto, el gemido, el ruego; y así, con himnos y voces, clamad conmigo, diciendo: ¡Favor, dioses soberanos! ¡Favor, dioses soberanos! ¡Piedad, soberanos cielos! ¡Piedad, soberanos cielos! Con el terremoto, música y voces se van por distintas partes, y quedan Prometeo, Epimeteo y Minerva. A sacrificar a Palas tras estos, por si es que puedo desenojarla, iré. Yo, siguiendo a estotros, intento sacrificar a Minerva, pues a ella el rigor que temo de Apolo toca. Conmigo ven para que vean sus ceños que, si en ti tuve la culpa, en ti la disculpa tengo. ¿Yo contigo? Antes, desde ese elevado risco excelso me precipitara al mar, y más cuando en seguimiento a los cultos de Minerva puedo ir tras Prometeo. Eso sí, mas no, no vengas tras mí, infausto asombro bello, que al mirarte como causa de las ansias que padezco te he cobrado tal horror, tal sobresalto, tal miedo, tal susto, tal pavor, tal no sé si aborrecimiento, que sin atreverme a verte me atrevo a dejarte; cielos, ¿cómo, cuando me acobardo, oso a decir que me atrevo? Vase. Ve tras él, aborrecida, no tras mí, amada. Eso intento, porque tengo por menor dolor, menor sentimiento, aborrecida y amada, seguir, entre ambos extremos, al que amo aborrecida que no al que amada aborrezco. Vase. Al que amo aborrecida, que no al que amada aborrezco. A lo lejos ¡Favor, dioses soberanos! ¡Piedad, soberanos cielos! Por mí pudieran decirlo aun mejor que por sí mesmos, pues no sé qué especie de ira, qué género de veneno, qué linaje de rencor ha introducido en mi pecho, no tanto el que a mí me deje, cuanto el que vaya siguiendo a otro, que de su desaire me vengaré en él primero que en ella; ¿quién introdujo tan injusta ley al duelo, tan bárbara al pundonor, como ser en un desprecio la dama de quien me agravio y el galán de quien me vengo? Pero ya que introducida la hallo, yo buscaré medio que me vengue della en él; bien que para tanto efecto aplacar antes a Palas me importa, y así pretendo, con los que mi bando sigan, para mejor atraerlos después a su sacrificio, repetir ahora con ellos... ¡Favor, dioses soberanos! ¡Piedad, soberanos cielos! Vase. Teatro de cielos y en él salen o en nubes o por el tablado Apolo y Palas cantando recitativo. ¿Qué piedad ni qué favor conseguir, Palas, pretende quien me ofende en el usurpado honor de mi esplendor? Y pues en mi indignación todos son cómplices del robo el día que a nueva deidad con nueva alegría, sabiendo que es hurto, le admiten por don, perezcan todos y vea Minerva que te he debido haber sabido que ella en mi agravio se emplea, por que crea que ajadas en ti mis pompas es bien rompas altas esferas y bajas, gimiendo mis nubes al son de tus cajas, bramando mis truenos al son de tus trompas. A este fin, a su horizonte di la primera alborada, cuando fiada la rienda a Flegón y a Etonte vengo al monte en busca tuya secreto, a cuyo efecto visto militares galas. ¿Qué mucho que sea soldado hoy por Palas, si ayer por Climene pastor fui de Admeto? Tan ofendida me vi de que Minerva en tu esfera introdujera tal traición, que antes que a ti cuenta di a la Discordia, por quien todos se ven ya en sus ritos encontrados; mas ¿cuándo, sañudos y adversos sus hados, corriendo hacia el mal, pararon al bien? Pues si eco y aire, agua y tierra la tributaron sus dones, y dispones tú en su discordia la guerra, valle y sierra verán arder su confín, siendo, a fin de la lid que tu horror fragua, la caja la tierra, el pífano el agua, el aire la trompa y el eco el clarín. Pues sea a fin de la lid que tu horror fragua... O ...la caja la tierra, el pífano el agua, el aire la trompa y el eco el clarín. Sale Minerva cantado. No sea a fin. Sí sea a fin. No sea a fin de la lid que su horror fragua, ni caja la tierra, ni pífano el agua, ni el aire la trompa ni el eco el clarín. Que no es justicia, Apolo, que enciendas tú la lid, cuando que agradecer tienes más que sentir. ¿Qué agradecer, tirana, viendo robar por ti para tu estatua un rayo de mi luciente ofir? Si en solo un rayo tuyo –y aun ese tan sutil que no le echaste menos hasta írtelo a decir esa traidora hermana– a los mortales di, en común beneficio la dicha más feliz, no haciendo falta allá y aprovechando aquí, ¿qué te enoja, pues queda siempre tuyo el lucir? Dices bien, que la lumbre material desmentir la elemental no puede que procedió de mí. No dice bien, que tú supieras esparcir, cuando tu providencia quisiera repartir su luz con los mortales, no un rayo, sino mil; conque ellos te debieran el beneficio a ti. Pero a despecho tuyo, ¿no es traición conseguir, a costa de tu luz, las gracias para sí? Tú dices bien también, y pues llegó a impedir mi liberalidad su cauteloso ardid, no dejando qué hacer a mi deidad, sentir debo que el lucir mío intente deslucir. No debes, que el bien no comunicado oí que no es perfecto bien; y siendo, Apolo, así, que aquella perfección que le faltó añadí, a mí me debe el ser perfecto bien por mí. Tienes razón. No tiene, que, cuando fuese así, hurtar para hacer bien no es virtud, vicio sí. Así es. No es así cuando resulta en tan gentil, noble, glorioso empleo; que, si suelen decir que el sol y el hombre dan la vida, y hoy por mí claro lo ven, ¿qué sientes? También eso es así, que yo a esa noble acción quien la dio el alma fui. No des nombre de noble acción a la más ruin, que lo vil del hurtar siempre se queda vil. Y introducir discordias traidoramente, di, ¿es por ventura, Palas, acción menos civil? Yo su honor... Yo su aplauso... ¡Tened, parad, oíd!, que ambas sois mis hermanas y, aunque pude venir ofendido del robo, no sé, llegado a oír, a cuál debo dejar ni a cuál debo asistir; y así a vuestro albedrío obrad, que desde aquí, neutral soy de las dos. Eso me basta a mí, que, si en otro disfraz consigue dividir en bandos la Discordia ese pueblo infeliz, mejor partido tengo en lidiar que argüir. Yo también, que las letras con las armas medir saben su imperio. ¡Pues a la lid! ¡A la lid! Ya que impedir no puedo el duelo, proseguid; que yo, siendo y no siendo ni auxiliar ni adalid, solo diré que sean y no sean a un fin... ...la tierra la caja, el pífano el agua, el aire la trompa, el eco el clarín. Súbese Apolo y las dos se entran, mudando el teatro de selva florida, y a las voces de Epimeteo vuelven a salir. Dentro Venid, todos, venid conmigo al sacrificio de Palas. Representa Pues aquí Epimeteo me aclama, ¿qué espero para ir a asistirle, no ya de él dudosa? Vase. Dentro Acudid de Minerva al obsequio todos conmigo. Representa Allí me aclama Prometeo; pues para irle a asistir ¿qué aguardo? Dentro caja ¡Viva Palas! Dentro ¡Minerva viva! Representa En fin, con otro incauto traje y otro traidor ardid, consigue la Discordia alentar su motín, a cuya voz suspensa quedo, al oírla decir... Representa dentro Si el enojo de Apolo es por ver aplaudir el robo de su fuego, ¿cómo el bando seguís de Minerva, que fue quien dio el traidor ardid al ladrón Prometeo? Y ya que os dividís en bandos, ¡viva Palas, que es diosa de la lid! Dentro Dices bien, ¡Palas viva! Vanse. Sale Prometeo. ¿Adónde, ¡ay, infeliz!, hallar podré consuelo?... Encuentra con Minerva Mas, si estabas tú aquí, prodigio infausto y bello, diga una vez y mil: ¿qué mucho que los montes se caigan sobre mí? Oh, nunca aquella sombra que fantástica vi despertara la idea para copiar en ti de Minerva el retrato. Nunca para pulir tu rostro liquidara su candor al jazmín, su púrpura a la rosa, y uno y otro matiz para vestirte hubiera desnudado al abril. Nunca, ¡ay de mí!, Minerva, obligada de mí, mi persona elevara al orbe de zafir, adonde transparente su diáfano viril me franqueó los inmensos tesoros de su ofir. Nunca en nubes de gualda listadas de carmín, liberal ella en dar, avaro yo en pedir, me alentara a que hurtase, cuando ya del cenit traspuesto iba su carro en busca del nadir, aquel luciente, bello, encendido rubí que ofrecido en tu mano te animó; nunca, en fin, feliz me hubiera visto para verme infeliz. Pues Apolo, enojado del robo, contra ti y contra mí amenaza no solo a este confín, mas del Cáucaso a todo el bárbaro país. Dígalo el que queriendo a Minerva rendir sacrificios, no hubo quien quisiese seguir en ceño tuyo el bando mío, con que me vi obligado a volver la espalda para ir a nunca ver el sol –huyendo ahora de ti si antes de ellos– a aquel del monte seno vil que fue mi albergue, donde su más hondo sibil sea mi tumba, siendo mi pira su cerviz. Vase a ir y canta ella, y se detiene. Cantado ¡Oye, aguarda, escucha, espera! Sabrás que no hay que sentir ya los enojos de Apolo. ¿Qué voz es esta que oí? Canta La voz de quien te escuchó hablar conmigo sin mí. Sin ti y contigo, otra vez hablando a tu estatua di adoración y, pues hoy al contrario repetir el trance se ve, a tus pies humilde llego a pedir perdón del despecho que desconfiado de ti y de Apolo amenazado... Mas no puedo proseguir, que a esta parte Epimeteo viene. Canta Pues no me halle aquí y me conozca en la voz, que no la podré fingir como la Discordia, a quien, bastarda deidad, en fin hija de Plutón, le es dado el cautelar y el mentir. Pues escóndete detrás de ese enredado jazmín para que sin que te vea él te puedas encubrir haciéndote espaldas yo, que viéndome solo ir por otra parte, ¿quién duda que ponga el reparo en mí y a ti no te vea, teniendo objeto en que divertir la vista? Canta Dices bien. Pues retírate, y no de aquí faltes para que, en pasando, volver pueda a proseguir disculpas de aquel despecho y también, Minerva, a oír porqué el enojo de Apolo no tengo ya que sentir. Canta Vuelve, pues, que aquí te aguardo. Escóndese y salen Epimeteo y Merlín. Por delante de él he de ir, ocasionándole a verme. [Vase.] ¿Tú la viste? Yo la vi, hablando con él. Pues ¿cómo él solo se va, y aquí ella no está? ¿Qué sé yo? ¡Calla, que mientes, Merlín!, que ni él hablara con ella, pues aborrecerla oí, ni ella desapareciera tan presto. Digo que sí y que resí cien mil veces, por señas de que hacia allí echó y, si quieres más señas, mejor las podrán decir las rehendijas de aquel verde cancel. Es así. Representa Forzoso, si él me descubre, será, sin hablar, oír y, a más no poder, forzoso desaparecer de aquí. Estos versos los dirá detrás de la estatua, que estará puesta en su lugar, y en diciéndolos se pasará a la otra parte del teatro. ¿Por qué tu divina aurora tanto su luz desvanece, que alumbra al que la aborrece y se esconde al que la adora? Y, si en las flores que dora la rosa en cualquier jardín es la reina, ¿por qué, a fin de tenerla sospechosa, quieres que en éste la rosa esté a sombra del jazmín? Si de aborrecido ha sido darme la Discordia el hado, mira cómo amara amado quien adora aborrecido. Y pues que ya no te pido que hagas de mi amor aprecio, haz desprecio de mi amor, que no quiero más favor que el mérito del desprecio. Mira cuál debe de estar quien desea merecer el día que es su placer solicitar su pesar; mas, ¿qué tendrá que mirar quien ve en sí mi ansia cruel, aborrecida de infiel amante? Mas fía de mí, pues él me venga de ti, que yo he de vengarte de él. ¿Qué es esto?, ¿aun para decirme que te canso, no merezco oír tu voz?; ¿de cuándo acá añade daño el silencio? Habla, dime que te canso, que te aflijo, que te ofendo, que yo me iré consolado con saber que te obedezco. ¿Qué es esto, Merlín?, ¿has visto tan callado, tan severo semblante jamás? No sabes lo que al verla muda pienso: que debemos de tener algún natural secreto - como los saludadores que hasta un caso ignoran serlo - de hacer hablar y callar estatuas; y si no es esto, es que a una dama un galán robó, púsola un pañuelo en la boca; ella muy alto preguntó: «¿Para qué efecto?». «De que no des voces», dijo, y ella prosiguió muy quedo: «¿Qué voces tengo de dar, si estoy ronca?». Aplica el cuento. A robarla ibas, habló, conque el dejarla sintiendo del desdén de no robada, quiere ahora enmendar el yerro callando, como quien dice: «Si el dejarme, majadero, entonces fue porque hablé, róbame ahora que enmudezco». Aunque es desatino tuyo, yo estoy tal que a hacer me atrevo caso de él; llega conmigo, llega, que atreverme tengo a lograr hoy lo que entonces... Sale por la otra parte Minerva, representado que ahora hace la estatua. En tu busca, Epimeteo, ... Cielos, ¿qué miro y qué admiro? ¡Aquí una, allí otra! ...vengo a desahogar ofendida el volcán que arde en mi pecho. ¿Qué es esto? Despacho de Indias que tray duplicado el pliego. ¿Cómo es posible, tirano, aleve, falso, soberbio, cruel, sedicioso, injusto y, en fin, dado a fieras, fiero, ¿cómo es posible?... Suspende la voz, que absorto y suspenso lo que oigo y no oigo me agravia pues, cuando estaba pidiendo a otra tus desprecios y iras, vienes tú a doblarlos, puesto que siento los que ella calla y los que tú dices siento. ¿Otra yo? Otra tú. Pues ¿cómo Desaparece la estatua. es posible? Llega a verlo, y verás como es posible. ¿Dónde está? Díselo al viento. Oh, para representanta qué buena era, pues es cierto no errara el papel y fuera en las tramoyas sin miedo. ¿Qué es della? No sé, no sé. ¿Qué ilusión, qué devaneo te turba? No sé. Pues yo que sé mi pena, a ella vuelvo. ¿Cómo es posible -otra vez lo diga- que injusto, fiero, tirano y aleve, des calor a que en bandos puesto el pueblo, por superior el tuyo haya a Prometeo de sí ausentado? Y... Detén segunda vez el aliento, que, si pedí a la otra tú –ya fuese verdad, ya sueño– me diese desprecios, no la pedí me diese celos; y pues sin celos serían gala de amor los desprecios y con ellos son agravios, ya que a tu amante echas menos, encendiendo nuevas sañas, has de ver cómo me vengo en él de ti y en ti de él. Y que a nunca ver..., mas esto, mejor que yo te lo diga, será te lo diga el tiempo. Vase. Tiene razón que le sobra de huir de ti, que es mal hecho, ya que otras son de dos caras, ser tú mujer de dos cuerpos. ¿Qué culpa tengo que haga amor en su pensamiento caso la imaginación? Y yo que su amor no tengo, pues solo soy de su amor curador alitem, puesto que siempre me toca andar a la vista de sus pleitos, ¿cómo la vi a ella por ella? Mientes, villano. No miento el día que estoy viendo cosas que son cosas que estoy viendo. Vase. ¿Qué es esto, dioses?, ¿quién vio dos tan contrarios extremos como dejarme el que amo y seguirme el que aborrezco? ¿Dónde Prometeo se habrá retirado?; ¿quién saberlo pudiera para ir? Sale Prometeo. Apenas vi volver a Epimeteo hacia el monte, cuando en busca tuya no en las alas vengo del deseo, que hoy en mí son alas de dos deseos. (¡Albricias, alma, que no se ha ido y afable le veo!). Uno es pedirte perdón de aquel pasado despecho con que te hablé. (¡Qué ventura!). Confieso que estuve ciego, mas por disculpa me valga... (¡Qué dicha!). ...que un sentimiento no es fácil de reducir a las cárceles del pecho sin que se asome tal vez a los labios. (¡Qué contento!). Otro es saber cómo Apolo ha serenado los ceños de sus nubes. Logre pues de ambos, a tus plantas puesto, de aquel el perdón y de este la noticia. Alza del suelo, llega a mis brazos. ¿Qué escucho? Mal haya quien puso a objetos parecidos la distancia en la voz, que al fin es viento. Llega, pues, llega a mis brazos, que es bien que te pague en ellos las albricias... ¡Qué pesar! ...de mirarte... ¡Qué tormento! ...arrepentido de haberme hablado con el despego que me hablaste cuando... Aparta, no a mí te acerques, que temo que inficione el corazón a que se borre al veneno de tu voz, que te me acuerda causa de mi mal. ¿Qué es esto?, ¿tan presto tan otro?, ¿es este el arrepentimiento con que el perdón me pedías? ¿De qué te admiras?, ¿es nuevo el que venga presto el mal? No, ni que el bien huya presto. ¿Qué miras?, ¿qué buscas? No lo sé, no lo sé. Lo mesmo, y con ese mismo espanto, me respondió Epimeteo, buscando no sé qué sombra que le desvaneció el viento. (Sin duda la vio y ella se fue de su vista huyendo). ¿A dónde vas? A no verte. ¿No dijiste no ha un momento que a verme venías? Sí dije, mas también dije que a efecto de pedir un perdón que no pido, y añadí luego que a saber el desenojo de Apolo; y pues dos deseos me trujeron, y ya al uno yo respondida te tengo, respóndeme al otro tú: ¿qué desenojo es? Mal puedo decir yo lo que no sé. Ahí verás si te convenzo en si te busco o no, pues, vuelto en azar el encuentro, te hallo como daño cuando te busco como remedio. ¡Oye, espera! ¡Aparta! No has de irte sin que primero me digas en qué te agravio. ¿Cómo puedo, sin saberlo decirlo tampoco yo? Pues, si deidad te contemplo, te adoro; si hermosa, te amo; si discreta, te venero; si prodigiosa, te admiro; y si todo, te aborrezco; que hay otro yo que sin mí manda en mí más que yo mesmo. Apuremos ese enigma: ¿no hiciste mi estatua? Es cierto. ¿No vivió al calor del rayo que robaste? No lo niego. Pues ¿quién, dime, aborreció obra que empezó su ingenio, que prosiguió su valor y perficionó su celo en fe de auxiliar deidad? Quien vio... Caja y clarín. Dentro ¡Viva Epimeteo! Dentro ¡Viva Prometeo! [Dentro] ¡Arma! [Dentro] ¡Guerra! Por mí responda ese estruendo: quien vio nacer un milagro que ve en escándalo vuelto. Los bandos que entre Minerva y Palas se dividieron en sus sacrificios ya a las manos del encuentro han venido y, si notaren que antes de ser lid me ausento de corrido, ya que es lid, no han de notar que me vuelvo –los pocos que me apellidan– de cobarde el rostro al riesgo; con ellos moriré. Caja. Y yo contigo porque, aunque siento tus desprecios, no hay valor en un generoso pecho como del desprecio mismo hacer yo misma desprecio. Bosque Vanse los dos, tocan cajas y clarines y salen por una parte Epimeteo con algunos y por otra Timantes con otros, todos de guerra. ¡Epimeteo viva! No viva, sino Prometeo. ¿Cómo es posible, Timantes, que sigas el desacierto de los que –habiendo pasado los discordes bandos nuestros de sacrificios a ruinas– a Minerva aclaman, siendo Palas deidad de la guerra? Como más, con Prometeo siguiendo su razón que tu desagradecimiento, quiero el honor de la ruina que el triunfo del vencimiento. ¿Qué razón? La de haber sido por quien, doméstico el fuego, su abrigo le debe el día, la noche su lucimiento. Y el Cáucaso un bien tan sumo. ¿Qué importa, si todo eso para en que Apolo castigue en todos su atrevimiento? Los meteores del aire sin esa causa los vemos en condensados vapores congelarse. Ya no es tiempo, si han de razonar las armas, que lidien los argumentos. ¡A ellos, amigos, y no temáis, que en auxilio vuestro Palas, deidad de las lides, milita! Salen Prometeo y Minerva y se mezclan con ellos. ¡Amigos, a ellos! Que Minerva por nosotros volverá. Con tal esfuerzo más que ellos somos, aunque seamos en número menos. ¡Pues al arma! ¡Pues al arma! Van a embestirse y baja la Discordia rápida y canta lo siguiente. Canta Tened, parad los aceros. Tened, parad los aceros. Que el vencimiento sin sangre es el mejor vencimiento. Que el vencimiento sin sangre es el mejor vencimiento. ¿Quién eres, oh tú, que paras a tu voz furor y aliento? ¿Quién eres, oh tú, que a todos dejas a tu voz suspensos? (Esto es no aventurar a los trances de un encuentro, dictando Minerva ardides contra el valor al ingenio, la victoria a Palas). Soy quien del alto coro excelso, embajatriz de los dioses os habla, y en fe de serlo sea carta de creencia la suavidad de mi acento. Canta En la ruda política vuestra dos leyes tenéis y tan justas las dos como que muera el que fuere homicida, como que pene el que fuere ladrón. Pues ¿qué más sacrílego hurto, qué más aleve, inicuo y traidor que el que escalando del sol el alcázar se atreve a robarle sus rayos al sol? Y así, Júpiter, viendo que Apolo entre Minerva y Palas, que son sus hermanas, no quiere neutral tomar la venganza ni dar el perdón, y por que el delito de uno no pase a ruina de muchos, pronuncia en mi voz que el agresor no más lo padezca encarcelado en obscura prisión, donde funesto pájaro sea alado verdugo que, hambriento y feroz, su corazón despedace de día, criando la noche otro igual corazón. Y porque a Minerva no puede llegar el cargo de ser quien las alas le dio, sacrificada su estatua, resuelve que ella dé a Apolo la satisfación. Y pues que vivió de su fuego, en su fuego que muera es justicia, en cuya oblación la otra ley se ejecuta, pues es también homicida quien mata de amor. Y así temed que, de no ejecutarse entrambos decretos, los cómplices sois de entrambos delitos; conque, delincuentes, el Cáucaso todo de Jove al ardor –Etna, Volcán, Mongivelo, Vesubio, de más vivo incendio, de más vivo ardor– hoguera será que lleve en pavesas de leves cenizas el aire veloz. ¡Temed su rigor! ¡Temed su rigor! Hoguera será que lleve en pavesas de leves cenizas el aire veloz. Vuela. ¡Oye, aguarda! En vano es querer alcanzarla, no tanto porque ya del aire pasa la media región, cuanto porque ya es forzoso daros ambos a prisión. Primero daré la vida, no en mi defensa, sino desta infelice hermosura, que, aunque no me mueve amor, de ser mujer y yo noble me mueve la obligación. Y a mí, la de que a su lado haga apacible el dolor, ya que he de morir por fuerza, el morir por elección. Ea, Timantes, muramos a las manos del valor, no de la infamia. Ya viste, Prometeo, que tu acción tomé ausente; pero una cosa es oponerme yo a los empeños de un bando o a los decretos de un dios. Todos decimos lo mismo y, siendo fuerza el temor de Júpiter, fuerza es que vengáis presos los dos. Préndenlos. ¿Cómo, traidores? Donde hay obediencia no hay traición. ¡Ay de quien el bien que hizo en mal convertido vio! ¡Ay de quien nació milagro para fallecer horror! Con unas bandas los rostros les cubrid para que no, al mirarlos, se conmueva el pueblo ni oiga su voz; demás de que también es usada demostración entre nosotros que dice que ya no hay apelación el día que se les niega mirar las luces del sol. Guiad, pues, al templo con ellos de Saturno, donde hoy la prisión y el sacrificio Éntranse con ellos y al volver a la llamada sacan otra mujer vestida como la estatua y cubierto el rostro, y atraviesan el tablado con ella. se disponga; pero no, no vais al templo, volved, volved; no la dilación enoje a Júpiter, dando a algún tumulto ocasión; y así, desde luego ir al monte será mejor, puesto que su pavorosa cueva ha de ser la prisión de él, y della el sacrificio en la desierta mansión del mismo monte, por que donde, si al fuego vivió, muera al fuego, dando en propios términos satisfación; (al mío, diré mejor). Al monte, pues, guiad con ellos. ¡Al monte! Al entrarse, sale Minerva y canta. Tonante dios, ¿cómo permites que enmiende a una culpa otra mayor? ¿Es menos delito que la Discordia hurte tu voz que el que hurte Prometeo un pequeño rayo al sol? ¿Qué traición como falsear tus decretos, ni qué horror como que tenga más pena un robo que una traición? A tu soberano solio llegue este justo clamor; mas ¿para qué, si primero llegar yo puedo? Baja Palas rápida. Eso no, Canta porque hasta que ejecutado esté en ambos mi rencor y veas quién a su alumno puso en más estimación, para que tú no lo impidas sabré detenerte yo. Cantado todo este paso y luchan. También yo sabré romper tus lazos. ¡Qué pretensión tan vana! ¿Con Palas, tú, a fuerzas? Pues, ¿por qué no? Porque, a par del mismo Marte, diosa de las armas soy. Yo, de las letras; mortales, ved si entre ingenio y valor, más que la fuerza del brazo vale la de la razón: ¡Suelta, tirana! Vase, y sale la Discordia. No pude, ¡ay de mí!, impedirla. Canta No aqueso te desconfíe, por más que vuele veloz, que antes que a Júpiter llegue su llanto y mi acusación habrás conseguido tú de entrambos la destruición, u díganlo en pavorosos ecos de fúnebre son ronca la trompa bastarda, destemplado el atambor, a cuyo compás, que sirve al suplicio de pregón, ella viene acompañada del juvenil escuadrón de las zagalas del valle y del popular rumor del demás pueblo, diciendo Bosque y risco. de unos y otros el clamor... Sordinas y cajas destempladas y, las caras cubiertas, sacan a los dos, a una parte mujeres y a otra hombres, y salen todos los demás. ¡Ay de quien vio... ¡Ay de quien vio... ...el bien convertido en mal... ...el bien convertido en mal... ...y el mal en peor! ...y el mal en peor! Mézclase con ellos la Discordia y sale Palas. Haced aquí alto, a la vista de la gruta que prisión ha de ser de Prometeo y del risco en que oblación su viva estatua ha de ser. (Si alguno culpa que soy quien de su castigo toma a cargo la ejecución, ame aborrecido y tenga celos, y verá qué son celos y aborrecimiento quien los acusa, y no yo). Y ahora, para que sea el merecido dolor de ambos sobre padecer el ver padecer mayor, los rostros les descubrid; logren, pues, su odio y su amor, ella viendo lo que quiso, viendo él lo que aborreció. No creerás, Discordia, cuánto gozosa al verlos estoy. Y yo más, cuando repiten lamento a un tiempo y canción... ¡Ay de quien vio el bien convertido en mal y el mal en peor! ¡Oh, nunca volviera a ver los claros rayos del sol, si era para ver tu pena! ¡Oh, nunca yo el resplandor a ver volviera del día para mirar tu aflicción! No sé, ay, infausta hermosura, cómo ya en mi corazón se ha de cebar boreal fiera, si al verte sin él estoy. Más siento –pues en mi muerte fin a mis desdichas doy– lo que tú has de padecer que lo que padezco yo. ¡Qué lastima! ¡Qué desdicha! ¡Qué pena! ¡Qué compasión! Si ha de morir como una, ¿para cuándo era ser dos? Volved, volved a cubrirles, y vayan al ronco son, él a la gruta, y ella a la hoguera. ¡Ay de quien vio...! Apolo baja, en sol, cantando. Tened, parad, suspended el rigor; veréis a mi voz el mal convertido en bien y el bien en mejor. ¿Qué nueva voz será esta? Y di, ¿qué nuevo arrebol es el que ilumina el día? ¿Quién causa este efecto? Yo, que al ver que Minerva al solio subió de Júpiter, donde pide su perdón, y que el concederle es precisa acción porque nunca niega piedades un dios, venir he querido a traerle yo; débanmele a mí, y a Júpiter no. Y pues ya sin parte están, no hay razón para que en suplicio padezcan los dos. Y para que sea mi triunfo mayor, hechizos que en humo la Discordia dio, en rayos de luces hará mi esplendor que desvanecidos huyan su arrebol, cobrándose en cuantos ella perturbó razón y sentido, sentido y razón. Y así, mude vuestra fúnebre canción, el himno diciendo todos con mi voz: Felice quien vio... Felice quien vio... ...el mal convertido en bien, y el bien en mejor. ...el mal convertido en bien, y el bien en mejor. Huyamos de aquí, Discordia. Vase. ¡Ay de quien por ti fingió leyes para que ahora tema de Júpiter el rigor! Vase. ¿Qué es lo que pasa por mí?, ¿quién mi juicio enajenó para aborrecerte, hermano? ¿Quién el mío perturbó para que yo aborreciese a quien adorando estoy? Válgame a mí por disculpa el ejemplar de los dos. Y a todos de haber tenido tan violenta oposición. Libia, en tu aborrecimiento solo me he quedado yo. Y yo en el tuyo. Buen medio. Di, ¿qué es? Casarnos los dos, pues ya está la costa hecha, de no tenernos amor. Ya, pues que a Apolo debemos la paz, en su adoración dediquemos este día. Y para que desta unión en el Cáucaso no falte memoria ni sucesión, de Prometeo y Pandora han de celebrarse hoy también las bodas. ¡Qué dicha! Yo solo el dichoso soy de entrambas felicidades. Pues es día de perdón, pidamos el nuestro. Sea, todos diciendo a una voz, ... ...si es que lo mal que servimos merece algún galardón, ... ...felice quien vio el mal convertido en bien, y el bien en mejor.