Pedro Calderón de la Barca La primer flor del Carmelo Auto sacramental Personas ABIGAIL. DAVID. LUZBEL. SIMPLICIO. SAÚL. JORÁN. LASCIVIA. LIBERALIDAD. CASTIDAD. GOLIAT. NABAL. MÚSICA. AVARICIA. Salen LUZBEL, trayendo asidas de las manos a la AVARICIA y la LASCIVIA, como por fuerza. ¿Dónde me llevas, Luzbel? ¿Dónde, bárbaro, me llevas? Venid conmigo las dos. ¿Dónde vamos? A estas selvas. Suéltalas. ¿De cuándo acá a la Avaricia de los poblados alejas y la sacas a los montes? ¿De cuándo acá, con la mesma duda, a la Lascivia tú de las ciudades ausentas y a los desiertos la sacas? De mi saña la sedienta hidropesía ¿no está mejor en las opulencias de las cortes y palacios, donde en humanas grandezas cebada su ardiente sed, si no se apaga, se templa? De mi incentivo la llama ¿no se enciende y se alimenta mejor entre los comercios de la gran naturaleza, de quien familiar veneno es, pues dentro de sus puertas nace, vive, arde y consume siempre viva y nunca muerta? Pues ¿cómo, siendo el que rige... ¿Cómo, siendo el que gobierna... ...de aquel escamado monstruo... ...de quella sañuda bestia... ...la cerviz de siete cuellos... ...la hidra de siete cabezas... ...hoy a los dos nos divides de nuestro cuerpo? ...hoy intentas que por fuerza destroncadas te sigamos? Porque es fuerza que hoy os haya menester en esta inculta maleza más que en cortes y ciudades. ¿Cómo? De aquesta manera: ¿qué veis por estas campañas? Montes a esta parte y esta, que elevados hasta el cielo, son basas que le sustentan. A la falda de esos montes, ¿qué veis luego? Armadas tiendas de campo, vaga ciudad o república, que lleva donde quiere y como quiere sus edificios a cuestas. Tocan cajas. En este ejécito armado, ¿qué escucháis? Voces diversas de aparatos militares. Dentro. ¡Arma, arma! ¡Guerra, guerra! ¿Y qué veis? Que de aquel monte otro monte se despeña, de tan disforme estatura, que ya el ser no es excelencia el hombre pequeño mundo. Pues escuchad sus blasfemias. Baja GOLIAT, despeñándose de la tienda del sacrificio. ¡Oh pese a los cielos, pese a las deidades supremas que adoré, pues contra mí más se irritan que se alientan! El filistín, que a su cargo tuvo la sacra defensa de Baal y Belial, contra esa vil, esa hebrea canalla, que solo un Dios sigue, adora y reverencia, infamemente vencido de un joven pastor, con piedra, cobarde arma de villano, bañado en su sangre mesma yace! Oh si ya que la vierte, escupírsela pudiera al cielo, porque manchara de sol, de luna, de estrellas la luz y muriendo yo, el día conmigo muriera, porque no durara nadie en quien durara mi afrenta! ¡Caigan sobre mí los montes, abra sus senos la tierra, sepúltenme los abismos, pues tan poco me aprovecha, con ser de Luzbel el grande espíritu de soberbia! Vase, cayendo y levantando. ¿A qué propósito quieres que esto oiga? ¿A qué fin intentas que esto mire? No aquí para mi dolor; vuelve a esa tienda rica los ojos; ¿qué vees? Sale por lo alto SAÚL con una lanza, como furioso. ¿Qué? Salir furioso della a Saúl, con el horrible espíritu que atormenta sus sentidos. Y blandiendo una asta su mano diestra, no sé contra quién la vibra. Eso lo dirá su lengua. Aunque venza a Goliat David, a mí no me venza la ira que contra él mi pecho encendido engendra. ¡La gala le dan las hijas de Sión, cantando en ella que él venció a diez mil, y yo a mil! ¡Lo menos se cuenta para mí de la vitoria! Allí está, a mis manos muera. Tocan, mira adentro del carro, y al ir a arrojar la lanza, suena un arpa y queda suspenso. Mas, ¡ay de mí!, que esta dulce música, que a mi oido suena, de mi cólera y mi ira los espíritus ahuyenta... ¡Cuánto el templado instrumento en su mano, en la mía templa el furor! Pero ¿qué digo? Si en él la música cesa, cese la quietud en mí; y porque a templar no vuelva, la saña, blandida el asta, verá en su pecho sangrienta, Tira adentro la lanza. para que... mas ¡ay de mí! el golpe erré y su violencia sólo sirvió de avisarle que huya de mí. Si no llegan a su efecto mis rencores, ¿de qué sirve que padezca este espíritu de ira que en mí Luzbel aposenta? Vase. ¿Qué quieres que de esto arguya? ¿Qué quieres que de esto infiera? A su tiempo lo diré; Ahora escuchad lo que resta. ¿Qué veis en esa montaña? Dentro. ¡Al valle! ¡A la selva! A David, que viene huyendo de Saúl, con la pequeña tropa que le sigue. Pues oye cómo se lamenta. Sale DAVID, como huyendo, y representa asustado. Inmenso Dios de Israel, pues tú quieres que padezca, desterrado y perseguido, cansancio, hambre, sed, miseria, cúmplase tu voluntad; y para que yo hable en ella, tú, Señor, mis labios abre y purifica mi lengua; ensalzará tu justicia mi voz, porque sólo atenta a tu alabanza ha de estar; y pues quieres que padezca, fugitivo y desterrado, mi vida haciendo defensa su fuga, piadosos montes, dadme albergue en vuestras quiebras; brutos, dadme en vuestras grutas hospedaje, hasta que venza mi humildad de Saúl la ira, la del cielo mi paciencia. Vase. Ya hemos visto de David también la fuga. ¿Qué piensas sacar de estas tres visiones? En oyendo la que queda, ¿qué veis en estotra parte? Dentro grita de villanos y salen la LIBERALIDAD y la CASTIDAD de villanas, bailando con otros pastores, los músicos y NABAL, vestido de mayoral, y ABIGAIL, de villana. Voces de música y fiesta. Nabal es, gran mayoral del Carmelo, que celebra con su esposa Abigail, pura a mi pesar y honesta, de su ganado el esquilmo. Y sus pastores celebran su venida a los rebaños, diciendo en voces diversas... Nuestro mayoral y su esposa bella a ver sus ganados, ¡norabuena vengan! ¡Vengan norabuena! ¡Norabuena vengan! Oye y nota de los dos las condiciones opuestas. Bellísima Abigail, aunque junto a tu belleza, lo rústico y mal pulido de mi persona parezca lo mismo que junto a aquel espino la rosa bella, junto aquel césped el lirio, a aquel tronco la azucena, la abundancia de mis bienes bien puede hacer que merezca tu beldad: que la fortuna suple la naturaleza. Vuelve a ese campo los ojos; verás montañas y selvas desvanecerse a la vista, porque de cabras y ovejas el número desparece los collados, de manera que se duda si sus bultos son de lana o son de yerba. Desde Faran a Maón, lindes que el Carmelo cercan, corren con temor las aguas, cuando descienden a ellas a consumir sus cristales; y en el esquilmo a que llegas, golfos de nieve verás que las hacen competencia, pues entre plata que corre y plata que se está queda, su misma lana las reses tal vez se beben sedientas. Todo es tuyo, porque es mío; en la abundancia consuela la desigualdad. Yo estoy de ser tu esposa contenta, tanto, que sin estas dichas la de ser tuya tuviera por la mayor, dando al cielo, siempre a su piedad atenta, las gracias de mi fortuna. No al cielo se lo agradezcas, sino a mí; yo soy el dueño de todo, sin que le deba más que emplear bien sus bienes, puesto que en mí los emplea, que le sé mirar por ellos. No sus piedades ofendas. No ofendas tú mis venturas. ¡Qué sequedad! ¡Qué belleza! Hasta llegar a la quinta, la música y baile vuelva. Vanse cantando y bailando. ¡Nuestro mayoral y su esposa bella a ver sus ganados, ¡norabuena vengan! ¡Vengan norabuena! ¡Norabuena vengan! Ya, Luzbel, habemos visto de Goliat la fiereza. Ya hemos visto de Saúl la ira. La fuga violenta de David. La rustiquez de Nabal. Y la modestia de Abigail. ¿Qué nos quieres ahora? Que me estéis atentas: ya sabéis que de los cielos, mi hermosa patria primera, desterrado salí, siendo aquella arrancada estrella, aquella luz desasida, aquel errado cometa, que las llaves del abismo tras sí trujo, pues abiertas sus gargantas desde entonces, es sobre el haz de la tierra, cada suspiro un volcán y cada bostezo un Etna. Ya sabéis que fue la causa que, siendo yo como era noble espíritu, criado con gracia, hermosura y ciencia, no quise adorar la vil, la humana naturaleza que revelada me fue allá en la divina idea de Dios; de cuya ojeriza, de cuyo rencor la fuerza aún hoy no borrada dura, aún hoy viva se conserva; pues desde este infausto día de mi lid y mi tragedia la aborrezco como imagen de Dios, bien como la fiera que en los circos acosada, coléricamente ciega, no pudiendo en quien la injuria, en lo que es suyo se venga. Ya de esta saña testigo fue la primer patria bella del hombre, donde, serpiente enroscada a la corteza del vedado tronco, hice que la gracia de Dios pierda; cuya ofensa fue infinita, pues siendo contra Dios hecha, que es infinito, incapaz quedó de satisfacerla, porque no pudiendo dar infinita recompensa el hombre por sí, dejó siempre infinita la ofensa. LLórala, ¡ay de mí!, y movido Dios de sus lágrimas tiernas, mérito infinito quiere que satisfaga la deuda; a cuyo efecto dispone que su Hijo a pagar venga lo infinito a lo infinito cuando, ¡oh admirable clemencia!, la divinidad admita humana naturaleza. Este prodigio, este asombro, este pasmo, esta grandeza de su encarnación en una Virgen madre tan perfecta que, toda pura, no haya ni aun sombra de sombra en ella, es uno de los misterios que Dios para sí reserva; sin que yo, que aunque la gracia perdí, no perdí la ciencia, pueda, no sólo alcanzarle, pero ni rastrearle pueda. Y así, dado a conjeturas cuanto negado a evidencias, ando discurriendo siempre cómo vendrá, cuando venga, el prometido Mesías, que ahora sólo se deja ver en figuras y sombras, como son la escala bella de Jacob, la zarza viva de Moisés, el haz de leña de Isaac, el rocío cuajado de Gedéon y la niebla de Elías, sin otras muchas, de quien hablan los profetas, que en el seno de Abraham depositados esperan, en fee de Cristo venturo, a que abra el cielo sus puertas. Preguntarásme tú ahora qué consecuencia tiene esta duda con mirar postrada de Goliat la soberbia, vencida de Saúl la ira, malograda la belleza de Abigail, de Nabal la rusticidad y hacienda y la fuga de David. Pues sí tiene consecuencia, sí tiene; y muchas, o vamos ajustando congrüencias. Aquí hay un joven de tanta virtud, que desde su tierna edad venció en los leones todo el resto de las fieras: su nombre es David, que quiere decir, en la frase hebrea, , y que él lo es de Diosamado sus mismas fatigas muestran, pues aun sus persecuciones nacen de sus excelencias. Del gran tronco de Judá es rama, y su descendencia, según la mágica mía (quiera el sol que esta vez mienta) previene varones grandes, y uno que por excelencia se llamará de David hijo, ¡al pronunciarlo tiembla la voz! Señas, al fin, todas del Mesías que se espera; que aunque yo sé que no es él, ni es posible que lo sea pues de Daniel las semanas aún no cumplidas se cuentan, que es su sombra es conjetura que casi pasa a evidencia; y más al ver que derriba espíritus de soberbia de una honda al estallido, con sola una de tres piedras; y más al ver que los de ira con un instrumento ahuyenta que consta de tres maderos, unos clavos y unas cuerdas; y finalmente, de ver que, extraño, a ampararse llega del desierto de Farán, que es posesión y es herencia de Nabal; Nabal, que insulso y se interpreta,ignorante el cual es de una hermosura, de virtud y gracia llena dueño, cuyo nombre ha sido Abigail, que en sí encierra sentidos que decir quieren, en la tradición más cierta, La madre de la alegría. Pues si ya sentado queda que el Mesías que se aguarda en sombras se manifiesta, y aquí hay más luces que sombras, he de ver si lo son éstas; y pues ya del literal sentido hasta aquí es la letra, a lo alegórico vamos. Hagamos desde aquí cuenta que Nabal el ignorante, de bienes lleno y riquezas, es el mundo; la mujer que está en él como violenta hagamos cuenta que es la del amenaza fiera de aquella que ha de poner los pies sobre mi cabeza. Y pues en la alegoría David Cristo representa, veamos qué hospedaje le hacen, cuando a sus términos llega, el mundo con su ignorancia, la mujer con su prudencia; para que así desde ahora para entonces me prevenga de los secretos que guardan el instrumento y la piedra. Dividiéndoos a las dos la costa de la experiencia, para este efecto he querido que tú, Avaricia, poseas de Nabal el pecho, haciendo que avaro con David sea. Tú, Lascivia, has de viciar esa cándida pureza; veamos, madre de alegría, si hay mancha que la entristezca. Yo he de verme con David, donde en campaña desierta tengo de lidiar con él, cuerpo a cuerpo y fuerza a fuerza, esta representación ensayo haciendo de aquella que con sus sombras me asombra, con sus luces me atormenta, con sus visos me deslumbra, con sus reflejos me ciega, con sus profecías me aflige, con sus temores me hiela, con sus verdades me abrasa, y, finalmente, me deja a mí tan sin mí, que juzgo, viendo este misterio a ciegas, que con gracia y hermosura debí de perder la ciencia. Yo te ofrezco de mi parte hacer que con mi asistencia este rústico Nabal el rico avariento sea de la parábola. Yo del proverbio a la sentencia «¿quién hallará mujer fuerte?» «Nadie», daré por respuesta. No en vano de ti confío de la ira y la soberbia vengar el pasado ultraje. Disfrazada y encubierta me podré disimular entre las gentes diversas de todas las alquerías, que su venida festejan. Vamos, y el villano traje nuestra malicia desmienta. Danse las manos los tres. Nabal, Abigail, David sientan nuestro furor. ¡Sientan! ¡Viva la Avaricia! Viva. ¡Muera la honestidad! Muera. Vanse y sale SIMPLICIO, de villano. ¡Por acá, por acá, Rita, cabrío! ¡Oh mala hacienda, hacienda de jodío! ¡Verá por donde echa! Por más que se lo digo, no aprovecha, con la honda ni el cayado; cabra y mujer, ¡oh fuego en el ganado! que pese a quien pesare, siempre ha de echar por do se le antojare. Mas, ¡que va a dar (no es pulla) aquel silbato a los soldados hoy, con todo el hato! que por aquí ligeros del ejército vienen tornilleros. ¡Por acá, por acá!... Cánsome en vano. Ésta se lo dirá... Pone una piedra en la honda y salen dos Soldados. Tente, villano. Tenido, detenido y retenido estó, estaré y he estado. ¿Cuyo ha sido este rebaño? Este y aquel y esotro, y cuantos hay de un lindero a otro, pastores, perros, chozas, pastos, redes son, han sido y serán de sus mercedes; pues todo está, todo ha de estar, y ha estado, a su servicio, a su gusto y a su mandado. No os aflijáis, que sólo de vos quiero dos recentales que llevar espero a nuestro capitán. ¿Dos sólamente? ¡Cuatro han de ser, y aun ocho, aun doce, aun veinte, treinta, cincuenta, ciento, cuatrocientos, centena de millar, cuento de cuentos! Y después del ganado, el zurrón y la honda y el cayado, gorra, sayo, greguescos y camisa. Arrójalo todo y vase desnudando, y queda lo más ridículo que pueda. Teneos, no os desnudéis con tanta prisa. ¿Cómo no? Todos estos caballeros hoy me han de ver, jurado a Dios, en cueros. ¡Hay tan necia porfía! A quien roba con tanta cortesía hasta el pellejo a darle estoy dispuesto. Teneos. No hay qué tratar. ¡Teneos! Salen DAVID y JORÁN. ¿Qué es esto? El temor de un villano. Yo no puedo tener temor, mentís. ¿Qué tenéis? Miedo. Piden dos recentales, mas con palabras tales, que al ver sus buenos tratos, no sólo el hato doy, pero los hatos. ¿No he mandado que nadie daño haga? Señor... ¡No vuestra voz me satisfaga! De aquí os quitad. ¿Es vuestro este ganado? Vanse los dos. Si fuera mío, ¿hubiérale yo dado? Es del amo, por eso tan sin pena só liberal; como es hacienda ajena... ¿Quién es el amo? Un tonto, un mentecato, un simpre, un necio, un bruto, un insensato, que en sus malicias solamente peca. ¿Veme a mí? Pues con él soy un Séneca. Tan poco sabe, que al saber conviene ser rico, pues no sabe lo que tiene. ¿Quién es? Nabal se llama, del Carmelo gran mayoral; y aunque es su patrio suelo Maón, está aquí estos días, porque a sus alquerías al esquilmo ha venido. Id en paz, y llevad vuestro vestido y ganado seguro, que ninguno os hará mal. ¿Se burla? Aprieta a correr y como llamando le dan el vestido y él le va reconociendo. No, importuno, dudéis que los soldados de David ni en hacienda ni en ganados harán daño, porque es contra su fama al prójimo ofender. ¿Da... qué se llama? David. ¿David? Yo salto de contento, pues quien da vid, da pámpano y sarmiento; quien da sarmiento y pámpano, da uvas; quien da uvas, da lagar; quien lagar, cubas; quien cubas, mosto. ¡Oh nombre peregrino, pues dado el mosto, quien da vid, da vino! Vase. Ya ves, Jorán, fiel confidente mío, que no nos basta ni el valor ni el brío a oponernos al riesgo, ni a guardarnos y que en estas montañas sustentarnos no es posible, pues ellas las verdes plantas y las fuentes bellas sólo nos dan, tratándonos sus frutos no como a racionales, como a brutos. Algún medio busquemos con que al desierto el hambre toleremos. Sale LUZBEL, escuchando. ¿Hambre y desierto? Hoy la industria mía empiece aquí a correr la alegoría. No sé qué medio pueda consolarte. Uno hay solo. A Nabal ve de mi parte... (Atención con mi duda). ...Y con mi paz y gracia le saluda diciendo que he venido a sus términos, pobre y afligido, que de su mano algún socorro espero. Sombras, si este es el sol, ya va el lucero, con la paz y la gracia prevenida, a publicar al mundo su venida. Yo iré, Señor, delante. ¡Oh si sóla mi voz fuese bastante a que te conociese, y cortés te admitiese, consolando tus penas y agonías! Vase y llega LUZBEL. ¿Lo que puedes tomar, David, envías a pedir? Sí, por ver que de amor lleno, lo dado es propio, lo tomado ajeno; mas tú, ¿quién eres, que esto has reprobado? Soy de los que te siguen un soldado que, viéndote rendido a tanto ayuno, lástima he tenido de verte así. ¿Posible es que nos vedes tomar lo necesario? Y cuando puedes no agradecer a nadie tu sustento, ¿le envías a pedir a un avariento? Sí, que es suyo y no es mío, y yo del Cielo mi favor confío, no del robo. Bueno es confiar del Cielo; pero fuera mejor cuando ese celo tanta virtud te diera, que en pan aquestas piedras convirtiera. Cuando el Cielo tal virtud me otorgara, aun de ella... ¿Qué? No usara. ¿Por qué? Porque hay un texto en que se escribe que no de sólo pan el hombre vive, sino de la palabra que Él nos dispone y labra. Asústase LUZBEL. Pues si tanto del cielo te confías, prueba a ver si sus altas jerarquías agradecidas son: desde esa peña a ese profundo valle te despeña, que no dudo que vengan ángeles que en el aire te detengan. En Dios ha de esperarse siempre, mas nunca a Dios ha de tentarse. ¿Qué Dios, cuando afligido te ves y no te ves favorecido? Mira desde esa cumbre, que al sol registra la dorada lumbre, cuanto descubren varios horizontes, páramos, nubes, piélagos y montes: pues todo es tuyo, como sin errores a mi deidad adores. Ni más la voz, ni más el labio mueve, que adoración a Dios sólo se debe; ¡y huye, huye de mí!, porque sospecho que está Satán hablándome en tu pecho; o yo huiré por no verte, ni ver en ti la sombra de mi muerte. Vase. ¡Oh pena! ¡Oh rabia fiera! Mal la experiencia me salió primera, pues de mis tres propuestas, tres peligros venció con tres respuestas. Pero con nuevo engaño haré, para su daño, que la fiereza de Nabal le espante en ese precursor que va delante, con disfraz asistiendo mi malicia a lo que ya le dice la Avaricia. Vase y vestida de villana, salen la AVARICIA y NABAL, como hablando en secreto. Esto te digo, movida de la grande perdición de tu hacienda; todos son contra ti. ¡Bien, por mi vida! Prosigue. Yo, agradecida a haber nacido, señor, a sombras de tu favor, en una pobre alquería, donde está la suerte mía a merced de mi labor, esto te prevengo aquí. Ninguno hay que no pretenda ser liberal de tu hacienda. ¡Y cómo que es eso así! Todos sirven para sí. (Bien de ella misma lo infiero). El mayoral el primero te roba y con su ejemplar, no hay pastor que sin robar te sirva; hasta un vil cabrero, Simplicio pienso que es su nombre, a una compañía de soldados ofrecía hoy todo el rebaño. Y, pues, ¿llevóle? No; mas después dijo de ti mil maldades. ¿Qué dijo? Si me persuades a eso, dijo que insensato eras, necio y mentecato. Cuantas dices son verdades; todos mormuran de mí. Tú, pues obligarme quieres, venme a decir cuanto vieres. Salen ABIGAIL y la LIBERALIDAD trae unos memoriales. Liberalidad, aquí te he menester. Tuya fui. ¡Ah vil canalla traidora! Nabal, mis pobres ahora dan memoriales, por ver... ¿Siempre, Abigail, has de ser de pobres intercesora? ...Que el bien contigo llegó; porque habiendo tú llegado a tu hacienda y tu ganado... Mas es suyo. Eso creo yo. ...Cualquiera se persuadió a que su bien ha venido. Este es de un pobre tullido... ¡Pues que no corra! Rómpele. Este es de una mujer viuda... ¡Pues consuélela otro marido! Rómpele. Este es de un viejo... ¡No hubiera vivido tanto! Rómpele. ¡Ay de mí! ¿Quién pudo trocarle así? ¡Y a todos de esta manera respondo! Quítale los memoriales y rómpelos. Ten la acción fiera, no el cielo, Nabal, se ofenda, ni con los pobres se entienda que es cruel tu condición. Ellos conmigo lo son, pues que me piden mi hacienda. El cielo manda querellos. Es engaño, pues si fuera así que el Cielo quisiera con mi hacienda socorrellos, no a mí la diera, sino a ellos; pues a no querer su anhelo, su fatiga y desconsuelo, la diera a ellos y a mí no. ¿Es bien que quiera hacer yo lo que hacer no quiso el cielo? Él quiere que pobres haya, luego ofenderále quien, haciendo a los pobres bien, contra sus decretos vaya. Yo no he de tener a raya su poder; padezca y muera quien él quiso que lo fuera, que no es bien que gaste yo contra él lo que él me dio. El Cielo quiso que hubiera pobres y ricos, midiendo su justicia, porque cuando el uno merezca dando, merezca el otro pidiendo, Yo presumo que le ofendo. Yo no, porque considero que el rico es un tesorero de Dios y en su nombre da. Por sí o por no, bien está en mi bolsa mi dinero. Tus pastores y criados dicen que atento a lo bien que te sirven, pues se ven tanto, señor, mejorados, tus pastos y tus ganados, mandes que les paguen... Di. ...Lo que les debes ¿Así? pues bien puedes respondellos... ¿Qué? ...Que a mí me paguen ellos lo que me deben a mí. Todos son ladrones y es sin duda que en su ejercicio, primero que a mi servicio, acudan a su interés. ¿Quieres saber cuánto es? Hasta un rústico pastor, un vil Simplicio... Sale SIMPLICIO. Señor, ¿qué me mandas, ya que he sido a tan buen tiempo venido? Y muy bueno. Pues ¡traidor! Échale la mano. ¡Ay, que me ahoga! ¿¡A quién, di, con villanas bizarrías hoy el rebaño ofrecías!? ¿Yo, señor? ¡Sí, infame, sí! Y es verdad, que yo lo vi. ¡Todo, todo lo he sabido! Pues no estés tan ofendido, sino antes desenojado, que si daba tu ganado, también daba mi vestido: tal miedo era el que tenía. ¿Y aquello de que insensato soy y tonto y mentecato? ¡Mal haya la lengua mía! Testimonios son: ¿yo había de decir eso de ti? Sí es verdad, y yo lo oí y que no son testimonios. ¡Zagala de los demonios!, pues ¿qué te va en ello a ti? Sólo decir la verdad. ¿Qué mujer a ello se inclina? ¡Hola! Al punto de esa encina ese villano colgad. ¡Piedad, señora, piedad! Duélete de sus gemidos. ¿No basta, pues tus sentidos en ser madre los empleas, que de los pobres lo seas, sino de los afligidos? Sale LUZBEL, de villano, con alguna sangre en el rostro. A tus pies, señor, herido, cual ves, sin voz, sin aliento, de una tropa de soldados a pedir justicia vengo. Un extranjero pastor soy que a merced de tu sueldo vive deseando agradarte, porque te tengo por dueño, en quien para mí está el mundo cifrado en mis pensamientos. A mi rebaño llegaron y porque se le defiendo, me han tratado como ves, y es harto no haberme muerto. ¿Lo mismo hiciera Simplicio...? No hiciera tal, porque es cierto que si yo lo mismo hiciera, hicieran ellos lo mesmo. La defensa del ganado, noble pastor, te agradezco. ¡Hola!, estad en lo que os digo: desde hoy a todos aquellos que llegaren desmandados a todo el distrito nuestro, muerte los dad. Señor, mira que es riguroso precepto. Y ese piadoso cansancio a todas horas opuesto. De alegría dicen que eres madre, ¡y yo para mí pienso que eres de tristeza, siempre llorando duelos ajenos! Yéndose con enfado, sale la LASCIVIA como oyendo lo que canta. Canta. Mal empleada hermosura, pon en otro los deseos, que no es bien que tus cariños se agradezcan con desprecios. Sale la CASTIDAD. A la voz de esta villana, celosa, a buscarte vengo. No lo estés, Castidad, pues solo de tuya me precio. Canta. Las pastoras que en el valle... ¡Detén, villana, el acento no prosigas, no prosigas! No haré, porque al verte quedo torpe la voz, mudo el labio y sin aliento el aliento. Esos profanos cantares, ni son, ni han de ser, ni fueron de la esfera de mi oído; y agradece que te dejo con vida, porque mi enojo no diga tu atrevimiento. Señora, yo... Ni aun disculpas oír de tu boca quiero. Tápase los oídos. Ni aun yo podré ni disculpas darte ya, que al verte tiemblo tanto, que hacia mí revienta todo el volcán de mi pecho. ¿De cuándo acá, dime, en casa tantas caras nuevas veo? Es que se ha juntado hoy toda la vecindad de esos pueblos. ¿Cómo va, Avaricia? Aparte. Bien; de tu parte al mundo tengo. ¿Cómo va, Lascivia? Aparte. Mal; una mujer es tu opuesto. Agradecido, muesama, a la vida que la debo, viéndola triste, quisiera divertilla con un juego. ¿Queréis jugar todos? Sí. ¿No entrará ella en él? Aparte. No quiero que estos, que al fin son villanos, malicien mis sentimientos. Sí, yo entraré en él con todos. Con todos entra en el juego, veamos lo que de él sacamos. Yo entraré, por si la pierdo el temor que la he cobrado. Siéntanse SIMPLICIO en medio; ABIGAIL, a mano derecha; luego la CASTIDAD, luego la LIBERALIDAD; al otro lado, la AVARICIA, luego la LASCIVIA, luego LUZBEL y los Músicos. ¡Ea, en rueda nos sentemos! El juego es de las colores, que aunque dicen que es de ingeño, si yo no le tengo, basta el pensar yo que lo tengo. ¿Qué color quiere, muesama? Blanco. Qué inifica quiero saber. Castidad, que es la color de que me precio. ¿Tomaste de mi color lo puro? Sí, y aun por eso. Pues toma tú otra. Yo azul. Y aquesa ¿qué inifica? Celos. ¿Celos tú? ¿De quién los tienes? No de ti, de alguien los tengo. Mirando a la LASCIVIA. Liberalidad, elige. Verde. ¿Y qué inifica? Necio; La esperanza de la tierra, por lo liberal del cielo. ¿Vos, zagala? Yo morado. ¿Qué inifica? Amor. Sea honesto. ¿Y vos, parlera? Dorado. ¿Qué inifica? Mis deseos, que son firmeza en guardar el oro, que es color de ellos. ¿Vos, pastor rocín venido? Siempre mi color es negro. ¿Y qué inifica? Tristeza, que es la que yo siempre tengo. Los mósicos prevenidos tengan tonos y instrumentos, porque han de ir dando la vaya a los que vayan cayendo, y ellos dar prenda y comprir la penitencia. ¡Sí haremos! Pues yo he de her un discurso, y como fuere diciendo el color, ha de decir lo que inifica su dueño; y si yo lo que inifica dijere, ha de decir presto el color. Ya está entendido. Pues cantad, mientras yo empiezo. ¡Vaya, vaya de juego, y que pague la pena quien hace el yerro! Las sagradas profecías grandes cosas nos dijeron, por boca de los profetas, hablándonos Dios en ellos, acerca de la venida del Mesías verdadero, con cuya «esperanza»... ¡Verde! ...Están clamando y diciendo que abra sus senos la tierra, y produzga de sus senos al Salvador, cuyas voces de esa «azul» esfera... ¡Celos! ...Penetraron la mansión, hasta el sacro solio excelso, con la «firmeza»... ¡Dorado! ...De que ya de su destierro cesará con su venida toda la «tristeza»... ¡Negro! ...Esta, pues, sinceridad de fee pura, puro celo; esta, pues, «castidad»... ¡Blanco! ...De obras y de pensamientos, dicen que ha de merecer, allá en un dichoso tiempo, ver de esta «esperanza»... ¡Verde! ...Logrados los cumplimientos. La causa, pues, de venir Dios a la tierra encubierto, es cierto que es puro «amor»... ¡Morado! ...Y divinos «celos»... ¡Azul! ...Del ángel y el hombre, a uno amando, a otro venciendo; porque aquél en el Impíreo, viéndose hermoso, soberbio, ciego con obscuras sombras y ofuscado en «negros» velos, a Dios se atrevió... ¡Es verdad! No habías de decir eso, sino «tristeza», pues yo «negro» dije. Prenda presto, pues vos el primero erraste. ¡Claro está que erré el primero! ¿Qué prenda me dais? Mi mesma desesperación, supuesto que habiendo errado, de haber errado no me arrepiento. ¡Vaya, vaya de juego, y que pague la pena quien hace el yerro! ¡Vaya de juego; pero yo ya la pago, pues la padezco! Digo, pues, que la caída de aqueste obstinado y ciego dragón puso a Dios por «blanco»... ¡Castidad! ...Al hombre, haciendo que, para ocupar su silla, criado fuese en el ameno alcázar de un Paraíso, adonde, ingrato no menos, viendo aquel «dorado» fruto, que vedado estaba... ¡Es cierto!, que comió de él porque quiso ser de dichas avariento. Dijérades vos «firmeza», quitándoos de todo eso, y no hubiérades errado. Aparte. Que erré en el fruto confieso, pues todo allí fue avaricia. ¿Qué prenda dais? Mis alientos, que pretendiendo ser más, siempre vienen a ser menos. ¡Vaya, vaya de juego, y que pague la pena quien hace el yerro! ¡Vaya de juego, que no puedo tenerla, pues ya la tengo! Viéndose Dios ofendido del hombre, le manda luego que coma de su sudor, negándole el alimento la «verde» madre, que toda se le rebeló... ¿Qué es eso? Liberalidad, ¿qué haces? ¿Estás dormida? No duermo: pero si Dios retirado mi favor tiene a ese tiempo, y sus liberalidades limita, no es mucho, necio, que en él estén mis discursos, si no dormidos, suspensos. ¿Qué es lo que me das por prenda? Doy mi mismo sentimiento. ¡Vaya, vaya de juego, y que pague la pena quien hace el yerro! ¡Vaya de juego, que aunque yo no le hice, también le siento! Viéndose Dios ofendido de ángel y hombre, y que opuestos, uno llora, otro no llora, del uno acude al remedio, si bien, por los grandes vicios de sus sucesores, vemos que se le dilata y hace grandes castigos en ellos. Dígalo el diluvio, cuando, por el torpe, el deshonesto «amor» del siglo, inundó de «azul» mar el Universo... Dad vos prenda, y vos, y todo, pues ni «morado» ni «celos» dijisteis, y habéis caído ambas a dos en un tiempo. Yo caí, mas fue en la falta que de mí tuvieron ellos. Yo caí, mas fue en la sombra de apetitos y deseos. ¿Qué prenda dais? Yo, mi llanto, con harto arrepentimiento. Vos, ¿qué prenda dais? ¿Qué prenda te he de dar, sino mi fuego? ¡Vaya, vaya de juego, y que pague la pena quien hace el yerro! ¡Vaya de juego!... Mas mi yerro no es mío porque es ajeno. ¡Vaya de juego! Mas mi yerro sea mío, pues dél me precio. La ama sola no ha caído. (Ella cairá, si yo puedo). En fin del castigo Dios por entonces satisfecho, de nuevo volvió a poblar el mundo, y darle de nuevo ...esperanza ¡Verde! ...Al ver que ya el gran manto ...azul ¡Celos! Bien enmendadas estáis; a fee que va bueno el juego. Yo no he de caer dos veces. Una vez todos caemos. De paz la bandera ...blanca ¡Castidad! ...Tremola al viento, desechando la tristeza entre los tapidos velos. Vos sí que otra vez erraste. Yo erraré otra y otras ciento, y siempre errando estaré. ¿Qué es la pena? Mi tormento. Digo, pues, que serenada la luz y Dios satisfecho, para haber de venir, va desde el Arca previniendo una hermosa Virgen Madre, que ha de ser su claustro y centro, tal que nunca ha de caer ni aun en el menor defecto; pues su limpieza y pureza en su feliz nacimiento, como en su virginidad... ¡Blanco! ...Ha de ser el objeto principal de Dios... Aguarda, que no has reparado en ello ya Abigail ha caído. No he caído. ¿No? ¿Si vemos que, sin decir «castidad», «blanco» has dicho? ¿Qué importa eso si dijo «virginidad», que es lo mesmo? ¡No es lo mesmo cuanto al rigor de la voz! Levántase. ¡Eslo cuanto al del concepto! Para atajar la porfía, metan paz los instrumentos. Cantan y representan juntamente y sale NABAL. ¡Vaya, vaya de juego, y que pague la pena quien hace el yerro! ¡Siempre quien dice lo más es visto decir lo menos! ¡Ella cayó como todos, pues se anticipó sin tiempo! ¡Fue preservar la caída! ¡No hizo! Sale ahora NABAL. ¿Qué es esto? ¿Qué es esto? ¿Es Babilonia mi casa, que todos hablan a un tiempo varias lenguas? Es, señor, porfía que trujo un juego. Y juego de tantas veras, que ciega mi entendimiento, pues se reduce a una dicha, y no sé de ella lo cierto. ¡Eso sí, jugar y holgarse, y el ganado por los cerros! Ya no soy recién venido, ya no quiero más festejos; cada uno a su labor, ¡es villanos!, id presto; ninguno me quede en casa. Da tras ellos con el báculo. No los trates con desprecio. Si es ya hora de comer, ¿aquí para qué los quiero? ¡Sacadme la mesa aquí! Yo iré por ella corriendo. Vase. ¿Han de comer tu comida? No, mas los que ven hambrientos y, contando los bocados, están al manjar atentos, ya que no comen, afligen. Sacan la mesa bien adornada, y la AVARICIA y la LASCIVIA sirven a ella. A la AVARICIA. Tú no te vayas, que quiero que tú te quedes en casa. Entrégale tú al momento, Liberalidad, las llaves, y vete tú. ¿En qué te ofendo? En que no te he menester. Señor... ¡No me canses!, esto ha de ser; déjame ya de atormentar con tus ruegos. Sí haré y, pues yo también canso, también me iré yo. Vanse ABIGAIL, la LIBERALIDAD y la CASTIDAD. Con eso saldremos a más yo y mi hambre. Vos, pastor, no os vais, que, atento a la fineza de hoy, daros este plato quiero. Dásele. Pero mirad que mañana, aunque os maten, ni por pienso, hasta después de comer, no habéis de venir con cuentos. Tomad. Aun aquesto más tiene de rico avariento, que, ya que da algo, lo da a quien lo ha menester menos. Yo, en fin, la más desairada de los tres estoy. Llaman y llega a la puerta SIMPLICIO. ¿Qué es esto? Un soldado quiere hablarte. Porque vea el opulento plato de mi mesa, dile que entre. ¿Hele de dar asiento? Pensará que le convido. Si está en pie, se irá más presto. Sale JORÁN, y él no deja de comer. ¡Gloria a Dios enlas alturas y paz al hombre en el suelo! Paz a ti, Nabal ilustre, gran mayoral del Carmelo; paz a toda tu familia. ¡Pacífico caballero! David, hijo de Isaí, capitán del pueblo hebreo, en su gracia te saluda por mí, que en su nombre vengo. Ni le conozco, ni sé quién es David ni a qué efecto a mis términos te envía. Bien va hasta aquí sucediendo que el mundo no le conoce... Dirálo así el Evangelio. ¿Quién es aquese David? Heroico caudillo nuestro, y quien venció a Goliat. ¿Al gigante filisteo? Sí, señor. ¡Fue grande hazaña! Mas ¿qué tenemos con eso? ¡De beber! Traele la copa la AVARICIA. Mal informado, Saúl le persigue; él, huyendo de su cólera, ha venido a vivir a este desierto. A costa de mis ganados, ya lo sé... Mira cuán lejos está de dañarlos, que antes te envía a pedir, pudiendo tomarlo, que le socorras y le des algún sustento, porque a la hambre están rendidos él y sus soldados. ¡Bueno! ¡Bueno a fee! ¿Que le socorra yo? Pues ¿yo qué culpa tengo de que él derribe gigantes, ni de que se venga huyendo de su rey, a quien le fuera mejor estarle sirviendo? ¿Veis todos estos pastores? ¡A mí me sirven, y aún siento que me pidan! mirad vos si lo que no doy a ellos lo daré a quien no conozco. Ni aun este pan, que a esos perros arrojo, daré a David; que al fin me defienden ellos los ganados que él me roba; y vos volved, volved presto con mi respuesta y decidle que mis lindes al momento me desocupe; porque me arrebato, me enfurezco Levántase furioso. tanto de oír su demanda, que por la respuesta os dejo ir con vida, cuando estoy no sé qué en mi mente viendo de otra mesa como ésta... Arroja la mesa. ...y de otro mensajero, ¡que es harto que esté segura la cabeza en vuestro cuello! Vase. ¡Ah David! ¡Ah dueño mío! ¡Cuánto siento, cuánto siento volver a ti con tan mala respuesta! Recogen la mesa. Dueña parezco, que anda cogiendo mendrugos de mondaduras y huesos; diréselo a Abigail para que ponga remedio. ¿Pan de perro no le dan? ¡Él nos dará pan de perro! Vase y los demás llevan la mesa y quedan los tres. Tuyo, Avaricia, es el día; ya hemos visto, por lo menos, cómo el mundo le recibe. Entonces será lo mesmo. En fin: ¿te das por vencida? Con vergüenza lo confieso. ¿Quién será la que a la misma Lascivia vergüenza ha puesto? Pues yo no, yo no he de darme por vencido, cuando advierto cuánto David, ofendido, en arma su gente ha puesto. Tocan la caja. A todos manda que ciñan la espada, y él el primero la empuña en su diestra mano contra Nabal. Pues aquesto es decir que, airado Dios de sus malos tratamientos, ha de abreviar con los días de el mundo. Mucho lo temo, pues cuando David airado contra Nabal marcha, veo que allí Abigail, desnuda de los villanos arreos y vestidas nuevas galas, con músicas y instrumentos le sale al paso. Tocan guitarras y dan grita. Avaricia ve con ella; yo me quedo con David, para que así en ambos bandos estemos, a la mira de lo que nos quiere decir el cielo, cuando esté, entre él y el mundo, puesta una mujer en medio. La Música en un lado y las cajas en otro, suenan a un mismo tiempo, y salen ABIGAIL, ricamente vestida; la CASTIDAD, con un canastillo y en él unos panes; la LIBERALIDAD, con una salva y en ella una redoma de vino y la LASCIVIA y la AVARICIA toman a la puerta unas fuentes de fruta y flores y se introducen en su acompañamiento; SIMPLICIO trae un cordero, y todos con toallas en los hombros, y los músicos cantando. Salen de otro lado los que pudieren con DAVID y JORÁN; LUZBEL se introduce con ellos y los unos y los otros dan vuelta al tablado, sin mezclarse con los otros, y representan, como no viéndose, cada uno aparte con su bando. ¡Venid, venid sin recelo, pues es nuestro norte y guía la madre de la alegría, la primer flor del Carmelo! ¡Ea, soldados míos, ya de mi indignación se llegó el día! ¡Mostrad, mostrad los bríos contra esa ciega, ingrata villanía que de mi gracia y paz se desespera, diciendo: Nabal muera! Tocan la caja. ¡Nabal muera! ¡Ea, venid conmigo, amigos! que aunque venga tan airado hoy David, su castigo podrá ser que remita, perdonado el yerro de Nabal. Con voz altiva repetid: ¡David viva! ¡David viva! ¡No nos quede hombre humano de esa familia! Con asombro ciego, parezca que mi mano viene a juzgar el siglo a sangre y fuego. ¡Rayo soy de la esfera superior! ¡Nabal muera! La caja. ¡Nabal muera! ¡No desconfíe ninguno! Con esperanza y fee salir espero de este trance importuno; y pues el hado vence más severo quien la cerviz derriba, aclamad: ¡David viva! ¡David viva! Aunque música oímos, no es de sirenas, no nos suspendamos. Aunque ejército vimos, no es de fieras, no el ánimo perdamos. ¡Muera Nabal!, el viento repita. ¡Nabal muera! ¡David viva! Vuestro acento repita ¡David viva! ¡David viva! Para que así su vida... Para que así su agrado... ...Sepa que llego airado... ...Que llego vea rendida... ...Cuando con voz al viento fugitiva, escuche: ¡Nabal muera! ¡David viva! Acercándose con estos versos, representando cada uno los suyos, se miden de manera que vuelve DAVID y halla a ABIGAIL de rodillas, y el soneto le dice, suspenso. ¿Quién eres, ¡oh mujer!, que aunque rendida al parecer, al parecer postrada, no estás sino en los cielos ensalzada, no estás sino en la tierra preferida? Pero ¿qué mucho, si del sol vestida, qué mucho, si de estrellas coronada, vienes de tantas luces ilustrada, vienes de tantos rayos guarnecida? Cielo y tierra parece que a primores se compitieron con igual desvelo, mezcladas sus estrellas y sus flores, para que en ti tuviesen tierra y cielo, con no sé qué lejanos resplandores, la flo de el sol plantada en el Carmelo!r Levántala con el último verso, porque, hasta allí, ha estado de rodillas. Ilustre joven a quien, contra el enojo y la ira de Saúl, todo Israel la sacra corona ciña: Abigail soy, esposa de Nabal, que enternecida de saber que en el desierto padeces tantas fatigas por una parte, y por otra quejosa que él no te sirva cuando tú, necesitado, a valerte de él envías, cumpliendo con dos afectos, de esposa y de compasiva, tu necesidad reparo y su condición esquiva disculpo, para que así, tú de mí el favor recibas, y él de ti el furor aplaque con que vengar solicitas su respuesta; y pues son dos las causas que a esto me obligan, consiga sus dos efectos, para que a un tiempo consiga ver que tú te desenojas cuando tus penas alivias. Si él te ofende, yo te obligo, no se diga, no se diga, que contigo los agravios pueden más que las caricias. Es ignorante, señor: su mismo nombre lo explica. ¡Perdónale!, que no sabe lo que hace cuando irrita a tu cólera; disculpa que podrá ser que algún día la oigan el cielo y la tierra en otra boca más digna. El socorro que te traigo, por ser quien eres, admita tu piedad; que un pecho noble más del afecto se obliga que del don, por quedar siempre liberal, aunque reciba; al sacrificio, la fee, no el precio, le da la estima; pues más merece el incienso que ahúma, que el oro que brilla. Pan y vino, carne y fruta te traigo; no sé si diga Todos de rodillas. que en pan, carne, fruta y vino viene oculto algún enigma; porque con tal confianza mi fee te lo sacrifica, que pienso que en ello ofrezco cuanto el cielo y tierra cifran. Repártelo a los soldados que fueren de tu milicia, que para ellos sólo es, porque hoy aliviados vivan del ayuno que padecen; que a mí, esclava tuya indigna, sólo ofrecerlo me toca, pidiendo, a tus pies rendida segunda vez, que si acaso, por causas que allá militan en tu mente, tus enojos aún no han llegado a su línea, sea la primera yo que con su púrpura tiña la verde esmeralda al prado. Quizá, quebradas, tus iras no pasarán adelante: sálvese en mí mi familia. Pero si tu ilustre pecho, pero si tu fama invicta de rendimientos se paga, merezca la que se humilla, la que ruega, la que llora, la que intercede y suspira, que Nabal y sus criados vivan por esta vez. Vivan. Y no solo ellos, pero todos cuantos de ti fían, ¡oh prodigiosa mujer!, mi desenojo y su vida. Si fuera Nabal el mundo, puesta tú entre él y mis iras, el mundo, Abigail, viviera seguro de mi justicia; porque tú bastaras sola a librarle; que bendita eres entre las mujeres, toda hermosa y toda rica de espirituales dones. Y porque veas si estima los que le ofreces mi amor, es justo que los admita. ¡Tomad, tomad las viandas que nos ofrece benigna la piedad de una mujer!, para que mejor se diga que es de Abigail el nombre, cuando para unos pida, y a otros dé, ser para todos la madre de la alegría. Toma tú este pan. Va tomando los platos y dándoselos a los soldados; el postrero es el pan, y vásele a dar a LUZBEL, y él se retira. ¿Yo el pan? ¿Qué tiemblas? ¿Qué te retiras? Retírome por no verte, y por verle tiemblo. ¡Oh pía vianda a todos, a mí fiera! ¿Qué rayos son los que tiras, que a su vista deslumbrado, se me han perdido de vista? Ya de esa intención y aquélla que en el desierto tenías, ha descubierto quién eres la luz de mis profecías; y para que veas con cuánta razón este pan te admira, que la fee de Abigail desde ahora sacrifica, he de pedir a los cielos que a esta sombra la cortina corra, porque veas la luz que en sí incluye, guarda y cifra. ¡Volved a marchar, soldados! Tú, hermosa mujer divina, vete en paz, y di a tu esposo y gentes, que por ti viven. Otra y mil veces, David, deja que a tus pies rendida, tu mano bese. Vase a hincar de rodillas y él la detiene. Eso no; que viendo cuánto te humillas, antes que a la tierra llegues te tendrá la mano mía preservada, para que a nadie tu beldad rindas. ¡Otro rasgo! ¡Otro bosquejo! ¡Otra sombra de divina! ¡Qué majestad! ¡Qué belleza! ¡Qué valor! ¡Qué maravilla! ¡Viva David!, cantad todos. Eso no; en voces festivas decid: ¡Viva Abigail! Yo compondré la porfía, con que digan unos y otros... Cantan y representan todos y quedan los tres. ¡Abigail y David vivan! Cielos, ¿qué misterio es este, que tanto me atemoriza? ¿Una mujer a salvar basta a cuantos de ella fían su tribulación? ¿Qué pan, qué carne, qué vino libran del enojo de David a Nabal y a su familia? Avaricia. No me nombres; que ya no soy Avaricia, mirando cuán liberal Abigail desperdicia los tesoros de Nabal. ¿Qué hará él cuando se lo digan? Yo te lo diré, que ya desde aquí alcanza mi vista llegar Abigail a él, repetirle su venida, y él como una piedra helado quedar, de verla y oírla. ¡Ahora, ahora, oh impuros espíritus de mi envidia, todos pues, todos en él contra ella se revistan! Ya lo están en él, mas no contra ella; que su impía cólera contra sí vuelve, mostrando que desestima los auxilios que le ha dado; con que nuestra alegoría vuelve a cobrarse, pues vemos que no remedió su vida, pues sujeta al daño queda. ¡Qué poco aqueso me alivia! La redempción ya se hizo; si él ahora la desperdicia, ya no significa al mundo, sino a Nabal; con que explica que al que se desaprovecha, no importa que le rediman. Furioso a nosotros viene. Sale NABAL. ¿Qué es esto? ¡Ay de mí! ¿Qué lidia en mi pecho? ¿Qué mortal huésped dentro dél habita, que me despedaza todo el corazón, cuya altiva llama, quedándose llama, nada resuelve en cenizas? Por dármela Abigail, he aborrecido la vida. ¡No la quiero!, ¡no la quiero!, ¡precito estoy! mi voz diga, si soy el mundo, que el mundo verá en su postrero día consumirse en fuego todo, sin que la mujer más pía le libre. ¿Quién va? ¿Quién eres? ¿No conoces tu avaricia? ¡Y cómo que la conozco, pues ella el vivir me quita! ¿Quién está contigo? Yo. ¿Y contigo? La Lascivia. ¿No sois enemigos todos de aquella que desperdicia mis humanos bienes? Sí. Pues contra ella mis esquivas ansias ayudad. Subid al Carmelo, donde habita, y dadla muerte, porque los siglos de mí no digan que a mí la vida me dio esa fiera, esa enemiga, piadosa madre de todos, de mí solo madre impía, por querer yo que lo sea. ¡Rabiando estoy! Su benigna piedad no quiero, no quiero que me aproveche ni sirva. Fuego mis ojos arrojan, llamas mis voces respiran, y pues mi error me despeña, mi angustia me precipita contra esa flor del Carmelo, que es flor de la maravilla, nuestros cuatro alientos sean cierzos que bramen y giman. ¡Venid, venid, injuriadla! ¡Subid, subid, destruidla! ¡Muera, pues muero! Abrese la peña, vese la fuente y ABIGAIL, con corona y cetro, en medio de la LIBERALIDAD y la CASTIDAD. Tened el paso, que planta indigna no ya este sagrado monte sacrílegamente pisa. ¡El monte se despedaza! Y en él Abigail se mira coronada. ¿Qué es aquesto? Llegar las piedades mías, perenes, corriendo siempre, a ser fuentes de aguas vivas, pues mi Liberalidad en ellas se significa, y mi Castidad no menos, en lo clara, pura, y limpia. Ábrese la tienda, vese SAÚL y un sacrificio de leña, da la vuelta y sale una cruz y en el brazo de ella una arpa; a la otra parte, GOLIAT, y una mesa con una tramoya en que parezca el Sacramento; al otro lado, DAVID, echado al pie del árbol. David en su monte acabe con todas nuestras desdichas. Sí hará, pues a un tiempo es árbol de muerte y de vida este árbol, cuyas ramas constan de reales familias. Esta es la gran descendencia de David, de cuya línea aquella flor del Carmelo, segunda Abigail divina, vendrá, que arco de la paz corone su verde cima. ¡Qué pasmo! ¡Qué confusión! ¡Qué asombro! ¡Qué maravilla! Esta fuente... Este instrumento... Este pan... Esta real línea... Celebren cielos y tierra. Diciendo a sus jerarquías: ¡La segunda Abigail y el segundo David vivan! FIN