Los tres mayores prodigios Comedia Famosa Personas que hablan en ella. Medea. Astrea. Sirene. Libia. Jasón. Friso. Teseo. Lidoro. Fedra. Ariadna. Flora. Minos. Libio. Pantuflo. Flavio. Dédalo Soldados Absinto. Sabañón. Un salvaje. El Rey. Los músicos. Criados. Deyanira. Neso. Floro. Licas. Hércules. Criado 1º. Criado 2º. Anfriso. Danteo. Clarín. Narcisa. Nise. Clorinda. Laura. Primera Jornada Cantan dentro, y sale Medea como escuchando y con ella Astrea, Sirene y Libia. Al templo altivo de Marte, en la gran isla de Colcos hoy consagra un peregrino el vellocino de oro. No es posible que mi furia sufra las voces que oigo: miente la música aleve, miente el plectro, miente el tono. ¿Qué ajena deidad celebra en este monte, que solo es templo de mi deidad y de mi belleza adorno? Como es consagrado a Marte este ameno bosque umbroso, vendrán todos a su templo. Eso es lo que siento y lloro: ¡que adonde mi culto tengo se acuerden de hacerle a otro, diciendo las dulces voces desos repetidos coros! Al templo altivo de Marte en la gran isla de Colcos hoy consagra un peregrino el vellocino de oro. Suenan chirimías y sale todo el acompañamiento, y detrás el Rey y Absinto, príncipe de Colcos, y luego Friso, galán, y delante de él trae una en una fuente el vellón de oro. Este es el templo de Marte, joven invicto y famoso, donde el cielo te ha traído a revalidar el voto. Entra en él, llega a su altar, que, pues yo a mi cargo tomo hoy apadrinarte, atento a tu gran valor heroico a todo he de acompañarte. Y yo agradecido a todo estaré mientras que viva. Detente, ignorante o loco peregrino, que primero que llegue tu intento a logro y el de mi padre y mi hermano, que apadrinan mis enojos, quiero que sepas que ofendes, aun cuando más religioso, mayor deidad que veneras, pues, cuando humilde y devoto a Marte ese vellocino sacrificas por despojo del mar, me ofendes a mí con el sacrificio propio. ¿A la soledad inculta que yo para mí me tomo, haciéndola ruda escuela de tantos estudios doctos, osado –¡muero de rabia!– te atreves –¡rabio de enojo!– a sacrificar a Marte, haciéndome a mí este oprobrio? ¿No basta, injusta Medea, que, negando a tu decoro los reales blasones, vivas este inculto, este fragoso monte con tus damas, donde son de tus estudios locos libros esas once esferas encuadernadas a globos, sino que también presumas con pensamiento ambicioso que te deben sacrificios como a Marte y como a Apolo? No la ofendas; yo sabré responderla de otro modo. Hermosísima Medea, aunque advertido conozco que el sacrificio te debo, en fe de lo cual me postro a tus pies, no es ya posible dejar de hacer venturoso este rendimiento a Marte que le ofrecí, escucha cómo: huésped de aquestas montañas, estranjero destos golfos llegué a tus plantas; verás si con disculpa te enojo. Atamas, rey del Oriente, de Neifile hermosa esposo, tuvo dos hijos en ella, a mí, que Friso me nombro, y a Heles, una hermana mía, en cuyos divinos ojos se miró con lo entendido calificado lo hermoso. Muerta mi madre Neifile, su segundo matrimonio celebró, de quien tercero un hechizo fue amoroso. Nerida, pues, al instante, o como ambiciosa o como cruel o como madrastra –que en esto lo digo todo–, a los dos aborreció con tal rencor, con tal odio que estaban de nuestra sangre hidrópicos sus enojos. No repito los desdenes que ejecutó rigurosos, pues hoy bastará de tantos como previno uno solo para crédito: este fue que, habiendo dado el agosto en vez de espigas aristas, en vez de mieses abrojos, sobornó a los sacerdotes de Ceres –¡caso espantoso, que aun no esté de una ambición lo divino sin soborno!–, haciéndoles que dijesen que del asedio penoso, ofendido todo el cielo, éramos causa nosotros; que como nos desterrasen de nuestra patria, en el propio instante remitirían los dioses el justo enojo, porque los pecados nuestros eran la aflicción de todos. Creyolo el reino y el Rey también lo creyó. ¡Ah, qué poco han menester contra un triste las desdichas en su abono para ser creídas, pues los sucesos lastimosos ya parece que se nacen abonados ellos propios! Ejecutando en los dos el decreto mentiroso de los dioses, nos llevaron al más inculto y remoto monte que, del mar sitiado, era un despoblado escollo. Aquí, pues, ministros suyos a mí y a mi hermana solos nos dejaron, compañeros de las fieras y los troncos. De aquellas, pues, acosados y no amparados de estotros, aun la tierra nos faltó, pues, huyendo temerosos, dimos con el mar, adonde era el riesgo más notorio. Quejámonos a los dioses, que nos oyeron piadosos –¡qué implicara en aquel caso el ser dioses y estar sordos!–, y, respondiendo suaves a los ecos lastimosos, a los míseros acentos una nube, que el favonio trujo pendiente del iris amarillo, verde y rojo, desplegó las rubias hojas, de cuyos senos Apolo llovió luces rayo a rayo, nevó rosas copo a copo. En ella venía Neifile, nuestra madre, que del solio de las diosas descendió a darnos este socorro. «Hijos –dijo– perseguidos en vano, cuando yo tomo vuestro amparo por mi cuenta; Júpiter, dios poderoso, para que a vivir paséis donde viváis más dichosos aqueste bruto os envía, en cuyos seguros hombros podáis fiaros al mar, como no volváis los ojos a esta tierra eternamente, pues en ese instante propio el mar, que es vuestro sagrado, será vuestro mauseolo». Y, cerrándose otra vez la nube, haciendo en mil tornos escarceos a suspiros y caracoles a soplos, se desvaneció, dejando orillas del mar furioso un ariete, cuya lana de oro era. ¿Humanos ojos cuándo vieron que se diese en traje de esquilmo el oro brillante? Pues parecía que en casa de tan hermoso signo siempre estaba el sol sin acordarse de esotros que en la faja son del cielo imaginados adornos. En él caballero yo, por gobernarle me pongo y con Heles a las ancas al salado mar me arrojo. Los cristales presumían, mirando en tan nuevo monstruo una hermosura robada, que Júpiter generoso se hizo carnero por Heles como por Europa toro. Desta suerte, pues, tocando ya del mar los senos hondos, ya de las blancas espumas los nevados promontorios, los dos vagábamos, cuando Heles con liviano antojo volvió a ver cuánto distaba la tierra ya de nosotros, y desvanecida al agua cayó, cuyo inmenso golfo, Ponto llamado hasta allí, ya con Heles de uno y otro para los siglos futuros tomó el nombre de Helesponto. Huérfano segunda vez, yo, que mis peligros noto, a Marte ofrecí el vellón si, frustrando tanto estorbo, amparo me diese; y luego, vencido el mar proceloso y puesto yugo a las ondas, puerto en tus estados tomo, donde el grande rey, tu padre, y tu hermano generoso me han albergado, y por quien tan grandes aplausos logro. Mira si al templo de Marte, revalidando mi voto, puedo dejar de ofrecer el vellocino de oro. Y no dudes que sea aceto a su deidad tan precioso don, aunque Medea, mi hija, muestre de escucharte enojo. Y así entra en el templo, y vuelvan dulces acentos sonoros. Al templo invicto de Marte en la gran isla de Colcos hoy consagra un peregrino el vellocino de oro. Vanse todos los hombres. ¡Que esto escuche! ¡Que esto vea! Por la boca y por los ojos áspid soy, ponzoña vierto; Etna soy, llamas arrojo. Poca ocasión has tenido para el despecho que noto. ¿Qué importa que a Marte ofrezca ese sagrado despojo? Si soy, bellísima Astrea, si soy, Sirene divina, yo la singular Medea, y en la esfera cristalina no hay deidad que mayor sea, ¿por qué ha de llegar aquí tan errado peregrino que no me consagre a mí el dorado vellocino y a Marte tremendo sí? ¿No le supiera ayudar yo mejor que él en la guerra? ¿No le supiera librar de las tormentas del mar y los riesgos de la tierra? Si fue voto que ofreció cuando no te conoció... Que nunca el voto cumpliera, pues Marte no le ofendiera cuando le amparara yo. No desprecies con rigor la deidad de Marte fuerte, que castigará tu error. Que en Marte ofendes advierte a Marte, a Venus y a Amor. Ni Marte con su poder, ni con su hermosura pura Venus, ni Amor con su ser, han de humillar ni vencer mi ser, poder y hermosura. ¿Qué hará Marte? Ver postrada tu fuerza. ¿Venus? Hacer tu hermosura desdichada. ¿Y Amor? Que llegues a ver tu altivez enamorada. Pues muestre Marte el furor, Venus y Amor el rigor, que no hayas miedo que tuerza mi altivez, beldad y fuerza, por Marte, Venus ni Amor. Dentro, ruido de tiros y armas. ¿Pero qué estraño ruido es este? Que te han oído las tres deidades parece y que cada una se ofrece ya al castigo merecido. Contra mí no tiene, no, fuerza todo el cielo. Yo su fábrica singular sola puedo trastornar. Dentro del templo se oyó el ruido. Sale Absinto alborotado. Absinto, ¿qué ha sido ese alboroto? ¿Qué ha habido dentro dese altivo templo? Un prodigio sin ejemplo hasta agora sucedido. A ver el fiero semblante del dios de las lides fuerte llegó apenas mi inconstante huésped, cuando al mismo instante todo el templo se convierte en un confuso rumor de armas, de asombro y horror, salva que hacía la tierra a la deidad de la guerra. Y al espantoso temblor, de una negra sombra impura entre sangriento arrebol manifestó su estatura Marte, bien como entre escura niebla se descubre el sol. «El don –dijo al peregrino– aceto con gusto tanto que guardarle determino, porque de mi templo santo nunca falte el vellocino». La piel hermosa tomó en su mano soberana y sobre un roble la echó. ¿Quién jamás al roble vio hojas de dorada lana? Y para guarda de tal tesoro, por que no intente robarle ningún mortal, puso en guarda una serpiente y dos toros de metal escupiendo viva llama con la vista horrible y hosca; cualquiera de aquestos brama, y aquella al árbol se enrosca, hecha corteza de escama. Un gran salvaje arrogante, de verde hiedra cubierto, a los tres puso delante, por que con su vista espante, discurriendo este desierto; de manera que no ignoro que, guardando este tesoro, con todos ha de lidiar el que intentare ganar el vellocino de oro. Mirad si Marte temió mi furia, pues que trató de guardar y defender de mi invencible poder esa piel que le ofreció el náufrago peregrino. Vuelven a salir todos. Pues así Marte divino, a mis fortunas atento, acetó el ofrecimiento del dorado vellocino, fiestas a su nombre hagamos. Alabanzas le digamos. ¡Qué otros que son mis estremos! Cantemos todos. Cantemos. Sintamos, alma, sintamos. Al templo invicto de Marte en la gran isla de Colcos hoy consagra un peregrino el vellocino de oro. Estando cantando suena un clarín. Esperad, que otro acento más errado segunda vez el viento ha suspendido. ¿Qué novedad te puede haber turbado, si de un clarín no más el eco ha sido? Haber ese clarín dentro sonado del mar, donde clarín jamás se ha oído; torcidos caracoles sí, que apenas los inspiran tritones y sirenas. Eco, ninfa vocal, que al aire yerra, al mar se habrá llevado algún acento. En los montes no más Eco se encierra –que eco no puede haber donde no hay viento– en lo hueco de un monte o de una sierra dando albergue a su mísero lamento; fuera de que es error querer veloces los ecos escuchar y no las voces. Ya son más los asombros prevenidos dentro del mar, mayores los enojos, pues que la admiración de los oídos a admiración se pasa de los ojos. ¿No veis estos y aquellos confundidos con los nuevos fragmentos y despojos que el mar nos trae a ver nuestro horizonte? ¿No veis andar sobre la espuma un monte? No es monte aquel, porque, si monte fuera, se fuera a pique; y pues noticia tuve de que tal vez la nube más ligera al mar sedienta baja y llena sube, calándose hoy al mar desa manera, hidrópica sin duda alguna nube, del cefiro traída, que la mueve, para llover el mar, el mar se bebe. No es nube aquella, no, que es desatino, pues ni el viento ni el sol nos la deshacen; pájaro sí, y aun pájaro marino de los que para asombro del mar nacen. El acento que oímos ya imagino que es el canto que aquestas aves hacen, y, si acaso por tal no le señalas, mírale sacudir las blancas alas. No es pájaro, que un pájaro no sabe más que volar y este nadando viene; luego es pez, pues camina tan suave sobre la espuma que por patria tiene. No se aleja del monte tanto un ave; el pez sí, luego pez se nos previene, pues con tranquilidad, con paz tan suma, como en su patria está sobre la espuma. Todos han dicho bien: montaña ha sido, pues con árboles tantos ha vagado; nube, pues con el viento se ha movido hidrópica a beberse el mar salado; pájaro, pues las alas ha batido; pez, pues sobre las ondas ha nadado; y montaña, nube, ave y pez engaña, pues no es pez, ave, nube ni montaña. Sin ver qué es, acercándosenos viene. ¿Qué defensa a tan fiero monstruo haremos? Las alas recogidas ahora tiene. Más le admiramos cuanto más le vemos. Y nuestra admiración, que nos detiene, hace que aquí sus furias esperemos. Huyamos, que el que el mar tan veloz yerra, ¿cómo andará en llegando a tomar tierra? Aguarda, que en las ondas se ha quedado. Y de su vientre a tierra va escupiendo de hombres agora un escuadrón armado. Sin duda que, ofendido Marte horrendo, contra ti aqueste ejército ha enviado. ¿Qué importará, si soy quien os defiendo? No temáis, que yo sola le haré guerra. Todos armas tomad. Pónense ellas con arcos y ellos con las espadas, y sale Jasón y gente. Dentro A tierra. A tierra. Hombres hijos de la espuma que esa marítima bestia sorbió sin duda en el mar para escupir en la tierra, si a vengar venís acaso aquella pasada ofensa que a Amor, a Venus y a Marte ocasionó mi soberbia, no esperéis más, que yo sola con este arco y estas flechas, primero que del ingenio me he de valer de la fuerza. Hermosa mujer –perdona si no he dicho deidad bella, que tu temor de deidad ha desmentido las señas–, suspende el fuego a los ojos, afloja al arco la cuerda y a tu imitación envaine el acero su violencia, que de paz vengo a tu patria; no vengo, no, como piensas, a vengar de ningún dios el deservicio o la queja. Si te admiras de que salga hoy de una selva a otra selva y que sobre las espumas a estranjeros climas venga, no de los dioses milagro ya le dudes ni le creas; prodigio sí de los hombres, pues le da esta diferencia cuanto es estar o no estar en la gran naturaleza. Esa águila de lino, ese delfín de madera, ese peñasco de troncos, esa montaña de velas, ese portátil pensil de flámulas y banderas, esa población de jarcias y república de cuerdas marítima casa es: en sus entrañas alberga varios huéspedes que, errando con sus familias enteras, estraños climas visita, zonas discurre diversas, remotos mares trasciende y ignotos senos penetra; sus pisadas en las ondas, sin dejar ninguna huella, dejan el camino abierto por donde seguros vengan los que quisieren seguirle, que de sus borradas sendas cuanto pisó por espumas deja escrito en las esferas. En ellas corre fiado el que en cetrería tan nueva lleva los pies en las ondas y la vista en las estrellas. La discreción de los vientos es quien la trae y la lleva al arbitrio del piloto que la rige y la gobierna, que, como dorado bruto sujeto a ley y obediencia, con el freno del timón le para a raya sin rienda, si ya no es que desbocado o tal vez se desespera chocando o tal vez deshecho es tumba, la quilla vuelta. El artífice excelente de aquesta náutica ciencia Argos se llama y Argos la nave también. En ella hoy al Asia vengo en busca de un traidor que hurtada lleva al mayor amigo mío la más estimada prenda, que, aunque no tuvo otra nave, pues solo en el mundo hay esta, pudo llegar hasta aquí fiado en sus disformes fuerzas. La mano y palabra he dado de vagar desta manera hasta hallarle, haciendo altivo que se den con estrañeza paso a África, Europa y Asia. Esta es mi venida y esta la causa que me ha traído a tus pies. Y, por que sepa qué clima vivo y a quién por mujer o deidad deba tener en esta ocasión rendimiento y obediencia, dime tu nombre y el nombre desta isla. Y, pues en ella he de buscar generoso al dueño de aquesta ofensa, para vivir en tu patria de paz te pido licencia. Primero argonauta, a cuyo valor, a cuya experiencia el orbe deberá ser, ya común, toda la tierra, cuando, frecuentando el mar, de tales fábricas sean poblaciones sus campañas hasta este punto desiertas; tú que a la codicia abriste la más anchurosa puerta, pues ya no estará segura de la ambición y soberbia del hombre ninguna parte del mundo, que, hallada esa portátil puente que al mar los crespos cristales quiebra, no habrá tan oculto seno, no habrá mina tan secreta que el deseo no examine y que la atención no inquiera; tú, pues, que con tanto riesgo hoy el mayor monstruo enfrenas y, levantando en su espuma montañas de nieve y perlas, tocas de aquestos umbrales lo sagrado, bien se deja conocer de cuán remotas provincias vienes a esta, pues que no me has conocido. Mas, remitiendo esta queja, te diré quién soy, si ya no te lo han dicho las señas. Este monte a que has llegado es una región entera del Asia, a quien hace sombra del Cáucaso la grandeza: llámase Colcos. Oetes, en cuya augusta presencia agora asistes, es quien su república gobierna, no augusto tanto porque en ella absoluto reina como por ser padre mío, que es más imperio y grandeza que poseer los imperios del sol, pues a mi obediencia está cuanto el sol abrasa y cuanto la luna hiela, porque yo soy... En oyendo mi nombre, verás si es cierta esta vanidad, aunque ya el decirlo es imprudencia, pues que ya te lo habrá dicho la fama que veloz vuela, sólo para hablar de mí llena de plumas y lenguas. Aquel pasmo soy del mundo, aquel horror de las fieras, escándalo de los hombres, y de las deidades bellas asombro, porque yo soy la sabia y docta Medea, a cuyo mágico estudio son caracteres y letras en la campaña las flores y en el cielo las estrellas. De la astrología pasando a la magia, el aura mesma puntado libro es que ocultos secretos me manifiesta. La nigromancía examino en cadáveres que encierra el centro cuando a mi voz los esqueletos despiertan; la piromancía, que en fuego ejecutó su violencia, me escribe en papeles de humo varias cifras con centellas. A mis mágicos conjuros todos los infiernos tiemblan y sus espíritus tristes, sus lóbregas sombras negras, sus profundos calabozos, oprimidos de la fuerza del encanto, a mis preguntas dan equívocas respuestas, a cuyo estudio entregada, a cuyo ejercicio atenta, es mi patria aqueste monte y mi palacio esta selva. En él tengo mis imperios y mi majestad en ella, donde son vasallos míos esos troncos y esas peñas. En aquesta soledad vivo siempre más contenta, que hallarme hoy acompañada de tantas gentes diversas ha sido acaso, porque ese joven –que a esta tierra vino con no menos pasmo que tú, pues le trujo a ella también por el mar mejor nave, pues la suya era un ascua de oro que nunca del agua apagó la fuerza– hoy le sacrificó a Marte en ese templo, que ostenta tanta variedad, la piel en cuyas rubias guedejas se dio el sol hilado en copos, rayo a rayo y hebra a hebra, a cuya causa de gentes está esta campaña llena. Y, porque yo me quejaba de que sacrificio hiciera a otra ninguna deidad quien me tuvo en su presencia, pensé que Marte ofendido enviaba a hacerme guerra; y esta es la causa por que nos pusimos en defensa. Felice yo que he llegado donde tu hermosura vea y donde esté humilde siempre, señor, a las plantas vuestras. Levanta, Jasón, del suelo y a mis nobles brazos llega, que de tan heroico huésped ya son merecida deuda. No solo en mi patria quiero que te hospedes y detengas, pero contra tu enemigo, si acaso en ella le encuentras, armas y favor te ofrezco. En hora felice vengas, donde mi valor te sirva en todo cuanto se ofrezca. Yo, porque en fin las fortunas las amistades conciertan y, peregrinos del mar, son parecidas las nuestras, mi vida ofrezco a tus plantas. Mis brazos son la respuesta que a tales ofrecimientos debo. Venid donde vea mi corte qué nobles héroes quiere el cielo que merezca. Eso no, que, pues están hoy mis palacios más cerca, quiero a honor de aquesta dicha, señor, si me das licencia, que los que fueron horror a los peregrinos sean hoy albergue, haciendo en ellos saraos, convites y fiestas. ¡Gracias al cielo que un día tratable, Medea, te muestras! ¡No vi más rara beldad en mi vida! Poco hicieran sin belleza encantos, pues el mayor es la belleza. Vanse los hombres. Albricias puedo pedirte de ver desmentir las señas, que en la venganza de Marte, Venus y Amor juzgan cierta. Pues no me pidas albricias, porque voy pensando, Astrea, que Venus, Marte y Amor de otra manera se vengan, pues ya Marte en mis sentidos ha introducido otra guerra; Amor le ha prestado el fuego para sus máquinas; quieran los dioses que no haga Venus desdichada mi belleza. Vanse. Sacan mareado dos soldados a Sabañón. Sacalde a tierra. Quizá con el aire de la tierra volverá en sí. Desde el día primero, la hora primera que entró en el mar, desta suerte está, sin que hable ni sienta. Aquí le echad, que no habemos de estarnos desta manera por él, dejando de ir con Jasón. Aquí le deja y no nos perdamos todos, por que uno no se pierda. Vanse los dos. ¡Válgame Júpiter santo y qué notable tormenta que vamos corriendo! El cielo todo se anda dando vueltas. ¿Cuál demonio me metió sin aviso y sin prudencia en hacerme animal de agua, siendo yo peje de tierra? ¡Mal haya cabalgadura que no puede apearse della un hombre! Desta vez me hundo. Pero ¿qué digo? Ni desta ni de estotra acierto en nada, pues que caigo, y no en la cuenta. ¿Dónde estoy? ¡Válgame el cielo! ¿Es aquesto mar o selva? ¿Es aquesto suelo o nave? ¿Es aquesto espuma o yerba? ¿Ando o navego? Que yo, como si tomado hubiera tabaco en humo, así estoy borracho de la cabeza. Mas un tanto cuanto ya cobrado, si es que las señas deste sitio advierto, estoy en tierra; sin duda a ella mis compañeros me echaron por muerto. ¿Qué tierra es esta? Decid, dios Baco, pues sois mi abogado. Pero sea lo que fuere, no será tan ingrata como era el mar para mí. Aquí veo ya dos fábricas inmensas. Hacia esta me iré, supuesto que hallar piedad será fuerza en sus vecinos. Sale un salvaje vestido de hiedra con su maza. ¡Oh tú, que a aquestos umbrales llegas osadamente...! No llego yo sino usada. Si intentas del vellocino de oro llevar la rubia madeja por trofeo y eso es a lo que vienes, ¿qué esperas? (¿Qué rubia madeja de oro, dioses míos, será esta? Mas si dice que a qué espero, si acaso vengo por ella y es en fin de oro, yo quiero llevarla). Aquesa es mi empresa: la rubia madeja de oro tengo de llevar. Pues llega, que ya la escamada sierpe que en guarda suya está puesta se desenrosca del tronco, vibra el cuello, el pecho inhiesta y las dos alas sacude. Y diga usted, ¿no pudiera volverme por donde vine sin que tocara ni viera la rubia madeja de oro? Que tiene alianza hecha mi casa con toda sierpe y no puedo entrar con ellas en batalla. Entrarás, pues, si la sierpe te respeta, con los toros de metal que entre fuego y humo echan acónitos por la boca. Menos puedo esa pendencia emprender, si echan coritos, que son gente de mi tierra y amigos. Ya tú dijiste que a esto venías y es fuerza hacer batalla. ¿Y si yo no tengo batallas hechas? Bien se ve que eres salvaje. Concedo la consecuencia. Huye de aquí. ¿Ve vusted? Pues esta es la vez primera que me han dicho a mí que huya. ¡Qué cobardía tan necia! Vase. ¡Qué discreta cobardía! Porque ¿quién hay que se meta entre sierpes y entre toros, si cuando hay circo de fieras, desde dentro de mi casa aun tengo miedo a la fiesta? Si deste alcázar me salen salvajes luego a la puerta, ¿qué es lo que saldrá de estotra? Con todo, he de entrar en ella. Sale Astrea. ¿Quién sois, soldado? Seré quien vos quisiereis que sea. (Aun de aquestos salvajitos tomara media docena). ¿Sois criado de Jasón? (¡Gracias a Dios que hallo nuevas ya de Jasón!). Sí, señora. Pues estéis enhorabuena. A linda tierra he llegado. ¿En qué veis que es linda tierra? En que ha hablado una mujer cuatro palabras enteras sin pedir algo, que allá en la mía no se enseña a hablar ya, sino a pedir. Cualquiera que a decir llega: «Beso a vuesarced las manos», «Para aloja» es la respuesta. Si «¿Cómo está vuesarced?», dicen: «Para la comedia»; «¡Buenos días!», «Para guantes»; pues «¿Qué hay?», «Para una merienda». Que aun el ser cortés un hombre ya le ha de costar su hacienda. Buen humor tenéis. No es poco, que aun aqueso no nos dejan las damas allá sin que en malo nos le conviertan. ¿Cómo os llamáis? Sabañón, porque como a costa ajena la mitad del año. Pues por esa apacible selva Jasón fue a caza; buscalde y decidle que Medea... ¿Mi... qué? Medea. (Eso es malo). ¿Luego es aquesta la selva de una grande encantadora que allá la fama nos cuenta? La misma. (Ya son mejores los salvajes que las hembras). ¿Y es verdad, señora, que es... ¿Qué? ...grandísima hechicera? Sí. No me espanto, que allá también hay algunas viejas que hacen sus habilidades. Y direisle al fin que venga a su jardín esta tarde, que ha de haber una academia con que quiere divertirle. Yo no sé bien esta tierra y no sé dónde he de hallarle. No importa que no la sepas, que yo haré que por el aire vayas. Quien la tierra yerra, mejor el aire errará. La nube sabe la senda. Yo no me sé tener bien en nubes. No te detengas, que importa que vayas presto. Yo iré, como me concedas que me vaya por mis pies y no por nubes ajenas. Vase. Sale Medea. Dime, Astrea, ¿has avisado a los dos huéspedes? Sí, admirada al ver en ti tan apacible cuidado, tu festejo y tu agrado, habiendo hasta agora sido risco del mar combatido, roble azotado del viento, donde uno y otro elemento solamente hicieron ruido. ¡Ay, Astrea, que no sé qué letargo, qué furor, qué ansia, qué pena, qué ardor este que me aflige fue! Si letargo, ¿cómo hablé? Si furor, ¿cómo sin ira? Si ansia, ¿cómo no se admira? Si pena, ¿cómo apacible? Si ardor, ¿como arde insufrible y la llama no se mira? La llama de tus enojos que ya la he visto sospecho. Dime, ¿dónde está? En el pecho. ¿En qué la ves? En los ojos. Lágrimas son los despojos de mis ojos, pues, si llego a ver que en llanto me anego, ¿cómo tu discurso fragua ver el fuego por el agua cuando el agua dice fuego? Cuando se enciende, señora, verde un tronco, prende tarde y por un estremo arde y por otro suda y llora. Rebelde tu pecho agora a los primeros enojos de amor, da agua por despojos de fuego, y así sospecho que está ardiendo por el pecho, pues que suda por los ojos. Bien te quisiera ocultar que mi pecho el tronco fue que arde y llora, mas ¿por qué la voz te lo ha de negar, si te lo ha de confesar el silencio? Yo rendí mi altivez desde que vi a ese joven estranjero, que, venciendo el monstruo fiero del mar, tomó tierra aquí. Dos los huéspedes han sido que a esta tierra el mar ha echado, dos los que ese imperio helado han sujetado y vencido, ¿cuál es el que ha merecido esa dicha, ese blasón? Si dos los huéspedes son, presto el que quiero sabrás: el que favorezca más esta tarde mi afición. Sale por una puerta Jasón y los hombres, y por otra Friso y las damas. Una dama me avisó... Un criado dijo agora... ...que mandábades, señora, que viniese a veros yo. ...que viniese; me mandó a veros, que mi sentido queda al miraros perdido. Luego de vuestros agrados ya somos dos los llamados. Y ninguno el escogido. Yo a los dos mandé llamaros, porque en esta verde esfera donde siempre es primavera, ya que os ofrecí hospedaros, quiero a los dos festejaros haciendo entre su verdor una academia de amor con mis damas, porque intento dar algo al entendimiento: no todo ha de ser valor. Aunque no tenga lugar en ese ejercicio yo, por aprender algo no quiero al empeño faltar. Todos os podéis sentar, Siéntanse todos, damas y galanes, y queda Medea en medio, sola. que en una pregunta quiero empezar tan lisonjero festín. ¡Quién a ella supiera responder! ¡Quién ahora fuera en tus ciencias el primero! Friso... Mal en este día empiezas, si yo he de ser el que te ha de responder. Dale una banda. Tomad esta banda mía. El iris, que desafía a colores todo el mayo, y el sol padezcan desmayo al ver que aqueste arrebol compite al iris y al sol rosa a rosa y rayo a rayo. (Sin duda que Friso ha sido a quien favorece). (¡Cielos! ¿Antes que haya amor hay celos?). Vos, Jasón... (¡Estoy perdido!) ...dadme esa banda que os pido. A ser la eclíptica bella patria del sol, pues en ella siempre está, a esos pies rendida de vos se viera excedida, luz a luz y estrella a estrella. A Friso una banda he dado y de Jasón recibido otra; si hubiera querido manifestar yo un cuidado dentro del alma guardado, ¿cuál de los dos ahora fuera –responded– el que estuviera favorecido de mí? ¿Pues tiene duda que aquí yo el favorecido fuera? Duda tiene, porque yo soy solo el favorecido. Quien la banda ha recibido es el que el favor gozó. No es tal, sino el que la dio. Si yo en esto puedo hablar, las damas de mi lugar, para dar al que apetecen, estafan al que aborrecen: mejor es tomar que dar. Este cendal soberano a quien mi ventura fío ahora está en el pecho mío, habiendo estado en su mano: luego, que es favor, es llano. Sí, mas favor sin provecho, pues para el mío sospecho que el lugar desocupó, si el que en mi mano se vio se mira agora en su pecho. El dar es ilustre acción; acción baja el recibir, y, pues quiso prevenir darme a mí en esta ocasión y tomar de ti, en razón fundo que su gran belleza me honra a mí, pues con grandeza quiso que obligue a su lustre yo a hacer una acción ilustre y tú a hacer una bajeza. Si es bajeza el recibir y es ilustre acción el dar, en eso puedo fundar que me quiso preferir, pues al llegar yo a advertir que he dado y tú has recibido, verme a mí airoso ha querido y a ti no, luego ya en esto al que deja más bien puesto deja más favorecido. Recibir del superior no es desaire; antes arguyo ya que, como a esclavo suyo, me viste de su color. Eso me está a mí mejor, que, si te viste este día como a suyo, en tal porfía vencí, pues si esta librea a ti te hace de Medea, a Medea la hace mía. Eso no puede ser. ¿No? No, que yo no consintiera que de otro ninguno fuera dueño de quien fuera yo. Levántanse. Ninguno lo consintió y infinitos lo han llorado sin que lo hayan estorbado. Cuando aqueso a ser llegara, yo sé que yo lo estorbara. No siendo yo interesado. ¿Cómo habláis los dos así? Duelos del ingenio, no el acero los lidió. ¡Pluguiera al cielo que sí! ¡Mejor me estuviera a mí! Eso dudo. Esotro ignoro. ¿Así ofendéis mi decoro? Argüir y disputar no es reñir ni conquistar el vellocino de oro. Pues, por que veas que yo mejor que argumento, lidio, ya que esto no es conquistar el dorado vellocino, lo será ir por él y verle hoy a tus plantas rendido, quitándosele animoso de su roble a Marte mismo, que, aunque no es esta aventura la empresa que solicito, lugar se hará para todo después mi valor invicto. Perdone Hércules agora. Yo a esa empresa no te sigo, porque yo se la di a Marte y nunca lo que doy quito; pero, si tú le conquistas, en público desafío te le quitaré yo a ti. Vase. No lo que yo he dicho he dicho por empeñaros a tanto, que no más que acaso ha sido. Los acasos de las damas son acasos muy precisos. Sabañón, pues que tú sabes, según cuentas, el camino del templo, llévame allá, que tú solo has de ir conmigo. Señor, ya se me ha olvidado. Mira, Jasón... Nada miro. ...que te atreves... Poco importa. a mucho. Más es mi brío. Advierte... ¿Qué he de advertir? ...que en tu vida arriesgas... Dilo. la mía. Con eso me obligas a más, por lo que te estimo. Vanse. ¡Ay de mí! ¿Qué es lo que escucho? ¡Ay de mí! ¿Qué es lo que miro? Mas ¿qué discurro? ¡Ay, Astrea! ¡Ay, Sirene! ¿Qué imagino? Habiendo sido Jasón –ya poco importa decirlo– tirano de mis potencias y dueño de mi albedrío, darele ayuda, darele favor. ¿Para cuándo han sido mis estudios? ¿Para cuándo mis portentos y prodigios? Dadme, dioses infernales, palabras, yerbas y hechizos que esas fieras adormezcan, que venzan esos vestiglos. No se me opongan los cielos hoy a los intentos míos, porque haré que nunca el sol dore sus campos de vidrio, sino que padezca el día el último parasismo. Vase. Sale Jasón con escudo y espada, y Sabañón. Tú no debes de saber a lo que te has atrevido. ¿Puede ser más que a postrar terribles monstros esquivos que le guardan? ¿Y eso es poco? ¡Ay, señor! Este es el sitio. ¡Bárbara guarda del monte que corres este distrito...! Sale el salvaje. ¿Qué me quieres? Que desates esos disformes y altivos monstros, que con esta espada y este escudo he de rendirlos. Entra, pues. ¿Qué esperas? Entra dentro de ese breve circo donde ya los toros braman. Sabañón, entra conmigo. Soy ya muy grande, señor, yo para andarme a novillos, y bien sin lacayo ir puedes, pues rejones no he traído. No importa; solo entraré. Mi valor vaya conmigo Vase. ¡Ay, que ya se va acercando! ¡Mas, ¡ay!, que ya le han sentido los toros ya las pisadas! ¡Ay, que ya van a embestirlo! ¡Ay, que el encierro se ha errado, pues dos juntos se han corrido! Por que los dos no miremos sin reñir, tal desafío, riñamos los dos. ¿Los dos reñir siendo tan amigos? ¿Amigos los dos? ¿Pues no? ¿Qué es esto, dioses, que miro? ¡A sus pies sin que le ofendan los dos toros se han rendido! Pero no importa, no importa, pues que ya la sierpe vino arrastrando el medio cuerpo, bramando y gimiendo a silbos. Si fuera mi amo comedia, ya estuviera destruido. ¿Cómo es esto, Marte santo? Todo aquel horror esquivo acobardado, huye al verle. Luego lo hiciera conmigo. ¿Pues cómo, cómo os dejáis vencer, monstros atrevidos de Marte, de ningún hombre? Medea nos ha vencido. Esta traición de Medea iré publicando a gritos. Vase. Don de matasierpes tiene Jasón. Sale Jasón con la cabeza de la sierpe y el vellocino. Aunque hubieras sido, verde serpiente, la fiera que guarda el profundo abismo, a mi mano hubieras muerto. Ya el dorado vellocino es tuyo, Medea. dentro ¡Ay de mí! ¡Qué lastimoso suspiro! ¿Aún no habemos acabado? Sale Medea. Valiente Jasón invicto, pues de un peligro guardé tu vida, de otro peligro guarda la mía. ¿Qué es esto? Mi padre, al ver que te libro destas furias con mi encanto, habiendo el rigor temido de Marte, contra mí viene con Friso también y Absinto, exhortados de las voces de aquel bárbaro ministro. dentro ¿Qué importa, si te defiendo yo y si te vienes conmigo, volviendo a fiar al mar ese veloz edificio? dentro Aquí Jasón y Medea están. dentro Mataldos. Seguildos. Todos vienen contra mí, mas podrá el ingenio mío hacer que todos confusos peleen contra sí mismos. Salen todos riñendo unos con otros sin ver a Jasón. Escuadras la tierra aborta. ¡Qué confusión! ¡Qué delirio! Tú eres Jasón. Tú lo eres. ¿Quién tal borrachera ha visto? En tanto que ellos pelean, ven a ese imperio de vidrio. Nosotros nos damos muerte, mientras que Jasón invicto lleva a la hermosa Medea, ya librado el vellocino. Segunda Jornada Salen en el tablado de mano izquierda, huyendo, Fedra y Ariadna y Flora, y detrás, envainando la espada, Teseo y Pantuflo, gracioso. ¿No hay favor, ¡cielos piadosos!, para una infelice? ¡Eternas deidades, dadnos amparo! No temáis, deidades bellas, ningún peligro, pues yo estoy en defensa vuestra. ¡Ay de mí! Bellas deidades, temed muy en hora buena, que muy bien hacéis, supuesto que estoy yo en vuestra defensa. Hasta aquí ha sido adentro y ahora salen. A ampararos al castillo venid, Ariadna y Fedra. Hermosísimos prodigios, no temáis de esa manera, pues o mal o tarde o nunca supo temer la belleza. Ya el oso, ya el torpe aborto de aquesas desnudas peñas, que sediento a los cristales bajó en que estábades, queda revolcándose en su sangre sobre la manchada yerba, pagando en coral al prado lo que al río debió en perlas. ¡Y cómo que queda! Como un atún oso; y lo prueba que yo no me voy, pues, si él no quedara, yo me fuera. Estranjero caballero –que esto y aquello las señas dicen, aquello en el traje, tan estraño en esta tierra, y esto en el valor, que siempre prólogo es de la nobleza–, ¿quién sois?, que en esta ocasión quieren los cielos que os deban las vidas estas dos damas rescatadas por la fuerza de vuestro acero de aquel animal que con fiereza nos amenazó. Decildo, si ya no queréis que entienda que sois socorro enviado de alguna deidad suprema que generosa tomó nuestras vidas por su cuenta. Bellísimas damas, no es vana vuestra sospecha, pues bien creo que el mayor dios que sobre todos reina me envió a favoreceros. Amor fue de aquesta empresa absoluto dueño, pues, como de sus flechas llega, por tantas como ha gastado, a ver la aljaba desierta, asegurando la falta de sus armas, hoy intenta redimir vuestra hermosura de los riesgos, pues con ella, poniendo rayos al arco, no le harán falta las flechas. Estranjero y caballero soy, bien dijistes, que fuera aventurar lo divino ver que lo divino mienta. A esta isla, que es corona de tantas y tan diversas como el mar Mediterráneo en su archipiélago cerca, por que no me quede parte en Europa que no vea, con ese criado y ese caballo, cuya violencia me hace centauro noble, sujeto a ley y obediencia, en busca de un hombre vengo; mal dije, que es una fiera, por ser un hombre que acaso hizo la naturaleza. Ajena ofensa me trae buscándole, si es ajena aquella que ya me obliga a haberla llamado ofensa. Con esta demanda, pues, he de andar a Europa entera, hasta que otro amigo y yo demos a África la vuelta, que término de los dos ha de ser el monte Oeta. Resistiendo, pues, agora del sol la dorada fuerza, en ese mullido catre que bordó la primavera estaba, no sé si diga que viendo por las espesas celosías de esmeralda mucho cielo en breve esfera– No, no turbéis el color; nada vi: vuestra vergüenza del empeño de los ojos bien ha escusado a la lengua. A las voces, pues, que disteis entré por esta maleza a serviros. Si es que acaso lo conseguí, nada os queda que agradecer, pues la paga antes llegó que la deuda. Esto soy. Merezca agora saber quién sois, por que sepa yo qué segundo respeto a vuestro lustre se deba, ya que el primero ignoré que debí a vuestra belleza. Todo cuanto mi amo ha dicho, que se lo ha dicho haz de cuenta a tontas y locas y que yo a ti te lo digo, hijuela. Yo hago cuenta que lo oigo de aquella misma manera. Y eso es lo mismo que hacer la cuenta sin la huespeda. Valiente, cortés, galán peregrino, que a esta tierra venisteis por nuestra dicha, esta es la isla de Creta, en quien lleno de vitorias hoy el rey Minos gobierna. En esta quinta, esta casa de placer, cuyas almenas son pulido Atlante, en quien descansa la rubia esfera del sol y cuyos umbrales lisonjeramente riega ese arroyo, que a morir camina con tanta priesa, vivimos las dos, no sé si festejadas o presas, pues aquí encerradas– dentro Corre. A lo más inculto entra del monte tras ellos y antes los mates que se defiendan. Ruido de gente y de armas por todo ese campo suena. No podemos esperar; adiós, señor, porque es fuerza que cualquiera que aquí llegue con vos no nos halle o vea. El cielo os pague el favor. Y no el amor os atreva a seguirnos, forastero, porque, si entráis estas puertas, tenéis pena de la vida. Vanse. Señor, ¿qué cosas son estas? ¿Puedo acaso saber yo, Pantuflo, más que tú dellas? En ese cristal estaban bañándose estas dos bellas mujeres; salió aquel bruto; llegué osado a socorrerlas; hícelo, y han estorbado, al querer decir quién eran, esas voces. dentro Dadlos muerte antes de entrar por las puertas. El demonio te metió en venir desta manera, trayéndome a mí contigo condenado a ancas ajenas, buscando tú la mujer de un amigo, cuando fuera más al uso no buscarla su amigo, sino perderla. Ya hice ese empeño y ya es justo que yo a sus ojos no vuelva sin haber hecho en Europa esquisitas diligencias en su busca. ¿Y qué nos toca hacer ahora? Sale Flavio, atadas las manos atrás, huyendo. Si las señas de noble, que no es posible que en vos, siendo tantas, mientan, os obliga a dar favor a un infeliz... Mas ¿qué intenta aqueste? ¿Que a su mujer busquemos también? ...merezca vuestro amparo; honor y vida me importa que no me prendan los que me siguen. Si acaso por aquesta parte llegan, responded que no me visteis, mientras yo por la maleza deste monte hallo una gruta que me sirva de defensa. Vase. Señor, dime, ¿qué es aquesto? ¿A quién lo preguntas? Deja que te lo pregunte a ti, por mi consuelo siquiera, y no respondas. Salen Lidoro y soldados con armas. Decidme, caballero, si por esta parte, por dicha, unos presos que atadas las manos llevan han huido. Si llevaran los pies atados, no huyeran. Por esta parte ninguno pasó. Sí hizo. ¡Buena cuenta daré a Minos del tributo que a Creta traigo de Atenas! Sale Libio. Señor. ¿Qué hay, Libio? Los más presos segunda vez quedan a su prisión reducidos. Dete el cielo buenas nuevas. Dos son los que solamente huyeron. Pues uno era el que pasó por aquí. ¿No digo que calles, bestia? ¿Qué criado lo que dice su amo hace? A grande afrenta voy dispuesto. Remediarla antes de llegar a verla. ¿Cómo? ¿No son estranjeros estos dos que a mirar llegan? Ya te he entendido: el consejo apruebo y tomarle es fuerza. Pues, señor, ¿qué ha sido aquesto, si es posible que merezca saberlo? (Por divertirle meter pláticas quisiera). (Daré, por asegurarle, a sus preguntas respuesta. Para lo que yo he de hacer, vosotros estad alerta). El generoso rey Minos, que hoy en estas islas reina, casó con Pasifae, hija de Artimidoro de Grecia. Pasifae, la más hermosa dama, aunque el acento yerra: bella era, no era hermosa, que entre hermosura y belleza hay distinción, si se advierte que hermosura dice entera perfección, belleza no; y Pasifae, poco honesta, sin entera perfección, no era hermosa, sino bella. ¡Oh, con cuánto más estremo es torpe y liviana aquella mujer que a grandes respetos ha perdido la vergüenza, que aquella que por oficio la liviandad tuvo! Que esta tal vez el vicio trató como a fatiga y tarea, y aquella no, sino siempre como a vicio; y así, ciega, entregada a su apetito se desboca y se despeña más mientras que tiene más obligaciones que pierda. Pasifae lo diga, pues, desenfrenada y resuelta– no sé cómo lo pronuncie, porque no hay voces que sepan hacer suaves las frases de tan áspera materia. ¿Diré que de un torpe amor poseída su belleza estuvo? No, poco es torpe. ¿Diré abominable? Aún queda más que encarecer. ¿Diré bárbaro? Ya le ando cerca. Irracional amor digo, pues sus entrañas revienta, medio toro y medio hombre, un monstruo cuya fiereza fue castigo siendo fruto, que hay delitos de manera que ellos mismos se castigan aun con el fruto que engendran. Minos, viendo el monstruoso parto y a Pasifae muerta, creyendo, advertido tarde, que aquel de los dioses era castigo, no se atrevió a matarle, y así ordena solo ocultarle. Para esto, con recato y advertencia, mandó a Dédalo, un supremo artífice, que le hiciera una fábrica de donde eternamente pudiera salir, construyendo viva sepultura a una honra muerta. Dédalo, ingenioso entonces, hizo de solo madera una oscura horrible casa donde apenas el sol entra, y es verdad, pues, aunque entrara libremente, entrara apenas. Esta tiene por de dentro de vueltas y de revueltas tantas calles, tantos senos que no es posible que pueda el que por su puerta entrare, volver a topar la puerta; a cuyo intrincado espacio, a cuya fábrica ciega la fama le ha dado nombre: el laberinto de Creta. Aquí encerró al Minotauro, donde solo se sustenta de carne humana. Los hombres que en todo el reino sentencian a muerte, en vez de sacarlos de la cárcel a que mueran, hoy a morir a la cárcel los train. Y, por que no tenga falta de alimento nunca, habiendo Minos a Atenas sujetado, por tributo impuso que le trujeran cada año tantos hombres sorteados, para que sean pasto humano deste monstro, vianda viva desta fiera. Estos en el laberinto sin armas ningunas entran tres o cuatro cada día y él mata al que antes encuentra. Yo, capitán general de Minos, por si en defensa Atenas se me ponía, por el tributo fui a Atenas, que, aunque soy de nación griego, la soberana belleza de Ariadna, hija de Minos, a que le sirva me fuerza. Esto no es del caso; así doy al discurso la vuelta. Es establecida ley a las guardas que cualquiera que falte se han de sortear hasta el número ellas mesmas, además de la opinión mía. Mirad, pues, si es fuerza, pues, quebrando las prisiones de la amarrada cadena, faltan dos, si será justo que a los dos –ya es tiempo– prenda Quítale la espada y abrázanse por detrás con ellos. para que así aseguremos nuestras vidas con las vuestras. ¡Cobardes, traidores! ¿Cómo los hablas desa manera? Señores, príncipes, reyes,... Calle o meterele aquesta daga. ¿Que vos mi corchete hubisteis de ser por fuerza? Las armas me habéis quitado, que a mirarme yo con ellas... Las mías poco importaba tenerlas o no tenerlas. Llevaldos así y poneldos entre los otros. Adviertan vuesas mercedes que vamos buscando de tierra en tierra una mujer de un amigo, que importa no nos detengan. ¡Ay, cielos! Venid. ¿Adónde? Al laberinto de Creta. En toda mi vida fui amigo, en Dios y en conciencia, de meterme en laberintos. Poneldos en la cadena, y aquel caballo, también suyo, mi despojo sea. ¡Venganza, cielos, venganza! ¡Paciencia, cielos, paciencia! Llévanlos y sale Minos, viejo, y Dédalo y soldados, marchando por otra parte. Haga alto aquí la gente, porque antes que en la corte entrar intente con los ricos despojos que traigo destas lides, a los ojos quiero llegar agora de Ariadna y de Fedra, a quien adora mi amor, pues con tan lícitas finezas padre y amante soy de sus bellezas. Esta quinta eminente, que al sol empina la elevada frente, como mandaste, en el ausencia tuya retiro ha sido a la obediencia suya. Esta ha sido la esfera de sus dos soles, y la primavera, comprando sus colores, aprendió nuevas rosas, nuevas flores con quien ya las que fueron más hermosas vulgares flores son, vulgares rosas. Mandad, Dédalo, hacer sonora salva a uno y otro clarín, bien como al alba los pájaros saludan, pues en suma aquestos de metal y esos de pluma se imitan los acentos y todos son lisonja de los vientos. Ya la salva han oído y de la torre alegres han salido. Su guarda fui y aqueste ameno prado otra vez juraré que no han pisado. No admires mis recelos, que tengo que temer mucho a los celos. Salen todas las damas. ¡Mil veces vitorioso, aplaudido, contento y venturoso, a honrar tu patria y a ilustrarla vengas! ¡Mil veces, oh señor, felice tengas las merecidas glorias que eterno te coronan de vitorias! ¡Y mil veces, hermosas hijas mías, con veros aumentéis mis alegrías y tome puerto en amorosos lazos alegre mi fortuna en vuestros brazos, centro de dichas tantas! Sale Lidoro. Si merezco este honor, dame tus plantas. ¡Oh, Lidoro! Tú seas bien hallado. ¿Como te fue en Atenas? ¿Hate dado el tributo que impuse en sus almenas? Obediente, señor, la gran Atenas el tributo te envía, porque yo fui y en grande atención mía hasta aquí le he traído sin que un hombre me falte, aunque han querido en muchas ocasiones romper esos esclavos las prisiones, gracias a mi cuidado y, habiendo hacia esta parte hoy caminado, con ellos y que tú por esta parte conducías ejércitos de Marte, no he querido pasar sin que tuvieses esa noticia y los esclavos vieses. Muy bien, Lidoro, hiciste, y, por que pueda de un afecto triste divertir el preciso sentimiento, con la memoria de mi bien intento borrar la de mi mal: esos cautivos a quien fueron los hados tan esquivos delante de mí pasen aherrojados. A compasión me mueven sus cuidados. Salen muchos, atadas las manos, y detrás Teseo y Pantuflo. Id, cautivos, pasando y las rodillas ante el Rey doblando y ante Ariadna y Fedra, mis señoras; mereced ver a un sol con dos auroras. ¿Habrá en el mundo alguna que pueda compararse a mi fortuna? ¿Pues no, señor? La mía, que es ni menos ni más en este día. No me acuerdes, memoria, mis enojos; acuérdame no más que son despojos. Fedra, ¿qué es lo que veo? Yo, Ariadna, lo dudo, aunque lo creo ¿No es aquel joven el que nos ha dado vida a las dos? Él es y su criado es el otro. ¿Qué es esto? ¿Quién a los dos en tal rigor ha puesto? No sé. Decir quisiera que las dos le debemos... Considera que licencia las dos nunca tuvimos de salir de la torre en que vivimos y que será culparnos el libralle. ¿Permitirá mi amor que sufra y calle, viendo al que me ha librado de la muerte a la muerte condenado? Pasad, no os detengáis. (¿No son aquellas, Pantuflo, aquellas dos deidades bellas que socorrí?). (No puedes engañarte). (Pues tengo quien se ponga de mi parte, tengo de hablar). Gran rey de Creta, advierte, a la mayor crueldad, a la más fuerte traición... Nada me digas, cautivo. Yo no soy... No, no prosigas. ...de Atenas, ni cautivo– ¿Qué ha importado, si ya con el tributo te ha enviado? Ni con él ni sin él hemos venido, sino... En vano obligarme habéis querido. Hablad, señoras– No hay intercesiones. (Toda soy confusión de confusiones). ...pues sabéis... (Disimula lo que vimos). ...la verdad. Pues nosotras, ¿cuándo os vimos? Vayan de aquesta suerte adonde el Minotauro les dé muerte. ¡Qué poco con mis lástimas restauro! Llévanlos. ¿En fin, vamos, señor, al Niñotauro? ¿Que no me conocéis? ¡Grande fiereza! Mas ¿cuándo no fue ingrata la belleza? Marche el campo a la corte de ese modo, siendo todo trofeos, triunfos todo. Hijas, adiós, pues que de aquesta quinta, que bosqueja el abril y el mayo pinta, nunca habéis de salir, que mi cuidado, aunque tan tarde, en mí me ha escarmentado. Vase. ¡Ay, Ariadna hermosa!, ¿cuándo será mi suerte más dichosa? Tarde, y más hoy, si creo que voy dando lugar a otro deseo. Pues, si no fue mi amor merecimiento, por Dios que lo ha de ser mi atrevimiento, que estoy del todo ya desesperado, a morir o vencer determinado. Vase. Flora, a Dédalo di que, hasta que haya habládome, a la corte no se vaya. Vase. ¿Qué género de tormento..., ¿Qué linaje de dolor..., ...qué hábito de temor... ...qué especie de sentimiento– ...es este, ¡cielo!, que siento? ...es la que lloro ofendida? Batalla tan atrevida... Confusión tan encontrada... ...¿es estar enamorada? ...¿o es estar agradecida? Darle la vida quisiera por la vida que él me dio, pero no me atrevo yo a pagar desta manera; si bien, aunque él no me diera vida, al verme ansí rendida, viviera al dolor vencida. De dos afectos cercada, ¿es estar enamorada o es estar agradecida? Mas, ¡ay de mí!, que, aunque yo su vida procuraré y con ella pagaré la que él entonces me dio, no estoy satisfecha, no, de que no le deba nada. Verme entonces obligada y agora reconocida, ¿es estar agradecida o es estar enamorada? Sentir tanto su tormento... Llorar tanto su dolor... ...gran parte tiene de amor. ...más es que agradecimiento. En vano ayudarle intento. Yo he de ayudarle atrevida. Temer yo tan afligida... Estar yo tan alentada... ...¿es estar enamorada o es estar agradecida? ¡Fedra! ¡Ariadna! ¿Qué pena suspende así tu fortuna? Yo no tengo pena alguna (¡pluguiera a Amor!). Tú, que ajena de placer, de pesar llena estás, qué tienes me di. No hay tristeza alguna en mí. ¡Ay, Ariadna! ¿Qué importó decir la lengua que no, si dice el alma que sí? Vase Fedra y sale Dédalo. Que me llamas dijo Flora. ¿Hay en qué te sirva? Sí; hoy he de fiar de ti mi vida y alma. Señora, mucho encargarme recelo de las dos, que tan sagrado don quiere todo el agrado de Júpiter en el cielo. ¿Estamos solos? Aquí sola y apartada estás. Hoy, Dédalo amigo, harás una fineza por mí. Tu esclavo soy. Mi tristeza, mi pena y melancolía nace de ver cada día con cuánta costa y fiereza ese monstruo –¡ay de mí triste!– se conserva y se alimenta en esa cárcel sangrienta que con tanto ingenio hiciste. Días ha que he deseado sacar desta obligación o tirana sujeción al mundo, y hoy me ha obligado con más piedad ver a esos presos que con tal rigor van a sus manos; mayor- mente, que entre aquesos presos uno que hablar ha querido –y aun hablar no le han dejado– a más piedad me ha obligado, a más lástima movido, porque la vida le debo. No importa decirlo, no, que en vano en un punto yo me acorbado si me atrevo. Hoy de la torre salí, hoy a ese arroyo bajé, con un bruto peligré y de él amparada fui. No alcanzo de qué manera preso está. Pues me libró de una fiera, es bien que yo a él le libre de otra fiera. Aunque tu justa esperanz que es peligrosa sospecho, hoy no en vano has de haber hecho de mí tan gran confianza. Dificultoso será librarle, mas un famoso valor lo dificultoso ha de emprender. Claro está. Yo no le podré escusar ya del laberinto en que ha de entrar, pero diré cómo se podrá librar, dándole la contracifra de ese caos oscuro y ciego; y, si yo a descubrir llego cómo esa enigma, esa cifra se desata, bien podrá salir después, aunque entre agora, como no encuentre con la fiera, pues, si da con él, es fuerza matalle primero que salga. Quien da un favor, quien hace un bien, ha de hacelle y ha de dalle del todo; él no ha de morir: ni eso se ha de aventurar. También le supiera dar veneno con que rendir pudiera ese monstruo, a efeto de servirte, pero el ver... No temas, que, aunque mujer, yo sabré tener secreto; esto se ha de hacer por mí. Viva este estranjero y muera ese escándalo, esa fiera. ¿Qué habrá que no haga por ti quien más servirte desea? Yo instrumentos le daré y venenos para que el grande afecto se vea de servirte, pues que ya tú te fiaste de mí y yo el favor te ofrecí. Nada recelo me da, pues, cuando se sepa y cuando el Rey me quiera prender, alas me sabré poner para escaparme volando por esas etéreas salas, y, huyendo de su castigo, llevarme a Ícaro conmigo, si él usa bien de las alas. Vase. Pues que yo tan atrevida de darte la vida trato, huésped, no me seas ingrato, que me costarás la vida. Vase. Salen Teseo y Pantuflo. Al fin ya estamos, señor, en esta pequeña cárcel, cocina del Minotauro, esperando por instantes que para vianda suya o nos cuezan o nos asen, o nos frían o nos tuesten, nos perdiguen, nos empanen, nos hagan albondeguillas, gigotes o pepianes, pues para todo guisado ya está manida la carne. ¿Ves, Pantuflo, tan terrible, tan duro, tan fuerte trance? Pues ¡y cómo que le veo!, y le viera, aunque cegase. Pues no siento tanto, no, aquella traición notable con que a los dos nos prendieron ni haber de entrar en la grave fábrica del laberinto donde esa fiera me mate, como ver la ingratitud de aquellas raras beldades que después desconocieron a quien las dio vida antes. ¿Qué mujer no da ese pago a quien más servirlas trate? Y, si apuro más mi pena, no siento que me negasen esta obligación las dos, sino la una sola. Baste que esto digan mis desdichas. ¿Qué tiene –así Dios te guarde– más la una que la otra? Hay un género de males donde no se siente el mal sino el dueño que le hace. La ingratitud de la una –que es la que yo miré antes y la que me dio al mirarla veneno entre los cristales– siento solo. ¿Que te acuerdes ahora de esos disparates? Que no sabré yo decir cómo se llamó mi padre, qué señas tenía una moza que, queriéndome de balde, en su compañía me dio los graciosos y galanes, a quién le di unos dineros un día que me guardase ni quién me dio un bofetón que guardase yo. Mas ¡tate! ¿Qué tienes? Estoy con piedra, pues que siento que me abren. Dédalo y Libio dentro y salen luego. Abrid aqueste aposento. ¿A qué fin, Dédalo, entraste en esta prisión? Agora un soldado fue a avisarme de que esta cárcel está minada por un parte y vengo a reconocerla, pues que está a mi cargo sabes el repararla. Aquí están dos, que mandó estar aparte Lidoro. (Y los que yo busco). Mientras mi cuidado trate de mirar este aposento, ten abierto el de adelante. Vase Libio. Sin duda que por nosotros vienen ya. ¡Lindo potaje guisados los dos haremos de garbanzos racionales! Caballero, cierta dama que siente vuestros pesares aqueste ovillo os envía de hilo. Dale un ovillo de hilo de oro. ¿Para que devane? La Parca es, pues nos regala con hilado. Con atarle a una púa de la puerta cuando en este caos entrareis, volviéndole a recoger será la salida fácil. Y, por si antes que salgáis al Minotauro encontrareis, con estos polvos que vais Dale una caja. derramando a todas partes perderá el sentido. Luego con este acero matalde, Dale un puñal. que, ya no os verán las armas, pues os las quitaron antes. Con esto dice que os paga la vida que la guardasteis, que calléis; y adiós, pues no es bien que esto sepa nadie. No sé cómo responderos, que como felicidades nunca traté, nunca supe hablarlas en su lenguaje. Disimulad, porque vuelve la guarda. ¿Hay dicha tan grande? ¿No lo dije yo? ¡Ah, mujeres, y qué lindos animales! ¡Oh, cómo saben pagar! ¡Oh, cómo agradecer saben! ¡Apolo las lleve a todas, Júpiter a todas guarde! ¡Oh, si fuese este favor de aquella...! En eso no hables, mas que sea de la otra– Sale Libio. ¡Tanto te detienes! ¿Qué haces? Ya he visto en este aposento todo lo que es importante. Vase. Cuando este fuera el del riesgo, de remediar era fácil. ¿Y por qué? Porque vosotros sois los que esta propia tarde he de echar al laberinto. (¡Miren si un poco tardase la señora!). Venid pues, estranjeros miserables. Obedezcamos al hado, Pantuflo. En el mundo nadie es señor tan bien servido como él: nada hay que mande que no le obedezcan todos. Esta puerta que mirasteis, la puerta es deste sepulcro de vivos. ¡Qué horror tan grande! Entrad pues por ella. ¿No me dirá –así Dios le guarde–, señor guardaminotauro, qué le importa a usasted darme tanta prisa? Está bramando el Minotauro de hambre. Pues ¿y qué le importa a usted que brame el otro o no brame? Entre ya. Yo soy criado: mi amo ha de pasar delante. Recibe, tumba funesta, aqueste vivo cadáver. Vase. Ya entró. Yo no acierto a entrar. Pues ¿qué duda? ¿Agora sabe que se hacen muy mal las cosas, cuando sin gusto se hacen? Vase. ¡Infelices de vosotros, que en fortuna semejante a nunca más ver la luz por ese sepulcro entrasteis, y felice yo, pues ya aseguré en esta parte la falta de los que huyeron! Echo a la puerta la llave. Vase. Vuelven a salir a escuras, siguiéndose por el hilo de oro Teseo y Pantuflo. ¿Hay abismo más confuso? Mucho temo... ¿Qué? ...quedarme aquí, donde mis suspiros pueblan estas soledades. La lóbrega noche aquí pavorosamente yace. ¿Creerasme que tengo miedo? El ánimo más constante temiera en la confusión de espectáculo tan grave. Angostas las calles son. Son ataúdes las calles, angostas y de madera. Oyes, señor, no te espantes. ¿Qué temes? Que no me pierdas y el Minotauro me halle. En sintiendo sus pisadas, este veneno he de echarle. He aquí, señor, que es muy duro de estómago y no le hace operación esa purga. ¿Qué habemos de hacer? Matarle con este puñal. He aquí que no le matan puñales. Dejarnos matar de él. No es buen remedio, pero es fácil. ¡Ay! ¿Qué es eso? Con el espanto pierde el hilo Pantuflo. He tropezado no sé en qué. Nada te espante: huesos de difuntos son cuantos pisas, que estas calles cimenterios pavorosos son de uno y otro cadáver. ¿Y que no me espante dices? ¿Pues cuándo, di, he de espantarme, si ahora no? Éntrase Teseo. Vente tras mí. Ya lo procuro, aunque en balde, porque no estoy por agora para ir atrás ni adelante. El hilo con el espanto perdí; no sé si he de hallarle, que, una vez perdido el hilo de la dicha, no es muy fácil de hallar después. ¡Ah, señor, por Júpiter, que me hables; por Apolo, que me escuches! Ya, si estas son burlas, basten Hilo pido; no me des cordelejo. ¡Ay! ¡Que me asen! ¡Por el supremo dios Momo, que no me responde nadie! Aquestos señores muertos, muertos muy desconversables son. ¿Tanto en decir hicieran por dónde se va a la calle siquiera? Mas ¡santos cielos! ¿Bramiditos... y acercarse? Mas ¿que del banquete de hoy vengo yo a servir los antes? Mas ¿luego para los postres? Mas ¿que el veneno no masque? ¡Ay!, que siento unas pisadas que temblar la tierra hacen. Si por estar esto oscuro por el olor ha de hallarme, aunque sea romo, harto olor dejo para que me saque. ¡Ay! ¡Que se anda el laberinto hacia... como que se cae! dentro ¡Qué gran ruido! ¡Favor, dioses, en tan afligido trance! dentro La voz de Teseo es aquella. ¡Piedad, supremas deidades! ¡Que sean tan descorteses estos muertos que no saquen una luz oyendo ruido en la vecindad! Mal hacen. Vencí el horror, el prodigio mayor del mundo y más grave. Sale ensangrentado. Esto es hecho. Pisaditas mayores que las de antes hacia a mí siento; sin duda que viene para pescarme pisando quedo. ¿Quién es? (Morí sin decir «Dios valme»). Señor Minotauro, un plato que hoy se le sirve fiambre; no le pruebe, que echará las entrañas al probarle, que no huele bien. ¡Pantuflo! ¿Quién es? Quien del más notable monstruo triunfó, atropellando estrañas dificultades. Sentí el ruido, eché el veneno y, volviendo a retirarme, sentí que se detenía y que, entorpeciendo el aire que aquí está preso también, pues que ni entra ni sale, a bramidos se quejaba con menos fuerza que antes. Alcanzome y, yo teniendo aqueste puñal delante, se hirió en él; volvió hacia atrás. Yo entonces más arrogante embestí con él; a brazos venimos, y en tantas partes le herí que él muerto quedó y yo bañado en su sangre. El hilo voy recogiendo para que de aquí nos saque. Si aquí me dejaste, aquí era fuerza que me hallases. Sígueme, pues, ven conmigo. Ya no admire, ya no espante ver que por una maroma varios volatines anden, pues andamos por un hilo nosotros y sin quebrarle. Esta es la puerta; verás cómo a mis golpes se abre, aunque sus láminas fueran de acero ni de diamante. Dentro y sale luego Libio; Teseo y Pantuflo entran por una puerta y salen por otra. ¿Qué es esto? ¿Quién esta puerta osa derribar? Quien sale del oscuro laberinto hoy vitorioso y triunfante. Triunfante yo y vitorioso salgo también. ¡Traición grande! ¿Armas aquí? ¡Ah de las guardas! Antes que tu voz las llame... ¡Traición en el laberinto! ...te faltará la voz. Dale, que, en estando muerto yo, le daré también. dentro ¡Ah, infame! ¡Traición! Dándole de puñaladas se entran todos. Gente viene; vamos donde el monte nos ampare. ¿No parece que hemos muerto alguna cosa importante? Salen Ariadna y Flora. Huyendo de Fedra hermosa me vengo a esta soledad por dar a mi voluntad esfera más anchurosa, que, por que a solas me deje llorar, padecer, sentir, quise a este campo salir adonde a solas me queje. ¿En qué habrá, Flora, parado o qué efeto habrá tenido el favor que mi sentido a la prisión ha enviado a aquel infeliz? ¿Si habrá sido despojo sangriento de aquese monstro violento? ¿O si habrá logrado ya el socorro mío? Que yo, llena de asombro y de miedo, dudar solamente puedo, mas saberlo, Flora, no. Estraño es tu sentimiento, pues que no te da lugar de vivir. ¿Cuándo un pesar aflige menos violento? ¿Podrá divertirte, di, hoy alguna cosa? No. ¿Quieres que algo cante yo? Como sea triste, sí; eso solo mi estrañeza divierta, pues la armonía, como al alegre alegría, así da al triste tristeza. Canta Flora y ella se queda dormida. Solo a un olvido mortal está mi mal de por medio, y, siendo el remedio tal que ha de matarme el remedio, más quiero morir del mal. Parece que se ha dormido. Solo aquesta pasión fuerte, como a imagen de la muerte, sus tristezas ha vencido. Sola la quiero dejar; durmiendo alivie su queja, pues solo durmiendo deja el pesar de ser pesar. Vase. Salen Lidoro y soldados. Amigos, pues ya mi amor llegó a su estremo y pues corre tan deshecha mi fortuna, hoy la violencia la logre. Ese caballo, despojo de aquel infelice hombre que el hado trujo arrastrando a tan míseras pasiones, me ha de valer, pues, fiado en sus alientos veloces, me he de atrever a romper el coto de aquesta torre y el respeto a la hermosura de Ariadna bella. Donde no puede el amor, consiga la osadía los favores. ¡Cielos! Ariadna es esta que duerme dando liciones a la primavera hermosa de cómo han de ser las flores. Hoy ha de ser mía. Ayudadme a que en mis brazos la robe y que ninguno me siga; vuestros aceros estorben, en tanto que yo con ella en ese Belerofonte veloz me esconda, pasando a estrañas juridiciones. Contigo venimos y hemos de vivir siempre a tu orden. Vanse los soldados. Yo llego, hermosa Ariadna; tu respeto me perdone. ¡Ay de mí! ¿Qué es esto? Es un traidor afecto noble, que son nobles los afectos de amor, cuando son traidores. ¡Hola! ¿Qué es esto? ¿No hay nadie? ¿Ninguno me oye? No, que, suspendido el viento, aun en casa no responde. ¡Traidor! ¿Cómo lo sagrado de aquestas paredes rompes? Amor es dios y no teme que lo sagrado le estorbe. De él te he de sacar, huyendo a más remotas regiones, a hacer que agravios consigan lo que no pueden favores. Llega a ella y ella le saca la espada de la cinta. Primero con este acero te he de dar la muerte. ¡Rompe su pecho al traidor, que así del Rey a la ley se opone! ¡Ay de mí! Conmigo hablan. dentro La fortuna me socorre. ¡No se escape sin castigo! dentro A mí me han buscado. Corre hasta que amparo nos dé dentro lo intrincado de ese monte. No puedo ya correr más. Vanos fueron mis temores, que con otro hablaron. Mira que te atreven tus traiciones a mucho. ¿Ya de mis brazos quién te ha de librar? Sale Teseo y Pantuflo, como cayendo. ¡Los dioses me valgan! ¿Qué es esto? Es un infeliz que se acoge donde le amparen. ¡Qué veo! ¡Qué miro! ¿No dirás donde le maten? ¿Cómo, traidor, la prisión que te di rompes? Como vengo a darte muerte donde quiera que te tope. ¿Dónde iré yo que no halle siempre peligros mayores? Dale de puñaladas y cae dentro. Muere manchando la yerba con tu vil púrpura inorme. ¡Ay de mí!, que me has hallado sin armas. Siempre así tope yo a quien haya de matar. ¡Qué notables confusiones! ¿Cómo aquí la voz me falta? Sale Fedra. ¿Qué ruido es este? ¿Qué voces Ariadna? ¡Estraño asombro! ¿Tú en este jardín –¡qué horrores!– con un hombre –¡qué desdichas!– y muerto –¡ay de mí!– otro hombre? ¿Qué ha sido aquesto? Dar muerte a ese abismo de traiciones. ¿Quién eres? ¿Cómo, señora, tan presto me desconoces? Yo soy aquel que di vida a las dos en ese bosque y a quien una de las dos se la ha dado, y mi honor noble, si reconoce la deuda, al dueño no reconoce. Muerto ya en el laberinto dejo a aquel bruto disforme. Huyendo venía a ampararme de los ministros feroces que me siguieron: aquí me arrojé sin saber dónde. Ya que sabéis que yo vivo y que mis altos blasones antes y después os pagan las dichas y los favores, quedad con Dios, pues el cielo ha querido que yo cobre aquese caballo mío, en cuyas alas veloces podré huir seguramente. Pues sin otras suspensiones, no te detengas. Camina. Huye. Escapa. Vuela. Corre. Sale Flora. Señoras, de vuestro padre no esperéis más los rigores, que, preso Dédalo, sabe que una envió a las prisiones favor a Teseo y a entrambas amenazan sus rigores. Ya yo no me puedo ir. Yo sí. Tú el caballo coge. Vase. Señor, ampara mi vida. Señor, mi vida socorre. Si os quiero llevar conmigo, no es posible que lo logre, pues ha de alcanzarme luego huyendo con dos prisiones. Tomad las dos ese bruto que ya mi criado coge: huid en él, mientras que a mí me dan muerte mis blasones. Eso es morir todos tres sin que a ninguno perdone el rigor, pues tú te quedas a morir sin dilaciones y nosotras a morir vamos también, cual pasiones arrastradas de un caballo, que en tu poder será dócil. Pues no perezcamos todos: lo que pueden mis acciones es llevar una. Pues tú la que has de librar escoge. Si ello es fuerza el escoger y no está en manos de un hombre el querer ni el olvidar, tu hermosura me perdone, que esto es fuerza, no elección. Ven conmigo. Toma de la mano a Fedra. ¡Escucha, oye! Yo fui la que te envió a Dédalo a las prisiones; por mí vives, yo te di la vida; la mía socorre. Dices bien: primero son precisas obligaciones que las pasiones del gusto; librarte mi honor dispone. Toma a Ariadna y deja a Fedra. ¿Y es justo que a mí me dejes en el riesgo que conoces? Si, aunque me adoras, me pierdes, ¿de qué sirve que me adores? Tú también has dicho bien. ¿Quién lo que ama no socorre? Ése es gusto y éste honor, y podrá vivir un hombre bien en el mundo sin ser amante, no sin ser noble. Nobleza es aventurar trofeos, famas y honores por su dama, porque amando no hay yerro que no se dore. Eso es dejarse vencer un hombre de sus pasiones; estotro vencerlas. Mira cuál trae aplausos mayores: ser vencido o vencedor. Di, ¿qué piensas? ¿Qué respondes? ¿Tú me quieres? Yo te quiero. ¿Cuál eliges? ¿Cuál escoges? ¿Ser amante? ¿Ser honrado? ¿Qué dudo? Que, aunque me noten de ingrato, he de ser amante. Todo el pundonor perdone, que las pasiones de amor son soberanas pasiones. Acúsenme los atentos, que a mí me basta que tomen mi disculpa los que amando dejan sus obligaciones. Vase y llévase a Fedra. ¡Ay de mí! No siento, no, ver que ingrato correspondes a mis finezas, porque las olvides o las borres, sino porque entre tus brazos con tanto gusto recoges a esa fiera, a esa enemiga, que más siento en tus baldones mis celos que mis agravios– pero ¿qué agravios mayores? Y abatidos los ijares del veloz bruto a los golpes, corre pensando que vuela, vuela pensando que corre. ¡Oh, quién fuera aquel criado que las huellas que conoce sigue sin que sus desdichas le embaracen ni le estorben! Aun de verle así me huelgo. Mas miento, que otros favores gozando verle me pesa; y a entrambas luces conformes, por hacerme ese pesar y aquese gusto, los roble unas veces me le enseñan y otras veces me le esconden. ¡Oh, a los dioses ruego, bruto, que con plantas tan veloces te vas alejando, que con algún peñasco choques desbocado y que, perdiendo el atributo de noble, quede en ti más poderoso el resabio que lo dócil! Ni el freno obedezcas, ni la espuela sientas innoble, ni aquella al tacto te avise, ni al tacto estotro te informe, sino que sin ley te rijas, te despeñes y desboques. Y a ti, ingrato, y a ti, aleve, el más traidor de los hombres, tu mismo bruto te arrastre antes que salgas del bosque. Aunque le llames, no pare. Mas, ¡ay!, que estas maldiciones son contra mí, pues ya estás más lejos mientras más corres. A lo más alto te suba de la cumbre dese monte. No lo digo porque allí te veré sin que lo estorben los troncos, sino porque desde allí al valle se arroje, donde con tanta luz sea desesperado Faetonte. A la raya de esos mares llegue desbocado y sobre sus espumas bajel sea que a poco tiempo zozobre, yéndose a pique contigo, y desde la quilla al tope hecho pedazos te dé hoy monumento salobre. Y, cuando al mar y a la tierra la yerba y la espuma cortes, si llegares a tomar puerto en estrañas regiones, nunca en brazos de esa fiera te mires, nunca los logres. Si la quieres, te aborrezca; si te quiere, la baldones; con tus finezas la canses y con las suyas te enoje; si tú la halagas, te olvide; si ella te halaga, la arrojes de tus brazos, y al fin nunca os miréis los dos conformes. En otros brazos la veas contenta de otros amores. Mas, ¡ay de mí!, ¿para qué doy al cielo tristes voces que, perdidas en el viento, se gastan y no le rompen?, que tú no tienes la culpa de lo que el hado dispone. Si no merecí agradarte y tú a tu amor correspondes, ¿qué culpa tienes? No lleguen nunca a ti mis maldiciones. Feliz corras, feliz pares; hágante paso las flores, hágante sombra las copas; bien mandado a cualquier orden ese bruto te obedezca, el menor tiento le dome, y llegues, feliz amante, seguro a otro reino donde ajeno rey te reciba. Despacio tus dichas goces, correspondido y amante de una beldad con dos soles; sus finezas te diviertan, sus halagos te enamoren y, cuando tú la quisieres, tus pensamientos adore. Los trofeos que de Marte consigas, galán Adonis, a su regazo los rindas, a su hermosura los postres, envidiando eternamente las tórtolas tus amores. Pero ¿qué digo? Mintieron como aleves mis razones, como infames mis piedades, mis celos como traidores, que no he de ser noble amante con quien no es amante noble. Yo te seguiré, yo misma vengaré tus sinrazones. Direle a mi padre, el Rey, que Fedra te dio favores, que te siga y que se vengue. Yo haré que las armas tome y contra quien te amparare. Fieras deste inculto monte, aves destos blandos aires, troncos deste verde bosque, ondas deste claro río, deste ameno jardín flores, luces de esa azul esfera, estrellas de ese alto móvil, espumas de ese ancho mar, partes que hacéis todo el orbe: a la venganza os convido de mis celos y rigores para que escarmiento sean mis vengativos blasones de las mujeres burladas y de los ingratos hombres. Vase. Tercera Jornada Dentro voces y salen huyendo Anfriso, Licas, Danteo, Narcisa, Laura, Nise, Clarín y Clorinda, villanos, y tras ellos Hércules. ¡Huye, Anfriso! ¡Huye, Clarín! Escóndete de él, Danteo. ¡Narcisa! ¡Nise! ¡Clorinda! ¡Huid todas! ¡Santos cielos! Monstros de a pie y de a caballo hoy nos persiguen. Teneos, esperad, no huyáis, no huyáis, amigos: no soy tan fiero monstro como dice el traje, tan bruto como os parezco; humano soy, hombre soy. No vuestra muerte pretendo, sino mi vida. Alcanzonos. Desta vez quedamos muertos. Por verme sin ti me pesa. Por verme sin ti me huelgo. Moradores del Oeta, monte que altivo y soberbio es, empinando la frente, verde coluna del cielo; vecinos de las riberas de ese cristalino Etmo que lleva en vez de tributo batalla al salado imperio, ¡deteneos, esperaos! De paz hablaros intento, que la guerra que yo traigo toda me cabe en el pecho; no he de partirla con nadie, que yo para mí la quiero, porque soy en mis desdichas la confusión de mí mesmo. No temáis ver mi semblante tan horrible, que yo creo que temierais más a verme el del alma por de dentro. Escuchad, sabréis la causa con que a estas montañas vengo; veréis que os pido piedades, cuando horrores os ofrezco. Su merced no desa suerte nos pida que le escuchemos, porque no somos nosotros gente tan vil –no por cierto– que ha de hacer por cortesía lo que pudiere por miedo. Pregunte lo que quisiere, que a todo responderemos; lo que sabemos es poco, pero aun lo que no sabemos. Desde el Flegra –aquel robusto peñasco que fue en un tiempo campaña de hombres y dioses, cuando gigantes soberbios intentaron escalar la majestad de los cielos, siendo después su edificio su caduco monumento al Oeta –este gigante de hiedra que a Atlante opuesto le ayuda en ausencia mía a sostener el gran peso de once globos– despechado, altivo, cruel, resuelto, desesperado y confuso con una demanda llego. Decidme, por vida vuestra, si por dicha –mal empiezo–, si por desdicha –bien digo–, visteis por estos desiertos un veloz centauro que, de dos especies compuesto, el medio parece hombre y caballo el otro medio, siendo así que no es mitad de uno y otro, pues dos cuerpos son, aunque los juzgue uno el acción y el movimiento. Este, pues –¡ay, infelice!–, fiado en el bruto ligero, trae una dama robada –¿cómo pronunciarlo puedo, ¡ay de mí!, sin que mi vida salga deshecha en mi aliento?–. En busca suya he corrido toda el África, teniendo, por cuanto término el sol va designando y midiendo con el curso natural la edad de un círculo entero, siempre de los dos noticias, pero nunca avisos ciertos. Ayer unos labradores de aquestos vecinos pueblos que a lo intrincado del monte entró con ella dijeron; y así hoy en alcance suyo estas malezas penetro, estas selvas solicito, estos peñascos inquiero tronco a tronco, rama a rama, piedra a piedra y seno a seno. Decidme si le habéis visto, que en albricias os prometo ricos dones –¿quién dio albricias jamás de sus sentimientos?– o si sabéis de los dos y calláis, por los eternos dioses que aquesta montaña arrancada de su asiento sea hoy la tumba vuestra o, breves pedazos hechos, seáis átomos ociosos de la vanidad del viento, porque, si Hércules con dichas fue horror, fue pasmo estupendo de los hombres y las fieras, ¿qué será Hércules con celos? Señor Miércoles, si yo algo supiera de aqueso, por decirlo lo dijera; y aun no es poco, le prometo, por el gusto de decirlo no decirlo sin saberlo. Narcisa, que es tan curiosa que nada pasa en el puebro que ella no sepa, es quien vio poco habrá a ese caballero y de espanto nos dio voces a todos nosotros. ¡Cielos, dadme luz de mis desdichas! Poco os pido, poco os ruego, pues poca costa os tendrá darme a mí lo que ya tengo. ¿Quién es Narcisa? Esta es. Dime, ¿qué has visto? Si puedo hablar lo diré. ¿De cuándo acá dificultas tú eso y hablar no puedes? Agora que a Hércules delante tengo. ¡Quién un Hércules tuviera con que ponerte silencio! Di pues, villana. Señor, yo estaba, si bien me acuerdo, a la falda dese monte, cuando estraño ruido siento entre las hojas y ramos. A ver quién le causa vuelvo los ojos y a ese cien-tauros penetrar lo inculto veo de sus entrañas, llevando entre sus brazos soberbios una mujer. ¡Calla, calla, que con esa voz me has muerto! ¿Pues por qué sabello quiere, si ha de sentir el sabello? Porque son celos y son de esa condición los celos: morir por saberlos antes y después por no saberlos. Pues yo, que ya el antes dije, callaré el después. No quiero que lo calles, sino que prosigas. No sé más que esto, porque quedé desmayada con el espanto y el miedo. Pero a las voces que di llegó Danteo el primero; él te dirá lo demás. ¿Quién es Danteo? Yo mesmo. ¿Llegaste a este tiempo? Sí, que siempre llego a mal tiempo. ¿Y vístele al fin? Señor, si es que la verdad le cuento, yo quiero bien a Narcisa, ¡mire qué mal gusto tengo! En busca suya iba, cuando oí sus voces y al acento dellas corrí y llegué a punto– Si no ha de enfadarse desto, diré lo demás. Prosigue. Que iba hacia el bosque corriendo con una dama en los brazos y, al aire el cabello suelto, volaba ya y no corría, al Pegaso pareciendo, que era caballo con alas, distinguiéndolas el viento en ser aquellas de pluma y ser estas de cabellos. ¡Maldígate el cielo, amén! ¿Ya no te pedí primero licencia para decillo? ¿Agora sabes que es necio quien usa de las licencias que le están mal a su dueño? Mas prosigue, mas prosigue; apuremos el veneno de una vez –¡oh, fuera tanto que me matara sediento!–. ¿Por dónde fue? ¿Qué camino tomó? ¿Qué vereda? Eso Clarín es el que lo sabe. ¿Yo? Sí, señor, que él, al tiempo que estábamos con Narcisa, salía del monte huyendo. Di, ¿por dónde fue? Señor, su merced escuche atento. Por esa parte que Oeta resiste constante el ceño del mar, volviendo deshechas las olas –que sus cimientos con pólvora de cristal baten, burlando en su estruendo un embate y otro embate, un encuentro y otro encuentro– hay una intrincada selva que para en un bosque ameno, donde, desangrado brazo del mar, neutral corre el Etmo, ya hacia abajo y ya hacia arriba, porque siempre obedeciendo las crecientes y menguantes, ni alcanzamos ni sabemos cuál es su corriente, pues corre, menguando y creciendo, hacia abajo medio día y hacia arriba el otro medio. A la margen deste bosque, de varias resacas puesto, paró el desbocado bruto, móvil de un hermoso cielo, nube de un ardiente rayo y esfera de un dulce fuego; yo, cuando le vi venir, entre unas hojas cubierto estuve mientras pasaba; cuando él, reconociendo antes el sitio y después ocupándole, en lo ameno de él puso a la hermosa dama que, sollozando y gimiendo, le dijo aquestas razones: «¿Hasta cuándo, monstro fiero, has de tener por tarea apurar mi sufrimiento, si sabes que es imposible que agradezca tus deseos y que en tu poder adoro las memorias de otro dueño?». ¡Buenas nuevas te dé Dios! Prosigue, di mucho de eso. «Si sabes que si me da mil muertes con ese acero, abriendo en mi pecho puertas, no ha de salir de mi pecho; si sabes que no ha bastado a mudarme todo el tiempo que cortés amante mío me has respetado, creyendo que podrás con tal decoro hacer favor del desprecio, ¿qué quieres de mí? ¡Al arbitrio me deja de mi tormento!». Dijo, y apelando al llanto volvió a eclipsar dos luceros. Yo, que los vi divertidos, a ella llorando, a él sintiendo, me vine; y así, señor, en ese valle los dejo, orillas de ese cristal que fue dos veces su espejo, pues medio mar, medio río, es un centauro de hielo. Estraño linaje es de ansia, de pena y tormento este que ofendido lloro, este que triste padezco. Idos, villanos, de aquí; huid, huid de mi fuego, que basta un suspiro mío para volver en incendio este monte, porque el Etna, el Vesubio, el Mongibelo, afeitados de la nieve, no ocultan, no guardan dentro de su vientre tanta llama como el Volcán de mi pecho respira con cada soplo, aborta con cada aliento. Huyamos todos. Huyamos. Deteneos, deteneos, no os vais. Mas idos, que tú solo... Vanse todos. Hércules coge a Clarín. ¡Ay de mí! ¡Yo soy muerto! ...basta que quedes conmigo, porque me guíes al puesto donde los dejaste. ¿Yo hube de ser, en efeto, el escogido y cogido para aquese ministerio? Sí, pues tú sabes adónde están. Ven presto, ven presto. Yo iré, señor, bien a bien; no apriete, que aprieta recio. ¡Viven los sagrados dioses cuantos contienen los cielos que, si en este inculto monte hoy a mi enemigo encuentro, que he de lograr la venganza que piden mis sentimientos! Esta flecha de mi aljaba que tiene mortal veneno –pues teñida está en la sangre de la hidra que yo he muerto, cuya ponzoña convierte la sangre que toca en fuego– será de aquesta venganza el venenoso instrumento. ¡Oh, quieran los dioses todos que consiga este trofeo yo por mis manos, porque no quedara satisfecho si, siendo el agravio mío, fuera el desagravio ajeno, siendo en Asia o en Europa de Jasón o de Teseo! Vanse. Sale Neso vestido de pieles y Deyanira. Hermosa Deyanira, a quien el sol tan envidioso mira que con ansias, con penas, con desmayos sacó a lucir ante tu luz sus rayos, ¿hasta cuándo, hasta cuándo tus porfías han de vencer las presunciones mías? No soy monstro tan fiero como a tu amor le parecí primero, que, si por haber sido tan osado, valiente y atrevido que los caballos haya sujetado, medio hombre, medio bruto me han juzgado, ya estás desengañada de que fue presunción ciega y errada, pues ves aquese bruto de los prados cobrar verde tributo que da la primavera por despojos y a mí postrado ante tus bellos ojos, adonde referir mis penas quiero por acabarlas de una vez. Primero que estuvieses casada con Hércules, amada fuiste de mí. Tú sabes cuántos nobles deseos, cuántos graves afectos me has debido, mas no sabes que toda eres olvido. Casada te he adorado hasta que ya mi amor desesperado te robó. En poder mío dueño has sido también de mi albedrío, pues desde el primer día que la violencia pudo hacerte mía, viendo tu sentimiento, a robarte también el alma atento te di palabra –bien te la he cumplido– de adorarte rendido por ver si mi fineza merecía un favor de tu belleza. Viendo que de las horas las porfías cuentan cabal el término a los días, de los días las tardes y mañanas cabal cuentan la edad de las semanas, de las semanas varios intereses cuentan cabal la vida de los meses, y que ya de los meses el engaño cabal cuenta la errada luz de un año, de tu rigor cansado y ofendido, no quiero dar mis dichas a partido, sino, pues que no puedo con halagos vencer, vencer con miedo, pues tu rigor me fuerza que, cansado el respeto, de la fuerza me aproveche. Si es mucha esta temeridad, atiende, escucha: Apenas el invierno helado y cano este monte con nieblas desvanece, cuando la primavera le florece y el que helado se vio se mira ufano. Pasa la primavera y el verano los desprecios del sol sufre y padece; llega alegre el otoño y enriquece el monte de verdor, de fruta el llano Todo vive sujeto a la mudanza: de un día y otro día los engaños cumplen un año, y este al otro alcanza. Con esperanza sufre desengaños un monte, que a faltarle la esperanza ya se rindiera al peso de los años. Bárbaro monstro fiero, aun más después que imaginé primero –que si medio caballo y hombre fueras, media alma generosa al fin tuvieras–, si en tu poder robada he sido de tu furia respetada el tiempo que conmigo huyendo del poder de tu enemigo por varios horizontes han sido tu defensa incultos montes, a mí me lo he debido, pues sabes que mi espíritu atrevido dispuso –cosa es cierta– primero que ofendida verme muerta, a cuyo fin, con hechos inhumanos, me diera yo la muerte con mis manos, con mi aliento me ahogara o al Etmo desde aquí me despeñara. Varias diversas veces hice a los montes y a los cielos jueces deste despecho mío y hoy de nuevo te advierte mi albedrío: ¿Ves el monte que dices o el Atlante que, atalaya del sol, al sol se atreve dando batalla en derretida nieve al mar que espera menos arrogante? Pues ya sobre las nubes se levante o ya se atreva al que sus ondas bebe, comparado al honor que a mí me mueve menos firme será, menos constante. La cuenta de las horas y los días, de semanas y meses los engaños, de los años y siglos las porfías no te han de mejorar de desengaños, porque no han de vencer las ansias mías horas, días, semanas, meses y años. Pues arrastre mi tormento tu ambición, llegue en rigor a su término el amor, a su línea el sufrimiento. Saca un puñal y amenázase a sí. En mí este puñal sangriento verás, si ofenderme tratas. Hoy he de ver si rescatas, siendo tú de ti homicida, tu deshonra con tu vida, si te rindes o te matas, porque en repetidos lazos tengo de ver de una suerte o entre mis brazos tu muerte o mi vida entre tus brazos. Abrevia, animal, los plazos; no torpe y cobarde estés. Atrévete, llega pues; verás que, antes que ofendida esté, me dé a mí una herida cada paso que tú des. Temblando de verte estoy y, una vez fiera, otra amante, cuando pienso ir adelante, atrás caminando voy. A cada paso que doy otra duda se concierta. Si tu muerte ha de ser cierta y cierta ha de ser mi muerte, ten que más quiero perderte viva que llorarte muerta. Deja las ansias esquivas; no hieras tu pecho, no, que no importa morir yo a precio de que tú vivas. No tu honor con sangre escribas; quita del pecho el puñal, que, aunque es pedernal y en tal lance a verle herido llego con acero, aun no da fuego herido ese pedernal. Desta suerte me has de ver siempre que ofenderme trates. No te hieras, no te mates, que yo volveré a tener esperanza de vencer con amor, con fuerza no. Salen Hércules y Clarín. En esta parte quedó. O tarde o nunca podrás. Pues ¿quién fía que jamás podré conseguirte? Yo,... ¡Ay de mí! ¡Yo estoy perdida! ...que, abortado desta suerte de la tierra, con tu muerte he de rescatar su vida. Aunque tu saña atrevida dé a mi esfuerzo qué temer, mi vida he de defender. ¿Cómo podrás de mi ira? Abrazando a Deyanira: ella mi escudo ha de ser. Abraza a Deyanira y pónela delante. Resistirme puedo en vano; de mármol helado soy. ¡Buenos están los dos hoy! ¡Y ella su daga en la mano! Quítala el puñal. Y, si aqueste puñal gano... ¿Qué es lo que intentas, traidor? En defensa hacer... ¡Qué horror! ...yo de mi vida contigo lo mismo que ella conmigo en defensa de su honor. Cuando fuerza al arco des para darme a mí la muerte, que tengo de darla, advierte, muerte a ella atrevido, pues. Cobardes tengo los pies, atadas las manos tengo, pues, si vengarme prevengo, librarla y matarte trato por su vida, ni te mato ni la libro ni me vengo. ¿Qué dudas, esposo mío, si ves a quien te ofendió? ¿Qué importa que muera yo? Tuyo es todo mi albedrío. Venga con valiente brío tu agravio prudente y sabio. El pie, la mano y el labio mueve: sé tú mi homicida, pues importará mi vida mucho menos que tu agravio. Si a mí misma me mataba yo porque a ti te adoré, ¿qué importa que otro me dé la muerte que yo me daba? Esa es mi pena más brava, porque, si tú altiva y fuerte a ti te dabas la muerte por mi honor, en tanto abismo no te ha de matar lo mismo que tengo que agradecerte. Porque, si de tu valor esa fue acción conocida, no ha de quitarte la vida lo que me ha dado el honor. Pues ¿cómo tienes valor de verme en tantos desvelos en otros brazos? ¡Ay, cielos!, calla, que en tanto rigor me olvidaré de tu amor, si me acuerdo de mis celos. De darme muerte no trates, flechado aquese arco; mira que das muerte a Deyanira. ¡No la hieras, no la mates! ¿Que tú tu ofensa dilates? Sí, que en pena tan inmensa todo cuanto el rigor piensa lo deshace la piedad, que hallo la seguridad dentro de la misma ofensa. Hijo de la Libia ardiente, si como agravias traidor acaso tienes valor para sustentar valiente el agravio, libremente deja esa mujer; testigo haz al sol de que conmigo lidiaste, a ver si me vengo deste agravio. Yo no tengo de hacer batalla contigo. No darme muerte procura, dilatar mi vida intenta, si no quieres ver sangrienta esta infelice hermosura. Hércules, en lid tan dura tú tu ofensa has permitido que yo hasta aquí he defendido. Eso mis alientos para, pues tu vida no guardara, si me hubieras ofendido. Dentro Floro y gente. Por acá. Por acá. Mucha gente por el monte asoma. Para que más se embaracen mis dudas unas con otras. Corre, Licas, que en el monte hay una fiera espantosa de las que yo busco. ¿Aquí se resuelven tus congojas? No sé, no sé, Deyanira, porque en confusión dudosa tu honra guarda tu vida y es tu vida mi deshonra. Ataja, ataja; no entren a ampararse de las rocas. En esta confusión quiero irme acercando a las ondas. Esposo, señor, ¿qué aguardas? ¿Qué dudas? Tu vida sola acobardara mis flechas. Dispáralas, que no importa. ¡Oh, si pudiese cobrar el caballo y a las olas arrojarme de ese río! Yo te seguiré, aunque corras, ya determinado a ser– Neso coge a Deyanira en brazos y se entra y, al seguillos Hércules, salen el príncipe Floro y Licas y criados. ¡Detente, fiera espantosa! Si Deyanira no está en vuestros brazos, ¿qué importan dardos ni flechas?, que yo sabré deshacerlas todas. ¡Vive Dios que se va urdiendo una linda carambola! ¡Hércules! Sí. ¿Qué he escuchado? Licas a tus pies se arroja. ¿Tú eres Hércules? No sé quién soy, porque en esta hora, ajeno yo de mí mismo, aún no sé si soy mi sombra. Floro soy, de África infante, que aquestas selvas umbrosas discurro. A caza de fieras ando, y esas pieles toscas las señas equivocaron de hombre y fiera. ¿Qué te ahoga? ¿Qué has menester? ¿Qué te aflige? Aquí estoy, ¿qué te congoja? ¿Qué es lo que tienes? Aquel monstro que al agua se arroja es mi enemigo y aquella mujer, que en sus brazos roba sin culpa suya, es el dueño de mi pena rigurosa. ¡Ay de mí!, que es Deyanira, que fue un tiempo mi señora. La espalda vuelve a la tierra, ufano por ver que logra su fuga a los ojos míos. Mas, aunque el mar le socorra, aunque el Etmo le dé paso y aunque el cielo se me oponga y aunque la hermosura pierda que mis aplausos estorba, vea el cielo, el mar y el mundo que hoy me vengo, aunque sea a costa de mi amor. Aquesta flecha, que de la hidra venenosa está teñida en la sangre, cometa de pluma y rosa, le alcance, pues que no puede alcanzarle mi persona. Bellísima Deyanira, aquesta crueldad perdona; harto dilaté tu muerte, mas ya tu vida ¿qué importa? Ponzoña la flecha lleva; iguales las armas nota, bárbaro delfín, supuesto que, si en lid tan rigurosa tú me mataste con celos, yo te mato con ponzoña. Tira adentro la flecha y luego vase. dentro ¡Ay de mí! ¡Cielos piadosos, dad favor a mis congojas! Por las espaldas la flecha pasó al monstro. Y ya en las ondas el animado bajel, que a imitación generosa de la nave de Argos iba andando sobre las olas, perdido el piloto suyo, a todas partes zozobra. Los verdinegros cristales, teñidos en la espumosa sangre, sendas de carmín dejan. Y los troncos y hojas de los corales, que nacen blancos antes que les ponga color el sol, aprovechan la ocasión y se le toman, viendo que la azul campaña se hace ya campaña roja. Con el natural instinto el bruto, al ver que se ahoga, pone la vista en la tierra. Animosamente boga, siendo los remos los pies, siendo la frente la proa, vela el manto de la ninfa, árbol Neso, el anca popa, buco el pecho y el timón, sobre la espuma, la cola. ¡Oh, quieran los dioses que tomen puerto sus congojas! A socorrerla lleguemos, por si a alguna parte aborda. Vanse. Sale Neso herido con Deyanira en los brazos. Hermosa mujer, no temas que he de dejar que las ondas, aunque son patria de Venus, hoy en su centro te escondan, que hasta volverse a la tierra se alentará tu persona. Ya estás en ella y en ella muero alegre, pues que logra mi muerte morir a vista de quien mi muerte ocasiona. La vida tu amor me cuesta y entre mi furia rabiosa solo que me debas quiero la última fineza: toma esta túnica que visto. ¿Vesla, que en mi sangre toda bañada está? Pues en ella el mayor tesoro logras; si Hércules, considerando que en mi poder tan a costa de sus celos has vivido, te desdeña o te baldona o te quisiere dar muerte, haz que aquesta piel se ponga, que la que no me sirvió a mí de defensa agora te servirá de defensa a ti, pues en ella sola está el hechizo con que te adoré. (¡Oh, si mi penosa fortuna después de muerto me vengara!, pues no ignoran mis desdichas que esta flecha con la sangre venenosa de la hidra dejará avenenadas mis ropas). En el punto que la vista le verás cómo te adora y te busca. Este secreto que nadie le sepa importa. No tengo más que dejarte; con esto te galardona mi amor cuanto te ha querido. Tu amor venturoso goza y muera yo desdichado por que tú vivas dichosa. Cae dentro. ¡Cielos! ¿Qué estrella de cuantas aquese azul manto bordan, desperdiciadas cenizas de la más luciente antorcha, es la mía? ¿A cuyo cargo está mi infelice historia, que acrisolar mis desdichas tan a pechos suyos toma? Murió Neso y yo en aquesta desierta, desnuda roca, que con tanta furia el Etmo siempre repetido azota, con un cadáver estoy. ¿Qué pena más rigurosa pudiera darme el delito, si le cometiera loca? ¿Qué me da la virtud, pues? A las adúlteras Roma este castigo les dio, mas no a las nobles matronas. ¿A quién pediré socorro, si no hay nadie que me oiga?, que a quejas de un infelice aun la deidad está sorda. Aunque sean sin provecho, mis voces el aire rompan. ¡Hércules, señor, esposo! Sale Hércules. ¿Quién me llama, quién me nombra? Quien para subir al sol hoy a tus plantas se postra. Cuando, huyendo de las gentes, en lo más oculto lloran mis ojos tu muerte; cuando afligida mi memoria ya te imagino deidad del mar y que en sus alcobas Tetis te albergaba, haciendo de coral, cristal y aljófar nicho a tu belleza en grutas de caracoles y conchas, te hablo, te escucho y te veo. Sí, que la deidad piadosa de Venus me dio la vida para que a tus pies la ponga. A ese sangriento cadáver que en su púrpura se ahoga y a mí a tierra nos echó aquel bruto, porque hay cosas adonde son más corteses los brutos que las personas. Viva estoy y tuya soy. Pero ¿qué es esto? ¿Tú lloras al mirarme? ¿Tú suspiras? ¿Tú de tus brazos me arrojas? Cuando pensé celebrar en ellos de tus vitorias y de mi vida el efeto, tantos aplausos malogras. Si es que agora por ventura o por desventura agora de tu agravio breve asomo, de tu ofensa breve sombra, vil delirio, infame acaso, poco indicio, seña corta contra tu honor te persuade, contra mi fama te informa, miente la seña, el indicio miente, porque no estas rocas a las ráfagas del viento, las resacas de las olas, esentas se miran tanto, resistiendo unas a otras, cuanto mi honor al embate de agua y viento burla y postra, quedando a vista del cielo siempre altiva y siempre heroica. Si has sentido que ese golfo en su centro no me esconda, yo me arrojaré, señor, desde aquí a la procelosa saña del mar, porque menos mi vida infeliz importa que tu gusto. Sepa yo que lo es: verás cuán poca duda me pone el asombro. El corazón desahoga; habla. Hermosa Deyanira, y infelice cuanto hermosa, porque dicha y hermosura siempre enemigas se nombran, tu vida en el alma estimo, porque es tu vida la cosa que más mi vida venera y que más el alma adora. No temo, no, de mi agravio la ejecución rigurosa, que bien conozco que al sol no le embarazan las sombras; mas, como en el mundo nadie consigo se vive a solas y es menester que uno viva con los demás, es forzosa desdicha satisfacer con alguna acción agora más las malicias ajenas que las desventuras propias. Hasta matar a esa fiera y hasta cobrar tu persona toda el África he corrido. Un año ha ya, ¡qué congoja!, que te perdí, y donde acaba una duda empieza otra. En el poder has estado de una fiera rigurosa; el mundo sabe mis ansias, pues hasta en Asia y Europa mi opinión están perdiendo los que piensan que la cobran, y ya espero que vendrán de publicar mi deshonra. Y, siendo así que en la duda y en la verdad hay dos cosas, la una mi satisfación y la de todos la otra, yo quiero cumplir con ambas y ha de ser de aquesta forma. Por mi parte, pues yo soy quien creo tu fama heroica, yo te concedo la vida; por parte de quien pregona mis desdichas, te la quito. ¿Cómo podrá ser agora quitarte y darte la vida, Deyanira, una acción sola? Pues fácil es. Todos piensan que moriste entre las ondas y yo solo sé que vives; la voz de tu muerte corra y vive para mí solo; con lo cual a un tiempo logra mi desengaño tu vida y tu muerte mi congoja. En todos aquestos montes no hay nadie que te conozca y así en ellos estarás en traje de labradora. Vive, mas yo no te vea; vive, mas yo no te oiga, pues con otro nombre... Espera, que es necia, es injusta, es loca esa determinación que contra ti mismo tomas. ¿Por qué has de pensar de ti tan vilmente que antepongas la satisfación ajena, mi bien, a la tuya propia? ¿Por qué has de pensar que el verme contigo, siendo tu esposa, te han de mormurar, pues antes cierras con esto la boca a la malicia? ¿Tan poco fías tú de ti que pongas duda en tu honor? Bien saneas malicias escrupulosas. ¿Por qué has de pensar de ti que habrá en el mundo persona que piense de ti que has dado ensanchas a tu deshonra? Ten de ti satisfación; tendranla las gentes todas, porque, si tú tu honra dudas, ¿quién ha de creer tu honra? O me imaginas culpada o inocente –aquesto nota–: si culpada, aqueste acero mi pecho infelice rompa; si inocente, aquesos brazos mansamente me recojan, que esto no tiene más medio que el castigo o la lisonja, porque, en efeto, señor, sentencia tan rigurosa para estar sin culpa es mucha, para estar con culpa es poca. Bien dices; mas yo también digo bien, que en fin hay cosas donde a todos la razón falta, porque a todos sobra. Advierte... Nada me digas. Mira... Nada me propongas. Considera... Nada me hables. Oye... Nada me respondas, que no seré yo el primero, Deyanira, que conozca que no esté agraviado y tome satisfación, porque importa la satisfación ajena a veces más que la propia. (Ni yo seré la primera que use inadvertida y loca de hechizos para atraer a sus brazos lo que adora). Dentro Floro, Licas y gente. Hacia aquí están. Pues entrad descabellando las copas de esos árboles. ¡Qué mal mis pretensiones se logran! Salen. ¡Felice mil veces sea, Hércules, el día en que cobras tanta dicha! ¿Cómo puede dejar de serlo el que adora la virtud de Deyanira con quien todo el sol es sombra? (Vergüenza tengo de que me vean. ¡Qué escrupulosa la conciencia es del honor!). ¡Y felice el día, señora, en que mi patria os merece por amanecida aurora! El cielo os guarde mil años por tantos favores y honras. Dame, señora, tu mano. Licas, estés en buen hora, que en hallarte aquí parece que alivio mis penas toman. Si espera servirte en algo, será mi vida dichosa. Pues ha sido dicha mía hallarme en el monte agora, venid conmigo, que quiero ver mi corte venturosa con tales huéspedes. Yo ofrecí a la poderosa deidad de Júpiter santo que el día (¡mi mal me ahoga!) que alcanzase de esa fiera tan conocida vitoria (cuantos me ven me parece que me culpan y baldonan) había de sacrificalle; y, pues tanto me ocasiona ser este monte el Oeta, cuyos vecinos le adoran y donde estoy esperando a dos amigos por horas, en él quiero, antes de entrar en las cortes populosas, cumplir el voto. Y yo quiero asistir a él y dar todas las víctimas. Avisad a cuantos el monte moran que con bailes, danzas, juegos y con músicas sonoras acudan al sacrificio; y vamos, que entre esas rocas el templo está soberano. Vase. Vamos, Deyanira hermosa, cielo mío (infierno es mío), gloria mía (y mi deshonra). Vase. (¡Qué mal Hércules desmiente con halagos las congojas!, pero yo veré si tantas penas hechizos mejoran). Licas, pues quieren los hados que mi vida a tus pies ponga, a ese sangriento cadáver de sus vestidos despoja y, sin que nadie lo entienda, con gran secreto los toma y llévalos donde yo estuviere, que me importa. Vanse todos y salen todos los villanos y villanas. Floro ha mandado que todos los rústicos moradores de Oeta, llenos de flores y bizarros de mil modos, asistan al sacrificio que a Júpiter soberano hoy ha de hacer por su mano el gran Hércules, indicio dando de agradecimiento de que al centauro mató. ¿Y tú has de ir allá? ¿Pues no? ¿Pues un día de contento es hoy para despreciar? Y con notable placer tengo el primero de ser que ha de bailar y cantar. ¿No habemos de ir todas? Sí. Para vestirnos, las flores se desnudan de colores, hasta el morado alhelí. Todas guirnaldas hagamos. Vivas las podéis llevar, que muertas no hay que tratar. ¿Por qué? Ved adónde estamos y no preguntéis por qué. Ya tu malicia condeno. Sale Clarín. Cansado vengo; ¡no es bueno, que cansa el andar a pie! Clarín, seas bienvenido. Tú, Narcisa, mal hallada. ¿Qué te ha sucedido? Nada es lo que me ha sucedido. Ved que es hora de empezar ya el sacrificio. Cojamos del monte flores y ramos. Vanse los labradores y salen Deyanira y Licas. De ti solo he de fiar, Licas, aqueste secreto. Hércules, que a hacer acude sacrificio, que desnude sus pieles es fuerza, a efeto de lavarse el cuerpo, pues no llega a sacrificarse a Júpiter sin lavarse quien sacerdote no es. Sus pieles has de quitar sin que lo eche de ver y con recato poner esotras en su lugar, que como son parecidos en desaliño y fealdad y en poca curiosidad todos aquestos vestidos, no llegará a conocellos; y estar con sangre no es objeción tampoco, pues siempre él gusta de traellos manchados por vanagloria, que como a fieras los quita, con su sangre solicita hacer del trofeo memoria. Sólo trato obedecerte y cuanto mandas haré, ya que mi ventura fue el traerte desta suerte donde te pueda servir. Vase. Si en sus vestidos tenía Neso hechizo que le hacía amar, querer y sentir, sienta Hércules, ame y quiera, que no mi suerte ha de hacer que me llegue a aborrecer Hércules desta manera. Ya Licas a él ha llegado y hace lo que le ordené; ya con aquesto se ve mi amor más asegurado, y todos los moradores de aqueste monte, adornados de galas y coronados de varios ramos y flores, con diversos instrumentos cantando y bailando vienen, a cuyos acentos tienen enamorados los vientos. Detrás Hércules, vestida la piel de Neso cruel, viene y ahí Floro con él. Quiero, pues, introducida con todas, disimular ayudando a su alegría por ver si la pena mía con algo puedo engañar. Sale toda la compañía con guirnaldas y ramas y con instrumentos, y detrás Floro y Hércules, y trae vestido las pieles de Neso. En hora dichosa venga a estas incultas montañas el escándalo del tiempo y el asombro de la fama. En hora dichosa venga donde sacrificios haga de Júpiter en su templo a la deidad soberana. Ese supremo edificio que entre aquesas peñas altas a igualarse con el cielo ambicioso se levanta templo de Júpiter es, en cuyas divinas aras ya las víctimas te esperan. Llegaré a darle las gracias de la pasada victoria a Júpiter. Él me valga, que no sé lo que en el pecho siento que me aflige el alma. En hora dichosa venga a estas incultas montañas el escándalo del tiempo y el asombro de la fama. En hora dichosa venga donde sacrificios haga de Júpiter en su templo a la deidad soberana. ¡Con cuánto contento escucho repetir tus alabanzas! (¡Y con cuánta pena yo, ay de mí, llego a escucharlas! Por salirse el corazón del pecho, con golpes llama al pecho). ¿Qué es lo que sientes, que estás sin color? ¿Yo? Nada. En hora dichosa venga a estas incultas... Suene, mientras cantan, un clarín en el tablado del mar y cajas en el de la tierra. Aguarda, que otras repetidas voces de trompetas y de cajas las cláusulas lisonjeras de la música acompañan. Sin duda que te hacen fiestas en la tierra y en el agua brutos y peces. (A mal tiempo llegan, que no basta ya todo mi sufrimiento hoy a resistir mis ansias). Mayor es la admiración de lo que yo imaginaba. ¿No veis venir por el mar, cubierto de velas blancas, un bajel? ¿Y por la tierra no veis cubrir la campaña ejércitos numerosos? Sin duda son los que aguarda mi amistad, que aquella nave Argos es y aquellas varias banderas el dragón griego traen tremolando por armas. (A no estar yo sin sosiego, ¡a qué buen tiempo llegaran!). Pues con salva nos saludan, respondámoslos con salva. Cantan en el tablado de en medio, y por los otros dos van saliendo en orden las dos compañías, hombre y mujer, cada una en el tablado donde representó, al son de cajas y trompetas. En hora dichosa venga a estas incultas montañas el escándalo del tiempo y el asombro de la fama. En hora dichosa venga donde sacrificios haga de Júpiter en su templo a la deidad soberana. Altas cumbres del Oeta... Noble coluna africana... ...que sois descanso del sol,... ...que sois de la luna basa,... ...decidme si en vuestro centro... ...decid si en vuestras entrañas... ...vive el más noble caudillo. ...el mejor varón se guarda. Montes de Oeta famosos... Meritísimas montañas– ...decid si hay vino en vosotros, porque yo vengo harto de agua. ...decid si para un viandante habrá en vosotras vianda y si sufren ancas, que yo harto estoy de sufrir ancas. Por Hércules os pregunto, moradores desta playa... Hércules es el que digo, vecinos destas campañas... ...que, aunque vengo en busca suya sin conseguir la demanda que de él me apartó, porque no ha sido mi dicha tanta, triunfo traigo que rendir a sus generosas plantas. ...que, aunque conseguir no pude el efeto de la causa que me llevó a penetrar diversas provincias varias, coronado de trofeos vuelvo a cumplir la palabra de volver hoy a sus ojos. No les respondas, aguarda, que yo les responderé, si antes no me falta el habla. Valientes amigos míos, cuyo valor, cuya fama os ha hecho árbitros nobles de toda la tierra y agua, pues os han obedecido los golfos y las campañas, no el venir sin Deyanira os cause desconfianza, que ya la satisfación del que me ofende y agravia guardó el cielo para mí, porque fuese la venganza cuyo fue el agravio. (¡Cielos! ¡El corazón se me arranca!). Llegad, llegad a mis brazos, y a los suyos que os aguardan. Solo esta dicha de hallarte con ella, Hércules, faltaba a mis aplausos; y, ya que está tu ofensa vengada, podré ofrecerte mis triunfos con segura confianza. El vellocino de oro, que varios monstros guardaban, es mío. Las gracias desto debo a la docta, a la sabia Medea, que es la que miras, porque a ella y todas sus damas, Friso y Absinto, que en busca suya dejaron su patria y vinieron donde pudo sujetallos mi arrogancia, con el vellocino de oro traigo ganados del Asia. No son mis triunfos menores. De Europa traigo la rara beldad de Fedra conmigo y, aunque en un monte a Ariadna dejé, por Fedra divina, quejosa y desesperada, viene aquí también, porque, siguiéndome su venganza con Minos, en Calidonia fue mi triunfo, que estas armas me dio su rey. Y así vengo con los despojos que arrastran al Minotauro, aquel monstro que en el laberinto estaba de Creta. Muerto le dejo, y vencidas y frustradas de Dédalo las prisiones que eran deste monstro guarda, por no hacer a mi promesa y a mis sentimientos falta. Y a quien debe este favor es la que ahora veis esclava suya, porque son las penas cobardes que siempre andan de cuadrilla, y nunca vino una sola la desgracia. Llegad los dos a mis brazos, aunque primero a las plantas de Floro es bien que lleguéis, príncipe destas montañas. Haced paso hasta llegar donde Hércules nos aguarda. Abrid sendas a ese monte. Tú, Medea, me acompaña. Tú, Fedra, conmigo ven. Tuya es la vida y el alma. Siempre tengo de seguirte. Marcha y toca. Toca y marcha. Aquí se juntan los tres tablados, y pasan marchando al son de trompetas y cajas, y al mismo tiempo cantan. Pues que con salvas se acercan, recibámoslos con salva. En hora dichosa venga a estas incultas montañas el escándalo del tiempo y el asombro de la fama. En hora dichosa venga donde sacrificios haga de Júpiter en su templo a la deidad soberana. ¡Oh, qué alegre es para mí un día de dichas tantas! (Para mí también lo fuera si un dolor no me matara. ¡Ay de mí!, que ya no puedo disimular más mis ansias). Dadme la mano, señor. A mí me ofreced las plantas. En habiendo a Fedra hermosa, a Medea y a Ariadna pedido las suyas, si es que merezco gloria tanta, a todos daré los brazos. Venturosa es quien alcanza tal dicha. ¡Felice yo, que toco esfera tan alta! Y yo que todo esto veo, ¡infelice y desdichada! En tanto que en cumplimientos allá estos señores andan, andémoslo acá nosotros. Dadme, señor, vuestras patas. A mí los brazos me dad. En abrazando a estas damas. ¡Bien venidas! ¡Bien venidas! Bien halladas. Bien halladas. Hércules, dame los brazos, prendas de amistad más rara. Y a mí, pues para el mayor bien sólo eso me faltaba. Vengáis con bien. Mas, ¡ay, cielos!, ya el sufrimiento no basta. No llegues a mí, Jasón; Teseo, de mí te aparta, que temo que han de obligarme a deshaceros mis ansias entre mis brazos. ¿Qué es esto? ¿Qué te aflige? ¿Qué te cansa? ¿Qué a tal estremo te fuerza? ¿Qué acción tan furiosa causa? No sé, no sé lo que ha sido quien mi sentido arrebata, ni tan inmenso dolor no sé, ¡ay de mí!, de qué nazca. Solo sé que el corazón a pedazos se me arranca del pecho y que pavorosa no me cabe dentro el alma. ¡Ay de mí! ¡Todo soy fuego! ¡Ay de mí! ¡Todo soy rabia! ¿Qué sientes? Siento un ardor que me aflige y que me abrasa. Todas mis voces son rayos, todos mis alientos llamas, fuego vierto por los ojos. (¡Oh, infelice y desdichada, que pienso que he dado muerte a quien más mi vida ama!). ¿Dónde sientes el dolor de esa congoja? En el alma. Los vestidos me parece que me aprietan. Pues desata la cinta. Quita esta piel. Veamos qué tienes. Aguarda, que con el tosco vestido pedazos de carne arrancas. Teseo, que me atormentas; Jasón, que me despedazas. Sangre de la hidra tienen esas pieles que con tanta furia se pegan al cuerpo, abrasando hasta que matan. (La culpa tuvo mi amor, la pena tendrá mi alma). ¡Huid de mí todos, huid! Eso haré de buena gana. ¡Ay de mí! ¡Todo soy fuego! ¡Ay de mí! ¡Todo soy rabia! ¿Pero a mí ningún dolor de mi sentido me saca? Noble Floro, amigos míos, grandes héroes, bellas damas, Hércules muere rabiando sin saber quién su mal causa. Soberbias cumbres de Oeta, hoy para eterna alabanza seréis monumento suyo; dejad, dejad que estas altas cumbres caigan sobre mí o sobre mí el cielo caiga para ver si tanto peso con tanta fatiga acaba. Áspides tengo en el pecho y lazos en la garganta. ¿Mas para qué pido a nadie mi muerte? Esa viva llama, esa hoguera, que encendida para el sacrificio estaba, será mi pira. Recibe, sagrado fuego, en tus aras, ardiendo en fuego mayor, aquesta víctima humana que a Júpiter le dedico. A poco me atrevo o nada, pues no teme un fuego a otro y es mayor el que me abrasa. ¡Ay de mí! ¡Todo soy fuego! ¡Ay de mí! ¡Todo soy rabia! Vase. No pudimos detenerle, porque con el tacto abrasa. ¡Con qué denuedo se echó en la hoguera! (Pues ¿qué aguarda mi amor? Acendrado el oro de mi fe en tu fuego salga). Yo a mi esposo di la muerte por dar vida a mi esperanza, pero yo me vengaré con la más noble venganza. Hércules, señor, esposo, espera, detente, aguarda, y la que en vida te amó verás si en muerte te ama, ofreciéndote la vida a ti, a Júpiter el alma. Vase. Detenelda. Fue imposible. Fénix será de su fama. ¡Lindo par de chicharrones para mi hambre se asan! ¡Lindas gallinas se queman! ¿Qué aguardas, Narcisa, para echarte al fuego? Que tú te eches antes. Bien aguardas. ¡Qué trágico fin tuvieron de Hércules las alabanzas! Aquí acabaron sus hechos. Aquí dan fin sus hazañas. Y en ellas fin el poeta a la comedia que llama Los tres mayores prodigios de África, de Europa y Asia. Por el deseo siquiera que humilde tiene, sus faltas perdonad, pues no pretende dicha ni merced más alta que el perdón; este merezca por pedirle a vuestras plantas.