El secreto a voces Comedia famosa Personas que hablan en ella FLÉRIDA, duquesa de Parma LAURA, primera dama FLORA LIBIA FEDERICO, primero galán ENRIQUE, segundo galán LISARDO, tercero galán ARNESTO, viejo, padre de Laura FABIO, criado de Federico MÚSICOS UN CRIADO DAMAS ACOMPAÑAMIENTO GUARDAS Primera Jornada Salen los músicos en cuerpo, con los sombreros en las espadas; después todas las damas con muletillas y sombreros; detrás Flérida y Arnesto, trayéndola de la mano, pasan por delante del tablado cantando y éntranse por la otra puerta. Detrás de todos, salen Enrique vestido de camino y Federico y Fabio de cortesanos. Razón tienes, corazón; lágrimas el pecho exhale. Mas, ¡ay, qué inútiles son!, que a quien la razón, amando, no vale, ¿qué vale tener, amando, razón? Canta Al cabo de tantos años, tus atrevimientos necios ¿qué sacan de ver desprecios?, ¿qué, de escuchar desengaños? Da tus pasados engaños al olvido, corazón, sin querer que a tu pasión tanto tu queja se iguale, ... …que a quien la razón, amando, no vale, ¿qué vale tener, amando, razón? Vanse. Ya que de mí te has fiado para venir de secreto a ver a Flérida bella, podrás, desde aqueste puesto retirado... Hablan los dos en secreto y Fabio se acerca para oír. ¡Ay, Federico, cuánto a tus finezas debo! Más debo yo a tus favores, pues tal confianza has hecho de mí. Es verdad, que de nadie la hiciera. No hablemos desto, no entienda aquese criado quién eres. (Por más que intento saber qué huésped es este que nos ha venido, haciendo misterios sin ser rosario, sin ser cura, sacramentos, no es posible). ¿Qué os parece deste parque? Decir puedo que en cuantas fábulas varias leí yo por divertimiento, ociosamente ocupado, Federico, el pensamiento, no fue posible jamás percebir en el concepto que acá en la idea formaron agentes entendimientos selva tan hermosa, aunque pensil tan florido y bello, tropa tan airosa y rica, campo tan fértil y ameno como este que miro, aunque se me ofrezcan por objeto o las selvas de Diana, o los jardines de Venus. Es tal de Flérida bella la tristeza con que el cielo castiga sus perfecciones, que todo es buscarla medios de divertirla, y así, señor, ha sido uno de ellos que estas mañanas de mayo baje a ese apacible puesto, festejada y aplaudida de voces y de instrumentos. Aquí, en llegando a cansarla la música, se hacen luego academias donde tiene mejor lugar el ingenio. Otra vez las damas hacen comedias, festines, juegos, retiradas; y nosotros máscaras, justas, torneos, para alegrarla; y en fin nada basta, porque es cierto que a un sentimiento arraigado no hay que buscarle remedios, pues de remedios, tal vez, se alimenta el sentimiento. Mucho estraño que en sus años, en su hermosura, en su ingenio, haya una pasión tenido tan absoluto el imperio, que a la que nació duquesa de Parma, y a la que el cielo de tantas ilustres partes dotó, no el grave, el severo arpón reserve, flechado, de la fortuna y del tiempo. ¿Y es posible que ninguno la causa halló a sus estremos? No. ¿Cómo que no? ¿Pues yo no la sé? ¿Tú? Sí, y bien cierto. Dila, ¿qué aguardas? ¿Qué esperas? ¿Habéis de tener secreto? Sí. Pues sabed que su mal es... No dudes. Dile presto. …que está de mí enamorada, y, mis desaires temiendo, no se atreve a declararse. Quita, loco. Aparta, necio. Pues oíd; si esto no es, es otra cosa. Volviendo viene la tropa a nosotros. Retiraos pues, que quiero introducirme yo en ella, o porque no me echen menos, o porque pierdo la vida si de ver la ocasión pierdo a alguna de aquellas damas. Embarazaros no intento, sino antes irme y volver a hablarla, porque deseo, ya que he visto su hermosura, gozar de su entendimiento. Con la industria que tratamos esta noche, a cuyo efeto aquella carta escribí, secretario de mí mesmo, he de hablarla; y ya que vine a verla, saber deseo si es verdad que la fortuna ayuda al atrevimiento. Vase. (En notable confusión estoy; porque, si revelo quién es, al secreto falto que ha fiado de mi pecho el Duque; si no lo digo, a la fe falto que debo a Flérida, de quien soy criado, vasallo y deudo. ¿Qué he de hacer? Pero ¿qué dudo? Mi obligación es primero que toda su confianza. Mas, ¡ay de mí!, que, si pierdo al Duque, pierdo con él las esperanzas que tengo de que ha de ser de mi amor su casa seguro puerto, cuando Laura... Mas, ¿qué digo? Vuélvase la voz al pecho; que en solo haberla nombrado me parece que la ofendo). Señor, ¿qué huésped es este, que anoche vino encubierto y hoy se retira y se esconde? Es un amigo a quien debo obligaciones. ¿Le hubiste doncel? Mas, ¿qué hablo yo en esto? Sea quien fuere, él sea muy bien venido, pues por lo menos comeremos estos días mejor, porque el cumplimiento cuanto en la cama es pesado, es en la mesa discreto, sazonado y de buen gusto. Vuelven como primero. Ya vuelven, Fabio, ¡silencio! Si adoras a Antandra bella sin méritos, sufre y calla, pues la causa que hay de amalla, hay para no merecella. Culpa tu infelice estrella, no su esquiva condición, sin alegar, corazón, la razón que al paso sale, ... …que a quien la razón, amando, no vale, ¿qué vale tener, amando, razón? ¿Cúya aquesa letra es? Mía, señora. Siempre advierto que en los tonos que me cantan y me dicen que son vuestros os quejáis de amor. Soy pobre. Para amar, ¿qué importa serlo? Para merecer importa; y así veis que no me quejo, señora, de que no amo, sino de que no merezco. ¿Tan bajo sujeto amáis, Federico, que está atento al interés? No está en ella de ese defeto el defeto. ¿Pues en quién? En mí. ¿Por qué? Porque a decir no me atrevo mi amor, no digo yo a ella, a sus padres ni a sus deudos, pero a una humilde criada, a una esclava suya, viendo que amante que no entra dando, puede mal entrar pidiendo. Y es verdad, porque no solo a las dueñas y escuderos, criadas, vecinos y amigos, pero a los gatos y perros de su dama, es importante tener un hombre contentos. Yo sé una que tenía unos perrillos falderos, que en viéndome entrar cargado me hacían dos mil festejos, y en viéndome que me vían desocupado, al momento me mordían y ladraban. Quita, loco. Y en efeto, ¿ella sabe lo que os debe? Lo que adoro sabe, pero lo que me debe no sabe, pues no lo paga pudiendo. Amor que tan desvalido se confiesa, bien el dueño publicar puede, pues no ofende al mayor respeto el que se juzga tan mal tratado de sus desprecios; y así estraño, Federico, que, amando y no mereciendo, nadie sepa a quién amáis. Está tan en mi silencio mi amor guardado, señora, que mil veces he resuelto enmudecer, por que alguno de mis callados afectos, disfrazado, no se salga entre las voces envuelto. Tan sagrado en mi atención mi amor vive, que a mi aliento examino, cuando entra en las cárceles del pecho, de adónde viene, porque juzgo sospechoso al viento, y no quiero que ni aun él sepa quién vive acá dentro tan oculto. Basta, basta; que estáis muy loco y muy necio; pues, ¿cómo hablando conmigo, habláis con tantos afectos en vuestro amor? ¿Olvidáis quién soy? ¿Pues quién tiene de eso la culpa? ¿Vos preguntando, señora, o yo respondiendo? Vos, respondiéndome más de lo que os pregunto. Arnesto. Señora. Haced que le lleven luego a Federico... (Hoy muero). …dos mil escudos de ayuda de costa, por que con ellos granjear pueda a las criadas de su dama; que no quiero que, en fe de su cobardía, me hable otra vez poco cuerdo y, teniendo allá el temor, tenga aquí el atrevimiento. (Notables desigualdades tiene su tristeza). (Estremos bien estraños son). (¡Ay, triste de quien llega a conocerlos, cuando todos a ignorarlos!). Mil veces humilde beso la tierra que pisas donde, al breve contacto bello, más flores sin tiempo nacen que abril produce con tiempo. Yo no la tierra que pisas besaré, que no me atrevo, ni la que has pisado, pues ya no es tierra, sino cielo; la que has de pisar me basta. ¿Por dónde has de echar? Que quiero irte besando el camino. Sale Lisardo. Un bizarro caballero, a lo que ha dado a entender del Duque de Mantua deudo, dice que le des licencia, señora, de darte un pliego. ¡Oh, cuánto el Duque de Mantua me cansa con mensajeros! ¿Por qué, si el Duque es, señora, tu más igual casamiento? Por la opuesta condición con que el casarme aborrezco. Decid, Lisardo, que llegue. (Quién es callaré, supuesto que el ser su amigo me importa). Sale Enrique. Turbado, señora, y ciego, llego a estas plantas, que son ya de mis fortunas puerto. De la tierra alzad. El Duque mi señor con este pliego a vos me envía. Su Alteza ¿cómo está? Dijera muerto de amor, a no darle vida la esperanza. Mientras leo no estéis vos así. (Mintió el pincel que fue bosquejo de su hermosura, dejando corto el encarecimiento). Ya, señor, envió mi padre los poderes. Yo me huelgo que hayan venido. ¡Qué airoso ha llegado el forastero, Laura, a dar la carta! Yo aún no he reparado en eso. No me espanto porque, estando allí tu primo, y sabiendo cuánto te adora rendido y que ya tu padre Arnesto con él trata de casarte, fuera especie de desprecio que repararas en otro. Ni aún él me ha debido, cierto, ese descuido o cuidado. (La Duquesa está leyendo, Arnesto y Lisardo hablando; ¡deme amor atrevimiento!). ¿Y el papel de hoy? Ya está escrito. ¿Cómo recebirle puedo? ¿No trais el guante? Sí. Pues con él podrás... Ya te entiendo. Todo está muy bien. A siglos contara amor los momentos, Laura hermosa, a mi esperanza. Dice el Duque en este pliego cuán cercano deudo suyo sois, que le importa teneros de Mantua ausente unos días, mientras que compone el duelo de no sé qué desafío en que el amor os ha puesto. Es verdad que mi delito es de amor, y por él vengo. Que os ampare en Parma yo, por él y por vos lo ofrezco; y así, desde hoy en mi corte podréis quedaros. Yo luego al Duque responderé y enviaré la carta. El cielo tu vida guarde, señora, felices siglos eternos, y de Mantua merezcamos los nobles vasallos vernos tan felices que... No más, y mirad lo que os advierto: que mientras fuereis mi huésped no me habéis de hablar en eso, sino cuando yo os hablare. Vos veréis que os obedezco. Y por que escribir podáis al Duque en qué me divierto –que no dudo que traeréis alguna instrución de hacerlo–, sentaos todos, ya que el sol de pardas nubes cubierto, hoy parece que acechando sale, más que amaneciendo. Siéntanse Flérida y las damas a una parte, y los caballeros en pie a otra. Vosotros tomad lugares a esta parte, y vos, Arnesto, proponed una pregunta. Aunque mis canas pudieron escusarme, no lo harán, por ver que así te divierto. ¿Cuál es mayor pena amando? Responded vos el primero. ¿Yo? Sí, por huésped os toca. Dos grandes ventajas llevo, y así, por cumplir con ambas, escojo la que padezco: el ser uno aborrecido. Yo que es mayor pena siento la del mismo aborrecer. Yo digo que son los celos. Yo, la ausencia. Yo, el amar sin esperar el remedio. Yo, sin poder esplicarse, amar callando y sufriendo. Yo, que el amar siendo amado. Argumento será nuevo defender que es pena, Laura, amar siendo amado. Eso han de decir las razones. Pruebe cada uno su intento. Pues el del aborrecido me ha tocado a mí, yo empiezo. (Aquí es donde dice más necedades el más cuerdo). El amor es una estrella que influye dicha o rigor; luego, la pena mayor de amor, es amar sin ella. Quien de una hermosura bella aborrecido ha vivido, contra su estrella ha querido; luego, es el mayor desvelo, pues lo que no quiere el cielo, quiere el que es aborrecido. Cuando uno a sentir se ofrece aborrecido, ya es mérito para después; pues por lo que ama padece. Quien sin amar aborrece, padece sin merecer finezas que puedan ser mérito; luego, no ha sido tanto el ser aborrecido, como el mismo aborrecer. El que aborrecido amó y el que aborreció tuvieron un mal que ellos padecieron porque el cielo se le dio; el que ama celoso, no, pues se le causa un dichoso de quien él vive envidioso; luego, es más su desconsuelo, pues lo que hay de un hombre al cielo hay de los dos a un celoso. Mil veces el mundo vio los amorosos desvelos sazonarse con los celos, pero con la ausencia no; muerte de amor se llamó; luego, es su pena más fuerte, pues, si con celos se advierte avivarse su violencia y morir con el ausencia, uno es vida y otro es muerte. El que aborrecido adora, la que adorada aborrece, el que los celos padece y la que la ausencia llora, cada uno su mal mejora con la esperanza que alcanza de que puede haber mudanza; luego, a estar probado viene que mayor tormento tiene el que no tiene esperanza. Quien sin esperanza vive ya por lo menos declara no tenerla, y cosa es clara que, hablando, alivio recibe. Quien a callar se apercibe y solo a su amor previene un silencio donde pene, más dolor, más pena alcanza, pues que ni tiene esperanza ni dice que no la tiene. El que ama y es amado siempre vive temeroso; tal vez discurre dichoso: ¿cuándo seré desdichado? Tal se juzga, despojado de las dichas que merece, y a aborrecerlas se ofrece; luego, tiene el que es querido despechos de aborrecido y iras de quien aborrece. Si tiene celos, los cielos lo digan, pues el que amó siendo amado, ya se vio de sí mismo tener celos. Un punto que sus desvelos no tengan su bien presente, como por siglos lo siente; luego, tiene el más dichoso escrúpulos de celoso y sobresaltos de ausente. Si desesperado está, sus dichas lo dicen bien. ¿Qué tendrá que esperar quien no tiene que esperar ya? El callar pena le da porque en su gloria no halla razones con que esplicalla; luego, al querido le altera el dolor de quien no espera y la pena de quien calla. Decir que no es desdichado porque se mira querido es error, pues ha tenido siempre el riesgo amenazado; luego, el que ama y es amado, de aborrecido padece el mal, y el del que aborrece, del ausente, el temeroso, desesperado y celoso, del que habla y del que enmudece. Levántase Flérida y todas. Esas son sofisterías con que ha querido tu ingenio, Laura, ostentarse, que no razones de fundamento. Claro está, que mal pudiera siendo el principal objeto de amor ser amado. El guante... Yo le alzaré. Deteneos. Yo he de llevarle. Levántale Federico y truécale con otro parecido. Si yo llevarle intentara, pienso que supiera conseguirlo, pero como no lo intento, no hay que hacer duelo, Lisardo. Y pues el llegar más presto no es mérito, sino dicha, ved cómo a Laura le vuelvo. Tomad, señora, que yo para lo que llegué, pienso que lo he conseguido ya, pues os sirvo y no os ofendo. Dásele a Laura. Discretamente me habéis, Federico, del empeño sacado. A mí no, él ni vos; que es sobrado atrevimiento que, estando yo aquí, ninguno ose a levantar del suelo el desperdicio más fácil, el más casual trofeo de ninguna de mis damas; y agradeced que no muestro mi enojo más que en decirlo esta vez. (¡Valedme, cielos!, que soy la primer mujer a quien el callar ha muerto). Vase y las damas. Enojada va su Alteza, y bien sin razón, por cierto. No entres agora en su cuarto, sino vamos, Laura, al nuestro, ya que por los accidentes de su condición, teniendo cuarto en palacio y gozando de aqueste Estado el gobierno, no quise que la sirvieras más que por el cumplimiento. En todo he de obedecerte. Tómala de la mano y vanse todos acompañándola. (Mucho dicen los estremos de Flérida. ¡Quiera amor no sea lo que sospecho!). Caballeros, ¿dónde vais? Todos os vamos sirviendo. No habéis de pasar de aquí; y vos, sobrino, el primero habéis de quedaros. Bien a mi pesar obedezco. (Yo bien a mi gusto pues, a tantas luces atento, seré girasol humano). Federico, al punto vuelvo. Vase por donde Flérida. (Hasta que pierda de vista, Laura, tus rayos, no puedo dejarte, que es tu hermosura imán de mi pensamiento). . Vase por donde Laura ¡Oh, cuánto que me dejasen solo conmigo agradezco, pues tendré lugar de leer este papel! Si no pierdo mi entendimiento aquí, es por no tener entendimiento. ¿De qué te admiras? ¿De qué? De tu flema, pues teniendo ese papel desde anoche, hasta ahora no le has abierto. ¿Sabes qué papel es este? Sea el que fuere, ¿no es cierto que desde ayer le has tenido cerrado? En este momento le acabo de recebir. Harasme perder el seso. Si desde que amaneció ninguno te ha hablado, el viento debió de traelle, sin duda. No le trujo sino el fuego donde me abraso y consumo. ¿El fuego? Sí. Agora creo que es verdad... ¿Qué? …que estás loco, y, galán fantasma, has hecho una dama duende, allá dentro de tu pensamiento, a quien amas mentalmente. Y así, suplicarte quiero una merced. ¿Qué merced? Que, pues vive en tu concepto imaginada esa dama, sin más alma ni más cuerpo que el que tú has querido darle, vengan sus papeles llenos de amores y de ternezas; que es notable desacierto, pudiendo hacerte favores, hacerte, señor, desprecios. Retírate. Pues la letra ¿qué importa? Nada, si advierto que aun la letra es disfrazada. Mas apártate. Escudero del limbo debo de ser, pues que ni glorio ni peno. Lee «Señor y dueño mío: mucho se va acercando mi tormento, pues, forzando mi padre mi albedrío, trata mi casamiento con violencia tirana, y los conciertos firmará mañana». ¡Ay, infelice de mí! ¡Y qué breve plazo tengo de vida! De aquí a mañana, Fabio, ... ¿Qué? …me verás muerto. Harás muy mal si escusarlo puedes, porque te prometo que no es cosa de buen aire. ¿Cómo puedo, cómo puedo, si este papel es sentencia de mi muerte? ¿Cómo? Haciendo otra nota a ese papel más apacible, supuesto que está en tu mano. Sin vida, sin alma, a proseguir vuelvo. «Y así, aunque se aventure de nuestro amor el infeliz secreto, en lo que hemos de hacer es bien procure hablaros esta noche, a cuyo efeto tendrá el jardín la reja prevenida y, antes que os pierda, perderé la vida; en cuya fe sólo pediros trato las ferias me paguéis de aquel retrato...». ¿Hay hombre más venturoso? Fabio, Fabio... ¿Qué tenemos? ¿No te mueres ya? Ya vivo. ¿Ves si fue bueno el consejo? No hay cosa como quererse uno a sí mismo. Contento, desvanecido y ufano, hablar esta noche puedo con la hermosura que adoro. Luciente campeón del cielo, que a tornos su campo corres, que sitias su plaza a cercos, abrevia de tu tarea hoy los números, sabiendo cuánto con la luz ofendes. Y vosotros, astros bellos, pues influís los amores, levantaos con su imperio; trocad a comunidades las repúblicas del cielo, que os quita el sol vuestras leyes, que os rompe el sol vuestros fueros. Vase Loco está como Carrías, y no me admiro de verlo tan loco a él, como de verme tan desmañado y tan necio a mí, que... Sale Flora. Fabio. Señora, ¿qué me mandáis? Que siguiendo vengáis mis pasos. Sepamos si es desafío, que quiero llamar cuatro o cinco amigos. Seguidme. Pues ¿a qué efeto he de seguiros? ¿Sois vos la dama que me da celos, yo el galán que no os da un cuarto, para que os ande siguiendo? Su Alteza es quien quiere hablaros. Estando agora escribiendo, que os llamase me mandó. ¿Su Alteza a mí? ¡Santos cielos! ¿Que fuera se me atreviese a decir su pensamiento de palabra o por escrito y, en cogiéndome allá dentro, Sale Flérida con una carta en la mano. por no hacer nada a derechas intente hacerme algún tuerto? Flora, ¿llamaste al criado? Aquí, señora, te espera. Pues aguarda tu allá fuera. Vase. Ya conmigo habéis quedado. A Fabio. Sí, señora, y nada ingrato me hallaréis. Sepa en qué puedo serviros, y hablad sin miedo, que fácil soy y barato; muy poco habréis menester cansaros en conseguirme. Vos, Fabio, habéis de decirme una cosa que saber pretende mi autoridad, porque importa a su decoro, de una sospecha que ignoro averiguar la verdad. Si el hablar yo es conseguillo, hecha está la gracia de ello, pues más que vos por sabello me muero yo por decillo. Tomad aquesta cadena. Sí haré, por cierto; y no ignoro que, por ser vuestra y de oro, será muchas veces buena. Por hablar rabiando estoy. Preguntad. ¿Quién es la dama a quien Federico ama? Desdichado hablador soy, pues una cosa no más que yo, señora, he ignorado es la que habéis preguntado. Si no le dejáis jamás, ¿cómo es posible que no lo sepáis? (¡Tormento grave!). Pues, si él mismo no lo sabe, ¿cómo he de saberlo yo? Tan oculta estar su pena no pudo. Pues, siendo así, contádmela vos a mí y tomad vuestra cadena, porque, en efeto, señora, sin que a nadie su amor fíe, él a sus solas le ríe y él a sus solas le llora. Si recibe algún papel, no vemos quién se le da; ni sabemos con quién va, si acaso le escribe él. De día no hay que tratar que aquí mire más que allí. De noche, una le seguí y anduvo todo el lugar hasta que, habiendo doblado una esquina, me esperó y sin saber que era yo me envió descalabrado. Desde entonces no le sigo, ni entro en su amor mucho o poco. Él está, en efeto, loco y, si cuanto sé te digo, sólo hoy es el día que más de su amor llegué a entender, pues acabando de leer un papel que Barrabás debió de dalle, «hoy me espera –dijo– en la tiniebla oscura una divina hermosura para hablarme». ¿De manera que esta noche se han de hablar? Si amor pendencias no entabla con que se quiten el habla. ¿Y es posible –(¡qué pesar!)– que la casa o calle –(¡hoy muero!)– de la dama no has sabido? Eso sí, en palacio ha sido. ¿De qué lo sabes? Lo infiero de que siente sin mudanza, de que goza sin empleo, de que adora sin deseo, de que ama sin esperanza y de que noches y días escribe un gran cartapacio; y solo son de palacio tan discretas boberías. Pues mirad lo que ahora os mando: vos habéis de procurar con cuidado averiguar quién es la dama, notando desde hoy todas sus acciones; y con cualquier novedad que hiciere su voluntad, en todas las ocasiones que la haya, venidme a ver; que desde aquí os doy licencia para entrar a mi presencia. Gentilhombre del placer se llama, si no me engaño, esa merced que me hacéis. Y porque nunca dudéis de donde el provecho y daño os viene, todo es de mí; si servís, Fabio, el provecho; y el daño, si vuestro pecho dice a nadie lo que aquí hemos hablado los dos. Un mudo mirón no dudo que seré, si hay mirón mudo. Id con Dios. Quedad con Dios. Vase. Loco pensamiento mío, ¿qué tirano imperio tienes en mí, que a quitarme vienes los fueros del albedrío? ¿Tanto de mí desconfío que ha de postrarme un temor? Aquí, aquí de mi valor; aquí de mí misma, ¡cielos! Mas ¡ay!, que callar no puedo con celos, basta que pude callar con amor. A Federico, ¡ay de mí!, dura estrella me inclinó, a cuya violencia yo con opinión me rendí, pues sentí, callé y sufrí de mi fortuna el rigor, de mi desdicha el dolor, de mi pasión los desvelos, mas ¡ay!, que callar no puedo con celos, basta que pude callar con amor. ¿Esta noche –¡estoy dudando!– ha de ser –¡estoy muriendo!– quedarme yo padeciendo lo que ellos están gozando? Pues no ha de ser. Logren cuando yo no lo sepa el favor; que, sabido, será error no estorbarle. ¡Piedad, cielos! Mas ¡ay! que callar no puedo con celos, basta que pude callar con amor. Con este pliego que había a otro propósito escrito... Él viene. Mal solicito encubrir la pena mía. Sale Federico con una cartera y recado de escribir. Estas cartas, gran señora, tiene que firmar tu Alteza. (Valor, ingenio, grandeza, todo es menester agora). Poned las cartas ahí, Federico, que después las firmaré; que ahora es más necesario –(¡ay de mí!)– que a mi servicio acudáis en otra cosa que importa más que eso. ¿Qué es? Que una corta jornada esta noche hagáis. ¿Esta noche? Sí, aquí os doy la carta... (¡Fuerte pesar!). …que vos habéis de llevar. Ya conocéis cuánto estoy, con suma solicitud, siempre deseando el empleo de vuestro servicio. Hoy creo que de mi poca salud la ocasión, darme podrá disculpa para pediros que... Ninguna he de admitiros. Breve la ausencia será; mañana estaréis aquí. Y advertid que de vos fío no menos que el honor mío. No hay que escusaros; y así, tomad, y ved que al instante os tengo de ver partir. Y otra vez vuelvo a decir que a quien soy es importante que vais a llevarla vos. El sobrescrito dirá para quién y dónde va. Traedme respuesta, y adiós. Vase ¡La noche que Laura bella me da licencia de hablalla, en toda ella no se halla para mí sola una estrella! ¿Qué haré? Que mi amor no debe deslucir la lealtad mía. Sale Fabio. Señor, ¿es muy largo el día? Es el diablo que te lleve. Al punto, (¡pena cruel!), de aquí parte, (¡fiero agravio!), y prevén dos postas, Fabio. ¿Ha venido otro papel por el fuego o por el viento? Una carta vino. ¿Hay más de enmendarla y quedarás como una pascua contento? Vuélvela otra vez a ver y mejora su querella. Aún el sobrescrito de ella no me he atrevido a leer. Léele, a ver si contradice a lo que primero fue. Dónde me envía veré. «Al Duque de Mantua», dice. (Ya es otra mi confusión. Sin duda que ha conocido al Duque, y que así ha querido de la especie de traición con que en casa le he ocultado dárseme por entendida, pues me previene, ofendida, que esto a su amor ha importado. De un riesgo en otro, cayendo, loco pensamiento, vas). ¿Enmendose? Cuanto más lo miro, menos lo entiendo. ¿Viene en cifra, ... ¡Qué tormento! …como la que uno escribió en guarismo? ¿Qué sé yo? Si no lo sabes, va el cuento. De una dama era galán un vidriero que vivía en Tremecén, y tenía un amigo en Tetuán. Pidiole un día la dama que a su amigo le escribiera que una mona remitiera; y como siempre quien ama se desvela en conseguir lo que su dama le ordena, por escoger una y buena, tres o cuatro envió a pedir. El tres o cuatro escribió en guarismo el majadero, y como es allí la «o» cero, el de Tetuán leyó: «Amigo, para personas a quien tengo voluntad, luego al punto me enviad trescientas y cuatro monas». Hallose afligido el tal, pero mucho más se halló el vidriero cuando vio, contra su frágil caudal, dentro de muy pocos días apearse con estruendo trescientas monas haciendo trescientas mil monerías. Si te sucede lo mismo, lee sin ceros, pues es llano que una mona en castellano son cien monas en guarismo. Darme a mí estas cartas, bien dicen por qué en mí se emplean. ¿No hay remedio de que sean menos las monas? ¿Quién, quién en el mundo se habrá visto en igual duda? ¿Qué haré? Sale Enrique. ¿Qué es lo que tenéis? No sé cómo mis dudas resisto. Oíd aparte. Hablan los dos entre sí. (Esto no puedo sufrir. ¡Guardarse de mí! En toda mi vida vi huésped que hablase más quedo). ¿Qué es lo que hemos de hacer? Vamos a casa; aquí no lo hablemos, pues en la carta veremos la obligación en que estamos. Si se da por entendida, el descubrirme será la respuesta; y si no está de quién yo soy advertida –que puede ser, ser aquesta, ignorando que aquí estoy, otra cosa–, escribiendo hoy, dar mañana la respuesta. Decís bien. Y cuando yo, que lo diga o no lo diga, otra cosa no consiga por agora más que no hacer ausencia este día, daré por bien empleado todo el disgusto pasado, no faltando a la fe mía; porque, si para vos fue la carta, no hay culpa en mí, puesto que a vos os la di dondequiera que os hallé. Sus designios, manifiestos en esta carta vendrán. Vamos a casa. ¿Estarán, señor, los caballos puestos? Sí, Fabio, porque, aunque ya no me ausente, importa hacer la deshecha. ¿Qué placer es ese? Amor lo dirá. ¿Ya alegre? ¿De qué te espantas? De nada, pues sé qué ha sido... ¿Qué? …haber la cifra entendido, y no ser las monas tantas. Vanse. Sale Laura sola. ¡Qué perezoso es el día de una esperanza! Parece que se le olvida a la noche la juridición que tiene, pues atán a espacio las sombras, funestos pájaros leves, las nocturnas alas baten, las lóbregas plumas tienden. ¡Ay, Federico, si ya llegase la hora de verme donde contigo mis ansias se alivien y se consuelen! Y, ¡ay, Flérida!, ¿qué han querido decir tantos pareceres, con que el desdén disimulas, con que el favor desvaneces? Pasar a su cuarto quiero, antes que al jardín me lleve anticipada la pena de mi zozobrada suerte; pues con aquesto dos cosas consigo: una, que no llegue a preguntar por mí; y otra, ver si hablando se divierte el deseo, que tal vez hacer, ocupado, suele, si no más breves las horas, que nos parezcan más breves. Salen Flérida y Flora con luces. Laura, prima, ¿en qué mi amor tanta ausencia te merece, que en todo hoy no me hayas visto? Estimo el favor de haberme echado menos, señora; pero un pequeño accidente me retiró, y aunque de él mal el alma convalece, sin besar antes tu mano no he querido recogerme; y así, vengo a saber sólo cómo, señora, te sientes. Pésame que de tu ausencia tu salud la causa fuese, y huélgome de que hayas venido, aunque tarde, a verme, porque te he menester, Laura, esta noche; y así puedes avisar de que conmigo te quedas. Señora, advierte... ¿Qué he de advertir? ¿No lo ha hecho esto el cariño mil veces? Hágalo la convenencia una, que a ti solamente puedo fiar un secreto. (¿Quién vio confusión más fuerte? Si replico, sospechosa me he de hacer –¡cielos, valedme!–, si no, he de perder...). ¿Qué dices? Que a tu servicio me tienes. Tuya soy. Déjanos solas. Vase Flora. Agora tú, Laura, atiende. Yo he sabido que un amante –no sé cómo te lo cuente– ha recebido un papel en que una dama le ofrece hablarle esta noche, ... (¿Qué oigo?). …y, aunque sé el galán quién fuese, quién fuese ignoro la dama... (Eso sí). …y saber conviene cuál de ellas, por esas rejas que al terrero cain, se atreve a profanar del decoro las nunca violadas leyes. Harás muy bien, porque es grande atrevimiento ese. No es justo, por mi persona, bajar yo, ni era decente; fuera de que no pudiera, sin que algunos lo supiesen, faltar de mi cuarto, y como no sé cuál es de quien debe recatarse mi cuidado, quiero a todas igualmente. Y así, de ti, hermosa Laura, me he de fiar, pues tú eres en quien mi imaginación, por más que discurra y piense, no ha osado oponer la sombra del escrúpulo más débil. ¿Pues qué mandas? Tú has de ser, bajando una y muchas veces al jardín aquesta noche, centinela diligente de mi honor, reconociendo a la que en su esfera encuentres. Y no te parezca, Laura, que es decoro solamente; vame en conocer a quién a Federico –(imprudente la lengua su nombre dijo; poco importa)– favorece, más que tú puedas pensar. En vano me lo encareces, porque yo, atenta a tu gusto y a tu servicio obediente, no solo iré, como mandas, al jardín una y mil veces, pero hasta el amanecer estaré en él muy alegre, por ver que en eso te sirvo. Toma la luz y yéndose. Mi prima y mi amiga eres, mi honor y gusto te fío, cordura y ingenio tienes; entiéndelo, Laura mía, tú allá, como tú quisieres, que yo diré que lo siento del modo que tú lo entiendes. Vase. ¡Válgame Dios! ¡Qué de cosas a mi discurso se ofrecen, tan atropelladas, que las unas de otras pendientes, quiriendo acabar con todas, no hallo una por donde empiece! Mas ¿qué me aflijo? Mejor será que todo lo deje de una vez al desengaño; y para reconocerle, el mejor medio también es callar hasta que llegue a hablarlas con Federico, pues es preciso que muestre, o su voz o su semblante, si me obliga o si me ofende. ¡Oh!, tú, hermoso jardín bello, cuya república verde patria es del abril, pues sólo al abril conoce y tiene por dios de su primavera, por rey de sus doce meses; quien voluntaria venía a tu ameno sitio fértil a repetir los amores de tus flores y tus fuentes, a tu fértil sitio ameno forzada y mandada viene de tus fuentes y tus flores, a ver cuál es la que aleve esconde el áspid de celos que en el corazón la muerde. La seña han hecho en la calle; fuerza es que dude y que tiemble el corazón. Mas, ¿de qué, si nadie en el mundo tiene más seguras las espaldas, pues celos me las defienden? ¿Quién es? Abre la ventana y está la reja puesta de la parte de dentro y a ella Federico. No me lo preguntes, bella Laura, si no quieres que ya mis seguridades a desconfianzas trueque. ¿Quién puede ser sino yo? ¿Quién tanta ventura tiene? Porque tú la desperdicias, que no porque él la merece, no me la pongas en duda. No te admires, no te quejes de que yo te desconozca, puesto que tan otro eres del que yo te imaginaba. ¿De qué suerte? Desta suerte: la Duquesa, Federico, a aquestas rejas me tiene para ver quién te ha llamado, de que bien claro se infiere que tú dices mis favores, y que ella también los siente. ¡Plega al cielo, Laura mía –mía dije; no me alegues que, yendo a decir verdades, por una mentira empiece–, que los cielos me destruyan, que un rayo me dé la muerte, si de mi pecho ha salido ni aun el acento más leve que mi secreto profane! ¿Qué más desengaño quieres que ser tú de quien se fíe? Fuera de que ¿cómo puede decir que aquí estés por mí, si ahora ella me juzga ausente? Que esto es largo de contar. Cuando en esta parte quedes disculpado, ¿quedaraslo en el cuidado que tienes [?] de saber quién, Federico, es la que te favorece? Cuando ella, que yo lo dudo, ese cuidado tuviese por mí y no por sus respetos, ¿no fuera, Laura, ofrecerte más gloriosa la vitoria que a mis rendimientos debes, pues quien vence sin contrario no puede decir que vence? No me barajes mis quejas, pues más fundamentos tienen en Lisardo, cuanto va de verdadero a aparente. En fin, ¡ay, Laura!, ¿te casas? No me caso; pero quieren que me case mis desdichas. Quien ama, todo lo vence. Es verdad, pero también todo quien ama lo teme. Pues ¿para qué me escribiste, Laura, que antes de perderme habías de perder la vida, y mi retrato trujese a que el tuyo me feriaste? No había el inconveniente de Flérida que hay agora. A buen sagrado te atienes para disculparte, ¡ay, Laura! Si ya resolución tienes, ¿para qué agora conmigo tiempo ni palabras pierdes? Este es el retrato mío; sólo a ser testigo viene ya de mis celos. ¿Qué miras? En el engaste parece al de un retrato que tú me enviaste, cuando alegre me miraba la fortuna, por que en esta parte fuese, si no igual la joya, igual la caja que la guarnece. Tómale, y solo te pido si llegas casada a verte, te guardes de él; que, aun pintado, no sufrirá que le afrentes. Yo, Federico... Mas mira que siento en la calle gente. ¿Qué va que ibas a decirme algo que bien me estuviese, pues que viene quien lo estorbe? Que soy tuya eternamente iba a decir, y lo digo. Pues venga ahora quien viniere. Mas ya la esquina doblaron. Con todo, es fuerza que cierre la reja hasta asegurarme; y sólo es lo que te advierte mi voz, Federico, agora, que hay muchos que nos atienden. ¿Habrá más de desvelarlos a todos? Pues, ¿de qué suerte? Yo te escribiré mañana una cifra con que puedes hablar delante de todos conmigo solo, sin que entren en sospecha ni entiendan cuantos se hallaren presentes. Paréceme que será el secreto a voces ése. Pon cuidado en abrir sola la carta que te trujere. Si haré; y a Dios, que te guarde. A Dios, que tu vida aumente. ¡Ay, amor lo que me cuestas! ¡Ay, Laura, lo que me debes! Segunda Jornada Salen Federico y Fabio de camino, y Enrique. Puesto, Federico, que la carta de la Duquesa segunda intención no tuvo, más que ser cortés respuesta de la que había recebido de mí; y enviaros con ella a vos, darla autoridad, pareciéndola que era justo, habiendo yo venido, que deudo del Duque piensa, que yendo vos allá fuese igual la correspondencia, no hay que temer de que sabe quién soy; y así, la más cuerda determinación agora es que, haciendo la deshecha de que de Mantua venís, la carta la deis, que es ésta, con que estará más segura, viendo mi firma y mi letra, de que a Mantua fuistes. Bien reconozco todas esas razones; y aunque ninguna duda la carta me deja en razón de que os conozca, en razón de que pretenda ausentarme a mí la noche que alguna dama me espera para hablarme, y que la dama me diga que está su Alteza advertida de que yo favores suyos merezca, y que por su estimación es forzoso que lo sienta, no puede, Enrique, dejar de darme alguna tristeza. Discurrir en eso es para más despacio. Esta es la carta. Procuremos sanear la duda primera, que después a la segunda tiempo, Federico, queda. Tomad y adiós. ¿No daréis después a palacio vuelta? Claro está; que, si es del alma la patria, el centro y la esfera, cualquiera instante que viva fuera de él, vive violenta. Vase. (¡Que esto un hombre honrado sufra!). Pues, Fabio, ¿de qué te quejas? Yo no me quejo de nada. Pero hagamos, señor, cuenta del tiempo que te he servido; que, si cada hora me dieras lo que no me das cada año, juro a Dios no te sirviera un hora más. Pues, ¿por qué? Porque traigo esta cabeza mareada de discurrir; y no hay en el mundo hacienda para pagar a un criado que discurre, y más en temas tan varias como tú tienes. ¿Cómo así? Desta manera: «–Fabio». «–¿Señor?». «–Hoy me muero; solo este día le queda ya de vida a mi esperanza». «–Voy a que el entierro venga por ti». «–No vayas, que ya no me muero; que esta negra noche es día para mí». «–Sea muy enhorabuena». «–Fabio». «–¿Señor?». «–Luego al punto me he de ausentar; adereza dos caballos». «–Ya lo están». «–Ya no me ausento; mas vengan». «–Ponte en uno». «–Ya lo estoy». «–¿Qué hemos andado?». «–Una legua». «–Pues volvamos». «–Pues volvamos». «–¿No hay ausencia?». «–No hay ausencia». «–Vete a casa; no me sigas...». Y tantas impertinencias de chismes y secretillos, que el demonio que te entienda. Y en fin, yo no quiero dueño que, no siendo papa, tenga casos a sí reservados. Calla, que viene su Alteza; y mira que otra vez digo que de ninguna manera nadie sepa que esta noche de Parma yo no hice ausencia. Claro está. (Rabiando estoy porque Flérida lo sepa; por tres razones: la una, regalar aquesta lengua; la dos, vengarme de ti; y la tres, servirla a ella). Vanse. Salen Flérida y Laura. En fin, Laura, ¿no bajó nadie a la apacible esfera de ese jardín? ¿Cuántas veces quieres que te lo refiera? Esta vez sola. Pues digo que en su hermosa estancia amena estuve, hasta que riyendo el alba de mi obediencia, convirtió la risa en llanto, una flores y otro perlas, y nadie bajó al jardín; de suerte que tus sospechas, si no es contra mí, señora, no hay otra de quien las tengas. Sí hay, Laura, porque fue fácil... ¿Qué? …que la dama supiera que a Federico tenían ausente mis diligencias, y no bajase al jardín. Mas por lo menos me queda el gusto de que estorbé que no se hablaran y vieran esta noche. Claro está. (Si bien supieses cuán necia, tercera tú de tus celos, los has juntado tú mesma). Sale Federico y Fabio. Dame, señora, a besar la mano. ¿Con tanta priesa, Federico, habéis, venido? Es veloz la diligencia del que sirve con deseo. Sí, señora, y una legua que hay de aquí a Mantua... ¿Qué dices? Decir quise una docena. ¿Traéis carta del Duque? Pues, ¿había de venir sin ella? (En mi vida vi mentir con más gentil desvergüenza). Esta, señora, es la carta. Suya es. (Mi venganza es cierta). ¿Qué carta es esta? Del Duque. (¿A mí también me la pegas?). ¿Y cómo os ha ido? Tan bien –según, señora, desea el amor con que yo os sirvo emplearse en vuestra obediencia–, que os prometo que en mi vida noche he tenido más buena. Yo lo creo así. (Por más que disimular pretenda, no puede). (Bien su semblante que habla en dos sentidos muestra). Lee «De las honras y mercedes que hace a Enrique vuestra Alteza, y a mí en que su secretario me trujese la respuesta, estoy tan agradecido, que no es posible que pueda el alma desempeñarse jamás de una y otra deuda; y más cuando se halla el alma, a la obligación atenta de una esclavitud...». No más, que esto es ya de otra materia. Bien servida, Federico, estoy de la diligencia que habéis hecho. Y yo muy vano de haber acertado a hacerla. Cansado vendréis; id pues a descansar y dad vuelta; firmaré aquellos despachos. Primero, con tu licencia, daré a la señora Laura esta carta en tu presencia; porque quien tocar no debe la más descuidada prenda suya, no es justo que aguarde a darla cuando te ofenda. ¿Cúya es la carta? No sé. Del cuarto de la Duquesa, madre del Duque, una dama me llamó, pienso que deuda o amiga suya. (Yo estoy, oyéndole, hecho una bestia). Ya la letra he conocido; mi prima es, madama Celia; y así, con licencia tuya allí me retiro a leerla. (Hasta perderla de vista iré de temores muerta). Ábrela presto. Sí haré. Vase. Id con Dios. Vivas eternas edades que cuente el sol. Vase. ¡Oh, cuánto quedo contenta de haber a su amor quitado la ocasión! Que, aunque se queda en pie la duda, también se queda en pie la advertencia para estorbar otras muchas. (Si todas son como aquesta, por cierto que tu habrás hecho bonísima diligencia). Fabio. Para hablarte estaba esperando a que se fuera, haciendo, en estas pinturas divertido, la deshecha. Dime si por el camino sentía mucho aquesta ausencia. ¿Qué ausencia? La desta noche. ¿Luego, tú, señora, piensas que él ha salido de aquí? ¿Cómo es posible que sea lo contrario, si del Duque tray no solo la respuesta firmada, pero la carta toda escrita de su letra? ¡Qué sé yo! El salió conmigo pero a menos de una legua conmigo volvió. ¿Qué dices? La verdad, tan manifiesta, que no hay más verdad. Dejome en casa con la advertencia ordinaria de que había de estarme encerrado en ella, y él se fue a sus pitos flautos. No es posible eso suceda. Pues iría a sus flautos pitos. Oye, y dime lo que resta. Al amanecer volvió dando mil alegres muestras de venir favorecido. Miente tu atrevida lengua. Quien miente, miente en buen duelo. ¿Pues a quién mandó que fuera? A nadie. ¿Cómo tray cartas? ¿Qué dificultad es esa? Pues quien un demonio tiene que billetes tray y lleva, hacerle podrá también que con cartas vaya y venga. Infaliblemente aquí hay familiar. Pensar es fuerza que tú mientes. Vive Dios que la verdad es aquesta, que no se ha ido y que se ha estado toda aquesta noche entera con su dama. Calla y vete; que vuelve Laura, y quisiera saber, para salir yo de las dudas que me cercan, qué carta para ella trujo. (¡Válgate Dios por duquesa, el cuidado en que la ha puesto saber a quién galantea Federico! Él, ¡vive Dios!, hace mal en no entenderla. No lo hubiera ella conmigo, que yo lo hubiera con ella). Vase Fabio y sale Laura leyendo. (Ya que la cifra quité, vuelvo a ver a la Duquesa, para que de mi retiro ningún escrúpulo tenga). Laura, ¿qué es lo que te escribe Celia? Mil impertinencias. Aquesta, señora, es la carta, si quieres verla. (Darela la que venía dentro, para la deshecha, quitada la cifra ya). No, Laura, no quiero leerla, que ya solamente quiero que mi sentimiento entiendas. Ya te dije ayer que había sabido por cosa cierta que a Federico una dama había escrito que viniera a hablarla de noche. Sí. Que al principio lo hice ofensa de mi decoro, después curiosidad, luego tema, y que, por saber la dama, a él le mandé hacer ausencia y a ti que el jardín guardases. Pues sabrás que ahora me cuenta una espía que a su lado anda, que anoche –(¡qué pena!)– no se ausentó Federico, y toda la noche entera con su dama ha estado hablando. ¿Hay tan grande desvergüenza? ¿Y dice la dama? No. Pues, señora, no le creas, que, cuando a ti te engañase con esa carta supuesta, ¿a qué propósito había de engañarme a mí con esta? ¿Estás cierta que esa carta de tu prima es? Y bien cierta. Pues él debió de enviar otra persona por ellas, y eso no sabe la espía. Eso es, sin duda. Ahora resta otra duda. Tú estuviste en el jardín, y a sus rejas ninguna dama salió; luego es cierto –según cuenta este hombre, que con su dama estuvo hasta que amanezca– que no es su amor en palacio. No lo dudes, y que sea en la ciudad es más fácil. Pues yo he de hacer esperiencias estrañas hasta saber aquesta dama quién sea. ¿Qué te va, señora, en eso? No te hagas, Laura, tan necia; porque habiendo ya llegado contigo y conmigo mesma a declarar que lo siento, ¿qué importa que él no lo sepa? Que es tan grande mi altivez, es tan vana mi soberbia, que no debe consentir ni aun ignorada la ofensa. Vase. Avisar a Federico importa de todas estas celosas curiosidades. Mas, ¡ay de mí!, que la mesma razón de avisarle yo lo será de que él entienda los celos que tiene de él Flérida; y no es acción cuerda dar a entender al amante más firme que hay quien le quiera; porque el más humilde cobra, querido, tanta soberbia, que la dádiva del gusto ya desde allí la hace deuda. Pero menos esto importa que no que él, ¡ay, Dios!, no sepa las espías que le siguen y los daños que le cercan. Para avisárselo, quiero repasar otra vez esta contracifra que me envía, que es bien que mejor la entienda. Guarda la carta y saca otro papel. Lee. «Siempre que quieras, señora, que de algo tu voz me advierta, lo primero será hacerme con el pañuelo una seña para que esté atento yo. Luego, en cualquiera materia que hables, la primera voz con que empieces razón nueva será para mí, y las otras para todos; de manera que pueda yo juntar luego todas las voces primeras y saber lo que me has dicho; y aquesto mismo se entienda cuando yo la seña hiciere». Fácil es la cifra y cuerda; pero la dificultad está en saber disponerla y saber jugar las voces de modo que a todos vengan. Por no errarlo, vuelvo a leer. Sale Lisardo. (Tan divertida y suspensa Laura en un papel está, que, aunque es verdad que no puedan a tan sagrado respeto llegar las viles sospechas de los celos, es forzoso que puedan llegar las necias curiosidades de ver qué hay que tanto la divierta. ¡Oh, si leer pudiera yo el papel, sin que me viera!). ¿Quién aquí? Yo, Laura. (¡Ay, triste!). ¿De qué te turbas y alteras? Yo ni me altero ni turbo. Ajado el papel lo muestra; turbado el color lo dice. Entiende mejor las señas del color y del papel; verás que son todas estas de la turbación no efetos, sino efetos de la ofensa con que tu desconfianza a mi estimación afrenta. ¿Tú a traición, tú a hurto, conmigo cauteloso? (El mundo vea que el remedio de la culpa es apelar a la queja). Yo, Laura, no desconfío; y para que mejor veas cuán confiado mi amor está de tus nobles prendas, sin temor de que lo encubras, te ha de preguntar mi lengua qué papel es ese. Este es un papel que se lleva ya el aire en breves pedazos; porque a pregunta tan necia, que es hija del viento, es bien darle al viento la respuesta. Yo la cobraré del viento, que es a quien tú se la entregas. No harás tal, que, aunque no importe que le juntes y le leas, es ya reputación mía castigar viles sospechas que de mí a tener llegaste. Mía también. Ya le lleva el viento y no eres mi esposo para que a tanto te atrevas. Soy tu primo y soy tu amante, cuando tu esposo no sea, y he de juntar los pedazos desta víbora deshecha que, en la menor parte suya, todo el veneno conserva. No has de hacer; que esta que tú víbora llamas sangrienta, ya es áspid de mí pisado. Aunque entre flores me muerda, le he de coger. No harás tal. Suelta, Laura. Ingrato, suelta. Salen por una parte Arnesto y por otra Flérida. Luego Federico y Fabio. Lisardo, ¿qué ruido es este? Laura, ¿qué voces son estas? No es nada. No es sino mucho. (Aquí, amor, de mi cautela). (Aquí de mi valor, celos). ¿Tú libre... ¿Tú desatenta... …con tu prima? …con tu esposo? ¿Pues qué novedad es esta? ¿Qué causa hay entre los dos? No hay ninguna que yo sepa. Sí hay, y muchas. ¿A este instante con una carta de Celia no me dejaste, señora, aquí en la mano tu mesma? Sí. Pues sentado eso, a ti han de apelar mis ofensas de atrevimientos de quien mis altiveces desprecia. Y porque sepas la causa, escucha, señora, atenta; escuche también mi padre y cuantos contigo llegan, que me importa que no haya ninguno que no me entienda, cuando ya el secreto a voces digo que mi pecho encierra. ¿Qué habrá sucedido, Fabio? No sé. (Mas como no sea en razón de lo que yo he parlado a la Duquesa...; mas que sea lo que fuere). (A su voz el alma atenta, pues vi la seña, juntando iré las voces primeras). Prosigue, Laura, ¿qué aguardas? Di, Laura, no te detengas. «Flérida», cuya beldad «ha» con su ingenio igualado, «sabido» es cuánto ha mostrado «ya» mi afecto su humildad. Es así. Mas ¿dónde va tu voz, que eso advertir quieras? (Las voces, dicen, primeras: «Flérida ha sabido ya...»). «Que» intente sacar, señora, «de aquí» mi alivio, ¡ay de mí!, «no» te admire, pues de aquí «te ausentaste» apenas ahora... Llora. La voz que lo diga baste; lágrimas, ¿para qué fueron? (Claro sus voces dijeron: «...que de aquí no te ausentaste...»). ¿«Y qué» importa llanto tal «con» quien ofenderme osa?; «tu dama» soy, no tu esposa; «hablaste», Lisardo, mal. Tú fuiste quien agraviaste el justo amor de los dos. Prosigue tú. Callad vos. («...y que con tu dama hablaste...»). «De que» se me haya atrevido, «muy» descortés, con acción «celosa» y sin atención, «está» mi honor ofendido. Si un papel leyendo va y le rompe al querer velle... Hizo muy bien en rompelle. («...de que muy celosa está»). «Mira» lo que te apercibo: «bien» puedo aquí morir yo; «en no» casarme y en no «nombrarme» su esposa, vivo. ¿Cómo podréis disculparme este enojo? Bien me aflijo, señor. Callad. (Ahora dijo: «Mira bien en no nombrarme...»). «Porque» necio y descortés, «quien», antes de ser marido, «anda» conmigo atrevido, «contigo» ¿qué hará después? Que erré, Laura hermosa, digo; mas mis celos me disculpan. ¿Celos...? Ellos más os culpan. («Porque quien anda contigo...»). ¿«Es» justo atreverse, di, «tú» lo juzga, a pedir celos?; «mayor» no le hay en los cielos «enemigo» para mí. «Y ven», señor, en que más «esta» pasión no te ciegue; «noche» ni día no llegue «a hablarme» ni a verme más. Vase. De tu enojo ha de alcanzarme mayor parte a su castigo. Vase. («...es tu mayor enemigo. Y ven esta noche a hablarme»). Vos, Lisardo, habéis andado con Laura muy desatento; pero de su sentimiento yo os dejaré disculpado, ya que contra vos han sido hoy los celos en los dos, porque los pedistis vos, y yo porque no los pido. Vase. (Gracias a Dios que se fue sin hablar, Flérida, en mí, quedando seguro aquí del chisme que la parlé). ¡Válgame el cielo! ¿Tan raro delito ha sido intentar, Federico, averiguar, cuando en un papel reparo, lo que contiene el papel, para mostrarse ofendida Laura, Flérida sentida, y su padre tan cruel? Decidme, ¿habéis entendido la ocasión que ha habido aquí para tanto estremo? Sí; para mí bien clara ha sido. Laura de vos se ofendió por vuestra desconfianza. ¡Ay de mi loca esperanza que neciamente murió! Vase. (¡Ay de la mía también!). (Seguro me considero). (Juntar lo que dijo quiero, si puedo acordarme bien, para cuyo efeto trato, por engañar a mi estrella y pensar que lo oigo de ella, preguntarlo a su retrato). Bella imagen singular, lo que dijiste, ¿qué fue? (¿Retratito? Ahora lo sé. Ya tengo más que parlar). «Flérida ha sabido ya que de aquí no te ausentaste y que con tu dama hablaste, de que muy celosa está; mira bien en no nombrarme, porque quien anda contigo es tu mayor enemigo. Y ven esta noche a hablarme». Viven los cielos, traidor, que tú eres quien me ha vendido; tú quien ha contado has sido que no me ausenté. Señor, ¿qué cólera repentina te ha tomado? ¿Pues por qué me tratas así? Yo sé por qué, traidor. Tu mohína ¿qué ocasión tiene? ¿No entraste aquí gustoso conmigo? ¿Pues qué indicio o qué testigo en aquesta sala hallaste?; ¿no habiéndote nadie hablado, quién te ha dicho mal de mí? Después, villano, que aquí entré, supe que has contado que anoche no me ausenté, que a ver a mi dama fui. ¿Después que aquí entraste? Sí. Señor, advierte... Yo haré que quedes escarmentado. ¿De quién aquí lo supiste? Mira tú a quién lo dijiste, que ese me lo habrá contado. Yo a nadie. (A morir dispuesto, la verdad no he de decir). ¡Vive Dios, que has de morir hoy a mis manos! Saca la daga. Sale Enrique. ¿Qué es esto? Es dar la muerte a un infame. Detente, señor. Mirad que en palacio estáis. Dejad que su vil sangre derrame. Huye. Eso haré con presteza muy bien, si el paso me ofreces, porque lo he hecho muchas veces. (Parlerita me es su Alteza). Vase. ¿Cómo aquí tan descompuesto así os mostráis? Sepa, pues, la causa. La causa es en la que un traidor me ha puesto. Flérida, Enrique, ha sabido que de aquí no me he ausentado. ¿De quién? Solo ese criado, vos y yo lo hemos sabido. ¿Ella os lo ha dicho? Ella no, porque, cuerda y advertida, no se da por entendida. Quizá quien os lo contó lo inventa. Eso no, porque es la más interesada. Bien puede estar engañada. No puede, y así, no sé otro medio de que usar, sino en pena tan cruel, hacer del ladrón fiel, y llegarla a confesar la verdad. Aunque yo fuera entonces el más culpado, por veros asegurado a vos, en ello viniera, si de su efeto pensara que ser acierto podía. Pues en la confusión mía ¿qué hiciérades vos? Callara hasta ver lo que hacía ella, y entonces obrara yo, porque o lo ha sabido, o no; si lo ha sabido, y su bella discreción pasa por ello, ¿contra vos no es ir obrando hacer que lo sepa, cuando ella no quiere sabello? Si no lo ha sabido, ha sido obrando ir contra los dos; pues vendrá a saber de vos lo que de otro no ha sabido. Y así, lo que hiciera yo fuera halagar al criado; si calló, por que irritado no lo diga ahora; y si no, porque si lo dijo ya, con la queja no volviera, y ella obligada se viera a declararse. Aunque está de otra parte mi opinión, la vuestra quiero seguir, solo por poder decir que no erré por mi elección. Al criado buscaré, y hablaré a Flérida bella sin disculparme, hasta que ella por entendida se dé. Vase. De su confusión heredo las dudas agora yo; pues, aunque él de mí se ausente, deja en mí su confusión. A ver a Flérida vine pensando entonces que no aspirara mi deseo a empeño, ¡ay de mí!, mayor; de un día pasando a otro, dentro de su corte estoy disimulado, a peligro de ofender la estimación; pues es fuerza que haya muchos que me conozcan, y voy neciamente haciendo ofensa lo que fuera obligación. Pues, si mi intención ha sido solo hacer mis partes yo, ¿qué aguardo?, ¿por qué no empiezo a ejecutar mi intención? Ella, la florida esfera deste jardín, a quien dio humano cielo el abril una estrella en cada flor, discurriendo viene. Quiero hablarla. ¿Quién jamás vio a la vista de la nieve tener imperio el ardor? Sale Flérida. (En fin, me trais otra vez, ciega, tirana pasión, adonde...). Enrique, ¿qué hacéis? Dando, gran señora, estoy a estas flores y a estas fuentes, de quien el aurora sois, quejas del amor. ¿Por qué? Porque al miraros a vos, hermosísima deidad de su florida estación, matar, como el sol a rayos y a flechas como el amor, le dije: no desperdicies tantas municiones hoy; pues, si solo un rayo, sola una flecha te bastó, ¿para qué es, amor tirano, tanta flecha y tanto sol? No os desvanezcáis en quejas que tan inútiles son, que se las llevara el viento aun cuando no fuesen voz; porque, si arpones y rayos, tantos como decís vos, aún os tienen atrevido, pocos fueron, y así hoy le pediré más, supuesto que no os han dado temor tanta munición de rayos y tanto severo arpón. Mirad que le hacéis, señora, en esta parte traidor o tirano, y ambas cosas disonaran en un dios. Dos veces extraño, Enrique, la plática; y son las dos, una que así vos me habléis y otra que os lo sufra yo. Idos de aquí; que si el Duque a mi corte os envió, para que fueseis no fue al Duque y a mí traidor. Ni a vos, señora, ni a él imagino que lo soy, pues es el Duque el que siente todo lo que digo yo. Casar por poderes, muchas veces el mundo lo vio; no enamorar por poderes. Y cuando aquesa razón admita, y por él me habléis, ¿mi lengua no os advirtió que en él no me habéis de hablar, sino cuando os hable yo? Sí, señora, pero fue ninguna la condición de haber yo de callar siempre, no hablándome nunca vos. Pues si os he de hablar, Enrique, alguna vez, será hoy, para decir cuán en vano el Duque surcar pensó con remos de pluma el fuego, con alas de cera el sol; y retiraos, antes que responda mi indignación con más declaradas iras al Duque, Enrique, o a vos. Ya os obedezco, temiendo mayor pena, si mayor que dejar vuestra hermosura puede haberla. (¡Muerto voy!). Vase. Mucho que pensar me ha dado este atrevimiento. Amor, déjame un rato siquiera libre la imaginación para discurrir. Mas ¿quién Sale Fabio. hasta aquí se ha entrado? Yo, parlerísima Duquesa, que enojadísimo vengo por muchas causas que tengo, para decir que me pesa de haber tan chismoso estado; aunque ya no es civil cosa serlo, puesto que en chismosa también vuestra Alteza ha dado. ¿Qué quieres decirme en eso? ¿Qué quisiste tú, señora, decir en esotro? Agora menos te entiendo. El suceso que yo te había contado de mi señor, ¿se pudriera porque en tu pecho estuviera siquiera un hora guardado? ¿Pues a quién le he dicho yo? A nadie, si no es a él que, colérico y cruel, en yéndote tú, embistió conmigo con tal fiereza que, a no llegarle a tener, me mata. ¿Por qué? Por ser parlerita vuestra Alteza. Pues, si yo con él no he hablado, ¿cómo decírselo yo he podido? (Pues, si no, has sido tú endemoniado; esta es cosa declarada). Y a fe que tenía de nuevo qué decir; mas no me atrevo. Di; ¿qué ha sido? No sé nada. ¿Ha tenido algún papel? No sé nada. ¿Dónde ha ido? No sé nada. Di, ¿ha venido alguno que hable con él en secreto? No sé nada. Casi a presumir me das que ya arrepentido estás de servirme, y que te agrada el servir con más fineza que a mí a Federico. Pues no es eso. ¿Pues qué es? Es que es parlerita vuestra Alteza, y él me ha de matar, si a oíllo llega otra vez. Lo que advierto es que hasta ahora no te ha muerto. No, mas vaya un cuentecillo. Con una dama tenía un galán conversación; y gozando la ocasión un piojo entre sí decía: «Ahora no se rascará, bien sin zozobra ni miedo comer a mi salvo puedo». El galán, cansado ya del encarnizado enojo, a hurto de la tal belleza, metió con gran ligereza y hizo al susodicho piojo prisionero de aquel saco. Volvió la dama al instante, y los dedos vio a su amante a fuer de tomar tabaco; y preguntó con severo semblante, porque no hubiera otro allí que la entendiera: «¿Murió ya aquel caballero?». Y él, muy desembarazado, la mano así, respondió: «No, señora, aún no murió, pero está muy apretado». Y esta respuesta te doy cuando cogido me advierto, pues no importa no haber muerto, si muy apretado estoy para no poder decir, por tu falso, aleve trato, que hoy vi que tray un retrato, de quien podrás descubrir quién es esta dama bella a quien tiene tanto amor; pues ella misma mejor lo dirá, si para vella tienes industria. Esto y más mi voz, señora, dijera, si tu lengua no temiera; mas no esperes que jamás te diga esto ni otra cosa, y más cuando considero que es él mi amo, yo parlero, y vuestra Alteza chismosa. Vase. ¿Retrato tiene consigo? Aquí de mi ingenio, aquí de mi industria, para hallar decente modo sutil de obligarle a que le enseñe. Esto se ha de prevenir en menos público puesto. (El mejor remedio, en fin, es no hablarla en ello yo, mientras no me hable ella a mí). ¿Querrá, señora, tu Alteza, pues que me mandó venir para este efeto, firmar aquellos despachos? Sí; pero para eso no es buena estancia este jardín, y más cuando ya va el sol declinando en el zafir, que es cuna para nacer y tumba para morir. Llevaldos luego a mi cuarto y, antes que entréis, advertid que tenéis aquesta noche muchas cosas que escribir. Si os espera aquella dama a quien tan fino servís, que no os espere por hoy podéis enviarla a decir, que, aunque es más breve jornada donde esta noche habéis de ir, es más segura la ausencia. (¿Qué escucho, cielos?). Sale Laura. (Aquí Flérida está y Federico. Pues ella me quita a mí las ocasiones, yo quiero quitárselas a ella). ¿En fin, vuestra Alteza compañía tiene hecha con el abril para empleos a ganancia sin pérdida? ¿Cómo así? Como en todo el día no sale de aqueste hermoso pensil, dando púrpura a la rosa, dando candor al jazmín. Ya recogerme quería. Vamos, Laura; y vos venid con los despachos después; y pues vais por ellos, id de camino a dar también aquel aviso que os di. No estoy tan favorecido como vos me presumís; y ese aviso pienso que podré darle desde aquí, porque... (La seña hizo; quiero a sus voces advertir). «Mi bien» es muy imposible, «señora», de conseguir; «alma» es mía el padecer, «y vida» mía el morir. («Mi bien, señora, alma y vida...» de sus voces entendí). «Está» mi amor tan tirano, «cruel» tanto mi sentir, «fiera» tanto mi esperanza, «infeliz» tanto mi fin... (Lo que dijo agora fue: «esta cruel fiera, infeliz...»). «Hoy», que a costa de la vida, «me» tienen fuera de mí, «embaraza» a mi temor «el hablarte» en esto a ti. («...hoy me embaraza el hablarte»). Pues ¿para qué lo decís? «No» me culpes, ni conmigo «vayas» enojada así; «pues» será mi muerte, haciendo «al jardín» sepulcro vil. Está bien. (En todo dijo, si lo puedo repetir: «Mi bien, señora, alma y vida, esta cruel fiera, infeliz, hoy me embaraza el hablarte; no vayas, pues, al jardín». Ven, Laura, conmigo, y vos también al punto venid. (¿Hay amor más desdichado?). (¿Hay sentimiento más vil?). Vase. (¿Hay más declarados celos?). Vase. Sale Fabio. (¿Hay por adonde salir sin encontrar con mi amo? Mas dicho y hecho, hele aquí). Fabio. No me des de caso pensado. ¿Por qué de mí huyes? (¿En efeto tengo mi sentimiento encubrir con un pícaro?). Porque este demonio civil que te habla al oído no haya dicho otra cosa de mí tan falsa como la otra. Ya he llegado a descubrir la verdad y sé que tú fuiste fiel. Tanto lo fui contigo, que así lo fuera con la villa de Madrid. Un vestido, en desenojo, te he de dar. ¿Vestido? Sí. Vestida tengas el alma con un ropón carmesí, una calza de cristal y una cuera de ámbar gris en la vida perdurable. Mas esto me has de decir... (¡Y esotro!). …mientras es fuerza por unos papeles ir. (Dios ponga tiento en mi lengua). ¿Flérida hate dicho a ti algo de mi amor? No, cierto, mas yo he llegado a inferir que eres bobo en no entendella. Pues, ¿díceme ella algo? Sí, y mucho. Mientes, villano; que su hermosura gentil, que es garza que vuela al sol, no se había de abatir al cobarde vuelo de tan destemplado neblí. ¡Ay, señor!, prueba unos días, ya que no a amar, a fingir, y verás. Cuando tuviera algún indicio esa ruin villana malicia tuya, no pudiera hallar en mí risquicio por donde entrar, porque, si no más feliz, más igual otro amor tiene la posesión que le di. ¿Luego, tú nunca has amado dos? No. Pues haz cuenta... Di. …que en tu vida no te holgaste... No es amar eso; es mentir. …tanto que más gustó. ¿Cómo se ama en dos partes? Así: Hay cerca de Ratisbona dos lugares de gran fama que uno Agere se llama y el otro Macarandona. Un solo cura servía, humilde siervo de Dios, a los dos, y así, en los dos misa las fiestas decía. Un vecino del lugar de Macarandona fue a Agere, y oyendo que el cura empezó a cantar el prefacio, reparó en que a voces aquel día «gracias Agere» decía y Macarandona no; con lo cual muy enojado dijo: «El cura gracias da a Agere, como si acá no le hubiéramos pagado sus diezmos». Cuando escucharon tan bien sentidas razones, los nobles macarandones los bodigos le sisaron. Viéndose desbodigar, al sacristán preguntó la causa. Él se la contó, y él dio desde allí en cantar, siempre que el prefacio entona, por que la ofrenda se aplique, «nos tibi semper ubique gracias a Macarandona». Si tú dos feligresías tienes de amor, ciego dios, cumple con ambas a dos y verás qué en pocos días tu persona y mi persona de bodigos nos comemos, como a Flérida cantemos su algo de Macarandona. ¿Pensarás que te he escuchado? ¿Pues no, si has venido atento? No, que mi divertimiento todo fue de mi cuidado. Pues, si el Agere te olvida de Macarandona, digo que no tendrás un bodigo de amor en toda tu vida. Vase. Salen Flérida, Laura, Libia y Flora con luces. Dejad las luces aquí, y allá fuera todas idos, que más compañía no quiero que vivir sin mí conmigo. (¡Estraña tristeza!). Ya, más que tristeza, es delirio su estremo. Vanse. Tú, Laura, no te vayas. ¿En qué te sirvo? En hacer una fineza por mí, pues solo me fío de tu amistad. ¿Qué me mandas? Que, en viniendo Federico, te pongas a aquesa puerta y con cauteloso aviso no dejes que escuche nadie lo que a él le dijere. Digo que lo haré con el cuidado que tú verás. ¿Mas que ha habido de nuevo? Hoy he de saber por un bien mañoso estilo quién es su dama. ¿Quién es su dama? Sí. No imagino de qué manera. (¡Oh, si yo la ocasionase a decirlo, para que en viniendo él pudiera darle el aviso!). Sabrás, Laura... Ya te escucho. …que sé que él tiene consigo... Mas ya viene; ya no puedo, sin que él lo oiga, descubrirlo. Pero licencia te doy de que escuches lo que finjo. Retírate allí. Sí haré. (Poco la licencia estimo, que, aunque tú no me la dieras, la tomara yo, de oírlo). Escóndese Laura y sale Federico con la cartera. Aquí están las cartas ya. Poneldas ahí, que es indigno que en vuestra mano las firme ni que los secretos míos os tengan por instrumento de confianza, habiendo sido a mi respeto traidor y a mi decoro enemigo. ¿Vos sois noble, vos tenéis sangre mía, vos antiguos blasones gozáis? Mintió la fama que me lo dijo. Señora, ¿en qué a mi lealtad he faltado? ¿En qué os desirvo para que con ese nombre infaméis tantos servicios? ¿En qué, preguntáis, teniendo contra vos tantos testigos que os acusen? Sepa yo de ese cargo los indicios... (¿Qué tiene aquesto que ver con saber qué dama quiso?). …para disculparme de ellos. Yo os los diré. Hoy he sabido que trato doble tenéis con mi mayor enemigo. Señora, oíd; que si yo tuve en mi casa escondido al Duque de Mantua, fue sola la noche que vino disfrazado. ¿Cómo es eso? Vuestro Estado, antes rendido el suyo, a ofreceros, más que tirano, amante fino. ¿Cómo es eso? ¿En vuestra casa el Duque? (¡Cielos divinos!, ¡no acabe cierto el enojo que ha empezado por fingido!). En mi casa estuvo, en tanto que no te habló. ¿Luego, ha sido el Duque ese caballero que yo en mi palacio admito? Sí, señora. (¡Oh, cuántas veces sacó verdad el que dijo mentira!). (De un riesgo en otro tropezando, no percibo su intento). ¿Pues cómo vos callado lo habéis tenido? Como habiendo de casarse con vos, señora, hice juicio que de amor delitos nobles no son traidores delitos. Ahora entiendo cómo fue fácil haberme traído carta suya. Sí, señora; porque, partiendo el camino, el no llevársela yo fue porque él por ella vino, y yo en dársela cumplí. Con él, sí, mas no conmigo; ¿pero la carta de Laura...? Fue carta que trujo él mismo. (Bien se disculpó. Mas, ¡cielos!, ¿adónde van sus designios?; ¿esto qué tiene que ver con quien su dama haya sido?). Pues para que no dejemos ningún ramo dividido, ningún cabo desatado de mi principal motivo, que a él no le digas que sé quién es, es lo que ahora os digo. ¿Pensaréis que es eso solo de vuestra culpa el aviso que tuve? Dadme unas cartas que sé que habéis recebido hoy del Duque de Florencia, en razón de aquel antiguo derecho que a aqueste Estado pretende, que, aunque creído vuestras intenciones no había, ya las creo, habiendo visto que será en lo más traidor quien en lo menos ha sido. (¡Válgame el cielo! ¿Qué escucho?). Señora, humilde os suplico os acordéis de quién soy y que un casual delito de honesto amor, que os adora, ni ha podido ser ni ha sido consecuencia para otro tan ajeno, tan indigno de mi valor y mi sangre. Quien halla uno en los principios, muchos hallará en los medios. Dadme las cartas que os pido. ¿Yo cartas? Tomad, tomad cuantos papeles conmigo traigo y las llaves de cuantos tengo en casa, y, si un resquicio halláredes de traición, en mí ensangriente sus filos un verdugo. Saca papeles, pañuelo, llaves y otras cosas, entre ellas una caja de un retrato, y la esconde. ¿Qué es aquello que ocultar habéis querido? Una caja. Esa también he de ver. (Ya he conocido dónde llevó la intención su enojo). Ni este es indicio de traición, ni puede serlo; y así, señora, os suplico no le pidáis. (Aquel es, ¡cielos!, el retrato mío). Saber tengo qué esa caja contiene. (Esto va perdido). Un retrato es, y, si solo saberlo habéis pretendido, ya lo sabéis. Hasta verle no he de creeros. Mostrad, digo. Si ésta, señora... (¡Qué pena!). …la causa fue... (¡Qué peligro!). …de hacerme... (¡Qué sentimiento!). …traidor, ... (¡Qué estraño conflicto!). …muy bien... (¡Riguroso empeño!). …dijistis... (¡Cruel martirio!). …que lo soy, ... (¡Qué confusión!). …pues primero... (¡Qué castigo!). …que yo llegue... (¡Qué desdicha!). …a entregarle... (¡Qué delirio!). …me habéis de dar muerte. ¿Cómo, traidor, podrás resistirlo? Arrojándome a tus pies, postrado humilde y rendido, diciéndote que esta caja el honor contiene limpio de una principal señora que para casarme sirvo; pues con aquesto será el ser quien eres, preciso que tu piedad, tu valor, convierta en premio el castigo. ¿No está el honor de esa dama seguro en el pecho mío? Sí, señora, pero en eso nada a mí habrá debido, que el ser generosa vos no es ser yo secreto y fino. Yo he de verle. Pues llamad quien me dé muerte, que vivo no he de darle. Sale Laura por detrás, quítale el retrato y truécale con el que tenía ella de Federico. ¿Cómo no? Suelta bárbaro, atrevido. Laura, ¿qué haces? Esto hago, habiendo escuchado y visto la plática; pues bastó haber su Alteza querido verle, para que grosero no intentases impedirlo. Toma, señora. En tu vida me hiciste mayor servicio. (Sin duda que de una vez Laura declararse quiso). Toma Laura la luz. Alumbra, Laura; veamos este encantado prodigio de amor. (Sabré por lo menos quién causa los celos míos). (¿Qué hará, al conocer de Laura el retrato?). Mas ¡qué miro! Poco hay que dudar en eso, pues es su retrato mismo. ¿Y esto ocultábades tanto? ¿Qué hay más que ocultar, si ha sido la cosa que yo más quiero en el mundo? Yo lo fío, pues le queréis como a vos. Laura, ¿qué me ha sucedido? ¿Qué puede ser esto, Laura? ¿Sé yo más de lo que has visto tú misma? (Corrida estoy. Mal mi cólera reprimo). Toma, que yo, por no hacer un estremo, me retiro. Dale su retrato a ese enamorado Narciso, y dile... Mas no le digas nada. (Volcanes espiro, un áspid llevo en el pecho y en el alma un basilisco). Vase. ¿Cómo habiendo la Duquesa, Laura, tu retrato visto, no se da por ofendida ni contigo ni conmigo? Como troqué los retratos, dile el tuyo y guardé el mío. Solo pudiera tu ingenio sacarnos de tal peligro. Sí, pero siempre se queda tan cabal como al principio. Remediarlo de una vez. Mañana te daré aviso de cómo lo dispongamos. Toma, y adiós. Dale el retrato. ¿Cuál ha sido de los dos este retrato? El tuyo, por si a pedirlo vuelve. Vase. Dices bien, ¿quién, cielos, se ha visto en mayor peligro? Ni, ¿quién pudiera...? Señor, ¿cuál de aquellos dos vestidos he de ponerme? Villano, infame, vil, mal nacido... ¿Eso tenemos agora? Sí, pues que por ti, enemigo, me he visto para perderme. Y yo por ti no me visto. ¿Pensaste que este retrato era de dama y no mío? No, señor, que yo bien sé que te quieres a ti mismo. ¡Vive Dios que has de morir a mis manos! ¡Jesucristo! (Pero mal hago, supuesto que bien del lance he salido. Mejor es no hacer estremos). ¡Fabio! ¿Señor? Ven conmigo, y el mejor vestido toma; que ya sé que no has tenido la culpa y que eres leal. ¿Hay más estraños caprichos? Juro a Dios, si le tuviera, que había de perder el juicio. Tercera Jornada Sale Fabio solo. Quien hubiere visto el juicio de un miserable criado que le perdió solamente porque le perdió su amo –por señas de que era poco–, véngale manifestando, pues no sirve allá de nada, y acá le darán su hallazgo. No hay nadie que diga de él por más que voy pregonando. Pero, ¿qué juicio se halló, perdido una vez? –Volvamos, memoria, a hacer, si os parece, soliloquios otro rato. Habla con su propia memoria. ¿Qué hay de nuevo? –¿Qué sé yo? –¿Qué significa que, cuando de mi amo más seguro a mi parecer me hallo, repentinamente embiste a darme dos mil porrazos? –Significa que está loco. –Y cuando yo más culpado huyo de él, darme un vestido y hacerme dos mil halagos, memoria, ¿qué significa? –Significa estar borracho. –Fuertísimas conclusiones son entrambas...; y no paso a la tercera porque con Enrique viene hablando en sumisa voz; y, si ellos se han de guardar en entrando a este aposento de mí, ganarlos quiero de mano y guardarme de ellos yo, así por si escucho algo, como porque, si una vez ha de estar conmigo airado y otra afable, la iracunda se sigue ahora, y acertado será dejarla pasar en vacío. Pero en vano –que es lo mismo– solicito esconderme. Si debajo deste bufete no me entro, otra parte no hay. ¿Qué aguardo?; pues no es la primera vez que yo me habré embufetado. Escóndese debajo de un bufete. Salen Federico y Enrique. ¿Qué miráis? Si alguien nos oye. Allá fuera los criados se quedan todos. (No todos, que yo de allá fuera falto). A este último aposento no sin ocasión os traigo, donde no haya otro testigo. (Así es, que uno que hay es falso). Decid. Cerraré primero; y ya que solos estamos, escúcheme vuestra Alteza, que es tiempo de hablarle claro. (¿Alteza dijo?). Pues ¿qué accidente os ha obligado a tratarme así? Son dos, y bien principales ambos; uno mío y otro vuestro. El vuestro, aunque sé que agravio en parte a mi lealtad, es –perdone el precepto, dando la necesidad disculpa– deciros y revelaros cómo estáis ya conocido de Flérida, y es en vano afectar entre vosotros secreto que saben tantos. El mío... Antes que a él paséis, decidme ¿cómo ha llegado Flérida a saber quién soy? El cómo es el que no alcanzo; que lo sabe sé, ... (Oigan, oigan, ¿alcahuetico es mi amo?). …que ella misma me lo dijo. A vuestro suceso vamos; que en el mío proseguir el disfraz presumo, en tanto que ella más no se declare. Pues, si en el mío he de hablaros, palabra, como quien sois, me habéis de dar que guardado ha de estar en vuestro pecho. Sí doy; y homenaje os hago de que en cera le imprimís, para conservarle en mármol. Ya tenéis, ilustre Enrique Gonzaga, famoso y claro Duque de Mantua, noticias de que a una hermosura amo, tan noblemente rendido, tan firmemente postrado, que a la fe de su decoro la atención de mi recato, en el templo del silencio, la dio estatuas de alabastro, donde, obrando juntamente mi fe y su deidad milagros, hallo en mudos sacrificios el corazón sin los labios. Pues este humano portento, pues este divino encanto, este bellísimo asombro, este dulcísimo pasmo, hoy, a pesar de imposibles, de sustos y sobresaltos, constante triunfa venciendo, leal atropella, logrando de su firmeza y mis dichas los dos mayores aplausos. Aqueste papel, que el viento trujo sin duda a mis manos, pues para llegar a ellas, desde su cielo más alto al abismo de mis ansias hubo de bajar volando, carta es de mi libertad; pero mal así la llamo, que antes de mi esclavitud es carta, pues su contrato contiene que eternamente haya de vivir esclavo de un corazón, cuyos hierros asidos y eslabonados, del tiempo la sorda lima aún no ha de poder gastarlos. Dice, pues... Pero mejor él lo dirá, disculpando la verdad con que ella escribe, la fe con que yo idolatro. Lee. «Mi bien, mi señor, mi dueño, mucho se va declarando contra los dos la fortuna; atajémosla los pasos. Tened para aquesta noche prevenidos dos caballos en la surtida del puente que hay entre el parque y palacio; que yo saldré a vuestra seña, porque de los celos vamos huyendo, si hay donde de ellos. Y a Dios, que os guarde mil años». Esto escribe, y de vos solo, gran señor, puedo fiarlo, porque sé que me debéis favores anticipados; pues, si vos de mí os valistis para vuestro amor, y hoy hago de vos yo la confianza que de mí hicistis, es claro que lo que me debéis cobro, o lo que yo os debo pago. Para Mantua habéis de darme cartas vuestras y empeñaros en mi defensa hasta que ponga aquesta dama en salvo. Por ella, por mí y por vos, estáis, Enrique, obligado, cuando no haya otra razón que verme humilde y postrado a vuestros pies, y que amante infeliz, de vos me amparo, de vuestro valor me fío, y del ser quien sois me valgo. Alzad, Federico, alzad, y no con estremos tantos lo que empezó por lisonja queráis que acabe en agravio. Tan agradecido estoy al cielo que me haya dado ocasión en que yo pueda vuestras finezas pagaros con las mismas, que no solo el favor tengo de daros que me pedís, pero tengo, agradecido y ufano, de acompañaros yo mismo hasta que de mis Estados la raya piséis, adonde teneros por dueño aguardo. No, señor, yo solo tengo de ausentarme. Más al caso me hacéis quedándoos en Parma, teniendo yo vuestro amparo, allá para mi defensa, y aquí para mi resguardo. En todo he de obedeceros. Pues escribid vos, en tanto que a palacio voy a hacer, atento y disimulado, la deshecha, y a buscar a este demonio de Fabio, que no le he visto en todo hoy. (Pues cerca le tienes harto). Que, aunque él no ha de saber nada, ... (No, por cierto). …los caballos ha de tener prevenidos. Bien decís; y yo, entretanto, seguir pienso las fortunas de mis infelices hados. Pues aquí a buscaros vuelvo. Allí escribiendo os aguardo. ¡Amor, dame tu favor! ¡Amor, duélate mi llanto! Y tú, oscura noche negra, tiende tu lóbrego manto, ... Y tú, claro, hermoso día, alúmbrame con tus rayos, ... …para que tan firme fe... …para que amor tan tirano... …viva en la ausencia seguro. …hable en sus estremos claro. Abre la puerta y vanse. Quien escucha, su mal oye, suele decir el adagio; pero muchas veces miente, pues yo mi bien he escuchado, puesto que de él cuatro cosas importantísimas saco: saber quién es este huésped, una; saber el estado del amor de mi señor, dos; ir agora a contarlo a Flérida, tres; y darme ella cualque alhaja, cuatro. Vase, y salen Laura y Arnesto. No fue tan grave culpa la de Lisardo, Laura, que ya no se restaura con la cortés disculpa de que amor nunca piensa que sus estremos pueden ser ofensa; y así, que le hables más humana quiero, pues la dispensación, que ya se aguarda tan por instantes, tarda. Obedecerte espero, que una cosa, ¡mal fuerte!, es disgustarme, y otra obedecerte. Y así, obediente, digo que tomaré el estado que mi suerte me ha dado; y desde aquí me obligo a disponer de parte mía que sea mi esposo quien hoy más serlo desea. Tu obediencia agradezco. Llegar puedes, Lisardo. Laura, espera. Sale Lisardo. ¿Qué aguardo, señora, que no ofrezco a estas plantas rendido la vida, en precio del perdón que pido? Lisardo, esta esperiencia a mi padre se debe; él mis acciones mueve. No elección, obediencia hay en mí; y así, en vano mano me agradecéis que es de otra mano. Bástale a mi alegría el saber que la tenga, señora, sin saber por dónde venga, como venga a ser mía; que el más feliz destino no averigua a las dichas el camino. ¡Oh, perezoso y tardo curso del sol, abrevia en tu carrera los términos prolijos del que espera! Sale Flérida. Laura, Arnesto, Lisardo. A tu cuarto, señora, Laura pasaba con los dos agora. Mucho veros estimo, Lisardo, ya de Laura perdonado. Con tal favor bien mi esperanza animo. Laura es muy hija mía. ¿Y cómo ha estado señora, vuestra Alteza? Tú sabes cuánta ha sido mi tristeza. Divertirla procura. Cualquier divertimiento crece su sentimiento, que es dolor que se aumenta con la cura; mas, por que no se diga que a dejarme morir mi mal me obliga, los dos para mañana convidad la belleza de Parma y la nobleza para un festín. (Veré si esta tirana pasión en él descubre su homicida). Tuya es mi voluntad. Tuya es mi vida. Vanse los dos. Dichosa, Laura mía, tú, que serás esposa de quien te amó. Dichosa me juzga mi alegría, si la verdad te digo, pues quien me amó se ha de casar conmigo. Infelice de aquella que, a imposibles rendida, ha de perder la vida; si bien ya de mi estrella vencer el desvarío piensa la libertad de mi albedrío. Y es el mejor remedio. Mas dime, ¿de qué suerte? Buscando a un mal tan fuerte el más suave medio. ¿Y cuál es? Declararme. ¿Eso es vencerle? Sí. (Mas es matarme). Obedecer al hado vitoria es lisonjera; ¿seré yo la primera, Laura, que haya casado desigualmente? (¡Hoy muero!). Federico es ilustre caballero, deudo cercano es mío. Sí, mas ¿no ves, señora, que en otra parte adora? Aquese es desvarío, que una vez declarada ¿quién a mí puede competirme en nada? El tiempo que ha ignorado que tan dichoso ha sido, que le haya divertido otro inferior cuidado, es poco inconveniente. La estrella adora quien al sol ve ausente, pero en mostrando el sol sus luces bellas ¿qué resplandor les queda a las estrellas? Que es verdad te confieso. Pues ya que en esto hablamos, ¡ay, Laura!, discurramos en el raro suceso de aquel retrato suyo. Dime, ¿qué arguyes de él? Yo nada arguyo; que como no me toca, no ocupo en eso la memoria mía. (¡De celos estoy loca!). ¿Por qué, di, su retrato guardaría con tan grande recato? No sé; mas no le diera su retrato yo, sin mirar primero la caja; que no dudo que estar secreto pudo con él el de su dama. Así lo infiero. Mas ¿qué discurre quien con celos ama? Pues no dudes, que allí estaba su dama. Ya solo es mi cuidado no saber quién ha sido. Para esto he prevenido el festín, donde verla he imaginado; pues concurriendo en él las damas bellas, la suya es fuerza concurrir con ellas. Y sabiendo yo que entonces...; mas él viene; luego te lo diré, no puedo agora. Mucho temo, señora, tu estremo, y más cuando noticias tiene de que el Duque de Mantua... No prosigas, ni que está disfrazado aquí me digas, pues nada importa a la desdicha mía si ya que ande no quiero, como anduvo primero loca mi fantasía. ¡Dadme paciencia, cielos! y no ocasione su favor mis celos. Salen Federico y Fabio. ¿Era hora, Fabio, de hallarte? Tu misma pregunta es mi respuesta, pues todo hoy te ando a buscar yo también. La Duquesa... No te vayas, que te he menester después. No haré... (Aunque después ni antes yo a ti no te he menester). Temeroso de sus iras a hablarla llego. ¿Por qué? Por cierto estraño suceso. Acuérdate tú de aquel cuentecillo, y verás cómo sales de todo muy bien. ¿Con qué? Con que algunas gracias a Macarandona des. Mira... Yo he de declarar mi pena. (Yo padecer). ¡Federico! Gran señora... ¿Cómo en todo el día no habéis parecido, y a palacio venís al anochecer? Como en su mejor edad siempre el sol con vos se ve coronado de esplendor, ceñido de rosicler, no pensé que era tan tarde, señora, porque pensé que a cualquier hora que os viese, sería el amanecer. ¿Lisonjas a mí? No son lisonjas estas. ¿Pues qué? (Macarandonas). Verdades. ¡Ay, Laura mía! ¿No ves que se da por entendido ya de mi agrado? Hace bien. Fuera de que otra disculpa valerme puede. ¿Y cuál es? Como ofendida os juzgaba conmigo, así dilaté llegar a vuestra presencia. ¿Ofendida yo? ¿De qué? Muy necio fuera en decirlo, si ya vos no lo sabéis. Aquesto no es no saberlo. ¿Qué es? No quererlo saber. Tanta fue más mi ventura cuanta más la piedad fue de vuestro olvido, supuesto que solo en las quejas es liberal el que las guarda. No entiendo el concepto bien. Si me das licencia, creo que yo esplicarle sabré. Sí doy. De suerte le esplica que él entienda algo. Si haré. Saca el pañuelo. «Yo» que ánimo es generoso «estoy» persuadida el que «muriendo» calla el dolor «de celos», pena u desdén. («Yo estoy muriendo de celos», dijo, y la he de responder). «No» lo dudo. La mayor «tienes» entendida bien, «Laura»; la menor prosigue, «de que» respuesta te dé. Sí haré. (¡Oh, si fuese verdad «no tienes, Laura, de qué»!). «Luego», si ánimo es callar, «saldré» del concepto bien. Si tú sales, como dices, yo espero darte el laurel. Sentado eso así, “a contrario” pruebo ahora que avaro es, puesto que ánimo no tiene quien se queja; en que se ve que solo quien quejas guarda es liberal al revés. «Tuyo» es el lauro, y yo, Laura, «soy» quien le rinde a tus pies. «Tuya» es la alabanza, y yo «seré» la que te la dé. (¡Qué dicha! «Tuyo soy», dijo). (¡Qué favor! «Tuya seré», oí). (Maestros son, allá se lo deben de entender). De toda vuestra cuestión solo he llegado a saber que es liberal quien no gasta sus sentimientos. Así es. Pues, supuesto, Federico, que digo que no los sé; que los sé, sabiendo vos; no temáis venirme a ver, sino vedme a todas horas, asegurado de que ni yo tengo qué sentir, ni vos tenéis qué temer. Harto digo y harto callo. Esto basta. Laura, ven. Vase. Federico. Laura hermosa. Lo dicho, dicho. Está bien. Vase Laura. Fabio, ¿qué será que cuando hallar enojos pensé en Flérida, hallo favores? Mira lo que quiere ser hallar yo un pesar en ti cuando imagino un placer; que eso es mismo; aunque, si doy otra razón, yo la sé. Dila. La Macarandona del sol y del rosicler con que la diste. Dejemos las burlas y al punto ten dos caballos prevenidos. Eso me parece bien. Ya que celebrado has en Macarandona, ve, celebra en Agere. Calla, y en la salida los ten del parque. (Flérida bella, perdóneme tu altivez, perdóneme tu hermosura, tu grandeza, tu poder, tu ingenio y tu discreción, que a esto se espone mujer que se declara a quien sabe que quiere a otra dama bien). Vase. Hoy que tengo más que hablar, ¿ocasión he de tener de hablar menos? Eso no, que será piedad cruel dejar pudrir un secreto que a nadie sirva después; que, corrompida la ‘o’ en ‘a’ –como dijo el cordobés– de secreto, hecho secreta, huela mal y no haga bien. Tras Flérida quiero ir. Pero ya no hay para qué, que ella vuelve. Sale Flérida. (Aunque me fío de Laura, ya la dejé por seguir a solas esta vitoria de amor cruel). Mas ya no está Federico aquí. ¿Tú quieres saber la causa por que no está? Sí, ¿por qué es? Porque se fue. ¿Dónde? A Agere, presumo. No te entiendo. Yo hablaré claro en tu Macarandona, como me des algo qué. Ya no quiero saber nada, pues solo sirve el saber de tener más que sentir. ¿Cómo que no? ¿Pues de qué me habrá servido el estar más de dos horas o tres de gato en espera? Digo que me dejes. No me des alhaja; escúchame solo de balde. No hay para qué. Pues yo no he de reventar. Adiós; que yo buscaré a quien decir que esta noche las afufa mi amo. Ten el paso. ¿Qué es eso? Nada. Espera, y dime lo que es. No quiero. Aqueste diamante toma, y dilo. ¿Para qué andamos haciendo puntas, si, yo criado y tú mujer, uno muere por hablar, y otro muere por saber? Mi amo y su dama tratado tienen esta noche... ¿Qué? …irse por novillos. ¿Cómo? Andando, pero no a pie; que dos caballos me mandan que al puente del parque estén. ¿Al puente del parque? Sí. A pensar vuelvo otra vez, que es dama mía su dama. (¿Qué dama de dos no es?). Este huésped, que es el Duque de Mantua, es, señora, quien los ampara en sus Estados. ¡Gloria a Dios, que descansé! Venga ahora lo que viniere; que primero soy yo que él. Vase. ¡Válgame el cielo! ¿Qué escucho? ¿Quién vio pena más cruel? No es solo la que yo tuve, lo que llego a padecer, sino la que ya me añade verme esplicada en el... Esta noche ha de partirse; pues no ha de ser, no ha de ser. Un áspid tengo en el pecho, y en la garganta un cordel. Sale Arnesto. Ya en damas y caballeros de tu parte convidé la nobleza y la hermosura para mañana. Está bien, y seáis muy bien venido, Arnesto, que he menester vuestra persona esta noche. Siempre estoy a vuestros pies. ¿Qué me mandáis? Federico acaba ahora de tener un disgusto muy pesado. ¿Con quién? No han dicho con quién; que solo lo que me han dicho es que trance de honor fue, y que el ofendido, agora le llama por un papel, en que dice que le espera no sé dónde. Ya sabéis cuánto le estimo. Y las causas con que vos le estimáis sé. Pues darme por entendida del disgusto, será hacer público el agravio. Es cierto. ¿Qué mandáis? Que le busquéis y, sin decir que os envío yo, que de él no os apartéis esta noche, y dondequiera que él vaya vais vos con él. Y si por dicha su brío lo escusare, le prended, llevando para este efeto los que fueren menester; de suerte que hasta mañana seguro esta noche esté. Digo que luego al instante, señora, le buscaré, y no le dejaré un punto. Vase. Hoy, ingrato, has de saber dónde los estremos llegan de una celosa mujer. Vase. Salen Enrique y Federico, y un criado con luces vase en dejándolas. ¿Habéis ya escrito? Estas son las cartas, y en ellas fío que halléis en el favor mío igual la satisfación que a vuestras finezas debo. Sois príncipe soberano, y a fiar de vos, no en vano, vida, ser y honor me atrevo. Quedad con Dios, que más quiero, pues la noche llegué a ver, esperar, que no perder la ocasión. Bien decís, pero en parte me habéis de dar licencia de acompañaros, hasta que llegue a dejaros : solo fuera del lugar. Perdonadme; que ir, por Dios, acompañado no puedo, que aun tengo a mi sombra miedo. Y pues recato de vos mi amor, creed que, si de mí hoy recatarle pudiera, aun de mí mismo lo hiciera. Pues, ¿habéis de ir solo? Sí. Eso es ceremonia vana, si al cabo de todo estoy, ¿qué importa saber yo hoy lo que ha de saber mañana todo el mundo? Pues habrá de echar menos a los dos. Así es; mas, viéndoos a vos, ella quizá no saldrá. Yo me quedaré escondido. ¿De qué me podéis servir no yendo conmigo? De ir, del empeño prevenido, asegurándoos. Y así, palabra de ir solo, y quiero que lo sepa el mundo entero y no lo sepa de mí. Adiós. Id con Dios, que no en deteneros acierta mi voluntad. Llaman y sale Arnesto. ¿A la puerta no llaman? Sí. ¿Quién es? Yo. Pues ¿a estas horas, señor, vos fuera de casa? Sí, que buscándoos vengo. ¿A mí? Pues, ¿qué mandáis? (¡Qué temor!). Dijéronme que venido habíais a casa no bueno, y yo, de cuidado lleno –que ya sabéis cuánto he sido siempre vuestro servidor–, no me quise recoger sin veros, y sin saber cómo estáis. Guárdeos, señor, el cielo por el cuidado; pero la palabra os doy que nunca mejor que hoy me he sentido. Haos engañado quien dijo que yo tenía indisposición alguna. Yo agradezco a mi fortuna esta diligencia mía, por llevar tal desengaño. ¿Qué hacíais?; ¿qué se trataba? Con Enrique haciendo estaba, al tiempo aquel dulce engaño de pasarle, divertido en buena conversación. Los cuerdos amigos son el libro más entendido de la vida, sí, porque deleitan aprovechando. (Despacio lo va tomando...). (La plática atajaré yéndome yo, por que así haya menos de qué hablar). Licencia me habéis de dar. Por venir yo, ¿os vais? No y sí; no, porque ya yo quería irme antes de ahora, ¡por Dios!; y sí, porque estando vos no falta mi compañía. Vase. Id con Dios. Ya hemos quedado solos. ¿Tenéis qué mandarme? ¿Qué miráis? Donde sentarme, porque vengo muy cansado. Sentaos, sentaos. Siéntanse. (Bien conviene, ¡cielos!, en mis penas hoy la prisa con que yo estoy a la flema con que él viene). ¿En qué soléis divertiros estas noches? (En morir). A palacio suelo ir, y ahora lo haré, por serviros. Vamos, que dejaros quiero en vuestro cuarto. Después, que agora temprano es. ¿Temprano es agora? (¡Hoy muero! ¡Ay, Laura!, bien mi cuidado dice que perderte tema). ¿Jugáis cientos? (¡Linda flema para un buen desesperado!). No, señor. Porque dispuesto a salir de casa hoy, ya que fuera della estoy, no quiero volver tan presto. (¿Presto le parece ahora?). Yo lo hacía por volver; que me ha mandado hoy hacer la Duquesa mi señora un despacho, a que asistir toda aquesta noche habré. Venga, yo os ayudaré; que yo también sé escribir. ¿En eso había de ocuparos? ¿Por qué no, si de ello gusto? Fuera de que fuera injusto, cuando vos me honráis, cansaros, la causa por que quería dejaros en casa era que a un amigo ver quisiera. Yo iré en vuestra compañía. ¿Qué visita puede ser en que os pueda yo estorbar? Y si importare esperar, lo haré hasta el amanecer. Y si es, por dicha, de amor la visita, bien sabré la calle guardar; sí, a fe. Levántanse. Créolo de ese valor, mas solo he de ir. Guárdeos Dios. Acabaos de persuadir a que vos no habéis de ir, o yo tengo de ir con vos. ¿Pues qué, señor, os obliga? ¿Por qué no lo preguntáis al cuidado con que estáis? No sé, ¡ay de mí!, lo que os diga, que yo no tengo cuidado. Yo sé bien el que tenéis, y ir adonde vais no habéis si no es de mí acompañado. (¿Quién se vio en trance más raro?). Confuso estáis. Así es, y más que confuso. Pues, Federico, hablemos claro. Yo sé que alguien os espera, llamado por un papel. (¿Quién vio pena más cruel? ¿Quién vio confusión más fiera?). A mi fama y a mi honor, habiéndolo yo sabido, importa, puesto que he sido de Parma gobernador, estorbarlo. Ved con esto cómo os puedo yo dejar, declarado, ir a agraviar mi honor y fama, supuesto que, si ya dejaros quiero, ofendo una y otra vez, o la dignidad de juez, o la ley de caballero; y uno y otro, ¡vive Dios!, me obliga –otra vez lo digo– o que aquí os tenga conmigo, o que allá vaya con vos; porque llegando a alcanzar el agravio que hecho habéis, ¿cómo que os deje queréis? (¿Qué más se ha de declarar?). Bien os confieso, señor, las razones que tenéis; mas seguro estar podéis que vuestra fama y honor no se desluzgan en mí. ¿Cómo puede ser que no? ¿Daisme licencia que yo también hable claro? Sí. ¿Sabéis que soy caballero? Sé que vuestra gran nobleza es sol, es lustre y limpieza. En eso fiado, espero que hagáis que quien me escribió, la mano también me dé. Eso, Federico, haré de muy buena gana yo. Al punto os dará la mano... Mil veces beso tus pies. …en diciéndome quién es el competidor... (En vano mi dicha creí). …por que yo le busque donde os espera. ¿Luego, vos, de esa manera, quién es no supistes? No. Solo sé que habéis reñido y que os han desafiado. ¿No estáis de más informado? No. Pues ya... ¿Qué? …nada os pido; que también ser yo el primero que aquí su nombre dijera, no sabiendo vos quién era, no fuera ser caballero; y sin vos sabré yo ir a cumplir mi obligación. ¿Y no sabrá mi opinión la suya también cumplir? Sí sabrá; mas quien me espera mi ausencia no ha de culpar. Eso sabré yo estorbar. ¿Cómo? De aquesta manera: ¡Hola! Salen algunos con armas. ¿Señor? Esas puertas, todas al punto tomad. Daos a prisión o mirad en qué os empeñáis. (¡Qué ciertas fueron siempre mis desdichas!). Con menos guardas estoy seguro. (¡Cielos!, hoy han espirado mis dichas). Yo lo creo de esa suerte; pero, con todo, advertir debéis, no intentar salir, porque os han de dar la muerte. Vanse. Qué poco, ¡ay de mí!, ella fuera la que aquí me reportara, si otro riesgo no mirara, si otro daño no temiera, que es, ¡ay, cielos!, el de hacer en ofensa de mi amor otro escándalo mayor. Pero dejar de ir a ver lo que allá a Laura la pasa, ¿cómo lo podré sufrir? Ya sé por dónde salir desde esta casa a otra casa. Laura, espera, y no dilate verse mi amor con tal prenda, aunque tu padre me prenda, y aunque Flérida me mate. Vase, y sale Laura sola, como a oscuras. Funesta sombra fría, cuna y sepulcro de la luz del día, si amorosos delitos en tu negro papel tienen escritos tantas hoy líneas bellas cuantas contiene tu zafir de estrellas, no te estrañes agora, sino escríbele, antes que la aurora a borrártele venga, por que lugar en tus anales tenga un ciego amor que, en tantos desconsuelos, pisando va la sombra de sus celos. Tirano, el padre mío esclavo hacer pretende mi albedrío; Lisardo, enamorado, avasallar desea mi cuidado; y Flérida, violenta, tiranizarme el corazón intenta. ¿Pues por qué, honor, me culpas, si te doy a un delito tres disculpas? Mucho, ¡ay de mí!, ya Federico tarda. ¡Cuánto aflige el discurso del que aguarda! ¿Qué le habrá sucedido? ¡Qué presto, penas, presumís que ha sido el haberse mudado porque Flérida se haya declarado! ¿No era mejor decirme que no fue culpa de un amor tan firme, sino que otro accidente venir donde le aguardo no consiente? Mas no es tan fácil, en sospechas tales, a los bienes creer como a los males. ¿Por qué, pregunto yo, nació el disgusto más honrado que el gusto? No, pues, porque otra vez amor le afrente, y ha de pensar que siempre el gusto miente y que el disgusto siempre verdad diga. Él lo hace; yo no sé lo que le obliga. Sale Flérida. Dijo Fabio que en el puente del parque esperar le manda Federico; conque es fuerza que, repetidas, mis ansias vuelvan a pensar que ha sido su amor en palacio. Laura tan presto se recogió, que no he podido encargarla que al jardín baje; y así, por no fiarme de otra en tanta pena, echando a mis tristezas deste delirio la causa, no me he recogido, y sola bajo al jardín, por que hagan a un tiempo mis sentimientos dos diligencias tan raras como lo que aquí ejecutan y lo que allá a Arnesto encargan. Y si la trémula luz de las estrellas, que anda entre bosquejos azules brujuleando nubes pardas, no me miente, un bulto veo. Ya he cumplido mi esperanza. ¿Quién es? (Flérida, ¡ay de mí! Pero el ingenio me valga). Quien aquí esperando está, porque Flérida lo manda, para conocer quién es quien, de la noche amparada, tantos respetos ofende, tantos pundonores... Laura, no des voces. ¿Quién es? Yo. ¿Tú, señora? ¿Al jardín bajas a estas horas sola? Sí, que, como hoy... (¡Estoy turbada!). …no te dije que vinieras, quise... Mi cuidado agravias. ¿He menester yo, señora, lo que una vez se me encarga escucharlo cada día? Fuera de que ha habido causa que me ha obligado a venir, demás de tu confianza. Pues, ¿qué ha habido? Estando agora –(¡oh, amor, hoy veré si sacas de la culpa la disculpa!)– en una de esas ventanas que cain sobre el parque, oí que unos caballos pasaban; y como vi novedad afuera, quise apurarla reconociendo el jardín. Las señas que das son tantas, y tan unas con las señas que yo tengo, que doy gracias a tu cuidado. Dime ahora, ¿qué has visto en el jardín? Nada, pues no ha habido hasta ahora seña de lo que mi afecto aguarda. Pero bien te puedes ir, que, estando yo, no haces falta. Es así. Quédate pues. Llaman a la ventana. Sí haré. Mas oye; ¿no llaman? Otra vez. El viento engaña mil veces. Pues ahora el viento no engaña. Abre y responde. ¿Yo? Sí. Llegaré yo a tus espaldas; veremos quién es y a quién busca, si llega a nombrarla. Mi voz es muy conocida. ¿Hay más de disimularla? Llega, digo. (¿Habrá precepto más riguroso? ¡Que haga yo el verdadero y fingido papel hoy de aquesta farsa, de noche, donde aun la seña de la cifra no me valga!). Llama. ¿Qué temes? Que me conozcan en oyéndome. Qué estraña estás. Llega ya. ¿Quién es? Quien muerto, divina Laura... ¿No lo dije yo, que habían de conocerme en el habla? Mira si salió verdad a la primera palabra. Así es, y aun yo también pienso que te he conocido, Laura. Caballero, pues sabéis quién soy, también, cosa es clara, sabréis que no soy yo a quien buscan vuestras esperanzas. Id con Dios, y agradeced que no toma más venganza hoy mi decoro ofendido que daros con la ventana. Cierra, y todo esto se representa a un tiempo, Federico dentro y ellas en el tablado. Laura, señora, mi bien, no fue culpa la tardanza. Escucha, y mátame luego, o harás que a matarme vaya. ¡Que hayas querido que aquí me hayan conocido! Calla. ¡Si mi padre, si Lisardo, supiesen que en esto andaba!... Da golpes dentro. Abre la ventana Flérida y habla con ella. No des voces, no des voces. (¿Quién vio pena más estraña?). Óyeme, y mátame luego; vuelve a abrir, hermosa Laura. ¿Qué querráis decirme? Que esa fiera, esa tirana de Flérida, me ha enviado a tu padre por que haga diversión a mis deseos; y prendiéndome en mi casa me ha estorbado, dueño mío, venir hasta ahora. ¿Qué aguardas? En el parque los caballos esperan. Ya tengo cartas del Duque que me aseguran el vivir contigo en Mantua. Ven conmigo; que, aunque ya se va declarando el alba, no importa, como una vez contigo al camino salga. (¡Si más que decir tuviera, más dijera! ¡Estoy sin alma!). Federico, tarde es ya para que hoy contigo vaya. Mejor es que a la prisión te vuelvas ahora, y mañana se dispondrá de otra suerte. Tuya es la vida y el alma, y yo te obedeceré. Pero ¿quedas enojada? Con mi estrella, no contigo. Adiós. Adiós. Vase y cierra la ventana Flérida. ¡Pues bien, Laura, ... Señora... …nada me digas, pues yo no te digo nada! (¡Muriendo me voy de celos!). Advierte... Adelante pasa; que no has de quedarte aquí. (Mucho temo su venganza). (Mostraré al mundo que soy quien soy). Vamos, vamos, Laura. (¡Ay, infeliz! Hoy murieron de una vez mis esperanzas). Abren la puerta y sale Arnesto con gente y Fabio preso. Mas ¿quién del jardín ha abierto agora la puerta falsa? Si la luz, que ya se muestra temerosamente clara, deja ver, mi padre ha sido. Él es. A esta parte aguarda; sabremos con qué intención la puerta a estas horas abra del jardín. (¡Valedme cielos!, no pierda honor, vida y fama). Tú, Fabio, me has de decir a qué propósito estabas en el parque con aquellos caballos. Señor, repara en que yo en mi vida estuve a propósito de nada porque soy hombre muy fuera de propósitos. ¿Qué causa te llevó allí? Yo, señor, tengo de sentarme gana a la mesa con mi amo, y así hago lo que me manda. ¿Con quién Federico, dime, ayer riñó? Con su dama debió de ser, pues no vio la hora de echarla de casa. Yo te haré que la verdad digas de todo. No hayas miedo que te escapes. Eso dijo un dotor, yendo a caza, que viniendo uno a decirle: «Allí está una liebre echada en su cama; deme uced su arcabuz para tirarla primero que se levante», le respondió en voces altas: «Que se levante no temas, porque, estando ella en la cama y siendo yo quien va a verla, ¿qué va que no se levanta?». Mucho me huelgo que estéis agora, Fabio, de gracias. Son naturales. ¡Señora! ¿Aquí estás? Mi pena rara me sacó al jardín. ¿Qué es eso? Yendo a hacer lo que me mandas, prendí a Federico anoche, porque no bastaron trazas ningunas a detenerle; y dejándole con guardas en su casa, por que él no saliese de su casa, ... (¡Y cierto que le guardaron muy bien!). …corrí la campaña, por ver si en el campo vía al hombre que le esperaba; y solo, junto a la puente, Fabio su criado estaba con dos caballos. Quiriendo que no corriese la fama de su prisión, en mi cuarto, por aquesa puerta falsa de quien tengo llave maestra, quise encerrarle. ¿En qué agravia a nadie en tener caballos un hombre? Mira qué mandas hacer de él y del criado. Que aquí a Federico traigas –pues solo mi intento fue escusar una desgracia, y ya, poco más a menos, sé del disgusto la causa– y que sueltes al criado. Beso mil veces tus plantas. Al instante con él vuelvo. Vase. Señora, mira qué trazas. Duélete de mi opinión. Laura, déjame. Sale Enrique. Si alcanzan, por forasteras, mis dichas algún lugar en tu gracia, que des libertad, te pido, hoy a Federico. Nada me pedís en eso, puesto que él tiene libertad y harta. Mas decidme vos, Enrique, ¿habéis hoy tenido cartas del Duque? ¿Yo? No, señora. Pues yo sí; ... (¡Ficción estraña!). …y en ellas me escribe el Duque cómo tiene ya acabadas vuestras cosas y compuestas; y así, desde aquí a mañana de Parma salid, pues no tenéis ya qué hacer en Parma. Aunque del Duque, señora, dije que no tengo cartas, las tengo de un grande amigo, en que dice que no vaya tan presto, porque aún no están cumplidas mis esperanzas. Eso os dice vuestro amigo, y esto os digo yo: mañana salid de aquí, pues aquí nada hacéis y allá hacéis falta. (Con bien cuerdo estilo, ¡ay, cielos!, me ausenta y me desengaña Flérida). Sale Lisardo. Dame tu mano, y permite, ¡oh, soberana deidad desta verde esfera!, que bese la suya a Laura en albricias de mis dichas, pues agora en estas cartas tuve la dispensación que ha tantos siglos que aguarda mi deseo. A muy buen tiempo ha venido, ... (¡Pena estraña!). …que hoy ha de ser.. Salen Arnesto y Federico. Federico está aquí. ¿Qué es lo que manda vuestra Alteza? Que le deis –vea el mundo esta causa, que yo valgo más que yo– la mano de esposo a Laura. ¿Qué dices? Que soy quien soy. Pues, señora, ¿no reparas que ofendes mi honor? ¿No adviertes en que mi fineza agravias? Esto, Lisardo, esto, Arnesto, importa a los dos. Ya halla nuevas razones mi honor en sola aquesa palabra para que no lo consienta; que no ha de decir la fama que por oculta ocasión diste a Federico a Laura. Que sea pública u oculta, ¿qué pierdes conmigo? Nada; mas basta ser sin mi gusto. Para sentirlo sí basta, pero no para ofenderte, fuera de que la palabra de darme a Laura me has dado. ¿Yo a ti? Sí. ¿Dónde? En mi casa anoche, cuando dijiste que haríais que quien me esperaba, llamado por un papel, me diese la mano. Laura fue quien me llamó; y así, para conmigo esto basta. Sí, mas no para conmigo, que sabré en esta demanda perder la vida. (¿Qué es esto?). Y yo sabré sustentarla. Lisardo, a tu lado estoy. A Federico Y yo al tuyo. (¡Pena estraña!, mas, si el amor supo hacerla, sepa el honor remediarla). Si el ser éste gusto mío, enmendarlo yo no basta; baste saber que a su lado se pone el Duque de Mantua. ¿Quién? Yo, que a Flérida bella sirviendo estoy en su casa, y tengo de defender a Federico y a Laura. Y yo también, por que vea el mundo que mi alabanza es mayor que mi pasión. Si los defienden y guardan los dos, Lisardo, no queda a mi honor otra esperanza que ampararlos yo también. Aunque es la pérdida tanta, igual a ella es el consuelo, viendo que a voces declara sus favores Federico. Y yo, rendido a tus plantas, te suplico mis finezas logren sus desconfianzas. Esta es mi mano, que quiero, ya de lo que fui olvidada, acordarme lo que soy. Cumplió el cielo mi esperanza. Cumplió mi ventura el cielo. ¡Oh, cuántas veces, oh, cuántas, la dama de Federico quise decir que era Laura! Pero ya «El secreto a voces» lo ha dicho. De nuestras faltas dad el perdón, que pedimos humildes a vuestras plantas.