Personajes El PADRE de familias EMANUEL, su hijo ADAMO La PRIMAVERA El ESTÍO El OTOÑO El INVIERNO El LUCERO La AURORA La RAZÓN NATURAL La JUSTICIA Un ÁNGEL El DEMONIO El APETITO MÚSICOS Sale el PADRE DE FAMILIAS, viejo venerable, vestido de mayoral, como arrojando de sí a ADAMO, vestido de pieles, y deteniéndole EMANUEL, vestido de zagal Sal de mi casa, villano. Tu hijo soy. Aunque lo eres, no mereces oír de mí el nombre que no mereces. Padre, señor. Hijo, aparta; a ti sí que te compete, que no es hijo hijo que no es a su padre obediente. Por más que le honres y a mí me baldones y desprecies echándome de tu casa, trocada la nupcial veste que me diste al tosco abrigo de dos mal curtidas pieles, no has de quitarme el honor de hijo tuyo, pues te debe mi ser la vida y el alma. Con lo que lucirte quieres te desluces, que el que nace noble y no noble procede, todo el lustre que naciendo gana, viviendo le pierde. Bien como el que nace humilde y atento a sus procederes atrae con sus costumbres los desvíos de su suerte, labrándose por sí mismo su estimación, con que viene quien por sí mismo la ultraja a ser villano dos veces: porque la tuvo la una, la otra porque no la tiene. Quitáteme de delante, vete de mi vista. Vete, hermano, que al rey y al padre el miedo del delincuente es tan otro miedo, que es él solo el que huyendo vence. Sí haré, pero no sé dónde de sus enojos me ausente, que de modo me atribulan, me pasman y me suspenden, me asombran, me atemorizan, me angustian y me estremecen, que no sé dónde seguro de ellos pueda estar. Bien temes, y porque sepas que vas donde en mi desgracia penes, llores, suspires y gimas, al mirar por más que anheles que pan de dolores comes y agua de lágrimas bebes, viviendo de tu sudor, en mis decretos atiende al merecido castigo de los daños que cometes. ¡Ah del damasceno campo, que ayer era de deleites y hoy de angustias! ¡Ah permuta de pesares y placeres! ¡Ah de las horas que fuisteis las primeras que en su albergue entrastis! ¡Ah de los días que de las horas dependen! ¡Ah de las semanas que también de los días se tejen, bien como de las semanas forja la luna los meses! ¡Ah, en fin, de las cuatro edades del año en quien comprehende su entero círculo el sol! Sale la PRIMAVERA con un azafate de flores, el ESTÍO con un haz de espigas, el OTOÑO con otro azafate de frutas, y el INVIERNO, viejo cano Cantado ¿Qué nos mandas? Cantado ¿Qué nos quieres? Que pues de horas, días, semanas, meses y años han de hacerse los siglos, para que consten los raros prodigios de éste, a los futuros seáis testigos de que en el breve mapa vuestro reducir intento a tiempo presente el venidero; y así, escuchadme y atendedme, que nada es lo que se dice si se escucha y no se atiende: yo (que aunque ya lo sabéis quizá importa que os lo acuerde) soy repetido ejemplar de aquel mayoral prudente que condujo a los obreros, y nunca más propiamente que el día que yo a vosotros conduzgo, pues nadie puede negar que de un labrador son los obreros los meses; yo, en fin (vuelvo al caso), soy (o alegórica o realmente, ignórelo el que lo ignora o entiéndalo el que lo entiende) el agrícola más rico del orbe, pues no contiene todo ese azul pabellón ni todo ese lecho verde espacio en quien yo no sea mayoral; bien lo refiere el ser los cuatro en mis cuatro alquerías los más fieles gayanes de mis labranzas. Dígalo el ver cuán alegres, cuán gozosos, cuán ufanos la Primavera me ofrece en su estación varias flores, el Estío rubias mieses, el Otoño dulces frutos y el Invierno ricas nieves, para que de mis ganados (que no hay redil que los cerque), de mis aves (que no hay vago espacio que no vuelen), mis frutales (a quien falta tierra para sus planteles) y para mis peces ríos, la multitud se sustente a providencias de vuestros continuos afanes, desde los más montaraces brutos a las más tímidas reses, desde la más remontada ave al gusano más débil, y desde la más erguida palma a la flor más silvestre, dando a la conservación de aves, fieras, plantas, peces, yerba el prado, abrigo el monte, lumbre el sol y agua las fuentes. De este inmenso, de este summo número de mis haberes, la tarea de seis días que me he entretenido en verle (y verle perfecionado tanto que a mí me contente, viendo cuán bueno está todo), me ha fatigado de suerte que, de los seis, ir intento a descansar el día siete, retirándome a ese alcázar cuya fábrica eminente, sobre jaspeadas columnas de bronceados capiteles, cristalinos fosos cercan, preciosas piedras guarnecen; y pues para mi descanso la labré, porque no quede mi hacienda en la ausencia mía (si bien aunque yo me ausente a mira he de estar de todo) sin dueño que la gobierne, fundar quise un mayorazgo, nombrando primeramente a Adamo (ese ingrato hijo, para él y sus descendientes) por su poseedor, con quien tan liberal, tan clemente fui, que porque desde luego la goce antes que la herede (que fuera mucho esperar el que esperara mi muerte), no fue testamento el que hice sino instrumento solemne de donación entre vivos; pero apenas a ponerle llegué en posesión en uno de esos floridos vergeles, porque a los demás caudales él la consecuencia hiciese, cuando cumpliendo alevoso con su ser (pues decir quiere Adamo ‘terrena masa’), pasó no tan solamente violador de mis preceptos y transgresor de mis leyes a ser… Pero, ¿para qué queréis que los daños cuente que ha de acarrear su delito, pues siendo los siglos jueces en otro tribunal no faltará quien los alegue? Y así, baste por ahora haber causas que me mueven tan graves, que haya quien diga que de haberle hecho me pese, para que la donación revoque, anule y cancele, y de mi amor y mi casa emancipado, le eche a que conozca sus males, desheredado en mis bienes. De ellos, pues, desposeído, para que no os desconsuele no dejar en la heredad otro yo que por mí reine, Emanuel, segundo hijo (en cuanto humano, se entiende, no en cuanto divino, pues me complací en él de suerte que primero en mi amor no hay instante que no le engendre conviniendo con su nombre, pues ya hubo quien le interprete Manuel ‘Dios es con nosotros’), vendrá, después que me deje en mi palacio, enviado de mí a que su error enmiende, haciendo en él donación no entre vivos solamente, pero irrevocable, puesto que es y ha de ser para siempre segunda persona mía, con tan iguales poderes que veáis en la mejora de sus altos intereses a quién constituyo dueño de la heredad de mis gentes; y pues a falta de un fiero hijo, fementido, aleve, soberbio, injusto y tirano, os doy un hijo obediente, manso, afable, humilde y sabio, tan en todo diferente como lo dicen los nombres de Emanuel y Adamo (al verles a uno de tierra, terreno, y a otro de cielo, celeste), a él obedeced humildes y a esotro arrojad rebeldes, sin conocerle dominio en flores, frutos ni mieses que con fatigas no labre, que con lágrimas no riegue, con suspiros no cultive, con trasudores no siegue, porque con afanes coma lo que con dolores siembre. Tus plantas, señor, la noble congregación de tus fieles obreros besa, al oír que tus decretos la dejen esenta de que tribute sus frutos a quien te ofende. Y más con las esperanzas del dueño que la prometes, que vendrá de ti enviado a que sus daños remedie. Y en hacimiento de gracias de que tan piadosamente al indómito castigues y al benemérito premies. Alternando entre los dos pésames y parabienes, en su baldón y en su aplauso repetirá una y mil veces... Cantando El que ingrato a su padre su ira no teme, gima, llore, suspire, padezca y pene. «¿Gima, llore, suspire, padezca y pene?» Cantando Pero el que agradecido su amor merece, viva, goce, trïunfe, domine y reine. «¿Viva, goce, trïunfe, domine y reine?» Emanuel, vente conmigo, que pues te tocó igualmente la tarea de los días, justo es que también la quiete de lo que dé su descanso. Yéndose el PADRE, habla EMANUEL con ADAMO Ya sabes que aunque te ausentes o a mí me ausentes, contigo tengo, Señor, de estar siempre. Adamo, ya ves que a mí no me es posible oponerme a su voluntad, porqué en los dos haber no puede dos voluntades, que un Summo Espíritu que procede de nuestro amor las aúna; pero no te desconsueles, que ya que no como opuesto, como medianero puedes fiar de mí la intercesión con que sus enojos temple, y has de volver a su gracia aunque la vida me cueste. No te respondo porqué tanto el dolor me enmudece de una víbora, de un áspid que en el corazón me muerde, que titubeada la lengua, muda la voz, balbuciente el labio, torpe el acento, se quejan de que me queje. Goza sin mí el mayorazgo y no consolarme intentes, que pues me voy sin hablarte también me estaré sin verte. Vase ADAMO y vuelve el PADRE Emanuel, ¿no vienes? ¿Cuándo tú, Señor, mi norte no eres? Ven, como dije, a mi alcázar, en tanto que al valle vuelves de lágrimas a enjugarlas. Adamo, no desesperes, que si a que enjugue me envía lágrimas, es evidente que quiere que sean las tuyas, pues eres solo el que tienes por qué llorar. Vamos todos hasta que en su alcázar entren. Vamos y sea en su loor, porque el ingrato escarmiente. Y porque el agradecido se anime diciendo alegres... Cantado El que ingrato a su Padre su ira no teme, llore, gima, suspire, padezca y pene. Con esta repetición se entran el PADRE con la mano sobre el hombro de EMANUEL, y los cuatro tras ellos cantando, y sale en lo alto de una montaña ADAMO, repitiendo con despecho lo que cantan «El que ingrato a su Padre su ira no teme, llore, gima, suspire, padezca y pene». ¡Qué más penar ni qué más suspirar ni gemir puede el que llega a ver que hay quien con sus perdidos bienes… Dentro … viva, trïunfe, goce, domine y reine! Y de un punto a otro se halla combatido de dos fuertes enemigos tan sañudos, tan fieros, tan inclementes como son rencor y envidia, que unidos y indiferentes, por quitarme ambos la vida, ninguno me da la muerte. ¿Dónde voy? ¿Qué clima, cielos, tan desamparado es este, pues subiendo a esta eminencia por si de ella descubriese o un aprisco que me acoja o una gruta que me albergue, no hallo en todo su horizonte (desde la cuna de oriente a la tumba del ocaso) más que una campaña estéril sin un hombre que la habite ni un villaje que la pueble? Y pues la cumbre no da más veredas que su breve cima, vuelva al valle donde, como sus senos penetre, podrá ser que un desdichado otro desdichado encuentre que se consuele conmigo, ya que yo no me consuele con él, que no puede haber ejemplar a mis crueles hados. Pero, ¡ay infelice!, que aunque descender intente no sé por dónde subí. Hacia esta parte parece que hay senda, ¡mas ay de mí!, que en las intrincadas redes de su escabrosa maraña no hay zarza en que no tropiece ni peña en que no resbale. ¿A dónde (¡cielos, valedme!) he de ir a dar? Cay despeñado y al mismo tiempo salen el ÁNGEL por una parte y el DEMONIO por otra, y cay en los brazos de ambos En mis brazos. Pues para que te despeñes yo te armé el lazo. Pues yo para que no perecieses el hombro puse a tu ruina. Yo… Si… El pasmo me entorpece, no tanto de la caída cuanto del terror de verte u del gozo de mirarte. ¿Quién eres, ¡oh, tú!, quién eres que con tu semblante alegras, que con el tuyo entristeces?, en cuya contrariedad mis sentidos descaecen, tan sin mí que no permiten que oiga, mire, hable ni aliente. Cay desmayado Al susto del precipicio, cuanto no es vital fallece. Mira qué en vano es que tú en tus lazos desees muera en culpa, cuando yo le guardo a si se arrepiente. Ya sé, según que a tus luces mis sombras se desvanecen, que eres su custodio; pero qué importa saber quién eres para no ser yo tan noble como tú, para oponerme a ti, que hermosura y gracia no es esencia, es accidente; y por una vez que hoy le das vida, una y mil veces dirá David que mis lazos se armarán para su muerte. También dirá que, ellos rotos, se libre cuando le lleve yo en mis manos, porque no vaso de tierra se quiebre antes que del basilisco y el áspid la cerviz huelle. Eso se entiende del hombre en común, pero no de éste, que de basiliscos y áspid ya el hierro selló su frente. De éste y de todos, que nadie quita que se represente en él el género humano. Pues si el duelo ha de ser ése, queriendo que lo invisible en lo visible se muestre, toca al arma. No por armas hoy solicito vencerte, sino en justicia. ¿En justicia? Mi mejor partido es ese: reo de culpa infinita que está condenado a muerte y hasta entonces a fatigas, miserias, hambres y sedes, ¿qué apelación, qué esperanza tener en justicia puede? Los artículos del pleito lo dirán. Antes que llegue la contingencia de que en su favor se sentencie (que en esto de pleitos no hay certeza que no se arriesgue), pondré medios que le aflijan tanto que le desesperen. Yo no medios, sino fines que al fin superior le lleven, iluminándole en sombras mientras las luces no lleguen. Para que a verlas no alcance, nieblas habrá que le cieguen. También vocaciones que con rayos de luz le adiestren. Para ofuscar su explendor venenos hay que adormecen. Y inspiraciones que al más adormecido despierten. ¿Dónde no hallará peligros por donde quiera que fuere? ¿Y dónde irá que no halle auxilios que le preserven? No todos son eficaces. Sí, mas todos suficientes. Y porque lo veas, escucha. Y porque lo veas, atiende. Salen el APETITO por una parte y la RAZÓN NATURAL por otra Apetito. ¿Qué me mandas? Razón Natural. ¿Qué quieres? Que de ese vivo cadáver a quien tan deshecho tienes, prosigas las propensiones en que le has puesto. Que de ese muerto espíritu restaures los daños, llegando a verse que es la Razón Natural la que al Apetito vence. De modo que por él vuelva el aire a decir… De suerte que por él vuelva a oír el eco… … otra vez… … y otras mil veces… … que en sus males obstinado… … que restaurado en sus bienes… … gima, llore, suspire, padezca y pene. Vase … viva, goce, trïunfe, domine y reine. Vase Hombre, de aquese mortal letargo a mis voces vuelve. Vuelve, Adamo, a mis voces de ese mortal accidente. ¡Ay de mí!, que aunque me asombre tu vista porque me alegre la suya… ¡Pero qué miro! ¡Qué objetos tan diferentes de aquellos en que caí! Sin duda que fue vehemente aprehensión de imaginados espíritus aparentes, puesto que son mi Apetito y una beldad que no tiene señas en que la conozca. ¡Ay de quien tan imprudente al Apetito conoce y no a la Razón! ¿Tú eres la Razón? La Natural Razón soy. ¿Y qué pretendes? Que llores lo que no lloras. Con buen consuelo me vienes, que lo que no lloro, llore; ¿no llora harto quien padece lo que yo padezco? No, que el que llora porque siente la falta del bien perdido no más de porque le pierde, no merece con el llanto, que con el llanto merece solo el que le eleva a fin del objeto a quien ofende. El enojo de tu padre llora, no tus intereses, que es propio amor y no llanto, a cuyo efecto conviene que dejando al Apetito vengas tras mí. ¿Cómo quieres que vaya tras quien me aflija y no tras quien me deleite? A que llore me convidas con que al Apetito deje, pues ¿cuándo qué apetecer tiene un triste que no tiene qué poseer, sino cuando discurre en lo que apetece? Que aunque mi Apetito fue quien me pervirtió, no tiene él la culpa, sino yo, pues que pudiendo vencerle me dejé vencer, llevado de las grandes altiveces en que me puso; y quien tuvo ingenio para perderme le tendrá para cobrarme, y así vete, Razón, vete, que yo apartándote a ti tras él iré. Es evidente que el que a la Razón se aparta, al Apetito se acerque. Que lo sea o no lo sea, ¿qué hay que aguardes, qué hay que esperes? Déjame, Razón. No puedo dejarte aunque tú me dejes, que soy Razón Natural y, aunque maltratada, siempre me has de hallar en tu favor, retirada mas no ausente. Vase Ya que contigo, Apetito (apartada la Razón), he quedado, la aflicción en que me hallas solicito sobrellevar con saber (pues me vienes a buscar) qué me traerá que gozar quien me trae que apetecer. Mal, Adamo, has presumido, que en tu busca, aunque quisiera, no traigo más que la fiera hambre con que te he seguido. Tu Padre, también airado conmigo, me despidió de su casa porque no (ya que fui de ti criado) quiso que un punto estuviera en su familia; y así, hambriento y roto, tras ti la hambre me tray. De manera que para que nunca intente que mi suerte se mejore, la Razón viene a que llore cuando tú a que te sustente. Y pues ansias, no consuelos, traéis los dos y a ella arrojé, lo mismo contigo haré. Va a embestir con él y queda como pasmado ¡No harás tal! ¿Cómo no? ¡Cielos! ¿Tan grande fue mi delito que pueda su obstinación apartar a la Razón y no pueda al Apetito? Importo más que ella yo, que muchos que llego a oír, sin Razón los veo vivir y sin Apetito no. Dígalo la establecida ley de que el que me perdiere y no comiere y bebiere, tenga pena de la vida. Sujeto a la ley estoy, pues al echarte de mí tan gran desmayo sentí que no sé por dónde voy ni a dónde, ni qué he de hacer. Dame siquiera un indicio. Señor, el mejor oficio y más fácil de aprender, pues se sabe el primer día, es pedir limosna. ¿Yo limosna? Pues ¿por qué no? Porque la soberbia mía más lleva a dar que a pedir. Aquí no hay en qué escoger: o vivir para comer o comer para vivir. Cuando a tanto me abatiera, ¿a quién doliera mi daño? Puesto que vas con el año, empieza en la Primavera. Tiene precepto. ¿De qué? De no socorrerme. Advierte que no será socorrerte el que noticias te dé de por dónde habemos de ir. Ella, que sus flores planta allí en virgen tierra, canta quizá para divertir su tarea, y si la obligas con lástimas, su piedad te valdrá. ¡Oh, necesidad, a qué bajezas no obligas! Sale la PRIMAVERA con una azada cantando ¿Cuándo de aqueste vergel verá la estación amena unirse en él al candor de la azucena, lo encarnado del clavel? Bellísima Primavera, un errado peregrino que sin senda ni camino pisa tu florida esfera, necesitado y perdido, te pide, puesto a tus pies, que algún socorro le des. A no haberte conocido lo hiciera mi piedad, pero tengo precepto de que ningún tributo te dé que tú no ganes primero. Toma esta azada (que es cuanto mi amor te puede ofrecer) y trata de merecer, que yo te daré otro tanto como tú en la agricultura de mis flores adquirieres. ¿Rústico instrumento quieres que me labre mi ventura? Sí, tu ventura y la mía; puesto que la brevedad de mis tres meses de edad espera que marzo el día me traiga que este plantel produzga una flor tan buena que una en él… Cantado … al candor de la azucena, lo encarnado del clavel. Representa Y si tú en igual labor (puesto que tray tu quebranto hecha la costa del llanto, que es el riego de esta flor) te aplicas en tu fatiga, cree que por ti y para ti quizá florecerá. Y di, ¿cuándo será? Cuando diga alado espíritu fiel... Aparece el ÁNGEL en el primer nicho de una devanadera que ha de dar vueltas, con los demás que han de seguirse Cantado Ave, florido vergel, cuya flor, de gracia llena, unirá en él al candor de la azucena, lo encarnado del clavel. Dentro Ave, florido vergel, cuya flor, de gracia llena, unirá en él al candor de la azucena, lo encarnado del clavel. Cantado Ave, cerrado jardín, cuya Primavera hermosa al mismo fin con púrpura de la rosa verá encarnado el jazmín. Dentro Ave, cerrado jardín, cuya Primavera hermosa al mismo fin con púrpura de la rosa verá encarnado el jazmín. Cantado Ave, huerto en quien la fee la maravilla antevió, que a un tiempo dé lo florido en Jericó y lo plantado en Jesé. Dentro Ave, huerto en quien la fee la maravilla antevió, que a un tiempo dé lo florido en Jericó y lo plantado en Jesé. Cantado Ave, en fin, verde dosel, y tú oye la norabuena de unirse en él... ... al candor de la azucena, lo encarnado del clavel. Pasa el ÁNGEL Angélica inspiración que me anima, ¡aguarda, espera! ¿Y tú por qué, Primavera, te vas sin darme razón de esto? Nunca conseguí el parar el curso mío. Pregúntaselo al Estío, que viene detrás de mí, que yo en mi bello cuartel dar más no puedo a tu pena que esa azada. Une tú en él… … al candor de la azucena, lo encarnado del clavel. Vase ¿Quién creerá que con haber la Primavera pasado tan aprisa, me ha dejado con azada y sin comer, entre sombras y esplendores que yo ni alcanzo ni sé? ¿Qué querías que te dé quien gasta su edad en flores, sino el verdor de su infancia? Pero allí viene el Estío y de su juventud fío que te dé más que fragrancia, pues las macollas segando del grano que a Dios fió, cuando el aire le arrojó su esperanza y fee, logrando viene y cantando también. ¿De qué te acobardas? Llega, que el labrador en la siega es liberal. Dices bien. Sale el ESTÍO con una hoz como en acción de segar Cantado Lucero del alba, ven a aliviar nuestras fatigas, pues eres quien ha de granar las espigas de los campos de Belén. ¿De qué temeroso estás? ¿No he de temer pedir? No, que ninguno lo empezó que lo dejase jamás. Ardiente estación del año, un perdido caminante… No pases más adelante, que aunque ni admiro ni estraño el verte en necesidad que yo remediar quisiera, no puedo, que hay ley severa que mi liberalidad obliga a que no te dé lo que tú no trabajares. Pero porque te repares, lo más que contigo haré (si conformas tu fortuna al destemplado arrebol de resisteros del sol y serenos de la luna) será darte esta hoz; con ella seguro el sueldo tendrás que merezcas. ¡A qué más pudo abatirme mi estrella! ¿En rudo instrumento fías mi remedio? Sí, porqué espero un Lucero que junio ha de dar a mis días, tan bello en su amanecer que haciéndole al mundo salva sea el Lucero del alba. Y si te llegas tú a ver desvelado en las tareas del trigo que has de labrar, en trigo y Lucero hallar podrá ser más que deseas bien, como cuantos se ven en mis eras trabajando, pues no hay hora que segando también diciendo no estén… Dentro grita de segadores Dentro Lucero del alba, ven a aliviar nuestras fatigas, pues eres quien ha de granar las espigas de los campos de Belén. ¿Y cuándo, di, será cierto que dé ese fruto esta hoz? Cuando diga alguna voz que ha de clamar en desierto: En uno de cuatro nichos que ha de tener una devanadera (en uno de los carros), aparece el LUCERO, de pieles, como pintan al Baptista Cantado Albricias pedirte quiero, mortal, pues el arrebol de aquel primero anuncio que traerá el sol te profetiza el Lucero; y ya que auxilio bastante te da el splendor divino, que previno que veas que va delante a prepararle el camino, ser, alma y vida en albricias a su venida prevén. Desaparece, y el ESTÍO pasa El veloz curso detén, ya que en mi vida codicias segunda iluminación. Tú, Estío, ¿por qué te vas sin que me declares más si es esto imaginación o realidad? Porque… Di. … pararme no puedo y, pues el fértil Otoño es el que se sigue tras mí, baste decir mis obreros en sus albores primeros de tu dicha en parabién… … Lucero del alba, ven a aliviar nuestras fatigas, pues eres quien ha de granar las espigas de los campos de Belén. [Vase] Dentro grita y música, y sale el OTOÑO con una podadera ¿Qué es esto, Apetito? Azada y hoz dicen que es menester trabajar para comer, como quien no dice nada. Cantado Pues ya la luciente estrella del Lucero cumbres dora, ¿quién ignora que haya de seguirse a ella el ver nacida la aurora? Fértil Otoño, un perdido pasajero… Ya quién eres sé, y sé también que quieres verte de mí socorrido, pero tú también sabrás que hacerlo, Adamo, no puedo, que tengo a tu Padre miedo; y así, por ti lo que más puedo hacer es admitirte a que en mi servicio estés entre mis gañanes, pues con eso podré asistirte con lo que ganes. Señor, prosigamos en pedir, que es menos mal que servir. ¡Que a esto me arrastre un error! Dale una podadera Y no a mala ocasión vienes, que hay bien en qué trabajar, porque es tiempo de podar las vides. No de esto tienes que afligirte: este instrumento (segur de su fruto opimo), cuando al lagar da el racimo le da al hogar el sarmiento, que es un cierto dividir buenos y malos; y creo, si no me engaña el deseo, que es felicidad servir en su ocupación, porqué tiempo habrá en mi edad que menos sean los malos que los buenos, por la prometida fee de una Aurora celestial, de quien yo he de merecer verla en septiembre nacer; y si tú en ventura igual obrero te hallas del fruto que esas verdes vides dan (que es el vino tras el pan), que fue del Estío tributo, no dudes la mejoría de tu mal con la de cuantos con dulces himnos y cantos dicen, saludando el día, que nazca esta Aurora bella. Grita dentro Dentro Pues ya la luciente estrella del Lucero cumbres dora, ¿quién ignora que haya de seguirse a ella el ver nacida la Aurora? Sale la AURORA en el tercer nicho, que será una niña vestida de Concepción Cantado Nadie ignora, pues ya la luciente estrella del Lucero cumbres dora, que tras ella se haya de seguir la bella natividad de la Aurora. Y así espere el orbe entero, que pues con blando arrebol en su hemisfero sigue la Aurora al Lucero, que siga a la Aurora el sol. Desaparece No te intento detener porque ya sé que no puedo, aunque tan confuso quedo de no alcanzar ni entender qué es lo que pasa por mí. Ve adelante, que quizá el Invierno lo dirá, que es quien me ausenta de ti. Vase Sale el INVIERNO de pastor Cantado Pues aterido el ganado padece la noche fría, ¡oh, llegue el día que el sol al monte y al prado restituya en su alegría! Recitado ¿Quién va? ¿Quién es? No lo sé. Yo sí, pues te he conocido. ¿Adónde vas tan perdido? A buscar a quien me dé algún consuelo. Pues yo ninguno te puedo dar que no sea el de guardar mis ganados, porque no se enoje tu Padre viendo que, porque tu daño atajes, te albergo sin que trabajes en sus rebaños. Y siendo así que lluvias y hielos, escarchas y nieves frías (que son destemplanzas mías) me ponen en los desvelos de preservar de los fieros aires (que corren sutiles) sin salir de los rediles las crías de los corderos, con que apastes el ganado lo más que darte apercibo (en fee de que te recibo por pastor) es mi cayado. Toma pues; no, no rehuses, ya que te tray el dolor a este estado (el de pastor), que quizá cuando dél uses verás cuán favorecido del cielo es, si considero que en una noche que espero ver al sol recién nacido a gozar los esplendores de su nuevo amanecer, en mi diciembre han de ser los primeros los pastores, a cuyo fin, desvelado, dice al aprisco a porfía… ¡Oh, llegue el día que el sol al monte y al prado restituya en su alegría! ¿Qué amanecer? ¿Qué esplendor se puede, Invierno, esperar en noche tuya? El que a dar venga con su resplandor, como oíste, tal alegría que vea el mundo en su arrebol a la media noche el sol y la estrella al medio día. ¿Cuándo será ese consuelo? Cuando den bellas criaturas… … gloria a Dios en las alturas y paz al hombre en el suelo. Gloria a Dios en las alturas y paz al hombre en el suelo. ¿Qué nueva música es esta, que entre las sombras y lejos de iluminados reflejos a todo el orbe de fiesta ha puesto? Música tal, ¿a qué efecto es repetida de todos? Dentro A la venida del hijo del mayoral. «¿A la venida del hijo del mayoral?» Qué mejor dél, pues el viento de no percibida lumbre le llena desde la cumbre del monte del Testamento al valle, donde le veo del alcázar descender de su Padre, con que a ser se adelanta mi deseo el primero, cuyo celo de entre esotras voces puras… Gloria a Dios en las alturas y paz al hombre en el suelo. Vase ¿Quién vio que entre dos extremos sepa uno lo que otro ignora? Atendamos por ahora, que después discurriremos. En el cuarto nicho EMANUEL Jornaleros de la vida que a espensas de la labranza vivís, ya vuestra esperanza os cumple (con mi venida) mi Padre; y aunque heredero suyo soy, pues otorgó la donación de que dio testimonio verdadero su más legal escribano, no como príncipe vengo a gobernaros, que tengo de asistiros tan humano que, sujeto a la fatiga vuestra, cansancio, hambre y sed, sustentándome a merced de la vid y de la espiga he de andar entre vosotros. Dentro Todo tu dominio fiel, viendo que quiere Emanuel decir ‘Dios es con nosotros’, dará con festivo anhelo, celebrando sus venturas… Gloria a Dios en las alturas y paz al hombre en el suelo. ¡Cielos! Espíritu alado que hace con tal sumisión a una flor salutación, Lucero que anticipado anuncia una Aurora bella, Aurora cuyo arrebol predice que un nuevo sol ha de amanecer tras ella, ¿qué será, que en lugar dél y del que el Invierno espera tan grande alborozo, quiera persuadirme a que Emanuel lo sea? La ciencia mía no lo alcanza, porque ver que es uno y que da a entender otro es mucha alegoría para mí; y así, dejado lo misterioso que no entiendo, paso a que yo solo sé que nos han dado azada la Primavera, hoz el abrasado Estío, cayado el Invierno frío y el Otoño podadera. Cuatro cosas que a mi ver, sabida su ocupación, todas para comer son y ninguna de comer. Y así, dejándote a que tú lo discurras, la bruta yerba, la silvestre fruta por esos montes iré buscando, que el Apetito, bueno o malo el alimento, más veces que no de hambriento se ha visto morir de ahíto. Vase ¡Cayado, hoz, segur y azada! Los cuatro símbolos son del trabajo o propensión (desheredado) heredada del que fue todo y no es nada, como lo demás que fue. A cuál me aplique no sé, porque si al cayado acudo, ¿cómo tan pobre y desnudo los fríos resistiré?; si a la segur, es atroz en destrozar empleada; fuerzas no hay para la azada; salud no hay para la hoz. Pues si del año el veloz curso no da en qué elegir, ¿heme de dejar morir (siendo a este caduco ser fuerza el vestir y el comer) sin comer y sin vestir? En la más inculta sierra y en el más ameno prado nace el tronco, alimentado de la humedad de la tierra; del mismo humor que en sí encierra, desnudas ramas arroja y, sin costarle congoja, se halla a su tiempo feliz, sustentado en la raíz y revestido en la hoja. La ave, que en pajizo nido nace con desnudez summa, vestida se ve de pluma sin saber quién la ha vestido, cobra alas y halla nacido todo cuanto ha menester; y yo con más noble ser que ave y tronco, ¿he de anhelar (necesitado a buscar) qué vestir y qué comer? El pez, animal tan mudo que ni gime ni respira, con que aun los senos que gira mover a piedad no pudo, con ser animal tan rudo, entre los cienos y lamas donde no hay plumas ni ramas, se halla en húmedas alcobas alimentado de ovas y defendido de escamas. Pues, ¿cómo con más altivo espíritu, más loable sentido, a lo vegetable del tronco, a lo sensitivo de ave y pez (¡rigor esquivo!), he de postrar y rendir lo racional, y vivir (a costa de mi pesar) necesitado a buscar qué comer y qué vestir? ¿A qué humilde, a qué sangrienta especie en monte o campaña no la alimenta su saña, su pasto no la alimenta? Y aun no con esto contenta vive, si abrigado infiero, lo doméstico y lo fiero de su piel: testigos son la melena del león y la lana del cordero. Pues si en una y otra esfera nacen no necesitados, vestidos y alimentados tronco, ave, pez y fïera, ¿por qué desde su primera cuna ha de ser desigual el hombre a todos? ¡Oh!, en tal duda, ¿quién a mi fortuna, cielos, podrá dar alguna luz? La RAZÓN con una hacheta La Razón Natural. ¿Quién alumbra mi sentido? Yo. Razón, ¿tú estás aquí? ¿Ahora me conoces? Sí, que la luz con que has venido la que me ha alumbrado ha sido. ¿Qué quieres? Satisfacerte de esas dudas en que a verte llego. ¿Sabes cuáles son? Para eso soy la Razón. ¿De qué suerte? De esta suerte: a tronco, ave, pez y fiera, con cuanto contiene dentro el ámbito de la rara fábrica del universo, crió Dios, y dejando aparte los admirables portentos con que ostentarse criador quiso su poder inmenso, para que sin digresiones podamos llegar más presto a la sujeta materia de hoy, a su principio vuelvo. A tronco, ave, pez y fiera Dios crió para ornamento de la gran naturaleza: poético lo diga el verso, que la admira más hermosa en lo vario que en lo bello. Criados una vez, ¿quién duda que fue para mantenerlos y no para destruirlos? Claro corre el argumento, pues deshacerlos le fuera tan fácil como fue hacerlos. Constante, pues, el que quiso conservarlos, para efecto de su conservación fue preciso aplicarles medios, criándoles con natural abrigo y dándoles luego también natural instinto de conocer su alimento, ya que sin él no podían adquirirle por sí mesmos. Aquí entra ahora la razón de tu duda: ¿por qué siendo el hombre el más noble, el más generoso, el más perfecto objeto de Dios, no tuvo tan de balde como ellos el abrigo y la comida? Y la razón para esto fue, si a ellos les dio el instinto, darle a él el entendimiento, con tantas prerrogativas para ser mundo pequeño como que no haya criatura (no solo en la tierra, pero aun en el cielo) de quien él no subsista compuesto. Común es con la insensible piedra en que en cualquiera centro ocupa lugar; común con el tronco y demás resto de las plantas en que nace y crece; con la ave luego y los demás animales en el vital sentimiento; con el Ángel en que entiende y discurre; y si me elevo a más diré que con Dios, pues a semejanza hecho suya, en la porción del alma con Él conviene en lo eterno. Y pues en lugar de instinto elevó Dios su talento a distinto (con que puede entre lo malo y lo bueno elegir con albedrío para su merecimiento lo mejor), piedad fue summa la libertad de su genio, para que bien aplicado con la esperanza del premio nazca, crezca, viva y obre por actos de entendimiento. Con tu luz, Razón, de parte de tu razón me convenzo, pero no sin repugnancia de parte de mi despecho. Que el entendimiento sea desagravio y que prefiero con él a cuantas criaturas sin él animan, concedo; pero en cuanto a que con él, Razón, aplicarme puedo para vivir consolado, no es posible. ¿Qué consuelo puede tener quien la gracia perdió de su Padre, espuesto a que el ingeniarse sean cuatro rudos instrumentos? Y esto a tiempo (para que sea mayor mi sentimiento) que este valle, para mí de lágrimas, de contento sea para los demás. Pues la venida aplaudiendo de mi hermano, todo es regocijos y festejos que hacen el cielo y la tierra, una y otra vez diciendo… Dentro Todos en su venida nos alegremos, pües en él son unos todos los tiempos. ¿Ves esa venida que es su gozo y tu sentimiento? Pues quizá en esa venida está, Adamo, tu remedio. ¿Cómo? Como ya en el valle una vez que podrás, creo (pues tan humano con todos se muestra), contigo serlo, y en los términos de humano valerte tú de algún medio que mejore tu fortuna. Ya que me das el consejo, dame el modo. Sí daré, tan hijo de mi concepto que sea en Razón Natural fundado. ¿Cómo? Oye atento: ¿no hay humana ley…? El APETITO con algunas yerbas Señor, en todos esos desiertos, si no son silvestres frutas y amargas aguas… No, necio, con eso vengas ahora. Pues si otra cosa no encuentro, ¿con qué he de venir? Aparta. Toma, que del mal el menos, y por vivir hay quien tome aun peores récipes que estos. Déjame, que ahora estoy ocupado. ¿Cómo puedo si soy tu Apetito? Como te lo mando yo. ¡Eso es bueno! ¿De cuándo acá al Apetito mandas tú? Desde que tengo a la luz de la Razón en ella el discurso puesto. Acuérdate de que ayer quisiste en el caso mesmo apartarme y no pudiste. Luchan los dos Quizá podré hoy. ¿Cómo, cielos, ahora soy yo el que desmayo? Como ahora soy yo el que aliento. Vete, villano, de aquí, y persuádame a que puedo apartar al Apetito cuando a la Razón me acerco. Y pues sin él he quedado, prosigue lo que diciendo ibas. No hay divina ley en el natural derecho que diga que pueda un padre negar a su hijo el sustento, ni tampoco ley que diga en el político fuero que le deje a que mendigue, ni trabaje en tan groseros ejercicios que desluzgan lo alto de su nacimiento; que, desheredado, aún guarda en sí los claros trofeos de su sangre, y pues tu hermano está ya en posesión puesto del mayorazgo, en justicia y en fee de ser el consejo puesto en Razón Natural, puedes pedirle alimentos. El medio que dices fuera para mí lustroso medio si me atreviera a admitirle. Pues, ¿qué es lo que temes? Temo que, yo pobre, él poderoso, haya de tener mal pleito. Fuera de eso, ¿dónde hay caudal para los derechos y las demás costas? No eso te aflija; yo tengo un procurador amigo tan afable, tan atento, tan benigno, tan piadoso y familiar compañero del hombre, que el ejercicio de que hace mayor aprecio es, sobre procurador, ser también su agente; y creo que como te valgas dél, él siga a su costa el pleito (adornando tu persona de traje menos grosero con que puedas parecer en tribunal tan supremo), con la esperanza de que, saliendo en favor, el precio de sus salarios sea… Di. … solo tu agradecimiento. Que nunca le seré ingrato una y mil veces ofrezco. ¿Dónde vive para que vaya a buscarle al momento? Su posada, Adamo, es de aqueste valle muy lejos. No tienes que ir a buscarle, que él, movido de su afecto, sabiendo que yo venía a alumbrar tu entendimiento, con deseo de saber si aceptabas mi consejo se adelantó a mí, de suerte que ya contigo primero estaba que yo. ¿Conmigo? ¿Cómo, si yo no le veo? Dale el hacha y sale el ÁNGEL Toma esta luz y verasle, significándose en esto que a la luz de la Razón le ve el alma, mas no el cuerpo. ¡Qué hermoso, divino joven! ¿No es este el que en mi despeño guareció mi vida? ¿No es el que anunciando misterios que alentaron mi esperanza le vi iluminar el viento? Ahí verás cuánto es verdad que llega al hombre primero el Ángel que la Razón. A tus pies. Alza del suelo; llega a mis brazos. Eso es querer levantarme al cielo. Claro está que levantarte a él es lo que yo pretendo; para eso vine a asistirte librándote antes de riesgos, dándote después auxilios sin saber quién (alto genio lo diga), dando a Dios gracias por los beneficios hechos, que sabía y no sabía. Y pues al blando reflejo de esa luz interiormente me estás por ahora viendo, ¿qué es lo que quieres de mí? Si a mis metáforas vuelvo, pobre estoy, desnudo estoy, con hambre estoy y pretendo (puesto que desheredado del mayorazgo me veo de mi Padre) que me dé su poseedor alimentos. Yo te ofrezco el ayudarte. Yo agradecértelo ofrezco. Pues ven a otorgar poder para que yo siga el pleito. ¿Ante quién? Ante Bernardo, en cuyos archivos creo que paran las escripturas que me hacen en su contexto agente y procurador del hombre. Dentro instrumentos y voces como a lo lejos Mucho recelo litigar con poderoso, y más cuando al tratar de esto está todo el vasallaje de mi Padre tan contento de verle en el valle, como esas voces y instrumentos en su aplauso significan, una y otra vez diciendo… Dentro Todos en su venida nos alegremos, pües en él son unos todos los tiempos. Nada receles, que siempre quien pide tiene buen pleito, pues si le pierde se queda como se estaba primero, y si le gana se halla con lo que no tenía. A eso añade, Razón, que quien pide a generoso dueño, ser fuerza que algo reciba dice sagrado proverbio. Los instrumentos y voces más cerca Con todo eso, me acobarda que vengan hacia este puesto, y no tanto por envidia de ver su festivo obsequio, cuanto porque ya al mirarle como acreedor me avergüenzo. Pues no temas. Pues no dudes. Sino, usa de tu derecho y pide, espera y confía. Con tu luz y con tu aliento, ¿qué he de temer ni dudar? Por más que repita el viento… Todos en su venida nos alegremos, pües en él son unos todos los tiempos. Con esta repetición se entran los tres por una parte, y salen por otra cantando y bailando los demás, delante de EMANUEL. Y adviértase que cada tiempo canta su copla de por sí, y todos el estribillo, sin cesar el baile ni los instrumentos, aunque represente EMANUEL sus versos entre copla y copla Trae una guirnalda La hermosa Primavera con sus matices bellos corone los dorados rizos de tu cabello, sin temer que su pompa marchite el cierzo. Cruzados Pües en ti son unos todos los tiempos. La corona de rosas te estimo, pero verlas entre espinas es lo que siento. Tray unas espigas Las fértiles espigas que en mis campos amenos dora el sol, humedece la alba y enjuga el viento, te ofrezco, sin temor de platearlas el yelo. Corros Pües en ti son unos todos los tiempos. Yo sus haces admito, bien que recelo que ha de haber quien siembre cizaña entre ellos. Tray unas vides Yo el fruto de mis vides a tus plantas ofrezco en el pámpano opimo, en el lagar opreso, sin temer que en agraces quede el sarmiento. Bandas Pües en ti son unos todos los tiempos. Mira a quién recibes por jornalero, no haya viña ingrata para su dueño. Tray un vellón Pastor de tus ganados, de ellos yo te presento recental que celebre la Pascua del cordero, sin quejarse el balido de que hubo invïerno. Por defuera Pües en ti son unos todos los tiempos. Con más gusto que todos tu don acepto, que cordero inmolado dice misterios. Cantado Pües también tu agrado dice consuelos. Cantado Todos en tu venida nos alegremos. Sale el ÁNGEL Suspended los dulces cánticos vuestros, que aunque tan gloriosamente los escuchen tierra y cielo, pronunciados de la voz y repetidos del eco, bien con la legal disculpa de mi obligación me atrevo, no digo que a interrumpirlos, sino solo a suspenderlos. ¿Qué legal disculpa? Aquella que para ejercer el puesto de procurador del hombre me ha dado tu Padre mesmo, con cuyo cargo del real alcázar suyo desciendo. ¿A qué fin? Pues, tan humano, ya en este valle viviendo a humano modo te ajustas tú a preguntarlo, bien puedo ajustarme a humano modo yo a responderte, corriendo el velo a una luz que solo la transparentaba el velo. Adamo, tu hermano, humilde y postrado, a tus pies puesto para cumplir con la salva, el decoro y rendimiento debido a personas tales a quien se les pone pleito, por mí te suplica que, viéndose pobre en extremo, des licencia a que por él, con mi obligación cumpliendo ante la justicia real, presente este pedimento. Léele, pues. Custodio, en nombre de Adamo, con el respeto y en la mejor forma y vía que haya lugar de derecho, ante el alto tribunal de vuestra alteza parezco, y presentándome digo que el dicho mi parte, habiendo nacido primero hijo y legítimo heredero del más rico mayoral, pues no hay en el universo haberes que no sean suyos, y habiendo fundado de ellos mayorazgo en su cabeza, le revocó el nombramiento, pasándole en Emanuel, su hermano (menor en tiempo, bien que sin tiempo mayor, según que allá en su concepto le engendró para mirarse en él como en un espejo), y que no tan solamente desheredándole, pero echándole de su casa a vivir en los desiertos, padece destituido de cuantos humanos medios en ley natural está obligado a socorrerlo. Por tanto, pido y suplico que a su calidad atento, al lustre de su nobleza y al sumo caudal y aprecio de su fundación, provea auto en que su hermano, dueño que hoy se halla del mayorazgo, le acuda con alimentos competentes a su sangre y a su estado; a cuyo efecto, caso que sea necesario, a mayor abundamiento de su ligitimidad, hambre y desnudez, ofrezco información, y en su nombre juro que este pedimento no es de malicia. Otrosí, suplico durante el pleito se le den litis espensas, para lo cual formó expreso primero artículo con debido pronunciamiento. ¿Esa es la petición? Sí, y escrita (porque el consejo la admita) en papel sellado, en uno de siete sellos que algún venturoso día serán siete sacramentos. ¿Y tú has de ser quien la lleve a presentar? ¿Será nuevo ver que soy yo quien del hombre las peticiones presento? ¿En tribunal de justicia? Líbrame, dijo algún verso, en tu justicia, Señor; y, así, en justicia pretendo libramientos que sean gracias, cuando de sus libramientos pagues tú todas las costas. Sí pagaré, y te agradezco que de Adamo a las miserias asistas con tanto afecto, porque no le quieres tú tanto como yo le quiero; pero aunque a su petición respondiera desde luego liberal, vive mi Padre y es preciso darle de esto parte, que aunque me entregó de sus gentes el gobierno, disponer de sus haberes, sus dignidades y puestos, no está en mí, sino en quien él ha antevisto. Si dos deudos, dos familiares amigos, me pidiesen los asientos de mi diestra y mi siniestra, les respondiera lo mesmo. Y así, para que esta instancia corra con todo el severo rigor de justicia, venga según conforme a derecho, que a su notificación yo responderé. Si puedo atreverme a preguntarte, ¿qué responderás? ¿No es cierto que responda que lo oigo y en el oficio el proceso se ponga? Dame tus plantas. Pues, ¿por qué? Por el consuelo de que si él pide y tú oyes, mi parte tiene buen pleito. A poner voy al oficio la petición. Saber quiero a qué oficio. Petición del hombre que yo la llevo y tú la oyes, ¿dónde ha de ir sino al oficio del rezo? Vase Porque o necio o temerario no haya quien juzgue que siento la demanda, proseguid con el regocijo vuestro, en tanto que, dando vista, voy por aquestos amenos campos a mieses y viñas. Habiendo todos atentos a plática tan sagrada estado en mudo silencio, por ver si entendemos algo de lo mucho que creemos, y viendo que ahora nos mandas proseguir con el contento de tu venida, de uno y otro misterioso extremo se ha de componer el himno que tras ti cantando iremos. ¿Qué himno? El que yo iré dictando y vosotros repitiendo. Pues desheredado el hombre, humilde pide alimentos. Cantando la PRIMAVERA y respondiendo la mujer. Sale el DEMONIO como oyendo a lo lejos. (Cantado) «Pues desheredado el hombre, humilde pide alimentos». Cantado Contestando su demanda en el oficio del rezo. «Contestando su demanda en el oficio del rezo». Cantado ¿Quién duda, si él pone el llanto, si custudio pone el ruego y el heredero el oído, que gane en justicia el pleito? Dices bien, y así con todos iré yo también diciendo… ¿Quién duda, si él pone el llanto, si custudio pone el ruego y el heredero el oído, que gane en justicia el pleito? Con esta repetición, cantando y representando, se entran todos; y sale el DEMONIO Yo lo dudo, pues antes en justicia le acusa la sacrílega malicia de aquel primer delito que el infinito objeto hizo infinito; y si por esto dijo custodio que hoy había de ser la competencia suya y mía litigada en justicia, ¿qué me aflijo, pues me cita a campaña que yo elijo? Siempre que en nuestro antiguo, mortal duelo, cuando el del hombre apela en la discordia al tribunal de la misericordia, yo al tribunal de la justicia apelo, que aunque ofendido el cielo a nunca abrirlas me cerró las puertas, para mi acusación las dejó abiertas; y hasta sus más aladas jerarquías permite entrar sin mí las voces mías. Y así (¡oh igual atributo de Dios!), pues en su inmenso, en su absoluto poder no hay (¡oh, piadoso!, ¡oh, justiciero!) mayor, menor, primero ni postrero, atiende a mi querella, y corriendo de aquella sala que a mayorazgos nombrar sueles, los cristalinos, diáfanos canceles de tus palacios reales, oye mis quejas, ya que no mis males oigas; pues en tu siempre sacra idea, o rico o pobre o grande o menor, sea primero oído al que a pedir se mueve, justicia de justicia se le debe; y así, aunque soy quien soy, tú eres quien eres y debes escucharme. Las chirimías. Ábrese un carro y vese en él la JUSTICIA, dama bizarra, con una vara dorada en una mano y en otra un peso, sentada en un trono ¿Qué me quieres?, que ya te escucho, por mostrar en eso la equidad de esta vara y de este peso; pues aun contigo ni ella hace mudanza, ni él declina en el fiel de su balanza. Mis penas son tan graves que las diré, aunque sé que tú las sabes. De Adamo fue el delito tal que en la sujeción de un Apetito cifró cuantos la ley ha imaginado para haber de vivir desheredado; esto no obstante, altivos sus intentos, pleito a su hermano ha puesto de alimentos: que lo oye ha respondido, sin guardar para mí segundo oído. Con que mostrarme parte es justo empeño, pues según su malicia, en presente justicia es mi esclavo, y demás de ser su dueño, por ti es justo también que no le quede ejecutoria al hombre de que puede cometer sin temor mortal pecado de vivir y morir desamparado. Y, así, a pedirte vengo pública audiencia en que alegar prevengo (lo uno de parte mía, lo otro de parte de tu regalía) cuánto es su pena igual a mí y al cielo. Aunque sé que ese es odio más que celo, no he de negar la audiencia, que para haber de pronunciar sentencia, oír a ambas partes propia acción es mía. Señala, pues, para la vista el día. Ese ha de señalar el tiempo, cuando vayan por él los términos pasando que goza el que litiga. Dile a él que te lo diga, que yo, observando en todo el legal uso, en el día que el pleito esté concluso, rasgando el azul velo que en sus claustros me encierra, a conocer descenderé del cielo de cuánto contra paz y verdad yerra, prevaricando el centro de la tierra. Cúbrese el carro Van saliendo los tiempos con sus versos, dando vueltas alrededor Al tiempo me remite. Saberlo, pues, del tiempo solicite: dime, ¡oh tú, Primavera!, siempre del año la estación primera, en qué estado del hombre el pleito anda. En estar contestando la demanda. Ya contestada, ¿en qué su pleito estriba? En remitir para difinitiva su artículo primero. ¿Qué consigue (de ti saber espero) el mayorazgo de eso? El haber dado al mayoral su fundador traslado. Y di, el procurador que a Adamo asiste, ¿en qué ahora subsiste? En que dársele deba el término ordinario de la prueba. ¿Qué prueba o qué testigo habrá que diga? Yo, que vi la fatiga con que iba mendigando. Yo, que le vi su desnudez llorando. Yo de hambre padeciendo. Y yo las destemplanzas mías sintiendo. Sin tributarle nada de mis frutos, pues solo fue una azada el don que yo le he dado. Yo una hoz. Yo una segur. Y yo un cayado. Con que claro se indicia ser de necesidad, no de codicia el pleito. Y con que habiendo presentado ya en él la alegación de bien probado… … de ambas partes concluso… … con todo el fuero que la ley dispuso… … sin que el tiempo los términos resista, dice la citación para la vista. Dentro Vengan las partes, vengan a la audiencia del pleito de alimentos a oír sentencia. ¡Oh!, qué dichoso fuera el hombre si supiera aprovechar cuanto es su vida escasa, al ver del tiempo la veloz carrera con que enlazado de uno en otro pasa. El corazón traspasa ver cuán triste en la sala Adamo ha entrado, de su procurador acompañado. ADAMO y ÁNGEL por una parte, y EMANUEL por otra Y qué alegre Emanuel. Pues que le vemos solo, justo será le acompañemos, repitiendo los ecos que veloces en ese patio están diciendo a voces… Vengan las partes, vengan, del pleito de alimentos a oír sentencia. Las chirimías, y vuélvese a ver el trono de la JUSTICIA, y en él sentada. Baja hasta el tablado, llega la RAZÓN a la grada y dándola la mano se abrazan los dos Ya del trono desciende la Justicia a su sala. Bien se entiende en esto la noticia de que viene del cielo la Justicia. A recibirla sale la Razón Natural. Y si se vale de ser quien más desea la paz del hombre para que se vea cumplido el salmo, apenas se miraron cuando paz y justicia se abrazaron. Dame tu mano, divina virtud. A mis brazos llega, humana deidad. Con bien, señora, a tu estrado vengas, donde, aunque seas Justicia, tengo de esperar clemencia el hombre. Puesto a tus plantas, a sombra de la luz bella de la Razón, te suplica el que de él te compadezcas. Yo para mí no te pido piedad, porque de manera quiero a Adamo, mi hermano, que quiero que en mí se entienda cuán tibio lidia quien lidia con gana de que le venzan. Medianero entre mi Padre y él, con tal pasión me lleva su amor que, en vez de piedad, justicia te pido, en muestra de cuánto aquel desenojo deseo y qué satisfecha su culpa, en todo rigor de justicia, aunque yo sea el que ha de pagar las costas de sus alimentos. Vean no solo la Razón, pero cielo, sol, lunas y estrellas, aves, peces, flores, plantas, aire, agua, fuego y tierra, que tuve yo los dolores porque él los consuelos tenga. Está bien; y pues forzoso es, habiendo quien se muestra parte que le haya de oír, a cobrar mi asiento vuelva, y vuelvan también las voces a llamar por si alguien resta. Vengan las partes, vengan del pleito de alimentos a oír sentencia. Sale el APETITO Ya yo vengo como parte, pues que ninguno interesa más que el Apetito en que haya alimentos. ¿Aquí entras, villano? Pues, ¿por qué no? Porque sin verte se vea que no reina el Apetito a donde la Razón reina. Vete de aquí. Yo me iré, pero haré lo que las dueñas, que desde el recibimiento ya que no escuchan, acechan. Vase Vengan las partes, vengan del pleito de alimentos a oír sentencia. Siéntase la JUSTICIA en su trono, y ponen delante dél un bufete con escribanía y campanilla, y ábrese otro carro en que estará sentado en otro trono el PADRE DE FAMILIAS En una de las escuchas en este alcázar dispuestas, a efecto de saber cómo mis magistrados gobiernan en el pleito de alimentos que hoy se ve, quiero desde ésta (que a sala cay de Justicia) oír lo que resulta de ella. Hablen las partes. Yo, a quien la fiscal compete en esta querella, hablaré el primero. ¿Es su regalía esa? Hablar le toca, señora. Toca la campanilla y responden dos coros Pues, ¿qué aguardas? Tu licencia. Silencio. Silencio. Y todos atiendan. Justicia, justicia. Clemencia, clemencia. Del derecho de mi parte es la pretensión (¡oh excelsa Justicia!) que has de servirte de denegar a la opuesta, sobre perpetuo silencio, los alimentos y espensas que pretende, y condenarle en las costas y en las penas en que ha incurrido, pues solo en un delito se encierran cuantas el civil derecho concede a un padre que pueda desheredar a su hijo, como son: la inobediencia, la ingratitud, el respeto ofendido, la sospecha de no fiel, la de traidor, de usar de mágicas ciencias, ser disipador de bienes, verse notado de afrentas y, en fin, de su mismo ser destruidor. ¿Qué mayor prueba de todo que ver la ley quebrantada, ver la hacienda hecha mayorazgo en él por una mujer deshecha (con quien pródigo gastó todo el caudal de sus rentas, como si importara más contristarla que perderla), ver el respeto perdido del Padre? Pues su soberbia quiso, contra él conspirando, igualarse a él, consecuencia que también le hace traidor en el delito de lesa majestad, pues contra el rey peca el que atrevido peca contra el padre, como Padre universal. Aquí entra el ser también sospechoso en la fee, pues creyó que era más verdad lo que le dijo una encantada culebra que quien le dio ser y vida; a cuyo terror se llega el de la superstición, pues hizo pacto con ella implícito, concurriendo al que hizo la mujer mesma. Ignominioso padrón en la arrugada corteza de un tronco lo diga, en quien durará su infamia eterna. Omito otras muchas causas, que decirlas todas fuera proceder en infinito, y voy solamente a aquella que como cabeza incluye todas las demás cabezas. Lesa majestad divina comete el padre que deja, pudiéndolos rescatar, a que cautivos padezcan en infiel patria sus hijos, expuestos a contingencia de prevaricar, por cuya partícipe culpa, expresa ley le condena a morir. Pues si Adamo cometerla pudo el día que no solo a que sus hijos perezcan esclavos los deja, pero a toda su descendencia, haciéndose reo de muerte, ¿qué mucho si por cualquiera de estas causas puede el Padre degradarle con la herencia también del nombre de hijo, que lo haga por todas ellas, tan juntas que atropelladas unas con otras se encuentran? Luego ni heredero ni hijo, ¿qué acción es la que le queda para tener pretensión de alimentos y de espensas de padre que ya no es padre, y hacienda que no es ya hacienda? Con que pues es más capaz de castigo que de venia, no debe ser amparado sino antes expulso, en pena por el general ejemplo de que trabaje o perezca. En cuyas leyes fundado, diciendo mi bando espera, persuadido a que ya tiene favorable la sentencia… Justicia, justicia. Clemencia, clemencia. Silencio. Silencio. Justicia, clemencia. Hable la otra parte. Yo, a quien la alta providencia (a ruego de la Razón Natural) quiso que fuera su procurador agente, y después con la asistencia de este pleito su abogado, por ella hablaré. ¿Qué esperas? Por más, ¡divina Justicia!, ¡soberana virtud bella!, por más (vuelvo a decir) que la parte contraria esfuerza con aparentes razones, que sofísticas deniegan alimentos a mi parte, no embargante todas ellas, le has de dar los competentes a su estado y su nobleza, sobre cuyo fundamento arguyo en esta manera: que por las causas que ha dicho, el hijo que las cometa pueda ser desheredado, concedo; mas no que pueda ser totalmente excluido de medios que le mantengan necesarios a la vida, que son en esta materia los términos en que estamos, por tres leyes: la primera, que no se puede fundar mayorazgo sin reserva para alimentos de quien inmediato en él suceda, y si es o no es inmediato lo ha de decir la sentencia. La segunda, que no puede, por malo que el hijo sea, darle la muerte su padre, y el que el sustento le niega ya le da muerte civil, que el modo al morir no enmienda, pues ser con lento veneno o ser con arma violenta lo mismo es matarle que necesitarle a que muera; obligarle a que mendigue o trabaje es indecencia que no cabe en proporción humana, pues aunque quiera negar hoy que no es su hijo, ¿podrá negar que lo era cuando le desheredó? Luego tan hijo se queda como antes, que no se da en pretéritos potencia. Y apurando más el caso, doy (sea posible o no sea) que pierda el nombre de hijo, ¿será bien que con él pierda el de prójimo? Pues siendo así que sagradas letras de canónicos decretos disponen el que en extrema necesidad le socorran, le amparen y favorezcan, y mi parte lo está, como cuatro testigos contestan que le vieron mendigando, sujeto a humanas miserias, sin salud para la hoz, para la azada sin fuerzas, para la segur sin arte, para el yelo sin defensas, ¿cómo es posible dejar, y más cuando a estado llega que no pide como hijo y como mendigo ruega, dejar de ser socorrido? Y dado caso que estas dos razones no concluyan, pasemos a la tercera: el desheredar el padre no es ley que obliga, es licencia jurídica que le da docta la jurisprudencia a fin de que viva el hijo a raya con esa rienda. Luego si no es ley que obliga, sino solamente puesta en el arbitrio del padre para usar o no usar de ella, por el derecho común o el de las gentes es cierta cosa que será mutable, bien como todas aquellas que caben en un volumen, u derogadas u impuestas. Que el Padre sustente al hijo es ley de naturaleza inmutable que no está a humano arbitrio sujeta, ni el derecho de las gentes ni el civil pueden romperla ni derogarla, porqué se estableció por sí mesma, tan independiente que aun los brutos la conservan. Luego si una ley no obliga que está a ajeno arbitrio expuesta, y otra obliga en natural fuero, preciso es que ceda la que mutable permite a la que inmutable fuerza; y así, ¡oh Justicia!, mi parte, por más que esotra refiera… Justicia, Justicia. Aguarda favorable la sentencia, pues sobre Justicia, humilde dice… Clemencia, clemencia. Silencio. Silencio. Ya atiendan: yo, atenta a los méritos y causas alegadas, fallo… Espera, que falta una repregunta antes que des la sentencia, que habiendo escuchado yo desde esta eminente esfera que elegí para descanso sin descender a la tierra, que ya le entregué a Emanuel cuanto ha pasado en tu audiencia; y es bien que, como citado, la repregunta te advierta: de la parte que litiga la declaración se lea; veamos a los cargos que le hacen qué da por respuesta. La respuesta, Señor, es el que todos los confiesa. Y añado a la confesión que, arrepentido, me pesa el haberlos cometido y que propongo la enmienda. ¿Enmienda, arrepentimiento, propósito y pesar? Vea el mundo que al fin soy Padre. Justicia, no, no suspendas de que al punto se le den de alimentos la sentencia, que aunque es quien ha de pagarlos Emanuel, quiero que entienda Adamo que el más querido hijo supo a mi clemencia no perdonarle en las costas porque él pagase sus deudas. Así lo pronuncio. Y yo así lo acepto. Pues sepa el hombre en qué los señales para las litis espensas. Entre auxilios de virtudes, que recibirlos merezca olio, carne, vino y pan. Para eso la Primavera le situará de sus flores, significándose en ellas fee, esperanza y caridad, lirios, rosas y azucenas. Para el pan dará el Estío las espigas de las eras de los campos de Belén, que cogió la espigadera Ruth. Para el vino dará el Otoño de la tierra de promisión el racimo, que ha de esprimirse en la prensa de la viga del lagar. Y el Invierno, de las selvas en que apasten sus rebaños, para carne de la cena legal le dará el cordero inmolado, que no tenga mancha en su cándida piel, siempre limpia, pura y tersa. Y la Razón Natural, porque las especies vuestras le hagan provecho, ungirá sus sentidos y potencias con el elevado olio que da en sus cumbres supremas el monte de las Olivas. ¿Y qué tendrá cuando tenga olio, pan, vino y cordero? En el vino y pan, mi mesma carne y sangre; en el cordero inmolado, hostia que sea sacrificio de mi Padre; y en las flores, las excelsas virtudes que le hagan digno para sentarse a mi mesa. ¿Pan y vino, carne y sangre? Sepa yo de qué manera. Ábrese el cuarto carro y vese la AURORA sentada a una mesa en que habrá hostia y cáliz Eso diré yo, que habiendo sido antes la Aurora bella que anunció al sol, no se implica el que ahora la Iglesia sea, pues no hay atributo que a una y otra no convenga; que si es la Aurora María, y María se interpreta ‘gracia’, y de gracia ley es la católica Iglesia, a ella toca el explicar que en esta cándida oblea y en esta dorada copa, para última fineza de amor con que Emanuel quiere que Adamo alimentos tenga, transubstanciado debajo de especies como materia, dando sus palabras forma, huirá la sustancia de ellas, convirtiéndose en sustancia el pan y vino que muestran de carne y sangre que al hombre no solo alimentos sean para la temporal vida, mas también para la eterna. No lo digas, calla, calla. No prosigas, cesa, cesa, que a tanto esplendor que vaya huyendo su vista es fuerza. Y en tu voluntad que hijo pródigo a tus plantas vuelva. Al que arrepentido vuelve siempre le abriré las puertas. También, hermano, a las tuyas humilde. A mis brazos llega, que siempre abiertos también están al que ofrece enmienda. Tú, soberana Justicia… A mí nada me agradezcas; tu Padre es quien en rigor de Justicia te remedia. De todos estos honores, custodio, a ti se te deban las gracias. Mi oficio es el que tus causas defienda. En fee de que tus salarios son el que yo lo agradezca, ya que mandé al Apetito que delante no parezca de la Razón Natural, porque nunca volver pueda viéndome con ella, siempre tengo de vivir con ella tan casado que ni un punto faltaré de su asistencia. Mal podrá negar la mano quien ha de tenerte de ella. Pues todo ha parado en dicha, acabe también en fiesta. ¿De qué suerte? ¿Qué dijimos al convocar esta audiencia? Vengan las partes, vengan al pleito de alimentos a oír sentencia. Pues ya que la hemos oído tan favorable que sea dicha de todos, digamos glosando el tono y la letra: Vengan todos, todos vengan a tan piadosa audiencia, que empieza en justicia y acaba en clemencia. Vengan todos, todos vengan a tan piadosa audiencia, que empieza en justicia y acaba en clemencia. Y todos postrados a las plantas vuestras, diremos que el auto (como perdón tenga) empezó en justicia y acaba en clemencia.