Los empeños de un acaso Comedia Famosa Personas DON FÉLIX DON JUAN DON DIEGO HERNANDO, criado de don Juan LISARDO, criado de don Félix DON ALONSO, viejo LEONOR, su hija ELVIRA, hermana de don Diego INÉS, criada de Leonor JUANA, criada Jornada Primera Sale don Félix y don Diego con espadas desnudas. O he de matar o morir, o quién sois he de saber. Pues mirad cómo ha de ser, que yo no lo he de decir. Con vuestra muerte o mi muerte, que es el último remedio de mis celos; que otro medio no permiten. Desta suerte he de intentar defendello. (No he visto valor igual). (¡Qué gran brío!). Dentro ¡Grave mal, cuchilladas! ¿Qué es aquello? Dadme una espada y broquel, y sacad luces. Dentro Señor, advierte... Dentro Suelta, Leonor. Dentro No has de salir. (Más cruel es ya el lance; que al ruido luz bajan, y en este estado es fuerza ser yo el culpado, siendo yo el aborrecido). A todo trance dispuesto, a trueco de conocer mis celos, no siento ver que bajen luces. Salen don Alonso medio desnudo y Leonor deteniéndole y Inés con luz. ¿Qué es esto? (Bien ocultarme será, aunque a mi valor le pese). Rebózase don Diego. ¡Pues cómo en mi casa...! Ese caballero os lo dirá. Vase. Sí haré, en habiéndoos seguido. ¡Señor don Félix! Yo soy. ¿Qué ha sido esto? Muerta estoy. ¿Qué puede haber sucedido? Yo os lo diré, después que siga a aquel hombre. Eso no; que habiendo salido yo a poner paz, pues se fue el hombre con quien reñís, no es justo que le sigáis, si ya obligado no estáis a hacerlo; que, si decís que os importa darle muerte, el primero seré yo que le siga. Por que no discurráis de aquesa suerte contra mi reputación, de seguirle dejaré y la ocasión os diré. Envaina. ¿Cuál pudo ser la ocasión? Estando agora jugando, una duda se ofreció sobre una suerte que yo ganaba; solicitando defenderla como mía, se atravesó un caballero que, apasionado, el primero juzgó que yo la perdía. Yo que declarada vi la suerte con tal rigor contra mí, en otro favor, no sé qué le respondí, que le obligó a que sacara la espada. Como nos vieron empuñados, acudieron todos a que no pasara a mayor estremo el lance. Colérico me salí de la casa; él hasta aquí vino siguiendo mi alcance, de otros dos acompañado que le seguían. Yo, pues, viéndome embestir de tres, de aqueste umbral amparado me intentaba defender. Al ruido salisteis vos; retiráronse los dos antes de dejarse ver, y él también se retiró en viéndoos. Aquesta ha sido la ocasión: perdón os pido del alboroto, pues yo siento más el ver que vos os hayáis sobresaltado, que no el disgusto pasado. Con esto quedad con Dios. Quiere irse, y detiénele don Alonso. Esperad. (Albricias, ¡cielos!, una y mil veces os pido de que por juego haya sido la ocasión, y no por celos). Pues ¿qué es lo que me mandáis? Lo que yo os suplico es que, puesto que os buscan tres, solo de aquí no salgáis; que habiendo mi casa sido de vuestro riesgo sagrado, y habiendo al lance llegado, muy necio y inadvertido fuera, si solo os dejara ir. Yo tengo de ir con vos. Más lo fuera yo, por Dios, si eso a permitir llegara, dejando a esta mi señora con tal cuidado. El que yo tendré será de que no haga mi padre... (¡Ah, traidora!). ...siempre lo mejor, y así, que os acompañe le ruego hasta vuestra casa. Luego, ¿qué se dijera de mí sino que yo, de temor, de aquí a salir no había osado, sino tan acompañado? Y así os suplico, señor, me hagáis merced de quedaros; que conmigo no habéis de ir, ni yo lo he de permitir. Es en vano el escusaros; Y así, Félix, aunque estoy, por estar ya recogido, como veis, medio vestido, os ruego que mientras voy a tomar un ferreruelo, de aquí no salgáis. Leonor, tenle tú. Sí haré, señor. Vase don Alonso. Suelta; si no, ¡vive el cielo!, si me detienes así, que diga la causa... Espera. ...del disgusto; pues me fuera por ir huyendo de ti, cuando no porque imagine que para reñir conmigo tu galán y mi enemigo esperarme determine. ¿Qué galán? ¡Bueno es venir tú del juego ocasionado y querer que yo el enfado te pague! Por no decir la ocasión que me obligó a sacar la espada aquí, a tu padre eso fingí; que no, ingrata, porque no tenga razón de quejarme. Y bien de mi voz pudieras tu culpa inferir, si vieras que con los dos declararme quise a un tiempo; pues la suerte que yo fingí que ganaba era la que amor me daba de hablarte en tu casa y verte. El caballero embozado, que esperando en tu portal estaba ventura igual, es aquel que apasionado juzgó que yo la perdía; y juzgó bien, pues es cierto que, si tu mudanza advierto, de otro es la suerte, y no mía. Por conocerle, en efeto, saqué la espada –¡ay de mí!–, llegó tu padre y así, con equívoco concepto habló a los dos mi dolor –torpe confundiendo y ciego– empeños de amor y juego; que también es juego amor, pues siempre anda con recelos: estaba de sus rigores de ganancia en los favores y de pérdida en los celos. Don Félix, señor, mi bien, fálteme el cielo, si di ocasión para que a ti pesar ninguno te den sombras que en el aire haría tu misma imaginación. No son sombras las que son traición tuya y muerte mía. ¡Plegue al cielo, que si sé quién pudo ser quien así...! Sale don Alonso. Vamos, don Félix, de aquí. Bien a mi pesar iré acompañado de vos. Inés, cierra tú esta puerta, y hasta que yo vuelva, abierta no esté. Perdonad, por Dios, señora, el justo cuidado con que es fuerza que quedéis; que vos la culpa tenéis, pues ir no me habéis dejado. Si así obedecer prevengo a mi padre, vos veréis, aunque la culpa me deis que es culpa que yo no tengo. Venid, que dejaros quiero en vuestra casa; y después, sabiendo el hombre quién es, hacer las paces espero. Vase. Fáciles de hacer serán, puesto que agravio no ha habido. No mucho, pues ofendido estoy yo, viendo que están tres enemigos –¡ay, cielos!– declarados. ¿Cuáles son? ¿Eso dudas? Tu traición y su ventura y mis celos. Vase. ¿Sabes, Inés, quién sería quien en mi casa embozado, para darme este cuidado a estas horas estaría? No sé; mas aquel don Diego que tu belleza enamora, sólo pudo ser, señora. Él sería. Cierra luego esa puerta, y a pensar ven conmigo en mis desvelos cómo podré de sus celos a Félix desenojar. Eso yo te lo diré: no dándole a su pasión ninguna satisfación. ¿Eso dices? Sí, porque en la inconstante fortuna de los celos y el amor la satisfación mayor suele ser no dar ninguna. Es engaño; pues también es cierta especie de culpa no acertar con la disculpa. Vase. Si supiera que fui quien a don Diego le avisó que a aquestas horas viniera a darme un papel, ¿qué hiciera? Mas bastante razón yo me tengo para quedar del suceso disculpada con decir que fui criada y sirvo para medrar. Vase. Salen Elvira y Juana, tapadas, y don Juan y Hernando. Ya sabéis que la licencia de seguirme, caballero, no dura más que hasta aquí, y así que os volváis os ruego. Ya sé que todos los días que en ese parque os encuentro, dando en su florida estancia al mayo flores, al cielo rayos, cristales al río, luz al sol, envidia al viento, me dais licencia de hablaros y de veniros siguiendo hasta aquesta calle, donde me despedís, con recelo de que no os siga ni sepa quién sois, cuya ley atento me tuvo tanto, que hice de ella fineza, creyendo que alguna vez del descuido naciera el merecimiento. Vos, por más que yo procure serviros y obedeceros, nunca os dais por entendida de mi cortés rendimiento. Y así –viendo que ya el mayo, tiranamente depuesto del imperio de las flores, le deja a junio el imperio, temeroso de ver que entre abrasando y destruyendo en las fértiles campañas los verdes triunfos del tiempo–, no quiero esperar a que deste hermoso sitio ameno la estación cese y, faltando el feliz siglo de acero –mejor que el de oro–, me quede llorando yo en el del yerro el no haberos conocido. Discúlpeme un argumento, por ver si con la razón vuestro recato convenzo. Vos me mandáis que no os siga; y yo, que seré, os confieso, un descortés en seguiros, un necio en obedeceros. De necio u de descortés estoy peligrando al riesgo; ¡ved vos la distancia que hay de un defeto a otro defeto! Pues de descortés podré enmendarme con no serlo, y de necio no, pues tarde puede el necio no ser necio. Vos habéis de descubriros u decir quién sois, u tengo de seguiros donde pueda mi curiosidad saberlo; porque haberos dado el alma por fe del entendimiento e ignorar a quién la he dado, o es pereza del deseo, o es desaliño del gusto, o es tibieza del afecto, y nada os está mejor que en mí no haber nada desto. Señor don Juan, quien buscó esta ocasión para veros y para hablaros, dijera quién es, a poder hacerlo. Ni vos lo podéis saber, ni yo decíroslo puedo; que hay muchos inconvenientes... Y de uno sólo os advierto; conque, si queréis que os diga mi nombre, yo os obedezco. Ninguno será mejor que ignorarle. Decid presto el inconveniente. Al punto que yo le diga, está cierto que otra vez en vuestra vida volver a hablaros no tengo. ¡Terrible es la condición! Y sin pensarla primero, no me atrevo a resolverla. Pues... ¿Qué? ...pensalda, y sea presto. Háblanse los dos bajo. Mientras que piensa mi amo y mientras yo también pienso este bayo que no ensillo, tapada menor, te ruego hagas por mí una fineza. Como no sea su intento el saber quién soy, señor Hernando, yo se lo ofrezco, porque le quiero así, así. Y yo así, así lo agradezco. Mas ¿por qué no has de decirlo? Porque he hecho juramento de callarlo. Por lo mismo pensaba yo que el saberlo fuera más fácil. ¿Por qué? Porque no hay gusto en el suelo como quebrantar tres cosas. ¿Cuáles son? Un juramento, un destierro y un ayuno. Mas no presumas que es eso lo que te quiero pedir, pues antes es mi deseo que me hagas tanta merced que me lo tengas secreto; que estoy, si verdad te trato, temblando que he de saberlo. ¿Y de qué nace el temor que tanto le aflige? Desto: desde el día en que empecé a navegar el estrecho golfo de amor, sin salir de Abido para ir a Sexto, supe quién era mi moza, su cara, su entendimiento, su calidad y su estado, y todas cuantas encuentro son Marías, Juanas, Luisas; y, poquito más a menos, todas al malcocinado tienen sus alojamientos. Quisiera una dama yo, extravagante sujeto, capaz de novela, porque es mi amor tan novelero, que me le escribió Cervantes; y así te pido y te ruego que sin saber yo quién eres, me adores los pensamientos; dame a entender que te llamas Pantasilea y, creyendo ser infanta destraída, viviré ufano y contento de pensar que andas por mí puesta en trabajo; y con esto –porque, en efeto, es beber– beberé por ti los vientos. Pues por mucho que imagine, aún soy más. Así lo creo. A don Juan ¿Y en eso os resolvéis? Sí, que, si tengo de perderos, no siguiéndoos de cobarde, y de atrevido siguiéndoos, mejor es que de atrevido os pierda; que, en igual riesgo, es civil la cobardía, y noble el atrevimiento. Mirad que aventuráis mucho. Más aventuro, si os pierdo. Eso es perderme yo y todo; he de hacer otro argumento. O es verdad que para hablaros busqué este disfraz que tengo, o no. Si es verdad, seguro podéis estar de mi afecto. Si no es, ¿qué os importará el saber quién soy, supuesto que el saber quién soy no es circunstancia de quereros? Y así, señor, fiad de mí que os buscaré en otro puesto, y no me sigáis por hoy. Aunque adoro vuestro ingenio, aún no me doy por vencido de la réplica. En efeto, ¿me habéis de seguir? Sí. Pues advertid... Sale don Diego. Don Juan. (¡Ay, cielos! Ya es mi desdicha mayor). ¿Qué mandáis? Buscándoos vengo, sabiendo que al parque fuistes. Muy malo, señora, es esto. ¿Si mi hermano nos habrá conocido? Harto lo temo. A don Diego Pues ¿qué mandáis? Un cuidado que en toda el alma padezco, me importa comunicar con vos. (¡Ay, triste!) Así os ruego que, en dejando aquesa dama en su casa, ... (¡Estraño aprieto!). ...conmigo os vengáis; que yo a lo largo os voy siguiendo. A su ama ¡No es nada! ¡Seguirnos quiere nuestro hermano por lo menos! No permitáis que nos siga, por Dios, ese caballero, señor don Juan; que quien tuvo de vos solo igual recelo ¿qué hará de todos? A don Diego No haré, aunque habéis llegado a tiempo, que estaba bien divertido; de esa manera viniendo, ¿cómo puedo dilatar ir con vos? Yo os lo agradezco. Perdonad, señora, y dalde licencia. Ya yo la tengo desta manera: antes ella agradecerá el encuentro por que no la siga yo. Es verdad; mas no por eso de mí estéis desconfiado, pues ya nueva causa tengo de buscaros, por saber qué os quiere ese caballero. Pues ¿qué os importa a vos? Sólo el cuidado con que quedo de presumir que es disgusto. Estimad a ese recelo que no os siga. Sí lo estimo; mas también, don Juan, lo siento. Ven, Juana. Echan a andar. No hay que temer que nos conoció, supuesto que nos deja ir tan seguras. ¿Quién creyera que a un empeño igual mi hermano me hiciera espaldas? Pues por él quedo libre ya de que don Juan no me siga. Vamos presto. A más ver, señor Hernando. Vanse. Vuestra Alteza, inculto dueño de mis sentidos, en mí tiene un esclavo. Ya quedo, don Diego, desocupado. ¿Qué mandáis? Estadme atento. Ya sabéis –como quien es mi amigo tan verdadero y a quien he franqueado todos los archivos de mi pecho– que adoro a doña Leonor de Mendoza, padeciendo las iras de sus desdenes, las sañas de sus desprecios. Consolado en sus rigores –porque no es amor perfeto el que no se juzga bien hallado en sus sentimientos–, la idolatraba, pensando que en tan soberano empleo nadie había que ganase las venturas que yo pierdo. Mas ¡ay de mí! ¡Cuán burlado vivía mi pensamiento, que otro es más feliz que yo! ¿Cómo mis celos refiero –¡ay de mí!– sin que me ahogue la ponzoña de mis celos? Cómo lo supe escuchad; veréis la razón que tengo de sentirlos, cuando no bastara la de saberlos. Una criada que sirve a aquese tirano dueño de mi vida, sobornada de la dádiva o del ruego, me ofreció dar un papel diciendo que su aposento tiene una reja que cae al portal; que en el silencio de la noche le llevase, que en ella, una seña haciendo, saldría a tomarle. Yo fui a llevarla el papel; pero aunque hice la seña, ella no me respondió tan presto. Presumiendo que estaría con sus amos, hice tiempo dentro del mismo portal, de su obscuridad cubierto; cuando con la escasa luz de la calle, un hombre veo entrar. Yo, más recatado, de la puerta me defiendo; pero no tanto que él no me sintiese, y diciendo «No puede estar aquí nadie que matarlo o conocerlo ya no me importe», la espada sacó; yo entonces, resuelto a que había de encubrirme, la mía saqué. Con esto, al ruido se alborotó toda la casa allá dentro; salió su padre, y Leonor, a su padre deteniendo, salió con luz y criados. Yo entonces, reconociendo que era dar nueva materia a sus aborrecimientos el ser conocido, tomo la puerta y la espalda vuelvo. Bien claro está que sería de atención, y no de miedo. Lo que sucedió no sé con el otro caballero, que, detenido de todos, así se quedó con ellos. Deste suceso pendiente, hasta saber el suceso estoy; y de cuantos modos previno mi entendimiento, he elegido el de escribir a la criada, diciendo me avise de cuanto ha habido en su casa; y para esto hallo mil dificultades en el llevarla yo mesmo el papel, ni criado mío; y así se me ofrece un medio: dad licencia a Hernando que él le lleve, pues él es cierto que, no siendo conocido, podrá dársele sin riesgo y traerme la respuesta. Veré si con ella venzo este tropel de desdichas, este raudal de recelos, este piélago de penas, abismo de sentimientos y, para decirlo todo, esta avenida de celos; que donde ellos son los más, todo lo demás es menos. Huélgome que nos hallaseis en ocasión que podemos serviros en algo yo y Hernando. Yo no me huelgo. Toma, Hernando, por tu vida; Dale un papel. que yo un vestido te ofrezco, si traes respuesta. ¡Vestido! Sí, Pues tomo, voy y vengo. ¿Cómo ha nombre la criada? Inés. ¿De qué? No sé, cierto. Pues ¿cómo he de preguntar? ¿Ahora reparas en eso? Sí, porque al que no repara le dan siempre. Corre presto, y busca alguna invención con que puedas entrar dentro. Ahora bien, ello ha de ser. A los dos cita mi ingenio que veáis en la respuesta mi industria y mi atrevimiento. ¿Dónde me esperáis los dos? Pues de mi casa nos vemos tan cerca, en ella esperamos. Pues a ella al instante vuelvo. Vase. Venid, don Juan, que también que vos me contéis deseo qué dama era esta tapada. Oiréis un raro suceso, que os admirará. Vanse los dos. Sale Hernando. ¡Ay, vestido, en qué confusión me has puesto! Mas ¿de qué es la confusión? ¿Será éste el papel primero que haya dado yo delante de una suegra de otro tiempo? Salen don Félix y Lisardo. ¿Dónde vas? No sé, Lisardo; que, aunque venía diciendo que no he de ver en mi vida a Leonor, al punto mesmo que lo pronuncian los labios, lo desmienten los afectos. (¡Válgame Dios! ¿Si el vestido será de color, o negro?). ¿Qué es esto, cielos? ¿Hay dos corazones en mi pecho? ¿Hay en mí dos albedríos, dos almas? No. Pues ¿qué es esto de proponer yo una cosa y, contra mi mismo acuerdo, hacer otra cosa yo? Mas ¡ay! ¡Qué loco, qué necio ignoro que soy quien puede menos yo conmigo mesmo! (Esta es de Leonor la casa. Aquí me santiguo y entro con pie derecho; Dios quiera no salga con el izquierdo). Llama. ¿No llama un criado en casa de Leonor? Sí. Nada veo que mis celos no presuman ser la sombra de mis celos. De aqueste umbral amparados, por quién pregunta escuchemos. Sale Inés. ¿Quién es? ¿Es uced, mi reina, una Inés a quien yo vengo buscando? Una Inés soy yo; la que busca, no sé cierto. Yo sí, y para que me tenga tal Inés por su cordero, en sus brazos me reclino. ¡Qué necísimo! Con esto, vamos al caso; ¿qué manda vuesa merced después de eso? Yo no mando, sino sirvo. Este papel... ¿Qué es aquello? Un papel la da. ...la traigo. ¿Cúyo es? Llega don Félix y quítale el papel. Yo le veré presto. (¡Ay de mí!). ¿Por qué me quita ucé el papel? Porque quiero. Es fortísima razón; yo me doy por satisfecho. Esperad; no os vais. Ni tú te entres, Inés, allá dentro, hasta que yo haya leído. Abre el papel. (Como una azogada tiemblo). (¡Oh, quién hoy fuera valiente! Mas quizá importa no serlo). Lee «Yo no pude escusar el lance de anoche, porque estando esperando para hablarte, como me dijiste, entró aquel caballero y, sacando la espada, fue forzoso que yo me defendiera. Avísame en qué ha parado el lance, que estoy temeroso de tu riesgo y, hasta asegurarme de él, no quiero hablar en mis sentimientos. Dios os guarde». A Leonor viene el papel. Cierto, que yo pensé, viéndoos abrirle así, que venía para vos. (¿Qué será aquesto?). ¿A quién, hidalgo, servís? A don Juan de Silva. Pero, si aquí he venido... No más... ...ha sido... ...oíros no quiero, puesto que vuestras disculpas no os han de ser de provecho. Decilde a don Juan de Silva que don Félix de Toledo le dice que, si atraviesa esta calle en ningún tiempo, le matará a cuchilladas. Y en fe de que sabré hacerlo, tomad, llevalde en señal aquestas dos... Dale con la daga. ¡Yo soy muerto! ...y que esto sustentaré solo en el campo. ¡Qué has hecho! ¿Qué sé yo? Yo lo sé bien; dado me ha de corte y recio. ¿No habrá por aquí una silla del Refugio, que a un barbero me lleve?; le daré dada toda esta sangre que vierto, sólo por que me la tome. Vase. Ir tras aquel hombre quiero a saber si es de peligro la herida. Vase. Inés. El acero ten, señor; que no sé nada. Espera. ¡Ay de mí! Sale Leonor. ¿Qué es esto? ¡De día y de noche hay dentro de mi casa estruendos! Sí, pues de día y de noche das tú ocasión para haberlos. ¿Yo, ocasión? Este papel, que ahora para ti trujeron a Inés, lo dirá. ¡Papel para mí! ¿Inés, cúyo? El cielo me falte, el diablo me lleve si sé cúyo es ni a qué efeto, ni conozco a quien le trujo. Vase. Aun bien que lo dice el mesmo galán que para hablarte estaba anoche encubierto; de ti llamado, te escribe muy cuidadoso diciendo le avises en qué paró el lance, y añade luego que, en viéndote asegurada, hablará en sus sentimientos. Don Félix, ... Aquí no hay don Félix. ...¡plegue a los cielos...! Nada creo que me digas; sólo lo que miro creo. Toma el papel y responde; que es bien que ese caballero salga del susto en que está. ¡Mi bien, mi señor, mi dueño!, ... ¡Mi mal, mi muerte, mi rabia! ...nada que dices entiendo. Pues bien claro te lo digo, y a referírtelo vuelvo: Don Juan de Silva, tu amante, está del pasado encuentro con muchísimo cuidado. Agora te entiendo menos. ¿Qué don Juan de Silva es éste que no le conozco? ¡Bueno! Quien todo lo niega, todo lo confiesa. ¡Que aun el medio de engañar, con ser tan fácil, le haya faltado al ingenio! ¿No fuera mejor, decir: «Félix, ese caballero me sirve; yo no le admito. Si anoche estaba encubierto, si ahora escribe, diligencias son de amor, que yo no aceto»? Disculpándote a la luz de la verdad, fuera menos mi dolor, imaginando que en parte podrá ser cierto; pero negar el principio, es huir el argumento. Si es el principio mentira, ¿no he de negarle? Los cielos me falten, si tal don Juan conozco; a decir don Diego de Lara, yo confesara que es verdad que mira atento mis balcones y... ¡Buen modo de disculpar unos celos, dar con otros! ¿Tú no dices que la verdad es el medio mejor de satisfacer? Sí, mas lo contrario siento; porque, en efeto, no hay cosa que esté bien a un sentimiento: si lo sabe, por dudarle, si lo duda, por saberlo. Y así dudar ni saber quiero ya; que sólo quiero huir de ti. Detente. Suelta, que, si te disculpas, temo que a cada nueva disculpa, ha de haber un galán nuevo. Mira... Harto miro, pues miro, ingrata, tus fingimientos, tus mentiras, tus engaños, tus falsedades y enredos. Pues tú verás mis finezas. Ya vendrán tarde y sin tiempo. ¡Oh, mal haya mi desdicha, que en esta opinión me ha puesto! ¡Oh, mal haya mi fortuna, pues por ella a Leonor pierdo! Vanse. Salen Elvira, con otro vestido, y Juana. Grande dicha ha sido, Juana, poder mudar el vestido, y pues mi hermano ha salido de casa tan de mañana y en mi aposento no ha entrado, pensando que yo durmiera, nadie le diga que fuera aquesta mañana he estado; que, aunque aquesto importaría poco, pues sabe que voy a andar, negárselo hoy es tener más otro día de escusa para salir a hablar con don Juan. Señora, solas estamos agora; hazme gusto de decir qué ha sido este fingimiento. Yo, Juana, te lo diré; que haberlo callado fue pensar que tu entendimiento lo hubiera ya conocido. No he sido tan necia yo que el fin no alcance, mas no los medios por que ha venido; porque buscarle tapada y encubierta deste modo, aunque me lo dice todo, me deja sin saber nada. Ya sabes que es el amigo mayor que mi hermano tiene don Juan. Como a verle viene los más días, y testigo de su gala y discreción fue siempre mi soledad, lo que antes ociosidad fue después inclinación, a quien luego pasar veo, habiéndose declarado, de inclinación a cuidado, y de cuidado a deseo. Por una parte me vía a ser quien soy obligada; por otra, a un dolor postrada que en la privación crecía; y entre uno y otro tirano rigor, ninguno a temer llegué tanto como el ser tan amigo de mi hermano. Y así, por cumplir conmigo, con mi misma estimación, con mi ciega inclinación y con las leyes de amigo, busqué... Sale don Diego y don Juan. Bien podéis entrar, don Juan, pues que para vos, siendo quien somos los dos, no hay en mi casa lugar reservado. Ya yo sé la confianza que os debe mi amistad; mas no se atreve a usar della mal mi fe. Y así a entrar no me atrevía, viendo que aquí estaba agora doña Elvira, mi señora. Ella es tan hermana mía, que esta licencia os dará porque gusto della yo. Por don Juan lo haré, que no por ti. ¿Por qué? Porque está quejosa hoy mi voluntad de ti. ¿De mí, por qué, hermana? Porque en toda esta mañana no me has visto. Así es verdad. Mas salir de casa hoy fue, sin entrar a tu aposento, por ir tras un sentimiento. Vase Juana. ¿Sentimiento? Sí. ¿De qué? Cosas de tu amiga son. ¿Que castigar no has sabido un desdén con un olvido? Harto culpo su pasión yo; pues de un rigor tirano seguí el baldío interés tan a costa suya. Es muy finísimo mi hermano. Cúlpame tú, Elvira; pero vos, don Juan, no me culpéis; que por qué callar tenéis, si el suceso considero que me veníais contando, pues más que amar un desdén es amar sin ver a quién. ¿Sin ver a quién? Sí. Dudando estoy, cómo puede ser. (Lo que te ha dicho quisiera apurar desta manera). Pues, si lo queréis saber, estadme atentos los dos, que es suceso para oírse, y tal que puede decirse, aunque estéis delante vos. La ociosidad cortesana estas mañanas de mayo me sacó a ese verde sitio, me llevó a ese verde espacio que, república de flores y laberintos de ramos, de dosel sirviendo al río sirve de alfombra al palacio. Entre las confusas tropas que errantemente vagando coros de ninfas tejían mejor que en elíseos campos, una tapada beldad al parque bajó, ostentando en el descuido lo airoso aun antes que lo bizarro. A pesar de la hermosura de las que ver se dejaron, ventaja a todas hacía, venciendo y desempeñando aquella opinión de que la hermosura no es el rayo mayor de amor, pues sin ella sus heridas tiene el garbo. Aunque yo quiera pintarla, será imposible, no tanto porque el aire no se pinta con colores ni con rasgos, cuanto porque en toda ella no vi otras señas que daros que un descuido en el vestido y una atención en el manto; si bien no dejó tal vez de romper el negro claustro del mal trasparente velo una blanca hermosa mano que, siendo azucena flor, maravilla a quien esclavo se confesó de la nieve bozal etíope el ampo. ¡Bien hubiese un arroyuelo que, áspid de cristal pisado, entre unas humildes hierbas del rústico pie de un árbol quiso morder el ribete de sus adornos, manchando no sé qué cenefa de oro con saliva de alabastro! Pues la obligó por huir la ponzoña de sus labios a la brújula de un pie tan breve y tan bien calzado, que decía: «Jazmín soy del botín deste zapato». Aunque la perdí de vista una vez, el mismo prado me la enseñó sólo a mí; pues cuantos la iban buscando por lo ajado de la hierba que pisaba, no la hallaron, sino yo, que la busqué por lo florido del campo, porque era senda más suya lo florido que lo ajado. No sé al pasar qué la dije; y ella con cortés agrado respondiéndome, me dio licencia para irla hablando. ¡En mi vida vi mujer de igual ingenio, mezclando las licencias del buen gusto con las leyes del recato! Hasta Madrid la seguí; pero al punto que llegamos a tocar de Leganitos la calle –que antes fue campo–, me dijo: «Señor don Juan, merced me haced de quedaros, que, como no me sigáis ni vos ni vuestro criado, ni queráis saber quién soy, cada día vendré a hablaros». Yo, cogido de improviso con un favor tan estraño, la condición otorgué, desvanecido y ufano. Algunos días volvió; mas, con el mismo cuidado que el primero, tuvo siempre cubierto el rostro del manto. Yo, pues, viendo que duraba ya mucho tiempo el engaño, hoy me resolví a seguirla a pesar de sus enfados; mas ella... Sale Juana. Un hombre, señor, ahí fuera te está esperando, Saldré a hablarle. Vos, don Juan, no prosigáis, hasta tanto que vuelva; que estoy pendiente de un suceso tan estraño. Vanse don Diego y Juana. (A mí atajarlo me importa; que las señas que va dando podrá ser que algo descubran). Don Juan, aunque me ha admirado el suceso, más me admira otra cosa que en él hallo. ¿Qué es, señora? Un caballero tan noble, tan cortesano, tan galán, tan entendido, tan atento y tan bizarro, ¿tan públicamente cuenta los favores que ha alcanzado de una dama, sea quien fuere? ¿En qué la ofendo, si callo su nombre? No le sabéis, según infiero del caso: por eso no lo decís; que el que favor ha contado, contara, a saberlo, el nombre. Y así, quiero aconsejaros calléis, si queréis saberle; por que quien os ha buscado no sepa que os alabáis, y viendo que sois tan vano que blasonáis de que os buscan, deje, don Juan, de buscaros; que quien no calla lo menos, dirá lo demás; y es claro que los favores de quien os busca con tal recato, merece no merecerlos el que no sabe callarlos. Vase. Esa reprensión estimo, y ofrezco... Volved al caso, don Juan; que ya despedí a quien me buscó. Acabado está ya, porque no tengo otra cosa que contaros, más de que no sé quién es. ¿Y Elvira? Habiendo faltado vos de aquí, se fue. Es notable su encogimiento. Dentro A este cuarto entrad. ¿Quién vendrá a estas horas en una silla de manos? Sale Hernando, entrapajada la cabeza. Yo soy, ¡ay de mí!, que vengo ensillado y enfrenado a pediros que el vestido sea mortaja. ¿Qué hay, Hernando? ¿Qué ha de haber? Gran mal. No hagáis de aquestas locuras caso, que él habrá buscado esta industria para haber dado el papel. ¡Industria fue que se me pegó a los cascos! ¡Ea! Di presto, ¿qué ha habido? Hernando, no estés burlando. Es verdad, burlando estoy; pero con burlas de manos muy pesadas. ¿Tanto esperas para contar qué ha pasado? No espero tanto, señor, que ya yo me tengo el tanto. Salen, y se ocultan, Elvira y Juana. Desde aquí podremos ver quién este ruido ha causado. No nos rompas las cabezas. A eso dijo un cortesano: «Con ese recado, al toro». ¿Qué recado traes? Muy malo; mas no diré por lo menos que vengo sin mi recado. Di, ¿qué traes? ¿Qué he de traer? Rota la cabeza traigo. ¡Qué dices! Si no queréis creerlo, aquí están los cascos. Pues ¿quién te ha herido? Escuchad los dos, que no seré largo. Llegué, llamé, salió Inés; el papel le daba, cuando un caballero llegó y le quitó de las manos; leyole todo a la letra y díjome luego: «Hidalgo, ¿a quién servís?». Yo le dije: «Don Juan de Silva es mi amo». Pero, queriendo decir de quién era allí enviado, oírlo no quiso. Haciendo un solo compuesto de ambos, él fue el colérico y yo el sanguino, pronunciando muy hosco, muy fiero, muy iracundo y indignado: «Decilde a don Juan de Silva, de quien decís sois criado, que don Félix de Toledo le dice que, si da un paso por esta calle en su vida, ni aun por todo aqueste barrio, le matará a cuchilladas, sustentándolo en el campo cuando importe cuerpo a cuerpo; y en fe de que ejecutallo sabrá, llevalde por muestra aquésta». Y así os la traigo para ver cuál de los dos se quiere vestir del paño. Calla, Hernando, no prosigas. Calla, no hables más, Hernando. Y aun peor me trató después otro. ¿Quién? El cirujano. ¡No me falta agora más que darme los dos con algo! Habiendo dicho mi nombre y que eras mi criado, ¿te han tratado de esa suerte? Habiéndote yo enviado y yendo de parte mía, ¿de esa suerte te han tratado? A mí el vengarlo me toca. A mí me toca el vengarlo. Eso no; mi nombre oyó don Félix, y el desacato se hizo a mi nombre. Más fuerza no ha de tener un engaño que una verdad; pues yo soy competidor y contrario suyo, y fue de parte mía, a mí me toca el buscarlo. No haréis tal, porque yo estoy, pues conmigo habló, empeñado, y me he de satisfacer. Yo soy quien le hace el agravio, y yo le he de sustentar, pues soy quien a Leonor amo. Aunque yo no os puedo dar por ahora consejo sano, os daré un consejo herido. ¿Hay más de buscarle entrambos, y darle entrambos a uno? Eso no; que estilo bajo fuera; y más habiendo dicho que lo hará bueno en el campo. ¿Sabes dónde vive? No; donde mata sé. Buscando su casa iré. No me hagáis el desaire de empeñaros vos por mí. No le busquéis vos, pues soy yo el agraviado. Por un acaso eso fue. Es verdad; pero no es claro... ¿Qué? ...que a hombres como yo obligan los empeños de un acaso. Yo le buscaré primero, si tanta ventura alcanzo que sepa su casa antes. ¡Alcahuetes desdichados, escarmentad, pues me veis desnudo y descalabrado! Vanse los tres. ¿Haslo oído todo? Sí. Pues dame volando el manto. Pues ¿qué intentas? Ver intento si entre mi amante y mi hermano puedo, Juana, restaurar los empeños de un acaso. Jornada Segunda Salen doña Elvira y Juana, criada, con mantos. ¡Gran resolución, señora, es la que tomas! La pena pocas veces deja, Juana, discurrir con más prudencia. Pues ¿qué es lo que remediar con ese disfraz intentas? Una desdicha a mi hermano, o a don Juan; pues de cualquiera de los dos me toca tanta parte en su riesgo o su ausencia. ¿Y de qué suerte imaginas que has de remediarlo? Llega, llama a esa puerta, y sabraslo. Pues ¿quién vive en esa puerta? Don Félix. ¿De qué lo sabes? De que un día Leonor bella y yo en un coche pasamos por aquí, y de sus tristezas dándome parte, me dijo que parásemos en ella, de adonde salió don Félix a hablarla al estribo. ¿Y esa es acción digna de ti, venirte desta manera en casa de un hombre mozo? Hasta que el efeto sepas, no culpes la acción. No sé cuál puede ser que no sea culpable. La de escusar que una desdicha suceda; que, habiendo escuchado yo de mi hermano la contienda y de don Juan sobre cuál le ha de dar muerte, ¿no es fuerza que por don Juan o mi hermano embarazarlo pretenda, ya que el no saber su casa ellos da lugar que pueda haber yo, antes que ellos lleguen, prevenido la violencia? Sí; más no sé de qué suerte hoy embarazarlo piensas. Avisándole de que se guarde. Esa diligencia más es en favor, señora, de don Félix, si le llegas a avisar, que de tu hermano ni don Juan. No es como piensas: que pendencia prevenida, nunca llega a ser pendencia tan ejecutiva como la no prevenida; fuera de que el modo del aviso saneará esa contingencia. ¿De qué suerte? Cuando a él se lo diga, lo oirás. Llega, y llama. Escusado ha sido, porque la puerta está abierta. Entran por una puerta, y salen por otra, don Félix y Lisardo. No hay consuelo para mí. ¿Tanto te aflige una pena? ¿Cuándo la pena de celos aflige con menos fuerza? En fin; yo perdí a Leonor, pues después de haber... Espera, que dos mujeres tapadas hasta esta sala se entran. ¡Ay, Dios, si ella fuera alguna! No dudes, señor, que es ella. ¿Cómo no?; fuerza es dudarlo, que no es posible que sea Leonor esa dama, pues no la hace el alma mil fiestas. Salen Elvira y Juana, tapadas. ¿Sois vos el señor don Félix? Perdonadme, que, aunque quiera decir que para serviros, no tengo tanta licencia. A solas quisiera hablaros. Salte, Lisardo, allá fuera. Vase Lisardo. Ya estáis sola. ¿Qué mandáis? Si una mujer os viniera a pedir, señor don Félix, que hicierais una fineza por ella, ¿hiciéraisla? Sí; que de ser quien soy es deuda servir a cualquiera dama. Y si esta fineza fuera fundada en vuestro provecho, ¿pudiéraos pedir por ella una palabra? Conforme lo que la palabra fuera; que para haber de cumplirla, fuerza es haber de saberla. Pues yo sé que dos quejosos tenéis que vengarse intentan de vos porque en una acción habéis hecho dos ofensas. Que os guardéis, vengo a pediros: ésta ha de ser la fineza. ¿Cuál? Mirar por vuestra vida. La palabra que por ella me habéis de dar es que habéis de hacer de Madrid ausencia unos días, mientras pasa esta cólera primera; pues de cualquier sentimiento es medicina la ausencia. A vuestra proposición no sé qué dar por respuesta porque no sé si es que debo sentirla o agradecerla. Agradecerla, porque viene de piedades llena; y sentirla, porque viene en vanos miedos envuelta. Y así, entre una y otra duda partida la diferencia, digo que en cuanto al aviso, aunque no sé lo que os mueva, lo agradezco; pero en cuanto a que me ausente, licencia me daréis para no hacerlo, porque hombres de mis prendas pocas veces o ninguna, porque los buscan, se ausentan. Y ya que os he respondido, permitidme que merezca saber mi agradecimiento a quién una atención deba tan piadosa y a quién hoy mi vida el cuidado cuesta de venir con el aviso. Avisos que se desprecian no deben de ser piadosos; y pues a merecer llegan tan poco con vos, que vuelven burladas sus diligencias, quedad con Dios, que no importa que sepáis el dueño dellas ni qué la obliga. Eso no; que una cosa es no temerlas y otra cosa es no estimarlas. Yo pensé que era una mesma, pues no se da estimación donde no se da obediencia. No tienen obligación las damas, por más que sepan, a saber en qué consisten acá ciertas leyes nuestras. Vos habéis errado el modo de mandar. Como eso yerra una mujer cuando quiere hablar en estas materias. Y pues, errado el principio, tarde los medios se aciertan, no hay que esperar a los fines. Y así, adiós. Antes que ausencia hagáis, tengo de saber quién sois. Ignorancia fuera darme a conocer, después de motejada de necia. Basta saber que soy una mujer, a quien hoy le cuesta esta atención vuestra vida... y no quizá por ser vuestra; que no quiero que quedéis tampoco con tal soberbia. Enigmas son, que es forzoso que porfíe, hasta que... Sale Leonor, Lisardo y Inés, a la puerta, como deteniéndolas. A Leonor Espera; direle que estás aquí. ¿Pues yo he menester licencia? ¿Qué es eso, Lisardo? Yo lo diré: una inadvertencia de quien, sin mirar que estáis tan bien divertido, intenta entrar hasta aquí; mas ya que a tan mala ocasión llega, se vuelve por no estorbaros. Esperad, ... (Leonor es ésta. No ser aquí conocida me importa). ...porque, aunque pueda aprovechar la ocasión, vengado de mis ofensas, mis quejas me han de deber no echar a perder mis quejas. Aquesta dama... Señor don Félix, tened la lengua, que vais, según imagino, a desairar las finezas que me debéis. (Así intento hacer de los dos ausencia). Y antes que vuestros desaires mi rendimiento padezca, he de ganaros de mano A Leonor. y hacérmelos yo. Mi reina, a mí me importa tan poco don Félix, que por que vean vuestros celos que no es sujeto de quien los tenga, me voy, dejándoos con él. A don Félix. Agora satisfacedla; que una vez ausente yo, para todo os doy licencia. Vanse Elvira y Juana. Esperad. No la sigáis. Importa que... Aqueso fuera hacerme, señor don Félix, el desaire a mí, no a ella. Si lo intento, no es porque verla ir enojada sienta, sino porque, como he dicho, no he de barajar las quejas que de vos tengo; y así quiero que diga ella mesma cómo yo no la conozco. ¿Tan lindo sois, que se entran tapadas en vuestro cuarto las damas, sin conocerlas? Sin ser confianza en mí, puede ser piedad en ellas, cuando vienen a decirme que son dos los que hoy intentan, celosos de vos, matarme, que haga de Madrid ausencia. ¡Lindos frailes capuchinos para un caso de conciencia! Yo... Señor don Félix, cuando una mujer de mis prendas tanto decoro aventura, tanto respeto atropella, como salir de su casa disfrazada y encubierta y a daros satisfaciones se atreve a entrar en la vuestra, bastantemente acredita, sobradamente sanea, en examen de su fe, de su amor a la esperiencia, la poca culpa que tiene en las pasadas sospechas que un embozo y un papel engañosamente engendran. A desenojaros vine; no será la vez primera que tropiece en un agravio quien va a hacer una fineza. Yo vuelvo muy consolada, muy ufana y muy contenta de haber visto cuánto estáis divertido: de manera que, si me daba cuidado vuestro disgusto, aquí cesa; pues, si vos no le tenéis, no es justo que yo lo sienta. Deteneos; que no es bien que volváis tan satisfecha de que volvéis disculpada. Ya, cuando yo no lo vuelva, importa poco. No importa sino mucho. ¿De qué manera, que ha de ser delito en mí una falsa ilusión ciega, y en vos no ha de ser delito una tan clara evidencia? ¿Ilusión fue en vuestra casa, en la oscura noche negra hallar un hombre embozado? Y hallar yo en la casa vuestra en el claro hermoso día una mujer encubierta, ¿será ilusión? Yo no sé aquella mujer quién sea. Ni yo quién fuese aquel hombre. Allá un papel lo confiesa y un criado lo publica. Aquí también ella mesma, pues dice que le pagáis mal sus rendidas finezas. Yo no sé quién es. ¡Qué mal os disculpáis! ¿Que aún no acierta vuestro ingenio con los modos de satisfacer? ¿No fuera mejor decirme: «Leonor, esta hermosa dama bella, aborrecida de mí, después que vi tu belleza, me persigue y yo la olvido?». Pudiera ser que creyera a la luz de la verdad la disculpa; mas quien niega los principios, tarde o nunca con el argumento acierta. Eso sí: valeos agora vos de mis razones mesmas, pues con eso quedaréis más airosamente esenta de algunas obligaciones y podréis amar sin ellas a aqueste don Juan de Silva, que os sirve y os galantea. Ya he dicho que no sé quién ese caballero sea. Yo también, que no sé quién es esa dama encubierta. Eso es herir por los filos, y, si con eso se vengan vuestros celos, yo me doy por vencida. Considera, Leonor, que soy yo el quejoso, y mal los quejosos ruegan. ¿Digo yo que me roguéis? No lo hagáis. Vamos apriesa, A ella. Inés. (No me dejes ir). Id con Dios. (Inés, detenla). (Fácil es servir dos amos, mandando una cosa mesma). Señora, mira que puede ser verdad... ¿Qué? ...que no sepa quién es aquella mujer. ¿Tú también contra mí alegas? Yo digo lo que ser puede. ¿Cómo puede ser que sea verdad que no la conozca? Como pudo ser que fuera verdad no conocer vos aquel hombre. ¿De manera que ya a confesar venís que puede ser que no sepa yo quién sea aquel caballero del papel y la pendencia? No confieso tal; que hay en los dos gran diferencia. Es verdad, ser vos más dama y no haber quien se os atreva a decir su pensamiento cara a cara; y así es fuerza que de embozo y disfrazadas a veros y hablaros vengan. ¿No es esto? Vamos, Inés. Idos; que es mucha soberbia querer que ruegue quejoso. Vamos, Inés. Considera... No tienes que detenerme; que ahora lo digo de veras. Yo también; no hay que mirarme. Inés, que se vaya deja. Eso quiero yo. Yo y todo. El demonio que os entienda. Pues, para estar disculpado, ... Pues para que razón tenga, ... ...yo vi un hombre en vuestra casa. A Inés. ...yo, una mujer en la vuestra. ¿Viene tras nosotras? No; tieso que tieso se queda. Pues no ha de quebrar por mí, aunque voy de celos muerta. Vanse las dos. ¿Vuelve, Lisardo? No vuelve, y ya salió de la puerta. ¡Ay de mí! ¡Qué a costa mía intento hacer resistencia a mis sentimientos! Pero no es posible que los venza. Saldré tras ella a la calle... Pero dos hombres se entran dentro de mi mismo cuarto. Perder la ocasión es fuerza, hasta saber lo que quieren. Salen don Juan y Hernando. La casa, dicen, que es ésta... Y él, señor, es el que está aquí. Pues conmigo llega. De mala gana lo haré. ¿Por qué? Porque no quisiera hablar con él; que éste es un quebradero de cabeza. ¿Sois vos el señor don Félix de Toledo? Nunca niegan sus nombres, a quien los buscan, caballeros de mis prendas. Yo soy. ¿Qué mandáis? Todo hoy os buscó mi diligencia, y hasta ahora ignoré la casa, con ser la mía tan cerca. Esa es culpa de la corte. Mas si yo, señor, supiera que me buscabais, presumo que hubiera hallado la vuestra, (Visita de cortesía parece, más que pendencia). ¿Conocéis este criado? Bien le conozco; por señas, que hoy le descalabré. (Malas son, pero son ciertas). Pues este criado es mío. Sea muy enhorabuena. Y para ver si cumplís aquella grande promesa de sustentarlo en el campo, vengo a pediros que sea detrás de los Recoletos; que, aunque no reñir pudiera, sino, sin reñir, tomar satisfación desta ofensa, siempre yo hago lo mejor. Pues guiad, que yo en cualquiera parte lo que dije entonces cumpliré; por que se crea de mí que quien se atreviere a mirar a Leonor bella se atreve a darme pesar. Aqueso es de otra materia. Yo vengo a reñir, y no a averiguar competencias; y así, hasta que hable el acero, vaya callando la lengua. Decís bien. Estos criados ¿han de ir allá? No quisiera, pues solo es llevar testigos. Y es la prevención muy cuerda. Despedid al vuestro vos; que yo haré que nada entiendan acá en mi casa los míos. Hernando. A su amo ¡Muy linda flema gastas! Cuando imaginé que llegaras y le dieras, ¡te andas en cortesías, haciéndole reverencias! Vuélvete desde aquí a casa y en todo hoy no salgas della por que nadie te pregunte adónde o cómo me dejas, y mira lo que te mando: que de ninguna manera me sigas; que, ¡vive Dios!, que te cortaré las piernas. Fuera hacer un disparate, y aun ser disparate fuera; pues al instante quedara sin tener pies ni cabeza. Y así palabra te doy de que el precepto agradezca. Vase. ¿Eso has de mandarme? Sí. Habiendo oído que te lleva a reñir y adonde vas, fuera el dejarte bajeza. Aquesto importa a mi honor. Él solo hacerme pudiera cobarde a mí. Vase. Ya estoy solo; guiad ahora donde os parezca. Sale don Diego. (Tarde hallé la casa, pues está ya don Juan en ella). (¡Cuánto siento que don Diego a tan mala ocasión venga!). Señor don Félix, con vos tengo un negocio; y aunque tarde pienso que llegué, pues juntos hallo a los dos, me haced merced de escucharme. Don Diego, a mal tiempo, infiero que venistes. Caballero, vos habréis de perdonarme; que, aunque el negocio he ignorado para que me buscáis hoy, no puedo oíros; que voy en un negocio empeñado con el señor don Juan. Yo, yendo con él no os tuviera, si el mismo caso no fuera para el que os busco; y pues no ha de tener un engaño más fuerza que una verdad, el desengaño escuchad. Tarde llega el desengaño, don Diego, que ya conmigo el señor don Félix va. Aunque vaya con vos ya, ha de oír lo que le digo. Señor don Félix, yo soy con quien anoche reñisteis. De aquel papel que leisteis en casa de Leonor hoy, dueño fui también; porque, compitiendo vuestro amor, soy yo quien sirve a Leonor. Aquel criado que fue con el papel este día, y a quien habéis maltratado, aunque es de don Juan criado, iba allí de parte mía. Y así, pues soy yo el galán que los celos da, advertir debéis si os toca reñir o conmigo o con don Juan. (Bien me dijo la mujer tapada que de una acción dos los ofendidos son. ¡Válgame Dios! ¿Qué he de hacer?, que a la verdad el engaño no he de preferirle yo). Y así, puesto que llegó tan a tiempo el desengaño y que sois quien sois los dos y uno solo ha de reñir, A don Diego. habiendo yo de elegir, elijo el reñir con vos. Habiendo dicho el criado mi nombre, a mí me ofendisteis, pues cuando mi nombre oísteis no estábades informado si iba de mi parte o no; luego, si conmigo hablastes, el hombre a quien agraviastes fue a mí y a mí se me dio. Conmigo debéis reñir; pues, aunque otro os dé el pesar, debéis siempre sustentar lo que enviastes a decir. Es verdad: con vos hablé; y, aunque allí el dolor me aflige, cumpliré aquí lo que dije. A don Juan. Guiad; que con vos iré. Dejar uno de reñir por dejar de reñir, fuera cobardía; mas, si espera sanear y desmentir, riñendo después, aquella opinión, yerra la acción si riñe sin ocasión, pudiendo reñir con ella. Yo os la doy, que don Juan no; ved cuán más preciso sea, pues don Juan no galantea vuestra dama, sino yo. Decís bien, y eso ha de ser; que vos me hacéis el pesar y yo no me he de quitar la razón para vencer. Y así con vos he de ir. El duelo primero es mío, pues primero os desafío. Y si acabáis de decir que con quien da la ocasión se ha de reñir, siendo así, vos me la habéis dado a mí y es mía la obligación. Pues en duelo tan cruel, el mismo empeño en los dos hay de reñir yo con vos que vos de reñir con él. De aquesa razón se arguya que en mi favor viene llena, pues no ha de reñir la ajena causa, pudiendo la suya. Suya es, pues quien la llama pone su honor en recelos; y no ha de reñir por celos primero que por su fama. Si vos le desafiáis, yo también: conque el honor queda igual, y es el amor la ventaja que me dais. Pues conformaos los dos en duelo tan importuno; que siendo yo sólo uno no puedo reñir con dos. Eso vos lo habéis de hacer; y así –para que acortemos de réplicas, y lleguemos al fin de lo que ha de ser– vos me tenéis ofendido, teniendo un duelo acetado; y habiendo un duelo aplazado, acetar no habéis podido otro. Yo llegué primero; y para obligaros más, vuelvo a decir que detrás de San Agustín espero. Si no salieres vos, satisfecho quedaré con decir que os esperé y no salisteis. Adiós. Vase. Oíd. No le sigáis sin que primero me oigáis a mí. Quien riñó anoche, yo fui, con vos; yo quien adoré a Leonor hermosa; mío era el papel que vos visteis; para vengar lo que hicisteis yo también os desafío. Vos sois discreto y gallardo; detrás de San Bernardino, apartado del camino de las Cruces, os aguardo. Consultad agora vos quién es primero enemigo: un tercero, o yo que os digo que amo a vuestra dama. Adiós. Vase. ¿Qué he de hacer –¡valedme, cielos!– cuando mis contrarios son de una parte la razón y de otra parte mis celos? Sale don Alonso. Don Félix, buscando os vengo; porque habiendo anoche dicho, cuando aquí en casa os dejé, que hoy acudiera a serviros por si queréis que yo trate de amistades, solicito saber en qué estado están. A buen tiempo habéis venido, que más que para las paces, de vos, señor, necesito para tomar un consejo. Vos veréis que en todo os sirvo, puesto que no ignoráis cuánto fui de vuestro padre amigo. (Pondré el caso en otro caso, pero en un propio sentido). Ya os dije anoche que había aquella ocasión tenido sobre el juego, de que vos salistes a ser testigo. ¿Ya os dije que acompañado de un criado y de un amigo me siguió el hombre? Sí. Pues, o ciego o inadvertido, o ya en la conversación hablando en lo sucedido, dije... ¿Qué? ...que a cuchilladas a él y a quien hubiese sido quien le hubiese acompañado mataría. Tomar quiso un criado, que allí estaba, la causa; yo, más mohíno, creyendo que era un criado de mi competidor mismo, le di una herida, diciendo: «Con vuestro amo haré lo mismo». Es su amo un caballero de mucho valor y brío con quien no tengo disgusto ni tenerle solicito, el cual, viniendo a buscarme, desta manera me dijo: «Para saber si cumplís lo que a un criado habéis dicho y vengar lo que habéis hecho, veníos, don Félix, conmigo». El desafío acepté; pero cuando iba a cumplirlo, el dueño de la pendencia llegó a los dos de improviso. Tuvieron entre los dos, no queriendo ambos conmigo reñir hoy aventajados, mil argumentos prolijos, y resolviéronse en fin a esperarme divididos, alegando cada uno de su causa los motivos. El uno dice que él es el principal enemigo, y el otro, que con él tengo acetado el desafío. Quien es primero en la causa, segundo en la instancia ha sido, y quien es segundo en ella, primero a buscarme vino. ¿A cuál de aquestos dos debo ir primero, cuando a un mismo tiempo me están esperando dos en dos distintos sitios? No es fácil de responder; y así, antes de hacerlo, os pido me satisfagáis a una duda, y luego el voto mío os diré; que sobre ella caerá más seguro el juicio. Hablemos, don Félix, claro. En el primer lance ¿ha habido algo que toque al honor? No, que ya os lo hubiera dicho. Pues no siendo aquí primero empeño, empeño preciso de honor, el segundo sí; puesto que el segundo vino de intento a desafiaros, y el habérseos atrevido a esto, ya es caso de honor; y aunque es verdad que a lo mismo vino el otro, fue después. Y así, don Félix, os digo que, pues el caso no fue de honor desde su principio, el que se atrevió a llamaros ya caso de honor le hizo; y así debéis ir primero al primero desafío. Yo estimo el consejo. Adiós. Esperad. ¿Quién os ha dicho de mí que sólo soy bueno para aconsejar peligros y no para hallarme en ellos? Pues no es de quien soy estilo aconsejar que otro riña, para no reñir. Los bríos de vuestro valor os llevan tras sus impulsos altivos; pero ved que espera solo. ¿No son dos los enemigos? Juntémoslos, y riñamos dos a dos. No será digno. U decidme: ¿fuerais vos acompañado conmigo, a ser yo vos? No, por cierto. Pues respóndaos eso mismo. Vase. Él hace bien, y yo mal si a lo largo no le sigo. Pero esto es llevar las cosas muy hasta el fin, y es indigno ya de mi edad tanto duelo; muden parecer los bríos: si aconsejé como mozo, como viejo determino enmendarlo; que ya es tiempo de que haga la edad su oficio. Lisardo. Sale Lisardo. Señor. Tú y yo, por criado y por amigo, hoy habemos de sacar a tu amo de un peligro. ¿Adónde va?, que quisiera seguirle. Eso es deslucirlo. Dadme de escribir recado, Trae recado en un bufete. que has de llevar un aviso a quien el daño remedie; que no es a quien soy indigno, supuesto que aqueste empeño no es lance de honor preciso. Ponte la capa y espada mientras un renglón escribo. Vase Lisardo, y pónese a escribir don Alonso. Salen Leonor y Inés. En fin, ¿vuelves? ¿Qué he de hacer, si tan descortés le miro, que saliendo yo quejosa de su casa, no ha seguido mis pasos? A verle vuelvo para no llevar conmigo, sin arrancarle del alma, este mortal basilisco. Escribiendo está. ¿Y quién duda que estará escribiendo fino satisfaciones que da a la que hoy a verle vino? ¡Ciega estoy! Leer tengo. Ingrato Llega a tomarle el papel. don Félix... Pero ¡qué miro! ¿Quién así...? Pero ¡qué veo! (¡Valedme, cielos divinos!). ¡Tú aquí, Leonor! Señor, yo... ¿Cómo mi furor reprimo? Hoy morirás. Sale Lisardo. ¿Qué es aquesto? Vengar mi honor ofendido. Saca la daga, y detiénele Lisardo. Huye, señora, que yo le tendré. Cobarde animo las plantas; que en cada paso sombras de mi muerte piso. Vase. Suelta, villano. No hagas tal hasta de aquí a un poquito. Vase. Aunque fueran de diamante tus brazos, el valor mío se desenlazará dellos. ¿Qué importará, si atrevido, al que embaracé abrazado, con la espada le resisto el paso? Riñen. Yo sabré hacerle. (¡Oh, quién, para darle aviso deste suceso a mi amo, le alcanzara!). ¡Que haya habido tal valor en un criado! ¿No hay criados bien nacidos? Pues yo he de salir. No harás. ¿Cómo podrás impedirlo sin tu muerte? De esta suerte. Retírase a la puerta, y cierra tras sí. Fuese, llevando consigo la puerta, que con el golpe dejó cerrado el pestillo; que como ladrón de casa, haberle en ella previno. Mas yo la echaré en el suelo. En vano lo solicito, si ya no la abre primero el fuego de mis suspiros que la fuerza de mis manos. ¿Habrase algún hombre visto de cuantos hasta hoy nacieron en más ciego laberinto? Las cuchilladas de anoche en mi casa, el desafío de hoy, y el ver aquí a Leonor, evidencias son, no indicios de que ella es causa de todo, y por último delirio de mi fortuna, me veo, habiendo hasta aquí venido por un amigo, encerrado en casa de un enemigo. Pero, pues es imposible la puerta abrir, y aquí miro una ventana sin reja, arrojarme determino por ella y, en siguimiento de mi siempre honor invicto, hacer estragos, portentos, escándalos y prodigios. ¡Ea!, corazón, no temas este breve precipicio; que mayor caída has dado, pues la mayor siempre ha sido el verse caer un noble del estado de sí mismo. Vase por la ventana. Sale don Juan. Cuestión fue no apurada hasta este día. ¿Cuál hace más? ¿Aquel que desafía a otro a un sitio aplazado o el que al sitio salió desafiado? Y bien ahora pudiera la cuestión resolver el que me viera batallando conmigo; porque no hay tan cruel fiero enemigo como es el pensamiento del que aguarda. Mucho don Félix tarda. Sin duda que ha escogido, de don Diego celoso y ofendido, verse con él primero. Mas yo no cumpliré, si no le espero. ¿Quién en el mundo, ¡cielos!, se vio sin dama, sin amor, sin celos, en tal lance empeñado? ¡Que el prestar a un amigo mi criado de suerte lo disponga que mi opinión en tal empeño ponga! Digo que aquestos días toda mi vida es caballerías, pues no hallo en ella cosa que parecer no pueda fabulosa. Una dama tapada me ha dejado, sin decirme quién es, enamorado; un criado me ha puesto, porque así su ignorancia lo ha dispuesto, en trance de perderme; y un amigo, sin quererlo, me ha dado un enemigo. Mas ¿qué me admiro, si hallo a cada paso que éstos son los empeños de un acaso? Sale don Félix. Perdonad, si he tardado, don Juan; que por haberme aconsejado de un amigo que tengo en lo que debo hacer, tan tarde vengo. De haber, don Félix, sido yo el que elijáis, estoy agradecido. Siempre en mí era forzoso proceder más honrado que celoso; y por mostrarlo quiero que, callando la voz, hable el acero. Esperad. ¿Qué os detiene? Un hombre, que a los dos siguiendo viene. Bien creeréis de mi brío que no le traigo, aunque es criado mío. Su lealtad le ha obligado; pero no os dé cuidado y, hasta que yo le mande que se vuelva, a nada vuestro acero se resuelva. En todo sois gallardo. Sale Lisardo. Hacia esa parte le he de hallar. Lisardo, otro paso no des más adelante. Desde aquí has de volverte, mi arrogante brío a don Juan dejando satisfecho, o aqueste acero teñirá tu pecho. Escúchame primero; luego, si te ofendí, mancha tu acero en mi sangre, señor, habiendo oído la causa que a seguirte me ha movido pensando que mi celo te alcanzara antes que a verte con don Juan llegara. Por que conste a don Juan en esta parte venir sin orden mía, he de escucharte. ¿Ya te acuerdas cómo dentro de casa, señor, dejaste, cuando de casa saliste, a don Alonso, su padre de Leonor?; ¿y ya te acuerdas que Leonor, bien poco antes, de allí se partió quejosa? Sí. Pues volviendo a buscarte Leonor, vino a hallarse dentro de tu cuarto con su padre. Sacó para ella la daga, a tiempo que yo abrazarme pude con él, cuya acción dio lugar a que escapase Leonor huyendo. Él entonces de mis brazos se desase; y sacando las espadas, le embarazo que arrogante la siga, hasta que previne que al empeño de tal lance le diese lugar el tiempo con la industria y sin la sangre; y así advertido cerré tras mí la puerta: ya sabes cómo aquesto podría ser, por ser de golpe la llave. De suerte que don Alonso cerrado queda; y si sale de allí, rompiendo la puerta o previniendo otra parte, y va siguiendo a Leonor, no dudes de que la mate. Don Juan, el ser desdichado un hombre no es ser cobarde, pues harto valiente es quien a reñir con otro sale. A reñir vengo con vos; esto en desengaño baste de que no puede ser miedo pediros que se dilate nuestro duelo. Yo no tengo en ocasión semejante acción mía: todo soy de mi honor, y en esta parte vos sois el árbitro suyo. Y pues estar escuchastes en peligro de la vida Leonor, y sois quien sois, dadme licencia para que acuda donde su riesgo restaure; que yo mi palabra os doy de buscaros, al instante que ponga en salvo a Leonor. Y cuando aquesto no baste a obligaros, tomaré resolución de arrojarme a vuestros pies y rendiros la espada por que se acabe con mi desaire este duelo, para que a esotro no falte. Tened; no rindáis la espada, que a mí no me es importante, Félix, que mi bizarría conste de vuestro desaire; no sólo que vais permito, mas de Leonor en alcance con vos he de ir y ayudaros a que su vida se salve, dándoos palabra de que de vuestro lado no falte hasta que ella esté segura; que tengo por hombre infame quien ve a su enemigo en riesgo y a su enemigo no vale. ¡Feliz mil veces aquel a quien, ya que hubo de darle enemigo su desdicha, se le dio de buena sangre! Vuestro enemigo y amigo soy, dividido en dos partes. Sí; más con tal diferencia, que diré, cuando os lo llame, mi enemigo por acaso, pero mi amigo por arte. Con vos voy. Con tal favor no hay riesgo que me acobarde. (¡Válgame Dios, por acaso a qué de empeños me traes!). Jornada Tercera Salen don Juan, don Félix y Lisardo. No hay hombre más infeliz. ¿Un ánimo tan valiente, un corazón tan constante, se ha de rendir desa suerte del amor ni la fortuna a ningún grave accidente? No desconfiéis de hallarla tan presto. Donde quisiereis vamos los dos. Si habéis visto que de amigos y parientes cuantas casas supe he andado; que a la mía finalmente no ha vuelto, ni está en la suya; que su padre –¡dolor fuerte!– después que por el balcón se arrojó, según refieren los criados, también anda buscándola, ¿cómo pueden consolarse mis desdichas? No digo que se consuelen, mas que no se rindan, digo. Pues ¿qué haré? Lo que quisiereis. Obrad vos, que no me toca aconsejaros prudente, sino ayudaros restado. Sólo ese favor le debe a mi desdicha mi estrella. ¡Oh, quiera el cielo que llegue ocasión en que seamos muy amigos! Tarde, Félix, eso será; porque yo en el instante que os deje del lance desempeñado en que os halláis, que me vengue será preciso de esotro que hemos dejado pendiente. Cuando en él llegue a mirarme, modos habrá con que os deje satisfecho y obligado. Ahora bien, tratemos de éste. Mirad qué queréis hacer. No sé. Leonor no parece ni yo sé dónde buscarla. Si acaso mi lealtad tiene licencia de hablar, diré lo que he pensado. Di. Vete a casa; pues ella es fuerza, dondequiera que estuviere, valerse de ti, pues tú causa de sus riesgos eres; y no podrán por acá hallarte tan fácilmente sus avisos. Dices bien. Sí, mas hay inconveniente para estarme yo en mi casa. ¿Cuál es? Si su padre viene a ella, el encontrar conmigo. ¿Pues habrá más de que nieguen que estáis en ella? Si es eso lo que mejor os parece, yo me volveré a mi casa. Quedad con Dios. Sin que os deje en ella, no he de dejaros; y a la hora que dijereis que habéis de salir, vendré; y en cuanto se os ofreciere palabra me habéis de dar de avisarme. No se cuente de mí que, haciendo lo más, lo menos no. De la suerte que yo esa palabra os doy, os pido la de valerme en cualquier caso, hasta que Leonor en mi poder quede. Yo la ofrezco, y de ayudaros la doy una y muchas veces con la mano. Yo la aceto. Al darse las manos, sale don Diego. ¡Pues, señor don Juan! ¡Don Félix! ¿Ya tan amigos los dos estáis? Cuando yo impaciente esperando hasta agora estuve y, por pensar que no fuese el preferido de todos, determiné de volverme a ver en qué había parado vuestro duelo, por si tiene acaso el mío lugar de vengarse, ¡desta suerte os hallo, dadas las manos! Aunque no es bien que me pese de que vuestro desafío acabe por que el mío empiece. Y pues a quien esperé en el campo se detiene, bien puedo la muerte darle dondequiera que le encuentre. Va a sacar la espada. Señor don Diego, tened la espada; que aunque os parece que éstas son paces, no son sino treguas solamente. El señor don Juan ha sido primero acreedor en este pleito de los dos; y puesto que él las treguas me concede, vos no podéis impedirlas. Las causas que a ello le mueven él os las dirá; que yo voy a usar dellas... Hacedme merced, don Juan, de decirle, con el modo más decente al respeto de Leonor, de mi amor los accidentes, para que yo no padezca el escrúpulo más leve de que en el campo le falte y que en la calle le deje. Vanse don Félix y Lisardo. Pues ¡cómo así!... Deteneos. Yo he de seguirle, hasta verme vengado. No os empeñéis; porque yo he de defenderle. ¿Tan mudado estáis, que ya, en vez de darle la muerte, le defendéis? Sí, don Diego; que tales acciones debe al ser quien soy mi valor. ¿De qué suerte? Desta suerte. A reñir salió conmigo y, al tiempo que ya valientes y restados las espadas sacábamos diligentes, un criado le siguió hasta el campo para hacerle sabidor de que Leonor estaba en un trance fuerte de perder honor y vida. La causa, no es bien la cuente, porque no toca el hacerlo. Pidiome, en fin, que le diese licencia para ampararla. ¿Qué noble, honrado y valiente, viendo humilde a su enemigo, no le ampara y favorece? No sólo, pues, la licencia que me pide le concede mi valor, mas la palabra de ayudarle y de valerle hasta que a su dama libre. El caso, don Diego, es éste. Mirad; ¿cómo faltar puedo a su amparo, cuando tiene privilegios de enemigo y de amigo en mí don Félix? El empeño en que os halláis reconozco; y por no hacerle mayor, no le sigo; pero no ha de ser tan fácilmente, que no os ha de costar algo mi reportación. Hacedme merced de decirme cuál de Leonor el riesgo fuese; porque al que siente, dudando el mismo daño que siente, lo que sabe y lo que ignora le está afligiendo dos veces. De los celos fue, don Diego, errado motivo siempre querer uno saber antes lo que es fuerza que le pese después de haberlo sabido; pero por que no se queje vuestra amistad de que yo cuanto me pida le niegue, y por ver si de camino con desengaños pudiese curaros esa pasión que sana con lo que duele, sabed que informado ya don Alonso de que fuese Leonor destos desafíos causa, y su amante don Félix, matarla quiso esta tarde. Llegó a ocasión tan valiente un criado, que a él le tuvo y a ella dio lugar que huyese. Dónde se fue, no se sabe; y, en fin, como no parece, su padre y Félix la buscan, uno para darle muerte y otro para defenderla. ¡Oh, si tan dichoso fuese yo, que la hallara primero que los dos, para que viese cuánto son mis celos nobles, que amparan a quien me ofende! Debiérame esta fineza mi dolor; y pues me ofrece lo imposible de mis dichas por remedio solo éste, y ganadas sus criadas tengo, iré a ver si pudiese averiguar dónde está y librarla; pues no tiene otra venganza más noble un celoso que ponerse en ocasión que su dama conozca qué amante pierde. Vase. ¡En qué estrañas confusiones la contingencia me tiene de aquel acaso primero! Sale Hernando. Señor, dame una y mil veces los juanetes a besar –si se besan los juanetes–. ¿Qué ha habido? ¿Qué ha sucedido? Pero supuesto que vienes libre, sano y sin cautela, bien a la clara se infiere que el rompecabezas no las rompe tan fácilmente en el campo como en casa. Cuéntame el suceso en breve, y en largo te contaré otro que a mí me sucede no de menor importancia..., porque has de saber que tienes una huéspeda en tu cuarto. Son tantos los accidentes de mis sucesos, que no sé, Hernando, por dónde empiece; y contigo es escusado que la memoria renueven mis pesares. Dime tú ¿qué mujer es la que viene a buscarme?; que sería grande ventura que fuese aquella enigma del parque, que es la que mi vida tiene, si la verdad te confieso, de su esperanza pendiente. ¿Tanto te holgaras de que ella la que ahora está en casa fuese? Sí, Hernando. ¿Qué me darías? Todo cuanto me pidieses. Pues... Dilo presto. ...no es ella. ¿Quién es? Oye atentamente. Mandásteme, señor, que te dejara con don Félix; y yo –¡obediencia rara!– lo hice así, con no estar nunca enseñado a hacer cosa de cuanto me has mandado. Fuime hacia casa, donde mi valor, que a mi miedo corresponde, tan triste, tan suspenso me tenía, que no dijera «aquesta espada es mía», aunque reñir te viera con treinta mil don Félix que tuviera. Entré en casa, pensando Sale HERNANDO. cómo la ropa en salvo pondría, cuando la nueva me llegara de haber muerto a don Félix; porque es clara cosa, según colijo, que, aunque el refrán por el nadar se dijo, más es que del nadar, en toda Europa, la gala del reñir, guardar la ropa. En esto pensativo estuve un rato –si es que sabe pensar un mentecato–, y al ver que nada el discurrir remedia, como amante celoso de comedia que, cuando varios soliloquios pasa, no reposa en la calle ni en su casa, quise salirme fuera. Apenas, pues, bajaba la escalera, cuando al portal una mujer tapada entró, de una sirviente acompañada, sin más acción ni intento que haber allí faltádole el aliento. Bien de las dos la turbación decía que algún fracaso sucedido había y que el dicho fracaso las hacía venir más que de paso. Sentándose en el poyo desmayada se quedó la señora; y la criada, con un turbado espanto, cerró la puerta y la compuso el manto. Yo, sus acciones viendo, llegué a las dos, diciendo: «Este cuarto, señora, podrá mejor serviros por agora de albergue; en él os ruego que os entréis». La criada acetó luego, y entre ella y yo cargando con el ama, fuera de pulla, la llevé a la cama, donde de aquel mortal, triste retiro, de allí a un rato volvió con un suspiro dónde estaba dudando. Satisfice su duda asegurando que estaba en parte do sería servida. Mostróseme en estremo agradecida y, acetando el cortés ofrecimiento, dijo con blanda voz y mudo acento: «Fuerza será que la desdicha mía use, hidalgo, de vuestra cortesía, en tanto solo que esta criada tarda en volver con la respuesta de un recado a que es fuerza que la envíe; y pues es justo que de vos me fíe, también vos habéis de ir a asegurarme si un caballero viejo anda a buscarme, sabiendo dónde he entrado; y en tanto el cuarto me dejad cerrado». Servirla la prometo; y después que las dos allá en secreto hablaron, la criada y yo salimos, y los dos por distintas sendas fuimos, yo, a ver si acaso vía el viejo caballero que decía, y ella, según infiero, a ver si vía al mozo caballero. Una y mil vueltas a la calle he dado, y con nadie he topado, sino sólo contigo, a quien, si todas mis sospechas digo, sabrás que la criada, alguna vez del manto descuidada, me pareció la Inés de aquel recado de donde yo volví descalabrado. Si albricias me pidieras, ¡ay, Hernando, qué buenas las tuvieras! Pues, ¡ay, señor!, sí pido. Pero a ti, ¿qué te va en lo sucedido? Infiero por las señas que estás dando que esa es Leonor, en cuya busca ando; que el ser a las espaldas de mi casa la de don Félix, lo que en ella pasa, haber venido huyendo, a un caballero viejo estar temiendo, haberte parecido su criada, tener siempre tapada con tan gran recato su hermosura, de que es Leonor bien claro me asegura. Sí, señor, y otra causa hay más fundada que es Leonor. ¿Cuál? Que viene mal tocada... Vámonos, pues, a casa, y siendo ella, haya pastel y pella, que es cena de repente, y véngate de Félix. Calla, tente, villano: no pronuncies disparate igual, ¡que vive el cielo!, que te mate. ¿Soy hombre yo de tan cobarde fama, que de él me había de vengar su dama? Antes parte a su casa... ¿Yo? Volando, y dile que le quedo yo esperando en la mía. ¿Qué dices? Que a ella venga luego, sin que un instante se detenga. Y si te le negaren –que sería posible–, di que vas de parte mía. Si otra vez, aun no yendo de tu parte, me rompió la cabeza por nombrarte, ¿qué me romperá ahora, si te nombro y de tu parte voy? Como tu asombro duda lo que a los dos nos ha pasado, temes. Para temer un hombre honrado, ¿ha menester achaques? Haz lo que digo. Que el furor aplaques, te pido; que yo iré. Dame primero la llave de mi cuarto; en él te espero, y ven presto. No está en mi mano esto, sino es en que él me descalabre presto. Segundo acaso, ¡cielos!, ha venido a buscarme. Favor en él os pido, por que me traiga espero mayores confusiones que el primero. Vase. Rota cabeza mía, pasémonos por una barbería a decir que el quirurgo se prevenga y que estopas y huevo a punto tenga para la vuelta. ¡Cielos! ¿Qué es aquesto que hoy a mi amo en ocasión ha puesto de llamar su enemigo? Si fui a reñir con él, ¿cómo de amigo hace con él finezas? ¿No fuera el monstruo yo de dos cabezas? ¡Oh, en cuánto lo estimara mi fortuna, pues para discurrir tuviera una, y otra para aparar! Si con bien salgo desta, no más papeles. Salen Elvira y Juana. Oíd, hidalgo. Mi señora tapada, si venís de otra parte desmayada a que os socorra yo, tarde sospecho que venís; que ese paso está ya hecho. ¿Habeisme conocido? Si reparo en el talle y el vestido, vos sois una civil, baja señora. ¿Cómo así? Como sois madrugadora del parque, me lo dijo la ribera. De vos saber quisiera ¿qué pesadumbre ha sido una que vuestro amo hoy ha tenido, y en qué, hidalgo, ha parado? Yo sólo sé que mal descalabrado estoy, y que a ir no me atrevo donde me descalabren bien de nuevo; no en qué paró el disgusto. Pero, si de sabello tenéis gusto, mi amo va a casa agora y de él mejor podréis oíllo, señora; que yo voy a un recado muy aprisa, tan grande, que no es cosa de risa, sino cosa de llanto; y así, quedad con Dios. Vase. ¡Ay, Juana! ¡Cuánto imagino y intento para quietar mi loco pensamiento en razón de saber en qué ha parado este pesar que tanto me ha costado! Nada de él saber puedo y con la duda tan cabal me quedo como antes la tenía. Pero yo he de salir con mi porfía. Ven en cas de don Juan. ¡En ella quieres entrar! ¿Haste olvidado de quién eres? Sí, pues, si me acordara de mis obligaciones, no intentara acciones semejantes. Ven, y de nada, Juana mía, te espantes; ya que el cielo no quiso que sirviese de nada aquel aviso que le llevé a don Félix; y en efeto, sin atención, sin juicio, sin respeto, pues a un amor, pues a un temor rendida perdí la libertad, pierda la vida. Vanse. Sale Leonor por una puerta, tapada, y por otra don Juan, habiendo hecho ruido con llave. Abrir ya la puerta veo desta ignorada prisión adonde mi confusión tiene atado mi deseo. ¡Con cuántas dudas peleo! ¿Si será Inés, que a avisar fue a don Félix mi pesar? ¿Si será él o el criado, que, de mi llanto obligado, me dejó aquí y fue a mirar si mi padre me seguía? (Mas, ¡ay de mí!, que no es Sale don Juan. ninguno de todos tres el que abre. Desdicha mía, ¿hasta cuándo tu porfía me ha de perseguir? Ya entró un caballero, a quien no conozco. Encubrirme quiero. ¡Ay, de cuántas veces muero!). No, señora, porque yo entre, os recatéis así, ni os dé el mirarme cuidado; que del suceso informado que os tiene encerrada aquí, vengo a que os sirváis de mí. Dueño desta casa soy, y espero serviros hoy aun más de lo que pensáis, pues del riesgo en que os halláis libraros, palabra os doy. Si bien no tenéis, señora, que agradecerme, por Dios; que a otro, primero que a vos, se la he dado antes de ahora. Ni duda, señor, ni ignora mi temor que defendida en vuestro valor mi vida esté; que es obligación valer los que nobles son a una mujer afligida. Yo lo estoy tanto, que espero el amparo vuestro, no porque lo merezca yo, cuanto por ser caballero vos. Y pues rendida muero, perdón del recato os pido; que el encubrirme no ha sido duda de vuestro valor, sino mujeril temor que de veros he tenido. Y para más obligaros a favorecerme en este trance, aunque el vivir me cueste la vergüenza de informaros, sabed... Nada he de escucharos; que a precio no he de comprar yo aquí de vuestro pesar saber quién sois; y por que lo escuséis, sabed que sé cuanto me podréis contar. Si vuestro criado ha sido el que de mí os ha informado, ¿qué sabe vuestro criado? Si licencia he merecido de darme por entendido, con ella me atreveré a decir de quién lo sé. Ahorrareisme un gran temor. Pues ya sé, hermosa Leonor... Ya que mi nombre escuché en vuestros labios, bien puedo decir con más confianza Descúbrese. que dueño de mi esperanza hice... Pronunciad sin miedo: «A don Félix de Toledo». La Fortuna, siempre avara del bien, quiso que adorara en su competencia otro hombre mi hermosura... ...cuyo nombre era don Diego de Lara. Éste, pues –¡lance cruel!–, de noche en mi casa entró, donde... ...don Félix le halló, y riñó entonces con él. Envió otro día un papel... ...y topó con el criado, a quien hirió. Mi cuidado a satisfacerle fue a su casa, donde hallé... ...a vuestro padre que, airado, os viera a sus manos muerta, si un criado no llegara que a vos salir os dejara y a él le cerrara la puerta. Yo, pues, de vivir incierta, la calle apenas volví... ...cuando desmayada aquí, os encerró mi criado. Muy por estenso informado estáis de mi vida. Sí; porque por acasos raros tuve, antes de conoceros, el riesgo de defenderos sin el mérito de amaros. Pues ¿quién sois? Quien ha de daros vida, honor y esposo aquí. Llaman. Pues ¿cómo? ¿Llamaron? Sí. Retiraos, hasta ver quién es. ¡Cielos! ¿Qué han de ser de mi fortuna y de mí? Retírase. ¿Quién es? Salen Elvira y Juana, tapadas. Es, señor don Juan, una mujer embozada, que ha remitido a las tardes la estación de las mañanas. La última que os hablé, a vuestro estilo obligada, por que no fuerais tras mí ni supiérades mi casa, palabra os di de buscaros, y vengo a cumplirla para desengañaros de que soy mujer de mi palabra. Si bien no es aquesto sólo lo que me obliga a que haga esta fineza; que hay otras razones que aquí me traigan. Yo he sabido que hoy habéis tenido por una dama un desafío; y aunque para la desconfianza de mis celos es temprano, no lo es para que salga del cuidado en que me ha puesto vuestra vida. Aquesto aguarda saber mi curiosidad. Decidme en qué estado se halla el disgusto, porque tengo pendiente de él vida y alma. Al paño Mujer es la que entró, y como quedo y apartados hablan, no oigo lo que dicen; pero bien se deja ver que es dama deste caballero, pues así se ha entrado en su casa. Aunque jamás deseé cosa con mayor instancia que volver, señora, a veros, en esta ocasión tomara que no hubiérades venido; porque es fuerza no os haga agasajos que merece una fineza tan rara. Del disgusto de que ya mostráis venir informada, aunque no bien, cierto lance mis discursos embaraza tanto, que he de suplicaros –bien a costa de mis ansias– me hagáis merced de volveros, sin que por aquesta causa me atreva a saber de vos quién sois, ni a veros la cara; que no ha de pedir quien niega ni ha de rogar quien agravia. Si imaginara que en vos tan grande despego hallara, antes que... Pero –¡qué miro!– un hombre entra en esta sala, que importa que no me vea. Ruido dentro, y vase hacia donde está Leonor. Al paño Aunque no entendí palabra, de llegar hacia aquí infiero que son celos, y informada de que aquí estoy, quiera darme... Este aposento me valga. Despedidle. Oíd. Tapada entreabriendo la puerta Aquí no habéis de entrar; que tomada está posada y no se puede ver a quién guarda. Cierra la puerta. ¡No en balde me recebisteis, don Juan, con esquivez tanta! Pero no es tiempo de quejas. A serlo, bien disculparlas Haced que no entre ese hombre en esta cuadra; que importa más... ¿Cómo puedo, si ya los umbrales pasa? Sale don Diego. ¡Ay, infelice de mí! ¿Si habré yo sido la causa de venir aquí mi hermano? No sé. Cúbrete bien, Juana. ¿Irme, no será mejor, pues me dan la puerta franca? Vase. Don Juan, si vuestra amistad ha sido en el mundo tanta que a ser en tiempo de César la hubiera labrado estatuas, buena ocasión se os ofrece agora para mostrarla, pues en vuestra mano está mi honor, mi vida y mi fama. Una hermosura, en quien todo esto consiste, se halla en vuestro poder. (¡Ay, triste!). Rendido vengo a buscarla, informado de que aquí entró. (¿Qué esperan mis ansias? Buscándome viene). Bien vuestra confusión me estraña; pues vino don Diego, cuando a don Félix esperabais. Ya os dije cómo tenía secretas espías pagadas; pues una me ha dicho ahora que dentro de vuestra casa está, y es cierto que es ella, pues que tanto se recata de mí. (Ya me ha conocido). (Pues que él es quien se engaña y que no lo engaño yo, su mismo engaño me valga, pues así con Félix y él cumplir mi valor aguarda). Teneos. Dejadme llegar a hablarla solo. (Él me mata). No, señora, huyáis así de quien tan rendido os ama, que os busca para serviros con la vida y con el alma. (¡Qué es esto, cielos! No viene por mí, pues así me trata). No a hablaros vengo en mi amor, que no aspira mi esperanza a más mérito, a más dicha que a serviros; pues me basta, si otro tiene los favores, que tenga yo las desgracias. (Que me enamore mi hermano es sólo lo que me falta). Don Diego, escuchadme, que antes que os responda aquesa dama, me toca a mí responderos. Las espías fueron falsas que os dijeron que era quien buscáis quien conmigo estaba, pues es aquesta señora aquella dama tapada cuya novela os conté delante de vuestra hermana. A verme ha venido, haciendo hoy por mí fineza tanta; y así, pues dichas de amor los discretos no embarazan, idos con Dios; y advertid que cubierta y congojada tenéis a aquesta señora. Don Juan, si no imaginara que ésa es deshecha que hacéis por que yo os deje y me vaya dando lugar a cumplir a don Félix la palabra, yo lo hiciera, claro está; mas si es tan cruel, tan rara mi desdicha, que mi amigo por mi enemigo me falta, fuerza será que el dolor de las razones se valga. Vuestro enemigo es don Félix; no diga de vos la fama que sois mejor para ser el día de la desgracia enemigo, que no amigo. Dadme lugar de que haga yo por Leonor la fineza de servirla y de ampararla. Cuando ella fuera Leonor, el caso se disputara de cuál era mejor, ser en ocasión tan hidalga o mi amigo o mi enemigo. No siéndolo, es escusada la cuestión. ¿Cómo ser puede no ser ella? La criada misma que aquí la dejó me lo dijo. Ella os engaña, porque no es ella. Haced algo por mí, para que yo vaya consolado, sin la duda de haberla hallado y dejarla. Si no quiere descubrirse, hable sólo una palabra; despídame ella. A Elvira Señora, bien tenéis noticias hartas de cuánto mi cortesía la ley que le ponen guarda. De un empeño me sacáis, y bien grande, con que salga de aquesta duda don Diego, porque me importa se vaya antes que venga aquí un hombre, que ya por instantes tarda. Despedilde, pues. A don Juan El mismo riesgo hay en verme la cara que en escucharme la voz. ¿Por qué? Descúbrese a don Juan. Por esto. ¡Sin alma he quedado! Yo, don Juan, soy la que encubierta os ama, ved ahora si os está bien que don Diego en vuestra casa ni me oiga ni me vea. Cubríos, no habléis palabra; piérdase todo, y no un solo átomo de vuestra fama. Don Diego, esta dama aún no quiere hablar; y si arriesgara mil vidas, no la han de hacer fuerza alguna; y así basta que yo os diga que no es ella. ¿Cómo queréis que yo haga fineza de creeros, si...? Salen don Félix y Lisardo. Bien creeréis que mi tardanza, don Juan, fue por prevenir casa adonde Leonor vaya y una silla que la lleve. Mirad si es ella. (¡Qué estrañas son mis penas!). Mas ¡qué veo! A don Juan. ¡Don Diego aquí! No pensara de vos jamás que teniendo a Leonor en vuestra casa, habiéndome dado a mí –como tan noble– palabra de ayudarme hasta tenerla en mi poder, fuera tanta de don Diego la amistad que diera lugar de hablarla. Abre Leonor, y sale. (La voz de Félix he oído, y así no importará que abra). (Decir ahora que es Leonor, por que deste riesgo salga Elvira, es bien; que no veo la hora que de aquí se vaya, y después habrá ocasión de que el trueco se deshaga). Yo sé, don Félix, muy bien qué debo hacer. Si se halla aquí don Diego, no ha sido llamado; y antes estaba negándole que es Leonor esta señora. A don Juan ¿Qué trazas? Echarte de aquí; tú, luego que a la calle con él salgas, dile que vuelva. Y por que veáis si cumplo mi palabra, llevalda donde quisiereis. ¿Cómo se entiende, llevarla? (¡Cielos! ¿Qué traición es ésta? ¿Mi sufrimiento qué aguarda?). Venid, señora, conmigo, que a riesgo de vida y alma pondré en salvo vuestra vida. (¡Quién vio confusiones tantas!). Don Félix, que haya venido yo aquí llamado, o que haya venido sin que me llamen, ya estoy aquí, y a esa dama, aunque me aborrezca, no he de consentir llevarla mientras ella no me diga que la deje; pues es clara cosa que me está mejor que ella el desaire me haga, que vos ni don Juan: o tengo de morir en la demanda. ¿Qué dificultad habrá que ella os lo diga? ¿Qué aguardas, Leonor? Si soy yo a quien quieres, ¿por qué, di, no te declaras? Responde, Leonor. Mirad que soy de don Diego hermana, y soy la que os avisó de que los dos os buscaban. Supuesto que me debéis finezas anticipadas, sacadme de aquí; que luego volveréis por vuestra dama. Noble soy; sí haré. Don Diego, ni hablaros una palabra quiere Leonor; y así, aquesto para desengaño basta. No basta. Leonor es quien lo ha de decir. Sale Leonor. Si eso falta, Leonor lo dirá, sacando tres efectos de una causa. Uno, enmendar la traición de quien con otra te engaña; otro, dar satisfaciones de que don Diego me cansa y nunca tuvo licencia para reñir en mi casa; y otro, en fin, irme contigo. Aquí hay más que yo pensaba. Félix, en vuestro poder está Leonor; esto basta para que contento vais y gustoso de mi casa. Y pues es fuerza volver a cumplirme la palabra de que en librando a Leonor mediremos las espadas, de mí a vos, yo os diré entonces de aqueste engaño la causa. Yo voy a que tome sólo la silla por que se vaya, que no haré ausencia de aquí hasta que mi valor haga cuanto sabe que le toca. Vase con Leonor. Yo os guardaré las espaldas. ¿De quién, si yo no la sigo, viendo que me desengaña Leonor y que no le queda a mi amor otra esperanza? Ese es el mejor consejo. Y pues vuestro amor acaba, permitid que empiece el mío. Dejadme con esta dama. Hay mucho que ver en eso. ¿Qué hay que ver? Sospechas hartas. Negarme a solas quién era primero; luego trocada veo que se entrega a otro, y de mí sólo se guarda tanto, que aún no ha permitido que le oiga una palabra, me obliga... Dentro ¡Muere, traidor! ¿Qué es aquello? Sale Hernando. Cuchilladas a la puerta de la calle. Fuerza es que a ver lo que es salga. Vamos a este empeño, que es el que con prisa me llama; que yo os satisfaré luego. Sí haré, por no dejar nada que hacer nunca mi valor. (¡Vive Dios, que antes que salga de aquí, he de saber quién es!). Elvira, dentro te aguarda; que yo guardaré tu vida. Vanse don Juan y don Diego. ¿Hay mujer más desdichada? ¡Quién se vio en mayor peligro que yo! Retírase Elvira donde estaba Leonor. ¡Buena va la danza! Puesto que mi amo quedarme, cuando va a reñir, me manda, quiero obedecer. Señores, ¿qué es esto? Sale Leonor. El cielo me valga, pues son mis desdichas tales, pues son tantas mis desgracias que al salir Félix conmigo, mi padre –¡ay de mí!– pasaba por la calle, y para él sacó, en viéndole, la espada y, impidiéndome a mí el paso, riñendo allá todos andan. Y aun acá; que todos entran. Enciérrase Elvira. Este aposento en que estaba, me oculte. Va hacia él. Tapada, entreabriendo la puerta Tarde venís; que esta posada tomada está ya. Cierra. ¡Ay de mí! ¡Qué presto tomasteis de mí venganza! Pero en esta parte intento esconderme retirada. Escóndese. Salen riñendo don Alonso, don Félix, don Juan y don Diego. ¡Vive Dios, que atropellando por todas vuestras espadas, de una ingrata y un traidor tengo de tomar venganza! Señor don Alonso, quien ostenta cordura tanta, mejor con la conveniencia remedia que con la espada, los lances de honor. Leonor es mi esposa. Si se casa con vos, diré que me obliga el que dije que me agravia. Pues ése ha de ser el medio, remítanse las espadas a la razón. A Hernando ¿Dónde está una mujer que, turbada, se volvió a entrar aquí dentro? Hernando, ¿por qué no hablas? ¿Qué he de hablar? ¿No te quedaste aquí? Sí. ¿Dónde se guarda Leonor? No sé si preguntas por la buena o por la mala, por la cierta o la fingida, por la fina o por la falsa; y así, por no errar, respondo que aquí, y aquí están entrambas. Sin duda aquí está Leonor, que es la parte donde estaba primero, y aquí habrá vuelto. Llégase al cuarto donde está Elvira, y habla recio. Señora, ya es bien que salgas sin temor de que te vean los mismos de quien te guardas, pues ya eres feliz esposa del que tú quieres y amas. Sale Elvira. Contenta, ufana y alegre salgo en esta confianza, que claro está que sois vos. Bien sospeché. ¡Vil hermana!... ¿Aún no habemos acabado? ¿Así mi amistad se agravia? ¿En qué agravio la amistad? En el honor y en la fama. Si de mi ofensa, don Diego, la misma parte os alcanza, la misma satisfacción es la más cuerda venganza. Esa yo se la daré con la mano y con el alma. Y yo quedaré contento. Que parezca Leonor falta. Si me dan hallazgo, yo les diré que aquí se guarda. Sale Leonor. Humildemente, señor, arrojándome a tus plantas... Dale la mano a don Félix. Pensarán que está acabada la comedia con casarse los galanes y las damas; pues escuchen vuesarcedes, que otro pedacito falta. Don Juan, yo os tengo ofendido, y vos en la misma instancia me tenéis a mí obligado. Yo he de cumplir mi palabra de que, en cobrando a Leonor, volver tengo a la campaña; mas si el ir yo allá ha de ser para rendiros la espada –pues no he de reñir con quien debo honor, ser, vida y alma–, mejor es que aquí os la rinda, los dos quedando en tal causa bien puestos, vos amparando y yo rindiéndoos las armas. Todo queda así compuesto. No todo; que agora falta, si con don Juan ha cumplido, que a reñir conmigo salga. Ese duelo, yo, don Diego, seré quien le satisfaga. Esa fue una competencia de amor, a que nunca causa di yo, permitida entonces, que era de don Félix dama. Pero ahora que soy su esposa, no será bien que la haya; y así cesará el efeto, pues ha cesado la causa. A pagar de mi dinero, la suerte está bien juzgada, y nadie queda mal puesto sino yo en estas demandas, pues quedo descalabrado, con cuyos duelos acaban «Los empeños de un acaso». Perdonad sus muchas faltas. FIN