Pedro Calderón de la Barca Casa con dos puertas mala es de guardar Comedia famosa Personas que hablan en ella LISARDO, galán. DON FÉLIX, galán. CALABAZAS, criado. UN ESCUDERO. FABIO, viejo. MARCELA, dama. LAURA, dama. SILVIA, criada. CELIA, criada. LELIO, criado. Jornada I Salen MARCELA y SILVIA en corto con mantos, como recelándose, y detrás LISARDO y CALABAZAS. ¿Vienen tras nosotras? Sí. Pues párate. -Caballeros, desde aquí habéis de volveros, no habéis de pasar de aquí, porque si intentáis así saber quien soy, intentáis que no vuelva donde estáis otra vez, y si esto no basta, volveos, porque yo os suplico que os volváis. Difícilmente pudiera conseguir, señor, el sol que la flor del girasol su resplandor no siguiera. Difícilmente quisiera el norte, fija luz clara, que el imán no le mirara, y el imán difícilmente intentara, que obediente el acero le dejara. Si sol es vuestro esplendor, girasol la dicha mía, si norte vuestra porfía, piedra imán es mi dolor; si es imán vuestro rigor, acero mi ardor severo. Pues ¿cómo quedarme espero, cuando veo que se van, mi sol, mi norte y mi imán, siendo flor, piedra y acero? A esta flor hermosa y bella, términos el día concede, bien como a esa piedra puede concederlos una estrella, y pues él se ausenta, y ella, no culpéis la ausencia mía; decid a vuestra porfía, piedra, acero o girasol, que es de noche para el sol, para la estrella de día. Y quedaos aquí, porque si este secreto apuráis, y a saber quién soy llegáis, nunca a veros volveré a aqueste sitio, que fue campaña de nuestro duelo; y puesto que mi desvelo me trae a veros aquí, creed de mí que importa así. De vuestro recato apelo, señora a mi voluntad, y supuesto que sería no seguiros cortesía, también será necedad. Necio o descortés, mirad cuál mayor defecto es, veréis [que] el de necio, pues no se enmienda, y así a precio de no ser, señora, necio, tengo de ser descortés. Seis auroras esta aurora hace que en este camino ciego el amor os previno para ser mi salteadora: tantas ha que a aquella hora os hallo a la luz primera, oculto sol de su esfera, de su campo rebozada ninfa, deidad ignorada de su hermosa primavera. Vós me llamastis, primero que a hablaros llegara yo; que no me atreviera, no, tan de paso y forastero. Con estilo lisonjero, áspid ya de sus verdores, no deidad de sus primores, desde entonces fuistes; pues áspid, que no deidad, es quien da muerte entre las flores. Dijístisme que volviera otra mañana a este prado, y puntüal mi cuidado me trujo como a mi esfera. No adelanté la primera ocasión, porque bastante no fue mi ruego constante, a que corriese la fe, que adora lo que no ve, ese velo de delante: viendo, pues, que siempre es nuevo el riesgo, y el favor no, quiero a mí deberme yo lo que a vuestra luz no debo: y así a seguiros me atrevo, que hoy he de veros, o ver quien sois. Hoy no puede ser, y así dejadme por hoy, que yo mi palabra os doy de que muy presto saber podáis mi casa, y entrar a verme en ella. [A SILVIA.] ¿Y a ella doncella desa doncella (la verdad en su lugar, que yo no quiero infernar mi alma) hay cosa que le obligue a taparse? Y si me sigue, tenga por muy cierto. ¿Qué? Que me persigue, porque quien me sigue me persigue. Ya sé el caso vive Dios. ¿Qué va que no le declaras? Muy malditísimas caras debéis de tener las dos. Mucho mejores que vós. Y está bien encarecido, porque yo soy un cupido, Cupidos somos yo y tú. ¿Cómo? Yo el pido, y tú el cu. No me está bien el partido. [A LISARDO.] Esto os vuelvo a asegurar otra vez. Pues ¿qué fïanza le dejáis a mi esperanza de las dos que he de lograr? Descúbrese. La de dejarme mirar. Usar desa alevosía para turbar mi osadía, ha sido traición, pues ya viéndoos, ¿cómo os dejará quien sin veros os seguía? Quedad, pues, de mí seguro de que muy presto sabréis mi casa, y entenderéis cuánto serviros procuro, esto otra vez aseguro. Ya en seguiros soy de hielo. Y yo sin ningún recelo de que agradecida estoy, por esta calle me voy. Id con Dios. Guárdeos el cielo. Vanse las dos. ¡Linda tramoya, señor! Sigámosla hasta saber quién ha sido una mujer tan embustera. Es error Calabazas, si en rigor ella se recata así, seguirla. ¿Eso dices? Sí. Vive Dios, que la siguiera yo, aunque hasta el infierno fuera. ¿Qué me debe, necio, di, de haber cuatro días hablado conmigo en este lugar, para darle yo un pesar, de quien ella se ha guardado? Debe el haber madrugado estos días. Ya que estamos solos, ya que así quedamos sobre lo que podrá ser tan recatada mujer, discurramos. Discurramos. Dime tú, ¿qué has presumido de lo que has visto y notado? De estilo tan bien hablado, de traje tan bien vestido, lo que he pensado y creído, es, que esta debe de ser alguna noble mujer, que donde no es conocida, disimulada y fingida, gusta de hablar y de ver, y por forastero a mí para este efeto eligió. Mucho mejor pienso yo. Pues no te detengas, di. Mujer que se viene así a hablar con quien no la vea, donde ostentarse desea bachillera y importuna, que me maten si no es una muy discretísima fea, que por el pico ha querido pescarnos. ¿Y si la hubiera visto yo, y un ángel fuera? ¡Vive Dios, que me has cogido! La Dama Duende habrá sido, que volver a vivir quiere. Aun bien, sea lo que fuere, que mañana se sabrá. ¿Luego crees que vendrá mañana? Si no viniere, poco, o nada habrá perdido la necia esperanza mía. El madrugar a otro día ¿poca pérdida habrá sido? El negocio a que he venido a madrugar me ha obligado, no le debo a este cuidado. Cerca de casa vivió, pues de vista se perdió cuando a casa hemos llegado. Y tarde debe de ser. Sí, pues vistiéndose sale quien a los dos nos mantiene, sin ser los dos justas reales. Salen DON FÉLIX y el ESCUDERO como vistiéndose. Don Félix, bésoos las manos. El cielo, Lisardo, os guarde. ¿Tan de mañana vestido? Un cuidado, que me trae desvelado, no permite que sosiegue ni descanse. Pero vós, que os admiráis de que a esta hora me levante, ¿no me dijistes anoche, que a dar unos memoriales habíais de ir a Aranjuez? ¿Pues cómo a Ocaña os tornastis desde el camino? Si bien me acuerdo, regla es del arte, que la pregunta y respuesta siempre un mismo caso guarden; y puesto que a mi pregunta fue la respuesta más fácil un cuidado de la vuestra, otro cuidado me saque, que es el que a Ocaña me ha vuelto. ¿Apenas ayer llegastes, y hoy tenéis cuidado? Sí. Pues por obligaros antes que me obliguéis a decirle: este es el mío, escuchadme. En tanto que ellos se pegan dos grandísimos romances, ¿tendréis, Herrera, algo que se atreva a desayunarse? Vamos hacia mi aposento, Calabazas, que al instante que entréis vós en él, no faltará algo fïambre. Vanse los dos. Bien os acordáis de aquellas felicísimas edades nuestras, cuando los dos fuimos en Salamanca estudiantes. Bien os acordáis también del libre, el glorioso ultraje con que de Venus y Amor traté las vanas deidades de su hermosura y sus flechas, tan a su pesar triunfante, que de rayos y de plumas coroné mis libertades. ¡Oh, nunca hubiera, Lisardo, luchado tan desiguales fuerzas, porque nunca hubieran podido los dos vengarse, O hubiera sido su golpe, puesto que a todos alcance, por costumbre solamente, flecha disparada al aire, y no por venganza flecha bañada en venenos tales, que salió del arco pluma, corrió por el viento ave, llegó rayo al corazón, donde se alimenta áspid! La primer vez que sentí este golpe penetrante, que sabe herir sin matar, y aun esto es lo más que sabe, en la juventud del año una tarde fue agradable del abril, pero mal dije, al alba fue. No os espante ser por la tarde y al alba, que con prestados celajes, si bien me acuerdo, aquel día amaneció por la tarde. Este, pues, como otros muchos, por divertirme y holgarme, salí a caza, y empeñado, llegué de un lance a otro lance al sitio de Aranjüez, que como poco distante está de Ocaña, él es siempre nuestro prado y nuestro parque. Quise entrar a sus jardines, sin saber qué me llevase a ver lo que tantas veces había visto; que esto es fácil, todo el tiempo que no asisten al sitio sus Majestades. En el de la Isla entré: ¡oh, cómo, Lisardo, sabe la desdicha prevenirse, el daño facilitarse! Pues como la mariposa, que halagüeñamente hace tornos a su muerte, cuando sobre la llama flamante las alas de vidro mueve, las hojas de carmín bate. Así el infeliz, llevado de su desdicha al examen, ronda el peligro, sin ver quién al peligro le trae. Estaba en la primer fuente, que es un peñasco agradable, donde temiendo el diluvio de sus cruzados cristales, parece que van viniendo a él todos los animales, una mujer recostada en la siempre verde margen de murta, que la guarnece, como cenefa o engaste de esmeralda, cuyo anillo es toda el agua diamante, tan divertida en mirar su hermosura en el estanque estaba, que puso en duda, sobre ser mujer, o imagen, porque como ninfas bellas de plata bruñida hacen guarda a la fuente, tan vivas, que hay quien espere que anden, y ella miraba tan muerta, que no pudo esperar nadie, que se pudiese mover. La naturaleza al arte, me pareció que decía, «No blasones, no te alabes de que lo muerto desmiente con más fuerza en esta parte, que yo desmiento lo vivo, pues en lo contrario iguales, sé hacer una estatua yo, si hacer tú una mujer sabes, o mira un alma sin vida, donde está con vida un jaspe». Al ruido que en las hojas hice, ¡ay de mí!, por llegarme a mirarla de más cerca del éxtasis agradable, no fuese de amor, volvió con algún susto a mirarme. No me acuerdo, si la dije, que ufana no contemplase tanta beldad, por el riesgo de ser de sí misma amante; que donde hubo ninfa y fuente, no fue posible escaparme del conceto de Narciso. Ella, honestamente grave, sin responderme, volvió la espalda, y siguió el alcance de una tropa de mujeres que andaba más adelante, midiendo de los jardines, ya los cuadros, ya las calles, hasta que su pie llegó a hacer a todos iguales, porque el pequeño contacto flores produjo fragrantes tantas la arena, que ya no pudo determinarse, si eran calles, o eran cuadros el jardín por todas partes, pues fueron rosas después las que eran veredas antes. El traje que se vestía, era un bien mezclado traje, ni bien de corte, ni bien de aldea, sino a mitades, de señora en el aliño, de aldeana en el donaire. En un airoso sombrero llevaba un rizo plumaje, a quien tuvieron acción la tierra después y el aire, por el matiz o la pluma, sobre si era flor o ave. Seguila hasta que llegó a la cuadrilla, que errante coro tejido de ninfas a los templados compases de hojas, pájaros y fuentes sonoramente süaves. Cada paso era un festín, cada descuido era un baile, a todas las conocía en fin, como a naturales de Ocaña, y solo ignoré quién era de mis pesares la ocasión, que ya lo era: porque desde el mismo istante que la vi, sentí en el alma todo lo que hoy siento: nadie diga, que quiso dos veces, que aunque aquí mire, allí hable, aquí festeje, allí escriba, aquí pierda, y allí alcance, no ha de querer más que una, que no pueden ser iguales en el mundo dos efetos, si de una causa no nacen. De algunas de las que iban con ella pude informarme de quién era, y hallé en ella más calidad por su sangre, que por su beldad. La causa de no haberla visto antes, fue por haberse crïado en la corte con su padre, hasta que a Ocaña se vino, porque viva donde mate. No os digo que la serví feliz, y dichoso amante, porque dichas que se pierden son las desdichas más grandes. Solo digo que obligada a mis finezas constantes, a mis servicios corteses, y a mis afectos leales, merecí que alguna noche por una reja me hablase de un jardín, donde testigos fueron de venturas tales, la noche y jardín, que solos a los dos quise fïarme; porque al jardín y a la noche, que son el vistoso alarde, ya de flores, ya de estrellas, hiciera mal de negarles a las unas lo que influyen, y a las otras lo que saben; puesto que estrellas y flores siempre en amorosas paces enlazadas unas de otras, eran terceras de amantes. Desta suerte, pues, teniendo la fortuna de mi parte viento en popa del amor, corrí los inciertos mares, hasta que el viento mudado levantaron huracanes de una tormenta de celos, montes de dificultades. Tormenta de celos dije, ved si alguna vez amastis, ¿qué esperanzas hay del piloto? ¿qué seguro de la nave? Bien creeréis, Lisardo, bien, cuando así escuchéis quejarme de los celos, que soy yo quien los tiene, no os engañe el afecto de sentirlos desta süerte, porque antes soy quien los he dado, y ellos son en sus efetos tales, que me matan dados, como tenidos pueden matarme. ¡Oh! ¿A qué nacen los que a ser dados ni tenidos nacen? Hay una dama en Ocaña, a quien yo rendido amante festejé un tiempo; esta, pues, por darme muerte, y vengarse, se ha declarado con ella, fingiendo finezas grandes que a mi amor debe: ¡Ay Lisardo, qué prontamente, qué fácil en los celos las mentiras, sientan plaza de verdades! Con esto se han retirado, tal, que aun para disculparme no permite que la vea, no me deja que la hable. Mirad, pues, si este cuidado consentirá que descanse, cercado de tantas penas, cargado de tantos males, muerto de tantos disgustos, lleno de tantos pesares; y finalmente teniendo sin culpa ofendido un ángel, pues el padecer sin culpa es la desdicha más grande. Don Félix, aunque los celos de quien así os quejáis, basten a dar pesadumbre dados, en no ser tenidos traen anticipado el consuelo; que el dolor es tan distante, desde darlos a tenerlos, cuanto hay de ser un amante la persona que padece, o la persona que hace. Con lástima empecé a oíros cuando los celos nombrastis, mas cuando dijistis que era engaños, y no verdades, la lástima se hizo envidia, porque no hay gusto tan grande, cuando hay desengaños, como hacer damas y galanes, o paces para reñir, o reñir para hacer paces. Id a ver a vuestra dama, que yo sé, aunque más se guarde, pues ella tiene los celos, que ella está en aqueste instante más que vós desengañada, deseando desengañarse. Salen MARCELA y SILVIA, abriendo una puerta que estará tapada con una antepuerta, y deténiense detrás della. [Aparte a SILVIA.] Por esta puerta, que al cuarto de mi hermano, Silvia sale, desde el mío a verle vengo, porque aunque él esté ignorante de que he salido hoy de casa, con esto he de asegurarle. Detente, que está con él el tal huésped, y ya sabes que no quiere mi señor que llegue a verte, ni hablarte. Y aun esa fue mi desdicha, oigamos desde esta parte. Y si en tanto que este gusto llega, queréis que yo trate de divertiros, pues fue concierto que os escuchase un cuidado, y [que os] dijese el mío, oídme, escuchadme. Oye. Después que troqué el hábito de estudiante al del soldado, la pluma a la espada, la süave tranquila paz de Minerva al sangriento horror de Marte, la Escuela de Salamanca a la Campaña de Flandes, y después, en fin, que hube, sin valedor que me ampare, merecido una jineta, premio a mi servicio grande, por haberme reformado entre otros capitanes, ya la campaña acabada, que no me viniera antes, pedí licencia, y partí a España, por ver si honrarme merezco el pecho con una de las cruces militares, que sobre el oro del alma son el más noble realce. Con esta pretensión vine, y su Majestad, que guarde el cielo para que sea Fénix de nuestras edades, remitió mi memorial, a tiempo que a desahogarse de molestias cortesanas, vino a Aranjuez, admirable dosel de la primavera. Mas ¿qué mucho que se alabe de serlo, si la más bella, la más pura, más fragante flor, la flor de lis, la reina de las flores, tras si trae cuantas a envidia del sol, rayos brillan, luz esparcen? Seguí la corte, traído más de mi afecto constante, que de mi necesidad, porque de ministros tales hoy el Rey se sirve, que no es al mérito importante la asistencia, porque todos acudir a todo saben. Gracias al cielo de aquel, con quien el peso reparte de tanta máquina, bien como Alcides con Atlante. Llegué en efeto a Aranjuez, donde vós me visitastis en una posada, y viendo tan incómodo hospedaje, como tienen en los bosques escuderos y pleiteantes, que me viniese con vós a Ocaña me aconsejastis, pues los días de la audiencia, dos leguas era tan fácil andarlas por la mañana, y volverlas a la tarde. Yo por vuestro gusto, más que por mis comodidades, obedecí. Todo esto, ya vuestra amistad lo sabe, pero importa haberlo dicho, para que de aquí se enlace la más extraña novela de amor que escribió Cervantes. [Aparte.] Aquí entro yo agora. Un día, que madrugué vigilante, por llegar antes que el sol nuestro horizonte rayase, junto a un convento, que está de Ocaña poco distante, entre unos álamos verdes vi una mujer de buen aire. Saludela cortésmente, y ella, antes que yo pasase, por mi nombre me llamó. Volví en oyendo nombrarme, y diciendo a Calabazas que con el rocín me aguarde, llegué diciendo: «Dichoso el forastero a quien saben su nombre las damas»; y ella, con más cuidado en taparse, me respondió a media voz: «Caballero desas partes no es forastero en ninguna»; y añadió6favores tales, que me obliga la vergüenza, por mí mismo, a que los calle; porque no sé cómo hay hombres tan vanos, tan arrogantes, que de que ha habido mujeres que los buscaron se alaben. [Aparte.] Él cuenta nuestro suceso. ¡Oh quien pudiera estorbarle, antes que en Félix las señas alguna malicia causen! Proseguid. Ella, en efeto, siempre embozado el semblante, me despidió con decirme, que como no examinase quién era, ni la siguiese, otro día estaría a hablarme. Seis veces, pues, corrió el sol las cortinas orientales, sumiller el alba, y seis tapada halló entre unos sauces esta mujer. Yo, enfadado de recato semejante, determiné de seguirla hoy cuando a Ocaña tornase; pero no pude, porque volviendo ella por instantes, me vio y no quiso pasar de la vuelta desta calle. ¿De esta calle? Y a la cuenta vive hacia aquí, que al instante la perdí de vista. Aquí me dijo que la dejase otra vez, porque su vida aventuraba mi examen. ¡Extraña mujer! [Aparte.] Ya es fuerza que las señas me declaren. Sale CELIA con manto. Proseguid. Yo pues... Don Félix, ¿podrá una mujer aparte hablaros? ¿Pues por qué no? [Aparte.] ¡Oh, a qué buen tiempo llegaste, mujer o ángel para mí! Luego irá el cuento adelante, permitid ahora, por Dios, que con esta mujer hable, que es crïada de la dama que os dije. Pues que me maten, si ello no es lo que yo he dicho. Ved el recado que os trae, y adiós, porque para estotro no importa que tiempo falte. Vase. ¿Era hora, Celia, de vernos? No te admires, no te espantes, que no me atreva a venir a verte, porque si sabe mi señora que te he visto, no habrá duda que me mate. ¿Tan crüel conmigo está? Viniendo yo hacia esta parte a un recado, no he querido dejar de verte, ni hablarte. ¿Y qué hace tu hermoso dueño? Sentir, es lo más que hace, tu ingratitud. ¡Plegue a Dios si la ofendí, que él me falte! ¿Por qué a ella no se lo dices? Porque no quiere escucharme. Si tú hubieras de callar, yo me atreviera a llevarte donde la hablaras. ¡Ay Celia, no habrá mármol que así calle! Pues vente agora conmigo; yo haré una seña si sale mi señor, y dejaré la puerta abierta; tú entrarte hasta su cuarto podrás. Dasme nuevo aliento, dasme nueva vida. Aquesta es la hora mejor, mas no aguardes, vente tras mí. Tras ti voy. [Aparte.] ¡Ay bobillos, y que fácil a la casa de su dama, es de llevar un amante! Vanse los dos. ¡Yo salí de lindo susto! Pues ¿cómo afirmas que sales, si luego han de verse, luego proseguirá el cuento? Antes lo habré remediado. ¿Cómo? Escribiéndole que calle, hasta que se vea conmigo, y esto ha de ser esta tarde. ¿Declarada por quién eres? ¡Jesús, el cielo me guarde! Pues ¿qué has de hacer? ¿No es mi hermano de Laura, mi amiga, amante? ¿No sabe lo que es amor? Pues hoy he de declararme con ella, y hoy has de ver, Silvia, el más extraño lance de amor, porque yo fingida..., pero no quiero contarle, que no tendrá después gusto el paso contado antes. Vanse. Salen LAURA dama y FABIO viejo. Notable es la tristeza que el rosicler, tumba de tu belleza. ¿Qué tienes estos días, que entregada, ¡ay de mí!, a melancolías tales, a todas horas triste suspiras y rendida lloras? Si yo, señor, supiera la causa de mi mal, [Aparte.] (A Dios pluguiera no la supiera tanto), el consuelo mayor, menor el llanto fuera, pues fuera entonces el sabella el primero aforismo de vencella; pero la pena mía, es, señor, natural melancolía, y así el efeto hace, sin que llegue a saber de lo que nace; que esta distancia dio naturaleza en la melancolía y la tristeza. No sé lo que te diga, sino que a tanto tu dolor obliga, que riguroso y fuerte padeces tú el dolor, y yo la muerte, pues ya vivir no espero mientras tan triste a ti te considero. Vase. ¿Qué haré yo, que rendida, a pesar de mi vida, vivo? ¿Qué es esto, cielos? Más bien se deja ver, que estos son celos, porque una ardiente rabia el sentimiento agravia, una rabiosa ira que la razón admira, un compuesto veneno de que el pecho está lleno, una templada furia que el corazón injuria; ¿qué áspid, qué monstruo, qué animal, qué fiera fuera, ¡ay Dios!, que no fuera compuesta de tan varios desconsuelos la hidra de los celos? Pues ellos solos son a quien los mira, furia, rabia, veneno, injuria, y ira, ¡Oh, quien antes supiera aquella feliz voluntad primera tuya, que no empeñara tanto la mía, que hasta el fin llegara! Pues aunque no sabía de amor cuando tan libre, ¡ay Dios!, vivía, tampoco no ignoraba que tarde o nunca el que lo fue se acaba; quiere a Nise en buen hora, pero déjame a mí morir. Sale CELIA arrugando el manto. ¿Señora? ¿Qué hay Celia? Que ya he hecho mi papel y sospecho que no muy mal, ¡así tu beldad viva! Entré en su casa, díjele que iba a un recado, y que acaso pasando por su calle, aunque de paso le quise ver. Con un suspiro entonces, que ablandara los mármoles y bronces, me preguntó por ti turbado y ciego. Encarecile luego tu enojo, y que si a caso tú supieras que le había ido a ver, muerte me dieras, y como que salía de mí, le dije, ¿por qué no venía por instantes a darte satisfacciones y desenojarte? Dijo que porque estabas tal, que no le escuchabas, díjele que viniera, que yo, aunque a tanto riesgo me pusiera, hasta tu mismo cuarto le entraría, con tal que no dijese en ningún día, que yo le había traído. Juró el secreto, y muy agradecido el caso se concierta, y está esperando enfrente de la puerta la seña, voyla a hacer, pues no está en casa mi señor. Esto es todo lo que pasa. Vase. Llámale, pues, que aunque de Nise creo los celos que me da, tanto deseo ver cómo se disculpa, que quiero hacerle espaldas a la culpa, pues la que más celosa se muestra, más colérica y furiosa, más entonces desea satisfacciones, aunque no las crea, que es dolor el de los celos tan extraño, que se deja curar aun del engaño, pues cuando el desengaño no consiga, conseguiré a lo menos que él lo diga, Salen CELIA y DON FÉLIX. [Aparte a DON FÉLIX.] Fuera está de casa Fabio, mi señor, el tiempo es este mejor para entrar a hablarla. Vida y ventura me ofrece. Disimula que llamado de mí a entrar aquí te atreves, Señor don Félix, ¿qué es esto? ¿Cómo os entráis...? Celia, tente. ¿Hasta aquí? Celia, por Dios, que calles. ¿Qué ruido es ese? ¿Qué ha de ser? Que hasta esta sala se ha entrado el señor don Félix, sin mirar, sin advertir, que si acaso ahora viniese mi señor, tú... Caballero, ¿pues qué atrevimiento es este? ¿cómo en mi casa, en mi cuarto os entráis de aquesa suerte? Como a quien morir desea nada mira, nada teme, y si mi muerte ha de ser venganza de tus desdenes, quiero morir a tus ojos por hacer feliz mi muerte. [A CELIA.] Tú tienes la culpa desto. ¿Yo señora? Si tuvieses cerrada esa puerta tú... Cerrada estaba. No tienes que reñir a Celia, que ella de mi error, ¿qué culpa adquiere? Yo solo tengo la culpa; ríñeme a mí solamente; castígame solo a mí, sino es ya que a reñir llegues a Celia, por la costumbre con que la inocencia ofendes. Dices bien; error es mío de que me he dejado siempre llevar, pues no habiendo tú escrito a Nise papeles, no habiendo entrado en su casa, y no habiendo ella ido a verte a la tuya, yo crüel, colérica e impaciente, inocente te persigo, que eres tú muy inocente, y siendo así, que yo soy tan injusta, tan aleve, tan desigual, tan mudable, ¿qué me buscas?, ¿qué me quieres? Solo quiero persuadirte al engaño que padeces de tus celos. ¿Quién te ha dicho que yo tengo celos, Félix? Tú misma te contradices. ¿De qué suerte? Desta suerte; o tienes celos, o no: si dices que no los tienes, ¿para qué finges enojos, Laura, de lo que no sientes?, si los tienes, ¿por qué, Laura, desengañarte no quieres, pues ninguno al desengaño celoso la espalda vuelve?, luego para disculparme, o para satisfacerte, si los tienes has de oírme, o hablarme si no los tienes. Si fuera argumento tal, que negarse no pudiese, quien está enojada, está celosa, muy sutilmente argüirás; mas si no se sigue precisamente, pues puedo estar enojada, sin que a estar celosa llegue, ni yo tengo que escucharte ni tú que decirme tienes. Pues, ¡vive Dios!, que has de oírme antes que de aquí me ausente, celosa o quejosa. ¿Iraste si te oigo? Sí. Pues di, y vete. Negarte que yo he querido, Laura, a Nise. Oye, detente, ¿y es estilo de obligarme, modo de satisfacerme, decirme, cuando esperaba mil rendimientos corteses, mil finezas amorosas, fuesen verdad o no fuesen, que hay duelo de amor adonde queda bien puesto el que miente, decirme en mi misma cara, que a Nise has querido? Advierte que aun con lo mismo que piensas que desenojas, ofendes. Si no me oyes hasta el fin... ¿Desto disculparte puedes? Sí. Aparte. ¡Plegue a amor! Oye pues. ¿Iraste? Sí. Pues di, y vete. Negarte que yo he querido, Laura, a Nise, fuera error: mas pensar tú que este amor es como el que te he tenido, mayor error, Laura, ha sido; pues si a Nise un tiempo amé, no fue amor, ensayo fue de amar tu luz singular, que para saber amar a Laura, en Nise estudié. A ciencias de voluntad las hace el estudio agravio; porque amor para ser sabio no va a la universidad, porque es de tal calidad, que tiene sus libros llenos de errores propios y ajenos, y así en su ciencia verás, que los que la cursan más, son los que la saben menos. Pues explíqueme mejor otro ejemplo: nace ciego un hombre, y discurre luego cómo será el resplandor del sol, planeta mayor que rumbos de zafir gira; y cuando por fe le admira, cobra en una noche bella la vista; y es una estrella la primer cosa que mira. Admirando el tornasol de la estrella, dice: «Sí, este es el sol, que yo así tengo imaginado al sol»; pero cuando su arrebol tanta admiración le ofrece, sale el sol y le escurece. Pregunto yo: ¿ofenderá una estrella que se va a todo un sol que amanece? Yo así, que ciego vivía de amor, cuando no te amaba, como ciego imaginaba cómo aquel amor sería. Adoraba lo que vía, presumiendo que era así el amor; mas, ¡ay de mí!, que no vi al sol, vi una estrella, y entretúveme con ella hasta que el sol mismo vi. Eso no, pues si me doy por entendida contigo, que Nise fue mi sol digo, y que yo su estrella soy. Pruébolo; pues si yo estoy contigo la noche fría, y ella de día te envía a llamar, y estás con ella. ¿Quién será el sol o la estrella? ¿Cúya es la noche o el día? ¡Vive Dios, Laura, que son engaños tuyos, y plegue al cielo, que si la he visto, que un rayo me dé la muerte, desde que a Ocaña veniste! ¿Qué más desengaños quieres de lo que cuenta de mí, que escuchar que ella lo cuente; pues es el mayor desaire del duelo de las mujeres, confesar sus celos donde lo escucha de quien los tiene? Yo sé que han sido verdades, y no engaños aparentes. ¿De qué lo sabes? De que es mal que a mí me sucede, y no puede ser mentira: porque de los males suele decirse, Félix, que fueron astrólogos excelentes, porque siempre adivinaron, y dijeron verdad siempre. Por lo menos ya confiesas que son celos, y los sientes. Si me estás dando tormento, ¿es mucho que los confiese? Si tanto aprietan fingidos, ciertos, ¿qué...? Mi señor viene: Vete por aquesa puerta de esotro cuarto, pues tiene puerta a la calle. Di ¿cómo quedamos? Como quisieres. Yo querré desenojada. A verme esta noche vuelve, que quiero verte esta noche aunque de Nise me acuerde. ¡Ah, Laura, cuánto te engañas! ¡Ay, cuánto me agravias, Félix! ¡Ay, cuánto nos sirve una casa que dos puertas tiene! Jornada II Salen por una parte MARCELA con manto, y el ESCUDERO y por otra LAURA y CELIA. Tú seas muy bien venida a esta tu casa. Y tú seas, amiga, muy bien hallada. Con tal visita ya es fuerza que lo esté. Yo pienso antes, que te has de hallar mal con ella; que vengo a darte un cuidado. Yo le tengo hasta que sepa en qué te puedo servir. Llega aquesas sillas, Celia, que aquí estaremos mejor que en el estrado. Quisiera saber a qué hora vendré. Al anochecer, Herrera, podrá venir. El sereno tiene a esas horas más fuerza. Vase. Mi amiga eres, Laura hermosa, a quien dio naturaleza noble sangre, claro ingenio; pues ¿de quién con más certeza me fiaré, que de quien es mi amiga, noble y discreta? Con tan grandes prevenciones la proposición empiezas, que ya, más que tú decirla, deseando estoy saberla. ¿Estamos solas? Sí estamos, Celia, salte tú allá fuera. No importa que Celia oiga. Prosigue, pues. Oye atenta. Mi hermano don Félix, Laura, por amistad que profesan él y un noble caballero desde sus edades tiernas le trujo a casa estos días, que Aranjuez, sagrada esfera del cuarto Felipe, cifra la luz del cuarto planeta. Este hospedaje en efeto fue con tan vana advertencia, que para traerle a casa, la primer cosa que ordena es, que retirada yo a un cuarto pequeño dellos les deje a los dos el mío, y que tal recato tenga, que escondida siempre dél, ni alcance, Laura, ni entienda, que vivo en casa; que así, ¡mas qué acción tan poco atenta!, pensó sanear la malicia de que Ocaña no dijera, que traía a casa un huésped tan mozo, teniendo en ella una hermana por casar; y fue aquesto de manera, que retirada a este cuarto que te he dicho, aun una puerta, (que sale al cuarto de Félix, porque nunca presumiera que había más casa) la hizo cubrir con una antepuerta, por donde a aderezarle sola Silvia sale y entra. Dejemos, pues, a Lisardo, que, sin que jamás entienda que hay mujer en casa, vive con este descuido en ella. Dejemos también a Félix, que con esto solo piensa, que curó en salud el daño de que me hable y que me vea, y vamos a mí, que viendo la prevención con que intenta mi hermano ocultarme, hice de la prevención ofensa; porque no hay cosa que tanto desespere a la más cuerda, como la desconfïanza. ¡Cuánto ignora, cuánto yerra en esta parte el honor! Que es como el que olvidar piensa una cosa, que el cuidado de olvidarla es quien la acuerda; es como el que desvelado se quiere dormir por fuerza, que llamando el sueño, es el sueño quien le despierta; y es como el que halla en un libro borradas algunas letras, que por solo estar borradas le da más gana de leerlas. Este recato, en efeto, en Félix, mi hermano, esta curiosidad, Laura, en mí, o este destino en mi estrella, despertaron un deseo de saber si el huésped era como gallardo entendido, cosa que quizá no hiciera a no habérmelo vedado; que en fin la culpa primera de la primera mujer esto nos dejó en herencia. Y para poder mejor hablarle, sin que supiera quién era la que le hablaba, fui una mañana a esas huertas paso de Aranjuez, por donde había de pasar por fuerza. Llamele pensando, Laura, que el hablarle no tuviera mayor empeño que hablarle por curiosidad o tema. Mas, ¡ay, que es fácil la entrada, cuando difícil la vuelta del más hermoso peligro! Dígalo el mar desde fuera, convidando con la paz a cuantos a verle llegan, cuando jugando las ondas unas con otras se encuentran; pues el que más convidado pisó su inconstante selva, ese lloró más perdido la saña de sus ofensas. Yo así apacible juzgué del mar de amor, pero apenas reconocí sus halagos cuando sentí sus violencias. Pensarás que este cuidado solo alcanza, solo llega a hallarme hoy enamorada; pues más mal hay que el que piensas, porque de amor y de honor estoy corriendo tormenta. Hoy, pues, Lisardo a don Félix, que yo detrás de la puerta que te he dicho lo escuchaba, de todo le daba cuenta si, no importa declararme, no lo estorbara Celia. Poblada quedó la hoja, y temo, que por las señas del rostro, que ya me vio Lisardo, o por la cautela con que le hablé, o por haber seguídome hasta tan cerca de casa, puedan en Félix moverse algunas sospechas; y así antes que el discurso a enlazarse, Laura, vuelva, me importa hablar a Lisardo, para cuyo efeto queda Silvia ya con un papel, en que le digo que venga a verme a esta casa donde yo he de estar... Detente, espera; que has usado neciamente, Marcela, de la licencia de la amistad; pues primero que a ese Lisardo escribieras, ni a mi casa le llamaras, debieras mirar, debieras advertir desde la tuya los inconvenientes desta. Ya, Laura, los he mirado, sin que corran por tu cuenta. ¿De qué manera? si yo... Escucha de qué manera: tu casa tiene dos cuartos, y del uno cae la puerta a otra calle, a Silvia dije que le trujese por ella, de suerte que entrando, Laura, por donde saber no pueda, en fin, como forastero, si es casa tuya, ¿qué arriesgas? Arriesgo el que lo pregunte, y lo que hoy no sabe, sepa mañana, y piense que yo soy la tapada. Que adviertas te pido, que yo he de estar de visita y descubierta, como si fuera mi casa dentro de la tuya mesma. Cuando el verte a ti me libre a mí con esa cautela, ¿cómo me podré librar del peligro de que venga mi padre, y halle aquí a un hombre? ¿Luego ha de venir por fuerza hoy, y luego han de cogernos en el primer hurto? Esta fineza has de hacer por mí, pues es tan digna fineza de tu sangre y mi amistad. Aparte. ¡Ah, quién decirla pudiera el tercer inconveniente? Pues no es el de menor pena, que acierte a venir don Félix, y me halle a mí hecha tercera de su hermana, y de su amigo. Sale SILVIA. A Ocaña he dado mil vueltas hasta hallarle. Silvia, ¿qué hay? Que di tu papel, y apenas le leyó, cuando tras mí vino, y queda ya a la puerta, que me dijiste. Ya, Laura, no hay cómo excusarte puedas. De mala gana te sirvo en esto. Quítame, Celia, este manto; llama, Silvia, tú a Lisardo; y tú no quieras verle, que eres muy hermosa para crïada. Ya quedas hecha dueña de mi casa, mira, Marcela, por ella. Aparte. ¡Oh, a qué de cosas se obliga. quien tiene una amiga necia! Salen SILVIA y LISARDO, y vase LAURA. Esta es la casa, señor, de aquella dama encubierta, que ya descubierta veis. ¡Quién vio dicha como esta! Estaríades, señor Lisardo, muy olvidado de que iría mi cuidado a buscaros. Mi temor confieso, y que la esperanza desta ventura perdí que siempre andar juntos vi fortuna y desconfïanza. Aunque es verdad que pudiera hoy, por el gusto [de] hablaros, señor Lisardo, llamaros a mi casa, no lo hiciera, a no tener que reñiros un descuido contra mí. ¿Descuido contra vós? Sí, de que me importa advertiros. Si vós misma disculpáis mi ignorancia, con que ha sido descuido mal advertido, ya importa que le digáis, porque no vuelva a incurrir en lo que ignorante estoy. ¿A quién empezastis hoy nuestro suceso a decir, que os estorbó una crïada la relación? Ya os entiendo, y aunque pueda, no pretendo satisfaceros en nada; porque mujer que de mí, donde no soy conocido, tanta noticia ha tenido; mujer que se guarda así de un hombre, de quien yo soy amigo; mujer que tiene criada en su casa, que viene con las nuevas que le doy... harto callando la digo, harto con irme la muestro, porque antes que galán vuestro, fui de don Félix amigo. Habéis sin duda pensado por las nuevas que yo os doy, que dama de Félix soy; pues estáis muy engañado, y esto me habéis de creer: si algo cree quien dice que ama, que no solo soy su dama, mas que no lo puedo ser. Si los principios negáis, mal argumento tenéis. ¿De quién mi nombre sabéis, y de mí informada estáis? ¿De quién, pues, habéis sabido (decir puede en un momento) lo que en su mismo aposento a los dos ha sucedido? Para que aquí se concluya lo que a dudar os obliga, sabed que yo soy amiga de una hermosa dama suya. Esta, hablando pues conmigo, en Félix nuevas me dio de vós, porque en vós habló como de Félix amigo; y aunque él es tan caballero, en nadie un secreto cupo mejor, que en quien no le supo; y así suplicaros quiero que a don Félix no le deis más señas, señor, de mí, ni le digáis que yo os vi, ni que mi casa sabéis; porque me van en rigor a una sospecha creída, hoy por lo menos la vida, y por lo más el honor. Bien pensáis que habrá cesado de mis dudas la razón, y antes mayor confusión es la que me habéis dejado; porque si no sois... Sale CELIA. Señora. ¿Qué hay, Celia? Que mi señor viene por el corredor. Esto me faltaba agora. ¿Podrá salir? No, que viene por la puerta que él entró, y saber que hay otra no es posible, ni conviene. Hasta aquí entra ya. ¿Qué haré? Esconderos es forzoso en esta cuadra. Dudoso estoy. Presto, que si os ve... ¡Vive Dios, que estoy perdido! Escóndese en una puerta, y sale LAURA. Cercada de penas muero. ¿Ves, Marcela? En el primero hurto al fin nos han cogido. ¡En buena ocasión me has puesto! ¿Quién pudiera prevenir, que ahora hubiese de venir tu padre? Sale FABIO. Celia, ¿qué [es] esto? Esta puerta, ¿cuándo abierta sueles por dicha tener? Vínome Marcela a ver, y por estar esa puerta la más cerca de una casa adonde ella estaba, yo la hice abrir; por ella entró, y quedose así: esto pasa. Perdonad, bella Marcela, que como la luz del día ya se va a poner, no os vía. [Aparte.] ¡Gran daño el alma recela! [Aparte.] ¡Qué confusión! Vase. [Aparte.] ¡Qué temor! Yo, habiendo agora sabido la tristeza que ha tenido Laura, me trujo mi amor a verla, y ver si merezco de sus penas consolar la tristeza y el pesar. Son tantas las que padezco, que me añade más dolor el remedio prevenido, y antes pienso que has venido a hacérmele tú mayor; que crece con el remedio este accidente. No sé qué te diga, ni sabré hallar a tus males medio: -Hola, traed luces aquí. Sale CELIA con luces, pónelas en un bufete, y sale el ESCUDERO. Ya aquí las luces están. Las ocho y media serán, habemos de irnos de aquí esta noche, pues que ya ha anochecido, señora, ¿no es de recogernos hora? Pena el dejarte me da, Laura, con este cuidado, pero excusarle no puedo. Yo, en fin, a pagar me quedo las culpas que no he pecado. ¿Qué puedo hacer? ¡Ay de mí! Dame licencia. Yo iré sirviéndoos. No hay para qué me tratéis, señor, así, quedad con Dios. [Aparte a MARCELA.] Mejor es dejarle ir, para que pueda irse este hombre que aquí queda. Yo tengo de ir con vós. Pues me honráis tanto, replicar vuestra grande cortesía pareciera grosería. La mano me habéis de dar. Sois tan galán, que no puedo negaros ese favor. Vanse FABIO, MARCELA, el ESCUDERO y SILVIA. ¿Hay, Celia, pena mayor que la pena con que quedo? ¿Quién creerá, que yo encerrado aquí tengo un hombre que no conozco? Y si me ve, ¿quedará desengañado de que Marcela no ha sido el dueño de aquesta casa? Todo cuanto aquí nos pasa fácil enmienda ha tenido con irse ahora mi señor. Retírate tú de aquí; yo le sacaré de allí, sin que pueda del error en que está desengañarse, pues él sin verte se irá, ni a ti, ni a Marcela. Ya solo falta efetuarse. La puerta abre, mas detente, que parece que he sentido en esta sala rüido. Ya es otro el inconveniente. Sale [DON] FÉLIX. Apenas la sombra escura tendió, Laura, el manto negro, capa de noche que viste para disfrazarse el cielo, cuando a tu puerta me hallaron las estrellas, que el deseo tanto anticipa las horas, que a verte a estas horas vengo, haciendo el tiempo en tu calle, porque no se pierda el tiempo. Vi que mi hermana salía de tu casa, y advirtiendo que tu padre la acompaña, a entrar hasta aquí me atrevo; porque las paces de hoy me tienen con tal contento, que no quise dilatar solo un instante, un momento el verte desenojada. Pues no haces bien, si es que advierto, que un enojo apenas quitas, cuando otro vas disponiendo. ¿Tanto podía tardar [Aparte.] (Apenas a hablarte acierto.) en recogerse mi casa, que temerario y resuelto te entras aquí, sin mirar, que ha de volver al momento mi padre? Solo he querido, que sepas, Laura, que espero en la calle, que sea hora para hablarte: porque luego no digas, que de otra parte vengo, cuando a verte vengo. En la calle, pues, estoy. Eso sí, vuélvete presto, que en recogiéndose al punto mi padre, hablarnos podemos más despacio. No me tengas con tanto susto, que creo que sospechoso, ¡ay de mí!, está ya del amor nuestro; tanto, que a esta puerta falsa la llave ha quitado. Aparte. (Esto digo por asegurar el paso al que está acá dentro.) Y anda todos estos días a casa, yendo y viniendo. Por quitarle este temor me voy, en la calle espero. Dentro FABIO. Hola, bajad una luz. Él viene ya. Dicho y hecho. Toma CELIA una luz, y vase. Si desotra puerta dices que quitó la llave, es cierto que no hay por donde salir; y así en aqueste aposento me esconderé. Va a entrar donde está LISARDO, y ella se pone delante. Aguarda, espera; que no has de entrar aquí dentro. ¿Por qué? Porque siempre aquí está mi padre escribiendo mucha parte de la noche. ¡Vive Dios, que no es por eso! Porque al entreabrir la puerta he visto un bulto allá dentro. Mira... ¿Aquí qué hay que mirar? Advierte... Ya nada temo. Que entra ya mi padre. ¡Ay triste, en que gran duda estoy puesto!, si aquí hago alboroto, a Fabio de sus ofensas advierto; si callo, sufro las mías. Sale FABIO. ¡Vós aquí, Félix! ¿Qué es esto? [Aparte a DON FÉLIX.] Mira, por Dios, lo que haces; pues en quien es caballero, el honor de las mujeres siempre ha de ser lo primero. [Aparte.] (Y es verdad, disimular tomo por mejor acuerdo, si celos se disimulan.) [A FABIO.] Buscando a mi hermana vengo, que me dijeron, que aquí estaba. Ya yo la dejo en su casa, y vuelvo agora de servirla de escudero. Eso es lo mismo que yo le estaba, señor, diciendo. Dios os guarde por la honra que a mi hermana le habéis hecho. Ella os espera ya en casa. [Aparte.] No sé, ¡ay Dios!, lo que hacer debo. Estarme aquí es necedad; irme, si aquí un hombre dejo, es desaire; alborotar aquesta casa, desprecio: pues esperarle en la calle, si hay dos puertas, ¿cómo puedo yo solo? ¡Oh, quién a Lisardo, que es mi amigo verdadero, consigo hubiera traído! Mas ya he pensado el remedio.) Quedad con Dios. Él os guarde. [Aparte.] Hoy he de ver, ¡vive el cielo! si es verdad que a la fortuna ayuda el atrevimiento. DON FÉLIX se va muy aprisa, FABIO está a la puerta con él, y CELIA después toma la una luz y se va, toma la otra luz FABIO. Alumbra, Celia, a don Félix, Laura, éntrate tú acá dentro, que tengo que hablar a solas contigo. [Aparte.] Otro susto, ¡cielos!, mi padre ¿qué me querrá? Laura ¿en qué ha de parar esto? Vanse los dos, y sale CELIA con la luz que llevó como con temor. Sin esperar que bajara a alumbrarle, en un momento se me despareció Félix. Bien se deja ver su intento, que es de dar presto la vuelta a la calle; mas primero que él llegue, ya habrá salido esotro, que en su aposento está mi señor con Laura: no hay que esperar. Caballero, [A LISARDO.] en gran confusión estamos por vós. Ya sé lo que os debo, que aunque he entendido muy poco del caso, porque aquí dentro llegaban muertas las voces, he entendido por lo menos los empeños desta casa. Vamos de aquí. Vamos presto. [Aparte.] Salga él una vez de casa, y más que sucedan luego muertes de hombres en la calle. Mata la luz y llévale y sale FÉLIX. En un esconce pequeño que hace la escalera, antes que la luz bajara, muerto de celos y de desdichas, pude quedarme encubierto. Poco lugar han tenido de echar a este hombre, y no creo que, sabiendo que en la calle estoy, se atrevan a hacerlo. El fin con que me he quedado a mis desdichas atento, es de sacarle conmigo hasta la calle, fingiendo que soy crïado de casa, y que sé todo el suceso. Esta es la puerta, y está A la puerta. abierta. Ce, caballero, seguidme, seguro soy. ¿No me respondéis? ¿Qué es esto? obligareisme callando, ¡vive Dios!, a que entre dentro. Vase y sale LAURA con una luz. Nada me quería mi padre que fuese de más momento, que decirme que mañana ha de ir a un cercano pueblo, adonde su hacienda tiene, y yo a mis desdichas vuelvo. Celia, Celia, ¿dónde estás? Pondré que se han ido huyendo todos, y que me han dejado en el peligro. Y es cierto; pues nadie parece, ¡ay triste! ¿Qué he de hacer en tanto aprieto? Félix estará en la calle, cuando estotro esté aquí dentro. Pero aunque todo lo arriesgue, esto ha de ser; que primero soy yo. Perdone Marcela esta vez. Ce, caballero, a quien necia una mujer en tanto peligro ha puesto, no os espantéis de mirarme. Abre la puerta, y sale rebozado DON FÉLIX. ¿Cómo puedo, cómo puedo dejar de espantarme, Laura, de mirarte? ¡Ay Dios! ¿Qué veo? ¿Tan mudable? ¡Ay infelice! ¿Y tan falsa? ¡Ay Dios! ¿Qué es esto? Esto es, Laura, esto es, si es que yo a decirlo acierto, el desengaño mayor que a un hombre han dado los celos. Pero miento, que no son celos, sino agravios estos. Paséase, y ella tras él. ¡Yo estoy muerta!, Félix mío, mi bien, mi señor, mi dueño. Mi mal, mi muerte, mi ofensa, ¿qué me quieres? Que te quiero, te quiero, no más. Y yo, pues tú lo dices, lo creo; porque no habiendo tenido un hombre en este aposento, no habiendo dicho que estaba cerrado el paso por esto, no habiendo venido tú a hablarme por él, no habiendo visto yo, ¡qué he de haber visto! Nada digo, nada entiendo. ¡Mal haya yo, porque antes estuve a tu honor atento, y no... adiós Laura, adiós Laura. Detente, porque primero que te vayas has de oírme. ¿Puede ser mentira esto? Sí, bien puede ser mentira. ¿Mentira lo que estoy viendo? ¿Qué viste? El bulto de un hombre que estaba en este aposento. Algún crïado sería. Sale CELIA muy contenta. Señora, ya por lo menos nada sucederá en casa, que ya en la calle los dejo. Vele, y túrbase. Mira si era algún crïado. ¿Pues esto agora tenemos? ¿cómo aquí...? No puedo hablar. ¿Ves, Félix, con cuanto aprieto se eslabonan mis desdichas?, pues culpa ninguna tengo. ¿Pues yo la culpa tendré? Tanto te estimo y te quiero, que aún no quiero yo decirlo, porque te está mal saberlo. ¡Qué antiguo sagrado es ese de un culpado, en no teniendo que responder! Esto, en fin, se acabó, Laura, esto es hecho, adiós, adiós. Mira... Suelta... No has de irte así. ¡Vive el cielo, que dé voces, que despierten a tu padre, al mundo entero, diciendo quién eres! ¡Félix! Harás que pierda el respeto a tu hermosura, porque nadie le tuvo con celos. Vase. Tenle Celia. ¿Yo tenerle? Pues aunque vayas huyendo, yo te buscaré. ¡Ay Marcela, en qué de dudas me has puesto! Vanse. Salen LISARDO y CALABAZAS. Señor, ¿qué es lo que tienes? ¿De dónde, o cómo a tales horas vienes? Ni sé de dónde vengo, Calabazas, ni sé lo que me tengo. Después de haberte ido sin mí (cosa que nunca ha sucedido, ni héchose con lacayo de bien) vuelves a casa como un rayo, casi al amanecer, descolorido, colérico, furioso, acontecido, airado. No me mates, ni empieces a decirme disparates, sino pon las maletas, porque luego me tengo de ir, y en tanto que a esto llego, a estotra cuadra pasa, mira si hablar a Félix puedo. En casa él no está, que aunque ya ha amanecido, creo que no ha venido a acostarse hasta agora. ¡Feliz él habrá estado, ¿quién lo ignora?, celebrando las paces con su dama, que es la felicidad de quien bien ama! ¡Y yo, infeliz, a quien han sucedido tantas cosas...! ¿Qué han sido? Oye, porque me dejes, con condición que luego no aconsejes. Llamome por un papel aquella dama tapada, a que en su casa la viese. A verla fui, y la criada por un jardín me guió hasta que llegué a una sala de estrado, donde la misma que vi en las huertas, estaba tan bella como entendida: esto que te digo basta. Muy a los primeros lances me dio a entender enojada, no sé bien qué quejas, cuando su padre a la puerta llama. Métenme en un aposento, donde después de pasadas algunas conversaciones, de quien poco entendí, o nada, porque como retirado estaba a puerta cerrada; llegaban a mí confusas las voces sin las palabras, la puerta un hombre entreabrió; la capa tercié y la espada empuñé, y al mismo instante me volvieron a cerrarla por defuera, sin poder ver el talle ni la cara del hombre. De allí a otro rato, triste, confusa y turbada, otra moza me sacó hasta la calle con varias prevenciones de que Félix no supiese desto nada. Yo, pues, cercado de dudas, y de sospechas contrarias, estoy sin saber qué hacerme en confusión tan extraña; porque si a Félix le callo el lance, ya acreditada la sospecha de que ha sido dama suya, será ingrata correspondencia que él tenga a su enemigo en su casa; si se lo digo, y no es su dama, sino otra dama que de mí se fía, el decirlo es de mi nobleza infamia. Y así entre hablar y callar, la opinión más acertada es, pues dos daños me embisten, volver a los dos la espalda. Así con esto a don Félix no ofende lo que se calla, ni lo que se dice ofende a la mujer. Luego trata de poner toda la ropa, que antes que amanezca el alba, con ocasión de que ya hecha mi consulta baja, de Ocaña me tengo de ir, aunque me deje en Ocaña en un ingenio la vida, y en una hermosura el alma. ¡Honrada resolución! Porque apruebas y no cansas, toma aquel vestido que hice de camino, Calabazas. Tus manos, señor, te beso de resultas de las plantas, no tanto por el vestido, aunque es dádiva extremada, como por dármele hecho, y en tanto que se levanta quien la ropa me ha de dar, escúcheme en dos palabras lo que hecho un vestido ahorra. Hace las dos voces. -Señor Maestro, ¿cuántas varas de paño son menester para mí? -Siete y tres cuartas. -Con seis y media le hace Quiñones. -Mas que le haga, mas si él saliere cumplido, yo me pelaré las barbas. -¿Qué tafetán? -Ocho. -Siete han de ser. -No quite nada de siete y media. -¿Ruán? -Cuatro. -No. -Si un dedo falta, no puede salir. -Dos onzas de seda, treinta de lana. -¿Bocací a los bebederos? -Media vara. -¿Angeo? -Otra tanta. -¿Botones? -Treinta docenas. -¿Treinta? -¿Habrán más de contarlas? Cintas, faltriqueras, hilo; vamos con todo esto a casa. Junte vuesarced los pies, ponga derecha la cara, extienda el brazo. -Seor maestro, ¿son matachines? -¡Qué gracia hará el calzón! -Oye ucé, la ropilla ancha de espaldas, derribadilla de hombros, y redondita de falda. -Frisa para las faldillas haber sacado nos falta. -Póngala ucé. -Que me place. -¡Ah! sí, esto se me olvidaba, entretelas. -Deste viejo herreruelo me las haga. -Voy a cortarlo al momento. -¿Cuándo vendrá esto? -Mañana a las nueve. -La una es: ¡oh cuánto este sastre tarda! -Señor maestro, todo el día me ha tenido ucé en casa. -No he podido más, que he estado acabando unas enaguas, que, como mil paños llevan, no fue posible acaballas. Otra voz. -¡Ah! caballero, muy seca está esta obra. -Remojarla. -Angosto vino el calzón. -De paño es, no importa nada, que luego dará de sí. -Esta ropilla está ancha. -No importa nada de paño que ella embeberá, así basta que los paños dan y embeben, como el sastre se lo manda. -Este herreruelo está corto. -Más de media liga tapa, y ahora no se usan largos. -¿Qué se debe? -Poco, o nada: veinte del calzón, y veinte de la ropilla y sus mangas, diez del herreruelo, treinta de los ojales, y tantas impertinencias, que en fin, que me venga, o que me vaya, quien me da un vestido hecho, me da la mejor alhaja. A componer voy las tuyas: aquí gloria y después gracia. Vase. ¡Qué locuras! ¡Quién tuviera tu alegría, y no llegara hoy a sentir los extremos de tantas penas, de tantas confusiones y sospechas! ¡Válgate Dios por tapada, toda misterios y toda prevenciones, sin que haya nunca visto la verdad! Vuelve CALABAZAS. Ya la dije a una crïada, que me sacase la ropa; porque hoy nos vamos a Irlanda. En efeto, me destierran antes de tiempo de Ocaña tramoyas de una mujer. Sale MARCELA con manto, y SILVIA sin él. Mira a qué te atreves. Nada me digas, porque no estoy para escucharte palabra. ¿Que hoy se va no dices? Sí. Pues Silvia, ¿de qué te espantas que haga locuras mi amor? Sin duda le dijo Laura quién soy, y de mí va huyendo. Pues si eso temes, ¿qué tratas? Hablarle ya claramente; que puesto que a esta hora falta mi hermano, ya no vendrá hasta que le lleven capa, y valona, o sea de noche. Tú, Silvia, a esa puerta aguarda. Vase SILVIA. Mira si ha venido Félix. Félix no, pero la dama tapada sí que ha venido. ¿Qué dices? Ecce quem amas. Señor Lisardo, no sé que sea acción cortesana el iros sin despediros hoy de una mujer que os ama. ¿Tan presto tuvistis nuevas de mi partida? Las malas vuelan mucho. ¡Vive Dios, que con los demonios hablas! Si es Catalina de Acosta, que anda buscando su estatua. En fin, ¿os vais? Sí, y huyendo de vós, que vós sois la causa. Deso infiero que sabéis ya quién soy, ¡estoy turbada!; y si el haberlo sabido anticipa la jornada, id con Dios; pero advirtiendo que fue en mí y en vós la causa imposible de decirla, y imposible de callarla. No os entiendo, pues no sé de vós esta verdad clara, más de lo que sé de vós, y antes la desconfïanza que hacéis de mí, es quien me mueve a irme. Ce, por la sala entra don Félix. ¡Ay triste! ¿Qué os turba? ¿Qué os embaraza? Conmigo estáis. Es verdad, mas puesto que mis desgracias unas con otras tropiezan, y tan en mi alcance andan, sabed que yo soy... No puedo, no puedo hablar más palabra, que entra ya. Mi vida está en vuestras manos; guardadla, que yo me escondo aquí. Escóndese. ¡Cielos, sacadme de dudas tantas! Ella es su dama sin duda, pues que tanto dél se guarda. Sale DON FÉLIX. Lisardo. Pues ¿qué traéis don Félix? Traigo un pesar, y véngole a consolar con vós que me aconsejéis. Cuando por haber faltado de casa, vete de aquí, Vase CALABAZAS. toda la noche creí que habíades celebrado las paces con vuestra dama, ¿al amanecer venís con el pesar que decís? Sí, que un mal a otro mal llama. ¡Ay Lisardo! Bien dijistis cuando hablastis de los celos, que sus mortales desvelos, y que sus efetos tristes, eran tan otros tenidos, que dados cuanto se ofrece entre quien hace y padece, pues padecen mis sentidos el daño que antes hicieron. ¡Oh quien mil siglos los diera, y un punto no los tuviera! Pues ¿cómo o de qué nacieron? Aparte. ¡Vive Dios!, que él ha seguido esta dama, y que sus celos son de mí y della. [Aparte.] Los cielos den mis penas a partido. Muy rendido ayer llegué donde, ¡ay de mí!, satisfice con los extremos que hice las lágrimas que lloré, las mal fundadas sospechas, que de mí, ¡ay cielos!, tenía la hermosa enemiga mía, y cuando ya satisfechas estaban, y yo esperaba de los sembrados rigores, coger el fruto en favores de la calle en que aguardaba, entré a vella muy contento; y porque fue fuerza así un aposento entreabrí, ¡mal haya mi sufrimiento!, y en él, ¡qué torpes desvelos!, el bulto de un hombre vi. Aparte. ¡Esto es lo que anoche a mí me pasó, viven los cielos! ¡Oh, mal haya yo, porque aunque su padre viniera, y aunque su honor se perdiera, a darle muerte no entré! Quedarme pude escondido con ánimo de volver a buscar el hombre, y ver quién era. ¿Habeislo sabido? No, porque ya una crïada le había sacado de allí, tras él al punto salí, pero no pude hallar nada. Así hasta medio día toda la mañana he estado, ¡mirad qué necio cuidado!, pensando que volvería. Ved si habrá en el mundo quien tenga el dolor que yo tengo, pues hoy aquí a tener vengo celos, sin saber de quién. Aparte. En este punto creí todo cuanto imagine; la dama esta dama fue, y yo el encerrado fui. Las señas son, mas supuesto que él no sabe que fui yo, ni que ella aquí se ocultó, ponga fin a todo esto mi ausencia, puesto que así todo el silencio lo sella; pues no sabrá agravios della, ni tendrá quejas de mí. ¿Ahora suspenso estáis? ¿Cómo no me respondéis? Como admirado me habéis, aun más de lo que pensáis. ¿Qué puedo hacer? Olvidar. ¡Ay, Lisardo, quién pudiera! Sale CALABAZAS. Señor, una dama ahí fuera dice que te quiere hablar. Ella es, que habrá venido a verme. Yo no he de vella. Mirad primero si es ella. Sale LAURA tapada. ¿No he de haberla conocido? Ella es, que en conclusión, querrá agora, que yo crea que todo mentira sea. Aparte. Ya es otra mi confusión, si esta es la que Félix ama, y dentro en su casa vio un hombre, y este fui yo, ¿quién es, quién, estotra dama? Lisardo, por caballero os ruego, que os ausentéis, y con Félix me dejéis, porque hablar con Félix quiero. ¿Quién te ha dicho, que querrá el Félix hablarte a ti? Dejadnos solos. Por mí obedecida estáis ya. [Aparte.] Fuerza es dejar encerrada la otra dama hasta después, y estar a la vista. Nada tengo ya que temer, pues no es su dama mi tapada. Vanse CALABAZAS y LISARDO. Ya que estamos los dos solos, don Félix, y que podré decir a lo que he venido, escúchame. ¿Para qué? Ya sé que quieres decirme, que ilusión, que engaño fue cuanto oí, y cuanto vi, y si esto, en fin, ha de ser, ni tú tienes qué decir, ni yo tengo qué saber. ¿Y si nada fuese deso, sino todo eso al revés? ¿Cómo? Escucha, oiraslo. ¿Iraste si te escucho? Sí. Di, pues. Negarte que estaba un hombre en mi aposento... Detén. ¿Y es estilo de obligar, modo de satisfacer, decirme, cuando esperaba un rendimiento cortés, una disculpa amorosa, confesar la ofensa? ¿Ves cómo otra vez la repites, porque la sienta otra vez? Si no me oyes hasta el fin... [Aparte.] ¡Quién vio lance más crüel! ¿Qué he de escuchar? Mucho. ¿Iraste si te escucho? Sí. Di, pues. Negarte que estaba un hombre en mi aposento, y también que Celia le abrió la puerta, no fuera justo; porque negarle a un hombre en su cara lo mismo que escucha y ve, es darle a un desesperado para consuelo un cordel; mas pensar tú que fue agravio de tu amor y de mi fe, es pensar que cupo mancha en el puro rosicler del sol, porque con mi honor aún es sombra todo él. Pues ¿quién aquel hombre era? No puedo decirte quién. [Aparte.] ¡Quién vio confusión igual! ¿Por qué? Porque no lo sé. ¿Qué hacía escondido allí? No lo sé tampoco. ¿Pues, dónde la satisfacción está? En no saberlo. Bien, no saberlo es la disculpa, la culpa el saberlo es, pues ¿cómo quieres que venza lo que sé a lo que no sé? Laura, Laura, no hay disculpa. Félix, Félix, déjame, que aunque lo puedo decir, tú no lo puedes saber. Otra vez me has dicho ya, baldón o despecho fue, eso mismo, y ¡vive Dios! de no escucharlo otra vez; porque aquí me has de decir la verdad desto. [Aparte.] ¿Qué haré? Que, por disculparse a sí, me ha de echar a mí a perder. Que nada me está peor, que el pensarlo. Sí diré. [Aparte.] No dirás, porque primero Pasa por delante tapada, como jurándosela a DON FÉLIX, él quiere seguirla, y LAURA le detiene. tus voces estorbaré con esta resolución. Amor ventura me de como me da atrevimiento, solo esto he querido ver. Vase. ¿Qué mujer es esta? Hazte de nuevas. Déjame que la siga y la reconozca. ¡Eso querías tú porque pudieras desenojalla, diciéndole a ella después, que me dejaste por ir tras ella! Pues no ha de ser. Laura mía, mi señora, el cielo me falte, amén, si sé qué mujer es esta. Yo sí, yo te lo diré: Nise era, que al pasar yo la conocí muy bien. Ni era Nise, ni sé yo cómo estaba aquí. Muy bien; la disculpa es no saberlo, la culpa el saberlo es. Pues ¿cómo quieres que venza lo que sé a lo que no sé? Adiós Félix. Si no basta el desengaño que ves, ¿cómo quieres que yo crea lo que tú, Laura, no crees? Porque yo digo verdad, y soy quien soy. Yo también, y vi en tu aposento a un hombre. Yo en el tuyo una mujer. No sé quién fue. Yo tampoco. Sí supiste, Laura; pues ya me lo ibas a decir. Ya sin decirlo me iré por no dar satisfacciones a un hombre tan descortés. Mira Laura... Suelta Félix. Vete, que es cosa crüel haber de rogar quejoso. Quédate, que es rabia haber de llevar traiciones, cuando finezas vine a traer. Yo bien disculpado estoy. Si a aqueso va, yo también. Pues vi en tu aposento un hombre. Yo en el tuyo una mujer. Si esto, cielos, es amar... Si esto fortuna, es querer... ¡Fuego de Dios en el querer bien! Amén, Amén. Jornada III Salen MARCELA y SILVIA. Grande atrevimiento fue. Como perdida me vi cuando ya a Laura escuché, que iba a descubrir allí cuando en su casa pasé; estorbar la relación quise con tan loca acción, que, ya preciso un pesar algo se ha de aventurar. Así es verdad. La razón que me animó más, fue ver a Lisardo, que esperaba más afuera, al parecer, en qué el suceso paraba de su encerrada mujer; y como yo lo sabía no temí la empresa mía; pues, a no suceder bien, ya en Lisardo, al menos quien me defendiese tenía; y en fin, ello sucedió mejor que esperaba yo; pues yo a mi cuarto pasé, y en los celos que dejé el lance se barajó, de suerte, que ni Lisardo se empeñó por mí gallardo, ni Laura el caso contó, ni Félix me conoció, ni yo mayor susto aguardo. Digo que fue extraño cuento, y si escarmiento ha dejado, será de más fundamento. Pues ¿cuándo dejó escarmiento, Silvia, peligro pasado? Antes el haber salido deste, también me ha movido a pensar cómo pudiera ser que Lisardo volviera a verme. Oye, que hacen ruido. Por la puerta escondida sale DON FÉLIX. Marcela. ¿Qué novedad es entrar tú en mi aposento? Es venir mi voluntad por luz a tu entendimiento, por consuelo a tu piedad. Anoche, cuando saliste de ver a Laura, yo entré en su casa, ¡ay de mí triste!, y vi en su casa, y hallé... Di, ¿qué hallaste? Di, ¿qué viste? Un hombre. ¿Tal pudo ser? Vínome a satisfacer, y una mujer que salió de mi alcoba lo estorbó... ¡Miren la mala mujer! Que con Lisardo debía de estar. Él, cuerdo y discreto, presumiendo que ofendía de mi casa así el respeto, dice que tal no sabía. En fin, sea lo que fuere, que no hay nadie que lo diga, celosa Laura, no quiere que desengaños consiga, ni que disculpas espere. Yo, por no dar a torcer tampoco mi sentimiento, no la quiero hablar ni ver; pero quisiera saber hasta el menor pensamiento suyo. Para esto ha pensado una industria mi cuidado. ¿Y es, si me la has de decir? Que tú, hermana, has de fingir, que un gran disgusto, un enfado conmigo has tenido, y que en tanto que esto se pasa, te quieres ir a su casa: y así una espía tendré para el fuego que me abrasa; pues tú a la mira estarás, y a pocos lances verás, quien este embozado es, y con secreto después de todo me avisarás. Aunque hay bien que replicar, hoy me iré a su casa. No puede hoy ser, que por mostrar cuán poco mi mal sintió, o por darme este pesar, hoy de su casa ha salido, y al mar de Antígola ha ido. Pues digo que iré mañana. La vida me das, hermana; tuya desde hoy habrá sido. Vase. ¿Hay cosa como llegar rogándome lo que yo puedo, Silvia, desear? Pero mira quién se entró en el cuarto sin llamar. Laura y Celia son, señora. Salen LAURA y CELIA, con capotillos y sombreros. Laura mía, ¿a aquesta hora? No te espantes desto, amiga, que a tanto una pena obliga. ¿Quién lo duda? ¿Quién lo ignora? De la suerte que de mí te fuiste ayer a valer, vengo a valerme de ti. Aprended, damas, de aquí, lo que va desde hoy ayer. Aquel hombre que dejaste cerrado, Marcela mía, en mi casa vio don Félix. ¡Jesús! No importa que diga el cómo o el cuándo, puesto que bastaba ser desdicha, para que ella se estuviese desde luego sucedida. Quísele satisfacer, y vine a tu casa, amiga, sin mirar a los respetos a que el ser quien soy me obliga. Entré en su aposento, y cuando a representarle iba disculpas, que no tocase en tu opinión, ni en la mía, una mujer que detrás de su aposento tenía, y que era sin duda Nise. ¿Quién duda que ella sería? Salió a dar celos por celos. ¡Hay tan gran bellaquería! ¿Y qué hizo Félix a eso? Él, aunque quiso seguilla, yo no le dejé. En efeto, las dos quejas repetidas, ni las suyas quise oír, ni él saber quiso las mías. Por mostrar que estaba, ¡ay cielos!, gustosa y entretenida, ¡oh cuán a costa del alma, Marcela, un triste se anima! Al mar de Antígola hoy salí con una amigas, donde, aunque debió alegrarme su hermosa apacible vista, no pudo, que para mí ya se murió la alegría, tanto que ni el ver la reina, que infinitos siglos viva, para que flores de Francia nos den el fruto en Castilla, cómo en su verde carroza, que caballos del Sol tiran, varado bajel de tierra llegó a abordar a la orilla, ni el ver tan ufano entonces ese breve mar que imita del Océano las ondas encrespadas y movidas de los céfiros süaves, cuando al mirar quien las pisa como plata las entorcha, y como vidro las riza. Ni el ver que ya el bergantín, coche del mar, pues le guían como caballos los remos, a quien el freno registra de un timón, abrió el estribo de su hermosa barandilla, para que su popa ocupe, para que su esfera admita un Sol a quien hizo guarda, no menos que el Alba misma. Ni el ver las hermosas damas, que como flores seguían la rosa, bien así como tejido coro de Ninfas, en las selvas de Dïana profanas fábulas pintan. Ni el ver en fin, que tan bello ya el bajel bogando iba el piélago de cristal, que al acercarse a la Isla del Cenador, que con tantas flores el estanque habita, no pudo determinar desde aparte, no, la vista, cuál el bergantín, o cuál era el Cenador, pues vía flores en cualquiera tantas, que unas a otras competidas, naval batalla de flores se dieron muertes, y vivas me pudo aliviar, pues toda esta pompa hermosa y rica, en los cristales bullicio, en las flores alegría, en los vientos suavidad, en las hojas armonía, en las damas hermosura, y en todos los campos risa: llanto fue, llanto en mis ojos. Celosa de Fénix, mira si a quien esto no divierte bastantemente peligra. Yo no he de hablarle; porque es triste cosa, es indigna acción darle yo a torcer mis celos; y así quería de una industria aquí valerme, si es que mi amistad codicias; y es, que para que yo vea si Nise en su cuarto habita, le he de acechar esta noche por aquella puerta, amiga, que dijiste, y que a su cuarto cae y él tiene escondida. ¿Cómo faltar de mi casa podré? es fuerza que aquí digas; y responderete yo que hoy mi padre fue a una villa, adonde su hacienda tiene, y no vendrá en cuatro días. Así que estas noches puedo ser tu huéspeda, si obliga mi amistad a esta fineza, pues es fineza de amiga tan principal, tan discreta, tan noble y tan entendida. ¿Cómo te podré negar, Laura, lo que solicitas, si con mi razón me arguyes, si con mi dolor me obligas? Solo hay un inconveniente; mas si tú lo facilitas ven desde luego a mi casa; mal dije, a la tuya misma. ¿Cuál es el inconveniente? Tanto mi hermano te imita en el dolor y en la causa, (no importa que te lo diga, primero somos nosotras) que hoy me ha pedido que finja con él un enojo, y vaya a ser por algunos días tu huéspeda, porque yo allá de adalid le sirva; pues si no voy a tu casa yo, porque estás tú en la mía, dirá... Escucha: antes mejor es que desde luego finjas tú el enojo, y que te vayas; pues con aquesto le obligas a que él esté más seguro de que yo en su casa asista. Dices bien, que con mi ausencia se sanea esta malicia. ¿Cómo se ha de hacer? Así: dame el manto, y dirás, Silvia, que me fui en casa de Laura, que para hacer más creída la causa, quise ir de noche, Pónese el manto. y después (aparte mira), busca a Lisardo, y dirasle, [cómo mi afecto le avisa que a verme vaya esta noche]; y quédate donde sirvas a Laura. Tú, Celia, ven conmigo; pues nos obliga esto a trocar con las casas las crïadas. ¿Tan aprisa? Estas cosas más se aciertan mientras menos se imaginan. Marcela, a mi casa vas; por ella y por mi honor mira. Por ella mira y mi honor, pues te quedas tú en la mía. ¿En qué ha de parar aqueste trueco? ¿Quieres que lo diga? En algún lance que a todos, o nos case o nos aflija. Vanse por una parte CELIA y MARCELA, y por la otra SILVIA y LAURA, y salen LISARDO y CALABAZAS. ¿Qué papel es ese? Es el que es, ha de ser, y ha sido del tiempo que te he servido, cuenta estrecha. Dime pues, ¿a qué propósito agora...? A propósito de que hoy de tu servicio me voy. ¿Por qué causa? ¿Quién lo ignora? Porque andas aquestos días muy discreto. ¿Qué has querido decir? Que andas divertido. Tales son las penas mías. Y no ha de ser tan discreto el amo, que ha de pensar, que no le puede guardar Calabazas el secreto. Tú te andas solo contigo, contigo solo te estás, contigo vienes y vas, y en fin, contigo y sin migo en cualquier parte te ven; que parecemos, señor, el dinero y el amor; mirad con quién, y sin quién. Si alguna tapada viene a verte, salte allá fuera; si vas a verla, aquí espera, porque ir allá no conviene. Pues ¿esto ha de ser así? ¡Pesar de quien me parió! ¿Para qué te sirvo yo? Y así quiero desde aquí buscar amo más humano; porque para mí, en rigor, ninguno será peor, aunque sea un luterano, aunque sea un presumido de docto, siendo menguado con ingenio un desdichado, sin él un introducido; un poeta que hace trazas de comedias, y seamos los crïados y los amos todo en casa Calabazas; aunque sea un lindo compuesto, que hable melifluo y despacio, y aunque galantee en palacio, que es peor que todo esto. Las cosas que me han pasado tan públicas han venido, Calabazas, que no ha sido forzoso haberlas contado. Para que las sepas, pues, hablar a aquella tapada, en el campo, tan guardada, verla en su casa después, adonde me sucedió aquel lance parecido al de Félix, que escondido en su casa me pasó; Venir a verme a la mía, adonde desengañado de que esotra me ha dejado, la que don Félix quería; salir de allí tan veloz; irse en fin como se fue: ello se dice y se ve, sin que aquí tenga mi voz que contar; pues aunque quiera no te puedo decir más de lo que tú viendo estás. Ella es gentil embustera. En cuanto a que ando pensando qué es lo que me ha sucedido, es verdad, y estoy corrido de estar creyendo y dudando, qué mujer es esta; pues cuando yo ser presumía, dama de Félix, vivía sin discurrir; mas después que estando conmigo ella, de Félix la dama entró, y que me desengañó de que era otra dama aquella. Mayor deseo me ha dado de saber quién es; pues puedo perder a su honor el miedo que por Félix le he guardado. Yo bien pudiera a decir quién es. ¿Tú? Yo. Dilo pues. ¡Vive Dios, que sé quien es! Pues no me hagas discurrir. ¿Ella no es enredadora? quien es sé, ¿no es embustera? quien es sé, ¿no es bachillera? quien es sé, ¿no es habladora? La misma razón lo enseña. Quien es, sí, jurado a Dios, Dilo. Aquí para los dos, es... Prosigue. Alguna dueña. Qué disparate. Sale SILVIA. Lisardo, que aquí me escuchéis os pido. ¡Mujer! ¿De dónde has caído? Ya lo que quieres aguardo. Una dama, de quien vós la casa, señor, sabéis, que a su ventana llaméis esta noche os pide, adiós. Vase. Tapada de las tapadas, oye. Tente, ¿dónde vas? Deja, que no quiero más de darla dos bofetadas, que las lleve a su señora. ¿Hay quien tus locuras crea? Porque otra vez no me sea dueña enjerta. Escucha agora, pues que ya la noche fría en mal distinto arrebol, da prisa diciendo al sol, que se vaya con el día, y a mí esperándome están, dame un broquel, y tú aquí me espera. ¿Yo esperar? Sí. Espere un judío de Orán, que a casa donde encerrado estuviste, y aun corrido, y hay padre de conocido y galán de imaginado, no has de ir solo. Sí he de ir. Sale FÉLIX. ¿Dónde, Lisardo? No sé cómo callaros podré, ni cómo os podré decir lo que en Ocaña me pasa. ¿Tenéis que hacer ahora? ¿Yo? Ni en toda esta noche. ¿No? [No], que el fuego que me abrasa, por acrecentar su ardor, treguas por ahora ha dado. Pues yo quiero mi cuidado fïaros ya sin temor, que si hasta aquí he suspendido la relación que empecé, respeto que os tuve fue; pero habiendo ya sabido que nada os puede tocar, y sois quien sois en efeto, de mi amor todo el secreto, hoy os tengo de fïar. Venid conmigo, y sabréis, porque el tiempo no perdamos, extraños sucesos. Vamos; que mucha merced me haréis en divertir el dolor de que mi pecho está lleno; porque de amor el veneno cure trïaca de amor. Yo ¿qué he de hacer? Esperar aquí en casa a que vengamos. Vanse los dos. ¡Buenos, paciencia, quedamos, sin ver, ni oír, a callar! Cuando no tiene el servir otro gusto, otro placer, que escuchar para saber, y saber para decir, aun deste gusto me priva el recatarse de mí. Pues no he de pasar así; así Calabazas viva, que por aquel mismo caso, que aquí de mí se guardó, tengo de seguirle yo. Tras ellos, paso entre paso, tengo de irme rebozado; porque si yo, cual sospecho, no le mormuro y acecho, ¿para qué soy su crïado? Vase, y hacen ruido dentro, y sale como tropezando FABIO y un CRIADO. Aliéntate, que ya estás cerca de Ocaña, señor. Es tan notable el dolor, Lelio, que no puedo más; que aunque yo por descansar de la yegua me apeé, y quise venir a pie este rato, por dejar con ejercicio vencido el dolor de la caída, te confieso que en mi vida no me he visto tan rendido. Ello fue dicha, señor; pues apenas una legua andada, cayó la yegua, porque pudieras mejor volverte a tu casa, donde con más cuidado podrás curarte. A esta pierna más todo el golpe corresponde, que fue la que me cogió debajo. Súbete, pues irás antes. Mejor es andar otro poco, y no dejar, Lelio, resfrïar la caída. Dices bien; mas considero también que ya ha empezado a encerrar la noche, y que lo que andando en tal parte se mejora, se llega más a deshora a tu casa, y quizá cuando ya recogida, no habrá modo de curarte. Bien dices; la yegua prevén, que atada a ese tronco está, y vamos, si esto restaura mi salud; aunque yo creo que ir a casa no deseo, por no dar cuidado a Laura, que me quiere de manera, que temo que hoy ha de ser su fin, si me ve volver con una pena tan fiera. Como hija, claro está que lo sienta mi señora. Pondré que aquesta es la hora que está recogida ya. ¿Quién lo duda? ¡Oh, cuánto siento haberla de despertar! Mas no lo puedo excusar. Lo que haré será, que atento a su quietud llamaré por la puerta principal; pues con prevención igual podrá ser, pues que se ve de su cuarto más distante, no oírme. Dispón ahora tu salud, que mi señora lo estimará. No te espante verme con tanta fineza que soy en mi senectud, amante de su virtud, como otros de su belleza. Vanse. Salen LISARDO y DON FÉLIX. Mucho me he holgado de oíros por ser la novela extraña. Esto es por mayor; que dejo de decir mil circunstancias, por no cansaros, don Félix, y pues sabéis que me aguarda, idos con Dios, que ya es hora. Decirme a mí que una dama vais a ver, y haberme dicho que tuvistis en su casa riesgo, y decir que me quede, son dos cosas muy contrarias; pues no soy de los amigos yo, con quien solo se hablan las cosas; que precio más las obras que las palabras. Id a lograr vuestro amor norabuena, que hasta el alba yo sabré estar en la calle. A amistad, don Félix, tanta, mal hiciera en resistirme. Sale CALABAZAS como acechando. [Aparte.] Si cual veo lo que andan, lo que hablan viera, yo viera lo que andan y lo que hablan, llegarme quiero. ¿Qué es esto? Un hombre, si no me engaña la vista, que tras nosotros viene. Pues sacad la espada. ¿Quién va? Naide va, porque no diz que va el que se para. ¿Quién sois? Un hombre de bien. Pues pase, si acaso pasa. No paso, que me hago hombre. Pues jugaré yo de espadas. Dalde la muerte. ¡Detente! ¡Ay, ay señor, que me matas; que soy Calabazas! ¿Quién? Calabazas. Calabazas, ¿qué es esto? Es venir a ver dónde vais. Danle los dos. ¡Por Dios...! Ya basta, dejalde, no alborotéis, porque está cerca la casa que buscamos. ¿Hacia aquí vive, Lisardo, la dama que venís a ver? Sí, Félix. ¿Y es bizarra? Muy bizarra. ¿Tiene padre? Sí. ¿Y aquí os cerrastis en la cuadra? Sí. ¿Y estando ella con vós entró la que me buscaba? Sí. Ved que como la noche llena está de sombras pardas, más obscura que otras veces, pues aún la luna le falta, podrá ser que os engañéis. No me engaño. A esta ventana he de llamar y esta puerta han de abrir. [Aparte.] Ya sé la casa. [Aparte.] ¿Esta ventana?, ¿esta puerta? ¡Ay de mí! El cielo me valga, que estas las de Laura son, para mí dos veces falsas. Retiraos, porque yo la seña, que es esta, haga. Hace señas a la reja. Si mal no me acuerdo, ¡ay triste!, en la relación pasada dijistis que la mujer que para hablaros aguarda, es la que hoy escondida dentro de mi cuarto estaba. Es verdad. Y que la otra que vino... Sale CELIA a la ventana. Ce. Ya me llaman. ¿Es Lisardo? Sí, yo soy. Aparte. Celia es esta. Pues aguarda abriré la puerta. Ya conmigo habló la crïada, y dice que viene a abrirme la puerta. Antes que la abra, decid... Abre la puerta CELIA. No puede ser antes. Si es... Adiós, porque me aguarda. La dama... Entrad presto. Luego hablaremos. Vanse. Al entrar LISARDO quiere entrar DON FÉLIX, y dale con la puerta CELIA. ¡Y en la cara con la puerta me dio Celia! Con cerradura no agravia una puerta, aunque es de palo; que el tener hierro le salva. [Aparte.] ¿Qué es lo que pasa por mí? ¿Quién vio confusiones tantas? ¿En casa de Laura? ¡Cielos! Viene buscando la dama que hoy de mi cuarto salió, cuando entró en mi cuarto Laura: luego ella no puede ser. ¿Quién puede ser en su casa? ¡Ah, quién no le hubiera dicho a Marcela que dejara para mañana el venir aquí, que ella lo apurara! Pero mientras más discurro, más lugar doy a mi infamia. Pues no discurramos, celos, sino a ver la verdad clara caminemos más aprisa; pues ella es Laura, o no es Laura: si no es ella, ¿qué se pierde en desengañar mis ansias? ¿Y qué se pierde, si es ella, en perder la vida, el alma, después de Laura perdida? La puerta en el suelo caiga. Pero ¿cómo a esto me atrevo, si a Lisardo la palabra le he dado? Pero ¿qué importa la amistad, la confïanza, el respeto, ni el decoro? Que donde hay celos se acaba todo, porque no hay honor ni amistad que tanto valga. Da golpes a la puerta como para derribarla, y a este tiempo como más lejos dan también golpes dentro. ¿Qué haces, señor? Darte muerte... Si es posible, no lo hagas. Mas ¿qué golpes son aquellos? ¿De qué te admiras y espantas? Otro será en otra parte que le habrá dado otra rabia, y da golpes a otra puerta. Dentro. Abre aquí, Celia; abre Laura. Dentro. ¡Ay de mí!, mi señor es. Fabio es aquel. Cuchilladas dentro. ¡Esta infamia llego a ver! Por Dios, que allá ya han llegado a las espadas. ¡Mal haya la puerta! amén. Sale LISARDO con MARCELA en los brazos como a escuras. No temáis, señora, nada, que aunque llaman a esta puerta, seguro es quien a ella llama. Con vós Lisardo he de ir; que como yo a vuestra casa llegue, nada hay que temer, si es que ella una vez me ampara. Venid, y no os receléis de un hombre que me acompaña. ¿Es Félix? Sí. Pues mirad que es Félix... ¿En qué reparas? Ya no es tiempo de recatos. ¿Félix? ¿Quién va? Mis desgracias. ¿Qué ha sido aquesto? Que estando hablando con esta dama, vino su padre de fuera, llamó, y viendo que tardaban en abrirle, derribó la puerta y sacó la espada. Porque se apagó la luz, tuve lugar de librarla. Llevalda, que yo me quedo a guardaros las espaldas, porque no os siga ninguno, que conmigo Calabazas quedará. No quedará. Mejor es con ella vaya, y nos quedemos los dos. ¿Tan sola hemos de dejarla? No es razón; pues la primera obligación es la dama en todo trance; así, Félix, vós solo habéis de llevarla y ponerla en salvo. Es justo. En fin, ha venido Laura a mi poder. [Aparte.] Ay de mí. [Aparte.] Yo estoy muerto. [Aparte.] Estoy turbada. Ven conmigo; que aunque no mereces finezas tantas, soy quien soy, y he de librarte. ¿Hay mujer más desdichada? ¿Hay hombre más infelice? Vanse. Sale FABIO con luz, y criados con espadas. Aunque las fuerzas me faltan, no las fuerzas del honor para tomar mil venganzas. Deteneos, que ninguno de aquí ha de pasar. Mi espada hará paso por el pecho vuestro. Riñen todos. ¡Infeliz Calabazas! ¿Quién te metió en acechar? [Aparte.] Pues que ya Félix se alarga, antes que aquí me conozcan mejor es volver la espalda; esto es valor, no temor. Vase. Espera cobarde, aguarda. [Aparte.] ¿Quién creyera, que Lisardo en la ocasión me dejara? Aquí se quedó uno dellos. Pues muera, Lelio. ¿Qué aguardas? ¡Deteneos, por Dios! ¿Quién sois? Si es que el miedo no me engaña un curioso impertinente. Dejad la espada. La espada es poca cosa; el sombrero, la daga, el broquel, la capa, la ropilla y los calzones. ¿Sois crïado del que agravia esta casa? Sí señor, porque es un agravia casas, que no se puede sufrir. ¿Quién es, y cómo se llama? Lisardo se llama, y es un soldado, camarada de Félix. Porque no empiece por lo menos mi venganza, no te doy muerte. Haces bien. Vase. Y pues alguna luz hallan mis desdichas, a buscar iré a Félix. ¡Oh, mal haya casa con dos puertas, pues tan mal el honor se guarda. Sale DON FÉLIX con MARCELA, como a escuras, diciendo antes dentro los primeros versos, y luego abren la puerta, ha de ir cubierta, y salen a ella LAURA y SILVIA. ¡Hola! Traed aquí una luz. Dentro. Ya la llevo, si es que hallan luz unos ojos dormidos. Ya dentro del cuarto andan, escuchemos desde aquí. Ya por lo menos ingrata, ya por lo menos no puedes negarme... [Aparte.] Con mujer habla. En este lance, que eres mudable, inconstante, falsa, cruel, aleve y engañosa; pues a nadie desengañan más cara a cara sus celos. [Aparte.] Aquí mi vida se acaba. ¿Para esto veniste hoy a mi casa? [Aparte.] La que estaba tapada, oyes pues la dice que hoy ha venido a su casa. En mi poder estás, mira si había disculpa. ¡Mal haya cuanto tiempo te he querido, cuantas penas, cuantas ansias padecí, y cuantas finezas hizo mi amor por tu causa! ¿No escuchas cómo confiesa que la ha querido?, ¿qué aguarda mi paciencia? ¿Dónde vas? No sé, ¡ay Silvia, estoy turbada! A escucharle de más cerca. ¡Oh cuánto con la luz tardas! Dentro. Ya va la luz. [Aparte.] ¿Qué he de hacer si la trae? ¿No dices nada? Pero si estás convencida, ¿qué has de decir? Vase apartando MARCELA, y LAURA atravesándose entre los dos; de suerte, que viene a tomar [DON] FÉLIX de la mano a LAURA, y tenella cuando sale la luz, MARCELA se va, y cierra la puerta tras sí. [Aparte.] ¡Oh, si hallara por donde irme; que a lo menos la vida así asegurara! Detente, no huyas, no huyas; que no quiero más venganza de ti, que sepas que sé esto. [Aparte.] Por otra me habla, y he de callar mis agravios, hasta que las luces traigan, y ver que soy yo con quien está. [Aparte.] Confusa y turbada la puerta hallé de mi cuarto; este sagrado me valga, pues fue dicha estar abierta. ¿Eres Laura? No soy Laura, ¿eres [tú] Silvia? Yo soy, ¿qué es esto? Fortunas varias. Cierra esa puerta, y conmigo ven, Silvia, aprisa. ¿Qué aguardas? Vanse, y sale la luz. Ya están las luces aquí. Déjalas, y afuera aguarda. Vase el ESCUDERO, y va a cerrar la puerta [DON] FÉLIX. [Aparte.] ¡Aquí es ello, cuando vuelva a verme! En efeto, Laura, yo soy quien solo guardó a sus celos las espaldas. [Aparte.] ¿Qué es esto?, ¿cómo de verme no se turba ni embaraza? Solo yo en el mundo trujo para otro galán su dama, di agora que yo te ofendo. ¡No está la deshecha mala! ¡Bien te alientas a fingir la razón con que me agravias; pues viéndote convencido, cuando en tus brazos me hallas, de haberme hablado por otra a quien traes a tu casa, prosigues las quejas della conmigo! Solo eso falta a mi paciencia ofendida, que tú agora creer me hagas, que hablaba con otra yo. Pues ¿de qué, Félix, te espantas, si es verdad? Pues ¿dónde está la mujer con quien yo hablaba? Si una casa con dos puertas mala es de guardar, repara que peor de guardar será con dos puertas una sala. Y se fue. Laura, por Dios, que me dejes. Vete, Laura, que me harás perder el juicio, si quieres, que yo no haya traídote aquí, porque estando, la voz me falta, tu padre fuera, Lisardo, no puedo hablar. Tú te engañas; que yo escondida esta noche en el cuarto de tu hermana he estado, por solo ver esto que a mis ojos pasa; y ella... Detente, que agora lo veré. Marcela, ¡hermana! Sale MARCELA. ¿Qué quieres? Aparte. Disimular importa, pues informada estoy de todo. Di ¿ha estado contigo esta noche Laura? ¿Laura conmigo, señor, a qué efeto? Yo mañana había de ir a estar con ella, ¿mas, ella conmigo? Aguarda, ¿no vine esta tarde yo a pedirte que en tu casa me tuvieras? ¿Y a la mía tú...? No prosigas, que nada deso es verdad. Laura, ves, mal te ha salido la traza: ¿estase esotra en su cuarto recogida y retirada, y dices que estás con ella? ¿Pues tú, Marcela, me agravias? Sí, que soy primero yo. Pues tanto me apuras, salgan verdades a luz, Marcela ha sido... A la puerta llaman. Dentro LISARDO. Abrid don Félix. Agora verás que todo se acaba; pues tu galán, Laura, viene. Ahí tengo yo mi esperanza. [Aparte.] Aquí se deshace todo. ¡Quién a Lisardo avisara de mi peligro! Sale LISARDO. Don Félix, porque ninguno llegara a seguirme, tardé. ¿Dónde habéis puesto aquella dama? Veisla aquí, pero primero que acabe con mi esperanza el verla en vuestro poder, me habéis de sacar el alma. Hasta ahora no creí que caballeros engañan de vuestras obligaciones a los que dellos se amparan. La dama que os entregué os pido. ¿No es esta dama la que me entregastis? No. Solo aquesto me faltaba para acabar de perder la paciencia. [Aparte.] ¡Ay desdichada! Si esta suponéis, don Félix, porque os obliga otra causa, hablad más claro conmigo. Yo de confusiones tantas os sacaré. Di, Lisardo, ¿es esta a quien buscas y amas? Esta es. Sí, aquí la tenéis, ¿qué os ha obligado a ocultarla? [A DON FÉLIX.] ¡Mira si se está en su cuarto, recogida y retirada! Primero soy yo, Marcela. Pónela detrás de sí. Corrido estoy; esta daga dé a una vil hermana muerte. Lisardo, mi vida ampara. ¿Hermana de Félix es? Y en quien tomaré venganza. Sabéis quien soy, y es preciso defenderla y ampararla por mujer. También sabéis quién soy, y que de mi casa menos que quien sea su esposo, no ha de atreverse a mirarla. Luego con serlo quedamos bien los dos. Sale FABIO y gente. Esta es la casa, entrad. ¿Qué es esto? Esto, Félix, es honor. [Aparte.] ¡Qué linda danza se va urdiendo! ¿Dónde está un Lisardo, camarada vuestro? Yo soy; porque nunca a nadie escondí la cara. [Aparte.] Nunca la cara escondió, pero volvió las espaldas. ¡Oh traidor! Fabio, teneos; Pónense los dos a una parte. que la cólera os engaña. El enojo que traéis, si ha dado la causa Laura, es conmigo, y me ha tocado como a mi mujer guardarla. No tengo qué responderos, si Laura con vós se casa. Pues para que veáis si es cierto, aquesta es mi mano, Laura. Y, pues el haber tenido dos puertas esta, y tu casa, causa fue de los engaños que a mí y Lisardo nos pasan: de la Casa con dos puertas, aquí la comedia acaba.