El gran príncipe de Fez Don Baltasar De Loyola Comedia Famosa Personas que hablan en ella MULEY MAHOMET, príncipe de Fez EL REY, su padre MULEY, su hijo, niño pequeño ZARA, su esposa CIDE HAMET, viejo ABDALÁ, rey de Marruecos ALCUZCUZ, villano moro DON BALTASAR MANDAS, caballero de San Juan TURÍN, su criado DON PAULO LÁSCARIS, maestre de San Juan SOLDADOS Y MÚSICOS EL BUEN GENIO, de ángel EL MAL GENIO, de demonio LA VIRGEN LA RELIGIÓN SAN IGNACIO DE LOYOLA UN MORISCO ABRAHAM ISAAC UN ÁNGEL Jornada Primera Dentro cajas y trompetas. Y abriéndose una tienda de campaña se verá en ella el Príncipe, vestido a lo moro, leyendo en un libro sobre un bufete en que habrá aderezo de escribir con luces y algunos instrumentos matemáticos, como son astrologías, globos y esferas; y a su lado, Cide Hamet, viejo. dentro Alto y pase la palabra. Déjame solo, que quiero discurrir conmigo un rato. Advierte, señor… Ya advierto. Mi maestro eres y no sabes responder a mi argumento, y así, he de ver si yo a mí me respondo. Mucho temo que este entendimiento tuyo te quite el entendimiento. Vase. En tanto que el numeroso ejército en el silencio de la noche de las marchas cobra el fatigado aliento para saludar mañana los altos montes soberbios que verdes vallas de riscos son entre Fez y Marruecos en venganza –o en castigo, diré mejor– del pretexto con que Marruecos a Fez intenta negar el feudo que hereditario han gozado casi inmemoriales tiempos por timbre de su corona los blasones de su reino; en tanto, digo otra vez, que, guardándoles el sueño avanzadas centinelas, en zozobrado sosiego descansan muchos dormidos en fe de pocos despiertos, yo, que general del Rey, mi padre, a quien obedezco, bien que contra mi dictamen, por inclinarme mi genio más a la paz del estudio que de la guerra al estruendo, acudiendo en una parte a la ley de su precepto, cuanto a las armadas huestes que en nombre suyo gobierno, y en otra a la inclinación a que me llama mi afecto, cuanto a mostrar que no embotan a las plumas los aceros, hurtándole a mi descanso horas en tanto desvelo, he de ver si, sin faltar al encargado manejo de las armas, acudir también a las letras puedo, en prueba de que no implican amigos, valor y ingenio. Pero ¿qué mucho que viva a estas vigilias atento, si una máxima, si un dogma que en el Alcorán encuentro, siempre que le leo, me hace tan gran fuerza que ni duermo, ni sosiego, ni descanso el rato que no le entiendo? Y así, dejando otros artes de quien contra el ocio suelo usar, por ser el inútil vicio que más aborrezco, como son las siempre doctas matemáticas, siguiendo a ellas la curiosidad de varias lenguas, intento hoy en más alta lección ocupar el pensamiento, corrido de que no halle en el arábigo texto del gran profeta de Alá un raro sentido, siendo así que hasta hoy no se ha hallado morabito tan experto que en su inteligencia no me dé el lauro, conociendo que en la ley fuera, a no ser yo su príncipe, el maestro. Cide Hamet lo diga, pues lo es y cada día le venzo. Lee en el libro. «Del imperio de Satán –dice– solamente fueron María y el hijo suyo tan divinamente exentos que no pagaron el grande tributo del universo». Dos razones de dudar ofuscan mi entendimiento siempre –ya lo dije antes– que a esta proposición llego, corrido –también lo dije– de que no la comprehendo. La primera es no saber qué tributo le debemos al imperio de Satán todos, pues debiera cuerdo el Profeta, para dar a la razón fundamento, asentar qué imperio es este y qué tributo, primero que llegar a la exención de los dos, pues, no sabiendo qué imperio es, ¿qué prueba que haya quien se libre del imperio? Y cuando por asentado principio omitiese el texto que a Satán debemos todos pagar tributo –ahora entro en la segunda razón de dudar–, ¿qué ley, qué fuero libró a esta María y su hijo y qué hijo y María son estos? Que, aunque es verdad que no ignoro que los cristianos tuvieron a Cristo, hijo de María, por su profeta, no creo ni creeré, mientras que no me lo diga algún portento, que son ellos de quien habla nuestra Escritura, supuesto que no había de dar más lustres a su profeta que al nuestro. Y así, dejo en una parte el no pensar que sean ellos y en otra por asentado principio el tributo dejo, y voy a excepción en que desta manera argumento: si se pudieron librar Hijo y Madre, sería cierto ser en virtud de poder o en virtud de privilegio. Si de poder, ¿quién podía tenerle contra el infierno que no fuese Alá? Y si fue de privilegio, es lo mesmo, pues solo pudiera darle quien pudo tenerle. Luego sólo Alá, y quien Alá quiso, tendrá igual predicamento. Ser Alá no puede ser sin gran repugnancia, puesto que Alá es Dios, y Dios es ente en sí y por sí de sí mesmo; y quien dijo «Madre y Hijo», dijo humano nacimiento, con que en la porción de humano sólo cabe ser exento, puesto que en la de divino bien claro se estaba el serlo. En llegando a esta razón de que haya de dar supuesto que como divino pueda romper de Satán los fueros y como humano gozar el triunfo del rompimiento, divino a un tiempo y humano, tan rendido me confieso a la duda que, por no darla de mí el rendimiento, que el sueño sea, y no ella, quien me venza le agradezco. A ti, ¡oh, imagen de la muerte!, como sólo en quien espero la solución de mis dudas, mis sentidos encomiendo. Quédase dormido, y salen luchando el Buen Genio, con alusión, en su vestido, de ángel, y el Mal Genio en el suyo de demonio. ¿Dónde vas? ¿Dónde he de ir, si soy el réprobo genio que, con permisión de Dios, el albedrío previerto de ese príncipe africano cuando rendido le veo más al sueño que a la duda, investigando misterios en que va tanto a mis iras no entre en su conocimiento, sino a infundirle ilusiones que entre la duda y el sueño le impidan el discurrirlos, cuanto más el comprenderlos? Con tu misma razón, contra tu misma razón intento detenerte el paso, pues, el genio elegido siendo yo de Dios, que en su albedrío también la inspiración tengo –que Dios aun a los infieles no les niega ángeles buenos–, me toca que no confundas con fantásticos objetos de sus morales virtudes los iluminados lejos. Ya sé que igualmente asiste Dios al fiel y al infiel, pero, aunque lo sé y sé también que al más bárbaro, al más ciego, a quien no llegó la clara luz de su conocimiento, no le queda a deber nada, pues, como se adorne cuerdo de las virtudes morales, a ley natural atento, aun de morales virtudes le da temporales premios, ya en vitorias, ya en riquezas, ya en dignidades, ya en puestos, ya en salud, ya en larga vida, ya, en fin, en otros aumentos; con todo, no has de negarme hoy la acción que contra él tengo, pues réproba seta sigue y está en su aborrecimiento según presente justicia. Es verdad, mas no por eso he de perder la esperanza que de sus mejoras tengo; porque, siendo, como es, aquese heroico mancebo tan nada entregado al ocio, tan todo dado al desvelo, tan afecto a la justicia, a la piedad tan afecto, tan templado en los enojos, tan humilde en los obsequios, tan de la verdad amigo, tan a la mentira opuesto, tan prudente, tan afable, tan liberal, tan modesto y, en fin, tan contrario a cuanto turba el natural derecho, bien fío que ha de ilustrarle Dios, por especial decreto, tanto en bienes temporales que pasen a ser eternos. Antes que de tanta causa llegues a ver el efecto, yo le sabré prevertir con tal desvanecimiento que, olvidado del estudio, no ande acaudalando medios para otras felicidades, a cuyo fin, pues que tengo ya inspirado al valeroso Abdalá, rey de Marruecos, que al opósito le salga, lograré que de su encuentro el triunfo le desvanezca para que en su vencimiento tengan premio esas virtudes temporal, sin que su celo a que sea eterno aspire. Ve, que yo a ese mismo tiempo –representando los dos de su buen genio y mal genio exteriormente la lid que arde interior en su pecho– zozobraré tus aplausos y turbaré tus trofeos, sacando de sus azares sobrenatural acuerdo que a la primer causa acuda. Pues toca al arma, que presto verás de la competencia nuestra el fin, a Abdalá oyendo y a sus gentes, bien que agora sólo en lejanos acentos: A una parte, dentro cajas y voces muy bajas, como que se oyen a lo lejos. ¡Muera el príncipe de Fez y viva el rey de Marruecos! También oirás tú de estotra parte, a fin de mis intentos: A otra parte, atabalillos y chirimías y voces altas. dentro ¡Viva nuestra invicta reina y viva el príncipe nuestro! Pues al arma,… Pues al arma,… …y vea el mundo… …y mire el cielo… …su interior y exterior lid, unos y otros repitiendo: dentro ¡Muera el príncipe de Fez y viva el rey de Marruecos! dentro ¡Viva nuestra invicta reina y viva el príncipe nuestro! Vanse los dos y despierta el Príncipe como despavorido. ¡Qué breve instante el descanso se me permitió! ¿Qué es esto? ¿Qué nuevo rumor de armas, de salvas qué rumor nuevo, al primer albor del día nombres y sombras rompiendo, sobre que dormido vea, quieren que sueñe despierto? Si era arma, ¿cómo no hace mi gente más movimiento, dando a entender que yo sólo debo de escucharla al viento? Y si alegre salva, ¿cómo no hay quien me diga a qué efecto? ¡Hola! ¿Nadie me responde? Las chirimías y atabalillos. dentro Ninguno llegue primero que yo a ganar las albricias. Sale todo el acompañamiento que pueda y detrás Zara con espada, plumas y bengala, y Muley, niño, con bengala y espada. Hermosa Zara, ¿qué es esto? No desdeñes con la duda, dulce esposo, amado dueño, la fineza, pues no puede ser sino el rendido afecto de haber para tanta ausencia faltado ya el sufrimiento. Y siendo así, tú lo sabes, que en las guerras que tuvieron de Túnez las rebeladas islas con mi padre fueron, en los primeros albores de mis anuncios primeros, las trompetas mis arrullos y las cajas mis gorjeos, tanto que, muerto mi padre y mi hermano infante tierno, hubo de estribar en mí de tanto escándalo el peso sin que agobiase mi espalda, sin que doblase mi cuello, ni el tesón de sus violencias ni de sus sañas el riesgo hasta poner a mi hermano en posesión de su reino, ¿cómo puedes ignorar que aquel heredado aliento en que nací y me crié, alimentándome al fuego de los cañones a rayos y de la pólvora a truenos, sea quien me facilite venir en tu seguimiento? Y así, viendo que tu padre las levas que quedó haciendo para reclutar tus tropas y para doblar tus tercios había de encomendarlas a cabo cuyo denuedo te acompañase en la lid, te asistiese en el consejo, ¿quién como yo?, le propuse. Y añadiendo el llanto al ruego, a repetidas instancias de mi amor, lo otorgó; pero ¿qué mujer entró llorando que no saliese venciendo? Con que a rehacer tus escuadras, a guarnecer tus pertrechos y, en fin, a morir contigo, soy yo, Mahomet, la que vengo, trayéndote, por que veas cuánto tus huestes aliento, a Muley Mahomet que, hijo tuyo y mío, sea espero nuevo Scandarbec de Europa, de Asia Saladino nuevo, cuyas tremoladas plumas, imitándote en los hechos como en el nombre te imita, remonten su altivo vuelo hasta desplumar las alas del águila del imperio. Cuanto mi madre de mí se promete, te prometo cumplirlo yo, y más agora que humilde tu mano beso por que el aliento del labio dé al corazón más aliento. Bien pensarás, bella Zara, que a tan noble airoso estremo de amor, no menos airoso y noble agradecimiento deba responder. Pues no, que aunque es verdad que agradezco la fineza, en ella nada es, Zara, lo que te debo. ¿Nada me debes? No. ¿Cómo? Oye, si quieres saberlo. Tan como esposo te estimo, tan como amante te quiero y tan como amante esposo te idolatro que sospecho que desde moro a gentil apóstata mi deseo hoy pasa, adorando a Palas en la hermosura de Venus. Testigo desta verdad la ley sea, pues, teniendo de ella permisión –¿quién duda que sería al justo efecto de que nuestra religión siempre fuese en más aumento?– para admitir más esposas que una, ni aun el pensamiento se atrevió a hacerte ese agravio, disonándome el que siendo un contrato natural el del primer casamiento, se ofenda con el segundo; porque, ¿cómo esperar puedo honesta fe de una esposa que ve, al entregarme entero todo un corazón, que yo se le pago con el medio? ¿Ni cómo puedo tampoco, traidoramente grosero, sin que sea estelionato de amor, a segundo dueño dar lo que al primero di, y más cuando en el primero tan bien hallado está amor, tan ufano y tan contento como el mío, que a otro bien, a otro cariño, a otro empleo no aspira? Mira si dije bien en que nada te debo, pues quien lo que debe paga, queda de la deuda absuelto. Con dos razones la fina cortesanía agradezco: una, el desengaño, y otra, que, siéndolo, llegue presto; porque ya desconfiada del no merecido ceño en que nada me debías, estaba entre mí diciendo… dentro ¡Viva Abdalá, y Mahomet muera! Miente el alevoso acento que creyó que tal decía. No hagas del acaso agüero. ¿Cómo no, si al escucharle absorta y confusa tiemblo? Las cajas. dentro ¡Arma, arma! ¡Guerra, guerra! Agora no es devaneo, supuesto que lo oyen todos. ¡Ah de la guardia! ¿Qué es eso? Sale Cide Hamet, morabito viejo, con Alcuzcuz, vestido ridículamente de moro villano. Las centinelas, señor, que avanzadas en los puestos están de las avenidas a lo largo han descubierto armadas tropas de infantes y caballos. Sólo aquesto supe hasta aquí, pero, en tanto que batidores, que fueron a tomar voz, informados vuelven, por no perder tiempo te traigo aqueste villano que viene del monte huyendo, de quien podrás informarte; que, aunque rústico y grosero, morillo al fin, baharí en traje y lengua, con todo eso te dirá lo que en él vio. ¿Qué querer decir aquelio de baril morilio? Habladle ben; que mal por mal, ser menos mé estar morilio baril que estar vos morazo vejo. Mirad cómo habláis, que estáis en presencia del supremo príncipe de Fez, Muley Mahomet. A decir volvedlo, que ser mocha algorobía para aprendida tan presto. ¿Quién decir? Muley Mahomet, príncipe de Fez. Si un miedo traer hasta aquí, ya son dos. Llegad y no temáis. Eso conmego cabado estar, ma no cabado conmego. ¿Cómo? Como mé querer liegar e no liegar vendo que no saber cómo habladle con debido catamento a sinior Mulo Mahoma, prencipio de Pez. Hace que se va. Teneos y cobraos. Mal poder cobrarme, si no me presto. ¿Cómo os llamáis? Alcuzcuz. ¿De dónde sois? De ese puebro que entre Berruecos y Pez no ser Pez ni ser Berruecos. ¿Dónde íbades? Por lenia. ¿De quién huís? Oír atento. Me jomento e me mojer de semana –ya saberlo que a mojeres por semanas servir a marido– hazendo un haz de lenia estar, cuando oír en repentidos ecos el tan tan de los tabalos y el tun tun de los trompetos. Volver el ojos e ver por todos los vericuetos de esotro parto del monte tantos de los cabalieros e tantos de los infantos; y delantándose de ellos unos trompas. Ver tambén que ir o matando o prendendo otros leniadores. Mé, que mirar peligro cerco, jomento e mojer dejar y escorrir. Y pus que liego a pes de sonior Principio de Pez, que mandar le ruego volver jomento e mojer. E si es mocho pedirle esto, la mojer les perdonar como volver el jomento; que él ser solo y elia no, que otras tres o cuatro tengo. dentro ¡Arma, arma! ¡Guerra, guerra! Ya los batidores nuestros, trabada la escaramuza, La caja. obligados del exceso, vuelven tomando la carga. Pues salgan a socorrerlos las compañías de guardia, mientras que con todo el grueso yo al opósito les salgo. Tú, Zara, en tanto que vuelvo a tus ojos victorioso, con Muley espera, haciendo retén la gente que traes para que en cualquier suceso la retirada asegure. ¡Toca al arma! Vanse y tocan cajas. ¿Cómo es eso de que yo me quede, cuando tú te empeñas? ¿A qué vengo si no a vencer o morir contigo? En mi seguimiento vengan mis tropas, quedando dos compañías a efecto de hacer escolta a Muley, a quien en la tienda dejo con orden de que no salga de ella. ¡Toca al arma! Vase. Las cajas. Viendo que tú no guardas el orden de mi padre, ya no debo guardar yo el tuyo. Un caballo me dad; que disculpa tengo, no obedeciendo a mi padre ni a mi madre obedeciendo, que de mi padre seguí y de mi madre el ejemplo. Vase. ¡Arma, arma! ¡Guerra, guerra! Fíngese dentro la batalla, sonando siempre las cajas y trompetas. dentro ¡Viva Fez! dentro ¡Viva Marruecos! ¡Bono andar el caramuza! ¿Qué tocarle a Alcozcuz? Pero a Alcozcuz, que a degeridos oler a estas horas penso, ¿qué tocar, sino escondido estar, hasta ver soceso? Que Alá mejorar el horas; ben que en sus mejoras temo que el mojer parecerá, o no pacerá el jomento. Vase. ¡Arma, arma! ¡Guerra, guerra! Cajas y trompetas, y salen los dos genios, cada uno por su parte. A poder tú estar contento, ¡oh, qué contento estarías al ver cuánto en ese encuentro se declara la fortuna por Muley Mahomet! Es cierto, pues con aqueso le pago, como dijimos primero, Las cajas. de sus morales virtudes el merecido talento, sin que a mejor premio aspire. No lo imagines, que esto podrá ser, mudado el trance. ¿Qué? Que algún mortal acuerdo le llame a la primer causa. ¿Cómo? Así. Disparan dentro, y dice en lo alto el Príncipe los primeros versos; viene cayendo en los últimos, como despeñado. ¡Valedme, cielos! En la colina de donde estaba distribuyendo las órdenes, desmandada bala el caballo le ha muerto. Y despeñado de estotra parte del monte, cayendo viene. ¡Bien le favoreces, si es muerto Muley! No es muerto. ¿Adónde vas? A ampararle, pues a mi cargo le tengo. Por que no te deba a ti la vida, a mi pesar llego también yo. Con estos versos viene cayendo a un tiempo a dar en brazos de los dos. Cruel fortuna, feliz e infeliz a un tiempo, ¿cómo me das tan iguales ansias y dicha? ¿Qué es esto? Representa sin verlos. Dar tu mal genio las dichas. Y las ansias tu buen genio. Parece que respondido me hallo, mas de quién no veo. Las cajas. dentro Pues su caudillo les falta, ¡a ellos, soldados! dentro ¡A ellos! Esto es peor, que Abdalá, alentado en mi despeño, creyendo que muerto caigo, vuelve a embestir más soberbio y mi gente, desmayada, se pone en fuga diciendo: dentro Soldados, a retirar, pues falta el príncipe nuestro. dentro ¿Qué es retirar por su falta? Debéis seguirme, pues quedo, en venganza de su vida, yo heredera de su esfuerzo. ¡La voz de Zara es aquella! ¿Y cómo, ¡ay, infeliz!, puedo dejar en defensa suya de dar la vida? dentro ¿Qué es esto, soldados? ¿Así dejáis a vuestro príncipe en medio de tanta enemiga hueste? Mas, ¡ay de mí!, ¿qué es aquello? ¿No es la voz de Muley? Sí, y él el que osado y resuelto se atreve a morir matando. ¿Cómo a ampararte no llego, matando y muriendo yo? dentro ¡Aquí, soldados! Mas, ¡cielos! ¿Cómo he de dejar a Zara? A ella acudiré primero, que es la mitad de mi vida. dentro ¡Soldados, aquí! ¿Qué intento? Que él es la mitad del alma. dentro ¡Ay de mí! Ya, Zara, vuelvo a ti. dentro ¡Ay de mí! Y a ti y todo… Pero en vano lo pretendo, que a uno ni otra permite que pueda acudir lo espeso de tanta intrincada breña. ¿Quién se vio tirado acero de dos tan fuertes imanes que, por ir a ambos, suspenso se esté, sin ir a ninguno? La caja siempre. Y pues del imán me acuerdo, trayéndome a la memoria la ambigüedad deste empeño el sepulcro de mi grande Profeta, que está en el viento fijo, en fe de su atractiva violencia, para él apelo. Grande profeta de Alá, Alégrase el Mal Genio y el Bueno se entristece. solemnemente te ofrezco y con voto revalido a Meca, tu antiguo templo, ir en peregrinación si la maraña rompiendo destos montes los socorro. Vase. La caja, y batalla dentro. dentro ¡Arma, arma! ¡Guerra, guerra! dentro ¡A ellos, soldados! dentro ¡A ellos! Mira a qué buena primera causa le lleva el empleo de tus ansias, pues el voto a su mal profeta ha hecho. Aunque es religión errada, ya es religión por lo menos que de su Buen Genio da indicios, mostrando en eso la piedad de su engañado corazón, pero dispuesto para más perfectos votos. Cajas. ¿Cuándo han de ser más perfectos? Eso sólo Dios lo sabe. Pues quede el trance suspenso agora de la batalla, que, con verle vivo, ha vuelto a encenderse más sañuda. Norabuena, y sea diciendo unos y otros hasta que más claro lo diga el tiempo: dentro ¡Arma, arma! ¡Guerra, guerra! ¡Viva Fez! ¡Viva Marruecos! Vanse. Sale don Baltasar Mandas con la gran cruz de San Juan, bastón y banda, y Turín, soldado. No te canses, que no has de ir. Eso es, juro a Dios, querer deslucir y deshacer mi opinión. ¿Qué ha de decir Malta de mí, si me ve –¡pesar de quien me engendró!– quedar en su corte y no ir contigo cuando en fe de tu sangre y tu opinión hoy el gran Maestre fía las costas de Berbería y honor de la religión, sino que debo de ser algún mandria y que temblando me quedo de miedo, cuando sabes tú, u debes saber, que en todas las ocasiones que te has, ¡voto a Dios!, hallado, siempre me has visto a tu lado cumplir mis obligaciones? Que siempre osado anduviste y valiente, Turín, yo lo confesaré; mas no confesaré que cumpliste tus obligaciones. Pues ¿en qué falta me has hallado? En que nunca es buen soldado quien buen cristiano no es. Si cuanto en tus labios noto es maldición cada aliento, cada voz un juramento y cada palabra un voto; si cuando te he menester, y no es cárcel donde llego a hallarte, es casa de juego u de perdida mujer; si en mi vida no te vi rosario ni devoción, de ti ¿qué satisfación tener puedo? Y siendo así que por haberte traído de la patria he tolerado, con verte mal inclinado, el no haberte despedido, por el prudente temor que amenaza tu despeño, pues quien es malo con dueño, sin dueño será peor, será bien, pues que conmigo no has de ir, que te resuelvas y que a Saboya te vuelvas, porque en la empresa que sigo –que es dar vista a las riberas, en corso, de Berbería, donde el gran Maestre me envía general de seis galeras y donde, aunque es justo el celo, no hay seguridad alguna, porque trances de fortuna corren a cuenta del cielo– de ti no son miedos vanos pensar contra sus decoros qué hará un cristiano entre moros, que aun es moro entre cristianos. Cuando de los dos, señor, se haga comedia, será el título que tendrá ”El amo predicador”. ¡Cuerpo de Cristo! ¿Por qué eso has de temer de mí, si toda mi vida oí que el que bien jura bien cree? Y cuando lo temas, di, ¿qué buena piedad será, por que no reniegue allá, querer que reniegue aquí? Que a ratos perdidos juego, es verdad; mas ¿te ha faltado algo que haya yo jugado? Y si a esotros cargos llego de haber sacado la espada y estado preso, ¿has oído pendencia que no haya sido bien reñida? Si me agrada esta o aquella mujer, ¿es más visitar a alguna, de tejas abajo, que una pesadumbre de placer? Y, en fin, propuesta la enmienda de que desde hoy seré menos malo y que pondré a todos mis vicios rienda, llévame, por Dios, contigo, y si mejoras no ves, podrás enviarme después. O advierte, si no consigo el ir como tu criado, que soldado sentaré plaza, o algún algo haré con que vaya por forzado, porque apartarnos los dos yo a la tierra y tú a la mar, no ha de ser. Y sin jurar, no has de ir sin mí, ¡voto a Dios! ¡Buen modo de enmienda es ese! La lisonja fue no más. Si la palabra me das… Pero la plática cese, que sale el gran Maestre. Sale don Paulo Láscaris con la gran cruz y acompañamiento de caballeros y soldados. Ya que la escuadra prevenida, tripulada y guarnecida de gente y de chusma está, no hay que esperar, Baltasar; y más cuando de esa sierra encrespan vientos de tierra blandas espumas al mar. Los avisos que he tenido son que Túnez armar trata a Alamí, el mayor pirata que estos mares han tenido. En su busca vais, y espero que ponga a su orgullo espanto vuestro valor y el de tanto religioso caballero como os acompaña. Muestre vuestro espíritu gallardo que sois, Mandas, saboyardo, y es saboyardo el Maestre que esta caravana os fía. Volved, pues, por la opinión, junto de la religión, de vuestra patria y la mía. Si en favor tan singular, señor, mis dichas entablo, como el de don fray Juan Pablo Láscaris y Castellar, maestre, cuando a dar vaya muchas vidas que tuviera, aun fueran pocas. Tercera vez es esta que esa playa general suyo me ve; y aunque en las dos he tenido la dicha de haber venido con reputación, no sé qué me dice el corazón, que astrólogo suele ser, de que en esta he de volver aun con más reputación. Sola una cosa podrá hacer no suceda así. ¡Oh, Turín! ¿Qué es? Que a mí no quiere llevarme allá. Pues ¿en qué le has enojado? Sólo en reñir, en jugar, enamorar y jurar; que otra falta no me ha hallado. ¡Qué virtud! Pues lisonjero el mar no hay ola que mueva, ¡a zarpar! ¡Pieza de leva dispare! Venid, que quiero veros embarcar. Los cielos vida, gran señor, os den. Y a vos os traigan con bien. ¿Y en qué paran mis recelos? ¿Hay indulto o hay ultraje? En que a ver la enmienda pruebe. Me huelgo. ¡El diablo me lleve! Vanse. dentro ¡Buen viaje! ¡Buen viaje! En una parte música y en otra cajas y trompetas; y salen luego el Rey, el Príncipe, Muley y Zara, Abdalá y otros. ¡Viva el gran Mahomet! ¡Viva! Y por sabio y valiente… Y por sabio y valiente… …ciñan su augusta frente… …ciñan su augusta frente… …sacro laurel, pacífica la oliva. …sacro laurel, pacífica la oliva. ¡Viva el gran Mahomet! ¡Viva! Ya que en aquesta quinta que bosqueja el abril y el mayo pinta, adelantando gozos, al camino salirle a recibir mi amor previno, mientras Fez en triunfal carro le vea digno a sus hechos, vuestra salve sea, la militar mezclando y la festiva, quien diga a voces: ¡Viva Mahomet! ¡Viva! Caja y música. Ya que, según su aviso, de la quinta diviso la siempre verde esfera donde mi padre recibirme espera, la aclamación festiva no sea a mí, sí a Zara. Caja y música. ¡Zara viva! ¡Viva la bella esposa… ¡Viva la bella esposa… …que valiente y hermosa,… …que valiente y hermosa,… …de ambos estremos se corona altiva! Bien suena el «¡viva Zara!». ¡Zara viva! No a mí sola tampoco deis la gloria, pues también de Muley es la victoria. ¡Viva el hermoso infante… ¡Viva el hermoso infante… …que no menos triunfante… …que no menos triunfante… …es bien que nuestras ansias le reciban! ¡Viva Muley! ¡Y Zara y Mahomet vivan! Dame, Mahomet, los brazos. Valos abrazando como los va nombrando. Tú, bellísima Zara, llega también; y vos, ¡oh, prenda cara!, pues sois el nudo que con dulces lazos une un amor que estriba en dos pedazos, llegad, llegad al pecho; que, aunque parezca que es palacio estrecho para tres voluntades, llenan, pero no ocupan, las verdades y lo son las de amor tan verdadero que, dividido en tres, se queda entero. Hasta besar, señor, tu invicta planta,… Hasta volver triunfante yo a tus ojos,… También yo, hasta ofrecerte mis despojos,… …de tanto triunfo… …de vitoria tanta… …de tan alto trofeo… …logré la dicha, pero no el deseo. (¿Quién no creerá que al ver tan común gozo mi desdicha se aumenta a su alborozo? Pues no, que mi desdicha aun es para callada más que dicha). Abdalá es el que miras prisionero, cuyo valiente espíritu guerrero, cediéndole el valor a la fortuna, llega a tus pies. Donde, si tuve alguna queja del hado, ya la he remitido; que de tal vencedor ser el vencido trae el dolor en traje de consuelo. ¿Qué es lo que hacéis? Alzad, alzad del suelo y ocupad de mi lado el superior lugar; que nunca el hado pasar debe el desdén de la persona al sagrado esplendor de la corona. Y ya que tanto huésped generoso el efecto me dice venturoso del trance de la lid, saber quisiera de qué manera fue. Desta manera, que, aunque ya mucho de ello habrás oído de populares voces que el vulgo suele adelantar veloces, menos defecto ha sido que noticias que quedan empezadas prosigan repetidas, que ignoradas. En ese monte que es de Fez y Marruecos raya restauraban tus soldados las fatigas de la marcha, cuando Zara de recluta llegó –baste decir Zara para que a decir no vuelva que vi a Venus viendo a Palas–. Apenas, pues, nos dio vista, cuando a su festiva salva sucedieron los estruendos de las trompetas y cajas de Abdalá, que, valeroso en mi opósito, con gana de reducir nuestro duelo al trance de una batalla valiente se opuso. Dejo que, de la guerra galana trabada la escaramuza, bien como cuando levanta poca chispa mucho incendio, poco soplo gran borrasca, fuimos empleando tropas, fuimos empeñando escuadras, hasta venir a entablar todo el resto de las armas. A los principios, rompida la frente de su vanguardia, iba a cantar la victoria, cuando, de la ardiente aljaba del arco de la fortuna vibrada flecha, una bala dejó mi caballo muerto de suerte que de la alta colina del monte al centro me arrojó no sé en qué alas, pues, cuando del precipicio el golpe temí, jurara que me recibía la tierra amorosamente blanda. El pavor de mi caída tanto a mi gente desmaya y tanto a la suya alienta que, trocadas las balanzas, el fiel, de infiel peso, hizo que una suba y que otra caiga. Mal reparado del susto, mi gente vi desmandada y puesta en fuga, sin que tanto horror, confusión tanta perturbase mis oídos para que a ellos no llegara la voz de Zara diciendo: ¡Traidora, infame canalla! ¿Qué es retirar, ni qué es haber pasado palabra de que tu príncipe es muerto, si antes, ahora con más causa, debes lidiar, pues es más lustre, más honor, más fama, hasta aquí por el blasón, desde aquí por la venganza? Dijo, y de pocos seguida, cuando de muchos sitiada, se empeñó en los enemigos. Subir intenté a ampararla, a pesar de lo intrincado de breñas, troncos y zarzas que el paso me impedían, cuando con igual brío, igual saña, Muley, en igual peligro, de la otra parte en la falda del monte repetía: ¿Así, vasallos, se desampara a vuestro príncipe en medio de tanta hueste contraria? Yo en dos partes dividido, queriendo acudir a entrambas, sólo con que entrambas viesen que moría en su demanda, por en medio de las dos, venciendo de la montaña el ceño, intenté subir; mas su aspereza era tanta que, a no proveer el cielo de ese villano que estaba, de miedo de tanto asombro, escondido entre unas ramas, que me dijese: Sonior, si querer sobir, mis prantas seguir; que mé saber senda por donde a la cumbre salgas. Sin él delante de mí fuera imposible llegara a la eminencia; fineza que, para haber de pagarla, quise que venga conmigo. Hasta aquí pudo la fama haberte dicho; oye agora. Apenas, pues, de la alta cumbre mi gente me vio blandir de la cimitarra la cuchilla, persuadiendo más la acción que las palabras, cuando el común alborozo de verme vivo levanta tal alarido en mi gente que volvió desesperada a cobrarse, a tiempo que la de Abdalá, confiada en ser suya la vitoria, al pillaje se desmanda. Desordenado él y yo recobrado –¡oh, qué bien llama el gentil a la fortuna deidad de los hombres varia!– pude, partiendo los dos estremos que me arrastraban iguales, hacer en medio de ellos tan grande matanza que, acudiendo a su socorro, dejaron desmanteladas de ambos costados las fuerzas, con que pudo de uno Zara y de otro Muley poner en tal estrecho las guardias de Abdalá que prisionero, como ves, llega a tus plantas. Pero, aunque ruinas y triunfos tan de estremo a estremo pasan que desde un instante a otro llora uno lo que otro canta, no en sus términos dejemos el trance; que no hay humana acción en que la divina más absoluta no manda. Dígalo el que en el conflito de estar tan aventuradas las dos vidas –¿quién vio nunca hecha mitades un alma?–, a nuestro grande Profeta ofrecí, si me ayudaba en defensa de una y otra, de su sepulcro a la casa ir en peregrinación, donde en sus piadosas aras sea una lámpara de oro ardiente mudo epigrama que jeroglífico diga, cuando a sus cenizas arda: «Mahomet, príncipe de Fez, esta memoria consagra por su hijo en el metal y por su esposa en la llama». Y así, pues queda Abdalá donde te suplico hagas con él capitulaciones tan benignamente gratas que parezca más que está en su patria que en tu patria –porque esto de usar, señor, de superiores ventajas, si en el opuesto es blasón, en el rendido es infamia–, dame licencia de que, sin que en mi obligación haya mora o pereza, a cumplir el voto al punto me parta, tomando desde aquí a Túnez, pues en otros puertos faltan por agora embarcaciones, por tierra de mis jornadas el itinerario, donde Jacimé, hermano de Zara, desde allí la embarcación me asegure en confianza de que Alamí me convoye, bien como mayor pirata que de Grecia a Berbería ha estremecido las playas del Adriático, a pesar de todo el poder de Malta. Cumplir, Mahomet, la promesa justo es, pero no con tanta prisa que antes no repares fatigas que en la campaña has tolerado, ya al sol del agosto, ya a la escarcha del diciembre. Fuera error; que fatigas continuadas no hacen novedad. Y si hoy el ocio las pone en pausa, el descanso de hoy quizá será pereza mañana. Y para que no lo sea… ¡Cide Hamet! ¿Qué es lo que mandas? Que mi partida dispongas luego al punto. Vase Cide Hamet. Si ser paga de me servicio el me hacer tu creado, que aliá vaya me has de pormetir, porque tener mochísima gana de ver a sonior Mahoma, por si otorgar un demanda que mé tener que pedirle. ¿Qué es? Me mojer tener habla. Me jomento ser un bestia, no saber hablar palabra. Y pos elia pregontando y él no volver podrá a casa, dejar que mojer se venga y que jomento me traiga. Di a Cide Hamet que conmigo a Meca has de ir. ¡Cosa santa! Mojer, mé ir a Meca mientras tú de Ceca en Meca t’andas. Vase. Ya que de tu padre el ruego no te mueve, el mío me valga. Morabitos doctos tiene la ley, pretextos no faltan con que a mayor recompensa conmutes el voto. ¡Ay, Zara! Que no hay morabito docto, pues ninguno me declara de nuestro Alcorán un dogma tras cuyo sentido vaga la imaginación. Mas esto no es de aquí. Otra cosa haga por mí tu amor, que ni es ir ni quedar. Espera hasta solamente ver el triunfo con que la corte te aguarda, porque dicen que está llena de arcos, músicas y danzas. ¡Que, como niño, la simple sencillez de tu ignorancia quiere que una vanidad más que una devoción valga! Sólo por huir de ella, hiciera la ausencia. Sale Cide. Pues ya te aguarda la gente que va contigo puesta a caballo. ¿Con tanta prisa ha de ser la partida que aun una hora no descansas? Si en tu obediencia, señor, fue pronta mi vigilancia, ¿por qué has de querer que sea en la del Profeta tarda? Dame tu mano, y Alá te guarde. Poca esperanza de eso le queda a una vida, breve al gusto, a la edad larga. Y por que el verle partir dolor a dolor no añada, vente tú, Muley, conmigo para que suplas la falta de verle con verte. Ven tú, Abdalá, donde mi alcázar más albergue que prisión te sea. Con honras tantas, bien podré decir que hoy por el trato y por las armas me has cautivado dos veces. (Y aun tres dijera si osara, ¡ay, bella Zara!, decirte que, si otros la vida, el alma tú has traído prisionera). Vase el Rey, Abdalá y el niño. En fin, Mahomet, ¿ni las canas de un padre, el amor de un hijo, ni de una esposa las ansias a dilatar esta ausencia siquiera unos días no bastan? Más que estimo el verte fina conmigo, siento que ingrata con el cielo estés. ¿En qué? En que, siendo tú quien causa la deuda, seas agora quien embarace el pagarla. ¿Tan poco don, Zara hermosa, dulce dueño, esposa amada, tan poco don es tu vida, y más a quien la idolatra, que no agradecido quieras que esté a quien te la restaura? Por ti me aparto de ti. Si por mí de mí te apartas, cumple con mi amor, y cumple con tu hacimiento de gracias. ¿Cómo? Llévame contigo. Para ir tú a tierras estrañas, tanto como a Salamina, que es la corte en cuya estancia el sepulcro del Profeta yace en la feliz Arabia, son menester prevenciones ricas, costosas y varias. Peregrinar tú no es, sin gran lustre, sin gran casa, familia y séquito, digna acción de sangre tan alta. ¿Para todo has de tener razones, todas contrarias, y favorable ninguna? No llores. Mira que agravias al alba y al cielo: al cielo porque su culto embarazas; y porque la desperdicias sus dulces perlas, al alba. No te espantes de que sienta más que otras esta mudanza. Dime, ¿por qué? Porque de ella, si he de creer a la sabia natural astrología que sin estudios se alcanza, no sé, ¡ay, infeliz!, no sé qué es lo que me dice el alma. Vase. Yo sí, pues sé que me dice que, a pesar de padre y patria, de hijo y esposa, a cumplir el voto que ya hice vaya, no tanto porque le hice, cuanto por la confianza de que, obligando al Profeta, saque en aquesta jornada saber qué feudo es aquel que todos a Satán pagan y qué Madre y Hijo son los que solo de él se salvan, o ya en virtud del poder, o ya en virtud de la gracia. Jornada Segunda Dentro salva de piezas y chirimías y, en habiéndose dicho los primeros versos, salen por una parte el Maestre con acompañamiento y por otra don Baltasar, Turín y soldados y con ellos el Príncipe, Cide Hamet, Alcuzcuz y otros moros cautivos. dentro ¡A tierra, a tierra! dentro El esquife a escala de popa llega, y en orden la gente vaya desembarcándose. dentro ¡A tierra! dentro Ya las galeras entrando vienen al puerto, y con ellas un navío de remolque. dentro Siga a su salva la nuestra, y a recibillos al muelle salgamos. dentro ¡Al muelle! dentro ¡A tierra! dentro ¡Don Baltasar Mandas viva! dentro ¡Don Baltasar viva y venza! dentro ¡Al muelle, al muelle! ¡A tierra, a tierra! La salva, y salen todos. Dame, gran señor, la mano. Con bien, don Baltasar, vengas. Quien viene de obedecer órdenes tuyas, es fuerza; que el lucimiento, señor, en inferiores estrellas no es más que mendigo rasgo que se debe a la influencia del sol que las ilumina. Hablan los dos. ¿Quién creerá con cuánta priesa la farsa de mi fortuna va de próspera en adversa? De vencedor el papel ayer en mi patria era el que me tocaba, y hoy el de vencido en la ajena. Pero si no hay más fortuna que Alá, que es quien lo gobierna como primer causa, y él así lo quiere, ¡paciencia! ¿Quién creerme ayer con mojer y jomento y hoy sin elia y sin él y sin las otras tres o cuatro? Calla, bestia. Caliar Mahoma, que tener por qué caliar, pus su Meca nos trocar en Malto. En fin, ¿cómo fue? Desta manera. Hasta en esto parecida es a mi dicha mi pena, pues, como yo el vencimiento de Abdalá conté allá, cuenta él el mío aquí. ¡Oh, Alá!, qué bien corresponde esta mortificación en digno baldón de aquella soberbia. Tercera vez, señor, de las galeras de Malta general, en feliz día de ella salí costeando las riberas al africano mar de Berbería. De agua y viento la paz de ambas esferas tan tranquilo el pasaje me ofrecía que a cuarteles bogando iba, en estremo la vela hinchada y descansado el remo. Mas como no hay segura confianza en viento y agua, que de la fortuna son girasoles, y ella, en su mudanza, condicional imagen de la luna, en tormenta trocada la bonanza, fue fuerza de un través en otro y de una punta en otra con náutica cautela proejar el remo y amainar la vela. Guiñando, pues, a costa del cuidado y del sudor descantillando a costa el rumbo, con la proa a otro costado para no dar en la africana costa, hubimos de arribar, golfo lanzado, del ancho mar a la garganta angosta donde con el Adriático termina Mediterráneo el Faro de Mesina. Aquí del mismo temporal traída a nuestras manos árabe fragata dio a voluntaria esclavitud la vida, viendo que con rendirla la rescata. De ella, pues, la noticia repetida de que Alamí salir a otro día trata, aún no en quietud la alborotada espuma, volví a romper su verdinegra bruma. Apenas los celajes de su puerto desde el tope el grumete distinguía, cuando, para no ser de él descubierto, desarbolar mandé la escuadra mía; que, al fin, en emboscadas del desierto campo del mar, no tiene la osadía más árboles, más riscos ni más breñas que en las distancias desmentir las señas. No mal me sucedió, pues sin recelo a media tarde vi que el muelle daba alto bajel al mar y hollando el hielo a Levante la proa enderezaba. Yo, hasta esperar que el negro obscuro velo más me acercase, el rumbo que llevaba seguí, desarbolado todavía, que la boga el velamen me suplía. Cerró la noche y, desplegando el viento sus abatidas alas, a la breve escasa luz de su fanal atento, Norte la hice, que tras sí me lleve, conque el primer albor vio en seguimiento suyo cuánto combate contra él mueve quien en su caza, a no distancia larga, de ambos andenes recibió la carga. Bien presumió que el viento que corría sobre el destrozo que dejaba hecho le zafase el cañón de mi crujía, mas quiso Dios calmarle a poco trecho, con que debajo de su artillería, no velejando ya, vio a su despecho troncar el árbol, rebujar el lino, crujir la brea y rechinar el pino. Muerto Alamí de un astillazo, ese anciano dijo, sobre el borde puesto, como en voz de motín: «El furor cese, que a rendirse el bajel está dispuesto», con que subiendo a él supe que fuese sin su orden esta vida su pretexto, por ser de Fez quien ya es tu prisionero, Muley Mahomet, su príncipe heredero. ¡Otra y mil veces los brazos en albricias de tal nueva me da! Y pues también es justo que al príncipe los ofrezca, dime, ¿qué moro de aquesos será, para que me entienda, intérprete entre los dos? Entre otras muy buenas prendas que en él he reconocido, una es saber varias lenguas, fuera de que la toscana, por lo mucho que comercian con judíos de Liorna, hay pocos que no la entiendan. No me atrevo, gran Mahomet, a decir que con bien vengas por no hacer ese desaire al dolor que traer es fuerza; pero atrévome a decir que las fortunas adversas son crisoles del valor, argüida competencia. ¿Qué animo más generoso fue, entre la paz y la guerra, el que alcanzó gran vitoria o el que toleró gran pena? Y pues de entrambas fortunas os tocan las experiencias, poned de aquella el favor a cargo del desdén de esta. Cuando esa razón, señor, no fuera consuelo, fuera consuelo ser del Bautista la religión que me venza; no solo porque mi ley le estima como a profeta de Alá, sino por ser tales de sus armas las empresas que dan honor al vencido. Y para gloriosa prueba de mi valor, basta haber lidiado en su competencia. La pesadumbre y el mar fatigado os traerán y esta no es estancia para que sin descansar os detenga. Venid a palacio, donde albergue, y no prisión, sea vuestro hospedaje. Ya que hallo tan cortesana clemencia en vos, como, en fin, gran maestre de religión tan excelsa y ilustre, en mí el recibirla os logre el blasón de hacerla. Y así, pues vuestros favores mi corto mérito alientan, para pedir dos mercedes os suplico una licencia. Antes de saber qué son ambas, las concediera mi voluntad; mas quien sabe de sí que es el ofrecerlas y cumplirlas todo uno, no os disonará que quiera saber qué son. Que a un criado le permitáis, la primera es, dándole embarcación, señor, que a la patria vuelva a decir en el estado que quedo para que vengan a tratar de mi rescate. La segunda es que, pues llega mi fortuna, en esto solo feliz, a que esclavo sea del señor don Baltasar, me dejéis a su obediencia. Yo no he de ser más aquí que otro cautivo cualquiera por que, a ejemplar de mis ansias, alivio las suyas tengan. Y pues que nunca el cautivo está mejor que en presencia de su dueño, permitid que en su familia lo sea, donde como tal me mande y como a tal le obedezca. ¿Qué criado es el que ha de ir? Este anciano. ¡Oye! ¿Qué ordenas? Que al punto, bien guarnecido, un bergantín se prevenga que con mi salvoconduto y con su blanca bandera le lleve. Venid conmigo. Cide Hamet, a Zara bella, a mi padre y a mi hijo consuéleles tu prudencia. Diles cómo quedo yo cautivo y que… La terneza con las memorias de Zara un nudo ha puesto en la lengua. Tú se lo dirás mejor. Parte, pues. Sí haré, aunque sienta el haber, señor, de ser portador de malas nuevas. Vase. Ya el un ruego de los dos habéis visto. Y aunque fuera dando uno y negando otro bien partida diferencia, no lo he de hacer, y no tanto por las razones propuestas –pues don Baltasar sabrá acudir a la decencia con que os debe tratar–, cuanto por el honor que interesa en la propiedad de tal prisionero. Y pues no queda nada a mi atención que hacer por ahora, dadme licencia vos a mí de que a su casa os acompañe. No hiciera bien tampoco en coartar yo liberalidades vuestras. Vos por vos me honráis. Y a mí ambos con una acción mesma, tanto uno en pedir mis dichas cuanto otro en concederlas. ¡Cuerpo de Cristo, con tanta cortesana impertinencia! Y pues no puedo tener otra ocasión como esta para hablar, aprovechando el camino mientras llegas a casa, sepa, señor, ¿cuándo será el día que tengan algún premio mis servicios? Turín, bienvenido seas. ¿Cómo ha de ser bienvenido –aunque de haber sido venga de los primeros que entraron el bajel, y en la contienda de rendirse o no rendirse, también lo fue en las defensas de la cámara de popa–, si nunca para sus medras llega ocasión? Quita, loco. Ni le riñas ni le ofendas, que tiene razón. De aquesos esclavos que de la presa, después que a la religión se dé lo que pertenezca, se han de partir entre todos los que se han hallado en ella, un esclavo, Baltasar, da a Turín; que, cuando venga el rescate y comprendido sea en él, poco habrá que pierda en su precio como antes o no le juegue o le venda. ¿Qué es vender o jugar moro, dádiva tuya? Con ella me han de enterrar… Bien que entonces habremos de apartar sendas: él hacia el infierno y yo, quiera el demonio o no quiera, hacia el cielo. ¡Voto a Dios! ¡Que oír estas locuras quieras! En algo le he de pagar buen gusto y valor. Si intentas que llegue a logro la paga, de contado el moro venga; que librármele en mi amo es lo mismo que en Ginebra, porque es el cuento de cuentos la cuenta de nuestras cuentas. Señala a Alcuzcuz. Desde aquí este esclavo es tuyo. Goces la supervivencia de un lanzón en el zaguán de una casa solariega. Moro mío –no es requiebro, sino dominio–, paciencia, y servirme como un moro desde aquí. Ser norabuena vos mi poltrón. Ya, señor, que la corta, humilde esfera de mi casa por el huésped, no por mí, este honor merezca, entrad, pues a vos os toca darle, como dueño de ella, de ella la posesión. ¿Dónde vais? A dejaros la puerta por que entréis primero vos. Eso no, que esta advertencia en cualquier estado es bien que a la real sangre se tenga. Vuestra Alteza ha de pasar. En pasando vuestra Alteza. Ambos cabemos, venid. Sólo este honor recompensa pudo ser de mis desdichas. (¡Qué venerable presencia!). (¡Qué lástima que sea moro príncipe de tales prendas!). Vanse todos. Quedan Turín y Alcuzcuz. Moro mío. Mío patrón. Tras mí la ciudad entera has de pasear, ¡vive Dios!, para ver cómo me asienta el verme servir un día de cuantos serví. Paséase muy grave y el moro tras él. Ser fuerza seguir pasos y al volver con zalá hacer reverencia. ¿Cómo es el nombre? Alcuzcuz. Me huelgo, por si me aprieta tal vez el hambre, comerme de mi cautivo una pierna. Alcuzcuz. Sonior. ¿De dónde eres? De un homilde aldea que estar en Pez y Barruecos. ¿Y qué es lo que hacías en ella? Perder jomento y mojer fue mi último diligencia, de que el perder las demás se seguir. Pues ¿cuántas eran? Tres o cuatro. (Lo mejor es no haber hecho la cuenta. ¡Oh, si no fuera pecado el usarse en esta tierra adonde ni aun una sola se permite a su nobleza!). Alcuzcuz. Sonior. ¿Y adónde iba el tal príncipe? A Meca, a ver a sior Mahoma… (¡Oh, qué buena diligencia!). …por un bote que le hacer de le haber en un refriega en que se empeñó, guardado su esposa. (Ya no es tan buena, que, por que no la guardase, hubiera acá quien hiciera voto aun al mismo Mahoma). Alcuzcuz. Sonior. ¿Y qué era de lo que le servías? De sabandija palaciega. ¿Qué oficio es? Comer y holgar. ¡Linda ocupación es esa! Sí, sonior, y acá saber a ti servir en la mesma. Dámela tú a mí y troquemos. Alcuzcuz. Sonior. Por esta calle ven, que es por adonde toma el gran Maestre la vuelta para ir a palacio y quiero que viento en popa me vea con esclavo de remolque. Guiar tú, mé seguir. No sea tan atrás, que podrá ser que se trastuequen las señas de ir conmigo. Cabo mí, Alcuzcuz. No estar decencia cabo ti, sonior. Yo quiero honrarte; llega más cerca. Ben está aquí. (¡Qué humilde! Lástima es que no le muela a palos por que a un bergante como yo no haga zalemas). (¡Qué lástimo no ser moro poltrón de tanta llaneza!). Vanse. Salen el Rey y Abdalá. Habiéndome dejado Mahomet en su partida no sólo el agasajo de tu vida, mas el de tu rescate encomendado, justo es que mi cuidado al uno y otro acuda. Y así, supuesta entre los dos la duda de si debe pagar o no el tributo que como a reino que es más absoluto a Fez Marruecos debe, es bien, ya que esta plática se mueve entre los dos, que entre los dos veamos cómo ha de ser y que lo resolvamos. Antiguo abuelo mío, que reinaba cuando Marruecos solevado estaba, pidió socorro a Fez; yo lo concedo y concedo también que el gran denuedo del rey que entonces era le dio auxiliares armas, de manera que, al favor del socorro agradecido, el feudo le juró. Y habiendo sido de terceros el daño, aunque ha pasado de un estado a otro estado la ley inmemorial, aún la ley vive de que el mal poseedor nunca prescribe. Y pues este pretexto es el que en esta esclavitud me ha puesto, en ella he de morir antes que venga en que mi patria ese homenaje tenga. Y así, en rescate puedes resolverte a darme libertad u a darme muerte. Muerte, muy torpe, indigna acción sería, que el valor nunca mata a sangre fría; ni libertad, en tanto que no vuelva Mahomet. Sale Zara. Mucho me espanto que lo que es bien que tu poder resuelva, lo guardes para cuando Mahomet vuelva. Por complacer con mi melancolía, este jardín a solas discurría; y viendo cuán privadamente hablando aquí estabais los dos, adivinando, no en vano, cuál la plática sería, haciendo de esas murtas celosía, me recaté. Y habiendo oculta oído a la altiva jactancia de un rendido que, aunque cautivo muera, nunca ser tributario tuyo quiera, me ofendo que des plática al rescate y que entender no trate que nunca espere verse, o muerto o vivo, menos que tributario o que cautivo. Más, Zara hermosa, en tan preciso empeño, que mi desdicha, temeré tu ceño; que esclavitud o vida o muerte, nada importa más que verte a ti enojada. (Y es verdad, porque tímido en estremo su enojo más que mi desdicha temo). Y así, pues todo esto para en estar dispuesto a morir prisionero (y más tuyo) primero que vivir tributario, no te ofenda querer más padecer que el que se entienda que concedí, por verme en tierra estraña, lo que no concediera en la campaña. ¿Qué estraña tierra es donde asistido, festejado y servido te ves? ¿Qué más dijeras si sujeto te vieras a las penalidades de cautivo? Y pues hablar tan vanamente altivo nace de tratamiento tal que no sabe de él el sentimiento, para que el vasallaje en que estás veas, desde hoy haré que tan esclavo seas –el decoro perdone– que, o bien tu sufrimiento te corone, o bien el rencor mío la altivez mortifique de tu brío, hasta ver si desdeñas o codicias la libertad. Sale Muley. Dame, señora, albricias. ¿De qué, Muley, que tan contento vienes? De que noticias de mi padre tienes. A ese balcón que cae al mar estaba cuando vi que tomaba tierra Hamet. Y es sin duda que de parte suya vendrá. ¿Qué albricias puedo darte si de tales noticias aun vida y alma son cortas albricias? ¿Cómo, pues, no entra luego? Sale Cide Hamet. Ninguno estrañe ver cuán presto llego, que soy vivo argumento en que se prueba cuánto corre veloz la mala nueva. Dame, señor, tu mano y de tus plantas, señora, si merezco dichas tantas, permite que rendido la tierra bese. Seas bienvenido. ¡Oh! ¡A los cielos pluguiera fuera posible bienvenido fuera! ¿Qué venida es aquesta? Los ojos sin la voz dan la respuesta. Sin duda a grande daño me apercibo. ¿Vive mi esposo? Sí, señora. Vivo y sano y bueno queda. Pues como él viva, ¿qué hay que turbar pueda semblante y voz? Pues bien, ¿qué ha sucedido? ¿Qué ha pasado? ¿Qué ha habido? Habla, prosigue. Mira que un cuidado menos mata sabido que dudado; y a cuanto él no es faltar, me sobra el brío. Tu esposo,… Di. …infeliz Príncipe mío… ¿Qué esperas? …(el aliento me falta), queda… ¡Acabemos ya! …cautivo en Malta. Apresado el bajel adonde iba de aquesa religión que siempre altiva infesta nuestros mares y, añadiendo pesares a pesares, llega a lograr el triunfo que hoy se mira. Cae desmayado. ¡Ay, infeliz de mí! ¡Qué ansia! Llora. ¡Qué ira! Enfurécese. Notando estoy atento a qué puede llegar un sentimiento, viendo con nuevas tales tres afectos contrariamente iguales. Su padre de dolor perdió el sentido, su hijo se ha enternecido y su esposa, irritado. ¿Quién juzgará a quién más le haya pesado? ¿Quién no lo juzgará si es evidente que el desmayo no siente y el llanto desahoga? Luego a quien más aflige, más ahoga de aquesa voz el pronunciado rayo soy yo, pues que ni lloro ni desmayo. Retiradme de aquí (¡dolor esquivo!) este triste, infeliz, cadáver vivo. Ve tú, Muley, a que se le prevenga la curación que a su aflicción convenga mientras quedo, a pesar del sufrimiento, yo haciendo rostro a todo el sentimiento. Llévanle y con él se va Muley. Dime, Hamet, ¿y a la pena sucedida habrá remedio? A aqueso es mi venida, pues es a que se trate el precio disponer de su rescate. ¡Oh, qué medio tan necio! Que es mi esposo y tener no puede precio quien es esposo mío. Mas ya que hemos de estar al desvarío de que haya de canjearse el prisionero, vuelve a no regatear cuanto es dinero. Y si más que Fez vale te pidieren y a mí para su esclava me quisieren, mi esclavitud a su contrato obliga. Óyeme a mí primero que lo diga. Todo cuanto no di ni dar espero nunca en mi libertad, emplear hoy quiero en la suya, que una cosa es que no me rinda a la fortuna y otra agraviarse mi valor altivo de ser cautivo ya de otro cautivo. Vente conmigo, Hamet, donde con pliego de crédito en Liorna partas luego y da cuanto por él se te señale; que por mucho que des, mucho más vale quien a mí me venció. Vea el mundo y vea Zara, sin que esto su amenaza sea, gozar Mahomet de mi vitoria el fruto como dádiva y no como tributo. (¿Quién en el mundo, ¡cielos!, calló su amor y sobornó sus celos?). Vanse. ¡Aguarda! ¡Escucha! ¡Espera! ¿Quién acetar sin acetar pudiera tan heroica hidalguía? ¡Cielos!, ¿qué debe hacer la altivez mía? Pero, si hacer no puede lo que debe, que es que Malta quede a mi horror, a mi saña, a mi despecho ceniza del incendio de mi pecho, pavesa del Volcán de mi quebranto y ruina del Vesubio de mi llanto, fuerza es que a otros partidos mis sentimientos rindan mis sentidos; bien que es recio dolor, que es rigor recio poner la vida de mi esposo en precio. Vase. Salen el Príncipe y don Baltasar. Perdonad que a todas horas no esté haciéndoos compañía, porque es en mi obligación forzosa que al Maestre asista. Ya sé, aunque contra mí sea el carecer de esa dicha, que la voluntaria acción ceder debe a la precisa. Id en buen hora, que yo acá con las penas mías, si no bien acompañado, mal solo, pondré este día a cuenta de otros. ¿Qué es solo? Pues ¿no hay en casa familia a quien he mandado yo que a todas horas os sirvan? Mucha merced me hacen, pero criados ya es cosa sabida que estorban la soledad y no hacen compañía. Con ninguno, si no es con vos, pueden mis desdichas estar bien halladas. Esa es acción vuestra, esta mía. ¡Turín! Sale Alcuzcuz. ¿Sonior? No eres tú a quien llamo. En cortesía deber la falta del dueño el bon cautivo suplirla. ¿Qué querer? ¿Adónde está Turín? No mandar que diga dónde estar, que me encargar no decir que en el vecina casa con otros soldados estar vendo unas cartilias pintadas donde tener no sé cuántas fegorilias: oros para sus regalos, espadas para sus riñas, palos con que se sacuden y copa con que se brindan. Porque si mé lo decir, dar palos en el barrigas. Y así, me importar caliarlo. (En fin, es cosa perdida esperar enmienda de él; mas sufra ahora la mohína por que este moro no pague su culpa). Lo que quería a Turín no dejara era solo al príncipe. Y pues mira mi atención más bien hallada que con él con tu venida su soledad, queda tú donde a su servicio asistas. Perdonadme, a decir vuelvo, que yo procuraré aprisa venir y estarme con vos; que, como verdad os diga, no tengo rato mejor que el que de vuestras noticias y ciencias gozo. ¡Oh, si el cielo…! Sólo en eso no prosiga, os suplico, vuestra voz; pues cuantas galanterías conmigo usáis, desvanece la proposición continua desto de la ley. Con Dios quedad. Vase. Guarde Él vuestra vida. ¿Qué hay, Alcuzcuz? Muchos penos, ben que todas sus fatigas consolar haber caído contigo en un casa misma. ¿Están muy desconsoladas mis gentes con quien se aplican por esclavos? Mochesimo. Pues diles de parte mía que, en volviendo Cide Hamet, que juzgo que será aprisa, he de tratar su rescate antes que el mío. Divinas esferas, ¡qué bien aquel gran cortesano decía contra el sentir de quien dijo ser valientes las desdichas en fe de atreverse a todos! Pues al ver cuán de cuadrilla lidian tan acompañadas que nunca una sola lidia, las motejó de cobardes. Yo en mis fortunas lo diga, pues contra una vida sola no hay multitud que no embista. Si de mis triunfos me acuerdo, hallo acciones tan distintas como que allá altivo cante y que aquí cautivo gima. Si voy a la religión, hallo que piedad tan digna como ver a mi Profeta se ha convertido en mi ruina. Si me acuerdo de mi patria, me afligen sus agonías; si de mi padre, sus canas; si de mi hijo, sus caricias. Sólo de quien no me acuerdo, ¡ay, hermosa Zara mía!, es de ti, que el que se acuerda, ya supone que se olvida, y en mí es imposible, que eres de mis ansias un enigma que, sincopándolas todas, tan todas juntas las cifras que, dando cuerpo a la idea y sombra a la fantasía, no hay parte en que no te encuentre, cuerpo y sombra de ti misma. ¡Oh, qué bien, ay, dulce esposa, me dijiste a la partida que del corazón aquella natural astrología que no se estudia te daba de mi tragedia premisas! ¡Quién, viendo que no hay pequeña circunstancia que no aflija, arrancara la memoria del lugar adonde habita y de nada se acordara! Mas, ¡ay!, ¿qué poder tendrían las desdichas, si faltase la memoria de las dichas? ¿Qué hiciera yo para que tan rebelde, tan prolija esta villana potencia no a todas hora me siga? Mas ¿qué puedo hacer? Si aquí tuviera mi librería, sólo el estudio pudiera u apartarla u divertirla. Mas ya que el leer me parece que solamente podría acompañarme, he de ver –aunque materias distintas de aquellas que tantas veces desvelaron mis vigilias– si otra cualquiera materia, ya que no remedia, alivia. Alcuzcuz, en esa cuadra donde tal vez se retira este ilustre caballero, según su virtud indicia a hablar con Alá, unos libros he visto. Y pues no me priva ningún idioma que entienda su frase, ve, por tu vida; tráeme uno de ellos. Di cuál. Si aquí no hay elección mía, ¿cuál he de decir? Cualquiera. Pues mé dejar que le elija cuál destos le llevar. A la esquina del tablado ha de haber un bufete con libros, y por detrás sale el Buen Genio y señala uno. (Este). No saber qué causa inclina más a este que a estotros. Toma. Llega aquí bufete y silla, que está mejor luz. Llégale a la punta del tablado bufete y silla, y él se sienta a leer. (Sí está, y más si su llama activa, alumbrándote en tus dudas, es la que te solicita tu buen genio; que no en vano te ha reducido a que vivas entre cristianos, adonde tengas de su fe noticias). (Mientras él leer, pus no falta le hacer, ir a ver querría si ganar mi amo o perder por le esperar al venida, si perder, con gran tresteza, si ganar, con alogría). Vase. ¿De qué este libro será? Leer quiero su inscripción: «Vida de San Ignacio Loyola –dice– de la Compañía de Jesús fundador». Luego: «Por el padre –dice– escrita Pedro de Ribadeneyra, de Sagrada Teología lector». Gran varón debió de ser a quien se dedica todo este volumen. Pero supuesto que esto no mira más que a divertirme, ¿quién a leerle todo me obliga? Por cualquier parte le abro. Llega el Buen Genio por detrás de la silla y abre el libro. (Sea por ésta. Y ya que en guía de la verdad tu Buen Genio te ha puesto, procura oírla; que él procurará que sea, si tus virtudes aplica, con tal aprehensión que puedas persuadirte a que esas líneas llegan a tu oído más pronunciadas que leídas). Vase. La parte por donde abrí dice en el renglón de arriba «tercer capítulo», y luego su párrafo: «Yendo un día de Manresa a Monserrate, después que las galas ricas de caballero y soldado trocó a una pobre esclavina, con un moro se encontró de los que entonces había tolerados en España. Y como un camino iban, trabaron conversación». Más que acaso, maravilla parece que en lo primero que esta leyenda me dicta de moro y cristiano sea la plática. Lo que indican u maravilla o acaso veré. «Y hablando en distintas cosas, vinieron los dos a trabar una porfía en que a decir vino el moro:». Sale san Ignacio vestido de peregrino y un moro de morisco, como andaban en España. Y paseándose los dos por detrás de la silla, como que van de camino, representan sus versos y al mismo tiempo los lee el Príncipe con esta diferencia, que ellos los han de decir en voz alta y él en voz baja, como que los lee para sí. «Por más que tu voz me diga que pudo virgen doncella sin detrimento y mancilla concebir de su pureza y que después de parida permaneció virgen, yo no he de creer, que se implican virgen y madre». A que Ignacio respondió: «No hace, si miras que el rayo del sol penetra la vidriera cristalina y que pasando sus rayos luce, resplandece y brilla, quedándose la vidriera clara, pura, intacta y limpia». (Con tanta vehemencia esta rara, nueva, peregrina cuestión mi aprehensión tras sí se lleva que juraría que articuladas razones, más que razones escritas, son las suyas. Veamos cómo el cristiano solicita ajustar la paridad de vidrio y sol). «No prosigas…», …dijo el moro… «…que ese ejemplo nada explica». «Mucho explica…», …Ignacio le respondió… «…que si ese sol ilumina por un vidrio, sin que el vidrio se empañe, turbe o resista, ¿por qué no iluminará Cristo, que es sol de justicia, las entrañas de una madre, sin daño o lesión, el día que, Hijo de Dios, de su seno desciende a que a la divina naturaleza la humana en sí la abrace y la admita?». (¿Divina naturaleza y humana propone unidas en un supuesto? ¡Oh, si el moro dijera lo que diría yo si le oyera!). A que el moro replicó: «Pues ¿qué precisa causa a Dios pudo mover para que se abrevie y ciña su noble naturaleza en la tosca villanía de la humana?». (Mi razón de dudar fuera la misma). A que Ignacio respondió: «¿Qué más causa solicitas que estar el género humano sujeto a la tiranía de Satán, a quien no hay criatura que no le rinda tributo, y ser el librarle la causa de su venida?». (¿Cómo es esto de tributo a Satán? Ya aquesto mira a aquella duda primera en el Alcorán prevista. Por si a la segunda pasa, leo). A que el moro replica: «Pues Satán, ¿cuándo entabló su tirana monarquía sobre el hombre?». Y él le dijo: «Cuando, criándole en justicia original Dios, perdió por las traidoras insidias de un áspid la gracia. Y como estaba comprometida en él la naturaleza, quedó toda su familia tributaria a su tirano imperio. Bien nos lo explican las humanas propensiones que padece, pues no había –siendo obra de su mano, labrada a su imagen misma– Dios de criarle imperfecto, si no hubiese su malicia viciado su ser, de que resultó que hasta hoy le opriman, sobre el horror de la muerte, sed, cansancio, hambre y fatiga, el humo de la soberbia, el fuego de la avaricia, el rebelión de la carne, la cólera de la ira, la embriaguez del apetito, la carcoma de la envidia y el plomo de la pereza. Y siendo, como homicida de todo el género humano, en cierto modo infinita su culpa, fue necesario el que para redimirla mérito infinito hubiese. Y así, la sabiduría de Dios dispuso que el Hijo hecho hombre al hombre redima, satisfaciendo por todo el rigor de la justicia; conque, habiendo de venir, el Padre eligió una hija que para madre del Hijo y para esposa divina del Espíritu, en primero instante, en primera línea de su animación primera, fuese en gracia concebida y a los contactos de madre preservada y preferida; siendo María y su Hijo los que del feudo se libran: su Hijo en virtud del poder y de la gracia, María». (¿Su Hijo en virtud del poder y de la gracia, María? ¡Cielos! ¿Mi duda no es esta? Veamos más). A que con risa dijo el moro:» «¿Ves todo eso? Pues ni me mueve ni anima a creer que virgen madre antes del parto conciba virgen, virgen en el parto permanezca y virgen viva después del parto. Y pues tanto, Ignacio, tu compañía, ejercitándose maestra de la cristiana doctrina, en no sé que ocultos lejos me asombra y me atemoriza, huiré de ti». Vase el morisco. Conque, echando el moro por otra vía, quedó diciendo: «Oye, aguarda, que no es bien de mí se diga que oí de María baldones y no los vengué. Que siga sus pasos y a puñaladas le mate será acción digna. Pero ¿dónde voy?, que ya no es tiempo de bizarrías y la milicia de Dios no es la pasada milicia. Él volverá por su causa sin que sea yo homicida, haciendo que de su seta reyes crean algún día que de aquel común tributo María y su Hijo se libran: su Hijo por naturaleza y por la gracia, María». Vase san Ignacio. Que tienen alma los libros ya lo oí, mas no tan viva que en el corazón sus letras, más que en el papel, se impriman, sonándome en los oídos calladas a un tiempo y dichas. ¡Cielos!, si del Alcorán vuelvo al no entendido enigma, aquella proposición y esta, ¿no son una misma y una misma mi razón de dudar? Vuelva a inquirirla. Sale el Mal Genio. Por detrás le muda las hojas del libro al contrario siempre de lo que él las abre. (No harás, sin que yo te borre las hojas en que está escrita). Pero el aire me ha trocado el capítulo en que iba leyendo. ¿Hacia aquí no estaba? (Antes que le halle y prosiga en ajustar ambos textos, ven, Cide Hamet, tan aprisa que con mis alas parezca que vuelas más que caminas. Veamos si con el rescate que le traes le prevaricas el discurso y, no viviendo entre cristianos, le privas de que vaya de su ley tomando nuevas noticias). Por más que le busco donde le dejé, no le hallo. Sale don Baltasar. Albricias, Mahomet, a pedirte vuelvo, bien que muy a costa mía. ¿De qué puede albricias dar un cautivo tan sin dicha que no la espera? De que ya de esa playa a la orilla tierra toma el bergantín que fue a tu patria. (Si inspira el aquilón de mi aliento en el buque de su quilla, ¿qué mucho que veloz vuelva? ¡Oh, sea para que impidan las humanas conveniencias discurrir en las divinas!). Vase. Perdonadme si grosera incurriera mi alegría acaso en el alborozo de pensar que su venida sea a sacarme de vuestro dominio; que donde instan una esposa, un padre, un hijo y todo un reino no es tibia la disculpa; mayormente cuando en la esclavitud mía, aunque el cuerpo libre, el alma siempre ha de quedar cautiva. Con esta salva licencia me dad de que a la marina llegar pueda. Será en vano, que para que no tardías llegasen a vos las nuevas y supiesen dónde habían de hallaros, envié un soldado que le sirviese de guía al portador y con él llega ya. Sale Cide. ¡Felice día que con salud vuelvo a verte! ¡Oh, Hamet! ¿Qué hay? Por que prolija no sea mi relación, procuraré reducirla. Zara y Muley quedan buenos. Solamente en quien peligra la salud es en tu padre. Años son, no hay que te aflijas, que el achaque de los años se sabe sin que se diga. (Callarele que la nueva que llevé fue su homicida, porque el saber que ya es rey no crezca al precio la estima). Unos y otros, no hay riqueza en Fez que por ti no rindan. Joyas y dineros traigo, en que también participa tu cuñado, el rey de Túnez. Mas quien con más bizarría se ha mostrado es Abdalá: crédito abierto te envía en Liorna, como estas cartas dirán. Sin abrirlas, que al cautivo no le es dado que las lea o las reciba, mi rendimiento, señor don Baltasar, os suplica –bastantemente honestada tengo antes desto la prisa– que al Maestre y su consejo las presentéis, y que admitan la plática disponed, sin que un punto contradiga a lo que vos dispusiereis, pues sólo en uno os avisa mi atención. ¿Qué es? Que si el precio, ya en créditos o ya en ricas joyas y dineros, no basta para que consigan libertad cuantos sin ella están, desde mi familia al más mísero grumete, y por dicha o por desdicha faltare para uno solo, sea a mí; que me lastiman las penalidades suyas aun mucho más que las mías. De todo advertido voy; quedadlo vos que adquiridas presas de la religión son y que disminuirlas no podré lo que quisiera. Venid vos conmigo. Vanse don Baltasar y Hamet. Impía imaginación, pues es ya otro lo que discurrías, déjame pensar un rato en las amantes delicias de volver a ver a Zara, bien que no, como querría, será presto, porque es fuerza que el cumplimiento prosiga del voto que hice al Profeta. dentro ¡Antes perderás la vida! ¿Qué oigo? dentro ¡Ténganse! dentro ¡Que sufra hacer tal superchería! A la puerta cuchilladas hay. Iré a ver si la riña en voz de oráculo habla conmigo. Dentro cuchilladas y salen riñendo Turín y otros soldados, y unos y otros tirando de Alcuzcuz. El Príncipe entra por una puerta y sale por otra. En vano porfías, que no has de llevarte el moro. Sí haré tal. Acude aprisa, sonior, antes que me partan por medio. Pues ¿qué osadía es esta? Cuando esta casa no fuera porque la viva vuestro general, porque mi persona en ella habita, ¿no basta para tenerla más respeto? Aunque te indignas con razón, la que yo tengo podrá, si llegas a oírla, disculparme. La razón es sólo la que… Desvía, que estoy yo aquí. Porque yo… Porque yo… Nadie la diga, que cualquiera es sospechoso. Y si alguno ha de decirla, ese moro la dirá, que no es parte. Mal maginas, que parte y aun partes ser, pues temer que me dividan. Jugando estar mi poltrón, mé querer ver si perdía o ganaba; él así como mé entrar poner en mí el vista y decir: «Sobre ese moro cien escudos, que es su estima». Mé correr. Decir aqueste: «Topo», con que parecía mi tabardillo, según fue echando sobre mí pintas. Cinconta escudos ganar, cuando ofrecerse un rencilla sobre ganarles el mano y un mirón de los de encima decir que mi amo perderla. Responderle él que mentía, sacar el espadas todos y, mientras los apaciguan, el que ganar mi metad decir: «Cabo mí camina», e terar de me. Mi medio amo, ya con gran mohína decir: «No le has de llevar, antes perderás el vida». Decir el otro: «¿Que mé sofrir tal soperchería?» Con que de parte unos de uno y otros de otro, repetida la pendencia, unos y otros de su medio moro tiran. Peligro en que para quien para sobre prenda viva. Por que de don Baltasar esto no llegue a noticia, quiero componerlo yo. Tomad aquesta sortija. Más que el medio moro vale, y idos de aquí. Que te sirva en eso y en todo es fuerza. Vanse. ¿Posible es, Turín, que vivas tan sin rienda, tan sin freno que no adviertes, que no miras tan buen dueño como tienes? Hasta agora no sabía el que también los señores príncipes de Fez predican. No te quiero responder a tan libre y atrevida desvergüenza sino solo con dejarte por perdida cosa. Vase. Alcuzcuz. So. ¿Qué es «so»? Como decirte solía, cuando mi amo entero ser, entero «sonior», partida la mitad, a medio amo basta medio «so». En la riña perdí el sombrero, y la espada se me ha torcido. Allá arriba sube, otra espada y sombrero me trae. Esa es golloría, querer que a medio poltrón entero cautivo sirva. Sombrero escoger o espada; y pensar desde esto día, no tocarme traer más de la metad de lo que pidas. ¡Viven los cielos, infame, vil canalla barrachina, que te mate! Embiste con él. Tu mitad matar, mas dejarme viva la otra metad. Sale don Baltasar. ¿Qué es aquesto? ¡Josticia, sonior, josticia! ¿De qué? De que me jogar sólo el medio y aun porfía que ser para él estafermo, siendo para otro sortija. ¿Qué sortija? La que dar Mohomet al mirar que había por mí cochilladas, como si fuera yo dama linda. Esto no tiene remedio. Turín, hoy parte a Sicilia un bergantín; ahí tendrás todo cuanto necesitas para el camino. El rescate queda en la contaduría, ya hecho bueno, de ese moro. Ve por él. Advierte, mira… No hay qué hablar. Sale el Príncipe. Señor, ¿qué es esto? Volver con una alegría y encontrar con un enfado. ¿Qué enfado? Las demasías de ese pícaro. Por mí, señor, le rogad. ¿Yo había de interceder por un hombre sin ley y de mala vida? Antes le daré las gracias porque os arroje y despida de su casa. ¡Voto a Dios que a no mirar…! Pero día quizá habrá. Y ¿qué hay? Que el bajel y la gente que venía de mar en él con la gente de toda vuestra familia ajustado queda en… Vuestra voz no me lo diga, porque no quiero saber qué tanto vale una dicha. Pues hecho el canje, el Maestre, por trataros con la estima de príncipe libre ya, vendrá a veros. ¿No sería mejor que yo anticipase el honor de esa visita y que le viese primero? Todo lo que es cortesía me parecerá a mí siempre lo mejor. Pues sed mi guía hasta palacio. Venid. (Confusa imaginativa, déjame que por agora sólo piense en mi partida; que después habrá lugar de volver a tus enigmas). Vanse. Ya ves, infame, que has hecho que mi amo me despida por ti. Bien ver vos, picaño, que, libertad conseguida, no ser mi amo. Horro, Mahoma, me llamar. Vase huyendo. Poco la huida servirá para que a azotes yo no te mate. Vase tras él y salen los dos genios. Bien miras lo poco de que han servido tus ejecutadas ruinas, hasta reducirle esclavo a que entre cristianos viva, pues ya humanas conveniencias le alejan de la divinas. Mirando a dentro. Dígalo el que yendo a ver al Maestre, cuando él venía a visitarle, se encuentran y, uno y otro en cortesías embarazados, no ven la hora de que se despida; con que para que se vaya es tan de entrambos la prisa que, aprestado el bajel, llegan juntos hasta la marina donde a despedirse vuelven don Baltasar con caricias, el Maestre con agasajos y Mahomet con alegrías, diciendo de mar y tierra a un tiempo salvas y gritas: Dentro chirimías y piezas. dentro ¡Buen viaje! dentro ¡Buen pasaje! dentro ¡Desfierra el amarra y vira al mar! Y no en esto sólo mis vencimientos estriban, mas, en levante la proa, al rumbo de Salamina vuelve en demanda del voto, con que –aunque otra vez lo diga– se ve que en sus conveniencias ha olvidado tus noticias. No mucho, si en fe de cuanto vehementemente aprensiva aquella lección le lleva, apenas pierde de vista la tierra y en alta mar, que le recibió tranquila, se ve, cuando alborotada sus crespas ondas enriza, combatida de contrarios vientos, a cuya improvisa saña ráfagas y golfos no tan sólo se amotinan, pero el sol, por que el viaje de su voto no prosiga, al horror del terremoto también sus rayos eclipsa. Dentro ruido de terremoto. Si por los ángeles malos tal vez Dios al mundo envía las tempestades, a mí no mal me tocan sus iras. Iré a encenderlas de suerte que, navegando su quilla ondas de fuego, le sean urna, monumento y pira. El terremoto siempre. Si Dios, por ángeles buenos tal vez también se apacigua, yo pediré a sus piedades que les ampare y asista cuando dicen: El terremoto, y con esta faena se descubre el bajel en que vendrán el Príncipe, Cide, Alcuzcuz y otros de marineros. ¡Piedad, cielos! ¡Amaina la vela! ¡Iza el trinquete! ¡A la mesana! ¡A la escota! ¡A la bolina! Procura volver a tierra, por si el puerto nos abriga. Tres veces el gobernalle del timón puse en su mira, y tres el viento por proa nos volvió al mar. El terremoto siempre. Suerte impía, ¿no basta ver contra mí que airados los vientos giman, que inquietos bramen los mares, Enciéndese el mar, echando fuego entre las ondas. que fieros aun no me admitan los montes, sino que el fuego también sañudo me embista? ¡Oh, cuántos flechados rayos contra mí las nubes vibran! De cuyo incendio, al caer en agua sus culebrinas, en vez de apagarse, abrasan, pues las ondas encendidas volcanes de fuego abortan, etnas de llamas respiran. ¿No veis páramos de nieve dar por espumas cenizas? Nada vemos, sino sólo que sueñas. ¡Amaina…! ¡Iza…! Tan sobrenatural pasmo sin duda quiere que diga que no es bastante el Profeta a quien mi fe peregrina para ampararme. Y pues él me desampara y olvida, de su ingratitud apele al favor de la divina deidad que del feudo exenta su mismo Alcorán publica. ¡María, mi vida ampara! (Sí hará, que nadie apellida su piedad que no la halle piadosamente benigna). Ábrese una nube sobre el bajel y vese una niña vestida de Concepción en ella sobre un dragón. Templen vientos y mares, templen sus iras, pues de paz el iris sale en María. Si el fuego no veis, ¿no oís dulcísimas armonías en los vientos? Nada oímos. ¿Luego no veréis que brilla sobre las nubes el iris de la paz, de quien la ninfa verdadera y pura es una bellísima niña que coronada de estrellas y rayos del sol vestida, con la luna por coturno, la frente de un dragón pisa, diciendo su salva en fe de que sobre ellos domina? Templen vientos y mares, templen sus iras, pues de paz el iris sale en María. Nada oímos. Nada vemos sino sólo que retira sus sañas el mar. ¿Qué quieres de mí, beldad peregrina? Vuelve, Mahomet, vuelve a Malta, donde te espera la dicha de que salgas de una vez de aquellas dudas antiguas; pues el haberme invocado basta para que consigas… …que Cristo y María son los que del feudo se libran: Cristo por naturaleza y por la gracia María. ¡A Malta, a Malta otra vez, amigos! Pues ¿qué te obliga? No sé ni nunca sabré si tan grande maravilla es revelación o sueño, pero sé que siempre diga… …que Cristo y María son los que del feudo se libran: Cristo por naturaleza y por la gracia María. Ábrense las apariencias. Jornada Tercera Dentro atabalillos y chirimías, y mientras se canta la primera copla, salen Cide Hamet y Alcuzcuz. Abrid las puertas, abrid. Entrará por ellas quien hoy en el de Baltasar trueca el nombre de Muley, mostrando que más estima tener, que allá todo un reino, aquí el nombre de un rey. Ven conmigo, Alcuzcuz. ¿Dónde con tanto priso? A no ver, a no oír, no imaginar una pena tan cruel como que a las puertas llaman de la iglesia a que entre… …quien hoy en el de Baltasar trueca el nombre de Muley,… Pues ¿qué importa? ¿Eso dudas, infame, cuando lo ves? …mostrando que más estima tener, que allá todo un reino, aquí el nombre de un rey. Si sabes que en ese golfo corrimos tormenta, en que, privado el juicio, creyó Mahomet que a su parecer navegaba ondas de fuego; si arrebatado después sabes que dijo que vía bello arco de rosicler y que la paz publicaba purísima ninfa en él; si sabes que este o bien sueño o bien aprehensión o bien delirio su corazón poseyó con tal poder que no sólo a Malta hizo que diese vuelta el bajel, sino que a voces en ella publicando entrase que de su error desengañado venía a pedir su ley; y, en fin, si sabes que a pocos días que hubo menester su ingenio para instruirse, catequizado en su fe, hoy se bautiza; y hoy, porque le venció o porque le agasajó o porque uso entre los cristianos es poner al esclavo el nombre del dueño, el del gran Muley trueca en el de Baltasar, y el apellido también de Mahomet, su real estirpe, en el de Loyola, a quien, por un gran varón, cobró amor, la causa no sé, ¿cómo dudas que yo sienta, sobre ser su maestro y ser quien tan mal le doctrinó, tan grande improperio ver de nuestro Profeta? Y más habiendo dado a entender que el que quisiere seguirle con él se quede y que el que quiera volverse ya ahí tiene la libertad y el bajel. Y siendo así que de cuantos criados salimos de Fez ninguno quiere seguirle, conmigo y con todos ven a embarcarte. No hacer tal, que mé criado suyo ser a quien sacar de viliano -como tú, señor, saber- antes y haber rescatado de no ir con Torín después. Dictamen suyo seguir, o mal haga o haga bien, que esto es estar palaciego: caliar o decir amén. ¿Qué importará que no vengas? Tú, quédate, que yo iré con los demás a llevar otra mala nueva, aunque siendo esta tanto peor, no sé si me atreveré públicamente a decirla sin alguna industria. Pues si aliá vas, por me pedirte hacer un fineza. ¿Qué es? Es que si haber parecido me jomento e me mojer, a ambos decir que las manos besar y quedar a ser ni crestiano por el haz ni moro por el envés, sino así así, entre dos luces, cristi-moro. ¡Oh, vil, soez, infame casta baharí! Pues quieres quedarte a ver cuándo a la iglesia le llevan, ya en cristiano traje, a ser oveja de su rebaño, que digan canto y tropel: Y aun por hacer lo que todos, he de decir yo también: Abrid las puertas, abrid. Entrará por ellas quien hoy en el de Baltasar trueca el nombre de Muley, mostrando que más estima tener, que allá todo un reino, aquí el nombre de un rey. Vase Cide Hamet, y con esta repetición sale la música delante; luego caballeros con la gran cruz de San Juan: uno, con una fuente, y en ella un salero; otro, una vela; otro, un velillo de plata; otro, un mazapán, y detrás el Príncipe, vestido a la española, en medio del Maestre y don Baltasar. El Buen Genio delante de él, con un hacha encendida, y el Mal Genio detrás de todos como mirando a lo largo. Ya el abuja de tu norte descuella aquel capitel. Y desde aquí los umbrales ya del gran templo se ven. Pues antes que en su sagrado me atreva a poner el pie, pública satisfación al mundo he de dar de que, detestando los errores en que nací y me crié, a Cristo, hijo de María, que hoy confieso y cuya ley hoy recibo, perdón pido de lo mucho que tardé en responder a interiores auxilios. Y para que conste mi dolor y conste mi confesión, atended, atended todos a esta protestación de la fe. (Di, pues quien te dicta y guía, luz de tu Buen Genio es). (Con que el Mal Genio arredrado, aún no se atreve a ir tras él). La católica fe sólo llamamos aquella con que sólo un Dios tenemos, unidad en quien tres siempre adoramos, trinidad en quien siempre uno creemos, sin que desta unidad que veneramos, ni desta trinidad que defendemos, las personas confunda la ignorancia ni el ciego error separe la sustancia. Que una es del Padre la persona, es claro; que una es del Hijo la persona, es cierto; que una es del Santo Espíritu preclaro la persona, la fe lo ha descubierto; mas, aunque en las personas tres reparo, en la divinidad sólo uno advierto, que coeterna en los tres sin duda alguna una es la majestad, la gloria es una. De nadie el Padre allá en supremo grado fue hecho, engendrado, criado ni nacido; de nadie el Hijo fue ni hecho ni criado, que engendrado no más del Padre ha sido; el Espíritu ni hecho ni engendrado sino de Padre y Hijo procedido, tan coiguales los tres que en nadie infiero mayor, menor, primero ni postrero. Así, Señor, confieso, adoro y creo vuestra divinidad y en este arcano misterio, de la fe primer empleo, divino os reconozco y soberano. Y trascendiendo al singular trofeo de unir al ser divino el ser humano, confieso en vuestro Hijo el ser y el nombre de verdadero Dios, verdadero hombre, para que en dos naturalezas cuadre ser hombre y Dios al que le cree humanado; pues Dios por la sustancia fue del Padre ante siglos y siglos engendrado, y hombre por la sustancia de la Madre nacido en siglo, habiéndose encarnado en preservada, intacta, virgen bella, antes, entonces y después doncella. Con esta protesta y este honor que los dos me hacéis, en ser mi padrino vos, Al Maestre. vos en darme el nombre, pues lo Baltasar y Loyola A Baltasar. en vuestra casa lo hallé, bien como en la religión de Juan el bautismo, en fe que el suyo de agua, ya de agua de Espíritu Santo es; alentad mi confianza para poderme atrever a pisar esos umbrales cuanto antes pueda, porque apenas habré dejado, como serpiente, la piel de antiguo hombre, y de hombre nuevo vestido la candidez del elevado cristal que, no haciéndome volver al materno seno, me hace que nazca segunda vez, cuando para Roma parta con las cartas que me habéis el uno y otro ofrecido a besar al Papa el pie y, dándole la obediencia, suplicarle que me dé licencias y pasaportes para que pueda volver –en términos procurando la deuda satisfacer del perdido tiempo a Dios– a predicar de su ley la verdad, no solamente al moro, pero al infiel más remoto, desde aquí sacrificando mi ser, mi vida y alma a la llama, al cuchillo o al cordel. Enternecido de oíros, qué responderos no sé. Pues, supuesto que a los dos nos obliga a enmudecer, no enmudezca el alborozo de todo el pueblo. Volved a las músicas y voces, diciendo una y otra vez: Abrid las puertas, abrid. Entrará por ellas quien hoy en el de Baltasar trueca el nombre de Muley,… (Y añada a la aclamación su Buen Genio:) …pues ya es don Baltasar de Loyola el gran príncipe de Fez,… …mostrando que más estima tener, que allá todo un reino, aquí el nombre de un rey. Las chirimías, y con esta repetición se entran todos. ¡Oh, cayera sobre mí, al abrasado desdén del último parasismo, la enmarañada altivez de esos montes! ¡Oh, cayera, roto de su polo el ej, sobre mí la inmensa lumbre de todo ese azul dosel para que, abriendo los mares al despeñado vaivén de tanto embate los senos de su pavorosa tez, me sepultara su abismo, antes que llegara a ver al Buen Genio contra mí coronado de laurel! Pero ¿qué me desconfía? Que tarde se puede hacer de buen moro buen cristiano, ¿común proverbio no fue? Pues en su persecución, andando siempre tras él, prosiga mi saña. Pero, ¡ay, infeliz!, mal podré seguirle ya; que, lanzado de la gran virtud de aquel exorcismo que el obispo para admitirle le lee, de él me ahuyenta, con que es fuerza que me haya de valer de otros medios. ¡Oh, si Dios, ya que de infiel le hace fiel, para acrisolarle más, de la cadena cruel que como a perro rabioso me tiene atraillado el pie me alargara un eslabón! Veremos, como me dé el inmenso poder suyo para usar de mi poder licencia, si persevera o no, por más que por él esos júbilos agora se gloríen de que ya es… …don Baltasar de Loyola el gran Príncipe de Fez, mostrando que más estima tener, que allá todo un reino, aquí el nombre de un rey. Vase, y salen por una puerta Zara y por otra Abdalá, representando cada uno aparte, sin verse hasta después. ¡Oh, loca esperanza vana, qué de siglos ha que estoy engañando el día de hoy y esperando el de mañana! Por mí este antiguo concepto sin duda que se escribió,… Sin duda alguna fui yo deste sentido el objeto,… …pues siguiendo una esperanza, no sé si muero o si vivo. …pues, ni libre ni cativo, sigo un bien que no se alcanza. Qué efecto tendrá el rescate de Mahomet, es mi cuidado. Mi pena es el haber dado armas con que otro me mate. Cuanto más su aviso tarda, más mi temor me atormenta. Cuanto más mi amor me alienta, más su desdén me acobarda. Y así voy con ansia vana… Y así con recelo voy… …engañando el día de hoy, y esperando el de mañana. Vense los dos. ¿Abdalá? ¿Divina Zara? ¿Cómo sin ver… (¡Ay de mí!). …que yo…? A presumir que aquí estuviérades, no osara a entrar en todo el jardín. Aunque ofenderme pudiera de encontraros en su esfera, lo he de perdonar, a fin de saber –pues ya tenéis la licencia conseguida, supuesto que, agradecida a la fineza que habéis en la libertad mostrado de Mahomet, la he concedido, sin tratar de más partido que iros, por haberme dado la muerte del rey poder para que en su ausencia pueda ser yo la que os la conceda– qué os obliga a suspender tanto tiempo la partida. Si yo decir (¡pena fiera!) lo que me obliga pudiera, dichosa fuera mi vida. Y supuesto que no puedo, sólo, señora, diré que quien me cautivó fue Mahomet. Que en su ausencia quedo esclavo vuestro, es verdad, mas tanto en serlo me alabo que mientras soy vuestro esclavo no quiero más libertad. ¿Qué se dijera de mí, si, usando vuestra licencia, ausencia hiciera en su ausencia, sino que si le serví en algo cautivo fiel, no la lealtad me obligó, sino el interés, pues yo me libertaba antes que él? Venga Mahomet tan dichoso como quien a veros viene, que de él sólo me conviene admitir en mi penoso estado aquesa piedad. Pues si él en mí os dio el imperio, fue para mi cautiverio, no para mi libertad; y aun ésta no agradecer, cuando él me la dé, pretendo. Eso es lo que yo no entiendo, o no lo quiero entender. Y porque oíros y veros no me dé qué discurrir, o mañana os habéis de ir, o mañana he de poneros en una torre a esperalle; que, si atento a esos reparos, él libertad ha de daros, no es bien que tan libre os halle que su liberalidad no tenga qué hacer después. Y pues la libertad es no querer la libertad, escoged desto el partido que menos peligro os cueste De adentro echan un papel a sus pies. y… Mas ¿qué papel es este que a mis plantas ha caído? Yo le levantaré, y yo, bella Zara, le leeré. Mostrad, que yo también sé leer, y ¡ay de vos si intentó por este medio… ¡Ay de mí! …vuestra loca fantasía…! No creáis que mi osadía… Baste, baste. Dice así: Lee. «Al Rey, mi señor, en mano de la Reina, mi señora.» ¿Al Rey y en mi mano agora que él aún no ha venido? Vano pensamiento, no me des que temer y sospechar que pudo Mahomet faltar y que ya su hijo lo es. «Sin Dios, sin razón ni ley, vuestro padre (¡qué pesar!) ya por el de Baltasar trocó el nombre de Muley. Y abandonando, tirano, con acción tan afrentosa patria, reino, hijo y esposa, en Malta queda cristiano». ¡Cielos! Aunque de su vida me vi al riesgo amenazada, aun mayor que imaginada es mi pena sucedida. Pero mal hago en creer que esto pueda ser verdad. A voces. ¡Todas las puertas tomad del jardín, hasta saber quién entró en él, quién echó aquí este papel! Allí un bulto está. ¿Quién aquí ocultarse intenta? Sale Cide Hamet. Yo. Yo, señora, que dudando el que pudiese mi aliento cara a cara pronunciar tan desdichado suceso, quise que fuese un papel quien lo dijese primero por que del primer dolor en él quebrases el ceño, escusándome el decirlo la prevención de saberlo. ¿Luego es cierto lo que aquí escribes? ¡Pluguiera al cielo tan cierto fuera mi fin como mi dolor es cierto! Aquella melancolía que le trujo tanto tiempo desvelado de entender de nuestro Alcorán un texto creció a manía tan grande que con el susto o el riesgo de una tormenta llegó –después que del cautiverio dejó pagado el rescate– a tan declarado estremo de locura que creyó navegar ondas de fuego y que iluminadas nubes desplegaban en el viento arcos de paz, cuya ninfa tenía a sus plantas puesto feroz dragón; con que a Malta volvió, donde entró pidiendo el bautismo y… Calla, calla, no lo digas, que los ecos de tu voz, avenenados del tósigo de su estruendo, son a mi vista y mi oído el relámpago y el trueno de un rayo que el corazón me penetra tan violento que sin ver fuera la llama arde hecho cenizas dentro. ¿Mahomet a su ley aleve? ¿Mahomet tirano a su reino? ¿Mahomet infiel a su patria? ¿Mahomet a su hijo fiero? ¿Y fiero, infiel y tirano y aleve a mi amor? ¿Qué espero que, como pisado áspid, la ponzoña no reviento de la ira en que me abraso, del furor en que me quemo, talando montes y mares las cóleras de mi incendio? Tú, infame; tú, traidor, tú; tú, aleve, caduco viejo, tienes la culpa. ¿Yo? Sí, pues, habiendo sido maestro suyo, lo que le enseñaste le trujo absorto, suspenso y atónito tantos días, hasta dar en el despeño de tan ciego precipicio, de tan loco devaneo. Bien digo que en ti resulta la causa de tal efecto. Y pues creciendo rencores de un momento a otro momento y de un instante a otro instante pasan tan de estremo a estremo que lo que hasta aquí fue amor desde aquí aborrecimiento es; no pudiendo vengar la ira en él y el despecho de un nuevo espíritu que se ha revestido en mi pecho, me vengaré en ti. Sácale la espada. Abdalá se pone en medio y dicen todos dentro las voces y sale Muley y algunos. ¡Detente! ¡Ay, infeliz! dentro Corred presto todos a su voz. ¿Hamet aquí y tú airada? ¿Qué es esto? ¿Qué ha de ser? Que no tan sólo sin el Rey, tu padre, ha vuelto, pero perturbado el juicio a los dogmas contra el cielo, contra la ley, contra ti, contra mí y contra sí mesmo, cristiano le deja en Malta. Pues ¿cómo, ¡ay de mí!, no vengo tan gran desdoro en su vida? Huye, Hamet. ¡Valedme, Cielos! Vase. ¡Seguidle todos, seguidle! ¡Muera el traidor a su reino y a su ley! Vase. ¡Muera el traidor! Vanse todos tras él. Tan acosado del pueblo corre al mar que despeñado a él se arroja. Aun no con eso vengada estoy. Pues si otra venganza quieres… Sí quiero, mas no que tú me la digas. Vase. Mahomet ya para ti muerto, tú ofendida y yo constante, sin mí te la dirá el tiempo. Vase. Sale Turín ridículamente vestido de soldado pobre con un brazo en una horquilla y una muleta en la otra mano. Fortuna, sin circunloquios desatemos la maldita, que nadie a un pícaro quita el don de los soliloquios. De Malta bien pertrechado de dinerillo y ajuar me envió don Baltasar, y apenas desembarcado en Mesina puse el pie cuando, esperando que hubiera viaje que a Saboya fuera, en una hostería alojé. Recibí en ella un criado, porque al fin, como venía a lo mal que me servía Alcuzcuz bien enseñado, lloraba sus soledades. Y así, dispuse que hubiera quien de mi Alcuzcuz supliera ausencias y enfermedades. Comía conmigo a pasto y yo, por ver si podía de la malicia del día sanear la costa del gasto, tal vez a un garito fui, cuya estación continué si gané porque gané, si perdí porque perdí; hasta que un día, picado, tan largo llegué a jugar que estuve un tris de parar, como al cautivo, al criado. Él, como me vio perder cuanto dinero tenía, fue volando a la hostería y dio al patrón a entender que por estar mal servido a otra mandaba mudar la ropa, cuyo pesar le dejó tan ofendido que, cuando a casa llegué, sobre si es bien hecho o no, me habló muy mal; pero yo muy bien le descalabré. Llegó justicia al suceso y, de esbirros rodeado, me vi a un punto sin criado, sin ropa y sin blanca, preso. En este espacio el picaño tuvo lugar de escapar, con que yo, para pagar al descalabrado el daño y costas a la justicia, hasta el vestido vendí y a teja vana salí como casa a la malicia. Viendo, pues, que no tenía más a mano otro ejercicio, me metí a bribón, oficio que se aprende el primer día; pues con alzar el clamor, torpe el paso y ronco el pecho, se halla el hombre hecho y derecho vagamundo del Señor. Tunando, pues, deste modo, por no volver deslucido a la patria, me he venido a dar en Roma por todo. Aquí es de la Compañía el colegio, en que frecuente acude toda la gente más devota cada día. ¡Y ella que viene! Cuidado con mis ecos lastimeros: ¡Den, cristianos caballeros, limosna a un pobre soldado! Salen el Príncipe y Alcuzcuz, vestidos a la española. Dicha ha sido haber tenido, después que hechos a la vela de Malta a Italia pasamos, en Augusta tan apriesa para Roma embarcación. Como ser hestoria nuestra tan rara que parecer tener cosas de comedia, ¿qué mucho que en componerse de jornadas lo parezca? Esta, Juan –dichoso tú, cuya buena ley te alienta no sólo a quedar conmigo, mas a pasarla de buena a mejor, pues de su gracia quiso que aun el nombre tengas–, esta, digo otra vez, noble, antigua ciudad excelsa, que, como Jerusalén, también en montes se asienta, es centro, dosel y silla de la corte de la Iglesia. Y bien, ¿no saber, sonior, a qué haber venido a elia? A besar el pie al Vicario de Cristo que hoy la gobierna, que es el Décimo Inocencio, y, dándole la obediencia, suplicarle que me dé pasaportes y licencias para que, sacrificando mi vida al martirio, pueda llevar su fe donde más a su honra y gloria convenga. Pues si a eso venir, ¿por qué preguntar por el colegia de Jesús antes que no por su palacio? Quisiera que supiese antes de otro quién soy, con que, para esta prevención, es bien valerme de anteriores diligencias. Del Maestre y don Baltasar cartas traigo de creencia para diversas personas. Y así, valiéndome de ellas, la del Padre general tengo de dar la primera. Y por que más advertido en lo que él escribe pueda hablar yo, la leeré antes, pues trae en falso la nema. Pasa leyendo la carta, llega Turín y, sin reparar en él, le va mandando a Alcuzcuz que le dé limosna. Caballero, deste pobre soldado tened clemencia. Da limosna a ese soldado y en esta parte me espera mientras salgo. Éntrase leyendo. (¡Qué merar! O mentir todas las senias, o este estar Torín). Hidalgo… (¡Quién saber fingir la lengua hasta ver si él ser, guardando el rostro al tomar el vuelta!). ¿Qué digo? Pues el señor mandó que limosna diera, ¿qué aguarda? Paseándose. Saber a quién, que tener orden espesa de dar menos u dar más según el persona sea. Pues alargue todo el orden, que el que hoy a pedirla llega pobre es de primera clase. Según el enforme tenga. Pues si le ha de oír, escuche y no la espalda me vuelva. Mé aguo en estando parado. Cabo mí, soldado, venga. ¿Cómo es el nombre? Turín. Me huelgo. ¿De qué se huelga? So yo muy gran servidor de los Torinos de Persia. ¿Es de allá el buen Torín? Soy de Saboya. ¿Y en qué guerras ha melitado? En Italia primero y en las galeras de Malta después. ¿Galeote o calafate? (Este intenta que antes que él me dé limosna le rompa yo la cabeza). Honrado soldado he sido y soy. Pues ¿por qué se queda si es honrado? Que el honrado soldado sigue la hilera. Me canso. Pues no se canse, que gusto de que me vean con soldado de remolque. Cabo mí, Torín, no tema, que pues yo le quiero honrar, bien puede venir más cerca. No puedo, porque estropeado de un brazo estoy y una pierna tengo baldada. Sería de algún tratillo de cuerda. No, sino muchos balazos que he recibido. ¿En qué empresas? Preguntador limosnero, en muchas y en la postrera más que en otras. ¿Cuándo fue? Cuando se hizo prisionera la persona de Mahomet, príncipe en Fez. ¿Qué me cuenta? ¿El mesmo Príncipe? El mesmo Príncipe. ¡Y a Dios pluguiera se le hubieran mil demonios llevado antes! ¿Pues le pesa de ello? Sí. ¿Por qué? Porque me tocó a mí de la presa el más infame morillo de cuantos venían en ella, por quien salí desterrado de la isla. ¡Oh, quién los viera por acá para matarlos a palos! Muy mal hiciera y me pesara a mí mucho. ¿Cómo? Como me dolieran sus lástimas. Pues ahorremos de demandas y respuestas y vamos a la limosna. Vamos, pero haciendo cuenta. ¿No es usted el seor Torín? Sí soy. ¿Por mar y por tierra no ha servido? Sí he servido. ¿Del Príncipe en la refriega no se halló y está estropeado? Sí estoy. Pues Dios le provea; que no hay limosna que dar a pobre de tantas prendas, que por muchas que se vayan habrá pocas que le vengan. ¿Agora sale con eso? ¡Voto a Dios que la muleta y horquilla rompa en sus cascos! ¿Con qué manos? Con aquestas. Da tras él a palos. ¡Milagro, que le he sanado! ¿Quién en dos días creyera que yo era santo? ¡Milagro! ¡Alcuzcuz! ¿Qué alcuzcuceas? Que ya no soy Alcuzcuz, sino cristiana menestra. Dame los brazos y dime, ¿qué transmutación es esta? Eso es largo de contar y más al ver que ya llega acompañado mi amo de honrada gente, por seña dando de serlo el que toda es gente de capa negra. Con el más anciano de ellos en una carroza entra y hacia otra parte camina. Ven; verás lo que se huelga de verte. Vase. ¿Qué importará que él se huelgue, si me pesa a mí de verle a él? Que aún no tengo olvidada la ofensa de su mal tercio, por más que cristiano en Roma vea a quien dejé moro en Malta. Y así, solo entre diversas gentes que, corriendo voz de quién es, por verle cercan la carroza, introducido, iré a ver si hay quien me sepa decir por qué estraños modos vino aquí. Vase, y sale el Mal Genio. Nadie pudiera mejor que yo, que lo miro de más lejos y más cerca. Apenas Juan Pablo Oliva, general de esa suprema religión, que siendo sola una compañía, más guerra hace al infierno que muchos ejércitos, a leer llega la carta del Maestre cuando con dulces lágrimas tiernas le recibe y le agasaja. Y por que tiempo no pierda, en la carroza que acaso tenía un señor a sus puertas al sacro palacio guía, donde, pedida la audiencia, humildemente postrado el pie de Inocencio besa. ¡Con qué paternal cariño, con qué amor, con qué terneza, para llegarle a sus brazos, le levanta de la tierra! ¡Y con qué afable consuelo, oyendo el fin que desea, que es dar la vida por Dios para conferir materias tan sagradas, más despacio le dice que a verle vuelva! Despedido, el general en su colegio le hospeda, sin que en religioso albergue tratamiento de rey quiera. Mas, ¡ay!, ¡cuán de paso admite la cortesana clemencia! Pues a oposición del voto que hizo en otro tiempo a Meca, peregrinar a Loreto dispone, y con tanta priesa que sin dar tiempo –mas ¿cuándo el del dolor no se abrevia?– por complacer de Loyola al nombre con más fineza, el traje de caballero al de peregrino trueca. Pero, aunque tantos estremos de fe y religión debieran desconfiar mis rencores, desesperar mis violencias, no me he dar por vencido. Cide Hamet, al dar las nuevas de su conversión, ¿no hizo que todos contra él se vuelvan? ¿No se echó desesperado al mar? De sus sañas fieras ¿no le socorrió la gente de una fragata que en ella de Liorna estaba? ¿No vino a Italia y por varias sendas a Roma, donde hoy se halla, a riesgo de que le prendan como a esclavo fugitivo? Y, en fin, ¿con Turín no encuentra y de sus dos derrotadas fortunas no se dan cuenta, en orden ambos de que una y otra le aborrezcan? Pues ¿qué instrumentos mejores puede elegir mi soberbia para quitarle la vida como yo su saña encienda? Mayormente cuando está tan dispuesta la materia que lo que se dicen es: Salen Cide Hamet y Turín, hablando como con recato. Yo no quise que me viera tan pobre por no obligarle a que de mí piedad tenga, que no he de admitir piedades de quien no he de olvidar quejas. Aun una intercesión no le debí. De esa manera tu rencor y mi rencor pisan una línea mesma. Y si quieres ayudarme, verás que no sólo vengas tu enojo, pero mejoras tu fortuna. Pues ¿qué intentas? Yo he de dar satisfación al mundo de que mis ciencias no le volvieron cristiano. Y pues como a maestro llegan a culparme, como maestro me toca su inobediencia castigar. Y cuando esto no baste, baste el que sea morabito para que desagravie a mi Profeta. Y así, si me ayudas tú, desmintiendo las sospechas, con decir que soy tu esclavo, de mi traje y de mi lengua, pues halagándote yo podré hacer que lo parezcas, seguros tras él podremos –haciendo de la cautela lealtad con darle a entender que es amor el que a él nos lleva– darle a nuestro salvo muerte; que para que no se entienda el achaque que le mata, sé yo de naturaleza mil venenosos secretos y alguno de tanta fuerza que sin que llegue a gustarle, tan sólo con que le huela le privará de sentidos hasta que la vida pierda. Y en cuanto a que su homicidio resulte en tu conveniencia, de lo que sobró al rescate aún tengo joyas y letras, porque la priesa de echarme al mar no dio tiempo a cuentas, bastantes para que rico y honrado a tu patria vuelvas, donde haciendo un instrumento de que libertad me entregas, viviré libre y ufano sólo con que en Fez se sepa que fui el que desagravió ley y patria, reino y reina. ¿Qué me respondes? Si ves de una parte mi miseria y de otra mi sentimiento, ¿cómo dudas que cometa esa especie de asesino?, pues no hay peligro que tema el que ya llegó a perder el temor de su conciencia. Sigámosle, pues, por donde va; verás si hago cautela de la traición. También tú verás el don que te espera de mi mano. Vanse los dos. Y yo veré, ya que Dios me da licencia de aquilatar este oro, si, mientras los dos conciertan quitarle la vida, puedo hacer que también padezca tales achaques el alma que ya que ha de morir, muera desesperado, mirando lo que en Fez pasa en su ausencia, que podrá fingir mi magia. Vean el cielo y las estrellas, hombres, fieras, peces y aves, agua, aire, fuego y tierra que ya que me venza un hombre no a poca costa me venza. Vase. Sale el Príncipe y Alcuzcuz, de peregrinos. Cansado vengo. Si ser el horas que más el sol fatigar con su rebol, ¿qué mucho? Pues el placer de aquesta selva florida en su hermosa verde estancia nos llama con su fragancia y con su sombra convida, aquí descansar podremos un rato. Recuéstanse los dos. ¿Quién te diría, cuando general te vía de ejércitos tan supremos y príncipe soberano de Fez, que hoy en un camino, a pie, solo y peregrino te habías de ver? Más gano en este que en aquel pierdo. Y pues te he dicho que no te acuerdes tú, ya que yo de nada que fui me acuerdo, ve a otra cosa. ¿Turín era el soldado que pidió limosna? Sí. ¿Por qué no le dijiste que me viera? Que, aunque por su mal obrar poco afecto me ha debido, bastaba que hubiese sido criado de don Baltasar para que en cualquier estado, por más pobre que me vea, de mí en cuanto pueda sea socorrido y amparado. Ya se lo decir; mas no debió de te querer ver, porque no dejar que hacer nada a tus piedades yo. Pues ¿qué hiciste con él? ¿Qué pude hacer más que miralle manco y tollido y dejalle sano y bueno? ¿Cómo fue sanarle tú? Que sabello es bien, pues de oírlo me espanto. Has de saber que era santo y no había dado en ello hasta que para su cura la virtud se declaró. Ya me espantaba que no parase en una locura. Deja necios disparates, por si un espacio pequeño treguas me permite el sueño. Como tú de dormir trates, trataré yo de velar; que en tierra en que haber bandidos, no es bien que a los dos dormidos mos coger; y así, por dar cordelejo al sueño, haré de las flores que promete este selvo un romillete. Vase. Necia memoria, ya sé que reino, hijo y esposa dejé. Y pues lo mismo hiciera si de todo el mundo fuera la majestad, no penosa me aflijas. Mas ¡ay!, que en vano procuro echarte de mí. Quédase dormido. Ya que rendido le vi a propensiones de humano, asombro y horror reciba: sueñe quién es y quién era. Cajas y trompetas. dentro ¡Muera Mahomet! dentro ¡Mahomet muera! dentro ¡Viva Muley! ¡Muley viva! Descúbrese un trono con gradas y dosel y en lo alto una estatua del Príncipe, lo más parecida que pueda, con los mismos vestidos de moro que sacó primero y con bastón de general, corona y cetro; al pie del trono Zara, Muley y Abdalá y acompañamiento. Entre sueños. ¡Qué pesadez! ¡Ay de mí! ¡Qué angustia! ¡Qué sobresalto! Nobleza y plebe de Fez, ya os constó cuánto tirano con su patria, cuánto fiero con su ley y cuánto ingrato Mahomet con su hijo y conmigo, a la obligación faltando de sangre, honor, lustre y fama, después de haber rescatado su persona mi fineza, en Malta quedó, trocando la real majestad de moro al vil nombre de cristiano. Y siendo así que en sus fueros nuestra gran ley al que vario la prevarica teniendo honores de soberano degradarle manda de ellos, yo, la ceremonia usando, delincuentemente reo, haciendo el trono cadalso, os le represento vivo en ese muerto retrato, corrida de que no tenga vida que le quite el mármol. Cumplid, pues, de vuestros ritos la usanza. Yo, pues me hallo presente como ministro militar, pues ser esclavo hoy no quita que ayer fuese general maestre de campo de mis ejércitos, sea quien, el puesto ejercitando, le degrade del bastón que fue mi ruina y su lauro. Quita el bastón. Yo, pues su delito fue después de haberme engendrado –con que ser no debe en mí el baldón hereditario y el reino sí–, del laurel, como mío, le degrado, quitándole de sus sienes con la corona el aplauso. Quítale la corona. Yo, que en su mano le puse del más ilustre y más alto reino el cetro, pues le di de mi alma y mi vida el mando, por que el mundo vea que de él en venganza de mi agravio no sólo le privo, pero aun del corazón le arranco, de su mano el cetro quito. Quítale el cetro. Y mostrando en la mía cuánto es imposible que a él vuelva, mano y cetro –de un presagio cumpliendo la voz que dijo mal hurtada de mis labios: «¡Viva Abdalá y Mahomet muera!»–, los enajeno y reparto, dándole el cetro a Muley, dándole a Abdalá la mano. Todos vosotros agora, ya que no sois sus vasallos y que sin reales insignias no es traidor el desacato, calles y plazas la estatua arrastrad hecha pedazos. ¡Muera Mahomet, y Muley y Abdalá vivan! Las cajas, y despertando el Príncipe se cubre todo. ¡Qué pasmo! ¡Traidores, pues…! Mas ¿qué digo ni qué me admiro ni espanto de que haga su oficio el sueño, representándome vago en las últimas especies con que dormí los engaños que tal vez saben hacer de la imaginación caso? Y cuando fuesen verdad, que ni lo dudo ni estraño, en Fez mis agravios, ¿qué importan ya mis agravios? ¡Pluguiera a vuestra piedad, Señor, se acercara el plazo en que por Vos padeciera la persona y no el retrato! Y si acaso el amor propio, si es que hay propio amor acaso en la parte de mis celos, os ofendió involuntario de no tener sentimiento, de ese sentimiento os hago sacrificio. Perdonad si me atrevo a decir: cargo, reino y compañía en un día dejé; sin ellos, Señor, ¿qué haré? dentro Buscar con fe pía, para otro reino mejor, otra mejor compañía. Si yo juzgara de mí méritos para tener inspiración, bien aquí pudiera darme a entender que interiormente la oí; pues en callada armonía oigo ser a mi dolor medio… …buscar con fe pía, para otro reino mejor, otra mejor compañía. Otro mejor reino, ya sé que es el reino del cielo; mas ¿quién decirme sabrá la mejor a mi fe y celo, qué compañía será? dentro ¡De Jesús la virtud pía me valga! Dudar ya error cuál es con tal voz sería… …para otro reino mejor, otra mejor compañía. Quédase el Príncipe suspenso y salen Cide Hamet y Turín deteniendo a Alcuzcuz, que traerá en la mano las flores que dicen después los versos. ¡De Jesús, digo otra vez, la virtud me valga! Necio, ¿de qué te admiras? ¿De qué admirarme, cuando a veros llego aquí a los dos? Detente. En vano ser, que dar quiero estas nuevas a mi amo. No has de llegar tú primero que nosotros. Sí hacer tal. Deshácese de ellos, dejando a Turín las flores en la mano. Al ir de los dos huyendo, por asirle de la mano, el ramillete que haciendo estaba dejó en la mía. Sonior, sabe… Tan sospenso estar que ni ver ni oír. (Muestra, que no acaso creo que la ocasión que buscamos nos ha salido al encuentro). (¿Cómo?). (Como en estas flores empezar a sembrar puedo los confecionados polvos de aquel tósigo violento, por si acaso hay ocasión de ofrecerlas en su obsequio). Toma las flores y derrama en ellas unos polvos. Sonior, mira si soy santo, pues con Hamet, sano y bueno, viene Torín. (Como tú las inficiones, yo medios buscaré de ir a su mano). (Ya lo están). ¿No hay oír? (Lleguemos con nuestra deshecha agora). Danos tus pies. ¡Bueno es eso! Aún no me responde a mí, con hablarle algo más recio, ¿y responderá a los dos? Vuelve en sí. ¡Oh Señor, y cuánto os debo, pues a un humilde gusano reveláis vuestros secretos; no sólo inspirando auxilios, pero revelando riesgos! Danos, gran señor, tus plantas. ¡Hamet, Turín! Pues ¿qué es esto? Haber dejado por ti patria, esposa, hijos y deudos, y a ser discípulo tuyo, corrido de ser tu maestro, venir siguiendo tus pasos. Como era un camino el nuestro, nos encontramos en él; que también yo, en seguimiento tuyo, con los desengaños de mi mala vida, vengo ansioso de mejorar mis costumbres con tu ejemplo. No sabré encarecer cuánto de ver a los dos me huelgo, pues ya sé que tú a ser vienes cristiano, Hamet, y tú luego, Turín, de no buen cristiano a ser menos malo, siendo en las piedades de Dios casi un beneficio mesmo pasar de moro a cristiano, que de mal cristiano a bueno. (Si bien lo supieses…) ¡Dadme los brazos! A tus pies puestos estamos. ¡Qué bellas flores! Para ti estaba yo haciendo ese ramillete y él quitármele. Acaso creo que fue dejarle en mi mano, mas si era para ti, quiero restituirle a la tuya. Goza, pues, el blando aliento de sus lirios, azucenas, rosas y jazmines, puesto que eran tuyas. Dale el ramillete. Muestra. (Bien sucede). ¡Cuánto agradezco el don, no sabré explicar! ¿Por qué? ¿Un pobre don? Por esto. Este cárdeno lirio, enamorado galán del blanco albor desta azucena; esta púrpura rosa, que de ajena sangre dio su matiz al encarnado; este tierno jazmín, que no manchado ni el ábrego ni el cierzo le dio pena, símbolos son de quien, de gracia llena, ni aun en primer instante vio al pecado. Pues si nunca abrigaron en su seno estas flores al áspid, ¿qué osadía pudo juzgar que donde, de horror lleno, no introdujo Satán su tiranía, pudiese introducir otro veneno la suya en atributos de María? Y por que mejor veáis que ni lo dudo ni temo, no solamente al olfato las flores aplico, pero aun a los demás sentidos. Ojos, labios y oídos tengo de cebar en ella. ¡Ved qué poco daño me han hecho! Mas ¿cómo me ha de hacer daño quien es de todos remedio? ¡Qué asombro! ¡Qué horror! Y más a la vista de su templo que, estraño bajel del aire, sulcó sus esferas, siendo de la exención del tributo no mal probable argumento; pues quien sacó de cautiva la casa, sería bien cierto que no había de dejar nunca cautivo a su dueño. ¡Gran Jerusalén de Europa, salve! ¡Salve, alcázar bello de la cristiana Sión! ¡Salve, misterioso centro, que, solar de Ana y Joaquín, en el instante primero viste al alba sin mancilla y en el segundo al sol mesmo amancillado, pues viste en ti ceñido lo inmenso, medido en ti lo infinito, en ti abreviado lo eterno, y pasible lo impasible, viendo en ti hecho carne el Verbo! ¡Salve otra vez y otras mil! Y ya que a saludar llego tus torres, sea pensando, mejor dijera creyendo, que la zarza incombustible fuiste que, exenta del fuego, ardió sin quemarse. Y pues como a tal te reverencio, para pisar tus umbrales me descalzaré, poniendo más los ojos que las plantas en tus arenas. Y puesto que a vista tuya favores que no merezco merezco, de la inspiración usando que me ilustraba primero y de la que rescató mi vida después, prometo en la mejor compañía alistarme; pues habiendo sido Ignacio a quien debí el primer conocimiento de mis confusos errores y a quien por lo caballero, por lo soldado y lo santo cobré tan digno respeto que con su ilustre apellido mi real sangre honré, bien creo que por adoptado hijo de su religioso gremio me reconozca y me admita, en cuya milicia, siendo su cuarto voto misiones que lleven el Evangelio a infieles gentes, no dudo que ella logre mis intentos, facilitándome ella las licencias de Inocencio. Y más si del sacerdocio –pues ya de mi casamiento aquel natural contrato, el día que corra riesgo la pureza de la fe, le da por nulo y disuelto la disparidad del culto– a la dignidad me atrevo; que si no dignos son todos cuantos le gozan, bien puedo entre los no dignos yo osar a ser uno de ellos. Y, en fin, Señor, protestando que desde aqueste momento no daré paso que no sea en orden al deseo de dar la vida por Vos, a las puertas de Loreto, patrimonio de María, cuyo no pagado feudo fue mi primer vocación, humilde y postrado os ruego me concedáis este don. Y si fuere gusto vuestro que en el camino la vida pierda, admitid el afecto, pues a mí me basta buscar los medios que en mejor compañía dan mejor reino. Vase. ¡Oye,… ¡Aguarda,… …escucha!,… …espera!,… …que confuso… …que suspenso… …al prodigio de tu auxilio… …de tu fervor al portento… …no sólo tu muerte ya… …no ya tu aborrecimiento,… …solicitaré, traidor,… …tirano, intentaré,… …pero tu ley ofrezco seguir. …mi vida enmendar ofrezco. ¿Quién le decir a mi amo que venir, antes de verlo, a ser menos malo el uno, cuando el otro a ser más bueno? Pero ¿quién a él lo decir, si aun a mí decirme el viento?: ¡Victoria, victoria por el Bueno Genio! Vanse los tres, y salen los dos Genios. ¿De qué cantas la victoria, si, aunque más auxilios veo en tu alabanza inspirados y en mi desdoro dispuestos, si creo a las conjeturas de mis ciencias –pues es cierto que aunque gracia y hermosura perdí, no perdí el ingenio–, hallo en ellas que la muerte le está amenazando presto, conque nunca gozará, por más que insten sus anhelos, el renombre del martirio, que es su más deseado premio? ¿Cómo puede no gozarle si ya le goza, supuesto que si no es mártir por sangre, es mártir por el afecto? ¿Mártir por afecto y no por sangre? Sí. Da un ejemplo. Muchos pudiera, mas uno por todos del sacro texto. Sube conmigo, pues no se da ni lugar ni tiempo entre los dos. Ya contigo rompo la esfera del viento. Suben los dos juntos en dos elevaciones de dos canales y, en estando arriba, se apartan en dos bofetones y se ve un monte. Después, cuando lo dicen los versos, se abre el monte y se ve en él a Abraham y Isaac en el sacrificio y a su tiempo baja el Ángel. ¿Conoces aquese monte? Sí conozco; bien me acuerdo de sus señas. Este es Moria, a quien el nombre dieron del Monte de la Visión. Ábrese el monte. ¿Y qué es lo que miras dentro? Lo que vi en él repetido me parece que a ver vuelvo, pues en la elevada cima Abraham está diciendo: Ya, Señor, a Isaac, mi hijo, os sacrifico yo mesmo. Y yo de mi voluntad la vida a la vuestra ofrezco. ¿Podrasme negar, al ver alto el brazo, humilde el cuello, el ser ya sacrificada vida aquella? ¿Cómo puedo? Pues mira cómo interpone Dios entre cerviz y acero nuevo decreto. Sale el Ángel en el aire. Suspende el golpe, Abraham, que el cielo, aceptando de tu fe el sacrificio, ha dispuesto que la vida de Isaac supla la víctima de un cordero. Yo, Señor, ya os di mi vida. Señor, ya visteis mi celo. Y aunque no vierta su sangre Isaac, sacrificio es vuestro. ¿Estás convencido? Sí y, aunque a mi pesar, confieso que mártir sin sangre puede ser mártir por el afecto. Pues no han de parar aquí sus aplausos y trofeos. ¿A qué más han de llegar el día que a esto llegan? Vuelve el sacrificio y vese en el respaldo de él la Religión, con corona y cetro imperial. Esto me tocará a mí el decirlo. ¿Quién eres, prodigio bello? Si no lo han dicho las señas de imperial corona y cetro y el nombre de Jesús, que por timbre en mi escudo tengo de los ejércitos grandes que en el militante gremio de la Iglesia sirven, soy la Compañía a quien dieron, por premio de sus servicios, a Ignacio sus altos hechos. Y el día que en mí se alista ese príncipe estranjero, es fuerza que a mí me toque publicar de sus portentos la segunda parte. ¿Cuándo? Cuando superior decreto dé licencia que a luz salgan de misteriosos efectos, de las muchas conversiones, de su humildad, de su celo, de su obediencia y su fe, en cuyo dichoso tiempo hablarán en su alabanza… Salen unos moros, el Maestre y caballeros. Fez, que le dio el nacimiento… Malta, que le dio el bautismo… Sicilia, que le dio el puerto… Roma, que le dio el abrigo y las licencias… Loreto, que le dio la inspiración… Yo, que le di en mi colegio la ropa, estudios y ciencias… …y Madrid el monumento, diciendo todos… …y yo con todos a mi despecho: ¡Victoria! ¡Victoria por el Buen Genio que en mejor Compañía da mejor reino!