Pedro Calderón de la Barca Afectos de odio y amor Personas que hablan en ella. SIGISMUNDO. CASIMIRO. FEDERICO. ROBERTO. ARNESTO, viejo. TURÍN. AURISTELA. CRISTERNA. LESBIA. FLORA, criada. NISE, criada. Soldados. Jornada I Salen AURISTELA y ARNESTO, viejo. ¿Qué hace mi hermano? Ya es ociosa pregunta esa. ¿Cómo? Como ya se sabe que está... Di. Desta manera. Corre una cortina, y véese CASIMIRO sentado, con un pañuelo en los ojos. Retírate y no hagas más ruido, que pues que, sin que me sienta, hasta aquí llegué, he de ver destos canceles cubierta, si por dicha o por desdicha es posible que algo entienda de sus tristezas, fïando a sus solas sus tristezas algún cuidado a los ojos, o algún descuido a la lengua. Bien podrá ser, pero mucho lo dudo, según en esta galería, que del Tanais sobre la orilla le asienta, siempre encerrado, ni habla, ni ve, ni escucha, ni alienta. Vase. Con todo eso he de deber a mi amor esta experiencia, y pues entre sí suspira, quiero escuchar de más cerca. Quien tiene de qué quejarse, ¿qué mal hace, si se queja? Porque el delito del llanto quita el mérito a la pena. Así yo, porque de mí celos mi dolor no tenga, aun al labio he de impedirle que respirar me consienta, por más que el volcán del pecho, Levántase y paséase. por más que del alma el Etna, al aire de mis suspiros fuego apague y nieve encienda. Muera pues... Mas ¿quién aquí está? Llega donde está. Yo soy. ¿Auristela? ¿Tú en acecho a mis locuras? ¿Cuándo, Casimiro, atenta a la pasión que te aflige, al dolor que te atormenta, pendiente no estoy de todas tus acciones por si fuera tal vez posible inferirlas, para procurar ponerlas, si no medios que las sanen, alivios que las diviertan? Y ya que hoy, más declarada que otras veces, mi fineza me ha descubierto el acaso con que a esta parte te acercas, no he de volverme sin que mi fe y mi amor te merezcan alguna breve noticia. Y para que te convenzas de mi ruego, o de mi llanto, he de usar de una cautela, que es ponerte en el paraje de mi estado, porque tengas andado el medio camino, que no es poca diligencia a quien perdido se halla guiarle hasta dar con la senda. Del tercero Casimiro de Rusia quedaste, en tierna edad, sucesor, gozando conmigo en la primavera de nuestros infantes años, la más noble, más suprema provincia del norte, pues siempre ceñidas las bellas sienes de laurel y oliva, es en sus dos academias el certamen de las almas, y el batallón de las ciencias; bien que, de tanto esplendor, fue pensión la antigua guerra de aquel heredado odio que hay entre Rusia y Suevia, a cuya causa, queriendo Adolfo, su anciano César, gozar la ocasión de verte sin manejo ni experiencia de militar disciplina, intentó invadir tus tierras en tu primer posesión, cuyos estragos acuerdan desmanteladas ciudades, en polvo y ceniza envueltas. En esa edad fue a los dos ponernos en fuga fuerza, porque el rencor no acabase con la sucesión excelsa de los coronados duques de Rusia; y así la cuerda política de los jueces, que gobernaban en nuestra pupilar edad, dispuso que yo, fiada a la inclemencia del Tanais, pasase a Gocia a criarme en la tutela de Gustavo, nuestro tío; y tú, porque con su ausencia la lealtad no peligrase, sin que de vista te pierdas, te retirases al duro corazón de las soberbias entrañas del Merque, cuyas nunca penetradas breñas fuesen tu sagrado puesto; que muro que hizo defensa contra las fuerzas del tiempo, ¿qué no hará contra otras fuerzas? Dejemos en este estado, yo entre estremos, tú entre peñas, tu crianza y mi crianza; dejemos también con ella los asedios, los asaltos, las desdichas, las miserias, que tras sí arrastra ese horrible monstruo, esa sañuda fiera, que de solo vidas de hombres y caballos se alimenta. Y vamos a que entre tanto terror, siendo en tu primera cuna, tus gorjeos las cajas, tus arrullos las trompetas, creciste tan invencible hijo de Marte, que apenas pudiste, ocupando el fuste, tomar el tiento a la rienda, ni la noticia al estribo, cuando calzada la espuela, trenzado el arnés, el asta blandida, empezaste, en muestra de que eras rayo oprimido, a herir con mayor violencia; bien como el que apasionado de tupida nube densa, cuanto más temido tarda, tanto más veloz revienta. Cinco campales batallas lo digan, díganlo, vueltas a tu primero dominio, diez ciudades; y si ellas no bastan, dígalo yo, que en fe de que tus fronteras ya resguardadas estaban, di a sus umbrales la vuelta, no tanto atenta al cariño de la patria, cuanto atenta a no sé qué vanidad de mi heredada nobleza; pues muriendo nuestro tío, no me pareció decencia de mi decoro durar, ni huéspeda, ni estranjera, en poder de Sigismundo, joven de tan altas prendas como publica la fama, llena de plumas y lenguas; mayormente cuando el vulgo, monstruo también, que de nuevas se mantiene, dio en decir que sería congruencia de todos casar conmigo, cuya voz me dio más priesa, ¡ha, tirano!, porque cuando eso con mi gusto sea, no se presuma de mí, que fue mi casamentera la ocasión, y así previne qué medios y conveniencias se traten desde tu casa, porque si le admito, vean que es porque me pide y no porque en su poder me tenga. Pero esto ahora no es del caso, y así, cobrada la hebra al hilo de tus vitorias, a atar el discurso vuelva. Desde aquella, pues, adusta edad vencedor, hasta esta joven edad, continuadas las generosas empresas de tu siempre invicto aliento, llegaste a la más suprema que pudo ofrecerte el culto de esa vana deidad ciega; que sean dichas u desdichas lo que empieza a dar, aumenta. Esta última vitoria (de quien con tantas tristezas vuelves, debiendo volver con más generosas muestras de vencedor que vencido) lo publique, y pues en ella, empeñado a solo un trance todo el resto de ambas fuerzas, en aplazada batalla de poder a poder, llegas a coronarte triunfante con tan singular proeza, como que Adolfo a tus manos muerto en la campaña queda, todas sus güestes vencidas, todas sus armas deshechas, ¿qué pasión hay que te postre? ¿Qué dolor hay que te venza? Y más cuando a Suevia ya tan poca esperanza resta para volver sobre sí; pues tarde o nunca Cristerna, de Adolfo heredera hija, podrá... Suspende la lengua, no la nombres, calla, calla; no la acuerdes, cesa, cesa. ¿Pero qué digo? ¿Qué afecto comunero de mi idea me amotina el vasallaje de sentidos y potencias, obligándoles que rompan con desmandada obediencia la ley del silencio? ¡Oh, nunca traidoramente halgüeña hubieras, como dijiste, puesto a un perdido en la senda!, porque nunca hubiera yo, complacida tu cautela, declarádome al mirar cuanto de mí me enajena, cuanto tras sí me arrebata solo el nombre de esa fiera. ¡Mas, ay!, que al de la justicia, ¿qué delincuente no tiembla? Y ya, ¡ay infeliz!, y ya que no es posible que pueda retractar la voz, que tiene no sé que cosas de piedra, que disparada una vez no hay como a cobrar se vuelva; oye y válgate tu maña; pero con tal advertencia que lo que escuche el oído, no lo ha de saber la lengua. Después que en contadas marchas, Adolfo y yo la ribera ocupamos del Danubio, frente haciendo de banderas, él lo intrincado de un monte, yo lo inculto de una selva; atentos los dos a un mismo principio de toda buena disciplina militar, estuvimos en suspensa acción, procurando entrambos saber por sus centinelas los movimientos del otro, en cuya quietud inquieta solo eran guerra galana las escaramuzas diestras. En esta, pues, pausa astuta, porque hay precepto que enseña que flemática ha de ser la cólera de la guerra, estábamos, cuando supe de no sé qué espía secreta, que Cristerna... Pero antes que llegue a hablarte en Cristerna, es bien que te la difina, porque lo que diga della no haga escándalo, sabiendo en qué condición te asienta. Es Cristerna tan altiva que la sobra la belleza. ¡Mira si la sobra poco para ser vana y soberbia! Desde su primer infancia no hubo en la inculta maleza de los montes, en la vaga región de los aires, fiera ni ave que su piel redima, ni que su pluma defienda, sin registrar unas y otras en el dental de sus puertas, ya desplumadas las alas, ya destroncadas las testas. No solo, pues, de Diana en la venatoria escuela dicípula creció; pero, aunque en la altivez severa con que de Venus y Amor el blando yugo desprecia. No tiene príncipe el norte que no la idolatre bella, ni príncipe tiene que sus esquiveces no sienta, diciendo que ha de quitar sin que a sujetarse venga, del mundo el infame abuso, de que las mujeres sean acostumbradas vasallas del hombre, y que ha de ponerlas en el absoluto imperio de las armas y las letras. Con esta noticia agora caerá mejor lo que aquella espía me dijo, y fue que habiendo movido levas a un tiempo en todo su Estado, venía a reclutar con ellas las tropas de Adolfo, siendo su capitana ella mesma. Yo, viendo cuánto preciso tan último esfuerzo era ser numeroso, antes que todo a incorporarse venga, se prefiere la batalla, dejando, por la desierta campaña al frondoso abrigo, en orden mi gente puesta. Bien quisiera él no acetarla, según tibio en la aspereza del monte esperó a que yo le embistiese dentro della. Hícelo así, y de primero abordo fue tal la fuerza del ataque, que ganadas las surtidas que había hechas en el recinto de algunas cortaduras y trincheras, cuya movediza broza era su entrada encubierta, en desorden la vanguardia se puso, y una vez esta rota, ella misma tras sí llevó las demás defensas. Con que mezclada mi gente ya con la suya, en la esfera del cuerpo de la batalla, adonde estaban las tiendas, corte de Adolfo, me hallé casi apoderado dellas, si el batallón de su guarda, según las heroicas señas de los grabados arneses, plumas y bandas, no hiciera, con desesperado empeño, la última resistencia. Disputábase el relance, cuando vimos en la sierra, de infantes y de caballos coronarse la eminencia. Reconoce su socorro su gente, sin que la nuestra por eso el tesón dejase el alcance, de manera que a un mismo tiempo unas tropas con la oposición se alientan; otras, con las auxiliares armas que miran tan cerca, se reparan, y otras, viendo a cuán buena ocasión llegan, aceleradas avanzan; entre cuyas tres violencias quiso, no sé si mi dicha o mi desdicha, que hubiera puesto los ojos en un caballero, por las señas que de particular daba, coronada la cimera, sobre un peñasco de acero, de plumas blancas y negras. Él, no sé si con el mesmo deseo, mas con la mesma acción, a mí se adelanta, y echadas ambas viseras cala el can, y calo el can, y al torno de media vuelta, con dos preguntas de fuego habló el plomo en dos respuestas. Fue más dichosa la mía, pues repitió el eco della: «¡ay de mí!», desamparando borrén, fuste, estribo y rienda. Parecerate que estás oyendo alguna novela, y más si dijese agora que Adolfo, por las caderas del caballo, vino a dar casi a los pies de Cristerna, que entonces llegaba; pues no hermana te lo parezca, porque tal vez hay verdades que parece que se inventan. Reconoce las divisas, y sañudamente fiera, por pasar a la venganza, no se embaraza en la ofensa. ¡Oh, quién supiera pintarla! Mas será impropriedad necia detenerme ahora en decir que (o porque no la afligiera la sobrevista, o vencer con la ventaja más cierta de dejarse ver) traía sobre las doradas trenzas sola una media celada, a la borgoñota puesta, una hungarina, o casaca, en dos mitades abierta, de acero el pecho vestido mostraban, de cuya tela un tonelete, que no pasaba de media pierna, dejaba libre el vestido de la bota y de la espuela. Esta, pues, nueva Tomiris, esta, pues, Floripes nueva, desempeñara el acaso de la pasada tragedia, si al avance de su gente, y opósito de la nuestra, no se interpusiera obscura la enmarañada tiniebla de la noche, en cuyo espacio, aprovechada la tregua, pareció a sus generales, que a Fusa, primera fuerza defensible de su Estado, se retirase, y con ella el real cadáver de Adolfo, en cuyas aras funestas la jurasen reina, antes que sin jurarla pudiera el trance de una batalla aventurar la obediencia; mayormente en reino donde tan poco ha que fue depuesta la Salia ley, que dejaba desheredadas las hembras. Dejose vencer forzada, de suerte que, cuando tierna la aurora, en fe del estrago, sobre la teñida yerba salió llorando a otro día granates, en vez de perlas, hallé la campaña franca, de mil despojos cubierta, con que canté la vitoria; mas con tan gran diferencia, como cantarla llorando, según vivamente impresa en mi ofuscada memoria quedó la imagen de aquella, ni sé si Venus, ni Palas, mas Palas y Venus era, tomando de una la ira y de otra la belleza. Si me persuado a que puedo olvidar, la acción es necia, loca acción si me persuado a que puedo merecerla; de suerte que yo rendido y ella ofendida, no queda otro medio a mi esperanza que morir de mi tristeza, supuesto que en dos estremos, de odio y amor, llanto y queja, rencor y agrado, venganza y piedad, dolor y ofensa, siendo fuerza que yo adore y fuerza que ella aborrezca, no es tratable a mis desdichas, ni olvidarla, ni quererla. Aunque tan estraños son los sucesos que me cuentas, yo no he de rendirme a que mis esperanzas no tengan, por cuanto pudiera ser, que esos afectos abrieran el paso a una universal paz hoy del norte. Aunque sea forzado consuelo, basta pensar que consuelo sea, para que el alma le estime. Sale ROBERTO. Un soldado, por las señas deste anillo, dice que le des de hablarte licencia. Dile que entre. Este soldado es el espía, Auristela, de quien sé cuanto allá pasa. No alabes la diligencia, que tampoco falta aquí quien dé allá de todo cuenta. Tomad y llegad, soldado. Sale TURÍN, y vase ROBERTO. Dame tus pies. Con bien vengas. Llega a mis brazos. No creo. ¿Qué? Que merecen las nuevas que traigo ese porte. ¿Pues qué hay? ¿Qué dudas? ¿Qué recelas? Habla, que mi hermana puede oír cuanto decir quieras. Yo lo agradezco, porque también le toca a su alteza mucha parte en mis noticias. ¿A mí? Sí. ¿Cómo? Oye atenta. Después que a Fusa, señor, retiró el campo Cristerna, y que al cadáver de Adolfo se hicieron reales exequias, mezclando a un tiempo el Estado dos acciones tan diversas, como fúnebre y festivo, allí la juró por reina. Apenas miró en su frente la corona, cuando puesta en pie, la mano en la espada, dijo en voz desta manera: «Yo, Cristerna, a quien leal admite y jura Suevia, como a legítima hija de Adolfo, acepto la herencia, no tanto del reino, cuanto del dolor de su tragedia; y así hago pleito homenaje sobre estas aras sangrientas, de no darle sepultura hasta que vengada vea lavar su sangre con sangre del agresor de su ofensa. Y aunque nunca al matrimonio di plática, porque vea el mundo cuánto tras ti esta esperanza me lleva, mi mano le ofrezco al noble que le mate o que le prenda, y al no noble cuantos puestos, mercedes y honras pretenda. Y porque otras veces vieron los teatros de la guerra ser el delincuente mismo el que se entregue a cautela de ser él el perdonado, para que esto no acontezca, a Casimiro de Rusia, duque, excepto porque sepa que no le valdrá, cerrando a lo ya visto la puerta.» Hasta aquí, señor, contigo mi noticia habló, y ahora entra lo que a Auristela le toca, y es que a este tiempo en la iglesia de Sigismundo de Gocia, entró en busca de Cristerna un embajador, pidiendo de paz paso por sus tierras, que ya se ve que está en medio de Gocia y Rusia, Suevia, para venir en persona a casar con Auristela, y llevarla por su Estado, a que respondió soberbia que se fuese, que no había de venir en conveniencia ninguna de Rusia; y él prosiguió, al verla resuelta, que supiese que traía orden, si el paso le niegan, para intimar, que las armas tomarían la licencia que ella negase; con que otra vez en arma puesta queda Cristerna en campaña, al ver que ya sus fronteras va ocupando Sigismundo. Famosa ocasión es esta para acabar de una vez los dos con toda Süevia, divirtiendo por estotra parte tú. Bien me aconsejas a la razón de mi estado, no a la razón de mi pena, porque, ¿cómo puedo yo, si de mi afecto te acuerdas, añadir contra mi afecto ceño a ceño, queja a queja, ira a ira, agravio a agravio, daño a daño y fuerza a fuerza? Viendo... ¿Qué? ... que una pasión no ha de abandonar la eterna fama de un heroico pecho, y más cuando el que se arriesga es por honrarse consigo. ¿Pero cómo hablo yo en esta persuasión? Tú eres quien eres, y harás, como el serlo acuerdes, siempre lo mejor. Aparte. El cielo te guarde, que a mí, en mis quejas me basta que Sigismundo tan fino a buscarme venga. Vase. En fin, Turín, ¿que la blanca mano de esa hermosa fiera es la talla de mi vida? Ahí verás lo que te precia; pues es su reina y su mano el premio de tu cabeza. Y en fin, ¿porque yo no valga lo que yo valgo, me excepta a mí de mí? Fue forzoso. ¿Cómo? Como si no hiciera esto, en un instante estaba acabada la comedia, y yo me holgara por ver una deste autor pequeña. Pues por Dios, que he [de] ver yo, ya que ese paso me cierran, si sé abrir otro a mis ansias. Ven, Turín, conmigo. Ciega imaginación de un loco, si sales con lo que piensas, prevén al grande teatro del mundo, que cuando vea la más rara, más estraña, más caprichosa, más nueva locura de amor, que pudo ganar nombre de fineza, no la censura, porque si novedades no hubiera, la admiración se quedara inútil al mundo, fuera de que no es gran novedad que un desdichado pretenda ganar una alma por armas, ya que por armas la pierda. Cajas y trompetas, y salgan las mujeres que puedan, todas con plumas y espadas, y detrás CRISTERNA, con bengala. En tanto que enamorado, Sigismundo, a romper llega paso, que en mi estado niega la misma razón de Estado, por haber considerado que no me puede estar bien que Rusia y Gocia se den la mano, y más penetrando mis plazas, viendo y notando de qué calidad estén. Quiero empezar a mostrar si tiene o no la mujer ingenio para aprender, juicio para gobernar y valor para lidiar; y así, porque no presuma Suevia que ciencia tan suma quien la publica la ignora, me ha de ver tomando ahora la espada, y ahora la pluma. Veme pues, Lesbia, leyendo, mientras no se acerquen más las tropas, que estoy detrás de aquella montaña viendo esas leyes que pretendo poner en mi monarquía; que si de noche escribía César lo que de día obraba, yo, mientras el día no acaba, aún no he de perder el día. Toma LESBIA un libro. Lee. «Nuevas leyes que Cristerna, reina de Süevia, manda promulgar en sus Estados.» Di, por si hallo en qué enmendarlas. «Primeramente, aunque hoy en Süevia no se guarda la Salia ley, que dispuso con las mujeres, tirana, que las mujeres no hereden reinos, aunque únicas con todo eso, porque nunca recurso en su Estado haya de que en ningún tiempo pudo ni admitirla, ni guardarla, manda, no solo se borre de sus libros y sus tablas, pero que a voz de pregón y a son de trompas y cajas, se dé por traidor a toda la naturaleza humana, al primer legislador que aborreció las entrañas tanto en que anduvo, que quiso del mayor honor privarlas.» Digno castigo a un ingrato dar su doctrina por falsa; que ser ingrato y ser justo, son dos cosas muy contrarias. Di, adelante. Lee. «Y porque vean los hombres que si se atrasan las mujeres en valor y ingenio, ellos son la causa, pues ellos son quien las quita de miedo libros y espadas, dispone que la mujer que se aplicare inclinada al estudio de las letras, o al manejo de las armas, sea admitida a los puestos públicos, siendo en su patria capaces del honor que en guerra y paz más al hombre ensalzan.» Si el mérito debe dar los premios, y este se halla en la mujer, ¿por qué el serlo el mérito ha de quitarla? ¿No vio Roma en sus estrados, no vio Grecia en sus campañas mujeres alegar leyes, mujeres vencer batallas?, pues lidien y estudien, que ser valientes y ser sabias es acción del alma, y no es hombre, ni mujer el alma. «Y en tanto que esta experiencia en su favor se declara, manda también que se borren duelos que notan de infamia al marido que sin culpa desdichado es por desgracia.» Esta es la más justa ley que previno mi alabanza. Hombre, si por ser inútil la mujer, no la fías nada, ¿cómo todo se lo fías, puesto que el amor la encargas? ¿Bueno es que quieras que no tenga ingenio o valor para darte honra por sí, y por sí los tenga para quitarla, o pueda darla, o no pueda perderla? Di. «Ítem declara, porque no en todo parezca que a la mujer adelanta, que la que desigualmente se casare enamorada, en desdoro de su sangre, lustre, honor, crédito y fama, sea comprehendida en pena capital, sin que la valga de amor la necia disculpa.» En bronce esta ley estampa; que han de saber que el amor no es disculpa para nada; porque, ¿este amor es más que una ciega ilusión vana, que vence, porque yo quiero que venza? Di... Pero aguarda Ruido dentro. ¿Qué caballero es aquel que de una albanesa alfana a nuestra vista se apea? Como huéspeda en mi patria ha tan pocos días que vivo de tu piedad amparada, a nadie conozco en ella; mas él, pues que ya se aparta de la bien lucida tropa, que de convoy le acompaña, dirá quién es. Sale FEDERICO. Sí merece, no digo besar tus plantas, mas de la tierra que pisan la menos impresa estampa, un nuevo soldado tuyo. Permítele que en las varias flores que tu pie guarnece[n], a cuenta de las que aja, poner los labios merezca. Del suelo, joven, levanta, y sepa quién eres, no pueda nunca la ignorancia aventurarme el estilo. Hácense reverencias y cúbrense. Federico soy, de Albania príncipe heredero; habiendo oído que alista la fama gente en tu servicio, no solo en favor de la saña, que con Casimiro engendró aquella infeliz desgracia, sino contra la invasión de Sigismundo, en demanda de hacerle paso en tu Estado, vengo auxiliar a tus armas, a servirte aventurero, con naves y con escuadras, que verá Gocia en sus puertos, verá Rusia en sus campañas el día que tu licencia tengan, dignamente vanas de militar a tu orden, sin que el conducirlas haga consecuencia para que puesto más que confianza de que vengo a merecer tanto triunfo, dicha tanta como tu mano promete al que logre tu venganza; porque solo a servir vengo, sin que el sagrado me valga de que a vista del peligro, no es grosera la esperanza. Dos veces agradecida, príncipe, a vuestra bizarra acción, una en el socorro y otra en la desconfianza con que le ofrecéis, no sé a cuál primero obligada deba responder primero; y ya que no puedo a entrambas, a la menos sospechosa que agora responda, basta. Vós seáis muy bien venido, y pues es justo que añada yo al sueldo de aventurero alguna noble ventaja digna de vós, esta es, Federico, la bengala de general de mis tropas. Otra vez beso tus plantas, y otra y mil veces en ellas acepto merced tan alta, por lo que fío de mí que sabré desempeñarla con el alma y con la vida. Dentro, un clarín. Quien de vós... ¿Mas, qué bastarda trompa es aquella? Un trompeta, que de las góticas armas de Sigismundo guarnece la banderola y casaca, llamada de paz ha hecho. Otro clarín. Responded a la llamada, que escusar al enemigo siempre ha sido de importancia. Ya con el seguro, un joven que vino en su retaguardia se apea, y hacia aquí viene. Antes que llegue... ¿Qué tratas? Óyeme aparte: Ya sabes que mi padre, en la embajada de Gocia murió, y que yo sirviendo quedé de dama a Auristela, que a este tiempo en Gocia huéspeda estaba, de cuya corte mis deudos me trujeron a tu casa. Sí, ¿mas qué importa eso agora? Que sepas, si no me engaña la vista, que el gentil hombre que llega, en fe de la salva del seguro que le has dado, es... ¿Quién? Segismundo. Calla, y pues no puedo prenderle, hecha ya la salvaguardia, no te des por entendida. No haré, y antes retirada escusaré que me vea, por no despertar la rabia de sus pasados desprecios. Vase, y sale SIGISMUNDO. Pues divinamente humana permites que tus pies bese, no liberalmente escasa, a quien ya logró esta dicha, la mano niegues. Levanta, y la ocasión que te trae di, y no más. Oye, y sabrasla. Sigismundo, señora, que humilde el eco de tu nombre adora, romper contigo siente la paz que inmemorial guardó prudente su vecindad en amigable trato; y porque nunca baldonar de ingrato puedas su estilo, el fin de lo que intenta, segunda vez por mí te representa. Dice, pues, que su prima Auristela, deidad que amante estima, fue, desde su primera edad, el punto, el término, la esfera de toda su esperanza, tan desde su crïanza niño Amor, que hasta hoy no se ha acordado haber vivido, sin haber amado. A este primer empeño añade que juzgándose ya dueño de igual correspondencia, la posesión la malogró la ausencia: la causa de otros visos han estado (porque no quiero recatarte nada), le dice (que pretende satisfacer, que tu amistad no ofende) no fue, como sin duda habrás oído, querer su pundonor desvanecido casar desde su casa, sino querer, si a otro sentido pasa, castigar no sé qué vanos recelos, que a no ser suyos, los llamara celos, con que turbó la paz en que vivía una traidora fe que la servía, fingiendo (bien se deja su cuidado adivinar) que de ella enamorado, (mas ¿qué no hará quejosa una hermosura?), su favor pretendía, ¡qué locura! Con este sentimiento, sin bastar nada a disuadir su intento, dejó a otra luz burlada su fineza; mas ¿qué no hará querida una belleza? ¡Oh mujer, siempre hechizo de la vida, o amada estés, o estés aborrecida! Esto me da licencia de decirte, como público ya, por persuadirte a que atiendas que vive en un estado, que ella celosa y él enamorado, no hay otro medio de satisfacella, que vea que en persona va por ella. Y siendo así que no hay quilla que hoy corte los helados carámbanos del norte, ni tropa que se acerque al erizado leño con que el Merque, más que el Tanais helado, le impiden el rodeo, pues cerrado uno y otro horizonte, peñasco el golfo es, piélago el monte, te pide que a su amor compadecida (pues no es su amor quien te dejó ofendida, y entre iguales señores suelen lidiar corteses los rencores, que una cosa es la saña, y otra la urbanidad de la campaña) o que pasar le dejes, con su familia sola, o no te quejes, si amante... No prosigas, que más me ofendes cuanto más me obligas; pues cuando mi rencor, mi ira no fuera tal, que también a él le comprehendiera, y más oyendo agora cuánto la sangre que aborrezco adora, solo por ser, como es, su intención rara trance de amor, el paso le negara. Demás que ya su gente a mi vista, otorgar no me es decente lo que negué primero; que a la tez del acero asentar su color la cortesía, no es más que una afectada cobardía; y así, dile que intente pasar, porque en mi espíritu valiente nunca ha de hallar más conveniencia que esta. Pésame de llevarle esta respuesta, que sé la ha de sentir, por ser contigo la guerra, que si fuera otro enemigo, que una dama no fuera, ni aun esta salva pienso yo que hiciera. Pues porque ese consuelo no es bien que falte a tan amante duelo, dirasle de mi parte que, dejando lo Adonis por lo Marte, podrá intentar tan generoso afecto, absolviendo el escrúpulo al respecto, pues ya Cristerna bella no mantiene el rencor de su querella, sino un soldado aventurero suyo. Huélgome de saberlo, y si es que arguyo que eres tú quien a tanto te prefieres, ¿quién le diré que eres? Porque sé que el empeño crece a sombra del nombre de su dueño, Federico de Albania soy. Estimo Hácele reverencia. el conocerte, y porque veas que animo de parte de mi rey el generoso valor, con que enemigo tan glorioso más aplaudido hará su vencimiento, desde luego a los dos... Di. Os represento, por el puesto que aquí suplo [en] su ausencia, a ti la lid, a ti esta reverencia, como en albricias que a esas nuevas debo. Y porque sepan qué respuesta llevo antes que llegue, y que la guerra acepta quien Cristerna no es, toca trompera, en vez de salva, ya con voz más clara, la botasela, el monta y la tarara. Vase con el clarín. En la lid nos veremos. Yo también, que corteses tus estremos no han de atajar mi brío; y pues mis armas a tu acuerdo fío, ve a poner el ejército en batalla, que batiendo la estrada, a aseguralla yo con la guarda voy. Dadme un caballo. Vase. Amor, ¡en buenos dos empeños me hallo!; uno el de aquel bosquejo, aquel dibujo, que con Cristerna a merecer me trujo, en fe de la esperanza, de que pueda ser mía su venganza; y otro del cargo en que este honor me ha puesto. Pero ¿qué duda el que, a cumplir dispuesto su obligación, dentro del pecho encierra amor y honor? Las cajas y trompetas. Dentro todos. ¡Arma, arma! ¡Guerra, guerra! Y pues apenas el campo de Sigismundo oyó el eco de toques de guerra, cuando desciende, en buen orden puesto, y ella, batiendo la estrada marcha ya, en su seguimiento iré. Amor, pues que te precias de amante y soldado, siendo hijo de Venus y Marte, mira qué dice este acento... Dentro. ¡Arma, arma! ¡Guerra, guerra! Pon a tu cuenta mi riesgo. Vase y fíngese dentro la batalla. ¡Viva Sigismundo, viva! ¡Viva Cristerna! Sale CASIMIRO, vestido de soldado pobre, y TURÍN. A buen tiempo hemos llegado. ¿Qué llamas buen tiempo, señor, si vemos llover en nubes de humo granizo de plomo el cierzo? Pues, ¿a qué mejor, si es esa la pretensión con que vengo? ¡Viva Sigismundo! Caja. ¡Viva Cristerna! Advierte, te ruego, si hallarte con Sigismundo en esta acción es tu intento, que no vas bien, porque está de Cristerna el campo en medio. ¡Ay, Turín, cuán al contrario has discurrido! Que ciego vengo a servir a Cristerna, contra Sigismundo. Presto empiezas a ser cuñado. ¿Qué dices? Que ver deseo si es verdad que la fortuna ayuda al atrevimiento. ¡Vive Dios, o sea locura, o capricho, o devaneo, que he de ver si valgo yo con ella más que yo mesmo! Y pues en fe de que sabes lengua y país, te prefiero a tantos nobles vasallos, no hay que encargarte el secreto de quién soy, puesto que en traje pobre, humilde y estranjero, nadie habrá que me conozca. Y allá, en echándote menos, ¿qué han de pensar que te hiciste? Eso ha de decir el tiempo. Caja. Y ahora, pues ves que ya empiezan a disputarse los puestos, pues que ya los batidores han atacado el encuentro, pasemos a la vanguardia, que hoy, si amor me ayuda, pienso señalarme tanto que o quede triunfante, o muerto. Aténgome a lo segundo. Dentro CRISTERNA. ¡Ay de mí, infeliz! La caja, y un ruido grande dentro. ¿Qué es esto? Que herido el caballo viene de aquel ribazo cayendo una mujer. Y tras ella volante escuadrón pequeño de infantería, o matarla o prenderla intenta. ¿Y eso qué te importa a ti? ¿No basta ser mujer? Advierte... Sale CRISTERNA, cayendo algunos soldados tras ella y después SIGISMUNDO. ¡Cielos, dadme favor! A prisión te da. Apartaos, deteneos, que reales personas solo las rinden los rendimientos. Vuestra majestad... ¿Qué escucho? Ya que Sigismundo puedo hablar, y no embajador, vuelto a la vaina el acero, se dé a prisión; pues ya ve que son iguales sucesos trances de guerra y fortuna. Preciso es obedecerlos; y pues son fortuna y guerra monstruos mantenidos desto, muere a su horror. Eso no, sin que yo muera primero. Cobra un caballo, entre tanto que yo tu vida defiendo, Loco, contra tantos, ¿cómo posible es? Como mi intento solo es de morir matando. Y el mío también. Dentro. Llegad presto, que está en peligro su vida. Cargando con todo el grueso, señor, su ejército avanza sobre nosotros, a tiempo que apartado de tu gente te hallas. ¿Qué soldado, cielos, es este, que ha embarazado el más glorioso trofeo? ¡Quién le pudiera decir que un cuñado antes de serlo! Sale FEDERICO y soldados. Hácele la batalla, retirándose. ¡Muera Sigismundo y viva Cristerna! Aquí entro yo. ¡A ellos! Forzoso es que te retires hasta llegar a los nuestros. Notable ocasión perdí. Vase. Pues aún yo no estoy contento; mas adelante, Fortuna, pase tu valor, si es cierto que dar uno es deber a otro. Vase. Ya que llegué a tan buen tiempo, mientras un caballo cobras, dime, señora: ¿qué es esto? La caja siempre y trompetas. Después lo sabréis, agora socorred, socorred presto aquel soldado, a quien vida, honor y libertad debo, aquel de la roja banda que, desesperado, en medio de todos lidia, hasta que cara a cara y cuerpo a cuerpo, con Sigismundo a los brazos llega. Pero ¿qué os aliento en su socorro, ¡ay de mí!, si en su misma sangre envuelto con él despeñarse deja del monte? Dentro CASIMIRO y SIGISMUNDO. ¡Valedme, cielos! ¡Viva Cristerna! Vitoria por los más. Ahora salen cayendo, y CASIMIRO ensangrentado. ¿Qué es esto? Esto es ser persona que hago, y persona que padezco. A tus plantas, ¡ay de mí!, casi en el último aliento de mi vida, la persona de Segismundo te ofrezco, con la vitoria de ver, cuando con él me despeño, que ha desmayado su gente, y la tuya en seguimiento suyo..., si... Mas cuando yo... Proseguir ni alentar puedo. Felice quien dio la vida en tu servicio. Cayendo. Pues estos trances de guerra y fortuna son en la vaina el acero, que a reales personas solo las rinden los rendimientos, os dad a prisión, pues veis que a vista de igual suceso se retira vuestro campo, desbaratado y deshecho. [Aparte.] ¿No fuera bueno ponerme yo ahora a su lado, diciendo: «Huye, mientras yo te amparo»? Mas ¿quién me mete a mí en eso? Muy descortés mi desdicha fuera en mostrar sentimiento, ya que prisionero soy en serlo, señora, vuestro. Mío no, de Federico sí, que es de mis armas dueño. Llevadle vós donde tenga digna prisión, mientras yendo a la Corte, lo es la torre del homenaje. En mi mesmo alojamiento tendréis quien os sirva. ¿Quién vio, cielos, de la dicha a la desdicha pasar a nadie tan presto? Vanse los dos. Si ha muerto, mirad vosotros, ese soldado. Aún no ha muerto, que con más vidas que un gato está vivo como un perro. [Aparte.] Calle quién es, y quién soy. Pues retiradle, advirtiendo (ya que en siguiendo el alcance volver a la Corte intento) que en mi tienda de campaña Levántanle los soldados. se cure, con los remedios que si fueran para mí, porque más su vida precio, que prisionero y vitoria. Pues con razones no puedo tan grande favor, señora, con el alma os agradezco. Id, cuidad de vuestra vida, que en vós, si vivís, espero vengarme de Casimiro. Yo de mi parte os lo ofrezco. Yo lo acepto de mi parte. Mucho hay que decir en eso. ¡Válgate Dios por novela! ¿En qué ha de parar tu enredo? ¡Válgate Dios, por ventura, que poco gozarte pienso! ¡Válgate Dios por soldado, en qué obligación me has puesto! Jornada I Salen CASIMIRO y TURÍN. ¿Dónde de tantas heridas, apenas convalecido venís, señor? Si a Cristerna en tantos días no he visto, puesto que en su ausencia muero, ¿para qué en su ausencia vivo? A verla vengo, Turín, ya que para hablarla he oído que a cualquier hora al soldado audiencia da. Si ese ha sido tu intento, a buen tiempo llegas, que ella al apacible sitio deste jardín, donde dicen que suele andar de contino, leyendo una carta sale. Pues retírate conmigo hasta que acabe de leerla, que no es cortesano estilo llegar estando leyendo. CRISTERNA, leyendo una carta. «Desde el día que supimos, señora, aquel homenaje que vuestra majestad hizo con tan grande premio, a quien se le diere, muerto o vivo, ni vivo ni muerto dél se sabe.» Turín, ¿has visto más soberano, más bello, más hermoso, más divino sujeto? Infinitas veces. ¡Mal hayas tú! Lee. «Varios juicios se han hecho en su ausencia; pero el que corre más valido es que una melancolía, que potencias y sentidos le tenía perturbados, pasándose a ser delirio, debió de desesperarle desde una galería al río, donde se encerraba a solas.» Con justa razón admiro tan gran novedad; mas luego discurriré, ahora prosigo. Con gusto que lee, parece, la carta. No se le envidio, si ha de responder a ella. ¿Por qué? Porque el que recibo, cuando alguna carta leo, le pago cuando la escribo. Lea. «Auristela, que en su ausencia tiene de Rusia el dominio, sabiendo que Sigismundo a ser prisionero vino de tus armas, siendo ella desa fineza motivo, a ponerle en libertad marcha, y hoy en tus distritos harán alto sus banderas.» ¡Qué aire!, ¡qué beldad!, ¡qué brío! ¡Feliz quien compró esta dicha a costa de aquel peligro! Pues a ese precio, en la feria, habrá lances infinitos. Lee. «Pero apenas llegará, cuando yo, que leal te sirvo, como pongas en la raya emboscados y escondidos en sus malezas algunos soldados, con un caudillo de satisfación, haré que de una seña advertidos, que será una banda blanca pueda carearse conmigo, y dándole nombre y seña, y contraseña, atrevidos llegar a su tienda, donde la noche haciendo su oficio, o la prendan o la maten.» Agora, discurso mío, en tantos, en tan estraños casos, como cifrar miro lo breve deste papel, discurramos. Ya ha leído. Llega, pues. Un monte muevo en cada planta que animo. Casimiro, desde el día que supo que vengativo mi rencor ha de buscarle, no parece. ¿Si habrá sido ardid y cautela? Sí. ¿Qué oráculo ha respondido? Si a la deidad del milagro llevar debe agradecido la tabla de la tormenta el naufragio peregrino, bien yo a tus aras, señora, en piadoso sacrificio, pues vida y alma te debo, la alma y la vida te rindo. Acaso ha sido: suspenda de mis discursos el juicio. Mucho me huelgo de veros, que vuestra persona estimo más (antes lo dije, y agora vuelvo de nuevo a decirlo) que vitoria y prisionero. Bien un cortesano dijo que nunca a los reyes falta caudal de premiar servicios. ¿Cómo? Como premian solo con dejarse ver benignos. Con todo eso, hay otros premios que den del poder indicio. Serán más acomodados, mas no serán más bien vistos. Bien es que se den la mano honores y beneficios. Sí, pero siempre, señora, lo más digno es lo más digno. Pues porque lo logre todo quien todo lo ha merecido, ¿en qué compañía, qué tercio servís? ¿Qué puesto, qué oficio en mi ejército tenéis? Yo soy tan recién venido, que oficio, puesto, ni plaza tengo; pues apenas piso vuestro, para mí, estranjero país, cuando el hado previno mostrar que a serviros vengo, con que empezase a serviros. ¿De qué nación sois? La banda pensé que lo hubiera dicho. Vasallo de España soy. Borgoña es mi patrio nido. ¿Sois noble en ella? No sé. ¿Eso ignoráis? Es preciso. ¿Cómo? Como nunca el pobre es ni bien ni mal nacido, bien, porque otro ha de dudarlo, mal, porque él no ha de decirlo. Un soldado de fortuna soy, no más, que peregrino vengo buscando la guerra, sin más favor, más arrimo, más lustre, ni más caudal que esta espada, de quien fío, que ella ha de decir quién soy, si es que el enigma no olvido del sabio que preguntó quién después de haber nacido había engendrado a sus padres, y otro el soldado le dijo que los padres del soldado solo son sus hechos mismos, con tan gran novedad como nacer primero los hijos. ¿El nombre? Soldado soy, sangre, y nombre, y apellido a este se reduce todo. Segunda vez os estimo, (ya que buscando la guerra venís, como me habéis dicho) que eligieseis mis armas y no las de Casimiro o Sigismundo. ¿Quién tuvo en su mano su albedrío, que lo mejor no eligiese? ¿Y es lo mejor el partido de quien en medio de dos poderosos enemigos sitiada está? Sí, señora, y perdonadme el estilo, si a privilegios de reina los de mujer anticipo; porque solo el ser mujer trae una carta consigo, tan de favor que no hay hombre con quien no hable el sobre escrito. Servir por inclinación es tan mañoso artificio, que de la penalidad sabe labrarse el alivio. Y cuando reina no fuerais, (y reina de quien he oído por vuestro ingenio milagros, por vuestro valor prodigios) solo por mujer, señora, libre una vez en mi arbitrio, os eligiera por dueño; que tiene casi divino su ser, no sé qué absoluto imperio sobre el destino, que sin saber a quién mandan, mandan con tanto dominio, que servirlas no es fineza, y es no servirlas delito. ¿Y no sabéis que sois noble? Pues yo sí; porque es preciso que el hábito de estimarlas caiga siempre en pechos limpios. Yo doy por vistas las pruebas, y, pues yo las califico, el capitán de mi guardia, al ver mi caballo herido, por llegar a socorrerme en el pasado conflicto, murió; y pues que vós quedáis heredero del peligro, es bien lo quedéis del puesto. A vuestras plantas rendido... Alzad, levantad del suelo. Y yo, que ha más de mil siglos que, oyendo hablar en discreto, callando me estoy martirio que no alcanzó Diocleciano, puesto que, a haberle sabido, condenara a pasar antes a conceptos que a cuchillos, ¿no mereceré, señora, también por rocín venido, ser vivandero siquiera? Quita, necio. Sabio, quito. Dejadle. ¿Quién sois? Un loco, ignorante criado mío. Niego el supuesto, que yo soy el amo, el silogismo pruebo. Yo sirvo de suerte que no sirve lo que sirvo; él sirve, sirviendo cuando como, y bebo, calzo y visto; luego el servido soy yo, puesto que él no es el servido, y aunque él sea el servidor, estoy yo a vuestro servicio. Buen humor tenéis. No gasto ni récipes, ni aforismos. Ya basta, loco. Y volviendo a ponerme agradecido a vuestros pies... No, no más, que esto no es más que principio; y si una interpresa, que hoy os he de fïar consigo, ya que al disponerla habéis a tan buen tiempo venido, habéis de ver... Pero esto el efecto ha de decirlo. Yéndose. Esperadme aquí, entre tanto que a consultar los designios, como en fin mi general, voy della con Federico. Al entrarse, sale FEDERICO. ¡Una y mil veces dichoso quien a tan buen tiempo vino, que oyó su nombre en tus labios! Accidentes sucedidos acaso, ni dichas son, ni desdichas. Hayan sido lo que fueren, por lo menos cuando el nombre no sea indicio de memoria, a mí me basta el que no lo sea de olvido. Eso es exceder los fueros de aquel hidalgo motivo de servir sin esperanza. ¿Yo con qué esperanza sirvo? No responderos a eso sea haberos respondido. El acaso de nombraros, fue decir que iba a advertiros de dos grandes novedades de que un confidente mío, vasallo que en Rusia tengo, me da en esta carta aviso. Esto me importa, Turín, que oiga. Pues, ¿hay más de oírlo? Pero para hablar en ellas, asegurar solicito que Sigismundo (que en fe de la guardia le permito de esa torre de palacio, que es de su prisión retiro, salir a aquestos jardines), no nos oiga, y imagino que desde que estoy yo en ellos, entre sus redes le he visto. Y así, como acaso, quiero, dando breve vuelta al sitio, asegurarme de que no esté donde pueda oírnos. Esperad los dos, que importa que esté su efecto escondido de Sigismundo. Al entrarse, por la otra puerta sale SIGISMUNDO. ¡Infeliz quien a tan mal tiempo vino, que oyó en tus labios su nombre! Eso otro al contrario dijo. Bien pueden tener razón dos, no diciendo lo mismo. ¿Cómo? Como lo que es en el dichoso cariño, es ceño en el desdichado; y así, bien puede haber sido dicha en otro, en mí desdicha, que con afectos distintos, habléis dél como parcial y de mí como enemigo. Mas ya que lo soy, señora, dar a entender solicito que lo soy bien, como debo serlo yo. Un criado mío, que preciado de leal, menospreciando el peligro, en traje de jardinero osó entrar aquí, me ha dicho dos novedades que os tocan, y habiéndolas yo sabido [Aparte.] (Hagamos del ladrón fiel, pues saberlo ella es preciso, día más a menos), fuera ignorarlas vós delito; mayormente, cuando dellas puede ser que el hado impío desarrugue el ceño y saque de un estrago dos alivios. Una es que no se sabe, señora, de Casimiro, y se cree que, perturbado de una melancolía el juicio, furioso se arrojó al Tanais, pues cerrado y escondido en una galería, nadie salir, señora, le ha visto. Otra es que Auristela viene en su ausencia, con motivos de ponerme en libertad, cuyo ejército, vecino ya a vuestra raya, esperando las diversiones del mío está. ¿Sabéis más? ¿Qué más? Más que hay que saber. Lo mismo iba a decir yo a los dos, que habéis vós a los tres dicho. ¿En fin, por muerto y por loco me tienen? Pues no han mentido más que la mitad del precio, que en la otra, verdad han dicho. [Aparte.] (¿Aquí estaba este soldado? Con tanto rencor le miro como causa de mis penas, que haré, si lo finjo, mucho.) Que lo supieseis, señora, quitar no puede a mi aviso lo noble de la noticia, y más si della consigo, que pues Casimiro fue quien tan gran pesar os hizo, y él falta, no hay contra quién vuelva la guerra al principio. Auristela y yo, no solo prisioneros, mas cautivos seremos vuestros, si dando el sentimiento al olvido, ve el norte que una paz... Basta, no prosigáis, que al oíros darme aquí las nuevas vós, proponiéndome el designio de la paz, me da a entender que todo esto es artificio. Creído tuve que podía ser verdad el precipicio de Casimiro; pero agora que en vós la noticia miro y el pretexto, me persuado a que todo sea fingido. ¿Fingido no parecer hombre como Casimiro, ni saber nadie de él? Sí, que el temor le habrá escondido al ver que contra él no hay príncipe que, conmovido al interés de mi mano, o al blasón de su homicidio, no me solicite asumpto de su militar auxilio. Federico, ya lo veis, pues que mis armas le fío, a tiempo que Hungría me escribe que viene ya en favor mío; el de Bulgaria y Polonia también me avisan lo mismo, de suerte, que al ver que tantos poderosos enemigos le han de buscar, el temor sin duda esconder le hizo, por ver si en este intermedio doy a la platica oídos de la paz. Y eso lo afirma ver que nadie dé por fijo su despeño, que es dejar la puerta abierta al arbitrio, para que pueda después que se hayan desvanecido, hecha la paz, los socorros, vivo parecer, al viso de otra disculpa. ¡Que oiga esto yo! ¿Hay más de no oírlo? ¿Cómo? Hazte sordo. Que haga Cristerna, príncipe, el juicio que quisiere, es dama y puede; mas que vós le hagáis, no es digno de vuestro valor; que pechos tan generosos y altivos creen desdichas, no ruindades, y en ellas el fuego activo de lo rencoroso, apagan llantos de lo compasivo; fuera de que es argumento contra el propio interés mío; creer, que mi enemigo hiciera lo que no hiciera yo mismo. Ya sé que el tener yo honor es tenerlo mi enemigo; pero cuando el caso sea tan no nunca acontecido, puede arbitrar la sospecha. No puede, y así os suplico que advirtáis que prisionero soy, y que aunque sea mi primo amigo y cuñado, no tengo acción para pediros de otra suerte, que miréis como habláis de Casimiro. De cualquier suerte que yo hable... Basta, Federico; basta, Sigismundo. Ved que estoy yo aquí. ¿Quién, divinos cielos, creerá que yo esté de todo esto por testigo? Yo lo creeré, pues que creo que anda un cuñado tan fino, Señora, yo... Yo, señora... Bien está, príncipes; idos, idos vós también, y ved, segunda vez lo repito, que estoy de por medio yo. Obligaros solicito. Obedeceros deseo. Denme los cielos camino para que yo mantener pueda lo que hubiere dicho. Vase. Por no ver a este soldado, más gustoso me retiro, que sentido de no haber vuelto más por Casimiro. Vase. ¡Soldado! ¿Qué me mandáis? Retiraos vós. ¿Secretico? ¡Quiera Dios que hablar se vuelvan de secretos y no entendidos; ya que anda el diablo suelto, que no ande el amor listo! Vase. Ya sabéis que a una interpresa os cité. Y sé que no vivo, hasta saberla. También sabéis que con Federico iba a consultarla. Sí. Pues sabed que, interrompido aquel intento con esta desazón que aquí habéis visto, ya consultarla no quiero con nadie, sino conmigo. Y hacéis bien. ¿Qué más consejo, señora, que el vuestro mismo? Pues oíd. Pero primero que me resuelva a decirlo, me habéis de hacer juramento del secreto. A los divinos cielos, la rodilla en tierra, una mano sobre el limpio acero, en las vuestras otra, lo otorgo, juro y confirmo. ¿Ceremonias de homenaje sabéis? Tal vez he leído que esta es su forma. Tómale la mano. Pues yo con toda ella le recibo. Por lo menos ya esta dicha no has de quitarme, hado impío, y como el tacto me dejes, te doy los demás sentidos. ¿Y confirmáis, otorgáis y juráis? Sí. ¿Sin oírlo? Pues, ¿qué hace en adelantarlo quien sabe que ha de cumplirlo? ¿Que en la demanda desta facción, que de vós confío, perderéis la vida antes que el efecto? Así lo afirmo. Pues con los soldados, que yo os entregaré escogidos, iréis a la raya, en cuyos marañados laberintos, emboscado esperaréis hasta que en ella os dé aviso tremolada blanca seña; y habiéndoos cercado, y visto con quien la haga, tomaréis, cautamente prevenido, seña, contraseña y nombre, con que en el trémulo abrigo de la noche llegaréis, bien informado del sitio, a la tienda de Auristela, donde osado y atrevido la prendáis o matéis. Este el orden es, advertid que queda a mi cuenta el premio, y va a la vuestra el peligro. Vase. Oíd, esperad, ved. Fortuna, ¿quién en el mundo se ha visto en tan nuevo, tan estraño, tan raro, tan exquisito empeño de amor y honor, sangre y patria? Mas ¿qué admiro? Mas ¿qué dudo? Mas ¿qué estraño? ¿Qué discurro? ¿Qué imagino? Si sangre, patria y honor, en este confuso abismo, donde amor todo es portentos, mi vida toda prodigios, no pesan, no montan tanto como haber Cristerna dicho que está a su cuenta el premiarlo, y va a mi cuenta el cumplirlo. Cajas y trompetas, soldados, ARNESTO y AURISTELA. En esta inculta raya, falda del Merque y del Danubio playa, cuyo inmenso raudal y cuya cumbre, del mar las olas y del sol la lumbre, uno iguala, otro mide, y a Suevia y Rusia en términos divide, alto haga nuestra gente, ya que el sol a los campos de occidente, huyendo baja de la noche fría en el postrer crepúsculo del día, que apenas el aurora veréis que las más altas cimas dora, cuando mi orgullo ciego, talando a sangre y fuego entre, desde la encina hasta la caña, el próvido verdor de la campaña, sin perdonar el bélico tributo, ni hoja, ni mies, ni vid, ni flor, ni fruto. Ya la gente alojada por su maleza está y tu tienda armada; entra, señora, a descansar en ella. Mi quietud solo estriba en no tenella. El día que, mentidos mis desvelos, me di por satisfecha de los celos de Sigismundo, al ver cuán manifiesta satisfación la libertad le cuesta; y el día también que trágico mi hermano, ya de infelice, o ya de cortesano, no parece; ¡infelice si el despeño es verdad que el vulgo dice! Cortesano, si es que retirado, por vivir de Cristerna enamorado, verse escusa con ella en campal lid, dejándole a mi estrella las armas, porque a fin de empresas tales, de mujer a mujer lidien iguales. Y pues, sea verdad o no lo sea su despeño o su amor, es bien que vea Cristerna, si blasona de que ella Palas es, que soy Belona, no ha de saber que se rindió mi pecho al ocio blando del mullido lecho. Sacan luces, siéntase, y vanse todos. Poned ahí unas luces y un asiento, que este le basta a mi cansado aliento, cuando porfiado el sueño se quiera hacer de mis sentidos dueño. Salíos todos afuera. ¡Oh vaga obscuridad, corre ligera, que la hora no ve la saña mía de que me vuelvas a traer el día! Canta dentro un SOLDADO. Prisionero Sigismundo en Suevia está; mas ¿quién pudo blasonar de amante, que prisionero no esté? Hola. Sale. Señora... Quién canta mirad. El soldado ha sido de posta, que persuadido a que sus males espanta, si el adagio no mintió, con ese alivio pequeño espanta cansancio y sueño. ¿Direle que calle? No, que lo que estrañé es que cante tan a propósito ahora. ¿A qué novedad, señora, no hacen versos al instante ociosos ingenios? Y es harto que en la ardiente esfera de aquesa encendida hoguera, adonde reparar ves iras del yelo y la escarcha, no sean las voces más, con que divertir verás las fatigas de la marcha. Vase. Id, y no le digáis nada; que no le quiero quitar ese alivio a su pesar, ni aun al mío, si llevada del contento de su voz, clarín su contento fuera que mi espíritu encendiera, acordándole veloz, que en Suevia Sigismundo prisionero está. Mas ¿quién pudo blasonar de amante, que prisionero no esté? Bien que atendiendo a la causa a quien debe el padecer, dulcemente se consuela, diciendo una y otra vez: Prisionero me tiene por un buen querer. Y responden todos, envidiosos dél: «Si el querer es delito...» ... préndanme también. Y aun yo con todos, ¡ay triste!, estoy para responder a las fantasmas del sueño, que ya en mi triunfar se ve. Si el querer es delito, préndanme también. Salen CASIMIRO, con una banda en el rostro, soldados y ROBERTO. Aunque de mí recatado, descubrirte no has querido el rostro, el haber venido de quien vienes enviado, basta para que pretenda cumplir lo que prometí. Llega conmigo, que aquí es de Auristela la tienda. El no descubrirme ha sido temer, si el rostro me viera quizá alguno, que pudiera ser por él muy conocido, porque en campaña me vi muchas veces cara a cara con tu gente. Pues repara, ya que llegaste hasta aquí, falseando a las centinelas, de nombre y seña las guardas. Ya el campo en quietud, ¿qué aguardas? Durmiendo está, ¿qué recelas? Bien, guerra, ladrón atroz del siglo, tu horror te muestra, pues hiciste llave maestra de todo un reino una voz, sujeta a una vil cautela. ¿A quién, cielos, no da espanto el mirar que duerman tanto, solo en fee de que uno vela? ¿Qué esperas? Llega conmigo, pues que durmiendo está allí. Vanse los soldados. Retiraos, y solo a mí me dejad; que si consigo mi intento, yo os llamaré a su tiempo. ¿Pues qué intento puedes dudar, cuando atento a la ocasión que se ve, tienes a Auristela bella en tus manos? ¿Qué orden, pues, dime, traes? El orden es de matalla, o de prendella, y pues me dan a escoger, todo lo he de ejecutar, que prender tengo y matar. ¿Eso cómo puede ser? Matar y prender ¿no es contrario? No. ¿Cómo así? Traidor, matándote a ti y prendiendo a ella después. Dale con una daga, cae dentro; quítase la banda y se la echa a AURISTELA al rostro. ¡Muerto soy! Nadie se espante, que en tan nunca visto empeño mate a un traidor como dueño, prenda un alma como amante. Date, Auristela, a prisión. ¡Ay de mí! Salen los soldados, y llévanla vendada, y sale ARNESTO. Llegad, y vamos donde la escolta dejamos. ¡Traición! ¡Al monte! ¡Traición! ¡Ha de la guarda! Entre el ruido la voz de Auristela oí. Acudid; mas ¡ay de mí!, que en un cadáver herido tropecé, a tiempo que ella de aquí falta. ¡Qué recelos! ¡Auristela! Lejos. ¡Piedad, cielos! Su voz, ¡ay de mí!, es aquella que ya en ecos desmayados, dentro se oye de la sierra. ¡Traición, traición! La caja, y sale ARNESTO. ¡Arma, guerra! Lejos. ¡Ay de mí, infeliz! Vuelven a salir con ella desmayada, y pónenla en el suelo. Dentro. ¡Soldados!, pues ya vencida la raya, no tenemos que temer que la puedan socorrer, y ella el aliento desmaya, tanto, que casi sin vida ha quedado; aquí podemos repararla, pues tenemos por nuestra esta entretejida estancia del monte, en quien defendernos, cuando fuera posible que la siguiera su ejército; y así es bien, que las dos tropas montadas estén, en tanto, ¡ay de mí!, que vuelve o no vuelve en sí, porque sus luces cobradas con las del sol, a quien vemos que ya comienza a lucir, pueda en un caballo ir. En todo te obedecemos. Descúbrela el rostro. Beldad que postrada estás, recibe en descuento hoy de la pena que te doy la lástima que me das. Y si el sueño que era dueño tuyo, fue al desmayo ensayo, no represente el desmayo más de lo que escribe el sueño. Despierta, pues, y... ¡Ay de mí! Alma, albricias. ¿Qué oigo y miro? ¿Sueño o velo a Casimiro? Cielos, ¿no es este? No y sí. ¿No y sí? ¿Cómo puede ser que seas y que no seas, si no es que en sombras me veas, obligándome a creer que es verdad que despeñado moriste? Y pues dices que eres y no eres, ¿qué me quieres, y para qué me has sacado de mi tienda a esta montaña, haciendo al sueño testigo de que era el campo enemigo el que me prendía? La estraña duda, ¡ay Auristela bella!, de ser y no ser no estriba en que muera o en que viva, sino en que quiera mi estrella que viva y muera, no siendo y siendo yo. El cómo ignoro. Siendo yo, pues que te adoro, no siendo yo, pues te ofendo, con que en tu suerte y la mía causa hay que uno y otro afirme. Eso es querer persuadirme a que sueño todavía. Y pues ves la mortal lucha de hallarme aquí en tu poder, morir, vivir, ser, no ser, sepa yo qué es esto. Escucha: Un desordenado amor me lleva, arrastra y destierra... Dentro. ¡Al monte! ¡Al valle! ¡A la sierra! Sale un SOLDADO. Acude presto, señor, que la gente de Auristela el campo corriendo viene; y pues ya su acuerdo tiene, ponla en un caballo y vuela, no se pierda lo adquirido con volver a aventurallo. Vase. Dices bien, llega un caballo. Ven conmigo. Si has oído que es nuestra gente, ¿de quién huyes? De ella. ¿De ella? Sí. Pues que no puedo de mí. Conmigo, Auristela, ven donde veas que gobierna mi acción superior poder. ¿A qué he de ir yo huyendo? A ser prisionera de Cristerna. ¿Qué dices? Que en este empeño mi honor está. Ahora creí que fue cierto el frenesí, ya que no lo fue el despeño: ¿De Cristerna prisionera yo por ti? No digas más, que presto vengar podrás ese error. ¿De qué manera? Solo con decir quién soy, pues en el instante que lo sepa ella, moriré a sus iras, con que hoy, tras la ofensa que te alcanza, que va la venganza piensa; pues te hago apenas la ofensa, cuando te doy la venganza. Ven, dirás quién soy, y así matarme al punto verás, y, vengada, quedarás duquesa de Rusia. Sale SOLDADO. Aquí está ya el caballo. Ea, ven. Antes... No hagas resistencia, o volverá la violencia a su primer acción. Ten la mano, que si dormida me dejé atrever a mí, en mi acuerdo no. De aquí vamos, pues. ¡Ay de mi vida! ¿Por qué? Porque veo que vas más consolada, y es... ¿Qué? Que a vengarte vas. No sé lo que haré, allá lo verás. Vase. Y aquí, porque ¿qué esperanza habrá en mujer ofendida, que está en que calle mi vida y en que hable su venganza? Salen CRISTERNA y LESBIA. ¿Tan de mañana, señora, en el jardín? Un cuidado pocas veces, Lesbia, supo guardar el sueño al descanso. A aquel soldado estranjero envié a una facción, fiando dél y della dos efectos, bien considerables ambos: Uno, porque en él estriba la quietud de mis estados, si le consigo; y otro, porque si por él le alcanzo, desempeño el homenaje de dar a nadie la mano. ¿Cómo? Como siendo él quien logre el triunfo más alto hoy en mi servicio, quedo libre; que siendo un soldado de fortuna, a quien le deba en el primero fracaso libertad, vitoria y vida, y después honor y aplauso, claro está que con mercedes a menos costa le pago, que si fuera un igual mío a quien le debiera tanto. ¿Y no puede ser, señora, según lo que me has contado, que quien habla tan atento, que quien lidia tan bizarro, sea más de lo que dice? Al alma me estás hablando, que si a su valor atiendo, que si en su ingenio reparo, entro en la misma sospecha, y pues es aquel crïado (que en fe de hombre de placer, debe de haberse tomado licencia de entrar aquí) suyo, háblale como acaso, quizá entre los dos podría ser, que averigüemos algo. Sale TURÍN. Aquí le perdí, y aquí le tengo de hallar. Hidalgo, ¿cómo con tanta osadía hasta aquí os entráis? Andando, dijera, si ya no fuera vieja frieldad deste paso. Un amo busco, que Dios me dio, si da Dios los amos, que desde que aquí ayer tarde le dejé con vós hablando, y salió de aquí a montar en cólera, y a caballo, (porque de unas compañías iba al principio por cabo) no ha vuelto; y así, señora, le vengo a buscar. Si acaso sabéis vós dél, no perdáis las albricias del hallazgo, u os le pedirán por hurto. Bastante desembarazo tiene el hombre. No tan solo sé dél yo para informaros, mas vós me habéis de informar dél a mí. ¿Yo? ¿Cómo o cuándo? Fïando de mi secreto, su patria, nombre y estado. Si esta fuera comedia, ¡cuál estuviera ahora el patio tamañito de pensar que había de cantar de plano! ¡Pues vive Dios, que he de ser excepción de los lacayos! ¿No respondéis? Yo, señora, ha que sigo algunos años vuestro ejército, de que hallaréis testigos hartos. Viendo, pues, que un mochiller lo pasa con gran trabajo, me apliqué a servir a este don soldado, de soldado, de quien no sé más que vós, y aun pienso que no sé tanto. Solo lo que añadir puedo, si la malicia adelanto, (no se pierda todo, ya que se pierda el hablar claro) es que debe de ser más que dice; y esto lo saco, no tanto de ricas joyas, que tal vez le he visto, cuanto porque es la que más estima de una madama el retrato, con quien a solas suspira y llora; y esto del llanto, con su «¡ay de mí!», no es, señora, filigrana de hombre bajo. Sale SIGISMUNDO. ¿Joyas y retrato? Pero Sigismundo viene, al paso le di que estoy yo aquí. Turbada. Si él te ve, él se irá. Haz lo que mando. Desde que está aquí he tenido de que no me vea cuidado; mas ya no es posible, ¡cielos! ¿Qué hará al verme? Entre estos cuadros Cristerna está. Vuestra alteza no pase de aquí. Admirado al verte, fiera enemiga, primer causa de mis daños, ausencia, prisión y muerte, no sé cómo. Habla más bajo, que en sabiendo que he venido, a pesar de tus agravios a darte la libertad, Aparte. (desta manera le engaño, por obligarle a que no descubra mi error pasado) me estarás agradecido, porque sé dónde está el paso de una mina desa torre, como quien desde sus años primeros se crio aquí; pero esto es para más espacio. Vuélvete agora. ¿Qué fuera que dispusieran los hados mi antídoto en mi veneno? Yo volveré a hablarte cuando estés más sola. Vase. Y yo, cielos, ya que esto sucedió acaso, pues con méritos no puedo, le he de obligar con engaños. Y en fin, ¿es tan bella? Un día que él estaba embelesado, llegué queditito y vi el más pernicioso trasto que vio amor en su armería, entre las flechas y rayos de su munición. Pues bien, ¿qué se me da a mí? ¡Qué enfado tan necio y impertinente! Ni a mí. Id a ver si ha llegado El clarín. vuestro amo, que ese clarín y estas tropas de a caballo quizá son suyas. Sale CASIMIRO. No vayas; yo responderé, besando antes la tierra que pisas, después, señora, tu mano, si estas albricias merece quien llegó, vio y venció, dando feliz fin a la interpresa, pues prisionera te traigo a Auristela. Hasta aquí loco estaba; ya está borracho. ¿A su hermana prisionera? Solo esto me había faltado. ¡Auristela aquí, Fortuna! Levantad, maese de campo, y aunque debo agradeceros dicha en que intereso tanto, por lo menos de una queja que tengo de vós, libraros no podréis. ¡Que fuera, cielos, que diera lumbre el retrato! ¿Queja de mí? Sí, de vós. ¿Qué es? Que no hiciésedes alto, y enviásedes aviso antes de entrar en palacio, para que saliera yo con mis festivos aplausos a recibir, como debo, tal huéspeda. Mas los brazos suplan la falta. El deseo... No tratéis de disculparos. Vós seáis muy bien venida. Llega, Auristela, y el llanto deja, pues ves que mi muerte o mi vida está en tus labios. Donde, aunque seáis prisionera, seáis tan dueño de mi estado, como de mi vida dueño. [Aparte.] (¿Cómo desta suerte hablo a sangre de mi enemigo?) Mas una cosa es mi agravio y otra mi vanidad. ¡Cielos, que sea esto fuerza! La mano, como a prisionera, solo me dad. Abrázala. ¿Qué hacéis? Levantaos y pensad que en mí tenéis [Aparte.] (el pecho me está temblando de cólera), no prisión, sino albergue. [Aparte.] (En el contacto que comunica a mi pecho la vil sangre de su hermano.) De todos cuantos favores recibir de vós aguardo, solo uno lograr espero. ¿Qué es? Que la queja dejando, pues yo doy por recibida la pompa de reales faustos, sepáis que es quien prisionera me trae a mí... ¡Estoy temblando! Merecedor de más honores que hacerle maese de campo, porque es... Ahora caer se deja a plomo. ¿Quién? Quien me ha dado más crédito con vencerme, a costa de riesgo tanto, que si fuera él el vencido; porque, ¿quién tan temerario osara entrar en mi tienda? ¿Quién sacarme della en brazos? ¿Quién, a vista de mi gente, sin acelerar el paso, retirarse tan en sí, que a reparar mi desmayo hiciese alto en la espesura? Y así, en empeño me hallo, porque vean que es su premio el crédito de mi llanto, de que le honréis por mí misma, aun más que por vós... Bien claro argumento es del valor saber honrar al contrario. General, en vuestro nombre, de la caballería le hago. Tu mano beso, y la tuya por tanto honor. ¡Ha, tirano! ¿Creíste que había yo de ser tan vil como tú? A mi cuarto venid, donde reparéis, señora, susto y cansancio. Con la merced que habéis hecho a tan valiente soldado, he descansado de todas mis fortunas. ¡Qué afectados estremos! Entren a ver callar una dama, a cuarto. Señor, ¿qué aventura es esta, que la toco y no la alcanzo? Ni yo, porque no sé cómo, Turín, pueda haberse hallado, ni una mujer tan prudente, ni un hombre tan desdichado, que ella se alce con el nombre de constante, y él de vario. Vase. ¿Quién creyera que Auristela viniera por tan estraños lances, donde Sigismundo y yo? Sale SIGISMUNDO. Oculto y retirado, sin saber qué novedad tocó ese clarín, he estado solo atento, Lesbia hermosa [Aparte.] (¿Qué he de hacer? Alma, finjamos, por ver si lo que por ella pierdo, por ella lo gano, y huyendo de aquí pudiese en la falta de su hermano ir a asistir a Auristela, a quien ausente idolatro), solo atento, otra vez digo, a hablarte, y pues has quedado sola, dime cómo puede hallar mi libertad paso. ¿Qué he de hacer, ya hecho el empeño, sino seguirle, callando el que está Auristela aquí? Que no es bien que el mal que paso le dé ese gusto, si es gusto, ni pena, si es pena. Sale AURISTELA. En tanto que Cristerna, a quien vinieron a llamar para un despacho, vuelve, a mis solas, entre estos mal entretejidos ramos donde dijo que la espere, veré si puedo algún rato suspirar conmigo. Flores, deste verde cielo astros, decidme... ¿Mas Sigismundo no es aquel que está allí hablando con una dama? ¿Esto más, Fortuna? Digo que andando un día por esa torre, siendo della castellano mi padre, allá en mis niñeces, vi entre las ruinas del cuarto último della una quiebra, y supe... Ireme acercando por ver si entender pudiese, oyendo a cautela, algo. Si es plática de amor... ¿Qué te suspende? Hacia allí pasos sentí, y las ramas se mueven. Veré quién es. ¡Triste hado! Auristela es. ¡Hado injusto! ¿No es Lesbia? Muda he quedado, y así, huyendo della, solo habré de hablarla callando. Vase. Oye, aguarda, Lesbia: ¡No el gusto con que escuchando te estoy dilates! ¿De quién huyes? Al ir tras ella, sale AURISTELA. De mí. Cielos santos, ¿es ilusión del deseo? ¿Cuándo fue ilusión el daño? La duda una viva estatua me deja de bronce y mármol. De fuego y nieve a mí, no la duda, sino el agravio. ¿Tú, Auristela, aquí? ¿Pues cómo o cuándo veniste? Ingrato, como vengo a ver mi ofensa, no hay que averiguarme el cuándo. En fin, con Lesbia te encuentro diciendo, donde escucharlo pude, ¡ha cruel!, que prosiga el gusto con que, ¡ha tirano!, la estabas oyendo; bien me pagas, sí, lo que paso por ti, pues por ti he venido a dar prisionera, en manos de mi enemiga. Bien dicen que fuera el dolor amago, si supiera venir solo. ¿Tú prisionera? No caso hagas de mi menor pena, cuando con Lesbia te hallo. Así enmendara yo esotra, como esa enmendar aguardo. A Lesbia hallé aquí y... Mas, cielos, Cristerna viene. No hablando te vea conmigo. Bien dices, yo buscaré más espacio ocasión en que conozcas que te adoro y no te agravio. Vase. Mucho harás en persuadir a un corazón desdichado, que cuando su mal no viera, creyera a su sobresalto. Salen CASIMIRO y TURÍN. Viéndote sola, no pierda (pues tuerce Cristerna el paso, viniendo hacia aquí, a otra parte) la ocasión en que, postrado a tus pies una y mil veces, ponga en su estampa mis labios. Y yo haga de sus tres puntos para mi rostro tres clavos, con que andan frente y mejillas como tres con un zapato. Vuelve SIGISMUNDO. No tienes que agradecerme tú lo que yo por mí hago. Hacia otra parte volvió Cristerna, quizá buscando a Auristela, y yo, por ver si logro otro breve espacio, vuelvo otra vez. Mas con ella hablando está aquel soldado que, en fin, como aborrecido, en cualquier parte le hallo. Esperaré a que se vaya. Escóndese a una parte, y sale por la otra CRISTERNA. Hacia aquí dicen que ha rato que me espera divertida Auristela. Mas hablando está el soldado con ella. ¿Qué será secreto tanto? ¿Qué su platica será? Oigamos, alma. Alma, oigamos. Aunque obres tú por ti misma, siendo yo el interesado, ¿no seré el agradecido? No, villano, traidor, no, falso, porque aun agradecimiento no quiero de tan villano término, como conmigo tiene tu alevoso trato; pues por servir a Cristerna, a mí me ofendes, faltando a tantas obligaciones. ¿Qué es lo que oigo? ¡Cielos santos! ¿Esto no es pedirle celos? Y si en esta parte callo quién eres, es por vengarme con estilo más hidalgo del que un ingrato merece; que no hay castigo a un ingrato como hacerle un beneficio, cuando le espera un agravio. ¿Que calla quien es? Aquí secreto hay que yo no alcanzo. ¿Que calla quien es? Sin duda que es verdad lo que el criado dijo y yo temí. ¿Qué fuera ser de Auristela el retrato, y qué fuera que a sentirlo llegara el imaginarlo? Por más que te enoje ver cuánto yo a esa deuda falto, aun el día que te ofendo, has de ver lo que te amo. ¿Que más claro ha de decirlo? ¿Cómo he de oírlo más claro? ¿En qué? En mi agradecimiento, pues señora de mi estado, alma y vida... Calla, calla, y si has de mostrarle en algo, sea... ¿En qué? En que con mi queja me dejes. Vete, tirano, de mi vista, o yo me iré de la tuya. Si te agrado en eso, adiós. Adiós. Ten la planta. Al entrarse cada uno por su puerta, topa AURISTELA con SIGISMUNDO, y CASIMIRO con CRISTERNA. Suspende el paso. ¿Quién aquí me estaba oyendo? ¿Quién me estaba aquí escuchando? Quien ya sabe tus traiciones, pues sabe que ese soldado es sujeto que merece, hallándole disfrazado, que celos le pidas. Quien... [Aparte.] (Disimule mi recato.) ... ha oído que un cargo os hace, quien antes os dio otro cargo. Para que yo no hable en Lesbia, buena ocasión te has hallado. Allí noble, aquí quejosa. Satisfacer quiso a entrambos. ¿Qué ocasión, si...? Mas, Cristerna... ¿Sigismundo? Calle el labio. Sufra el alma. ¡Qué temor! ¡Qué ansia! ¡Qué pena! ¡Qué agravio! ¡Buenas cuatro caras para una máscara de a cuatro! Por lo menos, Sigismundo, no diréis que bien no os trato en la prisión, pues a ella tan buena visita os traigo. Sí, señora, mas no sé si con afectos contrarios perdonaré el proprio gusto a costa del proprio daño. [Aparte.] Corazón, disimulemos. Ignorado mal suframos. No desconfiemos, penas. Esperemos, desengaños. [Aparte.] Viendo hablar a cada uno entre sí, yo también hablo entre mí. ¿Pero qué es esto? Caja. ¿Quién sin orden toca a bando a esas puertas? Sale FEDERICO, y con él un paje armado con una rodela, y en ella un cartel, y el otro en la mano. Quien habiendo en presencia tuya hablado en la lástima o cautela de Casimiro, ha pensado modo con que de una vez de aquesta duda salgamos... Aparte. Miren con lo que ahora estotro se viene, para enmendarlo. Y es que, en fe de la venganza, en ese cartel le llamo a público desafío. Si es verdad que despeñado murió, ¿qué hay perdido? Y si es verdad que está retirado, es fuerza, siendo quien es, que salga en sabiendo el bando, pues no ha de querer, si vive, quedar inhabilitado de parecer nunca, viendo que yo, para averiguarlo, le mato en el honor, mientras en la vida no le mato. Y porque en tu corte tú seguro has de hacerle el campo, sitio que yo para que juzguéis el duelo, señalo, vengo a tomar tu licencia para fijarle. Veamos de una vez si es de infelice u de cobarde el recato de no parecer, y si yo sustento lo que hablo, a cuyo efecto, porque señalado sitio y plazo (que las armas dél le tocan) no pueda nunca ignorarlo, te suplico que en tu corte y en su corte publicarlo mandes, para cuya instancia, como árbitro soberano, que has de ser del desafío, pongo el cartel en tus manos, dejando su original a las puertas de palacio. Tocan y vanse, dejándola un papel. ¡Cielos!, ¿qué oigo? Viendo estoy en el color de mi amo, que burlado se ha de hallar este, si envida de falso. Vase. Yo me huelgo, pues si vive, verá qué ha de hacer mi hermano, Aparte. y llegará a Sigismundo sin darle yo el desengaño. Vase. Yo lo estimo, pues pondrá, si vive, su honor en salvo, y yo, lo que debo hacer de mis celos, veré en tanto. Vase. Ya veis que siendo el que reta Federico, y el retado Casimiro, yo no puedo impedirlo, ni escusarlo; pues no se niega en buen duelo al noble que pide el campo. Sí señora. Pues de vós fío este cartel, fijadlo. Aparte. (Aquesto es disimular que hice, en lo que oí, reparo.) Rusia le ha de ver también a puertas de su palacio. Aparte. Nada entiendo, pues que vuelve a fiarme empeño tanto. A cuyo efecto, porque os asista aquel vasallo de la interpresa, os daré cartas para él. Es escusado; que no me está bien llevarlas, pues solo para esto basto. Yo me prefiero a ponerle, y veréis que presto traigo respuesta, firme o no firme Casimiro. Yo la aguardo con esperanzas de que este último desengaño nos dirá si vive o muere traidor que aborrezco tanto. Desdichado él, mas dichoso quien en servir empleado, mereció que pongáis siempre los empeños a su cargo. Pagar un riesgo con otro es el premio del soldado. Pues id previniendo riesgos, que aún quedan que pagar hartos. ¿Cómo? No puedo decirlo, mas baste. Ni yo escucharlo. Id con Dios. Quedad con Dios. Vil recelo. Amor tirano. Considera que eres mío. Advierte que ya has llegado a ver la cara al honor. Y que yo más que yo valgo. Y que él ha de ser primero. Y así, en tanto... Y así, en tanto... ... que explica este dolor... ... que declara este pasmo... ... esta ansia... ... esta duda... ... este miedo... ... este asombro... ... este encanto... Aprisa, aprisa, desdichas. A espacio, penas, a espacio. Jornada I Salen CRISTERNA, LESBIA, NISE y FLORA. Dejadme todas; ninguna quede conmigo. No así de una tristeza te dejes postrar, señora, y rendir. ¿Qué he de hacer, ay de mí, si no hay más remedio al sentir que el sentir? Cuando tienes en tu mano hacer tu reino feliz, prisioneros a tus dos enemigos, ¿deslucir quieres con penas las dichas? Y más llegando a advertir que de Casimiro no hay nueva que pueda impedir el capitular con ellos cuanto quieras. Bien decís, si pudiera yo escuchar todo eso que puedo oír. Dejadme, digo otra vez, sola, que no hay para mí compañía que no sea soledad. Todas os id. ¡Estraña melancolía! Mejor dirás frenesí. ¿Sabéis qué he pensado? ¿Qué? Que podemos borrar... Di. ... la ley de que amor no sea disculpa de nadie. Vanse las tres. Aquí, donde ya a mis solas puedo desahogar y descubrir el pecho con suspirar, el corazón con sentir, preguntarme a mí pretendo, ¿qué es lo que pasa por mí?, que aunque yo misma, a mí misma, no me lo sabré decir, ¿qué he de hacer, ¡ay de mí!, si no hay más remedio al sentir, que el sentir? ¿Quién eres, ¡oh tú, ignorado mal!, que con traidor ardid, en los imperios de una alma has sabido introducir la más sediciosa plebe de una batalla civil? ¿Quién eres, digo, no solo otra vez, sino otras mil? Que es mucho ignorar qué huésped (mejor pudiera decir qué áspid) es el que en el pecho, o generosa admití, o inadvertida abrigué, que no acierto a distinguir sus señas, porque tal vez, noble, quiere persuadir que es agradecido afecto de mi vida, tal, que es vil castigo de mi altivez, equivocando entre sí, con los embozos de noble los desembozos de ruin; en cuya duda no sé ni desechar, ni elegir. ¿Qué importó que un estranjero, en los trances de una lid, me diese la vida? ¿Qué que originase de allí, envuelto en proprio y ajeno raudal de húmedo carmín, la prisión de Casimiro, ni la vitoria? Y en fin, ¿qué importó que prisionera, con el orden que le di, a Auristela me trujese? ¿Ya no se lo agradecí con puestos y con honores? ¿Pues qué tiene que añadir la imaginación, si es o no es lo que presumí, para andarse vacilando en haber llegado a oír que Auristela quién es calla, y que por servirme a mí falta a sus obligaciones? Y cuando todo sea así, que él sea más y que ella sea el alma de aquel matiz, ¿no es más para agradecido que para culpado? Sí. Pues bien, ¿qué me aflige? Pero si aun no me dejo afligir, ¿qué he de hacer, ¡ay de mí!, pues no hay más remedio al sentir que el sentir? ¿Mas, qué digo? ¿Dónde está de mi espíritu gentil la altivez? ¿Dónde el denuedo de mi ánimo varonil, ni dónde, cuando pretenda de todo ese azul viril (a instancia quizá de Venus, deidad que no conocí), familiar astro de amor, agobiarme la cerviz, hasta quien tomar merezca mi influjo a su cargo? Sale CASIMIRO, con un papel. Aquí. Siempre han de ser unas voces oráculo para mí. ¿En qué, señora, os ofende quien os sirve, que aún no oís que aquí la respuesta está de aquel orden con que fui? ¿Quién os ha dicho que yo me ofendo? Que antes, decir que sois mi oráculo es mostrar que siempre venís a dar respuestas que son sus oficios. Siendo así, y que a oráculos les toca responder y no argüir, llegué a Rusia, entré en su corte, y disfrazado advertí el general desconsuelo de ver perdidos... Decid. ... a Auristela y Casimiro. Aparte. Y es verdad, que Arnesto así lo dijo a quien me fíe, y a quien mandé prevenir cómo he de entrar en Suevia. Y en fin, ¿qué os suspende? En fin, divino el sol, transcendiendo los términos del cénit, a los del nadir pasando, en cuyo opuesto confín, al ir sepultando luces, panteones de zafir, a palacio llegué, donde pude grabar y esculpir en sus láminas de acero, haciendo el puñal buril, el cartel. Amaneció fijado, en cuyo sentir varios juicios hizo el pueblo, sin que ninguno de allí le quitase. Pero apenas pudo a otro día salir la aurora, dorando hermosas nubes de rosa y jazmín, cuando en festivo concurso de alborozado motín, a las puertas del palacio veo el vulgo concurrir, diciendo unos y otros... Dentro voces. Suya es la letra. No es. Oíd, que el mío también parece, que en igual tumulto ahí viene concurriendo a tropas, a ver qué suerte. Id. Sale FEDERICO. Como más interesado yo te lo vengo a decir, en que haya qué merecer, ya que no qué conseguir. Sobre el fijado cartel que a aquesos umbrales di, ha amanecido otro, en que Casimiro oigo admitir el duelo, siendo las armas que nombra para reñir, desabrochados los pechos, espadas y dagas sin guarnición, porque no haya reparar, que no sea herir. En cuya novedad ves unos y otros discurrir en si es su letra o no. Esto es, señora, proseguir lo que iba diciendo yo; y lo que puedo añadir es que el cartel que fijado allá amaneció rompí la otra noche para que, pudiendo traerle aquí, constase dél, cuán cabal con todo el orden cumplí que me disteis. ¿Cuándo vós menos airoso venís? ¡Pluguiera al cielo que algo errárades! Advertid que es daros por no servida querer que entre a servir. Es que hace infeliz al dueño el que sirve tan feliz, que atrase los galardones. ¿Eso es honrar o reñir? No sé, pero ¿quién podrá con más certeza decir si es esta su firma? Sale AURISTELA. Yo, que en el instante que oí que responde, a saber vengo si es verdad. ¿Y es ella? Sí. Tan suya es, señora, que jurara que desde aquí le estaba mirando yo cuando él la llegó a escribir. Y así, en albricias, a quien con este pliego venir pudo, esta pequeña joya que acaso reservó en mí el adorno, con licencia tuya he de darle. Admitid el don de una prisionera, en premio de que venís con nuevas, que Casimiro vivo está, para acudir a su honor. Yo nada os doy por ahora, si advertís que no sé si es vivir él gozo o pena para mí: pena porque viva, o gozo que viva para morir; y así ahora suspendo el premio. A ninguno más que a mí toca, pues soy yo a quien trae esta ocasión de lucir; pero el que yo os he de dar se ha de cifrar el pedir. ¿Qué me mandáis? Que me honréis de mi padrino en la lid. Fuera el más supremo honor que pudiera conseguir mi humildad; mas perdonadme, os suplico no admitir tan grande favor. ¿Por qué? Porque el haber vuelto aquí, ha sido solo por dar entera cuenta de mí, haciendo falta en mi patria, donde me es forzoso ir a toda prisa. ¿Qué os mueve? Un papel que recibí, en que me llaman, señora, empeños a que acudir, quizá de mi honor también; y no puedo, siendo así, dar de padrino palabra; mas si pudiere venir, la doy de hallarme en el duelo. Aparte. (Aquí es forzoso fingir.) Y en fin, ¿os vais? Sí señora. ¿Y cuándo os pensáis partir? Al instante. El cielo os lleve con bien, y lleve, ¡ay de mí!, todas mis penas con vós. Vase. Él os haga tan feliz, que no os sirva con error quien no os sirve con servir. Ya que, Casimiro, es fuerza que al duelo haya de asistir, prevendré lo que me toca, que es por dónde ha de venir, tenerle hecho el hospedaje y salirle a recibir y festejarle, hasta que el día publique el fin de mi vida o de mi muerte. Vase. ¿Cómo te sabré decir, cuánto agradecida, al ver que trates de descubrir el rostro al empeño, estoy? ¿Pues pudiste presumir nunca que a trances de honor habían de preferir los de amor? Tú verás cómo vuelvo, Auristela, a cumplir mi obligación, y verás qué hace esta fiera de mí, al ver que yo la obligué, siendo yo quien la ofendí. Sale TURÍN. Ya cuanto a Arnesto mandaste en la entrada prevenir, viene marchando, señor. Pues vamos presto, Turín. Adiós, Auristela. ¡Quién con los brazos influir pudiera su corazón en tu pecho!, porque así, lidiando con dos, tuvieras ese más para la lid, aventurando primero el mío que el tuyo. Abrázanse, y sale SIGISMUNDO. ¿Qué vi, cielos? ¡Los brazos le ha dado! ¿Cómo es posible sufrir igual dolor, sin que todo se pierda, pues la perdí? Disfrazado aventurero, a quien hizo tan feliz o su amor o su fortuna, cuanto desdichado a mí; saca la espada, que aunque pudiera matarte aquí sin esta salva, no quiero que esta fiera presumir pueda, que el ser vil su ofensa hizo mi venganza vil. ¿Quién en el mundo a un hermano celos le llegó a pedir? Tente, Sigismundo no contra él la espada, ¡ay de mí!, saques. Que tú le defiendas me obliga más. Pues de mí tenéis experiencias que no lo era, por no reñir; creed que hay causa que me mueva, cuerdamente, a reprimir, siendo quizá el ofendido vuestra cólera; y así, hasta ocasión en que os pueda satisfacer, remitid este empeño. ¿Qué ocasión, y más cuando llegó a oír que el ofendido sois vós, que es lo mismo que decir que sois el favorecido? Sacad la espada y reñid, o no la saquéis, que yo con avisaros cumplí. Para defenderme solo la sacaré. Ya es aquí necio el silencio. Detente, Sigismundo, porque a mí... Sale CRISTERNA. ¿Qué es esto? Ya no es posible «porque es mi hermano» decir. Como iba a cantar en solfa, quedose la sol en mí. Dicha fue. ¡Qué ansia! ¡Qué pena! ¿Qué es esto?, digo. Esto es ir, uno a morir y matar, y aun no lograr el morir. Vase. Decid vós qué ha sido. Menos lo sé yo, si no es... ¡Decid! ... ser el tropiezo de todos la vida de un infeliz. Y pues que, para no serlo, no hay más remedio que huir el rostro a todo, quedad con Dios. Ved, mirad, oíd. Perdonad, que voy a acertar cuanto intente desde aquí, y ha de ser mi primer yerro ni ver, ni mirar, ni oír. Vase. Decid vós. No digo, ni hago; que soy un mirón tan vil de los garitos de amor, que sin hacer, ni decir, dependo de suerte de otros, donde a merced de un cuatrín, traigo mi vida en un tras, y mi caudal en un tris. Vase. En fin, Auristela, ¿nadie me dice qué es esto? Sí. Sigismundo, que conmigo hablaba, oyendo que fui dese ignorado estranjero presa, siéndole adalid de aquella interpresa, tanto le aborreció, que al oír que se ausentaba, no pudo consigo mismo sufrir, sin que su ofensa y mi ofensa vengase, verle partir; y así, ciego... Bien está, y aunque debiera sentir verle exceder las licencias de prisionero, hay en mí valor para tolerar mayores quejas. ¡Oh, si la vuelta de Casimiro pusiese a todo esto fin! Vase. ¿Qué será (¡valedme, cielos!) lo que me quieren decir este lance y esta ausencia? Pero ¿a quién mejor que a mí están, pues acabaré de una vez de discurrir? ¿Qué he de hacer, ¡ay de mí!, cuando no hay más medio? Dentro, el clarín. ¿Pero qué clarín es este? Sale LESBIA. Si quieres ver, señora, el mejor jardín que en los campos del aurora bosquejar supo el abril, por más que vario mezclase en uno y otro matiz, los claveles ciento a ciento, los jazmines mil a mil, ponte en ese mirador, verás la esfera pulir de la plaza de palacio, el más hermoso pensil de plumas y de coletos, que vio el sol, desde turquí campo azul, adonde fénix de la Arabia de zafir, o muere para nacer, o nace para morir. La recámara es, señora, de Casimiro, en quien vi cifrar sus púrpuras Tiro, y sus madejas Ofir; porque en numerosa tropa, bruto no hay a quien cubrir. No verás de mil bordados paramentos, que en sutil dibujo orlan los blasones de sus armas, siendo así que la plata que derraman, ya el jirón, y ya el perfil, las planchas y los barrotes la tomaron para sí; en cuya correspondencia, nácar y plata vestir verás la familia, siendo... No tienes que proseguir los lucimientos con que vendrá, pues son para mí lutos de aquellas exequias. Sale FLORA. Si te quieres divertir, no dejes de ver, señora, en bosquejado país, la segunda primavera a la primera seguir. La caballería es la que, ocupando el confín del terrero, deja al sol deslucido de lucir; pues tanta es la pedrería del menos rico terliz, que le vuelve los reflejos cobardes de competir, por lo blanco los diamantes, por lo rojo los rubís. El de más bagaje... Calla, que parece que venía unidas a encarecer lo que tengo de sentir. Sale NISE. Un anciano caballero, que de una carroza agora se apea, pide, señora, licencia de hablarte. Hoy muero de varios temores llena. Dile que entre. ¿No bastaba ver que una pena acababa sin que empezase otra pena? Sale ARNESTO. Deme vuestra majestad, señora, a besar su mano, pues me dio el cielo, no en vano, esta dicha. Levantad y decid lo que queréis. El gran duque Casimiro, que tuvieron en retiro causas que al verle sabréis, de Federico retado, con su obligación cumpliendo, ya al duelo viene, y habiendo a vuestra corte llegado, no por la seguridad, sino por la cortesía (pues bien claro está que el día que hizo vuestra majestad, como árbitro soberano, seguro el campo, no queda recelo que temer pueda), por mí, vuestra blanca mano humilde besa; y en muestra del gran respeto que os guarda, para presentarse aguarda segunda licencia vuestra. Ley es en todo buen duelo que el que a responder se ofrezca, ante el árbitro parezca, donde salvando el recelo de que otro salga por él, de ser él mismo presente testimonio, y juntamente jure al tenor del cartel, que solo viene movido del empeño de su honor, sin traer en su favor a nadie, ni conmovido tener el pueblo, ni haber de caracteres usado pacto o nómina, ayudado del ilícito poder de vaga superstición, y que en las armas que tray ninguna ventaja hay, pues de iguales temples son peso y marca, a cuyo intento licencia de parecer pide ante vós, para hacer el usado juramento. Si pensara lo que había de sentir el que viniera donde le hablara y le viera, nunca la cólera mía hubiera dado lugar a que le viera y hablara; mas ya que en esto repara tan sin tiempo mi pesar, que la licencia le ofrezco, le decid. Mal me reprimo, pues cuando huye lo que estimo, se acerca lo que aborrezco. Vase. Salen por una parte FEDERICO y por otra SIGISMUNDO. ¿Sois vós el que venir miro de Casimiro enviado? ¿Sois vós el que habéis llegado de parte de Casimiro? Sí, yo soy. ¿Qué me mandáis? Hablad vós, señor, primero, que yo retirado espero. No hay para qué; y pues me dais licencia de que hable yo, que le digáis, os suplico, que el príncipe Federico a recibirle salió. Y puesto que no ha tenido, noblemente cortesano, dicha de besar su mano, que sea muy bien venido; y que sepa que en mi casa tiene hecho el aposento, adonde servirle intento, mientras del término pasa el plazo que tomar quiera; pues toca a su bizarría dentro dél nombrar el día. Si Casimiro supiera que habíades de salir, no hubiera determinado, atento al justo cuidado de hacer la salva y pedir licencia a Cristerna, entrar de secreto; y siendo así que disculpado hasta aquí quede, en cuanto al aceptar vuestro hospedaje, yo haré que le dé por recibido, porque el orden que ha traído más conforme a su deseo, es, señor, aposentalle al pie de aquesa montaña, en sus tiendas de campaña. Y así habréis de perdonalle, que en ella os veréis los dos. A mí me toca hospedar a él, despedir o aceptar. Quedad con Dios. Vase. Id con Dios. ¿Qué es lo que vós me mandáis? Que de mi parte también le llevéis el parabién de su venida, y digáis que por estar prisionero, no voy a ser su segundo. ¿Quién diré sois? Sigismundo. Una y mil veces espero besar vuestros pies. Alzad, y como posible sea, cuanto antes pueda me vea, le decid que hay novedad que importa tratar los dos, sin que otro delante esté. De esa suerte lo diré; quedad con Dios. Vase. Id con Dios. Ya que tan infeliz fui, que Cristerna embarazó mi venganza, y se ausentó el que tan dichoso vi, a Casimiro diré le haga seguir y matar, pues yo no puedo, hasta dar venganza a mi honor, sin que le diga de mis agravios más que la prisión. ¿Quién, cielos, les dio poder a los celos para cerrarme los labios? Bueno es que tenga una fiera licencia para agraviar, y que haya de honestar yo su traición, de manera que la ruindad que me obliga a que otro la satisfaga, no lo es porque ella la haga, sino porque yo la diga. ¿Qué ley, que fuero, qué fe tales privilegios da a la mujer? Sale LESBIA. Aquí está Sigismundo. ¿Pues por qué, Lesbia, el paso tuerces? ¡Cielos, a qué buen tiempo viniera hoy su aviso, si pudiera con él seguirle! Recelos de que Auristela me vea contigo, me hacen volver. Oye, que importa saber hoy, más que nunca, cuál sea el paso que le ha ofrecido a mi libertad tu amor. Sale AURISTELA. [Aparte.] Que estaba el embajador aquí de mi hermano he oído, y a hablarle y saber quién fue vengo. Pero Lesbia está con Sigismundo. Y no ya pena, Auristela, te dé, que no importa que conmigo te vea, que ya su amor no es amor, y en tu favor mi vida está. [Aparte.] ¿Yo testigo, aunque sea parte y juez? [Aparte.] Pues hubo otra vez de estar tan a mano mi pesar, huya su vista otra vez. Vase. Oye. Seguirla es en vano. ¿Por qué, falso, aleve, infiel? Mudable, fiera, crüel, porque no hay a qué. ¡Ha tirano! ¿Podrasme negar agora que ya mi amor no es amor, y tu vida en el favor de esa injusta fee traidora está? Que lo dije no podré negar; mas pudiera dar satisfación que fuera bastante para que yo, de haberlo dicho, quedara más fino contigo. Pero aun eso tampoco quiero; que es hidalguía muy cara la que a un hombre ha de costar, quejoso de una mujer, el quitar en su placer los caudales del pesar. Quien de satisfacer deja, por vengar su queja, oirás al cuerdo, que no hace más que echar a perder su queja. Aun bien que tu tiranía, porque más cruel se arguya, no echará a perder la suya por satisfacer la mía. ¿Por qué? Porque no podrá. ¡Pluguiera al cielo no fuera tan clara, que aunque no quiera la has de ver! Tarde será. No mucho. ¿Cómo? No sé, que no tengo de abreviar tu pesar a mi pesar. Todo es enigma que anda disfrazando errores. Es otro ir tomando plazos. Yo te vi en ajenos brazos. Yo te oí decir favores. Quizá tuvo otra intención. Quizá tuvo otro sentido. Yo oí tu agravio y mi olvido. Yo oí mi olvido y tu traición. No es malo imitarme el modo. Ni tus agravios son malos. TURÍN sale. A costa de cuatro palos, por Dios, que lo he de ver todo. Las chirimías y cajas. ¿Qué es eso? Que Casimiro entrando viene en palacio, y en el siempre ameno espacio de su florido retiro, Cristerna, bien que a pesar de lo que lo ha de sentir, le ha salido a recibir. Y yo, deseándome hallar en todo sin que me dé miedo una y otra alabarda, mequetrefe de la guarda, por un lado me escapé; como el que sin ser señor entrada tiene, no tanto por mejor título, cuanto porque arrempuja mejor. Ya llega. Chirimías. Nunca llegara. ¿Temes que oiga tu traición? Temo la satisfación que no mereces. ¿Qué cara pondrá Cristerna al mirar que el soldado es Casimiro? Aquí a ver y a oír me retiro. Yo a ver, oír y callar. Las chirimías, cajas y clarines, y por una parte CRISTERNA, damas y FEDERICO. Por otra, CASIMIRO, ARNESTO y acompañamiento. [Aparte.] En fin, Fortuna, has rodeado... [Aparte.] En fin, Fortuna, has sabido... Aparte. ... hacer que el que he aborrecido... [Aparte.] ... hacer que la que he adorado... [Aparte.] ... haya a mi vista llegado. [Aparte.] ... haya de saber quién soy. [Aparte.] Muerta llego. [Aparte.] Ciego voy. [Aparte.] ¡Qué temores! [Aparte.] ¡Qué recelos! Humilde a vuestros pies... [Aparte.] ¡Cielos!, ¿qué es lo que mirando estoy? Despojo, antes que trofeo, yace el duque Casimiro. [Aparte.] Otra y mil veces me admiro. [Aparte.] ¿No es el soldado el que veo? [Aparte.] Mis venturas dudo y creo. ¿Quietote ya el que te dio celos? Sí. Pues a mí no. ¿Este no es el estranjero que servía aventurero? Y si no, dígalo yo. A todos admira ver que hoy el que era ayer no soy, como si estas plantas hoy no fueran señas de ayer. Y para satisfacer que en mí no hay mudanza alguna de mi fortuna importuna, dije ser soldado. Pues ¿en qué mentí? ¿Qué rey no es un soldado de fortuna? Ella fue la que de mí triunfó el día que triunfé, no digo porque os amé, pero digo porque os vi. Si dichoso os ofendí, desdichado lo he llorado; porque, ¿qué más desdichado que el que, a un delirio rendido, dio fuerza al haber creído que se hubiese despeñado? Deste error, si es que fue error ocultarme donde fuera el valor el que me diera, no que impidiera el valor, causa de vuestro rencor, que viendo cuanto ofrecía al que la persona mía, viva o muerta os entregara, no quise que otro lograra la dicha que yo perdía. Y así, al ver que la ley era excepción, falté, no tanto porque a muchos temí, cuanto porque uno no os mereciera; y para que no pudiera dar nadie temor en mí, vós sabéis cómo os serví, sin que yo os acuerde que aquí Segismundo esté, ni que esté Auristela aquí. Pues para que sea verdad el que os pudo dar mi fe, vida y libertad, quedé sin vida y sin libertad, en cuya felicidad toda mi vida viviera, si a mi honor tal voz no diera de Federico el valor, que me obliga a que mi honor le responda, aunque no quiera. Y pues fe a vós, a él y a Dios de ser yo ha de dar mi vida, séanlo una y otra herida, que he recibido por vós. Y si al duelo de los dos he de jurar no traer ventaja, déjese ver en que no la traerá, creo, quien viene con más deseo de morir que de vencer. De Casimiro ofendida y de un soldado obligada, tanto contra el uno airada, cuanto al otro agradecida, también estuvo mi vida ayer; mas hoy, viendo, ¡ay Dios!, que el uno y otro sois vós, no hallo mérito en ninguno, pues no obliga como uno quien ofende como dos. Y dejando el ceño duro, con que, Casimiro, os miro, pues ya como Casimiro, en fee estáis de mí seguro, como soldado procuro culparos, sin que bajeza parezca de mi grandeza; pues declarada en mi daño fineza que hizo engaño, y no es engaño y no es fineza. Demás, que si alguna hicisteis, mi valor desempeñasteis con los puestos que ocupasteis, los honores que adquiristeis. Luego, si ya conseguisteis su premio, y con él se aleja la obligación, libre deja el campo a mi indignación; pues pague la obligación para que cobre la queja. ¿Qué cosa es que vós, conmigo doble, oséis hacer que viva tan ciega, que el bien reciba de mano de mi enemigo, y que a un frenesí, testigo de vuestro despeño hagáis, siendo, cuando publicáis el fin con que me servís, allá donde le fingís y aquí donde os despeñáis? Y pues es fuerza, al miraros a vós, de vós distinguiros, Casimiro, he de admitiros, soldado, he de castigaros. ¡Hola! Salen SOLDADOS, con armas. ¿Qué quieres? Mandaros que al que mi seguro he dado, guardéis, no al que me ha engañado; y pues en uno a dos miro, respetando a Casimiro, prended aqueste soldado. Aparte. Desta manera he de ver si el duelo estorbar pudiese, que aunque aborrezco su vida, no sé si sienta su muerte. Daos a prisión. Deteneos, y nadie a él llegar intente sin que primero me mate. ¿Tú contra mí le defiendes? Sí, señora, porque día que vino de mis carteles llamado, me toca a mí, o péseme o no me pese saber quién es y a quién ama, que se le guarden las leyes del seguro que firmé. Yo no prendo, si lo adviertes, a Casimiro, sino a un traidor, soldado aleve, que me ofende y que me engaña. Mi mismo argumento es ese, que no defiendo tampoco yo a soldado que te ofende, sino a Casimiro, que es quien de mi llamado viene. Y yo a tu lado, en tan noble demanda, es justo que arriesgue honor y vida. A mí y todo toca a su lado ponerme. ¿Pero qué criado hace lo que le toca? Pendiente de igual trance estoy. ¿Pues cómo el fuero a romper te atreves de la prisión? Como tú la consecuencia me ofreces; pues tampoco el fuero guardas del seguro que prometes. No ha mucho que yo te vi solicitando su muerte. Quizá la queja de entonces en esta duda se vuelve. Aparte. Ya sé por qué, y no hago mucho, que lo mismo me acontece en ciertas sospechas que se ganan cuando se pierden. ¿Pero qué esperáis? Haced lo que os mando. Nadie llegue. Bien pusiera ambos empeños yo en paz con dejar prenderme, porque de una vez en mí uno y otro enojo vengues; mas no me atrevo, señora, porque temo que alguien piense que es por escusar el duelo; y así es forzoso ponerme en defensa. Allí el caballo, señor, que trujiste tienes; ponte en él, pues en faltando tú, no hay riesgo que no cese. Vase. Dices bien, y no es huir aquesto cobardemente, que quien por lidiar no lidia, solo estraña el que se cuente, si hay quien huyó de cobarde, que hay quien huya de valiente. Vase. No he de perderle de vista, hasta que en salvo le deje. Vase. Ni yo a ti, ya que a tu lado me vi una vez. Vase. Sean ustedes testigos, que hay amo que huya y lacayo que se quede. Vase. Seguidle, a pesar de entrambos, hasta matarle o prenderle. Tu orden obedezcamos. No os quiero tan obedientes. Esperad, no le sigáis, ¡ay de mí, infeliz!, que ese es a quien mi honor la vida, libertad y fama debe. ¿Pero qué digo? Seguidle, que es también contra quien tiene hecho mi honor homenaje. No del agravio te acuerdes, pues puedes del beneficio. Nada me digas, pues eres tú causa de todo. ¿Yo? Sí, pues abatidamente, cobarde, tímida, humilde, no osaste decir quién fuese quien prisionera te trujo. Si cuando tu indulto tiene no está seguro, ¿qué fuera cuando no le tenía? Ese, entonces, fuera otro lance menos público. No eches a perder el ejemplar de que callen las mujeres, que si yo tengo la culpa, podrá ser que yo la enmiende. ¿Cómo? El efecto lo diga, pues su familia y su gente es fuerza a estar a mi orden. Vase. Tenedla, no infiel, no aleve, tanto séquito amotine; mas dejadla, que se pierde tiempo de seguirle a él, y no es justo que se ausente a mi pesar. Mas si es justo, dejad que se vaya y lleve consigo mis confusiones. ¿Qué nos mandas finalmente? Que a mí me deis un caballo, pues hallándome presente, yo al empeño de seguirle y al duelo de defenderle, probaré entre dos afectos tan poderosos, tan fuertes como odio y amor, cuál es el vencido, o el que vence. Vanse ella y los soldados. Sigámosla todas, no hoy la dejemos. Vase. Salen SIGISMUNDO, FEDERICO y CASIMIRO. En este retirado sitio, donde no es fácil que nos encuentren, esperemos algún rato que los caballos alienten. Bien lo han menester, según en su ligereza exceden al mismo viento. Yo estimo la tregua, porque aproveche su plazo en daros las gracias de igual fineza. No tienes que agradecerme a mí, pues el día que sé quién eres, y que tus yerros doró amor, es fuerza que cesen todas mis quejas. Ni a mí; que nadie a mí me agradece lo que me debo a mí mismo. Y porque veas que tiene haber dicho que paremos segunda intención, atiende. Yo, Casimiro, he pensado que no es justo que se cuente, ni que yo desafié, ni que tú saliste, y piense algún cobarde (que nunca piensa mal el que es valiente) que agradecidos quizá a tantos inconvenientes, yo me quedo sin reñir, y tú sin reñir te vuelves. Y así, pues que Sigismundo es quien es, y nadie debe más que él mirar por tu honor, y mi honor que esté presente poco importa, pues podrá mirarnos reñir. Si hubiese un segundo, con quien yo sacar la espada pudiese, nunca sin reñir mirara reñir; mas puesto que haberle no es posible, seré de ambos padrino, que a partir llegue el sol y las armas mida. Aunque mi valor suspende, seros deudor de fineza tan hidalga, me parece que no falto al ser quien soy riñendo con vós, pues pende una acción de otra; y así, mi espada y mi pecho es este. Y este mi pecho y mi espada. Pues ya, porque no me lleve, como al que mira jugar, el afecto de la suerte, la espalda os vuelvo. Reñid. ¡Qué animoso! ¡Qué valiente! ¡Válgame el cielo! ¿Qué ha sido? Tropecé y caí. Detente. Déjale que se levante. ¿Tú lo que he de hacer me adviertes? Contigo riñera agora mejor que con él mil veces. Levantad y reparad del acaso. Nada debe ya vuestro valor al mío. No esto agradecido os muestre; que lo que me debo a mí, nadie a mí me lo agradece. Y pues sé que no desluce al valor el accidente, volved a reñir. Sí haré, solo para defenderme. Dentro. Cerrad el bosque, que allí están caballos y gente. Sitiados somos. ¿Qué haremos? Dejar el duelo pendiente, puestos los tres de una banda. ¿Contra quién es todo ese último esfuerzo, si soy quien en vuestro alcance viene a dar un medio, con que antes que Cristerna llegue con tanta gente que no es posible defenderse cese el empeño? ¿Qué trazas? ¿Qué dispones? ¿Qué pretendes? Que Casimiro conmigo se venga; que yo sé en este monte, como quien en él tuvo alojada su gente, seguro paso a la raya. Y como él solo se ausente, contra quien es la ojeriza, de Cristerna, es evidente que diciéndola los dos que ya está en salvo, se temple. Dice bien. Vente conmigo. A mi pesar te obedece mi amor; que cumplido el duelo (pues ser o no ser solemne, no hace al valor), mejor fuera morir, si el medio que tiene el que no se vengue nunca es perderla para siempre. Vanse los dos, y salen CRISTERNA, gente y damas, y TURÍN. Allí están; llegad, soldados, y nadie, si se defiende, quede con vida. La fiesta será hoy de los inocentes. Tente, señora, que si es Casimiro de quien quieres vengarte, ya no es posible, pues ya, penetrando el Merque, habrá llegado a su raya. Si soy yo, a tus pies me tienes, cumplida la obligación, primero de defenderle, después de reñir con él, porque escrúpulo no quede, en su honor y el mío. Y si yo soy en quien vengarte emprendes, aquí estoy; que no se va quien a la prisión se vuelve. Si hubiera, de mis razones, la cólera que me enciende satisfacer, no hay hartas vidas en dos muertes; y así, para no quedar mal vengada, es mejor quede bien quejosa. Salen AURISTELA y CASIMIRO. Que has perdido la senda, Auristela, advierte, pues en vez de que dél huyas, hacia el peligro te vuelves. No he perdido. ¿Qué pensaste, ingrato, tirano, aleve, que no habías de pagarme la libertad que me debes? ¿Pues dónde me traes? A ser... Prosigue, ¿qué te suspende? ... prisionero de Cristerna. ¿De qué suerte? Desta suerte. Bello prodigio del norte, alto honor de las mujeres, que hicieron, sabias y altivas, tus vitorias y tus leyes. Corrida de que baldones, mi silencio, porque llegues a ver si de tu venganza mi valor la suya aprende, a Casimiro, mi hermano, prisionero es bien te entregue, donde no es posible ya de tus armas defenderle nadie; y porque veas si sé vengarme antes que te vengues, mírale puesto a tus plantas. Y en ellas es bien que piense, si tengo de qué quejarme, o tengo qué agradecerte, pues me das la vida cuando piensas que me das la muerte. ¡Quién creyera que Auristela tan grande traición hiciese! Vengativa una mujer, no habrá crueldad que no intente. Si esto tenía guardado la que calló más prudente, ¿qué hay que fiar de las que hablan? ¡Ay de mí, infeliz!, que al verle segunda vez, del amor y el odio la duda vuelve. El empeño que he traído, a castigarle me mueve; mi obligación, a ampararle. ¡Quién un medio hallar pudiese a todo! Mas esto el tiempo lo ha de hacer. Marche la gente a la corte. Antes que marche, permíteme que te acuerde que a quien le dé muerto o vivo, tu mano ofrecida tienes. ¿Cómo puedo yo negar mi homenaje? Luego viene a ser mía, pues yo soy quien te le entrega. ¿Quién puede dudarlo, y más cuando está tan bien a mis altiveces, que cumplida mi palabra, en mi libertad me quede? Pues si ya tu mano es mía, ¿qué hay para que darla esperes? Yo la doy. Yo la acepto. Mas ¿qué fuera que se viese acabar una novela, casándose dos mujeres? Y supuesto que ya es mía, sin que nadie serlo niegue, llega, Casimiro, toma esta mano. ¿A eso te atreves? Sí, que en tanto es mía una joya, en cuanto, si bien lo adviertes, tengo el uso della, y puedo dársela a quien yo quisiere. Llega, ¿qué esperas? No sé si me atreva. ¿Pues qué temes? Cobarde llego a tocarla. No hay por qué cobarde llegues, pues no es de quien te la da, sino es de quien te la adquiere. Y pues que mis vanidades se dan a partido, puedes, Lesbia, borrar de aquel libro las esenciones. Estese el mundo como se estaba, y sepan que las mujeres, vasallas del hombre nacen, pues en sus afectos, siempre que el odio y amor compitan, es el amor el que vence. Ahora digo, y digo bien, que son diablos las mujeres. Pues porque con más aplauso aquesta acción se celebre, Auristela y Sigismundo se den las manos. Bien puedes, segura de que sus celos fueron engaño aparente, en orden que Lesbia había de librarme. No, no tienes que disculparte, que una cosa es que, dama, me queje, y otra, esposa, desconfíe. Pues soy quien todo lo pierde, la dicha siquiera gane de merecer ofrecerme por padrino de ambas bodas. Diciendo todos que siempre que el odio y amor compitan, es el amor el que vence.