Personas que hablan en ella. DIANA. POCRIS. FLORETA. MEGERA. ALECTO. TESÍFONE. CÉFALO. ERÓSTRATO. CLARÍN. RÚSTICO. CORO DE NINFAS. CORO DE ZAGALES. [AURA.] Jornada I Sale por una parte un CORO DE NINFAS, y POCRIS, trayendo en medio de todas a AURA, cubierto el rostro, y por otra parte DIANA, con venablo, y las demás, con flechas. Esta, hermosa Diana, cuya incauta belleza baldón es de tus montes y oprobio de tus selvas, es Aura, a quien tus ninfas, al sacro culto atentas, del puro amor que ensalzas, del torpe que desprecias, presentan ante ti. Y en forma de querella de su amante delito te piden la sentencia. ¡Ay, infeliz de aquella que hizo verdad haber quien de amor muera! Eróstrato, un pastor a quien por su soberbia todos los moradores destos confines tiemblan, de noche, tras sus ansias, de día, tras sus fieras, por ella de tus cotos la línea sale y entra disfamando de todas. La votada pureza con que tu templo sirven tus aras reverencian. ¡Ay, infeliz de aquella que hizo verdad haber quien de amor muera! Anoche, cuando en sombras la luz del sol envuelta dejó la de la luna bañada en nubes densas, porque también tuviese Prometeo su esfera, que sus rayos robase entre sus flores bellas, hurtos de amor lograba. Y como a él no puedan seguirle nuestras plantas, prendimos solo a ella. ¡Ay, infeliz de aquella que hizo verdad haber quien de amor muera! Descubridla la cara, que quiero que me vea, porque antes que mi ira la mate su vergüenza. Sacrílega hermosura que torpemente ciega, de mi deidad no solo el sacro honor desdeñas, pero de mi enemiga, Venus, el triunfo aumentas, haciendo que mis aras sirvan a tus ofensas. ¿Cómo, atrevida, intentas que reine amor donde el olvido reina? ¿Yo? Si cuando... Suspende la voz, el labio sella, que hay delitos que crecen la culpa con la enmienda. A ese tronco la atad, las manos atrás vueltas, y pues es de mis ritos establecida pena, quien flechas del amor indignamente sienta, sienta no indignamente de mi rencor las flechas, examine las vuestras, y al impulso que vive, al mismo muera. Ven, fiera. Ven, tirana. ¿Tú, Pocris, que antes eras mi más amiga, más contraria te me muestras? Sí, que por más amiga me toca más tu ofensa. O plegue a Amor o plegue a Venus que padezcas lo que padezco, en ti vengadas sus ofensas, la primera de todas. Yo le doy la licencia de ser, como me vea Amor amar, su indignación primera. ¡Atadla! ¿Qué esperáis? Atan a AURA al tronco. ¡Soberanas esferas! ¡Poderosas deidades! ¡Cielo, sol, luna, estrellas, fuentes, arroyos, mares, montañas, cumbres, peñas, árboles, flores, plantas, aves, peces y fieras! ¡Compadeceos de mí! ¡Tened de mí clemencia! No permitáis que digan aire, agua, fuego y tierra: «¡Ay, infeliz de aquella que hizo verdad haber quien de amor muera!» Dentro, CÉFALO y CLARÍN. Gemido es de mujer, que afligida lamenta. Si ella obró noramala, quéjese norabuena y sigue tu camino. ¿Cómo, oyendo sus quejas, podrá el valor de un noble no ir a favorecerla? Yendo por otra parte. Conmigo, Clarín, llega. Pues fue de todas sombra. Sale CÉFALO y CLARÍN. ¿Qué villana violencia se atreve a hacer a una mujer ofensa? ¿Pero qué es lo que miro? Una banda de bellas señoras cupidillas, que están en bandas puestas contra una, a un tronco atada. No sé cómo obre cuerda acción, que ofendo a muchas en una que defienda. ¡Oh tú, estranjero joven, que quiero creer las señas del traje, por no hacer tu culpa más grosera en haberte atrevido a penetrar la senda, que este sagrado guarda, que este sitio reserva, tanto que nadie a él llega que no escriba su muerte con su huella. Sin que más examines y sin que más entiendas del duelo en que nos hallas, trance en que nos encuentras, vuelve atrás y agradece a la deidad suprema que estos montes habita, que quiere que se sepan sus iras, y por esto, sin que cómplice seas de errores que castiga, permite que te vuelvas. Vete pues, si no esperas que la voz del indulto se arrepienta. En cuanto a que, estranjero, no sé qué estancia es esta. Lo que el traje te dijo, no desdirá la lengua, pero en cuanto a que oí míseras voces tiernas de mujer, cuyo acento a discurrir me empeña lo inculto destos montes, ¿cómo, llegando a verla, della llamado, puedo dejar de socorrerla? Viendo que más arriesgas en que me enoje yo, que en morir ella. Reconozco el peligro de tu ceño, mas piensa que nobles culpas hacen amigas las ofensas. Pues aunque ahora te enojes, podrá ser que agradezcas tú mesma mi despecho, después contra ti mesma que hidalgos procederes tienen tal encomienda en lo ilustre de un alma, que obligan, aunque ofendan. Según eso, ¿aun intentas contra mí proseguir en su defensa? En su defensa sí, contra ti no. ¿No echas de ver que es imposible mantener la propuesta? Porque, ¿cómo, si a darla la muerte estoy resuelta, y tú a darla la vida, quieres que se convengan dos acciones que están tan cara a cara opuestas? No sé, si no me vale una industria. ¿Qué es? Esta: Pónese CÉFALO delante de AURA. La templada cuchilla, que blandida en tu diestra, a tus ojos les pide para matar licencia, contra mí arbola, y todas vosotras, ninfas bellas, tremolad contra mí las embebidas cuerdas, que de su vida escudo mi vida, a esos pies puesta, muriendo yo primero que a ella morir la vea. Cumpliré entrambas deudas, pues ni me opongo a ti, ni falto a ella. Por más que generoso facilitar intentas, o rendido mi saña, o altivo tu soberbia, no has de poder. Aparta. Advierte, considera, que no es querer que viva pedirte yo que muera. Apártate, señor, y que la tiren deja. Tendrás un lindo rato. ¿Eso, vil, me aconsejas? Pues dime: ¿Hubiera fiesta como ver asaetear todas las hembras, cuanto más una? Aparta, digo otra vez. Espera. ¿Qué hay que esperar? Los dioses mi vida favorezcan. ¿Cuál podrá contra mí? El que, al ver mi tragedia, porque tú no blasones que contra Amor hay fuerza, no bastando la humana que trajo a socorrerla, usó de la divina. ¿Cómo? Dentro. Desta manera. Vuela el tronco con AURA. ¡Ay infeliz de aquella que hizo verdad haber quien amor muera! En aire convertida, desvanecida vuela los diáfanos espacios. ¿Quién duda que las ciegas fantasías de Amor, cuando más se defiendan, en aire se consuman y en humo se conviertan? Como Venus del agua, nació para que sea fuego el amor, y el aire de agua y fuego mezcla. Los imperios de Venus, que ambos estremos median, el aire son, y así, la trasladó a su esfera, para que sin que tú la mates, viva eterna ninfa del aire Aura, diciendo lisonjera... Dentro. No ya infeliz de aquella que hizo verdad haber quien de amor muera. Este aleve estranjero, que a tan mal punto llega a embarazar mis iras, que da aliento a que puedan volar a ella sus voces, de mi cólera fiera será despojo. En vano temor ponerme intentas, que heroicos pechos no matan sin resistencia. No es matar ventajosa el castigar severa, y así, de mi violenta saña tu vida el desempeño sea. Cáesele el venablo de la mano, al ejecutar el golpe. ¿Pero qué es esto? ¡El dardo que acerado cometa tan siempre fue del bosque, que despedido apenas de mi mano salió, cuando a mis plantas puestas vio tantas brutas ruinas, sin que sañuda fiera, o ya la garra armada, o ya la armada testa, por veloz se redima, por feroz se defienda, me falta! ¡Qué tristeza! ¡Qué asombro, qué terror, qué ansia, qué pena! Vanse DIANA y las ninfas, dejándose el venablo; cógele CÉFALO, y POCRIS se le quiere quitar, y luchan los dos. De tanto misterioso pasmo, testigo sea en el templo de Marte este venablo. Suelta, que prenda de Dïana es tan sagrada prenda, que aun dejada, no hay mortal que la merezca. ¡Diana! Sí. Aunque oír su nombre me estremezca, para llevarle, más que me impides, me alientas. ¿A quién, beldad divina, despojo de tan nueva lid toca, sino a quien con la campaña queda? A quien debe cobrarlos, por de su dueño. Deja, ya que vuelvo dichoso, que honrado también vuelva. No en vano lo pretendas. No en vano tú quitarme el honor quieras. No has de llevarle. No hagas que tan alta presea aventure el respeto ajado de la fuerza. ¿Qué es ajado? Primero que por tuyo le tengas, con él has de quitarme la vida. Advierte. Suelta. Hiérese con el venablo. Mas, ¡ay de mí, infelice! ¿Qué has hecho? Con la ciega cólera, no advertí que en la cuchilla puesta la mano tenía, y tanto al herirme con ella la púrpura del rojo coral que la ensangrienta, me estremece, me yela, me desmaya, me aflige y me atormenta, que ni aliento, ni vivo, y en ofuscada idea de sombras que me asaltan, de horrores que me cercan, no sé, no sé de mí. ¡Detente, aguarda, espera! No, no me mates. Yo... Cuando... si... Cesa, cesa. ¿Pero qué es lo que digo? ¿Yo a un acaso sujeta? ¿Yo a un delirio postrada? ¿Yo a un frenesí suspensa? ¡Qué fantasía tan necia! ¡Qué ilusión! ¡Qué delirio! ¡Qué quimera! Vase. Bello prodigio aguarda, hermoso asombro espera. Pues va muy bien servida para que se detenga. No quiero más, ¡ay, triste!, sino solo que sepa que el nácar que, purpúreo, manchó la nieve tersa, al ver que los jazmines en claveles se vuelvan, herido el corazón en el pecho me deja, como diciendo en muestras de mi dolor... Dentro. ¡Al monte, a la ribera! Ruido de cazadores a estotra parte suena, y pues no has de seguirla, busquemos por la selva los caballos, que sueltos se quedaron en ella, y vamos donde vamos. Dices bien. ¡Quién pudiera siguiendo ir su belleza! Vase. Dentro. ¡Al monte, al prado, al valle, a la ribera! Sale ERÓSTRATO. Ya que dejo esparcida por toda la campaña la batida, cuyas confusas voces, que son mi seña, es fuerza que veloces hayan la soberana esfera penetrado de Dïana, en el inculto soto que desta línea a su vedado coto divide el linde, quiero recatado esperar al jardinero, de quien mi amor fiado sus términos rompió, porque el cuidado de que anoche sentido fuese de alguna gente, cuyo ruido me obligó a que saliese veloz, porque con Aura no me viese, me tiene con recelo de si fui visto o no. Sale RÚSTICO. Válgame el cielo, en que cosas se mete el que se mete. Consonante, vete, pues nombre es más pulido, agente de negocios de Cupido. Dígalo yo, testigo de tantos sustos, pues. ¡Rústico, amigo, muy bien venido seas! Y tú muy mal hallado. Si deseas sacarme de un cuidado, dime de anoche acá lo que ha pasado. Aunque la historia es mucha, toda la he de decir. Empieza. Escucha: Persiguiendo fïeras, dicen que un día con un coro encontraste de hermosas ninfas. Viste entre ellas a Aura, y el que te incline es razón, pues la estrella ni da, ni pide. De explicarte buscamos medios y fuimos, si ella la paraninfa, yo el paraninfo. Dejo aparte billetes, jardines, noches, ingredientes comunes de otros amores, y voy solo a que todas sus compañeras la acusaron, quejosas de no ser ella. Viéronte, y aunque fueron razones tales, si siempre muy civiles, hoy criminales, porque a Aura acusaron, de cuyo enojo resultó que doña Ana la atase a un tronco. Pocris, su más amiga, fue la primera que la diera la muerte, si no viniera no sé quién a ampararla; mas sin efeto, porque solo quien pudo, diz que fue Venus, que mostrando que aquestas son cosas graves en doña Ana, y en ella son cosas de aire, convertida en aire se llevó a Aura, adonde... No prosigas, villano, calla. Calla, que no quiero oír que con piadosas crueldades, a mí me convierta en estragos de fuego quien a ella convierte en halagos de aire. ¿Pues tengo la culpa yo, di, para que te lo pague? Tampoco la tengo yo, y tengo la pena. ¡Agentes de amor, veis aquí vuestros gajes! Desvanecida hermosura, que vagamente constante, dejando de ser lisonja a las flores, a ser te trasladas lisonja a las aves. A llorarte voy perdida, y no me atrevo a llorarte, porque a la tierra las lágrimas corren, y no está en la tierra aun caduca tu imagen. Y así, en suspiros presumo, que mejor mi fee te halle, puesto que el aire merece tu sombra, y son los suspiros alhajas del aire. ¿Mas cómo en lástima, cielos, se convierten mis pesares? ¿Desde cuándo en Eróstrato ha sido o dócil la queja, o la lágrima fácil? ¿Habiendo iras y rigores, apelan a las piedades mis sañas, mis penas, mis ansias, mis furias? ¡Mal haya el dolor que me hizo cobarde! ¡Viven los cielos, villano...! Vivan, sin que a mí me mates. Que hoy han de ver mi venganza, no solo los troncos, los riscos, los montes, los mares, pero Diana y sus ninfas, padeciendo los ultrajes del abrasado despecho de un loco, que ya para serlo bastó el ser amante. Y esa Pocris, esa fiera que más amiga mostrarse debiera, verá que si un elemento de aquella hermosura la pompa deshace, otro elemento la venga. Y pues tan presto se abren las puertas del templo, y en su sacrificio a todos es dado tocar sus altares, yo... Mas el tiempo lo diga. Ea, Eróstrato, si grande tu fama no puede hacerte, hoy eterno, veamos si eterno hoy tu infamia te hace. Vase. Furioso va, y no sé cierto por qué, que muchos galanes, aun no convertirá en aire su dama, por solo adorarla, adoran el aire. Mas como vivo me deje, por aquí pienso quedarme, y así, la deshecha haciendo de que en cuanto ha pasado estoy ignorante, me volveré al jardín, pero mi mujer con Diana sale. De aquí he de escuchar el intento que lleva, y ver lo que a solas al campo la trae. Retírase RÚSTICO al bastidor, y salen DIANA y FLORETA. Tú, Floreta, has de decirme la verdad, pues tú la sabes. [Aparte.] Será la primera que ha dicho en su vida. Sí haré, que soy boca de muchas verdades. ¿Quién es el que en los jardines a deshora cierra y abre? [Aparte.] Seguro estoy que lo sepa, si es fuerza que porque no diga verdad se lo calle. ¿No respondes? [Aparte.] ¿Qué diré? [Aparte.] ¿Mas, que echa la culpa a alguien? ¿Qué esperas, pues? Prosigue. [Aparte.] Ella está pensando un embuste con que disculparme. Yo, señor... Cuando... Si... ¿Qué te turbas? No te espantes, porque decirte que Rústico ha sido el vil, el traidor, el pícaro infame, que por interés o miedo a Eróstrato espaldas hace. No lo he de decir, porque es mi marido, y no has de saberlo de mí, aunque me mates. [Aparte.] ¡Oh, mujer mía!, mintió contigo la más constante, con el valor que resiste el decirlo. No me lo digas, que hoy he de vengarme de un villano con su muerte, mas darle muerte es desaire, que no merece castigo tan noble el rústico objeto de un pecho cobarde. A Acteón mudé la forma en venganza de otro ultraje, y a aqueste he de hacer que nadie le vea, que en forma distinta de bruto no le halle. Padezca lo que es, pues es ocasión que Venus cause este rencor, que entre muertas cenizas parece que yela, y no es sino que arde. Vase. Ella pensó que era boba, y que había de sacarme que Rústico fue quien tuvo la culpa; pues no, que no soy de engañar yo tan fácil. Sale RÚSTICO del bastidor, con una cabeza de cuatro caras diferentes, y vestido de pieles. Ya que Diana se fue, hermosa Floreta, dame los brazos. ¡Ay triste! ¿Qué es esto que miro? ¿Por qué te retiras? Cruel león, no me mates. ¿Yo león? ¿Estás borracha, mujer? ¿Cuando a que te pague mi amor la fineza de no haber contado que fui el agresor de culpa tan grande vengo como un corderito, león te parezco? ¡Amparadme, cielos! Espera. ¡Ay qué garras, qué dientes! ¿Pues qué hay que yo muerda, ni que hay que yo arañe? Sale POCRIS. ¿De qué, Floreta, das voces? Mas, ¿qué mucho que te espantes, mirando, ¡ay de mí!, un oso tan fiero? Pues ella por león me tenía de antes. ¿No hay quien de tan bruta fiera nos favorezca, y ampare? Sale CÉFALO con el venablo, y CLARÍN. Sí, pues mi destino, a solo seguir hoy voz de mujer perdido me trae. Tente, señor. No temáis, que solo para este trance no en vano perdió su venablo Diana, y tú le dejaste en mi mano no en balde. ¿Que quieras con un hambriento lobo meterte en combate? Aún más lisonjero el delirio es de aqueste, pues lobo, animal de su especie me hace. Manchado tigre, conmigo embiste; puesto delante me hallarás de la dama, por quien ya intento este acero bañar con tu sangre. Vive Dios, que va de veras, y si se le antoja darme con el venablo, lo hará. Mientras pasa su frenesí, mejor es que yo escape. Vase. Sin el trofeo de haber llegado a aquesta ocasión, no has de irte. No le sigas, pues vuelve huyendo veloz. Aunque vengarte del susto fuera mi aplauso mayor, me para tu vista, más imperiosa que tu voz, a que entre aparte el cuidado de aquel pasado dolor. No le tengas, y dejando el acaso y la ilusión, no el haberte detenido atribuyas a favor, que es bien, si tú un riesgo impides, que impida otro riesgo yo, por eso que no siguieses dije a esa fiera. Aunque son piedades, y no caricias, perdóneme tu rigor, que yo me he de persuadir a lo que me está mejor. Y ya que no soy dichoso, darme a entender que lo soy. Persuadirte a lo imposible es una gloriosa acción. Darse por vencido antes del riesgo, poco valor. El que su bien anticipa, peligra en la presunción. ¿Qué importa que no lo sea, para que lo piense yo? Y usted en aqueste alcázar, ¿no me dirá quién es? Soy ninfa de escalera abajo. La norabuena me doy. ¿La norabuena de qué? De que por lo menos no llegara a sus acesorias desalentado mi amor. Antes sí, que en las sirvientes corre contraria razón, que las de escalera abajo de desván arriba son. AURA sale en lo alto sobre un águila. Ya que alada hija de Venus, dejando en nuestra mansión de ser de los bosques ninfa, ninfa de los vientos soy, a cuyo suave aliento han de vivir desde hoy, de Aura inspirados, la planta, la ave, el cristal y la flor, en flor, cristal, ave y planta, no haya música o verdor que amor no publique; y pues debí a Céfalo el favor, y el rencor le debí a Pocris, y se hallan juntos los dos, a lograr los dos asumptos del favor y del rigor, inspire suave el aura de amor. ¡Qué muerta voz! ¡Ay de mí! ¡Ay de mí! ¡Qué viva voz! Hacia la parte del alma hablando está al corazón. Mas con cerrar al encanto el oído, libre estoy. Mas con mirar al hechizo, cumpliré mi obligación. ¿Dónde vas? Asegurando el pasado riesgo voy. No, no has de pasar de aquí. Perdone esta vez tu voz, que no la he de obedecer como antes. ¿Por qué no? Porque mandarme quedar en la pasada ocasión, cuando a no mirarte iba tras aquel bruto feroz, no es lo mismo que mandarme quedar, cuando a verte voy. Quien solo al riesgo obedece, poco debe a su pasión, que obedecer contra el gusto es la fineza mayor. Porque veas que no es interés, sino atención, vete en paz. En paz te queda. Hace que se va. Aunque se aparten los dos, inspire suave el aura de amor. ¿Porque digo que se quede no más, se queda? ¿Quién vio tan mal mandada obediencia? ¿Porque me diga que no la siga, temo? ¿Quién, cielos, vio en la ciega confusión del temor y la osadía tan bien mandado al temor? Inspire suave el aura de amor. Pero si se fue, veré. Mas veré si se ausentó. ¿A qué vuelves? ¡Yo qué sé! ¿Tú a qué vuelves? ¡Qué sé yo! Inspire suave el aura de amor. Yo a decirte que si quedas en toda aquesta región, supuesto que de estranjero ya el indulto se acabó, corre peligro tu vida. Yo a decirte que corrió ya, pues le tengo a dos luces, si me quedo y si me voy. Pues si te dan a escoger, ausentarte es el mejor. Si el mejor es ausentarme, ¡ay Dios!, ¿cuál será el peor? A mí, que el que fuere sea. Vete pues; no vuelva yo a hallarte aquí cuando vuelva. Esto es decirme que no me vaya, si has de volver. Esa es locura. Yo doy que sea locura, pero locura puesta en razón. ¿No te vas? Si tú te vas. ¡Qué pena! ¡Qué confusión! Pero yo sabré vencerla... Más sabré seguirla yo... Por más que ignorado acento... Por más que ignorada voz... En mi oprobio... En mi desdicha... En mi injuria... En mi temor... En mi ofensa... En mi fortuna... En mi agravio... En mi favor... Me este diciendo al oído... Diciendo esté al corazón... Inspire suave el aura de amor. Vanse los dos. ¿Y los dos en qué quedamos? En que los dos a otros dos. Con que diremos cantando de nuestros amos al son. Inspire suave el aura de amor. Jornada II Dentro grita de pastores, y salen cantando todos los músicos, y detrás dellos CÉFALO, ERÓSTRATO y CLARÍN, de villanos, con dones en las manos, excepto CLARÍN, que no le trae. Venid, moradores de Lidia, venid, venid, que hoy de marzo la luna se cumple, en que partidos el día y la noche, iguala Diana las sombras y luces. Venid, y trayendo de rosas y flores, de fieras y aves los dones comunes, las unas sus rizos coronen guirnaldas, las otras sus aras adornen perfumes. Venid, que hoy de marzo la luna se cumple. Pues ya el día amaneció en que estos montes saluden de Diana el templo, a cuyo fin tantas gentes concurren. Bien entre ellos mi rencor disfrazado me introduce, haciendo que este villano traje encubra y disimule, persona y intento, pues como entre todos me oculte, verán Venus, Amor y Aura que si hay quien su pompa injurie, hay quien sus agravios vengue; y así, con todos procure mezclarme, diciendo, a fin de que mi error ejecute. Venid, y tejiendo con blancos azares los rojos claveles, violetas azules, las unas, sus rizos coronen guirnaldas, las otras, sus aras adornen perfumes. Venid, que hoy de marzo la luna se cumple, en que partidos el día y la noche iguala Diana las sombras y luces. Vanse todos, y quedan CÉFALO y CLARÍN. Sigue, Clarín, esa tropa. El juicio que nunca tuve, tus cosas quitarme intentan. ¿Pues qué hay hoy que en ellas culpes? Noble en Tinacria naciste, y como nunca se unen de la fortuna y la sangre las vanas solicitudes, cansando al mundo vivías, por lo mal que en él se sufren sobre escaseces de pobre las vanidades de ilustre. Quiso Dios y tu ventura, que en este estado te acude la herencia de un tío, que en Lidia mataron sus senectudes, con cuyas nuevas alegre, por estar puesto en costumbre que se regocije el vivo de lo que el muerto se pudre, a tomar la posesión venías, cuando en la cumbre de aquese monte los cielos quisieron que el eco escuches de una desmayada voz, y que de oírla resulte que una ninfa pague en sangre lo que otra en aire consume. Volvimos, porque no sea la relación pesadumbre, a buscar nuestros caballos, que por esos cerros huyen, cuando otra vez nos llamó, sin saber para qué use de voces contigo Amor, pues en lo tierno y lo dolo de tu condición, no dudó cuanto es diligencia inútil, quien siempre tuvo buen pleito, ver que a voces le reduce. Segunda vez a esta ninfa viste, y en vez de que busques los caballos y te vayas donde acomodado triunfes, veo que en una alquería te albergas, y en ella el lustre de tu esplendor, disfrazado en tosco sayal encubres. ¿Qué es esto, señor? Clarín, es un destino que induce, es un hado que domina y es una estrella que influyes. En busca de los caballos, para que seguir procure mi viaje, llegué a ese pobre albergue, donde supe que la luna, en que a Diana la rústica muchedumbre destas comarcas celebra, en este día se cumple, y que en su solemnidad eran a todos comunes los umbrales de su templo, para que todos tributen a sus ninfas las ofrendas, que en tibia trémula lumbre sacrifican para que, cuando sus aras ahúmen, suban al cielo en pavesas, cuyas condensadas nubes, como Elcino dice, la hacen deidad de sombras y luces; y siendo así, que por pocos días, más o menos, pude de tanta celebridad lograr el día, no acuses quedarme en aqueste traje en que mis dichas dispuse, pues, si la verdad te digo, bien que tú te la presumes, no solo curiosidad me mueve, pues no es bien dudes que con aquesta ocasión logren mis solicitudes el volver a ver aquella que, con divinas vislumbres, luciendo a par de Diana, a par de los cielos luce. Y así, ven tras esa tropa, que ya del templo descubre del dorado chapitel almenas y balaústres. Mas no vengas sin ofrenda; de esas bellas flores pule siquiera algún ramillete, y tras mí con todos sube, pues yo, para disfrazar el alto intento que truje, iré diciendo con todos para que su aplauso ayude: «Venid», y mezclando de fieras y aves matices que halaguen, lisonjas que adulen, las unas sus rizos coronen guirnaldas, las otras sus aras adornen perfumes. Vase CÉFALO. Venid, que hoy de marzo la luna se cumple. Ya que habiendo de seguir la tropa, es fuerza procure llevar ofrenda de aquesta huerta, algunas frutas hurte. Sale RÚSTICO con máscara de lebrel, y collar y pieles. [Aparte] ¿Si se habrán cansado ya todos del pasado embuste de hacerme creer que soy monstruo? En aqueste lo apure.) ¡Ha, pastor! ¡Ay infelice! ¡Qué perro tan fiero acude a guardarlas! ¡Ha, pastor! No, señor mastín, aguce contra mí las presas, que no he tocado una legumbre tan sola en toda su huerta. ¡Oye, aguarda!, ¿de quién huyes? ¡Ay, cómo ladra rabioso! No ya el cordelejo dure. Basta, pastor, y di quién a aquesta burla te induce. Fiestas hace y no me muerde, y si es que el discurso arguye que a una deidad cazadora un perro es don de gran fuste, se le he de llevar. ¡Tus, tus, Cito! Por más que me atufe, nada enmiendo; y pues no hay perro que con amo ayune, dejarme llevar de aqueste quiero. Tus, tus. ¿Cuál acude? ¡Y luego dirán que no hay a perros viejos tus tuses! Traílla he de hacer de la honda. Ir conmigo no rehúses. No haré, si a comer me llevas. Con todos ahora pronuncie: Venid, moradores, etc. Vanse. Descúbrese el templo; salen por una puerta los hombres y por otra las mujeres, DIANA está en el trono, y sale ERÓSTRATO, CÉFALO, CLARÍN y RÚSTICO. Venid, moradores de Lidia, venid, venid, que hoy de marzo la luna se cumple, en que partidos el día y la noche, iguala Diana las sombras y luces. Venid, y trayendo de rosas y flores, de fieras y aves los dones comunes, las unas sus rizos coronen guirnaldas, las otras sus aras adornen perfumes. Venid, que hoy de marzo la luna se cumple. Rústicos moradores destos campos de Lidia, para que más la envidia de vuestros sacros loores ofenda a la deidad de los amores (pues para mí no ha habido ni dádiva ni ofrenda, sino la que pretenda publicar que este ha sido contra el amor empleo del olvido), id vuestros altos dones dando a mis ninfas bellas, y alternando con ellas las músicas canciones, decid para blasón de mis blasones... Pues la vitoria mayor vencerse a sí mismo ha sido, muera el amor y viva el olvido, viva el olvido y muera el amor. [Aparte.] (Mi soberbia el primero a la ofrenda me lleva. La voz el labio mueva, no el corazón, si espero lograr postrado lo que altivo muero.) Llega a una NINFA con el arco y flecha. Si el arco de Amor, ¡oh, bella deidad!, el mayor trofeo para Venus es, bien creo que este vengue a Diana bella, pues su estrella verá que a esta media luna no hay ninguna fiera que no sea inferior, y más cuando su esplendor diga, de su flecha herido: ¡Muera el amor y viva el olvido! ¡Viva el olvido y muera el amor! Llega CÉFALO a POCRIS, con un ramillete o guirnalda. Cobarde a hablarla llego. ¿Cómo podré, divino amor, si a tu destino los influjos no niego, de yelo hablar y padecer fuego? ¡Cielos!, ¿qué es lo que miro? ¿No es este el estranjero? Turbado, al verla muero. Muerta, al verla respiro. [Aparte.] ¡Oh, si hablara sin voces el suspiro!) Azucena y rosa ves en iris, cuya belleza símbolo es de la pureza y sangre de Venus es, y así, a tus pies, rosa y azucena, infiero lisonjero don, pues una es del candor imagen y otra el verdor dice, en púrpura teñido: ¡Muera el amor y viva el olvido! ¡Viva el olvido y muera el amor! De azucena y rosa fuera acepto el don que me das, si la blancura no más sin la púrpura viniera. Mal pudiera, si la vi en sangre teñida. ¡Ay de mi vida, si se acuerda del dolor! ¡Y ay de la mía!, al rigor de haber de decir rendido: ¡Muera el amor y viva el olvido! ¡Viva el olvido y muera amor! Estrafalaria beldad, que ni turba ni embraza. Este lebrel para caza, en nombre mío tomad. ¡Qué maldad! ¿Yo lebrel de mi mujer? Agradecer debo el don por el mejor. Es famoso cazador. ¿De qué lo habéis vós sabido? ¡Muera el amor y viva el olvido! ¡Viva el olvido y muera el amor! Todos de nuestro ejercicio las primicias dedicamos. Y todas las acetamos de Diana en sacrificio. Yo, propicio a vuestro justo desvelo, culto y celo, os ofrezco mi favor, que no es el oro el valor, sino el haber repetido: Dentro ¡Viva el amor y muera el olvido! ¡Muera el olvido y viva el amor! Esperad, que nueva voz, sacrílegamente infiel, en los coros de Diana cláusula de Venus es. A nadie vemos, y solo sentimos, al parecer, un viento que blando inspira. Pues te oyen y no te ven, ¿quién eres? ¡Oh, tú del aire veloz vaticinio! Vase AURA en el aire, en un carro tirado de dos camaleones, y cantando baja al tablado, atravesándole por delante de todos, y vuelve a subir por la otra parte, con el último verso. ¿Quién, perturbando en tus aplausos la ingratitud de tu fee, sin que la impidas la entrada, penetrar puede y romper las claraboyas al templo, y las cercas al vergel, entre amor y olvido, publicando que no enmienda al amar el aborrecer? No, pues, de ingrata blasones, que bien puede una mujer mantenerse en ser constante, sin pasar a ser crüel, y es darle tiempo al estremo, querer no haya medio, pues entre el favor de su agrado y el odio de su desdén, puede partirse el camino, a cuya causa hay quien fiel, penetrando tus umbrales, repita una y otra vez que contra el olvido amor viva, pues no enmienda al amar el aborrecer. Vase. Traición en el templo hay de algún amante, por quien quiere Júpiter que el viento estas noticias me dé. ¡Ay de mí, si me conoce!, pues en llegando a saber el intento con que vine, ¿qué disculpa he de tener? ¡Ay de mí, si en mí repara!, pues es fuerza conocer que la intención que me trajo, afecto del amor fue. ¡Ay de mí, si ve que quiero a esta maldita mujer! ¡Ay de mí, si se le antoja, que el perro que rabia es! A todos miro, y en nadie el alma penetro. ¿Qué poder soberano hay que se oponga a mi poder? ¿Yo de Júpiter segunda hija no soy? ¿No soy quien en mayorazgos de luz parte al sol el rosicler? ¿No soy la que con tres rostros, siendo mis imperios tres, Diana en la verde selva, luna en el azul dosel y Proserpina en el negro centro, los mortales ven tal vez presidir opuesta, y favorable tal vez? Y dejando la deidad aparte, ¿no soy la que de los montes de la Luna predomina la altivez, cuyas venenosas plantas, inficionadas, hacer prodigios se miran, cuantos al hombre mudan el ser? Pues madre de horror y miedo, les trueco el semblante, bien empañándole a él la faz, como a todo el día la tez. ¿Pues cómo, oh deidad, oh maga2, no alcanzo, ¡ay de mí!, a saber quién me ofende, quién me injuria, ni quién me ultraja, ni quién la luz de mi penetrar, la fuerza de mi entender impide? Mas, ¡ay de mí!, vuelvo a decir otra vez, que si contra iras de amor hizo bando mi esquivez, ¿qué mucho, cielos, qué mucho que todos contra mí estén banderizados los dioses, pues perturbada la ley, cuando de mí recusados, están sobornados dél? Mal hubiesen una lluvia de oro, una adúltera red, y en los caistros de un cisne, los verdores de un laurel. Esos profanados dones dejad, arrojad, romped, que con sospechas de alguno, ninguno he de agradecer. Salid, pues, salid, villanos, del templo, y todas después cerrad sus puertas, que más no se han de abrir, hasta que deste oprobio, este baldón el fin sepa, y ay de aquel por quien el aire me avisa, tras cuyos ecos iré; pues aunque todos los dioses favor a algún traidor den contra mí, no contra mí han de mantenerle, al ver que penetrando el supremo solio, subo a proponer a Júpiter mi querella, aunque recele, y aunque tema que de su delito, siendo reo, le haga juez, que en Júpiter aun no es fácil obrar mal y juzgar bien, y más cuando voy a alegar contra él, que enmienda al amar el aborrecer. Sube al sacro solio, sube, sube al supremo dosel, y pues a todas nos toca, de parte de todas ve. Y sepa que va a alegar contra él, que enmienda al amar el aborrecer. Huyen todos y desaparécese DIANA. Huyamos todos. Huyamos. Eso no, señor lebrel, que pues no vuelven los dones, ha de ir conmigo usted. Vase RÚSTICO, y CLARÍN. Aunque su enojo me dio qué dudar y qué temer, perdido en su ausencia el miedo, detrás de aqueste cancel me he de quedar escondido, que no tengo de perder la ocasión de mi venganza, por si no la hallo otra vez. Vase. Pues hemos quedado solas, el templo a cerrar volved. No en ausencia de Diana esté abierto. Vanse las NINFAS. Decís bien. No dicen, si no le cierran al aire, que dijo... ¿Qué? Que puede una ser constante, sin pasar a ser crüel. ¿Qué importa eso? Mucho. ¿Por qué? Di. Porque no enmienda al amar el aborrecer. Sí, mas vós, ¿cómo aquí solo os quedáis? Como no sé la senda que me desvía de vós. ¿Aquesa no es? Sí debe de ser. Pues ¿cómo viéndola no la sabéis? ¿Quién quita verla los ojos y no acertarla los pies? Por eso os la enseño yo. Idos, forastero; ved que el templo se ha de cerrar y que empieza a anochecer. Sí haré, pero permitidme que estrañe que, al tiempo que vós me mandáis que me vaya, que me quede me mandéis. ¿Yo, que os quedéis? ¿Cuándo? Cuando decís que me vaya. Pues el advertiros que os vais, ¿es deciros que os quedéis? Sí, que el oír es criado tan mal mandado del ver, que todo lo que le dicen siempre lo entiende al revés. Y así, entre veros y oíros, perdonad si descortés abandona el corazón lo que oye por lo que ve. Perdonadme vós a mí, que no me atrevo a entender plática que a mis oídos llega la primera vez. ¿No visteis estrellas? Sí. ¿No visteis flores? También. ¿No oísteis aves? Sí oí. ¿Cristales no escuchasteis? Sí escuché; mas con la plática, estrellas o flores, cristales o aves, ¿qué tienen que ver? Preguntádselo al ardor de aquella primera estrella; veréis que en blando rumor del aire que inspira, responde por ella... Atraviesa AURA en un carro por el tablado. ¿Qué estrella no influye afectos de amor? Al verde botón que esconde de aquella flor el matiz lo preguntad; veréis dónde, dudando si nace, el aire responde... ¿Qué flor no es de amor un concepto feliz? Al tierno dulce clamor lo preguntad de aquel ave; veréis como a su dolor el aire responde, diciendo suave... ¿Qué cláusula no es un gemido de amor? Preguntádselo al sonido de aquese cristal, que herido baja del monte al vergel; veréis que responde el aire por él... Aquí esta el amor, pues aquí se hace el ruido. ¿Qué importa que ame la bella luz, ni que amen, ¡ay de mí!, matiz, rumor, y querella, si nunca han de ser ejemplar para mí el ave, el cristal, ni la flor, ni la estrella? Idos, pues, que siento ruido. Yo, ¡ay infelice!, me iré, mas con una condición. ¿Que os adivino cuál es? No haréis mucho, que es muy fácil. Pues decidla. No diré hasta que vós la digáis, por ver si el alma me veis. Esto es querer cortesano decir que es ella después. Pues digámoslo a la par. Es que advirtáis... Es que notéis... Que siendo constante... Y no siendo cruel... No enmienda al amar el aborrecer. Es verdad. Verdad es. Que todo mi mal... Que todo mi bien... Está en que entendáis... Está en que penséis... Que siendo constante y no siendo cruel, no enmienda al amar el aborrecer. Vanse. Sale FLORETA. El templo cierran, y yo, como no soy ninfa dél, fuera he quedado, y no acaso, si para discurrir es, ¿qué se habrá Rústico hecho, que día de tal placer no ha parecido? Hacia dónde vaya a buscarle no sé. Salen CLARÍN y RÚSTICO. ¿Por dónde mi amo echaría? Conmigo a buscarle ven. ¡Cito, to, pues ya tu amo soy! Y se le echa de ver que es amo, pues solo cuida del mandar y no el comer. Mas sígole, porque otro en otra tema no dé. Mas, ¡qué miro! Mas, ¡qué veo! ¿No es aquella...? ¿No es aquel...? ¿La ninfa de mala mano? ¿El lacayuelo de a pie? Dígame uced, reina mía, si sabe por dónde fue un amo que Dios me dio. Dígame si sabe usted de un maridillo que a mí me dio el diablo. Yo sé dél, por señas de que a estas horas, sin saber cómo o por qué, me dice que está hecho un perro. Sal aquí. Vase RÚSTICO. No le peguéis, que para los jabalíes es una pieza de rey, y pues maridos y amos no son prendas de perder, de nuestras cosas hablemos y busquémoslos después, y así, Floreta, sabrás que él se ha quedado, por ver a una ninfa de retorno; yo me he quedado con él tan solo por verte a ti. Y diga, amante novel, ¿cómo es eso de retorno? ¿Soy yo mula de alquiler? Hazte tú de propriedad; y si he hablado descortés, enmiéndenlo. ¿Quién? Los brazos... ¿Cómo? Así. Abrázala. Sale RÚSTICO, con cabeza de jabalí. ¿Qué llego a ver? No ha de pasar ante mí de tal abrazo la fee. ¿Qué es esto? El perro que rabia. ¡Qué jabalí tan crüel! Jamás mayor puerco vi. Eso es por honrarme usted. Aparte. (Jabalí me han hecho. ¿Pero de qué me quejo?, ¿de qué?, si en no haberme hecho venado, me han hecho mucha merced. Mas vengarase en los dos mi furia, empezando en él.) ¡Ay, qué Adonis del trapillo! ¿Sin por qué, ni para qué me da muerte un jabalí? Tu perro te ayude, pues él, para los jabalíes, es una pieza de rey. Vase. Vase RÚSTICO, y sale CÉFALO. ¡Perro mío, de hoy acá a darme la vida ven! Clarín, ¿de qué das voces? ¡Ay, es un puerco que me ha muerto a coces! ¿Estás borracho o loco? Lo uno no merecí, lo otro tampoco. Cobra aliento y sentido. ¿Coces a mí, que lacayuelo he sido? ¿De qué nace ese yerro? De que un perro me ha dado pan de perro, pues huyendo se aleja de un jabalí, y en su poder me deja. ¿Quién?, que aquí no hay persona. ¿Coces a mí, galán de una fregona? Deja aquesas locuras. Sí haré, en dejando tú tus aventuras, con que en las selvas eres amante de novela. ¿Cómo quieres que me ausente de aquella que, imperioso destino de mi estrella, no solamente el día en estos montes, mas la noche fría, cual ves, me tiene en calma, rémora de la vida, imán del alma, y con mortal despecho, un Etna el corazón, volcán el pecho, siempre que a verla llego todo es decirme, ¡ay, triste!... Dentro. ¡Fuego, fuego! Pero, ¿qué confusas voces son estas que, de los vientos adivinadas, las hurta, antes de oírlas, el eco? No sé, pero a aquella parte se ve un pavoroso incendio que de la noche desmiente la obscuridad. Hacia el templo es de Diana. Y aun él el que se abrasa, pues dentro es donde se oye el confuso clamor decir... Dentro. ¡Fuego, fuego! ¿Quién nos dirá lo que ha sido? ¿Quién lo ha de decir más cierto ni claro que el fuego mismo? Sale ERÓSTRATO. Logrose mi atrevimiento; la llama que de sus aras, en sagrado culto ardiendo, era su mayor aplauso, será su mayor desprecio. ¿Quién va? ¿Quién es? No lo sé, que ese asombro, ese despecho, esa desesperación, ese escándalo, ese estruendo me ha dejado tan sin mí de mí, ¡ay de mí!, tan ajeno, que de quien soy olvidado, de lo que fui no me acuerdo. Pero ese estrago lo diga, cuando de su saña huyendo, a los montes a ampararme voy de mí contra mí mesmo. ¡Aura!, ya que de los aires tienes el veloz imperio, anima la llama tú, que yo encendida la dejo. Vase, y sale AURA en lo alto, sobre una salamandra. Sí haré, que si de amor y ira partimos los dos estremos, es bien que de ira y amor partamos los elementos, y pues el fuego te toca que encendió tu atrevimiento, y a mí el aire que le avive, arda todo. Dentro. ¡Fuego, fuego! El templo es el que se abrasa, que en humo y llamas envuelto de más cerca se divisa. Conmigo ven. ¿A qué efecto? De socorrer a quien pueda. Ve tú, que eres caballero. Que los socorros jamás tocan a los lacayuelos. Entra conmigo, cobarde. Por sola una cosa quiero entrar, y es por ver si hallo quemadas cuantas hay dentro. Vanse los dos, y descúbrese la perspectiva del incendio, y AURA volando sobre el fuego, y van pasando las ninfas, y se entran, como van diciendo los versos. Moradores destos riscos... Pastores destos desiertos... Cazadores destas selvas... Acudid, acudid presto. El gran templo de Diana, abrasado Mongibelo, arde en pavesas. Vesubio su gran fábrica se ha vuelto. ¡Fuego! ¡Que me abraso, fuego! ¡Que me quemo! ¡Piedad, dioses! Arda todo. ¡Piedad, cielos! Al altar. Al chapitel. A la torre. Al claustro. Al templo. Aunque más acudáis todos, en vano será el intento, si fénix de tanta hoguera, yo con mis alas le enciendo. Salen CÉFALO y CLARÍN. Entre las caducas ruinas que ya el voraz elemento unas de su centro arranca y otras reduce a su centro, he de arrojarme... Yo no. Vase. Por si venturoso puedo, aunque sobre mí se venga toda su máquina al suelo, socorrer alguna vida. ¡Que me abraso! ¡Fuego! ¡Que me muero! ¡Fuego! ¡Que me quemo! ¡Fuego! ¡Que me ahogo! ¡Fuego! ¡Piedad, dioses! ¡Piedad, cielos! A pesar de sus clamores, ¡arda todo! ¡Fuego, fuego! Sale POCRIS, tropezando, y dice antes de salir: ¡Ay, infelice de mí! Hacia allí se oyó el acento. Si fuera el báratro, entrara su abismo. Ahora sale POCRIS. ¡Válgame el cielo! ¿Cómo, donde todo es llama, en solo sombras tropiezo? ¿De qué me sirven las luces, si a ver, ¡ay de mí!, no acierto? No temas, pues, mariposa. Yo por ti de amor no temo la llama, por más que activa quiera abrasarme. ¿Quién? Pero ni el aliento, ni la voz, la vida, ni el alma puedo usar. ¿Qué mucho, si faltan alma, vida, voz y aliento? Cae desmayada. En mis brazos ha caído; ¿pues qué aguardo?, ¿pues qué espero? Y si solo en esta vida logradas mis dichas llevo, arda el templo de Diana. Vase, llevándola en los brazos. Sí arderá; mas no por eso Pocris dejará de arder, pues va de uno en otro incendio, donde su lamento diga, cifrando esotros lamentos... [Dentro.] ¡Que me abraso! ¡Fuego! ¡Que me muero! ¡Fuego! ¡Que me quemo! ¡Fuego! ¡Que me ahogo! ¡Fuego! ¡A la torre, al claustro, al templo! Arda todo. ¡Piedad, dioses! Todo acabe. ¡Piedad, cielos! Jornada III Estando puesto el teatro del bosque, que fue con el que se cubrió el incendio, sube el peñasco con cuatro personas, DIANA en lugar eminente, MEGERA en un lado, TESÍFONE en otro, y ALECTO a los pies, vestidas de velillo negro, el de DIANA con estrellas de oro y el de las tres con algunas llamas de oro. Ya que aqueste peñasco en ya esmeralda bruta, pedazo desasido del venenoso monte de la Luna, es mi trono, después que ni pompa más suma, ni dosel más excelso ha de tener mi majestad augusta, hasta que a su esplendor el templo restituya, que sacrílego fuego, en pardas ruinas convirtió caducas. Desde él, de mi venganza las leyes distribuya, que tribunal es digno un risco a quien delitos brutos juzga. Y pues, como a deidad de la esfera nocturna, vino a mi invocación en alas el terror de las tres Furias; supuesto que de Aura, a quien Venus ayuda, los dioses no me vengan más que en verla volar golfos de pluma. En Eróstrato el ceño empiece, tú le busca en los montes, adonde le retiró el asombro de su culpa. ¡Oh, Megera inhumana, fiera le obliga a que huya de las gentes, sintiendo ansias, fatigas, coleras y angustias. Tú, Alecto, pues que Pocris con Céfalo me injuria; pues apóstata mía, con él de amor en las delicias triunfa. En su rendido pecho harás que se introduzgan de los celos el áspid, que entre las flores del amor se oculta. Tú, Tesífone, a él los sentidos perturba, para que mi venablo, de quien ahora tan ufano usa, le haga yo instrumento de sus tragedias, cuya lástima sea baldón de deidad, que a ser llama nació espuma. Y porque un vil castigo no piensen que en mí dura, a vista destos, cobre Rústico la primera forma suya. Tú verás que, obedientes a las órdenes tuyas, hacemos que las tres padezcan, penen, giman, lloren, sufran. Pues antes que del día, que a mi pesar madruga, del monte y del alcázar, corone el chapitel, dore la punta, cada una por su parte a su ejercicio acuda. Pues a los riscos, donde a las gentes Eróstrato se hurta. A los bosques, en que Aura a Céfalo busca. A los palacios, donde Pocris de Amor la vanidad ilustra. A la sagrada esfera, desde donde yo influya rigores, que los tres... Padezcan, penen, giman, lloren, sufran. Y pues soy la primera que de Pocris va en busca, desde esta parte haga que el palacio en que habita se descubra. Divídese el peñasco en cuatro partes, desapareciéndose las cuatro, y descúbrese a este tiempo el salón regio, con los fondos de retretes y jardines, y salen CÉFALO con el venablo y POCRIS deteniéndole, y CLARÍN y FLORETA. Mi bien, mi señor, mi esposo, mi dueño, supuesto que Amor supo usar contra mí tal vez de la sangre, del fuego tal vez, haciéndome a sangre y fuego la lid (de aqueste venablo el presagio lo diga, bien como de aquel incendio el ardid), no ya que feliz dos acasos me hicieron, permitas que me haga un cuidado infeliz. Pues mi esposa, mi cielo, mi gloria, mi dueño, mi bien, ¡cuidado tú! Sí. Adviérteme dél y verás cuán atento procuro enmendarle. Pues óyele. Di. Del desmayo, del susto, del miedo, a cuyo pavor el sentido perdí, de un fuego a otro fuego escapando mi vida, apenas cobrada en tus brazos me vi, cuando deudora, ¡ay triste!, al amparo, y aun más que al amparo deudora, ¡ay de mí!, a la blanda querella del llanto, si torpe en la voz, en los ojos sutil, me dejé vencer de tu ruego, siguiéndote donde estoy tan feliz como en tu lustre publican las pompas desde este palacio hasta ese jardín, y más al cumplirme aquella palabra que fue la disculpa con que me rendí, pues sin ajar sumisiones de amante, imperios de esposo, uno y otro te di. Hasta aquí confieso la dicha, pero prosiga el temor desde aquí, pues cuando contigo me miro más vana es cuando más triste me miro sin ti. De la caza, el afán generoso tanto estos días te lleva tras sí, que, envidiosa del monte, trocara el techo dorado al verde pensil. Apenas el alba corona risueña los riscos de rosa, clavel y jazmín, cuando por ella me dejas, gustando de verme llorar, por verla reír. Del lecho mi amor apela a la mesa, y apenas el sol transciende el cenit, cuando en vez que esta alfombra te albergue, te alberga el ardor de un pajizo país. La tarde declina, y pasas la tarde talando del bosque uno y otro confín, y aun las noches, pues muchas me ferias peñascos de enero a catres de abril. Con que las cuatro edades del día muriendo las vivo, pues son para mí la aurora, la siesta, la tarde y la noche, penar y temer, llorar y gemir. Hermosa Pocris mía, vive tu fee, tu halago, tu belleza, que desde el primer día que mi amor al crisol de tu fineza se examinó tan ciego, que le sobró para acendrarse el fuego, te adoro tan postrado, tan fino, tan rendido y tan gozoso, que sin haber sulcado los golfos que hay desde galán a esposo, con el amor primero galante amo, que esposo te venero. Lo mismo que me culpa, me absuelve de tu queja, Pocris bella, ¿pues qué mayor disculpa que haber, siguiendo el rumbo de mi estrella, buscado mis desvelos, diversión que no pueda darte celos? Confieso que estos días la caza más que otros me divierte; y es que las ansias mías, lograr en brutos triunfos veo de suerte, que apenas hago tiro, cuando no hay fiera que a mis pies no miro. Si cansado me siento, feliz a la fatiga el ocio iguala, pues un templado viento me consuela, me alivia, me regala con delicias tan sumas, moviendo suave las rizadas plumas. Las aves le acompañan con tan sonoras cláusulas veloces, que mil veces me engañan, si son, o no, de alguna deidad voces que a grande fin me llaman, según tal vez recrean, tal inflaman. Virtud quizá divina contiene este venablo de Diana, y pues él me destina, sin duda, a alguna empresa, en quien ufana mi fama se corone, hasta hallarla, tu queja me perdone; que he de seguir el monte, en quien hoy anda una ignorada fiera, que horror deste horizonte, escándalo es del monte y la ribera, y he de ver si consigo su trofeo. Clarín, vente conmigo. Vase. Escucha, Clarín, primero que a él le sigas. ¿Qué me mandas? Saber de ti lo que dél no deben saber mis ansias, porque no es justo que en propria mujer escrúpulos haya, que aventuren su respeto al ver mi desconfïanza. Y si las disculpas suyas, o bien ciertas o bien falsas, bastan para mi decoro, para mi temor no bastan. Y así, tú me has de decir qué vientos, qué aves, qué cazas son estas, que días y noches tanto a Céfalo le arrastran. Yo, señora, soy crïado, y si supiera la causa, por decirla, la dijera. Solo sé que en la campaña se retira de nosotros a la más inculta estancia del monte, donde a sus solas lo más de las siestas pasa en las músicas suspenso de unos pájaros que cantan como con humana voz, cuya dulce consonancia, una vez que quise oírla, no pude, porque una estraña fiera atravesó la senda, que es la que dijo que espanta hoy el valle, y para mí algún sátiro es, que anda en busca de alguna ninfa, pienso que su nombre es Laura, porque a modo de bramido oí que dijo en voz alta: «¡Laura es mi pena, Laura es la que me yela y me abrasa!» ¿Pero esto a ti qué te importa?, y puesto que poco o nada, adiós, que Céfalo espera. Vase. Espera tú, infame, aguarda. ¿Por qué te enojas con él? ¡Ay Floreta!, que no alcanza lo rústico de tu pecho a lo sutil de mis ansias. Mas ya que de una fortuna, cómplices en la pasada ruina del templo quedamos, por vivas cenizas ambas, siendo Céfalo y Clarín los que nos libraron, haga la necesidad virtud, haciendo la confïanza de ti, que no puedo de otra, ¡ay infelice!, de cuantas de Céfalo en los palacios me asisten y me acompañan. Bien puedes fïar de mí, porque a mí, di qué me falta, sino solo entendimiento, para ser tu secretaria. Sale ALECTO con mascarilla en la cara y pone a POCRIS la mano en los pechos. Ya es tiempo que de los celos la parte esparciendo vaya, que le ha tocado a mi furia. ¿Qué tienes, pues? Una ansia, una pena, una congoja, que a ser huéspeda del alma entra, como que es eterna, y sale como que es rabia; en fin, es un no sé qué que sobre mis miedos causan aquestas noticias. ¿Cómo? Como si voy a apurarlas, hallo... ALECTO canta bajo, al oído, y ella repite con despecho lo mismo, de modo que para la música son dos, y para la representación no es más que uno, porque lo uno ha de ser repetición de lo otro. Que Céfalo ya de sus finezas se cansa. Que Céfalo ya de mis finezas se cansa. Pues por un monte te deja. Pues por un monte me deja. Que a sus solas se recata en lo oculto dél. Que a sus solas se recata en lo oculto dél. Adonde... Adonde... Blandos vientos le regalan... Blandos vientos le regalan... Tiernas voces le divierten... Tiernas voces le divierten... Dulces pájaros le cantan... Dulces pájaros le cantan... Cuando otro a una Laura busca. Cuando otro a una Laura busca. ¿Por cuánto pudiera? (¡Oh, vaga fantasía del temor, cuánto el discurso adelantas!) ¿Por cuánto, vuelvo a decir, pudiera ser que el buscarla, fuera celoso de que con Céfalo...? La voz falta... ¿Pero qué mucho, qué mucho? Que no hay decentes palabras, si no hay decentes pasiones que se atrevan a explicarlas. Y puesto que es el decirlas aun peor que imaginarlas, ven conmigo, que he de ver (si otro traje me disfraza, y sin ser dél conocida, sigo de embozo sus plantas) qué aves, qué vientos, qué voces, qué ilusiones, qué fantasmas, qué delirios, qué quimeras son estas que le arrebatan tanto el sentido y, en fin, quién es esta Laura. Aura. ¿Aura, no dijeron? Sí, mas, ¿qué admiras? Mas, ¿qué estrañas que el eco a ti te responda, cuando tú la voz levantas? Dices bien; mas, ¡ay, que hace sentido el eco a mis ansias! No sin razón me estremece, me asusta y me sobresalta; y más si en Aura me acuerda la prometida amenaza de que Venus y Amor tomen en mí de su error venganza, a cuyo fin Aura es la que a Céfalo le encanta en el monte. No, señora, caso del acaso hagas. ¿Aura ya no es aire? Sí, pero sepa tu ignorancia que si el aire diere celos, celos aun del aire matan. Sígueme, pues. ¡Ay de ti! ¡Ay de ti! ¡Ay de ti! Pocris, si a saber alcanzas... Pocris, si a saber alcanzas... Toda la música. Que si el aire diere celos... Dentro, y las tres. Celos aun del aire matan. Vanse. Sale ERÓSTRATO, vestido de pieles, huyendo Que si el aire diere celos, celos aun del aire matan. Según lo que a mí me pasa, amante del aire, pues Aura es mi pena, Aura es la que me yela y me abrasa, conmigo debe de hablar, sin duda, esta aleve voz, que discurriendo veloz, no hay intrincado lugar que no me busque, ¡ay de mí!, por más que el centro me esconde de aquestos peñascos, donde de la llama que encendí me deslumbra el resplandor tanto que aun mi misma sombra me atemoriza y me asombra. No me bastaba el terror con que transcendiendo esferas de unos a otros horizontes, ciudadano de los montes, compañero de las fieras, voy de las gentes huyendo, sino el terror, ¡ay de mí!, de que me siga hasta aquí esta armonía, diciendo por ver si más se dilatan mis sacrílegos recelos. Que si el aire diere celos, celos aun del aire matan. ¿Quién duda, pues mal pudiera en tanto mortal desdén dar celos al aire quien galán del aire no fuera, que habla conmigo? ¡Oh, si más se declarara! ¿Es a mí, Eco, la amenaza? Sale MEGERA, atravesando el tablado. Sí. ¿Cómo? Presto lo sabrás. Nuevas furias me arrebatan. Viendo al seguir mis anhelos. Que si el aire diere celos, celos aun del aire matan. Vase. Hacia allí la voz se oyó, y aunque con nuevas injurias de iras, ansias, rabias, furias, ciego el eco me dejó; seguirle tengo.3 Sale RÚSTICO. En efeto, no me atrevo a parecer entre gentes, por no ser animal más imperfeto del que me han hecho hasta aquí, y así a los montes me vengo. Anda ERÓSTRATO a ciegas, y se abraza con RÚSTICO. Pues en mis brazos te tengo, sombra cuya voz seguí, he de saber qué me quieres, y lo que tu voz me dice. ¿Qué monstruo es, ¡ay infelice!, el que me agarra? ¿Quién eres? Imagine su mercé en cuánta alimaña hay hoy la que quiere, que esa soy, esa he sido, esa seré, sin más dilación, pues tales son mis varios atributos, que hecho pericón de brutos y pendanga de animales, del manjar que va a buscar al punto le serviré; pero no me coma, aunque le dé a escoger el manjar. ¡Rústico! Eso es bueno. Espera. ¿Rústico yo? ¿Qué hay que asombre? Ser para las fieras hombre y para los hombres fiera. ¿Qué quieres decir? Detente. Que ninguno hay que me vea que alimaña no me crea, no quitando lo presente, sino su mercé. ¿Que aún no me has conocido? En quien es a caer no me atrevo. ¿Pues no soy Eróstrato yo? Agora lo conocí, y ya no me admira el traje, que no es mucho ver salvaje al que enamorado vi. Mas dime qué es lo que pasa. Desde que Aura el aura es de Venus, es mi ansia, pues Aura me yela y me abrasa. Dime tú si acaso oíste una voz y dónde fue. Ni yo la oí, ni lo sé. Pues yo he de seguirla, ¡ay triste!, hasta ver en qué rematan, publicando sus desvelos, Él y la música. que si el aire diere celos, celos aun del aire matan. Vase. Vaya norabuena, que yo, habiendo visto gente a aquella parte, aunque le haya oído llamarme mi nombre, pretendo escondido que quien son no vuelvan al primer delirio. Escóndese RÚSTICO, y salen CÉFALO y CLARÍN. Aquí, Clarín, queda, pues al verde sitio desde inculto seno no has de entrar conmigo. ¿Posible es que encubras que hay aquí escondido de mí, conociendo cuán leal te sirvo? Porque no presumas que de ti no fío lo que a Pocris callo, verás que lo digo. Aquella beldad a quien todos vimos convertida en aire, conservando el mismo nombre de Aura, es quien en el cristalino imperio de Venus hoy goza el dominio. Esta, agradecida a cuando mi brío intentó librarla en aquel peligro; viéndome una siesta del ardiente estío postrado al cansancio, partió con los rizos, ya que no a cendales, el fuego a suspiros, mullidos a fuer de rosas los riscos, vi lechos, en quien fue el sueño mi alivio, en que o mal despierto, o no bien dormido, en humana voz su deidad me dijo... Canta AURA dentro. Siempre que ansioso el afán de la caza te fatigue, llama a Aura que le mitigue, a cuyas voces verán tus congojas cuánto están en tu favor los favores de aquella que hoy entre albores poner puede, de su mano en los hombros del verano, el imperio de las flores. Aun ahora parece que suena en mi oído, y pues de su agrado paso divertido las treguas que da el noble ejercicio, logrando dichoso sin que yerre tiro los altos trofeos de aqueste divino arpón de Diana; ¿qué mucho que altivo busque aquella fiera que tantos han visto, y yo nunca encuentro; y más cuando miro que en esto no agravio el tierno cariño con que a Pocris bella adoro y estimo? Y así, pues no es la caza desvío, bien ambos empleos lograr solicito de monte y regazo, siendo a un tiempo mismo Pocris por quien muero, Aura por quien vivo. Vase [CÉFALO]. Sale POCRIS de villana, y FLORETA, oyéndole. «¿Pocris por quien muero, Aura por quien vivo?» ¡Oh, nunca Floreta le hubiera seguido hasta donde haciendo cancel de ese risco, llegara a ocasión en que hubiera oído: «¿Pocris por quien muero, Aura por quien vivo?» ¡Espera, amante traidor!, mira que es mucho rigor, doblándome los recelos, que tú me mates de celos, y yo me muera de amor. Si mi vida te estorbó, no tú quitármela trates, que yo lo haré, pues que no es menester que me mates, para que me muera yo. Déjame con los consuelos de que yo te hice el favor; pues no me deja el dolor que tú me mates de celos, si yo me muero de amor. Mas ¿qué es lo que hago? Mas ¿qué es lo que digo? Las lágrimas cesen, cesen los suspiros; y ya hecho el empeño, beber solicito la ponzoña al vaso, y al aire el hechizo. Y así, tú, Floreta, porque menos ruido haga una en su acecho, en aqueste sitio te queda, entre tanto que sola le sigo, hasta que mis penas vean si averiguo qué Aura es aquesta, por quien él ha dicho: «Pocris por quien muero, Aura por quien vivo.» Que aunque cobarde el temor, flores pise y sienta celos, nada aventuro, en rigor, en que él me mate de celos, si yo me muero de amor. Vase. Quédanse FLORETA, CLARÍN, y RÚSTICO. Dos zagalas venían, y a la espesura, como apuesta se ha entrado de dos la una. Yo y Clarín bien mostramos que los sirvientes, como malas espadas se vuelven siempre. Ya no hay ruido, yo salgo; pero no es tiempo, que el azar estos días está al encuentro. Pues usted, reina, espera cuando yo espero, hagamos la esperanza divertimiento. ¿Quién será tan grosero, tan vano, que haga su divertimiento de su esperanza? Si es discreto y requiebra, tendré buen rato; y mejor, si requiebra y es mentecato. Primoritos fueran en gente baja, guarnecer alcorcones con filigrana; y así, solo a mi modo decirla intento... ¿Qué? Que nos querramos por pasatiempo. Si Floreta lo oyera, saltara ahora. De Floretas se hacen las cabriolas. Pero tú, ¿de qué sabes que yo la quiero? De saber lo que había de no saberlo. Ella me lo ha dicho. ¡Ve aquí, señores, como su remedio pierden los hombres! Andarase alabando, porque de balde, ninfa del baratillo, la amé una tarde. Pues infame, picaño, loco, atrevido, ¿es esta cara, cara del baratillo? Descúbrese FLORETA. Conocido te había. ¡Tente, Floreta! [Aparte.] (Ya eso es viejo. Por Baco, que ella es por ella; y animal más o menos, hacerles tengo que me tiemblen.) ¡Ya basta! ¿Qué es lo que veo, mi marido no es este? Villano, aparta. ¡Oiga!, ¿qué hacen ustedes, que no se espantan? ¿Pues por qué ha de espantarme ver un villano? ¿Ni a mí, cuando te busco, ver que te hallo? ¿Luego yo soy yo mismo? ¿De qué lo dudas? Qué animal soy sepamos; baste la burla. Denme el nombre y huyan, que es gran contento el ver al enemigo cuando va huyendo. ¿Qué locura es aquesta, Rústico mío? Diga el tonto... Ahora veo que soy yo mismo. ¿Qué es lo que aquí quiere? Que me conozca por el menor marido desta señora. ¿Pues por qué, temblando, decirlo estrañas? Por si león me hacías, traigo cuartanas. ¿Qué torpeza es aquesta? Por si soy oso. ¿Pues por qué a mí me riñes? Ya estoy muy otro. ¿Cómo tan asqueroso y tan sucio andas? Desde que fui tigre, todo soy manchas. Dime: ¿qué te has hecho?, ¿dónde has estado? El señor te lo diga, que vendió el galgo. No te entiendo, habla claro. Yo de Floreta sepa que siempre he sido... Dentro. Guarda la fiera. Pero de aquestas voces la gritería, pues por mí no lo dicen, por mí lo digan. ¿Cómo por ti? Espera; que aquestas voces acosando una fiera bajan del monte. Yo me entiendo. A esta parte viene furiosa. ¿Qué haces? Huyo. ¿Pues quieres dejarme sola? ¿Esa es cortesía? Sí, que hasta hallarte, solo tuve yo ausencias y enfermedades. Vase. Pues por mí no es justo; yo me iré, vuelva, que a usted enfermedades falten y ausencias. Vase. Oye, espera; ¿me dejas sola en el riesgo? ¿Qué haré? Dentro. Guarda la fiera. ¡Lindo consejo! Mas el ser liviana no es ser ligera, según voy tropezando. Dentro. Guarda la fiera. Sale CÉFALO. Pues por gozar tu favor no voy tras aquellas voces que, discurriendo veloces, apellidan mi valor, a templar el resplandor del sol, el bello desdén. Ven, Aura, ven. Sale a una parte POCRIS, oyéndola. ¿Ven, Aura, ven, dijo? Sí, ya el equívoco acabó... Aura es a quien llamó. No en vano dudé y temí que Aura, vengada de mí, quiera perturbar mi bien. Ven, Aura, ven. Ven, y en cromáticos tales den alivio a mis congojas los pasajes de las hojas, las pausas de los cristales, que sustenidos mis males, haciendo pausas estén. Ven, Aura, ven. AURA en lo alto. ¿Ven, Aura, ven? Aunque oí su voz, no respondo a ella, que oyéndola Pocris bella, sorda he de estar, porque así, al ver que me llama a mí, más penas sus penas den. Ven, Aura, ven. Ven, y con cláusulas sumas muevan trinados primores inquietos golfos de flores, blandos embates de plumas. Tus penachos las espumas sean, y el ámbar también. Ven, Aura, ven. «Ven, Aura, ven», una y mil veces repite; y aunque de celos muriendo esté, hasta averiguar su vil traición, ea, varonil dolor, paciencia prevén. Ven, Aura, ven. Ven, y porque la armonía con que esta mansión desierta oye que el día despierta, oiga que se duerme el día; una y otra fantasía faltas con la aurora estén. Ven, Aura, ven. «Ven, Aura, ven», repitió, mas sufra Pocris y pene. ¿Ven, Aura, ven, y no viene? No soy a quien llama yo. ¿Quién el favor dilató? ¿A quién tardó el mal, a quién? Ven, Aura, ven. Ven, y jurando en tu esfera al mayo rosas y mieses por rey de los doce meses, por dios de la primavera, diga el sol... Guarda la fiera. Ya, que no prosiga, es bien. Ven, Aura, ven. Dentro. De lo fragoso del monte se favorece y ampara. En vano ha de ser su fuga. Seguidle todos. Sale ERÓSTRATO. ¡Qué ansia! Aun hasta aquí, donde más se tejen y se enmarañan con lo arisco de las breñas lo escabroso de las plantas, siguiéndome vienen. ¡Cielos!, si son iras de Diana, bien podrán lograr castigos, pero no tomar venganzas; que cuando mi diligencia o su centro no me valga, me sabré desesperar desde la peña más alta al piélago más profundo, muerto a manos de mi rabia, antes que a las de su ira. Bruto horror destas montañas; pues que de tantos el cielo para mi triunfo te guarda. Yo solo, deste sagrado venablo blandida el asta, en fee de su dueño, pude conseguir empresa tanta. Muere a su impulso. Detente, gallardo joven, no hagas fiera haciendo a un hombre, que envilecida la hazaña, con humana sangre borre tus aplausos. Si me daba en lo horroroso, en lo fiero del aspecto, antes del habla por ver tu vista, tu voz mas que a pavor se adelanta. ¿Quién creerá q[ue] siendo el dueño de mi amor y mi venganza Eróstrato, no sea él quien mis favores arrastra, sino Céfalo? Mas, ¿quién no lo creerá, si repara que el que está sin sí, no está capaz de favores de Aura? ¿Hombre humano eres? Sí. Sale TESÍFONE. Ahora lo que a mi furia se encarga, es perturbar sus sentidos. Mientes, mientes, y me engaña o tu semblante o tu voz, pues a tan poca distancia, ni te percibo las señas, ni te averiguo las ansias. Y pues lo que me aseguras desdice a lo que me espantas, muere a este arpón, otra vez digo. Si el ser no me salva hombre, sálveme el ser fiera, apelando a las entrañas de los montes, tan sañuda, tan ciega y desesperada, que a más no poder, de aquella alta roca despeñada caiga al mar. Vase. Lo más que puedo es ofrecerte mis alas. Mal huirás, si este de fresno áspid, víbora de plata, relámpago sin rumor y rayo sin luz, te alcanza. [Aparte.] Sí alcanzará; ¿pero a quién le destina soberana deidad, que de tus sentidos privar el uso me manda? [Aparte.] Porque tan horrible monstruo no siga, al paso le salga. De vista le perdí, pero allí se mueven las ramas. Dispara el venablo hacia POCRIS. ¡Ay, infelice de mí! Logré la empresa más alta; ¿pero cuándo ha errado tiro el venablo de Diana? Presto lo verás y pues, cómplice de tu desgracia, en el todo de ser tuya a mí la parte me alcanza, vuelta en lástima la ira, muestre, intentando enmendarla, que más allá de la muerte no llegan nobles venganzas. Agora, pues ya la fiera cayó herida, a rematarla de aqueste puñal el filo acuda. Sale POCRIS herida, cayendo. ¡El cielo me valga! ¡Pero qué miro, ay de mí! ¿Qué transformación tan rara es la que, hiriendo a la noche, en púrpura tiñe el alba? Si monstruo de hombre y de fiera fue el que destas verdes ramas se amparó, ¿cómo mujer, la que con mortales bascas, destiñendo los verdores a estas brutas esmeraldas, lechos que la admiten nieve, la van convirtiendo en nácar? ¿Si ilusión, si devaneo, si delirio, si fantasma es de los ojos? ¡Mas ay!, Mírala al rostro. no es sino de toda el alma. No sé si otra vez me atreva a verla, por si otra guarda aparentes señas, que en tupidas sombras pardas de la idea, como objeto que en mí vive, me retrata la imagen de... Pero a verla me atrevo, y no a pronunciarla. De Pocris, ¿qué te recelas, qué dudas, ni qué recatas, si en mi muerte, no el defecto alteras, sino la causa; pues no mudando la esencia mi muerte, la circunstancia muda solo en que tu acero mate a quien tus celos matan. Y así, mi esposo, mi dueño, mi bien, mi señor, mi alma, (y si no digo mi vida es porque no digo nada) no sientas, no, deste influjo la constelación tirana; pues es dicha, ya que muero, morir a mejores armas. Pocris bella, Pocris mía, dulce dueño, esposa amada, que a fuerza de tu hermosura debió de ser tu desgracia... ¿Tuya dije?, digo mía. ¿Tú celosa? ¿De quién? De Aura, a quien buscas, a quien sigues, a quien quieres y a quien llamas. ¿Aura no es aire? Sí, ¿pero qué enmienda (el aliento falta) ser (el pecho se estremece) Aura (el corazón se arranca) aire (la voz titubea), si (el espíritu desmaya) en quien (la vida se rinde) quiere (el ánimo se pasma), como (la razón delira) quiero, consecuencia es clara, que si el aire diere celos, celos aun del aire matan. Cae muerta en el peñasco de la apariencia. Espiró la luz pura del sol, sin espirar la de su esfera, en cuya peña dura la hermosura naciera, si naciera sembrada la hermosura. ¿Cómo en el desconsuelo de todos, más por vuestro que por mío, del día el azul velo deste cadáver frío no hace en exequias que...? ¡Válgame el cielo! Cae desmayado, y dicen dentro las Furias y DIANA. Deidad de nubes y estrellas... Diosa de selvas y bosques... Reina de sombras y abismos... Aquesos son mis tres nombres. Salen las cuatro. Ya sé lo que me queréis; y así, atended a mis voces. ¡Ninfas, que de aquella ruina perdonaron los horrores! ¡Zagales destas montañas, destas selvas moradores! Salen todas las NINFAS, y ZAGALES, CLARÍN y RÚSTICO. ¿Qué nos mandas? ¿Qué nos quieres? ¿Qué es lo que miro, señores? Cumplido el refrán que dice: «Quien escucha, su mal oye.» Que de tres venganzas mías supliquéis los tres blasones, una y mil veces conmigo diciendo en ecos acordes: Viva la deidad... Viva la deidad... Que a los corazones... Que a los corazones... Que prende el amor... Que prende el amor... Los grillos les rompe... Los grillos les rompe... Repiten, y aparécese AURA en lo alto. ¡Suspended, suspended los acentos!, ¡los ecos parad!, ¡parad las canciones!, que aunque son nobles también las venganzas, tal vez blasonadas desdicen de nobles. Y pues que, ninfa del aire, puedo hacer que se transforme la escena en nubes y estrellas que me ilustren y me adornen, sabed que a Céfalo atenta, quise, ofendida de Pocris, que ella me pagase en celos lo que él me debió en favores. Pero a lástima pasando lo infeliz de sus amores, solicito que sus yerros el aura de amor los dore, que aunque son nobles también las venganzas, tal vez blasonadas desdicen de nobles. Y así, Venus a mi ruego, y a ruego de Venus Jove, mandan que de fino amor la tragedia se mejore sin el horror de tragedia, con que Pocris se coloque sobre el orbe de la luna4, de los astros en el orbe, y Céfalo, conservando la cláusula de su nombre, cuando por Céfalo aire, nombre de Céfiro tome. Estrella y aliento ambos, ya en soplos, ya en resplandores, como en prodigios de amor, inspiren castos amores. Subid, pues, restituidos a mejor ser, donde dioses, astros, planetas y signos, sol, luna y estrellas noten que, aunque son nobles también las venganzas, tal vez blasonadas desdicen nobles. Van subiendo CÉFALO y POCRIS, hasta juntarse con AURA, y suben todos tres. Feliz yo, feliz, pues quiere Júpiter que a verte torne. Feliz yo, Céfalo, pues quiere Aura, que este bien logre. Subid conmigo los dos al supremo solio, donde a Júpiter deis las gracias, diciendo en ecos veloces... Que aunque son nobles también las venganzas, tal vez blasonadas desdices de nobles. Una vez vengada yo, poco importa que blasones de estrella y aire. Con que diremos todos conformes: «Si celos del aire matan, también del aire favores dan vida», porque se vea en Aura, en Céfalo y Pocris que aunque son nobles tal vez las venganzas, tal vez blasonadas desdicen de nobles.