Personas que hablan en ella DON FERNANDO. DON ENRIQUE. DON JUAN. REY MORO. CELÍN. MULEY. FÉNIX. ROSA. ZARA. TARUDANTE. DON ALFONSO. BRITO. ESTRELLA. SOLDADOS. MOROS. CAUTIVOS. Jornada I Salen dos CAUTIVOS cantando lo que quisieren y ZARA. Cantad aquí, que ha gustado, mientras toma de vestir Fénix hermosa, de oír las canciones que ha escuchado tal vez en los baños, llenas de dolor y sentimiento. Música cuyo instrumento son los hierros y cadenas que nos aprisionan, ¿puede haberla alegrado? Sí. Ella escucha desde aquí; cantad. Esa pena excede, Zara hermosa, cuantas son, pues sólo un rudo animal sin discurso racional canta alegre en la prisión. ¿No cantáis vosotros? Es para divertir las penas propias, mas no las ajenas. Ella escucha, cantad pues. Cantan. Al peso de los años lo eminente se rinde, que a lo fácil del tiempo no hay conquista difícil. Sale ROSA. Despejad, cautivos; dad a vuestras canciones fin, porque sale a este jardín Fénix a dar vanidad al campo con su hermosura, segunda aurora del prado. Salen las moras vistiendo a FÉNIX. Hermosa te has levantado. No blasone el alba pura que la debe ese jardín la luz y fragancia hermosa ni la púrpura la rosa ni la blancura el jazmín. El espejo. Es escusado querer consultar con él los borrones que el pincel sobre la tez ha dejado. Danle un espejo. ¿De qué sirve la hermosura -cuando lo fuese la mía-, si me falta la alegría, si me falta la ventura? ¿Qué tienes? Si yo supiera, ¡ay, mi Zara!, lo que siento, de mi mismo sentimiento lisonja al dolor hiciera; pero de la pena mía no sé la naturaleza, que entonces fuera tristeza lo que hoy es melancolía. Sólo sé que sé sentir; lo que sé sentir no sé, que ilusión del alma fue. Pues no pueden divertir tu tristeza estos jardines, que a la primavera hermosa labran estatuas de rosa sobre templos de jazmines, hazte al mar; un barco sea dorado carro del sol. Y cuando tanto arrebol errar por sus ondas vea con grande melancolía el jardín al mar dirá: «Ya el sol en su centro está, muy breve ha sido este día». Pues no me puede alegrar, formando sombras y lejos, la emulación que en reflejos tienen la tierra y el mar, cuando con grandezas sumas compiten entre esplendores las espumas a las flores, las flores a las espumas; porque el jardín, envidioso de ver las ondas del mar, su curso quiere imitar; y así el céfiro amoroso matices rinde y olores, que, soplando en él, los bebe, y hacen las hojas que mueve un océano de flores; cuando el mar, triste de ver la natural compostura del jardín, también procura adornar y componer su playa, la pompa pierde y, a segunda ley sujeto, compite con dulce efeto campo azul y golfo verde, siendo ya con rizas plumas, ya con mezclados colores, el jardín un mar de flores y el mar un jardín de espumas. Sin duda mi pena es mucha; no la pueden lisonjear campo, cielo, tierra y mar. Gran pena contigo lucha. Sale el REY con un retrato. Si acaso permite el mal, cuartana de tu belleza, dar treguas a tu tristeza, este bello original -que no es retrato el que tiene alma y vida- es del infante de Marruecos, Tarudante; a rendir a tus pies viene su corona. Embajador es de su parte y no dudo que embajador que habla mudo trae embajadas de amor. Favor en su amparo tengo; diez mil jinetes alista que enviar a la conquista de Ceuta, que ya prevengo. Dé la vergüenza esta vez licencia, permite amar a quien se ha de coronar rey de tu hermosura en Fez. ¡Válgame Alá! ¿Qué rigor te suspende de esa suerte? La sentencia de mi muerte. ¿Qué es lo que dices? Señor, si sabes que siempre has sido mi dueño, mi padre y rey, ¿qué he de decir? (¡Ay, Muley, grande ocasión has perdido! El silencio, ¡ay, infelice!, hace mi humildad inmensa: miente el alma si lo piensa, miente la voz si lo dice). Toma el retrato. (Forzada la mano le tomará, pero el alma no podrá). Disparan una pieza. Esta salva es a la entrada de Muley, que hoy ha surgido del mar de Fez. Justa es. Sale MULEY con bastón de general. Dame, gran señor, los pies. Muley, seas bien venido. Quien penetra el arrebol de tan soberana esfera y a quien en el puerto espera tal aurora, hija del sol, fuerza es que venga con bien. Dame, señora, la mano, que este favor soberano puede mereceros quien con amor, lealtad y fe nuevos triunfos te previene y fue a serviros y viene tan amante como fue. (¡Válgame el cielo! ¿Qué veo?). Tú, Muley (¡estoy mortal!), vengas con bien. (No, con mal será, si a mis ojos creo). En fin, Muley, ¿qué hay del mar? Hoy tu sufrimiento pruebas; de pesar te traigo nuevas, porque ya todo es pesar. Pues cuanto supieres di, que en un ánimo constante siempre se halla igual semblante para el bien y el mal. Aquí te sienta, Fénix. Sí haré. Todos os sentad. Prosigue, y nada a callar te obligue. Ni hablar ni callar podré. Salí, como me mandaste, con dos galeazas solas, gran señor, a recorrer de Berbería las costas. Fue tu intento que llegase a aquella ciudad famosa, llamada en un tiempo Elisa, aquella que está a la boca del Freto Hercúleo fundada y de Ceido nombre toma -que Ceido, Ceuta en hebreo, vuelto en el árabe idioma quiere decir hermosura, y ella es ciudad tan hermosa-, aquella, pues, que los cielos quitaron a tu corona, quizá por justos enojos del gran profeta Mahoma, y en oprobio de las armas nuestras sabemos agora que pendones portugueses en sus torres se enarbolan tenidos siempre a los ojos: un padrastro que baldona nuestros aplausos, un freno que nuestro orgullo reposa, un Cáucaso que detiene al Nilo de tus vitorias la corriente y, puesta en medio, el paso a España le estorba. Iba con órdenes, pues, de mirar y inquirir todas sus fuerzas para decirte la disposición y forma que hoy tiene y cómo podrás a menos peligro y costa emprender la guerra. El cielo te conceda la vitoria con esta restitución, aunque la dilate agora mayor desdicha, pues creo que está su empresa dudosa y con más necesidad te está apellidando otra; pues las armas prevenidas para la gran Ceuta importa que sobre Tánger acudan, porque amenazada llora de igual pena, igual desdicha, igual ruina, igual congoja. Y lo sé porque en el mar una mañana a la hora que, medio dormido el sol, atropellando las sombras del ocaso, desmaraña sobre jazmines y rosas rubios cabellos, que enjugan con paños de oro a la aurora lágrimas de fuego y nieve que el sol convirtió en aljófar, a largo trecho del agua venía una gruesa tropa de naves, si bien entonces no pudo la vista absorta determinarse a decir si eran naos o si eran rocas, porque como en los países sutiles pinceles logran unos visos, unos lejos, que en perspectiva dudosa parecen montes tal vez y tal ciudades famosas, porque la distancia siempre monstruos imposibles forma, así en países azules hicieron luces y sombras, confundiendo mar y cielo con las nubes y las ondas mil engaños a la vista; pues ella entonces curiosa sólo apercibió los bultos y no distinguió las formas. Primero nos pareció, viendo que sus puntas tocan con el cielo, que eran nubes de las que a la mar se arrojan a concebir en zafir lluvias que el cristal aborta; y fue bien pensado, pues esta inumerable copia pareció que pretendía sorberse el mar gota a gota. Luego, de marinos monstruos nos pareció errante copia que a acompañar a Neptuno salían de sus alcobas, pues sacudiendo las velas, que son del viento lisonja, pensamos que sacudían las alas sobre las olas. Ya parecía más cerca una inmensa Babilonia, de quien los pensiles fueron flámulas que el viento azota. Aquí, ya desengañada la vista, mejor se informa de que era armada, pues vio a los surcos de las proas, cuando batidas espumas ya se encrespan, ya se entorchan, rizarse montes de plata, de cristal cuajarse rocas. Yo, que vi tanto enemigo, volví a su rigor la proa, que también saber huir es linaje de vitoria, y así, como más experto en estos mares, la boca tomé de una cala, adonde al abrigo y a la sombra de dos montecillos, pude resistir la poderosa furia de tan gran poder que mar, cielo, tierra asombra. Pasan sin vernos y yo, deseoso -¿quién lo ignora?- de saber dónde seguía esta armada su derrota, a la campaña del mar salí otra vez, donde logra el cielo mis esperanzas en esta ocasión dichosa, pues vi que de aquella armada se había quedado sola una nave y que en el mar mal defendida zozobra, porque, según después supe, de una tormenta que todas corrieron había salido deshecha, rendida y rota; y así llena de agua estaba sin que bastasen las bombas a agotalla y, titubeando ya a aquella parte, ya a estotra, estaba a cada vaivén si se ahoga o no se ahoga. Llegué a ella y, aunque moro, les di alivio en sus congojas, que el tener en las desdichas compañía de tal forma consuela que el enemigo suele servir de lisonja. El deseo de vivir tanto a alguno le provoca que, haciendo animoso escalas de gúmenas y maromas, a la prisión se vinieron, si bien otros les baldonan, diciéndoles que el vivir eterno es vivir con honra; y aun así se resistieron... ¡portuguesa vanagloria! De los que salieron, uno muy por estenso me informa; dice, pues, que aquella armada ha salido de Lisboa para Tánger y que viene a sitiarla con heroica determinación que veas en sus almenas famosas las quinas que ves en Ceuta cada vez que el sol se asoma. Duarte de Portugal, cuya fama vencedora ha de volar con las plumas de las águilas de Roma, envía a sus dos hermanos Enrique y Fernando, gloria deste siglo, que los mira coronados de vitorias. Maestres de Cristo y Avís son; los dos pechos adornan cruces de perfiles blancos, una verde y otra roja. Catorce mil portugueses son, gran señor, los que cobran sus sueldos, sin los que vienen sirviéndolos a su costa. Mil son los fuertes caballos que la soberbia española los vistió para ser tigres, los calzó para ser onzas. Ya a Tánger habrán llegado y ésta, señor, es la hora que, si su arena no pisan, al menos sus mares cortan. Salgamos a defenderla, tú mismo las armas toma, baje en tu valiente brazo el azote de Mahoma y del libro de la muerte desate la mejor hoja, que quizá se cumple hoy una profecía heroica de morabitos, que dicen que en la margen arenosa de África ha de tener la portuguesa corona sepulcro infeliz; y vean que aquesta cuchilla corva campañas verdes y azules volvió con su sangre rojas. Calla, no me digas más, que, de mortal furia lleno, cada voz es un veneno con que la muerte me das. Mas sus bríos arrogantes haré que en África tengan sepulcro, aunque armados vengan sus maestres los infantes. Tú, Muley, con los jinetes de la costa parte luego, mientras yo en tu amparo llego, que, si, como me prometes, en escaramuzas diestras le ocupas, por que tan presto no tomen tierra -y en esto la sangre heredada muestras-, yo tan veloz llegaré como tú con lo restante del ejército arrogante que en ese campo se ve, por que la sangre concluya tantos duelos en un día, porque Ceuta ha de ser mía y Tánger no ha de ser suya. Vase. Aunque de paso, no quiero dejar, Fénix, de decir, ya que tengo de morir, la enfermedad de que muero; que, aunque pierdan mis recelos el respeto a tu opinión, si celos mis penas son, ninguno es cortés con celos. ¿Qué retrato, ¡ay, enemiga!, en tu mano blanca vi? ¿Quién es el dichoso, di, quién...? Mas espera, no diga tu lengua tales agravios. Basta, sin saber quién sea, que yo en tu mano le vea sin que le escuche en tus labios. Muley, aunque mi deseo licencia de amar te dio, de ofender y injuriar, no. Es verdad, Fénix, ya veo que no es estilo ni modo de hablarte, pero los cielos saben que en habiendo celos se pierde el respeto a todo. Con grande recato y miedo te serví, quise y amé, mas, si con amor callé, con celos, Fénix, no puedo, no puedo. No ha merecido tu culpa satisfación, pero yo por mi opinión satisfacerte he querido, que un agravio entre los dos disculpa tiene y así te la doy. ¿Pues hayla? Sí. ¡Buenas nuevas te dé Dios! Este retrato ha enviado... ¿Quién? ...Tarudante el infante. ¿Para qué? Porque ignorante mi padre de mi cuidado... Bien... ...pretende que estos dos reinos... No me digas más. ¿Esa disculpa me das? ¡Malas nuevas te dé Dios! Pues ¿qué culpa habré tenido de que mi padre lo trate? De haber hoy, aunque te mate, el retrato recebido. ¿Pude escusarlo? ¿Pues no? ¿Cómo? Otra cosa fingir. Pues ¿qué pude hacer? Morir, que por ti lo hiciera yo. Fue fuerza. Mas fue mudanza. Fue violencia. No hay violencia. Pues ¿qué pudo ser? Mi ausencia, sepulcro de mi esperanza. Y para no asegurarme de que te puedes mudar, ya yo me vuelvo a ausentar, vuelve, Fénix, a matarme. Forzosa es la ausencia, parte... Ya lo está el alma primero. ...a Tánger, que en Fez te espero donde acabes de quejarte. Sí haré, si el morir dilato. Adiós, que es fuerza el partir. Oye, ¿al fin me dejas ir sin entregarme el retrato? Por el Rey no lo he deshecho. Suelta, que no será en vano que saque yo de tu mano a quien me saca del pecho. Vanse. Tocan un clarín y ruido de desembarcar y van saliendo el infante DON FERNANDO y DON ENRIQUE y DON JUAN COUTIÑO. Yo he de ser el primero, África bella, que he de pisar tu margen arenosa, por que oprimida al peso de mi huella sientas en tu cerviz la poderosa fuerza que ha de rendirte. Yo en el suelo africano la planta generosa el segundo pondré. ¡Válgame el cielo! Cae. ¡Hasta aquí los agüeros me han seguido! Pierde, Enrique, a esas cosas el recelo, porque el caer agora antes ha sido que ya como señor la misma tierra los brazos en albricias te ha pedido. Desierta esta campaña y esta sierra los alarbes al vernos han dejado. Tánger las puertas de sus muros cierra. Todos se han retirado a su sagrado. Don Juan Coutiño, conde de Miralva, reconoced la tierra con cuidado antes que el sol, reconociendo el alba, con más furia nos hiera y nos ofenda; haced a la ciudad la primer salva; decid que defenderse no pretenda, porque la he de ganar a sangre y fuego, que el campo inunde, el edificio encienda. Tú verás que a sus mismas puertas llego, aunque Volcán de llamas y de rayos deje al sol con pardas nubes ciego. Vase. Sale el gracioso BRITO, de soldado. ¡Gracias a Dios que abriles piso y mayos y en la tierra me voy por donde quiero sin sustos, sin vaivenes ni desmayos! Y no en el mar adonde, si primero no se consulta un monstruo de madera, que es juez de palo en fin, el más ligero no se puede escapar de una carrera en el mayor peligro. ¡Ah, tierra mía! ¡No muera en agua yo, como no muera tampoco en tierra hasta el postrero día! ¿Qué es eso, Brito? Una oración se fragua fúnebre, que es sermón de Berbería: panegírico es que digo al agua y en emponomio horténsico me quejo, porque este enojo, desde que se fragua con ella el vino, me quedó, y ya es viejo. ¿Que escuches este loco? ¡Y que tu pena sin razón, sin arbitrio y sin consuelo, tanto de ti te priva y te divierte! El alma traigo de temores llena; echada juzgo contra mí la suerte; desde que de Lisboa salí, sólo imágines he visto de la muerte. Apenas, pues, el berberisco polo prevenimos los dos esta jornada, cuando de un parasismo el mismo Apolo, amortajado en nubes, la dorada faz escondió y el mar ceñudo y fiero deshizo con tormentas nuestra armada. Si miro al mar, mil sombras considero; si al cielo miro, sangre me parece su velo azul; si al aire lisonjero, aves noturnas son las que me ofrece; si a la tierra, sepulcros representa, donde, mísero yo, caiga y tropiece. Pues disfrazarte aquí mi amor intenta causa de un melancólico accidente: sorbernos una nave una tormenta es decir que sobraba aquella gente para ganar la empresa a que venimos; verter púrpura el cielo transparente es gala, no es horror, que, si fingimos monstruos al agua y pájaros al viento, nosotros hasta aquí no los trujimos; pues si ellos aquí están, ¿no es argumento que a la tierra que habitan inhumanos pronostican el fin fiero y sangriento? Esos agüeros viles, miedos vanos, para los moros vienen que los crean, no para que los duden los cristianos. Nosotros dos lo somos; no se emplean nuestras armas aquí por vanagloria de que en los libros inmortales lean ojos humanos esta gran vitoria. La fe de Dios a engrandecer venimos; suyo será el honor, suya la gloria, si vivimos; dichosos, si morimos; el castigo de Dios justo es temerle, éste no viene envuelto en medios vanos; a servirle venimos, no a ofenderle; cristianos sois, haced como cristianos. Pero ¿qué es esto? Sale DON JUAN. Señor, yendo al muro a obedecerte, a la falda de ese monte vi una tropa de jinetes, que de la parte de Fez corriendo a esta parte vienen tan veloces que a la vista aves, no brutos, parecen: el viento no los sustenta, la tierra apenas los siente y así la tierra ni el aire sabe si corren o vuelen. Salgamos a recebillos, haciendo primero frente los arcabuceros, luego los que caballos tuvieren salgan también a su usanza con sus lanzas y arneses. ¡Ea, Enrique, buen principio esta ocasión nos ofrece! ¡Ánimo! Tu hermano soy; no me espantan accidentes del tiempo, ni me espantara el semblante de la muerte. Vanse. El cuartel de la salud me toca a mí guardar siempre. ¡Oh, qué brava escaramuza! Ya se embisten, ya acometen, ¡famoso juego de cañas! Ponerme en cobro conviene. Vase y tocan al arma; salen peleando de dos en dos DON JUAN y DON ENRIQUE. ¡A ellos, que ya los moros vencidos la espalda vuelven! Llenos de despojos quedan de caballos y de gentes estos campos. ¿Don Fernando dónde está, que no parece? Tanto se ha empeñado en ellos que ya de vista se pierde. Pues a buscarle, Coutiño. Siempre a tu lado me tienes. Vanse y salen DON FERNANDO con la espada de MULEY y MULEY con adarga. En la desierta campaña, que tumba común parece de cuerpos muertos, si ya no es teatro de la muerte, sólo tú, moro, has quedado, porque rendida tu gente se retiró y tu caballo, que mares de sangre vierte envuelto en polvo y espuma que él mismo levanta y pierde, te dejó para despojo de mi brazo altivo y fuerte, entre los sueltos caballos .de los vencidos jinetes Yo, ufano con tal vitoria, que me ilustra y desvanece más que el ver esa campaña coronada de claveles, pues es tanta la perdida sangre con que se guarnece que la piedad de los ojos fue tan grande, tan vehemente, de no ver siempre desdichas, de no mirar ruinas siempre, que por el campo buscaban ;entre lo rojo lo verde en efeto, mi valor, sujetando sus valientes bríos, de tantos perdidos ,un suelto caballo prende tan monstruo que, siendo hijo del viento, adopción pretende del fuego y entre los dos le desdice y lo desmiente el color, pues siendo blanco dice el agua: «Parto es este de mi esfera, sola yo pude cuajarlo de nieve». En fin, en lo veloz, viento; rayo, en fin, en lo eminente, era por lo blanco cisne, por lo sangriento era sierpe, por lo hermoso era soberbio, por lo atrevido, valiente, por los relinchos, lozano .y por las cernejas, fuerte En la silla y en las ancas puestos los dos juntamente mares de sangre rompimos, por cuyas ondas crueles este bajel animado, hecho proa de la frente, rompiendo el globo de nácar desde el codón al copete, pareció entre espuma y sangre -ya que bajel quise hacerle- de cuatro espuelas herido, que cuatro vientos le mueven Rindiose al fin, si hubo peso que tanto atlante sufriese, si bien el de las desdichas hasta los brutos lo sienten; o ya fue que enternecido de su instinto dijese: «Triste camina el alarbe y el español parte alegre, luego ¿yo contra mi patria soy traidor y soy aleve? No quiero pasar de aquí». Ve con bien, pues triste vienes, tanto que, aunque el corazón disimula cuanto puede, por la boca y por los ojos, Volcanes que el pecho enciende, ardientes suspiros lanza .y tiernas lágrimas vierte Admirado mi valor ,de ver, cada vez que vuelve que un golpe de la fortuna tanto le postre y sujete tu valor, pienso que es otra la causa que te entristece, porque por la libertad no era justo ni decente que tan tiernamente llore .quien tan duramente hiere Y así, si el comunicar los males alivio ofrece al sentimiento, entre tanto que llegamos a mi gente, mi deseo a tu cuidado, si tanto favor merece, con razones le pregunta :comedidas y corteses «¿qué sientes?», pues ya yo creo que el venir preso no sientes. Comunicado el dolor se aplaca, si no se vence; y yo, que soy el que tuvo más parte en este accidente de la fortuna, también quiero ser el que consuele de tus suspiros la causa, .si la causa lo consiente Valiente eres, español, ,y cortés como valiente tan bien vences con la lengua como con la espada vences. Tuya fue la vida, cuando con la espada entre mi gente me venciste, pero agora que con la lengua me prendes es tuya el alma, por que alma y vida se confiesen tuyas, de ambas eres dueño; pues ya cruel, ya clemente, por el trato y por las armas .me has cautivado dos veces Movido de la piedad de oírme, español, y verme, preguntado me has la causa .de mis suspiros ardientes Y aunque confieso que el mal repetido y dicho suele templarse, también confieso que quien le repite quiere aliviarse, y es mi mal tan dueño de mis placeres que por no hacerles disgusto y que aliviado me deje no quisiera repetirle; mas ya es fuerza obedecerte y quiérotela decir .por quien soy y por quien eres Sobrino del rey de Fez soy; mi nombre es Muley Jeque, familia que ilustran tantos bajaes y belerbeyes. Tan hijo fui de desdichas desde mi primer oriente que en el umbral de la vida nací en manos de la muerte. Una desierta campaña, que fue sepulcro eminente de españoles, fue mi cuna, pues para que lo confieses en los Gelves nací el año que os perdisteis en los Gelves A servir al Rey mi tío vine infante, pero empiecen las penas y las desdichas; cesen las venturas, cesen. Vine a Fez y una hermosura, a quien he adorado siempre, junto a mi casa vivía .por que yo cerca muriese Desde mis primeros años, por que más constante fuese este amor, más imposible de acabarse y de romperse, ambos nos criamos juntos, y Amor en nuestras niñeces no fue rayo, pues hirió en lo humilde, tierno y débil con más fuerza que pudiera en lo augusto, altivo y fuerte, tanto que para mostrar sus fuerzas y sus poderes hirió nuestros corazones .con arpones diferentes Pero como la porfía con iguales piedras suele hacer señal, por la fuerza no, sino cayendo siempre, así las lágrimas mías, porfiando eternamente, la piedra del corazón, más que los diamantes fuerte, labraron y no con fuerza de méritos excelentes, pero con mi mucho amor .vino al fin a enternecerse En este estado viví algún tiempo, aunque fue breve, gozando en auras suaves mil amorosos deleites. Ausenteme por mi mal; harto he dicho en ausenteme, pues en ausencia otro amante ha venido a darme muerte. Él dichoso, yo infelice; él asistiendo, yo ausente; yo cautivo y libre él, me contrastará mi suerte; cuando tú me cautivaste, ¡mira si es bien me lamente! Valiente moro y galán, ,si adoras como refieres si idolatras como dices, si amas como encareces, si celas como suspiras, si como recelas temes y si como sientes amas, .dichosamente padeces No quiero por tu rescate más precio de que le acetes; vuélvete y dile a tu dama que por su esclavo te ofrece un portugués caballero y, si obligada pretende pagarme el precio por ti, yo te doy lo que me debes; cobra la deuda en amor y logra tus intereses. Ya el caballo, que rendido cayó en el suelo, parece con el ocio y el descanso que restituido vuelve. Y porque sé qué es amor ,y qué es tardanza en ausentes no te quiero detener, sube en tu caballo y vete. Nada mi voz te responde, que a quien liberal ofrece, sólo acetar es lisonja. Dime, portugués, ¿quién eres? Un hombre noble y no más. Bien lo muestras, seas quien fueres. Para el bien y para el mal soy tu esclavo eternamente. Toma el caballo, que es tarde. Pues si a ti te lo parece, ¿qué hará a quien vino cautivo y libre a su dama vuelve? Vase. Generosa acción es dar, y más la vida. Dentro. ¡Valiente portugués! Desde el caballo habla. ¿Qué es lo que me quieres? Espero que he de pagarte algún día tantos bienes. Gózalos tú. Porque al fin hacer bien nunca se pierde. Alá te guarde, español. Si Alá es Dios, con bien te lleve. Suena dentro ruido de trompetas y cajas. Mas ¿qué trompeta es esta que el aire turba y la región molesta? Y por esta otra parte cajas se escuchan: música de Marte son las dos. Sale DON ENRIQUE. ¡Oh, Fernando!, tu persona, veloz vengo buscando. Enrique, ¿qué hay de nuevo? Aquellos ecos ejércitos de Fez y de Marruecos son, porque Tarudante al Rey de Fez socorre y arrogante el Rey con gente viene. En medio cada ejército nos tiene, de modo que cercados somos los sitiadores y sitiados. Si la espalda volvemos al uno, mal del otro nos podemos defender, porque a una y otra parte nos deslumbran relámpagos de Marte. ¿Qué haremos, pues, de confusiones llenos? ¿Qué? Morir como buenos, con ánimos constantes. ¿No somos dos maestres, dos infantes, cuando bastara ser dos portugueses particulares para no haber visto la cara al miedo? Pues Avís y Cristo a voces repitamos y por la fe muramos, pues a morir venimos. Sale DON JUAN. Mala salida a tierra dispusimos. Ya no es tiempo de medios: a los brazos apelen los remedios, que uno y otro ejército nos cierra en medio. ¡Avís y Cristo! ¡Guerra, guerra! Ya nos cogen en medio un ejército y otro sin remedio. ¡Qué bellaca palabra! La llave eterna de los cielos abra un resquicio siquiera, que de aqueste peligro salga afuera quien aquí se ha venido sin qué ni para qué. Pero fingido muerto estaré un instante y muerto lo tendré para adelante. Cáese en el suelo y sale un MORO acuchillando a ENRIQUE. ¿Quién tanto se defiende, siendo mi brazo rayo que desciende desde la cuarta esfera? Pues, aunque yo tropiece, caiga y muera, en cuerpos de cristianos no desmaya la fuerza de las manos, que ella de quien yo soy mejor avisa. ¡Cuerpo de Dios con él, y qué bien pisa! Písanle y éntranse y salen MULEY y DON JUAN COUTIÑO riñendo. Ver, portugués valiente, en ti fuerza tan grande no lo siente mi valor, pues quisiera daros hoy la vitoria. ¡Pena fiera! Sin tiento y sin aviso son cuerpos de cristianos cuantos piso. Yo se lo perdonara a trueco, mi señor, que no pisara. Vanse los dos y salen por la otra puerta DON ENRIQUE y DON JUAN retirándose de los MOROS, y luego el REY y DON FERNANDO. Rinde la espada, altivo portugués, que si logro el verte vivo en mi poder, prometo ser tu amigo. ¿Quién eres? Un caballero soy; saber no esperes más de mí. Dame muerte. Sale DON JUAN y pónese a su lado. Primero, gran señor, mi pecho fuerte, que es muro de diamante, tu vida guardará puesto delante. ¡Ea, Fernando mío, muéstrese agora el heredado brío! Si esto escucho, ¿qué espero? Suspéndanse las armas, que no quiero hoy más felice gloria; que este preso me basta por vitoria. Si tu prisión o muerte con tal sentencia decretó la suerte, dé la espada Fernando al Rey de Fez. ¿Qué es lo que estoy mirando? Sólo a un rey la rindiera, que desesperación negarla fuera. Sale DON ENRIQUE. ¡Preso mi hermano! Enrique, tu voz más sentimiento no publique, que en la suerte importuna estos son los sucesos de fortuna. Enrique, don Fernando está hoy en mi poder y, aunque mostrando la ventaja que tengo pudiera daros muerte, yo no vengo hoy más que a defenderme, que vuestra sangre no viniera a hacerme honras tan conocidas como podrán hacerme vuestras vidas. Y para que el rescate con más puntualidad al Rey se trate, vuelve tú, que Fernando en mi poder se quedará, aguardando que vengas a libralle. Pero dile a Duarte que en llevalle será su intento vano, si a Ceuta no me entrega por su mano. Y agora vuestra Alteza, a quien debo esta honra, esta grandeza, a Fez venga conmigo. Iré a la esfera cuyo rayo sigo. (Por que yo tenga, ¡cielos!, más que sentir entre amistad y celos). Enrique, preso quedo; ni al mal ni a la fortuna tengo miedo. Dirasle a nuestro hermano que haga aquí como príncipe cristiano en la desdicha mía. Pues ¿quién de sus grandezas desconfía? Esto te encargo y digo que haga como cristiano. Yo me obligo a volver como tal. Dame esos brazos. Tú eres el preso y pónesme a mí lazos. Don Juan, adiós. Yo he de quedar contigo; de mí no te despidas. ¡Leal amigo! ¡Oh, infelice jornada! Dirás al Rey..., mas no le digas nada, sino con gran silencio en miedo vano estas lágrimas lleva al Rey mi hermano. Vanse y salen dos MOROS y ven a BRITO como muerto. Cristiano muerto es este. Por que no causen peste, echad al mar los muertos. En dejándoos los cascos bien abiertos a tajos y a reveses, que aínda mortos somos portugueses Jornada II Sale FÉNIX. Zara, Rosa, Estrella, ¿no hay quien me responda? Sale MULEY. Sí, que tú eres sol para mí y para ti sombra yo, y la sombra al sol siguió; el eco dulce escuché de tu voz, y apresuré por esta montaña el paso: ¿qué sientes? Oye, si a caso puedo decir lo que fue: lisonjera, libre, ingrata, dulce, suave, una fuente hizo apacible corriente de cristal y undosa plata; lisonjera se desata porque hablaba y no sentía; süave porque fingía, dulce porque murmuraba, ingrata porque corría. Aquí cansada llegué después de seguir ligera en ese monte una fiera; en cuya frescura hallé ocio y descanso, porque de un montecillo a la espalda, de quien corona y guirnalda fueron clavel y jazmín, sobre un catre de carmín hice un foso de esmeralda. Apenas en él rendí el alma al susurro blando de las soledades, cuando ruido en las hojas sentí; atenta me puse y vi una caduca africana, espíritu en forma humana, ceño arrugado y esquivo, que era un esqueleto vivo de lo que fue sombra vana, cuya rústica fiereza, cuyo aspecto esquivo y bronco fue escultura hecha de un tronco sin pulirse la corteza. Con melancolía y tristeza, pasiones siempre infelices para que te atemorices, una mano me tomó; y entonces ser tronco yo afirmé por las raíces. Hielo introdujo en mis venas el contracto; horror las voces que, discurriendo veloces de mortal veneno llenas, articuladas apenas, esto les pude entender: «¡Ay infelice mujer! ¡Ay forzosa desventura! Que, en efeto, esta hermosura precio de un muerto ha de ser». Dijo; y yo tan triste vivo que diré mejor que muero: pues por instantes espero de aquel tronco fugitivo cumplimiento tan esquivo, de aquel oráculo yerto el presagio y fin tan cierto que mi vida ha de tener. ¡Ay de mí! ¡Que hoy he de ser precio vil de un hombre muerto! Vase. Fácil es de descifrar ese sueño, esa ilusión, pues las imágines son de mi pena singular. A Tarudante has de dar la mano de esposa, pero yo, que en pensarlo me muero, estorbaré mi rigor; que él no ha de gozar tu amor si no me mata primero. Perderte yo, podrá ser, mas no perderte y vivir; luego si es fuerza el morir antes que lo llegue a ver: precio mi vida ha de ser con que he de comprarte, ¡ay cielos!, y tú en tantos desconsuelos precio de un muerto serás, pues que morir me verás de amor, de envidia y de celos. Salen tres cautivos y el infante DON FERNANDO. Desde aquel jardín te vimos andar a caza, Fernando, y todos juntos venimos a arrojarnos a tus pies. Solamente este consuelo aquí nos ofrece el cielo. Piedad como suya es. Amigos, dadme los brazos; y sabe Dios si con ellos, quisiera de vuestros cuellos romper los ñudos y lazos que os aprisionan; que a fe que os darían libertad antes que a mí. Mas pensad que favor del cielo fue esta piadosa sentencia: él mejorará la suerte, que a la desdicha más fuerte sabe vencer la prudencia. Sufrid con ella el rigor del tiempo y de la fortuna, deidad bárbara importuna; hoy cadáver y ayer flor; no permanece jamás, y así os mudará de estado, ¡ay Dios!, que al necesitado darle consejo no más no es prudencia y, en verdad, que aunque quiera regalaros no tengo esta vez qué daros: mis amigos, perdonad. Ya de Portugal espero socorro; presto vendrá: vuestra mi hacienda será; para vosotros la quiero. Si me vienen a sacar del cautiverio, ya digo que todos iréis conmigo. Id con Dios a trabajar; no disgustéis vuestros dueños. Tu vista hace nuestra esclavitud dichosa. Siglos pequeños son los del fénix, señor, para que vivas. Vanse. El alma queda en lastimosa calma viendo que os vais sin favor de mis manos. Aquí estoy viendo la llaneza y amor con que la desdicha fiera de esos cautivos tratáis. Duélome de su fortuna, en su desdicha importuna, que a esos esclavos miráis: aprendo a ser infelice y algún día podrá ser que los haya menester. ¿Eso Vuestra Alteza dice? Naciendo infante, he llegado a ser esclavo; y así, temo venir desde aquí a más miserable estado; que si ya en aqueste vivo, mucha más distancia tray de infante a cautivo que hay de cautivo a más cautivo. Un día llama a otro día, y así llama y encadena, llanto a llanto, pena a pena. No fuera mayor la mía; que Vuestra Alteza mañana, aunque hoy cautivo está, a su patria volverá. Pero mi esperanza es vana, pues no puede alguna vez mejorarse mi fortuna, mudable más que la luna. Cortesano soy de Fez, y nunca de los amores que me contaste te oí novedad. Fueron en mí recatados los favores; el dueño juré encubrir pero, a la amistad atento, sin quebrar el juramento te lo tengo de decir. Tan solo mi mal ha sido, como solo mi dolor, porque el fénix y mi amor sin semejante han nacido. En ver, oír y callar, Fénix es mi pensamiento; Fénix es mi sufrimiento en temer, sentir y amar; Fénix mi desconfïanza en llorar y en padecer; en merecerla y temer aun es Fénix mi esperanza. Fénix mi amor y cuidado; y pues que Fénix te digo, como amante y como amigo, ya lo he dicho y lo he callado. Vase. Cuerdamente declaró el dueño amante y cortés: si Fénix su pena es, no he de competirla yo; que la mía es común pena; no me doy por entendido, que muchos la han padecido y vive de enojos llena. Sale el REY. Por la falda deste monte vengo siguiendo a Tu Alteza porque, antes que el sol se esconda entre corales y perlas, te diviertas en la lucha de un tigre que agora cercan mis cazadores. Señor, gustos por puntos me inventas para agradarme. Si así a tus esclavos festejas, no echarán menos la patria. Cautivos de tales prendas que honran al dueño, es razón servirlos desta manera. Sale DON JUAN. Sal, gran señor, a la orilla del mar y verás en ella el más hermoso animal que añadió naturaleza al artificio; porque una cristiana galera llega al puerto, tan hermosa, aunque toda obscura y negra, que al verla se duda cómo es alegre su tristeza; las armas de Portugal vienen por remate della que, como tienen cautivo a su infante, tristes señas visten por su esclavitud; y a darte libertad llegan, diciendo su sentimiento. Don Juan, amigo, no es esa de su luto la razón, que si a librarme vinieran, en fe de su libertad fueran alegres las muestras. Sale DON ENRIQUE, de luto, con un pliego. Dame, gran señor, los brazos. Con bien venga Vuestra Alteza. ¡Ay, don Juan, cierta es mi muerte! ¡Ay, Muley, mi dicha es cierta! Ya que de vuestra salud me informa vuestra presencia: para abrazar a mi hermano me dad, gran señor, licencia: ¡ay, Fernando! Enrique mío, ¿qué traje es ese? Mas cesa: harto me han dicho tus ojos, nada me diga tu lengua. No llores, que si es decirme que es mi esclavitud eterna, eso es lo que más deseo: albricias pedir pudieras y, en vez de dolor y luto, vestir galas y hacer fiestas. ¿Cómo está el Rey, mi señor? Porque como él salud tenga, nada siento. ¿Aún no respondes? Si repetidas las penas se sienten dos veces, quiero que sola una vez las sientas: tú escuchame, gran señor, que aunque una montaña sea rústico palacio, aquí te pido me des audiencia, a un preso la libertad y a todos juntos las nuevas. Rota y deshecha la armada, que fue con vana soberbia pesadumbre de las ondas, dejando en África presa la persona del Infante, a Lisboa di la vuelta. Desde el punto que Düarte oyó tan trágicas nuevas, de una tristeza cubrió el corazón de manera que, pasando a ser letargo la melancolía primera, desmintió, muriendo, a cuantos dicen que no matan penas: murió el Rey, que esté en el cielo. ¡Ay de mí! ¿Tanto le cuesta mi prisión? De su desdicha sabe Dios lo que me pesa. Prosigue. En su testamento el Rey, mi señor, ordena que luego por la persona del Infante se dé a Ceuta; y así yo con los poderes de Alfonso, que es quien le hereda, porque solo este lucero supliera del sol la ausencia, vengo a entregar la ciudad, y así... No prosigas, cesa, cesa, Enrique, porque son palabras indignas esas, no de un portugués infante, de un maestre que profesa de Cristo la religión. Pero aun de un hombre lo fueran vil, de un bárbaro sin luz de la fe de Cristo eterna. Mi hermano, que está en el cielo, si en su testamento deja esa cláusula, no es para que se cumpla y lea, sino para mostrar solo que mi libertad desea y esa se busque por otros medios y otras conveniencias o apacibles o crüeles; porque decir «dese a Ceuta» es decir «hasta esto haced prodigiosas diligencias». Que a un rey católico y justo, ¿cómo fuera, cómo fuera posible entregar a un moro una ciudad que le cuesta su sangre, pues fue el primero que con sola una rodela y una espada enarboló las quinas de sus almenas? Y esto es lo que importa menos: una ciudad que confiesa católicamente a Dios, la que ha merecido iglesias consagradas a sus cultos con amor y reverencia, ¿fuera católica acción, fuera religión expresa, fuera cristiana piedad, fuera hazaña portuguesa que los templos soberanos, atlantes de las esferas, en vez de doradas luces a donde el sol reverbera, vieran otomanas luces, y que sus lunas opuestas en la Iglesia estos eclipses ejecutasen tragedias? ¿Fuera bien que sus capillas a ser establos vinieran, sus altares a pesebres y, cuando aqueso no fuera, volvieran a ser mezquitas? Aquí enmudece la lengua, aquí me falta el aliento, aquí me ahoga la pena; porque en pensarlo no más el corazón se me quiebra, el cabello se me eriza y todo el cuerpo me tiembla. Porque establos y pesebres no fuera la vez primera que hayan hospedado a Dios; pero en ser mezquitas, fueran un epitafio, un padrón de nuestra inmortal afrenta diciendo: «Aquí tuvo Dios posada y hoy se la niegan los cristianos para dalla al demonio». Aún no se cuenta, acá moralmente hablando, que nadie en casa se atreva de otro a ofenderle: ¿era justo que entrara en su casa misma, a ofender a Dios, el vicio y que acompañado fuera de nosotros, y nosotros le guardáramos la puerta y, para dejarle dentro, a Dios echásemos fuera? Los católicos que habitan con sus familias y haciendas, hoy quizá prevaricaran en la Fe por no perderlas: ¿fuera bien ocasionar nosotros la contingencia deste pecado? Los niños que tiernos se crían en ella, ¿fuera bueno que los moros los cristianos inducieran a sus costumbres y ritos para vivir en su seta en mísero cautiverio? ¿Fuera bueno que murieran hoy tantas vidas por una que no importa que se pierda? ¿Quién soy yo? ¿Soy más que un hombre? Si es número que acrecienta el ser infante, ya soy un cautivo; de nobleza no es capaz el que es esclavo: yo lo soy, luego ya yerra el que 'infante' me llamare; si no lo soy, ¿quién ordena que la vida de un esclavo en tanto precio se venda? Morir es perder el ser: yo le perdí en una guerra; perdí el ser, luego morí; morí, luego ya no es cuerda hazaña que por un muerto hoy tantos vivos perezcan; y así, estos vanos poderes hoy divididos en piezas serán átomos del sol, serán del fuego centellas... Mas no, yo los comeré, porque aun no quede una letra que informe al mundo que tuvo la lusitana nobleza este intento. Rey, yo soy tu esclavo: dispón, ordena de mi libertad; no quiero ni es posible que la tenga. Enrique, vuelve a tu patria: di que en África me dejas enterrado, que mi vida yo haré que muerte parezca. Cristianos, Fernando es muerto; moros, un esclavo os queda; cautivos, un compañero hoy se añade a vuestras penas. Cielos, un hombre restauran vuestras divinas iglesias; mar, un mísero con llanto vuestras ondas acrecienta; montes, un triste os habita igual ya de vuestras fieras; viento, un pobre con sus voces os duplica las esferas; tierra, un cadáver os labra en las entrañas su huesa. Porque Rey, hermano, moros, cristianos, sol, luna, estrellas, cielo, tierra, mar y viento, montes, fieras, todos sepan que hoy un príncipe constante entre desdichas y penas la fe católica ensalza, la ley de Dios reverencia. Pues cuando no hubiera otra razón más que tener Ceuta una iglesia consagrada a la Concepción Eterna de la que es reina y señora de los cielos y la tierra, perdiera, vive ella misma, mil vidas en su defensa. Desagradecido, ingrato a las glorias y grandezas de mi reino, ¿cómo así hoy me quitas, hoy me niegas, lo que más he deseado? Mas si en mi reino gobiernas mas que en el tuyo, ¿qué mucho que la esclavitud no sientas? Pero ya que esclavo mío te nombras y te confiesas, como a esclavo he de tratarte: tu hermano, los tuyos vean que como esclavo vil los pies agora me besas. ¡Qué desdicha! ¡Qué dolor! ¡Qué desventura!] ¡Qué pena! Mi esclavo eres. Es verdad; y poco en eso te vengas; que si para una jornada salió el hombre de la tierra, al fin de varios caminos es para volver a ella. Más tengo que agradecerte que culparte, pues me enseñas atajos para llegar a la posada más cerca. Siendo esclavo, tú no puedes tener títulos ni rentas; hoy Ceuta está en tu poder: si cautivo te confiesas, si me confiesas por dueño, ¿por qué no me das a Ceuta? Porque es de Dios y no es mía. ¿No es precepto de obediencia obedecer al señor? Pues yo te mando con ella que la entregues. En lo justo dice el cielo que obedezca el esclavo a su señor: porque si el señor dijera a su esclavo que pecara, obligación no tuviera de obedecerle; porque quien peca, mandando peca. Harete muerte. Esa es vida. Pues para que no lo sea, vive muriendo, que yo rigor tengo. Y yo paciencia. Pues no tendrás libertad. Pues no será tuya Ceuta. ¡Hola! Sale CELÍN. Señor. Luego al punto aquese cautivo sea igual a todos: al cuello y a los pies le echad cadenas; a mis caballos acuda en baño y jardín, y sea abatido como todos; no vista ropas de seda sino sarga humilde y pobre; coma negro pan y beba agua salobre; en mazmorras húmedas y obscuras duerma, y a crïados y a vasallos se extienda aquesta sentencia. ¡Llevalde todos! ¡Qué llanto! ¡Qué desdicha! ¡Qué tristeza! Veré, bárbaro, veré si llega a más tu paciencia que mi rigor. Sí verás, porque esta en mí será eterna. Llévanle. Enrique, por el seguro de mi palabra, que vuelvas a Lisboa te permito; el mar africano deja. Di en tu patria que el Infante, que su maestre de Avis, queda curándome los caballos; que a darle libertad venga... Sí harán, que si yo le dejo en su infelice miseria, y me sufre el corazón el no acompañarle en ella, es porque pienso volver con más poder y más fuerza para darle libertad. Muy bien harás como puedas. Aparte. Ya ha llegado la ocasión de que mi lealtad se vea: la vida debo a Fernando; yo le pagaré la deuda. Vanse. Salen CELÍN y el INFANTE, con cadena y vestido de cautivo. El Rey manda que asistas en aqueste jardín y no resistas su ley a tu obediencia. Mayor que su rigor es mi paciencia. Salen los cautivos, y uno canta mientras los otros cavan en un jardín. A la conquista de Tánger, contra el bárbaro Muley, al infante don Fernando envió su hermano, el Rey. ¿Que un instante mi historia no deje de cansar a la memoria? Triste estoy y turbado. Cautivo, ¿cómo estáis tan descuidado? No lloréis, consolaos; que ya el Maestre dijo que volveremos presto a la patria y libertad tendremos. Ninguno ha de quedar en este suelo. ¡Qué presto perderéis ese consuelo! Consolad los rigores y ayudadme a regar aquestas flores: tomad los cubos y agua me id trayendo de aquel estanque. Obedecer pretendo. Buen cargo me habéis dado pues agua me pedís que mi cuidado, sembrando penas, cultivando enojos, llenará en la corriente de mis ojos. Vase. Al baño han echado, y con cuidado, más cautivos. Sale DON JUAN y otro, de cautivos. ¿No sabremos si estos jardines fueron? Porque en su compañía menos el llanto y el dolor sería: dígasme amigo, que te guarde el cielo, si viste cultivando este jardín al maestre don Fernando. No le hemos visto. Mal el dolor y lágrimas resisto. Digo que el baño abrieron y que nuevos cautivos a él vinieron. Sale DON FERNANDO con los cubos de agua. Mortales, no os espante ver un maestre de Avis, ver un infante, en tan mísera afrenta, que el tiempo estas miserias representa. Pues señor, ¿Vuestra Alteza en tan mísero estado de tristeza? Rompa el dolor el pecho. Válgate Dios, que gran pesar me has hecho, don Juan, en descubrirme; que quisiera ocultarme y encubrirme entre mi misma gente, sirviendo pobre y miserablemente. Señor, que perdonéis os ruego de haber andado yo tan loco y ciego. Dadnos señor, tus pies. Alzad, amigo; ved que yo humilde vivo y soy entre vosotros un cautivo. Vuestra Alteza... ¿Qué alteza ha de tener quien vive en tal bajeza? Ninguno así me trate sino como a su igual. ¡Que no desate un rayo el cielo para darme muerte! Don Juan, no ha de quejarse desa suerte un noble. ¿Quién del cielo desconfía? La prudencia, el valor, la bizarría se ha de mostrar agora. Sale ZARA. Al jardín sale Fénix, mi señora, y manda que matices y colores borden este azafate de sus flores. Yo llevársele espero; que en cuanto sea servir seré el primero. Ea, vamos a cogellas. Aquí os aguardo mientras vais por ellas. No me hagáis cortesías: iguales vuestras penas y las mías son. Pues nüestra suerte, si no hoy, mañana ha de igualar la muerte, no será acción liviana no dejar hoy qué hacer para mañana. Vanse todos haciendo cortesías al INFANTE y sale FÉNIX y ROSA. ¿Mandaste que me trujesen las flores? Ya lo mandé. Sus colores deseé para que me divirtiesen. ¿Qué tales, señora, fueron tus graves melancolías? ¿Qué te obligó a estar así? No fue sueño lo que vi que fueron desdichas mías. Cuando sueña un desdichado que es dueño de algún tesoro, ni dudo, Zara, ni ignoro que entonces es bien soñado; mas si a soñar ha llegado que desdicha le concierta, y aquello sus ojos ven, pues soñando el mal y el bien halla el mal cuando despierta, piedad no espero, ¡ay de mí!, porque mi mal será cierto. ¿Y qué dejas para el muerto si tú lo sientes así? Ya mis desdichas creí precio de un muerto. ¡Quién vio tal pena! No hay gusto, no, a una infelice mujer. ¿Qué, al fin, de un muerto he de ser? ¿Quién será este muerto? Sale DON FERNANDO con las flores. Yo. ¡Ay cielos! ¿Qué veo? ¿Qué te admira? De una suerte me admira el oírte y verte. No lo jures, bien lo creo. Yo pues, Fénix, que deseo servirte, humilde traía flores de la huerta mía: jeroglíficos, señora, pues nacieron con la aurora y murieron con el día. A la maravilla dio ese nombre al descubrilla. ¿Qué flor no es maravilla cuando te la sirva yo? Es verdad. Di, ¿quién causó esta novedad? Mi suerte. ¿Tan rigurosa es? Tan fuerte. Pena das. Pues no te asombre. ¿Por qué? Porque nace el hombre sujeto a fortuna y muerte. ¿No eres Fernando? Sí soy. ¿Quién te puso así? La ley de esclavo. ¿Quién la hizo? El Rey. ¿Por qué? Porque suyo soy. Pues, ¿no te ha estimado hoy? Y también me ha aborrecido. ¿Un día posible ha sido a desunir dos estrellas? Para presumir por ellas las flores habrán venido. Estas, que fueron pompas y alegría despertando el albor de la mañana, a la tarde serán lástima vana durmiendo en brazos de la noche fría. Este matiz que al cielo desafía, iris listado de oro, nieve y grana, será escarmiento de la vida humana, tanto se emprende en término de un día. A florecer las rosas madrugaron y para envejecerse florecieron: cuna y sepulcro en un botón hallaron. Tales los hombres sus fortunas vieron: en un día nacieron y espiraron, que pasados los siglos horas fueron. Horror y miedo me has dado: ni oírte ni verte quiero; sé el desdichado primero de quien huye un desdichado. ¿Y las flores? Si has hallado jeroglíficos en ellas, deshacellas y rompellas solo sabrán mis rigores. ¿Qué culpa tienen las flores? Parecerse a las estrellas. ¿Quejas? Ninguna estimo en su rosicler. ¿Cómo? Nace la mujer sujeta a muerte y fortuna, y en esa estrella importuna tasada mi vida vi. ¿Flores con estrellas? Sí. Aunque sus rigores lloro, esa propiedad ignoro. Escucha, sabraslo. Di. Esos rasgos de luz, esas centellas que cobran, con amagos superiores, alimentos del sol en resplandores, aquello viven que se duelen dellas. Flores nocturnas son; aunque tan bellas, efímeras padecen sus ardores: pues si un día es el siglo de las flores, una noche es la edad de las estrellas. De esa, pues, primavera fugitiva ya nuestro mal, ya nuestro bien se infiere: registro es nuestro, o muera el sol o viva. ¿Qué duración habrá que el hombre espere, o qué mudanza habrá que no reciba, de astro que cada noche nace y muere? Vase y sale MULEY. A que se ausentase Fénix en esta parte esperé, que el águila más amante huye de la luz tal vez. ¿Estamos solos? Sí. Escucha. ¿Qué quieres, noble Muley? Que sepas que hay en el pecho de un moro lealtad y fe. No sé por dónde empezar a declararme, no sé si diga cuánto he sentido este inconstante desdén del tiempo, este estrago injusto de la suerte, este crüel ejemplo del mundo y este de la fortuna vaivén. Mas a riesgo estoy si aquí hablar contigo me ven; que tratarte sin respeto es ya decreto del Rey; y así mi dolor dejando la voz, que él podrá más bien explicarse como esclavo, vengo a arrojarme a esos pies: yo lo soy tuyo; y así no vengo, infante, a ofrecer mi favor, sino pagar deuda que un tiempo cobré. La vida que tú me diste vengo a darte, que hacer bien es tesoro que se guarda para cuando es menester. Y porque el temor me tiene con grillos de miedo al pie, y está mi pecho y mi cuello entre el cuchillo y cordel, quiero, acortando discursos, declararme de una vez; y así digo que esta noche tendré en la mar un bajel prevenido; en las troneras de las mazmorras pondré instrumentos que desarmen las prisiones que tenéis; luego, por parte de afuera, los candados romperé. Tú, con todos los cautivos que Fez encierra y en él, vuelve a tu patria seguro de que yo lo quedo en Fez; pues es fácil el decir que ellos pudieron romper la prisión y así los dos habremos librado bien, yo el honor y tú la vida; pues es cierto que, a saber el Rey mi intento, me diera por traidor con justa ley; que no sintiera el morir. Y porque son menester para granjear voluntades dineros, aquí se ve destas joyas reducido inumerable interés: este es, Fernando, el rescate de mi prisión; esta es la obligación que te tengo; que un esclavo noble y fiel tan inmenso bien habrá de pagar alguna vez. Agradecerte quisiera la libertad pero el Rey sale al jardín. ¿Ha te visto conmigo? No. Pues no des que sospechar. Destos ramos haré rústico cancel que me encubra mientras pasa. Vase y sale el REY. Aparte. y Fernando...; y irse el uno en el punto que me ve y disimular el otro...: algo hay aquí que temer; sea cierto o no sea cierto, mi temor procuraré asegurar.) Mucho estimo... Gran señor, dame tus pies. ...hallarte aquí. ¿Qué me mandas? He sentido mucho no llegarme a ver señor de Ceuta. Conquista, coronado de laurel, sus muros; que a tu valor mal se podrá defender. Con más doméstica guerra se ha de rendir. ¿De qué suerte? Con abatir y poner a Fernando en tal estado que él mismo a Ceuta me dé. Sabrás pues, Muley amigo, que yo he llegado a temer que la persona del Maestre no está muy segura en Fez; los cautivos que en estado tan abatido le ven se lastiman, y recelo que se amotinan por él. Fuera desto, siempre ha sido poderoso el interés; que las guardas con el oro son fáciles de romper. Aparte. que todo esto puede ser, porque de mí no se tenga sospecha.) Tú temes bien: fuerza es que quieran libralle. Pues solo un remedio hallé porque ninguno se atreva a atropellar mi poder. ¿Y es, señor? Muley, que tú le guardes y a cargo esté tuyo: a ti no ha de torcerte ni el temor ni el interés. Alcaide eres del Infante: procura el guardarle bien; porque en cualquiera ocasión tú me has de dar cuenta dél. Vase. Sin duda alguna que oyó nuestros conciertos el Rey: ¡válgame Alá! Sale FERNANDO. ¿Qué te aflige? ¿Has escuchado? Muy bien. Pues, ¿para qué me preguntas qué me aflige si me ves en tan ciega confusión y, entre mi amigo y el Rey, el amistad y el honor hoy en batalla se ven? Si soy contigo leal, he de ser traidor al Rey; ingrato seré contigo si con él me juzgo fiel. ¿Qué he de hacer? ¡Valedme cielos!, pues al mismo que llegué a rendir la libertad me entrega para que esté seguro en mi confïanza. ¿Qué he de hacer si ha echado el Rey llave maestra al secreto? Mas, para acetarlo bien, te pido que me aconsejes: dime tú qué debo hacer. Muley, amor y amistad en grado inferior se ven con la lealtad y el honor. Nadie iguala con el Rey; él solo es igual contigo; y así, mi consejo es que a él le sirvas y me faltes: tu amigo soy; y porque esté seguro tu honor, yo me guardaré también; que aunque otro llegue a ofrecerme libertad, no acetaré la vida, porque tu honor conmigo seguro esté. Fernando, no me aconsejas tan leal como cortés. Sé que te debo la vida y que pagártela es bien. Y así, lo que está tratado esta noche dispondré: líbrate tú, que mi vida se quedará a padecer tu muerte; líbrate tú, que nada temo después. ¿Y será justo que yo sea tirano y crüel con quien conmigo es piadoso, y mate al honor crüel que a mí me está dando vida? No; y así, te quiero hacer juez de mi causa y mi vida: aconséjame también. ¿Tomaré la libertad de quien queda a padecer por mí? ¿Dejaré que sea vano por su honor crüel por ser liberal conmigo? ¿Qué me aconsejas? No sé; que no me atrevo a decir 'sí' ni 'no': el 'no', porque me pesará que lo diga, y el 'sí', porque echo de ver si digo al decir que sí que no te aconsejo bien. Sí aconsejas; porque yo, por mi Dios y por mi ley, seré un príncipe constante en la esclavitud de Fez. Jornada III Salen MULEY y el REY. (Ya que socorrer no espero, por tantas guardas del Rey, a don Fernando, hacer quiero sus ausencias, que ésta es ley de un amigo verdadero). Señor, pues yo te serví en tierra y mar, como sabes, si en tu gracia merecí lugar, en penas tan graves, atento me escucha. Di. Fernando... No digas más. ¿Posible es que no me oirás? No, que en diciendo Fernando ya me ofendes. ¿Cómo o cuándo? Como ocasión no me das de hacer lo que me pidieres cuando me ruegas por él. Si soy su guarda, ¿no quieres, señor, que dé cuenta de él? Di, pero piedad no esperes. Fernando, cuya importuna suerte sin piedad alguna vive, a pesar de la fama, tanto que el mundo le llama el monstruo de la fortuna, examinado el rigor, mejor dijera el poder de tu corona, señor, hoy a tan mísero ser le ha traído su valor, que en un lugar arrojado, tan humilde y desdichado que es indigno de tu oído, enfermo, pobre y tullido piedad pide al que ha pasado; porque, como le mandaste que en las mazmorras durmiese, que en los baños trabajase, que tus caballos curase y nadie a comer le diese, a tal estremo llegó, como era su natural tan flaco, que se tulló; y así, la fuerza del mal brío y majestad rindió. Pasando la noche fría en una mazmorra dura, constante en su fe porfía; y al salir la lumbre pura del sol, que es padre del día, los cautivos -¡pena fiera!- en una mísera estera le ponen en tal lugar que es -¿direlo?- un muladar, porque es su olor de manera que nadie puede sufrirle junto a su casa, y así todos dan en despedirle y ha venido a estar allí sin hablarle y sin oírle ni compadecerse de él. Sólo un criado y un fiel caballero en pena estraña le consuela y acompaña. Estos dos parten con él su porción, tan sin provecho, que para uno solo es poca, pues, cuando los labios toca, se suele pasar al pecho sin que lo sepa la boca. Y aun a estos dos los castiga tu gente por la piedad que al dueño a servir obliga; mas no hay rigor ni crueldad, por más que ya le persiga, que de él los pueda apartar. Mientras uno va a buscar de comer, el otro queda, con quien consolarse pueda de su desdicha y pesar. Acaba ya rigor tanto; ten del príncipe, señor, ya que no piedad, horror; asombro, ya que no llanto. Bien está, Muley. Sale FÉNIX. Señor, si ha merecido en tu amor gracia alguna mi humildad, hoy a vuestra Majestad vengo a pedir un favor. ¿Y qué es, Fénix? Escuchad. ¿Qué puedo negarte a ti? Fernando el maestre... Está bien, ya no hay que pasar de ahí. ...horror da a cuantos le ven en tal estado; de ti sólo merecer quisiera... ¡Detente, Fénix, espera! ¿Quién a Fernando le obliga para que su muerte siga, para que infelice muera? Si por ser cruel y fiel a su fe, sufre castigo tan dilatado y cruel, él es el cruel conmigo, que yo no lo soy con él. ¿No está en su mano salir de su miseria y vivir? Pues eso en su mano está, entregue a Ceuta y saldrá de padecer y sentir tantas penas y rigores. Sale CELÍN. Licencia aguardan que des, señor, dos embajadores; de Tarudante uno es y el otro del portugués Alfonso. (¿Hay penas mayores? Sin duda que por mí envía Tarudante). (Hoy perdí, cielos, la esperanza que tenía. Mátenme amistad y celos, todo lo perdí en un día). Entren, pues. En este estrado conmigo te asienta, Fénix. Siéntanse. Salen ALFONSO y TARUDANTE, cada uno por su puerta. Generoso rey de Fez... Rey de Fez altivo y fuerte... ...cuya fama... ...cuya vida... ...nunca muera... ...viva siempre... ...y tú de aquel sol aurora... ...tú de aquel ocaso oriente... ...a pesar de siglos dures... ...a pesar de tiempos reines... ...por que tengas... ...por que goces... ...felicidades... ...laureles... ...altas dichas... ...triunfos grandes... ...pocos males. ...muchos bienes. ¿Cómo mientras hablo yo, tú, cristiano, a hablar te atreves? Porque nadie habla primero que yo donde yo estuviere. A mí, por ser de nación alarbe, el lugar me deben primero, que los estraños donde hay propios no prefieren. Donde saben cortesía sí hacen, pues vemos siempre que dan en cualquiera parte el mejor lugar al huésped. Cuando esa razón lo fuera, aún no pudiera vencerme, porque el primero lugar sólo se le debe al huésped. Ya basta. Y los dos agora en mis estrados se sienten. Hable el portugués, que en fin por de otra ley se le debe más honor. (Corrido estoy). Agora yo seré breve: Alfonso de Portugal, rey famoso, a quien celebre la fama en lenguas de bronce a pesar de envidia y muerte, salud te envía y te ruega que, pues libertad no quiere Fernando, como su vida la ciudad de Ceuta cueste, que remitas su valor hoy a cuantos intereses el más avaro codicie, el más liberal desprecie; y que dará en plata y oro tanto precio como pueden valer dos ciudades; esto te pide amigablemente. Pero si no se le entregas, que ha de librarle promete por armas, a cuyo efeto ya sobre la espalda leve del mar ciudades fabrica de mil armados bajeles; y jura que a sangre y fuego ha de librarle y vencerte, dejando aquesta campaña llena de sangre, de suerte que cuando el sol se levante halle los matices verdes esmeraldas y los pierda rubíes cuando se acueste. Aunque como embajador no me toca responderte, en cuanto toca a mi rey, puedo, cristiano, atreverme -porque ya es suyo este agravio- como hijo que obedece al Rey, mi señor; y así, decir de su parte puedes a don Alfonso que venga, por que en término más breve que hay de la noche a la aurora vea en púrpura caliente agonizar estos campos, tanto que los cielos piensen que se olvidaron de hacer otras flores que claveles. Si fueras, moro, mi igual, pudiera ser que se viese reducida esa vitoria a dos jóvenes valientes; mas dile a tu rey que salga si ganar fama pretende, que yo haré que salga el mío. Casi has dicho que lo eres y, siendo así, Tarudante sabrá también responderte. Pues en campaña te espero. Yo haré que poco me esperes, porque soy rayo. Yo viento. Volcán soy que llamas vierte. Hidra soy que fuego arroja. Yo soy furia. Yo soy muerte. ¿Que no te espantes de oírme? ¿Que no te mueras de verme? Señores, vuestras Altezas, ya que los enojos pueden correr al sol las cortinas que le embozan y escurecen, adviertan que en tierra mía campo aplazarse no puede sin mí; y así yo le niego para que tiempo me quede de serviros. No recibo yo hospedajes y mercedes de quien recibo pesares. Por Fernando vengo; el verle me obligó a llegar a Fez disfrazado desta suerte. Antes de entrar en tu corte supe que a esta quinta alegre asistías, y así vine a hablarte por que fin diese la esperanza que me trujo. Y pues tan mal me sucede, advierte, señor, que sólo la respuesta me detiene. La respuesta, rey Alfonso, será compendiosa y breve: que si no me das a Ceuta, no hayas miedo que le lleves. Pues ya he venido por él y he de llevarle; prevente para la guerra que aplazo. Embajador, o quien eres, veámonos en campaña. ¡Hoy toda el África tiemble! Vase. Ya que no pude lograr la fineza, hermosa Fénix, de serviros como esclavo, logre al menos la de verme a vuestros pies. Dad la mano a quien un alma os ofrece. Vuestra Alteza, gran señor, finezas y honras no aumente a quien le estima, pues sabe lo que a sí mismo se debe. (¿Qué espera quien esto llega a ver y no se da muerte?). Ya que vuestra Alteza vino a Fez impensadamente, perdone del hospedaje la cortedad. No consiente mi ausencia más dilación que la de un plazo muy breve; y, supuesto que venía mi embajador con poderes para llevar a mi esposa, como tú dispuesto tienes, no por haberlo yo sido mi fineza desmerece la brevedad de la dicha. En todo, señor, me vences; y así por pagar la deuda, como porque se previenen tantas guerras, es razón que desocupado quede destos cuidados; y así volverse luego conviene antes que ocupen el paso las amenazadas huestes de Portugal. No importara, porque yo vengo con gente y ejércitos numerosos, tal, que esos campos parecen ciudades más que desierto, y volveré brevemente con ella a ser tu soldado. Pues luego es bien que se apreste la jornada; pero en Fez será bien, Fénix, que entres a alegrar esa ciudad. Muley. ¿Gran señor? Prevente, que con la gente de guerra has de ir sirviendo a Fénix hasta que quede segura y con su esposo la dejes. Vase. (Esto sólo me faltaba para que, estando yo ausente, aun le falte mi socorro a Fernando y no le quede esta pequeña esperanza). Vanse y sacan en brazos al infante DON FERNANDO, DON JUAN y CAUTIVOS, y sacan una estera en que sentarle. Ponedme en aquesta parte para que goce mejor la luz que el cielo reparte. ¡Oh, inmenso, oh, dulce Señor, qué de gracias debo darte! Cuando como yo se vía Job, el día maldecía, mas era por el pecado en que había sido engendrado; pero yo bendigo el día por la gracia que nos da Dios en él, pues claro está que cada hermoso arrebol y cada rayo del sol lengua de fuego será con que le alabo y bendigo. ¿Estás bien, señor, así? Mejor que merezco, amigo. ¡Qué de piedades aquí, oh, Señor, usáis conmigo! Cuando acaban de sacarme de un calabozo, me dais un sol para calentarme; liberal, Señor, estáis. Sabe el cielo si quedarme y acompañaros quisiera, mas ya veis que nos espera el trabajo. Hijos, adiós. ¡Qué pesar! Vanse. Yo también te he de dejar. ¿Qué haré yo sin tu favor? Presto volveré, señor, que sólo voy a buscar algo que comas, porque después que Muley se fue de Fez, nos falta en el suelo todo el humano consuelo; pero con todo eso iré a procurarle, si bien imposibles solicito, porque ya cuantos me ven, por no ir contra el edito que manda que no te den ni agua tampoco, ni a mí me venden nada. ¡Que así use el Rey de su rigor! Gente viene, gran señor. Yo me voy. ¡Oh, si pudiera mover a alguno a piedad mi voz, para que siquiera un instante más viviera padeciendo! El REY, TARUDANTE, FÉNIX y CELÍN. Hola, apartad. Por una calle has venido que es fuerza que hayas de ver al infante don Fernando. Acompañarte he querido por que mi grandeza veas. Siempre mis honras deseas. Dalde de limosna hoy a este pobre algún sustento; mirad que hombre humano soy y que afligido y hambriento muriendo de hambre estoy. Hombres, doleos de mí, que una fiera de otra fiera se compadece. Ya aquí no hay pedir de esa manera. ¿Cómo he de decir? Así: moros, tened compasión, y algo que este pobre coma le dad en esta ocasión, por el santo zancarrón del gran profeta Mahoma. Que tenga fe en este estado más me ofende y más me infama. ¡Infante! ¡Maestre! El Rey llama. ¿A mí, Brito? Haste engañado: ni infante ni maestre soy, el cadáver suyo sí; y pues ya en la tierra estoy, aunque infante y maestre fui, no es ése mi nombre hoy. Pues no eres maestre ni infante, respóndeme a mí, Fernando. Agora, aunque me levante de la tierra, iré arrastrando a besar tu pie. Constante te muestras a mi pesar. ¿Es humildad o valor esta obediencia? Es mostrar cuánto debe respetar el esclavo a su señor. Y pues que tu esclavo soy y estoy en presencia tuya, esta vez tengo de hablarte, mi rey y señor, escucha. Rey te llamé y, aunque seas de otra ley, es tan augusta de los reyes la deidad, tan fuerte y tan absoluta, que engendra ánimo piadoso, y así es forzoso que acudas a la sangre generosa con piedad y con cordura, que aun entre brutos y fieras este nombre es de tan suma autoridad, que la ley de naturaleza ajusta obediencias. Y así, vemos en repúblicas incultas al león, rey de las fieras -que, cuando la frente arruga, de guedejas se corona-, ser piadoso, pues que nunca hizo presa en el rendido; en las saladas espumas del mar al delfín, que es rey de los peces, le dibujan escamas de plata y oro sobre la espalda cerúlea coronas, y ya se vio de una tormenta importuna sacar los hombres a tierra, por que el mar no los consuma; el águila caudalosa, a quien copete de plumas riza el viento en sus esferas, de cuantas aves saludan al sol es emperatriz, y con piedad noble y justa, por que brindando no beba el hombre entre plata pura su muerte, que en los cristales mordió la ponzoña dura del áspid, con pico y alas borra, deshace y enturbia. Aun entre plantas y piedras se dilata y se dibuja este imperio: la granada, a quien coronan las puntas de una corteza en señal de que es reina de las frutas, envenenada marchita los rubíes que la ilustran y los convierte en topacios, color desmayada y mustia; el diamante, a cuya vida ni aun el imán ejecuta su propiedad -que por rey esta obediencia le jura-, tan noble que la traición del dueño no disimula y la agudeza, imposible de que buriles le pulan, se deshace entre sí mismo, vuelto en cenizas menudas. Pues si entre fieras y peces, plantas, piedras y aves usa esta majestad de rey de piedad, no será injusta entre los hombres, señor, porque el ser no te disculpa de otra ley, que la crueldad en cualquiera ley es una. No quiero compadecerte con mis lástimas y angustias para que me des la vida, que mi voz no la procura; que bien sé que he de morir desta enfermedad que turba mis sentidos, que mis miembros discurre helada y caduca. Bien sé que herido de muerte estoy, porque no pronuncia voz la lengua cuyo aliento no sea una espada aguda. Bien sé, al fin, que soy mortal y que no hay hora segura, y por eso dio una forma con una materia en una semejanza la razón al ataúd y a la cuna. Acción nuestra es natural, cuando recibir procura algún hombre, alzar las manos en esta manera juntas, mas cuando quiere arrojarlo de aquella misma acción usa, pues las vuelve boca abajo, porque así las desocupa. El mundo, cuando nacemos, en señal de que nos busca, en la cuna nos recibe y en ella nos asegura boca arriba; pero, cuando o con desdén o con furia quiere arrojarnos de sí, vuelve las manos que junta y aquel instrumento mismo forma mi materia muda, pues fue cuna boca arriba lo que boca abajo es tumba. Tan cerca vivimos, pues, de nuestra muerte, tan juntas tenemos cuando nacemos el lecho como la cuna. ¿Qué aguarda quien esto oye? Quien esto sabe, ¿qué busca? Claro está que no será la vida, no admite duda; la muerte sí; ésta te pido, por que los cielos me cumplan un deseo de morir por la fe; que, aunque presumas que esto es desesperación, porque el vivir me disgusta, no es sino afecto de dar la vida en defensa justa de la fe, y sacrificar a ella vida y alma juntas. Y así, aunque pida la muerte, el afecto me disculpa, y, si la piedad no puede vencerte, el rigor presuma obligarte. ¿Eres león? Pues ya será bien que rujas y despedaces a quien te ofende, agravia y injuria. ¿Eres águila? Pues hiere con el pico y con las uñas a quien su nido deshace. ¿Eres delfín? Pues anuncia tormentas al marinero que el mar deste mundo ocupa. ¿Eres árbol real? Pues muestra todas las ramas desnudas a la violencia del tiempo que iras de Dios ejecuta. ¿Eres diamante? Hecho polvos, pues, sé venenosa furia; y cánsate porque yo, aunque más tormentos sufra, aunque más rigores vea, aunque llore más angustias, aunque más miserias pase, aunque halle más desventuras, aunque más hambre padezca, aunque mis carnes no cubran estas ropas, y aunque sea mi esfera esta estancia sucia, firme he de estar en mi fe, porque es el sol que me alumbra, porque es la luz que me guía, es el laurel que me ilustra. No has de triunfar de la Iglesia, de mí, si quisieres, triunfa; Dios defenderá mi causa, pues yo defiendo la suya. ¿Posible es que en tales penas blasones y te consueles? Siendo propias no te dueles; ¿qué hicieras a ser ajenas? No me duelo porque penas, que, pues tu muerte causó tu misma mano y yo no, no esperes piedad de mí; ten tú lástima de ti, Fernando, y tendrela yo. Vase. Señor, vuestra Majestad me valga. ¡Qué desventura! Vase. Si es alma de la hermosura esa divina deidad, vos, señora, me amparad con el Rey. ¡Qué gran dolor! ¿Aun no me miráis? ¡Qué horror! Hacéis bien, que vuestros ojos no son para ver enojos. ¡Qué lástima! ¡Qué dolor! Pues aunque no me miréis, señora, es bien que sepáis que, aunque tan bella os juzgáis, que más que yo no valéis y yo quizá valgo más. Horror con tu voz me das y con tu aliento me hieres. ¡Déjame, hombre! ¿Qué me quieres? Que no puedo sentir más. Vase. Sale DON JUAN con un pan. Por alcanzar este pan que traerte, me han seguido los moros y me han herido con los palos que me dan. Esa es la herencia de Adán. Toma. Ya, amigo leal, tarde llegas, que mi mal es ya mortal. Deme el cielo en tantas penas consuelo. Pero ¿qué mal no es mortal, si mortal el hombre es, y en este confuso abismo la enfermedad de sí mismo le viene a matar después? Hombre, mira que no estés descuidado; la verdad sigue, que hay eternidad, y otra enfermedad no esperes que te avise, pues tú eres tu mayor enfermedad. Pisando la tierra dura de continuo el hombre está y cada paso que da es sobre su sepultura. Triste ley, sentencia dura es saber que en cualquier caso cada paso -¡gran fracaso!- es para andar adelante, y Dios no es a hacer bastante que no haya dado aquel paso. Amigos, a mi fin llego, llevadme de aquí en los brazos. Serán los últimos lazos de mi vida. Lo que os ruego, noble don Juan, es que luego que espire me desnudéis; en la mazmorra hallaréis de mi religión el manto, que le truje tiempo tanto; con éste me enterraréis descubierto, si el Rey fiero ablanda la saña dura dándome la sepultura. Ésta señalad, que espero que, aunque hoy cautivo muero, rescatado he de gozar el sufragio del altar, que, pues yo os he dado a vos tantas iglesias, mi Dios, alguna me habéis de dar. Llévanle. El infante DON ALFONSO y SOLDADOS con arcabuces. Dejad a la inconstante playa azul esa máquina arrogante de naves, que, causando al cielo asombros, el mar sustenta en sus nevados hombros; y en estos horizontes aborten gente los preñados montes del mar, siendo con máquinas de fuego cada bajel un edificio griego. Sale ENRIQUE. Señor, tú no quisiste que saliera nuestra gente de Fez en la ribera y este puesto escogiste para desembarcar; infeliz fuiste, porque por una parte marchando viene el numeroso Marte, cuyo ejército al viento desvanece y los collados de los montes crece. Tarudante conduce gente tanta, llevando a su mujer, felice infanta de Fez, hacia Marruecos, mas respondan las lenguas de los ecos. Enrique, a eso he venido, a esperalle a este paso, que no ha sido esta elección acaso; prevenida estaba y la razón está entendida; si yo a desembarcar a Fez llegara, esta gente y la suya en ella hallara; y, estando divididos, hoy con menos poder están vencidos, y, antes que se prevengan, toca al arma. Señor, advierte y mira que es sin tiempo esta guerra. Ya mi ira ningún consejo alcanza. No se dilate un punto esta venganza, entre en mi brazo fuerte por África el azote de la muerte. Mira que ya la noche, envuelta en sombras, el luciente coche del sol esconde entre las sombras puras. Pelearemos a escuras, que a la fe que me anima ni el tiempo ni el poder la desanima. Fernando, si el martirio que padeces -pues es suya la causa- a Dios le ofreces, cierta es ya la vitoria: mío será el honor, mía la gloria. Tu orgullo altivo yerra. Dentro. ¡Embiste, gran Alfonso! ¡Guerra, guerra! ¿Oyes confusas voces romper los vientos tristes y veloces? Sí, y en ellos se oyeron trompetas que a embestir señal hicieron. ¡Pues a embestir, Enrique!, que no hay duda que el cielo nos ayuda. Sale FERNANDO. Sí ayuda, porque, obligando al cielo, que vio tu fe, tu religión, tu celo, hoy tu causa defiende; librarme a mí de esclavitud pretende, porque, por raro ejemplo, por tantos templos Dios me ofrece un templo; y, con esta luciente antorcha desasida del oriente tu ejército arrogante alumbrando, he de ir siempre delante, para que hoy en trofeos iguales, grande Alfonso, a tus deseos llegues a Fez, no a coronarte agora, sino a librar mi ocaso en el aurora. Vase. Dudando estoy, Alfonso, lo que veo. Yo no, todo lo creo y, si es de Dios la gloria, no digas guerra ya, sino vitoria. Vanse. El REY, CELÍN y en lo alto del tablado DON JUAN y un CAUTIVO, y el INFANTE en un ataúd, que se vea la caja no más. Bárbaro, gózate aquí de que tirano quitaste la mejor vida. ¿Quién eres? Un hombre que, aunque me maten, no he de dejar a Fernando y, aunque de congoja rabie, he de ser perro leal que en muerte he de acompañarle. Cristianos, ese padrón que a las futuras edades informe de mi justicia, que rigor no ha de llamarse venganza de agravios hechos contra personas reales. Venga Alfonso agora, venga con arrogancia a sacarle de esclavitud, que, aunque yo perdí esperanzas tan grandes de que Ceuta fuese mía, por que las pierda arrogante de su libertad me huelgo de verle en estrecha cárcel. Aun muerto no ha de estar libre de mis rigores notables, y así, puesto a la vergüenza, quiero que esté a cuantos pasen. Presto verás tu castigo, que por campañas y mares ya descubro desde aquí mis cristianos estandartes. Subamos a la muralla a saber sus novedades. Vanse. Arrastrando las banderas y destemplados los parches, muertas las cuerdas y luces, todas son tristes señales. Tocan cajas destempladas, sale el infante DON FERNANDO con una hacha alumbrando al infante DON ALFONSO y ENRIQUE, que traen cautivos a TARUDANTE, FÉNIX y MULEY y todos los SOLDADOS. En el horror de la noche, por sendas que nadie sabe, te guié; ya con el sol pardas nubes se deshacen. Vitorioso, gran Alfonso, a Fez conmigo llegaste; éste es el muro de Fez, trata en él de mi rescate. Vase. ¡Ah de los muros! Decid al Rey que salga a escucharme. El REY y CELÍN al muro. ¿Qué quieres, valiente joven? Que me entregues al Infante, al maestre don Fernando, y te daré por rescate a Tarudante y a Fénix, que presos están delante. Escoge lo que quisieres: morir Fénix o entregalle. ¿Qué he de hacer, Celín amigo, en confusiones tan grandes? Fernando es muerto y mi hija está en su poder. ¡Mudable condición de la fortuna que a tal estado me trae! ¿Qué es esto, señor? Pues, viendo mi persona en este trance, mi vida en este peligro, mi honor en este combate, ¿dudas qué has de responder? ¿Un minuto ni un instante de dilación te permite el deseo de librarme? En tu mano está mi vida, ¿y consientes -¡pena grave, dolor fiero!- que la mía injustas prisiones aten? A tu voz está pendiente mi vida -¡rigor notable!- ¿y permites que la mía turbe la esfera del aire? A tus ojos ves mi pecho rendido a un desnudo alfanje, ¿y consientes que los míos tiernas lágrimas derramen? Siendo rey, has sido fiera, siendo padre, fuiste áspid, siendo juez, eres verdugo: ni eres rey, juez, ni padre. Fénix, no es la dilación de la respuesta negarte la vida, cuando los cielos quieren que contigo acabe. Y, puesto que ya es forzoso que una ni otra se dilate, sabe, Alfonso, que a la hora que Fénix le vio ayer tarde con el sol llegó al ocaso, sepultándose en dos mares, de la muerte y de la espuma, juntos el sol y el Infante. Esa caja humilde y breve es de su cuerpo el engaste. Da la muerte a Fénix bella, venga tu sangre en mi sangre. ¡Ay de mí! Ya mi esperanza de todo punto se acabe. Ya no me queda remedio para vivir un instante. ¡Válgame el cielo! ¿Qué escucho? ¡Qué tarde, cielos, qué tarde le llegó la libertad! No digas tal, que, si antes Fernando en sombras nos dijo que de esclavitud le saque, por su cadáver lo dijo, por que goce su cadáver por muchos templos un templo, y a él se ha de hacer el rescate. Rey de Fez, por que no pienses que muerto Fernando vale menos que aquesta hermosura, por él, cuando muerto yace, te la trueco. Envía, pues, la nieve por los cristales, el enero por los mayos, las rosas por los diamantes y, al fin, un muerto infelice por una divina imagen. ¿Qué dices, invicto Alfonso? Que esos cautivos le bajen. Precio soy de un hombre muerto, cumplió el cielo su homenaje. Por el muro descolgad el ataúd y entregalde, que para hacer las entregas a sus pies voy a arrojarme. Vase y bajen el ataúd con cuerdas por el muro. En mis brazos os recibo, divino príncipe mártir. Yo, hermano, aquí te respeto. Dame, invicto Alfonso, dame la mano. Don Juan, amigo, ¡buena cuenta del infante me habéis dado! Hasta su muerte le acompañé hasta mirarle libre. Vivo y muerto estuve con él; mirad dónde yace. Dadme, tío, vuestra mano, que aunque necio y ignorante a sacaros de peligro vine, gran señor, tan tarde, en la muerte, que es mayor, se muestran las amistades. En un templo soberano haré depósitos graves de vuestro sagrado cuerpo. A Fénix y a Tarudante te entrego, Rey, y te pido que aquí con Muley la cases, por el amistad que sé que tuvo con el infante. Agora llegad, cautivos; ved vuestro santo y llevalde en hombros hasta la armada. Todos es bien te acompañen. Al son de dulces trompetas y templadas cajas marche el ejército con orden de entierro, para que acabe, pidiendo perdón aquí de yerros que son tan grandes, El católico Fernando, .príncipe en la fe constante