No hay burlas con el amor Gran Comedia Personas DON ALONSO DE LUNA DON JUAN DE MENDOZA MOSCATEL, gracioso DON LUIS DON DIEGO DON PEDRO ENRÍQUEZ, viejo DOÑA BEATRIZ, dama INÉS, criada LEONOR Jornada Primera Salen DON ALONSO DE LUNA y MOSCATEL muy triste. ¡Válgate el diablo! ¿Qué tienes, que andas todos estos días con mil necias fantasías? Ni a tiempo a servirme vienes ni a propósito respondes; y por errarlo dos veces, si no te llamo, pareces y si te llamo, te escondes. ¿Qué es esto? Dilo. ¡Ay de mí! Suspiros que el alma debe. Pues ¿un pícaro se atreve a a suspirar hoy así? Los pícaros ¿no tenemos alma? Sí, para sentir y con rudeza decir de su pena los extremos; mas no para suspirar, que suspirar es acción digna de noble pasión. ¿Y quién me puede quitar la noble pasión a mí? ¡Qué locuras! ¿Hay, señor, más noble pasión que amor? Pudiera decir que sí; mas para ahorrar la cuestión, que no, digo. ¿Que no? Luego si yo a tener amor llego noble será mi pasión. ¿Tú amor? Yo amor. Bien podía, si aquí tu locura empieza, reírme hoy de tu tristeza más que ayer de tu alegría. Como tú nunca has sabido qué es estar enamorado, como siempre has estimado la libertad que has tenido, tanto que en los dulces nombres de amor fueron tus placeres burlarte de las mujeres y reírte de los hombres, de mí te ríes, que estoy de veras enamorado. Pues yo no quiero criado tan afectuoso. Hoy de casa te has de ir. Advierte... No hay ahora que advertir. Mira... ¿Qué querrás decir? Que se ha trocado la suerte al paso, pues siempre dio el teatro enamorado el amo, libre el criado No tengo la culpa yo desta mudanza, y así deja que hoy el mundo vea esta novedad y sea yo el galán, tú el libre. Aquí hoy no has de quedar. ¿Tan presto que aun de buscar no me das otro amo tiempo? No hay más de irte al instante. (Sale DON JUAN.) ¿Qué es esto? Es un pícaro que ha hecho la mayor bellaquería, bajeza y alevosía que cupo en humano pecho, la más inorme traición que haber pudo imaginado. ¿Qué ha sido? ¡Hase enamorado! Mirad si tengo razón de darle tan bajo nombre, pues no hace alevosía, traición ni bellaquería, como enamorarse, un hombre. Amor es quien da valor y hace al hombre liberal, cuerdo y galán. ¡Pesia tal! De los milagros de amor la comedia me habéis hecho, que fue un engaño culpable, pues nadie hizo miserable, de avaro y cobarde pecho al hombre, sino el amor. ¿Qué es lo que decís? Oíd, y este discurso advertid: veréis cuál prueba mejor. El hombre que enamorado está, todo cuanto adquiere para su dama lo quiere, sin que a amigo ni a criado acuda, por acudir a su gusto: luego es miserable amando, pues no es, ni se puede decir virtud, la que no es igual, y miserable no ha habido mayor, que el que solo ha sido con su gusto liberal. A vuestra sofistería nada quiero responder, Don Alonso, por no hacer agravio a la pena mía del amor, y si en su historia discurro temo quedar vencido, y no quiero dar yo contra mí la vitoria. A buscaros he venido para consultar con vos un pesar; mas viendo ¡ay Dios! que de mi amor ha nacido, le callaré, porque quien da a un criado tal castigo mal escuchará a un amigo. No escuchará sino bies; que no es todo uno, Don Juan, ser vos el enamorado, o el bergante de un criado; que vos sois noble, galán, rico, discreto, y en fin, vuestro es amar y querer; mas ¿por qué ha de encarecer el amor la gente ruin? Y porque sepáis de mí que trato de un mismo modo burlas y veras, a todo me tenéis, Don Juan, aquí. Salte allá fuera. Dejad que me oiga Moscatel, que a vos os busco y a él. Pues proseguid. Escuchad. Ya, Don Alonso, sabéis cuán rendido prisionero de la coyuntura de amor, el carro tiré de Venus, tan fácil vitoria suya que no sé cuál fue primero, querer vencer o vencerme, que un tiempo sobró a otro tiempo. Ya sabéis que la disculpa de tan noble rendimiento fue la beldad soberana, fue el soberano sujeto de Doña Leonor Enríquez, hija del noble Don Pedro Enríquez de quien mi padre amigo fue muy estrecho. Este, pues, milagro hermoso; este, pues, prodigio bello es la dicha que conquisto, es la gloria que deseo. No os digo que venturoso amante, ¡ay de mí!, merezco favores suyos, que fuera descortés atrevimiento que los merezco decir; que aunque es verdad que los tengo, tenerlos es una cosa y otra cosa es merecerlos; y así, que los tengo, digo que los merezco, no puedo, que es conseguir lo imposible dicha, y no merecimiento. Con este engaño, llevado en las alas del deseo, lisonjeado de la noche, aplaudido del silencio, festejado de las sombras, a quien más favores debo que al sol, que a la luz, que al día, vivo de saber que muero, hasta que más declarado pueda a rostro descubierto pedirla a su noble padre, de quien no dudo ni temo que me la dé, porque iguales haciendas y nacimientos, no hay que esperar donde amor tiene derechos los conciertos. La causa de no pedirla y casarme desde luego con ella, es (aquí entra ahora la pensión deste contento, el subsidio desta dicha, y el azar de aqueste encuentro) tener Leonor una hermana mayor, y como no es cuerdo discurso querer que case a la segunda primero, no me declaro con él, porque si a pedirle llego alguna de sus dos hijas (que claro está que no tengo de decir a la que adoro) por ser la mayor, es cierto que me ha de dar a Beatriz; y si digo que no quiero sino a Leonor, es hacer sospechoso mi deseo, dispertando la malicia que hoy yace en profundo sueño, y quizá perder la entrada que ahora en su casa tengo, si no es ya que está perdida con el más triste suceso de amor, que me paso anoche... Pues la pena con que vengo buscándoos... Oídme, que aquí os he menester atento. Beatriz, de Leonor hermana, es el más raro sujeto que vio Madrid, porque en él, siendo bellísima, y siendo entendida, están echados a perder, por los extremos de una extraña condición, belleza y entendimiento. Es Doña Beatriz tan vana de su persona, que creo que jamás a ningún hombre miró a la cara, teniendo por cierto que allí no hay más de verle a ella y caerse muerto. De su ingenio es tan amante, que por galantear su ingenio, estudio latinidad y hizo castellanos versos. Tan afectada en vestirse que en todos los usos nuevos entra, y de ninguno sale. Cada día por lo menos se riza dos o tres veces, y ninguna a su contento. Los melindres de Belisa, que fingió con tanto acierto Lope de Vega, con ella son melindres muy pequeños; y con ser tan enfadosa en estas cosas, no es esto lo peor, sino el hablar con tan estudiado afecto que, crítica impertinente, varios poetas leyendo, no habla palabra jamás sin frases y sin rodeos, tanto que ninguno puede entenderla sin comento. La lisonja y el aplauso que la dan algunos necios, tan soberbia, tan ufana la tienen, que en un desprecio de la deidad del amor comunera es de su imperio. Esta tema a todas horas, este enfado a todos tiempos, aborrecible la hacen tanto, que no hay dos opuestos tan contrarios como son las dos hermanas, haciendo por instantes el estrado la campaña de su duelo. Ha dado, pues (yo no sé si es necia envidia o si celo) en asistir a Leonor de suerte que no hay momento que no ande en alcance suyo, sus acciones inquiriendo tanto que al sol de sus ojos es la sombra de su cuerpo. Anoche, pues, en su calle entre embozado y secreto, y haciendo al balcón la seña, donde hablar con Leonor suelo, la ventana abrió Leonor, y yo a la ocasión atento llegué a hablarla; pero apenas la voz explicó el concepto que estudiado y no sabido no me cabía en el pecho, cuando tras ella Beatriz salió, y con notable estruendo la quitó de la ventana, dos mil locuras diciendo, que si yo entendí el estilo con que las dijo, sospecho que fueron que ella a su padre diría el atrevimiento. No sé si me conoció, y así, cuidadoso temo el saber o no saber en qué ha parado el suceso por cuya causa no voy a visitarla, temiendo su enojo; pero tampoco a dejar de ir me resuelvo, porque si acaso ha llegado a su noticia mi intento, la vida del dueño mío no dudo que corra riesgo; y así, porque en ir o estarme hay peligro, elijo un medio que es enviar este papel disimulado y secreto, que aun no va de letra mía, para cuyo efecto quiero a Moscatel que le lleve valiéndose de su ingenio y se le dé a Inés, criada de Leonor, porque no siendo conocido por criado mío, no hay que tener miedo. Y así, que le deis licencia, Don Alonso, es lo que os ruego, y que conmigo en la calle os halléis, porque si llego a saber que está Leonor en peligro, estoy resuelto a sacarla de su casa aunque todo el mundo entero lo estorbe; y para esta acción he elegido el valor vuestro. Mi amigo sois, Don Alonso, y bien conocido tengo que las burlas del buen gusto son las veras del acero. Moscatel, ese papel toma; en casa de Don Pedro Enríquez, con la invención que te ofreciere tu ingenio, entra, y dale a esa criada que dice Don Juan. ¿Tan presto lo disponéis? Si ha de ser ¿cuánto es mejor que sea luego? Toma el papel; con nosotros ven. [Aparte.]  Aunque temer no puedo el peligro, pues Inés, que es de mis sentidos dueño, es la que voy a buscar, amor me dé atrevimiento. Guiad ahora hacia la calle. ¡Qué amigo tan verdadero! ¡Qué amores tan enfadosos! Si me oyeron, no me oyeron... ¡Bien haya yo, que en mi vida he enamorado con riesgo, sino dama a todo trance, sino moza a todo ruedo, que a la primera visita llamo recio y hablo recio! Y el haber en mí o no haber, o temor o atrevimiento, no consiste en otra cosa que haber o no haber dinero. [Vanse.] Esta es la calle. Porque no nos vean estaremos en algún portal metidos. (Sale DON LUIS y DON DIEGO, y pasan quitándose los sombreros.) Decís bien. Mas ¿quién son estos que parece que a la casa de Leonor miran atentos? Este es un Don Luis Osorio a quien muy continuo veo en la calle aquestos días, y ha dado ¡viven los cielos! en cansarme. Pues ¿hay más de que también le cansemos nosotros a él? Dejadlo, que no es destas cosas tiempo. Pasemos de largo y no demos qué decir. Pasemos, aunque con tantas figuras pueda ser hombre. Tú luego darás la vuelta, y darás el papel a Inés. Me temo... No hay que temer. Aquí estamos a la vista; éntrate presto. (Vanse DON JUAN y DON ALONSO, y salen DON LUIS y DON DIEGO por la otra puerta.) Esta es la capaz esfera, este es el abreviado cielo de la más bella deidad y del planeta más bello que vio el sol desde que nace en joven golfo de fuego, hasta que abrasado muere en canas ondas de hielo; y con ser tal su hermosura, en ella ha sido lo menos, porque pudiera ser fea en fe de su entendimiento. Y en fin, ¿mujer tan discreta servís para casamiento? Por conveniencia y amor la sirvo y la galanteo, para cuyo efecto, ya han de tratarlo mis deudos. Pues no sé si lo acertáis. ¿Por qué no, si en ella veo virtud, nobleza y hacienda, gran beldad y grande ingenio? Porque el ingenio la sobra; que yo no quisiera, es cierto, que supiera mi mujer más que yo, sino antes menos. Pues ¿cuándo el saber es malo? Cuando fue el saber sin tiempo. Sepa una mujer hilar, coser y echar un remiendo, que no ha de menester saber gramática ni hacer versos. No es ejercicio culpable donde es tan noble el exceso que no tiene inconveniente. Ni yo que le tenga pienso, pues antes sé lo contrario del rigor y del desprecio con que os trata. Ese desdén adoro; la vuelta demos a la calle. No otra vez pasen estos caballeros que ya miro con cuidado. Vamos pues. ¡Hermoso centro de la ingratitud que adoro presto a tus umbrales vuelvo! (Vanse y salen LEONOR y INÉS, criada.) ¿Está mi hermana vestida? Tocándose ahora quedo y por no pudrirme yo de ver cuán desvanecida pide uno y otro consejo a su espejo, la dejé. ¡Qué necio con ella fue a todas horas, su espejo! ¿Cómo necio? ¿No lo es quien en gusto de un pesar no sabe un consejo dar a quien se le pide, Inés? Pues si a Beatriz la he pedido mil consejos cada día, y a tan continua porfía nunca a gusto he respondido, muy necia es. Ahora reparo la causa. ¿Cuál puede ser? Que no os debéis de entender; que ella habla culto, tú claro, y así os estáis todo el día porfiando las dos. ¡Quién fuera tan feliz que no tuviera más cuidado ¡ay Inés mía! ¡Con cuánto temor estoy de que aquesta melindrosa, esta crítica enfadosa, a mi padre cuente hoy lo que anoche me escuchó al balcón hablar! Supuesto que haber salido tan presto mi señor de casa, dio el lugar para prevenir el lance, y que no ha tenido tiempo de haberlo sabido, procuremos desmentir su malicia con alguna invención. Ya he imaginado y digo que no he hallado a propósito ninguna, porque ¿cómo la he de hallar si ella misma quien vio fue a Don Juan? Lo que se ve es lo que se ha de negar con brío y con desenfado procurando deshacello; lo que no llegan a vello, señora, se está negado. El medio, ¡ay de mí!, mejor que me ofrece el pensamiento es, Inés, con rendimiento, dueño hacerla de mi amor, de mi empleo y mi esperanza, pues es hacer en efeto puerta de hierro a un secreto el hacer dél confianza. ¿Qué he de hacer ¡ay de mí!, Inés, si esta industria sola es la que me queda? (Sale BEATRIZ con un espejo en la mano, mirándose en él.) ¡Hola! ¿No hay una fámula aquí? ¿Qué es lo que mandas? Que abstraigas de mi diestra liberal este hechizo de cristal y las quirotecas traigas. ¿Qué son quirotecas? ¿Qué? Los guantes. ¡Que haya de hablar por fuerza en frase vulgar! Para otra vez lo sabré. Ya están aquí. ¡Cuanto lidio con la ignorancia que hay! ¡Hola, Inés! ¿Señora? Tray de mi biblioteca a Ovidio, no el Metamorfosis, no, ni el Arte Amandi pedí, el Remedio Amoris sí, que es el que investigo yo. ¿Pues cómo he de conocer libro, si es que eso has pedido, si aun el cartel no he sabido de una comedia leer? Obscura, idiota y lega, ¿no te medra cada día la concomitancia mía? [Aparte.]  Ahora mi papel llega. Hermana... ¿Quién me habla así? Quien a tus pies obediente viene a arrojarse. Detente; no te apropincues a mí que empañarás el candor de mi castísimo bulto y profanarás el culto de las aras de mi honor; porque mujer que fió del caos de la sombra fría, y en descrédito del día nocturno amor aceptó, no mirar consiga atento mi semblante a voz profana, pues víbora será humana que con su, inficione, aliento. Beatriz discreta y hermosa, mi hermana eres. Eso no, que tener no puedo yo hermana libidinosa. ¿Qué es libidinosa, hermana? Una hermana que al farol trémulo, virrey del sol, osa abrir una ventana y susurrando por ella a voz media y labio entero, da a decir a un lucero da que callar a una estrella. Pero yo minoraré el escándalo que has hecho, diciendo al paterno pecho sacrilegios de tu fe. Un devoto anoche vi... ¿Y conocístele? No, ni pudo ser, porque yo qué es másculo conocí. Pues yo te quiero decir quien era, y con el intento que me habló. ¡Qué atrevimiento! ¿Tan insulto había de oír? Pues aunque oírlo no quieras lo has de oír, porque también no está a mi decoro bien que tú con locas quimeras te persuadas a que ha sido liviandad lo que honor fue. ¿Honor? Oye. No daré directo a tu voz mi oído. Pues directo o no directo todo lo has de escucharlo ya. Oído por la fuerza, será clandestino tu secreto, y no puedo error tan mucho cometer. Si hablando estoy... Áspid al conjuro soy; no lo escucho, no lo escucho. (Vase BEATRIZ.) ¡Oye!... Mas ¿quién ahí ha entrado? A mi señor buscará. Mira quién es, mientras va mi desdicha y mi cuidado siguiendo una fiera. (Sale MOSCATEL.) Amor, ¡qué cobarde eres conmigo, pues aun no valen contigo las leyes de embajador! ¿Es posible que has tenido, Moscatel, atrevimiento de entrar hasta este aposento? Sin saber qué me ha movido a haber entrado hasta aquí, rigor es anticipado... Pues ¿no basta haber entrado? Sí y no. Pues ¿cómo no y sí? No, pues no sabes a qué; sí, pues enojada estás; no, pues presto lo sabrás; sí, pues tarde lo diré; y aunque pude haber venido de tu hermosura llamado, traído de mi cuidado y del tuyo distraído, a darte aqueste papel vengo, que Don Juan me envía, que de mi cuidado fía lo que a Leonor dice de él; que por no ser conocido por criado suyo yo, con el papel me envió, si ya la causa no ha sido conocer de mi dolor, saber de mi mal severo, que de amor no es buen tercero el que no sabe de amor. Pues di que el papel me diste y que a Leonor le daré; y vete presto, porque temerosa, ¡ay de mí triste! de que Beatriz... Yo me iré; que aunque adoro tu presencia, las leyes de tu obediencia tan constante observaré, que a precio de tu rigor compraré el desprecio mío, y a costa de tu desvío mereceré tu favor. Bien pudiera responderte que tan ingrata no he sido como te habré parecido; pero tiéneme de suerte el temor de verte aquí, que dejo para después la respuesta. Vete, pues, que tiempo... Mas ¡ay de mí! Mi señor por la escalera sube. Aquí no me ha de hallar viéndote conmigo hablar. (Vase aprisa y sale DON PEDRO, viejo.) Oye, aguarda, escucha, espera. ¿Quién ha de esperar y oír? ¿Quién aguardar y escuchar? Quien me tuviere que hablar o yo tenga que decir. ¿Qué hacéis aquí? ¿Qué he de hacer? ¿Ya vos no lo estáis mirando? ¿No habláis? Estaba pensando lo que os he de responder. ¿Qué buscáis? [Aparte.]  ¿Que aquesto pase? A quien sea mi homicida. ¿Por qué? Porque yo en mi vida hallé cosa que buscase. ¿Quién sois? Habéis preguntado en proprios términos. Soy un criado honrado, si hoy hay un honrado criado. ¿A quién servís? No serví, aunque criado me llamo. ¿Cómo no? Como mi amo es el que me sirve a mí. Ya es mucha bellaquería hablarme de esa manera, y ya más plazo no espera la justa cólera mía. [Aparte.]  Malo va esto ¡vive Dios! Si me da con alga aquí, ¡mire que se calle estén los dos! Quién sois me habéis de decir, qué queréis y qué buscáis y a qué en esta casa entráis, o en ella habéis de morir a mis manos. Si firmado habéis la sentencia ciego con «ejecútese luego» yo soy Moscatel, criado de un Don Alonso de Luna. (Sale DON JUAN, y DON ALONSO.) Pues está aquí Moscatel, y vimos entrar tras dél a Don Pedro, mi fortuna no espera más. Yo dispuesto a cuanto suceda estoy. A tomar puerta voy. [A MOSCATEL.]  Proseguid. (Llega DON JUAN.) Señor, ¿qué es esto? [Aparte.]  Eso sí. [Aparte.]  Forzoso es ya reportarme. [Alto.]  Este hombre hallé aquí; qué busca, no sé. ¿No? Pues él nos lo dirá o a aqueste acero rendido morirá. [Aparte a MOSCATEL.]  Vamos de aquí, Moscatel, que importa así. [Aparte.]  ¡Buen socorro me ha venido! Un hombre busco, y no hallando nadie que me respondiera, de escalera en escalera me fui poco a poco entrando. Sin ver a quién preguntar hasta esta parte llegué donde una doncella hallé (la verdad en su lugar). Pensando que era ladrón huyó de mí, y a ella era el escucha, aguarda, espera. Bien por tener razón. [Aparte.]  Aunque no estoy satisfecho de que me diga la verdad, fuera necia liviandad de mi espada y mi pecho saber Don Juan que he tenido otra sospecha; y así fingir me conviene aquí que su disculpa he creído, porque menos recatado le pueda después seguir, saber quién es, y salir de una vez deste cuidado. [Alto.]  Pues si venís a buscar un hombre, ¿por qué os turbáis de verme a mí? Porque dais y soy fácil de turbar. Id con Dios. Que a los dos guarde. [Aparte a MOSCATEL.]  A Don Alonso le di se quite luego de ahí. Luego vuelvo. A Dios, que es tarde. ¿Dónde vais? Vuelvo a buscar unas cartas que perdí. No habéis de salir de aquí u os tengo que acompañar. [Aparte.]  Algo, sin duda, ha entendido de mi enojo; fuerza es deslumbrarle. Venid pues. [Aparte.]  Bien hasta aquí ha sucedido, pues sin sospechar en mí, asistirle a todo puedo. (Vanse y salen INÉS y LEONOR.) Confusa de mirar quedo lo que ha sucedido aquí. Informarse tan severo cobrarse tan recatado, hablar con él tan pesado y seguirle tan ligero, y muchos efectos han sido; no sé qué ha de suceder. ¡Válgate Dios por mujer, qué temeraria has nacido! Señora, ¿qué te ha pasado, que tan colérica vienes? Que no me escuchó Beatriz, porque ha estado impertinente, con más soberbia que nunca, tan cansada como siempre. Dice que dirá a mi padre el suceso. Cuando vienen los pesares, nunca ¡ay triste!, vienen solos, pues de suerte se eslabonan unos de otros que, enredándose crueles, es víspera del segundo el primero que sucede. Aquel hombre que dejaste aquí, para que supiese yo quién era, te buscaba a ti, señora, con este papel; que Don Juan no quiso, por el riesgo, que viniese criado suyo. El papel me dio apenas, cuando quiere el cielo que entre tu padre y que con el hombre encuentre. Llegó al empeño Don Juan y hizo que el hombre le diese no sé qué necias disculpas; pero, aunque quiso, prudente, disimular mi señor, no pudo, y tras él se vuelve. Qué bien dicen que los males son, si hay uno, como el fénix, pues es cuna en que uno nace la tumba donde otro muere. Dame el papel, porque quiero al instante responderle a Don Juan en el peligro que estoy. No le guardes, léele, que quizá advertirá algo que en tu cuidado aproveche. Dices bien; abrirle quiero, que nada en ello se pierde. (Lee.) «Qué mal podré, hermoso dueño, decirte ni encarecerte...». Tu hermana viene. ¡Ay de mí! (Sale BEATRIZ.) ¿Qué misivo nema es ése que ajado ocultas? ¿Yo? Sí. No entiendo lo que me quieres decir. Con vulgar disculpa me has obstinado dos veces; ese manchado papel en quien cifró líneas breves cálamo ansarino, dando cornerino vaso débil el etíope licor ver tengo. En vano pretendes ver el papel, porque fuera también ser necia dos veces no querer saber de mí cuando de oírme te ofendes lo que yo quiero decir, y querer saber aleve lo que pretendo callarte Mi fraternidad no atiende a tu lengua, sí a tu acción, porque aquella mentir puede y está ha de decir la verdad; y así, en la ocasión urgente, si oír lo que quieres no quiero, saber sí lo que no quieres. ¿De qué suerte, si no quiero, lo has de saber? Desta suerte Ásela del papel y porfían las dos. Suelta la epístola. No es sino evangelio. Aunque intentes por fuerza verle, tirana, poco podré o no has de verle. Deja el papel. (Sale DON PEDRO, y rompen el papel, quedándose con la mitad cada una.) ¿Qué papel es? ¿Por qué reñís, aleves? [Aparte.]  Cayóse la casa, como dice el fullero que pierde. Suelta este pedazo tú, y tú suelta esotro. [Aparte.]  Déme ingenio amor. El que abstraes fragmento a mi mano débil te referirá baldones que tu pundonor padece. El papel, señor, que miras, yo no sé lo que contiene; y pues que Beatriz lo sabe ¿quién duda que suyo fuese? Leyéndole estaba cuando llegué... ¿Yo? ¡Calla! Y sin verme, llegando con tal cuidado, (que me le puso de verle), quise quitársele, y ella me le defendió. No pienses que fue atrevimiento en mí; que después que sé que tiene Beatriz quien la escriba, y quien la hable de noche por ese balcón, mi virtud me ha dado disculpa para atreverme, aunque soy menor hermana, a tratarla desta suerte. [Aparte.]  De mano gana Leonor cuando un mismo punto tienen. ¡Por cierto, Beatriz...! Ignoro, atónita, responderte, que me construyó su acento estatua de fuego y nieve, porque cuanto me acumula delito es suyo in specie. Pues ¿aquí no estaba Inés que decir la verdad puede? Pues ¿Inés no estaba aquí que dirá lo que sucede? Yo soy, en fin, la presencia de todo el hecho presente. ¡Ay de mí!, que combatido de uno y otro mal fuerte, ambos me están mal, pues ambos armados contra mí vienen; que al averiguar, ¡ay triste!, cúya es la culpa evidente no es excusarme la pena, pues cuando a saberla llegue, tan sitiado mi dolor, tan acosado mi suerte, tan cercado mi desdicha, en este lance me tienen, que habiendo oído, que habiendo de morir precisamente quien me dé muerte sabré mas no excusaré la muerte. Vete tú, Beatriz, de aquí, y tú, Leonor, de aquí vete. Señor, yo... Nada digáis. [Aparte.]  Quiera amor que no confiese el papel lo que yo niego. (Vase.)  Tú, mentil hermana, tienes la culpa de todo. (Vase.)  Inés. [Aparte.]  Aquí entro agora. Detente. [Aparte.]  Honor, con quien vengo vengo. Pues sola el testigo eres, ¿quién leía el papel? [Aparte.]  Yo ni quito ni pongo leyes, pero hago lo que debo. ¿Qué es lo que dudas? ¿Qué temes? [Aparte.]  El oficio de criada es ayudar a quien miente. Señor, poco antes que tú llegué yo, sin que pudiese de la acción ni de las voces, saber cúyo el papel fuese. Esta es la verdad, so cargo del juramento que tiene fecho cualquiera criada en el pleito que refiere. ¿Aun este pequeño alivio del desengaño, no quiere darme el dolor? Vete, Inés... [Aparte.]  ¡Viva a toda ley quien vence! (Vase.) Que el papel confesará cuanto tú y ellas me nieguen. Juntar quiero los pedazos desta víbora, esta sierpe que dividido el veneno en dos mitades contiene. (Lee.) «...mal podré, hermoso dueño, decirte ni encarecerte el cuidado con que estoy de que anoche nos oyese tu hermana. Avísame al punto que a tu padre se lo cuente para que te ponga a salvo». A entrambas a dos conviene el papel, para que sea hoy mi desdicha más fuerte, pues si supiera de una que con liviandad procede, supiera también de la otra la virtud, y desta suerte templado estuviera el daño; mas para que no se temple quiere el cielo que a ninguna crea, y que en las dos sospeche. Hallar un criado aquí, turbarse, ¡ay de mí!, de verme, llegar Don Juan y dejarle, salir tras él y perderle, volver a casa y hallar la confusión que me vence, cosas son que han menester atenciones más prudentes. Y así, pues sé que el criado es, si su temor no miente, de Don Alonso de Luna, saber quién es me conviene y atender a sus acciones; y hasta que a mis manos llegue o desengaño o venganza, ¡valedme, cielos, valedme! Jornada Segunda Salen DON JUAN, DON ALONSO y MOSCATEL. De buena salimos Yo soy el que salí de buena y entré en mala, pues me vi ya de la muerte tan cerca. Determinarme yo a entrar, viendo la ocasión tan cerca, tras Don Pedro, fue tu dicha. Y aun la tuya, pues si dejas de entrar confieso de plano. ¿Eso dices? Y aun lo hiciera mejor que lo digo. Mira, Don Juan, si amando hay quien tema. ¿Pues un amante es cobarde? Mucho más, por ver que arriesga una vida que no es suya, sino de su hermosa prenda; y si es deuda de un amante en su servicio perderla, ya es de amor estelionato hipotecarla a otra deuda. (Sale INÉS tapada.) Señor Don Juan. ¿Quién me llama? Yo soy. Vengas norabuena Inés. Para haberte hallado he dado a Madrid mil vueltas. ¿Qué ha sucedido, que así vienes? [Aparte.]  Inesilla es ésta; quiera el cielo que mi amo ni la atisbe ni la vea. A darte aqueste papel he venido. A Dios. Espera; le leeré. (Lee DON JUAN, y entre tanto se pone MOSCATEL en medio de DON ALONSO y de INÉS.) No tiene, a fe, mala cara la mozuela. [Aparte.]  Vióla; no daré un ochavo por mi honra toda entera. [Aparte a él.]  Oye, Moscatel. ¿Señor? Si como esta moza fuera la tuya, te disculpara, si hay disculpa que amor tenga. (Aparte.) Celos, vamos poco a poco; no matéis con tal violencia ¿Esta te parece bien? Pues ¿no es bien hermosa ésta para fregona? No es sino muy mala y muy fea. Si vieras, señor, la mía pondré el alma que dijeras que era pecado nefando si entrabas en su competencia. ¡Viven los cielos que mientes! Ya he leído. ¿Y qué hay? Mil quejas de Leonor, y en fin me avisa que bien puedo ir a verla, que no hay sospecha de mí por una industria; cuál sea no dice. Después, de todo yo volveré a daros cuenta. Vamos, Inés. (Vase.) Moscatel, no la dejes ir, deténla. [Aparte.]  ¿Esto más, celos? ¡Ah, hermosa! ¿Qué queréis? Veros quisiera esa buena cara. [Aparte.]  ¡Ay, cielos! Hay mucho que ver en ella y no vengo tan despacio Yo la sabré ver apriesa. [Aparte.]  Y aun dejar de verla y todo. (Sale DON LUIS, y DON DIEGO.) La criada suya es ésta. Desde su casa la he visto salir, y vengo tras ella por ver si para Beatriz darla un recado pudiera. [Aparte.]  No sé lo que Moscatel me quiere decir por señas. Con Don Alonso de Luna habló. Cierta es mi sospecha; que venir una criada de Beatriz desta manera a buscarle, estar él siempre en su calle y a su reja con el otro amigo suyo, mirar que cuando se aleja se quedan los dos hablando, no es posible que no sean lances de amor. ¿Qué queréis? hacer? Que aquí no me vean, que no tengo yo favores para que empeñarme pueda, y reñir un desvalido es valentía muy necia. Decís bien, y quizá mienten los viles celos que os cercan. Nunca son viles los celos, Don Diego. Opinión es nueva. ¿Hay más nobleza que hablar verdad? Pues esta nobleza solos los celos la tienen, porque no hay celos que mientan. (Vanse los dos.) Bien está. A Dios, que es muy tarde. Dejad que vaya siquiera con vos aquese criado; no vais sola. Norabuena; venga el criado conmigo. [Aparte.]  ¡Que esto escuche? ¡Que esto vea? [Aparte a MOSCATEL.]  Moscatel. ¿Señor? Escucha: Inés me ha dado licencia para que en mi nombre vayas hasta su casa con ella; ve, y dirásla en el camino que como tal vez se venga a casa, no faltará algún regalo que hacerla. ¿Es posible que tal dices? Sí, que si en tu amor ya es fuerza acompañar a Don Juan, no es muy mala conveniencia tener quien aquel instante también a mí me entretenga. Yo se lo diré. En los trucos te aguardo con la respuesta. (Vase.) ¡Quedamos buenos, honor! Vamos, Moscatel, ¿qué esperas? Vamos, Inés. Pues ¿tan triste conmigo vas, que aun apenas alzas a verme la cara? ¿Qué es aquesto? ¡Ay, Inés bella! ¡Ay dulce hechizo del alma, qué de cuidados me cuestas! ¿Qué tienes? Amor y honor. Quiero y sirvo, y hoy es fuerza, entre mi dama y mi amo, que no sirva o que no quiera. No entiendo tus disparates. Pues yo haré que los entiendas. Don Alonso, mi señor, te vio, Inés, y a Dios pluguiera que antes cegase, aunque yo el mozo del ciego fuera. Vióte, Inés, ¡ay Dios!, y al verte fue precisa consecuencia quererte, no tanto, Inés, por tu infinita belleza como por su amor finito, que eres, en fin, cara nueva. Conmigo a decirte envía... (aquí se turba mi lengua), dice que si vas, Inés, a verle, tendrás (¡qué pena!), si es por la mañana, almuerzo, si es por la tarde, merienda. ¡Grosero, descortés, loco! Suspende la aleve lengua, que no sé, no sé qué has visto en mí para que te atrevas a hablar con tal libertad a una mujer de mis prendas. Dile a tu amo, villano, que soy quien soy, y no tenga pretensiones para mí; que de cualquiera manera iré a servirle a su casa, porque yo no soy de aquellas mujercillas que se pagan en almuerzos y meriendas, que soy moza de capricho, y eso le doy respuesta. ¿Eso dices? Eso digo; y presto de aquí te ausenta, no te vean en mi casa, mira que ya estamos cerca. En fin ¿te vas enojada? No me sigas, no me veas. Obedecerte es forzoso. Pues tan triste, Inés, me dejas, bien podéis, ojos, llorar, no lo dejéis de vergüenza. (Vase MOSCATEL.) Aquesta es mi casa; el manto me he de quitar a la puerta, que para esto solamente creo que en las faldas nuestras usamos los guardainfantes. Ahora, aunque mi ama la necia me haya echado un rato menos, no sabrá que he estado fuera. Nadie de ustedes lo diga, que los cargo la conciencia. (Vase y salen DON JUAN y LEONOR.) [Luego vuelve a salir INÉS.] Esta mentira ha sido la que nuestro cuidado ha divertido. Fue del ingenio tuyo, que con ello que fue sutil arguyo. Ya del todo perdida la vida, restauré en parte la vida, que lo que era evidencia puse con el engaño en contingencia, que no es pequeño aviso saber hacer dudoso lo preciso. ¿Tu padre, en fin, de entrambas sospechoso quedó? Tanto que anda cuidadoso, yendo a casa y viniendo, escuchando a la una, a la otra oyendo; que hasta aquí no ha sabido cúyo el papel, ni para quién ha sido, porque Inés, que tenía sola noticia de la culpa mía, sin que a decirlo acuda, dejó en su fuerza la primera duda. Yo no dije que era el papel de Beatriz, porque pudiera el papel desmentirme, y así, en lo que dijiste estuve firme. Dicha fue que viniera el papel de manera que a entrambas convenía, que bien se acuerda la memora mía de que no te nombraba y de que escrito de otra letra estaba. Pero, dime ¿qué ha hecho Beatriz al testimonio? Yo sospecho que, sujeta al indicio, si juicio tiene ha de perder el juicio, pues sobre su melindre y su locura, tan vana de su ingenio y hermosura, verse indiciada tanto de una sospecha, la convierte en llanto. Y estoy, Don Juan, gustosa de manera de verla así, que diera porque fuera verdad y no fingido el amor que en su culpa he introducido, la vida. Piensa tú, señor, que haremos por llevar adelante sus extremos. De nuestro amor industria lisonjera el divertirla y el culparla fuera, pues con eso dejara de perseguirme a mí, y ella callara. Ahora bien: pues yo quiero desta venganza tuya ser tercero, y trayendo conmigo para que la entretenga un cierto amigo, haré... pero ella viene; después lo oirás, que aquí callar conviene. Pues vete, no te vea, que aunque aquesta sospecha en ti no sea a toda ley, bien creo que es mejor desvelar nuestro deseo. Pues a Dios, Leonor bella. ¡Santiago, cierra, España! ¡A ella, a ella! (Vanse INÉS y DON JUAN y sale BEATRIZ.) Aquí que fénix estoy, porque al fin la fantasía hace y no hace compañía, soliloquiar quiero hoy en qué horóscopo nací, pues siendo mi honor en mí sol que el día iluminó, el eclipse padeció y yo el efecto sentí. Entre mi nube y mi ardor, con epiciclo confuso, el cuerpo opaco me puso la mentira de Leonor. ¿Qué me quieres? Es error, aunque a solas te he nombrado, fantasiar que te he llamado; que si el nombrar es llamar, hoy desvía con llamar, al contrario mi cuidado. Pues ¿por qué cruel conmigo tu voz a solas se emplea? Pues que me interrogas, sea tu mendacio tu castigo. ¿Tú no fuiste, amor testigo, la escrita? Digo que sí. ¿La que al paterno dijiste, al fin, que era para mí el lineado papel? Sí. ¿Tú no fuiste quien hiciste tan válida la mentira, que embelecó la verdad, acuada su puridad? Sí, Beatriz. Pues ¿qué te admira lamentar tu fraude? Mira lo que tu enfado causó; que no lo intentara, no, si tú ayudaras mi engaño; mas ya sucedido el daño, Beatriz, primero era yo. Negarte a solas no quiero que mía la culpa fue, pero tampoco querré confesársela a un tercero. Yo amo, yo adoro, yo muero de amor... ¡mi padre, ay de mí! (Sale DON PEDRO al paño detrás de BEATRIZ y de cara a LEONOR, ella le ve y él se recata.) «Yo muero de amor» oí a Leonor. [Aparte.]  Cure mi error mi voz. [Alto.]  ¡Yo muero de amor dices delante de mí! ¡Yo quiero! ¿Esto llego a ver? ¡Yo amo! ¿Aquesto llego a oír? ¿«De amor muero» ha de decir una principal mujer? Mi padre lo ha de saber; que aunque tú me has dicho aquí que a él no, pero a mí sí lo confiesas, brevemente lo sabrá. ¿Qué dices? ¡Tente! No te apropincues a mí. El concepto dificulto de tus extremos, Leonor. No me empañes el candor de mi castísimo bulto. ¡Qué mudanza! ¿Tal insulto pronunciar tu lengua osa? Leonor es la virtuosa. Oye, hermana. Aqueso no, que tener no puedo yo hermana libinidosa. (Vase.) ¿Quién tales extremos vio? ¿Quién vio tales sentimientos? ¿Quién vio tales fingimientos de un instante a otro? Yo, yo los vi, Beatriz, y no en vano el cuidado ha sido que con las dos he tenido. Señor ¿tú estabas aquí? Sí, sí, Beatriz, aquí estaba. ¿Oíste a Leonor lo que hablaba? Lo que habló Leonor oí. ¿Luego ya estarás de mí desengañado? Sí estoy, pues he llegado a ver hoy que una hermana menor pueda reñirte. ¡Qué tal suceda! Infausta y crinita soy. ¡Qué crinita ni qué infausta! Señor... Beatriz, bueno está; basta lo afectado ya, lo enfadoso basta, basta, que es lo que más contrasta para que vencida quede tu opinión: bien verse puede, si a hablar así te acomodas, que quien no habla como todas no como todas procede. Yo sé que el cuidado ha sido y el papel de un caballero bachiller y chocarrero, leve y mal entretenido y que le quieres he oído cuando Leonor te reñía. Culpa ha sido tuya y mía, mas remediarélo yo: aquí el estudio acabó, aquí dio fin la poesía. Libro en casa no ha de haber de latín, que yo le alcance; unas Horas en romance le bastan a una mujer. Bordar, labrar y coser sepa solo; deje al hombre el estudio, y no te asombre esto, que te he de matar si algo te escucho nombrar que no sea por su nombre. Subordinada al respeto, girasol de tu semblante, en estilo relevante no frasificar prometo. Deja, empero, a tu conceto desvanecer la apariencia que el engaño hizo evidencia, que hizo caso la malicia queriendo con su injusticia captar tu benevolencia. Perdiendo el juicio, Beatriz, bien enmendada te veo. Por tu anticipata... Creo que hoy me has de quitar el juicio. (Vanse y salen DON ALONSO y MOSCATEL.) ¿Eso la pícara dijo? De tu amor tan ofendida como si fuera hija Inés del Preste Juan de las Indias, decid, dijo, a vuestro dueño, que de mi valor no vista, que soy grande para dama y para esposa soy chica. Eso a reyes de comedia no hay condesa que no diga, de Amalfi, Mantua o Milán, mas no las de Picardía. ¡Válgate el diablo, picaña! ¿Cómo no tienes a dicha que te hable un hombre que al fin trae una camisa limpia? Señor, cada ropa blanca su semejante codicia. ¿Y qué te pasó con Celia? Estaba a su celosía asomada, y aun borracha, pues dijo por qué no ibas a verla, y esto, señor, en juicio no lo diría, porque ¿cómo has de ir a verla, si ya la viste ha de tres días? Mi firmeza me destruye, porque todas imaginan, siendo galán al quitar, que lo he de ser de por vida. Pues mejor es lo que a mí me ha pasado; como iba en un coche Doña Clara, llamome, llegueme a oírla, y dijome que a la tarde, ¡ahí es una niñería!, la enviase veinte varas de lama, porque quería hacer en mi nombre una pollera, y a media risa pregunté de qué color; respondió que de la mía, y así, al propósito hice de repente esta quintilla: «De mi color, bien mi amor dar la pollera quisiera, mas es tanto mi temor que no me dejas color de qué hacerte la pollera». Con esto me descarté de la lama. Linda finca es un desenfado. ¿Cómo? Como paga a chanza vista. ¿No sabes lo que en aquesto más me mata, más me admira? Que usándose hombres que nieguen se usen mujeres que pidan. Piden por su devoción. [Aparte.]  ¡Qué presto de Inés se olvida! Celos, a Dios. Moscatel. ¿Señor? ¿Quieres que te diga una verdad? Si contigo lo puedes acabar, dila. La Inesilla me ha picado. ¿Tan aguda es la Inesilla? Y por hacer burla della solamente, he de rendilla. Allá has de volver. ¿Yo? Sí. [Aparte.]  Celos, no a Dios tan aprisa. La dirás... (Sale DON JUAN.) Gracias al cielo que os traigo nuevas un día de contento, porque amor no siempre ha de ser desdichas; ya cesaron sus disgustos, sus pesares, sus rencillas, que como es niño, el semblante que ayer fue llanto hoy es risa. Ayer de vuestro valor me valí, cuando tenía empeños de honor, y ahora que han mejorado de dicha, me he de valer, Don Alonso, de vuestra cortesanía, buen gusto y sutil ingenio, porque en dos iguales líneas los dos extremos toquéis del pesar y la alegría. Pues bien ¿qué os ha sucedido? De cuanta culpa tenía Leonor, hizo a Beatriz dueño, cautelosa y prevenida. Dudó el padre entre las dos cuya fuese la malicia y quedó por fe dudosa la que era culpa precisa. Para ayudar este engaño con Beatriz, y divertirla, que si hay envidia entre hermanos es la más cruel envidia, me ha pedido que con ella algún nuevo amante finja, porque la importa en extremo o culparla o divertirla. Y aqueste habéis de ser vos, ayudándoos ella misma a la entrada de su casa. Y así, desde aqueste día la habéis de asistir, pasear, adorar su celosía, solicitar sus criadas, donde saliere seguirla, escribirla... Deteneos, que ni hablarla ni servirla, ni pasearla, ni mirarla, sabré yo hacer en mi vida. ¿Yo mirar a una ventana embobado todo el día, haciendo el amor ardiente a un cántaro de agua fría? ¿Yo sobornar a una moza porque mis penas la diga? ¿Yo abrazar un escudero con la barba hasta la cinta? ¿Yo seguir a una mujer, ni saber dónde va a misa ni si la oye? (que al fin, yo, Don Juan, en toda mi vida he averiguado a mi dama si tiene o no tiene crisma, y ellas se huelgan, pues todas niegan dónde se bautizan). ¿Yo escribir papel tan cuerdo que mil locuras no diga, donde el razonamiento ande entre el afecto y la dicha? ¿Yo parlar a una ventana después de una noche fría, para pedir una mano? ¿Yo sufrir que cada día me responda: «es de mi esposo», y con aquesta porfía me ande con su doncellez dando en rostro cada día? ¡Vive Dios, que antes me deje morir, que a una mujer siga, ni solicite, ni ronde, ni mire, ni hable, ni escriba! Porque en no teniendo yo libre entrada a mis visitas, donde tome mi despejo a la primera vez silla, la segunda taburete y la tercera tarima, siendo mi lecho el estrado y mi almohada una rodilla, y haciéndola que me rasque la cabeza si me pica, no daré por cuanto amor hay en el mundo dos higas. Y mirad, pues, qué mujer tan chistosa y entendida traéis, sino una mujer que habla siempre algarabía, y sin Calepino no puede un hombre entrar a oírla. Y así, mirad si tenéis algún disgusto en que os sirva, que voto a Dios que primero con diez hombres legos riña que con una mujer culta, que ha de ser la dama mía, como fianza, abonada, sobre lega, llana y lisa. En la corte, Don Alonso, ¿cada día no se mira, por hacer tercio a un amigo, enamorar a una amiga? También se mira, Don Juan, en la corte cada día perder uno su dinero por hacer tercio a una rifa. Yo no quiero que tu amor sea, sino que lo finjas, que esto todo ha de ser burla. Mucho lo fingido obliga, y hacer burla de una loca tan vana y tan presumida... [Aparte.]  ¡Qué presto hizo la razón a la ocasión que le brinda! Tan loco nos venga el año. Cuanto sea engaño y mentira vaya; mas pensar que tengo de obligarla ni sufrirla, es pensar un imposible. Ni nadie a aqueso os obliga. Desde aquí empiezo a armarla. Vamos a su casa misma, y en el camino os diré destas cosas conocidas que importan, y haré que entréis a hablarla. Vamos aprisa, que ya, de pensar, Don Juan, lo que hoy a las burlas mías han de responder sus veras, me estoy muriendo de risa. Quiera amor no pare en llanto. ¿Qué llanto, necio, si miras que todo es burla?, pues solo mi libertad solicita hacer buen tercio a Don Juan, vengar a Leonor divina, burlar a Beatriz hermosa y retozar a Inesilla. [Aparte.]  No será, no, sino echarse con la carga de mis dichas. [Vanse.] (Salen BEATRIZ y INÉS.) Grande, señora, es tu melancolía. ¿Cómo no ha de ser grande, siendo mía? ¿Y harta razón no tengo, pues por Leonor con mi ascendiente vengo a padecer calumnias de que amo, cuando la misma ingratitud me llamo? ¿Yo, pensar que he escuchado a un hombre amores, que admití un papel, que di favores, que entró en mi cuarto abriendo una fenestra que fue el tacto la nube de mi diestra? Cosas son que el escrúpulo más leve dentro de mí, ni aun pensar se atreve. Y así, aqueste retiro donde la luz del sol apenas miro, lúgubre será esfera donde engañada yo que vivo, muera; estancia será esquiva en que burlando lo que muero viva. El sol, Narciso de jazmín y grana, desde el primer fulgor de la mañana al parasismo de la noche fría adonde espera el parangón del día, no me ha de ver la cara si ya con luz no se penetra avara a esta mansión adonde mi profanado pundonor se esconde. Lloren aquí mis ojos sinónomos neutrales, digo, enojos de torpes desvaríos que son ajenos y parecen míos. Inés, ¿no me he quejado en bien humilde estilo, en bien templado? Si mi padre me oyera ¡oh, cuanta enmienda en mis discursos viera! Mucha; aunque del tema reformado algunas palabrillas te han sobrado. Dime cuáles han sido. Lúgubres y crepúsculos he oído, equívocos, sinónomos neutrales, fenestras, parasismos y otras tales de que yo no me acuerdo. Con la estulticia que hay el juicio pierdo. ¿Pues ésas no son voces de cartilla que un portero las sabe de la villa? Mas desde aquí prometo que calce mi conceto, a pesar de Saturno, vil zueco en vez de trágico coturno. Enmendándose va. Y si tú me oyeres frase negada a bárbaras mujeres, por ver si en esto topa, tírame de la manga de la ropa. La concesión aceto y ser fiscala de tu voz prometo. (Salen LEONOR, DON ALONSO y MOSCATEL.) Esta es Beatriz, y puesto que has venido a divertirla, su galán fingido, hablarla aquí podrás seguramente, yo atenta a que no haya inconveniente. Con Don Juan allí hablando hoy las espaldas te estaré guardando. (Vase.) ¿Quién creerá que he tenido mudo el amor, aun siendo amor fingido? Moscatel ¿qué es aquesto? La droga introducir que se ha dispuesto. ¿Para qué entras tú acá? Para que amo y no has de estar a tiro de mi amo sin escucha. [Viéndolos.]  ¿Qué es esto? Un hombre osado que hasta aquí se ha entrado. ¿Un hombre en mi cubículo? ¿Qué haces? Tirarte de la manga. Necio intento; detén, que solo digo en mi aposento. Hermosa Beatriz, la voz no des al aire, no des al cielo quejas huidas de la prisión del clavel. Oye piadosa mi pena sin enojarte, porque no siempre fue de lo hermoso patrimonio de lo cruel. ¿Andáis por antonomasias? Dos veces tiro. ¡Está bien! Atrevido caballero, que has sido osado a romper la clausura donde el sol, que fénix y hoguera es, si tal vez entra atrevido sale cobarde tal vez, y a no traer por disculpa que me viene el día a traer, no osara donde estoy yo a entrar en átomos él, ¿qué atrevimiento, qué audacia rige tu alevoso pie? [Aparte.]  Aquí empiezan sus engaños. [Aparte.]  Él mismo vaya con él. Peritísima Beatriz, Beatriz, dulce enigma en quien vive de más el hablar y de más el parecer: yo soy aquel que dos años viviente girasol fue de la luz de tu beldad fragrante al llegarte a ver cuanto mustio al ausentarte, que entre el morir y el nacer no hubo más distancia que entre si se ve o no se ve. [Aparte.]  Atención, señoras mías: entre mentir o querer ¿cuál será lo verdadero si esto lo fingido es? La causa hoy de tanto absurdo es haber hallado ayer tu padre el criado mío que te traía un papel; y viendo la obligación que tengo a quien soy, osé, temeroso de tu riesgo, ahora que ocasión hallé, entrar hasta aquí. Detente, que ya me incumbe saber, aunque mi riesgo derogue la más inviolable ley, qué papel o qué criado aquese que dices fue. El criado, este criado; el papel, aquel papel que abrió Leonor, siendo tuyo, porque a ella se le dio Inés. Yo no se le di, que ella me le quitó sin querer. ¿Tuyo era el criado? Sí. ¿Y tuyo el papel? También. ¿Y para mí? ¿Pues qué dudas? Antes no dudo, pues sé que mi muerte y mi homicida fuiste de mi paz, cruel tirano que introdujiste escrúpulos en mi fe. Vuelve, vuelve las espaldas, de piadoso y de cortés, que solicitas mi muerte si aquí mi hermana te ve, porque hará verdades hoy los fingimientos de ayer. [Aparte.]  ¡Qué fácilmente creyó lo que él contó y yo afirmé! [Aparte.]  En fin, no hay cosa más fácil que engañar a una mujer. Y no quieras más vitoria de mi vanidad, que ver que por ti lloran mis ojos, que puede, en efecto, hacer costar lágrimas un hombre sin quererle una mujer, que no las lágrimas siempre señas son de querer bien. Vete. [Aparte.]  Más lo deseo yo, que estoy ya para perder el juicio buscando modos para responder. No des más escándalo en mi casa, que basta el primero ser que concupiscible oí. (Tírala INÉS de la manga.) No tires más déjame, que tienes traza, por Dios, de dejarme muda. En fe, diámetro al menos será mi opuesto planeta, y quien ausentándose sabrá obedeceros cortés, pero en sabiendo mi amor. Pues a Dios, que ya lo sé. [A MOSCATEL.]  No se ha empezado muy mal. Ni se ha acabado muy bien, que viene gente. ¡Ay, señora, ir no lo dejes! ¿Por qué? Porque al paso están hablando Leonor, Don Juan, y también tu padre. El padre es el diablo destos enemigos tres. Mi climatérico día es hoy, ¡ay de mí!, si os ven, porque contra mí los cielos han sabido disponer evidencias que acrediten culpas que no imaginé. Para el cuarto de mi padre el paso esta cuadra es: no podéis salir de aquí ni allá dentro entrar podéis, y así, antes que aquí entren, fuerza el esconderos es. ¿Es comedia de Don Pedro Calderón, donde ha de haber por fuerza amante escondido o rebozada mujer? Esto conviene a mi honor. ¿Yo me tengo de esconder? [A INÉS.]  Inés, mala burla es ésta. [A MOSCATEL.]  Y muy mala, Moscatel. Esto he de deberos. [Aparte.]  Cielos, considerad que no es bien darme tan fino el pesar siendo tan falso el placer. ¿Qué esperáis? ¿Qué he de esperar? Saber adónde ha de ser donde tengo de esconderme. Donde estar mejor podéis es en aquella alacena de vidrios. Has dicho bien. ¡Lindo búcaro del Duque y de la Amaya seré! ¿Yo en alacena de vidrios? ¡Voto a Dios! Preciso es. Entrad. Sin un calzador no es posible. Entra también. ¿Es alacena de dos como mula de alquiler? (Entran en la alacena, quiébranse vidrios y salen DON PEDRO, LEONOR y DON JUAN.) Mirad que quebráis los vidrios. ¡Hola!, unas luces traed a esta sala. [Aparte.]  ¡Vive Dios que no sé lo que he de hacer si halla a Don Alonso aquí Don Pedro!; que yo bien sé que no tiene el cuarto puerta por donde salir, y en fe de haberle empeñado yo y ser mi amigo también, no sé, como llegue a verle, qué remedio puede haber. [Aparte.]  ¡Oh, nunca hubiera inventado la venganza que busqué, pues empezando de burlas tan de veras viene a ser! Aquestas noches, Don Juan, ¿a qué hora os recogéis? Temprano. [Aparte.]  Aquesto es decirme que me vaya, y fuerza es; en grande peligro dejo a Don Alonso, por ser mi amigo; el estarme aquí no es posible; lo que haré será estar siempre a la mira de lo que ha de suceder. Quedá a Dios. A Dios. Alumbra al señor Don Juan, Inés. (Va INÉS alumbrando y vase DON JUAN.) [DON PEDRO sale acompañándole.] No habéis de salir de aquí. Yo sé bien lo que he de hacer. [Aparte.]  ¿Adónde Beatriz habrá, pues yo no lo puedo ver, a Don Alonso escondido? [Aparte.]  ¡Que tantos sustos me dé un hombre que no conozco! (Vuelve DON PEDRO y INÉS con la luz a tiempo que se quiebra un vidrio.) Entra aquesa luz, Inés, en mi cuarto. [Aparte.]  Ahora sin duda da en su aposento con él. Entrad conmigo las dos, que os tengo que hablar... mas ¿qué es aquello? (Deja caer INÉS el candelero.) El candelero se me cayó. ¡Que no estés nunca, Inés, en lo que haces! Sí estoy, señor. (Vanse DON PEDRO y LEONOR.) Oye, Inés; pues mi padre se recoge tan presto, haz al punto que salgan de ahí aquesos hombres sin que lo llegue a entender Leonor. No lo entenderá; mas dime cómo ha de ser, que mi señor no bajó con Don Juan por ser cortés tanto como por cerrar las puertas. Procura hacer que salgan como pudieren. (Vase BEATRIZ.) Ya por donde salgan sé. Mis aprensados señores, bien desdoblaros podéis. ¡Vive Dios, que si no fuera, pícaro, por no sé qué, que te matara! No pude más, si los vidrios quebré, que eran vidrios, en efeto. Venid conmigo. ¡Ay, Inés! Si fuera por ti el secreto fuera empleado más bien. No fuera sino es muy mal. ¿Que ahora de temer estés? No puedo conmigo más; vamos. Mas por no perder ocasión, toma un abrazo. [Aparte.]  Cordero en brazos de Inés, el hombre le vio mil veces, pero sola aquesta vez es el abrazado el hombre y el cordero el que lo ve. Salgamos presto de aquí. ¿Quién dice que no? Que aunque mi señor cerró las puertas, bien salir los dos podréis; arrojaos sin que os sientan por este balcón. ¡Ea, pues! ¿Eso tenemos ahora, Inés? ¿Balconear, después de una alacena? Es forzoso. Y digas, la tal Inés, ¿es muy alto? Del segundo cuarto no más; no aguardéis. ¿Mas que me quiebro una pierna? Hombres que enamoráis, ved: si estos lances, en quien ama se dejan aborrecer, ¿en quien no ama, qué será? ¡Malhaya quien quiere bien! Jornada Tercera Salen INÉS y BEATRIZ. ¿Qué dices? Lo que ha pasado; porque del balcón habiendo... ¡Ay Dios! ¿Cómo, Inés, ha sido? ...los dos Luzbeles caído, llegaron con mucho estruendo unos hombres, pretendiendo conocerlos, y después repararon (tanta es de amo y mozo la destreza) el uno con la cabeza lo que el otro con los pies. ¿Quién, Inés, te lo contó? Cuanto he referido yo relación es de un criado del galán de pie quebrado (como cojo que partió). Saltó del balcón... Y di, ¿quién le vulneró o le ha herido? Eso no se ha sabido. ¿Doliente, en fin, yace? Sí. Pierna y cabeza llevó quebradas, aunque ya está mucho mejor. ¿Quedará claudicante? ¿Qué sé yo que es claudicante? ¡Que no has de perder ese vicio! ¿Hay demencia? ¿Hay tosca igual? El claudicante no es hombre de alternados pies sí el que ambula desigual. No sé lo qué es ni qué no; solo sé, de temor llena, que ha estado herido. Su pena, ¡ay de mí!, padezco yo. Un hombre en mi cuarto entró de mis ansias informado, resuelto y determinado: acción fue que me obligó al compás que me ofendió, pues si ofensa el amor piensa ser, la acción en mi defensa la construye obligación luego compatibles son la obligación y la ofensa. Vino mi padre, y aquí trágica mi historia fuera si cortés no obedecieran los preceptos que le di. Por mí escondido, y por mí precipitado y caído, quedó de otra mano herido: pues si iguales llego a ver que sentir y agradecer, ¿cuál será lo preferido? ¿Pues qué pena es está ahora? ¿Qué tienes, que triste estás? ¿Qué quieres que tenga más? No le gastes a la aurora las blancas perlas ahora que ha de echar menos después. ¡Ay, Inés mía! ¡Ay, Inés! Si tú guardarme quisieras un secreto, tú supieras mi tormento. Dile pues; que aunque siempre en mi lugar San Secreto esclarecido día de trabajo ha sido, le quiero canonizar y hacer fiesta de guardar. Pues si eso ha de ser así yo he de fiarme de ti. A este galán caballero agradecer, Inés, quiero, lo que ha pasado por mí; pero no quisiera que él sepa que lo siento yo, porque ser piadosa hoy, no es dejar de ser cruel. A mi obligación fiel y fiel a mi honor, que intente saber dél, mi fe consiente no por él, sino por mí. Claro está que será así. [Aparte.]  ¡Ay señores, que ya siente! Quisiera que te llegaras, como que de ti salía, a visitarle, Inés mía, y de su mal te informaras. ¿Y qué más? Que le llevaras una banda, y le dijeras que tú la ladrona eras del favor. Está muy bien, y haré este papel tan bien como tú misma le hicieras; dame la banda y verás cuál mi chinelita anda. Yo voy, Inés por la banda, pero mira que jamás nada a Leonor le dirás. Nada le diré a Leonor. (Vase BEATRIZ y sale LEONOR.) ¡Vitoria por el amor! ¿De qué es el contento, Inés? Yo te lo diré después; pero primero es mejor, que reviento, te prometo, porque en Dios y en mi conciencia que hizo una diligencia grande Beatriz deste afeto. ¿Qué fue? Encargóme un secreto, y fue haberme encomendado que le cuente de contado; claro es, pues cuando no fuera por decirlo, lo dijera por habérmelo encargado. De Beatriz la fantasía ya Don Alonso rindió; en tal lenguaje la habló que a pesar de su porfía conmigo una banda envía: en fin, en fin, ha de ser mujer cualquiera mujer. Por la banda quiero ir, y, pues te lo he de decir yo, tú no lo has de saber. (Vase.) Digo que no lo sabré. (Sale DON JUAN.) Pues ya yo lo tengo oído; ahora veo que en amor número hay, pues en rigor, por no dejarte infeliz crece un afecto en Beatriz cuando ha faltado en Leonor. ¿Pues en mí ha faltado? Di. En ti, Leonor, ha faltado, que aunque he sufrido y callado mis desdichas hasta aquí, fue porque pensé hoy de ti que averiguarlas pudiera sin que a ti te lo dijera, mas siendo fuerza sentirlas, no muera yo sin decirlas ya que sin vengarlas muera. Don Alonso, por tu gusto a hablar a Beatriz entró: ni arguyo ni pruebo yo si fue justo o no fue justo. Por excusar su disgusto, a costa de su opinión se arrojó por un balcón, y ya que en la calle estaba a esperar en qué paraba su empeño, fue en ocasión el bajar, que habían entrado dos hombres en ella, y yo me desvié, porque no les diese el verme cuidado. Estando, pues, apartado, las cuchilladas oí y a ellas al punto acudí, y por presto que llegué, ya los dos hombres no hallé y herido a mi amigo vi. Mira si de mis recelos puede haber causa mayor, pues en su fingido amor vi mis verdaderos celos. Quien acuchilla, ¡ay de mí!, Leonor, en tu calle, ha sido, y quien sale de tu casa, bien dice que en ella pasa mi agravio. Por ti y por mí disimular he querido, como he dicho, hasta llegar, ¡ay Leonor! a averiguar quién ese galán ha sido, y viendo que no he podido, y que son intentos vanos, porque mis celos villanos no murmuren en mi mengua, quiero que diga la lengua lo que no han hecho las manos. ¡Quédate, ingrata, que no, pues que ya me he declarado, me has de ver desengañado! ¿No tengo una hermana? No; que si tú hermana tuvieras de quien amores supieras, no culparla procuraras ni de burlas ni de veras; y supuesto que has querido fingirla un galán, infiero que a tenerle verdadero no se le dieras fingido. Plegue al cielo... No te pido satisfacciones, Leonor. Ni éstas lo son, que es error cuando nunca te he ofendido. Pues que tú la causa has sido, deja que muera mi amor. (Vanse y salen DON ALONSO y MOSCATEL.) Señor, ¿qué tienes? ¿Qué es eso? ¿En qué piensas? ¿En qué tratas? ¿En qué discurres? ¿En qué imaginas? Di, ¿en qué andas? ¿Tú melancólico? ¿Tú divertido? ¿Qué mudanza es aquesta? ¿Tan válida ha sido una cuchillada contigo? ¿Tanto consigue una herida? ¿Tanto alcanza un balcón, que han acabado contigo no hablar de chanza? ¡Ay de mí!, que no sé, no, qué es lo que siento en el alma, que es bien y parece mal, que es gusto y parece ansia. Tú señor, ¿no me dijiste que no era tan afectada como Don Juan te había dicho? Es verdad. ¿Tú no la alabas de hermosa? Sí. ¿Tú no sientes que hombres en su calle haya que acuchillen? No lo niego, pero tal tengo la causa. Luego son celos. No son; que no se me diera nada que hubiera hombres, como dieran celos y no cuchilladas; fuera de que si yo fui a verla, fue por burlarla, de Don Juan apadrinado, y fuera historia muy mala haberme llevado a ser el burlado yo. En la plaza, un toricantano un día entró a dar una lanzada de un su amigo apadrinado. Y airoso terció la capa, galán requirió el sombrero, y osado tomó la lanza veinte pasos del toril. Salió un toro, y cara a cara hacia el caballo se vino, aunque pareció anca a anca, porque el caballo y el toro, murmurando a las espaldas, se echaron dos melecinas con el cuerpo y con el asta. Cayó el caballero encima del toro, sacó la espada el tal padrino, y por dar al toro una cuchillada a su ahijado se la dio, y siendo de buena marca, levantóse el caballero preguntando en voces altas: «¿Saben ustedes a quién este hidalgo apadrinaba? ¿A mí o el toro?». Y ninguno le supo decir palabra. Aplica ahora: apadrinado de Don Juan, fuiste a la casa de Beatriz, la suerte erraste, y nadie a saber alcanza si era Don Juan tu padrino u de Beatriz. ¡Calla, calla! ¡Qué mal aplicado cuento! Bien o mal, a Dios doy gracias de que ya no reñirás mi amor, pues que ya en la danza entras también. Si es así, dime, ya que desta dama esté un hombre enamorado, ¿de qué servicio es guardarla? Eso no, que no se pierde tan presto una mala maña. (Llaman dentro.) Mira quién llama a esa puerta. ¿Quién es? (Sale INÉS.) ¿Está tu amo en casa, Moscatel? ¡Cielos, qué miro? Inés es está. ¡Ay, ingrata! ¡Viven los cielos, que vienes a verle! ¿Pues qué pensabas? [Aparte.]  Quiero decir que es verdad, porque lo que más me agrada es dar celos de poquito. [Alto.]  Porque le importa a mi fama que Don Alonso conozca que sé cumplir mi palabra. ¡Bien honrado pundonor! Quita. No has de entrar. Aparta. ¿Quién habla contigo? Nadie. Mientes, que alguien es quien habla. Y muy alguien; Inés mía, una y mil veces me abraza. Mil veces te abrazo y una, por pagarte en otras tantas. (Pellízcala MOSCATEL.) ¡Ay! ¿Qué es eso? Diome un golpe la guarnición de tu daga. No dudo de que tu venida sea a darme la vida y alma, que aunque tú con Moscatel me respondiste enojada, en fin, sabes que te quiero, y no has de ser siempre ingrata. Nunca lo fui contigo, que a la primera palabra dije que a verte vendría. ¡Pícaro! ¿Pues tú me engañas? ¿Yo, señor? ¡Viven los cielos que he de matarte a patadas! [Aparte.]  Cumpliose el refrán; mas no, que mandarme bailar falta. [Aparte.]  En sabiendo a lo que vengo, Moscatel se desengaña. Duren los celos un poco. ¡Voto a Dios! De una picaña... Pícaro, hablad con respeto; mirad que soy vuestra ama [A DON ALONSO.]  A solas quisiera hablarte. ¿A solas? Salte allá y guarda esa puerta. [Aparte.]  ¿Yo la puerta? ¡Viven los cielos! ¿Qué hablas? Que soy leal, y no tengo de consentir tal infamia, que por una picarona exceso ninguno hagas y se aventure tu vida. ¿De cuándo acá tanto guardas mi salud? Salte allá fuera. No me saldré si me matas, que esto conviene a tu vida. Nunca te he visto con tanta lealtad. Guardela otras veces para esta ocasión. Ya basta Échale a empellones Ya estás sola; vuelve, Inés, a abrazarme. Aunque culpada me has hecho en venir a verte, por la opinión de mi ama ha sido, no porque vengo, como dije, por tu causa. No sé qué quieras decirme. Direlo en breves palabras. Beatriz, habiendo sabido cómo hubo cuchilladas de donde herido saliste a la puerta de su casa, de tu herida condolida, de tu término obligada, y de tu salud dudosa, te envía toda esa banda. Favor es suyo, aunque ella me mandó que no llegaras a saber que te la envía. Con esto, a Dios. Oye, aguarda. ¿Beatriz se acuerda de mí? ¿Beatriz siente mis desgracias? ¿Beatriz me envía favores? Novedad se me hace extraña. A mí no, porque en sabiendo que era tu voluntad falsa supe que sería dichosa, que por no acertar en nada, más con nosotras merece quien finge que no quien ama. (Sale MOSCATEL.) ¡Qué mal descansa un celoso! ¡Qué mal un triste descansa! Mis penas veré, que menos es verlas que imaginarlas. Inés bella, pues Beatriz hoy de extremo a extremo pasa, pase yo de extremo a extremo; que aunque fineza no haga de enamorado, de noble la he de hacer. Aquí aguarda a que la escriba un papel. [Vase.]  Él se entra en esotra cuadra; descanse mi corazón. Tiene fregatriz de Hircania, vil cocodrilo de Egipto, sierpe vil, león de Albania, ¿tendrá mi lengua razones, tendrán mis labios palabras para quejarse de ti? No. Pues si voces me faltan, tengan mis manos licencia de darte de bofetadas siquiera. No quiera hacer tu mano tal, que ya bastan las burlas, que todo ha sido por solo tomar venganza. Picón fue. Pues los picones, si juegan, muden baraja o truequen la suerte. Dame los brazos. De buena gana. (Sale DON ALONSO.) ¿Qué es esto? Esto es abrazar en mi tierra. Ha sido tanta la alegría de haber visto que ya esa fiera se ablanda (la curiosidad perdona, si he escuchado cuando hablas) que le di a Inés este abrazo en albricias de la banda. Toma, Inés, este papel que le has de dar a tu ama, y para ti este diamante. ¡Vivas edades más largas que claro está que es el fénix suegra mentira de Arabia! (Vase INÉS.) Ea, hagamos, señor, cuentas que no he de quedar en casa. ¿Por qué, Moscatel? Porque amo no quiero que ama y que no me acuda a mí por acudir a su dama. Bien el haberte sufrido tantas locuras me pagas. Esto ha de ser. (Sale DON JUAN.) ¿Qué ha de ser? Irse quiere de mi casa. ¿Por qué, Moscatel? Porque ha hecho la mayor infamia, la mayor ruindad, mayor bajeza, mayor... Acaba, ¿qué ha sido? Hase enamorado. Mira si tengo harta causa. En esta locura ha dado por haber visto con cuánta fineza sirvo a Beatriz por vos. Al amor doy gracias que ese cuidado dio fin, y han cesado ya mis ansias. ¿Pues cómo de aquese empeño libre estáis? Como acaba hoy mi amor. Pues ¿y Leonor? Leonor de mi pecho falta, que como amor es fortuna, sujeto vive a mudanzas. Habéis de ir allá conmigo. Yo no he de verla ni hablarla en mi vida. ¿Por Beatriz he de volver a su casa y a su calle a hablarla y verla por la tarde y la mañana, siendo yo el descalabrado y vos la cabeza sana, y no iréis? No, porque herida más penetrante y tirana son mis celos, porque son mortal herida del alma. Pues troquemos las heridas, que yo primero tomara, sea mortal o venial, tener hoy descalabrada el alma que la cabeza, y esto bien claro se saca del efecto, pues si curan en falso una herida mata, y a los celosos de vida cualquier cura, aunque sea falsa. En fin, Don Alonso, sea con poca o con mucha causa, no he de volver a poneros en la confusión pasada. Ni por mí habéis de dejarlo, que a mí no se me da nada. Por mí lo dejo, y por vos, porque vuestra herida basta. De una herida no escarmientan caballos de buena casta. Yo no he de volver allá ni a su calle ni a su casa. Pues cuando por vos no sea, por ver si a saber se alcanza quién me ha herido, he de volver. Cuando importe a vuestra fama desde acá fuera podremos hacer diligencias varias. Yo más pretendo, Don Juan, buena opinión con las damas que con los hombres, y no es bien que mujer tan vana como Beatriz, de mí piense... Yo sabré desengañarla del todo. Don Juan, Don Juan, hablemos verdades claras: yo he de ir a ver a Beatriz. ¡Hablara para mañana! ¡Y dirá que miento yo! Si eso os importa ¿qué os falta? Id vos muy en hora buena. ¿Cómo, sin que las espaldas, me guardéis vos y Leonor? Yo no he de volver a hablarla. Esto habéis de hacer por mí; que no es cosa tan extraña, por hacer tercio a un amigo volver a hablar una dama. Por vos, Don Alonso, haré lo que en mi vida pensaba. Ahora bien, por vos iré, mas mirad antes que vaya que hay alacena. ¿Qué importa? Que hay balconazo. Que haya. Que hay cuchillada. Eso no; fuera de que si amor traza que por sola una mentira me sucedan cosas tantas, vengan ya, por ser verdades, alacena y cuchilladas. (Vanse y salen DON DIEGO y DON LUIS.) Ya sabéis la voluntad con que siempre os he servido. Conozco vuestra amistad y sé, Don Diego, que ha sido con fineza y con verdad. Pues no me tengáis a exceso una reprehensión. No haré. Aquel pasado suceso... ¿Queréisme decir que fue locura? Yo lo confieso, porque haber a un hombre herido que conmigo no ha tenido lances de competidor, no trae disculpa mejor. Fuerza es remediarlo, pues quien lleva ya en sus recelos perdido el miedo a los celos, no se le tendrá después. Y ahora ¿qué habéis de hacer de lo que ya se trató? Pues es cierto que a saber vuestros intentos llegó Don Pedro. ¿Qué hay que temer? Deshácese un casamiento, siendo santo sacramento, después que se efectuó, ¿y no lo desharé yo sin efectuarle? (Sale DON PEDRO.) Atento a este hielo que me abrasa, a este que me hiela, ardor, a lo que en mi agravio pasa, y al respeto de mi honor, salgo tan tarde de casa. A Don Luis pretendo hablar, que mejor es acabar de una vez con mi recelo que no esperar que un mozuelo que es fábula del lugar, se me atreva. Él viene aquí. ¡Cuánto de verle me alegro galán y noble! Este sí. Vuestro suegro viene allí. Pues huyamos de mi suegro. Señor Don Luis, informado de deudos vuestros he estado de que honrar habéis querido mi casa, y agradecido como es justo, os he buscado para mostrar cuánto estoy ufano de merecer... Señor Don Pedro, yo soy el que las dichas de ayer tiene por disculpas hoy. Confieso que me atreví a tanto empeño, y que fui venturoso en tanto empeño, pues ser destas honras dueño por lo menos merecí. Pero fui tan desdichado en estas dichas, señor, que para tomar estado, un nuevo empeño de honor lo ha deshecho y lo ha estorbado. ¿De honor empeño, [Aparte.]  (¡ay de mí!) os retira desto? Sí. ¿Pues cómo? ¿En qué, [Aparte.]  (¡estoy mortal!) puede Beatriz estar mal? Que no lo entendéis así, que de vuestro enojo ha sido el honor mal entendido. Vos de mis disculpas no... ¿De qué suerte? Porque yo, señor, habiendo sabido que Su Majestad, que el cielo guarde por sol desta esfera, por planeta deste suelo, con su católico celo sale aquesta primavera, y sabiendo cómo hacía gente un señor, de quien fui deudo por ventura mía, que me honrase le pedí con alguna compañía. Hámela dado; éste ha sido el empeño que he tenido para no tomar estado, que el que es marido y soldado, no es soldado o no es marido. Si yo volviese, señor, entonces con más valor me podéis hacer feliz porque hoy casar con Beatriz no le está bien a mi honor. (Vanse los dos.) «¿Porque hoy casar con Beatriz no le está bien a mi honor?». ¡Válgame el cielo! ¿Qué ha sido lo que visto y lo que he oído? Poco siento, ¡ay infeliz!... Pero afligirme es error: si en aquel caso consiste su honor, miente mi temor. ¡Que en fin, cuanto piense un triste siempre ha de ser lo peor? (Vase y sale BEATRIZ, y INÉS.) Inés, ¿cómo el papel tomaste? Como todo cuanto me dan, señora, tomo. Sin duda le dirías que de mi parte ibas. Desconfías de mí sin causa, porque yo he callado que era tuya la banda, y el recado callé por tu respeto, como suelo callar cualquier secreto. Pues, Inés, ¿a qué efeto si es así, me has traído papel? [Aparte.]  ¡Vive el Señor, que me ha cogido! Más yo me soltaré. [Alto.]  Que le trajera me dijo, y que si acaso hallar pudiera ocasión te le diese. Yo le tomé porque de mí creyese cuán de su parte estaba, que, puesto que una banda le llevaba hurtada, que era tuya, bien creería que un papel, que es más fácil, te traería. Esa satisfación algo me agrada. Aquesto es dar satisfación honrada; Leonor, señora, viene. (Sale LEONOR.) Pues que el papel me vea no conviene. Bien pudiera yo ahora decir con mayor causa, ¿quién lo ignora? ¿qué idioma fue misivo el que en lineado papel ocultas en tu manga ajado? Y yo también pudiera decir que en vano preguntarlo fuera, pues quien saber no quiere lo que quiero decir, saber no espere lo que callarle quiero. (Vase.) Inés, ¿qué es esto? Por hablarte muero Dime presto ¿qué ha sido este papel? ¡Qué poco te he debido! ¿No aguardaras siquiera a que sin preguntar te lo dijera? Que se me hace conciencia, te prometo, la pregunta llevar por un secreto. (Al paño BEATRIZ.) Mal segura, escuchar desde aquí quiero qué hablan las dos. Fui a verle, y lo primero le dije que Beatriz me lo mandaba. Bien hiciste. Y yo mal, pues me fiaba de quien con Leonor en chismes anda. Lo segundo, en su nombre di la banda. ¡Ay, infeliz! ¿Qué he oído? En esa cuadra hay ruido. Don Juan es el que ha entrado. ¿Pues cómo, si de aquí se fue enojado, diciendo que en su vida no me había de ver? ¡Que estés tan nueva todavía, que no sepas que cuando está un amante diciendo más furioso y arrogante: «No he de volver a verte, ingrata bella», es cuando muere por volver a ella? Ya que escuchar mis penas he empezado acabe de escucharlas mi cuidado. (Salen DON JUAN, DON ALONSO y MOSCATEL.) Pensarás que me han traído a verte, Leonor, y hablarte, mis celos, porque los celos, (perdona el vil lenguaje) son ordinarios de amor, que así llevan como traen. Pues no, Leonor, no he venido para que me desengañes, porque el desaire de amor es hablar en el desaire. Con otra ocasión he vuelto a pisar estos umbrales, porque nunca les faltó ocasión a los pesares. Don Alonso, a quien tú hiciste de Beatriz fingido amante, sucediéndole en tu casa con desaire el primer lance, tanto que porque no piensen de Beatriz las vanidades que el no volver aquí es de escarmentado y cobarde, me ha pedido que le traiga a verla. ¿Cómo negarle puedo yo lo mismo a él, que él no me negó a mí antes? En notable obligación le estáis; forzoso es pagarle. Él viene, Leonor, a esto; y porque en aquesta parte nunca piensen mis desdichas, nunca sospechen mis males, nunca imaginen mis penas, que fue gana buscarte, en la calle me estaré en tanto que a Beatriz hable, y deste escrúpulo leve, y desta materia fácil, desempeñe su opinión, su crédito desengañe. Don Alonso, entrad, y pues ya el sol, helado cadáver, agonizando entre sombras, en brazos de noche yace, hablad a Beatriz, y ved que aquí Don Pedro no os halle. Aguarda, Don Juan, espera. ¿Qué quieres, Leonor, que aguarde? Desengaños. Son en vano. Disculpas. Serán en balde. [Vase.]  Tras él iré, Don Alonso; luego vuelvo. Perdonadme, que Don Juan está celoso y es fuerza desengañarle. (Vase.) ¿Mas que me voy sin hablar a Beatriz? ¿No dirás antes: mas que entramos en aprieto al pasado semejante? Inés, dime donde está, para que en tanto la hable, Beatriz. (Sale BEATRIZ.) Aquí está Beatriz, escuchando los ultrajes de una vil hermana, de un falso amigo, de un infame criado, una criada aleve y de un cauteloso amante. ¡Que entre Leonor y Don Juan, Inés y Moscatel halle, si no consuelo a mis penas, disculpa a mis disparates! Solo en esta parte intento, solo quiero en esta parte, como quejosa ofenderme, como ofendida quejarme del mayor de mis agravios y no el menor de mis males. ¿Tan pocas las partes son de mi hacienda y de mi sangre tan pocas de mi persona, (decirlo tengo), las partes que hay, que si un hombre hubiera que atrevido me mirase, fuese con fingido amor quererme a mí por burlarme? ¿A mí por...? Beatriz hermosa, si de tus pesares sales tan airosa como ahora, por pagar finezas tales fácil es el desengaño. ¿Cómo el desengaño es fácil, cuando el quererme es por burla? Si atiendes, con escucharme. Tal vez por burla se atreve uno al mar, sin que presuma, viéndole jardín de espuma, viéndole selva de nieve, que hay peligro en él, y en breve selva y jardín con horror le anegan, y así es amor: luego en placer y pesar, si no hay burlas con el mar, no hay burlas con el amor. Tal vez por burla o ensayo polvorista artificial hace un rayo material, y forja contra sí del rayo cuando con mortal desmayo muere a su violento ardor. Rayo es amor en rigor contra su artífice: luego si no hay burlas con el fuego, no hay burlas con el amor. Tal vez desnuda un amigo la espada para esgrimir con otro, y le viene a herir como si fuera enemigo. Su destreza es un castigo, y así, usar della es error. Espada amor en rigor es: luego, desenvainada, si no hay burlas con la espada, no hay burlas con el amor. Tal vez, por burla mirando doméstica y mansa ya una fiera, un hombre está con ella, Beatriz, jugando; cuando más la halaga blando, volver suele a su furor. Fiera es amor, en rigor: luego, si ya lisonjera, no hay burlas con una fiera, no hay burlas con el amor. Por burla al mar me entregué, por burla el rayo encendí, con blanca espada esgrimí, con brava fiera jugué, y así, en el mar me anegué, del rayo sentí el ardor, de acero y fiera el furor: luego, si saben matar, fiera, acero, rayo y mar, no hay burlas con el amor. A ese argumento... (Sale INÉS alborotada, y LEONOR.) ¡Ay de mí! Huyendo salió a la calle Don Juan, y mientras le daba voces, vi entrar a mi padre. Esconder me importa ahora... No, Leonor, porque ya es tarde. ...a Don Alonso... Que hoy ha de saber cuanto pase mi padre, y tus engaños se han de saber. Cuando trates tú decirlo, yo sabré culparte a ti y disculparme. Y así, puesto que las dos corremos el riesgo iguales, iguales, Beatriz, busquemos el remedio. Por mostrarte a proceder bien lo haré, que es fuerza estar de tu parte. Alacena como iglesia pido. Eso no haré yo, que antes... Él entra ya. Este aposento hoy de su vista te guarde. Y a mí me guarde también. [Aparte.]  ¡Qué pesados son los lances de amor hijo de familias! Inés, avisa en la calle que ya estamos escondidos: que haya quien nos descalabre. (Escóndense los dos y sale DON PEDRO.) ¿Tan tarde y no han encendido? Haz tú que unas luces saquen. Ya las tengo prevenidas. ¡En mi casa tal desaire! ¡A mis ojos tal afrenta! Cielos piadosos, o dadme paciencia o dadme muerte. Señor, ¿qué tienes? ¿Qué traes? Tengo honor y traigo agravios... aunque miento en esta parte; que yo no soy quien los traigo: ellos vienen a buscarme dentro de mi misma casa. [Aparte.]  ¡Ay de mí! Todo se sabe. Pues ¿no me dirás, señor de qué estos extremos nacen? De tus locuras, Beatriz; que ya es fuerza declararme, viendo que por ti se atreve hoy un mozuelo arrogante al honor de aquesta casa. [Aparte.]  Ya no hay cosa que no alcance. ¿Yo, señor? [Aparte, al paño.]  Malo va esto. Sí, pues por ti Don Luis hace desprecios della y de mí. [Aparte.]  Convaleciendo va el lance. [Aparte.]  Eso sí, cobre mi aliento. (Sale DON JUAN.) [Aparte.]  Un caso bien puede errarse de una vez, pero de dos la una no le yerra nadie. No he de esperar a que cierren las puertas, y después baje por el balcón Don Alonso: remediarlo pienso antes. [Alto.]  Señor Don Pedro, si en vos hoy la amistad de mis padres hereda la obligación de mi casa y de mi sangre... [Aparte.]  ¿Qué es lo que intenta Don Juan? [Aparte.]  Muerta estoy hasta escucharle. ...os obliga en un aprieto a valerme y ampararme. De vuestra casa a las puertas me ha sucedido un desaire con tres hombres, y me importa no volver solo a buscarles. Muy bien sé que puedo a vos atreverme y declararme, porque sé que es vuestro pecho el Etna, que dentro arde, aunque cubierto de nieve. No paséis más adelante; que ya sé que es ley precisa de mi honor y de mi sangre en esta edad no dejar a hombre que de mí se vale. Vamos. En fin, sois quien sois. [Aparte a ella.]  En llevando yo a tu padre, Leonor, echa a Don Alonso. [Aparte al paño.]  Estos son los que matarme quisieron. No me está bien ir con ellos ni quedarme. Esperad, que ya es de noche, que de aquesa sala saque un broquel, prenda olvidada de mi mocedad. Sacadle presto. Él se ha empeñado más por donde pensó librarse. [Dentro.]  ¿Quién está aquí dentro? Un hombre. [Salen del cuarto DON PEDRO, DON ALONSO y MOSCATEL.] Dice bien, porque no es nadie el otro que está con él. Don Juan, pues que yo a ayudarte iba contra tu enemigo, obligación es más grande el ayudarme tú a mí cuando la causa es más grave. Este hombre ofende mi honor y a mí me importa matarle. Don Juan, de tan grande empeño la obligación tuya sabes. Mi vida y la destas damas es preciso que yo ampare. Riñen y Don Juan en medio. ¡Ay de mí! ¡Infelice soy! ¿Quién vio empeño semejante? ¿Te suspendes? ¿Ahora dudas? Mas soy bastante a vengarme sin ti. Tente, Don Alonso. Tente, señor. ¿Pues tú paces pones? ¿Pues tú contra mí tan viles extremos haces? (Dentro.) Cuchilladas hay en casa de Don Pedro. Más no aguardes; entremos, Don Luis. (Salen DON LUIS y DON DIEGO.) ¡Teneos! Gente viene. Duro trance. ¿Qué es esto? Esto es, Don Luis, satisfacer el ultraje que te oí, pues si no está bien a tu honor el casarte con Beatriz, al mío está bien satisfacer y vengarme. Ahí verás que no sin causa traté yo de disculparme, quizá por haber tenido algún empeño en la calle. Sin duda que tú me heriste. Es verdad. Yo he de vengarme. Pues quiere el cielo que así hoy mis celos desengañen, viva Leonor en mi pecho; ya es forzoso que la guarde contra ti. Don Juan, Don Juan, en aquesta casa nadie ha de defender mis hijas, sino quien con ellas case. Esa palabra te tomo. Pues el remedio es tan fácil, yo soy de Leonor. Y yo de Beatriz. Fuerza es que calle, que ya sucedido el daño, nada puede remediarse. En fin, el hombre más libre, de las burlas del amor sale herido, cojo y casado, que es el mayor de sus males. En fin, la mujer más loca, más vana y más arrogante, de las burlas del amor contra gusto suyo sale enamorada y rendida, que es lo peor. Inés, dame esa mano: si ha de ser, no lo pensemos, y acaben burlas de amor que son veras. No se burle con él nadie, sino escarmentad en mí: todos del amor se guarden, y perdonad al poeta que humilde a esas plantas yace.