Para vencer a amor, querer vencerle Gran Comedia Personas DON CÉSAR COLONA DON CARLOS EL EMPERADOR LUDOVICO, de barba LISARDO, criado CELIO, criado ESPOLÓN BARÓN DE BRISAC MARGARITA MATILDE LEONOR FLORA SOLDADOS MÚSICOS DAMAS ACOMPAÑAMIENTO GENTE Jornada Primera Sale César divertido, hablando consigo muy alegre; Carlos, Espolón, Celio y Lisardo, tras de él. (Claras luces, rosas bellas que, en bañados resplandores, unas sois del cielo flores y otras sois del campo estrellas; pues en vosotras y en ellas efectos de amor se ven, bien podrán pedir, y bien dar podrán luz y verdor las albricias a mi amor y ansí, amor, el parabién. Aunque, si en tan feliz día ha merecido mi fe el sí dichoso de que será Margarita mía, ni dar ni pedir debía parabién ni albricias, pues el que tan dichoso es que a no tener ha llegado que sentir, ya es desdichado, si discurre en que, después de conseguido el placer, le ha de hacer falta el pesar; pues, no habiendo que esperar, tampoco hay que merecer; y yo quisiera tener, admitido y despreciado, parte en uno y otro estado, para añadir animoso a fortunas de dichoso méritos de desdichado). ¡Carlos! ¿Aquí estáis? A daros el parabién he venido; y, viéndoos tan divertido, no quise, César, hablaros. ¿Por qué? Porque al escucharos carear favor y desdén, pena y gloria, mal y bien, sombra y luz, gusto y pesar, dudé si os había de dar el pésame o parabién. Tanto a Margarita bella estimo, tanto la adoro, que cuál es más dicha ignoro, o servilla o merecella. Y así, quisiera por ella hacer hoy favorecido finezas de aborrecido. Pero estos estremos no se entienden con vos; que yo ufano y desvanecido puedo acá en mis fantasías delirar; vos no podéis; y así, aguardo a que me deis mil parabienes. Tan mías vuestras penas o alegrías juzgo, que unas y otras sigo; y así, solamente digo que en las dichas que gozáis felices siglos viváis. Sois mi verdadero amigo, y más deberos espero; que una fineza por mí hoy habéis de hacer. Aquí me tenéis, decid. Yo quiero –por ser el día primero que, a mi amor agradecida mi prima, el desdén olvida con que hasta aquí me trató, y que el sí a su padre dio, obligada y persuadida de la grande conveniencia que hay para casar los dos– que, como mi amigo, vos, dando de serlo experiencia, hiciésedes diligencia de que algún festejo hubiese hoy en Ferrara, que fuese pública demostración de mi amorosa pasión. Servicio muy corto es ése para lo que yo quisiera hacer. A juntar iré deudos y amigos, y haré que haya esta tarde carrera; y cuando el sol a otra esfera pase, hachas tomaremos, y la ciudad correremos todos de gala vestidos, en tanto que prevenidos mayores fiestas hacemos a vuestras bodas. Adiós. Vase. Bien, que haréis festivo el día de la mayor dicha mía, espero, Carlos, de vos; Celio, Lisardo, los dos joyas, galas y libreas prevenid. Cuanto deseas, efectuado verás. Vanse don Carlos, Celio y Lisardo. Loco de contento estás. Yo lo confieso. ¡Que seas tan bobo! ¿Este bien me tasas? No; mas ¿no es fuerza que dudes qué has de hacer cuando enviudes, si esto haces cuando te casas? ¡Ay, Espolín, cuán escasas todas mis fortunas son! Yo puedo con más razón decirlo, puesto que día que festeja tu alegría, que soborna tu pasión deudos, amigos, criados, señor, no me das a mí tan sólo un maravedí. Ve, y haz que de cien ducados te hagan libranza. Animados bronces, jaspes repetidos, mármores encarecidos, tu nombre... Pero esto basta, que no quiero aojarles hasta que los tenga recibidos. Vase. ¡Gracias al Amor, fortuna, cuando él tal bien me previene, que ya tu poder no tiene acción contra mí ninguna! A la esfera de la luna con las alas que él me dio llegué. Ya en su cumbre yo nada temo; pues aquí... dentro «Amor me dice que sí, y tú me dices que no». En favor ha respondido de la fortuna, esta letra que el corazón me penetra. Pero no; que acaso ha sido haber al jardín salido Margarita; y siendo ansí, digo, Amor, que contra ti fortuna no dirá no. Salen los músicos con sombreros en las espadas, damas y Margarita. «Pues el Amor me engañó, duélete, mi bien, de mí». No cantéis más. Pues ¿por qué callar los mandas, señora? ¿Cuándo salir el aurora con músicas no se ve? Celebren día que fue tan dichoso para mí, que un sí tuyo merecí; puesto que al preguntar yo si soy venturoso o no, «Amor me dice que sí». Cuando hablando yo conmigo, tan triste y confusa me hallo, que un no quizá que ahora callo contiene este sí que digo; a explicarme no me obligo, mas baste decir que yo lloro un sí que es no, pues vio la estrella infelice en mí que yo te digo que sí, «y tú me dices que no». Enigma es mal entendida haber, señora, creído que pueda yo haber tenido en mi pecho mi homicida. Si ya estás arrepentida del sí que tu voz formó, no tengo la culpa yo; o, si engaño de amor fue, del Amor me quejaré, «pues el Amor me engañó». Hablar y callar quisiera, y para poder lograr hablar a un tiempo y callar, ha de ser desta manera. Salíos todos allá fuera. Vanse los músicos y las damas. Esto ha de ser. (¡Ay de mí!). Escuchadme atento. Di; pero, si ha de ser rigor, ten lástima de mi amor, «duélete, mi bien, de mí». Señor don César Colona, que sea la ilustre sangre vuestra la mejor de Italia, me está a mí mejor que a nadie; pues, siendo primos hermanos los dos, es cosa constante que el oro de nuestros pechos brille con un mismo esmalte. De ser galán y valiente la fama el informe os hace, pues, siendo en la corte Adonis, sois en la campaña Marte. Vuestro ingenio en todas cuantas buenas letras hay, atrae, sin pareceres de docto, con blanduras de elegante. En fin, no hay parte ninguna de todas las buenas partes que hacen amable un sujeto, que en vos, César, no se hallen; hasta la de amor en vos tan perfecta está, que nadie supo adorar más rendido, supo querer más constante; siendo así que esta pasión es el cristal, el examen de todas, porque ni noble, ni entendido, ni galante, ni valiente sabe ser el hombre que amar no sabe. Yo, que de tantas finezas, bien que indignas de emplearse tan mal, el objeto he sido, lo dijera, si no hallase tan presto el inconveniente del haber –necia ignorante– entre vuestros rendimientos de encontrar con mis crueldades; en cuya disculpa hablara, si ya tantos ejemplares como hay en el mundo no trataran de disculparme, puesto que de Amor y Venus en los sagrados altares, de agradecidas finezas tan pocas lámparas arden. Pero esto ahora no es del caso: pasemos más adelante. El gran duque de Ferrara, tío de los dos, que yace en mejor imperio, adonde son eternas las edades, sin hijos murió, de suerte que concurrimos iguales al derecho del Estado, pudiendo el mío fundarse, aunque hembra soy, de hembra, en ser hermana mayor mi madre, a quien representó el vuestro, que, aunque lo fuese, me hace incapaz el ser mujer, y que así, es fuerza que pase a vos, porque sois varón. ¡Oh, mal haya ley infame que dice que las mujeres no son de mandar capaces! El pleito, pues, no es posible resolverse hasta que acabe el Emperador las guerras que por su persona trae con los esgüízaros, donde presumen sus alemanes del águila de dos cuellos tremolar los estandartes; porque, siendo aqueste Estado desde sus antigüedades feudatario del Imperio, es jurado vasallaje hasta que a leer la sentencia él mesmo de no gozalle ninguno, haciendo en sus manos pleitesías y homenajes. Esta dilación fue causa de que unos y otros tratasen convenirnos; y, juzgando el más conveniente y fácil medio que entrambas acciones en sola una se juntasen, fue nuestro casamentero el vulgo, cuyo dictamen, de vos, César, aplaudido, dio motivos a mi padre para que una y muchas veces, o ya imperioso me mande, o ya templado me ruegue que con vos, César, me case. Yo, que por mi natural condición, tan arrogante, tan altiva, tan soberbia soy, que juzgo no haber nadie que me merezca un desprecio ni que me deba un desaire, estudiando, no el desvío, sino el hacerle agradable –que aun la inclinación es fuerza que se aproveche del arte–, ha mil días que divertía esta plática, hasta hallarme hoy tan vencida a su ruego, que, pasándose lo afable a cruel, temí en su voz las iras de su semblante. Aquesto me ha ocasionado a darle aquel sí, sin darle las reservadas disculpas, que acá en la guardada cárcel de mi silencio, no osan a romper, ni aun con el aire de mis suspiros, la línea que yo les puse por margen. Y, supuesto que con él es fuerza que me embaracen su respeto y mi temor, solicito –perdonadme– que con vos mis sentimientos cara a cara se declaren. Yo, don César, como he dicho, conozco las buenas partes que hay en vos, las conveniencias, las dichas, las igualdades y las finezas que os debo; mas todo eso no es bastante a que en un día el afecto de estremo a estremo se pase. Desde que nací, os miré como a mi primo; y no es fácil miraros hoy como a esposo, sin dar tiempo a que el carácter impreso de tantos días se borre, para que halle una imagen en lugar adonde dejé otra imagen. Demás, de que como os miro como pariente, me hace el miraros como a dueño una novedad tan grande, un desagrado, un horror, un miedo, un temor cobarde, un embarazo, un respeto, un... No sé cómo le llame, si ya el nombre no me enseñan esos astros celestiales, pues ellos, don César, solos, en buena razón lo saben. La sangre sin fuego hierve, dicen adagios vulgares; pues ¿no será tiranía añadir fuego a la sangre? Fuera desto, conveniencias de hacienda no son bastantes para que por ellas yo sujete mis vanidades. Y en fin, para que en discursos tanto tiempo no se gaste, yo os quiero para pariente, no para esposo ni amante. El sí que a mi padre he dado, de miedo fue de mi padre; la voz, a escusas del alma, le pronunció tan cobarde que, por que ella no le oyese, acudió luego a negarle en lágrimas y suspiros, que ahora por testigos salen de que son vuestros placeres nacidos de mis pesares. Si sois noble, una mujer os suplica que la ampare vuestro valor, y la libre de una fuerza que la hacen. Si sois valiente, rendida hoy a vuestras plantas yace, pidiendo perdón, si es ofensa que os desengañe. Si sois entendido, os ruega que vuestro ingenio repare en que una estrella rebelde se vence mal, nunca, o tarde. Y si, en fin, amante sois, os dice que como amante pongáis su amor en olvido, que es la fineza más grande que podéis hacer por ella, logrando las vanidades de noble así y de valiente, de entendido y de constante; advirtiendo que, si os debo Yéndose. la fineza de dejarme, ha de ser con condición que no ha de saber mi padre, vasallo, deudo, ni amigo que de mí la causa nace; que otras muchas hallaréis para embarazar que pase –puesto que no es gusto mío– el casamiento adelante. Y cuando no baste esto, el saber, don César, baste que yo me caso forzada: ved si será bien que os llame esposo y dueño después, quien esto os ha dicho antes. Vase. ¡Válgame el cielo! ¿Qué he oído? ¿Es posible que esto pase por mí, sin que mis desdichas de una vez conmigo acaben? Margarita, a quien adoro con fe tan firme y constante, que, más allá de querida, se vio idolatrada casi, ¿desta suerte me desprecia? ¡Y que haya tan ignorantes hombres en el mundo que a las mujeres infamen porque nos engañan! ¿Cuánto es peor que nos desengañen, si hay engaños que dan vida y desengaños que maten? Y no puede ser peor, ni hay ni puede ser tan grave dolor, como que una dama, en fe de que yo la ame, cara a cara me confiese el agravio que me hace. ¡Pluguiera al cielo...! Sale Carlos. Ya, César, quedan para aquesta tarde juntos amigos y deudos; y las ventanas y calles de luminarias cubiertas, haciendo... Pues de mi parte les decid, Carlos, que yo les suplico no se cansen en celebrar dichas mías, y que aplausos semejantes en obsequias de mi muerte sólo convertirlos traten. ¿Qué decís? No sé qué digo. Un instante ha, ¿no quedasteis alegre? Sí; pero ¿agora a saber, Carlos, llegasteis que los siglos de las dichas nunca son más que un instante? Sale Lisardo. Las muestras de las libreas para lacayos y pajes traigo. Arrójalas, Lisardo, y haz que solos lutos saquen. Sale Celio. Aquí están las joyas. Pues vuélvelas donde las traes. ¿No ves sus diamantes? No; que es fuerza pesar me cause ver que, siendo firmes, sean estimados los diamantes. Sale Espolón con una cartera y recado de escribir. Esta es, señor, de los ciento la libranza que mandaste hacer; firma, pues que cuesta tan poco mi dicha grande, que con hacer solamente un garabato se hace. Rómpela. Desta suerte firmaré mercedes hoy... ¡Tate, tate! ¿Qué te ha hecho esta libranza, señor, para que la rasgues? ¿Qué sé yo? Páguenme todos culpas que no tiene nadie. Firma: no digan de ti los cultos y los vulgares que no estás para firmar. ¿Qué os obliga a estremos tales? No es posible que lo diga, que hay quien manda que lo calle. No os entiendo. Yo tampoco. ¿Qué causa tenéis? Bien grande. Decídmela a mí. No puedo. Pues ¿por qué? Porque es tan grande, que, aunque cabe en mi razón, en mis razones no cabe. ¿No os casáis con Margarita? No me es posible casarme con ella. ¿Qué habéis sabido que a vuestro honor acobarde? Si otro que vos pronunciara escrúpulos semejantes, le matara, ¡vive Dios! ¿Qué puedo saber de un ángel más de que no la merezco? Lisardo. ¿Qué mandas? Parte a prevenir cuatro postas. A Celio. Tú, cuantas letras hallares para el ejército, acepta; y al Consejo de mi parte dirás que al César escriba. Tú, Espolín, ven a calzarme botas y espuelas; y vos, Carlos amigo, abrazadme, y adiós, adiós para siempre; pues para siempre mis males de mi patria me destierran. Si yo acaso os avisare de mí, y vos me respondiereis, poned cuidado en callarme el nombre de Margarita; y, si acaso le nombrareis, sea para decir sólo que goza felicidades. Pues ¿no diréis dónde vais? A morir. Eso es tan fácil cosa, que se puede hacer aquí y en cualquiera parte. ¿Para qué cansarte quieres en buscar dónde? Esta tarde he de salir de Ferrara. Sale Ludovico. ¡César! Pues ¿qué novedades puede haber que hoy os obliguen a hacer ausencia? (¡Ea, pesares! No pudo llegar a más un estremo que a obligarme que yo a mi mal culpe para que otro a su salvo me mate). Señor, estando en campaña el gran César, que Dios guarde, y tan vecino a nosotros –pues es la empresa que trae en los cantones, de Italia y Alemania confinantes–, no me parece que es bien, sin asistirle y besarle la mano, y que me conozca, que yo de mis bodas trate. Y ansí, te pido licencia para que, acudiendo antes que a mi opinión a mi aumento, de aquesta facción no falte. Pues ¿día en que Margarita, a mi persuasión, afable responde, os ausentáis? Sí, porque dicha semejante se ha de merecer primero comprada a precio de sangre. Cuando a vuestro valor, César, esa obligación le llame, será bien que efectuados queden los conciertos antes. Ludovico dice bien. (¿Hay cosa como rogarme lo mismo que yo deseo?). Señor... (¡Desdichas, matadme!). Cuando vuelva victorioso de herejes y protestantes que ya Alemania y Hungría infestan, podré casarme; que, cuando hace el César guerras, César no ha de tratar paces. Si hubiera de responder atento al necio desaire que hoy en mí y en Margarita hacéis a dos voluntades, de otra suerte respondiera; pero debedme el templarme. Id, pues. Sale Margarita. Señor, ¿qué es esto? Ser tu primo tan tu amante, que para poder mejor merecerte, a ganar parte nueva fama. Si mi primo trata, señor, de ausentarse, razón debe de tener. No tengo, pues no me vale. Pero, con ella o sin ella, me he de ir. Pues cuanto antes, nos haréis mayor merced. Mas ved que, si como padre fui el primero que pidió a Margarita casase con vos, cuando más glorioso volváis y más arrogante, seré el primero también que diga que no se case. Y, por no hablar de otra suerte, me quitaré de delante. Vase. Retirémonos nosotros para que los dos se hablen. Justo es, por ser mandamiento de Amor, el «non estorbabis». Vanse don Carlos, Lisardo, Ludovico, Celio y Espolón. En fin, don César, ¿os vais? Sí, señora, aquesta tarde. Muy agradecida os quedo a fineza semejante. Pues otra he de hacer por vos mayor, si alguna hay que iguale con hacerse uno en su muerte tercero, cómplice y parte. ¿Qué ha de ser? Ponerme donde la primer bala me alcance, por que la primer noticia que de mí tengáis os saque del susto de que otra vez mis rendimientos os cansen. Y, si no soy tan dichoso que halle bala que me mate –porque encontrar con su muerte a un desdichado no es fácil–, ¡plegue a Dios que los avisos de los dos sean tan distantes, que vos de mí oigáis desdichas, yo de vos felicidades!; ¡gustos para vos sea todo, todo para mí pesares, igualando vuestros bienes el número de mis males! Y tomad esta palabra: la luz del cielo me falte, si a vuestra vista volviere sin que vuestra voz lo mande. Yo la aceto; y adiós, César, que os lleve con bien y os guarde. ¿Para qué, si no ha de ser, ingrata, para olvidarte? Vanse los dos. Suenan cajas y trompetas, y salen los soldados que pudieren; detrás, el barón de Brisac y el Emperador. Haced, soldados, alto en esta parte y al compás de la música de Marte saludad dulcemente al enemigo ejército, que enfrente acuartelado espera al abrigo del bosque y la ribera, que, sin diseño, línea ni modelo, fortificado les ofrece el cielo; que, antes que de mañana entre nubes el sol de nieve y grana primera seña dé su albor primero, en sus cuarteles embestirle quiero, siendo aquesta montaña bóveda al valle, tumba a la campaña, tesoro de fortuna, Disparan. condicional imagen de la luna. Haced, Barón, que el campo se acuartele con más cuidado y prevención que suele, por que no sobresalto ni castigo nos dé la vecindad del enemigo. Toda la infantería doblada está, Señor, en escuadrones, y la caballería la cubren desmontados batallones, todos la mano en brida y el pie en tierra. Son las dos los dos brazos de la guerra; y así importa que unidos siempre estén, unos de otros defendidos, porque, de la manera que es preciso que un brazo al otro ampare para que éste repare mientras estotro hiera, caballería así y infantería las manos se han de dar, porque, en el día que vayan desunidos, verse es cierto del ejército el cuerpo descubierto; con cuya prevención, aquesta altiva nación veré si la cerviz derriba al yugo que ha querido mirar de su garganta sacudido, perdiendo, conquistada, los nobles privilegios de heredada; mas yo sobre su cuello mi planta augusta... Pero ¿qué es aquello? Disparan dentro, y tocan cajas. A lo que desde aquí se determina, a la falda, Señor, desta vecina montaña, que es de los rebeldes muro, se escaramuza. Embarazar procuro que no pase adelante; que no es hora de empeñarnos, Barón, hasta la aurora. Acudid prevenido a hacerlos retirar. En vano ha sido, pues la distancia muestra que no es, Señor, ninguna gente nuestra. Ya de la escaramuza montada tropa nuestro campo cruza, diciendo fugitiva... dentro ¡Nuestro gran César Federico viva! ¿Quién será causa a novedades tantas? Sale Matilde. Dame a besar, ¡oh, gran Señor!, tus plantas; que, amparada una vez de tu sagrado, ni a la fortuna temeré ni al hado. Alzad, prodigio hermoso, alzad del suelo; que, un día que por huésped tiene al cielo la tierra, no es razón verle rendido. Y, ya que en mi presencia he conseguido veros, sepa quién sois y vuestro intento. Uno y otro sabrás: escucha atento. Ínclito Federico generoso, deste nombre tercero, que glorioso al par del tiempo vivas cuando tu nombre en láminas escribas, siendo por más decoro de diamante el papel, la letra de oro, la que a tus pies se favorece humilde es madama Matilde, de Momblanc baronesa; si bien, siendo quien soy, decir me pesa que ésta es mi patria ni éste mi apellido, porque negar quisiera el haber sido este traidor país bastarda cuna de mi lealtad, mi sangre y mi fortuna. El infelice día que esta rebelde, indigna patria mía, movida de la plebe, a ser libre república se atreve, mi padre –que no fuera padre mío quien menos que esto hiciera–, los nobles convocando, tu obediencia y tu nombre apellidando, se declaró cabeza de la fe, la lealtad y la nobleza. Pero como los buenos para cualquier facción siempre son menos, de la plebe acosado y perseguido, fue, Señor, el primero que de su misma patria prisionero, llegó a verse a una torre reducido, donde murió, si muere quien en su fama eterna vida adquiere. Yo, aunque es verdad que era de sus obligaciones heredera, viendo que le quitaba a mi venganza a un tiempo la ocasión y la esperanza, si no disimulase el sentimiento que en tormentosa calma áspid era mortal del pensamiento, víbora era doméstica del alma, di a entender que su muerte no sentía y que a mi patria la persona mía consagraba leal; cuyo desvelo la lengua le mintió, pero no el celo. Y así, viendo esparcida la nueva, gran Señor, de tu venida, con mis vasallos y la gente que era de mi sangre y facción, fui la primera que a impedirte la entrada, de todas piezas a caballo armada, entró a su plaza de armas; bien mi intento, más que a mi fama, a tu servicio atento se muestra, pues apenas tres hileras desplegaron al aire sus banderas, cuando osada y altiva a voces dije «¡Federico viva!»; bien pienso que tuviera quien de tu nombre la facción siguiera, pero ¿qué generoso pensamiento no es fácil jeroglífico del viento? Darme quisieron muerte al oír mi voz, de suerte que, de pocos seguida, llegué, no sin milagro, con la vida a tus pies, donde espero que, pues, no habló la voz, hable el acero. Yo sé por dónde aquesta tarde puedes entrar, de suerte que glorioso quedes de tanto aleve, bárbaro enemigo. Manda unas tropas avanzar conmigo; que seguras me ofrezco a conducirlas y en su mismo recinto introducirlas, mientras por otra parte los asustan escándalos de Marte, por que de tanta gloria a Matilde le debas la victoria. De mi agradecimiento, bellísima madama, dar intento al cielo por testigo; y, porque digo más si menos digo, quiero que solo esta resolución te sirva por respuesta. Valientes alemanes, nobles caudillos, fuertes capitanes, hoy tengo de embestir a mi enemigo. Y tú verás cómo tus pasos sigo, hasta entrar en la línea que le encierra. ¡Viva el gran Federico! ¡Guerra, guerra! Vanse. Tocan al arma, y salen don César, Espolón, Celio y Lisardo, vestidos de soldados. A buena ocasión llegamos, pues que poniendo se halla el ejército en batalla, para que a un tiempo podamos vivir ganando opinión o morir dejando fama. ¿Eso aquí es lo que se llama llegar a buena ocasión? Pues ¿qué mejor si, primero –ya que en la campaña estoy– que diga el labio quién soy, puede decirlo el acero? No sé; pero la ocasión buena y aun rebuena fuera, si alguna paga se diera o algún pan de munición. Advierte, Espolón, que más no hables de burlas; que aquí no se sufre. ¿Cómo así? Oye; sabrás dónde estás. Ese ejército que ves vago al hielo y al calor, la república mejor y más política es del mundo; aquí nadie espere que ser preferido pueda por la nobleza que hereda, sino por la que él adquiere; porque aquí a la sangre excede el lugar que uno se hace y, sin mirar cómo nace, se mira cómo procede. Aquí la necesidad no es infamia; y si es honrado, pobre y desnudo un soldado, tiene mayor calidad que el más galán y lucido; porque aquí, a lo que sospecho, no adorna el vestido al pecho, que el pecho adorna al vestido; el dar y el pedir aquí, puesto en tan buen uso vive, que tal vez el que recibe quedar más airoso vi que el que da, porque aquí es tal el fruto de la opinión, que es dádiva la ocasión de hacer a otro liberal. No aquí en la arrogancia crece de nadie el crédito, pues aquí el más valiente es el que menos lo parece; y así, de modestia llenos, a los más viejos verás, tratando de serlo más, y de parecerlo menos. Aquí la más singular hazaña es obedecer, y el modo de merecer es ni pedir ni rehusar. Aquí, en fin, la cortesía, el buen trato, la verdad, la fineza, la lealtad, el honor, la bizarría, el crédito, la opinión, la constancia, la paciencia, la humildad y la obediencia, fama, honor y gloria son caudal de pobres soldados; que –buena o mala fortuna– la milicia no es más que una religión de hombres honrados. Pues, señor, aunque es tan bella y su bien es tan inmenso, quédate a Dios, que no pienso hacer profesión en ella. Ni quiero fama, ni quiero matarme antes ni después por todo lo que no es mi moza ni mi dinero. Haz tú tu fama infinita, que yo desde aquí me he de ir; mira si es que has de escribir a madama Margarita. Necio, ¿a todos no mandé, cuando salí de Ferrara, que nadie me la nombrara? Natural descuido fue. Perdóname, que no yerra quien yerra sin intención. dentro, la caja. ¡Vive Dios, si a otra ocasión!... dentro ¡Arma, arma! ¡Guerra, guerra! Ya el ejército imperial, moviéndose todo a un tiempo, parece que las montañas muda de un puesto a otro puesto. A embestir va; y pues la plaza no tengo sentada, y tengo, sobre leyes de soldado, licencias de aventurero, sin agregarme a ninguna compañía, hallarme quiero con la que en la lid tuviere más aventajado el riesgo. ¿No será mejor, señor, darte a conocer primero al Emperador, y que él lugar te señale y puesto? No es ahora ocasión de hablarle ni querer que abra los pliegos que de Ferrara le traigo. Mas ¿dónde están? Yo los tengo conmigo, con los demás papeles y letras. Luego que se acabe la ocasión, más despacio le hablaremos. La caja. Y, pues ahora me llama este generoso estruendo, no hay que esperar. Pues guía tú; que los tres te seguiremos. Cada uno hable por sí; que yo ni sigo, ni quiero seguir nada en esta vida, aunque el seguir sea un pleito con el escribano amigo y el juez de la causa deudo. Tocan caja y clarín. dentro ¡Arma, arma! ¡Guerra! dentro ¡Viva la patria! dentro ¡Viva el imperio! (Bellísima Margarita, yo te cumpliré, si puedo, la palabra de mi muerte; mas no podré, porque pienso que soy sin duda inmortal, pues tu rigor no me ha muerto). Éntranse. Queda solo Espolón. Tocan la caja. Ruido de armas dentro. ¡Cuerpo de tal! ¡Qué sangrienta la batalla empieza! Si esto se viera desde un terrado de la plaza, ¿hubiera juego de cañas de tanto gusto? Mas yo ¿por qué me detengo, que no voy a pelear? ¡Ah, sí! Ahora caigo en ello: porque tengo poca gana cuando tengo mucho miedo y porque tengo también todo el valor que no tengo. Si quien muere con honor hubiera de volver luego a recibir parabienes de lo bien que le habían muerto, yo me muriera al instante; mas si le pasa lo mesmo que al que muere de almorranas, que es decir «Dios le dé el cielo», ¿quién me mete a mí en morir por honor, que es el más necio amigo del mundo, pues no hace en todo el año entero más qué pudrir al amigo, si habló vano, si habló necio, si sufrió, si no sufrió?... Tocan la caja. Pero muy largo va esto para estarse otros matando y estarme yo discurriendo. Hacia el bagaje me acojo, que es el cuartel de los cuerdos; y sabré si el embestir fue mal hecho o fue bien hecho, y esperaré tamañito de la batalla el suceso para decir, si se pierde, que los soldados tuvieron la culpa; mas, si se gana: ¡lindamente lo hemos hecho! Porque ellos no saben más de ganamos y perdieron. Vase. dentro ¡Arma, arma! ¡Guerra! dentro ¡Viva la patria! Cajas. dentro ¡Viva el imperio! dentro Por esta parte, soldados, conmigo subid, haciendo inmortales vuestros nombres. dentro Matilde es quien nos ha hecho la traición de descubrir la flaqueza deste puesto. dentro ¡Ella es la primera! Todos la tirad. Disparan dentro. ¡Válgame el cielo! Sale don César con Matilde en los brazos. No temas, bello prodigio, que, aunque el caballo os han muerto, hasta tomar otro, bien defendida estáis, teniendo contra el espeso granizo de tantas balas mi pecho, que os servirá de muralla con que se asegura el vuestro. La caja. ¿Quién sois, valiente soldado, a quien hoy la vida debo?; pues, si no fuera por vos, la hubiera perdido, puesto que a vista del enemigo pudiera mal otro esfuerzo retirarme. Yo, señora, soy un noble aventurero cuyo nombre a otra ocasión sabréis, pues que ahora os dejo adonde podréis cobrar, después del perdido aliento, otro caballo. Haré mal, si más con vos me detengo, tanto por mi obligación como, ¡ay de mí!, porque tengo dada palabra a otra dama de perder la vida, y pierdo la esperanza de cumplirla, si a la batalla no vuelvo. Vase. En mi vida vi valor semejante, ni despecho más generoso. dentro Aquí está Matilde. Sale el Emperador solo. ¿Qué ha sido esto, madama? ¿Qué ha sucedido mientras yo, distribuyendo las órdenes, me quedé atrás un solo momento? Haber perdido, señor, el caballo que me han muerto los contrarios. Dicha ha sido no haber en tan grande empeño perdido también la vida. A un soldado se la debo, que ya de entre el enemigo me retiró, no sin riesgo de la suya. ¿Qué soldado es quien servicio me ha hecho tan particular? Que es bien aventajarle con premios. Quién es no puedo decir, mas darte las señas puedo: aquel de las blancas plumas, que, tremoladas al viento, son las alas de su fama... Tocan la caja. Aquel que agora el primero sube esa montaña arriba, sobre quien graniza el cielo de la pólvora más balas que átomos sacude el viento... Tocan. Aquel que hasta las trincheras va llegando, a cuyo ejemplo todos los demás se animan... Tocan. Aquel que a ellos embistiendo ya por la surtida, está, a pesar de todos, dentro, Tocan. es quien la vida me ha dado. Y, si no basta todo esto, es aquel..., ¡ay, infeliz!, Disparan. que entre el horror y el estruendo, abrazado a una bandera, baja despeñado... y muerto. Sale don César, que baja, despeñado y herido, con una bandera. ¡Dichoso mil veces yo, porque muero, y porque muero a tus pies, César invicto, donde teñida te ofrezco en mi sangre esta bandera, aunque humilde don pequeño para quien quisiera ver el mundo a tus plantas puesto! Ya quedan tus imperiales victoriosos; ya deshechos Tocan. sus contrarios huyen; yo Tocan. de parte de todos vengo a rendirte la obediencia; y así, viviendo y muriendo, te la doy para cumplir con todos, pues represento los leales, si estoy vivo, los traidores, si estoy muerto. Tocan. Llegad, valiente soldado, a mis brazos; que con menos demostración no pagara lo que a vuestro valor debo. ¿Quién sois? Yo, Señor... Sale el barón de Brisac, con una carta. Después de darte, César supremo, parabién de la victoria, darte noticia deseo de un caso particular. A don César. Decid, cobrad el aliento vos; después sabré quién sois. En el despojo que han hecho los soldados, uno halló en un cadáver un pliego para ti; y, viendo que trae tu nombre y que con real sello viene cerrado, no quiso ofender tanto respeto, y así le ha manifestado. Mostrad, Barón; que deseo saber cúyo es, para ver quién me escribe con los muertos. Abre el pliego. Sale Espolón. (Pues que escucho que han cantado otros la victoria, quiero rezarla yo por mi amo. Pero ¿no es aquel que veo?). ¡Señor, dame una y mil veces los brazos! ¿No adviertes, necio, que está aquí el César? Par Dios, aunque el César y Pompeyo estuvieran, te abrazara. ¿Dónde están Lisardo y Celio? Celio murió, y de Lisardo no sé. Muestra sentimiento el Emperador al leer la carta. De algún sentimiento da señas vuestro semblante al leer la carta. Confieso que me ha pesado de verla. ¿Cúya es? Estad atentos; que el Estado de Ferrara es el que me escribe esto... Lee la carta. «Don César Colona, que es el que dará ésta a vuestra Majestad Cesárea, deponiendo las pretensiones que a este Estado tiene y otras conveniencias que pudieran asegurarle en él, parte a servir a vuestra Majestad en esta ocasión para merecer de justicia la gracia de vuestra Majestad». No leo más, porque es tan grande el dolor de ver que pierdo su persona, que por ella diera la victoria en premio. Murió, en fin, César Colona. (¿Qué es esto que escucho? ¡Cielos!). Quienquiera que tal dijere o pensare... Calla, necio. ¿Por qué? Porque, ya que aquí esto el acaso lo ha hecho, y no soy yo quien lo finge, dejar que corra pretendo esta voz. Pues ¿qué te va en que te pongan por muerto? Que tenga esta buena nueva Margarita y, fuera desto, que mande y goce a Ferrara, con que viviré contento, sabiendo que gana ella el Estado que yo pierdo. ¡Vive el cielo, no lo sufra mi lealtad! Pues ¡vive el cielo, que, si descubres quién soy, te mate! Pues ¿qué pretexto en tu ejército a don César pudo tener encubierto? ¿Cómo puedo adivinar yo sus motivos? El cuerpo de don César procurad que se retire. A don César. Y, volviendo a vos, decidme quién sois, que quiero acudir a un tiempo al vivo con el favor y con el dolor al muerto. Tan igualmente a los dos atiende el cuidado vuestro, que parece que él y yo somos, Señor, uno mesmo. Pero yo soy un soldado de fortuna, si bien puedo preciarme de que soy más de lo que ahora parezco. Mi nombre es Celio, y mi patria, Mantua; aquesto es cuanto puedo decir de mí. Y mucho más que se nos queda en silencio. Haced, Barón, que se cure ese soldado, advirtiendo que se ha de tener con él todo el cuidado y desvelo que con mi misma persona. Vamos, Matilde; que quiero del enemigo seguir el alcance porque, luego que esta victoria me dé la acción deste Estado, pienso dar a Italia vuelta. Vos tened, soldado, por cierto, que habéis de ser ejemplar de cuánto yo estimo y precio el valor de un buen soldado. Sin duda que soy yo el muerto, pues a mí me hacéis las honras. Vase el Emperador. Aunque donde tan supremo favor está, no hace falta otro alguno, con todo eso, os ofrezco de mi parte... Mas nada es lo que os ofrezco, porque, aunque diga la vida, nada os doy, pues os la debo. Vase. Las piedades nunca quedan deudoras de los afectos. Venid conmigo, por que se ejecuten los preceptos de César. Tan vano estoy con el favor que me ha hecho, que bastara a darme vida. Vase el Barón. Ven, Espolón. En efecto, te hace la fortuna más, aunque hacerte quieres menos. ¿Ves todos estos favores, honras, mercedes y aumentos como todos me hacen? Sí. Pues no los estimo ni precio, porque aplausos, glorias, honras, favores, lauros y premios, si no los ve Margarita, ¿de qué me sirve todo esto? Jornada Segunda Salen el barón de Brisac y un criado. ¡Notable privanza ha sido! Ni la escriben, ni la cuentan semejante, de la fama, todas las plumas y lenguas. ¡Que a un soldado de fortuna, de quien sabemos apenas nombre, calidad y patria, tan en su favor le tenga, que en un día más honores de Federico merezca que otros que...! Sale don César. Mira no te oiga, que viene hacia aquí. Mi lengua lo que en ausencia dijere, sabrá decir en presencia; que no se ha de retractar porque lo oiga o no. Vase el criado. Aunque quiera darme por desentendido hoy en la plática vuestra como otras veces, no puedo haber huido, que os alienta a hablar el saber que os oigo. Es verdad; y, por que vea vuestra atención que no vuelvo atrás la voz, lo que de ella pronunciar me falta es que es tan grande la soberbia con que a la gracia subís del César, que sólo os resta ser tan César como él. Aseguraros pudiera que no sólo a ser no aspira César como él mi modestia, pero es tan al contrario, señor Barón, la sospecha, que quizá, después que soy su privanza, no soy César. Eso es decir que pudisteis haberlo sido en su ausencia. Cosas hay que, aunque se digan, no son para que se entiendan. No al sagrado del discreto os acojáis tan apriesa; que mal podéis enmendar lo que habéis dicho. Eso fuera, a decirlo mi malicia como lo entiende la vuestra. En los hombres de mi sangre... En los hombres de mis prendas... Empuñan las espadas. Sale el Emperador. ¿Qué es esto? Nada, Señor. Más que vuestra voz me niega me dice vuestro semblante; pero quiero a mi prudencia deber hoy no saber más de lo que queráis que sepa. Y así, pues los dos decís que no es nada, que lo crea será justo; mas, por vida de Federico, si llega a ser algo lo que es nada, que escarmiente mi severa indignación más de algunas altiveces y soberbias que... Señor... Señor... No más. Si pensara... Si creyera... Está bien: veníos conmigo, Barón... (¡Cielos!, él intenta satisfacerme con honras, como me ha visto con quejas). Quedaos vos, ... (¡Cielos! Como ha visto que hay quien se ofenda de mi privanza, me aparta de su lado). Al Barón. ...que es fuerza que vos os vengáis conmigo donde a solas reprehenda los estremos de una envidia, siempre a mis gustos opuesta, A don César. y vos, porque no estoy bueno, quedéis a suplir mi ausencia. Muchos pretendientes hay en Milán, y que desean hablarme antes que me parta, viendo cuán a la ligera a Italia discurro: haced en nombre mío la audiencia, recibid sus memoriales, y dadme de todo cuenta. Vase. (¡Qué escucho! ¿Lo que pensé que satisfaciones eran, han venido a ser agravios?). (¡Qué oigo! ¿Lo que juzgué que era desvío, es mayor favor?). (De envidia el pecho revienta). Vase. De gozo no cabe el alma. Mas miente, miente mi lengua; que mal pudiera el contento ser huésped de la tristeza. ¡Ay, hermosa Margarita! Sale Espolón. Señor, si me das licencia, te diré una novedad que quizá importa saberla. ¿Qué novedad? Que don Carlos, tu grande amigo, está ahí fuera, esperando entre los otros del Emperador audiencia. ¿Qué dices? Que yo le he visto. Y él, dime, ¿viote a ti? A esa pregunta él es quien había de dar, señor, la respuesta, pues él sabe si me vio. Mas pienso que no. Pues llega y di al portero de guardia que a los que ahí están advierta que, por no sentirse bueno, el Emperador ordena que me den sus memoriales para que no se detengan los despachos; y que así entren los que traerlos quieran, advirtiéndole, Espolín, que a él llamé primero, y sea sin que te vea. Está bien. Vase. ¿Qué novedad será esta que obligue a venir a Carlos buscando de esta manera la corte cuando, corriendo Federico a Italia, llega a estar, en uno y otro Estado, ya de Ferrara tan cerca, que de hoy a mañana está para ir de suerte a ella como hizo hasta aquí, escusando entradas, gastos y fiestas? Sin duda, ¡ay de mí!, ha sabido que no fue mi muerte cierta, y viene a verme. Mas no parece, si esto fuera, que audiencia solicitara del Emperador. Ya entra. Disimular me conviene, hasta saber lo que intenta. Sale Carlos con dos pliegos. A vuestras plantas –(¡qué miro!)– don Carlos Esforcia llega, –(¡él es!)– noble de Ferrara, con éste para su Alteza, y éste para vos. Pues ¿quién de mí en Ferrara se acuerda? Muchos que ahora se holgaran de hallarse aquí, aunque tuvieran las dudas que tengo, pues, o mentirosas o ciertas, bien, a precio de dudallas, tomaran el padecellas. ¿Cúyas son las cartas? Son... (El disimular es fuerza). ...de madama Margarita. ¡De Margarita! ¿Qué espera mi amor? Brazos, vida y alma, ¡ay, Carlos!, su porte sean, que sólo hasta oír su nombre, tuvo el recato prudencia. Sale Espolón. Pues declarémonos todos y también mi abrazo venga. ¡Espolín! Carlos, ¿qué es esto? Tan absorta, tan suspensa el alma está, que, antes que me digáis cómo es que sea posible que el que he llorado muerto, en mis brazos merezca hallar mi fortuna vivo, no sabré daros respuesta. ¿Ahora queréis que os diga que murió Celio en la guerra, en cuyo poder se hallaron mis pliegos, cartas y letras?; ¿que de mi muerte esforcé yo la voz, por que tuviera Margarita ese buen día?; ¿que, empeñado en la refriega, libré a madama Matilde?; ¿que, abrazado a una bandera, de un mosquetazo caí herido a los pies del César?; ¿que una y otra acción pudieron obligarle a que tuviera lástima de mí, de suerte que, convalecido apenas de la herida, me mandó que a su persona asistiera? Y, aunque con tan gran victoria toda la provincia puesta en obediencia –si acaso hay conquistada obediencia–, ¿quería a la retirada dar a toda Italia vuelta?; ¿que sirvo con tal fortuna, que, como veis, no reserva nada de mí? No es posible. Decidme vos cómo queda Margarita, y que, por Dios, Carlos, me digáis que buena. ¿Está ya en la posesión de Ferrara muy contenta? ¿Sábese allá que soy vivo?, que, de temor de que sean desprecios los que me escribe y las que me dice ofensas, no me atrevo a abrir la carta. Bien podéis abrirla y verla, que no viene para vos, puesto que para vos venga, pues ella a un Celio la escribe, aunque la recibe un César. Abre la carta ¡Dichoso mil veces yo, o César o Celio sea, pues en efeto en mi mano veo su firma y su letra! Y aunque pudiera dudar si es favor o si es ofensa, no quiero; venga la dicha, y como quisiere venga. ¡Vive Dios, que fue contigo Macías galán de la legua, un metemuertos Leandro, y Píramo un alzapuertas! Lee «Habiendo muerto en servicio de Su Majestad, don César mi primo, ...». Tente, fortuna: no me quites tan apriesa el gusto de lo que escribe, el pesar de lo que sienta. ¿Qué pesar? ¿Es la otra boba? Lee «...yo quedo única heredera deste Estado de Ferrara, ...». Hoy no puede ser que sea hombre más feliz. Doblado pierdo, y aténgome a ella. Lee «...pero como en posesión no puedo entrar sin que sea por su Majestad Cesárea, estimaré, cuando venga a Ferrara, estar viva...». Que fuese edades eternas quisiera yo. Ella y todo. Lee «...Don Carlos Esforcia lleva poder para el homenaje, pleitesía y obediencia; a cuyo efecto he querido valerme de vos...». ¡Que sea tan dichoso, que se valga de mí Margarita! ¿Qué hembra de uno no se vale, y más para quitarle su hacienda? Lee «...Y así, os suplico –(¡qué dicha!)– que en fe de dama merezca, señor, que vuestro favor esfuerce esta diligencia». Sólo sentiré lo poco que tengo que hacer en ella; y así, Carlos, al instante daréis a Ferrara vuelta con los despachos. Primero también que os informe, es fuerza, en otra pretensión mía. ¿Vuestra? Sí. ¿Qué es? Que os merezca perdón de suyo el que viene a hacer esta diligencia de parte de Margarita, que viendo... Tened la lengua, no os disculpéis; que no pudo por mí hacer la amistad vuestra, Carlos, más fineza que servirla y obedecerla. ¿No me diréis, siendo así, qué contrariedad es esta de ver, César, que quien pudo estar casado con ella, de ella se ausente, y después haga tan grandes finezas como darla Estado y vida? No, Carlos, no; porque fuera quedarme yo sin razón, darla, pudiendo tenerla. No os entiendo. Yo tampoco. A Espolón. Eso es muy de otra materia. Que se despida, dirás, hasta mañana la audiencia, que donde está Margarita no es bien que a otra cosa atienda. Y así, al César voy, por que el tiempo no se pierda, con este pliego. Sale el Emperador. ¿Cúyo es? De Margarita, duquesa de Ferrara. ¿Qué pretende? Sólo, Señor, que pues queda única heredera ya, muerto su primo don César, el título la despaches. A esto, y jurar la obediencia, don Carlos Esforcia viene. Y quien a las plantas vuestras, no sólo, Señor, de parte hoy de Margarita bella, pero de todo el Estado, os ofrece el alma en prendas. Del suelo, Carlos, alzad. Yo, Señor, con tu licencia, traeré el título a firmar para que Carlos se vuelva. Esperad, que no es tan fácil ese despacho os parezca. ¿Por qué, Señor, si no hay razón alguna que pueda suspenderlo? Sí hay, y grande. Cuál puede ser, dudo. Esta: el grande levantamiento de los esgüízaros deja bien dañosa para mí a Italia una consecuencia, que es la causa que me obliga hoy a visitarla y verla. Sé que muchos potentados, en cuyos pechos se engendran desvanecidos alientos de ambición y de soberbia, no me son afectos, siendo, a la imitación del Etna, hipócritas de las llamas que arden entre nieve envueltas. Si madama Margarita, que es tan poderosa y bella, casase con quien me fuese sospechoso, cosa es cierta que, con Estado tan grande, añadirá fuerza a fuerza. Y así, hasta que de mi mano la case yo con quien sea de mi afición y mi gusto, será ser mi conveniencia dilatar la posesión de Ferrara, por que tenga en las dos nobles codicias de su Estado y su belleza un premio para el afecto, para el no afecto una rienda que le detenga y le postre. En la heredada nobleza de balde vive el recelo. Es verdad; y pues tan cerca estamos ya de Ferrara, yo, cuando entre, Celio, en ella, haré esa merced. Híncase de rodillas. Señor, si es posible que merezca una más quien de ti tantas reconoce, ha de ser ésta. Pues ¿qué te va en eso a ti? Vame más de lo que piensas. A Espolón ¡Estraño afecto de amor! ¡Y aun estraña impertinencia! Siempre que hablas en Ferrara estraños afectos muestras; antes de ahora me tienes pedida, Celio, licencia de no entrar en ella, dando a entender tienes en ella algún gran inconveniente; pues ¿cómo ahora te empeñas en querer con tanta instancia ajustar sus conveniencias? Criome en casa Ludovico, Señor, y darle quisiera a entender que en mí no hay dicha que me desvanezca. Fuera de esto, Margarita me escribe; y, bien que no sepa a quién, saberlo yo basta. Todo es darme respuesta a los empeños de ahora, mas no a la ocasión que tengas para no entrar en Ferrara. Tu respeto o mi vergüenza decir no permiten que di palabra, al salir della, de no volver a ella en tanto que no me diese licencia una dama, a quien la di; y no tengo de romperla, si me costase la vida; y así, gran Señor, quisiera hacer el servicio a una donde otra me hace la ofensa, por vengarme de ella. Pues partamos la diferencia. Yo el título la enviaré; envíale tú advertencia de que no ha de elegir dueño sin darme primero cuenta. Y con esta condición el despacho a firmar venga por que cuando entre en Ferrara, que será muy presto, tenga la posesión Margarita. Vase el Emperador. Edades vivas eternas. Al punto le traeré, Carlos. Ven conmigo, y considera que el secreto has de guardarme de todo esto. ¿Que no veas que imposible es que otros no te conozcan? No es ésa objeción; pues por ahora consigo que goce y tenga el Estado Margarita sin que quien se le da sepa, que no hace fineza quien dice que hace la fineza, pues sólo es saber callarla primor de saber hacerla. Vanse. Salen Margarita y Flora. Estraña es tu condición. Yo confieso que lo fuera, si mi opinión no tuviera bien fundada su opinión. No sé qué lo pueda hacer para que con tal rigor niegue la deidad de Amor el pecho de una mujer. Yo, sí; pues no es otra cosa esa humana idolatría que una dulce tiranía, que una esclavitud gustosa, a cuyo imperio rendido el corazón se envilece, el discurso se entorpece, y se avasalla el sentido. Antes dicen que es, señora, tan al contrario, que amor da espíritu, da valor y los sujetos mejora; de suerte, que ha sucedido ser el cobarde animoso, el avaro generoso y el ignorante entendido. ¿Quieres ver que no es así? De enamorado, ¿cobró algún hombre el juicio? No. ¿Y perdiole alguno? Sí. Luego, ya no hace discretos, sino locos, el amor; de que también es error que hacer pueden sus efetos liberales, pues ya vemos por tener, Flora, que dar uno a su dama, faltar con miserables estremos a una y otra obligación; luego, avaros hace, pues no es liberal quien lo es no más que con su pasión. Que da de valientes fama es engaño: ¿cuántos fueron los que desaires sufrieron por no aventurar su dama, atentos a no perdella? Luego, cobardes también amor hace: con que bien probado está, Flora bella, ser sus efectos culpables; pues de enamorados, pocos son los que escapan de locos, cobardes y miserables. Y cuando aquesta razón para ninguno lo sea, me basta a mí que lo crea altiva mi condición. Yo no sé lo que es amar, Flora, ni lo he de saber en mi vida. ¿Qué mujer de eso se puede alabar? Yo, que finezas no estimo, rendimiento, amor ni fe. Bien costoso ejemplo fue de eso don César, tu primo. Que tal me digas no es justo, pues ¿qué culpa tuve yo de su muerte? Él se ausentó por su fama o por su gusto el día que más rendida a mi padre el sí le di. Todos dicen que ese sí fue el que le costó la vida. Harto su muerte he sentido. Sí; mas poco le has llorado. Pariente y enamorado trae muy cercano el olvido. Y más cuando, por consuelo de su pérdida y su queja, libre y Estado te deja. Téngale Dios en el cielo; que él hizo en morirse bien, pues de dos sustos me quita: pleito y amor. Sale Ludovico. Margarita... Señor. Justo es que te den parte mi gusto y mi amor de mil cuidados que tengo. Sabrás que, cuando prevengo su cuarto al Emperador, he sabido que con él madama Matilde viene, con quien nuestra casa tiene deudo, fuera de la fiel amistad que yo tenía con su padre. ¿Eso te da cuidado? Pues ¿no estará Matilde en mi compañía? Y más, si te acuerdas, cuando en sus Estados vivimos, cuán amigas las dos fuimos. Bien me acuerdo; mas, dudando el gusto tuyo, escusaba traerla a casa. Pues ¿por qué? Porque necio imaginé que algún cuidado te daba. Para mí nunca lo ha sido servirte. ¿Y vienen ya? Sí; que estarán muy presto aquí hoy de una carta he sabido. ¿Era de Don Carlos? No; de lo que infiero que ya puesto en camino estará, pues que no me escribe. Yo lo fío de su fineza y cuidado. Sale Carlos. Y no en vano, si merezco que su mano me dé a besar vuestra Alteza, ya que tan dichoso he sido, que de sus pies en la esfera llamarla desta manera el primero he merecido. Este es el pliego en que viene de Ferrara y de su Estado el título despachado, si bien, señora, no tiene que agradecerle a mi celo la brevedad. Pues ¿a quién? A quien le envía. Está bien. Levantad, Carlos, del suelo, y decidme quién le envía, que tengo de agradecer el llegar a poseer herencia que sólo es mía, muerto don César. Es cierto; pero duda no faltó tan grande como si no hubiera don César muerto; que, si por Celio no fuera, que tuviera es evidente el mismo inconveniente que si don César viviera. ¿Esa novedad me advierte inconveniente en que a mí se me dé posesión? Sí ¿De qué suerte? De esta suerte. Apenas Celio tus cartas vio, cuando desvanecido de que te valieras de él, temí que perdiera el juicio; y, antes que el título hiciese, que al César hablase quiso. Dile tus pliegos, a que él, entre otras razones, dijo que, hasta que tomes estado con quien su afecto haya sido, le es conveniencia tener aqueste Estado indeciso porque estando, como están, hoy parciales y divisos los potentados, sería dar armas contra sí mismo. Oyola Celio y, tomando la defensa y el auxilio de tu lealtad, de tu sangre, de tu valor siempre invicto, le replicó, hasta que, echado a sus pies, estremos hizo tales en razón, señora, de emplearse en tu servicio, que ellos pudieron moverle a que, partiendo el camino, el César te envíe el despacho y Celio te envíe el aviso. En notable obligación me ha puesto Celio. Es preciso reconocerla; y así conviene al intento mismo que agradecida le escribas, y yo le ofrezca advertido nuestra casa, cuando venga a Ferrara Federico. Pienso que será escusado. ¿Cómo? Como, a lo que he oído, él no ha de entrar en Ferrara, ¿Por qué? Por ciertos motivos que él debe allá de sabellos y yo no puedo decillos. Cumplamos nosotros, Carlos, atentos al beneficio y, acételo o no lo acete, tú escribe mientras yo escribo. Mira, Carlos, que al instante con estos pliegos que digo has de volver a Milán. Yo pienso que habrá partido ya el Emperador. Mejor será hallarle en el camino. Tú escribe. Vase. La escribanía, Flora. Vase Flora. Pues yo me retiro a sólo esperar el pliego. Antes, Carlos, solicito, mientras que previene Flora el papel y yo el estilo, saber qué hombre es este Celio, a quien tan atento y fino le debo, sin conocelle, los estremos que tú has dicho. Pues ¿sé yo acaso de él más de lo que la fama dijo? Sí, Carlos, más sabes, puesto que tú le has hablado y visto. Pues es un hombre, señora, muy valiente, muy bienquisto, muy afable, muy cortés, muy galán, muy entendido, muy liberal, muy atento y muy noble. ¿Tan bien visto, tan valiente, tan galán, tan generoso y tan fino ese Celio es? Sí, señora, y aún mucho más, que no digo. Pues ¿qué me da a mí deso? Ni a mí. Espera en cuanto escribo. Vase don Carlos. Sale Flora. Ya tienes, señora, aquí aderezo apercibido de escribir. Llega esa almohada. Escribe. «Agradecida...». Mal digo; que aquí el agradecimiento parece de amor indicio. Rompe el papel. ¿Qué haces? Rompo este papel Ya lo veo. Un entendido decía que no era fácil de cualquier carta el principio. Escribe. «Conocida la fineza que de vos Carlos me ha dicho...». La voz «fineza» no es buena, ni confesar que la hizo por mi elección. Rómpele. ¿Otro pliego? ¿Qué imaginas? Imagino que haces alguna comedia, y vas, de miedo del silbo, descartando borradores. Jamás tal te ha sucedido. ¿Posible es que te embarazas en una carta? ¿No has visto, cuando uno habla y otro escribe, al que escribe, con el ruido de las voces, dar al pliego lo que oyó y no lo que quiso? Pues así, escuchando yo no sé qué callados gritos que me da el alma acá dentro, conceptos formo distintos, de suerte que, equivocada, no me agrado del estilo, porque escribo lo que oigo y no lo que quiero escribo. Pero en tercera persona explicarme determino. Escribe. «Mi padre, a vuestra fineza atento y agradecido, envía a ofreceros su casa, y yo, señor, os suplico la acetéis para que tenga más ocasión de serviros». Ahora está bien, pues dirá nada de mi parte digo, y va todo de mi parte. ¿No sabes lo que imagino? No, ni lo quiero saber, ¿Por qué? Porque he presumido que vas a decirme, Flora, que Amor es dios vengativo. Es verdad. Pues no lo digas, que es locura, que es delirio, si yo no he de confesarlo, ocuparte tú en decirlo. Da ésa a Carlos. Vase Flora. dentro Para, para. Mas ¿qué alboroto, qué ruido es aquéste? Sale Ludovico. Margarita... Señor, ¿qué te ha sucedido? Ya tú sabes cuán de paso corre a Italia Federico, y cómo, por escusar recibimientos festivos, entró de secreto en Mantua y en Milán. Sí. Pues lo mismo ha sucedido en Ferrara, pues tan oculto ha venido, que ha llegado su persona primero que los avisos, de suerte que ya a la puerta del parque, donde han salido esos jardines, se apea. Salgamos a recibirlo, pues al poco lucimiento nuestro da disculpa el mismo recato suyo. Salen el Emperador, Matilde, el Barón, acompañamiento y Flora. A tus plantas, César generoso, invicto monarca, a cuyas victorias anales serán los siglos, Margarita de Ferrara y yo ofrecemos rendidos, si tanto bien merecemos, alma y vida en sacrificio. Bien de nuestra turbación, Marte alemán, a quien hizo diadema el sol de laureles para coronar sus rizos, tomará el sol la defensa, si es que advierto, si es que miro cuánto desta novedad viene a ser ejemplo él mismo pues, para que no deslumbre al mundo su luz, da indicio de que ya viene, primero en tornasoles y visos, luego en templados celajes y después en rayos tibios, porque, si naciera al mundo su resplandor de improviso, más que luciera, cegara, que es lo que me ha sucedido a mí con vos, puesto que llega en vuestro sol divino la Majestad sin anuncios y el esplendor sin aviso. Alzad, duquesa, del suelo, que en vuestro concepto mismo de ese sol que vos pintáis sin resplandores nacido fuera yo el desalumbrado, si permitiera haber visto postrado el cielo a mis plantas, sin que osadamente altivos ser intentaran mis brazos atlantes de tanto olimpo. Vos seáis muy bien hallada. Vos, Señor, muy bien venido donde a vuestros pies ofrezca los honores que recibo de vuestras manos, supuesto que el Estado que consigo, para asegurarle vuestro, debisteis hacerlo mío. Que fuera de todo el mundo la posesión y el dominio quisiera yo. El cielo os guarde. Barón... Gran Señor. ¿Has visto en tu vida igual belleza? Y, si creo a los oídos como a los ojos, no es menos su discreción. Prevenido ya vuestro cuarto os espera... Si bien pobre, humilde sitio a tan soberano dueño... Mas vos de vos le haréis digno pues, volviendo a lo del sol, sus hermosos rayos limpios siempre son en el alcázar y en la cabaña unos mismos. Antes temo yo que es fuerza, pues ser vuestra ha merecido, se desdeñe de lo humano, enseñada a lo divino. Vamos, Ludovico. (¡Cielos! de su vista me retiro, porque, aunque es peligro hermoso, es en efecto peligro). ¿Dónde vais? Sirviéndoos voy. Eso no. (¡Qué bello hechizo!). Quedaos, quedaos. Ya obedezco, por pensar que en ello os sirvo. (Qué discreción! ¡Qué hermosura! En toda mi vida he visto tan apacible el asombro, ni tan amable el peligro). Vase el Emperador, Ludovico, el Barón y el acompañamiento. Ya, bellísima Matilde, que el cumplimiento debido de la Majestad me deja libre el uso del arbitrio, dame mil veces los brazos, segura de que conmigo no usarán de sus poderes ausencia, tiempo ni olvido. Desconfiada me tuvo tu amistad, habiendo visto cuánto, hermosa Margarita, dilatabas el cariño que hallar pensaba en tus brazos. Ofensa tu amor me hizo, pues, cuando por ti no fuera, sólo por haber sabido cuán heroicamente noble tu fama, tu honor, tu brío procede, bien me pusiera en el empeño preciso de servirte. Yo cumplí con mi opinión y conmigo, a cuya causa, mal vista de toda mi patria, sigo la corte, hasta que premiando Federico mis servicios, me dé donde vivir pueda. Todo lo sé, y te suplico que procures que Ferrara sea, si no puerto, abrigo de tus deshechas fortunas, y, en tanto, podrás conmigo vivir, sin que ande, Matilde, de esa suerte peregrino tu decoro, ya que el cielo hacerme duquesa quiso de Ferrara. Dicha fue la desdicha de tu primo, porque era el que más tenía el derecho y señorío a aqueste Estado. Y, volviendo a las honras que recibo de ti, pienso que las pago con decir que las admito. Yo pediré al César sea tu tierra el amparo mío, valiéndome para eso de Celio, su gran valido, aunque en otras ocasiones poca fortuna he tenido con él. Ya que le has nombrado, que me digas solicito cuál de aquestos caballeros que vienen con Federico, es ese Celio. Ninguno, porque en Ferrara no quiso entrar. ¿Por qué? No lo sé; sólo sé que en el camino para quedarse pidió licencia. Qué hombre es te pido que me digas. ¿A qué efeto? A efeto sólo de oírlo, admirada de que haya por su valor merecido no solamente, Matilde, la gracia de Federico, pero conservarse en ella de suerte que haya sabido al monstruo de los palacios, del odio y envidia hijo, dejarle sordo, si es áspid, y ciego, si es basilisco. Pues infórmate de otros, y no de mí, porque he sido parte muy apasionada. ¿Cómo? Como por él vivo. Diome la vida en la guerra... Aunque, si a otra luz lo miro, la muerte me dio en la paz; y así, no hablar determino de él, porque, si digo mal, ofendo al decoro mío, y ofendo a mi sentimiento, si bien de sus cosas digo. Ya lo he entendido. ¿Qué mucho, si yo tan claro lo digo? Flora... Señora. A Matilde llevarás al cuarto mío, y espérame en él, en tanto que mil cosas apercibo forzosas hoy. A tu orden estoy. (Rigores esquivos, enigma mi vida hacéis, pues que muero por quien vivo). Vanse Matilde y Flora. No vi la hora de quedarme a solas, sin mí y conmigo, para probar de una vez qué género fue de hechizo, qué linaje de veneno o qué especie de martirio este que... Sale Carlos. Dame tus plantas. Carlos, seáis bien venido. ¿Qué hay? Que en nueva obligación a Celio estás. Pues ¿qué dijo? Apenas leyó tu carta, cuando se puso en camino, siendo así que con el César en Ferrara entrar no quiso. ¿Y dónde está? Tu licencia espera no más. (¡Divinos cielos! ¿Temer me hace un hombre a quien nunca he hablado y visto?). Dile que entre. De esta suerte Vase don Carlos. a perder me determino de una vez el miedo a tanto imaginado peligro. Sale don Carlos con don César y Espolón. Entrad; que yo, de su enojo temeroso, me retiro. Vase. A vuestras plantas... (¡Qué veo!). ...humilde siempre... (¡Qué miro!). (¿No digo yo que era paso de ilusión y parasismo?). ¿Por qué, señora, os turbáis de verme en vuestra presencia, si vos misma la licencia de que a ella venga me dais? Porque tan otro os mostráis, que asombro el veros me dio. Vos ¿no me llamasteis? No, sino a Celio. ¿A Celio? Sí. Luego, llamasteis a mí, pues ese Celio soy yo. ¿Cómo creeré –(¡muerta estoy!)– que en César Celio ha vivido? Creyendo que soy y he sido lo que no he sido ni soy. Muerto a César juzgué hoy, vivo a Celio os escribí; pues ¿cómo podré, ¡ay de mí!, cuando tal duda apercibo, presumir que, muerto y vivo, sois Celio y César? Así: un filosofo decía que el alma, cuando faltaba de un cuerpo, a otro pasaba, donde de nuevo vivía. Murió, pues, César, el día mismo que Celio vivió; y así soy yo y no soy yo, pues en tan dudosa calma soy Celio en quien vuelve el alma con que César os amó. Cuando esa opinión no fuera error, César, mi temor conociera que es error, cuando por Celio os tuviera; porque, si él dijo que era el alma quien vive, ¡ay, Dios!, en dos cuerpos, ¿cómo en vos creer pudiera mi fortuna que vive Celio con una, si me habla César con dos? Como también añadía, en el error que enseñaba, que nunca el alma mudaba la inclinación que tenía; y supuesto que la mía siempre dura en su pasión, uno Celio y César son, pues, como a amaros acuda, aunque de sujeto muda, no muda de inclinación. Aunque responder quería, no quiero; pues me está bien que aborrezca a Celio quien a César aborrecía. Supuesto que la porfía para en que uno y otro ayuda a ser lo que fue, no hay duda en que también mi inquietud no muda de ingratitud, aunque de sujeto muda. También contra esa crueldad razón hay. Verla querría. Dejar la filosofía y acudir a la verdad. Si infeliz la voluntad de César os ofendió, la de Celio os obligó; pues no a los dos aborrezca el rigor, y yo merezca lo que no merezco yo. Por vos mi patria dejé, por vos a la guerra fui, por vos muerto me fingí, por vos mi nombre oculté; a Ferrara os entregué, y en ella no hubiera entrado, a no haberme vos llamado; y, si más, señora, hubiera que hacer por vos, más hiciera. A vuestras plantas postrado –César o Celio–, a rendiros alma y vida, vuelvo a veros, César, para no ofenderos, y Celio, para serviros. Merezca apacible oíros, que será rigor penoso el que os obligue piadoso que haga de un dichoso yo un desdichado, y vos no de un desdichado un dichoso. ¿Sin responderme, volvéis la espalda? ¿Aún no me miráis? ¿Suspiros al aire dais? ¿Llanto a la tierra ofrecéis? Ya que de mí os ausentéis, turbados cielos serenos de tantos rigores llenos, decid algo a mi pasión. Yéndose Digo que tenéis razón; pero yo no puedo menos. ¡Oh! ¿Para cuándo, sagradas esferas, estáis guardando los rayos? Vase tras ella, y vuelve Margarita. (¡Oh! ¿Para cuándo se hicieron las bofetadas?). En fin, que tan declaradas finezas, gustos tan llenos de amor, afectos tan buenos, ¿de ningún mérito son? César, vos tenéis razón, pero yo no puedo menos. Pues haced sólo por mí una fineza. Sí haré. Dadme licencia... ¿De qué? De olvidaros desde aquí. Esa licencia, sin mí vos, don César, la tenéis. Es verdad; mas vos os veis con tal dominio en mi estrella, que no me atrevo a usar de ella hasta que vos lo mandéis; que, aunque esto no es ofenderos, señora, sino obligaros, con todo, aun el olvidaros, ha de ser obedeceros. Dadme licencia de haceros la ofensa de averiguar la distancia singular que dicen que suele haber en querer para querer o querer para olvidar. No sólo aquesa licencia que pedís, César, os doy, mas demás a más estoy por daros una advertencia. ¿Qué es? Que de amor la violencia siempre vencerla podrá quien quiera vencerla. ¿Habrá tal rigor? Sólo te digo que es consejo de enemigo, y el primero que te da. Pues, ¡vive Dios! , que he de ver, a costa de mi dolor, si es, para vencer a Amor, medio el quererle vencer, ya que sólo a merecer llego el consejo de vos. Junto al paño, queriendo irse En fin, ¿quedamos los dos en que me habéis de olvidar? En que lo he de procurar. Id con Dios. Quedad con Dios. Jornada Tercera Sale el Emperador, el barón de Brisac y gente. ¿Qué me dices? Lo que pasa. Celio, que entrar no quería conmigo en Ferrara, ¿está en Ferrara? ¿Que te admiras de eso sólo, si al entrar en ella, a voces publica el pueblo que él es su César? ¿Hasta cuándo de tu envidia han de durar los rencores? Si no me crees, ellas mismas lo dirán: escucha, atento. dentro ¡Viva nuestro César! dentro ¡Viva! dentro Yo os agradezco, vasallos, la lealtad, y, que no os rija, ofrezco, tirano dueño. Su voz es aquella: mira si es mi envidia o su traición. dentro ¡Viva César, César viva! Corrido estoy de que hubiese tenido la gracia mía quien esta conspiración tuvo oculta y escondida en Ferrara, a cuya causa conmigo entrar no quería en ella. ¿Qué aguardo, pues, que allá no salen mis iras a dar a todos la muerte, solamente con mi vista? Sale César y híncase de rodillas. Dame, gran Señor, tus plantas. ¿Cómo, traidor, cuando aspiras al laurel de mi cabeza, así a mis plantas te humillas? Quien te haya dicho... No más. ...que yo puedo... No prosigas; que lo que yo veo, no es menester que me lo digan. Pues ¿qué has visto que hacer pueda a mis lealtades mal vistas? ¿Qué más que aquese tumulto, en que a voces te apellida César todo el pueblo? Pues ¿en qué puede su alegría ofenderte, si soy César...? ¡Que aun a mí me lo repitas! ¿Por qué no, si César soy Colona? Y como me miran vivo, habiendo tanto tiempo que por muerto me tenían, el alborozo de verme dio esas voces en albricias. ¿Que dices? Que yo soy César Colona. Pues ¿qué te obliga, siéndolo, a ocultar tu nombre, a tener después fingida tu muerte, a entrar y no entrar en Ferrara? Mis desdichas. Cuando ellas, que no lo sé, te obligan, ¿por quién decías que los librarás de dueño tirano? Por Margarita. Ahora lo entiendo menos; ¿por qué habiendo esotro día empeñádote por ella tanto en que goce y reciba la posesión de Ferrara, parece que agora implica contradición decir que tirano dueño les quitas? Enigmas son que no entiendo. Pues son fáciles enigmas, como me escuches. Al Barón. Aguarda. Barón... ¿Qué me mandas? Mira si es tu envidia o su traición. Ni es su traición ni mi envidia. A don César Prosigue ahora. Yo, Señor, con ser, honor, alma y vida desde mi primera infancia tan amante de mi prima fui, que pienso que inventé esa humana idolatría de amor, pues por adorarla dejé de amarla y servirla. Ambos nos criamos juntos; y por que en todo prosiga la letra –que por los dos no dudo que se repita–, Amor en nuestras niñeces –¡oh, falsa deidad mentida!– hirió en nuestros corazones, aprovechando sus iras, con arpones diferentes y con flechas tan distintas, que la de oro en mis entrañas, áspid de más bella Libia, hizo el efecto que suele, al tiempo que –¡suerte esquiva!– el plomo engendró en las suyas, a pesar de mis porfías, mil rigores y desdenes, de suerte que a una hora misma logró en todos los venenos con que abrasa y con que olvida. Crecí, y conmigo mis penas; creció, y con ella sus iras, tanto, que queriendo el cielo, gran Señor, que se compita entre los dos... Sale Ludovico hablando con el Emperador, ve a César y se turba. El Estado de Ferrara y su provincia para besarte la mano licencia pide. (¿Qué miran mis ojos?). A don César Conmigo ven, porque quiero que prosigas tus sucesos, mientras llego a la sala en que reciba a Ferrara, que, aunque es fuerza el ser breve la visita, perder ningún tiempo quiero. (Que a esto la cólera obliga de mis ya engendrados celos). (¡Ay, hermosa Margarita! Perdona; que ya es forzoso que ni aun con callar te sirva). (Él es, o mienten a un tiempo mis oídos y mi vista). Vanse el Emperador, don César y el Barón, y sale Espolón. (¿Dónde hallaré a mi señor? Podrá ser que éste lo diga). ¿Habéis visto, caballero, a Celio, o César, que había menester hablarle? (Ya segundo indicio lo afirma). ¡Espolín! ¡Señor! ¿Qué es esto? ¿Qué se yo? Pues ¿qué venida ha sido ésta? ¿No había muerto César? ¡Y cómo que había! Y yo también. Mas tuvimos un disgusto en la otra vida con un muertecillo sobre hágase allá, que me atiza; y resucitamos, sólo por capricho. No me digas locuras. ¿Qué novedades son éstas? Bien esquisitas... Mas no he de decirlas, cuando se va otro por no decillas. ¿Qué le obliga a tu señor, para que su muerte finja? ¿Cuenta usted a sus criados lo que le obliga o no obliga? ¿Qué introdución es aquesta que tray con el César? Priva con él como un descosido. ¿Luego, es él a quien publica Celio la fama? Concedo. Pues ¿cómo pudo?... En mi vida respondí más que hasta tres preguntas; que, si se aplica uno a responder a cuanto le preguntan, en su vida hará más que responder; por esto y por ir deprisa –que hoy hay mucho que privar–, me voy, mas, aunque se tiña con tinta de caparrosa, no queda de buena tinta. Vase. ¡César salir de Ferrara casi de su boda el día, fingir su muerte, y con otro nombre hacer su fama digna de eternos bronces! ¡Poner después desto a Margarita en posesión de Ferrara, no habiendo –¡fuerte malicia!– querido casar con ella! Cosas son para advertirlas más despacio, y, pues ya sale el César de la visita y vuelve aquí, será bien apartarme de su vista, hasta consultar mejor lo que he de hacer. Vase. Sale el Emperador y don César. Que prosigas el fin de tu historia quiero; que estoy gustoso de oírla. (Pues, aunque celos me han dado tus finezas, me los quitan sus desdenes; y esto, al fin, ya que no asegura, alivia). ¿En qué quedamos? En que te envió a llamar ella misma. No me llamó como a César, sino como a Celio; mira a qué más pudo llegar de un amante la desdicha: a desobligar por sí, cuando por ser otro obliga. Vine a verla; pero apenas vio que era yo a quien debía la fineza, cuando, en vez de mostrarse agradecida, volvió a su aborrecimiento. Viendo, pues, las ansias mías que ya no hay con qué obligarla, es forzoso que se rindan al desengaño; y así ver quieren, saber codician si «para vencer a amor», como el adagio publica, es medio el «querer vencerle»; siendo empresa tan altiva la primera diligencia que a voces mi nombre diga. César, a tanto suceso la admiración es debida, tal, que por no hablar en ella, será forzoso que pida algún término al discurso. Sólo es bien que ahora te diga que, aunque puedo del engaño darme por sentido, estima tanto mi amor tu persona, que se lo perdono. Viva eternos siglos tu nombre. Y aun quiero que se prosiga hoy el pleito y que al instante se junten para la vista. Eso no, no han de trocarse, Señor, mis galanterías en bajezas. Ya la di el Estado. No prosigas; que mal puedo yo faltar por tu amor a mi justicia; y siempre me está mejor, César, que a Ferrara rijas, para asegurar contigo la lealtad de estas provincias. Vase. Ea, amor, ya habemos dado al riesgo la primer vista. Ya estoy declarado, ya no puedo, aunque más resista, no haber dicho quién soy. Pues no tema el alma, y prosiga en su olvido. Mas, ¡ay, cielos!, que el que olvidar solicita no olvida cuando se acuerda de que se acuerda que olvida. Sale Espolón. ¿Era soneto, di, o era soliloquio ese que hacías?, que no ama el que a solas no soliloquia o sonetiza. No sé lo que era. Yo sí, que ya, aunque no me lo digas, me lo has dicho. ¿Cómo? Como diciendo que no sabías lo que era, has dicho «loquera», que son unas letras mismas. Pero ¿cómo va de olvido? ¿Dura, señor, todavía aquella proposición? Y, si me quita la vida, durará. Pues que me mates con un garrote de encina –u de otra cosa, que yo no te he de quitar la insignia–, si de aquella que llamamos, con capa y haldas en cinta en casa no la tuvieres dentro de dos o tres días. ¡Qué locuras! Tú no sabes lo que a una mujer obliga el mirarse despreciada de lo que se vio querida; pues yo, con ser un pobrete, que es asco el verme en camisa, traje perdida una moza –bien que ella vino perdida– sólo con hacerla esguinces. Más desatinos no digas. Sale Ludovico. (Sólo hay este medio en cuantos me da el dolor en que elija). Los brazos una y mil veces me dad, César, en albricias de haber sabido que fue engaño vuestra desdicha. Bien a mi afecto debéis todas esas alegrías. ¡Cuánto me huelgo de veros! (Así tengas tú la vida). Corrió la voz de mi muerte, y yo... –(no sé qué le diga)– dejé pasar el engaño, sólo por ver si podrían los méritos, sin la sangre, conseguir también la dicha. Bien la experiencia ha mostrado que pudieron conseguirla por sí solos; y supuesto que esta, a pesar de la envidia, la vez primera es que dijo la mala nueva mentira, después de daros los brazos, César, y la bienvenida, quisiera que los conciertos... Esperad. Mucho me admira que no os acordéis de que dijisteis a la partida que... No lo digáis; muy bien me acuerdo: que con mi hija no había de casaros cuando volvieseis. Y aunque podía valerme de que el enojo nunca es palabra precisa, aun las que en mí son acasos, no lo son para cumplirlas. Vengáis con bien. Dios os guarde. (Confirmose mi malicia; yo pondré remedio en ello). Vase. Todo esto que oyes y miras es dar barreno a la nave para no tener salida cuando volver quiera al golfo de Caribdis y de Escila. ¡Vive Dios, que no ha de hallar efeto en mí Margarita de amor! Dese cuarto pasa hacia esos jardines. Mira si puedo salir sin verme. No es posible de su vista escapar; que llega ya. Pues hacia aquí te retira, que ni he de hablarla ni verla; mas lo que es cortesanía, no es posible que en mí falte. ¡Ah, señor, que te deslizas! La política del diablo en otra cosa no estriba sino en acabarse el gusto, pero no la cortesía y buena correspondencia. Pues ni he de hablarla ni oírla. Salen Margarita y Leonor. ¡Qué mal encuentro, Leonor! César está aquí. ¿Por qué verle te pesa? No sé..., porque querrá de su amor repetirme ahora las quejas, y yo no estoy para oírlas, puesto que no he de sentirlas. Retíranse los dos a la esquina, y ellas se quedan a la puerta. Si conmigo te aconsejas, quéjate tú de él primero, y embarazarás así que él no se queje de ti; pues, a lo que considero, razón tienes en haber, después de haberte entregado la posesión deste Estado, vuelto al pleito. Empiezan a andar. Yo he de hacer lo que me aconsejas, puesto que así he de poder librarme de un necio amor. ¿Llega a hablarme? No se muda de su puesto. Pues pasemos sin hablar, puesto que no sale de él. Hacen que se van. A su amo Resistencia. Van pasando Margarita y Leonor, y don César hace una reverencia muy baja. (¡Ansia cruel! Pues, aunque me ha de costar alma y vida, ... A don César Resistencia. ...he de vencer por ahora). A Leonor ¿No nos sigue? No, señora. Con sólo la reverencia que te hizo, te ha pagado. Acaba de pasar, y él con la reverencia a la otra esquina, y ella vuelve la cara. (¡Notable severidad! ¡Si me hiciesen soledad Viéndole. las quejas que no me has dado!). Vanse las damas. ¿Fuese, Espolín? Ya se fue. ¿Podré agora suspirar? Ahora aun para llorar como un niño, te daré licencia. Llora, suspira; que, como ella no lo vea, no importa. Rempújale. Sí importa... Ea, «morietur»; que ya delira. Que no quiero, con tan fuerte remedio, salud ni vida. ¿Qué puede hacer más la herida, si da la cura la muerte? Y, siendo el remedio tal, que está a mi mal de por medio que he de morir del remedio, más quiero morir del mal. Tras ella iré; pero al vella... Hace el acometimiento como que va; levanta Margarita el paño, y él se detiene viéndola. Y esto ha de ser por la puerta que entró. ...otra vez me suspendí. ¡Oh, quién pudiera, ay de mí, amalla y aborrecella! Salen Margarita y Leonor. ¿A qué vuelves? No lo sé... Pero sí sé: a darle yo las quejas que él no me dio, cuando por aquí pasé. (¿Segunda vez la he de ver y no hablarla? ¡Qué violencia!). A don César Resistencia, resistencia. (¿Esto es querer no querer? Mucho, penas, intentáis. Pero ello ha de ser). Quiere irse, y el gracioso puede ponerse delante de manera que quiera embarazar que la mire, y cuando llama vuelve él muy aprisa, y el gracioso hace que le pesa. Leonor, ¿vase? ¿No lo ves? Señor don César... ¿Qué me mandáis?, ... (¡Fuerte lance!). (¡Pena estraña!). ...que atento os escucho ya. A don César Resistencia; que se va descubriendo la maraña. Aunque es verdad que ahora he oído una grande novedad, hasta saber la verdad de vos mismo, no he querido darle crédito. ¿Y qué es? Que, habiéndome por vos dado la posesión deste Estado el César, tratáis –después que nadie esta acción ignora, a que el ser quien sois obliga– de que el pleito se prosiga entre los dos. Sí, señora; que, pues mi galantería de ningún mérito fue, perdida vos, no es bien que se pierda todo en un día. Sólo eso quise de vos saber. Pues ya lo sabéis. Si otra cosa no queréis, quedad con Dios. Id con Dios. Vase don César, y síguele Espolón. ¿Has visto igual grosería, Leonor? Ni igual desenfado vi jamás. Llama al criado. Espolín. Volviendo Señora mía. Saber quisiera de vos si ha –según muestra el indicio– perdido vuestro amo el juicio. No lo sé; pero, por Dios, que lo parece, porque desde que el Emperador –que, inclinado a su valor, le ha honrado como se ve– trata casalle, sabiendo quién es, anda embelesado. ¡Casalle! Sí. (Lumbre ha dado). Y la novia, a lo que entiendo, le tray divertido ahora. ¿Y quién es? Una alemana, blanca como la mañana y rubia como el aurora. ¿Habeisla visto? Un retrato suyo he visto. ¿Y qué, es tan bella? Fuera todo el sol con ella lo que contigo un mulato. Trajes de talcos traía la caja que la ocultaba, y a cualquiera que mudaba más hermosa parecía. Si de Diana la vieras, vestida de cazadora, tú, con ser mujer, señora, por ella el juicio perdieras. Pues qué cuando de villana unía lo tosco y bello, no sabré yo encarecello: Venus era soberana. Qué, cuando, en mudo reclamo, toca un arpa... Poco a poco; que pienso que a vos más loco os tiene que a vuestro amo. Pues ¿qué tenemos ahora? ¿Por qué te enoja o te pesa que sea hermosa la princesa de Sustamberg, mi señora? Idos, antes que el rigor, de tan groseros enfados, ordene a cuatro criados que por ese corredor os arrojen. Orden fuera bien sin orden para mí, pero más vale irme así que no de esotra manera. Vase. Oye, aguarda. Como un rayo va. ¡No es desaire pequeño, tras groserías del dueño, desvergüenzas del lacayo! ¡César conmigo enterezas, despegos y atrevimientos! ¿Pues qué es de los rendimientos? ¿Qué se hicieron las finezas? ¿Menos las echas, señora? Un hombre que adolecía de un dolor que cada día le daba a una misma hora, convaleció; y le hizo tal falta su dolor cruel, que no se hallaba sin él, previniendo mayor mal. Con veneno se criaba un príncipe, y padecía mortal accidente el día que el veneno le faltaba. Yo, Leonor, ha muchos años que el dolor de un amor siento, ha mucho que me alimento de sus venenos estraños; y así el pecho, de ansias lleno, echa menos este amor, como el otro su dolor, como el otro su veneno. Sale Matilde. Si el deudo, si el amistad que entre las dos hay y ha habido, libremente ha permitido usar de la voluntad que una a otra nos tenemos, ya la ocasión ha llegado de mostrarlo. ¿Qué cuidado traes, que con tantos estremos te obliga a hablar? Yo he sabido que Celio, don César es Colona, tu primo. Y pues, ¿qué infieres de eso? Haber sido a quien yo debo la vida. Y pues yo, cuando le hablé la vez primera, mostré afectos de agradecida, aun no sabiendo quién era, sabiéndolo ya, no puedo dejar de perder el miedo, que antes sube de manera, que habiendo de declararme, ¿a quién puedo como a ti? Y así, vengo a que de mí te duelas, pues puedes darme vida, con solo tomar la mano en que sea mi esposo. Tu prima soy, y es forzoso que el César me haya de dar Estados en que vivir, y ya mi amor ha dispuesto persona que le hable en esto, procurando prevenir me haga esta merced no más. Mientras la respuesta espero, sepa, prima, que le quiero; que tú decirlo sabrás mejor que yo; y él es tal, que a riesgo de algún desdén, aunque no me quiere bien, sé que no me quiere mal. Aquesto por mí has de hacer, prima, amiga, Margarita. (Esta necia solicita que yo acabe de perder el juicio). Fuerza es aquí, señora, el disimular. Leonor, toma tú el pesar, y disimula. A Matilde. De ti me espanto, que siendo quien eres, con tanta estrañeza me des a entender fineza que está a mi primo tan bien. Yo me declaro contigo; y, pues palabra me has dado que has de ayudar mi cuidado, tengo de ver si consigo, constante, firme y rendida, con afecto singular, ¡ay, Margarita!, pagar con toda una alma una vida. Vase. ¡Buena me han dejado, cielos, de César el desenfado, la libertad del criado, y de Matilde los celos! ¡Qué de medios solicita amor contra mi desdén!, y aún no han de salirle bien. Sale don Carlos, y en viéndola se quiere volver. (A saber que Margarita en este jardín estaba, en él entrado no hubiera). Carlos... Gran señora... Espera. Esta ocasión deseaba, para saber de ti cuál causa obligó a tu valor a ser conmigo traidor, por ser con César leal. Pues le conociste, cuando de mi parte a hablarle fuiste, ¿por qué no me lo dijiste? Porque temiendo y dudando hablar y callar en ese lance, fue bien lo ocultase, porque él dijo que callase, y no tú que lo dijese. Esa igualdad fuera bien, a no ser tu dueño yo. ¿Y quién te ha dicho que no es él mi dueño también? La posesión que he tomado de Ferrara. Error cruel, pues vengo a decirle a él cómo en su favor se ha dado sentencia; que, como estaba el pleito ya para verse cuando le hizo suspenderse la boda que se trataba, no hubo que esperar; y así al punto se sentenció, que el Emperador mandó que se viese. Y, pues, aquí de nada os sirve mi error, sino de aumentar la pena, iré a dar la norabuena al gran Duque mi señor. Vase. ¡Sólo esto me había faltado, Leonor! Añadir los cielos, sobre desaires y celos, la pérdida del Estado. De tu condición esquiva te queja, y de tu desdén. Aflígeme tú también. Tocan atabalillos dentro y, si hubiere, chirimías también. dentro ¡César, nuestro duque, viva! El vulgo discurre loco, aclamando a su señor. ¿Ves todo eso, Leonor? Pues todo importara poco, ni que el Estado perdiera ni los desaires pasara, si César no se casara, ni Matilde le quisiera. Tarde lo sientes, y en vano. Torna a tocar la música y sale César con mucho acompañamiento y Espolón. Todos os podéis quedar, por que entre solo a besar al Emperador la mano. Quédense todos; ninguno con el Duque entre. Y tú, ¿no te quedas? No; porque yo no soy todos, sino uno. Vanse los del acompañamiento. Margarita al paso está. Endúcate; que ésta es, sabe, ocasión de hacerte grave. No sé si el alma podrá resistir tanta porfía. ¡Cuerpo de Dios! ¡No tuviera yo un Estado, de quien fuera duque tan siquiera un día, habido a precio no más de dejar una hermosura! ¿Qué haré? Con ducal mesura tu reverencia, no más. Van pasando, como hizo antes ella, que ha de estar a la punta del tablado, como estuvo él, y sea grande la reverencia. Como es loco el frenesí que padezco, siento y toco, me dejo curar de un loco. Pues muérete, y fía de mí. ¿Así, señor, vuestra Alteza sin hablar pasa? Es tan nuevo en vos... (Sal quiere este huevo). ...mirarme sin estrañeza, que me iba por no cansaros. ¿Qué mandáis? Lograr prevengo dos parabienes, que tengo, señor don César, que daros. ¿Dos? Sí; y de los dos no ha sido ninguno el felice Estado que la fortuna os ha dado; porque, habiendo prevenido que esto mira al interés, no he de hacer aprecio yo de que le gocéis o no; y, aunque yo le pierda, es tan grande mi vanidad, que pienso ser la primera que festivamente espera regocijar la ciudad. De lo que os doy parabién, es –(celos, ¿adónde vais?)– del estado que tomáis en Alemania. ¿Con quién? (Conmigo). Con la princesa de Sustambergue. Hácele señas Espolón que diga que sí y, mirándole ella, se queda mesurado, y César no lo entiende. No sé lo que me decís. ¿Por qué lo negáis? ¿Es dicha ésa que a mí debéis ocultarme? Quien lo dijo os engañó. Pues quien lo dijo fui yo, y eso no es por alabarme. Pues, pícaro, ¿tu locura así a Margarita engaña? Prosigue tú la maraña, que todo esto es de la cura. Dejadle. Pues ¿tú en abono te declaras de un picaño? Leonor, por el desengaño el engaño le perdono. El primer lance es en quien piadosa os vi. (¡Yo me abraso!). Eso no es ahora del caso; vamos a otro parabién. Matilde, de agradecida merecer piensa la palma, pagando a logro de un alma la obligación de una vida. Hame pedido, sabiendo ya quién sois, que os hable en ella. Es noble, es discreta, es bella. ¿No lo entiendes? Ya lo entiendo. ¿De eso me dais parabién? Mas sí, ¿qué dicha mayor que merecer un favor quien siempre lloró un desdén? Y así, que lo acepto digo. (¡Qué lance había de jugar ahora, a tener lugar de consultarle conmigo!). Ved qué la he de responder, y sea favor, siquiera porque soy yo la tercera. No estrañéis, señora, el ver que dude favorecido lo que he de decir, porque ha mil siglos que no sé sino ser aborrecido. Decid a Matilde bella que el alma no la rendí desde el punto que la vi, porque no era dueño della; que ya lo soy desde el día que quise serlo; y que quedo tan ufano, que hoy, que puedo usar della como mía, ... (Bien). ...la ofrezco agradecido a su favor, y que no he sido tan necio yo –ya que tan cobarde he sido–, que no hubiese antes de ahora conocido en su hermosura amagos desta ventura. Y, en fin, la decid, señora, que no sois buen medio vos para servirse de mí. ¿Eso he de decirla? Sí No diré tal, ¡vive Dios!, sino que sois un grosero, un atrevido, un villano, loco, altivo, necio, vano, ingrato y mal caballero. ¿Qué os enoja? ¿Qué os indigna tan sin ocasión conmigo? (¡Victoria!, que el enemigo se ha volado con su mina). ¿No basta haberme quitado, si he de hablar en lo civil, lo interesado y lo vil, la posesión de un Estado, sino querer desatento ahora con otra acción quitarme la posesión de mi desvanecimiento? Hombre que tan vano ha sido que dijo que me adoró, hombre que, en fin, mereció verse de mí aborrecido, ¡respuesta a mí como ésta me da! Pues ¿qué os causa enfado? ¿Quién, cuando trae un recado, no vuelve con la respuesta? Siempre presumí que había de hallar, si digo verdad, hoy en vuestra voluntad, los afectos que solía. Sí hallárades, a no haber hallado yo, sí, por Dios, ese sentimiento en vos. De modo que ¿viene a ser mi mérito contra mí? Si es mi culpa no pagar, de vos os podéis quejar; que yo de vos lo aprendí. Pues, si mi necio desdén maestro os hizo en olvidar, enséñeos mi amor a amar. Todo eso viene bien ahora, si ahora no viniera, porque sin Estado os veis. Muchos agravios me hacéis. No os venguéis de esa manera ni con desaires, ajenos de vos, paguéis mi pasión. Digo que tenéis razón; pero no puede ser menos. Vase. Esperad. Nadie se albergue de mí... Oíd vos. No puedo ahora, que a ver voy a la señora princesa de Sustambergue. Vase. ¡Ay, Leonor!¡A lo que obliga un mal entendido amor! Y aún no es eso lo peor. ¿Pues qué? Vuelve a verlo. Sale Matilde. Amiga, a que se fuese esperaba César, por saber de ti si acaso le hablaste en mí. (Esto sólo me faltaba). Sí hablé. Y ¿qué te respondió? ¿Hay rendimiento o desdén? ¿Qué tenemos? ¿Mal o bien? ¿Pena o gloria? ¿Qué sé yo? Pero sí sé; escucha. Yéndose. Di. Tu amor, Matilde, y tu fe, no han lugar. ¿Por qué? Porque le quiero yo para mí. Vanse Margarita y Leonor. No me quejaba, ¡ay, aleve!, puesto que traidora fuiste, de que no me lo dijiste, por lo menos, claro y breve. Mas, aunque de mis desvelos tu altivez desprecios haga, si amor con amor se paga, celos pagaré con celos. Y aun aquí de mi furor escarmentada se viera tu traición, si no viniera ahora el Emperador. Vase. Sale el Emperador, don César, Espolón y criados. Aunque a tus pies postrado siempre llegué de triunfos coronado, nunca con más honores, más dichas, más mercedes, más favores. Gran Duque de Ferrara, a mis brazos llegad. Abrázale. ¡Ventura rara! Salíos todos afuera. César... Vanse los criados. Señor. De ti saber quisiera cómo te va de olvido. Ya, Señor, estoy más convalecido. Apenas despreciada de mí se vio esa fiera, cuando airada con celoso despecho, la mina reventando de su pecho, desdenes y rigores trocó en halagos, y ferió a favores. De suerte, que ¿hoy es menos su violencia? Sí, Señor. (Yo he hecho buena diligencia). Y ¿cómo te has sentido tú después? Tan hallado con mi olvido, que ni lloro ni siento desde el punto que vi su rendimiento. Según eso, en buen día llega una pretensión contigo mía. ¿Pretensión, o preceto? Pretensión sólo es. Pues ¿a qué efeto? Matilde me sirvió, como tú viste; sus Estados perdió, ya lo supiste; pero, aunque castigada la provincia quedó y avasallada, los que leal primero la miraron, sus casas y lugares la abrasaron. Grande es la obligación en que me veo; dejar premiada su lealtad deseo antes de mi partida, y así digo que con nadie podré como contigo. Y, pues, desempeñado te miras ya de aquel amor pasado, que desta obligación me desempeñes será bien; por que así no te desdeñes de agradecer favores, cuando te precias de vengar rigores. Aunque por otros medios ha venido, pienso que es ella quien me lo ha advertido. Esa dicha, Señor, esa ventura que me ofrecen nobleza y hermosura de Matilde, de cuánto honrarme quieres testigos son; pero que consideres será justo también que, aunque he vencido los primeros encuentros del olvido, pues desde hoy sus vencimientos labra, des lugar para darte la palabra. Que lo pienses es justo; pero piensa también que es de mi gusto. Vase. Sale Ludovico. La ocasión de hallaros solo, señor don César, me tiene cuidadoso. Perdonad a la voz que no dijese «Señor Duque»; que no es mucho que a pronunciarlo no acierte, porque no se le hace fácil y ha muy poco que lo aprende. Vos me pedistes mi hija, procurando que ella fuese medio con que se juntasen tantos varios pareceres como había en la justicia de los dos, teniendo siempre, sin escrúpulos de amantes, las licencias de pariente. Dilató el sí Margarita algunos días, ya fuese poco gusto del estado, ya honor de sus altiveces; en fin le dio, y ese día... ¿Para qué queréis que lleguen a mis oídos forzosas las noticias que ya tienen? ¿En qué, porque no me caso, se vendrán a resolverse después de tantas finezas? Es verdad. Pues muy en breve lo diré. Porque mi prima me dijo muy claramente que me aborrece; y no quiero, aunque la vida me cueste, que me aborrezca mujer la que dama me aborrece. ¿Cómo puede ser, si dice que ser vuestra esposa quiere? Diciéndolo yo. Cuando eso así sea, los desdenes de las que aún no son esposas agradar, no agraviar, suelen. Cuando son dichos, acaso sí; mas no cuando sucede, pretendida la ocasión, para pedir que la dejen. Vos lo decís; y no basta para que el mundo no piense mayor causa; y yo no tengo de creer que... Quien no creyere –¿qué es no creer?–, imaginare que todo cuanto dijere yo no es lo cierto, será él el que se engaña. Tente, no lo pronuncies primero. Sacan las espadas. ¿Pues qué atrevimiento es éste? dentro ¡En el jardín, cuchilladas! dentro Acudid todos en breve... dentro Que es don César. Venid todos. Salen Carlos, Matilde, Margarita, el Barón, el Emperador, Espolón y criados. Tente, César. Señor, tente. Acudid todos. Llegad. Pues ¿qué atrevimiento es éste? Atrevimiento de honor, que nada duda ni teme. ¡Vive Dios!... Señor, si aquí me dejaste, y aquí viene a buscarme la ocasión... Fuera, digo. ¿Quién se mete con el Duque mi señor? Quita, loco. A ambos ponedles en dos torres, hasta que a todo el mundo escarmiente. Pues ya que haya de morir, diré a voces claramente por qué muero, porque nunca falte mi honor, limpio siempre: César con galanterías públicas ha que me ofende muchos días; y, aunque fueron sin duda, como se entiende, debajo de los pretextos de esposo, hoy no lo parecen, pues se escusa de cumplir la palabra que me tiene dada. Dos disculpas tengo, que entrambas están presentes: Margarita, que me ha dicho que la enojo y me aborrece; y Matilde, que ha mostrado que me estima y que me quiere. Pues, si presentes las dos hoy están, ¿fuera decente dejar de ir a quien me ama, por ir a quien me aborrece? Y así, con licencia tuya, Matilde, a sus pies me tiene; que, aunque es verdad que adoré a Margarita, desdenes solicitaron conmigo que todos experimenten que es el medio más fuerte «para vencer a amor, querer vencerle». Verdad es que yo le he dado ocasión que me desprecie. Yo, ocasión de que me estime y que mis afectos premie. Pues ¿qué queja os queda a vos, si él elige a quien le quiere? La de la publicidad. De eso, señor, no te quejes; que tan públicas han sido mis soberbias altiveces como sus finezas, y hoy los que de su amor dijeren, dirán del desprecio mío. Y todo, en fin, se resuelve en que el medio es más fuerte «para vencer a amor, querer vencerle». Yo, en albricias de la boda, venid todos. Yo, que pida de las faltas perdón a vuestras mercedes. FIN