Personajes DON JUAN DON PEDRO DON DIEGO DON LUIS, VIEJO FELICIANO LUQUETE DOÑA BEATRIZ INÉS DOÑA LEONOR ISABEL UN ESCUDERO Jornada I Salen doña Beatriz leyendo un papel, Inés y un escudero. Lee. “Amiga mía, ya sabes cuánto es hoy célebre día en Madrid, porque los reyes, que eternas edades vivan, salen en público a Atocha a ver su imagen divina en hacimiento de gracias de sus vitorias invictas. A mí me han dado un balcón, donde verlo; no querría tener holgura sin ti, y así mi amistad te avisa desto para que si quieres, con coche y balcón te sirva. Dios te guarde. Tu mayor servidora. Doña Elvira”. ¿Pérez? ¿Señora? Direisle a doña Elvira, mi amiga, que a la merced que me hace estoy muy agradecida, más que no me atreveré a lograrla y recebirla sin que primero a mi hermano licencia para ir le pida, que se lo diré en viniendo, y avisaré a la hora misma con Inés; que me perdone el que agora no le escriba. Yo lo diré de esa suerte. Vase. Mucho, señora, me admira ver que tanto de un hermano a la obediencia te rindas, que a tentaciones de coche y de balcón te resistas. No es todo, Inés, obediencia solo a mi hermano debida, puesto que él jamás, Inés, entra o sale en mis visitas. Tú sabes que tengo causa, en quien postrada y rendida, es la atención más forzosa, es la obediencia más digna. ¿Que lo dices por don Juan? ¿Por quién quieres que lo diga, si él solamente es el dueño de mi alma y de mi vida? ¿No pudiera ser por otro de tantos como te miran? No, que mujer como yo, aunque haya mil que la sirvan, no hay más de uno que la agrade. Yo pensé que la porfía de don Diego... Calla, Inés, ni aun su nombre no me digas, porque aun su nombre me ofende. Si esto te cansa y fastidia, hablemos solo en don Juan: ahora estaba en esa esquina, hecho humano girasol del sol de tus celosías, al tiempo que por la calle don Diego a caballo iba, tan galán que... Tente, espera; y para que no prosigas la pintura del caballo, que es circunstancia precisa de todas las relaciones, a don Juan, Inés, avisa, con una seña, que suba a hablarme, porque querría avisarle de que voy esta tarde a esta visita. ¿Si viene tu hermano? ¿Luego ha de venir tan aprisa? Llámale. Ya es excusado que yo por señas le diga que suba, porque sin señas está, señora, acá arriba. Sale don Juan. Aunque sea atrevimiento entrarme, Beatriz, de día, de aquesta suerte en tu casa, perdona tan atrevida acción, porque celos nunca mejor los respetos miran. De haber entrado, don Juan, aquí no es bien que me pidas perdón, pues que te llamase había dicho a Inés yo misma. De venir pidiendo celos, sí, de suerte que tus iras el modo han errado, pues conociendo que tenías hoy un perdón que pedirme, equivocadas te obligan, que lo que has de decir calles y lo que has de callar digas. No son tan necias mis penas que equivocadas elijan la menos forzosa causa; celos dije que venía a pedir, y otras mil veces es fuerza que lo repita, sin que de pedirte celos jamás el perdón te pida. ¿Pues qué causa he dado yo? Estando agora a esa esquina parado (porque al fin soy de tu calle estatua viva) por ella pasó don Diego mirando tus celosías tan atento que ellas solas fueron centro de su vista. Al llegar a tus umbrales llamó el caballo en que iba, al principio con tropeles y después con armonías; y sacando de las piedras fuego, a su dueño decía: “No temas, no te acobardes, pues ves que una piedra herida de un eslabón con centellas responde, a servir te anima, que ningún pecho es materia ni tan dura ni tan fría”. ¡Mal hayan las atenciones de tu honor!, que yo le haría dejar la calle, si no las advirtiera. ¡Oh qué indigna ley del duelo es en las damas que el que aventura no estima!, siendo así que estima menos el que con celosas iras reportado no aventura hacienda, honor, alma y vida. Don Juan, noble dueño mío, cuando los celos se indician de causa, bien dices; pero sin ella no, pues serían extremos sin ocasión locuras y no caricias. Yo no la he dado a don Diego, para que mi calle asista para que mis rejas mire, para que mis pasos siga; luego tú no la tendrás para las quejas que animas, para los celos que formas, para los riesgos que avisas. Cuando él la calle pasó y estaba a la celosía. ¿Abrí acaso la ventana al estruendo con que pisa? Por dicha, ¿hasle visto hablar con alguna criada mía? ¿Has topado algún criado suyo con quien él me escriba? ¿Pues qué culpa tendré yo desto, si en la más altiva dama es peligro y no culpa el ser de algunos bien vista? Ay Beatriz, que aunque es verdad todo cuanto significas, aun no basta para que al que ama no le aflija que otro mire lo que ama no más de porque lo mira, si bien agradezco ya aquel susto a mis desdichas por ver las satisfaciones con que mis penas alivias. Quédate con Dios, que habiendo, Beatriz, merecido oírlas, no será bien malograrlas, estando aquí. Aunque peligra mi vida, no has de irte agora, sin que primero te diga, que esta tarde... Mi señor ya por la escalera arriba sube. ¡Ay de mí!! ¿Qué he de hacer? A esa cuadra te retira, que entrando en su cuarto puedes salirte. Escóndese. Sale don Pedro. (Las penas mías disimulen cuánto siento ver que de noche y de día don Diego en aquesta calle tan continuamente asista. ¿Si sabe que yo a su hermana adoro? ¿Si solicita, buscándome a mí, vengarse? Pero no, pues se retira siempre que me ve... No sé destos extremos qué diga, sino que soy desdichado, puesto que en una hora misma, con su ausencia y su asistencia mis desgracias solicita.) Hablando consigo a solas, toda la color perdida, viene. (¡Ay infeliz de mí si sabe algo o lo imagina!) (Cielos, la suerte está echada.) ¿Beatriz, hermana, qué hacías? (Apuremos de una vez todo el pecho a la malicia.) De ti con Inés hablaba. ¿De mí? ¿Pues qué la decías? Cuánto es grande la tristeza, la pena y melancolía con que estos días te veo. Siempre con ceño me miras y con sequedad me hablas, volviéndote tan aprisa, que no parece que vienes, don Pedro, a tu casa misma; sino que de cumplimiento vienes a alguna visita. ¿Qué trays, qué tienes, qué es esto? No sé, hermana, cómo diga cuánto mi pecho y mi amor aquesas quejas te estiman y que los celos de hermana tan como dama me pidas; mas esta inquietud en que has reparado, nacida de causa es que no te importa saberla ni a mí decirla, aunque porque no presumas, que no es, Beatriz, para dicha, quiero mudar parecer. Yo adoro la más divina perfección, que en un sujeto ha desmentido a la envidia, y como, en fin, en amor el que favores consiga un amante comúnmente no es mérito sino dicha, dichoso yo, he merecido ver a mis ansias rendida la más hermosa belleza, la discreción más altiva que en los imperios de amor vio de laureles ceñida el triunfo de sus arpones, y el aplauso de sus iras. Con tanta fortuna, pues, entré, Beatriz, a servirla, que en competencia del más galán que esta corte habita, el más discreto, el más noble caballero, mi porfía fue la que pudo obligarla, y porque mejor lo digas, aunque tú no le conozcas, por si oyeres algun día su nombre, el competidor es, Beatriz, don Juan de Silva. (¡Ah traidor!) No le conozco. (¡Quién vio suerte más esquiva!) Por vanidad le he nombrado porque mirando excedida a sus méritos mi suerte, es lograrla el repetirla. De la dama el nombre es justo que callarle me permitas, pues basta saber que tiene ilustre sangre y antigua. Para casarse con ella la festeja y solicita y ella a mí me favorece, de que tan desvanecida mi presunción está que no cabe en mí la alegría... si bien hoy mejor dijera la tristeza, pues cuando iba tan viento en popa mi suerte del mar de amor las tranquilas ondas sulcando, en un punto brama el golfo, el viento espira, amenazando al piloto montañas de nieve rizas. Desta tormenta la causa que ya en lejos se divisa, la ausencia es, porque a su padre el rey con un cargo envía, a que es forzoso que vaya con su casa y su familia. Esta es la ocasión por quien tan extraño me imaginas; no es otra (¡al cielo pluguiera!), y así hermana, no te aflijas de verme triste, pues sabes ya la causa que me obliga a estarlo. Y quédate a Dios, sin que el irme tan aprisa te parezca sequedad, que son pensiones precisas de los vasallos de amor tributar a su divina deidad inquietudes, ansias, divertimientos, envidias, anhelos, suspiros, quejas, lágrimas, melancolías, sentimientos, penas, llantos, porque en la gran monarquía de sus tiranos imperios no hay ventura sin desdicha. Vase. Muchísimo me ha pesado, mi señor don Juan de Silva, que aquí os hallase esta pena. Mas decidme, por mi vida: cuándo entrastis tan celoso dentro de mi casa misma, ¿era de mí u de mi hermano? Porque grande error sería, que sea él quien dé los celos y sea yo a quien se le pidan. Aunque con tal falsedad de mis pesares te rías, y aunque pudiera, Beatriz, en venganza de esa risa no darte satisfaciones, óyelas, por ser debidas, ya que no a tu sentimiento a tu decoro. Yo había antes, Beatriz, que te viese, (poco importa que lo diga) querido... no te ofendí, pues que no te conocía... a esa divina hermosura a quien... Tente, no prosigas, que no quiero saber más, porque no ha de ser la mía hermosura pecadora siendo la suya divina. Cierra esas puertas, Inés, y ve luego a doña Elvira, que venga por mí en su coche, que ya no tengo a quien pida licencia para salir de casa, que a la visita que me convidó me lleve, o que andemos todo el día desde palacio hasta Atocha, calle abajo y calle arriba, puesto que el señor don Juan me da con sus groserías ya libertad de conciencia. Advierte... Nada me diga vuestra voz, que habéis andado muy necio. ¿En mi cara misma, “quise”, y “divina hermosura”? Mas no me espanta ni admira, que el más entendido suele decir mayor bobería. Encarecer yo belleza, que de la tuya excedida, al verte quedó, es lisonja, no ofensa, porque sería vitoria sin enemigo competencia sin envidia. En declarados desaires, no hay, don Juan, sofisterías. Para casaros con ella servís esa peregrina beldad: mi hermano os compite, si no el mérito, la dicha; yo no soy mujer que es justo que por venganza se sirva... Idos con Dios, que no habéis de sanear a costa mía unos celos. Beatriz bella... Nada he de escucharos. Mira que es engaño... Ya lo veo. ...que presumas... ¡Qué porfía tan necia! ...que por venganza... Es en vano cuanto diga vuestra voz. ...te adoro. Nada aquesa disculpa alivia. ¡Pues muera de desdichado quien con verdades no obliga! ¡Y de desdichada muera quien se cree de mentiras! Vanse. Salen Luquete y Isabel. Gracias al cielo, Isabel, que puedo contigo hablar un rato en mi amor cruel. Menos gracias puede dar, que yo no he de hablar con él. ¿Enojada? Y mucho. Pues ¿qué causa es la que yo he dado para tanto ceño? ¿Es muy poco el haber estado hasta agora con Inés? ¿Con qué Inés? Con la crïada de esa mi señora, a quien don Diego sirve. Engañada estás. Yo lo sé muy bien todo. Pues no sabes nada, que aunque es verdad que don Diego mi señor y tu señor, rendido, abrasado y ciego, tiene a Beatriz tanto amor, yo a Inés a hablarla no llego, sino tal vez que enviado de mi amo a su casa voy, criado tan bien criado que su recado la doy, y no la doy su recado. Si miento en lo que te digo, muera de sed. Si testigo eres tú mismo de que me has contado que Inés fue piadosa un tiempo contigo, ¿cómo quieres que yo, agora que a su ama tu amo enamora, crea que ha de ser cruel? Porque a ti sola, Isabel, mi alma estima y mi fe adora; solamente a ti te quiero; de Inesilla no se trate, que aunque fue mi amor primero fue amor de medio mogate y este es de mogate entero. Fuera de que ¿puede haber satisfación como ver que tratando de irse hoy mi amo a Sevilla me voy con él solo por tener ocasión de verte a ti, ya que tan dichoso fui que en la casa que vivimos a dos hermanos servimos? ¿Y esa es satisfación? Sí, pues ¿qué mayor que olvidar a Madrid por tu belleza? Ya te creo, que el dejar a Madrid es gran fineza, porque es bonito lugar... Pero mi ama viene allí con su padre hablando; vete, porque no nos vean aquí hablando a los dos, Luquete. ¿Quedamos amigos? Sí. Vase Luquete y salen don Luis y Leonor. ¿Y cuándo piensas, señor, qué iremos? Yo bien quisiera que fuera luego, Leonor, por tener la primavera en Sevilla. Mi temor es que me han de detener algunos días aquí los despachos. Yo saber quisiera, señor, de ti cómo piensas disponer la jornada, qué criados son los que hemos de llevar y dónde recién llegados nos hemos de aposentar. No tengas tú esos cuidados, que los criados que irán, son los que ahora en casa están; que allá si menester hemos criados los recibiremos, conque la costa ahorrarán del camino. La posada ya desde aquí la prevengo, pues casa tiene buscada un grande amigo que tengo en Sevilla; conque nada falta, sino que me den los despachos y partir; y así que a esto acuda es bien. Quédate a Dios, que he de ir ahora a buscar a quien los tiene a su cargo. ¿Día de tan común alegría cuyo lucimiento pasa por las puertas de tu casa, vas a eso? Si Leonor mía, que es primera obligación. Tú y tu hermano esta atención me debéis, pues claro fuera que si yo hijos no tuviera no tuviera yo ambición. Vase. Isabel, cuando rendida a tantas penas estoy, mil veces digo afligida, “Sin duda que inmortal soy, pues que no pierdo la vida”. ¿Qué pena tienes, señora, que sentir de nuevo agora? Bien has preguntado, pues de nuevo el sentir no es quien antiguos males llora; pero ya que a mi tormento la causa preguntas nueva, todas decirlas intento por ver si dellas se lleva alguna porción el viento. Yo, Isabel, ya tú lo sabes, mas que esto repita deja, que al fin las penas más graves a los visos de la queja suelen parecer suaves, yo, pues, que un tiempo viví libre de amor, yo que fui al imperio de su fe país tan rebelde que ningún tributo le di, hoy a su poder rendida, tantos su deidad airada de mí cobra, que ofendida, por no perdonarme nada me ha perdonado la vida. Bien pensarás, Isabel, que es de mi pena cruel don Pedro la causa viendo que de su amor no me ofendo y gusto de hablar con él. Pues no, que don Juan ha sido de Silva el que ha merecido deberme tantos enojos, teniendo en labios y ojos al corazón desmentido. El tiempo que me sirvió don Juan, constante encubrí mi afecto, pero aunque yo con la voz le despedí, con el alma, Isabel, no. Él, pues, de mí despreciado, de mi desdén ofendido, huyó, y necio mi cuidado, no supo que había querido hasta que se vio olvidado. Supe después que servía a otra dama y mis desvelos crecieron desde aquel día, porque al soplo de los celos arde la nieve más fría. Sentí, padecí, lloré desdichas, miedos, temores, y con recatada fe suspiré, gemí y callé penas, ansias y rigores. En este tiempo (¡ay de mí!) don Pedro me festejó, y yo, por vengar así lo que don Juan me agravió, sus finezas admití creyendo que si sabía don Juan que otro me adoraba con los celos volvería, porque en efecto juzgaba su voluntad por la mía. No me salió industria tal tan bien como imaginé, antes me salió tan mal que un mismo veneno fue para los dos desigual, pues su efeto obró cruel siempre en mí y en él jamás, y así cuanto yo, Isabel, más con celos quise, más olvidó con celos él, de suerte que ya empeñada en favorecer a quien nunca quise, y olvidada de quien siempre quise bien pierdo la suerte trocada. Cuanto más don Juan me olvida favorezco de celosa más a don Pedro, y mi vida, estando de uno quejosa está de otro agradecida, porque don Pedro engañado del afecto que en mí ve, me sirve con tal cuidado, con tan cortesana fe, tan fino y enamorado, que aquí noble, allí rendida vivo, y dos veces vencida, no sé en tormento tan fiero ni cómo atraiga al que quiero ni al que me quiere despida, y en fin, cuando discurriendo entre dos afectos, cuando entre dos dudas temiendo estoy a don Juan amando y a don Pedro agradeciendo, mi padre se va y yo muero, pues al que quiero no espero ver, ni ser vista de quien me quiere a mí: mira bien si es mi mal harto severo, harto fuertes mis desvelos, harto grande mi dolor, harto tristes mis recelos, pues dejo todo mi amor y llevo todos mis celos. No sé qué te responder. Sale don Diego. ¿Leonor? ¿Qué trays, que turbado me llegas, don Diego, a ver? No te aflijas; mi cuidado, más que pesar es placer. Ya te he dicho algunas veces, Leonor mía, hermosa hermana, —que para aquestos requiebros licencia se tiene el alma—, ya te he dicho como adoro una deidad soberana en quien belleza y ingenio, si no se exceden, se igualan tan conformes... No prosigas de nuevo sus alabanzas, porque aunque no me dan celos me da envidia el escucharlas. Ya sé que es muy entendida, muy hermosa, muy bizarra, rica y noble, y en efeto, que no perdonando gracia alguna, sobre otras muchas, extremadamente canta, tanto que en Madrid sirena de Manzanares la llaman. Vamos al caso. Ese, pues, bello imposible, que a tantas finezas incontrastable desahució mis esperanzas, de una amiga persuadida, por no decir engañada, convidada a esos balcones, hoy viene, Leonor, a casa. ¿A casa? ¿Pues cómo, siendo mujer, dime, a quien alabas de igual recato? No hay cosa que no la intente quien ama. Es, pues, el caso, que tiene una amiga, a quien las trazas de mi amor han granjeado para que mis partes haga con ella. A esta dije anoche que para hoy la convidara a un balcón, adonde viese el lucimiento y la gala con que hoy sus majestades por aquesta calle pasan. Escribió un papel y aunque no respondió entonces nada, la envió a decir después que la merced acetaba, de modo que ella con otras amigas (¡ventura rara!) viene donde pueda hoy despacio verla y hablarla. Bien pudiera yo, supuesto que de aqueste cuarto aparta el mío esa puerta y que él por otra parte se manda, traerlas, Leonor, a mi cuarto sin haberte dicho nada, pero quiero que por mí hoy una fineza hagas, que yo te la pagaré con la joya o con la gala que más de tu gusto fuere. Esto es que tus criadas la sirvan una merienda que he prevenido y tú añadas a ella el aliño que siempre a los hombres mozos falta. Solo quisiera, don Diego, ya que de mi amor te amparas, que el ir fuera permitido a servirla y festejarla yo misma, pero aunque sea ilustre y noble esa dama, no habiéndonos visitado nunca, no será acertada acción que por entendida me dé yo de que está en casa. Mas descuida de cuanto es festejo suyo; a esa esclava di, Isabel, que saque al punto plata y ropa reservada, y tú de mis escritorios las bujerías y alhajas de más buen gusto, abanillos de Nápoles, guantes de ámbar, pastillas de olor y boca, tocados, cintas y bandas, que es muy justo regalar a mi señora cuñada, y quiero añadir yo esto a lo que don Diego manda. No te agradezco, Leonor, con extremos tu bizarra galantería... Sale Luquete. Señor, ya el coche a la puerta aguarda con un catorce de sotas. Luquete, a enseñarlas baja la puerta del cuarto, en tanto que yo por aquesta sala salgo a él; no se hallen solas. Hermana, a Dios. ¡Oh mal haya la ausencia que nos espera cuando nace mi esperanza! Vase, cerrando una puerta. ¿Viste, Isabel, en tu vida tanto gusto, alegría tanta? Al principio de un amor, no hay ninguno que no haga estos extremos, señora. Déjale que entrando vaya en los favores, verás con la pereza que anda: ¡Oh fuego de Dios en todos! ¿Creerás que me ha dado gana de verla? Sí, que a ninguna mujer curiosidad falta de ver a otra. Por la llave he de ver si es tan bizarra y hermosa como mi hermano la encarece. ¿Qué ves? Nada, porque están tapadas todas. Mas mira, Isabel, quien anda allí. Don Pedro es, señora. ¡Ay de mí!, Que he dado causa, por solo tomar con él de mis desaires venganza, para estos atrevimientos. Sale don Pedro. Viendo, Leonor soberana, lejos a tu padre, y viendo que día de fiesta tanta, acudiendo a sus festejos, no estará don Diego en casa, me he atrevido a entrar a verte. Pues ha sido temeraria acción, señor, y mirad cuánto el discurso os engaña, pues está en casa mi hermano, porque ha traído a su dama de su cuarto a los balcones y no ha salido de casa. Idos con Dios antes que me suceda una desgracia. Perdonad, Leonor, y sea disculpa de mi ignorancia la obediencia con que os sirvo. La puerta abre. ¡Pena extraña! Pues si yo me voy agora, es fuerza verme; esta cuadra me esconda. ¡Válgame el cielo! ¡Qué empeñado lance! Escóndese don Pedro y sale don Diego. Hermana, mucho me huelgo de que ocasión tan presto haya en que te empiece a pagar finezas que por ti aguarda recibir el bien que adoro. Ella, pues, aunque enojada al principio se mostró de haber venido a mi casa, ya, a ruego de las amigas con quien viene, más humana, aunque a harto disgusto suyo, por divertir lo que aguardan, se quieren entretener cantando; aquella guitarra, con que divertirte a ti suelen, Leonor, tus criadas, me da. ¿Dónde está? En aqueste tocador. Iré a sacarla. ¿Para echarme por ahí cuanto está compuesto? Aguarda, que ella te la sacará. Saca Isabel la guitarra. Vesla aquí. Disimulada tú hacia la puerta te llega; yo haré descuido la maña, y abierta la dejaré. Oirás, Leonor, qué bien canta. Vase. ¿Podré salir? No, don Pedro, que se ha puesto cara a cara mi hermano, y como la puerta abierta dejó, que salgas sin verte (¡ay Dios!) no es posible. ¿Pues qué haré? Escóndete y calla. Dentro doña Beatriz cantando. “Pena ausencias no te den, jilguero que al viento igualas, que si yo tuviera tus alas yo fuera volando donde está mi bien.” Linda voz. No sé si es buena, porque confusa y turbada en mis penas (¡ay de mí!) no he atendido a lo que canta. Cielos, ¿qué es esto que escucho? ¿Esta voz no es de mi hermana? Sí, porque para dudarlo aun no tiene aliento el alma. Dentro. “De ausencia la pena suma no aflija a quien es veloz, que yo, antes que de la voz, me valiera de la pluma; volar, no gemir, presuma quien puede seguir su bien: vuela, vuela, no te den temor, ¡oh jilguero!, ni flechas ni balas, que si yo tuviera tus alas yo fuera volando donde está mi bien.” ¡Ay de mí, infeliz! ¿qué es esto que por mí en un punto pasa? ¿Don Diego que tantas veces me dio, aunque con otra causa, cuidado en mi calle, tiene en su aposento a mi hermana? ¿Mi hermana (¡ay de mí otra vez!) tan alegre y tan hallada en el cuarto de Diego, que por divertirle canta? ¿Yo en el de Leonor (¡ay cielos!) oyéndolo? (¡pena extraña!) ¿Mas qué aguarda mi valor, mi sufrimiento qué aguarda? ¡Vive Dios, que he de entrar donde están y tomar venganza de los dos aunque aventure a Leonor! Perdona, hermana, que como ya pasa el rey, se ponen a las ventanas, y porque han sentido gente cerrar la puerta me mandan. Romperela yo. Don Pedro, ¿qué es esto? Leonor, aparta. ¿Qué intentas hacer? No sé. (¡Quién vio duda más extraña! Llamar yo ahora es causar escándalo sin venganza; dejar de llamar, bajeza; cualquiera ruido es infamia; allí aventuro mi honor, aquí aventuro mi dama: ¿qué será lo mejor, cielos?) En la acción que te embaraza, en la pasión que te sobra y en la color que te falta, echo de ver que te importa mucho esa dama que canta, y si son celos, don Pedro, no ha de pagarlo mi fama. Vete, vete de aquí luego, porque será acción tirana ser yo a la que das la muerte si es ella la que te agravia. (Solo que me pidan celos de mis desdichas, me falta; pero pues Leonor no sabe quién es, la más acertada acción aquí es (¡ay de mí!) que no lo digan mis ansias. Mejor es disimular, que en empeños de honra tanta lo que no vengan las obras no han de decir las palabras. Un camino se me ofrece con que quede asegurada mi opinión, con más cordura, y menos aventurada.) Leonor, quédate con Dios, que no he de decir palabra hasta que el tiempo te diga cuánto me debe tu fama (¡En aquesta ocasión, cielos, dadme remedio o venganza!) Vase. ¿Qué es esto, Isabel? Pues, ¿yo qué sé? Mas como él se vaya, mas que sea lo que fuere. ¡Quién vio acciones tan contrarias! Cierra esas puertas. ¡Fortuna, duélete de mis desgracias! Vanse. Salen don Juan y Inés con luces. ¿Dónde tu señora fue? Con doña Elvira salió en un coche; pero yo adónde fueron no sé. Todo eso, Inés, es mentira, pues yo he andado con cuidado buscándola y no he hallado el coche de doña Elvira, de que infiero claramente que pues en todo el espacio que hay desde Atocha a palacio no han estado, tu voz miente. Ellas iban a un balcón y así el coche no estaría en la calle todo el día. Creer quiero esa razón pero ¿cúyo el balcón era donde fueron? ¿Qué sé yo? Doña Elvira la llevó, sin que a mí me lo dijera. Todo cuanto estás diciendo es concierto de las dos. No ha salido, ¡vive Dios!, de casa y estás fingiendo conmigo, porque pretende Beatriz, dándome recelos, vengarse de aquellos celos de hoy, sin ver que no la ofende mi amor por haber amado antes de haberla querido a otra dama, cuyo olvido de cenizas sepultado muere en mi pecho. Bien creo que el ir sería porqué lo sintió; pero ella fue. Si yo la casa no veo, no te he de creer, Inés. ¿Pues hay más de entrar y vella? (Bien creo que no esté en ella Beatriz, pero aquesto es ocasión que he de tomar para que me halle escondido cuando venga, que atrevido me tengo de aventurar por satisfacer sus celos y por quejarme después de sus venganzas). Inés, yo he de ver, ¡viven los cielos!, si está en su cuarto Beatriz. Pues entra y verás que no te trato mentira yo. (Haz mi osadía feliz, amor.) Mas mira, señor, que al punto has de salir, que es hora ya de venir... Si haré. (Hasta que su rigor satisfaga, no saldré.) Vase. ¿Quién vio locura más rara? ¡Que no crea... Para, para. Este es el coche, ¿qué haré?, que si le halla aquí (¡ay de mí!) sin duda me ha de matar, porque yo le dejé entrar. Mas callaré que yo fui cómplice en esto, y después al verle ella, diré yo que no sé por dónde entró. Sale doña Beatriz. Quítame este manto, Inés. ¿Qué traes, señora, que vienes disgustada, al parecer? ¿Qué tengo, Inés, de traer? Muchos males, pocos bienes, pues doña Elvira conmigo tan traidoramente ha andado que a la casa me ha llevado de don Diego, mi enemigo, donde por disimular el gran sentimiento que debiera tener canté lo que era mejor llorar, que peor fuera hacer extremos con que dar a entander diera cuán grande su traición era. Pero de otra cosa hablemos, ¿mi hermano a casa ha venido? No, señora. (Ya llegó Beatriz.) Pues calla que yo fuera de casa he salido, que si el mentir es forzoso al decirle dónde fui, mentir diciendo que aquí he estado es menos dañoso; y entra a acostarme, que no podré fingirlo más bien, que hallándome... ¿pero quién está en esta cuadra? Yo. Inés, ¿qué es esto? Señora, yo no sé nada. No des culpa a nadie; solo es la culpa de quien te adora. Yo he entrado aquí por tener ocasión para decirte... ¡Tu hermano! Vuelve a encubrirte. Sale don Pedro. (Cielos, aquesto ha de ser, pues es el medio mejor apelar a la cordura que al despecho, que es la cura más eficaz del honor.) ¿Beatriz? ¿Señor? ¿Quién aquí está? ¿A Inés sola no ves? Pues salte allá fuera, Inés. ¿La puerta me cierras? Sí, porque quiero hablar contigo claramente, y es error que en las sumarias de honor se examine otro testigo. (Ya este lance no consiente apelación; él me vio, ¿qué aguardo?) ¿Qué intentas? Yo te lo diré brevemente: ¿dónde esta tarde has estado? Yo no he salido, señor, de casa. Con eso añades otro indicio a tu traición. Tan desdichada en mentir como en cantar eres. No tienes a tu voz, Beatriz, qué agradecer. Grande error es que hasta agora no sepas que es piedra que aunque salió de mi mano disparada, discurriendo a su eleción paró donde quiso el aire y no donde quise yo, y así una voz no la oye aquel para quien se dio solamente, porque es viento que se derrama veloz sin que se pueda volver al labio, que en conclusión este una vez dicha es la desdicha de la voz. Ya me he declarado, ya verás en qué empeño estoy, habiendo dicho que sé que has estado, Beatriz, hoy en el cuarto de don Diego de Lara. (¡Válgame dios!) (¿En el cuarto de don Diego Beatriz? ¿Hay pena mayor?) Él te adora. (¡Qué desdicha!) Yo lo sé... (¡Qué confusión!) ...de su asistencia... (¡Qué agravio!) ...en mi calle. (¡Qué rigor!) Tú le admites... (¡Qué violencia!) ...pues a su casa... (¡Qué acción!) ...te vas a estar... (¡Qué fortuna!) ...tan hallada... (¡Qué dolor!) ...que cantes... (¡Qué sentimiento!) ...por hacerle... (¡Qué pasión!) ...de tu hermosura y tus gracias amorosa ostentación. ¡Que quien esto oyó no muera! (¡Qué viva quien esto oyó!) Pero aunque aquí, ingrata hermana solo un remedio me dio mi obligación y mi sangre, yo quiero partirle en dos. Mira cuán dichosa eres, pues cuando más te buscó la fuerza de mi desdicha se hace la fuerza elección. Dos caminos dije, pues, que quiero darte: estos son o que te cases con él, o que te dé muerte yo, y aún más que esto, más, tirana, tienes que agradecer hoy a tu estrella, pues yo mismo la ofensa hago intercesión, rogándote con tu vida, y no porque sea Leonor a quien yo adoro, porqué en llegando mi pasión a acordarse de la honra se ha olvidado del amor. Lo que yo quiero de ti, es solo que me des hoy el modo con que yo puedo conseguir esto mejor. Hágalo la convenencia, y no la resolución: habla, di en qué estado están mis desdichas. Pero no, turbada estás y no quiero que te haga la turbación decir lo que no dijeras sin ella; tu hermano soy, tus aumentos solicito; no me dan admiración fortunas de amor, y así cóbrate y piensa mejor lo que me has de responder; que yo doy a tu pasión tiempo... Mas mira, Beatriz, que es muy poco el que te doy. Vase. ¡Hay mujer más desdichada! No lo has sido mucho, no, pues te ruegan con lo mismo que deseas. [Sale] ¡Plega a dios...! No prosigas, que no tengo de creerte nada yo, porque cada razón más es más otra sin razón. Don Diego, Beatriz, te adora, tú le favoreces. ¡Oh, quién muriera al pronunciarlo! Tu hermano con la atención que debe a su honor pretende casarte; ¿pues qué temor te aflige? ¿Para qué lloras? ¿Para qué esas ansias son, si estáis ya (¡ay de mí infelice!) tan convenidos los dos que ya de su casa has ido a tomar la posesión? Don Juan, mi señor, mi bien. Beatriz, mi mal, mi pasión, ¿que me quieres? Que me escuches. ¿Para qué? Para que (¡ay Dios!) donde mi culpa has oído oigas mi satisfación, que es mi hermano quien la pide y eres tú a quien se la doy. No la tienes. Sí la tengo, Querrás decirme tu error, que en venganza de los celos que de mí tuviste hoy fuiste en casa de don Diego. No querré, porque no son venganzas mal parecidas de mujeres como yo. Que fui engañada diré, donde el engaño traidor de una amiga... ¡Bueno es eso! Dime, así te guarde Dios: si donde vas engañada cantas con tan dulce voz, ¿dónde lloras? Eso fue a mucha importunación de otras amigas, don Juan, que allí fueron con las dos, y arte también por no hacer con extremos de dolor capaces a las demás que había segunda intención. ¿Ves todas esas disculpas? Pues necias disculpas son. ¿Pues qué he de hacer? Que en volviendo tu hermano, con la ocasión que él mismo ha facilitado, decirle todo tu amor, casaraste con Don Diego, casarase él con Leonor y... No pases adelante, que ya conozco que son tus celos, no por dudar las disculpas que te doy, sino por estar mi hermano en parte donde me oyó. Solo a mi pena faltaba agora este torcedor; pero poco te valdrá haberle hallado, pues yo, por no escuchar eso agora, y después (¡fiero dolor!) la respuesta que has de dar, aunque aquí encerrado estoy, por ir huyendo de todo me echaré por un balcón. ¡Tente! ¡Suelta! Ya la puerta mi hermano abre, expuesta estoy a morir antes que dé la respuesta que él pidió. Caballero eres, don Juan, mujer infelice soy: pues que tu obligación sabes cumple con tu obligación. Si haré, que es guardar tu vida ahora, y después morir yo. [Escóndese]. Sale don Pedro. Poco plazo da una pena: ¿Beatriz, qué te aconsejó tu discurso? Que me dés una y mil muertes, señor, antes que le dé la mano a don Diego, porque yo en mi vida le he querido, que el ir a su casa hoy fue sin saber dónde iba. Aun esa es culpa mayor, pues te confiesa tan vil mujer que a entrar se atrevió donde no supo que entraba, y así, osado mi valor, sabrá quitarte la vida. Saca la daga. Sale don Juan matando las luces. Sabré guardársela yo. No podrás, que es muy valiente el acero del honor. Toma la puerta, Beatriz. Sin saber dónde, me voy. ¡Cielos, doleos de mí! Vase. Hombre, sombra o ilusión, ¿dónde estás? Hacia esta parte. Don Diego y Luquete. Tente, no entremos, señor, en cuchilladas del imbo. Estando en la calle yo de Beatriz y oyendo dentro de su casa tal rumor, mal haré en no entrar. Traed luces. Aquí están. ¡Qué confusión tan notable! ¿Qué es aquesto, señor don Pedro? Traidor caballero, habiendo estado mi hermana en tu casa hoy, y tú en mi casa escondido, ¿preguntas qué es? Pero yo te lo diré con la espada, que es la lengua del honor. Siempre he visto que el que pone paces, lleva lo peor. Responderé con la mía, no porque tengas razón en todo lo que me dices, sino porque mi valor a nadie volvió la cara. (Válgame mi industria hoy.) Habiendo yo entrado al ruido, y hallándome entre los dos, embarazar vuestro duelo es toda mi obligación. ¿Aqueste fue el que entró al ruido? Pensé que había sido yo. Duelos de honor no embarazan los que caballeros son. Yo he sido el que agora he entrado. Cobarde satisfación. En mí nada puede serlo. Don Juan, pues ilustre sois, valedme a mí, que ofendido de ese caballero estoy, pues son él y su criado... Él es solo; yo no soy. Si haré, por vengar con esta disculpa mis celos hoy. Aunque los dos me embistáis me defenderé a los dos. No podrás, que yo bastara solamente. Muerto soy. Vengué mis celos y di la vida a Beatriz, amor. Don Juan, pues tan noblemente vuestro esfuerzo me amparó, seguidme, que habéis de ser en todo restauración de mi honra; y pues no puedo dejaros agora yo por mí empeñado, corramos una fortuna los dos en alcance de una ingrata. De no dejaros, os doy palabra, porque sin mí, no podáis hallarla vos. De casa ha faltado, vamos en su alcance. Vamos. No huirá, pues lleva consigo la desdicha de la voz. Jornada II Salen Otavio, viejo, y Celio, criado. ¿Está todo prevenido? Todo está como lo ordenas. Bien es menester, pues hoy don Luis a Sevilla llega, según la carta me dice de la pasada estafeta. ¿Pues que te escribió? Ella misma lo dirá mejor, que es esta. Esto me escribe, de suerte que hoy en todo el día es fuerza que esté aquí don Luis, a quien confieso tantas finezas de amistad que no es posible excusarme de que vea hoy en mi agradecimiento iguales correspondencias. Escribiome a los principios su venida, y que tuviera alquilada y alhajada una casa por su cuenta. Yo, viendo que es esta mía tan capaz, pues hay en ella cuarto aparte donde puede toda su familia entera aposentarse, no quise buscar otra, de manera que aquí ha de estar, y por no perdonar hoy diligencia ninguna, a esperarle quiero salir agora a la puerta de Carmona, que no dudo que de un instante a otro venga. Mira si está puesto el coche. Yo voy a mirarlo. ¡Oh, quiera el cielo que en algo acierte a cumplir hoy con las deudas que le debe mi amistad!, pues es la más verdadera que he profesado después que murió don Juan de Leiva, con quien tan grande en la corte la tuve el tiempo que en ella estuve y fui güésped suyo. Ya el coche puesto te espera, pero hay un inconveniente. ¿Qué es? Una mujer tapada, sin que decir quién es quiera, por ti pregunta y te pide de entrar a hablarte licencia. ¿Mujer a mí? Dila que entre, ¿quién puede ser? Sale doña Beatriz tapada y sin galas. Quien desea a solas, señor Otavio, hablaros. Salte allá afuera, Celio, o vete, por si aquí me detengo, hacia la puerta de Carmona. Enseñarasles la casa, si acaso llegan en este tiempo. Ya estáis sola. Cerrad esta puerta. Ya lo está, hablad. [Se descubre.] ¿CONOCEISME? No sé qué respuesta sea digna respuesta, señora, en confusión como esta, porque si digo que no, hago traición, hago ofensa al noble conocimiento que debo a la sangre vuestra; y si digo que sí, hago agravio a vuestra nobleza, viéndoos en esta ciudad y ese traje; de manera que el desconoceros es ingratitud y bajeza, y el conoceros es culpa; y así, turbada y suspensa mi voz entre el no y el sí, dudando está la respuesta. Pues si de cualquiera suerte yo tengo de ser por fuerza del sí o el no, la quejosa, y me dais a elegir, sea el sí el que digáis, que yo en fortuna tan adversa, para que me conozcáis, os doy, Otavio, licencia. Pues dadme a besar, señora, la mano y ahora merezca saber qué es esto. ¡Oh si aquí hablara el dolor sin lengua! Yo, Otavio, muerto mi padre, con quien amistad estrecha tanto tiempo profesastis, (Dios en el cielo le tenga) quedé en poder de mi hermano don Pedro... Esto bien pudiera excusarme de decirlo, pues lo sabéis; pero es fuerza, por ir a lo que se ignora pasar por lo que se sepa. Mi hermano, mozo en efeto, rico y galán, todo era bizarrías, todo amores, todo galas, todo fiestas, haciéndome su descuido testigo de todas ellas, sin darme más alimentos que escándalos por herencia... Mas (¡ay de mí!) todo esto es andar buscando necias disculpas; mejor será, sin valerme, Otavio, dellas, decir de una vez mi error, pues en las cosas mal hechas ni es el ejemplo disculpa ni el delito es consecuencia. Un caballero de ilustre sangre, de bizarras prendas, puso los ojos en mí, y yo a su mérito atenta, con la palabra de ser mi esposo, que no pudiera mi honor con menos fianza obligarse a tanta deuda, le favorecí; a este tiempo otro caballero, que era su competidor, dispuso una traición en mi ofensa. Tenía yo una amiga, a quien la amorosa diligencia granjeó deste nuevo amante, y convidada a una fiesta me llevó a su misma casa (¡quién excusarse pudiera de decirlo! No es posible...). Cantar me hicieron en ella a ruego de otras amigas; si hice mal, caro me cuesta. Oyó mi hermano mi voz, y aunque deciros pudiera cómo estaba donde pudo oírla, he de callarlo, que esta atención me ha de deber hoy una dama en su ausencia, que el ser desdichada yo, no es bien que otra lo padezca. Vino a casa y vino a tiempo que estaba escondido en ella mi esposo; quiso al principio valerse de la prudencia; no bastó, sacó la daga para mí, y en mi defensa salió mi celoso amante, dejando las luces muertas porque con la obscuridad mejor escapar pudiera yo la vida y... Para, para. Dentro. ¿Señor? Golpes a esa puerta dan. Un güésped que hoy espero, según ese ruido muestra, debe ya de haber llegado; que salga, señora, es fuerza, a recebirle, dejando vuestra relación suspensa: perdonadme y esperad, que presto daré la vuelta. [DENTRO.] Mira, que el señor don luis, ya con sus hijos se apea. Acudid, señor Otavio, a esa tan precisa deuda, que yo esperaré. Este cuarto que es el mío, oculta os tenga, mientras salgo a recebirlos. ¡Que mis ansias no consientan aun tiempo para decirlas, porque es medio de vencerlas! Vase. ¿Quién vio tan raro suceso? ¿Señor? ¡Ya voy!, ¿qué voceas? Que están ya aquí; pero dime, ¿y la mujer que encubierta contigo quedó? Después lo sabrás, porque ya entran don Luis, don Diego y Leonor. Una y mil veces merezca besar, señor, vuestra mano, pues tal mi dicha a ser llega que os llego a ver en mi casa; pero mal dije, en la vuestra. Salen don Luis, don Diego, Leonor y Isabel de camino. Señor Otavio, los brazos muda retórica sean que con el alma os respondan, la voz supliendo a la lengua. Vos, señora, perdonad la cortedad de la esfera que os admite, siendo vos todo el sol de la belleza. Bésoos las manos, por tanta cortesana lisonjera merced como hacéis, señor, a esta servidora vuestra. No sabré encarecer cuanto, señor don Diego, me pesa que no traigáis la salud que mi afición os desea, si bien se pueden mezclar pésames y norabuenas en esta ocasión, porqué tuvimos muy malas nuevas al principio. Dios os guarde, que de cualquiera manera, a vuestro servicio vengo (donde más ansias padezca.) Cansados vendréis, no es justo que mas aquí en pie os detenga; venid, que aquel es el cuarto que aderezado os espera. Vamos, Leonor, porque es bien que descanses y que venzas las fatigas del camino. (¡Quién las del alma pudiera reparar, pues ellas solas son las que me atormentan!) (Yo ningún descanso espero, pues son tan finas mis penas que se han venido tras mí). (¡Ay don juan, lo que me cuestas!) (¡Ay Beatriz, lo que me debes!) Vanse. ¿Oye vuesaced, mi reina? Sí, por la gracia de Dios. Pues muy bienvenida sea a esta su casa. ¿Y qué más? Donde por suyo me tenga. Después hablaremos de eso, porque ahora acudir es fuerza a mi ama. Solamente saber de paso quisiera qué alhaja es vuced en casa. Soy una alhaja diversa, porque en al cocina soy fregona, en la sala dueña, camarera en el retrete, en el estrado doncella, y en lo demás secretaria. De modo que por la cuenta es la pendanga de casa de todos manjares hecha. Y tanto que sirvo a oros cuando el dinero me entregan, a copas cuando me dan algún almuerzo o merienda, y a espadas y bastos cuando mido al que habla sin vergüenza la espalda de abajo a arriba o el rostro de oreja a oreja. No lo dije yo por tanto, y envainada esa braveza, de bien venido el abrazo ¿a qué honrado se le niega? Llevada por cortesía soy más que unas natas tierna. Lo que uced, por andaluz... Sale Luquete. ¿Donde pondré esta maleta, Isabel? Mas ya sé dónde. ¿Dónde? Sobre su cabeza. ¿Maletazo? Caballeros, mi honor la furia detenga, que antes que todo es la dama. Que viene mi amo agradezca. Sale Otavio. ¿Sois vos Isabel? Yo soy. Pues vuestra ama os espera. A ver qué me manda iré. Vase. Id, pícara, y ¡para esta! Vete, Celio. Hasta volver a oíros, de dudas llena el alma tuve, y así dejando en su cuarto apenas los güéspedes, vuelvo a veros. [Vase Celio] Sale doña Beatriz. Yo quedé, si bien se acuerda mi memoria confundida, señor, entre tantas penas, en que en matando las luces mi esposo, tomé la puerta. A la calle salí, donde sin discurso y sin prudencia, con la noche y con el miedo andaba dos veces ciega. Vi una luz en una casa, enfrente de la mía abierta, el dueño era un hombre pobre que movido de mis quejas salió a la calle a mirar lo que sucedía en ella, y al cabo de poco rato volvió con esta respuesta: “Toda esa casa de enfrente está de justicia llena, porque en ella ha sucedido una muerte”. Considera cómo yo me quedaría escuchando tales nuevas, siendo preciso que el muerto mi hermano o mi esposo fuera, a quien yo había dejado riñendo en mi casa mesma, y prosiguió: “Lo que yo saber he podido es que el dueño, señora, de ella es el que esta muerte ha dado a otro en valiente defensa de su honor, a quien en una silla ahora a su casa llevan; huyó el matador, y están embargándole la hacienda”. Yo, pues, oyendo que estaba muerto mi esposo y que era el homicida mi hermano, triste, confusa y suspensa quedé, sin dar por entonces ni aun al aliento licencia, hasta que volví (¡ay de mí!) diciendo desta manera: “Yo estoy fuera de mi casa, sin poder volver a ella, porque en sabiendo mi hermano de mí, darme muerte es fuerza. Don Juan, que era a quien tocaba morir hoy en mi defensa, ya lo ha hecho, adelantando la más costosa fineza. Acudir a que me ampare su competidor, bajeza será, y aun después de muerto no le he de hacer tal ofensa. Valerme de deudos míos es irme a morir yo mesma, pues todos interesados están en su propia afrenta. Encerrarme en un convento es estar al riesgo expuesta de mi vida y su vergüenza; luego a mi suerte no queda otro recurso, en tal caso, que el irme donde no sepa nadie en el mundo de mí”. Si lo erré, disculpa tenga en que siempre en sus consejos son las desdichas muy necias. Con esta resolución, obligando con ternezas al dueño de aquella casa hice que otro día vendiera no sé qué joyuelas mías, que acaso las saqué puestas, y siendo adorno hasta entonces desde allí fueron hacienda. Compré este humilde vestido y dile orden de que fuera a buscarme en que salir de Madrid aquella mesma noche, sin decirle dónde, que el que huir no más intenta no hace elección de caminos, sino el primero que encuentra. Halló un coche que a Sevilla venía y diciendo que era para una mujer casada que iba al pleito de una herencia, se concertó; partí en él, llego a Sevilla y en ella en una posada he estado casi un mes, sin que me atreva a salir de la posada, hasta que mi dicha ordena veros pasar por la calle; dije a un mozo que supiera vuestra casa, donde vengo a echarme a las plantas vuestras, que si no es de vos, señor Otavio, no me atreviera a fiar de otro ninguno. Si la amistad se os acuerda que con mi padre tuvistis, mis desdichas os merezcan amparo y favor. No quiero que hagáis por mí otra fineza mayor que solo buscarme una casa, donde pueda pasar la vida sirviendo, disfrazada y encubierta, y sobre todo os suplico, que la mayor merced sea tener secreto mi nombre y que nadie quién soy sepa, que no tiene otro consuelo, perseguida la nobleza, que es el vivir ignorada, pues lo que más la atormenta en las deshechas fortunas es pasarlas con vergüenza. Tanto, señora, he sentido oír las desdichas vuestras como ver que yo no basto a enmendarlas y vencerlas, pero lo que yo os ofrezco, es, que vida, alma y hacienda siempre esté a vuestro servicio; a cuyo efeto, desde esta hora estaréis en mi casa, Beatriz, segura, y secreta, si bien no servida como merecéis. Aunque agradezca esa merced, para mí hoy, señor, no es conveniencia el estar donde no esté sin rastro, indicio, ni seña de quién fui; y fuera desto vos sois solo, no hay en ella mujer cuya compañía honeste más mi asistencia, y así... No me digas más; que aunque lo llore y lo sienta, yo he pensado donde estéis. Aqueste huésped que hoy llega a mi casa, no tray toda la familia que convenga a su puesto y calidad, y así que reciba es fuerza más criados. Tray consigo sin estado una hija bella, y en su compañía estaréis muy bien y de mí más cerca, con que estaréis en mi casa y con buen título en ella. Haced vos lo que quisiereis, que esa será la más cuerda resolución. Pues en tanto que voy a tratarlo, en esa cuadra esperad, que muy presto volveré con la respuesta. Vase. Ya no soy quien soy, fortuna, sino una humilde y sujeta mujer. Adiós, vanidad, estimación y soberbia, que ya expirasteis en mí, pues, muerto don Juan, no queda a mi vida más acción que el alma con que lo sienta. Vase. Salen don Juan y don Pedro. Ya, don Pedro, sabéis que desde aquella noche infeliz, que me llevó mi estrella por vuestra calle y que escuchando el ruido de las espadas, me arrojé atrevido a entrar hasta allá dentro, donde riñendo con don Diego encuentro vuestro valor, y que osado me puse a vuestro lado, de vuestro honor movido (mejor, cielos, decir pudiera, de mis mismos celos). Ya sabéis que teniendo allí por cierto que los dos le dejábamos ya muerto, juntos de allí salimos, buscando a vuestra hermana, a quien no vimos, ni rastro o seña della: (¡ay Beatriz, tan ingrata como bella!) y ya sabéis en fin, que retraídos por la herida, estuvimos escondidos en un convento, donde mi valor, que hoy a todo corresponde, palabra os dio (¡ay de mí!) de no dejaros, hasta satisfaceros y vengaros, y ya sabéis... Tened, que es excusado, pues eso entre los dos todo ha pasado, repetirlo de nuevo; ya sé, don Juan, el amistad que os debo, pues habiendo los dos de unos amores sido competidores, en viéndome empeñado en un trance de honor, puesto a mi lado, os olvidasteis de la competencia, de honor y gusto haciendo diferencia; (¡ay Leonor, cuán en vano te adoro, ya enemigo de tu hermano!) tratasteis, como noble, de ampararme entonces y después de no dejarme, fuera de que aunque vos, es cosa clara, me dejarais a mí, yo no os dejara, porque habiendo vos sido quien por mí se empeñó tan atrevido, mal en extremo hiciera si de vos me apartara, que no fuera justo que en ocasión tan importuna no corriéramos hoy una fortuna, y así pues, retraídos los dos en un delito introducidos, palabra el uno al otro habemos dado de no dejar uno del otro el lado, yo por parte del riesgo que os alcanza y vos porque ya os toca mi venganza. ¿Para qué es bueno el repetirlo ahora? Para saber mi pecho lo que ignora: ¿a qué habemos venido a Sevilla los dos?, que no he querido preguntarlo, hasta verme en ella, por no hacerme sospechoso en la duda. Pues yo es razón que a deshacerla acuda: convaleció don Diego, que esto supimos luego donde ocultos habíamos estado, y su padre al oficio que le han dado aquí a Sevilla vino, adonde determino acabar de vengarme si tanta dicha el cielo quiere darme. Mi hermana no parece... al pronunciarlo hasta la voz fallece tanto que si no fuera a vos que lo sabéis, no lo dijera. ¿Quién duda que habrá sido don Diego quien oculta la ha tenido?, porque saliendo ella huyendo de mi casa (¡dura estrella!) ¿dónde ampararse había, sino en el dueño de la ofensa mía?, que aunque él quedó por muerto, y no pudo ampararla entonces, cierto será que ella después se haya valido dél o como su amante, o su marido. Y así con la sospecha que ahora tengo a Sevilla a los dos buscando vengo para darles la muerte, pues que la ley del duelo nos advierte que el que hizo cuanto pudo (¡ah, ley severa!) en la ocasión primera, su agravio por entonces satisfizo si hace después lo que primero no hizo. Vos me habéis satisfecho, pero ya es otro el riesgo que sospecho. ¿Cuál es? Si conocidos aquí somos los dos, somos perdidos; el padre trae oficio poderoso, y en llegando a saberllo es muy forzoso... No digáis más, que todo prevenido, don Juan, desde la corte lo he traído, que a Sevilla es muy cierto que no viniera a andarme descubierto, pues fuera solo publicar mi agravi, sin vengarlo. ¿Y qué habéis de hacer? Otavio, un hombre de negocios poderoso en Sevilla, aunque viejo, muy brioso, fue de mi padre amigo; a este de todo le he de hacer testigo y poniendo en sus manos mi honor, le he de obligar en tan tiranos lances a que me ampare, que no dudo lo haga si a él en tanto empeño acudo. Tendranos en su casa escondidos, sabiendo cuanto pasa con espías de día, y en cerrando la noche obscura y fría, don Juan, con las noticias que tomemos, los dos de embozo a la ciudad saldremos a conseguir, u de una u de otra suerte, o bien mi desagravio o bien su muerte. A todo con vos vengo. Pues oíd ahora el modo que prevengo para hablarle. Yo soy muy conocido aquí, que muchas veces he venido a negocios; no es bien ir a buscalle, porque no me conozcan por la calle, y así yo en la posada he de quedarme; vos, puesto que nada aventuráis ahora, pues toda la ciudad quién sois ignora, os habéis de ir a hablalle. Su casa es en la calle de las Armas; direisle que le espero en la posada, donde hablarle quiero, que con recato venga, que no dudo que en él amparo tenga. Yo voy a obedeceros. Yo espero aquí: ¡ay don Juan, cuánto a deberos llegó la suerte mía!: sola esa dicha me quedó aquel día. Vase. ¿A quién habrá sucedido esto que pasa por mí? Yo, que en el retrete fui de Beatriz el escondido, yo, que fui el que atrevido su vida defendió, ¡cielos!, yo, que atento a mis recelos fui el que fingió entrar, y yo, que fui el que a don Juan hirió en venganza de sus celos, soy agora, ¡ay infelice, cuánto mi desdicha crece!, a quien don Pedro agradece el agravio que le hice. Como no me satisfice de que él tomase venganza de su hermana en tal mudanza a su lado le seguí y lo que fue industria en mí en él se ha hecho confianza tanto que cómplice ya en sus intentos le sigo, que así con él y conmigo segura Beatriz está, pues si él buscándola va y yo con él, cuando a vella llegue él, segura sea ella en mí, pues van a buscalla dos: uno es para matalla y otro para defendella, porque aunque es verdad que tengo tal queja de Beatriz, no seré noble amante yo si en sus desdichas me vengo. Darla la vida prevengo, que después, de su belleza me quejaré, que es bajeza dejarla en tantos recelos, y fineza sobre celos es la más noble fineza... Mas ¡ay de mí!, que esta acción a lo imposible porfía, porque celos y hidalguía implican contradicción. ¡Quién creerá que ya no son los míos! ¡Que a casa fuese de don Diego, que estuviese tan hallada en ella!... Pues lo que yo más siento es que de mí también huyese. ¡Ay Beatriz!, pues con tan raras finezas te defendí ¿no me buscaras a mí y en mi casa te ampararas? ¿Cob mis amigos no hablaras para que supiera yo de ti? ¿Quién afeto vio más noble, pues desta suerte vengo a embarazar la muerte de quien la muerte me dio? Mas ¿qué importa discurrir de un pesar a otro pesar si solo tengo de hallar muchas penas que sentir? A buscar, pues, quiero ir a este Otavio, y puesto, cielos, que yo en tantos desconsuelos antes fui noble que amante, Beatriz, nada te espante que antes soy yo que mis celos. Vase. Salen Otavio y Leonor. Como os he dicho es, señora, virtuosa y bien nacida, y que no pensó en su vida verse en lo que se ve agora. Murió su padre y quedó güérfana y pobre, y aunque hasta hoy un convento fue donde siempre se crió, poca salud ha tenido, culpa de haberle dejado, que médicos la han mandado curarse fuera. Esta ha sido la causa porque hoy está desacomodada, fuera de que de aquesta manera piensa que mejor podrá granjear con que poder tomar, señora, el estado de monja que ha deseado, que aquesto de no tener para el dote lo estorbó, que aunque es cosa verdadera que ella con menos pudiera tomarle que otra, pues no hay mejor voz en España, que la suya, a cuyo intento sin dote hay más de un convento que la ruega; pero extraña tanto es su necesidad, que aun eso poco le falta y así en la ilustre, en la alta virtud de vuestra piedad su amparo espera y yo os ruego que si habéis de recebir... No tenéis más que decir, señor Otavio. Haced luego que venga a casa; que aunque necesidad no tuviera della, yo la recibiera, pues sus buenas partes sé y pues vos me lo pedís. Dios os guarde, y pues licencia tengo de vuestra clemencia, hablaré al señor don Luis. No hay para qué, que criadas yo las he de recebir, que soy la que he de vivir con ellas, y así excusadas esas prevenciones son, pues querer yo bastará. Al punto a besar vendrá vuestra mano. Vase. Corazón, ya que solo habéis quedado conmigo, hablemos yo y vos, que ha mil siglos que los dos hemos sufrido y callado: a dos pasiones rendida a un tiempo me vi y postrada, de don Juan enamorada y a don Pedro agradecida. Este ya desempeñó la poca voluntad mía, que por tema le tenía, pues fue el que a mi hermano hirió. Mas (¡ay de mí!) aquel a quien siempre yo adoré leal y disimulando mal encubrí el quererle bien, no se ha olvidado, pues hoy, de tanta ausencia a despecho vive dentro de mi pecho. ¡Ay, don, Juan y cuánto estoy arrepentida de haber tratádote con rigor! ¿Quién pensara que el honor demérito podía ser? ¿Quién una dama será con quien de mí despicado don Juan vive enamorado? ¿Quién será aquella? Salen Isabel y Beatriz. Aquí está. ¿Quién? La persona por quien Otavio te ha suplicado. Y quien toma por sagrado de su fortuna al desdén hoy el centro soberano de vuestros pies, donde espera que sea merced primera besar vuestra blanca mano. Álcese, amiga, del suelo. Bonita cara, Isabel. (¡Qué mal me ha sonado el él y aun el amiga!) Consuelo a mi suerte no he debido en mi vida, hasta llegar a dicha tan singular como haberos conocido por dueño y señora mía. Dios la guarde. (¡Qué entonada criada.) (¡Qué ama tan mirlada!) ¿Cómo se llama? Lucía. Bien puede quitarse el manto. (¡Que en esto me llegue a ver!) ¿Y qué labor sabe hacer? De eso servir puedo en cuanto, señora, queráis mandar, pues sé todo lo que es la labor blanca, y después en cañamazo labrar, bordar de broca y pasado, valonas y enaguas sé aderezar; luego haré varias flores al tocado, redes, encajes y puntas sé, señora, hacer también. Mucho es que en tal cara estén todas esas gracias juntas, y aun otra más que ha callado. Ninguna presumo yo que en mí haya. ¿Como no?, si aquí Otavio la ha alabado de que no hay voz en España mejor que la suya. Otavio a mí me ha hecho un agravio, y a vos, señora, os engaña, que sin destreza o primor que pueda ser maravilla, solo canto a la almohadilla mientras hago mi labor, y esto aun lo pienso olvidar. ¿Por qué, si el cielo la dio esta gracia? Porque yo soy desgraciada en cantar. ¿Desgraciada en cantar? Sí, porque es tanta mi desgracia, que lo que es para otras gracia es desgracia para mí. ¿De qué suerte? Mi pesar se suele aumentar cantando; por esto lo digo. Cuando treguas la permita dar su tristeza, estimaré oírla algún tono, a fe mía. Isabel, dile a Lucía lo que ha de hacer, para que sepa en qué se ha de ocupar. Vase. Yo se lo diré después, que atenta a tanto interés primero la quiero dar los brazos de amistad fiel, siendo fiador en las dos este nudo. Guarde Dios a la señora Isabel. Y la señora Lucía sea bienvenida a casa. (¿Qué es esto que por mí pasa, deshecha fortuna mía? Pero ya no es tiempo desto, que hasta estilo he de mudar, si no en sentir, en hablar.) Señora Isabel, supuesto que vengo a ser desde hoy su compañera y su amiga, será justo que me diga de la casa donde estoy las costumbres, porque en nada ande ignorante mi error. ¿Es la señora Leonor muy mal acondicionada? ¿Es devota de la paz o es cofadra de la riña? De todo tiene la viña, uvas, pámpanos y agraz: es mujer que habiendo ya dos años que estoy con ella, aun no acabo de entendella la condición; ahora da en que reine la tristeza. ¿Y no se sabe de qué? Yo para mí, bien lo sé. ¿Es achaque de belleza con su poquito de celos? Y aun su muchito. ¿Y de quién? De un hombre a quien quiso bien, y por su honor con desvelos le despreció, y él muy presto se fue a buscar otro amor. No era muy bobo el señor. Ausentámonos con esto, y ella y su hermano han llegado aquí con pena cruel, ella hipocóndrica y él malherido y bien curado. ¿Cómo? Como allá le hirieron en casa de una señora, de que aun no está sano agora. Poco agasajo le hicieron en casa de aquesa dama. ¿Y él qué persona es? Un hombre muy galán y gentilhombre. ¿Cómo su merced se llama? Don Diego. Un Don Diego fue mi mal. ¿Y dónde está? Yo sé que de casa salió, mas dónde salió no sé. Señor mayor, ¿qué hombre es? Es un viejo impertinente muy ministro y muy prudente, de aquellos que en todo un mes lo que riñen hablan. Bien. ¿Y qué más familia tray? Crïadas de cocina hay, y otros criados también; y entre ellos un picarón... mas no quiero hablar en él; tú le verás. Sale Leonor. ¿Isabel? ¿Señora? Mi turbación diga lo que no podrá decirte la lengua mía. ¿Qué ha sucedido? Lucía éntrese allá dentro. Ya obedezco. (¡Que por mí esto pase! ¡Oh si vivieras, don Juan, y en esto me vieras!) Vase. Ya estás sola. Escucha. Di. Estando agora, Isabel, vacilando y discurriendo, no te digo en qué... tú sabes mis menores pensamientos, me puse a la celosía que cay sobre ese primero patio de casa, jugando con los claveles de un tiesto, cuando vi entrar por la puerta de la calle un caballero vestido de color; diome el corazón en el pecho golpes aun antes de verle la cara, como diciendo, “Mírale bien, que es don Juan”... ¡Oh en amorosos afectos, cuanto antes que los ojos ve el corazón desde adentro! Asegureme una vez, y otras mil de si era cierto, que como era dicha mía la dudé estándola viendo. Entró en casa y en el cuarto de Otavio llamó. Yo vengo solo a decirte (¡ay de mí!) que mi amor en un momento ha hecho mil discursos, todos en favor de mis deseos; y en fin, sea lo que fuere su venida, yo no tengo valor para más recato, honor para más silencio, y pues mi hermano y mi padre ahora hacia la audiencia fueron, por aquesa celosía le llama, Isabel, al tiempo que salga. Con un criado de Otavio hablando le veo. Sí, que como él no está en casa no habrá querido entrar dentro. Ya se va. Llámale aprisa. ¡Ah señor don Juan! No creo, que es a mí, porque en Sevilla quien me conozca no tengo. A vos es, subid por esa escalera. Sale don Juan. Ya obedezco. ¿Quién es quien me llama? Yo, señor don Juan, que deseo saber a qué es la venida a Sevilla, que aunque tengo de vos muchas quejas, no me acuerdo dellas, en viéndoos en mi casa, porque fuera ruindad en un noble pecho que se vengara en su casa. (¡Quién vio tan raro suceso! Mas ¿cómo podré saber los designos de don Diego, si trujo a Beatriz o no, Aparte. mejor que espías teniendo en su casa? Sean amigos fortuna una vez y ingenio.) Por dos cosas desconozco este favor que hoy merezco de vos: porque es favor una, y otra porque a escuchar llego que tenéis quejas de mí, siendo yo quien a desprecios alimentado he vivido tantos años, y ahora vengo a Sevilla a vuestra casa, hermosa Leonor, por veros, que no sin causa buscaron hoy a Otavio mis intentos. (¡Albricias, alma, ya sabe decir verdad el contento!) Pues ¿cómo licencia os dio aquel divino sujeto que enamorabais?, que ya de todo noticia tengo. Don Juan No me la dio porque yo no se la pedí, que habiendo sido por solo venganza ese cortés galanteo, faltando vos faltó todo; ¡así, Leonor, de otros celos pudierais vos disculparos! Si son unos que yo pienso, es muy fácil, que yo nunca le di lugar a don Pedro, y más desde que a mi hermano hirió. ¿Vos no sabéis esto? Algo oí, mas nunca yo lo que no me toca inquiero. ¡Ay desdichada de mí! Pues ¿qué hay Isabel? ¿Qué es eso? Que debe de ser comedia sin duda esta de don Pedro Calderón, que hermano o padre siempre vienen a mal tiempo, y ahora vienen ambos juntos. Éntrate en ese aposento. ¿Si le ve la criada nueva? Todo eso importa menos que verle ellos; elijamos, pues nos da a escoger el riesgo, fuera de que ella no está hacia aquí... el recibimiento es este, y pues hay en él esa cuadra, nada temo, que en entrando ellos al cuarto, podrá irse. Escóndete presto. ¿Quién en el mundo se vio, sin pensar, en tanto empeño? Escóndese y salen don Luis, don Diego y Luquete. ¿Leonor, qué hacías? Aquí estaba, señor, diciendo a Isabel cuánto me agrada esta ciudad. Yo me güelgo de que te parezca bien. Y tanto que te prometo que desde que en ella estoy he tenido algún contento. (Aqueso no diré yo, que ni le tengo ni espero, pues de Beatriz no he sabido desde aquel triste suceso en que yo pagué el agravio que estaba don Juan haciendo.) ¡Hola!, sacad unas luces, ¿no veis que va anocheciendo? Sale doña Beatriz con luces. Ya están las luces aquí. (¡Válgame el cielo, qué veo!) (¡Válgame el cielo, qué miro!) (¿Beatriz no es esta?) (¡Don Diego!) (Disimulemos, fortuna.) (Corazón, disimulemos.) Leonor, ¿qué nueva criada es la que en casa tenemos? Una que Otavio ha traído pidiendo con muchos ruegos que la reciba, señor, y sabiendo yo que en esto te hacía gusto, la ha traído a casa. Muy bien has hecho, que por Otavio y por ella, es ya dos veces acierto. Como le tenga en serviros mayor ventura no espero. ¡Qué magnífica crïada! Pues no la mire. Sí quiero, que me debes un abrazo y he de cobrarle, si puedo. ¿Luquete? ¿Señor? (¿Estoy yo por dicha absorto o ciego, o esta es Beatriz?) (Pocas veces la vi el rostro descubierto, pero paréceme que se parece como un huevo a un estribo de jineta.) (Necio estás.) (Tú estás más necio pues quieres que sea Beatriz la que en Sevilla sirviendo está por orden de Otavio.) (No hablemos agora en esto porque mi padre y mi hermana no entren en algún recelo, que después sabremos cómo puede ser; y así ahora quiero hacer mejor la deshecha, disimulando y fingiendo.) Isabel, toma una luz, y llévala a mi aposento. Venga a servir a su amo. ¡A buen banquete por cierto me convida! (¿Quién se vio en tanta confusión, cielos?) Vase Isabel con una luz, Luquete y don Diego. Tú también, Leonor, al mío ven, porque contarte quiero la demostración que toda Sevilla conmigo ha hecho. Traiga, señora, esa luz. [Se va yendo y asoma luego al paño] Ya allá hay luces. (Pues me veo en tal peligro, si acaso don Juan se queda aquí dentro, mejor es, aunque aventure una parte a mi respeto, fiarme desta criada, ya que de Isabel no puedo.) Lucía... ¿Señora mía? La confïanza que tengo de tus buenas partes, me hace fiar de ti el día primero que te conozco. ¿Qué mandas? (¡Muerta estoy!) Un caballero que de Madrid ha venido favores míos siguiendo, en aquesa cuadra está encerrado; yo te ruego, que pues ya a mi hermano miro retirado en su aposento, y yo con mi padre voy, en tanto que le entretengo, le saques de aquí. Sí haré. ¿No vienes, Leonor? Diciendo, señor, estaba a Lucía, que gustaré por extremo de oírla cantar una letra, porque gran noticia tengo de su buena voz. A todos nos dará oírla contento. Haz lo que te digo. ¿Qué es? Que busque algún instrumento. Sí, haced lo que Leonor dice. Una y mil veces lo ofrezco. ¿Cielos, que pasa por mí? A la casa de don Diego me ha traído mi fortuna; el golfo tomé por puerto. Ya no es posible que en ella esté un instante; mas esto más espacio ha menester para discurrir en ello y ver el modo. Acudamos a sacar de aqueste empeño ahora a Leonor, que por ser trance de amor se lo debo, cuando no porque de mí ella se ha fiado. Luego se lo diré a Otavio todo. Escondido caballero, seguidme, que yo os pondré en la calle. [Vanse Leonor y don Luis.] [Sale don Juan.] Sí haré. ¡Cielos!, ¿qué es lo que mirando estoy? ¡Cielos!, ¿Qué es lo que estoy viendo? ¡Don Juan! ¡Beatriz! Al mirarte ha fallecido mi aliento, porque si muerto te juzgo es fuerza que me des miedo, y si vivo te imagino es fuerza que me des celos, y no sé cuál es peor, que estés vivo o que estés muerto, pues de cualquier manera o te he perdido o te pierdo. Vivo y muerto me has juzgado, ¡ay, ingrata!, y siendo opuestos tanto como vida y muerte han cabido en mi sujeto, pues estoy vivo, ¡cruel!, para ver tus fingimientos, y muerto de haberlos visto, conque todo ha sido cierto, pues muero aquesto que vivo y vivo aquesto que muero. En fin, ¡para haberte hallado hoy en casa de don Diego te di la vida! ¡Mal hayan mis finezas! ¡Nunca, oh cielos, hubiera andado tan noble mi celoso sentimiento! Villanamente vengado de ti, te hubiera en el riesgo dejado, a que te matara tu hermano, pues fuera menos mal verte muerta que ajena. ¡Oh, mal hayan mis respetos! Son tantas cosas, don Juan, las que en un instante mesmo mi imaginación perturban, confunden mi entendimiento, que no sé a cuál (¡ay de mí!) atender deba primero, y por acudir a todas, a ninguna acudo; pero dije mal, que donde hay tan mal pagados afectos, tan mal sentidas fortunas, como yo por ti padezco, haré mal en que no sean ellas las que en tanto empeño arrastren a las demás admiraciones que tengo. ¿En fin, para haberte visto venir a Leonor siguiendo, y para hallarte en su casa escondido y encubierto, he llorado yo tu muerte? ¡Oh, mal hayan sentimientos tan bien nacidos! Mas no, vive tú, que yo agradezco en albricias de tu vida, este dolor a mis celos. Pluguiera al cielo, ¡ah, tirana!, estuviéramos a tiempo de que yo pudiera darte satisfación de todo eso; mas ¿para qué he de gastar este instante que aun no tengo en darte satisfaciones, que no han de ser provecho? En casa estás de tu amante, no discurramos en esto. Sácame de aquí; el dolor no me haga hacer extremos que a Leonor, a ti y a mí, nos estén mal. Aunque veo el peligro con que estamos, no has de irte sin que primero veas que en todo encontrados están los estilos nuestros; pues por no satisfacerme huyes tú y yo te detengo por satisfacerte a ti. ¿Podrás? Sí. Pluguiera al cielo. La noche... ¿Qué? ...que quedaste. Di. ...con mi hermano riñendo. Saliste a la calle... ...donde oí... ¿Qué? ..que él te había muerto, y así... ¿Veniste a buscar (buena disculpa) a don Diego?, conque aun la satisfación es otra culpa, pues veo que te dejó aqueste gusto, de mi muerte el sentimiento. Fuera de que aun es mentira cuanto dices; pues yo quiero que al principio te dijesen que yo era el herido: luego ¿no era fuerza que llegase el desengaño, y más viendo que era don Diego el herido? ¿Cómo el herido don Diego? Eso aún no sé yo hasta agora. Si quieres que yo crea eso y que hallándote en su casa ignoras todo el suceso, es querer que me dé muerte. Escucha y sabrás. No quiero saber nada. Vamos, vamos de aquí. ¡Ay, don Juan, ya te entiendo! Todo aqueso es barajar mi razón, por irte huyendo antes que empiece a quejarme yo. ¿Puede, di, no ser cierto, que te he hallado en esta casa? Tampoco puede ser menos de haberte yo hallado a ti en ella. Yo, en fin, te encuentro en poder de mi enemigo. Y yo en el cuarto encubierto de mi enemiga te topo. Tú veniste con don Diego. Eso es mentira. Tú sí veniste a Leonor siguiendo. Harasme que pierda el juicio. Harasme que pierda el seso. ¿Cómo... Yo... ...puedes... ...aquí... ...estar? ...viniendo... Sale Leonor. ¿Qué es esto? Pues cuando me importa tanto hacer lo que te encomiendo, ¿te paras a hablar, Lucía? (¡Lucía la llama! ¡Cielos!, ¿qué es lo que aquí estoy mirando?) Don Juan, a mi padre dejo divertido en sus papeles; mi hermano de su aposento sale; vete antes que pueda verte. Otra vez nos veremos más despacio, en que podrá agradecerte mi pecho haber venido por mí a Sevilla; vete presto. Si haré, que me importa mucho el salirme de aquí huyendo: (¡Oh cuántas cosas llevamos que discurrir, pensamiento!) Vase. Cierra, Lucía, esa puerta. Sale don Diego y Luquete. A ver si está sola vuelvo Beatriz, por saber. Leonor con ella está. Pues no quiero despertar yo la malicia, sino esperar mejor tiempo; ¿Tú aquí, Leonor? Pues ¿qué haces? Lucía me estaba diciendo, (concede con cuanto diga, que me va la vida en ello) viéndome triste, que quiere divertir mis sentimientos en ese jardín cantando y a él iba. Ven, que oírte quiero. (Mandarme ahora cantar solo falta a mi tormento, mas disimular me importa por esta noche a lo menos, que mañana buscaré en Otavio otro remedio.) Vanse. Ver tengo si lo que oigo conviene con lo que veo: cantar es la seña más de ser ella; si hoy no pierdo el entendimiento, es no tener entendimiento. Vase. Pues no le perderás hoy, si solo consiste en eso. Sale Otavio. ¿Qué hace el señor don Luis? En su cuarto está escribiendo. Pues no le quiero estorbar; direisle, Luquete, luego que entrar no quise en el mío, sin verle; pero atendiendo a su ocupación, me voy, que mañana nos veremos. Yo se lo diré. (¡Que quiera mi amo persuadirse necio a que es Beatriz, por quitarme a mí la acción y el derecho de vengar aquel abrazo!) Vase. Aqueste es mi cuarto. Celio. Sale Celio. ¿Señor? ¿Ha venido alguien a buscarme? Un caballero preguntó por ti esta tarde. ¿Quién era? Era forastero; no le conocí. Sale don Juan. (Fortuna, en hablarle me resuelvo a este caballero, antes que se vea con don Pedro. Esté informado de todo, para que él ponga remedio.) ¿Sois vos el señor Otavio? ¿Qué mandáis? Buscándoos vengo, y ya con segundo fin, señor, que os busqué primero, porque importa descubriros aquí un extraño secreto. Decid. Yo venía de parte... Sale don Pedro. Yo lo diré ya, pues viendo que tardabais y era noche, a dos cuidados atento vine buscándoos a vos, y hablar a Otavio. No habiendo venido hasta agora a casa, le esperé. Señor don Pedro, dadme mil veces los brazos. (¡En qué confusión me veo!) (Sin duda a beatriz buscando viene.) Menores extremos desempeñar no pudieran la confianza que tengo de vos, en fe de la cual, hoy a buscaros me atrevo, para haceros de mi vida, de mi alma y mi honor dueño. (Él sabe de ella sin duda, pues viene en su seguimiento; pues en todo trance a ella tengo de amparar primero.) Quedemos solos los tres, que descubriros mi pecho importa. Dejadnos solos. Sentaos. Yo Otavio, me veo en la más triste fortuna a que haber llegado puedo, pues me veo (¡ah, quién pudiera decirlo con el silencio!) sin honor, y en vuestro amparo que le he de cobrar espero, consistiendo en vuestra casa de mi fortuna el remedio. ¿En qué puedo yo serviros? (¡Cielos, él sabe que tengo hoy en mi casa a su hermana!) (¡Quién se vio en tan raro empeño! mi obligación de una parte y de otra mis sentimientos.) Yo, Otavio, a Sevilla hoy a satisfacerme vengo de un agravio, de quien fue causa (¡falte aquí mi aliento!) una hermana, que faltó de mi casa. (¡Extraño empeño!) ¿Pues dónde está? No lo sé. (Eso sí, del mal el menos.) Pues ¿qué pretendéis? Hallarla. ¿De qué suerte? Estadme atento. Dentro doña Beatriz, cantando. Yo quiero bien, mas no he de decir a quién. Ya lo sé, que esta es su voz. (Perdiose todo el secreto.) (Llegó el lance en que es forzoso descubrir yo mis intentos.) ¿Qué decís? Que esta es su voz, y vos la tenéis ahí dentro. Entrad, ved todo mi cuarto, veréis que os engaña el viento. Esto canta Beatriz mientras representan. Es tan sagrado el respeto de la hermosura que adoro, que se ofende mi decoro aun dentro de mi secreto: morir y callar prometo, y si el callar y el morir por señas han de decir que quiero bien no podrán decir a quién. ¿Pues dónde puede tan cerca estar? No sé, todos esos güertos de la vecindad confinan por aquí y de ellos en alguno podrá ser que esté, mas yo no la tengo. (¡Oh quién pudiera dar solo un breve espacio a su riesgo!) Pues en cualquiera que sea me he de arrojar. Deteneos, que no es fácil y es hacer público el agravio vuestro. Vuestro amigo os aconseja lo mejor. Soltad. Teneos. ¿A esto venistis conmigo? Sí, que a que no os perdáis vengo; solo a que os venguéis. (Esto es dar para escaparla tiempo.) Pues yo me quiero perder, porque no he de estar oyendo que esté una ingrata cantando estándome yo muriendo. No le dejéis. (¡Ay, Beatriz, en qué peligro te ha puesto la desdicha de tu voz!) [Vanse.] Cierra aquesas puertas, Celio. No la vea él esta noche, que mañana habrá remedio. Jornada III Salen Otavio y don Juan y don Pedro. En fin, ¿tengo de escuchar yo sus voces, sin que intente desesperado arrojarme adonde quiera que fueren, y con mi sangre y su vida los dulces ecos alegres, cisne de honor, convertirlos en exequias de su muerte? Sea, pues que lo queréis los dos, que favorecerme debierais, no reportarme en una ocasión tan fuerte: vos porque venís conmigo, vos porque vine a valerme de vos, y entrambos porqué soy infeliz finalmente. Los dos lo hacemos por ver cuánto es grande inconveniente querer arriesgarlo todo, sin que nada se remedie. En uno de esos jardines que confinan con aqueste cuarto se escuchó la voz, ¿no fuera acción imprudente dejaros solo hacer ruido sin efeto? Considere vuestro honor que del honor son tan severas las leyes que mandan que el ofendido sin ningún riesgo se vengue. Yo vengo con vos, don Pedro, y en todo trance valiente me tendréis a vuestro lado; mas disponedlo de suerte, que sea uno el empeñaros y el desempeñaros. Entre a parte con el valor la cordura, que mil veces hemos visto que sin ella el más osado se pierde. Yo os ayudaré el primero a todo cuanto quisiereis, pues cuando de vuestro padre tan grande amigo no hubiese sido, el valeros de mí hará que con vos me empeñe, mas sea en buena ocasión. Pensemos lo que conviene con más atención, y luego que se discurra y se piense el modo, en su ejecución vida, honor y alma se arriesguen. Aunque es verdad, que no estoy yo informado (¡oh, si supiese disimular lo que sé!) de todo lo que os sucede, bien se deja conocer por señas tan evidentes que a vuestra hermana venís buscando, y pues en aqueste primero lance ya hallastis un indicio tan vehemente como oír su voz, antes que el ardimiento os despeñe pensad el modo que habrá de hallarla más conveniente, porque no vence con fama quien con cordura no vence. Don Pedro, el señor Otavio como brioso y prudente lo mejor os aconseja, que en trances de honor crueles no se se atreve con valor quien sin consejo se atreve. Digo que tenéis razón los dos, mas ¿qué noble puede ofendido discurrir cuerda ni entendidamente? Y supuesto que hoy entrambos sois mis amigos, a quienes toca tanto mi desdicha dame vuestros pareceres, que yo quiero reducirme a lo que los dos quisiereis. Yo hablaré el primero, pues por más viejo me compete. A vuestra hermana buscáis; ya por lo menos se tiene noticia que está aquí cerca; pues yo cautelosamente procuraré saber dónde, quién la trujo, con quién viene, y en qué casa está, y en tanto que desto a informarme llegue, vos quedaos escondido en este cuarto, que puede el ser visto embarazar nuestros designios, de suerte que en volviendo yo informado, veréis el más conveniente modo, y habiendo elegido el que a vos os pareciere, entonces muramos todos. (Así mi valor pretende poner en salvo a Beatriz.) El más cuerdo arbitrio es ese. (Así mi ofendido amor es bien que dar tiempo intente pasara que a Beatriz avise.) Yo quiero que no se queje de mí mi honor que no hice cuanto pude por tenerle; y así me quiero dejar regir de los dos en este caso; yerre con disculpa, ya que con desdicha yerre. Y para que en todo tiempo, señor Otavio, no os quede en lo que vais a saber el escrúpulo más leve, quiero informaros de todo lo que ignoráis brevemente, para que bien informado la diligencia se acierte. Con quien puede haber venido esa ingrata hermana aleve a esta ciudad,¡ay de mí! ¡cuánto pronunciarlo sienten mis labios!, es con don Diego de Lara, un hombre que viene aquí con don Luis de Lara su padre, a un cargo; porque este fue a quien yo y don Juan dejamos por muerto y a quien valientes siguiendo los dos venimos; y así saber os conviene si él vive por aquí cerca, que siendo así, es evidente que fue en su casa el cantar. (¡Quién vio confusión tan fuerte! ¿Las heridas de don Diego fueron por ella y la tiene en su casa, siendo yo quien a ella la llevé? ¿Pueden juntarse en solo un discurso tantas dudas diferentes? El uno de mí se fía y a esto a mi casa se viene; al otro le traigo yo por las finezas que debe a su padre mi amistad; la dama, ¡penas crueles!, se ampara de mi piedad, y todos tres finalmente están dentro de mi casa. ¿Qué he de hacer? Ya se me ofrece un medio: hablaré a los dos, y a no bastar, nada teme mi valor; pondrela en salvo, que es lo primero, pues tienen en los hombres nobles tales, privilegios las mujeres, que han de ser las preferidas, y venga lo que viniere después). De todo advertido voy. Con vos don Juan se quede, que pues cómplice con vos fue, si acaso sucediese verle, nuestra diligencia podrá embarazar el verle, y mirad lo que os suplico, que no habéis de salir deste cuarto. Esa palabra os doy. (En ninguna parte puede más seguro estar que aquí.) Yo la aceto. (No receles, si procedes bien o mal, pensamiento: bien procedes, que amparar a la mujer es lo más preciso siempre). Vase. (¿Cómo agora, al oír Otavio que don Diego, ¡ay de mí!, fuese de don Pedro el enemigo siendo don Diego su huésped, y estando con él Beatriz, tener a don Pedro quiere en su casa y a informarse en donde ella está se ofrece? No sé qué intento es el suyo, pero ¿quién a mí me mete en pensar dudas ajenas, estando las mías presentes? Beatriz está en gran peligro, y aunque a mí Beatriz me ofende, soy noble; avisarla agora es lo que más me compete. ¿Cómo podré de don Pedro apartarme un solo breve instante? Pues para hablarla ocasión Leonor me ofrece.) (¡Oh quién aquí se quedara solo, por ver si pudiese descubrir desde aquí algo.) (Ya una industria se me ofrece.) ¿Qué estáis pensando, don Juan?, que yo pienso que no tiene que pensar nadie en el mundo sino yo, pues me suceden tales cosas, que unos de otros nacen los inconvenientes. Con vergüenza lo que yo pensaba os diré, porque este lance es tal que estoy corrido que en él de nada me acuerde, pero en fin, yo imaginaba... ¿Qué? ...que tengo unos papeles que son de mucha importancia en la maleta y el güésped donde llegamos ayer, viendo que ninguno vuelve podrá abrirla sospechando... Decís bien, y me parece preciso que vos, que sois menos conocido en este lugar vais a asegurarle, porque en sospecha no entre. Yo fuera, si no temiera... ¿Qué os embaraza y suspende? Dejaros solo. ¿Qué importa que solo, don Juan, me quede? Id, pues, que en casa segura quedo. (¡Si bien lo supieses!) Pues con esa confianza voy; volveré brevemente. Vacilando me hallaréis en mis desdichas crueles. Vase. Beatriz, a avisarte voy de los peligros que tienes. Vase. Salen Luquete y don Diego. ¿Apenas ha amanecido y ya, señor, te levantas? Sí, que en confusiones tantas mal descansar he podido. ¿En fin, en que es Beatriz, das, esta crïada? Ella es, o yo... Di. ...estoy loco. Pues persuádete a que lo estás, que es más fácil de creer, aunque sea parecida, que es Beatriz la que afligida, pobre y humilde mujer en Sevilla está sirviendo, y cuando esto no bastara en que la trujo repara Otavio a casa, diciendo (Isabel me lo ha contado) que a sus padres conoció. ¿Ves todo eso? Pues o yo el juicio tengo trocado o es ella. Vuelvo a decir que trocado le tendrás, que es más fácil. Necio estás: ¿pueden las señas mentir de su voz y rostro? Yo, aunque nunca a Beatriz vi descubierta, sé que aquí no se me escapara, no, porque tengo en conocer gracia tan particular, tan rara y tan singular que... mas no me has de creer... Dilo. Curiosos, oíd, porque es rara maravilla: yo he conocido en Sevilla una mosca de Madrid. ¡Mentirosa necedad! No es sino tan verdadera que si jurarlo pudiera lo jurara con verdad. Calla. Escucha cómo fue. De mi alforja a un rinconcillo hoy me topé un panecillo que desde Madrid saqué. Partile por ver si hallaba en su dureza sabor, y dentro del pan, señor, una mosca muerta estaba, con lo cual, al descubrilla vi al punto que había venido de Madrid, y así he podido conocerla hoy en Sevilla. ¡Qué locura tan cansada! Más lo es tener tú por cierta que es esta tu mosca muerta no trayéndola empanada. Yo la he de hablar y saber qué causa aquí la ha traído, ya que tiempo no he tenido antes de ahora, porque ayer la vi en casa, y de mi hermana un punto no se apartó y así por hablarla yo me vestí tan de mañana. Ella viene. Pues de aquí te retira, porque quiero solo hablarla. Vase Luquete y sale doña Beatriz. Tarde espero que haya dicha para mí; hablar a Otavio quisiera en su cuarto, para que sepa que esta casa fue de mi mal causa primera, para que me ausente della; pues con don Diego no puedo estar yo, sin tener miedo al influjo de mi estrella... Mas ¡ay de mí!, que si viene buscando a Leonor don Juan faltar yo de donde están mis celos no me conviene, y más si se persuade a que porque aquí me dio falté al punto de aquí yo. Una pena a otra se añade. ¿Qué he de hacer? Gracias al cielo, que puedo, hermosa Beatriz, aqueste instante feliz hablarte, sin el recelo que de mi hermana he tenido: dame mil veces los brazos, que bien tan dichosos lazos mi vida te ha merecido tan a riesgo suyo, pues por ti la tuve perdida, siendo más feliz mi vida muerta entonces que después restaurada, que aunque yo quejarme de ti pudiera, pues don Juan de Silva era quien con tu hermano riñó, cuando yo entré, no ha quedado para la duda razón, mirando tu estimación en tan infelice estado. ¿Qué es esto? ¿Cómo has venido aquí? Las lágrimas deja, pues que ya toda mi queja en lástima has convertido. Saben los cielos, señor don Diego, cuánto quisiera que también se convirtiera hoy mi venganza en dolor antes de llegar a oíros y antes de llegar a hablaros; mas ya que es preciso daros noticia de mí y pediros que me amparéis, mis enojos faciliten mis agravios; sean llanto de los labios las razones de los ojos, que está mi remedio en vos, y así, escuchad... Proseguid. Yo... Sale Otavio. Beatriz, don Diego, oíd, que pues buscando a los dos vengo, porque importa hablar, a cada uno de por sí, mejor será, pues aquí juntos hoy os puedo hallar, juntos hablaros, que no se aventurará el secreto de uno en otro, a cuyo efeto mi obligación os buscó: a vos porque así pretendo decir el riesgo en que os veis, y a vos, porque le excuséis. Ya os escucho. Ya os atiendo. Vos, don Diego, no ignoráis, pues que su amante habéis sido, quién es Beatriz y sabréis el cómo a Sevilla vino. Vos, Beatriz, no me podéis negar, pues me lo habéis dicho, que el que vuestro hermano hirió vuestro esposo hubiera sido; pues siendo así que he llegado yo a saber de estos avisos, que es don Diego esposo vuestro, pues fue don Diego el herido en vuestra casa, a quien vos por muerto tuvistis, digo que ya no es tiempo de que deis más larga a los designios de vuestro amor, porque anda de un noble pecho ofendido, de vos muy cercano el riesgo y en vuestro alcance el peligro. En Sevilla está don Pedro, vuestro hermano y enemigo, y de donde vos estáis ya tiene muchos indicios, que cuanto anoche cantastis oyó, que en efeto ha sido la desdicha de la voz oírla el que no se quiso que la oyese; ved agora si habiendo hasta aquí venido buscándoos, juntos os halla, cuánto el empeño es preciso. Y así pues los dos estáis tan amantes y tan finos, que a vos por ella os hirieron y ella a vos os halla vivo habiéndoos muerto llorado, de que yo soy buen testigo, el mejor fin que podéis dar a este noble delito de amor es que vuestro hermano casados os halle, arbitrio para el desempeño airoso, para el desagravio digno. Vuestro padre yo me ofrezco a que lo abrace benigno, pues querrá un hermano daros quitándoos un enemigo, y si no, mirad qué modo ha de haber, y preveníos, que a mí no me toca más que avisaros y deciros el riesgo. No preguntéis quién es el que me lo dijo, que no lo sé, porque yo en dos mitades partido hoy, con dos obligaciones cumplir así solicito, con la una en lo que callo y con la otra en lo que digo. ¿Pues cómo, cuando pensé hallaros agradecidos a vuestra fortuna, dando feliz fin a los prodigios de tan peligroso amor, el uno y otro indecisos, dais lágrimas a la tierra vos, vos al aire suspiros? ¿No fuistis, decid, don Diego, vos quien más a Beatriz quiso? Tanto, que fui en su hermosura de amor idólatra indio. ¿Vos, Beatriz, no me dijistis que a quien don Pedro había herido, vuestro esposo era? Sí. ¿No os hirió a vos? Y al divino cielo pluguiera, que nunca hubiera convalecido. ¿No es quien vos dijistis? No, que tuve error al decirlo. ¿No estabais vos en su casa aquella noche escondido? No, que solo al ruido entré. ¿Pues cómo vos me habéis dicho, que el que llorabais... No supe quién hubiese entrado al ruido. ¿Luego era el competidor don Diego y no el elegido? Sí. Pues peor está, que estaba, si cuando el fin imagino facilitado, se vuelve a quedar en su principio. Y así acortemos discursos, que hay mucho que hacer. Yo miro Beatriz, muy cercano el riesgo. No tengo de permitiros padecer en mi poder; y así conmigo veníos donde yo os guarde. Eso no, que una cosa en su peligro es el ser yo caballero, y otra el no ser su marido. Yo soy a quien hoy don Pedro busca como a su enemigo; Beatriz en mi casa está: ved cuánto es para mí indigno que otro me excuse el efeto de lo que yo causa he sido, y así yo debo ampararla, ya que por fortuna vino a mi casa. No se diga de mí que solo he tenido el brío para quererla, no para guardarla el brío. Ella se amparó de mí y la he de llevar conmigo. Mirad, que... Yo... Yo... Sale don Luis y Luquete. ¿Qué es esto? (Disimular es preciso, no entienda nada mi padre.) (Fingid vos, pues que yo finjo.) Nada, alabome don Diego aqueste aderezo mío, y estábasele ofreciendo; rehusolo, a lo que yo porfío; y así que vos se le deis de parte mía os suplico. (Pues disimulan, no quiero darme yo por entendido.) Desempeñamos tan mal mercedes y beneficios vuestros que no extraño que tomarle no haya querido. (De Otavio quiero saber qué ha sido aquesto.) Veníos conmigo, Otavio, que tengo un negocio que deciros. Tú vete de aquí. Sí haré. Señor, pues ¿qué es lo que ha habido? ¿Es Lucía o es Beatriz? Lucía. Estaba sin juicio. ¿Quién lo duda? Albricias, alma, que desta vez me enlucío. (Que es ella negar me importa hasta el fin que solicito. [A ella] Beatriz, en mi casa estás; no temas ningún peligro. Sírvate yo de algo, ya que de todo no te sirvo.) Vase. Venid. (Por no darle más sospechas, sus pasos sigo. [A ella] Está advertida, Beatriz, de que vuelvo al punto mismo y en tanto, que deste cuarto no salgas, Beatriz, te aviso.) Vase. (¿Habrá más ansias, más penas que padecer? ¡Qué bien dijo el que dijo que los males eran cobardes, pues miro que nunca he visto uno solo, y cobran mayores bríos cuando al que embisten le ven más postrado y más rendido.) (Ánimo, amor, esto es hecho; sombrero y zapatos limpios!) (¡Mi hermano en Sevilla, cielos! y ya con claros indicios de la parte donde estoy por haber mi voz oído.) (Linda cosa fuera amor si no tuviera principio.) (¡Mal haya mi voz, amén!, pues mi mayor enemigo la desdicha de mi voz en cualquiera parte ha sido.) (¿Pero qué temo? quizá será mujer de capricho.) (Faltar desta casa agora no puedo, habiéndome dicho Otavio que aquí le espere; estarme en ella, ¡divinos cielos!, es estar haciendo más continuado el delito.) (Yo llego a lo sevillano, que será el mejor estilo.) (¡Y estas confusiones son sin tocar, ¡rigor esquivo!, en los celos de don Juan, que no importaran los míos; ¡cuál estoy yo, pues mis celos son los que menos estimo!) Sora madre de mi vida, ya voaced habrá sabido que el enamorarse un hombre no cada siempre es delito. Sale Isabel [al paño.] (Celos, vamos poco a poco, que hay en el campo enemigos.) (Esto solo le faltaba a mi discurso afligido, que un pícaro se me atreva.) Yo lo estoy desde que he visto esa cara y ese talle. (Fortuna, ¡a qué me has traído!) (Demos otro paso más.) Yo quiero, pues... Dale un bofetón. Pues yo envido. Lleve ese y venga por este, sor Luquete. ¡Vive Cristo! Ahora no me negarás, picaño, lo que yo he visto; ¿peor que mi abrazo no es esto? ¡Y cómo!, también lo digo; pues tú ofendes abrazando y yo escupiendo colmillos. ¡Qué grande gusto me has hecho, ay amiga, en despedirlo! ¡Y a mí qué grande disgusto! En nada, Isabel, te sirvo, que yo así despido siempre a pícaros atrevidos. Y para siempre jamás yo me doy por despedido. Sale Leonor. Lucía, Isabel, ¿con quién hablabais aquí? Conmigo hablando estaban de manos. Luquete, allá fuera idos. Que me lo hubieras mandado te lo hubiera agradecido, un hora antes. Para esta, infame. Aqueso es muy lindo, ¿Ahora la juras? ¿No llevo ya adelantado el castigo? Vase. Amigas, pues que las dos sois de mis males testigos, sed de mis penas las dos también lisonjero alivio. Ya sabes con el amor, y lealtad que te servimos. (¡Mas que viene a resultar todo aquesto en daño mío!) Ya sabéis como don Juan de mí enamorado vino a Sevilla; ya os conté anoche cómo me dijo que a darme satisfaciones solamente había venido de unos celos que me dio en Madrid, pues aunque fino a una dama festejaba, era mañoso artificio en cortesana venganza de mis desdenes esquivos. Pues yo, hasta volver a oír tal desengaño, no vivo; si tú quisieras, Lucía, ¡con qué vergüenza lo digo!, hacer por mí una fineza, verás cómo te lo estimo. ¿Qué es, señora, lo que mandas? Yo, como mi padre vino, y no pude con espacio hablarle, ¡rigor impío!, no pregunté su posada adonde yo le dé avisos de las horas a que puede hablarme, y así te pido, que pues eres de Sevilla y sabrás —que esto es preciso—, mejor que Isabel las calles, la posada en que ha vivido busques, Lucía, y le lleves al instante un papel mío. ¿No lo harás? Sí, mi señora, ¿pues no, si en eso te sirvo? Dios te guarde; ponte el manto, mientras yo el papel escribo. Isabel, ven a sacarme la escribanía. Vanse las dos. ¿Ha podido llegar a más mi fortuna que a darme tan buen oficio? Pero puesto que a don Juan hablar así facilito, de espacio buscarle quiero, y darle de todo aviso, aunque Otavio que de casa hoy no saliese me dijo. Iré por el manto. Sale don Juan. Espera, Beatriz, que un hora escondido en ese portal de enfrente he estado... mal dije...¡un siglo!, esperando a que don Luis se fuese, que con su amigo Otavio se ha estado hablando, y por eso no he podido entrar antes. La señora Leonor, por quien has venido a Sevilla, a darla solo satisfación de que ha sido cualquiera otro amor venganza de sus desdenes esquivos, te agradezca la asistencia; espera mientras la digo que no te escriba un papel, que ya por él has venido. Beatriz, los lances están en estado tan prolijo, que piden medios, no quejas; y pues yo celos no pido de que en casa de don Diego te estés, habiéndome visto en Sevilla, no gastemos tiempo en estos desatinos, y calla tus celos tú, pues que yo no hablo en los míos. Tu hermano en Sevilla está, a darte muerte ha venido o a casarte con don Diego; para mí todo es lo mismo; pero habiendo sido yo quien más, Beatriz, te ha querido, quien más, Beatriz, te ha adorado —bien pensaba no decirlo, mas como ha tanto que saben estas voces el camino que hay del corazón al labio, solo el uso las ha dicho—, no será justo que sepa yo que te busca el peligro y no te avise dél. Mira lo que has de hacer; prevenido para todo me hallarás cuanto sea tu servicio, bien por la parte de noble, no por la parte de fino, que en habiéndote dejado segura el despecho mío, palabra te da de que me ausente huyendo el martirio de verte en ajenos brazos, y así lo que te suplico, es que asegures tu vida hallándote, ¡trance esquivo!, desposada con don Diego tu hermano, que otro camino tu seguridad no tiene. Si a esto inconveniente ha sido de don Diego algunos celos, y en tu estimación previno poner duda —esto lo infiero pues que sirviendo te miro con otro nombre en su casa—, dímelo, que yo, yo mismo tomaré de tu opinión la causa, y en desafío la muerte le sabré dar porque se case contigo; que quiero más tu opinión, ¡ay Beatriz!, que el gusto mío; que no quiso como noble quien como celoso quiso. Don Juan, aquesa fineza yo la agradezco y la estimo, mas para valerme della no es tiempo. Yo no he tenido con don Diego más empeño que traerme mi destino sin saber cómo a su casa. Si desto quieres testigos, lo es Otavio; y sin Otavio, séalo lo que te digo. Sácame de aquesta casa, llévame, don Juan, contigo, que aunque hoy Otavio y don Diego se han en mi amparo ofrecido, quiero que veas que solo el que tú me das estimo, y hálleme mi hermano luego casada, pero contigo. Beatriz, ya te he dicho cuánto mas tu opinión solicito que mi gusto. Yo no puedo casarme (¡muero al decirlo!) con quien (¡tiemblo al pronunciarlo!) en poder (¡grave martirio!) de otro amante (¡triste suerte!) he hallado (¡rigor esquivo!) y así... No me digas más, que ya sé que no ha nacido ese escrúpulo, don Juan, de tu honor, que habiendo oído mi resolución debieras no dudar, pues si se ha visto huir de un marido a un amante, alterando yo el estilo no había de querer agora huir de un amante a un marido. Leonor es de esa tibieza causa; por ella has venido, y... pero no digo nada; harto en lo que callo digo. Harás que me dé la muerte despechado el dolor mío si no quieres... ¿Qué? ...que tenga causa... ¿En qué? ...en haber sentido hallarte en cas de don Diego. Bien que lo sientas estimo, mas no que lo sientas tanto, como que hagas desperdicio... ¿De qué? ...de aquesta ocasión que te doy. Si habiendo dicho que hasta estar desengañado no me he de casar contigo quieres que te lleve, vamos. Tanto de mi verdad fío, que con esa condición he de acetar el partido: espera, pondreme un manto. Vase. Amor, ya me determino a todo, ya nada temo llevando a Beatriz conmigo, y... Sale Leonor. Ya está el papel aquí, Lucía... ¡Pero qué miro! Don Juan, mi señor, en vano, si estás presente, te escribo, pues la lengua del papel para la ausencia se hizo y así le rompo al mirarte, siendo ya los brazos míos mejores cifras de amor. (Muerto soy si aquí no finjo, porque el enojarla ahora será estorbar mis designios.) Leonor, señora, mi bien, cuánto aquese agrado estimo mejor lo dirá la muda retórica de un rendido haciendo de tales lazos cadenas al albedrío. Sale Beatriz con manto. Vamos, don Juan... ¡Mas qué veo! Lucía, no necesito ya de que vayas, supuesto que primero don Juan vino que fueses tú; y así el manto te quita. Ya me le quito, pues no tengo que ir adonde iba, en habiéndole visto. ¿En fin, don Juan, que la dama a quien amabas rendido en Madrid era por tema? ¿Qué dudas? ¿Qué temes? Dilo una y mil veces, que yo tantas estimaré oírlo. Sí dirá. Verdad es que por quien hasta aquí he venido es por quien estoy mirando, pues ni tengo ni he tendido dicha sino solo ver una hermosura que miro. (No tienes de qué enojarte, Beatriz, que por ti lo digo.) (Favor, que es común de dos ni le quiero ni le estimo.) ¡Oh cuánto, don Juan, me agrada esas finezas oíros! Todas mi amor las merece. Sale Isabel. ¿Señora? ¿Qué ha sucedido? ¿Qué ha de suceder? ¿No es el venir alguien preciso? Otavio y don Diego a un tiempo por dos puertas han venido a casa y en este cuarto entran. ¿Quién jamás ha visto más penas? Don Juan, ya sabes desde anoche ese retiro; éntrate en él, y las dos en esta sala conmigo, que estando haciendo labor mejor la deshecha finjo. Tú no salgas hasta que una seña te dé aviso: aquesta será la voz de Lucía; habiendo oído que canta un tono sal luego, que es señal que se habrán ido. ¿Yo cantar agora, cielos? Esto, Lucía, es preciso para que don Juan se vaya. Solo el ser para su alivio pudiera hacerme cantar cuando era el llorar más digno. Que entran ya. (¿Quién se vio a un tiempo a tantas penas rendido?) (¡Ay ingrato!) (¿Pude yo excusarlo?) (¿Quién te hizo fuerza?) (La ocasión.) (¡Qué buena disculpa! Yo me retiro.) (Yo me quedo. ¡oh, no me halle hoy la desdicha escondido!) Escóndese. Vanse todos. Salen Otavio y don Diego. (Vuelvo a buscar a beatriz porque antes que vuelva a hablar a don Pedro, asegurar quiero su vida infeliz.) (En aquesto me resuelvo, que estando en mi casa, no la he de amparar sino yo, y así aquí a buscarla vuelvo.) (Don Diego viene allí, y creo que viene a hablarla en mi agravio.) (Sin duda que vuelve Otavio a embarazar mi deseo.) Señor don Diego, con vos yo no he de tener pendencia, pues ha de ser convenencia cuanto tratemos los dos. Siendo así, no embaracéis la acción, pues me toca a mí, que truje a Beatriz aquí, sacarla de aquí. ¿No veis que habiéndola hallado yo en mi casa, aunque haya sido siempre amante aborrecido de su rara beldad, no será bien visto que sea de otro amparada?, y más siendo yo, como estáis vos diciendo, a quien su hermano desea dar la muerte, ¿cómo puedo excusar el lance, pues lo que convenencia es podrán decir que fue miedo? Ella a Sevilla se vino, porque el herido juzgó que era su esposo y creyó que era muerto, y pues previno en mí hallar favor y amparo, es cierto que he de guardarla; yo la truje aquí y llevarla me toca. Yo, aunque su raro rigor siempre examiné y un favor no merecí, habiéndola hallado aquí, sin apurar cómo fue la he de librar, que a ninguno le toca más, ni aun a vos. Eso es por guardarla dos no favorecerla uno; y así pues es un efeto el que los dos procuramos, hoy los dos nos avengamos a sacarla deste aprieto. Como tenga parte yo norabuena. Pues mi intento es el llevarla a un convento, porque en otra parte no me parece que segura puede estar. Pues los dos vamos a prevenirle, y volvamos a asegurar su hermosura y a reparar cualquier daño juntos entrambos después. Vamos los dos. [Vanse. Don Juan al paño.] Cielos ¿es verdad este desengaño? ¿Cómo, o por dónde ha venido? Pero su ventura fue; no ha sido novedad que me sepa hallar escondido. Descúbrense en una ventana las tres haciendo labor. Los dos sin pasar, señora de la sala se volvieron. ¿Fuéronse ya? Ya se fueron. Pues Lucía, canta agora, para que don Juan se vaya, que a trueco de asegurarle no quiero volver a hablarle. Pues quiere el cielo que haya para don Juan convenencia en mi voz, quiero cantar a pesar de mi pesar. El llanto le dé licencia hoy a mi acento veloz, que si a él servirle procura, ya será una vez ventura la desdicha de mi voz. Canta. Ya canta Beatriz. Ya puedo salir sin recelar daño, aunque con tal desengaño a todo he perdido el miedo. Sale don Pedro. (Donde Otavio me dejó, esperando, ¡ay de mí!, estaba la respuesta que a mi juicio ha todo un siglo que tarda, cuando la voz de Beatriz escuché, y siguiendo el alma su acento salí del cuarto; pasando de sala en sala a esotro de enfrente, ¡cielos!, averigüé dónde canta.) Saldré, pues ya me asegura la voz. Entraré a buscarla. ¡Don Pedro! ¡Don Juan! Teneos, ¿dónde vais? Ya es excusada persuasión, que habiendo visto que Otavio y que tú me engañas —Otavio, pues a esa fiera tiene dentro de su casa, y tú pues de adentro sales y ambos a dos me lo callan— sin esperar más razones, tengo de entrar a matarla. Mirad a qué os empeñáis, porque tengo de guardarla. ¿Vos de mí? Yo. ¿Qué es aquello? Sal, Lucía, a ver quién anda allí. Sale Beatriz. ¿Qué es esto, don Juan? ¿Qué ha de ser, aleve hermana, sino yo, que a darte muerte vengo? ¡Los cielos me valgan! No temas, que en tu defensa perderé honor, vida y alma. ¿A eso conmigo veniste? Sí, que esto solo fue causa. Eres amigo traidor. Soy leal amante, que basta. Riñen. (¿Qué es esto? ¡Ay de mí, infelice! Don Pedro, a quien yo engañaba, celoso sin duda viene buscándome y como halla a don Juan aquí, de celos los dos por mi amor se matan.) Caballeros... ¿Leonor, tú en este cuarto? (Ya pasan a mayores mis desdichas.) Pues en la casa se ampara de don Diego mi enemiga matarela. He de librarla. Don Pedro, si es que buscando vienes a la que te engaña, no a costa de tanto honor quieras hoy tomar venganza. Buscando vengo, Leonor, a quien me ofende y me agravia y tengo de darla muerte. Ya he dicho que yo ampararla. (Por mí lo dicen los dos.) Salen don Luis y Luquete. ¿Qué ruido es este en mi casa? ¿Qué sé yo? (¡Mi padre, cielos! Aquí el ingenio me valga.) ¿Qué ha de ser? Que aquestos dos caballeros hoy con tanta osadía se han entrado buscando aquesa criada, que sin mirar el respeto que deben... (¡Desdicha extraña!) ...a mi decoro y el tuyo en mi presencia se matan. (Lucía, conviene en esto, pues tú no aventuras nada y me das la vida a mí.) (Ya Leonor desengañada de todo está, pues a voces toda la verdad declara.) Isabel, ¿qué ha sido esto? Yo, Luquete, no sé nada. Deteneos, caballeros, que estoy yo en medio. ¿No basta ser aquesta casa mía, y de mi hija esa criada, para tener más respeto? (Él lo creyó. ¡Albricias, alma! Lucía, por solo Dios, que finjas que eres la causa.) (Bueno es pedirme que finja lo mismo que por mí pasa.) ¿Lucía, estas ocasiones dais vos? Soy muy desdichada. En tu casa estoy, mi vida defiende de una desgracia, porque quien me busca, intenta darme la muerte. (Bien hayas tú, pues que finges por mí el ser aquí la culpada.) Señor don Luis, no os espante este despecho, esta rabia; que esa mujer que hoy aquí he hallado, yo he de llevarla conmigo. No ha de llevar, si primero no me mata. (Bien disimulan los dos.) ¿Aun viéndome aquí, no basta para reportaros? ¿Cómo... No me obliguéis a que haga decir el despecho. ¿Qué? Que esa mujer es mi hermana. Mirad cómo, declarado, puedo dejar de llevarla. Eso me hará a mí decir que es mi esposa, cosa es clara, y así mirad cómo puedo dejar también de ampararla. ¿Vuestra esposa? Sí. (¡Qué bien los dos de librarme tratan del empeño, con fingirla uno esposa y otro hermana!) Salen Otavio y don Diego. Pues siendo eso así... Señor, ¿tú con la mano en la espada? ¿Qué es esto? Apenas lo sé, cosas son de esa criada que a mi casa me trujistis. (¿Este no es don Pedro?) ¿Tanta es, don Pedro, la osadía de tu briosa arrogancia, que así en mi casa te entras? Hijo, espera, tente, aguarda, no tomes de esa manera cosas de poca importancia. Por una crïada ha sido. No ha sido, que esa crïada es doña Beatriz, por quien me hirió don Pedro en su casa. Aún le dura esta locura. (Esto solo me faltaba.) ¿Cómo? ¿Que este es tu enemigo? (¿Quien vio dudas más extrañas? En medio de dos amigos, no sé a cuál de los dos valga.) Don Pedro, tu hermano soy, y ya a tu lado me hallas. Y aqueste es don Juan de Silva, que con él riñendo estaba cuando yo entré. Es la verdad, que Beatriz es de mi alma dueño y venimos los dos hoy a Sevilla a buscarla, él para darla la muerte y yo para asegurarla. ¿Luego casado con ella estáis? Sí, que si faltaba un desengaño a mi honor, ya le hallé. (¡Qué es lo que pasa por mí!) (¡Qué bien disimulan por tu honor y por tu fama!) Señor don Diego, yo os di una herida. Si vengarla queréis, ya que restaurado veo el honor de mi hermana, ha de ser con un rendido, porque yo estoy a las plantas del señor don Luis, que quiero que estas amistades haga otra convenencia. ¿Cuál? Leonor divina, a quien ama mi vida. De un enemigo hacer un amigo es tanta granjería, que os aceto esa merced. (Esperanza, pues ya no tenéis remedio, disimulad vuestras ansias.) De todos, ninguno queda más airoso en esta danza que tú. ¿Pues por qué? Porqué te hieren y no te casas. La desdicha de la voz aquí, senado, se acaba, y yo rendida os suplico, que perdonéis nuestras faltas.