La Puente De Mantible Comedia Famosa Personas que hablan en ella: Fierabrás. Irene. Brutamonte. Moros y franceses. Oliveros. Ricarte de Normandía. Carlo Magno. Floripes. Arminda. Galafre, gigante. Guido de Borgoña. Roldán. El infante Guarinos. Guarín, gracioso. Primera Jornada Salen Guido y Oliveros de franceses galanes, con bandas en los rostros; Fierabrás y moros, deteniéndole; Floripes, Irene y Arminda, turcas. Suenan cajas y trompetas. ¡Solo el valor merece de mi brazo esta banda! Si os parece, bizarros caballeros, que la podéis cobrar, sean los aceros árbitros del valor en la campaña. ¡Ay de mí! ¡Gran valor! ¡Desdicha estraña! ¿Qué es esto? ¿En mi presencia osáis tomar tan bárbara licencia? Quién sois saber espero. No esperes saber más que un caballero a quien veloz la fama con los aplausos destas fiestas llama. A verlas he venido; impórtame volver desconocido; por eso no te asombre que encubra en tu presencia traje y nombre. Pero, si alguno quiere cobrar la banda y a esto se prefiere, venga al campo por ella: conocerame al ver que cruza y sella la esfera de mi escudo, si ya por astro celestial no dudo que la cobren los cielos y entre líneas, coluros, paralelos, la fijen por estrella como despojos de Floripes bella. Vase. ¡Yo he de saber quién eres! Menos que a mucho riesgo no lo esperes, que a costa de mi vida ha de volver la suya defendida. ¡No le mates, detente! Tu talle y tu valor, joven valiente, de suerte me aficiona, viendo arriesgar a tanto tu persona por librar a un amigo, que quiero de piedad usar contigo, caso tan prodigioso que es la primera vez que soy piadoso. Di quién eres, a efeto de estimar tu valor, y te prometo desde luego la vida. Ya que miro la suya defendida, pues un bruto veloz y el pensamiento van corriendo parejas en el viento, decirte quién es quiero, por si acaso algún noble caballero que honor y fama adquiere satisfacerte deste agravio quiere. Aquel, pues, valeroso joven que al mismo Amor tiene envidioso, de perfecciones lleno —perdone aquí la envidia su veneno; la traición, su ponzoña—, es el ilustre Guido de Borgoña, que, en la redonda mesa valiente paladín, la ley profesa de la caballería, esmalte del valor y bizarría. Hoy, pues, que nuestro rey te ha concedido las treguas que has pedido a efetos venturosos de celebrar los años generosos de tu Floripes bella, que fue del cielo flor, del campo estrella, del orbe sol divino, hasta tu campo el de Borgoña vino con intención estraña de ejecutar alguna ilustre hazaña acompañado solo de su acero, porque yo no soy más que un escudero, que no quiero engañarte por adquirir en sus aplausos parte. Es mi nombre Guarín y en el seguro de tu palabra ya volver procuro hasta el francés ejército, que es tarde. El cielo, Fierabrás, tu vida guarde. Vase. ¡No le siga ninguno de mi gente, que a mí toca no más! ¡Señor, detente! Por la boca —¡apartad!— y por los ojos iras vierto y enojos, porque es a mi despecho un Etna el corazón, Volcán el pecho. Y, aunque el Cáucaso fueras que al Nilo de mi furia te opusieras, sierpe de siete bocas que vuelve atrás los montes y las rocas, mi curso no estorbaras ni el paso a tanta furia sujetaras. Ya Fierabrás te sigue, ¡oh, rabia fiera! ¡Aguarda, Guido de Borgoña! ¡Espera! Vase. ¡Ay de mí! ¡Qué mal hice en dejalle partir! ¡Soy infelice! ¿Agora desconfías? Tú, gallarda Floripes, que tenías por festivas acciones ver en campaña armados escuadrones, juzgando más hermosas las flores y las rosas por la púrpura humana que por las listas de carmín y grana, ¿hoy por un desafío humillas la altivez, postras el brío? Tú, que altiva te igualas a competir a la deidad de Palas y en ejércitos vienes donde más gusto que en la corte tienes porque su horrible salva son para ti los pájaros del alba, ¿a una lid solamente sujetas el espíritu valiente? Tú, que monte de acero fuiste tal vez, cuando al albor primero más sangre que rocío bebieron las campañas del estío, ¿melancólica y triste, a un trance de armas el valor rendiste? Más causa es que parece. Dices bien; y, supuesto que se ofrece ocasión en que pueda deciros mi temor, porque conceda treguas al sentimiento, prestad dos atenciones a un acento. Ya sabéis que de Balán, el almirante feliz de África, el rey soberano de Alejandría, el cadí de Berbería, el soldán de Persia, de Egipto el cid, morabito y gran señor de Jerusalén, nací hija segunda y hermana de Fierabrás el gentil. No fue poca admiración en dos hermanos medir la naturaleza tantas distancias; mas, si advertís que en los campos del aurora son líneas de oro y carmín las que en el ocaso sombras de esmeralda y de rubí; si advertís que de una planta y casi de una raíz nace el romero y la adelfa, el clavel y el alhelí, que partos de un año mismo son las pompas del abril y las ruinas del enero, que del salado viril son aborto concha y perla, y que saben imprimir dioses y fieras las puntas de un pincel y de un buril, no es mucho que de una causa —calle la modestia aquí— naciésemos para ser él ocaso, yo cenit; él adelfa, yo clavel; él la sombra, yo el matiz; él la concha, yo la perla; él enero y yo el abril. Solo lo que nos ha hecho hermanos fue el varonil espíritu, el corazón de que adornada me vi. Siempre a su lado me hallastes, siendo en una y otra lid trofeo de sus vitorias; rayo no, cometa sí. El corcel menos domado, el polaco más cerril que a la obediencia del freno jamás dobló la cerviz, si su espalda ocupo, pierde la ferocidad gentil, sin más freno y sin más rienda que un cabello de la clin. Las músicas y alegrías más sonoras para mí son lo horrible de la caja, son lo dulce del clarín. Mas ¿por qué blasono tanto si en efeto he de decir sentimientos que a mí misma largo tiempo me encubrí? Si bien es grande disculpa que no me pudo rendir menos que un dios: si es Amor, fácil está de advertir, porque es una llama fácil, porque es un rayo sutil, que en lo más rebelde siempre va anhelando por herir. Dígalo en mí su soberbia, dígalo su fuerza en mí, pues, por juzgarme imposible vitoria, con más ardid, con más poder, con más fuerza flechó al arco de marfil arpones de dos en dos y plumas de mil en mil. Ya dije, en fin, que el amor me rindió; ya dije, en fin, que quise bien; pues empiecen mis sucesos desde aquí. El almirante, mi padre, que en doseles de zafir al lado de Marte asiste, envidioso que la lis francesa se coronase de la diadema feliz que los laureles del Tíber ciñen en yelmos de Ofir, y codicioso también de igualar y competir esta dignidad, salió del África a conseguir sus aplausos, deseoso que la gran emperatriz del orbe le coronase por su rey. Con él salí a ser parte en sus vitorias; mejor pudiera decir a ser todo en mis desdichas, pues, queriendo resistir Carlo Magno sus intentos, le esperaba en el confín de aquesta parte de Italia, donde ese olimpo gentil, bata de esmeralda y flores, tiene por espejo al Rin. Tenía Carlos consigo cuantos de su sangre oís que son asombro del mundo, tan iguales entre sí que a tabla redonda comen, y ejércitos que medir pudieran al sol los rayos, pues, para sustituir sus luces, no deja tantas estrellas, cuando al nadir se despeña, como arneses tuvo el monte sobre sí. El emperador, queriendo con mi padre conferir sus intentos, le envió un embajador: ¡aquí empezaron mis desdichas! Estaba yo en un jardín alojada, y desde un verde mirador el campo vi, y en él un monte eminente que, acercándose hacia mí, del campo francés venía. ¡Quién —retórica sutil— el caballo y caballero os supiera describir! Era el bruto un cisne hermoso: a pesar de una terliz encarnada, tan de nieve que la espuma que escupir le hizo el freno parecía blancos copos que de sí iban cayendo; la cola y guedejas, que al partir veloz el viento rizaba, eran hebras de marfil; y, como el cuerpo era nieve y ellas ondas, presumí que por la clin y la cola se empezaba a derretir. El valiente campión, el generoso adalid, el gallardo caballero, el ilustre paladín, sobre arnés blanco traía de un encarnado tabí un aljuba y a los visos del sol os puedo decir que vi bajar por la selva todo un orbe de rubí, todo un globo de escarlata, todo un cielo de carmín, nadando en golfos de flores un escollo carmesí. Dicen que la garza hermosa, rayo de pluma que herir se atreve al sol, cuando mira el halcón noble o baharí que la sigue, reconoce con temor cobarde y vil el pájaro a cuyas manos ha de parar o morir; yo, en viendo a este caballero, me turbé, temblé y temí, porque sin duda ha de ser de tanta garza el neblí. Llegó de paz al real, y algunos días que allí, embajador, se entretuvo en uno y otro festín, creció amor comunicado, que, aunque el ver suelen decir que es el que enamora más, más enamora el oír. Murió mi padre a este tiempo, y en este tiempo, ¡ay de mí!, mi hermano y Carlos trataron que fuese árbitro la lid, que fuese juez el acero de su pretensión; y así, vuelto al ejército luego este Eneas paladín, el ejército africano empezó a vencer en mí, pues que me dejó sin vida: ¡mirad qué hazaña tan vil! Desde entonces dél no supe, desde entonces no le vi, hasta hoy que disfrazado entró al trágico festín que mis años celebraba. Aquel que visteis aquí tan galán como valiente; aquel que se arrojó a asir el cendal que de mis manos cayó al suelo; aquel, en fin, que volvió con trofeos míos es del alemán país príncipe augusto: Borgoña le dio la sangre feliz de Austria. Mirad, pues, si tengo ocasión para sentir este duelo, este rigor, esta contienda, esta lid, esta pasión, esta furia, cuando, confusa entre mí, cobardes mis pensamientos traen una guerra civil y ha de morir mi deseo o mi amor ha de morir, pues que mi hermano o mi amante hoy tendrán trágico fin. Mas dadme un caballo presto, que, si puedo, he de impedir la batalla. No replique ninguna; todas venid. Amor, dos veces me llevas: ¡duélete alguna de mí! Vanse, y sale Guarín, soldado. El que quisiere tener nombre en el mundo famoso alábese, que es forzoso para darse a conocer. Yo, pues, con tal desengaño alabarme a voces quiero, porque una gran dicha espero que me ha de dar este engaño. En una batalla un día un gran capitán murió y, retirándole yo por ver si acaso tendría cualque cosa de provecho, el hato desvalijé y estos papeles hallé abrigados en su pecho: firmas son de sus hazañas. Yo, que hacer ninguna espero, que no soy nada hazañero, valiéndome de mis mañas, mi nombre he puesto en lugar del suyo muy sutilmente y, hipócrita de valiente, al mundo pienso engañar. Hoy que Guido, mi señor, del campo ausente se ve, sin que me riña, podré darlos al emperador. Salen, con cajas, el emperador, Roldán, Guarinos, Ricarte y soldados. Con las treguas destos días desvanecido se ve el ejército, porque las galas y bizarrías son, sobre blancos aceros, escarchas sobre claveles. Buenos están los cuarteles de mis nobles caballeros. Los pares son los varones más claros y singulares. ¿No tendrán entre esos pares su lugar algunos nones para atreverse a besar tus pies en esta ocasión? ¿Quién sois? Un soldado non, añadidura de un par. Escudero soy leal de Gui de Borgoña, pero no soy venial escudero, sino escudero mortal. Estos papeles dirán si soy o no soy Guarín, ni follón ni malandrín. Mostrad a ver. (Buenos van mis intentos, fortunilla: si estas máquinas consigo, no se me da de ti un higo). Mucho el ver me maravilla tantos hechos sin haber tenido noticia dellos. Soy recatado en hacellos. Lo que he podido leer en la certificación primera que aquí me disteis es, Guarín, cómo perdisteis un brazo en cierta ocasión, y gran maravilla es veros con los dos aquí. Es verdad que le perdí, mas tornele a hallar después. Pues ¿qué importa habelle hallado después de habelle perdido? (¡Vive Dios que me ha cogido!). Pues ¿no pude haber sanado? ¿Cómo? (Ese es mucho apretar). A una imagen me consagro y pegose por milagro. (Aquí no hay qué replicar). Dice aquí, Guarín, que un día reñisteis con Fierabrás. ¿Un día dice, no más? ¡Qué corta es la dicha mía! Veinte batallas campales son, señor, las que me vi con él, y diez le vencí. Si son vuestros hechos tales, ¿cómo, de tantos, un día vencido no le prendistes y a mi campo le trujistes? Vencíale en cortesía. Mas yo sé que, si él viniera aquí, que él te confesara esta verdad cara a cara y que mis hechos dijera. ¿Dónde está vuestro señor, Guido de Borgoña? Fue al campo contrario. ¿A qué? A ganar fama y honor. Pues, habiendo yo mandado que nadie salga de aquí, ¿Guido de Borgoña así mi precepto ha quebrantado? ¡Digno castigo merece tan notable atrevimiento! Su juvenil ardimiento poca sujeción padece. Sale Guido y Oliveros. Como os he dicho, tomé nombre de vuestro escudero, que parte, Guido, no quiero en esta hazaña. ¿Por qué? Con las treguas están llenos sus pechos de iras y sañas, anhelando por hazañas. ¿Si nos habrá echado menos el emperador? No habrá, pues hemos llegado, en fin, a tan buen tiempo. Guarín hablando con él está. ¿Si habrá dicho dónde fuimos? ¿Tal de Guarín presumís? ¿De dónde bueno venís? Los dos, gran señor, venimos de hacer mal a dos caballos de alma y aliento español, que para su carro el sol con razón puede envidiallos. En su escuela divertido, llego a saludar tan tarde tu vida, que el cielo guarde. Más la disculpa he sentido que la culpa que tenéis, pues con lo que me decís error a error añadís. Señor... No, no os disculpéis. Roldán. Señor. Llevad vos luego a vuestro primo preso a su tienda. (Si este exceso no castigo, ¡vive Dios que no haya francés que luego al ejército no vaya, y importa que estén a raya con su ejemplo!). (Pues yo llego a prenderos, presumid que aqueste partido escojo mientras se pasa el enojo del césar). Primo, venid. Yo obedezco. (Por ti ha sido todo cuanto me ha pasado. Si importaba haber callado, hubiérasme prevenido; mas, cuando el daño ha de ser, no hay prevención acertada). Vase Guido. (De mí no le ha dicho nada, pues no me manda prender). (Por Guido quiero pedir.) Advierte, señor, que ha sido valor el que le ha movido hoy a tu sobrino a ir al campo de Fierabrás. ¡Cese tu enojo, por Dios! No pidáis por nadie vos. Advierte, señor... ¡No más, que bien está! Dentro Fierabrás. ¡Oh, cuán veloces, viles cristianos, venís! ¿Tanto de mi vista huís que no os alcanzan mis voces? ¿Qué es esto? ¡Esperad, que no dan la gloria al que la intenta, si después no la sustenta! ¿Quién da aquestas voces? Sale Fierabrás. Yo. Yo, Carlos. Y bien debieras conocer por lo sonoro del trueno el rayo que fue de tanto escándalo aborto; bien pudieras inferir por la voz del eco sordo qué monte la concibió entre sus cóncavos hondos; bien en la región del viento discurrir qué terremoto tierra, dentro de la cosmología de la se levantó por las ruinas que dan espanto y asombro; y bien conocer debieras por la tormenta qué noto respiró, pues me ha temido, cuando estas razones formo, cuando estos suspiros lanzo, cuando estas voces arrojo, ira el fuego, rayo el viento, furia el mundo, el mar asombro, caducando de temor mar, cielos, tierra y escollos. No te admirarás de verme, que un pecho, Carlos, heroico o tarde o nunca le debe admiración a sus ojos. A tu ejército he llegado en seguimiento forzoso de un gallardo paladín, aunque en vano me dispongo a alcanzallo, que me lleva gran ventaja, cuando noto que él huye y que yo le sigo, y así él vuela cuando corro. Llegó a mi campo y volvió coronado de despojos, mas, si bien sabe ganallos, bien sabe ponerse en cobro. ¿Qué opinión me añadirá haber llegado animoso hasta aquí, si ahora cobarde en un caballo me pongo y a espaldas vueltas me vuelvo? Él, así, atrevido y loco, a mi ejército llegó, pero, apenas le conozco estranjero, cuando, puesto en un caballo brioso, que por gozar dos especies de viento y rayo era monstruo, huyó de mí tan veloz que, hecho una esfera, hecho un globo, él y el caballo formaron pardas nubes de humo y polvo en que esconderse. Mas yo, que a más riesgos me dispongo, no he de volverme de aquí si no es que primero cobro una banda de Floripes, beldad que bárbaro adoro, sol que sacrílego sigo y luz que sola conozco. Guido de Borgoña es a quien sigo y a quien nombro por adalid deste duelo: salga, pues, y los dos solos cuerpo a cuerpo desmintamos tantos cobardes estorbos. Emperador soberano eres; de tus leyes oigo que no sabes negar campo a quien le pide animoso. También de tus paladines sé que no viven famosos mientras retirados viven, y que hasta cinco es forzoso esperar en la estacada. Pues si esto, Carlos, no ignoro, no puedes negar a Guido el campo a que le dispongo, la batalla a que le incito, el duelo a que le provoco y la empresa a que le llamo. Salga, pues, y verán todos que esa banda, ese cendal, que es iris de plata y oro, o le compro con mi vida o con mi acero le compro, porque pienso en su demanda hacer que este valle hermoso con los cadáveres sea un bárbaro promontorio, tanto que el sol al nacer, viendo monte el que era soto, piense que ha errado el camino de sus celestiales tornos; las flores se han de mirar en los humanos arroyos de sangre y estos humildes céspedes que piso y toco, compitiendo los claveles, tendrán desdichas a logro, pues, a pesar del aurora, que con lágrimas y soplos quiso que naciesen verdes, querré yo que mueran rojos. Grande rey de Alejandría, a cuyo valor heroico es poca voz una fama y un clarín aplauso poco, Guido de Borgoña es caballero tan brioso que ya estuviera en el campo lleno de saña y de enojo esperándote si oyera tus arrogancias y oprobrios. No puede, porque está preso, y quien supo argüir el modo de nuestra caballería también sabrá que es forzoso que excepte presos y heridos el retador generoso. Vete en paz, que, estando libre, el campo aplazado otorgo. Si está preso, que haya hecho algún delito es forzoso, y, así, dale por sentencia que salga al campo. Yo oigo que los antiguos romanos a lidiar fieras al coso condenaban a los presos: usa de esa ley piadoso y, si has de echarle a las fieras, echármele a mí es lo propio, y, si él no puede salir por esa causa que ignoro, amigos y deudos tiene: salga con su nombre otro. Ninguno, bárbaro rey, te ha escuchado de nosotros que ya no hubiera salido si fuera el peligro honroso, que, cuando uno de otra ley nos reta en común a todos, todos por salir tenemos civiles guerras y enojos, tanto que tal vez quisimos matarnos unos a otros para que después saliera el que se quedara solo. Hoy no ha llegado este caso, porque tú, soberbio y loco, nombras uno, y no es razón quitalle a aquel el famoso vencimiento, porque ya le juzgamos por notorio: entre nosotros guardamos este respeto y decoro, y, así, ninguno ha salido. Vete, pues, vanaglorioso de ser el hombre primero que ha dado a Roldán enojos y vive un instante más. ¡Bien sabéis guardaros todos! ¡Mas yo no pienso volverme sin que algún hecho famoso me despique de una injuria que he recebido a mis ojos! Y, pues ningún paladín ha de salir, yo depongo el ser rey de Alejandría, del Cáucaso hasta el Peloro señor; depongo que sea mi vasallo aquel ruidoso hipogrifo de cristal que nace en su cuna sordo y espira por siete bocas con escándalo y asombro; depongo el ser mi vasallo el fénix, pájaro solo que ascua, ceniza, gusano, sacrificio, aroma y voto, en cuna de calambuco, en tumba de cinamomo, nace y vive, dura y muere, hijo y padre de sí propio; depongo el ser de Mantible alcaide, edificio honroso que el río del Agua Verde sustenta sobre sus hombros, y bajándome a ser hombre humilde y vil, reto y nombro a un escudero de Guido, porque su valor conozco. Guarín se llama, y, pues fue parte en mi agravio y enojo, lo ha de ser en mi venganza cuando yo me humillo y postro a ser un soldado humilde, que, aunque sea triunfo corto una vida, de una vida he de volver vitorioso. No hay escusas para esto, y, así, verás que no torno huyendo. Salga Guarín donde tan menudos trozos le haré que, esparcido al viento, no cause al sol más estorbo que los átomos, que son jeroglíficos del ocio. Vase. (¡Y lo hará como lo dice! ¿Cuál Bercebú, cuál demonio se le revistió en el cuerpo? Él viene borracho o loco. ¡Yo retado, yo retado!). Guarín, agora conozco quién sois y, pues vuestra fama llegó a los climas remotos del África... No, señor, que hay más Guarines. ...vos propio dijisteis que, si viniera Fierabrás, dijera cómo sois valeroso soldado. ¡Soy un puto, soy un tonto! Yo os armaré caballero. Cuando volváis venturoso empezad vuestro linaje. Vase el emperador y Ricarte. (¡Que haya en esta vida bobos que mueran por dejar fama a sus nietos y a sus choznos! ¡Yo retado, yo retado!). Vos me dejáis envidioso. Vase. Pues tomaldo por el tanto. Idos a armar, que es forzoso salir. Vase. ¿Ello va de veras o todos me dan un como? Yo quiero armaros. Venid conmigo a mi tienda. Al rollo fuera mejor. No temáis, que yo os sacaré de todo, pues yo en todo os he metido. Vase. ¿Tú, Guarín, menudos trozos? Ya fuera dicha algún tanto, algún tinto o algún tonto si, como dijo menudos, hubiera dicho mondongos. Vase. Salen Floripes y Irene con espadas y arcos y flechas. ¿No le pudiste alcanzar? Vano fue tu pensamiento. Un águila hiriendo el viento, un delfín cortando el mar, un caballo desbocado en medio de la carrera, un rayo abriendo la esfera adonde ha sido engendrado; una flecha disparada del corvo marfil herido, un cometa desasido de su fábrica estrellada se podrán volver atrás, solo con quererlo yo, en su violencia, mas no la furia de Fierabrás, porque excede, altivo y fuerte, águila, delfín, saeta, caballo, rayo y cometa. Sin duda que a ver su muerte al ejército francés ciego y bárbaro llegó. Pues sabré vengarle yo. Suena un clarín. Pero ¿qué es esto? ¿No ves tus ejércitos marchando, que a los dos vienen siguiendo, montes de plumas fingiendo, mares de acero imitando, porque son, en tornasoles en quien el sol se retrata, las armas ondas de plata, las plumas selvas de flores? Las descogidas banderas, que aves del viento parecen, con colores desvanecen los cielos por las esferas, porque, dando al sol desmayos con tornasoles sutiles, le trasladan los abriles, le tiranizan los mayos. Vuelve los ojos y mira tanto aplauso y pompa tanta que el sol de verlos se espanta, que el mar de oírlos se admira; los montes, de sustentallos, deliran o se estremecen, que montes vivos parecen elefantes y caballos. Yo me huelgo, porque no me obligue a volver atrás. Mas ¿no es aquel Fierabrás? Sale Fierabrás. ¿Quién me ha pronunciado? Yo, que, siguiéndote hasta aquí, hasta las tiendas llegué del ejército porque, si alguna desdicha en ti con ventaja o con traición el francés ejecutase, tuvieses quién te vengase. Hermosa resolución, pero que me ofende digo quien de mí desconfiaba. ¿Estabas solo? No estaba, pues yo me estaba conmigo. Yo no estoy solo jamás, pues dondequiera que estoy tu hermano y tu amante soy, y soy después Fierabrás. ¡Mira si tuviera en vano hoy que vencer en mí más, que aun no solo en Fierabrás, en tu amante y en tu hermano! Si presumes arrogante que con finezas te obligo, como a mi hermano te sigo, pero no como a mi amante. Ya sabes que no has de hablarme en eso, porque es perderme y es, en efeto, ofenderme lo que pudiera obligarme. Dime, ¿qué te ha sucedido en tan heroica demanda? Pues que vuelvo sin tu banda, desairado habré venido. Pero yo la cobraré. Ven a tu ejército agora, que la última línea dora el sol de aquel monte, en que rústica pira se advierte. Deja que salga primero a este campo un escudero: no haré más que darle muerte y irme. Sale Oliveros, embozado. Si de la manera que se dice se ha de hacer, hoy, Fierabrás, se ha de ver: ya el escudero te espera. El que a tu campo llegó con su señor está aquí: yo el que se te opuso fui, y el que te espera soy yo. Valiente eres, bien se ve, pues a salir te atreviste, que en osar morir consiste la valentía; y porque llegues con tiempo a lograr la vitoria de morir a mis manos, te he de asir de un brazo y echarte al mar, que mi denuedo valiente no ha menester el acero para un mísero escudero. Llega, pues. Sale Guido. ¡Bárbaro, tente!, que yo, por lidiar contigo, mi prisión pude quebrar, que otro no te ha de matar viniendo a reñir conmigo. Si tú me matas aquí, poco importa haber quebrado la prisión, pues más honrado muere un caballero así; si por salir, Fierabrás, a postrarte y a vencerte el césar me diere muerte, dejaré esta hazaña más. Luego de cualquier manera salir es empresa altiva, o ya vitorioso viva o ya desdichado muera. ¿Qué veo? A quien salió por ti. Vase. (Dame industria, ciego dios, para que hoy entre los dos estorbe el duelo, que así un temor a otro prefiere, un dolor a otro apercibe, pues vivo si Guido vive y muero si Guido muere). Vanse ellas. Arriédrate de mi gente y sea de mi demanda precio esa partida banda. Soy contento. Suena caja. ¡Mas detente! ¿Qué es aquesto? Sale Floripes y las damas. Que el francés, como aquí tu gente vio, hoy al paso nos salió con su ejército. ¿No ves que a guisa de dar batalla hacia nosotros se viene y la guerra te previene? Pues no pienso rehusalla. ¡Cierra, ejército africano, con valor y fuerza altiva! Dentro. ¡Viva Francia! Dentro. ¡África viva! Pues tú y yo, noble cristiano, a los dos campos hagamos la salva: nuestros aceros sean anuncios primeros de la lid. ¡Pues embistamos! Tocan al arma y se entran peleando. ¡Ay, bella Irene; ay, Astrea! A mí, que fui veces tantas primer trompeta que dio a las huestes africanas ánimo y valor, ¿así un recelo me acobarda, una pasión me suspende y una desdicha me agravia? Yo ver puestos frente a frente dos campos que se amenazan, representando a los cielos en teatros de esmeraldas mil tragedias la fortuna, ¿y con la ceñida aljaba no disparar una flecha? Yo ver en estas campañas tan anegadas las flores que con la púrpura humana se olvidan de que nacieron azules, verdes y blancas, ¿y con la espada en la cinta no ser un rayo mi espada? Yo escuchar el son horrible de las trompetas y cajas, cuya música excedió a los pájaros del alba, ¿y no animar a su son el hipogrifo que tasca a compás el freno? Yo, tan confusa y tan turbada, ¿la postrera soy que hoy lucero del campo salga? ¡Alguna pena me aflige! ¡Algún horror me amenaza! Dentro. ¡Viva África! Dentro. ¡Francia viva! Ya se cierra la batalla. Ya nuestras flechas al sol le sirven de nubes pardas estorbando al sol los rayos, y, para que no hagan falta, los repetidos aceros de los franceses abrasan con centellas todo el suelo, de suerte, ¡ay de mí!, que cuanta luz quitaron nuestras flechas, nubes de pluma que pasan, restituyen sus aceros. Como nuestro campo estaba más prevenido, ¡oh, qué infausto es el día para Francia! De vencida va el francés. Sale Guido sin armas y Fierabrás tras él. Herido estoy y sin armas: darme la muerte sin ellas, más que vitoria, es infamia. Deja que las cobre, puesto que noble adalid te llamas, o ven conmigo a los brazos. No ha de ser con tal infamia mi vitoria. Darte muerte fuera muy cobarde hazaña; darte armas necedad fuera y, pues rendido te hallas, mejor es que prisionero me sirvas. Floripes, guarda ese preso mientras sigo la vitoria que me aguarda, que, si con estos trofeos vuelvo a nuestra invicta patria, una vez pasado el puente de Mantible, tarde aguardan a cobrarlos. ¡Fierabrás hoy pisa, huella y arrastra las lises de Clodoveo! ¡Viva África y muera Francia! Vase. (Hasta celos y desdichas puede sufrirse la llama de amor, mas no si una vez las cenizas se levantan). Noble Guido de Borgoña, la mano del rostro aparta; ¿es mucha la herida? No, que basta esa mano blanca a hacer lisonja al dolor, dando nueva vida al alma. Vive Alá, noble francés, que una flecha de mi aljaba no he disparado a tu gente ni fui parte en tus desgracias. Antes, hermosa Floripes, pienso que las disparabas todas tú, pues todas fueron a mi pecho. No me hagas fineza no haber tirado, pues que lo fuera más alta, supuesto que he de morir, el saber que tú me matas. Sabe el cielo que quisiera darte libertad, mas tanta es la pena de tu herida que no dejo que te vayas a morir en otros brazos. Ven conmigo donde haga finezas mi amor, que yo te doy la mano y palabra de darte la libertad que hoy no te doy. Si tú guardas mi vida, diré que ha sido venturosa mi desgracia. Segunda Jornada Salen Floripes, Irene y Arminda, con un hacha encendida. ¿Dónde desta suerte vas? ¿Qué es lo que intentas? ¿Qué buscas en un monte despoblado, pisando la sombra escura de la noche? ¿No te viste de horror esta selva inculta? ¿No te calza de temor esta fábrica confusa? ¿No te da pavor el ver esta soledad nocturna, tanto que no nos dispensa trémulos rayos la luna y a merced de aquesta antorcha, que luces cobardes pulsa, vamos siguiendo tus pasos tristes, cobardes y mudas? ¿Dónde nos llevas, Floripes? ¿Qué pretendes? ¿Qué procuras? Dos admiraciones son las que a un tiempo dais: la una es que, viniendo conmigo, tengáis temor; la segunda es que ignoréis a qué vengo. Si ya os dije a las dos juntas mi amor; si las dos supistes mis penas y mis angustias; si no podéis ignorar la gran vitoria en que triunfa mi hermano de Francia, dando a la Fama eternas plumas; si sabéis que hoy con despojos desta lid sangrienta y dura se retiró hasta pasar las verdinegras espumas del Mantible y, entre tantos, fue el mayor de todos —¡nunca triunfara!— Guido, mi amante, el cual, expuesto a la injuria del hado, con muchos presos vive una cárcel obscura, sin que yo pudiese entonces darle favor, darle ayuda; si sabéis que un calabozo —cuya bóveda profunda es sepulcro donde yacen, de quien esa torre es tumba— vive, ¿qué me preguntáis? ¿Pudo nadie formar duda de que vengo a darle vida? Esa torre, esa coluna excelsa, que fundación fue de un gran mágico, cuya eminencia no es posible que el tiempo de ruinas cubra ni que en pálidas cenizas voraz el fuego consuma, es su prisión. Llamad, pues, que, aunque quede mal segura de mi hermano, con mi vida tengo de comprar la suya. ¡Ah de la torre! Dentro. ¿Quién llama a estas horas? Quien procura ejecutar la sentencia que el almirante pronuncia en esos míseros presos, tragedias de la fortuna. Buenas señas son: por ellas abro. Sale Brutamonte por la torre y, viéndolas, quiere cerrar. Pues ¿de qué te turbas? De haberte, señora, visto. ¿Cuál es la cueva que oculta los franceses prisioneros? Yo, Floripes... No hay disculpa. Cuál es su prisión me di o deste acero la punta pasará tu pecho. Ven conmigo, señora. Entran por una puerta y salen por otra. ¡Mucha es mi turbación! ¡Qué horror! ¡Qué tiniebla tan obscura! Esta es, señora, la cueva. ¿Cuáles son las llaves suyas? Estas. ¡Suelta, y tenga agora mi secreto sepultura! Dale y cae. ¡Muerto soy! Así estará nuestra traición más segura: caiga despeñado al mar. Tú agora esas puertas junta y solas las tres rompamos candados y cerraduras desta bárbara prisión. Ya la losa que la ocupa se abre porque su centro la horrible boca descubra, por donde en tristes bostezos horrores la tierra escupa. Ábrese una cueva. ¡Qué obscuridad tan funesta! ¡Qué temerosa espelunca! La noche sin duda nace de la boca desta gruta. De haberme asomado a ella los sentidos se me turban, los pies y manos me tiemblan y el cabello se espeluza. La escala está aquí. Porque él ni los otros presuman quién soy, no le he de nombrar: las señas el nombre suplan. Echad la escala. —¡Ah del centro, donde yace en noche obscura muerta la vida más buena, viva la muerte más dura! ¡Míseros presos, oíd, y por esa escala suba el horror del africano a ver del sol la luz pura! Dentro Ricarte. ¡Dejadme subir, franceses! Si es la muerte quien nos busca, quiebre su cólera en mí: muera yo primero. Sale. ¡Mucha es mi turbación! (¡No es este Guido! ¡Grande desventura!). ¿Quién eres, galán francés? Yo soy, bellísima turca, Ricarte de Normandía. No pensando hallar ventura, salí a morir el primero; ya no es hazaña ninguna, porque pretender morir es ley soberana y justa, cuando ha de morir quien muere a manos de la hermosura. Huélgome de conocerte y, aunque otro mi intento busca, estimo el haberte hallado. Mi vida, señora, es tuya. Luego sabrás quién yo soy. ¡Ah de la cárcel profunda! ¡El más galán paladín que ese obscuro centro ocupa salga a ver la luz del sol! Sale el infante. Sí verá, viendo la tuya. ¿Quién eres? Soy el infante Guarinos y es dicha suma, como de aventuras selvas, hallar cuevas de aventuras. (Tampoco es aqueste Guido. ¡Oh, rigor de mi fortuna! Pero desta vez saldrá, que irán las señas seguras). ¡Salga el honor de la lis francesa a esta voz que escucha! Sale Oliveros. Ya el honor de la francesa lis satisface a tus dudas, respondiéndote Oliveros de Castilla. (¡Oh, suerte injusta!). ¿No está Guido de Borgoña en esta cárcel inculta? Sí. Pues ¿cómo no responde cuando mi voz le intitula horror de África y de Francia honor, cuando le articula el más galán paladín? Porque sin fuerza ninguna, agonizando en su sangre, yace en una peña dura, que, como ha de ser después de nobles cenizas urna, en vida se está tomando medida a la sepultura. Calla, y el necio recato ni el necio decoro sufra oír su muerte. Yo misma me arrojaré a esa profunda bóveda a morir con él. Tente, señora, que injurias a nuestro valor así. Cuando no fuera ley justa de caballeros valernos en estos trances y angustias, le libráramos, señora, porque tú de verle gustas. Yo soy su mayor amigo y, así, es forzoso que acuda en la mayor ocasión; con esa antorcha me alumbra. Pero ¿qué es esto que veo? Él, desmayado, se ayuda y, por salir, con la muerte a brazo partido lucha. Sale Guido ensangrentado. Viendo que a ser sacrificios del templo de la Fortuna salís, nobles paladines, no es bien que mi valor sufra veros morir, y vivir; y, así, mi valor procura que, como juntas vivieron, mueran nuestras vidas juntas. Noble Guido de Borgoña, quien a estas horas te busca no viene a darte la muerte; antes tu vida asegura. ¡Oh, bellísima Floripes! Que buscas mi bien no hay duda. Ya, generosos franceses, que aquí la desdicha os junta, quiero que sepáis la causa. Yo soy la princesa augusta del África; a Guido el alma eternas prisiones jura: nada le vengo a ofrecer, pues le doy prenda que es suya. Para curar sus heridas traigo mágicas unturas —ya sabéis cuánto las moras hechizos y encantos usan—. Como la salud le ofrezco, sabe el cielo, que me escucha, que os quisiera dar las vidas de todo trance seguras; mas no puedo, que mi hermano a la luz primera anuncia vuestra muerte. ¿Quién creerá que, cuando Febo madruga a dar una vida al mundo, hoy salga a quitarle muchas? Lo más que os puedo ofrecer son armas; todas las suyas, por ser prodigiosa tanto, esta torre las oculta. Venid donde las heridas de la pasada fortuna curéis y donde os arméis, para que en honrosa fuga os ganéis la libertad, que no es muy pequeña ayuda dar a quien tiene valor su mismo valor y industria. Y sea presto, porque ya el llanto del alba enjuga el sol y doblando el manto de las tinieblas obscuras la noche, como le dobla sin orden y con arrugas, más que doblarle, parece que le aja o le arrebuja. Yo, por quien todos vivimos, es bien que por todos supla la voz; y así... Dentro. ¡Brutamonte! ¿Cúya es la voz que se escucha? ¡Ay de mí, que este es mi hermano! ¡Qué pena! ¡Qué desventura! No sé qué tengo de hacer, que, si me halla aquí, es sin duda que me dé muerte. Señora, ¿pues no habrá por dónde huyas? Que, si con armas nos dejas, hoy en la defensa tuya moriremos. No es posible, que no hay otra puerta alguna. ¿Hay armas? Sí. No temáis, que, si hay armas, bien seguras estáis, que no ha de andar siempre de mala nuestra fortuna. Vanse, y dice Fierabrás dentro. Bárbaro Brutamonte, mira que ya la cumbre de aquel monte, pirámide de nieve, donde en copos de flores el sol bebe, de hermosa luz se baña; mira que ya se riega la campaña con culebras de hielo; mira que ya se deja ver el cielo. Si es que duermes, despierta y a la infausta prisión abre la puerta y ciérrala a la vida de esos de quien el hado es homicida. Sale. Pero ¿qué es lo que veo? ¡Oh, triste horror! ¡Oh, pálido trofeo! ¡Brutamonte a las puertas de la torre, vertiendo por inciertas bocas estas desdichas y congojas! Decidme, plantas, que moristes rojas, si ha sido traición esta. ¿Él muerto; yo llamando sin respuesta? Los presos han rompido la prisión y se han ido. Pero ¿cómo pudieran dejar cerrado el fuerte si se fueran? Más mal hay que sospecho, y es verdad, que el puñal que está en su pecho de Floripes ha sido. Dos veces, ¡ay de mí!, le he conocido: una, porque las señas de la estraña labor no son pequeñas, y otra, porque ya arguyo que, pues me da la muerte, será suyo. ¡Floripes los socorre! ¡Derribaré las puertas de la torre, o en mis valientes hombros, admiraciones dando, dando asombros al cielo y a la tierra, me llevaré la torre y cuanto encierra a que el mar los sepulte y en bóvedas de nieve los oculte, pareciendo arrogante con su fábrica a cuestas elefante que el zafir celestial batir procuro: vivo horror, vivo escollo, vivo muro, que no anhela con menos sed mi fama! En lo alto, Guido, Oliveros, Ricarte y Guarinos. ¿Quién a las puertas de la torre llama? Pues ¿quién (esto a mi miedo corresponde) de la torre a la almena me responde? ¿Quién responder pudiera así, que menos que su dueño fuera? Pues ¿quién su dueño ha sido viviendo yo? El valeroso Guido de Borgoña. ¿Qué quieres aquí? Dinos, ¿qué buscas y quién eres? Porque, si es que has venido embajador para pedir partido a la grandeza mía de parte del gran rey de Alejandría, las puertas te abriremos y de paz en la torre trataremos, que son divinas leyes usar piedad con los vencidos reyes; y, aunque yo pretendía darle la muerte en el albor del día, revocaré por hoy esta sentencia. ¿Dónde a tanto rigor habrá paciencia? Miserable cristiano, ¿cómo pretendes defenderte en vano? ¿Tú en mi casa, en mi tierra armas empuñas y publicas guerra? Tráigote de la tuya prisionero, ¿y quieres en la mía, altivo y fiero, librarte y defenderte? ¡Abre la puerta ya, ríndeme el fuerte, o tú o cuantos su centro contiene habéis de ser cenizas dentro, y la fiera, la ingrata que darme muerte con tu vida trata, entre mis brazos probará el castigo! Tú ignoras cuán segura está conmigo, pues así la amenazas. Nuevos linajes de tormentos trazas. ¿Contigo está Floripes? Si supiera que lo ignorabas, no te lo dijera; mas con las amenazas que le hacías, pude pensar que todo lo sabías, y ya está dicho. (¡Cielos! Ya esto es más que morir, que aquesto es celos). Los cuatro que aquí estamos sus vidas y las nuestras les guardamos. ¿Cómo, si soy volcán de fuego y humo? Yo mar, que me le bebo y le consumo. Yo soy fuego, soy rayo. Yo viento, que con soplos le desmayo. Yo soy rabia, soy ira. Yo furia, que las vence y las respira. Del brazo de la muerte es esta espada, guadaña acicalada con la sangre que vierte. Este es el mismo brazo de la muerte, que manda esa guadaña. Presto veréis cuánto el valor engaña. Presto verás cuánto este nuestro ha sido, que es fuego y hoy revienta de oprimido. ¿Y no hay partidos? Sí. Tu voz los pida. Dejarte que te vuelvas con la vida. Quítanse los cuatro. Pues yo vuelvo con ella a ser ocaso a la mayor estrella. Cuatro la han defendido, y agora el jeroglífico he entendido, porque, blandida, la hoja de mi espada hace cuatro en el aire duplicada y es porque, vuestras vidas hoy rendidas, no cuesten más de un golpe cuatro vidas. Vase, y salen Roldán y Guarín. ¿Ves esa fábrica altiva, Guarín, toda de madera, en cuyo ceño la esfera del sol descansa y estriba, que ni el peso la derriba ni el tiempo lo hace posible? ¿Ves ese monstruo terrible que del agua nace? ¿Ves ese prodigio? Esa es la gran puente de Mantible. El edificio eminente que, no sin fatiga suma, sustenta sobre la espuma esa lóbrega corriente es, Guarín, la excelsa puente, y este piélago que veo correr tardo, triste y feo es, si el ser de cristal pierde, el río del Agua Verde, desatado del Leteo, pues ese campo profundo, que en montes cerúleos yace, con él del infierno nace y, dando una vuelta al mundo, fatal, lóbrego y inmundo en el mar de África muere, que por admitirle adquiere el nombre de Marmihonda, que significar ‘mar honda' en alarbe idioma quiere. Señor, otra vez me di, que no lo he entendido bien: ¿esto que mis ojos ven nace del infierno? Sí. Y ¿quién ha de ir por ahí? Tú y yo, que a aqueso venimos. Pues volvámonos, si hicimos necedad de tanto exceso como haber venido a eso. La palabra a Carlos dimos de llegar con la embajada al campo de Fierabrás. Tú, que esa palabra das, con la tal palabra dada dijiste gran palabrada; yo, que palabra no di, no palabré y desde aquí puedo volverme, que no me entiendo con agua yo verde sin lipis. A ti, Guarín, porque te miré valiente en una ocasión, para esta resolución mi escudero te nombré. Preso tu señor se ve: irle a buscar es honor, y más conmigo. El valor muestra hoy que siempre has mostrado. Ya la ocasión ha llegado de hablar verdades, señor: ¡vive Dios que no ha nacido de mujer, ni hombre engendró, mayor gallina que yo! Por eso licencia pido de volverme. Ya he entendido por qué en ese estremo das, y es que burlándote estás para darme a conocer que sabes menos temer adonde el peligro es más. ¡Cuando no te hubiera visto hacer más notable hazaña que salir a la campaña...! ¡No era yo, votado a Cristo! ¡Qué mal las burlas resisto! Deja las necias quimeras, que es tiempo de hablar de veras. ¡Mil veces me lleve el diablo si de veras no te hablo! Ya del río las riberas piso. Hacer señas es bien al gigante que le guarda. Gi... ¿qué? Pues ¿qué te acobarda? ¿Giganticos hay también sin ser día del Señor? Pues óyeme: ¡plegue al cielo que mil demonios de un vuelo me arrebaten con rigor deste brazo y desta pierna y que me arrastren inquietos por montes y vericuetos de la majestad eterna si ánimo para que aguarde a ver el gigante tengo! ¡Con buen escudero vengo! Bueno sí, pero cobarde. En notable tema has dado. ¿Ves toda esa puente, di, moverse a la seña? Sí. ¿Ves el ruido que ha causado, qué ronca el agua responde, porque al moverse parece que el peso sobre ella crece? Sí. ¿Y ves el gigante donde se estrecha la puente? ¡Horrible aspecto! Temblando estoy. Descúbrese la puente y el gigante. ¿Quién se atreve a pasar hoy la gran puente de Mantible? Yo no. Yo soy, valeroso Galafre, un gran mercader. Vengo al África a vender todo un tesoro precioso de las piedras que el sol cría, para estrellas de su frente, en las Indias del Oriente, cuna donde nace el día, porque en mil reyes jamás a quien su riqueza enseño no ha habido para ellas dueño, sino el grande Fierabrás. Aquí las traigo; mi gente aquí detrás se quedó, y heme adelantado yo para que esté abierto el puente. Déjame pasar a mí y a este criado primero, que con la gente que espero viene el feudo para ti que se debe de pasar el puente. Ya habrás sabido lo que es... De todo advertido vengo. ...porque me has de dar una gallarda doncella. (No podrá, eso es cosa llana, que ya cualquiera es pavana). La que te traigo es muy bella. (¿Tráesla en letra? Calla, necio, que así le pienso engañar porque nos deje pasar). Luego, por segundo precio, me has de dar un bello esclavo. (Huélgome que dijo «bello» y que yo no puedo sello, que soy feo por el cabo). También viene. Dos quintales me has de dar de plata y oro. Todo viene en mi tesoro de mis piedras orientales. Pues entra, que, aunque el primero eres que entró sin pagar, de ti lo sabré cobrar. ¿Ya no te digo que espero mi gente? (¡Lance terrible! Sube y no temas, Guarín, que ya estamos dentro, en fin, de la puente de Mantible). Tente tú. Ya estoy tenido. ¿Qué es esto? Quede el criado en el rescate empeñado. (Mejor dijeras vendido). Norabuena; allá te espero. (Menos Guarín importó que dejar de pasar yo). Vase. Si no vienen, escudero, hoy mi manjar has de ser. Aunque andes conmigo franco, no seré tu manjar blanco; pero conviene saber si es que los gigantes son moros. Sí. Pues no podré ser yo tu manjar. ¿Por qué? Porque yo soy un lechón. Mas deja que a mi señor hable, que trae dos doncellas y importa saber cuál dellas se te ha de dar. La mejor; en eso no hay qué dudar. (En toda mi vida he hallado gigante más despejado). Pues déjame preguntar cuál esclavo te daré de dos que vienen allí. El que me agradare a mí. (¡Ah, buen gusto, en buena fe!). Pues fuerza es irle a buscar, porque lleva del tesoro la llave, y la plata y oro que aquí se te ha de entregar está cerrada. Romper el arca. (Él es, con buen modo, gigante sánalo-todo. Hoy su manjar he de ser, ya que mi suerte cruel me trae de escudero andante a ganapán de gigante. ¿Y he de caber dentro dél?) (El cristiano está temblando; mas ¿qué mucho, si me mira y de mi aspecto se admira? Y yo estoy imaginando que con dejarle podré cobrar estas dos doncellas y, quedándome con ellas, una a Fierabrás daré, pues ya sé que vienen dos, y la otra será mía). ¿Bien quisieras este día irte de aquí? ¡Sí, par Dios! Pues vete, que yo diré a tu gente, cuando llegue, que tu rescate me entregue. Dices bien. (Y en buena fe que el gigante es convenible). Vete; el verme no te espante. (¡Mamola el señor gigante de la puente de Mantible!). Vanse. Ciérrase el puente. Suenan cajas y trompetas. Sale Fierabrás y soldados. Cesen de cansar el viento las músicas militares. Ya que a postrar esa torre encantada no es bastante mi poder, porque la asisten espíritus infernales que en su fábrica asistieron al astuto nigromante, su arquitecto, y ya que veo que ni el furor la combate, que ni el fuego la consume ni la deshacen los aires, postrar y vencer presumo su defensa inexpugnable con la más fácil conquista que tal vez previno el arte para templar lo difícil el remedio de lo fácil: ni una escala más se arrime a su muro de diamante ni a sus doradas almenas una flecha se dispare —sean prisión las aljabas de las venenosas aves que con almas y sin vida fueron lisonja del aire—, y en estas verdes alfombras en quien el céfiro hace, para que duerma el aurora, lechos de esmeralda en catres de cristal y pabellones de las copas de esos sauces, me dad de comer, que quiero —siendo mesa todo el valle, aparador todo el monte, en cuya vista agradable las copas de plata y oro y las bebidas suaves han de ser fuentes y flores porque se diga que nacen, para servirme a mí, juntas las copas y los cristales— comer hoy porque me envidien estos sitiados amantes, pues su valor invencible tengo de postrar al hambre. Aquí no llega el encanto, que contra las naturales pasiones no tienen fuerza el conjuro ni el carácter. Tántalos de sus desdichas, viendo la fruta delante, han de ser, porque así quiero hacer sus penas más graves. Perdone el amor agora desatinos semejantes, que, en llegando a estar celoso, deja uno el ser amante. Ponen las mesas en el suelo y siéntase a comer Fierabrás y cantan músicos. Ya las mesas están puestas. Pues servidme los manjares más costosos y, porque envidien más, se derrame todo el ejército y todos coman y músicos canten. La reina de Alejandría, la bellísima Floripes, en la torre del encanto sitiada por hambre vive. Salen al muro Floripes, las damas y caballeros. Todo es lisonjas el viento. ¿Qué confusas novedades cajas y trompetas mudan en músicas agradables? Sabiendo que por las armas este bárbaro no alcance la vitoria, así pretende vencernos. Ya al muro salen. ¡Ah de la torre de amor! Si es verdad que los amantes viven con verse no más, no habréis sentido que os falten estas viandas que yo estoy echando a mis canes. ¡Digno precio es de la vida, caballeros, este ultraje! ¡No se diga que encerrados supimos morir cobardes y no morir animosos en campaña en duro trance, pues mejor yace el francés que envuelto en su sangre yace que el que en brazos de su dama se deja morir de hambre! ¡Salgamos, pues, a ganar de su ejército el bagaje y a traer socorro a la torre! ¡Dios os lo lleve adelante! Y nosotras guardaremos en vuestra ausencia constantes la torre y, por si la noche os cogiere en el combate, el nombre ha de ser «amor», y en el último remate de la torre estará Irene dando voces a los aires para que no la perdáis. Vamos a armarnos, que es tarde. ¡El cielo os lleve con bien! ¡Dios os guíe! ¡Dios os guarde! Quítanse de la torre y sale por abajo Roldán. Dile al gran rey que está aquí Roldán. Espera a esta parte. Sale Guarín. Camino de Fierabrás tanto anda el caminante cojo como el sano. ¿Cómo del gigante te libraste, Guarín? ¡Linda flema es esa! Pero ¿agora, señor, sabes que yo desde tamañito soy un engaña-gigantes? Y doy por bien empleado todo el susto de endenantes por haber llegado a ver un país tan agradable. ¡Pues todos comen, comamos!, que es ser muy desconversables en una conversación no hacer lo que todos hacen. ¡Pero aqueste es Fierabrás! Llegar, Roldán, puedes. Salve, grande rey de Alejandría. Regina, grande almirante de África. Vengáis con bien, cristianos que el cielo guarde. No te habrá tu mensajero dicho quién soy, pues no haces más caso de mí. Ya sé que eres el señor de Anglante y que te llamas Roldán. Pues, supuesto que lo sabes, convidarasme a comer, quiero el trabajo escusarte y sentarme yo. (Yo y todo, que no quiero que trabajen en decirme que me siente los señores Fierabrases). Por saber a lo que vienes te he sufrido que arrogante te muestres en mi presencia y porque quiero que, antes que mueras, sepas, Roldán, de la suerte que los pares de Francia en África viven, que fuera dicha muy grande morir sin verles morir. ¿Qué es morir? ¿Ves ese atlante de metal? ¿Ves ese monte de bronce, aquese arrogante promontorio de madera, ese cáucaso de jaspe, ese gigante de piedra que viste africano traje tan al propio que las nubes son tocas de su turbante y, porque insignia de rey en su tocado no falte, la media luna del cielo se le pone por remate? ¿Ves esa fábrica altiva, cuyo soberbio homenaje con la frente abolla el cielo, con el bulto estrecha el aire? Pues ni es monte, ni edificio, ni coluna, ni gigante; sepulcro sí, y monumento, urna sí, y túmulo infame donde enterrados en vida cuatro paladines yacen al cuchillo de madera de la sed y de la hambre, tanto que, rendidos ya a sus fatigas, no saben cómo con alma y sin vida pueda un hombre ser cadáver. Pero, aunque tantas desdichas lloren, no podrán quejarse de que con ellos he sido más cruel que con mi sangre, pues también muere con ellos Floripes, mi hermana. ¡Dadme paciencia, cielos! ¡A mí me la den para escucharte! Mas, supuesto que he llegado a tiempo que puedo darles socorro, ¡por san Dionís que tu mesa he de llevarles como está, para que coman, cogidos por cuatro partes los manteles! Sacan las espadas. ¡Hoy tu muerte verás! ¡Y, si mucho me haces, les he de llevar también tus criados y tus pajes que les sirvan, y también los músicos que les canten! ¡Tu muerte verás primero! Salen de la torre los paladines. ¡Las puertas del fuerte abren y todos los paladines a darte batalla salen! ¡Cualquiera intente ganar mil despojos de su parte para volver a la torre! ¡No temáis, que a vuestra parte está Roldán! Hoy el cielo te trujo a que nos ampares. ¡Viva Francia! ¡África viva! ¡Hoy con la francesa sangre los tesoros del abril tendrán más precioso esmalte! (Jamás me vi bien sentado en fiesta o banquete grande que al momento no viniese el demonio a alborotarme.) Dase la batalla y toma cada uno lo que puede de la mesa. Éntranse peleando y sale Floripes. Ya la noche, aborrecida del sol, que su luz ofende, las negras alas estiende haciendo sombra a la vida, de luto y horror vestida; ya el sol entre luces bellas muere, pareciendo en ellas parasismo su arrebol; ya del cadáver del sol cenizas son las estrellas, que, en sus rayos derramado, en sus luces dividido, es un planeta partido, es un dios multiplicado: como un espejo quebrado finge varios tornasoles, así el sol, entre arreboles, aunque exequias se celebra, no muere, sino se quiebra, pues nos deja tantos soles. Y para la pena mía la muerte treguas no hace: llanto soy desde que nace hasta que fenece el día. Desde que la noche fría baja hasta el aurora lucho conmigo: mi esfuerzo es mucho, pues tan constante peleo de día con lo que veo, de noche con lo que escucho, si bien parece que ya puso a la contienda fin la noche; solo un clarín voces a los vientos da: llamando a su gente está. Y, pues la nuestra no tiene clarín de metal que suene mandándoles recoger, vivo clarín has de ser de nuestro ejército, Irene. Desde esa torre en que estás, temerosas y veloces el viento lleve tus voces, que le atemoricen más. Un norte vocal serás: pues la campaña cubierta de sangre ser mar concierta, tu voz los atraiga a ti, que yo a quien viniere aquí le defenderé la puerta. Irene en lo alto. El manso viento que corre mi voz lleve a los confines. ¡A la torre, paladines! ¡Caballeros, a la torre! La fortuna me socorre, pues he sentido rumor. Sale Ricarte. Despojos de mi valor traigo. ¿Esta es la torre? Sí, pues la voz de Irene oí. ¿Quién va? Sí es. ¿El nombre? «Amor». (¿Cómo le podré negar el paso, si amor aguardo?). ¿Quién eres, francés gallardo, que aquí pudiste llegar a dar vida, de matar? Soy, bella afrenta del día, Ricarte de Normandía; por aliviar tus enojos vengo rico de despojos. (¡Ay, loca esperanza mía!). ¿Dónde está Guido? No sé. Aunque al principio le vi, en la guerra le perdí, porque tan trabada fue que nos dividió. Porque muera yo entre asombros fieros, Irene, con lisonjeros ecos su vida socorre. ¡Paladines, a la torre! ¡A la torre, caballeros! Salen el infante y Roldán. Bien la voz nos ha traído, imán de nuestro valor. ¿Quién es? «Amor». Si es amor, él sea muy bien venido. ¿Guido? No es, señora, Guido; un infante esclavo soy, que desperdicios te doy de una mesa. (¡Pena estraña!). ¿Quién es el que te acompaña? Un cierto cautivo que hoy te sirve. El señor de Anglante, Roldán, el que miras es. Y el que se pone a tus pies porque al cielo se levante. Tú a parar serás bastante de la fortuna la rueda. Permite que te conceda este don que te he traído. Sí, mas ¿dónde queda Guido? ¿Dónde el de Borgoña queda? En la guerra le perdimos de vista. Pues ¡ay de mí! ¿Eso me dices así? Salen Oliveros y Guarín. Errados, Guarín, venimos. Y aun clavados, pues sentimos los pasos. ¿Que no termines de una torre los confines? No, mas voz al viento corre. ¡Caballeros, a la torre! ¡A la torre, paladines! Esta es la seña; ya estamos cerca della. Llega, pues. O me miente mi deseo, fantasmas al parecer o vienen dos. En llegando te suplico que me des a conocer esa dama que debéis tanto. Sí haré. Llega conmigo, Guarín. ¿Quién va? «Amor». Pase. ¿Quién es? Oliveros soy, señora. ¡Ojos, albricias tenéis, que si a Ricarte, a Guarinos, Roldán y Oliveros veis, el príncipe de Borgoña por fuerza ha de ser aquel, que quien su amigo no fuera no llegara aquí con él! —Ya, Irene, no llames más, que todos juntos se ven. —Vos seáis muy bien venido, mi dueño, señor y bien, a dar nueva vida a un alma a cuya lealtad y fe qué de lágrimas costáis, qué de suspiros debéis. (¿Qué es lo que escucho? ¡Por Dios que no he llegado otra vez a país tan agradable! ¡Puestas las mesas se ven a mediodía y de noche cama y moza! Si así es la tierra del Fierabrás, Fierabrás me quedo a ser). Pues ¿no merezco respuesta? ¿Cómo no me respondéis? ¿Más me queréis dilatar este gusto, este placer? Dadme los brazos. Los brazos es lo menos que os daré, que pienso daros... ¿Qué escucho? Hombre, ¿quién eres? Mujer, quien tú quisieres que sea. Dime, Oliveros, ¿quién es este hombre? Un escudero de Guido. ¿Y dónde está él? ¿No ha venido? No ha venido. En la guerra me empeñé y, aunque al principio le vi, no le volví a ver después. ¡Ay, infelice de mí! ¡Irene, el paso detén! Mira que mi vida falta; vuelve a llamar otra vez. Si a Guido habemos perdido, caballeros, triste fue la salida, pues compramos por un precio tan cruel la vida de cuatro días. ¡Qué poca razón tenéis en decir que le perdistes! Paladines, no os quejéis, pues yo sola le he perdido. ¡Ay de mí, cielos! ¿Qué haré? ¡Oh, gallardos paladines, honor del lirio francés, buena cuenta me habéis dado de un alma que os entregué! Roldán, ¿dónde vuestro primo quedó? ¡Habladme, responded! Oliveros, ¿dónde está vuestro amigo el más fiel? Ricarte, ¿dónde dejáis aquel vuestro deudo? Aquel compañero, ¿dónde queda? Guarinos, ¿no respondéis? Hacéis bien en callar todos por no engañarme otra vez, pues todos me habéis mentido, todos me engañastes, pues al llegar a aquesta torre, cuando el nombre os pregunté, todos dijistes «amor» y ninguno dijo bien. Si calláis por no decirme que murió, mirad que hacéis mayor mi pena, pues ya muero de una y otra vez. Hidrópica de desdichas, tengo dellas tanta sed que quiero agotarlas todas por morirme de una vez. No podréis decirme todos más de lo que yo me sé, porque ya le he visto, ya, dentro de mí misma hacer piélagos de undosa sangre, siendo su acero el desdén del noto cuando sacude las espigas de una mies. Aquí derriba, allí mata y son ruinas de sus pies las vitorias de sus manos. Ya desmayado se ve, despedazado el escudo, mal guarnecido el arnés; entre alarbes enemigos baja sin tino y sin ley; ya bañado en polvo y sangre cayó dando el rosicler en cada gota un rubí y en cada perla un clavel. Pues, si yo le he visto ya en tal desdicha, ¿por qué todos lo queréis negar? ¿No es peor, franceses, que me deis carrete a la vida muriendo una y otra vez? Dadme, pues, por nombre «muerte» y no «amor», y acertaréis, porque es muy tirana acción, porque es piedad muy cruel que todos digáis «amor» y ninguno diga bien. Señora, si tu desdicha —y la nuestra, pues ya es tan una— remedio tiene, fíale de mí. Yo iré al campo, y aquí te doy palabra de no volver sin Guido. Todos la damos, y de no volver sin él vivo o muerto. El homenaje te prometemos a ley de Francia. A darme la vida vais. Alá os lleve con bien, y el nombre, cuando volváis, sea «amor», si le traéis vivo, y, si muerto, «fortuna», porque no escuche otra vez que todos digáis «amor» y ninguno diga bien. Tercera Jornada Suenan trompetas bastardas y cajas destempladas y sale Floripes arriba en la torre. No acabó con la pálida tristeza de la noche la injusta pena mía, pues con el día a proseguir empieza: ¡oh, plega a Amor que acabe con el día! La voz primera, que la ligereza del viento lleva, es fúnebre armonía de ronca caja y de bastarda trompa, que el viento hiera y que los cielos rompa. Si estos, pues, los anuncios son primeros y de mal en peor van mis enojos, ¿cuáles serán, ¡oh, cielos!, los postreros? Fuentes perennes llorarán mis ojos. Mas ya evidencias son, no son agüeros, los que el campo me ofrece por despojos, pues miro que un entierro en forma marcha al profanar de la primera escarcha. ¿Un cadahalso en el campo? ¡Triste caso! ¿Roncos los instrumentos? ¡Dura suerte! ¿Vueltas las armas? ¡Estupendo paso! ¿Las luces desmayadas? ¡Lance fuerte! ¿Arrastrar las banderas? ¡Gran fracaso! ¿Acercarse hacia mí? ¡Tirana muerte! ¿Evidencias no son, vista importuna, del postrer parasismo de fortuna? Tocan cajas destempladas y salen, arrastrando banderas, sol- dados moros en orden y luego Guido de Borgoña, atadas atrás las manos, cubiertos los ojos con una banda negra, y a la postre Fierabrás. ¡Ah de la torre, que hoy de amor se llama y del encanto ayer!, si bien el nombre no mudó ni el sentido ni la fama, que encanto es la hermosura para el hombre y, si vive encantado el hombre que ama, no será bien que la mudanza asombre, que el mismo nombre tiene o monta tanto, pues sinónomos son amor y encanto. Decid a esa hermosura aborrecida, a esa luz de mi esfera desatada, estrella de mis rayos desasida, fuerza de mi poder tiranizada y mitad de mi alma y de mi vida, si bien en ella está mal empleada, a Floripes decid —mi pena es mucha— que me escuche a esa almena. Ya te escucha no, Fierabrás, la desasida estrella, aborrecida luz ni despreciada, no aquella de tu ser mitad, no aquella de tu imperio deidad tiranizada, aquella, sí, virtud más pura y bella, aquella, sí, beldad más celebrada, después que se ha negado a tus desdenes. Floripes, pues, te escucha; di, ¿a qué vienes? Vengo a que sepas hoy en tus desvelos, vengo a que sepas hoy en tu mal fuerte cómo mi muerte da muerte a mis celos, si muerte puede haber para la muerte. Este que ves en tantos desconsuelos sacrificio del hado y de la suerte, este que miras en miseria tanta, ya el funesto cuchillo a la garganta, es Guido de Borgoña, este es tu amante. Y, porque más de mi rigor se crea, le traigo a que, teniéndole delante, el suyo y tu dolor distinto sea: tú has de verle, él no a ti, porque bastante será a morir felice el que te vea, y habéis de padecer dos una muerte: tú con verle morir y él con no verte. Marcha al cadahalso con la pompa agora del entierro feliz que le apercibo, que vengarse en su honor mi honor ignora y las exequias le celebro vivo. Tú, Floripes, padece, siente y llora, pues yo siento, padezco y lloro altivo; tú me das celos, yo te doy rigores: diga el amor qué penas son mayores. ¡Espera, aguarda, bárbaro homicida! ¡Aguarda, espera, bárbaro inhumano! (Mas de injurias no es tiempo; enternecida le he de obligar). ¡Ah, Fierabrás! ¡Ah, hermano! ¡Ah, rey, dueño y señor de aquesta vida! Mira que está pendiente de tu mano el alma que quisiste y adoraste; por lo que he sido, a enternecerte baste. Nunca el noble que amó cubrió de olvido tanto el pasado amor, que siempre deja el fuego señas de que fuego ha sido. Mis suspiros, mis lágrimas, mi queja te muevan. Áspid soy: cerré el oído. Pues tanto de mi voz tu amor se aleja, eres vil, eres monstruo, eres tirano; ni mi rey, ni mi dueño, ni mi hermano. Y antes que yo la muerte suya vea, has de ver tú la mía; y, pues el hado tan en mi daño su poder emplea, muera con él mi amor desesperado. ¡Seguidme, pues, Irene, Arminda, Astrea! Vase, y salen los caballeros. La ocasión a las manos ha llegado. ¡Ea, fuertes franceses! Pues ¿qué es eso? Nosotros, que venimos por el preso. ¿De dónde habéis salido? ¿Por ventura hombres armados ese monte encierra? Cuando a un muerto francés doy sepultura, ¿con cinco vivos me pagó la tierra? Mas ya sé lo que próvida procura, que, como vivos nunca los entierra, aquí me los ofrece todos juntos para que se los vuelva yo difuntos. Discursos han sido vanos los que la lengua primero articula que el acero. ¡Pues hablen, francés, las manos! Éntranse peleando y dejan solo a Guido. Aunque me ciegan los ojos los lazos de mi tormento, la luz del entendimiento no han cegado sus antojos. Por las mal distintas voces y el mal formado ruido de las armas, he entendido que, animosos y veloces, sin mirar en intereses, intentan librarme fieros mis gallardos caballeros, mis generosos franceses. ¡Quién deste lazo inclemente librarse hubiera podido y, a la luz restituido, desesperado y valiente vendiera su vida, ah, cielos, a precio de muchas! Prueba a quebrar las cuerdas y no puede. ¿No puedo desatarme yo? ¡Monstruo soy de fuego y hielos! Vivo y muerto de una suerte voces a los vientos doy y en apelación estoy de una sentencia de muerte. Sale Floripes y las turcas. ¡Ea, valerosa Astrea, divina Irene y Arminda! A darme venís la vida; hoy vuestro valor se vea. Ya nuestra gente acomete y, como lid han trabado, aquí el preso se han dejado sin guarda alguna. El copete nos ofrece la ocasión; sígueme, Guido. ¿Qué es esto, que en nueva duda me ha puesto mi ciega imaginación? ¿Quién me ha nombrado? Después, que no es tiempo, lo sabrás. ¿Aun quieres que dude más, fortuna? Pero no es cuerda duda, pues, si fuera de mi gente, cosa es clara que tanto no dilatara nueva que es tan lisonjera. Ya el fin de mi vida vi con aquestas señas yo: a morir voy, pues salió la sentencia contra mí. Vanse, y sale Guarín corriendo. ¡Ah, señoras! Pues ¿no habrá una que quiera dolerse de mí? ¡Esperad! Ya cerraron. Aunque vine diligente a retirarme con ellas, tardé. ¡Que jamás viniese yo a buen tiempo si no es que se repartan cachetes! Trabada anda la batalla. ¡Oh, quién boleta tuviese para algún balcón del cielo en fiesta que es tan solene! ¡Porque hay cuchillada tal que a un turco rollizo hiende por la cinta, y es la espada de tan lindo corte y temple que se le vuelve a dejar tan en pie que no parece que pasó! ¡Tajo hay que empieza a cortar desde la frente y hasta el ombligo no para, dejando al moro paciente hecho un águila de Roma con un cuello y dos golletes! En dos mitades a un turco partió Roldán por las sienes y, aquí el pecho, allí la espalda sobre láminas de un césped, nos dio a entender que eran dos hombres de medio relieve. Dentro Fierabrás. ¡A ellos, alarbes, que ya cobardes la espalda vuelven! Salen los caballeros. Retirarnos es forzoso, porque todo el mundo viene sobre nosotros. Llevemos a Gui de Borgoña al fuerte y amparémonos en él. Aquí quedó y no parece. Pues ¿qué habremos adquirido si la presa se nos pierde? Mejor dijerais el preso; mas eso fuera a no haberle retirado yo a la torre con solas cuatro mujeres que salieron a ayudarme. Eres leal y valiente. ¡Mucho! ¡Mucho! ¿Eso es verdad? Dentro está. ¡Qué nueva alegre! ¿Mujeres le retiraron? Venid, que no será este el primero que retiren. Yo sé de alguna que tiene retirados por aldeas mil príncipes excelentes, pobres y llenos de pleitos, que así medra quien bien quiere. Vanse, y sale Floripes y damas y Guido vendado y atado. Ya que del temor segura, noble Guido, de perderte estoy, es tiempo que aquí conozcas lo que me debes. Desátale y descúbrele. ¡Válgame el cielo! ¿Qué miro? ¿Qué dudas? ¿Qué te suspendes? Dudo mis dichas, señora, que, como tan pocas veces las vi el rostro, no observé de su rostro las especies y suspéndome en pensar si son ellas. ¿Qué resuelves de esa suspensión y duda? Que sí, que es fuerza que fuesen mis dichas las que mis pasos guiaron a hablarte y verte. Dame mil veces los brazos, que, por si es fingido este bien, antes que de mis ojos desvanecido se ausente, tengo de lograrle. Abrázanse. Agora, ¡mas que del sueño despierte!, ¡mas que de mis brazos huya!, y ¡mas que venga mi muerte! ¡Oh, a costa de cuántos riesgos la vida, Guido, me debes! ¿Qué es lo que me dices? ¿Yo te debo la vida? Eres ingrato si aquesto niegas. No tal, que, si bien lo adviertes, tú no me has dado la vida; solo el modo de la muerte mejoraste: esto te debo y no más. Pues ¿de qué suerte? Yo iba a morir, es verdad, entre bárbaros crueles y allí el pesar me mataba de morir, mi bien, sin verte. A darme la vida tú saliste, hermosa y valiente, y trujísteme a la torre, donde tu hermosura viese, y aquí me mata el placer; luego la vida no debe el que de pesar moría y agora de placer muere, pues tan muerte es la que dan pesares como placeres. Bien sabes desobligarte, Guido, por no agradecerme las finezas. Mas ¿qué es esto? Salen los caballeros. La puerta abrieron. Mil veces a todos nos da los brazos que nuestra amistad merece. A muchos debo la vida y he de ser forzosamente ingrato, que a solo un dueño la he de dar. Nada le ofreces, porque, aunque todos pelean y todos la empresa vencen, los prisioneros después solo son de quien los prende; y, así, aunque todos salimos a librarte y defenderte, pues Floripes te ganó, solo de Floripes eres. Y, galán en buena guerra ganado, ninguna tiene derecho contra ti, pues, cuando otra alguna te lleve, te podrá sacar por pleito, que, si por armas te adquiere, eres amante peculio, castrense o cuasi castrense. Ya que otra vez, paladines, nos ha juntado la suerte, discursos de una mujer escuchad atentamente, siquiera por ser primeros. Ya veis que el hado inclemente tan poco lugar permite a los sucesos alegres que apenas deja mirarlos cuando de vista los pierde; apenas darnos podemos de un suceso parabienes cuando pesares de otro nos amenazan y advierten. Hidras las desdichas son —mil nacen donde una muere— y, en parecerse a sí mismas, ya las desdichas son fénix: una es heredera de otra y tantas a una suceden que siempre de sus cenizas está el sepulcro caliente. Tratemos de remediarnos, porque vivir desta suerte es imposible. Ya estamos entre fortunas crueles otra vez sitiados; ya volvimos a la inclemente ruina pasada. ¿Qué alivio tenemos que nos consuele? ¿Qué esperanza que nos valga? ¿Qué poder que nos remedie? El más osado peligro lo más que ofrecernos puede es un día más de vida y, este pasado, se vuelve a quedar la duda en pie. Juntemos los pareceres nuestros y búsquese un medio, a pesar de inconvenientes, con que de una vez salgamos de morir de tantas veces. ¿Quién el relámpago vio, culebra de fuego, sierpe de vislumbres escamada que el aire ilumina y hiere, que no previniese el rayo? ¿Quién en montañas de nieve vio levantarse huracanes, gigantes de espuma débil, que a la prevista tormenta reparos no previniese? ¿Quién vio encapotarse el sol con nubes que le escurecen que para la tempestad no solicitase albergue, cortesano de una choza o de un tronco hueco huésped? Pues ya el relámpago vimos brillar entre nubes leves, pues ya vimos la tormenta amenazar con desdenes y vimos la tempestad prevenir iras crueles, reparémonos de todos, porque morir desta suerte a manos de nuestro miedo es flaqueza que no tiene disculpa, bien como aquel que, huyendo de quien le viene a matar, se mata él mismo, como si morir no fuese morir uno de cobarde tanto como de valiente, y quizá, si se ayudara del valor, diera la muerte a quien se la quiso dar, que es la fortuna accidentes. Yo estoy dispuesta a seguiros, porque no hay inconveniente que rinda tan firme amor, que fe tan pura sujete; en la vuestra he de morir, de Guido esposa, si quiere el cielo que con un bien tantos pesares descuente. No quedemos sospechosos con este escrúpulo, este recelo de que no hicimos cuanto pudimos valientes, y mirad cómo ha de ser, que yo, altiva, osada y fuerte, no me he de dar a partido a la fortuna inclemente, pues la he de esperar, constante, vista a vista, frente a frente, cara a cara, cuerpo a cuerpo, porque así viva quien vence. Aunque yo callar pudiera donde todos hablar pueden, como mejor informado de todo lo que sucede en África y fuera della, quiero, señora, atreverme a tomar esta licencia. Carlo Magno con su gente en Aguas Muertas está y piadoso no se atreve a combatir y postrar aquel prodigioso fuerte, porque en los presos tu hermano rabia y cólera no vengue. A tratar partidos vine; el poco efeto que tiene mi embajada ya lo ves; repetirle no conviene. Digo, pues, por ir al caso, que, si avisarse pudiese al emperador de cómo vivimos y él emprendiese ganar el fuerte, era fuerza que las fuerzas divirtiese de tu hermano, siendo entonces más flacas y menos fuertes. Esta es la razón de estado más práctica; lo que tiene de dificultad agora es cómo avisarse puede a Carlos. Pues que tú diste el consejo, me parece que yo podré dar el modo. Escuchad: pues en el fuerte tenemos tantos caballos, el más veloz se aderece y, armado de todas armas, uno de nosotros muestre su valor saliendo al campo y no a vencer como suele, sino a huir, porque tal vez por más vitoria se tiene. Con industria y con valor pase de Mantible el puente y avise a Carlos de todo. Pues uno el consejo ofrece y otro el arbitrio, a mí agora dar algo me pertenece y, así, doy el caballero que ha de salir. Pues ¿no adviertes que todos por mí arriesgastis la vida y es bien que arriesgue también la vida por todos? Yo es justo que a los dos medie saliendo yo. Yo he venido con la embajada y conviene que vuelva con la respuesta, que son estilos corteses que con la respuesta vuelva quien con el recado viene. ¿Y qué dijera de mí quien de mi valor creyese que supe dar el consejo y que no supe emprenderle? ¡Bueno fuera que el hablar me tocase solamente y el hacer a otro! Yo os compondré. Cuanto intentes obedeceremos todos. ¿Quién dices? Que se echen suertes digo; así, a ninguno agravio, pues que saldrá el que saliere. Dices bien. ¿Cómo ha de ser?, que ni aquí tinta se ofrece ni dados. Yo os lo diré: esta cinta partes breves haced, tantas como sois, y a tomar cada uno llegue un cabo, estando en mis manos todos, y aquel que escogiere Floripes, ese saldrá. Parten la cinta con una daga y cada uno da su parte a Irene. (¿Ven todos vuesas mercedes cuánto estos nobles monsiures, atrevidos y valientes, intentan el salir? Sí. ¿Ven también que no me meten en la danza y que me estoy, como un novicio obediente, sin hablar y sin paular? Sí. Pues ¡el diablo me lleve si, sin ver la suerte yo, no me tocare la suerte!). Llega, señora, y un lazo destos toma, porque ese ha de salir. (¡Ay de mí! ¡Quién adivinar pudiese cuál es el de Guido! Y no para elegirle y tenerle, sino antes para dejarle, que hay caso en que Amor ordene que, por haberle escogido, he de dejar de escogerle). Este elijo. ¿Cúyo es? El mío. (¡Ay de mí!) ¡Qué fuerte es mi estrella! ¡Que en mi vida nada bien me sucediese! Vanse los dos. ¡Qué desdichado he nacido! Vase. ¡Triste voy de que otro fuese! Vase. En tanto que me despido, Guarín,... (Ahora va.) ...prevente, que a las ancas del caballo has de ir. ¿Yo adarga viviente? Pues ¿entré en las suertes yo? No es tiempo de burlas este. Ya se ve que es muy de veras, pero yo, señor, advierte que ir no puedo, porque tuve con el gigante del puente ciertas palabras mayores. Ya te digo que me dejes. Vase Guarín. Quedan solos Guido y Floripes. Floripes, leyes de honor son más que divinas leyes, que obligaciones del gusto en un noble pecho vencen. Sabe el cielo que mi vida es tuya y sabe que siente vivir sin ti; mas sin ti no vive, no, sino muere. A darte voy libertad. ¡Ay, Guido, lo que me debes! ¡Ay, Guido, lo que me cuestas!, que aun de burlas no consiente amor que yo elija otro. Esa es mi suerte dos veces. No digas que suerte ha sido la que mi mano te ofrece, pues era fuerza que yo entre todos te eligiese y lo que hubo de ser fuerza no es bien que se llame suerte. Suerte con razón la llamo, pues me pesara de verte nombrar a otro —dejo aparte el valor—, pues me parece que solo de que tu mano tocara la línea breve de una cinta, cuyo estremo ajena mano tuviese, bastara a matar de amor, porque hay venenos tan fuertes que a un valle se comunican de hoja verde en hoja verde y pudo por el contacto dilatarse y estenderse veneno de amor, porque es tu mano un áspid de nieve. Correspondan las finezas ausente como presente. Siempre será tuya el alma. Y mi vida tuya siempre. Quédate a Dios. Él te libre. Él te guarde. Y él te lleve con bien. (¡Oh, qué mal se ausenta un hombre de lo que quiere!). (¡Oh, qué bien una partida dice lo que el alma siente!). Vanse, y salen moros huyendo y Fierabrás enojado tras ellos. ¡No me quede aquí ninguno, canalla cobarde y vil, que no es blasón oportuno que acometan a cien mil y pelee solo uno! Si todos habéis de huir y dejarme en la ocasión, solo me podéis servir de quitarme la opinión, para que puedan decir los franceses que han vencido un ejército arrogante; y, pues que yo solo he sido quien los esperó constante, quien los aguardó atrevido, vivo yo, que he de quedar solo y que solo he de dar con sola mi vista guerra a los cielos y a la tierra, al viento, al fuego y al mar. Vanse los moros. No ha de quedarme en el fuerte piedra sobre piedra alguna, aunque le pese a la suerte, aunque llore la fortuna y aunque lo sienta la muerte. Yo era un caudaloso río que en brazos me desangraba y, como del valor mío valor a todos prestaba, no era tan grande mi brío. Ya mis raudales junté; solo estoy, solo seré corriente más fuerte hoy. Y, pues que tan solo estoy, salid al campo porque no perdáis, nobles cristianos, la vitoria de morir a tan generosas manos; mas, si salís para huir, serán mis intentos vanos. Dentro ruido. ¡Vive Alá que me temieron hoy como solo me vieron!, que las fieras cada día no dieron en compañía el pavor que solas dieron. Bien se ve, pues quien salió igual pareja corrió con el aura lisonjera y en medio de la carrera tan atrás se la dejó que publica sin aliento, que confiesa con desmayo, que aquel prodigio violento, si hay rayo con alma, es rayo, si hay viento con cuerpo, es viento. ¿Quién será aquel caballero? ¡Oh, quién pudiera alcanzallo! En el monte se entró; pero de las ancas el caballo ha arrojado el escudero y, del monte despeñado, a la alfombra que en el suelo el abril ha matizado se cayó. Sale rodando Guarín. ¡Válgame el cielo! ¿Qué es aquesto? Haber rodado. Quién eres... ¿Aquesto hay más? ...me di luego y con qué fin sales hoy y dónde vas. Yo, señor don Fierabrás, soy el bárbaro Guarín; de Gui de Borgoña soy escudero. Con él voy, porque pretende arrogante avisar al imperante de las fortunas que hoy padecen, porque con guerra, entrándose por tu tierra, divierta el poder y así puedan escapar de aquí esos que esa torre encierra. Y tanto mi pecho labras que, antes que la boca abras, satisfago a tus preguntas: mira qué de cosas juntas te he dicho en cuatro palabras. Calla, no me digas más,... No haré. ...que muerte me das. ¿Avisar a Carlos quieren de sus penas? Pues no esperen verse sin ellas jamás. ¿Y cómo piensa pasar Guido el puente? ¿Qué sé yo? ¿Quién el feudo le ha de dar? Roldán pagado dejó cuando aquí pudo llegar. Si aquí estoy, bien puede ser que embista con su poder Carlos el puente; si voy a guardarle, paso doy a los presos. ¿Qué he de hacer? Mas, pues estoy tan seguro que ellos no salgan de aquí, guardar el puente procuro yo mismo, teniendo en mí mejor gigante su muro, pues así está defendida con prevención celebrada, sin que mi poder divida para los unos la entrada y a los otros la salida. Aunque pudiera matarte,... (Hicieras mal.) ...quiero honrarte. (Haces bien.) A esto me obligo porque reñiste conmigo, y mis brazos he de darte, que dos que en campo han lidiado guardan amistad sin fin. Vete en paz. Vase Fierabrás. ¡Dios sea loado!, que ya estás, fray Juan Guarín, de Fierabrás perdonado. ¿Qué es lo que pasa por mí? Pero ya otra vez lo vi, aunque en caso diferente, pues hicieron eminente a un hombre que conocí versos que otro trabajó, y más opinión ganó alguno con lo achacado que otros con lo trabajado, como en mis hazañas yo. Y, aunque el desengaño vean, no habrá disculpas que sean bastantes a mi fatiga, si hay un tonto que lo diga y dos tontos que lo crean. Vase. Suenan cajas, salen soldados y acompañamiento y el emperador. Aquí haced alto y aquí suene la bastarda trompa, y a los templados clarines sucedan las cajas roncas. Las banderas que volaron con las águilas de Roma a ver cara a cara al sol, siendo del viento lisonjas, abatan el vuelo altivo, y las plumas, que coronan de rayos, bajen a ser destos peñascos alfombra. Ninguna seña de gusto, ninguna acción de vitoria se vea, que mis empresas ya han de ser funestas todas. Cinco valerosos lirios, desatados de las hojas de una lis, África injusta, en urnas de olvido gozas, siendo tu abrasada arena sepulcros de su memoria. A vengarlos viene Carlos, y ¡por mi sacra corona que un mar de sangre africana ha de costar cada gota! Esa puente que, atrevida, al sol que la mira enoja, pues, puesta en mitad del mundo, ver la otra mitad le estorba, porque su estatura hace a su medio ámbito sombra, has de ver cómo mi acero humilla, derriba y postra, convirtiéndose en cenizas, Troya del agua, esa Troya. Marche el campo derramado por la margen arenosa del Mantible en sus arenas de sierpes engendradoras, que, antes que el sol otra vez rubios cabellos descoja y en espejos de cristal mire mejillas de rosa, tengo de dar el asalto. Dentro Guido. ¡Ay de mí! ¡Voz temerosa! Hoy el cielo favorece tu causa o la suya propia, pues en tan profundo río vado muestra. Mira agora un hombre a caballo, que... No digas más, que ya nota mi vista el nuevo prodigio de que este bruto me informa. ¿Quién será?, que mal la vista puede distinguir la forma, porque el bulto solamente se permite a la memoria. Átomo del agua es, cuando del viento envidiosa quiere que átomos también discurran su espuma sorda. A los embates del río, hecho el caballo una roca, se deja llevar, mas luego que al rigor la cerviz dobla, vuelve ganando más agua que perdió en la procelosa furia, porque así se vencen poderosos que se enojan. Ya tomó puerto en la orilla, donde a más riesgos zozobra. ¡Llegad a darle favor! ¡Echad al agua una sonda! Pero séanlo mis brazos, que tantas venturas gozan. ¡Guido! ¡Sobrino! Sale Guido mojado. Señor, dame tus plantas heroicas. Pues ¿qué fortunas son estas? No es tiempo de hablar agora, cuando da paso a las manos el oficio de la boca. Solo te podré decir que aquesta acción generosa de haber pasado ese río, siendo en verdinegras ondas un escollo fugitivo que la corriente furiosa de sus centros arrancó, peñasco de algas y ovas; que ese haber sido piloto sobre las cerúleas ondas de un animado bajel, siendo la frente la proa, remos los pies, los estribos costados, las ancas popa, las guedejas jarcias, yo la vela que el viento azota, y el timón que nos gobierna sobre la espuma la cola, es pequeño triunfo, hazaña humilde y empresa poca para las que has de saber. Y, pues que la priesa importa, da, soberano señor, asalto a esa poderosa eminencia, de quien es pensil el cielo, pues logra por jardines sus esferas y sus estrellas por rosas. Darás libertad, señor, no digo a tus gentes todas, a quien bárbaro sujeta, a quien cruel aprisiona una fiera, pues lo es en el nombre y en las obras, sino a la bella Floripes, deidad del África hermosa, en cuyo divino objeto la edad de los dioses torna. Por ella tus caballeros tienen vida generosa, por ella vive la lis de Francia en tierras remotas, por ella de mi garganta al cuchillo y a la soga se admitió la apelación; y todo tan a su costa que en los brazos de la muerte la he dejado tan dudosa que teme a cada suspiro si se ahoga o no se ahoga. Si soy tu sobrino, si eres césar cuyo nombre asombra, si solicitas la vida de cuatro deudos que agora muertos viven, contra un rey bárbaro las armas toma o volvereme otra vez a echar a esa espuma sorda, volviendo a morir con ellos entre mis cenizas propias, fénix de amor, que esta fe debo a Floripes hermosa. El que muertos pretendía vengaros no tendrá otras albricias, Guido, que darte por nuevas tan venturosas sino hacer lo que me pides: hoy verás mi vencedora cuchilla sobre esa puente. ¡Cesen las funestas pompas! ¡Cajas el aire ensordezcan! ¡Clarines el cielo rompan!, que, pues vivos tengo dentro del África venenosa mis paladines, es bien haga fiestas. No se oigan voces ningunas que digan «guerra» ya, sino «vitoria». Tocan cajas. A la música que alegre discurre la esfera ociosa abren el puente y parece que de la celeste bola los dos polos se desquician, los dos ejes se trastornan. Vámonos llegando a ellos al son de cajas y trompas. Floripes mía, a librarte voy de esclavitud penosa: una vida que te debo he de pagarte con otra. Vanse. Suena música, ábrese el puente y vese arriba sentado Fierabrás y dos gigantes a sus pies. Sobre el puente de Mantible, mirando a una parte y otra, ejércitos se descubren; ¡ah, qué vista tan hermosa! Los sitiados de mi tierra, viendo que ya se corona el Mantible de pendones que la lis de Francia borda, se han atrevido a salir y, marchando en buena forma, se van acercando al puente; los franceses, que blasonan de que los han de librar, osados las armas toman, y, en medio de todos, yo con ufana vanagloria estoy de ver el cuidado que les da una vida sola; y aun pienso que de una vida, por ser mía, es cierta cosa que a mí de mí para todos la mitad de mí me sobra. Ya por las dos partes llegan divididas las dos tropas; bien podré hablar desde aquí, porque dos campos me oigan. Cajas. Salen por una parte el emperador, Guido y soldados, y por la otra los caballeros y las damas y Guarín. Generosos paladines, los de la Tabla Redonda, cuya fama de dos polos uno y otro estremo toca, ya libres o ya cautivos estéis, escuchadme agora, que quiero que os maten antes mis palabras que mis obras. Dentro y fuera de mi tierra me hacéis guerra, ¡acción famosa!, porque no era para mí bastante una empresa sola. Y, así, porque en todos juntos tenga nombre de vitoria, sobre el puente de Mantible os espera mi persona. Los gigantes me acompañan que el Flegra abrasado aborta, hijos del sol y la tierra, para que a mis pies se pongan. Descendientes son de aquellos que guerra al cielo pregonan, o personas de dos montes o montes de dos personas; y, con todo, yo os espero con esta cuchilla corva, que es del libro de la muerte desencuadernada hoja. Llegue, pues, si quiere alguno probar de qué suerte corta, antes de dar la batalla; y, si uno solo no osa, subid todos, que el río Verde, en sus profundas alcobas, ya sepulcros os construye, ya monumentos os obra y del nombre se despide, pues, si fue verde hasta agora, ha de ser de aquí adelante el río del Agua Roja. Ya solo, bárbaro, es tiempo de que las cajas respondan. ¡Toca al arma y viva Francia! ¡Viva África, al arma toca! dentro. ¡Viva Francia! ¡África viva! Suben por la parte del emperador y pelean en la puente. Ya se escucha que de esotra parte se da la batalla; acometamos agora nosotros por este lado. Suben unos por una parte y otros por otra. Dase la batalla muy reñida en lo alto y éntranse todos por arriba. Retirémonos nosotras, pues basta que no ayudemos nuestra patria en tal discordia, sin ser también instrumento de sus pérdidas. Señora, muy bien lo puedes decir, pues ya ves las fuerzas rotas de las huestes africanas, y el francés la puente toma. Y de la más alta almena bárbaro un turco se arroja hasta llegar a tus pies. Cae rodando desde lo alto Fierabrás, muy sangriento y sin espada. ¡Oh, reniego de Mahoma! ¿Agora hubo de faltarme con qué darme muerte? ¿Agora? ¡Pero yo me mataré con mis manos y mi boca! ¡Mi hermano es! ¿Quién está aquí? ¡Ay, cielos! No, no te escondas, que quiero, ingrata, que veas cómo con mi muerte logras ruinas de tu propia patria, muerte de tu sangre propia. De los cielos blasfemaba, tirando con furia loca pedazos del corazón; pues fuiste mi cielo, toma: Arrójale la sangre. ¡bebe de mi sangre, harta della la sed que te enoja! Sale el emperador, caballeros y todos. ¿Adónde está Fierabrás? Aquí está, que la vitoria aún no es tuya mientras vivo, pues sin tiempo te coronas. Acábame de matar y asegura tu persona, si no es que después de muerto te da la muerte mi sombra. Llevalde donde le curen como a mi persona propia, Llévanle. que diferencia ha de haber de la prisión rigurosa de un rey bárbaro a la mía. Danos los brazos, que honran los nuestros. Y yo merezca lugar entre tantas honras, siquiera por el padrino, que esta es Floripes, mi esposa. Despacio quiero ofrecerme a vuestro servicio; agora dadme los brazos. Yo soy, en ser tu esclava, dichosa. Pues cobré mis caballeros, asegurando la gloria, aquesa fábrica altiva que el paso al África estorba en ceniza se resuelva, para que de todas formas hoy La puente de Mantible tenga fin con tal vitoria.