Personajes LA IGLESIA LA HEREJÍA LA GENTILIDAD LA SECTA DE MAHOMA EL ATREVIMIENTO LA DISCORDIA LA FE EL JUDAÍSMO UN NIÑO MÚSICOS ACOMPAÑAMIENTO Tocan cajas, y sale la Gentilidad Pues mi ejército marcha con el bochorno el julio, y con la escarcha el enero nevado, suspenda el curso en este ameno prado, alivie su fatiga, que aquí han de ser los pactos de la Liga. Tocan, y sale la Secta de Mahoma Ya que en la Libia ardiente resplandece la luna de mi frente, esa estéril arena sea campaña de escuadrones llena. Pienso que vengo tarde, Gentilidad ilustre, ¡Alá te guarde! Al Imperio de Roma llegue feliz la Secta de Mahoma, los dioses inmortales en mármoles escriban tus anales. Tocan, y sale el Judaísmo Queden en Palestina los escuadrones de mi ley divina. Dilate vuestra suerte, el Dios de los ejércitos, Dios fuerte. Cuando a tu rey deseas, ¡oh Judaísmo!, bienvenido seas. Concertemos la Liga contra la Iglesia, que es nuestra enemiga; su monarquía sube y se opone a mis rayos como nube; su poder deshagamos, sitiémosla los tres. De flor y ramos teja guirnaldas Flora, que ciñan nuestra frente vencedora. Razón será que os diga lo que habemos de hacer en esta Liga. Esta Iglesia, esta monarca que de estrellas se corona, y naciendo en Palestina se ha propagado hasta Roma; esta torre de David, este alcázar que en custodia dice que el cielo la tiene, cuando de su Dios blasona; ésta que ciudad se llama y Jerusalén se nombra, cuyo fundamento y basa son pescadores que en conchas de la mar barcos y redes trataron sólo hasta ahora. Ésta, pues, se nos opone diciendo que yerran todas, cuantas naciones a un Dios crucificado no adoran. al Judaísmo De ti dice que tus leyes pasaron ya como sombras, a la Secta y de ti que como bestia la santa verdad ignoras, de mí dice que son barro, metales y piedras toscas, cuantos dioses adoré en estatuas luminosas. Bien recibiera por dios al que ella por Dios pregona, porque el tener a un dios más fuera de importancia poca a quien tiene treinta mil, que en holocaustos adora la deidad de Marte y Venus, de Júpiter y Belona. Fuerza ha de ser perseguirla: armas tenéis poderosas, tú en Asia, en África tú, como yo solo en Europa. Unamos nuestro poder, sitio a esta torre se ponga, cerquemos a esa ciudad que militante se nombra; no la dejemos echar raíces en la frondosa playa del mundo, antes bien marchitemos esa rosa, eclipsemos esa estrella; llore, pues se llama Aurora, nade en sangre, pues es nave; si dice que una paloma la ilumina, el mismo fénix a su resplandor se oponga; si se llama fuente clara, que se desagüe y no corra; si dice que es alhelí, tiña en púrpura sus hojas y, como Venus nacida de las espumas y conchas, se dé color a sí misma vistiendo su sangre propia. Católica se ha llamado, bien este nombre la importa, si es su luz universal enemiga de las otras. Por tres partes la cerquemos con máquinas belicosas, no queden tiros de bronce, parrillas abrasadoras, garfios, ruedas de navajas, calabozos y mazmorras que no flechen contra ella sus tormentos y congoja. Sepa su querido esposo que nuestras espadas cortan, si no es que naciendo fuese hidra que llaman gloriosa, linaje que en los Elíseos inmortal descanso goza, y en eterna primavera estos mis dioses y diosas. a la Secta Te niega el paraíso de ese profeta Mahoma, y aunque a un solo Dios confiesas, te desprecia y te provoca. al Judaísmo Si a ti te dice que fuiste pueblo de tu Dios con honra y ya la perdiste dando a tu Dios muerte afrentosa; si te llama pueblo ingrato y se precia que ella sola es la puerta de los cielos, cuya fábrica preciosa, de que dijo Salomón, que de amatistas hermosas entapiza sus umbrales y sus mármoles adorna, ¿cómo de glorias tan altas furioso no la despojas? Ea, amigos, coronemos de laurel nuestras victorias, venguemos nuestras injurias con potencia religiosa. El sitio no se levante de esos campos, de esas rocas, hasta vencer y extinguir esa cumbre generosa, ese sol indeficiente (según oí de su boca), esa palma coronada, esa Sión que la esposa de su mismo Dios se dice, esa que en humilde pompa nuestra majestad desprecia y nuestro poder apoca. Si es el arca de Noé, ¿cómo, amigos, no zozobra en piélagos de su sangre combatida de las olas? Démonos los tres las manos, que es uso y es ceremonia para validar los pactos. Bien has dicho. Toma. Toma. Danse las manos Juremos de estar conformes. Con palabras y con obras seremos contra la Iglesia dioses que rayos abortan. Yo por la laguna Estigia he de jurar, que es la cosa más sagrada y más tremenda en mis religiones todas. Y yo por el paraíso lleno de flores y aromas que mi profeta promete a su gente más devota. Yo por el dios de Israel y la vara milagrosa, que en el arca se venera de quien Egipto se asombra. La Herejía en lo alto ¡Ah, del real de la Liga! ¿Quién nos llama? Una persona que allá se quiere pasar con vosotros. ¡En buen hora! El silencio de la noche y oscuridad tenebrosa ha de hacer en la salida que no me sientan las postas. ¿Quién es aqueste que quiere con voz y cara traidora ser hoy rebelde en su patria? Si él avisa, si él informa de alguna puerta secreta, de alguna muralla rota y de algún ardid de guerra, cierta está nuestra victoria. Sale la Herejía ¡Oh, príncipes generosos, socorro os prometo dar, que soy quien puede manchar esos záfiros hermosos! Yo me llamo la Herejía, mi soberbia es un abismo; por la puerta del Bautismo entré en la ciudad un día; hijo fui suyo, mas hoy tanto su luz aborrezco, que el mismo infierno parezco y un Etna encendido soy. ¿Qué intentas por más vengarte? Deciros cómo podéis entrar los muros que veis levantando el estandarte de la liga en ellos. Di. En cualquier fuerza sitiada, como se estorbe la entrada del sustento, siempre vi que está cierto el rendimiento; este aquí su efecto tiene, porque de fuera le viene a esta ciudad el sustento: pan y vino en el altar es su comida, y bebida, es su alimento, y su vida, es su divino manjar; como aquesto le quitemos, su perdición cierta tiene. Si de los cielos le viene (según dice), mal podemos estorbarla. Si negamos que las especies están, en su vino y en su pan, distintas; y si afirmamos que no se ha dado en manjar Dios jamás; ni se concede que a un mismo tiempo estar puede en el Impíreo y altar, claro está que le quitamos el sustento y la vencemos, como este pan le ganemos, de sus misterios triunfamos. Eso imposible no ha sido para mí que no le adoro: Júpiter en lluvia de oro una vez se ha convertido, ¿qué mucho que en sí convierta Dios ese pan? Para mí, si humanado le creyera, difícil eso no fuera: convertida en hombre vi la tierra, en una serpiente un ángel vi convertido, y purpúrea sangre ha sido del gran Nilo la corriente, el rocío vi en maná, el aire en pájaros vi. Ni eso fuera para mí cosa imposible en Alá, que sí es Dios omnipotente, bien pudiera hacerlo; mas si por misterio no das que esa es causa suficiente, y así con riesgos precisos, y atento de lo que pasa, tú –como ladrón de casa– nos darás varios avisos. Noches de verano son, todo el céfiro lo baña, gocemos de la campaña en buena conversación. Bien ha dicho, pues tenemos todos nuestras fuerzas juntas, ¡vaya de varias preguntas! Sentémonos, pues. Sentemos. Siéntanse y se descubre en lo alto sentada la Iglesia en un trono y la Fe a sus pies Buen oído tienes, Fe, escucha lo que se dice en este campo infelice. Si importa, responderé. No te descubras del todo, porque no piensen que es miedo. Sin que me conozcan puedo respondelles, oye el modo. En la Iglesia, ¿qué tendrán que toda la gente encima de ese castillo se anima como templo del dios Pan? Pan. Eco parece que hay. El aura sutil que corre al cóncavo de esa torre lleva la voz y la tray. Si dura el sitio, imagino y aun puedo cierto decir, ¿qué licor le ha de venir desde el Olimpo divino? Vino. Y cuando tengan comida, no se podrán escapar, ¿qué aliento les puede dar la comida y la bebida? Vida. Pues, aunque sus venas sangre y haga vino, ¿qué ha de hacer para que nuestro poder no la venza y la desangre? Sangre. ¿Cuál es aquel que sin Dios tiene mayor ceguedad y no estima la humildad del bajo y humilde? ¿Vos? Vos. ¿Quién será quien ignoró cuánto en este mundo cabe, qué por éste entiende, y sabe cuanto se dijo y oyó? Yo. De Mahoma lo entendí que la ciencia resplandece, pero el eco me parece que lo toma para sí. Sí. Si hubiera una ley de haber en el mundo solamente, ¿cuál fuere más conveniente? Claro está que habrá de ser mi Alcorán, que está estimada su doctrina en la ley mía y así sé lo que valdría lectura tan celebrada. Nada. Si alguien respondiera, yo pusiera a esa torre fuego, pero el eco es mudo y ciego: quien no vio, no me agravió. Vio. El libro en que todo se halla es Cicerón De natura donde es tanta la dulzura que él solo supo buscalla. Calla. El libro más principal y de mayor fundamento es el que contiene dentro lección solemne y pascual. ¿Cuál? Eco, si explicarlo debo, Testamento Viejo digo, y está en él la ley que sigo; no tengo nada en el Nuevo. Nuevo. Los escritos convenientes de los sagrados doctores, porque éstos producen flores como de varias simientes. Mientes. Pienso que nos han sentido, eco natural no fue. ¿Quién pudo oírnos? Levántanse Fe, que es mujer de grande oído. Pues a mi tienda os venid para que en ella se trate de dar el primer combate a esa torre de David. Yo por la parte de oriente, tú, del austro o mediodía, rompe, y tú con la Herejía por el norte y el poniente, que los cuatro vientos son los que nos darán el paso: el levante y el ocaso, el austro y el aquilón. Vanse los cuatro Fe santa, aunque estoy sitiada, envidiada y perseguida, no puede estar escondida mi luz eterna y sagrada. Ciudad soy edificada sobre la cumbre de un monte con dilatado horizonte; en vano a ofenderme llegan enemigos que navegan los abismos de Aqueronte. Como soy bajel sagrado que en sangre el Aquilón tray, mientras más mártires hay, con más fondo mejor nado; no hay en mí ningún forzado, con voluntad verdadera cada navegante espera dulce premio a ley süave, por eso me llaman nave y no me llaman galera. Nave soy con perfección: valor de mi Esposo cobro, no peligro, aunque zozobro; Pedro gobierna el timón, virtudes las jarcias son, velas y entenas levanto sin recelo y sin espanto, y por campañas de nieve el céfiro que las mueve es el Espíritu Santo; el Judaísmo en Levante me ha muerto, con ojos ciegos, un Esteban y dos Diegos, astros de luz militante. Levántanse y bajan. Señora, ¿quieres que cante? Sí, ya mis enemigos saben que no hay fuerzas que me acaben, aunque parezcan valientes. Canta) Alaben a Dios las gentes, todos los pueblos le alaben. Yo me quiero propagar, Fe, mi alférez has de ser, la campaña he de correr; bien puedes enarbolar la bandera singular. Haz aquí cuerpo de guardia. La muerte no me acobarda, donde mandares, iré. Centinela has de ser, Fe, tu diligencia es gallarda, ronda bien mi fortaleza: el que no llegue contigo, ya sabes que es mi enemigo. Romperele la cabeza, desde hoy mi valor empieza, no hay peligro que me asombre. Dame el nombre. Sea el nombre: Dios trino y uno, humanado el Hijo y sacramentado para el consuelo del hombre. ¿Todo ese nombre ha de dar quien por aquí ha de subir? O dar el nombre o morir: bien le puedes avisar. Vase la Iglesia y paséase la Fe haciendo posta con un arcabuz y canta Esta noche me cupo la posta, enemigos hay en la costa; ruego a mi Dios que yo esté despierta: alerta, alerta, alerta. Canta dentro Centinela, centinela, no dirás que no te aviso, que del real de la Iglesia un traidor había salido; llamábase la Herejía, ignorante, aunque maligno. Canta Tengo yo armas de fuego contra ese fiero enemigo. Salen los cuatro La noche en silencio está, madre de descuidos es; si entráis conmigo los tres, grande victoria será. Dentro «Vela, vela, vela, vela, centinela, vela cuidado, alerta, alerta, que el enemigo llega ya a la puerta alerta, alerta, alerta». Ruego a mi Dios que yo esté despierta. Llegar a la deshilada, uno a uno, es acertado; quiero llegar embozado a ver si está descuidada la posta. ¿Quién va? ¿Quién es? Amigos. ¿Qué amigos? Soy de los vuestros y a entrar voy. Mientras el nombre no des, llegar no puedes: ¿quién vive? ¿Quién? Los dioses eminentes. Aquí no hay dioses, tú mientes. Para morir te apercibe, si llegas acá, que un Dios confesamos solamente. Su vigilancia es valiente, probad la suerte los dos. Yo que confieso un Alá, Alá grande, allá he de ir, he de llegar y subir. Dentro «Vela, vela, [vela, vela, centinela, vela cuidado, alerta, alerta, que el enemigo llega a la puerta alerta, alerta, alerta».] ¿Quién es? ¿Qué gente? ¿Quién va? Amigo. El nombre se espera. ¿Quién vive? Dios que es divino. ¿De qué modo es uno y trino? No es uno y trino. Pues muera, si más se acerca. La posta es cuidadosa y valiente, conociome brevemente. La puerta vi, y es angosta; más ancha y más dilatada es la puerta de mi Secta. Dentro «Vela, vela, [vela, vela, centinela, vela cuidado, alerta, alerta, que el enemigo llega a la puerta alerta, alerta, alerta».] Yo llego y la luz perfecta de mi ley a Moisés dada vaya en mi amparo. ¿Quién es? ¿Quién vive? Dios que es mi amparo. ¿Trino y uno? Sí, aunque claro no me lo dijo Moisés. Parece de mi rebaño. Prosiga, pues, dé más nombre. ¿Quién vive? Dios. ¿Dios y hombre? Eso, no. ¡Soldado extraño!, no es de mi gremio. Huya luego, desampare este lugar, si no es que pretenda entrar por esta boca de fuego. Dentro «Vela, vela, [vela, vela, centinela, vela cuidado, alerta, alerta, que el enemigo llega a la puerta alerta, alerta, alerta».] De casa soy, yo entraré, a ganar la puerta voy para dárosla, aunque hoy es mi enemiga la Fe. ¿Quién es? Yo soy. ¿Quién? Yo mismo, un soldado vuestro es, ¿qué me preguntas, si ves las señales del Bautismo? Eso no basta, dé el nombre. Dios, trino y uno, humanado. ¿Y vive sacramentado ese Dios que es Dios y Hombre? Digo que no, no. El traidor que se salió de mi real es sin duda: desleal (aquí importe mi rigor), huye, bárbaro, de aquí; pues no me dices quién vive, o a la muerte te apercibe, ¡que al hereje mato así! Dispara A retirar, retirar porque la posta ha avisado. Dentro «Vela, vela, vela, vela, centinela, vela cuidado, alerta, alerta, que el enemigo llega a la puerta alerta, alerta, alerta». Por el imperio sagrado que su luz he de eclipsar. Vanse los cuatro y sale la Iglesia ¿Qué ha sucedido, Fe mía?, ¿peligro no habrá contigo? Que al torpe, ciego enemigo se ha pasado la Herejía; el arcabuz disparé para que me tema luego, sabiendo que tiene fuego el tribunal de la Fe. Descomulga, arroja, corta con tu poderoso brazo el cancerado pedazo, que esto a todo el cuerpo importa; muestra, Iglesia, tu rigor, si cuatro enemigos tienes, ciñan coronas tus sienes de justicia y resplandor. Yo, como madre piadosa, buscaré, aunque perseguida, aquella oveja perdida que manchó la piel hermosa. ¡Oh, tú, que purpúrea rosa en el cristal te miraste del Bautismo que tomaste y ya te miras abrojos; si son perlas de mis ojos las lágrimas que sacaste! Vuelve a beber mi rocío; vuelve, oveja, a mi redil; espina, vuelve a tu abril; corriente, vuelve a tu río; seca mies, vuelve a tu estío; vuelve, amante, a mis abrazos; hijo, vuelve a mis regazos; halcón, vuelve a mi señuelo; estrella, vuelve a mi cielo; amigo, vuelve a mis brazos. Dulces preceptos te di, que mis leyes son süaves; venir a mi pecho sabes. ¿Por qué te alejas de mí?, ¿en qué, amigo, te ofendí?; ni te traté con rigor, ni te he perdido el amor: vuelve, vuelve, sabio y diestro, a la voz de tu maestro y al silbo de tu Pastor. En vano tu amor porfía. Lleguen mis músicos, lleguen, insten, llamen, pidan, rueguen con acento y armonía. Deja, soberbia Herejía, camino que errado fue, que si prosigues yo sé que fabricas tu tormento, y aplica el entendimiento a lo que dice la Fe. Sale la Herejía Siempre tu porfía es vana, ¿qué me llamas?, ¿qué me quieres?, porque si blasonas que eres la católica y romana, no he de volver a tu gremio: mi libre dictamen sigo, no me espanta tu castigo, ni me regala tu premio; no alcanzo, ni comprehendo tus grandes dificultades; en vano me persüades, que tus misterios no entiendo. El católico felice, que amor celestial posee, cierra los ojos y cree, cuanto la Iglesia le dice, ¿cómo entendimiento humano ha de penetrar el misterio del altar, si es divino y soberano? Ese misterio me quita la voluntad, no le nombres, ¡que puedan míseros hombres comer sustancia infinita! Blasfemias mi voz aborte, ya el respeto te perdí y he de navegar sin ti por los piélagos del norte. Di que en tus preceptos hago lo que pudieran hacer en el cielo Lucifer, y en la tierra Simón Mago; que soy serpiente, que giro las esferas de alabastro, que escamas negras arrastro y que tósigo respiro; di que mi vivir es ancho, que de mis ciencias presumo y que exhalo golfos de humo con que las estrellas mancho; di cuanto prevengo y digo: que tú verás mi furor, porque siempre es el peor el doméstico enemigo. Bien acordarte pudieras, torpe de blasfemo error, cuando el Lucero, tu autor, rodó por las once esferas y los ángeles infieles cayeron como rubíes, como estrellas carmesíes y deshojados claveles; tantos, en fin, sin sosiego cayeron en tiempo breve, que fueran copos de nieve a no ser chispas de fuego. ¿No adviertes, di, la ignorancia del otro mago hechicero que fue el hereje primero en la aurora de mi infancia? ¿Acuérdaste cuando quiso con fuerzas mayores éste ser mi pájaro celeste que volaba al paraíso y ya, cuando a mi pesar, dejaba atrás elementos hecho un delfín de los vientos, hecho un águila del mar, volviendo plumas los brazos por esa vaga región, a la voz de otro Simón vino al suelo hecho pedazos? ¿Qué fin pretendes tener, si tus inventores mismos se ven penetrar abismos sin volar y sin correr? Toca al arma ya. Vase la Herejía y sale la Gentilidad y pelea con la Iglesia, y ella se va retirando Yo intento sin vuestra ayuda embestir, y solo yo he de teñir de su sangre el firmamento, mientras su luz soberana mis manos bárbaras borran, ríos de púrpura corran, montes se empinen de grana; a ese bello rosicler los rayos he de eclipsar. Pelean Bien me puedes retirar, pero no me has de vencer. Cortará el acero mío las azucenas más santas de las vírgenes gargantas, que soy un ardiente estío. Vanse peleando y sale la Secta Sin favor de mis alfanjes piélagos de sangre van desde el Ródano al Jordán, y desde el Tíber al Ganges; esta vez queda extinguida su hermosura y claridad, la fiera Gentilidad le va quitando la vida. Sale el Judaísmo ¡Gran Dios, sumo Adonaí, produzcan hoy mis deseos escuadras de filisteos como en Palestina vi! Temo que es de eterna vida, por eso la llaman alma, y será como la palma que crece más oprimida. Sale la Gentilidad retirándose de la Iglesia ¿Quién eres, Palas cristiana, que si te quiero extinguir no es posible sin morir la naturaleza humana? Propagación soberana tienes en guerras y paces, diversos vislumbros haces si cual relámpago giras y cuando pienso que expiras, como otro Fénix renaces; quien te maltrata y detiene te vuelve en nardo cuajado, que mientras más maltratado, aromático olor tiene que el olfato a gustar viene, y eres la puerta cerrada de la celestial morada, y así cuantos solicitan tu fin, mientras más te quitan, haces más ancha tu entrada. Treinta y cinco generales te ha muerto mi brazo fiero desde Pedro, que el primero fue caudillo de tus reales. Mucho puedes, mucho vales; eres hidra, eres portento, la imagen del firmamento es tu dichoso retrato, pues por uno que te mato, nacen de tu sangre ciento. La espada se me ha quebrado, vencerte difícil es: mi laurel pongo a tus pies, de matar estoy cansado, y yo a tus plantas postrado ser de tu gremio pretendo, que todos vienen huyendo y ejecutando el poder, tú sola sabes vencer anhelando y padeciendo. Paces, y no treguas son, en mi gremio te recibo, con mi brazo te apercibo; en mi católica unión la idólatra religión trueca a mi luz celestial, y pues el laurel mortal me rinde su fortaleza, yo te pondré en tu cabeza mi guirnalda de cristal. Vase ¡Que se rindiese arrogante!, digámosle oprobios. Vaya de ignominias y de «vaya». ¿Dónde está Venus brillante? ¿Dónde Júpiter tonante? Treinta mil dioses tuviste y ya por uno los diste, mira que poco valían. Dioses de burla serían. Lindo religioso fuiste. ¿Qué ha de hacer quien ha adorado en Egipto ajos y puerros, y en Fenicia adoró perros? Deidad al espino ha dado en Arabia. Un sapo hinchado adoraba en la ribera del Ganges. Lindo dios era. ¿Dónde queda Apolo el rojo? ¿Dónde está el herrero cojo? ¿Dónde Venus, la ramera? No hace de nosotros caso, de modesto y de corrido respondernos no ha querido. Vase la Gentilidad Con los dos abriré paso por estas murallas. Antes dejaros pienso a los dos, ¡por Alá, que es sumo Dios! ¿Qué causas tienes? Bastantes para nunca ser tu hermano, pues diciendo Alá, que adoro, «o buen cristiano, o buen moro, ni eres moro, ni cristiano». Vi que a la Iglesia tu Dios los sacramentos promete: ella dice que son siete, y tú dices que son dos; peor eres que el demonio, pues así tu lengua miente, y confiesas solamente el Bautismo y Matrimonio. Eres hijo de la Iglesia y de tu madre has huido, traidor y alevoso has sido, ¡quédate a solas! ¡O pesia! Di blasfemias, que no es ésta la primera. Yo la perseguiré, aunque no tu ayuda y favor me des. También de tu compañía me quiero apartar. ¿Por qué? Mi Alcorán confiesa que fue siempre virgen María, y quien de virgen nació y vivió vida perfecta, si no fue Dios, fue profeta, y tu saña le mató; con quien los profetas mata, no he de tener amistad, porque no trata verdad la gente que fue tan ingrata, pues mil y seiscientos años vives sin Dios y sin ley, y sin profeta ni rey, vagando reinos extraños sin honor y sin sosiego. Serás tributario mío, ríndete a mis pies, judío, págame tributo luego. Mira que el Dios de Israel te ha de castigar. Yo pienso que ese Dios es Dios inmenso y te da esta afrenta él: en África mi poder se ha de retirar y digo que ni amigo ni enemigo de la Iglesia pienso ser; por ahora campos secos, vi floridos y brillantes de claveles rutilantes, en Córdoba y en Marruecos sangre derramé cristiana, sangre a la Iglesia vertí y las campañas teñí de aquella púrpura humana. Ya me cansé de matar, libre estoy, pues libre vivo; anda, serás mi cautivo. A retirar, retirar. Vase con el Judaísmo Vete, bárbaro, sin fe, que yo basto solamente para manchar esa fuente que llaman de Siloé. ¡Vive Dios que se han entrado en mi espíritu legiones de infernales escuadrones que me dejan obstinado! En las provincias del Norte mi veneno he de sembrar. ¡Oh, quién pudiera pasar a España y allá en su Corte exhalar apostasías! ¡Oh, sagrada Inquisición, rayos tus ministros son que cortan las fuerzas mías!, mas si no puedo en España, pondré en el Septentrión mi estandarte y mi guión lleno de veneno y saña. Sal, Discordia, luego aquí; Discordia, ven a mis plantas; dragón soy de diez gargantas con diademas de rubí. Sale la Discordia ¿Qué me quieres? Que ya ves que en tu misma religión tantas las discordias son que apenas hay dos o tres en una familia y casa de vuestra opinión conformes; yo vengo porque me informes de lo que agora te pasa. Esta Iglesia que romana se intitula es mi enemiga y se ha deshecho la Liga contra su luz soberana; yo solo he de perseguilla con mis manos y mis plumas; si es bajel, nade en espumas de humana sangre su quilla. Siembra, Discordia, cizaña entre príncipes cristianos, y temblarán de mis manos las dos Panonias y España. Lleva la Ambición contigo, lleva la Envidia también; haya guerras, que no es bien que viva sin enemigo la Iglesia. Mis pensamientos son de asombrar esos mares profanando sus altares y ultrajando sacramentos. Si la Casa de Austria fue hasta aquí su defensora, dé lágrimas de su Aurora, vista de luto su fe. Con tu Envidia y Ambición tu industria pienso ayudar. Vase ¡A fe que se ha de acordar España de Terlimón!, ¡Ah, herético Atrevimiento! Sale el Atrevimiento ¿Qué me quieres? Aquí estoy. Sigue a la Discordia hoy, sigue el bélico instrumento, y entre llantos y querellas, pues tu furor te embrïaga. No perdones, mancha, estraga imágenes y doncellas; romperás los relicarios y, con sacrílegas manos, dando asombro a los cristianos, las puertas de los sagrarios abrirás sin miramiento, y para ultrajalle saca aquella celestial triaca a quien llaman Sacramento; y que no lo sepan antes los cristianísimos reyes que con acérrimas leyes impedirán semejantes acciones. Ministros míos hagan obras insolentes y de cuellos inocentes produzcan purpúreos ríos. Eres mi jefe y señor, y así la primera tierra que entrare la injusta guerra, conocerás mi furor. Vase Quiero acechar lo que pasa en la Iglesia singular. Va subiendo, y sale la Fe en lo alto ¿Cómo has osado pisar los umbrales de esta casa? Así mi poder levanto, soy el segundo Lucero y poner mi silla quiero sobre el altar sacrosanto, a ese solio subiré. ¿Quién sin mi luz ha subido? Eres ciega. Tengo oído y eso le basta a la Fe. Yo he de ver para que crea. Por eso dichosos fueron los que sin verme creyeron. ¿Qué se pierde en que yo vea? Mi mérito. Si tú fuiste la que en la Gloria no ha entrado, dime: ¿de qué has blasonado, si la faz de Dios no viste? Con oíllo estoy tan bella, y si yo jamás la vi, bástame a mí que sin mí nadie puede entrar en ella, ¡vuelve a bajar esas gradas! Obstinado he de morir, que he de entrar y he de subir, aunque más me persüadas. Tendrás el fin lastimero, pues perseveras ingrato de Arrio, Nestorio y Donato, Calvino, Ubielt y Lutero. ¿Qué fin fue? Una infame muerte. Pues sin ti pretendo entrar. Sabrete yo derribar. ¿De qué modo? De esta suerte. Dale con la cruz y cae rodando Si imitas a Lucifer en la soberbia y el modo, porque le imites en todo: sabrás rodar y caer. ¡Que me trate así una ciega, que contra el entendimiento quiere tener fundamento!, mas ya mi venganza llega. Salen la Iglesia y la Gentilidad Iglesia sacrosanta, luz divina, que te llaman católica y romana, ciprés de la celeste Palestina, hermoso rosicler de la mañana; para ver la crueldad más peregrina que oyó jamás la religión cristiana, para escuchar mi voz, tus perlas llora, pues es tu resplandor mística Aurora. Cubran funesto luto tus altares, canten tus coros sus lamentaciones, a lágrimas, tristezas y pesares tus católicos ojos no perdones. Las lágrimas serán tus anchos mares, los lutos serán sombras y borrones de la noche feroz, pues la Herejía eclipsó en Terlimón la luz del día. A vuelta de las armas y el estruendo de la trompeta y parche sonoroso ha entrado profanando y destruyendo los templos dedicados a tu Esposo. En sus retablos con ardid horrendo no quiso perdonar pincel hermoso, ni cuanto obran en piedra los cinceles del antiguo Lisipo y gran Apeles. Con el humo aromático de incienso profanaron el cielo desleales ejecutando con furor inmenso cuanto cabe en tormentos infernales, y aquel virgen candor, que es el sol excelso entre astros y signos celestiales, violaron, que ellas son en esta guerra las rosas once mil de Inglaterra. Los bárbaros soldados infelices, no respetando imagen de escultura, ni divinos corales ni matices, si no por devoción a la pintura, con sacrílegas manos las narices cortaron a un retrato de luz pura, imagen de la Virgen sacrosanta que te sirve de cándida garganta. A una mísera madre, que escondida amparaba a un hijuelo y de su pecho el blanco néctar le produjo vida, dos agravios apóstatas le han hecho: su honestidad dejaron deslucida y al infante arrojaron hasta el techo y luego le reciben en las puntas de las espadas bárbaras muy juntas. Al riguroso caso enorme y grave, al mayor sacrilegio que se ha oído y a la horrenda blasfemia que no cabe en el humano racional sentido, al desacato horrible que no sabe declararle el acento enmudecido, eclipse el sol sus rayos celestiales y cierren sus orejas los mortales. Y porque la anatema, por fin, celebres, de lágrimas los ojos mal enjutos, el pan, que Dios te dio para que quiebres la cerviz de los áspides astutos, echaron entre paja en los pesebres para que fuese, ¡ay Dios!, manjar de brutos; decir no puedo más, que tanto agravio la voz pegada se ha quedado al labio. Si en pesebre se vio recién nacido, si en un pesebre se nos dio humanado, maravilla sacrílega no ha sido que en pesebre esté sacramentado; y si dices que aquellos que han comido en culpas ese angélico bocado de peores que bestias nombre toman, no es maravilla que hoy brutos lo coman. Calla, apóstata vil, calla, blasfemo, ¿cómo tu envidia pérfida se atreve al cándido maná que adoro y temo? ¿A aquél sagrado círculo de nieve, racimo de Caleb y pan supremo, omnipotencia en término tan breve a aquella esfera blanca de jazmines que quisieran comella serafines? Ya parece que escucho las querellas y las perlas de lágrimas contemplo de las vírgenes puras como estrellas y dedicadas al claustro de su templo. ¿Para cuándo guardáis vuestras centellas, preñadas nubes, para horror y ejemplo, los senos dando asombros y desmayos gimiendo truenos y brotando rayos? ¿Para cuándo es, mi Esposo, tu castigo?, suéltense, pues las infernales furias, pues no tuve jamás tal enemigo, ni recibiste tú tales injurias; no usaron desacato tal contigo, cuando ordenaste en las celestes curias contra todos los míseros mortales romper las cataratas celestiales. Dulcísimo manjar, panal de vida, ¿cómo a los brutos hoy os han echado?, miel en la boca del león nacida, maná en que a Dios se come en un bocado nunca me he visto yo tan afligida; aplaquemos a Dios que está enojado, rompan las voces del humano coro, acento melancólico y sonoro. Hijas de Sión, llorad este caso, y el cielo ofendido, fulmine sus rayos, y en voz lamentable cantemos los salmos y una letanía a Dios enojado. Canta Que humilles enemigos de tu Iglesia. Te rogamos, audi nos. Canta Que des paz a los príncipes cristianos. Te rogamos, audi nos. Canta Cordero que nos quitas los pecados. Parce nobis, Domine. Sale el Atrevimiento Huye, soberbia Herejía, no blasones, arrogante, porque el César y el Infante con católica porfía, como son los defensores de la Iglesia, los dos vienen a castigarte y ya tienen deshechos tus valedores; apenas queda soldado de aquellas que en Terlimón burlaron la religión que no esté despedazado. Sale la Discordia Retírate, Apostasía, porque el cielo llueve furias para vengar las injurias del Pan que causa alegría. A tu gente ha dado peste y a su intrínseco temor huyendo va sin valor de la fábrica celeste, y los soberbios caballos, por la facción de sus dueños, muy furiosos y sin frenos ira abortan por los campos y a sus mismos dueños matan; horror tendrás si los miras, que parece que las iras de los cielos se desatan. ¡Ah, Iglesia, no puedo más! aliento cobras y vida, cuando estás más perseguida, no has de perderte jamás, pero yo vivo obstinado, porque es mi grave tormento error del entendimiento y no estoy desengañado. Vase Atrevimiento y Discordia, ministros de ese blasfemo, esperad, que habéis de ver mis victorias y trofeos. De cuatro enemigos fui perseguida en otro tiempo y aquel que fue de mi bando me da la guerra primero. ¿Qué pensáis que habéis de ser? ¿Qué fin ha de ser el vuestro? ¿Por qué en vuestros capitanes no tomáis todos ejemplo? Cuantos enemigos tuve, cuantos mi luz persiguieron, todos acabaron mal. Nerón fue el César primero que me persiguió, y al fin se dio la muerte a sí mesmo, con infamia y con dolor, lleno de bárbaro miedo. Domiciano fue el segundo, y murió en un aposento a puñaladas, a manos de aquellos que le sirvieron. Véase el fin de Trajano, de Cómodo y Marco Aurelio, y del crüel Diocleciano, de Maximiano y de Decio. El imperio sacrosanto de rubíes bordan éstos, pues los matices han sido claveles del firmamento; estrellas son carmesíes rosas, que nácar tiñeron sus hojas para que fuesen imágenes de los Cielos, pues los herejes que han sido separados de mi gremio, ¿qué fin tuvieron? ¡Ay Dios, cómo eres sabio, eres recto! Aquel mágico Simón, el heresiarca primero en mi principio dichoso después de mi nacimiento penetrar quiso los aires, alas quiso hacer del viento y cayó desesperado a las palabras de Pedro. Manés aquel heresiarca que el Asia infestó en el tiempo del gran César Aureliano, dueño del Romano Imperio, después de haber pervertido con sus errores y sueños dos partes del mundo, y dando su nombre a los maniqueos murió degollado, vivo padeciendo mil tormentos, porque aun los reyes de Persia llevaron mal sus preceptos. Arrio, aquel horror del mundo, que tantos daños ha hecho en las Españas y Grecia, murió reventado, y siendo un retrato, en vida y muerte, de Judas, padre y maestro de pertinaces errores, también tuvo fin sangriento. ¿Cómo acabaron Calvino, Hugo, Joannas y Lutero, sino todos blasfemando desesperados, soberbios? ¿Cómo no tenéis vergüenza, nunca tenéis escarmiento? ¿A vuestro gusto hacéis obras llenas de mil desaciertos? Con esto que en Terlimón vuestros soldados han hecho, ensalzado habéis la Iglesia del divino Sacramento. Pues no quedará en España ermita, iglesia ni templo que en desagravio de Cristo no haga fiestas al misterio del altar, y lo que es llanto agora en todo mi cuerpo con la comunión sagrada será regocijo inmenso. Ya me parece que miro en parroquias y conventos, y en catedrales, iglesias, con maravilloso afecto y majestuosos adornos, reiterando y repitiendo, en el discurso del año, el eminente, el excelso, y el más celebrado día del Corpus Christi, a quien debo todas mis solemnidades, y ya en lágrimas deshechos comulgar miro a mis hijos con un singular afecto. De vuestros delitos saca Dios su honor, como del centro de los peñascos más duros los cambiantes y reflejos de rubíes y diamantes, como centellas de fuego de los prados pedernales, cuando los hiere el acero. Fulmine mi Esposo rayos, ¡oh, vibrad el rayo vuestro, para que espante el castigo, para que enamore el premio! Y porque todos veáis que sois cancerados miembros de este cuerpo y de esta unión, ya cortados y deshechos; y porque todos sepáis que en este cándido velo de accidentes de pan hay sustancia de Cristo eterno, mi celeste silla ocupo, a mi solio real me vuelvo. Atended, mísera gente, suenen voces e instrumentos. Suenan chirimías, y siéntase la Iglesia en la silla que estará arrimada a la Cruz, y aparece un Niño Jesús que habrá estado detrás de la Hostia y venga a estar como encima de la cabeza de la Iglesia Herejes, ved cómo ha habido en este manjar inmenso separados accidentes: son los que me están cubriendo. Descúbrase la Herejía para que sepan el premio que yo le tengo guardado. Hágase ya manifiesto ese monstruo. Levantad esa tienda en cuyos senos miremos la Herejía blasfemando y padeciendo. Descúbrese la Herejía medio desnuda y ensangrentada, y dos serpientes a los lados mordiéndola Iglesia, que perseguida adquieres mayor aliento, palma que más te levantas cuando más te oprime el peso, ya te has vengado de mí, aunque obstinado y resuelto, ni el castigo me da enmienda, ni el padecer escarmiento. ¡Ah, dragones infernales, sacando vais de mi pecho mi sangre para que os sirva de ponzoña y de veneno! ¡Morded, morded, que me abraso; morded, morded, que reviento con las penas que de Ticio las fábulas repitieron! ¡Ah, católicos romanos, quién os tuviera aquí, dentro de esta alma, para abrasarlo en infernales incendios! Calla, bárbaro, y padece tus merecidos tormentos. Dos enemigos te quedan, ¿piensas tú que has de vencellos? Yo infestaré todo el mundo, sobre el aquilón he puesto mis sillas, África y Asia no son de tu santo gremio. Yo he de triunfar y vencer. Y así yo te lo prometo. Yo viviré en mis tinieblas. Yo soy luz que doy aliento. Pues, sin la fe, ¿quién se salva? Libre está el entendimiento. Cautivalle. No podré. Pues, padece. Ya padezco. Piadosa soy. Yo cruel. Redúcete ya. No puedo. ¿Quién te lo impide? Mi soberbia. ¿Quién te ha enseñado? El Lucero. ¿Quién te atormenta? Mis culpas. ¿Qué pretendes? Ser protervo. Deja tu error. No es error. Vuélvete. ¿Dónde? A mi gremio. Deja el católico nombre. Di, ¿por qué? Porque me ofendo de escucharle. Pues, ¿qué nombre te agrada más? El que tengo. ¿Cuál es? De la religión. Lejos vas. ¿De qué voy lejos? De acertar. Yerre o no yerre. Eres necio. Te aborrezco. Eres demonio. El me anima. Eres dragón. Soy infierno. Mis bienes pierdes. Soy malo. Mi luz te falta. Soy ciego. Fin tenga el auto y yo viva. Fin tenga el auto y yo muero. Y don Pedro Calderón pide perdón de sus yerros. Tocan las chirimías, ciérranse las apariencias y se da fin al auto de «La iglesia sitiada o perseguida»