Mejor Está Que Estaba Comedia Famosa Personas FLORA, dama SILVIA, criada LAURA, dama NISE, criada CARLOS, galán DINERO, criado ARNALDO, galán FABIO, galán DON CÉSAR, viejo CELIO, alcaide CRIADOS MÚSICA Jornada Primera Salen Flora, quitándose el manto y poniéndose otra ropa, y Silvia. Dame presto otro vestido; quítame este traje presto. ¿Qué traes, señora? ¿Qué es esto? ¿Qué tienes? ¿Qué ha sucedido? Pierdo en pensarlo el sentido; ¿ved en decirlo qué haré? La ropa está aquí. Aún no sé si estoy segura. Señora, en tu casa estás. Agora lo que ha pasado diré. Ya sabes las grandes fiestas que Alemania, agradecida de su gloria a la fortuna como al cielo de sus dichas, previno al recibimiento de la gallarda María, feliz infanta de España y Reina feliz de Hungría. Ya sabes que más que todas esta famosa provincia de Bohemia se mostró como noble y como rica, a cuyo aplauso la fama con voces mil repetidas convidó al mayor teatro que vio el sol en cuantos gira círculos de vidrio y nieve desde que el alba le riza la crespa melena de oro hasta que la noche fría se la desmaraña, siendo fénix en la edad de un día, desde el oriente al ocaso lecho y mármol, cuna y pira. Esta tarde, que el Danubio era el circo donde había de ser un torneo de agua la fiesta, por que de envidia de la tierra no muriese, viendo que ella merecía siempre en su esfera a su sol, madama Laura, mi amiga y mi vecina, con quien esos jardines confinan, me envió con un criado a decir que, si quería ir a hallarme disfrazada en las fiestas prevenidas pues, por ser fiestas de agua, lugar ni balcón había donde verlas, que saliese a la española vestida, y de rebozo las dos podríamos divertidas pasar la tarde, gozando la fiesta desde la orilla. Yo, pues que con decir yo no es necesario que diga más, pues, diciendo mujer, la consecuencia es precisa, sin prevenir los sucesos que resultarme podrían de que alguien me conociese, con Laura fui donde había sobre la crespada selva, sobre la campaña riza, abriles fingiendo una primavera fugitiva porque de enramados barcos y de toldadas barquillas, portátil monte de rosas, arada estaba una isla, en una hermosa galera que desde el tope a la quilla era ascua de oro, a pesar de tantos cristales, viva. En el río entró la reina, a cuya agradable vista hicieron salva las ondas, siendo con dulce armonía ruiseñores de metal cañones y chirimías. El mantenedor... Mas ¿dónde voy?, pues no es bien que repita juegos quien siente pesares, gustos quien llora desdichas; dejemos a los gozosos las fiestas, ellos las digan; no hablemos de ajenas glorias donde hay desgracias mías. Estábamos desde lejos las dos, pero no fingidas tanto, que la novedad no despertase la envidia. De los que más nos siguieron fue uno Arnaldo, con quien iba Licio, mi primo y mi amante, con quien mi padre porfía que me case a mi disgusto, imprudente tiranía. De Arnaldo y Licio en efecto seguidas y perseguidas a mi pesar, no de Laura, fuimos, porque entretenida me dio a entender que gustaba, sea o no sea malicia, de que Arnaldo la siguiese. ¡Suerte injusta! ¡Pena esquiva! Licio, que a su amigo ya bien entretenido mira, envidioso o cortesano –todo es una cosa misma–, quiso darme a mí conmigo celos; que en la corte, Silvia, hay muchos hombres que aman por solo hacer compañía. Yo, que vi que ya conmigo la plática disponía, por no responderle y ser en el habla conocida, volví al descuido la espalda y viendo que me seguía –¡oh, cuánto yerra el temor!–, a un forastero, que iba con un criado... Dentro dicen Arnaldo y Celio. Matadle. Muera. ¿Qué voces, qué grita es esta? Sale don Carlos con la espada desnuda. Si en la hermosura hay piedad, y hoy no se implican piedad y hermosura, puesto que siempre son enemigas, vuestro sagrado le valga, oh, señoras, a una vida, contra quien hoy de los hados se han conjurado las iras. Entrad. No importa que sea esta casa... No prosigas, que a mí me toca ampararle. Cúbrete desta cortina. Paren mis desdichas, ¡cielos!, si saben parar desdichas. Escóndese. Salen Arnaldo, Celio, gente, y Dinero con ellos. ¿Qué es esto, señor Arnaldo? Aunque la cólera mía debiera, divina Flora, suspenderse cuando os mira, perdonadme, que esta vez rompe el enojo y la ira el respeto a la hermosura, la ley a la cortesía; fuera de que, como vos también estáis ofendida en esta parte, es forzoso que dispenséis con vos misma. Siguiendo vengo a un traidor, que deja –¡oh, suerte enemiga!– a vuestro primo y mi amigo muerto... ¡Ay, cielos! ...de una herida. Como forastero, en fin, a la cárcel se retira, pues se ha entrado en vuestra casa, de quien guardarse debía dos veces, siendo, como es, de la parte y la justicia, pues sois la prima del muerto y del potestad sois hija, a cuyo gobierno está toda aquesta monarquía. Decid, pues, dónde se esconde, por que de una vez consiga este acero dos venganzas, una vuestra y otra mía. (¡A muy buen puerto he llegado!). Fuerza es, ¡ay de mí!, que os diga, pues, como decís que soy la parte más ofendida, la verdad: aquese hombre entró hasta aquí... (¡Ah, suerte impía! ¿Qué espero?). ...huyendo, ... (¡Mal haya quien de una mujer se fía!). ...pero apenas escuchó las voces que le seguían, cuando por esa ventana que da a esos jardines vista se arrojó. Seguidle, pues, y con noble bizarría le dad muerte; que venganzas tan generosas son hijas de vuestro valor. Al cielo juro, si no se retira a él mismo, de darle muerte. Tras él iré; no me siga nadie para esta venganza, que yo basto. Vase Arnaldo enojado, arrojándose. Yo, malilla. ¿Quién sois vos? Desta baraja soy, si él basto se apellida, malilla yo, y voy tras él, por que, si fue la espadilla el hombre que busca, y hoy contra el hombre triunfa, sirva yo de sentarle una baza, que en la polla deste día todos somos matadores. ¡Qué locuras! Como mías. Pues soy su amigo y alcaide del fuerte, bien este día, por su amistad y mi oficio, es fuerza que a Arnaldo siga. Vase. (Criado de Carlos soy, y así he de andar a la mira, a ver lo que le sucede; que a esto la lealtad obliga). Vase y la gente. ¿Fuéronse? Sí; ya se fueron. Pues cierra esas puertas, Silvia. Sale Carlos. ¡Hay tal valor! ¡Oh, bien haya quien de una mujer se fía! Ya habéis visto, caballero, cuán a costa del dolor, de la sangre y del amor, daros libertad espero, pues generosa y constante en vuestro favor me halláis, siendo el que muerto dejáis mi primo, ¡ay, Dios!, y mi amante, y siendo vuestra malicia tan ciega, que os ha obligado a que toméis por sagrado la casa de la justicia. Mas, aunque todo esto aquí está contra vos, está de vuestra parte el que ya os amparasteis de mí. Ya lo empecé, y pues en tal delito soy delincuente, pues quien le hace y le consiente tienen pena por igual, librarme a mí solicito con libraros, por temer que debo yo de tener gran parte en vuestro delito. Cómo responderos dudo, que, como jamás traté dichas, hablarlas no sé, y así estoy con ellas mudo; que, como siempre desdichas en mi pecho he aposentado, nunca, señora, he estudiado el idioma de las dichas y no sé de qué manera halladas conmigo estén, que nadie recibe bien los huéspedes que no espera. Dicha fuera no ofenderos, desdicha fuera no hallaros, dicha fuera no enojaros, desdicha fuera no veros; y así entre uno y otro estremo oíd la disculpa mía: quizá la verdad podría tener las dichas que temo, si, de la razón movida, templáis rigores severos; que será gran dicha veros, y no, veros ofendida. Yo salí al río esta tarde por ver si acaso podía entre placeres del día hacer a un pesar cobarde. Aquí estaba, pues, señora, una gallarda tapada, bien como suele embozada entre nubes el aurora. Esta, a quien el traje ufano de que vestida venía encubría y descubría, sacando una blanca mano, mariposa de cristal de las luces de sus ojos, me llamó. Yo que, entre enojos, dudaba ventura igual, viendo que la deidad era de flores blancas y rojas, y oyendo de aves y hojas la música lisonjera, creí que acciones tan graves no eran que a mí me llamaba, sino compás que llevaba a las flores y a las aves. Como forastero, en fin, tanta ventura dudé, bien que villano llegué atrevido al serafín. Apenas, pues, pronunció: «Aquí me importa que estéis y que llegar estorbéis aquel hombre», cuando yo vi que uno la seguía y antes me pareció acaso apresuró más el paso a estorbar la suerte mía. Llegó diciendo: «El lugar, señor, que habéis ocupado, esa dama me ha negado; y pues no puedo vengar el desaire en ella, en vos, instrumento suyo, sí». No sé qué le respondí; y, ya empeñados los dos, saqué la espada impaciente, o colérico o furioso, cuando él, valiente y celoso, que es ser dos veces valiente, sacó la suya. Los cielos saben que mi brazo fuerte hizo poco en darle muerte, habiéndole dado celos. Llegó la justicia, pues, y, viendo que a la justicia quien no temerla codicia ni noble ni cuerdo es, volví la espalda, y huyendo en vuestra casa me entré, porque la primera fue que sale al campo. Aquí entiendo el gran peligro en que estoy, si vos, deidad soberana, tan divinamente humana, no me dais la vida hoy, considerando la acción en que apenas fui culpado, pues no fue caso pensado con ventaja o con traición. Una mujer me empeñó, a quien quise obedecer; y así, pues que sois mujer, obligación os corrió de ampararme; de manera que, por mujer y ofendida, tenéis acción a mi vida; pues, si bien se considera, bien la muerte mereció quien, siendo primo y amante vuestro, altivo y arrogante por otra dama riñó. Y así una vez enojada estad, y otra agradecida: pues, si sois prima ofendida, también sois dama vengada. Hoy vuestra disculpa halló crédito en mí, de tal modo, que me parece que a todo estuve presente yo. Y así, pues una mujer tanto os empeñó primero, otra, infeliz caballero, vuestra defensa ha de ser. Lo que ella erró, enmiende yo, y quejaos desde aquí de la que os empeñó, sí; de la que os ampara, no. A ese camarín entrad y, hasta que la noche fría sea homicida del día, escondido en él estad; que, en habiendo anochecido, seguro salir podéis. Dejadme... No, no tenéis que decirme agradecido nada, que es muy bajo indicio; pues quien llega a agradecer, paga, y yo no he de vender, sino dar el beneficio. Gente he sentido. Entrad presto en esa cuadra; no os vea. Ella mi sagrado sea. Cierran la puerta por donde entró Carlos, y dice dentro César. Todo quede así dispuesto. Echo a la puerta mil llaves. Sale Don César. Flora. ¿Señor?... Ya el desvelo me ha dicho del desconsuelo que nuestras desdichas sabes. Ya sé, señor, que un traidor por una fácil mujer –porque ¿quién pudiera ser dueño de tanto rigor?– mató a Licio. Aquí se entró... No tengas pena que pueda escaparse, que ya queda todo esto sitiado, y no me ha de quedar, ¡vive el cielo!, casa, iglesia, ni vergel que no examine cruel mi cuidado y mi desvelo. Retírate tú de aquí, que siento ruido. Yo voy a servirte. (¡Muerta estoy! Defiéndame Dios de mí). Vanse Flora y Silvia. Salen Celio y criados, que traen preso a Dinero. Este es, señor, un criado del homicida; que ha sido de nosotros conocido, y él mismo lo ha confesado. Así es la pura verdad, pero ¿qué delito es ser criado suyo, pues yo diré toda verdad?; que, viéndole aquesta tarde sacar el acero allí, otra vereda cogí. ¿Por qué? Porque soy cobarde. Mira que el potestad es con quien hablas. Norabuena, que a mí nada me da pena, si he de decir verdad; pues, diciendo yo la verdad, ¿ser qué importa, en conclusión, el trono o dominación, cuanto más el potestad? ¿Cómo te llamas? Dinero, por vivirme yo conmigo, pues nadie vivió sinmigo. ¿Quién es aquel caballero, amo tuyo? Él es, señor, una muy linda persona. ¿Llámase? Carlos Colona, hijo del gobernador de Branderburg. (¡Ay de mí! ¡Que es mi mayor enemigo hijo del mayor amigo!). Pues ¿a qué ha venido aquí? A sólo matar sobrinos de potestades. No trato de burlas. Soy mentecato: diré dos mil desatinos. A ver las fiestas, señor, que hace Alemania este día a la divina María. Llevad a éste preso. ¿Por? Por que en la cárcel estéis hasta que la confesión tomen y declaración. ¿Que más claro me queréis? Ya ser Dinero no espero, que en cárcel –nadie se asombre– me gastarán hasta el nombre por dejarme sin dinero. Llévanle, y vanse. ¿Quién vio mayor confusión jamás, ¡cielos!, que la mía? Bien decía el que decía que hidras las desdichas son, pues apenas muere una, cuando otra a su sangre nace; que ésta para aquélla hace de su sepulcro la cuna. Cuando como juez y parte te busco, fiero homicida de mi honor y de mi vida, quisiera, ¡ay de mí!, no hallarte, porque, si osado me atrevo a vengarme, más me aflijo, porque eres de un hombre hijo a quien vida y honor debo. Y es verdad: honor y vida de su padre recebí cuando... Esto no es para aquí; baste ver que no se olvida. Así que vida y honor, obligados y ofendidos, hacen guerra a mis sentidos con piedad y con rigor. Forzoso el buscarte es y forzoso el ampararte, y así he de ser en buscarte un hombre celoso; pues entre contrarios venenos no vio descanso jamás, y aquello que busca más es lo que quiere hallar menos. Vase. Salen Arnaldo, Laura y Nise. Y, en fin, ¿qué ha sucedido? Que tras él me arrojé; pero al ruido llegó infinita gente, y entre todos don César, diligente. Yo, que vi que ya era mi venganza imposible, aunque quisiera entre todos mostrarme, pues habían de prenderle, y no dejarme, no quise que pensase quien estaba allí que con justicia le buscaba cobarde mi desvelo; y así me retiré, rogando al cielo que César no le halle y me quite la dicha de matalle, porque con menos no estaré vengado de quien mi amigo me mató a mi lado. ¡Nunca yo te escribiera que disfrazada iba a la ribera! Mas ¿quién jamás previno las ignoradas sendas del destino? Aquella necia amiga tuya, la causa fue. No sé si diga que lo fue más su estrella, pues que ya quien le llora más es ella. Lo que obligarla pudo así a llamar a un forastero dudo, ciega y inadvertida. El no ser de su primo conocida. ¿Luego, aquella era Flora? Descuido del afecto fue. Y yo agora entro a nuevo cuidado. Si riñendo a los dos había dejado, ¿cómo, viéndole luego tan turbado y tan ciego, el riesgo no previno de su primo y dio voces? Desatino es, en pena tan fiera, querer que una mujer en sí estuviera. Malicias son de un alterado pecho; mas, por Dios, que no sé lo que sospecho. A Laura Fabio, tu hermano, viene. Que me vea contigo no conviene, que ya está malicioso en esta parte. Tú aquí con él procura disculparte. Vanse las dos. Sale Fabio. ¡Señor Arnaldo! ¡Señor Fabio! ¡Aquí, pues! ¿Qué mandáis? Que una gran merced me hagáis. Decid pequeño favor. Ya sabréis de mi dolor el fin. Él se deja ver. Un caballo he menester... (Los cielos me den paciencia). ...para cierta diligencia que me importa mucho hacer; que me ha hallado en vuestra calle una nueva, y alcanzar me importa un hombre. Mandar podéis, sin que en mí se halle dificultad. (Sufra y calle hasta otro tiempo el deseo mi venganza). Yo me apeo agora de un alazán que me espera en el zaguán; subid en él, que bien creo que es para alcanzar y huir; y ved si queréis que yo en otro os siga. Eso no, porque yo solo he de ir. En todo os he de servir. Y yo pagároslo espero. Quedad con Dios. Oíd primero, aunque tan de prisa estáis, Arnaldo, que de aquí os vais. Decid. Advertiros quiero que mi hermana tiene aquí su cuarto, que el mío es aquél; y así, que llaméis en él, cuando me buscáis a mí. Dígoslo, Arnaldo, por si volvéis otro día a buscallo, pues por necio lance hallo, y treta falsa se llama, a la casa de la dama ir a ganar el caballo. Yo pregunté aquí por vos Claro está que sería así. Id con Dios. Quedad con Dios. Vase. ¡Qué mal sabemos los dos disimular ni fingir! ¡Qué mal hice en descubrir mi recelo o mi temor!, porque celos del honor ni se han de dar ni pedir. Pero ¿quién con celos, ¡cielos!, a quien esto dijo viera, por ver si él mismo pudiera ni dar ni pedir sus celos?; que tan continuos recelos, agravios tan repetidos, veneno de los sentidos que penetra al corazón, ¿para qué son, si no son para dados ni pedidos? Sale Laura. ¿Con quién hablabas aquí? Con nadie. (Honor, ¿qué previenes?). ¡Así respondes! ¿Qué tienes? Tengo un pesar... ¡Ay de mí! ...de lo que hoy ha sucedido... Aunque no es de aquello, no. ¿Qué fue? ¿No lo sabes? ¿Yo de quién, si tú no has venido, que es de quien puedo saber yo lo que en la corte pasa?, pues, siempre cerrada en casa, ni aun el sol me llega a ver. Pues... (No sé cómo lo diga). Sabrás que mató arrogante un hombre a Licio, el amante de Flora, tu grande amiga, sobre hablar enamorado una tapada este día. Si no fuera tiranía, te dijera que me he holgado, porque, si a Flora adoraba, con quien se había de casar, ¿qué tenía, pues, que hablar con la que tapada estaba? Aquesto es lo que nos pasa a las mujeres, pues cuando ella se estaría llorando, sola y cerrada en su casa, andaba él de esa manera tras mujercillas tapadas, siempre a riesgo las espadas. ¡Ay, hombres, quién os creyera! Si celos a Flora dio, bien ha pagado sus celos, y pues tú sin desconsuelos hablas, mejor podré yo, a quien amor asegura de una desgracia una dicha, porque a veces la desdicha es madre de la ventura, que por eso dijo un sabio: «¿Quién desea bienes, quién, sabiendo que el propio bien nace del ajeno agravio?». Hoy, pues... No me digas más. De ajena ventura alcanza nueva vida tu esperanza. Al fin del discurso estás; pues, si César empeñado estaba con su sobrino, antes fuera desatino el haberme declarado, y ya no. Y harás muy mal en no arder en tanta llama: que su vida ama el que ama una mujer principal; que a fe que no sucediera, lo que todo el lugar llora, jamás a Licio por Flora. Claro está que no pudiera. Dame un recado, que quiero de tu parte visitar hoy a Flora. Su pesar es de tus dichas tercero. Sea el pésame el recado. Que es bastante ocasión, creo. Adiós. ¡Oh, cuánto deseo verte muy enamorado! Pues ¿tan mal me quieres? Quien tu paz busca, no hace mal; que esto no es quererte mal, sino quererme a mí bien. Vanse. Salen Flora y Silvia, como a escuras. Ya me parece que es hora, señora, si te parece, antes que se enciendan luces, de que se vaya este huésped. Es verdad: abre esa puerta. Abre Silvia, y sale don Carlos. Decid el sepulcro breve de un vivo cadáver, pues entre la vida y la muerte muere pensando que vive, vive pensando que muere. Ya que el ave de la noche sus alas nocturnas tiende haciendo sombra a los días en los campos de occidente, podéis iros, caballero; la obscuridad os aliente, que aún apenas una estrella a tantas nubes se atreve cuando en la hoguera del día pavesas del sol se encienden. Id con Dios. El cielo os guarde, deidad hermosa, a quien debe la vida un hombre infelice, lastimado dignamente que no sea de un dichoso, pues por esto no la ofrece, que vida de un desdichado de nada serviros puede. Venid tras mí. Ciego os sirvo. Al entrarse, habla dentro don César, y túrbanse. ¡A estas horas no se encienden luces en toda una casa! ¡Ay de mí! Mi padre es este. Mi señor vuelve, señora. ¿Qué haré? A retirarte vuelve. Cierra tú, y quita la llave. ¿Hay piedades más crueles? Éntrase Carlos y cierra la puerta Silvia, y sale don César y un criado con luces. Ya están las luces aquí. ¿Aquí estabas, Flora? A verte salí, como oí tu voz, que cuidadosa me tienes de verte tan cuidadoso. Es hoy mi oficio dos veces, y así dos veces me importa que hoy a este homicida encuentre; para ofenderle la una, la otra para defenderle; y, aunque le dejo sitiado dondequiera que estuviere, pues están aquestas calles todas tomadas de gente, he de escribir a los puertos que a ninguno pasar dejen. Silvia. ¿Señor? Tráeme luces, escribanía y papeles a este aposento, ... Señalando a aquel donde está don Carlos. (¡Qué escucho!). ...que aquí escribir me conviene. ¿Por qué aquí, señor? Porque los que a visitarme vienen, mientras estoy escribiendo, en estotro cuarto esperen. ¿Qué es de la llave de aquí? Esa criada la tiene. Yo no la tengo. Pues ¿dónde está? Sobre ese bufete la puse. Pues no está en él. Hace señas que no se la dé. Notables descuidos tienes. (No se la des. Todo cuanto tomas en la mano, pierdes. No te enoje, Silvia mía, que te riña). ¿No parece? No, señor. La llave maestra ha de estar –Dios me lo acuerde– en mi escritorio. Yo voy por ella. Toma una luz y vase. ¿Hay lance más fuerte? ¿Qué hemos de hacer? Si es preciso que vuelva y que aquí le encuentre, con la diligencia hagamos lo preciso contingente. Dices bien: dejemos algo a la fortuna. Abre, y al salir Carlos por la puerta, sale por otra Fabio, y vuelven a cerrarle. Bien puede salir, que yo estoy mirando si mi padre... Mas detente, que se ha entrado un hombre aquí. ¡Valedme, cielos, valedme!, que un inconveniente es sombra de otro inconveniente. Sale Fabio. Permitid que venga a daros un pésame en mal tan fuerte quien quisiera venir antes a daros mil parabienes. Laura, mi hermana, os le envía conmigo, por parecerle que le dará como suyo quien como vuestro le siente. Guárdeos Dios. (¿Qué es esto, cielos? Si sale delante deste hombre, aventuro mi honor; y si no sale, no tiene remedio el verle mi padre. Pero el ingenio remedie las desdichas, si desdichas con el ingenio se vencen). Señor don Fabio –¡estoy muerta!–, discreto sois y prudente; bien sabéis de las desgracias, que cualquiera que sucede hace el aposento a otra, que, a la imitación del fénix, siempre de cenizas suyas está el sepulcro caliente. Un hombre –¡mortal estoy!–, un hombre buscando viene a mi padre con un pliego, que, según dice, contiene que un hermano suyo, ¡ay, triste!, en estas lides valiente, murió en servicio del César. Ved, por Dios, si es pesar este para contrapeso de otro. Quisiera, ¡oh, penas crueles!, que no hallara aquí a mi padre, que dice que luego vuelve; y así me importa, señor, que por un instante breve, mientras yo tomo las cartas, le saquéis de casa. Hacedme esta merced, y ella sea la respuesta, porque él viene. Sale don César. ¡Que en la última gaveta hubo de estar! A Flora Sí haré. (Deme ingenio amor). A don César. Aunque vengo como tan vuestro a ofrecerme a vuestro servicio, hay otra causa hoy que a hacerlo me mueve. Yo sé, señor, dónde está cerrado el tirano aleve que buscáis. (¿Qué es lo que escucho?). ¿Dónde, Fabio? En un retrete cerca de aquí. (Muerta estoy). (Él le vio). (¡Desdicha fuerte!). ¿Qué decís, Fabio? Que, aunque esta no es acción de un noble, puede tanto un afecto, que hoy permite que le atropelle. Venid conmigo. (Eso sí). (De un hilo estuve pendiente). Ya me espantaba que tanto tiempo ocultarse pudiese. Vamos, y porque el rumor no los avise y le ausenten, vamos pocos; los demás en esta puerta se queden. Vase. Llevarele a la primera casa que me pareciere; que, cuando no le halle en ella, no es muy grande inconveniente, pues, con decir que se fue, todas las dudas se absuelven. Vase. Esto está mejor que estaba. Sal tú: avisa cuándo puede salir. Abre tú entretanto. Vase. Abre Flora la puerta, y sale don Carlos. Hombre, que no sé quién eres, y, a fuerza de mis desdichas y a pesar de mis desdenes, tantas finezas me cuestas, tantos cuidados me debes, ¿qué dejas que haga por ti el día –¡oh, tirana suerte!– que me obligues, si esto hago por ti el día que me ofendes? Si cuando me agravias más, más de tu parte me tienes, ¿qué merece una lisonja, si esto un agravio merece? Vete, déjame, por Dios, entre mis penas crueles, que basta que tú las causes sin que también las aumentes. Mientras mi padre te busca en otra parte, bien puedes ponerte en salvo. Ahí verás cuánto es mi estrella inclemente, pues, para que aquí me libre, van a otra parte a prenderme, dejándome a mí por mí; que mis desdichas no tienen otras que espaldas les hagan sino ellas mismas, de suerte que es fuerza que a mí me busquen aún, para que a mí me dejen. Pues líbrate a ti contigo, y vete presto. Sale Silvia. Detente, no salgas. ¿Qué hay, Silvia? Hay que hay fuera infinita gente que está esperando a tu padre. ¿No podrá salir sin verle? No; ni estar aquí tampoco, que será posible que entre. Ello está de Dios que este hombre en mi aposento se quede, y aun en él no está seguro si a escribir mi padre vuelve. Si irme, esconderme o estarme, todo es un inconveniente, mejor es que la fortuna por el más delgado quiebre. Yo saldré. Eso no, tampoco; que no me está bien que llegue a saberse que aquí estabas. Yo daré un medio, de suerte, que yendo, estando y quedando, ni esté, ni vaya ni quede. Vente conmigo. ¿Qué intentas? Por la puerta, que con este cuarto dice a aquella torre que de caballeros suele ser prisión, pasarle a ella y en ella oculto tenerle, pues no se habita, esta noche. ¿No ves que otra puerta tiene para el cuarto del alcaide, y él llave de ella? ¿Qué quieres?, ¿que por fuerza sea esta noche la que entre allá? Quien no tiene bien que escoger, ya es fuerza que con el mal se contente. Sígueme. Ya el ser cobarde en esta parte me debes. Y tú a mí, el ser atrevida. Más hago yo, que más veces se vio valiente un cobarde que no cobarde un valiente. ¡Qué presto te desobligas de mi piedad! No la tienes, porque no es piedad curar un mal con otro más fuerte; y esta piedad rigurosa es la que a mí me sucede, pues por librarme la vida, el alma, Flora, me prendes. Esta es piedad del valor, no del afecto la pienses, porque en saliendo de aquí, donde el riesgo que tuvieres no corra por cuenta mía, la primera que ha de hacerte matar seré yo. Esa sí será piedad. ¿De qué suerte? Porque mandarás matarme por hacer feliz mi muerte. Jornada Segunda Sale Silvia, sola. ¡Notables cosas mi ama discurre, imagina y piensa hoy, por no dar por vencida su vanidad y soberbia! Pero ¿quién me mete a mí en si acierta o si no acierta, pues que no me toca más que oírla y obedecerla? Esta es la puerta que guarda, hasta que la noche venga, a Don Carlos. Vaya, pues, de invención y de novela. ¡Yo soy! Bien puedes abrir. Abre don Carlos la puerta, y sale. Silvia, bien venida seas. ¿Cómo va de soledad? No es posible que la tenga un triste, pues no está solo quien está con su tristeza. Si yo dijese que hay, señor, quien hacerte quiera en aquesta soledad compañía, ¿qué dijeras? ¿Quién...? Escúchame. Una dama tapada llegó a la puerta ahora y preguntó por mí. Salí yo a saber quién era, y no lo supe, porque estuvo siempre cubierta. Díjome que ella sabía, don Carlos, por cosa cierta, cómo estabas encerrado aquí, porque siempre atenta estuvo a que no saliste por ventana ni por puerta. Añadió a esto decir, con mil suspiros y muestras de dolor, que le importaba... ¡Notables cosas me cuentas! ...la vida y el alma verte. Yo, con maña y con cautela, fingiendo que me llamaba mi ama, dejé la respuesta pendiente y vengo a saber cuál quieres, señor, que sea; mira cuál te está mejor, decirlo o negarlo. Deja que me admire de pensar una confusión tan nueva, que no sé quién pueda ser, que no conozco en Viena mujer ninguna a quien yo ese cuidado merezca. Y, puesto que no es posible de ningún modo que pueda atormentar el suceso más que la duda atormenta, dile que es verdad que aquí estoy y que a verme venga. ¿No hay más de que venga a verte? ¿No miras, no consideras que, si mi señora sabe que alguna persona entra aquí, cuanto más mujer...? ¿Luego, lo ha de ver por fuerza? Y pues, en bajando obscura la noche, me he de ir, no quieras que lleve esta duda más. De tal modo me lo ruegas... Ahora, bien que aventurarme quiero por ti, aquí me espera. Vase. ¡Mujer a buscarme a mí! ¡Válgate Dios por Viena, y cuáles son tus mujeres! Apenas me he visto, apenas, en tu insigne corte, cuando una me llama y me arriesga, otra me ampara y me libra, otra me busca y me alienta, y todas tres me ocasionan a que mil delirios tenga. Salen Silvia, y Flora tapada con manto. Este, señora, es el cuarto. No ha sido dicha pequeña llegar aquí sin que Flora ni lo imagine ni sienta; que, por Dios, que me matara. Yo voy a estarme a la puerta. Adiós. Vase. Embozado sol, que en la escura noche negra de ese manto desmentís de tantos rayos la fuerza, si a iluminar este espacio, flechado desde otra esfera, venís por que tanta noche peregrina aurora tenga, no me recatéis la luz; ved que es hora que amanezca y no es bien que a tantos rayos tan sutiles sombras venzan. Caballero forastero, la primer cosa que os ruega mi voz –pues, siendo mujer, es forzoso obedecerla, y más sabiendo que sois tan cortesano con ellas– es que no habéis de pedirme que me descubra. Con esta condición, os diré agora lo que a buscaros me fuerza. Es tan grave condición, que no me atrevo a ofrecerla por no atreverme a cumplirla. Porque ¿quién tendrá paciencia para no saber quién sois? Quien lo que le importa advierta, pues, si vos me veis a mí, no me queda a mí licencia para hablaros. Luego, a vos os importa. ¿De manera que de veros se me sigue no oíros y, por la mesma razón, de oíros, no veros? Enigma sois; pero venza un sentido a otro sentido, pues hoy el amor ordena que vea por que no escuche, o escuche por que no vea. Yo soy aquella tapada que fue la ocasión primera de vuestro disgusto; bien os lo habrán dicho las señas. No pensé cuando os llamé que de tanto empeño sea ocasión; pero en nosotras siempre esta disculpa es necia. Así como las espadas sacasteis, turbada y ciega me ausenté; mas de un criado que os siguió la diligencia supo que nunca salisteis de aquí. Con esta sospecha a buscaros he venido, fiada en que de cualquiera secreto había de ser el oro llave maestra; y así, falseando las guardas, rompí a esta torre las puertas. A ella vengo, a disculparme con vos de mi inadvertencia y a daros, señor, las gracias de la resolución vuestra. Ya sé que sois forastero y que volveros es fuerza brevemente; y por si acaso hoy la justicia no os deja con qué podáis, esta joya vuestra mejor posta sea, que las espuelas del oro son las mejores espuelas. No quiero, no, que volváis publicando a vuestra tierra que son desagradecidas las mujeres de Viena; pues por lo menos diréis, cuando más os quejéis dellas, que, si una os empeñó, supo desempeñaros la mesma; y hubo de más a más otra que os ampare y os defienda; de modo que trajo un daño doblada la recompensa. Con esto, adiós. Cuando vi que recatada y cubierta me hablábades, esperé oír agravios y quejas, no mercedes y favores, ya que deciros pudiera lo que a mí me dijo Flora, aunque al revés; pues si ella dijo «Si cuando me ofendes, tantos cuidados me cuestas, ¿qué dejas que haga por ti, cuando me obligues?», la opuesta razón milita, pues yo te digo a ti que ¿qué dejas, si te encubres cuando obligas, qué hacer para cuando ofendas? En efeto, hermosa dama –que en fe creo tu belleza, pues ya es hermosa quien es agradecida y discreta–, no he menester desengaños del valor, ni la nobleza, ni esa joya que estimara, más que por rica, por vuestra. Solo lo que he menester, es conoceros; si esta merced de vuestro recato no trae, señora, licencia, también, también la perdono y aun la atribuyo a clemencia; pues, si apenas hoy la noche desplegado habrá la negra sombra cuando yo de aquí salga, es piedad que en mi ausencia tenga menos que sentir quien menos que perder tenga. ¿Esta noche habéis de iros? Sí. ¿Por qué con tanta priesa? Porque para este hospedaje es una vida pequeña satisfacción, y he de irme a no hacer mayor la deuda. ¿No os ampara Flora? Flora es de mi vida defensa. Pues ¿qué teméis? Que por darme vida a mí, su opinión pierda; y importa menos mi vida. Dentro Silvia y Dinero. Ya he dicho que se detenga. Ya he dicho yo que me escuche, y tampoco lo hace ella. Voces oigo, caballero. Ahí aquesa joya os queda. Adiós, adiós; no entre alguno que en aquesta parte os vea; que a mí no importará tanto. Id con Dios, enigma bella de mis sentidos. Amor, ¡qué confusiones son estas! Vase Carlos y cierra la puerta, y sale Silvia. ¿Qué era eso, Silvia? Un criado de Carlos, que ahora sueltan de la cárcel, según dice, quiere, señora, por fuerza entrar hasta aquí, y lo cumple. Pues no quiero que me vea, por que, cuando allá los dos se den destas cosas cuenta, no pueda decir que a mí me vio en mi casa encubierta. Sale Dinero. Señoras, las mis señoras, estadme, por Dios, atentas; que hasta oír a un hombre es cosa que se hace con una bestia. Quien hubiere visto a un amo de cara abultada y fresca que nunca pagó ración, que son sus mejores señas, perdido de ayer acá, a restituirle venga; le darán su buen hallazgo, o a quien le encubra y le tenga se le pedirán por hurto. ¿Quién vio locuras más necias? ¿Qué queréis? Yo soy criado de un hombre, que puso apenas los pies en Viena, cuando las manos puso en Viena en un caballero. Al caso, que esta es relación superflua. Dicen que cierta ventana aquí le sirvió de puerta; y quisiera, si es posible, ver la ventana o tronera por donde salió este truco y, arrojándome por ella, dejarme rodar, a ver si doy con él: experiencia que se hace con las bolas, cuando se pierde una dellas. Despide, Silvia, ese loco; que descubrirme quisiera y no me atrevo. Ya he dicho, gentilhombre, que se vuelva; que de ese hombre no sabemos. No haga que de otra manera se lo haga decir a palos. Pesárame de oír su lengua, y así me voy. Ruido. Gente viene. Y ¡vive Dios!, que es don César. ¿Qué le he de decir? ¡Mi padre! ¿Qué haré, por que no me vea con manto? Hacer lo que hizo una dama en la comedia. ¿Qué fue? Echársele en la manga. No puedo, porque ya llega. Temblando de miedo estoy. Yo estoy turbada. Yo muerta. Sale don César. Flora, ¿qué es esto? A estas horas, ¿dónde vas? Yo no voy fuera. Pues ¿de dónde vienes? Yo de ninguna parte. (Ella es Flora, tapada en casa. Pues ¿qué tramoyas son estas? Ello va, a decir verdad; toda es gente honrada y buena, mas mi amo no parece. Quiera Dios que por bien sea). Pues ¿qué haces aquí con manto, si ni vas, ni vienes fuera? Trájomele ahora acabado ese sastre y, por que viera Silvia si estaba bien hecho, me le probé. Es cosa cierta. Para en casa se le puso, que ni va ni viene fuera. (Disculpa es común de tres; quiero aprovecharme della). ¡Y cómo que está excelente! ¡Miren qué capilla esta, y qué ruedo! ¡Vive Dios, que viene por excelencia! Bueno está. Dóblale, Silvia, y guárdale hasta que sea tiempo de quitarme el luto. Muchos rompa tu belleza. Venid acá. Vos ¿no sois aquel criado que era de don Carlos de Colona? Concedo la consecuencia, ... (No previne que mi padre a este hombre conociera). ...pero antes que le sirviese fui oficial de la tijera de sastre; mas de pecado –todo es una cosa mesma– me sacó porque me vio convertir una Cuaresma. Viéndome hoy que me soltaste, niño y solo en patria ajena, con el maestro entré, de quien yo fui aprendiz en mi tierra. Mandome traer ese manto por que allá no se estuviera, puesto que estaba acabado, lleno de polvo en la percha. Esta es la verdad en Dios, mas no en Dios y mi conciencia, porque no la tiene un sastre; y para que tú lo veas si la tiene o no la tiene, él vendrá a ajustar las cuentas. Vase. ¡Notable humor! Vos haced que luz en mi cuarto enciendan, y sea presto, porque tengo de volver a salir fuera. ¡A estas horas! Sí; a estas horas. ¿No ves que ya el sol se acuesta? ¿Qué importa eso, cuando importa hacer una diligencia? Vase. Ya alentar el alma puede. Señora, pues que también el mal se convierte en bien, cosa que nunca sucede, déjame aquí discurrir en estas cosas, por Dios, y digámosnos las dos lo que otros han de decir. ¿Qué quieres ser, disfrazada dentro de tu casa y ser aventurera mujer, hablando a este hombre tapada? Parecerme que estará toda su ropa perdida, y querer agradecida socorrerle. Bien está; pero, para remediar sus daños, ¿para qué ha sido disfraz de manto y vestido? Pues bien le pudieras dar la joya, y fuera más justo, si con esto te mostrabas liberal a él y le pagabas, y a mí me ahorrabas susto. ¿Y qué dijera de mí después, si ahora me viera tan liberal? ¿Qué dijera, sino que yo agradecí dar a mi primo la muerte, pues asesino mi amor se pagaba su rigor? Luego, fue bien desta suerte ser generosa, sin ser conocida, pues así conmigo y con él cumplí. Y en fin, ¿qué habemos de hacer deste hombre? No es justo, no, que duda en aqueso haya; abrir, Silvia, y que se vaya, aunque quede muerta yo. ¿Volvió a salir tu señor? Sí Pues sé tú misma juez, que vence honor una vez en las batallas de amor. No, pues, la vanidad mía crea fáciles engaños; que, si amor de muchos años sabe olvidar en un día, amor de un día mejor en muchos años sabrá olvidarse; claro está. Lo hace así. Yo llamo, pues. ¡Ay, amor!, no aquí me despeñes, no postres mi respeto aquí; que, si tapada otra fui, ya descubierta soy yo. Sale don Carlos. Señor don Carlos, ya es hora que de aquesta casa os vais; y si es que obligado estáis de mis servicios, ... Señora, de vuestras piedades soy un esclavo, y lo he de ser. ...una cosa habéis de hacer por mí. Esa palabra os doy. Que nunca a nadie digáis que en mi casa habéis estado escondido y retirado. Poco en eso me mandáis, que es piedad tan singular, como en vos llego a advertir, imposible de decir y imposible de callar. Luego, en lo que me mandáis no os sirvo, pues no pudiera, decirlo yo, aunque quisiera, del modo que vos lo obráis. Luego, por mi cuenta hallo que tiene vuestra piedad la misma dificultad en decillo que en callallo; y así, resuelto en hablar y a callar, sabré sentir por ser bien tan singular imposible de decir y imposible de callar. Y en fe deste sacrificio que tan a mi costa ofrezco, si de piedad os merezco otro género de indicio, os suplico perdonéis este atrevimiento necio y a esta humilde joya precio inmortal, señora, deis, con hacerla vuestra. Enojos no alteren vuestros sentidos; que es bien rindan los oídos sus trofeos a los ojos. Esto es enigma; pensar no tenéis ni discurrir: que hoy es recebir y dar imposible de decir y imposible de callar. Señor don Carlos, yo estimo la joya que me ofrecéis, mas no quiero que penséis –(mal mis afectos reprimo)– que con ella –(ciega lucho conmigo)– ya en la posada no quedáis a deber nada, que quedáis a deber mucho; pues, si bien consideráis estos estremos que hacéis, sin saber cómo, ofendéis con lo mismo que obligáis; pues a mí me ofende quien presume pagarme así y me ofende a mí por mí. Esto es enigma también. Idos con Dios, que es muy tarde, y no me paguéis con nada. Pues dádsela a una criada; y a Dios, señora, que os guarde. Pero ¿quién se podrá ir con tal duda? Sepa, pues, algo de ese enigma. Es imposible de decir. Pues ¿para qué fue empezar, dejando de esa manera sin luz ni sentido?... Era imposible de callar. Si tan adelante pasa la plática, cuando está para irse, ¿cuánto va que vuelve a quedarse en casa? Vamos. ¿Qué sirve mirar, ... Vete tú. ¿Qué sirve oír, ... ...si es mi mal... ...si es mi pesar... ...imposible de decir? ...imposible de callar? Vanse. Salen Arnaldo y Nise. En esta oculta parte del jardín, escondido has de quedarte, entretanto que Fabio se recoge. Ni el pie, Nise, ni el labio darán de mí señales; viva estatua seré de sus cristales. En estando acostado, bajará Laura aquí. Vase. De mi cuidado el suyo es digno empleo. ¡Cuán a costa el amor vende un deseo! ¡Oh, noche, sombra fuerte del temor, del recelo y de la muerte! ¡Oh, noche, oscuro manto del horror, del asombro y del espanto! Si, emperatriz del sueño, de ciprés coronada y de beleño tienes la adusta frente en el lóbrego imperio de occidente, triunfe tu hueste umbría del más hermoso ejército del día; que, si en su sombra oscura, pues sin luz deja hallarse la hermosura, la de Laura merezco, verás que a tu deidad pálida ofrezco por vitorioso ejemplo, de ébano, bronce y jaspe negro templo, atezada coluna del cóncavo edificio de la luna, y en tus altares tu deidad ingrata en una estatua de azabache y plata, cuyas tímidas plantas estrellas den, en vez de flores, cuantas esa inconstante esfera le debe a tu noturna primavera; y no serán errores, que, si estrellas del día son las flores y tú las atropellas, flores son de la noche las estrellas. Sale Laura y Nise. A Nise Quédate tú a la puerta de Fabio. Avisarasme, si despierta. Allí te está esperando. ¿Es Arnaldo? No sé, que estoy dudando, viéndome tan dichoso, si soy otro; dudoso tengo en tan dulce abismo el favor y los celos de mí mismo. Pues cree el favor y duda los recelos, que nadie más que tú debe a los celos. No sé de qué manera. Si mi hermano de ti no los tuviera y, necio su cuidado, no se hubiera conmigo declarado, a esto no me obligara, pues con verte de día consolara la pena, Arnaldo, mía. Luego, quitando este lugar al día, se le han dado a la noche sus recelos; luego, terceros tuyos son sus celos. Al que de algún veneno el pecho, Laura hermosa, tiene lleno, otro veneno cura; así yo, a quien la muerte le procura una pena que a llanto me condena, el antídoto hago de otra pena, pues veneno a veneno se prefieren, y vivo yo de lo que tantos mueren. Poco mi amor te debe, pues el dolor que tus acciones mueve desde el día funesto Dentro ruido. de la muerte de Licio... Mas ¡qué es esto! Un hombre se ha arrojado al jardín. ¿Quién será? Poco ha durado un bien que dan los celos. Presto vienen por él. dentro ¡Valedme, cielos! Sin duda, que mi hermano. No es, que él no entrara desta suerte es llano. Pues ¿quién quieres que sea? Saca la espada. Quien este lance averiguar desea. Yo he de saberlo así. De pena muero. Sale don Carlos. ¿Quién va? ¿Quién es? Caballero, merézcaos tan noble brío más ilustre vencimiento. No contra un hombre postrado rayos esgrimáis de acero, porque es inútil vitoria quitarle la vida a un muerto. Si acaso de aquesta casa sois el generoso dueño, mi atrevimiento suplid, si es la fuerza atrevimiento. Un hombre soy desdichado, tanto, que mil veces creo que el cuerpo de las desdichas es la sombra de mi cuerpo. De una casa en otra he entrado hasta este jardín, huyendo de la razón de un marido, –(por deslumbrarle, le miento)– a quien en defensa honrosa de mi vida herí. Supuesto que hidalgas desdichas hallan lugar en hidalgos pechos, sólo que me deis os pido, sólo que me deis os ruego paso a otra casa, hasta tanto que tome sagrado puerto este desnudo bajel, este derrotado leño que va corriendo fortuna en un mar que todo es viento. Hidalgo, ... ¡Ay de mí! ...cualquiera que seáis, a tanto estrecho os trae la suerte, que aquí daros ni negaros puedo el paso, porque a los dos nos está mal el concierto: a vos, porque, si os le doy a esotra casa, os empeño más, que son del potestad los jardines que con estos confinan, y será daros prisión y no retraimiento; a mí, porque no soy parte para ocultaros. No tengo que declarar la ocasión. Esto basta, y así luego podéis volver a salir por donde entrasteis, supuesto que ni pasar ni quedaros no os está bien. Deteneos, que, si es riesgo mío el pasar y el quedarme daño vuestro, por escusar vuestro daño quiero atropellar mi riesgo. Dadme paso a estos jardines que decís, que quizá en ellos guardará la confianza lo que aquí no guarda el miedo. Ya me dais más que pensar, pues delincuente que huyendo a la justicia no teme, arguye mayor secreto; y ya ni iros ni quedaros ha de ser sin conoceros. Saca la espada. ¿Qué os importa? Saber sólo si esto ha sido fingimiento para conocerme a mí. Ciego fuera, y más que ciego, quien a tanta luz no viera hurtos de amor y de celos. No queráis más desengaño de que a buscaros no vengo, sino que viendo a esa dama me voy, y con ella os dejo; pues, aunque fuera verdad, mayor vitoria no creo que quedar con ella airoso, y ella me viera ir huyendo. La causa de no temer esa casa, es porque tengo noticia della, y sabré della escaparme más presto. Pues nadie fuera cobarde a los ojos de sus celos, no quiero más desengaño, más satisfación no quiero. Llegad, que de este emparrado, como yo os ayude, es cierto que pasaréis fácilmente. La vida diré que os debo. (Huyendo de mi prisión, Flora, a tu prisión me vuelvo). Vanse los dos. ¡Quién vio más estraño lance! ¡Quién vio más raro suceso! La primera noche que... Dan golpes dentro, y vuelve Arnaldo, y dice dentro don César. Abrid estas puertas presto. ¡Ay de mí! ¿Qué ruido es este? Ya pasó. Pero ¿qué estruendo oigo? Dentro Hola, dadme una luz. ¡Ruido en mi casa! ¡Qué es esto! Dentro Abrid aquí. ¿Qué he de hacer? Salir tú también. No puedo; que si el otro... ¡Ay, infelice! ...pudo, fue porque yo... ¡Ay, cielos! ...le ayudé a salir, y yo quien me ayude a mí no tengo. Ya entra luz; procura, pues, retirarte a un aposento. Vase Arnaldo. Sale con un hacha Fabio y criados. Yo sabré... ¿Quién va? ¿Quién es? Yo, señor. ¡Pues tú –¿qué es esto?– en el jardín a estas horas! De mi cuarto salí huyendo a las voces. Esas puertas abrid todas y veremos quién llama. Sale don César y gente. Señor don Fabio, que no os alteréis os ruego desta novedad; que quien fue tan prevenido y cuerdo a avisarme que sabía, si bien no tuvo allá efeto, dónde estaba este homicida y mostró tanto deseo de su prisión, dará el susto por bien empleado a trueco de que le prendan. Pues ¿dónde está? Siguiéndole vengo, que a las puertas de mi casa le reconocí; bien cierto que es él, según dicen todos. Al fin, más veloz que el viento volvió la espalda y se entró en una casa. En efeto, de una en otra llegó a echarse en estos jardines vuestros. Pues, si él se echó en mis jardines, no hay duda de que esté en ellos, que no hay por donde salir. Mirad, pues, la casa. Éntranse todos por diferentes partes. ¡Cielos! ¡Qué desdicha es esta mía! Si hallan a Arnaldo, yo muero, pues los celos de mi hermano serán agravios, no celos. Sale Arnaldo embozado, con la espada desnuda. Aquí está un hombre embozado. Descubríos ya. Primero perderé la vida. A los criados ¡Fuera, apartaos! A Arnaldo. Deteneos, señor don Carlos Colona. (¡Qué escucho! ¡Viven los cielos, que aquél era mi enemigo!). Aunque tantas causas tengo para vengarme de vos, por otros justos respetos os sufro esta demasía, os paso este atrevimiento. Daos a prisión. (Ya, ¿qué aguardo?). (¿Qué he de hacer? Si aquí me entrego preso, dejo de decir que es Carlos el que va huyendo, y después de darle vida, espaldas le hago yo mesmo. Pues también, si me descubro, a Laura infelice pierdo, pues hará, en viéndome Fabio, evidencia a los recelos. Decir que el otro huyó es decir que yo estaba dentro; descubrirme es villanía, bajeza estarme encubierto y resistirme imposible. En una balanza puestos están mi vida y su honor. Pero ¿qué dudo, qué temo? Más es su honor que mi vida). Señor don César, ... (Hoy muero). ...solamente a vos rindiera esta vida y este acero. Vuestro preso soy. Volvedle a la cinta. Lleva, Celio, a don Carlos a la torre. Celio, vamos. Pues ¿qué es esto? ¡Vos sois! Calla, Celio, calla; que importa mucho el secreto. Vanse Celio, Arnaldo y criados. Fabio, adiós. Perdonad, Laura, este alboroto. No puedo; que hay mucho que perdonar. Yo tengo de iros sirviendo. Eso, no. (Ya en mi poder Carlos está. Ya me veo, entre amistad y venganza, a dos impulsos atento. Ya la obligación de juez cumplí y la de amigo espero. Deme la venganza ira, deme la amistad consejo, deme la prudencia aviso y deme paciencia el cielo). Vase. (¡Preso Arnaldo por la muerte que más llora, habiendo él mesmo dado a su enemigo vida, y tener yo sufrimiento para no haber dado voces! ¡Qué es esto, cielos, qué es esto!). (¡Laura vestida a estas horas y en el jardín encubierto este hombre, este homicida! ¡Haber en guardarse puesto el rostro tanto cuidado! ¡Qué es esto, cielos, qué es esto!). (Pero, en sabiendo quién es, ¿darle libertad no es cierto?). (Pero ¿qué dudo, si César aquí le vino siguiendo?). (Mas, ¡ay!, ¿qué dirá mi hermano, si mañana no hay tal preso?). (Con saber quién es mañana, ¿todas las dudas no absuelvo?). (No hay medio, no, a mis desdichas). (A mi mal no hay otro medio). Laura. Fabio. Tarde es ya. Recógete a tu aposento. (Así pudiera, ¡ay de mí!, recoger mis pensamientos. ¡Qué cobarde es el honor!). (¡Qué atrevidos son los celos!). Vanse. Salen Silvia y don Carlos por la puerta que significa ser de la torre, como a escuras. Dicha fue de un desdichado que tú a tales horas fueras la que a este jardín vinieras, donde ya desesperado estaba. Yo me he atrevido, después de pasado el susto de hallarte en él, aunque injusto atrevimiento haya sido, sin dar parte a mi señora, a traerte al retraimiento; quédate aquí, porque intento ir a decírselo agora. Pues dile que apenas yo de su casa me ausenté cuando a su padre encontré, que a conocerme llegó; que, por que no me prendiera, varias fortunas corrí, hasta haber parado aquí como en mi centro y esfera. Dile que me hallaste, en fin, en su jardín, donde vía por aquella celosía la deidad de su jazmín. Todo aqueso le diré; y quédate, porque ya muy presto mi amo vendrá y, si me siente, no sé qué disculpa pueda dar de estar vestida a esta hora. Vase y cierra. Discúlpame tú con Flora; triunfarás de mi pesar. ¿A quién habrá sucedido en el mundo semejante caso? ¿Hay caballero andante Comienzan a abrir la puerta, y salen Arnaldo y Celio con luz, muy a espacio. que pueda...? Pero ¿qué ruido escucho hacia esotro lado de la torre? ¿Si, por donde a otra casa corresponde, han abierto? Ya han entrado con luz dos hombres. ¿Qué haré? Sin duda que me han seguido hasta aquí, y aquí han venido a darme muerte, porque de vista conozco al uno que al lado de Licio estaba riñendo. ¿Hay pena más brava? ¿Hay lance más importuno? La casa miran. Lo estrecho de este paso he de tomar. ¡Vive Dios, que han de llegar cara a cara y pecho a pecho! Salen Celio y Arnaldo. De la torre y de mi casa esta es la pieza mejor. Tercia la capa, empuñando la espada, don Carlos, y pónese a un lado hacia el paño, y saca Celio una luz, y pónela sobre un bufete. De cualquier suerte, en rigor, Celio, una noche se pasa. Con causa admirarme puedo de vuestro suceso. En fin; estaba yo en el jardín con Laura... Hablemos más quedo. (Si vinieran a buscarme, no tan despacio vinieran. Si no me buscan, ¿qué esperan? ¡Oh, si pudiera acercarme a oír lo que hablan! Mas no; más vale estar retirado que, si ellos no me han buscado, ¿por qué he de buscarlos yo?). En efeto, le di paso a quien la muerte le diera dondequiera que le viera, y quedé yo... Hablad más paso. ...de suerte que en mi piedad, vuelta entonces contra mí porque al otro se la di, me dejó sin libertad. En vuestro poder estoy, por lo que más lloro, preso. Bien estraño es el suceso, pero ya desde aquí doy las gracias al desengaño, pues, en viéndoos, claro está que César os soltará libremente. No es mi daño el que yo siento. ¡Pluguiera al cielo en eso parara! Que el delito confesara, por que Laura no tuviera esta sospecha en su fama; que es infamia conocida consolarme con mi vida tan a costa de mi dama. Yo bien quisiera tener, Arnaldo, una industria, un modo para sacaros de todo. Uno solo puede haber. ¿Cuál es? Dejarme salir a avisar y disponer a Laura lo que ha de hacer y lo que yo he de decir; no discrepemos los dos. Lo que hemos de hacer sepamos por que una cosa digamos. Yo volveré, ¡vive Dios!, brevemente. No quisiera que os volvieran a buscar; mas algo ha de aventurar el que serviros espera. Pero ved que de vos fía mi honor su reputación. Yo volveré a la prisión antes que declare el día. Id con Dios. Con eso alcanza nuevas prisiones mi pena, porque la mayor cadena de un noble es la confianza. Vanse los dos y dejan la luz. ¿Fuéronse? Sí. ¿A qué han entrado estos hombres? ¡Oh, quién fuera tan venturoso, que hubiera oído lo que han hablado! Ni una palabra entendí, ni una razón escuché; y solo de aquesto sé que ya no estoy bien aquí. Pues, entrando aquí esta gente, es forzoso que me vean; ¡que tantos contra mí sean! Y, en fin, lo más conveniente es el irme. ¡Oh, quién contar pudiera a Silvia –¡ay de mí!– esto que ha pasado aquí! ¡Oh, quién pudiera llamar sin hacer ruido! Mas ¿ya para qué? Ella lo sabe, pues vuelve a torcer la llave. Vuelven a abrir. ¿Quién duda que ella será? Mato la luz..., pero no; mejor es que sea testigo que acredite lo que digo. ¿Quién es, quién me busca? Sale don César. Yo. Yo soy, Carlos. ¡Señor, vos!... Dejad turbados estremos y sentaos, que tenemos que hablar a solas los dos. Siéntanse. Señor don Carlos Colona, no os admire, no os espante que a estas horas os visite en esta torre, esta cárcel, quien es en vuestros sucesos abogado, juez y parte, y hace un todo de desdichas, compuesto de dos mitades. Yo quise, pues, esperar para hablaros a que nadie me vea entrar en vuestro cuarto, y así vengo cuando yace en el sepulcro del sueño toda mi casa cadáver. Confuso estaréis de oírme tan apacible y afable agora, habiéndome visto hoy tan riguroso antes. Pues, para que no lo estéis, reportaos y escuchadme, que dificultades dichas, ya no son dificultades. Yo soy el mayor amigo que ha tenido vuestro padre, sin que esta amistad el tiempo ni la melle ni la gaste. La vida y el honor mío le debo, y he de acordarme entre tan grandes ofensas de obligaciones tan grandes. Acuérdome, pues, que un día, siguiendo los estandartes católicos que a los cielos lleva en sus alas el ave de dos cuellos, tuve yo con dos nobles de la sangre de Nasau, deudos cercanos del gran príncipe de Orange, un desafío, y saliendo a campaña, por que iguales estuviésemos, saqué por segundo a vuestro padre. En fe, pues, de su valor, salí ufano y arrogante, tanto que limpio mi honor fue...; mas no quiero acordarme, que se corre la vejez de escuchar sus mocedades; esta obligación y muchas en mi pecho escritas trae mi valor; que un pecho noble es lámina de diamante; y siéndolo, no, no es mucho que en mí dure sin borrarse, cuando con buril de acero, Carlos, la grabó con sangre. Venistes vos a Viena, donde –esto en silencio pase– la fortuna, que no hay quien mejores novelas trace, por una parte, me pone en ocasión de vengarme, y de ampararos, por otra; y yo, en confusión tan grave, conociendo que hay en mí dos afectos tan iguales, dos impulsos tan conformes, dos deseos tan constantes de piedades y rigores, mezclándolas cada instante, hago un cuerpo, en que no son ni rigores ni piedades. Preso estáis en mi poder. Desdicha fue que os hallase en aquel jardín, y bien mostré de veros pesarme, pues, por no veros, la capa nunca os quité de delante. No pude dejar entonces, entre obligaciones tales, de estar severo, ni agora puedo dejar de mostrarme piadoso, porque pretendo satisfacer a ambas partes. Y así, si entonces fui juez, ahora amigo; si allí parte, aquí abogado. Ved vos qué disculpas podéis darme, qué descargo puedo haceros, qué medio puede tomarse para que cumpla yo a un tiempo con las quejas de mi sangre, los ruegos de mi amistad, las deudas de vuestro padre, la obligación de mi oficio; y esto no lo sepa nadie, porque, si ahora soy amigo, mañana, juez. Dios os guarde. Vase, cerrando la puerta. ¿Qué es lo que pasa por mí? ¿Hay suceso más notable? ¡Quién vio mayor confusión! ¡Quién vio más estraño lance! ¡Don César, cuando escondido aquí estoy, a visitarme viene, sin que el verme aquí ni le enoje ni le agravie! Cuando pensé que venía a prenderme o a matarme, ¡a contarme, viene, cielos, desafíos de mi padre! Aquí hay algún grande engaño, o alguna traición hay grande; porque –apuremos el caso– supongo que sepa alguien que aquí me escondo, ¿es posible que con tal paciencia trate sus agravios? No; pues cuando quiera por su honor no darse por entendido, pudiera fingirlo prudente y grave con la lengua y con la voz, pero no con el semblante; porque el semblante en un hombre ni puede mentir, ni sabe. Pues, si no pudo fingirse tan vivamente este lance, ¿qué jardín es este, ¡cielos!, donde me prendió? Dejadme, confusiones, que no es posible que un pecho baste a resistirse de tantas sin que la menor le mate. A espacio, a espacio, desdichas; a espacio, a espacio, pesares; vamos cogiendo los cabos a este caso, que importante será recogerlos todos por que no se desenlace alguno; veamos si hay memoria que tantos ate. Yo a un caballero di muerte por un disfrazado ángel; su prima y su esposa a mí, esta torre en que guardarme; la tapada, agradecida, finezas trueca a diamantes; un su amigo, que me busca para darme muerte, llave tiene de ese cuarto donde entra libremente y sale; el mesmo de quien yo huyo, como juez y como parte, no habiéndome allá prendido, no estraña que aquí me halle. Pues ¿qué es lo que puedo hacer en confusiones tan grandes? Salir de aquí es muy difícil; esperar aquí no es fácil. ¡Oh, qué de cosas pendientes se quedan para adelante!, pues es fuerza que mañana don César se desengañe, Flora con él se disculpe, la tapada se declare, el enemigo se vengue... ¡Ojalá –por que se allanen tantos piélagos de penas, montes de dificultades, laberintos de recelos– y si es que habéis de matarme, no vengáis despacio, agravios, no vengáis a espacio, males; apriesa, apriesa, desdichas, apriesa, apriesa, pesares! Jornada Tercera Salen Flora y Silvia. ¿Qué me dices? Lo que pasa. En pie la duda se está, pues está don Carlos ya otra vez dentro de casa. Aunque acabas de decir lo que con él te pasó, me parece a mí que yo no lo he acabado de oír; y así, antes que el alba fría, envuelta en blanco arrebol, dé priesa diciendo al sol que es hora que venga el día, me levanto. Digo, en fin, que acostada te dejé; que salí al jardín; que hallé a Carlos en el jardín; que al principio me turbó; que al cabo me aseguré; que la causa pregunté y que él me respondió diciendo que había venido huyendo otra vez; que entró por tal parte, y señaló esas tapias que han caído a los jardines de Laura; que allí confieso muriera, si acaso yo no saliera; que su temor le restaura mi piedad, pues le socorre solamente por saber que tú lo has de agradecer; y, al fin, que se está en la torre. Lo que diera mi sentido, por que Carlos no se hubiera ido ayer, agora diera por que no hubiera venido. ¡Oh, qué mal contento amor vive siempre! ¡Quién habrá que te agrade! ¡Quién, si está siempre flechado tu ardor! Siempre te escuchan tus quejas trocando males y bienes, por dejarlos, si los tienes, por tenerlos, si los dejas. Si ayer lloraste un olvido, no llores hoy una fe; si sentistes que se fue, no sientas que haya venido; que, aunque daño pueda ser mío ver que aquí volvió, ¿qué te importa a ti, si yo te lo quiero agradecer? Con el discurso, señora, hasta la puerta has llegado de la torre. Mi cuidado el móvil ha sido agora desta acción mía y no mía, pues tanto me arrebató, que me trajo, sin que yo supiese dónde venía. Abre... Pero ¿quién se ha entrado hasta aquí? Ruido. El hombre que ves; el sastre fingido es que fue de Carlos criado. ¡Que aquí le dejen entrar! No así tus labios se quejen; que él se entra, aunque no le dejen, que es de humor muy singular. Pues sal antes que aquí llegue, Silvia, y dile que se vaya. ¿Qué importa, si él no ha de hacello? Sale Dinero. Flora, la que llaman casta ¡pluguiera a Dios no lo fuera! Que no es justo que las damas de todo punto lo sean, porque no sirven de nada... Deje esas necias locuras, y váyase noramala. ¿No habrá un manto que probar siquiera? ¡Oh, perro! ¿Aquí estabas? Dentro, cuchilladas. ¿Qué ruido es ese? ¿Qué ruido? De muy lindas cuchilladas. Dentro de la torre son, ¡gran desdicha me amenaza! Dondequiera que yo hallare a quien me ofende y me agravia, puedo darle muerte. dentro Yo, guardarme. Estrecha es la sala, y hemos venido a los brazos. Salen los dos luchando. ¡Qué miro! ¡El cielo me valga! ¡Ay, triste! Agora, traidor, verás si es rayo esta espada que sabrá hacerte pedazos. No harás poco si te guardas. Para hallarle así, mejor fuera que nunca le hallara. ¿Qué es esto, Arnaldo? Traiciones tuyas, pues tú las amparas; mas no es mucho, no, no es mucho, si tú mesma fuiste causa de que a tu primo matasen, tener dentro de tu casa a su homicida y tu amante, que ahora me desengañas de que entonces fueron celos y que el venirse a tu casa tan sin temor fue por esto. Mas, ya que a tu sangre faltas, no falte yo a la amistad, tomando justa venganza. (Todo Arnaldo lo ha sabido, y que aquí Carlos estaba, y ha entrado a vengar su amigo. ¡Quién vio confusiones tantas!). Pues, si vengarte deseas, ¿qué es lo que esperas? ¿Qué aguardas? Riñen. Sale don César. ¿Qué es esto? Afuera. ¿Qué es esto? (Esto solo me faltaba. Hoy muero). ¿Cómo se pierde así el respeto a mi casa? ¡Vive Dios!... Señor don César, el que más respeto guarda a estas paredes soy yo; pero hallando en vuestra casa... (Ya ¿qué tengo que esperar? ¡Que todo aquí se declara!). ...escondido ese traidor, siendo Flora quien le ampara, pues para darle la vida fingió que por la ventana salió, y a pesar de todos en esa torre le guarda, quise... Suspended, Arnaldo, razones tan mal pensadas; que es en mi honor, ¡vive Dios!, delito el imaginarlas. Si está en mi casa don Carlos, yo le he traído a mi casa preso; que tanto ha podido mi cuidado y vigilancia, que vine a prenderle anoche en los jardines de Laura. El traerle a aquesa torre es por ser determinada prisión para caballeros o porque yo tengo causas para prenderle y honrarle, y quiero cumplir con ambas. Y agradeced que os respondo con la lengua y no la espada a tan descortés malicia, a sospecha tan villana. Flora es mi hija, y no pudo... Idos de aquí; no me haga la cólera... (Él ha pensado, como en su casa le halla, que es el que anoche prendió, pues me hace la puerta franca. Y pues así se asegura la reputación de Laura, y él queda preso, y voy libre, esto está mejor que estaba). Yo, señor, ... No os disculpéis. ...entré... No habléis más palabra. ...osado... No prosigáis. ...porque fui amigo... ¿Aún no basta? ¡Vive Dios!, que hagáis os eche desta suerte de mi casa. Échale a rempujones, y vanse. ¿Qué tengo ya que esperar? Don Carlos, ya veis a cuántas desdichas estoy dispuesta. Mi padre no ignora nada de la verdad, pues Arnaldo se lo ha dicho. (¡Estoy turbada!). El decirle que él te trujo, supuesto que tal no pasa, bien se ve que es fingimiento por disimular su infamia; mas con nosotros, con quien no puede fingirse, es clara cosa que ha de declararse. Mi vida, señor, ampara. Dices bien; aunque esperé ser algún engaño causa de su agrado, ya con esto no me queda esa esperanza, mas moriré en tu defensa. Todo es malo, pues que guardas mi vida contra mi vida. Vuelve a salir don César. Sin duda que aquí se matan. Señor don Carlos, aquella de vuestra prisión la estancia es. Retiraos y pensad que esta cólera bizarra de Arnaldo fue obligación de su amistad disculpada, que, pues la perdono yo, bien podéis vos perdonarla. Esto os pido, porque quiero yo que entre los dos se hagan las amistades. (¿Qué es esto? ¡Cuando su muerte esperaba, tan cortésmente le ruega! ¡Tan blandamente le habla!). (En César sin duda hay mucha prudencia o mucha ignorancia; y de cualquiera manera será mejor no apurarlas. Y, pues son tales mis penas y tan grandes mis desgracias, que es la menor estar preso, esto está mejor que estaba). En todo he de obedeceros. Vase. (Ahora entro yo en la danza). Vos, ¿qué hacéis? Viendo, que aquí la fiesta se celebraba del amo perdido, al punto dejé tienda, perchas, tabla, dedal, hilo, seda, agujas, jabón, pergamino, vara, tijeras, cincel, patrones, retazos, mentiras, trampas, etcétera, y vine aquí no pensando que enfadara Dinero; mas yo me iré muy mucho de noramala; que para ti no hay más ruegos, ya lo sé, que irse el que cansa. Si a vuestro amo buscáis, entrad con él. Lo que mandas está tan puesto en razón, que no respondo palabra. Vase. (A todos ha despedido, y conmigo solo traza quedarse). La puerta cierra. Silvia, allá fuera te aguarda. Vase Silvia. (Esto es hecho. No hay remedio mejor que echarme a sus plantas y contarle la verdad). Señor, ... ¡Qué es esto! Levanta. ...Arnaldo te ha dicho... Sí; que tú a Carlos ocultabas en casa. Yo soy tu hija, y el valor tuyo fue causa... ...de sentir que de ti formen sospechas tan mal fundadas, para disculparse así; y estarás muy enojada de que tal atrevimiento sin castigarle se vaya, y tienes mucha razón; mas como conmigo hablaba, que sé la verdad de todo, no me dio cuidado nada. No estés enojada, Flora, que quiero que por mí hagas una fineza. De este hombre, que he traído preso a casa desde hoy mandarás que tenga cuidado alguna criada en su regalo; verás que cómo al que ayer buscaba para darle muerte, hoy festejo; cómo eso pasa en el mundo, que es un monstruo compuesto de partes varias, pues lo que es agravio hoy, es obligación mañana, y a ningún muerto, en efeto, fue sufragio la venganza. No puedo decirte más; que son historias muy largas. Adiós, adiós. Vase. ¡Santos cielos!, ¿qué es esto que por mí pasa? Mi padre dice que trajo preso a Carlos, ¡cosa estraña!, y Silvia, que en el jardín le halló, y cuando yo esperaba el disgusto de mi padre, ¡que le regale, me manda! ¿Sueño? Sí; que no es posible que lance tan nuevo haya en el mundo que convierta el mal en bien; pero basta, que de cualquiera manera, esto está mejor que estaba. Sale Laura. Flora hermosa. Laura mía, ¿qué es esto? ¡Tan de mañana a visitarme! Sí, Flora; que un triste nunca descansa. A buscarte vengo, amiga, llena de penas y ansias, y a depositar en ti todo el tesoro del alma. No habré menester decirte de mis tristezas la causa, porque tristezas de amor se dicen sin pronunciarlas. Un hombre en tu casa está preso. Vida, honor y fama, verle y hablarle me importa. Hablando conmigo estaba anoche, porque es el dueño de todas mis esperanzas, cuando quisieron los cielos que de mi casa a tu casa le pasasen mis desdichas; y, aunque por la confianza del alcaide volvió a verme, no me pudo decir nada, que estaba despierto Fabio. Por tu vida, que des traza para que yo le hable, y sea la respuesta ejecutarla; que nunca dan más espacio las penas y las desgracias. (¡Válgame el cielo! ¿Qué escucho?). Pues ¿no me respondes nada? No sé cómo responderte. (Y es verdad, porque palabras que traen la hierba de celos son el veneno del alma. Apenas de haber salido de un mal daba al cielo gracias, ¡cuando vuelvo a dar las quejas! ¡Oh, cómo es cosa asentada que son cobardes las penas, pues siempre en cuadrillas andan! Laura es dama de don Carlos, Carlos es galán de Laura. Anoche, cuando salió de aquí, se fue a visitarla; desde su jardín, adonde hablando con ella estaba, pasó al mío; bien lo dice ella, pues dice, ¡ay, tirana!, que le pasó una desdicha desde su casa a mi casa. Pues si a Carlos Laura quiere, pues si a Laura Carlos ama, volved atrás, pensamientos; que aún no está mejor que estaba). ¿Qué me respondes? ¿Qué dices? ¿Qué tienes? No sé qué haga. (¿Daré paso yo a mis celos, tercera a sus esperanzas? No; que ninguno guardó a sus celos las espaldas). ¿Por qué con tal turbación me miras? Porque me mandas cosa en que será imposible servirte. Siempre cerrada la puerta está que responde al cuarto donde se guarda ese hombre, y el alcaide por otra calle se manda. ¿Hay más de abrir esa puerta? Más hay, porque está clavada. Rómpela y déjala en falso. Veranlo aquesas criadas. ¡Oh, qué de dificultades me pones! ¿De qué te cansas? De que, si fueras mi amiga, inconvenientes no hallaras. Yo hago... No me digas más. ...más que puedo. Tú te engañas. Sale don César. ¿Qué voces, Flora, son estas? ¿Qué voces son estas, Laura? ¿Las dos amigas ansí se enojan? No ha sido nada. No es sino mucho, y pues traje dos diligencias pesadas, he de intentar la segunda, pues la primera me falta, y en lágrimas y suspiros salgan de mi pecho, salgan de una vez tantos pesares, de una vez desdichas tantas. Escúchame. Yo, señor, vengo con un desengaño a sacarte de un engaño, a librarte de su error. A un caballero le di ocasión de que me viera en mi casa –¡oh, si pudiera esto decirse sin mí!–, cuando un hombre, que venía huyendo de dos, se entró en el jardín y pasó a esta casa de la mía. Vos, siguiéndole, llegasteis y a mi amante –¡ay, penas tristes!–, por el hombre que seguisteis, preso a una torre enviasteis. No me pude declarar por mi hermano, y ahora vengo, con la obligación que tengo, ¡oh, señor!, a suplicar que con generoso indicio miréis por mi fama, pues; soltadle, pues que no es el que dio la muerte a Licio. Con mi hermano disculpada quedé yo de hallarle allí. En toda mi vida vi mentira más mal trazada. Señora, si vuestro amor quiere, ostentando finezas, tomar vado en sus tristezas, hallar puerto a su dolor, no ha de ser con fingimientos neciamente imaginados; mejor negocian postrados los ruegos y rendimientos. Porque, si el que yo seguí y en vuestro jardín hallé don Carlos Colona fue y es el mismo que está aquí, ¿qué sirven engaños? Esa es mi desdicha cruel: el presumir vos que es él. Pues, si él mismo lo confiesa, ¿puede él mismo mentir? Sí; que, por no formar, señor, sospechas contra mi honor, querrá condenarse a sí. Cuando en su pecho cupiera una fineza tan rara, que el delito confesara y él mintiera, no mintiera un criado que ha venido con él, le ha visto y le ha hablado. Puede mentir el criado. Haréis que pierda el sentido. ¿Y si yo mesmo al instante que le envié preso aquí a solas le hablé y le vi, y él...? No paséis adelante. ¿Vos le hablastes? ¿Vos le vistes? Yo mismo, yo mismo, yo. Pues será otro, pero no el que en mi casa prendistes, porque vos le conocéis al que en mi jardín hablaba. (Esto está mejor que estaba). Si a eso persuadir queréis, dejadme, por Dios, señora, que es querer que a un fingimiento me quite el entendimiento. Dile, por tu vida, Flora, cómo el que anoche prendí don Carlos Colona es. ¿Eso tiene duda? Pues el que ahora está preso aquí muy bien le conozco yo y es el mismo que venía huyendo aquel mismo día, ¡ay, infelice!, que dio la muerte en el campo a Licio. Díselo así, porque temo que su locura y mi estremo me quieren quitar el juicio. Vase. Pues ¿qué duda puede haber en verdad tan asentada? Flora, no me digas nada; que yo lo sabré saber. Vase. Como de mi mal me espanto, del tuyo, Laura, también; mas de mi mal o mi bien hoy veré el fin. Dame un manto, Silvia. Sale Silvia. ¿Qué quieres hacer? ¿No ves que ya su criado que eres tú le habrá contado la tapada? Qué temer no tengo. Venza el rigor de tan confusos desvelos y denme muerte mis celos o deme vida su amor. Vanse. Salen don Carlos y Dinero. ¡Lástima es, vive el cielo, si crédito he de dar a tu desvelo, que un amante no seas de novela! Pues oye, si deseas saber todo el suceso. Estaba yo escondido donde preso ahora estoy, cuando vino otra dama de ingenio peregrino a buscarme tapada diciendo que de mí estaba obligada porque la dama era que fue de mi rigor causa primera. Esta pues... Era Flora. ¡Qué dices! La verdad; escucha agora Flora es esa tapada, que a visitarte vino disfrazada; yo lo sé porque estaba contigo cuando yo, que te buscaba, la saqué de un aprieto con su padre, fingiéndome en efeto sastre. ¡Al cielo pluguiera que, antes que sastre, diablo me fingiera! César adónde iba preguntaba y ella dijo que un manto se probaba que yo entonces traía; de manera que Flora es la tapada. Aguarda, espera; que, si vamos juntando partes, hay muchas que lo abonen. Cuando riñendo Arnaldo estaba, dijo que darme muerte procuraba por vengar a su primo, cuya muerte ella causó; de suerte que habiendo ella causado la muerte de su primo, con cuidado a ampararme obligaba visitarme tapada, guardarme temerosa y obligarme en efecto generosa muchas verdades son, o yo las creo, por lo que persuadir sabe el deseo. ¿Quién decirte supiera del modo que la vi cuando mi fiera suerte por la pared de esos jardines me ocasionó volverme a sus jazmines? No todo sea pesar, va de pintura. Escucha, aunque se enoje su hermosura. Ya te dije cómo anoche de aquesta casa me fui y que en la calle don César me reconoció al salir. Ya te dije cómo, huyendo de un lance en otro, caí a un jardín, donde un amante favorecido y feliz gozaba su paraíso sin temor de serafín, pues le tenía en sus brazos. Pues escucha: desde aquí a los jardines de Flora pasé y confuso me vi, porque entre los laberintos de su amoroso país era la noche medrosa monstruo tan cobarde y vil, que, pisando blandamente el clavel y el alhelí, no dejó a fuentes ni flores ni mormurar ni reír. Entre nieblas empañado el cristalino viril, sepultó abismos de estrellas en túmulos de zafir. Desta suerte discurría, cuando entre las sombras vi un noturno rayo cuyo norte me obligó a seguir su luz. Hallé, pues, por una celosía de jazmín entreabierta una ventana que el aire debió de abrir para penetrar su cielo, enamorado y sutil. Estaba entre sus criadas Flora, bien como lucir suele entre vasallas flores la rosa, su emperatriz. Una, hincada la rodilla en un azafate, allí recogía los despojos de su vitoria gentil. Desenlazó las sortijas de la prisión de marfil y luego acudió al cabello, donde como Flora, en fin, fue desperdiciando flores tan hijas suyas, que oí para adornarse otra aurora que las envidió el jardín; porque por desechos suyos llaman galán el abril. De los cuidados del día ya absuelto el cabello, vi un oceano de rayos donde la mano feliz, bucentoro de cristal, corrió tormentas de ofir. Tan hermoso el desaliño era, que quise decir: «¡Mal haya el aliño donde es el desaliño ansí!». Luego, a más leve precepto rendido, le volvió asir en una red de oro y seda labrada a colores mil. En cotilla y en enagua quedó de un verde tabí; que, como es Flora, no quiso ajeno color vestir. Una guarnición no más era el último perfil, donde en líneas de oro iban a rematar y morir otra hermosa primavera de muchas flores de lis; y como a joven verano sigue el cano invierno, así se miró a esta verde pompa la blanca nieve seguir de otra enagua de cambray que, crepúsculo sutil, no dejaba entre dos luces ni obscurecer ni lucir. La estatura de otro día fiada dejó al chapín, quedando su perfección menos no, mas menor sí. Sentose sobre la cama, que era ocaso carmesí; ¿cuándo no se acuesta el sol tras cortinas de carmín? Aquí cegaron mis ojos porque una criada aquí a descalzarla se puso, las espaldas hacia mí; y por más que codicioso brujulear y descubrir quise, entre lejos y sombras sólo alcancé, sólo vi no sé qué rasgos de nácar, de un cendal azul turquí abrazados, y una caja sí se pudo percebir, porque era un átomo breve que nació para vivir concha de la menor perla, botón del mejor jazmín. Púsose sobre los hombros otro rico faldellín porque un baño las criadas la empezaron a servir. De las lágrimas que el alba llora cuando va a salir debió de ser porque entonces todo respiró ámbar gris. Metió los pies en el agua, y trabaron entre sí cristales contra cristales una batalla civil; y como estatua de nieve era Flora, y yo la vi, por ser con cristal cuajado, deshecho cristal, temí que la estatua por los pies se empezaba a derretir. En aqueste punto, Silvia, de gasas quitó un terliz a las almohadas y abrió el lecho, donde a dormir se despeñó mejor sol que el que en campos de zafir suele madrugar topacio, suele acostarse rubí. Corriéronle la cortina, dejándome a mí sin mí en manos de mi temor, venturoso e infeliz, hasta que Silvia salió, como ya te referí. Y lo que me admiró más fue, viendo esparcir así sus adornos, que mañana sepa volverse a vestir. Con todo cuanto has gastado de ámbar, clavel y jazmín, se te olvida lo mejor de su adorno. ¿Cómo así? ¿No traía guardainfante Flora, señor? Luego vi que había de ser frialdad la que ibas a decir. Ya que tú me la has pintado, puesto que yo no la vi, quiero pintártela yo. Va pendiente de la cin- tura; en cuanto la enagua, dejó enjauladas las tri- pas en un enjugador, barba de ballena y cin- tas; que como las enaguas al humo de las pasti- llas se curan, no se halla sin enjugador y sin perfumes; y en conclusión «est custos infantis sic»; que, por no espantar a tantos, decirlo quise en latín. Sale Celio. (Advertido ya de cuanto pasó a Arnaldo, he de fingir que este es el preso que anoche don César me encargó a mí). Una tapada mujer te busca y, aunque yo aquí no tengo tanta licencia, en algo te he de servir. Agora verás si es Flora. Merced me haces. Si es así, tendrán premio tus albricias, tendrán mis desdichas fin. Sale Silvia. Aquella dama tapada, que te vino a ver, aquí vuelve otra vez. Ya lo sé; mas que puede entrar le di. A Laura Aquel, señora, es el preso que buscáis y que decís. Vase. A Flora Solo está; bien llegar puedes. Vase. Sale por una parte Laura con el criado, y por otra Flora con Silvia, tapadas. ¡Qué miro! ¿Que cuando aquí una tapada esperaba, vienen dos? Es de sentir; que a más moros más ganancia, el refrán suele decir; mas a más cristianas, no. Señor... Carlos... (¡Ay de mí!, que este no es Arnaldo). (¡Cielos, esta es Laura!). Proseguid. ¿Por qué os retiráis las dos? ¿Que mandáis? ¿A qué venís? Yo no tengo qué deciros, porque en mirándoos perdí la memoria. (Aquella es Flora). La voluntad, yo. Advertid que solo el entendimiento hay que perder para mí; y, antes que le pierda, sepa qué hacéis aquí o qué decís. Yo no tengo ya qué hacer. Ni yo tengo qué decir. Embozadas hermosuras, que detrás de ese nublado antes de haberme alumbrado me queréis dejar a escuras, piedades son mal seguras iros sin haber venido; que, si ver el bien perdido quien le tuvo es gran desdén, ¿que será perder el bien, antes de haberle tenido? Y, si de un día al arrebol sigue una noche importuna, quedando a pagar la luna obligaciones del sol; si un farol a otro farol más o menos rayos fía, advertid que es tiranía a que ninguna igualó que pase dos noches yo sin debérselas a un día. Yo no me he de descubrir, porque no os importa a vos ni a mí; porque, donde hay dos, de nada puedo servir. Por mí deben de venir. Apártate. No tenéis que recelaros, pues veis que, si tanto habéis tardado que dos noches han pasado, dos auroras me debéis. Sale Celio. En mi cuarto mi señor os espera, porque quiere –tanto su fama prefiere al sentimiento el valor y a la piedad el favor– hacer hoy las amistades de Arnaldo y vuestras. Verdades sus ofrecimientos son. Rompa, pues, mi confusión por tantas dificultades. Ya veis que es fuerza asistir donde me llaman. Adiós. Yo me quedo entre las dos. A ninguna dejes ir. Vase con Celio. ¡Ea! Tiempo es de embestir. (Si muero, ¿por qué dilato el desengaño?). (Yo trato de averiguar mis recelos). (Si ello hay, batalla de celos, yo he de tener lindo rato). A Silvia Tú por un instante aguarda. Allí puedes apartarte. Vase Silvia. ¿Laura? Sí. Pues oye aparte. Escucha tú aparte, Flora. Mi sentimiento no ignora... Bien conocen mis estremos... ...que de un mal adolecemos. ...que padecemos un daño. Cúrenos un desengaño. O muramos, o sanemos. ¿Tú a Carlos, Laura, has seguido? ¡Yo a Carlos! Haste engañado, porque en mi vida le he hablado y apenas le he conocido. Pues ¿cómo a verle has venido desta suerte? Yo no vengo a ver... Mayor duda tengo. ...a Carlos, a Arnaldo sí, que preso ha de estar aquí. Ya el desengaño prevengo. ¡Arnaldo, Laura, fue a quien mi padre anoche prendió! Por eso le busco yo. ¿Y es el que tú quieres bien? Sí. ¿Y el que anoche también en tus jardines te hablaba? Él era el que se ocultaba. ¿No Carlos? ¡Con Carlos yo! ¿Luego, no le quieres? No. Pues mejor está que estaba; y en albricias darte quiero otra buena nueva ya. Arnaldo preso no está. ¿Cómo? Como de aquí infiero que Carlos fue el prisionero y a Arnaldo dejaron fuera. ¿Luego, de aquesa manera, no tengo ya que temer? No, pues no se ha de saber. ¿Luego, ya mi pena fiera tan felizmente se acaba, que mi opinión y mi hermano se asegura? Eso está llano. Pues mejor está que estaba. (¿Puede haber pena más brava que no oír uno, hablando dos? ¡Oh, dueña!, decidlo vos). Pues encerrados están y el paso franco me dan, adiós, Flora. Vase. Laura, adiós. La una se va por aquí; la otra por acá; después esta entra en casa: esta es, y he de declararme ansí. Detiene a Flora. ¿Qué es lo que hacéis? Miro aquí si está bien hecho este manto. Mal redondo un tanto cuanto quedó. Quitáosle por que le vuelva al maestro. No sé qué decís. Poco me espanto, que yo tampoco me entiendo, mas suelo darme a entender. Vuelve Laura, alborotada. Flora, amiga, si deseas mi vida, ampárame. ¿Qué te ha sucedido? Mi hermano, al salir, me pudo ver y me sigue. Mas ¿qué temo? Por esta puerta me iré y, cerrándola tras mí, aún no me aseguro de él. Éntrase por la puerta que da paso a la habitación de Flora, y cierra. No cierres, detente, espera; déjame a mí entrar también. La puerta cierra; el temor no la aseguró. ¿Qué haré? Sale Fabio. ¡Laura en aquestos umbrales, y desde el amanecer fuera de casa! ¡Ay de mí! Mis celos dijeron bien. Pero ¿cuándo dicen mal las desdichas que han de ser? ¡Él embozado, y ella en su prisión! Entraré, aunque me lo estorbe el mundo. ¡Ah, falsa, aleve y cruel! ¿Piensas que de tus traiciones toda la culpa no sé? (¿Qué haré? Porque descubrirme ni encubrirme me está bien). Mas yo me sabré vengar, como declararme sé; que celos de honor, no más se han de pedir de una vez. Detente. (¡Cuerpo de Cristo! ¿No tengo yo de saber a qué sabe el ser valiente en mi vida alguna vez? Y quizá aqueste es gallina). No es hombre noble, cortés, el que tan groseramente atropella una mujer. (¿Quién me mete en esto a mí?). ¿Quereislo vos defender? Sí quiero, y vuelvo a envidar. Sacan las espadas. Pues veamos si podéis. (Luego habrá quien meta paz). Salen Arnaldo y todos. Las espadas suspended. (¡A qué buen tiempo han llegado!). (¿Hay estrella más cruel que la mía? Aquí es forzoso que me hayan de conocer). Pues, señor don Fabio, ¿aquí estos estremos hacéis? (Si tardan un poco más, ¡vive Dios!, que echo a correr). Señor don César, yo tengo para el estremo que veis ocasión, y solo os ruego que no me la preguntéis. Con esa dama en la calle he tenido no sé qué; entrose huyendo hasta aquí y tras ella hasta aquí entré; púsoseme ese criado delante... Y hice muy bien. Todo importa poco. Así os suplico que me deis licencia para llevarla. (Nada me estará tan bien). (¿Quién esta mujer será?). (¡Triste de mí, que esta es su hermana! Bien lo declara que a don Carlos viene a ver). (¿Esto, en efeto, es reñir? Pues cosa bien fácil es). A Flora Venid. Eso no. Esta dama, aunque su nombre no sé ni quién es ni lo que os mueve, a mí me ha venido a ver, y no ha de ir con vos, sin que ella me diga que la está bien. (Pensando que me defiende, Carlos me ha echado a perder). (No hay palabra que no sea un nuevo empeño). Sabré desempeñar lo que he dicho hasta morir o vencer. (No se me ha de pasar día sin reñir alguna vez). ¿No miráis que estoy aquí? ¿Qué es esto? Mas ahora bien, no ha de ir con vos ni con nadie; esto, en efecto, ha de ser; y mientras que se averigua el caso, en mi casa esté en compañía de Flora. (Esto sólo podía ser el remedio de mi vida). Segura estará, que a fe que nunca aprendiera della los lances en que se ve. Venid, señora; y, por cierto, muy poca razón tenéis en aventuraros tanto una principal mujer. (He de reñir cada día, hasta que alguno me den). Señor don César, no son cosas las que llego a ver tan fáciles de pasar, que suspensas queden bien. Esa mujer es mi hermana, ya lo dije, y no me iré sin que mi honor y su honor queden libres. ¿Laura es? Pues ya aquesta obligación a mí me toca, porque quien la sacó de su casa y a quien ella viene a ver soy yo. (¡Esto sólo faltaba ahora de suceder!). ¿A veros, Arnaldo, a vos aquí? ¿Cómo o para qué? (¡Ah, qué gusto es tirar una de tajo, otra de revés!). Ya me es forzoso decirlo, que, si ha de ser mi mujer, mejor es que lo sepáis que no que lo sospechéis. Yo soy el que vos prendisteis en su jardín porque en él estaba con Laura yo –digno premio de mi fe– cuando en él entra don Carlos. Dile paso y me quedé yo empeñado. Según eso, ¡ella porfiaba bien! Mas ahora de mi agravio la duda se queda en pie. A don Carlos. ¿Cómo estabais en mi casa vos? (Esto me has de deber, Flora; que no he de culparte). Como a esta casa pasé y llegando a aqueste cuarto, como tan solo le hallé, me pareció que estaría más seguro cuando a él pasastes y, como os vi de mi padre amigo fiel, fiado en vuestra amistad, ni me fui ni me ausenté. (Póngome de firme a firme, doy el trapo y meto pies). Que seáis vos o sea don Carlos, yo me he de satisfacer. Yo, defenderla. Apartad; que ni uno ni otro ha de ser. Entrad en este aposento, y averigüemos después... Mas ¿quién está aquí? Sale Laura. Yo soy, que a Flora he venido a ver y, escuchando aquí a mi hermano, vengo a saber lo que es. ¡En verdad, señor don Fabio, que es muy bueno lo que veis! Está estotra con mi hija, y queréis dar a entender que es la que tapada está. A nadie le está más bien que a mí el haberse engañado. Confieso que engaño fue. Pues, si aquesta es Laura, ¡cielos!, ¿quién esta tapada es? Descubríos ya, señora, quienquiera que seáis, por que salgamos de tanto engaño. Descúbrese Flora. ¡Qué es lo que miro! ¡Ah, cruel! A don César. ¡Oh, qué bien hecho está el manto! No te enojes, que esto es probarle, que en este punto le acabé yo de traer. Ahora conozco mi error. La muerte la he de dar. Ved el empeño en que yo estoy, porque la he de defender. Quien no fuere su marido, ¿cómo, dime, ha de poder defenderla contra mí? Siéndolo, señor, podré. Si yo casar a don Carlos con Flora siempre pensé para poder perdonarle, y esto vino a suceder, ¿de qué me puedo quejar? A Carlos Yo estimaba tanto el ver empleada en vos mi hermana, que me ha pesado de que ella no fuese. A César Mi mano os responda a esa merced. Y pues tras tantos engaños el mal se convierte en bien, si es bien casarse, las faltas nos perdonad. Y diré que esta comedia, que ofrece el autor a vuestros pies, hoy «está mejor que estaba», si os ha parecido bien.