Personajes LEONIDO. ADOLFO. FLORANTE. POLIDORO. ARGANTE, viejo. AURELIO, viejo. MERLÍN, gracioso. SOLDADOS. MÚSICOS. MARFISA. ARMINDA. MITILENE. ALFREDA. CASIMIRO. FLAVIO. FLÉRIDA. MEGERA. LA FAMA. DAMAS. Jornada I Transmútase el teatro en una selva. Suenan caja y clarín y aparece en lo alto de un risco Leonido, a caballo, armado, con un escudo, pintado en él un león, y dice dentro Arminda. Dentro. ¡Seguilde todos! No quede, tronco a tronco, peña a peña, estancia que no registren vuestro valor y mi ofensa. Dentro. ¡Al monte! Dentro. ¡A la cumbre! Dentro. ¡Al llano! Dentro. A la marina, a la selva! Desbocado bruto, ¿dónde, precipitado, me llevas más de la espuela irritado que corregido a la rienda? Dentro. Al monte, al llano! Cae Leonido al tablado y el caballo desaparece por otra parte. Valedme, cielos! Dentro. Pues ellos le truecan el precipicio a piedad del peñasco en que tropieza su caballo para que el nuestro le favorezca, tenle tú, Merlín, en tanto que él en mis brazos alienta. Dentro. Cómo he de tenerle yo, si apenas suelto le dejas cuando, de su libertad usando, veloz se ausenta? Sale Polidoro. Síguele; y tú, señor, cobra aliento, espíritu y fuerzas. Mal podré; que la caída, si al despeño me reserva, no al peligro. Dentro. Al monte, al llano! Y más cuando no me quedan esperanzas de que pueda ocultarme en la maleza del monte, según la gente que a todas partes le cerca. Ni la fuga, pues rendido tu caballo entre esas peñas rendido yace; y el mío, suelto, en el bosque se entra de Merlín seguido. Añade que, aunque esforzarme pretenda a pie y armado a romper los sitiados cotos de esta enmarañada espesura, por ninguna parte hay senda que no encuentre con el mar. Quizá podrá ser que sea nuestra dicha la que aquí juzgas ser desdicha nuestra. Cómo? Como en su marina, atada a un tronco, la cuerda de la sirga de un barquillo está; que, según las señas de pobres remos y redes, humilde pescador deja fiado al mar mientras descansa; conque podrás, si en él entras, trocar el preciso riesgo de las fortunas de tierra a las fortunas del mar, dando por lo menos tregua el riesgo que viene al riesgo que puede ser que no venga. Dices bien; la precisión apele a la contingencia, que no es hüir conocer imposible la defensa. Al barco, pues, Polidoro; y porque no queden señas de quién soy en la divisa que es timbre de mis empresas, tráete contigo ese escudo; que me importa más que piensas que no se sepa quién soy; y, ¡oh, quién retirar pudiera a Merlín también! Quién quieres que ser tu criado sepa un hombre no conocido? En el barco, señor, entra; que, como una vez los remos nos aparten destas peñas, mal podrán darnos alcance los que nos siguen. ¡Deshecha fortuna, por cuanto en mí el proverbio no cumplieras de “a gran fiesta, gran desdicha”! Vanse los dos. Dentro A la marina, a la selva! Suenan voces y salen Arminda, Flavio y soldados. ¡Sitiad el monte! ¡No quede, mil veces a decir vuelva, tronco a tronco, rama a rama, risco a risco y peña a peña, estancia que no registre vuestro valor y mi ofensa! Sale Adolfo. En vano será; que yo, siguiendo, Arminda, la huella del caballo que rendido hallé, juzgándole cerca, seguí el rumbo y vi que al mar se entregó en una pequeña barquilla que acaso estaba dado cabo en la ribera; y aunque tu dolor y el mío tras él me echaron, fue fuerza la tierra ceder al mar, por la ventaja que lleva el delfín que menos nada al caballo que más vuela; conque, triste en no ser quien vivo o muerto te le ofrezca, vuelvo al desaire de que sin él a tus ojos vuelva. Sale Florante con Merlín, vestido de librea, de máscara. Con no menor sentimiento también llego a tu presencia yo; bien que, en señal de que no hubo centro que no inquiera, te traigo aqueste criado –que un caballo de la rienda en socorro le traía–, según traje y temor muestra. Pues ya que habemos perdido una y otra diligencia, la noticia de quién es –y seguirle donde quiera que le lleve su fortuna– por lo menos no se pierda. Quién vuestro dueño es? Si yo quién es mi dueño supiera, supiera que es un derriba- príncipes y no le hubiera servido de lo que llaman lacayo ad honorem. ¡Cesa! Más que respuesta es locura. Pues yo no sé otra respuesta; que aunque no puedo negar que el caballo y la librea son suyos, tampoco puedo decir, señora, quién sea; porque entre otros alquilados –a que en ellos resplandezcan oropeles y velillos, percances de día de fiesta–, me tocó que, de respeto, ese caballo le tenga. Por no quedarme con él, viendo que veloz se ausenta, a luz de restitución le seguí; para que entienda, ya que alquilé la persona, que no alquilé la conciencia. Todo eso dirás mejor en un potro. Esa sentencia la naturaleza implica; que si la naturaleza es ir de potro a caballo será contra su etiqueta ir yo de caballo a potro. Llevadle; y nada os detenga a que en manos de un verdugo o diga verdad o muera. ¡Piedad, señora! No hay piedad. Pues haya clemencia. ¡Venid! ¿Qué les va a vustedes en llevarme tan apriesa? La obediencia. Pues por sólo que no logren su obediencia –perdone mi amo–, tengo de cantar antes que sea mi instrumento el arpa en quien son de cáñamo las cuerdas. Di, pues, di: quién es tu dueño? Aquel rayo de la guerra, hijo expósito del hado. Es lo más que de él se cuenta que el gran duque de Toscana, andando a caza en sus selvas, recién nacido le halló a la boca de una cueva con ricos paños de oro su inocente infancia envuelta y una lámina que nadie ha leído qué contenga. En su familia criado, creció con tanta soberbia que todo es caballerías, divisas, motes y empresas. El Caballero del Febo, con él fue un mandria; una dueña, Palmerín de Oliva; un zote, Arturo de Ingalaterra; y, en fin, Amadís de Gaula, un muchacho de la escuela; y un niño de la doctrina, el gran Belianís de Grecia. Conque corriendo fortunas, ya prósperas y ya adversas, con el nombre de Leonido y un león de oro por empresa –orlado con el enigma de las no entendidas letras– llegó de Tiro, a auxiliar en las heredadas guerras que con Sidón tuvo, a hacerse lansgrave de Tiro en Persia. (Esto más?) (¿Qué escucho?) (¿Qué oigo?) (Qué dolor, qué ansia!) (Qué pena!) En ella oyó que tu hermano Lisidante, en real palestra –a ostentación de su gala, su valor y su fineza– una justa mantenía; y que sustentaba en ella, retando a cuantos amantes de finísimos se precian, que la más hermosa dama que había en todo el orbe era Mitilene –que en la isla de su mismo nombre reina–, con quien casarse trataba, por cariño y conveniencia de ser prima hermana suya. Él, acusando la ofensa, en común de cuantas damas su amor desairar intenta –y en particular de una, cuya ignorada belleza en un retrato idolatra–, salir quiso en su defensa –para venir disfrazado sin la pompa y la grandeza de sus ganados blasones, no sé yo qué causa tenga– y así entró de aventurero donde... ¡Suspende la lengua! No la tragedia repitas a vista de la tragedia. Tened aquese criado en prisión hasta que sepa de más cierto si es verdad lo que ha dicho. De manera que, castigado al mentir y al decir verdad, se prueba que siempre yerra el criado o diga verdad o mienta. Generoso Adolfo, ilustre Florante –cuya fineza, pagándome el pundonor la costa de la vergüenza, a darme por entendida en este trance me fuerza de haber venido por mí a la fama de estas fiestas–, ese monstruo de fortuna fue el que –auxiliar en aquella solevación que intentó contra mi hermano la fiera república de Catania, llamado para que fuera gobernador de sus armas con la traidora promesa de coronarle su duque– infestó las playas nuestras con tan poderosa armada que, en civiles bandos puesta, toda Tinacria se vio a más desdichas expuesta que si a un tiempo reventaran Volcán, Mongibelo y Etna. Con este conflicto, el cielo, reduciendo la violenta saña a un perdón general, dejó frustrada y deshecha de su ambición la esperanza; sin que, en tantas conferencias como en sus ajustes hubo, darle mi hermano quisiera, por más que lo pretendió, ni plática ni licencia de salir a tierra; cuyo desdén sintió de manera que, protestando vengarle, dio desairado la vuelta. Conque las noticias de ese criado, sin duda, son ciertas; pues el venir encubierto, no presentarse en presencia de los jueces –que el seguro juraron sin su licencia y sin firmar el cartel–, aparecerse en la tela, romper la valla el caballo, correr las lanzas sin ella al desesperado choque de las dos armadas testas, señas son de que venía más de duelo que de fiesta. Bien pudo ser que el acaso –de agilidades tan necias que son para burlas mucho y son pocas para veras– dispusiese el trance; pero no pudo ser que no sea de añadir la presunción en mi dolor pena a pena, furia a furia, saña a saña, ira a ira y fuerza a fuerza; mayormente cuando no es bien dejar la sospecha contra mí que, del consuelo de haber quedado heredera de Tinacria, lisonjee el dolor de la tragedia. Y así, príncipes heroicos, timbres de Rusia y Suevia, en habiendo celebrado las funerales exequias, será un oscuro retiro mi más penosa vivienda; sin que, hasta verme vengada de este tirano, me vea ninguno el rostro; y supuesto que de la fineza vuestra ya me di por entendida, coronad vuestra fineza en mi venganza; porque, como caballero sea el que la logre, será quien más conmigo merezca; y si, sobre caballero, hay lustre que le guarnezca, será mi mano laurel del que a mis plantas le ofrezca, o rendida su persona o troncada su cabeza. Vase. (En notable confusión su resolución me deja...) (En grande empeño me pone su vengativa propuesta...) (...pues haberle de buscar o perder a Arminda es fuerza;...) (...pues es fuerza que le busque o a la hermosa Arminda pierda;...) (...y así, pues juntas me embisten mi fama y mi conveniencia,...) (...y así, pues me embisten juntos mi cariño y mi nobleza,…) (...en busca suya...) (...en su alcance...) (...Mas no lo diga la lengua; dígalo el tiempo.) (...Y pues esto a cargo del tiempo queda, obre el valor; y la voz quede por ahora suspensa.) Adolfo? Florante? Puesto que en la noble competencia de soberanas deidades –donde el mérito no llega a más que adoración– bien cabe que dos se convengan a la luz de sacrificio en el culto de la ofrenda; pues víctima a la deidad de Arminda es Leonido, sea el convenirnos los dos en buscarle de manera que, dejando a la fortuna que al que elija favorezca, empeñadas no se encuentren las dos intenciones nuestras. Decidme, pues... Deteneos; que en imposibles bellezas –tan negadas al amor que, al mismo tiempo que fuera el no quererlas delito, fuera delito el quererlas– no puede darse el afecto a partido que no sea que el que sirviere a mi dama por enemigo me tenga. Yo vi a Leonido arrojarse al mar; y aunque en él no hay senda, el ir yo por donde sé que él va, escrúpulo no deja al valor de que, en su alcance, el mayor riesgo no emprenda; conque asentado que donde hay dama no hay conveniencia, en el mar me hallará quien seguirle a él y a mí pretenda. Quien tiene acetado un duelo, no le cumple si otro aceta; y para no embarazarle, en daros otra respuesta sólo diré que no es el mar campaña tan cierta como la tierra; y así, yo le buscaré en la tierra, dentro de Tiro, su estado, donde es preciso que vuelva; y donde también seguirnos a mí y a él podréis. En esta suspensión de armas quedamos. Norabuena. Norabuena. Seguid, pues, vuestra fortuna y adiós. Seguid vos la vuestra y adiós también. Él os guarde. Él a vos os favorezca; y, en fin, el que venza viva. Y viva, en fin, el que venza. Transmútase el teatro de la selva en el de marina y será su escena toda de peñascos ásperos, lóbregos y incultos, fundados sobre ondas, que finjan, lo más que puedan ser, escollos del mar. De una de sus cumbres se ha de desatar una ría que atraviese el tablado y bajar por ella un barco con Leonido y Polidoro; y en llegando a saltar en tierra, desaparece el barco, como llevado de la corriente. Dentro. Pues proejar no podemos –a fuerza de los brazos y los remos– contra el raudal que en rápida aviada hace el mar rebalsado en la ensenada de escollos que rebaten su corriente, dejémonos llevar de la inclemente cólera del destino. Dentro. Fuerza será –que ya no hay más camino de vencer tanta guerra– osar morir osando tomar tierra. Dentro. Pues si ya no concede tregua alguna, sálgase con sus ceños la fortuna; y entre montes y celos, o a morir o a vencer, socorro, cielos! Salen Leonido y Polidoro. No en vano los invocas, pues, conmovidos, antes que en las rocas llegue a chocar la mísera barquilla, rozándose en la arena, de légamos, de brozas y ovas llena, ha encallado la quilla. Felice, oh tierra, el que cobró tu orilla después de la tormenta! Dices bien; pero pon, señor, a cuenta del gozo la zozobra de no saber qué tierra es la que cobra; y más al ver en sus primeras señas desnudos riscos de peladas peñas sólo habitadas de funestos troncos, que de quejarse al ábrego están roncos; cuyo susurro, perezosas aves, graznando tristes y volando graves, en entrambas esferas alternan con los ecos de las fieras, cuatro ruidos uniendo a sólo un ruido: el mar, el aire, el canto y el bramido. Bien temes. Puesto que es asombro tanto todo horror, todo susto, todo espanto; y pues nos es preciso que intentemos saber qué tierra es ésta a que arribamos –porque al mirarme, si es que gente hallamos, en este traje escándalo no demos–, será bien que dejemos, hasta buscar reparo a nuestras vidas, las armas escondidas, resguardando el empeño de que hayan de quedar para otro dueño que las encuentre acaso; que sería último vale de la suerte mía si... (Mas ¿qué es lo que digo?; que su enigma aun conmigo no lo debo tratar.) Aquí una roca descubre infausta, entre su abierta boca, lóbrego seno en que, depositadas, podrán estar ocultas y guardadas, dejando seña tal que las hallemos si por ellas volvemos. Qué más segura seña que lo cavado de la misma peña? Y así, para encubrillas, desenlazando ve pernos y hebillas. En el foro deste teatro ha de haber una gruta, cuya puerta, pintada de peñascos, pueda a su tiempo abrirse en dos bastidores; y sobre ellos, fingida la natural de una como rotura de la misma peña, por donde caigan las armas dentro de la cueva. Ya celada y escudo a la sima entregué; donde no dudo que no sólo capaz es su secreto del brazalete, el espaldar y el peto, según que, iluminada o tarde o nunca del sol, semeja ser honda espelunca en que, si acaso necesario fuera, aun a nosotros esconder pudiera. A qué fin, si antes es fuerza que vamos discurriendo hasta ver si es que encontramos en tan deshecha, mísera fortuna alguna población o gente alguna? A ese fin, más veloces que no las plantas llegarán las voces. De todo nos valgamos. Pues discurriendo y dando voces, vamos. Ah de los soberbios montes! Dentro. Ah de los soberbios montes! Oye; y por si acaso ha sido ilusión, vuelve a llamar. Ah de los incultos riscos… Dentro. Ah de los incultos riscos… …que siendo del mar escollos… Dentro. …que siendo del mar escollos… …sois de la tierra obeliscos... Dentro. ... sois de la tierra obeliscos, dad paso a mis suspiros, por si un prodigio vence otro prodigio! Qué es esto, cielos? ¿De cuándo acá el eco ha respondido, tan sin sisar los acentos que vuelve más que le dimos? No sólo la admiración es oírlos, sino oírlos tan sonoros cuando suenan en tan cóncavos vacíos. Vuelve a oír, por si fue eco o fue otra voz la que dijo... Dentro. ... escollo armado de yedra, yo te conocí edificio. Otra voz fue, pues hablando al monte acuerda haber sido... Dentro. ...ejemplo de lo que acaba la carrera de los siglos. ¿Cúya será tan alegre música en tan triste sitio que por baldón dice al monte, como acusando su olvido,...? ...de lo que fuiste primero estás tan desconocido... Es verdad, pues le moteja al mirarle tan altivo... ... que de sí mismo olvidado, no se acuerda de sí mismo. No es eso sólo, sino que añade, glosando el ritmo,… ... dad paso a mis suspiros, por si un prodigio vence otro prodigio. A aquella parte parece que es donde el canto se ha oído. Y a lo que se deja ver –según desde aquí diviso–, donde del mar la ensenada remata y deja contiguo lo áspero de la maleza con lo afable del camino, lucida tropa de damas viene, cuyos repetidos ecos vuelven a decir, si bien llegamos a oírlos... Dentro, a lo lejos. (Ah de los soberbios montes! (Ah de los incultos riscos, que siendo del mar escollos sois de la tierra obeliscos, dad paso a mis suspiros, por si un prodigio vence otro prodigio! Por otra parte han echado. Salgámoslas al camino por esotra; que no dudo, si patria y nombre fingimos, que nos escuche piadoso tan bello escuadrón festivo; que no es fuerza que anden siempre juntos lo huraño y lo lindo. Por esta parte parece que atravesando salimos al encuentro. Sigue, pues, mis pasos. Vanse los dos y dice dentro Mitilene. No haya escondido centro en el monte que no penetren los repetidos concentos vuestros, diciendo sus voces y mis disignios... …dad paso a mis suspiros… Entreabriéndose la puerta de la cueva, sale a ella Marfisa, vestida de pieles, como absorta, repitiendo los versos que la Música canta a lo lejos; y vense en la cueva las armas. Canta. …dad paso a mis suspiros… …por si un prodigio vence otro prodigio. Cielos, qué violenta fuerza; hados, qué impulso atractivo; fortuna, qué poderoso afecto; astros, qué preciso influjo es el que en mí tiene tan absoluto dominio que, siendo norte del alma, es imán de los sentidos al escuchar...? Dad paso a mis suspiros... Canta. Dad paso a mis suspiros… …por si un prodigio vence otro prodigio. Si cuando rudos pastores de estos escollos vecinos –por quien el Peloponeso competencia es del Olimpo–, por solazar las tareas de sus nevados apriscos con sus rústicos cantares tal vez alegran festivos, me arrebatan de manera que, a pesar del padre mío, con el ansia de imitarlos y con el gozo de oírlos rompo la prisión en que cruel me guarda y cela esquivo, ¿qué mucho, ¡ay de mí!, que hoy que de la cueva he salido por silvestres frutas, que son nuestro vital alivio, a hurto suyo solicite oír de este inculto sitio, sin que me vean, tan dulces voces; y a solas conmigo, mi natural complaciendo, pruebe a ver si las imito, diciendo como ellas...? Canta. …dad paso a mis suspiros. Mas... qué es en lo que tropiezo? ¿No basta, cielos divinos, que me admire lo que oigo sino también lo que miro? ¿Qué destroncado animal es el que yace esparcido tan a pedazos que, a una parte, el cuerpo dividido de su cabeza –y los brazos también del cuerpo distintos– tanto entorpece mis labios y ensordece mis oídos que no puedo pronunciar, por más que lo solicito, con la voz que ya no oigo ni el eco que ya no imito? Canta titubeando. Dad paso a mis suspiros, por si un prodigio vence otro prodigio. Huyendo de él y de mí iré... Sale tropezando en las armas. Sale Argante. Adónde? ...donde impío, ya que de mí supo el hado, sepa él de mi precipicio; a arrojarme de esos montes al mar, rompiendo los grillos y cadenas de la ley con que a tu obediencia vivo, monstruo racional, negados los fueros del albedrío. Bien temí, cuando en el monte oí músicos sonidos, que habías de dejar llevarte de su armonioso hechizo; y así, a impedir tu salida veloz vuelvo, persuadido a que, sabiendo que tienes tan inclinado el oído a la dulzura del canto, pretenden con este arbitrio los comarcanos villajes de estos bárbaros distritos –que al archipiélago dan en Mitilene principio– armarte lazos con que caigas en su red, movidos del pavor que les causaste tal vez que saliste a oírlos; y así, a retirarte de ellos... ¡Ay, que no eso sólo ha sido lo que hoy me ha despechado! Pues ¿qué más te ha sucedido? ¿Qué más que ver ese asombro –despedazado vestiglo muerto a manos de otra fiera que en él tal destrozo hizo– dentro, ¡ay de mí!, del oscuro albergue nuestro? No admiro tu discurso porque tengo más que admirar en el mío; que tú admiras como quien nunca otras armas ha visto; y yo, como quien no sabe quién pudo haberlas traído y arrojado en nuestra gruta por el pequeño resquicio que quizá dejó entreabierto o el acaso o el olvido. Y para que no te asombre ese templado bruñido acero que destroncado cuerpo a ti te ha parecido, defensas son que inventó el militar ejercicio contra el peligro a que va quien va a buscar el peligro. Y para que mejor veas que no tan sólo vestido de él el lidiador resiste los golpes del enemigo, le añade, porque el resguardo se adelante a recibirlos, este escudo, que embrazado Alza el escudo. de esta suerte... ¿Mas, qué miro? ¡Valedme cielos, no pase, ya que es asombro, a delirio! Su divisa es un león que, de relieve esculpido, trae por orla unas letras con los caracteres mismos de aquella lámina. ¡Oh hados, qué de cosas ha movido la memoria, reduciendo a un instante todo un siglo!) Trocado habemos afectos; pues con eso que me has dicho, soy yo la que se ha quietado y tú el que se ha suspendido. ¿Qué es esto, padre? Ay, Marfisa!, si yo pudiera decirlo, la austeridad disculparas con que, al parecer, te crío en estos montes; mas no, no es tiempo hasta que el destino haya pasado la línea de aquel término preciso que en la docta magia mía tengo a tus hados previsto; y así, baste que ahora sepas que hay impiedad que es cariño, que hay rigor que es agasajo y injuria que es beneficio. ¿Ves estas letras? Pues ellas me están diciendo… Dentro. Este sitio que no hemos tocado no quede sin nuestro registro. Venid por él, prosiguiendo la música. Hacia aquí miro venir la gente a la cueva, Marfisa; que harto te he dicho en que en estas letras y esas voces te ronda el peligro. Qué más peligro me puede venir que el que ya me vino, buscándome como fiera habiendo humana nacido? Y más el día que sé que hay, contra el más enemigo, para su reparo, escudo; y armas, para su homicidio. Deja pues, deja que al paso les salga; ya que ha influido tan nuevo espíritu en mí ese acero que ha podido trocar el pavor en saña, mudar el pavor en brío. Deja pasar el fatal término al opuesto signo que viene en tu busca. En vano; a no salir me resisto. Advierte... Ya nada advierto. Mira que… Ya nada miro. Repara… Nada reparo. Obligarasme, ofendido de tu inobediencia, a que lo que por ruego te pido hagas por fuerza. Será forzarme a que diga a gritos… Ah de los soberbios montes, ah de los incultos riscos, que siendo del mar escollos sois de la tierra obeliscos! (Cierre la peña, llevando al más oculto retiro estas armas, hasta ver si el que aquí con ellas vino vuelve por ellas y qué quiso decir cuando dijo...) Dad paso a mis suspiros por si un prodigio vence otro prodigio. Llevándose como por fuerza a Marfisa, cierra Argante la gruta; y salen cantando Mitilene y damas y villanos. No prosigáis; pues, habiendo rodeado todo el recinto del monte, no hemos logrado el intento a que venimos, en busca del nuevo monstruo que esos villanos han dicho que de la música al canto seguirles tal vez han visto. Y es tan verdad que no sólo tal vez, mas muchas le vimos venirse tras nuestros ecos. Y alguna vez que quisimos seguirle, no fue posible; según corre fugitivo hasta perderse de vista, sin saber dónde es su asilo. Pues hoy que, por la estrañeza que de sus señas he oído, con gente y música vengo sólo por ver si consigo –ya que inclinada a la caza alto espíritu me hizo– ser yo de igual presa dueño, ¿cómo no sale al oírnos? Quizá viendo tanta gente, señora, no se ha atrevido. También puede ser que sea él el que, en callado ruido, viene moviendo las ramas del fragoso laberinto hacia aquella parte. El bulto veo, mas no le distingo. Prevenid arcos y flechas; porque si llevarle vivo no logro, le lleve muerto. Salen Leonido y Polidoro. Suspende, hermoso prodigio, la cuerda al arco; que sobran las armas contra un rendido. Quién eres, hombre, que cuando es nuevo monstruo el que sigo, tú sales al paso? Quien no te ha trocado el motivo; que con nuevo monstruo has dado, puesto que has dado conmigo; que monstruo de la fortuna soy; de sus mudanzas, hijo. Pues ¿quién eres? Un humilde, derrotado peregrino que, arrojado de esos mares, a dar a estos mares vino. Mi nombre es Lelio; mi patria, Alejandría de Egipto; de cuyos grandes comercios ayer poderoso y rico mercader me vi, cuanto hoy pobre y mísero mendigo en tan estranjero clima que no sé qué tierra piso. A las provincias del norte, a emplear el caudal mío a precio de sus caudales fleté a mi costa un navío. Embarqueme en él y cuando más sereno, más tranquilo el mar –que para engañar se finge a veces dormido– sus verdinegros damascos, encrespados y movidos del blando céfiro, eran espejos de nieve y vidrio en quien se miraba el sol, enamorado Narciso, una trasmontada nube, tan pequeña que al principio una garza parecía, extendió en trémulos visos las alas de tal manera que los cielos cristalinos dejó oscuros y los vientos despertaron el esquivo sueño del mar, que elevando montes de piélagos, hizo que pareciese el farol tal vez estrella que quiso, desencajada del cielo, errar por varios caminos; y tal exhalación que de su propio fuego activo huyendo, por apagarle, se echó culebreando a giros al mar; con que gavia y quilla rozaron a un tiempo mismo con las estrellas del cielo las arenas del abismo. De un embate, pues, en otro, el buque, cascado el pino, arrebujado el velamen, al norte el imán no fijo, la bitácora sin muestra y la brújula sin tino, dio en iras de un huracán que, de undosos remolinos pirámide, a sepultarnos embistió; tan de improviso que, a no saltar al esquife veloces, yo y ese amigo no hubiéramos escapado del náufrago torbellino en que perecieron cuantos salvar en él no pudimos. Conque dejando las vidas del mar y el aire al arbitrio, dimos en esta ensenada, donde, aunque pudo afligirnos atemorizado el ceño de sus encumbrados riscos, también pudo consolarnos ver, señora, convertidos –con vuestra vista– desiertos montes en campos elíseos; de quien no en vano esperamos favor, amparo y auxilio. De vuestra fortuna se ha mi piedad compadecido. Acudid, pues, a la corte; adonde convalecido del mar, con alguna ayuda de costa para el camino, podréis dar vuelta a la patria; que no es el menor alivio de un peligro cuando queda para contado el peligro. Mil veces vuestros pies beso. Sale Aurelio, viejo. Y yo otras mil os suplico me deis a besar la mano. Seáis, Aurelio, bienvenido. En cuanto hallaros, señora –después de haberos servido de embajador en Tinacria–, con vida y salud que a siglos cuente el tiempo, fuerza es serlo; de cuyo gozo, testigo la prisa es con que, por veros, a los montes me anticipo; pero en cuanto a mi venida no sé si bien recibido seré. Cómo? Como traigo dos nuevas tan a dos visos que una es pesar, bien que otra consuelo del pesar mismo; y no sé por cuál empiece... Si una es pesar, no es preciso ser preferida; porque sobre el pesar, ya que vino, llegue a enmendarle el consuelo? Otros, al contrario, han dicho que a consuelo anticipado embiste el pesar más tibio. No lo hagamos argumento; que más que pesar sabido vale consuelo ignorado. Con esa aprobación, digo que ya sabéis cuán amante, por no entrar a ser marido sin dejar de ser galán, Lisidante, vuestro primo, una gran justa en loor vuestro... No prosigáis... (Haslo oído?) A Leonido. (Sí.) A Polidoro. (Mitilene...) A Leonido. (Oye y calla.) A Polidoro. ...que ya la fama me dijo su loca fineza. Amor tiene locuras en juicio, (así en dichas las tuviera! Cómo? Ved que enternecido y suspenso me dais mucho que temer... Fuerza es decirlo. Como un aventurero –que en el mote que dio dijo: “La sola hermosa es aquella que yo adoro y que no digo”–, entró encubierto en la tela y, al primer encuentro, quiso la fortuna que, falseando la sobrevista y rompido el barberol de la gola,... No digáis más; que harto ha dicho antes que la voz el llanto. Y en su venganza, ¿qué hizo toda su corte? Seguirle en vano. Y no se ha sabido quién es? A lo que un criado, que se halló ser suyo, dijo: Leonido de Tiro, en Persia lansgrave; añadiendo indicios a que fue caso pensado por aquel rencor antiguo con que en la solevación de Catania a darla auxilio vino y volvió desairado. Y qué hizo Arminda? Sentirlo con tanto estremo que nadie la ve el rostro, habiendo dicho que el que siendo caballero se le entregue o muerto o vivo, será Tinacria y su mano premio a tal fineza digno. Y a tanta desdicha, qué consuelo traes prevenido? Ser de Tinacria heredera vos; que habiendo recaído, faltando el varón, en hembra su estado y habiendo sido hija de hermana mayor, sois... No paséis a decirlo; que ofende el imaginarlo, mirad qué será el decirlo. ¿Soy yo mujer a quien puede, cuando no fuera tan digno el sentimiento, aliviarle tan desairado motivo como que, desdicha de otro, resulte en interés mío? Por el mismo caso, Aurelio, antes que llegue a litigio judicial este derecho o pase al último juicio del tribunal de las armas –que es quien ha de decidirlo–, seré la que en busca de ese traidor, aleve Leonido –que encubrió en festivas señas las señas de vengativo–, más enemiga se muestre, sin que haya en el mundo asilo que de mí le libre; y pues ya es de mi espíritu altivo tan otro el duelo, dejemos al monte con sus prodigios; que harto prodigio llevamos, pues que llevamos sabido cuánto en un instante mudan semblantes los regocijos, viendo que vamos llorando las que cantando venimos. Vase. No en vano en fatal presagio fue la letra que elegimos... …ejemplo de lo que acaba la carrera de los siglos. Vanse. Mas en vano será, ¡cielos!, pensar que por mí no dijo... …que de mí mismo olvidado, no me acuerdo de mí mismo. Aunque el sentimiento tenga razón, en un pecho invicto ¿no ha de pasar la razón del sentimiento al sentido? ¿Tú, despechado? Si ves, Polidoro, que ninguna de sus iras la fortuna en mí ha perdonado, pues todas cifradas en mí atropelladas las miras, ¿qué estrañas darme a sus iras por vencido? Y más aquí, donde Mitilene, al verme, apenas quiso ampararme cuando el principio de honrarme fue medio de aborrecerme, siendo –a contrario sentido– por un infame criado en la persona amparado y en el nombre aborrecido. Y esto con nota de que muerte por venganza di a su primo; siendo así que, entrar en su duelo, fue sólo a fin que Arminda bella supiera que la ofendía quien sustentaba que había otra más hermosa que ella; que aunque no podía decir que era yo, esto de saber que servir por merecer ni es merecer ni servir bastó a complacer, Lidoro, ya que sin alivio muero, la verdad con que la quiero y la fe con que la adoro; que aunque hasta aquí ni aun conmigo lo hablé, viéndome apurar, ¿con quién he de descansar si no descanso contigo? Yo vi su retrato un día; pero digo mal, yo vi el día en su retrato y fui a ver si ganar podía triunfo que ofrecella. No me lo permitió mi estrella; pues sin Catania y sin ella me hallé en estado que aun yo no sé dónde he de ir a dar, haciéndome a un tiempo guerra con sobresaltos la tierra y con naufragios el mar. Y más hoy, pues es en vano mi vida estar defendida, siendo talla de mi vida un premio tan soberano. Bien que de aquesta querella airoso creyendo salgo que valgo mucho, pues valgo la mano de Arminda bella. Si juntas un hombre viera todas las penalidades que traen las adversidades, el más constante se diera por vencido; pero si no juntas las considera y que le embistan espera cada una de por sí, bien podrá de cada una defenderse, pero no podrá de todas; y yo, a pesar de la fortuna, viendo qué es la que insta hoy más, que de esta tierra salgamos te aconsejo y nos volvamos a Tiro, donde estarás –sin que de Arminda los llantos, de Mitilene el empeño, del Peloponeso el ceño te aflijan con sus encantos– más defendido; pues cuando allá te vayan siguiendo podrás irlas tú venciendo como ellas fueren llegando. Para el camino, conmigo oro y joyas saqué. Mal podrá el más rico caudal competir, si verdad digo, con el tesoro mayor de cuantos dar el sol pudo: la pérdida de un escudo que es timbre de mi valor. ¿Qué haremos para llevalle? Ya que menos conocidas, las armas queden perdidas; pues cuando haya quien las halle, no hallará señas en ellas que digan que fueron mías. Si de la gruta no fías en que pudimos ponellas, saquemos de ella el escudo. Cómo le hemos de llevar sin nota? Con esperar a que anochezca. No dudo –pues es fuerza que tomemos hasta aprestar la jornada algún albergue o posada– que sin ver lo que es podremos, yendo en esta banda envuelto como que es ropa, ocultalle. A precio de no dejalle, a sacarle estoy resuelto; y pues no habemos perdido nunca de vista la peña en que dejamos por seña la quiebra donde escondido quedó, por él entraré. Tente, que el que tú entres no es justo; que cuando yo las armas en ella eché, lóbrego reconocí un espacio en que quizá, señor, algún riesgo habrá. Pues háyale para mí, ya que dije que he de entrar; que no me ha de detener el temor que hay que temer. Tampoco me ha de culpar a mí el desaire de que, habiendo yo prevenido no haya algún riesgo escondido, que tú le emprendas deje. Eso es competir estremos. Competir lealtades es. Yo he de entrar. Yo también. Pues entremos ambos. Entremos; pero tú sin mí, eso no. Antes de llegar, a la roca ha abierto una infausta boca. Ábrese la gruta. ¿Quién es? ¿Quién está aquí? Yo; yo, porque habiendo salido... (Qué prodigio!) (Qué portento!) ...por la oculta contramina de este pavoroso centro por frutas que antes no trujo –llamado de otros acentos– el que de un miedo me guarda a costa de muchos miedos, hallándome sin él quise, humanas voces oyendo, averiguar de una vez los amenazados riesgos del hado; porque no puede, apurado el sufrimiento, el sentirlos afligirme más que me aflige el temerlos. Y así, si sois los que habéis armádome tan opuestos lazos como armas y voces para que tropiece a un tiempo el espíritu en lo altivo, el sentido en lo halagüeño hasta dar en vuestras manos, ya está sucedido; puesto que ya el terror, ya el halago han despertado al despecho, para que a voces publique que soy el monstruo que tengo atemorizado el monte; pues a mí sola me vieron los pastores los días que, arrebatado el afecto, me llevó tras su armonía el boreal imán del viento. Y pues ya veis que no soy monstruo, aunque serlo parezco, ¿qué es lo que queréis de mí, si ya es que a cargo vuestro de mi destinado influjo esté el fatal cumplimiento? Que en ese caso seré yo la primera que, haciendo pretensión la ruina, el daño suplica. El destino ruego os pida me deis la muerte, pues, como dije, no temo tanto el riesgo padecido cuanto imaginado el riesgo. Y si no es uno ni otro, dejadme en mi retraimiento, desengañados de que asombro pero no ofendo. Estraño prodigio, en quien concurren, juntando estremos, si montaraz la hermosura, no montaraz el ingenio, ¿quién eres? Porque aunque has dicho el agorado pretexto de vivir en estos montes, no la causa con que a ellos veniste, ni quién te trujo, infausta amenaza huyendo. No temas que, para que tu nombre y patria sabiendo y el temor de quien te guardas, no sólo tu ruina pero tu libertad y tu vida corra a cuenta de mi esfuerzo; porque no sé tan primera vista qué interior afecto en el pecho ha introducido que, con tener en el pecho otro por huésped del alma, tan raro lugar se ha hecho que cabe, sin estorbar, con un género tan nuevo de cierto amor que no es amor ni deja de serlo; pues, sin celos, uno y otro se han avenido acá dentro. Di, pues, ¿quién eres? Si yo supiera quién soy, es cierto que te lo dijera, pues también al mirarte siento no sé qué gozo en el alma que, sin entrar en recelo, te franqueara el corazón sus más íntimos secretos. Pero no sé más de mí de que vi en este desierto –que es de la isla Mitilene, el monte Peloponeso– la primera luz del sol en poder de un padre viejo, que de una ciervecilla me dio el primer alimento. Enseñome a hablar y diome de los humanos comercios noticias sin experiencias y memorias sin acuerdos; pero no pasó de aquí su enseñanza; pues aun siendo docto en los mágicos artes, no quiso que sepa de ellos más de que ellos a guardarme le obligan; conque no puedo decir más de que mi nombre es… Dentro. ¡Marfisa! Mas, ay, cielos! que aquella es su voz... Dentro Marfisa! Por todo el oscuro centro buscándome anda; y si fuera me halla, que me mate es cierto. Queda en paz. ¡Espera! ¡Aguarda! ¡No me detengas! Habiendo oído que forzada vives y que quedas con recelo de que te dé muerte, ¿cómo he de dejarte en dos riesgos? Por más razones que halle de noble tu atrevimiento, no has de conseguirlo. ¿Cómo lo has de resistir? Huyendo. Detendrete yo. Será en vano. Más será en vano tu esfuerzo. Es tiranía. Es piedad. Es violencia. Es rendimiento. ¿Quién pudiera defenderse y no defenderse a un tiempo? Llega, Polidoro, para que entre los dos la llevemos más veloz donde, una vez fuera del monte, pensemos cómo asegurar su honor y su vida. Para eso, con llevarla a Mitilene lograrás, de una vez, el obsequio; y de otra, vida y honor. Dices bien. Pues sea tan presto que, antes que salga del monte, su hermosa tropa alcancemos. ¡Ay infelice de mí, que desmayado el aliento fallece! Llévanla entre los dos. Segura vas. No temas. ¡Oh, qué mal, cielos, lidia quien lidia sin gana de lograr el vencimiento! Pero cumplamos con todo. ¡Padre!¡Señor! Éntranse con ella y sale Argante. ¿Qué es aquesto? Fuera de la gruta da la voz de Marfisa el eco. Dentro. ¡Favor! ¡Amparo! Qué escucho? Dentro. ¡Piedad! ¡Socorro... Qué veo? Dentro. ...que ajeno poder me lleva a poder de ajeno dueño! Tras ella... Mas, ¡ay de mí!, que aunque más seguirle intento, con el peso de los años a cada paso tropiezo; y aunque la siga, ¿qué fuerza, qué valor conmigo llevo –pues si es que yo tengo alguno, conmigo mismo le tengo– para que la cobre el arte ya que no pueda el esfuerzo? ¡Oh, tú, pálida Megera, de las furias del Averno principal ira, a quien toca de las magias el Imperio, atiende mi voz! Canta dentro. ¿Qué quieres? Que atemorizando el viento, de sus diáfanos espacios corran las nubes los velos; que en caliginosa lid perturben el universo de suerte que, confundidos de mi horror y de su estruendo, se pierdan de vista cuantos el monte contiene, haciendo que no logren de Marfisa el robo y vuelva a mi centro y enmiende de su resguardo yo el modo, porque el despecho segunda vez no aventure su vida. Canta. Ya te obedezco, dando sin tiempo al tiempo lluvias, rayos, relámpagos y truenos. Suena el terremoto. Y no sólo ha de parar en terremoto mi incendio, pero en favor de Marfisa, si me da licencia el cielo, después que haya amotinado la lid de los elementos, en castigo de Tinacria, reventaré el Mongibelo. ¡Gima a temblores la tierra,… ¡Gima a temblores la tierra,… …gire a cometas el fuego,… …gire a cometas el fuego,… …asombre a embates el agua,… …asombre a embates el agua,… …brame a rágafas el viento,… …brame a ráfagas el viento,… …dando sin tiempo al tiempo… …dando sin tiempo al tiempo… …lluvias, rayos, relámpagos y truenos! Suena el terremoto y atraviesan el tablado asombrados todos. ¡Qué asombro! ¡Qué confusión! ¡Qué ansia! ¡Qué pena! ¡Qué miedo! ¿Qué súbita tempestad nos anochece tan presto? La que cerrando el camino, todo es golfo y nada es puerto. Salen Leonido, Polidoro y Marfisa. ¡Mitilene! ¿Quién me nombra? Quien viene en tu seguimiento para ofrecer a tus aras el hermoso monstruo bello que buscas. Esto sólo podrá servir de consuelo al susto del terror que nos ha salido al encuentro. Llega a arrojarte a sus plantas! No hará tal, porque primero se arrojará ella a las suyas. Baja Megera y, arrebatando a Marfisa, vuelan. ¿Dónde voy? Valedme, cielos! ¿Dónde está? De entre las manos nos la ha arrebatado el viento. Terremoto siempre. Qué maravilla! Qué espanto! Qué es esto, cielos, qué es esto? Eso el tiempo lo dirá. Pues mientras lo diga el tiempo, ¡gima a temblores la tierra, gire a cometas el fuego, asombre a embates el agua, brame a ráfagas el viento, dando sin tiempo al tiempo, lluvias, rayos, relámpagos y truenos! Jornada II Múdase el teatro en el del mar y salen Leonido y Polidoro. Pues ya a caballo no da paso la inculta maraña para penetrarla, a un tronco esos dos caballos ata y sígueme. Viendo cuánto –por el riesgo de que haya quien te conozca– te importa, señor, que desta isla salgas –que dos veces Mitilene, por su dueño y por su estancia, una te amenaza a iras y otra a asombros te amenaza–, ¿a qué propósito, cuando tienes ya para la patria la jornada prevenida, te vuelves a su montaña, toda encantos, toda horrores grutas, montes y borrascas? Si otro que tú me pusiera la objeción, no me admirara que en mis deshechas fortunas incurriese su ignorancia; pero tú que tan capaz de ellas estás, ¿cómo estrañas que todo sea delirios, penas, confusiones y ansias? Si sabes que de mi vida es inestimable talla la bella mano de Arminda y que me importa guardarla, no tanto por vivir cuanto por vivir con esperanza de que nadie la merezca, ¿cómo quieres que sin armas, cuando más las necesito, con el desconsuelo vaya de que las dejé a perderlas donde juzgué que a guardarlas? Mayormente en una gruta de cuyas duras entrañas fue aborto el bello prodigio de aquella hermosura rara que, con fugas de divina sobre temores de humana, partir con Arminda pudo la entera mitad del alma. ¿Qué ha de decirse de mí el día que mi empresa hallada escondida en una gruta pueda interpretar la fama que, porque en ella había asombro, volví al asombro la espalda? ¡Vive Dios, que he de saber qué portento es el que guarda este inhabitable seno; y si es verdad o fantasma terror que como mujer siente y como deidad falta! Y así, pues que ya sabemos que esa peña, que mordaza es de su funesta boca, con artificiosa maña dispuesta está de manera que hay quien la cierre y la abra, llega; porque de una vez en tan gloriosa demanda, o pierda el favor mi vida o cobre mi honor sus armas. Pues, ¿qué esperas? Que una cosa es el que yo el reparo haga y otra es que excuse el empeño. Ya sé, Polidoro, cuánta es tu lealtad. Llega, pues; tú de ese lado la aparta mientras yo destotro. ¡Cielos! ¿Qué es aquesto? ¡Ellos me valgan! Que a tanto esplendor, la vista ciega y el discurso pasma. Abren entre los dos el peñasco y vese dentro un gabinete de cristales y en un estrado Marfisa, vestida de gala, con cuatro damas, como en acción de que la están tocando; y mientras cantan, sale Argante y, hincada la rodilla, la habla como en secreto; y Leonido y Polidoro se quedan suspensos fuera de los bastidores. Si yo gobernara el mar,... Si yo tuviera el poder,... …yo le quitara el crecer. ...yo le quitara el menguar. Si cuando más en la suma inconstancia de su esfera, ser monte de nieve espera, vuelve a ser monte de espuma; porque ser nadie presuma más de lo que nace a ser... ...yo le quitara el crecer. Poco a su espíritu debe quien de su parte no hace por ser más de lo que nace; y ya que a monte se atreve naciendo golfo de nieve, porque lo llegue a lograr... …yo le quitara el menguar. Yo que gozosa me veo de escuchar vuestra cuestión –en cuya dulce canción, complacido mi deseo, que pueda imitaros creo–, ni aprobar ni reprobar pienso sus fueros al mar. Canta. Y así dejado en su ser, ni le quitara el crecer, ni le quitara el menguar. Si yo gobernara el mar, si yo tuviera el poder, ni le quitara el crecer, ni le quitara el menguar. ¡A tan no esperado asombro sin vida estoy! ¡Yo, sin alma! Sale Argante. Ya que de ir a nuevo dueño mi invocación te restaura, volviéndote, en vez de oscuro albergue, a luciente alcázar; con tal atención que –viendo cuánto el afecto te arrastra de la música–, porque no tengas que desear nada, la familia que te asiste tan sonoramente canta –todo a fin de que el despecho que previno en tu crianza, por tenerte más segura, tenerte más resguardada, no te obligue a que otra vez a ver y ser vista salgas–, débate yo una fineza. ¿Qué es? (Del viejo que la habla A Polidoro. al oído –cuyo aspecto, todo pieles, todo canas, estremece–, nada oigo.) El joven que te llevaba –o robada o persuadida, que es lo mismo que robada– es sin duda el que introdujo en nuestra gruta sus armas; a qué vuelve no sé, pero sé que, viendo en tu mudanza que como monstruo te pierde y como deidad te halla, sin pasar de esos umbrales ha quedado viva estatua. Yo, aunque por la magia puedo saber sus fortunas varias, no puedo saber el fin del que lo que piensa calla; porque interiores afectos que del corazón no pasan al labio, allá en sus archivos sólo el cielo los alcanza. Y así, para que yo pueda rastrearlos, lo que te encarga mi recelo es que procures tú, con ingeniosa traza, desentrañarlos; que en esto de los secretos del alma, conjuros de mujer son la más poderosa magia. Y porque no te parezca –si hoy contigo se declara más que otras veces mi amor– moverme con poca causa, sabe que el hombre que más te quiera y tú quieras... Pasa adelante. ...al cuarto lustro –mira si conviene hasta que pase que oculta vivas– te pondrá en tan gran desgracia que o tú has de matarle a él o él a ti. Agora repara en que si le matas, mueres; y mueres, si no le matas. Y sobre este aviso y sobre que ese hombre en tu alcance anda, ya que es apurar su intento nuestra mayor importancia, advierte que a ser querida ni a querer no des entrada; que no podré yo guardarte si tú misma no te guardas. Vase. Tarde temo que ha llegado el aviso, que obligada al afecto con que quiso –por no dejarme empeñada en el temor de tu enojo ni en el rigor de mis ansias– sacarme de aquí, no sé qué pasión equivocada halaga como que aflige y aflige como que halaga. ¿Si será éste amor? Mas no, que es fuerza que tiempo haya para estar agradecida primero que enamorada; y así, haciendo la deshecha, como que al descuido salga, daré con él. Venid todas, que divertirme en la playa quiero esta tarde. Cantando, porque más gustosa vayas, te seguiremos. Pues sea el tono que más me agrada. ¿Cuál? El de la nueva flor, hija del sol y del alba. (Hacia aquí viene; no sé si irme o si al paso la salga.) Viendo Amor en un jardín una nueva flor hermosa, a quien listó su carmín la púrpura de la rosa con la nieve del jazmín,... ...sin poner en otra alguna los ojos, dijo: “Si una me das, Fortuna, a escoger, ¿quién duda que haya de ser o la mejor o ninguna?” Fortuna, o la mejor o ninguna. Y así, en lirio transformado, siendo el morado color jeroglífico del prado, se vio entre el lirio y la flor el amor enamorado. Ella, viendo cuánto fiel el galán lirio excedía al narciso y al clavel, le admiró en la monarquía de su florido vergel… …con que uniendo en oportuna paz las dos almas en una, eligieron lirio y flor… …o ninguno o el mejor, o la mejor o ninguna. Amor, fortuna, fortuna, amor, amor, fortuna, o ninguno o el mejor, o la mejor o ninguna. Oíd, esperad hasta ver quién a estos umbrales anda. ¿Quién es quien está aquí? Quien tan de estremo a estremo pasa que con la noche se alumbra y se ciega con el alba. En pie se queda la duda; que eso es decir que os espanta el ver cuán de estremo a estremo ha pasado mi mudanza, pero no es decir quién sois. Y puesto que en la pasada primer vista yo os fie –naturalmente llevada de no sé qué oculto afecto– el ser mi suerte tan rara que pudo volverme a tal fausto sobre tal crianza, justo será me digáis vos quién sois y por qué causa a estos páramos volvéis, donde visteis señas tantas de desdichas que os empeñan y de venturas que os pasman. Sale Argante escondido entre los bastidores. (Bien le empeña a que le diga quién es, qué intenta y qué trata conseguir en estos montes). Mal hiciera si excusara la desconfianza mía pagar vuestra confianza; pues no es menor el afecto que hubo en vos que el que en mí anda. Leonido es mi nombre. (A esto me importa atender.) Mi patria, Toscana; y mi primer cuna, un peñasco de Toscana. (¡Ay, perdida patria! ¡Cielos!, ¿cuándo volveré a cobrarla?) Más padres no conocí que al Duque. Criome en su casa, de cuya marcial escuela salí inclinado a las armas en militares manejos ejercitado. La varia suerte dispuso que diese, por la suya y mi desgracia, muerte a un generoso joven; con que, contra mí indignada toda Tinacria, fue fuerza huir no tanto la ventaja –que fuera infamia la fuga– cuanto la ofendida saña de una dama; que esto de huir los enojos de las damas es tan gran valor que él solo puede hacer noble la infamia. Entregado, pues, al mar armado de todas armas, de un embate en otro dieron, si en un escollo la barca, ellas en tu gruta; y puesto que hasta aquí lo que ignorabas es, no habrá que repetirte lo que sabes; conque falta sólo saber a qué vuelvo; y es, Marfisa, con dos causas: una, saber de ti, atento a –si fue violencia estraña la que te ausentó de mí– vengarte de quien te agravia; otra, si cobrar pudiese de las incultas entrañas de ese prodigioso seno arnés y escudo. Y pues te halla mejorada de fortunas quien te perdió llena de ansias, vuelva mejorado yo también de mis prendas. Manda que me las vuelvan, que importa más que piensas el llevarlas para mi defensa el día que sé que mi muerte trata aquella dama ofendida, con tan rencorosa instancia que no hay príncipe en el norte que no empeñe en su venganza. (Suspenso es fuerza que esté hasta ver en lo que para.) Dos veces compadecida me tienen vuestras desgracias: una, por vuestras; y otra, por no poder remediarlas. Las armas que me pedís no está en mi mano entregarlas, porque mi padre en su más cerrado estudio las guarda no sé a qué efecto, si ya no es entender unas raras cifras de su escudo; y puesto que sé que os importan para resguardo de vuestra vida, que yo no puedo dar, haya otro que pueda dar yo; que es que mientras el tiempo pasa –que ya se sabe que el tiempo odios y cariños gasta–, os retraigáis a estos montes, huésped de ese real alcázar, donde nadie saber puede de vos. (No mal le agasaja, a fin de apurar si es otro su intento.) Aunque, a vuestras plantas, agradezco la fineza, perdonadme el no aceptarla; pues de mí no ha de pensar nadie que escondí la cara más que a la dama, mas no a quien esté con la dama, airoso con la disculpa de decir que no me halla. Y así, adiós, que parecer tengo. Y a eso, ¿qué embaraza descansar aquí unos días? ¿Quién con cuidados descansa? Mientras que yo no supiere lo que allá en mi ausencia pasa, tendrá la imaginación pendiente de un hilo el alma. Yo he de saber quién me busca, con qué industrias, con qué trazas se solicita mi muerte; quién ofende o quién agrada con ellas a Arminda... ¡Oh, cielos, y qué mal hice en nombrarla! ¿Por qué lo sentís? Porqué en presencia de una dama, grosero es quien da a entender que otra sus desvelos causa. Aunque sé de cortesanos duelos de amor poco o nada, bien sé que hay un cierto amor de inclinación tan hidalga que agradece sin deseo y quiere sin esperanza; y porque veáis que este ofrecimiento no pasa a sentir que vuestro afecto por otra hermosura vaya, sino porque vaya al riesgo que habéis dicho que os aguarda, vuelvo a pediros que aquí os reparéis; y si el ansia de saber, como dijisteis, lo que en vuestra ausencia pasa disgustado ha de teneros (bien puedo hablar, confiada en que mi padre me oye), yo haré que cuanto se trata en orden a vos aquí lo veáis y oigáis. (¡Estraña proposición!) (Bien le empeña para que de aquí no salga sin descifrar el enigma.) ¿Aquí he de ver,... ¿Qué os espanta? ... aquí he de oír... ¿Qué os admira? ...lo que... ¿Qué teméis? ...Tinacria siente de mí? Sí. ¿Y veré, ya que no importa el nombrarla, a Arminda? También. Pues, ¿qué es lo que esperas? ¿Qué aguardas? ¿De qué suerte...? Esa respuesta ha de dar quien pueda darla. Vase, cerrándose el monte y desapareciendo el gabinete. ¡Oye, espera! ¡Otro prodigio! Y tal que es fuerza que añada duda a duda. ¿Cómo puede ser, sin grande repugnancia, que vea cuando me ciegas y oiga cuando no me hablas? Si vuelvo a verme en el monte sin que haya en toda su estancia más que sus primeros riscos, ¿quién lo que oír y ver pensaba ha de decírmelo? Yo. Vuelve a abrir esa cerrada boca; verás dentro de ella, a pesar de la distancia, lo que la sucede a Arminda en su palacio en Tinacria. Vase. Vuelve a abrirse el monte y vese la fachada de un palacio suntuoso >con cuatro balcones en que han de estar cuatro damas; y en medio, Arminda escribiendo y Aurelio a un lado sentado en un taburete. Ya que habéis vuelto segunda vez con segunda embajada, aquésta es de Mitilene la respuesta; y de palabra, por descifrarla, porque de una en otra voz se esparza lo que contiene, que en vano reinar pretende en mi patria; pues cuando de su derecho todo el orbe arbitrio haga, sabré yo, de todo el orbe, apelar a la campaña, donde la última razón son la pólvora y las balas; y que mejor la estuviera –pues fue ella la celebrada en la desgracia infelice de Lisidante– llorarla que no hacer, vanagloriosa, interés de la desgracia; y que cuando no tuviera yo la justicia asentada, del último poseedor heredera sustentara serlo por no abandonar los fueros de soberana, limitándome el poder de mover al mundo hasta tomar del traidor Leonido la merecida venganza. (¡Oh, qué mal hizo el pincel que sin ceño la retrata; que aunque afable estaba hermosa, más hermosa está enojada!) Mucho sentiré, señora, el ser forzoso que haya de llevar esa respuesta; porque sé que de llevarla ha de resultar... ¿Qué? ...que Mitilene con su armada venga a Tinacria en persona, según su valor la ensalza. Pues añadid que me precio tanto yo de cortesana que la saldré a recibir luego que sepa su marcha. Y id con Dios. Guárdeos el cielo. (¡Ay, miserable Tinacria, qué de desdichas te esperan en castigo de la infausta pérdida de tus dos hijos! Pues transversales dos damas te ponen en ocasión... Mas, ¿qué digo? Lengua, calla; que irremediables desdichas mejor será no acordarlas.) Vase. (Mal despachado va Aurelio.) A Leonido. (Oye hasta ver lo que trata.) A Polidoro. Sin duda cree Mitilene –por ser inclinada a caza, que es imagen de la guerra– que, porque sea inclinada yo a otros estudios, me lleva el ánimo de ventaja; pero presto de este orgullo verá que la desengaña mi valor cuando en persona al opósito la salga. Todas tus damas, señora, de sus adornos y galas depuesto el uso, sabremos a tu imitación trocarlas al arnés; no por lisonja, que no hay lisonja en las damas, sino por gozo de estar a los ojos de su ama airosas con el cariño que engendra la semejanza. Pues para no perder tiempo, las que estáis a esas ventanas –ya que a este retiro no entra hombre alguno–, en voces altas que oigan todos, como si fueran de Céfiro y Aura, a la compañía que está a sus umbrales de guarda dad orden de que al instante reseña de leva hagan para que, alistando gente, suenen en toda Tinacria los militares estruendos de las trompas y las cajas. A servirte iremos todas. Vanse. Detente, Alfreda, no vayas tú; porque quiero contigo discurrir en cuán burlada ha de hallarse Mitilene... (Atiende a esto.) A Leonido. (Escucha y calla.) A Polidoro. El favor estimo. ...cuando, al presentar la batalla, tranzado el bruñido acero, la sobrevista calada, con la fuerza en el borrén y la noticia en la planta, sobre el polaco corcel –bridón que con noble saña al compás de la trompeta la brida del freno tasca– me reconozca ocupando la frente de la vanguardia; y más si por las divisas, que es fuerza ser señaladas, ella me busca y la busco; conque reducido a entrambas el duelo se verá cuando, desde las cujas, las lanzas pasando al ristre, al furioso choque hechas trozos las astas, en desatadas astillas suban hasta el sol tan altas que, encendidas en su fuego, o caigan tarde o no caigan, o caigan tan otras que suban fresno y bajen ascuas. (¡Bella, sabia y valerosa! Ya es mucha tiranía, para añadirme pena a pena, añadirse gracia a gracia.) Fía que el cielo, señora, siempre a la justicia ampara. Tanto esta imaginación el espíritu me inflama que la hora no veo en que diga marcial voz… Cantan ¡Ah de la guardia, oíd, atended, escuchad! Dentro. ¿Quién va, quién es, quién nos llama? Quien de Arminda trae el orden. Pues ¿qué quiere? Pues ¿qué manda? Que las cajas y trompetas reseña de leva hagan, diciendo en los ecos de Céfiro y Aura: “¡Arma, arma, guerra, guerra!” Cajas y trompetas. ¡Guerra, guerra! ¡Al arma, al arma…! ¡… que sale la hermosa Arminda en campaña! ¡… que sale la hermosa Arminda en campaña! (¡Cuánto de oírlo me alegro!) (¡Cuánto al verlo duda el alma!) Y así, para alistar gente que en su seguimiento vaya y para que desde luego Tinacria en fervores arda… ...suenen los clarines... Clarines ...resuenen las cajas... Cajas. ...repitan las trompas... Trompetas. ...con Céfiro y Aura… ¡… arma, arma, guerra, guerra! ¡Guerra, guerra, al arma, al arma, que sale la hermosa Arminda en campaña! Salen Adolfo y Florante. Con la fineza, señora, que da esta bélica salva,... Con el seguro que ofrece quien gente a alistarse llama,... (Aún más que admirar nos queda.) A Leonido. (Pues atiende a lo que falta.) A Polidoro. ...disculpado a este retiro oso entrar. ...bien a estas salas puedo atreverme. Y más cuando militan en mí dos causas. En mí, otras dos. Proseguid, que quizá son una entrambas. En alcance de Leonido, me hice al mar; corrí las playas que el archipiélago roza y, aunque en todas hice instancia, en ninguna hallé noticia de que arribase tal barca. Conque persuadido a que sin duda corrió borrasca y que le sepultó el mar, perdidas las esperanzas, porque no todo se pierda, pues llego a ocasión que mandas gente alistar, te suplico me permitas sentar plaza en tu servicio que supla del ya perdido la falta. Bien dije que habían de ser una nuestras dos instancias; pues yo, en seguimiento suyo, tomé el rumbo de Toscana, como primer patria suya, persuadido a que la patria de cuantos corren fortuna es el centro en que descansan. Tampoco en ella noticias hallé que aportado haya a su abrigo; y así, vuelvo por si puedo tu venganza conmutar a otro servicio. Conque, hasta aquí, cosa es clara que convenimos los dos; mas, desde aquí, la distancia es que Adolfo se persuade a que el mar en sus entrañas le sepulta y yo, que el miedo es sólo el que le resguarda. (¿Miedo yo?) ¿No es más piadoso, Florante, creer que su fama perezca que no que huya? Ésa es piedad afectada. No es sino que el noble siempre piensa lo mejor. Aguarda, que a mí responder a Adolfo me toca. Mucho os engaña la pasión; que lo mejor es pensar que le acobarda el tenerme a mí ofendida. (Mi sufrimiento, ¿a qué aguarda? Muera quien…) Sale Argante deteniendo a Leonido. (¿Dónde vas?) A Leonido. (Donde A Argante. Arminda no se persuada a que a mí me esconde el miedo.) (¿Cómo has de desengañarla A Leonido. si no es ella ni son ellos, sino aparentes fantasmas?) (En fantasmas aparentes A Argante. sabré desmentir mi infamia.) (Pensar lo mejor el noble A Leonido. más merece tu alabanza que tu enojo.) ¡Lo mejor es lo mejor! ¡Las espadas suspended, que estoy aquí! (¡Mira!) A Leonido. (¡Suelta!) A Argante. (¡Advierte!) A Leonido. (¡Aparta!) A Polidoro. Yo, señora… Yo, señora… ¡No prosigáis; basta, basta, no me obliguéis…! (No me fuerces, A Leonido. ya que no te desengaña ni mi voz ni mi respeto, lo haga…) (¿Quién?) A Argante. (...mi ciencia sabia, A Leonido. castigándote en que no veas todo esto en qué para.) (¿Cómo?) A Argante. (Así. Toda esa pompa A Leonido. se desvanezca y deshaga con cuanto en el no fingido palacio de Arminda pasa, dejando sólo las voces; porque el orbe en lides arda, diciendo en los ecos de Céfiro y Aura, diciendo clarines, trompetas y cajas...) Vase. ¡Arma, arma, guerra, guerra, guerra, guerra, al arma, al arma, que sale la hermosa Arminda en campaña! Con esta repetición se deshace el palacio en el aire y se cierra el peñasco. ¿Qué no vistas maravillas son éstas, señor? Hay tantas que no me atrevo a creerlas por no atreverme a dudarlas. Marfisa, con sus prodigios, me obliga a un tiempo y me espanta; con sus mágicas, su padre me admira y me sobresalta; con su piedad, Mitilene me admite; y con su amenaza, a ir me obliga huyendo de ella; Arminda tiene en balanzas por mí su reino en la lid de si le pierde o le gana; Adolfo me favorece cuando Florante me agravia; y ambos me ofenden aún más que no en buscarme, en amarla. ¿Cómo he de acudir a tanto tropel de acciones contrarias? Dando tiempo al tiempo, que él sabe ciertas sendas varias que acá ignoramos. Bien dices. Ve, los caballos desata. Salgamos de aquí una vez, que allá… Vase Polidoro y sale Marfisa. ¿Ésa es la palabra que me diste de que, en viendo lo que sucede en Tinacria, huésped mío quedarías? ¡Ay Marfisa!, que la causa que tuve para ofrecerla tengo para no guardarla. ¿Cómo? Como cuanto he visto es contra mi honor y fama. ¿Contra tu fama y honor? Sí. Pues, ¿qué esperas? ¿qué aguardas? Vuelve por ellas, Leonido; que es mi afición tan hidalga –antes lo dije– que quiero que mueras con alabanza más que el que sin ella vivas. Y si para restaurarla de mí hubieres menester favor, lleva esta medalla que desde que nací es mi más estimable alhaja; será carta de creencia a cualquiera que la traiga para poner alma y vida en cuanto de mí te valgas; y quizá te llevará para ese empeño a tus armas. Yo la estimo; y agradezco que, recíproca, la paga tan a mano esté. Ésta es otra que a mí me acompaña también desde que nací. Toma y será también carta de creencia para que, si hubiere en ti otra mudanza que a mayor fausto no sea, te acuda con vida y alma. Parte, pues. Adiós. Adiós. (¿Qué contendrá esta medalla?) (Mas, ¿qué miro?) (Mas, ¿qué veo?) (¡Ésta es la mía!) (Al trocarlas, o ella se erró o yo me erré.) ¡Marfisa! ¡Marfisa! Nada me digas; mi padre viene. Si has visto lo que deseabas, hombre, y de tu fuerte escudo no me revelas el alma, ¿qué me quieres? ¡Vete, vete donde, inmensa la distancia, ni te oiga ni te vea! (Crea, al verme ir enojada, que querer ni ser querida es lo que de mí le aparta.) Vase. ¡Oye! ¿Qué mujer es ésta, cielos, que en un punto pasa del favor al odio? ¿O qué afecto el que me arrastra a mí el corazón tras ella, que es quererla y no es amarla? Sale Polidoro. Ya están aquí los caballos. Aunque otro impulso me arrastra, el del honor es primero. Vamos a ver en qué para en el palacio de Arminda –pues ya lo dirá la fama– el pendiente duelo en que me honra uno y otro me agravia. ¿En qué ha de parar, delante de Arminda, si no en que haga su respeto que no pase más que a empuñar las espadas y en que se pierdan las voces diciendo trompas y cajas…? ¡Arma, arma, guerra, guerra, guerra, guerra, al arma, al arma, que sale la hermosa Arminda en campaña! Vanse los dos y, con esta repetición, vuelve a verse el mismo palacio con las mismas personas en la misma acción que estaban cuando desapareció. Ya he dicho que lo mejor se ha de creer. Yo, que nada es peor que el huir del miedo. También he dicho que basta; y es mucho durar porfía tan inútilmente vana. Vamos a asistir a Arminda, pues ya aquí no hacemos falta. Y advertid que, desde aquí, para que allá no suceda de él resulta alguna, queda este duelo sobre mí. Y crea el que desatento le rompa que halle añadido, sobre el odio de Leonido, segundo aborrecimiento. Y si vuestra bizarría aspira al que más merece, buena ocasión se le ofrece hoy en la defensa mía. Ya declarada la guerra en Mitilene está; ya puesta en mi favor está en arma toda la tierra; en la campaña emplead, no en el palacio, la saña; que del valor la campaña es campo de la verdad. Quedad con dios. Él os guarde. ¿Cómo os vais sin responder? Como el que va a obedecer no es bien que en serviros tarde. Como el que a serviros va sólo le toca serviros; y lo que yo he de deciros, la campaña os lo dirá. Vanse y salen soldados con Merlín. Como mandaste, señora, a tus pies hemos traído el crïado de Leonido. Llegad, retiraos agora. (¿Para qué me traerá aquí?) (¿Qué no intentará mi ira?) (¡Ay, señores, cuál me mira! Tengan lástima de mí, que soy niño y solo y nunca en tal me vi.) Sabiendo yo que es verdad cuanto dijisteis primero, satisfaceros espero poniéndoos en libertad. Pero habeisme de decir dónde vuestro amo tenía más amor, dónde solía con más cariño asistir, en qué provincia os parece que, si es que salió del mar, habrá ido a asegurar su vida. No se me ofrece parte en que descanso tenga; que es tan vario, tan altivo, su espíritu ambulativo que, sin que vaya ni venga, va y viene sin descansar; tanto que, yendo y viniendo, saldrá de un lugar lloviendo sin saber a qué lugar. Jamás en él conocí cariño yo que no fuera cariño de faldriquera. ¿Estás loco? Creo que sí, pues que digo la verdad; y no, pues sé que la digo; que una caja que consigo trae, de no sé qué beldad incógnita, al parecer contiene el bello retrato que adora con tal recato que a nadie le deja ver. Con él a solas suspira y tan tierno le enamora que cuando le mira llora y llora si no le mira. Con que sé de cierto que donde está la dama irá. ¿Y dónde la dama está? Eso es lo que yo no sé. ¿Nunca la visteis? Ni oíllo. ¿Ni de qué patria es? Ni vello ¡Qué os diera yo por sabello! ¡Qué os diera yo por decillo, vengándome de él y de ella! De ella, pues por ella ha sido haber al duelo venido de que hubiese otra más bella; y de él, pues si le buscaras y matarle consiguieras, a mí la vida me dieras. ¿Cómo? Como –si reparas en que te dije quién es– donde quiera que me vea me ha de matar. Esta idea me trae tan sin mí, después de no ver en tantos días la luz del sol, que no puedo vencer el usado miedo de hipocondrías fantasías; de que, para asegurarme, fuerza que me valga es del sagrado de tus pies. De vivir aquí has de darme licencia, puesto que aquí es cierto que él no vendrá; que aquí no se atreverá a entrar nunca. Pues yo fui la causa de ese temor, bien es que al reparo acuda. Aquí os quedad. (Nueva duda ha engendrado mi temor, persuadido a que no ignora éste la dama quién es. Asegurémosle pues de otra suerte.) ¡Hola! Señora. (Oíd aparte. A ese criado Al Soldado 1º. habéis de asistir de modo que vais observando todo cuanto diga y haga; y dado una vez por muy su amigo, procurad desentrañar su pecho hasta averiguar –pues más con vos que conmigo se declarará– quién es y dónde vive esa dama que dice que su amo ama.) (Descuida conmigo; pues A Arminda. o no seré yo quien soy o cuanto su pecho encierra le haré decir.) Dentro. ¡Arma! ¡Guerra! Cajas, trompetas y sale Alfreda. ¿Qué es lo que escuchando estoy? ¿Qué novedad habrá habido para tocar arma ahora? La novedad es, señora, haber aviso venido de que ya de Mitilene la armada se ha descubierto y, de un bordo y otro, al puerto de Faro costeando viene. Y como pasando estaba, muestra la gente que ya listada a tu bando está. En fe de cuánto deseaba que des orden de que marche, ese rebato ha tocado. Pues no cesen, inspirado el bronce y herido el parche; que antes que ella tome tierra –¡dadme un caballo!– a la playa es bien que a impedirlo vaya. Vase. Dentro. ¡Arma, arma! ¡Guerra, guerra! Mientras la marcha se ajusta –el alma de gozos llena una y otra norabuena–, es justo que, de la injusta prisión, libre os dé. Pues ¿qué –aquí para entre los dos–, señor soldado, os va a vos que preso o que libre esté? ¿Qué me va? La compasión de la sinrazón que han hecho con vos; que en un noble pecho la sinrazón es razón para que, compadecido por pobre y por estranjero, vuestro amigo verdadero sea. (El cielo me ha venido a ver en este soldado tan tierno de corazón.) Pues ¿dirá su compasión a qué ejercicio, a qué estado aquí me podré aplicar para ingeniarme a vivir, ya que no tengo de ir a parte que pueda dar mi amo conmigo? Venid, refrescaremos primero; que luego llevaros quiero a donde, para la lid, sentéis en mi compañía plaza. En cuanto a refrescar, convengo; en cuanto a sentar plaza, excusarlo querría, si fuese posible. No lo puede ser, que no puedo tener yo amigo con miedo. Ni amigo sin miedo yo. Ya sé que ésa es falsedad, que vuestra fisonomía muestra grande valentía. ¿Mi frisoni qué? Mirad lo que decís; que a fe mía que la que os dio aquesa muestra será la frisona vuestra mas no la frisona mía; que en mi vida conocí a esa señora. Dejemos las burlas y refresquemos. Aloja de nieve allí hay. Para hacer la razón que a tanto agasajo os mueve, mejor que aloja de nieve será vino de carbón. ¡Oh! ¿Corriente sois? No en vano a ser desde aquí me obligo, más que vuestro hermano, amigo. Y yo amigo más que hermano. Venid, que toques de guerra ya a marchar llaman. Cajas. Bebamos; y donde quisiereis vamos. Vanse. Dentro. ¡Arma, arma! Dentro. ¡A tierra, a tierra! Transmútase el palacio en el teatro de la primera selva; con esta diferencia, que su foro ha de ser un monte ceniciento, lo más eminente que se pueda, cuya cumbre ha de estar a ratos exhalando humo y fuego; y salen a tierra Mitilene y damas, todas con plumas y espadines; y Aurelio y soldados, habiendo hecho primero faenas de marinería. Dentro. ¡Amaina la mayor! Dentro. ¡Iza el trinquete! Dentro. ¡A la escota! Dentro. ¡A la entena! Dentro. ¡Al cafaldete! Dentro. Pues nos ofrece el puerto, tan poco defendido, el paso abierto, abátase la vela, ala de lino con que nada y vuela de uno en otro elemento –tanto neblí del mar, delfín del viento– como a surcar se atreve con máquinas de fuego ondas de nieve. Dentro. ¡Echa el ancla y aferra! Dentro. ¡Los esquifes al mar! Dentro. ¡A tierra, a tierra! Salen todos. ¡Salve, Tinacria! ¡Oh tú, de mi fortuna primer patria, pues fuiste primer cuna de la que a darme el ser, en nupcial yugo, llevar su estrella plugo al Nido, donde fue mi nacimiento tan general contento que, del Peloponeso su alto monte, por todo su horizonte, consagrado a mi nombre el suyo, viene a ser el de la isla, Mitilene! Salve y permite que en tu esfera bella imprima, en fe de posesión, la huella; tanto porque a mí más que a Arminda toca cuanto por su respuesta y por la poca instancia en seguimiento del tirano que dio la muerte a su infelice hermano. Desembarcando, Aurelio, haced que vaya la gente; y vayan al ocupar la playa, para no perder tiempo, mis blasones doblándose en formados escuadrones; porque yo, desde luego, la guerra he de llevar a sangre y fuego. De tu valor lo fío; bien que un recelo, inútil como mío, mal agüero me ha dado. ¿Qué recelo? Que al occidente, donde el Mongibelo es terror de Tinacria,... ¿Qué? ...presumo que aquello, más que exhalación, es humo que aborta de su seno; primer señal de que, de horrores lleno, sólo en esto clemente, suele avisar primero que reviente. Aqueso más que agüero para mí es vaticinio, si es que infiero que cuando hace –temiendo su castigo– llamada el enemigo para parlamentar, fuegos enciende; y eso debe de ser lo que pretende Arminda. Y como el sol, con su luz, ciego al fuego deja, sin lucir el fuego, no vemos de ese monte en lo más sumo el fuego arder sin empañarle el humo. De fantásticas sombras ni crueles hados nunca hice caso; los cuarteles, como se van formando, recorramos; porque en real marcha vamos talando cuanto opósito al encuentro salga hasta dar con el guardado centro que, oculta, dicen que contiene a Arminda. A tu valor, ¿qué habrá que no se rinda? Y más cuando la fama te previene tan justa empresa. Cajas A una parte ¡Viva Mitilene, gloriosamente altiva! A otra parte ¡Gloriosamente heroica, Arminda viva! ¿Qué salva será ésta? Bien claro el monte ha dado la respuesta, dando hacia aquella parte a voces de Belona ecos de Marte. Gente de guerra a embarazarte el paso será sin duda. Vamos –que no acaso tan presto a nuestra vista el triunfo se halla– a poner el ejército en batalla. Bien tu denuedo a todo se previene. ¡Arminda viva! ¡Viva Mitilene! Cajas y trompetas y se entran todos y salen Leonido y Polidoro en trajes de humildes soldados. A buena ocasión llegamos, pues desde aquí, frente a frente, los dos campos se descubren de Arminda y de Mitilene, que para darse batalla unos y otros se previenen. La ocasión es buena pero el pretexto con que vienes a hallarte en ella no sé que lo sea, pues no atiendes al peligro en que te pones de ser conocido. Ése es poco reparo el día que nadie aquí llegó a verme; y viendo un pobre soldado en traje tan diferente y diferente nombre, no es fácil el conocerle. Fuera de esto, ¿quién habrá que imagine ni que piense que soy yo y que vengo donde tanto se desea mi muerte? En ninguna parte está retraído un delincuente más seguro que en la cárcel, si hay quien en ella le albergue; porque si traerle a ella es la instancia de los jueces, ¿de dónde le han de traer, si está donde han de traerle? Esto, en una parte; en otra, las razones que me mueven a aquesta temeridad –como fábula se cuente– son dos: una, si por mí –que aunque Arminda me aborrece, no dejo yo de adorarla–, empeñado en una suerte tiene de Salabria el reino, ¿será bien que yo la empeñe en el peligro y que luego en el peligro la deje?; otra es que corra la fama de que de temor me ausente. Y si mi valor aquí algún noble lauro adquiere, lo que de persona a nombre va –siendo el nombre voz leve y realidad la persona– irá de que allá me afrente y aquí me alabe; de modo que, al ver que lidia valiente el que moteja cobarde, es fuerza que se avergüence de ser lo mismo que dice lo mismo que le desmiente. No me toca con razones argüirte; obedecerte con lealtades, sí. Dispón tú, que yo, a tu lado siempre leal criado, he de seguirte aunque la vida me cueste. No digas leal criado; di leal amigo, pues lo eres. Y, en fin, ¿qué piensas hacer? Estar a la mira de este primer encuentro hasta ver si la fortuna me ofrece, quizá por yerro, ocasión en que mi denuedo muestre, que a un tiempo es persona que hace y persona que padece. Pues retírate a lo espeso de estas ramas porque vienen hacia aquí algunos soldados. Que no nos vean conviene desmandados y pregunten quién somos. Escóndense y sale el Soldado 1º y Merlín. Hombre, detente; que ya en la ocasión implica ser amigo y que te ausentes. Señor amigo de ayer, que hoy me sigue y me parece que me seguirá mañana, no implicara a quien supiere que ya no puedo sufrir que a preguntas me atormente. Pues ¿qué es lo que te pregunto yo más que de dónde eres, cómo te llamas, tus padres cómo, cuántos años tienes y cuántos ha que a Leonido sirves, en qué isla mantiene él su casa y su familia, si es casado, si pretende casarse, con quién y dónde? Cosas que un amigo debe saberlas para contarlas a otro amigo, si se ofrece; que esto es ser corriente amigo. Estotro, amigo moliente. Y pues a aquesas preguntas te he respondido otras veces lo que sé y lo que no sé, déjame ir donde quisiere; que si en el pasado brindis de aquel refresco caliente me hice mona, no por eso será justo que sospeches que necesito de maza. ¡Viva Arminda! Cajas. ¡Mitilene viva! Ya, dándose vista, entrambos campos se mueven; por eso no te respondo, que no es justo que me echen menos en mi puesto; pero yo volveré a responderte. Vase. ¿No basta ser preguntante sino también respondiente? ¿Cómo huiré de él cuando es fuerza que en esta tierra me quede a vivir, por el seguro de que en ella mi amo entre? Y pues la vida es alhaja que no se halla si se pierde, en lo espeso de estas ramas me esconda. En ellas hay gente. Otros gallinas serán, con que entra aquí lindamente lo de “cállate y callemos”. Señores soldados, si éste es cuartel de la salud, admitan vuesas mercedes un achacoso que trae todo el miedo competente para... Mas, ¿qué es lo que veo? ¿Qué veo? ¡Merlín es éste! Pues, ¿cómo, traidor,… (A esto, cuando han errado la suerte, caerse la casa a cuestas llamar los fulleros suelen.) …delante de mí? Señor, mira que... ¿Tú me detienes? Sí; que hizo él como quien es y has de hacer como quien eres tú en no vengarte en un hombre tan vil. ¿Es mejor que quede vivo a que pueda decir quién soy otra vez? Detenle, Polidoro, mientras yo huyendo me amparo de ese primer tercio. Suelta, digo, que tengo que darle muerte; Saca la espada. que nadie mejor que el muerto guarda un secreto. ¡Valedme, cielos! Sale un Sargento y soldados y luego Adolfo. Acudid, soldados; y mirad qué ruido es ése. ¡Teneos! Eso, seor sargento, dígalo a quien no se tiene. ¿Qué es esto? Que ese soldado, desnuda la espada, viene tras otro. ¿Qué esperáis? ¿Desnuda la espada enfrente de banderas y más cuando arma se toca? ¡Prendedle! Llevadle al cuerpo de guardia, donde yo haré que escarmiente a los demás su castigo. (¡Triste hado!) (¡Desdicha fuerte!) Señor, yo, si... cuando... Nada digáis. Sea lo que fuere no lo he de saber de vos, que en boca del delincuente siempre vive sospechosa la verdad. Vos que, prudente, no habéis sacado la espada viendo el peligro que tiene el sacarla aquí, decidme, ¿qué ocasión es la que mueve contra vos ese soldado y quién es? (Cierta es mi muerte, que es fuerza en decir quién soy que se asegure y se vengue.) Ese soldado... Oye, aguarda, antes que prosigas... ¿no eres tú el criado de Leonido? (¡Pluguiera a Dios no lo fuese, pues él, ya preso, ya libre, me trae en trabajos siempre!) (Él, sin duda, se declara.) A Polidoro. (Con justa razón le temes.) A Leonido. Ese soldado, que yo ni le conozco ni a verle llegué otra vez en mi vida, sobre juzgar una suerte hoy en el cuerpo de guardia con licencia de quien pierde, dijo que la había juzgado muy apasionadamente, por no perder el barato del que ganaba. Impaciente dije: “Quien de mí pensare tal, mi...” Y sin llegar al ente de la razón, se interpuso en medio toda la gente. Tocose al arma; conque viniendo a mi puesto, en ese bosque contra mí la espada sacó; que sin duda debe de ser bisoño, pues no sabe militares leyes. No quise sacar la mía y más al ver detenerle esotro soldado, a quien tampoco conozco. Éste es todo el caso; y supuesto que no hay herida ni muerte, te suplico que si algo contigo, señor, merece quien obedeciendo a Arminda la dice cuanto ella quiere –y dijera más si más supiera– que no le lleven preso; que para seguro de que aquí nada hay pendiente delante de ti la mano doy de ser su criado siempre. Volvedle la espada. Y vos al soldado agradecedle que para daros la vida servicios de Arminda alegue. A vos, por la piedad, beso las plantas una y mil veces; y a él, por el ruego, le doy los brazos; y creed que intente pagaros mi valor cuanto mi valor sabe que os debe. Si tanto de vos fiáis, buena ocasión se os ofrece, que ya a la caballería se ha dado orden de que empiece a trabar la escaramuza. Y pues manda que gobierne yo este derecho costado, cuartel donde Arminda tiene su corte, a darles calor vaya avanzando la gente. Vanse y tocan cajas y trompetas. Dentro. ¡Arma, arma! Ya que solos quedamos, ¿podré atreverme a pensar que lo que dije con lo que he callado enmiende? Llega otra vez a mis brazos. Y a los míos. Dentro. ¡Mitilene viva! Dentro. ¡Viva Arminda! Dentro. ¡Dadme un caballo y nadie entre antes que yo en la batalla, porque Arminda conocerme pueda! Dentro. ¡Un caballo me dad y nadie llegue a ponerse delante, porque conozca mi divisa Mitilene! Dentro. ¡Arma, arma! ¡Guerra, guerra! ¡Oh, si los cielos me diesen ocasión en que mostrarme! Dentro. Antes que las dos se encuentren y castigada Tinacria ni la una ni la otra reine, su seno rasgue el volcán y de su preñado vientre en nubes de humo que aborte, globos de fuego reviente. Revienta el volcán. Dentro. ¡Cielos, favor! Dentro. ¡Piedad, cielos! ¿Qué nuevo escándalo es éste? Que el volcán ha reventado; que con la negra corriente de su derretido azufre y de sus llamas ardientes el fiero embrïón, la tierra inundan y el aire encienden. Ambos campos se retiran. ¿Qué mucho, si hay quien los vence? Dentro. ¡Soldados, al mar; que bien habrá menester valerse de tanta agua tanto fuego! Dentro. ¡Al monte, soldados! Quede suspensa la lid en tanto que el cielo sus iras temple. Pasando de una parte a otra todos. ¡Oh, justos juicios del cielo sin duda es –pues no consiente que litigue la injusticia–, que por la inocencia vuelve. ¡Al monte! ¡Al mar! ¡Fuego, fuego! ¿Dónde iré yo que no lleve tras mí mis hados? El mar con sus tormentas me ofende; el Cáucaso con sus magias me aflige; con sus crüeles diluvios el aire; y ahora el fuego, con sus ardientes iras. Dentro. ¡Socorro, piedad! Pues aún hay otro accidente. Las encendidas pavesas –que el aire es fuerza que vuelen– sobre aquel vecino bosque diluvios de chispas llueven. De él huyendo salen cuantos le tuvieron por albergue. Dentro. ¡Ay, infelice de mí! Dentro. El monte en que el fuego prende el cuartel de Arminda es. Dentro. ¡Soldados, a socorrerle! ¿Qué es lo que escucho? ¿El cuartel de Arminda? Pues, ¿qué hay que espere? ¡Pierda en su favor mil vidas! Vase. Fuerza es que tras él me empeñe. Y yo tras ti... Pero no, que podrá ser que me queme. Siempre pasando de una parte a otra. Sale Florante. ¡Oh, si fuese yo el dichoso... Sale Adolfo. ¡Oh, si yo el dichoso fuese... ...que la socorra! ...la ampare! Sale Leonido con Arminda en los brazos y cae desmayado Leonido. ¡Ay de mí! ¡Cielos, valedme! Pero como alentéis vos, ¿qué importa que yo no aliente? ¿Qué es lo que miro? ¿Qué veo? Señora, ¿qué estrago es éste? Nada. Cuidad de ese hombre, a quien mi vida se debe. ¡Feliz quien tal dicha goza! Y infelice quien la pierde. Y felice y infelice quien lo que ha de estimar siente. Jornada III Corriéndose la mutación del palacio, suenan chirimías y música y salen Merlín y el Soldado. De los palacios de Venus, Casimiro, invicto César, a las campañas de Marte en hora dichosa venga. De cuanto usted me pregunta, ¿podré yo una vez siquiera atreverme a preguntarle qué novedades son éstas? ¿No estaba toda Tinacria con aparatos de guerra para darse la batalla y en militar orden puesta? ¿No reventó el Mongibelo a ocasión que les fue fuerza –dejando una lid por otra– retirarse en su defensa a su armada Mitilene y nuestra Arminda a su selva? Socorridas del incendio, una en agua y otra en tierra, ¿no quedó para otro día la tal batalla suspensa? Pues, ¿cómo, no solamente en vez de volver a ella, los estruendos militares se han trocado en los de fiesta? Como corriendo la voz de tanto escándalo, mientras una y otra reparaban las ruinas de la violencia, llegó a Chipre la noticia, donde hoy Casimiro reina –tío de las dos–; y viendo cuánto militan opuestas su sangre contra su sangre y contra entrambas el Etna –y que es preciso que a un tiempo, aún más que le alegre, sienta el dolor de la vencida que el gozo de la que venza– a ser árbitro entre ambas –fiando de su prudencia, su autoridad y sus canas conseguir él componerlas– venir a Tinacria quiso. Y aunque se dijo que era su intento en secreto, como esto de reales ausencias por secretas que sean son públicamente secretas, llegó antes que la persona la voz; y sabiendo que entra hoy en palacio, está Arminda a recibirle a sus puertas. Conque, persuadido el pueblo a que su venida sea el arco de la paz, tanto en su venida se alegra que toda es aclamaciones galas, músicas y fiestas. Y pues en términos yo le he respondido, ya es deuda el que, a lo que le pregunté, dé en términos la respuesta: ¿dónde su amo le parece que estará a estas horas? Ésa es pregunta intolerable, que no obliga; y más con esta ocasión, cuando el concurso, siguiéndole hasta las puertas, llega del jardín, porque no sepa nadie que llega por más que lo sepan todos. No es por eso; pues abiertas están y entran cuantos vienen tras él. Pues si todos entran, entremos también nosotros dando por aquí la vuelta. Éntranse y mudándose el teatro en el de un vistoso jardín, salen Arminda y sus damas, Casimiro, Adolfo, Florante, Merlín, el Soldado y acompañamiento. De los palacios de Venus, Casimiro, invicto César, a las campañas de Marte en hora dichosa venga. Vuestra Majestad, señor, una y muchas veces sea bien venido a éste su reino; donde, como yo merezca besar su mano, será doblar la dicha primera de verle con la segunda de verme a sus plantas puesta. Los brazos, hermosa Arminda, muda retórica sean; que en la admiración más dice el silencio que la lengua. Vuestra Majestad perdone, señor; y deme licencia –ya que, en los lutos, el traje de la campaña dispensan para que no en el estrecho retiro de mis tristezas entre tropezando en sombras– a que le reciba en esta galería del jardín en tanto que se prevenga el cuarto que ha de hospedarle; que, como mi suerte adversa ninguna dicha esperaba, no pudo prevenir ésta, en que vuestra Majestad que haya de suplir es fuerza con miedos de no esperarla culpas de no merecerla. Siéntanse. Como yo, divina Arminda, con la salud que desea mi amor os halle, no tengo que desear más conveniencia, pues no vengo por la mía tanto como por la vuestra y de Mitilene; que no quiero desta fineza haceros a vos deudora el día que entre vos y ella sólo el número os distingue; fuera de que para hacerla, la lástima de Tinacria bastara; y más cuando llega la imaginación a haber hecho aprensión en la idea de que abrirse el Mongibelo en ocasión tan violenta como al darse la batalla no fue acaso –pues es cierta cosa que nada hay acaso en quien todo es providencia–, quizá en castigo de que donde hay leyes que gobiernan, del tribunal de justicia se apele para el de guerra, monstruo que de humana sangre hidrópico se alimenta; y así, mi piedad... Segunda vez, señor, suplico a vuestra Majestad que a mi atención la dé segunda licencia para pedirle que, antes que toque en otra materia, trate la de su descanso y salud. Vuestras Altezas acompañen a mi tío a su cuarto. Sin que sepa a quién con tanto decoro lo encargas, dudar es fuerza su obsequio y mi estimación. A Florante de Suevia y a Adolfo de Rusia. A mí me daré la norabuena de esta dicha. La de estar a vuestros pies es la nuestra. Llegad, llegad a mis brazos. Hallándose en la tragedia de mi hermano, hasta vengarla no han querido hacer ausencia; y habiendo en este intermedio tomado la armada tierra, ya una vez aquí han querido militar en mi defensa. Con tales soldados no admiro que tan severa la plática divirtáis, que mira a la conveniencia de una común paz. No es sino que esa conferencia ha de ser con Mitilene, no conmigo; que si ella viene a echarme de mi casa forzoso es que me defienda: a ella reducid. Y en tanto, id, señor, donde os espera humilde esfera, que vos haréis soberana esfera; que sois sol y el sol no mide distancias; con la luz mesma que lo sublime ilumina, iluminar no desdeña lo no sublime; que iguales participan su belleza la torre que la cabaña y la cumbre que la selva. Por obedeceros más que por descansar, aceta el partido de dejaros el de no veros tan bella. ¡Que lástima hubiera sido que el fuego, de envidia, hubiera, porque luciera su lumbre, logrado apagar la vuestra! Entre unas peñas que, como materia menos dispuesta que los troncos, no había el fuego conseguido el que se enciendan, a todas partes sitiada, del fuego y del humo ciega, sin buscar senda al entrar y al salir hallando senda, a un soldado de fortuna debí la vida. ¡Quién fuera fortuna de ese soldado! (Harto a mis ansias les cuesta el no haber sido yo). (Poco la debí a mi estrella, pues no me quitó la vida la envidia de que otro fuera). ¿A dónde, príncipes, vais? Sirviéndoos hasta la puerta del cuarto. Eso no; quedaos. Esto Arminda nos ordena y, a fuer de soldados suyos, estar al orden es fuerza. Obedezcámosla todos. ¡Oh, Aurelio! ¿Quién nos dijera que había de volver a veros con estas canas y en esta edad cuando de Tinacria salí en joven edad tierna con esperanzas de que había de cobrar la prenda que en ella, ¡ay de mí!, quedaba? Mejor, señor, lo dijeras si hablara yo. ¡Oh, vil memoria! Bien dijo el que dijo que eras alhaja de desdichados; pues, condicional potencia, lo que has de acordar olvidas, lo que has de olvidar acuerdas. Vanse todos los hombres y quedan las damas. Si hace bien el que antes que le despejen se despeja, salgamos de aquí. Salgamos. Llama a ese soldado, Alfreda. ¡Ah, soldado! ¿Qué mandáis? ¿Qué hay de aquella diligencia? Nada, señora, que este hombre es loco. Ni da respuesta, ni en cuanto discurre y habla razón con razón concuerda. Pues dejadle para loco; no prosigáis, pues, en ella; que, perdidas otras, nada importa que ésa se pierda. (¡Gracias a Dios que salí de andarme tras una bestia!) Vase. Retiraos todas; dejadme sola. (¡Qué poco la alegra la venida de su tío!) (¿Quién duda que la tristeza, con cualquiera novedad, más que se alivia se aumenta?) Si te he dicho, Alfreda, ya que contigo no se entienda lo que con todas, ¿por qué a acompañarme no quedas? Porque me lo mandes tú; que del cariño las muestras, por ver si en ti el repetirlas es maña, en mí, no saberlas. Pues sabe –logra esa maña– que nunca con mayor pena hube menester a quien contándola la divierta. Pensarás que la venida de mi tío y que pretenda nuestra paz, en que es preciso que algo en mi derecho pierda, es la causa; pues no, que esto y que hasta ahora no sepa –bien que he mandado le asistan como a mi persona mesma– si vive o no aquel soldado a quien debí la fineza de haberme dado la vida no son cosas que me cuestan más que un cuidado, que no pasa de cuidado a pena. Lo que de pena a cuidado pasa, a ira, a rabia, impaciencia, es que no me basten medios, trazas, industrias, cautelas, para saber de aquel fiero Leonido; y más hoy que fuera especie de baldón que Mitilene y mi tío vieran que, siendo sangre de todos, soy yo sola quien la venza. Esta presunción, que en una parte rencorosa y fiera y en otra heroica y altiva a todas horas molesta, me ha puesto en el pensamiento una imaginada empresa, con que le mate en la honra ya que en la vida no pueda. ¿En la honra? Sí. ¿De qué suerte has de conseguirlo? De ésta: yo tengo comprometida –conozco que fue imprudencia de arrebatado furor– mi mano a quien, como sea de real generosa estirpe, vivo o muerto me le ofrezca; y para desempeñarme de cumplir esta promesa y no dejar de cumplir con mis rencores, quisiera hallar un hombre de tal valor y de tal esfera que, aunque se atreva al empeño, a la paga no se atreva. La industria que he imaginado es que... No prosigas; que entra gente en el jardín y creo, si no me engañan las señas, que es el soldado, señora, del incendio. (Mas ¿qué fuera que no acaso con valor y sin lustre me le ofrezca el cielo?) Pídeme albricias de su salud. (¡Oh, qué apriesa piensa un vehemente deseo que no hay más de lo que piensa!) Salen Leonido y Polidoro. (Pues las puertas del jardín A Polidoro. están hasta ahora abiertas, licencia debe de haber de entrar en él.) (Oye, espera; A Leonido. que está en él Arminda.) (Mas A Polidoro. respeto, que no licencia, debe de ser quien le guarda.) (Retirémonos afuera; A Leonido. no de que hayamos entrado inadvertidos se ofenda) ¿Quién anda allí? (Pues contigo A Leonido. que menos se enoje es fuerza, respóndela tú; que yo quedaré escondido en estas altas murtas.) Quien, señora, no pensó que vuestra alteza aquí... porque yo... si... No os turbéis; que más sintiera que por mí hubierais dejado de entrar a esta verde esfera que no que entrado hayáis; pues desigual retorno fuera que, quien en otras por mí pisando volcanes entra, dejara por mí de entrar pisando flores en ésta. Para entrar aquí, señora, no tener licencia vuestra me acobarda; pero allá no hube menester tenerla porque, para arder por vos, yo me tomé la licencia. Y ¿cómo os sentís? Mejor; y más hoy, con una nueva que de mi patria he tenido. ¿De qué? De que estoy muy cerca de una dicha que en mi vida esperé llegar a verla. ¿De dónde sois? Alemania es mi patria. ¿Noble en ella? Mi padre no conocí; sólo sé, criado en la guerra, que hijo de la guerra soy. ¡Ved vos si tendré nobleza, pues es la madre que más ilustres hijos engendra! Oyendo cómo en Tinacria vuestra persona hacía levas para salir en campaña, movido de oculta estrella que a vos más que a Mitilene me inclinó –con conocerla a ella más que a vos–, llegué a vuestro campo en tan buena ocasión que pude daros de mi valor primer muestra para que os sirváis de mí en lo demás que se ofrezca. (¿Soldado estranjero, pobre, osado y de corta esfera? Sin duda el cielo dispone mi venganza). Que agradezca la elección es justo; y pues no hay modo de agradecerla más pronto que el de acetarla, pasemos a su experiencia. ¿Tendréis valor? Sí, señora. ¿Antes que mi voz refiera para qué decís que sí? Sí, que sé por cosa cierta que le tengo para todo. (Retírate de aquí, Alfreda, A Alfreda. donde puedas avisarme cuando alguien por aquí venga; y donde puedas oírme, pues lo que aquí te dijera es lo que a él he de decirle.) (No, señora, te resuelvas A Arminda. a fiar de quien no conoces.) (En la ira no hay espera; A Alfreda. demás de que en este hombre es segunda conveniencia, para mi agradecimiento, juntar en una dos deudas.) (¡Oh, si pudiera yo oír desde aquí la conferencia!) (¿Qué será lo que de mí quiere fïar? Pero sea lo que fuere, ¿qué más dicha puede haber que obedecerla?) Para lo que he de fiaros, la primera diligencia ha de ser jurar secreto. Sí juro; la mano puesta sobre la cruz de la espada protesto a una y otra esfera que, el cielo con su poder, el sol con sus influencias, con sus horrores la luna, con su ceño las estrellas, con sus ráfagas el aire, con sus temblores la tierra, el fuego con sus ardores y el agua con sus tormentas, a ojerizas me destruyan el día que llegue mi lengua a romperle. Pues oíd. Yo aborrezco de manera a ese embrión de los montes –abortivo hijo de fieras que prohijado de Toscana Tiro hizo lansgrave en Grecia–, a ése, en fin, traidor Leonido, que no ha habido diligencia que no haya hecho en busca suya; y viendo cuánto le ausenta el miedo y que de cobarde se esconde, he dado, resuelta, en una imaginación que le obligue a que parezca o a que perezca su fama. Ésta es que haya quien se atreva a retarle de traidor; pues con aleve cautela rompiendo las vallas hizo, por particulares quejas que de mi hermano tenía, su festividad tragedia. De que se siguen tres cosas: una, que si es como piensan muchos que murió en el mar me quiete yo, satisfecha con que contra el muerto no hay noble rencor que trascienda; otra, que si vive y no parece donde le retan, para todas las naciones ya propias y ya estranjeras quedará, sobre la nota de cobarde, con la afrenta de traidor, pues contra todo buen duelo rompió la tela para ganar la ventaja de ir uno a lid y otro a fiesta; la otra, en fin, que dado caso que como retado venga –con seguros de retado que haberle de dar es fuerza– cumpliré conmigo, pues escrúpulo no me queda de que no hice cuanto pude, dejando desde allí a cuenta de la fortuna el relance de que el que venciere venza. Vos sois el primero a quien esta imaginada idea he participado en fe de ser relativa empresa que la que os debe la vida también la venganza os deba. Y pues no triunfa glorioso quien osado no se arriesga, ved vos si os atreveréis –fijando en cortes diversas firmado cartel que lleve la fama en plumas y lenguas– a mantener la estacada; que para los lustres de ella, galas, armas y caballos os darán mis asistencias sin que digan que son mías, porque no quiero que entienda que es motivo mío mi tío, ni el de Rusia, ni Suevia, hasta mejor ocasión. Y no me deis la respuesta ahora, que tampoco quiero que os resolváis tan apriesa que no lo penséis despacio; pues ahora basta que sepa valor que es tan para todo que no menor premio espera que el de mi mano. (Esto es empeñarle con reserva de que, decir de mi mano, no es decir mi mano mesma.) Vase. (¿Habrá hombre a quien el hado haya puesto en tanto abismo como haber de ser él mismo el retador y el retado?) Ya que al cuarto retirada Arminda, señor, se ha ido, ¿qué es lo que habéis conferido en todo este tiempo? Nada. De dónde era, preguntó; de Alemania, yo respondí. Preguntó el nombre y la di el que primero ocurrió. En esto y en cómo estaba de mi padecido ardor y en responder que mejor, toda la plática acaba. Hablemos más claro; di lo demás que hablasteis. Yo no sé más que esto. ¿Qué no sabes más? No. Pues yo sí, porque cuanto habéis hablado desde allí escuché escondido. Y puesto que tú has cumplido con el secreto jurado, fuerza es por capaz me dé de tus hados infelices; que lo que tú no me dices y yo por mí me lo sé, no obsta aun en caso más grave al juramento; que no estoy obligado yo a callar lo que otro sabe. En notable empeño estás el día que Arminda de ti contra ti se vale. De mí, Polidoro, inferirás cuál está mi corazón; y pues no rompo el secreto hablando contigo, a efeto de saber tú su razón, dime lo que debo hacer. Yo adoro a Arminda; ofendida, ella aborrece mi vida; cuando llego a merecer el verla afable, obligada del riesgo que la saqué, solamente es para que vuelva a verla más airada; que yo a mí me desafíe me manda: ¿cómo ha de ser llamarme y no responder? ¿No es fuerza que desconfíe –si yo como a otro me llamo y como yo no respondo– y que se crea que me escondo de temor, con que disfamo en mi nombre mi valor? Si me dejo de llamar, ¿cómo a Arminda he de obligar a premio de tanto honor, que es su mano conseguir? ¿O cómo se ha de ajustar que sea yo el que ha de esperar y sea yo el que ha de venir? Es tan estraño y tan nuevo el fin de uno y otro daño que, si no es nuevo y estraño el medio que dar me atrevo, no es posible que igualar pueda la cura al dolor. Dile; que nada es peor que dejarle de curar. ¿Si no es fácil de creer? Quien creyere lo que a mí me pasa, lo creerá. Di, ¿qué he de hacer? Lo que has de hacer es el acetar, señor, el duelo que te propone; que yo, en cuanto te baldone, volveré allá por tu honor. ¿Cómo? Saliendo por ti –pues que no eres conocido– con el nombre de Leonido. ¿No será fuerza que allí tú y yo hayamos de lidiar hasta morir o vencer? No; que pues toca escoger al retado armas nombrar, desmintiendo aquella idea de que del caballo fue la ventaja, escogeré que a pie nuestro duelo sea. ¿Qué mejoramos con eso si a pie es fuerza que vencido te des tú como Leonido, conque es contra mí el suceso; o por vencido me dé yo, conque el desdoro allí también será contra mí, pues el premio perderé de la victoria que espero? No harás, pues entre esos plazos podremos venir a brazos; conque por preciso infiero que el que el campo te asegure nos haya de dividir para volver a partir el sol; y como procure yo entre este intermedio hacer –sin que te rinda o me rinda– pública protesta a Arminda y el cielo de que en mí haber no pudo intención ninguna más que el que delante de ella se aplaudiese otra más bella –y que fue de la fortuna lo más del trance–, no dudes, volviendo a embestir, que lo haya de impedir el pueblo, que siempre dio oídos a la razón; y que ella... En vano prosigues, que aunque a ella y al pueblo obligues con esa satisfacción, es persuadirnos nosotros acá, a nuestro parecer, a lo mejor, sin saber qué harán o no harán los otros; demás que contigo nada puede obligarme a lidiar. Señor, quien se mira ahogar se ase de desnuda espada. Piensa tú otro medio, puesto que aqueste no te conviene. No sé... Dentro. ¡Arminda y Mitilene Chirimías y atabales. vivan! ¿Qué puede ser esto? Merlín, que viene hacia allí tras otro, nos lo dirá. Sale el Soldado huyendo de Merlín. Pues no te pregunto ya, hombre, ¿qué quieres de mí? Preguntarte yo, por ver si bien de ti lo aprendí. Si a eso va, también de ti yo aprendí a no responder. Déjame, que ya no quiero ser tu amigo. El Soldado huyendo de Merlín. ¿Cómo no? Has de serlo, pues que yo lo fui al envite primero; y has de mantenerme mano, haciendo al mundo testigo ser mi hermano más que amigo, o mi amigo más que hermano. Escoge pues. Huir de ti solamente escogeré. Vase. ¿Qué importa, si tras ti iré? Merlín, tente; y pues aquí, como que no nos conoces, sin sospecha hablar podemos, dinos, ¿qué nuevos estremos son esas confusas voces? Mitilene, en cortesano estilo, desde la mar, a Arminda, para besar al Rey, su tío, la mano, salvoconducto pidió. Ella, con galantería –que esto de la cortesía en la guerra se aprendió–, ha salido a la marina a recibirla; y mirando que el Rey las está esperando, alegre el pueblo imagina la paz; y como éste es tiempo de Carnestolendas, dando tregua a las contiendas de la guerra, como ves, de gala, máscara y fiesta, delante el concurso viene. ¡El rey viva! ¡Mitilene viva! ¡Viva Arminda! Atabalillos, chirimías y Arminda con sus damas y Mitilene con las suyas. Florante y Adolfo y demás acompañantes cada uno por su parte y el Rey por en medio. Ésta, para tomar tu consejo, la mejor ocasión fuera, si una cosa no temiera. ¿Qué es? La causa por que hoy dejo de acetalle es porque no, ya que a tan mal tiempo viene, me conozca Mitilene, a quien patria y nombre yo de otra manera fingí. Eso no tu intento ataje; que tan de paso y en traje tan otro del que vio allí –sobre las manchas del fuego que aún en el rostro te duran–, esa objeción aseguran. Pues ven; que resuelto y ciego, sea estraño o nuevo el modo, sea la acción loca o cuerda, como Arminda no se pierda, ¿qué importa?, piérdase todo. Vase. Mitilene, deidad de los mares, hermosa y divina,... Divina y hermosa deidad de los montes, bellísima Arminda… …el arco de paz que del cielo de Chipre banderas despliega, para esmaltar sus matices, le ofrece corales y perlas… …el arco de paz que del cielo de Chipre banderas tremola, para pulir sus combates, les rinde claveles y rosas… …y entrambas publican que reine, que venza, que triunfe, que viva. Vuestra Majestad, señor me dé su mano. Los brazos, que son los mejores lazos que supo tejer Amor. Vos, hermosa prima mía, la vuestra me dad. Sí haré; pero de amistad, en fe de lo que seguro fía del vuestro mi corazón. Bien puede; que el pretender es lidiar, no aborrecer. No es ésta ahora ocasión para más que festejar vuestras vistas. Ea, venid; y vosotras proseguid vuestro aplauso. (¡Qué pesar A Alfreda. llevo, Alfreda!) (¿De qué ahora?) A Arminda. (De no saber qué resuelve A Alfreda. el soldado.) El baile vuelve. (Pues, disimular, señora.) A Arminda. Mitilena, deidad de los mares, hermosa y divina… Hermosa y divina, deidad de los montes, bellísima Arminda, al arco de paz… Al irse a entrar se oye la caja. Oíd, esperad; ¿qué será esto? ¿Quién, sin orden de tocar a bando, en marciales ecos confunde los que festivos son hoy lisonjas del viento? (¿No sea, señora, que Arminda A Mitilene. finja algún levantamiento para hacerte prisionera?) (No digas, Flérida, eso; A Dama 1ª. que tan vil traición no cabe en tan generoso pecho.) ¿Quién este alboroto causa? Sale Leonido. Quien a vuestras plantas puesto, valeroso rey de Chipre, siempre invicto y siempre excelso; quien también a vuestras plantas, hermosos prodigios bellos –en Tinacria y Mitilene, competidos los estremos, sois en valor y hermosura ambas Palas y ambas Venus–; quien, ¡oh príncipes heroicos de Rusia y Suevia!, ¡oh pueblo de militares blasones y políticos compuesto!, viene a valerse de todos para el más glorioso empeño en que todos comprendidos os halláis; a cuyo efecto, por no perder ocasión de hablar con todos a un tiempo, con esa salva os previene, en fe de no ser exceso el atrevimiento cuando es noble el atrevimiento. (El soldado que me dio A Casimiro. la vida es.) (¡Cuánto me huelgo A Arminda. de conocerle!) Decidnos quién sois y qué es vuestro intento. Caballero alemán soy que, por un delito huyendo, a la discreción del hado corriendo fortuna vengo. Huyendo y delito dije. De uno y otro me avergüenzo; que el delito fue de amor, en venganza de unos celos; y el huïr, de la justicia; conque, de uno y otro a un tiempo, ennobleciendo el delito, también la fuga ennoblezco, pues el medio de los nobles es de la justicia el miedo. Ausente, pues, de mi patria, buscando a la vida medios, seguir la guerra elegí; que un ejército es el centro donde corren líneas todos los bien nacidos alientos. De las guerras de Tinacria noticias tuve; y viniendo a probar fortuna en ellas, quizá cansada del ceño con que nunca infausta pudo apurar mi sufrimiento, se dio por vencida al daño y acudió con el remedio. Éste fue del valeroso arrebatado denuedo con que Prometeo segundo –si atrevido Prometeo– hurtó a todo un sol el rayo; yo, todo un sol el incendio. Tan vanaglorioso al ver que en paz conmigo se ha puesto y que, empezando a dar males o bienes, es cierto que así bienes como males siempre los lleva en aumento –y a que ha torcido el camino de mis pesares–, pretendo saber si lleva adelante también el de mis deseos en otro triunfo que, altivo, me ha dictado el pensamiento. Que todos interesados sois en él –dije– y lo pruebo en que es vengaros a todos de aquel Leonido soberbio que tanto estrecho a Tinacria –y aun a todo el orbe– ha puesto. Él, o es cierto que murió en el mar o que de miedo se guarda; si murió, en que haya otra razón de creerlo nada se aventura; y si es que vive y que está encubierto, por no vivir con la nota de cobarde y el recelo de que Tiro le degrade de su dignidad, es cierto que le obligue a que parezca si por carteles le reto que en sus plumas y sus bronces entregue la fama al viento. Para fijarlos, señor, a pedir licencia vengo; y para que –del seguro tan soberano y supremo árbitro– me deis –que no pueda salvarle el recelo de que viene aventurado– firmado en todo el buen duelo su salvaconducto. Y pues a todos el sentimiento de su ofensa toque, toque a todos aplicar medios que, si no viene, le infamen; y si viene, venga a riesgo de vernos a vuestras plantas a él vencido o a mí muerto. (Ya no hay que dudar, señora, A Arminda. qué habrá el soldado resuelto.) (En toda mi vida vi A Alfreda. concurrir en un sujeto, ni más discreta la gala, ni más valiente el ingenio. (Mira, Flérida, si fue A Dama 1ª. ocioso tu pensamiento.) (Ya veo que no fue cuerda A Mitilene. malicia.) (Que he visto, creo, A Dama 1ª. otra vez a este soldado; pero dónde, no me acuerdo.) (¡Que no hubiese mi fortuna dictádome a mí este empeño!) (¡Que hubiese mi poca dicha negádome a mí este riesgo!) (La novedad de una acción tan rara, absorto y suspenso me ha dejado, si ya no es admiración del denuedo de tan valeroso joven. ¡Qué glorioso en su pretexto! En su ejecución, ¡qué airoso! En sus razones, ¡qué cuerdo! ¡Y qué amable en su persona! Mucho haré si me detengo en no arrojarme a sus brazos, según me roba el afecto.) Si para el duelo, señor, la licencia no merezco, para el consuelo merezca la respuesta, por lo menos. A donde está Arminda, a mí no me toca responderos. Ni a mí, donde Mitilene está el día que la tengo por huéspeda. A mí tampoco donde está mi tío, a quien debo dar siempre el primer lugar. Por poner en paz el duelo de vuestras cortesanías, ser árbitro suyo aceto; y quizá por ensayarme en otro mayor a serlo, valiente joven, los brazos me dad. Los pies no merezco. Llegad, llegad; que esto y más merece el asunto vuestro. (De honrada envidia no vivo.) (De rabiosa envidia muero.) (¿Qué es esto que el corazón me está diciendo acá dentro, en cuyas calladas voces mucho escucho y nada entiendo?) (¡Cielos!, ¿qué nuevo alborozo es el que en el alma siento, que me dice que ya es la temeridad acierto?) Ley es en todas las islas de los divididos reinos que el archipiélago boja –mostrando que en su terreno es país libre cada uno– que al que pida campo en ellos, mayormente cuando es honorífico el pretexto, no se le niegue; y así, no solamente os concedo la licencia que pedís de fijar carteles, pero de que en ellos mi seguro publiquéis y de que luego seré juez y tan padrino suyo en la lid como vuestro. Vamos, sobrinas. No sólo la fineza os agradezco, pero el modo. Vanse. (¿Quién logró, antes que el peligro, el premio?) De mi parte también yo las gracias os doy. El cielo os guarde. (¡Que no me acuerde dónde le vi ni en qué tiempo!) Vase. Gran desdicha hubiera sido si, cuando mandé prenderos, no lo suspendiera, pues ni a Arminda librara al fuego, ni Tinacria en su desaire se desempeñara. Esto, sacar fuerzas de flaqueza llama un prudente proverbio. Ved en qué puedo serviros. Honrarme, señor; que excelsos príncipes no sirven, honran. (Todo esto es buscar consuelos en que tan particular soldado no aspire a precio más del que su corta esfera le dé su merecimiento.) Vase. ¿Has reparado que sólo Florante, señor, no ha hecho de ti estimación? Quien habla mal de otro en ausencia, bueno para amigo ni enemigo es. No hagas, pues, caso de eso, sino vamos a que tú –ya que a la nave el barreno en alta mar hemos dado– partas a que vuelvas, luego que esparza el cartel la fama, con todo aquel lucimiento que viniera yo y que dieren de sí joyas y dineros que de la mar escapamos. ¡Ah si pudieras, ay cielos, venir con mis mismas armas y mi mismo escudo! Pero ¿cómo es posible? Quizá habrá cómo pueda serlo. Yo he de parecer en parte que me asegure primero de Casimiro el indulto –sea ésta el Peloponeso–, firmando tú en la respuesta en que has de acetar el duelo –valido esta misma noche de su nocturno silencio– que en él te hallará; conque diré a Marfisa el empeño en que te hallas y que voy de tu parte, aunque no llevo su lámina por aquel acaso de errarse el trueco. Y encareciéndola cuánto echas hoy tus armas menos para este duelo, no dudes que haga con su padre esfuerzos para entregármelas. Bien discurres; y añade a eso que también es bien que lleves contigo a Merlín; que siendo sólo el único testigo que aquí me conoce, temo, ya que él un yerro enmendó, que no incurra en otro yerro. Y porque el que presto vayas facilite el llegar presto, dame los brazos y adiós. ¿Quién creerá, señor, al vernos abrazar, al despedirnos con tal cariño, cuán presto volverá a ver abrazarnos lidiando los dos? Si esos maravillosos, estraños, raros y varios sucesos, ya en verdaderas historias, ya en fabulosos ejemplos, el tiempo no los labrara, ¡qué ocioso estuviera el tiempo! Vanse los dos y sale Florante. ¡Cielos, qué sañuda envidia, qué envidiosa saña es, cielos, la que este alemán soldado ha introducido en mi pecho con haber hallado industria tal que, aunque en el vencimiento el trofeo no consiga, ya el intentarle es trofeo! Dentro. ¡Viva el valiente alemán que restaura el honor nuestro! Ya el cartel publica el vulgo, de cuyos confusos ecos tomará la voz la Fama alimentada del viento. ¿Qué modo habrá para que no llegue a su plazo el duelo? Dar la muerte a este soldado, determinado y resuelto, fuera el más fácil; mas fuera el más peligroso, siendo tan en agravio de todos que es fuerza en busca del reo se empeñen; y es, si sabemos, Arminda a quien más ofendo. Mejor será –y más bien visto a ella y todos– que sea el muerto el mismo Leonido, pues salvo al soldado con eso que la dio la vida y doy venganza a sus sentimientos; conque, ausente Casimiro, que fui yo diré yo mesmo declarándome acreedor de su mano, pues le he muerto. No mal lo he pensado; y pues él es fuerza que primero se manifieste en seguro país a esperar el decreto del indulto para entrar en Tinacria, yo en sabiendo –pues será público– dónde está le saldré al encuentro en el traje de bandido disfrazado y encubierto; conque no importa que ahora diga alborozado el pueblo... Dentro. ¡Viva el valiente alemán, que restaura el honor nuestro! Ni que la Fama después diga en repetidos ecos... Córrense los bastidores, quedando el teatro en el de bosque; y en lo alto se ve la Fama cantando; y atraviesa el tablado, midiendo la distancia con los versos. Canta. Venga a noticia de cuantos en uno y otro confín, sin dejarse ver la Fama la Fama se deja oír. Venga a noticia de cuantos, repita otra vez y mil, contiene el orbe debajo de todo el azul zafir el aplazado cartel de la más heroica lid, digna de voces y plumas, que vio el sol; a cuyo fin, volando veloz, da al aura sutil el ala la pluma y el bronce el clarín. Sale Marfisa. ¿Qué voz es ésta que corre, que hasta el desierto país de estos montes sus noticias llega la Fama a esparcir? Canta. Su tenor es que, citado de militar adalid Leonido de Asia en la nota de que fue traidor ardid el de su encuentro, le reta de mal lidiador y ruin caballero, indigno ya de que pueda hallar en mí honor que merezca en su loor adquirir ni al ala la pluma ni al bronce el clarín. ¡Leonido de Asia! ¿Qué escucho? Mas no impida el proseguir. Canta. Y protestando que no ha podido descubrir adónde le esconde el miedo temerosamente vil, fijado el cartel, le espera desde uno en otro cenit, de sol a sol, en el puesto que Casimiro, feliz rey de Chipre, les señale, para haber de combatir –como árbitro que ha de ser– hasta vencer o morir, fiando que yo dé al que triunfe gentil del ala la pluma y del bronce el clarín. Y para que nunca pueda excusarse de venir, en su seguro su real palabra da; y de asistir a toda la ley del duelo, siendo él el que ha de partir el sol y medir las armas que el retado ha de elegir; y tomar el homenaje de que ninguno entre allí con supersticioso hechizo, reservando para sí lauros a quien den lámina y buril del ala la pluma y del bronce el clarín. Desaparécese. Leonido, cielos, por quien la primer vez que le vi sentí un nuevo afecto que era más complacer que sentir; Leonido, a quien sin saber qué astro dominaba en mí, di a la primer vista cuenta de mi fortuna infeliz; Leonido, que compasivo sacarme intentó de aquí y viendo que me volvía mi padre a restituir horrorosamente al monte, al monte sin advertir magos encantos volvió a sólo saber de mí; Leonido, que aunque me halló en estado más feliz y más poderoso, pues pude hacer que desde allí viese lo que deseaba –mejor pudiera decir lo que no deseaba, puesto que le obligó a que por ir a satisfacer su honor le excusase de admitir mi hospedaje, abandonando en cristalino viril real alcázar, opulenta mesa, florido jardín y dulce música–, ahora, retado de oculto y ruin caballero, le publica la Fama. ¿Cómo, decid, hados, es posible que espíritu tan gentil que por mí supo volver no sepa volver por sí? Miente la Fama; que no tengo yo de presumir que falte a su honor, por más que diga su voz... Dentro, a una parte, Florante; y Polidoro, a otra. ¡Aquí la vela amainad! ¡La sonda aquí echad! ¿Qué es lo que oí? A una parte y a otra, a un tiempo uno y otro bergantín la ancla aferra. Bien será, ya que quise divertir a mis solas mis tristezas, que sola no me hallen si echan gente a tierra; y bien será también advertir, aunque a lo lejos, qué señas dan en sus trajes; y así esta maleza me oculte. Escóndese y salen Polidoro y Merlín. Sólo conmigo Merlín a tierra salga. Me huelgo; porque la guerra civil de la rana y del mosquito fue sobre si era morir en vino mejor que no vivir en agua. Tú aquí has de esperar que la gente que ya a tierra veo salir –y es sin duda la que tray el indulto– llegue a ti y te pregunte si está Leonido en la isla. Que sí –pues ya sabes cuánto importa que soy Leonido fingir– dirás y que a aquí vendré; que esperen; conque acudir podré, antes que me vean, a lo que me hizo elegir este monte para hacerme manifiesto en él. Así lo haré. Grande dicha fuera si pudiera conseguir ver a Marfisa y llevar las armas. Vase. (De dos que vi salir del mar, uno queda en su orilla y otro ir veo hacia la gruta al mismo tiempo que también venir a otros veo desde el mar al monte, sin distinguir más que los bultos, porque la distancia percibir no deja rostros ni trajes.) Salen Florante y otros de bandoleros. Todos conmigo venid donde, hasta saber de cierto si está o no Leonido aquí, esperemos embozados; pues es fuerza el ver o oír o seña o voz que nos diga si está o no. Un hombre hacia allí solo se ve. ¡Ay, qué figuras! Ya él nos vio. Todos cubrid los rostros. Soldado... No soy soldado; no es a mí. ¿Con quién hablo? ¿Qué sé yo? Llegad, llegad y decid... Pero no me digáis nada; id en paz. Harelo así, porque soy muy inclinado a obedecer y servir a cuantos me envían en paz; y porque es justo esparcir cuán pacíficos señores habitan este país. Vase. ¿Cómo, sin que de Leonido te diga, le dejas ir? Como sin decirlo ha dicho todo cuanto hay que decir. Este es el criado que de Leonido conocí desde que dijo quién era y cómo encontrarle aquí. Sobre responder tan presto al cartel, da a presumir tener allá confidente; y que para ir y venir no puede tener espía mejor que éste, como en fin quien tiene allá introducción y tiene cariño aquí. No quise apurarle más para poderle seguir sin sospecha hasta que, yendo tras él, pues él ha de ir donde está su amo, podamos nuestro intento conseguir. Alistad, pues, las pistolas y venid todos, venid; no de vista le perdamos. Vanse Nada he podido inferir más que solamente ver a lo lejos, sin oír. Hacia la gruta el primero fue; tras él, el otro; y tras el otro, los demás. No me atrevo a discurrir qué será su intento, pero tampoco me atrevo a ir a averiguarle hasta que sepa si es esto venir a buscarme como fiera que era antes de su confín y ahora como deidad de su encantado pensil. Pero sea lo que fuere, yo no me he de descubrir ni parecer hasta que alguien me venga a decir de los que me asisten... Tiros dentro y voces. Dentro. ¡Muera el aleve! Dentro. ¡Ay infeliz! ¿Qué truenos son éstos cuando, claro el sol en su cenit, no hay nube que por tupida, no hay pavor que por sutil, entre él y el orbe interponga su raridad? Dentro. ¡Ay de mí! Dentro. ¡Muera! Y para hacer verdad que en el mar vino a morir, vaya el cadáver al mar y todos al bergantín. Dentro. Vaya el cadáver al mar y todos al bergantín. ¡Cielos! ¿Qué será esto? Sale Merlín. ¿Dónde podré esconderme? Hombre, di... ¡Detente! ¿Qué es esto? Esto es y ha sido y será huir. ¿De quién? De quien viene dando; porque como a mi amo, a mí no me maten. ¿Qué violentos truenos fueron los que oí? Los de los rayos que abortan uno y otro serpentín. Eso no entiendo; mas baste oír que hay sierpe de tan vil, desvergonzado veneno que, sobre matar y herir, se alabe diciendo a voces: “Quien lo cometió yo fui.” Y esto aparte, ¿quién tu amo fue? (¿Quién me mete en decir que fue Polidoro; y desto se saque que estuve aquí y me prendan otra vez por cómplice del ardid? Mejor es correr con todos.) ¿Cómo no respondes, di? Di, ¿Quién fue tu amo? Un Leonido de Asia, que dio que decir tanto a la Fama que la hizo añicos el clarín. ¿Qué escucho, cielos? ¿Leonido de Asia ha sido el infeliz? Sí; porque estando retado de un forastero malsín –que teniéndole por muerto quiso de balde lucir– y hallándose tan burlado como estar vivo y pedir –acetando en su cartel el duelo para cumplir con él– no sé qué seguro y otro no sé qué que oí de una dama y unas armas, eligió esperar aquí. Conque el tal desafiador, viendo que ya el combatir fuerza es, desos asesinos se ha valido. Y porque a mí lo mismo no me suceda, paso entre paso he de huir que, si él supo pasar de balandrón a malandrín, también yo sabré pasar de bergante a bergantín. Vase. ¿Hasta dónde, Fortuna, has de llevar al fin de apurar el valor de un pecho femenil? ¿Hasta dónde, si apenas de la prisión salí de una gruta a un alcázar, de un peñasco a un pensil, cuando más de tropel me vuelven a embestir pesares ciento a ciento, desdichas mil a mil? ¡Muerto Leonido a manos de enemigo tan vil que, creyéndole muerto, le reta y por lucir con su jactancia, viendo que va a volver por sí, atrasando el lidiar le adelanta el morir! ¡Y esto a mis ojos, siendo mi bárbaro confín teatro de su tragedia, por comprenderme a mí en su delito, puesto que quien le trujo fui sus armas procurando cobrar para la lid! Pues ¿cómo, cielos, cómo aquesto permitís? ¿Cómo, hados, lo dictáis? ¿Cómo, astros, lo influís? Mas no me respondáis; dejadme presumir que es porque este castigo se quede para mí. Mi padre, ¿no salió hoy al mar a adquirir de ese vecino escollo –en cuya alta cerviz Egnido y Pafo suelen las perlas producir, que en sus nácares cuaja el rocío sutil del aurora al llorar y del alba al reír–, para que de mis rizos coronen, el Ofir? ¿No puedo yo en su ausencia sus estudios abrir, quebrarle sus cristales, romper y destruir cuadrantes y astrolabios, porque a restituir no pueda a su prisión mi libertad? ¿Y, en fin, hurtándole las armas, de Leonido suplir la ausencia –que no acaso él me las trujo aquí, y ellas a él me trujeron– porque nunca decir pueda el traidor que vive y que dejó de ir de temor y haya quien lo crea? Y siendo así que yo nada aventuro –que si mi hado infeliz es “amante o amada” o “matar o morir” no llega el punto, pues ni le amo, ni él a mí– y vuelve por su fama mi espíritu gentil, por quien, después de muerto, su honor ha de vivir, para que no le niegue restaurado por mí honor que merezca de su loor adquirir al ala la pluma y al bronce el clarín. Vase. Salen Casimiro y Aurelio. La mitad de Chipre diera por no haber venido, Aurelio, a Tinacria. ¿Qué hay que pueda causarte ese sentimiento? Aunque suele la memoria morir a manos del tiempo, también suele revivir a vista de los objetos, mayormente cuando son para dolor sus acuerdos. ¿Veis ese alcázar? ¿Veis ese jardín? Pues no hay en su centro flor ni adorno que no sea torcedor del pensamiento, representándome a todas partes, fantástico el viento, de la infelice Matilde –al nombrarla me enternezco–, la imagen; y porque vos sabéis la razón que tengo, de que vos me veáis llorar poco o nada me avergüenzo. Salen por un lado Arminda y por otro Mitilene. (A ver a mi tío venía a su cuarto; y advirtiendo cuán triste del llanto enjuga los ojos...) (Aunque a hablar vengo –para volverme a mi armada– a mi tío, al ver cuán tierno con Aurelio habla...) (...no oso llegar...) (...el paso suspendo...) (...porque temo que conmigo el sentimiento es respeto de que a su dictamen no me reduzco.) (...porque temo que es porque sin ajustarme a su dictamen, me vuelvo.) (¡Oh, si pudiera entreoír si es éste su sentimiento!) (¡Oh, si pudiese rastrear si nace su dolor desto!) No me admiro de que hagáis, señor, tan finos estremos. Sí; pero es con tal violencia que me parece que veo a las voces del estrago, que nunca son en silencio, allí público el delito, allí rompido el secreto, allí amenazado el daño, allí ejecutado el riesgo y allí malogrado el fruto... Los frutos dijera, puesto que el hado quiso doblarlos, porque era para perderlos. (Ya esto es muy de otra materia.) (Ya es muy de otro caso esto.) Y pues desdichas no tienen, ya sucedidas, más medios que llorarlas acordadas, porque crezca el sentimiento al paso de la memoria repitámonos, Aurelio, lo que sabemos. Decidme ahora más por extenso lo que entonces no escribisteis; que si un dolor fue el saberlo, el saberlo y escucharlo serán dos; y mi consuelo, ya que siento mis desdichas, verme sentir que las siento. ¿Para qué queréis, señor, que tan trágico suceso nuevo os hagan mis noticias? Para sentirlo de nuevo. No, no os excuséis. ¿Es fuerza? Sí, fuerza es. Pues oíd atento. (Deseo de saber, oigamos.) (Curiosidad, escuchemos.) En las guerras que, heredadas, Chipre y Tinacria tuvieron –ya que he de decirlo, sea con todo su fundamento–, en un trance de fortuna vuestro padre prisionero quedó de Tinacria. Y como para ajustar los conciertos de su canje, su persona hacía falta, fue convenio que, en rehenes de vuestro padre, a ser huésped más que preso quedásedes vos. En este entonces florido tiempo pusisteis, señor, los ojos en aquel prodigio bello del ingenio y la hermosura, en quien la desdicha el ceño declaró que siempre tuvo contra hermosura y ingenio. Con la palabra de esposo –y aun desposado en secreto–, ajustadas conveniencias se publicaron diciendo... ¡Viva el valiente alemán que restaura el honor nuestro! Ved qué novedad es ésta. Vase Aurelio. (La deshecha hacer pretendo de que no estaba escuchando.) (De que aquí no estaba oyendo, el disimular me importa.) Salen las dos. ¿Qué es esto, señor? Ya Aurelio a saberlo fue. Sale Aurelio. Mejor lo dirá Adolfo, supuesto que él a decirlo venía. Salen Florante y Adolfo. Sin duda quien llevó el pliego del indulto, en el camino supo que a Leonido han muerto; y de que el soldado venza sin lidiar, se alegra el pueblo. Esto, señor, es que el parte que salió con el decreto del indulto en el camino noticias tuvo... (Ello es cierto. Gran dicha ha sido volver sin haberme echado menos.) …del vïaje que Leonido tray. Saliole al encuentro, diole el parte y trae las nuevas de que estará aquí muy presto. (¡Buenas noticias trae el parte!) Conque el alemán, sabiendo que se le acerca el rival, por cumplir con todo el duelo, en la plaza de palacio, que es el señalado puesto por ti para el desafío, en bridón corcel soberbio, armado de todas armas, salió a pasear el terreno, como quien dice: “Aquí estoy”; conque, aplaudido del pueblo, prorrumpió en festivas voces. En mi vida caballero vi más galán, que una cosa es tener yo sentimiento de no ser él y otra es negarle el merecimiento. ¡Cuánto me huelgo de oíros, con noble envidia del riesgo y no con villana envidia de los méritos ajenos! Y no admiro, invicto Adolfo, que a vos os gane el afecto, que desde que yo le vi me sucedió a mí lo mesmo. (¡Qué corridos se han de hallar uno y otro afecto en viendo que sin Leonido no hay victoria ni vencimiento!) Clarín. Oíd. ¿Qué clarín será aquél que del mar nos trae el viento? De mi armada no será. Id vos, Aurelio, a saberlo. Vase Aurelio. (¡Que no quisiera mi dicha que prosiguiese el suceso Aurelio que iba contando!) (¡Que no permitiese el cielo saber dónde iba a parar la rara historia de Aurelio!) Sale Aurelio. La llamada que el clarín, señor, a la tierra ha hecho, es de un jabeque en que viene Leonido. (¿Qué escucho, cielos? ¿Cómo es posible que venga Leonido después de muerto?) Y aunque pudieran tomarle en fe del seguro vuestro, con todo, vuestra licencia aguarda sin tomar puerto. Y añade que, de retado gozando los privilegios de nombrar armas, porque no se sujete el esfuerzo a los desmanes de un bruto sino a los del propio aliento, ni falten tampoco en él las armas de caballero, armado de todas armas y a pie remite el encuentro, tras los botes de las picas, al escudo y al acero. Pues volved, decid que salga; y para no perder tiempo, que vaya donde le espera ya su contrario en el puesto. Y pues ceremonia es de todo público duelo –mayormente en el que yo a ser árbitro me ofrezco– que no haya ventaja en uno ni otro lidiador, os ruego, invictos príncipes, que el campo que yo hice bueno autoricéis y le hagáis mejor en el lustre vuestro. Vos, Adolfo, habéis de ser, porque no se atreva el pueblo a valer a uno ni a otro, de ese gallardo mancebo alemán, padrino; vos habéis, Florante, de serlo de Leonido. Vase Aurelio. (¡Bueno es ser padrino del que he muerto!) Lo que os toca es registrar las armas, reconociendo el que en todo sean iguales en la gravedad del peso, lo doble de las defensas y temple de los aceros. De todo (¡ay de mí!) advertido voy. (Vos, imposible dueño, ved, ya que arbitrio en lidiar no tuve en servicio vuestro, que asistir a quien le tuvo aun juzgo que no merezco.) Vos, Florante, ¿no vais? Sí, señor, que ya os obedezco. (O aquí hay grande encanto o hay grande error, que yo no entiendo.) Pues para la conferencia nuestra después queda tiempo, desde aquese mirador que del palacio el terrero y plaza domina, entrambas podéis ver en qué el suceso de la lid para. Aunque yo valor para lidiar tengo, para ver lidiar no sé si le tendré; y más si atiendo a ser causa mía que fuera desaire de mi ardimiento que un particular soldado, sin mi arbitrio, mi consejo, mi mandato o mi dictamen, se hubiera en su riesgo puesto y me pusiera yo a ver en qué paraba su riesgo. No, señor; en mi retiro aun recataré el saberlo, para callarlo si es malo, para gloriarme si es bueno. Vase. Con tu licencia, señor, seguir a mi prima intento; siquiera porque conforme en algo el motivo nuestro. Vase Bien hacéis, que, si pudiera, también yo hiciera lo mesmo. Mas ya es fuerza, pues lo dije, proseguir con el empeño –y más tan a vista de él Trompetas y cajas. que ya se escuchan los ecos de las cajas y trompetas repetidas de los vientos–, vamos, Fortuna, a saber si, sobre el pesar que llevo de haber acetado el campo, añades el del tormento que será para mí ver rendido o herido o muerto aquel joven que llevó tan arrastrado mi afecto. Vase. Salen Merlín y el Soldado. Dime, amigo “ad litem”. Tente, que yo pregunté primero y hasta que esté respondido no me toca. Lo que quiero saber es si este Leonido que viene llorando duelos es aquel Leonido mismo, tu amo, que juzgan ha muerto en el mar. Que si en el mar murió no es él, sé de cierto; que el que viene no murió, también lo sé; y que es el mesmo Leonido el que en la estacada estará, siendo y no siendo el que se ahogó no se ahogando, el que vendrá no viniendo y el que cumplirá el refrán de “cátale vivo y cátale muerto”. Hombre, ¿quién quieres que entienda el revoltillo que has hecho? Nadie, que no puedo dar yo a nadie el entendimiento. Y ya que te he respondido, responde tú: ¿qué hay de nuevo que yo no sé?, porque de otra parte en este instante vengo. Lo que hay... Sale Argante, de gala. Señores soldados, si la ley de forastero, la licencia de las canas, consigo traen los respetos y cortesanas licencias apadrinadas, con serlo (lo que yo sé les pregunto por encubrirme), ¿qué estruendo de trompetas y de cajas es el que se oye? A mal puerto habéis llegado, porque el uno y otro tenemos sólo el don de preguntarnos pero no el de respondernos. ¡Miren con qué se venía ahora el maldito viejo, sólo para embarazarnos que vamos a tomar puestos! (Y yo con más causa, pues no sé qué Leonido nuevo es el que nos ha venido.) Vanse. ¡Oh crueles hados, oh cielos, oh sol, oh luna, oh estrellas, planetas, signos, luceros! ¡Cuán en vano solicita el humano entendimiento torcer de vuestros influjos los soberanos decretos! Marfisa lo diga, pues criada con tanto secreto, sin ser vista o ver el vario tráfago de los comercios, no pudo toda la ciencia de mis mágicos desvelos ocultarla hasta que el punto de su amenazado riesgo cumpla el hado; pues el día que a su auge llegue el agüero es el que a mi estudio roba y de mí se viene huyendo. Bien pudiera yo cobrarla como otra vez hice; pero si imperio en Megera tuve, en su influjo no me atrevo el día que por vencido me doy a mayor imperio. Y así, lo más que en mi amor puedo hacer –porque no puedo dejar de amarla– es venir tan otro en su seguimiento a ver en qué para haber traído consigo el veneno de amor, que amando o amada la destina... Mas ¿qué es esto? Ha de andar por el tablado. Aquí, corriéndose los bastidores, se descubre la plaza de palacio; y van saliendo todos, como lo dicen los versos y Marfisa armada con el escudo y armas de Leonido. Divertido tras el vulgo que va de tropel corriendo, a la plaza de palacio he llegado, donde veo a Casimiro en su trono; y todo el mirador lleno de bellas y hermosas damas; y con acompañamiento de padrinos ir entrando dos armados caballeros en la valla, a cuya vista repiten todos diciendo... Dentro. ¡Viva el valiente alemán que restaura el honor nuestro! Echad bando de que nadie dé voz que a uno infunda aliento ni desconfianza al otro. Dentro. ¡Silencio todos! Dentro. ¡Silencio! (Fortuna, ¿qué es lo que miro? Mi arnés y mi escudo mesmo es el que trae Polidoro. ¡Oh, cuánto a Marfisa debo!) (Las mismas armas que trujo cuando entró de aventurero son las que he reconocido. Él es Leonido, o fue yerro o malicia del criado; conque ya no hay otro medio que el de llevarlo adelante.) Ya, señor, medido habiendo las armas de uno y de otro, de igual temple y de igual peso... ...y de traición o ventaja recibido el juramento... ...esperan que la señal... ...mandes hacer, porque a un tiempo... ...puedan embestirse. Toca al arma. (Vea el universo que de Leonido restauro su honor y su muerte vengo.) (Pues contra mis mismas armas conmigo mismo peleo, déjate lograr, Fortuna.) Cajas y pelean con lanzas. Pues ya de las lanzas vemos ejecutados los golpes, al escudo y al acero apelad. Para esa lid, las sobrevistas calemos. (¡Oh si al verle el rostro, en mí se aumentara el ardimiento!) (Para llegar a los brazos yo y Polidoro ya es tiempo. ¡Marfisa! Pero ¿qué miro?) (¡Leonido! ¿Qué es lo que veo?) Luchan. Apartadlos, divididlos; que la lucha es de groseros gladiadores, no es batalla de valientes caballeros. No es posible que podamos dividirlos. ¿Cómo es esto? ¡Quitad, apartad! Veamos si es verdad lo que sospecho. Lidiar espacio tan grande sin haberse herido o muerto me da a entender que aquí hay pacto, o ya explícito o ya expreso. ¿Qué lámina, qué carácter, qué hechizo o contraveneno traéis que a tanto golpe os hace impenetrable el acero? Porque de mí no presumas que en fe de algún pacto vengo, esta lámina que traigo conmigo desde el primero aliento que respiré hoy a tu mano le ofrezco. Yo ésta, que también a mí desde mi primer aliento me acompaña. Mostrad, pues. (¿Qué es esto que miro, cielos, mejor diré... esto que admiro? ¡Ellas son!) Decidme, Aurelio, ¿las láminas no son éstas? Salen Arminda y Mitilene. Señor, ¿qué estraño suceso es éste, de quien la voz llegó a mi cuarto, diciendo que hay una gran novedad que a todos tiene suspensos? Lo que a Aurelio preguntaba lo dirá. Decidme, Aurelio, ¿las láminas no son éstas que, si por injurias del tiempo perdían una, duplicadas, fiando de vos el secreto, a Matilde dejé cuando, ajustados los conciertos de los rehenes y del canje, salí a mi pesar del reino de Tinacria? Sí, señor. Pues, ¿cómo aquí a hallarlas vengo en la reñida batalla de tan distantes sujetos? Como, aunque yo os escribí el lastimoso suceso de la muerte de Matilde y que su padre, sabiendo cuál fue el accidente –que durar no pudo encubierto–, coléricamente hizo tan equívocos estremos que, pareciendo de amor, eran de aborrecimiento; y así, habiéndome entregado en el nocturno silencio de la noche la que era confidente del secreto la amenazada inocencia de esos dos infantes tiernos, sobre ricas vestiduras las dos medallas al cuello, temiendo que la venganza tomara de vos en ellos, porque de ellos no supiese y cumplir con el precepto de que a vos los entregase, llevarlos quise yo mesmo; embarqueme y, por no ser sentido, fue un pobre leño mi sagrado; alborotose el mar y, sañudo y fiero, en un monte de Toscana naufragando tomé puerto. En él me dejó el arráez , porque no le echasen menos y cómplice de tal hurto corriese su vida riesgo; conque, hallándome en un monte solo, por no ir discurriendo con dos infantes buscando albergue en que guarecerlos, a la sombra de unos sauces, de varias flores cubiertos, los puse; y a poco espacio –que no me apartaba de ellos para perderlos de vista– vi una leona, del yermo páramo aborto, cargar con uno y meterse dentro de una estrecha cueva donde... …me halló el Duque, pues no tengo más señas que dar de mí, pues el nombre que me dieron por la leona fue Leonido. Pues, ¿tú eres Leonido? Eso se averiguará después. Prosigue tú, que suspenso al oírte estoy. Sucedida ya una desdicha, temiendo no fuesen dos, a amparar a la otra fui cuando veo otro, bien que humano monstruo de brutas pieles cubierto, cargar con ella y llevarla tan veloz, hijo del viento, que nunca pude alcanzarle. Ese fui yo, porque huyendo desterrado de Toscana por mágico y agorero, para vivir más seguro, pasaba al Peloponeso llevando conmigo... …a mí, que en sus bárbaros desiertos me criaste tan altiva; que de Leonido sabiendo que estaba retado y que un su amigo, que viniendo a suplir por él, habían villanos bandidos muerto, quise yo suplir la falta. (¡Muerto Polidoro, cielos! Perdí un verdadero amigo; que no faltaría a su empeño, es cierto, por menos causa.) Piedad fue, pues antes viendo el peligro en que ahora te hallas, pues te ves en el soprieto de haber de vivir matando o haber de matar muriendo, con que... No prosigas, no; que pues revoca el decreto de que mates o que mueras con sus piedades el cielo, trayéndome a mi poder por tan estraños sucesos, estas láminas que dicen y yo solamente leo: “Este hado y divisa de quién soy te avisa”; y pues me avisa que eres tú mi hijo y heredero de Tinacria y que es tu hermana Marfisa y el hado fiero ha mejorado la suerte, ambos llegad a mi pecho, ¡pedazos del corazón! ¡Cielos! ¿Es verdad o es sueño? ¡Vivan Leonido y Marfisa, de Tinacria heroicos dueños! Vuestra Majestad, señor, la goce siglos eternos. Mi mayor logró será que os reconozca por dueño suyo a vos. Vuestra es Tinacria; y aun de todo el mundo entero, si pudiera, os coronara. Este retrato presento por testigo de mi amor, porque sepáis que no tengo de la pasada desdicha causa para vuestros ceños más que adoraros constante. No es tiempo de sentimientos. Seralo de que agradezca yo la vida que le debo. Y pues mi mano ofrecí, siendo tan alto el sujeto, por su persona sabrás que cumplo lo que prometo. Ésta es mi mano. ¡Qué dicha! A Adolfo, príncipe excelso de Rusia, con tu licencia dar a Marfisa pretendo; que a quien ausente me honró, presente esto y más le debo. Celebre mi dicha el mundo. La mano y el alma ofrezco. Florante con Mitilene, vivirán en lazo estrecho. Solo esta dicha faltaba sobre el general contento de vernos en paz a todos. (Pues mi delito en silencio queda, venturoso he sido.) Y repita ufano el pueblo... ¡Vivan Leonido y Marfisa, de Tinacria heroicos dueños! Y dé fin “Hado y divisa de Leonido y de Marfisa”.