¿Cuál Es Mayor Perfección, Hermosura O Discreción? Comedia Famosa Personas que hablan en ella. DOÑA BEATRIZ, dama DOÑA ÁNGELA, dama DOÑA LEONOR, dama JUANA, criada ISABEL, criada INÉS, criada DON FÉLIX, galán DON ANTONIO, galán DON ALONSO, viejo DON LUIS, galán ROQUE, gracioso UN ESCUDERO Primera Jornada Salen don Félix y Leonor y Inés. Famosa tarde tendrás. Bien confieso que lo fuera, si yo de gusto estuviera. Pues ¿qué tienes? No sé más de la necia pasión mía de que lo que, en su estrañeza, con causa fuera tristeza sin ella es melancolía. Mas tú, ¿qué noticias tienes para pensar que será buena o no la tarde? Ya que la disculpa previenes de darme por entendido de quién las visitas son que esperas –pues la objeción con preguntarlo has vencido de que contigo, Leonor, hable en esto y más si es llano que un acaso cortesano no es escrúpulo de honor que no se pueda decir a una hermana–, oye y sabrás en qué fundo que hoy tendrás bien en qué te divertir. A la puente segoviana, día del Ángel, con todos –que para fiesta en Madrid basta verse unos a otros– en el coche –que esta tarde, a causa de tus penosos accidentes, no queriendo gozar de sus desahogos, me le prestaste; que en casa donde hay damas es notorio que a los hombres tales días aun son prestados los propios– con dos amigos, don Luis de Mendoza y don Antonio de Ayala –que son con quien más en Madrid me confronto, por su gran ingenio al uno, por su buen humor al otro–, salí, añadiendo al concurso, ya que no pude un adorno, un número que sirviese, si no de lustre, de estorbo. Dígalo el efecto, pues embarcados en el golfo de tantas terreras velas como le surcan en corso, doblando el cabo a la puente, hubimos de tomar fondo en el estrecho que hace su piélago más angosto, al tiempo que de la guarda el orgullo presuroso hacía a los Reyes calle; conque fue, Leonor, forzoso que el coche y el de dos damas, si a la metáfora torno, hubiesen de zozobrar entre aquellos dos escollos de la calzada que baja a la Tela; en cuyo abordo, los dos coches enredados con la prisa de los otros –si ya no con la porfía de los cocheros, que sólo su honra está en cuál rompe más aleros y guardapolvos– bajaron hasta lo llano, donde en los bajos de un hoyo dejó el nuestro al de las damas un eje a la rueda roto. Si se cae o no se cae quedó, a tiempo que nosotros, arrojándonos del nuestro, acudimos presurosos. La cortina, que hasta allí en recatados embozos a media luz brujuleaba las personas sin los rostros, franqueada en el fracaso, dio lugar a que dichoso notase de una hermosura el más apacible asombro. En mi vida, hermana, vi... Perdóname si aquí rompo fueros a la urbanidad, que aunque ni dudo ni ignoro que en presencia de una dama, aunque sea hermana, es loco el que a otra alaba, hay sucesos que dispensan licenciosos; mayormente cuando está tan recusado mi voto que, quedándose en licencia, no puede pasar a oprobio. En mi vida, hermana, vi –vuelvo a decir– tan hermoso maridaje como hicieron, mezclando pálido y rojo, sus mejillas; y más cuando al sobresaltado ahogo del lance vi no sé qué desmandadas hebras de oro cómo –avisándole al manto que abandonase el rebozo– las bosquejaron a cercos y dibujaron a tornos. Con el susto, la hermosura creció más; y más si noto que lo purpúreo dejó a lo cándido tan solo que solamente en los labios se hizo reacio; bien como diciendo: “de su semblante bien pudo huir temeroso, mas de los labios no pudo”; mostrando en uno y en otro que no era en ellas ajeno lo que en ellos era propio. Mas ¿para qué me detengo, si aun ahora es culpa que absorto ella peligre y que yo no acuda a su amparo pronto? Llegué al coche, pues –que ya, mal afianzado en los hombros de gente de a pie, impedía que acabase de dar todo el amenazado vuelco–, diciendo: “Pues es forzoso, señoras, que vuestro coche de aquí no pase y que de otro hayáis de serviros, éste merezca ser tan dichoso que, por estar más a mano, le admitáis”. Con mil enojos, destempladamente airados pero hermosamente airosos, despidió el ofrecimiento, echándome del destrozo la culpa. No es la primera vez que pagamos nosotros desmanes de los cocheros, ni la primera tampoco que la hermosura se dé por mal servida de todo. La que iba, Leonor, con ella, con más cortesanos modos, haciendo gala del susto y desdén del alboroto, dijo: “El no estar, caballeros –seamos las dos quien somos–, a la vergüenza de ser –de tantos vulgares corros como al ver el coche así se paran– blanco afrentoso nos obliga a que acetemos ofrecimientos que otorgo en fe de la cortesía que deben tan generosos caballeros a las damas; pues aquí hay perdido sólo el que desacomodados quedéis, deuda que yo pongo a cuenta de ser quien sois, que es quien cobra con más logro las situaciones a que hace obligado lo heroico.” Dijo; y ostentando a un tiempo, ya del arte en el adorno, ya en la enmienda del acaso, lo entendido y lo brioso –cuando apela para el garbo, no tiene buen pleito el rostro– pasó de su estribo al nuestro; conque hubo de hacer lo propio la hermosa que, todavía en pudridos soliloquios, acordándose del daño se olvidaba del socorro. Conque, tomando otra vez vuelta el coche en lo espacioso de la Tela, las perdimos de vista; porque nosotros, viéndonos a pie, fue fuerza apelar a lo fragoso del parque y, por su calzada, al prado nuevo. No toco en si quedé o no, Leonor, o contento o pesaroso del lance; pues si contento digo, no sé qué penoso cuidado desmiento que hasta hoy en el pecho escondo; y si pesaroso digo, desmiento no sé qué gozo que también dentro del pecho hasta ahora guardo; de modo que, haciendo pesar y agrado de dos especies un monstruo, ni a uno por agrado admito, ni a otro por pesar conozco. En fin, volviendo el cochero, de casa y calle me informo; y a muy poca diligencia supe que de don Alonso de Toledo, un caballero rico, ilustre y generoso –habiendo dicho Toledo ya lo había dicho todo–, hija y sobrina las dos son; en cuyos nombres noto de Ángela y Beatriz noticias, que una y mil veces recorro en la memoria sin dar en cuándo, adónde, ni cómo los había oído; hasta que preguntando ahora, curioso más que atento, qué visitas esperabas reconozco que eras tú a quien las había oído nombrar y que, de otros estrados, amigas vienen a verte hoy; yo, envidioso, dije: “Tendrás buena tarde”; y con razón, pues forzoso es que gozando en las dos de lo discreto y lo hermoso, Leonor, buena tarde tengan los oídos y los ojos. Esas señoras, un día que, sin conocernos, fuimos donde acaso concurrimos de una amiga suya y mía en la visita, me hicieron tantos agasajos que en obligación quedé de servirlas; conque fueron creciendo en la voluntad correspondencias que son, sobre alguna inclinación, buen principio de amistad. Siempre que a casa de aquella amiga nuestra volvían, me avisaban y pedían que nos viésemos en ella; porque esto del visitar a quien no me visitó es cierto duelo que no le quiere nadie empezar. Y aunque me tocaba a mí –por ser dos ellas y ser yo una sola–, el no tener salud me hizo que hasta aquí lo dilatase; conque, salvando su vanidad el duelo en la enfermedad, hoy vienen a verme en fe del mal; y si verdad digo, lo estimo; porque en mi vida vi mujer más entendida que lo es la Beatriz. Testigo –sobre una amable hermosura– sea, con aplauso justo, en las burlas, el buen gusto; en las veras, la cordura; en lo que cuenta, el donaire; en lo que dice, el cariño; en lo que viste, el aliño; y en todo, en fin, el buen aire. Tanto –para que concluya los méritos de Beatriz– que me tengo por feliz sólo en ser amiga suya. Aunque el afecto los cielos remitieron a una estrella, de parte de Ángela bella estoy por pedirte celos. ¿Es posible que no sea Ángela quien te debió mayor inclinación? No; porque, aunque hermosa la vea, la hermosura para mí no es alhaja; mayormente hermosura solamente tan a solas, que no vi sentidos que más en calma digan: “Hermosa me soy y no más”. Mil veces voy a ver dónde tiene el alma –creyendo que es escultura– y solamente la encuentro una fantasma que dentro anda de aquella hermosura. Si habla, es todo con enfado; si responde, con frialdad; si mira, con vanidad; si escucha, con desagrado; con todos, presuntuosa; tanto que, estraños sus modos, parece que tienen todos la culpa de que sea hermosa. ¿Ves todo eso, Leonor? Pues todo eso y más se asegura afianzado en la hermosura. Ella de las damas es la única perfección rara. Tenga cualquiera que fuere todo lo que ella quisiere, pero tenga buena cara. Sobre hermosa, en fin, no hay cosa que suplir ni que vencer; que no tiene una mujer más que hacer que ser hermosa. Un tono que Inés –tal vez que a la labor engañamos con lo que oímos y hablamos– cantar suele, bien ser juez de aquesta cuestión podía; mas dejando la cuestión quizá para otra ocasión, si Beatriz es dama mía y Ángela tuya, empeñados los dos será bien no ignores, pues partimos los amores, que partamos los cuidados. Yo a Beatriz regalaré; trata tú de regalar a Ángela. Sí haré. A enviar dulces voy. No hay para qué. Lo que son dulces y son chocolates y bebidas, ya están todas prevenidas. Alhajillas que a ocasión de abrir un escaparate como acaso estén allí sólo me faltan; y así, de enviarme tu amor trate como relojes, cajillas y estuches de filigrana, de cristal y porcelana; y si algunas sortijillas, lazos y guantes quisieres añadir, por eso cree... ¿Qué? ...que no me enojaré; pues todo lo que tú hicieres será siempre lo mejor. Ahora bien, si eso ha de ser, Leonor, voyte a obedecer. Vase. Al bajar del corredor, en la escalera ha topado con las visitas que ya subían. Fuerza será, habiéndolas encontrado, acompañarlas. Vuelve don Félix con doña Ángela, doña Beatriz y un escudero. Muy bien pudiérades, caballero, pues la asistencia en mi calle basta para atrevimiento, escusar el de seguirme tan libremente grosero en casa de mis amigas, donde de visita vengo. De cuerdo y necio, señora, dos cargos me hacéis. De cuerdo, en abonar la elección en creer que os seguí; de necio, en creer que, si os siguiera, sería tan desatento que diera esa razón más a vuestros justos desprecios. Hermano soy de Leonor, que a honrar venís; si, saliendo de casa, quiso mi dicha que de ella al paso os encuentro, ¿cómo me pude escusar de haber de volver sirviéndoos hasta su cuarto? Y así, pues que ya a su vista os dejo, ella a vos os desengañe y a mí me disculpe. Aun eso vaya; que aunque ser hermano es también atrevimiento, de mis amigas, por esta vez y no más lo dispenso. El cielo os guarde. (¡Que sea tan absoluto el imperio de la hermosura, que aun haga de la sencillez aprecio!) Vase. (¿Hermano de Leonor es, ¡cielos!, este caballero que desde el día del Ángel tan en la memoria tengo? Pero ¿para qué discurro en pasión que está tan lejos de ser pasión?) ¿A qué hora el coche vendrá? En volviendo mi padre a casa, Munguía, puedes venir. El sereno hace a esas horas más daño. Vase. ¿Inés? ¿Señora? En trayendo lo que enviare mi hermano, trata de ponerlo luego en algún escaparate del camarín de allá dentro. El caso es que él lo envíe. Una y mil veces agradezco a mis achaques la dicha, señoras, de mereceros esta honra; conque ya tan bien hallada con ellos pienso vivir que los trueque de pesares a contentos. Del hallaros levantada, hermosa Leonor, me debo una y muchas norabuenas. Yo no; que todas las vengo a pagar por no deber nada a nadie. Con tan nuevo favor, siendo como es el gusto el mayor remedio, ¿qué mucho que a mejor aire respiren mis sentimientos? Pasad a vuestros lugares. Aquí me quedaré. ¿Eso cómo puede ser? Ve tú, Ángela; toma tu asiento. Ninguno hasta agora es mío. Ajustad los cumplimientos las dos, que a mí no me toca más que tomar el postrero. Si ha de ser, yo pasaré; quede la virtud en medio. ¿Cómo estáis? Para serviros salud, a Dios gracias, tengo. Vos ¿cómo estáis? Así, así. Que os haya ofendido temo en preguntar cómo estáis, viéndoos tan linda. Eso tengo; pero si Dios me lo dio gratis dato, ¿que he de hacerlo? ¿Helo de echar en la calle? ¡Qué bien compartido pelo! ¡Qué bien asentados lazos! Por aquí anduvo el espejo del buen gusto de Beatriz. Agravio la hacéis en eso, que Ángela serlo de todas cuantas hay puede. Sí puedo, por si hablas en ironía. ¿Yo ironías? ¿A qué efecto, prima, contigo? No sé; pero agora que me acuerdo, ¿para qué tenéis hermano? Para que tenga el consuelo de tener galán y esposo en tanto que no le tengo. ¿Galán, esposo y hermano? Sí; todo lo es Félix. ¿Y eso más? ¿Hermano, esposo y galán? ¿Y todo a un tiempo? Mucho es para un hombre solo. Dadme licencia –volviendo a la pregunta–, que estraño el decir con tanto ceño que para qué tengo hermano. Nada que digo es a tiento; pues no sé para qué sea tener un hermano bueno que se ande quebrando coches. Eso es lo que yo no entiendo. Yo sí –y el Ángel lo diga, testigo que por lo menos no me dejará mentir–; pues sin querer hizo el nuestro adredemente pedazos. ¿Sin querer y adrede? Es cierto. Ved qué mayor grosería. No digas, Ángela, eso; que en toda mi vida vi más cortesano y atento caballero que él anduvo. Y antes saber agradezco que sobre vuestro cariño caiga el agradecimiento de su gran cortesanía; pues ya sucedido el riesgo de haberse quebrado el coche, dejando el suyo, el primero fue, porque no acabase de caer, que a socorrernos llegó; y quedándose a pie, nos le dio. Pues ¿qué hizo en eso... Dice bien. ...si iba yo allí? Claro está que por ti, es cierto, son todas las atenciones. Mas no, sino no... A Beatriz. (Tu ingenio, tu prudencia y tu cordura, Beatriz, y tu entendimiento sólo tolerar pudiera esta vanidad.) (¿Qué puedo hacer si, al quedar sin padre –que en Indias en un gobierno murió–, hasta venir su hacienda –que por instantes espero, pues ya ha llegado a Sevilla–, otro retiro no tengo que la casa de mi tío, en cuya prisión padezco aquella antigua sentencia de ligar el vivo al muerto?) Si es mormurar que por mí no fue, dígalo el efecto; pues de los tres que apeamos, desde aquel instante mesmo a otro y tu hermano en mi calle a todas horas los veo –camaleones de esquinas– beberse por mí los vientos. (¿Qué fuera que fuera el otro don Luis? Apure el veneno.) No estraño yo que los dos, llegando una vez a veros, os adoren; lo que estraño es que el otro sea tan necio que no os adore también. No para todos se hicieron, Leonor, iguales las dichas de morir a mis desprecios. Alguno, para contar las ruindades de mi incendio, había de quedar vivo. Ruina querrás decir. Eso o esotro es cuestión de nombre. Y porque veáis que no miento, una criada, que de otra casa en que sirvió primero le conocía, me dijo que es, si del nombre me acuerdo, un don Fulano de Tal. Es un noble caballero. No te olvides de su nombre, por si le vieres, que aprecio de su buena elección hagas. (Buena ocasión perdí, cielos, de saber si es él.) Sale Inés. Señora, lo que mi amo ha enviado, puesto está ya en el escaparate que mandaste. Ya te entiendo. A Ángela. (¡Que te vengas a contar eso aquí!) A Beatriz. (Pues yo ¿qué cuento? ¿He dicho yo algo de que no esté todo Madrid lleno? Pues adonde mueren tantos, ¿qué importan dos más o menos?) (Por tapar sus boberías, hablar de otra cosa intento.) ¿Es esa hermosa de quien dijisteis, si bien me acuerdo, que algunos ratos su voz os divierte? Sí, mas eso se entiende en nuestras labores; que para no ser aquello de cantar al bastidor, ni es primoroso ni es diestro lo que canta. Pues la tarde toda con vos es festejos, entre a la parte este agrado. Inés, toma el instrumento. Haz lo que manda Beatriz. A mi pesar te obedezco. Canta. ¿Cuál es mayor perfección, hermosura o discreción? Con la hermosura, ¿quién puede tener competencia? Pero no hay que hacer caso que, al fin, todas las coplas son versos. Canta. Litigaban dos sentidos sobre ganar los despojos de un alma. Y viendo los ojos y escuchando los oídos, alegaban competidos cuál es mayor perfeción, hermosura o discreción. A Beatriz. (¡Que de cuantos tonos sabe hubo de escoger el menos a propósito!) A Leonor. (¿Por qué?) A Beatriz. (Porque sintiera que desto Ángela desconfiara, imaginando o creyendo puede tener intención.) A Leonor. (¿Agora sabes el cuento del loco que preguntando qué cosa en el universo es la más bien repartida respondió: “El entendimiento, porque cada uno está con el que tiene contento?” No temas que desconfíe.) Nunca vi mote más necio. Canta. En la trabada conquista, la sentencia se asegura: cuando “en vista” la hermosura, la discreción “en revista”; conque el oído y la vista no desisten de la acción de cuál es más perfeción, hermosura o discreción. No cantes más. Pues a honrar venís mi casa, pretendo que toda la honréis. Venid; de un jardinillo que tengo gozaréis el poco adorno. Será del aliño vuestro. Si lo tomara de vos, aunque empeorara de dueño, mejorara de primores. (Gástense allí los conceptos muy en buen hora, que yo a mi hermosura me atengo.) Vase. (¿Quien creerá que haya pasión tan obligada al silencio que haya de morir callando?) Vase. (¿Quien creerá que pueda, cielos, dar una necia cuidado tan solo con el recelo de si era o no don Luis el segundo caballero?) Vase. Sale Roque con un azafate cubierto. ¡Ce, Inés! ¿Qué es lo que ahora, Roque, me quieres? ¿No ves que me entro a servirlas las bebidas a estas damas? Que primero tomes aqueste azafate; que mientras pasó ligero mi amo a la platería, una joyera ha compuesto, adonde a mí me dejó para que le traiga; y temo que haya tardado. No has; porque, aun antes que tú, Celio volvió con no sé qué alhajas. ¡También vienes tú a buen tiempo! ¿Qué traes aquí? ¡Qué sé yo! De mil trastos viene lleno. Guantes, lazos, cintas... Son iguales los aderezos, que no discrepa uno de otro. Oye. Aprisa. ¿Qué fue aquello que dijiste de bebidas? ¿Pues a ti qué te va en eso? Bebidas y no irme a mí implicara el argumento. ¿Podrás echar hacia acá cualquier vaso? Sí, por cierto. ¿Querrás agua de limón, guindas o canela? ¿Luego,Inés, todo el día es agua? No, que también darte puedo... ¿Qué? ...sorbete o garapiñade aloja, que es lo que tengo para antes del chocolate. Pues que me hagas, te ruego, del chocolate y de todas esas aguas un compuesto y me llenes un gran vaso. ¿Estás loco? Hacer deseo un regalo, cual será ver al chocolate lleno de guindas y de limón, sorbete y aloja. ¡Necio! Será una gran porquería. Mejor que mejor, pues luego dirás a aquesas señoras que yo las manos las beso y que miren lo que son sus pulideces, supuesto que este vaso es, por defuera, su estómago por dedentro. Vase Inés y salen don Luis y don Antonio. Roque, ¿está Félix en casa? No, señor; y antes, corriendo a buscarle donde dijo que había de hallarle, vuelvo. Dile que don Luis y yo le hemos buscado. Al momento se lo diré que le halle. Vase. Pues no está en casa, tomemos la vuelta de aquesa esquina. (Llevarle de aquí pretendo para poder volver yo a ver a Leonor, supuesto que fuera Félix está y desvelarle pretendo el nuevo cuidado mío; que una cosa es que mi afecto me lleve tras sí y otra que a las finezas que debo falte.) Entran por una parte y salen por otra. Tomemos; y agora,a la plática volviendo que dejamos empezada, proseguid. Bien. No me acuerdo en qué quedamos. En que ya ganada por lo menos la espía de una criada tenéis, por conocimiento de otra casa en que sirvió. Eso es todo cuanto puedo contaros hasta aquí, pues si la memoria revuelvo es todo lo que me pasa; que desde el punto, ¡ay de mí!, que aquella hermosura vi, de su calle y de su casa hecho humano girasol, no hay hora que tras su bella luz no me arrastre mi estrella; mas no es sino todo un sol el que me arrastra, que menos que todo un sol en su esfera ser su nombre no pudiera. De esos hipérboles, llenos de crepúsculos y albores, el mundo cansado está. ¿No los dejaremos ya siquiera por hoy, señores? ¡Que nunca me pase a mí esto de una mujer ver que sea más que una mujer! En cierta ocasion me vi en casa de una señora –de quien decían que era el alba su pordiosera y su mendiga el aurora– a oscuras por algún rato y su luz no me alumbró hasta que en la cuadra entró un candil de garabato. ¡Mirad qué sol tan civil el que arrastrando despojos no puede hacer que sus ojos alumbren lo que un candil! ¿Que toda la vida habéis de estar de ese buen humor? ¿Fuera de esotro mejor? Vos en esto no tenéis voto, don Antonio; que hombre que se alaba que no ha estado en su vida enamorado, de balde disfruta el nombre de racional. Pues sepamos, ¿cuánto más irracional es quien no distingue el mal del bien? ¿En qué nos hallamos a los brutos superiores sino en saber distinguir el bien y el mal? Eso es ir a filosofías mayores de las que el caso requiere y no habemos de pasar de que ¿quién deja de amar a una hermosura? Quien quiere, sin que ninguna pasión quite que coma y repose, “trovar quanto campare posse la vita d’un buon poltron”. ¿Yo me había de rendir por el más hermoso dueño a perder un hora el sueño? ¿Yo sacrificarme a ir de tiernos suspiros lleno al umbral de la más bella donde mi cielo sea ella y yo sea su sereno? ¿Yo andar en desconfianza de uno y otro devaneo ajustando si el deseo se frisó con la esperanza; si el afecto descuidado es crédito del olvido; si el mérito desvalido, disimulo del agrado? Y cuando más a este modo callen y hablen mis desvelos, hételos aquí los celos que lo echan a perder todo. ¡No, señor! De mis empleos, mejor las mudanzas van. Dance otro cierto y galán, que yo he de danzar floreos al compás de una fortuna poltrona. Y ¿cómo acomodas el compás? Queriendo a todas y no queriendo a ninguna. Amor desas bizarrías orlar suele su laurel. ¿Habéis estado en Teruel? ¿Conocisteis a Macías? Mejor es irme, que no cansarme de ver reír a quien me mira morir. Vase y salen don Félix y Roque. ¡Esperad! Que aquí os dejó a vos y a don Luis venía diciéndome Roque. Sí; mas fuese huyendo de mí. ¿Por qué? Porque me reía de un alto amor en que agora, tiernamente enamorado, anda como embelesado. ¿Os acordáis la señora del coche quebrado? ¿Cuál? La cándida beldad leve que, sierpecilla de nieve, hierrecito de cristal, como a negros nos trató el día del Ángel. (¡Cielos!, ¿qué escucho?) Y de sus desvelos, ¿qué os ha dicho? ¡Qué sé yo! Aquello de que me abraso, con su algo de girasol, cielo, estrella, luna y sol y lo demás que en tal caso de derecho se requiere. Alcancémosle los dos, porque también os riáis vos de ver qué conforme muere a manos de su pasión, tiernísimo majadero. Sí fuera y riera, pero... (Risas hay que rabias son.) Si no tuviera que hacer un negocio a que volvía a casa... Id, por vida mía, tras él vos hasta saber en qué paraje se halla; y contaréismelo vos después. Norabuena. Adiós. Vase. ¿Quien vio tan nueva batalla como en un instante, ¡cielos!, en mi pecho ha introducido haber, ¡ay Roque!, sabido que causa don Luis mis celos? ¡Ce! ¡Don Antonio! ¿A qué, di, le llamas? No tiene que irse a buscar de quién reírse, pues puede reírse de ti. ¿En cuánto, ¡ay de mí!, empeñado ya mi amor se considera? Haz cuenta con la joyera y lo sabrás. ¿Mi cuidado ése había, majadero, de ser? Bien creo que no; porque ese cuidado yo se lo achacaba al platero. ¡Calla, loco! Y ven conmigo, que ya es tan otra mi llama cuanto es perder a una dama o aventurar un amigo. Vase. ¡Qué poco cuidado a mí lo uno ni lo otro me diera! Vase. Salen con luz Inés y don Luis. Sin que te avise, ¿es posible que a entrar hasta aquí te atrevas? Sabiendo que no está en casa don Félix, ¿en qué, Inés bella, el atrevimiento estriba? En no prevenir que pueda haber otro inconveniente. Mi señora... Dilo apriesa. ...está con unas amigas de visita; y que te vean, ya verás que no es razón. No me pongas en sospecha de imaginar que Leonor, cansada de mis finezas, te dio orden de que impidas la permitida licencia que tal vez me concedió. No es eso; y porque lo veas, llega por aquesta parte donde en la cuadra se asientan que cae al jardín. Ya veo que es verdad. (¡Cielos! Aquélla que a la luz de mejor luz rayos a la noche presta, ¿no es Ángela? ¿No es Beatriz, su prima? Sí; ya, aunque verla siempre fuera para mí dicha, no sé si me pesa verla amiga de Leonor.) No tanto ahora te detengas, sino, pues ya las has visto, vete presto. Norabuena. Pero ¡no salgas, detente! ¿Qué es eso? Por la escalerasube mi señor. Decirle que vengo a buscarle es necia disculpa, estando en el cuarto de Leonor. Pues, aunque quieras entrar, ya ves que no es posible. Pues deja, deja que en la cocina me esconda. Escóndese y salen don Félix y Roque. (¡Hemos hecho buena hacienda!) Inés. ¿Señor? ¿Vino a tiempolo que envié? De manera rico, adornado y pulido que, aunque Angélica la bella fuera Ángela, bastara. Y ¿qué hacen agora? En esa cuadra donde han merendado se están. Y dime, Inés bella, ¿las damas tan lindas comen? ¿Aqueso preguntas, bestia? ¿Comer las damas habían? ¡Qué indecoro! ¡Qué indecencia! ¿Por qué? Di. Porque las damas no comen, aunque meriendan. (Con otro gusto, ¡ay de mí!, desde esta parte estuviera adorando, Ángela hermosa, tu peregrina belleza si no me hubiera asaltado la no pensada violencia de los celos de don Luis.) Sale el Escudero. Suplico a usarced, mi reina, a mis señoras les diga que tienen recado. Vase. Ya ellas debieron de oír el coche, porque las almohadas dejan. Hacia aquesta parte salen y no quiero que me vean porque, esperando las gracias, que al paso estoy no parezca. Pues a tu cuarto te pasa. Mientras se van, no quisiera, aunque ella no me ve a mí, dejar, ¡ay de mí!, de verla detrás de aquesta cortina. Vase a esconder y sale Leonor delante y luego las dos damas. Félix, ¿para qué te ausentas? Que estas señoras darán de irlas sirviendo licencia. Y más cuando fuera culpa que los criados que dejan a sus dueños en visita, por ellos, Félix, no vuelvan. (La primera vez que vi amagado el lance es ésta y no ejecutado.) Yo me ausentaba de vergüenza de lo mal que a sus mercedes habrás servido. Aunque sea falsedad, no lo será por lo menos la respuesta. No sólo favorecidas y honradas vamos, mas llenas de tantos dones que dudo que desempeñarse pueda de sus muchos agasajos la poca fortuna nuestra; si ya no con decir sólo que, conocida la deuda, en vuestra casa, don Félix, hay quien deje el alma en prendas. Eso es honrar entendida a quien serviros desea. Claro está. (¡Pluguiera al cielo!) No es en Dios y en mi conciencia; que tantísimas de cosas nos ha dado que no hay cuenta. No habéis de pasar de aquí. Llegar tengo hasta la puerta. Señor don Félix, quedaos. El favor se me conceda de llegar hasta el estribo. Llegad muy enhorabuena. Ganad el estribo. (Yo perderé el de la paciencia.) Vanse los dos. Adiós, amiga. ¡Ay Leonor, quién sin escusa pudiera, ya que tanto se confrontan las inclinaciones nuestras, desahogar contigo el alma! Yo procuraré que tengas ocasión de hacer por mí esa confianza cierta de que he de servirte. Vase Beatriz y sale a la cortina don Luis. ¡Ce, ce, Leonor! ¿Quién aquí? Deja el sobresalto. Yo soy. Pues don Luis, ¿cómo, (¡qué pena!) aquí cuando...? A verte vine; tu hermano impidió la puerta; y para que, si volviere, a otra parte le diviertas, he querido que no estés ignorante y que lo sepas, porque veas qué has de hacer. Vuélvete a esconderte, que entra. Escóndese y sale don Félix. ¡Válgame el cielo! ¡Qué presto una dicha –a quien debiera dar en albricias el alma, viendo cuán buena tercera en la amistad de Leonor habían hallado mis penas– el cielo de uno a otro instante quiso que en pesar se vuelva! Félix, pues ¿qué sentimiento? Pues ¿qué suspension es ésa? Cuando esperaba que alegre te dieras la norabuena en la ocasión de lograr el servir a quien festejas, ¿tan triste y confuso? ¿Qué tienes? ¿Qué quieres que tenga, ¡ay Leonor!, si no hay ventura que sin su pensión no venga? Y ésta es tal que me embaraza cuantos alborozos pueda haber granjeado; pues cuando se me entra el bien por las puertas, por las puertas, a su sombra, se me entra el mal; de manera que no basta que en mi casa la dicha un instante tenga para que no tenga, ¡ay triste!, también la desdicha en ella, enlazadas una de otra. (Sin duda presume o piensa que está aquí don Luis.) Pues ¿qué (¡qué mal el temor se alienta!), te ha sucedido? No sé cómo a decirlo me atreva que tu decoro, Leonor, no se aventure en materia tan achacosa a tu oído, sin que se pase a indecencia; pero supla la objeción el sentimiento. (Estoy muerta.) (¿Adónde tantas confusas palabras y tan suspensas irán a parar?) Yo... (¡Ay triste!) ...he sabido... ¿Qué recelas? Di. ...que don Luis de Mendoza... (¡Ay cielo, qué mal empieza!) ... enamorado... (¿Qué escucho?) ...pretende... (¿Qué oigo?) ...en mi ofensa... (Ya ¿qué hay que esperar?) (Aquí amor y amistad se arriesgan.) ...a Ángela. (¿Quien creerá, cielos, que tales mis ansias sean que hayan podido tener a los celos por enmienda?) (¿Quién creerá que sean mis ansias tales que a un tiempo me vean celos que doy y me dan, persona que haga y padezca?) Y aunque no acuso, Leonor, la elección, porque eso fuera acusar la mía, no puedo dejar de sentir que vea desde la orilla mi amor, antes que el mar, la tormenta; antes que el humo, el incendio; antes que el monte, la fiera; la ruina antes que la mina; antes que la nube densa, el rayo; viendo, ¡ay de mí!, en la amiga competencia cuán impensados me asaltan, cuán improvisos me cercan, sin el nublado, el asedio, el fuego, el golfo, la selva, el rayo, la ruina, el bruto, el incendio y la tormenta. A Ángela don Luis adora; y con tan grandes finezas que de día ni de noche de sus umbrales se ausenta. Si me declaro con él, ¿qué razon hay que yo tenga que él no la tenga? Si dejo de declararme, es bajeza que él no esté doble conmigo y yo lo esté con él; fuera de que es partido villano que yo que él me ofende sepa y él no que le ofendo yo; y pues no es la vez primera que donde andan celos ande la amistad en contingencia, quitémonos los embozos y lo que viniere venga. Mejor será de una vez o asegurarla o perderla. Vase. Entra y abre esa ventana, Inés; y en viendo que deja mi hermano la calle, ese hombre en ella pon. Sale don Luis. Leonor bella, oye. ¿Qué más he de oír? Mis disculpas. ¿Puede haberlasa tantas traiciones, tantos agravios, tantas cautelas? Óyelas y las sabrás. Ni oírlas quiero ni saberlas, don Luis, sino que te vayas tan para siempre que desta casa en tu vida te acuerdes. Has de oírme, aunque no quieras. ¿Iraste si te oigo? Sí. Pues di. Viéndome en mis penas tan suspenso, don Antonio informarse quiso dellas; y como penas de amor no hay otras que las desmientan, por no revelar que tú eras, Leonor, dueño dellas –y por desviarle más, que aquí el escrúpulo tenga–, quise nombrarle una dama, pues con eso... ¡Cesa, cesa, falso, aleve, fementido! Y para que mientes veas y veas que, antes que Félix, ya lo había dicho ella, ¿qué criada es la que ya tienes en su casa mesma sobornada? ¿Yo criada? En vano fingir intentas. Muy buena boba enamoras. Ella me vengará de ella; y tú della y de ti. Inés, ¿qué aguardas? La puerta cierra. Da con ese hombre en la calle y en tu vida a abrirle vuelvas. Leonor mía, mira que... Aquí no hay nada que vea. Vamos, no vuelva mi amo. Tú verás que mis finezas te desenojan. Y tú, la poca o ninguna enmienda que puede tener el que da celos con una necia. Segunda Jornada Salen don Alonso, viejo, leyendo una carta, y Juana. ¿Qué hacen Ángela y Beatriz? Las dos, señor, asentadas a las labores están que ésta y las demás mañanas a estas horas las divierten. Dilas que tengo que hablarlas, que a mi cuarto pasen; pero no, mejor será que vaya yo al suyo y no las estorbe la digna ocupación, Juana, de la diversión en que dices a esta hora se hallan bien entretenidas. Tú lo verás. Aunque me engañas, veré también qué labores son éstas. Las de dos damas que de entendidas y hermosas se precian, supuesto que ambas, una el ingenio se afeita y otra se estudia la cara. Vase. Descúbrense, a un lado, Ángela tocándose, e Isabel, criada; y a otro, Beatriz leyendo en un libro. (¡Oh, quién pudiera trocar tan opuestas, tan contrarias inclinaciones y que fuese Ángela la inclinada al aprender y Beatriz al parecer! Mas ¡qué vana pretensión, si hay superior arbitrio que las reparta! En cuyos opuestos genios suspenso quedé al mirarlas.) ¿Es posible que no acabes de hacer esa trenza? Si andas por mirarte a todas luces tan inquieta, ¿qué te espantas? ¡Noramala para ti! ¡Qué torpe y desaliñada! Si pudiera deslucirme algo a mí fuera tu maña. Tres tocados son con éste los que hoy has errado. Aguarda; verás si tengo disculpa. ¿Qué disculpa, mentecata? Estarte viendo, señora, dentro de tu espejo. Y tanta es la suspensión de ver tu hermosura que, admirada, no es posible que te acierte a servir. Si ésa es la causa, yerra otros tres por mi cuenta; y tres mil, si tres no bastan. (Criadas, si oír no queréis esto de las noramalas, para vuestras amas no hay medio como lisonjearlas.) Discreto amigo es un libro. ¡Qué a proposito que habla siempre en lo que quiero yo! ¡Y qué a proposito calla siempre en lo que yo no quiero, sin que puntoso me haga cargo de por qué le elijo o por qué le dejo! Blanda su condición, tanto que se deja buscar, si agrada; y con el mismo semblante se deja dejar, si cansa. Señor, ¿tú estabas aquí? Sí, Beatriz; y haciendo estaba discursos en cuánto diera porque la suerte trocara aquel espejo a ese libro. Pues ¿por qué, señor, te cansas de mis aliños? Porque verte, Ángela, estimaramás amiga de saber. Pues ¿he de ser yo letrada? Y cuando hubiera de serlo, ¿hubiera alguno en España que mejor parecer diera? Para de paso, esto basta. A veros, hija y sobrina... Mal dije: hijas, digo; que ambas lo sois pues también tú eres, Beatriz, pedazo del alma. A veros, digo, he venido con un cuidado. Esta carta le dirá mejor que yo. Prevente para escucharla, Beatriz, pues a ti te toca el todo destas desgracias. Lee. “Octavio, en cuya confianza el señor don Álvaro, vuestro hermano mayor y amigo mío, dejó la hacienda que vino de Indias para mi señora doña Beatriz, su hija, puesto en quiebra, ha faltado desta ciudad; y aunque deja algunos efectos, no tan corrientes que no necesite de mucha diligencia su cobranza. Remitidme poder, noticias y papeles para que yo...” No leo más, porque me quiebra el corazón que sea tanta, Beatriz, tu poca fortuna que en lo más y menos hayas de necesitar de otro. No, señor, estremos hagas; que tu menor sentimiento será mi mayor desgracia. ¿Cómo no? A Sevilla he de ir, que no es para encomendada esta diligencia a quien le duela menos la falta de tus aumentos. Señor... ¿Qué haces? Del suelo levanta. Será en vano. No me tengo de levantar de tus plantas sin que, besando tu mano, me des con ella palabra de que no te ha de costar de esa hacienda la cobranza el menor desasosiego. Piérdase todo, que nada importa con tu quietud. No el que sea desdichada en lo menos consecuencia de serlo en lo más se haga aventurando, señor, tu salud, tu edad, tus canas por mí; que cuando a mi estado no le quede otra esperanza, para entrarme en un convento mis pocas joyuelas bastan. La mayor fineza sea el cuidar de ti yo. Basta, basta el ruego, Beatriz; que es con tan nueva circunstancia que ruega uno y manda otro; pues con las mismas palabras, lo contrario que me ruegas parece que me lo mandas. Fuera de que es bien que sepas que desta quiebra me alcanza no pequeña parte a mí, que no quiero que obligada quedes al cargo de todo; y así, mientras la jornada dispongo y el modo ajusto en que ha de quedar mi casa –bien que, quedando tú en ella, nadie, Beatriz, hace falta–, habré de valerme de este caballero que, con tanta fineza, en ti de tu padre vivas las memorias guarda. Vase. Mucho me pesa, Beatriz. Por cierto, no te faltaba más agora que ser pobre. Pero vive en confianza de que no te faltaremos yo y el que su estrella aguarda con la dicha de mi esposo, pues no dudo... ¿Qué? Que traiga tu remedio, sí, en algún escudero de su casa. Vase con Isabel. Guárdete el cielo por tanto favor. No en vano fiada en ti vivo yo. Y no en vano quiere, ¡ay infeliz!, tirana esmerarse mi fortuna hasta ver adónde alcanza el sufrimiento en un pecho y el sentimiento en un alma. Pero de muy bajos medios se vale esta vez si trata de acrisolar mi paciencia; porque contra mi constancia no es el interés examen, sin ver que teniendo armas en mí contra mí tan nobles, tan generosas y hidalgas como mi misma memoria, de las civiles se valga. Y para que de una vez desengañe su ignorancia y sepa de cuáles puede usar con mayor ventaja, he de acordárselas todas. Yo, fortuna... Sale Juana. Una tapada de buen arte, al parecer, afligida, ha entrado en casa; y preguntando por ti, licencia de hablarte aguarda. ¿A mí? ¿Quién puede ser? Pero mujer y afligida basta. Dila que entre. Sale Leonor tapada. ¿Podré hablarosa solas? Sí. Salte, Juana allá fuera. A Beatriz. (A que es, señora, embestidura, apostara la vida.) A Juana. (¿Por qué?) A Beatriz. (Porque hay mil destas estrafalarias que, a título de limosna, se estofan de lo que estafan.) Vase. Ya estoy sola. Bien podrá, señora, decir qué manda. Descúbrese. Que me des, Beatriz, los brazos. Leonor mía, pues ¿qué causa hay que te obligue a venir desta suerte? Oye y sabrasla. Al despedirnos anoche me dijiste que deseabas, en fe de la inclinación que se ha confrontado en ambas, desahogar tus desazones conmigo. Y tan obligada quedé a que quieras de mí hacer esta confianza que no vi la hora de verte; y como si, destapada, a pagarte la visita viniera era cosa clara que me había de asistir Ángela, de quien recatas tus sentimientos; supuesto que dijiste que te holgaras que habláramos sin escucha, quise, habiendo esta mañana ido a sacar a la puerta, Beatriz, de Guadalajara un vestidillo –dejando a la vuelta una criada, con quien salí–, no perder la ocasión, sino lograrla, aunque de paso; y así, pues no saben con quién hablas, mira en qué puedo servirte. ¿Qué me quieres? ¿Qué me mandas? Fíate de mí. Bien puedes. Y si quieres que mis ansias –que también de anoche acá hay novedad que las causa– quiten el miedo a las tuyas, lo haré, acetando la paga antes que la obligación; pues si en mi temor reparas, quizá te he menester más yo a ti que tú a mí. Esto basta que te diga por agora. Más que tus labios me callan, tus ojos, Leonor, me dicen. Pues ¿qué esperas? Pues ¿qué aguardas para decirme tus penas, si me ves llorar? Pues nada te empeña más en decirlas el ver que sabré llorarlas. Aunque es verdad, Leonor mía que la ocasión deseaba de comunicar contigo un cuidado, se adelanta tanto tu pena a mis penas que he de rogarte me hagas el favor de hablar primero. Si es tomarme la palabra de que mis ansias, Beatriz, el paso a las tuyas abran, yo lo haré. Sabrás –¡ay triste!– que libre, altiva y ufana, burlando imperios de amor... La voz parece que estrañas; pues no la estrañes, Beatriz, que si he de contar mis varias fortunas fuera tibieza que de ellas amor faltara, pues fortuna sin amor no es más que cuerpo sin alma. Burlando –digo otra vez– imperios de amor, ufana, altiva y libre vivía cuando su deidad tirana, ofendida de que fuese yo la excepción de sus armas, las que contra otras por uso, tomó contra mí en venganza. Don Luis, el mayor amigo de mi hermano, con la entrada que el serlo le permitía a todas horas en casa –y con el digno pretexto de esposo–, medios y trazas buscó de que yo entendiese las mudas cifras del alma. No fueron dificultosas, que mi hermano, en su alabanza siempre hablando, me quitó el cuidado de estudiarlas. Dejo aquí, por no cansarte, papeles, ruegos, criadas, rejas, noches; y voy sólo a que, en fe de la palabra de esposo, empeñé el cariño, en cuya tranquila, blanda paz, viento en popa, de amor los piélagos sulqué hasta que los embates de celos levantaron la borrasca. A Ángela, tu prima, adora; y no tan sólo me agravia en la parte del afecto, a quien tan ingrato falta; pero en la parte también de que mi hermano la ama; y su competencia temo que pase a mayor desgracia si es que se encuentran los dos, porque sé que Félix anda buscándole desde anoche para decirle sus ansias. De suerte que, entre mi hermano y amante, sobresaltada es fuerza vivir temiendo el todo y la circunstancia; y así, vengo a suplicarte –pues, como ladrón de casa, es fuerza estar a la mira de lo que pasa y no pasa– procures con tu cordura, tu entendimiento y tu maña, haciendo que Ángela a entrambos cierre el paso a la esperanza, desviar aqueste empeño que a dos luces amenaza mi vida, pues de cualquiera suerte soy a quien alcanzan o de Félix las ofensas o de don Luis las mudanzas. ¡Qué poco, Leonor, me fías en lo mucho que me encargas! ¿Es desdeñarte por ser materia de amor? Aguarda, verás que tan al contrario que, antes, si –¡ay Dios!– escucharas el discurso, Leonor mía, en que cuando entraste estaba, vieras que por ser de amor sólo de mano me ganas, pues lo que quise pedirte lo mismo es que tú me mandas. Pues ¿qué era el discurso? Era, recopilando desgracias, hacer cargo a mi fortuna de que de medios se valga hoy contra mí tan civiles como que quitado me haya la esperanza de que pueda salir desta voluntaria cárcel –donde mis respetos me mantienen de una vana, necia beldad prisionera, pues la hacienda que esperaba de anoche acá la he perdido–, pudiendo, si hacerme trata asunto de sus vitorias, usar de más nobles armas. Éste era el discurso. Agora, para que le entiendas, falta saber qué armas eran éstas. Mas, ¡ay, qué necia ignorancia!, pues cuando dije, Leonor, que ni desdeña ni estraña pláticas de amor mi oído, dije, si bien lo reparas, que en su mar una fortuna estamos corriendo entrambas. Libre también del tirano imperio de amor me hallaba yo, Leonor, cuando trocó en tormentas mis bonanzas. Y para que veas, ¡ay triste!, cuánto encadena y enlaza un influjo nuestra estrella hube de amar a quien amas. No te asustes, que don Félix –sin más amistad ni entrada en mi casa y en mi pecho que sola una cortesana galantería, en que hicieron lo medido en las palabras y lo atento en las acciones alarde sobre su gala de su ingenio y su nobleza– es el que (la voz me falta) me debió el primer afecto, sin presumir que pasara ni nunca pasar pudiera del primer afecto; hasta que, repetida la vista, de esa calle viva estatua, reconocí de mi prima el galanteo. ¡Mal haya pasión tan incorregible que cuando quién es recata, para que diga quién es es menester maltratarla! En fin, viendo cuánto vive imposible mi esperanza –pues tan desfavorecida el cielo quiso que nazca de méritos y caudales que todo, Leonor, me falta–, lo que decirte quería era, lo primero, me hagas favor de que esta pasión nunca de tu pecho salga, pues es mejor que se esté oculta que desairada; y lo segundo, que tú le diviertas y disuadas del empeño de mi prima, pues razones tiene hartas que le desagraden de ella; y para que tolerada viva yo, mira a qué bajo partido se dan mis ansias, que el no verle galán de otra para consuelo me basta. Una hermosura, Beatriz, a las dos ofende. Haya contra la hermosura ingenio. Veamos quién puede más. Baja la voz y hablemos más quedo, que está Ángela en esa cuadra. Salen don Luis y don Antonio. A Luis. (¿Que a entrar os atrevéis?) A Antonio. (Sí; que viendo que no está en casa don Alonso, pues le he visto fuera, quiero a la criada que os dije dar un papel.) A Luis. (Pues yo me quedo a esta entrada para hacer alguna seña, si alguien viene.) Retírase a la puerta. (Aunque me enfada don Antonio en haber sido quien dicho a don Félix haya mi amor, porque uno ni otro presuman –y a que no caigan dónde fue donde lo oí–, no es justo darme de nada por entendido hasta que él se declare; a cuya causa, no he querido que me halle esta noche, porque añada, dando a Isabel un papel, siquiera esta circunstancia de que estoy más empeñado que él.) A Leonor. (Encúbrete.) ¿Quién anda aquí? (Con Beatriz he dado.) (¡Ah, tirano!, ¿quién pensara que aquí había yo de verte?) ¿Quién...? Sí... ¿Cuándo...? Vos... (El habla se me ha embargado en el pecho.) (Turbado se ha. ¡Quién hallara disculpa!) Pues ¿no decísqué buscáis? A una criada buscando venimos. ¿Qué el decirlo os embaraza? A Antonio. (¿Qué decís?) El caso es... (¡Quiera Dios que con bien salga!) ...que en la casa que servía antes de ésta, que es la casa de una deuda del señor don Luis, de joyas y plata se hizo un gran hurto; y ella dijo que aquella mañana vio un hombre salir, estando asomada a una ventana; y que le conocería, si le viese... A Antonio. (¡Hombre! ¿Qué trazas?) Hase prendido un ladrón con mil preciosas alhajas; y para que reconozca si es el que vio y si de tantas son de su señora algunas, me ha encomendado la Sala, como oficial que soy de ella, que un requirimiento la haga. El señor don Luis, corrido –por ser criminal la causa– de que vos sepáis que él en la diligencia anda –que, al fin, pensó que sin veros fuera posible el hablarla–, se ha embarazado; mas yo, a quien nada le embaraza, doy testimonio de que buscamos a la criada. Está bien; y la que es también sé. ¡Isabel! Sale Isabel. ¿Qué mandas? A Luis. (¡Vive Dios, que lo ha creído!) A Antonio. (Conforme a lo que la llama.) Ponte el manto, que con esos señores es fuerza vayas. Pues yo, señora, ¿qué culpa tengo en que...? No digas nada. Ve y ponte el manto. Y los dos, pues yo permito llevarla, sea donde no tengáis que volver aquí a buscarla. Vase Isabel. A Antonio. (No lo creyó mucho.) Ved... ¡No más! ...que nosotros... Basta; que ha de ir con los dos. (No sé cómo reprimo mi rabia.) Salen don Félix y Roque. A Félix. (Señor, ¿qué intentas?) A Roque. (Si yo le vi entrar y veo que tarda, ¿por qué a lo que él se ha atrevido no me atreveré yo?) A Félix. (Aguarda; que aquí están él, don Antonio y Beatriz y una tapada.) (Oye, pues...) Sale Ángela. ¿De cuándo acá despides tú a mis criadas, Beatriz? ¿Son tuyas o mías? Tuyas. Pues ¿cómo las mandas? Como esos señores vienen por ella; y es cortesana acción que por ella no tengan que volver. (Si tanta gente creyera que había, no saliera descuidada de que hoy sólo me toqué para el gasto de mi casa.) A Roque. (Qué será esto?) A Félix. (¡Qué sé yo!) (¡Qué beldad tan soberana!) (¡Qué peregrina hermosura!) Si os enojáis de que salga la criada, mejor es, aunque se pierda la instancia, el que nos vamos sin ella. Decís bien. Vamos. (¡Qué ansia!) Al irse, topan con don Félix. Don Félix, ¿vos aquí? Pues ¿qué os admira, qué os espanta, si vos estáis, que esté yo; y quizá con mejor causa? (¡Mi hermano!) (¡Ya es otro el riesgo!) ¿Don Félix aquí? ¿Qué estrañas, si el uno por Isabel, que venga el otro por Juana? ¿Por qué mejor? Porque tengo la que tenéis; a que añada la de veniros buscando por tener una palabra que hablar con vos. Quien me busca en parte tan escusada, no como amigo pretende que responda. (¿Cómo se hablan los dos así?) Pues don Luis, don Félix, ¿qué es esto? Nada. (¡Qué bueno será ver cómo los que se mueren se matan!) Yo tengo que hablaros. Yo, que responderos. (Turbada estoy.) Ved, mirad... De aquí salgamos, que de las damas buenas campañas no son los estrados. Pues ¿qué aguarda vuestro valor? Al irse, sale don Alonso. ¿Cómo es eso de estrados y de campañas en mi casa? ¿Y cómo... (¡Bravo empeño!) (¡Desdicha estraña!) (¡Muerta estoy!) A Roque. (Roque, ¿qué es esto?) A Antonio. (A esto, señor mío, llaman cuando pierden los fulleros caerse a cuestas la casa.) ...aquí tanto atrevimiento? ¿Nadie responde ni habla? ¿Qué es esto?, digo. ¿Y que...? Yo lo diré en cuatro palabras. (Ella ha de echarlo a perder, si lo dejo a su ignorancia.) Aquesos dos caballeros enamorados me... Aguarda, que si no estabas aquí, ¿has de saberlo? Pues ¿tanta dificultad hay en que enamorados...? Sí; y calla, pues no lo viste. Señor, estando yo en esta sala, que Ángela estaba allá dentro, aquesa mujer tapada huyendo se entró diciendo que su honor y vida estaban en riesgo y que, por mujer, la favorezca y la valga. Tras ella, esos caballeros y los que los acompañan entraron; y por la cuenta, según el lance declara, el uno es el que la ofende y el otro es el que la ampara. Púseme delante de ella; y al verme, sin que la espada sacasen, a mi respeto tuvieron atención tanta que dijo uno: “Pues llegó esa fiera, esa tirana enemiga, al soberano sagrado de vuestras plantas, él la asegure”. A que el otro dijo que, si asegurada ella queda, ahora podemos los dos de nuestra demanda ajustar en otra parte el duelo; que de las damas buenas campañas no son los estrados. “Pues ¿qué aguarda vuestro valor?”, dijo el otro. Conque el volver las espaldas, quedarse ella y entrar tú fue uno. Y esto es lo que pasa. ¡Oigan! ¿Que no era por mí la pendencia? A Roque. (Aquesta dama tan bien miente como yo.) A Antonio. (Y aun mejor.) Aunque no basta, para el supremo decoro que se le debe a mi casa, haber de su atrevimiento sido ésa, Beatriz, la causa, el respeto que han tenido a tu persona me ataja mucha parte de la ira. Si hubiera de nuestra saña sido elección, por ser vuestra tuvierais en qué fundarla; mas si el acaso o el miedo se la dieron a esa ingrata, quien sin elección elige enoja pero no agravia. También aquesa razón admito, para que haya otra más que me disculpe no echaros a cuchilladas de mis umbrales. Señora (mude estilo mi templanza, que de hombres a mujeres son las frases muy contrarias), de lances de amor y celos mozo fui; nada me espanta. Ya en mi casa entrasteis. Ya es Beatriz la que os ampara, a cuenta suya corréis. Ved qué queréis que yo haga; o qué queréis hacer. Esto. Sálese Leonor, llevándose del brazo a don Luis. (A mí me dice que vaya con ella. ¿Quién será, cielos, esta mujer que me saca de igual trance?) Vanse. Con él vine, con él he de ir. Vase. Hasta que haya alejádose de aquí, que no podáis alcanzarla, no habéis de salir. No haré, pues el mandarlo vos basta. Ángela, Beatriz, tenedle, mientras que yo a mirar salga si se ha perdido de vista. Vase. A Roque. (¿Quien vio ni prontitud tanta en un fracaso, ni en una desdicha atención tan sabia?) A Félix. (¿Eso admiras? ¿Qué mujer, señor, no nació doctada en mentira infusa?) (Cuerda anduvo Leonor, pues salva el ser conocida dando fuerza al engaño.) ¡Que nadade cuanto tú viste viese! ¿Cómo acudirá quien se halla con poco tiempo y con dos obligaciones a entrambas? Una es, Ángela divina, hacerte cargo de tantas finezas como me debes; otra es darte a ti las gracias, discreta Beatriz, de tantos riesgos como me restauras. Y pues a una y a otra deuda razón sobra y tiempo falta, supla una y otra arrojarme igualmente a vuestras plantas: a ti, por lo que me libras; y a ti, por lo que me matas. ¿Es eso lo que os quedó que decir a la tapada que se fue con otro? Poco os debe atención que iguala nada al agradecimiento. ¿Qué queréis, si hay quien la arrastra? ¿Qué he de querer? Mas si fuera mía, yo la domeñara a que lo primero fuera lo primero. ¿Hubiera trazapara eso? Querer quererla. ¿Y querer quererla basta? No; mas dispone. No hay dispuesta materia que arda si está en otra parte el fuego. Irla acercando la llama. Cerca está, pero no prende. Luego es consecuencia clara que no está dispuesta; y pues disponerla es aplicarla... Decid, sin que más os cueste, el cuidado de guardarla; que hoy os quiero, sin teneros cuidadosa. Todo para en que me la hagáis, don Félix, de no volver a esta casa; que no hay para cada día un engaño, una tapada, ni un deseo de enmienda a atrevimientos que agravian más que imagináis; no sólo a ella, a Ángela, a su fama, a mi tío y a mí, pero a quien... ¡No sé a quién! No vaya con tal duda. ¿A quién decís? Preguntadlo a la tapada, que ella lo sabe y ella os lo dirá. ¡Duda estraña! ¿Ella lo sabe? No sé y sí sé. ¿En voces contrarias respondéis? Sí. Mal podrésin conocerla... Buscadla. No sé donde. Yo tampoco. Pero ella... Sale don Alonso. Pues ya se alargan, idos, caballero; y ved, ya que fue la prisa tanta que dio la mujer en irse, que no hubo lugar a que haga amistades que debiera; que salís de aquesta casa y ha de correr a mi cuenta cualquier disgusto o desgracia que deste duelo resulte. Yo os doy, señor, la palabra –porque fue lance rifado, sin empeño de importancia– que por aquella mujer segundo duelo no haya. Oíd: dejar a la que os deja es la más cuerda venganza. Id con Dios. Guárdeos el cielo. (¿Qué es lo que llevo en el alma que, con sentirlo, lo ignoro?) A Félix. (Pues ¿qué ha sido?) A Roque. (Unas palabras tan confusas a una luz, a otra luz tan cortesanas, que, viendo a Ángela, el oírlas me divirtió de mirarla.) Vanse. Si cerradas estas puertas estuvieran, no se entraran acá aquestos alborotos. Descuido fue. ¡No faltaba más que era andarme yo agora, si más el lance durara, ajustando duelecitos de melenas y tapadas! Entraos las dos allá dentro. Mas oye, Beatriz. ¿Qué mandas? La jornada corre prisa. Ya ves que la ropa blanca dice quién es cada uno, mayormente en las posadas. Si menester fuere alguna, te ruego esta tarde salgas a prevenirla. Vase. Saldré, señor, de muy buena gana esta tarde por ti. ¿Vienes, Ángela? Sí; que embobada me he quedado de saber que los que a una mujer aman riñen por otra. ¿Qué quieres? Como eso en el mundo pasa, no hay si no... ¿Qué? ...aborrecer a los dos. Desde mañana; porque hoy tengo que hacer unos lazos. Verán que no tratan de más que de aborrecerlos mis tres sentidos del alma. Vase. Sí, que las cinco potencias estarán muy ocupadas; que aborrecer y hacer lazos son dos cosas muy contrarias. Vase. Salen Leonor, don Luis y don Antonio. (Que me conozca no quiero don Luis. Y cómo podré tomar el coche, no sé.) Pues ya os serví, caballero, no habéis de pasar de aquí. ¿Cómo obedeceros puede mi obligación sin que quede servidor a quien debí haberme dado...? No digo la vida, porque es menor dádiva; que fue el honor de una dama Y si consigo dejarla por vos segura del riesgo que amenazó su opinión –pues aunque no fue cómplice su hermosura del atrevimiento mío, siempre las mujeres son deudoras a la opinión en cualquiera desvarío de los hombres–, ¿cómo puedo condenarme a no saber a quién lo he de agradecer? Poco convencida quedo de la razón que me dais (disfrazar en vano intento el habla y el sentimiento), pues vos a mí no me estáis en obligación ninguna; que hallándome acaso allí y empeñada, cuando vi que en tan deshecha fortuna Beatriz de mí se valía, ¿qué hice de su fingimiento en ayudar el intento; pues, así como así, había yo de salirme de allí? Sí; pero villano indicio fuera, cuando el beneficio viene a resultar en mí, el no agradecerle yo. Pues supuesto que queréis agradecerle, podréis con una acción. ¿Qué es? Que no me sigáis más. Eso es haber, señora, querido... ¿Qué? Que el ser agradecido me cueste el ser descortés; pues si de vuestra porfía vencerme, señora, intento, falto al agradecimiento por ir a la cortesía. Y a dos defectos rendido, ya que uno forzoso es, más quiero ser descortés que no desagradecido. Quién sois, me decid, si ya otro bien queréis hacerme. Quizá os pesará de verme. Quizá no me pesará. Sepa, pues, quién sois, por Dios. Estoy porque lo sepáis no más de porque añadáis otro defecto a los dos. ¿Qué defecto? (Mal, crüel pasión, cubrirte he querido.) No sé si el de fementido, falso, ingrato, aleve, infiel, mal caballero, villano. La causa no alcanzo. ¿No? ¿Queréis verla? Sí. Pues yo soy... Mas, ¡ay de mí! ¡Mi hermano! Al descubrirse a don Luis solo, salen don Félix y Roque y ella se retira. ¿Quién vio empeño mas crüel? De aqueste portal pretendo valerme. Ved que estoy viendo cuanto os pasare con él; y que si no pensáis modo para dejar de reñir, me tengo de descubrir y hemos de acabar con todo. A Roque. (La tapada a quien siguió don Luis, al ver que he llegado, a un portal se ha retirado.) (¿Qué debo hacer ahora yo hallándome entre los dos, puesto que, de ambos amigo, a uno falto si a otro obligo?) (¿Qué he de hacer, ¡válgame Dios!, entre Félix y Leonor cuando, creciendo recelos, a empeño de amor y celos se va añadiendo el de honor?) A Roque. (Y pues lo quiso mi estrella que los alcance, sabrás, Roque, que me importa más que imaginas conocella; y así, aunque me veas reñir, no cuides de mí...) A Félix. (No haré.) A Roque. (...sino tras ella te ve adonde quiera que ir la vieres.) (No he menesteryo tan grande diligencia como huir una pendencia para ir tras una mujer.) Huélgome haberos hallado tan presto. A mí no me pesa. A mí sí, que de las burlas me sé pasar a las veras. Ninguno empuñe la espada sin mirar la diferencia que hay para sacarla cuando suceden las contigencias entre amigos o no amigos; o el que la sacare entienda que me halle al lado del otro. Yo no la sacaré en esta ocasión; que habiendo oído que hay campañas, mal hiciera en sacarla y más adonde hay quien impedirlo intenta. Si lo dije, ¿a qué más puede obligarme que a ir a ella? Pues guiad donde no haya testigo que lo defienda. Ni guiéis vos ni vos sigáis sin que primero se advierta que antes que allá hable el acero puede aquí reñir la lengua. ¿Qué se ha de contar mañana de que dos hombres que eran amigos ayer hoy riñen y más por cosa tan ciega como el amor de dos días? Pues para que reñir deban dos amigos, ha de ser tan reservada materia que, a más no poder, se esté honestada por sí mesma. ¿Visteis una dama vos? Y rendido a su belleza, confieso que la di el alma. Pues ¿adónde está la queja de que a otro lo que a vos os aconteció acontezca? ¿Tenéis vos algún favor? Ni amago de que le tenga. Pues ¿dónde está la esperanza que más que un amigo pesa? Volved, necios, en vosotros; y ya que la acción suspensa, si no capitula paces, por lo menos firma treguas, decidme, ¿vos sois amigo de don Félix? De manera que diera por él mil vidas. ¿Vos de don Luis? Nada aprecia más que su amistad el alma. Pues puesto que el reñir fuera ya para enemigos tarde y para amigos apriesa, hayámonos a razones. Yo confieso que si hubiera sabido antes de don Félix la pasión (esto me mueva estarlo oyendo Leonor), de la mía desistiera; porque en mí no ha sido más... (¡Que haya de ser eso fuerza! Mas páguelo el gusto y no la obligación de sus prendas.) ...que el capricho de saber hasta dónde la soberbia llegaba de una hermosura tan vana. Yo no pudiera nunca desistir la mía, aunque supiese la vuestra; conque arguyo la ventaja que hay, si bien se considera, de amor a capricho. (¡Ay, que no es la ventaja ésa!) Luego si no enamorado estáis y él lo está, compuesta está la cuestión. No está; que hay segundo duelo en ella que satisfacer. ¿Qué duelo? Que siendo la vez primera que su amor supe en la casa de Ángela, buscarme en ella tan desatento y decir que los estrados no eran campañas me obliga a que nadie que lo oiga crea que doy la satisfación; que sólo doy por quererla dar al temor y no... Oíd. Quien nunca, don Luis, dio muestras de que sabía reñir, riña siempre que se ofrezca; mas quien sentó su opinión tanto como vos la vuestra deje de reñir; que más airoso que el otro queda quien saben todos que sabe reñir y de reñir deja porque quiere acompañar el valor de la prudencia. ¿Quereislo mejor? Don Félix, ¿pensarais vos que pudiera nunca dejar de reñir don Luis por miedo o flaqueza? Y si otro lo pensara, le matara en su defensa. ¿Creyérades vos, don Luis, que si una cosa sintiera don Félix dijera otra? No; de ninguna manera. Pues si uno no lo pensara y si otro no lo creyera, ¡vive Dios que será un ruin quien mal deste duelo sienta! Y vuélvome a mi principio: donde hay amistad, no hay tema. Finezas atropelladas, ¿son algo más que finezas? Si a un amigo no se sufre tal vez una impertinencia, ¿a quién se ha de sufrir? Daos a buenas; y de su estrella siga el rumbo el que no puede no seguirle; y el que llega a verse allí superior, palabra... ¡Tened la lengua! Palabra no la he de dar. Baste que de Ángela bella nunca he estado enamorado. Quien me entendiere me entienda. Dejadme echar a esas plantas; y ved si queréis a ellas una y mil satisfaciones. (Haberla dado quisiera más que admitirla.) (Un celoso cualquiera que escucha aprecia.) Vase. (Resolvió salir Leonor en viendo que Félix quedaya asegurado; conque también yo lo quedo en que ella vaya sin ser conocida.) ¿La tapada no es aquélla que supuso Beatriz? Sí. Pues ya que la competencia volvió a su amistad, adiós, que me importa conocerla. Eso no. Conmigo vino tan recatada y cubierta que, con haber sido yo el que eligió, no me ruega más de que no la conozca; y no es justo, si desea encubrirse, que dé a otro de descubrirla licencia. Y antes, para asegurarla que nadie seguirla intenta, por esotra parte habemos de irnos. Vamos norabuena. Sea, por un solo Dios, donde no hablemos de veras; que me tenéis mareado, casi vencido a que crea si hay celos o si hay amor. Preguntádselo a mis penas. (Mejor pudiera a las mías. ¡Mal haya elección que empeña a obligaciones donde haya de quedar el gusto en prendas!) A Roque. (¿Roque?) A Félix. (Ya entiendo. El cuidado pierde de que se me pierda; que desde que del portal la vi salir, ojo alerta, su guarda he sido de vista.) A Roque. (Pues síguela hasta que sepas dónde vive y quién es. ¡Cielos!, haced que el enigma entienda que a ella remite Beatriz.) Vanse y sale Roque por otra parte. Ya da a la calle la vuelta. Alargue el paso a alcanzarla, no, entrándose en otra puerta, me dé con el trascantón. Salen Inés y Leonor. ¿Era hora de que vinieras? Ven, que hay mucho que contarte. Vanse las dos. Con otra tapada encuentra y mano a mano las dos entran en la calle nuestra; y aun en nuestra casa. ¿Cómo es esto? ¡Bueno es que tenga mi amo contratado ya que a casa a buscarle venga y me haga a mí que la siga! Si ya no es que ella pretenda darme el trascantón en casa... Pero no; por la escalera sube y a la puerta llama, cual pudo a la suya mesma. Volveré a buscar volando a mi amo, que es bien sepa la visita que le aguarda y la suma diligencia que la casa me ha costado. Vase. Salen Leonor y Inés, quitándose los mantos. Quítame este manto apriesa; que aunque no importara, Inés, el que mi hermano supiera que fui en casa de Beatriz, importa que no lo sepa por circunstancias que hubieron de obligarme a que por fuerza me amparase de un portal, en que él me vio. Pues ya quieta y segura estás, ¿no puedo saber que ha habido? Oye atenta. Llegué a casa de Beatriz... Llaman dentro. Mira quién llama a esa puerta. Más parece invocación que no relación aquésta, que es ella misma, señora. Sale Beatriz con manto. ¿Qué dices? ¿Qué es esto, bella Beatriz? ¿Tan presto me pagas la visita que aun apenas he llegado cuando ya te dio cuidado la deuda? Díjome, Leonor, mi tío, porque una jornada apresta, que comprase no sé qué prevenciones para ella, más dadas a mi cuidado que al suyo; y viéndome fuera ya una vez de casa quise no volverme sin que sepa qué te pasó con don Luis; que ser bravo lance es fuerza el que se hallase contigo embarazado al ver que eras tú la que de aquel empeño le sacases. Aún no cesan, ¡ay Beatriz mía!, sucesos que más a luz de novela parecen imaginados que sucedidos. Resuelta a no descubrirme estuve; porfió en que me descubriera; y a sus sinrazones más que a sus razones atenta me descubrí. ¿Qué diría al verte? Aun eso se queda sin saber, porque al instante mismo mi hermano... ¡Y él que entra! Que parece que tu voz hoy más conjura que cuenta. ¿Dónde podré retirarme? Que no quiero que me vea, que es hacer muy sospechosa mi venida, sobre cierta plática que allá tuvimos los dos. Pues en vano intentas esconderte, porque ya te vio. Salen don Félix y Roque. A Roque. (¿Qué es lo que me cuentas?) A Félix. (Si no me crees, vesla allí.) A Beatriz. (En fin, ¿no quieres que sepa que eres tú?) A Leonor. (No, por Dios.) A Beatriz. (Pues de hallarte aquí, sin que pueda preguntarme a mí quién eres, cuidado con la deshecha.) Cúbrese Beatriz. Señora, ese caballero no vive aquí; y bien pudiera, pues hay puerta en que llamar, no entrarse hasta adonde... Espera y no enojada, Leonor, te desazones ni ofendas con esta dama negando que vivo aquí; que si piensas que es tomarme en tu decoro alguna libre licencia, te engañas; y bien podías tener hartas experiencias de cuánto mis atenciones pundonorosas respetan los umbrales de tu cuarto. Y porque no sólo queja formes, pero aun el enojo en agasajo conviertas, sabe que a esta dama debo la vida; pues si por ella y el ingenio soberano de Beatriz, Leonor, no fuera, don Luis, Ángela, su padre y yo, ten por cosa cierta, nos hubieramos perdido esta tarde. ¿Qué me cuentas? Esto es para más despacio, que agora basta que sepas que el venir aquí es la dicha mayor que hay que me acontezca; pues sin saber cómo hoy sólo vi entrar el bien por mis puertas. Siendo así, trueque el estilo. Perdonad, por vida vuestra, el no saber que os estaba en tan generosa deuda. Perdonadme vos a mí; y aqueste agrado os merezca el haber de recibirle, porque es forzoso, encubierta. A Leonor. (¿Qué es esto, Leonor?) A Beatriz. (No sé; que eres la tapada piensa de tu casa.) A Leonor. (¿Qué causa hay de que por ella me tenga?) A Beatriz. (Tampoco lo sé; mas puesto que por tan claro lo asienta, alguna tendrá y así convenir con él es fuerza.) A Leonor. (¿Y a qué he de decir que vine?) A Beatriz. (Tú allá en tu ingenio lo inventa.) Ahora, señora, mil veces dejad que a las plantas vuestras ponga primero la vida que os debo; y luego con ella la alma en agradecimiento de escusar la diligencia de ir a buscaros, a cuya causa mandé que os siguiera este crïado; y pues fue mi suerte hoy tan lisonjera que supieseis vos mi casa al ir yo a saber la vuestra,... A Leonor. (Bien haberte a ti seguido y hallarme a mí se concuerda.) ...decidme qué me mandáis porque, obedecida, tenga la razón de suplicaros que me saquéis de una pena en que me puso Beatriz diciendo que vos... La lengua tened; que porque veáis que lo que allá diría ella es lo que yo aquí a deciros vengo de su parte, es fuerza adelantar la razón. Pero más sola quisiera... Salte tú allá fuera, Roque. Inés, allá dentro te entra. (¿Secretico? No en mis días, sin que saberle pretenda;...) (¿Caso reservado a mí? No en mis meses, sin que quiera alcanzarle;...) (...que seríamal contado...) (...que error fuera...) (...el que volviesen los mantos y no volviesen las puertas.) Vanse los dos. Lo que Beatriz os diría es que hay a quien ofenda, Félix, vuestro galanteo; aún más... ¿Sí? ...que a Ángela bella, a su padre y al honor de su lustre y su nobleza. Y tanto que traéis la vida muy a riesgo de perderla; no porque haya Ángela dado –que infamemente mintiera– nunca ocasión, mas porque hay tan locas pasiones ciegas que se empeñan donde no saben en lo que se empeñan. Un poderoso enemigo tenéis, de tantas cautelas que quizá hablando con vos está; y cuando más os muestra descubierta el alma es cuando la tiene más encubierta. Yo, sea quien fuere, sé vuestro riesgo. Y por sospechas que pueden tocarme en que él os mate y yo le pierda, sabiendo cuánto es Beatriz prudente, advertida y cuerda, tapada, como me hallasteis, me fui a declarar con ella, porque su ingenio pusiese a tanto peligro enmienda. Que no bastaba, me dijo, porque su prima era necia, loca y vana; tanto que no ve la hora en que sucedan por ella escándalos, que hacen más ruidosas las bellezas. Y que así viniese yo a deciros que ella os ruega de su parte que la hagáis merced de que por sus puertas no paséis, que sentiría más, Félix, vuestra tragedia que el deslustre de su prima. Diréis, al valerse ella de mí, cómo escogí al otro, teniendo en esta materia que hablar con vos. Pero fácil me parece la respuesta con que quise desvelar para con vos la sospecha de la segunda intención, reservando para esta ocasión el declararme. También diréis que es muy nueva cosa hacer bien y guardar la cara. Pues no os parezca que no hay razón; que si yo, don Félix, me descubriera, acabado estaba todo, pues por mí fácil os fuera que supieseis quién es vuestro enemigo. Y error fuera curar un daño con otro, pues saber basta en mis penas que di el aviso a Beatriz; y Beatriz a vos, por señas que os pide que no lleguéis ninguna noche a las rejas de la vuelta de su calle, porque os aguardan en ella. Con esto, adiós; y no hagáis otra vez la diligencia de que un criado me siga, pues cuando el cuidado os mueva de saber quién soy, Beatriz os lo dirá, ya que es fuerza, pues ella os remite a mí, el que yo os remita a ella. Vase. ¡Oíd, esperad! No la sigas,que no es correspondencia de un agasajo un pesar. No quiero más de que sepa que peligros no retiran a los hombres de mis prendas. ¡Vive Dios, que no ha de haber noche que no esté a sus rejas! Será gran temeridad. Que lo sea o no lo sea, esto no te toca a ti. Pues tóqueme... ¿Qué? ...que adviertas lo que debes a Beatriz, pues allá el peligro enmienda y aquí el peligro te avisa. Pero ¿qué importa, si es fea y entendimiento no hay que se iguale a la belleza? Tercera Jornada Sale don Antonio embozado, recatándose; y don Félix, tras él; y Roque. No pongáis tanto cuidado en conocerme. Ya he dicho que pienso que en este puesto, más que os embarazo, os sirvo; y que no es la primer noche que a esa reja hablar os miro. No me debe de importar, pues lo veo y no lo impido. Llegad, pues, llegad a ella; que seguro estáis conmigo más que pensáis. Caballero, los reservados motivos de un alma no se revelan fácilmente. No os he visto otra noche sino es ésta, por eso no he pretendido conoceros otra noche. Ya os vi; y no puedo conmigo dejar de saber quién es de mis acciones testigo. Descúbrese. Pues no os empeñeis. Yo soy, don Félix. ¿Qué es lo que miro? ¿Don Antonio? Sí. ¿Esperabas para mañana a decirlo? Que he estado de aquello de pendiente el alma de un hilo. Pues, don Antonio, ¿qué es esto? Es saber vuestro peligro; y, sin que vos lo sepáis, venir, salir y asistiros. La fineza os agradezco, pero no el riesgo imagino; pues no tiene inconveniente, cuando a ninguno compito, hablar a una dama. Basta que disimuléis conmigo; como si yo no supiera que es el ordinario estilo de un amante cortesano negarse a cualquier indicio del susto, muy en su duelo el disimulo al amigo. Yo sé que en aquesta calle, centinela de vos mismo, esperando la invasión de un poderoso enemigo, estáis en vela a un cuidado, si desvelado a un cariño. Y aunque a él ignoráis, sabéis que en lo fatal del destino el más ignorado riesgo es el riesgo más preciso; y así, sin haceros cargo de que es la amistad servicio, todas las noches he estado como veis. Mucho os lo estimo. Mas ¿yo enemigo? ¿yo riesgo? ¿Quién, don Antonio, os lo ha dicho? Si lo hemos de decir todo, Roque fue quien me lo dijo. Pues tú, ¿de qué lo sabías? Si todo hemos de decirlo, de aquella dama tapada a quien seguí y en tu mismo cuarto hallaste, sin romperse la tramoya donde vino. Pues ella contigo, ¿cuándo habló? Cuando habló contigo; porque, como me mandaste que me saliese a no oírlo, a oírlo me salí; que, en fin, criados, dueñas y vecinos, ¿de qué servimos, señor, si de acechar no servimos? Contéselo a don Antonio, pretendiendo leal y fino te disuadiese el empeño. Si él, en vez de hacerlo, hizo la fineza de asistirte, disculpado está el delito. Y bien disculpado está. Pues que el barrio recogido no está y esta noche más temprano vuestro amor vino que otras noches. Haciendo hora, que me digáis os suplico: de la noche al alba, ¿qué diablos tenéis que deciros?; porque cuando vos hablando, estoy yo perdiendo el juicio; y más con una señora que, a lo que a todos he oído, no es la sabia Pitonisa –si ya no es que discursivo de lo que visteis de día, amante contemplativo, enamoráis de memoria–; que, aunque es un cielo divino lo lindo de su hermosura, ¿qué importa, si anochecido se apaga todo y se queda a buenas noches lo lindo? Que enamore con linterna más de mil veces le he dicho; o que se traiga el lampión de Psiquis y de Cupido, con que, maulero de amor, podrá ser que halle perdidos en los barrios de lo hermoso los trastos de lo entendido. ¡Ay, don Antonio!, si hubiera... –ya que, en los estremos míos, para hablar de esto con vos rodado el lance se vino–; si hubiera, digo otra vez, de explicaros, de deciros la novedad de un amor tan nuevo y tan peregrino que dudo que hasta hoy en otro se haya escuchado ni visto, no acusarais estas horas; y antes, ¡ay de mí!, imagino que las tasarais a instantes aunque las vierais a siglos. Decirlo deseo y deseo no decirlo; porque miro que, si lo digo, aventuro la verdad con que lo digo; y si no lo digo, falto también al pequeño alivio de contarlo; de manera que, en dos afectos distintos, en el uno vengo a darme lo que en el otro me quito. Pero entre una y otra duda, parta la voz el camino, pues el decirlo yo todo será callarlo y decirlo. Bien os acordáis de aquel lance en que todos nos vimos restados, cuando Beatriz tan rara enmienda previno; pues no contenta con darme la vida que me dio, hizo que de no darme la muerte me dé la tapada aviso. Díjome, pues, de su parte aquello de un enemigo poderoso, a quien mi amor ofendía. Agradecido la empecé a estar desde entonces. Pero por el caso mismo que el peligro me avisó, abandonando el peligro, vine aquella misma noche; que es carabana del brío hacer aprecio del riesgo para hacerle desperdicio. En la calle estaba cuando vi que, entreabierto un postigo de esa reja, una mujer en sumisa voz me dijo: “¿Es Félix?” “Sí”, respondí. “Según eso, no os han dicho”, prosiguió, “que no vengáis, Félix, de noche a este sitio”. “Antes, según eso, debe inferirse que lo he oído, pues que quiso que viniese quien que no viniese quiso”. En fin, no perdamos tiempo. De este pequeño principio resultó, de un lance en otro, que ser Beatriz averiguo; y aún no sé de qué pasión, con ingenioso disinio, en voces adrede erradas, acertados los indicios. Conque siguiendo en su ingenio el imán de lo atractivo, no es Ángela con quien hablo de noche, siendo a quien miro de día. Ved de un amor el más ciego laberinto que jamás se supo; pues, queriendo cada sentido hacer bando de por sí con opuestos desvaríos, si en doña Ángela lo hermoso me suspende, lo entendido en doña Beatriz. A una, Clicie de su luz, la sigo todo el tiempo que su luz goza resplandores vivos del sol; a otra, todo el tiempo que es la flor que en su capillo se oculta hasta que la noche, pundonoroso el capricho de que luce sin el sol, la hace que trémulos giros la perficionen a sombras sin iluminarla a visos. En cuya guerra civil –ya lo dije– de sentidos dentro de mí amotinados, día y noche a dos asisto, enamorado de dos: de la una, si la miro; de la otra, si la oigo; llevándose a un tiempo mismo hermosura y discreción –acabemos de decirlo–, si la hermosura los ojos, la discreción los oídos. Una grande novedad pensaréis que me habéis dicho en que amáis a dos. ¿No lo es? No; que a mí me ha sucedido mas de cuatrocientas veces. ¿Qué pobrete no ha tenido en una parte el deseo y en otra parte el capricho? La reja abren. Pues llegad, que yo hacia allí me retiro. Beatriz a la reja. ¿Es don Félix? Y rendido a la pena de esperar, casi llegaba a culpar tu tardanza. Nunca ha sido pena esperar, que si llena de susto a la posesión una breve dilación, ¿por qué ha de llamarse pena? ¿Contrario efecto no es justo que a una causa se conceda para que inferir se pueda de una pesadumbre un gusto? La gloria, Beatriz, de hablarte con la esperanza se alcanza; luego tiene la esperanza la culpa en aquella parte que sentir toca al cuidado la dilación del empleo; luego es fuerza que al deseo le dé la esperanza enfado. Del sol una propiedad lo diga: en la noche fría, cuanto más vecina al día, es mayor la oscuridad. Sí; mas si llega a advertir que al mirar su rosicler el empezar a nacer es empezar a morir, ¿qué logra la posesión del día en su lucimiento, si es preciso que al aumento siga la declinación? Auge es en la astrología no poder pasar de allí; y término el hasta aquí es de la filosofía; luego la esperanza más que la posesión alcanza si, cuando va la esperanza, la posesión vuelve atrás; y, poseído, a perder llega estimación tan grave, pues no la admira hoy quien sabe que mañana le ha de ver. A Antonio. (¿Has oído aquello?) A Roque. (Sí.) A Antonio. (Y dime, por vida mía, ¿hablan en algarabía? Porque yo nada entendí.) A Roque. (Sí deben de hablar; mas yo a estas horas sólo entiendo que me estoy de sed muriendo. ¿Sabes, Roque, si hay o no por aquí una casa en que o aguas o aloja se venda?) A Antonio. (Que hay detrás de aquella tienda una tabernilla sé.) A Roque. (¡Qué propia noticia tuya!) A Antonio. (Cada uno habla en lo que alcanza.) Mucho os debe la esperanza. No os admire de que arguya tan en su favor, porque me está muy bien el tenella. Pues ¿vos necesitáis de ella? Y aun de dos. Eso no sé. ¿De dos esperanzas? Sí. ¿Cuáles son? Vos las sabéis: que dejéis de amar y améis. Mirad, Félix, siendo así que la ha menester a dos varias luces mi pesar, si la debo lisonjear. No; que de ninguna vos, que necesitáis os digo. Mejor lo dirá mi estrella; y mejor, Ángela bella. Salen Ángela y Isabel. A Isabel. (¿Quién la mete a usté conmigo? Y pues estoy acechando, sin que me cause fatiga y sin que a mi padre diga: “Señor, aquí andan parlando”, háblense allá, sin que yo entre en la danza.) ¿Tú aquí? ¿Cómo, Ángela? Como sí. ¿No te acuestas? Como no. Bien ves cómo te he cogido en el hurto; que no en vano te quise ganar de mano en haber aquí venido a ver esto. ¿Luego yo soy sobre quien caen las quejas? Caballero, a aquestas rejas no se habla. ¡Mal año, no! A Antonio. (Vamos de aquí, ¡ay infeliz!) A Félix. (¿Qué hay?) A Antonio. (Ver con la sombra oscura a Ángela sin hermosura y con ingenio a Beatriz.) Vanse los tres. Ven tú y cierra esa ventana. Vase. ¿Viste bien el hombre? ¿Y pues no había de verle? Y ¿quién es? El hermano de la hermana. Pues ¿cómo, celosa al vello, no sentiste que hable así con Beatriz quien te amó a ti? Tú tienes la culpa de ello. ¿Yo? Sí; que es muy fuerte cosa querer que me acuerde yo si tú, majadera, no me acuerdas que estoy celosa. Vanse. Salen Leonor y Inés con luces. Inés, no me pesa oír su queja; pero si ha sido verse de mí aborrecido lo que le obliga a venir con rendimientos, ¿por qué me tengo yo de quitar, para volver a enfermar, la cura con que sané? Dices bien; pero, señora, quien de sanar busca medios aborrece los remedios en el punto que mejora; por cuanto pudiera ser que, despechado, dejara de venir y te pesara. Yo no le he de oír ni ver. Mira, ya que mi señor seguro está hasta la hora –que es cada voz de la aurora clarín que rompe el albor–, no le oigas ni le veas, mas deja que desde allí pueda oírte y verte a ti. Yo fingiré, sin que seas sabidora para él, que soy yo la que me atrevo a abrir la puerta. No es nuevo el lance. ¿Hay más de que aquél que le oiga de mala gana cuando por viejo le muevo que le ponga hoy como nuevo y me le vuelva mañana? ¿Qué dices? No sé. ¿Voy? Di presto sí o no. ¡Qué sé yo! Qué sí has dicho. ¿Sí? Un no que no sabe qué es, es sí. Vase. Ve, ya que pensar me deja si es cierto o no el refrán sabio de que se duerme el agravio al conjuro de la queja. Vuelve con don Luis, que se esconde. A Luis. (Mira que no te ha de oír ni ver.) A Inés. (Bástame, Inés bella, que yo pueda oílla y vella; pues, si tengo de decir la verdad, desde aquel día que Leonor se retiró, a su principio volvió la ignorada pasión mía.) A Luis. (De un adagillo que a España añadió Lope, se infiere...) A Inés. (¿Qué?) A Luis. (Quien piensa que no quiere, el ser querido le engaña. Mas yo me vuelvo a fingir que con ninguno aquí hablaba.) No era nadie el que llamaba. ¿Y acabose ya de ir ese necio que a mis rejas no deja de porfïar? Debiéronse de acabar por esta noche las quejas que prevenidas traía; y habrá ido a dar a hacer otras nuevas que traer para mañana. ¡Que fría cosa, pesada y crüel, es oír con desazón los ecos de una pasión! Noramala para él si tu favor merecía, siendo tú en quien asegura el ingenio y la hermosura su mejor medianería, sin costarle en la atención de nivelada igualdad lo hermoso una necedad, lo feo una discreción. ¿Quién metió a la tal persona en buscar caballerías hecho infante Bobalías? ¿La infanta Bobalindona? Tienes sobrada razón de enojarte. Mas, señora, él no nos escucha agora; toma la satisfación que te da, pues cosa es clara que perdón un yerro espera. No bastara, aunque me diera tantas, Inés... Sale don Luis. Sí bastara, si tú quisieras, Leonor. ¿Qué es esto? Pues ¿cómo entraste aquí? El disimulo baste, traidora, que... Tu rigor no a Inés culpe, sino a mí; que no tiene culpa Inés de mis despechos. Y pues tú no te dueles de mí, déjala que ella se duela; y no acuses su piedad, que no dejas tu crueldad para nadie. Ya que apela a tus plantas, Leonor bella, mi culpa, óyeme en mi culpa; no porque tengo disculpa, mas porque quiero tenella. Yo... Señor don Luis, en vano el satisfacerme es; y puesto... dentro. ¡Una luz, Inés! ¡Ay infelice, mi hermano! Como llave maestra tiene, entrar pudo. ¡Muerta estoy! ¿Qué haré? dentro. ¿No bajas? ¡Ya voy! Que te retires conviene a ese camarín. Escóndese. Fuerza es. ¿Inventara esto el demonio? Toma una luz y sale don Félix. En mi cuarto, don Antonio, con Roque esperad; Inés, saca unos dulces y de agua un búcaro, porque tiene sed un amigo que viene conmigo. (¡Oigan lo que fragua la fortunilla!) Leonor, ¿vestida a estas horas? Sí; pues ¿cuándo no me halla así el día con el temor de los sustos y recelos en que hasta volver me tienes? Mas como siempre que vienes te entras al instante (¡ay cielos!) en tu cuarto, no me ves si en vela o dormida estoy. Don Antonio, de quien hoy me hallo obligado, después que ese loco le contó que un enemigo tenía, ni de noche ni de día me deja: tanto debió mi amistad a su amistad. Conmigo al umbral llegó, dijo que tenía sed y yo le dije: “En mi cuarto entrad; que del de mi hermana, Inés, que siempre esperando está, agua y dulces sacará”. Aquesta la causa es de haberme entrado. Y, en fin, si oyéndome estás, ¿qué aguardas? ¿Cómo en ir por ello tardas? Abre aquese camarín. Saca un barro. Sí abriré. Y dulces. En todo estoy. Vete tú, que ya yo voy. Abre, yo los llevaré; no pases tú allá. ¿Hay mohínacomo ésta? ¿Qué sucedió? (¿Para esto nos perdonó el lance de la cortina?) La llave se me ha perdido. ¿Has visto qué torpe estás? No hallo la llave. Quiébranse unos vidrios dentro. Tú harás que la abra así. Mas ¿qué ruido dentro hay? (¡Ay de mí!) Ladrones deben de ser. Vase. Quien anda en él he de ver. (Embarazarelo así, ya que al sentir que iba a a abrir, por retirarme, encontré con los vidrios que quebré.) Sale y mata la luz. O he de matar, o morir, o saber quién eres. (¡Cielos!, ¿qué haré en tan fiero rigor?) A Leonor. (¡Toma la puerta, Leonor!) (¿Dónde irán mis desconsuelos a dar?) Vase. (Que a que no te siga, me quedo.) Sale Roque con luz y don Antonio. Acudamos presto al ruido. Tray luz. ¿Qué es esto? Mi desventura os lo diga. Tomad esa puerta y no salga ninguno. Sí haré. A Antonio. (Mirad, don Antonio, en qué os empeñáis; que soy yo.) (¿Quien habrá en el mundo oído tan nuevo lance, que pende de ser mi amigo el que ofende y mi amigo el ofendido? Uno en mí el favor espera, otro a mí se me declara. ¡Quién, sin que a alguno faltara, a entrambos favoreciera!) Hombre, ya estoy contra ti; y en aquella puerta está quien salir no dejará. ¿Yo también no estoy aquí? Que siendo tres contra uno, si fin al refrán no das, a tu lado me hallarás. Medio no te queda alguno, sino el morir o decir quién eres. Pues a escoger me das, el medio ha de ser... ¿Cuál? Di presto. ...el de morir. (Hacia don Antonio voy.) A Antonio. (Que me deis paso prevengo.) A Luis. (Ved, si hay con quien vengo vengo, que hay con quien estoy estoy.) (Pues sea desta manera.) Abrázase con don Antonio y vanse. A los brazos arrestado con don Antonio ha llegado. Y aun rodado la escalera. (Tras ellos, cielos, iré, ¡ay enemiga Leonor!, a restaurar de mi honor la parte que pueda.) Vase. ¿Qué te toca, Roque? Quedarte; hasta que de empeño igual lo que pasa en el portal diga la segunda parte. Vase. Salen don Alonso y doña Ángela. Mira, Ángela, lo que dices. Muy bien mirado lo tengo; y así, antes que te partas, quise decírtelo, a efecto de que ese cuento te lleves hacia allá, porque sospecho que oí decir que en los caminos suele hacer gran falta un cuento; y éste de que Beatriz sale de noche a la reja pienso que no dejará de ser a criados y cocheros –pues las cosas de importancia tú no has de tratar con ellos–, cuando no haya de qué hablar, de algún entretenimiento. (De que sea verdad, dos grandes conjeturas tengo: ser necedad el decirlo y necedad el hacerlo. En Ángela bien se ve guardarlo para este tiempo; y en Beatriz, pues fue el amor la necedad del discreto.) Ven acá, vuelve a decirme: ¿lo has visto? Por estos mesmos ojos que se han de comer mariposicas; que aquello de los gusanos, señor, no se ha de entender con éstos. Disimula, porque viene Beatriz. Sale Beatriz. A Alonso. (Nací para eso.) ¿No sabes lo que a mi padre le estaba agora diciendo? Cómo en una reja anoche estabas tomando el fresco y no más. A Alonso. (¿No disimulo muy bien, señor?) A Ángela. (Sí, por cierto.) Es verdad que anoche estaba a la reja, pero a efeto de que andaban por la calle unas sombras; y queriendo saber, señor, qué criada le daba el atrevimiento –que hay alguna que en tu casa se conserva a mi despecho– la reja abrí. Ése sería a buen seguro el intento; pero ¿por qué esa criada ha de estar? Porque no tengo otra que me sepa hacer más garambainas del pelo; y esto importa más que estotro. Pon tú, Beatriz, el remedio. (Disimule yo mejor, a pesar de algún recelo que aún ha quedado en el alma.) Sale el Escudero. Ya, señor, está dispuesto todo. Bien puedes bajar. Beatriz, adiós; que yo espero sacarte deste cuidado. Sabe Dios que el que yo tengo es tu salud y que sólo tu descomodidad siento. Adiós, Ángela. Los brazos me dad las dos. Los estremos bastan, Beatriz, por mi vida. No llores. “Yo para eso no llorara por mi padre” por esto diría el proverbio. Adiós otra vez. (Aunque nada al escrúpulo creo, mucho al escrúpulo dudo. Pero no es para aquí esto.) Abrazadme vos, Munguía. Al Escudero. (Esta noche el aposento vuestro procurad que esté, sin que nadie lo vea, abierto; y esperadme en él.) A Alonso. (Ya sabes con la fe que te obedezco.) (Veré lo que hace esta noche y tomaré, por lo menos, resolución para irme o para volverme medio.) Vase. Ven acá. ¿Lloras de veras? ¿Llora alguien de burlas? Pienso que sí, porque yo mil veces me suelo llorar riendo. Vase. ¡Válgame Dios, qué de cosas concurren a un mismo tiempo a un pensamiento afligido! Dígalo mi pensamiento, pues cuando por una parte voy, llevada del afecto de aqueste enigma de amor que le trato y no le entiendo, me sale por otra parte siempre Ángela al encuentro. Pero ¿qué mucho? ¿qué mucho que aún no sepa lo que siento si, como nocturno amor, de las sombras le alimento? ¡Oh cuánto...! Sale Leonor. Beatriz, perdonasi, sin avisarte, entro; que hoy no piden atenciones las fortunas; que corriendo vengo a tus pies tan deshecha que aun este manto sospecho que es la tabla del naufragio, tan acaso hallada, ¡ay cielos!, que es de una vecina, adonde tomé anoche el primer puerto. Mi alma, mi vida, mi honor a fiar de ti, Beatriz, vengo; que no me atreviera de otra. Sosiégate. Cobra aliento. ¿Qué ha sucedido? ¿Qué ha habido? Don Luis anoche –¡yo muero!– entró en mi casa; y mi hermano en ella... ¡Válgame el cielo! Desmáyase. En mis brazos sin sentido cayó con el desaliento y la pasión que traía; y aunque del grave suceso que iba contando, el desmayo trocó el discurso tan presto, introducidos en él Félix y don Luis, bien temo que de Félix el honor amancillado... Mas esto, aunque corre prisa, más corre la de su remedio. ¡Juana! ¡Juana! Sale Juana. ¿Qué me mandas? ¡Anda por tu vida, presto! Ayúdame a que a Leonor a aquesa cuadra llevemos, que reservada a los cofres detrás de mi alcoba tengo; que fuera dicha que nadie la viera. Pues es a tiempo,que Ángela con Isabel está en el cuarto de adentro. Algo suceder había, a pesar del hado fiero, en favor. ¡Jesús mil veces! En fin, ¡ay Beatriz!, riñendo a mi hermano y a don Luis dejé en mi casa, y –no puedo proseguir– huyendo de ella... Pues no prosigas, que luego lo dirás. Alienta agora y, cobrando algún esfuerzo, procura venir conmigo. En vano, Beatriz, lo intento; que el corazón a pedazos se está quebrando en el pecho. Vase. Pues ya ella se esfuerza a ir, enciérrate por de dentro con ella tú mientras yo a la deshecha me quedo de desmentir las espías de Ángela. No ambas faltemos juntas y entren a buscarnos. Nadie la vio. Todo esto está solo. Algo en favor –otra vez a decir vuelvo– en tanto tropel de penas había de sucedernos. Mas, ¡ay!, que el favor es uno y ellas muchas. Y aunque el cielo nunca deja los resquicios tan cerrados al consuelo que no puede la esperanza acecharlos entreabiertos, tan tomadas las desdichas tienen los pasos que pienso que será posible hallarlos, pero no fácil tenerlos; siendo la mayor de todas que el honor de Félix puesto a las censuras esté de quien sepa por lo menos la pendencia; y por lo más, que su hermana –¡qué tormento!– falta de su casa. Hombre a quien, o de mi hado el ceño o de mi estrella el influjo abrasaron en mi afecto, desaire en su honor y yo capaz de él sin que... Sale Juana. Ya ha vuelto en sí y dice que la veas. Pues en tanto que yo entro a verla y a escribir, Juana, dos letras, ponte corriendo el manto. ¿Dónde he de ir? A buscar un caballero. ¿Quién es? Don Luis de Mendoza. Aunque de vista, acudiendo a esta calle, le conozco, no sé dónde vive. A eso nos puede servir de algo siquiera el conocimiento de Isabel; y así, al descuido se lo pregunta. En efeto, no hay mal que por bien no venga. A obedecerte voy. Vase. ¡Cielos! ¿Félix, restado su honor y yo sabidora de ello y no tratar de enmendarlo? Eso no; que por mi mesmo pundonor debo acudirle. Tan vana sólo en aquesto que el tiempo, de desairado, presumo que le aborrezco. Y así, Félix, donde quiera que estás tu dolor sintiendo, alienta, vive y respira adivinando o sabiendo que está seguro tu honor, pues yo en mi poder le tengo. Vase. Salen don Félix y don Antonio. No hay consuelo para mí, don Antonio; ni ha de habelle viendo que aquel hombre, ¡ay triste!, cuando a salir se resuelve llega con vos a los brazos; y tanta fortuna tiene que, desasido de vos, de vos y de mí pudiese tomando la calle, ¡ay triste!, escapar tan velozmente que ni sé de él ni de aquella ingrata, tirana, aleve; ni qué deba hacer. Yo sí. Pues ¿qué aguardáis? Mirad, Félix: la primera instancia en casos tan ásperos como éste del acero es; la segunda, del consejo. Si la muerte le hubiérades dado anoche, desempeñarais valiente el dolor, mas no el honor, que es el que agora os compete desempeñar; que una cosa es que el fracaso me encuentre y otra que le busque yo; y así, lo que me parece es que el dolor tolerado en ambas instancias muestre que, andando restado en una, anduvo en otra prudente. Fuerza es que quién es se sepa. (¿Quién decírselo pudiese? Pero fiose de mí y fuerza es que Leonor fuese, claro está, de él a ampararse.) Y siendo –como se debe presumir de su dolor– en quien nada el lustre pierde, lo que os toca es tolerarlo, ya lo dije, cuerdamente. Poneros, Félix, de parte del dolor; y hasta que muestre el veneno su malicia, para que mejor recete su antídoto la cordura, no hacer novedad; no os eche nadie menos, ni repare en voz ni en semblante; aliente el corazón hacia afuera, aunque hacia dentro reviente, que los estremos de honrado tal vez lo ignorado advierten; y si aprovechan algunos, dañan infinitas veces. ¿Qué hiciérades sin dolor a estas horas? Me parece que de Ángela la calle pasara, porque tuviese su jurisdición el día, hasta que a la noche entre en otra jurisdición el alma. Pues aunque os pese, habéis de venir a ella. Porque se vea que tiene ganas de sanar mi honor, ningún remedio desprecie. Vamos; aunque es tan costoso como que de amor me acuerde y dél me olvide. No olvida quien se acuerda de que siente. Sale don Luis. (¿No me bastaban, fortuna, las confusiones crueles de no saber de Leonor, ni dónde ni cómo fuese, sino que añadirme quieras la de que Beatriz pretende hablarme? ¿Qué me querrá? Pero sea lo que fuere, puesto que el papel me dice seguro en su casa entre, veré qué me manda.) Oíd. ¿Don Luis no es aquél que viene hacia casa de Beatriz y aun en ella me parece que entra? ¿Qué intentáis hacer? ¿Qué queréis que hacer intente? Lo que hiciera sin dolor al ver que don Luis me ofende. ¿Don Luis os ofende? Sí. (¿Quién, cielos, haberle puede dicho que es él?) Ved... Quitad, pues vuestro consejo es éste. ¡Don Luis! ¡Don Luis! ¿Quién me llama? Yo os llamo. (¡Ay de mí! ¡Don Félix! Y demudado el semblante... Si don Antonio le hubiese dicho que soy yo el de anoche...) (Echada está ya la suerte con todo el resto a una mano.) ¿Qué mandáis? Saber qué tiene que hacer en aquesta casa don Luis, quien, ya que no ofrece clara palabra, la da a entender tácitamente de no entrar en ella. (Menos que yo presumí sucede.) (Bien se ve que don Antonio no le ha dicho que yo fuese; y bien, cuánto sobresalta cualquier vara al delincuente; y pues lo más nos mejora, no lo menos nos arriesgue.) La palabra que a uno di cumpliré (el valor se esfuerce); que si vengo aquí, no vengo porque ver a Ángela piense; y pues dar satisfaciones de cómo un hombre procede nunca puede ser desaire, Beatriz me llama por este papel. A ver a Beatriz vengo; y pues ella no tiene que daros pesar, ni yo por qué el decirlo recele –pues ni el secreto me obliga, ni el escrúpulo me vence–, tomad el papel y adiós. Vase y dale el papel. (¿Quien creerá que, si tuviese lugar el corazón donde nueva pena se alimente, se le añadiera ésta más de que Beatriz, ¡pena fuerte!, a don Luis escriba y llame?) ¿Cómo dice? Desta suerte. Lee. “Pues podéis, sin que mi tío os sirva de inconveniente, señor don Luis, os suplico vengáis al instante a verme, que me importa y os importa.” Don Antonio, aunque deseche en parte vuestro consejo, no tengo de hacer en este lance con dolor lo que sin él hiciera: que deje, perdonad, de obedeceros. ¿Cómo? Como si yo hubiese de obrar aquí, como obrara, entrara donde supiese que me ofende con Beatriz quien con Ángela me ofende. Mas no es bien que nuevo empeño hoy nuevo escándalo empiece; que una cosa es que yo arguya que la palabra me quiebre y otra que le informe (¡ay triste!) en duelos que el duelo aumenten. Vamos de aquí, que no quiero que algún delirio me fuerce a errarlo. Decís bien. Vamos. Sale Roque. ¿Es hora de que te encuentre? ¿Qué me quieres? De Beatriz, en casa dejaron este papel. ¿De Beatriz? Oíd, pues nada hay que a vos reserve. Lee. “Sin que esperéis ni la hora ni la reja, entrad a verme al anochecer; pues ya no es mi tío inconveniente.” Con unas mismas razones, poco o nada diferentes, a mí y a don Luis escribe; conque es forzoso que cese aquel primero motivo de reportarme prudente y vaya a saber qué es esto, supuesto que ya anochece. Adiós quedad. Vase. Id con Dios. Agora tras los dos entre adonde intente, escondido, estar a lo que sucede. Cumpla yo mi obligación y venga lo que viniere. Vase. Tras ellos es bien también que yo por testigo entre; y lo que viniere vaya. Vase. Salen don Luis, Beatriz y Juana con luz. A serviros, obediente vengo a ver qué me mandáis. Pon ahí esa luz y vete donde puedas avisarme si hacia aquí Ángela viniere. Vos esperadme a esta parte. (¡Ce, Leonor, ce!) Sale Leonor al paño. A Beatriz. (¿Qué me quieres?) A Leonor. (Que oigas y no te descubras.) A Beatriz. (En todo he de obedecerte.) (¿Qué prevención será ésta?) Señor don Luis, cuánto aleve es el hombre que a su amigo en sólo el gusto le ofende vos lo sabéis; y sabéis qué será en el honor. Este principio asentado, vamos a que, siéndolo don Félix vuestro y siéndolo Leonor mía, a entrambos nos compete, por él, por ella, por mí y por vos mismo, que enmiende el juicio lo que erró amor; y así, atended, que a ponerme de parte de la razón os llamo y que... Allí anda gente. En tanto que quién es miro, retiraos a ese retrete; que, si es quien sospecho, nada, ni aun con el tiempo, se pierde; pues lo que os dijera a vos, será lo que a él le dijere. Y así, ved que hablo con ambos. Escóndese don Luis. (¿Qué enigma, cielos, es éste?) Sale don Félix. (Sola está Beatriz. Pues ¿cómo, si don Luis llamado viene de ella, con ella no está? Mas no en discurrir me empeñe, ni en darme por entendido.) Perdona, Beatriz, si a verte, llamado de tu papel, no vine tan velozmente como quisieran mis ansias. (¿Llamado de Beatriz viene también don Félix? ¿Qué es esto?) (¿Qué es lo que Beatriz pretende que a mi hermano también llama?) ¿Qué mandas, pues, y qué quieres? Perdido el color, la voz torpe, el labio balbuciente, a todas partes mirando, ¿uno dices y otro sientes? ¿Qué miras? Nada. ¿Qué buscas? No sé. (Fuerza es que recele si sabe algo de que aquí Leonor está.) (El alma teme si es su cuidado pensar si le engaño y, al no verme con Beatriz, juzga que estoy con Ángela.) Porque no eches de ver en mí ni un cuidado ni otra nueva causa invente, no admires, Beatriz, que cuando el alborozo de verme llamado de ti debiera traerme a tus plantas alegre, triste me traiga un dolor. Mi hermana, ¡ah, tirana aleve! (si voy a mentir, ¿qué mucho que de su traición me acuerde?), a un accidente postrada queda en manos de la muerte y aun muerta para conmigo. (Nada en lo que finge miente; que es verdad: muriendo estoy.) (¿Qué escucho? ¡Cielos, valedme! Sin duda, donde ella fue a ampararse y socorrerse, él la halló; y para matarla más a su salvo, accidente va entablando que después mejor su venganza honeste.) Mucho de tan gran desgracia me pesa; pero consuele saber que de esos achaques se sana muy fácilmente, si se aplican los remedios a tiempo; y como uno llegue, la veréis mejor. No sé. Yo sí. ¿Cómo? Desta suerte. Hablemos, don Félix, claro; que aunque es la verdad, don Félix, que no se tratan achaques tan penosos como éste sin que empacho a quien los dice y a quien los escucha cuesten, con todo eso, cuando caen en quien más que tú lo siente no es desdoro; y antes es dicha que, doliendo, empiecen los remedios; que hay remedios que no sanan si no duelen. Males, pues, de amor, y honor –no el oírlo te avergüence; que en mí se ha quedado el rayo, aunque hasta ti el trueno llegue– son dos males tan contrarios que el alma que los padece, implicándose uno a otro, a sus mismas ansias muere. Y son dos males tan uno que, si a la cura obedecen y se contienen, el alma mejorada convalece. El remedio del amor es considerar que pende la inclinación de un influjo que domina, aunque no vence; el del honor, advertir que no hay venganza tan fuerte como no tomar venganza, si hay otro fin que lo enmiende. Conque, de parte de amor, a aquestas plantas, don Félix, te suplico por Leonor que el pasado enojo temples. Yerros dorados llamaron a sus yerros, mayormente cuando caen sobre sujeto que, si tú elegirle hubieses, no le eligieras más noble en los naturales bienes; en los bienes de fortuna, más rico, ilustre y decente. Siendo así, agora de parte de Leonor otra y mil veces a tus pies, Félix, te pido que mires, que consideres, que no hay quien se vengue como quedar bien sin que se vengue. Lo ruidoso de la sangre, por templado que se cuente, suena a agravio; pero cuando se le embaraza el que suene, por más que corra ruidoso, suena a queja solamente; y siendo así que de amor y honor las suaves, leves medicinas no te apliques y estar mejor te parece ofendido que quejoso y vengado que prudente (esto es que sepa don Luis que otro remedio no tiene), la que a tus plantas humilde, postrada y rendidamente llora, heroicamente altiva sabrá en tus manos ponerte a tu enemigo; porque, tras lo lenitivo, entre lo cáustico –fuego y sangre cautericen tus crueles ansias– y quedes mejor cuando con esto lo quedes. Dentro de mi casa está, de donde salir no puede; un caballo de mi tío en aquesa esquina tienes; prevenidas estas joyas que para tu fuga lleves; y esta pistola en mi mano, para que de ti no piensen que ventajoso reñiste; conque si él te diere muerte, se la daré en tu venganza; que aun muerto no quiero dejes de quedar siempre mejor. Mira a lo que te resuelves. Pero no, no te resuelvas, sino que otra vez te ruegue que acudas a lo mejor. De tu mismo honor te duele en ti y en Leonor, supuesto que cuando muerto a él le dejes y a tu casa vuelvas, ya podrá ser que a ella no encuentres. Pues ¿qué haréis? ¿Huir forzados ella y tú? ¿Será bien lleves tú contigo una desdicha y ella otra, cuando puedes, con no publicarla nunca, mejorarla para siempre? Yo te he pagado hasta aquí un afecto que me debes; y aun has de deberme otro, pues yo te ofrezco, don Félix, si te restauras tu honor, desde aqueste instante serte tercera de Ángela y... Basta, Beatriz. Las lágrimas cesen; que ellas y la acción te estimo como debo; y me convencen tus razones de manera que es fuerza que las acete. ¿Dasme esa palabra? Sí; siendo, como me prometes, noble. Mira si lo es. Saca a don Luis. Aunque pudiera ofenderme de una amistad ofendida, son tantos los intereses que con vos, don Luis, mejora, que nada hay de que me queje. No sé qué respuesta daros, sino es que los pies os bese a vos y a Beatriz, a quien tanto bien mi vida debe. Parezca, don Luis, Leonor; que a vos y a ella juntamente daré los brazos y el alma. Pues ¿cómo, si tú la tienes a ese accidente rendida, que en mí parezca pretendes? Yo no sé della. Tampoco yo. Yo sí. Bien salir puedes, Leonor. Humilde a tus plantas. dentro. ¡Hoy a mis manos, aleve, morirás! ¿Qué voz, ¡ay triste!, aquélla es? ¿Qué ruido es éste? Cuchilladas en tu casa son. Sale doña Ángela. ¿Sabrán decirme ustedes, qué hay por acá? Sale Roque. Don Antonio y yo a ver lo que os sucede estábamos a esa puerta cuando un hombre, al sentir gente, sacó la espada diciendo... dentro. ¡Hoy vengaré con tu muerte los agravios de mi casa! ¡Mi tío! ¡Desdicha fuerte! Salen acuchillándose don Antonio y don Alonso. ¡Teneos, señor don Alonso, que aquí ninguno os ofende! ¿Tan cerca estaba esa villa que tan aprisa te vuelves? ¡Todos me ofendéis y en todos me he de vengar! Señor, tente; que cuantos están aquí a sólo a servirte atienden. Leonor, sabiendo que estabas desde esta mañana ausente, a vernos vino esta tarde; su hermano, el señor don Félix, viendo que era ya de noche, para acompañarla viene por ella; y esos señores, por él. ¡Miente, señor, miente! Que Leonor no ha estado acá esta tarde; que no pienses que has de salirte esta vez con los engaños que sueles; que me ha reñido Isabel que celosa no me muestre y me he de mostrar celosa. ¿Celosa? ¿De quién? De éste; el primero que casarse conmigo, señor, pretende. Si casado con Leonor estoy, ¿cómo eso ser puede? Pues será destotro, que también aquí por mí viene. ¿Cómo, si yo de Beatriz esposo soy? Porque muestre que, entre ingenio y hermosura, el que pueda elegir debe, si para dama la hermosa, para mujer la prudente. Pues ello ha de ser alguno. Ya que no hay otro, sea éste. ¿De mí celosa? ¿De cuándo acá? De cuando ello fuere. Caballero, que Leonor a ver a Beatriz viniese; Félix, por su hermana; y que se case con Beatriz Félix, es creer lo que está bien; pero no que se sospeche que a vos os hallo en mi casa y que mi honor no remedie. Dadle a Ángela la mano. Y... ¿Qué mal estaros puede, si sois pobre y ella rica? Ahora bien, coma y reviente. Echad esa mano acá. Ahora bien, tomad. Como eche los escándalos de mí, mas que bien o mal se emplee. Conque dirá la comedia, aunque a don Antonio pese... ...que para dama, la hermosa; para mujer, la prudente.