Darlo Todo, Y No Dar Nada Comedia Famosa Personas ALEJANDRO DIÓGENES CHICHÓN, gracioso EFESTIÓN ESTATIRA, infanta SIROÉS, su hermana CAMPASPE, dama APELES, pintor CEUXIS, pintor TIMANTES, pintor Un SACERDOTE de Júpiter NISE, dama CLORI, dama SOLDADOS Primera Jornada Suenan a una parte cajas y trompetas, y a otra instrumentos músicos, y mientras se dicen dentro los primeros versos, sale Diógenes, viejo venerable, vestido pobremente, con una vasija de barro en la mano. dentro ¡El gran Alejandro viva! ¡Viva el gran príncipe nuestro! Cuyos lauros... Cuyos triunfos.... ...siempre invictos... ...siempre excelsos. ...a voces van diciendo... ...que a su imperio le viene el mundo estrecho. ...pues todo el mundo es línea de su imperio. dentro Haga el ejército alto en estos campos amenos, a vista de Atenas, griega patria de ciencias y ingenios. dentro. Haga repetida salva la música, confundiendo en instrumentos sonoros militares instrumentos. Caja. Alto, y pase la palabra. Alto, y prosigan los versos. El gran Alejandro viva, viva el gran príncipe nuestro! Sale Diógenes. ¿Qué contrarias armonías en no contrarios acentos, aquí de estruendos marciales, aquí de dulces estruendos, la esfera del aire ocupan hasta penetrar el centro deste pobre albergue, donde yo, reino y rey de mí mesmo, habito solo conmigo, conmigo solo contento? Mas ¿quién me mete en dudarlo? sea lo que fuere, puesto que no me puede añadir ni gusto, ni sentimiento el saber con que razón la media razón del eco suena en su cóncavo espacio una y otra vez diciendo... ...que a su imperio le viene el mundo estrecho, pues todo el mundo es línea de su imperio. Sale Chichón, soldado. Por esta parte me dicen que una fuente hay, y aunque tengo trabada lid con el agua por haber mi casa hecho alianza con el vino, la he de buscar con todo eso, que el cansancio con que entramos en Grecia marchando muertos de sed y calor, bien puede honestar la tregua, siendo la greca agua mi socorro mientras no hallo el vino greco. ¿Por donde irá la bellaca? Pero aquí hay gente: buen viejo, decidme hacia dónde corre una fuente, que deseo por más que corra alcanzarla; bien que dudando y temiendo cuando la busco rabiando el que la he de hallar riendo. Venid conmigo, que yo allá voy, a cuyo efecto me halláis, ya lo veis, cargado deste rústico instrumento. Moza de cántaro ya dijo no sé que proverbio; viejo de cántaro no lo dijo hasta hoy: ¿pues qué es esto? ¿No hay quien venga en vuestra casa por agua, sino vos? Necio debéis de ser. ¿Y de qué lo inferís? De que si puedo servirme yo a mí, culpéis que otro no me sirva, puesto que solo está bien servido el que se sirve a sí mesmo. ¿Mal fardado y sentencioso?, ¿pobretón y circunspecto?; ¿sois filósofo? No sé mas sé que quisiera serlo. Pues en tanto que llegamos, decidme, ansí os guarde el cielo, cómo cuando estas campañas están con tantos diversos aplausos de paz y guerra cubiertas, vos acudiendo a tan civil ejercicio, vais penetrando lo espeso destos montes, apartado de tanto heroico comercio, sin que la curiosidad os lleve si quiera a verlo. ¿Pues qué hay que ver? ¿Qué hay que ver? cuando no fuera el inmenso aparato con que vuelve coronado de trofeos un ejército triunfante de toda Persia, trayendo prisioneras a las hijas de Darío, su supremo rey, que puesto en fuga él solo escapó la vida huyendo, cuando no fuera el aplauso con que le recibe el pueblo en estas montañas, donde ha de alojarse este invierno, ¿el ver no más a Alejandro no bastaba?, a cuyo esfuerzo, como esas canciones dicen, viene todo el mundo estrecho. Pues todo el mundo es línea de su imperio. Necio te llamé una vez, y ahora a llamártelo vuelvo: ¿Alejandro es más que un hombre, tan vanamente soberbio, que llora que hay solo un mundo para verle a sus pies puesto? ¿Pues por qué me he de mover a verle cuando mi afecto más fuera si fuera un hombre tan sabio, prudente y cuerdo, que llorara que no había otros muchos mundos nuevos, solo para despreciarlos más que para poseerlos? Pero esta filosofía no es para ti, a lo que infiero de tu traje y tus razones. ¿Por qué? Porque al culto atento de ese humano dios, aplaudes su ambición, no conociendo que con cuanto puede no puede enmendar un defecto con que para desengaño de lo poco que es su imperio le dio la naturaleza en los ojos. Yo confieso que atravesados, es grande la fealdad que tiene en ellos, mayormente encarnizado y lagrimoso el izquierdo, sobre cuyo hombro derriba la cabeza quizá el peso del laurel; ¿pero qué importa ser horroroso su aspecto, si no le pasan al alma imperfecciones del cuerpo? Sí, mas debiera sin ellas pasar al conocimiento de que es todo su poder caduco y perecedero, pues con cuanto puede no puede enmendarse a sí mesmo, y dejando para otra ocasión el argumento, que no acaso este principio, quizá a mejor fin asiento, aquesta es la fuente, toma, este vaso es cuanto puedo ofrecerte. ¿Para qué? Para que bebas cogiendo el agua con más descanso. Llega a un lado del tablado, donde habrá entre flores agua, y bebe con la mano. Mano con que beber tengo. Mi señora doña Clara, cuyo corriente despejo entre esotras flores viene buscando la flor del berro, en forma de besamanos, como suelen desde lejos los que afectan cortesía, a usted saludo y protesto la nulidad de la fuerza que la sed me hace, advirtiendo que no sirva de ejemplar para otra vez. Bebe. ¿Qué es aquello? Con la mano al labio sirve el cristal; al fin, es cierto que no hay loco de quien algo no pueda aprender el cuerdo; pues si la naturaleza me dio más noble instrumento que el de este barro de quien servirme pueda, no quiero ofenderla más, pues basta el agravio que la he hecho en no saberlo hasta ahora. Quiebra el barro. Yo he bebido; ¿mas qué es eso? Romper este inútil barro. ¿Pues por qué? Porque no tengo de tener nada que sea para la vida superfluo: si puedo vivir sin él, ya que de tu sed lo aprendo, ¿para qué le quiero yo? ¿De suerte que de provecho no es lo que no es tan forzoso que no se viva sin ello? Claro está, pues para sola una vida que tenemos, cuanto en ella está de más, está en el juicio de menos; y ya que de ti enseñado hoy en una parte lo quedo, velo tú en otra de mí, considerando, advirtiendo, qué caso hará de Alejandro, ni de todos sus anhelos, sus aplausos, sus vitorias, sus conquistas y trofeos, quien se embaraza con solo un tosco vaso grosero el día que llega a ver que no tenerle es lo mesmo que tenerle; y porque más se esmere el conocimiento desta verdad, di a Alejandro, que Diógenes, un viejo mísero y pobre que en estas soledades vive atento más a saber que a adquirir, no solo va a verle, pero por no verle al tiempo que con tanto heroico festejo, dentro instrumentos y voces. según esas voces dicen, viene atravesando al templo de Júpiter, donde yace el hadado nudo ciego de Gordio, huyendo su vista va penetrando lo espeso de estas rústicas montañas, y añade que si él es dueño del mundo, yo lo soy más, pues en contrarios extremos, él lo es porque lo estima y yo porque le desprecio, por más que esas voces digan una y otra vez al viento. Que a su imperio le viene el mundo estrecho, pues todo el mundo es línea de su imperio. Vase. Extrañas borracherías son las de todos aquestos filósofos, pues por solo haber dicho muy severo, cuanto en la vida de más está, en el juicio de menos, se andará toda la vida por aquestos vericuetos con su filosofía a cuestas, padre conscripto del yermo. Ruido dentro. ¿Pero qué ruido es aquel que hacen al umbral del templo Alejandro y un anciano sacerdote, a lo que veo, de un yugo asidos los dos? Salen Alejandro y un sacerdote, asidos de un yugo, enredadas las coyundas, y gente. Advierte. Yo nada advierto. El agüero teme. Aparta, que para mí no hay agüero. Pues óyeme, y haz después tu gusto. Di, ya te atiendo. Grecia, esta parte del Asia, sin rey se vio mucho tiempo sujeta a las sediciones, parcialidades y encuentros de tiranos que querían, alegando los derechos de las almas, serlo a costa de robos, muertes e incendios, en cuyo común desorden, necesitado el consejo más que corregido, vino a ese inhabitado templo de Júpiter a pedirle en tantas ruinas remedio. Él, o agradecido al voto o compadecido al ruego, en voz de su estatua dijo que entregasen el gobierno de Asia al que en un monte hallasen labrando el inculto seno de sus bárbaras entrañas, dos blancos novillos puestos en el yugo de su arado; por señas que en medio dellos un águila abatiría su más remontado vuelo —tan antiguo es en el mundo el dar el águila imperios— Sucedió así, pero apenas los que le buscaban, viendo el oráculo cumplido en Gordio, un galán mancebo, a sus plantas se arrojaron las señas obedeciendo, cuando los novillos, que antes el yugo arrastraban tiernos, embravecidos lidiaron por arrojarle violentos de sus cervices, que un bruto aun se desdeña de serlo el día que llega a ver con majestad a su dueño, si ya no fue que al jurarle rey, el yugo sacudieron, como quien dice “Más le has menester para otros cuellos, pues ya los de un vulgo debes domar antes que los nuestros”. Rompidas, pues, las coyundas, dellas este nudo hicieron, tan sin principio en sus lazos, tan sin fin en sus extremos, y no fue posible que se les desatase, y siendo así que a sacrificarlos entraron con él al templo, segundo oráculo en él dio el gran simulacro inmenso, pues en segunda voz dijo que el que deshiciese el ciego nudo, no solo del Asia tendría el dilatado imperio, pero de la ignota parte que impide el Peloponeso monte descubrir, sería monarca también, rompiendo lo impenetrable de tanto altivo, tanto soberbio escollo armado de hiedra, como se le pone enmedio. Con esta noble codicia muchos de ser los primeros, que abriesen el arduo paso para esotro mundo nuevo, el ciego nudo intentaron deshacer osados, pero no solo de su ambición consiguieron el efecto, mas de su ambición quedaron castigados, pues es cierto que nadie lo intentó que, a pesar de su despecho, no quedase desde allí a mil desdichas expuesto, como en venganza de tanto sacrílego atrevimiento. Tradición es que ninguno vivió feliz, y que muertos con violencia fueron todos, ya a la ira del acero, ya a la ruina del acaso, o a la traición del veneno, y así a tus plantas postrado humildemente te ruego adviertas, que... Calla, calla, que de escucharte me ofendo. Por el mismo caso que es tan repetido el ruego le he de despreciar... En vano, Hace fuerza a deshacer el nudo. en vano, ¡ay de mí!, lo intento, si ya no es que haga la industria lo que la fuerza no ha hecho: ¿dijo el oráculo más que el que deshaga este ciego nudo será vencedor de ignotas gentes? Es cierto. Pues yo lo seré, pues yo dejaré el nudo deshecho. Saca la daga y rompe la coyunda. ¿Qué haces? Cortarle, pues tanto monta, para su deshacerlo cortar como desatar. Yo también me hiciera eso, miren que dificultad, que la hace cada día un maestro de niños, cuando alguno se da nudos. ¡Oh el inmenso Júpiter quiera que sea desde hoy verdad el proverbio del tanto monta! Vase. Sí hará, y para que llegue a verlo el mundo, apenas descanso cobrará, cobrará aliento mi ejército en Grecia, cuando romperé a ese corpulento gigante de piedra, que con su frente abolla el cielo, con su peso hunde la tierra, con su bulto estrecha al viento el paso, hasta desmentir estos fatales agüeros que amenazaron a tantos, porque ¿para quién el cielo guarda un mundo, sino para Alejandro? Bueno es eso para un recado que yo te traigo. ¿De quién? De un viejo dialéctico a todo trance, filósofo a todo ruedo, que por no verte, señor, como había, de ti huyendo, de echar por aquesos trigos echó por aquestos cerros diciendo a voces que es más monarca del mundo entero que tú. ¿Cómo? Como él hace del mundo desprecio cuando tú ganas el mundo. No dice mal, eso es cierto; pero dime, ¿por no verme fue por otra parte huyendo de mi vista? Sí, señor. Pues no ha de logar su intento, que si él por altivo no quiere verme a mí, yo quiero verle a él por desengañado. ¿Adónde es su albergue? Pienso, que a la falda de ese monte. Llévame allá, que deseo ver quién es dueño del mundo, él dejando o yo adquiriendo. Yo te guiaré, aunque otra vez encuentre con quien me ha muerto ¿Pues quién te ha muerto? Una fuente, que al paso a todos saliendo, no solo mata la sed, pero la sed y el sediento. Sale Efestión con un pliego. Dame, gran señor, tus plantas. Esperad, después iremos, que antes es esto que todo. Efestión, ¿qué hay de nuevo? Que ya Roxana, de Chipre reina, heredera de Venus tanto que igual la sucede en la hermosura y el reino, es tu esposa: en este vienen confirmados los conciertos. Los brazos toma en albricias, que si la verdad confieso, desde que vi su retrato de amor vivo y de amor muerto quedé a su vista, sin que de Marte el rigor violento borrado de mi memoria su memoria haya; mas esto no hará novedad a quien sepa, que Amor, niño tierno, en brazos creció de Marte desde la cuna, teniendo sus estragos por arrullos y sus iras por gorjeos. Con unas armas presumo, que quiere entrambos afectos amor confrontar. Di ¿cómo? Como si abrasó tu pecho con un retrato, con otro quiere en ella hacer lo mesmo; que la envie el tuyo solo me mandó, y yo previniendo no perder espacio alguno, hice sacar en pequeño a tres pintores que en Grecia concurren en este tiempo, los más famosos, de una estatua que está en un templo de Júpiter, tres retratos, y traigo a los tres con ellos, porque tienen variedad en ideas y bosquejos, porque elijas tú el que ha de ir. Mucho me holgaré de verlos. Timantes, Ceuxis y Apeles son los tres. Salen Timantes, Ceuxis y Apeles. Aparte (¡Qué es lo que veo!) ¿Aquí, Apeles? ¿Si osaré hablarle? Noticias tengo de la elegancia con que los tres sutiles y diestros ejercéis el mejor arte, más noble y de más ingenio. Si los príncipes le honraran, señor, como vos, bien creo que se adelantaran más sus artífices. Y es cierto, pues sus estudios tuvieran vuestros honores por premio. Mayormente cuando fuera como ahora su heroico empleo vuestra persona. pues ella hiciera su nombre eterno. Veamos el vuestro, Timantes. Huélgome que sea el primero, porque habiendo visto esotros, no hiciérades deste aprecio. Dale un retrato. Este no es retrato mío. ¿Cómo? Como en él no veo esta mancha, que borrón es de mi rostro, poniendo en disimularla todo su primor el pincel vuestro: lisonjero habéis andado en no decírmela, siendo casi traición que en mi cara me mintáis; infame ejemplo da ese retrato a que nadie diga a su rey sus defectos: ¿pues como podrá enmendarlos si nunca llega a saberlos? Tomad, tomad el retrato, castigado el desacierto Rómpele. de la lisonja con que perezca por lisonjero. Señor. No más: dadme, Ceuxis, el vuestro vos. Aparte. (Por lo menos yo en él no le callo nada.) Dale un retrato. Más parecido está el vuestro pero no menos culpado. ¿En qué, señor? En que viendo estoy mi defecto en él tan afectado que pienso que a decírmele no más todo el estudio habéis puesto; con que igualmente ofendido deste que de esotro quedo, pues lo que en uno es lisonja es en otro atrevimiento. Tampoco aqueste ejemplar quede al mundo de que necio nadie le diga en su cara a su rey sus sentimientos, que si especie de traición el callarlos es, no es menos especie de desacato decírselos descubiertos. Y así, perezcan entrambos, breves átomos del viento, el uno por mentiroso, Rómpele. y el otro por verdadero. Apeles, vuestro retrato veamos. Con temor le ofrezco. Dale un retrato. ¿Por qué? si al verle, me dais a entender, prudente y cuerdo, que solo vos sabéis cómo se ha de hablar a su rey, puesto que a medio perfil está parecido con extremo; con que la falta, ni dicha, ni callada queda, haciendo que el medio rostro haga sombra al perfil del otro medio. Buen camino habéis hallado de hablar y callar discreto, pues sin que el defecto vea estoy mirando el defecto, cuando el dejarle debajo me avisa de que le tengo con tal decoro que no pueda, ofendido el respeto, con lo libre del oírlo quitar lo útil del saberlo. Este retrato ha de ir, que aunque haya de saber luego Roxana esta imperfección, por agora, por lo menos, si viere que se la finjo, no verá que se la miento, y para que quede al mundo este político ejemplo, de que ha de buscarse modo de hablar a un rey con tal tiento que ni disuene la voz, ni lisonjee el silencio, nadie sino Apeles pueda retratarme desde hoy, siendo pintor de cámara mío. Humilde tus plantas beso. Y tú a Ceuxis y a Timantes haz que les den al momento el precio de sus retratos, que porque yerre un ingenio tal vez, no se han de pagar los estudios con desprecios, y para que en mi servicio entre con más lucimiento Apeles, haz que le den al punto medio talento por este retrato. A él aparte. (¿Sabes lo que monta?) No por cierto. Veinte mil escudos son. ¿No más? Pues dale otro medio. Mira que es precio excesivo para Apeles. Calla, necio, que si él es Apeles yo soy Alejandro, y midiendo la distancia desde mí nada es excesivo precio. Otra vez beso tus plantas, y a tantas honras me atrevo a suplicarte que una añadas. Yo te la ofrezco; ¿qué es? Licencia de volver a mi casa el breve tiempo que tarde en traer mi familia. Ve, mas has de volver presto. Vos, soldado, mientras yo abro en mi tienda este pliego, aquí esperad, que hemos de ir a aquella visita. Cielos, gran dicha ha sido la mía. Corrido voy. Yo voy muerto. Mientras a su tienda vuelve el César, id repitiendo. El gran Alejandro viva, viva el gran príncipe nuestro! Vanse todos, y quedan Apeles y Chichón. Aunque hablarte había dudado, no me sufre el corazón no besar tus pies. ¿Chichón? Tú seas muy bien hallado, ¿por qué no hablarme querías, viéndome hoy aquí? Porqué como tu casa dejé pensé que de mí tendrías queja. Cuando esclavo fueras, cuanto más criado, no tuviera esa queja yo, pues si bien lo consideras, hago a Júpiter testigo que este brazo me cortara si este brazo imaginara que no estaba bien conmigo. No era estar contigo mal, pensar, que estaría, señor, siendo soldado mejor, bien que de discurso tal te han vengado mis sucesos, pues fueron necios errores, por no moler tus colores venirme a moler mis huesos; locamente me dejé llevar de la vanidad, pensando que era verdad esto de la guerra y que a cuatro días sería por lo menos general; hame dicho el dado mal tanto que la suerte mía de mochillero no pasa, y así, ya que aquí has venido, haz que aqueste pan perdido se vuelva otra vez a casa. Ya de Alejando criado eres, y un talento tienes de hacienda, con que a ser vienes el más rico de tu estado. Fuerza es que has de recibir quien te sirva; ¿pues a quién como a mí, sabiendo bien lo mal que te he de servir? ¿Y esa es conveniencia? Pues ¿qué conveniencia mayor, que ver desde ahora, señor, lo que has de pasar después? ¿Sería mejor que entrara a servirte un mojigato que a dos días de beato, el tercero te robara? ¿Cuánto más bien te está, que yo entre con conocimiento que te quitaré el talento, mas no te le robaré? ¿Aún todavía te estás, Chichón, de aquel mismo humor? Humores locos, señor, no convalecen jamás; pero dime, ¿en qué quedamos? En que yo nunca podré negarte mi casa. Pie y mano te beso. Vamos a saber lo que es servir. Si no lo sabes, sospecha que es religión bien estrecha. dentro instrumentos. ¿Cómo? Mas ¿qué es lo que a oír llego? Un templado instrumento. Y al compás suyo parece que sonora voz ofrece nuevas cláusulas al viento desde aquella quinta. Aquí, si no miente el juicio mío, prisioneras, de Darío que están las hijas oí, y como consigo tienen las beldades soberanas de tantas damas persianas como en su servicio vienen querrán aliviar su pena. No es novedad en su esquivo hado el cantar el cautivo con el son de la cadena; oye, que la simpatía tras sí arrastrarme procura que tienen con la pintura la música y la poesía. Cantan dentro en lo alto a un lado. Sobre los muros de Roma, de quien es espejo el Tíber, prisionera de Aureliano, Cenobia al aire repite... ¡Ay de aquella que vive en campos extranjeros sola y triste! dentro. ¡Ay de aquella que vive en campos extrangeros sola y triste! No conforman tono y letra mal a su estado, pues son de Cenobia a la prisión. ¡Qué sentido no penetra la música! En la batalla suele Alejandro mandar a sus músicos cantar para animarse. Oye y calla. Al otro lado en lo alto cantan. Aquella ilustre matrona que no se rindió invencible a tantas armadas huestes a solo un dolor se rinde. ¡Ay de aquella que vive en campos extranjeros sola y triste! dentro ¡Ay de aquella que vive en campos extranjeros sola y triste! Sus penas dan que sentir. Por eso debe de ser Alejandro no las ver. Ni yo las quisiera oír. Y como el llanto tal vez templa lo que el mal aflige... ...en lágrimas y suspiros al aire y al agua dice... Ay de aquella que vive.... ¡Ay de aquella que vive... ...en campos extranjeros sola... dentro ruido de espadas y dice Campaspe lastimada. dentro ¡Ay triste! dentro Prendedla o muera. Oye, espera, ¿qué es lo que llego a escuchar? Aquel es otro cantar. ¡Ay de mí! Prendedla o muera. De unos soldados seguida, de aquel monte, al parecer, una montaraz mujer baja en su sangre teñida, defendiéndose valiente de todos. Quiere ir adentro. ¿Adónde vas? Detiénele. ¿Cómo eso dudando estás? A socorrerla... Detente. ...de esos cobardes villanos. ¿De qué sabes que lo son? De que con infame acción ponen en mujer las manos. Ya no podrás, que en un vuelo, de sus armas acosada, desde el monte despeñada da a tus pies. Sale Campaspe cayendo, vestida de cazadora rústica, con la espada en la mano, ensangrentado el rostro. ¡Válgame el cielo! Hermosa deidad del monte que con despeñado ultraje, a no desmentirlo el traje te tuviera por Faetonte, pues te traes la luz tras ti de toda esa azul esfera, vive porque ella no muera. ¡Ay infelice de mí! Si acaso, joven gallardo, desdichas de mujer mueven tu pecho y piedad le deben, que me defiendas aguardo de esa gente que hoy espera prenderme o matarme. En mí tendrás quien te ampare aquí. En mí no. Salen los soldados que pudieren. Prendedla o muera. ¿Qué es prenderla, ni matarla, habiendo llegado donde mi valor, que corresponde a su obligación, guardarla sabrá sin que de su muerte, ni de su prisión logréis el intento que traéis? ¿De qué suerte? Desta suerte. Riñen. Ponte, Chichón, a mi lado. ¿No basta que sea Chichón, sino también coscorrón? Muera quien libre y osado ampara una delincuente. Huye, señora, que yo te guardo el paso. Eso no, que restándote valiente tú por mí, no he de dejarte; en este umbral te mejora. Pónense a una puerta. Marimacha es la señora. Ni guardarla es, ni guardarte. ¡Ay de mí! Cae ¿Qué estoy mirando? Matar a un tiempo y morir. dentro No salgas. He de salir. Pasase Chichón contra Campaspe. Pásome acá, que van dando. Ya ¿qué defensa hay que aguardes? Date, pues que no hay más plazos, a prisión. Hecha pedazos. Salen Estatira, Siroés, Clori, Nise y soldados. ¿Contra una mujer, cobardes? Advierte... No digáis nada: ese joven retirad, y si no ha muerto, cuidad de su salud, albergadle en vuestra guardia, y agora vosotros esta mujer dejad, pues se llega a ver en mi amparo. Ya, señora, tu respeto nos ha puesto freno. A Campaspe. Retiraos de aquí. ¿Qué es lo que pasa por mí? Retírase Campaspe y salen Alejandro y Efestión. Aquí es el ruido. ¿Qué es esto? Esto es... No prosigáis, no, villanos, que no ha de osar nadie a hablar ni a respirar adonde estuviere yo. Que son las infantas mira. Ya hablarlas cosa es forzosa: ¿Qué es esto, Siroés hermosa? ¿Qué es esto, hermosa Estatira?, que ya mi valor aplica la venganza a vuestros pies. ¿Estatira y Siroés? ¿Son infantas de botica, donde todo es jerigonza? Así una y otra se llama. Pues dadme desa una drama, que esta ella dará una onza. Esto es el poco decoro que debe a tu majestad la sagrada inmunidad de la guerra, pues no ignoro que si a mi hermana y a mí prisioneras nos tratara conforme a la ilustre y clara real sangre nuestra, no así sus soldados se atrevieran a profanar desleales el respeto a estos umbrales, pero si ellos consideran el despego con que no quiso hablarnos, quiso vernos, desde que llegó a tenernos en su campo hasta que dio esta ocasión el acaso, ¿qué mucho que a su ejemplar, el tumulto popular no haga de nosotras caso?, sin ver que el ser prisioneras, no es ser esclavas, que una cosa es mostrar la fortuna en nosotras sus severas iras, y otra no tener en la ley de la prisión el trato y la estimación que no perdió nuestro ser con la libertad el día, que padre y patria perdió, que aunque a Júpiter juró que libres no nos vería, a cuyo efecto, en rescate nuestro tan grande tesoro pidió en piedras, plata y oro, que no es posible se trate cumplir, no por eso había yo de dejar de ser yo. Y para que vea si dio ejemplar a la osadía de sus soldados, habiendo oído en mi cuarto un rumor, vi desde ese mirador un infeliz defendiendo, su esposa o su dama sea, la vida de una mujer, que lo mismo viene a ser, cuando en su amparo se emplea, para cumplir con su fama, pues consecuencia es forzosa que no defienda a su esposa quien no defiende a su dama. Robársela pretendían sin duda, pues al llegar, que la habían de llevar en altas voces decían; él mirándose acosado, para resguardo tomó esta puerta, donde no le valió el noble sagrado, pues en ella y a mis pies, aun defendiéndole yo, herido o muerto cayó. Una y otra queja es muy digna de ti, y agora, respondiéndote, primero que se desenoje quiero satisfacerte, señora, a la primera que das de no haberte visto, pues piedad, no despego, es huir tu vista, que si estás de mis armas prisionera, ¿para qué te había de ver puesto que no había de ser que la libertad te diera? Ver yo presa una beldad para dejármela presa es cosa en que no interesa crédito mi autoridad, y más si llorara, siendo así, que vivo temblando mas a una mujer llorando que a un ejército venciendo. Si a Júpiter le ofrecí no libraros, noble indicio fue del mayor sacrificio que hacer pude, y si pedí perlas de tan gran valor, fue de mi estimación muestra, pues aun una esclava vuestra valiera precio mayor; y pues piadosa mi acción ya en aquesta parte deja hoy respondida la queja, paso a la satisfación. ¿Cómo, cobardes, villanos, hacéis de delitos tales cómplices a estos umbrales? ¡Por los dioses soberanos, que vuestras vidas... Señor, no, mal informado, des crédito al enojo, pues no es tan ciego nuestro error como imaginas, que aquella mujer que hasta aquí llegó, y aquel joven defendió, no era por ser dueño della, sino porque altivo y fuerte se empeñó, habiendo intentado prenderla, por haber dado a Teágenes la muerte. ¿Quién muerte a Teágenes dio? La mujer que seguí fue. ¿Muerte a Teágenes? ¿Por qué? Sale Campaspe. Eso he de decirlo yo. Invicto Alejandro, a cuyo valor son materia fácil, si a tu duración aspiran el bronce, el mármol y el jaspe, pues a tu sagrado nombre apellidan inmortales esculpidas letras de oro en láminas de diamante, tú, que desde tus primeros años, de tantas campales lides saliste bien, como brazo derecho de Marte, siendo en la tierra tus huestes y siendo en el mar tus naves, siempre vencedor de todos, nunca vencido de nadie, hijo del grande Filipo, esto que te digo baste, pues no hay que ser más que ser hijo de Filipo el Grande, a tus plantas delincuente hoy una mujer se vale más en la fe de tus iras que no en la de tus piedades; no, pues, generoso quiero que me escuches, sino antes severo, porque es mi culpa tan heroicamente amable que a precio de que la sepas no rehúso que la mandes castigar, como el padrón diga en mi huesa: “Aquí yace quien osó morir valiente, porque osó vivir constante”. Hija soy de Timoclea, griega matrona a quien hacen, como a deidad destos montes, sacrificios estos valles. Difunto su ilustre esposo, conmigo en años infantes a llorar su viudedad se vino a estas soledades, donde una hermosa alquería que en la cerviz de ese atlante verde pedazo de cielo registra montes y mares fue su albergue y fue mi cuna sin que nunca a ver llegase ni más políticas gentes, ni más pobladas ciudades que estos riscos y estas breñas en cuyas austeridades crecí, tan hijos del campo mis afectos montaraces, que pirata de la selva, que bandolera del aire, en griego idioma, la reina de las fieras y las aves, el nombre de Timoclea, último don de mi madre, no sin jactancia al oírle, me trocó en el de Campaspe, como quien dice campestre deidad de una y otra margen; ¿pero qué mucho?, si como yo el venablo desembrace, como yo la flecha vibre, no hay en términos distantes pluma que el abril matice ni piel que el diciembre manche, que por feroz se redima ni que por veloz se salve, hasta que ala o testa en boreal venatorio examen, a mis umbrales no sea adorno de mis umbrales tanto que el que peregrino a ellos llega con pie errante, al ver colgadas las armas en su frontispicio, sabe que como reina de montes tengo guarda de animales. Parece que del fracaso que hoy a tus plantas me trae, la digresión me retira, pues no, que para que pasen mis desdichas a su extremo, es fuerza prevenir antes, que caen sobre sujeto tan fiero y tan intratable como el mío, porque hay delitos menos culpables en unos sujetos y otros, y para haber de juzgarse conviene que el juez distinga sobre qué sujeto caen, porque tiene no sé qué prerrogativas aparte para ser tal vez altiva la que nunca ha sido fácil, y así asentado que yo siempre en ejercicios tales, ignoré de Flora y Venus las dos profanas deidades tanto, que amor a mi oído, si acaso le nombra alguien, me suena como ruidoso pero no como süave, voy a que habiendo tu gente alto hecho en ese admirable país de Grecia, porque en él de tantas marchas descanse, una desmandada tropa destos soldados, que infames califican lo que es hurto con nombre de que es pillaje, como si mudara especie la ruindad por mudar frase, a mi alquería llegó (vergüenza es que en esto hable; mas mejor están desnudas que vestidas las verdades) donde vilmente enconados en robar dos recentales, se trabaron de cuestión con los bárbaros gañanes, que mis labranzas cultivan y que mis ganados pacen. A este, pues, ruido llegamos casi a concurrir iguales, yo, que del monte venía, y uno de tus capitanes, cuyo nombre no le supe hasta oír aquí nombrarle. Saludámonos corteses, y acudiendo a reportarles, retiré mi gente yo y él la suya, sin que pase más adelante su duelo, que no pasara adelante. ¿Quién creerá que nuestras guerras naciesen de nuestras paces? Hasta dejarme en mi quinta me fue acompañando: nadie de lo galante se fíe, porque suele lo galante afeitar a lo traidor la tez, bien como sagaces las astucias de las flores las asechanzas del áspid. Despidiose de mí y cuando tranquilas seguridades de la paz de mis sentidos, ociosamente agradables, me adormecían al son de unos sonoros cristales que en un jardín entonaban en bien templados compases la natural armonía de las copas de los sauces, sentí ruido, y vi por una pared de hiedra arrojarse un hombre al jardín, rompiendo la muda clausura al parque. Turbome no conocido primero, pero al instante que distinguí de más cerca el rostro, persona y traje, conocido me turbó, por dar de ladrón señales que por las paredes entre el que ya las puertas sabe. “¿Qué es esto?”, dije y no pude proseguir, porque a la cárcel de mis ya presos alientos, torció el corazón la llave. Lo mismo debió (¡ay de mi!) de sucederle y pasarle a él, porque aunque hablar quiso, fue solo con el semblante, de suerte que por algún espacio los dos iguales hablamos como por señas, él suspenso y yo cobarde, hasta que ya prorrumpida en mal troncadas mitades la voz, vino a decir una para mí tan disonante, que él pensó que era lisonja y yo pensé que era ultraje. Amor fue, como quien pone cuando algún volumen hace, la inscripción en el principio, para que ninguno extrañe, la materia o la cuestión que ha de tratar adelante. No le di yo tanta espera, porque al ir a pronunciarle veloz la espalda volví, mas no tanto que en mi alcance no le valiese la acción lo que la voz no le vale: la mano me echó, y yo viendo (¡oh aquí el aliento me falte!) que libertades no dichas eran hechas libertades, dictada no sé de quién, de mi honor o mi coraje, me hallé su espada en la mano, sin saber quien se la saque de la cinta, bien que agora lo sé, pues para acordarme, que fue él, el corazón, al ver que en dudar le agravie, como quien dice “Yo fui”, en mudos impulsos late. Él haciendo licencioso con risueñas falsedades de mi amenaza desprecio, de mi cólera donaire, segunda vez a mi mano la mano osó, pero en balde, pues cuando pensó que eran mujeriles ademanes, la esmeralda de las flores tiñó de su rojo esmalte. “Muerto soy”, dijo, y al eco de sus repetidos ayes los que de escolta tenía a golpes las puertas abren, furiosos entran, y viendo el desangrado cadáver, conmigo embisten; yo entonces por un postigo que cae al monte, me puse en fuga; ellos tras mí al monte salen, tal vez lidio y tal vez corro, hasta que sin que me amparen valor ni fuga, cayendo vine desde el monte al valle, donde un generoso joven, u de honrado u de arrogante, puesto en mi defensa impide que me prendan o me maten tan a toda costa que fue su vida mi rescate, de suerte que de dos vidas deudora, a tus plantas reales, de dos muertes delincuente, me arrojo para que pague, no la muerte que yo hice sino la que esotros hacen, pues más culpada en aquesta que en esotra soy, si añades De rodillas. al blasón de la primera de la segunda el desastre. Con que a tus plantas, señor, poniendo a un tiempo delante sobre la sangre de uno de otro la espada y la sangre, humilde te pido, así del Peloponeso pases Llorando. las siempre intrincadas breñas, cuyo nevado turbante sobre sus penachos vea tremolar tus estandartes bien como el gran César vio teñir de púrpura el Ganges, transcendiendo deste el Tigris su lábaro hasta el Eufrates, que acabes, señor, conmigo, para que conmigo acaben tantas ansias, tantas penas, tantas iras, tantos males, tantos estragos y tantos escándalos y pesares como amenazan mi vida, y como mi alma combaten. Con llanto y valor a un tiempo los dos extremos tomaste a mi inclinación, mujer, sin saber determinarme si me obligues porque lloras o porque matas me agrades. Prended a aquesos soldados. Prenden a los soldados y quieren llevar a Chichón. A mí no, que yo a esperarte estaba, para ir a aquella visita. Es verdad, dejadle a ese solo. Tus pies beso. El demonio que aquí aguarde ni diga que es su criado, o muera Apeles o sane. Vase. Mira, Estatira, si fueron, o rigores o piedades las que usé contigo, pues lo hice por no obligarme a sentir si tú sintieses, ni a llorar si tu llorases, y pues con este ejemplar respondo a las dos iguales, de parte de mi justicia, si no te sigue otra parte, perdonada estás, mujer; y para de aquí adelante, o no mates, ya que llores, o no llores, ya que mates. Ven, Efestión. ¿Qué llevas? que dice mucho el semblante. No sé pero mucho temo llanto y valor de Campaspe. Vanse los dos. Aunque parezca que no es cortesano hospedaje el que una presa se atreva a convidar con su cárcel, si el horror de vuestra casa u de aquestas soledades el riesgo, en tiempo de guerras permiten, ya que llegasteis aquí, que os quedéis conmigo, será para mí de grande lisonja. Vuestros pies beso; y pues que no puede nadie pagar, si no es recibiendo el favor que se le hace, le admito hasta que de aquestos soldados asegurarme pueda. Con nada pudisteis mejor el deseo pagarme, venid. (¡Ay, Siroés!). (¿Qué llevas?. que dices mucho, aunque calles.) (No sé, pero mucho temo, imaginándole antes tan fiero a Alejandro, ver a Alejandro tan afable) Vanse las dos. Dicha ha sido para todas tal huéspeda. Vase. De mi parte yo me doy la norabuena. Vase. El cielo a las dos os guarde. ¡Oh qué de cosas, Fortuna, llevo que comunicarte! Quiera Júpiter no sea a las futuras edades la tragedia de aquel joven asunto a la de Campaspe. Segunda Jornada Salen Alejandro, Efestión y soldados. En fin, ¿qué supiste? Supe que piadosamente bella se compadeció Estatira de sus contadas tragedias, y que porque no volviese por ahora a una desierta alquería donde estaba, mientras la gente de guerra en estos montes se aloja, a tantos riesgos expuesta, la rogaba se quedase en su compañía, y ella la acetó, de suerte que donde hoy Campaspe se alberga es la quinta de Estatira. Ambas anduvieron cuerdas, una en ofrecerlo y otra en aceptarlo, aunque fuera mejor para mí que no anduviesen tan atentas. ¿Pues por qué? Porque en su casa me fuera más fácil verla; pues no faltara ocasión para entrar tal vez en ella con achaque de la caza. Quizá está la conveniencia en la dificultad. ¿Cómo? Como las correspondencias aun más prendadas se gastan con la lima de la ausencia; pues siendo así, ¿qué será la aún no prendada? Eso fuera en otro, pero no en mí. ¿Por qué? Porque mi violenta condición, bien como rayo, se irrita en la resistencia; solo porque inconveniente ya en el primer paso encuentra nace con mayor instancia y crece con mayor fuerza; pero dime, ¿quién a ti te contó lo que me cuentas? Tienen Siroés y Estatira consigo mil damas bellas, que a fuer de palacio tratan la prisión y no desdeñan los públicos galanteos de algunos amantes; destas, Nise, una de las que cantan porque tal vez se diviertan, a título que llevaba un papel mío una letra para cantar, que los versos suelen tener dos licencias, me la dio de hablarla hoy, y de una en otra materia me dijo lo que te he dicho. Pues tú, para que yo sepa de Campaspe, has de asistir desde hoy con mayor fineza a esa dama, y disponer que nos sirva de tercera. ¿Tanto la primera vista de una montaraz belleza, y más cuando ya Roxana dicen que embarcada queda, pudo rendirte? ¿Qué quieres, si, como ya dije al verla una vez matando altiva, otra vez llorando tierna, a mi ánimo y mi piedad supo tomar las dos sendas de suerte que el albedrío no tiene por dónde pueda escapar, pues a ambas partes halla cerrada la puerta? Mejor medio hay. ¿Qué es? Que ya que de Estatira la queja logró tus satisfaciones, las prosigas, pues con verla, verás con ella a Campaspe. Bien a mi amor aconsejas, y así, en viendo a ese prodigio, que es oráculo de Atenas, a quien por curiosidad, aun antes de la primera luz, porque no huya de mí, vengo buscando a esta selva, me pasaré por la quinta. De la boca de una cueva que a la falda de aquel risco melancólica bosteza, ya el soldadillo que fue a buscarle, sale. Sale Chichón. Llega, señor, que en casa está el viejo. ¿Dijístele, que a sus puertas estaba Alejandro? Sí. ¿Pues cómo no sale a ellas, habiendo mi nombre oído, a recibirme siquiera? Como dice que es temprano, porque aún el sol no calienta, que en saliendo el sol, saldrá. ¿Y qué hacía? En una media tinaja, llena de lana, metido hasta la cabeza estaba, que parecía degollado de comedia, sin que haya en todo el espacio más cama, silla, ni mesa, que un candil y cuatro libros. ¿Hombre que en tanta miseria vive, de saber que yo vengo a verle ni se altera ni se sobresalta más? Y porque mejor lo veas, oye, que vuelvo a llamarle: ¡Señor Diógenes, advierta que viene a verle Alejandro! dentro ¿Hele dicho yo que venga? Pues si yo no se lo he dicho, que se espere o que se vuelva. No hay más que decir. O mucha constancia o locura es esta. Sea lo que fuere, ya hice capricho de verla, si es constancia por aprecio y si es locura por fiesta: bien podéis salir, que ya el sol sus rayos despliega. Sale Diógenes. Pues a ver el sol saldré, que al fin es el que me alienta, me anima y me vivifica. De suerte que si no fuera por el sol, lo que es por mí, no salierais? Lo que hiciera no sé, mas sé que él me trae en la regular tarea de las noches y los días esta luz hermosa y bella y que vos no me traéis nada. Sí traigo. ¿Qué? La respuesta de un recado que me dio vuestro ese soldado. ¿Qué era?, que como cosa de poca sustancia, no se me acuerda. ¿De poca sustancia es decir que en mi competencia, sois vos más dueño del mundo que yo? ¡Ah, sí!, ya se me acuerda. Es verdad, yo se lo dije; y si de escucharlo os pesa, perdonad, lo dicho dicho. Antes me huelgo, y por esa razón vengo a visitaros, pues es justo que a ver venga Alejandro a un igual suyo. Pues como entre iguales sea la visita ahí hay un tronco; sentaos, que yo en esta peña procuraré acomodarme. Siéntanse y Chichón hace que quita un piojo a Diógenes. Agradezco la licencia... ¿Qué es eso? Deste monarca, la caballería ligera, que en desmandadas patrullas va saliendo a pecorea con el día. Quita, necio. Ya quito. Locuras deja, y pasando como amigos del cumplimiento a la queja, dícenme que por no verme echasteis por otra senda También me dicen que vos por verme echasteis por esta. ¿Y es la misma razón huir vos que yo buscar? La mesma; pues ni otro huyera de vos sino yo, ni otro viniera sino vos a verme a mí; y así es clara consecuencia, que haciéndolo por hacer los dos lo que otro no hiciera ni en vos hay queja ni en mí culpa. Y eso, ¿en qué se prueba? En que esto de los caprichos más quiere maña que fuerza. No decís mal, pero vamos a saber de qué manera sois vos más dueño del mundo que yo. ¿Pues no es evidencia, que es más rico al que le sobra que el que le falta la hacienda? Claro está. Luego si a vos, sola una parte pequeña que os falta os trae desvelado y no veis la hora de verla debajo de vuestro imperio, a mí nada me desvela, porque no se me da nada que sea mía o no lo sea, más rico soy yo que vos, pues a vos os falta esa parte que deseáis y a mí me sobran todas aquellas que no deseo, y si no, pasemos a la experiencia a cuál está más contento, vos con toda esa grandeza, majestad y pompa, o yo con toda aquesta miseria, hambre y desnudez. No quiero aventurar el apuesta, pero la posteridad de una heroica fama eterna, ¿será vuestra o será mía? Será mía y será vuestra. ¿Cómo? Como quien dijere, que vino Alejandro a Grecia dirá como visitó a Diógenes en ella, con que en la historia vendremos a correr los dos parejas, vos por hacer la visita y yo por no agradecerla, fuera de que ¿qué me importa que fama o no fama tenga, si un aliento de la vida hoy calladamente suena más que después todo el ruido de sus trompas y sus lenguas? Pues siendo así que la vida es lo que se goza della, vos no la gozáis, yo sí; y para que lo veáis, sea este también mi argumento, para que a escuchar no vuelva que no vengo a traeros nada: ¿qué queréis que mi grandeza os dé? Con que no me quite, mi vanidad se contenta. ¿Con que no os quite? Sí. Pues decidme, porque lo sepa, ¿qué es lo que yo os quito? El sol, que va tomando la vuelta; y así, pasaos aquí, no me quitéis por vida vuestra lo que no me podéis dar. Yo os estimo la advertencia; y pues que ya os doy el sol, daros lo demás quisiera; ¿qué queréis que por vos haga? A tan general promesa, liberal y generosa, darme por vencido es fuerza: ahora bien, haced por mí... Decid, nada os enmudezca, ¿qué queréis que haga por vos? Levanta Diógenes una flor del suelo. Sola otra flor como esta. Eso fuera ser criador: no cabe en la humana esfera tan soberano atributo. ¿Pues qué hay que os desvanezca si vuestro poder no basta a hacer una inútil hierba que da el prado tan de balde, que la pace cualquier fiera, que cualquier ave la pica y la aja cualquiera huella? Id con Dios, y a los que estudian las desengañadas ciencias que en ese azul libro y ese verde libro nos enseñan ya carácteres de flores y ya imágenes de estrellas, porque aprendamos a un tiempo divinas y humanas letras, investigando ingeniosos aquella causa primera de todas las otras causas, no vengáis a hacerles pruebas de qué quieren o qué estiman, que no hay que estimen ni quieran sino solos desengaños; y porque mejor se vea cuál es más rico tesoro, la majestad o la ciencia, ya que la primera huisteis vaya la segunda apuesta, a cuál necesita antes, o yo de vuestras riquezas, o vos de mis ciencias. Yo Levántase. quiero, porque no parezca que ambas apuestas rehúso entrar satisfecho en esta de que nunca necesite de vos. Voces dentro. Al valle. A la selva. Mirad qué ruido es aquese. Vase un soldado. ¿Y qué perderá el que pierda? Darse por vencido al otro. Norabuena. Norabuena. Pues a Dios. Vase. A Dios. ¿Posible es que has tenido paciencia para sufrir este loco? Mal, Efestión, le afrentas, que si hubiera de dejar de ser quien soy,y estuviera en mí elegir lo que había de ser, ten por cosa cierta... ¿Qué? Que no siendo Alejandro ser Diógenes quisiera. En los bronces de la fama vivirá en el mundo eterna esa sentencia. Y quizá habrá en el mundo poeta que della se ría, diciendo que es delito y no sentencia que celebra el lisonjero. Al monte. Al valle. A la selva. Sale el soldado. Estatira y Siroés, como ya mandaste al verlas aliviarlas la prisión, usando de la licencia, al coto que de su estancia las altas paredes cerca dicen que a caza han salido. ¿Si habrá salido con ellas Campaspe? ¿Pues quién lo duda, y que suya, señor, sea toda aquesa montería y a enseñar el monte venga? Pues un caballo me dad, que como acaso quisiera salirlas al paso. Amor, guía mis plantas, y emplea tus dos mejores alhajas en los dos, el arco en ella, pues cazadora es, y en mí, pues que voy ciego, la venda. Vanse todos y queda Chichón. dentro A la selva, al valle, al monte. ¿Que haya en el mundo quien tenga inclinación a la caza, y se ande buscando fieras habiendo rubias y romas? Pero ahora que se me acuerda de un amo que Dios me dio y me quitó a la hora mesma, ¿qué se habrá hecho? Porqué como con tan grande priesa mandó a su guarda Estatira quitarle de su presencia y ellos allá le llevaron a tiempo que en la pendencia yo había vuelto la casaca y disimular fue fuerza ser mi amo, nunca más supe dél; ¿qué diligencia haré? Pero ¿quién me mete en que publique el hacerla mi ruindad? Si hubiere muerto no hayan miedo que acá vuelva a acusar la rebeldía ni a tomar la residencia, y si no, no faltarán disculpas cuando parezca, y así es lo mejor no darme por entendido. Vase. A la selva. Al valle. Al monte. Sale Campaspe con arco y flechas. Fortuna, ya que a mi patria me vuelvas, pues son mi patria los montes, permite (¡ay de mí!) que sea para que halle como en mi propia esfera piedad en sus riscos, blandura en sus peñas. En tanto que la batida hacia los puestos se acerca que todas las damas ya han tomado, aunque parezca, que contra mi mismo natural, me mueva a emplear mis desdichas antes que mis flechas, en esta escondida parte desahogar quiero la fuerza de una prisión voluntaria que a todas horas me niega poder aun conmigo hablar: ¡ay de aquella que siente sintiendo que el sentir se sienta! Y pues tan a todas horas los testigos que me cercan no me dejan respirar, ¿qué mucho (¡ay de mí!) que vengan buscando mis ansias, buscando mis penas, para mis suspiros aires de mi tierra? Troncos, riscos, plantas, flores, brutos, aves, peces, fieras, cristales, fuentes, arroyos, cielo, sol, luna y estrellas, decidme, pues visteis todos mis violencias, si tuve yo culpa, u desgracia en ellas. Pues siendo así que desgracia tuve, y no culpa, ¿qué idea, qué aprehensión, qué fantasía, qué ilusión, qué sombra es esta, que a cualquiera parte que los ojos vuelva, vaga me persigue, vana me atormenta? De aquel infelice joven que vi muerto a mi defensa tan vivas las señas traigo que a todas partes las señas que están me parece con la faz sangrienta diciéndome. Ruido dentro. dentro. Dioses, piedad. dentro ¡Qué tragedia! ¿Qué voces (¡ay infelice!) las que iba a alentar alientan porque en el decirlas yo aun ese alivio no tenga? dentro. Acudid volando. dentro. Socorred apriesa. dentro. Cielos. dentro. ¡Qué desdicha! Piedad. ¡Qué violencia! Sale Estatira con arco. ¿No hay quien su vida socorra? ¿Qué es esto, Estatira bella? Que dentro de la batida cayó sitiada una fiera destas que los griegos montes en sus entrañas engendran, salpicada a manchas, cuya ligereza nunca trae ociosas ni garras, ni presas. Los sabuesos y ventores, que las traíllas sujetan, porque se lograsen antes que sus lides nuestras flechas tomaron el viento de la tigre apenas, cuando a los collares rompieron las cuerdas. Entre estos, pues, dos lebreles, atados a una cadena, salieron juntos a tiempo que en un caballo atraviesa la senda Alejandro, y hollando la senda a los pies del bruto se enlazan y enredan de suerte que alborotado se desboca y desatienta, sin que el freno le corrija ni le gobierne la rienda, llevándole al choque de una y otra peña a dar donde el bruto... Oye, aguarda, espera, que primero que él peligre sabré peligrar yo, atenta a la piedad que conmigo usó. Vase. Júpiter lo quiera, que aunque es mi enemigo ya en más noble guerra que la vida, el alma es su prisionera. Veloz entre las dos lides de los canes y la fiera, y del caballo y los canes, su agilidad interpuesta, el arpón dispara de suerte que hecha blanco de sus plumas una mancha negra, que entre el codillo y la espalda señala, bien como en muestra de que está allí el corazón, le hiere en él; ¿quién creyera, viviendo con alas el corazón, que ella le dé al corazón alas con que muera? A cuyo tiempo acudiendo al bruto que desalienta la enredada lid, le corta entrambos pies, de manera que el que amenazado precipicio era, dispone que en fácil caída se resuelva, y tan fácil que en los brazos la recibe, porque tengan los celos siquiera un día alguien que los agradezca, u dígalo yo, que agradezco verla Sale Campaspe con un cuchillo de monte en la mano, y Alejandro cayendo. ¡El cielo me valga! Descansa y aliente, que ya de entrambos peligros seguro estás. ¿Quién pudiera, sino tu deidad, Campaspe, ser quien dos vidas me ofrezca? ¿No bastaba altiva, no bastaba tierna, sino liberal, para que no tenga retirado el albedrío? Salen Siroés, Nise y Clori, todas con arcos y flechas. Aquí está Alejandro. Sean las albricias de la vida tus pies. Arrodíllanse todas. Alzad de la tierra. A todas nos toca, a tus plantas puestas, darla a ella las gracias y a ti norabuenas. Sale Efestión. Ya que seguir del caballo no pude la ligereza, dame, gran señor las plantas, bien que llego con vergüenza al ver que a vista de tantos te socorra y favorezca una mujer. No fue tal, sino una deidad suprema que en oposición de otras su divinidad ostenta, haciendo que el mal en bien se convierta; ¿mas quién sino el sol, venciera una estrella? El nudo rompí gordiano cuya osadía violenta me dispuso a lo fatal del agüero que en sí encierra, y pues que ya la amenaza frustrada y vencida queda, ¿quién duda que es deidad quien le quita al hado las fuerzas?, y así, en hacimiento noble de gracias, Campaspe bella, tu retrato en ese templo colgaré, para que sea padrón a los siglos, que diga a sus puertas que él solo la tabla fue de mi tormenta. En menos costa, señor, vanidad mía quisiera, que la deuda me pagarais si la obligación es deuda. ¿En qué?, que palabra os doy, que no haya en mi obediencia dificultad imposible. En que os vais a vuestra tienda a repararos, porqué no habrá para mí fineza, sino en la seguridad, señor, de la salud vuestra. Aunque lo que pedís es tan a costa de la ausencia, esto es cumplir mi palabra. Dios guarde a vuestras altezas. Vase Alejandro. Hermosa Nise, pues ves que ir tras Alejandro es fuerza, acuérdate de mi amor. No haré tal, que será ofensa. ¿Ofensa acordarte? Sí, pues se olvida el que se acuerda. Vase Efestión. Bien puedes, Campaspe (¡ay cielo!) de tan noble acción como esta estar muy desvanecida. Y más si en el templo llegas a ver tu retrato. A mí nada hay que me desvanezca, sino solamente el nombre de una humilde esclava vuestra; pero ya que de mi poca política he dado muestras, diciendo cuán ruda hija soy destos troncos y peñas, no por vanidad, sino por noticia... Di. Quisiera saber qué cosa es retrato. ¿Nunca ha visto tu rudeza el primor de la pintura? Pintura ya sé que sea, que en el templo he visto tablas que de colores compuestas, ya representan países, ya batallas representan, siendo una noble mentira de la gran naturaleza, pero retrato no sé qué es. Pues que es lo mismo, piensa, con la circunstancia más de que la copia parezca al original de quien se saca. ¿Y de qué manera se saca? Veraslo cuando a hacer el retrato vengan, y agora quédate aquí para que a la quinta puedas guiar la gente, mientras yo doy a la quinta la vuelta: ¿Clori? ¿Nise? ¿Qué nos mandas? Para templar mis tristezas, los instrumentos bajad a los jardines. ¿Qué llevas? ¿Qué me andas preguntando siempre? Lo que fuere sea. ¡Qué notable condición! Vanse las dos. Ven, probaremos la letra, Clori, de aquel cortesano, antes de cantarla. Fuerza es, Nise, que tú la aplaudas, pues eres tú a quien celebra. La cortesanía me mueve más, que la lisonja, fuera, que de ser querida, Clori, a ninguna mujer pesa. Vase. Ni ninguna de ver que otra es la querida, se huelga. Vase. Ya que segunda vez, cielos, sola en mis montes me dejan, paréntesis a mis ansias lo que ha sucedido sea, y demos, discurso, segunda vez vuelta a aquella memoria que tanto me cuesta, ¿Qué aprehensión, qué fantasía, qué ilusión, sombra o idea (aquí quedé) es esta, que a cada paso me cerca sin que el claro día, ni la noche negra, o la luz me alumbre o el sueño me venza? Parece (¡ay de mí!) que al dar al día y la noche quejas de lo que la una me aflige, lo que la otra me desvela, una y otra quieren hoy satisfacerlas, pues que mis sentidos turban, y potencias. Permite, infelice joven, que horroroso representas siempre tu sombra a mi vista, siquiera un instante treguas a tantos temores, que no te hago ofensa, pues son muerte y sueño una cosa mesma. Y puesto que ya la gente toda a la quinta se acerca, y yo no hago falta...¡oh, tú, intrincado seno, alberga vivo un cadáver! Duérmese y sale Apeles. Fortuna, ¿adónde mis pasos llevas, sin saber qué puerto elijan ni tengan tantas ansias, tantas desdichas y penas? ¿Quién creerá que haber caído tan sin sentido en defensa de aquel prodigio, que hallarme sin saber a quién le deba la piedad, adonde la humilde miseria de un cuerpo de guardia herido me tenga, que haber callado mi nombre, porque Alejandro no sepa que reñí con sus soldados, que mal cobradas las fuerzas salga a ver el día siguiendo esta senda, sin guía, sin rumbo, sin norte ni estrella, nada me aflige, ni nada me turba, ni desconsuela, sino solo no saber qué mujer, cielos, fue aquella, que al verla (¡ay de mí!) pagándome en verla, hizo mi fortuna próspera y adversa? Decidme montes, pues fuisteis testigos de mis tragedias, decidme aves, fieras, plantas, flores, troncos, riscos, peñas, si hallaré, pues mi hado perdido no encuentra quien de mí me diga quien me diga della. ¿Murió en faltándola yo? Habla entre sueños Campaspe. No... Durmiendo. ¿Tuvo cuando ausente estuve... ...tuve... ...quien venciese en su disculpa? ...la culpa... ¿Qué eco a mi voz respondió? ...yo... Cielos ¿si es verdad o no, que el aire me ha respondido pues ha sonado en mi oído...? No tuve la culpa yo... ¿Si oí bien o mal habrá quien... ...bien. ...me diga, y si verdad fue... ...que... ...que en mi desdicha fue dicha? ...la desdicha... ¿Tuvo amparo cuando anduve? ...tuve. Otra vez fuerza es que hube de dudar, si es que colijo que el eco otra vez me dijo... Bien que la desdicha tuve. Mas no, ilusión es ligera, que el eco no habló en lo hueco, pues no me dijera el eco lo que yo no le dijera, y así por toda esta esfera desta voz iré buscando Veela. el dueño. ¡Qué estoy mirando!; ¿cómo es posible, que siendo ella la que está durmiendo, sea yo el que estoy soñando? ¿Cómo puede ser, oh bella deidad, si eres mi homicida, que yo te busque con vida y que tú te halles sin ella? Si a mí me tocó el perdella y a ti el haberla guardado, ¿cómo sin ella te he hallado? Vuelve, vuelve en tu sentido, que el haberla tú perdido no es haberla yo ganado. ¿Si la despertaré? Sí, aunque su enojo me asombre, que mujer que ha muerto a un hombre no es justo que duerma así. ¿Bella deidad? Despiértala y ella huye dél al verle. ¡Ay de mí! ¡qué miro! ¡Qué mal anduve! Sombra, ilusión... Necio estuve. ...no me des muerte, pues no, no tuve la culpa yo, bien que la desdicha tuve. Huye ella, y él la sigue. ¿Quién te da la culpa a ti, ni la desdicha te da?, pues nada es desdicha, ya que otra vez tus ojos vi. No me aflijas, pues no fui ni de tu esplendor la nube, ni quien tu aliento detuve; que si otro muerte te dio no tuve la culpa yo, bien que la desdicha tuve. Déjame, pues, no el empeño crezcas a mi fantasía, Huyendo. pasando a la luz del día las negras sombras del sueño. Hallado y perdido dueño de un alma que te ha buscado tan a costa del cuidado que a un mismo tiempo ha venido a hallar lo que había perdido y a perder lo que había hallado: no de mí huyas. ¡Ay de mí! Cóbrase un poco. Que no soy ilusión yo. ¿Luego no eres sombra? No. ¿Luego estás con vida? Sí. ¿No te mataron? No fui tan dichoso. ¿Dicha fuera? Morir por ti claro era. ¿Pues yo no te vi a mis pies muerto? Ahora también me ves, aún más que la vez primera. ¿Cómo? Como allá la herida del cuerpo me dejó en calma, y aquí la herida del alma, ¡oh bellísima homicida!, ha vuelto a darme la vida para que de una manera aquí viva y allá muera sin morir y sin vivir. Quién te pudiera decir lo que en albricias te diera de las nuevas que me das. ¿De cuál dellas?, ¿de que muero u de que vivo? No quiero declararme, joven, más: baste decir que jamás tuvo mi hado siempre esquivo más gozo del que recibo al oír ambas nuevas bellas. Sí, mas dime de cuál dellas, ¿de que muero u de que vivo? Ruido dentro. No sé... pero gente allí hay, no contigo me vea. ¿Será posible lo sea el volver a verte? Sí. ¿Dónde he de buscarte? Aquí. ¿Vendrás? Hablad, alma, vos. ¿Qué dices? Que sí. A los dos Ruido dentro. un hombre se va acercando. Pues quédate tú. ¿Hasta cuándo? Hasta otra alba. A Dios. A Dios. Vase Campaspe y sale Chichón. Aunque de lejos le vi las señas no me mintieron: ¿es posible que volvieron mis ojos a verte? ¿Así, traidor, infame, villano, me recibes después que tan poca tu lealtad fue, que dejándome... La mano ten, que no me pagas bien, después que herido te vi, lo que he pasado por ti. ¿Tú por mí? Yo por ti. ¿Quién al verte en sangre teñido, como un león embistió con todos tres, sino yo? ¿Quién, dejando a éste partido por medio de un tajo tal que puso en puntos al arte, pasó a este de parte a parte, a tiempo que en diagonal circulo aquel me embistió? ¿Quién dando al otro un hurgón, la herida de conclusión hizo al que se le seguía? ¿Y a quién, tomando a destajo, que nadie le quede a vida, le dio a este la zambullida, y a aquel la de uñas abajo? Oye, aguarda, ¿de qué modo son, si todos eran tres, ya seis los muertos? ¿No ves que maté sombras y todo? En fin, tropezando (¡extraña desdicha es la de un tropiezo!) las garras me echó al pescuezo el barrachel de campaña: en un cepo me metió, donde he estado hasta este día, que un amigo que tenía la cuartada me probó. La cuartada, ¿cómo así, si a tantos diste? Porqué fue fácil el probar que les di sin estar allí... De no verte noche y día la causa fue mi prisión. Calla, ya sé cuáles son tu locura y cobardía. Hablan los dos aparte, y sale Efestión y Alejandro. ¿En fin vuelves? ¿Qué he de hacer, si estoy fuera de mi centro donde a Campaspe no encuentro? ¿Cómo podría saber por donde iría? Hacia allí dos hombres, señor, están; ellos quizá lo sabrán. Oye, ¿no es Apeles? Sí. Ventura es haber venido a tan buen tiempo. Crueles son tus locuras. ¿Apeles? Las plantas, señor, te pido. Aunque de lo que has tardado queja pudiera formar, los brazos te quiero dar por el tiempo a que has llegado. (Pues él no sabe de mí más de que me tuvo ausente su licencia, nada cuente tu voz.) (No haré.) Feliz fui, ya que en la vuelta tardé, en venir en ocasión que ella me alcance el perdón de la tardanza. No sé cómo encarecerte cuánto estimo el llegarte a ver día en que te he menester. Mucho, gran señor, me espanto, cuando ser tu esclavo trato, que me recibas así. ¿En qué te sirvo? Por mí hoy has de hacer un retrato de tan hermoso sujeto, que no hayas menester, como en el mío, poner perfil a ningún defeto. Muy poco haré en eso yo para lo mucho que escucho. Aunque es poco importa mucho que todo tu estudio no perdone al arte este día la elegancia con que sueles esmerar de tus pinceles la gala y la valentía: una mujer has de ver y esta me has de retratar con tal alma, que el hablar la falte por no querer; bien que en esta parte no vendrá a ser tuya la palma, pues si la vieres con alma es que se la he dado yo. Digo, señor, que pondré al retrato tal cuidado, que aun en el lienzo pintado tan fuera del lienzo esté que llegue tu amor feliz a persuadirse no en vano, que echarla puede la mano entre el cuadro y el matiz. Y yo, que ya soy criado de Apeles, la moleré, más que a los matices. ¿Qué te obliga a no ser soldado? Haber dado una menguada en pensar que es peor estado el ser moza de soldado que ser moza de soldada. Pues bien puedes prevenir pinceles, tabla y colores; aunque mejor a las flores se los pudieras pedir, pues todas los dieran fieles, mezclando a tan altos fines entre rosas y jazmines azucenas y claveles. Y pues que ya no está aquí, ¿quién duda en la quinta está? Llévale, Efestión, allá, y de mi parte les di a Estatira y Siroés, que a hacer el retrato envío del templo, aunque mi albedrío no sé lo que hará después. Y tú, porque sea mejor el primor de tu pintura, píntame a mí su hermosura y píntala a ella mi amor. Vase. Venid conmigo, porqué lo que importe prevenir se disponga antes de ir. En todo obedeceré vuestras órdenes. Con ella podrá ser veáis otra dama no de menos lustre y fama, y quizá, Apeles, tan bella. Mucho me holgaré, aunque en mí nada llenará mi idea, que no es posible que sea igual a la que yo vi. Salen Estatira, Clori, Nise y músicos, con instrumentos. Vuelve, Nise, a repetir la letra, que hacerte quiero esa lisonja, si infiero que se debió de escribir por ti. Muchas hay, señora, de mi nombre; no sería por mí, que la humildad mía no se halla merecedora deste aplauso. ¿Cúya es? De un discreto cortesano, cuyo ingenio soberano goza el mas alto interés del crédito y la opinión, por galán, noble y discreto. Bien lo dice en su conceto el aire de la canción. canta A Nise adoro, y aunqué la dije mi frenesí, ni sé si me quiere, ni por qué ha de quererme sé. Salen al paño Efestión y Apeles. Esperad, no interrumpamos esta voz, que dulcemente, por la letra y quien la canta, me ha suspendido dos veces. Ya hice yo reparo en uno y otro, que son muy parientes música, poesía y pintura; y a lo que a mí me parece, si se hubiera de glosar la canción, no fácilmente se le hallaran dos sentidos. Escuchad, que a cantar vuelven. Canta toda la música. A Nise adoro, y aunqué la dije mi frenesí, ni sé si me quiere, ni por qué ha de quererme sé. Ya que han cesado, esperad que a pedir licencia llegue. ¿Quién hasta aquí se ha entrado? Quien con dos disculpas tiene seguro que vuestro enojo sus sagradas iras temple. La primera es la dulzura con que este canto suspende tanto que no deja acción, para que otra acción se acierte, y la segunda, venir de parte de quien merece vuestra audiencia a cualquier hora. ¿Quién en vuestro juicio tiene ese mérito? Alejandro. Aparte. (¿Si tan feliz mi amor fuese que lograse en su memoria algún alivio mi suerte?) Pues bien, ¿qué manda Alejandro? Que deis licencia que llegue a retratar a Campaspe, —que ya sabéis como tiene ofrecido su retrato a las sagradas paredes de Júpiter—, el no igual arte del divino Apeles. Esto y lo que yo pensaba todo es uno. Decid que entre. Entra Apeles. A vuestras plantas, señora, antes de veros, alegre, feliz, contento y ufano venía, por parecerme que había de conseguir el empeño a que me atreve la obediencia de mi dueño; mas después de veros, vuelve atrás mi esperanza. ¿Cómo? Como pintarse no pueden las perfectas hermosuras, sin que el crédito se arriesgue: cuando en un rostro hay lunar, u desproporción que acuerde cuando se mira el retrato de su dueño las especies, es fácil el retratarle; mas cuando es tan excelente que no hay término en sus partes que desigualado deje especies a la memoria, no se imita fácilmente; y así habréis de perdonarme cuando el retrato no acierte, si está en vuestra perfección y no en mí el inconveniente. Cortesano sois, pintor, y es preciso que me pese que vuestra cortesanía tenga más peligro que ese. ¿Por qué? Porque no soy yo la del retrato; y si viene a estar en lo más hermoso el riego al no parecerse, es más hermosa que yo, con que vuestro empeño tiene más que vencer; y porqué lo veáis, yo haré que en breve venga a veros más airosa y más prendida que suele, porque tenga en sus adornos yo alguna parte. Aparte. (Esto es verme obligada a no mostrar la envidia que el alma siente y para hacer la desecha mejor esto ha de ser). Venme, Nise, cantando ese tono, y vosotros desde ese cenador cantad en tanto que la pintan, porque temple la penalidad de estar suspensa el tiempo que fuere necesario. Porque sea todo a propósito, puede ser el tono que cantemos el del retrato de Irene. Vanse los músicos. A Efestión. Fuerza es que tras ella vaya; esperad, que si pudiere, volveré a veros. Yo en tanto voy a ver si Chichón viene con el bastidor, el lienzo, los matices y pinceles. Vase. ¿No cantas, Nise? ¿Pues cuando no es mi oficio obedecerte? (¡Oh cuán a costa del alma fínge la que calla y siente!) Canta. A Nise adoro, y aunqué la dije mi frenesí, ni sé si me quiere, ni por qué ha de quererme sé. Éntranse Estatira y Nise cantando. Por si no volviere Nise, como me ha ofrecido, hacedme merced de decirla, Clori, cuánto el alma la agradece el que haya hecho tanto aprecio de cortesanía tan leve como aquel mote. ¿Por qué que le cante os desvanece? Porque es su ingenio el que adoro y así estimo que el mío precie. ¿Y es galantería o locura, alabar, cuando eso fuese, una dama a otra? No sé pero si es locura, tiene disculpado frenesí. Pues sabed que a las mujeres, sin que nos importe nada, la ajena alabanza ofende. Groserías de rendido groserías son corteses, que no os quita a vos el ser discreta y hermosa el verme menos bien empleado en Nise que estuviera en vos. Sale Nise. ¿No puede ser fino con una dama un hombre sin que sea aleve con otra? Yo... Ni... con Clo... si... cuando... ¿Qué te enmudece? ¿Qué te turba? No saber, pues una y otra se ofende de lo que quiero y no quiero, cuál me olvida o cuál me quiere. ¿Yo por qué había de olvidarte? Vase Clori. ¿Yo por qué había de quererte? Vase Nise. Oye, Nise... escucha, Clori. Sale Chichón con todo aderezo de pintar, y Apeles. Ya están aquí caballete, pinceles, lienzo, paleta, colores, piedra y aceite. Ponlo aquí, que hay buena luz, y avisad vos que ya puede salir la dama. ¡Ay de mí! ¿Qué es lo que ahora os suspende? Dijisteis que no era fácil la glosa de aquel motete, y ya se ha facilitado con lo que aquí me sucede después que de aquí salisteis. ¿De qué suerte? Desta suerte. Dejad para que lo entienda que de los versos me acuerde: A Nise adoro y aunqué... Hablando de Nise bella con Clori, me preguntó qué inclinaba más mi estrella, a que mi amor respondió que el ingenio que hay en ella, con que no solo mostré que adoro a Nise, sino lo que en ella adoro, en fe de que se sepa que yo adoro a Nise y aunqué ...la dije mi frenesí.. Clori al parecer quejosa, que no hay mujer que otra quiera que sea discreta ni hermosa, u de vana u de celosa, un loco me dijo que era; yo el serlo la concedí, pues por Nise el juicio pierdo, mas de tal locura en mí por lo menos que era cuerdo, la dije, mi frenesí. ...ni sé si me quiere, ni... Oyendo nuestras cuestiones, Nise llegó, y yo quedé tan turbadas mis acciones que cuanto desde allí hablé, fueron trocadas razones: Ni..., dije, por verme si conti.. a Clo... tengo quejó...; y así entre las dos parti..., ni sé si me olvida Clo..., ni sé si me quiere Ni... ...por qué ha de quererme sé. Ambas riéndose al ver mi turbación singular, falsas quisieron saber por qué una me ha de olvidar, por qué otra me ha de querer. Yo respondí, “Si amor fue fino, y necio en declararme, bien de una y otra la fe, pues sé por qué ha de olvidarme, por qué ha de quererme sé”. Mas quédese aquí la tema de si puede o si no puede glosarse, y vamos a que ya hacia aquí la dama viene que habéis de retratar. ¿Cuál es? La que miráis presente. Sale Campaspe vestida de gala. (¿Qué miro ¡ay de mí infelice!? ¿No es esta (¡cielos valedme!) en la pendencia y el monte, la de mi vida y mi muerte?) Hasta ver lo que es retrato el alma traigo pendiente. ¿Sois el pintor? No señora, el que miráis es Apeles. (¿El del monte y la pendencia, ¡valedme, cielos!, no es este?) Yo soy, señora (no acierto a hablar) el que a copiar viene vuestra hermosura, porqué como el que una carta teme que se pierda y la duplica, yo así es forzoso que intente duplicar vuestra hermosura, con temor de que se pierde. No os entiendo, ni sé como si el duplicarse es hacerse de una dos, en la pintura se pierda porque se aumente. Fácil fuera con saber, que en mi desdichada suerte quizá el hacer de una dos es porque os pierda dos veces. Vuelvo a decir que no sé por qué lo decís. No puede explicarse más el alma. Pues dejad la voz pendiente hasta otra alba, como os dije. Ya no es posible que espere esa luz. ¿Por qué? Porqué tanto el orden se previerte de todo en mí, que aun el alba desde agora me anochece. Tercera vez no os entiendo; pero sea lo que fuere, mirad que es fuerza acudir, siquiera por los presentes, a lo que venís. Traed en que esta dama se siente. Aquí un taburete está, y es dicha ser taburete, porque quepa el guardainfante, ya que ellos son solamente los que medran no teniendo brazos. Siéntase ella y él pone el bastidor, toma la paleta, y Chichón muele las colores, y pinta Apeles. ¿Qué hago yo aquí, para que él desde allí les represente a otros mi imagen? No hagáis mudanza, para que llegue a coger más fijo el aire. ¿Qué no haga mudanza quieres? Es fuerza que si la hacéis todo lo que pinte yerre. Buen arte es el que no admite mudanzas en las mujeres. Por eso otras que se pintan de matices diferentes, no solo se mudan, pero se enmudan con los afeites. Calla tú y muele, Chichón. ¿Cuándo callan los que muelen? ¿Pues qué hace aquel allí? Un chiste te lo dirá brevemente: a una mozuela la dije, repartiendo unos cachetes un día entre sus mejillas y sus labios y sus dientes, “Mi oficio es moler colores, hija mía, no te quejes”. O vete allá fuera o calla. Por más fácil tengo el vete. Vase Chichón. En tanto que vos pintáis voy a ver si hablar pudiese a Nise en esos jardines. Vase. Pues solo he quedado, atiende, que cumpliendo de pintor y de criado las leyes, pintaré al olio tus gracias y tus desgracias al temple. La música dentro. Condición, y retrato teman de Irene, que ha de dar muerte a todos si la parece. Pintando Apeles. Hermosísima deidad, que árbitro absoluto eres de mi muerte y de mi vida, ¿cómo dices que no entiendes mi dolor, si mi dolor hablando tan claramente está en mis mismas acciones, cuando hay poder que me fuerce a que le lleve tu imagen porque en tu imagen le lleve el ídolo de su amor, en cuyas aras... Suspende. la voz, que te entiendo menos cuando tu dolor parece que ee explica más. ¿Qué imagen, qué ídolo, qué amor es este? Cuando libre el cabello no la obedece, como a un negro le trata, pues que le prende. La imagen este retrato, el ídolo el ofrecerle Alejandro en sacrificio a su amor, pues que pretende que viva a sus ojos vayas con el alma que él te ofrece. ¿A mí Alejandro? ¿Eso dudas? ¿Pues qué a pintarte le mueve? Darle al templo por memoria de que la vida le diese. Quien se abrasa, y no sabe dónde hallar nieve, sepa donde ella vive, que allí está enfrente. ¡Ay, que no es eso!, porqué ¿qué culto fuera decente el dar al templo tu imagen, si dirán cuantos la vieren, —más que honrando tus acciones disfamando tus desdenes—, que si a él le diste la vida a mí me diste la muerte? Porque te adora (¡ay de mí!) te retrata. ¿Pues qué adquiere para un amor un retrato? Mentir las horas de ausente. Arcos son sus cejas triunfales siempre, pues celebran las ruinas de los que vence. ¡Qué mal has hecho en decirme... ¿Qué? ...que Alejandro me quiere! ¿Por qué? Porque lo ignoraba si tú no me lo dijeses. Antes bien, porque al dolor en algo le lisonjee ser yo quien lo diga. ¿Cómo? Como la herida más fuerte, si propria mano la cura, menos que la ajena duele. Son sus ojos preciados tan de valientes que al mirarlos, entre ojos traigo mi muerte. Fuera de que ¿cómo puedo yo excusarlo, si hay quien fuerce... ¿A qué? A que aquesta vez hable porque calle para siempre. Con todo, que has hecho mal, otra vez digo, si atiendes que no hay mujer que no quiera ser querida; con que viene a ser ruindad de tu parte la que de mi parte puede ser vanidad. Antes bien que el que rendido padece cuanto más padece goza, y así es fineza que pienses que quiero padecer yo lo que a ti te desvanece. Un pleito a sus mejillas mayo y diciembre ponen, porque les hurta púrpura y nieve. Bien puede ser que fineza sea, mas no lo parece interponer un respeto que declarado no deje albedrío a la esperanza. Eso será en quien la tiene; ¿pero qué esperanza ya es posible que le quede a quien Alejandro fía su amor, y no solamente fía su amor, mas le hace instrumento de que llegue a su noticia? ¡Mal haya habilidad tan aleve que traidoramente noble contra su dueño se vuelve! Arroja los pinceles, y ella se levanta. ¿Qué habilidad? Esta mía. ¿Contra ti? ¿Pues de qué suerte? Si se enoja, y sus labios rigores vierten, allá van los jazmines con los claveles. Siendo áspides para mí las puntas de los pinceles que entre flores de matices su mortal veneno vierten. ¡Mal haya, digo otra vez habilidad que me fuerce a que estudie tus facciones, para que en cada una encuentre otra perfección que diga cuaán bella, ¡oh Campaspe!, eres, ya dos veces a mis ojos porque te pierda dos veces! ¿Dos veces? Sí. ¿De qué modo? Verdadera y aparente. ¿Aparente y verdadera? ¿De qué suerte? Desta suerte: mírate para que veas lo que pierde el que te pierde. Pónela delante el retrato. Condición y retrato teman de Irene, que ha de dar muerte a todos si la parece. ¿Qué es lo que miro? ¿Es por dicha lienzo o cristal trasparente el que me pones delante? Que mi semblante me ofrece tan vivo, que aun en estar mudo también me parece, pues al mirarle, la voz en el labio se suspende tanto que aun el corazón no sabe cómo la aliente. ¿Soy yo aquella o soy yo yo? Torpe la lengua enmudece quizá porque el alma en medio de las dos dudando teme dónde vive u dónde anima, no sabiendo a un tiempo entre una y otra imagen mía de cuál de las dos es huésped. ¿Esa habilidad tenías? ¿Segundo ser dar puedes a un cuerpo? Pues ¿cómo, cómo, si tan divino arte ejerces, tan bajamente le empleas que para otro dueño engendres la copia de lo que dices que amas? Vete de aquí, vete, que en una parte me admiras y en otra parte me ofendes. Esto es fuerza. No es sino bajeza. Es desdicha fuerte. No es sino culpa. Es violencia. Es ruindad. Es dura suerte. Es infamia. Es tiranía. Es poco ánimo. Es decente respeto. Es indigna acción. Es obediencia. Es aleve vasallaje. Es rendimiento. Es... Es... ...ira, rabia y muerte. Gente viene a nuestras voces. No entienda nada esta gente. ¿En qué quedamos? En que dueño de mi dueño eres. Para siempre a Dios, Campaspe. Para siempre a Dios, Apeles. Tercera Jornada Salen Alejandro, Efestión y Chichón. Aunque llamado de ti vengo, los pies no te pido. ¿Por qué? Porque los darás, según liberal te miro, y estará mal, despeado, un monarca tan invicto. Supla de los pies la falta desta sortija el zafiro. ¡Oh mal haya el consonante, que ser diamante no quiso! Alza del suelo, que quiero, pues sé que estás en servicio de Apeles, saber de ti, qué extraño accidente ha sido este que oigo que le ha dado. ¿Pues quién bastará a decirlo si nadie basta a saberlo? Lo primero, anda aturdido tanto que con nadie habla, señor, que no sea consigo: lo segundo, si se viste, es con tan gran desaliño que ni es él ni su figura; lo tercero, su retiro son estas montañas donde solo se sale a dar gritos; su llanto es cosa de risa, su risa cosa de vicio, su comer cosa de juego, su llorar cosa de niños, su dormir cosa de locos y nada cosa de juicio. ¿No le hacen remedios? Cuantos, físico el arte previno a su curación le han hecho, pues como allá un poeta dijo, han puesto mil cataplasmas, cataplastos, cataplistos, y no basta, aunque le pongan “cata Francia, Montesinos”, para saber qué mal tiene. Pésame, porque le estimo de suerte que de mi imperio diera el medio por su alivio; pues cuando no le tuviera la inclinación que publico por primoroso en su arte, por el retrato que hizo de Campaspe, le quedara sumamente agradecido. Ve, y dile que venga a verme. Yo iré, si en eso te sirvo; pero tú verás en él un mal tan fuera de estilo, que una vez hipocondría, y otra vez dría con hipo, revienta de que es discreto y apenas es entendido. Vase. ¿Verle quieres? Sí, que puesto que a su salud solicito medios, uno que he pensado me ha de decir lo escondido de su pecho. ¿Y qué es el medio? Acudir a los motivos de la filosofía, pues es su principal oficio de las causas naturales investigar los principios, y así a Diógenes mandé que me llamasen al mismo tiempo que también Apeles llamo, porque compasivo en una parte, y en otra curioso, ver determino, cómo uno siente sus penas y otro hace de ellas juicio. ¿Dónde a Diógenes mandaste que viniese? A este distrito que hay de mi tienda a la quinta de Estatira, porque he oído, que todas estas mañanas sale a su apacible sitio con sus damas, donde hacen músicas y regocijos suave la prisión, y quiero ver si ver puedo el divino sol de Campaspe, buscando algún ingenioso arbitrio para apartarla de esotras, y si la verdad te digo, no sé que diera porqué hallase el amor camino de reducirla a mi tienda. Uno mi ingenio previno. ¿Qué es? Fingir que llegó al campo de Teágenes un hijo, pidiendo justicia della por el pasado homicidio, y no pudiendo a la parte tú dejar de dar oídos, llevártela presa. Eso es valernos de un delito; pero después lo veremos mejor, porque agora miro a Diógenes y a Apeles venir donde les han dicho. Sale por una puerta Diógenes, y por otra Apeles. ¿A mí Alejandro? ¿Pues qué tiene Alejandro conmigo? (Quiera amor no me declaren de una vez mis desvaríos.) ¿Qué es, señor, lo que me mandas? ¿En qué, gran señor, te sirvo? A Diógenes. Escúchame tú primero. A Apeles. Después hablaré contigo. Bien, Diógenes, te acuerdas de aquella apuesta que hicimos de quien necesitaría antes, tú de mi dominio o yo de tu ciencia. Sí. Pues yo me doy por vencido, confesando que primero de tu ciencia necesito que tú de mi poder. Pues ¿no era uno y otro preciso, si el rico sin ella es pobre y el pobre con ella es rico? Aun por eso quiero ver lo que en la tuya consigo. Ese joven, a quien yo por inclinación estimo, favoreciéndole el astro de algún benévolo signo, padece un grave accidente, y tal que siendo entendido, hábil, galán y discreto, en pocos días le admiro alterada la razón, prevaricado el sentido, necio, inútil, desairado, sin discurso y sin aliño. Nadie de su mal conoce la causa ni él ha sabido decirla a nadie, de suerte, que dándose por vencidos de la sabia medicina los más doctos aforismos, le dejan morir sin que le hagan ningún beneficio. Yo, viendo la obligación en que te pone el retiro que profesas de saber los secretos escondidos de la gran naturaleza, quiero ver como haces juicio deste accidente, y así que le asistas determino unos días, para que si averiguas el principio de su mal sepa que sabes, y si no, sepa que ha sido locura tu ciencia, pues para nada es de servicio. Que es el corazón del hombre animal de pliegues, dijo Aristóteles, mostrando que es de un color si encogido está; y si está dilatado, de muchos, con que previno que en queriendo averiguarle no se le da punto fijo, pues al irse desdoblando todo es colores distintos. Siendo así, locura fuera decir yo desvanecido que entenderé el suyo; pero no por eso desconfío de saberlo: háblale tú sin darte por entendido, porque no esté con cuidado viendo que con él le asisto. Pues disimula. A Apeles ¿Dónde ibas Apeles, cuando te dijo aquel soldado que yo te llamo? Con tristeza Si verdad digo, a decir mis sentimientos a estas peñas, a estos riscos, árboles, plantas y flores, que como fieles testigos saben lo mejor y ignoran lo peor. No te he entendido. Es que saben escucharlos, y es que no saben decirlos. Suspira. ¿Pues y no fuera mejor comunicarlos rendido a quien sentirlos supiera? No señor, que fuera alivio, y yo estoy tan bien hallado con ellos y ellos conmigo Llora. que ellos y yo no queremos partir con nadie el sentirlos. Esto, y lo demás deste género dice Diógenes a Alejandro aparte. El primer color de que muestra el corazón teñido es melancólico humor. Descansa, Apeles, conmigo: ¿qué tienes? Suspirando. No sé que tengo. ¿Es faltarte en mi servicio el cariño de tu patria? No está en mi patria el cariño. ¿Necesitas de algo? Con algún despecho Solo de mi muerte necesito. Ya de cólera y de ira despliega el segundo viso. ¿Pues a mí no le fiaras, sabiendo lo que te estimo? Turbado. ¿A quién pudiera mejor? pero humilde te suplico, no conjures mi silencio, que es mi mal tan exquisito, tan intratable mi pena, tan sin uso mi martirio, que embargando el corazón acá dentro los suspiros, aunque decirlo quisiera no puedo. Torpe la voz. De algún nocivo veneno parece que da aquesta congoja indicio. Fuera de que si adelanto Cobrándose algo. el tormento con que vivo, aunque pudiera decirle no le dijera, si miro Con despecho. que fuera avivar la llama... Todo esto parece hechizo. ...al incendio de que muero si viera... A voces. Ya esto es delirio. ...que nadie piadoso hacía tan grande crueldad conmigo como quitarme el dolor. Con ira. Ya esto es rabia. Pues le admito, como conveniencia tanto que a faltarme él imagino... Con inquietud. Ya esto es desesperación. ..que me faltara un amigo tan del alma que sin él me diera muerte a mí mismo. De desordenado amor parece este afecto hijo. ¿No hay remedio? No hay remedio, que mi mortal parasismo no consta de mí, porqué consta de ajeno albedrío. Ya lo confirman los celos. ¡Oh qué de cosas has visto en un instante! Qué quieres, si va desplegando a giros dobleces el corazón, cuyos afectos distingo a partes, y del primero en el postrero me afirmo. ¿Cómo quieres que amor sea, si ser melancolía has dicho, ira, cólera, veneno, desesperación, delirio, hechizo y rabia? ¿Pues quién, sino amor hubiera sido, como conveniente, amando con no ordenado apetito, su daño, melancolía, ira, cólera, nocivo veneno, delirio y rabia, desesperación y hechizo? Y así esta vez, y otras mil. humilde, señor, te pido, Con terneza. no apures mis sentimientos, porque el mal que lloro y gimo no tiene difinición; y pues cuando más me explico es cuando me explico menos, concede a mis desvaríos la licencia de callarlos, que aunque yo quiera decirlos no me es posible, porqué... dentro música. Solo el silencio testigo ha de ser de mi tormento. Ya aquesa voz te lo ha dicho, aunque no bien, que si dice que solo ha de ser testigo de su tormento el silencio, hay más qué decir que dijo, porque aun el silencio no es capaz del dolor mío, pues cuando el silencio quiera, o cruel o compasivo, lo que no digo decir, no podrá, porque al decirlo... dentro música. Aun no cabe lo que siento en todo lo que no digo. Vuelvo a afirmarme, señor. ¿En qué? En que lo dicho dicho: este hombre está enamorado. No disuenan los indicios, pero quédese ahora así, con orden de que advertido has de averiguarlo más mientras yo otro afecto sigo, si no tan cruel, no menos poderoso. Ven conmigo, Efestión, que si hablar a Campaspe no consigo, quizá podrá ser me valga de aquel tu pasado arbitrio. Vanse los dos. Brava comisión me queda, mas ya que Alejandro hizo capricho el examinarme, también yo he de hacer capricho el satisfacerle a él. ¿En fin no es posible, amigo, que sepamos vuestras penas? Solo el silencio testigo ha de ser de mi tormento. Pues advertid que ya ha habido silencio tan bachiller, que dijo lo que no dijo. Pues este no lo dirá. ¿Por qué? Porque enmudecido... Aun no cabe lo que siento en todo lo que no digo. Pues guardaos de mí, que yo he de saber lo escondido de vuestro pecho; después no digáis que no os aviso. Vase. No haréis tal, que yo sabré, homicida de mí mismo, darme la muerte primero que nadie sepa que ha sido con las honras de Alejandro mi amor tan vil asesino que da la muerte pagado, hecho usura el homicidio. ¡Oh nunca me honrara tanto!, que es fuerza que agradecido, de alimentos mi dolor viva de sus beneficios. ¿Cómo puedo ser yo ingrato, arrojándome atrevido a competirle su amor?, si cuando (¡ay de mí!) me animo solo a amar me sale al paso, demás del respecto digno a la majestad, demás de la confianza que hizo de mí fiándome su amor, su deseo tan benigno que intentando mi salud por tan extraños caminos, un cariño me baraja la suerte de otro cariño, y tanto que aunque Campaspe que al alba esperaba, dijo, ni a ella, ni al alba vi, haciendo de su favor desperdicio. ¿Pues qué remedio... dentro. Morir será mi menor peligro. Infausto oráculo, ¿quién es con quien hablas? dentro. Contigo moriré yo. ¿Otro temor? dentro No he de oír. dentro. Bello prodigio espera. Sale Campaspe huyendo, Alejandro tras ella, y en viendo a Apeles se detiene. Ya he dicho, que antes moriré. También he dicho yo, que contigo mi muerte me ha de hallar. ¡Qué veo! ¡Qué miro! Campaspe son, y Alejandro, mis fatales vaticinios. Apeles es quien su vista rémora a mi planta ha sido. ¿Por qué, divina Campaspe, cuando apartada te he visto de esa dulce alegre tropa que con aplausos festivos al alba saluda, y hecho humano girasol sigo los siempre lucientes rayos de tus dos soles divinos de mí huyes? Porque sé que no es tu afecto tan digno como debiera. ¿Pues quien le ha malquistado contigo? Apeles, que no aquí en balde trajo el cielo por testigo. (Así he de hablar con entrambos.) Aparte (Ofendida de mi olvido, sin duda, de mí se venga.) Apeles, ¿qué es lo que he oído? ¿Yo, Campaspe? Tú, pues tú, haciendo el retrato mío, me dijiste que me amaba y que no era el sacrificio a Júpiter, sino a amor, con que mi honor advertido de su peligro, es forzoso que huya de su peligro, de suerte que tú eres causa de que él sienta mis desvíos, pues si no fuera por ti quizá dél no hubiera huido, porque yo no lo supiera si tú no lo hubieras dicho. (Pues con dos sentidos habla, responderé en dos sentidos). Si yo te ofendo, Campaspe, es porque otro dueño sirvo, que su amor y tu hermosura mandó pintar a dos visos, y pues para ella es ofensa, lo que para ti es servicio, A Alejandro. agradéceme este enojo. No te disculpes conmigo, pues las señas del culpado resultan en las de fino; y ya que mi amor te debe en ese primer aviso vencer las dificultades de dar a un amor principio, débate agora, pidiendo licencia a tus desvaríos, que intercadentes parece que dan treguas al sentido, avisar si viene gente, mientras a Campaspe digo lo menos de lo que siento. (¿Esto más, cielos impíos?) (¿Esto más, hados crueles?) (¡Qué violencia!) (¡Qué conflicto!) Retírase Apeles al paño oyendo lo que los dos hablan, y luego sale. Desde el instante, divina Campaspe, que de tu brío y de tu llanto fue objeto la piedad del pecho mío, tan postrado a tu altivez, a tu queja tan rendido quedó mi afecto... Sale Apeles. Señor, Siroés viene hacia este sitio. Saldrela al paso, porqué no llegue a verme contigo. (No la dejes ir tú, en tanto que yo vuelvo.) Vase. ¿Quién ha visto tal género de tormento, tal linaje de martirio? Hablan bajo, aprisa, y a hurto, como recelándose de Alejandro. Quien cobarde complaciendo al lisonjero artificio, no quiso a su dama tanto como a su privanza quiso. Si yo tuviera elección entre aquesos dos cariños, el elegido me diera contra el desdeñado alivio, pero si me he de morir a manos del elegido, ¿qué me culpa el desdeñado? El temor con que remiso no sabiendo entre dos muertes elegir la de más brío, se deja morir de humilde pudiendo morir de altivo. Es lealtad. Es cobardía. Eso es volver al principio. No es sino llegar al fin. No es, si... Sí es, sí... Sale Alejandro. A nadie miro en todo el monte. Debió de echar por otro camino. Vuelve a avisar si viniere; y tú, hermoso dueño mío, acuérdate que me diste la vida. Vuélvese Apeles al paño. ¿Y ese es motivo para obligarme a quererte? Claro está porque quien hizo un beneficio, quedó obligado al beneficio: dar una cosa y quitarla, una vez dada, es estilo muy villano. ¿Por qué piensas que vive cuanto ves vivo? Porque los dioses, que fueron quien les dio la vida, han sido los que a esa conservación se obligaron. Sale Apeles. Señor. Dilo. Estatira hacia allí viene. Irla al paso determino; y pues yo a lo mismo vuelvo vuelve también tú a lo mismo. Vase Alejandro. ¡Quién en igual confusión de dos amantes se ha visto! Si de haberle dado vida te hace cargo tan preciso, ¿cuánto más que haberla dado es haberla recibido? Si él te la debe a ti, tú me la debes a mí: indicio más noble que de obligado fue siempre el de agradecido. Es verdad, mas ¿cómo puedo serlo yo, si desperdicio se hace el agradecimiento? Sabe el cielo si le estimo. ¿En qué he de verlo yo? En sola una cosa que te pido. ¿Qué es? Que porque más no pierda que lo que pierdo en oírlo... Di. Ningún favor me hagas, que yo me doy a partido de que nada en mí sea amor porque todo en ti sea olvido: tan a nadie quieras que ni a mí me quieras. Sale Alejandro. No he visto por aquí a nadie. Debió de echar por otro camino. No es sino que yo estoy loco, pues de otro loco me fío. Retírate de aquí, y no me vuelvas con otro aviso. ¿Quién creerá que su favor es mi mayor enemigo? Vase. ¿Quién creerá que el desdeñado ausente al aborrecido? Volviendo a cobrar, Campaspe, de aquel mi discurso el hilo, que no es baja frase, puesto que es frase de laberinto... dentro Estatira a una parte. Mudad de tono y de letra. dentro Siroés a otra parte. Mudad de letra y sentido. Sale Apeles. Estatira y Siroés por aquí vienen. ¿No he dicho que mis delirios me bastan sin creer a tus delirios, y que aquí no vuelvas? Yo pienso que en esto te sirvo. Loco está, no hagas dél caso; y así, segunda vez digo, que por más que ingrata acudas a tus desdenes esquivos, siendo escollo a los embates de lágrimas y suspiros, he de esperar tus favores sin que me dé por vencido a que no ha de haber mudanza, pues que por algo se dijo... dentro un coro a una parte. Escollo armado de hiedra, yo te conocí edificio... No está tan loco, señor, como a ti ha parecido, Apeles, pues es verdad que hacia aquí Estatira vino, y pues te debo el reparo de que no te vean conmigo, débate la ejecución: vete, llevando sabido, que aunque a siglos tu deseo mida el tiempo amante y fino. en mí no ha de haber mudanza, que no ha de ser mi albedrío... dentro otro coro a otra parte. Lejos. ...ejemplo de lo que acaba la carrera de los siglos. Mira si hacia esotra parte Siroés viene. Irme es preciso por no despertar sospechas. Viven los cielos divinos, aunque delito parezca valerme he de otro delito, que pues no me vale el ruego ha de valerme el arbitrio. Vase. ¿Y los dos en qué quedamos? En que leal determino, que siendo tú lo que pierdo piensen todos que es el juicio. Aunque de tu amor me ofendo, quizá de tu honor me obligo, viendo que de puro noble, sin razón y sin aviso... Más cerca. De lo que fuiste primero estés tan desconocido... ¿Qué mucho todos por loco me tengan, si yo lo afirmo siempre que a mi pensamiento “No me estés cuerdo”, le digo, trayéndome a la memoria el favor sino el olvido, para que dél muera, pues solo el instante eres mío... ...que de ti mismo olvidado no te acuerdas de ti mismo. Mucho se acercan, tampoco a ti te vean. No miro por dónde escapar, que tienen tomados ambos caminos. Entre estas ramas te esconde, mientras pasan. Imagino que tú me descubras. ¿Cómo? Como alumbrando este sitio... Ya fuiste lisonja al sol y de sus rayos registro Escóndete, que no haré, que hacen muy lentos, muy tibios rayos que no abrasan. Sí hacen, sino que están a impedirlos muchas nubes. Mira que llegan ya. Desde este sitio seré, mirando tus ojos, en sus hojas escondido... ...si cortesano del bosque, de las estrellas vecino Escóndese Apeles, y salen todas las damas y músicos cantando. Campaspe, ¿qué soledad es esta? ¿Tanto retiro de nosotras? Un discurso ocupado y pensativo en sus penas, solo halla en la soledad asilo. ¿Pues qué tienes? ¿La memoria de mi casa no es preciso que me deba algún cuidado? Y así a las dos os suplico me deis licencia de que a ella vuelva, pues ya miro aquel pasado suceso tan entregado al olvido que nadie se acuerda dél. Como el irte haya nacido de tu conveniencia y no de poco agasajo mío, tuya es tu elección. El cielo sabe que en el alma imprimo vuestros favores, ansiosa de que no pueda servirlos, pero sabré agradecerlos siempre que a vuestro servicio mi vida importe. Los brazos nos da, y a Dios. (Hado impío, ¿qué ausencia será esta?, ¿quién alcanzará sus designios?) (Esto es hurtarme a Alejandro; no ha de saber donde asisto.) Al entrarse salen unos soldados con armas. Hermosa Campaspe, espera. ¿Qué queréis? Fuerza es decirlo, bien que a mi pesar. Soldados, ¿qué armas, qué gente, qué ruido es aqueste? Perdonadme, señora, que a haberos visto aquí, no llegara; pero ya que llegué me es preciso decir el orden que traigo. De Teágenes un hijo a pedir justicia viene de Campaspe, y como ha sido justo a la segunda parte guardar el segundo oído, aunque de Alejandro ya tiene el perdón conseguido, para que dé sus descargos es fuerza parezca en juicio: presa me mandan llevarla. ¡Qué oigo! ¡Qué escucho! ¿Advertidos no fuera bien que esperarais que no estuviera conmigo para intimarla ese orden? Sí señora, mas ya he dicho, que no os vi. Pues ya me veis, y si no tratáis de iros... No, señora, hagáis empeño por mí, que de mi delito la razón me pondrá en salvo. Aparte. (La hora de irme no miro, por no empeñarle otra vez.) Y así a cuantos me oyen pido, desde la cumbre del monte hasta la falda del risco, nadie en mi defensa salga, que aunque voy presa yo fío que voy en mi libertad, pues voy yo misma conmigo; vamos, soldados. Vase Campaspe y los soldados, y sale Apeles. Espera, que no sabes el peligro Campaspe, a que vas. ¿Qué es esto? Correr a mi precipicio, viendo a Campaspe en poder de Alejandro y sus ministros. Descubriose la maraña. Dio la tramoya consigo en tierra. ¿Pues cómo vos osáis estar escondido en esta parte? No sé, mas sabrelo si la libro del riesgo a que va. Detiénenle. Teneos, que lo que yo no consigo por mí queriendo ella ir presa por vos no he de conseguirlo. No os importa tanto a vos como a mí. Aunque me hayan dicho su despecho en no empeñaros, vuestro arrojo en descubriros, que aunque al vivo la pintáis, pintáis su amor más al vivo. Sale Diógenes, y viendo gente se detiene. Vuelvo a buscar aquel joven para ver si algo averiguo. Tengo de saber qué es esto. Ya de vista se ha perdido. Con unas damas está: ¿quién hallara algún indicio? No habéis de seguirla. Detiénele. Cielos, en vano el dolor resisto. ¿Qué es esto, digo otra vez? Yo otra vez y otras mil digo que es que voy a ver y ciego, que es que voy a hablar y gimo. Temblando. ¿Ahora enmudecéis? ¿Ahora calláis? ¿Ahora suspendido las articuladas voces trocáis en mudos gemidos? ¿Qué pasmo fue, qué letargo, el que yerto, helado y frío os ha dejado? ¡Ay de mí! ¿Qué es esto que mis sentidos ha turbado de manera, que ni oigo, ni hablo, ni miro? ¿Qué espero? Piérdase todo, pues que todo se ha perdido; fuego, fuego, que me abraso, que me ahogo, que me aflijo. Arroja los vestidos. ¿Qué hacéis? Arrojar la ropa, viendo arder en tan activo incendio de mi cadáver todo el humano edificio. ¡Piedad, cielos divinos, mas ay, que más que apague el llanto mío el aire encenderá de mis suspiros! Él está loco, huye dél. Vase. Todas haremos lo mismo. Vanse las dos. Llegó a su extremo el furor. Vase. Atiende, discurso mío: quizá dirá su locura lo que su razón no dijo. ¡Piedad, cielos divinos, mas ay, que más que apague el llanto mío el aire encenderá de mis suspiros! Sale Chichón. Si no me engañan los ecos hacia aquí su voz he oído. Señor, ¿es hora de hallarte? ¿Cómo desnudo te miro? ¿Has jugado a la pelota? ¿Vienes de nadar del río, o vas a esgrimir? No es, no es sino que en el navío, que en el mar de amor sulcaba rizados campos de vidrio, tormenta corrí de celos, y en sus ruinas encendido, Etna soy, rayos aborto, Volcán soy, llamas respiro. ¡Piedad, cielos divinos, mas ay, que más que apague el llanto mío el aire encenderá de mis suspiros! ¿Qué navío ni qué haca?, ¿qué mar ni qué desatino?, ¿qué tormenta ni qué alforja? Vuelve a cobrar tus vestidos, espada, capa y sombrero, Recoge los vestidos. pero no cobres el juicio, que dizque está bien hallado quien le tiene bien perdido. Pues nadie mejor que yo; y porque lo creas, ¿has visto a Campaspe? Sí, señor. ¿Dónde estaba? En mi vestido, que como para picaños el peinador no se hizo, al peinarme esta mañana, todo de caspa teñido le vi a modo de nevado pero no a modo de limpio. Calla, calla, que no entiendes mi dolor... Lo que te digo es que si has visto a Campaspe en poder de un dueño impío, que no valiéndole el ruego el engaño le ha valido. (Seguirle quiero el humor) ¿No quieres que la haya visto si ella y ese ingrato dueño, haciéndose mil cariños, él iba a caza de mirlas, y ella a caza de chorlitos? Mientes, mientes, porque presa la tienen. ¿Pues no es lo mismo estar presa que ir a caza? ¡Viven los cielos divinos, que te ha de costar la vida, villano, el no haberla visto! No costará, porque yo huir sé desde tamañito. Mas ¿quién está aquí? Al ir huyendo de Apeles, y él siguiéndole, da con Diógenes. Yo soy. ¿Pues qué hacéis aquí escondido vos, viejo honrado? Cógele del brazo. Eso sí, ríñele muy bien reñido, que es mucha filosofía acechar sin ser vecino. (Quiero, entre tanto, llamar gente para reducirlo a casa.) Vase Chichón. Yo señor, ¿cuándo? No, no tenéis que eximiros. (¿Quién me metió en venir, cielos, de la quietud en que vivo a dar en manos de un loco?) ¿Pensáis que no os he entendido que queríades saber que el sol que idólatra sigo, es Campaspe y que es Campaspe a quien Alejandro quiso, a cuya causa por no ofender al dueño mío entre un amor y un respeto, falso amante, criado fino, me dejé morir, trocando sus favores a desvíos, sus agrados a desdenes y sus memorias a olvidos? Pues no, no habéis de saberlo, porque yo no he de decirlo. ¡Piedad, cielos divinos, mas ay, que más que apague el llanto mío el aire encenderá de mis suspiros! Vase Apeles. Bien esperé que el furor dijera lo que no dijo el dolor; y pues acaso a las manos se me vino el desengaño de todo, diré que yo lo he sabido por mis ciencias, a Alejandro, pues contra achaques del siglo hasta la ciencia es forzoso valerse del artificio. Vase. Salen Alejandro y Efestión. Estas dos nuevas, señor, a un mismo tiempo han venido. Ambas de pesar han sido, y no sé cual es mayor. Roxana murió. El furor del mar, como la presuma Venus de Chipre, con suma violencia quiso en su esfera que una de la espuma muera si otra nace de la espuma. A esto se llega enviar Darío cuanto pediste, porque imposible creíste que lo pudiese juntar, en rescate singular de sus hijas, con que ha sido fuerza, habiendo prometido que libres no se han de ver, o tu palabra romper o faltar a lo ofrecido al gran Júpiter. Y di, entre uno y otro pesar, ¿sabéis si han ido a buscar a Campaspe? ¿Tanto en ti puede una pasión que así todo lo olvidas por ella? ¿Qué te admiras? Si mi estrella tan poderosa es que no pierdo nada como yo no pierda a Campaspe bella: en llegando a amar no hay fama, no hay aplauso, no hay blasón, honor, vida, alma, ni acción, que no sea de la dama que por entonces se ama, y así aunque frustrados veo un fin y otro, en este empleo de ambos el despique fundo. ¡Quién creerá que cabe un mundo donde no cabe un deseo! Salen al paño Campaspe y soldados. Aquí has de esperar, que aquí la audiencia ha de ser. Vanse los soldados. Sí haré, pues de mi justicia sé que ella volverá por mí. ¿Pero no es aquella? Sí. Pues por si al llegarse a ver engañada en mi poder, acudiere su pasión a las lágrimas, que son las armas de la mujer, harás, porque no se entienda el menor eco del llanto, que de la música el canto suene al umbral de la tienda, cuyas cláusulas pretenda la armonía acompañar del estruendo militar, pues sin dar sospecha han sido salvas que ya han divertido otras veces mi pesar. Vase Efestión. ¿Divina Campaspe bella? Dame, gran señor, tus pies. ¿Tú aquí? Pues ¿qué es esto? Es sobre el rigor de mi estrella la fuerza de una querella, que aunque ya tu perdón vi presa me trae. ¿Presa? Sí. Engáñaste, que es error. ¿Cómo? Como siendo amor quien se querella de ti no hay que temer la crueldad de la prisión suya, pues de quien él querella es de quien está en libertad, no de quien su voluntad presa tiene; y siendo así que tú eres la libre aquí, yo el preso, tu temor en mí está, no en ti. Es error, que si un temor (¡ay de mí!) pierdo, otro cobra mi fama, al ver traición la prisión. Lo que en paz fuera traición ardid en guerra se llama. Traición es cuando disfama las sacras leyes de amor. Canta la música a un lado, suenan las cajas y trompetas a otro lado, y los dos representan todo a un tiempo. dentro. En repúblicas de amor es la política tal, que el traidor es el leal y el leal es el traidor. Bien por mí te ha respondido voz que publica constante que no ha sido leal amante el que a vencer un olvido traidoramente no ha sido. Antes respondió tan mal que me ha dejado mortal, oír que en odio de honor... dentro. ...en repúblicas de amor es la política tal. La caja. Ya son tus quejas en vano. Quiere asirla la mano. Detén la mano, porqué si antes mi delito fue el dar la muerte a un tirano en defensa de mi mano, ahora lo será, señor, no dársela. Tu rigor baste, pues en lance igual... dentro el traidor es el leal y el leal es el traidor. La caja. Como luchando los dos. Advierte... ¿Qué he de advertir? Mira... ¿Qué puedo mirar? Que ayer me libró el matar y hoy me librará el morir. Quiere sacarle la espada, y él lo impide. No hará. Válgame el pedir a cielo y tierra favor. Su voz confunda el rumor. La música, las cajas y la representación todo a un tiempo, y dicen dentro. En repúblicas de amor es la política tal, que el traidor es el leal y el leal es el traidor Ni eso te valdrá tampoco. dentro Mentís todos. dentro. Guarda el loco. dentro Teneos. He de entrar. Sale Efestión. ¿Señor? ¿Qué es esto, Efestión? ¿Qué voces a una y otra parte varias, demás de las que he mandado, de instrumentos y de cajas, son las que se oyen? Apeles, a quien furioso llevaban a su albergue unos soldados, escuchando lo que cantan, diciendo, embistió con todos, que es mentira que no haya lealtad en amor, a tiempo que Diógenes la entrada de tu tienda solicita sin que le impida la guarda. Retírate tú a esta puerta hasta que sepa qué causa a los dos mueve. Retirase Campaspe al paño. Fortuna, ¡quién (¡ay infelice!) hallara por donde escapar! En vano lo intento, porque cerrada está por aquí la tienda; fuerza es esperar. Sale Diógenes. Las plantas me da, señor, en albricias de que ya mi ciencia alcanza el accidente de Apeles. Si en otra ocasión llegaras fueras más bien recibido; mas ya que llegaste, habla, di ¿qué accidente es? Amor. Sino dices más, no basta para que te crea, pues esa fue la primera palabra que dijiste, y no por eso fue cierto, y como no añadas más, lo mismo será agora. ¿Bastará decir la dama y el competidor? Sí. Pues si eso es todo lo que falta al crédito de mis ciencias y a sus conjeturas sabias, aunque yo no la conozco, perdone esta vez su fama. La dama es Campaspe, y tú el que de celos le mata, de suerte que amor y celos son de sus penas la causa. ¿Qué dices? ¡Ay infelice! ¡Cielos, la suerte está echada! Que es Campaspe a quien adora. No prosigas, calla, calla, que en ti porque me lo dices más que en él porque me agravia, pues ya es cómplice al dolor quien el dolor adelanta, tengo de vengar mis celos. Empuña la daga, y detiénele Efestión. Advierte, señor... Bien pagas su fineza y mi fineza. ¿Qué fineza, si tirana tu voz, su intención traidora, me han dado la muerte ambas? ¡Ay de quien sobre sí, cielos, todo este escándalo aguarda! La suya, pues es tan grande, tan noble, tan leal, tan rara, que a despecho del favor que quizá en Campaspe halla, se deja morir por no ofender la confianza, respeto y decoro, que tan a su costa te guarda. La mía pues que te pongo en ocasión de que hagas una acción tan generosa como agradecer las ansias del que en abono de todos los que encarecen que aman, diciendo que amantes pierden por su dama el juicio, anda tan fiel contigo y con ella, que en las desdichas que pasa pierde por la dama el juicio y por ti el juicio y la dama. No con razones me arguyas sofísticamente falsas, que no hay en celos razón mayor que el que no la haya; y así en ti agora, y después en él, si es que ella le ama, que yo lo sabré, mis celos vengaré. ¡Qué oigo! Repara... Detiénele Efestión. Buena ocasión se ofrecía de volver a la pasada cuestión de cual de los dos es más invicto monarca. ¿Cómo? Como si antes de ahora no creía a quien contaba que esclavo de tus pasiones la destemplanza te agrava, la lascivia te posee y la ira te arrebata, ahora lo creo, al mirar lo que una afición te arrastra; y siendo así que esa ira, ambición y destemplanza, lascivia y envidia, yo esclavas traigo a mis plantas, ¿cuál será más poderoso, yo, que mando a quien te manda, o tú, que sirves a quien me sirve a mí? Con tan clara consecuencia, logra agora mi muerte, pero al lograrla, mira quién eres pues eres esclavo de mis esclavas. Híncase de rodillas. A tanta osadía, no tengo de impedirte ya. Él le mata. ¿Mira quién eres pues eres esclavo de mis esclavas? ¿Tanto una ciega pasión desluce el decoro, ultraja el respeto, que ocasiona a que pueda cara a cara atrevérsele la voz de un mísero, en confianza de que diciendo verdad la muerte no le acobarda? Pues no ha de ser, no ha de ser, que no ha de decir la fama que dijeron a Alejandro de Diógenes las canas “mira quién eres pues eres esclavo de mis esclavas”, sin que tratase enmendar de sus defectos la causa. Alza, Diógenes del suelo. ¿Cómo tan afable le habla? Y dime otra vez, ¿por mí Apeles muere con tanta fineza, que leal y noble, aunque Campaspe le ama, a Campaspe olvida? Él mi amor averiguar trata. Guarda el loco, guarda el loco. Esas voces lo declaran mejor que yo. Dejad que entre. Sale Apeles desnudo, Chichón con los vestidos y otros deteniéndole. Pardiez, aunque lo estorbara todo el mundo entrara yo sin que tú me lo mandaras, porque al que pide justicia no ha de haber puerta cerrada. Y más cuando una locura le sabe falsear las guardas. ¿Pues de quién justicia pides? De esos que infieles te cantan que en repúblicas de amor la política es tan mala, que el traidor es el leal, porque yo sé que se engañan, y que hay lealtad en amor tan grande... pero esto basta, que no quiero que la sepas, porque parece que falta a la fineza el que hace la fineza con jactancia. Repórtate, y pues está tu queja tan bien fundada, yo te guardaré justicia. Ea valor, la más alta victoria es vencerse a sí, no diga de ti mañana, la historia, que toda es plumas, el tiempo, que todo es alas, que tuvo en su amor Apeles más generosa constancia que yo. Si él por mí se deja morir con lealtad tan rara, ¿por qué, pudiendo él hacerla, no he de poder yo pagarla? ¿Campaspe? (Sin duda en él, y en mí se venga.) ¿Qué mandas? Que seas heroico asunto, que en láminas oro y plata, de mis liberalidades corone las esperanzas. Alábense otros que dieron, ya a las letras, ya a las armas, coronas, reinos, provincias, ciudades, templos y estatuas, que no ha de alabarse alguno que sacrificó a las aras de la lealtad mayor triunfo ni dio más, pues dio a su dama el día que en su poder o gustosa o no la halla. Dale, pues, la mano a Apeles, porque esposa suya vayas donde no te vean mis ojos; tú, Diógenes, repara en la dádiva mayor, si soy esclavo de esclavas o si soy dueño de mí; y tú mira la distancia que hay de tu amor a mi amor, pues tú me la das pintada y yo te la vuelvo viva, para que diga la fama que lo di de una vez todo, pues di la mitad del alma. Esto es querer apurar si es verdad que enamorada estoy de Apeles. Yo haré que mal la experiencia salga.) ¿Qué escucho? ¿Campaspe es mía? ¿Quién, cielos, con tan extraña novedad en mis sentidos me restituye a la clara luz del día? ¿Cómo estoy aquí así? Dame la capa, dame la espada, Chichón, y tu gran señor, las plantas, que no en vano te apellida dios la voz de tantas varias naciones, pues dar un cielo no es don de humano monarca, y tú Campaspe, la hermosa blanca mano me da. Aguarda. ¿No se la das? No. ¿Por qué? Porque no quiero que haga ferias de mi libertad tu vanagloria. Aparte. (¡Mal haya temor, que de puro fina quiere que parezca ingrata.) Dejo aparte que yo a Apeles no amo, mas cuando le amara, no dejara de sentir el desaire con que tratas a la que dices que quieres, que somos todas tan vanas que aun de lo que aborrecemos nos hace el cariño falta. ¿De cuándo acá fue el amor prenda para enajenada? ¿De cuándo acá el albedrío de un dueño a otro dueño pasa? ¿Es inquilino el afecto, para andar mudando casas, vecino ayer de una gloria, y huésped hoy de una infamia? ¿Es joya la inclinación, es la voluntad alhaja, es el deseo presea, ni menaje la esperanza, para hacer dádiva dellas, tan bajamente contraria, que da con un baldón yendo a buscar una alabanza? Liberalidad bien puede ser que sea dar la dama, pero liberalidad tan neciamente villana que piensa que lo da todo siendo así que es cosa clara que no da nada, porqué el día que no da el alma, ¿qué da en lo demás?, con que si presumes que le pagas de lo vivo a lo pintado el logro a Apeles, le engañas, pues si él dio un retrato, no le vuelves más que una estatua, porque el que sin albedrío con una mujer se abraza, logra pero no merece, consigue pero no alcanza, de suerte que no pudiendo, cuando la fuerza te valga, darle ni el alma ni el gusto, darle sin gusto y sin alma, todo lo que puedes es darlo todo y no dar nada. ¿Qué escucho, cielos, Campaspe así mis finezas trata? Paréceme que bien puedes volverme capa y espada, y volverte a jugador de pelota, pues es clara cosa que de borra y viento ya está el pelotero en casa, siendo de borra su amor y de viento tu esperanza. Por más que deslucir quieras mi acción noblemente vana, no has de poder, que una cosa es hacerla, otra lograrla; y así para haberla yo hecho, ¿qué importará que tú... dentro. ¡Plaza! ¿Qué es aquello? Que a tu tienda llegan con todas sus damas Estatira y Siroés. Vase. Ya como libres se tratan en fe del rescate, fuerza es que a recebirlas salga. Después diré lo que iba a decir; tú no te vayas hasta ver el fin. Vase. No haré, aunque de mi pobre estancia la ausencia siento. Vase. ¿Qué mucho? si quedó allá la tinaja, que aunque no es de vino hoy, haberlo sido ayer basta para que haga compañía; mas miren aquí qué caras; bien se ven que están reñidos pues que se han quitado el habla; veamos por cuál de los dos quiebra. ¿Para qué, tirana,... Luego vi que era él lo más delgado. ...para qué, ingrata, traidoramente apacible, cariñosamente falsa, alentaste tantas veces, ya amorosa y ya enojada, mis esperanzas, si habías el día que de pagarlas tuviésemos ocasión de engañar mis esperanzas? ¿Qué vitoria te promete un rendido, para que hagas suertes en él tan ociosas, como restituirle el alma para que con ella sienta tu rigor? Y así, ingrata, o vuélveme mi locura o tomate tú mudanza. Que me baldones permito de mudable, de liviana, y de inconstante (¡ay Apeles!) porque alcanzo que no alcanzas que quizá ha sido fineza el desdén de que te agravias. Qué fineza, si no es más que al verte de un rey amada, haber hecho fantasía del gusto, mostrando vana el que el ruido del poder suena siempre en consonancia? Si supieras que él quería, por tomar de ti venganza y de mí, saber no más si te amo o no, no culparas que hubiese sido cautela contra cautela la traza que halló mi amor, a pesar de mi amor. ¿Pues no importara menos que él me diera muerte, que dármela tú? ¿Qué gana mi vida, di, si porqué él no me mate me matas? ¿Luego fuera más fineza, a todo trance empeñada, arriesgarlo todo? Sí, que mejor le está a una dama ser fina que cautelosa. Cautela hay menos culpada de lo que fuera quizá la fineza. Es ignorancia. No es sino atención, ¿querías que mi amor le confesara y te diera muerte? Sí, que el día que mi honor salva ver que el día que seas mía, no toca a mi confianza interpretar los sentidos, sino entender las palabras; fuéraslo (¡ay de mí!) el instante que en darme muerte tardara: muriera feliz, no triste. Pues si eso es lo que te agrada, a tiempo estás que la mano que no te di... pero aguarda, Ruido dentro. que vuelven todos. ¡Oh cuánto perezosa se dilata siempre la dicha! Hecho un bobo estoy oyéndolos; ¿que haya habiendo amor de obra gruesa, quien gaste el de filigrana, todo retruécanos, todo tiquismiquis? Salen todos. Tu palabra es ley y cumplirla debes. Quien por cumplir una falta a otra, no yerra; y así es bien que el camino parta entre las dos. ¿De qué suerte? Que libre, Siroés, te vayas, llevando a Persia el tesoro que es el rescate de entrambas, y tú te quedes en Grecia. ¿Yo en Grecia? Sí, mas no esclava, sino esposa mía, supuesto que murió en el mar Roxana. La ventura agradeciera puesta, señor, a tus plantas, a no saber que Campaspe te tiene cautiva el alma, y entrar tropezando en celos justamente me acobarda. Habérsela dado a Apeles ese temor satisfaga, y porque lo veas, volviendo, Campaspe, a la acción pasada, a Apeles le da la mano. Sí haré de muy buena gana, ahora que es porque yo quiero y no porque tú lo mandas. Aunque deslucir mi acción intentes, no estés muy vana, que nada le das tampoco. ¿Cómo? Como si le amabas, es dar lo que ya era suyo darlo todo y no dar nada. Y pues esto ha sido un solo paréntesis de las armas, prosiga al Peloponeso el ejército la marcha, que he de cumplir el agüero venciendo naciones varias. Con esa satisfación, a tus pies estoy. Levanta. Yo he de quedarme contigo. Con Efestión casada. Y yo volverme a mi monte donde te ruego no vayas ni me llames otra vez, que no sabes lo que cansa esto de andar componiendo de amor y celos las ansias. Dichosa yo, que la vuelta daré a mi padre y mi patria. Más dichosa yo, que quedo al logro de mi esperanza. Dichoso yo, que he alcanzado ver el fin de penas tantas. Más dichoso yo, que libre quedo cuando otros se casan, y pues más desocupado estoy, humilde a esas plantas, seré quien pida por todos el perdón de nuestras faltas, aunque es darnos lo que es nuestro darlo todo y no dar nada.