Personajes ABENYUCEF, rey de Sevilla SULTANA, seta de Mahoma EL SANTO REY DON FERNANDO EL PRÍNCIPE DON ALFONSO, su hijo DON PELAY CORREA, maestre de Santiago FERNÁN ORDÓÑEZ, maestre de Calatrava DON PERIÁÑEZ, maestre de Alcántara DON RAMÓN BONIFAZ, almirante FERNÁN RUIZ, prior de San Juan GARCI PÉREZ DE VARGAS, alférez real DON ARIAS, arzobispo de Santiago DON RAMÓN, obispo de Segovia ÁNGEL PRIMERO ÁNGEL SEGUNDO TROPEZÓN, soldado OTROS UNA NIÑA, vestida de imagen Tócase un clarín, y abriéndose en lo bajo del primer carro una tienda de campaña, se ve en ella Abenyucefdormido; y sale de otro, Sultana, mora Valeroso Abenyucef, cuya siempre heroica fama rey de Sevilla te ilustra y brazo de Alá te ensalza: despierta al ronco clarín de su bronce, y si él no basta, al blando clarín despierta de mi llanto. ¿Quién me llama? ¿Quién quieres que sea, o quién puede a estas horas en tu alcázar entrar a correr cortinas del pabellón que te guarda, sino quien embajatriz del profeta, entre fantasmas del sueño, es con alma y cuerpo ilusión sin cuerpo ni alma, la ley que unos llaman seta, descendiente de la esclava Agar y Ismael, por quien otros ismaelitas llaman, y agarenas, a las gentes que entre el África y el Asia observan del gran Mahoma? El Alcorán soy. Levántase con asombro ¿Qué causa (o ya de mis morabitos seas diabólica magia, o ya de mi fantasía vehemente aprehensión), en vagas sombras, te obliga a que tomes cuerpo y voz? Oye, y sabrasla: después que el tercer Fernando de Castilla, en su alabanza dejó a la Fama sin trompas, dejó al céfiro sin alas, por ser tales sus virtudes que al uno y otro les faltan o plumas para escribirlas o voces para contarlas, hallándose con dichosa sucesión en la preclara Beatriz (¡oh cuánto, ay de mí, siento pronunciar de Austria!), y de su madre a este tiempo heredero en vida, a causa de haber renunciado en él, como reina propietaria, la corona de León, aun no contento con ambas, habiendo hecho de sus huestes en Toledo plaza de armas, piensa arrancar de una vez tantas fuertes raíces cuantas desde Rodrigo a Pelayo y de Pelayo a él, echadas tiene el África en Europa, siendo así que, el que más tala sus semillas si tal vez las siega, no las arranca. Pero, ¿qué mucho, qué mucho viva en esta confianza, si amado y temido a un tiempo, le siguen todos con tanta fe y lealtad que reina aún más que en las vidas en las almas? Sus ejércitos lo digan; no hay vasallo que no haga de la precisa obediencia obediencia voluntaria. ¡Oh qué bien lidia el que lidia con vanidad tan hidalga como que su rey le vea, sin que para el premio haya menester traer a la corte en papel sus esperanzas! Dígalo otra vez y mil, que en su vida dio batalla que no venciese; en su vida puso sitio sobre plaza que no rindiese; enemigo no tuvo, o facción contraria en civil o campal guerra que no postrase a sus plantas. Con séquito y con fortuna, ¿quién duda que sus hazañas, siempre victoriosas, puedan haber pasado la raya de Sierra Morena, entrando a pesar de sus montañas en los campos andaluces? Córdoba, Jaén y Baeza lo lloren, y de las tres, aun más Córdoba que entrambas; pues habiendo antes su rey Almanzor corrido hasta saquear de su gran patrón la ciudad, que a su honor llaman Santiago, y robado al culto de su sepulcro la plata, oro, joyas y ornamentos, y sin perdonar las altas torres de su homenajes, traído hasta las campanas a hombros de esclavos cristianos agobiados de su carga, él en venganza (si es que es el castigo venganza) poniendo a Córdoba sitio, hizo después que la asalta, que con los demás haberes que victorioso restaura esclavos moros en hombros fuesen también a llevarlas. Presto le pagó el favor, pues trabándose batalla al opósito que puso Sierra Morena en su falda, don Pelay Correa, maestre de Santiago, a quien encarga avanzadas de su grueso las tropas de la vanguardia, casi cedido el valor a la superior ventaja de los nuestros se vio cuando, cambiando las nubes pardas el encapotado ceño a listas de nieve y nácar, salió de entre sus fulgores blanco caballo que en alas del viento regía valiente caballero de armas blancas con la roja cruz que al pecho bruñida púrpura esmalta. Tan veloz a todas partes corría a un tiempo la campaña que aun el aire no sentía la huella de sus estampas. Puestas a su vista en fuga nuestras árabes escuadras, porque les faltaba el día para el alcance, su clara luz paró el sol a la voz del maestre. Mas ¿qué me espanta? si «¡María, ten tu día!» dijo. Y quien a María clama en nombre suyo, aun al sol cuando le ruega, le manda. Tres horas fueron las que el día su edad alarga y las mismas horas tres las que en oración estaba Fernando, de suerte que concordes dos circunstancias —Moisés segundo, y segundo Josué— mientras oraba el uno, el otro vencía, sin que el santo texto en nada, aun en pararse el sol, quede deudor a la circunstancia. Bien pudiera referirte, que esta maravilla rara vio sobre Jerez, Alfonso, su hijo, otra vez en aladas angélicas tropas; pero esto que te diga basta para que sepas cuál es el riesgo que te amenaza el día que hacia Sevilla viene doblando la marcha. Y siendo así que no ignoras que joven rey a quien tantas prerrogativas guarnecen viene a buscarte a tu casa, no solamente seguido de soldados que le aman, de maestres que le ilustran, y prelados que le guardan más cuando lidia el consejo, que cuando arguye la espada, sino de su mismo Alá que le defiende, le ampara, ¿cómo tú entregado al sueño en dulces delicias blandas, perezosamente duermes y ociosamente descansas? ¡Despierta pues, y despierte contigo de la africana nación el valor que cinco siglos ha tenido a España dominada de sus huestes cautiva en su misma patria! Y ya que cobrados otros reinos, lloren sus desgracias, de sus lágrimas enjugue Sevilla el dolor; repara que es Sevilla último resto en que la Fortuna entabla todo nuestro honor, bien como fronteriza antemuralla de Europa y Africa; y pues en su defensa te habla, por mí de tu gran profeta, el espíritu que inflama mi pecho, mi voz alienta, mi forma anima, mi saña enciende, abortando iras, no esperes a que lo haga ese repetido estruendo que, articulado en lejanas cláusulas, dice a compás de sus trompas y sus cajas: Dentro cajas, trompetas y voces ¡Arma, arma! ¡Guerra, guerra! ¡Oye, espera, escucha, aguarda, bellísima ilusión! ¿Qué me quieres? Que no te vayas, ni desvanezcas tan presto la luz de tu soberana beldad, y puesto que seas, como antes presumí, o magia, o espíritu, o ilusión, conserva tu semejanza que si eres la ley que adoro, justo es suponerte dama a quien debo defender con la vida y con la espada sin que me pidan razón mayor que la de guardarla. Y así, para que lo veas, no te ausentes, que batalla muy ventajoso el que a vista se empeña de lo que ama. Verás, como tú me asistas, cuán poco el poder me espanta de Fernando, aunque consigo tras las almenas y garras de castillos y leones maestres y prelados traiga. Dices bien, y la licencia usando que ya asentada quedó de que alegoría y historia no se embarazan, mirando a ambas luces, yo te asistiré. Pues ¡al arma!, que contigo, siendo tú mi bellísima sultana, ni la hueste, ni la fe de Castilla me acobarda. En mí a tu lado verás (pasándome de africana mora a idólatra gentil) lidiar a Belona y Palas. Pues ¡al arma! ¡Guerra, guerra! ¡Alto, y pase la palabra! ¡Alto, y pase la palabra! Con esta repetición, tocando arma en un carro y amarchar en otro, sale Garci Pérez De Vargas, con un estandarte blanco, pintada en él una imagende Nuestra Señora con el Niño en brazos, dorado el ropaje a flores, como suelen pintarse las que comúnmente se llaman de la Antigua, y a la otra parte unescudo con las armas de Castilla y León; luego don Pelay Correa, maestre de Santiago Fernán Ordóñez, maestre de Calatrava; don Periáñez, maestre de Alcántara; Fernán Ruiz, prior de san Juan, todos con botas y espuelas, bengalas y petos, yen ellos grabadas las cruces de sus órdenes; después don Arias, arzobispo de Santiago, y don Ramón, obispo de Segovia, el principe don Alfonso, y detrás el rey don Fernando. Castellanos y leoneses caballeros, en quien carga de eclesiástico y seglar brazo hoy, la Iglesia sus armas: esta es Sevilla, y este el término donde acaba España su tierra y donde empieza su mar España. Hércules, que la fundó lo diga, pues en su playa las colunas del Non Ultra erigió, sin esperanza de que ya hubiese más mundo que ganar; ciega ignorancia, pues si le hay o no le hay, Dios sabe para quién le guarda; (¡oh sea otro Fernando más digno de vuestra alabanza!) Viendo su apacible sitio, tan fecundo por sus aguas, tan ameno por sus frutos y tan fértil por sus plantas, a las orillas del río Guadalquivir (africana dicción que quiere decir: Quivir, ‘grande’; y ‘río’, Guadal), su gran fábrica fundó, con tanta gente y con tanta ambición que, presumiendo que le había de hacer falta el terreno, la una orilla quiso que con la otra parta la población; de manera que de una parte Triana y de otra Sevilla, se hacen competencia tan bizarra que fue menester que el río, porque no se den batalla, ponga paz entre las dos, y para haber de ajustarlas, capitulando comercios en la cristalina valla que las divide y las une, sufrió una puente de barcas. Julio César la eligió para colonia romana y coronada de torres la guarneció de murallas. El primer nombre que tuvo fue Hispalis, así llamada por Hispalo, primer hijo de Hércules; mas las mudanzas del tiempo, poseída a tiempos de gentes y lenguas varias, como vándalos y citas, hunos y suevos, hasta que visigodos y godos —en quien por Rodrigo y Cava, la española nación vino a ser cautiva de Arabia— de Hispalis el nombre antiguo mudaron, dando en nombrarla, en vez de Hispalis, Hispalia: y de Hispalia, la africana lengua gutural, Isbilia, con que en frase castellana puso el Isbilia a Sevilla, que es el nombre que hasta hoy guarda. Ésta pues, como antes dije, siendo como es España península que en dos mares el océano rematan y el Mediterráneo, siendo de entrambos fosos cercada, solo por los Pirineos, contigua tierra con Francia, es el término a que hoy alto espíritu nos llama. Y para que veáis que no fundo en la ambición las ansias de poseerla, atended de mi pretexto a la instancia. Tocad al Ave María, que es siempre mi primer salva. Toca la caja los nueve golpes, y todos se arrodillanante la imagen del estandarte ¡Virgen, a quien eligió para sagrario y morada por hija el Padre; escogida el Hijo por madre intacta, y el Espíritu por virgen esposa, llena de gracia, y por alto privilegio la concebida sin mancha: vos sabéis, como quien siempre en todas mis esperanzas fue de mis noches la estrella, fue de mis días el alba, que nunca intenté facción que no fuese consultada con vos, protestando siempre que lo que me mueve a obrarla no es interés de más reinos, ni propio amor de más fama. Dilatar de la fe el culto y rescatar de tirana esclavitud las iglesias que hoy en mezquitas profana impura bárbara ley, restituyendo a sus aras los sagrarios del más alto sacramento, las estatuas imágenes y pinturas vuestras, son todas mis ansias. Favorecedlas, señora, que yo en esta confianza seguro que en vuestro amparo más la intercesión me valga que el ejército, os le ofrezco, pidiéndoos perdón de que haga, siendo Dios causa primera, aprecio en segundas causas, que como pedir no debo milagros, es fuerza que haya humanos medios, que son los que pongo a vuestras plantas. Levántase Con esta protesta, agora vos, Garci Pérez de Vargas, mi alférez real, arbolad de esa imagen soberana el estandarte en mi tienda. Ya sé que es esta la escuadra primera que he de ordenar, señor, que te esté de guarda. Vase Vos, Pelay Correa, gran maestre de Santiago, ved si hay traza de pasar con vuestra gente el río, y de esotra banda impedir las avenidas del puente, mientras no traiga Ramón Bonifaz (a quien encargué que de Vizcaya, como almirante a quien toca gobernar el mar) la armada que aprestar pueda. De mí fía, que después que haya buscado esguazo por donde más Guadalquivir se ensancha, o bien con vado o sin él, ejecute lo que mandas. Vase Vos, gran don Fernán Ordoñez, maestre de Calatrava, con vuestra hueste corred desde Carmona a Tablada, talando viñas y mieses. y porque puede ser salga el moro a impedirlo, vos las surtidas de la plaza, Peribáñez, con la gente de Alcántara ocupad; y haga vuestro valor, Fernán Ruiz, gran prior de la cruz blanca, desalojar los villajes de toda aquesa comarca de cuantos moros la habitan porque vecindad no haya que aceche nuestros designios. Tú verás mi vigilancia… Y mi celo… Y mi deseo… … en cumplir lo que me encargas. Vanse los tres Vos, don Arias, arzobispo de Santiago, haced que haya —pues por capellán mayor os toca regir las almas en el campo, como suele el día que da batalla, o el día que como hoy pone sitio a alguna plaza— general comunión. Viendo de tu ejemplar la enseñanza, todos, a tu imitación, se ofrecen sin repugnancia siempre a lo mejor, que el rey es espejo en quien retratan los vasallos sus acciones. Vase ¡Válgame el cielo! ¡Qué varias imaginaciones son las que mi juicio arrebatan! Permite, señor, que humilde a tus pies en confianza de tu amor te dé una queja. ¿Tú queja de mí? Y fundada en razón, pues cuando a todos honras con mercedes tantas, como emplearlos en puestos que les den honor, en nada me empleas, ¿tan mala cuenta te di en Jerez, que no haya merecido…? No prosigas hasta ver qué reservada facción guardé para ti: esta es que de las murallas con las compañías que están en el retén de mi guardia, vayas a reconocer las defensas y me traigas de sus fortificaciones noticias, con asechanza de qué parte están más fuertes y de qué parte más flacas, por si antes que se refuercen me resolviese a asaltarlas. De llegar hasta sus muros te doy, señor, la palabra, por más que toda Sevilla al opósito me salga. Vase ¿Don Ramón? Señor. ¿Qué es esto? Cuando están mis esperanzas pensando que de Segovia presto a Sevilla te traiga por no apartarte de mí ¿tú, padre, de mí te apartas? De las órdenes que he dado ¿qué es lo que te desagrada que, oyéndolas tan suspenso, ni me miras, ni me hablas? ¿En qué te he enojado? Atiende que a tu obligación agravias —pues te fío mi conciencia, y de mi vida y mi alma la paz, quietud y consuelo—, y no me riñas mis faltas. ¡Ay señor, cuán al contrario tu humildad discurre sabia, de lo que corta discurre de la mía la ignorancia! Pues, ¿qué es lo que discurrías? No sé, señor. Muy mal tratas mi amor; yo lo he de saber. Por mi vida, que me hagas este favor. ¿Si te enojas? De no enojarme palabra te doy, y enmendar el yerro que me adviertas. Pues yo estaba, no sin dos autoridades que ocurrieron juntas ambas, considerando, señor, al ver a un rey en campaña sujeto al hambre y la sed, cansancio, estíos y escarchas, a quien sigue cada uno con su cruz y a quien él manda que unos y otros se dividan acudiendo a partes varias con sus órdenes, y todo a fin de sacar de esclava servidumbre al pueblo, que es un viso, un rasgo, una estampa, viva imitación de aquella inmensa bondad, que… Basta, no lo digas, no lo digas, que no es bien que porque caiga otro en una alegoría caiga yo en una jactancia; y por hablar de otra cosa, cansado estoy. No me espanta, que desde Jaén aquí ha sido grande la marcha; y aunque por la autoridad de mi grado y de mis canas puedo usar de la obediencia, señor, que me tienes dada, no ha de ser sino del ruego. Ésta es tu tienda, descansa siquiera un rato. Sí haré, pues quieres tú. A que no haya rumor que te inquiete, voy. Vase y el Rey se sienta en otra tienda de campaña ¡Oh, Señor! ¡Cuánto deseaba el verme con vos a solas, perdonadme la tardanza que, si no estaba con vos en vuestro servicio estaba, en orden a que Sevilla sea vuestra! Vos, soberana Virgen Madre, este deseo amparad, que yo palabra, si la gano, os doy de hacer templo en ella que sea octava maravilla, y dedicar real capilla a vuestras aras para mi sepulcro, donde aun muerto esté a vuestras plantas. Apenas «sepulcro» dije, cuando mis sentidos grava profundo sueño, bien como dando a entender que, si tarda la muerte, no tarda el sueño que de su parte nos habla cada día ¡Oh humano ser! por real que seas, repara que, si no mueres, no vives, cuando piensas que descansas. Quédase dormido, suenan las chirimías y ábrese un carro de nubarrones y estrellas, y vese en él un trono de serafines, en que vendrá sentada una Niña, vestida como pintan la imagen de los Reyesde la santa iglesia de Sevilla, con el niño en brazos y a sus lados dos ángeles, como que sustentan el trono; y cantando ellos, y respondiendo toda la Música, bajan hasta quedar en el aire, en medida proporción, según la distancia del tablado Cantado Aladas jerarquías… Dentro Aladas jerarquías… Cantado … a quien toca hoy dejar… Dentro … a quien toca hoy dejar… … por campos de esmeralda… Dentro … por campos de esmeralda… … palacios de cristal… Dentro … palacios de cristal… ¡Volad, corred, venid! Dentro ¡Volad, corred, venid! … que baja a serenar… Dentro … que baja a serenar… … diluvios de la guerra el arco de la paz. Dentro … diluvios de la guerra el arco de la paz. ¡Volad, corred, venid!; pues vuestra dicha es tal, que vais en su servicio, donde la reina va. Dentro ¡Venid, corred, volad! ¡Volad, corred, venid!, siendo a su trono real, si basa la cerviz, el ala pedestal. Dentro ¡Venid, corred, volad! ¡Volad, corred, venid! que hoy vuelve el cielo a dar, si no el maná a la tierra, la nube del maná. Dentro ¡Venid, corred, volad! ¡Volad, corred, venid! y el camino sembrad, con palmas de Setín, de rosas de Senar. Dentro ¡Venid, corred, volad! ¡Volad, corred, venid! y entre esas flores, dad en todas azucenas, pero en ninguna azahar. Dentro ¡Venid, corred, volad! ¡Volad, corred, venid! porque con triunfo igual… … que subir la vio el cielo, la vea el suelo bajar. ¡Venid, corred, volad; volad, corred, venid! que baja a serenar diluvios de la guerra el arco de la paz. Fernando, de tu celo, tu amor y tu piedad, las ansias me han traído a que te venga a dar en ese misterioso sueño interior señal de que pudo tu fe mover mi caridad. Y porque la esperanza nunca se quede atrás, que la esperanza es siempre la que adelante va, pues crees y amas, espera, que en Sevilla tendrá su logro tu placer, su premio tu pesar. En honra de mi hijo prosigue en restaurar templo a la devoción y al sacramento altar, para que de mis coros mejor pueda el compás decir en alabanza de tu piadoso afán… Aladas jerarquías, a quien toca hoy dejar, por campos de esmeralda, palacios de cristal. ¡Volad, corred, venid!, que baja a serenar diluvios de la guerra el arco de la paz. ¡Venid, corred, volad! Desaparece el trono y despierta al ruido de cajas, trompetas y voces ¡Cielos! ¿Qué gloria en la tierra es la que mis ojos ven? ¡Arma, arma! Pero ¿quién lo perturba? ¡Guerra, guerra! ¡Oh, cuán presto y cuán trocado de un punto a otro me hallo! Pero ¿qué susto no es verdadero y qué gozo no es soñado? Las cajas, a una parte ¡Ah de la guardia! ¿Qué es esto? ¿Quién causa tanto rumor y en tantas partes? Sale don Arias, arzobispo de Santiago Señor, manda que socorran presto a Pelay Correa, que no habiendo tenido vado por donde pasar a nado, al esguazo se arrojó y apenas de esotra orilla pisó la tostada arena cuando de morisma llena se ve, y aunque resistilla quiera, no es posible, que es su número muy grande. ¿Qué es que socorrerle mande? Yo mismo en persona iré; el que pudiere me siga. Las cajas, a otra parte ¡Arma, arma! ¡Guerra, guerra! Mas yendo al agua, la tierra a que vuelva a ella me obliga. Ved qué es aquello. Sale don Ramón, obispo de Segovia Señor, manda que a favorecer a Alfonso vayan, que al ver de la ciudad el valor con que a la misma muralla llegaba a reconocella, tal gentío salió de ella que en gran peligro se halla, por más que en escolta estaba para impedir la salida, manteniendo la avenida el maestre de Calatrava. ¿Qué aguardo que no le doy mi favor? La caja y voces, a una parte ¡Arma, arma! Pero que viva Pelay no espero si a socorrerle no voy; primero me llamó él y a él primero he de acudir. La caja, a otra parte ¡Guerra, guerra! ¿Dónde has de ir, cuando en trance tan cruel Alfonso está? Dices bien. Las cajas, a entrambas partes Sí dice; pero de allí grande es el riesgo. ¡Ay de mí! Que tú dices bien «también»; y así socorrerle elijo, ya que en tal trance me hallo. ¿No es más tu hijo que un vasallo? Cualquier vasallo es mi hijo. ¡Arma, arma! ¡Guerra, guerra! Mal con dos afectos lucho cuando en dos partes escucho. Voces en el carro de la nube; y dando vuelta se veen ella el almirante, don Ramón Bonifaz, y soldados ¡Da fondo y a tierra! ¡A tierra! Y aun decir pudiera tres. Echa el esquife a la playa, y nadie conmigo vaya. Sí; pero el tercero es en tu favor, puesto que sulca agua arriba una escuadra, y en su bandera de cuadra, a lo que de aquí se ve, es tu armada la que llega. Y no solo en ella viene el socorro que previene el cielo; mas turba y ciega tanto a la gente que coge fuera, que apenas la mira cuando toda se retira, y a la ciudad se recoge. Como una armada no da muestras de lo que en sí encierra, asusta cualquiera tierra donde llega. Con que ya ni Alfonso, ni Pelay tienen riesgos que causen temores. ¡Ay Ramón, que estos favores de superior mano vienen! Mucho tenemos que hablar, pero a solas y después. Sale el Almirante, por una parte, y por otra el Príncipe Dame, gran señor, tus pies. Y a mí tu mano a besar. Seas, Alfonso, bien venido. Vos seáis muy bien llegado, almirante, y si un cuidado en dos partes dividido me tenía, justo es el que en dos partes divida también el alma y la vida. Dadme los brazos, y pues dos nuevas saber espero, y tan iguales las dos, decidme, Bonifaz, vos qué armada me traéis primero. La fábrica que he podido, por venirte a socorrer, con mayor presteza hacer. Dos naves, señor, han sido, de buen porte y tripuladas de buena gente de mar. Lo que a ellas pude agregar fueron solo siete armadas menores embarcaciones con todo su competente tren de bastimento y gente, pertrechos y municiones. Con que en Dios, señor, espero que en este sitio seré de algún servicio, porque si la razón considero de que en toda buena guerra es principio militar que el que es dueño de la mar es el dueño de la tierra, no dudo, si su bahía de uno en otro borde corro, que no entre aunque en su socorro venga toda Berbería. Lo que yo pude, señor, del muro reconocer es que, si todo el poder del mundo y todo el valor tuyo a asaltarla se ofrece, casi imposible será, según que en defensa está y según que la guarnece inmensa gente; con que, aunque el socorro estorbar pueda el almirante al mar, no podrá a la tierra, en fe de que le entra cada día por la puente de Triana. Y así, la esperanza es vana, en tanto que la osadía nuestra no intente cortar este comercio, señor. Sale don Pelay, maestre de Santiago Eso diré yo mejor, que lo vengo de mirar de más cerca, por la parte que el río bate; y aunque no el riesgo me retiró, la obligación sí de darte noticia de que aunque venga el mundo es vana la acción, mientras comunicación Sevilla con Triana tenga, porque para el bastimento y reclutas de la gente, la surtida de la puente es tan grande impedimento, que mientras ella durare les durará el defendella; y esto no es fácil, porque ella la hallará quien la mirare de tan cerca como yo, que están de fuertes cadenas tan amarradas y llenas todas sus barcas, que no las ha de poder romper humana fuerza. Quizá humana fuerza podrá, y con tu licencia a ver su disposición iré, advirtiendo que no digo que yo a romperla me obligo, pero que lo intentaré. Vase Alfonso, maestre, los dos retiraos a descansar, y sea el descanso dar debidas gracias a Dios de que una y otra vez os ampara su fe pía. Acordaos de «Ten tu día», vos; no olvides tú a Jerez, que yo, de darme en vosotros tal valor, lo haré también. Si Dios es contigo, ¿quién ha de ser contra nosotros? Vanse Don Arias, de vos fiar quiero un cuidado. Ya ves cuánta es mi obediencia. Pues al punto habéis de avisar que los maestros que se hallaren en Castilla y en León que con mayor perfección el noble arte ejercitaren de la escultura me envíen, porque los he menester. La diligencia iré a hacer. Vase Ahora es bien que de ti fíen mis cuidados el cuidado mayor que en mi vida tuve. Después (¡ay padre!) que hube al sueño el tributo dado, que en su propensión advierte ser, si no entero homicida, medio ladrón de la vida, media imagen de la muerte, vi, pero no sé si vi… soñé… no sé si soñé, que ni ver ni soñar fue, bien que soñar y ver sí, que ese azul hermoso velo se rasgaba y dél salía nueva aurora, nuevo día, nuevo sol y nuevo cielo. Nuevo cielo en su arrebol, nuevo día en su hermosura, nueva aurora en María pura, y en su hijo nuevo sol. Con él en brazos me dijo: «Presto tendrán tus pesares fin, y de templos y altares te dará el premio mi hijo». Y pues ni a dudar me atrevo ni a creer sin tu parecer, dime si debo creer lo mismo que dudar debo. En esto de averiguar revelaciones, señor, suele padecer error la virtud más singular, que, como tan unas son la apariencia y la verdad, tal vez traje de piedad se viste la tentación. Y así, para conocellas, no debemos acudir a lo que son, sino ir a lo que se saca dellas. ¿Hállaste muy consolado, muy alegre y complacido? No, sino muy compungido y muy atemorizado. Desa compunción o ese temor en ti, ¿qué quedó? Un dulce pesar que no me pesa de que me pese. ¿Deseas volver a ver lo que viste? No me creo tan feliz. Lo que deseo no es, padre, sino tener tan presente lo que vi que me obligue su esplendor a más amor y temor del que antes tuve; y así, para enmendar mis defectos y vivir de otra manera, tener delante quisiera siempre aquellos dos objetos que me detengan a raya aun el menor pensamiento en su ofensa, a cuyo intento dije a don Arias que vaya a convocar escultores, que fuera gran dicha mía que un retrato de María animase mis temores siempre que su imagen vea. Y más si copiase fiel el primor de su cincel el dictamen de mi idea. ¿Parécete que tendrá esto algún riesgo? Que yo, sin licencia tuya… No, no lo juzgo, pues no da de sí esa viva aprehensión más de que haya una escultura en que adelantar procura tu celo su devoción. Pues si tu consentimiento a mi intención no se niega, cielo y tierra oirán… Tocan el clarín, y dando vueltas la nave, se ven en ella el Almirante y Soldados ¡Despliega todas las velas al viento! ¡El áncora leva! ¿Qué faena es esta que en la armada se escucha? Desde aquí nada se puede saber; iré a ver lo que Bonifaz intenta. Cree que no yerra, que hay quien diluvios de guerra serena en arcos de paz. Vanse los dos. Suena el clarín, y dando una y más vueltas la nave, se ven en ella el Almirante, Soldados y Marineros Leva el áncora y vira, ya que en pleamar Guadalquivir retira, rechazada su rápida corriente del reflujo, que entrar no la consiente a mezclarse con él; y pues en vivas aguas vuelven sus ondas fugitivas contra su mismo curso el movimiento a tiempo que las ráfagas del viento también corren del mar, no es bien perdamos esta ocasión. Larga la vela, y vamos con las dos naves solas a arbitrio de los soplos y las olas, dejándonos llevar de la corriente y el embate al abordo de la puente, en cuyo choque es fuerza o que la proa hacia nosotros tuerza el ceño del destino y en undoso sepulcro cristalino todos a pique vamos, o que de sus amarras la rompamos la trabazón que unió náutico el arte. ¡Ea, soldados míos, o morir o pasar de esotra parte! ¡Quédese aquel a quien le falten bríos para seguirme, siendo yo el primero que haga ejemplar de cuán glorioso muero! Mal de nosotros tu valor recela; leva el áncora pues, larga la vela que, yo el menor, pues Tropezón me llamo, delante de mi amo mostraré que es en riesgo de la vida primero el tropezón que la caída. ¡Ninguno ha de dejarte! ¡A morir o a pasar de esotra parte! ¡A morir o a pasar de esotra parte! El clarín y las cajas en la nave, y dando vueltas,sale Sultana en el carro de enfrente, que será uncubo de muralla, sobre las más altas almenas, comomirando a lo lejos el mar O morir o pasar de esotra parte intente el castellano, pues al puente proeja, bien que en vano; en términos lo dejo de dudoso, siendo el morir y el no pasar forzoso. Sale al tablado Abenyucef Bellísima Sultana, mejor diré «ley que inviolable adoro», ya que esa almena con tu soberana beldad tal vez será Torre del Oro, dime, puesto que a ella curiosa a ver la armada te subiste ¿de qué fustas consiste navegables, el río? Mal, al vella, puedo decirte más de que a su huella rompe veloz con ligereza suma en campos de cristal montes de espuma, dos naves de más porte que las demás, haciendo que su quilla (sin temor que Triana y que Sevilla desde sus muros sus disignios corte a trabucos, deshechas de sus piedras, sus dardos y sus flechas), a vela desplegada sin arrizar la más pequeña vela, una en el agua es un neblí que nada, otra en el viento es un delfín que vuela; pero por más que despalmada anhela por llegar la primera cada una dellas, ha de vengarnos la fortuna deshecha con que vienen, donde su escollo en nuestra puente tienen. Dígalo, ya a sus barcas abordando, viento en popa veloces, ser su faena repetir a voces: Dando vueltas la nave, suenan con las voces cajas y trompetas, ruido de terremoto dentro della En la nave ¡Ampara, Virgen pura, a tu Fernando! Mas, ¡ay!, que en vez de presumir que cuando sus proas se rompieran y desatadas en fragmentos fueran, cascado el buque, atormentado el pino, su ataúd la quilla, su mortaja el lino, no solo desunida su embreada fábrica al choque yace, mas en la puente tanta brecha hace que ella es la desunida y destrozada, sin resistir que rompa su aviada por encima de barcas y tablones la amarra de troncados eslabones, con que de esotra parte el agua arriba diciendo va feliz: En la nave ¡Fernando viva! ¡Ay de mí! Que rompida ya la puente en Triana, cortado el bastimento, y en Sevilla encerrada tanta gente, en vano mantener el sitio intento. Solo un remedio queda a tu tormento. ¿Y cual es el remedio? Que sea batalla el que ha de ser asedio, si ha de cortar nuestro vital estambre el embotado filo de la hambre y entonces nuestro daño es nuestra gente, hagamos lo preciso contingente con ella misma y mátela primero el no embotado filo del acero. Salgamos en campaña y el que venciere viva; no a poca costa de su sangre España pueda decir que altiva arrancó las raíces que tantos años cultivé. Bien dices: vengue al desdén del agua el de la tierra. ¡Al arma, pues! ¡Al arma! Dentro ¡Guerra, guerra! Cajas y trompetas, y sale el Rey, el Príncipe y prelados, con los maestres y demás soldados Ved que rumor de arma en cuantas avanzadas centinelas hay, es el que se oye a vista de tan extraña y tan nueva gloriosa acción, que la Fama la hará en sus bronces eterna. Sale el prior de san Juan Yo, como a quien correr toca la campaña, daré della la razón: desesperado Abenyucef, de que pueda, ya sin comunicación proseguir en las defensas de la plaza —pues por hambre que haya de rendirla es fuerza—, reducir a campal lid el último esfuerzo intenta a cuyo efecto arrojando gente por todas sus puertas, en doblados escuadrones viene marchando a tus tiendas. Dentro cajas y voces ¡Viva el gran profeta! Dentro ¡Viva! Su ley es la que os alienta. ¡Guerra, guerra! ¡Arma, arma! Amigos, la heroica facción que espera de vuestro grande valor lograr mi fortuna es esta. A su puesto cada uno, y todos a la clemencia de Dios y su Virgen Madre; que yo, porque no se crea que puse en salvo mi vida, cuando aventuro las vuestras, también a mi puesto iré, que hoy ha de ser la primera y será de la vanguardia. La caja Supuesto que siempre della tuve yo el cargo, y que ya mi soldado te confiesas, en tanto merecerás en cuanto estés a obediencia, que no merece el soldado que no obedece, aunque venza. Y así por orden te doy que no salgas de tu tienda más que a la orilla del río, adonde de escolta tengas todo el retén de tus guardias; y esto por si te llegan avisos de que permite Dios la batalla se pierda, no se pierda tu persona, puesta en salvo en una de esas embarcaciones. Es justo, ¿qué importa, si tú te arriesgas, el que se gane Sevilla? Las cajas Ni cuando Sevilla fuera el mundo ¿qué monta el mundo comparado a ti? No quieras que el resguardo de tu vida haga que a ella sola atienda nuestro valor y no cuide de otra obligación. Aquesta es la mía, que la cumpla dejad y cumplid las vuestras. Las cajas Dentro ¡Alto y pase la palabra! Mirad qué voces son esas. Sale Vargas Que el ejército no quiere marchar si tú no te quedas. Las cajas Dentro ¡Vive tú, señor, y todos muramos en tu defensa! ¡Oh española lealtad! Ya que es preciso agradecerla, Alfonso, al maestre acompaña, y ve tú en mi nombre. ¡Ea amigos! entre mí y mi hijo partamos la diferencia, a que padezca le envío los peligros de la guerra, ya que yo no voy. Yo acepto ir compañero en sus penas, pues al lado de la roja cruz quieres que las padezca. ¡Que aun no perdone a su hijo! ¡Oh rasgo de aquella inmensa divina bondad de Dios! Dentro ¡Arma, arma! ¡Guerra, guerra! Vanse ¡Viva África, muera España! ¡Viva España, África muera! Con esta repetición se finge la batalla dentro Señor, vuelve por tu causa, pues ves que tu causa es esta, que yo por mí no deseo triunfos, laureles ni empresas, sino por ti. Tu honor es mi asumpto, y que a ti se vuelvan los templos, aras y altares. Y vos, soberana reina de ángeles y hombres, pagadme el desvelo que me cuestan los escultores que están labrando imágenes vuestras, hasta que me honréis, Señora, con una que se os parezca. Dentro la batalla, cajas y voces ¡Viva África! ¡España viva! Ya el ejército se acerca en real marcha, haciendo frente al enemigo. Las cajas Ya empieza a trabar la escaramuza la caballería ligera en pequeñas tropas. Ya reforzándolas se empeñan los armados batallones de corazas, que es pavesa la lid que de poca llama en mucho incendio revienta. Las cajas El son de trompas y cajas en el corazón me suena, como que me está diciendo… Dentro Mal haya fortuna adversa que a ser soldado me trujo. Sale como arrojado del río Mas ¿quién allí se lamenta? A lo que de aquí se mira, un hombre que el agua echa a la orilla. Llegaré compadecido a su pena. ¿Tú, señor? Pues ¿por qué no? Que si mi piedad confiesa la verdad, cuando allí veo a un ejército en pelea y aquí un vasallo en conflicto, temo (y es bien que lo tema) la maldición del vasallo más (si con razón se queja) que el ejército del moro. Amigo, ¡anima y alienta! ¿Qué tienes? ¿Qué necesitas? Nada, estando en tu presencia. Un soldado de fortuna soy, señor, que en la sorpresa de la puente, fui nombrado para que saltase en ella al tiempo que de las proas no surtiese la violencia, con orden de que intentase con algunos mantenerla mientras otros la cortaban. Y como al chocar fue fuerza que balancease la nave, casi al un costado vuelta, mal fijo el pie, me echó al agua, de donde saliendo a tierra me quejaba, no de ti, mas de mi fortuna adversa. Cuando de mí te quejaras quizá te lo agradeciera por tener que perdonarte. Toma, amigo, esta cadena, ve a repararte y vestirte, y acude luego a mi tienda; según tu porte veré en lo que ocuparte puedas en mi servicio. Bien haya rey que de su mano premia. No solo iré a repararme, pero a entrarme en la refriega y perder por ti mil vidas; hoy moros con tal presea habéis de ser para mí morillos de chimenea, enjugándome en vosotros. Vase Las cajas ¡Oh, quién alcanzar pudiera a ver qué fortuna corren mis armas! El polvo ciega de suerte que no es posible distinguir la menor seña. ¡A retirar, africanos, Dentro a los rastrillos y puertas, no se pierda todo ya que la batalla se pierda! La caja A ellos, antes que los muros los amparen y defiendan. ¡Sultana! ¡Abenyucef! Sigue mi retirada. Aunque quiera no puedo, porque el caballo desbocado me despeña sin saber dónde. Hacia allí, a lo que mirar se deja, un africano jinete huyendo viene. Si huyera no viniera hacia nosotros. Tan precipitado vuela que tropezando veloz en su misma ligereza, su dueño arroja a tus plantas Sale cayendo a sus pies Sultana ¡Ay de mí, infeliz! Que es fuerza que en mi significación, a dar a las plantas venga de cristiano rey quien corre sin ley, ni freno, ni rienda. ¿Quién eres, que aunque a la vista humana te representas, horror me da tu semblante? ¿Qué mucho, si soy idea de quien explicar pretende que estar yo a tus plantas puesta y estar victorioso tú todo es una cosa mesma, pues todo dice…? Dentro ¡Victoria por Fernando, invicto césar de Castilla y de León! Aunque tu enigma no entienda, baste que entienda tu ruina, en que se me representa que del Alcorán la ley en mi poder prisionera por ahora esté. Tiempo habrá que intente el que no lo sea. Admítate agora yo que conviene que estés presa, que rey habrá que te arroje expulsa cuando convenga. Retiradla como a esclava donde estuvo como reina. ¿Qué más como esclava, puesto que los yerros de mi seta me van saliendo a la cara? Y más cuando todos llegan diciendo… Retíranla los dos, tocan chirimías, cajas y trompe-tas ¡Fernando viva! ¡Viva, reine, triunfe y venza! ¡Danos, gran señor, las plantas! ¡Quién un corazón tuviera que partir con cada uno! Castigada la soberbia de Abenyucef, en sus muros tan derrotado se encierra que ha dejado la campaña de varios despojos llena. No sin envidia del río, que él solo te dio en su esfera broncos fragmentos. ¿Qué importa, si fueron preciosas prendas de tu gran valor? Los ojos vuelve, verás una selva donde anochecen claveles las que amanecieron yerbas. De marlotas y turbantes es la playa primavera. Y todo el valle una alfombra de estandartes y banderas. Bien como el monte una tumba de cadáveres cubierta. ¿Qué es eso, señor, tú lloras? Sí, Alfonso, que es bien que sienta ver tantas almas perdidas al ver tantas vidas muertas. ¡Señor, haced que mi sangre venza, pues queréis que venza! En el carro del muro un clarín Dentro Piérdase la fama, y no con ella vidas y haciendas. Otro clarín en el otro carro, respondiéndose Llamada del muro hacen. Dad a su clarín respuesta. Ya la plática aceptada está. Pues nada se arriesga, retiraos, que yo mismo veré lo que el moro intenta. Retíranse todos al carro de enfrente, y el Rey se adelanta al de la muralla, saliendo a ella Abenyucef ¡Ah del campo de Castilla y León! ¡Ah de la excelsa campal corte de Fernando! ¡Ah de la altiva eminencia de los coronados muros de Sevilla! Con bien vengas. En paz estés. ¿A qué llamas? Di a tu rey que si desea que a menos costa de sangre (¡oh mal haya la violencia de haber dejado en Sultana la mitad del alma presa!) que este sitio se concluya, que a pactar las conveniencias con sus poderes envíe persona que las confiera. ¿Quién eres? Abenyucef es el que miras. Pues piensa que lo que trates conmigo el mismo valor y fuerza tendrá que si lo trataras… Di… … con su persona mesma. Agora te he conocido que aunque imaginadas señas decían quien eres, me habla más claro la reverencia con que te miro; y supuesto que la consecuencia hecha está en Córdoba y Jaén, Sevilla también como ellas, quedará tu tributaria, (pagando feudos y rentas, y admitiendo tus presidios), como una cautiva vuelvas. Sin hablar de la cautiva, que es reservada materia que no toca a lo historial, pues solo toca a la idea de explicar que la africana ley quedó en España presa, vamos a que con Sevilla no corre la consecuencia, que Sevilla es fronteriza plaza de África y tenerla me importa más arredrada que las demás. Pues si esta capitulación no admites sigue el sitio. ¡Norabuena! Pues ¡al arma! Pues ¡al arma!; y para que te prevengas, tengo que darte el asalto mañana antes que amanezca. Dentro No le dejes que se vaya sin hacerle otra propuesta. ¡Oh vulgo infame! ¡Qué mal, monstruo de varias cabezas, te dejas domar! ¡Fernando! ¿Qué me quieres? Que me atiendas; y entre ser tuya y ser mía partamos la diferencia: la mitad de la ciudad te daré, obligado a hacerla murallón que la divida, y en cuanto a que sea frontera de África, tendrás la parte tú del mar, yo de la tierra. Traigo yo mucha familia conmigo, mucha nobleza, y habré menesterla toda, porque no cabe en la media. ¿Tampoco esto aceptas? No. Pues si tampoco esto aceptas…, ¡ven al asalto! ¡Sí haré! Pues ¡a la guerra! ¡A la guerra! Ya fallecidos al hambre, ¿quién quieres que la defienda? ¿Ni quién al motín de un pueblo pudo hacerle resistencia? ¡Fernando! ¡Fernando! En vano a llamar vuelves. Espera… Di… La ciudad será tuya con que las vidas concedas y que saquen sus vecinos mujeres, hijos y haciendas, dándoles embarcaciones en que al África se vuelvan los que no quieren quedarse con su ley a tu obediencia. Eso concediera yo, aunque ellos no lo pidieran, que dar a merced las vidas es piedad; dar las haciendas, liberalidad; dar tiempo a que algunos se conviertan, religión; y siendo así que en esto mi celo ejerza liberalidad, piedad y religión, bien se prueba que ni son rigor mis armas ni codicia mis empresas. Pues con esas condiciones bajaré a abrirte las puertas. Vase ¡Oh Señor, y lo que os debo, triunfante en la conferencia, sin costa de almas perdidas! Hijos, ya Sevilla es nuestra, dadme en albricias los brazos. Tus pies nuestro centro sean. Y nuestro laurel tu mano. Mi mano fuera indecencia sino para levantar las colunas de la Iglesia. Las chirimías Las puertas de la ciudad abren ya. Y al umbral dellas Abenyucef sale. Dadme imperial manto, diadema y cetro; y todos vosotros acompañadle a mi tienda que el honrar al enemigo (y más vencido), aunque sea de otra ley, en ley de humano duelo militar es deuda. Vase el Rey, el Príncipe y Prelado Vamos al compás de cajas, de clarines y trompetas, diciendo: ¡Fernando viva! ¡Viva, reine, triunfe y venza! Con esta salva de cajas, clarines, chirimías y voces, llegan todos al carro del muro, y sale Abenyucef con una fuente, y en ella unas llaves doradas; cógenle en medio, y atravesando otra vez el tablado, llegan al carro de la primera tienda de campaña, donde se verá el Rey con manto imperial, corona y cetro; a sus lados los dos prelados, y el Príncipe Ya el moro rey de Sevilla, vencido y honrado llega, señor, a tus pies. Invicto, glorioso Fernando, estas son de Sevilla las llaves, triunfante en sus muros entra de quien yo salgo rendido, siendo tu gloria y mi pena jeroglífico que diga, cuando pintados nos vean con ellas a ti en tus manos y a mí a tus plantas sin ellas: «Esto es Fortuna, mortales, ved que hay próspera y adversa». Abenyucef, estas llaves, aunque a mí me las entregas, no soy yo quien las recibe hoy, más que para volverlas mañana, bien como alcaide de rey que es solo el que reina. Y ya que la posesión dellas tomo, de la tierra levanta, llega a mis brazos; y el jeroglífico sea decir, en vez de Fortuna, en la inscripción de su letra: «No hay más Fortuna que Dios». No llores, no te enternezcas, porque harás que llore yo que aunque son leyes opuestas nuestras leyes, no lo son las de la naturaleza que siempre a piedad obligan. Ya, señor, que me consuelas, en fe de tu real palabra, pues ser inviolable es fuerza, te suplico que me des embarcación y licencia para que a África me pase con el consuelo siquiera de que, ya que voy vencido tú hayas sido el que me venza. ¡Almirante! Gran señor, ¿qué me mandas? ¿Qué me ordenas? Que de esas embarcaciones des a Abenyucef aquellas que haya menester para él y toda su gente. Eternas edades vivas. El cielo te guarde. ¡Ay, Sultana bella, no te quejes de mi amor, quedando en España presa porque si de aquel sentido hoy la metáfora acuerdas, mi ley eres y conmigo vas, aunque sin mí te quedas! Vase Ya que de la posesión celebrada está la entrega, cumpla, como alférez real, yo de mi cargo la deuda. Vase Arzobispo de Segovia, entrad a mi lado, y sea en vez del supremo alcázar, nuestra visita primera la mezquita, que hoy habéis de consagrar en iglesia. ¡Viva el gran Fernando! ¡Viva! Ya la plebe y la nobleza, de ejército y de ciudad, haciendo a su modo fiestas, te aclaman su rey, diciendo todos en voces diversas… Vargas en el muro, arbolando el estandarte; y Música, y todos respondiendo, se entran todos alcompás de cajas y trompetas, y sale la Sultana,de cautiva ¡Victoria por don Fernando! ¡Victoria por don Fernando! ¡Rey invicto, invicto césar! ¡Rey invicto, invicto césar! ¡De Castilla y de León! ¡De Castilla y de León! ¡Que viva, que reine, que triunfe y que venza! ¡Que viva, que reine, que triunfe y que venza! Las cajas y música y todos ¿Sevilla por don Fernando de Castilla y León? ¡Oh pena, oh ansia, oh ira, oh rabia, oh furia…, que en corazón te engendras! ¿Por qué víbora te llaman, si muerdes y no revientas? ¡Oh, nunca en humana forma la retórica licencia de que, siendo yo un supuesto, otro a la vista parezca que hubiera traído a España victoriosa en otra era, para irme dejando, plaza a plaza, cautiva en esta, hasta sacarme a la cara los yerros de mi tragedia! Y aun no aquí para mi injuria, y aun no aquí mi agravio cesa, pues anticipando tiempos mis futuras contingencias (que como espíritu bien puedo mirarlas sin verlas), veo que en Sevilla ya no solo Fernando reina quieto y pacífico –donde la mezquita que ayer era prédica de Mahoma, es hoy de Cristo sagrada iglesia–, sino que labra capilla real para su entierro en prueba de que aspira a mejor reino rey que de morir se acuerda. Y con tal afecto que para colocar en ella un retrato de María, hace varias diligencias hasta hallar quien se la copie del ejemplar de su idea. Pero ¿por qué esto me aflige, me angustia y me desespera, si antes debe confiarme, que conseguir no lo pueda? pues no puede haber quien la haga tan bella que la parezca. ¿Qué artífice habrá en el mundo que a retratarla se atreva, cuando dicen los cantares su soberana belleza, encareciendo, porque nadie tan feliz se crea? Salen cantando los dos Ángeles de peregrinos, y el tono sea imitación de extranjeros que piden limosna Cantan Tota es pulchra amica mea, macula non est in te. ¿Qué escucho? Dos extranjeros peregrinos que en su lengua y a su modo la fatiga del camino lisonjean con su canto, han proseguido de mi duda la respuesta, pues en favor de que no haya quien sus excelencias bosqueje, dan por vencidas todas las humanas fuerzas, diciendo al intento mío que ella sola es de sí mesma espejo en que se retrata de tan diáfana pureza que no hay en él mancha alguna. Alegre a escucharlos vuelva, pues desconfiando a quien labrar su imagen pretenda, dicen… Cantan Per Virginem Matrem Dominus det nobis salutem, et pacem. Mas ¡ay! que si es que en su nombre a Dios el favor impetran los artífices podrán lograrlo, que nada niega a quien diga en nombre suyo… Cantan Da nobis virtutem contra hostes tuos. Peregrinos, cuyo canto como al áspid me penetra los sentidos, ¿quién sois? ¿Dónde vais? ¿Qué canciones son esas que a un mismo tiempo me hablan ya favorables, ya opuestas? Pues no hablábamos contigo, que no dan tus yerros señas de adónde a parar camina la peregrinación nuestra. Si estás cautiva y errada, y en busca vamos de aquella, que, ni errada, ni cautiva, primero instante la engendra… … ¿cómo presumes tan loca… … ¿cómo imaginas tan necia… … que pudo nunca contigo hablar ni tono ni letra? Canta Y así no embarazar trata… Canta … nuestro camino porque… … mal que digamos dilata… Cantado Dignare me laudare te, Virgo Sacrata. Pues ¿cómo…? mas ¡ay de mí!, que aunque replicaros quiera, no puedo, no puedo, que entorpecida la lengua, balbuciente el labio, helada la voz, y la vista ciega, sucede al pavor de oíros el de veros; conque es fuerza huir por no oíros ni veros, torpe, helada, absorta, y yerta. Vase A mala tierra venimos, pues lo primero que encuentra nuestra peregrinación es la tolerada mezcla de infieles entre cristianos. Ahora conviene el haberla; y para nuestro consuelo baste que en su recompensa llegamos ya a los umbrales del real alcázar que hospeda al católico Fernando, a quien hoy por excelencia el pueblo «el Santo» apellida. Esa es clara consecuencia de que hoy le canonice la voz del pueblo, en espera de que habrá feliz reinado que por la sede lo sea. Ya que a sus puertas estamos, porque en nosotros adviertan, prosigamos el disfraz nuestro, con todas las señas de extranjeros peregrinos. Cantan Tota es pulchra amica mea, macula non est in te. Sale Tropezón, como suspenso ¿Qué dulces voces son estas que van suspendiendo el aire? Cantan Per Virginem Matrem, Dominus det nobis salutem, et pacem. Y no solo al aire, pero a todo humano discurso que elevado al cielo pide favor diciendo confuso: Cantan Da mihi virtutem contra hostes tuos. Ya mi sentido arrebata tras lo que oye, lo que ve. Repara en ellos, y ellos pasan por delante dél Cantan Dignare me laudare te Virgo Sacrata. Dos peregrinitos son de soberana belleza, y aun mejor se entran que entonan. ¿Oyen ustedes? Detengan el paso. ¿Quién eres tú para que nos le defiendas? Soy quien antes que portero de cadena el rey me hiciera de cadena portador, con que ya en paz, y ya en guerra es mi porte ser portero y portador de cadena, y así me importa portarme con quien aporta a esta puerta. Y pues a pedir limosna vendréis, esperad en ella, donde él a los demás pobres la da de su mano mesma. Y así en tanto que él no sale, cantadme por vida vuestra, porque cantáis de los cielos; y aunque no entiendo la letra basta que entienda la solfa. No es limosna, sino audiencia la que pedimos; y así apartad. Sin mi licencia no habéis de pasar. Sale el Rey y el arzobispo de Segovia ¿Qué es esto? Dos peregrinos que intentan hasta tu cuarto entrar. Pues ¿cuándo mi cuarto se cierra al peregrino, ni cuando se le ha impedido la puerta? ¿No digo hasta el cuarto, pero hasta sentarse a mi mesa? Dadles limosna, arzobispo. En mi vida vi presencia más airosamente amable. Aunque la limosna fuera digno asumpto de nosotros, porque otro en darla merezca, no es hoy nuestra pretensión limosna. ¿Pues qué es? Que atiendas: los dos, señor, ejercemos el arte de la escultura y viendo cuanto procura tu fe con dignos extremos una estatua, pretendemos entrar en obra tan pía por la dicha que sería tuya y nuestra merecer que llegásemos a hacer esa estatua de María. Los mayores escultores no han mi idea retratado, pues el que más la ha imitado, solo la dio unas colores, unas aguas o esplendores, lejos de la perfección que está en mi imaginación. Y es mucho emprender vosotros, mozos, lo que yerran otros viejos en la profesión. La edad muchas veces vemos hacer a la vista engaños, quizá tenemos más años de los que te parecemos. Todos ellos nos habemos en este arte ejercitado que, habiendo los dos llegado sin padre y madre, señor, a puertas de un escultor, que es el que nos ha criado, el arte nos enseñó. ¿Y era buen maestro? No había igual a él; tanto que un día una estatua fabricó solo de barro, a quien dio tal alma que en el vulgar frase hablando, asegurar pudo alguno que la ve tan perfecta en todo… ¿Qué? Que aun no la faltaba hablar. Que gusto de oíros confieso. ¿Que tan primoroso era? Tanto que tras la primera otra fabricó de hueso, y viva con tanto exceso que casi sentir la hizo. ¿Sentir? Sí; pues quebradizo metal, a un tronco tocó, y del golpe se sintió tanto que se le deshizo. ¿Y de dónde sois? Señor, somos… ¿Pues qué hay que os acorte? … del alta Alemania, corte del supremo Emperador. Y en fin, ¿queréis el primor vuestro en esta obra ejercer? ¿Qué se pierde en emprender? ¿Y más cuando no queremos más premio que el que tendremos en darnos a conocer? Solo lo que te pedimos,… Decid, que he de complaceros. … porque, en fin, como extranjeros de extraña patria venimos, dar celos a esta sentimos. Y así lo que deseamos y humildes te suplicamos es, que nadie llegue a ver, ni a examinar, ni saber cómo o cuándo trabajamos; pues (sin que nadie nos vea, ni hable, ni jornal nos dé), encerrados hasta que acabemos la tarea hemos de estar. Así sea. Pues lo que ahora falta es que de tu idea nos des noticias, para que de ella copiemos la imagen bella que hemos de labrar. Oíd pues: Pensad con su hijo en brazos a María, que en un trono de nubes se sentaba, cuya alba y cuyo sol a un tiempo daba luz a la noche, oscuridad al día; temor y amor, grave y hermosa unía, con ojos de paloma que miraba, y su madeja al corazón postraba con un solo cabello que le hería. Desta idea formad la bella copia (flor a flor, rosa a rosa, estrella a estrella), que, aunque de original siempre se copia, hoy sin original habéis de hacella, que mal podía salir la imagen propia de original que nunca cupo en ella. Llévalos donde habrá una puerta Con esto, en este aposento que a ninguno corresponde, podéis retiraros, donde vos le traeréis el sustento, y el material y instrumento que ellos pidan. Yo seré cuervo suyo, y les traeré, si eso a mí cargo se toma, todo cuanto no me coma en el camino. Vase Pues fue esta vuestra pretensión y ya esta otorgada, entrad, y por de dentro os cerrad. Abre la puerta Pero dadme permisión de que en alguna ocasión sea yo solo el que vea como os va de la tarea. Cuando quisieres podrás venir, y quizá hallarás el retrato de tu idea. Vanse cerrando la puerta ¿Habéis notado esto? Sí. ¿Qué juzgáis dello? No sé si me atreva a decir… ¿Qué? … que Dios anda por aquí. En toda mi vida vi jóvenes de más belleza, discreción y gentileza. ¿Maestro que fue su criador sin padres; y este, escultor de barro? Aquí hay más grandeza. Remitámoslo al efecto; y aquesto aparte, sabed, padre, que de extraña sed padezco el penoso afecto, y temo que me sujeto a una grave hidropesía. Marchas de uno y otro día. Cúmplase lo que Dios quiera, mas sea ver, antes que muera, en mi sepulcro a María. Vanse y sale Tropezón, con una cestilla con algode comer, y una limeta con vino ¿Cuál es una cosi cosa tan extraña que no siendo mentira ni verdad, es verdad y mentira a un tiempo? ¿Danse por vencidos? Pues sepan que el sentido desto es la comida que yo traigo a aquestos mancebos, pues es verdad que la traigo y es mentira que la llevo. Come y bebe Pruébolo con un bocado y con un trago; ¿habrá ingenio, que oyendo este silogismo, me diga que no lo pruebo? Pero bocado a bocado y trago a trago, sospecho que me los he de dejar con lo que no me los dejo. Lo bueno es bueno, esto baste; pero si lo bueno es bueno, ¿un bocado más es más que ser un bocado menos? Mas entre estas y entre estotras he llegado al aposento, que es la primera posada a que sentí llegar presto. Dentro instrumentos Cielos, ¿qué es esto que escucho? ¿Qué sonoros instrumentos en él suenan? ¿Quién habrá traídolos aquí, supuesto que aun para su oficio no los han pedido, ni hecho elección de la materia que han de labrar? Pero presto lo sabré, pues han de abrirme aunque no quieran hacerlo, so pena de que no coman. ¡Ah señores arquitectos! Llama a la puerta, salen a ella los Ángeles, toman la comida y, al ir él a entrar se cierran ¿Quién llama? Quien la comida os tray. Dádnosla y volveos. ¿Pues no entraré yo a servirla? Nosotros nos serviremos, que estamos más enseñados a servir hombres que ellos a servirnos a nosotros. Vanse Señores, ¿qué ha de ser esto? ¿Entrarse a trabajar sin una herramienta un madero y comer y tocar? Yo también me hiciera lo mesmo. Diré al rey. Sale el Rey ¿Qué has de decirle? Que no han hallado mal medio de regalarse los dos peregrinos extranjeros, dure lo que les durare la industria. ¿Cómo? Comiendo. Ellos, señor, no han pedido nada que a su ministerio toque; y si trujeron algo consigo, instrumentos fueron músicos, mas no, señor, escultores instrumentos. En vez de golpes se oyen consonancias; y tras esto toman muy bien las viandas que les traigo, conque pienso que no viene aquí muy mal aquel repetido cuento del que ofreció a un rey que hablase un elefante, diciendo: «Por lo menos, mientras duren las liciones como y bebo; y en tanto, elefante, o yo, o rey, nos habremos muerto». ¿O elefante, o yo, o rey, nos habremos muerto? Un docto y un loco en una misma confusión me han puesto, pues en escultor y barro dijo uno que había misterio, y otro que hay músicas donde no hay labor; y añade luego el cuento de ser mortales desde el bruto al rey. ¡Oh acuerdo! ¿No me bastaba el de tantos achaques como padezco? Pero mal hago en hacer caso de acasos, sabiendo que acasos no pueden darse en Dios; y pues el deseo de saber en qué se ocupan estos peregrinos bellos, —aun antes de oír a este hombre—, con tal prisa aquí me ha vuelto, y tan solo por cumplirles la palabra que pidieron de que yo solo podría venir a hablarlos y verlos, llamaré a ver lo que hacen. Dentro los instrumentos ¡Mas qué es lo que escucho, cielos! Bien dijo, que al fin no hay loco que alguna vez no esté cuerdo. Atienda más, por si es aprehensión. ¿Cómo ha de serlo, si ya al instrumento aplican dulces voces? Oye atento. Cantan dentro los Ángeles, y responde toda la música Cantado ¡Magnifica, alma mía, magnifica al Señor! Cantado Y el espíritu mío tendrá su gozo, y su salud en Dios. Cantado ¡Magnifica al Señor! Ya no me atrevo a llamar por no interrumpir su acento. Cantado Y pues por la humildad que en su esclava miró. Cantado Beata me llamará de una en otra la gran generación. Cantado ¡Magnifica al Señor! Verdad es, no es fantasía; ¿mas qué la pasma suspenso lo mismo que ha de alentarme? Peregrinos de los cielos, abrid, yo soy. No responden, en su canto prosiguiendo. Y ya que me hizo grande el poder del amor. Que derribó al soberbio y al humilde en su trono le exaltó. ¡Magnifica al Señor! Quiere abrir la puerta y no puede. Salen todos Ya la omisión es culpable que nacida de buen celo no es delito la osadía; y pues ni oyen ni abrir puedo la puerta, fuerza es que llame gente. ¡Hola! Señor ¿qué es esto? No sé, romped esas puertas y sepamos lo que hay dentro. Dan golpes Ya abiertas, señor, están. Y no las del aposento solas, pues puedo decir que abristes las de los cielos. Ábrense las puertas de todo el carro, y vese en un trono la misma Niña que hizo la imagen, inmoble,como si fuera estatua; y dos elevaciones, en que subirán los Ángeles cantando; el pan, y el vino estará en el plano del trono, como en forma de altar, y todos se hincan de rodillas ¡Qué maravilla! ¡Qué asombro! ¡Qué prodigio! ¡Qué portento! ¡Qué admiración! ¡Qué milagro, diréis mejor; pues que veo despierto, la misma copia de aquella que vi durmiendo! Suben los Ángeles cantando con toda la Música ¡Magnifica, alma mía, Magnifica al Señor! Y el espíritu mío tendrá su gozo y su salud en Dios. Y pues por la humildad que en su esclava miró beata la llamará de una en otra la gran generación. Ya que grande la hizo el poder de su amor, que derribó al soberbio y al humilde en su trono le exaltó. ¡Magnifica, alma mía, magnifica al Señor! Y el espíritu mío tendrá su gloria y su salud en Dios. Desaparecen ¿Dónde están los peregrinos? Su canto oímos, mas no vemos más que tan sola la imagen. Y las viandas por el suelo. Y en el trono que labraron solo el pan y el vino. ¡Cielos! ¿No bastaba de María ver el simulacro bello por los ángeles labrado sin materia ni instrumento, sino también las especies del mayor de los misterios colocadas en sus aras? Mas ¡ay! que si dijo en sueños que presto se acabarían mis fatigas, bien entiendo que otorgarme su retrato —por mano de ángeles hecho, cuando mi entierro fabrico para ponerle en mi entierro—, y dejarme el pan y el vino —sin que le gustasen ellos, para que le guste yo en viático alimento—, es un decirme que diga con Simeón en sus versos: «Ya es hora, Señor, ya es hora de deshacer este siervo». Y cumpliendo la palabra vuestra, pues mis ojos vieron la salud que preparasteis ante la faz de los pueblos para gloria de Israel, cumplidme el prometimiento. Desmáyase en brazos de los dos obispos ¡Ay de mí! ¡Que desmayado se ha quedado! Más sospecho que sea éxtasis o rapto. ¡Señor? ¡Señor? Sin aliento está, sin vista, ni voz. Entre todos le llevemos a la cama. Ya parece que vuelve en sí. ¡Albricias, cielos! Arzobispo de Segovia, Al de Segovia como a padre os encomiendo a mi hijo, que esa imagen se ponga sobre mi entierro y que al instante vos mismo me traigas los sacramentos. Al de Santiago Vos mandad a la capilla que mientras yo esté muriendo, el Te Deum laudamus canten. Llévanle entre todos ¡Qué dolor! ¡Qué sentimiento! ¡Que ansia! ¡Qué pena! ¡Que angustia! ¿Qué es esto, cielos, que es esto? ¿Cantar el Te Deum laudamus en su muerte manda, siendo así que solo se dice aqueste cántico a aquellos en quien ya la beatitud está declarada?, pero quizá es futuro presagio de la suya, cuando el cielo de su canonización el tiempo cumpla. Vase y sale Sultana ¿Qué tiempo ha de ser ese si antes —aunque hoy cautiva me veo—, sabré amotinar mis gentes y volver a hacerme dueño de España; conque no hallando a la invasión de mi incendio y al rebelión de mi ira, la fe altar, ara ni templo, ¿dónde ha de tener Fernando beatitud, culto, ni obsequio? Y no en vano aquesta ruina adelante me prometo sino muy luego si él falta, que es solo de quien yo tiemblo. Y que faltará no dudo, pues en el último aliento de su vida me parece que yace, según el pueblo en clamor está. Y no es aqueste el mayor efeto de su riesgo sino ver la prisa con que en el pecho el arzobispo le lleva de secreto el sacramento, si bien tantos le acompañan, prelados y caballeros, nobleza y plebe, que es ir públicamente secreto. Y pues con la confusión nadie en mí repara, tengo de asistir a todo el acto, aunque me aflija ir oyendo. Dentro Te Deum laudamus, te Dominum confitemur. Mas ¡ay de mí! que pasando su Fe y Caridad a extremos de la Esperanza que en Dios tiene de gozarle, presto al escuchar que ya viene, deja de su cuarto el lecho y sale al umbral vestido de basto sayal grosero, parda túnica que había para su mortaja hecho en vida, con un dogal ceñida; y aún de ese, al cuello echado el ramal. No extrañe nadie no oírlo ni verlo, pues fue así que pase así, conque pasando de extremo a extremo, a humilde buriel la púrpura, el blanco acero a rudo esparto ¿qué mucho que a penitentes trofeos se truequen los militares, una y otra vez diciendo?… Te Deum laudamus, te Dominum confitemur. Sale el Rey como han dicho los versos, en brazos del Príncipe y arzobispo de Santiago que traerán dos luces en las manos Sacadme hasta los umbrales del alcázar que bien debo a tan soberano huésped salir al recibimiento. Y pues que ya viene, en tanto que llega, clame mi ruego, que él me escuchará de cerca aunque yo le hable de lejos. ¿Señor, Vos en busca mía? ¿Vos a mi posada? ¿Siendo tan no digno de que en ella entréis? Aunque bien espero en vuestra santa palabra, no por mis merecimientos sino por vuestra piedad, que sea en el juicio vuestro mi alma salva y perdonada en cuya fe me presento ante Vos, con tantas señas de ya convencido reo. Y en hacimiento de gracias de darme aqueste memento para pediros perdón repitan mis muchos yerros. Te Deum laudamus, te Dominum confitemur. El reino que Vos me disteis a vuestras plantas os vuelvo; perdonadme si no va mejorado, que yo espero en Vos que en Alfonso suplan sus virtudes mis defectos. De que no tan solo a Vos, Señor, pido perdón, pero a todos de haberles dado con mi vida mal ejemplo; Toma una de las luces testigo sea esta llama de que postrado os confieso que merezco como ella arder por siglos eternos. Y si es vuestra voluntad, primero es el honor vuestro que la conveniencia mía; arda yo, que yo me ofrezco voluntario a lo preciso, y porque no en el infierno podré alabaros, Señor, os diré agora que puedo. Te Deum laudamus, te Dominum confitemur. Venid pues, y pues no os dio horror, (siendo Vos el verbo hijo del eterno Padre), tomar por obra de inmenso espíritu en virgen claustro de humana sangre, alma y cuerpo; no tengáis horror de entrar, Señor, en mi indigno pecho que, aunque al vientre de María era ir de un cielo a otro cielo y aquí de un cielo a un abismo, por eso sois Vos, Vos mesmo, y yo, yo mismo. Señor, medid la distancia oyendo que desde el profundo os clamo una y otra vez, diciendo: Te Deum laudamus, te Dominum confitemur. Ya llega. Señor, más digno lugar es y más dispuesto tu oratorio, en él le aguarda. Si a vos os parece eso, llevadme a él entre los dos, con que seré yo el primero que incorporado con todos vaya en su acompañamiento. Y esta llama que tomé para explicarme en incendios, será antorcha que me alumbre para explicarme en consuelos cuando a sus plantas postrado con todo, la voz del pueblo añada el Te Deum laudamus. Te Deum laudamus. Te Dominum confitemur. Al cántico, sincopando primero y último verso: In te Domine speravi, non confundar in aeternum. In te Domine speravi, non confundar in aeternum. Con esta repetición, llegando el Rey a la puerta izquierda del teatro, sale por la derecha todo el acompañamiento, y en medio el obispo de Segovia, y haciendo dos alas, atraviesa el tablado con mucha majestad, durando siempre la música; el Rey le espera a la puerta, y alumbrándole, se entra el primero, y todos tras él, quedando la Sultana sola Aun con haber visto acto tan extraño, no por eso tengo de desconfiar de que verme reina tengo otra vez de España. Salen los dos Ángeles Pues bien puedes, que tus intentos tendrán otro rey que sepa cortarlos y deshacerlos arrojándote de España. ¿Qué rey? Felipe Tercero que de Fernando vendrá a ser el catorce nieto, que ha de arrancar tus raíces de una vez. Y el cuarto luego, aumentando religioso la devoción deste excelso sacramento y de María, en su casa el sacramento colocará, y della hará instancias para decretos que la veneren sin mancha. Con que Carlos, heredero de tantas felicidades, verá de Fernando el premio cuando el décimo Clemente declare, con misa y rezo, su virtud canonizada. Sí podrá, pero primero oirá el mundo: Salen todos con el Príncipe ¡Alfonso viva! ¡Qué a costa del sentimiento escucho vuestros aplausos! Todos, señor, le tenemos. Pero la muerte del justo más es para dar ejemplo que dolor. ¡Alfonso viva! ¡Viva por siglos eternos! ¡Ay de quien cautiva, es fuerza que diga con todos ellos que viva y reine, al mirar que llorosos y contentos repiten todos conformes, en perdón de nuestros yerros!: Cuando el llanto en el gozo resulta, es cierto que se visten las penas de los consuelos.