El postrer duelo de España Comedia Famosa Personas DON PEDRO TORRELLAS DON JERÓNIMO DE ANSA GINÉS, criado de don Pedro GONZALO, criado de don Jerónimo CARLOS QUINTO, mozo galán EL CONDESTABLE, viejo venerable EL ALMIRANTE, galán EL MARQUÉS DE BRANDEMBURG, galán CONDE DE BENAVENTE, viejo venerable FERNANDO, criado del conde VIOLANTE, dama FLORA, criada SERAFINA, dama FABIO, criado de Serafina GILA, villana BENITO, villano CABALLEROS PRIMERO Y SEGUNDO MÚSICA Primera Jornada Dentro atabalillos y chirimías y con las primeras voces salen por una parte don Pedro Torrellas, vestido de camino, y por otra don Jerónimo de Ansa, de cortesano. Dentro. ¡Nuestro heroico César viva! ¡Viva el invicto Rey nuestro! ¡Viva Carlos! ¡Viva Carlos! ¡Viva por siglos eternos! Don Pedro, tan bien venido seáis como sois de mi afecto deseado. Abrázanse. Vos tan bien hallado como el deseo, don Jerónimo, se explica en tal amigo y tal deudo. ¿Cómo venís? No tan sólo con salud, pero contento, honrado y favorecido del joven Carlos, rey nuestro, y toda su corte. Vos, ¿cómo estáis? Qué responderos no sé; que es contrario estilo a retóricos preceptos, hablándome en gozos vos, responder yo en sentimientos. Y así, dejando mis penas a menos precioso tiempo, contadme vuestra jornada. ¿No será mejor –supuesto que fundidos corazones son los dos en nuestros pechos tanto que, común de dos placer y pesar, han hecho tan vuestro el contento mío como mío el dolor vuestro– que me digáis vos la causa de vuestras penas primero, dejando para resguardo de su alivio y su consuelo mis felicidades? No; que en metáfora de enfermo, quien se cura en salud, goza anticipado el remedio. Si pretendiera argüiros, no faltara a mi argumento fuerza en que sobre seguro cae el que cae previniendo el lecho en que caer. Ni al mío, en que es socorro más cuerdo el que antes de caer repara el peligro. Y, puesto que yo soy el lastimado y vos el gustoso, medio más seguro es que acudamos en la precisión de un riesgo al que necesita más del alivio que al que menos ha menester el cuidado. Darme por vencido quiero, deponiendo mi dictamen por complacer con el vuestro. Después que el invicto Carlos –como hijo y heredero de Juana, hija de los Reyes Católicos, y el primero Felipe de Austria, a quien debe España el blasón excelso de que siempre repetido vea el dulce nudo estrecho del castellano león y el águila del imperio–, después que el invicto Carlos –otra vez a decir vuelvo– su menor edad cumplida, tomó posesión del reino, con no sé qué graves causas que honestaron sus pretextos, fue fuerza dar vuelta a Flandes, dejando en el desconsuelo de la ausencia de su rey a España, que, como centro de la lealtad y el amor, a fuer de dama, el pequeño espacio apenas de un año le contó a siglos eternos. Supo, pues, cómo volvía nuestro sol a darla nuevo esplendor con la cesárea majestad en que el imperio por sucesor del piadoso Maximiliano, su abuelo, le juró rey de romanos, con que, si a lo amante vuelvo, adelantando esperanzas y anticipando deseos, no hubo ciudad que a la raya diputados caballeros a darle la bienvenida no enviase. Yo, aunque menos que otros esta honra esperaba –no es la primer vez que ha hecho semejantes sinrazones la dicha al merecimiento– de parte de Zaragoza nombrado fui, con que, habiendo llegado a besar su mano, me parece que se ha puesto conmigo en paz mi fortuna, pues ya qué envidiar no tengo. Si le vierais cuán afable, si le vierais cuán severo daba lugar al amor sin quitársele al respeto, os admirarais de ver, entre temores de atento y licencias de admitido, lidiar dentro de mi pecho los dos encontrados bandos del cariño y del obsequio. No paró mi dicha en verle usar grave y halagüeño en diez y ocho años de edad diez y ocho mil de talento, sino en que, habiendo salido con el mismo justo intento cuanta nobleza contienen las dos Castillas, no habiendo gran señor que no se haya para su recibimiento adornado de sí mismo, que es su mejor lucimiento, todos me honraron de suerte que de mil honores lleno vuelvo a la patria. Si bien el que más de todos ellos se esmeró en honrarme fue, como más señor, más dueño mío, el señor Almirante de Castilla, que, en sabiendo que estaba allí en Zaragoza, me buscó en mi alojamiento y acompañó a la función del besamano, teniendo convidados, no tan sólo a los tres duques excelsos de Alba, de Alburquerque y Béjar, pero a cuantos caballeros de su casa y su familia gozan el blasón de serlo. Bien sé que tanto esplendor no era, y tanto lustre, atento a mí, sino a la corona, en noble conocimiento de la alta real sangre suya, desde el feliz casamiento que hizo don Fadrique Enríquez, dando al invicto rey nuestro, don Juan Segundo, el hermoso milagro, el prodigio bello de su hija doña Juana, para esposa y reina a un tiempo de Navarra y de Aragón de quien fue tan digno nieto el católico Fernando, primo hermano suyo; pero, aunque era esta la razón, no sé qué se tiene esto de gozar uno la dicha que otro le adquirió primero, que no deja de alcanzarle, por lo personal del puesto, de los méritos de otro a él el desvanecimiento. A este honor agradecido, al ver que Carlos, viniendo por Francia, en Fuenterrabía tomó de su español centro primer tierra y que, dejando de Navarra a un lado el reino, por Aragón a Castilla ir quiere, correspondiendo a la obligación y al gusto, tuve osado atrevimiento para ofrecerle mi casa el breve o no breve tiempo que Carlos en Zaragoza se detenga. Él, admitiendo más por su benignidad que por mí el ofrecimiento, el hospedaje aceptó, con que he dicho cuanto puedo decir de mis dichas, pues, aparte dejando el pleito del estado que hoy litigo para todos mis aumentos, ya en la paz o ya en la guerra, o para cualquier suceso, ya de honor, ya de fortuna –que al fin no sabe el más cuerdo a qué nace destinado–, no ha de faltarme a lo menos favor, pues para padrino, para valedor y dueño, para abrigo y para amparo tan alto mecenas tengo. Tan general esa dicha es hoy en todos que pienso –sin meterme en graduaciones donde todos son primeros– que no hay noble en Zaragoza a quien no pase lo mesmo. Dígalo yo, pues también, habiendo con todos hecho de precisa cortesía voluntario alojamiento, dando a la corte mi casa, por huésped en ella tengo al Marqués de Brandemburg, un alemán caballero que no mal visto del Rey goza por su heroico esfuerzo el bastón de general de las armas del Imperio. Es, sobre su ilustre sangre y su valor, el objeto más amable y más bien visto. Y, dejando aparte esto, pues, antes que salga el Rey a la capilla, da tiempo y ocasión la ociosidad de haber de esperarle, os ruego, don Jerónimo, merezca saber el cuidado vuestro. Mi cuidado, si es preciso no negárosle, es, don Pedro, haber visto una hermosura que, por no dar, no encarezco, en los lugares comunes de ser sus rizados crespos peinados rayos del sol; su frente, bruñido y terso ampo de nieve; sus cejas, arqueados iris; luceros sus ojos; rosa y jazmín sus mejillas; nácar bello de netas perlas su boca; torneado marfil su cuello, y toda el aura su talle. ¡Cuánto de oírlo me huelgo! Que estaba tibio este paso hasta aquí, pues es lo mesmo oír sin amor una historia que vivir sin alma un cuerpo. ¿Burla hacéis de mi cuidado? ¿Qué he de hacer, cuando pendiendo de un hilo el alma tenía, creyendo algún mal suceso que os hubiese acontecido? ¿Qué mayor, si a manos muero de una perdida esperanza, que apenas nació en el viento cuando en el viento murió, deshecha a los soplos fieros de iras, desdenes y agravios? Pues ¿qué mayor bien que veros con sentimiento, cuando es tan airoso el sentimiento? Nunca más galante, más garboso ni más bien puesto está un amante que cuando está llorando desprecios. Dejad a los dichosazos lo querido; que un discreto no ha menester más que causa de saber quejarse a tiempo. Y así, padeced, sufrid, amad y esperad, creyendo que sólo merece amando el que ama padeciendo. Bien el consejo viniera, si no viniera el consejo tarde. ¿Cómo? Como no nace sólo mi tormento… Decid. …de sufrir rigores. Pues ¿de qué? De sentir celos. Ya es otro el caso. ¿De quién? No sé, aunque sé que los tengo. ¿Sin saber de quién? Sí. ¿Cómo? Como en los lances primeros, sobornando a una criada por tener conocimiento, antes que a ella la sirviera con un criado mío, el secreto de otro amor me reveló sin revelarme el sujeto. Y fue el caso que ella ha poco que la sirve y, pretendiendo averiguar si nacían de otra causa mis desprecios, a hurto escuchó a una criada antigua estarla diciendo: «Presto volverá, señora, a tus cariños y el cielo querrá que llegue el dichoso día en que tú, consiguiendo tu pretensión y él su herencia, con gusto de entrambos deudos le des la mano de esposa». A que ella respondió: «Si eso consigo, dichosas penas son cuantas por él padezco». De suerte que, sin nombrarle, el daño supe y no el dueño, pues por más que desvelado y celoso lo pretendo, sin faltar día ni noche de su calle, el más pequeño indicio, rastro ni seña he encontrado, de que infiero que el decir que volvería a sus cariños, es cierto que es por retiro de algún amante desabrimiento. Y así, habiendo vos llegado… Sale Gonzalo. Señor. ¿Qué me dices, necio? Que ya es hora de que bajes si es que a su acompañamiento has de asistir, porque ya se ha apeado en el primero zaguán del palacio. Aquí quede el discurso suspenso, en que habiendo vos llegado, habéis de ser… Pero luego desto hablaremos despacio, porque, esta dama viniendo a dar hoy un memorial al Rey cerca del derecho que tiene a un honroso cargo, a vista suya no quiero faltar de entre sus criados, pues por agora no puedo darme por más entendido. Esperadme mientras vuelvo. Vanse los dos. ¡Qué de otra manera yo trato mi pasión, supuesto que nadie ha sabido della sino sólo mi deseo! ¿Por cuánto, ¡ay, Violante mía! al más amigo, al más deudo le fiara yo mis penas? Dígalo el que, cuando vengo de torpe acusando al aire y de perezoso al tiempo, aun para ver tus umbrales no he tenido atrevimiento sin licencia de la noche, que es sola la que al secreto de nuestro amor supo echar la doble de su silencio. Sale Ginés. Gracias a Dios que te hallo solo y ocioso un momento. Pues ¿qué quieres? Que me ajustes la cuenta de todo el tiempo que te he servido y te quedes con Dios. Pues bien, ¿qué hay de nuevo para despedirte? Hay el haber conmigo hecho una sinrazón, a que ya me falta el sufrimiento, y basta haber esperado para irme a que hayas vuelto a tu casa. ¿Sinrazón yo contigo? Tan sin duelo que no se le da ejemplar en cuantos hasta hoy subieron de lacayos regoldanos a gentilhombres enjertos en servicio de amo mozo. ¿Cuál es? Que yo no la entiendo. Un amor de contrabando que se me entra en coche, siendo escudero arrendador, sin pagarme los derechos. ¿Qué cosa es que un año andes hablando contigo mesmo sin que una hora hables conmigo y solo, en anocheciendo, te vayas hasta la aurora, donde, si vienes contento, tú te lo estás y, si triste, sin comerlo ni beberlo, haya de pagarlo yo? Matarme a coces diciendo: «Fulana es un basilisco, es un áspid», vaya, pero matarme a coces y no saber la fulana, eso toca en pundonor y no tengo de volver a verlo, si sé encontrar con un amo que hable en falsetes y recio. Sin duda vienes borracho. Ya no hay vino para eso, conque, negado el principio, no hace fuerza el argumento. O la fulana o la cuenta, y a Dios. Dentro ruido y chirimías. Después nos veremos. Retírate, que no es ahora de locuras tiempo, que sale el César. Las chirimías. Y al paso, en el permitido puesto concedido a principales damas, le sale al encuentro una, asistida de algunos caballeros, y entre ellos… Las chirimías. ¿Quién? …don Jerónimo de Ansa, tu primo y amigo. (Cielos, ¿qué miro? Violante es la dama sin duda, ¡hoy muero!, en que me hablaba). Ya el Rey llega. Las chirimías. Dentro. ¡Plaza, caballeros! Salen por una puerta, con acompañamiento, el Almirante, el Marqués, de alemán, Carlos y detrás de él el Condestable, viejo venerable; y por otras, con acompañamiento también, Violante, vestida de negro, una criada de la mano, y entre los demás don Jerónimo. Vuestra Majestad… si… cuando… yo… Señor,… Alzad del suelo. Ve a don Pedro. (¡Quién de dos sustos turbada, cobrar pudiera el aliento!). Doña Violante de Urrea, hija, señor, de don Diego de Urrea soy, cuyos servicios en guerra y paz merecieron como casi hereditaria desde sus padres y abuelos la alcaidía de Alarcón y, habiendo sin varón muerto, por ser hija la han vacado, sin quedar a mi remedio más caudal que el de poder, aprobando vos el dueño, elegirle la atención de mis más ancianos deudos. Para mi estado, os suplico que con ella me honréis. Quedo con cuidado. Condestable. Señor. Acordadme luego Pasando Carlos y tras él los caballeros. aparte este memorial. Y creed vos que deseo que se conozca que en mí al mérito busca el premio, no al premio el mérito. Vase, y las chirimías. Guarde eternos siglos el cielo vuestra vida. Hermosa dama. Estos versos se representan pasando y haciendo la reverencia. Y entendida, pues, habiendo la primera turbación restaurado –que aun en esto cabal anduvo– en lo poco que dijo, no sin ingenio se explicó. Grandes ventajas en el brío y el aseo a otras naciones les hacen las españolas. Si eso decís vos, señor marqués de Brandemburg, ¿qué diremos nosotros? Lo mesmo, pues el propio conocimiento, Las chirimías. señor almirante, no es vil jactancia. Vanse. Deteneos, don Jerónimo, que no habéis de ir conmigo. Esto es cumplir la obligación, señora, de criado vuestro. Quedaos, o no pasaré de aquí. Hasta el iros sirviendo no es licencia que me tomo, sino deuda que me tengo. Por no dar nota, no hago mayor la instancia. (¡Ay, don Pedro! Si ha de ser mi día la noche, quiera Amor que llegue presto). Vanse. Ya que has vuelto a quedar solo y viene la cuenta a cuento, yo te serví… ¿En esto me hablas, infame, cuando estoy muerto de ansias, penas, rabias y iras? ¿Por dónde o cómo vinieron? ¿No estabas ahora conmigo sosegado, afable y quieto? Pues ¿quién el juicio, señor, que no te quitó, te ha vuelto? Dale empujones. ¿Tú me arguyes ni preguntas lo que conmigo padezco? Como lo padezco yo por concomitancia… Necio, calla y no me apures. Tente. Y, pues saber no merezco a boca lo que te pasa, no me lo digas, te ruego por la mano; que no soy galán que su cifra entiendo. Y ya, señor, que de manos a boca ello viene, vuelvo a que me he de ir o saber a qué fulana la debo estimar los contrabajos de todos tus contratiempos. Ni has de saberlo ni has de irte y no me canses. Sale don Jerónimo. Don Pedro. Retírate allí. ¿Esto más? Ya habréis sabido el sujeto que adoro, por la razón de lo que os dije primero, de que a hablar al Rey venía. Sí. ¿Qué os parece? ¿No tengo causa de perder el juicio? Pues cuerdamente le pierdo en el soberano asunto de tan generoso empleo por su ingenio, su hermosura y su sangre. Sí, por cierto. Aparte (Hasta pensarlo mejor, no sé a lo que me resuelvo). Pues ahora lo que por mí habéis de hacer –pues es cierto que en vos no hará ella reparo, como en quien nunca vio afecto de verla para servirla– es que, la desecha haciendo de que miráis a otra parte, no faltéis sólo un momento de su calle, pues es fuerza que una o otra vez notemos quién más continuo la pasa o quién mira más atento sus rejas. La diligencia de estar en ella os ofrezco muy a todas horas. Pues oye otra cosa que pienso por si esto no basta. ¿Qué es? Ya público el galanteo, escandalizar la calle, por que él sienta lo que siento, con músicas esta noche. Que, si es noble caballero el que con favores calla, ruin el que calla con celos; y esto le hace descubrirse, si lo es. Y ahora, a Dios, que quiero, ya abandonado el recato, ir la carroza siguiendo. Vase. ¿Podré ahora llegar? Ni agora ni nunca, villano. (Pero ¿qué culpa tiene él?). Ginés, hijo, amigo y compañero, todo cuanto tú quisieres será; déjame, te ruego, solo ahora. ¿Quién serenó tan grande turbión tan presto? No sé, déjame. ¿Inventó Diocleciano igual tormento como servir sin saber de su amo los secretos, para decirlos siquiera a cualquier persona? Vase. ¡Cielos! ¿Qué es lo que pasa por mí? Yo adoro tan en secreto a Violante que ella y yo y una criada sabemos, fiados al paso de una casa que a otra calle tengo, no más el empeño, en tanto que para el estado nuestro los alcances de los dos, saliendo yo con mi pleito o ella con su pretensión, den a los caudales medios. Decir mi amor es faltar a homenaje, juramento y palabra que la he dado de que nadie ha de saberlo de mí; no decirlo es hacer espaldas yo mesmo al desaire de saber que otro la ama. Fuera desto, ser yo quien le da el cuidado sobre ser él quien ha hecho de mí la confianza, es trato doble. Querer ciego dejarlo a la flojedad de las mejoras del tiempo, es vileza; pues a más tardar será el casamiento quien lo diga, y será infamia que venga a saberse luego que para amar a mi esposa presté yo el consentimiento. A esto se llega haber dicho que será ruin caballero el que no saque la cara a sus declarados celos. Sacarla es aventurar a la dama lo primero, y lo segundo al amigo, pues él ha de hacerlo duelo y ella agravio. No sacarla casi viene a ser lo mesmo, que ella querida, él amante, mientras con causa me ofendo del amigo y de la dama, ni dama ni amigo tengo. ¿Cómo hallara un medio yo que, disculpando el despecho con Violante, hiciera sombra a que me declare cuerdo con don Jerónimo? Ya, si no le sé, le prevengo. Yo he de ir a verla esta noche, disimulando, si puedo, mi sentimiento y tomando de su música el pretexto para mi queja, culparla de mudable, con que quedo bien con ella en la disculpa de celoso y ella luego mal conmigo, sin la acción para la queja, creyendo que ella es la que da la causa. Y, cuando no baste esto, aunque se pierda Violante a tanto raudal de celos, tanta avenida de agravios, tanto embate de tormentos, tanta ráfaga de penas, rompa la presa el silencio y ponga mi honor en salvo, que, si dijo algún proverbio: «Antes que todo es mi dama», mintió amantemente necio; que antes que todo es mi honor y él ha de ser el primero. Vase. Dentro grita de villanos y salen Benito, Gila y otros, cantando y bailando delante de Serafina. Dos higas dio a nuesa ama, por no aojarla, aquel jazmín; Esto es tono. y ella, por no agradecerlas, dio una a mayo y otra a abril, Esto fuga para bailado. dejando de entrambos tan mustio el matiz que huyeron las rosas de ciento en ciento, que huyeron las flores de mil en mil. Por más que solicitéis aliviar de mi tristeza la causa, mal la estrañeza de tanta pena podréis. Y así, amigos, no os canséis en templar pasión tan vil, por más que diga sutil vuestra lisonja en el viento… …que huyeron las rosas de ciento en ciento, que huyeron las flores de mil en mil. Pardiez, nuesa ama, no sé qué causa hay tan regurosa que tenga triste a una hermosa; que, si yo lo fuera, a fe que allegre estoviera en que otros cantaran de mí… …que huyeron las rosas de ciento en ciento, que huyeron las flores de mil en mil. Es tan pública, Benito, la causa de mi dolor que callarla fuera error y antes tal vez la repito, por si tratada la quito la fuerza a la sinrazón. Si esos los consuelos son de quien llora, gime y siente, aunque con bárbula gente, descanse tu corazón. Don Pedro Torrellas es mi primo. Los dos tenemos una acción a que creemos –no de pequeño interés– ser ambos llamados, pues, habiendo cuerdos querido con el más igual partido nuestros deudos ajustarnos, pues quedara con casarnos de ambos el derecho unido, él –siendo así que algún día mis favores estimaba y que a mí no me pesaba ver que los agradecía– mudado en ofensa mía, tan grosero, tan tirano y tan poco cortesano, aquesta plática oyó; que, viniendo en ella yo, dejó de admitir mi mano. Este agravio de manera me le ha hecho aborrecer –pues bastaba ser mujer, cuando su prima no fuera, para que de mí no hiciera desdén– que, vuelto el amor en ira, rabia y furor, si yo pudiera vengarle, lo menos fuera matarle. Y así, huyendo mi dolor, a esta quinta retirarme quise, donde no le vea, hasta que mi dicha sea tan feliz que llegue a darme ocasión para vengarme deste ardor que el pecho inflama en su vida, honor y fama. Tiene razón, a fe mía. Y aun yo, con ser tonto, un día que fui a la corte, nuesa ama, le vi y le dije que era un engrato, un enhumano, mal caballero y villano; y que, si yo le cogiera puerco a puerco, yo le hiciera que menos grosero fuese. Y él, ¿qué dijo? El caso es ese que nada me respondió, bien que no lo dije yo de manera que él lo oyese. ¡Qué locura! Esto es querer que se alivie y se divierta, en tanto que se concierta un baile que hemos de hacer a su venida. Placer no hay en mí, sino sentir. Con todo habemos de ir cantando, que quiera o no; que para eso el tono yo hice. Volvedle a decir. Dos higas dio a nuesa ama, por no aojarla, aquel jazmín; y ella, por no agradecerlas, dio una a mayo y otra a abril, dejando de entrambos tan mustio el matiz que huyeron las rosas de ciento en ciento, que huyeron las flores de mil en mil. Vanse cantando y bailando, y Benito detiene a Gila. Gila. ¿Qué es lo que me quieres? Si tengo de habrar de veras, yo te quiero que me quieras. Lindo rentólico eres, pues has hallado un camino tan nuevo de declararte. Amar sin arte es el arte de amar. ¿Y no es desatino, adonde tantos lo han vido? Si no tengo otro lugar. Aparte (Mira, e fe que me ha de pagar el habérseme atrevido). Yo tengo mañana de ir por leña al monte. Si en él, en su espesura cruel, te sopieses encobrir tanto que nadie te viera más que yo cuando llegara, sin testigos te escochara. Esconderme de manera sabré que, aunque la desdicha, que halló siempre a quien buscó, me busque, no me halle. Yo iré, mas mira… (¿Qué dicha pudo igualarse a la mía?). …que ninguno te ha de ver. (Por Dios, que le he de tener en el monte todo el día). Digo que muy escondido estaré y que no saldré hasta verte a ti, conque al verte, en mijor sentido, contento diré al oído del mastranzo y toronjil, hierbabuena y perejil, si hay escondido contento,… …que huyeron las rosas de ciento en ciento, que huyeron las flores de mil en mil. Vanse bailando, y salen Violante y Flora con luz. ¿Está ya, Flora, la casa recogida? Sí, señora; y cerrada aquesa puerta de tu cuarto, donde sola yo contigo quedo. Pues ya es tiempo que el cuadro corras que disimula el secreto y que a la puerta te pongas, por si sientes que alguien llega a escuchar; que hay muy curiosas criadas hoy nuevas en casa. Aparte (O miente mi pasión propia o ya don Pedro estará esperando). Corre un cuadro de pintura y vese detrás de él don Pedro, y vase Flora. ¿Quién lo ignora que siempre espera el que espera la felicidad? ¿Es hora, mi bien, mi señor, mi dueño, de que merezcan dichosas mis ansias verte? Si tú quejas de la ausencia formas, ¿qué haré yo (qué mal, ¡ay, triste!, se desmiente una congoja), que soy quien más sentir debe la pereza de las horas que sin ti vivió; mal dije, que murió sin ti? No ociosa cuestión movamos en cuál de los dos padece y llora más, don Pedro, en esta ausencia; que me está mal. ¿De qué forma? Si tú me vences en ella, será señal de que gozas tú el querer más; y, si yo te venzo en la razón propia, el querer menos; y es experiencia muy costosa, si con la victoria salgo, quedar mi fineza corta o corta mi dicha, si no salgo con la vitoria. Y así, basta que nos demos por buenos, con que conozcas que no hubo instante que fina, constante, tierna, amorosa, de ti memoria no hiciese. Ya será la cuestión otra, en si hice más yo en no hacer memoria, Violante hermosa, de ti. Pues ¿por qué? Porque nunca pudo hacer memoria quien nunca hacer pudo olvido. Dejemos vanas lisonjas; vamos a verdades puras, que se explican en sí solas. ¿Cómo vienes? Como quien viene a verte. (¡Ay, pasión loca! ¡Si no trajera otra pena, qué cabal fuera esta gloria!). Tú ¿cómo estás? Hoy dos veces contenta, ufana y gozosa. Por verte, señor, la una; porque presumo, la otra, que la audiencia en que me viste mis felicidades logra, pues lo benigno del César me da esperanzas dichosas de honrarme, con que tendré eso más que a tus pies ponga. ¿Holgástete mucho cuando me viste? Muy pocas cosas más he sentido en mi vida. ¿Cómo? Como me apasiona lo escaso de mi fortuna siempre que imagina o toca en que no te pueda hacer de todo el mundo señora para que no necesites de pretender. Y es de forma lo que haberte visto allí me aflige, angustia y congoja, que por no haberte allí visto, diera cuanto no es la honra. Si pensara que podías sentirlo y fuera la heroica majestad de dos imperios la pretensión… No supongas imposibles; que esto es sólo sentir, Violante, mi corta dicha, pues siempre que yo imagine, mire o oiga… dentro A los jardines de Chipre entró Amor cuando la aurora… No era esto lo que yo iba a decir. Pues ¿qué te enoja? Nada; que una cosa es ir yo a llorar y otra cosa ir otros a cantar; pero ¿dónde no se canta y llora? A los jardines de Chipre entró Amor cuando la aurora escarcha el jazmín de perlas y nieva el clavel de aljófar. Parece que disgustado estás. ¿Es cosa gustosa oír músicas en tu calle? La calle no es… Di. …mía sola; otras damas hay en ella. ¡Ay, que como tú no hay otras! Para Siquis escoger una flor, quiso entre todas… No atiendas tanto; que a ti, cantar o no, ¿qué te importa? El oído fácilmente se va tras cualquier lisonja. Para Siquis escoger una flor, quiso entre todas la de más brío en el garbo, la de más aire en la pompa. Dime. Sí diré, mas luego que Amor esta flor escoja. (Carguémonos de razón antes que la presa rompa). Y aunque a la rosa, al clavel y al jazmín ve, se aficiona… ¿Es posible que te deba más su voz que mi persona? Antes por no oírla quisiera que el alma estuviera sorda. Y aunque azar, rosa, clavel y jazmín ve, se aficiona a una morada violeta, por ser de amor color propia. Viola, pues, viola, viola ante azar, jazmín, clavel y rosa; y escogiola por ser la más hermosa. «¡Viola ante azar, jazmín, clavel y rosa; y escogiola por ser la más hermosa!». (¿Quién creerá que sobre aviso de susto el dolor me coja?) Pues ¿qué aguarda el sufrimiento, que no…? ¿De qué te alborotas? No te hagas desentendida, que ni eres necia ni tonta para no haber entendido que dice por ti la copla Viola ante azar, jazmín, clavel y rosa; y escogiola por ser la más hermosa. Plega a Dios, don Pedro mío… No en disculparte te pongas; que ya sé que es ausentarse más que morir, si se nota hacerse a un ausente ofensas cuando a un muerto se hacen honras. ¿Dónde vas? A ver quién es quien nos canta y quien nos ronda, para estimarle el festejo. Cuando sea por mí, ¿es cosa que puedo impedirla yo una ciega pasión loca? No, pero ¿es cosa tampoco si en eso tu culpa doras, que puedo yo consentirla? Mira… Suelta. Advierte… Acorta razones; que he de salir donde este galán conozca. Don Jerónimo de Ansa es, si con eso te reportas. ¿Luego ya tú lo sabías? ¡Ah, falsa! ¡Ah, aleve! ¡Ah, traidora! ¿Cómo te hacías de nuevas? Como quise por mí propia asegurarte; que es necia la que por su vanagloria, con el galán a quien ama, de ser querida blasona, pues cuando piensa que vende finezas, desdoros compra. Ay, que no es eso. Pues ¿qué es? Asegurar cautelosa cuánto el acompañamiento con la música conforma. Ni a una di ni a otra licencia lugar. Mientes, que una y otra licencia, tan cara a cara, si no se da, no se toma. Desde aquí se dice todo el tono seguido, sin dejar de cantar, aunque se represente. A los jardines de Chipre entró Amor cuando la aurora… ¡Vive Dios, que he de salir y más cuando al tono tornan! No has de salir, Pedro mío, mi señor. No te me opongas al paso, que, si esa puerta, reservada a mí, me estorbas, me obligarás a que intente estotra abrir y es más nota verme salir de tu casa. ¿Así mi fama abandonas? ¿Y así cumples la palabra del secreto? ¿Qué te asombra, si tú me rompes la fe, que yo la palabra rompa? Con amor juré callar, no con celos. ¡Quita! Nota… Nota tú… …que yo… …que yo… dentro …si… cuando… pues… Mi señora da voces; abrid aprisa; que sin duda el cuarto roban. Sale Flora. ¿Qué hacéis? ¿No veis que el estruendo los criados alborota, ladrones creyendo en casa? Golpes a una puerta, sin cesar música ni representación. dentro Abre aquestas puertas, Flora. Quizá no podrá; romperlas es mejor. Estoy absorta entre dos peligros, pero el más cercano socorra, que es verle aquí. Flora, ve; di que un pasmo, una congoja dando voces me despierta, que ya voy tras ti furiosa a dar fuerza a la disculpa. Tú vete, por si se arrojan, creído mi peligro, a entrar. Mas mira que si me nombras a nadie, en toda tu vida has de verme. Pues perdona, que con celos no me obligo a callar. Tú lo ocasionas: échate la culpa a ti. Aparte (Con esto bien podré agora declararme a cuenta suya). ¿Yo? Sí, tú, pues haces que oiga… No hago tal, pues ya no digo sino una vil pasión loca. Viola ante azar, jazmín, clavel y rosa; y escogiola por ser la más hermosa. Desde que se empieza a cantar la segunda vez, prosigue siempre continuadas la música y la representación, procurando ajustarse, ya abreviando o ya alargando las repeticiones, de suerte que vengan a acabar todos juntos, yéndose don Pedro por la puerta del cuadro y Violante por la del teatro. Segunda Jornada Salen don Pedro hablando consigo y Ginés, tras él, como notándole a hurto las acciones. Ya con Violante honestado el despecho, sin peligro de hacer mía la bajeza, pues hice suyo el delito, y sin peligro también de su enojo, pues es visto que en locuras de celoso son méritos los delirios, lo que agora falta es hallar prudente camino con que, cumpliendo la ley de caballero, de amigo y de amante a un tiempo, sepa don Jerónimo que ha sido, si yo el que le ha desvelado, él el que a mí me ha ofendido. Para esto… Mas ¿quién tras mí viene? Vele al volver. Yo soy quien te sigo. ¿Tú? Sí; que como hasta agora ni la fulana has querido ajustarme ni la cuenta y todavía te sirvo, voy tras ti. ¿De cuándo acá tan puntual? Señor mío, Dios toca los corazones; no siempre he de ser maldito. Como te he hecho algunas faltas y trato irme, solicito restituirte los ratos que le sisé a tu servicio, no faltándote un instante del tiempo que no consigo o cuenta o fulana. ¿Piensas, loco, que no te he entendido? Por si mis tristezas hacen de alguna voz desperdicios, andas tan listo y tan cerca de mí. El diablo te lo dijo. Y, pues es término diablo andar arrimado y listo por que no pase a chismoso y se ande en cuentos, te pido que te duelas de un criado y le saques de adivino, siquiera por que no infierne su alma el temerario juicio de pensar que sea tu dama –puesto que tanto retiro le hace levantar figuras– o nasa por lo rollizo, o por lo flaco, cañirla; o por lo moreno, tizo; o por lo bermejo, hoguera; o por lo chato, vestiglo; o por todo vieja, que es el más enorme delito que comete una fulana, que a ser de año en año vino ejemplo de lo que acaba la carrera de los siglos. Deja locuras y mira si de su casa ha salido don Jerónimo. Ya ha rato que ir a palacio le he visto. Búscale, y que en esta lonja del Aseu le suplico me vea, le di. Por echarme de ti, señor, imagino que me envías. Algo hay de eso. Ve, pues. Mosqueteros míos, ¿en qué comedia hasta hoy lacayo a longe se ha visto? Vase. En cuantos medios discurro de declararme, no elijo uno sin inconveniente, no porque no solicito valerme del más suave, sino porque he conocido en don Jerónimo siempre un despejo más altivo que cuerdo y temo que pueda a razones reducirlo. Mas ya que la suerte echada, y aun echada a perder vino, cumpla yo mi obligación y haga fortuna su oficio. Ginés, don Jerónimo y Gonzalo. Si supiera dónde hallaros, yo hubiera, don Pedro, ido a buscaros. Yo lo he hecho, porque tengo qué deciros. Oíd, pues. Retiraos los dos. Hablan los dos aparte. ¿Qué es esto, Ginés amigo, en que andan los amos? Andan en ser amos, que es lo mismo que trogloditas. Ven donde sepas lo que sé del mío. Más haré yo, que diré lo que no sé. Vanse los dos. ¡Cuánto estimo la diligencia! No en vano de vos vida y alma fío. En fin, ¿que ya conocéis al galán? Como a mí mismo. Sepa, pues, quién es. Primero he de asentar dos principios. Aparte (¡Oh, si obrara el rendimiento primero que el precipicio!). Uno, que si él previniera que había de competiros, en ningún tiempo no hubiera hecho empeño tan preciso que ya no pueda dejarle; y otro, que en habiendo oído quién es, os ha de pesar. ¿Por qué? Porque es vuestro amigo y estáis en obligación, puesto que él es admitido y vos no, en dejar de hacerle el disgusto que él no hizo, pues aún no érades moderno galán, cuando él era antiguo. En cuanto a que dejaría por mí, a haberlo prevenido, el empeño, le agradezco lo galante del estilo; pero en cuanto a que por él haya de dejar motivo –sea quien fuere– en que ya estoy tan restado, es desvarío, que si él prevenir no pudo antes el disgusto mío, tampoco yo el suyo agora. Y así, don Pedro, os suplico, puesto que para este efecto habéis de mi parte ido, sepa quién es. Quien por mí se da a medio tan no digno como pedir que le dejen a su dama; y yo, rendido a vuestros pies, os lo ruego como deudo y como amigo. Haced por mí la fineza de desistir del motivo; que es muy amigo de todos, y yo lo tendré en lo mismo que si lo hicierais por mí. Que me digáis solicito, ¿fuistis a hacer su negocio o fuisteis a hacer el mío? El vuestro, pues fui a quitaros de una sinrazón, oficio de quien bien intencionado desea a los dos conveniros, antes que a más rompimiento llegue el lance. Pues, si ha sido ese el intento, él, don Pedro, os sea el agradecido, pues es quien quiere rehusarle; que yo, que le desestimo, no os lo pienso agradecer. Yéndose. Oíd. ¿Qué queréis? Advertiros Aparte (¡qué bien, cielos, temía yo más su arrojo que su juicio!) que esto que he dicho en su nombre, aunque con ruegos lo he dicho y con rendimiento, no es porque le falta brío. Pues ¿por qué? Porque le sobra cordura. Siempre ha tenido la flaqueza del valor la cordura por padrino; y quien no riñe sus celos y envía a pedir partidos, bien lo acredita. ¿Queréis ver que no y que el ser amigo vuestro sólo le embaraza? Sí. Pues sabed que es… Decidlo. …el competidor… ¿Quién? Yo. ¿Vos? Sí. Yo a Violante sirvo, yo soy el que della está, no diré favorecido –que esto a un noble le está bien el serlo, mas no el decirlo– el no desdeñado, basta; y, si a otra voz me remito para no decirlo yo, soy por quien la criada dijo, estando ausente, que presto volvería a sus cariños. Mirad… Antes que lo mire, ¿por qué, cuando de vos fío mi pasión, no me dijisteis lo que agora? Porque fino pensé andar tanto con vos… ¿Qué? …que acabara conmigo no estorbaros. Pero habiendo cuanto es imposible visto, porque, en fin, esto no es fácil de vencerse uno a sí mismo, no me atrevo a proponerlo por no atreverme a cumplirlo. Y, habiendo ya en esta parte a la objección respondido de no decíroslo entonces, vuelvo a mirar qué indeciso se nos quedó. Mirad, pues, si, siendo yo el que os compito, esto de andar estudiando medios, rodeando caminos de declararme con vos, es ni puede ser ni ha sido, como dijisteis, callar con celos, pedir partidos ni a sombra de la cordura andar rebozado el brío. De haberlo dicho me pesa, pero yo nunca desdigo lo que ya dije. Y así, don Pedro, lo dicho, dicho. ¿Qué es lo dicho, dicho? A estar a menos público sitio, yo os lo dijera. Pues ved adónde queréis decirlo. Por aquí se sale al Ebro. Guiadme, pues; que ya yo os sigo. Juntos podemos ir. Vamos. Sale el Almirante y criados. ¿Don Pedro? ¿Señor invicto? Mil quejas tengo de vos. ¿De mí? Pues ¿en qué os desirvo? En darme a entender que soy no buen huésped, pues os miro tanto de mí retirado que desde ayer no os he visto. Aun vuestras quejas son honras; como tales las admito. Y el no molestaros… Basta. Y ya que os hallé, conmigo venid, que os he menester esta tarde. Despedíos de ese caballero. (Ya veis que si a este honor replico, será ponerle en sospecha). (Decís bien; poco hay perdido en que yo os espere). (¿Dónde?). (Junto a Belflor hay un sitio pequeño, cuarto de legua de aquí, en que podré escondido esperaros, sin que en nadie resulte el menor indicio de lo que allí espero). (Yo cuanto antes pueda, os afirmo que estaré con vos). Salen Gonzalo y Ginés. Gonzalo. Señor. Tenme prevenido desotra parte del puente luego un caballo. (¿Conmigo doble don Pedro? ¿Primero callado, después altivo al ver que no consiguió el mal estudiado estilo de declararse? Los cielos viven, que ha de ver que ha sido traidor a mi confianza). Vase. Ya quedo a vuestro servicio. Y yo y todo. ¿Qué hay, Ginés? Tampoco a ti no te he visto estos días. No te espantes; que hay negocios infinitos a que acudir. ¿Qué negocios? Ciertas cuentas a que asisto de cierta doña fulana. Dirá dos mil desatinos. Quita, loco. No, don Pedro, le riñáis, pues que sabido tenéis lo que gusto de él. ¿Y es la cuenta? No me animo ya a decirla, porque temo en mi amo los recibos y en mí los lastos. No un necio que me embarace os suplico la dicha de merecer saber, señor, en qué os sirvo. Pasear la ciudad quisiera cuyo heroico nombre antiguo de César Augusta, siendo veneración de los siglos, pone en deseo de ver sus templos, sus edificios y calles. Y nadie puede como vos, ilustre hijo suyo, guiarme donde goce lo que antes de agora he oído de sus grandezas. No dudo que Zaragoza sea digno asunto de la atención vuestra. Da, Ginés, aviso de que llegue la carroza. Venga detrás; que les quito mucha parte a sus aplausos, si entrándome en ella impido la vista de tantas bellas hermosuras como admiro por esos balcones, donde cada esfera es un divino sol; cada reja, un pensil; cada marco, un paraíso, y cada celosía un iris, que de colores distintos dibuja el abril a rasgos y el mayo ilumina a visos. El lucimiento, señor, de la corte que ha seguido a Carlos dispensa en todas hoy lo alegre y lo festivo de salir a las ventanas. Pues no hagamos desperdicio de la ocasión. Con cuidado parece que vais. Si os digo verdad, no cuidado, pero curiosidad sí, movido de aquel primero deseo que deja un bello prodigio de volver, don Pedro, a verle, sólo por haberle visto. ¿Hacia qué parte? Quizá podré con algún indicio guiaros allá. En la audiencia del Rey donde a hablarle vino en no sé qué pretensiones… (¡Esto más, hados impíos! ¿Aun no queréis perdonarme, sobre estar lo que le asisto colgado de los cabellos?). ¿Sabéis quién es? Mal decirlo podré, que no hice reparo. Estaba muy divertido ese día, que fue el que le dio primer parasismo de un lucido que le anda llevando y trayendo el juicio. Pero yo, que estaba en mí, lo diré. Vente conmigo; que en el Coso vive, donde no dudo que haya salido también a sus rejas; que es hermosa y habrá querido parecerlo, como todas. (¡Que me haya destruido este infame, sin saber lo que ha hecho!). Yo te estimo la noticia. Guía, Ginés. ¿Que hayáis, gran señor, creído a un loco? Pues él, ¿qué sabe de todo lo que os ha dicho? Si lo sé o no, ello dirá, pues a la casa le guío de doña Violante Urrea. Ese es el nombre que dijo. Ahí verás que yo no miento y que estaba en mi sentido cuando no estaba mi amo ni en el suyo ni en el mío. Ven, pues. Sale el Marqués. Señor Almirante, ¿dónde por aquí? He querido ver la ciudad. Según eso, no os habrá hallado el aviso de una grande novedad. No. Pues sabed que ha tenido nueva Carlos de que está Valladolid en divisos parciales bandos revuelta, conque es fuerza que en camino presto se ponga. Volver hacia palacio es preciso. Venid, os iré sirviendo. Yo soy el que he de serviros. A Dios, don Pedro; Ginés, la memoria de este anillo te acuerde para mañana. Vanse el Almirante y el Marqués. Y para de aquí a mil siglos. ¡Jesús y qué diamantazo! Mira, señor. Mal nacido, pícaro, infame, villano. Volviole a dar el delirio. ¿Tú tienes atrevimiento de haber de una dama dicho ni aun las señas de su calle, cuanto más su nombre mismo? Pues a ti ¿qué te va en eso, para qué, cuando recibo un diamante como un puño de otro, me des tú mohíno un puño como un diamante? ¿Heme ya acaso metido con tu fulana? Por vida… (Pero hago mal, mal digo; que podrá ser, si repara en que por ella le riño, que despierten mis estremos su malicia). Ginés, hijo, perdóname, y por tu vida vayas. Y al instante mismo hagas que un caballo aquí me traigan. Por Jesucristo, señor, que si has de matarme, que no sea con cuchillo tan de dos contrarios cortes como son rabioso el filo por una parte y por otra amolado. Haz lo que digo, que me importa. Y a mí y todo huir de ti. Vase Ginés. El alma de un hilo pendiente está, lo que tardo en salir donde me dijo don Jerónimo. Salen, tapadas con disfraz, Violante y Flora. Señor don Pedro. ¿A mí? Sí. ¿En qué os sirvo? Una dama, que, sabiendo que aquí estabais ha venido buscándoos, quiere allí hablaros. ¿Dama a mí? Mucho me admiro. ¿Por qué? Porque nací más para ser aborrecido que buscado. Bien pudiera fácilmente desmentiros. ¿Cómo? Así. Mirad si sois, Descúbrese. cuando yo, don Pedro, os sigo, aborrecido o buscado. Violante, ¿tú con vestido tan estraño a tu decoro? ¿Tú con tan no usado estilo a tu recato? ¿Qué mucho, si vos tratáis destruirlos, que trate yo de perderlos el miedo? ¿Yo? Sí, vos mismo, pues según las amenazas de ayer, temiendo el impío arrojo de declararos, disfrazada me he atrevido a usar de no dignos medios contra despechos no dignos. Y pues allí turbación, llantos, voces, golpes, ruidos impidieron al discurso el uso de los sentidos para elegir lo mejor, que ahora me escuchéis os pido, a ver si acaso, cobrada de tanto susto, lo elijo. Quiebras de hacienda, don Pedro, por vuestro lustre y el mío, el casamiento dilatan. Pues en dos daños precisos elijamos el menor: tratemos de descubrirnos a nuestros deudos por medios públicos, justos y dignos y padezcamos desaires de cumplimientos altivos, poniendo las estrechezas a cuenta de los cariños. Como yo viva con vos en el más pobre retiro y consiga lo dichoso, ¿qué falta ha de hacer lo rico? Si ha de salir a la calle el secreto en desafíos de celos, armas y duelos, salga por el real camino de la fama y del honor. Y pues casado conmigo no queda al atrevimiento el más pequeño resquicio que aun pudo quedarle al sol, porque es mi esplendor más limpio, mejoremos lances, pues más enfrena un desvarío que la espada de un amante el respeto de un marido. Mi bien, mi señor, mi dueño, esto humildemente os pido, en satisfación de que ninguna culpa he tenido en vuestro desabrimiento. (¡Qué buen medio, a haber venido antes! Pero ¿cuándo, ¡ay, cielos!, buen medio a buen tiempo vino?). ¿Qué es esto? ¿A proposición tan lícita, a tan rendido afecto, a amor tan postrado, mudo, absorto y suspendido, con suspiros respondéis? ¿De cuándo acá los suspiros, prendas de lo desdeñado, se hacen servir a lo fino? Violante, saben los cielos (¿qué la diré?; estoy perdido; que ya obrado el daño, llega tarde el remedio) que estimo tu fineza, tu consejo, tu entendimiento, tu juicio tanto… Sale Ginés. Ya está allí el caballo. Pero a Dios. Nada te digo ni puedo… A Dios otra vez y otras mil. ¿Te has ofendido de que así te busque? No; que antes en el alma imprimo igual fineza. ¿Es mal medio el que te he propuesto? Es digno de tu cordura. ¿No es buena la satisfación? La admito como tuya. Pues ¿qué hay para que sin ley, sin tino me dejes sin responderme? Hay el no poder decirlo. No me des a presumir con tan preñados esquivos extremos como faltar razones, no dar oídos a igual plática, que todos tus estremos son fingidos a título de quejoso, quedando airoso conmigo para volver al pasado concierto de conveniros tú y tu prima Serafina. A eso y a esotro me obligo a responder cuando vuelva, si vuelvo a tus ojos vivo. ¿Y es justo dejarme así? Sí, que un empeño preciso me dio licencia a un respeto y no me la dio a un alivio. (¡Ah, tirana ley del duelo! ¡Mal haya, amén, quien te hizo, para que, huyendo un agrado, se haya de ir hacia un peligro!). Vase. ¿Qué es esto, Flora? Esto es verse buscado y querido. ¡Oh, fuego de Dios en todos! ¿Mujer como yo (¡qué abismo de confusiones, de penas, de letargos, de delirios!), mujer como yo, otra vez y otras mil veces lo digo, se deja (¡qué sentimiento!) en la calle (¡qué conflicto!) tan sin respuesta (¡qué ansia!), tan sin respeto (¡qué impío dolor!), que aun en cortesía no se ofreciese a ir conmigo? Pero ¿qué me desespero? ¿Qué me ahogo? ¿Qué me aflijo? ¿Yo no sabré…? Mas, ¡ay, triste!, ¿qué he de saber? Que el olvido mal podrá llevarle al fin la que le ignora el principio. Vase. (¡Esta es la doña fulana! Y pues que se me ha venido a las manos, saber tengo de aquesta vez, si la sigo, quién es). ¿Adónde va, hidalgo? Voy, señora, mi camino. Pues tuérzale por agora; que si nos sigue, le aviso que habrá quien le muela a palos… Sentiré mucho el sentirlos. …o, si no, le mate a coces. Mi amo se hiciera lo mismo. Vaya uced con Dios. A Dios. Vase. ¿Cuándo, astros, planetas, signos, cielo, sol, luna y estrellas con todos los requisitos de soliloquio furioso, saldré deste laberinto? Vase. Sale Benito entre unas ramas, dejándose ver sólo el rostro. Desde el alba escondido al sol y al aire Gila me ha tenido, como lienzo a curar, o al revés, puesto que más parece que a enfermar me ha puesto, según la sed al frío corresponde. ¡Ah, lo que pasa amante que se esconde! Pero allí siento ruido. ¿Si es Gila? No, si ya no es que haya sido que el poeta ponga al margen de su nombre que Gila sale en hábito de hombre. Un caballero es, que penetrando lo espeso, no sé qué viene buscando. ¿Si será a mí? Pensarlo me acobarda; agazápome más. Sale don Jerónimo. ¡Ah, lo que tarda don Pedro! Mas quizá será el cuidado quien me hace a mí creer que él ha tardado; que corre muy ligera la cólera impaciente del que espera. U dígalo él; que allí volando veo ya su caballo, más que mi deseo. Claro está que ser suya no podía tardanza que constó de prisa mía. Para que me descubra, este pañuelo la seña le ha de hacer. dentro ¡Válgame el cielo! En un tronco el caballo tropezando le arroja. A socorrerle iré volando. Al entrar, sale don Pedro como cayendo. Mucho siento, aunque fuese a costa mía, malograr tan hidalga bizarría. ¿Cómo? No me he hecho mal, y el lustre quito al socorro, pues de él no necesito. Con todo, si os sentís no bien tratado, el que esperó a que estéis desocupado en esta soledad de penas lleno, esperará también a que estéis bueno. Ya lo estoy. Aunque el golpe en este brazo me lastimó, no tanto que del plazo me obligue a usar. Demás que quien, oyendo ser yo el competidor, creyó –diciendo estar lo dicho, dicho– que podía ser flaqueza lo que era cortesía, no quiero que ahora crea que también afectado el dolor sea. Y mientras que sacar puedo la espada ni azares temo ni me duele nada. Riñen. Cuanto es valor, de vos tengo creído. (¡Oigan los bobos a lo que han venido! A matarse no más. ¿Pero del ama el primo no es aquél?). ¡Qué honor! ¡Qué fama! (Sí, mas ¿qué me va a mí? Silencio tenga; que no han de verme hasta que Gila venga). (A pesar del dolor, me aliento en vano). ¡Ay, infeliz! La espada de la mano se os ha caído. Cáesele la espada a don Pedro, pasa la daga a la mano derecha y don Jerónimo se retira. El brazo entumecido y atormentado, al golpe se ha rendido, mas no el valor que siempre en mí se halla. No os asustéis; tiempo hay para cobralla. Alzadla, pues, del suelo, y volved a reñir. (¡Válgame el cielo! ¿Por quién sino por mí pasar podía esta infelicidad?). (Qué bobería. ¿A quien se cae volvella? ¿No es mijor dalle cuando está sin ella?). ¿Qué, don Pedro, os suspendéis? Volved a cobrar la espada y si no es para reñir, porque ahora la fuerza os falta, para ir a convalecer hasta que, bien restaurada, prosigamos nuestro duelo. (¿Quién se vio en confusión tanta?). De vuestra gran bizarría y de mi fortuna escasa, don Jerónimo, dos veces vencido estoy. Y en la estraña confusión de tan no visto acaso, no sé qué haga. Si alzo la espada del suelo, ha de ser para la vaina, porque ya contra vos, ¿cómo puedo otra vez empuñarla si vos me la dais? Y, siendo así que no puedo, haya de mi parte otra hidalguía. ¿Qué es? Echarme a vuestras plantas rogándoos me deis la muerte, que más quiero que en campaña se diga que quedé muerto que no que perdí las armas. Bueno es, por que no sea vuestro el desaire, querer le haga yo mío. ¿Cómo he de dar muerte con tal vil ventaja a quien me la pide? Viendo cuánto es más noble la fama que la vida. Y, si ya es fuerza vivir con nota, más alta acción será darme muerte, que es darme lo más, pues pasa lo que viviendo es desdoro, a ser muriendo desgracia. (¿Han vido para matarse los comprimientos que gastan?). Quien atento a su valor siempre hacer lo mejor trata, para quitaros lo más no os da lo menos. La espada tomad y tomad con ella –porque con desconfianza hombre como vos no viva– la fe, la mano y palabra de que lo que aquí ha pasado jamás de mi labio salga. Eso es dar vida y honor y quedaros con el alma, pues que queda esclava vuestra. Es muy noble para esclava; menos agradecimiento que tenga de vos, me basta. Pues ¿qué puedo hacer por vos? Yo no he de pediros nada; que no vendo, sino doy lo que a vos os persuada vuestra misma obligación, teniendo por asentada cosa que adoro a Violante y que no puedo olvidarla. Vase. ¡Ay, infelice de mí! ¿Quién vio acciones tan contrarias como equivocar a un tiempo el dar la vida y quitarla? Competirle ya será –sobre acciones tan bizarras como hizo y promete hacer– villanía muy ingrata, y más quedando pendiente mi honor de su confianza. Pues dejarle yo a Violante –dejo aparte las instancias que ha de hacerme su memoria– cuando Violante postrada, llorosa, constante y firme, casi me ruega, es infamia. Ahora bien –mejor dijera, ahora mal–, ¿más esperanza, más medio ni más remedio hay aquí que buscar causa para una ausencia y restado volver a todo la espalda? Con eso queda Violante dudosa y no desairada, don Jerónimo seguro de que oposición le haga y yo no ingrato a los dos. Y, pues que ya imaginada la causa para la ausencia se me ofrece, para darla más colores de precisa, desde aquí he de ir a su casa sin aguardar a la noche; pues me asegura la entrada por otra calle el secreto con hacer la seña. dentro Ataja por la ladera del monte. La batida de una caza viene sitiando el contorno. Sólo agora me faltaba que alguien aquí me conozca. Vamos, penas; vamos, ansias; entre dos obligaciones, a costa de vida y alma, mezclando celos y ausencia, a haber de cumplir con ambas. Vase. Al valle, al monte, a la selva. Aunque viene gente tanta, yo, mientras Gila no venga, no es justo que de aquí salga. Herido el jabalí, corre de aquel ribazo a la falda. Serafina con venablo y Gila con lanzón. Nadie primero que yo le ha de rematar, pues basta ya de la sangre la huella, ya de los perros la ladra para que, siguiendo el rastro, rompa las espesas jaras desta intrincada espesura. Y yo es bien que tras ti añada a tu venablo mi chuzo. Allí se mueven las ramas, y parece que negrea un bulto en la enmarañada maleza suya. Sin duda o allí se rinde o descansa el puerco jabalí. Pues ¿qué espero? Muera a la saña de la acerada cuchilla, blandido el venablo. Aguarda y no le tires, que, aunque es verdad que entre estas matas el puerco está, no cabal, pues lo jabalí le falta. Benito, ¿qué haces aquí? Ver mil cosas tan estrañas que te ha de espantar oírlas. Es, señora, tan gran mandria que por no ir a la batida se habrá escondido. (¡Ah, tirana!, para ésta). Viniendo al monte por leña aquesta mañana (¡quién la susodicha leña hobiera hecho en tus espaldas!) me fue esconderme forzoso, temiendo, si me encontraran, que me habían de dar muerte. ¿Quién? Escucha lo que pasa. Sí haré, pues ya trasmontado, ni aun el latido se alcanza. A matarse en cortesía vinieron a aquesta estancia don Pedro, tu primo, y otro caballero. Cochilladas se tiraron tan bien puestas en razón y tan honradas que debieron de servir al Cid en algunas calzas. Finalmente, como digo de mi cuento, cuando andaban más en cólera, he aquí… ¿Qué? …que se le cay la espada a tu primo de la mano. ¿Y diole la muerte? Aguarda. Sobre «álcela su mested», «no, su mested ha de alzarla», hubo grandes comprimientos, porfiando uno y otro hasta que el otro la alzó y la dio, diciendo en ella le daba honor y vida, con que se fueron por partes varias, como es costumbre de todas las pendencias acabadas: el valiente echando piernas, y el no valiente bravatas, Ven acá. ¿Y de sus razones pudiste entender la causa? Allá a la postre entreoí que era por no sé qué dama Pasa-Volante, pues dijo al dar la espada: «Tomalda, advirtiendo que a Volante adoro y no he de dejarla». Y el otro quedó diciendo: «Que sola ni desairada dejar a Violante cuando casi me ruega, es infamia». (¡Qué escucho, cielos! Sin duda Violante –¡oh, fiera; oh, tirana amiga!– la causa es de que don Pedro me haga el desdén de no admitir mi mano. ¿Para esto –¡qué ansia!– el hospedaje –¡qué pena!– es que me haces en tu casa siempre que yo a la ciudad voy y el que yo –¡oh, ira; oh, rabia!– te hago en mi quinta si vienes a divertirte en su caza? ¿Para ofenderla se estrecha una amistad sin que haya ni aun la disculpa civil de la ley de la ignorancia, pues hablamos tantas veces en lo que los deudos tratan de convenir a los dos? Conmigo, ¡ay de mí!, no basta andar grosero don Pedro, mas también Violante falsa. Si sólo el desdén sentía cuando por mí me dejaba, ¿qué será cuando por otra? Mas ¿qué digo?, si antes gracias debo dar a mi fortuna cuando con tal circunstancia a las manos se ha venido de uno y otro la venganza. ¡Vive el cielo, aleve primo; vive el cielo, amiga ingrata; que ha de hallar mi ofensa modo, que ha de hallar mi injuria traza, con que ella sin pundonor quede o él sin esperanza!). Id, Fabio, decid que el coche que de ese monte en la falda se quedó, venga al camino. Vase. Agora, infame picaña, veréis qué es tener al hombre a manera de alcarraza al sol y al aire, cubierto de hierbas. No te comparas bien; di de zaque, que es vino; no de alcarraza, que es agua. Voto al sol… ¡Ay, no me mueras!, que he estado muy ocupada. Pues ¿qué has tenido que her? Echar a un pollo una calza. Vete libre, mujer, pues para hacer a un galán falta, echar una calza a un pollo es bastantísima causa. Vanse, y salen Violante y Flora. Aunque lágrimas, señora, desahoguen, al fin son pedazos del corazón y le hacen falta. No, Flora, las culpes; que en la flaqueza nuestra no tiene un pesar más venganza que llorar. No digo que tu tristeza no es justa, pues no tener palabras que responderte, dejarte de aquella suerte en una calle y volver la espalda, es muy de sentir, pero el sentimiento dar debe a la razón lugar. ¡Ay, que dejas de decir de mis penas la mayor! Mi intento no la adivina. Que es la causa Serafina. Ese, señora, es temor imaginado. Y, pues él te dijo que volvería y a todo respondería, no siempre a lo más cruel vaya la imaginación, que mal podemos saber lo que le pudo mover; quizá su satisfación te dejará más gustosa. Vado a los temores da, que él con la noche vendrá. No seré yo tan dichosa. Porque si él, Flora, quisiera satisfacerme, pues vio cómo me dejaba, no esperara a que viniera la noche; que para el día señas sabe con que esté seguro el cuarto. Dentro golpes quedos, como señas. Oye. ¿Qué? Albricias, señora mía, la seña es; y pues también la satisfación empieza que a pedir de tu tristeza venir tus ojos le ven, no dudo que han de acabar tu llanto y tu sentimiento a pedir de tu contento. Vase Flora. La puerta ve a asegurar; que yo, Flora, correré el marco. Corre el marco y sale don Pedro. Bella Violante, ni de mi afecto constante ni de mi rendida fe me formes queja ninguna hasta oírme. Pues ¿de quién, cuando tan otro te ven mis ansias? De mi fortuna. Hoy te dejé (¡en vano aliento!)… …necio, ingrato y descortés. Sí. (No sé hablarla, como es la primer vez que la miento). Pero, oída la aflicción de una aleve tiranía que trabado me tenía entonces el corazón, quizá me disculparás. En Barcelona, ¡ay de mí! (empieza el pretexto aquí para mi ausencia), sabrás que un correo que pasaba, según un hombre contó en la posada, dejó dicho que muerto dejaba a manos de la más fiera traición que vio el hado impío, a don Alonso, mi tío. Yo por alcanzarle y si era verdad saber, con la rara priesa el caballo tomé que viste. En fin, le alcancé y supe de él… Dentro ruido. Sale Flora y vase a esconder don Pedro al cuadro y Violante le lleva a otra puerta de donde sale Serafina. Para, para. ¿Qué ruido es este? Es, señora, como ya en uso lo tiene, que a ser tu huéspeda viene Serafina. Conque agora fuerza el retirarme es. Sí, mas no aquí; que no has de irte hasta que acabe de oírte. Aquí ha de ser. Sí haré. Y pues de nuestro amor Serafina tan sobre seguro está contigo y cuenta te da hasta de lo que imagina, háblala en mí, verás que, ya que dos tus quejas son, son dos mi satisfación y la suya. Sí hablaré, que aun por eso a querer llego que donde lo oigas estés. Sale Serafina. No quiten el coche, pues tengo de volverme luego. ¿Cómo, Serafina mía, tan de paso tu belleza que haya de entrar la tristeza primero que la alegría en esta casa? Ay, Violante; ay, amiga; que un pesar tan grande que va a matar y aun no es a matar bastante, hoy a valerme de ti me trae, poniendo en tu mano vida, alma y honor. En vano me previenes, pues de mí sabes que puedes segura servirte. Alienta, respira, y lo que me mandas mira. Sólo… Di. …que tu hermosura dé lugar para que aquí dos palabras (mal reprimo mi ansia) a don Pedro, mi primo, hable delante de ti. Porque has de saber que han vuelto aquestos impertinentes caducos de mis parientes a hablarme en él; he resuelto, ya que alguna vez oí su plática sin enfado, y él, habiéndola escuchado, no dio desde luego el sí, no darle yo. Y aun cruel le aborrezco de manera que si rey del mundo fuera no digo casar con él, pero aun pensallo, aun decillo, juzgo ofensa entre los dos. (¡Buena pascua te dé Dios!). (¡Lo que se alegra de oíllo!). Y, siendo así que no puedo usar de mi libertad, perdiendo a la autoridad de ancianas canas el miedo, en mi propósito fiel, temerosa de ofendellos, lo que no les digo a ellos quisiera decirle a él, suplicándole que ya que él el desaire empezó, le prosiga, con que yo quedo bien, si es que me da licencia para llamalle a tu casa tu amistad, pues no tengo en la ciudad otra donde pueda hablalle. Pues ¿qué inconveniente a mí se me sigue de que sea mi casa donde te vea y más para eso? Pues… Di. Aun más has de hacer. ¿Qué es? Porque quien conmigo viene curia en la ciudad no tiene, que una persona me des que vaya de parte mía (pues presumir será error que aunque le falte el amor, le falte la cortesía) y le diga que soy quien hablarle pretende. Flora, ¿quién a esto irá? Yo, señora. ¿Conócesle tú? Y tan bien que nadie mejor que yo en toda la casa habrá que sepa dónde él está ni más presto. ¿Quién te dio esas noticias? Servía antes que a ti a un infanzón que tiene conversación donde acude cada día, cerca de aquí. Si es así, ve y dile que Serafina en mi casa determina hablarle. ¿Entiéndesme? Sí. (Que pues que puedo sacalle por detrás de aquel cancel, finja que vuelvo con él por la puerta de la calle). (Ven tras mí). (Fuerza este instante es mi ausencia dilatar, quede, pues ha de quedar sin este susto Violante). Vanse don Pedro y Flora. (Esto es lograr, pues me ofrece tan buena venganza aquí el que él delante de mí oiga que ella le aborrece). (¡Qué contenta está en pensar su desengaño, sin ver que la fiesta del placer es víspera del pesar!). En fin, Serafina mía, ¿el pasado sentimiento de que de tu casamiento no aprecio tu primo hacía, ya aborrecimiento es? (Otra vez lo quiere oír y yo lo quiero decir, mas no todo hasta después). Sí, Violante, porque ¿qué mujer dejada se vio que en odio no convirtió su amor, en ira su fe? Él tiene poca razón en no adorar tal belleza. ¡Páguete Dios la terneza con que habla tu corazón! Que te estimo, fía de mí. Bien te lo merezco. Vuelven por la otra puerta Flora y don Pedro. Ya (ved si dije bien) está el señor don Pedro aquí. Y confuso en no saber a quién una dicha tal como pisar este umbral se la debo agradecer. O a vos, Violante divina, que esta licencia me dais, o a vos que la ocasionáis, bellísima Serafina. Y pues a un tiempo a las dos debo alma y vida rendiros, ved vos en qué he de serviros y ved qué me mandáis vos. Señor don Pedro, dejemos cortesanías y vamos a verdades, que quizá puede ser que importen a ambos. Bien pensaréis que el haberos a esta visita llamado es, tomándome licencias de amiga indiscreta, a daros quejas de que hagáis desdén de vuestros mismos aplausos, desairando en una misma sangre, lustre, honor y fausto. Pues no, don Pedro, no soy tan necia que haya pensado que en mis tribunales puedan residenciarse los astros. Y así, para que veáis cuánto es mi intento contrario, no sólo he de daros quejas, sino gracias, suplicándoos que, ya que la acción habéis lucido del desengaño, me dejéis lucir la acción de dar gracias por agravios. Vos tenéis sacado el rostro al ceño; y, pues ha empezado en vos la desavenencia, prosiga en vos, escusando que haya de empezarla yo ahora de nuevo, sacando la cara a segundo ceño; que no está bien al recato de una mujer hacer hoy enojo el que ayer fue agrado. Y, para que no os parezca que livianamente vano hago este esfuerzo, escuchad la causa con que le hago. Hoy me han hablado de vos los que pretenden ancianos conservar de sus solares el antiguo mayorazgo, sin que transversal, o en mí o en vos, pase a algún estraño que las armas de Torrellas borre del jaspe y el mármol. Y, siendo así que no he sido yo la que he repugnado, venirse a mí cuando deben, para proceder más sabios, irse a vos, que sois quien tiene hecho el despego, me ha dado que pensar, que discurrir si son de vos enviados, escarmentado de haber tocado los desengaños de alguna dama por quien habéis hoy salido al campo. Bien puede ser que éste sea en mí juicio temerario. Si lo fuere, ¿qué hay perdido? Si no lo fuere, hay ganado que sepáis que no soy buena para sostituta. Y, cuando os hayan los riesgos de otra –sea quien fuere; que si callo su nombre, otros le dirán–, como dije, escarmentado, por el mismo caso yo debo no hacer de vos caso. Y así, otra vez y otras mil vuelvo, don Pedro, a rogaros que os mantengáis en ser vos quien desvíe ese tratado; que pues que yo me consuelo, ¿qué haréis vos en consolaros, siendo yo la desdeñada y siendo vos el ingrato? Porque si vuelven a hablarme en vos y la cara saco al no quiero, habré de dar la razón, diciendo a cuantos, o ya me persuadan cuerdos, o ya me fuercen tiranos, que la mano no he de dar a un hombre tan desairado que en campal duelo la espada se le caiga de la mano y para vivir conmigo venga con desdoro tanto que lo que viva, lo viva a merced de su contrario. Vase. Oye. Aguarda. (Mas, ¡ay, triste!,…) (Mas, ¡ay, infeliz!,…) (…que un pasmo,…) (…que un hielo,…) (…un terror,…) (…un susto,…) (…un parasismo,…) (…un letargo,…) (…¡suerte injusta!,…) (…¡mortal pena!,…) (…¡cruel influjo!,…) (…¡fiero hado!,…) (…de hielo me cubre el pecho). (…de fuego me sella el labio). (¿Para romperla, ¡ay de mí!, vil caballero, la mano, la fe y palabra me diste?). (Mas ¿qué dudo? ¿Para cuándo se hizo acendrar el valor al crisol de los agravios?). Bien, don Pedro, pensaréis, si deja pensar el vago discurso de quien a un tiempo tiene que acudir a tanto que ha de prorrumpir en quejas mi dolor, haciéndoos cargo de que, ofendido el secreto y el honor abandonado, hayáis rompido por todo. Pues no, que hoy amor postrado verá el rencor de la ira a la terneza del llanto. Ni de mi injuria me acuerdo, de vuestro arrojo me agravio, vuestro despecho me ofendo ni vuestro furor me espanto. La disculpa de celoso admito; y, si queréis, paso a hacer méritos de fino errores de temerario, a precio de que viniendo en un sentimiento entrambos, dejemos lo que a mí toca y a lo que a vos toca vamos. Un acaso, claro está (según de lo que ha contado esa tirana se infiere, que mal pudiera en tan alto ilustre valor caer la mancha sin el acaso), mal puesto os tiene, don Pedro, pues que basta para estarlo que vuestro aleve enemigo, jactanciosamente vano, de que os dio vida y honor se haya con ella alabado y ella lo haya dicho a voces; que en causas de honor es llano que sólo un testigo sobra. Y, aunque a este pueda el descargo recusarle aborrecido, no es fácil que el vulgo vario recoja una voz que ya corrió, que, habiendo llegado a su noticia, ¿quién duda que pase a otras, infestando el honor, que mala fama tiene achaques de contagio? Vuestra obligación sabéis, y, pues no en ella he de hablaros, sólo os hablaré en la mía. Cuanto soy y cuanto valgo, todo es vuestro para que a todo trance restado, sin que os condoláis de mí –que en los retiros de un claustro sabré llorar vuestra ausencia sin otro caudal que amaros–, puesto en salvo vuestro honor, pongáis la persona en salvo; que, aunque os amo, aunque os estimo, quiero, adoro y idolatro; idolatro, adoro, quiero, estimo, don Pedro, y amo más que a vos a vuestro honor. Y así, a Dios, hasta miraros, don Pedro, o vengado o muerto. Vase. Oye, aguarda. Cerró el cuarto sin dar lugar a que diga que estimo el consejo tanto que no volveré a sus ojos si no es o muerto o vengado. Tercera Jornada Salen don Pedro y Ginés. ¿Era hora, señor, de hallarte? Pues vienes a muy buen tiempo si vienes con tus locuras. ¿Hay más de aporrearme presto para que presto también llegue el arrepentimiento y discurramos amigos en lo que quiere ser esto de salirte al campo solo, triste, elevado y suspenso, día que nobleza y plebe con el tráfago y estruendo de la partida del Rey concurre a palacio y, siendo tú el primero que llegó a sus pies, ni aun el postrero quieras ser hoy? Ay, Ginés, que porque todos contentos quedan y del Rey honrados huyo de hablarlos y verlos. (Y es verdad, pues a ninguno de cuantos, ¡ay de mí!, encuentro desde que salí de casa de Violante, no me atrevo ni aun a mirarle a la cara, con la vergüenza o el miedo de que sabe mi desdicha. Y así a los campos me vengo conmigo a pensar qué modo de satisfación dar debo al mundo de mi valor. Agora bien, sentimientos, lo primero discurramos qué sentirá de mí el pueblo, cuando esparcida la voz, diga en corrillos diversos…) Dentro Benito cantando. Salieron a reñir dos callaberos, cayósele la espada al uno dellos. (Mas, ¡ay, infeliz de mí!, llegó mi pena a su estremo, pues a mí me lo pregunto y me lo responde el viento). Arre, burro de un ladrón. Canta. Miren cuál se va torciendo. Que cayósele la espada al uno dellos. Oiga el villano y cuál canta al compás de su jumento. Por vida tuya, señor, que, dejando sentimientos de esa mi señora doña fulana por un momento, escuches aquel tonillo de un rudo villano de esos que traen de alquerías y aldeas a la ciudad bastimentos, que no dudo que te dé el oírle gran contento, pues dice a sí y a su burro, entre regaños y acentos: A otra parte cantando. Salieron a reñir dos callaberos, cayósele la espada al uno dellos. Y aun otra villana allí viene cantando lo mesmo. Como es el tonillo alegre, habrase esparcido presto. Verá por dó va la burra. ¡Por el pantano! Ah, mal juego de San Antón que me obligue a echar por otros linderos, que cayósele la espada al uno dellos. ¿Qué te parece? ¿No es brava la letra y el tono? (¡Cielos! Sólo aqueste torcedor faltaba a mi sentimiento. En fin, ya, ¡ay, desdicha!, eres hablilla, fábula y cuento del vulgo, pues ya por ti dice repetido el eco:) Salen los dos. Salieron a reñir dos callaberos… ¡Callad, rústicos villanos… ¡San Dios! ¡San Dominus tecum! …o a mis manos moriréis! (Diole la furia a buen tiempo, pues tuvo otros en quien dar). ¿En qué en decir le ofendemos que cayósele la espada al uno dellos? Cuando me matáis cantando ¿proseguís? ¡Ay, que me ha muerto! No se les dé nada, amigos; que es un vaguido, que luego se le pasa y les hará mil caricias al momento que les haya muerto a coces. Decid, rústicos, groseros, bárbaros, viles villanos, ¿quién os enseñó esos versos? (¿Qué miro? Él es. ¡Ay de mí, infelice! Yo so muerto si Gila dice que jui quien lo vio). Yo no sé dellos más de que todos los cantan. Benito lo dirá, puesto que es el que lo sabe todo. Yo no sé más de que viejos, niños, mojeres y cuantos Canta. hay, andan por ahí diciendo que salieron a reñir dos callaberos… Ni yo tampoco sé más Canta. de que persigue el soceso que cayósele la espada al uno dellos. ¡Vive Dios! (Mas, ¡ay de mí!, ¿qué dirán de mí si dejo vivo al agresor y en unos pobres villanos me vengo?). Idos, amigos, con Dios. ¿No se lo dije yo? Luego que se le pasa, es un ángel. ¡Y cómo que mos iremos! Y ya que desto se enoja, yo le juro… Yo le ofrezco… …de que en mi vida no diga… …que no diga en nengún tiempo… …que salieron a reñir dos callaberos… Idos, villanos, de aquí; no apuréis mi sufrimiento. Señor, pues ¿qué te va a ti que vayan o no contentos dos villanos su camino? Vuelven. Quede seguro… Esté cierto… …por que otra vez no se enoje… …que en muesa vida diremos que cayósele la espada al uno dellos. (Fortuna, ya aquí no hay que pensar estraños medios, sino atropellar por todo. Dondequiera, ¡vive el cielo!, que le encuentre, he de matarle). Vase. ¿Adónde irá tan resuelto? Hacia la ciudad se vuelve; tras él iré. Vase. ¿Qué es aquesto, Benito? Gila, esto es… Di. …que aqueste callabero anda de espada caída, como otros muchos que vemos que de capa caída andan. ¡Oh, quién hobiera a saberlo llegado antes! ¿Para qué? Para que ser tú el parlero sopiera y en ti vengara su enojo. Aun bien para eso tenía que decirle yo que por ti estaba encubierto, y como a primera causa se vengara en ti primero. Si ambos culpados, Benito, somos, callaré y callemos. Callaré y callemos, Gila. Sola una enfacultad tengo. ¿Qué es? Que por el mismo causo que debo callar, reviento por habrar. Yo y todo. Pues queditito no diremos: Cantan Salieron a reñir dos callaberos, cayósele la espada… Dentro cuchilladas y voces. ¡Vive el cielo, que en ti he de vengarme! ¿Este es el agradecimiento de haberte dado la vida? Paz, ténganse. ¿Qué es aquello, Benito? No sé; mas hancia la praceta, a lo que veo de palacio, Gila, hay grandes cochilladas. No lleguemos; que mósica y cochilladas suenan mijor algo lejos. Salen riñendo don Pedro y don Jerónimo, gente en medio y, sin sacar las espadas, el Almirante por una puerta y el Marqués por otra. Hoy morirás a mis manos, aleve, mal caballero. ¿Así se pagan finezas que hice por ti? Nada debo a quien me quita el honor. Apartaos. Deteneos. ¡Vaguido de primer clase hasta con su amigo y deudo! ¡No atendéis adónde estáis! Don Jerónimo, ¿qué es esto? ¿Qué es esto, don Pedro? Es, perdóneme tu respeto, satisfacer un agravio. ¿Agravio? Ya no os detengo, sino estoy a vuestro lado. Empuñan los dos las espadas, sin sacarlas. Es, perdone el valor vuestro, castigar la ingratitud de un desagradecimiento. Sea lo que fuere, en vuestra casa me coge el empeño y a vuestro lado estoy. Sale el Condestable y gente. ¿Cómo aquí tal atrevimiento delante del Rey y cuando el pie en el estribo puesto se deja ver? Pero ya nada prosigo si advierto que sin tomar la carroza mueve aquí el paso. El acero envainad; con él desnudo no os halle. Retiraos, puesto que no es de vuestro enemigo, sino del Rey. Ese el miedo es de los nobles; él me hace retirar. Vase don Jerónimo y sale Carlos con gente. Marqués, ¿qué es esto? ¿Qué es esto, Almirante? Yo lo diré, señor, atento a que no resulte en otro la culpa que solo tengo. Esto es, oh, primero Carlos, rey de España, y tan primero que para ser Marte suyo lo quinto traerá el imperio, medir desde vuestros pies a vuestros pies los estremos que hay del honor a la infamia, del lustre al abatimiento, del blasón a la ignominia y del aplauso al desprecio; pues el que a ellos se vio ayer de vos honrado y contento, hoy ajado y deslucido se mira, señor, a ellos, hecho ejemplo miserable de la fortuna y el tiempo; que al tiempo y a la fortuna acredita en sus sucesos cuanto nace a ser estrago el que nace a ser ejemplo. Y, pues para el desagravio de quien en público duelo intenta satisfacerse es ley honestar primero del agravio la razón, no obste al discurso el saberlo. Con don Jerónimo de Ansa, un ilustre caballero –que aun para retado importa serlo también– cuerpo a cuerpo salí a reñir en campaña y, de un caballo cayendo –que tal vez llega más tarde quien quiere llegar más presto–, quedé lastimado un brazo; pero no le di por eso a torcer, atropellando al dolor el ardimiento. Él, flaqueando entumecido, dio con la espada en el suelo. Que don Jerónimo espacio me dio a cobrarla, no niego; que para avisar lo malo, no he de deslucir lo bueno. Pedile, por no volverla contra tan ilustre pecho, me diese muerte, pues más me honraba en campaña muerto que en la ciudad desairado, a que con fe, juramento, mano y palabra ofreció lo inviolable del secreto, debajo de no sé qué para mí tiranos medios; que, aunque él no llegó a pedirlos, empecé yo a obedecerlos. Con esto, pues, tolerado el desaire en el consuelo de que uno que le sabía, testigo había sido él mesmo del accidente, afianzado en su mismo ofrecimiento, volví a la ciudad, adonde en el primer paso encuentro que no sólo había guardado la fe y la palabra, pero jactanciosamente aleve lo había esparcido, poniendo mi honor en tan bajo estado, en tan vil predicamento, que el que lloro como oprobio se canta como proverbio. Dos satisfaciones son las que dar al mundo debo de mi valor: la primera, en que vea que un adverso acaso no es cobardía; la segunda, en que vea luego que me satisfago en quien fe y palabra da a un secreto para romperla. Y así, gozando, señor, los fueros de Castilla y de Aragón, cuyos establecimientos en su verde libro mandan que al notorio caballero que agraviado pide campo no se niegue, me presento ante vos; y con el real soberano acatamiento que debo, de gracia pido lo que de justicia tengo. Señalad vos, pues, señor campo donde cuerpo a cuerpo, a pie, a caballo, desnudo o armado –pues toca eso a la elección del retado– le sustente a todo riesgo, a todo trance de armas, que anduvo mal caballero en no matar con la espada a quien con la lengua ha muerto. Aunque no es en mis noticias el fuero que alegáis nuevo, nueva la práctica es de él. Y así, para responderos, acudid al Condestable. A vos de vos mismo apelo. Vos sois mi Rey y me habéis de hacer justicia. El haceros justicia y el remitiros al Condestable es lo mesmo. De mis ejércitos es, por el antiguo derecho de su dignidad, no sólo capitán general, pero general justicia, usando –mayormente cuando en ellos asisto por mi persona– sobre el militar gobierno el político, pues no hay bando ni ajuste ni precio que no sea en nombre suyo. Bien lo acredita su sueldo, pues devenga cada mes lo que el ejército entero cada día. Y, siendo así que el Condestable es supremo juez de cuantos militares trances de armas en mis reinos acontezcan en la parte de tierra –que a ser el duelo en el mar, el Almirante fuera el árbitro, supuesto que de puertos allá goza de los mismos privilegios– bien a él os remito. Y pues él ha de ser el juez vuestro, para que os haga justicia, os guarde vuestro derecho, sustente vuestros honores y mantenga vuestros fueros, acudid al Condestable. ¡Quién en las alas del viento, anciana Castilla mía, llegara a tus brazos presto! dentro Para llegada a sus brazos no es «anciana» buen requiebro. ¡La carroza! ¡Plaza, plaza! A vos, generoso, excelso, gran Fernández de Velasco, del Rey remitido vengo. Ya lo sé, nada digáis. Almirante. Marqués. Cielos, ¿qué hablarán los tres? (Si no me engaño, cuando primero llegué, me pareció que estabais los dos afectos a los dos nobles rivales, pues hicisteis que el acero el uno envainase vos y vos que el otro al momento desapareciese). (Sí). (Pues yo suplicaros quiero que antes que les nombre el campo y llegue el trance a sangriento, procuremos ajustarlos). Yo, de parte de don Pedro –llegad, que os importa oírlo– que desistirá os ofrezco, como en la satisfación que le den, quede bien puesto. Todo lo que un don Fadrique Enríquez –dictados dejo, que ahora más que gran señor me importáis gran caballero– me aconsejare, ¿quién duda que me esté bien el hacerlo? Como vos estáis capaz –públicos sus sentimientos– podréis hablar de su parte; yo, que noticias no tengo de don Jerónimo, mal puedo hablar sin fundamentos. Sale don Jerónimo. Habiendo, señor, oído lo que en mi ausencia don Pedro ha articulado, no sólo retado ante vos parezco a acetar el desafío, mas, de más a más, sustento que en imputarme de aleve a la fe de su secreto, padece error, porque nunca ha salido de mi pecho. Ya yo puedo hablar por él, pues ya sé su sentimiento. ¿Qué mayor satisfación puede dar un caballero que decir que no lo ha dicho? Advertid, señor, os ruego que yo, desimaginado de que hablásedes en esto por mí en mi ausencia, llegué al Condestable, cumpliendo conmigo, pero no dando satisfación, que no tengo, a vista del desafío, de darla y se advierte luego que lo que dije contando, lo dije satisfaciendo. Esa es más satisfación, pues es darla sin intento de darla. Y aun no es bastante, porque ha de darla sabiendo que la da, y aun… ¿Qué? …probarla. ¿Probarla? ¿Cómo? Trayendo a quien lo dijo. No es fácil saber en todo un desierto quién verlo pudo. Tampoco creerlo los otros sin verlo. Harta satisfación da quien la da sin darla. Si eso a todo un vulgo bastara, bien quedara satisfecho don Pedro; mas todo un vulgo siempre a lo peor dispuesto podrá juzgar, mientras no le den el mismo instrumento, que uno finge y otro aceta con fáciles fundamentos, con que, sin salvarse uno, quedan entrambos mal puestos. Y así, mientras que no os diere el real testigo, don Pedro, no os satisfagáis. Ni vos, aunque le halléis manifiesto, le traigáis; que no ha de estarse a lo que otro diga atentos más que a lo que vos dijisteis. Yo escogí buenos terceros para que nadie flaquease. Pues afírmome en que quiero salvar la ruindad, mas no la lid. Ateneos a eso. Yo, en que por no dilatarla en ningún partido vengo. Vos, a esotro. Eso es querer que no se trate de medios. Y esotro que no haya paces. Esto es justo. Estotro es cierto. Y eso y esotro es tirar lo más que se puede al duelo. En fin, ¿en qué os resolvéis? Yo en no acetar me resuelvo satisfación. Yo, en no darla. ¿No hay remedio? No hay remedio. Pues el campo que os señalo, y me toca haceros bueno, es la plaza de palacio de Valladolid; que quiero, ya que vio Carlos la causa, vea también el efecto. Esto es lo que a mí me toca; a vos el día. El más presto. A otro día del que entrare –vamos abreviando tiempos– el Rey en Valladolid. A vos las armas. De acero armado de punta en blanco; que a sus ojos fuera yerro caballeros parecer sin armas de caballeros. Y, para que no presuma la vil malicia del miedo que por armas defensivas las elijo, elijo luego hachetas de desarmar, en cuyo fatal manejo la agilidad y la fuerza se ve ejercitada a un tiempo. Pues, caballeros, a Dios; que donde nombré os espero. Vase. Don Jerónimo, a campaña, porque hasta ella yo no tengo de dejaros de mi lado. A la batalla, don Pedro, que, ya que acetado el campo cuerpo a cuerpo está, aunque en duelos públicos no se permite lidiar los padrinos, siendo su autoridad sólo a causa de partir el sol y el puesto y no habiendo de reñir, hago más por vos que habiendo de reñir hiciera, a ser vuestro padrino me ofrezco. Yo, vuestro también. A Dios. A Dios. Allá nos veremos. Vanse. Señores, ¿habrá en el mundo dos tan grandes majaderos que les cueste más cuidado, más diligencia y anhelo saber cómo han de matarse, que cuesta a muchos discretos saber cómo han de vivirse? Yo apostaré que corriendo van tanto hacia su peligro que para salvarlo presto, a manera de comedia se haya de suplir el tiempo que ha menester la jornada, y no viene mal el serlo, pues la voz jornada llega en la metáfora a cuento. Y esto asentado, ¿qué haré yo, ¡triste de mí!, que quedo huérfano de amo y de ama? De amo, pues partir le veo sin más prevención que irse con el Almirante dentro ya de su coche, y de ama, pues no la conozco. Flora y Violante, tapadas. ¿A eso te resuelves? Ya perdido una vez al manto el miedo, no han de llegar las noticias, Flora, a mí de igual empeño tan confusas como llegan encerrada en mi aposento. Y así, saber qué se dice en este traje pretendo, comprando algo en estas tiendas de mercader o joyero, que es donde se sabe todo. Aguárdate, que allí veo a Ginés y él lo dirá por decirlo. ¡Ah, caballero! ¿A mí? A vos. No me conozco por ese nombre. Si os veo con sortija de diamantes. También me veis con arreos pícaros y es mucho ver la sortija y no el aseo. Eso no es del caso. Vamos a que mujeres tenemos curiosidad de saber. Decidnos, ¿qué ha sido esto que a un don Pedro de Torrellas ha pasado? Va de cuento; que yo, como su criado, lo dijera aun sin saberlo. Érase una reina mora que echó por aquesos cerros encantada, donde el rey moro la dejó, temiendo no la dieran pan de perra, cuando a él daban pan de perro. Viola mi amo una mañana de San Juan rubios cabellos peinar al rayo del sol, de cuyos… Burlas dejemos, y vamos a la verdad. Esta lo es, a lo que pienso, porque estar enamorado de un fantástico sujeto que nadie sabe quién es, por cuyos rabiosos celos se van a Valladolid a matar como unos puercos don Jerónimo de Ansa y él, ¿qué mucho que donde hay reto de andante caballería, también haya encantamiento? ¿A Valladolid van? Sí. ¿Por qué? Porque está más lejos, y porque diz que ha de ser pública a los venideros siglos la satisfación de una espada y de un secreto que de la mano y la boca a uno y otro se cayeron. Y, siendo así que él se va tan veloz, tan desatento que aun no le dijese: «Ahí quedan las llaves» a su escudero, quedad con Dios, que ir importa a buscar un amo viejo, pues es mejor empeorar, que no duelo ver, ver duelos. Oíd, que, ya que vuestro amo, todo en su honor, no ha dispuesto de nada más que de él solo, quizá acomodaros puedo con quien a Valladolid os lleve no menos presto que llegue él, con que podéis volver a servirle, haciendo fineza haberle seguido. Será gran dicha y espero el amo saber. Es ama. Mejor que mejor. Pues luego en cas de doña Violante de Urrea id; que a lo que pienso estará ya de partida, porque va allá en seguimiento de no sé qué pretensión y busca para ese efecto criados que la acompañen. Iré luego al punto. Pero ¿quién la diré que me envía? Doña Brianda Ribadeo. Quedad con Dios. (Gran ventura será si en servicio llego de Violante, donde ya las albricias me prometo del Almirante). Vase. Señora, ¿qué has dicho? Lo que hacer pienso. ¿Del memorial que di al Rey no bajó, Flora, el decreto que propone a la persona y que la apruebe el Consejo de Aragón, que allá en Castilla reside en su corte? Luego para honestar la jornada bastante motivo tengo, pues no hay principal mujer que a pretensiones o a pleitos parezca en la corte mal. Y pues en ir me resuelvo, ¿quién puedo llevar conmigo mejor que a su criado mesmo por testigo de mi llanto? ¿Y qué conseguirás de eso? Ver mi dicha o mi desdicha; que más que me mate quiero el agudo filo, Flora, de saber mis penas presto, que no el embotado filo de imaginarlas. Y puesto, si él vive, que con él vivo; si él muere, que con él muero, y que ha de afligirme más el dudarlo que el saberlo, y ha de ser, el viaje vamos a disponer. ¡Ay, don Pedro! Bien pudiera yo quejarme como tú de que al secreto me faltaron, pero estimo tanto tu opinión que a riesgo del peligro de tu vida, que es la mía, te agradezco el no volver a mis ojos menos que vengado o muerto. Vanse. Salen Serafina, Benito y Gila. Yo lo tengo de contar. Mijor lo contaré yo. Decidme lo que pasó y acabad de porfiar. Cantando con mi pollino… Con mi pollino cantando… …iba mi camino, cuando… …iba, cuando mi camino… …he aquí a tu primo con fiera… …con fiera ve aquí a tu primo… …cólera, furia y animo… …ánimo, furia y collera… …salir al paso diciendo… …diciendo salir al paso… …–verle era estupendo caso–… …–caso era verle estupendo–… «¿Quién os dijo ese cantar?» «¿Quién ese cantar os dijo?» Y con un pesar prollijo… Prollijo y con un pesar… …habiéndomos aporreado… …aporreádomos habiendo… …muy atufado corriendo… …corriendo muy estofado… …entró en la ciudad y luego… …y luego entró en la ciudad… …hecho un fuego de crueldad… …hecho de crueldad un fuego… …embistió con no sé qué hombre,… …vistió hombre con no sé qué… …que su nombre no lo sé. …no le sé yo que su nombre. Al ruido habiendo de aceros De aceros habiendo al roído …callaberos acodido… …sacodido callaberos… …sobre si un defecto era… …sobre si un era defecto… …como debiera secreto… …secreto como debiera… …alegó no sé qué ley… …no sé qué ley allegró… …que el mismo Rey la escochó. …que la escochó el mismo Rey. Con que para Vallaolid… Para Vallaolid con que… …la lid citada se ve… …se ve encintada la lid… …cuando dos muertes se den. …se den muerte cuando dos. ¡Malas nuevas os dé Dios! ¡Maldígaos el cielo! Amén. (Grande paciencia he tenido en haberlos escuchado. Bastaba ser mal contado para ser tan repetido. Mas, ¡ay de mí!, que por mal que ellos me lo han dicho, yo bien lo he entendido. ¿Quién vio, cielos, confusión igual como en mí han introducido estas noticias? Sin duda que don Pedro, como duda que este villano escondido vio todo lo que pasó, piensa que fue su enemigo quien jactándose conmigo el desaire me contó, y a satisfacerse de él, usando de todo el fuero concedido a caballero, le llama, altivo y cruel, a público desafío. ¡Oh, quién prevenido hubiera que a tanto estremo pudiera llegar el despecho mío! ¡Bien dijo el que dijo que eras, oh, lengua, la más esquiva, más cruel y más nociva fiera de todas las fieras y que por eso te había Naturaleza encerrado donde uno y otro candado tuviese tu tiranía! Mas ¡ay!, que fue vano intento, pues de nada te acobardas y para falsear sus guardas, te basta sólo un aliento. ¿Cómo pudiera yo hacer que la verdad se supiera y el duelo se suspendiera, en llegándose a creer que está de ruin trato ajeno su contrario? Mas ¿qué dudo? ¿Dar la triaca no pudo víbora que dio el veneno? Sí, luego mi voz también, que con despecho mortal supo ocasionar el mal, podrá introducir el bien). Los dos os venid conmigo. ¿Dónde mos quiere llevar? Donde yo fuere, a mostrar con uno y otro testigo la verdad, bien que sospecho que tarde o nunca ha de ser. (¡Ah, desprecio de mujer y qué de daños has hecho!). Vanse. Salen el conde de Benavente, viejo venerable, y gente. Díceme ese correo que fue tanto de Carlos el deseo de llegar a Castilla que en la primera villa donde hizo noche junto a Zaragoza postas tomó, dejando la carroza, conque, según de su ardimiento infiero, de hoy a mañana a más tardar le espero. Y así, en dejando el cuarto prevenido, le saldré a recibir. Dicha he tenido en hallarte, señor. Pues ¿qué hay, Fernando? Que cuando todo el pueblo está esperando en la Puerta del Campo al Rey, a efecto de alegrarse en su vista, de secreto, de dos señores sólo acompañado, por la puerta del parque se ha apeado y ya en palacio está. Ventura ha sido hallarme en él la nueva; que sentido mucho hubiera, y no en vano, llegara otro a besar antes su mano. Salen Carlos, Almirante y Marqués. Pues, señor, ¿cuándo el bien tan de repente se dejó ver? Conde de Benavente, bien hallado seáis, dadme los brazos. Prisión del alma llaman a estos lazos. ¿Cómo estáis? Disgustado de que los bandos que han ocasionado en Salamanca tantas disensiones, infestando a Castilla sus pasiones, no hubiesen reducido antes que a vos la nueva hubiera ido, para no haberos dado la priesa de venir con tal cuidado. Ya lo están, porque yo –si hubiere sido atrevimiento, perdonadle os pido– para que Salamanca se enfrenara, de su corregidor tomé la vara, poniendo a la justicia en más respeto que el pueblo la tenía. Y en efecto, prendiendo y perdonando, se fue tanto el tumulto apaciguando que hallaréis ajustada ya su paz y a Castilla sosegada con la fuga que, huyendo de mí, hicieron los que cabezas de los bandos fueron; que a fe, a no les valer sus ligerezas, que habían de ser cabezas sin cabezas. No sólo hay, Conde, aquí que perdonaros, pero que agradeceros y estimaros. Que Salamanca en sus anales cuente después que un conde fue de Benavente corregidor en ella. De tanto sol, ¿qué hay más que ser que estrella? Entrad a descansar, que fatigado vendréis. Quiérome hacer a ser soldado, por eso no rehúso las fatigas. Vase. ¿Qué huestes, gran señor, habrá enemigas que en esa edad ese valor no espante? Dadme, primo, los brazos. Almirante, bien venido seáis. Para serviros mil novedades traigo que deciros. Después las trataremos por que ahora al Rey tan solo no dejemos. Vase. Señor conde. ¿Qué mandáis? Perdonad no conoceros. Esa carta podrá haceros capaz de lo que ignoráis. Lee. «El marqués de Brandemburg, mi pariente, va en servicio de Carlos a esa corte. Ya sabéis la deuda en que están los Pimenteles a Alemania, pues tantas veces les han dado en sus campañas la gloria de lo que han lucido en ellas. Como estranjero, no estará en la ceremonia castellana y así, os le encomiendo a vos, como al mejor ejemplar suyo. Dios os guarde. Maximiliano». Esta obligación en que me pone el Emperador, sobre traer vos el favor de ser quien sois para que os sirva, siempre obligado me tendrá a hacerlo. Pues ved de tan segura merced cuánto vengo confiado, pues desde luego, señor, la he de empezar a admitir. Sepa en qué os puedo servir. En darme vuestro favor para un empeño en que estoy. Dos nobles aragoneses, allá por sus intereses, llegan aplazado de hoy a mañana un desafío según los antiguos fueros, que a notorios caballeros les da el heredado brío. Por accidente de ser huésped del uno, me halló en su casa el trance y no pude escusarme de hacer de padrino la fineza; y, siéndolo el Almirante del otro, ¿quién es bastante a competir su grandeza? No quisiera que mi ahijado entrase desguarnecido de honores y no lucido por haberme a mí nombrado. Y así, señor, lo que os ruego es que me honréis y le honréis. Seguro a mí me tenéis y a todos mis deudos luego, que, aunque el Almirante sea padrino del otro, no es competencia que yo, cuando él a uno honrar desea, deje honrar a otro, y a vos serviros. A ambos honráis, pues lustre y honor nos dais a un mismo tiempo a los dos. Cajas. Oíd. ¿Qué cajas serán estas? El toque dellas es bando. Es que ya irán empezando las ceremonias molestas deste gentílico duelo. ¡Quién sin él a España viera! Sale el Almirante. Marqués, el Rey os espera. Id con Dios. Vase. Guárdeos el cielo. Vase. Sale don Pedro. Habiendo, señor, llegado con tu familia y tu casa, después que tú con el Rey por la posta te adelantas, para no errar ceremonia ninguna, vengo a tus plantas a saber qué debo hacer, viendo que trompas y cajas ya publican el primero bando al duelo. Es tan no usada función ésta que no sé en qué se excede o se falta. ¿Qué dice el bando, si acaso lo sabéis? Bien se declara que en lo que tanto me toca no perdono circunstancia y así de todo informado vengo. Lo que el bando manda es que ninguna persona entre, gran señor, ni salga en el circo que se hace dentro de la misma plaza de palacio ni requiera su terreno ni estacada, a causa debe de ser de que malicia no haya que a ella rompa o ponga en él tropiezos en que se caiga. Y, habiendo dado a su forma el Condestable la planta, a cuya orden está todo, un real trono se levanta para el Rey, donde, según dicen, ha de estar con vara de oro en la mano, y después otro de menores gradas del Condestable, dejando a dos tiendas de campaña, que se arman a un lado y otro, surtida para la entrada de solos los combatientes y los padrinos. ¿No habla el bando con los padrinos o combatientes? No trata más que desto ahora. Pues si él no nos advierte de nada, ¿para qué habemos de darnos por entendidos de que hagan otros su deber? Y así, mi parecer es que a casa os vais y no os dejéis ver, que es cosa muy desairada que anden, sabiendo quién sois, señalándoos. Sale Ginés. A Dios gracias, que a uno busco y hallo a dos. Ginés, bienvenido. Tanta la prisa –por no decir o la cólera o la saña– fue con que partí que no cuidé ni de él ni de nada, pero su lealtad ha hecho el que me siga. Te engañas; que yo no vengo por ti ni a servirte ni me pasa por el pensamiento, pues sin la cuenta y la fulana, tengo ama a quien servir. Y, porque la dicha ama no te importa y importar puede a su excelencia, vaya de historia. Doña Violante, aquella hermosura rara que tanto allá en Zaragoza ver una tarde deseabas, está aquí y es a quien vengo sirviendo, porque en demanda de no sé qué pretensión sigue la corte. (¡Tirana suerte! ¡Aquí Violante, cielos!). ¿Qué dices? Que como vayas a una posada en que agora se apeó, mientras que casa toma decente, podrás verla, señor, y aun hablarla si te entras como buscando otra persona y yo traza te doy dejando la puerta del cuarto abierta. ¿Qué aguardas? (¡Vive Dios de un alcahuete, que te he de sacar el alma!). (Pues ¿qué te va en eso a ti?). Don Pedro, lo que os encarga mi amistad haced y a Dios. Señor, yo… si… cuando… El habla y el color habéis perdido. Vaguidos son que le pasan. Apártese vuecelencia, que suele andar a puñadas. ¿Qué tenéis? No saber cómo deciros… ¿Qué? …que la causa de todas mis penas, todas mis desdichas, mis desgracias, mis empeños, mis fortunas, mis riesgos, sustos y ansias, es… Hablar no puedo. Si una vez en vuestra confianza mi honra estuvo, ya son dos. Discreto sois; esto basta. Vase. (¡Y cómo que basta!, pues no pudisteis con más clara voz decir que fue Violante. A Dios, perdida esperanza, antes muerta que nacida). ¿Cómo en venir, señor, tardas? Como soy quien soy. Y, si otra vez en tu vida me hablas en esa señora y tienes Ajándole. osadía de nombrarla delante de mí… ¡Ay, señores! De mi amo el mal, como es rabia, se le ha pegado. …te haré castigar, que ilustres damas no se toman en la boca de gente tan vil, tan baja como tú y tan desigual si no es para venerarlas. Vase. Vive Dios, que va de veras. Y aun está peor que estaba, que en sus furores mi amo, ya que sacude, agasaja, y él no agasaja y sacude. Sale Gonzalo. ¿Quién vio cosas tan estrañas? ¿Gonzalo? ¿Ginés? Supuesto que se les da poco o nada a los criados de todo cuanto los amos se matan y a los dos no toca el duelo, ¿no me dirás qué te espanta, que haciéndote cruces vienes? Que, según la priesa anda, debe de ser el matarse cosa de mucha importancia. Apenas Carlos llegó cuando el teatro se labra y para entrar en la lid ninguna prevención falta. Pues tú llegaste primero –que yo, por venir con damas tardé algo más–, ¿no sabré de ti algunas circunstancias? Las que sé son que a tu amo para entrar en la batalla el Almirante apadrina, a quien después acompañan por más lustres los tres duques de Alburquerque, Béjar y Alba. Al mío apadrina el marqués de Brandemburg y no falta quien también por estranjero le favorezca y le valga. Y así, sus acompañados son, con igual alabanza, el conde de Benavente, con las dos ilustres casas de Nájera y Aguilar, siguiendo grandeza tanta como a influencia de toda la nobleza castellana cuantos astros inferiores su primer móvil arrastra. Las cajas y trompetas. Mas ¿para qué lo repito si ya trompetas y cajas lo dicen mejor que yo? Y porque en aquesta entrada llevarle toca a un criado el escudo de sus armas, a Dios, Ginés. Vase Gonzalo. ¿Luego a mí también me toca que haga lo mismo? Agora bien, pan perdido, vuélvete a casa por este rato. ¡Oh, los cielos quieran que la patarata le dé peleando y le pegue a su enemigo la rabia! Cajas y trompetas. Y córrese la cortina de todo el teatro y vese en un trono Carlos con una vara de justicia dorada en la mano. Y más abajo el Condestable en otro trono con un bufete delante y en él un misal y en dos fuentes dos arneses, dos martillos de desarmar y dos espadas. Al pie de ambos tronos estarán cuatro reyes de armas con casacas bordadas de las armas de Castilla y León y dos tiendas que estarán a los dos lados. Salen los que han nombrado los versos de padrinos. Después Ginés con un escudo de las armas de los Torrellas delante de don Pedro y Gonzalo con otro de los Ansas delante de don Jerónimo, y los dos en cuerpo con bandas y plumas. Vuestra Majestad, pues nunca más justicia se retrata que cuando Marte español preside en tribunal de armas, dé licencia para que parezcan en su real valla los combatientes, de quien tiene ya vista la causa. Cumplid con la ceremonia. Haced la primer llamada, la segunda, y la tercera, Tres toques de cajas y trompetas, y después a marchar, hacen su paseo y reverencias. y entren al son de su salva. A vuestras plantas augustas… A vuestras invictas plantas… …llego en fe de mi justicia. …de mi honor en confianza. Hincad la rodilla en tierra, y en el pomo de la espada Abre el libro. la una mano y la otra en estas divinas letras sagradas, jurad de decir verdad en cuanto os fuere a mi instancia hoy preguntado. Sí juro. Dios, si así lo hacéis, os valga. Vos, don Pedro de Torrellas, ¿juráis de que no es venganza la que retador os mueve, por odio, rencor o saña, a esta lid, sino por sólo manteneros en la fama de honrada opinión? Sí, juro. Vos, don Jerónimo de Ansa, ¿juráis que venís retado, de vuestro honor en demanda, por no incurrir no viniendo en la nota de la infamia, no por saña, odio o rencor? Sí, juro. Oíd lo que ahora os falta. ¿Juráis los dos de consuno lidiar con iguales armas, sin que vengáis prevenidos de ardid, cautela o ventaja uno contra otro? Sí, juro. ¿Juráis que en esta batalla no entraréis mal ayudados de nóminas ni palabras supersticiosas ni hechizos, caracteres ni medallas ni otro algún pacto? Sí, juro. Pues en esa confianza, idos a armar; que aquí están espadas, arneses y hachas de igual temple y de igual peso. Uno de los que acompañan de parte de cada uno se quede para llevarlas con su escudero. Señor conde, quedaos vos a honrarlas. Al de Alburquerque. Duque, primo, quedaos vos. Acompáñenles las cajas Las cajas y éntranse como salieron, y llegan a la mesa el Conde y el Duque, cada uno con el criado de su ahijado. y trompetas mientras vuelven a sus tiendas de campaña. ¿Qué demandáis, señor duque de Alburquerque? Por las armas de don Pedro de Torrellas vengo. Llegad, pues, tomadlas y esperad un poco. ¿Qué, señor Conde, me demanda vuestra voz? El arnés pido de don Jerónimo de Ansa. Al Duque. Veisle aquí. Trocaos agora, que vos habéis de llevarlas a don Jerónimo y vos Al Conde. a don Pedro, en cuya estancia uno y otro ha de asistir a ver que con ellas se arma y no con otras y que debajo dellas no haya segunda defensa alguna que ventajoso le haga. Vanse trocando los puestos, y adelántanse los reyes de armas a la punta del tablado, y sale el tambor mayor con dos cajas delante y echa el bando; ha de traer un bastón sin insignia. Vuestra orden obedecemos. Ahora los reyes de armas en cuatro esquinas silencio pidan por que el bando en alta voz eche el tambor mayor. Oíd todos, oíd todos. Mandan el Rey y su Condestable: ninguna persona osada sea, pena de la vida, a penetrar de la valla la línea ni en cuanto dure el trance de la batalla alce la voz ni aplaudiendo ni vituperando nada que acontezca ni haga seña con mano, rostro o palabra ni movimiento ni acción que pueda a los que batallan ni en más cólera encender ni entrar en desconfianza. Oíd, oíd; que el Rey así y el Condestable lo mandan. Las cajas, y sale don Pedro armado con sus padrinos y el Condestable sale de su asiento a reconocerle. ¿Qué caballero es aquel que armado de todas armas se presenta? Caballero, ¿quién sois? Quien os pide entrada es don Pedro de Tarrellas. Mientras no le veo la cara, no le conozco. A ese fin, la sobrevista levanta Levanta la sobrevista. ya mi mano. ¿Conoceisle? Sí, pase; mas desta raya no otro ninguno con él. Las cajas a la otra parte con don Jerónimo y padrinos. Y esperad, que allí me llaman. ¿Quién sois, decid, caballero, que armado entráis a esta plaza? Don Jerónimo de Ansa es. Mientras no me desengaña el rostro, dar fe no puedo. Descúbrele. Con aquesto podréis darla. Pase agora y deteneos los demás. Ya en la campaña estáis protestando al cielo que es honor y no venganza. Tocad al avemaría. De rodillas todos. La caja da los nueve golpes de tres en tres y remata en rebato. El Condestable vuelve a su silla. Dase la batalla con los martillos primero, luego con las espadas y llegan a los brazos. El César arroja la vara, con que los padrinos llegan a esparcirlos y ellos porfían. Levántase el César con enfado; levanta la vara el Condestable. Las sobrevistas caladas, agora de los padrinos abrazados. Toca al arma. Ea, caballeros, Dios y vuestra razón os valgan. A los brazos han venido y el Rey arroja la vara de oro en el campo, señal de que cese la batalla, conque los padrinos pueden llegar a que se despartan. ¿Qué es esto? ¿Pues cómo, cuando yo depongo la bengala de oro en señal de que tomo sobre mí de ambos la causa, dándoos a los dos por buenos caballeros, la ira es tanta que no os detenéis? Prendedlos. Señor. Señor. Basta, basta. Y a tales padrinos pueden agradecer que no haga más demostración. A entrambos desenlazad las celadas y daos las manos de amigos, porque habiendo visto cuánta es vuestra bizarría, quiero no me haga a otras lides falta más generosas. Si vos me hacéis, señor, honra tanta… Si vos me hacéis tanto honor… …que de mí os sirváis en altas empresas… …que me empleéis en las facciones más arduas… …nada que desear me queda. …no me queda que hacer nada. Pues siendo, señor, así que emplear a los dos tratas en tu servicio, por que de algo a don Pedro le valga haber sido su padrino, te suplico que le hagas de la alcaidía merced de Alarcón. Está ya dada a una dama, de su alcaide hija. Bien puedes a él darla, pues es el dársela a él no quitársela a esa dama. Ve, Ginés, y di a Violante que venga a echarse a las plantas del Rey, que está concedida ya la merced y aprobada la persona de don Pedro. Para esto sólo nombrarla pude, para hacerla vuestra. Sois quien sois. La misma instancia de honrar a mi ahijado, pide que a él otra merced le hagas. ¿Qué es? Oír a otra dama, que, hablándome esta mañana, sabiendo que su padrino era, a fin que embarazara el desafío, por ser tarde, mandé retirarla, y quiero que ahora la oigas, para que nunca la fama de don Jerónimo quede dudosa en si a su palabra faltó o no. A llamarla ve, Gonzalo. Sale Violante y Flora. Aunque disonancia haga introducirse agora en un campo de batalla una mujer, algo debe suplirse en alegría tanta como besando tu mano, ver, después que su honor salva, vivo a don Pedro. Salen Serafina, Gila y Benito. Con esa disculpa llegué a tus plantas yo también, para que sepa el mundo que nunca en falta don Jerónimo incurrió, que este villano, que estaba escondido, vio el suceso. Es verdad, pero la causa fue Gila. ¡Ay, pobre honor mío! Que he de quedar por liviana delante del mismo Rey, si no me caso. Pues daca esa mano. Vela ahí. Serafina, ¿con qué paga te podré satisfacer que la duda que quedaba siempre en pie contra mi honor sospechosa me restauras si no con que, tuyo siempre, tu mano merezca? (Ingrata Violante, véngueme el ver que hubo quién me estime). (Haga la necesidad virtud). Yo soy la felice. Dadla vos a Violante. ¡Qué dicha! ¿Luego la doña fulana Violante es, que mi ama era aun antes de ser mi ama? ¿Tan tonto es que agora cae en ello? Y aun a más pasa mi tontería. ¿A qué más? A que, pues todos se casan, me quiero casar contigo. Tontería es, pero vaya. Condestable. Gran Señor. Escríbase luego al papa Paulo Tercero, que hoy goza la Sede, una carta en que humilde le suplique que esta bárbara tirana ley del duelo, que quedó de gentiles heredada, en mi reinado prohíba en el concilio que hoy trata celebrar en Trento, siendo, si en este duelo se acaban los duelos de España, este El postrer duelo de España. De cuyas faltas pedimos perdón a esas reales plantas.