La gran Cenobia Comedia Famosa Personas que hablan en ella. Aureliano. Decio. Persio soldado. Libio Infante. Un Capitán. Cenobia Reina. Astrea. Irene. Soldados Romanos. Soldados de Cenobia. Crotilda. Primera Jornada Sale Aureliano, vestido de pieles. Espera, sombra fría, pálida imagen de mi fantasía, ilusión animada, en aparentes bultos dilatada, no te consuma el viento, si eres fantasma de mi pensamiento; no huyas veloz. Pero ¿qué es esto, cielo?; en tantas confusiones ¿duermo o velo? Aunque en mí ya es lo mismo, cuando en tan ciego, en tan obscuro abismo de mi discurso incierto, lo que dormido vi sueño despierto. Pues otra vez, ¡ay, cielos!, me parece que Quintilio a la vista se me ofrece de laurel coronado, el rostro ensangrentado y por varias heridas vertiendo horrores, derramando vidas, y con voz temerosa me decía: «Ves aquí mi laurel, mi cetro toma, que tú serás emperador de Roma»; cuya voz, en el viento desatada, sombra fue de mi dicha imaginada. Mas, despierto o dormido, ¿no soy quien tantas veces, atrevido, no sin grande misterio, señor me nombra del Romano Imperio, cuya fuerte aprehensión, cuya porfía, me rinde a una mortal melancolía, tanto que, por no ver en las ciudades la pompa de soberbias majestades, vengo a habitar desiertos horizontes y a ser rey de las fieras en los montes? Pues si este soy, ¿qué mucho las pasiones que me oprimen despierto entre las sombras del silencio muerto den cuerpo y voz a vanas ilusiones? Si el alma nunca duerme, como inmortal, y césar quiso hacerme este instante pequeño, ¿por qué no rinde a la ambición el sueño? Pero ¿qué es lo que veo? O los ojos me mienten o el deseo: una corona de laurel sagrado está sobre estas peñas y el dorado cetro más adelante. Enigmas son de mi discurso errante Descúbrese sobre un peñasco la corona y el cetro en una rama. tan declaradas señas, si no es que, en vez de troncos, estas peñas cetros dan y ellos, viendo congojas, me rinden fruto en coronadas hojas. Soberana tiara, perdona si me atrevo a tu deidad, porque un aliento nuevo, un espíritu altivo, que me inflama el corazón, a tanto honor me llama. Salid, fieras, salid de las oscuras cárceles que os labraron peñas duras y a mi coronación asistid, viendo cómo mi honor pregono cuando rey destos montes me corono. Toma la corona y pónesela, y el cetro. Pequeño mundo soy y en esto fundo que en ser señor de mí lo soy del mundo. En este lisonjero espejo fugitivo mirar quiero cómo el resplandeciente laurel asienta en mi dichosa frente. Mírase en una fuente. ¡Oh, sagrada figura!, haga el original a la pintura debida reverencia cuando, llevado en mis discursos, hallo que yo doy y recibo la obediencia siendo mi emperador y mi vasallo. Narciso, en una fuente, de su misma belleza enamorado, rindió la vida, y yo, más dignamente, dando toda la rienda a mi cuidado, si no de mi belleza, Narciso pienso ser de mi fiereza. Quedase mirandose y sale Astrea, y un Capitán, y soldados. Este es el que vais buscando. Llegad, adoralde todos, pues hoy os previene el cielo emperador prodigioso, digno monarca de Roma, a cuyos valientes hombros se atreve a fiar el cielo la máquina de dos polos. Tú, que en alas de la fama ocupas lo más remoto del mundo, que ignora el sol, surcando estrellados globos; tú, que en sangrientas vitorias siempre altivo, siempre heroico, tantas veces de la muerte el brazo tuviste ocioso, ¿cómo en desiertas campañas en rústico traje? ¿Cómo vive acobardado el brío? ¿Está el valor temeroso? Vuelve al ejército, vuelve, dando a los cielos asombros, a dar al Tíber vitorias que harán tu nombre famoso. Y, por que a mi voz pendiente no estés más tiempo dudoso, escucha, que yo de Roma hoy emperador te nombro. En la sucesión de Claudio ocupó el romano solio Quintilio, cuya fortuna subió mucho y duró poco. Este, afecto a los cristianos, siendo cruel y ambicioso, causó en los pechos del vulgo, en vez de obediencia, enojo, porque es en su condición el vulgo un disforme monstro, que no perdona a ninguno con ser compuesto de todos. Este, pues, alimentado de novedades, furioso, hizo que a Quintilio diesen muerte sus soldados propios. Y huyendo por este monte herido, sangriento y solo, iba diciendo: «En tus manos, Roma, el cetro y laurel pongo». Así acabó, cuya muerte causó nuevos alborotos al ejército, alterado porque, en la elección dudosos, libertad pidieron unos, señor aclamaron otros. Ya los bandos divididos se amenazaban furiosos, forjando rayos de acero en esferas de humo y polvo, al tiempo que yo, inspirada del oráculo de Apolo, diciendo tales razones en medio de ellos me pongo: «Tened las armas, que el cielo hoy os dará prodigioso emperador, a quien tiemble el mundo en sus ejes roto. Este es el fuerte Aureliano, y, en fe de que el cielo propio le elige, seguid mis pasos donde, alegre y venturoso, coronado le hallaréis de aquellos mismos despojos que perdió Quintilio. Ved si queréis más testimonio». Ellos, a mi voz rendidos o al decreto poderoso obedientes, me siguieron donde lo han hallado todo. ¡Ea, pues, fuerte Aureliano, deja en suspensión el ocio, logra el laurel que has ceñido divinamente! Y vosotros decid que Aureliano viva y en secretos misteriosos obedeced los efectos sin examinar el cómo. No desconfiéis por ver en traje rústico y tosco vuestro césar, que el diamante luce más labrado en plomo y no importa que entre nubes guarde el sol sus rayos rojos, si por troneras de nácar se desata en líneas de oro. ¡Viva nuestro emperador! ¡Viva mil siglos dichosos Aureliano! ¡Viva, viva! ¡Cielos!, ¿qué prodigios toco? Aqueste monte parece que da, preñado de asombros, espíritus a las peñas, que almas infunde en los troncos, o que de su centro duro va arrojando, portentoso, vasallos que me obedezcan. En afectos tan dudosos ¿pueden mentir los oídos? ¿Pueden engañar los ojos? No, pues es cierto que veo; no, pues es verdad que oigo. Si me ofrece la fortuna el bien, ¿por qué no le gozo? ¿Qué aguardo, pues le merezco? ¿Qué dudo, pues le conozco? Sea césar, aunque luego despierte, que al cabo todos los imperios son soñados. ¿Qué busco ejemplos más propios, si es en su conceto rey, si piensa que es rey, un loco? ¿Por qué, Aureliano, suspendes el ánimo belicoso? ¿Qué dudas? Divina Astrea, no dudo yo de mi heroico ánimo merecimientos para el laurel que corono; antes, porque le merezco, dudo tenerle, que sólo consigue muchos trofeos quien ha pretendido pocos. Pero si el cielo permite esta elección y vosotros la obedecéis, desde luego vuestro emperador me nombro. Y por ser en la elección estraño, como en el todo, ciudad este monte sea, palacio este sitio umbroso. Sirvan de alfombras las flores y de doseles los olmos; de carro sirva esta peña, donde alegre y venturoso me adoréis. Y no os parezcan el sitio y el traje impropios, que una fiera es general de ejércitos numerosos. Todos su césar te llaman y el viento con ecos roncos repite: «¡Aureliano viva!». ¡Viva mil siglos dichosos! Viva, para ser azote sangriento y mortal asombro de la tierra y para hacer vuestro renombre famoso, pues juro no entrar en Roma hasta que en carro de oro me veáis venir triunfando de más vidas que pimpollos en rosas rinde el abril y en espigas el agosto. Tocan cajas roncas. Pero ¿qué cajas esconden su voz en profundos huecos y repetidas en ecos se llaman y se responden? Por que en tu felice estrella siempre celebrado vivas y a un mismo tiempo recibas la posesión y uses della, al ejército ha llegado Decio, capitán valiente, que a las partes del Oriente fue por Quintilio enviado. Llegue, por que le reciba donde mi vista le asombre. Tocan cajas, y trompetas a marchar, y salen en orden soldados, y Decio detras vestido de luto, o con armas negras, y ponese de rodillas delante del Cesar. Nuevo césar, cuyo nombre a pesar del tiempo viva, cuya edad dé desengaños de lo inmortal a la gente y cuyo imperio se cuente por siglos y no por años; así en mármol inmortal duren eternas tus glorias; así vivan tus vitorias en láminas de metal; así en jaspe y bronce fuerte estatuas tengas tan bellas que, yendo a matarte en ellas, se halle burlada la muerte; así excedan a los días las hojas de tu laurel, que no castigues cruel las adversidades mías. Al ejército he venido, donde te hallo emperador, con verguenza y sin honor hoy de Cenobia vencido. Y, si en desdichas algunas disculpa el cielo previene, sin usar de cuantas tiene en mi favor la fortuna, licencia de hablar te pido, para que en tanto rigor, si no premio al vencedor, des disculpas al vencido. ¿Qué disculpa habrá que aguarde hombre que vencido viene? Di, por ver si alguna tiene disculpa de ser cobarde. Donde en brazos del alba nace el día, que en diluvios de fuego se desata y al fénix celestial la playa fría es cuna de zafir, tumba de plata, donde nació pensando que moría, pues de una luz en otra se dilata siempre sol, siempre vivo, siempre ardiente, a una parte del Asia en el Oriente, aunque por largo tiempo despoblados, fértiles campos hay, campos amenos que, apenas de las fieras habitados, se llamaron desiertos palmirenos. Estos, que ya edificios levantados sufren de gente y poblaciones llenos sobre sus montes, cuyas pesadumbres suben al cielo con doradas cumbres, imperios de Cenobia son, de aquella deidad en quien los astros se miraron para hacerla tan fuerte como bella, que en ella los estremos se igualaron. Luna, Saturno y la mayor estrella la rindieron metales que engendraron; Mercurio, ingenio; Júpiter, ventura; Marte, valor; y Venus, hermosura. Esta, pues, amazona, esta que al suelo admiración nació y, hermosa y fiera, monstro fue de la tierra, y aun del cielo fuera monstro, si el cielo los tuviera, con bélico furor, marcial desvelo, siempre libre su patria considera, diciendo, vencedora, que es en vano que reconozca imperios el romano. Ofendido Quintilio y admirado de su valor, la guerra determina y a mí, que de vitorias coronado tantas veces ciñó Dafne divina, fía el bastón. Pero ¿qué firme Estado al paso que otro crece no declina?, que en la fortuna fuera acción contraria, siendo mujer, no ser mudable y varia. Llegué, pues, con tal orden que, si diese pequeña parte del rigor que encierra, sin declarar la guerra me volviese o no volviese hasta acabar la guerra; y para que de mí su intento oyese salió a un parque, que es cielo de la tierra —en fragancia, beldad, vista y colores patria de rosas es, ciudad de flores—. De un escuadrón de damas coronada, que a no estar a su lado fueran bellas, su divina hermosura acompañada salió, pero aviniéndose con ellas como la primavera celebrada con las flores, el sol con las estrellas, con las fuentes el mar, que más hermosa de aquel coro de ninfas fue la diosa. Encarnado el vestido, que los ojos de su rigor le dieron la librea, corto, por que incitase a más enojos al que pasar sus límites desea; pequeño pie, por muestra o por despojos de más beldad, la vista lisonjea, bien como el mercader que para seña de las joyas que guarda alguna enseña. Plateado flueco sobre el pie guarnece del vestido el estremo en que remata, donde el viento sutil mover parece en mares de cristal ondas de plata. Bruñido espejo en un arnés ofrece al sol, que en sus reflejos se retrata, y estar sus rayos más o menos bellos es que no siempre se compone en ellos. Manto encarnado, plateado a flores, desde los hombros se derriba al suelo, que, si tiene, observando las colores, de oro la luz, por ser azul el cielo, para un cielo encarnado, ¿qué mejores?; pues, si mudado el aparente velo fueran de nácar las cortinas bellas, también fueran de plata las estrellas. Este manto, de puntas guarnecido a imitación de rayos, le tenían dos flores en los hombros recogido, que igualmente a los dos correspondían. De plumas un tocado entretejido encarnadas y blancas, que subían al sol, mas con tan cuerdo atrevimiento que se dejaban sujetar del viento. No te pinto del rostro las facciones y no porque el amor no las advierte, sino porque mujer cuyos blasones dan temor al temor, muerte a la muerte, asuntos a la fama, admiraciones a los cielos, mujer altiva y fuerte, gallarda en paz, en guerra belicosa, parece que la sobra el ser hermosa. Mi pretensión la digo y que la vea, a quien responde: «Emperatriz valiente soy; y Roma el tributo que desea, con que no se le pida, se contente». Rompo la guerra yo y ella se emplea cuerda al vencer, al gobernar valiente, por falta de Abdenato, su marido, del peso de los años impedido. El día que se dio —mejor dijera la noche, que aquel día no fue día—, que se dio la batalla, considera a Cenobia, que a Palas parecía tan firme en un caballo que creyera que a los dos un espíritu regía, porque mostraba, aunque de furia lleno, que se pudiera gobernar sin freno; tan obediente, el céfiro animado corre igual, para fácil, veloz sube, que parece, en los vientos engendrado, hijo sutil de un rayo y de una nube. Venciome al fin y, si al rigor del hado he de sentir la culpa que no tuve, considera qué vida habrá segura donde vence la fuerza y la hermosura. Necia y cobarde disculpa a tanto temor previenes, pues una culpa que tienes enmiendas con otra culpa. ¿Qué ejército te disculpa de numeroso poder? ¿Qué gigante, al parecer animado monte, ha sido disculpa de ser vencido sino una hermosa mujer? ¡Ved, pues, qué Circe arrogante usó prodigios con él! ¡Ved qué Medusa cruel vio en escudos de diamante! ¡Ved qué Júpiter tonante con rayos le fulminó! ¿Una mujer te venció? Sí, pero mujer que a ti venciera. ¡Cobarde! ¿A mí? Arrójale a sus pies y pónele el pie encima. ¿Puedo ser vencido yo? ¿Puedo yo mudanza alguna padecer en tanto honor? Di ¿tiene el tiempo valor? ¿Tiene poder la fortuna? ¿Hay en la suerte importuna causa que incite a mis daños? Sí, que hay en el tiempo engaños, hay en la suerte venganzas, en la fortuna mudanzas y en mi vida desengaños. Tú eras ayer un soldado y hoy tienes cetro real; yo era ayer un general y hoy soy un hombre afrentado. Tú has subido y yo bajado. Y, pues yo bajo, advirtiendo sube, Aureliano, y temiendo el día que ha de venir, pues has topado al subir otro que viene cayendo. Los dos estremos seremos de la fortuna y la suerte, mas ya en la mía se advierte el mayor de los estremos; que, si en la fortuna vemos que no es hoy lo que era ayer, yo no tengo qué temer y tú tienes qué sentir, pues bajo para subir, pues subes para caer. Tú confiado no estés, pues no estoy desconfiado, que puede ser que el estado trueque la suerte que ves y que tú, puesto a mis pies por decretos soberanos, des venganza a los tiranos pechos. ¿Tú vencerme a mí? ¿Cómo puede ser, si aquí está tu vida en mis manos? Bien pudiera darte muerte y asegurar mi temor, pero ¿qué muerte mayor que tratarte de esta suerte? Vive muriendo y advierte que no te mato por ver de la fortuna el poder; ni la temo ni respeto; témela tú, que, en efecto, es la fortuna mujer. Tú, que cobarde has nacido, es bien su mudanza esperes, viniendo de las mujeres infamemente vencido. Este acero que has ceñido puedes dejar, que a tu lado, Quítale la espada. está el acero afrentado, cuando limpio; considero que solamente el acero parece mejor manchado. Y por que vea a qué estrella Roma sus aplausos fía, la primera empresa mía ha de ser Cenobia bella: en Roma he de triunfar della. Marchen luego las legiones en formados escuadrones al Asia y con su arrebol sirvan de nubes al sol mis desplegados pendones. Y verás, cobarde, cuando humilde a mis pies postrada con Cenobia al carro atada entre por Roma triunfando, si sé vencer peleando a quien mirando procura tener defensa segura. Marche al Asia desde aquí, que voy a triunfar de mí, del poder y la hermosura. Vanse, y queda Decio. Ve; y ruego al cielo que seas despojo de todos tres, por que rendido a sus pies mi agravio y el tuyo veas. La corona que deseas de laurel, cuando ciñere tu frente, la forma altere, siendo maravilla fría, flor que nace con el día, flor que con la noche muere. Vivas siempre aborrecido, no seas en alto estado de tu gente respetado ni de la ajena temido. Tus vitorias el olvido esconda y entre ansias fieras rayo, que de las esferas caiga a tus huesos tiranos, dé sepulcro o a mis manos con tus mismas armas mueras. Mas, ¡ay de mí!, poco sabio lloro mi suerte importuna, pues ni enmiendo la fortuna ni satisfago el agravio. Hable el alma y calle el labio, pues la continua mudanza del tiempo me da esperanza, que no hay, en leyes de amor, ni tirano sin temor ni ofendido sin venganza. Vase, y sale Libio, y Irene. Ya te dije, hermosa Irene, cómo de este reino entero soy legítimo heredero, porque Cenobia no tiene sucesión y de mi tío Abdenato no la espera. Hasta aquí sé. Yo quisiera... Mira lo que de ti fío. Pues ¿qué temes? El secreto. ¿Por qué? Porque eres mujer. Bien le sabemos tener, si nos importa el efecto. No temas, que en su favor le sabe guardar cualquiera. Pues digo que yo quisiera asegurar el temor que me causa el ver tan viejo a Abdenato y, de otra suerte, tan soberbia, altiva y fuerte en la guerra y el consejo a Cenobia, pues, capaz de cuanto el Imperio encierra, es su defensa en la guerra, es su consejo en la paz. Temo, pues, que si pasase adelante lo que ahora vemos, después por señora el pueblo la apellidase, muerto Abdenato, y a mí me negase la elección que me toca por varón, estimando más que aquí les gobierne una mujer. Pues ¿qué intentas? Atajar sus pasos, sin dar lugar a que pueda suceder. ¿De qué modo? De esta suerte mi dicha y la tuya trato: tú has de dar muerte a Abdenato. Pues dar a Abdenato muerte, no a Cenobia, es contra ti; que, si es tu temor cruel que, después de muerto él, Cenobia gobierne, así en su favor mismo tratas lo que en el tuyo aconsejas, pues a quien te estorba dejas y a quien te hace espaldas matas. Libio, si he de ser juez, por todo el riesgo atropella; ¿no es mejor matarla a ella y acabemos de una vez? En un peligro cruel no es dificultoso entrar, Irene, sino mirar cómo se ha de salir de él. Cuando a Cenobia mataran tus manos, bien cierto era que ninguno lo supiera, mas todos lo sospecharan; que un secreto, por mil modos público al mundo importuno, con no decille ninguno le vienen a saber todos. Bien se ve que la razón militará de una suerte, dando a Abdenato la muerte que a Cenobia; pero son diferentes desengaños, pues al común parecer un viejo no ha menester más ocasión que sus años. Y, respondiéndote a ti que por qué matar quería a Abdenato, pues hacía dudosa mi gloria así, digo que por estorbar, no se enseñe a obedecer este reino a una mujer ni una mujer a mandar, pues, una vez admitida, no hay después fuerzas bastantes para despojarla; y antes que lo esté, es razón que impida, pues, muerto Abdenato, a mí nombrarán y en tales modos vendré a mandarlos a todos para obedecerte a ti. Y yo, para que concluya mi amor, desde polo a polo quisiera ser reina sólo para ser esclava tuya. ¿Atrevereme a pedir tu mano? Cenobia viene. Reinar o morir conviene. Libio, reinar o morir. Sale la Reina Cenobia, y soldados con memoriales. Yo tengo una pretensión en consulta y sólo espero verla, porque volver quiero a servirte. Aquestos son papeles donde verá vuestra Majestad del modo que la he servido. De todo estoy advertida ya. Tened, amigos, paciencia, que es el Rey quien lo ha de ver. ¡Qué gobierno! ¡Qué mujer! ¡Qué valor! ¡Y qué prudencia! ¡Y qué envidia! Vanse los soldados. Y que embidia! ¡Estoy rabiando!. Libio, ¿tú estabas aquí? Que me des audiencia a mí, señora, estaba esperando. Turbado y descolorido a hablarme viene; hoy llegó la desverguenza que yo tantas veces he temido. Pues ¿tú tienes que esperar? ¿En qué tiempo, en qué ocasión no tendrá tu pretensión, Libio, el primero lugar? Esperaba que estuvieses sola. Ya lo estoy. Yo he estado, mientras la audiencia, arrimado a este cancel; y si oyeses lo que todos van diciendo... Ya sé que dirán aquí grandezas que no hay en mí y, pues sabes que me ofendo de lisonjas, no repitas sus alabanzas. No son. Yo sé lo que es. La razón partida, el hablar me quitas. ¿Piensas...? ¿Qué había de pensar? ¿Que mi alabanza no era? ¿Quién, donde tú estás, pudiera otra cosa pronunciar? Pues, satisfecha de ti, a no ser tal, pienso yo que allí la riñeras, no que lo dijeras aquí. No todo se ha de reñir con la espada. De ese modo, si no se ha de reñir todo, no todo se ha de decir. Llevan mal ver gobernando a una mujer cetro igual. ¿Por qué el ver no llevan mal a una mujer peleando? Sienten el verte sentada en un tribunal, y es bien. ¿Por qué no sienten también verme en la campaña armada? No quieren sufrir sus glorias que las leyes que tuvieren les dé mujer. ¿Cómo quieren sufrir que les dé vitorias? No es bien que este reino esperes gobernar. Bien es que vean, pues los hombres no pelean, que gobiernen las mujeres. Parece que hablas conmigo. Tus hechos te contradicen. Yo digo lo que ellos dicen. Lo que ellos responden digo, que si yo, sin conocellos, de ti las quejas oí, fuerza es responderte a ti; tú respóndeles a ellos. Y en ocasión como esta, si, cuando a hablarme llegaste, las quejas consideraste, considera la respuesta: que he de dar leyes, y asombros les daré también y horror, cuando quite a algún traidor la cabeza de los hombros. Pésame... Vete de aquí. ...de mirarte... Yo lo creo. ...con disgusto. Ya lo veo. Necio en declararme fui. Vase. ¡Qué ciegamente ha mostrado su intento! Que le temiera confieso, si no estuviera tu espada, Irene, a mi lado; que, si en mí, por ser mujer, se alientan sus pareceres, solamente con mujeres me tengo de defender y tú, claro está, serás la más leal. Sólo soy tu esclava ¡temblando estoy!, como al efecto verás. Sale Persio. Aparte todo. Tres maneras de medrar nos da la humana fortuna, que son: por casar la una, la otra, por enviudar, la tercera por mentir con arte; y de todas tres, aquesta postrera es la que yo pienso seguir. Un soldado venial soy, que nunca mortalmente reñí. Aparte todo. Un soldado valiente muerto hallé en un arenal y estos papeles, que son de sus hechos testimonio, quité. Llamábase Andronio y, gozando la ocasión, a pretender he venido mudando el Persio en su nombre. No seré yo el primer hombre que haya los frutos cogido de lo que otro siembra el año; ejemplo algún cambio es concebido en ginovés y parido en castellano. Hasta tu cuarto se ha entrado un soldado. ¿Cómo...? Irene, sola esa licencia tiene para conmigo un soldado. ¿Quién sois? Direlo después que bese mi sucia boca la breve parte que toca ese enano de otros pies. Arrodíllase y álzase. Mis papeles den ahora de quién yo soy testimonio. Dale unos papeles. ¿Cómo os llamáis? Persio... Andronio había de decir, señora. ¿Vos sois Andronio? Yo soy. Mucho me huelgo de veros, que deseo conoceros, porque ya informada estoy de vuestro valor. El mío no es más del que tú le das. Aparte. ¡Fortunilla, buena vas!. «Salió Andronio a un desafío». ¿Qué desafío fue aquel en que te hallaste? Aquí me coge. Antes me perdí, señora, que me hallé en él. ¿Cómo? Guardaba un gigante de una viña cada uva tan grande como una cuba; contra aquel monstro arrogante quisieron que fuera yo a traerlas cierto día, que hambre la gente tenía. El gigante me sintió y yo, usando del consejo más que de la valentía, dejé una uva vacía y vestime del pellejo; él, oliendo carne humana, entre las cepas llegó, ¿y qué hizo? El diablo le dio entonces de comer gana y aquel mismo grano quita de la cepa y de un bocado me zampa; medio mascado, pensando que era pepita, me arrojó tanto que fui volando, si es que volaba, al ejército, que estaba quinientas leguas de allí. «Andronio es quien sin escala una muralla asaltó». Era en ese tiempo yo ligero como una bala. ¿Cómo la asaltastes? ¿Cómo? Junto a la muralla había un ciprés que la excedía, y vengo y ¿qué hago? Y tomo un cordel y voy doblando hasta la tierra el ciprés y, asiéndome de él, después poco a poco voy soltando el lazo; y, cuando se halla libre, a su centro volvió tan fuerte que me arrojó encima de la muralla. Estos disparates digo para entretenerte aquí, no porque esto fuese así, que al cielo le hago testigo de mis hechos y no es bien que repita mis hazañas. Bien claro me desengañas de tu discreción también, pues gustando yo de oíllas, tú, por no gloriarte de ellas, no te escusas de emprende ellas y te escusas de decillas. Mayor crédito has hallado en vitorias que has tenido con no haberlas repetido que con haberlas ganado. Las alabanzas desdicen del valor, y así me obligas, que no es menester que digas lo que estos papeles dicen. Y, porque a un tiempo me agrada tu gusto y tu valentía, quedará desde este día en mi servicio ocupada tu persona. Arrodillase. Hónrasme así. De este pie no me levantes: enano dije denantes y ahora digo bonamí. Sale Crotilda. Hablarte pretende un hombre que ser romano declara, con una banda en la cara, sin querer decir el nombre. Dice que te importa. ¿A mí? Di que entre. ¿Y si es del demonio alguna traición? Andronio, tú no te apartes de aquí, que no sabemos qué espera y yo contigo no más estoy segura. No estás; llama a otros ciento siquiera. Sale Decio con una banda en el rostro. Dame, señora, tus pies. Y aun, plega a Dios, basten ciento. Alza del suelo. Mi intento sabrás cuando sola estés. ¿Ves? Solo quiere quedar. Da licencia a mi partida, que soy cortés y en mi vida amigo fui de estorbar. Salíos todos allá fuera. De buen grado. Vamos, pues. Mirad que advertido estéis y a cualquier suceso espera resuelto. Sí, esperaré. ¿De qué turbado te pones? Ya en la voz y en las acciones la cólera se le ve. Repórtate. ¿Cómo puedo? Por bien quizá ha venido. Repórtome. Ella ha creído que es cólera lo que es miedo. Vanse, y quedan solos los dos. Ya se fueron; ya bien puedes, descubriendo tu intención, quitar del rostro la banda y dar al aire la voz. ¿Por qué suspensas al tiempo tienes la lengua y acción? ¿Qué dudas, que solo estás? ¿Qué esperas, que sola estoy? Atrévete, si no es que conociste al temor después de verme. Bien dices, que, si le conozco yo, es después de haberte visto. Mira si tengo razón. Descúbrese. ¿Conócesme? Sí, conozco. ¿Tú no eres Decio? No. Pues ¿quién eres? No lo sé; tan ajeno de mí estoy que lo dudo. Decio fui el tiempo que tuve honor, mas, después que no le tengo, no sé, Cenobia, quién soy. Deja el acero que empuñas, que cuando mi muerte atroz pretendas, no es menester más armas que mi dolor. Este será mi homicida, si no es en la ocasión riguroso con piedad o piadoso con rigor. Y, en tanto, escucha razones, cuyo conceto veloz forman, antes que la lengua, las alas del corazón. Bien sabes, Cenobia, bien, cuando en campaña hice yo de tu poder experiencia y examen de mi valor, que ser vencido no fue defecto de mi valor, sino fuerza de mi estrella, ya que de tus hechos no. Pues un tirano, un cruel, un bárbaro emperador, que sin concierto y sin orden el ejército eligió, usó en presencia de todos, en ofensas de mi honor, de acciones y de palabras —aquí se turba mi voz, aquí enmudece mi lengua, aquí falta mi razón, aquí el discurso entorpece, aquí me mata el dolor— palabras, razones tales que ellas serán ocasión a que entre las fieras viva, a que me esconda del sol, si con ver mayor venganza no enmiendo el daño menor. Tal hizo por ir vencido, como si tuviera yo en mis manos mi fortuna, sin considerar que son inconstantes sus efectos y esta vida breve flor, que se consume a sí misma, gusano de su botón; un almendro de hojas lleno, que, ufano, con ambición, a los suspiros del austro pompa y vanidad perdió; un edificio, que, atlante de la esfera superior, caduco a un rayo, resuelve en polvo su pretensión; una llama, que las sombras de la noche iluminó y, obediente a un fácil soplo, pierde luz y resplandor. Pero ¿para qué te canso, si no hay ejemplo mayor que un hombre con alma ayer y helado cadáver hoy? Mas ¿dónde voy, ¡ay de mí!, llevado de la pasión? Vuelvo al discurso. Este fiero y cruel emperador, ofendido que de ti le hiciese tal relación, bien que a tus merecimientos fue corta, dijo que amor era quien me había vencido; confieso que no mintió. Mas fue el amor y la fuerza, la hermosura y el valor, porque, dos veces vencido, fueron tus vitorias dos. Este, en fin, menospreciando la fama de tu opinión, del valor y la hermosura triunfar en Roma juró. Contra ti viene, ya llega, porque estaba a esta ocasión el ejército en Numidia, de adonde luego partió. El mayor que ha visto Roma conduce; cada escuadrón parece monte de acero y flores las plumas son. Los descogidos pendones cubren al mundo de horror, cuando sus águilas llegan a ver cara a cara al sol. Esta vitoria, ¡oh, valiente Cenobia!, importa a los dos; vea Aureliano que puede vencerle quien me venció. A darte el aviso vengo, por que con más prevención le esperes. Triunfa de Roma segunda vez y al blasón de tus vitorias añade la de Aureliano, que yo, dudoso entre dos afectos de tu vitoria y mi honor, a darte el aviso vengo y a lidiar contra ti voy. Más sentimiento ha causado tu agravio en mí que temor la venida de Aureliano, que aquel siento y esta no. Venga su ejército y sea en número superior a las arenas del mar o a los átomos del sol. Traigan máquinas de fuego más que, ingeniero traidor, sobre los muros de Frigia dispuso el Paladión. Vengan poblando campañas los elefantes, que son montes con almas, volcanes vivos preñados de horror. Quédese desierta Roma, que más en esta ocasión sintiera que no viniera, ¡vive Júpiter, gran Dios!, donde a tu agravio y al mío le diera satisfación. ¿Porque te vencí se afrenta y con necia presunción da por necia a la fortuna y por cobarde al amor, aun sin haberle tenido? Pues, para más opinión, con amor he de vencerle sólo por que sea mayor mi gloria. Y pues la vitoria ya nos importa a los dos, no te vayas, Decio; aquí de mi ejército el bastón te daré. ¿Pues he de ser contra mi patria traidor? Contra Aureliano bien puedo, como ofendido, mas no contra los míos, que fuera confirmar su presunción. Pues ¡alto!, ¡vete! Y advierte que vuelvas por tu opinión; y, para que ocasión tengas, tu mayor contrario soy. Vete, pues. Y agradecido a la fortuna, que dio ocasión a tal ventura y a mi desdicha ocasión. Tocan cajas. ¿Qué rumor es este? Aquellas cajas de Aureliano son, que rompidas de los vientos llegan, cansada la voz. Hoy ha de verme Aureliano. ¿Y yo no he de verte hoy? No, pues vas a pelear contra mí. Si quejas son, no hay más quejas que servirte. Yo me quedaré. Eso no, que más quiero, aunque estimara tenerte en mi campo yo, verte con honra en mi agravio que sin ella en mi favor. Vete, pues, y en la batalla nos veremos. ¿Podré yo conocerte? Sí, tú puedes, por que te advierta mejor, llevar esta banda. Dale una banda. ¡Ay, cielos! ¿Podré en tan alta ocasión tenerla por favor tuyo? Tú has de tenerla, yo no. Tenla por lo que quisieres, que yo por señal la doy. Tocan. Ya de las templadas cajas el eco suena mayor; yo voy a verme con él. Y yo a verme con él voy. Adiós, y Aureliano muera. Viva Cenobia, y adiós. Segunda Jornada Salen Libio, y Irene. Sosiégate. ¡Cuando veo en tan ciega ejecución mal lograda la intención y declarado el deseo! Pues en el veneno fuerte de la compuesta bebida, pensando que era la vida, bebió Abdenato la muerte. Cuando pensé que, alterado, el pueblo a mí me eligiese, por que caudillo tuviese en tan miserable estado como está puesto por Roma, no sólo no se logró, pero a Cenobia entregó el bastón, que a cargo toma con tan mujeril belleza y varonil valentía, todo para envidia mía, que con tanta fortaleza como has visto ha resistido tres asaltos que ha intentado Aureliano; y, retirado, por no decir que vencido, está esperando el socorro que le envían Persia y Egipto. Y ella viendo —¿esto permito? ¡Por Júpiter, que me corro!—, viendo que socorro espera, antes que pueda llegar, aquí le sale a buscar. Pues, si están de esta manera mis dichas sin conseguir, las suyas sin declinar, ¿cómo me he de sosegar? Déjame, Irene, morir. Su valor y industria es tal, que los triunfos que recibe de día de noche escribe, libro que Historia oriental llama. Pero el alto brío no se rinde a la fortuna; mujer soy y no hay alguna que pueda vencer el mío. Ya determinado estás; busca otra nueva traición, que para su ejecución estoy aquí; y tú verás si doy a Cenobia muerte como se la di a Abdenato. No ha de ser así. Ya trato mi venganza de otra suerte: Aureliano ha de vengarme. Sale Cenobia con armas negras, vestida de luto, leyendo en un libro. «Que ha de vengarme Aureliano...». Cenobia viene. Es en vano que yo pueda sosegarme. Huélgome de verte aquí, Libio. Sólo espero ver qué mandas. Deseo saber qué se dice por ahí de Cenobia. ¿Pues soy yo quien ha de escribir su historia? Quien la tome de memoria; quien ha de escribirla, no. Nada se dice. Infelice tormento en el alma lucha. Si no lo sabes, escucha qué de Cenobia se dice; ahora lo estaba leyendo. Oye sospecha cruel, sin declararme con él quejarme a él mismo pretendo: Lee. «Que, viendo a Decio vencido, vino al Oriente Aureliano con todo el poder romano de su poder ofendido; y que, habiéndole cercado enemiga, la asaltó tres veces, y tres volvió rompido y desbaratado, tanto que le fue forzoso retirarse hasta que tenga socorro; y, antes que venga, con ánimo belicoso ella le saldrá a buscar, por que en su sangre se aneguen cuando Egipto y Persia lleguen y no tengan a quien dar los socorros poderosos, hallando en estos desiertos murallas de cuerpos muertos, llenos de sangre los fosos». También se dice que hoy es cuando la batalla quiere dar; y lo que sucediere della se dirá después. ¿Y yo lo puedo decir ahora? Pues ¿qué será? Que llegará y vencerá. Vuelvo, Libio, a proseguir: Lee. «En este tiempo enviudó y, atreviéndose por ver en el reino una mujer, no faltó quien procuró de secreto conjurar la gente y, dándole mano al ejército romano y tributo, conspirar a la corona; y así lograr su intento felice uno y otro». Esto se dice. No creo que será así, mas, ¡vive Dios!, si llegara tiempo en que esto sucediera y de algún hombre creyera... ¿qué es creer?, si imaginara que algún cobarde traidor, que algún infame villano, arrogante, loco y vano, había que, sin temor ni verguenza, contra mí tratase algún mal cruel, dijera entonces a él lo que ahora digo a ti. ¿Es posible que no ves que el mismo que en la ocasión agradece tu traición huye del traidor después? Porque, aunque ella agrade a todos, viene el traidor a cansar y no es posible alcanzar honra por infames modos; pues el que más alto estuvo a ser más notado viene, cuando el mismo honor que tiene dice la infamia que tuvo. Yo soy tu reina; y advierte que te dejo de matar con mis manos por no dar a un traidor tan noble muerte, y podrá ser que algún día a las de un verdugo muera. Señora... Esto le dijera, a saber quién es. Sería agraviarme el responder, porque no me toca a mí, que yo siempre tuyo fui. Pues ¿pudiera yo creer, aunque el mundo lo afirmara, Libio, que en la sangre mía tan grande mancha cabía? No te turbes y repara que yo estoy tan confiada que, si la vitoria espero, sólo es porque considero que está a mi lado tu espada. Sale Persio. Dame tus pies. Bienvenido, Andronio, aunque no esperé menos de ti. Bien se ve, el demonio me ha metido a valiente. ¿Qué hay de nuevo? Que de Persia viene ya y mañana llegará con poder que no me atrevo a pintarle, no parezca que le encarece el temor. Ahora es tiempo que el valor con más denuedo se ofrezca al peligro. Ea, soldados, esta es honrosa ocasión de quedar en la opinión de la fama celebrados. Hoy a la vista tenemos el ejército romano; venzamos hoy a Aureliano, que mañana venceremos al persa. Rompan los vientos las voces siempre inquietas de las cajas y trompetas, y a sus confusos acentos responda el eco oprimido. Suene el clarín animado, gima el parche castigado, brame el bronce repetido. Publiquen sangrienta guerra con mortales sentimientos turbados los elementos: agua, fuego, viento y tierra; que yo a tan divina gloria la primera embestiré, en cuyo encuentro diré, antes que ¡guerra!, ¡vitoria! Tocan cajas y trompetas, y metiendo mano se entran como de guerra, y salen por otra parte Aureliano, Astrea, el Capitán y soldados, y Decio cubierto el rostro con la banda de Cenobia. Hoy dichoso fin colijo, que el dios que en tu ayuda viene la vitoria te previene, pues el oráculo dijo: «Irás y vencerás; no serás vencido en la guerra». ¡Ea, altiva Roma, cierra hoy, que Apolo aseguró triunfo, en cuya confianza mi pecho al furor se entrega! ¡Altiva Cenobia, hoy llega tu castigo a mi venganza! Vanse como de guerra. Hoy he de mostrar, valiente Cenobia, mi fuerza altiva. ¡El césar de Roma viva! Vase. Dentro. ¡Viva la reina de Oriente! Dase la batalla, saliendo, y entrando dos veces, y salen huyendo Aureliano, y Astrea. ¿De qué sirve la osadía, cuando a tus desdichas ves el cielo opuesto?, que hoy es para Roma infausto día. Rotos ya tus escuadrones, te han dejado herido y solo. Tú con engaños de Apolo a esta afrenta me dispones, y aun él mismo es contra mí; pues en una empresa igual me anima y me miente. Mal el oráculo entendí, porque otro sentido encierra, que entonces no entendí yo: «Irás, y volverás no; serás vencido en la guerra». Sacerdotisa engañosa, vaticinante mentida, sirena falsa y fingida, profetisa mentirosa, la respuesta que entendiste de otra suerte has de llorar; tú la pena has de pagar, pues tú la culpa tuviste. Muere, infame, y vengue en ti de aquese Apolo cruel rabia, que no puedo en él. En esta gruta... Arrójala por una cueva, despeñada. ¡Ay de mí! ...hallarás tu sepultura, si en sus entrañas las fieras no te la dan, porque alteras los sentidos que procura revelarme Apolo santo; y a creer que engaño fue del mismo Apolo, no sé si hiciera en él otro tanto. Huyendo mi gente vuelve; delante me he de poner del contrario, para ver si atrevida se resuelve a morir. Mujer, ¿quién eres?; mas, con tan altos renombres, di que afrenta de los hombres, di que honor de las mujeres. Vanse, y tocan al arma, sale Cenobia con la espada desnuda, con una banda en el brazo. De la batalla rendida, sin que me hayan conocido, sola a este monte he salido para curarme una herida; en cuya ofensa ha de ser teatro este monte fuerte, romanos, de vuestra muerte. Dentro Astrea quejandose. ¡Ay, infelice mujer! Parece que oigo, ¡ay de mí!, turbada una voz, que dice que soy mujer infelice. Hoy ha de triunfar de ti el rigor... ¿Qué escucho? ¡Ay triste! ...de un alevoso traidor, de un tirano emperador. De horror el alma se viste, pues el eco temeroso dice triunfará, inhumano, un emperador tirano por un traidor alevoso. Herida y sangrienta estás... Que herida estoy, ya lo veo. ...donde mísero trofeo de la soberbia serás. Sin duda que alguien procura acobardarme y ha sido en este monte escondido. ¡Ay, desdichada hermosura! Nada desde aquí se ve. Cenobia, ¿qué te acobarda, cuando esta vitoria aguarda a tu fama? Ilusión fue; venza yo con el valor, que nada temo ni creo, hasta que sea trofeo de un tirano y de un traidor. Vase, y sale Libio. Yo me perdí, por que pueda llegar a hablar a Aureliano, que así mis glorias allano. Dentro. Ven, traidor. Y si te queda más rigor, muéstrale aquí; que huyendo, tirano, desto, te verás en alto puesto. Parece que hablan de mí. Sé soberbio, sé tirano, sé riguroso, sé fiero de una vez. ¡Cielos! ¿Qué espero? Hoy nuevo espíritu gano, pues me anima el cielo a ser cruel, pues me ha persuadido con voces, quizá ofendido de una soberbia mujer. Pues muera, que yo no falto a la ambición por reinar, si usando desto he de estar temido en puesto más alto. Vase, y sale Decio y tocan cajas primero y trae una bandera. Hoy he de dar la vitoria a Roma, aunque en ella muera Cenobia, que esta bandera ha de publicar la gloria que he conseguido en ganalla; esto a mi honor corresponde. Monte, en tu centro la asconde mientras vuelvo a la batalla. ¡Basta, invicto emperador!; la furia perdona ya, que más fama te dará la clemencia que el rigor. ¿Qué voz es esta que sigo, que, sin saber cúya es, alma, escuchas y no ves? ¿Con quién hablará? Contigo. Contigo, césar de Roma, habla una triste mujer. Ven adonde puedas ser piadoso; la furia doma. Ella con emperador habla. ¿Si estará Aureliano por aquí? Quéjome en vano por aliviar el dolor, pues bien sé que no me escucha. Emperador, ¿no vendrás a sacarme? ¿Dónde estás? Dentro de esta gruta. Mucha es mi turbación; aquí se ve una profunda cueva. Aventura es esta nueva. ¿Hay gente allá dentro? Sí. Sácame de aquí. No soy a quien llamas; pero advierte que del horror de la muerte te libraré, pues estoy donde puedo entrar adentro. ¿Dónde estás? Entra, y habla Astrea de adentro. Hacia aquí llega; que, aunque de mi sangre ciega, me darán luz en el centro profundo las esperanzas: tanto puede quien desea la vida. Sacala en brazos, toda herida, y llena de polvo, y el rostro lleno de sangre, como despeñada. Divina Astrea, ¿qué es aquesto? Las venganzas de un emperador, con quien hablaba por aliviar el tormento y el pesar. Y, puesto que por ti ven mis ojos la luz del suelo, déjame echar a tus pies, que la tierra de ellos es para mí dichoso cielo... Muy herida estás; procura alentarte y en mi tienda te recoge. ...por que entienda que tú de la sepultura, Decio, mi vida has librado. Allí encubierta estarás; que yo, mientras a ella vas, en la vitoria empeñado quedo, porque me es forzoso asistir donde se yerra segunda vez. ¡Guerra! ¡Guerra! Dios te saque venturoso y, con venganza y honor, contento, alegre y ufano, libre Roma de un tirano, tú seas su emperador. Vase Astrea, y tocan al arma. Después de haber Aureliano dado valor a la gente que desmayada se vio, con nuevo esfuerzo acomete. Ahora sí verá Aureliano que hay una mujer que vence animosa como bella y hermosa como valiente. Y tú, Cenobia, perdona, que me es forzoso que pruebe en tu ofensa mi valor, aunque tus glorias desee. Sale Aureliano, y dicen dentro. Este es Aureliano, ¡muera! ¡Valedme, cielos, valedme! Ábrase la tierra aquí, para que vivo me entierre en su eterna oscuridad, donde yo no pueda verme. ¿Que una mujer pueda tanto por hermosa y por valiente que quite el honor a Roma? ¡Cielos! Aureliano es este. A ti, valiente soldado, que en las águilas que tiene ese escudo, cuyo vuelo a mirar el sol se atreve, conozco que eres de Roma; a ti te pido que muestres en mi defensa el valor que a tu misma patria debes. Tu césar soy, Aureliano soy, que en ocasión tan fuerte vengo huyendo de mí mismo, vencido afrentosamente. Dame la vida, que está en tus manos. ¿Qué previenes con ruegos a mi osadía, si bastaba conocerte para morir por ti, si es que quien muere honrado, muere? Pon en salvo tu persona y en esta palabra advierte: para llegar a tu tienda el paso es aqueste puente que los dos campos divide, siendo con veloz corriente valle de plata el Eufrates, y te juro el defenderle sin que le rompa ninguno de los que en tu alcance vienen, hasta que pierda la vida. Cortés y animoso eres. Toma este bastón; por él te doy palabra de hacerte igual en mi Imperio, tanto que a honrarte y quererte llegue más que le aborrezco a Decio, por quien siento solamente esta afrenta, pues, corrido, tengo por cierto que, a verme vencido de una mujer, será su vista mi muerte. Tiene Decio el rostro tapado con una banda. Después te diré quién soy. Pues la vida me defiendes, para partir mi corona no seas Decio y seas quien fueres. Vase solo, y sale Cenobia, y soldados. Esta puente nos da paso. Yo he de matarle o prenderle en su tienda. Aqueso fuera a no defender yo el puente. ¿Un hombre solo se opone a tu escuadrón? O no temes el conocido peligro de la vida o la aborreces. No es sino que en este pecho tal fuego el honor enciende que es un rayo cada golpe. Pues aunque Júpiter fueses y aqueste monte tu espada, he de pasar. Mas detente, violento impulso, que aquel es Decio, si no me miente aquella banda con que el rostro cubierto tiene. Esta es Cenobia. ¡Ay de mí, en qué confusión tan fuerte me ponen amor y honor!. Marcio, retira esa gente, que yo sola he de ganar hoy el paso. Mira... Advierte... No hay qué advertir. A la vista estaremos. Vanse los soldados. ¿Tú no eres Decio? Decio soy, Cenobia, que ya me huelgo de verte en esta ocasión, adonde puedes honrarme y valerme. Y yo de verte me huelgo adonde seguramente puedes darme la vitoria con sólo no defenderte. Siguiendo vengo a Aureliano, resuelta animosamente de que hoy en su misma tienda he de matarle o prenderle. Nadie me estorbe la entrada, si no es esta. Y pues te ofrece esta ocasión tu venganza, déjame pasar y advierte que hoy te vengo, si hoy le alcanzo, y quedamos igualmente yo contenta, honrado tú y él vencido; con que vienen tus medios a conseguirse. Pues propones de esa suerte en pláticas la batalla, quiero obligarte que dejes la pretensión. Aureliano ahora, sin conocerme, llegó a valerse de mí. En ocasión tan urgente palabra di de guardar este paso hasta que viese rendida el alma a los filos de tus acerados temples. ¡Mira si estoy obligado a cumplirla! Y, pues tú quieres convencerme con razones, esta te obligue a volverte. Ya Aureliano está vencido; ese triunfo ya le tienes. Déjame ganar, Cenobia, ahora el de defenderle siendo mi contrario. Así quedaremos igualmente tú contenta, honrado yo y él vencido; con que vienen tus medios a conseguirse más noble y más cuerdamente. Yo tengo mayor razón. ¿Tú no fuiste a que te diese satisfación de la ofensa de Aureliano? Luego tienes obligación de ayudarme ahora, cuando pretende darte mi honor la venganza que me pediste. Tú vienes a convencerte a ti misma. Desde el punto que a valerme fui de ti, mi honor corrió por tu cuenta; luego tienes obligación de mirar por él, tanto que si hacerte dueño de Roma quisiera por trato, alevosamente, tú no lo habías de ser por que yo traidor no fuese. Yo pierdo en esta ocasión la vitoria y tú no pierdes la opinión. Sí pierdo tal. Deja... Cenobia, detente, que ¡vive Dios que te mate! Y, puesto que mujer eres con quien se pueden tratar cosas de honor, cuando vienes a esta impresa contra mí, te pido que me aconsejes. Considérate en mi puesto, que lo mismo que tú hicieres haré yo. Si yo me viera con la obligación que tienes, en este puesto empeñada muriera hasta defenderle. ¿Y si el rendirle importara a un grande amigo? No puede nadie acudir a su amigo más que a su honor. ¿Y si fuese una mujer que adorase? Perdiera una y muchas veces vida y honor. Pero tú ¿tan vano y loco te atreves a decirme que me adoras? Con poca ocasión te ofendes; no eres tú. Pues al primero consejo quiero volverme: guardar el puesto te importa, o morir o defenderte. Pues si animosa aconseja una mujer de esa suerte, ¿qué haré yo en ejecutarlo? Tu misma acción te condene. Considérate en el mío, que en esta ocasión se ofrece el fin de tan gran vitoria y que el paso te defiende un grande amigo. ¿Qué hicieras? Aunque otro yo mismo fuese, le matara. ¿Y si estimaras su vida? Le diera muerte, aunque le estimara. Y dime, ¿si aquesa persona fuese un hombre que yo quisiera? ¡Cielos!, luego ¿tú me quieres? Perdiera cien mil vitorias, volviérame... Tente, tente; que no soy. Pues al primero consejo quiero volverme: dame la muerte, que yo, contento, ufano y alegre, moriré de ver que compro tu alabanza con mi muerte. Por no darte aquesa gloria no te mato, que no quiere mi ambición que haya un romano a quien la fama celebre por tan valiente, animoso, invencible, altivo y fuerte, que tan tristemente viva y muera tan noblemente. Por ti pierdo la vitoria. Pues mira que, si la pierdes, que ya me das ocasión para pensar que tú eres la enamorada, pues tomas el consejo. Responderte que no lo pienses pudiera, mas ¿qué importa que lo pienses? Vanse, y sale Aureliano, y soldados. Júpiter soberano, si el gobierno del mundo está en tu mano, ¿cómo, cómo permite que una mujer a Roma el honor quite? Ni eres dios ni eres fuerte ni son tus obras líneas de la muerte. Tú, Marte, que entre aceros y entre mallas eres sangriento dios de las batallas, ¿cómo tu cuello doma una mujer que el lauro quita a Roma? Ni eres dios ni valiente; miente tu aspecto, tu semblante miente. ¡Que una mujer, que una mujer resista a Roma, a mí! Tan desigual conquista diera por cautivalla, por prendella y llevalla a Roma, y en el carro entrar pisando su ambición, bizarro. Diera... Pero estoy loco. ¿Qué tengo yo que dar, si Roma es poco? De Cenobia un soldado búscandote al ejército ha llegado. Valor, disimulemos, no conozca mi pena en mis estremos. Entre, pues. ¿Qué querrá en desdichas tantas? Sale Libio. Permíteme, señor, besar tus plantas. ¿Qué quieres? Muy cruel y poco sabio, vengo a pedir venganza de un agravio. Yo soy Libio, sobrino de Cenobia, que a ser mi reina vino por mujer de Abdenato. Él, a su sangre ingrato, siendo yo el heredero único de su Estado, me dejó de la acción emancipado, y el vulgo novelero, que conjurado estaba, la corona le dio que me tocaba, por lo cual mi rigor me determina a tan cobarde impresa: yo te he de hacer señor de Palmerina; yo he de darte a Cenobia muerta o presa. ¿Tú te atreves a darme a Palmerina? Sí. ¿Tú has de entregarme presa a Cenobia? Sí. ¿Qué es lo que espero? Déjame echar a aquesos pies primero y juro aquí delante, por Marte horrendo y Júpiter tonante, por el sagrado Apolo, por el Criador de cielo y tierra solo, Libio, si en mi favor consigues esto, que he de ponerte en el más alto puesto, igual a mi persona, poniendo en tu cabeza mi corona. La voz así animaba mi fortuna. Pero ¿cómo podrás? ¿Pues tiene alguna duda mi pretensión? Yo sé los nombres de las postas y puedo llegar sin algún miedo hasta su tienda sólo con cien hombres. Cenobia ahora descuidada vive con la vitoria que a este tiempo escribe. Si yo a su tienda llego en las tinieblas del silencio ciego, ¿qué duda hay de traella antes que alguno pueda defendella? Pues no hagan las razones estorbo con sus vanas ilusiones. Darete cien soldados en la escuela de Marte acreditados y, en fe que ahora agradecido quedo, toma este real anillo que en mi dedo estrella fue, y verás si he de premiarte, porque pienso a los cielos levantarte. Alta ventura de esta acción colijo; la prodigiosa voz así lo dijo. ¡Presto, fortuna, presto pienso que me has de ver en alto puesto!. Vanse, y salen Cenobia, Irene, Crotilda, y Persio. Dejadme un poco sola. ¿Qué tienes? ¿Qué te aflige? Una oculta tristeza el corazón me oprime, un miedo me desmaya y una pasión me rinde. En el primer encuentro de la guerra, ¿no vistes muerto el caballo? Luego, entre asombros terribles nacida de las peñas, voz temerosa y triste me dijo que sería hoy trofeo infelice de un traidor y un tirano que conjurados viven. Mi tienda hallé caída y, aunque al valor insigne que me alienta no vencen estos agueros viles, temo... no sé qué temo ni el decillo es posible, porque nunca fue grande tormento que se dice. Diviértete y no dudes tu honor siempre invencible, tu fama siempre eterna, tu patria siempre libre. Ahora, vanos temores, dejad de perseguirme. Escribiendo esta guerra pretendo divertirme. Ya está puesta la mesa. Dejan un bufete con aderezo de escribir, y Cenobia se sienta a escribir. Por no dejar que olvide el tiempo mi alabanza, papel que siempre finge a la verdad grandezas y a la envidia imposibles, la mujer que pelea es la misma que escribe, que a un mismo tiempo iguales espada y pluma rige. Historia del Oriente la llamo; así prosigue: Escribe. «Retirose a este tiempo Aureliano y, humilde, socorros poderosos a Egipto y Persia pide. En este tiempo Libio...»; el Libio, ¡ay de mí, triste!, escrito está con sangre y, al ir a repetirle, sangre brotó la herida y mesa y papel tiñen deshojados claveles o líquidos rubíes. ¡Oh sangriento prodigio! Mas, ¡ay, suerte infelice!, Abdenato, ¿qué quieres, que muerto me persigues? Representando. Señor, esposo, tente, no ofendas ni castigues a quien... Pero ¿qué es esto? ¡Resuelta en humo, finge una nube la sombra bajando el aire libre! Quedase como desmayada, y salen Libio, el Capitán, y soldados. Esta es su tienda; aquí tan descuidada vive que en los brazos del sueño a un tiempo muere y vive. Llegad con tal secreto que el más valiente pise de su temor la sombra. Muera si se resiste. Llegad y ojos y boca la tapad. ¡Qué terrible aprehensión! Mas ¿qué es esto? Llegan, y cogenla por detras, y atanla las manos, y echanla una banda en el rostro. Es quien así consigue su venganza. ¡Traición! Favor en vano pides, que ya tu guarda es muerta. ¡Traición! Cuando repite traición, traición todos decid, que así se impide el sospechar quién somos, porque ninguno pide favor contra sí mismo. ¡Traición! ¡Traición! Consiguen los cielos mi venganza. Llévanla maniatada y sale Irene. Entre las sombras tristes buscándote he venido, de sus tinieblas lince. Bien se logró tu intento, que como «traición» dicen ellos mesmos, los deja el ejército libres. Ven donde de Aureliano las honras participes, en cuya confianza este anillo que imprime las águilas de Roma y ya tu dedo ciñe me entregó. Vamos, pues con tu intento saliste. Vanse. Sale Aureliano. A la voz presurosa del sol, con dulce salva sale llorando el alba y riyendo el aurora, que esperan en un día efectos de tristeza y alegría. Mi honor es el aurora, Cenobia el alba bella, que entre amalla y vencella el uno y otro llora, cuando triste y contento mi dicha estimo y su desdicha siento. Tocan dentro cajas y trompetas. Mas ya con ecos graves publican dulces fines los sonoros clarines, las trompetas suaves, cuyo compás con bajas voces repiten las templadas cajas. Van saliendo los soldados, y despues Cenobia atadas las manos, cubierto el rostro, y luego la descubren, y se hinca de rodillas. Y ya a Cenobia veo, que entre desdichas tantas besa, humilde, mis plantas. O muera mi deseo o viva mi esperanza, que amor pide piedad y honor venganza. La fama siempre vive, el gusto luego muere, pues mi piedad no espere, que si el gusto recibe la gloria del trofeo, viva mi honor y muera mi deseo. César, cuya memoria eterna al mundo viva cuando con sangre escriba el tiempo esta vitoria, advierte en mis enojos la voz del labio, el llanto de los ojos. No altiva, no atrevida pienso hablarte amorosa, sino triste y llorosa mostrar quiero, advertida, que quien en pena grave supo vencer, hoy ser vencida sabe. A tus pies está puesta quien los aplausos tuyos pensó ver a los suyos, por que adviertas que en esta variedad importuna representa tragedias la fortuna. La que en veloces alas de la fama gloriosa compitió vitoriosa a la deidad de Palas hoy, con soberbia poca, donde quitas los pies pone la boca. No te pido la vida, que en las glorias que heredas temo que la concedas, cuando yo, agradecida al llanto, decir puedo que sólo a las venturas tengo miedo; la libertad te pido de mi patria, si alcanza piedad tanta venganza; y, pues yo sola he sido la que se opuso a Roma, sólo en mi vida la venganza toma. Triunfa de mí valiente, véngate en mí ofendido, pon libre y atrevido el pie sobre mi frente, llévame a Roma aprisa y en carro de oro mi arrogancia pisa. ¿Aun sin verme me dejas? Pues con ecos veloces daré a los vientos voces, daré a los cielos quejas, daré a la tierra espanto, a los aires suspiros y al mar llanto. Turbados mis sentidos pueden en tanta mengua vencer ojos y lengua, pero no los oídos; que tienen por despojos labios la lengua y párpados los ojos. Mas ¿qué defensa espera la voz sonora y clara? Si yo al hombre enmendara para que siempre viera y nunca oyera quejas de mujer, diera guarda a las orejas. El que costante estuvo y sordo tiempo tanto de una mujer al llanto perfeta alma no tuvo; ni es racional ni es hombre a quien de la mujer no rinde el nombre. Mas tú, Aureliano, ¿eres el que en triunfo dichoso juraste vitorioso triunfar de los placeres de amor, siempre costante?; mis reprehensiones temo en mi semblante. Pues ¿cómo ya amoroso discurso te atropella? Si Cenobia es tan bella, si tú tan valeroso que la excedas, procura que iguale tu valor a su hermosura. Ya el amor en su abismo ningún poder le queda: ¿pues ha de haber quien pueda en mí más que yo mismo? No, ni en su fuego entero me hará querer, si yo querer no quiero. Ya con mayor instancia aquí mi triunfo empieza; venza, pues, la belleza quien venció su arrogancia. Cenobia, enternecido vuelvo a mirarme, de dolor vencido. Sufre, padece y siente, gime, suspira, llora, que no te importa ahora querer tocar, valiente, la esfera de la luna. Esto puede el valor, no la fortuna. Sale Irene, y Libio. Llégale a hablar. Yo he sido quien en tanta venganza, cumpliendo tu esperanza, su palabra ha cumplido; muestra ahora la tuya. Sí mostraré, por que mi fe se arguya. Yo he prometido hacerte igual a mi persona: ves aquí mi corona. Pónesela. ¡Qué venturosa suerte! Mas, con lo que hago y digo, premio el favor y la traición castigo. Con ella, desde el monte que ha puesto a las estrellas ejes, sus luces bellas término al horizonte, le despeñad. Con esto te vienes, Libio, a ver en alto puesto. ¡Llevalde, pues! ¡Ay, cielos! En tan violento estrago bien lo que debo pago. Llévanle. Pierda yo los recelos, que quien en tanta pena su sangre vende, venderá la ajena. Ya van a despeñalle, mas consuelo prevengo; el real anillo tengo, con él he de libralle publicando, atrevida, que Aureliano por él le da la vida. A este reino importuno vida se le concede; si se altera, no quede con la vida ninguno, sino los que, entregados, han de ir por fieras de mi carro atados. Ten, Cenobia, prudencia, que esto es mundo. Sí tengo, y a más rigor prevengo más valor, más paciencia, que quien tuvo soberbia en tantas dichas sabrá tener paciencia en las desdichas. Tercera Jornada Salen Astrea, y Decio. Rotos ya los privilegios de la muerte, hermosa Astrea, viva por mi dicha, cuando todos te tienen por muerta, a Roma llegas a tiempo de ver la mayor tragedia que en el teatro del mundo la fortuna representa. Hoy entra en ella Aureliano —¿podré decir cómo entra sin que en suspiros se anegue la voz, pronunciada apenas?— en un triunfal carro, a quien, en vez de rústicas fieras, racionales brutos tiran, atados cautivos llevan. Él en lo más eminente del triunfal carro se asienta en un trono, a imitación hermosa de algún planeta. Luego va Cenobia —¡ay, triste!, ¿tendrá espíritu la lengua para decirte que va Cenobia a sus plantas puesta?—, ricamente aderezada, hermosamente compuesta, donde, como en centro, viven piedras, oro, plata y perlas; atadas las blancas manos con riquísimas cadenas de oro —prisiones en fin, ¿qué importa que ricas sean?— va a sus pies. Y él, profanando el respeto y la belleza, el sagrado bulto pisa, la imagen rica atropella. Mal haya, amén, mi valor, pues la ventaja que muestra en este triunfo Aureliano es que en sus fortunas tengan él un leal que le guarde y ella un traidor que la venda. A tardar la relación bien fácilmente suplieran los ojos a los oídos, porque ya el aviso llega del triunfo. El anfiteatro es este y aquí la espera lo más de Roma. Aquí quiero, sea atrevimiento o sea desesperación, llegar a desvanecer la rueda de este pavón, acordando, en medio de sus grandezas, que fui yo quien le guardó la vida... Gran cosa intentas. ...cuando en la guerra le vi huyendo con tanta afrenta. Suena la musica, y entran soldados delante, y detras un carro triunfal, en el qual viene Aureliano Emperador, y a sus pies Cenobia muy bizarra atadas las manos, y tirando el carro cautivos, y detras gente. ¡Viva nuestro emperador! ¡Viva nuestro invicto césar! Atenta, ¡oh triunfante Roma!, a tu alabanza y atenta a tus inmortales glorias, mis vitorias considera. No de laurel coronado llego a verte, porque fuera a tanta ocasión pequeño señor; inmortal diadema de oro corona mi frente, que ya quiero que esta sea insignia de emperadores, ciñendo yo la primera. Corónase de oro. No en triunfal carro guiado de fieras que se sujetan a domésticas coyuntas vuestro invicto césar entra, sino en carro a quien conducen viles esclavos que muestran en su humildad mi arrogancia; asirios son, ¿qué más fieras? No os parezca una mujer poco fin a tanta empresa, que más su vitoria estimo que si en campaña venciera en defensa de los dioses, brazo a brazo, fuerza a fuerza, los gigantes de Sicilia o los cíclopes de Flegra. Esta que veis a mis pies mujer humillada, esta que, a ser mortal la fortuna, la misma fortuna fuera, asombro ha sido del Asia, temor del África, afrenta de la Europa y la que a Roma se opuso con tantas fuerzas. Miralda ahora qué humilde, mirad la ambición depuesta, rendida la vanidad y la presunción sujeta. Y para mirarlo todo, mirad a Cenobia presa; veréis arrogancia, envidia, ambición, poder y fuerza puesto a mis plantas, si está Cenobia a mis plantas puesta. Aureliano, las venganzas de la fortuna son estas, que ni son grandezas tuyas ni culpas mías. Pues llegas a conocer sus mudanzas, valor finge, ánimo muestra, que mañana es otro día y a una breve fácil vuelta se truecan las monarquías y los imperios se truecan. Vence y calla, pues yo sufro y espero, para que veas que, pues yo no desconfío, será razón que tú temas. No la ambición te levante tanto que, midiendo esferas, de tu misma vanidad la altura te desvanezca. Sale el alba coronada de rayos y el sol despliega al mundo cendales de oro que enjuguen llanto de perlas; sube hasta el cenit, mas luego declina y la noche negra por las exequias del sol doseles de luto cuelga. Impedida de los vientos, con alas de lino vuela alta nave, presumiendo todo el mar pequeña esfera; y en un punto, en un instante, brama el viento, el mar se altera, que parece que sus ondas quieren matar las estrellas. El día teme la noche, la serenidad espera la borrasca, el gusto vive a espaldas de la tristeza. La alabanza de tus glorias para ajenos labios deja, que más alaban silencios ajenos que propias lenguas. Déjame que yo los diga, para que a un tiempo se vean en mí lástima y valor, en ti valor y modestia. Romanos, yo soy Cenobia, yo soy la que en tantas guerras se opuso a Roma y ganó tantas vitorias sangrientas. Vendida fui de un traidor, advertid si está sujeta a un engaño la osadía y a una traición la grandeza. Pero ya que estoy vencida, en tantas desdichas tengan lástima los animosos y los cobardes soberbia. Pues podrá ser que, cansada destos aplausos, la rueda dé la vuelta y que a mis pies, como me he visto, te veas. Esta es la misma esperanza inútil, cobarde y necia de Decio. También me dijo: «Podrá ser que tiempo venga en que yo triunfe de ti». ¿Cómo este tiempo no llega? O no osa ya la fortuna o me teme o me respeta. Ni la estimo ni la precio; ¡bueno fuera que temiera a una mujer y a un cobarde! Pues el triunfo da licencia a un soldado que ganó alto renombre en la guerra para que el premio reciba en tanto que se celebra, di que Decio es un cobarde, que no importa; mas no ofendas al soldado que te dio la vida y en tu defensa puso la suya en peligro cuando tú, huyendo, quisieras ser espíritu de un tronco o ser alma de una peña. Y si, porque me venció una mujer, tú me afrentas, dime, ¿qué honor te dará cuando tú una mujer venzas? O tiene valor o no: si tiene valor, ya muestras que a mí me pudo vencer; si no le tiene, ¿qué impresa te da alabanza triunfando con majestad y grandeza de una mujer sin valor? Luego, en razones opuestas, o yo no merezco culpa cuando una mujer me venza, o tú no consigues gloria cuando vas triunfando della. Para vencer basta, Decio, que cualquier contrario sea; para ser vencido, no. Mas tú, cobarde, ¿qué intentas, pues en Roma te quedaste con esas vanas quimeras, con esos locos desprecios? ¿Qué te importa, di, que tenga digno premio aquel soldado? Yo le confieso que era valiente, con que asegura que no fuiste tú. Esta seña dirá, Aureliano, quién fue: el bastón testigo sea. Premia mi valor, pues culpas mi cobardía, y hoy vean que tú en un mismo sujeto tan bien honras como afrentas, satisfaces como agravias y como castigas premias. Decio, tú solo a mis glorias te opones, tú solo intentas oscurecer mi alabanza que me da Roma, y tú llegas, loco y atrevido, donde mi justicia no te premia, porque un hombre sin honor no es capaz, con tanta afrenta, de honra alguna. Y por castigo de una libertad tan nueva, prosiga el triunfo, que quiero que dure por que le veas; y por más gloria la fama en su pregón diga: «Esta es la justicia que manda hacer la fortuna fiera a este hombre por cobarde y a esta mujer por soberbia». ¡Viva nuestro emperador! ¡Viva nuestro invicto césar! Tocan la musica toda y vuelve el carro, y vanse y queda Astrea, y Decio. Grande atrevimiento ha sido el haber, Decio, llegado resuelto y determinado donde tus quejas ha oído. Ya perdido el honor, el gusto, el ser, … no hay qué impida, que no tengo qué perder donde es lo menos la vida. ¡Que así un bárbaro procura profanar con tal fiereza las aras de la belleza, los cultos de la hermosura! ¡Qué locura! ¡Ay, Cenobia!, peno, rabio. Mataré al emperador, y mejor en venganza de tu agravio que en venganza de mi honor. Si a matarle te dispones, pon el modo y yo las manos. Calla, porque dos villanos vienen. Salen Libio, y Irene vestidos de villanos. Aunque te corones de naciones, hoy, Roma, en ti determino vengarme. Ayudarte quiero porque espero que es el impulso divino y celestial el acero. Vanse los dos. De las manos de la muerte libre quedaste, y en Roma; cuando ya Aureliano toma satisfación de esta suerte, Libio, advierte la industria que te libró de tan bárbara violencia, y ten prudencia, que otro anillo no quedó que suspenda otra sentencia. Confieso que tú me das la vida y, pues lo conoce el alma, deja que goce esto que vivo me das y verás, si le llego a conseguir, el fin dichoso que alcanza mi venganza, que menos mal es morir que vivir sin esperanza. Por verme con alto honor la muerte a Abdenato di, mi misma sangre vendí, a mi patria fui traidor. Llegó el rigor a castigarme y a ser mi verdugo osado y fuerte; pues advierte qué tengo ya que perder perdido el miedo a la muerte. Pues no puedo aconsejarte, matemos a este cruel, que yo, hasta morir, fiel pienso, Libio, acompañarte y no ser parte tiempo, mudanza y olvido a dejarte de querer, para saber cuántas cosas ha vencido con amor una mujer. Los dos hemos de decir que a solas le hemos de hablar, porque importa, para dar un aviso, en él fingir que a pedir justicia vas, sin malicia, de un agravio; y, si esto alcanza mi esperanza, tú le pedirás justicia y yo tomaré venganza. Pues estando divertido contigo, yo llegaré al tirano y le daré de puñaladas. Ha sido atrevido pensamiento el que has hallado; mas ¿cómo de allí saldrás? Necia estás; véame una vez vengado, que no quiero vivir más. Vanse, y salen Cenobia por una parte, y Aureliano por otra. En este paso procura mi pecho, de amor desnudo, pues con la fuerza no pudo, vencer hoy con la hermosura. Yo dije que su grandeza había de ver a mis pies; ayuden mi intento, pues, amor, ingenio y belleza. Probaré si puedo ver humillado este rigor fingiendo gusto y amor. ¡Ahora sí que soy mujer! ¡Ahora sí lo he parecido, pues con mis armas ofendo cuando a un bárbaro pretendo vencer con amor fingido!. Cenobia está aquí; mas, ciego hoy a tantos rayos, vivo cuando nueva luz recibo, fénix de amor en su fuego; ¡ciego estoy!. Turbada llego. ¿Qué intenta amor? ¿Qué procura mi engaño? ¡Oh, qué luz tan pura!. ¡Oh, qué bárbara fiereza! ¡Qué semblante!. ¡Qué belleza!. ¡Qué fealdad!. ¡Y qué hermosura!. De rodillas. A los pies tenéis, señor, esta humilde esclava vuestra, que segunda vez se muestra rendida a vuestro valor. Hoy el poder y el amor os den una y otra palma, cuando mi sentido en calma dice que sabéis vencer la vida con el poder y con el valor el alma. Si vencéis con fuerza altiva, obligáis con dulce amor y así dos veces, señor, ya soy dos veces cautiva. Para que en mi centro viva dejadme echar a esas plantas. Así al cielo me levantas. Sale Decio. Que esta es de Cenobia, creo, la torre. Pero ¿qué veo, ¡cielo!, entre desdichas tantas? Alza, Cenobia, del suelo, que grande prodigio encierra cuando humildes en la tierra se ven las luces del cielo. Mientras, con nuevo desvelo alteran el pecho mío uno y otro desvarío; sin duda que no advirtió tal belleza el que pensó que era libre el albedrío. Dos plantas hay con divina virtud, que sin duda alguna son veneno cada una y juntas son medicina. La experiencia en mí imagina, pues cuando juntos los vi, belleza y poder vencí: faltó el poder y segura quedó sola la hermosura, que es veneno para mí. ¿Quién vio tan fieros castigos? ¡Que en tu hermosura y poder tenga yo más que vencer donde hay menos enemigos! Mis tormentos son testigos. ¿Así, cobardes sentidos, estáis a su voz rendidos? Huid, huid sus enojos: no miréis lágrimas, ojos; no oigáis lisonjas, oídos. ¿Por qué con locuras tantas quieres aumentar mi pena? Di, cocodrilo y sirena, ¿qué me lloras y me cantas? Si a decirme te adelantas, ya al llanto, ya al canto atento, vencerte con todo intento, y así, sin ventura alguna, llora tu corta fortuna y canta tu vencimiento. Vase. Ya ningún remedio espero, pues hoy, fingido, se ha hallado un amor tan mal pagado que pareció verdadero. ¿Podré, cuando amando muero, ¡ay de mí!, vivir callando? ¿Quién me estaba aquí escuchando? Yo, Cenobia, estoy mortal, que un desdichado su mal, ¿cuándo no lo escucha, cuándo? Perdona mi atrevimiento si te hablare descortés, que a celos y amor no es bastante mi sufrimiento. Yo soy quien el pensamiento al mismo sol levantó, quien a tu luz se atrevió; pero, si pude sentir, amar, padecer, sufrir con amor, con celos, no, no puedo, cuando fiel a tu amor con ansias fieras, no siento que tú le quieras, sino que te olvides de él; esta es mi pena cruel. Efectos iguales son, pues yo siento tu pasión, no la mía ¿cómo, pues, sin decirle que lo es le daré satisfación? Si a tan altivos desvelos hallar disculpa procuras, dime que fueron locuras esos que llamaste celos. Testigos hice a los cielos, Decio, de que había de ver a mis plantas el poder de un soberbio emperador, y valime del amor, que ya parezco mujer. Con este, pues, pretendí vencer su arrogancia y fue la causa por que mostré las finezas que fingí. Esto digo por que así no te atrevas a los cielos, porque hallarán tus desvelos castigos, disculpas no; porque nunca supe yo qué era amor y qué son celos. Vase. Yo me holgara en tal rigor de que supiera tu fe lo que son celos, por que supieras lo que es amor. ¿Quién vio tan fiero rigor?, pues, cuando él te ofende a ti, yo el agravio padecí. Buscas venganza cruel y, para vengarte de él, la muerte me das a mí. Él, de amor libre y esento, negó su poder y fuese, y para que él le confiese a mí me dan el tormento: agraviado sufrimiento. Muera un fiero emperador, no porque ofendió mi honor, no porque triunfó de ti; porque me dio celos sí, que ya es agravio mayor. Sale Astrea. Desde aquí dentro he escuchado tu intención y yo he de ser quien te ayude hasta perder la vida que tú me has dado. Hoy da audiencia en el Senado Aureliano; en él podemos, como en otro traje entremos, llegar a hablarle y así darle la muerte, que allí mil agraviados tendremos de nuestra parte. Los plazos abrevia, porque saldrá de allí o porque muero ya por mirarle hecho pedazos. ¡Dame mil veces los brazos por el valor y el deseo que de tan sangriento empleo hoy muestras! No puedo yo negarlos. Vase Astrea, y sale Cenobia. Aquí quedó Mas ¿qué es lo que veo? ¿Los brazos dio a una mujer, y mujer que es tan hermosa? ¡Ay de mí, que una forzosa rabia empiezo a padecer, que no la sé conocer y se sienten sus desvelos! ¿Esta es pena, es rabia, cielos? Mas no, mayor daño fue, pues ya imagino que sé que es amor y que son celos. Pues si lo sé, mi tormento rompa el pecho, salga, pues, que a celos y amor no es bastante mi sufrimiento. Decio, nuevo atrevimiento ofende mi presunción; ¿tú en mi presencia una acción tan libre, en mi cuarto así te atreves? ¿Cómo, ¡ay de mí!, la daré satisfación sin ofenderla? Señora, la hermosa dama que ves es Astrea, que después sabrás cómo vive ahora. Ella, que mi ofensa llora, dijo que hoy podía vencer este bárbaro poder, y abracela, porque espero que, muerto este monstruo fiero, no tengas a quién querer. ¿Yo quiero? Ya lo fingiste. ¿Y basta a dar pena? Sí. ¿Y yo, que un abrazo vi? ¿Tú, que el desengaño oíste? En fin, ¿los brazos le diste? En fin, ¿le dijiste amores? Fueron falsos. ¿Qué mejores, si tú lo que todas haces? ¡Que en mi presencia la abraces! ¡Que a mis ojos le enamores! Pues ¿qué te ha movido a ti a sentirlo? Una pasión. ¿Tú celos? Dasme ocasión a que te diga que sí. ¡Qué atrevimiento! ¿Y a ti quién, Cenobia, te obligó a sentir que abrace yo a Astrea? Un deseo no más. ¿Tú amor? Ocasión me das a que te diga que no. ¿No te han dicho mis desvelos que estos son celos y amor? ¿No te ha dicho mi temor que estos son amor y celos? Mi pena saben los cielos. Tú, mi tormento cruel. Muero en ella. Vivo en él. Pues ¿qué esperas? Que tú seas mi reina. ¿Y tú? Que te veas coronado de laurel. Vanse, y descubren un trono, y en el sentado Aureliano, y algunos soldados, y el Capitán con memoriales de todos, y un bufete a bajo con papel, y recado de escribir. ¡Qué cansados pretendientes! ¿Qué más premio han de tener los soldados? ¿El servirme no basta para interés? Si pelearon y vencieron, yo también vencí y peleé; pues yo los dejo, bien pido en que me dejen también. Si son pobres, no nacieran; demás de qué importa a un rey que haya pobres en su imperio. Sufran y padezcan, pues; que, pues el cielo los hizo pobres, él sabe por qué. ¿Puedo yo enmendar el cielo? No mas su piedad nos dé ocasión para librarnos de un tirano. Aqueste es de Lelio. ¿Qué dice Lelio? Dice: «Señor, yo me hallé en Asia, donde te vi...». No me digas más; romper puedes ese memorial, que ya premiado se ve: ya tiene más que merece donde me vio. ¿Qué más bien, qué más honor, qué más gloria hay que dejarme yo ver? Este es de Camila y dice que es una pobre mujer cuyo marido mataron en el Oriente. ¿Pues qué? ¿Pretende que yo le pague su marido? ¡Bien, a fe! Si en Oriente le mataron, pídale allá, que no es bien, pues le mató el enemigo, pague yo a quien no maté. Salen Libio, y Irene de villanos. Hemos de entrar, aunque todos lo impidan. Mira que estés prevenido.... No te turbes. ...que yo le divertiré. Teneos, villanos. Dejaldos. ¿Qué pretendéis? A tus pies, invicto césar de Roma, cuyo sagrado laurel en lucientes rayos de oro trueca el verde rosicler, a tus pies pide justicia una infelice mujer de un tirano y de un traidor sin Dios, sin honor, sin ley. No permitas, pues, que, cuando tú vitorioso te ves, dando alabanzas al Tíber en tu mismo Imperio esté seguro de ti un traidor; así a tu Corona den parias, tributos y feudos del mundo las partes tres. Aparte. Ahora puedes llegar. Va Libio a darle con la daga, y atemorizasse, y detiene el brazo, y Aureliano se estremece como dormido, y retirase Libio. ¿Qué terrible aprehensión es esta que al ánimo mío rinde pesada y cruel? ¿No prosigues? El dolor me suspendió con poner una mordaza en la lengua y en la garganta un cordel. Prosigue. Imaginación, ¿qué pretendes? Duérmese. Este, pues, que de su amor incitado sombra de mi cuerpo fue, sin que pudiese su amor en tanto tiempo poner menos fuerza en su deseo, más agrado en mi desdén, entró en mi casa una noche. Aparte. ¿Qué esperas, Libio? Esta vez me determino a matarle: valor mi agravio me dé. Al irle a dar, entra por la otra puerta Decio, y Astrea, y el se retira. Pero gente es la que viene. En fin, cubierta llegué diciendo que me importaba hablar a Aureliano y él parece que está dormido; efecto del cielo fue el sueño. Guarda la puerta, Decio, pues la ocasión ves de escaparnos, que el matarle es más fácil; yo lo haré. Y yo paso a tu salida con la espada. Vase Decio. Ya se fue, Irene, el hombre que entró. Retírate tú, pues ves que para dalle la muerte tu brazo no es menester. Libio, goza la ocasión. Vase Irene, y va llegando Astrea, y Libio, cada uno por su parte a darle. Hoy en su muerte veré satisfecho mi deseo. ¡Cielos piadosos, poned atrevimiento en mis manos, poned valor en mis pies! ¡Muera, pues, este tirano!. ¡Muera este bárbaro, pues!. Al ir a dalle entrambos, despierta, y ellos se retiran. ¡Cielos! ¿Qué fiera aprehensión es esta con que ponéis espanto? Pero ¿qué veo? ¡Detén, Libio! ¡Astrea, detén la sangrienta mano! Inmóvil estoy. Turbado quedé. Espíritus, que en eterna cárcel habitáis después de dar el común tributo a la tierra que debéis, en pálidos desengaños, ¿qué buscáis? ¿Qué pretendéis? Sombras ¿qué me perseguís?; fantasmas ¿qué me queréis? Libio, yo te di la muerte; Astrea, yo te maté, por traidor, por engañosa; no traición, justicia fue; no tiranía, piedad te ha dado la muerte. Pues ¿por qué me quitáis la vida? ¿Por qué me matáis? ¿Por qué? Por bárbaro. Por tirano. Por soberbio. Por cruel. ¡Ah, soldados de mi guarda! ¿No escucháis? ¿No respondéis? Notable ocasión perdí. Notable ocasión dejé. Vanse. ¡Ay, cielos! Pero ¿qué temo, si ilusión del sueño fue? Sale Decio. Cerrada dejo la puerta que yo guardaba, después que salió Astrea, y cerrado solo he quedado con él; denme mis manos venganza. Otro nuevo asombro ven mis ojos: ¿Decio no es este? Sí; cuando le llegué a ver, me da más temor su vista, y una pasión, que no sé de qué nace, me atormenta sin saber cómo o por qué. Decio yo me animo en vano, Decio, ¿qué osadía es la que te dio atrevimiento ¡turbado estoy! para haber llegado aquí? Mi venganza. Muerte mis manos te den por bárbaro, por tirano, por soberbio, por cruel. ¿Qué es esto? Atadas las manos me tiene un temor. Hoy ves, en mi ventura o mi muerte, la venganza que esperé. ¡Mira si triunfo de ti! ¡Mira si caes a mis pies! Dale de puñaladas y él cae a sus pies. Dioses, ¿esto permitís? ¿Esto sufrís? ¿Esto hacéis? Pero, si el mundo y el cielo, pues tantos agravios ve, lo sufre, ¿de qué me quejo? Con mi mano arrancaré pedazos del corazón y en desdicha tan cruel, para escupírsela al cielo, de mi sangre beberé, que hidrópico soy y en ella tengo de aplacar mi sed. Rabiando estoy y contento, Decio, de que no he de ver tus aplausos. ¡Ay de mí! Quédase muerto a sus pies y salen los soldados. Dentro. Voces da el césar. ¡Romped, derribad todas las puertas! Entren, que así me han de ver. Ya están en el suelo todas. Mas ¿qué es lo que vemos? Es la venganza de mi honor, romanos, esta que veis. Dadme la muerte, que yo moriré alegre de ver que compro con sangre mía mi perdido honor; si es que, por haber dado muerte a Aureliano y por haber librado a Roma, merezco morir. Pues aquesta es justa venganza de todos, y sólo matarte fue nuestro intento por la muerte de Aureliano, pero, en vez de matarte, te nombramos césar nuestro por haber librádonos de un tirano; ciñe el sagrado laurel, Decio. ¡Viva Decio, viva! Coronanle, y vanle besando los pies, y manos, y sale Astrea con Cenobia, y todos. Pues vuestro césar me hacéis, quiero pagaros la gloria de tanto honor con un bien digno de mayores premios; la hermosa Cenobia es emperatriz; estimad la satisfación que veis de vuestro valor. dame la mano, que es bien que, pues que fuiste ofendida, seas vengada también. ¡Nuestros dos césares vivan! ¡Vivan dichosos!, y en fe que el cielo los favorece, estos prodigios veréis. Astrea soy, ¿qué os espanta? El invicto césar es quien me libró de un tirano. Salen el Capitán, Irene, y Libio. Invicto césar, yo hallé escondidos en palacio estos villanos que ves, que dan de alguna traición graves indicios, porque bruñidas armas de acero cubre aquel tosco buriel. ¿A qué venistes? A dar muerte a Aureliano cruel por una venganza. Aparte. Así pienso que perdón tendré, pues fue su enemigo. Ya no soy yo Decio, ni es bien como ofendido proceda; como césar sí, y hacer justicia. Destos villanos las dos cabezas poned en dos escarpias. Señor, advierte... Llevaldos, pues. Pues si habemos de morir, escucha y sabrás que bien merecemos esta muerte, pues somos los dos que ves, Libio y Irene, que dimos muerte a Abdenato cruel. Llévanlos. Si yo merezco, señor, que a Libio y a Irene den tus manos la vida, esta pongo rendida a tus pies. ¿De una ingrata y de un tirano rendís la vida? No es bien yo perdone ofensas suyas; mueran y vive, por que con su muerte y con la gloria de tan divino interés la hermosura desdichada fin a sus fortunas dé.