Basta Callar Comedia Nueva Personas que hablan en ella: MARGARITA, dama FLORA SERAFINA, dama CÉSAR, galán ENRIQUE, duque de Bearne FEDERICO, conde de Mompelier CARLOS, galán CAPRICHO, gracioso ROBERTO, viejo CELIO, vejete ESTELA FABIO LIBIO NISE Primera Jornada Salen Margarita y Flora. Mucho, Flora, fío de ti. Puede tu amor, satisfecho de la lealtad de mi pecho. En fe de eso, escucha. Di. Hija de Enrique de Fox, duque de Bearne –rama de aquel sagrado laurel que vio la conquista santa ceñir de Bouillón las sienes–, nací, sangre real en Francia; tanto que sus rojos visos tal vez la lis de oro esmaltan. No para desvanecerme mi estirpe te acuerdo clara, sino antes para quejarme de mi fortuna; que avara en otras dichas, a cuenta de lo liberal que anda en ésta sola, no ve en mi vida circunstancia que ella no cobre en pensiones o yo no pague en desgracias. ¿Qué piensas que es en nosotras la grandeza que no pasa a heredar con los blasones el poder? Una dorada prisión donde noble dueño, con estimación tirana, halagándonos la vida, nos tiene cautiva el alma. Mi hermano lo diga; u yo lo diré, pues obligada a cumplir con el decoro, que es la herencia que me alcanza, convengo en un casamiento a mi disgusto. ¡Mal haya el primer legislador que hizo a la mujer vasalla tanto del hombre que quiso que ellos hereden las casas y ellas las obligaciones! ¡Que tenga el mundo campañas, ya al estudio de las letras, ya al manejo de las armas, donde se puedan labrar mármoles, bronces y estatuas; y, sobre darles los medios a su mayor alabanza, les dé también los estados, primeros o últimos nazcan, dejándonos a nosotras –sin el libro y sin la espada y sin el mando– a ser sólo la más inútil alhaja de sus familias! Y tanto que el padre que más nos ama, aun con ser padre, no ve la hora de echarnos de casa. Mas, ¿dónde voy, ¡ay de mí!, con mis quejas, si no basta el uso de padecerlas al abuso de enmendarlas? Dirás tú agora que ignoras deste despecho la causa, supuesto que el casamiento que el Duque, mi hermano, trata es con Federico, conde de Montpellier, en quien hallan tan iguales conveniencias la sangre, el lustre y la fama; mas responderete yo que todo no importa nada; porque todo, Flora, sobra adonde la elección falta. Y pues que para un secreto te elegí –y hasta aquí anda tan pública mi tristeza que es poco lo que te encarga–, vamos a lo reservado del dolor, en confianza que no saldrá de tu oído ya que de mi labio salga. A los montes de Gascuña, esa fronteriza raya que divide, de Aragón, de Cataluña y Navarra, nuestros términos –en cuya siempre militar campaña de Bearne y Montpellier yacen estados y patrias–, a ruego de mis tristezas, solicitando aliviarlas –ya te acordarás–, mi hermano me llevó unos días a caza. Una tarde, pues, saliendo, como otras, Flora, a la falda de sus empinadas cimas, en quien el cielo descansa, llevábamos en dos tropas divididas en dos bandas la caza y la montería porque eligiese en sus varias lides, árbitro el deseo, de cuál de las dos se agrada, o boreal o venatoria, viendo en iguales distancias que allí el montero tenía desde la noche en las jaras concertado un jabalí; y allí el cazador, cebada desde el aurora, a la orilla de una laguna una garza. Neutral el gusto algún rato estuvo; porque le llaman, de una parte, en la traílla, el can que impaciente ladra; de otra, en el guante, el halcón que, al ver que la voz le falta, picando en el cascabel pretendía que alternaran el latón con el latido, disonantes consonancias. Ésta, pues, gustosa duda resolvió un dogo de Irlanda que, habiéndole dado el viento de la res, furioso arrastra al mozo de la traílla, tirante del cordón, hasta que, falseado, el eslabón rompe y el collar arranca; conque, para socorrerle, fue fuerza que desataran contra el jabalí –que al ruido deja el raso, el monte tala– ventores que ya le acosan, sabuesos que ya le alcanzan, lebreles que ya le lidian; a cuyo estruendo, levanta su más remontado vuelo, despavorida, la garza. Viéndola los cazadores encumbrarse, desenlazan capirotes y pihuelas y al aire dos neblíes lanzan. De suerte que allí la fiera, de los perros acosada, allí la garza, seguida de los halcones, formaban imaginados países –compitiendo en sus dos tablas–, con lo feroz de las presas, lo mañoso de las garras. Yo que, en medio de las dos, en esta ocasión me hallaba en un alazán corcel –que manchado pechos y ancas mostraba que sólo un bruto hiciera aliño las manchas–, a rematar con la fiera iba cuando veo que bajan, hechos un globo de pluma, garza y halcón a mis plantas. El otro, que en los regates había con veloz saña, para calarse sobre ella, tomado punta más alta –no hallándola en la palestra–, como con envidia y rabia de que fuese presa de otro, tuerce el pico y gira el ala. Viendo yo cuán destemplado a las nubes se levanta, sin que al señuelo responda ni sin que al cebo se abata, dejando el jabalí, pongo en él la mira, con gana de ser yo quien le cobrase; y como para lograrla era fuerza no quitar de él los ojos, a no larga carrera me hallé, cerrado el paso, en la enmarañada confusión de un laberinto que intrincadamente enlaza lo pelado de unas breñas con lo espeso de unas zarzas. Repareme, no seguida de nadie; y cuando tomara ya por partido saber, puesto que ignoré la entrada, dónde estaba la salida, siento ruido entre las ramas. El oído aplico y la vista; y veo suelto por las matas un caballo, a tiempo que oigo en triste desmayada voz decir: “¡Ay, infelice!” Dejo la rienda fiada al prado –porque pie a tierra registre mejor la estancia– y encuentro allí una maleta, allí un sombrero, una capa más adelante; y después, sobre la teñida grama, en su sangre revolcado, gallardo joven, la espada en la mano, tan sin vida, tan sin aliento y sin alma que cada suspiro era último. Permite que haga aquí una ponderación, pues ahora no le hago falta y no es olvidar sus penas acordarme de mis ansias. Ya se ha visto caballero que favorezca una dama, ya de una caza en acasos, ya en trances de una batalla; que aquél la libre del fuego, que éste la saque del agua; cuál, del monstruo que la embiste; cuál, del bruto que la arrastra. Muchas veces nos lo cuentan fábulas y historias varias. Y aún no ha mucho que las dos vimos caer de una ventana, socorrida, una hermosura, no sé si en novela o farsa. Pero que la dama sea la que, la suerte trocada, en tan deshecha fortuna, en tragedia tan estraña, halle un caballero que, a la gente que ya anda en alcance suyo, mande que a sus albergues le traiga; que, curado, convalezca; que, convalecido, haga que su hermano le reciba, porque albergado en su casa libre esté de sus contrarios –pues aunque él no dice nada más de que eran bandoleros, bien se conoce que engaña; pues bandoleros no habían de dejar caballo y armas, maleta y joyas–; y, en fin, que, sirviendo al Duque, gracias a su ingenio y su valor, sea toda su privanza, viviendo amado de todos con vida, honor, lustre y fama, desde Angélica no tiene ejemplar. Y más si pasas a considerar, ¡ay Flora!, que, sobre finezas tantas, siendo él el favorecido, es ella… La enamorada iba a decir; ni me atrevo ni sé qué me diga. Saca tú la consecuencia; pues en una turbación, basta no saber lo que se diga para ver lo que se calla. Primero que te responda, permíteme que te haga una pregunta: ¿él ha visto afecto, acción o palabra en ti que pueda ...? ¿Eso había de ver en mí? Pues, ¿qué estrañas que no te adore rendido? ¿Luego los hombres no aman sino ocasionados? Cuando es tan grande la distancia del sujeto que, de vista,… Di. …más le agravia quien le ama que quien le olvida. ¿Por qué? Porque se adelanta mucho quien pone el deseo más allá de la esperanza. Dale alguna y verás... Pero un hombre en el jardín anda; direle que estás aquí, que tuerza el camino. Aguarda; que ése, Flora, es un criado que después que ya él estaba albergado, en busca suya llegó; y antes estimara hablarle, por si pudiera saber si el nombre y la patria que dijo es cierta; y si es cierta de su tragedia la causa. Pues háblale tú; y a mí me deja. Sale Capricho. ¡Que en todo hoy no haya dado con él! ¿Cómo aquí, hidalgo, movéis las plantas? Como es jardín, el moverlas no pensé que os enojara; pues cualquier viento las mueve y nadie le dice nada. Ved que está Madama aquí. Volveos. El estar Madama más es razón de quedarme que de irme. ¿De qué se saca? De que el respeto de verla me ha dejado hecho una estatua. A ella, con turbación, hinca la rodilla. Buscando un amo, que Dios me dio para mi desgracia, entré a este jardín. ¿Quién pudo prevenir que tan sin guardas estuviera, estando en él quien, si ... No te turbes, alza. ¿Quién eres? Un escudero andante antes que llegara aquí, mas ya parante lo soy. Di, ¿cómo te llamas? Capricho. ¿Quién es tu dueño? Bien se ve cuán soberana deidad eres. ¿En qué? En quehaces el bien sin que hagas memoria de que le hiciste. ¡Ah, sí! Ya no me acordaba. ¿Criado de César no eres? César, mi dueño se llama, que es lo mismo que llamarse una negra Mariblanca. ¿Cómo? Como César dice vitorias, triunfos y palmas; y él toda su vida ha sido desdichas, penas y ansias; aunque digo mal, pues desde que sin estar enojada ni haberte reconciliado con él le volviste el habla, todo es dichas y venturas. No tu buen humor se valga, para jugar del vocablo, de equívocos; que no falta quien diga que no es su nombre César. Diranlo las malas lenguas porque antes de ahora Ludovico se llamaba; pero heredó un mayorazgo que le obliga a nombre y armas de César. Y aun dicen más. ¿Qué? Que no es Orleans su patria. Eso aun lleva algún camino; que aunque Orleans originaria tierra es suya, en Montpellier tuvo unos días su casa; y así haber pensado pueden que es de allí. Y hay quien añada que no fueron bandoleros los que por muerto en la falda de aquel monte le dejaron. ¿Pues quién? Alguien, en venganza de no sé qué antiguo duelo de amor y celos. Quien habla mucho ... En algo ha de acertar, el refrán dice. ¡Mal haya el griego comentador que nos los envió de España! Pues supuesto que ya has dicho que es verdad… Yo he dicho nada. ...y que, por cierta porfía con Flora, intento apurarla, has de contármelo todo; y en muestra de que obligada tenga de quedarte, toma –que no tengo aquí otra alhaja más a mano– este reloj. El primer lacayo que haya visto el mundo hasta hoy seré con reloj de porcelana, a quien diamantes adornan y tulipanes esmaltan. Toma. No sé si me atreva. Pues, ¿qué es lo que te acobarda? Que siendo de sol en ti, en mí sea de campana; y dándole tú por muestra, yo despertador le haga si te digo que es verdad que, por celos de una dama, un señor le hizo seguir; y más, si me preguntaras luego quién era el señor y quién la dama era, guarda, porque al punto que dijera que son dama y él... Repara, señora, que el Duque y César llegan. Un poco te aparta y vuelve luego. ¿A qué horahacer la junta me mandas, para poner el reloj? ¿Ahora en preguntar te paras la hora? Pues ¿de qué te admiras? ¿Quién con un reloj se halla que no ande preguntando tardes, noches y mañanas, la hora a todos cuantos topa? Vase. No salió la industria vana. No; pero salió crüel, pues me ha dejado sin alma. ¿Una dama es quien le empeña y un señor es quien le mata? ¿Quién creerá, cielos, que celos a la primer vista hayan podido conmigo más que amor, pues me declararan ellos y él no? Si tuviera… Sale el Duque hablando con César; y otros, de acompañamiento. ¡Que llega! Mucho me espanta que no baste mi favor, César, a vencer la estraña melancolía que traes estos días. Mis pasadas fortunas, señor... Después me lo dirás, que mi hermana está al paso. Margarita. ¿Señor? Pues, ¿tan retirada, que me cueste diligencias hallarte? Penas tiranas, buscando la soledad, me trujeron a la estancia deste jardín, por más sola. Otra pienso que es la causa Pues ¿qué puede serlo? Que te traigo dos nuevas, ambas de gusto; y las que lo son, siempre hallar su dueño tardan. Harto será que lo sean, siendo mías; mas ¿qué aguardas? Ya sabes que en Montpellier... (Del mal sitio vienen para ser de gusto, ¡ay infelice!, para mí.) ...por gobernador estaba Roberto, aquel docto anciano que fue en mi primer crianza maestro mío. Ya lo sé; y sé también que a tu instancia, si no en su mayor edad, por descansar en su patria a gobernar a Bearne viene hoy con toda su casa y familia; pero de eso a mí, ¿qué parte me alcanza que nueva de gusto sea? Traer a su hija, madama Serafina, con quien tú también en tu tierna infancia te criaste; y habiendo agora de venir a verte, es llana cosa que el primer amor mueva de aquella dorada edad las memorias. Bien me holgaré verla y hablarla, mas no tanto que merezca ser nueva de gusto. Vaya la otra; quizá ella tendrá la estimación que a ésta falta. De tus capitulaciones tray, con el Conde, firmadas las condiciones; en cuya fe, cuerda la confianza sola esta vez, en mi pliego envía para ti esta carta. En buen empeño me pones, pues de necia u de liviana huir no puedo. ¿Cómo? Como siendo cosa que tú tratas, será necedad si digo que tampoco... ¿Qué reparas? ...es nueva de gusto ésa; y si digo que sí..., Habla. ...será liviandad; y así, porque acciones ni palabras en uno ni otro peligren, tomarla callando basta; no tanto porque él la escriba, cuanto porque tú la traigas. Sale Carlos. Con el séquito de toda la corte que le acompaña, Roberto a palacio llega con Serafina. Que salga yo a recebirle es bien. Tú ve y en tu cuarto la aguarda. Venid todos. Vanse el Duque, Carlos y los demás. (¿Cómo, cielos,iré yo? Pues al mirarla es fuerza…) César. ¿Señora? Ya veis que no tengo casa hasta agora y es forzoso (¡oh, quién sin hablar hablara!) servirme de los crïados del Duque, mi hermano. Para serviros yo, la razón sobra aunque la dicha falta; pues no ha menester, señora, tan honrosa circunstancia para serviros con vida y honor quien, a vuestras plantas, de honor y vida deudor se confiesa. Aquesa carta del conde es de Montpellier. (¡Ah, tirano!) Pues ¿qué mandas? Que ya que, entre los favores que vuestro mérito gana con mi hermano, es el mayor que su secretario os haga, a esa carta respondáis; y para que trasladarla pueda de mi letra, un borrador que traigáis basta. Iré a obedeceros; pero ved que me la dais cerrada. ¿Qué importa? Mucho. ¿Por qué? Porque allá el Galateo encarga a quien sirve que, si el dueño le diere abierta una carta, la guarde con tal decoro que, sin osar desdoblarla, cuando la vuelva no pueda decir si está escrita o blanca. Pues si aun en la abierta quiere que tanto respeto haya, ¿qué será en la que no abierta llega a mi mano? Mostralda. Ya desdoblada y abierta Riéndose. va. Leelda y esa enseñanza (lo fino de mi dolor desmienta con risa falsa), si habla al secreto que debe tener quien sirve, no habla al que no debe tener cuando responder le mandan. Vase. Sólo este enigma, ¡ay de mí!, a mi confusión faltaba de descifrar sobre tantos riesgos, sobre penas tantas como mi pecho acometen, como mi vida amenazan, mi imaginación embisten y mi pensamiento asaltan. ¿Qué querrá decirme, cielos, Margarita, que encontradas vista y voz a un tiempo mezcla el enojo en las palabras y en el semblante la risa? Fortuna, ¿no tengo hartas dudas yo con que lidiar sin que otra mayor añadas? Duélete de mí, por Dios; y para ver si te cansas, te las he de acordar todas. Córrate ver, deidad varia, que baste yo a padecerlas y no bastes tú a aliviarlas. Por muerto me tiene el conde de Montpellier, en venganza... Sale Capricho, mirando el reloj. Un hora y un cuarto y algo más ha que te busco. Estraña cuenta y razón. No te espantes, que tengo de quien tomarla. ¿De quién? Ahí es un amigo como un oro. Calla, calla, no me vengas con locuras; que no estoy ahora de gracias. Yo tampoco, porque vengo con unas nuevas; si malas o buenas, tú lo verás. Poco haré en adivinarlas. Mas ¿qué? ¿Has visto a Serafina? En este jardín estaba, señor, a las tres y un cuarto esperándote a que salgas del del Duque cuando veo que, a las tres y media, pasa un grande acompañamiento; voy a ver a quién le traiga y veo que, a los tres cuartos, todo en Roberto remata, que, bracero de su hija, hasta el cuarto la acompaña de Madama, donde queda a las cuatro en punto. Aguarda, ¿qué frialdad de horas es ésta y qué es eso que recatas de mí? No es nada. Si dejas la llave fuera, ¿qué guardas? (¡Mal haya secreto que estar con llave no basta!) ¿Tú con tan preciosa joya? ¿De quién o cómo la alcanzas? (Peor será negarlo todo, pues él, cúyo es dice.) ¿No hablas? Margarita, si te digo la verdad, por aquí andaba cuando yo entré en busca tuya. Llegó mi despejo a hablarla y, de un disparate en otro, tanto de mi humor se agrada que me dio aqueste reloj. ¿Margarita? ¿Qué te espantas? ¿Es nuevo que a un hombre, que ser hombre de placer trata, dé una madama una joya al revés de otras madamas que a hombres de pesar las quitan? No es nuevo; mas, si intentara hacer de enojo y de risa uno un emblema, pintara por empresa en mis fortunas este reloj y esta carta. Toma, que no quiero hacer misterio el ver que en mí para; y pues que conmigo a solas quería recopilarlas, ayúdame tú. Sí, haré. Por muerto... Un tantico aguarda, que da el reloj de palacio. Pondrele con él. ¿No callas? Por muerto me tiene el conde de Montpellier, en venganza de aquel trance en que perdí con Serafina esperanzas, patria, honor, vida y… Todo eso para mí es historia larga, supuesto que yo lo sé. Serafina, ¡ay!, que al nombrarla, cada sílaba del nombre es un pedazo del alma; Serafina –otra vez digo y otra vez el pecho arranca mitades del corazón– es preciso que informada de su venganza y mi muerte esté; pues para lograrla, con ella la intentó el Conde; y ya piadosa, ya ingrata, o la haya sentido o no, es fuerza, ¡ay de mí!, que haga novedad al verme, viendo que es tan poco cortesana mi desdicha, pues no muere siendo ella quien la mata. Roberto, que me conoce, aunque interesado no haya en su honor de nada desto tenido noticia, es clara cosa que diga quién soy; conque, fingida la patria y el nombre, también es fuerza perder del Duque la gracia, pues verá que le he mentido; y más, si a saber alcanza que en odio vivo del Conde, con quien Margarita casa, a tiempo que Margarita con nuevos enigmas causa nuevas confusiones que no me atrevo a descifrarlas. Y así, pues no hay otro medio –ni es posible que le haya a tanto golpe de penas, tanta avenida de ansias, tanto tropel de desdichas, tanto embate de desgracias– sino solamente, ¡ay triste!, volver a todo la espalda, en tanto que escribo yo la respuesta desta carta –con cuya ocasión, después que Serafina se vaya podré hablar a Margarita y, fingiendo alguna causa, despedirme; porque fuera grosería muy villana irme deudor de una vida sin solicitar pagarla siquiera con atenciones; cuya consecuencia pasa al Duque también y a Carlos, a quien aquí debo tantas finezas de amistad–, tú puedes ir, Capricho, a casa. Alguna ropa prevén y con dos postas me aguarda. ¿Qué dices? Lo que ha de ser. ¿Con qué, señores, se paga el gustazo de servir a un loco? Pues ¿qué? ¿Qué estrañas? Verte anteayer desterrado, ayer muerto, hoy en privanza y no saber a estas horas en qué te he de ver mañana. Verasme ausentar, haciendo por la más bella tirana que vio amor en sus imperios la fineza de no darla el pesar de verme vivo. Mas, ¡ay de mí!, que no basta apartar della la vida, si apartar no puedo el alma. Vanse. Salen el Duque, Carlos, Roberto, el Conde y acompañamiento. Otra vez y otras mil me dad los brazos. No ha menester, señor, tan fuertes lazos esclavitud dichosa cuando feliz en la prisión reposa. No sabré encareceros cuánto me he holgado veros de tan buena salud. El sumo gozo de que vos la tengáis, con su alborozo, hizo a mi edad engaños; mas siempre es grande el peso de los años. ¿Cómo mi hermano Federico queda? Al Duque. Bueno, señor. (Haz cómo hablarte pueda.) En orden al gobierno que os encargo, aunque después hemos de hablar más largo… Hablan aparte Roberto y el Duque. Al Duque. (Oíd.) A Roberto. (¿Qué queréis?) Al Duque. (El Conde se ha fïado de mí; y en mi familia disfrazado –creyendo que es fineza adelantar el gusto a la grandeza con que vendrá después– ver solicita, sin que sepa quién es, a Margarita, con recato tan grave que pienso que aun mi hija no lo sabe. Mal en decirlo hago, pero hiciera peor si no lo dijera; y así, parto el camino diciéndotelo a ti; con que imagino que en ti queden seguros sus secretos; y en mí, la obligación de ambos respetos, pues peligrar no puede en la fe mía fiar yo de ti lo que otro de mí fía.) A Roberto. (Bien habéis advertido; pues, no dándome yo por entendido, su queja a vos nunca llegar espera; y salváis la que yo de vos tuviera a saberlo después.) Al Duque. (Es cosa llana.) A Roberto. (Ni hay para qué decírselo a mi hermana, que darse podrá ser por ofendida.) Al Duque. (A sólo obedecer con alma y vida me vuelven a tus pies años cansados.) A Roberto. (¿Y es de aquesos criados alguno?) Al Duque. (Sí, señor.) A Roberto. (Cuál es, decirme podéis.) Al Duque. (El que yo hablaré agora al irme.) A obedeceros voy. ¿Qué te parece, Fabio, de aqueste alcázar? Que merece ser dignamente esfera Vase Roberto. de dueño tal. (Aunque mejor lo fuera, si fuera Serafina; con cuya luz divina, hoy Margarita bella fue cotejar al sol con una estrella. Mas, ¡ay!, que sus rigores, grandes siempre y mayores desde que de sus celos mi venganza fue Ludovico, hacen que, la esperanza perdida, trate con mayor violencia de que atrase al amor la conveniencia.) Vase. (Ya sé cuál es; y, por deshecha, luego haré que parta un propio con mi pliego.) A un criado. Decí a mi hermana que su carta espero. No vayas, Carlos, tú, que hablarte quiero. Vanse todos. ¿Qué me mandas? ¿Habrate sucedido alguna vez hallarte tan rendido a un pesar, a un placer tan entregado, que por más que el cuidado le quiera recatar, a su despecho, saliendo al labio, desampare el pecho? Sí, señor, muchas veces. Pues con esa disculpa que me ofreces, oye lo que te fío. Seguro puedes del cuidado mío. Salí, como ya viste, a recebir, ¡ay triste!, por honrar a su padre, a Serafina; y apenas su beldad miré divina cuando me vi postrado a un afecto de mí tan ignorado que, aun agora, no sé qué afecto sea; porque una vez, afable, lisonjea; y otra, tirano, aflige. Tú, cuál será, colige, pasión de tan bellísimo homicida que, víbora piadosamente ingrata, a un tiempo da el veneno con que mata y la triaca con que da la vida. De mí, pues, asistida, al cuarto de mi hermana llegó; y aunque a su vista soberana estaban más a mano los enojos, están más cerca lejos de sus ojos. Muero por verla y el mirarla temo. ¿Tan presto tu pasión llegó a ese estremo? No ha menester un corazón herido tiempo para morir; demás que ha sido inclinación que tuve a Serafina desde que de mi hermana fue menina. Mas como entonces era en los albores de su primavera tierna, la edad no veía la pompa, el esplendor, la lozanía de tan bellos primores como en su juventud brotan las flores. Grande es, sin duda –díganlo mis daños–, hermosura que crece con los años. Yo la he de amar y sólo tu secreto ha de ser, Carlos, dueño de mi afecto. Tan gran favor estimo; mas no quisiera, aunque a servir me animo, que tratados conmigo tus desvelos, teniendo tú el amor, dé yo los celos. ¿Tú los celos? ¿A quién? Desde que iguales fortunas, derrotado a tus umbrales, a César arrojaron –y tus honras, señor, le levantaron a tu gracia–, su amigo soy verdadero y fiel. No, pues, conmigo celos le des, dueño de tu secreto. Él es más entendido, más discreto y sabrá aconsejarte mejor que yo. Concédote la parte, no del mérito, pero la de mi inclinación, si considero cuánto pudo movella fuerza feliz de superior estrella; más tiénenle estos días tan intratable sus melancolías, tan ajeno, tan triste, que ni me sirve, ni me ve, ni asiste. ¿Reparaste, saliendo a Serafina a recebir, diciendo que me siguieran todos, que él se quedó? Pues tan estraños modos, ¿cómo quieres me atreva yo a vencellos ni a fiar mi pasión por ahora dellos? Y puesto que allí viene y eres su amigo, sabe tú qué tiene, con advertencia, si tu fe le obliga, de que me has de decir cuanto él te diga. Vase. Sale César. (Esperando que se vaya, por no ver a Serafina, tiempo haré en este jardín para hablar a Margarita; ya que, para trasladarla, le traigo la carta escrita y pensada la ocasión con que della me despida.) César. Carlos. Mucho estimo hallaros. ¿Hay en qué os sirva? Que ya sabéis que sois dueño de mi honor y de mi vida. Mal dicen vuestros favores con mis quejas. Mis desdichas sólo hicieran que de mí quejas tengáis. Mas decildas; podrá ser que satisfechas queden, como llegue a oírlas. Todas nacen de lo poco que vuestra amistad estima, ya que finezas no sean, los deseos de la mía. ¿Es posible, César, que pueda una melancolía tanto con vos que intratable a sus estremos os rinda? Quejoso de vos el Duque está de que no le asista vuestra atención, pues sin verle se os pasan noches y días. Yo lo estoy, no tanto, César, de ver que de mí os retira también la tristeza cuanto de ver que no se me fía, ya que no para enmendarla la causa, para sentirla. ¿Qué tenéis? ¿Qué es esto? ¡Ay, Carlos! Bien veo que es cosa indigna en un hombre noble, a quien aquí arrojaron las iras de su fortuna, estrañarse, mal hallado con las dichas. Pero eso es ser desdichado: ser su suerte tan impía que, aun hallándolas de balde, de poco o nada le sirvan. Y porque veáis mejor a lo que el pesar me obliga, mirad si me mandáis algo; que al punto que me despida, ya despedido de vos, del Duque y de Margarita, a quien esta carta llevo para que al Conde la escriba, he de salir de Bearne. ¿Qué decís? Y tan aprisa que están ya en casa las postas. ¿Sois mi amigo? Y con tan finalealtad que... Pues en fe della, dadme para una malicia licencia. No lo será, siendo vuestra; mas decilda. ¿A Margarita esa carta no lleváis? Sí. ¿No va escrita para el Conde? Sí. ¿No fueella quien os dio la vida? Sí. ¿Della no os ausentáis el día que... No, no prosiga vuestra voz; que aunque mis penas nunca fueron para dichas, desde este instante han de serlo, tanto porque habéis de oírlas vos, en quien seguras quedan, cuanto porque ya el decirlas importa más que el callarlas, si en un átomo peligra en mi silencio el menor respeto de Margarita. Y gracias a Dios que hallé esta ocasión de servirla, pues sólo con un secreto pagar se puede una vida. Yo, Carlos, ni soy de Orleans ni César. ¿Qué? ¿Qué os admira? Ludovico soy; mi patria, Montpellier. Ved cuán aprisa haciendo escándalo entran mis no entendidos enigmas. La causa de haber fingido patria y nombre bien se indicia de haberme, Carlos, hallado a tan mortales heridas rendido; pues claro está que, con tener quien me siga, quien me alcance y quien por muerto me deje, se facilita el argumento de que, el que descansen las iras de algún poderoso, ¡ay, Carlos!, es la razón que me obliga, teniéndome ya por muerto, a que patria y nombre finja. Esto asentado –y que nunca fue engaño sino precisa seguridad que ignorado viva de él para que viva–, vamos a que aquí aún no quiere dejarme; pues mis desdichas hacen que sepa de mí adonde quiera que asista. Y porque lo veáis, pues es fuerza que todo lo diga, el conde de Montpellier es quien la vida me quita. ¡Y pluguiera al cielo se contentara con la vida! Ved, habiendo de venir tan presto por Margarita, si será bien que me halle, cuando muerto me imagina, con otra patria, otro nombre, en Bearne; y más a vista de la causa de su enojo, de su rencor y su envidia, pues también en Bearne está. Mejor aquí la malicia entrara agora que antes; y yo la agradecería, si adelantando el saberla me escusaseis el decirla; puesto que ya no es posible dejaros con la noticia de que, siendo su vasallo, le enoje, ofenda y desirva, sin dejaros juntamente con la disculpa sabida de cuánto es noble el delito; que, en mi vanidad, sería desaire haber dicho de él, Carlos, una alevosía y de mí una culpa, Carlos, sin ver si a los dos nos libra, de infiel y de injusto, ser amor quien nos precipita, pues no hay yerro de que no sea amor disculpa digna. Yo, pues, amaba, ¡ay de mí!, una hermosura divina, en aquel feliz estado que, de sus ceños vencida la primer dificultad, ya no siente que la asista, ya no estraña que la vea, ya no culpa que la escriba, ya no rehúsa que la hable; pues, afablemente esquiva, en la fe de amante esposo, hubo noche que permita que, a la reja de un jardín, por la verde celosía de unos jazmines, la escuche desdenes el primer día; que, a pocos, fueron favores; y, a no muy pocos, caricias. En éste, ¡ay, Dios!, tiempo que con serenidad tranquila la nave de amor sulcaba espumas de nieve rica, se levantó una tormenta… De celos a decir iba; mas no fue sólo de celos; de traiciones, de mentiras, de engaños fue y falsedades. ¿Quién, ¡ay, infeliz!, creería que en tan linda dama hubiera mudanza? Mas, ¿qué sería de nosotros, Carlos, si no se mudaran las lindas? Sucedió, pues, que el estado mandó alistar las milicias para el socorro que entonces toda Francia prevenía al sitio de Barcelona; cuyo bando fue precisa cosa seguir, por ser yo cabo de las compañías de su nobleza. No digo, ¡ay, Carlos!, que en mi partida vi a la noche llorar perlas. Vi que, al ver que a ella las quita, la alba de envidia dejó de llorarlas a otro día, con tan gran novedad como dejar de llorar de envidia. Mas, ¡ay!, que bien puede esto de ver a una dama fina parecer cosa de llanto, mas siempre es cosa de risa; y si no al efeto, pues cuando ya el socorro iba aprestado, llegó nueva de que don Juan de Austria había capitulado y rendido la plaza; cuya sentida pérdida común fue causa que la gente se despida, porque como miliciana se alojase en sus familias hasta otra ocasión; conque pude volver más aprisa que ella pensó y yo pensé. ¡Oh, cómo se facilitan los acasos cuando son contra un triste! Yo lo diga; pues rozándose en mi pecho la tristeza y la alegría, me adelanté no esperado porque, antes que mi venida supiese de otro, yo fuese quien ganase las albricias. De noche llegué a su calle; y viendo tres en la esquina, me recaté en el portal de enfrente, más por su altiva opinión que por mi baja sospecha. ¡Qué bien castiga el nombre de necio a quien fía, porfía, ni confía! No hicieron reparo en mí; que, al verme entrar, pensarían que de aquella casa era; o quizá la sombra fría debió de ocultarme; en fin, veo a poco desde arriba que, entreabriendo una ventana, mudas señas los avisan. Viénese acercando el uno y, apenas el umbral pisa, cuando una escala le arrojan, diciendo en voces remisas, “Sube, ya es hora. En su cuarto está sola; y recogida la casa.” No me detengo en pintar cuál quedaría al ver seña, escala y voz; porque, aun contado, sería ruindad de mi sufrimiento, sin que al instante le embista, tener él el pie en la escala y yo la espada en la cinta. Sacándola, pues, salí; mas por más que me di prisa, no tanta que no sintiese el ruido y con bizarría no se pusiese en defensa. Apenas las dos cuchillas llegamos a medir cuando, a la escasa lumbre tibia de la luna, reconozco ser el Conde, a quien ya habían cogido en medio los dos; conque, empeñada la rifa, tuvo por mejor no darse mi lealtad por entendida, pues no había más disculpa que no saber con quién riña. Embestido de los tres, quiso no sé si mi dicha u mi desdicha –que ambas fueron a una cosa misma– que uno cayese y otro, viendo que el Conde peligra, pues tropezando –¿quién duda que en su cólera sería?– a mis plantas dio, dijese: “¡Traidor Ludovico, mira que es el Conde!”. Conque fue fuerza ponerme en huida, pues herido uno y nombrados el Conde y yo, no podía pensar que era de cobarde, aunque estuviese a la mira la aleve, crüel, mudable, falsa, fiera... Sale Flora. Serafina… (¡Oh, a qué buen tiempo el acaso su nombre a mis labios quita!) …con Margarita, cansadas del estrado, a esta florida esfera del jardín bajan; y habiéndoos de Margarita desde aquese mirador aquí alcanzado la vista, me manda que me adelante y que de su parte os diga que la esperéis. Pues, adiós; que aunque tan suspenso iba en vuestra historia, es forzoso, con tal causa, interrumpirla. Pero allá fuera os espero, porque vuestra voz prosiga; que no sosegaré, César, hasta que acabe de oírla y de saber si el proverbio trujo estudiado el enigma. Vase ¿No podrás decirla, Flora –porque me importa que siga a Carlos–, que ya no estaba aquí? ¿Cómo, si las miras tan cerca? Salen Margarita y Serafina. (¿Quién creerá, cielos,que sea yo quien solicita huir de Serafina y sea quien me busque Serafina?) De aqueste jardín podremos mejor, entre las delicias, pasar la tarde. En cualquiera parte donde yo te asista será mi mejor estancia. ¿Dijiste que prevenida la música, Flora, esté? Ya del estanque, en la isla que un cenador forma, queda; y según me dijo Silvia, tienen letra y tono nuevo. ¿Su asunto? Una dama a vista llorando de su galán. Donde hay alguna que ría, bien es que haya otra que llore. Mucho me holgaré de oírla. Sí, harás; porque es del mejor cortesano que hoy estima, por su gala, por su ingenio, su sangre y su bizarría, dignamente nuestra patria. César, ¿traéis la carta escrita? Sí, señora, ésta es. (¿Qué veo?) Mostrad. (¡Cielos! ¿Si delira mi imaginación, o finge sombras en la fantasía aquella infeliz memoria que me atormenta continua?) (Veré si entendió que fue darle ocasión a que escriba.) Lee para sí. (¡Oh, quién dentro de su pecho se hallara al mirar que lidian la admiración y la duda! Viera si es piedad o es ira la turbación que ha mostrado.) (Solamente al papel fía la respuesta de la carta.) (¿Si se ha engañado mi vista?) (¿Si será pesar o gozo?) (La risa, pues, vuelva fingida a desmentir el dolor.) Flora, en esa galería que sobre el cenador cae, ve a poner la escribanía. Y haz que la música cante entretanto que yo escriba. Vase Flora. Tú por aquí te divierte; y perdona, por tu vida, que está detenido el propio que mi hermano al Conde envía. Buena está la carta, César… (¿César dijo? ¡Ay de mi vida!) Yo quisiera... (¡Ay de mi muerte!) … pero permitid que os diga ... ¿Qué, señora? ...que aunque está discreta, no está entendida. Vase riéndose. (De la risa y del enojo perdone agora el enigma, que hay otro que aflige más.) (¡Cielo, tu piedad permita que me desengañe!) (¡Cielo, tu favor, si fue, me diga su suspensión, gusto o pena!) (Mas, ¿cómo que lo consiga será posible, si al verle...) (Mas ¿cómo que lo distinga fácil será, si al mirarla...) (…alegre de ver que viva…) (…de ver que dude, suspenso...) (... y triste de que le aflijan... (…y absorto de que la turben…) (...contra las finezas mías...) (...en favor de sus crueldades...) (... las aparentes noticias,…) (...los conocidos agravios,...) (...el aliento se retira…) (…el corazón se estremece...) (…y perturbada la vista ) (…y fallecido el discurso. ) (...ni el labio, ¡ay de mí!, respira ) (...ni la voz, ¡ay de mí!, alienta ) (…y en tal lucha ) (…y en tal riña ) (...de sentidos ) ( de potencias…) (...de ideas ) (…de fantasías ) (...todo es ansia ) (...todo es pena ) ( todo pasmo…) (...todo grima ) (…todo asombro…) (…todo espanto. ) ( todo duda y nada dicha.) Si por ventura algún día sonó en tus orejas bien de mi muerte el parabién –que no dudo que sí haría–, perdona la grosería de vivir; y no ofendida permite, hermoso homicida, si otro el parabién te dio de mi muerte, darte yo el pésame de mi vida. No vivo de desleal porque vivo o porque quiero vivir, sino porque muero a manos de mejor mal, no muriendo. Bien de igual razón la razón se alcanza; pues libre de una venganza, quise asentar que no es bien morir de otro achaque quien no murió de tu mudanza. Si te ofende el ver que no mi muerte ella facilita, quéjate de Margarita, que es quien la vida me dio y quien aquí me llamó para que, al verla y al verte, equivocada mi suerte, dude cuál es mi homicida, pues debo a quien me da vida menos que a quien me da muerte. Pero yo lo enmendaré ausentándome de ti adonde el verme, ¡ay de mí!, otro susto no te dé; y así, persuadida a que fui una ilusión, tu crueldad vuelva a su felicidad; que como esa suspensión la hagas tú que sea ilusión, yo la haré que sea verdad. (Bien responderle quisiera, mas, ¡ay de mí!, que no sé quién me escucha o quién me ve; y así mi temor espera sólo hablar desta manera.) Vase llorando. Lágrimas dando en despojos, albricias siempre de enojos, sin responderme volvió la espalda y sólo me habló con el pañuelo en los ojos. Ya en dos enigmas ignora el alma de cuál se fíe: de Margarita, que ríe; o Serafina, que llora. Mas perdone aquél agora, que éste es en mi afecto injusto. La música dentro. Acción lograda en el susto… Acción lograda en el susto… …que recatas el intento… …que recatas el intento… …di, pues lloras mi contento, si murió para mí el gusto. …di, pues lloras mi contento, si murió para mí el gusto. Sin duda que por mí, sí, letra y tono se escribió; pues tan al alma me habló de lo que pasa por mí. Sale Serafina. (A nadie en todo esto vi, conque a hablarle me resuelvo; y así en busca suya vuelvo.) (¡Ea, discurso! Veamos si alguna duda salvamos de tantas como revuelvo.) Lágrimas dicen rigor. Lástima dicen también. Luego pueden ser desdén. Luego pueden ser favor. ¿Quién lo dice? Mi dolor. Que él me lo diga no es justo; que el susto de tu disgusto deshace esa presunción y es fuerza ser cruel acción… …acción lograda en el susto. El mío, no del espanto de ver que vivas nació, que muchas veces se vio dueño del placer el llanto; el pesar de mirar cuánto contra mí tu sentimiento razón tiene, lloro y siento. Pues si a ese intento le aplicas, ¿por qué tan cruel le publicas ... ...que recatas el intento? Porque aunque razón mi acción tiene, temerosa sale; y a quien la razón no vale, ¿qué vale tener razón? Llora. Mi contento a esta ocasión fue verte; pues, ¿cómo, atento a tu llanto, haré argumento, si te veo de ansias llena, de que no reirás mi pena,… ...di, pues lloras mi contento? Creyendo que esta pasión durará en mí hasta que sea tan dichosa que en ti vea lograr mi satisfacción. ¿Puede haberla a una traición tan grande? Sí. Intento injusto. ¿Quien no la oye en su disgusto? Quien vea que no es error vivir para ti el temor… ...si murió para mí el gusto ... dentro. ¡Flora! Margarita bella vuelve. ¿Y la satisfacción? Yo buscaré otra ocasión; no te ausentes tú hasta vella. Claro está. ¡Oh hado… ¡Oh estrella… …siempre fiera! …siempre injusto! ¡Oh acción lograda en el susto, que recatas el intento, di, pues lloras mi contento, si murió para mí el gusto! Segunda Jornada Salen César, Carlos y Capricho. Que salierais esperaba deste jardín a la puerta... Ya prevenidas están las postas y las maletas... ...porque hasta acabar de oíros el alma estará suspensa. ...porque no vivo hasta ver qué nos pasa en otra tierra. Pues para que de una vez se empiecen ambas respuestas,ve tú, las postas despide; y vos, inferid de aquesta novedad... ¿Qué? ...que ya hay otra que añadir a la novela. De gusto debe de ser, según el semblante muestra. Mira hacia el mío y verás que no es sino de pena. ¿Por qué? Pues, ¿hubiera cosacomo, dejando grandezas, honras y favores, irnos donde con la primera selva vuelvan a darnos con algo? Capricho, locuras deja… Dejaré de ser Capricho. ...y haz lo que mando. ¿Qué esperas? Las postas despide y quita la ropa que tenías puesta. Veré a qué hora me lo mandas para saber, cuando vuelvas a mandarme lo contrario, cuánto en las intercadencias deste frenesí te dura el crecimiento en la testa. Vase. Ya estáis solo; proseguid. ¿En qué quedamos? Apenas nombrados el Conde y vos, la espalda... Ya se me acuerda: ...volví –seguro de que, aunque a la mira estuviera, no podía presumir que era de cobarde aquella falsa, crüel, enemiga– cuando, al verme tan sin fuerzas contra un poderoso airado de que un criado le hiera a su lado y de que ame a quien –sin que lo supiera ni imaginara hasta entonces– él amaba, juzgué cuerda acción, volviendo la espalda, ausentarme tan apriesa que, sin volver a su calle ni hablarla, ¡ay de mí!, ni verla, desde en casa de un amigo, antes que el alba amanezca, temiendo que el día me hallase, me ausenté la noche mesma. Él, que sin duda tendría espías que le dijeran mi fuga, tomó los pasos, mandando que tras mí vengan; y aunque es verdad que el que huye desigual ventaja lleva al que sigue, como yo salí con tanta presteza, sin prevención, fue preciso que a dos jornadas hiciera tiempo a que aquese criado me alcanzara con las letras que aquel amigo que dije prevenir pudo. Con esta dilación, solo y no aprisa, me alcanzaron, de manera que al atravesar los montes de Gascuña –porque era mi intento pasarme a España–, en una inculta maleza, cuatro hombres de a caballo, todos con sus bandoleras, carabinas y pistolas, me embisten; y aunque cubiertas las caras, bien conocí alguno dellos quién era. En fin, en defensa puesto, si para cuatro hay defensa, pude mantenerme un rato, hasta que, el tino sin rienda, el estribo sin noticia, pasé del fuste a la tierra tan desangrado y herido que, fallecidas las fuerzas, los sentidos perturbados, impedidas las potencias, no puedo decir agora, por más que acordarme quiera, qué me pasó desde aquí; y así, tímida lo deja la voz al efeto, pues él mejor que yo lo cuenta. De ahí adelante mejor lo sé yo que vos, pues bella Margarita, que a cobrar un halcón dejó la selva, por lo intrincado del monte os halló; lo que ahora resta es saber, pues ya sé esotro, ¿qué causa puede haber nueva, César, de un instante acá que la jornada, dispuesta con tantas razones como tenéis para haber de hacerla, os embarace? ¿No os dije, si bien ahora se os acuerda, que estaba en Bearne la causa; y que yo os agradeciera que adelantárades, Carlos, no sé qué malicia vuestra escusándome el decirla la lisonja del saberla? Sí. Pues si sabéis que aquí está, sabed... ¿Qué? ...que verla he podido en ese instante; y aun... Decid. …hablar con ella, en cuyo pequeño espacio –después que al verme, suspensa, no supe determinar si ciertas lágrimas tiernas eran neutrales albricias de que viva u de que muera– satisfacerme ha ofrecido diciendo que a tantas quejas disculpa tiene que darme; y así, aunque todo se pierda –que Roberto me conozca; que el Duque que no soy, sepa, César sino Ludovico; que el Conde a este tiempo venga; y todos, en fin, de mí o se venguen o se ofendan–, importa menos que no irme sin saber cuál sea la satisfacción que dice que quiere darme, aunque mienta. ¿De qué suspenso quedáis? De que son tales las señas, César, que dejar no puedo de saber, aunque no quiera saberlo, quién es la dama. Pues porque a vuestra sospecha no debáis más que a mi voz, Serafina es. ¡Quién pudiera ni haberlo adivinado antes ni escuchado agora! Sale Celio, escudero vejete. Sepa cuál de ustedes, caballeros, es el que se llama César; que un hombre me dijo allí que el uno de los dos era. Yo soy; ¿qué queréis? ¡Jesús mil veces! ¡Celio! Detenga los brazos usted, señor galán fantasma; y advierta que no ha menester conmigo hacer nuevas diligencias de alma en pena; que pues yo amante le vi en mi tierra, claro está que, siendo amante, había de ser alma en pena; y así, escusado es agora el gasto de la apariencia. No, Celio, el verme os espante; que aquella pasada nueva que de mi muerte corrió fue falsa. Pues la mía es cierta. Sosegad; ¿qué queréis? Ya sabe usted que, de la puerta del cuarto de las mujeres de Serafina, estafeta soy que cada día va y viene con dos mil impertinencias. Ya sé quién sois; ¿eso había de ignorar? Pues una dellas, pienso que Estela se llama. Nunca yo conocí a Estela. Mandando que a César busque, me dio aqueste papel. Venga, que yo soy; y así me habéis ya de llamar. Cúyo sea veré. La letra conozco. ¡Y cómo, cielos, que es ella!; que aunque siempre la vi escrita, siempre la conservé impresa. ¿Es posible, amor, fortuna, cielo, sol, luna y estrellas, que vuelva a ver en mis manos de Serafina la letra y no dé el alma en albricias? Mejor fuera una cadena, que es alhaja de fantasmas. Perdonad, Carlos, que lea. A quien lo puede tomar, escusada es la licencia. (En buen empeño me hallo, criado y amigo; mas esta duda quiere más espacio.) No sé cómo os encarezca mi dicha, Carlos, si no es que lo diga ella mesma. Lee. “Apenas llegué a mi casa, cuando reconocí un balcón, que por la cercanía de palacio, cae a su terrero. Por él podré daros esta noche la satisfacción que os he ofrecido. La seña será cantar una criada. Dios os guarde.” Esto me escribe; y pues sólo a vos, Carlos, lo dijera, ved lo que importa y adiós. A Celio. Venid vos por la respuesta; y diréisme en el camino, cómo ya no es la tercera de aquestos papeles Nise. Como a Nise tienen presa en un oscuro aposento, sin que sol ni luna vea. ¿Quién? Serafina y su padre; tanto que, para traerla a Bearne, la mandaron poner en una litera, sola, cerrada y con guardas. ¿A qué fin? No hay quien lo entienda. Ni yo en entenderlo quiero gastar ahora tiempo. Bella luciente antorcha del día, si de que amaste te acuerdas, compadécete a mi ruego y el curso a tu edad abrevia, pues está en que espire un sol el que otro sol amanezca. Vanse. En buen empeño me hallo –a engarzar ahora vuelva con la soledad la duda–, criado y amigo, entre César y el Duque, de dos secretos dueño; aunque mejor dijera de uno, puesto que los dos corren una línea mesma. El Duque fía de mí el que a Serafina bella ama rendido y al mismo tiempo me manda que sepa de las tristezas la causa de César. Voy a saberla y, fiándola de mí, hallo que de sus tristezas es la causa Serafina; y aunque hasta aquí sólo fuera bastante el empeño, no para aquí. El Duque me ordena que lo que César me diga le diga yo; él me encomienda que lo que me dice calle; de suerte que, en competencia el precepto de que hable con la ley de que enmudezca, o mal criado o mal amigo han de dejarme por fuerza; porque si le cuento al Duque lo que a mí César me cuenta –quién es y que Serafina es la causa de sus penas– con el Duque descompongo la gracia; pues cosa es cierta que los celos y el engaño uno estrañe y otro sienta. Si se lo callo y encubro, no cumplo con la obediencia; y toca en fidelidad el que yo a mi dueño mienta. Pues vea aquí de qué otro modo prevenir el daño quiera. Diciéndole a César que el Duque servir intenta a Serafina, que deje atrevidas competencias, rompo el secreto del Duque y, sin que el aviso tema –que no está a tiempo, según lo que esta dama le cuesta–, incurro en la necedad del amigo que aconseja a quien sabe que el consejo le aflige y no le remedia. Si no se lo digo, dejo abierta al riesgo la puerta de que otro segundo lance con el Duque le acontezca, como con el Conde; y es de mi obligación bajeza estarme a la mira yo de que un empeño suceda y, siendo capaz del daño, no ser capaz de la enmienda. Luego decirle a uno ni otro, de ninguno es convenencia; ni convenencia callarlo a uno ni a otro. ¿Cómo hubiera medio que, cumpliendo yo con dos tan precisas deudas, como criado y amigo, ni el decirlo les ofenda ni el callarlo les empeñe? No sé a lo que me resuelva. Sale el Duque con un papel. Carlos. Señor. A buscarte vengo con dos diligencias: una, enseñarte un papel que hoy a Serafina bella escribo; y otra, a saber qué te ha pasado con César. Y pues el papel agora espacio da, hasta que venga un hombre que ha de llevarle –entre no sé qué preseas de joyas, puntas y guantes, fingiendo que va a venderlas–, cuéntame lo que él te ha dicho para que el tiempo entretenga. ¿Hablástele? Sí, señor. ¿Díjote qué causa mueva sus grandes melancolías? Sí, señor. Pues, ¿a qué esperas,cuando estoy para aliviarlas deseoso de saberlas? ¿Ahora suspiras? ¿Qué es esto? Habla. ¿Qué hay que te enmudezca? No saber cómo decir lo que decir no quisiera; ni cómo callar, señor, lo que por la razón mesma tampoco quisiera callar. ¿Qué hay que hablar y callar temáis? Ser noble, ser criado tuyo y ser su amigo. ¿Qué emblemas, qué cifras, qué enigmas, qué contraditorias son éstas? ¿Por noble, criado y amigo callas? ¿Cómo, sin que adviertas que lo noble de criado desluces en que me tengas con igual duda; y lo noble de amigo, en que le difieras el alivio, si es que puedo dársele yo? De manera que, como tú puedas darle, ¿le darás? Como yo pueda, ya he dicho que sí; porque entrando, al ver sus tragedias, por la lástima el cariño y pasando a la sospecha de qué es de lo que dice –a que se añaden las prendas de su ingenio y su valor y sobre todo una estrella que, predominante en mí, inclina, ya que no fuerza–, claro está que he de desear su salud. Pues considera que no, como decir suele quien facilitar desea alguna cosa, que dice: “En tu mano está”, lo entiendas; porque está materialmente en tu mano el que él la tenga. ¿Materialmente en mi mano? Sí. ¿Cómo? Como está en ellaese papel. Harto has dicho. Pues más que decir me queda; y yérrelo o no, señor, por lo menos me consuela, cuando el efeto sea malo, el que la intención es buena; y, pues en un laberinto, donde perdidos se encuentran el discurso y la razón, me da tu piedad la senda diciéndome que su alivio de tus noticias dependa y de fiar de ti lo que él fía de mí, que no es bajeza, acudiendo al menor daño, hacer que el mayor no venga. Mucho me das que pensar; no, pues, pendiente me tengas. Habla, ya, por Dios. ¿Me ofreces que pasarás por fineza el error, si es error? Sí. Pues escucha. Pues empieza, sin que me reserves nada. Contaré cuanto él me cuenta. César no es César, señor, ni Orleans su patria; su tierra es Montpellier y su nombre, Ludovico. Aguarda, espera, que viene hacia aquí mi hermana; y no quiero que suspenda ningún acaso suceso tan estraño que ya entra haciendo novedad. Ven conmigo, Carlos, sin verla, por aqueste jardín. Otra y otras mil veces protestan mi amistad y mi lealtad que, si lo yerran, lo yerran con buena intención. Vanse los dos y salen Margarita y Flora. ¡Oh, cuánto estimo que no me vea mi hermano, porque no estorbe volver al antiguo tema de aquel sentimiento, Flora, contigo, hablándole en esta soledad! ¿Qué sentimiento agora hay que te entristezca? ¿Qué mayor que haber sabido que César huyendo venga de un poderoso por celos de una dama; y que no sean verdad ni nombre ni patria? Mal de uno ni otro te quejas, que haber amado antes de ahora no es culpa; y callar quién sea tampoco es, señora, engaño, supuesto que es convenencia al resguardo de su vida. Y no entenderme las señas de la carta, del enojo y de la risa, ¿no es muestra de que tenga la atención quizá en otra parte puesta? Volveré a decir aquello de que distancias inmensas no fácilmente se miden. Dices bien; y nada fuera peor que, siendo quien soy, Flora, esta inútil pasión necia se alimentara de algo; y así, puesto que el tenerla no fue en mi mano y lo es el solicitar vencerla, en tu vida me has de ver que te vuelvo a hablar en ella; que quien no puede dejar de sentir, por ser quien sea, basta callar. El mejor acuerdo será. Sale Capricho. Ya quedan las postas... (Mas, ¿con quién hablo? ¡Qué notable inadvertencia, pensar que todavía aquí donde le dejé estuviera mi amo!) Oíd, esperad. ¿Por qué os volvéis con tanta priesa? Porque aunque en Francia se usan más esparcidas llanezas que en España y los prosistas tienen poéticas licencias para hablar con las madamas, con todo eso, no quisiera, usando mal del estilo, que a algún crítico parezca que es acción “male morata” contigo hablar. ¿No te acuerdas de que yo misma te dije que a verme, Capricho, vuelvas? Ya volví. Más puntual que el mismo reloj; mas era estando aquí Serafina y no quise hablarla y verla. ¿Por qué? Yo me sé el porqué. Luego, ¿conocías, espera, tú a Serafina antes de ahora? Tanto que, aunque me la dieran por un real, no la comprara; y a Dios, señora, pluguiera no la conociera tanto. ¿Cómo? (¡Mal haya mi lengua!) El cómo no sé; mas sé que, dando al jardín la vuelta, la vi contigo y no quise que ella conmigo me viera. Pues, ¿qué causa puede haber que a ti te retire della? El que allá en Orleans tuvimos los dos no sé qué pendencia. Pues, ¿ella ha estado en Orleans? No ha estado, pero pudiera. La causa fue cierta Nise,… (¡No te adelantes, sospecha!) ...una criada... Está bien;y dejando esa materia, ¿qué era aquello de las postas que veníais diciendo? Era que ya estaban despedidas. Pues, ¿quién había de ir en ellas? Mi amo. ¿Tu amo? Sí, señora,que quiso hacer de aquí ausencia. ¿Por qué? Por no verla, pienso. ¿Por no verla? Tanto apreciamis disgustos. Y el no irse, ¿por qué es? Pienso que por verla. ¿Por verla y no verla? No me apures; que si me dieras más relojes que hay en todo palacio, en torres, en mesas, en escaparates, muelles, bolsillos y faldriqueras, y éstos, en vez de dar cuartos, diesen reales, no dijera que Serafina es la causa de que mi amo huyendo venga del conde de Montpellier; y que todas sus tragedias, sus destierros, sus heridas, sus disfraces, sus cautelas, son Serafina y el Conde; porque en llegando a materias tan graves, no hay interés que, aunque me ladee, me tuerza; y pues no lo he de decir, no me apures la paciencia. A Flora. (¿De qué sirve, ¡ay, infelice!, Flora, que callar ofrezca, si doblados los agravios todo lo que olvido acuerdan? ¿No bastaba Serafina darme el disgusto con César sino también con el Conde, a quien por esposo espera –sin mi elección– mi desdicha?) Sale César. (Ya di a Celio la respuesta; y porque espero la noche, nunca con mayor pereza corrió el día. ¿Si se olvida que es hora de que anochezca? Pero aquí está Margarita.) A Margarita. (Allí, señora, está César.) A Flora. (¡Quién pudiera callar, Flora!) (¡Quién disimular pudiera!) (¡Quién, por si algo se desliza, de aquí estuviera a mil leguas!) A Flora. (Mas, puesto que no es posible, partamos la diferencia callando agora y hablando después; que no es justo tenga la falsedad de que a todos nos engaña sin que sepa que sabemos sus engaños.) Yo tengo una diligencia que sólo a vuestro cuidado mi cuidado fiara, César. Ya sabéis cuánto obediente estoy a las plantas vuestras. ¿Qué mandáis? No es tiempo agora; Flora os lo dirá a una reja del terrero aquesta noche. No faltes de él; y la seña será cantar en mi cuarto. Vanse las dos. ¿A quién, cielos, sucediera que dos dichas embaracen y no embaracen mil penas? Pero bien que en un espacio están las dos y pudiera ser hacer tiempo la una a la otra –crüel estrella, no sólo opuesta en las ansias, mas en las dichas opuesta– dejando que Margarita siempre en mi estimación tenga primero lugar. ¿Será posible, ¡ay de mí!, que pueda dar Serafina disculpa a tan declarada ofensa? Pero no desconfiemos, amor; o mentira sea o verdad, que venga basta, sin ver el traje en que venga. ¡Oh qué largo es hoy el día! ¿Qué hora será? Seis y media. Mientes. No es posible quereloj tan pintado mienta. Si ves que ya el sol declina, ¿cómo puede ser que sean las seis y media no más? El sol ha errado la cuenta; porque o decline o conjugue, u haga lo que le parezca, él puede engañarse y éste no puede. Bueno es que quieras pensar que él anda mejor que el sol. Pues, ¿quién no lo piensa de su reloj? Ahora bien, pues que tanto espacio resta de aquí a las diez y allí el Duque viene, verele en respuesta del cuidado de enviar tantas amorosas quejas con Carlos de mis retiros. ¡Señor, por Dios, que te duelas de mí! ¿Qué quiere ser esto de irte y quedarte? Que bella Serafina aquesta noche... ¿Qué? ...para darme, me espera, satisfacción a mis ansias. Huélgome, por si pudiera yo también hablar a Nise. No podrás, que a Nise presa dicen que tienen sus amos. ¿La causa? No hay quien la sepa. Vamos, que se aleja el Duque. Vanse. Salen el Duque y Carlos. Notables cosas me cuentas. Pues, señor, cosas notables notables efetos tengan. Él no pudo adivinar en su patria y en tu ausencia que Serafina podía inclinarte nunca; fuera de que tú estás al principio de una voluntad tan tierna que la puedes arrancar fácilmente antes que crezca. La suya tiene raíces tan asidas en la tierra que, sin destruir el tronco, no es posible desprenderlas. En tu casa le albergaste y no es bien que encuentre en ella el peligro de que huye. Muévante tantas deshechas fortunas y, pues le diste puerto, no al golfo le vuelvas, que no es abrigo la orilla si hay en la orilla tormenta. Esto de amar el señor y el criado una belleza siempre para en que desista generosa la grandeza; pues empiécese esta farsa por donde ha de acabar. Cesa, Carlos; y no tus razones más que me obliguen me ofendan. Pues, ¿qué ofensa…? Presumir que yo necesito dellas. La del ser quien soy me basta para que hacer no pretenda pesar a un criado a quien estimo; y porque lo veas si soy quien soy, este roto papel te dé la respuesta. Mil veces tus pies... Levanta; y sola una cosa piensa de todas las que me has dicho que siento y que no quisiera haber sabido. Será, sin duda, que el Conde sea de sus fortunas la causa. Antes he estimado ésa. Paréceme que podré con el Conde componerlas el día que, de otra suerte que hoy está, a mi corte venga. ¿Es que fingió patria y nombre? Tampoco, que fue advertencia recatarse de enemigo tan poderoso. Cuál sea no sé. Haberme dicho, Carlos, que aquesta noche le espera Serafina para darle satisfacción de sus quejas. Pues, ¿por qué? Porque una noble acción, generosa y cuerda, no necesita de más premio de hacerla que hacerla; pero una acción consentida en la indignidad es fuerza que, ajando la estimación, el escrúpulo mantenga. Que yo mirase una dama con rendido afecto, que ésta tenga anticipado empeño, que mi obligación atenta deje –al oírlo– la esperanza en manos de la prudencia, vaya; pero que sabiendo yo que va su amante a verla y, cómplice de mis celos, voluntario los consienta, generosidad será, mas generosidad necia; y tanto que casi frisa en especie de bajeza. Corra César su fortuna, ame, olvide, goce o sienta, cuando no lo sepa yo; pero cuando yo lo sepa es mucho domeñar, Carlos, los celos. Para fineza, basta callar sin que pase a consentir. Mas él llega. Salen César y Capricho. Dame, gran señor, tu mano Al Duque. (Disimula.) ¿Cómo, César,te sientes? Mejor, señor,desde que un favor... (¡Qué pena!) ...tan grande como deber memorias a tus finezas ha sido todo mi alivio. Huélgome de que le tengas, que está el despacho atrasado estos días y quisiera, pues que te sientes mejor, firmarle. Ya vuelvo; espera en mi cuarto y de él no salgas. Yo, señor... No, no pretendas escusarte; que, si acaso cansar en cosas tan serias, irás conmigo después donde fatiga y molestia de ocupación y salud, paseándonos, se divierta; que tengo gana esta noche de dar a la ciudad vuelta. Espérame aquí. Vase el Duque. ¿Qué es esto,Carlos? ¿Qué queréis que sea? Llegar a ocasión que el Duque decía que quería ir fuera y querer que con él vais; y la culpa ha sido vuestra, pues, habiendo tantos días que de él habéis hecho ausencia, os dio gana de venir a la hora que os esperan; pues el papel a la diez dice y son las nueve o cerca. Este pícaro, este infame me engañó, que dijo que era más temprano; conque yo, sin presumir que pudiera esto sucederme, quise ver al Duque, porque hiciera la obligación tiempo al gusto. Otra vez y otras ochenta vuelvo a decir que no son, señor, más que seis y media. ¿No ves cerrada la noche? ¿No ves tú la tapa abierta del infalible y que no puede ser más? A ver, muestra. ¿Cómo han de ser más, si está parado el reloj, sin cuerda? Vase. ¿Qué llama sin cuerda usted y parado? ¡Oh, cruel estrella! ¡Vive el Señor, que el tris tris no se le oye! Si no viera que eres loco, ¡vive Dios, que había…! Mas ello es fuerza, no sólo sufrirte, pero valerme de ti. ¿Qué intentas? Que al terrero de palacio vayas y decir pretendas a Serafina, ¡ay de mí!, que estará en un balcón puesta, siendo una sonora voz, para que llegues, la seña... ¿Y tendrá remedio esto de que a andar otra vez vuelva? ¡Oh, mal hayas tú y mal haya mi infelice suerte adversa que necesita de ti! ¿Qué la he de decir? Que aquesta noche no la puedo ver, que me perdone; y que crea que, hasta escucharla, no vivo; y esto mismo, que a otra reja la hallarás, dirás a Flora. Yo iré, aunque nada consuela mi dolor ver a dos locas cuando me falta una cuerda. Mira que de Nise nada digas, ni te des con ella por entendido. No haré; que, aunque yo solía quererla, es que no tenían de qué cuidar entonces mis penas; pero en tiniendo reloj, ¿quién de su dama se acuerda? Vanse. Salen Serafina, Nise y Estela a la ventana. Feliz yo, ya que ofendida de mí, señora, te ves, si el llamarme agora es para quitarme la vida. No esperes de mí piedad tan grande como quitarte la vida, que fuera darte barata la libertad muriendo de una vez; no quiero sino que conmigo vayas para ser testigo de que nunca pude yo ser cómplice en tus engaños. Estela, al balcón con ella sube y vuelve luego. (¡Oh, estrella! ¿cuándo tan continuos daños cesarán? Menos crüel fui con Ludovico yo que él conmigo, que él murió por mí, y yo vivo por él muriendo.) Vanse. Gracias, fortuna; que ya el trémulo arrebol dejó el imperio del sol al arbitrio de la luna, si bien su pálida sombra perezosamente vuela de ver que una vez consuela de cuantas veces asombra. Un cortesano decía discretamente que quien vivía a vista de algún bien siglos por horas vivía; y es verdad, pues nadie alcanza hacer más largo el empleo de la vida que un deseo en manos de una esperanza. Sale Estela. Contenta, señora, estás. ¿No he de estarlo, si después de tantas penas me ves con venturas que jamás pude esperar cuando advierto que, a costa de aquel esquivo dolor, vengo a encontrar vivo a quien he llorado muerto? Tanto a Ludovico amé que, al ver que sin él vivía, yo mil veces me decía: “Miente mi traidora fe, miente mi pena cruel, porque no es posible, no, puesto que estoy viva yo, que deje de estarlo él”. Mira si salió verdad; pues hoy le vi y hoy le espero donde a su estado primero vuelva mi felicidad, si satisfago sus celos; y sí haré, que es la razón la mejor satisfacción; y más cuando mis desvelos tienen guardado el testigo que, aunque no pude inferir que me pudiera servir con él, bastó que conmigo tal sirviese su tormento de venganza. Y pues agora no importa lo que no ignora, Estela, tu pensamiento; y todo lo significo con que tan dichosa soy que ausente del Conde estoy donde vive Ludovico, baja a ver si recogido mi padre está. Ya lo vi antes que subiera aquí y está acostado y dormido. El instrumento al balcón tray, que tu voz ha de ser imán que le ha de atraer. Ya yo estoy en tu intención, que es que quieres que, cantando, se desmienta la sospecha del hablar con la deshecha de que está como escuchando la música. Es la verdad, que contra mí, claro es, que no habrá sospecha; pues la misma publicidad me asegura, siendo así, que cantando tú, él parado, se hará descuido el cuidado. Vanse. Salen Fabio, Libio y el Conde, de noche. ¿A eso te resuelves? Sí; que aunque le dije a Roberto que en su familia quería ver la curiosidad mía a Margarita, lo cierto es que Serafina fue la que me trujo tras sí; y supuesto que ya aquí no puedo durar, porque por estar de día encerrado –a causa de haber temido ser de alguien conocido– y no lograr mi cuidado –pues Serafina no deja ver su beldad soberana–, habiéndome de ir mañana, quiero esta noche a esta reja decir cuánto mi pasión ha de sentir su destierro. Quizá se ablandará un hierro primero que un corazón. Si ella a Ludovico amaba, con quien casar pretendía; y si, viéndola tú un día que él ausente della estaba, sus criadas solicitas y, al fin de varios desvelos, en venganza de tus celos la vida a su amante quitas, mandándome que le alcance y que la muerte le dé donde le encuentre, ¿de qué te quejas? ¿Es este lance para ponerle en olvido? No sé qué diga, ¡ay de mí! Salen Serafina y Estela a un balcón. Ya está el instrumento aquí. (En el balcón hacen ruido.) Tocan dentro. A Fabio. (Retírate, que cantar parece que quieren; no lo dejen por vernos.) (Yo, Al Conde. si hubiera de aconsejar a tu amor, pues que tan bella es Margarita...) A Fabio. (¡Ay de mí!, que el día que la vi, vi a Serafina con ella.) Canta, Estela, a ver si alcanza mi esperanza en tu veloz eco alivio. En otro balcón, Margarita y Flora. Dé tu voz, Flora, al aire mi esperanza. Tocan dentro. A Fabio. (A estotra parte también otro instrumento se oyó.) Al Conde. (Quizá el eco respondió.) A Fabio. (No suena el eco tan bien.) Canta. Si digo mi pena airada, Clori se muestra enojada. Canta. Y si la tengo escondida, no se da por entendida. Canta. ¿Qué he de hacer en favor de mi pesar? Canta. Hablar. Canta. Callar. Canta. No puede ser... Canta. No puede ser... Cantan que es en mí culpa el hablar y culpa el enmudecer. Al Conde. (Parece que han convenido entrambos tonos.) A Fabio. (¿No ves que es fácil ser uno, si es tono que anda introducido?) A lo lejos se ha escuchado otra voz. ¿Has oído, Flora, otro instrumento que agora en otra parte ha sonado? Sí, le he oído; pero, ¿qué te embaraza? Nada a mí. Prosigue. ¿Canto más? Sí. A Fabio. (Si osaré llegar no sé, a ver quién en el balcón, más que la que canta, está.) Sale Capricho. (Pues se oyen las voces ya, yo llego a buena ocasión.) Canta. Si digo a Clori mi pena, desdeñosa se desvía. Canta. Y yendo a ella como mía, a mí vuelve como ajena. Canta. Si callo, de rigor llena, mi mal no quiere entender. Canta. ¿Qué he de hacer en favor de mi pesar? Canta. Hablar. Canta. Callar. Canta. No puede ser... Canta. No puede ser... Cantan que es en mí culpa el hablar y culpa el enmudecer. A Fabio. (Un hombre se ha adelantado, Fabio; que hice mal, infiero, en no llegar yo primero.) Al Conde. (Ya es fuerza que retirado esperes.) Un hombre viene hacia aquí. Sin duda es Ludovico. Canta, pues ahora es cuando más conviene desmentir la voz. Pues no viene, aunque ya fuera hora, no dejes de cantar, Flora. ¿Sois vos? Claro que soy yo. Canta. Si digo mi pena airada, Clori se muestra enojada. Canta. Y si la tengo escondida, no se da por entendida. Porque si yo yo no fuera, yo, señora, no llegara… Si bien mi atención repara, no es él. …porque no pudiera, siendo yo otro, llegar yo. ¿Y quién sois, tan atrevido? Soy un Capricho, que ha oído a la voz que le encaprichó. ¿Capricho? Sí. Pues decid, ¿qué queréis? Hablaros quiero. Al Conde. (Con él hablan.) (Y yo muero A Fabio. de celos.) Pues proseguid. A Fabio (Nada oigo.) César, señora,que Ludovico solía ser, a deciros me envía que le perdonéis que agora no venga a veros, que tiene no sé qué cosas que hacer; que otra noche podrá ser venir, si no le detiene más gustosa ocupación. Decilde que es un grosero, villano y mal caballero; y que la satisfacción con que le esperé no era por él, no, sino por mí; y siendo tan vil que aquí vengar con desaires quiera pasadas quejas, crüel sabrá también mi opinión no dar la satisfacción ya ni por mí ni por él. Y, por fin, de mis enojos le decid que, aunque viniera, mejor a él que a vos le diera con la ventana en los ojos. Vase, cerrando la ventana. Yo voy muy bien despachado. A Fabio. (Aunque la voz no he entendido, bien de la ventana el ruido muestra que se han enfadado con el hombre que llegó.) Llevemos, aunque me ultraje, a Flora el otro mensaje. Al Conde. (La reja apenas dejó cuando a esotra parte va.) Un hombre viene hacia aquí. ¿Sois vos? Yo pienso que sí; vuesa merced lo verá. César, mi amo, dice que no puede esta noche oír lo que le queréis decir; que otro día, si se ve desocupado, vendrá. Deja, Flora, aquesa reja y para locos los deja a él y a su amo. Vanse cerrando. Bien hará, que no somos para más. Al Conde. (Lo mismo allí le ha pasado, pues la ventana han cerrado por no escucharle.) A Fabio. (Jamás hombre tanto me enfadó al ver que por él dejaron las músicas y cerraron. No será bueno que no se vaya aquesta osadía sin castigo.) Al Conde (¿Qué te va en eso a ti?) A Fabio. (Que quizá, si está alguien todavía en uno u otro balcón, se holgará ver castigado al que así las ha cansado; y esto es ya resolución.) Hidalgo, haber vuestro error ocasionado el despecho destas damas fue mal hecho. Pues hágalo usted mejor. Y quiero que vean que hay quien castiga esta demasía. Don Quijote no podía hacer más. Mas creed también los tres que el no responderos no es por no hacer alboroto. Pues, ¿por qué? Porque he hecho voto de no reñir en terreros con los hombres como vos. ¿Como yo? ¿Por qué? Porque me engaño u sois uno que riñe en medio de otros dos. Solo os sabré castigar. Retiraos. ¿Cómo podemos dejarte, señor, si vemos gente a esta parte llegar? Agradeced que allí a ver gente veo, que si no... Agradeced vos que yo tengo reloj que perder. De castigar vuestro error, tenía no poca gana. Pues decídmelo mañana en la quinta de Belflor, que en ella con el día espero. (Todo esto es dar tiempo a que la gente llegue.) Sí, haré. ¿Con qué seña, saber quiero, conoceré que sois vos? Yo, si el buscarme os empeña, con un pañuelo haré seña. ¡Que llegan! Adiós. Vanse. Adiós. El diablo que fuera allá y que alto agora no hablara viendo que hay gente. ¡Repara, traidor, que me vino ya la cólera y que no quiero dejarlo para mañana! Salen el Duque, Carlos y César. ¿Qué es esto? Reñir sin gana. ¿Con quién? Con un majadero, de otros dos acompañado, que aquí me llegó a embestir. ¿Qué es dellos? Los hice huir. Y vos, ¿quién sois? Un criado mío, señor, que es loco. Él fue el César, mas yo fui el que llegué, vi y vencí. Pues, ¿qué hubo? Todo fue poco. Oyendo cantar he estado dos divinas ruiseñoras –decir no puedo qué horas, porque está el reloj parado–, esperando que viniera mi señor contigo, cuando tres hombres, dando y tomando en si era yo o yo no era, me embisten de romanía. Tomo una puerta entreabierta... ¿Dónde en el terrero hay puerta? Supongamos que la había. Ya te he dicho que es un loco; no hagas de él caso, señor. Pues que ya el primer albor, confundiendo poco a poco vislumbres y sombras, va dando al día rosicler, César, vete a recoger. Carlos me desnudará. Ven, Carlos. (¡Otro pesar!) Al Duque. (Lástima, señor, me ha dado. ¡Cuál toda la noche ha estado!) (¿Qué quieres? Basta callar.) Vanse los dos. ¿Avisaste a Serafina? Y hubo aquello de grosero, villano y mal caballero; y por fin de la mohína con que sintió los enojos del desaire, cerró brava, diciendo que a entrambos daba con la ventana en los ojos. Por eso, mira si a ti te ha hecho mal, que a mí no sé hasta agora dónde fue el golpe. ¡Infeliz de mí!, que he perdido la ocasión que más pude haber deseado; y si a desaire ha juzgado faltar, la satisfacción jamás que espero dará. También me dijo algo deso. Y no paró aquí el suceso, que pasando a Flora, allá idem per idem, señor, iguales las quejas miden. ¿Cómo? Como, idem per idem, cerró con igual rigor. ¡Ay de mí, qué desdichado! En una noche he perdido, con la ley de agradecido, las señas de enamorado. Pero, espera; ¿no es aquél Celio, di, que con el día sale de su casa? Haría mal quien dudara que es él, viendo su mala figura. Sale Celio. ¡Que apenas el alba sea cuando empiece la tarea del torno! (Temor, apura lo que puedas de su enfado, que quizá Celio entendió algo de lo que pasó.) ¡Celio! Seáis bien hallado, que en verdad que me quitái sel trabajo de buscaros. Pues, ¿qué me queríades? Daros este papel. Que leáis dicen y no deis respuesta. Vase. (¿Cuál debe, ¡ay de mí!, de ser papel que no quiere ver lo que su estilo me cuesta? Turbado le abro; aunque ha sido vano al enojo el temor, que a amor siempre está mejor el enojo que el olvido.) Sale Carlos. (No se quiso recoger el Duque. Mucho el estremode que “baste callar” temo. Yo hice lo que debía hacer; obre agora la fortuna. Pero aquí todavía está César.) Pues, ¿no es hora ya, tras noche tan importuna, de estar recogido? No; y pues a tiempo llegáis que de mis penas sepáis el estado en que dejó tan penoso, tan crüel lance el dolor de que muero, sabed que ofendida... Pero mejor lo dirá el papel. Lee. “Persuadida mi señora a que la falta de anoche fue estar divertido en otra parte, se halla determinada a no satisfaceros. Pero yo, persuadida también a que en esto no la desagrado, os aviso que unas amigas por festejarla, recién venida, la llevan todo el día a la quinta de Belflor. Id a lo largo, haced una seña; y si os respondieren con otra, llegad donde, dando vos vuestras satisfacciones, podrá ser que oigáis las suyas.” Esto escribe una criada. Bien se ve que es el consejo de Serafina que quiere, sin duda, satisfaceros sin dar a torcer su enojo. Pues yo estoy, Carlos, resuelto a, sin que el Duque ni otro ninguno me vea, irme luego; que más vale que yo espere en la quinta; y más si veo, para gozar la mañana, ya el coche a su puerta puesto. Y Roberto de su casa sale. Retirarme quiero, dilatando cuanto pueda el lance, Carlos, de vernos. Ven Capricho. Vase. Aunque de paso, pues usted entiende desto de pararse los relojes, dígame, ¿tendrá remedio? Y muy fácil. ¿Cómo? Muestra. Así. Toma. ¡Vive el cielo, que sonecillo y bullicio me han vuelto el reloj al cuerpo! ¿Y cómo se hizo esto? Dando vuelta a este muelle, que eso es darle cuerda. No habrá hora, instante ni momento que no le dé cuerda porque él no me dé cordelejo. Vase. Sale Roberto. Señor don Carlos. Señor. Mucho de hallaros me huelgo. ¿Tenéis algo que mandarme? Pues que ser su amigo pienso, ¿quién es César, secretario del Duque? Que le deseo conocer, por las noticias que de su persona tengo. La obligación de buscaros es suya. No ha estado bueno. Yo le diré la merced que le hacéis. Decidme, os ruego,su casa. Agora de aquí se va. (Desvelarle intento.) Pienso que al cuarto del Duque. Entrad conmigo, que quiero me le deis a conocer; porque con tan buen tercero me tenga más por criado. Él siempre lo será vuestro. Mas venid. (No en otra parte le busque.) Sale el Duque. Carlos, Roberto. ¿Tan de mañana, señor, vestido ya? Nunca el sueño amigo fue del cuidado. No os vais, porque hablaros tengo. Tú, Carlos, oye. Hablan aparte. (En mi cuarto me dejaste... No lo quiero decir si contento o triste; pues de vencerme, contento; y triste de que me venzo. De mal resistido afecto conmigo luchaba a solas cuando, a una vidriera puesto, vi que con César estabas no sé qué papel leyendo. ¿Hay algo de nuevo?) Al Duque. (No, señor, me hagan tus preceptos, cuentos trayendo y llevando, malquisto con mi silencio. Mira que es muy mal oficio en palacio el chisme.) A Carlos. (Esto me has de decir; no otra cosa te preguntaré.) Al Duque. (Con eso… Antes que César saliera de la plaza del terrero, tuvo un papel en que dice una criada, fingiendo en Serafina el enojo y en sí el agradecimiento, que a la quinta de Belflor hoy va; que él vaya y haciendo una seña podrá ser que el campo le ofrezca medios on que ella, desenojada, le satisfaga.) Roberto. Señor. Aunque yo quería hablaros en el intento con que está el Conde en Bearne, importa no perder tiempo para otra cosa que corre más prisa. De paso puedo decirte que el Conde hoy ha partido, muy contento de haber visto a Margarita. Después hablaremos de eso. César, un criado mío,... No le conozco, mas tengo noticias de él. …ha tenidoun papel en que resuelto no sé qué contrario suyo,mío dijera más cierto, a la vista de Belflor le llama. Id allá, supuesto que como gobernador os toca impedir el duelo. Si le alcanzárades antes que riñan, prudente y cuerdo de él no os apartéis sin daros por entendido un momento; pero si a reñir hubieren llegado y de los aceros los trances dieren lugar, los traeréis a entrambos presos. Y, en fin, de cualquiera suerte, o riñendo o no riñendo, no dejéis un punto a César. Verás cómo te obedezco; porque aunque no le conozca, como he dicho, llevar puedo a quien me diga quién es. Pues no os detengáis; id presto. Vase Roberto. ¿Qué intentas, señor? Que en todo hoy no se aparte Roberto de César. Pues si... No, Carlos, pidas razón a los celos; y pues basta que el amor calle, conténtate; puesto que el amor puede callar en un generoso pecho, pero los celos no pueden. Vase. Yo haré que puedan, haciendo que no tengas otro aviso. Vase. Salen Serafina y Estela. Pues ya en la quinta nos vemos, sube, por si hace la seña, tú al mirador. Yo me quedo –para que hagamos mejor la deshecha en que no tengo noticia que le has llamado– como acaso en este ameno espacio donde me halle más al descuido. Dispuesto lo has lindamente; que, estando divididas, será cierto no pueda pensar que es tuya la industria. Vase. ¿Qué fuera, cielos, que tampoco ahora viniera, quizá porque en otro empleo tiene el alma, castigando con desaires y desprecios sus bien fundadas sospechas, mis mal merecidos celos? ¡Ay Ludovico!... Ruido oigo; aquí retirarme intento si es él, hasta que se acerque y haga la seña. Salen César y Capricho. Por presto que hemos llegado a la vista de Belflor, llegó primero la carroza que nosotros. Eso tienen los cocheros y los relojes, que andan si les dan cuerda. Yo quiero, por si Estela me responde, la seña hacer con un lienzo. Hace seña y sale en lo alto Estela. (Ya hizo la seña; con otra responderé.) Albricias, cielos,que de la quinta me llaman. (Pues ya entrambas señas veo, dejareme ver agora.) Ya aquesta vez, por lo menos, no embarazará mi dicha ningún acaso, supuesto que me llaman y que miro, si no me engaña el deseo, allí a Serafina hermosa. (Ya me ha visto.) Pues, ¿qué espero que no voy volando donde mi dicha…? Sale el Conde. Mucho me huelgode haber visto en vuestra seña la causa con que aquí vengo a buscaros. (Mas ¿qué miro?) Pues, ¿qué causa ...? (Mas ¿qué veo?) (¿Éste es mi desafiado? ¡Buena hacienda habemos hecho! ¡Y es el Conde! ¿Aquesto más?) (Absorto al mirarle quedo.) (Al verle quedo turbado.) (Hacia esta parte viniendo, un hombre le salió al paso; y así, a retirarme vuelvo.) ¿Cómo, traidor… ¿Vos, señor? ... aquí, cuando... (¿Quién vio empeño tan raro?) ...juzgo mi enojo vengado, vivo te encuentro? Como soy tan desdichado que, para morir, no muero. (¿Quién será éste, que al mirarse ambos quedaron suspensos?) (Esta vez, pues no se asusta el Conde de ver a un muerto al paso de la fantasma, echo por aquesos cerros.) Pues ya –sea como fuere no haber logrado mi intento y que con aquesa seña me has ofendido de nuevo... (Celos son de Serafina, pues con la seña le ofendo; sin duda por ella aquí disfrazado está.) ...diciendo que siempre riño entre dos–, saca la espada, que quiero que veas que riño solo. Pues, ¿cuándo yo he dicho eso? ¿No me lo dijiste anoche, cuando para aqueste puesto me desafiaste? No te entiendo. (Yo sí le entiendo; y porque no caiga en mí, me voy, dos veces huyendo.) Vase. ¿Yo, señor, desafiado? Pues, ¿supe yo que...? Dejemos razones. Saca la espada, que aquesa seña que has hecho, cuando otra causa no hubiera, bastaba. Ya yo lo veo; y si es la causa esta seña, perdona, que no hay respeto donde hay celos. Claro está. (¡Ay, infeliz! ¿Qué es aquello? La plática a las espadas pasó. Arrojareme en medio.) ¡Ludovico! Mas, ¡ay triste!, el Conde es. ¡Válgame el cielo! A buen tiempo, Serafina, llegaste; pues que con eso disculparás mi osadía. Antes llegaste a mal tiempo, pues culparás mi furor segunda vez. ¡Llegad presto! Salen Roberto y gente. (¡Mi padre, ay de mí infelice!) (¡Qué ansia!) (¡Qué temor!) ¿Qué es esto? ¿Vos, señor, con Ludovico, a quien juzgábamos muerto todos? ¿Y tú, Serafina, aquí? Las espadas viendo –que ya sabéis que a esta quinta hoy con tu licencia vengo–, salí, sin saber quién eran, neciamente presumiendo que embarazara sus iras la atención de mi respeto. Vete de aquí; y otra vez Vase Serafina. y otras mil decir vuelvo, ¿qué es esto? ¿Con Ludovico, a quien juzgábamos muerto, vos, señor? Él lo dirá, que yo ni puedo, ni quiero. Vase. ¿Vos, Ludovico,... Éste es César, a quien buscas. …otro empeño con el Conde? Él os lo diga que yo, aunque quiera, no puedo. Vase. Seguid a César vosotros; yo seguiré al Conde, puesto que como Justicia aquí de parte del Duque vengo. Vanse. ¡Oh, loca imaginación y qué de cosas revuelvo! ¿El Conde, que juzgué ausente, Ludovico, que por muerto tuve, en duelo tan reñido? ¿Serafina, ¡ay de mí!, en medio de los dos? ¿Nise encerrada? Pero, ¿qué discurro? ¡cielos!, que al honor basta callar mientras no halla otro remedio. Tercera Jornada Salen Margarita y Flora, por una puerta. No me digas, Flora, nada; que no hay estraño delito sin disculpa, sino sólo el de desagradecido. Diciéndole yo que tengo que fïarle en mi servicio y que tú se lo dirías, ¿ha de escusarse de oírlo y enviar a disculparse con un criado? No digo que hizo bien, pero hasta oírle... ¿Qué he de oírle? Si es preciso que la venida le haya de Serafina tenido quizá… (Pero, ¿cómo, cielos, hablo yo así? Afecto mío, mira que lo eres; no te arrojes; que sí permito que atormentes; no que hables; que no te doy más dominio de que a solas conmigo callen las voces y hablen los suspiros. Las mujeres como yo, ya que su estrella lo quiso, basta que sientan callando.) Salen el Duque y Carlos. ¿Qué les habrá sucedido, Carlos, a Roberto y César? Si a impedir un desafío que no hay, le envías, señor, claro es que lo que habrá habido será que, habiéndole hallado sin su contrario en el sitio, habrá estorbado le hable Serafina y, advertido de que no le ha de dejar, se le haya vuelto consigo. Éste fue el fin de mi intento. Difícil, señor, le miro de conseguir; que no puede, por más que vele continuo el cuidado, embarazar ocasiones que previno amor a un amante. Cuando yo no las sepa, no digo que no las logre; mas cuando las sé, ya el afecto indigno baste que con él, fino, callen las voces y hablen los suspiros. (Mi hermana está aquí; no entienda la plática.) A Margarita. (Al Duque he visto allí.) A Flora. (Disimula, Flora; no entienda lo que decimos.) Margarita. Señor. ¿Cómo tan desdeñosa conmigo, que apenas me miras? (Todos A Margarita. ven en tu semblante esquivo tu enojo. Finge, por Dios.) A Flora. (Harto callo y harto finjo.) No te espantes, que unos celos no son fáciles (¿qué digo?) de disimular. Pues, ¿tú tienes celos? A Margarita. (¿Qué le has dicho?) Sí, señor, que como eres hermano, amante y marido, es forzoso que de ti los tenga habiendo sabido que, desvelado, la noche has pasado hasta el día mismo fuera de palacio; y más si advierto que mi cariño, sabiendo que fuera estabas, cantar a mis rejas hizo porque llegaras a ellas y no te merecí. Estimo los celos y el agasajo. César, Carlos y yo fuimos paseando la ciudad sólo a fin de divertirnos. ¿Tú, Carlos, y César? Sí. La satisfacción admito con tanto gusto que quiero, en fe de que la recibo, pagártela con los brazos. Son de tu amor claro indicio. A Flora. (¡Y cómo que los son!) A Margarita. (Mira si hay disculpa a no haber ido.) A Flora. (Ya lo veo, y no sé, Flora, cómo el contento resisto.) (No sé cómo el cuidado saliera. Mas hasta oírlo,...) (Mas hasta hablarle,...) (…en mi pena pendiente,...) (...triste en mi alivio,...) (...sin razón,...) (...sin aviso,…) (...callen las voces.) (... hablen los suspiros.) Sale Roberto. Dame, gran señor, tus plantas. Seáis, Roberto, bienvenido. ¿Qué ha habido? Mucho, señor; que aunque no quiera, es precisoque lo diga. A Carlos. (Triste viene.) Al Duque. (¿Qué sería? ¿Haber sabido que el papel de Serafina era, o que la hubiera visto la seña haciendo o hablando?) A Carlos. (Tantas cosas imagino que ya por saberlas muero.) Hablad, pues, decid. ¿Qué ha habido? No os embarace mi hermana. Aunque quisiera, advertido, recatarlo a sus noticias, pasó con tantos testigos que no es posible. (¿Qué puede ser esto?) Pues bien, ¿qué ha sido? ¿Hallasteis a César? Antes que os diga que sí, advertirosconviene... De que no es César vais a decir. No indeciso eso os detenga. Es verdad, porque es, señor,… Ludovico. Su patria... No ha sido Orleans. No, que... Montpellier lo ha sido. También lo sé. (Ya el secreto salió del término mío.) (Ya es público lo que yo anoche le hubiera dicho.) En fin, proseguid. Por presto que llegué, señor, al sitio, ya con su enemigo estaba riñendo. ¿Con qué enemigo? Con el que sabíades vos que le había el papel escrito. Al Duque. (¿Si es Serafina y te habla con equívocos sentidos?) ¿Con su enemigo riñendo? Pues bien, ¿qué os ha suspendido? Pues, ¿no me enviasteis a eso? El no saber quién ha sido. (¡Ay!, entra mi turbación, que no quisiera decirlo.) Al Duque. (Ella es, sin duda.) (Pendiente me tiene el alma de un hilo.) ¿Quién, pues, su enemigo es? Hablad, decid. Federico, el conde de Montpellier, que aquí disfrazado vino (¡bueno me hallara yo agora si antes no os lo hubiera dicho!) con pretexto de adorar de Margarita el divino sol, anticipando amante las finezas de marido. (¿Qué escucho?) Debió de verle; y hallándole, señor, vivo –cuando él le juzgaba muerto allá en venganza o castigo de que una noche con él, no habiéndole conocido, ¿quién lo duda?, en una calle, riñendo, le dejó herido–, un criado le llamó a Belflor con el aviso del papel de que tuvistis noticia. En fin, como digo, desnudos ambos aceros y ambos esfuerzos vestidos de igual valor, igual saña, igual cólera, igual brío, a los dos hallé; y llegando con mi gente a despartirlos, a pesar de sus rencores, viendo ya el duelo impedido, se retiraron. La gente sigue, obediente a mi arbitrio, a Ludovico o a César, que ya es todo uno. Yo sigo al Conde, que en un caballo que tenía prevenido veloz parte sin que sea posible a nadie seguirlo. La que a César alcanzó le dice apenas: “¡Rendíos al Duque!” cuando al instante se dio a prisión; y conmigo, obedeciendo tu orden, preso a la ciudad se vino. Mira qué quieres que haga en empeño tan preciso como cumplir con el Conde, con él, señor, y conmigo, porque a mí sólo me toca obedecer tus designios. A Carlos. (En fin, Carlos, salió cierto el duelo que yo fingido había imaginado.) ¿Y dónde le dejasteis? Advertido de la estimación que de él hacéis, su sangre y su oficio, a mi casa le llevé, donde en un cuarto, del mío distante, con un crïado cerrado queda. (¿Qué he oído? ¿En su casa, cielos?) (¡Cielos! ¡En su casa!) (Mas, ¿qué digo...) (Mas, ¿qué hago...) (...si es forzoso, ¡ay, infeliz!,…) (…si es preciso...) (...que mudas...) (…que oprimidos…) (…callen las voces.) (…hablen los suspiros.) Ved, pues, qué ordenáis. Roberto, aunque por mayor he oído sus fortunas, sus tragedias, sus destierros, sus peligros, para saberlo mejor todo desde su principio y ver lo que debo hacer, de su boca quiero oírlo. Traelde al instante a mi cuarto. Yo iré, si en aqueso os sirvo. (¿Cuándo, cielos, mis temores saldrán deste laberinto?) Vase. A Flora. (Si mi hermano no tomara la resolución que he visto, no sé qué me hiciera, Flora; y aun tomándola, imagino que se queda en pie la duda, pues en habiéndole oído le volverá a la prisión.) A Margarita. (¿Y hanos de faltar arbitrio para que no importe nada?) ¿Qué es lo que te ha parecido, Margarita, de suceso tan estraño? Que es indigno afecto que el Conde venga a buscar a su enemigo dentro de tu misma casa, sin que le valga el retiro de tu gracia por sagrado; y más si acaso ha entendido que fui yo quien restauró su vida, pues no es estilo ni de esposo, ni de amante, ni de galán, ni de fino, quitar él lo que yo he dado. Muy arrastrado motivo es el de ese duelo y pienso que es sólo honestar desvíos con que siempre al casamiento del Conde opuesta te he visto. Engáñaste, porque yo no tengo más albedrío que tu gusto. Así lo creo. (¡Tirana estrella!) (¡Hado impío!) (¡Cruel fortuna!) (¡Injusta suerte!) (¡Vil temor!) (¡Tormento esquivo!) (Si basta sentir postrada...) Yéndose. (Si basta sentir rendido...) (...haz que en mi pena...) (...haz que en el pecho mío…) (...callen las voces y hablen los suspiros.) Vanse. Salen Estela y Serafina, abriendo una puerta. ¿Qué dices? Tú le verás; que éste es, señora, el postigo por donde le he visto yo. ¿En mi casa Ludovico? Vuelvo a decir otra vez... Ya yo sé lo que me has dicho: que, apenas sobresaltadas del pasado desafío en que nos vimos, tomamos la carroza y nos volvimos a casa, cuando subiendo de comer en su retiro a Nise, en esotro cuarto de la torre que vecino está a la prisión en que la tengo, sentiste ruido; y que a Ludovico viste por el pequeño resquicio de la llave; y, en efeto, que, como anciano edificio, tenía el quicio de la puerta tan gastado y el pestillo tan en falso que, a muy poca fuerza, sin goznes el quicio y el pestillo sin defensa, le abriste; y ya yo me afirmo en que aquí mi padre preso le traería, pues le miro pasearse con su criado; y pues no me determino a hablar yo hasta asegurarme si hay alguien que pueda oírnos, ve tú por esotra parte, mira con qué guardas vino, que no saldré yo hasta que vuelvas tú con el aviso. Vase Estela. Salen César y Capricho. ¿A quién sino a mí en el mundo ir le hubiera sucedido, Capricho, con una dicha y volver con un peligro? A mí; que cuando pensé que iba por los desperdicios de una merienda, me hallo –nunca el refrán más bien vino–, “sin comello ni bebello”, en una torre metido, donde mi reloj por horas me está contando al oído los plazos de mi cordel, vísperas de tu cuchillo. ¡Nunca a andar hubiera vuelto, ni nunca hubiera aprendido yo cómo se le da cuerda! Deja ese tema, Capricho, que es ya muy prolijo y cansa. También el tuyo es prolijo y cansa y tú no le dejas; pues cuando el Duque, ofendido por sí y por el Conde, está obligado a tu castigo, te acuerdas de una mudable, falsa, aleve, que te quiso ver en este estado. ¿Ves con cuántas causas me aflijo, cuánto sufro, cuánto siento, cuánto lloro y cuánto gimo? Pues todo importara poco –valimiento, amparo, abrigo hacienda, honor, vida y alma– como hubiera conseguido oír, aunque fingida fuera, la satisfacción que dijo. Tú la oirás, si me aseguro de que no tengo registros. Mas, ¿cómo, ¡ay de mí!, es posible si, cuando con el aviso del papel voy a la quinta, no solamente consigo oír la satisfacción, mas encuentro en mi enemigo ratificada la ofensa y en mi enemiga el delito? (¡Oh, si ya volviera Estela! Y pues a hablar no me animo, suplan los labios los ojos.) Ven, paséate conmigo. Si tenía al Conde aquí, que sin duda, ¡ay de mí!, vino por ella, pues en Bearne otro ninguno le ha visto, ¿para qué me llamó anoche, ni hoy? ¿Para qué? ¿No está dicho? El Conde vino por ella, ella lloró al verte vivo; luego ella y él concertaron que, con traidores cariños, te llamase para darte la muerte. Los que conmigo riñeron anoche bien lo muestran; y haber querido (el demonio que dijera que fui yo el del desafío) hoy reñir contigo solo es que, a su vista, no quiso embestirte aventajado, quizá por haberlo oído y quedar con ella airoso. No lo digas,... No lo digo. ...que aunque quiero padecerlo, no quiero, villano, oírlo. Di, al efeto, no lo chisme; verás que yo no lo chisto. Mientes tú, miente el efeto. Y en ti –pues, inadvertido, no teniéndote más costa el tormento que el alivio, mano de lo peor echaste– he de vengar el delirio de no saber que hay consuelo el que sabe que hay martirio. ¡Ten la daga! ¡Oh, si tuviera salida aqueste postigo por donde escapar! En vano lo intentas, que... Mas, ¿qué miro? Hablar el llanto en mis ojos, mientras en los labios míos hablar no puede la voz hasta ver que no hay testigos que puedan sentir sus ecos. Engañoso cocodrilo, que una y otra vez del llanto te vales, si ya no ha sido usar siempre de los ojos por armas del basilisco; áspid no escondido en flores, sino en puertas escondido porque su traición no tenga ni aun lo apacible del viso, si lloras porque tu amante su intento no ha conseguido –tantas veces en mi vida malogrado el homicidio–, preso en tu casa me tienes. No llores, que ya ofendido el Duque también, que era sólo mi amparo y mi asilo, será en tu favor, sin que quede tu rigor esquivo deudor a la obligación de otro acero y... Ludovico, no en quejas desaproveches con celosos desvaríos este breve, este pequeño instante que el cielo quiso, a ruego de mis tristezas, mis lágrimas y suspiros, conceder a mis lealtades; que es muy precioso, muy rico el veloz metal del tiempo para hacer de él desperdicios. Razón tienes, no lo niego; mas no es claro silogismo el que tú tengas razón para no tener yo alivio. Satisfacerte ofrecí; y pues amor te ha traído por tan ignoradas sendas, por tan estraños caminos, no sólo a donde oigas pero aun donde veas tú mismo –con desengaños que no pudo tener prevenidos ni cautelosa la industria, ni mañoso el artificio para este trance, pues nunca le pude esperar– si ha sido traidor o leal mi llanto, entra pues, entra conmigo por esta parte; que quiero que examines un testigo en mi descargo antes que mi honor alegue en su juicio la ley de... Señor... Sale Estela. Señora... ¿Qué hay, Estela? ¿Qué hay, Capricho? ... mi señor en casa ha entrado. ...en esta puerta hacen ruido. Quédate; que pues en casa estás y en ella vecino al desengaño, yo haré... Mas ya entran. Retíranse las dos. (¡Oh, hado impío! ¿Qué te costaba un instante más o menos?) Sale Roberto. Ludovico. Señor? El Duque me manda que a palacio vais conmigo. Vamos, que en nada, Roberto, a su obediencia resisto. Ansí se lo he dicho yo. Venid. (¿Quién volver ha visto,tan al fin ya de su pena, su pena tan al principio?) Vanse. Capricho. (¿Si acaso oyó lo que della mi voz dijo y quiere matarme a palos?) Oye, escucha. (Ello es preciso.) ¿Qué mandas? Di a tu señor que si fuere mi astro esquivo tan crüel que no le vuelva a aquesta prisión, le pido que de otra cualquiera haga –pues que no hay guardas que al ruido no se adormezcan del oro– (turbada, apenas respiro) diligencia (muda hablo) de salir (mortal me animo) esta noche; que yo haré que del jardín el postigo esté abierto; porque no descanso, aliento, ni vivo, hasta saber sus sucesos y hasta que él sepa los míos. Vase. Yo se lo diré; y a ese efeto sólo le sigo, cuando de mucho mejor gana torciera el camino hacia Argel que hacia palacio; pues lo mismo era cautivo ser de un renegado que de un amo enamoradizo. Pero agora que me acuerdo, mucho del reloj me olvido. ¡Más ha de un hora que no le doy cuerda, Jesucristo! ¡Y qué della que le he dado! No se parará en mil siglos desta vez. Mas, ¿cómo es esto? Parose adrede al oírlo. ¡Quebrado está, vive Dios! ¡Oh, mal hubiese artificio que no basta ser de bronce para parecer de vidrio! Malo si le andan y malo si no. Pero, ¿qué me aflijo de verle quebrado, pues con sus tulipanes mismos y sus diamantes se queda rico siempre? ¿En qué me admiro ver que todos los que quiebran son los que quedan más ricos? Y pues entre éstas y estotras ya el cuarto del Duque piso, a ver qué hacen de mi amo a esta parte me retiro. El Duque, Carlos, Roberto y César. En tres delitos culpado, bien que en todos tres leal, teniendo por tribunal el que tuve por sagrado, dichoso hoy y desdichado, el labio a tus pies aplico: dichoso cuando publico, como César, tu favor; y desdichado, señor, cuando, como Ludovico, tu enojo temo; y así, como ambos te pido que creas, si el nombre callé y si la patria fingí, que fue porque pretendí que de mi muerte el conceto al Conde llegara; a efeto de que, libre de sus daños, pudieran hoy dos engaños salvarse en fe de un respeto. Alza del suelo; y no creas que mi enojo significo porque seas Ludovico y porque César no seas; y para que hasta aquí veas que yo satisfecho quedo, la libertad te concedo. Mas considera que, sabio, puedo perdonar mi agravio, pero el del Conde no puedo; y así, hasta saber cuál fue la causa que al Conde obliga a que te busque y te siga... Yo, señor, te la diré en confianza de que no es mi delito traidor. Piensa el más noble y mejor, que ése es. Ya lo solicito y no hallo noble delito. Pues, ¿qué más noble que amor? Amor que a su dueño ofende pequeño delito no es, ni noble, ni mejor, pues casi ser traidor pretende. Si ser primero se entiende mi empeño que no su empeño, aun no es delito pequeño; que no he de amar dama yo con fianzas de que no ha de agradar a mi dueño. Y aquí y allá, ¿con qué, di, salvas reñir, poco fiel? Con que aquí me embistió él y allá no le conocí. Aunque todo eso sea así, por él y por mí es razón que alguna satisfacción le dé; y mientras no le escriba y su respuesta reciba, habrás de estar en prisión. Mil veces beso tus pies; y obediente me hallarás tanto en ella que jamás della salga. Vamos, pues gusto esto del Duque es, Roberto; vuelva a la esfera donde viva y donde muera venturosa mi fortuna sin ver cielo, sol, ni luna, más que el que allí entre. Oye, espera; que aunque yo cumplir espero con el Conde, no ha de ser de modo que parecer pueda que entregarte quiero. Como Ludovico infiero le enojaste, a tiempo que como César te amparé; y así, tal prisión te aplico que esté preso Ludovico donde César no lo esté. Que si es justo que no escasa tu disculpa el Conde crea, también es justo que vea que la das desde mi casa. Y pues de una en otra pasa mi atención a que igualmente para todos sea decente, es bien, viniendo a partido, que estés como detenido mas no como delincuente; y así, a casa no has de ir preso del gobernador, que es cárcel. Carlos. Señor. En tu casa ha de vivir César; tú le has de asistir. (No es prisión menos crüel.) Criado soy y amigo fiel. A Carlos. (Pues mira que te le entrego para saber de ti luego lo que tú supieres de él.) Al Duque. (¿Puedes obligarme a más, señor, que a decirte yo lo que él me dijere?) A Carlos. (No.) Al Duque. (Pues sin faltarle a él jamás, como te sirvo verás.) Venid, Roberto, que quiero que vos la carta que espero enviar al Conde escribáis. Vanse el Duque y Carlos hablando. (¿Dónde, pensamientos, vais buscando el dolor primero? En mi calle el ruido vi; triste a Serafina hallé; a Nise encerró, que fue trance ahora de amor oí; mas esto no es para aquí.) Vase. ¿De qué, señor, te has quedado tan suspenso y tan helado? Vuelve en ti, no estés mortal; que no has negociado mal. A peor lo tenía yo echado. ¿Qué peor, si cuando, ¡ay cielos!, volver, Capricho, esperaba donde tan vecino estaba al fin de mis desconsuelos, me apartan de él? Tus desvelos con una nueva pudiera yo enmendarlos, si quisiera. Pues, ¿por qué no has de querer? Porque en llegando a saber que Serafina te espera esta noche, luego habrá quien, aunque llegues a vella, te embarace hablar con ella; y así, juzgo que será mejor callarlo. ¿Quién ya me podrá embarazar viendo que, ausente el Conde, escribiendo con Roberto el Duque queda; yo, en prisión que salir pueda; y ya el día anocheciendo? El diablo, señor, que ha dado en que ni has de ver, ni hablar esta dama sin llegar nunca a aquel paso apretado de fino y enamorado. Hoy no es posible. Sale Carlos. ¿No iremos, César, a casa, pues vemos que ya anochece? Aunque hoy vuestro prisionero soy, os suplican mis estremos deis licencia de no ir a recogerme tan presto. Siempre a serviros dispuesto estoy. Sabréis... Sin oír lo que me queréis decir, podéis iros y volver cuando quisiéredes. Ver me importa... No prosigáis. Id y no me lo digáis, que no lo quiero saber. ¿Es haberos disgustado que tan presto la licencia...? No, sino que mi advertencia con el secreto pasado vivió con mucho cuidado de que otro ninguno no le supiera; y pues ya vio rota al silencio la llave, secreto que otro le sabe no quiero saberle yo. Habeisme de oír... No he de oír. ¿Qué riesgo en vos puede haber? Lo que no llegue a saber, no lo llegaré a decir; y así, bien os podéis ir. Y advertid que, entre mí y vos, siendo quien somos los dos, corre peligro un secreto; y pues no le fía el discreto, ni a mí le fiéis. Adiós. Vase. ¿Qué enigma éste puede ser? Margarita lo dirá. Hacia aquí viene. ¿Qué va que te estorba el ir a ver a Serafina? Margarita y Flora. A saber del Duque al cuarto venía, Ludovico, lo que había dispuesto en resolución de aquella satisfacción que al Conde dar pretendía; y habiéndoos a vos hallado, vos me lo diréis. ¿Qué ha habido? Que habiendo, señora, oído las disculpas que le he dado para haberme vos llamado Ludovico, su atención dispone que yo en prisión esté hasta que al Conde escriba. Y pues que mi vida estriba en una satisfacción que espero y vos de mi vida sois dueño, sin que creáis que fue no ir donde mandáis acción desagradecida, os suplico que no impida ser el Conde la ocasión lograr la satisfacción que cerca mis ansias ven; y perdonad, que no bien fuera estoy de la prisión. Vanse los dos. Bien se ve cuán bien hallado en ella, ¡ay cielos!, está. Y aunque es verdad que en mí ya murió aquel necio cuidado que tantos días callado a ti sola te fie, con todo aqueso, porque nunca se pueda alabar que me dejó con pesar, aunque preso en casa esté de Serafina, he de hacer de suerte que dentro della no pueda hablalla ni vella. Eso, ¿cómo puede ser? Ven conmigo, que has de ver lo que he llegado a pensar. Si no te has de declarar, ¿por qué quieres impedir? Porque no quiero sentir, Flora, pues basta callar. Vanse y salen Serafina y Estela. ¿Dijístele a aquesa fiera, a esa enemiga, que esté escondida entre esas ramas, como áspid de este vergel, hasta llamarla yo? Sí, señora. Haciendo cancel los cuadros de aquella murta, retirada la dejé, diciendo que tú la llamas, sin decirla para qué. ¿Y parécete, ¡ay de mí!, que ya a este jardín y a aquel cuarto de la torre venga Ludovico? No lo sé; porque sólo sé, señora, que acaba de anochecer y ni al cuarto, ni al jardín, vienen mi señor, ni él. ¿Qué resolución habrá tomado el Duque? Oye. ¿Qué es? Que a la puerta han hecho ruido. A abrirle volando ve; pero asegúrate, Estela, antes que la abras. Crüel Vase Estela. fortuna mía, ya es hora de dejarte, ¡ay de mí!, ver siquiera un rato apacible. Permite piadosa que sólo le dé esta disculpa y dame muerte después. Estela, César y Capricho. Entra, que esperando está mi señora. A César. (Desta vez la maraña se acabó, pues ya la llegas a ver sin que nadie te lo impida.) ¿Ludovico? A Capricho. (No me des, con el pesar de dudar si es otro, aguado el placer.) Yo soy. Pues atento escucha; que si puedo, no ha de haber cosa hoy que hablar me estorbe; y así, antes de saber qué te pasó con el Duque, ni cómo, cuándo o por qué pudiste venir aquí, has de oírme. Empieza, pues. (Gracias a Dios que llegó la hora de oír, hablar y ver.) Yo, Ludovico, ya sabes quién soy; y sabes también que, siendo quien soy, fiada en la palabra y la fe de amante esposo, a pesar de mi primero desdén, siendo quien soy, te admití y, siendo quien soy, te amé. dentro. ¿Cómo no hay aquí una luz? ¡Mi señor! ¡Que no haya ley de que los padres no tengan siempre en su casa qué hacer! Hacia aquí viene. ¡Que hubiese de llegar ahora a romper el hilo de tu discurso! Mi reloj debe de ser, que también ha roto el hilo de los suyos. ¿Qué he de hacer? Retírate entre esos cuadros, que no ha de verte, porque él se recogerá luego; y yo, como aquí te estés, vendré a proseguir. (Fortuna, acaba ya de una vez. No, Tántalo de mis dichas, me obligues a padecer la hambre del manjar ni de la fuente la sed.) Escóndete también tú. ¿Ya no me escondo también? Escóndense los dos y sale Roberto. Serafina. Señor. ¿Cómo sola y a escuras? Bajé a divertirme (¡ay de mí!) poco antes de anochecer a este jardín; y no habiendo de durar más tiempo en él que hasta refrescar la noche, no pedí luces porque me iba retirando. Vamos, Estela. Escusado es, que has de ir conmigo a palacio. ¿A palacio a esta hora? ¿A qué? A César. (¡Si él se la llevase agora, quedabas bueno, pardiez!) De aquel disgusto en que hoy te hallaste acaso (¡crüel discurso, no me atormentes!) ha resultado prender a Ludovico; y queriendo el Duque satisfacer al Conde, me mandó a mí que de su prisión le dé cuenta. Estándole escribiendo, entró un recado de que un forastero quería ver al Duque; y era él. Retiráronse al jardín para hablar, conque dejé pendiente de su secreto la nota de mi papel. Margarita, que no ignora nada desto, como ve por una parte que ella quien le dio la vida fue a Ludovico y, por otra, que el Conde su esposo es, embarazada en sus dudas, me llamó para saber qué se trataba. Y, en fin, paró su discurso en que sus damas, viéndola triste, quieren un festejo hacer de música aquesta noche. Ella, conmigo cortés, dice que sin ti no quiere lograrle; que siempre fue cariñoso en otra edad el amor de la niñez. Que te lleve allá me manda; y así, por tu vida, ven conmigo. Yo estoy, señor, no buena. Aunque no lo estés,no es justo que este favor se pague con un desdén. Manda, Estela, prevenir unas hachas. Vase Estela. Mira que ... No he de admitirte ninguna disculpa, aunque más me des. (Peor será ponerle, ¡ay triste!, en sospecha.) Vamos, pues. ¡Si supieras cuánto gusto me haces! Que no fuera bien no admitir de Margarita la fineza. A César. (¡Cielos!, ¿quién embarazó que dijese verdades una mujer?) Vanse Roberto y Serafina. ¿Ni quién embarazó, ¡cielos!, a un desdichado saber lo que muerte le ha de dar? Y digo muerte porque a una vida alimentada del mal, le es veneno el bien; y así pudieras, desdicha, dejarte satisfacer, que pues viví del pesar yo muriera del placer. El Conde ausente, escribiendo Roberto, el Duque con él, yo en prisión de que salir la noche cerrando... ¿Quién podrá embarazarme hoy? ¡Que agora de burla estés! Pues, ¿quién no se ha de reír de verse en este vergel, sin satisfacción, sin dama, luz, ni criada, ni saber por dónde salir ni entrar? Por aquesta parte ven; quizá hallaremos la puerta. El paso, señor, detén; que ya a la escasa luz veo de la luna una mujer hacia allí, si no me engaño. Estela debe de ser. Sale Nise. (¡Cielos!, ¿qué querrá de mí aquesta tirana hacer, toda esta noche mandando que aquí espere? ¡Oh, si coger pudiese la puerta! Pero, ¿hombre aquí?) ¿Quién va? ¿Quién es? Ludovico soy. ¿Qué escucho? ¡Ay de mí, infeliz! ¿De qué te espantas? ¿No he de espantarme, si muerto te llego a ver? A Capricho. (No es Estela. ¡Qué mal hice en nombrarme!) A César. (Antes fue bien, que el paso de la fantasma tardaba mucho.) Detén, Ludovico, paso y voz; y no la muerte me des, que si de la tuya fui la causa, humilde a tus pies te pido perdón. ¿Quién eres? Nise. ¿Cómo? A César. (La voz ten; déjame el paso, que tú no haces las fantasmas bien.) Nise, desde la otra vida, sabiendo que presa estés, vengo a hacerte una visita, y así... ¡Ay, triste! ...hazme merced de decirme cómo estás. ¿A eso vienes? Pues, ¿a qué quieres que venga? Que yo soy un muerto muy cortés. Si en castigo del delito mío me vienes a ver, no tuve la culpa. El Conde, ofendido del desdén de mi ama, que en tu ausencia roca incontrastable fue, grandes cosas me ofreció. Movida del interés, sin que lo supiera ella, le eché la escala que él mismo me dio. Si de aquí resultó que a ti te den la muerte, basta que presa desde aquella noche esté sin ver cielo, sol, ni luna. Vete en paz; déjame pues. No me aflijas, no me mates. Vase. Oye, Nise, el paso ten; que más que a darte yo muerte, vengo a que vida me des. Oye, espera, escucha, aguarda. Tras ella, ¡cielos!, iré, porque otra vez me lo diga para que aliente otra vez. Vase. Yo, en tanto que tú la asustas, el postigo buscaré. Advierta el pío letor que, para satisfacer una dama a su galán, verle muerto ha menester, porque a los galanes vivos no se satisface bien. Vase. El Conde y el Duque. A esto, como he dicho, vine, creyendo que era fineza adorar una belleza; no, señor, porque previne ver a Ludovico aquí. Un acaso me empeñó con él; y él fue el que citó el puesto donde hoy le vi. Volverme determiné; pero habiendo consultado conmigo cuán declarado en aquel lance quedé y que es fuerza que sepáis vos, señor, que estuve aquí, a volverme resolví porque de mi boca oigáis la razón de mi venida y de mi empeño también. Y supuesto que no es bien –aunque me enoja su vida, conmigo habiendo reñido– que él esté preso y yo no, a estar también preso yo vengo a vuestros pies rendido. Casi en el mismo concepto estaba escribiéndoos yo, porque supierais que no fui sabidor del efeto que le arrojó a mis umbrales –dígalo el nombre fingido con que siempre me ha servido–; pues a imaginar yo iguales empeños vuestros, cierto era que, porque no os disgustara, ni mi casa le amparara, ni en mi servicio estuviera. Pero ya que aquí le veis, ved qué queréis hacer. No puedo suplicaros yo que vos, señor, le entreguéis, ni le castiguéis tampoco. Lo que os puedo suplicar es que, pues yo he de vengar las arrogancias de un loco, que le digáis que su estrella siga en otra parte; que yo en ella le buscaré, puesto que no siendo ella vuestra casa, donde está hoy de mí tan defendido, es el más digno partido para todos; pues verá el mundo que le libráis vos de mí y que sé buscalle yo en otra parte y matalle. En todo buen duelo estáis; pero yo, señor, quisiera… dentro, instrumentos de música. Mas bien por aquí no vamos, que el retiro que tomamos para hablar solos esfera es adonde Margarita suele unas noches bajar; y este instrumento es mostrar que ésta templar solicita tristezas suyas cantando. Por aquí nos retiremos. Tomado el paso nos vemos; pues, luz y gente bajando, no es posible que ya deje de vernos alguien; y a mí no será bien. Pues aquí, retirados, que se aleje esperemos; pues no ignora mi atención que siempre va hacia los estanques. Salen Margarita y Serafina y Flora con luz. Ya que canten les dirás, Flora. Quien por cobardes respetos no se puede declarar, basta callar. (Viendo a Serafina bella, conmigo aquel tono habló.) (Sin duda que les dictó aquel asunto mi estrella.) (Oyendo esta letra, en ella el mal que padezco he oído.) (A mí me habló aquel sentido, pues que dijo en sus concetos...) Quien por cobardes respetos no se atreve a declarar, basta callar. Sale César. A Capricho. (Mira si por aquí ves a Carlos, que darle quiero parte en mis dichas primero y irme a su prisión después.) A César. (¿Cómo quieres que pasar pueda, si está Serafina con Margarita divina?) A Capricho. (Pues en tanto que hay lugar...) Basta callar. Otra vez y otras mil digo que nada puede aliviar, Serafina, mi pesar sino tenerte conmigo. Si yo, señora, creyera que con aqueso te servía, toda la noche y el día a tus plantas estuviera, sin apartarse de ti sólo un instante mi fe. Mira que te tomaré la palabra. ¿Cómo así? Como si en ti gusto veo de acompañarme, jamás de mi lado faltarás; porque lo que más deseo hoy en mis tristezas es que tú me hagas compañía, pues ella la pena mía sola divierte. Tus pies beso mil veces, señora. Mas, ¿cómo puedo faltar yo a mi padre? (¡Qué pesar!) Él por mí hará, ¿quién lo ignora?, la fineza de quedarse algunos días sin ti. Aquesto has de hacer por mí. (¡Oh, cielos! ¿Si a declararse, viendo en ella tanto agrado, mi desdicha se atreviera...? Mas, ¿qué duda? Mas, ¿qué espera siempre mudo mi cuidado? Quizá por aquí podré darle la satisfacción, pues no logro otra ocasión; y cuando lo yerre, en fe de que lo acierto, disculpa me queda.) ¿Tanto contigo suspensa lo que te digo te ha dejado? Si una culpa me atreviera a declarar, viendo tanto agrado en ti... ¿Por qué has de dudarlo? Di. Porque he llegado a escuchar... Quien por cobardes respetos no se puede declarar, basta callar. Y así, cobarde, señora, estoy; aunque mi temor, alma, ser, vida y honor, pusiera a tus pies agora. (Nuevo mal conmigo lucha. ¿Qué irá a decirme?) (Mas, ¿qué duda?) En quien eres se ve... Pues prosigue… Pues escucha. (Atento esté mi temor.) (Esté mi dolor atento.) A Capricho. (¿Qué será su pensamiento?) A César. (Él te lo dirá mejor.) (Pena...) (Recelo…) (Rigor...) (…¿qué serán estos secretos?) Quien por cobardes respetos no se atreve a declarar, basta callar. Ludovico... (Bien temí.) …que hoy el Duque... (Ya hice mal.) ...por complacer... (¡Qué temor!) ...con el Conde... (¡Qué pesar!) ...tiene preso… Ya lo sé; pasemos a lo demás. ...amante fue de una dama con quien yo tuve amistad. ¿Conócesla? Como a mí. Pienso que dices verdad. El conde de Montpellier,… (Ella a declararle va mi amor.) …perdona si celos te doy,… No hay que perdonar, Serafina (que aún no sabes bien los celos que me das). ...hizo que fuese su amor todo guerra, nada paz, hasta ponerle, ¡ay de mí!, en el riesgo que hoy está. Por lo que a esta amiga debo, te quisiera suplicar intercedas con el Duque, señora, en su libertad, pues un delito de amor siempre es de perdón capaz. (¡Cielos, que escuche este ruego, tanto en mi ausencia eficaz, sobre la satisfacción de Nise!) (¿Qué hay que esperar oyendo este desengaño?) (No pudo llegar a más mi dolor. Pero, ¿qué digo? No es sino felicidad poder hacer del dolor granjería, si a mirar llego que el hacer un bien es el despique de un mal. Aquí, pues, de mi valor.) ¿Qué dices? Que en ruego tal yo intercederé por él, si tu intercesión no es más; que también a mí me toca, por el empeño que ya tengo en su vida, pues fui quien, hallándole mortal, le reparó y le albergó; y la vida que le da mi piedad no querrá el Conde quitársela. Claro está. ¿Quién respondió allí? Al Conde. (¿Qué habéis hecho?) Al Duque. (Dejeme llevar del afecto.) ¿Quién aquía tales horas está? Yo soy. Tu música oyendo, salí a este jardín. ¿Quién más, que no era tu voz aquélla? Quien no ocultándose ya, humilde a vuestros pies llega, traidoramente leal. El conde de Montpellier soy; que pudiendo escuchar que distis a Ludovico vos la vida, hiciera mal en solicitar la muerte de vida que vos le dais. De nuestra composición no era fácil de ajustar el duelo; pero llegando rendida mi voluntad a saber que a cuenta vuestra corre su felicidad, desde luego le perdono. Yo he de añadir otra más a aquesa fineza. (¡Ea, amor que en mi pecho estás siempre oculto, haz del dolor noble liberalidad!) ¡Hola! Salen Roberto y Carlos. ¿Qué mandas? ¿Qué quieres? Id vos, Carlos, y llamad a Ludovico; pues vos sabéis de él. (¿Dónde estará?) A Carlos. (Aquí, que buscándoos, Carlos, vine para asegurar que no he roto la prisión.) Aquí Ludovico está. Cobarde llego a tus pies. Antes que a los míos, llegad a los pies del Conde. En ellos confirmada halláis la paz; porque es justo que logréis vida que mi dueño os da. Mi fineza sigue agora. Roberto. Señor. Mandad que Serafina la mano le dé. Si vos lo ordenáis, dicha es de todos. (¡Ay, triste, que satisfecho no está!; y si replica, es forzoso en esta publicidad decir la traición del Conde.) Las plantas, señor, me dad y tú la mano. A César. (Pues, ¿cómo, sin oírme, me la das? Más que mi dicha, tu honor estimo.) A Serafina. (No digas más; que si como amante pude y debí desconfiar, como marido, ni debo ni puedo; pues claro está que, en siendo propia mujer, no hay satisfacción que dar: basta callar.) Vos, Conde, dad a mi hermana la mano. Con dicha tal, felice soy. Y yo os pago la vida, señor, que dais a Ludovico con ella; porque se llegue a mostrar que, en mujeres como yo, si no está en su mano amar, basta callar. Pues acabemos diciendo, puesto que cada uno está con su afecto bien hallado y yo con mi reloj mal, dejando al mundo enseñanza, que siendo preciso amar... ...quien por cobardes respetos no se atreve a declarar, basta callar. Y ya que no merecemos aplauso, sin mormurar, basta callar.