Dar Tiempo Al Tiempo Gran Comedia PERSONAS QUE HABLAN EN ELLA DON JUAN, galán DON DIEGO, galán DON PEDRO, galán CHACÓN, criado de don Juan GINÉS, criado de don Diego CUATRO SOLDADOS DON LUIS, padre de Leonor LEONOR, dama BEATRIZ, dama JUANA, criada INÉS, criada UN ALGUACIL Y RONDA ESCRIBANO DOS CRIADAS Jornada Primera Salen don Juan y Chacón, vestidos de camino. ¡Vive Dios que tienes cosas notables! Sígueme y calla. Seguirte, sí haré; callar es mucho pedir; y basta, puesto que tú la mitad de las raciones no pagas, hacer la mitad también yo de lo que tú me mandas. ¿Es posible que después de una jornada tan larga como de Sevilla aquí, aun un hora no descansas? Pues luego, ¡es buena la noche! Tu bolsa no es más cerrada ni más negra mi ventura. ¿Dónde vas? ¿De qué te espantas, si ya sabes que partí, Chacón, sin vida y sin alma, que con esta prisa vuelva, donde la dejé a buscarla? Una bobería -perdona, que no hallo nombre que darla más decoroso- pensé que hacías en salir de casa a estas horas; ya son dos. ¿La otra? Que te persuadas a que una dama en la corte, discreta, hermosa y bizarra, esté tan fina en ausencia, que de ti se acuerde. Calla, villano; que ¡vive el cielo que te mate!, si me hablas en que se pudo mudar mujer que lágrimas tantas vi llorar en mi partida. Yo también; pero repara que lágrimas de mujer no son penas, sino alhajas, que para servirse dellas las tiene como en el arca. Abre, y llora; cierra, y ríe. Presto verás que te engañas y que Leonor no es mujer, sino deidad soberana. Sí será; pero tras eso, no has visto en tres meses carta. ¿Qué mucho -si desde el día que, la sentencia ganada del pleito a que fui, no he estado nunca en un lugar, a causa de tomar las posesiones del mayorazgo que se hayan perdido? Ven y verás con qué fineza me aguarda. Ya son tres las boberías, y no es la menor que vayas confiado en que a estas horas no esté Leonor acostada y su padre recogido. Con llegar a su ventana y hacer en ella la seña, cumplido habré con mis ansias. Ya son cuatro. Dale un rempujón. Necio estás; no me obligues a que haga un disparate contigo. Por mayor no doy dos blancas. ¡Jesús mil veces! ¿Qué es eso? Caer, si el unto no me engaña, en garapiña de lodo, porque está frío que mata y, entre líquido y cuajado, ni es bebida ni es vianda. A la luz de aquella tienda, es de una fuente la zanja. Levántase como mojado y con polvo. Pues harto es, purgando tanto la tal fuente, estar tan mala la calle. Entra a sacudirte en el portal de esa casa. ¡Pardiós!, aunque me sacuda más que moza mal mandada, no me sacudiré el polvo. Al irse retirando a un lado, echan agua sobre él de lo alto. dentro ¡Agua va! Mientes, picaña; que esto no es agua. ¿Qué ha sido? ¿Qué ha de ser, pese a mi alma? Cosas de Madrid precisas, que antes fueron necesarias. ¡Vive Cristo...! No des voces. ¿Cómo no? Puerca, berganta, si eres hombre, sal aquí. No el barrio alborotes, calla. Calle un limpio. ¡Qué cansado! Vuélvete volando a casa. ¿Así y solo y a esta hora? Sí; que no quiero que vayas conmigo así. Lo que haré será, ya que aquí me halla este fracaso, llamar donde me den una capa que a guardar dejé, con otras alhajillas de importancia. Mas ¿qué es en casa de aquella señora, cuya criada, si bien me acuerdo, querías antes de ir? ¡No, sino el alba! ¡Pues bueno es tener de una pícara tu confianza, y querer que no la tenga yo de una principal dama! Déjame llegar: verás que a mí Juanilla me aguarda más fina que a ti Leonor, haciendo que a un silbo salga. Silba y sale a la puerta una criada. ¿Eres tú? ¡Mira qué presto! Yo soy. ¡Albricias! Que nada nuestra ama entendió, porque ha andado muy mujer Juana. Toma, y gózale mil años, y hazle cristianar mañana, que ha sido el parto terrible. Dale un envoltorio, y cierra apriesa. Oye. Adiós, adiós. Aguarda. ¿Qué te ha dado? Una criatura; que en vez de darme otra capa, viendo que esta tiene ya perdido el miedo a las manchas, la aplicó para mantillas, y es lo peor que al entregarla me pide albricias, y dice que ha andado muy mujer Juana. ¡Y cómo que ha andado! Bien la experiencia lo declara. ¿Qué tanto, señor, habrá que ya de la corte faltas? Trece meses. ¡Trece meses! Pues voyle a echar en la zanja que caí: no quiero hijo trecemesino en mi casa. Tente; que no es cristiandad echar a perder un alma. Y echar a perder un cuerpo una pícara bellaca, ¿es cristiandad? Yo no tengo de consentirte que hagas tan grande inhumanidad. ¿No es peor hacer una ingrata una humanidad, que yo una inhumanidad? Basta; que no lo he de permitir. Pues ya que desto te cansas, espera; que aquí en la esquina ha de vivir una santa comadre mía y de todos, que siempre sabe de amas que acomodar, y ella puede cuidar della hasta mañana, y aun hasta el día del Juicio. Pues ve volando a buscarla, y mira que voy tras ti para ver a quién la encargas. Venid, el trecemesino, venid; que yo os doy palabra de que mi venganza sea más campanuda venganza que la de aquel veinticuatro de Córdoba u de Granada. Vase. Estrañas cosas suceden en Madrid, y por estrañas no molestan tanto como por lo que aquí me dilatan llegar a adorar, Leonor, los umbrales de tu casa. ¡Oh, si fuera tan dichoso que por la reja escuchara tu voz siquiera! Vuelve a salir Ya queda mi trecemesino en guarda por esta noche. Pues vamos, antes que otro estorbo haya, al centro donde ya fueron delante mis esperanzas. Al irse a entrar, salen cuatro soldados. Hidalgos, cuatro soldados muy hombres de bien... (Ya escampa). Ya ven el frío que hace... Han menester una capa. Yo también la he menester. Yo daré la mía barata, solo con que vuesarcedes hallen por donde tomarla. No alborotemos la calle, ni fíen de su arrogancia; que no les estará bien. Vuesarcedes, camaradas, ¿aconsejan, o capean? ¡Cuerpo de tal, lo que garlan! Ahora lo verán mejor. Sacan las espadas y riñen. ¿Qué va que me descalabran, según ando de dichoso? Salen don Pedro, don Diego y Ginés. Allí son las cuchilladas. Lleguemos, por si podemos estorbar una desgracia. ¡Paz! ¡Ténganse! Aquí no hay sino apelar a las plantas. Huyen los soldados, y los dos caballeros detienen a don Juan. Teneos, pues van huyendo. Sí haré; que a mi honor le basta a quien por la capa viene que se vuelva sin la capa. El socorro os agradezco: quedad con Dios. Vase. Si se tardan en huir, por vida del trecemesino y de Juana, según estoy de furioso que huyera yo. Vase. ¡Buena traza de hombre! Y mejor desenfado. Pues estáis de vuestra casa tan cerca, ¿queréis quedaros? Antes que acostarme vaya, quisiera dar una vuelta a la calle de una dama. ¿Queréis que vaya con vos? No; que no es mi dicha tanta que vaya a riesgo, porque ni me escuchan ni me hablan: con solo pasar la calle se divierte mi esperanza. Con grande recato andáis conmigo. Más es desgracia que recato, pues no tengo en mi amor que fiaros nada. Una dama galanteo tan hermosa como ingrata, y estoy tan a los principios, que la mayor circunstancia que puedo deciros es que he de introducir mañana, por industria de Ginés, una criada en su casa. Ved qué tendré, pues no tengo hasta ahora ni una criada de mi parte. Ni aun aquesa debes de querer que haya, pues no me has dado esta noche lugar de llegar a hablarla. Poco se pierde en un día. Puesto que ir solo os agrada, id con Dios. Quedad con Dios. Vase. (¿En qué habrá parado, Juana, el susto con que quedaste esta tarde?). Vase. Albricias, alma, que tengo una alma segura, pues no va don Diego a casa, y podré lograr siquiera un punto mis esperanzas. ¡Qué cobardes son los pasos del que es noble, cuando anda de traición! Dígalo yo, que idolatrando a su hermana, su sombra tiemblo... Aunque bien está el temor a mis ansias; pues por no darle en la calle sospecha, si en ella me halla, el mismo temor se atreve a hacerme la puerta franca. Bien podré seguro, pues, llamar. Salen don Juan y Chacón. A Dios gracias que hemos llegado, a pesar de sustos y penas tantas, a la calle de Leonor. Y bien, de llegar, ¿qué sacas? Si respondiere a la seña, la dicha, Chacón, de hablarla; si no responde, la dicha de saber que está acostada y que nada la desvela en mi ausencia. Pues ¿qué aguardas? Que se aleje un hombre que agora la calle pasa. ¿Qué es que se aleje? Antes pienso que se acerca y que se para. Llama don Pedro a la puerta, y sale Inés. Escucha: ¿no llama? Sí; y no es él por quien se canta que «en vano llama a la puerta quien no ha llamado en el alma», pues le han abierto. ¿Eres tú? Sí, soy yo. ¿En qué reparas? Entra; que está mi señora quejosa de ver que tardas tanto esta noche que está mi señor fuera de casa. Éntranse, cerrando la puerta. ¡Vive Dios, que ha entrado dentro! No ha entrado. ¿Por qué me engañas? Porque Leonor no es mujer, sino deidad soberana, y no había de abrir a otro mujer que lágrimas tantas vi llorar a tu partida. ¿Agora de burlas hablas? La puerta echaré en el suelo. Peor es esto que la zanja. Advierte... Detiénele Chacón. No hay que advertir: perdidas mis esperanzas, piérdase todo. ¿Qué enmiendas con furias y con bravatas desde la calle? Si es noble, ocasionarle a que salga. Pues haz para eso la seña, con que tomarás venganza dándole la pesadumbre que él te da; pues cosa es clara que tendrá de ti los celos que tienes de él. Bien reparas. Temblando llego. Llama. Sale don Diego y Ginés. En efeto, ¿su padre era el que llegaba? Sí. ¿Tan tarde estaba fuera? Como eso harán mis desgracias. ¿Si te conoció? No sé; pero ya tan cara a cara llegué a conocerle a él, que no dudo que me haya conocido. ¡Estraño empeño! Llama otra vez don Juan, y dicen dentro Beatriz y don Pedro, abriendo y volviendo a cerrar. No es éste menor. Aguarda: ¿no llama un hombre a mi reja? Tengo de saber quién llama. ¿Qué te importa? Sea quien fuere. Que en la calle hay quien le aguarda, decid a ese caballero. ¿Y el marco de la ventana cerrar y abrir no has oído? Pues ¿qué espera, pues qué aguarda mi valor, que esto consiente? Muera quien mi honor agravia. Llega a don Juan, sacando la espada. Caballero, esas paredes tienen dueño que las guarda y que sabrá defenderlas. (¡Otro moro que llegaba! ¡Ah, mujeres! Quien os quiere, ¡una y mil veces mal haya!). A eso y a todo, mejor sabrá responder la espada. Riñen, y Ginés llama a la puerta. (Peor es esto, ¡vive Dios!, que el «agua va», y no ir el agua). Abrid aquí, y sacad luces. Pícaro, ¿para qué llamas? ¿No basto yo por mí solo? (Él llama como en su casa). dentro De mi señor es la voz y en la calle hay cuchilladas. dentro Ve volando y saca luces. (Gente viene y luces sacan: no ser conocido importa. Esto no es volver la espalda, sino fiar a mejor ocasión mis esperanzas). Huye, Chacón. Eso haré yo de bonísima gana. Vanse. Alcanzarlos tengo, aunque el viento les dé sus alas. Va don Diego tras ellos, y salen por otra puerta Inés con luz y Beatriz, deteniendo a don Pedro. ¿Qué es lo que intentas? Salir. Advierte... Suelta. Repara que yo no tengo la culpa, ni sé qué es esto. ¡Ah, tirana! ¿No lo sabes? Pues yo sí. (¿Quién vio confusiones tantas?). Esto es que el que con la seña a esta hora a tus rejas llama llegó a ocasión que tu hermano pudo verlo, y los dos sacan, según el lance lo dice, a tu puerta las espadas; y pues eres tal que tienes uno en la calle, otro en casa, la parte que a mí me toca también saldré a sustentarla. Advierte lo que aventuras en que ahora a la calle salgas estando en ella mi hermano. Y tan cerca, si no engañan los pasos, que sube ya. Retírate a aquesa cuadra. No por ti, sino por mí, lo haré; porque me acobarda más ser don Diego mi amigo, que mi enemigo quien te ama. . Escóndese. Salen don Diego y Ginés. (No pude alcanzarle). (Cielos, dad aliento a mis palabras). Hermano, señor, ¿qué es esto? ¿Qué te ha sucedido? Nada. Pues ¿qué causa te ha obligado a venir así? La causa ninguna ha sido. (¡Ay de mí!, muriendo estoy por callarla y muriendo por decirla; que en sospechas de honra y fama se desluce quien las dice y se ofende quien las calla. Pero entre los dos estremos tomando el medio mis ansias, haré lo mejor, que es ni decirlas ni callarlas). Dejad la luz, y idos fuera. Quita la luz a Inés, y Ginés pónela sobre un bufete. Vanse Inés y Ginés. (¡Cielos! La suerte está echada). Días ha que a tus umbrales encuentro de noche varias sombras. No tendrás la culpa tú, sino alguna criada, claro está: trata prudente de reñirla y enmendarla; porque, si de aqueste aviso efeto mi voz no saca, lo que hoy digo desta suerte, lo diré de otra mañana. (Si en escrúpulos de honor se culpa quien se acobarda, esfuércese la voz mía para que se satisfagan don Pedro y mi hermano a un tiempo). Quien te oyere tan preñadas razones hablar conmigo, pensara que he dado causa para escuchar tantas necias misteriosas amenazas. Si tú vienes a esta hora de festejar a tu dama u del juego, y por ventura te busca aquí el que allá agravias, no con falsedad me riñas; que ni yo ni mis criadas hemos dado la ocasión. (Aunque más esfuerzos haga, estoy temblando de miedo). No hables con soberbia tanta, ni me eches a mí la culpa que tú tienes: no me hagas que, irritada la paciencia, hoy de sus límites salga; porque, si llego a decir que he visto un hombre que llama a tu reja, que he escuchado el ruido de la ventana por de dentro, podrá ser que, la voz en la garganta enmudecida, prosiga con lo demás esta daga. Empuña la daga. ¿Tú la daga para mí? Que eres mi hermano repara, don Diego, no mi marido. Todo lo soy en mi casa; y por que mejor lo veas, fuera una vez de la vaina, habrá de serlo tu pecho. Saca la daga don Diego, Beatriz huye, y sale don Pedro teniéndole del brazo y, matando la luz, riñen. Eso no; que hay quien la guarda. Seas quien fueres, tomaré en ella y en ti venganza. A Beatriz Toma la puerta; que yo te guardaré las espaldas. (Mal podré; que de temor muevo un monte en cada planta). Vase. (Ya, Beatriz salió: tras ella iré sin volver la cara, por que pueda a un mismo tiempo, guardándome a mí, guardarla). Vase. Salen Ginés e Inés con luz. ¿Dónde te escondes, traidor? ¿Con quién riñes? En la sala no hay nadie, señor. Tras mí ven, Ginés; tú esa luz mata, que el empeño de la calle se nos ha metido en casa. Vanse. (El diablo que pare en ella). Vase. Salen don Juan y Chacón. ¿Que vuelvas aquí? Mis ansias me traen a ver si averiguo algo desto que aquí pasa. Pues harto hay que averiguar... Y más ahora, que una dama que, a lo que se deja ver, seda ruge y oro arrastra, sale de en cas de Leonor. Ella es. ¿Qué podrá obligarla a salir así? ¿Eso dudas? Vendrá a darnos, cosa es clara, con otro trecemesino. A nosotros llega. Calla. Sale Beatriz sin chapines, huyendo. Caballeros, si por dicha una mujer desdichada moveros a piedad puede, acudid a remediarla, y no la desamparéis hasta llegar a la casa de una amiga que por puerto eligen sus esperanzas. A Chacón (No me nombres; que, si sabe quién soy, podrá de culpada huir también de mí, y mejor ha de ser asegurarla). Señora, a cuanto mandéis tenéis mi honor, vida y fama seguras; que caballero soy que sabré aventurarlas en vuestra defensa. Pues cierta en esa confianza, haced que nadie me siga. Si ese miedo os acobarda, ya está a la vista el empeño, que un hombre de vuestra casa sale. (Si supiera que es don Pedro, yo le llamara; pero puede ser mi hermano). No todo el valor lo haga; haga algo la fortuna. De aqueste portal te ampara: quizá pasará sin vernos. Dices bien: aquí te aparta. Retíranse al medio del teatro, poniéndola a sus espaldas, y sale don Pedro, luego don Diego, y uno echa por una parte y otro por otra. (La primera obligación en todo trance es la dama, y así, seguirla me toca; que no dudo que a mi casa irá a valerse de mí). Vase. Sin vernos, ya el hombre baja la calle. Venid agora. Espera; que aún otro falta. (Sin saber por dónde van, tras ellos voy. Luces altas, guiad mis pasos, si hay alguna que influya honrosas venganzas). Vase. Por dos partes van. Solo eso debo a mi suerte contraria, que es que los dos se dividan; porque de los dos estaba en cualquiera de los dos pendiente honor, vida y fama. (¡Que esto escuche!). Aunque pensé, fiera, injusta, aleve, ingrata, de mis ansias no cuidar por acudir a tus ansias, oyéndote, no es posible; que valor al pecho falta. ¿Quién eres, hombre, que estás aquí a doblar mis desgracias, en vez de ampararlas? Soy, pues en mi poder te hallas, quien de aquesos dos que dices tomará justa venganza, hurtándote a sus deseos. Mira... Ven conmigo y calla. Llevándola como por fuerza, sale una ronda, pónese Beatriz detrás, y ellos como ocultándola. La justicia, caballeros. (Esto solo nos faltaba). ¿Quién son? (¡Ay de mí, infelice!). Un forastero, que acaba de apearse aquesta noche... ¿Y quién es aquesa dama? Mi mujer. ¿Adónde va a esta hora con ella? A caza. Pues ¿cómo con la justicia a hablar se pone de chanza? Cecear suelo algunas veces, y quise decir a casa. ¿Cómo sabremos que es... (¡Hay mujer más desdichada!). …mujer suya? Con creerme, pues yo que lo diga basta. Mejor será que lo diga en la cárcel; que, alterada toda esta calle, esta noche ha habido mil cuchilladas. Vuesarcedes, caballeros, adviertan... No hablen palabra, sino vengan con nosotros. …que es rigor: y, si no tratan de hacerlo por cortesía, lo harán... ¿Cómo? …a cuchilladas. Sacan las espadas. Ya van tres veces con ésta. Danzantes somos de espadas, que con cualquier mayordomo vuelve de nuevo la danza. Huid, señora; que ninguno os seguirá. (Ay, desdichada! ¿Dónde iré yo que no encuentre riesgos, penas y desgracias?). Vase. ¡Resistencia, resistencia! Tú, dondequiera que vaya, síguela. ¡Gracias a Dios, que algo que me esté bien mandas! Vase. ¡Favor aquí a la justicia! (Ya que ellos de aquí se alargan, no han de conocerme a mí, si volando no me alcanzan). Vase. Al escribano Mientras que vamos tras él, usted escriba la causa. Vanse todos, y sale don Luis, caballero viejo, por una puerta, y Leonor con una luz, y pónela sobre un bufete. ¿Cómo no te has recogido, siendo tan tarde? Señor, como no sufre mi amor que, no habiendo tú venido, me recoja; porque fuera, viendo en ti esta novedad, descansar mi voluntad, queja que de mí tuviera mi mismo amor. Dios te guarde; que a fe que te pago bien esa fineza, pues quien a mí me tiene tan tarde fuera de casa, el cuidado, hija, es que tengo de ti; porque, al fin, no hay otro en mí sino solo el de tu estado. (¡Pluguiera a Dios no le hubiera!, y quizá le averiguara, si el que a mí llegó esperara a que yo le conociera). Pide ausente un deudo mío la memoria de mi hacienda, y no dudo que pretenda tu mano: ya se la envío; y en ajustar los papeles con quien va a verle, gasté más tiempo del que pensé. (¡Ay, hados, siempre crueles para mí!). ¿Cómo tan muda? ¿No respondes? Porque yo en esas materias no debo hablar, pues es sin duda que con un sello en la boca me han de hallar, por conocer que a ti toca disponer, y a mí obedecer me toca. (¡Ay, infelice de mí! ¡Qué al revés de la voz siente el alma! ¡Ay, perdido ausente!). Bien creo... Mas ¿llaman? Llaman dentro. Sí. ¡A estas horas! ¿Quién será? Yo ¿puedo sabello? (¡Muerta estoy de temor!). La puerta yo mismo abriré. ¿Quién va? Abre la puerta, y sale Beatriz alborotada. Quien de vos vida y honor viene a amparar infeliz. ¡Vos a estas horas, Beatriz, desta suerte! Sí, señor; que mi desdicha importuna es tal, que sólo pudiera viniendo desta manera convalecer de fortuna. Pues ¿qué, amiga, ha sucedido que obligue a venir así? Solo los dos, ¡ay de mí!, podéis saber lo que ha sido. Yo –empecemos por la culpa; que en esta parte no quiero, pues solo favor espero, valerme de otra disculpa– a un caballero, mi igual en sangre, estado y valor, tuve tan lícito amor, cuanto infeliz; siendo tal el fin de nuestro deseo que ya casado estuviera conmigo, si no tuviera dos embarazos su empleo. Uno es un pleito que tiene, y hasta que salga con él, por estar pobre –¡cruel fortuna!–, el fin entretiene de pedirme en casamiento a mi hermano; y otro es ser amigo suyo, pues, si se declara su intento, hasta estar acomodado podrá ser que el sí le niegue y, siendo su amigo, llegue a vivir de él recatado. Esta esperanza en los dos y el ser, como he dicho, amigo de don Diego, hizo conmigo tan estraño empeño, ¡ay, Dios!, que por escusar recelos que en la calle podía dalle, quitándolos de la calle, en casa metí sus celos. Conmigo esta noche estaba, no estando en casa mi hermano, cuando oyó –¡lance inhumano!– que la calle alborotaba ruido de espadas. Quién fue quien a la reja llamó ni con mi hermano riñó, no lo sé; pues sólo sé que entró en casa desatento tanto y tan fuera de sí, que la daga para mí sacó. Mi amante, que atento estaba a todo, salió, matando la luz –por que no le conociesen fue, sin duda– y, viéndome yo en lance tan empeñado sola, a la calle salí, donde encontré... Pero aquí es el decirlo escusado; pues solo basta decir que dejando allá a los dos, vengo a valerme de vos por llegar a discurrir en fortuna tan escasa, que en ninguna parte puedo parecer yo tan sin miedo, señor, como en vuestra casa; que, aunque pudiera buscar la del dueño que elegí, no ha de decirse de mí que a los dos pude dejar riñendo, y que fui a ampararme de quien quizá traer podía bañada en la sangre mía la mano que había de darme; ni que en riesgo semejante mi obligación olvidé, ni que mi casa dejé por la casa de mi amante. A la vuestra me he venido, primero por mi decoro, y luego porque no ignoro que, de mi pena movido, podréis vos terciar en ella para que venga mi hermano en un remedio tan llano como mejorar mi estrella. Esto a vuestros pies rendida, una y mil veces, señor, pido: doleos de mi honor primero que de mi vida; pues es tan justo mi intento, que de vos solo amparada, de aquí he de volver casada a mi casa, o a un convento. Quejoso y agradecido a un mismo tiempo, Beatriz, con vuestro llanto, infeliz me dejáis; la queja ha sido de que con trances de amor tan empeñados vengáis a casa donde miráis más bien tratado el honor de una hija sin estado; y agradecido, de que me eligieseis para que fuese yo vuestro sagrado. Y así, en partes dividido, pues que ya la queja os di, os daré el favor que en mí confiada os ha traído. Y puesto que el día ya con su continua belleza a vencer la sombra empieza, no detenerme será bien; que para tal cuidado lo más presto es lo mejor. Recógete tú, Leonor, que mala noche has pasado; que yo a hablar a vuestro hermano voy, y a decirle que estáis en mi casa, y que intentáis dar a ese amante la mano. Pero ya que he de llevalle estas nuevas, será bien llevarle el nombre también. Permitid que ahora le calle. Decidle que es caballero en sangre a los dos igual, noble, ilustre y principal, que es el reparo primero. Y asentada esta opinión, errores de voluntad suplan la comodidad, pero no la estimación: porque si, airado conmigo sobre esto, dice que no, no quiero haber hecho yo de un amigo un enemigo. Qué replicar no faltara, si yo argüiros quisiera que el callar de esa manera es necia fineza rara; pero basta que le lleve quedar aquí, que después habréis de decir quién es. Y en tanto que espacio breve gasto en esto, recogida con mi hija quedaréis, segura de que estaréis amparada y defendida, ya que a valeros de mí venisteis. Dadme los pies. Alzad. Ven conmigo, pues, a mi cuarto. Escucha. Di. Vase Beatriz y don Luis detiene a Leonor. Ya ves, hija, lo que pasa a quien da necios oídos a pensamientos perdidos. Mira fuera de su casa una mujer que ha venido buscándonos por sagrado; mira un amante empeñado, mira un hermano ofendido, y mírala a ella en efeto a riesgo, por un error, de perder vida y honor. Está bien; pero ¿a qué efeto de esa suerte hablas conmigo? No te muestres enojada, que no lo digo por nada..., pero por algo lo digo. Vase, abriendo la puerta y dejándola abierta. Sin duda que la porfía que tiene don Diego, hermano de Beatriz, pasando en vano mi calle de noche y día, donde con afectos tales repite al viento sus quejas, que –girasol de mis rejas, estatua es de mis umbrales– en mi padre ha despertado alguna imaginación, puesto que no acaso son los avisos que me ha dado. ¡Ay, infelice de mí! ¡Qué lejos va su recelo de la verdad!, pues el cielo sabe que nunca le di ocasión alguna. Bien que no en vano me previene, pues de quien guardarse tiene, aunque no sabe de quién. ¿Cuándo, ¡cielos!, será el día que vuelva a don Juan a ver? Que yo sola pude ser en la grande monarquía de amor, cuyo imperio alcanza toda la Naturaleza, el blasón de la firmeza, el baldón de la mudanza, sin nunca apagarse en mí incendio que arde y no abrasa. Salen a la puerta don Juan y Chacón. En fin, ¿es esta la casa donde la dejaste? Sí. Pues ya que anoche no pudo mi sufrimiento apurar Va entrando. todo el veneno al pesar, ya con el día no dudo, sin hacer reparo en nada, entrar donde está atrevido. Vuelve, y vele Leonor. ¡Don Juan! Seas bien venido. Y tú, Leonor, mal hallada. Mal merecen tan esquivo, tan necio estilo grosero, el amor con que te espero, la fe con que te recibo. ¡Tú, al fin de tan largos plazos como lloran mis enojos, vuelves sin gusto a mis ojos y sin cariño a mis brazos! Tú... Detén la voz al labio; la acción al brazo detén. Don Juan, mi señor, mi bien... Mi mal, mi muerte, mi agravio... ¿Qué es esto? ¿Qué me preguntas, vil cocodrilo, engañosa sirena, que cautelosa halago y peligro juntas, si preguntándote a ti tu falso estilo traidor, puedes saberlo mejor? Mas ya que, traidora, aquí das a entender que lo ignoras, y con falsedades tantas, parabienes que me cantas son exequias que me lloras, yo lo diré, no porque presuma que no lo sabes, mas por que en penas tan graves sepas tú que yo lo sé. ¿Puede negarme el agrado de esa fingida apariencia que te has mudado en mi ausencia? Verdad es que me he mudado; pero ¿qué agravio te he hecho en mudarme? ¿Habrá tenido –no digo yo el que haya sido noble, pero el más vil pecho– descaro de confesar a un hombre que ya engañó, que es verdad que se mudó? Pues ¿por qué lo he de negar, si es verdad... (¡Qué bofetada!). …que me mudé... (¡Qué cachete!). …por mejorar... (¡Qué puñete!). …comodidad? (¡Qué patada!). Según eso –yo estoy loco–, tampoco negarás, no, que alguien anoche llamó tarde a tu puerta. Tampoco. Y también, ¡ay, Dios!, que a quien llamó, al instante que oyeron como llamaba, le abrieron, ¿me confesarás? También. Pues no quiera el sufrimiento de mi celosa pasión que hagas tú la confesión, y que yo sufra el tormento. Y, pues, ni el alivio das de negar, por que siquiera ese plazo más viviera oyendo ese engaño más, quédate, ingrata, tirana, falsa, aleve, cautelosa, varia, mudable, engañosa, fiera, injusta, altiva y vana; que ya no quiere mi amor decirte lo más que hubo, por no decirte que estuvo a mi cargo tu temor, cuando de tu casa huyendo veniste donde hoy te hallé. Eso solo negaré, porque eso solo no entiendo. ¿Yo de mi casa salí? ¿Riesgos ni peligros yo? Pues ¿no veniste a ésta? No. Pues tu casa, ¿es ésta? Sí. ¿No te escribí que me había de esotra casa mudado y que se la había dejado a una grande amiga mía? Ella es... Mas esto que voy a decir no es bien prosiga, sin que de que no se diga palabra me des. Sí doy. Pues ella es a quien pasó anoche no sé qué empeño con su hermano y con el dueño que para esposo eligió. Reconoce estas paredes; y, si todo no lo olvidas, señas verás conocidas de quien informarte puedes de que tu duda es error. Yo vivo aquí. No prosigas, Leonor mía, ni me digas más palabra en tu favor; porque, cuando yo no viera señas de verdad tan clara, si a ti misma lo escuchara, por mí mismo lo creyera; con tal novedad premiado, que yo solamente he sido dichoso en haber sabido que su dama se ha mudado, pare el sentimiento a raya, pues ya el gusto le prefiere. ¡Ah, mujeres! Quien no os quiere, ¡una y mil veces mal haya! Chacón, oye el desengaño, si es que mi vida apeteces. Yo ¿no lo dije mil veces, y que todo sería engaño, cuando tu furia tirana culpaba su proceder? Porque Leonor no es mujer, sino deidad soberana. Claro está, y puesto que ha sido dicha la pena pasada, seas, Leonor, bien hallada. Y tú, don Juan, mal venido. ¿Qué es esto? ¿Tan presto el labio trueca el agrado en desdén? Leonor, mi cielo, mi bien... Don Juan, mi muerte, mi agravio... Pues ¿qué es esto? Ser quien soy, y ofenderme de que así se haya tenido de mí vil concepto, cuando estoy, a costa de mil tristezas, ansias y penalidades, examinando verdades y acrisolando finezas. ¿Yo a otro amante había de abrir la puerta? ¿Yo cautelosa, falsa, aleve y engañosa? ¿Yo de mi casa salir? Agravio que no ofendió no fue agravio, pues peor fuera que tu mudanza creyera y no la sintiera yo. La carta que me escribiste, Leonor, no la recibí, y así, a la casa me fui donde primero viviste y donde fue el que llamó lo primero que encontré. No fue; que primero fue caer en una zanja yo. Luego, que le abrieron vi la puerta. También lo niego, porque lo que vimos luego fue un «agua va» sobre mí. Después, con el desatino, llegué a la reja. No hay tal; que después en un portal me nació un trecemesino. Dando la vuelta a la calle, vi salir una mujer... …que hubimos de defender de la justicia. Su talle, su aflicción y su congoja, que eras tú me persuadió. Y defendiéndola yo a la sombra desta hoja, con ella llegué hasta aquí. Pues si, viniendo tras ella, en tu casa, Leonor bella, donde ella entró, te hallé a ti, ¿qué mucho que desatento te haya visto y te haya hablado? Lo que se dice enojado, lisonja es, no sentimiento; desaires que el pundonor llora, el cariño agradece; Yéndose ella, y él tras ella. quien más siente, más merece y, pues no hay duelo en amor después de tan largos plazos como lloran mis enojos, pues vuelvo, Leonor, a tus ojos, vuelva el cariño a tus brazos. Detiénela. Ea, señora; lo esquivo deja, haya aquello primero de «el amor con que te espero, la fe con que te recibo». No haré tal, porque ofendida me tiene su sinrazón. Antes de oírme, ¿era ocasión culparme? En toda mi vida me verá alegre la cara. Mi Leonor, mi bien, mi cielo, más te injuriara un recelo, cuando menos te injuriara. Don Juan, mi padre está fuera, y es fuerza que ha de venir muy presto: para argüir si mejor fuera o no fuera, no es ésta buena ocasión. Con desdén. Vuélvete; que yo te oiré después, y yo me veré en si fue o no fue razón. Ponésele delante. No iré, sin que mi atrevido error perdonado hayas. Ahora bien: por que te vayas, seas, don Juan, bien venido. Abrázale con desdén. ¿Por que me vaya no más? Y porque estoy con cuidado. Yéndose cada uno por su puerta. Yo me iré desconfiado de no obligarte jamás; mas consuéleme una cosa. ¿Qué es, si decirla te agrada? No te pierda de culpada, y piérdate de quejosa. Jornada Segunda Salen don Pedro por una puerta y don Diego por otra. ¿Habrá hombre más infeliz? ¿Habrá hombre más desdichado? ¡Que no haya una ingrata hallado! ¡Que no haya hallado a Beatriz! Sin duda que la siguió el que su vida guardaba... Sin duda en la calle estaba el que a su reja llamó... …y él de mí la habrá ocultado prudentemente advertido. …y él dichosamente ha sido quien consigo la ha llevado. (Mas ¿don Pedro no es aquel?). (Pero ¿no es aquel don Diego?). (Temeroso a verle llego... (Receloso llego a él... …porque imagino que es ya a todos mi ofensa clara). …porque temo que en mi cara leyendo su ofensa está). (¡Qué cobarde es un honrado cuando se mira ofendido!). (¡Qué cobarde un noble ha sido cuando se mira culpado!). (Mienta mi pena inhumana). (Finja mi desasosiego). ¡Tan de mañana, don Diego! Don Pedro, ¡tan de mañana! A seguir he madrugado una dama, por pensar que fuera la había de hallar; mas, no habiéndola encontrado, salió mi esperanza vana, salió burlada mi fe. Muy otra mi pena fue. Pues ¿qué ha habido? Que a mi hermana... (¡Ay de mí! ¿Qué irá a decir?). …la ha dado esta noche tal accidente, que mortal ha estado, y por acudir a su remedio, he salido a buscarla yo el doctor de más fama; que el amor con que siempre la he querido no me permitió a un criado fiar esta diligencia. (Así de su injusta ausencia desvelar pienso el cuidado que el no verla puede dar, creyendo que no está buena). Mucho siento vuestra pena. (Sin duda –¡fiero pesar!– que cuando salí tras ella y la calle en que iba erré, él dio con ella, por que pudiese vengarse della; pues decir que está mortal y que anda a buscar remedios, todo es honestar los medios de su muerte. ¿Qué haré en tal confusión para librarla? Pues de nuevo lo he debido en albricias, que no ha sido otro quien pudo ocultalla). Justo es el desasosiego. Tanto, que no estoy en mí. Vuelven don Juan y Chacón. ¿No son ellos? Señor, sí. Don Pedro, amigo don Diego, mucho agradezco que sea tan a un mismo tiempo el veros que mi amistad ofenderos no pueda con que a uno vea antes que a otro; y pues han sido tan iguales mis cuidados, seáis los dos muy bien hallados. Y vos, don Juan, bien venido. (Esforzaros, corazón, y disimular conviene). (Alma, alentad; que no viene don Juan a mala ocasión). Aunque de veros me he holgado, me pesa de que vengáis en ocasión que me halláis tan pendiente de un cuidado, que por acudir a él es fuerza, don Juan, dejaros. Mas yo volveré a buscaros; y, por si el hado cruel lugar no permite darme, sabed que me mudé aquí, por si se ofrece (¡ay de mí!) algo que poder mandarme. Vase. (¡Don Diego –¿qué es lo que a oír llego?– vive en casa de Leonor! Su hermana... Pero mejor es callar). ¿Qué trae don Diego, que parece que algún grave dolor tiene? Y tan cruel, que basta a matarme de él la parte que a mí me cabe. ¡Ay, don Juan! Que habéis llegado en ocasión, ¡vive Dios!, que halláis muriendo a los dos de tan contrario cuidado, que una infeliz deidad bella hoy entre los dos se halla, él empeñado en matalla, yo obligado a defendella. Y siendo así que me vía en una pena tan rara que de cualquiera fiara la poca ventura mía, lo que haré considerad, llegando vos a ocasión que viene a hacerse elección lo que era necesidad. Beatriz, su hermana, es la dama; yo, aunque él lo ignora, por quien padece el mortal desdén de su vida y de su fama. Anoche nos sucedió un empeño, que ahora fuera muy largo, si os le dijera. Su hermano entonces llegó; en que, de mí defendida, trata quitarla la vida: a cuyo efecto, buscando mil modos, fingiendo está accidentes, con que va los escándalos templando de su muerte; y siendo así que con mi vida su vida ha de quedar defendida, lo que habéis de hacer por mí es, con alguna ocasión sacarle un instante fuera, para que desta manera la tenga mi confusión de sacarla del aprieto que su vida ha amenazado. (¡Miren por dónde he llegado a saber todo el secreto, sabiendo en un breve instante quién ha sido, por mi error, la huéspeda de Leonor, el hermano y el amante!). Pues ¿cómo tan divertido, cuando tanto empeño oís, ni respondéis ni acudís a darme favor? Si ha sido ser vuestro amigo don Diego, yo también, don Juan, lo soy; y en un grado más, pues hoy a valerme de vos llego. No es hacer traición hacer esto, pues de amigo a amigo va, de más a más conmigo la piedad de una mujer. Ella os lo pide por mí; duélaos su vida y su honor. (¿Quién vio confusión mayor? Si digo a don Pedro aquí que ella en su casa no está, es obligarme a decir dónde está, que es no cumplir la palabra que di ya a Leonor; y aunque esto fuera lo que menos importara, es decirle –cosa es clara– de quién lo sé; de manera que, diciendo yo mi amor, y él sus afectos siguiendo, es dar con todo el estruendo en la casa de Leonor. Pues en tal duda dejalle cuando se vale de mí no es justo, haya un medio aquí que lo diga y que lo calle). Don Pedro, aunque hayáis culpado en lance tan riguroso, viéndoos vos tan cuidadoso, verme a mí tan descuidado presto me disculparéis en sabiendo que esa prisa no es por ahora tan precisa como vos la disponéis, pues no tenéis que empeñaros en librar a Beatriz bella. ¿Cómo, si los riesgos della son tan ciertos, son tan claros, que de su hermano oprimida vive en suerte tan escasa? Como ella no está en su casa ni corre riesgo su vida. Yo mismo ahora le he oído que en casa y enferma está. Otros motivos tendrá para que lo haya fingido. Vos ¿queréis ver si es así? Pues vedlo... Decid, por Dios. …en que yo no voy con vos, cuando vos os fiáis de mí. Quiere irse, y detiénele. Tened; que, si asegurado, bien que no del todo, quedo hoy de un cuidado, no puedo quedarlo de otro cuidado. Y es tal el segundo ya, que casi es más infeliz. Si no está en casa Beatriz, ¿adónde Beatriz está? Eso es lo que yo no sé. Pues ¿no sabéis cuanto pasa? Saber que no está en su casa no es saber adonde esté. Eso es decirme que un hombre que todo el origen fue de mi mal –de quien no sé hasta agora ni aun el nombre–, que hizo una seña a la reja y con quien riñó después su hermano, la oculta. No es; y de esa segunda queja puedo aseguraros yo mejor que de la primera, pues amante suyo no era el que a la reja llamó. Habladme claro, por Dios; decidme, don Juan, quién fue. Esto sé, esotro no sé. Amigos somos los dos, ¿por qué de enigmas usáis? Advertid que deslucís dos cosas que me decís con una que me calláis. ¿Daisme licencia que yo a quien me pregunte a mí lo que vos me fiáis aquí, pueda decírselo? No. Pues sacaos la consecuencia, porque quien de mí fio estotro, tampoco dio para decirlo licencia. Apuraros más no es bien. Vos ¿aseguraisme aquí que no está en su casa? Sí. ¿Ni otro la oculta? También. Pues, aunque en parte me deja vuestra amistad con mil sustos, en albricias de dos gustos, gracia os hago de una queja. Yo lo admito; y consolado id, pues callo lo que sé, de que también callaré lo que vos me habéis fiado. Ven, Chacón. Ya voy tras ti... Perdóname hasta después, porque viene aquí Ginés y quiero hablarle. Vanse don Juan y don Pedro. Sale Ginés, muy triste. ¡Ay de mí! ¡Ginés, amigo! Chacón, perdona: que la estrañeza de una pena, una tristeza, no permite al corazón desahogos para darte la bienvenida. Pues ¿qué ha habido? ¿Qué tienes? ¿Qué ha sucedido? Sólo a ti podré fiarte mi dolor. Sabrás, Chacón, que ayer alegre vivía, con presumir que tenía en mi casa sucesión, tal cual: y ya desconfío desta dicha. ¿De qué suerte? El trágico caso advierte del primogénito mío. Juana, cierta moza a quien no hay poyos que no la apoyen, me quiso. (¡Ojos que tal oyen!). La quise, ... (¡Oídos que tal ven!). …estaba..., ¿Qué, te has turbado? …no hallo digna frase. Pues ¿dónde está una cinta, que es la gala de ese tocado? Dices bien, encinta estaba; y quedando de volver yo anoche para saber en qué su aflicción paraba, mi amo no me dio lugar. Una amiga y compañera suya, de mi amor tercera, oyó en la calle silbar; y pensando que sería yo, al primero que pasó... Prosigue. …el niño le dio. Fue muy gran bellaquería. ¡Y como que fue! ¿Pues no? ¡Vive Dios, que, si supiera quién es, mil muertes le diera! ¡Qué bien hice en no ser yo! Buscárale, y mi furor, dondequiera que le hallara, el corazón le quitara. ¿El niño no era mejor? ¡Cargar con mi hijo! ¡Ah, cruel! Aunque con razón te quejas, quisiera saber qué dejas para quien cargó con él; pues no ser de gusto arguyo irse por todo el lugar oyendo un hombre llorar un niño que no era suyo. Mas, si ese es tu sentimiento, yo haré... ¿Qué? …que dónde está sepas. ¿Cómo ser podrá? Fácilmente: escucha atento. Yo tengo un íntimo amigo, callado, prudente y fiel, grande astrólogo; y, si a él todo el suceso le digo, lo sabrá sin discrepar un minuto; verdad es que será fuerza, Ginés, que algo se le haya de dar. Alma y vida le daré. Búscale luego, y en prueba esta sortija le lleva. ¡Y como que llevaré! Presto tus nuevas espero. Vase. Pues que me agravian los dos, honra mía, juro a Dios que habéis de valer dinero. Vase. Sale don Diego. Tanta mi vergüenza es, que encerrado he de morir sin atreverme a salir; Sale Ginés. que nadie me vea. Ginés, ¿de dónde vienes? Señor, no me riñas, porque vengo de servirte. ¿En qué? Ya tengo a Juana en cas de Leonor, donde tus partes hará. Calla, calla; no prosigas, ni ya en tu vida me digas nada de gusto, pues ya no ha de haberle para mí. Perdone, perdone amor, que todo soy de mi honor; y ya que una vez lo fui, dos veces infeliz fuera, si tan superior pesar dejara al alma lugar donde otra pasión cupiera. Pues a pensar que tu pena esto no hubiera aliviado, no se hubiera levantado; que en verdad que no está buena. ¡Que no sepa dónde iría, ni aquel amante quién es! Si entre el alboroto Inés huyó, que es quien lo sabía, ¿de quién saberlo procuras? Mira que he dicho que está mala Beatriz, por que, ya que lo callen mis locuras, no lo publique tu labio. Siempre leal te serví. ¿Llaman a la puerta? Sí. Mira quién es. ¡Oh! Un agravio. ¡Qué cobarde es! ¡Qué traidor! Todo le asusta y altera. Peor es esto: el que está ahí fuera es el padre de Leonor. ¿El padre de Leonor? Sí. Sin duda me conoció anoche. Lo más que yo he menester ahora aquí es que otro, de mí ofendido, celos de su honor me pida, cuando los tiene mi vida de otro a quien yo no los pido. Sale don Luis. Tendréis a gran novedad, señor don Diego, que venga yo a visitaros. Las dichas, y más tan grandes como ésta, siempre a quien no las aguarda, la hacen. Unas sillas llega, Ginés, aquí. Perdonadme que os reciba en esta pieza; que por ser este su cuarto y estar mi hermana indispuesta, no os suplico entréis adentro. (Bien prudente es la advertencia: huélgome de haberla oído). Salte, Ginés, allá fuera Vase Ginés. Anoche os busqué. No pude prevenir dicha como esta, y así no me estuve en casa. Pues recado os dejé en ella. A saberlo yo, os buscara. (¿Quién vio confusión como esta?). Materias, señor don Diego, del honor, en quien profesa sustentarlas como noble, son tan sagradas materias, que no se tratan, sin que hayan de costar por fuerza o vergüenza en quien las dice, o en quien las oye vergüenza; pero cuando este respeto que se les pierde al moverlas es por hombre de mis canas, de mi sangre y de mis prendas, parece que encomendada llevan no sé qué licencia que hace tratable el horror, si no apacible la ofensa. Esto viene a parar todo... (¡Pluguiera a Dios no supiera yo en lo que viene a parar!). …en facilitar mi lengua términos con que deciros que permitáis que no os crea decirme que mi señora doña Beatriz adolezca, cuando vengo de su parte, dejándola yo muy buena en mi casa con Leonor. (Ya es esto de otra materia). ¡En vuestra casa Beatriz! En mi casa, porque ella es tan cuerda, tan prudente, tan advertida y atenta, que hizo elección de la mía, así como faltó desta. No digo yo que disculpo haber, con causa o sin ella, vuestra cólera irritado, ni que vos con la ira ciega os destemplaseis tampoco; pero al fin cosas como estas, que de una parte y de otra no fáciles se sujetan, ni en ella al uso del juicio, ni en vos al de la prudencia, ya sucedidas, no hay cosa como acudir con presteza al reparo que las calla y no al golpe que las cuenta. El que no llega a saber que el honor, de un aire enferma, es más dichoso que honrado; pero el que sin culpa llega a saber que hay accidentes en su honor, y los remedia, más honrado es que dichoso; y en estas dos diferencias ninguno lo es más, porque igualmente airosos quedan, el uno porque lo ignora y el otro porque lo enmienda. En fin, lleguemos al caso. Doña Beatriz es tan cuerda –ya lo dije–, que ya que hubo de dejar tímida y ciega su casa, se fue a la mía, por que yo a deciros venga que sin que nada supláis en estimación –porque esta ni es plática que ella usara, ni medio que yo eligiera–, perdonéis no sé qué yerro de amor, tan dorado en ella, que restaura en calidad lo que pierde en conveniencias. Este es el caso: entre ahora el juicio de quien le media. Si hoy en términos, don Diego, vuestra elección estuviera, lo mejor fuera mejor; pero cuando no hay defensas para que lo que ya está sucedido no suceda, no hay cosa como engañarse uno a sí mismo, y que sea la que obre la voluntad, por que no lo haga la fuerza. Del mal, el menos; y más cuando prosigue ella mesma, que, si de vuestro rencor su rendimiento no llega a dispensar en lo fácil, postrada, humilde y sujeta por mí a vuestros pies os pide que solo la deis licencia para elegir de un convento por sepultura una celda. Señor don Luis, yo os he oído con deseo de que sean hermanas de un mismo parto la pregunta y la respuesta; pero habiendo de ser mía la una, y siendo la otra vuestra, claro está que al conformarlas han de disonar por fuerza; porque no pueden unirse en metáfora de cuerdas la que templa la cordura con la que el dolor destempla. Pero ya que mitigado, y no en poca parte, deja arbitrios para que elija lo mejor, muy mal hiciera en no hacerlo, pues no hallara disculpa, si en tanta pena se desbocara el enojo, teniéndole vos la rienda. A mi hermana lo primero es justo que la agradezca, ya que su casa dejó, que la dejó por la vuestra. Y así en albricias, don Luis, de una elección tan discreta, quiero pagarla con otra... Mas digo mal; que es la mesma, pues, si ella de vos se vale, yo también, y en competencia suya a vuestras plantas pongo honor, fama, vida, hacienda. Todo es vuestro, nada mío. Id, y de cualquier manera que vos, señor, dispongáis la plática, vengo en ella, como antes que la voz corra Beatriz a su casa vuelva. Trátese con el decoro igual y digno a sus prendas el estado que ella elija; que, a precio que no se entienda que falta Beatriz de casa ni que a mi disgusto intenta tomar estado, yo quiero anticipar la licencia: mas debajo del pretexto que en calidad, en nobleza, en punto, en estimación, un átomo, una apariencia he de dispensar, porque en tocando esta materia importara mucho menos que lo perdido se pierda, que lo por perder; que un daño o se olvida o se consuela, o se acaba con la vida; mas no cuando el daño queda vinculado en una casa a ser de su sangre herencia. Una y mil veces los brazos me dad; que de otra manera estilo no hallo con que tal valor os agradezca. Quedad con Dios; que no veo la hora de llegar con nueva de tanto gusto. Esperad; que, por la quietud siquiera del pensamiento de un triste, será justa piedad sepa, ya que la fineza hace, por quién hace la fineza. Tenéis razón, mas no puedo decirlo yo; que discreta Beatriz lo calla, por no empeñaros en la ofensa hasta la resolución; y supuesto que es tan cuerda, yo sabré quién es, y al punto volveré con la respuesta. ¿No será mejor que vaya yo con vos para saberla? No; que hasta estar informado yo de todo, no quisiera que quien a Beatriz parece digno, a vos no os lo parezca, y estando en mi casa... Oíd, no prosigáis: fuera de ella me quedaré. En eso haced vuestro gusto. Vase. (¿Quién creyera que el que juzgué que venía cargado de honrosas quejas a darme por su honor muerte, a dar vida a mi honor venga?). Vase. Salen Leonor y Beatriz. Mucho, Beatriz, me pesa que, ya que mi amistad tanto interesa hoy en tu compañía, la triste, la mortal melancolía que padeces sea parte a deslucirme el bien de consolarte. Trata, pues es en vano esperar siempre lo peor; tu hermano, de mi padre advertido, no dudo que prudente, darte el estado intente que a todos está bien: conque habrá sido el pasado disgusto tercero felicísimo del gusto. No siempre viene el día de parte del pesar. ¡Ay, Leonor mía! Que, aunque a despecho de mis dichas crea que puede ser que sea, como dices, tercero el disgusto del gusto, no lo espero, si doy crédito a una presunción, hija al fin de mi fortuna. Pues ¿qué temes agora? Que el dueño que ha de serlo, ¡ay de mí!, ignora dónde estoy, y quedando persuadido a que un aleve, un falso, un atrevido que a mi reja llamó sin culpa mía ser mi amante podía. ¡Oh, el cielo le destruya con el poder de toda la ira suya, dándole más fatigas que padezco por él! No me lo digas. ¿Qué te va a ti en que alivie mis pasiones? Hácenme estremecer las maldiciones. Estará sospechoso de presumir, en vano, que pude por el miedo de mi hermano irme a valer de quien está celoso; y como a este dudoso concepto, ¡ay, Dios!, la presunción entregue, cuando la nueva llegue de que viene don Diego en nuestro casamiento, podrá ciego hacer reparo: en cuyo trance advierte cuál es, Leonor, mi desdichada suerte, pues aun de lo mejor que me suceda, apelación a mis desdichas queda. No queda, pues el daño resulta en uno y otro desengaño. Si tú, Leonor, quisieras, finezas a finezas añadiendo, hacer una por mí, fácil pudieras vencer el mal de que me ves muriendo. Servirte solo es lo que pretendo. Pues dame... ¿Qué? …licencia de que un papel le escriba, por que dudoso dónde estoy no viva. Sí; mas ¿quién ha de hacer la diligencia, si ves que una criada, que es la que ir puede fuera solamente, hoy vino a casa, y es inconveniente tan presto hacerla sabidora? En nada repara quien desea. Yo la hablé ya, y como ella gusto vea en ti, dice que irá donde la diga. Tu pena, más que tu amistad, me obliga. Haz lo que tú quisieres. No, amiga; esclava soy, mi dueño eres. Ven, darete, Beatriz, mi escribanía. Vase. ¡Juana! Sale Juana. Señora mía. Ya la licencia tengo. Vase Beatriz. Dame el papel: verás qué presto vengo. Que, ya que me ha traído Ginés aquí por su amo, justo ha sido que también a su ama sirva, supuesto que ella también ama; y una y otra porfía afectas son a la prebenda mía. Salen don Juan y Chacón como con recato, hablando desde la puerta; don Juan se queda en ella y Chacón llega a Juana. Entra primero tú: delante pasa, hasta saber si está don Luis en casa. Allí está sola una criada. Della puedes saberlo. Retírase. ¿Oye vusted, doncella? Pero ¡qué es lo que veo! Mentí como un sacrílego. El deseo, o sombras finge, o mi ventura ha sido. Seas, Chacón, mil veces bien venido donde un alma te espera enamorada. Tú, Juana, seas mil veces mal hallada. Mal merecen estilo tan grosero el amor y la fe con que te espero. ¿Tú me hablas de esa suerte? ¡Ah, mi bien, mi señor! Mi mal, mi muerte. ¿Qué es esto? ¿Qué preguntas, si eres un cocodrilo, una serena, que para mayor pena, trecemesinamente a un tiempo juntas traición y halago? Mas, pues, no barruntas lo que es esto, y fingiendo que lo ignoras, exequias cantas, parabienes lloras, yo lo diré. ¿Puedes negarme, ingrata, falsa, aleve, cruel, fiera, mulata –perdona el consonante, cárgome de razón: paso adelante–, lo que en tu misma casa a mí me pasa? ¿En qué casa, Chacón, si esta es mi casa? ¿Esta es tu casa? Desde que te fuiste, por vivir en tu ausencia sola y triste, quitada de ocasiones, de malas lenguas y mormuraciones, dejé la que tenía. Criada soy de Leonor. ¡Ay, Juana mía! Perdona; que los celos duelo no tienen, aunque tienen duelos. Llega, señor, oirás el más estraño, el mejor, el más dulce desengaño. ¿Deso tratas agora? ¿He de tratar del reto de Zamora? Seas, ¡oh, Juana!, el susto despedido, bien hallada. Tú seas mal venido. ¿Tal pronuncia tu labio? ¡Ah, mi Juana! ¡Ah, mi bien! Mi mal, mi agravio. ¿Qué es esto? Ser quien soy, verme ofendida... Sale Leonor. Toma, Juana, el papel: ve, por tu vida; que por que no saliese ella acá fuera, yo te le traigo. Dala el papel. Espera; que antes que Juana con él vaya donde tú la envías, han de ver las ansias mías lo que contiene el papel. Quiere tomarle, y ella le retira. ¡Siempre conmigo cruel, don Juan, siempre sospechoso, recatado y temeroso! Cuando juzgo que previenes más fino obligarme, vienes a ofenderme más celoso. Leonor, aunque mi albedrío tenga de ti confianza, ha de temer tu mudanza el poco mérito mío. Yo de ti no desconfío; de quien desconfío es de mí; y supuesto, siendo así, que a mí me tomo, y no a él, tengo de ver el papel. ¿Le has de ver? Pues oye. Di. Aqueste papel no es mío, ni yo le escribo, ni sé lo que en sí contiene, aunque ves que soy la que le envío; yo de tu mano le fío, mas con esta condición: que, si lees sólo un renglón, de nuevo me he de ofender, y si le vuelves sin leer, creeré la satisfación que tienes de mí; de suerte que estar de nuevo ofendida u de nuevo agradecida, Dásele. en tu mano pongo... Advierte que es un examen muy fuerte, una experiencia muy nueva y muy rigurosa prueba, poner al que está mortal en los labios el cristal y decirle que no beba. Darme, Leonor, el papel a que en mi mano le vea, y mandar que no le lea es precepto tan cruel como fuera darle a aquel que ya en la prisión desmaya, pisando la última raya de la vida su aflicción, la llave de la prisión y decir que no se vaya. Ver que a una criada le das y no ver a quién le envías, ver que a mi mano le fías para volverle no más, lo mismo, si atenta estás a condición tan severa, que si desde la ribera al que agonizando hallaras una tabla le arrojaras con ley de que no la asiera. Lo mismo es decirme aquí que no es tuyo, y pretender que lo que yo puedo ver, sin verlo, lo crea de ti, que si al que ardiendo, ¡ay de mí!, en un incendio tirano le persuadieras en vano a que el fuego no apagara, esperando que llegara a socorrerle otra mano. Y así, aunque lidien, Leonor, en tan estraño precepto, de una parte tu respeto, de otra parte mi temor, Ábrele. perdona; que fuera error que yo morir me dejara sin que del cristal probara, sin que la prisión rompiera, sin que a la tabla me asiera y sin que el fuego apagara. «Porque no presumáis de mí que no deseo hacer siempre lo mejor, sabed que donde vine a favorecerme anoche, fue en casa de Leonor; en ella...» No hay que leer más; y, si yo que no te ofendía creyera, todo esto dicho le hubiera a quien Beatriz lo escribió. En fin, ¿no te engañé? No. ¿Luego, ingrato eres? Soy fiel. Toma el papel. ¿Yo el papel? Ni verlo quiero. Sale don Luis. Yo sí. (¡Ay, infelice de mí!). (¿Quién vio lance más cruel?). ¿Qué es esto, señor don Juan? ¡Vos en mi casa! ¿Qué es esto, Leonor? ¡Enojada tú! ¡Porfiando uno, otro sintiendo! Pero no, no lo digáis, que pues he llegado a tiempo, que este papel me lo diga, de él lo sabré. (¡Yo estoy muerto!). (¡Yo, confusa!). . (¡Yo, turbada!). (Yo, si la verdad confieso, estoy ahora como cuando tengo muchísimo miedo). Para qué quieres, señor, de aquese papel saberlo, si mejor de mí podrás saber la verdad. (Ea, cielos, favor aquí). ¿Qué pretende decir Leonor? Algún cuento. Beatriz le escribió a su amante, que será ese caballero que yo no he visto en mi vida ni sé quién es; él, sabiendo por él, que está aquí Beatriz, traído de sus afectos, dice que ha de entrar a hablarla; y porque se lo defiendo, diciéndole que es engaño por lo que yo a mí me debo, para convencerme él me daba el papel, a efecto de que le leyera yo, y así me estaba diciendo: «Toma el papel»; a que entonces yo «El papel, ni verle quiero» respondí, dándole al aire. Lo que dices tú es lo mesmo que dicen papel y acción. Ahí verás que yo no miento. ¡Y cómo! (Así las verdades son, de todas, las del pueblo). Por cierto, señor don Juan, vos no habéis andado cuerdo, ni en atreveros a entrar en mi casa, ni en poneros en demandas con Leonor. Señor, mi amor, mi desvelo en amar a Beatriz es justo, y... Disculpas no quiero, ni a todo lo que pudiera estender mis sentimientos, porque en efecto no es ya de mi edad todo el duelo, y más cuando de enmendar trato los disgustos vuestros. Para el fin de vuestras bodas de hablar a don Diego vengo. Él responde tan prudente, tan advertido y atento que, olvidado del disgusto, sólo trata del remedio de su honor; y aunque dudaba en solo saber si el dueño que eligió Beatriz tenía en sangre merecimientos que igualasen a la suya, ya –siendo vos el sujeto en quien tan calificados quedan todos sus recelos como en quien goza la altiva sangre ilustre de Toledo– no hay que reparar; y así a decirlo a Beatriz entro, por ganar yo las albricias y por que sepa que dejo toda su pena acabada. Vos esperad; que al momento a don Diego llamaré para que alegre y contento, hermano y amigo os hable. ¿Tan presto quieres todo eso atropellar? Estas cosas son mejor cuanto más presto. A ella. No veo la hora de echar de mi casa tan opuestos lances a mi condición. ¡Muy bueno, en verdad, es esto, Leonor, para tu recato! Váyanse allá con sus celos y su amor. Vase. ¡Ay, Leonor mía! ¿Qué has hecho? ¿Qué he de haber hecho? Valerme de una disculpa, y la disculpa me ha muerto. Aún el empeño que falta es peor, porque, en saliendo Beatriz a verme, es forzoso decir que no soy el dueño de su amor; y cuando quiera hoy por ti fingir el serlo, es empeñarme a tratar con don Luis el casamiento: y en materia tan pesada no he de mentir. Todo eso puede enmendarse, don Juan. ¿Con qué? Con dar tiempo al tiempo. Vete tú antes que ellos salgan, y déjame a mí. Mal puedo yo en tanto riesgo dejarte. En yéndote tú, no hay riesgo. ¿Cómo, si don Luis a mí nombra, y Beatriz a don Pedro, puede dejar de quedar todo el lance descubierto, y resultar contra ti la presunción del empeño? No viéndote a ti, es cuestión de nombre esa; y en efeto, dar tiempo al tiempo te importa. A mi pesar te obedezco. Salgamos, señor, de aquí una por una. Y sea presto; que vuelve mi padre ya. Adiós. Mas hay otro encuentro para no poder salir; que está a la puerta don Diego de la calle, y es indicio verme salir de acá dentro. Pues retírate a esta cuadra. Dios te depare embeleco curioso y aprovechado. Escóndense los dos. Juana, ... Señora... …silencio; que, aunque hoy es el primer día que me sirves, ... ¿Cómo es eso de primer día? ¿Qué haces? …fío que guardes secreto, y digas que el papel diste a quien iba. Yo lo ofrezco. Pues retírate de aquí; que, quedando solo esto, se hará mejor la desecha a la disculpa que pienso dar de haberse don Juan ido. Vase. ¡Brava trama se va urdiendo! Allí está en gran puridad con Beatriz hablando el viejo; don Juan, escondido aquí; a nuestra puerta, don Diego; Leonor, en obligación de decir segundo enredo; Chacón, celoso; culpada, yo... ¿Ven vustedes todo esto? Pues en qué para verán solo con dar tiempo al tiempo. Jornada Tercera Chacón y don Juan a la puerta. Ya don Luis y Beatriz vienen hacia esta parte. Habla quedo. ¿Qué ha de decirles Leonor de habernos ido? Oye atento. Retíranse. Salen don Luis y Beatriz. Esto dijo vuestro hermano, prudente, advertido y cuerdo; y, aunque pudiera, señora doña Beatriz, mi respeto ofenderse de que vos tan de las puertas adentro de mi casa hayáis escrito que venga este caballero, os lo perdono, porque hago en perdonarlo menos a vos que a él. Yo, señor, escribí el papel, diciendo que en vuestra casa... Está bien. …por que supiera el acierto de mi elección: no pensara que yo pudiera... En efecto, ya él está aquí, y en la calle vuestro hermano, que, en sabiendo quién es, es fuerza que admita de su honor el mejor medio: conque a vuestra casa hoy volveréis gustosa. El cielo os guarde; que honor y vida he de confesar que os debo. Salen Leonor y Juana. Yo he de serviros. Leonor, ¿dónde está aquel caballero que quedó aquí? No quisiera decir lo que dijo, huyendo, de volver, señor, a verte. Pues ¿qué dijo? No sé cierto...; que aunque él a ver a Beatriz había venido, no a efecto de tratar con tanta prisa, señor, de su casamiento, porque hasta estar su temor informado y satisfecho de quién era el que llamaba a la reja, estando él dentro de su casa, no pensaba tratar de segundos medios; que esto dijese a Beatriz y a ti: que va de ti huyendo, por no hablar desto contigo. ¡Ay, Leonor, no en vano fueron mis temores! A quienquiera que fuese, destruya el cielo. El bien puede, Beatriz mía, ser muy grande caballero; pero ni contigo fino, ni conmigo ha andado cuerdo. A Chacón ¿Qué te parece el engaño para ir dando tiempo al tiempo? Yo, con lo del primer día, a nada, señor, atiendo. ¿Que eso dijo, y que se fuese? Tras él iré; que ya es duelo de mi casa y de mi honor. Mas ¿dónde voy? Que don Diego en la calle está esperando la respuesta; y si le llevo el nombre, y le veo salir, es preciso ir al momento a buscarle, alborozado de saber quién es; y es yerro, no estando de parecer estotro en el casamiento. Pues dejarlo de decir, cuando él espera a saberlo, será ponerle en mayor sospecha de que yo miento, y más viéndole en mi casa. ¿Quién me ha metido a mí en esto de andarme yo entre mocitos, ajustando amor y celos? Señor, si yo hubiera dado la ocasión... Mas, ¡ay, cielos!, mi hermano entra en esta sala: de sólo mirarle tiemblo. Pues ya sabéis vos quién es, decídselo: aseguremos lo principal de la duda; que en esotro yo me ofrezco a desengañarle, pues, para quedar satisfecho, sé que tengo de mi parte la poca culpa que tengo. Vase. Sale don Diego y Ginés. Perdonad, señor don Luis; que el estaros tanto tiempo en cosa tan fácil como saber un nombre, me ha hecho en sospecha entrar de que no debe de ser tan bueno como pensasteis; y así, apurado el sufrimiento, sin poder conmigo más, entré donde ya no quiero que me digáis nada, pues el veros a vos suspenso y el ver huyendo a Beatriz, me han dicho... ¿Qué? …que el sujeto no es para que yo le sepa. Engañaisos, ¡vive el cielo!; que el detenerme yo, ha sido informarme por extenso; y el retirarse Beatriz, temor, vergüenza y respeto: y bien de uno y otro puede, don Diego, satisfaceros –(de dos daños el menor)– ser... ¿Quién? Don Juan de Toledo. Dadme mil veces los brazos; que no pudiera con menos que con el alma y la vida esa nueva agradeceros; que, aunque don Juan es mi amigo, y puedan mis sentimientos en la parte de leales formar queja de que siendo quien es, lo mismo con que le rogara yo, haya hecho no lícita pretensión, ya destas cosas no es tiempo. Al paño (¿Quién creerá que mi alabanza venga a ser mi sentimiento?). (¿Quién creerá que yo a mi amante le trate otro casamiento?). (¿Quién creerá que es primer día que está aquí Juana sirviendo?). Y así, señora, decid que salga Beatriz; que quiero, sin culparla ya en la causa, agradecerla el efecto. ¿Para qué queréis que aquí se embarace ahora de veros? Juana, albricias, que de aquella perdida prenda, hoy espero tener noticia. Calla ahora. (¿Prenda perdida tenemos, sobre primer día?). A buscar vamos a don Juan; y puesto a sus pies, veréis que hago la queja agradecimiento. Tened, que antes que los dos cara a cara habléis en esto, es bien que delante vaya yo a hablarle: que los terceros ajustan mejor las paces. De mis acciones sois dueño. Pues venid tras mí a lo largo, porque hasta ahora, no sabiendo que le buscamos de paz, se recatará de veros como ofendido. (Esto es por hablarle yo primero). Seguidme, pues. Vase. Tras vos voy. ¿Adónde, ¡ay de mí!, pudieron, hermosísima Leonor, hallar mis nobles deseos honor y vida, si no es en vuestra casa, que es centro del alma y región, al fin, de sus glorias? Ni os entiendo, ni sé por qué lo decís. Mi padre espera: idos presto. No os deis por desentendida; que no es, no, mi amor tan necio, que no haya sabido darse a entender en tanto tiempo como sabéis que os adoro. (¡Qué escucho!). (Tan malo es esto como mi prenda perdida). Y pues el hado ha dispuesto... ¿Qué ha de haber dispuesto el hado? Idos de aquí. …que temiendo que por encontrarme anoche don Luis me hablara en sus celos, no me hable sino en mi honor, muy bien prometerme puedo que se mejoran mis dichas; pues ya, por lo menos, tengo el quereros de mi parte y el que vos sabéis que os quiero. Vase, y con él Ginés. Salen Chacón y don Juan. (¡Oh, lo que ha de haber aquí de celos y de más celos!). (¿Qué hará, ¡ay de mí!, con razón quien sin ella estuvo ciego?). Juana, mucho hay que reñir. Vamos a tomar los puestos, que este es de mi amo, no mío. Otro día nos veremos. Vase. Pues juro a Dios que otro día se ha de ver en nuestro encuentro la más reñida batalla de los partos y los medos. Vase. Leonor, ... (¡Ay de mí!). …ya ves que tu padre y que don Diego van a buscarme, pensando que yo soy de Beatriz dueño; Beatriz piensa que el que estuvo aquí es su amante don Pedro; don Pedro es amigo mío, a quien yo callé el secreto: de modo que a todos cuatro hoy por enemigos tengo. Lo que resulta de todo es quedar tú por lo menos segura: conque no importa quedar yo culpado, puesto que nunca podré decir lo que me tuvo aquí dentro; pues siendo así que yo solo soy el azar y el encuentro, y dar tiempo al tiempo ha sido la causa de todo aquesto, yo procuraré, Leonor, darle tanto tiempo al tiempo, que ninguno me halle. Adiós. ¡Ah, don Juan, que aquese esfuerzo quieres que yo no le entienda y, aunque no quieras, le entiendo! Harto es que tú entiendas algo, cuando te culpa otro afecto darte por desentendida. Los cielos... Aquí no hay cielos. No me des satisfaciones: antes de oírlas, las creo; que eres quien eres, y no se ha de tener mal concepto de ti. Tan malo es, don Juan, pedir un amante celos sin ocasión, como no pedirlos con ella. Luego –descuidástete, Leonor–, ya confiesas que la tengo. Sí; mas no que yo la he dado. Dices muy bien, porque aquello del lance de anoche, y ir tu padre a buscarle, haciendo honor lo que él juzgó agravio decir... Mas ¿qué te importa esto? Él te quiere, y tú lo sabes. Adiós, adiós, porque pienso que si... Mas no pienso nada. Adiós, Leonor. Si primero no me oyes, no has de irte. No oiré. ¿Por qué? Porque temo, si te oigo, que he de creerte, y haré muy mal, si te creo. ¿Qué culpa es de una mujer que la quieran? ¡Qué argumento tan de todas: ser querida no es culpa! Y es porque vemos que son queridas, y no qué ocasión dan para serlo. Yo no la he dado. Eso basta. No basta; que has de creerlo. Leonor, tu padre está fuera, y es fuerza que venga presto; don Diego vendrá con él, y Beatriz está aquí dentro: ya ves que no es ocasión agora de detenernos. Yo, yo me veré en si acaso tengo razón o no tengo. Esas son palabras mías. Buenas serán, por lo menos; que eres muy discreta tú. No lo soy, mas lo parezco esta vez bien a mi costa. ¿En qué? En sentir como siento. ¿Tú sientes? Sí. ¿Qué? El disgusto que llevas. Si yo le llevo, ¿qué tienes tú que sentirlo? Mucho. Nada, es lo más cierto. No es, que yo, ... Que tú, ... …constante siempre, ... …nunca firme, ... …puedo... blasonar... …puedes decir... …que... …cuándo... …te amo. …te pierdo. Deja hablar. Deja sentir. Yo..., tú..., mira, si... Sale Beatriz. ¿Qué es esto? Leonor lo dirá; que yo ni quiero, ni sé, ni puedo. Vase. Yo sí, yo te lo diré, que puedo, que sé y que quiero. Sabrás, ¡ay, Beatriz!, que tú, por darme vida, me has muerto. ¿Yo? Sí. ¿Cómo? Escucha atenta; que a ambas importa saberlo Yo, Beatriz... Sale don Luis, alborotado. Beatriz, ... Señor... …a hablar a este amante vuestro voy, como veis, vuestro hermano siempre mis pasos siguiendo; y habiendo agora en la calle engañádole diciendo que vuelvo por un papel, a solo deciros vuelvo que yo le divirtiré, dándole algún tiempo al tiempo, para que podáis en tanto –ya lo que os culpaba, os ruego– satisfacerle prudente de aquellos pasados celos que le llevaron de aquí: y así, con todo el esfuerzo posible la diligencia haced, por que no lleguemos a hablarle sin que él esté antes de vos satisfecho; porque si, habiéndome dicho don Juan cuando entró aquí dentro que vino por vos, agora se vuelve atrás... No os entiendo. ¿A qué don Juan me decís que satisfaga? ¡Eso es bueno! ¿A qué don Juan ha de ser? (Todo está ya descubierto). ¿No he de preguntarlo, si no lo sé? ¡Mejor es eso! Don Juan de Toledo. Pues ¿quién es don Juan de Toledo?, porque yo no le conozco. Hareisme perder el seso. Don Juan de Toledo, ¿no es el que yo encontré aquí dentro, de vuestro papel llamado? Que os equivocáis sospecho, o que le tenéis por otro, porque se llama don Pedro Enríquez. ¡Muy bueno fuera engañarme yo, por cierto, y fui amigo de su padre desde que era niño tierno! (Esto va malo). ¿Decís del que yo escribí? Del mesmo, y del mesmo que a Leonor aquí daba el papel vuestro: mirad si puede ser otro. (Aquí es menester remedio). Sale Juana. Juana, ¿a quién diste el papel? A Juana Ved lo que en mi casa tengo. No os vuelva yo a hallar en ella. Di, ¿a quién le diste? A su dueño en la misma casa que me dijiste. ¿Es cierto? Cierto. ¿Quién lo duda? Pues él vino aquí con el papel mesmo. Pues no se llama don Juan, y padecéis algún yerro, sino don Pedro, señor. Perderé mi entendimiento. Ven acá, Leonor: ¿no viste que le hablé y me habló, no haciendo novedad el conocerle? Sí, señor. Pues ¿cómo puedo yo engañarme? ¿Qué sé yo? Y mientras entré allá dentro, ¿no te dejó dicho a ti lo que tú dijiste? Es cierto; y que si él mismo no fuera, no pudiera yo saberlo. Claro está. No está muy claro; que Leonor... (Malo va esto). Primero soy yo que nadie en llegando a estos estremos; ¿sabes la verdad? Sí sé, tú me la estabas diciendo; yo la diré, pues me das la licencia para ello; y es, señor, que habiendo visto en don Juan aquel recelo, quiere ahora elegir al otro de quien don Juan tiene celos, que fue el que llamó a la reja; y pues es este tu intento, Beatriz, no sea engañando a mi padre. Eso es lo cierto. Queríame dar parecer, viendo en don Juan tal desprecio, a costa de mi paciencia. Ella lo estaba diciendo. ¿Yo? Sí. Ya él entró en mi casa, y él es el que ya yo tengo dicho a vuestro hermano, y él ha de ser, ¡viven los cielos!, vuestro esposo; así, tratad, Beatriz, que esté satisfecho cuando le hablemos, y ved que lo más que yo hacer puedo es, para que le habléis antes, irle dando tiempo al tiempo. Vase. ¡Ah, Leonor, que tú bien sabes la verdad! Yo lo confieso. Pues ¿por qué no la decías? Porque no me estaba a cuento. ¿Y el culparme a mí? . Porque también yo era primero. Pues sépala ahora. Conmigo ven: sabrás todo el suceso, mientras tomamos los mantos. ¿Los mantos? Sí. ¿Y a qué efecto? A efecto, pues que mi padre nos da lugar para esto, de ir yo contigo, Beatriz. ¿A qué? A deshacer un yerro. ¿Qué yerro? Tú le sabrás. ¿Cuándo he de saberle? Presto. ¿Cómo? Viniendo conmigo. ¿Dónde? Donde yo te llevo. Dime, ... Tiempo no perdamos: mira que, si le perdemos, no podremos darle. …¿a quién tiempo hemos de dar? Al tiempo que hemos menester, Beatriz, para enmendar el empeño de los celos de don Juan y el engaño de don Pedro. Vanse. Yo también se le daré a todos estos enredos; que, pues que me echan de casa, ya por decirlos reviento. Vase. Sale don Pedro. Mal descansa un desdichado, mal un infeliz sosiega, pues dondequiera que llega encuentra con su cuidado; y es que siempre acompañado de la causa en que él se ceba, siempre le parece nueva, presumiendo al encontralla que es allí donde la halla, y es allí donde la lleva. Dígalo yo, que en la calle ni en casa es posible hallar la espalda de mi pesar; rostro a rostro he de encontralle siempre, siendo al apuralle, don Juan todo presunciones. don Diego todo ilusiones, don Luis todo diligencias, Beatriz toda –¡ay de mí!– ausencias, y yo todo confusiones. ¿Qué quiera ser haber ido –que siempre a la mira he andado– don Luis a donde encerrado grande plática ha tenido con don Diego, haber salido los dos y, en su casa luego, quedarse fuera don Diego, hasta que después entró, de donde a salir volvió con don Luis, y sin sosiego uno y otro platicando, ver que entrambos juntos van hacia en casa de don Juan, a cuya puerta mirando, parece que están dudando sobre si es ella o no es ella? No te pido, injusta estrella, en la pena que me das remedio; dame no más el alivio de sabella. Retírase. Salen don Diego y don Luis. Esta es de don Juan la casa. Notable prisa tenéis. No os espante, pues sabéis cuán de estremo a estremo pasa a ser pródiga de escasa mi fortuna. Entrad a hablalle; que no veo la hora de dalle gracias del que agravio fue. Retiraos de aquí; yo iré. (¡Plegue a Dios que no le halle!). Vase. (Solo don Diego ha quedado. Ea, apuremos, sospechas, de una vez todo el veneno). Habiéndoos con tanta pena dejado, mal mi amistad sufre que a veros no vuelva. Decid, ¿cómo mi señora doña Beatriz está? Buena, porque el accidente ha ido mejorando a toda priesa; tanto, que ha dado lugar que, para que se divierta, en cas de su grande amiga Leonor esta tarde ir pueda; y creo de la visita –(cúrese en salud la ofensa, por si acaso ha entendido algo)– que hay mayor misterio en ella, de que pienso que me deis muy presto la norabuena. Decirme entero el pesar, y el gusto, don Diego, a medias, no es partido igual. ¿Qué ha habido que ahora tan alegre os tenga, y antes de agora tan triste? Sucederme no pudiera cosa de más dicha, más gusto ni más conveniencia. ¿Cómo? Don Luis, ya sabéis cuánto mi amistad profesa, por la que tuvo a mi padre, y cuánto es de Leonor bella Beatriz amiga. Si sé. Pues como los dos desean siempre mi aumento, han tratado dar estado a Beatriz. Sea para bien porque, elección suya y aceptación vuestra, claro es que será acertada. Saber el feliz quisiera que mereció tanta dicha para que en mí un criado tenga. Don Juan de Toledo. Ved si es justo alborozo verla empleada en caballero de su sangre y de sus prendas. Sí, por cierto. Perdonad, don Pedro, y dadme licencia de quedar solo; que estoy esperando una respuesta que me ha de traer don Luis, y no quiero que me vea acompañado. Los cielos os guarden. Adiós. (¡Que fuera yo tan bárbaro, tan necio, que al oír de su boca mesma que sabía que no estaba en su casa, y que no era posible decir adónde por entonces, no cayera en que al saber sus secretos tan por menor, era fuerza que allá en su pecho tuviese alguna traición cubierta! ¿Quién pudiera en dos mitades buscar a un tiempo a él y a ella: a él para darle la muerte y a ella para darla quejas, que es como nobles celosos de dama y galán se vengan? Mas, ya que a los dos no puedo buscar a un tiempo, no quieran mis celos que de mí digan que en dos iguales ofensas, primero que de la espada, eché mano de la lengua. En quitándose de aquí, daré a buscarle la vuelta). Vase. Mucho se tarda don Luis: sin duda habla en la materia. No sabré encarecer cuánto alegre estoy de que sea, ya que hubiese de caer en otro dueño mi queja, don Juan. Sale don Juan. (Si puedo en mi casa entrar sin que alguien me vea, yo me ocultaré de todos, por que tiempo el tiempo tenga para vencer los engaños, ya que los celos no venza...). Don Juan... Don Diego... ¡Qué buen encuentro! (¡Mejor dijeras qué mal azar!). Aquí aguardo a echarme a las plantas vuestras por las honras que don Luis me ha dicho que hacer desea vuestra amistad a mi casa. (¡A qué mala ocasión llega sobre mis celos su engaño!). Él en la vuestra os espera para daros de mi parte las gracias de honra como esta; pero supuesto, don Juan, que en la noble amistad nuestra sobran los terceros, y es tan mía la conveniencia, ya que este encuentro me ha dado la ocasión, que no la pierda será bien, y a vuestras plantas mi vida y mi honor ofrezca, y con Beatriz toda el alma, y con su hacienda mi hacienda; porque no solo esto pienso lograr desta conveniencia, sino que, una vez pasando a deudo la amistad nuestra, me habéis de facilitar las bodas con Leonor bella, hija de don Luis, a quien yo adoro. (Ya no hay paciencia. ¿Qué haré? Que asentir en esto es dar al engaño fuerza, y fuerza a mis celos no declararlos). ¡Tan suspensa la voz, tan mudado el rostro y tan callada la lengua, respondéis no respondiendo a quien tan rendido llega y agradecido a postrarse a vuestros pies! (Esto es fuerza; mejor es que de una vez su engaño y mis celos sepa don Diego). Antes que toquemos en tan sagrada materia como la de vuestro honor, que esto a todo se reserva, tengo que hablaros en otra; y en informándoos della, veréis si os estará bien que volvamos a hablar desta. Pues decid. Yo ha algunos años que sirvo a... Sale don Luis. ¡Muy bien pudiera esperaros todo el día! Mas yo os perdono la pena del esperar, por hallaros convenidos de manera que sobremos los terceros. No sé cómo aqueso sea; que antes don Juan me decía que, antes que hablar de eso venga, tiene otra cosa en que hablarme; y, pues nada a vos se os niega, lo oiréis también. Proseguid; que no hay cosa que no pueda saber don Luis. Es verdad –(sino solamente ésta)–, pero, aunque lo sea, de mí a vos el tratarlo es fuerza; y, pues no soy hombre yo que tengo de hacer ausencia, o yo os buscaré, o buscadme. Si estamos aquí, imprudencia será buscarnos después. No será, porque, aunque pueda saberlo don Luis, no quiero que de mi boca lo sepa. Vase. Yo voy tras vos. Deteneos. ¿Vos queréis que me detenga? Sí, que en materias de honor más ha de hacer la prudencia que no la cólera. Hombre que a decirme una vez llega que ha muchos años que sirve a mi hermana –que, aunque della no dijo el nombre, le dijo la acción antes que la lengua–, ¿se ha de ir desta suerte? Sí, y aunque él no quiere que sepa yo la causa, ya la sé. ¿Vos? Sí. ¿Qué es? Por vida vuestra, que no me la preguntéis, y que mi amistad os deba no ir tras mí, aunque voy tras él; que yo os traeré la respuesta. Vase. ¡Ay, hombre más infeliz! ¡Oh, aleve! ¡Oh, tirana! ¡Oh, fiera hermana!; por ti... Salen Ginés y Juana. Señor, oye; que hay mucho que sepas. ¿Qué es? Juana te lo dirá; que ya de casa la echan de Leonor. Pues ¿qué ha habido? Ser chismosa no quisiera, pero más entré en su casa a servirte a ti que a ella. Leonor no te favorece, porque está de amores muerta de un caballero. ¿Y quién es? Don Juan de Toledo. Cesa; que entras mintiendo, y no quiero que en todo lo demás mientas. ¡Pluguiera a Dios que ese gusto hoy de más a más tuviera sobre el parlar! Pues ¿cómo es posible que esto sea, si ha de casar con Beatriz mi hermana? La historia es esa, que entrando a ver a Leonor, le halló su padre con ella, y fingieron que iba a ver a Beatriz, diciendo que era el galán que la tenía fuera de su casa. Espera; que de dos veces me matas, pues honor y amor arriesgas, sin duda esto iba a decirme, y al llegar don Luis lo deja. Mas siendo así, ¿quién, ¡ay, cielos!, ya que don Juan no lo sea, es de Beatriz el amante? El nombre no se me acuerda. ¡Ah, sí! ¡Ah, sí!... Don Pedro Enríquez, a quien yo llevar debiera un papel. Más no prosigas, que vas dando muchas señas y, según son todas malas, sin duda son todas ciertas. ¡Y cómo que son!, y tanto, si mejor quieres saberlas, que aquesta tarde las dos, disfrazadas y encubiertas han salido. ¿Dónde van? No sé; pero mi sospecha es que a la casa de alguno de los dos, por decir ellas que van a enmendar un yerro. ¡Ay, que es forzoso que mientan, porque antes van a hacer otro, si a tanta costa le enmiendan! Si en casa de don Juan quiero esperar, temer es fuerza que en cas de don Pedro vayan, y de una en otra se pierdan; pues dejar de remitillo a tan cercana experiencia, no es posible. Sale don Luis. Él no parece. Yo estimo que no parezca, y antes, don Luis, os suplico que, si os cansaba mi priesa, perdonéis ahora mi espacio; y así en aquesta materia, aunque le halléis, no le habléis. ¿Cómo no he de hablarle en ella, siendo ya obligación mía? Si el ser mía la hizo vuestra y os pido no la tengáis, ¿qué haréis vos en no tenerla? ¡Tanta cólera primero, y agora tanta paciencia! ¿Qué os va a vos y a vuestra hermana en que yo mi juicio pierda? ¿Qué novedad hay, don Diego, que atrás el intento vuelva? No sé; mas yo lo sabré y os vendré con la respuesta. ¿No será mejor que vaya con vos a informarme della? No; que no puedo decirla yo, ni vos podéis saberla. Vase. ¿Cómo no? ¡Viven los cielos! Que no hay cosa que no pueda saber yo, y he de saber qué variedades son estas. Vase. Ginés, esto es hecho: vamos de aquí. Vamos. Mas espera; que viene Chacón allí. ¿Quién es Chacón? (¡Estoy muerta!). El mayor amigo mío. Ven acá, no te detengas; que después podrás hablarle. Antes quiero que te vea, por que haga, hablándole tú, mejor... ¿Qué? …la diligencia del mal logrado; que este es quien cuida de que parezca. Sale Chacón, con un papelico, leyendo. (¿Papel a mí una tapada? ¿Qué será lo que contenga? Porque como no sé leer, no es posible que lo sepa, por más veces que lo paso). ¡Oh, Chacón amigo! ¿Era hora de vernos? Pues ¿no? ¿Qué hay de mi perdida prenda? Hay una gran novedad. ¿Cómo? Sabrás... Tente, espera, que quiero que lo oiga Juana, por ser quien tanto interesa, que, Chacón, es otro yo. Una servidora vuestra. Vuesarced, señora Juana, por su segundo me tenga. Prosigue ahora. Digo, pues, que el tal astrólogo apenas empezó a hacer la figura, cuando empezó a ver en ella que la moza a quien dio el niño encargó con grandes veras que al punto le cristianasen. Esas palabras las mesmas son que ella dice. Ahí verás que hay figuras que no mientan. Siguiendo iba en su astrolabio al hombre; y al ver quién era, cátate aquí un alguacil que, al ver la figura hecha, quiso llevarle a la cárcel, porque tiene grandes penas esto de ser adivino; y al fin, por que no entre en ella, cien reales de plata voy a buscar sobre una prenda. Solo lo que siento es que a la figura no vuelva, porque, escarmentado, dice que en su vida no ha de hacerla. ¡Ay, Chacón! Pues es tu amigo, di que lo demás me sepa, y ves aquí los cien reales, que no es justo que él los pierda. No por cierto; pero yo los pondré... (en mi faldriquera). Ruégaselo, Juana, tú. Haced por mí esta fineza. Por vos, ¿qué no haré? (Señores, ¿no es venganza más sangrienta saque la sangre del alma que no la del cuerpo, que esta...?). Sale don Diego a la puerta. Ginés, ... Señor... …ven conmigo; que quiero una diligencia fiar de ti. Tú has de estar en esta calle, y si entran dos mujeres... Pero ven; que allá lo diré. A Juana Aquí espera. Vanse don Diego y Ginés. Mejor será que me vaya. No será. Bien ves, ¡oh, fiera!, en qué lance me habías puesto, a no ser cuerdo; y si piensas que lo dejo de cobarde, no es sino por que no tengas capaz de venganza mía, mona, papagayo y dueña; porque ¿quién ha de empeñarse en una mujer a secas que, en matándola a ella, está toda su familia muerta? Por esto lo dejo, y porque Ginés no es hombre de prendas; yo sí; u díganlo sortija y bolsa; y en fin, no creas que yo estoy tan desvalido, que quien me ruegue no tenga; que una tapada, con caños de Carmona por más señas, me dice en este papel que vaya esta noche a verla, y ha de cenar a tu costa. Calla, infame, ingrato, cesa; que uno es mudarme yo, y otro que tú el respeto me pierdas. Dame el papel. ¿Yo el papel? No haré. Sale Ginés. ¿Qué cólera es ésta? Pero el papel lo dirá. Yo lo diré más apriesa: aquella sortija mía que hurtaron con otras prendas tiene Chacón. Yo fui quien se la dio, ...y, aunque eso sea, tengo de ver el papel. Yo me holgaré que le lea, por saber yo cúyo es. «Marimuñoz de las Eras». Lee «Señor Fulano Chacón: desde la noche que dieron a V. m. aquella criatura en mi calle, no ha vuelto a cuidar della; no me obligue a que la lleve al hospital». ¿Qué es aquesto, falso amigo? Señor Ginés, ucé advierta... No hay que advertir: esa espada saque. Dale de cintarazos. ¿Entre amigos pendencia? ¿A mí estafas? Pues ¿hay más de que el bolsillo le vuelva y la sortija y el niño? Vamos, Juana, ...y agradezca, que es un gallina. Sí haré. Vaya uced donde le espera para cenar mi señora Marimuñoz de las Eras. ¡Pícaro! ¡Ruin! ¡Hombrecillo! Vanse. Ve aquí: por cosas como estas pudiera perderse un hombre, si no tuviera prudencia. Mas ¿qué es aquello? Tres damas tapadas en casa entran y al cuarto suben: veré quién son. Vase. Salen Leonor, Beatriz y una criada. La verdad es esta; y puesto que a ti te toca el que don Pedro la sepa, y a mí que yo satisfaga a don Juan, desta manera solicitando las dos de nuestro engaño la enmienda, ve tú buscando a don Pedro; que yo espero aquí a que vuelvas. Bien lo has dispuesto. Conmigo ven, Isabel, pues se queda aquí Leonor. ¡Oh, los cielos hagan que don Pedro crea de sus celos la verdad y de mi amor la fineza! Vanse Beatriz y la criada. Sale Chacón. Dama, ¿a quién buscáis? Si es a mí, no tengáis vergüenza, que fácil soy y barato, y no me habréis dicho apenas que adoráis mis pensamientos, cuando al punto os favorezca. Don Juan, vuestro amo, ¿está en casa? No, señora. Pues es fuerza que le busquéis. Y vos, ¿dónde habéis de quedar? En esta cuadra. Eso no. ¿Por qué? Porque hay tapada que se lleva las sábanas por enaguas, el cobertor por pollera, en una manga un colchón y un cofre en la faldriquera. Id a buscarle. Me holgara de saber dónde, siquiera por ver si con vos tenía su achaque convalecencia. ¿Cómo? Como dama de ese tallazo, de esa presencia, no hiciera mucho en curarle de una bellaca dolencia. ¿Qué mal tiene? Tiene dama. No la haré yo competencia, que debe de ser muy linda. Como vos no seáis muy fea, perderé por vos doblado. Mal debéis de estar con ella. ¿Nunca oísteis lo de «tanto quiero como me cuestas»? Pues ¿qué os cuesta? No dormir, no comer, no traer cabeza desde un embuste que dijo de un papel. ¡Qué! ¿Es embustera? Muchísimo; y siendo así que es su cura esa belleza, véala yo por mi consuelo: descubríos. Norabuena. ¿Podré curarle, Chacón? Y aun matarle, que es la ciencia de los que curan. Bien ves cuál me has puesto. Si no hubiera conocídote, señora, ¿hablara desta manera? Bien está. Busca a don Juan y dile... Pero ¿quién entra? Por que no me vean, haré desta cortina defensa. Escóndese. Sale don Pedro. Chacón, ... ¡Oh, señor don Pedro! …¿y tu amo? Ahora ha ido fuera del lugar. ¿Del lugar? Sí. (Mal vienen bodas y ausencia). Mas cumpla mi obligación una por una. ¿Qué intentas? Dejarle escrito un papel que tú le des cuando venga o le envíes donde está. (Mejor es desta manera que acabemos de una vez, y que yo le busco sepa). Sale don Juan. (No pude hallar a don Diego y, por si él buscarme intenta, quiero que me halle en mi casa. ¿Quién está escribiendo en ella?). Don Pedro, ¿a quién escribís? A vos; y pues en presencia sobra el papel, con vos tengo, don Juan, que hablar. ¿Aquí o fuera? O fuera o aquí: elegid vos el puesto que os parezca. Para estas cosas, según perdido el color, la lengua turbada, me habláis, presumo que es lo mejor lo más cerca. Chacón, vete de aquí, y mira que te cortaré las piernas si hablas palabra. Una sola decirte primero es fuerza. Ni aun esa has de decir. Sabe que está... En nada te detengas. …Leonor... Nada he de saber, y más de Leonor; afuera aguarda. Oye. No hables, o será desta manera. Échale. Ya estamos solos los dos. Echad la llave a la puerta. Y después della, en el suelo. Al paño (¿Quién vio confusión como esta?). ¿Qué es lo que queréis? Mostrar que habéis con falsas cautelas, mal caballero y amigo, tratado la amistad nuestra, pues cuando de vos me valgo, fiándoos mi amor y mi pena, vos traidoramente amáis a Beatriz, y con certeza de que yo soy quien la adora tratáis casaros con ella. Dos razones, fuertes ambas, hay para que yo no pueda, don Pedro, satisfaceros de ese engaño: la primera es que empuñado en la espada estáis y, la mano en ella, a ninguno satisfacen caballeros de mis prendas; la segunda es que, aunque yo remitir el duelo quiera en fe de nuestra amistad, no lo he de hacer en ofensa de otra dama, cuyo honor la satisfación arriesga. Y ansí, escusemos, don Pedro, de demandas y respuestas. Decís bien; y pues la espada ha de hablar, calle la lengua. Riñen, y sale Leonor tapada. (¿Qué espero? ¡Ay de mí!). Teneos, don Pedro; don Juan, espera. ¿De dónde, mujer, veniste de su vida a ser defensa? Más fácil es de creer tenerla vos por la vuestra. ¿Quién eres? ¿Cómo aquí estás? ¿Quién eres? Y aquí, ¿qué intentas? A los dos responderé de una vez desta manera; Descúbrese. pues viéndome, a ti te digo quién soy y cómo aquí estoy; y a vos, diciéndoos quién soy, diré el intento que sigo; y es que pues don Juan aquí, cumpliendo su obligación, no os da la satisfación que puede por sí y por mí, yo, atenta al silencio fiel que fiáis de los aceros, pretendo satisfaceros, don Pedro, por mí y por él, pues él a callar se obliga cuando en tal lance se halla, por lo mismo que él lo calla, me empeña en que yo lo diga. Quede él airoso, aunque aquí quede desairada yo; yo os satisfaga, que él no. Ni aun tú has de hacerlo. Yo sí; que, siendo mi fingimiento toda la culpa infeliz de Beatriz, por mí y Beatriz hablo, no por ti. Oíd atento: cuanta sospecha hay en vos, señor don Pedro, es incierta, por... dentro Señor, abre esta puerta. ¡Vive el cielo!... Abre, por Dios; lo que importa considera. Mira qué es. ¿Por qué no abrís? Abre, y sale Chacón. ¿Qué es lo que quieres? Don Luis sube ya por la escalera, y no dudo que haya oído, según trae paso y color, con las voces de Leonor, de las espadas el ruido; y aunque yo quiera negar que en casa estás, no podré, que abajo le han dicho que estás aquí. ¡Qué pesar! Si él me oyó, mi fin previene. ¿Si es cierto buscarme a mí?; ¿qué querrá don Luis aquí?; ¿pues a mí qué hablar me tiene? No te asustes; retirada puedes, Leonor, esperar. Y, aun don Pedro, por no dar sospecha que hubo otra espada, también puede, ¡ay, infeliz!, retirarse, para que sin ti entre tanto le dé satisfación por Beatriz. Escóndense los dos. Sale don Luis. ¿Pensaréis, señor don Juan, viendo cuánta causa tengo, que a hablaros de parte vengo de don Diego? Pues no van ahí mis intentos: error pensarlo es; que, de ira lleno, no habla en el honor ajeno quien puede en su propio honor. Por lo que me tocó a mí, no por lo que toca a él, os busco. (¡Pena cruel!). Al paño Pues mi padre habla por sí, sin duda mi voz oyó. Decirme, señor don Luis, que por vos mismo venís me da que dudar, que yo nunca os di ni os pude dar a vos causa. Sí pudisteis, puesto que a mí os atrevisteis. (¿Qué más se ha de declarar?). (¿Qué es esto que por mí pasa?). ¿Yo a vos me he atrevido? Sí, puesto que se atreve a mí el que se atreve a mi casa y, estando en ella Beatriz, aunque entrásedes por ella, fue ofenderme el ofendella. (Ya no es tan infeliz mi suerte). ¿Qué cosa es, habiendo llegado a hablarme, volver la espalda y dejarme, grosero antes y después? Y así aqueste duelo es mío. Hablemos claro, don Juan: yo he de saber dónde van vuestros fines. Pues yo fío de vos todos mis desvelos. ¿Casarais vos con mujer de quien llegáis a saber, muerto de amor y de celos, que es otro al que quiere? No. Y no queriéndome a mí, ¿hago bien de huir della? Sí; mas ¿qué culpa tengo yo? Si yo, siendo vos, me hallara sin oírla ni sin vella, no me casara con ella; mas tampoco la buscara, y más en casa en que había decoro que aventurar... Y en fin, vamos a parar en el fin de la porfía. Yo en mi casa os encontré, y a don Diego dije ya que sois quien la mano da a Beatriz; y pues llegué a hacer el empeño yo, decidme también a mí, ¿no estoy obligado? Sí. ¿Puedo así dejarlo? No. Pues mirad cómo ha de ser. Tiempo al tiempo importa dar: yo quiero por vos llegar mi sentimiento a ceder; y así, digo que, si ella me quiere a mí, desde luego, por vos, por mí y por don Diego, estoy casado con ella. ¿Daisme esa palabra? Sí. Pues yo a hablarla volveré. [...] Ruido dentro. dentro Tente, señor. dentro ¡Ay de mí! dentro No me detengas, villano. ¿Qué ruido es éste? No sé. dentro Dejadme acabar con todas mis desdichas de una vez. Sale Beatriz. ¿No hay quien ampare mi vida? (Mas ¡qué es lo que llego a ver! Más mal hay, pues veo a don Luis adonde a Leonor dejé). ¿Qué es esto, Beatriz? Señora, ¿qué es esto? Echarme a esos pies, que siempre son mi sagrado, y hoy con mayor causa, pues por obedeceros vine, señor, a donde me veis, a cuya puerta mi hermano me llegó a reconocer, adelantándome yo, mientras le tienen a él. Retiraos a aquesa cuadra. Vos, don Juan, reconoced si Beatriz os quiere, puesto que os viene a satisfacer, que es lo que la dije yo. Al paño ¿Quién está aquí? Al paño Que temer no tienes: yo estoy aquí, que ya tu inocencia sé. Sale don Diego, deteniéndole Ginés, Juana y Chacón. Soltad, villanos. Detente. ¿Dónde está una aleve...? Ved, don Diego, que estoy aquí. Y ved que estoy yo también. Porque estás tú, falso amigo, será más fiera y cruel mi venganza; que ya, ingrato, todas tus traiciones sé. Mejor sé las tuyas yo, y he de vengarlas más bien. Riñen los dos, y don Luis se pone en medio; Beatriz y Leonor detienen a don Pedro. Dejadme. No has de salir. Tened, don Diego; tened, don Juan; que, como me oigáis, todos quedaremos bien. ¿Vos no acabáis de decir... ¿Qué? …que, como quiera ser esposa vuestra Beatriz, esposo suyo seréis? Y otra y mil veces lo digo. ¿Vos no habéis dicho también que, como con ella case, sus yerros perdonaréis? Y lo digo otra y mil veces. Luego, compuestos os veis, supuesto, don Juan, que vos en casa a Beatriz tenéis, que es señal que os quiere, puesto que os viene a satisfacer; y vos, hallándola en ella, más remedio no tenéis que dejarla donde quede con su marido: con que Beatriz, yo, don Juan y vos, todos quedaremos bien. Yo soy contento. De suerte, que, si doy la mano a quien está en mi casa y en ella se queda por mi mujer, ¿no podréis tener ninguno queja de mí? Cierto es. ¿Daisme esa palabra? Sí. ¿Y perdonarla? También. Saca a Leonor, tapada, de la mano. Pues descúbrete, Leonor. ¡Leonor! ¡Oh, aleve! ¡Oh, cruel! ¡Hija ingrata! Si decís a otro que este sólo es el medio, viendo que está hoy en mi casa, ¿por qué el consejo no tomáis para vos, que a otro ofrecéis? Porque es traición. Pónese en medio don Diego. Deteneos, don Luis, pues ya vos os veis respondido; porque yo que una injusta hermana hallé en su casa, soy quien debe vengarse en ella y en él, pues no la puedo dejar con su esposo. Sale don Pedro con Beatriz de la mano. Sí podéis; que Beatriz esposa es mía, pues desengañado sé que ha sido su culpa el trueco de una casa y de un papel. Don Diego, aquí no hay más medio que hacer del pesar placer. Yo, por mí, digo que estoy satisfecho. Yo también. A su padre Déjame besar tu mano. A su hermano Déjame echar a tus pies. Pues que se vienen casando, venga esa mano, Ginés. Todos quedan bien; mas yo sin casar quedo más bien, y pues que dar tiempo al tiempo trocó el pesar en placer, los defectos perdonad de quien yace a vuestros pies. FIN