Auristela Y Lisidante La Gran Comedia. Fiesta Que Se Representó A Sus Majestades En El Coliseo De Buen Retiro Personas que hablan en ella: Lisidante. Merlín. Auristela. Estela. Arsidas. Celio. Clariana. Flérida. Licanoro. Brunel. Aurora. Un sargento. Milor. Timantes, viejo. Cintia. Soldados y músicos. Jornada Primera Dentro cajas y trompetas, y sale Celio, Timantes y soldados, acuchillando a Lisidante, que sale armado, y Licanoro y Milor, armados también, se ponen a su lado con bandas los dos en los rostros, y las armas de Lisidante han de traer en el peto, pintadas con trabazones dellas, una estrella y una lis con letras en medio. (Dentro.) ¡Muera el homicida! ¡Muera! ¡Valedme, cielos piadosos! ¡Qué adagio es tan verdadero, (u dígalo este alboroto) «a gran fiesta, gran desdicha»! ¡Qué ansia! ¡Qué pena! ¡Qué asombro! Dentro. Pues que ya el caballo herido, desesperado y furioso de sí le arroja, no escape. Muera un traidor alevoso. Salen todos ahora. Mentís, que traición no ha sido, sino un acaso forzoso de la fortuna. Es verdad, y en su defensa a nosotros habéis de hallar. Deteneos, cobardes, no sediciosos su muerte intentéis, supuesto que no mató ventajoso a Polidoro, y estando hecho bueno para todos el campo, a todos nos toca librarle en tan riguroso trance, pues puede a cualquiera acontecerle lo propio. ¿Que le dije yo a mi amo que no matase (es un tonto) Polidoros en su vida, y haya muerto a un Polidoro? Aunque más le defendáis, será en vano vuestro asombro. No será, porque no habrá extranjero el más remoto que no se ponga a su lado, porque ésta es causa de todos. Aventurero a quien nadie conoce, ni yo conozco, cobra segundo caballo de tantos como el despojo son desta tela, que yo te aseguro. Lo fragoso de aquesos montes te ampare, que yo en tu defensa solo bastaré. Aunque le agradezco, no acepto vuestro socorro, que no he de huir, cuando os dejo empeñados a vosotros por mí, y así a vuestro lado antes a morir me expongo. Como tú escapes la vida, no peligramos nosotros; como la defiendas, sí. Y más cuando de su trono Auristela y Clarïana descienden, cuyos enojos harán mayor el empeño. Con esa disculpa, tomo aquel caballo, y del monte a lo intrincado me acojo, bien que, perdida Auristela, ¿para qué el huir otorgo? Vase. Seguirle quiero, pues huye. Yo no, que a mira de todos le sirvo más en quedarme. Haciéndole de este modo espaldas, aseguremos su fuga. En vano dispongo vengar mi rey infelice si los extranjeros todos (que hay más que los naturales) son osados, y animosos le amparan. Entranse riñendo, y salen por otra parte Auristela, Clariana y damas. (Dentro.) A la marina. (Dentro.) Al monte, a la cumbre. Al soto. Licanoro y Milor dentro. No le ha de seguir ninguno. Antiguo esplendor heroico de la gran corte de Atenas, ¿cómo, viendo a vuestros ojos muerto a vuestro heroico dueño, no hacéis sangrientos destrozos en venganza suya? Ilustres deudos y vasallos, ¿cómo en tan infeliz tragedia, convertido en llanto el gozo, no vengáis ofensa tanta, cobardes y temerosos? Mas ¡ay de mí!, que yo misma contra mí misma dispongo (Aparte.) estas lágrimas que vierto, estos suspiros que aborto, pues son contra Lisidante. Pero, ¿qué digo en abono de un homicida, un tirano, un traidor, un alevoso, si es más que su amor su injuria, y más que mi amor mi ahogo? Mira, señora, no hagan esos extremos notorio [Aparte, a ella.] silencio que tantos días aun tuvo a los vientos sordos. Auristela, hermana mía, pues tan infelices somos que no hay vasallos que venguen sucesos tan lastimosos, sigamos las dos con armas a ese crüel, fiero monstruo que con nuestra sangre vuelve coronado de despojos. Dices bien, dadme un caballo y una espada... Y a mí otro. Que si una vez el acero esgrimo... ... si una vez tomo... la cuchilla... ... el fuste ocupo... En los estribos me pongo... seré rayo... ... seré furia... seré pasmo... ... seré asombro... ... que diga... ¡Viva Auristela! ¡Viva Clariana! Dentro cajas, y sale Timantes. ¿Qué oigo? ¿Qué escucho? ¡Ay de mí, infelice! Timantes, ¿qué es esto? Absorto lo diré, si es que a un aliento le pudiere alcanzar otro. Apenas el homicida del infeliz Polidoro... Oh, nunca hubiera (¡ay de mí!) de sol a sol (¡ambicioso valor!) mantenido duelo, en cuyos encuentros noto que son para burlas mucho y para veras son poco. Dígalo su efecto, pues saliendo galán y airoso con el sol, y más que el sol, al choque de dos escollos de acero, vimos el perno de la sobrevista roto, porque una astilla del asta a toda Grecia los ojos de un golpe quebrase... Pero ¿qué repito lo que lloro? Apenas el homicida (si aliento y discursos cobro), porque las naciones varias se opusieron al estorbo, en un caballo que el viento debió de engendrar a soplos, se entró en la maleza, cuando divertido el vulgo en corros (que es la causa porque yo vivo y sin venganza torno), viendo a Polidoro muerto y que de su laurel de oro sois herederas las dos, tan iguales que Dios sólo es el que sabe a cuál toca ocupar el regio solio, por ser nacidas de un parto en cuyo riesgo forzoso no dejó la turbación señalar cuál fue (¡penoso descuido!) la que primero vio del sol los rayos rojos; cuya duda, como había heredero generoso en Atenas, no importó aclarar hasta hoy, que en votos empezando en dos criados, o leales o ambiciosos, dividido el vulgo aclama en confusos ecos roncos, a ti, Clariana, los unos, a ti, Auristela, los otros, diciendo: Dentro clarines. (Dentro.) ¡Viva Auristela! (Dentro.) ¡Viva Clariana! Cajas. Poco has menester repetirlo, pues hasta este sitio propio lidiando el tumulto viene. ¡Qué fácil está, y qué pronto en las deshechas fortunas suceder un daño a otro! Sale Licanoro por una parte, y Milor por otra. Ya que escapé el extranjero, tengo de atreverme a todo... Ya ausente el que defendí, veré si otro empeño logro... Porque, ¿qué vendré a deber a mis alientos briosos, si hallándome a esta ocasión no hago reina a la que adoro? Porque, ¿qué haré yo por mí, si cuando esta ocasión toco a la que idolatro amante por reina no la corono? Salen los que pudieren en dos bandos, riñendo. ¡Clariana viva! ¡Viva Auristela! Llegad todos. Valerosos atenienses... Invictos griegos famosos... Reportaos... ¡Deteneos... ... no atrevidos... ... no furiosos... ... por mi derecho perdáis... ... aventuréis en mi abono... ... de mi presencia el respeto... ... de mi persona el decoro... ... que yo, porque no empeñéis vuestras lealtades, depongo mi acción, siendo la primera, si así el orgullo reporto, que diga «¡Auristela viva!» Yo repetiré lo propio, y que viva Clariana cuando no baste el reposo de vuestra paz, sobre que amigas y hermanas somos, tanto que reinar las dos será reinar la una. Todos los reinos en sí divisos están a su ruina prontos, mayormente amenazados de enemigo poderoso tanto como Lisidante, en quien el antiguo odio de Atenas y Epiro hoy intenta invadir los cotos de este reino. Fuera de eso, siendo dos en dos esposos, será obedecer dos dueños, y no puede no ser monstruo un cuerpo de dos cabezas. ¿Pues cómo, villano? ¿Cómo, traidor? Yo, bella Auristela, reportaré este alboroto. Yo, divina Clariana, reduciré aqueste asombro. Si me escuchas... Ya te escucho... Si me oyes... Clariana ya te oigo. Licanoro Ilustre corte de Atenas, que por lo altivo y lo docto siendo Academia de Marte eres campaña de Apolo; de Macedonia heredero soy, mi nombre Licanoro; hago descubierto el rostro. De la divina Auristela (permítame su decoro que aje la fuerza al respeto), un bello retrato hermoso causa ha sido de venir a estas fiestas de rebozo. Si su hermosura merezco, si su blanca mano toco, y, coronada por reina, llego a verme tan dichoso, contra el fiero Lisidante rey tendréis tan valeroso que no solamente Atenas, pero el clima más remoto será vuestro; y si mi intento no asistís, siguiendo el voto de los que a Clariana aclaman, armada tengo en el golfo con que reduciros puedo, siendo sobre el Helesponto volcanes de agua que abrasen los más altos promontorios. ¡Auristela viva! ¡Viva! Tened, esperad un poco, no os arrojéis a elegir dueño tan presto, en desdoro de Clarïana divina, que si, porque Licanoro de la parte de Auristela está, os rendís temerosos, no le faltará a Clariana valedor tan victorioso, que de Lisidante y dél triunfante no os saque en hombros. Milor, príncipe de Arcaya, soy, que a Atenas con el propio fin que Licanoro vengo, bien que el objeto es tan otro como Clariana bella, y si su esposo me nombro, rey tendréis, que a sus pies rinda desde éste al opuesto polo cuanto el mar circunda helado, cuanto el sol alumbra rojo, a cuyo empleo en la playa ejércitos numerosos tengo, que estos montes talen piedra a piedra y tronco a tronco. ¡Viva Clarïana! ¡Viva! No, príncipes generosos, dando calor al tumulto añadáis un riesgo a otro: si a cualquier odio le basta su malicia, el más penoso que vio Europa en sus espacios, que vio Grecia en sus contornos, ¿para qué es crecer el ceño, para qué aumentar el odio? Y si en su caliente sangre bañado está Polidoro e ignorado el homicida, pues ninguno le vio el rostro, ni supo quién es, aquesto Aparte. me deba amor, que no es poco, ¿Será bien que sin vengar los baldones del oprobio, por ir tras lo interesable abandonemos lo heroico? Y así, hasta que a su cadáver se dé sacro mauseolo y de su venganza sea. [Aparte.] (¡qué mal este aliento formo!) la vida de un homicida de nuestras sañas despojo, ¿qué fineza es competir lo amante sin lo glorioso? A la razón de Auristela mi llanto añada que sólo el que vengue de mi hermano suceso tan lastimoso y vivo o muerto le traiga a las iras de mi enojo, podrá declararse ufano amante mío. Y mío y todo. Aparte. (¡Oh, cuánto a costa es del alma lo que muestro y lo que escondo!) Yo, solicitando hacer siempre lo mejor, ha poco que, ensordecido el cariño a las voces del arrojo, defendí a ese aventurero. Si ahora a seguirle torno, la palabra que le di de favorecerle rompo, y el crédito de mi fama a las censuras expongo de que lo erré, pues lo enmiendo. Y así, pues ser es forzoso según sus señas publican príncipe igual a nosotros, lo que te ofrezco, Auristela, es, en sabiéndose todo, vengarte en público duelo, mas hoy, perdone tu enojo, que seguir a un delincuente que va forajido y solo en fe de que yo le amparo, no es empeño generoso de mi valor. Del mío sí, pues si antes su muerte estorbo y ahora se la doy, verá el mundo que acudí a todo: al valor cuando le amparo y al amor cuando le postro. Y cuando desaire sea, con la obediencia le doro de una dama. Mire ella lo que manda, a quién y cómo, que una vez mandados, son decretos tan imperiosos, aun sus acasos, ya sean ira o capricho o antojo, que al viso de la fineza hacen el desaire airoso. Y así, resuelto a seguirle, y vivo o muerto a tus ojos traerle, Clariana, ofrezco, en tanto que victorioso me ves en demanda tuya, hasta que en el regio solio mi amor te corone reina del mundo, que Grecia es poco. Quien fuere de esta facción me siga, diciendo todos: ¡Clariana viva! ¡Viva! Vase Milor, y los de un bando tras él. Cuánto estimara uno y otro afecto, si los debiera [Aparte.] a Arsidas, y más si toco en la sospecha de que no haber venido a mis ojos, ni hallarse, como escribió, en estas fiestas de embozo, se ha olvidado de su amor. Mira no hagan sospechoso [Aparte, a Clariana.] esos suspiros el llanto. Yo, Auristela, no conformo mi obediencia a tu obediencia: servir quiero, mas de modo que sea mérito el valor sin ser el valor desdoro. Si no obro por tu gusto, para tu estimación obro, que amarte sin pundonor ya fuera tenerte en poco, y así lo que otra y mil veces en tu servicio propongo es matarle en mejor duelo, y en tanto asistirte pronto hasta que de oro el laurel corone tus rizos de oro. El que de esta facción fuere, sígame, diciendo a coros: ¡Auristela viva! ¡Viva! Vase con el otro bando. ¡Oh, cuánto el amor mañoso dicta lo mejor a un alma! [Aparte.] Bien lo muestra Licanoro, pues en no ir tras Lisidante me obliga sin saber cómo. Yo, que a las dos he criado, igual a las dos adoro, como a pedazos de un alma que quieren partirme a trozos, ni al uno ni al otro sigo y a entrambas servir dispongo, aunque servir a dos dueños sea tan dificultoso. Oye. ¿Qué mandas? Escucha. ¿Qué quieres? Pues leal... Pues docto... ... de este orbe eres el Atlante... ... el Alcides de este globo... ... que estribando en nuestras frentes se ha de mover en tus hombros... ... lo mejor nos aconsejes. Hermanas y amigas somos. Una desdicha lloramos. A un reino un derecho propio tenemos. Dos valedores se declaran amorosos. Un ignorado enemigo aquí nos injuria. Otro en campaña se previene. Un pueblo alterado y loco se nos amotina. ¿Qué hemos de hacer en tantos ahogos? Dejar que el tiempo lo diga, pues que mudamente sordo él solo, sin decir nada, es el que lo dice todo. Vase. Pues Clarïana... Auristela... Si del tiempo el veloz ocio... Si el torpe curso del tiempo... ... tardo al bien... ... al daño pronto... ... lo ha de decir... ... él lo diga. Y en tanta ansia... ... en tanto asombro... ... nuestra amistad... ... nuestro afecto... ... fiel siempre... ... siempre amoroso... ... sin que ningún interés... ... convierta el amor en odio... ... esté a la mira del tiempo. Yo lo ofrezco... y yo lo otorgo. Si bien temo... ... si bien dudo... ... por más que mi pena escondo... ... por más que mi mal recato... ... cuánto yerro... ... cuánto ignoro... ¿En qué, señora? En fiar nada de quien lo ha de decir todo. Vanse, y sale Lisidante, y Merlín, arrojando las armas. El caballo que a mi huida sirvió, en la margen florida de este bosque dejar trato, porque no he de ser ingrato con quien me ha dado la vida. Luego, en el sitio que ves arroja entre la espesura el limpio grabado arnés; sírvanle de sepoltura verdes hojas, y después, arrojando los vestidos, los dos, más desconocidos, buscar albergue podemos, pues ser a todos diremos dos caminantes perdidos que en estos montes robados de bandoleros airados nos dejó su rigor fuerte sin la hacienda y sin la muerte. Discursos son extremados, mas es lo mismo que hacer cuenta sin el mercader: ¿qué importará que nosotros lo digamos si los otros no lo quisieren creer? En tan deshecha fortuna haga yo lo que pudiere de mi parte, e importuna haga ella lo que quisiere, que sin resistencia alguna no me tengo de rendir. ¿En efecto, habemos de ir más ligeros que galanes sin una Eva dos Adanes? Ay, Merlín, esto es morir por no morir, aunque en vano dificultades allano, pues no huyo el hado enemigo si me llevo a mí conmigo. La culpa estuvo en tu mano; ¿qué te había hecho, señor, aquel pobre caballero? Y es verdad que en lid de amor, en entrando aventurero, ¡pobre del mantenedor! ¿Sin cólera un hombre da tan recio? Bien que no está esto en mi mano se advierte, pues fue acaso de la suerte. ¿Cuál su cuidado será si así sus acasos son? Aun no es esta la pasión que más me aflige y desvela, sino pensar que Auristela tenga contra mí razón. ¡Nunca hubiera mi valor guerra a Atenas intentado, nunca, por notar mejor sus defensas, disfrazado fuera con mi embajador, nunca de Auristela bella admirara la hermosura, nunca, por volver a vella, de otros trajes mi locura usara, nunca mi estrella diera industria a mis recelos que declararme pudieran, y nunca, al fin, mis desvelos correspondidos, hubieran merecido!... (Dentro.) ¡Piedad, cielos! Pero, ¿qué confusas voces el aire rompen veloces? En el mar, señor, se oyeron, y sin duda alguna fueron en aquel bajel, que atroces estragos suyos padece. Que se va a pique parece, pues entre dos elementos luchando, de ondas y vientos desarbolado fallece, diciendo: (Dentro.) ¡Hasta penetrar su centro, corred la tierra! Aquel es otro cantar: todo es estruendos la tierra, y todo asombros el mar. ¡Cielos, favor! Risco no haya que osados no examinemos. A tierra el príncipe vaya. ¿Quién vio tan varios extremos? Al monte, al monte. A la playa. En el esquife ha saltado un arráez que ha intentado salvar a otro. Y por acá el monte sitiando va todo un escuadrón armado. ¿Quién padeció a un tiempo guerra tan doblada? Yo, en rigor, que pago lo que otro yerra. Sale Arsidas, y Brunel por otro lado. Gracias al Cielo, señor que llegué contigo a tierra. Dicha ha sido, que avariento ese hidrópico crüel de humanas vidas sediento, ya ha sepultado el bajel en salobre monumento. Merlín, ven conmigo. ¿Qué intentas? Pues en la orilla de aquel esquife se ve mal encallada la quilla, quizá en él salvar podré la vida de tanto horror como el monte corre. Advierte que por escapar, señor, el peligro de una muerte, das en otro. Si el rigor de mi fortuna previno que muera sin esperanza, morir antes determino a manos de su venganza que a manos de mi destino. Ven, Merlín. Vanse los dos. No sólo ha sido ya el bajel el que has perdido, sino el esquife también. ¿Cómo? ¿Tus ojos no ven que dos hombres le han cogido y huido en él? ¿Quién tasar podrá los rumbos que encierra la vida, viendo anhelar a unos por salir a tierra y a otros por volver al mar? Ya sobre el campo turquí una y otra vez le vi zozobrar. Crea en su abismo desengaños de sí mismo quien no los creyó de mí. ¡Qué mal el remo proteja contra el viento que del mar sopla! Cuanto más se aleja veloz, veloz vuelve a dar en los peñascos que deja. Mas ya que el bajel perdimos y esquife, inquiera el valor qué playa es esta en que dimos de Atenas. Pardiez, señor, a lindas fiestas venimos. Desde el instante, ¡ay de mí!, que de Clarïana bella llamado a esta justa fui y de que me viera en ella, palabra, Brunel, la di, no ha habido contra mi intento acaso que no sea azar, frustrando mi pensamiento con sus embates el mar, con sus ráfagas el viento. Siempre tormenta corrí, y hoy que a la vista me vi de Atenas, cuando pensé haberla vencido, hallé más fracasos contra mí; pues perdido el bajel veo, robado el esquife miro, dejarme con mi deseo. ¡El alma y la vida diera porque de entrar modo hallara donde Clarïana. Espera, no lo digas, o repara que, al decirlo, la ribera brota un arnés y un caballo aderezado también más adelante. Al mirallo me ha parecido que hallo más riqueza, mayor bien que perdí en la sumergida nave. ¿Quién mis hados labra? El diablo, cosa es sabida: como ofreciste alma y vida, te ha tomado la palabra y a mí sin dársela yo, pues para mí una librea trae también. ¿Quién, cielos, vio tal dicha? ¿Dicha? ¿Pues no? Toma, y cuyo fuere sea. ¿Luego armarte intentas? Sí: hoy es de la justa el día, el cartel lo dijo así, y pues la ventura mía armas y caballo aquí me previno, antes que el sol con desmayado arrebol llevando el día a otra esfera, caducando luces muera en el piélago español, armarme tengo y entrar en la tela, haciendo vana toda la saña del mar, sin que me pueda culpar de no fino Clarïana. Pienso que tus bizarrías, por no decir tus locuras, soñando están fantasías. Si éstas fueran aventuras de andantes caballerías, yo creyera que la griega que llaman las viejas Hada caballos y armas te entrega, mas pacto implícito... Nada me digas, ¿qué aguardas? Llega, ponme esta gola. Señor, ¿no echas de ver que es error esta empresa endemoniada? Mi amor no repara en nada. Estalo también tu amor y así... Ponme el peto pues, y vístete tú. No quiero. Aquél el caballo es. (Dentro.) Y él a pie con su escudero se está quitando el arnés. Antes le pone: éstas son voces del diablo que aquí le puso. ¿Habrá confusión que no me suceda a mí? Salen todos, y abrázanse por detrás con ellos, y quítale Milor la espada. Date, bárbaro, a prisión. Tú también. Son sinrazones de vuestra cólera brava llegar con tales acciones. Sólo ahora nos faltaba que nos prendan por ladrones. Si por haberme ceñido este arnés os he ofendido... Ya que le llegué a prender, porque no dé qué temer ser de algunos conocido, cubrid sus rostros, y advierte, ignorado aventurero, que si intentas defenderte o descubrirte, tu acero mismo te ha de dar la muerte. Pónenles unas bandas en los rostros. Marchad con ellos así. ¡Ay, infelice de mí! Si obligo a Clariana bella en servicio para ella, ¿qué desaire hay para mí? Vanse, y sale Clariana, y Estela. ¿Qué hace Auristela? Después que habiéndose introducido de Milor y Licanoro los dos afectos distintos, el pueblo que entre los dos parcial estaba y diviso, a la novedad atento, treguas, si no paces, hizo, y después que por consejo de Timantes, que advertido de Polidoro a la pompa que asistiésedes no quiso, venisteis las dos a esta fuerza que sobre esos riscos, siendo atalaya del mar es de la tierra registro; Auristela, retirada en su más oculto sitio, acompañada de solas sus lágrimas y gemidos está, sin querer que nadie la hable. Yo hiciera lo mismo, si a las penas que padezco no hubiera hallado un alivio. Pues sabes que he de estimarle siendo tuyo, te suplico sepa yo qué alivio. ¿Tú le ignoras? Bien lo imagino, mas no lo sé, hasta saberlo de ti misma. Cuerdo aviso es no saber lo que saben las que sirven hasta oírlo de la boca de sus dueños; y pues desde su principio lo que no te digo ignoras, ignora lo que te digo. Ya sabes, hermosa Estela, que Arsidas, príncipe invicto de Chipre, con Policeno, su hermano, desavenido sobre no querer jurar a Cintia su hija, en perjuicio de su derecho, alegando el no heredar hembras, vino a ampararse de mi hermano. Ya sabes que, amante y fino, el tiempo del hospedaje entre los primeros visos con que habla la voz sin voz, ya osadamente remiso, ya remisamente osado, me dio de su amor indicios. En fin, por no detenerme en episodios prolijos, di lugar que alguna noche (tú sola fuiste testigo) por una reja me hablase, en cuyo amante delito comunicado creció... (No hallo frase en que decirlo, porque si digo «amor» no es amor, y si no lo digo, no digo lo que es: tú allá inventa una voz, te pido, que sea algo menos que amor y sea algo más que cariño.) En este estado, mi hermano, que le albergó como amigo, le compuso como rey con el suyo, que benigno le llamó, con que a su patria, mejorado de partidos, bien que ya Cintia jurada, volverse (¡ay, Dios!) fue preciso; pero no precisó, Estela, hacer la ausencia su oficio, que aunque es del olvido madre, esta vez, porque el olvido no creciese mal criado, le hurtó la memoria al hijo. Escribile a Arsidas, pues, los aparatos festivos, y que pues tan general aplauso había movido del archipiélago todos los príncipes convecinos, viniese él, pues no podía hallar pretexto más digno. Ha sido dicha no hallarse en tan infeliz conflicto, y más día que Milor tan noblemente rendido, en venganza de mi hermano y de mi acción en auxilio, se ha declarado, con que era segundo empeño preciso, que aunque el secreto en los dos siempre calló enmudecido, en llegando a celos no hay secreto que no hable a gritos. Dices bien, pues si le hallara aquí... Pero no prosigo, que con Flérida, señora, sale Auristela a este sitio. Quizá irá por otra parte; finjamos que no la vimos. Retíranse las dos hablando, y salen Auristela y Flérida. Flérida, no me consueles. Yo solamente te digo que no des, señora, al llanto tan absoluto el dominio, que avasallen tus pesares el valor. Si hubiera oído eso a quien los míos dudara cuáles son, agradecido mi amor lo estimara, pero de ti, Flérida, me aflijo, pues la razón de saberlos es sinrazón de impedirlos. Si sabes que Lisidante, al honestar los motivos de la guerra que ya intentan, entre la familia vino de su embajador, si sabes que, habiéndome acaso visto, atropellando temores y despreciando peligros, de un disfraz a otro disfraz tantos buscó y tan distintos que pudo en alguno entrar (disimulado y fingido mercader de ricas joyas) hasta el verde laberinto de un jardín donde, entre piedras, desusado basilisco, del veneno de su amor usó con tal artificio que recatando una caja, al quererla ver me dijo: «no serán ferias», porque sus fondos diamantes ricos de Lisidante y de una dama que adora rendido, guarnecían los retratos. Si sabes que por el mismo caso la curiosidad en mí lo que en todas hizo y que, abriéndola, vi el suyo en la lámina de un vidrio sin más segundo retrato que el que entre sombras y visos franqueó el matiz, brujuleando mi rostro en el cristal limpio; si sabes que, viendo a él y al retrato, aunque el desvío quiso afectar el enojo, la vanidad no lo quiso, persuadida a que si yo le tenía divertido, pudiera hacer con mi hermano de un enemigo un amigo, ¿cómo quieres que yo...? No prosigas, que al paso miro a Clarïana. Bastaba que fuese el contarlo alivio para que yo no le tenga. Calla y finge. Callo y finjo. Vuelve Clariana, y Estela. Volvamos por si volvió, no parezca descariño. ¿Qué haces, bella Clariana? Habiéndome Estela dicho que gustabas de estar sola, disculpada no te he visto. Guárdete el Cielo, que yo... Dentro voces. Allí están las dos. Qué ruido es este? ¿Qué es eso? Sale Timantes, y detrás Milor. Es, señora... Yo he de decirlo, pues a mí me toca. Esto es haberte obedecido. ¡Ay, Flérida! Muerto o preso ser Lisidante es preciso. Seguí al homicida fiero y en el más inculto sitio de esos montes, el caballo en que se escapó diviso. Entro en la maleza y llego a una quiebra, donde miro que le quitaba las armas un escudero que quiso sin duda dejar en ellas de su sangre los indicios; medio armado le prendí. ¡Cuánto agradezco el oírlo! ¡Y cuánto yo oírlo siento! [Aparte.] Y porque el ser conocido no causase algún rumor, con unas bandas les ciño los rostros. Llegad, soldados. Sacan los soldados a Arsidas y a Brunel, cubiertos los rostros, y sale Celio. Pues preso a mi dueño miro fuerza es que a Aurora, su hermana, y a todo el reino dé aviso para que en su amparo venga. Vase. ¿Adónde, cielos divinos, va a parar, dos veces ciego, el rumbo de mi destino? A la gallina jugar muchos lo han hecho conmigo, pero a la gallina ciega parece cosa de niños. ¿Quién, Cielos, en igual duda de amor y rencor se ha visto? Este, señora, es el fiero agresor del homicidio; rendido a tus plantas viene, y yo a ellas te suplico sepas quién es, y le pongas en libertad, porque altivo le venza en mejor campaña, que es bien que en duelo más digno vea el mundo que al que huyendo prendo, lidiando le rindo. ¿Qué es esto de prisión, fuga y lid, que oigo y no percibo? Es que por cobrar su deuda debe el diablo de andar listo. Antes por agradeceros en términos el servicio, ya que os di un empeño, habéis de ver que otro empeño os quito. Ni saber quién es, ni verle quiero el rostro a un enemigo, que aun entre embozos me asombra, y así, pues despojo es mío, Timantes... ¿Qué es lo que mandas? Que el que fue en sangre teñido teatro de su triunfo, sea cadalso de su suplicio: llevadle, pues, y la muerte le dad. Oíd. Mal distingo la voz, pero bien el riesgo en que estoy. ¿Qué causa ha habido tan contra mí? Una del diablo. Pues, ¿qué quieres? Que si el juicio, dejando lo rencoroso sin pasar a compasivo, debe tal vez por razón (¡toda soy un mármol frío!) de Estado hacer que la ira al consejo ceda, el mío es que no muera. El mío sí. ¿En qué tribunal, divinos Cielos, estoy, que mi vida o muerte está en dos arbitrios? Aun bien que de mí no hablan. Por cuanto puede haber sido sujeto que nos importe más tenerle (¡ay de mí!) vivo que muerto, cuyo terror es fuerza que, conmovidos contra nosotras conjure los príncipes convecinos, viendo (¡ay Dios!) que a la desdicha tratamos como a delito. Peor será que vivo él pueda convocarlos e inducirlos a su libertad, poniendo la patria en mayor conflicto. Llevadle pues. No llevéis. Mal yo entre las dos asisto, habiendo mi acción llegado a cuestión, porque si sigo A Clariana. tu opinión, parecerá que el nuevo empeño resisto, si sigo la tuya, falto A Auristela. grosero al gusto que sirvo. Y así, pues entre las dos es fuerza estar indeciso, ahí le traje y ahí le dejo: viva o muera, conveníos, que no es servir a una dama quedar con otra malquisto. Vase. Muriendo, sin saber más de que es un advenedizo, que como era campo abierto pudo entrar desconocido, ninguna sangre agraviamos. Si hubiera, ¡tiemblo al decirlo!, [Aparte.] de dar la vida su muerte, [Aparte.] (¡qué mal contra mí me animo!) al ya infeliz, del acero yo ensangrentara los filos, pero la venganza ¿qué remedia lo sucedido, y más si resultan de ella escándalos y peligros? El mayor es no vengarnos. Y no el menor no avenirnos. Fue traición. Quizá desdicha. Fue crueldad. Quizá destino. Fue rencor. Quizá acaso. Muera digo. Viva digo. Si entre vivir y morir no hago mayor el peligro, muera haciendo por qué muera. Descúbrese. Y yo también, ¡vive Cristo! ¡Ay de mí, infeliz, qué veo! [Aparte.] ¡Infeliz de mí, que miro! [Aparte.] ¡Auristela y Clarïana contra mí y en favor mío! ¡Arsidas ha sido, hoy muero! ¡Lisidante no es, hoy vivo! ¡Cuál hemos quedado todos! ¡Oh, quién no lo hubiera visto! ¿Por qué, divinas beldades, al que a estos umbrales mismos de otra fortuna arrojado, puerto halló, amparo y abrigo, hoy derrotado del mar infelice peregrino, queréis que desdichas halle, ansias, penas y martirios? De absorta, helada y confusa ni hablo ni aliento ni expiro. [Aparte.] ¡Nunca le hubiera llamado! ¡Nunca él hubiera venido! ¿Qué presagio es que un arnés, áspid de acero escondido entre flores, me dé muerte? ¿Qué idólatra vaticinio manda, en puertos que no son de supersticiosos indios, que el huésped que a ellos destina el mar, sea sacrificio de sus aras? Yo... No más, falso, aleve, fementido, [Aparte.] (aquesto importa atajar, que sabiendo yo que ha sido Lisidante el agresor pues a mí no me ha mentido la divisa de sus armas, y aquí hay error, es preciso esforzarle porque pueda con más tiempo fugitivo ponerse en salvo...) Pues ¿qué culpa es? No has de decirlo, que no han de bastar traidores engaños a persuadirnos que no fuiste el que dio muerte a Polidoro. ¿Qué he oído? ¿Polidoro muerto? No, vil huésped, traidor amigo, niegues que a pagar volviste en iras los beneficios, en ruinas los agasajos y en tragedias los hospicios. Dígalo este acero. Ya lo dijo, cuando nos dijo que era dádiva del diablo. ¿Quién sino yo los testigos cómplices de su dolor indujo contra sí mismo? Clarïana, aunque yo fui quien darle la vida quiso sin saber quién era, ya que lo sé, al ver que ha caído el azar sobre un ingrato, tanto al verle me revisto de saña, cólera e ira, que a tu parecer me rindo. Llévale, Timantes, donde funesto el teatro festivo su cadalso sea. Si hubieran de ser las ansias del vivo sufragio, Auristela, al muerto, mi mano diera al cuchillo; pero si debe ceder la ira al consejo, previstos los riesgos que nos esperan mayormente habiendo sido Arsidas el agresor, de mi parecer desisto: con el tuyo me conformo, y así impedir su castigo es mi consejo. El mío no, que en un ingrato es delito la piedad. Quizá fue acaso. Fue traición. Quizá destino. Fue intención. Quizá desdicha. Muera digo. Viva digo. Esto es dividir al pueblo otra vez, si ve partidos vuestros votos. No es posible no estarlo. Sí es; tú ¿no has dicho que viva? Sí. ¿Tú, que muera? Sí, también. Pues yo me obligo a que viva y muera. ¿Cómo? Eso yo sabré cumplirlo obedeciendo a las dos: venid, Arsidas, conmigo. A morir y vivir voy, mas ¿qué mucho, si es preciso morir viviendo quien vive en tan ignorado abismo, que pierde, sin saber cómo libertad, dama y amigo? Llévale Timantes, y soldados. Venid vos también. ¿Es justo que viva y muera un perdido tan loco, tan mentecato, que tuvo hasta aquí creído que el diablo tenía más armas que lo discreto y lo lindo? Llévanle. Polidoro muerto a manos de Arsidas, yo con sentido... [Aparte.] Mucho tenemos que hablar, Estela, vente conmigo. Vanse las dos. Flérida, conmigo ven donde pueda sin testigos decir mi dolor a voces. Dentro, Lisidante. ¡Valedme, Cielos divinos! Pero ¿qué estruendo es aquel? Pequeño barco impelido de vientos y ondas, en esos peñascos cascado el pino, se ha desatado en fragmentos. Dentro. ¡Ay, infeliz! Y al gemido de su náufrago piloto toda yo me he estremecido. ¿Quién desde la orilla vio luchar a brazo partido con la muerte y con las olas tormentoso bajel vivo que a lástima no se mueva? Jardineros destos sitios, pastores destas montañas, soldados desos presidios, socorred aquella vida siquiera porque ha venido agonizando a mis ojos, que al que se echare atrevido al mar, una joya ofrezco: ¿no hay en todo este distrito quien por mí le ampare? Dentro, Licanoro. Sí. ¿Quién es quien me ha respondido? Un hombre, que entre esas peñas, señora, estaba escondido, y a tu voz le arrojó al mar, osado, su precipicio. Breve tabla, que del barco la resaca le previno, le acerca nadando. Y de ella el que naufragaba asido viene como de remolque a la orilla, en cuyo abrigo, viéndole tan desmayado, tan sin aliento y sin brío, le esfuerza en sus brazos. ¿Quién generosamente altivo restaura una vida? Sale Licanoro, trayendo en brazos a Lisidante desmayado. Yo, que de tus rayos divinos así humano girasol idolatraba los visos, cuando la lástima oyendo que ese infelice te hizo, dije: «Si salvo su vida, un ansia a Auristela quito; si en el peligro perezco ganancioso hago el peligro, pues tendrá de mí piedad quien de otro la ha tenido». Y así me eché al mar, y pues lo mejor me ha sucedido, que es haber vuelto a tus plantas, que adviertas a ellas te pido que Milor a Clarïana hizo humano sacrificio de un vivo para que muera, y yo a ti te sacrifico un muerto para que viva. Pondérate tú el más digno, que yo, por no esperar gracias de él ni de ti, me retiro: de él, porque no me las debe, y de ti, porque el más fino servicio alegado es interés y no servicio. Vase. Oye, aguarda. Al viento iguala. En toda mi vida he oído más noble acción; mira tú si en tal mortal parasismo vive o no ese hombre. ¡Ay de mí! Ya tu duda satisfizo su lamento. Llama a quien su yerto esqueleto frío de ahí retire, y tú, del mar desechado desperdicio, pues hay quien de ti se duela, alienta y... pero... ¡qué miro! Vase Flérida. ¿Quién mi vida...? Mas ¡qué veo! ¿Si es ilusión del sentido? ¿Si es fantasma de la idea? ¿Si es de la razón delirio? ¿Si es del susto devaneo? Hombre o sombra de ti mismo, ¿cómo, si en otra ocasión darte vida solicito allá es donde lo pretendo y aquí es donde lo consigo? ¿Cómo, siendo la deidad a quien mis hados dedico, por pasar a ser milagros empiezan siendo prodigios? ¡Aun un consuelo que sólo en tu fuga había tenido, que era no volver a verte en mi vida, oh fiero, oh impío, tirano cruel, me quitas! No soy yo quien te le quito, que si por no verte airada ni verme a mí convencido (que hay desdichas que convencen sin culpa de quien las hizo) las armas dejé, y pirata de un miserable barquillo me di al arbitrio del mar, y él piadosamente esquivo quiere que vuelva a tus ojos, culpa del mar el arbitrio, no a mí, y porque veas mejor que al consuelo no te privo, ya que el consuelo es no verme has de ver cómo le impido (porque si otra vez me ausento no otra vez te dé fastidio) todo su poder al hado, toda su fuerza al destino: ¡Soldados, criados, vasallos! No des voces. Si tú has dicho que el no verme es tu consuelo, y con mi muerte te libro de este susto en que te ofendo, yo de Polidoro invicto soy el homicida, yo Lisidante, su enemigo. Venid, vengad a Auristela, que llora de haberme visto, venid y en mí... No prosigas, calla, calla, mas ¿qué digo? Que si aleve, si tirano tú mismo, ¡ay de mí!, tú mismo cuando yo olvido la ofensa me acuerdas que no la olvido, pues aunque quiera no puedo diciéndomela tú a gritos; ya es fuerza que entre el rencor y la piedad con que lidio venza el rencor la balanza. ¡Vasallos, deudos y amigos, venid, vengad a Auristela del que en vez de enternecido de su delito, me quiebra los ojos con su delito! Calla, calla, no des voces. Si tú en mi cara me has dicho que eres... Sí, pero si tú... Yo al ver... ... Yo al haber oído... que das... ... que haces... ... no, si cuando... La voz de Auristela he oído habiendo quedado sola a la vista de un prodigio. Acudid todos. Hoy muero. ¡Oh, qué bien dijo el que dijo que eran las mujeres, Cielos, animales vengativos! Salen todos. ¿De qué, señora, das voces? ¿Qué es esto? ¿Qué ha sucedido? ¿Qué tienes? ¿De qué te afliges? No sé, ¡ay infelice! Dinos, ¿qué quieres? Que deis a ese infelice algún alivio. Venid donde sea el precepto de Auristela obedecido. Torció la vereda al ceño: ¡oh qué bien dijo el que dijo, Cielos, que era la mujer el más familiar amigo! Jornada Segunda Sale Timantes mirando adentro. Clarïana, transcendiendo la augusta fábrica excelsa de esos palacios que a sombra de estas murallas se asientan, viene hacia su plaza de armas. Bien a poca luz se deja ver el cuidado que trae, y aunque a mí nunca me puedan obstar en mis procederes ni verdades ni apariencias, una cosa es que yo obre atento, y otra que ella lo conozca, que no siempre sirve a gusto la prudencia; y así, hasta que sepa de otro mi resolución, quisiera, por saber cómo la admite para pensar la respuesta que darla debo, no hablarla. Iré pues... Pero Auristela por esotra parte viene, con que es la duda la mesma. Mas, ¿qué temo? Obre yo bien, y lo que viniere venga. Salen por una parte Clariana y Estela, y por otra Auristela y Flérida. Con un cuidado a buscar vengo a Timantes, Estela. Bien se ve, y aun el cuidado. Dos causas, Flérida bella, me traen buscando a Timantes. No es difícil el saberlas, si Arsidas y Lisidante en su poder se me acuerdan. Ya me vieron (¡oh, quien sirve a dos dueños cuánto arriesga!) pues ha de errar para el uno lo que para el otro acierta. ¿Timantes? ¿Qué es lo que mandas? ¿Timantes? ¿Qué es lo que ordenas? Vos os ofrecisteis... Sí, a que Arsidas viva y muera, y he cumplido mi palabra. ¿Cómo? De aquesta manera. ¡Ah de la guardia! Sale Lisidante vestido de pobre soldado, con una pistola en la mano. ¿Quién va? Amigos. ¿Con tanta priesa a mudarme? ¿Desconfías de la posta que me encargas? No, soldado. ¿Pues qué mandas? [Aparte.] Clarïana y Auristela aquí, ¿qué novedad hay? Flérida, ¿qué es esto? Deja, [Aparte, a Auristela.] mientras su afecto lo diga, que esté la duda suspensa. Que entreabras de aquella oscura prisión de Arsidas la puerta, con tal recato que no nos escuche ni nos sienta. Abre una puerta y vese una reja grande, y detrás de ella Arsidas con cadena al pie, sentado en una silla, y Brunel arrimado a ella ¡Qué triste, lóbrega estancia! ¡Y qué pavorosa! Esta la cámara fuerte es de esta antigua fortaleza, donde apenas entra el sol y entrara, si entrara, a penas. Desde sus rejas podéis verle sin que él os vea; y veréis si yo cumplí partida la diferencia entre la muerte y la vida: pues hay sagrada sentencia que ataúd de vivos llama a la cárcel, de manera que obedeciendo el que viva y obedeciendo el que muera, muere, pues que se sepulta, y vive, pues que se alienta. Llegad, pues, mas no hagáis ruido, que el veros será indecencia sin el indulto de veros. ¡Oh, cuánto lidian violentas pasiones de odio y amor! ¡Oh, cuánto batallan ciegas dudas, viendo la malicia por guarda de la inocencia! ¡Qué lástima! ¡Qué desdicha! Por más, fortuna, que quieras ostentar hoy contra mí de tus imperios la fuerza, por lo menos una dicha no has de quitarme. ¿Qué es de ella, dónde la tienes? La tengo, ¡ay, Brunel!, en no tenerla, que lo que nunca se goza nunca es posible se pierda. Muy linda moralidad para un callejón Noruega, aprendiendo, como dicen, a gavilán. Demás de esta, aun otra no ha de poder quitarme tampoco. Venga, que discreciones a oscuras, si no alivian, atormentan. El que padezco sin culpa, que los hombres de mis prendas no han de sentir las desdichas por sentir el padecerlas, sino porque sus defectos den la causa para ellas, y siendo así que no haya yo ocasionado a mi estrella, que se padezca, ¿qué importa? Todo lo que se padezca. Pero, ¿por qué has de decir que estás sin culpa? ¿Es pequeña, saliendo como saliste desnudo de una tormenta a la merced de un esquife que otros robado se llevan, ofrecer el alma al diablo por unas armas y...? Deja locuras... ¿Qué oigo? Arsidas ... que estar allí no sin influencia del hado fue, que me trujo, a que como agresor sienta la muerte que como amigo debo sentir. ¿Quién creyera que yo por testigo y guarda esté de mi causa mesma? ¿Oyes cuán sin culpa está? Quizás que le escuchan piensa. Y si hubiera de sentir algo solo, ¡ay Dios!, sintiera que ofendida la hermosura de... Cerrad aquesas puertas, que a tanta lástima, no hay más corazón para verla. Cierra la puerta. ¿Qué voces aquellas son? No habéis menester saberlas. Dices bien, ¿pero qué mucho que a mí más que a otro enternezca si en gramática de amor saber distinguir es fuerza que no es la persona que hace la que padece? Auristela, ya que prudente Timantes nuestros dos estremos media, pues Arsidas vive y muere, la pasada cuestión vuelva. Quedamos en que en razón de Estado es justo que ceda tal vez la queja al consejo, a cuya causa se llegan dos no menores: la una, que Arsidas el preso sea, cuya persona es preciso no sólo a su hermano tenga por valedor, pero a cuantos deudos y amistad comprehendan. La otra que, pues a sus solas ser el homicida niega, quizá hay aquí algún engaño. Y así es bien, mientras se sepa, tome el acuerdo otra forma, mayormente al ver que dejan nuestra corte Licanoro y Milor, con la propuesta de que su ejército el uno y el otro su armada aprestan en tu favor y en el mío, cuya heroica competencia puede esta prisión pendiente por ahora estar suspensa; basta alterar nuestra patria sin que añada más a ella la ojeriza de las otras, viendo la poca decencia con que a Arsidas tratamos. Cuanto a la razón primera, convengo en tu parecer, y así, Timantes, ordena que debajo de homenaje más decente prisión tenga; pero en cuanto a la segunda de que hay engaño o cautela, yo sé muy bien el que hay, pues sé que es el que en la estrecha prisión de esta torre he visto el fiero agresor, y es fuerza pensar la satisfacción que necesita la ofensa, que no ha de decir el mundo que le dejamos sin ella, que el interés enjugó nuestras lágrimas. Es cuerda resolución. ¡Ay de aquel que ha de esperar la sentencia! Yo, pues he de ejecutar las disposiciones vuestras, os doy las gracias de que se ajusten a la decencia de igual preso y de igual causa. Y yo, en tanto, diligencias haré hasta apurar... mas esto no es de aquí. Ven, Auristela, demos lugar a Timantes a que el orden obedezca de la nueva prisión. Vamos: mas, ¿cómo, ¡ay, Flérida bella!, iré sin saber primero qué transformación es esta? ¿No vienes? Sí, pero aguarda que entre tan graves materias aun menores circunstancias tal vez la memoria acuerdan. Timantes, un infelice que a mis lástimas y quejas hubo quien del mar sacase, ¿vive o muere? Muere y vive, que esto Arsidas le enseña, desde que guarda, señora, es suya, que son las penas tan venenoso contagio, que al tratarlas de tan cerca muere a las violencias suyas, y vive a las plantas vuestras. Yo, como tú me mandaste, que en mí sus fortunas tengan algún alivio, por eso y por hallar en él prendas de entendimiento y valor para que pasarlo pueda a la merced de tu sueldo: mientras a su patria vuelva, plaza le senté en la guarda de Arsidas. Que os agradezca el cuidado es bien, y bien que intente hacer la deshecha [Aparte.] de todo punto. ¿De dónde sois? De Egnido, isla pequeña, que el Archipiélago moja. ¿El nombre? Fortún, que fiera, como expósito del hado que arrojaron a sus puertas, me dio la fortuna el nombre. Pues, ¿qué es la fortuna vuestra? La que vos sabéis, pues vos sois la causa de que pueda ella informaros de mí, pues si no es por vos es cierta cosa que hubiera acabado al rigor de la tormenta: quién de ella me sacó ignoro, pero no ignoro que sea vuestro el milagro, y así informaos de vos mesma cuál es la fortuna mía, que siendo la deidad de ella, en vuestra mano, señora, está el ser mala o ser buena. Mas porque vuestra pregunta no se quede sin respuesta, ya que no sé la que es, la que fue diré: en mi tierra el noble arte de platero, mercader de ricas piedras un tiempo ejercí; una joya hice tan hermosa y bella que fue un espejo del sol tal vez que el sol llegó a verla. No había en mi patria dueño que mereciese tenerla y a buscar dueño salí; no me fue mal en las ferias, pues le hallé tal que logré mi esperanza hasta allí incierta, pero como en fin no hay dicha que sin sus azares venga, cuando pensé venturoso dar a mi patria la vuelta, dejando en un alto empleo desangrado Ofir en venas, pobre Ceilán en diamantes, y robado el Sur en perlas, tuve con un igual mío un encuentro, y de manera mi desdicha y su desdicha se aunaron, que me fue fuerza hacerme al mar como pude. Y aunque otros en sus violencias deshecha fortuna corren, nadie más que yo deshecha, pues la próspera hasta allí toda desde allí fue adversa. Perdonadme que, grosero, perdidos caudales sienta, siendo así que quien la vida os debe, nada hay que pierda. Sin saber que érades vos, a la voz de mi clemencia hubo quien la vida os diese; no tenéis que agradecerla, que yo no hiciera por vos lo que la piedad no hiciera por sí, y así bien podéis, sin que por grosero os tenga, vuestras pérdidas sentir, pues aunque la vida os dejan, quien perdió lo que perdisteis es muy justo que lo sienta. Ven, Clariana. Vase. Un extranjero antes rico, hoy en miseria, ¿guarda de Arsidas no es? ¿Él a sus solas no niega ser de mi hermano homicida? ¿La duda el rencor no templa? Yo he de saber la verdad o librarle sin saberla. Vase. Esperadme aquí entre tanto que desto a Arsidas dé cuenta y le tome el homenaje. Vase. «Pues aunque la vida os dejan, quien perdió lo que perdisteis es muy justo que lo sienta»... Bien claro Auristela, ¡ay, triste!, me ha dicho que aunque dispensa el vivir, el sentir no; pues dio a entender por sí mesma «quien perdió lo que perdisteis». ¡Oh hado, oh fortuna, oh estrella, quién supiese reducir a un punto tantas, tan nuevas circunstancias de una vida, que para haber de entenderla es menester tolerarla a los visos de novela que de verosímil casi a no posible le acerca. Dejo aparte tantas varias fortunas y tan diversas, y voy sólo al nuevo trance de que yo la guarda sea de quien mi delito paga, y que, equívocas las señas, quiere el cielo que el acaso nombre de delito tenga. ¿Cómo mi sangre y mi fama, mi valor y mi nobleza sufrirán que otro...? Sale Merlín. Señor soldado... ... por mí padezca lo que yo... Señor soldado... ... hice por mí... ... a esotra puerta... ... sin que... ¡Ah, señor! Levanta las manos Lisidante, y dale un mojicón a Merlín. ¡Ay de mí! Parece esa diligencia la de quien pisa a otro un callo y en pisándole se queja, dame uced el mojicón y el «¡ay de mí!» no me deja siquiera para consuelo. Perdonad, por vida vuestra, que estaba muy divertido. Pues por Dios que se divierta menos juguetón de manos, que es recia cosa y muy recia que usted entre dientes hable y que yo grite entre muelas. Ya he dicho... ¿Merlín? Señor, una y mil veces la tierra que pisas me da en albricias de tu vida. Llega, llega a mis brazos, que no menos la tuya mi afecto precia. ¿Qué traje es este? ¡Ay, Merlín, que hay muchas cosas que sepas! Dime, tú ¿cómo escapaste? Cuando el choque de las peñas dividió a los dos, quedamos el agua y yo haciendo apuesta: ella sobre «has de beberme», yo sobre «no he de beberla». Saliendo iba con la suya, que aunque es salada es necia, cuando unos pescadores que ampararse a la ribera de la tormenta venían, un cabo al pasar me echan que como le mató el aire sobraría de la vela, con que enmendamos fortuna ellos y yo, pues a tierra, dejada pesca tan mala, sacaron tan linda pesca. Albergueme en sus barracas hasta que, cansado dellas, viéndome sin ti, señor, niño y solo en tierra ajena, para enseñarme a holgazán buscando iba una bandera adonde asentar la plaza de tambor, y así a esta fuerza me encaminé, vi un soldado y al preguntarle dónde era el cuerpo de guardia, di contigo, mejor dijera diste tú conmigo, y pues mi tragiborrasca es esta, vaya tu tragiborrasca. La confusión en que encuentras mis sentidos te la digan, pues recopilando ideas, por ir de una vez al caso era el epílogo dellas que Arsidas, de Chipre infante, preso mi culpa padezca y yo sea guardia suya. Notables cosas me cuentas ¿él es preso, y tú su guardia? Sí, Merlín, que por la cuenta trocamos arnés y esquife dando de adehala en las ferias él la tormenta del mar, yo del monte la tormenta. ¿Ves cuántas andanzas tuyas me ofuscan y me marean? Pues sola una objeción hallo, y si otros han de ponella, pongámonosla nosotros. ¿Y qué es la objeción? Que venga un príncipe estrafalario tras una sin par belleza sin que ni allá se eche menos ni acá que falta se sepa. El día que yo partí a Aurora, mi hermana bella, dije que cumplir un voto antes de empezar la guerra me era forzoso, y no habiendo de ir a él con más grandeza que dos criados, tú y Celio (a quien desde la primera ocasión no vi más), que a los que me asisten cerca echasen voz de que estaba indispuesto, juzgué fuera más breve mi ausencia; pero si unas de otras se encadenan mis desdichas, no pudiendo haber dado hasta ahora vuelta, ¿qué mucho, dejando allá el secreto, que no venga acá la noticia? Bien. Mas ¡ay!, perdida Auristela, pues no ha de querer mi mano en su misma sangre envuelta. Y preso otro en tu lugar, ¿qué causa hay que hoy te detenga? La de no perder de vista el empeño. ¿Es bien que crea nadie que dejé el peligro a otro, y yo la espalda vuelva? ¡Vive Dios que he de estar...! Pero Timantes y Arsidas llegan, allí te retira. Retírase Merlín, y sale Timantes, Arsidas y Brunel. No dudo que esté vuestra Alteza quejoso, señor, de mí, porque en tal prisión le tenga. No, Timantes, que bien sé que tal vez en la prudencia de ministro es tolerancia lo que parece violencia. El juez que quiere librar algún delincuente, quiebra en la prisión la justicia por disfrazar la clemencia, y así, a mi agradecimiento esperad, y no mi queja, pues fue gana de que viva el dar a entender que muera. Dígalo el efecto, pues si yo en el principio hiciera sospechosa mi piedad, no lograra el que ya sea desta torre a los jardines espacio la prisión vuestra, y así haced el homenaje de que... Suspended la lengua, que yo no he de hacerlo. ¿No? No. Pues, ¿qué razón dais? Esta: yo no maté a Polidoro, y como en actos convenga de reo, jurisdicción vendré a dar a la sospecha; y, así, volvedme, no digo a esa oscura prisión ciega, pero al más hondo suplicio, o tened conmigo cuenta, porque me tengo de ir siempre, Timantes, que pueda. [Aparte.] ¡Quién ayudara a su fuga! Pues como él faltara, hiciera mi desempeño más fácil. Bien será que las dos sepan aquella resolución. ¡Soldado! Señor. Alerta, que lo que os dure la guardia vos de él habéis de dar cuenta. Vase. Si tienes, señor, intento de irte en pudiendo, ¿no fuera mejor que lo aseguraras que no que le previnieras? No, que no he de hacer yo acción que no conste que he de hacerla. Hicieras el homenaje, y constara, con que fuera más fácil el afufón. Brunel, aquestas materias no son para ti. ¿Sois vos de guarda hoy? Hasta que vengan a mudarme, he de asistiros. Decidme, por vida vuestra, hasta donde sólo el orden que tenéis os dé licencia, ¿qué dice desta prisión el vulgo? ¿Cree que yo sea hombre que si fuera mía la acción que me imputa hiciera lo que hizo su agresor, que temeroso se ausenta sin atreverse a decir quién es? Lo que el vulgo piensa... ¡Oh, qué chispa va saltando! Quiera Dios que no se encienda. ... no lo sé, porque a esa playa llegué derrotado apenas cuando la plaza senté. Mas lo que sé es que se cuenta que el agresor escapó de la alterada violencia de todo el vulgo, y no es tarde para que quién es se sepa. Lo que yo hasta ahora sé es que en su riesgo me deja y él se está oculto. No es bobo. [Aparte.] Quizá hay causas que le muevan a que hasta ahora callase. Está bien. [Aparte.] Ya esta centella se apagó, vamos a otra. ¿Tenéis orden que no pueda escribir? Cuando la guardia tomé, no había luz, y fuera vano entonces este orden, después que salir os dejan tampoco en él me han hablado. Pues siendo desa manera, y que en contrario no le hay, escribir se me conceda una memoria (¡ay, divina Clarïana, quién pudiera desengañarte!, mas, como escrita la cifra tenga, quizá habrá ocasión.) Por mí Aparte los dos. escribid, que aunque os parezca tome la defensa de otro, ¡vive Dios, que no desea nadie vuestra libertad más que yo, que si pudiera...! Pero esto baste. Ve tú, A Brunel. que en la guardia habrá quien tenga aderezo de escribir, y tráelo a la torre. Espera. ¿Por qué? Porque comprehendido en la guarda que me entregan eres. ¿Comprehendido yo? Pues traedle vos. Bien fuera por él, mas es contra el orden perderos de vista. Esa es fácil de dispensar dándoos yo palabra cierta de esperaros. Mejor es para que yo no lo tuerza, y el que me siga no traiga nuevo orden, o no os sea tan servidor como yo, que esperemos a que vengan a mudarme, y yo os ofrezco, como una vez me halle fuera del empeño de la guarda, traerle entonces. Norabuena, y pues de mi parte os hallo, aunque mi intento no era más que sólo divertir propia natural tristeza, de un preso imaginaciones, a más el favor se extienda. A todo cuanto mandareis. Pues en confianza vuestra... Decid. ... será lo que escriba... [Aparte.] ¡oh, cielos, con cuánta priesa se arroja un necesitado! Proseguid, ¿qué hay que os suspenda? Una carta que me importa. (Aparte.) Y aun a mí también el verla. ¿Qué dificultad tendrá? El no tener quien con ella vaya. Un camarada tengo que es aquel que allí me espera, de quien os podéis fiar. Pues haced que se prevenga para ir... ¿Dónde? A Epiro. ¿A Epiro? Y esperar, si a manos llega de Lisidante, que tomen nuevos rumbos mis tormentas. ¿Es vuestro amigo? Con él tenido he correspondencia, no estrechez, pero es en quien presumo... Mas gente llega, no nuestra plática hagamos sospechosa. ¡Cielos! Nueva confusión, ¡en quien presume [Aparte.] Lisidante es...! Mas, ¿qué fuera que tuviese...? Sale un sargento, y soldados. ¡Ah de la guardia! Señor sargento, ¿qué ordena? Que entreguéis a ese soldado la posta, y vos, demás della, oíd. Está bien. ¿Qué es la orden? Aparte a Lisidante. Que de vista no se pierdan Arsidas y ese criado. Los dos aparte, y dale las armas. Adiós. Adiós. En la esfera Aparte a Lisidante. me hallaréis desos jardines, ya que para esto hay licencia. [Aparte.] ¡Oh, quién siquiera adorara de Clarïana las rejas! Vase. Yo os buscaré en ellos. Mire uced, que cuidado tenga conmigo, que comprehendido soy. Ya lo sé. Vanse los dos. ¡Suerte fiera! ¿No bastaba lo hasta aquí intrincado de mis penas, sino ir añadiendo ahora más y más cabos a ellas que tener que desatar? Pues ¿qué nueva polvareda es la que se ha levantado? ¿Qué mayor que la sospecha de que de temor se esconda el agresor de su ofensa, sabiendo yo que soy yo? Demás de que añade a esta que a Lisidante una carta ha de escribir, y con ella has de ir tú. En mi vida habré hecho jornada más cerca, pero a Lisidante, ¿a qué propósito escribe? Esa es la duda que no alcanzo, pues sólo dijo al moverla que es en quien presume... ¿Qué? No prosiguió, y temo sea en quien presume que fue el homicida, e intenta retarle de que se oculte. ¿Qué fuera, señor, que hubiera en lo grabado del peto descifrado aquella empresa de la estrella y de la lis, y su mote? Bien sospechas, y pues lo dirá la carta, a llevarle me resuelva para que escriba recado: ¿sabes tú de qué manera más secreto irá? No sé. Al paño Clariana y Estela. Esto he de deberte, Estela: tú has de ser la sospechosa. ¿Qué no haré yo por tu Alteza? Pues llega, que hacia allí está, ya que hice concepto, necia, de que pobre que fue rico en patria extraña se venza más fácil del interés. Ven, buscaremos cautela cómo poder... Ce, soldado. ¿Es a mí? A vos solo. Espera aquí. Sí, pero acechando. Escóndese Merlín, y sale Estela, y Clariana se queda al paño. ¿Qué mandáis? Ser breve es fuerza, porque Clariana, que anda divirtiendo sus tristezas por esos jardines, no me eche menos. Hoy de vuestras fortunas compadecida propuse, si no vencerlas, enmendarlas: esta alhaja primero testigo sea. Ved... No os rehuséis; pues tenéis quien de vos se compadezca, compadeceos de quien, sintiendo propias y ajenas fortunas, en mayor mal Échale un bolsillo en el sombrero. corre no menor tormenta. Mujer afligida soy, poca costa una fineza os tiene: aquesta es que, cuando la guardia a tocaros vuelva, deis a Arsidas este estuche, y le prevengáis que lea lo que dentro dél va escrito, y pues aderezo lleva de escribir, responda, pero ha de ser con advertencia, que en vuestro silencio estriba el volver a vuestra tierra con más bienes que perdisteis o perder la vida en esta. Vase. Bien Estela el papel hizo. Vase. Oye, aguarda, escucha, espera. Mujeres ligeras vi, mas ninguna tan ligera. ¿Haslo oído? Todo. Y ¿qué juzgas? Que según las señas del bolsillo y del estuche, hacerte esta dama intenta su secretario ad amorem. Aunque bien claro se deja ver el fin, no es bien que yo nada ignore. ¿Pues qué esperas? Abre el estuche y veamos cómo aderezo contenga de escribir. Saca del estuche un libro de memoria. Eso es muy fácil, que hay muchos desta manera. ¿Qué dice, pues? Nada leo, que es cifra. No es la primera vez que se escriben los dos. Nada entender puedo. Sale Arsidas y Brunel, y soldados por la otra parte. Hacia esta parte a Clarïana vi: ¡oh, quién hablarla pudiera! Mas ya que no puedo hablarla, habré de vivir de verla. Arsidas por aquí vuelve. Puesto que, aunque nada entienda, tiene el estuche aderezo de escribir, dársele es fuerza, por mí y por la dama. A eso es lo que llaman las dueñas de una vía dos mandados, y mandábala que fuera al Retiro, y se pasara por la puerta de la Vega. (Señor crítico, chitón, que nadie quita que en Grecia haya vegas ni retiros.) Volvió hacia otra parte, que era mucha dicha para mí aun desde lejos sus bellas luces adorar. Buscándoos vengo. ¿Qué hay que se ofrezca? Dijisteis, cuando de guardia os asistí en esta mesma parte, que al sacar un lienzo, señor, de la faltriquera, un estuche se os cayó que estimabais por ser prenda de una dama. (Aparte.) Así es verdad. Bien es que con él convenga. Hallole mi camarada, y viendo cuánto se precian de las damas las memorias, vuelvo a vos para que él vuelva a vuestras manos: tomad y tened con él más cuenta, porque es prenda de una dama y no es justo que se pierda. Mucho gusto me habéis dado. A Lisidante aparte. ¿Qué es esto? Lo que deseas y aún más, pues recado pides para escribir y ahí le lleva, no sólo para que escribas, mas también para que leas. ¿Qué querrá decirme? Pero, [Aparte.] pues no alcanza la sospecha aquí, ¿qué aguardo? ¿Qué miro? Abre el estuche y saca el libro. ¡Cielos! La cifra y la letra de Clarïana contiene la cándida tabla tersa de un libro, nunca más que hoy, de memoria. Lee como a hurto y Lisidante se pone en medio y los dos criados delante del soldado. [A Merlín.] Que diviertas conviene aqueste soldado. Camarada, ¿qué hay? ¿Es buena vida ser guarda de vista? Buena o mala, serlo es fuerza. Por si a mí me toca serlo, sus obligaciones sepa. Eso yo se las diré: ser mirón, tanto ojo alerta de un hombre a quien dice mal que, estando la noche entera compadeciendo codillos, es el barato que lleva darle con un candelero. Ya que de memoria pueda haber deshecho la cifra, a leerle mil veces vuelva. Lee. El negar, siendo quien sois, que la acción de mi desdicha no fue vuestra, parta el camino entre mal creídos sentimientos y disculpas aún no tampoco bien creídas, y así mientras la duda, a pesar de algún afecto se mantiene, pues ya es vuestra prisión la torre del Homenaje, atended a lo que de noche se canta en sus jardines, que la música os avisará de mis resoluciones. Dios os guarde. Bien el artificio haya, que en oprimida vitela bruñó barniz que sin tinta ni molde sirva de imprenta. Y haya el artífice bien, que redujo a tan pequeña caja tan preciosa joya como la de una firmeza. Y pues este breve libro en hojas partirse deja, quédense éstas al Amor, y vayan a Marte éstas. Arranca hojas del libro, y escribe en ellas. Y en fin, ¿basta, como dicen las celosas andariegas, irle pisando la sombra? Ya escribe, no sé si sea a Lisidante o la dama. No basta, que es bien que sepa lo que escribe, que el sargento esto añadió a la primera orden. Oíd y lo sabréis: «Amigo, ya veis que en esta ocasión no puedo daros el hallazgo de igual prenda; un mercader de mi patria quizá aceptará esta letra; dádsela a quien va, pues es en quien presumo que tengan algún alivio mis ansias. Decid que os dé la respuesta que deseo, y que no extrañe escribir desta manera, que prisioneros escriben de cualquier modo que puedan». Pues por si es o no, ¿qué importa? ¿Qué queríades que fuera? ¿Habeisme entendido? Sí. Pues id con Dios. Si se acuerda de mí Clarïana, ¡cielos!, [Aparte.] mas que más desdichas vengan. Vase. Venid, que Arsidas se va. Sí vendrán, que no son bestias. Vanse los dos. Muestra la hoja que te dio, veré lo que dice en ella. Si es cifra, será a la dama, si no, a ti. A mí es. Pues léela. ¿Quién creerá que ella es la hoja y Lisidante el que tiembla? Quien lo que es abrir el pliego de un hombre ofendido sepa. Lee Lisidante. Los generosos hechos de vuestra heroica fama, oh valeroso Lisidante, disculpan a un infelice, para favorecerse aun antes de vos que de un hermano. El que mató a Polidoro cobarde no parece, y por error padezco su delito, y aunque a todos los príncipes de Europa, aun cuando fuera mío, tocara la defensa, por haber sido en plazado duelo, a ninguno más que [a] vos por ser de vos de quien me valgo: comprad una vida a precio de una gloria, y no se diga que Arsidas murió desdichado a vista de Lisidante generoso. ¿Quién, cielos, habrá que diga lo que igual duda comprehende, pues con baldones me ofende quien con lisonjas me obliga? No sé cuál camino siga, mas sí sé, puesto que aquí cuando me injuria, ¡ay de mí!, como cobarde enemigo, no sabe que habla conmigo, y cuando me elige sí. En manos de Lisidante pone, en fe de su valor, libertad, vida y honor, siendo así que al mismo instante, de su fortuna ignorante, de cobarde le moteja, luego obligado me deja, no ofendido, si a ver llego que sabe a quién hace el ruego y no de quién da la queja. Si por mí mismo debía hallarme, sin queja alguna, al lado de su fortuna, achacoso de la mía, ¿qué haré, cuando de mí fía, como dije, vida, honor y libertad? Ea, valor, favor a ti contra ti piden, y has de darle, di: ¿cómo será ese favor pues obligado te ves, en el duelo que previenes, a quien cree que no le tienes y dice que se le des? Corazón, dime tú, pues ¿qué haré en tanta confusión? Declararme aquí es acción temeraria, declararme desde mi patria es dejarme a que el riesgo en la elección... Dentro. Razón tienes, corazón. «¿Razón tienes, corazón?» Lágrimas el pecho exhale, mas, ¡ay, qué inútiles son! que a quien la razón no vale ¿qué vale tener razón? «Que a quien la razón no vale ¿qué vale tener razón?» ¿Cúyo el oráculo ha sido que a un tiempo aflige y consuela? Desde aquel cuarto Auristela a este jardín ha salido. ¡Oh, quién pudiera atrevido hablar y callar! Y hacia esta verde apacible floresta viene. Vete tú a esconder, pues que nadie te ha de ver hasta traer la respuesta. Vase Merlín y sale Auristela. Cantad desde aquí, y de aquí no paséis, que a solas quiero desahogar mis penas... Pero ¿quién es quien al paso vi? Quien antes de hoy admití los ecos desta canción: con adivina pasión de una en otra fantasía, a su corazón decía... ... razón tienes, corazón. Mi pena a la vuestra iguale, pues cuando buscando sale alivio en ecos veloces, sólo halla que en vez de voces... ... lágrimas el pecho exhale. Lágrimas de indignación lágrimas son, pero impías: las mías más en razón van, pues son de amor las mías... ... mas, ¡ay!, que inútiles son. Llanto vi que, aunque señale amor, dice agravio, pues hay razón que a odio le iguale, y nadie más triste es... ... que a quien la razón no vale. Bien lo dice mi pasión, aunque ya de serlo deja porque hay, señora, ocasión que vale más tener queja... ... que vale tener razón. Cuando la queja tengáis por lo mismo me dejáis la razón a mí. Es así, porque no me sirve a mí, si es que a la canción tornáis. Pues, ¿qué dice la canción? Razón tienes, corazón. También por mí a decir sale: Lágrimas el pecho exhale. Pero añade a mi opinión: Mas ¡ay! qué inútiles son. En mí muerte. En mí señale... ... que a quien la razón no vale, ¿qué vale tener razón? Y puesto que a mí ni a vos la razón nos vale, bien disculpado estará quien en la cuestión de los dos de la sinrazón, ¡ay Dios!, se valga. No oso a entenderos, ¿de la sinrazón valeros? Puesto que hallen mis suspiros más sinrazón que pediros licencia para no veros. Bien en darle nombre hacéis de sinrazón a esa acción, porque ¿qué más sinrazón que pedir lo que tenéis? Quiero que vos lo mandéis por si con obedeceros puedo algo satisfaceros. ¿Y eso será a mi rencor satisfacción? ¿Qué mayor que vengaros en perderos? Ya hubo cuestión cuál se había a mayor pena rendido: quien vivía aborrecido o aborreciendo vivía. Si vuestra suerte y la mía a ambos extremos llegó, vos aborreciendo y yo aborrecido, enmendemos el uno de dos extremos y este sea el vuestro, el mío no. Pues con no verme enmendáis no ver lo que aborrecéis, y yo voy, sin que enmendéis el ver que me aborrezcáis; vos sin mí y con vos quedáis sin un daño; yo sin vos y conmigo, llevo dos, y pues añado rendido lo ausente a lo aborrecido, quedad con Dios. Id con Dios, y agradeced que el delito vuestro se ausente de mí, con una vida que os di y otra vida que no os quito. Y aun por eso solicito, agradecido a las dos, que de esas dos vidas vos en dos muertes os venguéis. Decís bien, razón tenéis, id con Dios. Quedad con Dios, y agradeced que sepáis cuán presto os satisfacisteis de la vida que me disteis y la que no me quitáis. Vos ¿porque queréis no os vais? No, sino porque lo quiere mi desdicha. ¿En qué se infiere? En que no quiere mi altiva fama que yo a vista viva de quien por mi culpa muere. Y para que novedad no os haga mi proceder, sabed que voy a poner a Arsidas en libertad. Bien haréis, pero mirad sea sin que descubráis que vos la causa seáis, que, en llegándose a saber, acabaréis de perder lo poco que en mí dejáis. Pues, ¿qué dejo en vos? No sé, mas si el ser vos mi enemigo puedo tolerar conmigo, con los otros no podré. Y así, en sabiéndose que fuisteis vos el homicida, yo la primera ofendida seré. Para eso, señora, ¿no es mejor que desde ahora acabemos con mi vida? Vos, a una parte el empeño que hoy me pone en nueva calma, de mi honor, ser, vida y alma sois el absoluto dueño. De rodillas, y sale Licanoro. ¿De mi honor, ser, vida y alma sois el absoluto dueño? Lograd, pues, el desempeño de una vez... Mas gente viene. ¡Licanoro aquí! Conviene desvelar, por si algo oyó, [Aparte.] la acción. Quien la vida os dio, que a mí agradecer previene vuestro afecto, es el que a ver llegáis, soldado, y así a él podéis, mejor que a mí, como decís, dueño hacer de honor, alma, vida y ser. Llegad, pues, que el que atrevido del mar os sacó, él ha sido. A vos primero, señora, os lo agradezco, y ahora habiendo, señor, sabido que fuisteis vos quien por mí se arrojó a tan alto empeño, os reconozco por dueño de la vida que os debí, alma, ser y honor, y así, si este el desempeño es de un pobre, dadme los pies. ¡Qué fácil, cielos, ha sido Aparte. de engañar siempre el oído! Dígalo el sujeto, pues mal pudiera dar cuidado ni hablara desta manera si de obligado no fuera. Alzad del suelo, soldado, y pues a tiempo he llegado que él me acuerda que os serví, acordaos también por mí que una deuda me debéis. Es verdad, razón tenéis, que yo una joya ofrecí, de sus ansias lastimada, a quien la vida le dé. Quítase una joya, y al dársela, él tira de la cinta. Quedándose ella con la joya en la mano, la arroja. Tomad pues, en fe de que no quiero deberos nada. Sí tomaré la lazada, que es en quien está el valor. Ir sin la joya es error: la deuda ella satisfaga, que lo que doy como paga no va bien como favor. Llegando en el suelo a verla, para venerarla yo la levantaré, mas no para quedarme con ella. Tampoco para volverla a vuestra mano, y así, pues no ha de quedar en mí ni a vos volver, tomad vos, Dale la joya a Lisidante. con que unas ferias los dos hagamos. ¿Yo ferias? Sí, vos la lástima adquiristeis que os tuvo Auristela bella, yo la joya que por ella ofreció; y pues conseguisteis vos la lástima y me visteis conseguir la joya (¡ay, Dios!) troquemos ahora los dos y quédense desde aquí la lástima para mí y la joya para vos. Lástima que a merecer llegué, no la he de fiar, porque hiciera mal en dar lo que yo me he menester, y pues no la he de volver ni a vos ni a Auristela bella, ni yo he de quedar con ella, haya otro medio; ¿una dama no hay de su alteza? Pónela en el suelo, llama al paño y sale Flérida. ¿Quién llama? Quien habiendo visto aquella joya que se ha desprendido de su pecho, como veis, para que vos la cobréis, por no tocar atrevido a prenda que suya ha sido, os lo advierto. Bien tenella fue esa atención; vuelve, estrella, a tu sol restituida. Levántala. Pues ya la di por perdida yo, quédate con ella, y cerrando, Licanoro, el paréntesis que ha hecho la digresión de la joya... (¡Este es Licanoro, cielos!) (¡Notable altivez de pobre!) ... sepa yo cómo, saliendo de mi corte despedido, bien que con aquel pretexto de tener la armada a mira de los tumultos del pueblo, a quien la prisión ahora de Arsidas tiene suspenso, no a ella sola, a estos jardines volvéis y tan de secreto que es el llegar a mis ojos el primer aviso vuestro. Aunque el veros es delito tan bien visto como veros, sin novedad que disculpe la acción, no volviera, pero siendo tal la novedad que della avisaros debo, anticipado el perdón, honesté el atrevimiento. En esa armada que dado fondo sobre el cabo tengo, donde entre Epiro y Atenas foso es de plata el Egeo, me hallaba cuando llegó nueva al senado del puerto que Aurora, de Lisidante hermana... [Aparte.] ¿Qué será esto? ... llevada de algún error no sé con qué fundamento más del de no parecer su hermano, que de secreto dicen que a cumplir un voto oculto salió y no ha vuelto, y del error persuadida a que es Lisidante el preso que hoy está en Atenas, marcha con los marciales aprestos que él tenía apercibidos contra Polidoro, haciendo plaza de armas la campaña casi en los límites vuestros; y aunque al que la nueva trujo repliqué a favor del reino ser Arsidas, prosiguió que Aurora responde a eso que ella sabe que es su hermano, y que otro nombre han supuesto por matarle más a salvo, al mundo satisfaciendo, que no entró a parte el rencor de los pasados encuentros, a cuya causa promete que ha de entrar a sangre y fuego, si es vivo, en su libertad, y en su venganza si es muerto. Bien pudiera yo arrojar mi gente a tierra, y saliendo al opósito, señora, desvanecer sus intentos, pero como en la obediencia consiste el merecimiento del soldado, pues sin orden la victoria no es trofeo, mayormente cuando estriba en un engaño el pretexto, que puede facilitarse con más apacibles medios, no quise sin daros parte adelantar mis esfuerzos, por si la razón de Estado tiene segundos acuerdos de que valerse, y así entrad con vos en consejo, consultad vuestros motivos y con la resulta dellos fíad de mí la ejecución, que aquí humilde, allá soberbio, a costa de cuantos daños y a pesar de cuantos riesgos se opongan, veréis que os sirvo hasta coronaros dueño de Grecia contra Milor y Clarïana, bien luego como contra Lisidante y Aurora de Epiro, pero aunque de Epiro y Atenas reina diga que he de haceros, no diré de Macedonia, que a eso sólo no me atrevo, porque no merece ella deidad que yo no merezco. Vase. En fin, un alivio solo, en fin, un solo consuelo que en perderte, ¡ay, Dios!, tenía, ya, Auristela, aun no lo tengo. ¿Consuelo en perderme? Sí, pues te perdía sin celos, que como postrero mal se guardó para postrero, y tan disfrazado que, conficcionado veneno, cautelosa la verdad que me dio vida, me ha muerto. No en vano al pedirte, ¡ay triste!, licencia de irme, el despego afectado en el rencor me la concedió tan presto, por quedar sin malograr tantos amantes afectos como en Licanoro he visto. Pero yo dél, de ti y dellos me vengaré: adiós, adiós, que ya que todo lo pierdo, no he de perder nombre, honor, lustre y fama. Bueno es eso, cuando tú, porque sabías de tu hermana los intentos para volver en favor de Arsidas, con el despecho de declararte enemigo te ausentabas. ¡Vive el cielo, que tal no supe! ¡Y él vive, que yo a Licanoro...! Pero ¿yo satisfacciones? ¿Yo disculpas a un desatento, a un falso, a un aleve que, llevado más de los ecos de su aplauso que mi amor, sin temer mis sentimientos, a su hermana ha escrito y hasta tener su gente en mis reinos no se acordó que era honrado? Nunca yo he olvidado el serlo, pero dejeme llevar del engaño de un afecto hasta la última ocasión, en que obligado me veo, sobre notas de cobarde, a empeños de noble... Pero ¿yo satisfacciones? ¿Yo disculpas a un falso dueño, que se deja llevar más del esperado trofeo que milita en su favor, que no de mis rendimientos? ¿Cómo puedo desviar de un arbitrio que es ajeno? Pues, ¿cómo podré yo el mío? Esto es fuerza. Agravio es eso. Porque yo... Porque yo... ¿Cómo? Ved que viene hacia este puesto Clarïana con Milor. Que te halle aquí no quiero, escóndete entre esas ramas. Sí haré, que el áspid del pecho me dará lección de estar entre flores encubierto. Y advierte, por si no hay lugar ahora, que te ruego, ¿qué es que te ruego?, te mando no hagas caso del acento, ni te vayas ni descubras hasta verme. Yo lo ofrezco. Escóndese a un lado, y salen por otro Clariana y Milor, Estela y tras ella Arsidas, Brunel, y quédanse al paño. Con una gran novedad, Auristela, a verte vengo. Si es a decirme que Aurora de Epiro, hermana del fiero Lisidante, las fronteras infesta de nuestro imperio, ya lo sé, que Licanoro, que sólo ha venido a eso, me lo ha dicho. Serán dos parecidas, según eso, porque la que a mí Milor, que de su ejército ha vuelto con el aviso, me ha dicho, es otra. Ya que no tengo más licencia que seguir, vivo imán, el norte bello de Clariana, di al guarda, pues desde allí me está viendo, que se detenga. Sí haré. Vase. Ya, Milor, saber deseo qué es esa novedad. Yo, después que, al servicio atento de Clariana, prendí a Arsidas... ¡Qué escucho, cielos! [Aparte.] ¿Milor fue el que me prendió? ... procurando el desempeño de que la sirva en lo más quien la obedeció en lo menos, a mi ejército volví para tenerle dispuesto a sus órdenes. Perdone, Auristela, tu respeto, que el amor no es elección sino influjo. Peor es esto ¡prenderme a mí y obligarla a ella con mi prisión, Cielos! ¿Quién creerá que sea tan varia [Aparte.] la condición de mis celos, que me ofendo en quien la ama y en quien no la ama me ofendo? Y cuando de la ocasión pendiente esperaba el tiempo de coronarla, a pesar de Licanoro, poniendo de Grecia el cetro en tu mano y de Lisidante, luego poniendo a Epiro a tus plantas... [Aparte.] ¡Qué agravio! ¡Qué sentimiento! ... como entre Chipre y Atenas están mis alojamientos, supe antes que acá llegase la nueva que Policeno, generoso rey de Chipre, de Arsidas hermano, ha muerto. [Aparte.] ¡Esto más, fortuna mía! Con que Cintia, que de Venus quiso el cielo que heredase a un tiempo hermosura y reino, generosamente altiva, con los marciales aprestos que en libertad de su hermano había su padre dispuesto, marcha la vuelta de Atenas, por satisfacer con esto al mundo de que no duran en ella los sentimientos de que estorbar intentase su jura, y con tanto aliento se empeña en su libertad, que viene a voces diciendo... Entrad, que no hay que esperar licencia alguna. ¿Qué es eso? Yo, señora, no sé más de que a la voz del estruendo a hallarme vuelvo a tu lado. Llegad todos. Deteneos. (Dentro.) ¿Qué es detenernos? Entrad. Mirad... Timantes, ¿qué es eso? Ser siempre de malas nuevas nuncio yo. Los estamentos de la nobleza y la plebe, las dos venidas sabiendo de Licanoro y Milor, a causa de los intentos de Aurora y Cintia, pretenden hablar a las dos, resueltos a que han de poner de una vez a tantos daños medio. ¿Y ésa es mala nueva? Sí, porque, seguidos del pueblo y no llamados, más tiene de motín que de consejo. Salgamos a reportarlos con oírlos. Si su ciego orgullo es por el temor en que Aurora los ha puesto, aseguradlos de que yo contra Aurora me ofrezco a detener su invasión. Ofreced por mí lo mesmo vos, pues yo iré contra Cintia. [Aparte.] ¡Esto sufro! ¡Esto consiento! Guárdeos el cielo, Timantes, decid que entren, y al momento cerrad esta puerta, y nadie de aquí salga ni entre. Vase con Licanoro. El cielo os guarde. Estela, pues ves que contra Arsidas todo esto va a parar, salve su vida, y pues que va anocheciendo, ya sabes lo que has de hacer. Tú verás que te obedezco. Vase Clariana y Estela. ¿Quién creerá entre tantas penas... ¿Quién creerá en tantos aprietos... ... yo ausente, Aurora en campaña... ... Cintia en campaña, yo preso... ... se haga lugar entre todas... ... entre todas se haga asiento... ... de Licanoro el amor? ... de Milor el pensamiento? Mas, ¡Cielos!, ¿qué extraño... Mas, ¿qué admiro, Cielos... ... si el mal de los males sólo son los celos? Mas, ¿quién me oye? ¿Quién me escucha? ¿Arsidas? ¡Cuánto agradezco el que seas tú! ¿Partió aquel camarada? Luego al punto en un bergantín, y según tasado el viento que ha corrido, es favorable, puedes... ¿Qué? ... tener por cierto (porque esto de decir que no parece, no creo) que ya Lisidante ha visto tu papel. ¡Cuánto me huelgo! Que aunque siempre su favor hubo menester mi riesgo, nunca más, pues nunca más vida y libertad deseo, que desde que aquí escondido adorando un falso dueño, tras la muerte de mi hermano y de Cintia el ardimiento, he sabido que la adora un nuevo amante a quien... Pero no prosigo, que el dolor me está embargando el aliento. Desahógate conmigo, pues puedes de mí estar cierto, que a todo trance soy tuyo. Sí haré, pues que nada arriesgo en decirte a ti lo que dijera al aire, oye atento: Suenan instrumentos dentro. Yo... Mas luego lo diré, que este templado instrumento es fuerza que tras sí lleve mi atención. Fortuna, ¿aun esto quieres que padezca a espacio? ¿No desengañarme presto? Su silencio la noche me preste y atenta a mi voz. Silencio. Silencio. Ni vientos ni mares respiren ni giman, que importan callados hoy mares y vientos. Silencio, silencio, ni vientos ni mares respiren ni giman, que importan callados hoy mares y vientos. ¿Qué te va en esto? Prosigue. Más que piensas me va en esto. En una guardada torre en sus verdes años preso por el príncipe de Holanda, estaba el conde Vireno. Olimpia, que de su padre acusaba el rigor fiero, presa en los yerros de amor... ... si es que amor prende con yerros, bien fiada de los aires, mal guardada de los ecos, desde una almena una noche la voz esparció, diciendo... Silencio. Silencio. Que importan callados hoy mares y vientos. ¿Habla esto contigo? Sí. Pues oigamos. Escuchemos. El postigo del socorro al amanecer abierto hallarás, y un bergantín en la blanda paz del puerto. Blanca bandera en la popa su seña será, entra dentro, que seguro en él podrás escapar a vela y remo. Huye pues, huye el peligro, mas no te olvides, huyendo, de que dejas la prisión, y yo en la prisión me quedo. Silencio. Silencio. Que importan callados hoy mares y vientos. Si esto debes a esa dama, ¿qué temes de su amor? Temo, que el ausentarse un celoso no es piedad sino tormento. Conforme el sujeto sea. ¡Ay!, que es tan alto el sujeto, que es no menos que... Mas oye, que vuelve el sonoro acento. Cantan a un lado, dan voces a otro, y representan los dos, todo a un tiempo. (Dentro.) Muera Arsidas. (Dentro.) No muera. Silencio, silencio, ni vientos ni mares respiren ni giman, que importan callados hoy mares y vientos. ¿Quién vio más contrario estruendo? De la confederación voz es, que forman los gremios. No ha de quedar sin castigo quien mató al príncipe nuestro. Entre librarle o morir, haya medio. No haya medio, muera Arsidas. No muera. Silencio, silencio, ni vientos ni mares respiren ni giman, que importan callados hoy mares y vientos. ¿Quién creerá que yo esté oyendo aquí el eco de mi vida y allá de mi muerte el eco? Hasta ver en lo que para, al fuerte nos retiremos, donde intentemos los dos esta noche defendernos, cuando esta noche te embistan, que mañana, bien huyendo o lidiando, es otro día. ¡Oh, amigo, cuánto te debo! Aún bien no lo sabes; vamos, que va el tumulto creciendo. Muera Arsidas. No muera. Haya medio. No haya medio. Silencio, silencio, ni vientos ni mares respiren ni giman, que importan callados hoy mares y vientos. ¿En qué ha de parar, fortuna, tal confusión? En creer presto que el riesgo te busca a ti, y ha de dar conmigo el riesgo. Jornada Tercera Salen Lisidante y Merlín. Esta es, Merlín, la respuesta que has de traer, y pues vienes a buscarme tan a tiempo que ser llamado pareces, pues en esta guardia acabo de escribirla, toma y vete, antes que Arsidas, que un rato se ha recostado, despierte y te vea aquí, o a mí menos a la hora me eche que debo asistirle más, ya que dispuso mi suerte que hallándome aquí Timantes, que anda de ronda, volviese a fiar de mí la posta. En todo he de obedecerte, y más en esto, porque llevo mal andar ausente sin murmurar tus locuras, cuando no cobra un sirviente ya en este tiempo otros gajes. Toma, y fingiendo que vuelves, dirás... Mas vete, que sale. Vase Merlín y sale Arsidas. ¿Fortún? Pues, ¿tan brevemente el sueño despides? ¿Quién con tantos pesares quieres que duerma? Tristeza, más que sueño, fue la que en ese catre me arrojó; mas tú que, viendo que ya amanece sin novedad que nos busque, de aquí te ibas por no hacerte sospechoso en mi asistencia, ¿cómo a la torre a entrar vuelves? Como al hacer la deshecha, con que en la guardia me viesen, de que la noche contigo no había pasado, me vuelven a nombrar de vista, y pues esto sólo nos sucede a gusto, que es que podamos hablar más seguramente; ya que músicas y estruendos a cuyos ecos pendientes toda la noche estuvimos, el día nos desvanece, ¿no sería bien, pues la hora es que el aviso previene el amanecer, respecto de que aquestos días, siempre a la sombra de la luz cansadas las rondas duermen, que del socorro el postigo reconozcamos al fuerte, por si está abierto y veamos si hay bergantín en el muelle con la blanca seña? Sí, que como una vez me ausente y al ejército de Cintia, pues no hice homenaje, llegue, desde él podrá ser que corran mejores líneas mis fuertes desdichas, de cuyos varios rigurosos accidentes el de los celos confieso que es el que a todos prefiere. Y si una vez en campaña de mi sobrina la gente gobierno, verá Milor si Clarïana le debe a él la corona o a mí, que no hay venganza más fuerte a una dama, si es ilustre, que obligarla porque ofende. Luego, ¿Clariana es la dama? Poco te debe el discurso, si yo a voces lo he dicho. Ya, cielos, pueden respirar a mejor aire Aparte. mis temores, siendo éste el primer lance en que vi que el mal en bien se convierte. [Alto.] Dices bien, que acción no hay que mejor a un noble vengue que haciendo heroico al dolor, y así, ven, ¿qué te detiene? Muelle y postigo veamos. Vamos, mas oye... ¿Qué temes? Que podrá ser que entre tanto alguien de la guardia entre y no estando aquí, en mi busca vayan, donde como suele decirse... ¿Qué? ... con el hurto en las manos nos encuentren; y así será bien que tú, pues el que llegare a verme a mí o a ti no ha de echar menos, antes que en salir me empeñe, porque sea todo uno faltar y no detenerme, lo reconozcas y avises. Reparo ha sido excelente; yo voy, y con lo que hallare vuelvo al punto. Hoy llego a verme fuera de mi obligación, como a ver a Arsidas llegue fuera de la prisión. Vase, y sale Brunel. ¿Era, señor, dime, hora de verte? ¿Quién te lo ha quitado? ¿Quién que me lo quitara quieres, si no la curiosidad de saber lo que sucede? A cuya causa en la guardia me he estado. ¿Y qué ha habido? Ese es el caso, que maldita la cosa traigo que cuente; con las armas en las manos, marciales grullas de allende, se han estado los señores soldados nuestros pendientes de la conferencia, cuyas voces eran unas veces que mueras, otras que vivas, hasta que todos se vuelven al parecer convenidos sin saber en qué convienen; pero entre uno y otro, nada me cansó, como que hubiese quien cantase a aquellas horas (demonios son las mujeres) como si allí se tratara una boda y no una muerte. Así se estaban acá haciendo en esos vergeles gorgoritas; pero ¿cuándo ellas de nada se duelen, como a ellas no les falte almendrucos y pasteles, chufas, fresas y acerolas, garrapiñas y sorbetes, despeñaderos y crines, perritos y perendengues? Bien con mormurarlo salvas la objeción de que se mezclen músicas y sediciones, y a saber lo que contienen quizás... ¿Qué? ... no culparías. ¿Qué hubiera sido que hubiese aquella música hablado conmigo, y ella nos diese aviso para librarnos? Fuera haber sido celeste pájaro cualquier nocturna filomena que haya... Sale Timantes, y los criados sacan las armas de la primera jornada. Atiende. ¿Arsidas? ¡Que no bastó que en la fábula no hubiese padre para que no estorbe el que hace las barbas siempre! ¡Qué bien hice en no faltar de aquí! ¿Qué mandáis? Prudente os prevenid a una nueva que os traigo. Nada hay que altere mi valor, decid. juntas la nobleza y plebe a Auristela y Clarïana hablaron resueltamente, en orden a desviar los grandes inconvenientes de Aurora y Cintia, de quien dicen que esta tarde vienen dos embajadas, a causa, Aurora, de que la entreguen a Lisidante, movida a que es, porque no parece, el preso, y con el mismo fin Cintia a vos. Finalmente la plebe de su rey muerto verse en vos vengada quiere sin que nada les asombre. La nobleza lo defiende diciendo que ha de libraros, con que entre mil pareceres varios, partir el camino es a lo que se resuelven; y así, porque la venganza con el agravio concuerde, sin que con baldón se vaya ni sin castigo se quede, que la instancia se reduzca a público duelo quieren, porque la satisfacción sea como fue la muerte. Vos habéis de mantener lo que hicisteis, hasta siete aventureros, en cuyo número el duelo fenece, quedando libre, de quien si dos o más concurriesen juntos, podáis elegir al que a vos os pareciere para primer lidiador; hasta que si alguno os vence, dándole el blasón Atenas coronado de laureles, por vengador de la patria pueda victorioso, entre Auristela y Clarïana, elegir a la que reine, conque se cumple con todos: con vos, pues a poner vuelve vuestra suerte en vuestra mano; con Cintia, Aurora y sus huestes, pues Cintia hallará que sois arbitrio de vuestra suerte, y Aurora que nunca fue su hermano el que Atenas prende; con el mundo, pues verá que heredados intereses ni de rencor os castigan ni de temor os absuelven; con Clarïana después y Auristela, pues a verse llegará reina, sin que el reino a partirse llegue, la que el vencedor elija por esposa; y finalmente, con la patria, pues dará contenta, ufana y alegre, más entrañable obediencia a quien su muerto rey vengue. A este efecto, pues, las armas con que os prendieron os vuelven ambos bandos: éstas son, ved ahora vos si os conviene o negar, como hasta aquí, que vos el agresor fueseis, o mantener que lo fuisteis, o quedaros delincuente segunda vez al arbitrio de la nobleza y la plebe. Vase. «¿O negar como hasta aquí que vos el agresor fueseis, o mantener que lo fuisteis, o quedaros delincuente segunda vez al arbitrio de la nobleza y la plebe?». Pues ¿cómo, aunque nunca sea mía la acción...? Sale Lisidante. No solamente aprestado el bergantín y abierta la puerta tienes, pero haciendo la deshecha de que a estas horas divierte Clarïana a las orillas del mar el grave accidente de las tristezas está, hasta ver lo que sucede, como de acecho o de escolta. ¡Oh, Clarïana excelente!, patronímico desde hoy de clareas y claretes, serán cuantas Clarianas las claraboyas clareen de los presos condes Claros. ¿Qué aguardas? ¿Qué te suspendes? ¿Me oíste? Sí. ¿Y no vienes? No. ¿Por qué? Porque en ese breve instante que de aquí faltas, hay novedad que me fuerce a no ausentarme. ¿Qué dices? Si no te lo ha dicho ese venenoso acero, yo te lo diré. ¡Pena fuerte! Apenas la espalda tú volviste... ¿Pero qué gente anda allí? Yo lo veré. Salen Clariana y Estela. Estela, no me aconsejes. Yo por lo decente... Aquí no peligra lo decente, que pues tengo la disculpa, cuando llegue alguien a verme, de que entreabierta esta puerta me ocasionó que supiese quién andaba aquí, no es bien que esté más tiempo pendiente porque Arsidas no sale; allí aguarda. ¿Quién? Detente, soldado. ¿Señora? Calla. ¿Quién es? Yo. Permite al verte que entre un favor, una duda, y una queja, se tropiecen equivocadas las voces y a hablar ni a callar acierte. Permite tú que al oírte también en mí se atropellen las razones, favor, duda y queja. Sí. ¿De qué suerte? El favor, el que te estimo; la duda, ¡oh, si modo hubiese de hablar corteses los celos! Mas, ¿cómo han de hablar corteses los que, naciendo villanos, la política no aprenden de palacio, y desterrados están a que en él no entren? La duda digo (perdone esta vez lo reverente) es de no saber (¡ay, triste!) si son piedades crueles o son piadosas crueldades las del favor que me ofreces; que habiendo sabido cuánto rendido Milor pretende, esforzando sus partidos, el que en nombre suyo reines, ¿qué mucho es dudar no sea entre afectados desdenes el gusto de que él te sirva gana de que yo me ausente? La queja es de que sabiendo lo que tus gremios resuelven, de mi valor desconfíes y creas de mí que puede ausentarse mi valor día que otra vez aleve ese arnés a que mantenga su duelo a mi mano vuelve. [Aparte.] ¿A que mantenga su duelo? Honor, ya hay más en que pienses. Cuanto al favor, satisfaga lo poco que en él me debes, pues lo que yo hago por mí, nadie a mí me lo agradece; cuanto a la duda, respondo que soy quien soy, solamente; y cuanto a la queja, digo que si el agresor no eres, ¿a qué un engaño te obliga? A que el engaño sustente. ¿No siendo acción tuya? Sí. ¿Por qué? Porque hay quien lo cree. El honor no es realidad que le enseña el que le tiene, diciendo «aqueste es mi honor»: es un fantasma aparente que no está en que yo le tenga, sino en que el otro le piense: alhaja es tan mal hallada con los honrados, que a veces sin perderla, lo que éste obra, lo que aquél juzga, la pierde, y así pues a mí me basta a que contra mí no engendre odios tu amor, el que tú sepas que no di la muerte a tu hermano, ¡vive Dios! que para todos desde este instante fui su homicida. No presuma, no sospeche algún cobarde, que nunca piensa mal el que es valiente, que quien no huyó preso, sí retado, y si me convences tú en la mayor de mis penas sólo con que eres quien eres, convénzate yo con que soy quien soy, y no te quejes de que tu amparo despida, de que tu favor desprecie, que si el merecerte es el fin de mis altiveces, ¿dónde está, si no en lo honrado, el modo de merecerte? Si yo soy el fin, y airoso conmigo estás, ¿qué pretendes? Estarlo con los demás. Luego no soy yo a quien quieres. Sí eres, que para su dama son los triunfos que uno adquiere, pues desaira su elección para con cuantos atienden, que quien merece sin fama, consigue, mas no merece. ¿Qué triunfo, si nunca vas a ganarme? Y si te vencen (¡oh, no lo vea yo!), no sólo (no sé si a decirlo acierte) para ti Arsidas me ganas pero para otro me pierdes. Ganarás tú un reino entonces, y habrá con que me consuele dos razones. ¿Qué razones? No verlo yo, y que tú reines. Porque veas que no hay mundos que sin ti estime ni precie, vete, Arsidas, que yo doy palabra al cielo mil veces ser tuya, como te vayas, que no habrá quien, sin vencerte, pueda convencerme a mí. Mucho esa balanza tuerce el fiel del alma. ¿Tú mía? Sí. Pues si tú no te pierdes, piérdase todo. Mas ¡ay!, que aunque todo lo atropelle por ti, hay otro por quien no puedo atropellarlo. ¿Y ese quién es? Yo mismo. ¿Tú mismo? Sí, que al ir a obedecerte no puedo conmigo yo lo que tú conmigo puedes, ¡vive Dios que aunque te pierda has, Clariana, de verme muerto, mas no desairado! Señores, ¿hay quien tolere un honrado a todas horas? [Aparte.] ¿Qué harán del duelo las leyes con el culpado, si esto obligan al inocente? Pues haz por mí una fineza, ya que en quedar te resuelves. ¿Qué fineza? Que a Milor no has de elegir. Y él que viene. ¿Qué dices? Que entra hasta aquí. Pues que no puedo sin verme, cobrar la puerta (¡ay de mí!) será forzoso esconderme. Retírase al paño. [Aparte.] ¿Hasta cuándo unos de otros irán los inconvenientes? Sale Milor. El cielo, Arsidas, os guarde. Y el cielo, Milor, aumente vuestra vida. Extrañaréis que yo en vuestra prisión entre. No haré hasta saber la causa. Tan forzosa es que me mueve, arrastrado de un ardor que el volcán del pecho enciende, a que orden y guardia rompa por veros. ¡Cielos, valedme! Aparte. Que aquí estoy sabe sin duda, pues tan despechado viene. La divina Clarïana... (Él va ciego e impaciente a descubrirla.) Esperad. Toma la espada, que estará con las armas, y pónesela. Decid ahora. Ponerme delante de ella me toca. (Ya escampa y cascotes llueven.) ... es el soberano dueño a cuya ley obediente el día de vuestra fuga (fuese lustroso o no fuese, que los que sirven rendidos no eligen sino obedecen) os seguí y prendí, de modo que soy por quien os suceden tantos azares; y siendo así que ninguno tiene más derecho a vuestras iras, como quien más os ofende, vengo a acordároslo, a causa de que al duelo que previene mantener vuestro valor, pues es fuerza que le acepte, sepáis que para elegirme el primero tenéis este anticipado disgusto, acompañando al hacerle del decirle, porque más os cansen mis procederes. No os quitéis, pues, la razón de lidiar con más ardientes sañas contra mí, que es tal la ansia que tengo de verme o bien muerto en la demanda, o bien árbitro valiente de este reino, para darle a Clarïana, que viene desatento mi valor sólo a poneros en este nuevo empeño; y así, ved, pues sois quien sois, qué os compete hacer con quien el pesar que allá os hizo, aquí os acuerde; y con esto adiós, que os guarde. Vase. Parece fin de billete. Oíd, esperad. ¡No le sigas!, y pues antes que él viniese que no le nombres pedí, no has de nombrarle. No aumentes otras causas, que hartas hay para que el primero intente mil muertes darle. ¿Otra causa? Sí. ¿Qué es? Que tú me lo ruegues, por si es resguardar su vida. No es sino temer mi muerte, que no quiero que aun aquella pequeña esperanza débil de la contingencia goce. Pues perdona, aunque sea ése el fin, que no he de quitarme en quien te adora y me prende por tu gusto y me lo dice, tres razones que me alienten. Bien pudiera yo con una a todas tres responderte, pero para discurrir ni es tiempo ni lugar éste. En lo que a mí me ha tocado, abierta esta puerta tienes; sobornadas centinelas son cuantas hay en el muelle; el patrón del bergantín a tu orden irá obediente. Tú ahora en lo que a ti te toca o acéptalo o no lo aceptes, que del duelo de los hombres no entendemos las mujeres más de que el que ofende airoso, agrada con lo que ofende. Vase. ¿Qué te parece, Fortún? ¿No es aquesto lo que debe haber hecho mi valor? No sé lo que me parece, porque si digo que no, culpo una acción tan valiente, y si digo que sí, siento el que en la prisión te quedes. ¿Qué me aconsejaras tú? Hombres de tan poca suerte a príncipes tan heroicos es bien sigan, no aconsejen. Aguarda, espera, Fortún. Suenan cajas. ¿Qué nuevo rumor es este de trompetas y de cajas? Toda la milicia el verde sitio del parque en doblados escuadrones le guarnece, más de gala que de lid. Y aun eso hay más que ponderes. ¿Qué? Suena música. Que las locas de anoche a cantar ahora vuelven. Suenen los clarines y las cajas suenen, y alternando a coros lo heroico y lo alegre, al compás de dulces sonoros motetes, suenen los clarines y las cajas suenen. ¿Qué será esta novedad? ¿Quién que lo adivine quieres? Sale Merlín. Yo lo diré, pues al tiempo vengo que todo lo cuente. Cuanto a lo primero, esta la respuesta es que te ofrece dar mi ley de Lisidante. Lo segundo, todo ese aparato de clarines y de música se mueve a causa de que de Cintia y Aurora dos damas vienen por embajatrices suyas, que como son de mujeres a mujeres los tratados, que se introduzcan no quieren hombres en ellos; y así ostentándose valientes en una parte y en otra festivas salvas previenen de paz y guerra Clarïana y Auristela, porque echen de ver que de paz y guerra elegir los medios pueden, diciendo porque no extrañe nadie que a escucharlos llegue: Que alternando a coros lo heroico y lo alegre, al compás de dulces sonoros motetes, y las cajas suenen. Seas bienvenido, mas ¿cómo, si dicen que no parece, le diste la carta y traes su respuesta? El caso es este. ¡Oh, quién prevenido hubiera aquesta objeción! Di. Atiende. Cuando volvió Lisidante de donde quiera que fuese, Aparte. (¡oh, quién comprara a un amigo el buen aire con que miente!) ya Aurora estaba en campaña y viendo que no es decente, muerto Polidoro, hacer guerra él a dos damas, quiere dejar la acción a su hermana, y ella allá en sus intereses tendrá algo que ajustar antes que la guerra empiece, y así su embajada envía. La razón no me convence. A mí sí. ¿Cómo que no? ¡Vive Dios, que sea un hereje quien no crea que con él mismo he estado, de la suerte que estoy ahora contigo! Yo lo veré, pues no puede a mí engañarme su firma, que la he visto muchas veces. ¿Es suya? Sí, suya es. ¿Y qué dice? Desta suerte: Desde el instante que supe vuestra prisión, os acompañé en ella como pude, y hoy, que sobre mi afecto me empeña vuestra confianza, os doy palabra de que en vuestro mayor riesgo me hallaréis a vuestro lado, tan dueño de él, que se persuadan todos a que es mío. Dios os guarde. La confusión de mis dudas con cada palabra crece: que me ha acompañado, dice, en mi prisión. Bien se infiere del afecto con que escribe. Y luego, que a hallar se ofrece conmigo en mi mayor riesgo. Y como si ya le viese a tu lado, no lo dudo. Y añade que ha de creerse suyo el duelo. Sí creerá. ¿Cómo ha de ser? No sé, apele a que el trance te lo diga. Pues si él lo ha de decir, deje la experiencia al trance, y pues o bien Aurora lo enmiende, o bien Cintia le destruya, o bien el duelo le arriesgue, lo que a mí me toca es altivo, restado y fuerte esperarle cara a cara; en esta torre me encierre, que es barrenarme la nave para que vil no me acuerde ninguna imaginación que abierta esa puerta tiene. Ven, Brunel, y trae contigo ese arnés. ¿Yo? Sí, ¿qué temes? Pues me hiela si le miro, que si le toco me queme. Anda, cobarde. ¡Ay, Jesús, y qué garabatos tiene, aquí entre estrellas y lises, pintados! Los caracteres son del conjuro que hiciste. El diablo que te le lleve, pues que te le trujo el diablo. Vase. ¿Que aqueso, villano, pienses? Clara luce lisis auri stella dante clarescit: «Dando una estrella su clara luz, la lis de oro amanece». Grabazones de las armas son, que pintan lo que quieren. ¡Pluguiera al cielo, y no fuera lo que yo quise! Tú puedes retirarle de ahí. Sí haré, y bien retirado. Ea, aleve fortuna, tuyo es el día, aquí encerrado me tienes, no te huiré el rostro, ¿qué aguardas? Ven, que nada hay que recele cuando espero en Lisidante un padrino tan valiente, que haciendo mi duelo suyo a todo trance me esfuerce, a todo riesgo me valga y a todo empeño me aliente. Vase. Yo lo aseguro. Merlín, echada está ya la suerte. Sí, pero echada a perder. Y pues no hay plazo que espere, Dentro cajas. y más con la prisa que esas cajas dan a que se acerque, vente conmigo, trayendo, ya que al último retrete Arsidas se ha retirado, esas armas. Pues, ¿qué emprendes? Cobrarlas, pues que son mías, que su hacienda tomar puede cualquiera donde la halla. Sí, mas si fue dada a trueque, será bien volver su esquife a quien tus armas te vuelve. Calla y sígueme, que hoy, sin que la palabra quiebre a Auristela, he de cumplir la que he dado a Arsidas: deme ingenio amor para que siendo una al riesgo oponerme y siendo otra no nombrarme, ambas a cumplir acierte, y si no, yérrelo el juicio, como el valor no lo yerre. Vanse. Sale Clariana, Auristela, Timantes, Milor, Licanoro y acompañamiento. Ya, señoras, todo el pueblo el duelo aplazado aguarda, y sólo vuestra licencia resta ya para que salga Arsidas a sustentarle. Si eso solamente falta, licencia tenéis; llamadle. ¡Ah de la torre que guarda al gran Arsidas, de Chipre invicto infante! Sale Arsidas. ¿Quién llama? Sus altezas... (Aparte.) ¡Ay de mí! ... que están presentes, te llaman para intimarte que es hora de sustentar con las armas la contienda, si la aceptas. Con esa duda me agravias, y para que luego empiece a cumplir la ley que manda que habiendo aceptado un duelo el que mantenerle aguarda a todas horas espere armado de todas armas, ya que en presencia le acepto de todos, ¡ah de la guardia! ¡Soldado de posta! Sale Lisidante, armado debajo de un capote. ¿Qué es lo que quieres? Que me traigas las armas. Sígueme, pues. Ya te sigo hacia el alcázar para ver lo que dispones, aunque mejor fuera hacia ese confuso rumor que dice otra vez y otras mil veces: Vanse, y salen Cintia y Aurora, y acompañamiento, y por otra Clariana, Auristela, Licanoro, criados y músicos Suenen los clarines y las cajas suenen... Y alternando a coros lo heroico y lo alegre al compás de dulces sonoros motetes... ... suenen los clarines y las cajas suenen. Y pues siempre a Atenas coronó las sienes Minerva de olivas, Marte de laureles... ... suenen los clarines y las cajas suenen. Para paz y guerra vean que previene entre ecos que asusten, voces que deleiten. Y alternando a coros, lo heroico y lo alegre, suenen los clarines y las cajas suenen. Bellísimas deidades, en quien la graduación de las edades rompió los privilegios, porque fuera cualquiera sin segunda y la primera. Deidades soberanas, en quien el blando albor de las mañanas tan nuevo oriente funda de perlas, que primera ni segunda ninguna es y cualquiera tan divina que tiene igual y queda peregrina... ... a vuestras plantas llega quien piélagos de luz lince navega... ... quien golfos de cristal, argos de tantas estrellas sulca, llega a vuestras plantas... ... donde turbado el labio... ... la voz muda... ... torpe os aclama... ... tímida os saluda... ... diciendo sólo... ... al veros suspendidas... ... bien halladas seáis. Seáis bienvenidas. Y porque de esas voces... ... una vez graves... ... otra vez veloces... ... infiráis que es Atenas... ... igual a las lisonjas y a las penas... ... en una y otra parte... ... campaña de Minerva... ... horror de Marte... ... que los acentos de una y otra fama... ... blanda os saluda... ... bélica os aclama... ... de guerra y paz diciendo, porque elijáis en música o estruendo... ... que alternando a coros lo heroico y lo alegre, suenen los clarines y las cajas suenen. y Clariana Ahora, decid. La reina, mi señora Cintia de Chipre... La divina Aurora, de Epiro infanta... Espera a que hable yo. ¿Por qué? Porque primera metrópoli de Grecia siempre ha sido la gran Chipre, de quien tiempo ni olvido borró la antigüedad, en cuyas raras ruinas aun hoy de las caducas aras de Venus bella las cenizas miro. Eso fuera a no estar presente Epiro: templo de sol cuyo apenino monte aun hoy conserva incendios de Faetonte en la flamante pira a quien dio nombre el humo que respira. Cuando blasón le dé el idioma griego a Epiro de pirámide de fuego, fuego es Chipre de amor, tanto más sumo cuanto es ser siempre fuego y nunca humo. Tú misma a ti contradecirte es llano, pues ¿qué fuego de amor no es humo vano? El que en todo primero encienda el eslabón de aqueste acero. Mal se hallará tu brío, si le responde el pedernal del mío. Ved... Advertid... ... que es el seguro a efecto de vuestras vidas, no de mi respeto. ... que el indulto no ignoro que mira al riesgo, pero no al decoro. Si no fuera por eso... Si no fuera... Bien está. Para hablar yo la primera, ya que el lustre de quien Chipre blasona no te excede, te excede la persona. Y así, en la fe de vuestro real seguro, por no exceder hablar claro procuro. Cintia soy: mira ahora si podrás igualarme. Sí, que Aurora también soy yo, y hablar no dificulto por no exceder en fe del mismo indulto. Yo... Yo... Treguas permita el argumento mientras pase a ser otro el tratamiento. ¿Qué le toca en su empeño a nuestras famas? De damas duelo ajústenle las damas. Dadme, Cintia, los brazos, porque al hallarme en tan felices lazos os dé el lugar que el ser quien sois mejora. Y vos tomad el vuestro, bella Aurora, diciendo ahora con más razón, al saber quién fueseis... ... que alternando a coros lo heroico y lo alegre, suenen los clarines y las cajas suenen. Y pues al motivar vuestra venida con guerra y paz Atenas os convida, hable la paz primero, con que ajustar vuestra contienda espero. Aurora de un engaño persuadida viene, ya está más presto respondida, y así, pues tú te quedas, Cintia, a más alto fin te ruego cedas, porque con más espacio hables tú luego. ¿Qué no podrá sin la jactancia el ruego? No mi venida juzgues tan a engaño, que no traiga conmigo el desengaño. Mi hermano Lisidante, no sé si de ambicioso o si de amante, y si lo sé no quiero saberlo ahora, fue el aventurero en quien quiso la suerte dos vidas malograr con una muerte. Dígalo ese criado, que fue quien a su lado se halló en todo el suceso. Y quien al ver del monte traerle preso llevó a Aurora el aviso. Pues siendo así que hoy no lo esté, es preciso pensar que le haya muerto vuestro antiguo rencor, con quien advierto que porque la injusticia no se crea, habéis supuesto que otro el preso sea. Y pues con este empeño intento, sin fiar de otro mi venida, vengar su muerte o restaurar su vida, si acaso vivo le conserva el ceño, aunque mil mundos precio son pequeño, ofrezco en canje suyo, ya que también con guerra y paz arguyo, o bien cuanto tesoro Epiro alcanza o bien cuanto poder en su venganza. Elegid, pues, si hay medio que se trate, en publicar su muerte o su rescate, porque las armas mías al tesón de las noches y los días, ya con ardores las abrase el cielo, ya con escarchas las malogre el hielo, en tierra y mar, haciendo a este horizonte monte del golfo o piélago del monte, no han de volver, es cierto, sin verle vivo o sin vengarle muerto. Que fácilmente estabas respondida dije, y lo estás, pues ni él fue el homicida ni el preso fue, ni en todo lo distante de Atenas vimos nunca a Lisidante. Falsa la relación, falso el recelo de ese criado fue, Aparte. (¡pluguiera al cielo! Mas este último esfuerzo mi amor labra, en fe de mi precepto y su palabra.) Dígalo yo, pues sin perder las señas de Arsidas, le alcancé entre aquesas peñas. Y para que lo veas y a los ojos mejor que a la voz creas, pues Arsidas no es hombre para de otro suponer el nombre, satisfaciendo a Cintia de camino de que él fue el dueño del fatal destino, y que si preso ha estado, con el decoro ha sido que ha tocado a su honor, pues el día que ofendida la patria prevenía vengar su muerto rey, parte la duda en que a salvar de su opinión acuda la fama, manteniendo en campal duelo el fiero influjo en que le puso el cielo. Dile, Timantes, que en la verde esfera deste jardín se deje ver. Espera, que antes de verle quiero porque el plazo no apague este primero impulso de mi ardor, y veáis que he sido yo la que habéis más presto respondido, asentar que, aunque yo ciega venía a litigar la fiera tiranía con que en tanto fracaso hizo Atenas delito del acaso, habiendo ahora oído que él fue dueño y que en su mano está su desempeño, no sólo ya su libertad repito pero emplear mis armas solicito en hacer bueno el campo, pues si fuera posible que del duelo desistiera, por mí, ya por los dos y por Aurora le mantuviera yo: llamadle ahora. ¡Ah de la soberbia torre de ese homenaje, que guarda al gran Arsidas, de Chipre invicto infante! Sale Arsidas. ¿Quién llama? Que si es el aventurero, ya para mi orgullo tarda. No es sino quien en albricias de dicha y ventura tanta como haber llegado a verte, los brazos te da. A tus plantas, bella Cintia, una y mil veces besaré de ellas la estampa. Y yo, si es lo indivisible besable, lo haré otras tantas. No tan presto agradecido te muestres, que aunque en demanda vine de tu libertad, ya es mi empresa tan contraria, que vengo a que no la tengas. Pues estuviérase en casa. ¿A que no la tenga, tú? Sí. ¿Cómo? Como informada de que remitida a un duelo está, es tan otra la instancia, que en vez de ponerte en salvo he de ser quien en la valla te ponga, sirviendo sólo todo el poder de mis armas de ser tu padrino. Buen socorro; ¿que hasta las damas sean hoy duelistas? No fueras quien eres si usaras a menos glorioso fin del valor que te acompaña, pues si como llegas tú llegara otra soberana deidad que abriera esas puertas y el paso me asegurara de tierra y mar, nunca yo volviera al riesgo la espalda. [Aparte.] (Bien se ve, pues quieres más que mi favor tu alabanza.) Aparte. Bien cumple, pues no parece, y deja que Arsidas haga el empeño, Lisidante mi precepto y su palabra Mira Aurora si es el preso Arsidas o no. Y repara en si Lisidante pudo serlo nunca. Cosa es llana que no pudo ser, si yo a Arsidas truje. ¡Turbada no acierto a hablar! Tú, traidor, hiciste que me empeñara con siniestra relación a este desaire. Postrada a los filos de tu acero, señora, está mi garganta, no mi verdad, pues no pude de malicia o ignorancia inventar que el homicida fue de Polidoro. Calla, soldado, seas quien fueres, que no es posible que salgas con que otro fue, habiendo dicho yo que fui yo, a cuya causa, porque desde luego empiece, Fortún, tráeme aquí las armas. Veslas, Arsidas, aquí. Descúbrese. ¿Cómo antes que yo tocarlas osas tú ponerlas? ¡Cielos! [Aparte.] ¿Qué intenta? ¿De qué te espantas, si de ti llamado estoy a cumplirte la palabra de hallarme a tu lado, haciendo mío el riesgo? Espera, aguarda. ¿Tuyo el riesgo? ¿Pues quién eres? ¡Lisidante! ¡Vida y alma con vida y alma agradezca hallarte vivo! Mi hermana lo ha dicho, yo no, con que cumplo lo que alguien me manda, pues no me ausento ni digo quién soy. ¡Ah, traidor! Levanta, bella Aurora, y a mis brazos llega. Mira, Clarïana; mira, Auristela, si es Lisidante o no el que guarda vuestra prisión. ¿Cómo pude yo mentir? ¿Quién se vio en tanta confusión? ¿Qué oigo? ¿Qué escucho? Descubriose la maraña. ¿Tú eres Lisidante? Sí. ¿Pues cómo hasta ahora me engañas fingiendo el nombre hasta ahora? ¿Cómo de adquirirte tratas la acción que de Arsidas es? ¿Cómo osado te disfrazas así a nuestros ojos? ¿Cómo enemigo te declaras? ¿Cómo tu opinión desdoras? ¿Cómo tu valor ultrajas? Y ¿cómo te has atrevido a vivir en nuestra patria? Todos preguntáis, y a todos responder mi voz aguarda, sólo a Arsidas respondiendo. ¿Con qué? Con aquella carta, en que mi valor ilustras y en que mi valor agravias, pues dices que de cobarde el agresor se recata que dio muerte a Polidoro, el que el ser quien soy te valga, pues no culpado padeces; y siendo así, cosa es clara que siendo yo el agresor y tú quien de mí te amparas, me obligas con dos razones para que cobrado haya estas armas como mías, e intente cumplir con ambas. Sí, mas ¿del engaño cómo de ser tú y callar lo salvas? Como no estoy obligado a decir nunca la causa que a tener callada estoy obligado; y si reparas en mi respuesta, ¿qué hay que no te digan mis ansias? ¿Cómo? ¿No te digo en ella que en la prisión que te guarda te acompañé como pude? Después, que en la confianza que haces de mí, ¿no te digo que al lado tuyo mi espada estará en tu mayor riesgo? ¿No añado que en la campaña he de hacer tu duelo mío? ¿Pues qué admiras, pues qué extrañas si en la prisión mi asistencia, si en el riesgo mi arrogancia y si en el duelo mi acero tu persona, asegurada de duelo, riesgo y prisión, prisión, riesgo y duelo salva? Ahora de tu valor viendo en ti una acción tan alta, veo el trance en que te puso mi error. Bellas Clariana y Auristela, hermosa Cintia y Aurora, ilustre prosapia que a Grecia honras de blasones, dejando aparte la causa que al invicto Lisidante en Atenas le disfraza, pues no le toca a mi intento presumirla ni apurarla, sabed que antes de pensar que mi prisión se libraba a un duelo, escribí a él con él que no culpado me valga, y el no culpado se entiende no ser culpa la desgracia. Él generoso y altivo, por el empeño en que se halla de haberme valido de él, quiere hacer suya la instancia: no le creáis, porque yo fui el que en la trágica valla a Polidoro di muerte. Y yo, que intenté vengarla, sustentaré que tú fuiste, pues fuiste el que en las montañas con esas armas prendí. Fue que yo dejé las armas, trocándolas al esquife que a él libró de la borrasca a que me entregué. Testigo sea quien de ella te saca y pues desde allí tu vida corrió a mi cuenta, tu fama corra también. Aunque tú tan de su parte te hagas, de Arsidas será la acción. [Aparte.] (Esto hago en esperanza de que el primero me nombre.) De Lisidante es la instancia. [Aparte.] (Esto es porque a mí me elija, pues obligado se halla.) Suyo ha de ser el empeño. Suya ha de ser la demanda. No, Aurora, obligues a que la campaña de ser haya el jüez. ¿Qué importará que lo sea la campaña? Pues, ¿qué aguardas? Pues, ¿qué esperas? Toca al arma. Toca al arma. Viva Epiro. Chipre viva. Ved. Mirad. ¡Qué pena! ¡Qué ansia! No a lid reduzcas, Aurora, hoy el duelo... No a batalla el duelo reduzcas, Cintia... ... que a mi opinión... ... a mi fama ... será desaire. ... es desdoro. Y si el decir yo no basta que aquellas armas son mías (aquí el ingenio me valga), ellas lo digan. ¿En qué? En la empresa que las graba. ¿Qué es? Una lis de oro y una estrella, cuya luz clara la estrella de Venus dice; la lis de oro semejanza es de las flechas de amor, pues ninguna flor se labra punta de arpón sino ella, luego bien claro declaran lis y amor, estrella y Venus, que son de Chipre las armas. Sí, pero ¿qué nombre encubre el mote que ciñe a entreambas? Sin incluir nombre, puesto no es tiempo de callar nada, y no ofende quien adora tan lejos de la esperanza, la clara luz es que ilustra a la lis que de oro esmalta de Clarïana alusión. ¿Qué escucho? ¿De Clarïana? [Aparte.] Yo hice muy buena fineza en traer su amante a mi dama. ¿Tienes más señas que digas? ¿Qué más? ¿Éstas no son hartas? No, que más incluye el mote, si de descifrarle tratas; pues mi nombre y el del dueño que adoro, bien que con tanta veneración, que ella nunca lo supo, con cuya salva puedo explicar qué contiene. ¿Dónde o cómo? En su anagrama, Clara luce lisis auri dice, e incluyendo pasa, stella dante clarescit, con que el emblema por alma en stella y auri, lisis y dante, verás que hallas Lisidante y Auristela. ¿Qué es lo que escuchan mis ansias? [Aparte.] Muy buena fineza hice en dar vida a quien me mata. Y pues ya me declaré, sin que competencia haya en cúyas las armas son, ¿qué falta a mi intento? Falta que yo me dé por vencido. Lisidante el duelo haga, ¡Arsidas viva y él muera! El pueblo a voces aclama, alborozado de que un odio sobre otro caiga, por esperar de homicida y enemigo dos venganzas, en que Lisidante sea quien sustente la campaña: pues Lisidante es el dueño, Lisidante el duelo haga. Ellos piensan que me ofenden y yo pienso que me ensalzan, y pues ya la ceremonia de esperar, puestas las armas, cumplí con ellas, sin ellas, a pie, a caballo o con valla o sin valla, pues le queda la elección de la batalla al aventurero, ea, caballeros, cara a cara mi valor en este puesto esperará a cuantos salgan desde el alba hasta la noche y desde la noche al alba. Vase. Y yo para asegurarle de traiciones y ventajas iré a adelantar las tropas que truje en mi retaguardia. No será sino a intentar que en el número que aguarda [Aparte.] tenga un enemigo menos. Ya que el pueblo no me valga, seré el que intente primero salir, no diga la fama que desistí del combate, pues verme lidiar me salva de que no cedió el temor, y yo por si a ti te mata, quedaré en resguardo tuyo a morir en tu venganza. Vase. Siempre salir el primero pensé, y ahora con más causa, [Aparte.] pues si antes de amor moría, ya de celos, bien que falta a mis iras la razón de lidiar con quien me agravia. Vase. A quien di vida me ha muerto. [Aparte.] Mal disimulan mis ansias, y para ser elegido mi mismo dolor me valga. Vase. Pues ya que Arsidas no es mantenedor, y en la valla yo no he de estar por testigo de quién me pierda o me gana, ven, Estela, que hoy el mundo verá que hay mujer... ¿Qué trazas? Ganarme por mí mi reino, sin deber a nadie nada. Vase. Aunque Lisidante tanto en el secreto me agravia, no en el despecho: ¿qué hiciera yo para que asegurara su vida y mi reino? Amor, mi ingenio y valor me valgan. Vase. ¿En qué tanta confusión parará? Y ahora faltan las de los duchones; ¿quién dirá cómo esto se traza? Que aunque las cajas lo digan yo no entiendo bien de cajas que de Guajaca no sean. ¿No hay en toda esta campaña un relacionero? Sí, atiende a cuanto se trata. Primeramente, porque la gente que alborotada está, algún desmán intenta, que sea palestra manda de su misma guarnición, ceñida la plaza de armas de esta fortaleza. Luego, porque no es bastante plaza al manejo de caballos, quieren que el duelo se haga a pie, con las armas que los aventureros traigan, por no hallarse como premios de certámenes, colgadas debajo de su dosel, Auristela y Clariana no asisten, y así Timantes por su valor y sus canas juez le han nombrado, y yo no prosigo, porque con tanta priesa las cajas lo toman, que ya a la contienda llaman. Y aun dándose tanta priesa la señora doña farsa, habrá desacomodados que digan que ha sido larga. Ya desde aquí se descubre el dosel. A cuyas gradas espera el mantenedor. Y ya entran por partes varias aventureros a un tiempo, cada uno con la gana de ser el primero: unos traen descubiertas las caras como declarados ya, otros las cubren con bandas como ignorados; ya todos los padrinos las celadas traen prevenidas, porque como nombrándolos vaya Lisidante, se armen. Descúbrese un dosel, y debajo sentado Timantes, y a un lado Lisidante armado; luego por dos palenques salen Milor, Arsidas y Licanoro con padrinos, y Aurora, Clariana, Flérida y Estela, todos armados. Al verse unos a otros toman puestos en el tablado, y prosiguen. Uno, dos. Siete son, ¿qué te cansas? ¿Y con todos estos mi amo ha de reñir? ¡Ay, qué ansia! ¿Lloras? Sí, porque no sé si amos que en duelo se matan dan lutos a la familia. Haciendo unos a otros salva con las lanzas se saludan. Todo esto es guerra galana, hasta llegar a las veras. ¿Cuando sólo se esperaba dos aventureros, son tantos los que a ver se alcanzan? Ya que no puedo alegar que entré el primero en la valla, para nombrarme el primero, alegaré que te hallas en la obligación de que te di la vida y en paga te pido me des la muerte. Dejando que quien me mata de celos no me da vida si la cifra me declara por amante de Auristela, ¿cómo quieres que yo haga dándote el mérito a ti, a mis celos las espaldas? Según eso, pues que yo amante de Clarïana, no te doy celos, tendré mejor derecho en tal causa. No tendrás, pues a Auristela no has de elegir, y es infamia quitar yo a mi dama un reino porque le des tú a tu dama. ¿Por darte celos me dejas de nombrar? Es cosa clara. ¿Y a mí porque no los doy? Sí, que en opinión contraria, viendo a mi dama de uno amada, de otro no amada, quien no la ama agravia el gusto, quien la ama el honor agravia, y así entre uno y otro tengo de castigar la esperanza, porque la amas, en ti, y en ti porque no la amas. Aunque a Clarïana adoro y de sus razones haya contra mí la una, otra hay para que en mí elección hagas. ¿Qué es? Que llamado de ti, cuando tu amparo esperaba, para darme fama, honra, vida y libertad, te hallas tan infiel a tu promesa, tan otro a mi confianza, que en vez de darme, me quitas libertad, vida, honra y fama. Y así he de satisfacerme para que yo satisfaga al mundo: en obligación estás de que vean que salva el lidiar del no lidiar. Dices bien, que yo palabra di de volver por tu honor, y no tengo de quebrarla: la libertad, fama y vida cobra en tal duelo, y aguarda que todo lo halles cumplido con mi fe y con tu esperanza. Elige las armas, pues. Armados y a pie no hay lanzas, y pues ha de ser sin ellas, lo más airoso es la espada. La esperanza que traía [Aparte.] de que en viéndome la cara se rendiría, con que para mí el reino ganaba he perdido, si no vence a Arsidas. La confianza de ganarme a mí y mi imperio, [Aparte.] perdí en la primera instancia. Si Arsidas muere, yo quedo a morir en su venganza. Si vence mi hermano, en uno dos enemigos me faltan. Iguales las armas son, toca al arma. Toca al arma. A tus pies estoy, rendido. Ríndese. ¿Qué es eso? ¿Pues tú desmayas, y antes de entrar en la lid te rindes, cuando esperaba yo que, en muriendo tú, había de proseguir la demanda? Sí, Aurora, que esto le debo a Arsidas; oye y repara la razón. Yo te ofrecí libertad, vida, honra y fama: ya te la doy, con que queda pagada tu confianza. Mas con condición de que, pues dos triunfos en mí alcanzas, un reino y un prisionero, des el reino a Clariana, y el prisionero a Auristela porque en mí tome venganza, que no quiero más trofeo que verme puesto a sus plantas. ¿Y es trofeo (aquí la ira descubra al valor la cara que no es descrédito, pues, por matarme te disfrazas) rendirte para que dé otro el reino a Clarïana? Sí, que a ganarle yo, siempre me había de tener tu patria ojeriza de homicida, y no te hace Atenas falta si a Epiro te doy, con que quedáis reinas tú y tu hermana, sin que el reino se divida; y Arsidas, que por mí tantas penas padeció, premiado con un reino y con su dama. En fe de aquella fineza, dará a Epiro Atenas parias. Y yo a ti el parabién doy, como a Lisidante el alma. Y yo te ruego, porque de un odio un amor se haga, que des la mano a Milor, que yo de Cintia la blanca mano le ofrezco. Felice quien logra fortuna tanta. Yo el alma con ella ofrezco. Bien como yo, para paga al invicto Licanoro, después de rendirle gracias de la vida que le debo, le ofrezco a Aurora, mi hermana. Dichoso mil veces yo. Mía es ventura tan alta. Mejorose mi fortuna. Enmendose mi esperanza. Con que vienen a tener los cientos destas barajas... ... con sus catorce de reyes, todas las manos tomadas. Con cuyas cuatralbas bodas las caballerías acaban de Auristela y Lisidante; perdonad sus muchas faltas.