El Sitio De Bredá Comedia Famosa Personas que hablan en ella: EL MARQUÉS ESPÍNOLA. ALONSO LADRÓN. EL CONDE JUAN DE NASAU. MARQUÉS DE BARLANZÓN. PABLOS BALLÓN. MARQUÉS DE BELVEDER. DON FRANCISCO DE MEDINA. DON FADRIQUE BAZÁN. DON GONZALO DE CÓRDOBA. DON LUIS DE VELASCO. DON VICENTE PIMENTEL. MADAMA FLORA. ALBERTO, viejo. CARLOS, niño. ENRIQUE DE NASAU. MORGAN, inglés. JUSTINO DE NASAU. LAURA. UN INGENIERO. ESTELA. PRÍNCIPE DE POLONIA. UN SARGENTO. UNA ESPÍA, de villano. CONDE ENRIQUE DE VERGAS. Jornada Primera Tocan cajas y chirimías, salen el MARQUÉS ESPÍNOLA y ALONSO LADRÓN, capitán. Hoy es, señor, el venturoso día que obediente a las órdenes que diste, donde te espera tanta bizarría, que el tiempo de lisonjas y honor viste; porque el bronce y las armas a porfía le ven alegre y le obscurecen triste, cuando, confusos entre sí, presumo que es la aurora su luz, la noche el humo. Aquí la plaza de armas has mandado hacer y aquí la frente de banderas, que son ciento y noventa, y numeradas el ejército ya por sus hileras es la muestra que han hecho y que he hallado que entre propias naciones y extranjeras, de ejércitos del Rey solo son treinta y cuatro mil seiscientos y noventa. Las del país, que llaman escogidos, son dos mil, de felices esperanzas, y seis mil y ochocientos prevenidos de los que llaman gente de finanzas, de la Liga Católica lucidos cinco mil y trecientos, que a venganzas ya se previenen, cinco mil la gente de nuestro Emperador, noble y valiente. Hasta aquí repetí la infantería y no menos admira la opulenta majestad de la gran caballería, si se reduce a número su cuenta de ejércitos del reino, más había siete mil y seiscientos y sesenta; dos mil, no sé si diga Martes fieros, de bandas, de hombres de armas y de arqueros. Mi humilde celo, mi temor piadoso dichosamente sus aplausos fía a la fe de Felipo poderoso, cuarto planeta de la luz del día; y espero que su intento religioso ha de asombrar en Flandes la herejía, dando el sangriento fin alguna hazaña, alabanzas al cielo, honor a España. Estos, ¿quién son? (Tocan cajas.) Seis regimientos llegan, dos borgoñones, cuatro de alemanes, cuyos tercios al conde Juan se entregan y marqués Barlanzón, ambos Roldanes. (Sale el CONDE JUAN DE NASAU, de alemán, y el MARQUÉS BARLANZÓN, de tudesco.) Denos los pies. Los brazos no se niegan a dos tan valerosos capitanes. Sean Vueseñorías bien venidos. Siendo de Vuexcelencia recibidos con tanto honor, es fuerza lo seamos. ¡Buena gente, Marqués! Señor, recelo que es de provecho; pues en fin llevamos gente nacida en el rigor del hielo. ¿Vamos a Grave, o al infierno vamos? Que voto a Dios que ha de tener el cielo poco que aposentar, si considero que están ya aposentados con Lutero. (Tocan.) Estos son italianos y valones. ¿Sufren mucho en un sitio estos soldados? Si el saco esperan, sí. No los baldones, que pelean tan bien. Si están pagados. (Sale de inglés PABLOS BALLÓN y MARQUÉS DE BELVEDER, italiano.) Así cumplen, señor, obligaciones los que a tu sombra viven obligados. Señor Pablos Ballón, ilustre conde de Belveder... Por mí el honor responde. (Tocan.) Estos son españoles. Ahora puedo hablar, encareciendo estos soldados, y sin temor; pues sufren a pie quedo con un semblante bien o mal pagados. Nunca la sombra vil vieron del miedo, y aunque soberbios son, son reportados. Todo lo sufren en cualquier asalto, solo no sufren que les hablen alto. En tres tercios su gente determina divertirse, y tres maeses se previenen: el uno es don Francisco de Medina, y don Juan Claros de Guzmán, que tiene sangre al fin de Guzmán; y por divina muestra de su valor, con ellos viene un capitán famoso, un don Fadrique Bazán, a quien la fama altar dedique. (Salen DON FRANCISCO DE MEDINA con hábito de Santiago, y DON FADRIQUE BAZÁN con jineta.) Vuesa merced, señor Fadrique, sea mil veces bien venido, que con esto mi intento más alcanza que desea. Siempre a servir al Rey estoy dispuesto. Previniendo la fama que ligera los vientos rompe con veloces alas, que líneas son de la sutil esfera, troqué al acero cortesanas galas, los ecos de la envidia lisonjera al ruido leve de espirantes balas, la alegre corte a la marcial campaña. Y al fin por Flandes he trocado a España. (Tocan.) Don Gonzalo de Córdoba ha venido. Como en las guerras del Palatinado Maese de campo general ha sido, puesto ninguno en Flandes ha ocupado, que no hay que darle, aunque haya merecido victorioso, prudente, afortunado, ser general, porque a su bisabuelo en él enseña repetido el cielo. No ha perdido fación, y no ha tenido suceso desdichado ni infelice, gracias a su valor; porque yo he oído, y a voces el ejército lo dice, que todos los soldados han vencido por Dios y por el Rey, ¡suerte felice!, y los suyos, ¿qué gloria aquesta igualo?, por Dios y por el Rey y don Gonzalo. (Sale DON GONZALO DE CÓRDOBA.) Ya no puedo temer desdicha alguna, pues nuevo Amiclas, a decir me obligo que va, ¡oh gran don Gonzalo!, la fortuna de Fernández de Córdoba conmigo. Vuexcelencia remita la importuna retórica a los brazos, que si hoy sigo su milicia, del Betis al Hidaspes me harán eterno mármoles y jaspes. (Tocan un clarín.) Ya el gran Velasco, general valiente, va conduciendo la caballería. Con él viene el ilustre don Vicente Pimentel, que llegó de Lombardía, cabo de mil caballos. Benavente, ilustre rama de su tronco, envía aquel que al mundo dio fértiles plantas, aunque la muerte haya deshecho tantas. Pues ya el rebelde bárbaro, ¿qué espera? Si muerto el mundo aqueste nombre yace, en cuanto mira el sol desde la esfera adonde siempre muere y siempre nace. En dos mitades dividir quisiera el alma. (Salen los dos.) Bien tal honra satisface nuestros deseos. Triunfos soberanos tendréis con imitar vuestros hermanos. Yo, que siendo el menor, será forzoso serlo en valor también, hoy solicito mostrar, de mis hermanos envidioso, que, si no los excedo, los imito, pues su blasón el tiempo presuroso en láminas de bronce tiene escrito cuando en la tierra y mar, para memorias, se escriben con su sangre sus vitorias. Murió en Vergas mi hermano don García, lograda con su muerte su esperanza. Vuexcelencia perdone la osadía, que no es vil, aunque es propia la alabanza, donde es tan justa. Aqueste mismo día insigne triunfo nuestra gente alcanza; que pareció, no triste, alegre suerte, que pagó su vitoria con su muerte. Don Alonso en Verceli, que amparado de un cestón por instantes esperaba, de máquinas de fuego rodeado, la ardiente flecha de frondida aljaba, de un rayo artificial arrebatado, que trueno y lumbre a un mismo tiempo daba, subió tan alto, que entre fuego y viento, de sus huesos ignora el monumento. Cuando el mar, envidioso de la tierra, del viento y fuego, por grandezas sumas quiso en azul campaña, en naval guerra, manchar con nuestras sangres sus espumas; y del profundo seno desencierra dos holandeses, aves, cuyas plumas eran de pino, pues con él volaban, que hijas del viento serlo imaginaban. Por heladas campañas discurría en su alcance con otras dos don Diego; y cuando, atento a su fación, se vía sordo el mar, mudo el aire y el sol ciego, cada cual de las cuatro parecía sobre balas de sal, montes de fuego, siendo a tanto esperar humo importuno de sus hados volcanes de Neptuno. La más igual batalla que ha tenido en sus ondas el medio mar de Europa, esta fue. Mas después de haber vencido la española arrogancia cuanto topa, mi hermano, a su fortuna agradecido, estaba desarmándose en la popa, y apenas quita el peto, ¡oh suerte triste! ¿Qué prevención a lo fatal resiste? Cuando una bala, ¡caso lastimoso!, le rompe el pecho con furor violento, porque allí con su sangre venturoso quedase inoble ya tanto elemento. Entró en Nápoles muerto y vitorioso. Y yo, que a un punto envidio lo que siento, vengo a ofrecer a Dios y al Rey la vida cuanto bien empleada, bien perdida. Valerosos caballeros, a cuyo poder augusto hoy fía el Cuarto Filipo la máquina de dos mundos, por órdenes de Su Alteza la señora Infanta, cuyo valor dignamente eterno vivirá siglos futuros, hoy a veinte y seis de agosto en Tornante estamos juntos. El invierno viene ya, en Flandes, más importuno; porque, acercándose al Norte, va sintiendo sus influjos. Si no están entretenidos los soldados en algunos de los sitios que se ofrecen para vitorioso asunto de nuestras armas, podrán amotinarse; y no dudo que la esperanza del saco pueda sufrir con más gusto el grave peso a las armas, cuando el diciembre, que anuncio, molduras de escarcha y hielo labre en sus hombros robustos. Dos plazas se nos ofrecen, que cualquiera dellas juzgo por dichoso fin. Bredá tiene inexpugnable muro por los fosos que le cercan; que el siempre contino curso del mar, que río munda sus calles, le ayudan mucho; y es una plaza tan fuerte que han pasado siete lustros, que son treinta y cinco años, que la ganaron los suyos, y nunca la hemos cobrado: ¡afrenta y baldón injusto de las armas españolas, pero así al cielo le plugo! Grave es una villa rica, y de su asiento presumo que fuera muy importante al dichoso fin que busco. El conde Enrico de Vergas doce mil caballos tuvo a la vista de sus torres, y escribió lo que pronuncio: «Yo estoy a vista de Grave, donde informarme procuro qué gente tiene de guerra, y qué defensa en sus muros. Y como a mí se me envíe ocho mil hombres, presumo que podré tomarla, siendo de los ocho mil que busco, los cuatro mil españoles». Ahora advertidme qué rumbo, qué disinio seguiremos; porque yo siempre me ajusto al parecer acertado, a los prudentes discursos de tan valientes soldados, cuyo consejo procuro, cuya voluntad estimo, y a cuya voz me reduzgo. Señor, si consideramos que aquí dos plazas tenemos, en cuyo sitio podemos entretenernos, y estamos dudosos en la elección, y el Conde avisa que en Grave nuestro disinio se sabe, estará con prevención esperando a ver tu intento, y tendrá toda la tierra con prevenciones de guerra, con munición y sustento. Bredá está más descuidada, pongamos sitio a Bredá. ¿Y no se advierte que está Bredá también mal cercada? Es una fuerza invencible y un sitio sin esperanza de vitoriosa alabanza que por armas no es posible tomarla, como se ve. Comiendo y no peleando, ¿quién ha de estar esperando a que por hambre se dé? su ejército. Quien advierta que la gloria es más prudente y modesta, y más noble cuando cuesta menos sangre la vitoria. Si una vez se ven cercados, vendrán a darse a partidos, y como estén conseguidos nuestros intentos osados, será más piadosa hazaña, que ellos se vengan a dar, como al fin venga a quedar Bredá por el rey de España, que es lo que se intenta. Sí, mas que le den desconfío, pues pudiendo por el río meterles socorro, así podemos estar mil años esperando a que se den. ¿Y no se podrán también remediar aquesos daños? ¿Y cuando se remediaran con alguna estratagema, dejará de ser gran flema esperar que se entregaran? Si no quieren pelear los españoles, sitiemos a Bredá, y nos estaremos dos mil años sin llegar a las manos. Ya se sabe que siempre los españoles son en la milicia soles. Vuexcelencia vaya a Grave, y cumpla la voluntad de los que ocuparse quieren en sitio, que el saco esperen sin mucha dificultad. Caballeros: bien está. Ir a Grave es lo mejor. (Dentro.) ¡Vamos a Grave, señor! ¡Señor, vamos a Bredá! ¡Oh españoles! Ya es forzoso que me determine yo; y pues mi consejo halló vuestro parecer dudoso, vamos a Grave, que quiero seguir en esta ocasión, flamencos, vuestra opinión. [Aparte.]  Ya ¿con qué paciencia espero que salgan estos gabachos con cuanto quieren? Mas es que los congracia el Marqués, porque ve que están borrachos. El marqués de Barlanzón y el valiente conde Juan con sus tercios llevarán la vanguardia. Dignos son de ese lugar mis deseos, cuando el honor, que me llama, espera ocupar la fama con vitoriosos trofeos. Ve donde tú te aconsejes; que yo en cualquiera ocasión un auto de inquisición he de hacer destos herejes. Señor, la caballería será de grande provecho en el costado derecho, porque por allí podría venir el conde Mauricio, que a aquella parte se ve su ejército. Yo daré de mis deseos indicio, callando cuerdo y valiente; que el remitirse es gran mengua de las manos a la lengua. Vaya, señor don Vicente. Iré a serviros fïel. Bien dirán vuestros blasones que son más que cien flinflones un español Pimentel. (Vanse los dos.) En el izquierdo, Ballón ha de ir acompañado del de Belveder, formado un cuerpo a cada escuadrón. (Vanse los dos.) Vingarte la artillería, de todas partes cercada, lleve en medio bien guardada, que yo con la infantería de los españoles quedo en la retaguardia. ¡Andar! Juro a Cristo que he de hablar, que ya sufrirlo no puedo. Hoy sin duda has pretendido obscurecer el honor de España. ¿Cuándo, señor, en la retaguardia han ido españoles que se ofrecen?... Basta, capitán Ladrón, que yo sé en toda ocasión honrarlos como merecen. Oid, después de reportaros, lo que mi honor determina: don Francisco de Medina, a don Juan Niño, a Juan Claros y demás Maeses de campo españoles, les llevad este orden y avisad que cuando ya marche el campo a Grave, la retaguardia venga la vuelta de Bredá, pues con aquesto vendrá entonces a ser vanguardia, y a ser Bredá la cercada; que yo solo he pretendido, con la muestra que he fingido, que dejen desamparada aquella fuerza, enviando a Grave, con falso intento, municiones y sustento. Pero siempre imaginando que este es el fin de una hazaña tal, que a mí me ha de costar la vida o ha de quedar Bredá por el rey de España. (Tocan.) Beso mil veces tus pies. Ya el ejército a marchar empieza. Hasta llegar a Teteringe no des el orden. Vueseñoría ha de ser mi camarada, porque así vea lograda tan alta ventura mía: porque si en vós considero competidos igualmente hoy un general valiente y un prudente consejero, a conquistar me anticipo el mundo con fuerza altiva, porque eterno el nombre viva de Isabel y de Filipo. (Vanse tocando cajas, y sale MADAMA FLORA y ALBERTO, su padre y CARLOS, su hijo y ENRIQUE DE NASAU.) ¿Qué grave melancolía con apacibles enojos pudo en tus hermosos ojos eclipsar la luz del día? Cese la injusta porfía, que con pálido arrebol da rayos al tornasol, que el mundo de luces dora, porque llorar el aurora ya la vimos, mas no el sol. A Bredá, madama, vienes, donde te adora el lugar. Si esas lágrimas previenes en exequias a la vida de tu esposo, el llanto impida verte de tu padre honrada, de tu hijo acompañada y de tu esclavo servida. Supe que a Bredá venías, y a este vallaje salí a recebirte, que así cumplen corteses porfías las obligaciones mías. Descansa a esta sombra, en tanto que nos da treguas el llanto suspenso en tus bellos ojos, porque desdichas y enojos se han de sentir, mas no tanto. Tan justo es mi sentimiento, que quien pretende templar su rigor, más que el pesar me quita el entendimiento. Si es forzoso mi tormento, forzoso será que muera; porque, si yo no sintiera, tuviera en desdicha tanta alma inferior a la planta, al pez, al ave, a la fiera. De cierzo la furia helada siente una piedra arrancada, siente una temprana flor de su centro con dolor; brama una fiera, el rigor dice mudo el pez, y un ave con tono dulce y süave, canta amor y celos llora; que al fin el que más ignora, sentir las desdichas sabe. Siente el cielo y se obscurece cubierto de un pardo velo, y si al fin no siente el cielo, por lo menos lo parece. Toda alteración padece, tal vez la tierra tembló, bramó el aire, el mar gimió, y el sol hizo al mundo guerra, porque todos en la tierra saben sentir, sino yo. Cuando en amorosos lazos, mi amante esposo, ¡ay de mí!, verle esperaba, le vi herido y muerto en mis brazos, partida el alma a pedazos, todas las armas rompidas, y por funestas heridas abrió, ¡qué infelices suertes!, bocas para entrar mil muertes, y para salir mil vidas. Confieso que en la defensa de su religión murió; mas para no sentir yo no es bastante recompensa. Enfrena el dolor y piensa el sangriento fin que alcanza mi rigor y tu esperanza; que si tu luz no se niega, has de ver a donde llega el brazo de mi venganza. Daré al matador la muerte si le alcanzo. ¡A Dios pluguiera que el mismo Espínola fuera, porque de una misma suerte mi brazo atrevido y fuerte, hoy pusiera con la hazaña de venganza tan extraña fin a tus desdichas grandes, al miedo y temor de Flandes, a la presunción de España! Que tanto se ensoberbece con los aplausos que ves de ese noble ginovés, que si a rendirle se ofrece, estrecho el mundo parece, y no es mucho, siendo tal este altivo general que al rey de España convida con la hacienda y con la vida, animoso y liberal. El venirme yo a Bredá, es porque cierto se sabe que piensa sitiar a Grave, donde el ejército va. Allí el conde Enrico está con su gente, por saber de aquella fuerza el poder según de su intento creo, y con el mismo deseo, plaza de armas hizo ayer en Tornante el General, donde el ejército vio, tan numeroso, que dio envidia a la celestial esfera, viéndole igual en todo sus luces bellas; porque, al competir con ellas, excedió, dando desmayos, el resplandor a sus rayos, y en número a sus estrellas. De Quilche en el campo llano, viniendo a Bredá le vi; y mil veces presumí ser maridaje lozano del invierno y del verano, que en las armas los rigores, en las plumas las colores, eran admirando al cielo, los unos, montes de hielo, los otros, campos de flores. No así los rayos corteses del sol con dulces fatigas, mieses labraron de espigas en los abrasados meses, como de los fresnos mieses la gallarda infantería; y al mirarlos, parecía que espigas de acero daba, y que, al compás que marchaba, el céfiro los movía. La caballería inquieta pasó, abreviando horizontes. ¿Diré que marcharon montes, con obediencia sujeta al compás de la trompeta? Sí, pues al son lisonjero del bronce dulce, aunque fiero, la trompa que se desata, era un escollo de plata, era un peñasco de acero. (Sale MORGAN, inglés.) Del Príncipe mi señor ahora trujo estas cartas un correo, y yo sabiendo que en este villaje estabas, que está apenas media legua de la villa, sin tardanza vine a traerle. Veré lo que Su Alteza me manda. (Lee.) «Ahora acabo de saber que el ejército de España, con prevenciones de guerra, la vuelta de Grave marcha. De Bredá saldréis al punto que esta recibáis, sin falta, y la gente que estuviere en la villa, se reparta para socorrer a Grave, con bastimento y con armas y munición, advirtiendo no sea la gente tanta, que pueda hacer a Bredá en tiempo ninguno falta. Dejad por gobernador, para su defensa y guarda, a Justino, nuestro hermano, y de la villa no salga tampoco el inglés Morgan; que, por estar en la cama, no voy en persona yo. Los cielos os guarden. Dada en Vergas a veinte y seis de agosto». ¡Desdicha extraña! ¿Qué tanta gente de guerra, Morgan, estará alojada en Bredá? Ocho mil hombres. Pues de aquesos ocho salgan los dos mil, y por el río vamos en veloces barcas porque lleguemos más presto. [Aparte.] O porque, yendo en el agua, templen sus heladas ondas este fuego que me abrasa. (Vase.) Señora, ya es forzoso me deis licencia a que vaya sirviéndoos, puesto que Enrique faltó por tan justa causa a esta obligación. Yo estimo la lisonja cortesana, mas no he de entrar en Bredá hasta que en sombras heladas hagan los rayos del sol el mar sepulcro de plata. En aquestas caserías esperaré, acompañada de la familia que traigo y de mi padre, que basta para excusaros de hacerme esa merced. Más agrada quien obedeciendo yerra que quien acertando cansa. (Vase.) [A FLORA.]  Mil veces he pretendido buscar remedio a tus ansias; mas yo, ¿cómo podré darte el consuelo que me falta? Mi padre perdió la vida en defensa de su patria, si puedo decir que muere quien vive eterno a la fama. Contigo viene mi abuelo, vive segura y honrada al amparo de mis bríos, y al respeto de sus canas. En estas hermosas flores te sienta un poco y descansa, mientras destas caserías llamo la gente, que salga a entretenerte, y decirnos qué nuevas tienen. Turbada estoy, que un temor me hiela, una sospecha me abrasa, (Échase a dormir.) y astrólogo el corazón, no sé qué le avisa al alma. (Ruido dentro.) Parece que se ha rendido al sueño, y en él traslada a sus hermosas mejillas de los claveles la grana, del jazmín la castidad, mezclando púrpura y nácar. Pero ¿qué rumor es este? Desde aquellos montes bajan, temerosos, los villanos, que de su miedo se amparan. ¿Qué les obliga? Pues duerme Flora, iré a saber la causa; que, para darla cuidado, no será bien despertarla. (Dentro.) ¡Hüid, pastores, hüid; que el ejército de España ya pisa vuestras riberas! Pongamos fuego a las casas. ¡A la villa! ¡Fuego, fuego! (Despierta.) ¡Fuego, que el alma se abrasa! ¡Padre! ¡Hijo! ¿Qué es aquesto? Sola estoy, no me acompañan sino solo mis desdichas; parece que no son hartas, que aun para hacer compañía, hacen las desdichas falta. En un abismo de fuego estoy, ¡ay cielos!, helada, que al arbitrio del destino no le obedecen las plantas. Todo es iras el desierto, toda es rayos la campaña, todo es portentos la tierra, todo es el cielo venganzas. Tanto, encendiendo los aires, a las nubes se levantan las centellas, que parecen estrellas desencajadas, luces que al abismo bajan, a sorberse todo el mundo, sola la menor de tantas. (Salen ALBERTO y CARLOS.) Entre la piedad del fuego... Entre el rigor de las llamas... Vengo a buscarte. He venido a verte. Oye lo que pasa. A un lado de esa ribera, un tercio emboscado estaba, de suerte que no le vieron las espías, que fue causa de que estuviese la gente agora tan descuidada. Salió de allí y los villanos, que así las órdenes guardan, retirándose a la villa, quemaron sus pobres casas. ¡Perdidos somos! Bredá sin duda ha de ser sitiada, después que de bastimentos y gente ha quedado falta. ¡Huyamos, pues! ¿Qué esperamos? De Grave salí por causa de huir el peligro, parece que vine a buscarle; ¡tanta es mi contraria fortuna, mi desdicha y mi desgracia!, que el que ha de ser desdichado las prevenciones le dañan. (Dentro LADRÓN.) ¡Hüid, villanos! Perdidos somos; que ya su arrogancia nos ha hallado. (Sale DON FADRIQUE.) Más piedad tiene el fuego que mi espada. A tus plantas, español generoso, que la gala tuya lo dice, y el brío no lo desmiente, a tus plantas está pidiendo la vida una mujer desdichada; aunque, si eres español, mujer que te diga basta. No permitas que ese acero, cuya cuchilla templada está en la enemiga sangre que ya le sirve de vaina, se ocupe en tres inocentes vidas, porque, ¿qué alabanzas dará manchar este cuello, estas tocas y estas canas? Tres vidas están sujetas a un golpe: si acaso alcanza el orden que traes licencia a una piedad tan hidalga, danos las vidas. Yo quise decirte, estaba turbada, que a precio de algunas joyas, piedras, perlas, oro y plata; mas tu piadoso semblante puso freno a mis palabras, y a tanto respeto obliga esa presencia bizarra, que aun creo que el pensamiento con ser tan veloz te agravia. Y si el orden con que vienes no admite este ruego, pasa mi pecho el primero, así moriré más consolada, no mirándolos, porque somos tres cuerpos y un alma. Hermosa madama, cuando mi desdicha fuera tanta que me obligara el respeto a tan lastimosa hazaña, le rompiera más el hecho; que ninguna ley agravia tanto que en la ejecución sea la obediencia infamia. No he de ser menos cortés que estas vividoras llamas, que me están diciendo aquí el respeto que te guardan. Que, como en un templo a quien sacrílego fuego abrasa, quedó entre muertas cenizas la imagen libre, y la estatua de la diosa, que allí tuvo altar, sacrificio y ara; así por reliquia quedas de todas estas campañas, compitiendo fuego a fuego, rayo a rayo y llama a llama. No traigo más orden yo que llegar a las murallas de Bredá, donde venimos. Aquesas riquezas guarda, y porque de otros soldados, madama, segura vayas, dos caballos he traído. Hüid los dos, y a las ancas del uno irás tú: españoles son, no temas. No me espantan, que pienso que cortesía saben los brutos de España. (Vanse y sale LADRÓN.) Tanto a todos te adelantas, que el primero que ha llegado a vista de las murallas de Bredá, has sido, señor. Pues si vengo en la vanguardia del tercio de don Francisco de Medina, cosa es clara que había de ser el primero. ¿Mas qué triunfo, qué alabanza consigo de haberlo sido? Pues cuerpo de Dios, ¿no es nada llegar hasta aquí? Yo apuesto que si se cuenta en España, que no falte quien replique, que nunca malsines faltan, que el darte el lugar que tienes es lisonja o alabanza. Carlos Quinto respondió, diciéndole el duque de Alba, que temía no creyesen algunos aquella hazaña de haber con solos siete hombres sujetado siete barcas: «¿Qué importa que no lo crean, si a mí el ser verdad me basta?» Y eso mismo te respondo en la ocasión que me aguarda, cumpla con mi obligación, que el que lo juzgue en España por pasión o por lisonja, no viene a quitarme nada. (Sale MEDINA.) ¡Cuál huyeron los villanos! ¡Oh, qué maldita canalla! Muchos murieron quemados, y tanto gusto me daba verlos arder, que decía, atizándoles las llamas: «Perros, herejes, ministro soy de la Inquisición santa». (Tocan.) De la ciudad van saliendo en tropas algunas mangas de arcabuceros. En tanto que llega la retaguardia, escaramuzar podremos con ellos, y para guarda podemos tomar aquestos molinos de viento y agua. ¿Molinos de viento? Ya me parece su demanda aventura del famoso don Quijote de la Mancha. (Retíranse a un lado y salen MORGAN y JUSTINO.) ¡Ea, famosos flamencos! Hoy las vitoriosas armas muestren sangrientas que están siempre a vencer enseñadas. No permitáis que así tomen puesto a vista de las altas torres de Bredá. Humillemos esta española arrogancia. Pues si conocéis que somos españoles, ¿cómo aguarda vuestro valor que volvamos? Pues sabéis de veces tantas, que los españoles nunca vuelven con cobarde infamia de donde una vez llegaron. ¡Guerra, guerra! ¡Cierra España! (Pelean y vanse, y salen el MARQUÉS ESPÍNOLA y los demás.) ¿Qué rumor es aqueste que escuchamos? Según en breves lejos divisamos, el tercio de Medina a la muralla tanto se avecina que apoderado está de unos molinos, a la puerta de Amberes tan vecinos, que desde el muro, que asaltar promete, distan no más que tiro de mosquete. Pues don Vicente Pimentel acuda luego al punto a ayudallos, con cuatro compañías de caballos. Ya, como ha descubierto lo restante del ejército nuestro, el arrogante escuadrón que a estorbarlos ha salido, y de quien hasta aquí se ha defendido, cobarde se retira. Su ligereza admira. (Sale MEDINA.) Vitoria ofrece su temprana ruina. ¿Qué es eso, don Francisco de Medina? A vista apenas de Bredá llegamos, cuando vueltas miramos todas las caserías, antes que en llamas, en cenizas frías; ¡tanta la actividad era del fuego! Divulgose la luz, y salió luego de la ciudad a defender el paso un valiente escuadrón que presumía sernos estorbo; mas la compañía de don Fadrique Bazán, que era de todas la primera, de tal manera el puesto ha defendido... Don Francisco, no más; ya os he entendido. No me alabéis a nadie que no quiero parezcáis con verdades lisonjero; yerra de que no han de agradecerse a un hombre las acciones a que nace obligado un noble caballero, que el soldado con empresas, trofeos y blasones, no hace más que cumplir obligaciones: luego ningún aplauso en su alabanza nueva si paga en sangre lo que en sangre deba. Lo que yo haré será premiarles esto, dando a los españoles ese puesto. Y pues tan cerca de Bredá se vieron, ya no será razón que atrás se vuelvan, a sustentar el puesto se resuelvan, pues a tomarle allí se resolvieron. Y yo, que agradecido me confieso por tal merced, a Vuexcelencia beso las manos. (Sale ALONSO LADRÓN.) A los muros ha salido a vernos todo el pueblo. ¡Y qué lucido nos muestra sus almenas, de variedad y de hermosura llenas! Bien parece, guardando sus decoros, terrado de Madrid en día de toros; pues verás, si la vista allá enderezas, un alto promontorio de cabezas. (En lo alto MORGAN y JUSTINO, FLORA y LAURA, CARLOS y ALBERTO.) Llégate a ver el campo numeroso, que es a los ojos un objeto hermoso que suspende y divierte. En nuestra ruina su rigor se advierte. El marqués Barlanzón con un trompeta llegue de paz al muro, y a su gobernador haga seguro el intento que tengo, y con la gente a sitiarle vengo; que, si quiere entregarse, y en buena guerra a tal partido darse, se admitirá; y si no se rinde luego, le tengo de abrasar a sangre y fuego. Toca, trompeta, y vámonos llegando. (Tocan.) De paz se va a los muros acercando con un trompeta un hombre. Haré que mi respuesta les asombre. Si es en la guerra ceremonia usada pedir así partidos, muertos nos han de ver, y no vencidos. Al cañón prevenido el fuego apresta, y lléveles su muerte la respuesta. Del muro dispararon. Y a Barlanzón en el suelo derribaron. Herido y arrastrando por la tierra, se va acercando más. A retiralle, valientes caballeros, acudamos. Téngase Vuexcelencia, que aquí estamos mil soldados que iremos, y la ciudad y todo nos trairemos. (Vanse algunos a retiralle.) Bien nos ha recibido Bredá; yo pienso que esta salva ha sido adelantada y gloria, que publica con fiesta mi vitoria. (Sacan a BARLANZÓN en hombros.) ¿Qué fue, Marqués? ¿Ha visto Useñoría por ahí ciento y cincuenta diablos que llevan una pierna? Pues eso fue, no es nada, una pierna no más de una bolada. ¿Qué piensan estos perros luteranos? ¿Piernas me quitan y me dejan manos? Retírese el Marqués, ¡oh cielo, cuánto sentí su pena!, en tanto que en tres partes su ejército dispongo y al señor don Gonzalo le propongo el intento que tengo prevenido; que yo, de sus consejos advertido, de mi celo ayudado, en la fe de Filipo confïado, vencer dichoso espero, y más cuando al principio considero que es tan dichoso el día en que tan alta empresa determino; pues día de Agustino será felice contra la herejía, porque el piadoso celo desta divina hazaña dé triunfos a la fe, glorias al cielo, opinión a Filipo y honra a España. Jornada Segunda Salen descubriendo a ESPÍNOLA en una tienda escribiendo, y LADRÓN a un lado. Alonso. Señor. Ninguno llegue a hablarme, porque tengo mil cosas que despachar a España, cuando me veo cercado de obligaciones y de mil cuidados lleno. Manda que no hagan rüido en la ciudad; porque pienso que no te deje escribir el que tienen allá dentro. ¿Cómo? Están haciendo señas desde esos muros soberbios con chinillas de a cincuenta libras de plomo, lloviendo sobre nosotros granizo de pólvora, tan espeso que estorba el humo a la vista más que la ilumina el fuego. Al rüido escribiré, que si en Julio César leo que en la guerra le tocaban un harpa, a cuyos acentos escribía sus vitorias, yo que vitorias no tengo escribiré mis cuidados, incitados de los ecos del bronce, si no más dulce, más apacible instrumento. (Disparan.) ¡No es nada! Todos los diablos deben de andar allí dentro; que tanto fuego no puede salir sino del infierno. Esta la Gaceta es por donde advertirme quiero. Dice así: «Milán. El duque de Feria, gran caballero, salió con veinte mil hombres». Y no es el mundo pequeño trofeo de su valor. (Disparan.) ¡Oh, cuál silban por el viento los pajaritos de plomo! «Nápoles. El de Alba ha puesto toda su gente en campaña». ¡Que nunca guerras se vieron sin señor deste apellido ni soldado de Toledo! (Disparan.) Tira, que un doblón te cuesta cada tiro. Este consuelo no me le podrás quitar. Juro a Cristo que me huelgo. «El Brasil. Las dos armadas desde Lisboa salieron con la más lucida gente que se ha visto». ¡Quiera el cielo tengan el fin que desean! «Génova (con temor leo) oprimida está del duque de Saboya, porque ha puesto su campo a dos leguas della, y aun llegado su esfüerzo...» Yo sé bien que no llegara, si yo estuviera. Mas vuelvo a mirar dónde llegó. «A la montaña que ha puesto naturaleza por guarda de sus edificios, siendo rústico muro que sirve de coluna al firmamento». Perdone el valor, la envidia perdone, si me enternezco con tal nueva, que tal vez es valor el sentimiento; y mi patria me perdone, si visto bruñido acero y no es en defensa suya; que aunque tuviera por cierto que había, caso imposible, de ser humilde trofeo de las vencedoras armas, que tantas veces pudieron serlo de España, piedad de su generoso pecho. Y aunque supiera también que bastara a defenderlo mi persona, no dejara la empresa que en Flandes tengo, por mi patria, por mi honor, ni por mi vida. No puedo al Rey servirle con más, ni agradecerle con menos. Génova tiene su amparo, pues, ¿qué temor, qué recelo puede ocuparla, si solo el nombre de España ha puesto terror al mundo, tocando con sus manos sus extremos? Díganlo Italia, el Brasil, y Flandes, que a un mismo tiempo embarazados con guerras, su poder están diciendo. ¿Qué mucho, pues, que un monarca, que a un tiempo tiene docientos mil hombres en la campaña, peleando y defendiendo la fe, pida a sus vasallos ayuden al justo celo, sirvan a la acción piadosa de tan religioso efeto? El alma y la vida es poco, que la hacienda de derecho natural es suya; aunque a su dilatado imperio sirva de testigo el sol, sin que le falte un momento. (Sale un INGENIERO.) ¿Qué hace su Excelencia? Agora su Excelencia está escribiendo. No puede hablarse. Mandome que ahora viniese. ¿Qué es eso? El ingeniero está aquí. Ve tú, llámame al momento a don Gonzalo Fernández de Córdoba, porque tengo que aconsejarme con él. Vaya diciendo, maestro, ¿en qué estado están las barcas? Señor, doce barcas tengo... Bien le oigo, pero escribo, porque no perdamos tiempo. Sobre el río fabricadas, que llaman barcas de fuego. Ya sé del modo que son. Tiene cada una dentro gran turba, que así se llama, de piedras, árboles gruesos, peñascos, piezas quebradas, tierra, vigas, plomo y hierro. Estas tienen solo un hombre cada una; y él, en viendo que se acerca el enemigo, no hace más que pegar fuego, y arrojarse al agua; ella empieza a encenderse luego, arrojando de sí cuanto encierra su vientre y siendo un Etna de fuego horrible. Estas tienen solo un riesgo. Es, ¿que no vengan a nado los enemigos? Ya siento la ocasión, las mismas armas nuestras les sirvan a ellos. Sí, pero un remedio tiene. Eso se remedia haciendo una estacada en el río de muchos árboles, puestos en puntas unos con otros, llenos de puntas de acero, para que topando en ellas ovas o hombres, al momento se hagan dos mil pedazos. ¿No quiere decirme esto? (Salen DON GONZALO y LADRÓN.) ¿Qué me manda Vuexcelencia? Vaya a trabajar, maestro, yo iré por allá después. Señor, un negocio quiero tratar con Vuexcelencia, para tomar su consejo. La señora Infanta escribe que ha sabido por muy cierto que el príncipe de Polonia viene a Flandes, con intento de ver el sitio famoso que a Bredá tenemos puesto. Vuexcelencia me diga, ¿qué entrada, recibimiento y salva le hemos de hacer? Advirtiendo que es afecto a España, y que en Roma ha estado de su parte, y después desto, que es Príncipe soberano y señor de dos imperios. Pues lo que se debe hacer es que el de Vergas, fingiendo una batalla trabada, saque en su recibimiento toda la caballería dos leguas de Bredá, luego el conde de Salazar tenga los arcabuceros a una legua, y con la salva real le reciban, haciendo que al punto la artillería responda en confusos ecos. Junto a la tienda, señor, de Vuexcelencia, al derecho lado se levante otra, donde al Príncipe esperemos los maeses y capitanes, los cabos y los sargentos, con Vuexcelencia; después en sus acciones veremos lo que se debe advertir. Paréceme buen acuerdo. (Sale DON VICENTE.) Otra vez han intentado hacer con un terrapleno los de la muralla un dique; y debe de ser su intento, que como las ondas bajan retardando y deteniendo su curso, venga a verter sobre el ejército nuestro todo el río y anegarnos. Vuexcelencia para esto puede hacerle nuevas madres al río, para que al tiempo que se vaya rebalsando, tomando otro curso nuevo no pueda ofendernos. Yo diera un arbitrio más bueno para impedirlo. Y, ¿cuál es? Pusiera allí los tudescos, y dijérales: «El dique que veis se derribe luego o moriremos ahogados». Que yo aseguro que ellos, por no beber agua, vayan a derribarlo al momento. (Sale BARLANZÓN con pierna de palo.) Señor, unas buenas nuevas traigo. Y aun no es caso nuevo que, siendo buenas, caminen con pies de palo. Ya espero a saber qué son. Enrique de Nasau su gente ha puesto a la vista nuestra y dice que ha venido con intento de meter en la ciudad socorro. Agora veremos si esto es guerra o si es estarnos con las manos en el seno. El conde de Salazar salga a campaña al momento con el escuadrón volante, y estense los tercios quedos, vengan por donde vinieren; que no será buen acuerdo, por acudir a una parte, las otras desamparemos. (Sale DON FADRIQUE BAZÁN.) Por la tierra y por el agua quieren meter el sustento dentro de la fortaleza. Pues, don Fadrique, ¿qué es eso? Barcas vienen por el río con gente y socorro. Esto me da más cuidado. Al punto sobre aquel fuerte que ha hecho Pablo Ballón, cuatro piezas se pongan. ¡Pluguiera al cielo tuviera yo la estacada hecha, que yo sé cuán presto se volvieran! Pues, ¿qué aguardas para que se haga? Temo que han quedado los soldados sin fuerzas y sin aliento de las fortificaciones hechas en tan breve tiempo, y no querrán trabajar. Pues cuando no quieran ellos, ¿aquí no estamos nosotros? ¿Qué esperamos, caballeros? Nosotros hemos de ser a esta facción los primeros. Así a nuestra imitación veréis como acuden luego los soldados. (Toman todos espuertas, azadones y hachas.) Vengan hachas y azadones, poblaremos ese caudaloso río destos árboles, haciendo las ondas senda inconstante a los suspiros del viento. Esta amena población de los montes traslademos a las olas, y parezcan errantes bosques amenos. Unos corten y otros lleven los secos árboles. (Disparen y cae la tienda.) ¡Cielos!, desquiciados de los polos se trastorna el firmamento. Una bala es que se ha entrado, derribando y deshaciendo grande parte de mi tienda. ¡Miren qué poco respeto! ¡Sin licencia se nos entran a conversación! A los cielos doy gracias que vivo estoy. Si no te hizo mal, lo mismo, aunque haya dado a tus plantas, fuera haber dado en Toledo. ¡A la estacada, soldados! Ya los españoles puestos están para trabajar. Ya los rudos instrumentos truecan las doradas armas. ¡Oh españoles, oh portentos de la milicia y asombro del mismo Marte! Yo espero, en vuestro valor fïado, que he de unir los dos imperios, siendo escudo de Filipo el águila de dos cuellos. (Vanse, y salen LAURA y FLORA.) Es la fama sol que dio en una sutil vidriera; pues aunque el sol quede fuera, el resplandor penetró. A mis oídos llegó, guardándome a mí el decoro que en estos casos ignoro, el nombre de un caballero que no le he visto y le quiero, no le conozco y le adoro. Mas para informarme dél, si es mi pena venturosa, baste que es, ¡oh Flora hermosa!, español y Pimentel. Aquel agrado y aquel noble y discreto apellido, ¿qué pecho no le ha rendido?, ¿qué gusto no se ha inclinado?, ¿qué libertad se ha negado?, ¿qué afición se ha resistido? Parecidas, Laura, son tu desventura y la mía. Libre del amor vivía, cuando su dulce pasión hizo en el fuego impresión; pues en abismo tan fiero yo vi un cortés caballero, que, aunque en el alma le imprimo, no sé quién es y le estimo, no le conozco y le quiero. Y porque las dos estemos satisfechas en los daños de los confusos engaños que igual las dos padecemos... Mas ¿qué notables extremos nos causan nuevos enojos? (Sale ESTELA.) Esos hermosos despojos, esparcidos por el viento, den suspiros a mi aliento, den lágrimas a mis ojos. Estela, ¿qué es esto? ¿Así haces extremos tan graves? Tú que me consuelas, ¿sabes la causa que tengo? Sí, sí la sé, pues que perdí la libertad que perdiste, vi los rigores que viste, y lloro tu mismo mal; porque es a todos igual una desdicha tan triste. Según eso, ¿ya has sabido el bando que han publicado Morgan y Justino? Ha estado suspenso y mudo el sentido, en sus penas divertido. Pero, ¿qué nueva impiedad mandan? Que de la ciudad salgan, ¡qué torpes consejos!, los mancebos y los viejos que tuvieren en su edad a menos de quince años y a más de sesenta. ¡Ay Dios! Que en ese bando los dos, padre y hijo, que mis daños con amorosos engaños hacen dulces, comprehendidos están. Hoy verás perdidos consuelos tan desdichados, pues hoy saldrán desterrados, de su patria aborrecidos. Mas ¿para qué a decir llego lo mismo, Flora, que ves? Si esta mi desdicha es, ya en mis lágrimas me anego. (Salen MORGAN tras el padre, JUSTINO tras el hijo.) Salid de la villa luego. ¡Ay de mí! ¿Podré sufrir mi muerte? Habéis de salir. Señor, advierte... Ya está advertido. ¿Quién podrá tantos golpes resistir? ¿Posible es que sus tiranas fuerzas no templen sus daños a la piedad destos años y al respeto destas canas? Las fieras más inhumanas tienen respeto y amor; pues, ¿qué furia, qué rigor, con injusto parecer, hoy ha pretendido hacer nuestra desdicha mayor? ¿Qué importa una y otra vida tan triste, tan desdichada, una, sin razón cortada; otra, sin razón rompida? Del céfiro la atrevida furia marchita el candor del más vivo resplandor; que no es trofeo bastante, Justino, una flor infante, Morgan, una helada flor. Madama, piadoso intento, que no crüel, los destierra; que inútiles en la guerra, no han de comer el sustento de aquellos cuyo ardimiento hoy resistirse pretende al poder que nos ofende; porque un viejo nos lastima, un niño nos desanima y un soldado nos defiende. Minando una peste va, de que estamos todos llenos; y siendo la gente menos, menos su furia será, el sustento durará más ya; que esto se imagina en la dieta medicina, porque no llegue a tocar la peste al cuerpo, a cortar un brazo se determina. Y en reparo natural, cuando un golpe se endereza a herirnos en la cabeza, la mano acude leal como parte principal. Así resistir podremos estos bárbaros extremos; que es bien, pues tales estamos, porque todos no muramos, que la mitad nos matemos. Y porque los expelidos quejas no puedan tener, tu hijo y padre han de ser en el bando comprehendidos. Pero a tus quejas movidos, viendo que la pena airada se mira en ti duplicada, quiero en tan triste fortuna seas comprehendida en una, y en otra privilegiada. Escoge, presentes tienes los dos, y siendo hija y madre, tienes hijo y tienes padre. Determina a quién previenes la vida, y si te detienes, quizá no tendrás lugar. Sola te quiero dejar, en tanto que a arrojar voy el puente, un hora te doy para poderlo pensar. (Vanse MORGAN y JUSTINO.) ¿Adónde podré volver, ¡cielos!, en tantos enojos, si a todas partes los ojos tienen desdichas que ver? ¿A quién he de responder cuando me llaman iguales dos afectos principales, dos impulsos diferentes, dos aprehensiones vehementes, dos acciones naturales? No sé qué hacer, ¡ay de mí! Mi vida o mi muerte ignoro. Aquí me llama el decoro de padre, el amor allí de hijo, de aquel recibí el ser, que he de conocer; pero a aqueste le di el ser, que he de aumentar generosa. ¿Qué elección es más piadosa, obligar o agradecer? ¿Qué es lo que dudosa y triste esperas para nombrarme? Pues a mí puedes quitarme la vida que tú me diste; no aquel ser que recibiste puedes en esta ocasión negar, y es más noble acción asistir con la piedad antes que a la voluntad, señora, a la obligación. Si a la obligación debemos asistir siempre, ¿no ves que, aumentar nuestro ser, es la obligación que tenemos? Todos con esta nacemos, y así debes acudir a tu hijo, y eligir su vida, porque la mía es sombra caduca y fría, cuando él empieza a vivir. Porque empiezo, debo ser quien de Flora se despida; pues teniendo menos vida tengo menos que perder. De otra suerte has de entender ese modo de decir, de pensar y discurrir, con que convencido estás; pues quien ha vivido más tendrá menos que vivir. Un árbol marchito vi del sol a las luces rojas, y vi cortarle las hojas porque viva el tronco así. Rama de ese tronco fui, muera yo y la planta viva. También veo al que cultiva campos, si bien te aconseja que el tierno pimpollo deja, y el seco tronco derriba. ¿No ves, Alberto, ese río que por opuesto lugar del mar sale, y vuelve al mar como a centro helado y frío? Pues así este curso mío a ti ha de volver. Tú fuiste mar, que tus ondas me diste, de ti he nacido; y así es justo que vuelva a ti a darte el ser que me diste. ¿Y tú no ves el farol que el mundo de rayos dora, que entre la noche y la aurora muere el sol y nace sol, y siempre es un arrebol, siempre es una llama ardiente? Así una vida consiente en dos una luz entera, y es bien que en mi ocaso muera para que nazca en tu oriente. Yo soy joven, y tal vez resistiré osado y fuerte. Yo no temeré la muerte, pues ya he visto a la vejez. Madre... Hija... ¿Qué jüez se vio en las dudas que lucho? Mi dolor, mi llanto escucho, pues en tanta confusión el que tiene más razón es el postrero que escucho. Cuando un acero se entrega a dos imanes, ¡ay Dios!, porque su violencia a dos le inclina, a ninguno llega; por darse a los dos, se niega; y en trance tan importuno respondiera solo a uno; mas si dos causas me inflaman el pecho, porque me llaman dos, no respondo a ninguno. (Sale MORGAN.) Dime, Flora, si eligió alguno tu voto. Sí. ¿Y a quién has nombrado? A mí. ¿Quién va desterrado? Yo. Escucha, Morgan, que a uno hice de mi voto empleo; que cuando nombrar deseo el uno, y me determino, al primero que me inclino, es al postrero que veo. Pero si atento al jüicio de mi voz el mundo está, en mis extremos verá que doy de mi honor indicio. Sea triste sacrificio un hijo al piadoso altar de un padre, porque al juzgar en tan grande confusión, será más noble elección agradecer que obligar. Carlos, Carlos, tú has de ser de mis brazos desterrado, tú, ciegamente entregado, de la villa has de salir. Yo voy contento a morir. Dame, madre, mil abrazos antes que tan breves lazos pueda la muerte romper, puesto que no me he de ver otra vez en estos brazos. Vamos, pues. A mi dolor ninguna desdicha iguala; ¿qué sentencia fuera mala, si trujo tanto rigor la sentencia en mi favor? ¡Oh, mal haya la importuna estrella, que sin ninguna piedad me influyó al nacer larga vida, para ser objeto de la fortuna! ¡Plega a Dios que en sus historias, Bredá, escriban mil naciones con tus ruinas sus blasones, con tu sangre sus vitorias! Cubra el olvido tus glorias, y si alabanzas deseas, postrados tus muros veas; corra sangriento el confín tu misma sangre, y al fin desierta campaña seas. ¡Esas azules banderas, que aspas queman en las luces del sol, con las rojas cruces entapicen sus esferas! ¡A tus mismas ansias mueras, siendo una venganza extraña fin desta infelice hazaña! Y porque todo lo tengas, ¡plega a los cielos que vengas, Bredá, a ser del rey de España! (Vanse.) (Sale el PRÍNCIPE DE POLONIA y ESPÍNOLA, y todos los que pudieren acompañándolos, atabales y trompetas, y al cabo chirimías, cuando salgan el de Polonia y ESPÍNOLA.) Venga tu Alteza, ¡oh Príncipe excelente!, cuya vida felice, cuyo Estado en quieta paz, en dulce unión se aumente a lo voraz del tiempo reservado. Venga tu Alteza venturosamente en alas de su fama celebrado, desde el dosel de su templada corte a los helados piélagos del norte. Aquí su fama vivían segura las edades del pájaro fenicio, que en llamas de su amor, en lumbre pura, a su misma deidad es sacrificio de aquel que se labró la sepultura y cuna se labró, dándose indicio de inmortal, viendo que es prodigio humano, ascua y ceniza, pájaro y gusano. Que yo, con verme a tus divinas plantas, dueño me juzgaré de las estrellas, sin prevenir la indignación de cuantas tristes influyen, predominan bellas; que si a tan alta esfera me levantas, ¿qué oposición podrán hacerme aquellas sustitutas del sol, que en su porfía son mariposas de la luz del día? Vivas, ¡oh Ambrosio!, cuyo brazo fuerte es repetido Marte en la campaña, dando al mundo terror, miedo a la muerte, a Génova opinión y honor a España, vivas la edad del sol, en quien se advierte un fénix celestial, que en rayos baña las plumas, con que nueva vida adquiere, pues nace en vós cuando en otros müere. Que yo, después de haberte conocido, ni glorias más ni más honor deseo; que en tu presencia solo he conocido más triunfos que imperios mil poseo. ¡Felice patria aquella que ha tenido siempre tan celebrado su trofeo! ¡Felice por sus hijos su decoro! [Aparte.] Y más felice por su plata y oro. ¿Quién es aquel prudente, aquel famoso a quien la fama superior confiesa a Trajano valiente y vitorioso, en cuyos hombros dignamente pesa el imperio español, el valeroso don Gonzalo de Córdoba? El que besa tus plantas, al favor agradecido, soberbio ya de haberle merecido. ¡Vive Dios, don Gonzalo, si tuviera un vasallo mi imperio, que segundo a vuestro invicto abuelo conociera, como en vós reconoce, con profundo valor y ánimo heroico, no estuviera reservada a mi imperio en todo el mundo parte, desde la India a la Noruega, donde se ofrece el sol, donde se niega! ¿Y en qué estado, Marqués, está la fuerza? ¿No se rinde la villa? Es imposible que se pueda ganar jamás por fuerza; que es su muro, señor, inacesible. Mas no será posible que se tuerza, mi pretensión altiva y invencible; pues ha de ser de España, ¡vive el cielo!, o mi sepulcro este flamenco suelo. ¿Y qué nuevas de dentro habéis tenido? Vuestra Alteza advirtió como soldado, algunos que rindiéndose han venido, buenos principios de la entrega han dado. Bastante indicio de su hambre ha sido haber niños y viejos desterrado; pero al salir, yo les salí al encuentro, hice otra vez que se volvieran dentro; que, teniendo en el río la estacada, imposible es socorro por la tierra. No tengo ya que recelarme en nada, pues ellos mismos se han de hacer la guerra. Mientras la gente es más que está sitiada, más la vitoria en mi esperanza cierra; ni las asalto ni combato el muro, que estoy con más contrario más seguro. No vi en mi vida tal razón de Estado. Descanse agora un poco Vuestra Alteza; saldrá después, donde con más cuidado los cuarteles verá y su fortaleza; y de todos sus puestos informado podrá advertirme con la sutileza de su ingenio, porque con alta gloria todos tengamos parte en la vitoria. Vuestra Alteza descanse: Señor conde de Salazar, Vueseñoría puede al Príncipe asistir. Bien corresponde a mi cuidado el cargo que concede Vuexcelencia, señor. Yo voy a donde ordene los cuarteles, porque quede admirado de ver grandeza extraña. El mayor rey del mundo es el de España. (Sale el SARGENTO mayor.) El Sargento mayor hablarte quiere. Vengo a que Vuestra Alteza me dé el nombre. ¿Qué nombre os he de dar? El Marqués quiere que Vuestra Alteza, y esto no le asombre, gobierne todo el tiempo que estuviere en su ejército. Digno de renombre es el Marqués, decilde que yo debo esta lisonja; mas que no me atrevo a suplir la prudente fortaleza de su ingenio, y es fuerza divertirme de peso que oprimió tanta grandeza. Orden expresa tengo de no irme hasta que lleve el orden de tu Alteza. Pues no puedo a sus cargos eximirme es bien que a obedecerle me anticipe. Llegad, Sargento. El nombre es San Felipe. ¡Por cuántos modos tiene lisonjeros, aunque corteses, la lisonja entrada! ¡Qué bien España hospeda forasteros! (Disparan.) Y aun es en hospedarlos desgraciada. ¿Qué salva es esta agora, caballeros? La vïanda, que pasa aderezada donde te está esperando. ¡Oh españoles, de cortesía y de milicia soles! (Vanse.) (Quédanse DON VICENTE y DON FADRIQUE y LADRÓN.) Con la libertad que ofrecen las treguas al bronce dadas, las murallas coronadas de hermosas damas parecen. Vámonos llegando al muro, donde todos los soldados, galanes y enamorados, se acercan con el seguro que tanta quietud consiente. Dos damas hermosas vi hacia esta parte. Y aquí advierta el piadoso oyente que esto desta suerte pasa, cuando la guerra está quieta, y que no pone el poeta la impropiedad de su casa. (Salen a la muralla FLORA y LAURA apartadas.) Yo vengo en esta ocasión a la muralla, por ver a quien he de agradecer aquella pasada acción de haberme vuelto a mi hijo a mis brazos. Y yo vengo por ver si en algo entretengo el dolor en que me aflijo. Llegaos vós a aquella parte, que en esta me quedo yo. Mil veces el cielo vio juntos a Venus y a Marte; y así no es notable error que hagan unión tan segura el rigor con la hermosura, la guerra con el amor. Los que le fingen valiente, para que el nombre le cuadre, le dan a Marte por padre, que su orgullo no consiente ser hijo de un vil herrero. Vós no debéis de saber las leyes que ha de tener por precepto el caballero que aquí se fingiere amante. Sí sé. ¿Soïs español? Sí. ¿En qué lo visteis? Lo vi en que sois tan arrogante. No queréis ignorar nada, todo a su brío lo fía la española bizarría, con presunción confïada. Aunque os habéis engañado, ¿quién argüiros podrá? Cuando vuestro ingenio está aquí tan sutilizado, que la agudeza que escucho no es muy grande. ¿En qué lo veis, soldado? En que no coméis, y el hambre adelgaza mucho; tanto, que es obligación que cualquiera sea discreta. ¿Y por qué? Porque en la dieta tenéis voto y opinión. Con el hambre a veces lucho, que vós no sufrierais quedo. ¿En qué lo veis? En el miedo, que el miedo acredita mucho las cosas, y se os hiciera mucho mayor de lo que es. [Aparte.] Mas, alma, ¿qué es lo que ves? ¡Ay pena celosa y fiera! Con Laura está el caballero que a mí la vida me dio. No fui tan dichosa yo, entre amor y celos muero. ¿Cómo os llamáis? Don Fadrique de Bazán me llamo. [Aparte.]  ¡Ay Dios! No sois el fingido vós, con lo imposible me engaño: ¿cómo sabré si es aquel don Vicente Pimentel? [Aparte.]  O finge a la vista engaño la muralla desde aquí, o aquella la dama es a quien piadoso y cortés vida en los casares di. ¿Cómo la pudiera hablar? [Aparte.]  (Yo no puedo sufrir, ¡cielos!, a mis ojos tantos celos. Trocaré a Laura el lugar.) ¡Ah Laura! ¿Queréis feriarme ese lugar por el mío? Que de cierto desvarío pretendo así asegurarme. Sí. Dad licencia, que os doy la palabra de volver. [Aparte.]  Así pretendo saber si es aquel. Como quien soy que no he visto, don Vicente, mujer en toda mi vida tan cortés, tan entendida, tan hermosa y tan prudente. Troquemos lugar  [Aparte.]  (Así le obligaré que me dé el que deseo); porque gocéis de su ingenio aquí un rato. (Truécanse todos.) De buena gana, y aun la dama y todo os diera, porque esta es muy bachillera, muy presumida y muy vana. Faltándoos dama tan bella, diréis gallardo español que en el ausencia del sol os ha salido una estrella. No diré, pues advertido en engaño tan confuso, sol, que una vez se me puso, otra vez me ha amanecido. [Aparte.] ¡Ay de mí! En vano procura amor nuevas glorias ya con mudarse, que no está en el lugar la ventura. Mil deseos que en mí están luchando por conoceros, me traen, caballero, a veros. Don Fadrique de Bazán os dije que me llamaba, y aquesto os vuelvo a decir, que no tengo de mentir. Pues, ¿qué causa os obligaba a mudaros? La que a vós. Siempre los discursos van a su principio, si están en un pensamiento dos. ¿Y qué es vuestro pensamiento en las mudanzas que hacéis? Sin duda fantasmas veis con el desvanecimiento. Si os tengo de responder, llegaos más, porque os entienda. ¿Llegarme? ¡Dios me defienda! Que eso es lo que no he de hacer. Pues parlar no será justo, que a mí dar voces me cueste. Sí, que estáis llenas de peste, aunque es peste de buen gusto. En mí aquesos accidentes no se dejan conocer. No, que si no hay que comer, no echareis menos los dientes. Pero confesadme a mí si el amor la causa fue desta mudanza. No sé cómo deciros que sí. Hambre y amor imagino en este instante, ¡por Dios!, que debéis de ser las dos damas de hijos de vecinos. ¿Por qué? Las más celebradas, en necedades tan ciertas, siempre las veo muy muertas de hambre y muy enamoradas. Pero ¿qué ruido es aquel, de cajas y de trompetas? (Tocan cajas.) El príncipe de Polonia, que ya sale de la tienda a visitar los cuarteles. Dadnos, señoras, licencia. ¿Volveréis a vernos? Sí. ¿A qué horas? A cualquiera, si no es a la del comer, porque no conocen esta. Yo vendré. Pues no os mudéis otra vez, por vida vuestra; que el mudarse a mí me toca por ser mujer. Norabuena, firme seré. Yo también. ¡Quién a vuestro campo fuera a ver la fiesta! A comer, diréis mejor; pero vengan con sola una condición. ¿Cuál es? Que en una talega traigan toda su comida; bien cabrá, aunque sea pequeña, porque no nos quedan menos enemigos en la fuerza. (Quítanse del muro, y salen tocando chirimías el PRÍNCIPE [DE] POLONIA y ESPÍNOLA con acompañamiento.) Esta, Príncipe excelente, es Bredá invencible, esta es del rebelde enemigo la más importante fuerza. Yace en los Países Bajos, donde los confines cierran de Batavia, de Celandia y Brabante; bien lo muestra el río, que decir Marche en flamenco idioma suena lo que término o confín en la castellana lengua. Está en altura del polo cerca del norte cincuenta y un grados, bien sus influjos destemplados aires muestran. Escritos en triangular, y sírvese por tres puertas, de Cinequen, de Valduque y de Amberes; hay en ellas diez soberbios baluartes que la guardan y defienden, de Masfelt y de Lamberto, Nasau, Mauricio, a quien llegan Norte, Holanda, Honoc, Locros, Bernebelt y Blanquenvega. Los tres están repartidos entre la gente francesa y valona; están a cargo de un coronel que sustenta toda esa máquina en peso, que es hombre de inteligencia, muy altivo y ingenioso, y que si por él no fuera se hubieran rendido, tanto los anima y los alienta; Morgan se llama, es inglés. Los otros tres los gobiernan, con gente de los países, Oteribe y Gris, y quedan cuatro al señor de Loqueren. Justino de Nasau muestra, gobernador de la villa, gran valor y gran prudencia. Tiene dentro un sumptuoso templo, donde se celebran. Predicar permite aquí que torpedad de la lengua, que mudo falte el acento, y quede la luz suspensa. Predicar, habiendo sido con piedad y reverencia, culto del mayor milagro que ha obrado la Omnipotencia, hoy a restaurar su templo negando a tantas ofensas. Tres fosos tiene en sus muros, que aquí distantes la cercan, y llena de fuego y agua, es centro de tres esferas. Fundada está sobre el mar, siendo sus ondas soberbias, aun a los rayos de Joven inexpugnable defensa; y con estar sobre el agua, a tanto el ingenio llega de su belicosa gente, nacida, en efeto, en tierra donde la escuela de Marte tiene por primera escuela, donde antes que hablar, aprenden a pelear, pues las primeras voces que escuchan naciendo, son las cajas y trompetas. A tanto llega, en efeto, su ingeniosa diligencia, que están minados de suerte, que si asaltarla quisiera, siendo posible ganarla por las armas, no lo fuera reducir a cantidad de números y de cuentas la gente que nos costara ganar un palmo de tierra. Es capaz, caso notable, de cien mil hombres de guerra; pues hoy, con haberse muerto de una grave pestilencia más de ochenta mil personas, quedan más de otras ochenta. Tiene mucho bastimento, y cuando no le tuvieran, esta es gente que en las calles cavan, cultivan y siembran; y aquí unas rústicas plantas son tan fértiles, que llevan en breves días el fruto, de que a veces se sustentan. Tienen siempre en abundancia para los caballos yerba; labran la pólvora dentro, de suerte, que no desean sino solo libertad; ¡quiera Dios que no la tengan! De fuera de la ciudad bien ha visto Vuestra Alteza los cuarteles; pero quiero, porque más noticia tenga, referirlos. Tiene el sitio, cosa en nuestros tiempos nueva, pues no le vieron mayor en los suyos Troya y Grecia. Tiene en torno treinta millas, que son castellanas leguas diez; y de suerte que dista, por la geometría hecha la demostración, del muro nuestro campo apenas media; que, aunque a dos y medio toca, y en rectitud no pudiera estar tan cerca; por eso en la figión se cuentan del diámetro las líneas con las puntas y las cuestas. Hízose el sitio tan grande, porque, estando en esta tierra tan pujante el enemigo, de ningún modo pudiera cercarlos. Y es la razón, yo lo he visto en la experiencia, si para una villa sola, que tiene apenas dos leguas de contorno, gasto diez para cercarla; diez, fueran por la multiplicación menester más de docientas. Y si diez, sesenta y cinco mil hombres tengo, no hubiera para las docientas gente en toda Europa. Bien hecha está la demostración, más de un desvelo me cuesta. Son las fortificaciones todas labradas a prueba de cañón, y los dividen tres gradüadas hileras, inferior y superior y mediana; de manera que pasean tres soldados a un mismo tiempo por ellas. En el valle de Ginequen, que es este, puse mi tienda, que es un portátil alcázar, y está del muro tan cerca, que ya he visto algunas veces entrar sus balas en ella. De mi cuartel a la espalda está un colegio y iglesia de los padres jesüitas, que hasta aquí su celo llega. Aquí con gran devoción los sacramentos frecuentan; que es bien acuda por armas el que por la fe pelea. Más abajo, algo inclinada hacia la mano derecha, guardada de artillería la frente está de banderas; son ciento y noventa, y luego empiezan a formar vuelta los tres tercios españoles, gente bizarra y experta. Don Juan Claros de Guzmán, ya se sabe su nobleza, don Francisco de Medina, don Juan Niño. Luego empiezan regimientos alemanes, y en una pequeña huerta el conde Juan de Nasau, que es su cabo, se aposenta. El barón de Barlanzón con los italianos cierra el primero fuerte real del oriente; mas afuera, el marqués de Barlanzón. Fue la causa que estuviera doblado aqueste cuartel, que a esta parte tuvo puesta Mauricio su gente; así, para mayor resistencia, se pusieron tres naciones por esta parte, que eran borgoñones y valones y los italianos. Esta es del príncipe de Orange, una quinta hermosa y bella; es casa de recreación suya, cuyas plantas besa el río; por aquí sale de la villa con más fuerza despeñado, y a este llaman el bosque de las cigüeñas. Aquí tengo yo una inclusa labrada para que vierta toda su corriente el río; porque estando el mar tan cerca, pudiera ser de algún daño cuando a dar tributo llega, corriendo del mediodía su caudalosa soberbia al setentrión. De aquí se ha cogido el agua llena de veneno, que en la villa, virtud de posibles yerbas, avenenaron el río, en cuyos hombros se asienta el segundo fuerte real. Luego, hasta el tercero, empiezan otra vez los alemanes, cuyo número a su cuenta tiene el marqués de Braibones, gente del país de afuera, y liegeles siguen luego, haciendo que les sucedan irlandeses, escoceses, y ingleses, con lo cual llega al fuerte real de Occidente, las fabricadas trincheas. El marqués de Belveder con más italianos muestra su poder aquí; y por ser el camino de Bruselas esta parte, no se ha puesto aquí tanta resistencia. Este es un brazo del río, y al término donde llega a incorporarse, está el puente de barcas de fuego. Estas son cada una un volcán, que por instantes revientan llamas, que entre fuego y humo opuestas al cielo vuelan. Tiénelas Pablo Ballón, y en el puente hay cuatro piezas; de modo que por el río es imposible que puedan meter socorro; que está debajo del agua hecha una estacada, porque ya vimos que es sutileza de ingenieros navegar barcas del agua cubiertas. Demás de todo, esta gente que está en los cuarteles, quedan veinte mil caballos fuertes, que en volante escuadrón llegan socorriendo a cualquiera parte, porque en ningún tiempo sea menester desamparar ninguna grandeza llega. Vuestra Alteza advierta esto, a que el ejército tenga de costa, que son por cuenta seis mil doblones. ¿Qué rey, sino el de España, pudiera sustentarlo? Esto, sin sueldos. ¿Qué más bien? ¿Qué más grandeza? No se ha visto en todo el mundo tanta milicia compuesta, convocada tanta gente, unida tanta nobleza; pues puedo decir no hay un soldado que no sea por la sangre y por las armas noble. ¿Qué más excelencia? ¿Qué mayor blasón de España? ¡Quieran los cielos que sean, para más honra de Dios, propagación de su Iglesia, alabanza de Filipo, honor suyo y gloria nuestra! Ya ¿qué tengo que mirar? Solo el rey de España reina, que todos cuantos imperios tiene el mundo son pequeños, sombra muerta a imitación desta superior grandeza. Admirado y dignamente, es bien que a Polonia vuelva donde tenga que envidiar tales vasallos, que emplean su valor tan altamente por rey, cuya vida sea, desmintiendo a lo mortal, como a su alabanza, eterna. (Vanse.) Jornada Tercera Salen JUSTINO y MORGAN. (Dentro.) ¡Ríndase la villa! Ciego de enojo y cólera voy. Rabiando de pena estoy, dando con los ojos fuego. ¡Vecinos, oíd! ¿Así el temor os sobresalta, que ánimo y valor os falta para resistiros? (Dentro.) Sí. ¿No es lo mismo el que llegó en su muerte a ser testigo, que le mate el enemigo que su mismo valor? No. (Sale FLORA.) No te canses que ya es mucha tu pretensión y tu muerte. ¿De qué modo? Desta suerte, si no lo sabes, escucha. Después, Justino, que la dura guerra pasó a Flandes, en tanto desconsuelo, que no solo prodigio fue a la tierra, sino también calamidad del cielo, -también aquel que en sus doseles yerra caracteres que imprime en azul velo, con que reparte al mundo de una suerte dádivas de la vida y de la muerte- tanto la voluntad se ve rendida al hambriento furor, al golpe fuerte, que duda entre las luces de la vida, que ignora entre las sombras de la muerte si asiste el alma a su porción unida, si falta desasida; y desta suerte, como a un tiempo dolor y horror recibe, ignora cuándo muere o cuándo vive. Cuál por las calles, ya tristes desiertos, con la voz en los labios temerosa, va tropezando entre los cuerpos muertos, por llegar a los brazos de su esposa; y allí, con los discursos más inciertos, se quiere despedir, duda y no osa, porque teme, al formarse la palabra, que el alma espera a que los labios abra. Cuál negándose al mísero sustento, que le concede una porción escasa, le lleva la mitad de su alimento al impedido padre, que en su casa camaleón se vive de su aliento, y a nueva vida con su vista pasa; y como la piedad duda y estima, una vez se desmaya y otra se anima. Cuál el cabello a su discurso deja cubrir la espada y enlazar el cuello; y siendo su fatiga quien la aqueja, piensa que es quien la ahoga su cabello, las manos tuerce y la sutil madeja crüel aparta, y cuando vuelve a vello, siendo lisonja de los aires vanos, llora, y vuelve a torcer las blancas manos. Cuál, pues, al corrïente de ese río llega a templar la desigual congoja; bébese el mar, y viendo el centro frío otra vez, otra vez el labio moja. ¡Qué fácilmente engaña el albedrío! Templa la sed y el hambre le acongoja, que el natural deseo de la vida agua le da, aunque alimento pida. ¿Cuántos, de esa montaña despeñados, a su misma pasión vimos rendidos? ¿Cuántos, a su furor precipitados, pendientes de un cordel, de un hierro heridos, de mortales venenos ayudados, de prolijos peñascos oprimidos? Y, al fin, es en tormentos tan esquivos, Bredá un sepulcro que nos guarda vivos. Pues ¿qué alivio tenemos, qué esperanza, si a nuestra muerte hemos de ser testigos, y para dar a España más venganza, somos nuestros mayores enemigos? ¿Qué favor, qué socorro, qué mudanza enmienda podrá ser a sus castigos, si, cuando tantas penas padecemos, nosotros a nosotros nos vencemos? ¿Qué minas brotan de arrogancia llenas? ¿Qué encuentro padecemos fuerte y duro? ¿Qué asalto nos derriba las almenas? ¿Qué artillería nos fatiga el muro? Nosotros nos labramos nuestras penas, nosotros les hacemos más seguro el triunfo. Pues ¿qué hacemos, qué esperamos? Átropos somos, nuestra vida hilamos. Ya Enrique de Nasau se ha retirado, imposible el socorro me parece, por agua y tierra el paso está tomado, mengua el valor y la desdicha crece. Esa nueva moneda que has labrado, ¿qué importa, si la plata no me ofrece interés y ella misma es infelice? «Bredá sitiada por España» dice. ¿No es furor que se mate quien no espera a que le mate el hambre dura y fuerte? Luego es furor también de esa manera, porque no me la den, darme la muerte. Entre del español la furia fiera, venza, triunfe y castigue de una suerte; porque es furor, aunque el vivir dilate, matarme yo, porque otro no me mate. Madama, todo el rigor veo, sufro, siento y lloro; mas de la muerte no ignoro que será muerte mejor a las manos del valor, que no a las del enemigo, y así estos discursos sigo; pero si no puede más la humana fuerza, hoy verás que a satisfacer me obligo tantas quejas. No pretendo para la esperanza mía de término más de un día; porque en este solo entiendo que Enrique entrará rompiendo el sitio que no ha podido, que ya la gente ha venido de Marfil. Y siendo vana esta esperanza, mañana nos daremos a partido. Suframos hoy, que yo estoy satisfecho que vendrá, y que el socorro entrará en la villa. (Dentro.) Solo hoy damos de término. (Sale LAURA.) Soy contento. Las voces mías penetren las celosías de diamante y de zafir, pues no podemos vivir sino solos once días. ¿Qué es esto, Laura? Han contado el sustento que tenemos en la villa y no podemos con tanto límite dado vivir, ¡qué infelice estado!, sino once días. Pedir que nos vamos a rendir al campo; que no hay ninguna triste o mísera fortuna que no la enmiende el vivir. ¿Es Bredá acaso Numancia? ¿Pretende tan necia gloria? ¿Será la primer vitoria, ni la de más importancia? No es pérdida, que es ganancia la guerra; pues ¿qué esperamos? ¿Por qué no nos entregamos? Que no hay libertad perdida que importe más que la vida. Vamos a rendirnos. Vamos. (Disparan y salen LADRÓN, ESPÍNOLA, DON VICENTE, DON GONZALO y DON FRANCISCO DE MEDINA.) ¡Jesús mil veces! ¿Así? Señor, Vuexcelencia pone en tanto riesgo su vida. ¿Qué alabanzas, qué blasones podrán ser satisfaciones a una desdicha tan noble, aunque España con su muerte el mundo a sus plantas postre? Perdóneme Vuexcelencia, que ha sido grande desorden, y aun es desesperación de su vida. O me perdone o no me perdone a mí, juro a Dios, aunque se enoje, que fue grande necedad llegar divertido a donde pudieron con una bala, que el viento encendido rompe, quitar el freno al caballo que bañado en sangre corre. Señor don Gonzalo, andaba dando en los cuarteles orden para esperar la ocasión que hoy Enrique nos propone; que el socorro que ha venido de Masfelt, y otros señores de Flandes, le da esperanza para que sus presumpciones piensen entrar en Bredá, para cuyo efeto pone en la campaña docientos carros y treinta mil hombres. En aquesto andaba, cuando corrió los vientos veloces un rayo, que lumbre y trueno puso entre el plomo y el bronce. Quitome el freno al caballo, mas si no me alcanzó el golpe, lo mismo fuera haber dado en Toledo. [Aparte.]  Esas razones dije, cuando entró la bala en la tienda, y desde entonces se acuerda dellas. ¡Por Dios, que no olvida lo que oye! (Sale DON FADRIQUE.) Ya Enrique se va llegando. ¿No escuchas las dulces voces de las cajas y trompetas? ¿No ves azules pendones que, a imitación de las nubes, ufanos al sol se oponen? ¿Pues ves toda aquesa gente, que en formados escuadrones hace una selva de plumas en variedad de colores? Pues en viéndonos la cara, plega a Dios que no se tornen, como otras veces lo han hecho. Ya de más cerca se oyen las cajas. Pues los cuarteles esperen a ver por dónde nos embiste, y los demás tercios, puestos y naciones, no desamparen los suyos; que el volante escuadrón corre a todas partes, y hoy espero que el cuello dome a esta herética arrogancia, religión dañada y torpe. Pues hoy en cualquier suceso, que deste encuentro se note, tengo de entrar en Bredá, postrando a mis plantas nobles la oposición de sus muros, la eminencia de sus torres. Si es bueno el intento nuestro, porque ya sus presumpciones quedarán desengañadas, y no hay poder que no estorbe. Si es malo, porque con él nueva esperanza no cobre, y vean tantas rüinas sangrientas ejecuciones. Vueseñoría, señor don Gonzalo, a cargo tome en este cuartel de España el gobierno; y pues conoce su cólera, cuando vea que no pelean, reporte su arrogancia, porque temo que colérico se arroje en viendo en otro cuartel trabados los escuadrones. (Vase.)  ¡Oh, si llegara por este puesto de los españoles Enrique, qué alegre día fuera a nuestras intenciones! No somos tan venturosos, que esa dicha, señor, logre. Yo apostaré que va a dar allá con esos flinflones, con quien se entienda mejor, que dicen, cuando nos oyen «Santïago, cierra España», que aunque a Santiago conocen y saben que es patrón nuestro, y un apóstol de los doce, el «cierra España» es el diablo, y que llamamos conformes a los diablos y a los santos, y que a todos nos socorren. Si en el camino de Amberes vino marchando, se pone frente de los italianos. Ya parece que se rompen los campos. ¡Cuerpo de Cristo! ¡Que de aquesta ocasión gocen los italianos y estemos viéndolos los españoles sin pelear! La obediencia es la que en la guerra pone mayor prisión a un soldado, más alabanza y más nombre que conquistar animoso, le da el resistirse dócil. Pues si no fuera más gloria la obediencia, ¿qué prisiones bastaran a detenernos? (Tocan.) Con todo eso, no me enojen estos señores flamencos; que si los tercios se rompen, tengo de pelear hoy aunque mañana me ahorquen. ¡Qué igualmente que se ofenden! (Tocan.) ¡Y qué bien suenan las voces de las cajas y trompetas a los compases del bronce! ¡Viven los cielos, que han roto el cuartel de los valones! (Tocan.) Ya llega a los italianos. ¡Que a tanto me obligue el orden de la obediencia, que esté, cuando tal rumor se oye, con el acero en la vaina! ¡Que digan que estando un hombre quedo, más que peleando, cumple sus obligaciones! Ya roto y desbaratado el cuartel se ve. ¿No oyes las voces? ¡Por Dios que pienso que entre en la villa esta noche! ¿Cómo en la villa? ¿En la villa? La obediencia me perdone, que no ha de entrar. Embistamos, que se enoje o no se enoje el General. Caballeros, piérdase todo y el orden no se rompa. No se falta a nuestras obligaciones, que en ocasiones forzosas no se rompe, aunque se rompe. Pero atentos a la acción que intenta atrevido un hombre, mudo el viento se detiene, y el sol se ha parado inmóvil. ¿No ves al mayor sargento italiano, que se opone al ejército de Enrique, y animando con sus voces toda la gente, detiene el paso a los escuadrones del enemigo? Esta acción ha de darte eterno nombre, Carlos Roma, y dignamente mereces que el Rey te honre con cargos, con encomiendas, con puestos y con blasones. ¡Con la espada y la rodela furioso los campos rompe y a su imitación se animan los italianos! ¡Que gocen ellos la gloria y nosotros lo veamos! Aquí es noble la envidia, y aun la alabanza; que España, que en más acciones se ha mirado vitoriosa, no es razón que quite el nombre a Italia de la vitoria, si ellos son los vencedores. Desbaratados y rotos miden los vientos veloces los flamencos, ya queda por suyo el honor; coronen su frente altivos laureles, y en mil láminas de bronce eternos vivan, tocando hoy los extremos del orbe. (Tocan, dase la batalla y sale ENRICO.) Yo pienso que el mismo Marte mis campos destruye y rompe cada vez, ¡cielos!, que veo un bello, un gallardo joven que, ministro de la Parca, tiene obediente a su estoque en cada amago una vida, y una muerte cada golpe. Aquel valiente italiano, que con la rodela sobre las armas, bello y valiente, era Marte, siendo Adonis, ¡ha quién supiera quién es! ¡Cielos, que tanto aficione el valor, que el enemigo le confiesa y le conoce! Sí, estos brazos mereciste, vuélvanse mis escuadrones desesperados de entrar en Bredá, y no provoquen las cajas, y a retirarnos nos llamen, Bredá dé orden de entregarse; que imposibles son ya todos mis favores. Entréguense infamemente que yo voy corrido donde mi desdicha y su venganza, mi muerte o su afrenta llore. (Vase y sale ESPÍNOLA, y todos con él.) Ya Enrique se ha retirado, desesperado de dar el socorro. Si a llegar hoy, en los de Italia ha hallado tal resistencia, ¿qué mucho que se vuelva, pues bastaba, donde su valor estaba, para defenderse? [Aparte.]  Esto escucho. Carlos Roma valeroso al peligro se arrojó, dignamente mereció nombre inmortal y glorioso. Su Majestad premiará, porque su valor entienda el pecho de una encomienda, que tan merecida está, puesto que los italianos en esta facción han sido solos los que han conseguido tantos triunfos soberanos. (Ruido dentro.) Gran novedad es aquesta que la vista maravilla. Fuegos hacen en la villa. Fácil está la respuesta, sin duda quieren quemarse los herejes. No será la primera vez; que ya lo hemos visto, por no darse. (Sale MEDINA con una espía de villano.) Esta es una oculta espía que disfrazado venía, señor; él podrá decir deste fuego el fundamento. ¿Quién eres? Un labrador. Este es espía, señor, mejor lo dirá el tormento. ¿Dónde en este traje vas? Pues tan desdichado fui, que luego en tus manos di, de mí el intento sabrás. Resuelto y determinado, siendo una encubierta espía dije a Enrique que entraría en la villa. ¿Cómo? A nado. Por eso cartas no entrego. ¿Y qué habías de decir? Que se traten de rendir con buenos partidos luego, porque ya el conde Mauricio ha muerto, y él ha quedado ajeno y desesperado de ayudarles. Bien da indicio desto el fuego, pues así dicen que no hay qué comer, y no pueden defender más la fortaleza. A mí decir la verdad me abone. En fin. ¿Mauricio murió? El primero es que me ahorró de decir: ¡Dios te perdone! ¡Hola!, este hombre esté preso. Allí una blanca bandera, con los vientos lisonjera, está en la muralla. Eso es señal de paz. Lleguemos al muro, que desde allí habla un hombre, y desde aquí me parece que le oiremos. Algún contento imagino. (MORGAN al muro.) Soldados, ¿está el Marqués donde me escuche? Sí. Pues estame atento. Justino de Nasau, gobernador de Bredá, quiere entregar la fuerza, como acetar quiera el piadoso valor tuyo un lícito partido. Y para que efeto tenga, Enrique de Vergas venga aquí a tratarlo, que ha sido la causa de no salir el estar malo en la cama. Hoy es dichosa mi fama, Bredá se quiere rendir. ¿Qué partido pedirá que no sea fácil? Ladrón, llamadme sin dilación al conde Enrique, que ya se entrega Bredá. Diréis a Justino que me pesa de su enfermedad y que esa convenencia que os hacéis acetaré, como sea tal que a todos esté bien. Pues, invicto Ambrosio, ¿quién otro suceso desea? Dese la villa y quedemos señores della, y vencidos o entregados, los partidos que pidieren, acetar. Sí, porque no importan más del mundo los intereses, que haber estado dos meses sobre este sitio y jamás el ser liberales fue desmérito. Así se vea que es, lo que aquí se desea, que esta fortaleza esté por España. Para esto tanto tiempo hemos estado, tanta hacienda se ha gastado, y tantas vidas se han puesto a peligro; pues advierte agora, ¿qué condición de más consideración no podrá ser que una muerte? El Conde está aquí. (Sale el de VERGAS.) ¿Qué habrá, señor, que advertirle a quien alcanza y sabe también lo que debe hacerse? Ya se quiere rendir la villa, Vueseñoría ha de entrar dentro a parlamentear. Y puesto que ella se humilla, no hay que apretar demasiado, que mayor nobleza ha sido tener lástima al vencido que verle desestimado con arrogancia. Yo iré y advertiré sus razones, veré sus proposiciones y sus partidos oiré, sin dejar efetuado ninguno, volveré a dar cuenta y para confirmar lo que quedare tratado, se nombrarán diputados de ambas partes para el día señalado. Useñoría lleve por acompañado al marqués de Barlanzón. Con ese no más iré muy honrado. Yo entraré con sola una condición, que escondan al artillero que la pieza disparó, pues a conocerle yo, he de matarle primero que hablar nada. ¿Y qué seguro nos dan? ¿Qué seguridad más que su necesidad? No hay que temer. ¡Ha del muro! ¿Qué es lo que mandas? Ya aquí está el Conde. Brevemente echa el rastrillo y el puente en un punto, porque así siempre el fuerte esté cerrado. Los dos habemos de entrar. (Cae el puente.) Estos andan por quebrar la pierna que me ha quedado. Yo espero entrar allá presto. Pero ¿quién causa este ruido? (Dentro.) No queremos que a partido se dé la villa. ¿Qué es esto? Parece que amotinado el ejército no quiere los partidos. Pues no altero mi intento, en esto acertado. Mas yo sabré con prudencia obligarlos, recorriendo los cuarteles y pidiendo su voto y su convenencia. Este de tudescos es. Tudescos, Bredá se ofrece a partido; ¿qué os parece? ¿Que le acetemos? (Dentro.) Después que vimos el inhumano rigor del helado invierno y sufrimos el eterno fuego del crüel verano, no es bien que partidos quieran. Estos son valones. Ya valones, quiere Bredá entregarse. (Dentro.) Cuando esperan los soldados aliviar los trabajos padecidos, con el saco entretenidos, ¿quieres se vengan a dar para librarse? Es en vano que pierdan sus intereses. Agresores escoceses, y ingleses, hoy os allano mi tienda, en ella podéis vuestra codicia aplacar. Si Bredá se quiere dar, su desinio no estorbéis. (Dentro.) Hemos padecido mucho, y es muy poco interés cuanto puedes darnos tú. ¡Que tanto os mueva! ¿qué es lo que escucho? Que si todos van así, no tendrá efeto el intento. Así remediarlo intento: oíd, españoles. Di. Para una empresa tan alta como el fin desta vitoria, para conseguir su gloria solo vuestro voto falta. ¿Qué respondéis? (Dentro.) Que se dé, con partido o sin partido, como quede conseguido nuestro intento, y es que esté por el Rey. Y si no quieren pasar esotras naciones por pactos ni condiciones, españoles se prefieren a dar al Rey el dinero, joyas, vestidos y cuanto tuvieren, porque con tanto oro, que es un reino entero, su codicia esté pagada, nuestra gloria conseguida, dando la hacienda y la vida tan dignamente empleada, al Rey, pues mayor hazaña es que no manche en tal gloria con la sangre la vitoria, y sea Bredá de España. Quede Bredá por el Rey, y aceta la condición. Todos a su imitación convienen, por justa ley, en las entregas, corridos de verles tan liberales. ¡Oh españoles! ¡Oh leales vasallos! ¡Cuanto atrevidos, para la guerra sujetos, para la paz obedientes, cuanto sujetos valientes, y en todo extremo perfetos! De la gentilidad dudo que por Dios hubiesen dado altares a Marte armado, y no a un español desnudo. (Vanse, y salen JUSTINO, VERGAS, MORGAN y BARLANZÓN.) Vueseñoría, señor, sea bien venido. Deme Vueseñoría los brazos, y diga ¿cómo se siente? No estoy bueno, mas ¿qué mucho no tenga salud, si este término me pone hoy poco menos que a la muerte? Mucho ha sentido el Marqués, Justino, vuestro accidente de poca salud. Las manos al Marqués beso mil veces. Ya bastan las cortesías. Vueseñorías se sienten, sepamos a qué venimos. Aunque no traigo poderes del Marqués para firmar el concierto, como quede convenido entre nosotros, después diputados pueden de entrambas partes nombrarse para que lo que concierten, capitulado se firme. Pues yo traigo escrito este memorial de condiciones. Veamos, pues. (Dos criados le lleguen.)  Este bufete llegad y dejadnos solos. Dice así: «Primeramente se dé perdón general a cuantos hoy Bredá tiene en forma amplísima». Es justo que, pues que se rinden, queden perdonados. Adelante, que el perdón se les concede. Escribamos dos a un tiempo, para que un traslado quede en Bredá para resguardo, y el otro al Marqués se lleve. «La segunda condición es que todos los burgueses puedan quedar en la villa, y en dos años resolverse si quieren su domicilio, y que, si no le quisieren, puedan al fin de dos años llevar o vender sus bienes, y que, si quisieren irse al presente, libremente lo puedan hacer, según que mejor les estuviere: que los que quedaren, vivan en su religión». No tiene que leer más Vueseñoría, que hay muchos inconvenientes. Que los burgueses, vecinos es lo mismo, en Bredá queden, que se vayan y dos años tengan para resolverse, está bien. ¿Qué nos importa que se vayan o se queden? Pero llevar sus haciendas, ¿cómo puede concederse, si es dejar pobre la villa? Sí, pero los que tuvieren hacienda en ella, jamás se irán, porque ellos no pueden llevar las casas y campos. Y los tratantes que tienen en los muebles las haciendas, ¿no podrán llevar los muebles? Si de burgueses tratamos, ¿qué importan los mercaderes? Fuera de que los partidos, que en esto se les hiciere, les harán irse o quedarse. En esto he de resolverme. Escriban: «que los vecinos puedan salir al presente o en dos años, y llevar o vender todos sus bienes». Que en toda esta condición he llegado a concederles, porque en esotra ha de ser todo lo que yo quisiere. Vivir en su religión nadie quitárselo puede, pero con tales partidos, que ha de ser ocultamente, sin escándalo ninguno; porque de ninguna suerte han de tener señalado lugar donde se celebren su predicación ni ritos, ni enterrarse donde hubiere poblado, ni ha de quedar un dogmatista que llegue a informarlos en su seta, que todos encontinente han de salir de la villa. Rigor demasiado es ese. Pues rigor o no rigor demasiado o lo que fuere, no se ha de quedar un tilde del capítulo. Pues cesen estas capitulaciones. Ya han cesado. Morgan, vuelve a echar el puente. Marqués, deténganse. Echen el puente, salgamos presto de aquí, o juro a Cristo que eche por encima de esos muros casa, sillas y bufete. ¿Estanse muriendo de hambre y quieren hacerse fuertes? Cuando de hambre muramos, no nos espanta la muerte, que sabremos poner fuego a la villa, y que nos queme antes que vernos rendidos. No espanta el fuego a un hereje. ¿En qué quedamos? En esto. En las fortunas crüeles, cuando eres vencido sufre, y súfranse cuando vences. Vuelve a escribir. Y yo vuelvo. Pero el capítulo es este: «Que en su religión cualquiera pueda vivir quietamente, y que para los vecinos que en su religión murieren, se les señale apartado un jardín donde se entierren. (Va escribiendo BARLANZÓN.)   Que salgan los dogmatistas de la villa brevemente, sin que en ella quede uno tan solo, pena de muerte». Ya está. Antes que pasemos, ¿qué imposiciones o leyes han de tener los vecinos? Las que han tenido otras veces. Vean lo capitulado con los de Brabante, y queden con todas las exenciones que los brabanzones tienen, que yo no inovo partidos. Mas también, como ellos, deben recibir a los soldados que de guarnición pusieren Su Majestad, y se avengan con ellos conformemente. Escríbase así: estos son vecinos. Los mercaderes y tratantes, ¿cómo quedan? Como antes se estaban queden, solo que para salir a tratar afuera, lleven pasaporte del que aquí por gobernador hubiere, y con este pasaporte registrados, salgan y entren a tratar y contratar cuanto se les ofreciere. Ahora digo que en tal tiempo los tesoreros no deben dar cuentas, y los ministros que fïel y rectamente han servido al magistrado, comprehendidos se confiesen en el perdón general. Pues ellos, ¿qué culpa tienen en haber servido bien si así cumplen lo que deben? Que se entiendan los ministros del modo que los burgueses. Solo, que no nos den cuenta los tesoreros, nos tiene dudosos. Aquesto es dinero, no miremos intereses, no den cuentas, adelante. ¿Y de qué modo la gente de guerra saldrá? Porque no saliendo honrosamente, no saldrán. Señor, de aqueso todo cuanto ellos quisieren. Honrar al vencido es una acción que dignamente el que es noble vencedor, al que es vencido le debe. Ser vencido no es afrenta, luego no fuera prudente acuerdo que no salieran honrados. Sus armas lleven, sus cajas y sus banderas. Mientras más lucidos fueren, será mayor la vitoria, porque esto se les concede a oficiales y a ingenieros, y los demás dependientes de los ejércitos, saquen sus familias y sus bienes. Solo así por la señal de ser vencidos, no lleven cuerdas caladas ni balas, sino en la boca. Más debe honrarse al vencido, ya que a esto nos trujo la suerte. Pues esta, ¿no es harta honra, y mucha más que merecen? Merecen mucho. Es verdad. Y si no sacan, por ese desprecio, la artillería, no saldrán. Pues que se queden con hambre y sed. [Aparte.] En mi vida vi flamenco tan valiente. Pues quedemos a morir. Aun bien, que no habrá que hacerles las honras. A Useñorías les suplico que se sienten. Escriba que saquen armas y artillería. Ya es ese mucho pedir. «Cuatro piezas saquen y dos morteretes, como no sean las cuatro de doce, que Bredá tiene con armas de Carlos Quinto, que este Emperador valiente las dejó a esta villa, y él las hizo labrar, y cesen las contiendas». Ya está escrito. En este castillo tiene el gran príncipe de Orange guardados algunos muebles. Que se saquen, para esto se dan de plazo seis meses. Algunos soldados hay que por dos inconvenientes no pueden salir: son deudas y enfermedad. Los que deben, hagan una obligación de pagarlas llanamente, y salgan. ¿Obligación? Eso es lo que ellos se quieren. ¡Qué puntuales serán! Yo apuesto que eternamente, por su obligación, aquestos soldados son los que deben. «Los enfermos, en sanando, salgan, y aquellos que hubieren estado dos años, puedan vender dentro de dos meses sus haciendas y salir, y los presos que estuvieren de ambas partes queden libres». Muy igual partido es ese. ¿Hay más capítulos? No. Esto queda desta suerte. ¿Y cuándo se han de entregar? Saldremos a seis de aqueste mes de turno. Bien está. Cada uno su papel lleve. Nombraranse diputados, con órdenes y poderes, si las capitulaciones agradaren. Me parece muy bien. ¡Qué hermosa es la villa! Una cosa solamente le faltaba, pero ya perfeta en todo se ofrece. ¿Y qué era, alemán? Flamenco, tener el dueño que tiene. (Vanse, y salen ESPÍNOLA y soldados.) Señor don Francisco, ¿cómo Su Alteza ha quedado? Tiene la salud que deseamos y que su virtud merece. Alegrose con la nueva, y dice, señor, que quiere oír la primera misa que en la villa se celebre, y que la diga su Obispo día del Corpus, con solene fiesta. Pues no se derriben las trincheas y cuarteles, que al fin se holgará de verlo. De la muralla parece que se descuelga otra vez aquel levadizo puente. Y ya el conde Enrique sale. Vueseñoría mil veces sea, señor, bien venido. Todo su concierto es ese, Vueseñoría le repase, y mire qué le parece. Señor don Gonzalo, en todo estimo sus pareceres. ¡Oh qué celebrado día! Bien el ejército tiene soldados de treinta años de milicia, que no pueden contar lo que yo he llegado a ver en tiempo tan breve. Todo aquesto está muy bien. No hay sino que al punto lleguen a rendirse. Ya Bredá es del rey de España, y ¡plegue al cielo que el mundo sea su trofeo eternamente! Al Rey mi señor le lleve quien le diga que a sus pies quisiera humilde ponerle cuanto el sol desde su esfera ilumina, sin que deje de asistir a sus imperios, temidos dichosamente, desde la aurora de flores hasta las sombras de nieve, que Bredá, una villa humilde, trofeo a sus plantas breve se conoce, y que reciba el deseo, si es que tiene que agradecer el deseo a quien en su nombre vence, y más quien, para defensa en sus ejércitos, tiene los Córdobas y Guzmanes, Velascos y Pimenteles. (Cae el puente y salen los de Bredá.) Ya las puertas se han abierto. Señor, Vuexcelencia llegue, y después de haber firmado los capítulos presentes, reciba la posesión. Léanse públicamente las condiciones. Escuche, que todas son desta suerte: «Perdón general a todos, que vecinos o burgueses puedan quedar en la villa, viviendo muy quietamente sin escándalo, que haya un jardín en que se entierren; que salgan los predicantes, que se reciba la gente de guarnición, hospedados quieta y amigablemente, que no den los tesoreros cuenta, y los vecinos queden exentos de imposiciones nuevas, y que se proceda como los de brabanzones, que los ministros se entienden en el perdón general, que tratantes salgan y entren con pasaportes, que saquen armas, piezas y mosquetes sin balas, y lleven cuatro piezas y dos morteretes, que del príncipe de Orange se saquen todos los muebles, que hagan una obligación los soldados que debieren, y que los enfermos tengan plazo de salir dos meses, que los presos de ambas partes estén libres». Desta suerte lo firmo. Pues da licencia para que salga la gente. Mucho te holgarás de verlo, que los predicantes vienen cubiertos todos de luto, señal del dolor que tienen; los caballos despalmados, que a cada paso parece que mueren; muchos soldados con sus hijos y mujeres. Mas, puesto que tú lo ves, ¿para qué pretendo hacerte relación? ¡Oh con qué hambre que aquestas mujeres vienen! (Salgan todos los que pudieren por una parte, y por otra, entrando los españoles, y después a la puerta JUSTINO con una fuente, y en ella las llaves.) Aquestas las llaves son de la fuerza, y libremente hago protesta en tus manos que no hay temor que me fuerce a entregarla, pues tuviera por menos dolor la muerte. Aquesto no ha sido trato, sino fortuna que vuelve en polvo las monarquías más altivas y excelentes. Justino, yo las recibo, y conozco que valiente sois, que el valor del vencido hace famoso al que vence. Y en el nombre de Filipo Cuarto, que por siglos reine, con más vitorias que nunca, tan dichoso como siempre, tomo aquesta posesión. Dulces instrumentos suenen. Ya el sargento en la muralla las armas de España tiende. Oíd, soldados, oíd. ¡Bredá por el rey de España! ¡Y plegue al cielo que llegue a serlo el mundo rendido desde levante a poniente! Y con esto se da fin al Sitio, donde no puede mostrarse más quien ha escrito obligado a tantas leyes.