Fineza contra fineza Comedia Famosa Personas ANFIÓN, rey de Chipre CELAURO, general LELIO, criado de Celauro LIDORO, soldado primero CUPIDO ISMENIA, dama primera DORIS, dama segunda LIBIA, dama tercera ACOMPAÑAMIENTO DE NINFAS ACOMPAÑAMIENTO DE SOLDADOS COROS DE MÚSICA Jornada Primera Apariencia de campaña con vista del templo de Diana. Dentro, cajas y trompetas, y habiéndose dicho los primeros versos, salen algunos soldados riñendo con Celauro, que vendrá, ensangrentado el rostro, cayendo y levantando. dentro ¡Vitoria por Anfión! dentro ¡A sangre y fuego no quede piedra sobre piedra! Y sea, por que más presto me vengue, el gran templo de Diana el primero en quien empiece el incendio. Salen todos. Antes que osados os atreváis a ofenderle, me atreveré a morir yo en su defensa. ¿Qué emprendes, habiendo quedado solo, puestas en fuga tus gentes a ampararse de los montes? Hacer gloriosa mi muerte, matando y muriendo antes que a ver los ultrajes llegue del templo, a cuyos umbrales tengo de morir. Si ese es tu deseo, cumplido lo verás presto. Cae Celauro, y al irle a dar, sale Anfión, deteniéndolos. Detente, no le mates. ¿Tú a quien tantos tuyos ha muerto defiendes? Sí, que es bueno para amigo enemigo tan valiente. ¿Quién eres, joven? Si antes de decir quién soy, se atreve a decirlo mi valor tan desesperadamente, ¿qué será después que lo haya dicho? Y para que me empeñe de nuevo el nombre, Celauro soy, general de las huestes de Aristeo, hoy en Tesalia rey, cuyos montes contienen este templo de Diana, en cuya defensa (¡deme esfuerzo el dolor!) intento (¡ay, Doris, lo que me debes!) morir por que vivo no se diga de mí (¡valedme, cielos!) que vista y sentidos desalentados fallecen, bien que altivamente ufanos, al ver cuán gloriosos mueren más por la fama que ganan que por la sangre que pierden. Cae desmayado y llévanle entre todos. Retiralde, retiralde. Y si por dicha no hubiere espirado, como si mi misma persona fuese, cuidad de su vida; pero no por una piedad piense Tesalia que mis rencores en ella el furor suspenden. Seguid el alcance a sangre y fuego, y, aunque mil veces lo repita, el templo sea de Diana en quien empiece la hoguera, cuyas cenizas tan desvanecidas vuelen al aire que de su ruina la memoria aun no se acuerde. Las cajas y trompas. dentro Arda el templo de Diana. ¿Qué concento habrá que suene mejor que al compás de trompas y cajas decir mis gentes…? Dentro instrumentos; y todas las mujeres, cantando unas y representando otras, digan: dentro Suspende, invicto Anfión, la saña; el furor, suspende. Que quien vence sin contrario, no puede decir que vence. Pero ¿qué voces son éstas que a sus estruendos suceden? Apenas los embreados haces que aplicar previenen tus soldados a su muro la primera llama encienden cuando de adentro se escuchan dos ecos tan diferentes como son música y llanto, a cuyo compás se ofrecen, abierto el templo, sus bellas sacerdotisas, que vienen cantando a un tiempo y llorando por que sus estremos muestren el que tu vitoria aplauden y el que su desdicha sienten. dentro Quedaos todas, respondiendo a lo que yo diga siempre. Mucho temo que sus blandos ecos mi cólera templen, que cláusulas y gemidos son dos hechizos muy fuertes. Pero no me venceré por más que diciendo lleguen… dentro …suspende, invicto Anfión, la saña; el furor suspende, que quien vence sin contrario, no puede decir que vence. Sale Ismenia, representando. Suspende, invicto Anfión, la saña; el furor suspende, que no es digno aplauso, heroico triunfo ni blasón decente de tus siempre vitoriosas armas que, ya que te adquieren el laurel contra el valor de los hombres, le ensangrienten en los femeniles pechos de tan rendidas mujeres, que en fe de noble de ti contra ti se favorecen. Cuantas de Diana el templo habitan a tus pies tienes, con segura confianza de que han de vivir, si atiendes… …que quien vence sin contrario, no puede decir que vence. Si ya en la campal batalla, atropellado lo fuerte, te coronas vencedor, no en lo flaco a perder eches el segundo lauro que lograr vitorioso puedes, pues vencer y perdonar es ser vencedor dos veces. El rayo sus ejemplares te dé, que sañudo hiere, más que en pajizas cabañas, en dorados capiteles. Las iras del noto más se ceban en lo rebelde del roble que se resiste que en la caña que se tuerce. ¿Qué raudal, precipitado del monte en deshecha nieve, cuando le arranca lo bronco, no le perdona lo débil? El más corpulento bruto, que sobre su espalda suele sufrir armados castillos, en la sangre se detiene, que aun un bruto a sangre fría la furia en lástima vuelve. No, pues, tu valor disfames; no, pues, tu valor afrentes; que el que de valiente pasa a cruel ya no es valiente, pues no repara, no mira, no considera, no advierte… …que quien vence sin contrario, no puede decir que vence. El triunfo del vitorioso más le ilustra y le engrandece el vivo esclavo que uncido arrastra el carro eminente que el que yace en la campaña, pues nada más claramente dice la ruina de aquél que la servidumbre de éste. Y pues nuestro llanto dice nuestro dolor y igualmente nuestro canto tu vitoria, no abandones, no desprecies cuando a merced de las vidas, por tus cautivas nos lleves, que cláusulas y gemidos tan en tu aplauso se mezclen, pues celebran lo que lloran, que lloren lo que celebren. Y siendo así que uno y otro más te ensalza que te ofende… …suspende, invicto Anfión, la saña; el furor suspende. No digan de ti, si lidias contra quien no se defiende… …que quien vence sin contrario, no puede decir que vence. Quien viere puesta a mis plantas tan hermosa tropa y viere que ni su canto me obliga ni su llanto me enternece, siendo así que en la hermosura son –ya esté triste o ya alegre– el canto la mejor gala y el llanto el mejor afeite, pensará que soy tan fiero, tan bárbaro y tan aleve que falto a lo racional. Y para que no lo piense, en público manifiesto será preciso que honeste que me mueve mayor causa que las dos que no me mueven. Todas la sabéis, mas no sabéis todas qué accidente la hace mayor cada día, y así es bien que aquélla acuerde para entrar en ésta, puesto que es menor inconveniente que moleste repetida que el que ignorada moleste. Hijo de Anteón de Chipre quedé en tan temprano oriente que no supe de mi vida primero que de su muerte. El primer idioma en que aprendieron mis niñeces a hablar fue el común gemido de su nobleza y su plebe lamentando su horroroso trágico fin; que no tienen públicas desdichas menos coronistas que las cuenten. De él, pues, supe que, arrastrado de la inclinación vehemente que siempre tuvo a la caza, vino desde Chipre a este monte de Tesalia, a fin quizá de que a un tiempo fuesen de sus bosques y su alcázar tan sacrificio las reses que los despojos de uno coronasen los dinteles de otro, siendo en ambos ruina y adorno, testas y pieles. No bien le salió el intento, pues, cuando más diligente penetraba de sus grutas el más intrincado albergue, rendido a sed y cansancio, propensiones que traen siempre fatigas del bosque umbroso y sañas del sol ardiente, llamado del blando silbo de una cristalina sierpe –bien dije, pues en Tesalia no hay planta que no avenene con lo amargo de sus hojas lo dulce de sus corrientes–, siguió su concento, pero, recatándose prudente de que el hallado cristal, más que le alivie, le infeste, se contuvo, por más que brindaba halagüeñamente sobre salva de esmeralda búcaro de hierba el césped, con que, burlando su risa, hasta que sanear pudiese lo nocivo del arroyo, lo nativo de la fuente, entró a lo más escondido de un marañado retrete que el natural sin el arte fabricó, haciendo canceles de melancólicas hiedras encubertados cipreses. Aquí en un neutral remanso que hacía tímidamente el agua, como dudando si se pare o se despeñe, a lo largo descubrió por entretejidas redes a Diana con vosotras –o vuestras antecedentes ninfas, que no quiero que curiosos impertinentes, habiendo dicho mi infancia, vuestra edad por la mía cuenten–. Depuestos, pues, los adornos en la hermosa margen verde, al líquido cristal daban cuajado cristal por huésped. Hidrópica aquí la vista más que el sabio con dos sedes, ya fuese de fuego helado o ya de encendida nieve, a su acecho se atrevió, pero no tan cautamente que por aclarar quizá el corto resquicio breve no hiciese ruido en las ramas, con que, corrida de verse vista Diana bien como a la verdad pintar suelen, por no decir que desnuda, tanto su desdoro siente que a fuer de casta deidad se vengó, como si fuese delito el acaso. En fin –que no quiero detenerme en retóricas pinturas, que peligra lo decente donde hay baños y beldades– para que nunca pudiese decir que la vio, en tan nueva forma su aspecto convierte que, de especie racional transformado en bruta especie, hallado fue de sus canes, que, en lo real o lo aparente de su semblante engañados, para que, cuando le encuentren halle la fiera rendida, por servirle le acometen traidoramente leales. ¡Oh, lisonja, cuántas veces piensas que a tu dueño halagas, y es tu dueño a quien ofendes! Dígalo; mas no lo diga nadie, porque nadie puede decir más de que fue en ellos la lealtad la delincuente. Muerto, pues, aunque el dolor creció conmigo igualmente, no el rencor; que, venerando la deidad de Diana siempre por casta deidad, no tuve acción que no se rindiese a que, ya dada una vez por ofendida, se vengue. Pero en habiendo sabido que tanto pundonor –entre de aquella primera causa aquí el segundo accidente– paró en rendir a un villano pastor de sus altiveces la vanidad, pues por él de noche incauta desciende a estos montes, no me queda ni atención que la venere ni adoración que la estime ni temor que la respete. Deidad que en sus estatutos contra naturales leyes manda al aborrecimiento que a pesar del amor reine; deidad que por el melindre de un fácil acaso leve mata a un noble Anteón y admite a un vil Endimión, o miente aquel honor o este amor o entrambos; que no convienen bien un amor que se abata con un honor que se ostente. Manténgase en sus recatos igual la que altiva quiere que sea igual su estimación; que emprende mal la que emprende, mientras no enmudezca el vulgo o la malicia no ciegue, que se callen los favores y se digan los desdenes. Y pues no debo guardarla respetos que ella se pierde, deba persuadirme a que aquel estrago no fuese todo honestidad, sino ojeriza que nos tiene a los de Chipre por ser adonde más reverente adoración se da a Venus. Y aunque ella vengada quede viendo todos cuán en vano el arco de Amor desprecie, yo no, porque un heredado dolor, aunque le tolere la pereza de los días, tan sobre sí mismo duerme que es fuerza que a poca voz sobresaltado despierte. Y así, naciendo mi agravio segunda vez, como fénix de cenizas que no estaban ni apagadas ni calientes, sin entrar en el temor de que en mí su saña emplee como en mi padre –que en fin es Venus quien me defiende, y poder contra poder ningún privilegio tiene– en venganza suya intento hacer que el mundo celebre con desdoros de Diana triunfos de Venus; de suerte que no me quede en su ultraje templo suyo que no queme, alcázar que no derribe, clausura que no violente, bosque o selva que no tale, flor o fruto que no asuele y, en fin, estatua que no profane, deshaga y quiebre. Si ya no es, por que no digan que mis armas impacientes, porque se vieron validas, dejaron de ser corteses, entre el rendido lamento vuestro y mi cólera, medie capitulación en que unos y otros intereses ni bien castiguen piadosos ni bien perdonen crueles, con condición, pues, de que la imagen de Diana deje a la de Venus altar, ara y trono en que se asiente. Y vosotras, que hasta aquí a sus cultos obedientes la servistis, desde hoy, mudados ritos y leyes, sacerdotisas de Venus, troquéis ufanas y alegres sus vanas austeridades a regalados placeres de honesto amor, que tampoco soy tan bárbaro que intente que los deleites de Venus sean no dignos deleites, pues, si es madre de Cupido, también de Anteros prudente. Viviréis y vivirá vuestro templo felizmente mejorado de deidad. Pero si altivas hiciereis repugnancia a este partido, iréis esclavas y este templo arderá, de manera que en vosotras mismas, jueces de vosotras mismas, pongo vuestra vida o vuestra muerte. Resolveos, pues, el día que mis sañas se resuelven a darse por satisfechas, con que, auxiliar de mis huestes en el templo de Diana, Venus viva, triunfe y reine. (Cielos, ¿qué diré?). dentro (La vida es amable: que la acetes). A la puerta. (Y más cuando en libertad nos pone, que, aunque se suele decir que es cadena de oro con la que Diana prende, ¿qué vale el oro en cadena que se arrastra y no se vende?). (Libertad y vida admite). (¡Que a esto los hados me fuercen!). ¿Qué respondéis? Yo, que fui la que hablé con los poderes de todas para obligarte, lo haré para responderte. (Esto es fuerza, dando al tiempo tiempo para que se enmiende). No solo una libertad y una vida te agradece nuestro rendimiento, pero dos; pues dos son las que ofreces a quien perdonas y a quien restauras piadosamente de la opresa esclavitud de austera deidad que quiere que a fuer de fieras vivamos montaraces y silvestres siempre por selvas y bosques. (¡Que esto diga!). Y por que llegues a ver que todas en mí comprometidas convienen en la adoración de Venus, pues que ya decir no deben que quien vence sin contrario no puede decir que vence, dirán, depuesto el lamento y no el canto, una y mil veces: Sí, diremos, repitiendo todas ufanas y alegres… …pues el invicto Anfión la saña en piedad convierte, en el templo de Diana Venus viva, triunfe y reine. Sale Doris. Ni reine, triunfe ni viva; sino gima, llore y pene. ¿Qué intentas? Desesperada venir buscando mi muerte. ¿Cómo es posible, cobardes, traidoras, falsas y aleves, que en baldón de vuestra sacra deidad tanto os amedrente la muerte o la esclavitud que, abandonando laureles tan nobles como hoy consigo traen esclavitud o muerte, el voto de su pureza rompáis? Y… Como no debe obligarnos voto en que ella misma nos absuelve el día que del amor es cómplice. La voz cese, cese el labio, no lo digas, que, aunque mil vidas me cueste (¿para qué las quiero ya?) sabrá Anfión y el mundo de ese engaño la verdad (¡ay, Celauro, lo que me debes!): Endimión, el más sabio pastor que Tesalia tiene, entre otros varios estudios que su juventud divierten, el principal fue observar de aquesos orbes celestes los nunca parados rumbos que en siempre constantes ejes el rápido y natural impulso arrebata y mueve, yendo el rápido al ocaso y el natural al oriente. Y siendo así que de cuantos flamantes astros contiene la iluminación hermosa de ese volumen luciente, no hay constelación, ya fija o ya errante, que no observe. Sólo halló dificultad en el claro transparente cerco de la luna, en quien Diana es la que resplandece. Y dándose por vencido a que por sí no penetre de sus tres semblantes tres aspectos tan diferentes, como mostrarse ya llena, ya menguante y ya creciente, a efecto de que piadosa tanto caso le revele, acudió continuas noches a sacrificarla a este monte cuya invocación era repetir: «Desciende, desciende, hermosa Diana, a la voz de quien se atreve a investigar tu deidad en fe de que no te ofende, pues antes te obliga, cuando salvar tu deidad pretende de la objeción de mudable, persuadido a que no puedes haber entrado en el uso tú de las demás mujeres». Agradecida la diosa al culto, si ya no fuese ofendida de que haya quien sus mudanzas condene, o ya en sueños o ya en voces le reveló que depende su luz del sol y que, como opaco el orbe terrestre se interpone entre los dos, es preciso que se alternen con las luces que la aclaran las sombras que la obscurecen. Y así, cobrando del año los alimentos por meses, se descuella en las dos puntas de su coronada frente al menguar, contra el levante y al crecer, contra el poniente. Conque aquella invocación, junta con esta evidente demostración de que él solo el curso a la luna entiende, al vulgo ocasionó a que murmure, malicie y piense que, dueño de sus secretos, lo es de su amor. ¡Oh, inclemente fiero, desbocado monstruo! ¡Cuántos decoros padecen, no porque yerran, sino porque a ti te lo parece! Conque siendo como es clara, pura y limpia siempre la luz de Diana… ¡Calla! Tú también la voz suspende, que ya se sabe que a quien amantes yerros comete, nunca faltaron buscadas disculpas que los enmienden. Esa lo es; y por que veas cuán poco conmigo puede tu hallada razón, no quiero darte castigo más fuerte que el que veas cuánto ultraje sufre, llora, gime y siente. Entrad al templo y su estatua caiga en átomos tan breves que, dudando el aire el bronce, le crea polvo y se la lleve. Y vosotras, pues usáis de mi clemencia prudentes, venid conmigo por que, quitada de su eminente solio, traigáis la de Venus –que siempre conmigo viene en pequeña estatua, grande capitana de mis huestes– desde mi tienda a sus aras, donde triunfante se asiente. Y para que desde luego su primer aplauso empiece hasta que se hagan mañana sacrificios más solemnes, repetid vuestras canciones, cuyos concentos se mezclen con cajas y trompas, todos diciendo confusamente: Pues el invicto Anfión… …pues el invicto Anfión… …la saña en piedad convierte… …la saña en piedad convierte. En el templo de Diana Venus viva, triunfe y reine. En el templo de Diana Venus viva, triunfe y reine. Cajas y trompetas y música a un tiempo; todos se van y queda sola Doris. ¿Quién, cielos, habrá que crea que este aplauso, que sería ayer suma dicha mía, hoy suma desdicha sea? Mas ¿quién no lo creerá –¡oh, hado cruel!– si, imaginada o dicha, siempre corre a ser desdicha la dicha del desdichado? Dígalo el que, siendo yo quien más la fiera, tirana esclavitud de Diana en estos montes sintió, sea quien con más esquiva causa sienta el ver que ufana… dentro …en el templo de Diana Venus triunfe, reine y viva. Enigma parecerá verme defender a quien aborrecí y ver también que a quien amé no me da gozo el mirarla aplaudida. Pero, si enigma no fuera mi vida, ¿cómo pudiera atormentarme mi vida? Dígalo otra vez cuán ciegas mis ansias son, pues precisas… Sale Libia. Como entre sacerdotisas no hacemos falta las legas, sin que reparen en mí, con una duda que tengo, en tu busca, Doris, vengo. A mal tiempo es, pero di. Si en mi secreto no ignoras que, asegurada tu fama, sé que Celauro te ama y sé que a Celauro adoras, pues en confianza mía contabais los dos amantes la edad de la noche a instantes y a siglos la edad del día, cuando sin temer tan graves riesgos lograbais abiertas por mí del jardín las puertas, falseando al templo él las llaves, ¿cómo, acusando los dos los preceptos de Diana y amando a la soberana madre del vendado dios, en vez de que agradecida ves logrado tu deseo, tan a contrario te veo ser tú sola la ofendida de que aquesa voz altiva mil veces repita ufana… dentro …en el templo de Diana Venus reine, triunfe y viva? ¡Ay, hermosa Libia mía!, que esa duda y la que yo padezco es una; y pues no en vano a solas quería mis desdichas apurar, oye cómo puede ser darme pesar el placer y darme el placer pesar. ¿Pesar y placer? Es cierto, pues, cuando el placer tenía de ver que Venus vencía, tuve el pesar de haber muerto Celauro en la lid. ¿Qué dices? Bien dudas, que no debí de decirlo, pues no vi envuelta en tan infelices voces la vida. ¿Quién fue quien esas nuevas te dio? Quejosa de no ser yo la elegida para que por todas a Anfión hablase, a la mira del suceso, la última quedé; con eso fue fácil el que llegase a hablarme Lelio, bañado en lágrimas que decían más que el labio. ¿Qué? Que habían los contrarios retirado muerto a Celauro, porque muerto aun les daba temor en el campo su valor. Tan a un tiempo oír esto fue y el que Venus se aplaudía, que, viendo cuánto su estrella contra mí era, contra ella volví toda la ansia mía. ¡Deidad que infiel veneré en servicio de Diana, el día que a su templo ufana a solo premiar mi fe pensé que hubiera venido, es a quitarme la vida! Esto y pensar que ofendida Diana empezar ha querido su venganza en él y en mí, no habiendo ya qué temer a una ni qué agradecer a otra, acabar pretendí con todo de una vez, siendo yo misma en dolor tan fuerte quien solicite mi muerte. Y así, contra mí moviendo de Anfión la saña esquiva, fingí aquella ilusión vana para que menos altiva… dentro …en el templo de Diana, Venus reine, triunfe y viva. Cuando una desdicha está para venir, Doris bella, justo es oponerse a ella; pero, sucedida ya, no es justo que el desconsuelo mate; sentencia es muy dicha… ¿Qué? …que el fin de la desdicha es principio del consuelo. ¡Para quien le pueda haber! Pero ni le hay para mí ni puede haberle; y así, pues solamente ha de ser mi muerte el consuelo mío por si muriendo restauro en el Elíseo a Celauro, turbará mi desvarío de ese triunfo lo solemne, pues cuantas veces previene decir su pompa festiva… dentro …Venus reine, triunfe y viva. Diré yo… Al entrarse, sale Anfión y gente. …que llore y pene vas a decir, pero no lo dirás; que, aunque veloces corten el aire tus voces, sabré enmudecerlas yo, y con castigo más fuerte que aun el de ser tu homicida, que darle a un infeliz vida no es dejar de darle muerte. Y así, por que mayor sea dilatado su pesar siempre que en su nuevo altar la estatua de Venus vea, presa al templo la llevad con orden de que no intente salir de él; veamos si siente, con culto y sin libertad, ver que en las verdes florestas de Tesalia, al nuevo modo de Chipre, es sin ella todo bailes, músicas y fiestas. Llevalda pues. ¿Quién vio, cielos, que hoy por castigo me den lo que ayer fuera mi bien? Llévanla. Aunque de sus desconsuelos no poca culpa he tenido, no por eso he de dejar de cantar y de bailar, que si a otros decir he oído: «Con amor y sin dinero, ¡mirad con quién y sin quién para que nos vaya bien!», mejor yo decir espero: «¡Con Venus y sin Diana, mirad con cuál y sin cuál para que nos vaya mal!». Vase y salen soldados con Lelio preso. Llegad… De muy mala gana lo haré. …y echaos a sus pies. Ya desde aquí se los beso interiormente. ¿Qué es eso? Este hombre, señor, que ves sin duda es espía que viene de parte de los que huidos en los montes escondidos están y inquirir previene tus designios. Es engaño, que cruel la suerte mía espía no es, pues que no es pía. Y para más desengaño, yo soy, invicto Anfión, de Celauro desdichado criado leal, si leal criado no implica contradición. Viendo en la batalla que tu gente le retiró muerto, a saber si es que yo por su heredero quedé como hijo suyo –respeto de que siempre que venía, «ven acá, hijo», me decía– vine tras él; y en efeto, habiéndome detenido en decir a no sé quién de su hado el fatal desdén, de vista el tropel perdido que le traía empeñado, entre tus tiendas me hallé –y con ser tiendas, no sé si vendido o si comprado–, y pues me traen ante ti quizá a saber lo que valgo, y es tan poco que aun no es algo, duélete, mi bien, de mí. Si de Celauro criado eres, sabrá mi piedad agradecer tu lealtad; pero si no, despeñado morirás. ¡Ay, infelice! Que mal probarlo podré yo aquí. Ni yo lo creeré si él mismo no me lo dice. ¡Buen despacho tengo yo si para haber de vivir el muerto lo ha de decir! ¡Muerto! ¿Qué escucho? ¿Pues no me dijistis que no era mortal una ni otra herida y que la sangre vertida fue causa de que rindiera al desmayo su valor y, en fin, que convalecido estaba restituido ya a su salud? Sí, señor. Y habiéndose levantado y hecho homenaje de que guardará en la prisión fe, salir le habemos dejado. Y para que veas si es verdad, viene allí. Sale Celauro. Y no en vano a besar tu invicta mano postrado a tus reales pies. Él por él es y está vivo. Salto y brinco de contento. Levanta y llega a mis brazos para descansar en ellos, que esta es la distancia que hay de estimar al prisionero cuando se rinde lidiando a cuando se rinde huyendo. Por el trato y por las armas, que tu piedad y tu esfuerzo me ha cautivado dos veces, sólo yo con verdad puedo asegurar; y así una y otra vez tus plantas beso, una como a rey piadoso y otra como a invicto dueño. A darme por entendido de esas dos deudas me atrevo, en fe de que dos finezas logren su agradecimiento. Tuyo soy, tuya es mi vida. Pues, por que no embaracemos después lo que importa más con lo que ahora importa menos, ¿qué hombre es éste? Mira bien que soy yo. ¡Calla! No quiero que cuando está para todos vivo, esté para mí lerdo. Y no es bien aventurar a que el desvanecimiento, o por la falta de sangre o sobra de valimiento, le tenga corto de vista como a otros muchos que vemos, que porque sangre les falta o por verse en mejor puesto a nadie conocen. Este criado es mío; el nombre, Lelio. Y su buena ley no dudo le traiga en mi seguimiento. ¡Bien haya quien te parió! Mira, señor, si te miento. Libre estás y este diamante sea por agora premio de tu lealtad. Dale una sortija a Lelio. Tantas veces tus reales juanetes beso cuantas él centellas brilla. Tú, resucitado dueño, permite que te ría vivo pues que te he llorado muerto. Abrázale. Quita, loco. Retiraos Vanse Lelio y soldados. todos. Tú agora oye atento. La entrada que he hecho en Tesalia –ya públicos mis pretextos– no ignorarás que es a fin de desvanecer los fueros de ingrata deidad que quiso... Mas ¿para qué lo refiero, si ya dijo Anteón la causa y Endimión el efeto? La entrada, pues, que en Tesalia, vuelvo a repetir, he hecho, es fuerza que a restaurar su tierra obligue a Aristeo, mayormente cuando sepa que en el suntuoso templo de su Diana adorada triunfa la deidad de Venus, a quien ya todas sus ninfas, movidas al sabio acuerdo de una que tomó la voz, entonan amantes versos. (¡Ay, bella Doris! ¿Quién duda que fuese tuyo el trofeo de que, depuesta Diana, no embarace el amor nuestro?). Yo, aunque en fe de vitorioso pasar adelante puedo, con dos causas esperarle determino en este puesto fortificado: la una ser político consejo mantener lo conquistado más que conquistar de nuevo; la otra, que Venus, quizá agradecida a mi obsequio, bien como a Paris intenta darme una hermosura en premio. Para uno y otro es forzoso valerme de ti, supuesto que el hacer de un enemigo un amigo ha sido a efeto de que en lo primero admitas las ventajas de mi sueldo, pues, como tú en mi favor milites, el mundo entero será poco asunto mío; y en lo segundo, seas dueño de los secretos del alma, conque en ambas me prometo coronarme vencedor de Marte y Amor a un tiempo. Sabrás, pues, que entre las raras hermosuras que salieron del templo a templar mis iras con tan contrarios estremos como ser gemido el canto y ser cláusula el lamento, una, que fue la que dije que habló por todas, mi afecto ganó primero llorando: ¿qué haría después riendo? En mi vida –sobre ser el más hermoso portento que vieron jamás mis ojos– vi más soberano ingenio que el que mostró en apagar de mi cólera el incendio. Mas, ¡ay!, que no dije bien en apagarle, supuesto que en encenderle dijera mejor; mas ¿qué mucho, siendo esperiencia tan usada que con un suspiro mesmo se mate una llama y otra se avive, que ella en mi pecho el fuego al odio apagase y a amor le encendiese, haciendo que con un aliento muera y viva con otro aliento? No sólo, pues, como dije –fuerza es repetirme en esto– de mi venganza la fiera indignación venció, pero hizo que todas viniesen en la adoración de Venus y yo en la adoración suya. Su nombre decir no puedo, que nunca escuché su nombre; bien que ocasión habrá presto de que tú le sepas, pues ya no hay retiros severos que las nieguen a los ojos. Y así, Celauro, pretendo que, al señalártela yo, me informes de su sujeto, su nombre, su calidad, su condición y su genio, que lleva grande ventaja quien entra en un galanteo sabiendo, y no adivinando, en qué agradará a su dueño. En cuanto, señor, a que tu sueldo admita, te ruego adviertas que, si el valor que viste en mí fue el empeño de tus favores, no es justo que me adquiriese su esfuerzo estimaciones de honrado para que deje de serlo. Aristeo es el rey mío: no puedo contra Aristeo tomar las armas; y así, pues que soy tu prisionero, con no darme libertad, tampoco contra ti, es cierto, podré tomarlas; y pues esta vida que te debo tuya es y en tenerla honrada más te obligo que te ofendo, paso a que, aunque sé muy poco del arte de amor, te ofrezco… Nada me ofrezcas; negado lo más, ¿qué importa lo menos? Buena es tu razón, Celauro; mas por buena que es, te advierto… ¿Qué? …que el que viva quien vence es político proverbio. Vase. Enojado va, ¿qué mucho? Que a un poderoso soberbio, aunque él la razón conozca, se la desconoce el ceño de no verse obedecido. Pero mi honor es primero; que el ser dueño de mi vida no es ser de mi fama dueño. Obre yo lo mejor y obre él lo que quisiere en esto. Y a la estimación dejando lo que de ella hiciere el tiempo, vamos, imaginación, al anticipado miedo de pensar si sería Doris. Sale Lelio. Gracias a Dios que te veo solo y podremos hablarnos en puridad. Y más, Lelio, si es que vienes a aliviarme en lo que iba discurriendo. Ven acá, ¿sabes si fue, cuando salieron del templo las sacerdotisas, Doris la que habló a Anfión? No puedo decirlo; que salir ellas y venirte yo siguiendo fue tan en un punto todo que aun no sé si entre el estruendo de fuego y arma me oyó que te retiraban muerto. Mas ¿quién duda que sería ella? ¡Maldígate el cielo! Que en vez de darme un alivio, me has dado dos sentimentos. ¿Dos? Sí. ¿Cuáles? El pesar que a ella diste y el tormento que a mí me das no dudando que ella sería. Al primero respondo con que quizá no fue pesar: ¿qué sabemos si ella lo tendría por gusto? Que verse amada en estremo una dama, dicen que es agasajo muy molesto. Y al segundo satisfago con que antes la lisonjeo en pensar que ella sería la elegida por su ingenio. ¡Ay, que en buenas prendas fundan su política los celos! ¿Celos? Sí. ¿De quién? No sé. Lo mejor es no saberlo; y no quererlo saber, mejor que mejor. ¡Ay, Lelio! Que, aunque tengo la razón, no sé la razón que tengo. Ni la sepas en tu vida. Y sírvate de consuelo la general de pensar que tener amor sin celos es lo mismo que querer tener coche sin cochero; conditio sine qua non es de amor. Con todo intento: por desengañarla, si es que te oyó, y por si son ciertos, apurarlos. Más harás, porque todos cuantos medios pongas ahora por hallarlos, pondrás después por perderlos. Mas ¿cómo ha de ser? ¿No cierra negra la noche? ¿No tengo llave al jardín? ¿Qué sé yo? Que, en volteando a un caballero el toro, la diligencia primera de socorrerlo es limpiarle antes que el polvo la fraldiquera, y lo mesmo pienso que sucede a quien le voltean prisionero, pues no le dejan un plus ni un ultra. ¿Quién quieres, necio, que de una llave, que ignora de dónde es, hiciese aprecio? Una por una, de que salves la objeción me huelgo; que hay ingenios de puntillas que sienten el que haya ingenios. Y volviendo a noche y llave, ¿cómo has de apurarlos? Yendo a ver a Doris; que, aunque, porque no me espera, creo que no esté en el jardín, una vez en él, al cuarto puedo hacer seña que conozca. ¿Y si en tanto te echan menos y te dan por fugitivo? El homenaje que he hecho, con verme después, verán que ni le rompo ni quiebro. Y por que no te pregunten por mí en aqueste intermedio, ven conmigo; esperarasme a la puerta. Vanse los dos por una puerta, y al mismo tiempo salen por otra Doris y Libia. Pues te debo la fineza, Libia mía, de que en tantos desconsuelos sola me acompañes, no me dejes conmigo, puesto que no tengo otro enemigo mayor que mi pensamiento. Que yo te acompañe es justo a horas competentes, pero a no competentes horas es mucho acompañamiento. Cuando Celauro venía y yo era, a costa del sueño, centinela desvelada, ya me consolaba el serlo ocupada en buenas obras; mas ahora toda me duermo, que velar al muerto he oído, mas no desvelar al muerto. ¿Es posible que de noche en el jardín y en el puesto adonde a verle venías, vengas a no verle? ¿Eso te admira? ¿Qué amor no es loco si quiere parecer cuerdo? Si estas sombras, si estas ramas, este horror, este silencio, estas fuentes y estos cuadros callados testigos fueron de mis gozos, ¿por qué no lo han de ser de mis tormentos? No a buscar alivios, Libia, en estas deshoras vengo: memorias, sí; y no porque falten a mi sentimiento, sino por que aflija más desde más cerca el acuerdo. Y así, déjame llorar sobre estas ruinas, diciendo: «Aquí fue amor». Sale Celauro. (A la escasa luz de estrellas y luceros dos bultos distingo; y pues no me espera Doris, necio seré en llegar sin oír, de estas hojas encubierto, alguna voz que me acerque o me retire). En efeto, para mí es consuelo ver las cenizas del incendio. (Doris es; que esta es su voz. Pues ¿qué aguardo, que no llego a hablarla? Pero no sé quién es la otra; y así, a precio de la paciencia, es forzoso dar espera al sufrimiento). Aquí fue donde le oí tantos rendidos afectos en la esperanza fundados (pero ¡qué mal fundamento!) de que de Diana habría apelación para Venus, que fue lo que me obligó a hablar con tanto despecho a Anfión. (¿Qué es lo que escucho? Ella es la que le habló, ¡cielos!). Y con tan fuerte aprehensión, con tan vago devaneo, tan eficaz fantasía y tan aparente objeto me le representan, Libia… («Libia», dijo; llegar puedo). …la noche en sus negras sombras y en sus fantasmas el viento, que, como si me escuchara –¡con qué poco me contento! – al aire diré: «Celauro, mi bien, mi señor, mi dueño, ¿cómo tan tarde esta noche a verme vienes?». (¿Qué espero? Mientes, temor; que más valen sus lágrimas que tus celos). «¿Cómo tanto olvido, tanto descuido, tanto despego con quien te idolatra?». Como no pude venir más presto, adorada Doris mía. ¡Ay de mí, infeliz! ¿Qué veo? ¡Ay, triste de mí! ¿Qué miro? ¡Qué pasmo! Toda yo tiemblo. No te asustes, no te asombres; que ese temor, ese miedo, bien se deja ver que nace de lo que te dijo Lelio. Ya lo sabe. En la otra vida hay grandísimos parleros. Pero, aunque no te mintió en que iba el cadáver preso, vivo estoy para adorarte. Y así, a verte, Doris, vengo más muerto de tus amores que de mis heridas muerto. Celauro, yo creo que vives elíseos campos, yo creo que las ondas de Aqueronte movidas de mis lamentos te den paso; pero, ¡ay, triste!, que, si yo en tu ausencia hoy muerto tuve valor para hablarte, para verte no le tengo. Vete en paz y no me aflijas más, que harto lo estoy. Mi dueño, mi bien, mi esposa… ¡No llegues a mí! Advierte… ¡Piedad, cielos! Que a tanto susto me faltan alma, vida, voz y aliento. Cae desmayada. ¡Qué miro! Caer, si no muerta, desmayada por lo menos. Infelice Doris mía, vuelve en ti, cobra el acuerdo, que tú la muerta y yo el vivo es trocar los sentimentos. ¡Ay, Libia! ¡No te me acerques! Mira que haré yo lo mesmo. ¿Qué puedo hacer en tan raro trance? Volverte al infierno; que, si hablábamos de ti con tantísimos de afectos, no lo dijimos por tanto que sea el por tanto portento. Vete en paz. Espera. ¡Ay, que me agarra! Acudid presto todas a ampararnos. Calla. No, no des voces. Sí, quiero. ¡Ah de los claustros! ¡Venid, venid a favorecernos! dentro Voces dan en los jardines. Para ver quién anda en ellos, traed luces, arcos y flechas. (¿Quién se vio en igual aprieto? Dejarla así es villanía; hallarme aquí, grave empeño; cargar con ella es hacer público escándalo el nuestro; llevarla donde no sepan ni de mí ni de ella, es yerro infame, pues es faltar al homenaje). Allí fueron las voces. Aquí son, ¡todas llegad! (A estar me resuelvo escondido entre estas ramas a la mira del suceso; que él dirá qué debo hacer, pues ni me estoy ni me ausento). Escóndese, y sale Ismenia y otras. ¿Qué voces son estas, Libia? ¡Ay, que anda por aquí muerto Celauro en pena! Yo y Doris le vimos, todo sangriento el rostro de la manera que unos soldados dijeron que le habían retirado. Ilusión o devaneo sería (que no soy yo tan venturosa que creo ser verdad que en la batalla haya ese tirano muerto). Sea lo que fuere, Ismenia, a su cuarto la llevemos y cuidemos de que cobre sus sentidos. Es tan cierto como que a ella ha desmayado y a mí me ha mallado, puesto que me arañó por asirme. Llévanla entre todas. Aunque lo dudo, bien creo que si a vengar de Diana agravios tarda Aristeo, por mí han de pasar a más de Tesalia los portentos. Vase. Impedir el que la lleven es impedir sus remedios; y pues en estar yo aquí nada alivio y mucho arriesgo, dejando en que fue ilusión lo que Libia y Doris vieron, vuelva a mi prisión y deje todo lo demás al tiempo. Fin de la primera jornada. Jornada Segunda Dentro chirimías, atabalillos y música. Y en habiendo cantado los primeros versos, salen por una parte Libia y algunas ninfas con guirnaldas y ramos en las manos y Ismenia con un azafate y en él unas tórtolas. Después salen por otra parte Anfión y soldados. Venid, hermosas ninfas destas incultas selvas, al nuevo sacrificio que se introduce en ellas. Venid, venid al templo que ayer alcázar era de la hermosa Diana y hoy lo es de Venus bella. Venid y en nuevo rito y nueva ofrenda dad nueva aclamación a deidad nueva. (Sacra, hermosa Diana, perdona; que esto es fuerza, pues a no haber rendido el cuello a la violencia, creyendo que Aristeo vengue tu honor, ya fueran, si tus aras ceniza, polvo las vidas nuestras. Y pues por conservarte altares donde vuelva a su culto tu imagen y mi fe a tu obediencia, fue preciso doblar la cerviz; no te ofendas de que yo también diga en tu oprobio violenta:) dentro Venid, hermosas ninfas destas incultas selvas, al nuevo sacrificio que se introduce en ellas. Las chirimías, y sale Anfión y soldados. Qué bien las consonancias de ambos concentos suenan, uniendo Amor y Marte la lira y la trompeta, cuando unísonas dicen sus cláusulas diversas al eco que las trae y al aire que las lleva. Venid, venid al templo que ayer alcázar era de la hermosa Diana y hoy lo es de Venus bella. Y pues siempre mi celo tus memorias venera… Y pues nunca mejor sonaron sus cadencias… …fuerza es que yo repita: …justo es que yo refiera: Venid y en nuevo rito y nueva ofrenda dad nueva aclamación a deidad nueva. Las chirimías. Ya, valeroso Anfión, que a tus preceptos atentas hemos salido a los montes no a ser fieras de las fieras, sino a coronar de rosas nuestras sienes por que sea la real púrpura de Venus la mejor guirnalda nuestra; ya, pues, invicto Anfión, que todas a tu obediencia en vez de las toscas pieles y de las armadas testas, como en vez de blancos cisnes que, símbolos de pureza, víctimas de Diana fueron, llevamos tórtolas tiernas por que símbolos de amor hoy a su madre le ofrezcan, ven al templo, donde alegres volvemos de gala y fiesta. Honrarás el sacrificio con tu vista; y por que veas que la primera que pudo mover tu ira es la primera que sabe ganar tu agrado, seré la que en sus excelsas aras de estas simples aves la inocente sangre vierta. (¡Ay!, que más quisiera verte piadosa yo que cruenta). Aunque te agradezco ver cuánto a todas te prefieras en los obsequios (mejor en la hermosura dijera), no has de hacer tú el sacrificio. (Quité el agüero de verla cruel, aunque en crueldad piadosa). ¿Cómo no viene aquí aquella que en loor de Diana tanto se mostró a Venus opuesta? Como mandaste, señor, que del templo no saliera. Pues ahora mando que salga, siendo, por que más lo sienta, ella la que a Venus lleve las primicias de la ofrenda. Ve por ella. Anoche estuvo casi de un desmayo muerta, y creo… No me repliques, que es bien que humillada sepa que al rayo, al raudal y al noto no se ha de hacer resistencia. (Oh, si cayera en cuán vivas sus razones se me acuerdan). Y en tanto, por que el aplauso un breve instante no pierda, mientras llegamos al templo, la música a decir vuelva: Venid, hermosas ninfas destas incultas selvas, al nuevo sacrificio… dentro ¡Arma, arma! ¡Guerra, guerra! ¿Qué alboroto es este? Dentro cajas y trompetas, y sale Celauro por en medio de las dos, de suerte que, para hablar a Anfión, tenga de espaldas a las ninfas. Es, señor, que las centinelas que de las cimas del monte ocupan las eminencias… (Cielos, ¿no es éste Celauro? Ya me espantaba que fuera yo tan feliz que la muerte de un aleve fuese cierta). …a lo largo han descubierto una armada que navega, según su rumbo, a esta playa. Y según buques y velas, no dudo que es de Aristeo. (Oh, quiera el cielo que él sea, si es que puede traer Celauro nada que bien me parezca). Y por que del homenaje te asegure mi presencia, ser quise el primero yo que con la noticia venga, fiado en que en salvo mi honor ponga una acción. ¿Qué acción? Ésta. Saca la espada y pónela a sus pies, hincada la rodilla. Rendir mi espada a tus plantas por que, hallándome sin ella, ni la deuda de mi sangre ni de mi vida la deuda pueda interpretar –si acaso al toque de la baqueta o al aliento del clarín por uso o naturaleza me arrebatase a empuñarla– si es de mi rey en ofensa o en ofensa de mi dueño. Y pues de cualquier manera aun en el primer amago mi fe o mi lealtad se arriesgan con él, contigo y conmigo cumplir mi valor intenta arrojándola de mí, que a vista de mi nobleza, de mi esclavitud a vista y a vista en fin de la guerra, para tenerla envainada, mejor me está no tenerla. Alza del suelo y la espada cobra, supuesto que verla a mis plantas o en tu mano todo es una cosa mesma, según de ti fío; que, aunque me ofendí en ver que no aprecias mis ofrecimientos, tiene la razón por sí tal fuerza que sin valedores sabe ella volver por sí mesma. Tú harás lo mejor y así libre el arbitrio te queda, no la persona, porque basta a mayores defensas no tenerte en contra, ya que en mi favor no te tenga. Toca al arma; y por que no se juzgue de mí que pueda turbarme la armada, en tanto que voy a reconocerla y a hacer que contra su orgullo todas mis gentes prevengan a su opósito, vosotras repetid las voces vuestras prosiguiendo el sacrificio. Aparte los dos, teniendo Celauro siempre las espaldas a las ninfas. (Tú me escucha; por que veas que sé estimar la razón y desestimar la queja, vuelvo a valerme de ti en lo que el honor no arriesgas. La beldad que dije es la que el sacrificio lleva de las tórtolas de Venus. No vuelvas agora a verla; que, atenta a los dos, podrá conocer que hablamos de ella. Después me dirás quién es y si acaso a hablarla llegas, podrás decirla…) Hablan los dos en secreto y salen a espaldas de los dos Doris y Ismenia. ¿A qué efeto, mandándome que esté presa, envía a llamarme? Si Libia no lo ha dicho: de que seas la que a la deidad de Venus sacrifiques la primera. Y así pues la inmolación has de hacer, toma la ofrenda. Dale el azafate. ¡Yo a Venus, deidad ingrata! Mas preciso es que obedezca. (Esto la dirás). Vase Anfión. (Ya es tiempo de salir de la sospecha). Vamos, Libia, pues ya dije que el obedecer es fuerza. Vuelven los dos a un tiempo y quedan suspensos, viendo Celauro a Doris con el azafate. Mas ¿qué miro? Mas ¿qué veo? Doris es. (Oh, nunca hubiera de la sospecha salido para entrar en la evidencia). Celauro es. ¿Qué es esto, Libia? Es, pues nadie al verle tiembla, que anoche en temblar nosotras fuimos grandísimas bestias. (Oh, quién sin publicidad a decirle se atreviera cuánto me privó de mí tener su muerte por cierta). (Oh, quién sin tantos testigos decirla, ¡ay de mí!, pudiera que agora mejor que anoche de mí espantarse debiera, pues agora es cuando más muerto llego a su presencia). (La voz que corrió fue engaño). (Claro es). (Qué dicha). (Qué pena). (Qué felicidad). (Qué ansia). (Qué alegría). (Qué tristeza). (Disimula). (Mal podré). Sea muy enhorabuena, Celauro, de la cobrada salud la convalecencia. Yéndose. Guárdeos el cielo. La voz que corrió, con grande pena tuvo a todas. Yéndose. Si no a mí, que aún mi agravio se me acuerda y no he de verme vengada hasta que tu sangre vierta. Yéndose. (Agora sí, Venus mía, iré a adorarte contenta, diciendo mi corazón más que esos bronces y lenguas). Venid y en nuevo rito, en nueva ofrenda dad nueva aclamación a deidad nueva. Con esta repetición se van todas y queda solo Celauro. ¿Quién creerá, cielos, que a un tiempo dándome una norabuena y un pésame, no sé cuál desestime o agradezca? La norabuena de Doris viene en mis celos envuelta, cuando envuelto en su rencor, viene el pésame de Ismenia. ¡Oh, quién pudiera trocarlos y que el sentimento fuera de Doris al verme vivo y el gozo de que viviera fuera el de Ismenia, olvidada de aquella pasada ofensa en que dio muerte a su hermano más mi razón que mi diestra! Pues con eso, todos tres mejoráramos tristezas: vengada Ismenia en su enojo, Doris en su amor contenta y yo muerto de una herida que era honor y ya es afrenta. Sale Lelio notando sus acciones. Que siempre tengo de hallarte de soliloco. Pues llegas a buen tiempo para burlas. ¿Quién quieres que esté de veras sobre haber sido fantasma de capa y espada? De esa causa, infame, tienes tú la culpa. Maltrátale. ¿Yo? Si no hubieras esparcido tú la voz... Detén la mano; no quieras que sea cuerpo en pena yo porque tú fuiste alma en pena. ¿Qué novedad hay agora para que así te enfurezcas cuando a cobrar Aristeo viene su perdida tierra y a ponerte en libertad? No sé por qué, aunque debiera sentir el que haya de estar neutral mi espada y suspensa entre mi rey y mi dueño, no es lo que más me atormenta. Anfión a Doris ama. Ame muy enhorabuena y quédese el noramala, señor, para cuando ella ame a Anfión. ¿Pues no basta sólo el que bien le parezca para sentirlo yo? No, y pruébelo una experiencia. Estaba yo enamorado tal vez de una ricafembra en cuya alabanza oía por donde quiera que fuera, a unos: «¡Qué maldita cara!»; a otros: «¡Qué maldita vieja!»; a otros: «¡Qué mujer tan boba!»; a otros: «¡Qué mujer tan puerca!». Y siendo para mi oído cualquiera lisonja de estas un duro puñal, ¿por qué tú al contrario no te huelgas que parezca bien tu dama? Porque no hacen consecuencia materias tan despreciables a soberanas materias. Cuando ama la vanidad, sólo para que se sepa suenan bien las alabanzas del garbo, ingenio o belleza de la dama; pero cuando ama el recato suprema beldad, aun en el silencio hace la alabanza ofensa. Anfión. De aquí te retira. Sale Anfión y soldados. Ya que costeando se acerca la armada a estas playas, haz, Lidoro, que se prevenga toda la gente por que en orden militar puesta siempre esté para acudir donde intente tomar tierra; que yo, en habiendo asistido al culto de Venus bella, de quien fío la vitoria, daré al ejército vuelta para dar con los retenes calor donde más convenga. Así a disponerlo voy. Celauro. Señor. (Ea, penas, haya valor para oírlas, pues le hubo para verlas). ¿Viste el hermoso milagro cuya divina belleza se ha apoderado del alma con tan dominante estrella que no le deja lugar donde el sobresalto quepa de haber visto en esos mares tan poderosa y tan nueva errante ciudad de pinos y república de velas; que parece que Neptuno ha trasladado a su esfera con las cumbres de los montes los árboles de las selvas? Sí, señor. ¿Y no es la más hermosa de todas ellas? A mí así me lo parece. ¿Y quién es? (¡Oh, ley severa de sacra verdad! Que aun no permites que el noble mienta tal vez en su favor). Doris es su nombre; su nobleza en la corte de Tesalia de las más ricas y excelsas. Consagrósela a Diana su padre en edad muy tierna. Y así en condición o genio no puedo darte más señas. ¿Hablástela? Aquí, señor, fuera escándalo. No fuera, que ya las austeridades de Diana a las finezas de lícitos galanteos dan permitidas licencias. Y así, en habiendo ocasión, pues no hay otro de quien pueda, por natural, por amigo y por conocido de ella, valerme, sino de ti, háblala en mí, porque lleva, sobre la que dije antes, otra ventaja el que llega, habiendo dado principio a su pasión quien la media: sepa que amo y sabré yo decir que amo; que a primera vista declararse, no hay discreción que no sea necia. Y entra ahora al templo conmigo, asistiré a lo que resta del sacrificio. (Tonante dios, ¿para cuándo reservas la cólera de tus iras, la saña de tus violencias? ¿No hay un rayo para un triste?). Dentro terremoto de truenos y relámpagos. ¡Qué es esto, cielos! Apenas del templo la primer grada sintió el peso de mi huella cuando, obscurecido el cielo, todo su edificio tiembla. El terremoto. (Si es que Júpiter me ha oído, ya avisó el trueno, ¿qué espera el rayo?). Salen ninfas y soldados. ¡Qué confusión! ¡Qué desdichas! ¡Qué tragedia! ¿Qué es esto, hermosas beldades? ¿Qué ha de ser, sino que venga así Diana sus agravios? (Aunque lo contrario sienta, lleve mi tema adelante). ¿Qué ha de ser, sino que premia (aunque sienta lo contrario, lleve adelante mi tema) así sus obsequios Venus? Pues al punto que sangrientas vio por mi mano las aras… Pues al instante que muertas vio las simples avecillas… …en fe de cuánto la ofenda el sacrificio, turbó las cristalinas esferas de su alto alcázar. …en fe de que el sacrificio aceta, apagó la luz al sol envuelto entre nubes densas. ¿Siempre en vuestras opiniones os tengo de hallar opuestas? A Doris. ¿En qué fundas tú que es venganza de Diana esta? A Ismenia. Y tú, ¿en qué que este de Venus agradecimiento sea? Yo en que es tormenta que dice enojo. Yo en que es tormenta que dice piedad, supuesto que desde aquí ver se deja que, como hija de la espuma, turba el aire, el mar altera en favor tuyo, dejando desbaratada y deshecha esa poderosa armada que navegaba en tu ofensa. Mira allí un bajel que sube a rozar con las estrellas de la gavia el tope; mira allí otro de quien era el casco mecida cuna, ser tumba, la quilla vuelta. Cuál choca con los peñascos, cuál encalla en las arenas y cuál sin rumbo, sin norte ni bitácora se entrega a la discreción del mar, que con cíclope soberbia montes de piélagos finge, cumbres sobre cumbres puestas. Y pues vencerla ha querido primero que tú las venzas, mira si Venus te ampara o si Diana se venga. Vase. Oye, aguarda; que tú tienes razón (¡que nunca la tengas tú para mí!) y pues me da el tener que agradecerla ocasión de hablarla, ¿qué hago que no voy tras ella? Aguárdame aquí, Celauro. Vase. Dejarte a ti y ir tras ella y decir que yo le aguarde, todo esto es hacer deshechas, ¡ay, Doris!, para que yo me quede a hablarte en sus penas; mejor dijera en las mías. ¿Qué penas hay que lo sean ni mías ni tuyas ni suyas? El día que a verte llegan mis ojos vivo, después de aquella aprensiva idea que arrebató el corazón con tan helada violencia, que me desmayó temida, ¡mira lo que hiciera cierta! ¡Ay, Doris!, que de tu fe no dudo; mas no te ofenda que dude de mi fortuna. Y pues declararme es fuerza por que tú estés advertida y yo cumpla con la deuda, pues vengo con la embajada de volver con la respuesta, sabe que Anfión, ¡ay, triste!, a tu ingenio, a tu belleza rendido, se fía de mí. Sabe… Pues, hay más que sepa el día que sé que tú en otro me hablas. Peor fuera que otro te hablara y no yo y que tú le respondieras lo que no responderás conmigo, Doris, siquiera por este último riesgo de los muchos que me cuestas. ¿Ves amarte con recato tal que aun la menor sospecha no resultó de la muerte de Flavio, hermano de Ismenia, contra ti? ¿Ves la prisión y destierro en cuya ausencia a este templo de Diana tu padre quiso que vengas? ¿Ves al transcurso del tiempo las estrañas diligencias que por este puesto hice por mirarte de más cerca, en cuyo gobierno todo ha sido una concurrencia, en los amores de sustos, en las armas de tragedias, hasta verme esclavo? Pues todo es nada con que venga, tercero de otros amores, a decirte… Ten la lengua, no lo digas; que no quiero verte cometer bajeza tan ruin como… No lo digas tampoco tú y considera que no es decirte que él ama, decirte que tú agradezcas, sino que estés advertida. Con todo eso nunca adviertas a tu dama de que hay, Celauro, otro que la quiera, que, aunque la voz no oiga, oye el ruido, como quien llega a oír música desde lejos y sin percibir la letra le suena bien la armonía. ¿Luego a ti no te disuena oír? Yo no lo digo; tú te sacas la consecuencia: cúlpate a ti y, si no, dime, necio amante, es… Pero Ismenia vuelve; quédate por que hablar a los dos no vea. ¿Y qué respondes? No sé. Que de una parte mi queja y de otra mi amor batallan y así, por si hicieren treguas, no dejes de ir esta noche al jardín por la respuesta. Vase, y sale Ismenia. (Aquí está Celauro. ¡Oh, nunca por esta parte viniera!). (Peor será irme sin hablarla, ya que esta ocasión me alienta). Divina Ismenia, aunque sé que de mi vida te pesa, también sé que de mi vida nadie puede sino ella desenojarte; y así, por que tú no la aborrezcas, de mí aborrecida, viene a ampararse, a tus pies puesta. La desgracia de tu hermano sin traición y sin cautela fue, en igual duelo; la causa entre los dos tan secreta que, aunque la espada la dijo, no la ha de decir la lengua. Baste saber que no hubo trance de honor en que deba lo ilustre de nuestra sangre dejar el odio en herencia. Y así humilde te suplico… No prosigas. Cesa, cesa, que haberte oído no es estar atenta, sino suspensa. Sale Anfión. (No pude alcanzarla, hasta que Celauro a hablar con ella llegó; oh, si pudiera oír escondido entre estas hiedras si es de mí). Mas ya cobrada de la suspensión y atenta también al osado arrojo, tirano, de que te atrevas a haber hablado conmigo en plática tan ajena de mi estimación… (Sin duda que la habló en mi amor). …es fuerza que en nueva ira, en nueva rabia, volcanes el pecho encienda. ¿Cómo es posible, villano loco y bárbaro, que tengas atrevimiento de hablarme en tan odiosa materia para mí? Como no pude nunca pensar que lo fuera, que un noble rendido afecto que solamente desea verse en el agrado tuyo más es obsequio que ofensa. (Bien me disculpa). ¿Qué obsequio? ¿Pensar de mí que yo pueda domeñar de mi altivez, de mi sangre, mi nobleza, mi pundonor y mi duelo la nunca rendida fuerza? El de persuadirte a que no hay deidad que no agradezca verse rogada. (No mal la persuade; qué fineza tan de amigo). Ruego injusto ninguna deidad le aceta. Y para que no alterquemos en demandas y respuestas tan indignas de mi oído, en tu vida a hablarme vuelvas en esto; y vete de aquí, quítate de mi presencia. No me fuerces, no me obligues a que con la espada mesma que tú… Detente. Vale a sacar la espada, él la le detiene y sale Anfión. ¿Qué es esto? Una cólera que ciega conmigo; quizá, señor, contigo estará más cuerda. Vase. Poca razón, soberana beldad, cuya primavera las que en su coturno flores son en su guirnalda estrellas; poca razón has tenido en mostrarte tan severa contra un afecto que sólo aspira a que te venera. Cuanto te ha dicho Celauro es más de que quien desea tus piedades no merece tus rigores, pues si esta es culpa y viene a ser la suya y la mía una mesma, véngate en mí, que sabré hacer menos resistencia, pues es lo proprio morir a tu ira que a tu belleza. ¡Esto sólo le faltaba a mi ofendida paciencia! Desde el instante primero que te vi… dentro ¡Arma, arma! ¡Guerra! Las cajas, y sale Lidoro, soldado primero. Pero ¿qué alboroto es este? Mueran todos. Nadie muera. ¿Qué es esto? Acude, señor, a impedir el que sucedan mil desdichas: la resaca de la pasada tormenta, en desatados fragmentos gente en esas playas echa derrotada, conque alguna de la tuya, mal resuelta, no les da cuartel, bien que otra los ampara y los alberga; en cuya desigualdad opuestos… No me refieras que hay quien disfame mis armas, con los rendidos soberbias. Iré a enmendar el desorden. Tú entretanto considera que quien vence sin contrario –si de ti misma te acuerdas– no puede decir que vence, conque tampoco el que llega a vengarse sin agravio, podrá decir que se venga. Vase. Esto sólo me faltaba –otra vez a decir vuelva y otras mil– para apurar el resto de mi paciencia. ¿No te bastaba, fortuna, que forzadamente atenta a conservar, bien lo sabes, el templo y las vidas nuestras, tomase la voz de Venus? ¿No te bastaba que, puestas en esa armada, corriesen mis esperanzas tormenta, sino que una vez perdidas, sobre que dure depuesta Diana y Venus colocada, las sinrazones padezca de que Anfión y Celauro osadamente se atrevan el uno a olvidar respetos y el otro a acordar ofensas? Pero ¿qué me desconfía? ¡Aquí, cielos, de mí mesma! No se pierda la venganza, ya que el socorro se pierda, que, si la noche me ayuda –dejando aparte las quejas de Celauro para otra ocasión, pues no son de esta–, verá Anfión de su Venus todas las pompas deshechas; Diana, todos sus agravios vengados; todas mis penas consoladas, yo; y el mundo verá que el valor de Ismenia en los montes de Tesalia supo hacer su fama eterna. Salen Lelio y Libia. Libia hermosa, no te asombre que de amarte me dé gana, pues ya en Libia de liviana tienes la mitad del nombre. Ay, Lelio, los accidentes de tan mal bochorno entibia, que soy Libia y doña Libia sólo ha engendrado serpientes. Bien se ve, pues, cuando en esta montaña no hay quien no halle todo músicas el valle, todo bailes la floresta en regocijo de que la armada desvaneció Venus y diosa quedó de Tesalia, en cuya fe una y otra juventud celebran con igualdad las ninfas su libertad, los ninfos su esclavitud, sola tú, sorda a mis quejas, ni me oyes ni me escuchas. Aunque son tus quejas muchas, ya son más las que me dejas. ¿Sorda yo? Loco atrevido. ¿Sorda yo? Tonto, insensato, necio, simple, mentecato, grosero y mal advertido. ¿Sorda yo? Siendo yo quien a sátiros que me llamen, como lega digo «amen» en vez de decir «amén». ¿Sorda yo? ¡Qué grosería! Y en castigo, pues, menguado, has de mí desconfiado, ven a hablarme cada día; verás si soy sorda o no. Esto, cielos, es volver por mi honor; y ha de saber que a cualquiera escucho yo; porque, como no sea mucha la parola en que se apoye, no es sorda la que no oye, sino aquella que no escucha. Vase. Qué constancia y qué valor tan heroico y singular. ¡Oh, qué gran cosa es amar a damas de pundonor! Albricias pedir quisiera a todo el mundo. Al entrarse, sale Celauro. ¿De qué? De que a Libia hablar podré también yo como cualquiera. Qué necedad. Si lo es el amar, cúlpate a ti, pues que de ti lo aprendí. ¿Que siempre tan necio estés que no pueda consolar –siendo así que otro testigo ni hay ni puede haber– contigo siquiera el menor pesar de tantos como padezco? Pues ¿quién te lo quita? Quien está siempre loco. Aun bien que hoy a estar cuerdo me ofrezco. Cuanto quisieres me di, que en pago te he de oír atento. ¿Qué pago? El neutral contento de que Libia me oiga a mí. A Doris, ¡qué confusión!, de parte de Anfión hablé. También yo a Libia; mas fue de parte de mi afición. Que esta noche la respuesta en el jardín me daría, dijo. A mí Libia de día. No sólo mi pena es esta, que a Ismenia llegué rendido y también se enfureció. Fuéraste, como hice yo, sin darte por entendido. Colérica,... Estotra, brava. ...no oyó aun mis voces primeras. Llamárasla sorda y vieras cómo de estilo mudaba. Vete, bárbaro, de aquí, que sin ti con mi dolor hablaré a solas mejor, ya que tan triste nací que no tengan mis cuidados con quien hablar de otros modos. Paciencia, señor, que todos estamos enamorados y nos hemos de sufrir sin hallar, si yo me fuera, ni tú otro que te sirviera ni yo otro a quien servir. Vase. De cuantos disfamaron, obscura noche fría, tu lóbrega estación, a quien nombraron émula infausta de la luz del día, te ha de desagraviar la pena mía, pues a pesar del sol verás que nombra mi fortuna su oráculo tu sombra, alumbrándome en ella, aun más que todo el sol, sola una estrella que grata me responda y más que a nunca ver el sol se esconda. Duélete, pues, oh, noche, de una vida de tan contrarios vientos combatida que a morir o vivir se arroja expuesta a la equívoca voz de una respuesta. Y no porque deseo más vivir que morir, según me veo a todo prevenido, sino por fallecer de una vez, pido a tu deidad que el arrugado velo con negra tez borre la azul del cielo. Desciende, pues, y para más obscura, vístete del color de mi ventura. Mas, ¡ay!, que necio invoco a quien mi ruego ha de estimar en poco, pues, aunque no la ruegue, de oficio es fuerza que por sí despliegue el ceño de sus pálidas tinieblas, conque en este horizonte ni el valle es verde ya ni pardo el monte. Bien me parece que acercarme puedo al templo. ¿Quién llevó valor y miedo a un tiempo tan iguales? Mas ¿quién pudo llevar bienes y males tan a un tiempo tampoco? La hierba apenas con la planta toco. ¡Oh, qué corbarde pisa una fortuna siempre infeliz! Éntrase por una puerta y sale por otra Ismenia. Si el orbe de la luna dosel es de Diana, si la noche, su imperio, y las estrellas su vasallaje son, no con liviana satisfación, no con erradas huellas en su favor me vengo a valer de ellas. Fúnebre tropa, oh, tú, que vas huida del sol, tu alta deidad está ofendida. Yo la ofendí fiada en la esperanza de que Aristeo la daría venganza. Deshízose el intento por la inconstante condición del viento, no porque Venus, diosa de la espuma, turbase el mar, cual dije, ni presuma que han menester sus cóleras violentas que haya milagros para haber tormentas, siendo en el puerto, el golfo y en la playa el milagro mayor que no las haya. Y pues de mí sin culpa está agraviada, de mí a mi riesgo se ha de ver vengada; sed, pues, testigos si la reverencio, ¡oh, noche obscura!, ¡oh, tímido silencio! En el altar, que pura ostentó honores, ¿la infiel diosa no está de los amores? Pues si una de él se vio desposeída, ultrajada y rompida, véase otra robada y en términos rompida y ultrajada. Veamos si al verla desaparecida el vulgo cree que es darse por vencida, dejando, como menos soberana, desocupado el trono de Diana y dejando también yo al mundo ejemplo de celo, amor y fe. Vase, y sale por otra parte Celauro. Pues ya del templo la puerta abrí, abra ahora la que pasa al jardín; ruido siento y a la escasa luz de trémula lámpara, que densa apenas un crepúsculo dispensa, a medio viso, como que agoniza, temiendo, siendo lumbre, ser ceniza, subir las gradas veo una mujer; bien lo que dudo creo, pues creo que llegar al trono pudo y que pudo quitar la estatua dudo, no porque no es pequeña, sino por admirar en qué se empeña. Con ella carga y hacia el claustro vuelve. Atienda a ver qué es lo que hacer resuelve. Sale Ismenia con un ídolo de Venus de color de bronce y pasa atravesando el tablado. Pues mi fuerza no basta a deshacella, para que rastro nadie encuentre de ella, la arrojaré en la sima en cuyo centro nadie a entrar se anima. Y pues cerrar no puedo ahora la puerta, hasta volver, fuerza es dejarla abierta. Vase. Tras ella iré, mas no, que no quisiera que otra me viese o que ella me sintiera, mayormente no yendo hacia el jardín; ¿y para qué pretendo, por lo que no me importa, lo que me importa aventurar perdiendo, vencida ya la noche, la edad corta que resta para el día? Volveré hacia el jardín, ¡ay, Doris mía!, a saber tu respuesta. Pero ¿gran flojedad no será o poca curiosidad que novedad como esta se quede sin saber? Mas ¿qué me toca? Bien que no sé qué influjo de mi estrella más que mi amor me mueve; iré tras ella. Al entrar él, sale Ismenia y encuéntranse los dos y él se cubre el rostro con una banda. Cierre agora la puerta. Mas ¿quién va? No va nadie. Yo estoy muerta. Hombre o fantasma o quien eres, ¿cómo aquí, ¡el cielo me valga!, a estas horas estás? ¿Cómo, mujer o sombra o fantasma, en este sagrado tú también a estas horas andas? Yo en mi casa estoy. Pues yo en la ajena. Esa arrogancia, llamaré quien la castigue. (Cielos, yo conozco esta habla). Llama norabuena, pero advierte que si la llamas… ¿Qué? …que llamas de camino a quien castigue la osada acción de haber de ese altar quitado a Venus la estatua, que todo lo he visto. (¡Ay, triste! Que, aunque diga que el llevarla fue para adornarla, ya no me es posible sacarla de donde la eché). ¿Enmudeces? No, porque, cuando (¡qué ansia!) lo digas, diré también que su sagrado profanas y te quitarán la vida. (Ismenia es, si no me engaña la voz y así he de apurarlo). Pues calle yo si tú callas y a Dios, bella Ismenia. Espera, que conocida y nombrada de ti, tengo de saber también yo, antes que te vayas, quién va dueño de un secreto en que me van vida y alma. No lo intentes, porque yo no he de decirlo. Repara que, si el partido es igual de que calle, pues tú callas, se desiguala el partido llevando tú la ventaja de poder decirlo todo sin poder yo decir nada. Y así he de saber quién eres para quedar resguardada de mi secreto en el tuyo. Para ese resguardo basta saber, Ismenia, que soy noble yo y que tú eres dama y no has de perder por mí. Todo eso el temor no salva, que no asegura que es noble quien nombre y rostro recata, y más a una dama a quien deja mal desconfiada de su verdad. Quizá es esto por asegurarla de que en sabiendo quién soy no entre en más desconfianza. Ya esa es enigma que pone más deseo en apurarla y no has de irte sin que yo sepa quién eres. Repara... Tú también que ya la noche huye vencida del alba. Y pues a su media luz es fuerza, si aquí nos hallan, que ambos secretos se pierdan, a Dios, a Dios. Oye, aguarda, que, aunque se aventure todo, no he de quedar obligada a guardar dos vidas yo sin ver quién una me guarda. ¿Dos? Sí. ¿Cuáles son? La tuya y la de la que ingrata te da estos atrevimientos, conque si tú me restauras de una culpa, de dos yo te restauro a ti. Te engañas, pues con decir que eres tú vendrás tú a tenerlas ambas. ¿Cómo dices que eres noble si te defiendes y amparas ya de vil mentira? Como quizá es verdad (¡ay, amada Doris!, esto es prevenir el que en sospecha no caiga, si el día dice ser tú la que en el jardín aguardas). Ser yo y guardarte de mí hace tan gran repugnancia que ella misma te desmiente. Y así con mayor instancia me importa saber quién eres. ¿Y cómo saberlo aguardas? Pues me favorece el día, quitando al rostro la banda. Descúbrele. Celauro es, ¡valedme, cielos! ¿Ves si bien te aseguraba que en viéndome habías de entrar en mayor desconfianza? (¿Qué haré, cielos? Mas ¿qué puedo hacer cuando, a la garganta el agua, todo va a pique, si no asirme de la espada?). Celauro, de nuestra diosa el celo (la voz me falta) me movió (el labio entorpece) a que (el aliento desmaya) viendo perdido (qué pena) el socorro (qué desgracia), robase (el corazón tiembla) de Venus (qué horror) la estatua, en desagravio (qué ira) del sacrificio (qué rabia) de hoy por que fuese (qué injuria) otro ultraje su venganza. Conque yo… si… cuando… ¡Ay, triste! Pues ¿de qué es turbación tanta, si te aseguras con solo volver la imagen al ara? Ay, que no puedo, y así, pues más obliga que agravia un noble afecto rendido, mi infelice vida ampara, que, aborrecida de mí, llega a ponerse a tus plantas. Morir es fuerza, si tomas de mis rencores venganza, diciendo que por mí vienes y por mí la imagen falta. Humilde, pues… No prosigas, que es nueva especie de infamia dejar pedir lo que es fuerza que uno por sí mismo haga. Yo soy quien soy y te doy, testigos haciendo a cuantas deidades contiene el cielo, la fe, la mano y palabra de que ni lo uno ni lo otro jamás de mis labios salga. En esa confianza… Pero gente ya en los claustros anda. Vete, vete, mientras yo, saliendo al paso, hago espaldas a tu fuga. A Dios. A Dios. (¿Quién, cielos, imaginara… (¿Quién imaginara, cielos, … …que mis iras… …que mis ansias… …se hayan convertido en que de mi enemigo me valga?). …se hayan trocado en que yo sin ver a Doris me vaya?). (¡Ay de quien deja honor, vida y alma pendiente hasta ver si es ventura u desgracia!). Fin de la segunda jornada. Jornada Tercera Salen Ismenia, Doris y Libia y demás ninfas huyendo, y tras ellas Anfión empuñando la daga, Celauro y soldado primero deteniéndole, Lelio y otros. Piedad, dioses. Favor, cielos. Señor… Señor… Quita, aparta; que todas han de morir a los filos desta daga, si no me dicen cuál es la que ha quitado la estatua. Ninguna lo sabe. ¿Cómo ninguna, si es cosa clara que no pudo ser de afuera el que allí entrase a robarla? ¿Cerrado el templo no estuvo? Sí, estuvo. Luego de casa es la sacrílega aleve que la tiene y que la guarda, mayormente cuando veo entre esa vil tropa ingrata alguna que contra Venus, siempre en favor de Diana se mostró; pero no quiero que parezca el condenarla violenta pasión, sino justicia igual; y así, hasta que al trono se restituya y la que fuere, del ara manche el jaspe, el mármol tiña y humano holocausto arda, no han de templarse las iras de mi furia, de mi rabia; tanto que, por que una no pueda escapar de mi saña, habéis de perecer todas. Advierte… Mira… Repara que suma justicia es sumo rigor. No me digas nada (que ya sé que vencerás si tú del ruego te encargas). A tus plantas… Ya otra vez perdonaron mis hazañas vuestras vidas: era mía en aquel trance la causa; esta no es mía, es de Venus. Señor… Señor… Retiraldas –no las vea, no las oiga– adonde ninguna salga hasta que entre sí confieran y me entreguen la culpada, o mueran todas. Aun bien que yo y Doris la cuartada probaremos que estuvimos en el jardín hasta el alba, de que no habrá tulipán que no sea testigo. Vase. Calla. (¡Ay de quien no pudo en él verla ni ahora disculparla!). (¡Ay de quien aquí el indicio llora y allá la tardanza!). Vase. (¡Ay de quien en su enemigo ha puesto la confianza!). Vase. (¡Ay de quien se enamoró sólo para que a su dama se la pasen a cuchillo!). Celauro. Señor. Los dos aparte. ¿Acabas de oír a una de esas aleves que ella y Doris hasta el alba en el jardín estuvieron? Sí, señor. Dime, ¿qué traza en eso fundar podemos para que no entre en la airada pena de todas? ¿Qué más que quererlo tú? (¡Que haya trance en que pueda en un noble ser convenencia la infamia de sus celos!). Yo quisiera que con industria o con maña su esención se disimule. No diga después la fama que abandonó la justicia mi interés, pues entre tantas reservar una es dejar sabida la circunstancia. Entre dos en un delito indiciados, si se halla que uno sólo fue agresor, piadosas las leyes mandan (¡oh, quién pudiera templar de tanto rigor la instancia!) que se perdonen entrambos, teniendo por más fundada razón que el culpado viva, que no que al suplicio vaya el no culpado. Esta ley se ve en la guerra observada, pues cuando algún motín mueven muchos o un bando quebrantan sortean a uno; conque puedes, puesto que un ejemplo basta para un delito, mandar que en una la suerte caiga, que no ha de ser luego en Doris tan precisa la desgracia que caiga en ella; conque sin nota su vida salvas, y la opinión de cruel, dejando a la soberana providencia de los dioses el que ellos la elección hagan. Y dado caso que sea ella la más desgraciada, podrás, disponiendo que se eche llorosa a tus plantas, fingir tú que la piedad al enojo se adelanta y perdonarla. Bien dices. Lidoro. Sale Lidoro. ¿Qué es lo que mandas? Mudar consejo el prudente dicen que es sentencia sabia y así mi cólera quiero que suspenda la amenaza de que todas mueran, siendo quizá una sola culpada. Pero para que no quede el delito sin venganza, remitiéndome a los dioses el que vuelvan por su causa, échese suerte entre todas, muera la que ellos señalan. Quéjese de su fortuna, no de mí; y por que no haya sospecha de que en mi gente –que al fin es nación contraria– hubo maña, fraude u dolo, asiste, Celauro, a echarla tú, pues con esto verán que hay quien justicia las guarda. (Y oye aparte; si pudieres, sea dolo, fraude o maña, hacer la suerte precisa para que en Doris no caiga, hazlo así; mira que en Doris me van amor, vida y alma). Vase. (¡Cielos! ¿A quién se ha pedido que dé la vida a su dama sino a mí? Pero ¿a quién, cielos, se ha pedido que el guardarla sea para verla ajena?). Venid, pues Anfión lo manda, a ser testigo de cuanto regularmente se trata esta acción entre nosotros. Vase. ¿Quién se vio en confusión tanta, persona que hace y padece? Pues si a Doris -¡pena estraña!- no toca la suerte, es fuerza que Anfión del poder se valga contra mi amor; si la toca, es fuerza también que haga mérito de la fineza que ha de hacer en perdonarla, de suerte que contra mí resulta, salga o no salga, ser desgraciada la dicha u dichosa la desgracia, sin que para uno ni otro pueda servirme de nada el que sepa yo quién es quien tanto escándalo causa. Vase. Aquí entro yo, Fortunilla, siempre fiera, siempre infausta, siempre necia, siempre loca, y siempre… A decir «borracha» iba, pero no mereces verte en dignidad tan alta. ¿Qué será de mí, ¡ay de mí!, si a Libia la suerte alcanza, o no la alcanza la suerte?, cuando de lo uno se saca que, si no hace caso de ella, no es persona de importancia, y sobre mal empleado, perderé dicha tan rara como ver en vivo fuego hecha polvos a mi dama; y en lo otro, que si hace caso, perderé también la gana que tengo de verla mía para matarla a patadas, que es el último desquite que tienen los que se casan, conque, salga o no, es preciso que diga… Sale Libia. A los cielos gracias, que ya me libré del susto. ¿Qué es eso, Libia? Que echada la suerte, escapé por dicha. ¿Y en quién cayó la desgracia? Hasta agora no lo sé, porque todavía se andan brujuleando las que quedan. ¿Y cómo saberlo aguardan? Echáronse en una urna muchas cedulillas blancas y una escrita que decía: «Esta es la desdichada». Después que se barajaron por que no haya engaño o trampa ni nadie pueda quejarse sino de sí misma, mandan que cada una por su mano sacando una suerte vaya, hasta que la que sacare la escrita, en la pena caiga. Llegué yo, saqué la mía, salí en blanco –aunque no en blanca mano, que también hay duelo que negras manos no agravian– conque, ya libre, escapar pude, dando al cielo gracias de haber salido del susto. Yo también, Libia, que estaba pendiente el alma de un hilo si hacen calcetas las almas. Ismenia por aquí viene libre también. Sale Ismenia. (¡Cuánto engañas, oh, fortuna, a quien previno su oráculo en tus mudanzas! Dígalo yo, pues que siendo yo la cómplice, me sacas libre del peligro y dejas en el peligro empeñada a la que inocente diga…) dentro No era menester que hablaras, suerte, para decir que yo soy la más desdichada. La voz de Doris es esta. ¡Qué dolor! dentro ¡Qué pena! ¡Qué ansia! ¡Pobre Celauro! ¿Quién te hizo testigo de tu desgracia? ¿Qué le va a Celauro en eso? No le va, señora, nada, que antes le viene gran pena. ¿Por qué? ¿Qué sé yo? (Mal haya mi lengua). Amén. Pues yo tengo de saberlo. (Infame, ¡calla!). Hace señas Libia a Lelio de que calle y Ismenia repara en ellas. ¿Qué señas son esas, Libia? ¿Yo, señas? Prosigue, habla; di, ¿por qué? Porque se tienen simpatía las dos casas desde que un abuelo suyo, saliendo de una batalla vitorioso, a un lauro dijo: «¡Ce lauro!». Los que allí estaban, viendo que el lauro se hacía sordo, dijeron: «¿Qué aguardas para que sus sienes dores?», con que se hizo la alianza de los Celauros de Armenia con los Doris de Tesalia, y así sentirá ser Doris la infeliz; esta es la causa, y por si fuere otra, voy con tu licencia a buscarla. Vase. Libia, las locuras de éste y tus señas me declaran que hay algún secreto en esto que te obliga a que le hagas callar, forzándole a que diga necedades tantas. Yo no sé nada, señora. Doris, ya la suerte echada, ha de morir; mejor soy, Libia, si bien lo reparas, viva yo, que muerta ella, para amiga. No sé nada. Mira que me importa más que piensas, el que yo salga de una duda. No porfíes: que no diré, sí me matas, que a Doris Celauro adora, que a Celauro Doris ama y que por que él no lo diga, quitándome a mí la gana que tenía de decirlo, según reventando estaba, le decía que callase. ¿Qué me dices? Lo que pasa. ¿Celauro a Doris? Por señas que el quedarse desmayada una noche, fue creyendo que muerto Celauro estaba, y por señas de que anoche, como ya dije, hasta el alba en el jardín esperando estuvimos a que entrara, como suele, por el templo, y no entró. Ya eso me basta para salir de una duda y entrar en muchas. (Tirana fortuna, ¿a qué más estremo pudo llegar tu inconstancia, que hacer dueño de un secreto a un hombre en que es fuerza que haya de dar vida a su enemiga u ver dar muerte a su dama? En grande peligro, cielos, estoy). Doris, mal hallada con su suerte, como muchas; Celauro con su esperanza, como muchos, mal contento, sin hablarse una palabra, enternecidos los dos, solos han quedado. No hagas reparo en ellos y ven conmigo por otra estancia, que hay mucho, Libia, en que hablemos las dos. Vase. Oh, quiera doña Ana o doña Venus –que a mí basta cualquiera– no salga desta junta un nuevo amor de que ser yo secretaria. Vase. Salen Doris y Celauro. Más siento, Celauro, verte las lágrimas en los ojos que todos cuantos enojos me pudo acarrear la suerte. No te enternezca mi muerte; que yo desde anoche puedo decir que la perdí el miedo; que el día que tu amor me olvida ¿para qué quiero la vida? ¡Ay, Doris!, tan sin mí quedo al mirarte que no sé qué responder a esa queja. Y pues entender se deja que libre un punto no esté quien prisionero se ve, culpa a Anfión y no a mí; él me detuvo y así (¡quién hablar claro pudiera!) no ser justo considera que un forzoso acaso aquí se sienta cuando tenemos tantas cosas que sentir. ¿Quién te ha dicho que el morir trae más sensibles estremos que el presumir que nos vemos olvidadas las mujeres? Y si consolarme quieres, pues es lo más que he sentido, consuélame de tu olvido y a Dios. No llores, que no eres tú quien muere, sino yo; ni la olvidada tampoco, sino yo también, que loco de celos moriré. No sé que hasta hoy ninguno vio que celos quien muere dé. Ni yo tampoco lo sé. Mas sé que tú vivirás y yo moriré. ¿En qué vas fundando ese trueco? En que es más infeliz mi suerte que la tuya; bien mostrando lo está el que yo viva cuando tú estás condenada a muerte. Yo fui quien a Anfión di, advierte, medio con que darte pueda la vida cuando suceda el caer la suerte en ti. Ya sucedió; mira si causa de morir me queda, pues, de Anfión adorada y de mí, Doris, perdida, siendo quien pone tu vida a su fineza obligada, fuerza es tenerte mudada, que, aunque movió la cuestión ciega desesperación de cuándo daría más pena, muerta una dama o ajena, es tan fina mi pasión que ella el modo le advirtió con que de él vida recibas, que a precio de que tú vivas, ¿qué importa que muera yo? No me lo agradezcas, no, y pues el modo ha de ser darte lugar de poder llegar a sus pies rendida, triste, llorosa, afligida para dar él a entender que tu llanto le ha movido, Doris, y no su pasión, a que te otorgue el perdón, que te consueles te pido, pues la suerte no ha caído de morir tú, sino yo. No desconfíes; que no porque mi vida le pida y de él sea concedida, podré yo disponer della, supuesto que ya mi estrella te hizo dueño de mi vida. Vivamos pues y esperemos, tú en amar, yo en resistir. ¿Quién te ha dicho que es vivir, vivir entre dos estremos tales? Pues si en ambos vemos que tu vida amenazó que yo la pida o que no, ¿para qué la he de pedir? Que habiendo tú de morir, ¿para qué he de vivir yo? Y así el medio que buscaste contra mi estrella cruel, no habiendo yo de usar de él, presume que no le hallaste y que no me ofenda baste, que ¿quién finezas llevó de otro a su dama? Quien vio que su dama a morir iba y a precio de que ella viva, ¿qué importa que muera yo? Pues si esto no basta, advierte otra razón tú. Salen soldados y échanle un velo negro en los ojos y llévanla como presa. Llegad y un velo al rostro la echad en fe de que es la que a muerte… ¡Duro trance! ¡Pena fuerte! …lleva el hado destinada. Y venid por que adornada de lutos pueda llegar donde entre pira y altar ha de ser sacrificada. Lidoro, escucha. ¿Qué quieres? Orden tengo de Anfión para que en esa ocasión, cuando cercano le vieres, la dejes como pudieres, sin nota, echarse a sus pies. Lo mismo, Celauro, es lo que me ha ordenado a mí cuando noticia le di de que Doris era. Vase. Pues hazlo así. (¡Quién, cielos, vio…! Mas deje la queja esquiva, que a precio de que ella viva, ¿qué importa que muera yo?). Sale Anfión. Celauro, pues ya llegó el caso que prevenimos cuando los dos discurrimos en dar vida a Doris bella si la suerte caía en ella, obremos lo que dijimos. Ven al templo, donde creo que el riesgo me ha estado bien, si, obligando su desdén, agradecida la veo en favor de mi deseo. ¿Quién dudará que lo esté si tan gran fineza ve que obra por ella tu amor? Que dar la vida, señor, ninguna dádiva sé que pueda igualarla. A ti te la debo yo, pues fuiste el que el arbitrio me diste. (Mejor dijeras que fui el que le dio contra sí. Pero no, que bien obró en lo que dijo y calló mi siempre opinión altiva. Y a precio de que ella viva, ¿qué importa que muera yo?) Mas ¿qué es esto?. Dentro cajas destempladas y sale Lelio. Que, arrastrando negros lutos, y después al compás de destempladas cajas ir Doris se ve, si no por su pie a la pila, a la pira por su pie. Salgamos, Celauro, al paso para que pueda más bien Lidoro hacer la deshecha como yo se lo mandé y tú preveniste. (¡Ay, triste! Que lo que previne fue, por ser con ella piadoso, el ser conmigo cruel). La caja y algún ruido dentro. Soltad, tiranos. Sale Lidoro, soldado primero. Tenelda antes que a vista del rey pueda llegar. ¿Qué es aquello? Que del militar tropel que la lleva, desasida, sin que la impida el no ver por transparente el cendal, al descubrirte, y sin que los que la cercan la puedan resistir ni detener, hacia aquí viene, señor. Salen algunos soldados como deteniendo a Doris. No es eso sólo. Pues ¿qué es? Querer los cielos que tome el sagrado de tus pies, facilitándome el paso, compadecidos de ver que muero inocente. El llanto suspende, la voz detén, que yo no pude hacer más que haber hecho al cielo juez, puesta tu suerte en tu mano. Llevalda, llevalda pues. (Dime, Celauro, si finjo bien la deshecha). (Y muy bien). Ya que no por infeliz, permíteme por mujer que pueda decirte, ¿cuándo, señor, dio fuerza de ley a la suerte el que prudente supo en sus mudanzas ver que ceños de la fortuna, contra la razón tal vez, por salir con su dictamen suelen votar al revés? ¿Al condicional acaso de un mal doblado papel, que yo misma le elegí sin saber lo que había en él, se ha de dar crédito? ¿Más que a la lástima de quien en su abono hace testigo a todo el cielo también de que no cometió el robo? Y en cuanto, señor, a haber puesto mi suerte en mi mano, ¿qué prueba contra mí? Pues antes prueba en mi favor que en mano de una mujer, desdichada antes, no es mucho prosiga el serlo después. Y cuando… No más. De aquí la llevad. Al soldado. (No la llevéis). A Celauro. (Dila tú que ruegue más). (A mi pesar lo diré). Prosigue (pues mi pesar, viviendo tú, es mi placer). Señor, si yo… Baste, baste. ¿La espalda vuelves? Mas ¿qué me aflige? Que todo es rostro, y no tiene espalda el rey. Sale Ismenia. (Aunque aventure el quedar obligada a agradecer lo que haga por mí, sabiendo que Anfión me quiere bien, algo he de hacer por Celauro; que más es lo que hace él en guardar contra su dama mi secreto). Si a tus pies un ruego más, ya que no mérito haga, puede hacer número, a ellos te suplico… (¿Qué es lo que mis ojos ven? ¿No es ésta la que yo adoro?). …que ya que a lograr llegué la primera vez tu agrado, le logre segunda vez, que en ánimos generosos, dignos de eterno laurel, es de una merced el fin principio de otra merced. Si por mí vivieron todas cuando a Venus aclamé, supuesto que no se sabe que ella la agresora es, no por un acaso deje de vivir Doris también. Su vida en nombre de todas te pido humilde. (No sé lo que me sucede, cielos. ¿Si son dos de un parecer? Entre la noche y el día confuso me llego a ver. Allí el nombre todo es sombras. Aquí todo es rosicler el semblante; mas si es sol, ¿qué mucho a desvanecer la oposición de la niebla se venga la luz tras él? ¿A cuál creeré de las dos? Pero ¿qué lo dudo, qué, si tan cerca el desengaño está?). Ese velo corred al rostro de esa infelice. Esto es, llegándola a ver, honestar lo compasivo. ¡Qué miro! ¿Tú no eres quien, osadamente soberbia y atrevidamente infiel, contra Venus a Diana disculpaste? Mira si es acaso el haber caído la suerte en ti o si es haber concurrido todo el cielo de tu fortuna al desdén. Él te condena, no yo, que su claro azul dosel, que espejo es de la verdad, no había de empañar la tez en la inocencia, pudiendo en la malicia más bien. Y pues que no es suerte ya, sino justicia la que te condena, convencida en que otra no pudo ser la que intentase aplacar de Diana el ceño, volved, volved a cubrirla el rostro y llevalda donde dé la vida en aras de Venus; que, aunque en el altar no esté, verá que está en el altar a la que le robó de él. Tú perdona no otorgarte lo que me pides; yo haré otras finezas por ti. (Advierte, señor, que es ya ese mucho fingir; puesto que has de perdonarla, ¿qué esperas?). (¿Quién, di, tirano ingrato a mi buena ley, te dijo que esto es fingir ni que la perdonaré, si, en lugar de la que adoro, me pone tu falsa fe la que aborrezco a los ojos?). (Pues ésta, señor, ¿no es la que tú me señalaste, cuando, volviéndola a ver, la ofrenda en sus manos vi?). (Cuando eso llegase a ser, error que ya yo imagino cómo pudo suceder, ¿cómo de mi parte hablabas a esotra, cuando después la decías que pagase un rendimiento cortés y ella, ofendida, a tu espada acometió y yo llegué a embarazar su furor?). (Advierte que eso no fue hablar yo de parte tuya a Ismenia, señor, porque eso fue de parte mía en orden a merecer su desenojo). (¡Eso más! Sólo falta que me des celos ahora). (No es materia de celos ésta; que, aunque a Ismenia, que es esa, adoro, es a fin…) (La voz detén, que a ningún fin ni a mirarla tú por ti te has de atrever. Y pues este es duelo para averiguado después, quitadme ahora de delante esa alevosa, esa infiel. Y cuando por delincuente no muera, muera por ser aborrecida). (Fortuna, ¿habrá amante padecer a quien, quitados los celos, le dejen la pena en pie?). Detiene Lidoro, el soldado primero, a los otros. (Todo esto es fingido; no a retirarla lleguéis, aunque él lo mande). A Ismenia. (Oye tú disculpas de no poder ahora obedecerte). (¡Cielos! ¿Qué es lo que aquí debo hacer? Dejar que inocente muera Doris, a quien amo, es cruel dolor; guardar su vida, contra la palabra y fe que a Ismenia jurada di, también es dolor cruel, y tan contrarios que uno de amor mira el interés, de honor el interés otro. Por ser amante, ¿he de ser ruin? No; mas por no ser ruin, ¿no he de ser amante? ¡Oh, quién hallara medio! No hay otro sino el que ya imaginé. ¿Anfión no perdonaba a Doris bella al creer que era la que amaba? Luego ha de perdonar también a Ismenia, en viendo que Ismenia es la delincuente; pues si no aventuro su vida, ¿qué importan palabra y fe? Mas, ¡ay de mí!, mucho importan; que, aunque no llegue a perder la vida ella, pierdo yo la opinión. ¿Qué hombre de bien dijo nunca criminal dicho contra una mujer? ¡Yo delator de una dama! Aun cuando no hubiera ley de fe y palabra, eso no, que, aunque ella viva por él después, ya yo habré hecho antes la infamia y no me está bien ser mía antes la infamia y suya la fineza de después. Pues medio ha de haber, fortuna, y glorioso éste ha de ser, que yo…) Espera. ¿Todavía ahí esa fiera os tenéis? Como me mandaste… Ya no es tiempo. Llevalda pues, quitádmela de delante. Esperad, no la llevéis, que no merece morir. ¿Por qué, tirano? Porque ella no robó la estatua, que yo quién la robó sé. (¡Ay, infelice de mí! Mas ¿qué me espanto de ver que por dar vida a su dama a mí la muerte me dé, y más siendo su enemiga?). ¿Tú lo sabes? Sí. Bien ves si eres traidor, pues que tratas mis favores con doblez. ¿Cómo, sabiéndolo, hasta ahora callaste? Como pensé que nunca llegara a tanto estremo como perder nadie la vida; mas viendo que es forzoso, mejor es que muera quien cometió el delito que no quien no le cometió. (¡Ay de mí!). Pues ¿qué aguardas? Dilo pues, di quién le cometió. Yo,... (¡Qué oigo!). (¡Qué escucho!). ...que, al ver cuán mi opuesta Venus fue, disponiendo contra mí la batalla que perdí, la prisión en que quedé, no pudiendo mi dolor vengar inmediato en ella, le vengué en su imagen bella. Yo soy, pues, el agresor que, ultrajando su deidad, de sus aras la robé. Yo, el que deslucí y ajé la pompa y la vanidad del sacrificio que había hecho Doris; que esto fue en lo que me equivoqué. Y pues es la culpa mía y suyo el obsequio, en mí venga el delito, no en ella; que temo que su querella clame al cielo, siendo así que de un pecho noble y fiel mejor es diga la fama que murió por una dama, que no una dama por él. (Qué generosa hidalguía, por no romper mi secreto condenarse a sí). (¡Qué afecto tan hijo de su osadía; pero no le ha de valer; haya pues en mi nobleza fineza contra fineza!). No sé qué te responder, sino que, pues despechado sin temor mío te ofreces a la muerte que mereces quizá en mi amor confiado, no ha de valerte el favor, si en él tu esperanza estriba. Muera él y Doris viva. (Eso pretende mi amor el día que sé que sin mí, no siendo ella la querida, queda de ti aborrecida). Cubrilde el rostro y de aquí al ara en que ha de morir le llevad. ¿Qué esperáis, pues? No le llevéis; que no es él el que debe morir, pues no cometió el delito. (Él, que yo fui la contó). Pues ¿quién le cometió? Yo, que, viendo que solicito con mis razones en vano volver por Diana bella y que en el sacro altar della pudo tu rigor tirano forzarme a sacrificar a Venus, desesperada la robé por que vengada quedase en su mismo altar. Celauro, que, enamorado –perdone aquí mi altivez– desde mi primer niñez me amó, viendo el triste estado a que mi suerte me guía, por que su fineza arguya, pretende hacer que sea suya la culpa que solo es mía. Y así, ya que cometí yo el delito, pague yo el castigo, pues él no le ha merecido y yo sí. ¿Cómo es posible creer que ella robarla pudiese y, siendo bronce, tuviese tanta fuerza una mujer que del altar la quitase? ¿Cómo es posible también que hubiese de noche quien cerrado en el templo entrase? A esa duda satisface dar por testigo y ejemplo esta llave que del templo a todas las puertas hace. Yo en fin… Yo en fin… Oye, aguarda, que es sobrada mi paciencia sin llegar a una esperiencia que ha mucho rato que tarda, y que uno por otro quiere morir y que en duda está la fineza, cumplirá el que la estatua me diere su deseo. (¡Qué crueldad!). (¡Quién hubiera visto dónde fue donde Ismenia la esconde!). ¿Cuál de ambos la tiene? Hablad. Yo no te la puedo dar. Ni yo entregarla podré. Porque yo al fuego la eché. Porque yo la arrojé al mar. (¿Que aquesto suceda, ¡ay, Dios!, por lo que yo cometí?). Pues si uno es cómplice aquí y otro miente de los dos, que entrambos mueran ni es ira ni es despecho ni es crueldad, el uno por la verdad y el otro por la mentira. Llevaldos, pues, sin oír réplicas, ¿qué os detenéis? Esperad, no los llevéis; que no merece morir ni uno ni otro. ¿Cómo no? Como ellos no ejecutaron la culpa que confesaron. Pues ¿quién la ejecutó? Yo, yo, que, siendo de Diana –molesto a nadie parezca recopilar cabos, cuando irlos recogiendo es fuerza– yo, que, siendo de Diana la más fina, más afecta sacerdotisa, la voz de Venus tomé en su ofensa, en esperanza de que a vengarla Aristeo venga, cuya facción frustró el fiero huracán de la tormenta, de lo que contra ella dije, dispuse satisfacerla; y así, hollando de la noche las obscuras sombras densas, entré al templo y del altar, tímidamente soberbia, quité la imagen, a tiempo que con esa llave maestra –para que no haya testigo que no sirva en su defensa– al templo Celauro entró –si fue o no por Doris bella, cállelo mi lengua, puesto que ya lo ha dicho su lengua–. Cogiome el hurto en las manos y con ser las casas nuestras siempre enemigas a causa de alguna casual tragedia que dio ocasión para que desenojarme pretenda –porque aun esto no se quede sin desvanecer sospechas de verme empuñar su espada– y con ser, a decir vuelva, yo su mayor enemiga, es tan grande su nobleza que, cumpliendo fe y palabra de que ninguno de él sepa que fui la agresora yo, se deja morir y deja que muera con él su dama. Pues siendo esto así y que a ella, por desdichada, la suerte tocó y que él por defenderla y defenderme se acusa, ¿cómo es posible que pueda dejar mi valor de entrar en tan noble competencia? Contra la fineza que él por Doris hace, ¿no intenta hacer la fineza Doris de volver contra sí mesma la acusación del delito que no cometió? Pues vea el mundo que entre Celauro y Doris, también Ismenia tiene valor para hacer fineza contra fineza. Yo fui quien robó la estatua y, pues tu última sentencia fue que el que te la entregare haya de ser el que muera, muera yo, pues yo seré quien te la entregue por ella. Ven, sabrás adónde está. Vase. Oye, aguarda, escucha, espera. Seguilda todos y en tanto la ejecución se suspenda. (¡Cielos! ¿Qué he de hacer si es que es la delincuente Ismenia?). Vamos, Celauro, a saber si nuestra ventura es cierta. ¿No has oído que yo sé que lo es? Sí. Mas ¿quién creyera que contra ti y contra mí lo callaras? Quien supiera lo que fe, mano y palabra dada de hombre noble fuerza, y más a una dama. Vanse. Lelio, dime en Dios y en tu conciencia, ¿has reparado en cuán muda he estado más de hora y media sin hablar una palabra? No; que hube menester esa admiración para mí, que callé casi las mesmas. Pues desquitémonos; ¿viste jamás porfía tan necia como andarse estos menguados matándose sobre apuesta? Primores son de amor. Yo bien sé que no me muriera por tus pedazos. Yo sí, por verte pedazos hecha, me muriera por los tuyos. Y dejando esta materia, ¿dónde van y dónde vamos tras ellos? Hacia unas peñas que en lo apartado del parque se incorporan con la cerca. Pero mira cómo pisas por aquí, que hay unas cuevas cuyas bocas por encima brozas cubren y están llenas abajo de escuerzos, sapos, lagartos y de culebras. ¿Luego ya son tres las Libias? ¿Qué tres? África, tú y ella. Desdichado del que caiga en una. Éntranse los dos por una parte y abriéndose un escotillón en medio del tablado, salen todos por otra parte. Esta es la funesta sima donde la arrojé. Manda que alguien baje a ella; verás si, hallada, soy yo la que merece que muera más por el ultraje que por el hurto. ¿Quién pudiera hacer que no hubieses sido tú de tan pública ofensa la agresora? No sería tan noble la recompensa de la fineza que hizo Celauro por mí, si fuera menos restada la mía que verme a morir espuesta. Manda, pues, que alguno baje y saque la estatua de esa pavorosa horrible boca. ¿Quién ha de haber que se atreva? Yo; mas será a no sacarla por que contra mí se vuelva a quedar la presunción, y vivan Doris y Ismenia. Detente; que es tarde ya para andar fino con ellas. Busca, Lidoro, un esclavo, u hombre vil, que, aunque perezca, no importe. El que menos monta de cuantos aquí se encuentran es éste. Mire vusted que no ha hecho muy bien la cuenta, que hoy soy lacayo y hoy montan mucho, pues apenas manda el amo que el caballo lleve a casa de la rienda cuando no sólo le monta, pero le mata a carreras. Con una cuerda le atad y echalde abajo. Que adviertas te suplico que esto más es cordelejo que cuerda. Átanle. Vaya abajo. Abajo vaya. Libia, a Dios. Ve norabuena, que apenas saldrás mordido de sabandijas tan fieras cuando me enamore de otro para que de mí se sepa que también supe yo hacer… Al hacer que le arrojan, suena música dentro y todos se suspenden. Finezas contra finezas, mas la madre del Amor que las castiga, las premia. ¡Qué prodigio! ¡Qué portento! Dentro de la sima suenan dulces acentos. El aire sonoras músicas pueblan. No hay eco que no publique sus blandas cláusulas tiernas. Oíd, por si repite que… Finezas contra finezas, mas la madre del Amor que las castiga, las premia. Sagrados, divinos dioses, ¿qué es esto? Sale por el escotillón Cupido con la estatua en brazos. Que Venus bella, a los ruegos de Cupido, ha remitido su queja; que, viendo cuanto resulta en triunfo mío su ofensa logrando en Celauro y Doris tan amante competencia, quiere que os la restituya el mismo Amor; conque Ismenia, pues su fineza no fue de amor, sino de nobleza, sea la víctima que ellos habían de ser y se vea que castiga insultos cuando… …finezas contra finezas, mas la madre del Amor que las castiga, las premia. Muera yo, pues sola yo la culpada fui. Oye, espera, que, si en finezas de amor Venus sus enojos templa, finezas de amor te alcanzan que de la muerte te absuelvan. ¿Qué finezas? Perdonarla yo, que soy quien más desea que en Tesalia Venus triunfe por laurel de mis empresas y timbre de mis hazañas. Conque, aunque su agravio sienta, ya es triunfo de amor vencerme yo a mí mismo; de manera que es justo verse en mí el que… …finezas contra finezas, mas la madre del Amor que las castiga, las premia. Convencida de su parte te perdono yo con que ella te dé la mano de esposa. De esclava, a sus plantas puesta, siendo quien, ya no fingida, la imagen al altar vuelva, acompañándome todos con música, baile y fiesta. Dame tú la mano, Doris. Mi amor tal dicha merezca. Lelio, venga acá esa mano. No haberme librado fuera, de echarme a las sabandijas. Vaya de música y fiesta, repitiendo todos que… …finezas contra finezas, mas la madre del Amor que las castiga, las premia. Fin de la comedia.