Agradecer y no amar Gran Comedia Fiesta que se representó a sus Majestades Personas que hablan en ella: LAURENCIO, galán ROBERTO, gracioso. EL PRÍNCIPE DE URSINO. LISARDO, galán. FABIO, viejo. FLÉRIDA, Princesa LÍSIDA, dama. ISMENIA, dama. FLORA, dama Damas. Músicos. Criados. Primera Jornada Salen Flérida, Lísida, Ismenia, Flora y damas. Corred todas al castillo, antes que alcanzarnos pueda ese hombre que nos sigue. Mal podremos; porque llega ya a nosotras. De sus planta sel ruido se oye. Y tan cerca, señora, que viene ya pisando las sombras nuestras. Si te embaraza que llegue, permite que la escopeta ponga al rostro; que yo haré que a su poder se detenga. Tente; que, aunque recatarme quiero, no quiero que sea tan a toda costa; y pues tú, Lísida hermosa, es fuerza que, por más recién venida, menos conocida seas, quédate en aqueste paso a decirle que se vuelva. Y de no hacerlo, podrás, determinada y resuelta, tirarle entonces; porque alcanzándome, no sepa que soy yo la que ver pudo tan descuidada en las selvas. Pues retírate y a mí ese cuidado me deja; que yo haré que no te siga. Vanse. Sale Laurencio. ¡Esperad, deidades bellas!; que, aunque monstruo de fortuna, no lo soy tanto que pueda poneros temor. Detente, ¡oh tú!, quienquiera que seas; pues más por hombre que monstruo nuestro temor acrecientas. Y advierte que a un paso más que des, o a la más pequeña réplica que hagas, dará este arcabuz la respuesta. Mas ¡ay infeliz! ¿Qué miro? Aunque la rara extrañeza de hallarte en esta montaña, ¡oh ingrata, oh aleve, oh fiera enemiga de mi vida!, darme admiración pudiera, me la ha quitado el hallarte tanto a mi muerte dispuesta; porque al ver que contra mí fuego vibras, rayos flechas, escucho fácil la duda y nada al discurso dejas de cómo vengas aquí, puesto que a matarme vengas. Y así, sin saber la causa de tu venida a estas selvas, la de la guarda que haces ni la del rigor que ostentas, me volveré; que no quiero saber más de que tú seas la que defiendes el paso para que yo atrás lo vuelva; no tanto por el temor del fuego que dentro encierra ese escandaloso monstruo de acero, pólvora y piedra, cuanto por el que tu pecho más traidoramente engendra, que de pasadas traiciones es mina, es volcán, es Etna. ¡Oh, quién de tantos engaños como padeces pudiera desengañarte, Laurencio! Y ¡oh, quién de tantas diversas fortunas como por ti quiere el cielo que padezca pudiera informarte! Pero ya que no es ocasión ésta, fío que me la ha de dar algún día; porque veas cuán erradamente acusas de mudanza a la firmeza, de traición a la lealtad y a la obligación de ofensa. Aunque con nuevos engaños satisfacerme pretendas, tarde podrás. No lo dudo; pues, aunque al instante fuera, fuera tarde para mí; y más viendo que ahora es fuerza dejar para otra ocasión desmentidas las sospechas de verme hablando contigo. Aquí, Laurencio, te queda. No me sigas. Y de paso sólo te pido que adviertas, viéndome en esta montaña a ajeno dueño sujeta, desterrada de mi patria, todo por ti, cuáles sean las lágrimas que me debes, los suspiros que me cuestas. Vase. ¡Válgame Dios! ¡Qué de cosas tan contrarias, tan diversas mi imaginación combate y mi entendimiento cerca! ¿Quién creyera –¡una y mil veces infelice!–, quién creyera que la causa que me tiene entre esas incultas peñas, cortesano de sus riscos, compañero de sus sierras, mísero, pobre y rendido, viniese a encontrar en ellas? Mas ¿dónde vive ignorado un infeliz que no venga siempre su pena tras dél, como arrastrada y por fuerza? ¿Quién creyera. . .? dentro. ¡Hola, Laurencio! ¿A quién digo? Voz es éstade Roberto. Ya le estimo... [dentro.] ¡Hola, aho! ...que a tiempo vengaque me haga compañía; porque no hay cosa que tema tanto aquí como a mí mismo. [dentro.] ¡Laurencio! ¡Roberto! Llega hacia aquesta parte. [dentro.] ¿Dónde es hacia? Porque no encuentran mis plantas hacia, señor, que hacia donde caer no sea. [Sale Roberto en lo alto.] ¿Dónde estás? Sobre la cima de aquesta pelada peña, tan sin mechón que no tiene donde otro mechón se tenga. ¿Quién te subió allá? El demonio, que ha dado en esta flaqueza de andar subiendo a menguados. Baja presto. Cosa es ésa que, con dejarme caer, la haré con más diligencia. ¿Qué buscabas allá? A ti. ¿A mí en la cumbre? Como era necedad subir acá, presumí que tú la hicieras; y así, en tu busca, señor, saltando de peña en peña, me he hecho tantos cardenales que todo soy eminencias. Baja, pues, que hacia esta parte está del risco la senda. ¿Mas que se muda hacia estotra si vas a buscarla hacia ésta? Mas no podrá, ya la he hallado. ¿Y para bajar te sientas? ¿No es mejor que lo mullido lo pague que pies y piernas, que son frágiles canillas? ¡Dios vaya conmigo! ¡Ah! Pesia [Rueda.] el primero que inventó andar por montes y selvas tras de un conejo, arrastrado donde el primero no espera; y si se yerra al segundo, al tercero no se acierta; el cuarto se escapa herido por estar la boca cerca; el quinto salta a la cumbre; muerto el sexto, no se encuentra entre las matas; y, al fin, uno que se cobra cuesta de pólvora y munición aún más que si un hombre fuera con secreto natural a comprarlo a una despensa. No digas mal de la caza, Roberto, puesto que ella en estas montañas es la que a los dos nos sustenta. Pues ya que no he de decirlo, sepamos, señor, si es esa liga la caza de hoy; porque no veo que tengas otra ninguna. Esta ha sido, Roberto, toda la presa que hoy he cazado. Pues vamos a hacer un jigote della, que será linda comida liga montés; y más ésta que, aunque está muerta de hoy, estará manida y tierna. No hables, Roberto, de burlas. ¿Qué tienes que en tu tristeza, bien que continua, parece que hay novedad? Y tan nueva que casi en lo inverisímil toca. ¿Cómo? ¿Qué dijerassi hubieras visto, Roberto, a Lísida en estas selvas? Dijera que la habías visto; mas dijera también que era ilusión de tu deseo y que él te la representa. Pues dijeras mal; porque ni mi deseo la engendra ni fuera posible, cuando su traición y mi tragedia han podido hacer que más que la quise la aborrezca. La verdad es que la vi y la hablé. Pues ¿qué deshecha fortuna nos la ha arrojado en esta inútil maleza donde ignorados vivimos al abrigo de un aldea –que fue el último caudal de tanta perdida hacienda como te cuesta su amor– pretendiendo que no sepan tus enemigos de ti, llenos de tantas miserias, desnudez y hambre? No sé. Pues ¿no dices que con ella hablaste? Sí. Pues ¿qué hablaste? Escucha, que aún hay que sepas otra mayor novedad. Mucho hará, si es mayor que ésta. Salí, como ya viste, esta mañana, cuando entre nubes de carmín y grana de arreboles el sol al prado viste. Ni digo sólo, ni encarezco triste; pues ni triste ni solo el monte sigo, supuesto que mi pena va conmigo; y supuesto también que mi tristeza ya no es pasión, sino naturaleza. Salí, pues, procurando de la tierra cobrar, cobrar del viento el preciso alimento a que los dos se hipotecaron cuando, para el hombre poblando Dios sus esferas graves, vistió de piel y pluma fieras y aves. A cuya providencia, ni red, ni lazo, ni abrasada fuerza –que hace al ave que el giro veloz tuerza– al pájaro hizo injuria, al mísero animal hizo violencia, puesto que a su obediencia obligados nacieron. Bien que en matarlos no piadosos fueron los que sólo por gusto roban de sus adornos tierra y viento y, como yo, no tienen por sustento la crueldad de ejercicio tan robusto. Prosigue; que no es justo pararte ahora a hacer moralidades, puesto que en estas verdes soledades a las fieras que dices parecemos; porque, si no matamos, no comemos. Digo, pues –o crueldad o piedad sea lo que hoy a hacer me obliga al gusto de otros mísera fatiga–, que de esa pobre aldea salí, sin dar un paso que en cuidado el descuido o el acaso contra mí no volviese, sin que un tan solo lance me saliese en que la suerte mía sanear pudiese su malicia al día; y viendo que ya en todo, mientras que busco el modo, ese golfo de luces igual baña la cumbre y la cabaña –pues igualmente todo lo divisa cuando el hombre su misma sombra pisa–, del calor fatigado, al cansancio rendido, oyendo el blando ruido dese veloz cristal que despeñado del monte al valle en él alivio espera buscando alguna sombra en su ribera, llegué a un espacio ameno de varias flores y bordados lleno. Aquí, templando el sol la saña ardiente, al margen me senté de su corriente. En ella divertía los varios casos de mis desdichas y de mis fracasos cuando en el agua veo que, ladrón de cristal, para trofeo del mar adonde ya llegar pensaba, este cendal robado se llevaba. A poca diligencia que hice, cortando dos pequeñas ramas a costa de pisar ovas y lamas la presa le quité sin resistencia; y haciendo consecuencia que hasta su dueño espacio habría pequeño, agua arriba buscando fui su dueño; no en vano persuadido a que hallarle, o patente o escondido, dicha sería, pues iba un infeliz buscándole agua arriba. Recatado en efeto, ladrón ya del ladrón, pude secreto llegar donde un remanso del fatigado arroyo era descanso, como que en él sediento paraba sólo hasta tomar aliento. Adelante pasara si, rémora vocal, no me parara aquí, Roberto, un mal distinto acento, que siempre adelgazándose en el viento débil trajo a mi oído sin palabra la voz, sin voz el ruido. Suspenso estuve un rato remitiendo las dudas al recato. Poco a poco fui entrando a la espesura adonde natural arquitectura del abril había hecho en breve espacio la fábrica de un rústico palacio, cuya alfombra de rosas y claveles, cuyo dosel de sauces y laureles daban con el dosel y con la alfombra a una y otra beldad albergue y sombra. Pareme, suspendido ya de la vista más que del oído; y haciendo celosía la intrincada maraña que a partes la campaña tal vez negaba y tal me concedía, ya lo pudo advertir la industria mía, con señas no pequeñas, templo de Venus; puesto que sus peñas adornaban por una y otra parte, entre galas de amor, triunfos de Marte, mirando allí esparcidos por las yerbas riquísimos vestidos y aquí colgados luego por las ramas también rayos de fuego; mostrando así que Amor, en viendo en tierra las banderas de paz, deja la guerra. Estaban, pues, deste apacible seno en lo más retirado y más sereno, tropas de ninfas bellas, de cuyo humano cielo eran estrellas las más vistosas flores; y en medio, el mismo Amor, muerto de amores, deidad era asistida de aquel festivo coro en cotilla y enaguas; que no ignoro salir del baño, pues ni bien vestida ni bien desnuda daba a entender que de nuevo se adornaba. ¡Mal haya mi fortuna, pues una dicha, que sólo tuve una, hubo de ser llegando tarde! Pero a buen tiempo llegué, si considero cuánto el recato vive escrupuloso. No a lo lascivo y vamos a lo hermoso. Suelto tenía el cabello, cuyas ondeadas hebras, golfos fingiendo de erizadas quiebras, inundaban la nieve de su cuello. Perdone el sol, que no es el sol más bello cuando los ampos de las cumbres dora dejando en una peña y otra peña desmelenar la mal peinada greña que, a media luz, le destrenzó la aurora; bien que al revés su efeto se colige. ¿Dije al revés? Pues oye, que bien dije; porque si él sobre nieve madejas de oro a desplegar se atreve, ella con más decoro nieve desparce en sus madejas de oro, cayendo encima a tanto hielo ufano un copo y otro en una y otra mano. Él, por no verse a leyes reducido, medio enredado resistió esparcido; como quien dice que es contrario duelo, dando los rayos libertad al cielo, que con nuevos desmayos el cielo ponga en su prisión los rayos. Nácar y plata era la hermosa primavera de un guardapié que al monte contenía, pues un átomo apenas descubría al prado ni al deseo; si bien, que nada recataba creo, pues el pie era de modo que en el átomo sólo estaba todo. A este instante cegué, porque a este instante, de una de aquellas damas, esparcida azul enagua a líneas guarnecida se me puso, al echársela, delante. ¿Cuando al sol eclipsó nube brillante? ¡Mal hubiese el deseo de no perder de vista la hermosura, pues, por mudar lugar, mudé ventura ramas moviendo! A cuyo ruido veo que todas asustadas, confusas y turbadas, como si un monstruo vieran, recogieron armas y adornos y a mi vista huyeron por una oculta senda, tan veloces que, no digo mis plantas, mas mis voces alcanzarlas en vano pretendieron. Con todo, las siguieron hasta lo estrecho deste inculto paso, donde ahora empieza mi segundo acaso. En él, pues, la asustada escuadra fugitiva, confusa y alterada, que por los montes deshilada iba, para segura hacer su retirada dejó de posta una beldad; que, armada con su denuedo, daba al sol asombro teniendo, porque el paso me resista –bien que a no ser quien era, fuera en vano–, la coz del arcabuz pegada al hombro, calado el can, los puntos en la vista y en el disparador puesta la mano; que, en rigor tan tirano, que en defensa tan fiera, pudiera ser que Lísida no fuera conocida, no tanto en rostro y voz como en acción y espanto. Ni sé lo que la dije, ni sé lo que me dijo; sólo sé que colijo de uno y otro la pena que me aflige por saber quién es esta deidad bella, sin saber que esté Lísida con ella; pues cuanto aquí el deseo me anima a averiguallo, tanto este susto veo que me acobarda; en cuya acción me hallo obligado a sabello y a dudallo, siendo así que, en andar Lísida en ello, no quisiera dudallo ni sabello. De las dos dudas, señor, que por extrañas me cuentas, para mí no lo es más de una. ¿Cómo? Como sé quién sea esta beldad que encareces. Pues ¿quién es? Flérida bella, princesa de Bisiniano, que en aquesta fortaleza, retirada de la corte por gusto o por conveniencia, vive hasta tomar estado. Que vive aquí, mal pudiera yo ignorarlo; pero de eso no se infiere que sea ella. ¿Va que sí? Pues ¿quién querías que tan servida estuviera de las damas? Otra dama; que darla un vestido no era acción tan rendida que una amiga no pudiera haberlo hecho; y es sin duda que, a estar allí la princesa, habría guardas a lo largo y guardas al coto puestas. El acaso muchas veces sin prevención... Mas espera, que divertidos llegamos de su palacio a las puertas... Salen las damas al balcón con Flérida y Lísida. ...y están en el mirador algunas damas. Y entre ellas está Lísida. También está entre todas aquellaque te he dicho. ¿Cuál es? Necio, ¿no lo dice su belleza? Sí dirá, mas yo no lo oigo; y es que a mí, como sean hembras, todas me parecen unas. ¿Quién dices, Lísida, que era? Un humilde cazador, que acaso estaba en las selvas. Pues ¿a qué fin nos seguía? (Ocultar quién es, es fuerza.) A fin, a lo que yo infiero de verle venir con ella, de cobrar algún hallazgo de aquella perdida prenda que al vestirte hallamos menos. Pues si ése su intento era, ¿por qué no la rescataste? Porque, al verme tan resuelta decir que tuviese el paso, fue su temor de manera que se volvió, sin ponerse en demandas ni respuestas. Presumo que dices bien. Su pretensión sería ésa, pues allí habla con otro mirando siempre a estas rejas. [A Roberto.] (Pasa, Roberto, al descuido.) [A Laurencio.] (¡Por Dios, con gentil librea venimos a hacer terrero! ¿No miras, no consideras que es fuerza que las mondongas asco de nosotros tengan?) Pues ya sabemos que es hombre en quien no caben sospechas, llamadle. Decid que llegue. Rescatémosla siquiera porque fue mía. ¡Ah del monte ¡Cazador! [A Roberto.] (¿Llaman?) [A Laurencio.] (Sí.) [A Roberto.] (Llega tú; y aun lleva tú la banda, porque si reñir intenta tomarla y llegar aquí, en ti se quiebre la ofensa.) [A Laurencio.] (Como lo que en mí se quiebre algún garrote no sea, ofensa yo las perdono.) ¿Qué queréis, deidades bellas? ¿Queréis feriar esa banda? Pues ¿no he de querer, si apenas tenemos hoy que comer mi camarada y yo? [A Roberto.] (Bestia, ¿qué dices?) [A Laurencio.] (Pues ¿no es verdad?) ¿Qué es lo que queréis por ella? No me tengáis por perdido; dejadme que haga la cuenta. Aquí habrá de tafetán –¡y qué bueno es!– vara y media, que a siete reales y medio, como se compra en la tienda, son once menos cuartillo. Las puntas, a mi ver, pesan dos onzas muy bien pesadas; a diez y ocho reales nuevas y a cinco traídas –que es como cualquier gabacho las merca– son diez y once... veinte y uno menos cuartillo. Ahora vengan catorce reales. [A Roberto.] (¿Qué? ¡Loco!) Si son muchos, doce sean. [A Roberto.] (¡Vive Dios!...) Pues ¿habrá más de que sean ocho siquiera? De aquí no bajaré un cuarto. Y no gano, en mi conciencia, que eso me tiene de costa; mas quiero hacer feligresas, porque vengan a mi casa siempre que algo se les pierda. ¿Hacemos algo en los ocho? Gusto me ha dado en la cuenta. Esperad, que cien escudos quiero que os bajen por ella. Cien años estéis, señora, de un lado en la vida eterna. (¿Cien escudos? ¡Santa liga hoy para mí, más que aquella que hicieron contra el Gran Turco España, Roma y Venecia! ¡Liga que al amor ligara y liga con quien pudiera dejarse cazar el fénix a la liga de su guerra, como quien no dice nada!) Haced que bajen por ella. (Que temo que mi fortuna pecadora se arrepienta.) Ya van por ellos. Tened, que hay quien impida la feria; pues sin licencia del dueño siempre es ninguna la venta. [A Laurencio.] (¡Ten, que vale cien escudos! No tires tan recio della.) Pues ¿quién es el dueño? Yo. Y vos, ¿qué queréis por ella? Para mí no hay precio; pues cuando Dios sacado hubiera, no sólo un mundo, mil mundos del ejemplar de su idea y el valor de todos sólo a un diamante redujera, de quien se hiciera una joya que guarnecida de estrellas tuviera al sol por engaste y a mí en precio se me diera, no fuera bastante precio sino sólo el que me cuesta. Pues ¿qué os cuesta? Toda un alma. (Locos de encontrados temas son: uno por lo que estima y otro por lo que desprecia.) ¿Toda un alma os cuesta? Sí; y puesto que en buena guerra, cuando rendidos se hacen, unos por otros se truecan, yo en la lid de vuestros ojos dejé un alma prisionera; vos, este cendal; y así, ya que el canje se concierta, si no me volvéis el alma, no es bien que el cendal os vuelva. Risa me da de oír conceptos a un hombre de bajas prendas. No lo son tanto, señora, que no tenga alguna vuestra. (¿Mas que nos matan a palos? Ya los cien escudos diera por uno en que recibirlos.) (¡Que esto, fortuna, a ver venga!) Loco de no mal capricho, para que el serlo os defienda, decid si sabéis quién soy. (Peligrosa es la respuesta.) No lo sé... Mas... sí lo sé. Sí y no, ¿cómo se conciertan? Como si digo que no, será culpa muy grosera; y ignorancia, si lo afirmo; porque es presunción muy necia ofenderos; y así, es bien dejar la duda suspensa. Allá van un sí y un no; tomad vos lo que os parezca. Pues también yo, equivocada, estoy en la duda mesma; porque si pienso que no, haré risa la fineza; y si pienso que sí, haré castigar la desvergüenza. Y pues entre estos estremos no hay medio que serlo pueda, allá va risa o castigo; tomad vos lo que os parezca. Venid, dejad ese loco. [Quítanse del balcón Flérida y sus damas.] ¡Ah ingrato, qué mal te vengas! Vase. ¿Quién te ha dicho que es venganza? ¡Hemos hecho buena hacienda! Cien escudos me has quitado como de la faldriquera; y aun ciento y uno, pues pierdo también el de la paciencia. ¡Ay, Roberto! Ven conmigo, que llevamos a la aldea muchas cosas. Y ninguna de comer. ¿De eso te acuerdas? ¿Soy yo de mármol acaso? ¡Ay, inconstante deidad bella! ¿Qué se habrá de hacer un triste con tan costosa experiencia? ¿Qué te va en...? Dentro Lisardo. ¡Valedme, cielos! ¿Qué ruido, qué voz es ésta? Un caballo que del monte, desbocado, se despeña con un hombre. ¡Qué desdicha! ¡Quién socorrerle pudiera! ¿Cómo es posible si ya, chocando en aquella arena, le arrojó? [Cae al tablado Lisardo.] ¡Jesús mil veces! Sin duda quiso a mis quejas satisfacer la fortuna dándome en él por respuesta que, hasta la muerte, no hay dicha ni desdicha que lo sea. ¿Si está muerto? No, señor, porque respira y alienta. Infelice caballero, a quien el dolor reserva para consuelo de un triste... [Quédase elevado.] ¿Mas que mi duda es la mesma? ¿No es Lisardo, mi enemigo? Sí, señor. ¡Lísida bella en esa torre y Lisardo aquí! ¿Quién duda que venga a buscarla o a buscarme? Y siendo por mí o por ella, de cualquier suerte es agravio, de cualquier suerte es ofensa. Aun bien que –sea lo que fuere– la fortuna te le entrega tan sin manos que podrás asegurarte... La lengua suspende. Calla, villano, no prosigas, cesa, cesa; porque no soy hombre yo que había de intentar bajeza tan grande como matar mi enemigo sin defensa. Más lástima que rencor me ha debido su tragedia; que más allá de la muerte no pasan nobles ofensas. Y no han de decir de mí que es mi temor de manera que hube menester que muerto su desdicha me le diera para asegurarme dél. Llega conmigo. ¿Qué intentas? Que entre los dos le llevemos donde a los cielos pluguiera pudiera hacer por su vida las más costosas finezas. Pero haré lo que pudiere en la limitada esfera de mi estado. Llega, pues. ¡Cuerpo de Dios, lo que pesa! No le dejes. Dentro el Príncipe ¡Ah del monte! Cazadores, que sus sendas penetráis... dentro. ¿Quién es quien llama? ¿Mas que otra aventura es ésta? Sale el Príncipe. ¿Habéis visto a un caballero...? Pero no me deis respuesta, pues más que vuestra voz diga hallo ya en la piedad vuestra. ¡Ay, amigo de mi vida, que mucho el serlo te cuesta pues mi amistad te ha traído a morir! ¿Cómo pudieran significar mis afectos cuánto el verte así me pesa? (Harto más me pesa a mí.) [A Laurencio.] (¿Quién es?) [A Roberto.] (Yo no sé quién sea.) Amigos, si la piedad os mueve, vamos apriesa a dar socorro a su vida. Eso estaba ya a mi cuenta. ¿Quién creerá que mis venturas tan presto se me conviertan en desdichas? (¿Quién creerá que hombre como yo a ser venga hoy en esta compañía metemuertos de la legua?) (¿Quién creerá que a mi enemigo dar vida mi honor intenta cuando no la tiene para matarle cuando la tenga?) Vanse. Salen Flérida, Flora, Fabio, Lísida y damas. ¿Traéis instrumentos? Sí, señora. Esperad con ellos en esos jardines bellos. [Vanse Flora y las damas.] [A Lísida.] Espérate tú, que a ti no hay secreto reservado en mis penas o alegrías. [A Fabio.] Di tú lo que me querías decir, pues sola he quedado. (Que ya mi amor lo esperó.) Beso tu mano mil veces, que así honras y favoreces a quien por sagrado halló de su fortuna tu casa. Digo, señora, que fuera casi traición que supiera una novedad que pasa en aquesta soledad y que, tocándote a ti, no te la dijera. ¿A mí me toca la novedad? Sí, señora. ¿Qué es? Sabrás que en estos montes tenemos con mil amantes estremos un embozado. (¿Qué más ha de declararse? Pues es, sin duda, ¡ay infelice!, que por Laurencio lo dice.) ¿Embozado aquí? ¿Quién es? Carlos, príncipe de Ursino. (De estraño susto salí.) ¿Príncipe de Ursino? Sí. Pues ¿a qué a este monte vino? Como han sus deudos tratado tu casamiento con él, u de curioso u de fiel ha querido disfrazado verte primero. Mal puede dejar esa novedad de ofender mi vanidad. ¿No basta ser yo? En ti quede secreto este aviso mío, por mí y por decoro suyo; y porque es de un criado tuyo esta carta que te fío. [Dásela.] Lee. “El príncipe, mi señor, por no echar más a sus oídos que a sus ojos la culpa, por no llegar a las felicidades de esposo sin pasar por los méritos de amante, acompañado solamente de un amigo, va a ver a la princesa, mi señora. Hame parecido daros este aviso, porque no padezca desaire, de ignorado. El secreto importa. Dios os guarde.” Mucho gusto me habéis hecho en haberme dicho, Fabio, esto. No sé si es agravio o lisonja. De mi pechopuedes, señora, creer que solamente desea tu servicio. Que lo crea será fuerza quien a hacer llega de vos confianza de hacienda, vida y estado. Id con Dios; y si el cuidado vuestro ciencia desto alcanza o otra novedad, vendréis a decírmela. La mano beso mil veces ufano por la merced que me hacéis. [Vase.] Lísida. Señora mía. Aunque esta curiosidad ofende mi vanidad –pues que bastaba ser mía la voz que a Carlos llegó para que aun el eco fuera bastante a que le rindiera–, confieso que me dejó corrida y desconfiada pensar que hombre vil hubiese tan loco que se atreviese hablarme palabra en nada. Casi he agradecido... ¿Qué? ...que el príncipe ha sido a quien le traté con un desdén. ¿Por qué lo dices? Porque es sin duda que él sería quien pretendió aquel favor. Yo presumo que es error; que aquel hombre no tenía talle de que, aun disfrazado, hombre noble pareciera. No digas tal. Ni quien fuera humilde hubiera alcanzado el cortesano primor de hallarme en el monte acaso, saber atajarme el paso, saber hurtarme un favor; y, viéndote a ti resuelta, por no ofender tu respeto, fingirte amor; y, secreto, tomar al muro la vuelta, echar delante al criado a trabar conversación, salir a buena ocasión y, entre atrevido y turbado, saber afectar tristezas, cortesanas las acciones, equívocas las razones y limadas las finezas. Aquel estilo de hablar, aquel modo de sentir, no me tienes que decir que no es de pecho vulgar. El príncipe era sin duda. (Pues le pareció tan bien Laurencio, a enmendar es bien que mi sentimiento acuda en sus principios el daño.) Digo, señora, que no era el príncipe y que yo basto para el desengaño, porque en Nápoles le vi. ¿Cómo le pudiste ver? Pues que yo –a mi parecer– desde muy pequeño oí que en la corte se crio del Emperador; y es llano que hasta que murió su hermano, a quien un traidor mató por los celos de una dama –y eso ha muy poco–, no vino a Nápoles el de Ursino. Cuando acá dijo la fama que había llegado, ya hacía que estaba con gran secreto en Nápoles. Y en efeto, pudo así la vista mía verle, señora, mil veces, pues no es el que ha estado aquí. ¿Tú le viste? Yo le vi. Con eso me desvaneces un consuelo que tenía. Vuelvan, pues, mis pensamientos a doblar sus sentimientos. ¿Cómo? Oye la pena mía. De dos plantas dos venenos nacen, cada cual impío. Uno ardiente y otro frío están de ponzoña llenos. Si éstos se aplican mezclados, no sólo del corazón tósigo, epítima son, uno con otro templados. El mesmo efeto violento han hecho en mi vanidad, de uno la curiosidad y de otro el atrevimiento. Pues cada uno de por sí veneno del alma fue, cuando en uno los junté más templados los sentí. Pero ya que divididos los atienden mis cuidados, vuelven a hacer apartados lo que no hicieran unidos. Ven conmigo, pensaremos cómo hemos de castigar esta especie de pesar. Yo vengara sus extremos con divertirme; pues ya, viéndote entrar al jardín, suena la música a fin de decirte dónde está. Dices bien; y lo mejor es dejarlos al desprecio, que uno es loco y otro es necio. ¡Cantad y no sea de amor! Vanse. [dentro.] A nadie puede ofender querer por sólo querer. Salen Laurencio [y Roberto]. Vuélvete a casa, Roberto; que, pues no he de estar yo en ella, seguir quiero de mi estrella nuevos rumbos. No sé, cierto, de faltar della qué diga y de venir donde vienes, cuando dos huéspedes tienes. ¿Qué has de decir? Que me obliga a aquello honor y a esto amor. Déjame reír de ti. ¿Amor de Flérida? Sí. Locura, dirás mejor. Sí, pero cuerda locura. ¿Sabes tú lo que guardado tiene a ningún hombre el hado? Amor es fuerza segura; mas ¿de qué suerte sabré que esotro es honor? Yo vi volver a Lisardo en sí y al instante imaginé la pena que le ha de dar haber yo, Roberto, sido a quien la vida ha debido. Y así, le quiero escusar, porque, si bien se repara, no es de noble pecho indicio el hacer un beneficio para dar con él en cara. Yo he amparado a mi enemigo y, en su fortuna crüel, no quiero más gracias dél que haber cumplido conmigo. Vuelve, pues. Y si él a mí me conoce, ¿qué he de hacer? ¿Cómo te ha de conocer, si nunca te habló? Es así. Y procura por tu vida que, hasta estar convalecido, esté asistido y servido. Y en razón de mi partida, a él y al otro caballero alguna disculpa di. Y pues no he de estar yo allí, quiero estar adonde quiero. Yo pienso que tus regalos presto él pagará, señor. ¿Cómo? Como deste amor has de volver muerto a palos y habrá, si es buen cortesano, menester curarte a ti, voy a decir que de allí no se vaya el cirujano. Vase. Demasiada razón tiene quien se riere de mí cuando, mirándome así, vea que mi amor previene al sol atreverse; pero... [dentro.] a nadie puede ofender querer por sólo querer. Contemplando suspenso. Querer por sólo querer, a nadie puede ofender... A mi propósito infiero que la letra respondió; que yo lo mismo dijera, si la voz se suspendiera. Dentro del jardín sonó y por aquestas paredes donde está una obra empezada no está difícil la entrada. ¡Ea, corazón!, bien puedes atreverte a entrar, que al fin... [Vase.] [dentro.] a nadie puede ofender querer sólo por querer. [Sale Laurencio.] Ya estoy dentro del jardín. A mala ocasión llegué, pues hacia esta parte sola viene Flérida, dejando de la música la tropa por el jardín esparcida para que de lejos se oiga; pues regalando y no hiriendo, es como mejor se goza. Forzoso es que dé conmigo. Estos rosales me escondan, que su oficio hacen, pues son hijas de Venus las rosas. [Escóndese y] sale Flérida. Gusto me dan tono y letra. Volved a cantar la copla. El que adora en confianza de conseguir lo que adora, mérito ninguno alcanza; pues enjuga lo que llora al aire de la esperanza. Mas el que en desconfianza quiere por sólo querer, a nadie puede ofender. Es verdad, como el amor tanto en el pecho se esconda que se sienta y no se diga; pero en saliendo a la boca ya no es querer por querer, pues lo que se habla se goza. Y así, yo... Pero ¿qué miro? Parece que aquellas hojas de más impulso se mueven que del céfiro que sopla. La sombra de un hombre he visto. ¿Quién está aquí? Yo, señora; que a vista del sol, fue fuerza ser delincuente la sombra. Pues ¿qué hacéis aquí? Adoraros, sin que podáis rigurosa, porque os adore, ofenderos, pues sólo en ofensa toca... ...el que adora en confianza de conseguir lo que adora. ¡Villano, loco, atrevido! ¿Cómo con cordura poca os atrevéis, no a adorarme, que eso a mi altivez no importa, sino a decírmelo? Siendo así que el que amor blasona... ...mérito ninguno alcanza, pues enjuga lo que llora. Como yo, aunque mi amor diga, no lo digo; que es tan poca parte dél que sin decirse se queda, por más que corra... ...al aire de la esperanza; mas el que en desconfianza quiere por sólo querer, a nadie puede ofender. Por mí esa voz os responda... ¿Qué importa si la voz miente... ...cuando dice... ...cuando informa... ...querer sólo por querer a nadie puede ofender? Y para que veáis si miente, vuestras altiveces locas castigaré desta suerte. ¿No tengo criados? ¡Hola! ¿No hay quién me mate a un villano? No llames quien te socorra contra mi vida; que tú te bastas, pues que te enojas. ¿Todos estáis sordos? ¿Nadie me oye? Salen [Lísida, Flora, Ismenia,] dama [y Fabio]. Señora. Sale Fabio. Señora. (Llegó el término a mi vida.) (Llegó el fin a mis congojas.) ¿Qué nos mandas? Que le deis a ese hombre alguna limosna. Vase. (Torció el intento a la fuerza.) Vase. (Volvió al enojo la hoja.) Vase. (¡Ay de mí! Todo lo siento, si castiga o si perdona.) Vase. Venid; dareos lo que manda la princesa, mi señora. Donde hay limosna hay piedad. Partamos su acción heroica: tomad la limosna vos, que a mí la piedad me sobra. Vos, pobre y soberbios sois; tenéis dos bellacas cosas. Segunda Jornada Salen el Príncipe y Lisardo. Los brazos una y mil veces me volved a dar, Lisardo. Y una y mil veces, señor, el alma os doy en los brazos. ¿Cómo os sentís? La caída, el golpe y el sobresalto confieso que me tuvieron fuera de sentido; y tanto que ahora no sé quién del monte me trajo a aqueste poblado, qué curas en él me han hecho, ni dónde estoy; sólo me hallo con fuerzas para seguiros; y así, os pido prosigamos el viaje porque por mí, señor, no os detengáis. Cuando no fuera aquí la jornada, la seguridad, Lisardo, de vuestra vida me hiciera no dar adelante un paso. ¿Aquí es la jornada? Sí. No me atrevo a preguntaros dónde estoy, aunque lo ignoro; ni a qué vengo, aunque no alcanzo la intención; y pues sabéis que os sirvo y que os acompaño tan fino que no me atrevo a preguntarlo –llevando adelante todo el duelo de que no pueda uno cuando le dicen: “Veníos conmigo”, preguntar: “¿Adónde vamos?”–, sabed también que estoy bueno o quedemos o partamos; que yo a todo trance vuestro, obedeciendo y callando, cumpliré la obligación de amigo, deudo y criado. En dos dudas, una queja disfrazada me habéis dado. Y de una queja y dos dudas satisfaceros aguardo asentando, lo primero, que haber hasta aquí callado mi intención fue por traeros para cómplice de un caso que, si os lo dijera allá, me lo hubiérades culpado por inútilmente necio, caprichoso o temerario; y así, Lisardo, no quise decirle hasta haber llegado a la vista del empeño. Y pues de desconfiado callé hasta aquí, ya la queja está satisfecha; vamos a las dudas. Oíd, sabréis dónde estáis y a lo que os traigo. Yo, heredero de mi casa por la muerte de mi hermano, a quien desdichadamente –pero ya sabéis el caso– mató un aleve, un traidor, sin poder hasta hoy vengarnos, pues ni dél ni de la dama habemos tenido rastro,... No traigais a la memoria suceso tan desdichado, pues ya sabéis que no vivo hasta que me vengue de ambos. ...en obligación me hallé de tomar ajeno estado que pensé, por repugnancias que acá en mis discursos hago; pues apenas la razón que me dieron breves años midió el término fatal que hay desde la cuna al tálamo cuando estado tomar quise. Ya presumiréis que hablo en aquel antiguo tema en que se perdieron tantos, que es que se case, poniendo su honor puro, limpio y claro en manos de una mujer con tanto imperio, con tanto dominio que, de su culpa, en él resulte el agravio; pues no, Lisardo, no es eso; porque no hay hombre tan bajo que su estimación pretenda deslucir; y antes alabo por muy justa ley que gocen las mujeres tanto aplauso que sean hermosos dueños de todo; y así, dejando su privilegio en su fuerza, a cosas distintas paso. Cuando entre todos los fueros que goza el comercio humano, admitidos por sus leyes, recibidos por sus tratos, uno solamente hallé que, entre los discursos varios de los políticos, fuese a mi inclinación contrario; esto es, que se case un hombre sin haber visto ni hablado con quién; y que, remitiendo a la razón de un contrato el unir dos voluntades quite el oficio a los astros, mujer que ha de serlo mía, la que yo he de dar la mano y a todas horas conmigo ha de vivir a mi lado, ¿me la ha de elegir a mí el gusto de mis vasallos, mis deudos y mis amigos, conmigo a la parte entrando primero su conveniencia que mi elección, arriesgado a morir aborreciendo lo que he de vivir amando? ¿Qué me importa a mí que sea princesa de Bisiniano Flérida, si yo en Ursino no echo menos sus estados? ¿Qué me importa que sea hermosa si, no siempre sujetado a la hermosura el cariño, una y mil veces miramos que no logra una belleza lo que no sé qué del garbo? Nudo al matrimonio llaman. No quiero que ajeno tacto le dé el nudo, sino yo, que sabré cuando le ato medir con mi sufrimiento si aprieta o no aprieta el lazo; porque esto de la hermosura, pompa, esplendor, lustre y fausto, todo queda en los vestidos y sólo llega a mis brazos el gusto con que con ella la mitad del gozo parto. Yo no me he de cautivar por ambiciones del mundo, por acrecentar mis rentas, ni por razones de estado. Mujer a mi gusto quiero: sea su dote mi agrado; que el que a otro interés se vende, no es marido, sino esclavo de la ambición que lo compra. Y así, oculto y disfrazado, ya que a casar me dispongo, quiero ver con quién me caso. A este fin la vengo a ver –en una industria fiado que habéis de saber después– donde ver y hablar aguardo a Flérida; pues no quiero creer a mis oídos tanto como informar a la vista. Pues ya quedáis informado de la duda a que venimos, vaya la de adónde estamos. O porque del sol la saña era diluvio de rayos, o por no pasar de día a vista de ese palacio, determinamos –si bien con pena o con sobresalto–, haciendo hora, de ese monte en el más ameno espacio a que, sentados los dos, esperemos a que el plazo que dio de treguas al día la noche rompiese, cuando interrumpió nuestro oído la riña de los caballos, que arrendados a sus ramas estaban al pie de un árbol. A desparcirlos los dos fuimos juntos y llegamos al tiempo que por las camas tenía el mío hecha pedazos la brida. Cobrarle quise y, al ir a echarle la mano, corrió y al punto subisteis para ir a atajarle el paso en el vuestro; y como estaba de haber reñido irritado, colérico ya y fogoso, viendo al otro ir por el campo tras él fue, sin que pudiesen reducirlo ni templarlo, ni con rigor el castigo, ni con blandura el halago. Desbocado, pues, corriendo –mejor dijera, volando–, en aquel instante os vi sobre los riscos más altos; conque seguiros no pude; y así, sólo vi a lo largo que, chocando ciego, dio con vos en unos peñascos. Aquí, cuando yo llegué, ya os tenían en los brazos dos cazadores, que al monte pisaban la senda acaso. En toda mi vida vi, en humilde traje basto, aposentador tan noble, ni corazón tan hidalgo como en uno dellos; pues vuestras desdichas llorando, os trajo hasta aquesta aldea, donde en su casa albergado, limpiamente, si bien pobre, cuidó de cura y regalo. Lo primero fue traeros de ese vecino palacio a donde Flérida vive médicos y cirujanos de su familia; y después de haberos así guardado, al monte volvió, de donde trajo también los caballos, sin que faltase ni una joya de algunas que traigo en sus arzones –a efeto de la experiencia que trazo–, acudiendo luego a todo tan noble, tan cortesano, tan liberal, que no dudo que en obligación le estamos de vuestra vida, que el cielo os deje gozar mil años. Aunque pudiera, señor, satisfacer a lo estraño del intento con decir que Flérida es el milagro mayor, el mayor hechizo, mayor triunfo, mayor lauro de las vitorias de amor, a nada he de replicaros, por no sacar verdadero vuestro temor; y así, vamos solamente a que deseo ver ese piadoso hidalgo que me dio vida. De aquí ha que falta mucho rato, pero éste nos dira dél. Sale Roberto. ¿Dónde está, amigo, vuestro amo? Fue a un negocio que, a importarle menos que la vida, es llano que no os dejara. ¿La vida? Sí. ¿Cómo? Son cuentos largos; mas baste que, a no estar vos, caballero, bueno y sano, no os dejara. Y que os sirváis de su casa os ruega en tanto que entera salud cobráis; corrido y avergonzado de no dejaros en ella cuanto sea necesario a vuestro servicio. Pero hasta un rocín y dos galgos, tres paveses y un lanzón, una daga y tres o cuatro sillas de brida o jineta, un peto fuerte y dos cascos, un lampión en el portal y una alcándara en el patio, sin otras ruinas de noble, que son los preciosos hatos de una casa solariega, su escudero, sus vasallos, sí estarán... ¿Vasallos tiene? Y hartos. ¿Cómo? ¿No son hartos las urracas de ese soto y de esa torre los grajos? Tenéis mil razones. Yo siento que se haya ausentado; que agradecerle quisiera, como más interesado hoy en sus piedades, vida, hospedaje y agasajo. Ve aquí por lo que no puede hacer nada un hombre honrado delante de su amo. ¿Cómo? Como todo lo hace su amo. ¡Cuerpo de Cristo conmigo!, yo también os traje en brazos. ¿Hizo él más que yo? Por señas de que sois hombre pesado. Pues ¿por qué a mí...? Ya os entiendo. Perdonad, que no me hallo aquí con mejor alhaja que esta cadena. De esclavo me la echáis, señor, al pie con ponérmela en la mano. ¿Qué miráis? Si mi amo viene. Pues ¿de qué tenéis recato? De que si algo me da otro, al punto me da con algo. Decid, Lisardo, ¿podréis, porque tiempo no perdamos, ir de aquí a la torre? Sí. Pues la industria con que vamos a ver aquesta hermosura que encarecido habéis tanto ha de ser... Pero venid, que por el camino hablando os lo diré. Si viniere vuestro dueño, amigo, en tanto que volvemos, le diréis que se deje ver; que estamos deseosos de servirle. Y yo más, pues que me hallo en obligación de ser su amigo. Vanse [el Príncipe y Lisardo]. Vivas mil años, que él desea serlo vuestro... (como de todos los diablos.) Ve aquí que en obligación de filosofar un rato quedo, pues que solo quedo. ¡Ea, ingenio, discurramos! Aquí hay dos cosas que importa que sepa y no sepa mi amo. “¿Cuáles son?”, pregunta agora el entendimiento anciano. La que ha de saber: que van a ver a Lísida, es llano, puesto que es una belleza que ha encarecido Lisardo. Y la que no ha de saber: que yo esta cadena guardo en mi pecho, porque fuera un ejemplar muy bellaco saber el amo lo que hay en el pecho del criado. Y así, que sepa o no sepa, voy a buscarle volando. Vase. Cantan y sale Lísida. Ardo y lloro sin sosiego, llorando y ardiendo tanto que ni el fuego apaga el llanto, ni el llanto consume el fuego. “Ardo y lloro sin sosiego, llorando y ardiendo tanto que ni el fuego apaga el llanto, ni el llanto consume el fuego.” Por mí, sin duda ninguna, el concepto se escribió; pues siempre ardo y lloro yo sin que nunca a mi fortuna le deba piedad alguna; si ya no es que siempre que Flérida gozando esté la música, hagan los cielos que del amor y los celos sea oráculo que dé respuestas a mí y Laurencio. Pues si a entrambos nos habló, ¿no basta que guarde yo en mis desdichas silencio, que por deidad reverencio, sino que el viento prosiga tan a voces mi fatiga que ni aun arder ni llorar pueda a solas mi pesar sin que el viento me lo diga? Ya veloz y muy sonoro vuelve el triste acento tardo. Ya sé yo que siempre ardo, ya sé yo que siempre lloro; y pues mi pena no ignoro, ¿para qué a escucharte llego...? Ardo y lloro sin sosiego, llorando y ardiendo tanto que ni el fuego apaga el llanto, ni el llanto consume el fuego. Salen Flérida, y los démas [(Flora, Ismenia y damas)]. ¿Todo ha de ser amor? Flora, avisa, porque ir quisiera al monte. ¿Está puesta ahí fuera la carroza? Sale Laurencio. Sí, señora. ¿Tócaos responder agora a vos? No; pero si a eso a este umbral a verme llego, en no hacerlo hiciera mal. Pues ¿qué hacéis vos a este umbral? “Ardo y lloro sin sosiego.” Vase. Mal este loco... (¡Ay de mí!) ...usa de la piedad mía. Avisa a la montería que voy al bosque. ¿Está ahí la casa y monteros? Sale Laurencio. Sí. ¿Soislo vos? No; mas a cuantosea a servir me adelanto; por si, sirviendo, consigo obligar, ya que no obligo “llorando y ardiendo tanto”. Vase. Ya no saldré, Flora. Mira que abierto el jardín esté. ¡Ah jardineros! Sale Laurencio. Yo iré a avisarlos. Ver me admira que, ni a la piedad ni a la ira atento, nada os dé espanto. Pues ni el favor al encanto cede, ni el gusto al desdén, ¿por qué no admiráis también “que ni el fuego apaga el llanto”? Pues, ¡vive Dios!, atrevido bárbaro, loco, villano, que sea otra vez en vano torcer mi enojo al sentido. Seguro la muerte pido. ¿Seguro? Sí, si a ver llego que libre al fuego me entrego, puesto que ahora ni después consuma la vida, pues “ni al llanto consume el fuego”. [Vase.] Ya ésta no es tema, es agravio. ¿Qué tengo que esperar más? ¡Fabio! ¡Hola! Sale Fabio. ¿Con quién estás tan airada? Con vos, Fabio. ¿Conmigo? Sí, pues ni sabioni leal sabéis servir vos ni cuantos a asistir conmigo estáis..., ¿De qué suerte? ...pues no dais a un loco muerte llegando a ver y advertir, poco finos y leales, ofender la altivez mía; pues de noche ni de día se aparta de estos umbrales, con demostraciones tales que ya del valle, el aldea y aun de todo el mundo sea la desvergüenza que pasa pública nota en mi casa; sin que señora me vea de ir al bosque ni al jardín, ni aun de ponerme a una reja, sin que le escuche mi queja o su sombra encuentre en fin. Y si no hay en el jardín criado ni vasallo a efeto de volver por mi respeto, ¡yo habré de volver por mí! (¡Ay infelice de mí!) A no pensar que el efeto de su castigo, señora, ilustrara su osadía, ya tu familia hecho habría lo que la mandas agora. Y presto verás si llora, trocados en escarmientos, atrevidos pensamientos. (¡Mal hayan tan poco sabios afectos que los agravios convierten en sentimientos!) ¿De qué, Lísida, has quedado tan triste? De verte a titan enojada, que a mí, ¿qué puede darme cuidado que este loco castigado esté ni deje de estar? Si bien no puedo dejar de culpar, señora (¡ay cielos!, valga yo más que mis celos, y mi amor que mi pesar), el rigor con que ofendida te muestras de verte amada. ¿Qué hermosura celebrada escapó de ser querida? Aun de no serlo, admitida queja pudieras tener; que al absoluto poder más razón es –que convence– le ofenda, que lo que vence, lo que deja de vencer. Si está en la desigualdad que hay de tu estrella a su estrella la culpa, también en ella está la seguridad. Acción es de la deidad –excepto de serlo indicio y a tu semblante propicio– que el culto que a un dios se da en el sacrificio está, no en quien hace el sacrificio. “¿Por qué aqueste hombre padece?”, dirá el pregón de la fama. ¿Ha de decir: “Porque ama a quien tanto lo merece”? No, señora, que parece especie de tiranía. Morir de amante sería dejar un mal ejemplar al mundo; y aun acabar con todo el mundo en un día. Pues si esto tu amor siente, ya procede en infinito; que de tan noble delito todo el mundo es delincuente. No hagas que el castigo cuente lo que calla la fatiga, ni quieras que después diga la piedra en su sepultura: “Yace, porque una hermosura lo que ha de estimar castiga.” Digo, señora, estimar, no digo favorecer; que bien puede una mujer agradecer y no amar. Deja que le llegue a dar muerte su desconfianza. Adore sin esperanza; que, fuera de tu memoria, morir él será vitoria y matarle tú, venganza. Que le olvides desde agora es lo que pretendo yo. Muera a tus desprecios, no a ajenas manos. Sale Fabio. Señora. ¿Turbado, Fabio... (¡Ay de mí!) ...volvéis? Pues ¿qué ha sucedido? ¿Dieron muerte a ese perdido? No, otra es la causa. (Eso sí.) Pues antes que a saber llegue la que ha sido, digo... ¿Qué? ...que no hagáis lo que os mandé. No una cólera me ciegue a hacer de las burlas veras con un mísero rendido. [A Lísida.] (Ves que he hecho lo que he podido.) (¡Pluguiera a Dios no lo hicieras! Que muerta entre dos desvelos, sin saber cuál es mayor, tu crueldad siente mi amor, tu piedad sienten mis celos.) Decid vos agora: ¿qué hay de nuevo? Dos mercaderesdicen, señora, si quieres ver unas joyas que tray su codicia; porque agora, oyendo tu casamiento, te quieren ver con intento de que aquí han de hacer, señora, de su caudal rico empleo. Y eso ¿qué os da que temer? Mucho; que el un mercader... ¿Qué? ...que es el Príncipe creo. ¿De qué lo inferís? De que lo aseguran modo y traje, hábito, estilo y lenguaje. Pues que tú me has dicho que le conoces, desde aquí mira, Lísida, si es él. (¿Quién vió lance más crüel? Que yo en mi vida le vi y el decirlo entonces fue segura de que no era él Laurencio.) Ya ahí fuera están. [A Lísida.] Llega. (¿Qué diré?) De espaldas el uno está; y el otro, que el rostro veo, me parece que es. (No creo que esto culparme podrá; pues cuando después no fuere, diré que me pareció.) ¿No hubieras dicho que no, Lísida? No sé qué infiere mi pecho hacer con quien viene a verme, desconfiado de lo que de mí ha contado la fama. Lo que conviene, a mi parecer, hacer es, señora, que te vea, para que a sus ojos crea. Contrario es mi parecer. Que me viera no dejara por no dejarle salir con su intento; y con huir dél el rostro, me vengara. Eso fuera que hasta verte se estuviera en esta parte; y tener de que guardarte otro loco. Desa suerteserá su desconfianza salirse con merecer. ¿Qué importa dejarse ver quien puede con tal confianza? Destos dos estremos sea otro engaño el medio. Oíd, pues, el parecer mío. ¿Qué es? Que me vea y no me vea; pues, viéndome sin saber quién soy, volverá por mí mi vanidad cuando aquí por otra me llegue a ver; y no viéndome, creyendo que hablando a otra habla conmigo, su fingimiento castigo, engaño a engaño añadiendo. A quien miente he de mentir. Haya de amor en la escuela cautela contra cautela. Tú, Lísida, has de fingir mi papel; yo, el de tu dama; que quiero, en esta ocasión, que sobre la estimación al crédito de mi fama. Lo que no venga por mí no lo quiero agradecer al estado ni al poder. Ven, pues, y a todas les di que vuelvan contigo luego. Harto castigo es, si aquí viene a verte, verme a mí; pero si a servirte llego, aunque yerre estilo y modo lo haré. Si quieres con él acertar bien mi papel, desagrádate de todo. Vuelva su curiosidad castigada. Va[n]se Lísida [y las damas]. Decid vos, Fabio,... ¿Qué? ...que entren los dos. Aquí de mi vanidad. La princesa, mi señora, conmigo a decir envía que en aquesta galería la esperéis. [Vase Fabio y] sale[n] el Príncipe y Lisardo. Si tal aurora es el primer arrebol de esta soberana esfera, ¡ay del infeliz que espera a que le amanezca el sol! Si en las lisonjas está vuestro caudal, poco a fe feriaréis. ¿Por qué? Porque deso hay mucho por acá. Cuando lisonjas trujera, no aquí, señora, llegara; porque aquí no se empleara caudal que fino no fuera. Falsa es la lisonja; y son joyas de mayor fineza, de más lustre y más riqueza y de más estimación las que traigo; si bien creo que es inútil mi venida y diligencia perdida la esperanza de mi empleo. ¿Por qué? Porque ¿quién, señora, llevó al mayo flores bellas, al campo del cielo estrellas, luces a la blanca aurora? Pues, si a vista del crisol fallecen las más brillantes, lo mismo es poner diamantes junto a los rayos del sol. ¿Finezas? Ni eso tampoco, cortesano mercader, por acá hemos menester. ¿Cómo? Como hay acá un loco que nos dice cada día muchas de aquesas ternezas y nos cansa oír finezas. Algún cuerdo trocaría el juicio por tal locura. Sale Fabio. Su Alteza sale. Sale Lísida y [las otras] damas. [A Lisardo.] (¡Ay de mí, que en toda mi vida vi más peregrina hermosura! Llegad a Flérida vos, porque pueda retirado yo notar sin ser notado.) (¿Cuál será de aquestos dos el Príncipe? El que me habló se retira. ¡Ay Dios! ¿Quién niega que es el que a Lísida llega imaginando soy yo?) Si ha merecido, señora, siquiera por forastero, un humilde mercader besar vuestra mano (¡ay cielos!), [Conócela.] dadle licencia (¡ay de mí!) para que pueda (¿qué es esto?) a vuestras plantas lograr tan gran dicha. Alzad del suelo; que la lisonja de haber venido (¿qué es lo que veo?) [Conócele.] con intento de servirme... (¡Turbada estoy!) (Yo estoy muerto.) ...me pone en obligación de agradecéroslo. (Miento, que no haber venido fuera de más agradecimiento.) Yo, señora, si..., mas..., cuanto... Perdonadme, que no puedo con la turbación hablar. Pues ¿de qué os turbáis? De veros. No es poca la admiración. (Que a mí me pasa lo mesmo.) [A Flérida y Flora.] (Él se ha turbado de verla.) [A Ismenia y Flérida.] (Claro nos ha dicho en eso que es el novio, pues se turba.) [A Ismenia y Flora.] (En otra cosa es más cierto.) [A Flérida e Ismenia.] (¿En qué?) [A Ismenia y Flora.] (En que no es de los dos... Pero proseguir no quiero, que para sentirlo es tarde y para decirlo es presto.) (¡Lísida en este palacio...) (¡Lisardo en este desierto...) (...fingiendo ser la princesa!) (..ser un mercader fingiendo!) (Mal disimular procuro.) (Mal disimular intento.) (Hermosa Flérida fuera, a no haber visto primero otra mayor hermosura.) (Galán fuera el forastero, si no trajera a su lado a quien le está desluciendo.) ¿Qué joyas de más valor son las que traéis? Que quiero feriar algunas. Pues sea la primera aqueste bello Cupido, que de diamantes labró artífice discreto por ver firme algún amor. Antes anduvo muy necio, que amor de diamantes no es joya del uso ni el tiempo. Ésta una águila es, señora; vedla y advertid que en medio del pecho trae un diamante de mucho fondo. Sí advierto; mas no es mucho, que yo alcanzo todo el fondo de su pecho. (¡Ah ingrata, que no me entiendes!) (¡Ah tirano, que sí entiendo!) [A Lísida.] (¡Qué bien lo finges! De todo muestra enfado y haz desprecio.) (¡Ay, si supieras qué poco tengo que fingir en esto!) Esta es firmeza, señora. No abráis, que verla no quiero. Pues ¿por qué no las miráis? Son joyas que yo me tengo. [A Lísida.] (Bien respondes.) (Y tan bien, que te admirara el saberlo.) Estas son unas memorias. Por lo contrario no intento comprarlas. ¿Por lo contrario? Fácil es el argumento; porque, si lo que es firmeza por tenerla no la ferio, lo que es memoria será por no tenerla; supuesto que memorias y firmezas no me han de ser de provecho: las unas por no tenerlas, las otras porque las tengo. (Sobre no ser muy hermosa, tiene Flérida despego. Si me casara sin verla, ¡buena hacienda hubiera hecho!) ¿Qué joya es ésa? Es, señora, de menos estima. ¿Menos? Sí; porque no es de diamantes, de esmeraldas es. Y creo que el color de la esperanza os desagrade, supuesto que quien no estima finezas ni memorias será cierto que con mayor causa hará de la esperanza desprecio. Mirad cuánto es al contrario que antes la querré por serlo. Esta joya he de feriar. ¿Ésta? Sí, porque no quiero que volváis con esperanza, habiendo entrado aquí dentro. [A Lísida.] (En tu vida has hecho cosa ni mejor ni más a tiempo.) Mirad la tasa y haced, Fabio, que den el dinero desta joya. Y advertid, mercaderes estranjeros, que volvéis sin esperanza, que es con lo que yo me quedo. [A Lísida.] (¡Qué bien has hecho el papel!) Ven, señora, que tenemos muchas cosas que pensar. ¡Ay Lisardo, yo voy muerto! Ven, señor, que hay muchas cosas que allá fuera trataremos. [Vanse todos, quedando el Príncipe y Flérida.] (¡Oh, si fuera alguna dellas! Pero en vano lo deseo, que no seré tan dichoso.) (¡Ah, si fuera alguno! Pero es locura imaginarlo.) ¿No despejáis, estranjero mercader? ¿A qué os quedáis? Sólo a deciros, me quedo, digáis a Flérida... ¿Qué? Que aunque es hermosa, la advierto que no os envíe delante, pues sois el sol de su cielo. Pues decidle vos también a ese camarada vuestro que os deje vender las joyas a vos, que os turbaréis menos. No diré; porque si arguye cuánto es turbarse respeto, querer quitársele fuera quitarle el merecimiento. ¿Luego vos, que no os turbasteis, no le habéis tenido? A eso hay también razón. ¿Cuál es? Yo... Que prosigais no quiero. ¿Por qué? Por quedar mejor. Id con Dios. Guárdeos el Cielo. Vanse. Salen Laurencio y Roberto. ¿Qué me dices? Lo que pasa. ¿Qué había venido, dijeron, a buscar una hermosura que alabó Lisardo? Es cierto. Lísida es sin duda. ¿Quién? Pues ¿qué tenemos con eso? ¿Tú no estás enamorado, con tantos locos estremos, de Flérida? Sí. Pues ¿cómote ha dado Lísida celos? Ni honrado es, ni será noble, sino infame, vil y necio, quien celos que tuvo amando no los tiene aborreciendo; que aunque haya mudado un hombre gusto no ha de haber por eso mudado estimación; fuera de que hasta ahora hay otro duelo, supuesto que, habiendo sido mi competidor, es cierto que vuelve a hacerme el agravio siempre que me hace el acuerdo. Engañar a un tiempo a dos, vaya, señor –yo lo he hecho muchas veces y es gran cosa–, mas no amar a dos a un tiempo. Yo tampoco; que no son sino un amor y unos celos, de la una porque la quise, de la otra porque la quiero. Yo me alegro, pues será ya con esa razón menos de Flérida el amor. Antes será mayor. No lo entiendo ¿Viste pavesa que, al paso que ardía, si al humo denso que aun conserva se le aplica nueva llama, arde al momento? Pues considera que a mí me ha sucedido lo mesmo. Dispuesta materia era la pavesa de mi pecho; y así, con facilidad, arde a nueva luz más presto; porque incendio que aún humea no deja de ser incendio; y no es tan grande locura, si he de contarte el suceso, que no haya merecido alguna piedad. Dime eso, ¿qué ha habido? Que alguna vez culpando mi atrevimiento dio voces, a cuyos ruidos los criados acudieron. Y te mataron a palos. ¡Linda piedad! ¡Calla, necio!, que de un instante a otro instante mudó de la ira el afecto, vengándose solamente en un airoso desprecio, motejándome de pobre. ¿De pobre? Pues peor es eso que matarte; porque quien, en oprobio y menosprecio, dijo “pobre”, dijo todas las seis palabras del duelo, sin las menores de calvo, zurdo, corcovado y tuerto. ¿“Pobre”, dijo? ¡Vive Dios, que te dé muerte, si necio me quitas la estimación de una piedad! Mas ¿qué es eso? Ser pelícano, pues que me desangro por el pecho. ¿Qué cadena es ésa? Una. ¿Quién te la dio? El forastero. ¿Por qué la tomaste? Es de oro. Villano al fin y grosero. Hidalgo al principio y noble, si me la dejas. Sí dejo, por dejarla y por dejarte; porque ya apurar deseo a qué han venido los dos a este palacio. Pues dellos puedes saberlo, que aquí vienen. Vámonos. No quiero; que un lance puedo escusarle yo, pero huirle no puedo; que uno es buscarle yo y otro buscarme él; y, así, tengo de esperarle cara a cara, pues él me viene al encuentro. Salen el Príncipe y Lisardo. No sólo es Flérida, digo, aquella que fingió serlo, pero es Lísida la dama que por su amor y sus celos costó la vida a tu hermano. Uno estimo y otro siento. Estimo que no sea ella, por si es la que yo deseo que lo sea; y siento que este agravio me hayan hecho. Que esta mujer de mi azar haya sido el instrumento, ¿qué habrá sido la ocasión? No sé; mas lo que yo siento es que Flérida ha sabido que tú... Yo lo diré luego; que he visto en el mirador algunas damas y quiero, si está allí, averiguar algo de las dudas que padezco. Vase. Lisardo se va y el otro viene a nosotros. No tengo de buscarle ni de huirle venga o no venga el empeño. (Flérida tan cautelosa conmigo, que...) Mas ¿qué veo? Dadme mil veces los brazos, que deseaba mucho veros. Guárdeos Dios; pero mi ausencia fue precisa, porque creo que os sirvo en ella. ¿A mí? A vos. No os entiendo. Yo me entiendo. Mirad que mi camarada desea mucho conoceros. Venid conmigo. Sí haré; mas de una cosa os advierto. Decid qué es. Que voy con vos. Claro está. (Malo va esto, que vuelve Lisardo.) Sale Lisardo. No era ninguna Lísida. A tiempo venís que, dando lugar las dudas que padecemos, conoceréis al que os dio la vida. Mucho me alegro. Pues llegad. Dadme mil veces los brazos, para que en ellos... [Vale a abrazar y, al conocerle, se apartan y sacan las espadas los dos.] ¡os dé muerte! Eso será desta manera. ¿Qué es esto? Haber un traidor hallado adonde una ingrata encuentro. Haber un traidor venido adonde una fiera veo. Mientras que se matan, voy por una espada corriendo. Vase. Tan presto, el favor trocado en furor, ¿sois homicida vos de quien os dio la vida, vos de a quien se la habéis dado? Sí; porque si yo supiera que él era el que me la dio, por no recibirla yo mi propio homicida fuera. Sí; porque si ya mejora del peligro en que le vi, sólo entonces se la di para quitársela agora. Digo que él es mi enemigo. Ya mi piedad es crüel. Ved vos que vengo con él. Mirad que viene conmigo. Mal esa acción... Mal el labio... ...piensa estorbar... ...quitar piensa... ...que yo no vengue mi ofensa. ...que yo no vengue mi agravio. ¿Agravio vos? Nada os digo. Perdonad, que ayudar tengo al amigo con quien vengo, obre bien o mal mi amigo. Decir que me dejéis no es decir que me ayudéis. Pues entrambos reñiréis sabiendo la causa yo. Hacedme del lance dueño. Yo no lo puedo decir. Pues ¿por qué? Por no añadir... Proseguid. ...empeño a empeño. Yo sí lo sé. Pienso que es... Vuestra voz no prosiga. ...miedo; porque no se diga, riñendo con él, maté –a las puertas de una dama que aun hasta aquí a matar vino– a Federico de Ursino. Pues ya eso toca a mi fama. ¿Tú diste muerte a mi hermano? Logró el cielo mis deseos. ¿Qué es lo que escucho? ¡Teneos! ¿Vos defendéis a un tirano que muerte a mi hermano dio? Sí; por pagarle la vida que dél tengo recibida para quitársela yo. Pues porque no defendáis mi vida en esta ocasión, yo os largo la obligación que de la vida me estáis. Señor príncipe de Ursino, si a vuestro hermano maté, sin ventaja o traición fue; porque acompañando vino a quien mi dama servía. Y así, si os queréis vengar, cómo ha de ser consultar debe vuestra bizarría; que yo, para que os venguéis, su favor no he de admitir. Si vos habéis de reñir con uno, aquí me tenéis. No; que en venganza yo aquí no me he de satisfacer. Retiraos. No ha de ser, que el duelo me toca a mí. Yo soy más interesado. Más ofendido estoy yo. Ved que mi hermano mató. Ved que lo mató a mi lado. Pues algún medio ha de haber. Ese elegidle los dos. Escoged el uno vos. Pues si tengo de escoger, Lisardo es; pues todavía me ofende, viniendo hoy tras Lísida adonde estoy. Oíd, que aquesa culpa es mía. Yo le traigo, ¡vive Dios!, a ver a Flérida aquí. ¿A ver a Flérida? Sí. Pues ahora os escojo a vos. Y ya que a dos elegí, no me he de volver atrás. Reñid ambos. Loco estás; y aunque yo pudiera aquí castigar esa osadía, no lo he de hacer, porque quiero dar satisfacción primero de reñir solo. Desvía, pues yo la espada saqué; y si tú la sacas, ya tuya la infamia será, no mía. Riñen. Ver no podré reñir sin reñir, ¡por Dios!; que ya no hay duelo ninguno, pues dos pueden matar uno cuando uno se atreve a dos. Salen Fabio, Flérida, Lísida y Flora. [dentro.] ¡Las espadas han sacado! [dentro.] ¡Acudid, acudid presto! Su Alteza está aquí. ¿Qué es esto? Nada, habiendo vos llegado; que aunque quien de engañar trata de atención no necesita, pues a sí mismo se quita todo lo que se recata, me reportaré al miraros, porque el cielo podrá darme otra ocasión de vengarme y no otra de respetaros. Vase. ¿Cómo en mi casa los dos? (¡Ay de mí! Yo estoy turbada.) Decid, pues, ¿qué es esto? Nada, habiendo llegado vos; que aunque pudiera obligarme que con una ingrata está un traidor, no faltará ocasión para vengarme. Vase. Seguildos, Fabio. ¿Qué ha sido? [Vase Fabio.] Decid vos lo que ha pasado. Ser yo sólo desdichado. Decid, pues, ¿qué ha sucedido? Sí diré. (Pues mi fortuna dispone que pueda, ¡ay Dios!, hablar, hablando con dos, de por sí con cada una.) Esto ha sido que un amante viene a aqueste monte a ver, disfrazado, a una mujer, que fue a matarme bastante. Quién es, decir no imagino; noble en mi pecho le guardo. (Por mí lo dice y Lisardo.) (Por mí lo dice y el de Ursino.) Bien pensaréis que mi llanto su cólera ocasionó, loco de celos; pues no, que aunque yo lo soy, no tanto que, ya que celos tuviera, a nadie los publicara; que por mí mismo callara, cuando por ella no fuera. La causa que hemos tenido es haber sido, señora, enemigos antes de agora por habernos competido por una esfinge engañosa, por una sirena infiel, tiranamente crüel, injustamente alevosa. Della huyendo vine aquí, ignorado y escondido, donde a buscarme ha venido mi contrario; siendo así, el haberme hallado lloro por ser el mal que padezco tener hoy lo que aborrezco tan cerca de lo que adoro. Y pues ya entendéis las dos por quién lo diré, de mí no ha de decirse que aquí me tiene el temor. Adiós. Vase. ¡Esperad! Sin escuchar tu voz, veloz en estremo va a buscarlos. Mucho temo que los dos lo han de matar, o él mate a alguno; y cualquiera lance no le estará bien a mi opinión; y así, es bien escusar que mate o muera. Flora, llama a ese hombre. (Pues llegó a estremo su dolor, deje de ser noble amor.) Favor ni amparo le des; deja que le den la muerte como lo tenías mandado; que el haberse declarado que es más que parece es fuerte indicio contra ti; fuera de que, ya el Príncipe aquí, importa el volver por ti. Este hombre digo que muera; y no tu piedad le obligue a que del favor blasone. Antes porque le perdone, y ahora porque le castigue... Esto es lo que me parece. Y ¿qué ha de decir la fama? ¿Ha de decir: “Porque ama a quien tanto lo merece”? No, Lísida, no es bien diga la piedra en su sepultura: “Yace porque una hermosura lo que ha de estimar castiga.” Yo la vida le he de dar. Llámale, Flora. Y después, ¿qué dirán de ti? Que es agradecer y no amar. Tercera Jornada Sale Roberto con la espada desnuda. ¿Qué es aquésto? ¿Con mi amo superchería tan brava? No en mis días. ¿Dos a uno? O traigo o no traigo espada. Tírole a éste un par de tajos, rásgole a estotro la capa. ¡Qué bien riñe uno a sus solas! A éste embisto, aquél repara, hágole la conclusión y ¡zas! Sale Laurencio. ¿Qué es aquesto? Nada, habiendo llegado vos. ¡Vive Dios!, si no mirara que estás borracho... Bien miras. ¿Has visto por esta estancia a Lisardo y a su amigo? Apenas llegué yo a casa, cuando llegaron tras mí; y sacando de la estala los caballos, se pusieron en ellos, dándoles alas el viento. ¿Dijeron algo? Ellos no hablaron palabra; yo sí, que les dije a ellos que era ingratitud villana pagar tan mal hospedaje y vida; que de su infamia yo les daría a entender la ruindad a cuchilladas; pues que yo bastaba solo... Y ellos, ¿qué dijeron? Nada. Bien que no lo dije yo de suerte que lo escucharan, porque fue entre mí quedito. Sólo lo que a voces altas les dije, que se tomasen su cadena noramala, porque aquél no era mesón para pagar la posada; y arrojándola en el suelo, Lisardo la tomó. [Vele la cadena.] Aguarda. Si la tomó, dime: ¿qué es esto que aquí veo? El alma,que apenas ve un abujero por donde ella no se salga.Pero dejando, señor, cosas de poca importancia, ¿sabes lo que pienso? ¿Qué? Que no vuelven las espaldas hombres tales sin intento de asegurar su venganza. Y este Fabio no me ha dado buena espina, porque estaba con ellos en gran secreto, después del monte, en la estancia. Aun si supieras el otro quién es, mejor lo pensaras; que es el príncipe de Ursino. Como quien no dice nada. ¿Hermano del muerto? Sí; que, por criarse en Alemania, no le conocí hasta agora. Y aun ésta no es, con ser tanta, la mayor desdicha mía. Pues ¿hay otra? Que le traiga... ¿Quién? ...de Flérida el amor. Pues ya con eso, ¿qué aguardas? Y puesto que no te queda de amor ni vida esperanza, huyamos, señor, de aquí. ¿Cómo, si dejo aquí el alma? Fuera de que no le está bien a mi honor hacer falta del puesto en que quedé. Sale Flora. ¡Hidalgo! ¿Qué queréis? Flérida os llama; y manda os vengáis conmigo adonde hablaros aguarda. ¿A mí? A vos. No os espantéis; que dicha, que gloria tanta, más decoro que creerla será, señora, dudarla. ¿Qué es lo que decís? Que al punto que salisteis de la estancia de su jardín me mandó que os siga y diga que os llama; y así, otra vez he venido. ¿Quién poderoso se hallara para daros en albricias todo un mundo? Mas la falta perdonad. Daca, Roberto, esa cadena. ¿Qué es daca? No seas necio. Ya lo hago, puesto que no quiero darla. Pues quitarétela yo. Mira que me despedazas el corazón y el vestido. Tomad que, aunque pobre alhaja, la estimación suple el precio. Agradezco merced tanta, por ser desa mano. Pues no tenéis que gratularla, porque no es sino destotra. ¿Qué haces? Procuro quitarla; porque, si te llama a ti, gratula tú, ¡pese a mi alma!, mas ¿por qué he gratular yo? Guiad donde me manda Flérida que vaya a verla. Y tú oye, mira y calla; que no sabes lo que el hado al más infelice guarda. Vanse los dos [(Laurencio y Flora)]. ¿Qué ha de guardar, sino mucha mala ventura?¡Mal haya el padre que me engendró en hora tan desdorada que, si a las quínolas juego, siempre los oros me faltan! ¿Qué he hecho yo a este metal, que tan mal conmigo se halla en escudos y cadenas? Mas ser bermejo le basta. Pero ahora bien, a saber voy lo que el hado nos guarda. Esto se llama seguir a longe. Vase. Salen Flérida y Lísida. ¿Qué es lo que trazas, señora, llamando a ese hombre después de estar informada de Fabio que ya los dos la vuelta del monte marchan? No sé cómo te lo diga, que temo hablarte palabra; pues cuando su muerte intento, intercedes por su causa; y cuando intento su vida, acriminas su arrogancia; y así, en esto no quisiera decirte, Lísida, nada, porque no sé si estarás o favorable o contraria. Yo siempre estaré, señora, de la parte de tu fama. El mudar consejo es más prudencia que ignorancia. Pues ya que de los estremos o te ofendes o te cansas, veamos si un medio, por serlo, es hoy el que más te agrada. Yo determino decir a ese hombre que se vaya; pues, sabiendo que enemigo es de Carlos, cosa es clara que haré mal en permitir sea mi estado el que le ampara; fuera de que el ausentarse Carlos con presteza tanta da a entender que lleva más intención. A esto se añada haber, Lísida, sabido que está contra él conjurada mi familia; pues, habiendo corrido ya la palabra de que es el Príncipe aquél y éste su enemigo, tratan de matarle con violencia, o con veneno o con armas. Y así, entre amparar su vida, Lísida, u dejar quitarla, ausentarle me parece que es el medio donde halla más piedad y más rigor la bien medida distancia de agradecer y no amar; pues, compasiva y ingrata, ni favorezco su amor ni permito su desgracia. Dices bien. Él entra ya en el jardín. Pues repara –si mudar consejo es más que defeto alabanza– en que no quiero tampoco, ya que su persona pasa a alguna estimación, que vuelva a hablarme cara a cara. Y así, de mi parte tú le has de decir que se vaya o le quitaré la vida; y para ver lo que pasa y escusar que me lo cuentes, lo escucharé retirada detrás desta verde murta. Señora, yo... ¿En qué reparas? Haz, Lísida, lo que digo. Escóndese. Salen al paño Flora y Laurencio. (¡Cielos!, la suerte está echada; pues, sin saberlo Laurencio, Flérida oye lo que él habla.) [A Laurencio.] (Allí la dejé y allí está. Llegad.) Vase. A tus plantas humilde vengo a saber, señora, lo que me mandas. Su Alteza os llama, es verdad; mas aunque su Alteza os llama, en esta parte soy yo quien de su parte os aguarda. Claro está que habías de ser –siempre aleve, siempre ingrata, y siempre para mí fiera– tú de mi muerte la causa, pasándome con las dos lo que al peregrino pasa con la voz de la sirena, que le enamora y le encanta para quitarle la vida. Y así, cautelosas ambas, habéis hoy entre las dos partido dulzura y saña, pues ella es la que me trae y eres tú la que me matas. Hidalgo, yo no os entiendo ni sé qué razón, qué causa tenéis para hablarme así; si ya no es que desto os salva nuevo tema de locura. (¡Oh, quiera el cielo que haya entendídome una seña!) ¿Falsa conmigo?¡Ah tirana! Mas ¿qué mucho, pues que siempre conmigo has estado falsa? ¿Yo con vos? Si nunca os vi. (¿Qué fuera que averiguara que no era yo de su amor, sino Lísida, la causa?) En fin, ¿qué es lo que me quieres? Prosigue; pues si no bastan las desdichas que me cuestan tu traición y tu mudanza hasta hacerme deste monte fiera racional humana... (¿Si sintiera yo saber que no era por mí la instancia?) No os entiendo... Y la princesa por mí que salgáis os manda, pena de la vida, destos montes que... ¡Calla, pues, calla! ¡No prosigas, no prosigas!, que ya te entiendo, tirana. Como has visto aquí a Lisardo... ¿Qué Lisardo? ¿Con quién hablas, hombre? ¡No, no me atropelles! ¿Presumes que es por tu causa? ¿Yo? ¿A qué efeto, si a Lisardo ni a ti conozco? Aparte. (¡Que no haya entendídome una seña aun con haberle hecho tantas!) Para que no estorbe, dices que deste monte me vaya. Aparte. (¡Ay de mí! Atajar no puedo mi llanto ni sus palabras.) Pues no me he de ir; no porque celos a mi amor le causa la venida, que no quiero que aun de aquesto quedes vana;... ¿Yo? ¿Cuándo? Si a ti, Lisardo... Pues, ¿qué...? ¿Qué amor? ¿Qué esperanza? ...que ya mis celos no son dél, sino del que acompaña, cuando lo que adoro y pierdo Flérida es. (Aun esto, vaya;que sin desear ser querida, sintiera estar engañada.) Hombre, no entiendo a qué efeto me dices locuras tantas. Ella manda que te diga que deste monte te vayas. Ya sé que mientes y que no lo manda ella. Sale Flérida. Sí manda; y si al punto no salís de todas estas comarcas, os haré quitar la vida; que ya mis piedades bastan. A vos obedeceré tan a costa de mis ansias que el ausentarme y morirme no sean dos cosas contrarias, sino tan una las dos que, equivocándose ambas, de mí se ausente la vida pues de vos se ausenta el alma. Vase. Y bien, Lísida; y agora ¿de qué parecer te hallas? ¿Vivirá o morirá? ¿Dasme licencia, puesta a tus plantas para decírtelo? Sí. Pues oye atenta. Levanta. Este noble caballero, a quien la fortuna ultraja desluciendo en sus desdichas lustre, honor, nobleza y fama, en Nápoles... Dentro [cuchilladas]. dentro. ¡Muera! dentro. ¡Muera traidor que a todos agravia! ¿Qué es aquello? ¡Ay cielos! Mira que tus criados le matan. ¡Acude presto, señora! Por no remediarlo estaba por pedírmelo tú. ¡Muera! Salen todos tras Laurencio. ¡A costa será de tantas vidas...! ¡Deteneos! ¿Qué es esto? Es lo que el hado nos guarda. ¿No miráis que estoy yo aquí? ¡Tened, tened, las espadas! ¿Qué es esto, Fabio? Es, señora, del agravio de tu casa, tomar –como criados tuyos– por ti y por Carlos venganza, ocasionados de ver que el que a Federico mata tanto huye como pierde que entra hasta aquí. ¡Basta, basta! [A Laurencio.] Por esta puerta que al parque sale de la muerte escapa, que yo te defiendo. El cielo sabe que en desdichas tantas vuelvo a tus respetos más que a su temor las espaldas. Vase. [A Roberto.] Id vos con él. Cosa es ésa que haré de muy buena gana. Vase. Y vosotros ved agora que son muy anticipadas finezas y muy sin tiempo tomar de Carlos la causa. Señora... Nada digáis. [A los Criados.] (Venid, que en vano le ampara; pues Carlos a la salida de esotra puerta le aguarda.) Vase [con los criados]. Prosigue tú. Digo, pues, que en Nápoles, nuestra patria, me sirvió este caballero y, debajo de palabra de esposo... Dentro cuchilladas. dentro. ¡Agora ha de ver tu presumida arrogancia, quién basta a reñir con dos! [dentro.] Uno que por los dos basta. ¿Qué es aquello? Yo ¿qué puedo decir sino penas y ansias? ¿Iré a remediarlos? ¡Tente!, que es el Príncipe. No vayas. Antes, porque tú lo estorbas, iré yo de mejor gana. ¡Teneos todos! ¿Qué es aquesto? [Salen riñendo el Príncipe y Lisardo, Laurencio y Roberto.] Es lo que el hado nos guarda. Dentro de palacio muera. Aunque la tierra me falta, no el valor que vive en mí. [Cae.] Ved que ha llegado a mis plantas. Otra vez ese sagrado y otras mil veces le valga. Segunda vez por vos viva. Pero no con esperanzas de que siempre ha de tener ángel segundo de guarda. [Vase.] ¡Oíd, esperad! Perdonadme, pues no darle muerte basta sin que también pretendáis desairar tanto mi fama que ante vos estemos, él con vida y yo sin venganza. Y así, hasta estar más airoso, es fuerza volver la espalda; porque no fuera quien soy... Ya que el disfraz se declara, ¿cómo he de estar desairado a los ojos de una dama y dama a quien...? Pero esto para otra ocasión se guarda. ¡Oíd, esperad, tened! Lísida, que no se vayan sin oírme di a los dos. ¿Quién vió confusiones tantas? Vase. Hombre, ¿qué me va en tu vida que tantas veces te amparas de mis piedades? Si es tuya, por ti, no por mí, la guardas. ¿Aún no lo agradeces? No; porque es piedad muy tirana el quitar que otros la quiten sin quitarte a ti el quitarla. Siempre para estas locuras fue tarde –y hoy con más causa–, y para que ocasión puedas tener tú de mi esperanza. Hasta tenerla bien puedo; lo que no puedo es lograrla. Ni aun tenerla, cuando es tan inmensa la distancia. Mayores estremos... Eso es bueno para la farsa, mas no para la verdad; y ha de ser tan nueva traza la de mi vida que vea el mundo que mi honor saca ésta del común estilo y que puede una bizarra presunción, una altivez generosa, una fe hidalga, agradecer y no amar. ¿De qué suerte? Aquí te aguarda; y hasta tener orden mía, destos jardines no salgas. Vase [(Retírase al paño)]. ¿Qué es esto, Roberto? ¿Esto dudas? ¿Hay cosa más clara? ¿No lo conoces? No. Pues es lo que el hado nos guarda. ¿Qué confusiones son éstas con que Flérida...? ¿Eso hablas? [A Laurencio.] (Mira que Flérida escucha; porque detrás de esas ramas se ha parado y oye cuanto dices.) [A Roberto.] (No vuelvas la cara, ni te des por entendido.) (A esta parte retirada, que Lísida vuelva espero.) Hermosura soberana bien sé que no te merezco, porque eres deidad tan alta que te me pierdes de vista; pero aliente mi esperanza ver que nadie te merece. (Bien suenan de amor las ansias, por más que uno las escuche.) Sale Lísida. Tan veloces las espaldas volvieron que no escucharon que tú, señora, los llamas... ¿Y su Alteza? Ya se fué. Pues puedan, traidor, mis ansias, aunque de paso... (¡Ay de mí, si Lísida en su amor habla sin saber que ella lo escucha!) ...quejarse de ofensas tantas. ¿Es posible, ingrato dueño, que aunque aborrecido hayas lo que quisiste...? Mujer, ¿qué dices o con quién hablas? Porque yo no sé quién eres. Ingrato, presto te pagas del disimulo que tuve porque Flérida escuchaba. Pues si piensas que es por eso, lo mismo es. ¡Déjame, calla, no prosigas! Decir quiero, si otra ocasión me falta, mis penas. No he de escucharte. ¿Cómo es posible? (¡Que no haya entendídome una seña, con haberla ya hecho tantas!) ¡Que seas tan crüel que niegues lo que pasó por tu causa! ¿Cómo es posible... ¿Qué dices? ...que aun siquiera... ¿Con quién hablas? ...por lo que quisiste...? Yo no te entiendo. Pues me atajas y sin oír atropellas en sola una razón tantas, sal deste jardín. No quiero. Pues de aquí Flérida falta, no es justo que estés en él. No en esto tomes venganza, que ella manda que aquí espere. No manda, traidor. Sale Flérida. Sí manda. Lísida, éntrate allá dentro; tú en estotra parte aguarda. (¿Hay hombre más infelice?) Vase. (¿Hay mujer más desdichada?) Vase. (¿Hay hombre y mujer más necios que el que babeando se anda hecho un Juan de Esperamor? ¿O es lo que el hado nos guarda?) [Vase.] ¡Válgame Dios!¡Qué de cosas por mí en un instante pasan tan atropelladas que unas a otras se embarazan! Porque ya confusas, opuestas y varias, o quitan la vida o turban el alma. Ahora bien, discurso mío, procuremos apurarlas de una vez y de una vez a luz este engaño salga. Aquí hay un hombre de tanto espíritu que a la cara de mi deidad, atrevido, puso locas esperanzas; que al sol fuera menos que, osado, intentara, de cera y de pluma, quemarse las alas. Aquí hay una dama hermosa que vino a valerse a casa –a intercesión de una amiga– de una muerte –¡qué desgracia!–, que, a lo que se deja ver, debió ser ella la causa; pues de esa causa se infiere que él la aborrece, ella le ama. ¡Oh, cuánto se ofende, desluce y ultraja mujer que se queja a amante que agravia! Del secreto de los dos, si bien no bien informada, llegaron mis vanidades a entrar en desconfianza de que por ella –¡ay de mí!– y no por mí fuera tanta porfiada tema de amor; de que el mismo amor se salva, sonándome su desprecio aun mejor que mi alabanza. No sé qué se tiene el ser una amada que aun penas que ofenden, ofenden si faltan. Dejemos en esta parte a este galán y a esta dama, pues ya no me engaña a mí quien a ella la desengaña; y vamos a que el de Ursino para verme se disfraza, o sea agravio o sea lisonja que a mis altiveces haga –sin que entre a la parte mi lustre o mi fama–, vendiendo finezas feriar esperanzas. Esto no es del caso agora; y presto dirán sus ansias que, aunque a mi hermosura diesen la estimación de ventaja, me basto yo por mí sola a una victoria más alta de la que al amor le ofrecen los blasones de mi casa; que dama que viene no más que a ser dama ni gana trofeos, ni triunfos arrastra. Y pasando de una vez desde una causa a otra causa, lleguemos sólo a que Carlos aquí su enemigo halla; donde a despecho de ser mi sagrado el que le ampara, neciamente solicita asegurar su venganza. Aquí, pues, del duelo ¿será ley bizarra que muera a otras manos quien llegó a mis plantas? No, que de algo han de servirle los seguros de mi casa; fuera de que, aunque me ofende su presumida arrogancia, me ofende tan de buen aire que la misma ofensa basta a interceder por él, siendo culpa y disculpa tan clara que están en mi pecho equívocas ambas, pues una me obliga, cuando otra me cansa. Este hombre no ha de morir. Mas ¿cómo, ¡ay de mí!, alcanzan a saber que en mis jardines se quedó, los que le aguardan; y el príncipe y mis criados tienen las puertas tomadas, al tiempo que ya la noche temerosamente baja? Pues con la sospecha de ver que me ama, tenerle yo en ellos será confirmarla. Pero ¿de qué me embarazo? ¿No hay en el ingenio trazas para que dellos a un tiempo este hombre salga y no salga? Sí; porque no será bien que hombre que ha tenido tanta noble altivez muera a manos de menos ilustres armas; que fuera bajeza que sólo me hallara ingrata, quien puede piadosa y ingrata; para que conozca el mundo –dándole a él vida, a su dama honor, venganza al de Ursino y nuevo asunto a la fama– que hay hermosura tan noble, que hay presunción tan bizarra, vanidad tan generosa y, en fin, piedad tan hidalga que, sin que el amor la obligue ni la obligue la venganza, castiga y perdona, piadosa y ingrata, pues sabe dar vida al mismo a quien mata. Vase. Salen Lisardo y el Príncipe. Seguros los caballos deja. Cuidado puse en desviallos, porque no nos suceda segunda vez que de su riza pueda seguírsenos desdicha de fortuna. ¡Pluguiera a Dios hubiera sido una! Pero tantas han sido que se pierde del número el sentido Justamente te admiras; porque si todas de una vez las miras, dudo que haya memoria que a número reduzga nuestra historia. No nos será posible; y así, hablemos no más de cuán terrible en Flérida ha tomado la venganza su vanidad de mi desconfianza; pues pompa, fausto, autoridad depuso y solamente en la campaña puso, para vencer segura, el armado escuadrón de su hermosura. Bien que, a tanto poder, gloria es pequeña una vida, pues cuando... Dan con una espada. Esta es la señaque al criado dijimos. Respondamos con otra, porque sepa dónde estamos. Sale Fabio. ¡Oh César! ¿Eres tú? Y, agradecido a la fineza con que habéis querido de mi parte poneros, os estoy esperando para haceros sabidor de que habiendo Laurencio aquí venido... Ya os entiendo; y lo mismo también a los criados sucedió; pues que, todos conjurados contra él, darle quisimos, cuando enemigo tuyo ser supimos, en el jardín la muerte y Flérida amparó su infeliz suerte. Pero ya no es posible que irse pueda, pues del jardín adonde le he dejado fuerza es salir y todo está cerrado, para que no le valga su dicha, por cualquier parte que salga. Aunque de vos no dudo que mi valor de mí informaros pudo, cuando a hombre como yo ofender se atreve algún particular, primero debe reñir con él, salvando lo primero lo personal del riesgo del acero; pero en habiendo dado satisfación, si acaso barajado el lance queda y vivo el enemigo, le queda acción en él a su castigo para desenojarse, que una cosa es reñir y otra vengarse. Y así, yo he aceptado matarle como pueda; y como he dado muestras que cuerpo a cuerpo en menor duelo pude reñir con él... Dentro Laurencio disparando una pistola. [dentro.] ¡Válgame el Cielo! ¿Qué voz ha sido aquésta? La pistola lo ha dicho en su respuesta, pues ni dudo ni admiro que uno de tantos ha logrado el tiro. Vamos a ver adónde ha sido el tiro y el rumor se esconde. La misma confusión que tú padeces, padezco yo. Venid. Vanse. Salen Laurencio, Roberto y Flora. ¡Jesús mil veces! Ya aquesta pistola mía y esa voz tuya desmiente la prevención que con gente sitiado el jardín tenía, pues cada uno, imaginando que fue el otro el que tiró, oyendo tu voz dejó los puestos. Solicitando no te reconozcan, ven, que así Flérida lo manda. Piadoso conmigo anda su favor y su desdén. ¿Qué tienes de qué quejarte, cuando ves que su hermosura tan a su costa procura de tus contrarios librarte? ¿Tengo de ir yo allá también? Sigue a los dos; porque yo, aunque ella no me lo mandó, que te deje aquí no es bien, porque de lo que ha pasado no quede ningún testigo. Venid, pues, los dos conmigo, siguiéndome hacia este lado. En segunda oscuridad vas confundiendo mis huellas, pues ya nacen las estrellas, muriendo la claridad. ¿Adónde desde el jardín a escuras desta manera me tienes? Do estoy quisiera saber. En un camarín, donde Flérida mandó, Laurencio, que te dejase y que al punto la avisase; y así, es preciso que yo te deje aquí. Sólo digo: ni hables, ni alientes, ni des paso; lo demás después dirá ella al verse contigo. Vase. ¿Al verse conmigo? Cierta mi dicha es. ¿Ves si guardó algo el hado? ¿Aqueso yo no lo dije? Mas la puerta cerró tras sí la mujer. No te muevas y habla quedo. Dejar de saltar no puedo de contento y de placer. En fin, te ha dado la vida: en su camarín estás. Ninguna mujer jamás se ofendió de ser querida. El fuego que arde más poco, no deja al fin de ser fuego. ¡Miren ustedes! ¡Y luego dirán que es malo ser loco! Lo que te pido, señor –pues señor serás después de beldad y estado, que es lo mejor de lo mejor–, te acuerdes que te he servido sin beldad y sin estado, sin mirar que soy criado. Habla quedo y no hagas ruido. Aquesto dirá mi pena con callados labios mudos: “Memento”, amo, cien escudos, “et in pulverem” cadena. ¿Cómo podré yo olvidar tan justo agradecimiento? Salto y brinco de contento. ¡Quedo está! ¿Quieres quebrar deste camarín, que lleno de riquezas estará, algo, cuyo ruido hará ser descubiertos? No es bueno; que es tal el gusto que no reparo que a cada lado un escritorio hay grabado... de diamantes, digo yo qué será.¡Qué lindo espejo que debe de ser aquél! ¡Qué escaparate está en él! Habrá, según el reflejo que no da la luna, aquí mil juguetes de cristal, de porcelana y coral. ¿Esto no es un catre? Sí; y de la china, dorado, de suerte que maravilla; de plata es la barandilla y cabecera. A este lado, en un brasero bizarro, la espinilla fui a quebrar. ¡Ay! Y duele el tropezar en plata como en guijarro. ¡Oh, qué catre!¡Quién le viera! ¡Que hables tanto disparate! ¡Pues qué estotro escaparate de relojes todo! Espera; que en locuras divertido, que se ha pasado, parece, la noche, pues ya la aurora por resquicios amanece. Dices bien; y ¡vive Dios!, que a la escasa lumbre breve huyeron escaparates, escritorios y bufetes; y sólo quedó la piedra en que tropecé. Este albergue, más que camarín de dama, parece cámara fuerte. Y aun cámara de la antigua fortaleza es. Y ¿no adviertes que es un cubo de sus torres, sin luz, sin adorno y gente? Pues, ¡aquí de Dios!, ¿habemos muerto a las nuestras mujeres para encubarnos? Que aunque los dos hemos sido siempre perros y gatos, no tanto que, ya que fuese, no fuese cuba y no cubo. Sin duda que por librarme me prende;o es que Flérida, ¡ay de mí!,publicar al mundo quiere que ya me castiga, dando satisfación de la muerte de Federico a su hermano; y viendo que era indecente el matarme en sus jardines, quiere hacerlo de otra suerte, muriendo, no como amante, sino como delincuente. ¡Lindamente lo discurres! Y agora veo claramente que, de ser queridas, nunca se ofendieron las mujeres. ¡Mal haya el alma y la vida que bien a ninguna quiere! Y más ahora, que del aire no sé qué es lo que desciende. De lo alto ha de caer un billete. Este ¿no es billete? Yo no juzgo bien de billetes. Aguarda a ver lo que dice. [Lee.] “Así quien no ama agradece.” ¿Qué querrá decir el mote? De motes mi amor no entiende; mas lo que quiere decir de cierto es que no te quiere. Miremos, pues que ya el día con mayor luz nos advierte, si habrá por donde salir. Una tronera parece que más adentro, señor, alumbra: y sin duda quiere hoy favorecernos por lo que de tronera tienes. dentro. ¡Laurencio, Laurencio! ¿Quién me ha llamado y qué pretende? Por Dios, que tiene esta dama cosas de la dama duende. Por esta parte que al cuarto de Flérida sale, el breve caracol de una escalera hallarás. Mira y atiende. Por esta parte es sin duda por donde la voz me advierte. Pues ¿qué ves por esta parte? Una galería excelente, adonde ir entrando veo por dos partes diferentes al Príncipe y a Lisardo, a Flérida y sus mujeres. Pues atendamos a ver qué nuevo capricho es éste. [Vanse.] Salen el Lisardo, el Príncipe y Fabio. Aunque no habemos sabido dónde Laurencio cayó, basta el saber que escapó de nuestras armas herido para quedar yo vengado. Y así, lo que ahora quisiera es, Fabio, antes que me fuera, dejar sólo disculpado con Flérida mi rigor; y que dispongáis, espero, que la hable. Fácil infieroconseguir eso, señor; porque, a lo que yo he entendido, ella hablaros pretendió la postrera vez que os vio y parece que ha salido aquí con el mismo intento. Ya que prevenido estaba, ánimo, amor; que ya acaba uno y otro fingimiento. Salen Flérida, Flora y Lísida. [A Lísida.] (Lísida, quédate aquí; y a nada que oigas ahora, salgas.) [A Flora.] (¿Dijiste tú, Flora, que escuche a Laurencio?) Sí. Dadme, señora, a besar vuestra mano. Alzad del suelo y escuchadme. (Aquí entra el duelo de agradecer y no amar.) Señor príncipe de Ursino, bien pensaréis que ofendida de vuestras desconfianzas me tienen mis bizarrías; pues no, que antes el fingiros, para llegar a mi vista, un mercader es agravio que por favor califica mi vanidad; porque el oro de noble vena, real mina, hiciera mal en quejarse del crisol que le examina; pues más debe a la esperiencia su valor que a la fe el día que, acendrado del examen, con mejor crédito brilla. Y cuando de aqueste engaño resulte a la altivez mía, no sé si diga un desaire o si una lisonja diga, lo que haya sido os perdono, ufana de que yo misma tan por mí vuelva que pueda, a costa de otra mentira, en resultas hoy de amor veros condenado en vista. Y así he dejado a una parte amorosas tropelías, que los límites no pasan de airosa cortesanía, de que se engañe el que engaña y de que al que finge finjan; voy a que sólo me ofendo de que puedan vuestras iras hacer teatro mi casa de tragedias y desdichas. Un hombre, que una vez y otra pudo amparar sus fatigas en la inmunidad sagrada de verse a las plantas mías, ¿deja rencor para otra ocasión, tal que amotina en su favor los afectos traidores de su familia? ¿Qué cosa es que en mis jardines halle las flores teñidas de humana sangre y que, cuando salgo a gozar sus delicias, vea el llanto de la aurora y no del alba la risa? Muerto en ellos hallé hoy a Laurencio y... [Sale Lísida.] ¡Qué desdicha! Falte a mi vida el aliento, pues faltó aliento a mi vida. Y perdóname; que, aunque has mandado que te asista sin salir aquí, no tienen ley ni obediencia las iras y a tanto tropel de penas ya no hay valor que resista; y así, a arrojarme a tus plantas salgo a pedirte justicia de la muerte de mi esposo. Y no a ti sólo me rinda, sino al centro soberano de vuestras plantas invictas. A ambos toca el ampararme: a ti, porque perseguida vine a valerme de ti; y a vos, porque desta impía acción saquéis el blasón de que de vos no se diga que sabéis tomar venganza, señor, y no hacer justicia. Lisardo es de quien la pido, que fue la única desdicha de vuestro hermano; pues si él le llevó a su compañía para una traición tan fea, para una acción tan indigna como quebrantar la casa de dama que a otro quería, él fue quien le dio la muerte, pues le puso su osadía a que riña en ocasión adonde sin razón riña. Y para que no parezca que desta tragedia impía, siendo yo cómplice, quiero librarme, lo que os suplican mis voces es que empecéis la venganza por mí misma. Diga Lisardo si yo le di ocasión en mi vida para tanto atrevimiento. Diga si yo... No prosigas; que supuesto que no fue nunca en el amor mal vistala culpa de que un amante traicione y engaños finja, no quiero que ahora lo sea con que ahora mis labios digan que tú me diste ocasión, puesto que fuera mentira. Para que se vea cuánto tu fama está pura y limpia, la mayor satisfación sea que mi amor publica, muerto Laurencio, mi mano. No prosigas, no prosigas; que antes me daré la muerte que consienta ni que admita la mano de quien con sangre hoy de Laurencio la tiña. Pues ¿qué satisfación puedo daros si ésta desestima vuestro amor, no siendo ya posible Laurencio viva? Que a serlo, ¡viven los cielos!, que por no ver ofendida a Flérida, a vos quejosa, con él partiera la vida. ¿Daisme esa palabra? Sí, con la mano, de cumplirla. Yo con la mano la acepto. Y pues ya es vuestra la mía, sal, Laurencio, y a los pies hoy del Príncipe te humilla; y pues la mano no puedo, basta que te dé la vida. Sale[n] Laurencio [y Roberto]. Del nuevo estado, señora, no puedo dar ya en albricias sino esta banda. Y agora es bien que a los pies me rinda del Príncipe. Espera; que antes es bien, porque no se diga que de vuestro amor ser pudo cómplice la casa mía, que a Lísida hayas de dar la mano. Y agradecida el alma a tanta fineza, ya que los celos me quita la satisfación que hacéis. Hoy se lograron mis dichas. Vuestras plantas dad, señor. Nada quiero que me digas; que si con aquesta acción me hablaran tus bizarrías cuando supiste quién era, lograras la piedad mía. Y en mí el agradecimiento de haberme dado la vida. Pues Flérida generosa es, Lísida agradecida, el Príncipe liberal, Lisardo queda sin ira, Laurencio premiado y todos con gusto y con alegría, de “Agradecer y no amar” la comedia acabe; y pida yo por todos el perdón a vuestras plantas invictas.