Personajes EL LEÓN LA FIERA EUROPA ASIA AMÉRICA ÁFRICA EL HOMBRE LA GRACIA EL PRÍNCIPE LA SIMPLICIDAD EL BAUTISTA EL EVANGELISTA MÚSICOS MARINEROS Sale el Demonio, vestido de pieles, y en la cabeza una media visera en forma de testa de león, de quien penderá un manto también de pieles, asidas de garras en los hombros; hablando con el carro,que será una montaña ¡Oh tú, parda coluna del venenoso Monte de la Luna, cuya pálida luz, trémula y fría, sobre las hierbas y áspides que cría, de la cicuta, el opio y el beleño, catres le mulle a la deidad del sueño; del sueño, cuyo blando y cuyo fuerte éxtasis es imagen de la muerte, dos veces su veneno duplicado, pues es la muerte imagen del pecado! ¡Oh tú, otra vez lo digo, triste, funesto, pavoroso abrigo y adormecido embargo del mortal, que con tímido letargo yace a su no sensible parasismo! ¡Oh tú, infausta acesoria del abismo prisión del susto, cárcel del espanto, donde de güésped de aposento el llanto vive de quejas y alaridos lleno! ¡Rasga al conjuro de mi voz el seno que en sí contiene aquella hechicera beldad, música bella, que el águila divina vio, cuando al sol sus rayos examina, con halagos incautamente bellos brindar sobre el dragón de siete cuellos el tósigo que dulcemente impura conficionó su voz en su hermosura! Y tú, si te he de dar tu propio nombre, inordenada voluntad del hombre, complacido receso de la primera ley, amable acceso que adúltero engendró aquel elocuente parto de la mujer y la serpiente, coloreado delito de la afeitada tez del apetito, doméstico homicida, familiar enemigo de la vida, y tú, ¡oh mil veces tú!, que no hay estrañas, que no hay comunes señas que te vengan mejor, rompe esas peñas y abortado embrión de sus entrañas vean estas campañas, pues me aclaman su rey, cuánto ligera, a la voz del León viene la Fiera como vasalla suya, sin que tu orgullo huya el rostro a lid que faz a faz no luches… Culpa, en fin… ¿Qué me quieres? Que me escuches. Ábrese el peñasco, y vese en el primer cuerpo del tablado una hidra grande de siete cabezas, y sobre ella la Culpa , vestida de negro, con estrellas; adviértase que la represente mujer música, y que la hidra ha de estar sobre ruedas, que a su tiempo la han de mover, atravesando el tablado cantando con una copa dorada en la mano. Ya sabes, según a todos Isaías se lo cuenta, aquella primera lid que allá en mi patria primera tuve cuando comunero del impirio moví guerra al mismo Dios; también sabes que inflexible mi soberbia aun cuando más castigada menos reducida, intenta pasar el odio de Dios al de la naturaleza humana, lugar común deste caso. Y así, deja, o por ociosa mi voz o por prolija mi lengua, esta y aquella batalla, puesto que no hay quien no sepa que si en aquella vencido quedé vitorioso en esta, de cuyas ruinas naciste engendrada de ti mesma, y siendo así que no es bien en repetidas materias desaprovechar el tiempo que quizá para más nueva, más escondida noticia, ha menester mi impaciencia, entremos en el asunto desde luego, porque veas en la prisa de mis iras la cólera de mis penas. Entre los muchos baldones con que disfamarme intentan en mil sagrados lugares divinas y humanas letras, el de rugiente león me da alguno, porque adviertan los mortales que a cebar en ellos garras y presas, buscando a quien devorar, ando corriendo las selvas. Yo, pues, todavía Lucero, —que aunque perdí la belleza y la gracia, no perdí con ellas, Culpa, la ciencia, pues la angélica sustancia de querub, que se interpreta plenitud de ciencias, no es posible que la pierda—, viendo que por una parte con este nombre me afrentan y que por otra me afligen tantos visos, tantas señas, tantas luces, tantas sombras como vieron la primera Ley natural, y segunda Ley escrita de otra nueva Ley de gracia que ha de haber cuando en intacta pureza, en fecunda virgen madre encarnado el Verbo venga, quisiera, valido a un tiempo de su baldón y mi ciencia, curarme deste temor, inficionando la tierra y aprovechando el oprobio en metáfora de fiera, de suerte que el triunfo que de su venida se espera, tan impedido halle al mundo de mi industria y tu belleza, de mi cautela y tu voz, que cumplimiento no tengan tantas parábolas como la sacra página encierra, a fin de dar enseñanzas al hombre para la enmienda. Dígalo el rey que a sus bodas reyes convida, y no exceta al más vil mendigo como traiga nubcial veste puesta; el que para perdonarles pide a sus renteros cuenta; el que a la oveja perdida reduce al redil a cuestas, y el gran padre de familias que al hijo le da su herencia, quizá porque disipada vuelva a llamar a sus puertas; el que, plantando la viña, busca obreros para ella, y a todos les da igual sueldo, o tarde o temprano vengan; el que el tesoro escondido halla en el prado, y le merca, porque los cinco talentos del otro otros cinco crezcan; el mercader de la nave de pan cargada; el que encuentra la preciosa margarita; el que en la heredad que siembra aparta el grano y da al fuego cizaña y viciosa hierba; y en fin, el que el ladrón roba y el samaritano alberga, no habiéndolo hecho levitas ni sacerdotes, en muestra de que primera y segunda ley aguardan la tercera, que ha de ser el cumplimiento de una y otra… De manera, que en estas, como ya dije, parábolas y sentencias, donde anda la Sunamitis debajo de la corteza de nubes, velos y sombras disfrazada y encubierta, está mi mayor tormento por conjeturar que en ellas ya el prodigio se divisa, el portento se diseña de unos siete sacramentos en quien dará la excelencia santísimo nombre al uno, que es el que ya en visos tiembla —desde racimo y maná de la prometida tierra — todo el infierno al pensar que con la real asistencia de cuerpo y alma ha de ser, transustanciando caseras especies de pan y vino en carne y sangre, fineza de las finezas de Dios, clemencia de sus clemencias, milagro de sus milagros, grandeza de sus grandezas, y en fin, línea, punto y cifra de su summa omnipotencia. Esto asentado, y también asentado en mil diversas autoridades que no hay virtud que en Dios resplandezca que en mí por la oposición que hay del bien al mal no sea vicio, malicia y delito, inventando hoy una nueva parábola acá a mi modo, he de ver si puedo en ella hacer que hechizado el hombre tan alto honor no merezca. A este fin, considerando (aquí no te me diviertas porque es aquí, Culpa, donde te he menester más atenta), a este fin considerando, vuelvo a decir, que esta esfera inferior por más que en sí tantos ámbitos contenga con el cielo cotejada punto se imagina apenas casi indivisible, quiero darla nombre de una selva reducida a una alquería tan humilde, tan desierta y tan pobre que una zarza por ser la planta más seca, más árida y más inútil, más escabrosa y sangrienta de cuantas en ella nacen, blasón de sus cotos sea y no sin autoridad si del libro se me acuerda de los Jueces, donde vimos que haciendo los troncos dieta a esta ruda débil planta fue a quien juraron por reina, si ya no fue porque armada de sus espinas al verla con el fruto del pecado la eligieron porque fuera decir de lágrimas valle lo mismo que si dijeran, aniquilando su nombre, el valle de la zarzuela. Esta pues selva del mundo a quien tantas aguas cercan como sus tribulaciones, y en quien alcaide gobierna sus cuatro partes el hombre, hoy ha de ser de mi idea una representación de caza, y no con violencia pues quien dijo cazador (ejercicio en quien se encuentran réprobos) pecador dijo, a cuyo efeto quisiera (aquí entras tú ahora) que pues desde tu edad primera con rostro humano y humana voz fuiste la incauta hiena de los no poblados bosques, de las no habitadas peñas, me ayudases derramando traidoramente halagüeña los dos mortales venenos de tu voz y tu belleza, pues para belleza y voz lugares hay que te vengan: Ambrosio sobre David te da nombre de sirena, cuando voluntad del siglo te llama, y te considera música adulación que para dar muerte deleita; el mismo David en otra parte de ella hablando asienta que es mágica la hermosura falsa y engañosa, señas que a ti te convienen, pues quiere que de ti se entienda que haces de los hombres brutos con la venenosa fuerza de tus dos hechizos… Pero ¿para qué busca mi lengua lugares que te acrediten de música ni de bella cuando esa dorada copa de sangre de áspides llena es un emblema que dice lisonja a un tiempo y ofensa?, y pues cuando habla con siete Iglesias de Asia te llega a ver Juan triunfante en ese monstruo de siete cabezas, y yo cuando de siete hablo sacramentos miro en ellas siete capitales vicios que los impidan, ¿qué esperas? Sal de ese lóbrego seno donde fiera de las fieras los bárbaros cazadores destas intrincadas sendas tanto a tu terror asustes, tanto a tu voz adormezcas, tanto a tu hermosura pasmes y tanto a tu encanto venzas, que no solamente el hombre tu primero triunfo sea cuando a tu albergue atraído el juicio y sentidos pierda, pero la Gracia, esa hermosa soberana ninfa bella de sus cristalinas fuentes, viendo infestada la tierra la desampare de suerte que cuando desde su escelsa corte el rey que dicen que está enamorado de ella, —la metáfora siguiendo— de caza a estos bosques venga apenas en ellos halle quien no le reciba a penas, con que cautelando tantas tan misteriosas promesas como hasta aquí mis agudas conjeturas ven sin verlas, conseguiré que no haya —viendo en sus gentes diversas perturbados los sentidos, confundidas las ideas, los juicios avenenados y hechizadas las potencias— quien le admita, le conozca, le sirva ni le obedezca ¿Nada me respondes? No, que no quiero que me debas palabras sino obras. ¿Cómo ha de ser? Desta manera. Empieza a andar la hidra, atravesando el tablado y ella cantando hasta que medido el tiempo con los versos se esconde en el carro de enfrente. Canta. ¡A mi brindis, mortales, venid, que la sed satisface esta copa del oír y el ver! Cuenta Esdras que un enigma preguntó al mundo tal vez qué era la cosa más fuerte de cuanto se hallaba en él. Uno dijo que el león de todos los brutos rey; otro que el hombre, pues puede ver al león a sus pies. La mujer, respondió otro, supuesto que es ella quien vence al hombre que venció al león con su poder, a que otro añadió que el vino era lo más fuerte pues si la mujer vence al hombre él al hombre y la mujer, luego la cosa más fuerte del mundo vengo yo a ser, pues de la mujer y el vino jeroglífico me veis. Canta ¡A mi brindis, mortales, venid, que la sed satisface esta copa del oír y el ver! El agrado de mi voz, de mi hermosura el desdén, el agrio al azahar destilan y a esotras flores la miel, porque en compuesto licor hoy en mi banquete halléis con lo acedo de apacible lo suave de cruel. Que el placer os agüe el llanto aquí no temáis porque sola una lágrima aun no ha de costar el placer. Todo ha de ser gusto, todo amor y agrado, sin que malogre lo que se oye la paz de lo que se ve. Canta ¡A mi brindis, mortales, venid, que la sed satisface esta copa del oír y el ver! Al irlos nombrando como dicen los versos van sa-liendo de los cuatro carros Asia vestida a lo judío,Europa a lo romano, África a lo moro, y América a lo indio, como con admiración, oyendo loque canta Aquí el néctar de los dioses hallará el gentil, por quien Clicie vive flor del sol, y Dafne del sol laurel; aquí hallará el hebraísmo con misteriosa embriaguez, alambicado el sabor de la planta de Noé; el idólatra la sangre del áspid que adoró infiel, y la ciega seta el vino que le veda y no le cree. Todos hallaréis, en fin, vuestro paladar; mas ved que aquí el hacer la razón es el dejarla de hacer. Canta ¡A mi brindis, mortales, venid, que la sed satisface esta copa del oír y el ver! Sale Europa Sale Asia Sale América Sale África Habiendo atravesado el tablado, se cubre la apa-riencia con esta repetición Las cuatro Partes del Mundo ya convidadas se ven, pues de su voz atraídas, sedientas vienen a ser del tósigo de la Culpa cómplices; dígalo el ver que a Europa explica el gentil, a Asia el hebreo y después a África el moro, bien como el idólatra también a América, y pues llamados quedan, a la mira esté de lo que hará el hombre cuando comprometidas en él, como alcaide que es de todas, con todas oiga otra vez. Canta ¡A mi brindis, mortales, venid, que la sed Dentro a lo lejos y él se va satisface esta copa del oír y el ver! ¿Qué nunca escuchada voz es la que en el aire he oído? ¿Qué nueva música ha sido la que ha sonado veloz? ¿Qué soberana armonía es la que forma este acento? ¿Qué estraña ave hoy en el viento es la que despierta al día? A cuyo ruido admirado… A cuyo eco suspendido… A cuyo estruendo rendido… A cuyo compás postrado… …sin mí y conmigo he quedado, oyendo una y otra vez. Dentro Canta ¡A mi brindis, mortales, venid, que la sed satisface esta copa del oír y el ver! Más lejos Sale el Hombre Dime, ¡oh tú, Europa triunfante!; dime, ¡oh tú, África desierta!; rica América, cubierta de minas; Asia, abundante de frutos; ¿oistis suave una voz que dulce suena, que ni es del golfo sirena, de aire o monte, bruto o ave, pues en ninguno se oyó articulada hasta aquí tan dulce música? Sí. ¿Sabéis cúya fuese? No. ¿Y qué habéis de ella inferido? Yo, alcaide nuestro, he pensado que el dios de amor disfrazado a esta selva haya venido, enamorado, sin duda, de Gracia, una ninfa bella que yo alguna vez vi en ella, y es tal que juzgo que acuda en su busca donde abril, siempre que pisa sus flores, dicen que la dice amores. Aparte (Habló en Europa el gentil.) Yo me persuado a que ha sido el canto de aquel pavón que en Safo adoran, pues son los ecos de su gemido de tan dulce melodía. Aparte. ¡Oh América! ¿Eso pensaste? ¡Qué como idólatra hablaste!) Yo, si oyera su armonía más cerca de las semanas de Daniel, pensara que era del Mesías que se espera algún nuncio; mas son vanas esperanzas, y no creo que aviso suyo será, que hay mucho desde aquí allá. Aparte (Habló en el Asia el hebreo.) Yo no me atrevo a pensar ni que de los dioses sea el de amor, ni ave en quien crea méritos para adorar, ni que es del Mesías acción; y así en argüir no me meta. Aparte (Habló en África la seta sin Dios y sin religión.) Mas oíd, que la canción vuelve al tono. Iré tras él. Dentro el instrumento, y la voz más lejos, y al ir tras ella Los Cuatro, sale la Gracia , como huyendo asustada. Fiera Canta ¡A mi brindis, mortales, venid, que la sed… Yo seré el primero. ¡Esperad, tened! No sigáis de aquesa voz los enamorados ecos, que siendo halagos del aire son de la montaña incendios. De esa cristalina fuente, adonde mi albergue tengo, pues siendo Gracia, de ser ninfa del agua me precio, saliendo al prado esta tarde escuché ese dulce acento, y cuando pensé que fuera por una dicha que espero paraninfo, siendo, ¡ay triste!, la hermosura de su dueño igual a su canto, al paso me salió un monstruo tan fiero que nunca le vio mayor la esfera del universo. De coronadas cabezas estaba todo compuesto, y aun no era su horror tener, si de sus señas me acuerdo, como vulgo de los montes muchas cabezas un cuerpo tanto como que rasgando las escamas de su pecho, abortó de sus entrañas otro horrible monstruo bello que por alma de sus iras estaba encerrado dentro. Este, pues, con rostro humano y humana voz, su veneno empezó a esparcir al mundo, inficionando su aliento con cada suspiro el aire, con cada espuma el desierto. A mí se vino, ¡ay de mí!, a mi memoria trayendo especies de otra batalla en que ya lidiar se vieron Culpa y Gracia, y como entonces, ya que ahora lo represento, quise que me viera el mundo retirando, mas no huyendo, y aun retirando, no solo por salvar mi vida, pero la de todos, pues a todos la Gracia os previene el riesgo. Huid pues, huid, y no a escucharla os paréis, ni hagáis desprecio de mis avisos, pues cuando no hubiera dicho primero quién soy, ellos lo dijeran, manifestándose en ellos ser Gracia quien da el auxilio antes del merecimiento. Y así, no solo sigáis ese armonioso estruendo que para daros la muerte brinda dulce y llama tierno, mas en la defensa mía os empeñad, porque es cierto que soy yo a quien devorar solicita, y ya que llego a ampararme de vosotros, socórrame el valor vuestro. Y a ti, feliz fértil Asia, elijo por primer puerto; favoréceme tú. En vano buscas en mí tu consuelo, porque no he de creer que es fiera ni que vienes de ella huyendo, no porque incrédulo soy de cualquier advenimiento, sino porque su armonía me ha dejado tan suspenso que por ver el dueño de ella iré de la Gracia huyendo. Vase Europa, tú a mi defensa acude. Yo no me atrevo a lidiar contra mis dioses, y pues es igual portento, según le pintas, disfraz de alguno que anda encubierto, de su canto arrebatado iré sus voces siguiendo y mas que digan de mí que por él, Gracia, te dejo. Vase Mira, América, mi llanto y mi peligro. Si atiendo cuánto a inmundos animales he dado culto, mal puedo dejar de darle, según dices, a monstruo tan bello que elevando mis sentidos lleva tras sí mis afectos; y así, perdóname, Gracia, si por ganarle te pierdo. Vase África… Nada me digas, que yo no sé de argumentos. Aquella voz me ha agradado; solo por mi gusto intento seguirla sin discurrir que sea malo o que sea bueno, que como yo viva a gusto, ni más Dios ni Gracia quiero. Vase. ¡En fin, en ninguna parte del mundo hoy abrigo tengo! Hombre, pues de todas cuatro, en ausencia de su dueño, tienes como alcaide suyo el político gobierno, no a la Gracia desampares, pues viene a buscarte. ¡Cielos! ¿Qué he de hacer entre aquel canto y estas lágrimas, si advierto que aquí llora una hermosura y allí suspende un acento? ¿Aún no me respondes? ¿Cuándo yo… si… cómo… ? Hablar no puedo, que al ver al hombre dudoso entre mí y Culpa, fallezco, porque en mi desmayo vean aire, agua, tierra y fuego, sol, luna, estrellas, montañas, aves, fieras, peces, puertos, golfos, troncos, plantas, flores, cumbres y valles, que en viendo afecto al Hombre a la Culpa desmaya la Gracia. Cay desmayada ¡Cielos, otra vez y otras mil digo! ¿Qué es esto? ¡Ay de mí! ¿Qué es esto? Sin poder morir la Gracia ¿cómo para mí se ha muerto? Pero no… solo es desmayo, y si su hermosura advierto, mas eleva por los ojos este soberano objeto que elevó aquella dulzura por los oídos. Suspenso el Hombre después que yo ya en mis encantos poseo las cuatro Partes del Mundo, que de mi copa bebieron la regalada ponzoña, se quedó a la Gracia viendo, en su hermosura elevado. Ea, pues, entre aquí el duelo entre el oído y la vista de lo hermoso y lo discreto. Sale la Fiera escondida entre unas ramas Fiera ¡Beldad que con tus temores compadeces y deleitas y al revés de otras te afeitas, que es quitándote colores; contra una fiera favores pides, y aunque te asegura mi valor, será locura pensar que dé mi fineza armas contra una fiereza si me mata una hermosura! Ni habla, ni alienta, ni mueve; turbado a tocarla llego. ¿Quién creerá todo es fuego, ¡cielos!, donde todo es nieve? Los aljófares que llueve y al rayo del sol se enjugan el manto a la noche arrugan porque en ti, hermosura, vuelvas. Cantando entre las ramas y el Hombre se suspende Compitiendo con las selvas, donde las flores madrugan… Mas ¿qué nuevo acento aquel es, que me ha dejado en calma? ¿Si es de aqueste cuerpo el alma que no se halla fuera de él, y sintiendo cuán cruel desampararle presuma, acompañando la suma pena de su sentimiento… Cantando. …los pájaros en el viento forman abriles de pluma. ¡Ella es! Bien mi pensamiento previno; que mal pudiera decir lo que yo dijera quien no, cómplice en mi intento, sintiera lo que yo siento. Mal mis temores lo dudan al ver que al desmayo acudan, y que aves, montes y prados… Cantando De su hermosura engañados por aurora la saludan. La voz me lleva tras sí. Acercándose a la voz No el dejarte sientas hoy, que si a buscar tu alma voy no es dejarte a ti por ti; no ir fuera culpa. ¡Ay de mí! Vuelve la Gracia y el Hombre Mas ya culpa sin disculpa, pues vuelve ella. ¡Oh voz! Disculpa no ir tras ti, que mis enojos… Cantando. En viendo sus bellos ojos, quedan vanos de su culpa. Volver él me volvió en mí. ¡Qué deidad tan soberana: segunda vez la mañana en sus bellos ojos vi! Dicha es que aún estés aquí. Solo la de verte es mucha, y más si en no sé qué lucha, en que mi esperanza apoye… No es sorda la que no oye sino aquella que no escucha. Y pues… mas deja, primero que prosiga, ver de aquella voz el dueño. Si tras ella vas, que no me halles infiero. ¿Por qué? Porque considero que ella y yo no puede ser en un afecto caber. Verla pretendo no más. Mira que me perderás. ¿Pues no puedo ir y volver? No sé; que de engaños llena, es con amoroso estilo deste margen cocodrilo y deste golfo sirena que con rostro humano, llena de traiciones ofenderte trata; tu peligro advierte; y pues no puedo obligarte a que me sigas, con darte aviso de que tu muerte busca, del afecto mío bien asegurada quedo, porque yo impedir no puedo el uso de tu albedrío. ¿Te vas? No, mas me desvío; tú a retirarme me obligas; y porque pienses y digas lo que puedes o no puedes, o quédate o no te quedes, o sígueme o no me sigas. Vase ¿Quién igual confusión vio? ¿Habrá quien pueda, ¡ay de mí!, descifrar mis dudas? Cantado Sí. ¿Seguiré sus pasos? Canta No. ¿Quién me lo aconseja? Canta Yo. Voz que llevas suspendidos tras tus ecos mis sentidos y sin dejarte mirar me solicitas tapar los ojos con los oídos ¿por qué me aconsejas, di, que aquella beldad no siga, con tal dulzura que obliga a que me vuelva tras ti? Sale representando Porque aunque hermosa la vi veas que en mí te divierte más que el ver el oír. Advierte que su hermosura es locura competir. No es la hermosura lo más. ¿Cómo? Desta suerte. Canta. De su agrado a mi agrado la ventaja es que aquí hay ver y oír y allá solo ver. Aquel exterior sentido que se entrega a lo que ve nunca realmente se rinde, pues se rinde al parecer. El que a lo que oye se entrega tiene más de interior, pues pasando al alma acredita la realidad de su ser. El que alaba una hermosura la dice: «No hay más que ver»; y es verdad, porque no hay más en mirándola una vez: nunca crece a ser mayor, que la más hermosa tez hará harto en ser mañana tan linda como era ayer. El objeto del oído cada día crece en fe de que siempre hay más que oír pues siempre hay más que saber. Luego con mayor empleo te solicita atraer que su hermosura mi voz, si es que consideras… ¿Qué? Canata. Que en su agrado y mi agrado la ventaja es que aquí hay ver y oír y allá solo ver. Dentro Mortal, no ese dulce engaño te detenga; tras mí ven. Espera, que me han llamado; luego vuelvo. Representando Bien se ve que eres necio. ¿En qué? En que vas, baldonado de tu ser adonde mortal te llaman. Sale la Gracia Antes por aqueso es bien que dejándote a ti, venga donde le acuerdan lo que es, ya que el ser yo lo que soy me obliga a venir por él. Dices bien, y pues mortal soy, la Gracia seguiré. Eso es serlo ahora, pudiendo dejarlo para después. También dices bien tú. El tiempo no da fianzas de que ha de esperar. Cantando. ¡Ay de ti, si sus desengaños crees! Llorando Si no los crees, ¡ay de ti! ¿De qué calmado bajel se cuenta que fuese el aire la rémora de sus pies? Pero apuremos, sentidos, ambos afectos. ¿Por qué te lamentas tú de mí? Porque miras y no ves. Pues ¿entre ver y mirar qué distinción hallas? Que mirar es solo mirar y ver lo mejor es ver. Aunque la oigas no la escuches. ¿Qué distinción tú también das entre escuchar y oír, que también distingues? Que el oír es oír no más, y el escuchar atender. ¿Qué quieres decirme tú? Cantado Que no te pares en ver sin que pases a mirar que en lo breve de tu ser allá será pesar todo, todo aquí será placer. Tú ¿qué me quieres decir? Que si breve tu ser es, no por deleitar lo breve lo eterno pierdas. ¿Qué haré? Seguirme a mí. Ya te sigo; mas la senda de tu pie toda es abrojos y espinas. Tropieza y cay Cantado Sigue estotra. Tras ti iré, pues por la que tú me guías toda es florido vergel. Llorando Sí, pero contiene el áspid entre la rosa y clavel. Cantado El encanto de mi voz se le sabrá adormecer. Llorando Entre estas espinas llora la aurora su rosicler. Cantado Y entre estas flores el alba ríe el que llorar la ve. Llorando Aquí el pesar no es pesar, pues será gozo después. Cantado Aquí el placer desde luego empieza siendo placer. Llorando Lo cruel quizá es piedad. Cantado Lo cruel siempre es cruel. Llorando Al desdén sigue el favor. Cantado Bueno es favor sin desdén. Llorando No la sigas… Cantado No la veas… Llorando … y ven tras mí… Cantado …y tras mí ven… Llorando …a probar… Cantado …a esaminar… Llorando …a discurrir… Cantado …a entender… …que en mi agrado y su agrado… No más, que ya sé que aquí hay ver y oír y aquí solo ver, y eso llantos, penas y ansias; y pues me dais a escoger aquí un bien que brota espinas, que inspira auras aquí un bien, perdona que la esperanza trueque a posesión, porque fuera muy necio en dejar lo que es por lo que ha de ser. Guía por donde quisieres, bello enigma. Vamos, pues; y pues vitoriosa vuelvo, diciendo a voces iré… Y yo contigo, aunque no suene mi acento tan bien… Cantan Que en mi agrado y su agrado… Que en tu agrado y su agrado… …la ventaja es que aquí hay ver y oír y allí solo ver. Vanse los dos ¡Ay de mí! ¡Qué antiguo en el Hombre fue aplaudir su engaño antes que mi fe! Y pues el mundo abreviado deste bosque en que ha nacido, de una fiera poseído, de una música encantado, tan talado yace que no hay nadie en él que oiga fiel mi voz, esparcirla quiero al cielo, por ver si una dicha que espero los plazos abrevia a mi pena cruel. ¡Oh tú, alto rey, que increado, aqueste bosque labraste porque en él hallar pensaste recreación a tu cuidado!, del pecado le mira al ábrego impío tan yerto y frío que no volverá a su augusto albor si no llueven las nubes al Justo y el alba más bella le da su rocío. Tantas son sus talas, tantas sus grietas son, son sus ruinas, que armada zarza de espinas es la reina de sus plantas. Si tus santas piedades muevo, señor, porque el verdor cobre que hoy árido encierra ¡abra sus senos fecunda la tierra y que nos produzca, le di, al Salvador! Y pues que de tu virtud sola el reparo colijo ¡danos, señor, a tu hijo, envíanos tu salud! Mi inquietud, desta fiera que en él yerra vea la guerra reparada en la criatura, porque se publique… ¡A Dios en la altura la gloria, y al hombre la paz en la tierra! Esta música se oye en la nave, y dando vuelta con salva y chirimías se ven en ella el Príncipe , y el Lucero del Alba , San Juan Baptista , y el Águila del Sol , San Juan Evangelista ,la Simplicidad y los Músicos y otros marineros Mas ¿qué voz, opuesta agora a aquella de que hizo alarde el Lucero de la tarde da el Lucero de la aurora, tan sonora que algún gran misterio encierra, pues destierra desde el mar la niebla obscura? Celajes se ven. ¡A Dios en la altura la gloria, y al hombre la paz en la tierra! Albricias, que si engañada mi vista no puede ser, la nave es del mercader, que viene de pan cargada! Tu encantada prisión, bosque, prado y sierra, si en ti aferra, volverá el ansia en ventura, pues viene diciendo… ¡A Dios en la altura la gloria, y al hombre la paz en la tierra! Vase. Da vuelta la nave y queda de través. Echa el áncora, pues ya, del austro inspirada llega feliz al puerto la nave que aunque padezca tormenta contrastada pero no sumergida será, en muestra de que siempre a salvamento ha de arribar, como aquella del universal diluvio, que a los embates esenta del mar, coronó los montes mostrando que aquella y esta, a pesar de aguas, que son tribulaciones y penas, han de salvar las reliquias de la gran naturaleza. Yo, águila perspicaz, que al sol miré de más cerca, puedo desde aquí mejor informarte de las señas que dan lejanos celajes. Allí al occidente ostenta su línea América, allí al mediodía demuestra África su coto, Europa al setentrión, y a opuesta parte del oriente el Asia. ¡La proa pon, patrón, en ella, pues contiene a Nazaret, que es donde he de tomar tierra! Pues yo voy a prevenir el esquife, porque vean que si el águila del sol la describe, en consecuencia suya el lucero del alba va a asegurarte la senda. Tras ti iré. Y yo tras los dos, que siendo, cual soy, la misma Simplicidad, el seguiros me toca sin que me meta en saber cuándo, ni cómo, ni a qué vengo; aunque pudiera dudar por qué, siendo simple, acá me trayn, cuando llena de tantos simples descubro toda la isla. Mientras echan el esquife, otra y mil veces la música y salva vuelvan. Vuelvan, porque tierra y cielo digan en voces diversas… ¡Gloria a Dios en las alturas, y paz al hombre en la tierra! Con esta repetición, música y salva, da vuelta lanave, y bajan de ella por el escutillón, sin salir altablado todos; y sale el León como asombrado «¡Gloria a Dios en las alturas, y paz al hombre en la tierra!» ¿Qué voz es esta ni cómo puede en una ni otra esfera haber gloria ni haber paz, viviendo yo, que en aquella le turbé la gloria a Dios y al hombre la paz en esta? ¡Culpa! Sale la Culpa ¿Qué es lo que me quieres? ¿Oíste una música, opuesta tanto a la tuya, que cuando la tuya adormece, eleva ella los sentidos? Sí; y al escucharla, sangrienta víbora soy, pues me mata a mí mi ponzoña mesma sin que el dejar de mi oscura cárcel en las sombras negras preso y aherrojado al hombre la ansia deste asombro venza por más que las cuatro partes del mundo mi hechizo sientan. Aún no es ese mi mayor tormento, sino que ciegas mis conjeturas, la causa desta novedad no entiendan; y más teniendo de qué inferirlo, si a ver llegan vestida de fiesta y gala toda la Naturaleza en la más árida estancia del año. Próvida tierra ¿qué hay en ti para que alegres, a pesar de escarcha y nieblas, renazcan todas tus flores? Mira una blanca azucena dar allí granos de oro sin que el cierzo su pureza empañe ni aje; una rosa allí en virgen edad tierna mira, que aún no el botón roto, encarnado albor ostenta; el cedro, el lirio, la palma ciprés y plántano muestra hoy más su pompa que nunca, y ya que no da respuesta la tierra, ¿qué hay en ti, agua, que cuando tus ondas hielas, no ufana con que sean vidros las vas elevando a perlas? ¿Sierpecilla de cristal aquel arroyo no era, cuando en torcidos caminos iba mordiendo las hierbas? Pues ¿cómo al pie de un jazmín haciendo remanso, deja de ser sierpe y no manchado espejo se representa? Aire ¿qué hay en ti, que cuando con más ráfagas violentas sueles arrancar los troncos, blando espiras, dulce alientas, siendo la salva de una ave, en nueva música y nueva salutación de la aurora tu recreación y mi ofensa? ¿Qué hay en ti, fuego, que cuando más de oscuras nubes densas, escaseando los luceros te sueles vestir de nieblas, llena la luna no solo de luz, mas de gracia llena, permites que brille, siendo del mar una antorcha bella hoy emperatriz de toda tu numerosa caterva? ¿Qué hay, en fin, en todos? ¿Qué quieres que haya, cuando a oír llegas a tierra, agua, fuego y aire decir en voces diversas… ¡Gloria a Dios en las alturas, paz al hombre… ¡A tierra! ¡A tierra! Salen los de la nave y el Príncipe , con un arcabuz Al tomarla he tropezado… ¡oh, qué sañuda, oh, qué fiera, madre común, me recibes! ¿Tú, señor, lágrimas tiernas? Si cuantos entran al mundo, sin saber a lo que entran lloran ¿qué haré yo, que sé los peligros que me esperan? A la parte de Asia toman puerto los que el mar navegan. Dime tú quién son, pues tú es preciso que lo sepas, Culpa; pues sin tu registro ninguno en el mundo entra. Es verdad; pero aunque a todos los conozco, el que se aleja de mí no sé quién es. ¿Cómo nadie de ti se reserva? ¿No bastó que una mujer pasase sin ver quién era, sino un hombre? No sé; pero hasta discurrir quién sea, a la mira retirados estemos. Escóndese los dos Entre estas peñas, pues somos fiera y león, nos ocultemos. Por esas intrincadas ramas que impiden hallar la senda, ved si alguna población o gente hay. Yo voy por esta orilla del Jordán. Vase Yo por la falda de esta excelsa cumbre del monte. Vase Bien agua y cumbre, como sirena y águila, elegís los dos. Fiera, atención. León, alerta. Ya que hemos quedado solos esperando la respuesta que traigan, ¿no me dirás, señor, qué venida es esta? Si sabes por una parte que Gracia, dríade bella de aquestos cristales, es cuidado de mi fineza; si por otra parte sabes que a la gran corte en que reina mi padre llegó la voz con la lastimosa nueva de que una fiera… Oye. Escucha. …el bosque del mundo infesta, ¿cómo dudas que mi brío dando mi padre licencia, y su amor armas de fuego, de caza a buscarla venga? ¿Cómo es eso de venir la fiera buscando? ¿Fuera bien saber que anda en mis cotos y no buscarla y vencerla; mayormente cuando hablando David de mi fortaleza, dice que soy el señor de las fieras de la selva? No fuera bien; pero yo, como soy simple, quisiera puesto que el buscar hermosas es malo y peor será fieras, que vinieras a otra causa de más gusto; que mil letras hay que dicen que vendrás a hallarte en bodas y cenas, y por eso venía yo tan contento. Pues no temas, que cena habrá en Sión, y boda en Canán. Mientras que vengan ellas y los que a buscar fueron del monte la senda, va otra pregunta. Si no hay en la Escritura sentencia en que por el cazador el réprobo no se entienda (Caín, Esaú y Nembrot bastantes testigos sean), ¿cómo de cazador tomas disfraz? Como aunque no sea yo pecador, ya vestido desta humana humilde jerga, en su cansancio y fatiga conviene que lo parezca. ¿Has entendido algo? No, ni es posible que lo entienda. Y pues fatiga y cansancio dije, ¡qué oscura, qué negra y fría baja la noche, siendo el hielo la primera destemplanza que me aflija! Hacia aquí un hombre se acerca; háblale, pues que no vienen los dos, a ver si te alberga. Sale el Asia , como hablando entre sí, con confusión y asombro Atiende, que el Judaísmo, que en Asia se representa, por una parte postrado de mi veneno a la fuerza, y por otra pensativo de no saber qué suceda en su patria, como loco, lleno de dudas diversas, discurriendo desvelado el monte, al joven se acerca. Veamos qué se dicen. No, no es posible que lo sea, por más que esas voces digan que la paz del hombre venga y la gloria de Dios, puesto que las semanas, ¡qué ciega confusión!, no están cumplidas, si hago al cómputo la cuenta, pues faltan… ¿Quién va? ¿Quién es? Topa con ellos Un cazador que la negra noche en el monte ha cogido sin que en qué albergarse tenga, y pues el primero sois a quien mi venida encuentra, os ruego que me admitáis hasta que el alba amanezca. ¡Es muy buena pretensión para mí, cuando mis penas, mis cóleras y mis iras tanto de mí me enajenan que aun de mí no sé! Mirad que el galardón que os espera de mi hospedaje podrá ser que… Suspended la lengua, que ni albergaros, ni oíros, ni veros pienso. Ucé advierta que aunque le ve aquí tan solo, quizá es más de lo que piensa. Pues ¿quién puede ser? ¿No puede ser el rey? ¿Será muy nueva cosa que en traje de monte el valle de la Zarzuela le vea seguir la caza, desde el águila a la fiera, puesto que a su rayo no hay pluma o piel que se defienda? Para que yo le conozca trae muy contrarias las señas, pues no lo son desabrigo, hambre, cansancio y miseria, de la pompa y majestad con que mi pueblo le espera. Guarda deste bosque soy, y así, torced la vereda sin que paséis adelante; si albergue buscáis, en esa campaña una choza hay, o casilla, tan desierta, tan desmantelada y pobre que aun establo de las bestias apenas es; ahí podéis pasar la noche primera entre sus humildes pajas y sus brutos, que mi opuesta condición no tiene más cariño que a nadie ofrezca desde que en mí revistió sus rencores una fiera que siendo halago del aire escándalo es de la selva. Vase. Mal de Asia los moradores te reciben. De la guerra la caza imagen, fuerza es que incomodidades tenga. Su plática el judaísmo no ha admitido. Bien empieza tu alegórico conceto, pues el Asia le desprecia. Esta es la choza que dijo; en sus pajas te recuesta; descansa un rato. Sí haré, hasta que tome más señas por donde la fiera anda; y aunque al parecer me duerma velará mi corazón. Échase en el suelo Eso el mío no hará; apenas se habrá echado cuando ronque. Échase Pues en el portal se alberga, y el pavor que dio despierto dormido nos quita, llega, llega, Culpa, y a tu voz alevosa le despierta, que no dudo, si una vez la oye, que atraído sea también él, como hombre al fin, de tus encantos. Espera, pues no le vi cuando nazca, que le rinda cuando crezca. Oye. A mi brindis, mortales… Va a cantar y tartamudea desentonada Mas ¿qué es esto? ¿Quién destempla el órgano de mi voz? Canta …venid; que la sed!… La lengua muda, balbuciente el labio, tartamudeando me hielan voz y pecho… Va a cantar y no puede …satisface esta copa… ¿Qué recelas? Si es él el que está en el hielo, ¿cómo eres tú la que tiemblas? No sé… del oír y el ver… Mas ni ver ni oír me deja un temblor… aquí el veneno de mi voz perdió la fuerza, y yo el sentido, al mirar que a este joven no se atreva, ni aun leve voz de la Culpa. Advierte… No me detengas, que es tal el Vesubio, tal el Volcán y tal el Edna que al respirar me ahoga, haciendo que a mí mis suspiros vuelvan, que es fuerza que de aquí huya, y rabiosamente ciega me vaya a arrojar al agua, por ver si su incendio templa, o ya que en mí no le apague en todo el Jordán le encienda. Vase ¡Oye, aguarda! Mas, ¡ay triste!, que en mí se ve la esperiencia de que es contagio la Culpa, pues del fuego que en sí lleva en mí ha prendido la llama. Dentro. ¡Moradores destas selvas, huid, que orillas del Jordán, la fiera baja sedienta! ¡Al valle! ¡Al monte! ¡A la cumbre! Toda la Naturaleza, advertida de la Gracia, viendo que al Jordán descienda se pone en fuga. A las aguas corre. Despiertan los dos ¿Qué voces son estas? De ellas no sé más de que hacia aquella parte suenan. ¿En todo misterio? ¿Cómo, ya que hay texto en que se duerma, no le despierta la Culpa y la Gracia le despierta? Sale el Lucero Señor… Lucero del alba, ¿qué hay? Que la sañuda fiera… Dentro. …orillas del Jordán, corre infestando su ribera. ¡Huid, huid! ¡Al monte! ¡Al valle! Otra voz lo que dijera yo, prosiguió. No te admires que acabe lo que tú empiezas, que voz de Gracia y de Joan todo es una cosa mesma, sino delante de mí ven; guíame donde queda, verás que es dentro del agua la primer batalla nuestra. Vanse los dos Yo también lo veré, puesto que todos los triunfos de ella en su infancia ha de lograr la Simplicidad. Vase. ¡Oh, crezcan mis confusiones, mis ansias, mis sobresaltos, mis penas y mis desdichas al ver que guiado de su güella en la orilla del Jordán la alcanza bien que ligera, al descubrir el lucero que va delante, se echa al agua porque el raudal en su fuga la defienda! Mas ¡ay, qué poco la importa! Pues echándose tras ella al agua también los dos, sus ondas pisan apenas (y mejor dijera a glorias), cuando en su curso suspensas se han elevado en sí mismas, lloviendo el cielo sobre ellas bella inundación de luces, que blanca paloma en lenguas de fuego esparce, porque unas digan y otras sientan… ¡Este es mi hijo, en quien mi amor se complace y se recrea! Y no para aquí el prodigio, sino que al oírlas y al verlas, el agua pasa la Culpa, tan postrada y tan deshecha, que la Gracia, que la huyó en la batalla primera, con nuevo aliento la aguarda procurando detenerla porque el joven de una vez la dé muerte. ¡Oh!, nunca hubiera desta alegórica caza inventado mi cautela la metáfora, pues no sacar me ha servido de ella más que el temor con que huyo, por no oír que a decir vuelvan… ¡Este es mi hijo, en quien mi amor se complace y se recrea! Vase, y salen la Fiera y la Gracia , luchando Si fiera del mar te llaman ¿cómo el agua te amedrenta tanto que huyas de ella? Como no sé qué poder contenga hoy el agua contra mí, que de sus ondas me ahuyenta. Yo sí; que ablución que fue Bautismo de penitencia, será de Gracia siendo agua de Espíritu Santo. Luchando las dos Cesa, cesa, no prosigas; pues no es, Gracia, la causa esa, sino que al ver que ese joven tanto en mi alcance se empeña, comprueba ser mi mal rabia, puesto que el agua aborrezca; y así, a los desiertos montes iré, donde no se vea ni nube que los fecunde, ni rocío que los llueva, ni fuente que los regale, ni arroyo que los guarnezca. No harás, tirana, no harás, sin que yo aquí te detenga hasta que él pase las aguas en tu alcance. Desásese de ella ¡Suelta, suelta!, pues basta, Gracia, pues basta ver que el agua me atormenta tanto, que al desierto voy huyendo dél, de ti y de ella. Vase Allá te seguirá, y más si yo dejo aviso. ¡Deja, misterioso cazador, el Jordán, que ya la fiera huyó a los montes! Sale el Príncipe y el Lucero y la Simplicidad En fin, soberana Gracia bella, ¿a la orilla del Jordán fue donde hoy hube de hallarte? Es mi más segura parte, que no en vano a mi voz Juan te condujo a su ribera sabiendo que en ella fui ninfa del agua. Aunque aquí huirme ha podido la fiera, en otra ocasión podré hallarla. Dame los brazos agora. De aquestos lazos testigo ha de ser la fe que hoy en el Jordán recibo. En fin, me tray cazador por estas selvas tu amor, donde disfrazado vivo desde que de tus lamentos compadecido tomé tierra en la nave que fue reina de mares y vientos, siendo de los vientos ave y de los mares estrella, para librarte de aquella que horrorosamente grave, encantado el orbe entero en sus cuatro partes tiene, por cuya causa a ser viene el hombre su prisionero. Como esas finezas debo a tu piedad. La mayor aún no ha llegado. Sale el Águila Señor… ¿Qué es, Joan, lo que traes de nuevo? Habiendo al monte subido hasta penetrar la lumbre del sol (porque al fin la cumbre siempre es del águila nido), el monstruo de siete cuellos, de quien parto horrible fue esa fiera, vi. Ya sé que has de dar las señas de ellos tú; y aun con la circunstancia de que al mismo tiempo ves la misma Gracia Después, corriendo al monte la estancia, entre sus incultas breñas la fiera vi, que emboscada queda, como amedrentada de que la busques. Sus peñas registren las ansias mías; nadie me siga, que quiero vencerla solo, y espero, aunque ande cuarenta días sin comer y sin beber tras ella en el monte, dalla muerte en él. Vase Pues a buscalla va, yo en tanto disponer quiero mi cabaña, donde descanse de la fatiga a que esta caza le obliga. Ese favor corresponde a mi gana de cenar. Pues yo a prevenir voy cena a todos, de gracia llena. Y no faltará lugar en que escribiendo su fiesta, refiera el sabio algún día… ¿Qué? Que la sabiduría le tuvo la mesa puesta. Vanse los dos Lucero, ¿no vienes? No; que en ella no me he de ver. ¿Por qué? Porque otra ha de ser en la que he de hallarme yo. Vase Pues yo en esta me he de hallar y en esotra, si pudiere, y en todas cuantas hubiere, trovando cierto cantar en que un menguado decía que eran buenas para él penas… pues menos cruel diré en su glosa y la mía: Canta «¡Para mí son buenas cenas! ¡Para mí, que las tengo por buenas! ¡Que para mí, que para cenar nací!» Canta y baila y al entrarse muy alegre encuentracon el León ¡Tente, villano! ¿Qué vi? En las garras de un león he dado. La turbación deja. Déjeme ella a mí; que ella me tiene y no yo a ella. Dime: ¿quién ha sido ese joven que ha venido de caza a estos montes? ¿No lo sabe? Si lo supiera no a ti te lo preguntara. ¿Tan tonto es que no repara en sus señas? ¿Quién pudiera ser quien con tanto valor sigue a la señora fiera, que el gran príncipe no fuera de los montes, del mayor monarca hijo soberano; de la Gracia amante fiel, vino adonde a esa cruel matará, y… ¡Mientes, villano! Maltrátale y quéjase dentro la fiera. Dentro. ¡Ay de mí! Muy bueno es que de su golpe me deje muerto a mí, y otro se queje; mas si miento o no, después lo verá, pues tras la fiera subir al monte le vi. ¡Calla, bárbaro! ¡Ay de mí! ¿Aun no me dejan siquiera quejar? Al huir dél sale la Fiera por otra parte y da con ella No, cuando yo muero; y en ti dél he de vengar mi ira, mi rabia y pesar. Por eso huiré yo primero, diciendo (pues no mejora uno lo que otro maltrata) que una bela retirata a tuta la vita honora. Vase Culpa, ¿qué es esto? No sé; que solo sé que no estoy segura en el agua, y voy buscando dónde lo esté de ese joven que me sigue con tan superior poder que no me puedo atrever a esperarle. Ya que obligue a huir dél, pues encarcelado tienes al Hombre, antes que muerte ese joven te dé dásela tú a él; en pecado muera; veremos si acaso, aunque te venza cruel, podrá darle vida a él. Dices bien; salte tú al paso, mientras muerte al Hombre doy ; y porque antes no me halle, procura tú desvialle la senda por donde voy. Vase Sí haré, a cuyo efeto quiero, para lograr la ficción, dejar la piel de león y vestir la de cordero. Arroja el manto de las pieles y sale en lo alto de lamontaña el Príncipe ¡Ignorado cazador destas selvas!… ¿Quién me llama? Quien interesado en que tu valor llegue a librarlas de esa escandalosa fiera, viene a decirte dónde anda. Desciende, pues, de la cumbre, y sea con prisa tanta (para que no se me pierda de vista, mudando estancia), que sin buscarle veredas al monte, desde esas altas peñas te arrojes; que si eres hijo del mayor monarca, como se piensa, ¿quién duda que numerosas escuadras de querubes enviará, que te tengan en sus alas? Yo descenderé, pues ya descendí otra vez, sin que haga sin necesidad milagros Dios, porque escrito se halla: «A Dios no se ha de tentar». Pues pasemos a otra instancia; y ya que, tomando espera, su seguimiento dilatas, pactemos los dos, que quiero que logres tus esperanzas a menos costa. Ya ves que África, América, Asia y Europa, todas padecen esa venenosa saña del encanto de su voz, y siendo tu fin sacarlas de su esclavitud, yo haré que sus cuatro partes varias sean todas tuyas como me adores puesto a mis plantas. Solo a Dios se debe dar adoración. Calla, calla, que más que el rayo en tus manos está el trueno en tus palabras. ¡Qué misteriosas respuestas! ¿Qué te admiras? ¿Qué te espantas tú, si tú haces sacramentos, que yo admiraciones haga? Y pues, ni engañar tu ciencia puedo ni encubrir mi rabia, me valdré de piedras, puesto que no tengo aquí otras armas que pueda usar contra ti. Toma, y pues que ayuno andas el desierto tantos días, hambre y cansancio repara haciendo pan esas piedras. Hace como que tira No pan solo al hombre basta para que viva. ¡Otra vez y otras mil tu voz me pasma, me atemoriza y asombra! Y siendo así que en mis ansias, decir dónde anda la fiera no me ha servido de nada, sírvame de algo el decirla a ella por dónde tú andas, porque se guarde de ti. Vase Será en vano esa esperanza, que de ella y de ti sabré ocultarme, porque añada aun esa propiedad más el concepto de la caza que voy siguiendo; y pues sé que va donde al hombre guarda en sus encantos, a fin que de ellos vivo no salga y este es el paso, en él quiero, ya sin seguirla, esperarla. Tomo, pues, el puesto en esta senda que del monte baja al arroyo del Cedrón; deme su sombra esta zarza que otra vez me dio su luz, pues no faltará quien haga juicio que en la zarza Dios es Cristo en la cruz; no vana razón también de haber dado nombre a estos bosques sus ramas que en un manzano se enredan. No bien me encubren, que varas sin hojas y con espinas, más me hieren que me guardan. ¡Oh si a la copa pudiera del árbol a que se enlazan subir, porque más frondosa, más cubierta y más opaca, me recatara mejor, y desde ella la campaña también mejor descubriera! Pero el aliento me falta; herido de sus cambrones mal solo me ayudo. En el carro, que será un jardín ha de haber un árbol y una cruz entre sus ramas. Y en tanto que el príncipe hace como para subir a él salen Asia, Europa , África y América hablando entre sí como con recato Estrañas cosas nos cuentas. Europa, esto en mis términos pasa; esto, África, en mis confines, y esto, América, en mi patria; de que os doy cuenta porque cualquier extremo que haga conste al mundo. Ya le consta, puesto que sin vida y alma, de aquella primera voz a todos la ruina alcanza. Sí, mas no alcanza la ruina y escándalo que amenaza el que un estranjero joven hijo del alto monarca diga ser, y que en mis cotos ande sembrando esperanzas de que ha de matar la fiera. ¿Tú no has dicho que le aguardas? Sí le aguardo, pero el ver que tanto en rendirla tarda, le hace para no creerle sospechoso, y es la rabia que ha introducido en mi pecho el presumir que me engaña tal que por escandaloso quisiera que cooperara todo el mundo en aplaudir su castigo y mi venganza. A tu lado estamos. Oye, que según nos le retratas, es el que está en aquel güerto que hace del monte la falda. Él es. Préndele en él, puesto que eres de este monte guarda, y sabe con qué licencia hoy en tus vedados anda. Sí haré; mas el ver que intenta subir al árbol que abraza Va a subir y se detiene y que sus armadas puntas tiñen de púrpura humana manos y rostro, volver me hace atrás. ¿Qué te acobarda? Estranjero cazador, ¿cómo los términos pasas de aquesos vedados cotos? Como de mí no se guardan. Pues ¿quién eres? Soy quien soy. ¿Por qué más no te declaras? ¿Eres el príncipe, hijo del que todo el orbe abarca, como das a entender? Tú lo dices. ¿Por qué no hablas más claro? Quién es, nos di de una vez, tu padre. Acaba. Sabe de mí y sabrás dél. Para que de entrambos haga mi incredulidad concepto, dame una señal. ¡Oh ingrata generación! ¿Señal pides? ¿La de Jonás no te basta, verle vivo al tercer día? Notables son tus palabras; pero dejando lo real por lo alegórico, vaya una pregunta. Si vienes en metáfora de caza a dar la muerte a esa fiera ¿cómo en conseguirlo tardas tanto? Como aún no ha llegado mi tiempo. Pues ¿a qué aguardas? A que ella no pueda huir de mi vista, a cuya causa en la copa deste árbol hoy encubierto esperarla solicito, y porque el pecho ensangrentado desmaya de sus espinas, llegad a ayudarme; que como haya quien en su copa me ponga, desde ella podré matarla. Llega, África, tú. Si es dogma de mi paganismo en la ancha ley sin meterme en cuestiones, ser mi argumento mi espada ¿para qué quieres que a hombre sangriento de heridas tantas le aflija más? Si te ofende a ti el que de tu monarca hijo se finja, castiga tú su ambiciosa arrogancia, que yo no quiero ofenderle puesto que a mí no me agravia. Vase América, llega tú. A mí poco me embaraza, cuando hijo de tu Dios sea o no lo sea, el que haya o no haya un ídolo más; hartos son los que en mis aras tengo, y no es número uno para que aumente sus ansias. Vase Europa, pues que tú eres quien tiene el dominio de Asia hoy por el romano imperio que te tributa sus parias, llegue tu gentilidad, que yo te dejo la instancia. Sí haré; sube al tronco, joven… Llégase a él y se retira mas detente, espera, aguarda; que al mirar que tus heridas de más de cinco mil pasan, penetrada tu cabeza de las puntas de esas zarzas, me has conmovido, y no quiero tener parte en tus desgracias. ¿Por qué sin subir al árbol le dejas? Porque tú vayas; que yo no hallo causa que me obligue a que mayor haga su dolor; y pues me deja las manos ensangrentadas de haberle tocado, iré hoy de su sangre a lavarlas. Este es el hombre que tú delincuente me señalas; si lo es o no, tú en el árbol le pon; que yo no hallo causa. Vase ¡Oh, no sea el ver que todos me dejan y desamparan significación de que las sinagogas de España, a quien estas tres naciones, de su imperio dominadas, pagarán feudos, no fueron cómplices en mi venganza! Pero ¿qué importa, qué importa, si a mi rencor, si a mi rabia, pues yo me sobro a mí mismo, ninguno otro me hace falta? Sube, aunque manos y pies te desgarres y te abras el pecho al tronco; que a mí ni me estremece ni espanta tu pena; y pues ya en la copa estás, veamos cómo matas a la fiera. Vase. Sube como ayudado del Asia por elevación hasta ponerle en la cruz que estará en la copa del árbor y abriéndose el peñasco salen dél luchando el Hombre y la Fiera. Sí, verás; mas ¡ay, que tu pertinacia no ha de creer lo que vea aunque vea lo que aguarda! Si presumes que el haber penetrado las entrañas de la prisión en que vivo te he sepultado, es para concederte libertad compadecida, te engañas pues es para darte muerte de una vez. El que de tantas muere en tu encanto, ya tiene perdido el miedo a tus sañas, pero no perdido el miedo a la dichosa esperanza de que ha de haber quien le libre desta prisión. Cuánto es vana verás, dándote primero la muerte. El monte me valga, Desásese huyendo porque me ampare la fuga, pues la fuerza no me ampara. Huye el hombre hacia la cruz Huyendo a la Culpa el Hombre aquí tras sí la tray, clara consecuencia que es el cebo para que en mis manos caiga. Aunque escaparte pretendas mal podrás. Vuélvele a asir y cayendo él en el suelo saca la Fiera un puñal y al irle a dar con él dispara el Príncipe y es ella la que cay muerta. Valor me falta; que yo no puedo por mí de ti librarme; a tu rabia rendido estoy. ¡Muere a ella! No hará tal, que hay quien le guarda. ¡Ay infelice de mí! ¿Qué es esto? ¡El cielo me valga! ¿Quién al trueno de su voz y al rayo de su palabra, de las manos de la Culpa tan generoso me salva que en un punto de vencido mi ser a vencedor pasa, pues yace a mis plantas muerta la que me tenía a sus plantas? Quien por darte a ti la vida en un tronco se desangra, a cuyo fin tiembla todo. Terremoto dentro y van saliendo cada uno con susversos como despavoridos y asombrados Dentro. ¿Quién vio confusiones tantas? ¿Qué eclipse, cielos, es este, que no hallándose en contraria oposición sol y luna, luna y sol al mundo faltan? Sale y el terremoto ¡El cielo sobre nosotros se desploma y desencaja! Sale y el terremoto ¡A media tarde la noche, bandida del día, la asalta! Sale y el terremoto ¡Los montes estremecidos de sus asientos se arrancan! Sale y el terremoto ¡Pájaros de fuego cruzan cometas que el aire abrasan! Sale y el terremoto El terremoto ¡A tanto escándalo el sacro velo del templo se rasga! El terremoto ¡Aun los cadáveres de sus sepulcros se levantan! El terremoto ¡Bajeles de nieve son las aguas sobre las aguas! El terremoto ¡Las piedras unas con otras se hieren y se quebrantan! ¡O el mundo espira o padece su hacedor! ¡Qué pena! ¡Qué ansia! Muerta aquí yace la fiera. Gran naturaleza humana, pues comprendéis la de Europa, África, América y Asia, muerta estoy, yo lo confieso, al rayo que me dispara ese nuevo cazador, desde el árbol en que estaba tan escondido de mí que hasta el punto en que me mata no pude saber quién era, pero aunque muerto me haya como culpa universal, volverá a vivir mi rabia como culpa actual el día que el Hombre en pecado caiga; y así, no libre de mí blasones; que mis venganzas siempre han de seguirte y siempre rendirte. Contra esa instancia, para que también él tenga siempre favor que le valga, le entregaré aquella nave, en que de los bosques salga encantados de la culpa. Hombre, en fe de ella te salva; que la nave es de la Iglesia. A ella iré con vida y alma. Vase La gentilidad de Europa te sigue, pues ser declara hijo de Dios este hombre. Vase América tus pisadas sigue, en fe, Europa, que habrá rey en ti, que a mí me traiga a tu religión. Vase Pues yo, marinero de la barca de Pedro, os iré a enseñar los rumbos de su fe santa. Vase Yo a conduciros al puerto, siendo del monte atalaya, aunque por mi celo vea el cuchillo a la garganta. Vase Yo tras nadie iré, porque mi comodidad no halla ley como no tener ley. Vase Ni yo, que razón no alcanza mi obstinación, aunque ande sin domicilio ni casa, prófugo y vago. Vase ¡Ay de mí! Que aunque el mundo con Dios parta desde Abel y Caín, haciendo réprobos y justos bandos, no contento quedo. Fuera proposición temeraria estar tú contento. No desconfíen tus venganzas, que él volverá al puerto, pues ya está corriendo borrasca, que son las persecuciones de la Iglesia. Aparecen en la nave dando una y más vueltas el Hombre, el Águila, Europa y América, comocorriendo tormenta ¡Amaina, amaina! Combatida de contrarios vientos, si no contrastada, tormenta la nave corre. En la Escritura las aguas siempre significan penas, tribulaciones y ansias; no temas. ¿Cómo es posible, cuando en el mar me amenazan más peligros que en la tierra? Aquesto es volver la cara al encanto de la Culpa. Mejor vivir en la playa en duda es, que no morir de cierto en el mar. Pues anda ya prevaricado, Culpa, si tus encantos le llaman no dudes que vuelva a ti, y más si atiende y repara que tanto el que te venció en las hojas se desangra del árbol, que fallecido yace, conque si él le falta ¿quién le valdrá? Aunque yo muera no te quede esa esperanza de que mi asistencia nunca le falte. ¿Quién esa rara propuesta asegura? Las chirimías y abriéndose el cuarto carro se ve la Gracia sentada a una mesa en forma de altar con el cáliz y hostia. Yo, que le tuve en mi cabaña esta cena prevenida, en todo opuesta y contraria a tu encanto; pues si tú en una copa dorada la sangre del dragón brindas, veneno que al hombre mata, yo con esta brindo al hombre la sangre que se derrama en aquel leño, que vida le ha de dar; y porque haya en todo correspondencia, si a ti sus voces encarga el lucero de la tarde, yo… Di. Al lucero del alba; y porque lo veas, oye tu primer canción trocada en himnos de fe, diciendo el que es la voz de la Gracia. En lo alto de la primera montaña sale por elevación el Lucero Canta ¡A aquel brindis, mortales, venid que la sed satisface su copa del oír sin ver, porque como la Gracia es don de la fe y ella cree lo que oye y no lo que ve, cierto es que su sed satisface su copa del oír sin ver! ¡Amaina, amaina, que a pique nos vamos! ¡Amaina, amaina! Por más misterios que digas… Por más sacramentos que hagas… …volver aquí el hombre intenta. Y más si mi voz le llama, llorando y cantando a un tiempo. Veamos cómo llora y canta. Canta ¡Ah del mísero bajel, que, monstruo de dos especies, siendo del aura delfín, águila del mar pareces! ¡Vuelve a mis voces, vuelve, donde en vez de prisión tendrás albergue! La voz y hermosura otra vez mi sentido arrebatan. También la voz de la fe de esotra parte te llama. Canta ¡Venid, que la sed satisface su copa del oír sin ver! Tormenta entre las dos corro; ¿qué haré, escuchándolas ambas? Para que la una te mueva y la otra no te atraiga, bien como el que pasó el golfo de las sirenas, te abraza del árbol mayor de aquesta nave, que ya es semejanza de aquel que te dio la vida; pues si los ojos te tapas, a él amarrado, sin ver la hermosura que te encanta, dejándote los oídos libres a sus consonancias verás cuánto mejor suena que no la Culpa la Gracia. Bien me aconsejas; los brazos al árbol mayor me ata; véndame también los ojos: veamos cuál vence de entrambas cuando entrambas juntas repitan varias… Canta ¡Venid, que la sed satisface esta copa del oír sin ver! Canta ¡A mi voz vuelve, donde en vez de prisión tendrás albergue! Intrincados laberintos del mundo, que en breve mapa os significó una selva, decid a todas sus plantas, de quien, misteriosa reina, fue su corona una zarza, que atado y vendado el Hombre de sus encantos escapa en fe de que se abrazó al árbol que, semejanza de otro, le hace ver sin ver misterios de una hostia blanca que en mejor dorada copa es bebida y es vianda. Vuélvese la nave Pues si no bastan mis voces… Si mis cautelas no bastan…. …y el Hombre ve más no viendo… …y aquella copa señala… …desde la nave del pan… …que es antídoto a mi rabia. ¡Muera la Culpa otra vez! Vase Muera, dejando enseñanza… …que la fiera de los bosques… …aunque es Dios el que la mata… …también el Hombre, después que a otro madero se abraza. Con cuya vitoria yo diré, pues el auto acaba del valle de la Zarzuela, que perdonéis nuestras faltas, repitiendo todos en voces altas que acudamos donde dice la gracia… Cantan ¡A mi brindis, mortales venid.