Personajes LA VANIDAD EL HOMBRE EL DEMONIO EL PARAÍSO EL ESTÍO EL OTOÑO LA PRIMAVERA LA TIERRA LA RELIGIÓN LA NATURALEZA EL INVIERNO Descúbrese la Vanidad en un caballo. Caballo desbocado el Espíritu Santo me ha llamado de la Sabiduría soberana a mí, que soy la Vanidad humana, que en confusos indicios de ambición soy el vicio de los vicios, cuando vertiendo espuma, rayo sin resplandor, ave sin pluma, veloz penetro el viento, esfera de rigor y de tormento; y no sujeta al freno de humildad, es mi aliento mi veneno, que a turbar se desata el globo de cristal, orbe de plata que es asiento felice y escabelo de Dios (David lo dice); del cielo desterrada con la soberbia corro despeñada en plumas de mi fuego, y en el silencio de la noche llego al piélago profundo de la obscura prisión, centro del mundo, velado reino donde la luz se ciega, el resplandor se esconde. Aquí, de la tiniebla el príncipe, entre obscura y parda niebla, noche lóbrega y triste, palacios melancólicos asiste. A su dosel me atrevo con nueva furia, con aliento nuevo, porque mi voz y su rigor asombre a la imagen de Dios hermosa, al Hombre que su favor recibe, y cuando vivo en guerras en paz vive. Príncipe soberano a cuyo brazo fuerte, a cuya mano el centro de la Tierra preñado de portentos hace guerra a esos puros cristales que de imágenes constan celestiales, si mi fuego te inflama el pecho, ¡oye mis voces! Sale el Demonio. ¿Quién me llama? Quien propagar procura… ¡Oh Vanidad, adoro tu hermosura! …tu imperio de las sombras de Occidente al rosicler hermoso del Oriente. Mucha es tu gracia y tu belleza mucha. ¿Qué quieres, Vanidad? Atiende, escucha. Yo, la Vanidad humana, príncipe de la Soberbia, en el horror de la noche llego a llamar a tus puertas, a despertarte del sueño en que descansan tus penas del letargo en que te duermes y del frenesí en que velas. Vengo en alas de mi fuego, desbocada por esferas de cristal, que es toda plumas la Vanidad, y así vuela. Tú, capitán general de aladas inteligencias, comunero de los cielos que contra la omnipotencia de Dios en su misma corte enarbolaste banderas, ¿cómo descansas, si puedes descansar, y no te acuerdas de tu agravio? Un afrentado, ¿cómo es posible que duerma? Gracia y belleza perdiste, si bien guardaste la ciencia; pues di, de tantos agravios, ¿cómo, cómo no te vengas? ¿Y de otro mayor, que agora Dios del polvo de la tierra hizo al Hombre y del imperio que perdiste —¡qué bajeza, qué agravio, qué sentimiento, qué furia, qué horror, qué afrenta! — le ha nombrado sucesor? ¿Y quieres que el Hombre sea dueño del imperio tuyo? ¿Cómo? ¿Que a ti te prefiera el barro, el polvo, el gusano, siendo tú más pura y bella criatura? ¿Quieres saber a cuánto este agravio llega? Pues oye casos futuros que el cielo me representa, que como yo subo tanto, tal vez toco las estrellas con la mano, y así sé tan varios sucesos de ellas. Uno, en fin, de este linaje, lleno de honor y nobleza, virtud, humildad y amor, tendrá vida tan perfecta, que de mí ha de hacer desprecios siendo señor... Más no quieras saber que saber que hay uno que la Vanidad desprecia. Grande duque de Gandía en el reino de Valencia será, y de la emperatriz María, divina y bella, el mayordomo mayor, ilustrando su nobleza las ilustrísimas casas Medina, Esquilache y Lerma, Alcañices y otras muchas, y de toda esta grandeza saldrá libre, reducida a una vida tan estrecha que, observante y religioso, su virtud y penitencia le hará levantar altares, le hará consagrar iglesias, le dará urna de plata guarnecida de oro y perlas. Francisco será su nombre; ya de escucharlo me tiembla el pecho, que han de ser cuatro los que mis aplausos venzan: en Asís, Paula y Javier, tres soles tendrá la tierra; el cuarto es Borja. Este siento más que todos, porque es presa siendo príncipe y señor de la Vanidad, y es fuerza que más que todos le llore, que más que todos le sienta, y así te vengo a animar para que, moviendo guerra contra Dios y contra el Hombre, este mal no nos subceda, pues cortándole los pasos y haciendo que el Hombre pierda la gracia, no logrará la Fe estos blasones, estas victorias la Religión ni esta columna la Iglesia. Y pues hoy vive un retrato en el Hombre que nos muestra estas acciones, en él de tus agravios te venga. Sal de prisa, toca al arma: contra Dios y el Hombre guerra, y pues Dios morir no puede viva Dios y el Hombre muera. Vase, dando vuelta la apariencia. Corre por el viento tú, ave hermosa y lisonjera, pues tu vanidad atada de sus plumas se sustenta, en tanto que rompo yo otra región, otra esfera… Mas ¡ay!, que aquesta es de fuego si fue de vientos aquella, y bien digo, fuego es mi pecho, que en él se engendran en cada aliento una llama, cada voz una centella, un rayo cada suspiro, en cada acción un cometa, siendo del fuego que espiran los ojos Volcanes y Etnas. ¿Cómo? ¿Que el Hombre en la gracia de Dios a mí me suceda en la silla, y sufra yo que él la goce y yo la pierda? Emperatriz soberana es la gran Naturaleza, el Hombre su mayordomo mayor, pues gasta y dispensa sus tesoros (que sea grande su maravilla lo muestra, pues es obra de Dios grande, «dux», que en la latina lengua dice capitán o guía y él lo es de la suprema Naturaleza, y así que es duque claro se prueba); de esta emperatriz esposo que la tiene y la sustenta el Paraíso, que este es emperador de la tierra. Y así en esta alegoría sucesos que me revela el cielo se han de ver hoy y porque en ellos se vea también la rabia que a mí de su honor se me acrecienta, me vengaré en él primero, por ser imagen perfecta de aquel, y pues que la noche turbadas velas despliega y el sol en el occidente baña las doradas trenzas, todo será confusiones. Príncipe de las tinieblas me llaman, porque presumo que tengo dominio en ellas. Pues en esta misma noche esa emperatriz o reina, esa mujer poderosa, esa gran Naturaleza empiece a prevaricar viendo en confusas ideas del sueño su misma muerte, que aunque no ha de morir ella de esta vez, si bien dos muertes de agua y de fuego la esperan, perder la gracia es morir, y yo he hacer que la pierda. ¡Ea, furias infernales, sombras infundid diversas en esa mujer; salid y de las prisiones sueltas todo sea confusiones esta noche, horror y pena! ¡Al arma, furias, al arma! Declarada está la guerra, y pues Dios morir no puede, viva Dios y el Hombre muera. Vase y sale la Naturaleza huyendo como espantada, y sálenla deteniendo Primavera, Otoño, Invierno, Estío, el Hombre y el Paraíso. ¿Dónde vas de esta suerte? Oye, señora. Escucha. Mira. Advierte. Dejadme todos. ¡Qué mortal desvelo! Siéntate, oye. ¡Ay de mí! ¡Válgame el cielo! Di: ¿qué accidente quiso turbar tu luz? Hermoso Paraíso, emperador supremo, gran mal, gran daño, gran desdicha temo, pues pienso que concierta mi desgracia que yo pierda la vida, que es la gracia, y ausente de tus brazos entre los dos se rompan dulces lazos. Hoy en la noche he visto… ¡mal el dolor, mal el temor resisto!, que aunque soy una imagen soberana soy, ¡ay de mí!, naturaleza humana. ¡Mucha es mi pena, mi tristeza es mucha! Pues ¿qué soñaste, en fin? Atento escucha. Antes que el cielo y la tierra de su fábrica gallarda mostrase la arquitectura, Dios en sí mismo se estaba. Quiso para su servicio hacer un hermoso alcázar donde tuviese su corte, y con sola su palabra hizo once esferas que son once palacios de plata, once muros de cristal, once edificios de nácar; y para partir con todos obras de su mano largas, al primero dio la luna, nocturna luz que acompaña las tinieblas de la noche, imagen hermosa y clara; al segundo dio una estrella, que se imagina o se llama Mercurio, que dice ciencias. Venus, al tercero —varias opiniones dicen que es signo de amor; no se engañan si amor en esto le nombran, pues con él los cielos aman—. Es el cuarto ese planeta, monstruo de luz, que con tanta belleza, padre del día nace en los brazos del alba. El quinto se atribuyó a Marte, dios de las armas, porque en todas las victorias son de Dios las alabanzas. Júpiter, el sexto; este laureles promete y palmas. A Saturno se encomienda de la tierra la labranza, que es el séptimo lugar, cuyas sienes coronadas de espigas le apellidaron el gran padre de la humana Naturaleza; el octavo de hermosura más estraña es el firmamento, donde se esculpen, fijan y tallan las estrellas, que del sol reciben la luz prestada. Luego el cielo de cristal subcede a la esfera octava, cristal por quien dividió Dios las aguas de las aguas. El décimo y primer móvil está luego, donde manda a una inteligencia Dios que sea su alcaide y guarda. Este sus polos gobierna y a sus preceptos se causan los movimientos que hacen tan divinas consonancias. El impíreo está después, corte de este gran monarca, silla de este grande rey, dosel de esta soberana majestad. ¿Quién fuera aquí, para hablar en su alabanza, aquella águila que en Patmos vio tanto sol cara a cara? Solo diré que con ser aqueste lugar de tanta veneración y respeto, la soberbia y la arrogancia de Luzbel osó poner sus ejércitos en arma, y angélicos escuadrones se dividen: ya le aclaman rey los rebeldes y ya se da la cruel batalla, ya se rompen las esferas, ya los cielos se desatan, ya los ejes se estremecen, ya los velos se desgarran y ya Luzbel, castigado, al obscuro centro baja. Para llenar Dios entonces las sillas desocupadas hizo al Mundo, y de él te hizo emperador; soberana reina a la Naturaleza, y yo soy, dándonos tantas variedades de hermosura, más divinas por ser varias. Cuatro elementos nos dio: viento, fuego, tierra y agua; el fuego, que nos alumbra; el viento, que nos regala; la tierra, que nos sustenta y los ríos que nos bañan. Uno nos da luz hermosa desde la noche hasta el alba; otro en céfiros suaves respira alientos de ámbar; la tierra nos rinde cortes para las hermosas galas y el agua en fuentes y arroyos nuestra hermosura retrata. Los cuatro tiempos del año nuestros vasallos se llaman, pues para nuestro servicio se desvelan y trabajan. Por mayordomo mayor, a quien el gasto se encarga de todos estos tesoros, nos dio al Hombre, que en la estampa sacó de su misma idea, a su hechura y semejanza. Todos los demás vasallos, que son las aves que cantan, que son los brutos que corren, que son los peces que nadan, como a superior le dan obediencia; así en mi casa es mayordomo, y él solo gobierna, dispensa y manda. De todo esto soy señora, pero todo esto no basta para que de mi tristeza note rebelde la causa. ¡Qué importan tantos trofeos, qué sirven victorias tantas, si con ser emperatriz, si la voz con que me llaman por fin de estas dichas es la Naturaleza humana! Hoy en el sueño me he visto… ¡aquí el ánimo desmaya, aquí la voz enmudece, aquí el aliento me falta, aquí el corazón presumo que dentro del pecho llama, y para romper la puerta está batiendo las alas...! Hoy, en fin, supe que puedo perder la hermosura y gracia de que agora soy señora, porque entre oscuras fantasmas, porque entre ideas confusas, porque entre sombras heladas, vi la Muerte, que quería romper con una guadaña mi pecho, diciendo: «Yo triunfaré de tu arrogancia; esa belleza que agora te lisonjea y engaña será mía y la verás en las profundas entrañas de la tierra consumida». Rosas de púrpura y nácar entonces serán, ¡ay triste! pálida color de gualda. Mira si es justo que llore si por instantes me aguarda un fuego que me consume, un rayo que me amenaza, un dolor que me sujeta, un miedo que me acobarda, un letargo que me vence, un frenesí que me espanta, un temor que me castiga, un agravio que me mata, y al fin un soplo que toda esta hermosura bizarra abrase, consuma, queme, castigue, borre, deshaga, pues me dijo aquella sombra con voz triste, ronca y baja: «¡Esa pompa, esa belleza, verás tan desfigurada que el que hoy te sirva no pueda juzgar que eres tú mañana!» Hermosa Naturaleza, que aunque tan bella y ufana el ser, en efecto, humana amenaza tu grandeza, en vano muestras tristeza pues criatura hermosa eres que a las demás te prefieres; el Paraíso te adora y estás en tu reino agora donde gozas cuanto quieres. El Hombre te sirve aquí él tus tesoros gobierna; yo te estimo, y es eterna esta fe que vive en mí. Si un pálido sueño así te acobarda, teme el daño de tan grave desengaño, y pues sabes que mortal eres, prevén, cuerda, el mal y verás con tiempo el daño. La gracia es eterna vida, y de esta suerte se advierte que es la culpa eterna muerte, y si te deja vencida del Paraíso excluida serás. Así, el pecho lleno de amor puro, diestro y bueno, teme la eterna justicia, que hay en las flores malicia y hay en las frutas veneno. Cantad vosotros, y aquí el Hombre quede a ordenar juegos que te han de alegrar. A él obedeced por mí, Tiempos, pues al Hombre di el título superior de mayordomo mayor. Serene lluvias el cielo. Triste voy, ¡válgame el cielo! ¿Yo puedo morir? ¡Qué horror! Vanse la Naturaleza y el Paraíso y cantan. Sin mirar que es sombra vana compuesta de otros favores dormida está entre las flores la Naturaleza humana. Pasarase la alegría de su primera hermosura y vendrá la noche obscura, que el sol vive solo un día. Ya el sol que los montes dora despierta a la dulce salva, y sale riyendo el alba de ver llorar a la aurora, risa y lágrimas agora con que iguales en belleza descubren gusto y tristeza, y entre penas y alegrías, dan las dos los buenos días a la gran Naturaleza. La aurora, que llora ufana, con tristeza la saluda, porque ni ignora ni duda que es Naturaleza humana; pero el alba, más lozana con risa hermosa y divina corre la veloz cortina a su emperatriz, no en vano, por ser rasgo de una mano tan perfecta y peregrina. ¡Oh gran Dios, cuando no hubieras hecho por el Hombre más que darle el día, jamás de él satisfecho te vieras! ¿Qué es ver en esas esferas un fénix de rosicler ser hoy el mismo que ayer, que si en todo es de sentir que nace para morir él muere para nacer? Mas ¿dónde mi pensamiento me lleva? Amigos, cantad y gozosos celebrad nuestra reina y al contento responda en ecos el viento. Tú, dichosa Primavera, suspende con lisonjera voz el aire; y tú, pues eres el Otoño y te prefieres en esa verde ribera, a la edad del año, frutas trae que el Invierno conserva a su pesar en la hierba de aquesas rústicas grutas nunca de lluvias enjutas. Y tú, Estío, en la floresta lecho de mieses apresta, y hecho un pabellón de espigas en él vence las fatigas y rigores de la siesta. Todos te obedeceremos. Y todos a servir vamos al Hombre. Flores tejamos y de Jericó cortemos, porque con ellas labremos altares a la belleza de la gran Naturaleza, y para el Hombre también, pues quiere Dios que le den obediencia a su grandeza, los cuatro tiempos del año, sin que le cueste sudor la miel, la fruta y la flor. ¡No le llegue el desengaño y se convierta en su daño el favor que goza agora! En tanto que su señora la Naturaleza vive en gracia, y ella recibe del Paraíso que adora favores, le serviremos obedeciéndole como a su mayor mayordomo; mas si fuera de él le vemos, todos nos rebelaremos. Ya el sol al oriente asoma. El dulce instrumento toma. Goce agora la edad nueva, hasta que lágrimas beba y pan de dolores coma. Vanse cantando. En aquesta soledad llorar sin cesar quisiera al ver que es perecedera la suprema majestad; la pompa, la autoridad, la soberbia, la grandeza, el aplauso y la belleza, todo es caduco, ¡ay de mí!, y es verdad, porque yo vi llorar la Naturaleza. «Yo soy una sombra vana, dijo, y débil caña soy, y aquesta que es rosa hoy será cadáver mañana». ¡Providencia soberana de Dios! Mas si no se viera caduca y perecedera la naturaleza y nombre del hombre, pienso que el Hombre humano demonio fuera. Salen el Demonio y la Vanidad. Solo está, llegar podemos, ya que tan osados fuimos que a pisar nos atrevimos estos jardines supremos. No han sido grandes extremos profanar sus claustros hoy, pues que yo contigo voy, déjame llegar a ver si yo le puedo vencer con soberbia, pues lo soy. Háblanle, sin que él lo vea. ¿Qué temes? Hacerte puedo tan eterno como Dios, piérdele a la muerte el miedo. En mayores dudas quedo. Vanidad, favor te pido. Si acaso hubieras nacido eterno y no lo supieras, ¡qué contento que vivieras! ¿Dónde va tan divertido discurso? ¿Qué eres no ves mortal? Cuando sepas tal, procura hacerte inmortal. O presume que lo es. Venga la muerte después. Vive a lo menos contento este rato. No consiento tan loca imaginación porque es sombra y ilusión desatada en humo y viento. ¿Para qué te hizo señor Dios, Hombre perfecto y bello, si no te precias de sello? ¿No conoces que es error, ingratitud, desamor, aniquilar esa hechura que Dios hermosear procura? Sabe preferirte, sabe lucirte, porque se alabe el Criador en la criatura. Rico serás. Pobre quiero vivir. Serás adorado. Humilde ha de ser mi estado. ¿No eres grande? Serlo espero. No habrá viento lisonjero que no te estime y alabe. La humildad es más suave. ¿Y no lo es la majestad? Sabe tener vanidad. Y tener soberbia sabe. ¡Qué necio discurso fue el que me está haciendo guerra! En el centro de la tierra de mí a mí me esconderé. Mortal soy, y pues lo sé, no importa la majestad, aplauso y autoridad a dejar de conocerme, que no han de poder vencerme soberbia ni vanidad. Vase. Vencionos. ¿Quién nos dijera que Hombre en la corte podía burlando la deidad mía vencernos de esta manera? Esta fue la vez primera que a las puertas del señor sufro desprecio y rigor. Escribir en ellas puedo: «La Vanidad tuvo miedo y la Soberbia temor». ¿Qué haremos para que pueda tener efecto esta instancia? Para postrar su arrogancia deshagámosle la rueda. Para eso es bien que pongamos a su soberbia arrogante… ¿Qué? …sus defectos delante. Pues de eso ¿qué fin sacamos? La más segura esperanza si al que vencer no podemos con soberbia le vencemos... ¿Con qué? ...con desconfianza. ¿De qué manera? Si él ve la Naturaleza humana, que es su reina soberana y su dueño hermoso fue, vuelta en sombra y niebla oscura, llena de horror y tristeza, deslustrada su belleza, marchitada su hermosura, y aquel arrogante brío helado, caduco y yerto, y en efecto un cuerpo muerto, pálido, sangriento y frío dirá: «Mi dicha fue vana desconfío de mi ser, que si no es hoy lo que ayer, no será lo que hoy mañana». Entonces aspirará, temeroso de su daño, a inmortal, y nuestro engaño mejor efecto tendrá. Pues ¿cómo muerte daremos a la Emperatriz? Así. Ahora pasan por aquí los Tiempos, y todos vemos que a divertir la tristeza de su reina y las pasiones, la llevan humildes dones que ofrecen a su belleza, que como está en gracia, todos al Hombre han obedecido y sus frutos han traído, y yo con sutiles modos de amistad, podré en alguno introducir el veneno de que mi pecho está lleno. Sale el Invierno con un vidrio de agua. Pues aquí tenemos uno. ¿Quién es aqueste? El Invierno. ¿Y qué lleva? Un vidrio de agua. Propio don suyo. Pues fragua en ella el veneno eterno. No puedo en agua. ¿Por qué? Porque antes el agua pura lavar la mancha procura del veneno que yo dé. No te entiendo. Es un abismo este, que yo no le entiendo, que es sacramento estupendo el del agua del bautismo. Sale la Primavera con un azafate de flores. Aquí está la Primavera. ¿Qué lleva? En varios colores un azafate de flores. ¡Oh, qué alegre y lisonjera! ¡Ea! A las flores concede el veneno. Áspid soy yo, mas en esas flores no esconderse el áspid puede. Tu temor me maravilla. ¿Pues no me ha de dar temor el haber visto una flor allí que es flor sin mancilla? No puedo a esta emperatriz dar entre flores la muerte, donde la imagen se advierte de otra más alta y feliz. ¿Cómo han de admitir mi pena, si son de esta reina hermosa atributos lirio y rosa, clavel, jazmín y azucena? Sale el Estío con espigas. Pues ya ha llegado el Estío. ¿Y qué lleva? Espigas lleva. Pues no puede aquí la prueba verse del veneno mío. ¿Por qué? Porque estas espigas tienen un misterio en sí que antes me fuerzan aquí a repetir mis fatigas. Está en los granos de oro un gran tesoro guardado. No puedo yo dar bocado en ellas, porque tesoro es su troj de quien se saca vida, salud y sustento, y ha de ser su sacramento de mi veneno triaca. No me acuerdes este día, cuyo nombre, ¡qué temor!, será el día del Señor. ¿Por qué aquí la ciencia mía se turba cuando lo veo, se eleva cuando lo miro, se pasma cuando lo admiro, se ciega cuando lo creo? Porque es su gloria (¡qué furia!) salud del hombre (¡oh, qué horror!), vida eterna (¡oh, qué rigor!), que en este pan (¡oh, qué furia!) el mismo Dios disfrazado se ha de dar, en que se advierte que un bocado fue la muerte y la vida otro bocado. Sale el Otoño con manzanas. Pues el Otoño ha venido con bellas frutas. ¿Aquí pondrás tu veneno? Sí. Entre frutas escondido le pondré. Tú, Vanidad, dale una hermosa manzana, matices de gualda y grana, que enamore su beldad. Vesla aquí. Yo en ella ya voy disfrazado, de suerte que si su hermosura advierte el apetito, caerá. Todo es que la llegue a ver. Pues con ellos nos mezclemos, para que disimulemos la traición que hemos de hacer. Tiempos del año, ¿dó bueno? Hola, Primavera, alerta, que hay culebras en la huerta. Ya tu malicia condeno, porque yo al ángel me igualo que la guarda. ¡Y hay que ver! Vos bien podéis ángel ser, mas seréis ángel muy malo. ¿Qué lleváis aquí? Yo espigas. Si queréis de ellas, tomad. ¿Y vos? Flores. En verdad que con tu hermosura obligas a que la tengan las flores. No he visto en toda mi vida culebra tan entendida. ¿Tú, Invierno? Son mis favores agua pura, helada y clara. El don como tuyo fue. ¿Es muy malo? Pues yo sé que más de uno la tomara. ¿Qué llevas tú? Frutas llevo. ¡Qué hermosas son! Ya mezclé, cuando a la fruta llegué, la manzana. No fue nuevo el engaño en ti. Sale el Hombre. Pues ya habéis, ¡oh Tiempos!, llegado todos mostrando el cuidado cada cual de lo que está a su cargo, la tristeza de la reina divertid, enamoralda, y decid requiebros a su belleza. Sale la Naturaleza, emperatriz. ¡Vaya de música y fiesta, que ya la reina ha salido! Con ellos introducido lograré ocasión como esta. Canta. ¡Albricias, albricias pido! ¿De qué, porque te las den? De que a aumentar nuestro bien la emperatriz ha salido. ¿Quién lo dice? Yo, que he sido quien su beldad adoré, que estrella del campo fue. Bailan. Pues hagamos alegrías y celebrando la paz estos días, suenen las voces y canten las aves, rían las fuentes y soplen los aires. Yo, que soy la Primavera, te doy este hermoso don: humanas estrellas son y matices de esta esfera. Si de la siesta el calor te fatiga, reina mía, este vidrio de agua fría podrá templar el rigor. Estas espigas cogí para tus plantas, pues eres tú la verdadera Ceres. Yo estas frutas para ti he traído; come de ellas pues que tan hermosas son. Aquesta es buena ocasión. Brinda, Vanidad, con ellas. Yo, señora, el jardinero de estos jardines he sido; como tal, he conocido el fruto más verdadero. Esta manzana es sabrosa: come de ella; templarás tu tristeza, y aun serás la más sabia y más hermosa. La manzana que me ofreces por sí es tan hermosa y bella que me mueve a comer de ella. ¡Mira bien lo que apeteces que hay aquí fruta vedada! Si del precepto te acuerdas no la comas, no la muerdas. Tu temor, Hombre, me enfada. Si el jardinero me dice que esta es la fruta más bella, por dejar de comer de ella dejaré de ser felice. Pues que mi don le agradó mil fiestas hacer quisiera. ¡Va de baile! Mejor fuera que hiciera la fiesta yo. Cantan y bailan. No celebréis mis gustos, dejad las alegrías y celebrad mortales mis penas y fatigas. ¿Qué letargo le ha dado que parece que espira? ¡Válgame Dios! ¡Gran daño a mi ser pronostica! ¿Qué furia, qué veneno esta fruta tenía, que ya me abrasa el pecho con rabia y con envidia? De aquí, pues ya vencimos, Vanidad, te retira. Vanse los dos. ¿Qué sientes? Que mi pecho llamas de fuego espira. ¡Oh, qué dolor, qué muerte, qué pena, qué desdicha, qué veneno, qué rabia, aquí estaba escondida, que toda me enajena, me priva de mí misma! Las peñas con las aves, las fieras que solían obedecerme, todos huyendo se retiran. Mira, mira aquel monte, cuya soberbia cima en mis brazos parece que ya se precipita. La tierra se estremece, y de mi planta herida abriendo infaustas bocas sepulcro me fabrica. Ya las aves endechas, no gozos, multiplican, y huyendo el aire rompen; solo no se desvían las fieras, contra mí dientes y uñas afilan. La gran Naturaleza ya se muere, ya espira. Estos son parasismos últimos de sus días. Perdí, perdí la gracia; perdí, perdí la vida. Cae en una silla y sale el Paraíso. ¿Qué es esto? Emperador del mundo, donde habita, celestial Paraíso, mi pena y mi desdicha: ya mi Naturaleza a la muerte rendida, porque la majestad no se excepta ni libra, yace porque perdió la gracia, que la vida de la Naturaleza era la gracia misma. La culpa fue su muerte y así, señor, la miras a su rigor postrada y a su culpa rendida. Pues llévala a la tierra, a cuyos brazos fía su cadáver helado que muerta ya y perdida la vida, estar no puede en la opulencia rica de mis palacios. Yo, viudo de su divina belleza quedo ya, que el cielo determina que su muerte a los dos nos aparte y divida. Ya de mi Paraíso es bien que se despida, pues tarde volveremos a vernos. ¡Qué desdicha! Vase. Ya que quedo encargado de llevar este día a la tierra la muerta Naturaleza mía, Tiempos del año, todos ayudad mis fatigas, porque tan grande peso los hombros me derriba. Tú, pues que su privanza fuiste cuando era viva, es tiempo que en la muerte la lleves y la sirvas. Muy bien obedecimos todos cuando tenías en nosotros imperio. Hoy le tengo. Es mentira. Pues ¿qué queda, qué frutos para el sustento y vida del Hombre? Su trabajo. Su sudor. Su porfía. ¿No habéis de obedecerme? Cuando llorando pidas el sustento. ¿Y qué habéis de darme? Solo espinas. Yo, diluvios. Yo, piedras. Yo, solo hojas marchitas. ¿Frutos no? Si nos riegas. ¿Mieses? Si nos cultivas. ¿Rocíos? Si nos labras. ¿Flores? Si nos fatigas. Pues venid a mis brazos, Naturaleza mía, que yo os llevo a la tierra, donde a los cielos pida con lágrimas y quejas la piedad de justicia, y pondré en un dorado ataúd, breve pira, esta hermosura muerta a manos de la Envidia y con letras doradas epitafios que digan: «¡Perdió, perdió la gracia! ¡Perdió, perdió la vida!». Cógela en brazos y vase. ¡Qué buena carga lleva! ¡Dejadle en su fatiga! Pues perdió la privanza, sude, trabaje y gima. Ya empiezan sus afanes, pues de ramos fabrican un túmulo sus manos y en una caja rica el cadáver helado esconde y deposita. Al hombro se le arroja y ya con él camina por cuestas y montañas. ¿Dónde irá que no siga su muerte, pues su culpa en sus hombros estriba? De él todos nos venguemos. Démosle vaya y grita. Mejor es que tus voces en triste acento digan la muerte de su reina, porque el dolor le aflija, repitiéndole el caso. Pues dejadme escondida entre estos verdes ramos: direle sus desdichas. Escóndese la Primavera, vanse los demás y sale el Hombre con un ataúd a cuestas. Venid en mi compañía, Naturaleza infeliz, pues que yo a la tierra os llevo y vos me lleváis a mí, pues caí de la privanza en que pude competir, si no en la esencia, en la gracia al más puro querubín. Canta. ¿Dónde vas, el Hombre humano, dónde vas, triste de ti, que la tu querida reina muerta está, que yo la vi? ¡Válgame el cielo, qué voces tan lastimosas así mis penas y mis desdichas gustaron de repetir! Canta. La Naturaleza humana, la gallarda emperatriz, murió a manos de su culpa en un hermoso jardín. Aun los vientos me aborrecen, pues en su esfera sutil forman voces porque ya todos se vengan de mí. Canta. Tanto se ha desfigurado con la muerte, que el matiz que fue hermosa maravilla es ya cárdeno alhelí. ¡Válgame el Cielo! ¿Tan fea la dejó su culpa? Sí. Ved, pues, cómo vivís muertos los que en pecado vivís. Canta. Ese tesoro que llevas a tu parecer feliz, tú no le has de conocer cuando le quieras abrir. Vase. ¡Déjame, voz; no me aflijas, que no es victoria rendir a quien está tan rendido! Mas ¿dónde voy por aquí? ¡Qué ásperos montes y cuestas! Temblando, la planta muevo. Pero ¿qué mucho, si llevo mi Naturaleza a cuestas? Diferentes son aquestas selvas de las que yo vi. No hay tanta hermosura aquí; entre espinas y entre abrojos tropezando y dando de ojos voy, ¡ay mísero de mí! ¡Qué mal, tierra, me recibes! ¿Pues así un hijo se trata? La primera madre ingrata… Mas, ¡ay!, que enojada vives, y así con mi sangre escribes mi delito. Estás airada, mas de mi llanto bañada y herida de mis veloces suspiros, oye mis voces: ¡centro de la tierra amada! Sale la Tierra. ¿Quién me llama? ¿No me ves? ¿Qué me quieres? Que sepultes y en tus entrañas ocultes esta hermosura. ¿Quién es? De ella lo sabrás después. Tu voz en callarlo yerra. Pues aquesta tumba encierra una emperatriz: murió, fue sombra, fue nada, y yo vengo a entregarla a la tierra. Yo no puedo recibir caja cerrada sin ver quién es, y aquí he de saber cómo murió sin morir. Pues déjame, Tierra, abrir este lastimoso estrago; verás que en tus manos hago depósito de belleza, y con la Naturaleza lo que me diste te pago. Abre la caja y estará un esqueleto. ¡Válgame el Cielo! ¿Qué ves? Veo mis postrimerías. ¿No es esto lo que traías? No, que esto otra cosa es de lo que fue. Dime, pues: ¿Robáronte en el camino el tesoro peregrino que así el verle te da asombros? No, porque siempre en los hombros cerrada esa caja vino. Toma, tierra aquesa helada figura, ese horror funesto, ese rostro descompuesto, esa hermosura borrada, esa belleza eclipsada, ese cadáver que yo te entrego. Ufano se vio, mas perdió Naturaleza con la gracia la belleza. ¡Jura que es ella! Eso no. Ni lo afirmo ni lo juro, porque otra viene a ser hoy de aquella que era ayer, ¡triste lance, caso duro! Solamente te aseguro que en mis hombros la he traído, que en esa caja ha venido, pero que es aquesta no, que es otra de la que yo he respetado y servido. Ese cadáver helado que traigo a la tierra yo, árbol tan verde se vio que fue copete del prado; ese escriptorio robado de riqueza estuvo lleno, ladrón del trabajo ajeno fue sin ley y sin disculpa el veneno de la culpa, ¿y hay quien beba este veneno? ¿Ves esa frente arrugada? A espanto provoca y mueve. Pues linda de grana y nieve fue a colores matizada. ¿Ves esa mejilla helada, rosa ya sin ornamento? Pues fue lisonja del viento y borrola un soplo airado del aliento del pecado, ¿y hay quien respire a este aliento? ¿Ves esas manos, que apenas tienen forma ni armadura? Pues de perfecta hermosura un tiempo se vieron llenas, de cinco hojas azucenas fueron cinco lirios luego, porque voraz, libre y ciego semejantes triunfos tray el fuego del vicio, ¿y hay quien se caliente a este fuego? Esa pelada cabeza esfera de rayos fue; aquesos cuencos en que ves tan profunda tristeza fueron ojos: la belleza de uno y otro que ahora asombra fue luz, pero ya se nombra sombra el esplendor marchito de la sombra del delito, ¿y hay quien descanse a esta sombra? Esa boca helada y fría fue un círculo de carmín, caja de azahar y jazmín en quien el aura bebía néctar; esa bizarría que hoy a la tierra se inclina fue una columna divina, fue un sumptuoso edificio, caduca ruina del vicio, ¿y hay quien se exponga a esta ruina? En fin, en fin, fue hermosura esta espantosa fealdad, este estrago fue deidad, esta sombra lumbre pura, esta desdicha ventura, este olvido eterna fama, esta arista verde rama, esta tristeza alegría, este silencio armonía y aquesta pavesa llama. Mas, ¿para qué sutilizas tanto el discurso, si llego a conocer que fue fuego lo que agora aun no hay cenizas? No más, que me atemorizas, sombra vil, figura vana, fantasma y sombra liviana. Mortales, ¡llegad a ver que quien no es hoy lo que ayer, no será lo que hoy mañana! ¿Este tesoro infinito me depositas y das? Yo, Tierra, no digo más de que aquí te deposito el cadáver que se ve. Dame segura respuesta. La emperatriz truje. ¿Es esta? Esa truje, más no sé. Esa tumba cierra y sella. Lo que es te he concedido. No te digo lo que ha sido, que ya no sé conocella. Al pie de este tronco, pues, le daremos sepultura. Pónela al pie de un árbol. Así diga en el arena: «Aquí se guarda y oculta muerta la Naturaleza a las manos de su culpa hasta que vuelva a la vida». Salen el Demonio y la Vanidad. Eso será tarde o nunca. No será sino muy presto, pues ya los cielos anuncian tan seguras profecías del que librarnos procura. ¿Luego ya desesperado no estás? Antes, en la suma omnipotencia de Dios esperanzas tengo muchas de mi libertad. Agora eres mío, y ya ninguna persona descenderá de ti de quien no presuma tener victoria. Mis sellos haré que en su rostro esculpan. Alguna vendrá que pueda eximirse de la culpa, y al irla a morder dragón su planta divina y pura te pondrá sobre la frente. Verdades, Hombre, me anuncias pero hasta allá, en ti y en todos, satisfaré mis injurias. Mi sello pondré en tu frente. Por eso agua limpia y pura me lavará. Ya comiste aquella vedada fruta en el árbol de la Muerte. Por eso otra me madura en el árbol de la Vida, que uno con otro se cura. Ahora en mi poder estás. ¿Y no es posible que huya? ¿Dónde? Al sagrado. ¿Cuál es? La Iglesia. Cuando allá subas que es monte del Testamento esa sagrada figura, allá te buscaré yo, pues con vanidades sumas te rendiré. No podrás. ¿Qué procuras que procuras huir de mí? Si mi delito en esta parte me acusa, en sagrado estoy; este árbol el fruto me dé que busca mi fe. Abrázase con el árbol y vuélvese en cruz. ¡Ay de mí! Que las ramas unas con otras se cruzan y forman la cruz, blasón con quien la Iglesia se ilustra. De verla el pecho se altera, el cabello se espeluza, los pies se convierten hielos, la lengua en prisiones muda se suspende. ¿Que un madero sin carácter ni figura perfecta tanto me asombre? ¡Que un leño de arquitectura tan fácil que son dos líneas tanto mis fuerzas destruya! Horca vil, señal de muerte infausta, triste y injusta... pero miento, que mi lengua es serpiente que procura morderte; pero no puede ella pronunciarte injurias. Arco de paz celestial a quien pulen y dibujan esmaltes de sangre y nieve, color verde, roja y rubia, refugio de pecadores, mucha es tu grandeza, mucha. ¿Qué me quieres? Déjame, que ya voy a las profundas cárceles donde publique penas mías, glorias tuyas. Vase. No en vano la cruz formó sobre el cuerpo y sepoltura donde la Naturaleza estaba muerta y caduca, porque la muerte y la vida quiere Dios que estén tan juntas. Vase. Iris que asoma entre eclipsados velos, carácter a dos líneas reducido, eclíptica de un sol que ha discurrido dos rumbos de carmín, dos paralelos, llave de los candados de los cielos, prodigio que serpiente y vara ha sido, palo que en el Jordán se vio temido, volviendo en sangre cristalinos hielos, sobre el cadáver hoy, y sepultura tu lugar ¡oh, qué bien se determina! ¡Lávese el Hombre en la corriente pura que destila este lago, esta piscina: pues juntas cruz y muerte, Dios, procura que estén juntos enfermo y medicina! Entra la Religión que viene a estar sobre la Cruz. Yo, la Religión sagrada, compañía que tú buscas, vengo a decirte que el cielo tus peticiones escucha. En la Iglesia está el sagrado que ya tu vida asegura. Entra en ella, porque seas de su edificio columna, que tu vida y penitencia tanto tu persona ilustra, que por virtud y valor será tu grandeza mucha. El Hombre eres y de ti descenderá quien con justas adoraciones merezca templos, altares y urnas. Y de aquesta alegoría ha sido su viva hechura un señor grande de España. Perdonad si fueren muchas sus faltas, porque el poeta, aunque de serviros gusta, no pudo en solos dos días sutilizar más la pluma.