Personajes LA IGLESIA SAN MIGUEL GRANZ PICOLOMINI LEGANÉS RIVERA D. PEDRO GIRÓN MÚSICO FABRICIO GUSTAVO HORNOS REY de Hungría INFANTE CARDENAL TEUTÓNICO GALASO IDIÁQUEZ WEIMAR REINA Aparece con música la IGLESIA en un bofetón, con Cáliz y Hostia Dulcísimo esposo mío, soberano Rey eterno, a quien cantan «santo, santo» los coros de tu luz llenos desde el inmóvil impíreo eternamente atendiendo al decoro de tu iglesia, a mi amparo, a mi consuelo, lleguen hoy al sacro trono de tu majestad envueltos mis suspiros y mi llanto en humos de sacro incienso. Bien sabes, señor, bien sabes, los agravios que padezco, las sin razones que sufro y los rigores que siento; Roma tiembla, que es alcázar adonde tengo mi asiento, fundado por esas manos en la firmeza de Pedro. Inundaciones de herejes combaten mi pobre leño, que, sin perder el timón, mira al norte verdadero. Weimar tala poderoso con el campo del soeco, y con cuantos alemanes engaña el falso Lutero, las católicas provincias, a saco, a sangre y a fuego, ejecutando crueldades, cometiendo sacrilegios, con tan continuas victorias, con ejército tan grueso que se promete de Roma triunfar después del imperio. El rey de Hungría, Fernando, está en gran peligro puesto, pollo del nido imperial, águila del sol espejo; no permitáis que se pierda este joven, que yo espero, capitán y defensor de mi católico celo, eterna sabiduría con vuestro poder inmenso: levantad otro David contra aqueste filisteo; enviad de vuestra mano el socorro y el remedio. Librad de este faraón a vuestro afligido pueblo, pues librastes a Betulia de Holofernes, monstro fiero, y por su llanto a Ezequías de Senaquerib soberbio. Al son de música sale en otro bofetón el arcángel SAN MIGUEL Llegaron tus oraciones, Iglesia, al impíreo asiento y esos globos de zafiros taladraron y rompieron; yo te vengo a referir provisiones del acuerdo, a tu ruego despachadas del consistorio supremo. La casa de Austria, oprimida, tiene un hereje blasfemo que habla mal y siente mal de tu mayor sacramento, la casa de Austria, que siempre rindió el católico pecho a la debida obediencia de la fe, digno trofeo, y en tan santa devoción el maravilloso ejemplo que en el cielo y en la tierra alcanza divinos premios. Por esto, la casa de Austria tiene brillando y luciendo tu púrpura y el arnés que en tu defensa se ha puesto otro Fernando glorioso, arzobispo de Toledo, hermano del rey Felipe, de tantas provincias dueño, que ya ha salido del nido imperial, alzando el vuelo, a que el sol le reconozca por águila del imperio. Despídense los hermanos en el encumbrado cerro de Montserrate sagrado, atlante del mejor cielo; embárcase en Barcelona ya con militar estruendo en las galeras de España y del siciliano reino; el marqués de Villafranca y el del Viso le sirvieron, que son de estas dos armadas dos generales perfectos; llega a Italia, y le reciben todos dentro de sus pechos, que roba los corazones, noble, agradable y discreto. Previene gente en Milán sin la que le va siguiendo, levanta caballería, coroneles y tercios, llamado del rey de Hungría, que es su ejército pequeño, y el de Weimar muy pujante de bravos soldados viejos. El húngaro a Nördlingen tiene sitiado y estrecho, fortificando cuarteles para sus alojamientos. ¡Guárdate, Weimar, que llega Fernando, rayo del cielo, que el monte de tu soberbia ha de volver polvo y viento! Iglesia santa, confía y porfía en dulces ruegos, porque venza tu oración, y de Fernando el esfuerzo, que la devoción que tiene al soberano misterio del Cáliz y de la Hostia le ha de dar mil vencimientos, que Jerusalén le aguarda otro segundo Grofedo y hace temblar ambos polos el resplandor de su acero. Ya me vuelvo a mi oración, llena de gozo y consuelo. Miguel, mi amparo y custodia, en tus manos me encomiendo. Iglesia de Dios, adiós, que yo a los cielos me vuelvo, adonde tendrá Fernando el socorro verdadero. Vanse. Salen WEIMAR, HORNOS, GUSTAVO y GRANZ Gran duque de Weimar, rayo encendido, vengador de la muerte de tu tío, cuya vida ha costado tanto precio como lo mereció su heroico brío. ¿Quién se puede oponer con valor necio a tu valiente ejército y el mío? pues temeroso vemos cada día el campo rehusar el rey de Hungría; si cerca a Nördlingen, se ha defendido. Pólvora le metiste y municiones, y de gentes está fortalecido sin causa de temer sus invasiones; a la batalla provocado ha sido el húngaro en diversas ocasiones; luego temor tiene y acobarda quien sus alojamientos sólo guarda. Hornos y Granz, valientes capitanes con cuya generosa compañía desplegaré mis nobles tafetanes, aeiou honor de los soecos y alemanes, que han probado mejor su valentía, que presto rendiréis a cautiverio las águilas sagradas del imperio. Vamos a Nördlingen, no a socorrella, que está bastantemente socorrida; no a descercalla, no, ni a defendella, sino a quitar al húngaro la vida, que como sigo mi marcial estrella que a mayores victorias me convida, de que el húngaro asista ya me corro, a cercar la ciudad que yo hoy socorro; en sus alojamientos encerrado hace razón de Estado lo que es miedo; pues verá, si el palenque y estacado le defiende a mi cólera y denuedo, que mis valientes armas no ha probado, aunque ya reconoce lo que puedo en tantas leguas de ganada tierra, que le poseo en tan sangrienta guerra. Sale FABRICIO Este hipogrifo con alas aeiou que ahora dejo rendido en esa florida margen; he corrido algunas millas sólo por venir a darte un aviso, que en la guerra suele ser tan importante. El infante don Fernando (que españoles llaman Marte), hermano del rey Felipe, iba a socorrer a Flandes, y del húngaro avisado viene con él a juntarse trayendo lucida gente y bizarros capitanes, de infantería española dos tercios inexpugnables, napolitanos nombrados, borgoñones y alemanes. Por eso vine, señor, antes que acometas, antes que embistas solo al de Hungría y acompañado le halles de italianos y españoles. Son gente tan arrogante que rabian ya por llegar donde mueran o te maten. Calla, cobarde, no quieras que mi paciencia se agravie. ¡Pluguiera a Dios que del orbe las cabezas se juntasen, para que juntas, de un golpe divididas por el aire, postradas entre mis plantas, mi sed de su sangre aplaque! Ese, que celebran tanto por soldado y arrogante, ¿es más que un polluelo tierno, que ahora del nido sale a examinarse en los rayos de mi sol para abrasarse, y buscar su atrevimiento sus precipicios fatales; sino es que con la nobleza, heredada de sus padres, venga ya diestro en las lides sin ejercitar examen? ¿Qué gente puede traer, puesto que a Flandes pasase, adonde tiene más fuerza que tendrá por estas partes? Cuatro o cinco mil descalzos que ni la milicia saben, y si algunos la ejercitan es con desnudos alardes. Y a poco tiempo que esperes tendrás número más grande, que ya a nuestro campo marcha el socorro del Ringrave. Hornos valiente, ¿eso dices? ¿Agora quieres que aguarde cuando de cólera rabio y reviento de coraje? Hoy veré los españoles que mañana he de almorzarme, que aún no tengo en todos ellos para mi sed y mi hambre, y ese Infante Cardenal haré que tiemble y se espante, y que huya de mi vista, y, si arrogante esperare, átomos indivisibles, que apenas puedan juntarse, le haré a tajos y reveses, si se volviere gigante. ¡Suene el clarín alentado y toque a marchar el parche, que la dilación ofende de lo que tardo en vengarme! Vanse. Salen por una puerta el REY DE HUNGRÍA, el MAESTRO TEUTÓNICO, GALASO, PICOLOMINI, y por la otra el INFANTE CARDENAL, el de LEGANÉS, DON MARTÍN IDIÁQUEZ, y RIVERA, soldado, al son de cajas y clarines Vuestra alteza, señor, sea bien venido. Y vuestra majestad muy bien hallado. Mi deseo con verle se ha cumplido. El mío con mirarle se ha logrado. De todo el mundo me veré temido con tal hermano y tal amigo al lado; desde hoy ya desestimo, ya desprecio las arrogantes armas del soecio. Meréceos mi deseo esos favores. ¡Oh, gran Fernando!, honor de los mayores vuestros, cuya grandeza coronó de laureles su cabeza, que, sobre sacra púrpura vestido el arnés de la fe resplandeciente, desde España has corrido tantas provincias de diversa gente, hecho un Marte cristiano, a quien la religión puso en la mano la católica espada, que presto el hombre asombrará bañada en sangre de esta hidra que vomita, atónito retrato del Cerbero, que ya tiembla los filos de tu acero; con tu venida este cercado muro de Nördlingen, si fuera de diamante, no estuviera seguro. ¡Oh rey famoso!, a quien la fama cante en brevedad hazañas tan lucidas, que eran bastantes para largas vidas; a aprender me han traído mis deseos en vuestra escuela, glorias y trofeos. Dadme otra vez los brazos que han de hacer la herejía mil pedazos. En los vuestros, la Iglesia soberana, el estoque y la púrpura imperiales ha de poner mañana, merecidas de hazañas inmortales, ya que tenéis mi vida a la Hostia y el Cáliz ofrecida, como al servicio vuestro dedicada. Cansado llegaréis de esta jornada. Pues he llegado a tiempo, ya descanso, que por Dios y por vos nunca descanso. Dé la mano vuestra alteza al teutónico maestre; aeiou mi amor a tanta nobleza. A Galaso vuestra alteza le dé su mano a besar. Siempre he sabido estimar vuestra heroica fortaleza. Dele vuestra majestad al marqués de Leganés la mano. Noble marqués, pecho y brazos ocupad. Don Martín Idiáquez llega por vuestra mano, señor. ¡Oh vizcaíno valor que los rayos del sol ciega! De tan valientes soldados, de tan bravos capitanes temblarán los alemanes herejes y rebelados. Ya me prometo victoria seguramente con tales defensores imperiales que a España dan tanta gloria. ¿Qué gente trae vuestra alteza? El número saber quiero, que en lo demás ya yo infiero su valor y fortaleza. Tres mil caballos armados, diez y siete mil infantes, para el socorro bastantes de través tan apretados; tres tercios de Lombardía y cuatro napolitanos, dos de españoles lozanos de briosa infantería, y traigo dos regimientos de Borgoña; de Alemania otros dos, con capitanes dignos de grandes aumentos; traigo quinientos dragones, caballeros de mi guarda, que ninguno se acobarda de pelear con leones; y por la fe que peleo de nuestra Iglesia romana, que hemos de vencer mañana nuestros enemigos, creo. Dios a nuestro celo acuda, que así, hermano, lo confío, que vuestro celo es el mío, y Dios a su casa ayuda. Vuestra alteza a sus cuarteles venga y comerá conmigo. Con tal hermano y amigo vengo a ganar mil laureles. Vueseñorías también han de ser mis convidados. A serviros obligados. Vanse Irá Rivera también. De Rivera no hacen caso, porque me ven pobre y roto, mas, ¡voto a Dios!... mas no voto el no, la hambre que paso, que por lo hidalgo pudiera ser al más pintado igual, que ya ha habido general que se ha llamado Rivera. La milicia es religión; paso mal que en casos tales se brinden los generales y ayune este motilón; por comer no se ha de hablar, pero yo no lo sé hacer, que cuando otros veo comer siento mucho el ayunar. Cogeré mi pan y vaca; lo que monte mi ración diré: ¡hágote capón! ¡no está la ternera flaca! ¡qué sazonado jigote! ¡qué gazapo y francolín! Aqueste es vino del Rin y me hacen un brindiscote; yo haré la razón, señor, y beberé en la campaña la salud del rey de España y del propio Emperador. Aquesto es mental historia, engañar el pensamiento, llenar las tripas de viento, y comida de memoria. Mas ¿por qué estoy encogido donde habrá tanto sobrado? ¡Oh, lleve el diablo lo honrado en un hombre mal comido! Yo voy a matar la gana si ha quedado algo fiambre, que si hoy mato bien mi hambre mataré herejes mañana. Vase. Salen WEIMAR, HORNOS y GRANZ Vengo de reconocer sitio y fortificaciones que ocupan en sus cuarteles alemanes y españoles; dos leguas de nuestros reales, junto a los suyos, un bosque importa mucho ocupar para nuestras pretensiones; ya le ocupan mosqueteros suyos, mas echando golpe de gente le cobraremos con el plomo y con el bronce. Hay también una colina que de por medio se pone, del uno y del otro campo sitio eminente, de donde se pueden batir sus reales hasta que se desaloje, y así importará ocuparla con valor, industria y orden. Ayer la ciudad batieron con bizarros corazones y desembocando el foso nos ganaron una torre, mas recóbrase con fuego que abrasó los borgoñones que la ocupaban, que pocos se escaparon con la noche. Al bosque vaya a cobrarle Biteremberg con mil hombres, y, para darle la mano, Granz con otros mil sajones; a la colina caminen dos regimientos valones, y lo restante del campo, puestos en armas conformes, salga la caballería y marchen los escuadrones, que hoy les pondré esos polluelos pigüelas y capirote, y haré que su atrevimiento sus cortas vidas malogre, que no quiero, si les doy un día más, que ellos se tomen presunciones de vencer sin que yo se las acorte. Verán que soy como el rayo que apenas la nube rompe, como víbora de fuego que baje en cercos veloces, cuando deslumbra y espanta y mata todo de un golpe, que tengo gana de verme ya degollando españoles. Pues ¡a embestir la colina! ¡Ea! ¡a recobrar el bosque, a presentar la batalla del peso de todo el orbe! ¡Resuene el clarín templado, el parche en ecos rimbombe, repetidos de las huecas cavernas de aquesos montes! Vanse. Salen el INFANTE, el REY, LEGANÉS, IDIÁQUEZ y DON PEDRO GIRÓN. Suenan clarines y cajas El enemigo soberbio embiste nuestras batallas y nos ganó el bosquecillo que era de tanta importancia. Esta colina conviene defenderla y sustentarla, que en el paso de este día es el fiel de las balanzas. Aunque está bien guarnecida de gente napolitana con el tercio de Toralto y con el conde de Salma y su tercio, y el de Ubormes de la gente de Alemania, es menester socorrella, que el enemigo la carga. Con un tercio de españoles don Martín Idiáquez vaya, que su gente es tan valiente que quedará en la campaña antes que perder un paso de este puesto que se guarda. Parto luego a obedecerte conduciendo mis escuadras. Desde este puesto se miran por la colina y sus faldas embestir el enemigo, y la resistencia honrada que hacen los nuestros ¡Ay cielos, que en los alemanes hallan flaqueza que los retiran de su puesto, los rechazan, que vienen desordenados! Hacia aquella parte cargan que defiende don Martín, que, porque no le deshagan sus escuadrones viendo, con las picas los aparta, con las espadas castiga, con la lengua los infama; del bravo Paniguerola y Guasco, los tercios bajan a ayudar a Gambacurta, que lo perdido restaura. El conde Juan Cervellón y Picolomini andan gobernando y restaurando puesto de tanta importancia. Sobre Toralto se arrojan unas escocesas mangas, las más fuertes de Weimar, que los amarillos llaman, ¡con qué valor los resiste! ¡qué diestro que los rechaza! ¡qué notable estrago ha hecho la mosquetería italiana! Paniguerola ha caído, y tal que no se levanta. ¡Oh valiente capitán, laureles te dé la fama! Juan de Orozco, su sargento, gobierna, que también matan a su alférez; buen soldado es Orozco, ¡qué bien anda, cómo gobierna y embiste, y parte del bosque gana! Con los españoles tiene Weimar tema temeraria, que son de diamantes pienso, o rocas que bate el agua. El gran duque de Lorena hacia la colina marcha, que es general de la Liga Católica de Alemania, ¡qué valeroso pelea! ¡qué sangrienta que se ataca la porfiada escaramuza y rigurosa batalla! ¡cuál juega la artillería! A Yaso mató una bala al lado de vuestra alteza. Su vida importa guardarla que con esto la vitoria nos dará el cielo más llana. Su alteza deje este puesto Cuando miro tan trabada la guerra por tantas partes, y los campos de esmeralda hechos jaspe con la sangre española y italiana ¿queréis que yo me retire? Señor, esta es vuestra causa; bien sabéis que yo defiendo vuestra ley divina y santa, vuestra verdadera fe, y vuestra Iglesia romana; ¡ayudadme aqueste día a que se rompa y deshaga el poder de los herejes que la afligen y maltratan! ¡Rey don Fernando, embistamos! Dios nos ayuda y ampara ¡a ellos!, que de este modo nuestra vitoria se allana. ¡San Esteban, pues, y a ellos! Vanse. Suena ruido de artillería; salen acuchillándose. Y luego sale RIVERA con un hereje a cuestas Mientras siguen el alcance, mientras la vitoria cantan, de este hereje los despojos, que he ganado con mi espada, quiero ver y recoger, por si hay oro o por si hay plata. En aquesta faltriquera tiene una bolsa pesada. ¡Yo he cogido linda presa!, mas, ¡vive Dios!, que son balas; Bercebú lleve la fruta que es buena para tirada; en esta otra faltriquera trae una cosa tan larga ¡ay! que es hueso de tocino, aunque con poca substancia. Con esto, que al apetito suele servir de mostaza, gastó el hereje esta bota que casi no tiene nada; apárola, y vuelvo a ver si hallo mayores ganancias, que cuando a todos les sobra a un desdichado le falta. ¡Vive Dios!, que he peleado con desesperada rabia, y en bañando aquestos campos de la sangre rebelada, al lado de don Martín Idiáquez (cuyas hazañas han restaurado perdida la vitoria que hoy se gana), cuando astuto y valeroso a su tercio ordena y manda que no dispare ninguno, y al tirarles se agazapan y dispara el enemigo, por alto las balas pasan, y luego disparan todos, que no se perdió una bala, enflaqueciendo a Weimar ver tan extraña matanza, que van los cuerpos rodando desde aquestas cumbres altas en los raudales crecidos de la sangre que derraman. Dios sabe cómo he servido que para mi premio basta, pues un don Diego de Bustos, sargento mayor, que tanta opinión gana este día, después de tantas hazañas que con mortales heridas dijo, ya en la boca el alma: «dichoso yo, pues que muero donde tanto honor se gana». Vase. Salen como primero SAN MIGUEL y la IGLESIA Ahora sí militante Iglesia, triunfante Roma, de tus fieros enemigos has de quedar vitoriosa, deshechas y consumidas ya las heréticas tropas, anulado su poder, y todas sus fuerzas rotas, porque la mano de Dios obra siempre vencedora en los dos Fernandos que son columnas de su honra. El ave de dos cabezas, que a ver el sol se remonta, que a Júpiter administra sus venganzas tronadoras han sido estos dos mancebos del Austria perlas preciosas, cuyo católico celo les dio tan grande vitoria, correspondiendo a tus ruegos la suma deidad piadosa. Con estos dos hijos tuyos te asegura y te decora. Enjuga, pues, las mejillas resplandecientes y hermosas que bañó tu sentimiento del rocío del aurora, y con alegre semblante en tus dos hijos te goza, y da a Dios debidas gracias que yo me subo a la gloria, que en la ciudad de Toledo, la más ilustre y famosa, antigua, opulenta y rica de los límites de Europa, en su santa iglesia (que es de nuestro Fernando esposa) tan honrada de las plantas de mi reina y mi señora, han estado intercediendo, en esta ocasión forzosa, en la Virgen del Sagrario su imagen más viva y propia, su generoso cabildo, su clerecía devota, todo su rebaño, que ama de su infante la persona. Mil gracias te doy, señor, cuya mano poderosa arma mis amados hijos de corazones de rocas, y el caballo y caballero has sumergido en las ondas de su ciega confusión, de su propia sangre roja. Mercedes son, y favores de esa mano generosa, con que mi pecho respira y mis deseos se logran. Siempre arderá en mis altares las más felices aromas con holocaustos debidos a mi Cáliz y a mi Hostia, de quien es la casa de Austria tan peregrina devota, que por eso la sublima y la ensalza más que a todas. Agradecido el Infante hará que se reconozca, dando en Toledo su iglesia de este suceso memorias, aumentando devoción en cualquiera alma piadosa con las banderas que envía y con la fiesta que dota. El principal estandarte suyo, vencedor, adorna, entre los de los vencidos, esta iglesia victoriosa. Para este tiempo aperciba Febo su ardiente carroza que, a tan nobles vencedores, aún es pequeña lisonja, y la ingrata Damnes forme de sus ramas y sus hojas, para su frente guirnaldas, para su triunfo coronas. Suene el clarín de la Fama, sus veloces alas rompan desde los hielos de Escitia a la abrasada Etiopia, y todo el orbe celebre, en cuanto el sol ciñe y dora, la victoria de este día dando a Dios de ella la gloria. Bien lo permite la fe de las armas españolas, que después de Dios han sido de su mano ejecutoras. Vanse. Suena dentro: ¡victoria, victoria!, y al son de clarines y cajas, salen el INFANTE, el REY y los demás ¡Gran victoria, amado hermano! ¡Gran victoria, y muy sangrienta! Poderosos enemigos del todo deshechos quedan. ¿Qué falta de nuestra gente? Señor, entre hombres de cuenta, entre heridos y entre muertos a seiscientos hombres llegan; del enemigo se hallan ocho mil en la refriega, nueve mil en el alcance que ha durado cuatro leguas. Los despojos son gruesos, entran con sesenta piezas de artillería, caballos, armas, municiones, tiendas, y prisioneros los más de las rebeldes cabezas. Sólo Weimar se escapó; Ulma le cerró las puertas y a Ubitembergue pasó en un caballo que vuela. Hanse ganado este día estandartes y banderas en la batalla y alcance, en número de trescientas, que a vuestras plantas, de alfombras sirvan para fama eterna de tan lucido socorro, de amistad tan verdadera. Enviaré las que he ganado a mi toledana iglesia, a mi esposa, por quien venzo, que a Dios siempre por mí ruega. Don Martín, dadme los brazos. Ser Alejandro quisiera y daros de todo el mundo la mitad, debida deuda a tan bizarro valor. Más estimo a vuestra alteza este favor que mil mundos, y mil vidas que tuviera perderé en vuestro servicio, pues con tal honra me premia. Valerosos capitanes, la victoria ha sido vuestra y vuestra fama inmortal se rotulará en estrellas. A gozar de la victoria viene mi esposa la reina. ¡A recibir a mi hermana! Ya con las damas se apea. Sale la REINA con las damas Parabién de la victoria os doy con lágrimas tiernas de gozo, de veros libre de tan peligrosa empresa. En estas firmes columnas la Cristiandad se sustenta. Palmas, coronas y olivas coronen vuestras cabezas; mis damas también os canten la victoria en dulces letras, como Israel del gigante vencido al pastor profeta. Hermana y señora mía, vuestra majestad alegra nuestros campos vencedores con su gallarda presencia. Pisé rebeldes despojos, que es bien que a sus pies se ofrezcan, ganados por el valor de su esposo en esta guerra. El todo de esta victoria sólo ha sido vuestra alteza. Dense a Dios iguales gracias en todas nuestras iglesias, y acábese en un sarao de arpas y de vihuelas, porque las damas no canten de Belona las fierezas. ¿Y a Rivera no dan algo? Tenga ahora una bandera, y al senado perdón pida, aunque donaire no tenga. Por la brevedad del tiempo puede pedir el poeta, en premio de sus deseos, el agrado que os desea. Advertid que es hijo vuestro y, adonde llegan sus fuerzas, os ofrece confiado de que el perdón os merezca.