Las Manos Blancas No Ofenden Comedia Famosa Personas que hablan en ella: CARLOS, príncipe de Bisiniano CÉSAR, príncipe de Orbitelo FEDERICO Ursino, galán FABIO, galán TEODORO, viejo PATACÓN, gracioso LIDORO, criado LISARDA, dama SERAFINA, dama LAURA, dama NISE, criada CLORI, criada FLORA, criada MÚSICOS Jornada I Salen LISARDA y NISE con mantos, y PATACÓN, vestido de camino ¿Cuándo parte tu señor? Dentro de un hora se irá. ¿No sabré yo dónde va? Aunque arriesgara el temor de su enojo, lo dijera, a saberlo, te prometo, o por no guardar secreto o por temer de manera tu condición siempre altiva que estoy temiendo, y no en vano, cuando aquesta blanca mano, por blanca que es, me derriba dos o tres muelas siquiera, como si tuviera yo culpa en que se vaya o no. ¿Tras el ausencia primera, de que aun hoy quejosa vivo, segunda ausencia previene? ¿Qué le hemos de hacer, si tiene espíritu ambulativo? El no puede estar parado. Para reloj era bueno. Y aunque más se lo condeno, es a ver tan inclinado que, solamente por ver, de una en otra tierra pasa, siempre fuera de su casa. Malo era para mujer. Pues nada a ti te pregunto, calla, Nise; que es en vano querer de mi canto llano echarle tú el contrapunto. Pues yo ¿qué digo? Dejad los dos tan necia porfía, como veros cada día opuestos; que es necedad insufrible; y dime (¡ay cielo!) ¿dónde Federico está ahora? Mientras que va disponiendo mi desvelo maletas y postas, él salió; no sé dónde ha ido. Pues ya que a verle he venido donde mi pena crüel, si algún alivio me deja, a vista de olvido tanto, sin que yo sepa qué es llanto, llegue él a saber qué es queja. Búscale y dile que aquí estoy. Yo lo buscaré, bien que dónde está no sé. Mas Fabio, que viene allí, quizá lo dirá. Aunque Fabio no importara que me viera, y vengar en él pudiera con un agravio otro agravio, con todo, en la galería que cae sobre el Po, le espero retirada; que no quiero dar a la desdicha mía otro testigo. ¡Detente! ¿Por qué? Porque en esta parte esconderte hoy o taparte tiene un grande inconveniente. ¿Y qué es? Que algún entendido que está de puntillas puesto no murmure que entra presto lo tapado y lo escondido; y, antes de ver en qué para, diga, de sí satisfecho, que este paso está ya hecho. En que entra Fabio repara, y no quiero que me vea. Tápate, y vente a esconder.-- A PATACÓN Y tú puedes responder, pues que yo no sé quién sea, que si tapada y cubierta es fácil haga otro tanto, que yo le daré este manto, y aquí se queda esta puerta. Escóndense las dos Aunque a estorbaros me aplico, no puede mi condición conseguirlo. Sale FABIO Patacón, ¿adónde está Federico? A buscarle voy; aguarda aquí. Aparte (¡Quiera Dios le halle, para que pueda avisalle adónde queda Lisarda!) Aparte (Loco pensamiento mío, no te quejarás de mí, porque no fíe de ti el mal que de mí no fío; pues cuando pedir pudiera albricias de que hoy se va quien tantos celos me da con la más hermosa fiera destos montes y estos mares, no permite mi esperanza que tome tan vil venganza, a costa de los pesares de la ausencia de un amigo, a quien ofendió el deseo. Y pues a callar me veo obligado, ni aun conmigo lo he de hablar; séllese el labio, y quien alivio no espera sufra, calle, gima y muera.) Sale FEDERICO con un papel Pues ¿no me avisarais, Fabio, que estabais aquí? Ya fue a buscaros Patacón. Ociosa es su pretensión, si va a otra parte, porqué en esa cuadra escribiendo a Lisarda este papel estaba, diciendo en él cómo ausentarme pretendo, por decirla algo . . . (¡Ay de mí!) . . . a un negocio que ha importado para el pleito de mi estado. (¿Haslo oído, Nise?) (Sí. Por decirte algo, te escribe no más.) (¡Ah, tirano!) Pues, ¿esa la causa no es de la ausencia? No; que hoy vive tan muerta la pretensión como viva otra esperanza, cuya vana confïanza es imán del corazón. Tras ella voy, sin saber si la he de perder o hallar. Tened lástima a un pesar, que el buscarle es su placer. No me atrevo a preguntaros nada; que no he de inquirir lo que no queráis decir. Sólo he venido a buscaros para saber en qué puedo en esta ausencia serviros, y dónde podré escribiros. De queja tan cuerda quedo advertido; y porque no se agravie nuestra amistad de mi silencio, notad la causa que me obligó a volver; veréis si es mucha. (Escucha con atención.) (Bueno es que él la relación haga y digas tú el "escucha.") Ya sabéis que yo de Ursino había nacido heredero, si el cielo no me quitara lo que me había dado el cielo; pues siendo así que Alejandro, de Ursino príncipe y dueño, siendo hermano de mi padre y habiendo sin hijo muerto, me tocaba, por varón, de aquel estado el gobierno, o mi desdicha o mi estrella o mi fortuna ha dispuesto que Teodosio, emperador de Alemania, a quien por feudo toca la elección, por ser colonia del sacro imperio, a mi prima Serafina, que en infantes años tiernos quedó, por muerte del padre, en posesión haya puesto, como inmediata heredera, bien que a salvo mi derecho del último poseedor. Mas ¿para qué ahora os cuento lo que sabéis?Pues sabéis que nos hallamos a un tiempo, ella princesa de Ursino y yo el más pobre escudero de su casa; cuya instancia ocasión fue de no habernos visto los dos desde entonces; que aquel hidalgo proverbio de "pleitear y comer juntos" sólo para dicho es bueno; porque no sé cómo pueden avenirse dos afectos conformes al trato, estando a la voluntad opuestos. Con este pesar, por no decir, con este despecho, que a un ánimo generoso nada ha de quitarle el serlo, viví ocioso cortesano de Milán, adonde, expuesto a los desaires de pobre, anduve siempre, os prometo, vergonzoso, siempre triste, melancólico y suspenso; que no hay estado en el mundo (perdonen cuantos nacieron atareados a su afán) peor que el de pobre soberbio; hasta que, pensando un día en qué pudiera ser medio a mis tristezas, que fuera lícito divertimiento, vine a dar (fuese locura o inclinación, que no quiero poner en razón ideas de un ocioso pensamiento, que doméstico enemigo alimentaba yo mesmo) en que el vivir ignorado sería el mejor acuerdo, llevando mis vanidades engañadas por diversos rumbos; que necesidad a solas tiene consuelo, pero con testigos no. Mas ¡qué recibido yerro, no sentir verla y sentir ver que vean que la tengo! Esta, pues, locura, dije antes y a decirlo vuelvo ahora, a ausentarme, Fabio, me persuadió; a cuyo efecto pedí licencia al cariño que tuve a Lisarda un tiempo, bien que a pesar del rencor de su padre; porque siendo en estos bandos de Italia yo Gebelino y él Güelfo, declarados enemigos fuimos siempre.¿Quién vio, cielos, en la familia de una alma vivir de puertas adentro en un lecho y a una mesa amor y aborrecimiento? Deste, pues, ceño heredado, en el litigado pleito se vengó de mí, no como debió un noble; pues habiendo dejado en Milán su hija al abrigo de unos deudos que en esta ausencia han faltado, por gozar no sé qué sueldos del César, pasó a Alemania, donde, a Serafina afecto más que a mí, favoreció su partido.Pero esto no es del caso; y así vamos a que, a ausentarme resuelto, pedí licencia al cariño que tuve.Advertid, os ruego, pues hablo con vos, y no puede Lisarda saberlo, que deciros que le tuve no es deciros que le tengo, sin que por esto tampoco penséis que el mudar de afecto nace de aquella ojeriza. Y así aquí la hoja doblemos; que, para acudir a todo, yo la desdoblaré presto. Salí, Fabio, de Milán solamente con intento de complacer el capricho de mis locos devaneos; pero apenas vi las cuatro cortes de nuestro emisferio, a quien parece que miran afables cuatro elementos (pues Nápoles, toda halagos, e[s] blanda región del viento; toda montes Roma, es de la tierra fértil centro; toda mar Venecia, de agua población; y toda fuego Sicilia, abrasada esfera) cuando los ojos volviendo a mis sentimientos, vi no enmendar mis sentimientos la vaguedad de mi vida; pues antes iban creciendo con la hermosa variedad de tanto glorioso objeto; y así traté de volverme, que nunca duran más que esto veletas que sólo están contemporizando al viento; si bien otro intento, Fabio, fue causa, pues fue el intento, rematando con las ruinas de mi poca hacienda, expuesto a hacerme yo mi fortuna, irme a la guerra que veo que los alemanes rompen con los esgüízaros.Pero ¿qué más guerra que un cuidado, más asalto que un deseo, más campaña que un amor, ni más arma que unos celos? Celos dije, y amor dije; pues para que veáis si es cierto, aquí haced punto, que aquí os he menester atento. Volviendo, pues, a Milán, hube de tocar en pueblos del principato de Ursino, y hallélos todos envueltos en públicas alegrías, bailes, músicas y juegos. Pregunté la causa y supe que era haber cumplido el tiempo de su pupilar edad Serafina, y que el consejo, que había hasta allí gobernado en forma de parlamento, a otro día la ponía en posesión del gobierno, con calidad que en un año hubiese de elegir dueño que los rigiese, por no estar a mujer sujetos. A este efecto hacía el estado regocijos y a este efecto cuantos príncipes Italia tiene, a su hermosura atentos más que a su estado (¿qué mucho, si la hermosura es imperio que se compone de tantos vasallos como deseos?), procuraban festejarla, siendo de todos primero acreedor de tanta dicha don Carlos Colona, excelso príncipe de Bisiniano, que en los comunes festejos tiene el primero lugar. Aténgome a su derecho, porque está muy adelante el que por casamentero tiene al vulgo, y muy atrás quien tiene de un vulgo celos. Añadióse a esta noticia que Carlos, fino y atento, un torneo de a caballo mantenía, defendiendo que ninguno merecía ser de Serafina dueño. Quien defiende una verdad muy poco le debe al riesgo. Yo no sé con qué ocasión, pues antes debiera cuerdo hüir, Fabio, sus aplausos para huir mis sentimientos, entré en deseo de ver la novedad del torneo, y fui a la corte de Ursino; mas ¡qué sin vista, qué ciego sigue el dictamen del hado un infeliz, no advirtiendo dónde está el daño ni dónde está el favor!Porque el cielo, que con letras de oro tiene en campo azul sus decretos ya iluminados, no hace caso del discurso nuestro; y así el mal y el bien se vienen sucedidos ellos mesmos. Dígolo porque, llegando disfrazado y encubierto de noche, hallé la ciudad hecha humano firmamento. Los horrores de las sombras con las máquinas del fuego desdén hicieron del día. Perdone el sol, si me atrevo a decir que, si duraran los materiales reflejos de tanto esplendor, la aurora misma no le echara menos; pues naciendo no podía darla más luz que muriendo. De una en otra calle, pues, con vista vagueando a tiento, al palacio llegué, adonde también informado advierto que hacía un público sarao las vísperas del torneo, que había de ser a otro día. Aquí, entre la gente envuelto más común, llegué al salón, donde vi en un trono excelso a Serafina.Esta vez el nombre trajo el concepto, no yo; y así permitidme decir, o vulgar o necio, que era cielo y Serafina el serafín de su cielo. Ya os dije que no la había visto desde sus primeros años; y así la objeción no será de fundamento, si dijere que fue ésta la primera vez que atento vi tan cara a cara al sol, que desalumbrado y ciego quedé a sus rayos.No sé, (si a las mejoras atiendo que hallé en su hermoso semblante) que dos manos tiene el tiempo, que una va perficionando cuando otra va destruyendo; mas bien sé (si en las acciones de un diestro pintor lo advierto, pues cuando labra estudioso alguna imagen, al lienzo arrima el tiento y descansa luego la mano en el tiento), cuando no le sale a gusto el rasgo que deja hecho, lo que la derecha pinta borra la izquierda.Esto mesmo al tiempo sucede, pues, cuando en breves años tiernos va ilustrando perfecciones, va la hermosura en aumento; pero, cuando no le sale tan a su gusto el objeto, le quita con una mano el matiz que otra le ha puesto; siendo la edad de una dama tabla en que dibuja diestro hasta cierto punto, en que, de la imagen mal contento, él mismo vuelve a ir borrando lo que él mismo fue puliendo. En toda mi vida, Fabio, vi prodigio, vi portento, vi asombro, vi admiración de igual hermosura. Pero ¿qué mucho, si en cuatro lustros no ha tenido tiempo el tiempo para que desagradado cualquier rasgo no sea acierto? No me quiero detener en pintar los lucimientos, bordados, joyas y galas de damas y caballeros; porque me está dando priesa el más extraño suceso que oísteis jamás.Y así baste decir que, como entre sueños pasó el festín y la noche quedó en su común silencio, yo, que saqué dél conmigo, sin saberlo yo, en mi pecho... un cuidado iba a decir, y no es cuidado; un deseo, y no es deseo tampoco; un afecto, y no es afecto; un agrado, y no es agrado; un tormento, y no es tormento; un no sé qué... ahora lo dije; pues no sé lo que es, supuesto que miento, si digo gusto, y si digo pesar, miento; tan nuevo huésped del alma que, aposentándole dentro della, aun ella no sabía si era tristeza o contento. Con este enigma, que aun hoy ni le descifro ni entiendo, a las puertas del palacio me quedé absorto y suspenso, sin saber adónde irme (mas ¿qué mucho, si violento estuviera en otra parte, pues ya era aquélla mi centro?), cuando a no pequeño espacio escucho decir al eco en desacordadas voces de mal formados acentos: ¡Fuego!No hube menester segundo informe, supuesto que, para saber adónde, fue oírle y verle tan a un tiempo que llegó a mí tan veloz la llama como el estruendo. El cuarto de Serafina era el que en breve momento de alcázar pasó a volcán, de palacio a Mongibelo. Toda su fábrica hermosa, ruina del voraz incendio, pirámide era de humo, tan alta que los reflejos de sus erradas centellas, con presunción de luceros, a pesar del viento, ardían de esotra parte del viento. Mal hubiese el aparato, mal hubiese el lucimiento de tanta encendida antorcha como le adornó primero; pues, descuidada pavesa del abrasado festejo el asunto dio al acaso y a mí el asunto y el riesgo. Pues, como más desvelado o más cercano, creyendo que en otro incendio llevaba perdido a cualquiera el miedo, me arrojé a entrar y, pasando del hidrópico elemento las ya destroncadas ruinas, con que voraz y sediento hacía iguales desperdicios de lo precioso y lo bello, sin que aquí al oro, allí al jaspe tuviese su [s]ed respeto, sin que respeto tuviese su hambre aquí al pulido aseo ni allí al precioso menaje, abrasando y consumiendo desde el dorado artesón al chapeado pavimiento, aquí estudios del telar y allí del pincel desvelos, ¡Cielos, piedad! una voz en desmayado lamento dijo, cuyo boreal norte me dio en una cuadra puerto, donde Serafina hermosa, casi en el último aliento de su vida, sin sentido, duraba con sentimiento. Ni bien desnuda, ni bien vestida estaba; que a medio traje debió de cogerla el sobresalto y, queriendo escapar, fue de la fuga rémora el desmayo.¡Ah, cielos, y quién supiera pintarla! Pero aun contado no quiero, cuando ella se está abrasando, estarme yo discurriendo. Con ella cargué en los brazos y, Eneas de amor, rompiendo canceles de fuego y humo, salí al primer patio, a tiempo que ya la lloraban muerta los que, así como la vieron, quitándola de mis brazos, cuidaron de su remedio, albergándola en la casa de un anciano caballero, sin que de mí ni mi acción hiciese ninguno dellos caso.Mas ¿qué acción de pobre se ha agradecido más que esto? ¿Quién creerá que a quien me quita estado, lustre y aumento diese la vida?Mas ¿quién no lo creerá, si, acudiendo ahora a desdoblar la hoja que dejé, a confesar llego que es la causa su hermosura y no el aborrecimiento del padre, para que echase a Lisarda de mi pecho? Diga del primer amor lo que quisiere el más cuerdo; que, en llegando a ver segundo, siempre al segundo me atengo. Quien me acuse de mudable meta la mano en su pecho, y verá cuántos cariños de ayer son hoy cumplimientos. En demanda, pues, de tanta dicha como me prometo o de la locura mía o de su agradecimiento, ya que dilató este acaso saraos, justas y torneos, prevenido, como pude, de créditos y dineros, galas, armas y caballos, declarado amante vuelvo a festejarla y servirla, no sin esperanza, puesto que, para que me conozca dueño de su vida, llevo una seña en esta joya que, al quitármela del pecho, la quité del pecho yo para testigo y acuerdo de mi acción.Fundado en ella y en mi sangre, que en efecto si arde sin fuego, quizá arderá mejor con fuego, he de obligarla. Salen LISARDA, y quítale la joya, y NISE No harás, ingrato. ¿Qué es lo que veo? Que si no hay otro testigo de la deuda en que la has puesto, sino esta joya, esta joya no lo será ya. Hace que la arroja ¿Qué has hecho, tirana? Arrojar al Po ese traidor instrumento de mi agravio; que, si a ti favoreció un elemento, a mí otro: llévese el agua lo que a ti te trajo el fuego. ¡Oh, mal haya la atención de obligaciones que han puesto lazos al noble en las manos para no vengar despechos de mujer!Que ¡vive Dios! que, a no mirar que me ofendo más a mí que a ti, no sé lo que hiciera, al ver que pierdo la mejor prenda del alma! Mas yo amaré tan atento, yo idolatraré tan fino, yo serviré tan sujeto que no me haga falta.Y pues oíste lo que pretendo en este papel dorarte, más que de fino, de cuerdo, toma el papel a pedazos; Rómpele que más disculpa no quiero ya contigo; y pues el agua hoy te ha vengado del fuego, busca también quien te vengue de los átomos del viento. -- ¡Patacón! Sale PATACÓN Bien podría hallarte yo allá, estando tú acá dentro. ¿Está ya dispuesto todo? Todo está, señor, dispuesto. Pues llega la posta, y vamos. -- Adiós, Fabio. -- Y tú, áspid fiero, quédate; que, a no más ver de tu hermosura me ausento. Vase FEDERICO Nise, adiós.Y en esta ausencia una cosa te encomiendo, aforrada della. ¿Qué es? Casta, no casta. Ya entiendo. Vase PATACÓN Bien pudiera yo vengarme, Lisarda, de tus desprecios con tus desprecios; mas es noble mi amor y no quiero que tus sentimientos sean despique a mis sentimientos; y así llóralos sin mí; porque al verte llorar, temo que a alguna ruindad me obliguen o mis celos o tus celos. Vase FABIO ¿Quién en el mundo se vio en igual desaire?Pero ¿cómo cobarde me aflijo y no animosa me vengo? ¿Qué venganza has de tener de hombre tan ruin y grosero como ha andado?¿Éste era el fino? ¿Éste el rendido, el atento? ¡Ah, fuego de Dios en todos! No sé; mas sí sé, pues tengo esta joya en que fundar mis engaños. ¿Cómo es eso? Pues ¿no la arrojaste al río? No; porque el fin previniendo de que me podía servir, otra que tenía en el pecho arrojé, con que sus señas pudo desmentir el viento. Y pues lo que en un instante previne sucede, ¡ea, ingenio! a nueva fábula sea mi vida asunto; que, puesto que de celosas locuras están tantos libros llenos, no hará escándalo una más. ¿Qué intentas? ¿Desde el primero oriente mío no fui víbora, pues que naciendo la vida costé a mi madre? ¿Mi padre entre los estruendos de Marte no me crïó, por no dejarme a los riesgos de los bandos gebelinos, siendo él campeón de los güelfos? ¿Segunda naturaleza la costumbre no me ha hecho tan varonil que la espada rijo y el bridón manejo? ¿Hoy, apagados los bandos, por ir al César sirviendo, en Milán no me dejó encargada a Filiberto, su hermano?¿Él en esta ausencia también (¡ay de mí!) no ha muerto, con que estoy libre?¿Mi primo, el príncipe de Orbitelo, a quien su madre ha criado, sin que le haya visto el pueblo, entre sus damas, no es un hermoso joven bello, en cuyo labio la edad aun no dio el perfil primero de la juventud?¿No van a Ursino amantes diversos de Serafina? Sí. Pues haz de todo esto un compuesto, y sígueme, sin que pongas objeción a mis intentos; que, si no hubiera extrañeza en los humanos afectos, la admiración se quedara inútil al mundo; puesto que no hubiera que admirar maravillas y portentos de un hombre con desengaños y de una mujer con celos. Vanse Salen dos damas con instrumentos, y TEODORO, viejo ¿Traéis instrumentos? Sí. Pues para aliviar su triste pena, en tanto que se viste, podéis cantar desde aquí, ya que experiencia tenemos que nada pasión tan fuerte, sino el canto, le divierte. ¿Qué tono, Flora, diremos? El de Aquiles, cuando está sirviendo a Deidamia; pues su letra otras veces es la que más gusto le da. Cantad, y sea el que fuere, pues a música inclinado, el cielo en ella le ha dado tanta gracia que prefiere a las aves; y podría ser que, como os escuchase, cantando él también, templase tan grave melancolía. Cantan "De Deidamia enamorado, hermosísimo imposible, en infantes años tiernos estaba el valiente Aquiles." Sale CÉSAR vistiéndose ¿De Deidamia enamorado, hermosísimo imposible, en infantes años tiernos estaba el valiente Aquiles? Canta "Tan rendido a sus pasiones, felices ya, ya infelices, que a gusto del pesar muere, y a pesar del gusto vive." ¿Tan rendido a sus pasiones, felices ya, ya infelices, que a gusto del pesar muere, y a pesar del gusto vive? Canta "¡Ay de mí, triste, que mi vida estas voces me repiten!" "Tetis, su madre, temiendo que entre dos muertes peligre, la guerra que la amenaza y la pasión que le aflige, porque una no sepa dél y otra su dolor alivie, para que sirva a Deidamia traje de mujer le viste." ¿Para que sirva a Deidamia traje de mujer le viste? Canta "¡Ay de mí, triste, que mi vida estas voces me repiten!" Callad, callad; que parece que el tono y letra que oí, no por Aquiles, por mí se hizo; pues en él me ofrece no sé qué sombras la idea que presumo que soy yo quien en mujer transformó su madre; pues que desea que, entre mujeres crïado, de Marte el furor ignore, y melancólico llore las amenazas del hado, sin que a mi dolor penoso alivie el daño; pues dél sólo me da lo crüel y me niega lo piadoso. Pues ya que como mujer, contra mi ambición altiva, quiere que encerrado viva, pudiera también hacer que como mujer sirviera a otra más bella, más rara Deidamia, de quien gozara sólo la vista siquiera. Y puesto que mis tormentos tanto me ahogan, callad, y para siempre arrojad o romped los instrumentos; que no quiero, cuando yo lloro un oculto pesar, oír cantar, por no cantar. ¿Esto no te agrada? No. Pues ¿de cuándo acá, si el cielo de tal gracia te ha dotado que a tus voces se han parado los pájaros en su vuelo, la aborreces, siendo así que sólo el canto solía templar la melancolía? Desde que reconocí que él la templaba, no quiero, Teodoro, usar dél; que es tal mi mal que sólo en mi mal me alivia el ver que dél muero. Y así dejadme morir, sentir, padecer, penar. ¿Qué tono como llorar? ¿Qué letra como gemir? ¿Es posible que de mí no te fiarás, pues he sido yo el que solo te ha servido, criado y enseñado? Sí. De ti me quiero fïar. -- A las damas Salíos las dos allá fuera. Vanse las damas Oye la piedad primera que me debe mi pesar: Heredero de mi padre quedé, Teodoro, en infancia tan tierna que no sentía, hasta otro tiempo, su falta. Mi madre, guardando noble la viudedad de romana antigua, como matrona de su lustre y de su fama, dejó a Milán y a Orbitelo y, reduciendo su casa a moderada familia, la trajo entre estas montañas donde Miraflor del Po es tan abreviado alcázar que apenas sus poblaciones de cuatro villanos pasan. Cubrió de funestos lutos su vivienda, con tan rara austeridad que aun al campo apenas dejó ventana. En esta soledad y este retiro fue mi crïanza del delito del nacer una prisión voluntaria. En ella (que, aunque lo sepas, no importa el decirlo nada, puesto que un triste, aunque diga lo que se sabe, descansa) con tan grande, con tan ciega terneza me mira y ama que el aire, que apenas pase junto a mí, la sobresalta. Si alguna tarde la pido licencia para ir a caza, aun los conejos presume que son fieras que me matan; y lo más que me concede es, cuando más se adelanta, chucherías de las aves, varetas, ligas y jaulas. Si a las orillas del río salgo a pescar con la caña, desvanecido en sus ondas temiendo queda que caiga. Verme arcabuz en las manos es llorar que se dispara o se revienta.Si ve que algún caballo me agrada, por manso que sea, presume que se desboca y me arrastra. Espada no me permite traer, siendo así que la espada a los hombres como yo se ha de ceñir con la faja. La familia que me asiste sólo es de dueñas y damas y sólo lo que de mí la gusta es tocar un arpa, a cuyo compás tal vez, porque buscando esta gracia a otra, quizá dio conmigo, llora mi voz lo que canta. A ti solo, por no hallar mujer en el mundo sabia, que si la hubiera en el mundo, sin duda es que la buscara, me dio por maestro, de quien he aprendido lo que llaman buenas letras; de manera que hijo de viuda es tanta la atención con que me cría, el temor con que me guarda, que presumo que la misma naturaleza se agravia, quejosa de que el cabello crecido y trenzado traiga, y por eso no ha querido brotar, Teodoro, en mi cara aquella primera seña que a la juventud esmalta. Dejemos en este estado la desdicha de que haya crecido un hombre a no más que a crecer, sin que le haga pasaje la edad a que a ver sus iguales salga; y vamos a otro suceso, cuya novedad extraña, criándola como me crían, nunca ha salido del alma. Serafina, que hoy de Ursino es princesa propietaria, vencido el pleito, de que tú fuiste parte contraria, pues de Federico amigo, ayudaste sus instancias, cuya ojeriza te tiene sin tu familia y tu casa, y confiscada tu hacienda, desterrado de tu patria, a besar la mano al César, que en esta ocasión se hallaba en Milán, porque viniendo, llamado de la arrogancia del esgüízaro rebelde, dar quiso una vuelta a Italia, pasó a vista de Belflor, adonde mi madre trata, por deudo o por amistad, aquella noche hospedarla. Vila, Teodoro, y vi en ella la beldad más soberana que pudo en su fantasía, lámina haciendo del aura, del pensamiento colores, jamás dibujar la varia imaginación de quien piensa en lo que a ver no alcanza; si ya no es que, como era mi pecho una lisa tabla en quien amor no había escrito ningún mote de sus ansias, sin ser menester borrar líneas de primera estampa, pudo escribir fácilmente, y escribió:"Muera quien ama." Apenas besé su mano cuando mi madre me manda retirar, por dar lugar a que descanse en la cama. Tan breve fue la visita que pienso que, si tornara a verme, no era posible que me conociese.¡Oh cuánta debe, Teodoro, de ser la no medida distancia que hay desde el ver al mirar! Dígalo el que viendo pasa o el que mirando se queda; pues siendo una cosa entrambas, uno esculpe en bronce duro y otro imprime en cera blanda. Tan triste salí y tan ciego de haberla visto y dejarla que, curiosamente osado, dando la vuelta a una cuadra que a su hospedaje salía, a la breve luz escasa de la llave de la puerta falseó mi vista las guardas. De sus prendidos adornos fue despojando bizarra el cabello y, viendo yo que a cada flor que quitaba iba quedando más bella, dije:"Sin duda es avara la hermosura allá en el mundo, pues sobre perfección tanta, pidiendo ayuda al aliño, pide lo que no le falta." Apenas él se vio libre de trenzas y de lazadas, cuando empezó a desmandarse por el cuello y por la espalda. Perdone esta vez Ofir, peinado monte de Arabia, porque esta vez no han de hilarse sus hebras en sus entrañas. De negro azabache era ondeado golfo, y con tanta oposición por la nieve o se encoge o se dilata que, cuando la blanca mano en crencha al lado le aparta, jugando siempre el dibujo de la frente a la garganta, de ébano y marfil hacía taracea negra y blanca. A fácil prisión reduce una cinta la arrogancia de aquel desmandado vulgo, tras cuya acción se levanta con tal gala que no era para quedarse sin gala. Lo que dijera no sé de una pollera que a gayas, siendo primeravera de oro, brotaba flores de plata. No sé (¡ay Dios!) lo que dijera de un guardapié que guardaba no sé qué cendal azul, no sé qué rasgo de nácar, de cuyos jazmines era botón un átomo de ámbar, si no fueras tú (¡ay de mí!) Teodoro, el que me escucharas. Que canas y dignidad de maestro me acobardan, y no suenan bien verdores, donde hay dignidad y canas. Y así diré solamente que, apenas se vio acostada, cuando sirviendo la cena de mi madre las crïadas, dejándome con la noche, ella se fue con el alba. Cómo quedé no te digo; tú que lo imagines basta; pues eres testigo fiel de mis repetidas ansias. Muriérame de tristeza si en un acaso no hallara, para engañar al dolor, tan pequeña circunstancia como fue que, hablando della mi madre, dijo una dama: No era mala la princesa para hija.A que recatada respondió con falsa risa: ¡Quién con la piedra encontrara filosofal del amor! ¡Que a fe que no fuera falsa! ¡Qué bien contento es un triste! Pues, cuando de darle tratan algún alivio a su pena, cualquiera cosa le basta. Dígolo porque sobró, dicha sola una palabra, para que yo no muriese, a cuenta desta esperanza. Pero aun este breve alivio ya de entre manos me falta, pues ya sé (la culpa tuvo leer tú en público la carta) que a Serafina pretenden cuantos príncipes Italia tiene, a cuyo efecto es toda su corte saraos y danzas, máscaras, justas, torneos, en que todos se señalan, porque, celoso de todos, muera en mi desconfianza. Mil veces me hubiera huido desta prisión que me guarda, si presumiera de mí que yo pudiera agradarla. Mas ¿dónde he de ir si, criado entre meninas y damas, sé de tocados y flores más que de caballos y armas? ¡Mal haya, no el amor digo de mi madre, mas mal haya, dejando en salvo su amor, de su amor la circunstancia! Pues ella, para que tema verme en público, me ata las manos.Ésta es mi pena, éste mi dolor, mi ansia, mi tristeza, mi desdicha, mi mal, mi muerte y mi rabia. De todo cuanto me has dicho no he de responderte a nada, sino a aquel punto no más que tocaste, en que yo, a causa de amigo de Federico, ausente estoy de mi patria. Pues ¿qué me importa a mí eso? El todo de tu esperanza. ¿Cómo? Como interesado soy en que tú a Ursino vayas; pues si por dicha lograses tú el fin de dicha tan alta, templará tu casamiento de Serafina la saña, y yo volveré a vivir con mi familia y mi casa. Supongo que tú me ayudes a que desta prisión salga; ¿qué he de hacer yo en el concurso de tantos como la aman, si apenas los nombres sé de lo que es tela o es valla? Y si la verdad confieso, sólo el pensarlo me espanta; que no en vano a la costumbre todos en el mundo llaman segunda naturaleza. Mira, amor vuela con alas ocultamente; y así nadie ve por dónde anda. Esto es decirnos que siempre, con sus elecciones varias, tal vez le agrada lo fiero, tal vez lo hermoso le agrada, tal le complace lo altivo, y tal lo altivo le cansa. Siendo así, no desconfíes, que tu hermosura y tu gracia y más, si es que alguna vez donde ella lo escuche cantas, podrá ser que la enamores más por las delicias blandas que esotros por los estruendos. Angélica lo declara; hermoso quiso a Medoro más que a Orlando altivo.Trata de enamorarla tú el gusto, podrá ser que, si es que alcanza más lo bello en los festines que lo fiero en las campañas, lo que una Angélica hizo una Serafina haga. Vente conmigo, que yo te pondré en Ursino casa. Tu madre, viéndote allá, es preciso que te valga de todos los lucimientos. Y pues que la edad te salva de torneos y de justas, apela para las galas, el ingenio y la belleza; y cuando no logres nada ¿en qué peor estado entonces te hallarás que el que hoy te hallas? Dices bien, y las acciones que tocan en temerarias no se han de pensar; y así ¿cuándo quieres que me vaya? Esta noche; y pues yo tengo llave que a tu cuarto pasa, abierto estará; teniendo puesta en la sirga una barca que el Po abajo nos conduzca a la quinta en que hoy se halla Serafina, en tanto que la ruina del cuarto labran. Sola una dificultad resta ahora, para que salga. ¿Qué es? Que es preciso que pase por delante de la cama de mi madre; y si me ve salir, es fuerza la haga novedad. ¿No habrá un disfraz con que, a aquella luz escasa que la queda, no conozca que tú seas el que pasa? Sí; y el disfraz ha de ser... ¿Qué? Que a la dama de guarda que duerme allí, quitaré... Dentro ¡César! Mi madre me llama. Responde, porque no entienda de nuestro secreto nada. Pues adiós. ¿En qué quedamos? En que saldré, aunque me haga injuria el disfraz que pienso. Antes viene bien la traza, para que no te conozcan, aunque en tus alcances vayan. Pues espérame; y adiós. En vela mi amor te aguarda. ¡Oh quiera el cielo que logre mi amor por ti esta esperanza! ¡Oh quiera el cielo que vuelva por ti yo a gozar mi patria! Vanse. Salen SERAFINA, LAURA y CLORI Ya que tus melancolías te traen al campo, señora, no llores con el aurora, pues hay alba con quien rías. Mal de las tristezas mías el pesar podrá aliviar risa o llanto. Eso es mostrar que no hay ni puede haber a quien dé vida el placer, si a ti te mata el pesar. ¿Por qué? Porque, si tu estrella, señora, a verte ha llegado tan ilustre por tu estado, por tu perfección tan bella, y tú formas queja della, ¿quién con la suya estará contenta? Más que me da mi estrella, Clori, me quita quien hacerme solicita certamen de amor; y ya que apuras mi sentimiento, ¿qué importa que celebrada viva en mi estado, adorada de uno y otro pensamiento, si al interés sólo atento vino a servirme el más fino, siendo el estado de Ursino la dama que adora fiel, pues cuando estaba sin él ninguno a mis ojos vino? ¿Por qué ha de pensar, me di, el que hoy miras más postrado que valgo yo por mi estado lo que no valgo por mí? ¿Quieres ver si esto es así? El día que se abrasó mi palacio, ¿cuál llegó desos amantes a darme vida?¿Cuál, para librarme, a las llamas se arrojó? ¡Bueno es que, estando servida de tantos príncipes, fuese un hombre vil quien me diese a vista de todos vida! Y ser vil, es conocida cosa, pues se contentó con la joya que llevó, como si yo no le hubiera de pagar de otra manera el socorro. En eso no puedes tu queja fundar; que a tus umbrales primero estaría. Ahora quiero a nueva queja pasar. ¿Por qué otro había de estar a mis umbrales?Mal sales con la razón que los vales; que eso antes es ofendellos; porque yo pensaba que ellos dormían a mis umbrales. Con que de todos quejosa y de ninguno agradada, me huelgo ver dilatada aquella lid amorosa, por si en tanto que reposa en quietud el ardimiento, tregua hace mi sentimiento al ver que en su competencia ha de hacer la conveniencia, y no el gusto, el casamiento. Sale CARLOS Sabiendo que esta mañana salías al campo, porqué lo dijo alegre la rosa, lo dijo ufano el clavel, esperando cada uno la dicha de florecer más que al halago del sol, al contacto de tu pie, previne, por si querías del río la pesca ver, tres góndolas que veloces parecen, sulcando en él, tal vez dejando la orilla, y cobrándola tal vez, que un Aquilón africano las engendró a todas tres. Para música las dos son, la otra para ti, en quien brillar, a pesar del agua, una ascua de oro se ve; bien que la tienda desdice el concepto; porque, aunqué son de oro los masteleros, de tela la tienda es, con cuyo verde color se corresponden después gallardetes y casacas, todo haciendo, al parecer, un verde islote, si ya no un escollo, como el que hurta un poco sitio al mar, y mucho agradable en él. Pero aunque mi prevención atenta a tu gusto esté, con la música en el aire y el agua con la red, te suplico que no admitas hoy el festejo, porqué colérico el Po ha salido de sus límites.No sé si ha sido envidia del mar que, llegando a conocer que por huésped te esperaba, se ha incorporado con él, con cuya avenida es tal de su furor el desdén que, abrigándose a la orilla, al más lejano bajel, si no le da el temor alas, de pluma calza los pies. La prevención agradezco, Carlos, y el aviso; y pues se ve el Po tan esplayado, que lo que era campo ayer hoy es golfo, y en su margen sólo descollarse ven cuatro o seis desnudos hombros de dos escollos o tres, y que vuestra prevención no deja lograrse, haced que la góndola en la arena varada aguarde, hasta que de la cólera del Po templada la saña esté. Así templara su saña... Basta; no me digas quién. ¿Qué importa que yo lo calle, si la que lo ha de saber lo sabe ya? Y aun por eso es justo el callarlo; pues, para no saber, oír retórica ociosa es. -- A CLORI y NISE Venid conmigo las dos por esta orilla. Ya, pues que me obliguéis a callar, no me obliguéis a no ver; y permitidme que siga el divino rosicler, mudo girasol de amor. Salen FEDERICO y PATACÓN No pases de aquí. ¿Por qué? Porque está aquí Serafina. Pues antes por eso es bien que pase y repase a verla; que estoy muriendo por ver si es tan bella como dices. El paso, loco, detén; que, si no miente el temor o el corazón, que es mal fiel, es Carlos de Bisiniano el que está allí.¡Ansia cruel! ¿Al primer encuentro azar? Mas ¿cuánto va que a perder echamos el galanteo al primer lance? ¿Por qué? Porque, si celos te da, reñirás luego con él. No haré; que el que a competir viene en público, ya sé que ha de sentir y callar, si desea merecer. ¡Cuánto me huelgo de verte, señor, dese parecer! ¿Por qué? Porque hay quien murmure que luego la espada esté a cada paso en la mano. Cobarde debe de ser; que, si a cualquier paso hay causa, el no parecerle bien que otro riña es argumento de que no riñera él. ¿Dónde, caballero, vais? Atrás el paso volved; que está la princesa aquí. Pues hacedme vos merced de saber si da licencia a un forastero de que bese su mano. Esperad aquí.Mas ¿quién la diré que sois? Federico Ursino. Perdonad no conocer vuestra persona. No hay culpa en vos.(Pues que ya la ves, no es hermosa?) (No, por cierto, sino así, un sí es, no es). Federico Ursino dice, señora, licencia des para que bese tu mano. Vuelve, Laura, a decir quién. Federico Ursino. ¿A mí mi primo? Sí. Sólo fue éste el necio que faltaba para cansarme también. ¿Qué quieres que le responda? Di que llegue. A FEDERICO Ya tenéis licencia. (Turbado llego). (Sólo ahora faltaba ser competidor Federico. Mas no se atreverá él, pobre y deslucido, a serlo.) Pues no puedo merecer besar, señora, tu mano, merezca besar tus pies. Del suelo alzad. Extrañado el atrevimiento habréis de llegar a vuestros ojos; pues porque no lo extrañéis y sepáis con qué ocasión, que sólo vengo sabed del gobierno del estado a daros el parabién. Porque nadie más que yo interesado se ve en vuestro aumento; pues sólo sentí la instancia perder porque fuese otro y no yo quien su posesión os dé. Gocéisle la edad del Fénix que, hijo y padre de su ser, o nace para morir o muere para nacer. Yo, Federico, os estimo cumplimiento tan cortés. No es cumplimiento, señora, y porque lleguéis a ver cuán de veras mi verdad desea satisfacer la obligación de escudero, vengo a pediros me deis, por ser yo a quien más le toca, licencia de deshacer en vuestro nombre un agravio que os hacen en un cartel. ¿Qué agravio? Decir que nadie la merece. Pues ¿hay quién? Sí; quien la vida la da, cuando en peligro la ve, merece gozar la vida que desde allí es suya, pues nadie da lo que no es suyo; y si entonces suya fue la vida que dio ¿quién duda que ahora lo sea también? Aunque ésa es sofistería, ¿quién fue quien se la dio? Quien (bien entrara aquí la joya; ¡mal haya Lisarda, amén!), cuando otros de reposar trataba de padecer, y está tan desvanecido de aquella acción que de fiel se encubre, porque no quiere más premio, más interés, que el haberla conseguido. Y así vengo a defender que quien da una vida y calla merece premio de ser dueño de su vida antes, y de su favor después. Eso dirá la campaña. ¿Quién dice que no? Está bien. Y pues tiene apelación la porfía, suspended los argumentos; que aquí sólo se he de oír y ver. Dentro LISARDA y CÉSAR ¡Cielos, favor! ¡Piedad, cielos! ¿Qué dos veces escuché en el monte y en el río? A lo que se deja ver... desbocado un caballo... zozobrado allí un batel... por el monte a despeñarse... por el río a perecer... con un generoso joven... con una hermosa mujer... vaga de uno en otro risco. va de uno en otro vaivén. Dentro CÉSAR y LISARDA ¡Cielos, piedad! ¡Favor, cielos! ¡Qué desdicha tan crüel! ¡Quién sus dos vidas pudiera piadosa favorecer! Si tú lo deseas, yo ofrezco la una. Vase FEDERICO Yo la otra también. Vase CARLOS ¿Cómo, hidalgo, vos no vais uno ni otro a socorrer? No me tocan los socorros; que soy toreador de a pie. ¡Cielos, piedad!¡Piedad, cielos! Ya Federico se ve... Ya Carlos allí se mira... que con gallarda altivez... que con osado denuedo... saliendo al bruto al través... los remos tomando a un barco... la capa enreda a los pies... dando cabo al leño frágil... y con la espada después... trayéndole de remolque... le ha podido detener... pudo a la orilla sacarle... y viendo al joven caer... y desmayada la dama... carga en los brazos con él... con ella carga en los brazos... y ambos llegan a tus pies. Saca FEDERICO a LISARDA en los brazos, vestida de hombre, y CARLOS a CÉSAR, vestido de mujer Ya la parte que me cupo deste peligro excusé. Y en la que me cupo a mí estás servida también. ¡No vi más gallardo joven; no vi más bella mujer! ¡Cielos, aliento me dad! ¡Vida, hados, me conceded! Para saber a quién debo la vida... Para saber dónde estoy... (Pero ¿qué miro?) (Mas ¿qué es lo que llego a ver?) (¿Federico no es aquéste?) (¿Ésta Serafina no es?) (¡Patacón!) (Nada me digas; ya todas tus dudas sé.) (¿No es ésta Lisarda?) (Así lo fuera yo.) En tanto que vos, bella dama, cobráis los colores que a la tez robó el susto, decid vos ¿quién sois? En sabiendo a quién; que no es justo una ignorancia me acuse de descortés. Serafina soy. Ahora que, rendido a vuestros pies, no puedo errar el estilo, que soy, señora, sabed el príncipe de Orbitelo, César... (¿Qué es lo que escuché? Mi nombre ha dicho y mi estado.) ¡Vive Dios... (La voz detén.) (que es el enredo mayor!) (Oye y calla.) (Mal podré.) ...que, habiendo oído a la fama el certamen de un cartel, a ser vuestro aventurero vengo, confiado en que no mereceros ninguno es asunto suyo, pues no es grosero quien ya sabe que viene a no merecer. Por llegar a vuestros ojos tan veloz pretendí ser que, con ansias de volar, tuve a pereza el correr; con que, apurado el caballo, al freno rompió la ley, si ya no fue de mi dicha diligencia su altivez; porque volar hacia el sol lo acreditase el caer. Sale NISE de lacayuelo Y yo, Gandalín Menique, ragazzo suyo, doy fe que es verdad cuanto él ha dicho, fecha a tantos de tal mes, día de San Orbitelo, supuesto que cae en él. ¡Quita, necio! (¡Vive Dios, que Nise el lacayo es!) (¡Calla!) (¿Quién ha de callar?) (Quien ve que no le está bien.) Vos seáis muy bien venido; que a mí me pesa de haber dado al peligro ocasión. (Aunque le he visto otra vez, no le conociera ahora; pero tan de paso fue que no percibí sus señas.) A mi primo agradeced el socorro. Caballero, yo os estimo la merced. Guárdeos el cielo.(¡Ah, tirana!) Si acaso cobrado habéis, A CÉSAR hermosa dama, el aliento, decidme, ¿quién sois? (¿Qué hare? Que decir quién soy, en este traje, en público, no es bien, ni que se sepa de mí que yo he podido usar dél; pues dejar que otro mi nombre tome y pretenda con él tampoco es justo.) Pues ¿no habláis? (Qué decir no sé.) Yo, señora... Proseguid. ...hija soy de un mercader (forzoso es disimular y fingir hasta después) que a embarcarse al puerto iba, cuando, empezando a romper sus márgenes el Po, hizo que zozobrase el bajel. Queriendo salir a tierra, (esto solo verdad es) para darme a mí la mano, la tomó primero él, a cuyo tiempo, rompiendo la sirga (¡ay de mí!) el cordel, con un embate, me hizo volver al golfo otra vez, sin que él, en la orilla ya, me pudiese socorrer. Echóse al agua el barquero, procurando defender su vida, con que yo (¡ay triste!) sola en el barco quedé, expuesta a las inclemencias del hado, ya no crüel para mí, sino piadoso, pues he llegado a tus pies. (¡Mal haya el infame acaso que acción tal me obliga a hacer!) A Carlos de Bisiniano lo podéis agradecer. -- Y ya que de dos fortunas teatro esta playa fue, por cuenta mía las dos desde hoy han de correr. Id, César, a descansar. -- ¡Lidoro! Sale LIDORO viejo ¿Qué mandas? Que en vuestro cuarto esa dama se albergue, porque no es bien introducirla en el mío, sin saber mejor quién es. -- En él podrás repararte desta fortuna, hasta que sepa tu padre de ti. ¡Vida los cielos te den! Ven, Laura.(¡Ay de mí!)Ven, Clori. ¿Qué es lo que llevas? No sé. (No vi más gallardo joven, no vi más bella mujer, ni vi tampoco deseo como el que llevo, de que haya sido Federico el que la vida me dé.) Vanse SERAFINA, LAURA y CLORI Venid, señora, conmigo adonde servida estéis. Vase LIDORO (Aquí no hay más que sufrir de mi fortuna el desdén.) Vase CÉSAR (Aquí no hay más que pensar nuevos contrarios vencer.) Vase CARLOS ¡Fiera, enemiga, tirana, falsa, alevosa y cruel, que has venido a dar la muerte a quien la vida te dé! ¿Qué es tu intento? Caballero, ni sé qué decís ni sé quién sois.Tratad vos de amar, mientras yo de aborrecer. Vase LISARDA Y tú, aspidillo casero, ¿a qué has venido acá? A que, mientras yo de bufonear, trate de callar usted. Vase NISE ¿Quién vio igual locura? A mí poco me estorbara, pues esto no puede durar más que hasta decir quién es. Pues a nadie se lo digas; que no le está a mi amor bien galantear una beldad, cargado de una mujer. Pues ¿qué hemos de hacer? Callando dejar el lance correr, mientras él no se declare, diciendo una y otra vez, entre un olvidado amor y un acordado desdén: "Arded, corazón, arded; que yo no os puedo valer." Jornada II Salen LAURA y CLORI No se ha visto igual extremo en el mundo. ¿Quién creyera que condición tan extraña a cuanto es agrado diera poder a una advenidiza mujer, a quien su deshecha fortuna echó a estos umbrales, porque dulcemente diestra la escuchó cantar tal vez desde el sitio en que se alberga en el cuarto de Lidoro, hechizada de manera al encanto de su voz que dueño absoluto sea de su voluntad? No, Laura, en tu queja ni en mi queja hablemos; porque parece que aquí las voces se acercan. Pues, la plática mudemos, hablando de nuestra fiesta. Salen SERAFINA y CÉSAR vestido de mujer ¿Dónde, Celia, el instrumento dejaste? En las flores bellas le dejé. ¿Por qué? Señora, porque a su dulce tarea, en metáfora de arco, descanse un rato la cuerda. Ve por él, porque no hay cosa que más me alivie y divierta, de tantos necios pesares como una dicha me cuesta, que tu voz.Y así, entre tanto que por la apacible esfera voy deste jardín, te pido que al compás de las risueñas cláusulas de sus cristales el aire tu voz suspenda. Beso, señora, tu mano, por el agrado que muestras a quien feliz e infeliz llegó a tus pies.(¡Ay adversa suerte mía!Aunque me quite fama y honor tu violencia, ¿qué importa, si no me quita que estos favores merezca?) Pero permitid ... (¡ay triste!) ¿Qué? Que hoy te pida licencia para no cantar. ¿Por qué? Porque, aunque es mi dicha inmensa en servirte y agradarte, no sé qué oculta tristeza se ha apoderado del alma, que más a llorar me fuerza que a cantar, y no sé cómo en un corazón se avenga el gusto y pesar a un tiempo. Pues ¿qué es lo que sientes, Celia, que a tanto dolor te obliga? ¿Qué es lo que quieres que sienta (¡Oh, quién pudiera decirlo! ¡Oh, quién callarlo pudiera!) si de mi padre ignorada, que, por llorarme por muerta, quizá no me busca viva, de mi natural tan fuera que admirada estoy de cuánto estoy en éste violenta? Yo pensé que mis favores de tus fortunas pudieran contrapesar los acasos. Pues si por ellos no fuera, ¿estuviera yo con vida? Y aunque por ellos la tenga, quizá son ellos también los que mi pesar aumentan. ¿Cómo? Como ellos son causa de que haya quien me aborrezca. Y si me excuso... Prosigue. ...es porque alguna no sienta oír mi voz. Di; que yo gusto oírla.Canta apriesa; no temas la invidia. Basta; ¿y si Clori y Laura fueran? ¿Son, Celia, por quien lo dices? Yo te haré vengada dellas. -- Laura y Clori, ¿de qué habláis? Viendo que todos desean en aquestas soledades dar alivio a tus tristezas, tus damas, por tener parte en tan digno asunto, intentan que, para hacerte un festejo, las des, señora, licencia el día que cumples años. ¿Qué festejo? Una comedia. ¿Por qué, di, no la he de dar? Que yo me holgaré de verla. Pues ya que muestras agrado en que la estudiemos, resta, porque es de música, a usanza de Italia... ¿Qué? Que entre Celia a ayudarnos. ¿Qué papel ha de hacer? El galán della; que su hermosura y su gracia es bien que a todas prefiera. ¿Querrás, Celia? ¿Por qué no? Antes me holgaré me veas en el traje de galán cantar amantes finezas; que ya di entre mis iguales de aquesta habilidad muestra, y no muy mal parecida. Pues porque mejor lo seas, yo me encargo de tus galas. (¿Otro favor?) (Ten paciencia.) (A un envidioso no hay castigo como que tenga más que envidiar.) Vanse LAURA y CLORI Otra vez te beso la mano. Piensa que no debo a mi fortuna otra dicha, si no es ésta de haberte aquí derrotado la tuya; pues de manera me obligas que, como dije, no hay cosa que me divierta ni alivie, si no eres tú. Y así te ruego no tengas pesar; que tú de tu padre, o él de ti, saber es fuerza, y en ninguna parte pueden hallarte sus diligencias mejor que conmigo. Es cierto. Y si antes dijo mi lengua también que violenta estaba, es, con propiedad tan nueva, que no estuviera, señora, si en otra parte estuviera, menos violenta mi vida que donde está más violenta. ¿Quieres saber a qué extremo mi agrado contigo llega? Pues sólo siente que Carlos fuese quien a esta ribera de aquel golfo te sacase. ¿Por qué? Porque no quisiera que hiciera por mi elección cosa que le agradeciera. Pues Carlos (entremos, celos, en la experiencia primera), que es quien más fino te sirve, más amante te festeja, ¿no es quien más te obliga? No; que, aunque debo a sus finezas más que a las de todos, ¿quién puso en razón las estrellas? Carlos me cansa. ¿Quién duda que la gala y gentileza del príncipe de Orbitelo será causa? Ten la lengua; que a César, Celia, también aborrezco. (¿Quién creyera que a mí me sonara bien oír que aborrece a César? Pero vamos adelante; que no va mal la experiencia.) No me atrevo a discurrir en quién tu agrado merezca; pero atrévome a pensar --permíteme esta licencia-- que no es posible que deje alguno en la competencia de ser más bien visto que otro. Sonríese SERAFINA ¿Falsa risa es la respuesta? No es haberte concedido la malicia. No es haberla negado tampoco. No; y si la verdad confiesa mi voz, pues contigo ya no es bien que secreto tenga, y más cuando tu malicia la costa hizo a mi vergüenza, sabrás que de agradecida, más que de fina ni atenta, no digo el que más me agrada, el que menos me molesta es Federico mi primo. Pues ¿qué ves en él que pueda obligarte, si no hay ninguno a quien menos debas? Litigar antes tu estado y ahora amarte es consecuencia que a él le pretende y no a ti. Aunque con razón pudiera ofenderme dél, hay otra que me obliga a olvidar ésa. ¿Qué razón? Aunque no claro me lo haya dicho su lengua, sus equívocas razones, con las lágrimas envueltas, me han dado a entender que es él el que de aquella violencia del incendio me sacó, cuya presunción me lleva tras el agradecimiento de mi vida tan atenta que no sé cómo te diga, o sea obligación o sea simpatía de la sangre o elección del gusto o fuerza del hado o qué sé yo qué, que él solo las extrañezas de mi altiva condición ha podido... mas él llega; y por si acaso escuchó algo, hagamos la deshecha; toma el instrumento y canta. (Está mi vida muy buena, sabiendo que Federico es quien su agrado merezca, ahora para cantar.) ¿No vas? (¡Mal haya el que llega a buscar sus celos, cosa que se siente si se encuentra!) Canta, por mi vida, un tono. Pues obedecer es fuerza, cantaré, como el cautivo, con el son de la cadena. Toma CÉSAR el instrumento. Salen FEDERICO, escuchando lo que se canta, y PATACÓN. Canta Ven, muerte, tan escondida que no te sienta venir, porque el placer del morir no me vuelva a dar la vida. Sin duda, por mí, oh hermosa deidad desta verde esfera, el concepto se escribió, pues yo... Suspended la lengua, Federico (inclinación o lástima o sangre o deuda, por más que tú te declares, haré yo que él no te entienda); que no sé qué urbanidad impedir a nadie sea el gusto con que a otro escucha. Quizá es pensión de su estrella quien a otro escucha con gusto que a mí me escuche con pena. Pues porque no sea pensión, Celia, canta. Cante Celia; pues para que llore yo ¿qué importa que cante ella? Canta Ven, muerte, tan escondida que no te sienta venir, porque el placer del morir no me vuelva a dar la vida. Sin duda esta letra, o bella Serafina, por mi suerte se escribió, puesto que en ella se ve escondida una muerte y declarada una estrella. Si una ha de ser mi homicida, máteme la declarada. Y así, a quitarme la vida, puesto que el morir me agrada... "...ven, muerte, tan escondida." Y, porque si muerto quedo, será mi muerte favor, ven; mas pisando tan quedo que los pasos del valor parezca que los da el miedo. Ven; que, habiendo de morir, yo te saldré a recibir. Mas ¡ay de mí! que querrás, para que yo sienta más... "...que no te sienta venir." El pesar no ha de quitar el placer de merecer, mas ¡cuál debo yo de estar el día que es mi placer no morir de tu pesar! Y al que me llegue a pedir razón le sabré decir que en mi dueño singular del vivir se hizo pesar... "...porque el placer del morir." Y tú, si otro te pidiere razón de por qué un desdén más agravia a quien más quiere, le podrás decir también otra que aquélla prefiere, diciendo, si es escondida llama amor, bien mi tristeza huye dél, porque ofendida de otro incendio otra fineza... "...no me vuelva a dar la vida." Aguarda, Celia; que ya que a un tiempo en mis dos orejas, aquí música, allí llanto o suenan mal o no suenan, quiero ajustar una duda. Salen LISARDA y NISE al paño Federico y la princesa están aquí. Pues aguarda, que destas murtas cubiertas oiremos. ¡Que ha de haber murtas, ya que aquí no hubiese puertas! Muchas veces, Federico, en equívocas respuestas me habéis querido decir no sé qué, y no soy tan necia que, ya que no entiendo el todo, alguna parte no entienda. La primera vez dijisteis que veníais en defensa de un agravio que me hacían en que nadie me merezca; pues me mereció quien fue dueño de mi vida.Esta proposición repetida y no explicada, me lleva curiosamente a saber qué queréis decir en ella. Habladme claro. Sí haré. Pues proseguid. Oye atenta; que, aunque mi silencio quiso [recatarte la fineza], añadiéndola el callarla al realce de hacerla, con todo, viendo cuán poco mi fe contigo merezca, desnudo de tu favor, que della me vista es fuerza. Antes, Serafina hermosa, que yo a tu corte viniera --declarado amante iba a decir, pero la lengua, más cortés que yo, turbada, con tan grande voz no acierta; permite que mi osadía se vaya por mi modestia--. Vine a tu corte, llamado del aplauso de las fiestas que Carlos en nombre tuyo mantenía.Vite en ellas la noche que la fortuna, mala autora de comedias, empezándola en festín, vino a acabarla en tragedia. A tus umbrales estaba, desvelada centinela del sueño de tus amantes, cuando la llama violenta en pirámides de humo iba buscando su esfera; y arrojándome al peligro, si hay peligro que lo sea a vista de tanto premio como tu vida... Salen LISARDA y NISE La lengua ten, falso, aleve, tirano. (¿De dónde salió esta fiera a matar segunda vez?) Y tú, perdóname, bella Serafina, que interrumpa lo que Federico cuenta; que si he callado hasta aquí, ya desde aquí hablar es fuerza, porque tú no hagas empeño de su traición. (Ella intenta, sin duda,decir quién es, porque a Serafina pierda.) Pues ¿qué novedad te obliga, César, a tal acción? Ésta. -- ¿Para esto, traidor amigo, agradecido a la deuda del socorro del caballo, te di de mis dichas cuenta? ¿Para esto te hice dueño de alma y vida, siendo en ella... (Ya es aquesto declararse.) el secreto de que intentas valerte para matarme aquí con mis armas mesmas? (¿Adónde irá a parar esto?) Pues no ha de ser. Y pues ciega la fortuna me ha traído a esta ocasión, porque veas quién fue quien te dio la vida, y que todo lo que él cuenta fue por contárselo yo, yo fui, Serafina bella, el que estaba a tus umbrales, yo el que a la llama soberbia se arrojó, y el que en mis brazos pude restaurarte della, por señas que, a medio traje, ni bien viva ni bien muerta, estabas en una cuadra, donde el desmayo a su puerta rémora fue de la fuga. Si no bastan estas señas para que veas quién es quien te obliga o quien te fuerza, di que te dé Federico otra joya como ésta. Dale la joya y vase Oye, aguarda. Deteneos; no vais tras él; que, aunque quiera vuestro valor del desaire salvaros, ya es diligencia excusada, pues ya está sabida la traición vuestra. Señora... Nada digáis. ¿Vos, Federico, bajeza tan grande como valeros de traidoras diligencias? ¿Vos servirme con engaño? ¿Vos amarme con cautela? ¿A quien su secreto os fía vendéis?Pues ¿tan pocas prendas de sangre y valor tenéis que os valéis de las ajenas? ¡Vive el Cielo...! Bien está. ...que yo... Suspended la lengua. ...fui quien os dio... ¿Este testigo ¿cómo es posible que mienta? Como... Nada os he de oír. Por Dios, que hizo buena hacienda. A CÉSAR Deten, Celia, a tu señora. Haz tú, por tu vida, Celia, que me escuche una palabra. (A muy buen puerto te llegas, cuando puedo dar albricias de que la enfades y ofendas.) A CÉSAR ¿Qué te dice, Celia? A SERAFINA Dice que de hablar le des licencia, como si no fuera yo interesado en tu ofensa. Ni le hables ni le oigas. ¿Cómo puedo, si estoy muerta por ver si tiene disculpa? Haz tú como que me ruegas que le escuche. (Sólo esto la faltaba a mi paciencia.) A NISE Dime, embustera menor de la mayor embustera, ¿qué ha sido esto? Sí diré. (¡Ah, quién esforzar pudiera el enredo de mi ama!) Mas dime, antes que lo sepas, ¿traes daga? Sí.¿Para qué? Para que cortar quisiera la suela de un ponleví que dar paso no me deja. A CÉSAR Cierto que estás importuna; yo oiré, pues tú lo deseas. (No lo desearas tú más.) A PATACÓN Daca. Yo cortaré; suelta. A FEDERICO A Celia le agradeced, Federico, que a oíros vuelva. Ya sé que a Celia la vida debo. (¡Si bien lo supieras!) (¡Quiera amor tenga disculpa!) (¡Quiera amor que no la tenga!) ¿Qué tenéis, pues, que decirme? (Menos importa que sepa que yo he tenido una dama que no que piense su ofensa, y que sufro que lo diga quien ella misma no sea.) Yo, señora, antes de veros, porque después no pudiera, serví en Milán una dama. ¡Cielos! ¿Hay quien me defienda? ¡Que me matan! ¿Qué te toma, demonio? Las plantas vuestras sean, señora, mi sagrado. ¿Hay tan grande desvergüenza? Señores, ¿qué enredo es éste? ¿Así entráis en mi presencia? Señora, ¡viven los cielos...! ¿Cómo es posible te atrevas, pícaro, desvergonzado, a una cosa como ésta? Pues ¿a qué me atrevo yo más que a cortar una suela de un zapato? Tú lo eres. ¡Vive el cielo...! Considera... Deteneos.(a Nise) Di, ¿qué causa le has dado tú? Sólo ésta. El príncipe mi señor de Orbitelo... Di. Don César tiene, señora, una joya que más que a su vida precia, porque la sacó de un fuego adonde su fe se acendra. Federico, que es de aquéste amo, anda muerto por ella, y me dice que, si la hurto, me dará toda su hacienda. ¿Yo he dicho tal? (¡Vive Dios, que Nise el engaño alienta!) Hablándome en esto ahora y dándole por respuesta que yo no era ladrón, dijo: Pues ya que ladrón no seas, para que nunca decir lo que yo te he dicho puedas, te he de dar muerte. Y sacando la daga, con ira fiera quiso matarme. Y así nada que te diga creas, porque anda por levantar algún testimonio a César. Y ahora tenle, señora, para que tras mí no venga. Vase NISE Agradeced que no os hago dar cuatro tratos de cuerda. Fueran muy bellacos tratos. (¡Que aquesto por mí suceda!) Mirad si vuestra traición a cada paso se aumenta, pues para cobrar la joya hacíades diligencias; porque no hubiese podido reconveniros con ella. En aquel engaño y éste veréis si escucháis mi pena, que en una disculpa caben. ¿En qué disculpa? Oídme atenta: Yo serví en Milán, señora, una dama, antes que viera vuestra gran beldad... Sale LAURA Enrique Esforcia pide licencia para besarte la mano. Pues ¿cómo desa manera, sin pedirme, Laura, albricias, me das tan alegres nuevas para mí?Dile que entre, y que bien venido sea. (No sea sino mal venido. ¿Quién en el mundo creyera, sino echándose a pensar imaginadas novelas, que desde Alemania el padre de Lisarda al Po viniera a embarazarme el decir --¡ay infelice!--que es ella la que, en César disfrazada, celosa vengarse intenta de mí?Porque, si la digo quién es, Serafina es fuerza que de parte de su agravio se ponga, y vengarle quiera, como a quien debe el estado, que ha litigado en su ausencia tan contra mí). En tanto, pues, que Enrique a mis ojos llega, proseguid vos.A una dama servisteis.¿Qué consecuencia tiene eso con esta joya? Ninguna; que, aunque quisiera, no puedo decir lo que iba a decir.Mas considera que quien adora no engaña, que no ofende quien desea, que no agravia quien estima, y que no injuria quien precia. En un instante me han puesto, o mi fortuna o mi estrella, un cordel a la garganta, una mordaza en la lengua para no poder hablar; Y pues que callar es fuerza y acudir volando a que ella esta venida sepa, te suplico me perdones el no darte más respuesta con decir que, aunque más pienses, hay más que pensar, que piensas. Vase FEDERICO. [SERAFINA habla] a PATACÓN Esperad vos y decidme: ¿qué confusiones son éstas? No puedo, no puedo hablar, porque mi fortuna adversa o mi hado o mi qué sé yo me ha dado en esta hora mesma un tapaboca en el alma, en la boca un tente-lengua. Sólo te puedo decir, en metáfora de bestia, que, aunque tú lo pienses más, hay más que pensar, que piensas. Vase PATACÓN ¿Qué será esta confusión? No sé, si ya no es que sea ser Enrique su enemigo, y por no verle se ausenta. No es, sino que la mentira no le iba saliendo buena, que iba a decir... No será. Sí será. ¿Qué te va, Celia, a ti en malquistarme a mí primero con la fineza y después con la disculpa? Ofenderme que te ofenda. Sale ENRIQUE y arrodíllase Dame, señora, la mano, si es posible que merezca tan gran dicha. A ti los brazos con toda el alma te esperan agradecidos.Levanta, y tan bien venido seas como de mí recibido, donde agradecerte pueda las finezas que te debo. En criado no hay finezas, porque nunca pudo ser obligación lo que es deuda. Bien ajena desta dicha me hallas.¿Qué venida es ésta? Sobre ya cansados años, desengaños y experiencias, llamado de las memorias de Lisarda, mi hija bella, me vuelven a descansar, y el haber muerto en mi ausencia mi hermano, a quien le dejé, me da, señora, más priesa que pensé, porque me hallaba favorecido del César. Ahora te agradezco más la visita; que quien lleva tan digno cuidado es mucho que otra cosa le divierta. No quiero hacerte este cargo. Señora, ni lo agradezcas; que, aunque viniera por ti, otra causa hay porque venga. Pasando a Milán, llegué a Miraflor, una aldea, donde mi prima Dïana, que es de Orbitelo princesa, vive retirada. Ya lo sé; que yo he estado en ella, y también, yendo a Milán, no quise pasar sin verla. Y halléla tan afligida, tan desconsolada y muerta... (Aquí entro yo.) Retírase ...por haber hecho de su casa ausencia, con un ayo que tenía, su hijo el príncipe César, que me puso su aflicción en cuidado de que venga a buscarle, por tener, si no noticias, sospechas de que a Ursino había venido a la fama de sus fiestas. Y así la di la palabra, antes que a mi casa fuera, de buscarle y asistirle hasta que conmigo... Espera; que a saber que había venido el príncipe sin licencia, ya lo supiera de mí mi señora la princesa. Luego ¿aquí está? En este instante se aparta de aquí, por señas que me ha dado en esta caja la más conocida muestra de que fue quien me libró de un incendio en que muriera, a no llegar él. ¡Oh, cuánto estimo una y otra nueva, y que sea mi sobrino a quien la vida le debas! Y así, señora, permite que en verle no me detenga. ¿Hacia dónde iba? No sé; mas él sin duda está cerca. (Y tanto, que te espantaras, [¡ay de mí] si lo supieras.) Iré a buscarle. Mejor será que conmigo vengas; que yo haré que te le llamen. Convengo en la diligencia, por ser preciso que yo, aunque le encuentre y le vea, no le conoceré, porque le dejé en edad muy tierna. Ven conmigo; que él vendrá a verte. -- Y tú, Laura, ordena a Lidoro que ese cuarto, que tiene al parque otra puerta que a aquestos jardines pasa, a Enrique se le prevenga. Tus plantas beso. (Fortuna, deja de afligirme, y deja de pensar en quién será cuál me obligue y cuál me ofenda.) Vanse todos y queda solo CÉSAR Si algún ingenio quisiere escribir una novela, ¿podrá inventarla fingida mayor que en mí se halla cierta? Dejo aparte que la fuga de mi casa me pusiera en ocasión deste traje; y dejo que en la deshecha fortuna airada del Po, dejando a Teodoro en tierra, me diese el favor de Carlos felice puerto a las mesmas plantas de la que buscaba; dejo que me favorezca, obligándome a que haga de la infamia conveniencia, de que otro con mi nombre y mi estado la pretenda; y voy a qué fin tendrá una plática tan nueva, que apenas halla ejemplar; y si le halla, será apenas. Mi tío es fuerza que encuentre con este fingido César; y cuando él no le conozca, por el consiguiente es fuerza, a la fama de que ya le halló, de mi patria vengan vasallos que a él desconozcan y a mí me conozcan.¡Ea, ingenio!¿Qué hemos de hacer, para que esto no suceda, hasta hallar un medio airoso yo, en que declararme pueda? Sólo uno se me ofrece. Este joven, cosa es cierta, que, en viendo que en sus alcances andan, parecer no quiera; que claro está que no espere ver su traición descubierta: luego avisárselo importa; pues, no pareciendo él, queda mi secreto resguardado. ¡Quién adónde está supiera, antes que con él mi tío diese, para que en su ausencia yo procure declararme con Serafina, y que sepa quién soy!Mas ¡ay infelice! Que si ella ofendida trueca los favores en venganzas, es preciso que la pierda. Pero ¿ha de faltar alguna amorosa estratagema para decirla quién soy, con tal industria que pueda no pesarme de lo dicho? Mas la industria ha de ser ésta: ¿de la comedia el papel no es de galán? Salen por un lado LISARDA y por otro CARLOS ¡Celia! ¡Celia! (Aquí se queda la industria remitida a la experiencia.) ¿Qué es, Carlos, lo que mandáis? César, ¿qué es lo que queréis? Que un instante me escuchéis. Que una palabra me oigáis. A vos iré, porque a vos, César, primero que oíros tengo también que deciros. Pues, siendo así que los dos tenéis secretos, yo quiero, pues lo que yo he de decir ambos lo podéis oír, tomar la mano primero. Celia, aunque no es generoso pecho el que hace en la ocasión prenda de la obligación, ya sabéis que un amoroso afecto nunca ha vivido debajo de ley; y así, que yo me valga de ti, en fe de haberte servido, cuando a tierra te saqué, ni es desdoro ni es bajeza. Por mí, pues, una fineza hoy has de hacer. Mal podré excusarme agradecida. ¿Qué es la fineza? Sabrás que en un rendido no hay más gusto, más alma, más vida que vivir imaginando en que pueda merecer; y así te suplico, al ver cuánto la agradas, que, cuando te mandare Serafina cantar alguna canción, sea ésta que a mi pasión le dictó la peregrina fe con que siempre la he amado; y que, diciendo que es mía, lo dulce de tu armonía la encarezca mi cuidado; porque, oyéndola de ti, la oirá menos fiera y brava. (¡Esto sólo me faltaba! Mas para echarle de mí, lo aceptaré.)Corto es deste servicio el empleo para lo que yo deseo hacer por ti. Toma, pues; que no es nueva confianza dar mi esperanza a tu voz; pues si ella es viento veloz, al viento doy mi esperanza. Dale un papel y vase Aunque yo venía (¡ay de mí!) a saber, Celia divina, lo que dijo Serafina de la joya que la di, que tienes habiendo oído que hablar conmigo, no es ya ésa mi pretensión. Pues sabrás que yo la he tenido contigo, que es una nueva de que me has de dar albricias. Ya sé que mi bien codicias. Y si el afecto te lleva a honrarme, di lo que ha habido. No dese género fue la nueva.Has de saber... ¿Qué? Que de Orbitelo ha venido (no le diré el nombre, pues hablando confuso, infiero que es mejor) un caballero, tu tío pienso que es, de parte de la princesa. A buscarte viene.Di, ¿no es nueva de gusto? ¿A mí a buscarme? (Ya le pesa.) ¿A mí? ¿No eres de Orbitelo? Claro es. Pues a ti te busca. ¿Qué te suspende ni ofusca? ¿A qué fin (válgame el cielo) me ha de buscar? ¿Qué sé yo? Pero el haberte venido, sin que lo hubiese sabido tu madre, la causa dio, sin duda, para buscarte. (¿Quién creyera que tomara el nombre de quien faltara de allá, porque en esta parte, tras el nombre y no tras él viniese a llamarme a mí?) De qué te asustas me di. De que es fortuna cruel. (¿Qué he de hacer, que estoy cogida en la mentira?) Turbado estás, César. Hame dado, Celia, enfado su venida; y por sólo castigar la diligencia de haber venido, me he de esconder, y ninguno me ha de hallar. Harás muy bien; que ya eres muy grande para que así se anden tus deudos tras ti. Y si tú ayudarme quieres, di que tú me lo dijiste, y que, enfadado de ver su curiosidad, poner en un caballo me viste, y salir del sitio huyendo. Digo que yo lo haré así (porque me está bien a mí, y es sólo lo que pretendo). Pues, Celia, si tú me ayudas, imagina que eres dueño de Orbitelo.Deste empeño me has de sacar. ¿Qué lo dudas? ¿Qué haré yo en servirte en [esto]? Y más, que a mí me está bien. ¿Por qué a ti? Porque eres quien en obligación me has puesto bien grande hoy. Yo te suplico me digas la obligación, para estimarte esa acción. Desairar a Federico con Serafina. Pues ¿qué pudo eso importarte a ti? Algo me importa. ¡Ay de mí! ¿Le amas acaso? No sé. Mas basta decirte aquí que, en mi fortuna cruel, el descomponerle a él es darme la vida a mí. Vase ¿Qué escucho?¡Valedme, cielos! Que en mi ciega confusión se verifican que son hidras cortadas los celos; pues donde unos mueren, vi nacer otros (¡oh hado infiel!). ¿El descomponerle a él es darme la vida a mí? Aun esto más me acobarda que el buscar a César.¡Cielos! ¿No bastaban unos celos, sino otros celos? Sale FEDERICO recatándose ¡Lisarda! Pues ¿cómo me hablas, tirano, desa suerte? Aunque debiera hablarte de otra manera, ya es otro tiempo, y en vano estilo a mudar me atrevo, cuando es fuerza hablar así, por lo que me debo a mí, no por lo que a ti te debo; que, aunque mi vida ofendida de tus acciones está, yo soy quien soy, y me da nuevo cuidado tu vida. Guardarla, ingrata, pretendo del peligro en que se halla. Aquí está tu padre. Calla, calla, ingrato; que ahora entiendo que tú con Celia has tratado para ausentarme de ti. ¿Yo con Celia? Ingrato, sí; tú a Celia se lo has contado. ¿Yo a Celia? Sí.Pensarás, con que vienen a buscarme y que es mi padre, ausentarme del sitio.Pues no podrás conseguirlo; que he de estar, a tu pesar, compitiendo tu fineza, deshaciendo cuanto llegues a intentar con ella y con Serafina, de que ya principio fue la joya, que no arrojé, y hoy la he entregado. Imagina que no hablarte en eso yo y hablarte en esto es mostrar que un pesar de otro pesar se va apoderando. No te he de creer.Y pues veo que el decirme Celia aquí que a César buscan de ti nace, ni uno ni otro creo. Y así tu necia porfía no piense darme cuidado, pues antes tú me has quitado alguno que yo tenía. Mira... No hay que mirar. Advierte... No hay que advertir. Oye... No tengo de oír. Escucha... No he de escuchar; que ya sé que es todo engaño. ¿Pensaste que me asustara, y que al punto me ausentara? Pues no ha de ser; que en tu daño he de estar (¡viven los cielos!) impidiéndote el favor, y que has de morir de amor, pues que yo muero de celos. Vase Mira, ingrata, que enmendar tu peligro, y no el mío, quiero. Oye, escucha. Sale ENRIQUE ¡Caballero! ¿Qué mandáis?(¡Fiero pesar!) Que me digáis, os suplico, porque me han dicho que aquí César estaba... (¡Ay de mí!) Vuelve FEDERICO la espalda (¡Vive Dios, que es Federico! Mas ¿qué he de hacer, si es él el que la espalda volvió?) (Si ya se lo han dicho, no es bien negarlo.¡Crüel lance, si la ve.) Los cielos os guarden. (Tras ella va. ¿Cómo mi desdicha hará no la alcancen sus recelos? Porque preguntar por ella con el nombre que aquí tiene es, sin duda, porque viene de todo informado.¡Oh estrella siempre opuesta!¿Cómo haré no llegue a verla?)¡Ah, señor Enrique Esforcia!(Valor, sólo te acuerda de que eres mío.) ¿Qué mandáis? (A riesgo de amor y vida es bien que su muerte impida.) Yo pienso que no ignoráis muchas quejas que de vos tengo, y en ellas quisiera que en secreta parte fuera, menos pública a los dos. Y así os suplico conmigo vengáis. Antes que buscar a César esto es.Guiar podéis vos, que ya os sigo. Vuestra aquesa elección fue. Ved dónde queréis que vamos. De aqueste jardín salgamos una vez, que yo diré allá dónde habemos de ir. Salgamos. Sale SERAFINA ¿Qué es esto? Nada. (¿Habrá suerte más airada?) Sí es, y de mí lo has de oír. Contigo, señora, estaba, ya lo sabes, esperando que viniera César, cuando dijo una dama quedaba en aqueste jardín.Yo, porque creí que pudiera ser que su enojo le hiciera ausentar sin verle, no quise esperarle; y así con tu licencia a buscarle salí, y pensando aquí hallarle, hallé a Federico aquí. Es Federico mi amigo, y, habiéndole yo informado de mi venida y cuidado, él, cortesano conmigo, sabiendo por dónde iría, ha querido no dejarme y, hasta verle, acompañarme. No dudo que eso sería; y pues no le habéis hallado, y ya es tarde, hasta después os retirad.Idos, pues, a vuestro cuarto. Postrado os obedezco.(Porque no entienda nuestros extremos, voy.) (Mañana nos veremos.) (¿Dónde?) (Yo os lo avisaré.) ¿Qué es lo que habláis los dos? Vuelvo a darle el parabién de su venida. Está bien. A ENRIQUE [y luego a FEDERICO] Idos vos, y quedaos vos; Vase ENRIQUE que he de apurar, por no verme obligada a declararme, si habéis venido a obligarme, Federico, o a ofenderme. Fácil respuesta ha tenido la duda.A serviros vine. Que lo contrario imagine es fuerza, pues sólo ha sido a darme enojos. ¿Yo? Sí; pues en el primer empeño quisisteis haceros dueño de la acción que a otro debí; y en este segundo... (¡Ay Dios!) mostráis (todo lo he entendido) que, por haberme servido Enrique, os ofende a vos; y así quisiera saber si es, llegándolo a apurar, esto ofender u obligar. Es obligar y ofender. ¿Obligar y ofender? Sí. ¿Ofensa y obligación no implican contradicción? En todos, pero no en mí. ¿Cómo? que medio no hallo. Como yo ofendo y obligo a un tiempo con lo que digo, y a un tiempo con lo que callo. Eso no entiendo. Yo sí. Declaraos más. No puedo. ¿Por qué? Porque tengo miedo. ¿De qué? De que contra mí os he de hallar, aunque esté de mi parte la razón. No haré tal; a vuestra acción, si la tiene, la daré. ¿De manera que, si aquí tuviese disculpa yo, no seréis contra mí? No. ¿Seréis en mi favor? Sí. ¿Y si es lo que habéis de oír contra Enrique? Aunque sea, hablad. Pues sabed... Mas esperad. Que aun no lo puedo decir. Al irse a entrar FEDERICO, sale CÉSAR Volved... ¿Qué es esto? No sé; si ya no es (¡ay Celia bella!) el fatal fin de mi estrella; y pues al paso te hallé, tras el pasado favor, de parte mía la di tenga entendido de mí que soy enigma de amor. Vase ENRIQUE (¿Quién, en [igual confusión], habrá que discurrir pueda?) (Pues sola [¡ay infeliz!] queda, yo llego a buena ocasión. ¡Ea, ingenio caprichoso, haz que quede mi cuidado, si se enoja, desdichado, si no se enoja, dichoso!) Saca un papel y finge que le estudia Aquel prodigio de Tebas que lidiar supo y rendir... ¿Qué es eso, Celia? Señora, ¿aquí estabas?Estudiar mi papel. A mi pesar no viene a mal tiempo ahora cualquiera divertimiento que me haga vengada dél. Dime algo de tu papel. Y aun todo decirlo intento. Y ¿qué la fábula ha sido? Hércules enamorado, que de Yole en el estrado estaba a la rueca asido. ¿Tanto pudo amor? Así lo dice el razonamiento que repasaba. Oírle intento. Dile. ¿Con el tono? Sí. Canta [CÉSAR] Aquel prodigio de Tebas que lidiar supo y rendir en el África al león y en Calidonia al espín, enamorado de Yole, hermosa deidad gentil, trocó la clava a la rueca y la piel al faldellín. En la mano y en el traje el uso, dos veces vil, enseñándole a llorar, le enseñaron a decir: `No desdeñes verme, dulce dueño, así; que esto en mí no es bajeza, no, no, rendimiento sí. Aunque en traje de mujer me ves, bien sabe de mí el correspondido amor que rey en el orbe fui; e interesado en el tuyo, después que tus ojos vi, huyendo vine el mandar para lograr el servir. Y pues por sólo obligarte allá lloré y padecí, antes que el interesado amor me obligase a huir, no desdeñes ver[me], dulce dueño, así...' Aguarda; que de manera tu voz me lleva tras sí que no sé si aquesto es aun más, Celia, ver que oír. ¿Qué te parece? Tan bien que en toda mi vida vi tan bien explicado afecto. Luego ¿proseguiré? Sí. `Contra tu pecho y mi pecho tú al despreciar, yo al sentir, de plomo y oro sus flechas armó ese fiero adalid. Dígalo en ti el verte airada y el verme rendido a mí, equivocando en los dos, ya el llorar y ya el reír. Pero aunque los dos extremos en mí ejecute y en ti, mudando de odio y amor el noble afecto en el vil, no desdeñes verme, dulce dueño, así; que esto en mí no es bajeza, no, no, rendimiento sí.' De suerte lo significas que me das a presumir si es verdadero o fingido. Y ¿qué llegas a inferir? Que es fingido, claro está; que si llegara a inferir que no lo era... No te enojes; que cuanto llegas a oír es de la fábula. Pues si es de la fábula, di. `Aunque he visto de tu rostro el encendido matiz, dejando mustio el clavel y ensangrentado el jazmín, no por eso me acobardo, viendo que no soy yo aquí quien ama a lograr amando, porque es su interés su fin. Todo mi bien es quererte y, pues es bien, siendo así, que el correspondido amor haga mi vida feliz, no desdeñes verme, [dulce dueño, así...]' Calla, calla, no prosigas; que ya no puedo sufrir de la duda si es aquesto representar o sentir. Sale al paño CARLOS Veré si mi papel canta, pues la voz de Celia oí. Claro es que es representar una fineza; y no aquí conmigo te enojes, puesto que yo el papel no escribí; con quien escribió el papel te enoja. ¡Ay de mí infeliz! Que aquesto es representar una fineza entendí. Con quien escribió el papel te enoja también oí. Di, ¿quién escribió el papel? (¿Que la tengo de decir?) Sale al paño FEDERICO, al otro lado Vuelvo a ver si habla ya Celia a Serafina de mí. ¿Quién quieres que sea, señora, quien le llegase a escribir, sino quien más sabe amar y quien más sabe sentir? Bien disculpándome va sin nombrarme, y con sutil y bien fundada razón. Hoy es mi suerte feliz. Sin duda de mí la habla, pues yo se lo dije así. Y así, señora, no tienes que culpar ni que inquirir, porque yo te represente lo que otro pudo sentir. (¡Oh, lo que la debo a Celia!) (¡Oh, lo que a Celia debí!) Que todos dicen su amor como le saben decir; y el representarle yo sólo ha sido repetir lo que otro dijo no más. Con todo debo insistir, por quién se debe entender. Si no hubieras de reñir, yo te dijera por quién. Pues no lo reñiré; di. ¿Qué no te enojarás? No. ¿Y que lo estimarás? Sí. (¡Ánimo, amor; que esta vez llegó de mi mal el fin!) Pues cuanto aquí represento y cuanto he dicho es... Salen CARLOS y FEDERICO Por mí. Pues ya te lo han dicho ellos, ¿qué tengo yo de decir? Porque llegando a saber... Porque llegando a inferir... que tú no te has de enojar... que tú no lo has de sentir... yo fui el que escribió el papel. yo el que enigma de amor fui. Pues si Celia por los dos habló, como ambos decís, decid a Celia también que ella responda por mí. Vase SERAFINA (No haré tal, pues tan trocada la suerte entre los dos vi que, no hablando yo por ellos, ellos hablaron por mí.) Vase CÉSAR Pues por más que tu penar... Pues por más que tu sentir... en tí ni otra no me oiga... no oiga en otra, ni en tí... no he de dejar de querer... no he de dejar de morir... y cuando me veas llorar... y cuando me veas sentir... no desdeñes verme, dulce dueño, así; que esto en mí no es flaqueza, no, no, rendimiento sí. Jornada III Salen ENRIQUE y SERAFINA Ya que César, mi sobrino, según todos me han contado, de que le busqué enfadado, de aquí ausentarse previno, no quiero hacerle pesar; que, con saber que está aquí, basta a mi intento; y así licencia me habéis de dar, señora, para volverme, porque el amor de Lisarda, que ya avisada me aguarda, no me sufre detenerme más largo plazo. Aunque [sea] tan forzosa la ocasión que os lleva, mi obligación, que agasajaros desea, os ruega que por dos días más o menos esperéis una fiesta, en que veréis celebrar las damas mías mis años; pues, sólo a fin de hacérosla a vos mayor, licencia ha dado mi amor para que entren al festín, respecto de que sentados no han de estar los caballeros y entren los aventureros de máscara disfrazados; con cuya ocasión podría ser que el príncipe viniese de embozo, porque pudiese lograrse nuestra porfía. Porque, si verdad os digo, siento que no le llevéis con vos y que le dejéis entre uno y otro enemigo, ya que han dispuesto los cielos que haya de ser mi favor aquí academia de amor y allá campaña de celos. Si él, receloso que yo le he de llevar, se ha escondido, debe de hallarse corrido, y esto es sin duda, que no venga al festín, en sabiendo que yo en él he de asistir. Pues procuremos fingir algún modo, previniendo que él venga, y que vos no os vais sin ver la fiesta. Ese intento, con fingir yo que me ausento, fácilmente le lográis. Decís bien; y así encerrado en vuestro cuarto podéis quedaros; y con que estéis en la fiesta retirado, se consigue el un efeto, a ventura que también se consiga el otro. Bien me parece, aunque os prometo que cada instante que no veo a Lisarda es para mí un siglo. Yo lo creo así. Y pues a tiempo llegó Federico, la deshecha empezad a hacer. Sí haré, aunque al mirarle no sé cómo sanear la sospecha de haberme desafïado, y no haber con él reñido. Sale FEDERICO (¡A qué mal tiempo he venido, pues con Enrique he encontrado! Que, aunque le dije que yo otro día le vería, como la pretensión mía no era de reñir, si no de salvar a aquella fiera, no volví al duelo hasta ahora.) En fin, ¿os vais? Sí, señora. Id con Dios; que, aunque quisiera deteneros, no es razón. Otra vez beso tus pies. (¿Esto despedirse no es? Logróse mi pretensión; que no habiendo parecido Lisarda, Enrique se va; y ella ¿quién duda que habrá delante a su casa ido, siendo informada de que era él el que estaba aquí, puesto que más no la vi desde que se lo avisé?) No me dejéis de escribir, pues os merece mi celo la atención. Guárdeos el cielo. (Supuesto que esto es fingir que me voy, y no me voy, yo pensaré retirado, ya que no me haya llamado, la obligación en que estoy.) Vase ENRIQUE Mucho, Federico, estimo que en esta ocasión vengáis. ¿En qué os sirvo? En que sepáis... (¡Mal mis afectos reprimo!) (¡Mal a escucharla me animo!) (¡Ciega estoy!) (¡Estoy perdido!) ...que, no habiendo parecido César, Enrique se va y que en cualquier parte está de mi amparo defendido; y pues cesa con su ausencia el ver al competidor, cese también el rencor de la pasada pendencia. Cuando nuestra competencia sobre mi opinión cargara, aun siendo quien soy, dejara desairada mi opinión, porque no hubiera razón, señora, que os disgustara el que más rendido visteis siempre a vuestro gusto fiel. Y si no, dígalo aquel secreto que me dijisteis, cuando disculpar quisisteis una y otra grosería. Si pudiera la voz mía, ya lo dijera, señora. Que no pudisteis no ignora mi atención; que no sería razón engañarme a mí; y, no pudiendo a la culpa hacer verdad la disculpa, fue bien callarla. ¡Ay de mí!, que, aunque todo eso [fue] así, a vista de tu crueldad no fue con mi voluntad. Mucho, pues, de verme admira tan valida la mentira. Es huérfana la verdad. Bien puede ser que lo sea; pero ya no he de creer que la hay, sin dejarse ver. Bien fácil es que se vea, que se examine y se crea, con sola una condición. ¿Qué es? Salvar tu indignación. ¿La indignación mía? Sí. ¿Es contra mí? No es aquí sino contra mi atención. Pues ¿cómo de mí huye, cuando contra ti es?Que no lo entiendo. (Mucho me voy descubriendo.) Como te ofendí callando, y a mí me ofendiera hablando. Pues yo quiero que te ofenda, a precio de que se entienda. ¿Cómo quieres que lo diga cuando tu precepto obliga que a Enrique servir pretenda? ¿A Enrique? Sí. Ya prevengo, introduciendo una dama antes, y ahora su fama, la disculpa. Si a ver vengo que libre ese paso tengo, no me queda que temer. A mí sí.Y así, hasta ver si es verdad, oiré. Escuchad. Decid.Pero no, callad; que no lo quiero saber. Vase SERAFINA ¡Ay, infelice! ¡Qué presto se vengó!Mas ¿qué me espanta si es mujer, y se le vino a las manos la venganza? Huyó el rostro a la disculpa para que nunca llegara a saber que ama y no ofende quien piensa [que ofende y no ama]. ¿Quién en el mundo habrá visto dos acciones tan contrarias como enojar con finezas y ofender con esperanzas? ¿Qué será (válgame el cielo) que Enrique sin ver se vaya a César, si a verle vino? Y si sabe que es Lisarda, ¿cómo se vuelve sin verla? Si no lo supo, ¿a qué causa busca a César, si no es César? ¡El cielo otra vez me valga! Que no acabo de entenderme, por más que me entiendo. Sale PATACÓN ¿En qué andas, que no te hallo en todo el día? ¿Por qué de no hallar te espantas a quien está tan perdido que aun él mismo no se halla? ¿Qué tenemos?¿Anda acaso otro enredo de Lisarda u otro embeleco de Nise por aquí? No sé qué anda. Mas dime, ¿has sabido della? Desde la historia pasada de la joya y de la suela no han parecido más ambas. Sin duda que, aunque al decirla yo que aquí su padre estaba, desprecio hizo del aviso; después, mejor informada, se ausentó; y si es que se fue para esperarle en su casa, habrá hecho lo mejor. Hallo una gran repugnancia para que ella eso eligiese. Y ¿qué es? Que corduras haga quien siempre locuras hizo. La necesidad es sabia, y mudaría de acuerdo. Ríete desas mudanzas, porque el serlo con amor tiene tales circunstancias que el que una vez pierde el juicio no se halla, si le halla. Pero dejando esto aparte, ¿no me dirás lo que pasa con Serafina? Es mi amor cifra que no se declara, letra que no se descifra y enigma que no se alcanza; de suerte que mi discurso, entre confusiones varias, si tal vez calla, es ofensa, y ofensa, si tal vez habla. Ni la entiendo ni me entiende. Con poca razón te espantas; que amor palaciego es escaparate del alma, donde se ven por defuera juguetes de porcelana, trastos de imaginación, melindres de filigrana, retruécanos de cristal y tiquis-miquis de ámbar que, aunque se ven, no se tocan. Deja locuras cansadas, y dime lo que hay de nuevo. La comedia de las damas es lo más nuevo que hay. Por esos jardines andan; que como esta noche es, todo es tratar de las galas, los aparatos, las joyas y trajes que todas sacan. A Celia, que hace el galán, diz que ha dado dos alhajas Serafina que, mejor que ella, de misterio cantan. Y como aqueste alborozo se ha seguido de hacer gracia la princesa de que puedan entrar dentro de la sala las máscaras que quisieren, están ya calles y plazas, tomándolo desde luego, llenas de invenciones varias. Eso mira a no querer verse en la fiesta obligada a dar a nadie lugar. Y ¿a qué mira que en la estancia donde ha de ser la comedia un apartado se haga? A que algún ministro anciano, a título de sus canas, pueda estar sentado. ¡Cuántos, sin ser ministros, tomaran unas canas a estas horas! ¿Por qué? Porque se excusaran del de detrás que rempuja, del del lado que le aja, del del otro que le aprieta, del de delante que parla, redimiendo de camino la liga que ya le mata, el callo que ya le duele. Y lo peor destas andanzas es que su incomodidad es la fiesta quien la paga, diciendo que es larga; pues, hombre en pie, ¿no ha de ser larga, si a cuenta de fiesta pones desde salir de tu casa, tres horas que aquí la esperas, sin dos por romper la guarda? ¡Oh, quién tuviera tu humor! Sale a la puerta TEODORO de máscara ¡Señor Federico! Aguarda. ¿Me nombraron? Hacia allí un máscara es quien te llama. ¿Qué es lo que mandáis? Aparte me escuchad una palabra. Descúbrese ¿Conoceisme? Sí; que nunca fue mi voluntad ingrata a quien debe lo que a vos, Teodoro, y con vida y alma os conozco y reconozco deudor de finezas tantas. Pues buena ocasión se ofrece ahora para pagarlas. ¿En qué? Ya sabéis que yo desterrado de mi patria por vos salí. Y sé también que de Orbitelo en la casa, opuesto a vuestra fortuna... Pues sabed... ¿Qué? Que yo, a causa de enmendarla, si es que puede un desdichado enmendarla, saqué a César, con intento (no digo ahora la traza ni el traje en que le saqué) que en el concurso se hallara de amantes de Serafina, por si por dicha lograra él su amor, yo su perdón. Mas, corriendo una borrasca, yo tomé tierra y él no. Llorando, pues, su desgracia, juzgándole ya por muerto, oí a un hombre que pasaba por donde yo me alargué, entre otras mil nuevas varias, que el príncipe de Orbitelo en este sitio quedaba; y, juzgando que podía ser que del golfo escapara, a saber si es cierto vengo, solamente en confianza desta máscara y de vuestro favor; y así a vuestras plantas os suplico, pues no puedo descubrir a otro la cara, me hagáis merced de decirme si esta nueva es cierta o falsa. Mucho me pesa, Teodoro, de que de deciros haya que es falsa; porque el que aquí hoy con el nombre se halla de César, yo sé muy bien que no lo es, antes me saca de una duda que tenía ver que su muerte fue causa de que otro tomase el nombre por quien a buscarle andan. ¡Ay infelice de mí! No así os aflija su falta; que ya que a César no halléis, me halláis a mí; que palabra os doy de favoreceros con Serafina, y que haga que os perdone, si librase sólo en eso mi esperanza. ¡El cielo os guarde!Mas ¿cómo pueden no sentir mis ansias la muerte infeliz de un joven que crié y perdí?¡Mal haya tan mal pensado consejo! Venid conmigo a mi estancia, donde hablaremos mejor de nuestras fortunas varias, y cubríos, no os conozcan otras máscaras que pasan. Reparáis bien. ¡Ay fortuna, qué mal juzgué que te hallara, pues nunca es la buena nueva tan cierta como la mala! Vanse TEODORO y FEDERICO, quedando solo PATACÓN.Sale FABIO con máscaras ¿Qué máscara será ésta que, después que a solas hablan, mano a mano van los dos? ¡Hidalgo! ¿Qué es lo que manda señor máscara, vusted? Que me digáis...Pero nada quiero ya que me digáis. Hácele señas que se vaya Estimo la confïanza que hacéis de mí. (¿Quién creyera que a Patacón encontrara el primero?Y así es bien, porque no conozca el habla, no proseguir lo que iba a preguntar.) Hace señas Pues ¿qué causa os obliga a enmudecer? ¿Qué me decís?¿Que me vaya? Pues ¿no hay voz con que decirlo? ¿No?El hombre viene de chanza. El máscara de mi amo como un jilguerico garla; parlad vos como un pardillo. ¿No hay hablar una palabra? ¿Os he hecho algún beneficio, que así me quitas el habla? ¿Que me vaya con Dios?¿Sí? Pues quedaos en hora mala. Vase PATACÓN Siempre temí que me habían los celos de una tirana de poner en ocasión que me obligase a una infamia. Dígalo el que habiendo hallado en la estafeta una carta con su nombre, supe della que su padre la avisaba que estaba aquí, y que muy presto la vería, a cuya causa me ha parecido avisarle de cómo de Milán falta, porque vengue en Federico los celos con que me mata. Bien sé que es venganza indigna de mi sangre y de mi fama; pero ¿qué villanos celos tomaron justa venganza? A este fin quise saber el cuarto en que se hospedaba; y pues fue el primer encuentro azar, mejor es que vaya, pues la máscara me da paso a esperarle en la sala del festín, puesto que en ella no puede faltar. Vase FABIO. Salen LISARDA y NISE [de hombres pero con otros vestidos que antes] y con mascarillas ¿No basta que de uno en otro disfraz hoy de resuscitar tratas la andante caballería, que ha mil siglos que descansa en el sepulcro del noble don Quijote de la Mancha? Si sabes que, habiendo Celia dicho que a César buscaban, y Federico, que era mi padre, en desconfianza entré de que verdad fuese, averiguando mis ansias nuevo amor y nuevos celos; y con todo retirada he estado, por no perderme entre confusiones varias, si era mentira, de necia, si verdad, de temeraria; si sabes que en el retiro que hasta hoy nos tuvo encerradas he sabido que era él, y que ya del sitio falta, porque hoy le han visto partir, ¿cómo neciamente extrañas el que vuelva a mis locuras, cuando no hay otra esperanza? Sí, pero ya que volver quieres, ¿por qué te disfrazas? Pues ¿cómo César podrás parecer? Porque embozada decir podré a Serafina cómo con celos la agravia; con que dos cosas consigo: quedar de Celia vengada y dejarla a ella celosa. Qué responder no faltara, si la música no hiciera ya a Serafina la salva. Pues mientras logro mi intento, a aqueste lado te aparta. Retíranse las dos.Salen CARLOS, SERAFINA, FEDERICO y LIDORO, y las damas, FABIO, TEODORO y PATACÓN Ya que de embozo, señora, no vengo, porque me basta a mí estar como criado, os suplico que la almohada toméis, y no me neguéis el lugar que más me ensalza. Lo que en Carlos es fineza en mí es deuda, pues es clara cosa que debo estar como escudero de tu casa. (Los dos puestos han tomado Federico y Carlos.) (Nada me sucede bien, pues no me será posible hablarla.) (No veo dónde está Enrique, para que le dé esta carta.) Está ENRIQUE sentado detrás de una cortina (¿Si será César alguno destos que el rostro recatan?) (Las alegrías de todos sólo para mí son ansias.) (Rabiando estoy por dar voces.) Empiecen o saquen hachas. ¿Quién habla aquí? Un mosquetero. ¿Cómo aquí con voces altas? Como, aunque el rey aquí calle, un mosquetero no calla. Los años floridos señalen de aquélla que reina en las vidas, que triunfa en las almas, el fuego con lenguas, el aire con plumas, el mar con arenas, la tierra con plantas; y viva felice contenta y ufana la hermosa deidad, la beldad soberana. Buena la música ha estado. ¿En qué se detienen?¡Salgan! Dentro Por más que corran veloces, divina Clori, tus plantas, tengo de seguirte. Cáesele un guante a SERAFINA Un guante se me ha caído. ¡Mas que anda ruido sobre el guante! Yo... Yo he de levantarle. Aguarda; que el que merece gozar la joya, alzará la caja. Al ir a levantar FEDERICO el guante, le detiene LISARDA, y CARLOS le toma y le da a SERAFINA Suelta, suelta; que ninguno merecerla ni gozarla merece más que yo. ¡Mientes! Dale LISARDA una bofetada (Arrebatóme la rabia.) ¡Ay infelice de mí! ¡Muera [un] aleve! Saca FEDERICO la daga Repara, Federico, que soy yo. Descúbrese a él ¿Quién se vio en confusión tanta? ¿Aquí tanto atrevimiento? ¿Aquí osadía tan rara? (A tal lance fuerza es que yo del retiro salga.) Sale ENRIQUE No prosiga la comedia mientras un alcalde traiga. (¿Quién ha visto igual empeño? Bajeza será matarla, pues dirán, después de muerta, que di la muerte a una dama. Si digo quién es, me pierdo, pues está Enrique en la sala; si no lo digo, es decir que yo consiento en mi infamia.) A todos tu honor les toca; A FEDERICO muera quien tu honor agravia. Deteneos, deteneos, y nadie saque la espada en mi favor, cuando yo vuelvo el acero a la vaina. Mi enemigo es Federico, ya, ya le importa a mi fama que tenga honor mi enemigo. (¡Mi padre! ¡El cielo me valga!) ¿Qué esperáis? ¡Dadle la muerte! Suspended todos las armas, porque aquí no ha habido agravio; y si os parece que falta a su obligación mi honor, cuando al que me ofende ampara, sabed que es... (¡Ay de mí triste! ¿Qué he de hacer, que se declara?) ...porque nunca está mejor aquél que se desagravia con la venganza que toma, que dejando de tomarla; porque no hay venganza como no haber menester venganza; y para que nunca quede en opiniones mi fama, de que un embozado pudo poner la mano en mi cara, sin que le quitara yo dos mil vidas, dos mil almas, sabed que es... (¡Ay infelice!) Perdóneme, soberana Serafina, tu respeto; A LISARDA (Y cúbrete tú la cara, a la máscara añadiendo el embozo de mi capa.) que tiene esta blanca mano y, siendo, como es, tan blanca, agravio no ha sido, pues las manos blancas no agravian. Van FEDERICO y LISARDA Cuando no agravie su honor, mi respeto sí.Matadla o prendedla. Deteneos; que guardo yo sus espaldas. ¿Tú la amparas? Sí, que el día que en algún riesgo se halla, no es generoso enemigo el que a su enemigo falta; y así, hasta ponerla en salvo, he de seguir sus pisadas. Y yo a tu lado.Y porque no dudes quién te acompaña, el dueño desta fineza dirá después esta carta. Dale FABIO a ENRIQUE una carta Después la veré. ¿Tú, Enrique, en su favor te adelantas? Y a quien pensare, señora, con satisfacción tan clara, que hay desdoro en su opinión, le sustentaré en campaña que se engaña o miente, pues las manos blancas no agravian. Vase ENRIQUE (¿Quién creerá que Enrique sea quien diera el paso a Lisarda?) Vase PATACÓN (Ya que la carta le di, no sepa quién pudo darla.) Vase FABIO (No ser conocido en esta confusión es de importancia.) Vase TEODORO (Hago testigos de que, aunque un embozo la salva, no hubo manto en la comedia, sino mascarilla y capa.) Vase NISE ¿Qué es esto?Pues viendo todos tan gran desaire en mi casa, todos me dejáis?¿No tengo crïados, gente ni guarda que este desaire castigue? A todos nos acobarda ser contra una dama el duelo; y antes le debo dar gracias, que un competidor me quite, pues no se queda esperanza de volver a verte amante. Vase CARLOS Yo procuraré alcanzarla; juntando gente, te ofrezco de traértela a tus plantas. Vase LIDORO Yo estimaré la fineza. Sale CÉSAR de hombre Pues si es que tú has de estimarla, yo la he de hacer; que no en vano me halló ceñida la espada el empeño; y aunque fuese adorno para la farsa, en más noble acción sabré en tu servicio emplearla. (No vi la hora en que me viese, ya que este lance embaraza [el] salir [en] la comedia, en este traje.) Repara en que ya no es digna acción el que aquí en tal traje salgas; que si la comedia dio licencia para esas galas, no es bien en público dellas gozar. Viéndote enojada, no me sufre el corazón de la manera que estaba no salir. Vente conmigo. Deja, señora, que haga yo esta fineza. ¿Estás loca? Mas ¡ay de mí! ¿Qué me espanta que otra lo esté, cuando yo veo lo que por mí pasa? Pues ¿qué tienes? No sé, Celia; pero aunque mano tan blanca no puede agraviar su honor, agraviándome a mí el alma, miente quien dijere que las manos blancas no agravian. Vase SERAFINA Ya que mi traje cobré, yo buscaré nueva traza para no perderle nunca, pues alienta mi esperanza que Federico la ofenda. Con que, la suerte trocada, pues que a mí me favorece con los celos que a ella causa, diré con más razón que las manos blancas no agravian. Vase. [Hablan dentro voces] Por aquí, por aquí van. Salen LISARDA, FEDERICO y PATACÓN Por aquí, por aquí vienen dirán mejor. ¿Dónde, ingrata, dónde, fiera, dónde, aleve, ya que restauré tu vida de aquel pasado accidente, en que tu honor y mi honor aventuraste dos veces, podrá la mía ampararte, no por lo que a ti te debe, por lo que se debe a sí, de tantas armas y gente como nos sigue, si ya que tomamos por albergue este parque, en él nos sitian, a tiempo que en el oriente el sol, para que nos hallen, tinieblas y sombras vence? ¡Qué poco (¡ay de mí!) qué poco temieran mis altiveces esa gente que, ofendida o lisonjera, pretende, por gusto de Serafina, descubrirme y conocerme, si no fuera por mi padre. Pues si no fuera por ese inconveniente, ¿qué había que temer inconvenientes? A no ser por él, tirana, ¿no dijera yo quién eres, y acabaran de una vez tus locuras con saberse? Heredero de mi padre quedé, Teodoro, en infancia tan tierna que no sentía, hasta otro tiempo, su falta. Mi madre, guardando noble la viudedad de romana antigua, como matrona de su lustre y de su fama, dejó a Milán y a Orbitelo y, reduciendo su casa a moderada familia, la trajo entre estas montañas donde Miraflor del Po es tan abreviado alcázar que apenas sus poblaciones de cuatro villanos pasan. Cubrió de funestos lutos su vivienda, con tan rara austeridad que aun al campo apenas dejó ventana. En esta soledad y este retiro fue mi crïanza del delito del nacer una prisión voluntaria. En ella (que, aunque lo sepas, no importa el decirlo nada, puesto que un triste, aunque diga lo que se sabe, descansa) con tan grande, con tan ciega terneza me mira y ama que el aire, que apenas pase junto a mí, la sobresalta. Si alguna tarde la pido licencia para ir a caza, aun los conejos presume que son fieras que me matan; y lo más que me concede es, cuando más se adelanta, chucherías de las aves, varetas, ligas y jaulas. Si a las orillas del río salgo a pescar con la caña, desvanecido en sus ondas temiendo queda que caiga. Verme arcabuz en las manos es llorar que se dispara o se revienta.Si ve que algún caballo me agrada, por manso que sea, presume que se desboca y me arrastra. Espada no me permite traer, siendo así que la espada a los hombres como yo se ha de ceñir con la faja. La familia que me asiste sólo es de dueñas y damas y sólo lo que de mí la gusta es tocar un arpa, a cuyo compás tal vez, porque buscando esta gracia a otra, quizá dio conmigo, llora mi voz lo que canta. A ti solo, por no hallar mujer en el mundo sabia, que si la hubiera en el mundo, sin duda es que la buscara, me dio por maestro, de quien he aprendido lo que llaman buenas letras; de manera que hijo de viuda es tanta la atención con que me cría, el temor con que me guarda, que presumo que la misma naturaleza se agravia, quejosa de que el cabello crecido y trenzado traiga, y por eso no ha querido brotar, Teodoro, en mi cara aquella primera seña que a la juventud esmalta. Dejemos en este estado la desdicha de que haya crecido un hombre a no más que a crecer, sin que le haga pasaje la edad a que a ver sus iguales salga; y vamos a otro suceso, cuya novedad extraña, criándola como me crían, nunca ha salido del alma. Serafina, que hoy de Ursino es princesa propietaria, vencido el pleito, de que tú fuiste parte contraria, pues de Federico amigo, ayudaste sus instancias, cuya ojeriza te tiene sin tu familia y tu casa, y confiscada tu hacienda, desterrado de tu patria, a besar la mano al César, que en esta ocasión se hallaba en Milán, porque viniendo, llamado de la arrogancia del esgüízaro rebelde, dar quiso una vuelta a Italia, pasó a vista de Belflor, adonde mi madre trata, por deudo o por amistad, aquella noche hospedarla. Vila, Teodoro, y vi en ella la beldad más soberana que pudo en su fantasía, lámina haciendo del aura, del pensamiento colores, jamás dibujar la varia imaginación de quien piensa en lo que a ver no alcanza; si ya no es que, como era mi pecho una lisa tabla en quien amor no había escrito ningún mote de sus ansias, sin ser menester borrar líneas de primera estampa, pudo escribir fácilmente, y escribió:"Muera quien ama." Apenas besé su mano cuando mi madre me manda retirar, por dar lugar a que descanse en la cama. Tan breve fue la visita que pienso que, si tornara a verme, no era posible que me conociese.¡Oh cuánta debe, Teodoro, de ser la no medida distancia que hay desde el ver al mirar! Dígalo el que viendo pasa o el que mirando se queda; pues siendo una cosa entrambas, uno esculpe en bronce duro y otro imprime en cera blanda. Tan triste salí y tan ciego de haberla visto y dejarla que, curiosamente osado, dando la vuelta a una cuadra que a su hospedaje salía, a la breve luz escasa de la llave de la puerta falseó mi vista las guardas. De sus prendidos adornos fue despojando bizarra el cabello y, viendo yo que a cada flor que quitaba iba quedando más bella, dije:"Sin duda es avara la hermosura allá en el mundo, pues sobre perfección tanta, pidiendo ayuda al aliño, pide lo que no le falta." Apenas él se vio libre de trenzas y de lazadas, cuando empezó a desmandarse por el cuello y por la espalda. Perdone esta vez Ofir, peinado monte de Arabia, porque esta vez no han de hilarse sus hebras en sus entrañas. De negro azabache era ondeado golfo, y con tanta oposición por la nieve o se encoge o se dilata que, cuando la blanca mano en crencha al lado le aparta, jugando siempre el dibujo de la frente a la garganta, de ébano y marfil hacía taracea negra y blanca. A fácil prisión reduce una cinta la arrogancia de aquel desmandado vulgo, tras cuya acción se levanta con tal gala que no era para quedarse sin gala. Lo que dijera no sé de una pollera que a gayas, siendo primeravera de oro, brotaba flores de plata. No sé (¡ay Dios!) lo que dijera de un guardapié que guardaba no sé qué cendal azul, no sé qué rasgo de nácar, de cuyos jazmines era botón un átomo de ámbar, si no fueras tú (¡ay de mí!) Teodoro, el que me escucharas. Que canas y dignidad de maestro me acobardan, y no suenan bien verdores, donde hay dignidad y canas. Y así diré solamente que, apenas se vio acostada, cuando sirviendo la cena de mi madre las crïadas, dejándome con la noche, ella se fue con el alba. Cómo quedé no te digo; tú que lo imagines basta; pues eres testigo fiel de mis repetidas ansias. Muriérame de tristeza si en un acaso no hallara, para engañar al dolor, tan pequeña circunstancia como fue que, hablando della mi madre, dijo una dama: No era mala la princesa para hija.A que recatada respondió con falsa risa: ¡Quién con la piedra encontrara filosofal del amor! ¡Que a fe que no fuera falsa! ¡Qué bien contento es un triste! Pues, cuando de darle tratan algún alivio a su pena, cualquiera cosa le basta. Dígolo porque sobró, dicha sola una palabra, para que yo no muriese, a cuenta desta esperanza. Pero aun este breve alivio ya de entre manos me falta, pues ya sé (la culpa tuvo leer tú en público la carta) que a Serafina pretenden cuantos príncipes Italia tiene, a cuyo efecto es toda su corte saraos y danzas, máscaras, justas, torneos, en que todos se señalan, porque, celoso de todos, muera en mi desconfianza. Mil veces me hubiera huido desta prisión que me guarda, si presumiera de mí que yo pudiera agradarla. Mas ¿dónde he de ir si, criado entre meninas y damas, sé de tocados y flores más que de caballos y armas? ¡Mal haya, no el amor digo de mi madre, mas mal haya, dejando en salvo su amor, de su amor la circunstancia! Pues ella, para que tema verme en público, me ata las manos.Ésta es mi pena, éste mi dolor, mi ansia, mi tristeza, mi desdicha, mi mal, mi muerte y mi rabia. De todo cuanto me has dicho no he de responderte a nada, sino a aquel punto no más que tocaste, en que yo, a causa de amigo de Federico, ausente estoy de mi patria. Pues ¿qué me importa a mí eso? El todo de tu esperanza. ¿Cómo? Como interesado soy en que tú a Ursino vayas; pues si por dicha lograses tú el fin de dicha tan alta, templará tu casamiento de Serafina la saña, y yo volveré a vivir con mi familia y mi casa. Supongo que tú me ayudes a que desta prisión salga; ¿qué he de hacer yo en el concurso de tantos como la aman, si apenas los nombres sé de lo que es tela o es valla? Y si la verdad confieso, sólo el pensarlo me espanta; que no en vano a la costumbre todos en el mundo llaman segunda naturaleza. Mira, amor vuela con alas ocultamente; y así nadie ve por dónde anda. Esto es decirnos que siempre, con sus elecciones varias, tal vez le agrada lo fiero, tal vez lo hermoso le agrada, tal le complace lo altivo, y tal lo altivo le cansa. Siendo así, no desconfíes, que tu hermosura y tu gracia y más, si es que alguna vez donde ella lo escuche cantas, podrá ser que la enamores más por las delicias blandas que esotros por los estruendos. Angélica lo declara; hermoso quiso a Medoro más que a Orlando altivo.Trata de enamorarla tú el gusto, podrá ser que, si es que alcanza más lo bello en los festines que lo fiero en las campañas, lo que una Angélica hizo una Serafina haga. Vente conmigo, que yo te pondré en Ursino casa. Tu madre, viéndote allá, es preciso que te valga de todos los lucimientos. Y pues que la edad te salva de torneos y de justas, apela para las galas, el ingenio y la belleza; y cuando no logres nada ¿en qué peor estado entonces te hallarás que el que hoy te hallas? Dices bien, y las acciones que tocan en temerarias no se han de pensar; y así ¿cuándo quieres que me vaya? Esta noche; y pues yo tengo llave que a tu cuarto pasa, abierto estará; teniendo puesta en la sirga una barca que el Po abajo nos conduzca a la quinta en que hoy se halla Serafina, en tanto que la ruina del cuarto labran. Sola una dificultad resta ahora, para que salga. ¿Qué es? Que es preciso que pase por delante de la cama de mi madre; y si me ve salir, es fuerza la haga novedad. ¿No habrá un disfraz con que, a aquella luz escasa que la queda, no conozca que tú seas el que pasa? Sí; y el disfraz ha de ser... ¿Qué? Que a la dama de guarda que duerme allí, quitaré... Dentro ¡César! Mi madre me llama. Responde, porque no entienda de nuestro secreto nada. Pues adiós. ¿En qué quedamos? En que saldré, aunque me haga injuria el disfraz que pienso. Antes viene bien la traza, para que no te conozcan, aunque en tus alcances vayan. Pues espérame; y adiós. En vela mi amor te aguarda. ¡Oh quiera el cielo que logre mi amor por ti esta esperanza! ¡Oh quiera el cielo que vuelva por ti yo a gozar mi patria! Vanse.Salen SERAFINA, LAURA y CLORI Ya que tus melancolías te traen al campo, señora, no llores con el aurora, pues hay alba con quien rías. Mal de las tristezas mías el pesar podrá aliviar risa o llanto. Eso es mostrar que no hay ni puede haber a quien dé vida el placer, si a ti te mata el pesar. ¿Por qué? Porque, si tu estrella, señora, a verte ha llegado tan ilustre por tu estado, por tu perfección tan bella, y tú formas queja della, ¿quién con la suya estará contenta? Más que me da mi estrella, Clori, me quita quien hacerme solicita certamen de amor; y ya que apuras mi sentimiento, ¿qué importa que celebrada viva en mi estado, adorada de uno y otro pensamiento, si al interés sólo atento vino a servirme el más fino, siendo el estado de Ursino la dama que adora fiel, pues cuando estaba sin él ninguno a mis ojos vino? ¿Por qué ha de pensar, me di, el que hoy miras más postrado que valgo yo por mi estado lo que no valgo por mí? ¿Quieres ver si esto es así? El día que se abrasó mi palacio, ¿cuál llegó desos amantes a darme vida?¿Cuál, para librarme, a las llamas se arrojó? ¡Bueno es que, estando servida de tantos príncipes, fuese un hombre vil quien me diese a vista de todos vida! Y ser vil, es conocida cosa, pues se contentó con la joya que llevó, como si yo no le hubiera de pagar de otra manera el socorro. En eso no puedes tu queja fundar; que a tus umbrales primero estaría. Ahora quiero a nueva queja pasar. ¿Por qué otro había de estar a mis umbrales?Mal sales con la razón que los vales; que eso antes es ofendellos; porque yo pensaba que ellos dormían a mis umbrales. Con que de todos quejosa y de ninguno agradada, me huelgo ver dilatada aquella lid amorosa, por si en tanto que reposa en quietud el ardimiento, tregua hace mi sentimiento al ver que en su competencia ha de hacer la conveniencia, y no el gusto, el casamiento. Sale CARLOS (Pues por ahora este engaño de esotra duda me absuelve, dél me valdré.) A CÉSAR (Disimula y finge que César eres, que importa mucho.) (Sí haré, supuesto que tú lo quieres.) A ENRIQUE La alma y los brazos, señor, son vuestros; que, aunque ofenderme pude al principio de ver que haya quien seguirme intente, a cuya causa no quise hasta ahora que me vieses, entrado en mejor acuerdo, quiero saber qué le ofende a mi madre que yo tenga tan honradas altiveces como atreverme a adorar a quien tanto lo merece. (¿Quién mete a Celia en esto, y a mi ama, que lo consiente?) (No vi mejor disimulo, ni engaño más aparente.) A CÉSAR (Prosigue. Dile más deso; que lo finges lindamente.) Cuando pensé que, obligados ella y mis deudos de verme en tan generoso asunto empeñado, me acudiesen de asistencias que mi sangre y mi valor desempeñen, ¿es bien que me busque como huido? Sin causa te ofendes; que hasta saber de ti... Basta; y si eso sólo pretenden, ya saben de mí; y así podrás, Enrique, volverte donde el amor de mi prima Lisarda es bien que te lleve; que yo quedo más dichoso, más feliz y más alegre que merezco, pues que quedo a vista de quien me puede, no coronar de favores, pero matar de desdenes. (¡Qué bien lo finges!) (No vi ingenio más excelente!) (Yo estoy loca o lo están todos. Cielos, ¿qué embeleco es éste?) Aunque de vuestro consejo, César, debiera valerme, ya que os hallé, no es razón que yo vuestro lado deje. (Esto es dar color a no irme antes que me vengue.) Y así pensad que tenéis, para en cuanto se ofreciere, mi valor que os acompañe y mi edad que os aconseje. Eso es volverme a dar ayo, y quizá será ponerme también en obligación que segunda vez me ausente. (¡Qué bien a todo le sale!) (Yo es bien su partido esfuerce, porque en su ausencia mejore su engaño y su honor enmiende.) Dice el príncipe muy bien. ¿Qué importa que sin vos quede? Y así, Enrique, podéis iros. Perdonadme que os acuerde que me aconsejasteis antes... ¿Qué? Que sin él no me fuese. Perdonadme vos también acordaros que dijeseis que saber dél os bastaba. Un adagio decir suele: consejo el prudente muda. Pues también yo soy prudente, y puedo mudar consejo. ¿Esto en fin no se resuelve con no querer ir? [LIDORO y PATACÓN] dentro Entrad. Id a ver qué ruido es ése. No es nada, a mí que me arrastran. Yo iré. Yo también. Detente, Federico.Enrique irá. (¡Valedme, cielos, valedme!) A FEDERICO (¿Y la dama?} (Ya está en salvo.) Está bien.(¡Valor, detente hasta mejor ocasión!) Vase ENRIQUE En tanto que Enrique viene, Celia, los brazos me da; que, si estudiado tuvieses el papel que has hecho, no le hicieras mejor. No tienes que agradecerme, señora, el que en tu gusto algo acierte. Y en cuanto al papel, descuida, que siempre que se ofreciere procuraré salir dél. Yo es bien que tus plantas bese por la parte que me toca, en que mi desdicha enmiende. Por un solo Dios, señora, que sepa yo qué te mueve, cuando a César dejo, y cuando vuelvo con Enrique a verte, a que haga su papel Celia? Duda es ésta que me tiene en la misma confusión; pues aunque yo sepa hacerle, no la causa. Pues sabréis (fuerza es decíroslo en breve) que este príncipe don César, que a Enrique huye el rostro siempre, es Lisarda, hija de Enrique. ¿Lisarda?Pues ¿qué la mueve? Los celos de Federico, tras quien disfrazada viene. ¿Qué es lo que oigo? Por lo menos, cuando oír eso me avergüen[ce], me confío en que ya sabes a quién la vida le debes, pues sabes cómo la joya ir a su mano pudiese. ¿Lisarda, hija de Enrique? Sí. ¿Cómo, traidor, te atreves a decírmelo a mí, siendo tan mío el honor que ofendes? ¡Vive Dios...! Empuña la espada Detente, Celia. Es en vano detenerme. No soy Celia, César soy, ya que tú que lo sea quieres. Mira, Celia, que no hay ninguno ahora presente con quien sea menester que el pasado enojo esfuerces. Una vez en este traje, perdóname que no puede volverse atrás el valor. (Ella lo que finge cree.) (Tal género de locura ha sucedido mil veces.) No embaracéis que una vida quite a un traidor, a un aleve. Mira, Celia, que es locura creer que lo que finges eres. Dejadla; que ya enseñado estoy que damas me afrenten y a hacer dello gala. No con eso librarte pienses de mí, cobarde. No tengo más medios de que valerme, Celia, contra ti; pues si las manos blancas no ofenden, tampoco los labios rojos. Que si pensase o creyese que no finges todavía, claro es...Pero Enrique vuelve. Vuestra Alteza no se enoje con quien a buscarla viene, traído de su amor. Locuras de amor son las que ofenden. No entienda su agravio Enrique, hasta que yo dél le vengue. Sale ENRIQUE El ruido, señora, es que Lidoro, con la gente que a Federico siguió, como si aquí no estuviese, trae dos presos; uno es un crïado, por haberle en ese parque encontrado; otro, según me parece, que es Teodoro, ayo de César, que, llegando a conocerle sin máscara, le han prendido, por juzgarle delincuente, en este estado, y con ellos todos a tus plantas vienen. Salen LIDORO, TEODORO, PATACÓN y NISE.[A PATACÓN] Aunque aventure que aquí alguien pueda conocerme, a trueco de verte ahorcar, te he de seguir. Antes ciegues, que tal veas. A SERAFINA A tus plantas humilde, señora, tienes al crïado de aquel loco, de aquel menguado imprudente de mi amo.Mas ¿qué culpa tengo yo de que él se ausente con la disfrazada dama del bofetón? ¿Cómo mientes, si, estando aquí Federico, aseguras que se fuese? ¿Quién diablos te trajo aquí? ¿Qué haremos dél? Que lo dejes; que no es mucho ser traidor quien de su dueño lo aprende. ¡Plegue a Dios que, sin llegar a vieja, tanta edad cuentes, que sea en tu comparación un niño movido el fénix! (Mi gozo cayó en el pozo.) (¡Mas que tú con él cayeses!) Ya, señora, a vuestras plantas humilde llego a ofrecerme. A FEDERICO (¿Qué haremos? Que si ve a Celia, atrás nuestro engaño vuelve.) (No sé; mas ponte delante, por si encubrirla pudieses. Pero ¿qué es este alboroto? Sale CARLOS Señora, en tu cuarto a este... Después lo sabré. --Pues ¿cómo Teodoro aquí a entrar se atreve? (¿Qué hace Celia en este traje delante de tanta gente?) Como un infeliz, señora... (¡Quiera amor alcance a verme, para que diga quién soy!) ...tanto su vida aborrece que, a despecho de su vida, viene buscando su muerte; fuera de que mayor causa hay que aquí a venir me fuerce, por sacarte de un engaño que contra tu fama puede resultar. ¿Engaño? Sí. ¿Qué es? Que un traidor, un aleve, con el nombre de don César, engañar tu amor pretende. Yo le saqué de su casa (no es tiempo de contar éste que en traje de mujer) hasta que le dejé en la corriente ahogado del Po; y sabiendo que con su nombre te ofende, vengo a avisarte, porque de mi lealtad no te quejes. El que te ha dicho que es César no lo es. La voz suspende; que ese agravio a mí me toca, y así es bien que yo lo vengue. -- A CÉSAR Pues ¿cómo, atrevido joven, loco y temerariamente el nombre de mi sobrino tomas y el respeto ofendes de Serafina? A una dama no ofendas, Enrique, tente; que el que dijo que era César días ha que no parece, y aquesta es Celia, una dama, en quien los disfraces deben de durar de la comedia. ¿Quién vio confusión más fuerte? Ése es otro nuevo engaño: creer yo que sea dama ese joven, cuando Serafina que es César dicho me tiene. Si Serafina lo ha dicho, ha dicho bien; que no pueden las deidades engañarse. A CÉSAR Dame los brazos mil veces, príncipe mío, en albricias de que con vida te encuentre. (¡Qué cortesano Teodoro, advertido de que es éste engaño mío, procura alentarle, con hacerle César a Celia!) A CÉSAR (Tú, finge todavía que lo eres.) ¿Qué he de fingir, si es verdad? A su locura se vuelve. (¿En qué ha de parar aquesto?) (¡El diablo que lo concierte!) Yo he de castigar, señora, este engaño. Enrique, tente. Mira, Enrique, que ésta es Celia, una dama. Pues tú, aleve, ¿también me engañas? Señores, ¿habrá enredo como éste? Tú eres el que te engañas; que si alguno a eso se atreve, sólo es Carlos. ¿Yo, por qué? Porque, siendo tú quien dese golfo en el traje que iba me sacaste, ahora no crees que me encubrió su disfraz, habiendo tan claramente dícholo todo Teodoro. Más con aqueso me ofendes; pues, siendo César, traición más grave es que te atrevieses a asistir a Serafina tan de cerca que pudiesen familiarmente tus ojos tal vez... No lo digas, tente; que se ajan los decoros aun sólo con que se piensen. ¡Muera un traidor! Eso no. Pues ya debo defenderte como a César. Y yo y todo. Esperad todos; que ese duelo, ya que persuadida saber tu disfraz me tiene de quién es, yo he de acabarle. ¿De qué suerte? Desta suerte. A CÉSAR Príncipe, esta blanca mano tocaste tal vez; aleve ofensa fue que me hizo un disfraz, y es conveniente que sepan que aun de su dueño las blancas manos ofenden; y así, pues vos la agraviasteis, el irse con vos lo enmiende. Federico, yo... A SERAFINA ¿Así pagas una vida que me debes? De vos este desagravio aprendí; y pues que ya tiene ejemplar vuestro honor, dél usad; y porque no quede en opinión que se supo el agravio sin saberse el dueño dél, quiero yo, salvándole para siempre, pagar aquella fineza. ¿De qué suerte? Desta suerte. Sale LISARDA Dad a Lisarda la mano. Al mirarte, oh hija aleve, la cólera no me sufre dejar de darte la muerte. Si antes por salvar su vida me empeñé, fuerza es que lleve delante el empeño. Nadie defender mi hija puede de mí que no sea su esposo. Yo lo soy. ¡Felice suerte es la mía, pues que logro tal dicha! Con que corriente queda el refrán que "las blancas manos no agravian, mas duelen." Pues lograste tu ventura, logre el perdón. Ya le tienes. ¿Qué haremos, Nise, nosotros? Casarnos adredemente, porque sepan que podemos cualquiera de los oyentes. No se meterán en eso; que ahora harto que hacer tienen en perdonarnos las faltas, y las del que más pretende serviros siempre, pues yerra a cuenta de que obedece. Fin de la comedia