La Banda Y La Flor Comedia Famosa HABLAN EN ELLA LAS PERSONAS SIGUIENTES: Enrique Ponleví El Duque de Florencia Otavio Fabio, viejo Lísida, dama Clori, dama Nise Celia Músicos Jornada Primera Salen Enrique y Ponleví, vestidos de camino. ¡Qué alegre cosa es volver, después de una gran partida, a ver la patria! En mi vida tuve tan grande placer. Ni yo tan grande pesar, pues después de tanta ausencia hoy a vista de Florencia nos quedamos, sin llegar a saber lo que hay de nuevo. Pues por no saberlo yo quise detenerme. No culpo el gusto ni le apruebo, que ello hay tanto que temer, y es dama tan mal segura doña Ausencia , que es cordura el no llegarlo a saber; mas porque en cosas tan graves hables conmigo, sabrás que sé el estado en que estás. Pues escucha lo que sabes. Yo miré a Lísida bella, de Clori hermana, es verdad. Ya sé que tu voluntad vive solamente en ella. Pues como son dos hermanas, fl echas de amor y desdén que siempre juntas se ven en paseos y ventanas, y en el principio encubrí por cuál de las dos hacía finezas ni a cuál servía el fiero rigor vencí de Clori. Era cosa clara ser Clori, porque si fuera Clori a la que yo quisiera, Clori entonces me olvidara. Amé a Lísida; y así Lísida no se obligó, que siempre el amor trocó las suertes. Clori, ¡ay de mí!, me favoreció . No es tiempo de decir que Fabio, su padre, sintió su agravio; vuelvo a mi discurso, pues. Favoreciome en efeto, con lo cual luego cerró el paso a mi amor, que vio fiel sepulcro en mi secreto; porque no pudiendo ser con una dama grosero que ser de Clori primero, ni menos pudiendo hacer con otra finezas (pues, viendo que estaba su hermana declarada, fuera vana mi esperanza), de cortés o cobarde dividido, ciego, triste y mal premiado, de Lísida enamorado, de Clori favorecido, a una miro, a otra quiero, a una sirvo, a otra adoro, a una sigo, a otra enamoro, a una busco y a otra espero; y así, partido el placer en dos y entero el pesar, ni a Lísida sé olvidar, ni a Clori puedo querer. Poco cuidado, por Dios, a mí ese lance me diera. Pues ¿qué hicieras tú? ¿Qué hiciera ? Enamorara a las dos; y si Lísida me amara, por Lísida me muriera; si Clori me aborreciera, al punto a Clori olvidara, porque no puede tener más mérito, fama o nombre con una mujer un hombre que quererle otra mujer. Salen Lísida, Clori, Nise y Celia con mantos . ¡Qué apacible el campo está, corte de plantas y flores! Con reflejos y colores diversos objetos da el mayo florido ya a la vista. [A Ponleví.] Aguarda, espera. No pudo esta verde esfera estar al amanecer más hermosa que al caer del sol se muestra. ¿Pues fuera en ningún tiempo mejor hora de gozarla? Sí, que siempre la aurora vi dar ese triunfo, ese honor. Es, prima, engaño, es error que ella se corone, pues la reina del campo es la noche . No hagáis, señora, ese desprecio al aurora, que es dama, y soy muy cortés, y no dejaré agraviar una hermosa a quien deben todo cuanto aliento beben el clavel, jazmín y azar . Su luz, deidad singular, es breve imperio del día, de los campos alegría, pulimento de las flores, estación de los amores, de las aves armonía: ved si es justo que ofendáis tal perfección. [Aparte] (¡Ay de mí! ¿Enrique no es este? Sí.) [Aparte] (Ojos, ¿qué es lo que miráis? Enrique es; pero si estáis imposibles, ¿para qué me matáis? Muera mi fe a manos de un ciego dios.) (Habla tú porque a las dos no nos conozcan.) (Sí haré.) Don Quijote de la aurora, ¿qué me importa que al albor beba una y otra flor las lágrimas que ella llora? ¿Qué importa el saber que dora montes, ni el ver que derrama perlas que la tierra ama y después el sol enjuga, si dama, en fin, que madruga no debe de ser muy dama? Madrugar entre las bellas selvas, llenas de colores, cambiando tropas de flores por ejércitos de estrellas, no es desaire si entre ellas busca su amante pastor ; y el madrugar, en rigor, gala es de fe verdadera, pues que menos dama fuera si durmiera con amor. Pues madrugue enhorabuena buscando al albor primero sus amores, que yo quiero con más gusto y menos pena gozar en tarde serena los míos, sin desvelar mis sentidos ni envidiar las auroras, porque en fin se hizo para gente ruin la fiesta del madrugar. Ruido dentro. Pero ¿qué es este rumor? La carroza viene allí del Duque. ¿Del Duque? Sí. Pues tomar será mejor la nuestra; quedaos, señor, y perdonad. ¿Por qué ha sido la prisa? Porque ha venido siguiéndome, y no me vea, si es que esta ocasión desea. Ya que yo acaso he tenido la ocasión que él procuró, en lo que serviros puedo es en quitaros el miedo que su venida os causó; pues saliendo al paso yo, con mi venida podré divertirle así, porque en tanto tomar podáis vuestra carroza y os vais. Ese gusto os pagaré con esta banda que os doy de albricias desta venida, que es rescate de mi vida. Dale una banda azul. Dichoso en serviros soy, mas sepa a quién debo… Hoy no es posible. Vanse Clori y Nise. [Aparte] (¡Ahora, cielos, se repiten mis desvelos, mis temores, mis agravios : poca cárcel son mis labios para un abismo de celos. Pero pues puedo tapada dar celos a quien los da, muera quien me mata ya de necia y de confiada!) Tanto a las dos nos agrada hallar en vos el favor que nos ofrecéis, señor, que con un mismo cuidado, si una esa banda os ha dado, yo os quiero dar esta flor. Dale una flor. Esperad. No me sigáis, si ofenderme no queréis. Vase Lísida. En más dudas me ponéis cuando más claro me habláis. A Celia. Deteneos vos, no os vais. Mientras salgo a detener al Duque, intenta saber quién son . Vase. Si aquesta tapada por una parte es criada como por otra mujer, haz cuenta que lo he sabido. Pierda, galán, de eso miedo, que, criada y mujer, puedo dar liciones a un marido de callado y de sufrido . ¡Qué civil es el conceto !; mas puesto que San Secreto nunca es fiesta de guardar, empiézale a trabajar: dime quién son, en efeto, y toma… ¡Gran tentación! … porque prosigas mi intento… ¿Qué he de tomar? Toma aliento para hacer la relación. ¡Buena alhaja! Tales son todas cuantas suelo dar. Pues digo, si he de tomar el aliento, que ha de ser… ¿Para qué? … para correr. Vase Celia. ¡Oh, criada del Paular ! Fuese huyendo como un rayo; diré, pues me deja en calma, tenedla, cielos, que me lleva el alma . Mas por la fe de lacayo, y por la vida del bayo, que ha de hacer la relación. El Duque y Enrique son; voy a seguir la tapada, que al fin secreto y criada implican contradición. Vase Ponleví y salen el Duque, Enrique, Otavio y gente. Otra vez me da a besar tu mano. Y otra vez seas, Enrique, muy bienvenido. Quien con tanto aumento llega de honor, señor, a tus plantas, que son el dosel y esfera de más luz y mejor sol, que venga con bien es fuerza. Sale Fabio. Siguiéndote aquí he venido, que no fuera bien me fuera sin besar tu mano. (Dicha ha sido que Enrique venga a tiempo que su venida podrá divertir tu ausencia.) [Aparte] (No ha sido sino desdicha, pues quedando él en Florencia no estaré seguro yo en Nápoles de sospechas. Pero al fin Clori es mi hija, y ella hará que todos mientan.) ¿Cómo en España te ha ido? Como a quien vive y se emplea en tu servicio, señor. Llegué a tiempo que pudiera ser, aun no yendo a servirte, bien empleada mi ausencia. ¿Cómo? Hallé, señor, a España llena de aplausos y fiestas, noble afecto de su amor, de su lealtad noble muestra. Bien ha declarado antes el deseo que la lengua que fue la causa de tanto aplauso la jura excelsa del Primero Baltasar, Príncipe Infante, que sea hijo del alba y el sol, rayo de luz y belleza. Y pues para los negocios a que partiste no es esta ocasión, y yo he perdido la que me trajo a estas selvas buscando una dama, quiero, Enrique, que me diviertas el disgusto de no hallarla. Escúcheme vuestra Alteza . De aquel venturoso día en que la romana Iglesia de la Transfiguración la jura de Dios celebra llamando a Cortes al cielo, fue rasgo y sombra pequeña la jura de Baltasar. Mas si son en la fe nuestra dioses humanos los reyes, no poco misterio enseña que el día que a Dios el cielo jure, a Baltasar la tierra. Este, pues, día felice, de pardas sombras cubierta el alba salió, y la aurora embozada en nubes densas: no le dio ventana al sol ni los luceros apenas indicios de su hermosura. Y aunque otras veces pudiera atribuirse a accidente del tiempo esta parda ausencia, no fue accidente este día, sino precisa obediencia. Haz paréntesis aquí la causa, pues será fuerza que antes que acabe el discurso al paréntesis me vuelva. En el real templo de aquel Doctor Cardenal que ostenta ya su piedad, ya su celo en los hombres y las fieras, se previno el mayor acto que vio el sol en su carrera desde que en el mar madruga hasta que en el mar se acuesta. Al pie del altar mayor se armó un tablado que fuera sitio capaz de la jura y luego a la mano izquierda la cortina de los reyes; no digo bien, porque fuera una nube de oro y nácar, pues al tiempo que despliega las tres hojas carmesíes, luz y majestad ostenta, dando como el oro rayos, dando como el nácar perlas. Salió de su cuarto el Rey acompañando a la Reina con el Príncipe jurado, a quien de las manos llevan los dos Infantes sus tíos . No se vio la primavera de más rayos coronada, la luna de más estrellas, que la hermosa lis de Francia seguida de la belleza de sus damas, que aun lucían con estar en su presencia. Tomaron, pues, sus lugares: el Rey la mano derecha de la Reina, y los Infantes detrás, y en una pequeña silla el Príncipe delante. Luego de las gradas mesmas el lado izquierdo ocupaban los prelados de la Iglesia. Tras los tres embajadores de Roma, Francia y Venecia, le siguieron los Consejos ; luego por la otra acera los Grandes y enfrente dellos los Títulos, tras que llegan los Reinos ; a nadie nombro, que aquí es la lisonja ofensa. La confirmación sagrada fue del acto la primera ceremonia; dignamente luego siguiéndose están las de la jura. Galán con majestad, con modestia airoso, con todo amable, haciendo las reverencias debidas, llegó don Carlos a jurarle la obediencia. Siguiose Fernando luego, y como España se precia de católica, al mirar que a un tiempo a jurarle llegan, uno ceñido el acero y otro la sacra diadema, me pareció que decía, haciéndose toda lenguas: «¡Oh, felice tú, oh, felice otra vez y otras mil sea Imperio en quien el primero triunfo son armas y letras!» Dejemos en este estado las ceremonias, pues estas fueron el patrón de todas, y salgamos donde espera Madrid, iris ya divino todas las calles cubiertas de una bella confusión, de una confusa belleza, haciendo campos y mares las plumas y las libreas. Ya del acompañamiento empezaban a dar señas las músicas militares de clarines y trompetas. Por el orden que estuvieron sentados, por ese empieza el paseo hasta llegar la carroza de la Reina. Delante un poco venían los Infantes junto a ella a caballo, y al estribo el Rey. Calle aquí mi lengua y el paréntesis pasado (donde dije, si te acuerdas, que no salió el sol, que el alba no se vio, que no dio nuevas del día ningún lucero, que no brilló luces bellas la noche) abre, y a esta vista en el paréntesis cierra, y verás que no fue acaso el no salir sino fuerza, porque en Carlos y en Fernando los dos luceros se ostentan, hermanos del sol hermosos que a sus rayos se alimentan. Salió en lugar del aurora mejor aurora en belleza: Isabel en plaustro de oro que mil Cupidillos cercan; y si es del aurora oficio dar flores, flores engendra su hermosura, flores son pompas de la lis francesa. Y si del planeta cuarto es iluminar la esfera que toca, el Cuarto Filipo fue deste cielo el planeta. Hija del sol y el aurora, iba la más pura estrella de cristales amparada, guarnecida de vidrieras. Luego si a tales luceros que a los del sol avergüenzan; si aurora tal que al aurora flores a flores apuesta; si a tal sol que rayo a rayo los rayos del sol desprecia; y si a tal estrella, en fin, que ya jura de sol, eran las del cielo sombras breves, mudas pompas, luces muertas, no fue accidente del tiempo rehusar la competencia, sino estudio, pues faltaron de temor o de vergüenza. Y aparte la alegoría, permite que me detenga el pintarte de Filipo la gala, el brío y destreza con que iba puesto a caballo, que como este afecto sea verdad en mí y no lisonja, no importa que lo parezca. Era un alazán tostado de feroz naturaleza el monarca irracional, en cuyo color se muestra la cólera, disculpando del sol que la tez le tuesta que hay estudio en lo voraz y en lo bárbaro hay belleza. Tan soberbio se miraba, que dio con sola soberbia a entender que conocía ser, con todo un cielo a cuestas, monte vivo de los brutos, vivo Atlante de las fieras . ¿Cómo te sabré decir con el desprecio y la fuerza que, sin hacer dellas caso, iba quebrando las piedras, sino con decirte solo que entonces conocí que era centro de fuego Madrid, pues donde quiera que llega el pie o la mano levanta un abismo de centellas, y como quien toca al fuego huye la mano que acerca? Así el valiente caballo retira con tanta priesa el pie o la mano del fuego que la mano o el pie engendra, que, hecha gala del temor, ni el uno ni el otro asienta, deteniéndose en el aire con brincos y con corvetas. Con tanto imperio en lo bruto como en lo racional, vieras al Rey regir tanto monstruo al arbitrio de una rienda. ¿Diré que, como iban lejos los clarines y trompetas, le hizo danzar al compás del freno, que espuma engendra? No, que está dicho. ¿Diré que eran de sola una pieza el caballo y caballero? No, que aquí fuera indecencia. ¿Diré que hacían una mapa, mar la espuma, el cuerpo tierra, viento el alma y fuego el pie? No, que es comparación necia. ¿Diré que, galán bridón, calzada bota y espuela, la noticia en el estribo, en los estribos la fuerza, airoso el brazo, la mano baja ajustada a la rienda, terciada la capa, el cuerpo igual y la vista atenta, paseó galán las calles al estribo de la Reina? Sí, porque solo el decirlo es la pintura más cuerda. Y no tengas a lisonja que de bridón te encarezca a Filipo, que no hay agilidad ni destreza de buen caballero que él con admiración no tenga. A caballo en las dos sillas es en su rústica escuela el mejor que se conoce. Si las armas, señor, juega, proporciona con la blanca las liciones de la negra. Es tan ágil en la caza, viva imagen de la guerra, que registra su arcabuz cuanto corre y cuanto vuela. Con un pincel es segundo autor de naturaleza; las cláusulas más süaves de la música penetra. En efeto, de las artes no hay ninguna que no sepa y todas, sin profesión, halladas por excelencia. ¡Oh, quiera, pues, la Fortuna, oh, pues, y los cielos quieran, que, pues le han dejado ver jurado con tantas muestras de amor y lealtad al bello Príncipe de Asturias, vea la campaña el mejor Marte, rindiendo a su heroica huella los rebeldes, levantando los pendones de la Iglesia, porque todo venga a ser honor suyo y gloria nuestra! Mucho me hubiera alegrado, Enrique, tu relación, si por dicha hubiera hallado más seguro el corazón de las obras de un cuidado . Mas si en causa como esta querer siempre un caso vi la pregunta y la respuesta, óyeme un pesar a mí en albricias de una fiesta. No sé por dónde, ¡ay de mí!, empiece, pero si aquí es fuerza decir su efeto, mejor lo dirá un soneto que al mismo intento escribí: «Era mi pecho una montaña fría a quien de nieve el tiempo coronaba, mientras el corazón alimentaba las cenizas del fuego que temía. Un rayo hermoso, escándalo del día, la mina penetró que oculta estaba; el fuego, ardiendo con la nieve, helaba, la nieve, helando entre la llama, ardía. Etna, pues, de mi amor y mis enojos, volaron antes mis cenizas; luego, ardiendo el pecho hizo llorar los ojos. Pues ¿cómo, vivo monte o volcán ciego, si eres fuego, das agua por despojos ? Mas lágrimas de amor también son fuego.» Bien al discurso, señor, la llave de oro previenes, mas del soneto en rigor solo infiero que amor tienes, mas no a quién tienes amor; ya ocultarme nada es bien: merezca saber a quién. Pensé que, cuando le oyeras, luego al dueño conocieras, que tú le conoces bien. ¿Yo? Sí, pues digo que amo beldad que ejemplar no tiene . Necio a mi discurso llamo. ¿Dos hijas Fabio no tiene? [Aparte] (Aquí se turba mi amo.) (¿Qué es esto, piadosos cielos? ¿Será Lísida o será Clori? Mátenme mis celos de una vez.) En pie se está de tus amantes desvelos la duda, porque no sé si fue Lísida o si fue Clori el dueño de tu amor. La duda solo es tu error. ¿Quién dudará cuando ve junto a una flor una rosa, junto a una rosa una estrella? ¿Quién tiene más imperiosa jurisdiciones de bella y privilegios de hermosa? Lísida… (¡Ay de mí!) … es temprana flor; Clori es la rosa ufana. Eso sí. (Mas ¿quién creyera que yo de mi dama oyera desprecios de buena gana?) Clori, en fin, me hace penar, sentir, padecer, llorar. Llorar, padecer, sentir no es amar, sino morir. Pues ¿qué más morir que amar? Aunque callando escuché tus quejas por no quitarte ese consuelo, no sé con qué justicia quejarte puedas de Clori, porque si tu amorosa porfía, más honesta que crüel, admite galantería; si da licencia un papel en los términos del día, y si de noche, señor, siempre atenta a tu cuidado, con cortesano favor hace academia su estrado de las cuestiones de amor, tu queja, señor, es vana: la porfía un monte allana, y yo de su parte estoy, que mujer que escucha hoy te responderá mañana. ¡Qué poco entiendes, Otavio, de amor! Un amante sabio, viendo su amor, más quisiera que favor o agravio fuera, que no ni favor ni agravio. Porque no hay cosa peor que no tener en amor ni favor de quien gozarse, ni agravio de quien quejarse, pues sin agravio y favor, ni la pena desconfía, ni se goza el alegría . Y no hay más bajo querer que consolarse de ser uno amado en cortesía. Vase ¡Tirano imperio de amor! Yo lo dijera mejor, aunque al revés, pues quisiera mi dolor, aunque pudiera vivir ya sin mi dolor. ¿Luego vos enamorado estáis también? El que ve jugar al que está a su lado, suele picarse de que pierda aquel que él ha mirado. Vi jugar al Duque, vi que perdía y me perdí; de aquella estrella me abrasa un rayo. ¿Luego en su casa son vuestros amores? Sí. Ya que una traza faltó, otra a lo menos quedó, pues habrá en su voluntad duelo de amor y amistad . ¿Quién mayor desdicha vio? Si del sol de Clori bella os abrasa un arrebol, Lísida, que fue su estrella entonces, será ya el sol. ¡Ay, amigo, que no es ella! ¡Buenas nuevas te dé Dios! ¿Tampoco ella? Ya van dos trazas echadas a mal. Pues sois mi amigo leal, nada he de ocultar de vos. Ya sabréis cuán vuestro he sido. Lísida y Clori han traído una prima, un ángel bello, por huésped, que del cabello al pie milagro ha nacido de la hermosura. En su casa vive con ellas, tan bella, que a ser más que humana pasa. Esta, ya rayo, ya estrella, es el cielo que me abrasa; no la quiero encarecer, pues la habemos de ir a ver donde mi amistad espera que digáis que no la quiera, porque la vuelva a querer. Vase. Y desde luego os lo digo. ¿Fuiste, Ponleví, testigo de los dos sustos? Señor, ya vi entre amistad y amor a tu dueño y a tu amigo, obligándote a ensayar soliloquios y a llamar los sentidos cada día a cuentas. En alegría se convirtió mi pesar. Pues más lo será si yo digo que las dos tapadas y la dama que te habló son las tres suso alegadas. ¿Quién a ti te lo contó? La criada, arrepentida de haber aquí apostatado de criada muy fruncida, que son ellas me ha contado. Y dime ya, por tu vida, ¿cuál esta banda me dio?, ¿cuál la flor? ¡Pues qué sé yo!, que eso era mucho saber. De dichoso vengo a ser desdichado, porque no sé cuál prenda es la que debo estimar o despreciar. Yo a decírtelo me atrevo, si las voy a ver y hablar hoy y, haciéndome de nuevo en tus favores, galante las hablo, porque sospecho que en los embates de amante, al viento que corre, el pecho se descubre en el semblante. Si a descubrir tierra vas, por lo menos me dirás que de dos favores es uno de Lísida, pues yo no quiero saber más . Si la una es veneno fuerte, la otra es salud conocida; y aseguro desta suerte, o mi muerte con mi vida, o mi vida con mi muerte. Vanse y salen Nise y Clori. Aquí que tiernamente murmuran los cristales desta fuente, prosigue, prima mía, secretos que tu amor de mi amor fía. Es Enrique en efeto (aquí quedamos, Nise) el más discreto, más galán, más valiente de Florencia, o la fama en todo miente. No digo yo que estaba enamorada dél, ni que deseaba que él de mí lo estuviese, mas que no me pesara cuando fuese. Deste modo vivía, que ni bien olvidaba ni quería, cuando Amor, niño ciego, las cenizas sopló y avivó el fuego . No tengo que decir que agradecida le respondió mi vida con favores de amor, prendas süaves; pues sabes mi dolor, todo lo sabes. Esta dulce violencia, el efecto que tuvo fue su ausencia. En ella el Duque ha dado, cual ves, en visitarme enamorado y ya de su lealtad, ¡ay, prima!, temo que el estremo de amor pase a otro estremo. Sale Lísida. No ya la noche oscura del alba envidie pompa y hermosura, si hace a la noche salva más luz, mejor aurora y mejor alba. Sale Ponleví. Si tiene un recién venido, que poca vergüenza tiene, mucha licencia de entrar hasta donde le parece, dadme las tres tres chapines porque en un instante bese las tres basas de ataujía de tres colunas de nieve. ¿Quién es este loco, primas? Es criado de un ausente. Ya entiendo. (Disimulemos, corazón, que esta es tu suerte.) ¿Cómo vienes, Ponleví? Con salud, señora, alegre y contento viene… ¿Quién? … mi señor, que es de quien quieres saber, que a ti mi salud poco te importa. No tienes que hacer puntas, como halcón de Noruega . Tú te vuelves malicioso como fuiste. La virtud nunca se pierde. ¿Es España buen país? Es por estremo excelente. ¿Buenas damas? Con ningunas habló en todos once meses. ¿Quién? Mi señor, que es de quien tú asegurarte pretendes. No tomes los tornos largos cuando el picadero es breve . No tiene el hombre mal gusto. Bueno en estremo le tiene, y más en quererte. ¿A mí también? Sí. ¿Cómo me quiere sin verme? La gracia es esa, que nada hiciera en quererte viéndote, y por hacer ciego, vi que te quería sin verte. ¿Con las tres una malicia cómo, di, se compadece? Hame mandado mi amo que a ninguna desconsuele, porque él es tan cuidadoso, que por si alguno se pierde trae favores duplicados, y yo, por obedecerle, hablo así, Deum de Deo, que dice dé donde diere . Sale Celia. El Duque a la puerta está. ¡Oh, qué enfado! Con él vienen Otavio y Enrique. (Gracias al amor que me parece bien la visita del Duque alguna vez.) Dile que entre. Salen el Duque, Otavio y Enrique y sacan luces. Aquí podrá vuestra Alteza gozar del fresco mejor . No tiene elección mi amor, ni albedrío mi tristeza. Y como yo tu belleza miré siempre, no sabré si jardín o estrado fue donde estuve, pues recelo que cualquiera esfera es cielo donde tanto sol se ve. Siéntase el Duque en una silla y Clori en otra y las demás en los lados Aquesta es el dueño mío . ¿No os parece, Enrique, bella? Bien merece ser estrella si su hermosura y su brío inclina vuestro albedrío. A hablarla quiero llegar, pues me dan tiempo y lugar. Yo, en fin, como forastero, favor ni lugar espero. Pues ¿quién os le había de dar a vos, Enrique, sabiendo que hay a quien dar celos? Quien por darlos hiciera bien. Yo desengaños pretendo, celos no. Yo no os entiendo. ¿Celos dais y no venganzas? La banda hable. ¿A ver no alcanzas la flor que me coronó? Y siendo verde, ¿trocó en celos sus esperanzas ? (¿Qué es lo que miro? ¡Ay de mí!, flor es de Lísida. ¡Cielos, los dos me matan a celos!) ¿Qué es lo que os divierte así? Nada. ¿Qué miráis allí? [Aparte] (¡Fuerte dolor! ¡Pena brava!) A Enrique, señor, miraba, que como recién venido este afecto me ha debido. Y yo ocasión esperaba para besaros la mano. [Aparte] (Corazón, ¿esto sufrís?) Que de la corte venís de España mostráis bien llano, con mil favores ufano. Presto lo habéis visto. He hecho experiencias y sospecho que no mienten. ¿Cuáles son? La banda y la flor, blasón de la toquilla y el pecho. Lo que es acaso no es favor. Y cuando lo fuera, ¿cuál de los dos prefiriera? (¿Cómo podré yo cortés responder a las dos?) ¿Pues no respondéis? No he dudado la respuesta; me ha admirado que eso pregunte quien ama. Prefiere aquel que una dama tapada hoy me hubiere dado. (Él me conoció. ¿Qué espero?) ¿Y si hubiesen sido dos? [Aparte] (Mucho aprieta, ¡vive Dios!) Tendrá en mí lugar primero el de la dama a quien quiero. Y de las dos, en rigor, ¿cuál es aquese favor? Responderá aquel que tiene el más perfecto color . Pues de amor o de desdén siempre una cuestión ha sido lo que al Duque ha divertido, sepamos de los dos quién es más perfecto. No es bien gastar el tiempo en favores ajenos: propios amores diviertan al Duque. Yo gustaré dello. [Aparte] (Yo no.) Pues si por los dos colores se ha de argüir la que quiere, si bien accidentes son, la azul es, en mi opinión, la que a las otras prefiere. Yo, si del color se infiere la elección del alma, digo que es lo verde . Yo consigo ver en esta competencia de tu ingenio la excelencia. Prosigue. Yo así prosigo: lo verde es color primera del mundo y en quien consiste su hermosura, pues se viste de verde la primavera. La vista más lisonjera es aquel verde ornamento, pues sin voz y con aliento nacen de varios colores en cuna verde las flores que son estrellas del viento. Al fin es color del suelo que se marchita y se pierde, y cuando el suelo de verde se viste, de azul el cielo. Primavera es su azul velo, donde son las flores bellas vivas luces; mira en ellas qué trofeos son mayores: un campo cielo de flores o un cielo campo de estrellas. Ese es color aparente que la vista para objeto finge, que el cielo en efeto color ninguna consiente. Con azul fingido miente la hermosura de su esfera, luego en esa parte espera ser la tierra preferida, pues una es beldad fingida y otra es pompa verdadera. Confieso que no es color lo azul del cielo, y confieso que es mucho mejor por eso, porque si fuera en rigor propio, no fuera favor la elección; y infiero que, si le eligió primero, fue porque lo azul ha sido aun mejor para fingido que otro para verdadero. Lo verde dice esperanza, que es el más inmenso bien del amor; dígalo quien ni la tiene ni la alcanza. Lo azul celos y mudanza dice, que es tormento eterno, sin paz, quietud ni gobierno. ¿Qué importa, pues, que el amor tenga del cielo el color, si tiene el mal del infierno? Quien con esperanza vive poco le debe su dama, pero quien con celos ama en bronce su amor escribe. Luego aquel que se apercibe a amar celoso hace más, en cuya razón verás cuánto alcanzan sus desvelos, pues el infierno de celos no espera favor jamás. Esperar puede el cortés. Con celos ama el discreto. La flor es verde, en efeto. ¿Y la banda azul no es? ¿Pues qué adquiere en eso? ¿Pues qué gana en esotro? Fía que la flor no es mía. Ni mía la banda. Levántase. Que si lo fuera… ¿Qué hubiera? … no sé qué hubiera. ¡Cese, por Dios, la porfía!; no sean enemistades lo que del ingenio es prueba. ¡No os vais! El deseo me lleva de no oír más necedades. Vase. Mal contigo te persuades a no oíllas más; y así, que vaya huyendo de aquí dé licencia vuestra Alteza. Vase Siempre es suya la belleza. ¿Qué es lo que pasa por mí? Dichoso sois en amores, Enrique, pues, por galán, unas favores os dan y otras riñen los favores. Esto han hecho sus colores, no mi dicha. ¡Qué rigor! Vase. ¡Qué suerte! Vase. En traje de amor la envidia cubierta anda. Vase. ¡Válgate el cielo por banda! ¡Válgate el cielo por flor! Jornada Segunda Salen Ponleví y Enrique. Contento en estremo estás. Estoy dichoso en estremo, y del color de la dicha se viste siempre el contento. ¿Tanto monta de una dama el decir que «Hablaros tengo; id por el jardín, Enrique»? Que me hable ofendida temo Lísida de mis finezas, porque desde el argumento de la banda y de la flor, de la esperanza y los celos, declarado amante suyo a tantos rayos me atrevo. Sale Lísida y Celia. ¿Enrique? No en vano, al ver coronada de refl ejos su aurora, el sol se retira, como quien dice : «Yo debo de haber hoy errado el día, pues sin aurora amanezco.» No de lisonjas, Enrique, coronéis vuestros afectos: desnuda la verdad vive a imitación del silencio. Y porque de mi intención ni aun este instante pequeño hagáis juicio (retiraos vosotros), estadme atento. Vanse los dos. Vos, Enrique, antes que a España fuésedes, si bien me acuerdo, que para ofensas del alma es bronce el metal del pecho, de Clori, en efeto, amante… Esperad, porque no quiero, si es que el silencio confieso, confesar con el silencio ese incendio contra mí, pues no fue Clori el sol bello, luciente imán de los ojos, que hidrópicos se bebieron rayo a rayo el mejor sol, luz a luz mejor incendio. ¿Pues cómo podéis negarme lo mismo que yo estoy viendo? Negando que vos lo veis. ¿No fuisteis en el paseo sombra de su casa? Sí. ¿Estatua de su terrero no os halló el alba? Es verdad. ¿No la escribisteis? No niego que escribí. ¿No fue la noche de amantes delitos vuestros capa obscura? Que la hablé alguna noche os confieso. ¿No es suya esa banda? Suya pienso que fue. ¿Pues qué es esto? Si ver, si hablar, si escribir, si traer su banda al cuello, si seguir, si desvelar no es amar, yo, Enrique, os ruego me digáis cómo se llama, y no ignore yo más tiempo una cosa que es tan fácil. Respóndaos un argumento. El astuto cazador que en lo rápido del vuelo hace a un átomo de pluma blanco veloz del acierto, no donde la caza está pone la mira, advirtiendo que, para que el viento peche, le importa engañar el viento. El marinero ingenioso que al mar desbocado y fiero, mostruo de naturaleza, halló yugo y puso freno, no al puerto que solicita pone la proa, que haciendo puntas al agua, desmiente sus iras y toma puerto. El capitán que esta fuerza intenta ganar, primero en aquella toca al arma y con marciales estruendos engaña a la tierra que mal prevenida del riesgo la esperaba; así la fuerza se da a partido al ingenio. La mina que en las entrañas de la tierra estrañó el centro, artificioso volcán, inventado Mongibelo, no donde preñado oculta abismos de horror inmensos hace efectos porque, engañando al mismo fuego, aquí concibe, allá aborta, allí es rayo y aquí trueno. Pues si es cazador mi amor en las campañas del viento; si en el mar de sus fortunas inconstante marinero; si es caudillo vitorioso en las guerras de sus celos; si fuego mal resistido en mina de tantos pechos, ¿qué mucho engañase en mí tantos amantes afectos? Sea esta banda testigo, porque volcán, marinero, capitán y cazador, en fuego, agua, tierra y viento, logre, tenga, alcance y tome ruina, caza, triunfo y puerto . Dale la banda. Bien pensaréis que mis quejas, mal lisonjeadas con eso, os remitan de mi agravio las sinrazones del vuestro. No, Enrique; yo soy mujer tan soberbia, que no quiero ser querida por venganza, por tema, ni por desprecio. El que a mí me ha de querer, por mí ha de ser, no teniendo conveniencias en quererme más que quererme. Si el tiempo que vos, amante de Clori, fuisteis alma de su cuerpo, os declararais conmigo, bien pienso, Enrique, bien pienso que poco ingrata mi fe, que poco crüel mi pecho, que poco esquivos mis ojos estimaran… mas no quiero decir más, harto os he dicho. Y apurando el argumento, si de ella favorecido os halláredes, sospecho que os oyera, pero no desvalido, porque creo que querer lo que otra quiere es gala de nuestro duelo; lo que otra deja, desaire. Y así, Enrique, os aconsejo que no busquéis ni pidáis remedio, porque yo pienso que el remedio os matará más que el mal, y será necio el que, pudiendo morir del mal, muere del remedio. No os vais, esperad, oídme… ¿Qué decís? … que plegue al cielo … Salen Celia y Ponleví. Clori viene, deja ahora de plegar el juramento . Mientras pasa, estos jazmines sean mi cancel . ¿Qué es esto? ¿Tanto teméis que ella os vea conmigo? No tanto: temo enojaros, pues por vos me escondía; mas supuesto que a vos no os importa, a mí tampoco, y así me quedo. Vea Clori que os adoro. ¿Eso hacéis por darla celos ? Pues no habéis de estar conmigo. Si no me escondo, os ofendo, y si me escondo, también. ¿Qué he de hacer? ¿Qué? No esconderos, ni estar conmigo. ¿Pues qué? Iros. Sí haré. Deteneos, que no ha de ser desa suerte, sino a espacio, porque quiero… Decid. … que os vais retirando, Enrique, pero no huyendo. Desta manera veréis que me voy y os obedezco. Al quitar el sombrero se le cae la flor. Si fuera palenque o valla, fuera entrada de torneo . Salen Clori y Nise, y Enrique se va por delante dellas haciendo una reverencia, y al mismo tiempo se van Lísida por una parte y él por otra. Nise, ¿qué miran mis ojos? Nise, ¿qué ven mis desvelos? Tus desdichas y tus celos, tus penas y tus enojos. Si yo te dijese un modo para que nunca quisiese Lísida a Enrique y pudiese asegurarte de todo con ingenio, ¿qué dijeras entonces, Clori, ¡ay!, de mí? Que engañar quieres así con tus burlas tantas veras . Del más hermoso clavel, pompa de un jardín ameno, el áspid saca veneno y la abeja, viva miel. Ahora repara en la flor y levántala. Y así, desta verde flor que, al quitarse tan severo el sombrero, del sombrero se le cayó al tal señor, han de salir tus consuelos, pues ha de dar su color miel al abeja de amor, veneno al áspid de celos . Toma, ponla en tu tocado . La flor fue de la porfía, y fue de Lísida. Fía desa flor y mi cuidado tu remedio con hacer solo lo que te dijere. Pues no hay remedio que espere, fuerza será obedecer. Pues la primera lición sea que, aunque tus desvelos te obliguen a tener celos, no has en ninguna ocasión de confesar que los tienes, sino antes disimular rïendo de tu pesar. Estrañas cosas previenes. Luego a Lísida dirás tú misma que a Enrique quiera. ¿Yo? Sí, pero de manera que… mas luego lo sabrás, que Enrique viene. Ah, crüel! Aquí entra el disimular, porque con él has de hablar como si no fuera él. Sale Enrique. (Vuelvo corriendo a buscar la flor que se me cayó.) ¿Pues podré fingirlo yo? Pues fingirlo o no sanar. Señor don Enrique, ¿dónde volvéis? Quien hallar espera flores, bien la primavera a su conceto responde. De un jardín se va a llevar flores, a dejallas no, sino solamente yo, que traje esa flor de azar . Yo no os entiendo, mas creo que cauteloso venís con esa flor que decís a lograr otro deseo. Adiós. Mirad, Clori hermosa… Sale Lísida. (Vuelvo a que Clori me vea esta banda, porque era de Enrique… ¡Pero mi rosa tiene ella!) … que el arrebol que sobre el oro y la nieve de vuestra frente se atreve a ser hoy lunar del sol no está en su propio lugar; y pues ya que tuvo hermosa guarda de espinas la rosa, no se la queráis vos dar de rayos para que yo no la cobre. Bien se ve, pues si alguna se atrevió, a guarda de espinas fue, a guarda de rayos, no. Quitadla y a vuestros pies trofeo en mi mano sea. (¡Que esto escuche! ¡Que esto vea!) Lísida te ha visto. ¿Pues qué haré? Dejarle con ella. ¿Con ella le he de dejar? O fingir o no sanar. Adiós. Al llegar a vella, Haciendo las reverencias. muéstrale la flor. Ya entiendo que enseñarla me conviene, pero ella mi banda tiene. Retirando has de ir, no huyendo . Obedezcamos, amor. Esto mi ciencia te manda. Que se quede con la banda. Que se vaya con la flor. Vanse las dos despacio, enseñando la una la banda y la otra la flor. ¿Quién vio lance más crüel? Mal caballero, villano, mudable, inconstante, vano, poco amante y menos fiel, ¿habrá argumento en amor ahora? Mas bien hiciste, si a mí su banda me diste, en darle a Clori la flor. Oye… ¿Qué tengo de oír ? Mira… ¿Qué he de mirar, pues la dijiste que a sus pies la pusiera? Fue decir que de allí yo la tomara y de su tocado no. Ya querrás que crea yo una mentira tan clara . Yo he dicho ya la verdad. ¡Pluguiera a Dios que lo fuera! Viva ahora mi amor o muera a manos de tu crueldad. Pues morirá, si en rigor no le dan vida los cielos. ¡Quién vio tan injustos celos! ¡Quién vio tan injusto amor! Vanse y salen con un papel el Duque y Otavio. Solo este desengaño le faltaba a mi amor, solo este daño. ¿No habrá a tu mal consuelo? Ninguno, Otavio, o le dilata el cielo porque yo no le tenga. Bien el amor hoy del poder se venga dando a entender ufano que es rayo cada fl echa de su mano, pues como rayo que violento pasa lo altivo hiere y lo eminente abrasa. Antes, Otavio, tan cobarde ha sido, que su violencia prueba en un rendido que una torre eminente, si el grave peso de los años siente, si caduca o declina, no es edificio ya, sino ruïna, blanco indigno de aquella llama, aquella que muros postra y homenajes huella. No, señor, tan postrado juzgues el edificio aún no mellado con prolijas porfías del venenoso diente de los días, que para darte el tiempo desengaños basilisco de bronce son los años. Tarde ya los espero. Yo consolarte o divertirte quiero. ¿Quién en la sala ha entrado? Enrique es. ¿Y quién más? Aquel criado que tu licencia tiene para entrar. Es verdad, entretïene mis penas; pero vete, porque quiero hablar a Enrique. Sale Enrique y Ponleví. La ocasión que espero para ir a ver a Nise se ha logrado: ¡vuela, Amor, pues te llaman dios alado ! Vase. ¡Cuántas cosas discurre una tristeza! Deme a besar al punto vuestra Alteza, príncipe soberano, aquel pie que tuviere más a mano . No estoy, porque a mi pena otra no iguala, de burlas hoy. Pues voyme noramala, que burlas y mujeres, cuando son menester, causan placeres . Hasta aquí, con hablar a Clori bella, treguas hizo mi amor, paces mi estrella, partiendo con el día engaños que a la noche me decía ; pues hoy, porque no tenga este alivio y a más estremo venga mi pena, mi dolor y mi cuidado, escucha este papel que me ha enviado: Lee. «Señor, las continuas visitas de vuestra Alteza han despertado más de una malicia, y en ausencia de mi padre, lo que una vez le honrara, dos le murmurará. Yo lo espero, y así, le suplico a vuestra Alteza escuse el venir a verme.» No leo más este agravio, esta sentencia; última línea ya de mi paciencia te confieso que ha sido este desaire. Solo me ha rendido más que cuantos rigores fueron dulce prisión de mis amores. Y así tú, Enrique, quiero que deste inmenso mal, deste severo dolor hoy el remedio me procures y de una vez me mates o me cures. Tú has de saberme todo cuanto Clori imagina. Escucha el modo de descubrir el pecho de una ingrata, que como es guerra amor, ardides trata . Nise, una dama bella prima de Clori, es toda el alma della; pues como tú la sirvas y enamores y en público celebres sus favores, no dudo que consigas ser querido, que eres galán, Enrique, y entendido. Y en fin, una doncella cuanto siente que es casamiento, admite fácilmente; pues teniendo granjeada la prima con amor y la criada que la toca con dádivas, sospecho que la mina de nieve de su pecho fuego reviente en término más breve por otra contramina de su nieve. Tendrá entre nieve y fuego desengaños mi amor y yo sosiego. Señor, aunque hoy alcanza la ocasión de servirte mi esperanza, mejor Otavio te sabrá de Nise los desengaños que tu amor avise. Si de Otavio quisiera fiarme yo, yo a Otavio lo dijera, y pues de ti me fío, quiero que sepas tú el recelo mío, y Otavio no. Yo lo sabré primero de Lísida, señor. Tampoco quiero que Lísida lo entienda, que como siempre viven en contienda de ingenio y hermosura las dos hermanas, deslucir procura la una a la otra, y mi temor celoso la tendrá por testigo sospechoso. Pues no puedo escusarlo claramente, diré un inconveniente: Otavio sirve a Nise y será agravio. No importa : primero soy que Otavio. Sí, señor, mas también sirvo una dama para esposa, de ilustre nombre y fama, a quien guardar mi pretensión no puedo; dame licencia, pues… ¡Qué necio miedo, comparados conmigo, disgustos de una dama y de un amigo, que al cabo del engaño las gracias han de dar al desengaño! Pero si importa más que yo, es justo que mi gusto atropelles por tu gusto. Señor… Nada me digas. … no es dejar de servirte… No prosigas. … prevenirte. No me hables, ni me veas. Siento, señor, que mi lealtad no creas. Bien se ve, pues mi gusto se desprecia. ¡Qué necio amor y qué amistad tan necia! Vase el Duque. ¿Quién en el mundo pudo tan fuerte lazo dar, tan fuerte nudo de lealtad, de amistad y amor testigo, de un señor, de una dama y un amigo? Si a Nise no festejo, quejoso al Duque dejo; si la festejo, a Otavio; también de Clori es prima, a Clori agravio. Si la verdad les digo, falto al secreto; si con él prosigo, a Lísida aventuro, pues a sus ojos el favor procuro de Nise. De manera que es agravio de Nise, Clori, Lísida y Otavio. ¿Mas para qué rendido me doy a mis desdichas a partido ? Sirviendo al Duque, no ofendiendo a Otavio, no haciendo a Nise ofensa, a Clori agravio, ni dando, ¡ay, Dios!, a Lísida desvelos, mucho, cielos, cumplís; decidlo, cielos. Vase y sale Lísida y Celia. ¿Tú le viste? Yo le vi. ¿Del sombrero se cayó la flor a Enrique y la alzó Nise para Clori? Sí, que yo en el jardín estaba a su criado escuchando mil necias locuras, cuando vi todo lo que pasaba. No te lo pude decir entonces y ahora lo digo. ¿Daré crédito a un testigo cuando me importa el vivir, celos? Sí, pues no pudiera, no habiéndose hablado antes, convenir en semejantes circunstancias con él. Fuera de que ya, para creer un triste lo que desea, no importa que verdad sea, baste que lo pueda ser. ¡Ah, desengaño infelice! Ya siento cuánto cruel anduve, Celia, con él. ¡Válgame Dios, qué mal hice en no creerle! Escusara el pesar con que se fue; pero yo lo enmendaré, espérame aquí. Repara lo que has de hacer. Escribir desenojada un papel y tú, Celia mía, con él hoy a buscarle has de ir, en cuyo efecto verás, dándote el alma en despojos, que tras nublados y enojos amor y sol lucen más. Vase. Sale Ponleví. Apenas dejé en palacio a mi señor, Celia ingrata, cuando ves aquí que vuelvo, rayo de capa y espada, a abrazarte como un rayo. ¿Antes de hablarme me abrazas? Soy más práctico de amor que teórico. No es gracia. Mas, ¡ay de mí!, Clori viene, que en estos jardines anda, y si te ve, yo soy muerta. Por eso me ha dado gana de que me vea; mas dime, ¿qué he de hacer? Entre esas ramas te esconde . Turbado estoy, mover no puedo las plantas; rey parezco de comedia cuando en casa de su dama le halla un padre con ella tiritón y barba larga . Escóndese Ponleví y salen Clori y Nise. ¿Qué haces aquí, Celia? Aquí a que saliese esperaba del tocador mi señora Lísida. Allá dentro aguarda. ¡Ay, prima, ay, Nise, ay, amiga, qué poco sientes mis ansias, pues tanto tiempo me dejas! Hablando por las ventanas de esos jardines he estado con Otavio. Justa causa te ha divertido de mí, si te ama y si le amas. Ni le amo ni le olvido: divierto así su esperanza. Pero a ti, ¿cómo te va de lición? Bien estudiada la tengo, deseando ya ocasión con que lograrla. Sale Lísida con un papel, y viéndolas le guarda. ¿Estaba aquí Celia ahora? Ahora aquí Celia estaba; yo la mandé que se entrase allá dentro. Yo a llamarla iré. [Aparte] (Esta es buena ocasión; ya quedas en la campaña : finge y engaña tus celos.) Vase. Lísida, detente, aguarda, que tengo mucho que hablarte. Luego es consecuencia clara que tengo mucho que oírte. Empieza. (Aquí hay gran batalla .) Ya, Lísida, estamos solas; mi amiga eres y hermana, y como a hermana y amiga te he de descubrir mi alma. Dos años ha, bien te acuerdas, que Enrique fue viva estatua de mis jardines, tan viva, que les debieron las plantas más lágrimas a sus ojos que a los suspiros del alba . Ausentose, y como el cielo nos dio condición tan varia, que es el día del amor víspera de la mudanza, fácilmente las cenizas de la que apenas fue brasa con el aire del ausencia desvanecieron la llama. Sirviome el Duque después, y aunque mi honor y mi fama me han resistido, no tanto que algún efecto no hayan hecho en mí tantos estremos, puesto en mí finezas tantas. Volvió Enrique y, ya celoso de ver que el Duque me amaba, o ya más enamorado por los celos que le causa, intenta tomar contigo de mis desprecios venganza. Testigo sea el jardín donde, a pesar de sus ansias, por no tenerme quejosa de haberte dado esa banda me volvió a dar esta flor, enigma de su esperanza. Si eres mi hermana y mi amiga, como he dicho, si te alcanza parte de mis dichas como el todo de mis desgracias, haz una cosa por mí: quiere mucho a Enrique, paga con fe y amor verdadero amor y fe que son falsas. No te des por entendida de que finge, de que engaña sus celos contigo, pues pensar que te quiere basta. Con esto el Duque tendrá de sus celos menos causa; Enrique, seguridad de su amor y su privanza ; yo, quietud; tú, esposo, y todos, más dicha y menos desgracia. Aparte (Esta que me engaña piensa, y ella ha de ser la engañada.) Cierto, Clori, que pensé cuando te vi que empezabas con prólogos, con proemios, que era una cosa muy ardua lo que había de hacer por ti. ¿Tú pídesme más, hermana, de que engañe a un hombre? ¿Hay cosa más fácil? ¿No basta el saber que soy mujer ? ¿Pues para qué me lo encargas? Mas con todo, por servirte digo que, aunque no pensaba hablarle más en mi vida, haré lo que tú me mandas. Desde hoy me verás con él desde la noche hasta el alba y desde el alba a la noche, y antes que en esta renazca el sol quemando las plumas de oro en hogueras de plata, le he de enviar un papel, diciéndole con mil ansias que venga a verme, y de modo le hablaré, que te persuadas tú misma que es verdadero, o por lo menos no hagas distinción de mis finezas si son fingidas y falsas . ¿Quieres más? Ni tanto quiero. (¡Linda está, por Dios, la traza con la entretenida a Enrique! No en mis días, mientras hablan, he de salir, que reviento por decirle lo que pasa.) Hablan las dos y sale por detrás dellas Ponleví. Pierde cuidado y de mí fía. Pues adiós. (¡Mal hayan venganzas que son amor y amores que son venganza!) Vase Clori. Si Clori que quisiese me dijera a Enrique porque a ella la olvidara, los desengaños de su amor llorara y los desaires de mi amor sintiera. Pero si Clori divertir espera tan rara fe con invención tan rara, mal hiciera si al daño me fiara, mal pensara si al riesgo me creyera. Y pues el blanco donde Clori tira dice el verde favor de aquella rosa que a hurto cogió y a posesión aspira, no me tengan sus celos temerosa, que en quien dijo una vez una mentira la verdad queda siempre sospechosa . Sale Enrique y Ponleví. ¿Tú me mientes ? No te miento. ¿Que eso pasa? Que eso pasa. ¿Clori dices que me olvida y que Lísida me engaña? Sí, señor, que las dos son dos grandísimas bellacas. Yo he de verlo. ¿De qué suerte? Viendo a Lísida. Enojada conmigo quedó, y si hallo en sus rigores mudanza sin haberla satisfecho, es verdad. Para eso aguarda un papel que ha de escribirte. ¿Quién tendrá paciencia tanta? Enrique, seas bienvenido, que bien parece que el alma llegó primero a llamarte por desmentir la tardanza de tu ausencia. Aparte (¿Ya qué espero?) Detente, sirena ingrata, detente, vil cocodrilo que si me lloras me matas, y si me cantas, también. Bien lo dicen tus mudanzas, pues hoy llorándome celos me diste muerte, ¡ah, tirana!, y hoy cantándome favores también me das muerte. Aparta, que no estoy de ti seguro si me lloras o me cantas. Ni hoy, Enrique, fue fingido mi llanto, ni agora es falsa mi risa, que entrambos son afectos hijos del alma. Si hoy lloré agravios y celos, hoy canto al amor las gracias y desengaños, porque Celia, que escondida estaba, me desengañó; y así, ni la sirena te llama con voz fingida a sus brazos, ni el cocodrilo te agravia con fingido llanto, pues solo amor entre estas ramas canta y llora firme siempre cuando llora y cuando canta. ¿Piensas que ignoro que son fingidas cuantas palabras dices? ¿Y será fingido un papel que te enviaba? Calla, que ese papel es un testigo más que agrava la información de mi pena, pues le dijiste a tu hermana que tú me le escribirías y este no es amor, es traza de las dos. Pues ¿quién tan presto… Aquí entro agora en la danza. … te ha dicho lo que las dos pasamos? ¿Qué va que para sobre mí aqueste nublado ? Ponleví, que te escuchaba recatado y escondido lo que tú y Clori trazabais con injusta tiranía contra mí. No he dicho nada yo; mi amo miente, señora, que no he hablado palabra de cuantas aquí te ha dicho. Vase Ponleví como retirando de Lísida. No temas; di, ¿dónde hablaba yo entonces? Si he de decirlo, puesto que tú me lo mandas, aquí era. ¿Qué tanto habrá? Un instante. Eso me basta; luego si no me he quitado de aquí, ni aquí escrito estaba, es cierto ya. Luego fue mi desengaño la causa, y no lo que dijo Clori. Probada está la cuartada . ¿De suerte que he de creer que finges para tu hermana y hablas verdad para mí? ¿No has visto, Enrique, una tabla que a una luz finge perfecta una hermosura estremada y a otra luz un monstruo finge, porque le debe la estampa tanto artificio al pincel, que hace dos cosas contrarias? Así mi amor a la luz de Clori es monstruo que espanta y a la de Enrique perfecta hermosura, que en un alma de un amor fingido a un cierto es la diferencia tanta. No sé qué tienen tus voces que, con saber que me engañas, te he de creer. Deja, pues, que agradecido a tus plantas bese la flor que producen, por no decir la que ajan. ¿Más cerca no están los brazos? No, que es esfera muy alta . Salen Clori y Nise. A mal tiempo hemos llegado. Porque aquestas dos cansadas no nos enfaden, harás la deshecha mientras pasan y vuelve luego. Sí haré. Vase. Mucho me debes, hermana. ¿Qué quieres? Ya le abracé, por hacer lo que me mandas. Vase. ¡Ay, Nise, que tú me has muerto, tú me has quitado las armas, tú le has dado a mi enemiga la razón con que me mata! Dices bien: mal este engaño me ha salido; pero aguarda, veamos si da lumbre otro. ¿Traes un papel en la manga? No tengo sino este, que es una memoria . Esta basta; vete ahora y el suceso puedes mirar retirada. [Vase Clori.] ¿Ponleví? Señora mía. Escúchame. Sale. ¿Qué me mandas? Esto. [Pégale.] ¡Mira que me ahogas! ¡Pícaro, vil!, ¿así agravias mi respeto? ¿Qué respeto? ¿Tú con desvergüenza tanta te me atreves? ¿Yo me atrevo? ¡Calla, infame! [Pégale.] ¡Ay, que me matan diez puñales de cristal con diez remates de nácar! ¿Tú a mí? [Rompe el papel.] Sale Lísida. ¿Qué voces son estas? ¿Qué es esto, prima? No es nada; ¡vete, pícaro, alcahuete, antes que de una ventana vueles hecho más pedazos que mariposas manchadas el papel que has traído! ¿Yo? No respondas palabra, vete. Plega… No repliques. … a los cielos que… ¿Que aún hablas? ¡Vete ya! Sí haré. (Señores, esta dama está borracha .) Vase. ¿Pues no me dirás qué ha sido? Ese pícaro en mi cara se me ha atrevido a decirme que su amo… Di. … le manda que me diese ese papel, que como vio que no daba celos a Clori contigo, pasó a mí sus esperanzas. [Aparte] (Aquesta es otra cautela ; pues no se ha de ver lograda.) Levanta los papeles. ¿Qué haces, Lísida? Levanto los papeles que tú rasgas. ¿Con qué efeto? Con efeto, Nise, de que si levantas tú una flor que fue de Enrique deste suelo para darla a Clori, por ser de Enrique, también con la misma causa levanto yo este papel. ¡Jesús, y qué desgraciada ando en mentir estos días! Lee los pedazos. Dice aquí: «Batida el agua»; aquí: «huevo fresco»; aquí: «solimán molido». Basta, que es más de decir pesares esto que amores. Pues anda Enrique tan cuidadoso de que te laves la cara, ¿no le has parecido bien, Nise? ¿Quién le quita al aura, jugando con los papeles, que unos lleve y otros traiga? No sería ese el que yo rasgué. Sí sería; repara en que te salen muy mal las cautelas y las trazas. ¿Qué trazas ni qué cautelas? Estas. Mira, no me hagas decir que Enrique ha mil días que con amorosas ansias me enamora y me festeja, me escribe, en fin, y me cansa, porque quizá te pondré donde escuches retirada sus finezas. Yo no quiero tomar de ti más venganza que averiguarte que mientes; y pues él vuelve, guardada destos jazmines veré si te escribe y si te habla. ¡Jesús, Lísida, qué presto me has tomado la palabra! ¿No ves que me estoy burlando? No has de estar conmigo falsa. Yo quise darte un picón ; esto, al fin, no ha sido nada. Por sí o por no, yo he de verlo. Escóndese [Lísida]. ¿Quién vio pena más estraña? Con la mentira me coge Lísida como en la trampa, que Enrique en toda su vida no me ha hablado una palabra. Sale Enrique y Ponleví. ¡Oh!, ¿qué haces de ir y venir a este jardín? Es mi centro, y si no es, Ponleví, dentro dél, no es posible vivir. [Sale Clori al paño.] (Desde aquí tengo de oír.) (Desde aquí le he de escuchar.) Aquí Lísida ha de estar esperando. Pues no es ella la que está aquí: Nise es bella. (Él se vuelve aun sin hablar.) (¡Ay, Dios! Sola Nise está, nadie me mira, bien puedo perderle a mi amor el miedo y empezar a romper ya la mina del Duque. Va de amor fingido y secreto ; buen efeto me prometo, pues solo y seguro estoy de mi Lísida, que hoy no hay que temer el efeto.) Serafín deste jardín que es paraíso de amor, pues sois la guarda y la flor, la defensa y el jazmín, el fuego envainad y, en fin, templados al sol los bríos, oíd dulces desvaríos, oíd afectos temerosos, siquiera por amorosos, ya, Nise, que no por míos. ¿Qué es lo que escucho? (¡Ay de mí!) Yo probar mi muerte quise. Mira, señor, que esta es Nise y no Lísida. Yo os vi; claro está que os amo, sí. Pues desde aquel punto ciego la vida y alma os entrego, una y otra en vos se mueve, que un átomo sois de nieve siendo una esfera de fuego. Desde entonces procuré esta ocasión a mi amor. Mira que es Nise, señor. No estoy ciego, ya lo sé. (Verdad cuanto dijo fue: ¡vive amor, que a Nise adora!) (¿Esto tenemos ahora? ¡Ay, cielos, a Nise quiere!) ¡Mas que ya por Nise muere! (¡Él sin duda me enamora! ¿Quién vio lance más estraño? Lo que en burlas he fingido, de veras ha sucedido; esforcemos el engaño.) Muera con mi desengaño, pues con mi engaño viví. ¡En toda mi vida vi hombre más enamorado! ¿Vos habéis, Enrique, amado a Clori en un tiempo? Sí, suya fue mi voluntad. (¡Ay, ingrato!) ¿Luego fuisteis de Lísida y la quisisteis ? Suya fue mi libertad: esto solo fue verdad. (¡Ay, cruel!) Y a mí después, por igualar a las tres. En vos mi gloria conquisto. En toda mi vida he visto florentín más portugués . ¿No, Nise, porque haya amado a dos, no será perfecto este amor? ¿Qué más defecto? Antes mérito. ¿Ha dejado nunca de ser estimado un libro o una pintura, una espada, una hechura, porque el artífice obró otras antes della? No: más la aprecia y más la apura la experiencia; luego infiero que al quereros, en rigor, es crédito de mi amor el querer otras primero. No por elección, no, quiero, que esto es fuerza, ¡vive Dios!, porque viendo hoy en vos o mi amor o mi fortuna, obre perfecto en la una lo que he aprendido en las dos. Saca de la mano a Lísida y vase por donde está Clori. ¡Que esto escuche! ¡Que esto vea! A tanta sofistería responde tú, prima mía, y mira si en mí se emplea. Ahora di que te crea. ¡Que esto nos tenga aquí! ¡Válgame Dios! Bien así segura está. No muy bien. ¿Pues qué falta ahora? Quien ya me asegure de ti, pues cuando un remedio das, añades otro dolor. [Vase.] Yo hice agravio de su amor; a mí no me toca más. Vase. ¿Ahora qué me dirás? ¿No respondes? Mudo quedo. Habla en tu abono. No puedo. Discúlpate. Mal podré. Engáñame. No sabré. Habla. Tengo a mi voz miedo. Di: ¿ahora quién finge? Yo. ¿Y en quién hay verdad? En mí. ¿Luego esto es mentira? Sí. ¿Luego habrá disculpas? No. ¿Que un engaño te faltó? Falta en la fe verdadera. Que te dije que no era la que en aqueste lugar habías de enamorar y no me creíste. ¡Muera tan falso y fingido amante! Yo soy firme y lo he de ser. ¿En qué esto se echa de ver? En que callo y soy constante. Eres fácil. Soy diamante . ¡De celos y envidia rabio! ¡Que pueda un dios niño sabio con trazas y sutilezas ofender con las finezas y hacer del amor agravio ! Jornada Tercera Salen el Duque, Enrique, Ponleví y un músico. No hay fuerza que venza a amor . Una sola suele haber. ¿Cuál es? Quererle vencer ; así lo dice, señor, Garcilaso . Pues fue error, que eso es lo mismo que dar por remedio el olvidar, y el olvidar no es remedio para amar, sino otro medio para volverse a acordar. Luego bien se da a entender, si acuerda para ofenderle, que el principio de vencerle está en quererle vencer. Porque ¿cómo ha de querer un hombre lo que quisiera olvidar? Desta manera dispuesta la voluntad, no está la dificultad en vencer, sino en que quiera . Y en fin, di, ¿cómo te ha ido con Nise? ¿Qué ha sucedido? Mal mis penas escuchó [Aparte] (y es verdad, muerte me dio), que como Fabio ha venido y ha reformado la casa, ni a verla ni hablarla llego. Pues prosigue hasta que el fuego apagues que así me abrasa, que si a desengaños pasa mi recelo, yo podré vencer a amor, pues querré vencerle entonces. Es cosa ya, señor, dificultosa. De Fabio el cuidado sé. Oye, porque al mirador me parece que he sentido gente. Y hacia allí otro ruido informa, Enrique, mejor. Sale a una ventana Clori y Nise, y a otra Lísida y Celia. ¿Cómo sabremos, señor, dónde Clori acierta a estar porque la llegues a hablar? Dividiéndonos sí, pues llegando los dos, después nos podremos avisar. Dices bien, y así, yo llego por esta parte. También yo por esta. Mas detén el paso, que en el sosiego de la noche obscuro y ciego templan un arpa. Mi pena alivia, Nise, y sirena del mar de mi amor serás. Canta, Celia, y vencerás un mal que a morir condena. Por si acaso desde aquí al mar ibas, he traído un músico prevenido. Si cantan, cantaré. Sí. Pues yo también desde allí responderé a tus desvelos. Canta por ver si los cielos templan así su rigor. Cántame cosas de amor. Cántame cosas de celos. Canta cosas de tristeza. Canta cosas de alegría; sepa ya el ausente día que sin él hay más belleza. Amor, amor, tu rigor reinos vence y quita leyes; más puede amor que los reyes, solo es monarca el amor . Celos, ¿cómo no os penetra vuestro mal y os llaman celos, si para llamaros cielos os falta solo una letra ? Fortuna, ¿quién se desvela por ti, si a todos igualas? Tu rueda pinta con alas, que no rueda, sino vuela. Razón, razón, ¿hasta cuándo el amor te ha de vencer? Si a espacio viene el placer, ¿cómo se nos va volando? No dejes interrumpirte. No dejes, no, de cantar. Prosigue, di mi pesar. Canta más, que es gloria oírte. ¿Si esperaré algún favor? ¿Si tendré alguna esperanza? ¿Si habrá en mis males mudanza? ¿Si sanan males de amor? Canta, aunque canten también. No calles, aunque ellos canten. Mi mal tus voces espanten. No calles, pues cantas bien. Razón, fortuna, amor, celos son pasiones que se mudan: la razón falta a su tiempo y se cansa la fortuna; el amor es fuego, los celos le ayudan, cánsase la dicha y el amor se duda . Ya que al aire la voz tuya, ¡oh, Nise hermosa!, se esparce, lleve para mi esperanza un recado de mi parte . Este es el Duque; no digas quién soy, porque no me hable. No vuestra Alteza, señor, les dé una patria tan fácil, que es su centro un pecho donde tiene su adorada imagen . Si eso dijera la dama que os acompaña, notable fuera mi dicha. No mucha, que la que engaños os hace es una criada mía. ¡Ah!, ¿sí? Pues decidle que hable. Es muda y no sabe hablar. Sentir es lo que no sabe. Mal dicen estas finezas con otras facilidades. Bien dicen esos afectos quizá con otras verdades. Mis ojos creen lo que ven. ¿Y no hay antojos que engañen? No es posible cuando son tan perfectos los cristales . Los más perfectos engañan. Luego vuelvo aquí, esperadme. Reconoceré allí un hombre. ¿Enrique? ¿Señor? Constante está Clori en sus rigores, que no quiere declararse de que está con Nise. ¿Pues qué quieres? Que tú te pases a esotra ventana quiero, y pues dos cosas iguales nos traen a los dos, que son o que tú con Nise hables o yo con Clori, y la una ya tan mal a mí me sale, no las perdamos entrambas. Allí está, llega, pues sabes que en eso me va la vida. ¿Hay suceso semejante? [LLega] Clori a la ventana de Lísida. ¿Lísida? ¿Qué es lo que quieres? El Duque en aquella parte ha dado en reconocerme; vio dos bultos, y por darle a entender que no era yo, te pido que allí te pases. Si lo haces por saber quién está conmigo, darte quiero esa satisfación: Enrique es, y porque hables, me iré. Eso no. Yo he de irme, mas es a hacer otro examen: veamos de una vez si mienten los ojos y los cristales. Yo desta noche redonda de amor, deste Roncesvalles, solo estoy de nones cuando todos los demás son pares, si ya a don monsiur del Sueño no llamo que me acompañe. Échase a dormir, y en la parte que él estuvo sale Otavio. Si quien unos celos tiene no es posible que descanse, quien tiene dos celos ¿cómo ya descansará un instante? Llega. ¡Que a esto me obligue hoy un poderoso amante! ¿Qué esperas? He visto un hombre. No tienes que recelarte, que es Ponleví; retirado estuvo sïempre . [Aparte] (Dadme, cielos, palabras fingidas con que una deidad engañe.) ¡Gracias al cielo que aquí no oiré del Duque los males! Sí oiréis, pues vendrá a buscaros donde estáis. ¿Hay semejante suceso? Cielos, por donde de su amor asegurarme quise, me entregué a su amor; ya es fuerza que con él hable. Yo llego; aliénteme, pues, ver que Lísida este instante no me oirá, pues con el Duque habla ya en estotra parte . Bellísima Nise… ¿Nise dijo? … pues tu voz süave imán es de cuanto vive, conduciendo a estos umbrales entre las peñas los brutos, entre las flores las aves, da lugar a un pensamiento, que tu dulce voz le trae a morir de tal veneno, que es toda su copa el aire. ¿Qué es esto, cielos? ¿Qué escucho? ¿Esto es venir a buscarme o esto es venir a perderme? ¡Oh, falso amigo! ¡Oh, amante ingrato! ¡Viven los cielos, que he de salir a matarle! Si queréis ver si son ciertas mis penas, la prueba es fácil. No mucho, porque yo sé, Enrique, que no ha un instante que eran verdades con otra: ved si mienten los cristales. Lísida… No digas más. ¡Viven los cielos! No trates de satisfacerme más; ni me veas ni me hables . ¡Oye, escucha! Mas ¿qué miro? La puerta del jardín abren; señor… ¿Qué quieres? Un hombre de casa de Fabio sale. Mi padre es; antes que os vea, idos, señor, de la calle. Este es Fabio; pasa, Enrique, procurando disfrazarte, no me conozca. ¿Qué importan los rebozos y disfraces, si le ha de decir el día cuanto la noche le calle? Vanse y sale Fabio. ¡Qué mal, patria, me recibes! ¿El día que a tus umbrales llego encuentro lo primero mis penas y mis pesares? Una sospecha que tuve de Enrique y de Clori, antes que él se fuese a España y yo a Milán, aquí me trae por ver si es él el que aquí dispone escándalos tales. Sintiéronme y se ausentaron los que estaban en la calle. ¡Oh, quién supiera quién son! Tropieza en Ponleví. ¿Quién va? ¿Quién es? Ya es muy tarde; pues deja, señor, ahora de decir más disparates a Nise, a Lísida, a Clori y vámonos. Donde darte pueda la muerte será. ¡Jesús, y qué venerable barba ! ¿Qué susto te ha dado, que has barbado en un instante? Di, ¿criado de quién eres? Es una cosa muy fácil: de Enrique. Enrique ¿de cuál de tres damas es amante? De todas. Este es loco; di, ¿a cuál quiere? A todas. Dame cuenta aquí de a cuál pretende. A todas, y no se canse, que no quitaré una sola porque es galán a tres haces, de pretérito, presente y futuro. No matarte agradece a mi valor, porque no es bien que se manche mi acero en sangre tan vil . No es malo tener vil sangre tal vez . ¡Vete, pues, villano, vete de aquí! Que me place. [Vase] Enrique, con la privanza del Duque, a escándalos tales se atreve contra mi honor indignamente, y pues antes que se fuese averigüé sospechas que ya a verdades pasan, pongamos remedio. Dos caminos en tan grave dolor hay: de la cordura o el valor; pues iguales son, acudamos primero a la cordura. A quejarme iré al Duque de mi agravio, y cuando aqueste no baste, apelaré a mi valor . Vase y sale Otavio y Enrique. Enrique, buscándoos vengo. Pues, amigo, ¿qué queréis? Que ese nombre no me deis pues que yo por tal no os tengo, que no lo es el que asegura y hiere, el que halaga y mata, bien como serpiente ingrata que con lisonjas procura encubrir el corazón . Y así, ese nombre no os toca, pues halagáis con la boca y matáis con la intención. De que soy noble testigo hago al cielo, al mundo juez, y por saber que una vez se ha de sufrir a un amigo, en responderos se funda mi amistad desta manera; y pues paso la primera, no vamos a la segunda. Sí vamos, pues sin decoro de aquel secreto primero, diciéndoos que a Nise quiero, diciéndoos que a Nise adoro, vos alevoso la amáis, vos ingrato la servís, vos de día la escribís y vos de noche la habláis . No puedo, Otavio, negaros lo que vos decís que vistes, que escuchastes o supistes, ni tampoco puedo daros disculpas que están guardadas quizá para disuadiros; pero puedo no sufriros razones tan apuradas de quien a ofenderme vengo con causa, que si sabéis vos la razón que tenéis, yo también sé la que tengo. Y porque en palacio estamos, esto mi amistad responde. Pues nombrad, Enrique, dónde vos queréis que nos veamos. Sea. Sale el Duque. ¿Qué es esto? Señor, no es nada. [Aparte] (Los dos turbados están; bien sus cuïdados dicen que es causa mi amor; el daño he de prevenir.) ¿Otavio? ¿Señor? Tened la escribanía y poned el recado de escribir . [A Ponleví.] Y vos salíos allá fuera. ¿En qué quedamos los dos? En que diré adónde. Adiós. Vase Otavio. Tú en esa sala me espera. Enrique, ¿qué ha sido esto? Un daño, señor, que ha sido mayor, porque prevenido no se remedió. ¿Tan presto lo supo? Yo he de hacer … Amistades no, señor, porque a dolencias de honor no es buen médico el poder . Sale Fabio. [Aparte] (Solo está Enrique con él.) ¿Podrete hablar, señor? Sí; retírate, Enrique, allí. Será escribirle un papel. Vase Enrique. Para decir mis enojos quisiera, en tan triste calma, que fueran lenguas del alma las lágrimas de los ojos . Ya otro cuidado prevengo. ¿Qué tienes, Fabio? Señor, penas tengo, tengo honor y lloro porque le tengo, que con pensión tan crüel el alma el honor recibe, que no vive bien quien vive ni con honor ni sin él. Dos hijas tengo, señor. (Sin duda, cielos, aquí viene a quejarse de mí a mí mismo y que mi amor ha sabido.) Yo ya sé que vuestra opinión segura en una y otra hermosura tiene librada su fe. No tanto que un poderoso sombra desta luz no sea. (Él se declara.) No crea vuestro pecho generoso nada con facilidad. Tan necio, señor, no fuera que a vuestras plantas viniera mal informado. Escuchad: Enrique, con alas vuestras (que el vuelo de la privanza a mayor esfera alcanza) ofende con locas muestras de amor mi casa. Está bien, mas quejarse dél así aun no es perdonarme a mí, pues soy la causa también. Suplícoos que remediéis este daño. Apasionado venís y mal informado, que yo sé que a Enrique hacéis agravio, porque sé yo que la dama que pretende ni os agravia ni os ofende. Direos otra vez que no viniera desalumbrado. Si yo sé que Clori era, antes que a España se fuera, la esfera de su cuidado; si sé que, habiendo venido en su deseosa porfía, porque de noche y de día Argos de mi casa he sido, ¿podreme engañar, señor? ¿No es evidencia bien clara que yo no le levantara tal testimonio a mi honor? ¿Qué decís? Que Clori es a quien festeja. (¡Ay de mí!) ¿Antes de irse a España? Sí. (¿Qué escucho, cielos?) Y pues Enrique no se adelanta a Clori en más que tener tu privanza, tú has de hacer su boda o en pena tanta, habiendo cumplido ya con la obligación primera, cobraré de otra manera mi honor, que perdido está. (¿Qué veneno estos enojos, qué tósigo estos agravios han bebido sin mis labios, han mirado sin mis ojos? Acuérdome que en un coche a recibirle salió. Sí, pues allí le hallé yo y ella huye de mí esta noche. Primero la cuestión fue de la banda y de la flor. ¡Oh, qué de memoria, amor, tienes! No me digas que a otro día me escribió que el visitarla escusara, muestra y evidencia clara que el venir él lo causó.) ¿Tan poco te mereció mi agravio, mi pena fiera, que una palabra siquiera no me has respondido? No, no, Fabio, porque no sé responder ni discurrir, porque solo sé sentir . Pues con eso apelaré al valor con que nací . Sale Enrique y Ponleví[, y hablan aparte]. Luego a Otavio buscarás y este papel le darás . ¿A Otavio me dices? Sí. (Enrique es; mucho me temo que hoy fío poco de mí y esto no ha de ser aquí. Pase, pues, de estremo a estremo mi dolor.) ¿Tú tan airado, señor? ¿Cuál la causa es? Yo te lo diré después. Vase. De Ineses nos ha tratado . Fabio, ¿qué es aquesto? No lo sé, que si lo supiera, hoy a mí me lo dijera, que también lo ignoro yo. Vase. ¿Qué te dije? Que no amaras a Clori porque te había de suceder algún día el pesar que ahora reparas. Pero Otavio pasa allí; a darle voy el papel. ¿Hay confusión más crüel que la que pasa por mí? Sale Celia tapada. Hasta toparle me he entrado pisando con pies de plomo, por no decir que de lana. ¡Ce! ¿Es a mí? Sí. Pues ya os oigo. Mi señora… ¡Oh, Celia mía! … este te envía. Dichoso soy, aunque vengan en él iras, ofensas y enojos, que no olvida quien se acuerda aun para decir oprobios. [Lee.] «Algún despique han de tener mis agravios, y este quiero que sea el decirlos. Salid luego al paseo, que yo me alargaré a la quinta del Duque, donde vos los oigáis y yo los diga.» (La hora casi, el sitio que yo para Otavio nombro Lísida para mí nombra, pues le escribí que en el soto de la quinta le esperaba. Otra vez estoy dudoso. ¿Escusareme con ella? No, que es añadirla otro recelo, y pues no la digo de mi disculpa el estorbo, salga Lísida al paseo mejor es, pues para todo, salga bien o salga mal, bastante disculpa otorgo.) Di a Lísida, Celia mía, que estoy a servirla prompto. Sale Ponleví. En respuesta del papel que di a Otavio, traigo otro que al entrar aquí me dio un hombre que no conozco. Mas ¿qué miro? ¿No es aquella la bella Celia que adoro? Así lo diré. Oye, Celia. ¿Qué mandas? Espera un poco. Aparte (El Duque conmigo está disgustado o sospechoso porque de Clori no sé los desvelos amorosos, y así, aquí el secreto quiero abrir con llave de oro, pues esta es buena ocasión.) Celia mía de mis ojos, en tu mano está mi vida, mi bien, mi quietud y todo cuanto soy y cuanto valgo, que hoy a tus plantas lo pongo. ¿Con tanto encarecimiento me hablas a mí? ¿Cómo, cómo? ¿También a Celia requiebros? ¡Esto le faltaba solo por enamorar en casa de Fabio! El efecto ignoro. Toma este diamante; hijo del sol, un rayo es de Apolo, aunque piedra. Por no ser grosera, señor, lo tomo. ¡Oh, ingrata Celia, grosera fueras más que un mondongo y no tomajona ! En fin, tú, Celia, eres dueño solo de mi vida. Ya tú sabes que soy tuya. ¡Estoy furioso! Tuya dijo (¡que esto veo!), tuya dijo (¡que esto oigo!). Darele muerte. Mas no, que es mi señor. ¡Cuán dudoso entre amor y honor estoy, aquí necio y allí loco! Dime, pues como ladrón de casa, Celia, es forzoso que no se te esconda nada en ella… Ni a ti tampoco. Mas ¿quién habla allí? Yo soy. Espera allá. ¡Lindo como ! Hablan [los dos] quedo, y Ponleví aparte. ¿Quién a Clori sirve? ¿Quién es el amante dichoso que merece que por él desprecie al Duque? Y si toco por ti aqueste desengaño… No más, y a todo respondo con decir que soy criada de Lísida, y que me corro de que, trayéndote yo de su parte este amoroso papel, busques desengaños de otros celos. ¡Qué buen modo de desenojarnos! Vase. ¡Oye! ¿Hay pundonor más gracioso? ¡Que hasta una criada hoy me pida celos! Y yo y todo . Potente rey de romanos, amo injusto y alevoso, falso dueño de abarrisco, señor de a roso y velloso, ¿así a un criado leal se rompe la fe y el voto que debes? ¿Para esto (¡ay, cielos!, con mis razones me ahogo) te conté que a Celia quiero, te conté que a Celia adoro? ¡Viven los cielos, villano, que desde la punta al pomo este acero… No me jures; todo lo he sabido, todo por mis oídos lo oí y lo vi por estos ojos. … te mate y bañe en tu sangre con fingido esmalte rojo, si no callas! ¿Yo con celos callar? ¿Dónde, cuándo o cómo? ¿Hay tal modo de apurar mi paciencia? ¿Y hay tal modo de apurar nuestras mujeres? Déjame ya, necio y loco. En dando cuenta de mí. Tu papel di y tomolo Otavio. Al volver, topé en aquesa cuadra un mozo que me dio este para ti . Con temor la nema rompo, que soy Midas de desdichas como aquel lo fue de oro. [Lee.] «No dije, cuando os hablé, mi resolución por no oír vuestras satisfaciones; y porque en el campo no las hay, esperando estoy detrás de la quinta del Duque; quiero hablaros en aquel arroyo que del bosque la divide. Dios os guarde.» ¿Que pudiese la fortuna contra un infelice solo conjurar tantas desdichas? Contémoslas poco a poco. El soto del Duque es el sitio que a Otavio nombro, la quinta Lísida a mí, y Fabio el veloz arroyo que desta parte divide su fábrica de unos olmos. Ya de Lísida el papel no tiene lugar; depongo mi amor, pues para mi honor me he menester a mí todo. Yo llamo a Otavio y a mí me llamó Fabio, uno y otro a un tiempo y con una queja. Si este me espera animoso, yo animoso aquel espero. ¿Cuál es lance más forzoso, acudir al que yo llamo o al que a mí me llama? Todo tiene su fuerza, porque en argumentos honrosos son paradojas de honor y por ambas partes docto el duelo las califica, pues tiene un derecho propio aquel que a mí me ocasiona que aquel a quien yo ocasiono. Acudir al que yo llamo es acudir a mi enojo; al que me llama, al ajeno. Mas es engaño notorio, pues atreverse a llamarme siendo ajeno le hace propio. La razón que contra el uno tengo yo, pues yo dispongo el duelo, contra mí tiene, pues me le dispone el otro. Faltarle yo al que yo llamo es dejarle sospechoso de que falto a mi palabra, pues en fe della brioso saldrá. Dejar de salir al que me llama, tampoco, pues en fe de mi valor me espera. Volver el rostro al uno ni al otro puedo. Pues si no puedo yo solo acudir aun a dos gustos, di, Fortuna, ¿cómo, cómo acudiré a dos pesares? ¿Cómo, falseando el estorbo, lo que el gusto no pudiera haré que pueda el asombro? Por parte de la razón, ambos sin ella quejosos, por Nise y Clori se ofenden, siendo así que ni yo adoro a Nise ni a Clori quiero. ¿Quién creerá, ¡oh, cielos piadosos!, que estando yo enamorado tenga dos hombres celosos y ninguno de mi dama? Que esto solo hay en mi abono, y por esta dicha sola a mi fortuna perdono todas las demás desdichas. Aunque a un mismo tiempo noto que Fabio me desengaña; que Otavio me dice oprobios; que el Duque, mal satisfecho de mi lealtad, me huye el rostro; que Clori, engañada un tiempo, llora ahora sus enojos; que Nise, de mí burlada, siente mi amor cauteloso; que Lísida, mal quejosa, crea fingidos antojos; que Celia me diga injurias y que hasta un necio, hasta un loco, me pida celos de Celia. Todo, en fin, Fortuna, todo te lo perdono, sin celos, y más ahora que un modo me ha prevenido el discurso en que osado y animoso cumpla los dos desafíos. Mucho es lo que propongo, pero yo lo cumpliré, o quiera el cielo piadoso que acabe hoy, porque hoy acaben iras, venganzas, enojos, agravios, injurias, celos, quejas, ofensas, oprobios, confusiones, penas, rabias, engaños, sombras, antojos, ilusiones, desvaríos y celos, que lo son todo . Vase y sale Fabio. Esta selva oportuna el teatro ha de ser de mi fortuna. Sepa el Duque que Fabio sabe satisfacerse de su agravio sin él. Aquí, en efeto, a Enrique espero, cargado de razón y no de acero. Ruido hacia allí he sentido. Sí, dos mujeres son que habrán venido a espaciarse a esta quinta que pule ya el abril y el mayo pinta. Sale Enrique. Perdonad si he tardado. Nunca tarda la muerte aun para el mismo que la aguarda, si bien ha rato, Enrique, que os espero para mostraros… Suspende el acero, que es muy público sitio en el que estamos; a lo espeso del bosque vamos. Vamos. Entran por una puerta y salen por otra, y a este tiempo sale Otavio. No digan que hay valor, que hay valentía mayor que el esperar con bizarría en el campo al contrario; y no dije reñir, que es lance vario, sino esperar, por ver que hace cualquiera aun más que cuando riñe cuando espera. Gente viene; Enrique es y trae a Fabio consigo. [Aparte] (¡Vive el cielo, que está Otavio, que de Enrique es amigo, de emboscada!) ¡Oh, tirano! ¡Oh, enemigo! Yo solo os esperaba, Enrique… Y yo también solo aguardaba… … y no con Fabio al lado… … y no de Otavio ahora acompañado… … pero reñid los dos, de cualquier modo… … pero reñid los dos, que para todo… … brío tengo y valor. … ánimo tengo . Escuchad y sabréis cuán solo vengo. Yo os escribí que en este sitio, Otavio, nos viésemos. A un mismo tiempo Fabio me escribió a mí lo mismo. Yo en tanta confusión, en tanto abismo, triste, ciego y turbado, viendo que al uno llamo y que llamado de otro soy, no quiero árbitro ser de adónde iré primero y así aquí os he juntado. Ahora ved si vengo acompañado y ved también cuál riñiría primero. Dos sois, honor tenéis, solo os espero. Sale el Duque. ¿Está aquí Enrique? Aquí estoy. A grande dicha he tenido haberte hasta aquí seguido. ¿No os mandé no salir hoy de palacio? Solo doy por disculpa… Bien está; todo está entendido ya y yo, ofendido de todo, castigaré de otro modo a quien pesares me da. Señor… ¡Basta! Si te digo… ¡No más! Yo… ¡Más culpa vos merecéis! Quedaos los dos. Vente tú solo conmigo. [Vase.] Sombra de tu luz te sigo. [Vase.] ¡Que esto pueda la privanza! ¡Que esto un poderoso alcanza! ¡Qué desdicha! ¡Qué desvelos! Ya no hay venganza a mis celos. Ya no hay a mi honor venganza. Vanse los dos y sale Lísida y Celia. Hasta el último aposento del cuarto del Duque entré, y aun aquí no me parece que estamos seguras bien de mi padre. El jardinero que aquí nos dejó y se fue a saber lo que pasaba (porque con una mujer es un villano piadoso, es un rústico cortés), ¿no tarda mucho? No tanto que ya no sienta torcer la llave a la galería y aun entrar por ella… ¿A quién? ¡Enrique, el Duque! ¡Ay, triste! ¿Qué he de decir si me ve cerrada en su mismo cuarto en este traje? No sé cómo el cielo careó contra mi suerte crüel tantos instrumentos juntos. ¿Qué haremos? Oye: este es un camarín y está abierto; entrémonos, Celia, en él, quizá pasarán sin vernos. A ganar y no perder voy, pues la duda de agora remito para después. Éntranse por una puerta como de jardín y ciérranla por de dentro, y salen el Duque y Enrique. ¿Qué es lo que tienes, señor, que, enojado al parecer, deste cuarto has penetrado la más oculta pared? Veré si este camarín está cerrado también. Sí. Ya, Enrique, estamos solos; ya es tiempo y ocasión es de que me reveles cuanto has alcanzado a saber de los amores de Clori. ¿Quién es, pues, su amante? ¿Quién? Aunque a Nise he festejado, solo por obedecer tu precepto, no sé nada. Pues yo sí, todo lo sé. ¿Y tiene Clori galán? Sí, Enrique. ¿Y sabes quién es? Un traidor, un alevoso. ¡Vive el cielo que, a saber quién era, le diera muerte! No, que yo se la daré, porque a dolencias de honor no es buen médico el poder y porque el valor lo sea, desta manera ha de ser. ¡Saca, villano, la espada, procúrate defender!; un hombre igual soy contigo, solo estoy, solo te ves. Saca [el Duque] la espada. ¡Señor, señor, tente, espera!, mientras que, puesto a tus pies, te ruego que no me mates sin que me digas por qué. Porque, siendo tú el amante de Clori aun antes de hacer la jornada a España, cuando mis amores te conté me lo negaste, encubriendo los tuyos con falsa fe ¡Detén la espada, señor; detén el brazo; detén la voz, que me afl ige más! Diré la verdad. Di, pues. Yo amé a Lísida, señor, desde la primera vez que la vi. Clori, quizá burlando de mí al desdén, suyo recogió el rigor; correspondila cortés solamente porque yo nunca a Clori quise bien. ¿Nunca la quisiste? No. Luego posible no es que mi dama o yo no estemos ofendidos de ti, pues si la amaste, me ofendiste; si no la amaste, también. Testigos hago a los cielos que no te puedo volver la espalda. Ya fuera en vano. Hago a mi lealtad juez que, a ser balcón esta reja, hoy me despeñara dél. Arrojárame tras ti. Yo hice cuanto puedo hacer, pues de ti me he retirado hasta topar la pared, que juro a Dios y a esta cruz que para esto la saqué, y no más, que más no puedo retirarme. Eso esperé: ver en tu mano la espada para tirarte más bien. Saca la espada, teniendo las espaldas en la puerta; las mujeres la abren y él se entra y vuelven a cerrar. Los cielos guardan mi vida, ellos se saben por qué. Vase el Duque y da golpes, y con la daga rompe las puertas. ¡Viven ellos, que había gente aquí dentro; romperé la puerta, harela pedazos con las manos y los pies ! ¡Jardineros desta quinta, acudid presto, romped esas puertas porque el Duque mata a Enrique! Aquella es voz de Lísida. Los cielos vida y ventura te den. [Fabio dentro.] ¡Romped las puertas y entremos todos! Pues no puede ser que ya me vengue el valor, véngueme el ingenio. Bien lo he pensado. [Sale Fabio, Clori, Otavio, Nise y Ponleví.] Abriré. ¿Qué es aquesto? ¿Qué ha de ser? Satisfacer vuestro enojo y vuestros celos también. Huélgome, divina Clori, que a aquesta ocasión lleguéis. Saliendo al paseo, señor, aquí a Lísida dejé, porque en esta quinta quiso hoy la tarde entretener y vuelvo por ella. Es justo, y que a darla el parabién vengáis, que ya está casada. ¿Casada, señor? ¿Con quién? Con Enrique, que engañado pensasteis, Fabio, que a quien amaba Enrique fue a Clori, porque en fin Lísida fue. Yo supe hoy el desafío de este criado. Parlier puedo ser de vuestra casa. Y previniendo el fin dél, dispuse que se quedase en este jardín porque vuestro enojo no estorbara cosa que os está tan bien. (Yo perdí a Enrique, ¡ay de mí!) (Nada nos sucede bien.) Salid, Enrique; salid, Lísida hermosa, porque beséis a Fabio la mano. Y primero a ti los pies. Salen todos. Ciña, príncipe divino, tu frente eterno laurel. (Aunque nada desto creo, estame bien el creer, pues desmiento las sospechas del vulgo, que ya le ve casado con hija mía.) Tuya ha sido esta merced. Otavio firme esta paz y a Nise la mano dé, y la hermosa Clori bella eslo tanto, que no hay quien la merezca. [Aparte] (Bien, tirana, de tu rigor me vengué.) Pues sirva este desengaño para todos de saber que hacer del amor agravio poco tiempo puede ser, pero como dios, en fin, triunfa de todo después. Y de perdonar las faltas a todos haced merced. FIN