Personajes EL RENCOR EL HOMBRE EL HEBRAÍSMO LA IDOLATRÍA EL ATEÍSMO LA APOSTASÍA LA GENTILIDAD LA FAMA LA IGLESIA EL ALBEDRÍO LA SOMBRA EL PRÍNCIPE SAN PEDRO SAN JUAN SAN ANDRÉS SANTIAGO, que es Diego Zagales ZAGALAS MÚSICOS ACOMPAÑAMIENTO Ábrese el primer carro y se ve el Rencor sentado en un trono de peñascos corpóreos, echando llamas, con corona de áspides, manto de estrellas negro, plumas, bengala y banda negra. Adviértase que el carro ha de ser también de peñascos, cayendo el rastrillo al tablado para que baje a su tiempo por él ¡Rompa mi acento horrible el cóncavo, al horror inacesible, en que yace entre el opio y el beleño esa confusa imagen! ¡Que, del sueño del mortal parasismo, dé la culpa del Hombre en el abismo (cárcel estrecha a su soberbia altiva), que duda si está muerta o si está viva tan hija de los males que ella es el mayor mal de los mortales! Díganlo las sagradas autoridades, que tan señaladas señas le ponen, dando por más señas la fiera que se oculta entre las breñas de los montes y el río, a lo que creo, de las funestas aguas del Leteo; la harpía que se ceba en sangre humana; la serpiente sañuda e inhumana, basilisco que al fuego de sus ojos hace rendir la vida por despojos; la cicuta entre yerbas diferentes, cuyo letargo embarga a los vivientes haciéndoles caer en la desgracia del Autor soberano de la gracia, por quien su voz previno, según Tomás, Ambrosio y Agustino, que, huyendo, el Hombre venza la batalla de su fiereza suma, pues se halla seguro de su más nocivo hechizo, pues solo con huir se le deshizo. Mas, ¿por qué con sentencias hoy te hablo, si con sola la voz que te dio Pablo podré llamarte y dar tus señas ciertas? Sal pues de aquese caos dejando abiertas las entrañas del peso que ha tenido ese pálido seno (¡qué oprimido!), ese monte soberbio, que es su boca monstruo dos veces, por peñasco y roca. Mas ¿cómo no has salido a mi ronco gemido, oh, tú, confusa Sombra, culpa en común del Hombre? Ábrese el carro opuesto, que será una montaña levantada, en forma de concha el sobrecarro, y se ve la Sombra, como recostada, y sale del peñasco después del primer verso ¿Quién me nombra? Pero no me lo digas, pues ya veo, si no es que es ilusión de mi deseo, el trono en que te vio Juan en la cumbre del abismo, con cuya pesadumbre la espada agobia a su profundo seno, lleno de horrores, de crueldades lleno; de víboras ardientes coronado, propias señas del padre del pecado; por cetro, rama ardiente, adusto tronco del delito de Adam, infausto y bronco; por clámide imperial de sombras llena, nube tejida de la luz ajena, que anocheciendo al mundo su tenebroso horror, siempre profundo, deja la luz en calma. Y si al sol llega alguna vez su noche, se despliega, obscurece su faz, que, siempre hermosa, árbitro es de la adelfa y de la rosa cuando al aire y al agua ser presuma nocturna niebla, denegrida bruma, de tupidos vapores negro asiento, trono infeliz de su soberbio aliento; pues, apagada estrella, cada acento que formas es centella si, de la luz ensayo, pronuncias trueno articulando rayo, llamándote Rencor del Hombre fiero, si a mí me llamo áspid lisonjero. ¿Para qué me has llamado? ¿Qué causa ha ocasionado el esparcir tus destempladas voces a los aires veloces? Dime, ¿qué pena lucha con tu inflexible ser, Rencor? Escucha… Pero, aguarda, primero que descienda a la tierra, porque quiero que vea el Hombre que si salto en tierra Bajando al tablado es para hacerle más continua guerra; y más si se han juntado Sombra y Rencor, que son culpa y pecado, para tan nueva lid. Y pues lo ignora, la causa que me mueve atiende ahora: bien te acordarás de aquella primera civil batalla en que, comunero, puse la celeste curia en arma; bien te acordarás también de aquella lucha pasada en que vencí con un tronco al hombre infiel y a la gracia; y no extrañes que te acuerde lo que sabes, pues te enlazan para mis pesares siempre los motivos y las causas. Bien te acordarás de aquella primera civil batalla (vuelvo a decir) cuando puse la celeste curia en arma porque su Autor pretendió que yo, postrado, adorara una inferior criatura, criada a su semejanza. Propúsome su retrato y yo, al ver cuánto me infama el adorar a quien era inferior a mí, mi rabia y mi vanidad (que todo se unió para que abjurara su proposición) le dicen cuánto más interesaba en adorarme a mí, puesto que era mi ser de más alta jerarquía (cuanto va de ser a no ser, pues se halla ella humana y yo divino) y opuestas las circunstancias la adoración de mi ser a su ser la trasladaban. A esto se opuso un caudillo, (Miguel pienso que se llama, que quiere decir «defensa de Dios») para que dejara mi intento y proposición, diciéndome delatara mi intención. Yo entonces dije que, inflexible, en mí no se halla que lo que aprenda una vez pueda desistir; y tantas, las legiones que me siguen y de la parte contraria las que se alistan son, que en civil guerra trabadas bien pudieron decir muchos, con inspiración sagrada, que fueron de nueve tercios las huestes que toman armas. Pero ¡ay de mí!, que a una voz suya (tiemblo al pronunciarla) que dijo (muero al decirlo) «¿Quién como Dios?», arrancadas y desgajadas cual lluvia de los polos, despeñadas de ese alcázar cristalino, hasta los abismos bajan siendo, en globos, a racimos, mariposas encarnadas; y con ellas yo, ¡ay de mí!, que cual serpiente arrugada dice Pedro que me truje de las estrellas, con saña, la tercer parte, arrastrando con la cola de mi escama. Desde entonces… Desde entonces en esa lóbrega estancia vivo arrastrando cadenas, que aun de oro fueran pesadas. ¿Qué mucho, ¡ay de mí!, qué mucho si por última desgracia de mi desesperación el cielo quiere que haga forzado lo que no quise hacer voluntario, a causa de que sea este baldón la cifra de sus venganzas? Dejemos en este estado mi ruina, y vamos a que haya (pues que mi ciencia me truje y solo perdí la gracia), afianzado en ellas mismas, por primera circunstancia, Hombre que, aunque peque, pueda arrepentirse y que haga que lo que el ángel no puede el Hombre consiga. ¡Oh, sabia esencia! ¿Quién es el Hombre para que, como Job clama, le magnifiques, Señor, y que, su culpa borrada en fe de arrepentimiento, dueño de tus esperanzas, heredero de tus dichas y en fin esposo le hagas de la Gracia, que perdió por caer en tu desgracia, y al ángel mismo le niegues lo que a él concedas? ¡Qué varias son mis confusiones, pues de envidia el pecho se abrasa, en ira arde el corazón y en furor se enciende el alma! ¡Qué bien podré yo decir, viendo el dolor que me mata, que un puñal tengo en el pecho y un cordel en la garganta, y más si mis ansias todas me atemorizan y espantan! Después que de los profetas, cumplida ya la palabra, venga a pagar por el Hombre el mismo Criador, ¡oh, caigan sobre mí los montes, puesto que mi inteligencia halla que no de la original culpa solo libertada la humana naturaleza del Hombre, mísera y baja, triste, pobre y abatida, humilde, tosca y villana, sino que de la actual culpa, también cuando caiga en mortal culpa, que pueda levantarse, porque nada le disculpe! Y así Dios, prevista ya de su alta mente, en sombras y figuras desde los profetas anda haciendo que se lo expliquen tantas veces pronunciadas parábolas, tantas luces, tantos sacrificios, tantas circunstancias cuantas vio la ley natural y cuantas la ley escrita en Moisés vio también. Y pues es clara consecuencia, pues estamos en la ley escrita, que haya quién, en fe de alegoría y realidad, sin que salga del intento, careando los dos sentidos, su estancia nos lo diga; y también diga su culto (res inmolada, que con amargas lechugas en la fiesta de la Pascua, símbolo de penitencia, comió el pueblo con sandalias ceñidas, báculos puestos en las manos), porque nada le quede a mi duda, siendo como es que significada está en el mismo cordero (pues que viático se llama por salir de Egipto entonces, de la esclavitud tirana, el pueblo de Israel cautivo), con tan viva semejanza que ni cocido o guisado quiso ser, porque quebrada alguna porción del cuerpo al puesto en cruz no imitara. Y así, como quien ya dice «Quiero por última paga darle a mi pueblo en Egipto una señal que adelanta la significación mía de cuando a otra vida pasa el Hombre; que tenga aviso de mi Pasión soberana en el viático, que admita si con afecto la abraza después de la penitencia, que primero satisfaga», y a la tierra caminando de promisión fueron tantas las maravillas de Dios, que en el desierto declaran su poder, como lo atestan en las cuarenta posadas (símbolo de otras cuarenta que Elías peregrinaba con el subcinereo pan y otros cuarenta que sabia pluma refiere, que son cuarenta ayunos que aguardan tras los cómputos del tiempo futuras mis asechanzas). Y volviendo a que dé al pueblo, en las cuarenta posadas que pasaron y en los siete prodigios, luces tan raras de otros siete sacramentos que su piedad soberana obre en abono del Hombre (que al pensarlo yo desmayan todas mis iras aunque del dolor mis penas y ansias me estremecen), con todo eso, porque no ignores la causa, óyelos a mi pesar: por primero, pues, pasadas las ceremonias y cena, dígalo el pasar el arca a vista de los gitanos haciendo, por que pasara el Bermejo Mar a un tiempo dividiendo las rizadas espumas, amontonando sus líquidas ondas, vagas, transpontines de cristal, revellines de esmeralda y, entre canceles de perlas, montes de bruñida plata. Dígalo entre sus lagunas leño que endulza las aguas, haciendo que todos beban de sus saludables, claras corrientes, porque ninguno guste su ponzoña amarga. Dígalo, herida, la piedra al impulso de la vara misteriosa de Moisés, cambiando de sus entrañas el eco ronco, a su golpe, en manantiales el agua porque aun el agua no falte. Dígalo el ver que, si hay falta en su pueblo de sustento, en cándida lluvia bajan sobre esmeraldas preciosas hilos, que aljófar desatan de las perlas que la Aurora llora, si amanece el alba. Dígalo que si del sol la ardiente, encendida, saña les molesta, envía nubes que le templen y, si falta su luz ardiente, farol que sea norte en la opaca niebla de la noche fría. Y en fin, dígalo entre tantas gentes los que del asombro, despavoridos, se apartan al ver que los que a Madián siguen su castigo hallan en las fieras mordeduras de crueles víboras, cuantas a los siete vicios fueron castigos, porque notaran que los hicieron desprecios de los portentos y gracias que el soberano poder, ciencia, amor de Dios obraba. Allí con siete castigos expresaban su venganza a los siete beneficios que en el pueblo ejercitaba, no hallando descanso alguno aquellos a quien tocaban las venenosas crueldades de sus presas aceradas. Y no hallando algún consuelo después, hasta que elevada ya en Tierra de Promisión por Moisés su misma vara, la serpiente de metal en ella a todos los sana, dando a entender que ella sola es la que de avenenadas iras libra, porque un áspid con otro pierda la airada ponzoña, por ser figura del Justo, cuando clavada su misma Persona sea en la cruz enarbolada, como estandarte de paz que en la tierra deseada al Hombre las manchas lave con su sangre derramada, haciendo que aqueste tronco sirva de escudo a su flaca, caduca y perecedera complexión, porque expresadas queden sus dichas en ver que lo que erró cuando, ufana, la Culpa de su victoria cantó el triunfo, no sin varias autoridades, y vea que ha enmendado su desgracia, conozca en un equilibrio igual, en una balanza, que lo que en un tronco pierde en otro tronco la gana, añadiendo a estos prodigios no el de menor importancia para lo que intento: pues es el haber en las aras del monte Sinaí escripto a Moisés en las dos tablas, buril el dedo de Dios, para el pueblo su ley santa, ampliando de dos preceptos a diez aun las circunstancias más leves, para que el hombre observe lo que le manda; y también, como ya dije, de la actual culpa la mancha, con el arrepentimiento que haga en fee de ella, borrada quede y con la penitencia que haga también. ¡Oh, mal hayan circunstancias que aun futuras me angustian y sobresaltan! Y pasando a otra experiencia, también temo que se valga aun para la original de una mujer, pues (¡qué ansia!), libre de (¡qué parasismo!) la mancha de Adam (¡qué rabia!), de mi veneno (¡qué pena!) pueda (¡qué asombro!) librarla y con alas (¡qué temor!) de águila tanto elevarla que volando hacia el desierto, cuando yo infeste la baja profundidad de la tierra, tanto suba hasta su alcázar, que aun no logre que en las ondas del río, que forman vagas del veneno introducido en todos, ni aun sombras haga. Y en lugar de que yo sea quien llegue a morder su planta, ella mi cerviz quebrante, de suerte que ni aun mirarla pueda, siendo, a sus pies puesto, alfombra, porque ultrajadas mis soberbias, sin tocarme y sin poder yo tocarla, sea ella la mujer fuerte que vio Juan simbolizada y sea yo aquel dragón que todo el mundo inundaba con el río que escupía de sus fauces animadas, y ella de la gracia sea siendo yo de la desgracia. Y no en vano antes de ahora dije que mi ruina infausta la dejásemos entonces para volver a acordarla al tiempo que a esta mujer nombro, pues aun sin nombrarla es tal la afrenta que siento de este baldón, que me causa tanta ojeriza y furor, tanta pena y tanta ansia, entre los muchos que digo me atemorizan y espantan y estremecen, porque veo que cuando todos me pagan feudo del común delito, por tocarles su viciada naturaleza, esta sola es quien de todos se salva no tocándole ni aun sombra. ¿Qué es sombra? Ni imaginada vislumbre, la menor seña de la original desgracia del villanaje de Adán y de su infeliz prosapia. ¡Oh, quiera el cielo no sea, según es tan deseada de profetas y sibilas, lo que dicen cuando claman que ha de dominar la tierra el fruto de sus entrañas! Cuando, adelante pasando, prosiguen diciendo «abra sus senos la tierra» y ella produzca de sus cavadas peñas al Salvador; luego «venga el rocío del alba» y en cándida, tersa, piel vea que su lluvia cuaja el vellón que Gedeón logró ver, cuando batalla presentó a los enemigos del pueblo de Dios; y pasan a decir «que la salud venga al mundo». Luego exclaman «lluevan las nubes al Justo», y dé ella, que ella es la vara de Jesé, huerto cerrado y pozo también de aguas vivas, azucena, rosa, estrella, ciprés y palma. Dirasme ahora: «Rencor, ¿qué tiene que ver que haya un tronco, una mujer fuerte, manná, ley, cordero y vara, para tus quejas, supuesto que, si sucedidas, pasan ya el tiempo? ¿Por qué ahora y no entonces tu ira acobardan?». Y responderete yo que todo importa, pues sacan mis mágicas conjeturas de sus anteriores causas el fin de mis sentimientos, mis congojas y mis ansias. Y pues rectóricos tropos dispensan que adelantadas o pospuestas las noticias no te perturben las sacras autoridades (a fin de que medidas distancias tiempo ni lugar ocupan y, si translativas se hallan, aun en realidades sean permitidas), mi dañada intención quiere que veas en realidad lo que falta de representable idea, por si así mejor reparas lo que pudiera decirte después mi angustia irritada en lo que ya te he propuesto. Y más si añaden mis falsas ciencias que mis conjeturas van al fin encaminadas de que conozcas que solo temor y pavor me causan, solo me asustan y alteran, solo me afligen y espantan en las sombras y figuras de manná, cordero y vara, y enarbolada serpiente, mujer fuerte, tronco y arca el que haya tiempo en que sea (después de tomar humana carne en una Virgen pura, sin pecado, error ni mancha), por corona de los siete sacramentos que explicaban las maravillas de Dios, uno de ellos, donde el alma y cuerpo asista debajo de especies transubstanciadas de pan y vino el que es rey, según como David canta, de la gloria y el señor de las virtudes sagradas y el que es de la gracia aumento porque es el rey de la gracia, llamándose eucaristía, que es nombre que lo declara, pues quien dijo eucaristía dijo «el aumento de gracia». Y que ha de convidar dice con esta eterna vianda, según Pablo, a todo el mundo, dándole nombre, porque haya quien desde el rico al mendigo no desdeñe el aceptarla, de «convite general», conque a todos los aguarda, yendo con la nupcial veste, de ropa talar y blanca estola, para que puros puedan en su mesa franca aprovechar los auxilios. Y aunque pobres y con llagas leprosos, tullidos, ciegos, sean, dice también vayan, curando a todos no solo del cuerpo sino del alma. Y así, antes que el tiempo llegue, quiero cautelar las ansias que me afligen y atormentan con una industria que trazan mis astucias, para que cuando venga, halle mudada la informe naturaleza del Hombre, llena de manchas, y, por asqueroso, no quiera llevarle a su casa; y, si estoy desprevenido, es fuerza lo logre. Y hasta que le quite el que se lleve, el corazón no descansa, pues, présago, ya me advierte con sus mudas aldabadas lo que me ha de suceder si aqueste mal no se ataja, pues aunque venga después su remedio, el que se halla imposible del remedio, más que le aprovecha daña, por más que entonces la Fe diga en la voz de la Fama cuando convidando a todos repitan sus consonancias… Atraviesa la Fama cantando, con el clarín en la mano, en una águila, lo que se sigue. Canta Venga a noticia de cuantos son y han sido en la animada esfera del universo, desde la zona abrasada hasta la gélida zona, cómo la Suma Palabra del que es en la tierra y cielo Criador de estrellas y plantas, aves, brutos, peces, fieras, hombres, ríos, fuentes, aguas, montes, árboles, collados, granizos, nieves y escarchas, sol, luna, signos, planetas y, en fin, de la imaginada campaña de los afectos y de todas las campañas materiales de la tierra, cuanto vuela y cuanto nada, cuanto corre y cuanto ruge en piel, en pluma y escama, cómo llama a los mortales el Príncipe, que los ama, convidándolos a todos a un convite, porque es tanta la gracia que quiere darles que es el convite de gracia; y porque mejor lo entiendan segunda vez mi embajada diré al compás de mis voces, sobre las plumas doradas de esta águila, no sin grande misterio… ¿Haslo oído? ¡Calla! Venid, mortales, venid, venid, venid sin tardanza al convite general, siendo el clarín de la Fama voz de la Fe, con que inspira en su aliento aliento a sus voces, voces a su llama. Venid, pues, venid, que da mesa franca a aquel que viniere a la voz que inflama, y a todos convoca, y a todos los llama, desde el rico al pobre, pues que no se hallan en su noble cariño excepciones que a aqueste desdeñan ni a aquel le señalan. Y pues a todos ofrece hoy su general vianda, tened atendido que nadie se atreva venir a su mesa con ninguna mancha. Vestida la talar ropa, ceñida la estola blanca, será vianda de vida en eterno a aquel que le coma y le beba en su gracia; pero a aquel que no viniere del modo que la ley manda sepa que su juicio se come, atrevido, y es río de sangre del señor de almas. Y aunque vengan los mendigos, ciegos y cojos aguarda como no vengan tarde: el tiempo es ligero y no le aprovecha al que al tiempo no alcanza. Venid, pues con un bocado al que crea su palabra le sanará heridas, no solo del cuerpo sino también las heridas del alma. Y porque ninguno pueda alegar nunca ignorancia, porque no disculpe a los unos el tiempo pasado y a los otros el que corre y pasa, es bien que yo lo publique, del mundo en sus cuatro estancias, donde mi clarín, dejando lo bronco, inspire el favonio ayudado de la aura. Y así, pues en esta parte lo publiqué por la vaga región del aire, esta águila hermosa sea el testigo más fiel de sus pausas, repitiendo porque el mundo conozca cuánto le ensalza: venid mortales, venid, venid, venid sin tardanza al convite general, siendo el clarín de la Fama voz de la Fee, con que inspira en su aliento aliento a sus voces, voces a su llama. Desaparece ¿Qué infieres de esto? No sé; pues, aunque intenté que hallara mudado al Hombre, si llega a escuchar sus voces blandas (ya que llorando lamenta su culpa y el llanto gana tanto con Dios que le mueve a que abrevie su jornada, según me parece y veo; que si oyen cómo los llama las cuatro partes del mundo, que a sus dulces consonancias acudan, y el Hombre entre ellos), no hemos conseguido nada en nuestro abono. Primero (si eso es solo lo que sacas de sus voces) haré yo que ninguno de ellos vaya al convite que propone. ¿Cómo? Dime, ¿no se halla en el Asia el Hebraísmo, señor de las empinadas torres de Jerusalem, cuando domina en el África el Alcorán, de quien toman el nombre de Agar, esclava, y de Ismael, hijo suyo, por lo que a todos los llaman ismaelitas y agarenos? En la América ¿no manda el bruto Ateísmo en quien no hay más dios, ni más crianza que comer y beber hoy pues se ha de morir mañana?; ¿y en Europa el Gentilismo, que con su adoración falsa cada día en sacrificios de treinta mil dioses pasan los que adora? Luego al Hombre, por más que llore la amarga introdución de su culpa en el mundo, sin jactancia te ofrezco, que todos sean despojo de tu cruel rabia; que yo haré que tu autor vea, con mis cautelas, que nada le aprovecha su convite, haciendo del Hombre tantas culpas, que haré que cometa, que borre su semejanza, haciéndoles ídolo Bel como David le nombraba, si antes fue de dios imagen, deshecha después y ajada. Bien creo de tus astucias que lo logres, aunque haya (contra mi furor tirano) para deslumbrar la Fama mi vista, sobre aquella ave, valídose de sus alas; y más, si atiendo que dijo que por testigo llevaba, como si ya con sus plumas signada y testificada su invocación a su culto fuese escrita y aun sellada. No importa, pues (si los dos en sus cuatro partes varias, disfrazados o invisibles, asistimos), que se valga de misterios, aunque unidas Fe divina y Fama humana nos pronostiquen que pueden unirse, sin disonancia, a la humana la divina. Aunque precursor añada que, para que tome cuerpo si es que puede ser vianda, como lucero del día venga a anunciar ya que el alba, en otra frase, honra al Hombre, cuando como aquella escala para que suba él por ella es fuerza que Dios bajara. Dices bien, y pues ya llega a tomar puerto en el Asia otra vez la Fama y siempre resuena cuando ella canta en todas partes el eco, introduzcamos cizañas y dudas entre ellos, pues con que ninguno su estampa siga logramos el triunfo. Vamos, aunque malogradas sus voces sean, diciendo a los que no la oyen nada. Vanse y sale cantando la Fama como primero, y salen el Hebraísmo a lo judío, el Ateísmo de pieles, la Idolatría de indio y la Gentilidad de romano, con corona y cetro y manto imperial, y todos siguiéndola y escuchando. Canta Venid, mortales, venid. Repiten Venid, mortales, venid. Canta Venid, venid sin tardanza. Venid, venid sin tardanza. Canta Al convite general. Al convite general. Canta Siendo la voz de la Fama. Siendo la voz de la Fama. Canta Voz de la fe, con que inspira en su aliento. Voz de la fe, con que inspira en su aliento. Canta Aliento a sus voces, voces a su llama. Aliento a sus voces, voces a su llama. ¿Qué nuevo pájaro, cielos, la región del aire bate, que ni entiendo sus acentos ni veo quién los esparce? ¿Qué nueva deidad es esta que, aunque no me persuaden sus acentos, no es posible que yo entre mis voces halle? ¿Qué nuevo pasmo hoy anima la vaga región del aire, que no sé si en mi Escriptura hallaré quien a él iguale? ¿Qué nuevo enigma a los ojos ciega con sus claridades, que aunque sus cláusulas oigo ignoro lo que declaren? Mas ¿quién me mete a mí en eso? Y pues que no han de inquietarme sus acentos, duerma yo y coma, y cante o no cante. Pero si conmigo no habla, prosiga de mis altares y dioses los empezados sacrificios; no dilate su culto. Pero, si a mí no me llama, es muy en balde hacer juicio del acaso; y así acuda a que no falte a mi Sinagoga bella mi siempre cariño amante. Pero, pues que no me nombra, es cierto que no me llame a mí, y así acuda a que de plata y oro desangren las venas, que da la tierra materia de que se hacen los ídolos, que yo adoro los sacrificios. Representa. ¡Que nadie responda! Bien se conoce que ignoran sus ceguedades el bien que les participan mis cláusulas y pasajes. Y así, porque su ignorancia se destierre, he de nombrarles, a ver si esta última vez su corazón de diamante se mueve, viendo que a ellos les dice mi acento suave: Canta. ¡Ah de la abundante Asia, ah de la África arrogante, ah de la Europa invencible, ah de América ignorante! ¡Hebreo que la dominas, idólatra que la aplaudes, gentil que la riges y que la gobiernas, ateo que la vicias con tus liviandades! ¿Quién llama al hebreo pueblo? ¿Quién al idólatra suade? ¿Quién al gentil ha nombrado? ¿Quién al ateísmo hace que vuelva a sus voces? Canta Yo. ¿Quién eres, deidad, que antes nos suspendiste y ahora segunda vez nos atraes a tu voz? La Fama soy que de las voces se vale de la Fee para deciros, atentos a sus verdades y a mis acentos, que solo quiere que sus consonancias sigan los que oyeren que repiten sus voces altas: Canta venga a noticia de cuantos son y han sido en la animada esfera del universo, desde la zona abrasada hasta la gélida zona, cómo la Suma Palabra del que es en la tierra y cielo Criador de estrellas y plantas, aves, brutos, peces, fieras, hombres, ríos, fuentes, aguas, montes, árboles, collados, granizos, nieves y escarchas, sol, luna, signos, planetas y, en fin, de la imaginada esfera de los afectos y de todas las campañas materiales de la tierra, cuanto vuela y cuanto nada, cuanto corre y cuanto ruge en piel, en pluma y escama cómo llama a los mortales el Príncipe, que los ama, convidándolos a todos a un convite, porque es tanta la gracia que quiere darles que es el convite de gracia, y porque mejor entiendan segunda vez mi embajada repetiré cuando diga, con Pablo y Juan, cuando claman: venid mortales, venid venid, venid sin tardanza al convite general, siendo el clarín de la Fama voz de la Fee con que inspira en su aliento aliento a sus voces, voces a su llama. Venid pues, venid que da mesa franca Repite todo lo que cantó al principio, sin dejar verso ni la repetición de los seis versos de arriba, sin desaparecer hasta su tiempo a aquel que viniere a la voz que inflama, y a todos convoca, y a todos los llama, desde el rico al pobre, pues que no se hallan en su noble cariño excepciones que a aqueste desdeñan ni a aquel le señalan. Y pues a todos ofrece hoy su general vianda, tened atendido que nadie se atreva venir a su mesa con ninguna mancha. Vestida la talar ropa, ceñida la estola blanca, será vianda de vida en eterno a aquel que le coma y le beba en su gracia; pero a aquel que no viniere del modo que la ley manda sepa que su juicio se come atrevido y es río de la sangre del señor de almas. Y aunque vengan los mendigos, ciegos y cojos aguarda como no vengan tarde: el tiempo es ligero y no le aprovecha al que al tiempo no alcanza. Venid, pues con un bocado al que crea su palabra le sanará heridas, no solo del cuerpo sino también las heridas del alma. Y porque ninguno pueda alegar nunca ignorancia, porque no disculpe a los unos el tiempo pasado y a los otros el que corre y pasa, es bien que yo lo publique, del mundo en sus cuatro estancias, donde mi clarín, dejando lo bronco, inspire el favonio ayudado de la aura. Y así, pues en esta parte lo publiqué, por la vaga región del aire, esta águila hermosa sea el testigo más fiel de sus pausas, repitiendo porque el mundo conozca lo que le ensalza: venid mortales, venid, venid, venid sin tardanza al convite general… ¡Oye! ¡Aguarda! No prosigas, que, aunque juntos y conformes nos hallas, por las noticias que en cuatro partes del orbe sonaron tan repetidas de ese convite, en llegando a saber que sus delicias paran en ser sus viandas tan raras, tan exquisitas, como que carne el pan sea y el vino sangre, me admira tanto la proposición que me parece, al oírla, dura plática, y así, podrás, ciega fe, decirla… ¡Oh, Fama, que todo dices!, ¿qué eres? Aunque el ser implica de dos compuestos, mirarse en un supuesto en unida hiposición. Mas dejando aquesto aparte, prosiga, que el Hebraísmo, que hoy de la Asia ocupa la silla, está con su Sinagoga tan casado, que no estima su banquete, y más si añades que ocupada, se dedica a ritos y a sacrificios de ceremonias antiguas de su Levítico, y no ha de dejar sus caricias. A tu ejemplar le podrás decir también que la India de América, en quien hoy reina con su hermosa Idolatría el Paganismo, ocupado en desangrar de sus ricas venas el oro y la plata que a los cultos sacrifica de sus ídolos, tampoco quiere que a otras aras sirvan, principalmente en dorada copa que con sangre brinda. Dirasle que el Ateísmo de viandas nada envidia, pues nada que envidiar tengo, que todo sobra en la mía, y si he de morir mañana, coma y beba mientras viva. De parte del Alcorán de África, aunque lo repitas, podrás decirle lo mismo, pues su respuesta se cifra en que está tan bien hallado con su secta, que argüirla no quiere y es porque él siempre, más que la arguye, la lidia. Mal hacéis en responder tan, a la primera vista, desazonados. ¿En qué ofende quien con benigna liberalidad, y a haceros fiesta, a su casa os convida, y más sin examinar de viandas tan divinas la razón? ¿Qué razón puede haber? No lo sé hasta oírla. En oyéndola, quizá podrá ser que yo os lo diga. Y así, al Príncipe dirás que su real banquete estima la Gentilidad: de Europa irá a él agradecida. ¿Qué dices? Lo que veréis, que no es justo que me rinda sin saber a quién, y no es posible que en la pía afición con que nos llama deje de haber escondida virtud, y sin apurarla es ceguedad, no justicia, despreciarla. Y así, vuelvo a decir que, agradecida en que se acuerde de mí cuando se alegre festiva, iré a su convite. Yo lo haré así, cuando te admita que son muchos los llamados, diré, aunque el dolor repita, y pocos los escogidos. Vase En fin, ¿en que irás porfías, Gentilidad, a su mesa? Sí. Pues ¿no adviertes…? ¿No miras que le basta el ser convite para que al serlo se siga el ser desdicha? Antes creo que es dicha el serlo. ¿En qué estribas esa opinión? ¿Qué banquete, si a las historias te aplicas, en desdicha no paró? ¿Pues hay historia que escriba haber habido banquete que no haya parado en dicha? ¿Cómo? Si vemos… Dejadme a mí la cuestión, y oídla con atención y veréis si la dejo convencida. Sale el Rencor a lo judío, y la Sinagoga, que es la Sombra, también A buena ocasión llegamos, pues que quiere concluirla el Hebraísmo a razones a la Gentilidad. Mira si, inspirándole tú, puedes hacer que el ir no consiga, concluyéndola tú en él, cuando yo, desvanecida, tomando la forma y voz de su Sinagoga misma, pueda animarle al certamen, que aquel que batalla a vista de lo que ama siempre vence. Yo haré que en él se revistan, o visible o invisible, todo el resto de mis iras. Pero, aguardad, que, si no es del deseo fantasía, mi Sinagoga ha venido mientras. Salgo a recibirla. Habiendo sabido que una nueva voz te avisa de no sé qué que no entiendo, la curiosidad me anima, dejando mis sacrificios y ceremonias antiguas, a que en tu busca viniese. Pues oye lo que decía, que con eso entenderás sus acentos, si examinas la réplica que tomaba en lo que diciendo iba. Al Hebraísmo Habla, pues, que yo te aliento. ¡Oh, quién supiera, oh, divina Fe, razones congruentes a más de lo que averiguan las noticias! Dice dentro la Fama a la Gentilidad por el lado que está Yo te inspiro; prosigue. Mas aunque tibia mi razón fuese, parece que hay impulso que me rija. Mas parece, de un instante a acá, que con fuerza activa, al invocar a la Fe, mi entendimiento ilumina. El primer convite que hubo fue una manzana nociva, que avenenada dejó de Adán toda la familia. Por eso resultó de él, que no me faltan noticias para que vaya a entenderla, que Cristo encarne en su limpia Madre, que de ese veneno su sangre al mundo redima. Sobre los hijos de Job un banquete fue su ruina. Por eso Dios su paciencia premió con dobladas dichas. El convite de Jacob del mayorazgo a Esaú priva. Por eso hizo a Jacob dueño de la Raquel peregrina. El convite de Josef de hurto a Benjamín indicia. Por eso granjeó que Egipto al pueblo de Israel admita. Al pueblo pervirtió el torpe banquete de los moabitas. Por eso el blanco manná todo el mal sabor le quita. El convite de Absalón fue de Amón el fratricida. Por eso Salomón fue quien a Dios templo fabrica. El repudio de Vastí fue de Asuero en la comida. Por eso logró que Asuero a la hermosa Ester elija. El banquete de Esther luego la horca para Amán aplica. Por eso el cautivo pueblo del rigor de Amán se libra. De Baltasar la cena hizo que un dedo su muerte escriba. Por eso Daniel, profeta, de Dios quedó en más estima. La vianda de Habacuc a su leonera le guía. Por eso también en ella los leones domestica. Al Bautista dio la muerte el convite de Herodías. Por eso, canonizado de mártir quedó el Bautista. La cena a que vas costó azotes, clavos y espinas. Por eso resultó de ella que en la pura, tersa y limpia hostia del pan, a que voy, Cristo triunfe, reine y viva. ¿Qué importa, si es pan de muerte? Sí importa, que es pan de vida, que es lo que voy a entender, si es que la Fe que me anima a ir a ella por el oído mi entendimiento cautiva. ¿Cómo? Mas no puedo hablar… ¡Habla! Mas también me quita la respiración… ¡Qué ahogo! ¿Cómo? Mas también me priva mi mismo dolor mi acento… ¡Qué pasmo! ¡Qué horror! ¡Qué dicha! ¿Qué será lo que atormenta al Hebraísmo? ¿Quién, cielos, lo dirá? Dentro Indómita fiera, cuando hasta el abismo corras, a tu centro la carrera encaminas. ¿Qué será esto? A lo que de aquí se deja ver desde lo alto del monte, un caballo se despeña y a su dueño a tierra arroja sobre la menuda hierba del valle. ¡Valedme, cielos! Con este acaso renuevan mi antiguo furor mis iras, pues el Apóstata llega a embarazar que al convite la Gentilidad hoy pueda llegar, y si llega tarde no importa que vaya. Fuerza es el ir a socorrerle. Éntrase Ya en mí mi ira otra vez vuelva. Vuelvan también mis pesares. Sale el ALCORÁN con la APOSTASÍA de soldado en los brazos Hombre, quien quiera que seas, ven ya seguro del riesgo en mis brazos. Harto es tengan hombres, ni montes, ni brutos para mí piedad. Pues llega ya a verte libre del susto, toma descanso y alienta. ¿Para qué? Si ya mi vida por inútil me atormenta; y una vida aborrecida, ¿qué se pierde en que se pierda? ¿Pues quién eres? Un soldado que, apóstata de la Iglesia, aunque conoce que hay Dios, algunos misterios niega, y en común la Apostasía. Pues ¿qué quieres? Pues ¿qué intentas? ¿Dónde vas? ¿Dónde pasabas? Hacia vosotros la vuelta tomaba de aquese monte, para que con vuestras ciencias me descifréis de un enigma la confusa inteligencia; y así, Hebraísmo… ¿Qué mandas? Que, pues que saber deseas lo que te dice mi anhelo, de aquesta duda me absuelvas: puesto que la fantasía de retóricas licencias da voz a lo imaginado, en cuya prosopopeya las más lejanas noticias la imaginación abrevia, ¿qué música es la que en todo el ámbito de la tierra hoy se ha escuchado? Si antes de ahora venido hubieras, con atención escucharas una cuestión, de su mesma armonía dimanada, que la Gentilidad ciega defendía. Mira tú quién el más ciego parezca: tú no creyendo, u yo, aunque por ahora lo dude o crea, que eso no importa a que a él de su pregunta respuesta le des. Dice bien. Si hubiesen cumplido cómputo y cuenta las semanas de Daniel, tan universal materia que sus albricias se extienden a todo el orbe, dijera ser armoniosa salva que hacen el cielo y la tierra al Mesías que yo aguardo. Para mí esa no es respuesta cuando yo sé que ha venido, bien que en parte me hacen fuerza algunas proposiciones, que no es posible que entienda ni alcance mi ingenio. No fuera de ambos conveniencia, ya que no bien avenidos os tienen las leyes vuestras, reduciros a la mía, creyendo que de su esfera alguna deidad de tantas como yo adoro descienda a solazarse en los Campos Elíseos, cuyas amenas márgenes son sus delicias. ¡Qué proposición tan fuera de la natural razón! No están más dentro las vuestras. ¿Que dios, Hebraísmo, puede ser el que ha tanto que esperas? ¿Qué dios puede, Idolatría, ser el que diviso tenga su imperio con otros dioses, ni qué dios al que tú niegas, fugitiva Apostasía, de su gremio la obediencia, que ya la juraste?; y siendo así que en uno la espera, que la multiplicidad en otro, en otro las ciegas cuestiones de sus misterios os traen discordes, ¿no fuera mejor por el real camino pisar la anchurosa senda, no creyendo más dios que la natural providencia de las cosas, que se hicieron ellas solas por sí mesmas? ¿Por sí solas? ¿Cómo pudo aquella prima materia, a quien los profetas llaman «nada», y «caos» los poetas, disponerse por sí sola? Unas obras tan supremas, sin criador, ¿cómo podrían por sí hacerse? Y si no hubiera dioses que las asistiesen criadas ya, ¿cómo pudieran conservarse por sí solas? Yo no entiendo de materias primas ni segundas. Solo sé, sin fatigar la idea ni atormentar el discurso, que estas obras, por inmensas y prodigiosas que son, ahí nos las hallamos hechas y ahí habemos de dejarlas, habiendo gozado de ellas, siendo mi vientre mi dios, lo que coma y lo que beba, dure o no dure la vida, pues no hay más gloria ni pena que nacer y morir. ¡Calla, loco! ¡Suspende la lengua, bárbaro! ¡Detén la voz, hombre indigno de que seas racional! No es racional hombre el que el principio niega a un dios, causa de las causas, sino otra especie de fieras, de insensatos racionales, por quien dijo David que eran los que allá en su corazón con insipiente torpeza dijeron que no había Dios. ¿Y qué mayor evidencia de que le hay que el haber quien lo que dijiste supiera tú a tu corazón? Y puesto que al que los principios niega no se le debe argüir, dejémosle entre las breñas de su desierta ignorancia, para fiera de sus fieras. Para bruto de sus brutos. Para bestia de sus bestias. Y cobrando cada cual de nosotros la vereda de su patria, a inquirir vaya lo que se ha inferido de ella acerca de aquellas voces y a participarlo venga a los demás. Dices bien, pues de nuestra conferencia sacaremos qué debemos hacer cuando a decir vuelvan… …sus cadencias… …sus acentos… …sus voces… …sus consonancias… Representando los cuatro y cantando dentro la Fama Venid, mortales, venid, venid, venid sin tardanza, al convite general, siendo el clarín de la Fama voz de la Fe, con que inspira en su aliento aliento a sus voces, voces a su llama. Con esta repetición se van los cuatro y quedan el ATEÍSMO, RENCOR y SOMBRA ¡Qué contentos van de ver que baldonado me hayan! ¡Como si a mí se me diese de honores ni afrentas nada, que son en aqueste siglo dos inútiles alhajas tan neciamente molestas que, no tenidas, no faltan y, tenidas, no aprovechan! ¡Viva yo y viva sin ansia con solo mi gusto! Y luego, sin que tristeza en mí haya, ni aun alborozo, no mal la poca pena que causa en mí ir a saberlo, diga: ¿qué ave es esta que me cansa, que el oírla no me alegra cuando ellos van a buscarla hoy? ¿O habla conmigo o no? Si acaso conmigo habla, vuelva a buscarme otra vez, y otras mil, que yo en mi casa no he de dejar mi poltrona pereza porque me traiga nuevas, o malas o buenas, de cena, comida o vianda. Y así, gozando el solaz de mi regalo, que vayan a buscarla, que yo no quiero seguir su demanda. Vase Nada conseguimos, pues aunque todas cuatro erradas opiniones al convite no van, me hace fuerza tanta ver que la Gentilidad vaya a él que se retrata en mí (de todos los dogmas, las setas y sus viciadas intenciones) lo que aquel padre de familias trata cuando plantando la viña, y el sembrador la labranza, en una parte de todas las cuatro, logre que caiga en fértil tierra su voz; que esto la siembra declara que ni en tierra pedregosa ni entre las hierbas amargas, ni en los caminos, produzga el grano de su palabra, sino en tierra que esté esempta de todas estas cizañas, siendo heredera después de la viña, pues señala el sueldo cabal a aquel que, creyendo, se adelanta a todos. Y pues aunque le da también al que halla que vino a la tarde como al que viene a la mañana, pues el Hombre viene, en él despiquemos lo que falta. Y más si atiendes a que, pues es el que con él baja a este valle su Albedrío, y pues inclinado se halla más al gusto que al pesar, con músicas y con danzas disfrazando las nocivas penalidades que causan, con otro disfraz pretendo detenerle. ¿Pues qué aguardas? ¿Y pues aqueste, que yo lleve también? No sin causa me hallo con él. Yo también impediré que su planta dé paso. ¡Que no le quite el mérito a la esperanza de esperar que, del Mesías (que los judíos aguardan como si no hubiera ya nacido y muerto a la saña de ellos) esta misma cena, o pospuesta o declarada, explique de aquel prodigio, para mayor enseñanza de los que aquella no vieron aunque crean y aunque varia en los discursos esté, ya que no en las circunstancias, y así de lo antecedente como de lo que ahora aguardan en fee de la alegoría! ¡A ver, nuestras iras, cuántas contra el Hombre te conspiran, en el poder de mis armas! Aunque otra vez se haya visto, a nadie haga repugnancia, que el repetir no es hurtar. Solo los necios infaman lo que no entienden; supuesto esto, ya adelante pasa al fin de nuestro discurso pues llegan diciendo… Salen el Hombre y el Albedrío Anda No te pares, Albedrío. Si como señor me mandas, ¿cómo quieres que me pare? Buscando la soberana voz que llamó a mi humildad a que de miseria salga, enriqueciendo mi culpa con el blasón de su gracia, en que puso a todo el mundo la sombra de mi desgracia… Ahora es tiempo. Pues con voces de músicas y de danzas que le salgan al camino, de figuras animadas que a nuestro conjuro vengan y a nuestra obediencia salgan de este triste calabozo cuantos se encienden y cuantas se abrasan y no se queman, ahúman, pero no se abrasan, y en atezados carbones envidia a la noche causan, diciendo, porque detengan del Hombre la huella tarda: Salen cantando y bailando algunos y algunas, todos de zagales y, entre ellos, también la Sombra de zagala Venid, zagalejas, zagales venid, donde todo es solaz, alegría, placer y descanso al vivir. Venid, venid. Canta Venid donde dé en vario matiz Vueltas claveles el mayo, rosa y alhelí. Venid, venid. Canta Venid donde corre el viento sutil, Corros que el céfiro manso supo introducir. Venid, venid. Canta Venid donde el tacto sabe distinguir Hechas y deshechas en catres de pluma suave transportín. Venid, venid. Canta Venid donde el gusto quiso prevenir Interpolados con el licor dulce el manjar feliz. Venid, venid. Canta Venid, que la vista aquí hace lucir Lazos una y otra bella ascua del zafir. Venid, venid. Canta Venid, que el olfato logra discernir de una y otra goma el suave ámbar gris. Venid, venid. Canta Venid, que el oído, para divertir en cláusulas tiernas pronuncia el herir. Venid, venid. Canta Venid, porque todo es delicia aquí, sin que nunca hagáis caso del morir. Venid, venid. Canta Venid y veréis cómo todo, en fin, con solo querer podéis conseguir. Venid, venid. Canta Venid y volved de nuevo a decir, porque todo el mundo lo llegue a inferir. Venid, venid. Venid, zagalejas, zagales, venid donde todo es solaz, alegría, placer y descanso al vivir. No las sigas. ¿Cómo no, si ves que he llegado a oír Él y música que todo es solaz, alegría, placer y descanso al vivir? Por eso mismo, pues pienso que me quieren impedir mi jornada; mas el cielo, pues es mi intento seguir hoy las voces de la Fe, creo volverá por mí. Vuelva otra vez el encanto de mi voz. Aqueso sí. Veamos si el cielo le libra de tu hechizo, pues en sí lucha con su pensamiento y con su Albedrío allí. Luchan el Hombre y el Albedrío Venid, zagalejas, zagales, venid donde todo es solaz, alegría, placer y descanso al vivir. Aparta, deja que siga su tropa, pues logro ir Él y música donde todo es solaz, alegría, placer y descanso al vivir. ¡Ay de mí!, que aunque mi fuerza puede detenerte, en mí luchan contrarios afectos, dejándome, ¡ay infeliz!, de no sé qué oculto hechizo llevar, sin que a discurrir llegue quién causa ese encanto. Pero ¿yo me he de rendir y no ir al convite, donde el idólatra, el gentil, el hebreo, el ateísmo estarán en su confín, y todos los demás que llegaron su edicto a oír? ¿Pues duda? Porque no pase a experiencia, pues así me halla el acaso, no acaso disponga en su frenesí: ¡que no logre su interpresa! ¡Que no me dejes seguir sus voces, cuando repiten, aunque las oigo de aquí: Él y música venid, zagalejas, zagales, venid donde todo es solaz, alegría, placer y descanso al vivir. No, porque prevenir quiero… Veense No tienes qué prevenir si atiendes a mis razones. Dime, pues que percibir pude de tu acento mismo que te llevaba tras sí una voz que de un convite daba noticia, ¿a qué fin quieres ir, cuando ya es tarde, si atendiste a que, ¡ay de mí!, al que llegaba después no le podía servir? ¿No es mejor aquí quedarte, adonde te han de servir como señor y no adonde como siervo has de asistir, como dicen esas voces que vuelven a repetir Él y música donde todo es solaz, alegría, placer y descanso al vivir? Dice bien; vamos adonde den de comer, y dormir, y beber, que es lo primero por refuerzo del vivir, que adonde con un bocado te dejen… ¿Quién eres? Di, hombre que, aunque el traje hebreo muestres, me das que sentir solo de haberte mirado, que me das a presumir que está en ti todo el abismo. No, no tienes qué inferir. El hebreo pueblo soy, que por solo ver y oír que ibas allá, mi cuidado de esto te quiso advertir, y así las mesmas razones que a otros les he dado, a ti, como son el Ateísmo, el Idólatra, el Gentil, la secta del Alcorán, el Apóstata y, en fin, todos los demás, que no asisten ni han de asistir a su mesa, porque nunca se meten en discurrir cosas que, aun imaginadas, ni vistas pueden sufrir, como ser la carne el pan y el vino, sangre. De mí no presumas, que es por más que porque puedas decir que, cuando fino con todos el Judaísmo, feliz con su amante Sinagoga, hizo a todos desistir con sus razones y fuerza, no te detuvo; y así quiero decírtelo, puesto que me diste (¿no es así?, desde que ahora empecé tu voluntad a argüir) oído y consentimiento a lo que te he dicho. Sí. Aparte. Albricias, que desde ahora puedo decir que vencí. Pues ¿qué esperas, si es que ya a mí me pudo rendir, para acudir donde dicen en todo aquese confín…? Pásase el Albedrío al lado del Rencor. Él y música Venid, zagalejas, zagales, venid donde todo es solaz, alegría, placer y descanso al vivir. ¡Ay de mí!; que, ya vencido tú, no puedo proseguir el camino que seguía, pues no sé ya adónde ir sino adonde tú me llevas, sin saber más que morir. Pues ven, donde repitiendo están cien veces y mil Él y música donde todo es solaz, alegría, placer y descanso al vivir. Ya te sigo, ve guiando. Vanse el Hombre y, tras él, el Albedrío Mortales, esto advertid, que vencido el Albedrío, y la voluntad tras sí, todas las demás potencias y sentidos prevertir hace en el Hombre y entonces ya no acierta a discurrir, sino hacia su precipicio ir cayendo. Dentro ¡Ay infeliz! Mira que esta senda errado habemos. Pues por aquí vamos. Mas no… Por acá, pues vuelven a repetir: Ellos y música venid, zagalejas, zagales, venid donde todo es solaz, alegría, placer y descanso al vivir. Y ya que mi vencimiento he logrado, porque huir de la red en que ha caído no pueda, iré a prevenir a la Sombra aunque el acento suyo vuelva a proseguir: Él y música donde todo es solaz, alegría, placer y descanso al vivir. Vanse, y sale el Príncipe de galán, solo ¡Oh, amor, a lo que me obligas, pues me obligas a que haga por ti tan grandes finezas como sujetarme a tantas penas como que, trayendo la naturaleza humana, Nazaret por ella al hielo me vio; por ella mi patria peregrinar a la ajena y por ella esas montañas fatigado del camino, llena de sudor la cara; con hambre afligirme el monte, con sed rendirme Samaria! Y aún no han de parar aquí, pues hasta el fin he de amarla, dando la vida por ella, de que la prenda más alta, la más explicada sombra y la figura más clara será a venideros siglos ver que en las supremas aras ponga la Sabiduría a todos la mesa franca, que en convite general les doy de comer, porque haga, siendo del alma y del cuerpo alimento, las viandas tan a dos visos que sea pues, llorando, mi amor baja en los achaques del cuerpo o en los remedios del alma. Y así, a puertas de esta hermosa fábrica (que iluminada más por los que en ella asisten que no por lo que es) aguarda mi afecto a ver si ya vienen al convite, pues ya tardan, los convidados, a quienes invío a llamar, con la Fama, la Fee, que idea en abono de la Iglesia soberana el que el Hombre… Mas, ¡ay, cielos! que, al decir el Hombre, carga sobre mis hombros un peso que hasta la tierra me baja sin duda. ¡Mas yo pregunto lo que sé! Mas fuerza es que haya de ajustarme el modo humano, que divertido se halla. Mas mi cariño sabrá, como él me pide venganza de sus enemigos todos, postrárselos a sus plantas. Y pues para que las mesas se pongan en este alcázar de la Iglesia y se celebre el banquete, solo falta que vengan los convidados, como dije, que ya tardan. Sale FAMA No tardan, que malas nuevas siempre, señor, se adelantan, pues, aunque mezclado el vino, las víctimas inmoladas, ácimo el pan y el cordero entre lechugas amargas estén, no hay para quién sean, pues despiden mi embajada entre las partes del mundo las más, y desconsolada vengo a tus pies. ¿Pues qué ha habido? Aunque no se oculta nada a tu entender, con todo eso responderé que en el África el Alcorán y Ateísta, tenaces en su obstinada, rebelde, perversa, injusta y contumaz pertinacia, responden que no la admiten: el uno, porque de nada hace caso que no lidie; el otro, porque no alcanza que haya más dios que su vientre y así no admite ni aguarda aún las primeras noticias de la fe con que le llamas. Y aunque el gentil no del todo rehúsa ni aprueba nada, entre errores desconfío que pueda llegar, sin que haya desasídose ya de ellos. Con distante circunstancia, mas no con distante error, que uno niega, otro idolatra, en América responde la Idolatría, ocupada en los sacrílegos cultos, de torpes deidades falsas. En las provincias de Europa (aunque dice que se halla con ánimo de venir la Gentilidad), las armas tiene, de ellas, el rebelde Apóstata hoy infestadas las del norte. Para que vuelva a tu gremio, no basta el ver tu misericordia y que le ponga en confianza de su perdón, porque niega los misterios que señalas en el vino y en el pan, y así vicia con dañadas opiniones esos y otros sacramentos. Y en el Asia, impaciente el Judaísmo, con más encendida saña que todos prorrumpió en que todos en desdichas paran los banquetes que la ley de su Levítico guarda en su Escriptura, añadiendo la unión divina y humana que pueda haber sucedido hasta ahora, porque él la aguarda según su cómputo en otra edad; y dudando que haya pan, vino, manná, cordero y, en fin, todo, sin más causa que parecerle que implica en tu mesa, con más rabia se indignó, apadrinado de oculta Sombra tirana, que en fe de su Sinagoga su dictamen aprobaba. Y así me volví. ¡Oh, rebelde perfidia! ¡Oh, ciega ignorancia! ¡Oh, torpe error! ¡Bien pudiera de tanto desdén, de tanta grosera acción (como ver, Fama, que atrevidos hagan desprecio de mi convite) tomar de todos venganza! Pero mi poder, por más ofendido que se halla, no luce en lo que castiga tanto como en lo que aguarda. ¡Oh, generación de dura cerviz, perversa y ingrata a los beneficios! Pero no por mirar que me faltan para mi mesa los reyes, los príncipes y monarcas, dejaré de celebrar mi cena con gentes varias. Vuelve otra vez y corriendo caminos, calles y plazas, sin excepción de personas, por más humildes y bajas que sean, tú los convida, sin que el ser les obste en nada mendigos, ciegos, tullidos, ni con miserias y llagas, paralíticos, leprosos, para que vean a causa de mi piedad los magnates del siglo que no hay distancia de ellos a los pobres, como tú, Fama, o Fe, me los traigas. La Iglesia dispondrá al punto para todos vestes blancas que nupciales ropas sean, porque no haga disonancia su desnudez en mi mesa, sentándose a ella con manchas de actual achaque; que yo en este umbral, a la entrada del palacio de la Iglesia los aguardo, porque salga a quitarles el empacho que traerán de que los llama su rey, para que conmigo se sienten supliendo faltas suyas, para que con eso lograrán verme la cara, que no es bien llegue a mi mesa nadie con desconfianza, y a su cargo cada uno; para que digas, ¡oh, Fama! a los que se han excusado por malicia o ignorancia que lo que ellos por soberbios pierden, por humildes ganan los pobres, quitando a unos las sillas cuando se ensalzan los otros, y más si añado a la letra que a mi casa al que llega hambriento llene de bienes y quite el ansia a los ricos, pues vacíos los deje. Y si acaso hallas al Hombre procura que te escuche. Mira que agravia más que todos su Albedrío mi poder. Para que nada le quede que disculparse, y si él pidiere de gracia que le favorezca yo, en mi nombre, de la osada senda que sigue, desvía su persona y, si le arrastra su Albedrío, la sentencia, desde ahora fulminada, sea entregarle a la Sombra y al Rencor, sin que le valga humano remedio, pues el mío le desampara. Y así… Mas parte. ¿Tú lloras? ¿Qué te admira? ¿Qué te espanta? ¿Que llore culpas del Hombre mi amor? Vase Puesto que me encargas que vuelva al público edicto, repetiré en voces blandas: Canta Venga a noticia de cuantos son y han sido en la animada Canta todo el recitativo y todas las coplas y repeticiones como la segunda vez y salen como oyéndole ANDRÉS, primero, luego PEDRO, JUAN y DIEGO, de pescadores esfera del universo, desde la zona abrasada hasta la gélida zona, cómo la Suma Palabra del que es en la tierra y cielo Criador de estrellas y plantas, aves, brutos, peces, fieras, hombres, ríos, fuentes, aguas, montes, árboles, collados, granizos, nieves y escarchas, sol, luna, signos, planetas y, en fin, de la imaginada esfera de los afectos y de todas las campañas materiales de la tierra, cuanto vuela y cuanto nada, cuanto corre y cuanto ruge en piel, en pluma y escama cómo llama a los mortales el Príncipe que los ama, convidándolos a todos a un convite, porque es tanta la gracia que quiere darles que es el convite de gracia, y porque mejor entiendan segunda vez mi embajada repetiré cuando diga con Pablo y Juan, cuando claman: venid mortales, venid venid, venid sin tardanza al convite general, siendo el clarín de la Fama voz de la Fee con que inspira en su aliento aliento a sus voces, voces a su llama. Venid pues, venid que da mesa franca a aquel que viniere a la voz que inflama, y a todos convoca, y a todos los llama, desde el rico al pobre, pues que no se hallan en su noble cariño excepciones que a aqueste desdeñan ni a aquel le señalan. Y pues a todos ofrece hoy su general vianda, tened atendido que nadie se atreva venir a su mesa con ninguna mancha. Vestida la talar ropa, ceñida la estola blanca, será vianda de vida en eterno a aquel que le coma y le beba en su gracia; pero a aquel que no viniere del modo que la ley manda sepa que su juicio se come atrevido y es río de la sangre del señor de almas. Y aunque vengan los mendigos, ciegos y cojos aguarda como no vengan tarde: el tiempo es ligero y no le aprovecha al que al tiempo no alcanza. Venid, pues con un bocado al que crea su palabra le sanará heridas, no solo del cuerpo sino también las heridas del alma. Y porque ninguno pueda alegar nunca ignorancia, porque no disculpe a los unos el tiempo pasado y a los otros el que corre y pasa, es bien que yo lo publique, del mundo en sus cuatro estancias, donde mi clarín, dejando lo bronco, inspire el favonio ayudado de la aura. Y así, pues en esta parte lo publiqué, por la vaga región del aire, esta águila hermosa sea el testigo más fiel de sus pausas, repitiendo porque el mundo conozca lo que le ensalza: venid mortales, venid. Venid, mortales, venid. Canta Venid, venid sin tardanza. Venid, venid sin tardanza. Canta Al convite general. Al convite general. Canta Siendo el clarín de la Fama. Siendo el clarín de la Fama. Canta Voz de la Fe, con que inspira en mi aliento aliento a las voces, voces a su llama. Voz de la Fe, con que inspira en mi aliento aliento a las voces, voces a su llama. Sin duda que aquesta voz con nuestra humildad hoy habla, pues dijo que aunque mendigos pobres, tullidos, con llagas y con achaques actuales, que son heridas del alma, fueran, como no sea tarde, y así siguiendo su estampa el primero he de seguirla. Y es verdad que te adelantas a todos, pero también nosotros vamos, sin que haya duda en que habla con nosotros. Y cuando no imaginara que con nosotros ha hablado, puesto que a todos los llama, también es fuerza que entremos a hacer número. Esa es clara consecuencia, pues no fueran todos, si alguno faltara, y aunque todos no han de ir, por las opiniones varias que seguirán, a lo menos vamos nosotros, y nada nos perturbe. Dentro ¡Ay de mí! Dentro ¡Aunque huyas, sabrá mi airada sed, pues te hallo con las señas de la Fe de esa canalla infame de los cristianos, pues no disculpa a mi saña el ser mujer!, ¡y en tu alcance, aunque a Damasco pasaras, te siguiera, porque llevo de la Sinagoga amada letras contra tus secuaces!; ¡y así, desde esta montaña viviente te seguiré, pues de su furia animada no te librará la fuga! Dime, Saulo, ¿por qué causa me persigues? ¡Ay de mí! Cae Detén, detén la acerada cuchilla, no la ensangrientes en una vida postrada. Al tercer cielo he llegado. ¡Oh, Fe, misteriosa y santa, que has querido que este siervo esté postrado a tus plantas, cosa que no ha merecido! Mas yo te doy la palabra de volver, hasta que pierda la vida, por tu demanda contra lo que comencé. Entran Pablo y la Fama Pues a mis brazos levanta, noble atlante de la Iglesia; y vosotros, pues que nada de lo que habéis visto quita el mérito, vamos hasta el alcázar donde asiste el Príncipe; y así en altas voces, porque el Hombre pueda oírlas, digan nuestras ansias… Todos digamos contigo, porque logres lo que mandas, Cantando la Fama y ellos representando venid, mortales, venid, venid, venid sin tardanza, al convite general. Salen el Hombre luchando con el Albedrío y la Sombra y el Rencor de zagales, acechando y siguiendo al Hombre ¡Ven tras mí! ¿Pues no te agrada aqueste divertimiento, estas músicas y danzas, estos convites y cenas, estas flores, estas aguas, estas ropas tan suaves, y sobre las demás gracias, las zagalas de la aldea, cuyas hermosuras raras nos deleitan y complacen? Más que me alegran, me cansan, que es efecto del pecado, después de pecar, que cansa. ¡Oh, Señor! Ya que escuché segunda vez que me llamas, si yo pudiera seguirla, mas ¡ay infeliz!, que aunque anda dando latidos el pecho por ir tras ella, me embarga la vergüenza del delito que contra vos la tirana Sombra en actual culpa hizo, que contra vos mi inconstancia cometió, y así, Señor, no puedo mover la planta; pero mi afecto os envío. Obrad, pues, según la magna misericordia, y no obréis según mi infiel, depravada malicia, para que pueda ir allá. Aqueso te basta, y así en nombre suyo yo diré a los que me acompañan que te lleven a su mesa, porque lavado… ¡No basta, que en fe de la culpa es mío! ¿Por qué, si ya confesada su culpa está? Y yo le absuelvo, en fe también de palabra de que la emienda será cierta en él, y por fianza quedo de ello, pues la Fe iluminó nuestras almas, desde el punto que la oímos todos juntos, que hechos llamas nuestros rudos corazones diferentes lenguas hablan, y así vamos con el Hombre al convite. Fuerza es vaya yo con él también, aunque antes le arrastré yo, y él me arrastra ahora a mí. A aqueste viejo he de hacer que de mi rabia pruebe el examen, pues no pudimos hablar palabra y se nos llevan al Hombre sin poder tomar venganza. Ásenle a Pedro Bien dices: ¡muera! ¡Ay de mí! ¿Vas tú también a esa franca mesa? Yo no. Pues entre su tropa varia yo te vi. No iba yo en ella. ¿Cómo no? ¿Ahora no acabas de decir que el Hombre fuera con vosotros? ¡Pena extraña! A ninguno le conozco de ellos… Mas ya me acobarda mi delito. ¡Ay, infelice! Vase Negó y renegó. ¿Qué extrañas que renegase de miedo, si tu furor le amenaza? Y ya que el Hombre, según vuela veloz esa Fama, que ni sé si es Fee divina ni sé si es que es Fama humana, aunque de las dos compuesto su ser, en las señas traiga los indicios de la Fee y el acento de mi amada Fama (que quiere decir, si del hebreo se saca, buen olor de las costumbres y integridad en el alma, y, en griego, transmutación y por eso siempre vaga con las alas que le mueven, de una parte a otra anda transmutando de un lugar a otro la breve distancia, pues hace que sea breve la veloz de ella), hoy con causa nueva, pues si el pan y el vino anuncia que, en transmutadas especies, dice se vuelve carne y sangre derramada del Justo, bien con el nombre conviene… Déjame, calla, que, por fin de mis pesares, solo el que tú me acordaras mis desdichas por consuelo de mi dolor me faltaba; pero ven, que he de asistir a su festiva alabanza y he de hacer… Pero ya el tiempo lo dirá. Vanse y sale el Príncipe ¡Qué mal descansa el amor apasionado, y más si, impaciente aguarda alguna cosa de gusto! ¡Y tanto es el que me causa el Hombre! Pero ya llega, y me lo dirá la Fama, que aunque lo sé, como dije, me he de ajustar a que vayan corriendo por naturales modos las humanas causas, ajustándome yo a ellas por mi amor. Salen la Fama, Andrés, Pedro, Pablo, Juan, Diego, el Hombre y el Albedrío Dame tus plantas. Dame tus pies. Y a mí y todo, que ha días que lo deseaba. ¿Cómo te ha ido? Señor, al punto que tu demanda puse por obra, siguieron mi voz los que aquí se amparan de tu favor; luego Pablo a la furia despeñada de un caballo me siguió; luego el Hombre. ¡Cuánto el alma se regocija de verlos! Entrad, pues, que destinadas vestes tenéis. Yo, señor, no te merezco honras tantas, pues quien tanto te ha ofendido para bondad suya basta que toleres su miseria, sin dejar de castigarla, que no premiarle. ¡Hijo mío! La voz, gran señor, ataja, que no merezco ser hijo, y mercenario en tu casa yo te serviré a la mesa, y así a tus criados manda que como tal me conozcan, que será honra tan alta para mí como si ahora tomaras de nuevo humana carne y en fin padecieras. Llega a mis brazos, levanta, y hagan, en señal de amor, fiestas, pues hoy en mi gracia está aquel perdido hijo mío, que entre sus profanas delicias se abstrajo tanto. Al punto, al punto le traigan la talar veste nupcial; cíñanle la estola blanca, y en suave pira, leve, blanca res, limpia, sin mancha, por él se inmole. Venid, y Pablo entre tanto vaya (pues yo por mi misma mano le daré de la vianda) a guardar la puerta. Pero mejor será que guardarla vaya Pedro, Juan y Diego. Haremos lo que nos manda. Toma las llaves tú, Pedro, y advierte que a quien la abras la abro yo también, y adiós. A nuestra humildad ensalzas. A Pablo le humillé y luego mi piedad es tan hidalga que viéndole ya caído di, porque se levantara, la mano, y vio el cielo abierto. Todo, diciéndolo vos, es verdad, sin que dudarla pueda ninguno, pues siempre al humilde le levantas y al soberbio le derribas. Ven ustedes cuanto hablan: pues todo es el Evangelio con más o menos palabras. Pablo, ve a escribir al punto una epístola en que hablas de esta cena a los hebreos, dentro de mi mismo alcázar. Al instante te obedezco. Vase Tú, Juan, en siendo acabada la cena (porque asistir a ella, después de lavadas las manchas, será primero, y lavaros yo sin que haya de dejar de ir a cenar ninguno), por si se halla de el sueño alguno vencido, otro misterio le aguarda: que le vea material y fiel testimonio haga, a más de creer como otros que le vio sin que mudada por eso la ceremonia quede. Venid porque vaya lavando los pies a todos vosotros. Señor, ¿tú lavas los pies? Sí. ¿De qué te admiras? De que no merezco tantas honras. Todas las mereces. Así tú no me negaras… Pero, dejando esto aparte, dime, Pedro, ¿tú me amas? Tú, señor, sabes si yo te amo. Pedro, Piedra, tanta es la afición que te tengo que en ella ha de estar fundada mi Iglesia. Yo te lo estimo. Diego y Andrés las batallas de enemigos de la Iglesia vencerán. Cuando la espada, ya al lado de cruz y oliva, ya de la mano empuñada, sobre tribunal de fee y sobre rayo con alma, a unos fulmine sentencia y a otros fulmine venganza, ambos siempre vencedores serán en lides contrarias, aunque todas contra aquellos que no la obedezcan ardan (unos en fuego violento, otros en cólera airada), adornando a unos la cruz roja, y del otro las aspas quiten el honor del mundo, pues el divino relajan. A Juan también quiero darle por premio la deseada isla de Patmos, adonde tenga gobierno y morada. Mil veces tus pies adoro. Yo otras mil beso la estampa que pisas. Yo no merezco ni estar a ellos ni adorarlas. Pedro, cuidado (y vos Juan y Diego, id). Para, si pasa alguien, y ten entendido que hago desde ahora la gracia para él y sus subcesores, como él quiera. Pues me encargan su custodia, yo te doy de guardarla bien palabra. Orad, y adiós. Pues nosotros vamos cantando la gala al Príncipe. Sea diciendo… Tened, que para que abran mejor será que yo diga su invocación en voz alta. ¡Ah del palacio, que sobre siete columnas descansa, en fe de que siete son las fundamentales basas en que su fábrica estriba! Dentro ¿Quién a sus umbrales llama? Vuestro Príncipe, que vuelve glorioso de la campaña, pues vuelve de amor vencido, vencedor de su esperanza. Abrid las puertas, levad los puentes y, haciendo salva a todo el cielo, a mi Padre ofreced las alabanzas de vuestra aclamación. Sea, uniendo las dos sagradas circunstancias, repitiendo según el impíreo canta: Todos y música venga en hora dichosa el Príncipe vencedor. Bendito sea el que viene en el nombre del Señor. Alábele, Criador, Jesucristo y Salvador, y pues da a la culpa espanto, Él es santo, santo, santo, por poder, ciencia y amor. Bendecid al Señor. Y después nuestra alegría llegue diciendo en tu loor… El pan nuestro de cada día dánosle hoy, Señor. Vanse y salen como oyendo a lo lejos el Hebraísmo y por otra parte la Idolatría y la Apostasía hablando entre sí El pan nuestro de cada día dánosle hoy, Señor. Decidme las dos. ¿Qué quieres? De vosotras hoy espero saber, por lo que he escuchado, ya que la causa no veo, ¿qué segundas voces son estas, que con sus acentos segunda vez nos perturban el aire y el pensamiento? Yo no sé, que aunque dejando por incapaz de consejo al Ateísmo, quedamos en que habíamos de vernos los tres, para conferir la causa de sus efectos, y aunque tenía que hablaros en no sé qué presupuestos acerca de aquel convite, no tuve hasta ahora tiempo de buscaros, ocupado en mis ritos; conque, habiendo nueva razón de dudar, os pido noticia de ello, por ver si entiendo o alcanzo de ello algún motivo. Eso mismo me sucede a mí también, pues saber deseo, pasando a aquesta segunda voz que corre, y así intento saber qué pan es aqueste que a voces le llama nuestro tanta multitud. A mí toca esa respuesta siendo, como soy, quien de más cerca ve el pan y duda el misterio, y así asentado el principio de haber sido a un mismo tiempo convidados y excusados cada cual con su pretexto, de esto el Príncipe ofendido, de nuestras respuestas viendo que sin gentes no era bien hacer su convite, él mesmo, si ya no fue de nosotros vengarse con el desprecio, mandó que por los caminos, calles, plazas y desiertos se convidasen los más pobres, míseros, sujetos, desde el mendigo al leproso, al paralítico y ciego, y desde el manco al tullido; y trujo, a lo que yo entiendo, la misma que nos llamó, dejando redes y remos, cuatro humildes pescadores y al Hombre también entre ellos y a Saulo que, despeñado, dio vista el mismo despeño de la ceguedad que antes tuvo, por ir persiguiendo al pueblo de los cristianos, cuyo tumulto corriendo a sus umbrales, en altas voces, repite… Dentro El pan nuestro de cada día, Señor, dánosle hoy. Y pues a tiempo llega el deseo de todos en sus clamores envuelto, sabed que el ácimo pan y el mixto vino que ha puesto su Sabiduría, careando la autoridad en dos textos, de la parábola en sombras y en luces el Evangelio a los ojos de la Fe, que ven más mientras más ciegos, quieren que incluyan tan alto, admirable sacramento, como que transubstanciado sea carne el pan y luego sangre el vino, maravilla, milagro, asombro o portento, que, sacramentario, yo ni sé ni alcanzo ni entiendo, y así, puesto en libertad de conciencia, huyo su gremio por no obligarme a tener cautivo mi entendimiento. Haces bien y pues que ya el gran prodigio sabemos que en ese pan la Fe intenta darnos a entender, ¿qué haremos para alcanzar de él alguna pequeña parte, en que haciendo una y muchas experiencias veamos qué contiene dentro? Yo no sé. Ni yo tampoco. A mí se me ofrece un medio. ¿Qué es? Que tú, como ladrón que eres de casa, a quien menos pueden descubrir o el traje o el idioma, hoy entre aquellos despreciables convidados, disfrazado y encubierto te introduzgas, de manera que parezcas uno de ellos, conque podrás de ese pan alcanzar algún pequeño bocado que traer contigo; que si en mi poder le veo, yo le sabré acrisolar a exámenes tan violentos que descubra sus quilates. ¿Qué dices? Que no me atrevo, porque para ir al convite… Di. Ropa nupcial no tengo. ¿Por qué ha de tenerla el pobre? Mejor va con sus remiendos cuando va a pedir limosna. Persuádele tú. No quiero, que es vil, es traidora acción ir a engañar con pretexto de doble amigo, y así puedes tratar sin mí eso, en que yo ni entro ni salgo. Y no ha de decir el tiempo que la Idolatría tuvo (puesto que ahora es lo mesmo que el Gentilismo, pues él quiere pasar a otro imperio el suyo, y tome a mi cargo, sin que él intervenga en ello, en sacrificios y altares de los dioses, el obsequio y el dominio que de Roma me hace su absoluto dueño, como cabeza de Europa) parte en tan aleve intento. Vase Pues diga de mí que yo no solo la parte, pero el todo tuve, y así para ver si te convenzo no quiero que me le des, mas que me le vendas quiero. ¿Cuánto quieres que te dé? Hagamos contrato el ruego, por traerme solo un bocado de ese pan. ¿Qué estás suspenso? ¡Oh, interés! ¡Y lo que pesa tu balanza! ¿Cuánto, vuelvo a decirte, por él quieres que te dé? Treinta dineros. Poco me has pedido. Toma, y pues ya desde aquí vemos que en el cenáculo entrando van en acompañamiento del Príncipe los mendigos, todos vestidos de nuevo y convalecidos ya, ¿qué aguardas? No pierdas tiempo, que ir sin ropa más hará lástima que no desprecio por no haberte a ti vestido. Dices bien, y ya con eso no temo que en mí reparen, y aunque reparen, ¿qué pierdo en que ellos con su reparo se queden, si yo me quedo con mi dinero? Pues yo a acercarme no me atrevo, desde aquí estaré a la mira para observar, a lo lejos, de esta venta y compra el fin. Hacia la puerta me acerco. Salen el RENCOR y SOMBRAS A RENCOR A buena ocasión venimos, pues el apóstata (viendo que el Judaísmo le dio por el pan el corto precio de los siclos argentarios, treinta —que así llama el Texto—), hacia la puerta que guardan los tres, Pedro, Juan y Diego, llega ya. A SOMBRA Pues porque haga mayor delito, primero he de llegar a decirle que no haga tal y, protervo, cuanto más yo le persuada, sé no ha de dejar de hacerlo.) Dime, Apostasía, ¿cómo te atreves a hacer desprecio de ese pan que, puesto en venta, quieras traerle sujeto, porque el Judaísmo pueda ver si es verdad el portento de que sea carne? Dime, si es verdad, ¿será bien hecho que caiga en la desgracia de todos hoy, que severo con su justicia castigue tan bárbaro atrevimiento el Príncipe?; ¿y aun, si vee el Judaísmo que es cierto, tu locura la castigue por su mano, y así luego será mejor que lo dejes y volverle su dinero, que no que pierdas la vida? Dices bien, volverle quiero, pues aunque no te conozco he de tomar tu consejo, aunque dude yo que sea así. Pero si me acuerdo, para nupcial veste tú lo tomaste. Y más si advierto que a ti, que sea o no pueda ser verdad, ¿qué importa? Luego poco aventuras, llevando sabido que cumples viendo que, si no es verdad, consigues con llevarle tu deseo y al Judaísmo le pagas lo que te dio (pues violento hasta saber si se le traes está); y si es verdad, por verlo para que te certifiques y dejarle satisfecho a él de que le pagas, dando a su ceguedad remedio y a la tuya; pues no dudo que estás más que todos ciego; Aparte y es verdad, pues le conoces y le vendes por lo mesmo. Bien dices, y así no importa; pero a llegar no me atrevo a la puerta, por si acaso las guardas que he descubierto en ella no me permiten el que yo pueda entrar dentro, si me conocen. No tienes qué recelar, pues a tiempo llegas de que están dormidos, Descúbrese una puerta grande y en el umbral de ella a PEDRO, JUAN y DIEGO, durmiendo después que acabadas fueron las ceremonias de haber lavado los pies, a ellos y a los otros, ese que los convidó, que aun no acierto a nombrarle. La ocasión me valga: a entrar me resuelvo, pasando sin hacer ruido, en el nocturno silencio de la noche. ¿Qué te tardas, si ya la cena han dispuesto y la mesa aparejada está? Ya voy. Entra presto, Éntrase la APOSTASÍA pues ya logré que tu culpa te labrase un escarmiento. Ya una vez dentro, él hará que se logren tus intentos. Aunque estuve retirado hasta ahora y atendiendo a si entraba, yo también quiero entrar por ver. Va a entrar y despiertan, y PEDRO saca un alfanje Primero (aunque me dormí, porqué la edad disculpa mi yerro, aunque me pesa que sea tan frágil nuestro cimiento que, de tierra quebradiza, las propensiones del cuerpo humano nos embarazan del alma los pensamientos) que entres allá, de tu vida aqueste templado acero cortará el vital estambre. Dentro ¡No le mates! ¡Tente, Pedro! Ya te obedezco, señor, pues por maestro te venero y dueño de mi albedrío, y tú agradece este acento, que en lugar de castigar tu osadía mi denuedo, a impulso de aquella voz hoy con la vida te dejo. ¿Qué es lo que pasa por mí? ¿A quién sucederá, ¡cielos!, tanto linaje de pena, tal género de tormentos, ultrajado y oprimido, Señor, tu querido pueblo? Dame alguna señal para que conozca este misterio, que dudo y que no conozco. ¿Señal pides? ¡Oh, perverso pueblo! ¡Pues aun el demonio se avergüenza de que, reo el Hombre de alguna culpa no se arrepienta con tiempo; y, a poderlo hacer, lo hiciera mejor que él, también habiendo culpa, que el Hombre es quien puede, no el demonio! ¡Pues mi aliento, fatigado de desdichas, tan atormentado tengo, oh, si desde aquí pudiera ver el acto! Mas ¡ay, cielos!, que para cegar le viera, puesto que desde aquí veo entre inundación de rayos al Príncipe, y que está en medio, a un lado y otro sentados los miserables desechos de las cortes, pues mendigos pescadores son; y entre ellos ya toma la Apostasía lugar, cuando repitiendo en hacimiento de gracias «Esta es mi Sangre y mi Cuerpo» y bendición, porque alguna circunstancia no eche menos, cegando a tanto esplendor y a tantas luces muriendo… Yo a tanto resplandor muerta… Y en fin nuestro sentimiento repitiendo en lastimosas voces hoy a pesar nuestro: Descúbrese una mesa en lo alto de un carro, y en su cabecera se ve el Príncipe, sentado, y a una banda y a otra los seis, que son: el Hombre, cerca del Príncipe, y San Andrés y San Pedro; a la otra parte, San Diego y San Pablo y San Juan, durmiendo al pecho del Príncipe, como le pintan en la Cena; y a los lados del Príncipe, la que hizo a la Fama, con la vara de cruz en la mano, dormida, y la Iglesia al otro lado, sentadas , y el Apostasía, sentado hacia el tablado, advirtiendo que por el rastrillo ha de haber despeño para él , que ha de estar sin ropa, y todos los demás con ropas de velillo de plata; y el Albedrío detrás de el Hombre Aunque no somos, Señor, por nuestros merecimientos dignos de tantos honores, perdonadnos por los vuestros, ya que en vuestra santa palabra nos vemos, sanos, perdonados, salvos y contentos. Mirad, Fe y Iglesia, cómo mi pobre familia se halla en cuánta honra, en cuánto aumento, convocada por la Fama; y pues los llamados fueron muchos y los escogidos tan pocos, haré con ellos la última fineza ya, que a mi mesa los asiento. ¿Qué mayor, señor, que aquella que en tu amor divino vemos, explicando las del alma en las saludes del cuerpo? ¿Y qué más que haber llamado a todos por su provecho, ofreciéndoles y dando a todos igual remedio? ¡Ay de aquel que a enfermar más le traen sus merecimientos! El Príncipe me ha mirado, si no me engaño, con ceño, pero ya una vez aquí, nada dudo, nada temo, que no es poca granjería cenar y llevar dinero solo a costa de decir en el cántico con ellos: Él y todos Ya que en vuestra santa palabra nos vemos sanos, perdonados, salvos y contentos. Dichoso yo, que llegué a estar en tan alto puesto, sobre ofenderte. El que yerra, si pide el perdón al cielo, siempre le hallará piadoso. Yo que soy la Fe lo ofrezco, pues que tu palabra nunca puede faltar. Y contento con que se arrepienta y viva, y no muera, me consuelo, el pecador. Yo lo afirmo, y a ti. Para su remedio, siete antídotos le guardo en mis siete sacramentos. Dichoso yo, que a tu vista llegué, después que del trueno de mi soberbia caí al relámpago, que ciego me dejó, aunque me dio vista ver la luz. Y mi amo, luego, ¿no se compara al leproso y al ídolo, a lo que creo, mudo, ciego y sordo, y aun el diablo del Evangelio? ¿Y el que cene el Hombre aquí algún curioso discreto no pase por objección? Pues diga a su entendimiento y a la luz de la razón si son descendientes ellos del género humano y si son hombres y, en respondiendo «no» a cualquiera de las dos preguntas, yo la concedo, pues que no hay legislador que lo dirá. Yo lo apuesto. Juntará él las circunstancias y, recogiendo su ingenio, verán que el Hombre comulga y que es hombre Juan y Diego, Pedro y Pablo. Y más dirán, ¿que cómo Pablo, no siendo de los doce, ni en la mesa se halló? Y que yo no puedo hallarme y, si es que me hallo, ¿cómo no como ni ceno, estando donde están todos los demás? Y así pretendo salvar estas objeciones, pues… Pero iré respondiendo: con la primera me salvo yo, pues, cenando mi dueño, ceno, porque su albedrío no consta de otra alma y cuerpo. En lo de Pablo prosigo, ¿qué sabes si es que estuvieron solos los doce o los trece o los setenta y dos? Pruebo: dime, ¿a Pablo no le dio alguna vez su maestro Pedro la comunión? Sí, pues ya estaba este misterio instituido cuando Pablo predicaba: aquesto es cierto. Y en esto hay sus opiniones, pues dicen algunos buenos que Pablo entró en el vacío de Jacobo, cuando, muerto, el de los doce fue el que de protomártir el premio llevó de todos y así, aunque padeció el primero fue después de muerto Cristo y subídose a los cielos, de quien es la semejanza el Príncipe que estoy viendo. Y ¿qué sabes si el Señor le comulgó? Luego puedo decir que tú no lo entiendes. ¿Y estar yo aquí? También quiero decirte por qué: pues, dime, ¿el Albedrío sujeto no está siempre al Hombre? Pues si él aquí le tiene puesto, ¿qué mucho que esté yo aquí y que hable más que un jilguero, para que pueda mejor ir tus dudas sacudiendo? Y mira a lo que me obligas, legislador majadero, que haces que todos por mí se estén ahora suspensos, saliendo a lo literal de alegoría, y volviendo a ella ve, para enseñarte lo que faltare advirtiendo. Parece que se ha dormido, reclinado en vuestro pecho, Juan, señor. Decid, ¿entiende más Juan que vos de los sueños, Pedro, que os dormís afuera del lugar? ¿Y Juan, que dentro de él se duerme? Pues mirad que se ha conocido presto que le enseñasteis a él, pues fue vuestro compañero en el campo o en la calle, o en la puerta o en el huerto. Porque más materialmente vea otro grande misterio, que se duerma le perdono, como dirá su Evangelio, pues no por eso dejar de cenar tiene, y bien creo que como es a quien yo amo, en mi corazón se ha puesto a dormir. Mas ¿qué he mirado? ¡Qué osadía! ¿Qué soberbio, sobre no venir decente a mi mesa (¡qué desprecio!) meta la mano en el plato? Levántase el Príncipe ¿Dónde vas? Sufrir no puedo ya su atrevimiento grande, y así voy donde pretendo dar castigo a tan aleve, sacrílego atrevimiento como sentarse a mi mesa sin desnudarse primero el hábito de hombre antiguo y vestido el de hombre nuevo. Dime, amigo, ¿a qué veniste aquí? ¡De mirarle tiemblo! ¿Y cómo aquí… ¡Qué pavor! …entraste… ¡Qué sentimiento! …sin haber… ¡Qué ansia! …lavado… ¡Qué parasismo! …primero… ¡Qué angustia! …la blanca estola en la sangre del cordero que cruento sacrificio fue para ser incruento? ¿Cómo? Si no… Cuando yo… Mudo estoy, a hablar no acierto. ¿Qué mucho, si el corazón se me ha quebrado en el pecho? Levanta de aquí, levanta, que no es bien que tome asiento el réprobo entre elegidos, ni entre humildes el soberbio. Llevadle arrojado de él al más pavoroso centro que en exteriores tinieblas humo exhala, escupe fuego. ¡Ay infelice de mí! Cae despeñado y, cayendo y levantando, va a dar en brazos de el Hebraísmo ¿Adónde irá a parar, cielos, mi precipicio? A mis brazos. Fuerza era dar en ellos, que un despeño siempre fue principio de otro despeño. ¡Mal hubiese mi codicia! Toma, toma tu dinero, que no le quiero por tuyo. Ni yo tampoco le quiero, por haberle tú tocado. Pues arrojarele al templo y iré adonde con mi vida acabe el áspid que el pecho muerde, el puñal que atraviesa el corazón, el incendio que las entrañas abrasa y, en fin, el dogal que al cuello, pues me está quitando el habla, también me quita el aliento. Vase y vuelve a sentarse el Príncipe en la cabecera Emplearele yo en un campo de sangre, que cementerio sea, porque no a los vivos inficione su veneno. ¡Qué asombro! ¡Qué confusión! ¡Qué prodigio! ¡Qué portento! Siendo del Príncipe la ira con el traidor, pone miedo aun al leal. Bien lo dice el quedar todos suspensos. Sino yo que, declarado, oponerme a todos tengo. Y yo, porque nunca pueda el Hombre sanar de nuevo de su culpa envejecida. Dígalo yo, pues aún pienso que pueda ser mío siempre que allá vuelva. Para eso remedio habrá. No le alcanzo. Yo tampoco. ¿Qué remedio? ¿En fe de qué tu osadía tiene tanto atrevimiento? En fe de aquella esperanza de que no eres el que pienso, y así no lo he de creer sin que el cómputo primero de Daniel se cumpla, y más: si a mi discurso me vuelvo, no creo nada que dices. Sale la Gentilidad Por eso (yo que lo creo) vendrá a su obediencia a ser cautivo mi entendimiento de la Fe por el oído. Y postrado reverencio, adorando en pan y en vino el más alto sacramento, milagro de los milagros, portento de los portentos de los prodigios de Dios y de su poder inmenso. ¿Qué sacramento, si allí pan, vino y cordero veo solamente? A mí me toca (pues en la mesa le ha puesto la eterna Sabiduría, de la Fe divino objecto) decirle lo que en sí incluyen cordero, vino y pan, siendo esta cena sombra y luz de las bodas del cordero, que en la Apocalipsi abrió el libro de siete sellos. Y más añadiendo que celebro mi casamiento con la Iglesia, porque así no falte nada al concepto, cuando en su celebridad, sentado el esposo en medio de la esposa y los humildes que a falta de los soberbios vinieron a su mandato, donde en fiel recogimiento, sustentados y vestidos, vivan a expensas del cielo, les diga: para que nunca os falten los alimentos que como a hijos debo daros, en mi último testamento, este cordero legal que asado mandé poneros, no guisado ni cocido (porque sin quebrarle güeso pueda, extendidos los brazos, parecer que está en cruz puesto) mi imagen es; este pan, que en mis manos pongo haciendo gracias a mi padre, es mi carne; y mi sangre luego este vino, conque nunca os podrá faltar sustento teniéndome siempre en ese cáliz y hostia en alma y cuerpo, Vuélvese el cordero y vese cáliz y hostia con real asistencia, vivo. ¿Quién asegura todo eso? La Fe, que ciega lo mira. Mi caridad, advirtiendo que esto es pan de caridad y misericordia, puesto que también aqueste pan es de la piedad ejemplo, con la esperanza de ser ciudadano de los cielos el que le comiere en gracia. La Iglesia, que halló el aumento de gracia para sus hijos. Sus hijos que, a los pies puestos de poder, ciencia y amor, le adoramos y creemos. ¿Todo eso nos lo asegura, a los siglos venideros, obra tan grande fundada en tan débiles cimientos como unos mendigos, mal convalecidos y enfermos? ¿Qué duración se promete en su constancia? ¿Y qué efecto podrá causar en el Hombre, si vuelve a pecar, perdiendo otra vez la gracia nueva que tuvo? ¿…quedando reo, segunda vez de la culpa que cometa? ¿Aqueste ejemplo no habéis visto, que, si un árbol, desde sus copas cayendo a la tierra y humillado se vee con el grave peso, que el labrador, si descubre el daño, procura luego ir al reparo si él está capaz de remedio, y aunque muchas veces caiga otras tantas a su asiento le vuelve y luego le riega porque cobre vigor nuevo y, si se va, le encomienda a otro que cuide dél, luego suele dar aun mejor fruto que el que dio, aunque árido y seco se use y, algunas veces, así arrancado del centro? Pues si el Hombre es este árbol, que aunque caiga busca el medio en los auxilios (con que Dios le avisa, si es que atento con la penitencia y llanto, que es el saludable riego, quiere salir del pecado voluntariamente haciendo), aunque se vea oprimido de su error, al punto mesmo el labrador le endereza, que es el ministro que, diestro, al camino de la gracia le conduzca. Llega a tiempo siempre, como de enmendarse lleve propósito hecho y que el aumento de gracia reciba, que es el supremo pan que está sacramentado debajo del blanco velo de esta hostia, en donde está presente en alma y en cuerpo el mismo que le ha criado. Pues, siempre que caiga, es cierto que el Hombre si se arrepiente, volverá a su antiguo asiento, siendo capaz de la enmienda siempre que él quiera; supuesto que, si a su obediencia atiende, es suave yugo su peso y en su nombre por los siglos de los siglos vive eterno. ¿Qué te queda, si esto escuchas, que dudar, rebelde pueblo? ¿Ni a ti, si el Hombre conoce quién eres, siempre sabiendo que el Hombre, en gracia, a su culpa y a su enemigo encubierto los vence, y aun vence al mundo, logrando tres vencimientos en los tres, siendo sus armas otros tres santos misterios que son estos tres que miras el pan, el vino, el cordero, tan solo con las especies que conservan de todo ello? Todo; y así aunque a vivir sin domicilio, sin templo, sin Sinagoga, sin ara, prófugo quede, primero que lo vea y que lo adore, iré de su vista huyendo. Vase Y yo, pues para quejarme se me ha pasmado el aliento… Y yo, pues para decirles mi pesar me ahoga mi pecho. …con cúyo pasmo… …con cúyo horror… …con cúyo sentimiento… …a tanto golfo de luces… …a tanto abrasado incendio… …mi rencor muere a mis manos. …desalentada fallezco. …Y así huyendo de su vista… …Y así de su vista huyendo… …aunque no pueda morir… por tener mayor tormento… …aunque no acabe mi vida con el dolor que padezco… …tropezando con mis iras… …entre mis sombras cayendo… …pues no puedo conseguir que sea mi prisionero el Hombre, por más que intente pues está en su guarda puesto ese prodigio de amor… …muerta voy. Vase …rabiando muero. Vase Dichoso, yo, que llegué, aunque he venido el postrero, a adorar tan gran milagro, aunque el Hebraísmo ciego le niegue, y puesto a sus plantas, yo le venere. Por eso, tú, Gentilidad, serás de su lugar heredero. Y todos en fe de que es día de perdonar yerros, en hacimiento de gracias, una y mil veces diremos… Aunque no somos, Señor, por nuestros merecimientos dignos de tantos honores, perdonadnos por los vuestros, ya que en vuestra Santa Palabra nos vemos sanos, perdonados, salvos y contentos.