El Laurel De Apolo Fiesta de la Zarzuela, transferida al Real Palacio del Buen Retiro Famosa Comedia Personas que hablan en ella Iris, ninfa, música Rústico, villano gracioso Eco, ninfa, música Apolo, galán, músico Zarzuela, villana, música Amor, galán, músico Dafne, primera dama Libia, ninfa, segunda dama Silvio, pastor galán Seis ninfas marinas, músicas Céfalo, pastor galán Anteo, pastor Flora, labradora Asia, America, África, Europa Lauro, pastor Músicos y acompañamiento Bata, villana Jornada Primera Sale Iris, ninfa, cantando. Todos hoy se alegren, pues hoy, con próspero arrebol, para todos nace el sol. Desde el campo de la aurora, donde oriental la región del Asia, cuna del día, saluda el primer albor, siendo África y Europa tránsitos de su estación, con el austro al mediodía, y el norte al septentrión, hasta donde occidental América su esplendor ve morir, para nacer hijo y padre de su ardor: todos hoy se alegren, pues hoy, con próspero arrebol, para todos nace el sol. Sale Eco, ninfa, cantando. Oh, tú, hermosa embajatriz de los dioses, que en veloz Iris, listado de verde, rojo y pajizo color, hablar por señas solías, ¿qué te mueve a dejar hoy el triunfal arco, y que dulce lo que fue matiz sea voz?, obligándome a que diga en troncados ecos yo, desde el etíope al belga, desde el indio al español, que hoy todos se alegren, pues hoy, con próspero arrebol, para todos nace el sol. Si de pasadas tormentas tremolado acuerdo soy, pues cuando que hay paz publico, publico que hubo rigor, ¿qué extrañas, hermosa Eco, ninfa del aire, a quien dio boreal sepulcro en los montes la desdicha de su amor, que cuando en mi heroico asunto todos comprendidos son, acordándoles la dicha, les olvide la pensión? Felice natal de España ansiosa la lealtad vio en el dos veces real hijo del águila y el león; y aunque fecunda Lucina a su horóscopo asistió, grosero accidente puso el alborozo en temor, tanto, que el sol entre nubes, como es de las nubes dios, presumimos que llovía, y era que lloraba el sol, bien que breve espacio: sólo cuanto diestro senaló el susto el hado, porque fuese la dicha mayor; que sabe usar la fortuna de tan mañoso primor, que amenaza para hacer de una felicidad dos; y siendo así, que a pedir de una y otra albricias voy a todo el orbe, en quien tiene su padre jurisdición, no quiero volar con señas del pasado mal, sino que sin visos del desdén, crezca la luz del favor. Pues en tan glorioso asunto, para que te oigan mejor África, América, Europa y Asia, digamos las dos:… …todos hoy se alegren, pues hoy, con próspero arrebol, para todos nace el sol. Dentro todos los instrumentos y voces. dentro Todos hoy se alegren, pues hoy, con próspero arrebol, para todos nace el sol. Representado desde aquí. Ya de mi acento y tu acento en todo el orbe se oyó la nueva. Segunda vez a los coros que formó a un tiempo en sus cuatro partes, apliquemos la atención. Todos hoy se alegren, pues hoy, con próspero arrebol, para todos nace el sol. No sólo en ecos se explican, que aun con más demostración se alegran. Asia lo diga, pues atenta a nuestra voz, usando de sus antiguos ritos, se aplaude la acción de rey de Jerusalén. Oigamos su aclamación. Salen dos damas y dos galanes, de máscara, con unas tarjetas en las manos, y en ellas la cifra del nombre de Felipe, cantando y danzando, vestidos a lo judío. El próspero día, el día felice, que el magno Alejandro del grande Felipe nació sucesor, en sus templos el Asia el fausto natal escribió en piedras blancas. Y así, repetiendo hoy en éstas la antigua memoria, da al jaspe el natal deste día, que no menos magno en Asia rey nace el que es también hijo de Felipe el Grande. En habiendo hecho su entrada, se apartan, y salen cantando también, y danzando, otras dos damas y galanes, con mascarillas negras, y hachas en las manos, vestidos a lo moro. África, en quien tantos puertos mantiene, alegre encendió las teas, que en luminarias nocturnos aplausos son. El próspero día, el día felice, que en África Atlante nacer vio el Alcides, que había de aliviar el peso que sufre, ardieron sus montes en trémulas luces. Y así, repitiendo hoy en éstos la antigua memoria, consagra al natal deste día antorchas que alumbren a Alcides segundo, alivio del peso también de dos mundos. Apártanse, y sale otra cuadrilla con ramos en las manos, vestidos de indios, cantando también, y danzando. Bárbara América, usando también de su antiguo error, ramos y flores consagra al tálamo en que nació. El próspero día, el día felice, que América vía nacer su cacique, al sol ofrecía, impidiendo sus rayos la fácil defensa de flores y ramos. Y así, repitiendo hoy en éstos la antigua memoria, celebra el natal deste día poniendo obediente a sus plantas las plantas de paz y de guerra en olivas y palmas. Apártanse, y suenan dentro cajas y trompetas, y sale otra cuadrilla de españoles. Europa, como sus fiestas trompetas y cajas son, con ellas le hace la salva, diciendo en marcial rumor:… El próspero día, el día felice, que Europe vio en César un príncipe insigne, al son de las cajas, clarines, trompetas, rindió el mes de Julio al nombre de César. Y así, repetiendo hoy en éstas la antigua memoria, construye al natal deste día, a honor de Felipe, el helado noviembre, por César del año, por rey de los meses. Júntanse todas las voces y cuadrillas. Y todos le aclaman, como en todos tiene imperios que el sol de vista no pierde, dando África, Europa, América y Asia las piedras, las luces, los ramos, las armas, diciendo unos y otros en voces festivas: el que, siendo infante, es príncipe, ¡viva! Con grita de villanos, suenan dentro instrumentos rústicos, y todos se barajan en la acción que se hallaren. ¡Oíd! ¿Qué rústicas canciones turban las heroicas nuestras, y en bárbaro, rudo estilo, hijo de montes y selvas, quiere competir las cortes más sublimes, más supremas del orbe? sale Pues ¿quién le quita a la rústica simpleza, en quien, cuanto más desnuda, va la verdad más compuesta, que como olvidada parte de vuestro todo, pretenda en tan venturoso día dar también de su amor muestra? ¿Quién eres, o tú, aldeana, que, rústicamente bella, entre nosotros pretendes señalarte? La Zarzuela, humilde, pobre alquería, tan despoblada y desierta que no hay para mí día claro, si el Pardo no me le presta. Y es verdad, pues siempre estoy al ceño del tiempo atenta, deseando que llegue el Pardo, para que el sol me amanezca. De sus alimentos vivo; pero tan rica y tan llena de favores, que merezco tal vez en la breve esfera de mis cotos ver la aurora, de montes y valles reina, acompañada del alba, y aun de otras flores, dijera, y estrellas, si no enojara ya esto de flores y estrellas; porque hay bellezas que no quieren más que ser bellezas, y hacen bien, porque no hay más que ser, que ser ellas mesmas. Tras éstas —deidades diga, que deidades no es ofensa, pues se quedan lo que son—, tal vez el cuarto planeta también de rebozo suele ilustrar mi albergue, en muestra de que no desdeña el sol humildad, que no desdeña la aurora, y más día que hace del invierno primavera; tanto, que al ir mis golosas cabras paciendo la yerba, la buscan entre la escarcha y la hallan entre las perlas. Y siendo así que este año verla esperaba contenta, y, a causa de mayor dicha, tuve por dicha no verla —¿Quién vio amor de puro fino consolado con la ausencia?—, porque no se me malogre no sé qué aldeana fiesta que tenía prevenida, viendo las Carnestolendas tan dentro de casa ya, o tarde o temprano sea, por no esperar a otro año, obligándome grosera a desear no sea lo mismo, vengo al Retiro con ella; y aunque pese a todo el mundo, ¡pardiez, que tengo de hacerla! ¿Pues tú, rústica villana, con nosotros competencia? Y no competencia sola es justo que me prometa, sino vitoria de todos vosotros. ¿De qué manera? Haciendo mi fe desprecio de las ceremonias vuestras, que, aunque es verdad que la anciana antigüedad en las letras humanas es venerable entre los artes y ciencias, bien podrá lucir en otra ocasión, pero no en ésta. Católico príncipe es el que nace a ser defensa de la cristiana milicia, y así le sobran las señas de idólatras ni gentiles ritos, pues las blancas piedras que Asia construye a su nombre sólo deben ser aquella que en Asia cautiva yace, cuya libertad se espera de un príncipe generoso, que entre la suma grandeza de cetros y de coronas sea su mayor herencia la religión, y en ninguno —gracias a la siempre excelsa católica casa de Austria, de cuyo gran tronco cuelgan tantos reyes como ramas, tantas, como flores, reinas, tantos santos como hojas— concurren tan altas prendas, pues tiene la investidura para que el dominio tenga. Las teas que África enciende, en memoria de que sea el Alcides de su Atlante, es andar con luz a ciegas; pues solamente la lumbre de la ardiente antorcha bella, que al espiritual carácter ardió material pavesa, a alumbrarle basta; y cuando para ser Alcides crezca, será para ser Alcides del Atlante de la iglesia, en cuyos hombros su siempre sagrado peso se asienta. Los árboles, que consagra América al sol, no sean sino el árbol que plantó en su imperio la fe nuestra. Sólo de Europa no acuso las cajas ni las trompetas, como en faustos vaticinios de las vitorias que espera. Y cuando tantas razones, como a extraños, no os convenzan para que el festejo mío el primero lugar tenga, baste ser su comisaria la hermosa María Teresa, en quien más noble, más digna, más heroica, más suprema y más generosa vive la verdad de la fineza con que esta ventura aplaude, con que esta dicha celebra. Aunque la razón del culto por agora no nos mueva, la de la cortesanía a todos nos hace fuerza para que no sólo demos primer lugar a tu fiesta, pero para que seamos quien te ayude. Norabuena. Pues si habemos de ayudarla, sepamos qué es la comedia. No es comedia, sino sólo una fábula pequeña, en que, a imitación de Italia, se canta y se representa, que allí había de servir como acaso, sin que tenga más nombre que fiesta acaso. Díganlo Eco y Iris, que ellas también sus papeles hacen. Sí, mas ¿de qué es la materia? El laurel de Apolo, pienso; pero mejor ella mesma lo dirá, si la empezamos. ¿Cómo? De aquesta manera: Cantando y bailando. que el claro lucero, hijo en la belleza del sol y la aurora, a España amanezca; sea norabuena. Norabuena sea. Que nazca a reinar en las almas nuestras, sin dejar por eso de reinar quien reina; sea norabuena. Norabuena sea. Que le dé su nombre el cuarto planeta, porque cuarto y quinto goce armas yletras; sea norabuena. Norabuena sea. Que salga a dar gracias católico césar, adonde su corte tan galán le vea; sea norabuena. Norabuena sea. Que el águila hermosa examine bella el hijo a sus rayos, y a ellos convalezca; sea norabuena. Norabuena sea. Que la siempre hermosa María Teresa, más que todas fina, le haga cien mil fiestas; sea norabuena. Norabuena sea. Que la Margarita preciosa no sienta que otro sea el diamante, pues siempre se es perla; sea norabuena. Norabuena sea. Que las damas oigan una loa sin ellas, porque no desdeñen ser flores ni estrellas; sea norabuena. Norabuena sea. Que den los señores de su afecto muestras, en máscaras, toros, cañas y libreas; sea norabuena. Norabuena sea. Que venga al Retiro también la Zarzuela, porque alguien que puede la manda que venga. Barájanse todos. dentro ¡A lo llano! ¡Al monte! ¡Al valle! ¡A la selva! dentro ¿No hay quien me socorra? ¿No hay quien me defienda? ¿Qué es esto? Que pienso, si bien se me acuerda, que pues la loa acaba, la fábula empieza. Démosla lugar que prosiga. Y sea diciendo unos y otros en voces diversas:… Que el claro lucero, hijo en la belleza… ¡A lo llano! ¡Al monte! ¡Al valle! ¡A la selva! …del sol y la aurora a España amanezca; sea norabuena. Norabuena sea. Vanse todos bailando. ¡Huid, pastores, huid, que anda en el monte la fiera! ¿No hay quien me socorra? ¿No hay quien me defienda? Salen Silvio y Céfalo, pastores galanes, trayendo entre los dos a Dafne desmayada. Sí, mientras yo viva. Sí, mientras yo muera. ¡Ay de mí infelice! Ya nada hay que temas. Cóbrate y anima. Descansa y alienta. ¿Cómo podré, si he llegado a ver que me han socorrido Silvio, a quien he aborrecido, y Céfalo, a quien he amado? Y no habiendo uno estimado mi amor, y otro sí, mi fiero desdén dudó cuál primero lugar en mi riesgo adquiere, quien logra lo que me quiere, o paga lo que le quiero. Y así, habré de suspender las gracias, hasta apurar qué acción es más singular, obligar o agradecer: y pues hoy no habéis de ver, vos favor, ni desdén vos, confórmeos el ciego Dios, que aunque me hallo agradecida, es poca alhaja una vida para partida con dos. Yo, hermosa Dafne, nací más al estudio inclinado que al amor; y habiendo hallado en ese siempre turquí libro azul, en que aprendí del docto maestro del día judiciaria astrología, que había de venir a ser la beldad de una mujer su destruición y la mía, negué una y otra deidad de Amor y Venus, y sólo en las cátedras de Apolo mantuve mi libertad. Dígalo tu voluntad, pues el día que llegué a verme dichoso, en fe no de mi merecimiento, sino en fe del cumplimiento de mi opuesto hado, dejé la patria con tan vil traza como el huir mi desdicha desde luego de una dicha, de miedo de una amenaza. Viendo, pues, cuánto embaraza la ausencia al amor, volví, creyendo que ya habría en ti hecho su efecto veloz: adonde, siendo tu voz la primer cosa que oí, a socorrerte llegué. Y aunque hasta aquí hablé grosero, desde aquí perder no quiero el mérito que gané; que si agradecido fue mi afecto, y amante ha sido el de Silvio, yo he vencido: pues si puede el más constante ser noble sin ser amante, no sin ser agradecido. Yo más ciencias no aprendí que el arte de amar; si fue en mejor libro, no sé, pero presumo que sí; que si lo fue para ti del sol el claro arrebol, el sol de Dafne crisol fue de mi fe: ella dirá si de ciencia a ciencia va lo que va de sol a sol. Si tú, antes de sucedido, hallaste que había de ser tu peligro una mujer, yo hallé que ya lo había sido; y si, buscando un olvido, tú te ausentaste, yo fiel huyendo un rigor cruel: ¿quién, pues, morirá mejor? ¿Tú, por huir de un temor, o yo, por volver a él? Haber a tiempo llegado que la hayamos socorrido los dos, es haber querido ponerse una vez el hado de parte del desdichado, en quien con el desdén crece el amor; que el que se ofrece amado a cualquier fatiga, satisface, mas no obliga; cumple, pero no merece. Y aunque para la cuestión basta la razón que he dado, habiendo Dafne tomado plazo a la satisfación, no quiero tener razón, sino darme por vencido; y así, que suspenda pido a quien las gracias previene; que, aun en tenerla, no tiene razón un aborrecido. Y para atajar la duda, la he de preguntar —dejando al tiempo que, él sabe cuando, con el desengaño acuda—, ¿qué ocasión helada y muda, después que las voces dio, en la falda la dejó del monte, donde la hallamos? Dices bien. Dafne, sepamos qué fue tu peligro. Yo os lo diré, agradecida a la dilación, pues basta que reconozca la deuda, mientras no sé a quién pagarla. Ya sabéis —pero es forzoso que de noticias me valga, que nunca por muchas sobran, y tal vez por una faltan— que este enmarañado monte, que en Tesalia, nuestra patria, es verde coluna, en quien del cielo el eje descansa, albergue fue de Fitón, aquel mágico que, en varias diabólicas ciencias diestro, quitó a los dioses la sacra adoración de sus doctos simulacros, pues que en claras voces habló en esqueletos mejor que ellos en estatuas. Oráculo, pues, de todas las gentes destas montañas ya no eran Apolo y Venus sus auxiliares, con tanta desestimación, que habiendo en esas dos cumbres altas dos templos suyos, apenas vimos por edades largas en sus piadosos umbrales ni aun huella de humana planta, porque a la lóbrega gruta de Fitón era a quien daban la fe y el voto, teniendo sus respuestas por más sabias. Viendo, pues, las dos deidades ya sus antorchas sin llama, sus altares sin ofrenda, y sin víctima sus aras, ofendidas dispusieron, en religiosa venganza, que Peneo, padre mío, en cuyas ondas de plata me abortó marina ninfa, embrión de fuego y agua, rompiese el margen, talando con obedecida saña las bárbaras poblaciones de todas estas comarcas: en cuya undosa avenida todos del monte se amparan, haciendo de sus peñascos, de sus troncos y sus ramas contra pólvora de nieve revellines de esmeralda. Los sacerdotes de Apolo, y de Venus las sagradas sacerdotisas, en vez de dar abrigo a sus ansias, les intimaron sentencia de muerte; con que, cerradas las puertas de entrambos templos, reconocieron ser causa de su estrago la ojeriza de los dioses; y trocada la estimación de Fitón en ira, cólera y rabia, en su mal vivo cadáver ensangrentaron las armas. ¿Qué deja al enojo el que por el desenojo mata? Templó el homicidio el ceño, reducida la amenaza de la inundación al coto de los márgenes que hoy guarda; pero apenas el peligro cesó, cuando, en vez de gracias, dieron a los cielos quejas, lamentando más la falta del mago Fitón, que no la culpa que se la causa; con que enojados segunda vez los dioses, la pasada ruina trocaron en otra, para cuya cruel, extraña ira os prevengo, ya que, si hasta aquí supisteis, haya novedad desde aquí, oyendo lo que en vuestra ausencia pasa. El monte, que zozobrado bajel fue, y de la resaca a los embates quedó mal enjuto de las claras luces del sol, y no bien oreado de las auras, en corrompidos vapores de ovas, légamos y lamas, se pobló de inmundos monstruos desde la cumbre a la falda, entre cuyas venenosas especies, la más tirana, más horrorosa, más fiera, más terrible y más infausta fue una escamada serpiente, que, abrigándose en la estancia de la cueva de Fitón, motivó a las siempre vagas supersticiones del vulgo, ser de su cadáver alma. Esa, pues, ni ave, ni fiera, ni pez, siendo así que en agua, en tierra y aire, pez, fiera y ave, corre, vuela y nada; sirviéndose para todo, en el aire de las alas, en la tierra de los pies, y en el mar de las escamas. Con su anhélito el ambiente infesta, siempre que brama; y siempre que pace o bebe, con su espuma, ondas y plantas; tanto, que apenas hay flor que no sea avenenada cicuta, siendo ya en todo el orbe ponzoña amarga, para el abuso de hechizos, de ilusiones y fantasmas, la menos tocada yerba de los montes de Tesalia. No en esto solo el estrago de tanto escándalo para, sino en que, bandido monstruo de todas estas campañas, los errados peregrinos y moradores asalta, hasta que unos y otros sean de sus presas y sus garras sangriento despojo; a cuyo terror, viendo cuánto engaña peligro que no escarmienta, volvió a sus primeras ansias el vulgo, reconociendo que no hay medios que le valgan, que no sean acudir con dones, feudos y parias a los enojados dioses; pues cuanto más los agravia nuestro error, tanto más nuestro rendimiento los aplaca; y así, en divididas tropas de mil festivas escuadras, que con varios instrumentos himnos a ambos dioses cantan, al templo de Apolo hoy suben los hombres por una banda, y las mujeres por otra al templo de Venus, para que ofrendas y sacrificios mejoren sus esperanzas. Yo, que, al ruido, dejé el coro de ninfas, y acompañada de unos rústicos villanos, seguir quise las estampas del femenil escuadrón, sentí moverse unas matas; y presumiendo que fuera alguna pequeña caza que llevar al sacrificio, seguirla quise y matarla. Pero apenas la torcida senda dejé, y de la aljaba al arco puse la flecha, cuando entres las verdes jaras de un ribazo, a quien servían de entretejida muralla, sobre dos desnudas peñas, cuatro mal vestidas zarzas, el monstruo vi, a cuyo horrible asombro volvió la espalda la amedrentada cuadrilla; y yo, absortamente helada, «¿No hay quien me socorra?» pienso que dije, y di desmayada en tierra, donde no supe de mí —¡ay, infelice!— hasta que en los brazos de los dos perdí el susto y cobré el habla. Y pues se deja inferir que, mañosamente incauta la fiera, estaba en acecho, y, al ver tanta gente y armas, a ocultarse al monte iría, con el instinto que alcanza, quizá heredado de quien la dio el nombre, pues la llaman todos el monstruo Fitón; y pues con su fuga pasa de un susto en otro la duda de a quién le debo las gracias, por no agraviar a ninguno —puesto que mujer que paga a dos, a ninguno obliga, y antes a entrambos agravia—, quiero a segunda experiencia dejar la duda fiada; y así, el que desde hoy —oíd— por mí una fineza haga, será quien de mi socorro merezca el triunfo y la palma. La fineza ha de ser que tú, Céfalo, que con tanta vanidad no amar blasonas, finjas amar; tú, que amas, Silvio, finjas que aborreces; de manera que, trocadas las inclinaciones, vea yo en ti rendimientos y ansias; en ti, olvidos y desdenes; que el que con mayor ventaja disimulare su afecto, y el no afecto suyo traiga más desmentido a mis ojos, será el que vencido haya en la cuestión; y porque Dentro grita de villanos. ya de entrambos templos bajan las tropas, haciendo a un tiempo con festivas consonancias de instrumentos y de voces unas a otras la salva, cautelad vuestras pasiones; que yo, librando la paga del socorro de mi vida a una experiencia tan rara, he de ver quién hace más en servicio de una dama: quien lo que ama disimula, o finge lo que no ama. Advierte que no es igual el partido; que me encargas, Dafne, a mí lo más difícil. ¿Qué lo más difícil llamas? Disimular un afecto que, vivo volcán del alma, siempre está ardiendo, y no es posible que modo haya con que la llama se oculte, para que sin humo arda. ¡Cuánto es más dificultoso querer que donde no hay llama, haya ni aun humo, pues no respira él donde ella falta! Caer en defectos es fuerza el que disimula que ama, pues lleva dentro de sí quien lo contrario le manda. ¡Cuánto es más forzoso que en ellos quien finge caiga, pues no lleva quien le acuerde el precepto que le encargan! Sí, mas ¿cómo dormirá afecto que no descansa, teniendo siempre al oído despertador que le llama? ¿Y cómo despertará a las horas señaladas el que sin despertador goza el sueño en quietud blanda? ¿Podrá representar bien uno un papel, cuando anda ofuscada la memoria con los versos de otra farsa? Podrá atenerse al apunto que desde dentro le habla, que es lo que no podrá hacer el que aun apunto le falta. Fingir es acción que no hace uno en hacerla nada, pues hace por obediencia lo que otros hacen por gala. Menos el que disimula hace, pues es cosa clara que mandarle que no diga es mandarle que no haga. Y ¿no hace harto en padecer el que padeciendo calla? No, que el que calla no tiene la obligación del que habla, pues le obliga a que sea bueno, y a esotro el callar le basta. Quien finge… Quien disimula… …no siente. …no espera. Basta, que el tiempo lo dirá; y más Ruido dentro. cuando vuestra porfía atajan las tropas, que ya del monte al valle vuelven, mezcladas unas con otras, bailando al compás de lo que cantan. Pues aunque tema ser yo quien a lo más se adelanta, desde aquí desengañado mi amor, en tu vida, ingrata, verás en mí sino olvidos, desdenes, ceños, mudanzas. Aun no sentidos, disuenan los desaires. Porque nada quede a deberte, divina Dafne, rendido a tus plantas, en tu vida en mí verás sino amor, finezas y ansias. Aun fingidos suenan bien rendimientos.(¡Ay del alma que se da a tan vil partido, como vivir engañada de afecto que agravia huyendo, y afecto que amando agravia!) Salen por una parte Flora y villanas, y baja por otra Lauro y Rústico y labradores, todos con instrumentos, cantando y bailando. MUJERES ¡Viva la gala… HOMBRES ¡Viva la gala… …de la madre del Amor,… …del hijo del alba,… …de la diosa de la hermosura el donaire y la gracia! …del que es dios, en valles y montes, de flores y plantas! ¡Viva la gala, viva la gala de la madre del Amor, del hijo del alba! ¡Viva la gala de aquella clara vespertina estrella, que en seguir del sol la huella la primera se señala! ¡Viva la gala! ¡Viva la gala de aquel siempre amante, siempre fiel astro, que en saliendo él, todos los demás iguala! ¡Viva la gala! También mi copra ha de ir. Y la mía. ¡Vaya! ¡Vaya! ¡Viva la gala dichosa de la que en el cielo es diosa, y por acá es otra cosa, no sé si buena o si mala! ¡Viva la gala! ¡Viva la gala, y la acción del padre de Faraón, que ha de matar al Figón, que a sí solo se regala! ¡Viva la gala, viva la gala de la madre del Amor, del hijo del alba! Decidme, galán pastor;… Fuera, que conmigo habra. Decidme, zagala bella:… Y conmigo. …¿qué es la causa de que tan alegres todos volváis a vuestras cabañas, después de los sacrificios que habéis hecho? Oye y sabrásla. La diosa Veras… El dios Pollo… ¡Calla, tonto! ¡Calla, sabida! Yo he de decirla. Eso no; yo he de contarla. A mí me la pescudó, pues dijo «bella zagala». Y a mí, pues dijo «galán pastor». Quita, loco. Aparta, necia. ¿Es más galán pastor usted que yo? ¿Es más bizarra zagala usted que yo? Oye, Dafne, y sabrás lo que pasa. Mas si va a decirlo Flora, la primacía he de darla, que la urbanidad más ruda se precia de cortesana con la belleza. Aunque no lo es la mía, he de acetarla. Al templo de Venus —Dafne bella, deidad soberana de las ninfas del Peneo— llegamos, donde postradas todas, hicimos rendida adoración a sus plantas. Las ofrendas que llevamos pusimos sobre sus aras, y en devota aclamación, mezclamos en voces altas endechas, que el temor llora, con himnos, que el amor canta. La diosa —que hasta las diosas con las dádivas se ablandan— en voz de su estatua dijo que el sacrificio acetaba, y que el Amor, descendiendo de su soberano alcázar, con las plumas de sus flechas en las plumas de sus alas, sería quien presto nos diese de aquesta fiera venganza. Lo mismo Apolo nos dijo; y que usando de las armas con que Delfos cazador le vio un tiempo en sus montañas, a Tesalia disfrazado vendría, en cuya esperanza volvemos cantando todos en hacimiento de gracias:… ¡Viva la gala de la madre del Amor, del hijo del alba! Pues yo, hasta llegar también a la orilla, que de nácar guarnece el sacro Peneo, con tales nuevas, ufana con todos iré. Y tras ti quien adora las estampas de tu pie. ¿Tan presto yerras, Silvio, el papel que estudiabas? Olvidóseme que había de olvidar; mas ya, tirana, mas ya, aleve, mas ya, fiera, equivocando las ansias que padezco verdaderas con las que desmiento falsas, iré huyendo de tu vista. Vase. Céfalo, ¿cómo no tratas seguirme, cuando me ausento? ¡Ah, sí! No se me acordaba de que estoy enamorado. Ya voy siguiendo tus claras luces. ¡Qué mal se domeñan inclinaciones contrarias! Hasta llegar a la orilla, vaya de música. ¡Vaya! Cantan ¡Viva la gala, viva la gala de la madre del Amor, del hijo del alba; de la diosa de la hermosura el donaire y la gracia; del que es dios, en valles y montes, de flores y plantas! ¡Viva la gala de la madre del Amor, del hijo del alba! Vanse bailando y cantando, y quedan Bata y Rústico. ¿No es bueno que hasta el bailar por valles y montes cansa? Rústico, ¿cómo te quedas? Cansado me quedo, Bata, a tomar aliento, aunque si viera que te quedabas tú, me fuera por no verte. Mal el pergeño me pagas con que pienso que te quiero, si es que el magín no me engaña. Pues engáñete el magín, si es posible; que yo, hasta que halle alguien que me merezca, no he de amar. Pues, alimaña, ¿quién que te merezca quieres, sino una desesperada como yo? Pues ¿habrá más de estarme, como me estaba, mogrollo de Amor? Pues él venir tiene a las montañas, yo me quejaré a él de ti. ¿Cómo, dime, mentecata, le has de conocer, si Amor para venir se disfraza? Los dioses, aun disfrazados, dan de quién son señas craras, que no habran como mosotros. Pues, ¿de qué manera habran? Con tan dulce melodía, tan suave consonancia, que siempre suena su voz como mósica en el alma; y así, en oyéndole que hace gorgoritas de garganta, cátale dios. El sabello es bien, porque todos hagan esa distinción. Mas dime, ¿todo lo que dicen, cantan? Cuando habran entre sí, ¿qué sé yo lo que les pasa? Fuera de que ¿quién les quita que tal vez…? ¡A la montaña, pastores! ¡Al bosque! ¡Al río! ¡Al monte! ¡Por aquí ataja! Pero ¿qué es esto? ¡Pastores, huid del valle, porque baja a él la fiera! ¡Ay de mí triste! ¡De mí alegre, si te agarra primero que a mí! No hará, que asida yo a tus espaldas, primero ha de dar contigo. Al huir, se ase ella a sus espaldas; sin verla, él huye, y ella tras él. ¡Ay señores, ya me agarra, ya me trincha, ya me muerde, ya me engulle, ya me masca! ¿Qué tiembras?, que aún no es la fiera, mentecato, quien te traga. Pues ¿quién me tiene? Yo soy. Aun peor está que estaba, que, fiera por fiera, no la quedas a deber nada; mas yo huiré por esos trigos. Y yo por esas cebadas. Desásese de ella, y al entrarse cada uno por su puerta, sale por la de Bata Amor, vestido de pastor, y Apolo de cazador por la otra, cantando todo lo que representan Dime, bárbaro pastor,… Dime, rústica villana,… …si fueron las voces tuyas:… …si fueron tuyas las ansias:… …¿en cuál destas duras quiebras… …¿en cuál destas peñas altas… …es donde el monstruo se oculta? …es donde la fiera anda? Aunque usted me lo pescude con armonía tan branda,… Aunque sabello pretenda usted con dulzura tanta,… …que me da a entender que es Pollo, que viene en su busca a caza,… …que piense que es Escopido, que ya ha venido a matarla,… …no estó para echar el huelgo. …no estó para echar el habra. Si ella quedó de venir,… Serpiente es de su palabra;… …por ahí esperarla puede. Vase. …por ahí puede aguardarla. Vase. [Representa] Ya podéis pedir albricias, altos montes de Tesalia;… [Representa] Ya, incultas selvas, podéis alentar con esperanzas;… …pues disfrazado pastor, Amor a vosotros baja. …pues en vosotros, fingido cazador, Apolo anda. A aquella parte parece que se han movido las ramas. Ruido entre aquellos peñascos han hecho troncos y plantas. ¿Si será el monstruo el que esconden? ¿Si es el Fitón el que guardan? Mas ¿qué miro? Mas ¿qué veo? ¿Qué te admira? ¿Qué te espanta? Verte cazador. ¿Adónde están de Admeto las vacas? Mirarte a ti de pastor en monte de fieras tantas. ¿Por qué, si matar al fiero Fitón mi madre me manda? Porque no sé que se hiciesen para los montes tus armas. Canta No desdores, Cupido, tu arco y tus flechas, que es desaire de hermosas que maten fieras. [Canta] Antes quiero que vean, sagrado Apolo, que de Amor las armas lo rinden todo. Teme a los despenados, no diga alguno que tus flechas se emplean bien en los brutos. Cuando el bruto no sienta de qué mal muere, sentirá por lo menos sentir que siente. Tu peligro recela; que no es trofeo tan gran monstruo de un niño desnudo y ciego. Aunque Amor es ciego, desnudo y niño, ¿cuándo le ha retirado ningún peligro? Yo he venido a esta empresa, y ha de ser mía. ¿Quién habrá, sin ser loco, que a Amor compita? Quien adelantando su valor, sepa de sus rayos adónde corre la fiera; y antes que tú llegues, la habré postrado. Si tus rayos enferman, matan mis rayos; y así, aunque la encuentres, dirá mi esfuerzo… ¡Ay, qué terror! ¡Qué asombro! dentro ¡Valedme, cielos! Mas ¿qué voces son éstas? No sé, que sólo sé que el escucharlas me tiene absorto. Sale Libia huyendo. Gallardos cazadores, que según inferir deja al hombro el carcaj y en la mano el marfil, sin duda a nuestros montes de vecino confín venís buscando caza, sin ver dónde venís: mujer infeliz soy; pues estáis dos, partid con deudas de mujer lástimas de infeliz, y dadme amparo: Libia, de Venus —¡ay de mí!— sacerdotisa soy; viendo al templo subir las zagalas del valle, con unas de quien fui deuda o amiga, quise el camino partir; y habiéndolas dejado en el bello jardín que hace la falda al monte, bien como astuto vil áspid, que disfrazado se disimula, vi que al paso me salía Fitón, de quien a oír habréis llegado que es terror deste país… Pero ¿qué me detengo —¡ay triste!— en referir su furia y mi peligro, si en mi alcance tras mí… Mas al verle no puedo, no puedo proseguir, que es mordaza al hablar el lazo del sentir. No temas, Libia bella, que delante de ti, de tu vida seré defensa yo. Al oír lo dulce de tu voz, me das a presumir que eres deidad que el cielo da en mi amparo. ¡Ay de mí! Cáesele el arco y flecha. Que al verte de tan cerca, arco y flecha perdí. ¿Por qué, Amor, en su amparo no intentas preferir? Por no vencerle a él, sin que él te venza a ti. No es eso, sino que Amor, en cualquier lid, si entra al principio osado, sale cobarde al fin. Y para que conozcas mi esfuerzo, este sutil harpón, rayo sin llama, pájaro sin matiz, cometa de los aires, verás volar y herir, siendo el Fitón mi triunfo. Vase. ¡Qué valiente a salir al paso va a la fiera! ¡Y qué fiera, ay de mí, ella le mira! Entrambos vibrando a un mismo fin, ella sus aceradas navajas de marfil, y él de su arco la cuerda… ¡Qué tiro tan feliz! Que falseando a la escama las conchas que bruñir pudo, al temple del sol, del aire el esmeril, al corazón penetra, a cuyo tiro vi, revoleteando el ala, de la inhiesta cerviz el crinado copete desmelenar la crin. Por boca y por heridas ya verter, ya escupir de venenosa nieve, de infestado carmín dos fuentes ven las flores; y tanto, que al teñir su tez, lo que topacio nació, muere rubí. Túmulo es de esmeralda el risco, al sacudir la cola, pues le hace sus bóvedas abrir; en cuyo seno ya rendido, convertir se oye el fiero bramar en tímido gemir. Y pues amedrentados huyen todos de aquí, venid vosotras, ninfas del Peneo, venid, cuantas de sus cristales el líquido viril en bóvedas de nácar, plata y coral vivís; venid, pues, a mis voces. Salen seis ninfas, vestidas de escamas y tocadas de corales y perlas, y Dafne, y por otra parte, Rústico. cantan ¿Qué nos quieres, nos di, que a todas a tu acento obligas a salir del cristalino albergue que habitamos? (Y a mí de entre aquesas dos peñas adonde me escondí, porque aun no dejó el miedo ánimo para huir.) Que las rendidas gracias deis al que reducir pudo nuestro temor al más glorioso fin. Allí Fitón herido yace, y triunfante aquí quien pudo darle muerte. cantan ¿Quién eres, oh gentil joven, que tanto triunfo llegaste a conseguir? sale cantando Apolo soy, oh ninfas, que del azul zafir a cumpliros bajé la palabra que os di; y aunque quiso el Amor conmigo competir, el triunfo ha sido mío. Yo lo quise decir, cuando el Amor dijeron que había de venir; porque ¿qué había de hacer un niño sino huir del coco? Sale Amor al paño. ¿Qué esperáis? Llegad todas; rendid las vidas a sus plantas. (¡Que esto pase por mí!) Todas a ellas estamos. Y yo la más feliz; pues por hija me toca de Peneo aplaudir tan gran vitoria, quiero matizar y pulir de jazmín y de rosa una guirnalda, a fin de coronar tus sienes. Y pues deste pensil se vienen a la mano desde el lirio al jazmín, las flores ciento a ciento, las rosas mil a mil, Hace una guirnalda. admite, ¡oh, sacro Apolo!, en honra desta lid, hoy, por todas, de Dafne el don… Mas ¡ay de mí!, que al ponerle en tu frente, deslumbrada al Ofir de tus rayos, en tierra se cayó. Cáysele, y queda con las manos sobre su cabeza. Eso es decir que si jazmín y rosa mi frente han de ceñir, vienen a estar de más, con el florido abril de tus labios y manos, la rosa y el jazmín. No es, ¡ay triste! Pues ¿qué es? No sé más de que, al ir a coronar tus sienes con mi guirnalda, vi que otra de verdes hojas flechaba contra mí ardientes rayos, cuyo pavor me hace afligir tanto, que sin fatigas del cincel y el buril, parece que, animado tronco, el hado de mí va labrando una estatua. No, bella Dafne, así des al agüero el día; y en tanto que subir pueda al templo la fiera a adornar su piel vil del dintel de su puerta el grabado perfil, hasta él, acompañando a su deidad, venid, cantándole la gala. Yo, pues que no perdí en el pasado susto mi frauta y tamboril, y de lance me hallo ninfo barbado aquí, por el camino haré el son; y aun he de ir haciendo de repente las copras del festín, dando la vaya a Amor, y el triunfo a Apolo. Di, que todas a tu modo, por más solaz, seguir queremos tus frialdades. Pues todas prevenid las conchas y los ramos de coral, que soprir puedan los estrumentos. Ya están. Toman palos colorados, y unas tarjetas pintadas y cortadas como conchas. ¿Empiezo? Sí. (Fuerza es con todas, ¡cielos!, mis penas desmentir.) (Mira en mi aplauso, Amor, qué caso hacen de ti.) (Pues que de celos muero, nunca más Amor fui; pero de mi venganza presto llegará el fin.) Vase. canta Ninfas, que el río y el prado vuestro igual albergue es, siendo en semanas del hado sábados del Amor, pues no sois carne ni pescado, Hácese un blanco, y bailan. sabed que Apolo y Amor jugaban este verano, y Apolo, como es dotor, salió a la primera mano triunfando de matador. Amor, al verse arrastrado, un triunfo sirvió de pie, y dejó el juego, picado, sin hacer baza, porque no hace baza Amor baldado. Con que de Apolo el clamor dijo, viendo su osadía, tiritando de temor: Titirití, que de Apolo es el día; titirití, que no del Amor. Bailan. Titirití, que de Apolo es el día; titirití, que no del Amor. Titirití, que el rapaz ceguezuelo… Titirití. …corrido ha quedado,… Titirití. …pues de miedo ha dejado… Titirití. …caer el arco en el suelo;… Titirití. …porque el sol mató al vuelo… Titirití. …al monstruo traidor… Titirití. …con un pasador, cuando con una modorra podía. Titirití, que de Apolo es el día; titirití, que no del Amor. Jornada Segunda Repiten dentro el estribillo, y sale Amor. dentro Vuelva el festivo rumor de la métrica armonía, repitiendo con primor: Titirití, que de Apolo es el día; titirití, que no del Amor. Titirití, que de Apolo es el día; titirití, que no del Amor. ¡Que estos baldones, cielos, me obliguen a sentir miedos de un bruto, cuando me debiera lucir el no ser brutos triunfo para mí! Mas ya, cobrado el arco y flecha que perdí, verá el celeste coro que al que venció, vencí. Flecha de oro su pecho, para amar, ha de herir, cuando el de Dafne, a quien tejer las flores vi, flecha de plomo hiera; porque los dos así lleguen, aborreciendo y amando, a discurrir que no son brutos triunfos para mí. Y porque contra todos será en vano esparcir flechas, el aire tengo, pues dios del aire fui, de infestar. ¡Ah del Eco! sale ¿Qué quieres? Fiar de ti a mi honor la venganza. ¿De qué suerte? Oye. Di. En todos tus espacios voz no has de repetir que no sea Amor. Amor tu coro ha de decir; que yo haré que ninguno sus ecos llegue a oír, que no muera al encanto de amar y de sentir. Sí haré, que tu venganza también me toca a mí, pues muriendo de amor, es lustre mío decir que no son brutos triunfos para ti. Dentro la grita. Pues a esparcir entre esas voces, que contra mí prosiguen el aplauso de mi opuesto adalid, las tuyas, entre tanto que yo voy a fundir arpones que publiquen que es mi poder feliz, contra las fieras, no; contra los dioses, sí. Bien harás, que el que sepan también me importa a mí… Que no son brutos triunfos para ti. Vase [el Amor]. Y así en tanto a ese efecto mi coro interrumpir verás de su alborozo el placer. Vase. dentro Proseguid, y hasta perder su esplendor de vista en la noche fría, no cese alegre el rumor. Vuelven a salir bailando, como entraron. Titirití, que de Apolo es el día; titirití, que no del… Pasa por entre ellos Eco cantando, y todos se suspenden. ¡Amor, amor, amor! Nunca el eco ha respondido tan dulcemente veloz. Dices bien, pues es su voz boreal imán del sentido. ¿Qué es lo que os ha suspendido, que a todos turbar se ve? No sé más de que quedé yo absorta. Yo tan sin mí, que no sé lo que sentí. Yo sí, pues que no lo sé. ¡Qué ansia! ¡Qué pena! ¡Qué horror! ¡Qué pasmo! ¡Qué desconsuelo! ¡Qué sentimiento! ¿Quién, ¡cielo!, el aire inficiona? Yéndose cada uno por su parte. dentro ¡Amor! Oíd, esperad… Es error; que si el Amor ofendido contagio del aire ha sido, advierte que a tu poder mayor monstruo que vencer le queda que el que ha vencido. Vase. Pues no le temáis, que lleno el aire de otra armonía, pues es la música mía, vencerá el encanto ajeno. ¡Iris bella! Sale Iris. ¿Qué me quieres? Que pues tormentas reduces, y a la merced de mis luces deidad de las nubes eres, remontando a ellas las aves, de cuya música he sido maestro, solamente «olvido» digantus coros suaves, para que de mí vencido Amor, temple su furor, dando a venenos de amor contravenenos de olvido. Vase. Tú verás que el primer medio de lograr su desengaño será prevenir el daño, porque cuiden del remedio. Canta ¡Hola, aho, ah del valle, pastores! Huid, porque anda otra fiera en el monte, y fiera más fiera en saña y rigor, o el eco lo diga en sus ecos. ¡Amor! Amor enojado, Amor ofendido, Amor desdeñado, ¿qué fiera mayor? O el eco lo diga en sus ecos. ¡Amor! Y así, pues amor los ecos esparcen, aquí repitan olvido las aves; porque competido de Amor el agravio y de Apolo el favor, publiquen en lides de olvido y amor los ecos… ¡Amor! …las aves… ¡Olvido! Porque competido de Amor el agravio y de Apolo el favor, publiquen en lides de olvido y amor los ecos amor y las aves olvido. Vase Iris, y salen, como oyendo la música, Silvio por la parte del Olvido, y Céfalo por la del Amor. ¿Los ecos amor? ¿Las aves olvido? Después que haciendo porfía, por no dejarme vencer de Silvio, di en aprender cómo a Dafne fingiría que la amaba, noche y día siento en el alma un ardor tal, que hecho tema el dolor, me parece que he traído tras mí una voz, que al oído siempre está diciendo… ¡Amor! Desde que, por merecer con Dafne, di en estudiar cómo se ha de desvelar lo que se ha de padecer, tal aprensión di en hacer, que, dueño de mi sentido, no sé qué ilusión ha sido la que me sigue veloz, que parece que una voz siempre está diciendo… ¡Olvido! ¿Qué fuera, que —como aquel que domestica una fiera, cuando ya la considera rendida, obediente y fiel, juega con ella, y cruel vuelve a su primer furor—, familiarmente traidor, viendo que con él jugaba, vuelva contra mí su brava natural violencia…? ¡Amor! ¿Qué fuera, que como quien teme un veneno violento, suele hacer de él alimento, porque cuando se le den, el mal se convierta en bien, hubiera mi afecto sido? Pues de un olvido he temido morir, y, buscando el medio, se ha venido a hacer remedio del olvido el mismo… ¡Olvido! Tal vez oí que, por ensayo, polvorista artificial fingió un trueno de metal, y encendió contra sí el rayo. Mucho en mi mortal desmayo recelo que mi valor muera a manos de mi error, pues cuando a ensayarme llego de amor al fuego, su fuego revienta contra mí… ¡Amor! A un hombre que adoleció de un mal que no conocía, aleve enemigo un día con la herida que le dio el mal le manifestó, y quedó convalecido; o así, del olvido herido, le tuve por homicida, hasta ver que me dio vida, por darme muerte el… ¡Olvido! ¿Qué nuevo afecto traidor triunfa de mi libertad? ¿Qué auxiliar nueva deidad se declara en mi favor? ¡Amor! ¡Olvido! ¿Olvido? ¡Amor! ¿Amor? Pero es error… …haber delirios temido,… …haber favores creído,… …por más que en vago rumor… …publiquen en lides de Apolo y Amor… …los ecos, amor. …los ecos, amor. …las aves, olvido. …las aves, olvido. sale ¿Los ecos amor, las aves olvido? Por salir de una ilusión, viéndoos, pastores, aquí, vengo a saber… (¡Ay de mí!, que Céfalo y Silvio son.) Pues ¿de qué es la suspensión? Prosigue; ¿qué causa fue la que te trujo? No sé, que aunque saberla quisiera, no que de ninguno fuera de los dos. ¿Por qué? Porque temo que a vuestra porfía volváis; y habiéndome hallado bien con no haber declarado a quién la vida debía, no la experiencia querría de la pasada cuestión, que acuerde la obligación. Por mí, poco que temer tienes; que yo sabré hacer desprecio la pretensión, que ya, sin que sienta cuerdo el mirarme aborrecido, sólo me acuerdo, en mi olvido, que de que olvido me acuerdo, nada ya en perderte pierdo, y así, no temas, oh bella Dafne, que hable en mi querella. ¿Qué más, para mi pesar, en ella quieres hablar, que hablando, no hablar en ella? Que si el que ha de fingir eres, traer tus penas escondidas, fingiendo lo que me olvidas, me acuerdas lo que me quieres. Bien hasta aquí, ingrata, infieres; pero viendo desde aquí que vivo tan sobre mí que aun fingido no me quejo, y con Céfalo te dejo por ir huyendo de ti, verás que mi olvido halló causas que tú no previenes; pues falso con los desdenes pude no estarlo, más no con los celos; y pues yo me ausento sin los recelos, los sustos ni los desvelos de ver al competidor, ¿cómo llevará tu amor el que se deja sus celos? Vase. Oye, espera… No cruel tu voz le detenga, no; que eso es querer que halle yo los celos que dejó él. ¿Tú? ¿Por qué? Porque yo, fiel amante tuyo, rendido a tus plantas, el perdido tiempo que no te amé, lloro; y pues tu hermosura adoro, a pesar de aquel temido hado, no tras ese fiero desdén vayas ofendida, que si él finge que te olvida, yo no finjo que te quiero. La misma razón infiero que en él, en ti, y no sé a quién el premio mis ansias den; pues amor y olvido igual, aunque él no lo fingió mal, también tú lo finges bien; y pues conocer se deja cuánto fue mi examen necio, ni desto he de hacer aprecio, ni de aquello he de hacer queja; y así, de entrambos se aleja corrido mi desengaño. ¿De qué? De que es igual daño, pesando males y bienes, oír por engaño desdenes que favores por engaño. Yéndose. No, si a este campo venías con la duda que no sé, te vuelvas con ella, en fe de no oír las ansias mías. Y pues de mí no la fías, a que otro la diga espero dar lugar; que el día primero que sabes que sé querer, no quiero más que saber que sé que sabes que quiero. Vase. En segunda confusión de la que truje me veo; que aunque de uno y otro creo ser su variada pasión efectos de la cuestión, con todo eso, habiendo habido mudanza en mí, la he creído en ellos. ¿Quién, vil temor, a Céfalo mudó? ¡Amor! ¿Quién a Silvio trocó? ¡Olvido! «Olvido» y «Amor» oí; ya son en la pena mía dos las dudas que traía, porque si sólo hasta aquí pudo introducir en mí una voz helado ardor, ya es abrasado temor el que otra ha introducido, oyendo que ha competido el agravio y el favor. Publiquen en lides de Apolo y Amor, los ecos amor, las aves olvido. En los palacios de Atlante dicen que una fuente había, que al que más libre bebía, le dejaba más amante; y otra que, poco distante, al que amante la gustaba, libre en su olvido dejaba. Sin duda, de ambos cristales las cláusulas desiguales éstas son; pues yo, que amaba a Céfalo, cuando atiendo a esta hechizada armonía; yo que a Silvio aborrecía, cuando estoy estotra oyendo, no sé ni de cuál me ofendo, ni de cuál me obligo, no. ¿Habrá, ya que Amor causó un efecto, quien aquí diga el que otro causó? dentro Sí. ¿Quién a eso se atreve? Sale Apolo. canta Yo. Yo, que habiéndome tú dicho que había otro más rebelde monstruo que vencer, no quise dejar el duelo pendiente. Y así, al veneno de amor busqué el antídoto fuerte del olvido, porque sólo el olvido al amor vence. Pasa por lo alto Amor, tirando flechas y cantando. Ahora lo verás; y pues esperé a esta ocasión, vuelen invisibles flechas, que una apague lo que otra enciende. Vase. En la parte que me toca, mi altivez te lo agradece; pues libre de una pasión, de un instante acá, parece que todo el Etna del pecho en cenizas se convierte, pesándome el corazón, según que oprimido siente no sé qué grave delirio, más que si de plomo fuese. ¿Qué fuera, ¡ay de mí!, qué fuera que al exhalarse el ardiente Etna de tu pecho, en mí prendan sus iras crueles? ¿Cómo? Como dividiendo los contrarios accidentes de nieve y fuego, ha partido en mí el fuego, en ti la nieve… ¿Qué causa, di? …tu hermosura. ¿No la habías visto otras veces? Sí, pero lo que se ve no es, Dafne, lo que se atiende. ¿Ahora sabes que el influjo reservado punto tiene, y que no siempre es hermoso aun lo que es hermoso siempre, pues no lo es cuando lo es, sino cuando lo parece? No sé, porque sólo, ¡ay triste!, sé que un hielo me estremece. Yo, que un incendio me abrasa. Yo, que un pasmo me suspende tanto, que me obliga a que de aquel presagio me acuerde; pues si allí fui vivo tronco, muerta estatua aquí. Deténte. ¿A qué? A que con sólo oírme, tan no visto dolor temples. El respeto de mirarte deidad, y el temor de verte deidad ofendida, me hace que huya de ti. Si me temes como a deidad ofendida, yo sabré, por complacerte, que el estilo de deidad con el de mortal se mezcle, usando de entrambas voces. ¿De qué suerte? representa Desta suerte: bellísima, hermosa Dafne, ¿ves ese monte eminente, que, expuesto al rigor del hielo y a la saña de la nieve, Canta humilde, postrado y rendido padece helados rigores del cano diciembre? Representa Pues apenas el abril bordará su esfera verde, cuando le verás ceñido de rosas y de claveles, Canta ufano gozando, contento y alegre matiz en las flores, cristal en las fuentes. Representa Pasará la primavera, y en joven edad ardiente el estío, su esmeralda verás que en oro guarnece, Canta brotando la falda del rústico albergue campañas de flores en golfos de mieses. Representa Llegará el otoño, y no habrá yerto árbol que, fértil, de varios frutos no veas todas sus ramas pendientes, Canta brindando a la vista y al gusto igualmente hermoso el agrado y goloso el deleite. Representa Deste, pues, círculo entero del año soy rey, y deste compuesto triunfo de horas, días, semanas y meses Canta el dueño serás, bella Dafne, si quieres feriarme a tan solo un favor tus desdenes. Representa ¿Qué lágrima que la aurora en líquido aljófar vierte, y en cuajada perla guarda la concha que se la bebe, Canta no será a tu oído, si al zarcillo pende, susurro que diga que de mí te acuerdes? Representa ¿Qué oculta vena en sus minas de plata u de oro, obediente o ya al yunque que la ablanda, o ya al torno que la tuerce, Canta no será tratable esplendor, cuando llegues a ver que en tus ropas se borda o se teje? Representa ¿Qué rebelde piedra, dócil no pulirá lo rebelde, si cuando el cincel la gasta, y cuando el buril la muerde, Canta es para que sea blanca, roja o verde, ya flor en tu pecho, ya estrella en tu frente? Representa El ignorado perfume, que hasta hoy ninguno entiende si la ballena le aborte o si el escollo le engendre, Canta después que te sirva en curadas pieles, fénix de tu olfato, le haré que se queme. Representa Y aun cuando te agrade, Dafne, que te sirva el mismo fénix, será en tu estrado su hoguera brasero de tus tapetes. Canta Y en fin, porque sólo adorarte… Suspende la voz, que cuando no fuera por mí, dejara de verte, por ver que con lo que dices contradices lo que sientes. ¿Yo? ¿No publicas olvido? Sí. Pues qué hay de que te quejes, si nadie de que le aprendan lo que él enseña, se ofende? Canta Que dar un consejo, y sentir que le acepten, es formar un monstruo de opuestas especies; Representa fuera de que si al Amor vencer, Apolo, pretendes, no se vence Amor amando. ¡Ay, que ya no es amor éste! Luego si éste no es amor, no tengo qué agradecerte. Yéndose. Sí, no siendo amor, porque es adoración, sí tienes; y así… Ásela del vestido. Suelta, y no me sigas, pues que tú mismo me ofreces, Canta con la lición de que libre te olvide, también la razón de que esquiva te deje. Vase Dafne. ¡Con mi antídoto me matan! ¡Ay de mí infeliz mil veces! Gusano de seda he sido; yo me he labrado mi muerte. Pero ¿qué importa, qué importa ni que Amor de mí se vengue, ni que tú…? dentro ¡Allí está; llegad todos! Mas ¿qué estruendo es éste, que me embaraza a que siga sus pasos? Bata y Rústico. Escucha. Atiende. Habiendo, Pollo, sabido… …cuantos el rústico albergue… …de los montes de Tesalia… …habitan, lo que te deben,… …no sólo en matar Fisgones,… …sino en vencer juntamente… …los encantos del Amor,… …pues trabucando calletres,… …vine a olvidar yo a ese tonto;… …vine a amar yo a esa serpiente;… …y habiendo también sabido… …cuánto las ninfas alegres… …del Peneo ambas vitorias,… …de mí ayudadas, celebren… …con diversos instromentos,… …todos en tu busca vienen,… …alegremente festivos,… …diciendo… …de aquesta suerte:… Villanos cantando y bailando. cantan ¡Viva Apolo, viva, pues sólo puede vencedor llamarse quien a Amor vence! (¡Ay de mí!, que ya estas voces, más que me obligan, me ofenden.) canta Préstame esta noche tu arco y tus flechas, que me importa la vida matar dos dueñas; y sólo pueden matar dueñas arpones que matan sierpes. ¡Viva Apolo, viva, pues sólo puede vencedor llamarse quien a Amor…! Cesen, villanos, vuestros aplausos; que miente vuestra voz, miente vuestro acento, si de mí publica que sólo puede vencedor llamarse quien a Amor vence. ¿Qué es esto? ¿Qué le habrá dado? No sé, pero el que quijere vivir, guárdese del sol el día que se enfurece. ¡Huid todos, huid de mí, villanos viles, aleves, que ya es baldón y no aplauso el decir que sólo puede vencedor llamarse quien a Amor vence! Huye, Lauro. Vase. Flora, huye. Vase. Sí, que está loco parece. Vanse todos. Debe de durar la luna de hebrero, en cuya creciente, ni cuándo anochece sabe, ni sabe cuándo amanece. Vase. Quiere huir Rústico, y le detiene Apolo. No huyas tú. ¡Por fuerza hube yo de ser el que cogiese! ¿Qué temes? ¿Qué he de temer? Que me dé, como dar suele cuando madura membrillos. Mas diga lo que me quiere. Yo vi a Dafne… Yo también. …y sentí en un punto breve no sé qué ofensa que halaga, no sé qué halago que ofende. Eso no sentí yo, que eso la gente ruin no lo siente. Dijo que de una pasión se olvidaba, en que se infiere que tiene amor. Sí tendrá, porque es cosa que se tiene. Pero antes que pasemos adelante, ¿qué le mueve a no habrar con la armonía que solía? ¿Cómo quieres, destemplado el corazón, que la voz no se destemple? Yo es fuerza que lleve el día a los campos de occidente, y porque sepa en mi ausencia si hay quien su quietud desvele, tú la noche en este valle has de estar, porque me cuentes si ella del sacro Peneo deja el cristalino albergue y sale a hablar a su orilla con su amante. He aquí que él viene, y que ella sale, y se enojan que sin ser vecino aceche, y dan conmigo en el río; con que yo ahogado y tú ausente, no das conmigo, hasta dar con el signo de los peces. Yo haré que en ti reparar nadie pueda. ¿De qué suerte? Haciendo que transformado en árbol, ninguno a verte llegue, que por tronco no te tenga. ¡El diablo me lleve —maldición que se habrá oído en Tesalia pocas veces— si tal esperare! Vase. Aguarda… Mas ¿qué importa que te alejes, para no ser racional planta entre esotras viviente, el día que mi deidad puede fingirla aparente? Y tú, en tanto, hermosa Iris, del olvido no te acuerdes; deja que la voz de Amor veloz en sus ecos suene: ame y no olvide. Vase, y sale Rústico dentro de un tronco, con algunas ramas. ¡Valedme, dioses de mi devoción, pues que lo sois, Baco y Ceres, en este aprieto, en que ya mi pie en raíz se convierte, en corteza mi pellejo, y de la planta a la frente en ramas mis brazos, y hojas mi melena y mi copete! Sale Dafne. (En aquesta soledad, supuesto que ya anochece, libre de Apolo, será bien que a mis solas me queje.) (Peor es esto, que a esta parte parece que siento gente.) Sale Céfalo. (En lo florido, la senda es ésta en que Dafne viene.) (Y aun a esotra, y si el escaso crepúsculo ver consiente, mezclando luces y ramas, entre lo rojo lo verde, Dafne es la que viene allí, y Céfalo el que allí viene. Mas ¿qué sería si él fuera el galán que Apolo teme? Atienda, pues, que quizá el placer será dos veces placer, cuando ahora lo sepa, y después cuando lo cuente.) (Deshecha fortuna mía, ¿qué nuevo delirio es éste, que no veo, que no oigo cosa alguna en que no encuentre aborrecimiento? Tanto, que a mí misma me parece que me aborrezco, ¡ay de mí!, desde aquel instante, desde aquel punto…) Hermosa Dafne, perdona, que no consiente el nuevo afecto que en mí quieren los hados que reine, que no te siga, porque el recelo de que pienses que es fingido amor, me hace que tras ti… La voz suspende; que, fingido o no, no sabes a cuán mala ocasión vienes. Y si quieres que yo crea que es verdad el que me quieres, o que crea que lo finges tan bien que me lo parece, una fineza lo diga. ¿Qué fineza? Que me dejes con mi soledad. No sé que sea fineza decente, que el que desdenes estima, se vaya por no oír desdenes. Trátame mal, pero no tan mal que de ti me alejes. Haz esto por mí. Sí haré, porque veas claramente que sólo obedece quien a tanta costa obedece. Mas partamos el camino, y puesto que yo me ausente, quede quien te hable por mí el rato que aquí estuviere. ¿Quién ha de hablarme? Este tronco, en cuya corteza… (¡Ése es mi pellejo!) …mi amor dejará escrito con este puñal un mote… Escribe con el puñal. (¡Mal haya el primer impertinente que inventó motes!) …que diga: «Céfalo por Dafne muere». Vase. (¡Y yo por Céfalo y Dafne!) Vuelva, pues que vuelvo a verme a mis solas, a mis quejas. ¿Qué hielo…? Mas Silvio es éste: con su tema vendrá. Sale Silvio. ¿Aquí, Dafne, estabas? Por no verte a ti ni a nadie, busqué esta soledad. Si vienes a proseguir tus fingidos desaires, el paso tuerce, y déjame, que ya sé lo bien que lo finges; vete, Silvio, que a solas me importa quedar… o yo me iré. Tente; que no tan sólo en tu busca vengo, pero si supiese que aquí estabas, no llegara; porque aun fingidos no quieren acordarse mis pesares de que fueron tus placeres. Acaso por aquí vine, y porque falsa no quedes presumiendo que es deshecha de haberte seguido, deje en este tronco mi olvido quien mi mudanza te acuerde. Va a escribir; vuélvese Rústico, y escribe en la otra parte de las espaldas. (Ya está escrita aquesa plana; y si otros la hoja vuelven, yo vuelvo el tronco y la hoja.) Aquí verás, si lo lees, si te busco o no, pues dice: «A Dafne Silvio aborrece». Vase. Yo lo agradezco. Yo no. ¿Quién habló aquí? Sea quien fuere. Voz, ¿cúya eres? De una planta, para melón excelente, porque es de cáscara escrita. ¿Las plantas hablan y sienten? Presto lo verás, si a mí te acercas. ¡Cielos, valedme! Que al oír que lo veré presto, el pecho se estremece, el corazón se retira, el aliento desfallece; tanto, que aunque ya las sombras de la noche al alba vencen, embargada del asombro con que esta voz me suspende, aun no acierto a retirarme. ¿Presto lo veré? Mil veces sienta absorta, tema muda, arda helada y ciega tiemble. Vase. Ve aquí que ya para mí siete años la noche tiene, pues ya hacerrado, y Apolo de mí no se acuerda. Advierte, oh rubio padre del día, que es hora de que despiertes; que no daré un cuarto por enamorado que duerme. Sale Apolo. Apenas la blanca aurora doró la cima eminente deste monte, cuando a él mis sentimientos me vuelven, fiando el pértigo del carro a Etonte y Flegón. Aquéste es el árbol que dejé por espía: a saber llegue qué vio en mi ausencia. Mas él que me responde, parece, antes que se lo pregunte; pues un mote escrito tiene en la corteza, que dice: Lee «Céfalo por Dafne muere». ¡Oh, mal hayas tú, porque lo primero que en ti encuentre sean mis celos! ¿Con eso se viene agora? ¡No quede hoja en ti… (Vuelva la hoja, porque ya que esto le pese, estotro le desenoje.) …que no tale, que no queme,… Da Apolo con el puñal en las ramas, y Rústico se vuelve de espaldas. Aquésos son mis cabellos; usted no me los repele. …porque otra vez no me digas: Lee «A Dafne Silvio aborrece»! (Ya con esto lo he enmendado, pues es fuerza que se huelgue.) ¡Esto más, infame tronco, rudo padrón de mi muerte, y aun de dos muertes, supuesto que no sé cuál más me ofende, o el que ama lo que amo, o el que lo que amo aborrece! (Por activa y por pasiva lo erré.) Pero en mal tan fuerte no es ocasión de que arguya quién más al alma se atreve, el que mi gusto disfama, o el que mi gusto apetece. Pues, ¿qué culpa tengo yo? Nada me digas, y vuelve, Rústico, a tu primer forma; que no quiero que me cuentes más. ¿Qué más, si te he contado que dos a Dafne divierten, como quien quiere la cosa, y como quien no la quiere? Vase. ¿Qué distinto fuego, ¡cielos!, de otro cualquier fuego es éste, que, aborreciendo o amando, contrarios vientos le encienden? Sale Dafne. (El mismo temor que anoche de aquí me ausentó, me vuelve con el día, persuadida a que sus sombras, que siempre horrores engendran, fueron ilusiones aparentes, y a desengañarme… Pero Apolo está aquí.) Deténte, si ya no es que, vergonzosa de que sepa de quien eres aborrecida y amada, tirana, la fuga intentes. Si hubieras sabido, Apolo, que era yo la que imprudente amaba o aborrecía, fuera bien irme a no verte; mas ¿por qué el que me aborrezcan o me amen, ha de ponerme en fuga tuya? Porque no sé qué estimación pierde, o aborrecida o amada, una mujer, sea quien fuere, que el saber que tiene hechos los oídos o a desdenes o a favores, facilita la acción de quien se la atreve. Antes se la dificulta; que aborreciendo igualmente al que aborrece y al que ama, a entrambos afectos tiene cerrado el paso; y lo pruebo. ¿De qué suerte? Desta suerte. Vase huyendo, y él tras ella, y vuelven por otra parte, sin cesar la representación. Aunque otra vez huyas, no, como otra vez, detenerme podrán villanos festejos. Sus alas Amor me preste. ¿Cómo ha de dar contra sí sus alas Amor? Entran. Si atiende que es medio el que a mí me valga, para que de ti se vengue. Salen. Si es venganza suya, ingrata, tu rigor, yo he de vencerle, triunfando de él y de ti. Entran. Tarde o nunca podrás. ¿Eres el día de hoy, que del sol huyes? Salen. Soy el de ayer, que no vuelve. No eres sino el de mañana, pues a manos del sol vienes. Alcánzala, y detiénela. ¡Dadme vuestro favor, dioses! ¿Cómo un dios contra otro puede? ¿No pudo Amor contra ti? Ya es fuerza que lo confiese. Y que yo a los cielos pida amparo. Porque no lleguen a oír sus voces, bella Iris, haz que las tuyas las lleven confusas al aire. ¡Eco! Porque al alcázar celeste suban, repitan las tuyas mis ansias. Todas se mezclen. ¡Dioses, cielo, luna, estrellas,… ¡Dioses, cielo, luna, estrellas,… …montes, mares, prados, fuentes,… …montes, mares, prados, fuentes,… Todo esto se ha de representar huyendo ella, y desasiéndose de él siempre que la alcance, sin llegar a lucha. …troncos, riscos, plantas, flores,… …troncos, riscos, plantas, flores,… …aves, brutos, fieras, peces:… …aves, brutos, fieras, peces:… …dadme amparo,… …dadme amparo,… …socorredme… …socorredme… …de un tirano,… …de un tirano,… …de un aleve! …de un aleve! ¿Ves cómo nadie te oye? Veo que todos me ofenden. ¡Gran Peneo, padre mío,… ¡Gran Peneo, padre mío,… …por tu honor y mi honor vuelve! …por tu honor y mi honor vuelve! ¡No permitas… ¡No permitas… …que yo llegue… …que yo llegue… …a ver antes… …a ver antes… …mi desdicha que mi muerte! …mi desdicha que mi muerte! Primero, ingrata, en mis brazos, que te alivien y consuelen los dioses a quien invocas, ni los cielos a quien mueves, verá el Amor… No verá. Da vuelta un peñasco con Dafne, y queda a sus espaldas un laurel, con quien se abraza Apolo. Hados, ¿qué prodigio es éste? ¡La beldad que a abrazar iba entre mis brazos, convierten en yerto tronco los dioses, que de su llanto se duelen! A cuyo prodigio pasman, a cuyo asombro fallecen, aun más que ella, mis sentidos; pero no mi fuego ardiente, pues a su pompa postrado, es bien que idólatra quede a serlo más de sus hojas que de mis rayos las gentes, adorando su hermosura, aun en su cadáver siempre. Sale Amor y todos los demás, como él los va llamando. ¡Iris bella! sale. ¿Qué me mandas? ¡Eco hermosa! sale. ¿Qué me quieres? ¡Sabia Libia! sale. ¿Qué me ordenas? ¡Silvio ingrato! sale. ¿Qué pretendes? ¡Céfalo amante! sale. ¿Qué dices? ¡Ninfas del Peneo! salen. ¿Qué emprendes? ¡Pastores del valle! salen. ¿A qué nos llamas? Oídme, atendedme. Bien sabéis que mi desaire fue —ya lo he dicho otras veces— no ser mis armas capaces de brutos, que amor no sienten. El triunfo disteis a Apolo; y para que llegue a verse quién triunfa con más ventajas, quién más aplausos merece, quién vence fieras, o quién vence al dios que fieras vence, volved los ojos: veréis que a un tronco adorando muere, porque esto de adorar troncos de sus ídolos lo aprende. Lo que por baldón, Amor, me dices, es bien acepte por blasón de mis hazañas; que mi mayor triunfo es éste de saber amar, ya que confieso que tú me vences, pues sólo amar sabe el que ama aun más allá de la muerte. Dafne es ésta, que a las diosas con su llanto compadece tanto, en culto de su honor, que en árbol me la convierten, tan raro que, vegetable geroglífico, contiene su duración en lo eterno, su juventud en lo verde. Y yo, porque desde aquí por sagrado le venere el mundo, elijo sus hojas para lauro de mis sienes, siendo su nombre laurel, a quien ni el ábrego hiele, ni el cierzo abrase, gozando de iguales verdores siempre. Del rayo estará seguro; y para que más se aumente su honor, con él sus victorias han de coronar los reyes. Y añade que en las batallas de aceitunas y escabeches será general. A todos tan gran prodigio suspende. Sino a mí, que ya sé a qué sabe el ser tronco viviente. A mí sí, pues en mí el hado su influjo cumplió inclemente, y me ha de costar la vida quedar llorando su muerte. Yo, aunque libre de su amor viva, a los dos aconseje que, en loor suyo, de sus ramas llevemos. Bien nos adviertes. Tened, esperad; que no a todos se les concede ese honor. Pues ¿para quién le guardas? Su dueño tiene; que yo de la astrología que en ese globo celeste cada día leo, sé que habrá rey tan excelente que por su valor invicto, que por su ingenio prudente y por su persona amable, le merezca solamente. ¿Qué rey? El segundo Carlos, de tantos gloriosos reyes heredero, que no sólo consiga el alto honor deste primero laurel del mundo, mas el de todos, de suerte que venga a ser su corona el laurel de los laureles; cuyo generoso nombre, el día que se celebre, será común alborozo de tantas diversas gentes, que no habrá parte en el orbe que desde oriente a occidente no le festeje y le aplauda. Yo —a quien como Amor compete la celebridad del día, pues ninguno habrá que niegue que el amor de los vasallos patrimonio es de los reyes—, a pesar de Apolo —puesto que aunque él el laurel defiende, no es triunfo suyo el día que yo le gozo y él le siente—, tengo de ser quien humilde de sus hojas a ofrecerle llegue la triunfal guirnalda. Todos ufanos y alegres te acompañaremos. Yo, vencido de Amor dos veces, a ese fin seré el primero que su heroico nombre intente, si el alba le cuenta a días, que el tiempo a siglos le cuente. Pues todos, haciendo caso la imaginación, que puede persuadirnos a la dicha de que merecemos verle, postrados —como si aquí le tuviésemos presente—, el sacro Laurel de Apolo, con festivos parabienes, ofrezcamos a sus plantas, por si por dicha merece, siendo don nuestro, ceñir el rizo Ofir de sus sienes. Y porque la voz de amor en todos a un tiempo suene, pues es de todos, conmigo decid lo que yo dijere. Canta Señor, amor en sombras… Señor, amor en sombras… …de fabulosos dioses… …de fabulosos dioses… Canta Apolo. …y del Amor vencido,… …y del Amor vencido,… …el césar de los orbes,… …el césar de los orbes,… Canta Iris. …el arco de la paz… …el arco de la paz… …que vuestro imperio logre,… …que vuestro imperio logre,… Canta Eco. …el eco que le esparza… …el eco que le esparza… …en siempre heroicas voces,… …en siempre heroicas voces,… Representan todos. …todos humildemente… …todos humildemente… …a vuestras plantas ponen… …a vuestras plantas ponen… …aquel laurel que pisa la falda deste monte. Bailando. canta Y pues hoy es el día… Y pues hoy es el día… …que Amor sus triunfos goce,… …que Amor sus triunfos goce,… …dénos la que ha de ser… …dénos la que ha de ser… …amor de los amores. …amor de los amores. Canta Apolo, repitiendo siempre la música y todos. canta Apolo os lo suplica, previniendo esplendores, con que, si a vos laureles, a ella rayos coronen. canta En cuya paz, el aire nos dé tan feliz prole… canta …que el eco de su fama llene mares y montes. representa De suerte que a ser venga,… representa …en unidad conforme,… representa …todo en ella finezas… representa …y todo en vos blasones,… …siendo aqueste laurel, cuando ambas sienes dore,… …bandera de los aires, garzota de las flores. De suerte que a ser venga, cuando ambas sienes dore este laurel, que pisa la falda deste monte, bander a de los aires, garzota de las flores. FIN Repitióse esta fiesta en el día del nombre del rey nuestro señor don Carlos segundo, en cuya ocasión corrigió don Pedro los errores con que corría impresa la primera jornada, y escribió la segunda con la novedad que se advierte en esta edición.