Personajes CONSTANTINO SILVESTRE, viejo LA GENTILIDAD MAJENCIO LA FE SAN PEDRO ZABULÓN SAN PABLO ASTREA, villana UN ÁNGEL TRES MUJERES SANTA ELENA LA NOTICIA UN NIÑO SOLDADOS MÚSICA Dentro cajas y trompetas, y sale Silvestre, viejo venerable, vestido de pieles, huyendo como asombrado Dentro ¡Arma, arma! ¡Guerra, guerra! ¡Viva el grande Constantino! ¡El grande Majencio viva! ¡Ay de aquel cuyo peligro consta igualmente de ser o vencedor o vencido cualquiera de los dos, puesto que gentiles en sus ritos de los dos, ¡cielos!, cualquiera es mi mayor enemigo! Y así, en tanto que la lid los ocupa, solicito ampararme de los montes. ¡Dame, oh tú que en los faliscos de Roma yaces, oh sacro Sorato, rústico abrigo en tus más ocultos senos! Sale la Gentilidad con espada, corona de laurel y bastón ¿Dónde corres fugitivo, mísero caduco anciano, si ves que el marcial conflito de tantas armadas huestes como numerosas rijo contra ti solo las muevo y contra ti las alisto? Pues reducir hoy al trance de una batalla el dominio de Europa y Asia, empeñados del griego imperio y latino en Constantino y Majencio los dos laureles invictos, solo es a fin de que acabe de una vez tanto continuo tesón de iras porque quede el que quedare al adbitrio de la fortuna triunfante libre del duro ejercicio para volver contra ti las armas, como caudillo que eres de ese infame bando del crucificado Cristo. Y porque mejor lo veas, oye esas voces. Dentro Divino Júpiter, a tus altares si a tanta invasión resisto, en cristianos holocaustos verás cuántas vidas rindo. Dentro Yo, Marte, ofrezco a tus aras si el romano margen piso, hacer de cristianas vidas víctimas y sacrificios. ¡El grande Majencio viva! ¡Viva el grande Constantino! Ya lo veo y ya lo lloro, pero no me desanimo, bárbara Gentilidad, de que invoquen tus mentidos dioses sus errados votos, cuando sobre el Tíber miro —abortando gente esa vaga ciudad de navíos— salir Constantino al paso dejando solos los niños y las mujeres en Roma. Pues aunque yo sea el indigno sucesor de Pedro, hoy por la elección que en mí hizo Melquíades, de la grande Mantua Carpentana hijo —a quien Madrid llamarán quizá los futuros siglos—, y aunque pueda, no sin causa, temer que pecados míos ocasionaran los cielos a sus piadosos castigos, no por eso ni por verme de brutas pieles vestido, sin más pontifical pompa, más templo, más domicilio que las quiebras de estos montes, como dije, desconfío que me falten suficientes y aun eficaces auxilios para resistir constante los más embotados filos de desnudez, hambre y sed, cárcel, incendio y cuchillo. Pues cuando vuelva la Iglesia en aqueste primitivo lustro de su tierna infancia a proseguir los martirios que dejaron empezados en las Tebaidas de Egipto Maximiano y Diocleciano, vinculando en Constantino o en Majencio sus rencores, no podrán —por más que, impíos, viertan de púrpura arroyos que a poco espacio sean ríos, y a no poco espacio mares— sumergir en sus abismos la barca de Pedro, pues a pesar del siempre frío aquilón que de poniente brama a soplos, gime a silbos trayéndonos todo el mar —así Jeremías lo dijo—, la podrá poner en salvo el siempre aliento benigno del Austria, que es la región de donde el Señor nos vino, según Habacuc, conque nadando su buque en rubios piélagos de humana sangre, de ráfagas impelido, podrá verse zozobrado mas no verse sumergido, por más que contrarios vientos formen el eco en que he oído…: Cajas ¡El grande Majencio viva! ¡Viva el grande Constantino! ¿Por qué, si en esa esperanza estás, sin valor, sin brío vienes huyendo a los montes a ser esqueleto vivo de sus bóvedas? Porqué no es mi vida la que libro, que bien sabe Dios que en cada paso se la sacrifico, sino la de tantos como hoy con mi asistencia animo a padecer desterrados, pobres, tristes y afligidos, en honra de mi Dios. Pues si eres tú solo su asilo, hoy les faltará, muriendo a mi mano. Empuña la espada la Gentilidad; Silvestre huye, poniéndose en un risco, da vuelta, y vese la Fe con una cruz en la mano y venda en los ojos Otra vez digo que no huyo a salvar la vida. ¿Pues a qué? A salvar conmigo las reliquias de la fe que huyendo a estos montes vino, de tus cortes arrojada. Mal podrás si yo te sigo. Bien podrá si yo le amparo. ¿Quién eres, bello prodigio que en vez de cuchilla esgrimes verde tronco en sangre tinto? ¿Quién eres que con vendada vista discurres a tino las enmarañadas sendas de este humano laberinto, de oídos y ojos trocando los naturales oficios, pues lo que no ven los ojos quieres ver con los oídos? ¿Quién eres, digo? ¿Quién eres, ciega luz de mis sentidos, que no te conozco aunque pienso que otra vez te he visto? Sí has visto, y aun otras dos: una a los lucientes visos de una estrella que guió tres magos al pobre hospicio de un portal, y otra a las claras luces de aquel Sol que dijo a Pedro que mate y coma los inmundos, los nocivos animales, que fue cuando, con el misterioso aviso, pasó la predicación del pueblo de los judíos al bando de los gentiles. Mas como, aunque yo me miro hoy con la venda, eres tú la que estás ciega, no admiro que beneficios tan grandes dé tu memoria al olvido, que es el achaque de que muere cualquier beneficio. Aún no me has dicho quién eres, pues aún no te he conocido. Sí he dicho, pues ser la Fe venda y insignia te han dicho. Menos te conozco ahora, mas ya que lo seas, ¿qué indicio de inútil piedad obstentas con salirme hoy al camino en defensa de ese anciano? Pues mal, cuando yo le sigo, solicitas tú ampararle. No, fiera, lo solicito porque el triunfo de su fe no conste de tu homicidio, sino por dar tiempo al tiempo en que quizá el sucesivo curso de uno y otro día mejore el rigor esquivo y salga con él triunfante de estos montes que hoy habito ciudadana de sus breñas, cortesana de sus riscos, a coronar de mis sienes los ahora ajados rizos de rosas que en Jericó dejó el cándido rocío de la más intacta aurora en sus vírgenes capillos, aljofaradas a perlas y matizadas a lirios; en cuya salida espero que quede al futuro siglo mudado el nombre al Sorato, este bárbaro obelisco, en el de “Silvestre Alcázar” por Silvestre, a quien abrigo en sus senos como padre de mis desterrados hijos. Porque de esa escasa luz aun no te alumbre un resquicio, escucha, ya que no ves, tú también los repetidos ecos de ese horrible estruendo. Cajas Dentro ¡Júpiter, tu favor pido! Dentro ¡Marte, tu favor invoco! ¡Viva el grande Constantino! ¡El grande Majencio viva! Ya lo escucho, y ya imagino que me lo acuerdas a causa de pensar que agradecido el que quede vencedor cumpla los votos que hizo a tus falsos dioses, siendo en profanos edificios cristianas vidas cruentas víctimas y sacrificios. Mas si Constantino vence podrá ser que más benigno revoque el voto. ¿De qué lo indicias? Feliz lo indicio de que ya Elena, su madre, en Bretaña ha recibido aquella indeleble marca del carácter del baptismo, y en fiel peregrinación parte al soberano Olimpo de la gran Jerusalén en busca del sacro ligno que fue antídoto al veneno del árbol del Paraíso, con cuyo ejemplar no dudo que a sus instancias movido, Constantino... Calla, calla que al escucharlo, al oírlo, tiembla el pecho, duda el labio, fallece el aliento, el brío se estremece, el corazón flaquea, delira el juicio, y en las fieras confusiones con que voy a hablar y gimo, una mordaza en la lengua, en la garganta un cuchillo, en las entrañas un áspid y en la vista un basilisco, Etna soy, rayos arrojo; volcán soy, llamas respiro. ¿Elena (muero al pensarlo), cristiana (rabio al decirlo), en busca (¡qué sentimiento!) del madero (¡qué delirio!) que sepultado (¡qué pasmo!) yace oculto (¡qué conflito!) peregrina va (¡qué asombro!) a Jerusalén (¡qué abismo!)? Las cajas ¿Pero qué me desaliento? ¿Qué me ahogo, qué me aflijo al ver en mi religión sospechoso a Constantino, cuando veo que su campo, deshecho, roto y herido, porque ya del mar la gente toma tierra en sus distritos, se pone en fuga, diciendo los estruendos más distintos…:? Las cajas ¡El grande Majencio viva! ¡Viva, y muera Constantino! Aunque de la lid le veo salir dejando perdido el trance de la batalla, no por aqueso desisto de mi esperanza. ¿En qué puedes fundarla? En ver a dos visos hacerse de lo historial alegórico sentido. ¿De qué suerte? Oye, y oíd cuantos a mi voz convido, que a todos toca entenderlo y a mí no más que decirlo. En Constantino, que César es de Roma, significo al hombre en común, pues tiene del orbe el mayor dominio. Que será hijo de la Iglesia fundo en ser de Elena hijo, pues la Iglesia es la que va buscando la cruz de Cristo. Majencio, en síncopa “Mago”, su más opuesto enemigo, es aquel monstruo que usando de sus mágicos hechizos el nombre acredita, pues siempre es fantástico el vicio. Esa real lid en que ahora se significa vencido es aquella primer lid del pecado en que cautivo quedó; y pasando a actual el original delito, naciendo en él, creció en ti, con que en claro silogismo vienes tú a significar su culpa. Escapar herido hacia esta parte es venir buscando quizá mi abrigo, siendo como soy la Fe; porque en la frase que sigo yo sola no mudo nombre, pues siempre soy la que he sido y he sido la que he de ser; conque juntos los sentidos de historia y alegoría, siendo el hombre Constantino, esa lid, su lid primera, esa ruina, su castigo, es Majencio su demonio, tú, su culpa y yo, su alivio. Porque veas que no temo los misterios escondidos de tu voz, a las dos luces el argumento prosigo animando contra ti las escuadras. ¡Ea, altivos espíritus —que hacer quiero la metáfora— malignos! ¡Muera Constantino! ¡Muera! Yéndose las dos a sus carros Ve a buscar sus precipicios, que yo iré a buscar sus dichas. Destruirale el poder mío. Ampararale mi celo. Desposeeranle mis bríos. Poseeranle mis piedades. Contagio son mis suspiros. Antídoto mis alientos. Ni los recelo ni estimo. Ni los dudo ni los temo. Pues ¡a prevenirle auxilios!,... Pues ¡a disponerle ruinas!,... que en su ofensa,... que en su abrigo,... en su oprobio,... en su reparo,... su persecución... su asilo... has de mirarme,… has de verme,… cuando escucho... cuando miro... decir el eco en estruendos..: repetir el aire a gritos…: fuera y todos dentro ¡El grande Majencio viva! ¡Viva, y muera Constantino! Vanse las dos y sale Constantino en lo alto, en un caballo; baja al tablado cayendo, y el caballo se vuelve a subir ¡Muera Constantino, pues desigual el hado quiso que siempre el ajeno triunfo conste de propio peligro! Menos piedad a los dioses debo, oh alado hipogrifo, que a ti, pues —cuando de tantas flechas como a su albedrío traen encomendado al dueño ninguna encuentra conmigo— tú despeñado me arrojas desde la cumbre al abismo, porque no deba a su genio más piedades que a tu instinto. Mas ¡ay! que aunque me despeñes tampoco tu precipicio conmigo acaba, mostrando que caída no ha tenido de que morir, quien no muere cuando cae desde sí mismo. Roto y deshecho mi campo de la fuga se ha valido sin que me quede esperanza de que a mi voz reducido vuelva a empeñarle de nuevo, por la distancia que ha habido donde él se ampara y yo caigo, en cuyo intrincado sitio a pie, fatigado y solo, sin luz, sin senda y sin tino, imagen soy del primero padre, pues desposeído del imperio de mi patria, ni sé qué vereda sigo ni qué nueva región es la que sin mi propio adbitrio me da a la elección del hado la discreción del destino. Y más si atiendo que cuando abrojos y espinas piso, sólo lo que lloro bebo, sólo aliento lo que gimo, que es alimento de un triste el manjar de los suspiros. ¿De quién ¡ay de mí! podré informarme? No diviso huella que de bruta planta no sea, no veo camino que enmarañado no esté de armadas zarzas y espinos, voz no se escucha en el viento que ya que no sea bramido de inculta fiera, no sea de funesta ave caistro. Aun las hojas, los cristales, ya en las copas, ya en los riscos, alternando consonancias de cláusulas y gemidos hacen que todo sea pasmo, todo horror, todo prodigio, todo susto, todo pena, todo asombro, nada alivio. ¿Quién a Constantino, cielos, en tan desierto retiro ayudarle podrá? ¿Quién ampararle? Dentro Constantino. ¡“Constantino” dijo el viento! Voz, si no es que yo te finjo —porque suele ser la idea idioma del afligido—, si Constantino es quien pide el favor, ¿cómo le has dicho que Constantino podrá valerse a sí? Y pues repito yo la pregunta, repite tú la respuesta. ¿Quién —digo— a Constantino —otra vez— valer podrá? Dentro Constantino, porque nadie vale más al hombre que el hombre mismo. Oráculo de los montes que con armonioso aviso empezando por proverbio acabas por vaticinio, ya que me das la respuesta no me niegues el indicio. ¿Yo a mí he de valerme? Sí. ¿Con qué favor? El divino. ¿No está en Júpiter, a quien en la batalla he ofrecido víctimas y altares? No. ¿Pues dónde está? Un Ángel en un iris con una cruz en la mano, y no hace más que salir y pararse en el aire En este signo. ¿Qué hermoso raudal de rayos es aquel que en el vacío del vago imperio del aire sangra a luces el impíreo, ardiente rasgo de nácar que verde, rojo y pajizo en mi deshecha fortuna ser iris de la paz quiso, desabrochando del seno purpúreas hojas de vidrio iluminadas a líneas, tornasoladas a visos? En segundo día, segundo Sol añade al cristalino campo azul, que en escarceos de nunca vagados giros a fuerza de rayos ciega. Si fue de la luz oficio siempre alumbrar, ¿con la luz quién ha visto no haber visto? Bien que a despecho de tanto resplandor como resisto, formada cruz veo de fuego que en el diáfano zafiro, cielo agregado de estrellas, hermoso tropel de signos, por nuevo astro, nueva imagen, colocan. ¿Por dónde vino, cómo o cuándo, a ser hoy trono el que ayer era suplicio? Si Elena mi madre, cielos, como algunos han escrito, a buscar va la cruz, ¿cómo viene por nuevos caminos la cruz a buscarme a mí? Y pues yo no lo averiguo, ¿qué quieres decirme, oh raro carácter? Que no he entendido de tu sacra astrología el soberano disignio. Va pasando el iris despacio por el aire y canta el ángel Canta Que pues nadie vale más al hombre que el hombre mismo, y solo puede amparar Constantino a Constantino, debajo de esta bandera te alistes, con cuyo auxilio, poniendo en orden tu gente volverás a verte invicto. Porque si tú a ti te vales usando de tu albedrío… … en la señal de la cruz vencerás tus enemigos. Breve exhalación, aguarda y antes que desvanecido tanto esplendor en pavesas deje a escuras mis sentidos, dime o inspírame: ¿cómo de un inanimado ligno tengo de ampararme? Haciendo que digan todos contigo al entrar en la batalla…: Absorto estoy al oírlo. Canta “Por la señal de la cruz que en líneas de fuego he visto, líbranos, Señor, de nuestros enemigos”. Yo, yo lo haré; y reduciendo los tercios que fugitivos son en derrotadas tropas perdonados desperdicios del furor, volveré haciendo que oiga todo este distrito decir allí al vencedor, repetir aquí al vencido de tu música al compás y de sus cajas al ruido…: Cajas y música que canta el mote del Ángel y cúbrese la apariencia y sale Majencio vestido de romano ¡El grande Majencio viva! ¡Viva, y muera Constantino! Por la señal de la cruz que en líneas de fuego vimos, líbranos, Señor, de nuestros enemigos. Vase ¡El grande Majencio viva! ¡Viva, y muera Constantino! ¡Ea, soldados, seguid el alcance, que festivo no tanto el aplauso vuestro me engrandece porque dijo que viva Majencio, cuanto porque muera Constantino! Que si allá la fantasía de no sé qué discursivo concepto quiere que sea su más opuesto enemigo no sólo en lo historial, pero en lo no historial, su juicio quiero complacer; y así sañudos, fieros y impíos, su alcance seguid sin que le perdonéis compasivos vida ninguna de cuantas en su milicia han nacido. Paguen todos de su dueño la culpa de haber salido de la corte en que se vio a hacer batalla conmigo a la campaña del mundo. Conozcan todos que vino de los campos del oriente, también su patria, un caudillo que en los de occidente supo sujetarlos y rendirlos no sólo vasallos pero tan esclavos, tan cautivos que sea el hierro de sus frentes el padrón de mis registros. Ya en su seguimiento todos se empeñan tan vengativos que una vida no perdonan. ¡Cuánto me huelgo de oírlo! Veamos si la astrología de algún abrasado signo mal entendido de mí —con ser yo quien ha entendido esos astros, de manera que obedientes a mi adbitrio tal vez los truje a mi mano de sus claros epiciclos arrancando los errantes ya que no pude los fijos, por quien de Mago, que quiere decir ‘sabio’, el apellido corrompió el nombre en Majencio— cumple el influjo en que dijo que sería Roma silla, dosel, curia, imperio y sitio de la corte de la fe, pues una vez conseguido este triunfo y una vez entrando yo en ella invicto claro es que no lo ha de ser. Dentro Astrea, villana, y Zabulón Sí ha de ser. No ha de ser, digo. ¿Qué oigo? Mas sin duda acaso sería, y así prosigo, porque ¿quién podrá quitarme, derrotado Constantino, que Roma mi corte sea y él mi vasallo? El baptismo ha de recibir. Primero le daré muerte. Preciso es ya hacer caso el acaso. Mirad qué voces, qué ruido, es ese. Allí una villana que en los brazos trae un niño huyendo viene de un hombre. Sale Astrea con un niño en los brazos y Zabulón tras ella Que ha de ser cristiano, afirmo, hoy, aunque os pese. Aunque os plazga no ha de ser sino jodío, que es quitarle su remedio pues es quitarle el ser rico. ¿Habéisle parido vos? Yo no sé si le he parido, pero él no ha de ser cristiano. Sí ha de ser. ¡Teneos, digo! ¿Qué es esto? Yo lo diré. Eso no, yo he de decirlo. Mujer de este simpre so. De esta simpre so marido. Dionos este hijo el cielo. La tierra nos dio este hijo, que aunque fuera paz de otros es de nosotros litigio. Porque yo, que so cristiana, que lo sea solicito. Porque yo, que soy hebreo quiero que sea hebreíco. Y aunque ha tanto que nació… por temor de los edictos… no le di hasta ahora la fe… creyendo que Constantino,… que es el más piadoso César… de cuantos hasta hoy ha habido,… alce la pena de muerte;… pero viéndole vencido… de ese diabro de Majencio,… de ese Majencio maldito,… que vino a turbar su tierra… sin saber de dónde vino,… y que el furor de su gente… ni aun un albergue pajizo… de las faldas del Sorato… le dejó por escondido… o le perdonó por pobre,… antes que llegue el cochillo… quiero que cristiano sea. Y así echa por esos trigos… buscando a Silvestre. Calla, villana. Cuánto le estimo que me la riña. También calla tú. ¿Es usted testigo de alquiler, que han de pagarlo el cristiano y el jodío? Soy quien de vuestra cuestión las voces han ofendido con necios presagios. ¿Pues yo que he hecho? ¿Yo que he dicho? No sé, no sé, pero entrambos pagaréis el vaticinio. ¿Qué es batorrillo? (Mas no es bien mostrarme ofendido por no ahuyentar los demás hasta que al ver conseguido el triunfo, acabe de un golpe con todo este forajido bando de la fe). ¡Quitaos de mi presencia, idos, idos,… Válamos Dios, ya nos vamos. Válamos Dios, ya nos imos. primero que mi furor segunda vez vuelva a oíros! Cajas Dentro ¡Arma, arma! ¡Guerra, guerra! ¡San Moisén! ¡San Jesocristo! ¿Qué nuevo alboroto es este? Zabulón podrá decirlo. Más mijor lo dirá Astrea. Cajas ¡Viva el grande Constantino! No digáis que viva yo, sino id diciendo conmigo: Por la señal de la Cruz que en líneas de fuego vimos… Por la señal de la Cruz que en líneas de fuego vimos… Dentro ¡Arma, arma! ¡Guerra, guerra! ¡Viva el grande Constantino! Cajas líbranos, Señor, de nuestros enemigos. ¿Qué será una novedad tan grande como que a un mismo tiempo entre trompas y cajas dulces músicas oímos? Ved qué es eso. Sale la Generoso Majencio. ¿“Majencio” dijo? Ay, que yo le llamé “diabro”. “Maldito”, yo. Constantino, habiendo sus desmandadas tropas juntado, ha querido volver al sangriento trance de la lid, en fe movido de una señal que en el cielo dice esa canción que ha visto. Salle al paso, antes que al verte en su opósito remiso cobre crédito una vaga impresión, que quizá ha sido encendida exhalación, y ellos juzgan que es auxilio. A cuyo efecto, bien como allá con el arca vimos clamar el pueblo, han mezclado con el horror el cariño, con el asombro el concento y con el estruendo el himno. Heroica Gentilidad, si en mi favor el aviso traes ofendida de que sospechoso tu divino culto en Constantino está por Elena y por él mismo, yo te haré vengada de ambos. ¡Al arma, soldados míos! Dentro ¡Allí está Majencio, muera! ¡Muera, y viva Constantino! Para que él muera y yo viva vuelva la voz al principio. Por la señal de la Cruz que en líneas de fuego vimos, líbranos, Señor, de nuestros enemigos. ¡Arma, arma! ¡Guerra, guerra! ¡Viva el grande Constantino! En tanto que la batalla los empeña, huir solicito. Vase Vamos, madre, no me maten antes que tenga el baptismo. Vase Porque no me den con algo a esta parte me retiro, que basta ser jodío bobo sin ser infeliz jodío. Escóndese Yo entre los dos tengo, ¡ay cielos!, pendiente el alma de un hilo. Sale Ahora verás mi valor, pues cuerpo a cuerpo te embisto. Y tú el mío verás. Riñen los dos y cantan Pero ¿qué resplandor traes contigo que me deslumbra? ¿Qué es esto? ¿Tú tiemblas? ¿Qué mucho el frío me dé, si ser el rugiente león que sale a los caminos buscando a quien devorar, Pedro en su epístola dijo? Mas ¡ay infeliz! que no la causa de mi rugido es la cición de la fiebre, sino aquel astro que miro que impreso en el aire forma la viva imagen de Cristo. ¡Soldados, a retirar! Vea el mundo a pesar mío que el triunfo de vencedor paso a infamias de vencido, siempre que oigo armado al hombre decir…: Repetid, amigos: Por la señal de la cruz que en líneas de fuego vimos, líbranos, Señor, de nuestros enemigos. Retíranse los de Majencio y los de Constantino tras ellos ¿Qué mucho, ay de mí, que al mar vuelva huyendo, si el vestiglo es del mar, que vio de él Juan salir gimiendo a bramidos con faz de león? ¿Mas quién, siendo él el león, ha visto que padezca él la cuartana y a mí me dé el parasismo? Pero por más que en Constantino esté tan declarada contra mí la fe, centelleando vislumbres de su luz ese vago carácter de la cruz que en el aire se vio no ha de valerla, que mañosa yo sabré prevaricar su auxilio, no dejándole juzgar que se le debe a él el restaurado honor de su laurel, sino al voto ¡ay de mí! que hacer primero a Júpiter le oí, aplaudiendo su acción la vanidad de mi superstición. ¡Hermosura gentil, que en la estación de tu florido abril pendiente en Roma hasta saber estás si quedas libre o si cautiva vas! Dentro Qué pretendes nos di. Que albricias den vuestras dichas, haciendo en parabién de aquella amenazada esclavitud, que el psalterio, la cítara y laúd saluden con su métrica veloz a Constantino en una y otra voz; cante la gala a Júpiter por quien vuestros hijos se ven libres ya de aquel bárbaro adalid. A recibirle, pues, todas venid, y con tonos y bailes le llevad al templo, donde deis a su deidad las gracias, matizando su laurel a tan glorioso fin, con nieve la azucena y el jazmín, con púrpura la rosa y el clavel. Salen todas las mujeres con flores y instrumentos; una trae en una fuente una tiara, otra, un cetro de tres cru-ces, y otra, un manto carmesí De nuestro afecto fiel los extremos conozca, ya que allí triunfante viene; y yo, pues siempre vi que Roma consagró una corona al que campal venció, otra al de sitiador y otra después al que a su patria libra, de las tres una tiara imperial labrada traigo. Un cetro yo a ella igual, hecho de tres también. Yo la púrpura sacra. El parabién empiece pues; y pues la culpa soy en la clara metáfora que hoy ve del mundo el teatro, yo le haré borrar la culpa el mérito a la fe. La caja y sale Constantino con los que pueda marchando Ya que de uno a otro instante veo el pesar vuelto en placer, al baile he de ayudar, que no hay mujer ni hijo donde hay son. Vaya de fiesta, música y canción. Cantan y bailan delante de él arrojando flores. Canta En hora dichosa venga nuestro César vencedor a dar las gracias al templo de Júpiter nuestro dios. Venga en hora dichosa, ciñendo su honor, porque todo sea rayos, de rayos del Sol. Cruzado ¡Qué bien suenan a mi oído los aplausos, cuando atento a mis victorias su acento clarín de mi fama ha sido! Aunque no sé si he debido a Júpiter el favor. Venga en hora dichosa ciñendo su honor, porque todo sea rayos, de rayos del Sol. Corros Ya que a aquel templo eminente de Júpiter soberano te va guiando no en vano la aclamación de tu gente, es bien que cumplas el voto que en la batalla le hiciste. Y aunque en él le prometiste piadosamente devoto que de víctimas humanas el sacrificio sería, en tanto que llega el día de cumplírsele en cristianas vidas, en prendas le den por ahora satisfación el culto y la adoración, pues fue el gran Júpiter quien te dio aquel rayo que ves brillar, ostentando ufano que Júpiter soberano el dios de los rayos es que tus contrarios deslumbra, pues no solo serlo arguye cuando con ellos destruye, pero también cuando alumbra. Y pues Júpiter le encumbra a la eminencia mayor… Venga en hora dichosa, ciñendo su honor, porque todos sean rayos, de rayos del Sol. Bandas Hermosa Gentilidad, ya lo que te debo sé, mas si imagen de cruz fue la que vio la raridad del aire, siendo una nube iris triunfal de la cruz, ¿cómo creeré que la luz de ajena deidad no tuve? Creyendo que exhalaciones saben burlar aparentes dando formas diferentes sus fáciles impresiones. ¿Quién en arreboles que transmontan los horizontes tal vez ciudades, tal montes no se persuade que ve? ¿Tal ondas del mar en cuyo boreal objeto tal vez finge el monstruo, el ave, el pez? Luego claramente arguyo que fue un acaso esa rara cruz que viste, y bien no fuera que a un dios el voto se hiciera y que otro le iluminara. Y así ven donde a su umbral ciñas, con que su fe abonas, corona de tres coronas: mural, cívica y campal. Toma la corona la Gentilidad y espérale con ella, y él va acercándose, y todas bailan Dices bien, y pues cumplir a él debo el voto, no quiero a imagen de un vil madero la victoria atribuir, y así podéis proseguir al gran Júpiter el loor. Venga en hora dichosa ciñendo su honor, porque todo sea rayos, de rayos del Sol. Corro grande En hora dichosa venga nuestro César vencedor a dar las gracias al templo de Júpiter nuestro dios. En hora dichosa venga entre uno y otro blasón feriando sustos de ayer a seguridades de hoy. En hora dichosa venga a dar en satisfación de sus triunfos sacrificios a quien los triunfos le dio. Venga en hora dichosa ciñendo su honor, porque todo sea rayos… Al irse a poner la tiara, empieza a temblar Suspended la voz si ya vuestros dulces sonoros acentos, festivos aplausos de mi aclamación no glosan el metro, no trovan el ritmo diciendo al mirar que abrasándome estoy “que todo sea rayos, pues todos lo son”. ¿Qué es esto? No sé, que solo se deja mirar que le aflige algún grave dolor pues como furioso sus manos se muerde y el pecho se rasga. ¡Qué gran confusión! ¿Qué súbito, ¡cielos!, mortal accidente es este, ¡ay de mí!, que al alma le dio tan grave que pienso que dentro del pecho se me ha hecho pedazos todo el corazón? ¡Piedad, que me hielo, piedad, que me abraso! ¿Quién vio en un instante, en un punto quién vio Vesubio de fuego cubierto de nieve, ardiendo del pasmo, pasmar del ardor? Mete las manos en el pecho y sácalas ensangrentadas Las manos que al pecho apliqué por alivio —en cualquier congoja natural acción— del pecho las saco cubiertas de lepra. ¡Oh, quién por no verlas con asco y pavor los ojos cegara! Mánchase con las manos la cara Mas ¡ay!, que al contacto que a ellas del pecho el daño pasó, también desde ellas al rostro se pasa según hasta el rostro se extiende el dolor. ¿Qué es esto, fortuna? ¿Tan presto a la dicha de aquella victoria pagué la pensión? ¿Mas cuándo, ¡ay de mí!, el contento de ayer anuncio no es del llanto de hoy? Quitad la tiara, la púrpura y cetro que ya no capaz jeroglífico son de triunfo que en sí contiene tres y uno, guardados quizá para dueño mejor. ¡Detente, señor, porque inficionado a todos nos pones espanto y pavor! ¡Huid de su aliento! ¡Huid de su vista! ¡Qué estrago! ¡Qué pena! ¡Qué asombro! ¡Qué horror! ¡Oíd, esperad, no os asuste el mirarme, amigos, vasallos! Yo so Zabulón, y los Zabulones vasallos ni amigos de nadie en el mundo se cuenta que son. ¿Por qué huyes de mí? Porque tiene una cara aún peor que esta mía, según la dejó manchada el contagio, y si me le pega por mala que es, será peor que peor. Vase Los mismos, ¡ay, triste!, que el triunfo aplaudían el daño recatan, con que otra vez soy imagen segunda del padre primero, pues todos me dejan. Sino sola yo. Pues si eres tú sola quien solo me asiste, ¿sabrasme decir del ansia en que estoy la causa, pues eres, oh Gentilidad, tan sabia? Sí, escucha. Prosigue. Atención. Allá el Hebraísmo en el Génesis cuenta que incrédulo estaba Moisés de su Dios, pidiendo señal cuando Él le mandaba hablar de su parte al rey faraón, y entre otras señales de vara y serpiente meter en el seno la mano mandó, saliendo al sacarla cubierta de lepra; después en Naamán también explicó la lepra la culpa; y luego en María, del mismo Moisés hermana y de Aarón, pues al mormurarle se cubrió de lepra. ¿Y qué más lugar para explicación de que signifique la lepra la culpa que oír a Isaías también de su Dios que “como leproso” sería reputado adonde se entiende ‘como pecador’? Pues si esto es así y que incredulidades los dioses castigan con esa aflicción, ¿quién duda que aquella que acaso tuviste, infiel presumiendo cruz la exhalación, Júpiter castiga? Y aun en dos sentidos. ¿Y cuál es el otro, ¡ay de mí!, de los dos? ¿Víctimas humanas no fueron aquellas que tú le ofreciste? Sí. Pues la razón de que le dilates hoy el sacrificio tratando primero tu coronación es causa de que porque sangre derrames te dé mal en que ella el remedio es mayor. La lepra con sangre humana se cura y darte la lepra es decir su atención que tu conveniencia y su sacrificio te dé a ti salud y a él adoración. Haz pues que a sus aras en púrpura humana derrame piadoso cuchillo el humor de aquellos que aún tiernos infantes hasta ahora su primer puericia la edad no vició, con que se consigue que a Júpiter cumplas el voto, y cogiendo el purpúreo candor en vasos podrás bañándote en ellos el culto sanear, sanar la infición. Bien dices y al punto en todo mi imperio que el bando se eche al registro dispón, pues menos importa que muera inocente el número inmenso de infante escuadrón, que no que faltando al voto no sane de este asco, este asombro, este pasmo, este horror. Vase ¡Qué presto verás cómo yo te obedezco! ¡Noticia! Sale la ¿Qué quieres? Que pues que tu voz es aliento que hurtado a la fama discurre sutil de región en región, bien como real pragmática hagas de cajas al ruido, de trompas al son que en ecos te oiga el confín del imperio diciendo el edicto a voz de pregón: que toda la infancia sus padres registren, que así de los dioses conviene al honor, y así a la salud conviene del César (aunque a mis rencores dijera mejor). Vase Tú verás en mi acento y sus ecos cuánto hoy la noticia discurre veloz. Canta ¡Hola! ¡Hau! ¡Ah del aire! Dentro responden ¡Ah del aire! ¡Ah del aire! Oíd, escuchad, y a mi voz… a mi voz… a mi voz… clarín sean las aves ganando el silencio,… clarín sean las aves ganando el silencio,… las copas sean cajas perdiendo el rumor. las copas sean cajas perdiendo el rumor. ¡Atención! ¡Atención! Venga a noticia de todos que el supremo emperador manda que la tierna infancia llegue a registrarse hoy, porque de los altos dioses así conviene al honor, y a la salud de su vida hacer piedad el rigor. Sale Majencio vestido de marinero oyendo la música ¿“Porque de los altos dioses así conviene al honor, y a la salud de su vida hacer piedad el rigor”? Y porque al compás de clarines y cajas ninguno en su imperio ignore el pregón, clarín sean las aves ganando el silencio, las copas sean cajas perdiendo el rumor. Cantan Clarín sean las aves ganando el silencio, las copas sean cajas perdiendo el rumor. Vanse Aunque huyendo fui de aquella señal que en el cielo vi, vuelvo disfrazado aquí menos temeroso de ella al oír que Constantino desperdiciando el favor de la Fe, al neutral horror de lepra y culpa previno convalecer con cruel medicina; y así puedo, pues perdió al auxilio el miedo, volver a verme con él, bien que en traje diferente, pues como fiera del mar, marinero he de mostrar que vencido infamemente huyo del hombre en el día que armado de la cruz me hace la guerra y vuelvo el que nace de su culpa mi osadía, porque de este testimonio contra él la razón se arguya de que está en su mano que huya o que se acerque el demonio. Y pues le hui declarado, he de intentar encubierto dejarle a mis manos muerto introduciéndome osado en su palacio, con que lograr mis triunfos no dudo, pues ya leproso, ¿quién pudo de mí librarle? Dentro La fe pública de la justicia nos quebranta Constantino. Segundo acaso previno proverbios a mi malicia con que a arder vuelven mis llamas. De este, pues, lo he de saber. ¿Adónde vas? Sale Zabulón Voy a ver la procesión de las amas, porque apenas se oyó el eco de no sé qué pregón, cuando obedeciendo su bando cada cual con su muñeco, madres y hijos mil a mil, del gran palacio a la plaza, van ellas con su mostaza y ellos con su perejil. Y así es bien que a verlo corra sin temer dolor tan grave que para uno que me cabe de zapatos me lo ahorra, malas noches, peores días, ahítos, ojos, sabañones, viruelas y sarampiones, lombrices y alferecías. Sale Astrea con el niño ¡Ay infelice de mí! Dicho y hecho, mi mujer es esta. Dentro No ha de valer fuga ni ruego. Si en ti, marinero, hallar piedad puede ¡ay de mí! una afligida, salva en el mar esta vida de la bárbara crueldad que me sigue. Mal podré cuando yo el primero soy que de tus entrañas hoy el hijo te arrancaré para entregalle al acero. Al quitársele se retira A muy buen puerto has llegado. Pero ¿qué temblor me has dado, oh infante, que al verte muero de asombro, espanto y temor? El agua que recibí sin duda vuelve por mí. Esa otra causa es mayor para mi pena cruel. Lleva, ya que no te muevas, todo el corazón, pues llevas el mejor pedazo de él. Suelta, que aunque no mi intento logra en éste la injusticia, muerto antes que la malicia le mude el entendimiento, con todo me ha de servir de introducirme con él, como ministro que fiel cumple el bando. Antes morir tengo. ¡Que a ti no te pese de ver esto! No, mujer, que peor fuera querer darme otro que quitarme ese. Déjale. Antes moriré. Madre, no llore por mí, que pues la fe recibí por mí volverá la fe. Vase Majencio con el niño ¿Cómo ¡ay infelice! puedo al quitarte de mis brazos no llorar, si en dos pedazos dividida el alma quedo, sujeta al mortal desdén de ver que a Roma pasó la persecución que vio un tiempo Jerusalén? Si cristiano no le hicieras y jodío le dejaras quizá más piedad hallaras o más dichoso le vieras. Esa fuera más esquiva pena, que más quiero —es llano— que muera mi hijo cristiano que no que en otra fe viva. Y así en ella esperaré —como él mismo repitió— que pues la fe recibió, que vuelva por él la fe. Vase Esa esperanza te aliente y a mí la de huir, que no estoy seguro, pues yo soy también un inocente. Pero ¿por dónde he de echar?, si palacio, calle y plaza todo a tropas lo embaraza el tumulto popular de las mujeres, diciendo a gritos por la ciudad…: Vase Dentro ¡Misericordia, piedad! Sale Cerrad al piadoso estruendo de ese lamento las puertas que no le quiero oír ni ver, supuesto que no ha de ser de efecto que estén abiertas a la voz si no lo están a la compasión. Dentro Entremos todas; quizá los extremos de nuestro llanto podrán piedad hallar. Dentro 2.ª ¿Mejor no será que por todas una hable? Dentro ¿Quién en tal fortuna tomará ese cargo? Sale la Fe vestida de luto y suelto el cabello Yo, yo, que madre más común que todas soy y así debe hablar por todas la que más hijos que todas pierde. Generoso Constantino, cuyos sagrados laureles manchados de sangre esconden entre lo rojo lo verde, la fe pública de Roma —bien que ahora más parece la oculta fe, pues no hay quien de sus señas se acuerde—, arrastrando luengos lutos y tanto que porque llegue a vestírselos el rostro aun el rostro la obscurecen las desmelenadas crenchas que desaliñan la frente, bien como madre común de tus afligidas gentes hoy a arrojarse a esas plantas en nombre de todas viene diciendo a voces si es que a sus lamentos atiendes…: ¡Piedad, señor, piedad, que no es decente que viva un rey con sangre de ignocentes! Si el cielo, señor, por causas que allá en sus archivos tiene arcanamente escondidos sin permitir que las lleguen a rastrear humanos ojos con el veneno te hiere de ese inficionado achaque, de esa pegajosa peste que, símbolo del pecado, mancha el cuerpo, el alma ofende, ¿qué culpa tienen, señor, mis hijos? ¿Qué culpa tienen tus vasallos para que valga una vida mil muertes? ¡Piedad, señor, piedad, que no es decente que viva un rey con sangre de ignocentes! De algún contagio ya vio el mundo cuánto se extiende la infición, pues heredada alcanza a sus descendientes. Pero también vio, señor, ya que en ti se represente aquella general ruina, que hubo quien el daño enmiende. Que muera por todos uno sentencia fue que obediente al Padre la aceptó el Hijo con ser el Rey de los reyes. ¿Pues cómo, señor, pues cómo en este ejemplar pretendes muriendo allá el no culpado por los culpados, que truequen aquí la acción tus edictos y los no culpados lleguen a morir por el culpado? No, señor; no, señor. Cese del bando la ejecución, que es cruel inconveniente que mueran todos por uno cuando uno por todos muere. ¡Piedad, señor, piedad, que no es decente que viva un rey con sangre de ignocentes! Y puesto que los oídos con menos afectos mueven que los ojos, pues no tanto lo que se escucha se cree como lo que se ve —a cuya causa el vulgo decir suele que corazón que no ve es corazón que no siente—, ponte a ese mirador, donde verás de nobleza y plebe la lástima con que a todos tus rigores comprehenden. Ya en los pechos, ya en los brazos verás arrancar pendientes dos vidas en cada acción con tan encontrada suerte que es entre amor y tristeza de hijo y madre indiferente la que lo padece más, la que menos lo padece. Cuál primero que la quiten del pecho el hijo pretende que se vuelva a sus entrañas según en ellas le prende. Cuál que de esconderle trata no lo consigue imprudente, pues el llanto del que esconde denuncia de ella, de suerte que a la que le guarda madre la declara delincuente. Cuál de la fuga se ampara, cuál de la ira se defiende, cuál del desaliento yace, cuál del desmayo fallece, y cuál en fin más constante persuade a todas que apelen a tu piedad, reducidas a que digan igualmente…: ¡Piedad, señor, piedad, que no es decente que viva un rey con sangre de ignocentes! Sale la Gentilidad Ya tienes para el primero sacrificio… (¡Mas qué quiere la Fe aquí? Pero ¿qué importa, si a sus desaires atiende, que esté o no?) Ya tienes, digo, en ese templo eminente tres mil vidas destinadas al cuchillo. ¿Qué hay que esperes a que con el voto acabes donde con la cura empieces? Gentilidad, tus finezas mis desdichas agradecen; mas de suerte mis piedades aquesa lástima mueve que sonando como llanto como música divierte, que quiero morir primero que ver que mi vida cueste hoy tantas vidas. ¿Qué dices? Que no es justo que en mí lleguen a morir todos por uno, cuando uno por todos muere. Y pues que no es decente que viva un rey con sangre de ignocentes, volved al punto sus hijos a sus madres, no se cuente de Constantino que tuvo las entrañas tan rebeldes que no las enternecieron lágrimas de las mujeres. ¿Pues cómo…? Nada me digas ni me arguyas ni me acuerdes cuánto a los dioses importa, cuánto a mi salud conviene, que no hay culto donde hay ira ni vida donde hay desdenes. Mujer que yo no conozco ni sé hasta ahora quién eres, di a las demás que su llanto hace que piadoso acepte la apelación. Que sus hijos cobren el materno albergue de sus pechos y sus brazos, que mis piedades no quieren que mueran todos por uno cuando uno por todos muere, puesto que no es decente que viva un rey con sangre de ignocentes. Otra vez puesta a tus plantas humilde digo que esperes, si ahora no me conoces, que presto has de conocerme en fe de aquestas piedades. Vase ¡Furias mi furor aliente! ¡Ahora infiernos, ahora! Pues para que más se muestre dirás a todas que al mismo tiempo que su llanto vence, vence mi mal, pues postrado a su venenosa fiebre, desperdiciado el remedio, siento el daño más vehemente porque crezca la piedad al paso que el dolor crece y tanto que fallecidas las fuerzas al accidente, titubeadas las razones, las palabras balbucientes, retirados los alientos, los pulsos intercadentes, todo expira, todo yace, todo pasma y todo hiere. Pero muera yo, ¡ay de mí!, como muera de clemente antes que de fiero viva diciendo una y muchas veces: no mueran todos por uno cuando uno por todos muere. ¡Piedad, cielos, piedad, que no es decente que viva un rey con sangre de ignocentes! Cae y sale Majencio A un parasismo mortal, helado letargo ardiente, postrado cayó. Porqué yo disfrazado me acerque a él, porque siendo este sueño tan profundo que posee todavía sus sentidos inficionados, se muestre cuánto se acerca el demonio al hombre que en culpa duerme. Pues primero que se cobre, ya que a tan buen tiempo vienes valido de los disfraces para que aquí oculto entres, pase a muerte natural esa condicional muerte. Saca un puñal Yo con este áspid de acero le heriré el pecho. Con este basilisco yo de bronce, fuego a fuego haré que augmente. Saca una pistola; al ir a darle los dos salen cada uno por su parte san Pedro y san Pablo teniendo a cada uno del brazo ¿Pues qué esperas? ¿Pues qué aguardas? ¡Tente, traidor! ¡Fiera, tente! Porque hombre que a la fe oye… porque hombre que a la fe atiende… las columnas de la fe de esta manera defienden. Pablo, que después que fuiste de la Gentilidad huésped cuando de romanos fueros gozabas entre mis gentes, te conozco, ¿qué me afliges? Pedro, que desde que tienes de sus tesoros las llaves, tiemblo de ti, ¿qué me quieres? Que veas cómo los cielos la fe de Elena agradecen. Que mires que la piedad nunca en el hombre se pierde. ¿De qué modo? De este modo. ¿De qué suerte? De esta suerte. ¿Constantino? ¿Constantino? en sueños Piadoso anciano, ¿quién eres? ¿Quién eres, divino anciano? Pedro. Pablo. ¿Qué pretendes? Pagarte con mejor baño esa sangre que no viertes. Busca a Silvestre en Sorato y en el cristal de una fuente lava esa lepra,… con que verá el mundo claramente que la lepra del pecado… —pues la del cuerpo se entiende ser hoy la culpa del alma—… aunque con sangre inocente se curó una vez, con agua se cura ya,… porque cesen los cruentos sacrificios… y los incruentos lleguen… a mostrar que de la ley de gracia… es el yugo leve,… y para que al mismo tiempo… todo el mundo considere… que en el agua está la vida… y no ya en sangre ni en muerte. Vanse Estatua de fuego y hielo quedé. Yo, de llama y nieve. ¡Oye, Pablo; Pedro, escucha! Despierta ¡Mas ay de mí! ¿Cómo puede ser viendo el bien cuando duermo ver el mal cuando despierte? ¿Pero qué bien no es soñado? Detente, culpa; detente, pecado mío, que yo aun persuadido a que sueñe todavía he de creer que el cielo me favorece, o ya en fe de mis piedades o ya en fe de las clementes instancias de Elena, a quien tanto llanto mi amor debe. Y así huyendo de los dos iré a buscar a Silvestre a ver si vivo con agua supuesto que no es decente que viva un rey con sangre de ignocentes. Vase Síguele, culpa, pues que antes que a bañarse llegue aún es tuyo, y podrá ser que en este intermedio deje de creer aquel aviso que vio en sueños. Para ese fin se me ofrece una industria. ¿Qué es? Que pues su pueblo al verle salir tan desalentado todo a seguirle se mueve, hagamos que agradecido a sus piedades le lleve cetro, púrpura y tiara y que sus triunfos le acuerde, porque con la vanidad, estando el pueblo presente, no se atreva a declararse cristiano. Bien lo previenes. Pues sígueme. Ya te sigo. ¡Oh, nunca lleguen a verse… ¡Nunca lleguen a mirarse… ni de la fe los placeres… ni las lágrimas de Elena,… siendo triunfos de… Dentro ¿Silvestre? Ya su voz suena en los montes. Antes que en los cielos suene, a conmover contra él el pueblo vamos. Vanse Dentro ¿Silvestre? Sale ¿Qué voz con mi nombre, cielos, en estos montes transciende las más escondidas grutas de sus entrañas? Dentro ¿Silvestre? ¿Quién me llama? Constantino es el que a buscarte viene. ¡Ay de mí! Que como ya sé que sus contrarios vence sin duda en fe de sus dioses contra mí las armas vuelve. ¿Dónde me ocultaré? Pero mejor será que le espere, que si Dios sin merecerlo coronar mi vida quiere con el laurel del martirio, ¡venturoso yo! ¿Silvestre? ¿Qué me nombras? ¿Qué me llamas? Si es para darme la muerte, aquí estoy. Sale ¿Eres tú? Sí. Humilde a tus pies me tienes. Acción y voz me has quitado de labio y pecho. ¿Qué emprendes? Ser el primer César que el pie al pontífice bese. ¿Qué es esto? ¿Lágrimas tú? Bien admiras que quien viene a buscar agua dé agua y que pida lo que ofrece. A tus pies ¡oh padre! bien como el sediento a la fuente me arrojo, bien como ciego a la luz, como doliente a la salud y bien como al perdón el delincuente. Pedro y Pablo a ti me envían para que en tu baño deje estas leprosas escamas, túnicas de la serpiente que abrigué al pecho, porqué la piel anciana renueve. Pues, ¿qué quieres de mí? ¿Qué pides? La fe. Sale Aquí me tienes, que la que allá ruega triste aquí te recibe alegre. ¡Feliz yo que de tus brazos…! No a ellos tan presto te acerques antes que el baño recibas. Sube conmigo a esta fuente donde la ablución del agua te sane, limpie y consuele. Sale Llegad todos y en su busca porque sus penas aliente sus triunfos le acordad. Ya su triunfo no más es este. No adelante, culpa, pases. Pues ¿quién el paso me puede impedir a mí? La acción que ves. Aún no a ti te adquiere. Es verdad. Pues no me impidas que antes que se bañe, llegue a representarle estos triunfos que a Júpiter debe. No debe sino a la fe de Elena, que es quien merece hallando la cruz hallar las piedades que él adquiere. Cuando Elena halle la cruz, ¿qué misterio en sí contiene un madero para que en él sus auxilios pienses? ¿Qué más misterio que ser, si a sus prodigios atiendes, el inmediato instrumento de la redención? Detente. ¿Es más que un leño que pudo ser horca de un delincuente? Más es, pues del primer árbol se transplantó su simiente. No es más, pues vemos que tronco en Gólgota nace y crece. Más es, pues donde Adán yace es donde sus raíces prenden. No es más, pues de ningún fruto adorna su pompa verde. Más es, pues sin fruto sana la infición de la serpiente. No es más, pues de cedro, palma y ciprés son sus especies. Más es, pues, siendo tres, dice duración, victoria y muerte. No es más, pues ruda segur para Salomón le hiere. Más es, pues nunca le labran porque a otro fin aproveche. No es más, pues que por inútil sirve del Cedrón al puente. Más es, pues Sabá le adora y a pisarle no se atreve. No es más, pues de allí quitado mandan que a un lago le echen. Más es, pues de esa piscina los enfermos convalecen. No es más, pues sobre las aguas lleno de cieno parece. Más es, pues parece cuando para cruz han menesterle. No es más, pues la labran de él por sucio, pesado y fuerte. Más es, pues esa elección de mayor causa depende. No es más, pues como ya dije de él un alevoso pende. Más es, pues restaura un mundo con la sangre que en él vierte. No es más, pues que los judíos le sepultan por no verle. Más es, pues lo hacen porqué mirar su adoración temen. No es más, pues con otros dos Elena a encontrarle viene. Más es, pues dice cuál es la vida que a un muerto ofrece. No es más, pues hallado hay pocos que le reverencien. Más es, pues le dará templo que adornado le conserve. No es más, pues irá cautivo a Persia sin defenderle. Más es, pues Persia verá cómo a sus ídolos vence. No es más, pues su cautiverio Cosdroas hará que se aumente. Más es, pues verá que Heraclio a su adoración le vuelve. No es más, pues que tarde libre saldrá de poder de infieles. Más es, pues aun entre ellos estará estimado siempre. No es más, pues que allí a pedazos procurarán deshacerle. Más es, pues aun hecho partes no hay ninguna que le niegue. No es más, en fin, pues que en el último fuego ardiente se consumirá. Más es, pues inanimado fénix resucitará ese día sin que el menor ligno deje de cobrar y será puesto por mayor astro celeste donde por la eternidad de Dios viva, triunfe y reine. Calla, calla, que a la voz tuya y la acción de Silvestre —que ya la materia y forma de agua y palabras pretende unir— la culpa desmaya, la Gentilidad fallece. Cae la Culpa y sale Majencio y todos los demás trayendo en fuentes los triunfos del principio Llegad todos, y cantando porque sus penas aliente sus triunfos le acordad. Ya es tarde. Culpa, ¿qué tienes? No ser culpa, pues la voz torpe, el labio balbuciente, perturbada la razón, flaco el espíritu, débil el corazón muere al tiempo que ese pontifical preste obra el baptismo, porqué vea hoy el mundo realmente que cuando el hombre renace la culpa del hombre muere. Ábrese un carro que ha de ser un jardín con una fuente en medio, y de rodillas Constantino y Silvestre como que le ha baptizado, y una escalera portátil para bajar Pues aunque muera una culpa en mí la esperanza quede de que a otra vuelva. Dichoso yo, que apenas —más prudente dijera “a glorias”— toqué la agua que en mi pecho viertes cuando de la inmunda lepra sano quedé. Aparte (Fiero esfuerce mi intento para adelante.) ¡Pues el César convalece, en albricias de su vida vuelva el regocijo alegre de aquella coronación que dejó el dolor pendiente! Púrpura, cetro y corona llegad todos a ofrecerle. Llegad, que yo aceptaré sus dones más dignamente para otro que para mí. Vale poniendo las insignias como dicen los versos Esta púrpura, Silvestre, imperial ropa hasta aquí, será desde hoy más decente ropa pontifical. Esta corona que tres contiene por las tres victorias mías será tiara de tus sienes. Este cetro de tres cetros tu báculo. ¡Que es bien lleguen, porque al pontífice adornen, a desnudarse los reyes! ¡Que esto sufra! ¡Que esto mire! Pues mal mi intento sucede, huya de aquí por no ver que pontífices empiecen a tener pontificales adornos. Y porque quedes fuera ya de estas montañas y tengas corte en que reines, le doy al pontificado la ciudad de Roma —atiende— y para templo de Pedro y de Pablo mi eminente palacio. Pues para que veas logrado lo que ofreces, es bien que el triunfo anticipe y que allí a mirar empieces, abriéndose las entrañas de esa peña, ruda siempre, Ábrese una peña y vese en ella santa Elena en un altar con la cruz en la forma que la pintan a Elena tu madre que tan contenta llega a verse de haber hallado el tesoro que en su mano resplandece y del que tú también logras te viene a dar parabienes. Felice mil veces yo, Constantino, y tú mil veces felice, pues que logramos yo hallar el tesoro alegre de este divino madero que depositado en este monte con tan gran prodigio a mi fe dio a conocerse, y a ti dándote salud de dos achaques crueles, la lepra del alma y cuerpo, porque con el baño quedes marcado con la señal de la cruz, constante siempre en el rebaño de quien es hoy el pastor Silvestre. ¡Oh, quién no oyera sus voces! ¡Oh, quién su insignia no viese! Pues mayor dolor te espera, y porque llegues a verle en el triunfo de la fe que en Constantino florece, Aparece un templo y en medio de él un pirámide con el Santísimo Sacramento, y a los dos lados san Pedro y mira cómo su palacio es ya más sumptuoso albergue de Pedro y de Pablo, y en un pirámide excelente el mayor de mis misterios hoy al mundo resplandece colocado, pues debajo de las formales especies de pan y vino se encierran de Cristo sustancialmente la carne y la sangre. Oíd, que donde señala este pirámide que del Sol de justicia se guarnece será donde se consagre. Y donde estarán, Silvestre, dos estatuas de los dos, donde las extrañas gentes peregrinas las visiten y devotas las veneren. ¡Qué felicidad! ¡Qué pena! ¡Qué dulce vida! ¡Qué muerte! ¡Qué paraíso! ¡Qué rabia! ¡Qué descanso! ¡Dolor fuerte! ¡Qué alegría! ¡Qué tristeza! ¡Qué aflicciones! ¡Qué placeres! Y porque el mío se explique conmigo pedid a este sacramentado Señor, porque este tiempo se abrevie: Permita vuestra piedad que el día dichoso llegue en que el gran templo de Roma sea el mayor de los fieles.