Personas EL REY FELIPE SEGUNDO. PEDRO CRESPO, labrador. DON LOPE DE FIGUEROA. JUAN, hijo de Pedro Crespo. DON ÁLVARO DE ATAIDE, capitán. ISABEL, hija de Pedro Crespo. UN SARGENTO. INÉS, prima de Isabel. SOLDADOS. DON MENDO. REBOLLEDO. CHISPA. NUÑO, criado. UN ESCRIBANO. LABRADORES. Jornada I Salen REBOLLEDO, la CHISPA, y SOLDADOS. ¡Cuerpo de Cristo con quien desta suerte hace marchar de un lugar a otro lugar sin dar un refresco! Amén. ¿Somos gitanos aquí para andar desta manera? ¿Una arrollada bandera nos ha de llevar tras sí, con una caja... ¿Ya empiezas? ...que este rato que calló, nos hizo merced de no rompernos estas cabezas? No muestres deso pesar, si ha de olvidarse, imagino, el cansancio del camino a la entrada del lugar. ¿A qué entrada, si voy muerto? Y aunque llegue vivo allá sabe mi Dios si será para alojar, pues es cierto llegar luego al comisario los alcaldes a decir que si es que se pueden ir que darán lo necesario; reponderles lo primero, que es imposible, que viene la gente muerta; y si tiene el concejo algún dinero, decir: «Señores soldados: orden hay que no paremos; luego al instante marchemos». Y nosotros, muy menguados, a obedecer al instante orden que es en caso tal, para él orden monacal y para mí mendicante. Pues ¡voto a Dios! que si llego esta tarde a Zalamea, y pasar de allí desea por diligencia o por ruego, que ha de ser sin mí la ida; pues no, con desembarazo, será el primer tornillazo que habré yo dado en mi vida. Tampoco será el primero que haya la vida costado a un miserable soldado; y más hoy, si considero que es el cabo desta gente Don Lope de Figueroa, que si tiene tanta loa de animoso y de valiente la tiene también de ser el hombre más desalmado, jurador y renegado del mundo, y que sabe hacer justicia del más amigo sin fulminar el proceso. ¿Ven vustedes todo eso? Pues yo haré lo que yo digo. ¿De eso un soldado blasona? Por mí muy poco me inquieta; sino por esa pobreta que viene tras la persona. Seor Rebolledo, por mí vuecé no se aflija, no; que bien se sabe que yo barbada el alma nací, y ese temor me deshonra, pues no vengo yo a servir menos que para sufrir trabajos con mucha honra; que para estarme, en rigor, regalada, no dejara en mi vida, cosa es clara, la casa del regidor, donde todo sobra, pues al mes mil regalos vienen, que hay regidores que tienen menos regla con el mes. Y pues a venir aquí, a marchar y a perecer con Rebolledo, sin ser postema, me resolví; por mí ¿en qué duda o repara? ¡Viven los cielos que eres corona de las mujeres! Aquesa es verdad bien clara. ¡Viva la Chispa! ¡Reviva! Y más si, por divertir esta fatiga de ir cuesta abajo y cuesta arriba, con su voz el aire inquieta una jácara o canción. Responda a esa petición citada la castañeta. Y yo ayudaré también. Sentencien los camaradas todas las partes citadas. ¡Vive Dios, que han dicho bien! Canta REBOLLEDO y la CHISPA. Yo soy tiri, tiri, taina .flor de la jacarandaina Yo soy tiri, tiri, tina, flor de la jacarandina. Vaya a la guerra el alférez y embárquese el capitán. Mate moros quien quisiere, que a mí no me han hecho mal. Vaya y venga la tabla al horno y a mí no me falte pan. Huéspeda, máteme una gallina, que el carnero me hace mal. Aguarda; que ya me pesa (que íbamos entretenidos en nuestros mismos oídos, caballeros), de ver esa torre, pues es necesario que donde paremos sea. ¿Es aquella Zalamea? Dígalo su campanario. No sienta tanto vusté que cese el cántico ya; mil ocasiones habrá en que logralle, porque esto me divierte tanto, que como de otras no ignoran que a cada cosica lloran yo a cada cosica canto y oirá ucé jácaras ciento. Hagamos aquí alto, pues justo, hasta que venga, es, con la orden el sargento, por si hemos de entrar marchando o en tropas. Él solo es quien llega agora; mas también el capitán esperando está. Sale el CAPITÁN y el SARGENTO. Señores soldados, albricias puedo pedir; de aquí no hemos de salir, y hemos de estar alojados hasta que don Lope venga con la gente que quedó en Llerena, que hoy llegó orden de que se prevenga toda y no salga de aquí a Guadalupe hasta que junto todo el tercio esté, y él vendrá luego; y así, del cansancio bien podrán descansar algunos días. Albricias pedir podías. ¡Vítor nuestro capitán! Ya está hecho el alojamiento; el comisario irá dando boletas, como llegando fueren. Hoy saber intento por qué dijo, voto a tal, aquella jacarandina: «Huéspeda, máteme una gallina, que el carnero me hace mal». Vanse todos, y quede el CAPITÁN y SARGENTO. Señor sargento, ¿ha guardado las boletas para mí que me tocan? Señor, sí. ¿Y dónde estoy alojado? En la casa de un villano que el hombre más rico es del lugar, de quien después he oído que es el más vano hombre del mundo, y que tiene más pompa y más presunción que un infante de León. ¡Bien a un villano conviene, rico, aquesa vanidad! Dicen que esta es la mejor casa del lugar, señor; y si va a decir verdad yo la escogí para ti no tanto porque lo sea como porque en Zalamea no hay tan bella mujer... Di. ...como una hija suya. Pues por muy hermosa y muy vana ¿será más que una villana con malas manos y pies? ¿Que haya en el mundo quien diga eso? ¿Pues no, mentecato? ¿Hay más bien gastado rato (a quien amor no le obliga, sino ociosidad no más) que el de una villana, y ver que no acierta a responder a propósito jamás? Cosa es que en toda mi vida, ni aun de paso me agradó, porque en no mirando yo aseada y bien prendida una mujer, me parece que no es mujer para mí. Pues para mí, señor, sí, cualquiera que se me ofrece. Vamos allá, que por Dios, que me pienso entretener con ella. ¿Quieres saber cuál dice bien de los dos? El que una belleza adora dijo, viendo a la que amó «Aquella es mi dama», y no «Aquella es mi labradora». Luego si dama se llama la que se ama, claro es ya que en una villana está vendido el nombre de dama. Mas ¿qué ruido es ese? Un hombre, que de un flaco rocinante a la vuelta de esa esquina se apeó, y en rostro y talle parece aquel don Quijote de quien Miguel de Cervantes escribió las aventuras. ¡Qué figura tan notable! Vamos, señor; que ya es hora. Lléveme el sargento antes a la posada la ropa, y vuelva luego a avisarme. Vanse. Sale MENDO, hidalgo de figura, y un criado. ¿Cómo va el rucio? Rodado, pues no puede menearse. ¿Dijiste al lacayo, di, que un rato le pasease? ¡Qué lindo pienso! No hay cosa que tanto a un bruto descanse. Aténgome a la cebada. ¿Y que a los galgos no aten dijiste? Ellos se holgarán; mas no el carnicero. Baste; y pues que han dado las tres, cálzome palillo y guantes. ¿Si te prenden el palillo por palillo falso? Si alguien, que no he comido un faisán dentro de sí imaginare, que allá dentro de sí miente aquí y en cualquiera parte le sustentaré. ¿Mejor no sería sustentarme a mí que al otro? Que en fin, te sirvo. ¡Qué necedades! En efeto, ¿que han entrado soldados aquesta tarde en el pueblo? Sí, señor. Lástima da el villanaje con los huéspedes que espera. Más lástima da, y más grande, con lo que no espera... ¿Quién? La hidalguez, y no te espante, que si no alojan, señor, en cas de hidalgos a nadie ¿por qué piensas que es? ¿Por qué? Porque no se mueran de hambre. En buen descanso esté el alma de mi buen señor y padre, pues, en fin, me dejó una ejecutoria tan grande, pintada de oro y azul, exención de mi linaje. Tomáramos que dejara un poco del oro aparte. Aunque si reparo en ello, y si va a decir verdades, no tengo que agradecerle de que hidalgo me engendrase, porque yo no me dejara engendrar aunque él porfiase si no fuera de un hidalgo en el vientre de mi madre. Fuera de saber difícil. No fuera sino muy fácil. ¿Cómo, señor? Tú, en efeto, filosofía no sabes, y así ignoras los principios. Sí, mi señor, y los antes y postres desde que como contigo; y es que, al instante, mesa divina es tu mesa, sin medios, postres, ni antes. Yo no digo esos principios. Has de saber que el que nace, sustancia es del alimento que antes comieron sus padres. ¿Luego tus padres comieron? Esa maña no heredaste. Esto después se convierte en su propria carne y sangre; luego si hubiera comido el mío cebolla, al instante me hubiera dado el olor y hubiera dicho yo: «Tate, que no me está bien hacerme de excremento semejante». Ahora digo que es verdad... ¿Qué? ...que adelgaza la hambre los ingenios. Majadero ¿téngola yo? No te enfades; que si no la tienes, puedes tenerla, pues de la tarde son ya las tres y no hay greda que mejor las manchas saque que tu saliva y la mía. Pues ésa ¿es causa bastante para tener hambre yo? Tengan hambre los gañanes, que no somos todos unos; que a un hidalgo no le hace falta el comer. ¡Oh, quién fuera hidalgo! Y más no me hables desto, pues ya de Isabel vamos entrando en la calle. ¿Por qué si de Isabel eres tan firme y rendido amante, a su padre no la pides? Pues con esto tú y su padre remediaréis de una vez entrambas necesidades: tú comerás y él hará hidalgos sus nietos. No hables más, Nuño, calla. ¿Dineros tanto habían de postrarme que a un hombre llano por fuerza había de admitir? Pues antes pensé que ser hombre llano, para suegro, era importante; pues de otros dicen que son tropezones en que caen los yernos. Y si no has de casarte ¿por qué haces tantos extremos de amor? ¿Pues no hay, sin que yo me case, Huelgas en Burgos adonde llevarla cuando me enfade? Mira si acaso la ves. Temo si acierta a mirarme Pedro Crespo. ¿Qué ha de hacer, siendo mi criado, nadie? Haz lo que manda tu amo. Sí haré, aunque no he de sentarme con él a la mesa. Es proprio de los que sirven, refranes. Albricias, que con su prima Inés, a la reja sale. Di que por el bello Oriente, coronado de diamantes, hoy repitiéndose el sol amanece por la tarde. Salen a la ventana ISABEL y INÉS, labradoras. Asómate a esa ventana, prima, así el cielo te guarde; verás los soldados que entran en el lugar. No me mandes que a la ventana me ponga, estando ese hombre en la calle, Inés, pues ya cuánto el verle en ella me ofende sabes. En notable tema ha dado de servirte y festejarte. No soy más dichosa yo. A mi parecer, mal haces de hacer sentimiento desto. Pues ¿qué había de hacer? Donaire. ¿Donaire de los disgustos? Hasta aqueste mismo instante jurara yo, a fe de hidalgo (que es juramento inviolable), que no había amanecido, mas ¿qué mucho que lo extrañe, hasta que a vuestras auroras segundo día les sale? Ya os he dicho muchas veces, señor Mendo, cuán en balde gastáis finezas de amor, locos extremos de amante haciendo todos los días en mi casa y en mi calle. Si las mujeres hermosas supieran cuánto las hacen más hermosas el enojo, el rigor, desdén y ultraje, en su vida gastarían más afeite que enojarse. ¡Hermosa estáis, por mi vida! Decid, decid más pesares. Cuando no baste el decirlos, don Mendo, el hacerlos baste de aquesta manera. Inés, éntrate allá dentro y dale con la ventana en los ojos. Vase. Señor caballero andante, que de aventurero entráis siempre en lides semejantes, porque de mantenedor no era para vos tan fácil, amor os provea. Vase. Inés... Las hermosuras se salen con cuanto ellas quieren, Nuño. ¡Oh, qué desairados nacen los pobres! Sale PEDRO CRESPO, labrador. (¡Que nunca entre y salga yo en mi calle, que no vea a este hidalgote pasearse en ella muy grave!) Pedro Crespo viene aquí. Vamos por estotra parte, que es villano malicioso. Sale JUAN, su hijo. (¡Que siempre que venga, halle esta fantasma a mi puerta, calzado de frente y guantes!) Pero acá viene su hijo. No te turbes ni embaraces. (Mas Juanico viene aquí.) (Pero aquí viene mi padre.) (Disimula.) Pedro Crespo, Dios os guarde. Dios os guarde. (Él ha dado en porfiar, y alguna vez he de darle de manera que le duela.) Vanse DON MENDO y NUÑO. (Algún día he de enojarme.) ¿De adónde bueno, señor? De las eras, que esta tarde salí a mirar la labranza, y están las parvas notables de manojos y montones que parecen al mirarse desde lejos montes de oro y aun oro de más quilates, pues de los granos de aqueste es todo el cielo el contraste. Allí el bielgo, hiriendo a soplos el viento en ellos süave deja en esta parte el grano y la paja en la otra parte, que aun allí lo más humilde da el lugar a lo más grave. ¡Oh, quiera Dios que en las trojes yo llegue a encerrallo antes que algún turbión me lo lleve o algún viento me las tale! Tú ¿qué has hecho? No sé cómo decirlo sin enojarte. A la pelota he jugado dos partidos esta tarde y entrambos los he perdido. Haces bien, si los pagaste. No los pagué, que no tuve dineros para ellos; antes vengo a pedirte, señor... Pues escucha antes de hablarme. Dos cosas no has de hacer nunca: no ofrecer lo que no sabes que has de cumplir, ni jugar más de lo que está delante, porque si por accidente falta, tu opinión no falte. El consejo es como tuyo, y por tal debo estimarle; y he de pagarte con otro: en tu vida no has de darle consejo al que ha menester dinero. ¡Bien te vengaste! Sale el SARGENTO. ¿Vive Pedro Crespo aquí? ¿Hay algo que usté le mande? Traer a su casa la ropa de don Álvaro de Ataide, que es el capitán de aquesta compañía que esta tarde se ha alojado en Zalamea. No digáis más; esto baste, que para servir al rey y al rey en sus capitanes, están mi casa y mi hacienda. Y en tanto que se le hace el aposento, dejad la ropa en aquella parte y id a decirle que venga cuando su merced mandare a que se sirva de todo. Él vendrá luego al instante. Vase. ¡Que quieras, siendo tú rico, vivir a estos hospedajes sujeto! Pues ¿cómo puedo excusarlos, ni excusarme? Comprando una ejecutoria. Dime, por tu vida, ¿hay alguien que no sepa que yo soy, si bien de limpio linaje, hombre llano? No, por cierto; pues ¿qué gano yo en comprarle una ejecutoria al rey si no le compro la sangre? ¿Dirán entonces que soy mejor que ahora? No; es dislate. Pues ¿qué dirán? Que soy noble por cinco o seis mil reales. Y esto es dinero y no es honra, que honra no la compra nadie. ¿Quieres, aunque sea trivial, un ejemplillo escucharme? Es calvo un hombre mil años y al cabo dellos se hace una cabellera. Este, en opiniones vulgares, ¿deja de ser calvo? No. Pues ¿qué dicen al mirarle?: «¡Bien puesta la cabellera trae Fulano!». Pues ¿qué hace, si, aunque no le vean la calva, todos que la tiene saben? Enmendar su vejación, remediarse de su parte, y redimir vejaciones del sol, del hielo y del aire. Yo no quiero honor postizo, que el defecto ha de dejarme en casa. Villanos fueron mis abuelos y mis padres; sean villanos mis hijos. Llama a tu hermana. Ella sale. Sale ISABEL y INÉS. Hija, el rey nuestro señor, que el cielo mil años guarde, va a Lisboa, porque en ella solicita coronarse como legítimo dueño, a cuyo efecto marciales tropas caminan con tantos aparatos militares, hasta bajar a Castilla el tercio viejo de Flandes con un don Lope, que dicen todos que es español Marte. Hoy han de venir a casa soldados y es importante que no te vean; así, hija, al punto has de retirarte en esos desvanes donde yo vivía. A suplicarte me dieses esa licencia venía yo. Sé que el estarme aquí es estar solamente a escuchar mil necedades. Mi prima y yo en ese cuarto estaremos, sin que nadie, ni aun el sol mismo, no sepa de nosotras. Dios os guarde. Juanico, quedate aquí; recibe a huéspedes tales, mientras busco en el lugar algo con que regalarles. Vase. Vamos, Inés. Vamos, prima; mas tengo por disparate el guardar una mujer si ella no quiere guardarse. Vanse. Sale el CAPITÁN y el SARGENTO. Esta es, señor, la casa. Pues del cuerpo de guardia al punto pasa toda mi ropa. Quiero registrar la villana lo primero. Vase. Vos seáis bien venido a aquesta casa; que ventura ha sido grande venir a ella un caballero tan noble como en vos le considero. (¡Qué galán y alentado! Envidia tengo al traje de soldado.) Vos seáis bien hallado. Perdonaréis no estar acomodado, que mi padre quisiera que hoy un alcázar esta casa fuera. Él ha ido a buscaros qué comáis, que desea regalaros, y yo voy a que esté vuestro aposento aderezado. Agradecer intento la merced y el cuidado. Estaré siempre a vuestros pies postrado. Vase, y sale el SARGENTO. ¿Qué hay, sargento? ¿Has ya visto a la tal labradora? ¡Vive Cristo!, que con aquese intento no he dejado cocina ni aposento y que no la he topado. Sin duda el villanchón la ha retirado. Pregunté a una criada por ella, y respondiome que ocupada su padre la tenía en ese cuarto alto y que no había de bajar nunca acá, que es muy celoso. ¿Qué villano no ha sido malicioso? De mí digo que si hoy aquí la viera, caso della no hiciera; y solo porque el viejo la ha guardado, deseo, vive Dios, de entrar me ha dado donde está. Pues ¿qué haremos para que allá, señor, con causa entremos sin dar sospecha alguna? Solo por tema la he de ver, y una industria he de buscar. Aunque no sea de mucho ingenio para quien la vea hoy no importará nada, que con eso será más celebrada. Óyela, pues, agora. Di ¿qué ha sido? Tú has de fingir... Mas no; pues que ha venido este soldado, que es más despejado, él fingirá mejor lo que he trazado. Salen REBOLLEDO y CHISPA. Con este intento vengo a hablar al capitán, por ver si tengo dicha en algo. Pues háblale de modo que le obligues, que, en fin, no ha de ser todo desatino y locura. Préstame un poco tú de tu cordura. Poco y mucho podiera. Mientras hablo con él, aquí me espera. Al CAPITÁN. Yo vengo a suplicarte... En cuanto puedo ayudaré, por Dios, a Rebolledo, porque me ha aficionado su despejo y su brío. Es gran soldado. Pues ¿qué hay que se le ofrezca? Yo he perdido cuanto dinero tengo y he tenido y he de tener, porque de pobre juro en presente, en pretérito y futuro. Hágaseme merced de que por vía de ayudilla de costa, aqueste día el alférez me dé... Diga qué intenta. ...el juego del boliche por mi cuenta, que soy hombre cargado de obligaciones, y hombre, al fin, honrado. Digo que eso es muy justo, y el alférez sabrá que éste es mi gusto. (Bien le habla el capitán. ¡Oh, si me viera llamar de todos ya la bolichera!) Darele ese recado. Oye primero que le lleves: de ti fiarme quiero para cierta invención que he imaginado, con que salir intento de un cuidado. Pues ¿qué es lo que se aguarda? Lo que tarda en saberse es lo que tarda en hacerse. Escúchame. Yo intento subir a ese aposento por ver si en él una persona habita que de mí hoy esconderse solicita. Pues ¿por qué no le subes? No quisiera sin que alguna color para esto hubiera, por disculparlo más; y así, fingiendo que yo riño contigo has de irte huyendo por ahí arriba. Yo entonces, enojado, la espada sacaré; tú, muy turbado, has de entrarte hasta donde esta persona que busqué se esconde. Bien informado quedo. (Pues habla el capitán con Rebolledo hoy de aquella manera, desde hoy me llamarán la bolichera.) ¡Voto a Dios, que han tenido esta ayuda de costa que he pedido un ladrón, un gallina y un cuitado! ¡Y agora que la pide un hombre honrado no se la dan! Ya empieza su tronera. Pues ¿cómo me habla a mí desa manera? ¿No tengo de enojarme cuando tengo razón? No, ni ha de hablarme. Y agradezca que sufro aqueste exceso. Ucé es mi capitán; solo por eso callaré; mas, por Dios, que si yo hubiera la bengala en mi mano... ¿Qué me hiciera? ¡Tente, señor! Su muerte considero. ...que me hablara mejor. ¿Qué es lo que espero que no doy muerte a un pícaro atrevido? Huyo, por el respeto que he tenido a esa insignia. Aunque huyas te he de matar. (Ya él hizo de las suyas! ¡Tente, señor! ¡Escucha! ¡Aguarda, espera! Ya no me llamarán la bolichera. Éntrale acuchillando, y sale JUAN con espada y PEDRO CRESPO. ¡Acudid todos presto! ¿Qué ha sucedido aquí? ¿Qué ha sido aquesto? Que la espada ha sacado el capitán aquí para un soldado, y esa escalera arriba, sube tras él. ¿Hay suerte más esquiva? Subid todos tras él. Acción fue vana esconder a mi prima y a mi hermana. Éntranse y salen REBOLLEDO, huyendo, y ISABEL y INÉS. Señoras, si siempre ha sido sagrado el que es templo, hoy sea mi sagrado aqueste, pues es templo del amor. ¿Quién a vos desa manera os obliga? ¿Qué ocasión tenéis de entrar hasta aquí? ¿Quién os sigue o busca? Sale el CAPITÁN y SARGENTO. Yo, que tengo de dar la muerte al pícaro. ¡Vive Dios, si pensase...! Deteneos, siquiera porque, señor, vino a valerse de mí; que los hombres como vos han de amparar las mujeres, si no por lo que ellas son porque son mujeres; que esto basta siendo vos quien sois. No pudiera otro sagrado librarle de mi furor sino vuestra gran belleza; por ella vida le doy. Pero mirad que no es bien, en tan precisa ocasión, hacer vos el homicidio que no queréis que haga yo. Caballero, si cortés ponéis en obligación nuestras vidas, no zozobre tan presto la intercesión. Que dejéis este soldado os suplico, pero no que cobréis de mí la deuda a que agradecida estoy. No solo vuestra hermosura es de rara perfección, pero vuestro entendimiento lo es también, porque hoy en vos alianza están jurando hermosura y discreción. Salen PEDRO CRESPO y JUAN, las espadas desnudas. ¿Cómo es eso, caballero? ¿Cuando pensó mi temor hallaros matando un hombre os hallo... (¡Válgame Dios!) ...requebrando una mujer? Muy noble, sin duda, sois, pues que tan presto se os pasan los enojos. Quien nació con obligaciones, debe acudir a ellas, y yo al respeto desta dama suspendí todo el furor. Isabel es hija mía y es labradora, señor, que no dama. (¡Vive el cielo, que todo ha sido invención para haber entrado aquí! Corrido en el alma estoy de que piensen que me engañan, y no ha de ser.) Bien, señor capitán, pudierais ver con más segura atención lo que mi padre desea hoy serviros, para no haberle hecho este disgusto. ¿Quién os mete en eso a vos, rapaz? ¿Qué disgusto ha habido? Si el soldado le enojó, ¿no había de ir tras él? Mi hija os estima el favor del haberle perdonado, y el de su respeto yo. Claro está que no habrá sido otra causa, y ved mejor lo que decís. Yo lo veo muy bien. Pues ¿cómo habláis vos así? Porque estáis delante, más castigo no le doy a este rapaz. Detened, señor capitán; que yo puedo tratar a mi hijo como quisiere y vos no. Y yo sufrirlo a mi padre, mas a otra persona, no. ¿Qué habíais de hacer? Perder la vida por la opinión. ¿Qué opinión tiene un villano? Aquella misma que vos, que no hubiera un capitán si no hubiera un labrador. ¡Vive Dios, que ya es bajeza sufrirlo! Ved que yo estoy de por medio. Sacan las espadas. ¡Vive Cristo, Chispa, que ha de haber hurgón! ¡Aquí del cuerpo de guardia! ¡Don Lope! Ojo avizor. Sale DON LOPE, con hábito muy galán y bengala. ¿Qué es aquesto? ¿La primera cosa que he de encontrar hoy acabado de llegar, ha de ser una quistión? (¡A qué mal tiempo don Lope de Figueroa llegó!) (Por Dios que se las tenía con todos el rapagón.) ¿Qué ha habido? ¿Qué ha sucedido? Hablad, porque ¡voto a Dios, que a hombres, mujeres y casa eche por un corredor! ¿No me basta haber subido hasta aquí con el dolor desta pierna que los diablos llevaran, amén, sino no decirme: aquesto ha sido? Todo esto es nada, señor. Hablad, decid la verdad. Pues es que alojado estoy en esta casa; un soldado... Decid. ...ocasión me dio a que sacase con él la espada; hasta aquí se entró huyendo; entreme tras él donde estaban esas dos labradoras, y su padre o su hermano o lo que son, se han disgustado de que entrase hasta aquí. Pues yo a tan buen tiempo he llegado, satisfaré a todos hoy. ¿Quién fue el soldado, decid, que a su capitán le dio ocasión de que sacase la espada? (¿Que pago yo por todos?) Aqueste fue el que huyendo hasta aquí entró. Denle dos tratos de cuerda. ¿Tra... qué me han de dar, señor? Tratos de cuerda. Yo hombre de aquesos tratos no soy. (Desta vez me le estropean.) (¡Ah, Rebolledo!, por Dios que nada digas; yo haré que te libren.) (¿Cómo no lo he de decir, pues si callo, los brazos me pondrán hoy atrás como mal soldado?) El capitán me mandó que fingiese la pendencia para tener ocasión de entrar aquí. Ved agora si hemos tenido razón. No tuvisteis para haber así puesto en ocasión de perderse este lugar. Hola, echa un bando, tambor, que al cuerpo de guardia vayan los soldados cuantos son y que no salga ninguno, pena de muerte, en todo hoy. Y para que no quedéis con aqueste empeño vos y vos con este disgusto, y satisfechos los dos, buscad otro alojamiento que yo en esta casa estoy desde hoy alojado, en tanto que a Guadalupe no voy, donde está el rey. Tus preceptos órdenes precisas son para mí. Vanse el CAPITÁN, SARGENTO, la CHISPA, REBOLLEDO, y SOLDADOS. A ISABEL e INÉS. Entraos allá dentro. Mil gracias, señor, os doy por la merced que me hicisteis de excusarme una ocasión de perderme. ¿Cómo habíais, decid, de perderos vos? Dando muerte a quien pensara ni aun el agravio menor. ¿Sabéis, voto a Dios, que es capitán? Sí, voto a Dios; y aunque fuera el general, en tocando a mi opinión le matara. A quien tocara, ni aun al soldado menor solo un pelo de la ropa, por vida del cielo, yo le ahorcara. A quien se atreviera a un átomo de mi honor, por vida también del cielo que también le ahorcara yo. ¿Sabéis que estáis obligado a sufrir, por ser quien sois, estas cargas? Con mi hacienda; pero con mi fama no; al rey, la hacienda y la vida se ha de dar, pero el honor es patrimonio del alma, y el alma solo es de Dios. ¡Juro a Cristo, que parece que vais teniendo razón! Sí, juro a Cristo, porque siempre la he tenido yo. Yo vengo cansado, y esta pierna, que el diablo me dio ha menester descansar. Pues ¿quién os dice que no? Ahí me dio el diablo una cama y servirá para vos. ¿Y diola hecha el diablo? Sí. Pues a deshacerla voy; que estoy, voto a Dios, cansado. Pues descansad, voto a Dios. (Testarudo es el villano; tan bien jura como yo.) (Caprichudo es el don Lope; no haremos migas los dos.) Jornada II Salen MENDO y NUÑO, su criado. ¿Quién te contó todo eso? Todo esto contó Ginesa, su criada. El capitán, después de aquella pendencia que en su casa tuvo (fuese ya verdad o ya cautela), ¿ha dado en enamorar a Isabel? Y es de manera, que tan poco humo en su casa él hace como en la nuestra nosotros. Él todo el día no se quita de su puerta; no hay hora que no la envíe recados; con ellos entra y sale un mal soldadillo, confidente suyo. Cesa; que es mucho veneno, mucho, para que el alma lo beba de una vez. Y más no habiendo en el estómago fuerzas con que resistirle. Hablemos un rato, Nuño, de veras. ¡Pluguiera a Dios fueran burlas! ¿Y qué le responde ella? Lo que a ti, porque Isabel es deidad hermosa y bella a cuyo cielo no empañan los vapores de la tierra. ¡Buenas nuevas te dé Dios! Dale un golpe. A ti te dé mal de muelas, que me has quebrado dos dientes. Mas bien has hecho, si intentas reformarlos, por familia que no sirve ni aprovecha. ¡El capitán! ¡Vive Dios, si por el honor no fuera de Isabel, que lo matara! Más mira por tu cabeza. Sale el CAPITÁN, SARGENTO, y REBOLLEDO. Escucharé retirado. Aquí a esta parte te llega. Este fuego, esta pasión, no es amor solo, que es tema, es ira, es rabia, es furor. ¡Oh! ¡Nunca, señor, hubieras visto a la hermosa villana que tantas ansias te cuesta! ¿Qué te dijo la criada? ¿Ya no sabes sus respuestas? Hablan entre ellos. Esto ha de ser, pues ya tiende la noche sus sombras negras, antes que se haya resuelto a lo mejor mi prudencia, ven a armarme. ¡Pues qué! ¿Tienes más armas, señor, que aquellas que están en un azulejo sobre el marco de la puerta? En mi guadarnés presumo que hay para tales empresas algo que ponerme. Vamos sin que el capitán nos sienta. Vanse. ¡Que en una villana haya tan hidalga resistencia que no me haya respondido una palabra siquiera apacible! Estas, señor, no de los hombres se prendan como tú; si otro villano la festejara y sirviera, hiciera más caso dél; fuera de que son tus quejas sin tiempo. Si te has de ir mañana ¿para qué intentas que una mujer en un día te escuche y te favorezca? En un día el sol alumbra y falta; en un día se trueca un reino todo; en un día es edificio una peña; en un día una batalla pérdida y vitoria ostenta; en un día tiene el mar tranquilidad y tormenta; en un día nace un hombre y muere; luego pudiera en un día ver mi amor sombra y luz como planeta; pena y dicha como imperio; gente y brutos como selva; paz y inquietud como mar, triunfo y ruina como guerra; vida y muerte como dueño de sentidos y potencias, y habiendo tenido edad en un día su violencia de hacerme tan desdichado, ¿por qué, por qué no pudiera tener edad en un día de hacerme dichoso? ¿Es fuerza que se engendren más de espacio las glorias que las ofensas? Verla una vez solamente, ¿a tanto extremo te fuerza? ¿Qué más causa había de haber, llegando a verla que verla? De sola una vez a incendio crece una breve pavesa; de una vez sola un abismo fulgúreo volcán revienta; de una vez se enciende el rayo que destruye cuanto encuentra; de una vez escupe horror la más reformada pieza; de una vez amor, ¿qué mucho, fuego de cuatro maneras, mina, incendio, pieza, rayo, postre, abrase, asombre y hiera? ¿No decías que villanas nunca tenían belleza? Y aun aquesa confianza me mató, porque el que piensa que va a un peligro ya va prevenido a la defensa; quien va a una seguridad es el que más riesgo lleva por la novedad que halla si acaso un peligro encuentra. Pensé hallar una villana; si hallé una deidad, ¿no era preciso que peligrase en mi misma inadvertencia? En toda mi vida vi más divina, más perfecta hermosura. ¡Ay, Rebolledo, no sé qué hiciera por verla! En la compañía hay soldado que canta por excelencia, y la Chispa, que es mi alcaida del boliche, es la primera mujer en jacarear. Haya, señor, jira y fiesta y música a su ventana, que con esto podrás verla y aun hablarla. Como está Don Lope allí, no quisiera despertarle. Pues don Lope, ¿cuándo duerme, con su pierna? Fuera, señor, que la culpa, si se entiende, será nuestra, no tuya, si de rebozo vas en la tropa. Aunque tenga mayores dificultades, pasen por todas mis penas. Juntaos todos esta noche, mas de suerte que no entiendan que yo lo mando. ¡Ah, Isabel, qué de cuidados me cuestas! Vase el CAPITÁN y SARGENTO, y sale CHISPA. ¡Téngase! Chispa, ¿qué es esto? Ahí un pobrete, que queda con un rasguño en el rostro. Pues ¿por qué fue la pendencia? Sobre hacerme alicantina del barato de hora y media que estuvo echando las bolas, teniéndome muy atenta a si eran pares o nones, canseme y dile con esta. Saca la daga. Mientras que con el barbero poniéndose en puntos queda vamos al cuerpo de guardia que allá te daré la cuenta. ¡Bueno es estar de mohína cuando vengo yo de fiesta! Pues ¿qué estorba el uno al otro? Aquí está la castañeta, ¿qué se ofrece que cantar? Ha de ser cuando anochezca, y música más fundada. Vamos, y no te detengas. Anda acá al cuerpo de guardia. Fama ha de quedar eterna de mí en el mundo, que soy Chispilla la bolichera. Vanse. Sale DON LOPE y PEDRO CRESPO. En este paso que está más fresco poned la mesa al señor don Lope. Aquí os sabrá mejor la cena, que al fin los días de agosto no tienen más recompensa que sus noches. ¡Apacible estancia en extremo es esta! Un pedazo es de jardín donde mi hija se divierta. Sentaos, que el viento suave que en las blandas hojas suena destas parras y estas copas mil cláusulas lisonjeras hace al compás desta fuente, cítara de plata y perlas, porque son en trastes de oro las guijas templadas cuerdas. Perdonad si de instrumentos solos la música suena de músicos que deleiten sin voces que os entretengan, que como músicos son los pájaros que gorjean no quieren cantar de noche ni yo puedo hacerles fuerza. Sentaos, pues, y divertid esa continua dolencia. No podré, que es imposible que divertimiento tenga. ¡Válgame Dios! ¡Valga, amén! Los cielos me den paciencia. Sentaos, Crespo. Yo estoy bien. Sentaos. Pues me dais licencia, digo, señor, que obedezco, aunque excusarlo pudierais. Siéntase. ¿No sabéis qué he reparado? Que ayer la cólera vuestra os debió de enajenar de vos. Nunca me enajena a mí de mí nada. Pues ¿cómo ayer sin que os dijera que os sentarais os sentasteis aun en la silla primera? Porque no me lo dijisteis; y hoy que lo decís quisiera no hacerlo; la cortesía tenerla con quien la tenga. Ayer todo erais reniegos, porvidas, votos y pesias, y hoy estáis más apacible, con más gusto y más prudencia. Yo, señor, siempre respondo en el tono y en la letra que me hablan; ayer vos así hablabais y era fuerza que fuera de un mismo tono la pregunta y la respuesta. Demás de que yo he tomado por política discreta jurar con aquel que jura, rezar con aquel que reza. A todo hago compañía, y es aquesto de manera, que en toda la noche pude dormir, en la pierna vuestra pensando, y amanecí con dolor en ambas piernas, que por no errar la que os duele, si es la izquierda o la derecha, me dolieron a mí entrambas. Decidme, por vida vuestra, cuál es y sépalo yo, porque una sola me duela. ¿No tengo mucha razón de quejarme, si ha ya treinta años que asistiendo en Flandes al servicio de la guerra, el invierno con la escarcha y el verano con la fuerza del sol, nunca descansé, y no he sabido qué sea estar sin dolor un hora? Dios, señor, os dé paciencia. ¿Para qué la quiero yo? No os la dé. Nunca acá venga, sino que dos mil demonios carguen conmigo y con ella. Amén, y si no lo hacen es por no hacer cosa buena. ¡Jesús mil veces, Jesús! Con vos y conmigo sea. ¡Voto a Cristo, que me muero! ¡Voto a Cristo, que me pesa! Saca la mesa JUAN. Ya tienes la mesa aquí. ¿Cómo a servirla no entran mis criados? Yo, señor, dije, con vuestra licencia, que no entraran a serviros, y que en mi casa no hicieran prevenciones, que a Dios gracias, pienso que no os falte en ella nada. Pues no entran criados, hacedme favor que venga vuestra hija aquí a cenar conmigo. Dila que venga tu hermana al instante, Juan. Mi poca salud me deja sin sospecha en esta parte. Aunque vuestra salud fuera, señor, la que yo os deseo me dejara sin sospecha. Agravio hacéis a mi amor; que nada de eso me inquieta, que el decirla que no entrara aquí, fue con advertencia de que no estuviese a oír ociosas impertinencias, que si todos los soldados corteses como vos fueran ella había de acudir a servillos la primera. (¡Qué ladino es el villano o cómo tiene prudencia!) Salen INÉS y ISABEL. ¿Qué es, señor, lo que me mandas? El señor don Lope intenta honraros; él es quien llama. Aquí está una esclava vuestra. Serviros intento yo. (¡Qué hermosura tan honesta!) Que cenéis conmigo quiero. Mejor es que vuestra cena sirvamos las dos. Sentaos. Sentaos, haced lo que ordena el señor don Lope. Está el mérito en la obediencia. Siéntanse, y tocan dentro guitarras. ¿Qué es aquello? Por la calle los soldados se pasean cantando y bailando. Mal los trabajos de la guerra sin aquesta libertad se llevaran, que es estrecha religión la de un soldado y darla ensanchas es fuerza. Con todo eso, es linda vida. ¿Fuérades con gusto a ella? Sí, señor, como llevara por amparo a vuexcelencia. Dentro Mejor se cantará aquí. Dentro. Vaya a Isabel una letra. Para que despierte, tira a su ventana una piedra. (A ventana señalada va la música. ¡Paciencia!) Dentro. Las flores del romero, niña Isabel, hoy son flores azules y mañana serán miel. (Música, vaya; mas esto de tirar es desvergüenza... ¡Y a la casa donde estoy venirse a dar cantaletas! Pero disimularé por Pedro Crespo y por ella.) ¡Qué travesuras! Son mozos. (Si por don Lope no fuera, yo les hiciera...) (Si yo una rodelilla vieja que en el cuarto de don Lope está colgada, pudiera sacar...) Hace que se va. ¿Dónde vais, mancebo? Voy a que traigan la cena. Allá hay mozos que la traigan. Dentro. .Despierta, Isabel, despierta (¿Qué culpa tengo yo, cielos, para estar a esto sujeta?) Ya no se puede sufrir, porque es cosa muy mal hecha. Arroja DON LOPE la mesa. Pues ¡y cómo si lo es! Arroja PEDRO CRESPO la silla. (Lleveme de mi impaciencia.) ¿No es, decidme, muy mal hecho que tanto una pierna duela? De eso mismo hablaba yo. Pensé que otra cosa era. Como arrojasteis la silla... Como arrojasteis la mesa vos, no tuve que arrojar otra cosa yo más cerca. (Disimulemos, honor.) (¡Quién en la calle estuviera!) Ahora bien, cenar no quiero. Retiraos. En hora buena. Señora, quedad con Dios. El cielo os guarde. (¿A la puerta de la calle no es mi cuarto? Y en él ¿no está una rodela?) (¿No tiene puerta el corral y yo una espadilla vieja?) Buenas noches. Buenas noches. (Encerraré por defuera a mis hijos.) (Dejaré un poco la casa quieta.) (¡Oh, qué mal, cielos, los dos disimulan que les pesa!) (Mal el uno por el otro van haciendo la deshecha.) ¡Hola, mancebo! Señor. Acá está la cama vuestra. Vanse. Sale el CAPITÁN, SARGENTO, CHISPA, REBOLLEDO, con guitarras y SOLDADOS. Mejor estamos aquí. El sitio es más oportuno; tome rancho cada uno. ¿Vuelve la música? Sí. ¡Agora estoy en mi centro! ¡Que no haya una ventana entreabierto esta villana! Pues bien lo oyen allá dentro. Espera. Será a mi costa. No es más de hasta ver quién es quien llega. ¿Pues qué no ves un jinete de la costa? Salen MENDO, con adarga, y NUÑO. ¿Ves bien lo que pasa? No, no veo bien; pero bien lo escucho. ¿Quién, cielos, quién esto puede sufrir? Yo. ¿Abrirá acaso Isabel la ventana? Sí abrirá. No hará, villano. No hará. ¡Ah, celos, pena crüel! Bien supiera yo arrojar a todos a cuchilladas de aquí; mas disimuladas mis desdichas han de estar hasta ver si ella ha tenido culpa dello. Pues aquí nos sentemos. Bien; así estaré desconocido. Pues ya el hombre se ha sentado (si ya no es que ser ordena algún alma que anda en pena, de las cañas que ha jugado con su adarga a cuestas) da voz al aire. Ya él la lleva. Va una jácara tan nueva, que corra sangre. Sí hará. Salen DON LOPE y PEDRO CRESPO a un tiempo, con broqueles. Canta. Érase cierto Sampayo, la flor de los andaluces, el jaque de mayor porte .y el jaque de mayor lustre Este, pues, a la Chillona topó un día... No le culpen la fecha, que el consonante quiere que haya sido en lunes. Topó, digo, a la Chillona, que, brindando entre dos luces, ocupaba con el Garlo .la casa de los azumbres El Garlo, que siempre fue, en todo lo que le cumple, rayo de tejado abajo, porque era rayo sin nube, sacó la espada y a un tiempo un tajo y revés sacude... Acuchíllanlos DON LOPE y PEDRO CRESPO. Sería desta manera. Que sería así no duden. Métenlos a cuchilladas, y sale DON LOPE. ¡Gran valor! Uno ha quedado dellos y es el que está aquí. Sale PEDRO CRESPO. Cierto es que el que queda ahí, sin duda es algún soldado. Ni aun este no ha de escapar sin almagre. Ni este quiero que quede sin que mi acero la calle le haga dejar. ¿No huís con los otros? Huid vos, que sabréis huir más bien. Riñen. ¡Voto a Dios que riñe bien! ¡Bien pelea, voto a Dios! Sale JUAN con espada. Quiera el cielo que le tope. Señor, a tu lado estoy. ¿Es Pedro Crespo? Yo soy. ¿Es don Lope? Sí, es don Lope. ¿Que no habíais, no dijisteis, de salir? ¿Qué hazaña es esta? Sean disculpa y respuesta hacer lo que vos hicisteis. Aquesta era ofensa mía, vuestra no. No hay que fingir; que yo he salido a reñir por haceros compañía. Dentro los SOLDADOS. A dar muerte nos juntemos a estos villanos. Salen el CAPITÁN y todos. Mirad... ¿Aquí no estoy yo? Esperad. ¿De qué son estos extremos? Los soldados han tenido (porque se estaban holgando en esta calle, cantando sin alboroto y rüido) una pendencia y yo soy quien los está deteniendo. Don Álvaro, bien entiendo vuestra prudencia, y pues hoy aqueste lugar está en ojeriza, yo quiero excusar rigor más fiero; y pues amanece ya, orden doy que en todo el día, para que mayor no sea el daño, de Zalamea saquéis vuestra compañía, y estas cosas acabadas, no vuelvan a ser porque la paz otra vez pondré, voto a Dios, a cuchilladas. Digo que aquesta mañana la compañía haré marchar. (La vida me has de costar, hermosísima villana.) Vase. (Caprichudo es el don Lope; ya haremos migas los dos.) Veníos conmigo vos, y solo ninguno os tope. Vanse. Salen MENDO y NUÑO, herido. ¿Es algo, Nuño, la herida? Aunque fuera menor fuera de mí muy mal recebida, y mucho más que quisiera. Yo no he tenido en mi vida mayor pena ni tristeza. Yo tampoco. Que me enoje es justo. ¿Que su fiereza luego te dio en la cabeza? Todo este lado me coge. Tocan. ¿Qué es esto? La compañía, que hoy se va. Y es dicha mía, pues con esto cesarán los celos del capitán. Hoy se ha de ir en todo el día. Salen CAPITÁN y SARGENTO. Sargento, vaya marchando antes que decline el día con toda la compañía, y con prevención que cuando se esconda en la espuma fría del océano español ese luciente farol, en ese monte le espero, porque hallar mi vida quiero hoy en la muerte del sol. Al CAPITÁN. Calla, que está aquí un figura del lugar. A NUÑO. Pasar procura, sin que entiendan mi tristeza. No muestres, Nuño, flaqueza. ¿Puedo yo mostrar gordura? Vanse. Yo he de volver al lugar, porque tengo prevenida una crïada, a mirar si puedo por dicha hablar aquesta hermosa homicida. Dádivas han granjeado que apadrine mi cuidado. Pues, señor, si has de volver, mira que habrás menester volver bien acompañado, porque al fin no hay que fiar de villanos. Ya lo sé. Algunos puedes nombrar que vuelvan conmigo. Haré cuanto me quieras mandar. Pero, ¿si acaso volviese Don Lope, y te conociese al volver...? Ese temor, quiso también que perdiese en esta parte mi amor, que don Lope se ha de ir hoy también a prevenir todo el tercio a Guadalupe, que todo lo dicho supe yéndome ahora a despedir dél; porque ya el rey vendrá, que puesto en camino está. Voy, señor, a obedecerte. Vase. Que me va la vida advierte. Sale REBOLLEDO. Señor, albricias me da. ¿De qué han de ser, Rebolledo? Muy bien merecellas puedo, pues solamente te digo... ¿Qué? ...que ya hay un enemigo menos a quien tener miedo. ¿Quién es? Dilo presto. Aquel mozo, hermano de Isabel. Don Lope se le pidió al padre, y él se le dio, y va a la guerra con él. En la calle le he topado muy galán, muy alentado, mezclando a un tiempo, señor, rezagos de labrador con primicias de soldado, de suerte que el viejo es ya quien pesadumbre nos da. Todo nos sucede bien, y más si me ayuda quien esta esperanza me da de que esta noche podré hablarla. No pongas duda. Del camino volveré, que agora es razón que acuda a la gente que se ve ya marchar. Los dos seréis los que conmigo vendréis. Vase. Pocos somos, vive Dios, aunque vengan otros dos, otros cuatro y otros seis. Y yo, si tú has de volver, allá, ¿qué tengo de hacer? Pues no estoy segura yo si da conmigo el que dio al barbero qué coser. No sé qué he de hacer de ti, ¿no tendrás ánimo, di, de acompañarme? ¿Pues no? Vestido no tengo yo; ánimo y esfuerzo sí. Vestido no faltará; que ahí otro del paje está de jineta, que se fue. Pues yo a la par pasaré con él. Vamos, que se va la bandera. Y yo veo agora por qué en el mundo he cantado que el amor del soldado no dura un hora. Vanse y salen DON LOPE, y PEDRO CRESPO y JUAN su hijo. A muchas cosas os soy en extremo agradecido, pero sobre todas esta de darme hoy a vuestro hijo para soldado: en el alma os lo agradezco y estimo. Yo os le doy para criado. Yo os le llevo para amigo; que me ha inclinado en extremo su desenfado y su brío y la afición a las armas. Siempre a vuestros pies rendido me tendréis, y vos veréis de la manera que os sirvo, procurando obedeceros en todo. Lo que os suplico es que perdonéis, señor, si no acertare a serviros, porque en el rústico estudio adonde rejas y trillos, palas, azadas y bielgos son nuestros mejores libros, no habrá podido aprender lo que en los palacios ricos enseña la urbanidad política de los siglos. Ya que va perdiendo el sol la fuerza, irme determino. Veré si viene, señor, la litera. Vase. Sale INÉS y ISABEL. ¿Y es bien iros, sin despediros de quien tanto desea serviros? No me fuera sin besaros las manos y sin pediros que liberal perdonéis un atrevimiento digno de perdón, porque no el precio hace el don sino el servicio. Esta venera, que aunque está de diamantes ricos guarnecida, llega pobre a vuestras manos, suplico que la toméis y traigáis por patena en nombre mío. Mucho siento que penséis con tan generoso indicio que pagáis el hospedaje, pues de honra que recebimos, semos los deudores. Esto no es paga sino cariño. Por cariño y no por paga, solamente la recibo. A mi hermano os encomiendo, ya que tan dichoso ha sido que merece ir por criado vuestro. Otra vez os afirmo que podéis descuidar dél; que va, señora, conmigo. Sale JUAN. Ya está la litera puesta. Con Dios os quedad. Él mismo os guarde. ¡Ah, buen Pedro Crespo! ¡Oh, señor don Lope invicto! ¿Quién nos dijera aquel día primero que aquí nos vimos que habíamos de quedar para siempre tan amigos? Yo lo dijera, señor, si allí supiera, al oíros, que erais... Decid, por mi vida... Al irse ya. ...loco de tan buen capricho. En tanto que se acomoda el señor don Lope, hijo, ante tu prima y tu hermana escucha lo que te digo. Por la gracia de Dios, Juan, eres de linaje limpio más que el sol, pero villano; lo uno y lo otro te digo: aquello porque no humilles tanto tu orgullo y tu brío que dejes, desconfiado, de aspirar con cuerdo arbitrio a ser más; lo otro, porque no vengas, desvanecido a ser menos; igualmente usa de entrambos disinios con humildad, porque siendo humilde con recto juicio acordarás lo mejor; y como tal, en olvido pondrás cosas que suceden al revés en los altivos. ¡Cuántos, teniendo en el mundo algún defeto consigo, le han borrado por humildes! ¡Y cuántos, que no han tenido defeto, se le han hallado, por estar ellos mal vistos! Sé cortés sobremanera, sé liberal y partido; que el sombrero y el dinero son los que hacen los amigos, y no vale tanto el oro que el sol engendra en el indio suelo y que consume el mar como ser uno bienquisto. No hables mal de las mujeres; la más humilde te digo que es digna de estimación, porque, al fin, dellas nacimos. No riñas por cualquier cosa, que cuando en los pueblos miro muchos que a reñir se enseñan, mil veces entre mí digo: «Aquesta escuela no es la que ha de ser», pues colijo que no ha de enseñarle a un hombre con destreza, gala y brío a reñir, sino a por qué ha de reñir, que yo afirmo que si hubiera un maestro solo que enseñara prevenido no el cómo, el por qué se riña, todos le dieran sus hijos. Con esto, y con el dinero que llevas para el camino y para hacer, en llegando de asiento, un par de vestidos, el amparo de don Lope y mi bendición, yo fío en Dios que tengo de verte en otro puesto. A Dios, hijo, que me enternezco en hablarte. Vase DON LOPE. Hoy tus razones imprimo en el corazón, adonde vivirán mientras yo vivo. Dame tu mano, y tú, hermana, los brazos, que ya ha partido Don Lope, mi señor, y es fuerza alcanzarlo. Los míos bien quisieran detenerte. Prima, a Dios. Nada te digo con la voz, porque los ojos hurtan a la voz su oficio. A Dios. Ea, vete presto; que cada vez que te miro siento más el que te vayas; y ha de ser, porque lo he dicho. El cielo con todos quede. Vase. El cielo vaya contigo. ¡Notable crueldad has hecho! (Agora que no le miro, hablaré más consolado.) ¿Qué había de hacer conmigo, sino ser toda su vida un holgazán, un perdido? Váyase a servir al rey. Que de noche haya salido, me pesa a mí. Caminar de noche por el estío antes es comodidad que fatiga, y es preciso que a don Lope alcance luego al instante. (Enternecido me deja, cierto, el muchacho, aunque en público me animo.) Éntrate, señor, en casa. Pues sin soldados vivimos, estémonos otro poco gozando a la puerta el frío viento que corre; que luego saldrán por ahí los vecinos. (A la verdad no entro dentro, porque desde aquí imagino, como el camino blanquea, que veo a Juan en el camino.) Inés, sácame a esta puerta asiento. Aquí está un banquillo. Esta tarde dizque ha hecho la villa elección de oficios. Siempre aquí por el agosto se hace. Sale el CAPITÁN, SARGENTO, REBOLLEDO, CHISPA, SOLDADOS. Pisad sin rüido. Llega, Rebolledo, tú, y da a la crïada aviso de que ya estoy en la calle. Yo voy. Mas ¡qué es lo que miro! A su puerta hay gente. Y yo en los reflejos y visos que la luna hace en el rostro, que es Isabel, imagino, esta. Ella es; más que la luna el corazón me lo ha dicho. A buena ocasión llegamos. Si, ya que una vez venimos, nos atrevemos a todo, buena venida habrá sido. ¿Estás para oír un consejo? No. Pues ya no te le digo. Intenta lo que quisieres. Yo he de llegar, y atrevido quitar a Isabel de allí. Vosotros a un tiempo mismo impedid a cuchilladas el que me sigan. Contigo venimos y a tu orden hemos de estar. Advertid que el sitio en que habemos de juntarnos es ese monte vecino que está a la mano derecha como salen del camino. Chispa. ¿Qué? Ten esas capas. Que es del reñir, imagino, la gala el guardar la ropa aunque del nadar se dijo. Yo he de llegar el primero. Harto hemos gozado el sitio. Entrémonos allá dentro. Ya es tiempo; llegad, amigos. ¡Ah, traidor! Señor, ¿qué es esto? Es una furia, un delirio de amor. Llévanla. Dentro. ¡Ah, traidor! ¡Señor! ¡Ah, cobardes! Dentro. ¡Señor mío! Yo quiero aquí retirarme. Vase. ¡Cómo echáis de ver, ah, impíos, que estoy sin espada, aleves, falsos y traidores! Idos si no queréis que la muerte sea el último castigo. ¡Qué importará, si está muerto mi honor, el quedar yo vivo! ¡Ah, quién tuviera una espada! Cuando sin armas te sigo es imposible, y si airado a ir por ella me animo, los he de perder de vista. ¿Qué he de hacer, hados esquivos? Que de cualquiera manera es uno solo el peligro. Sale INÉS con la espada. Esta, señor, es tu espada. Vase. A buen tiempo la has traído. Ya tengo honra, pues ya tengo espada con que seguirlos. Soltad la presa, traidores, cobardes, que habéis traído; que he de cobrarla o la vida he de perder. Vano ha sido tu intento, que somos muchos. Mis males son infinitos y riñen todos por mí. Pero la tierra que piso me ha faltado. Cae. Dale muerte. Mirad que es rigor impío quitarle vida y honor. Mejor es en lo escondido del monte dejalle atado, porque no lleve el aviso. Dentro. ¡Padre y señor! ¡Hija mía! Retírale como has dicho. Hija, solamente puedo seguirte con mis suspiros. Llévanle. Dentro. ¡Ay de mí! Sale JUAN. ¡Qué triste voz! Dentro. ¡Ay de mí! ¡Mortal gemido! A la entrada de ese monte cayó mi rocín conmigo, veloz corriendo, y yo ciego por la maleza le sigo. Tristes voces a una parte y a otra míseros gemidos escucho que no conozco porque llegan mal distintos. Dos necesidades son las que apellidan a gritos mi valor, y pues iguales a mi parecer han sido, y uno es hombre, otro mujer, a seguir esta me animo, que así obedezco a mi padre en dos cosas que me dijo: «Reñir con buena ocasión, y honrar la mujer», pues miro que así honro a la mujer y con buena ocasión riño. Jornada III Sale ISABEL, como llorando. Nunca amanezca a mis ojos la luz hermosa del día porque a su sombra no tenga vergüenza yo de mí misma. ¡Oh, tú, de tantas estrellas primavera fugitiva, no des lugar a la aurora que tu azul campaña pisa para que con risa y llanto borre tu apacible vista, y ya que ha de ser, que sea con llanto, mas no con risa! ¡Detente, oh mayor planeta, más tiempo en la espuma fría del mar! Deja que una vez dilate la noche fría su trémulo imperio; deja que de tu deidad se diga, atenta a mis ruegos, que es voluntaria y no precisa. ¿Para qué quieres salir a ver en la historia mía la más inorme maldad, la más fiera tiranía, que en venganza de los hombres quiere el cielo que se escriba? Mas, ¡ay de mí!, que parece que es fiera tu tiranía, pues desde que te rogué que te detuvieses, miran mis ojos tu faz hermosa descollarse por encima de los montes. ¡Ay de mí, que acosada y perseguida de tantas penas, de tantas ansias, de tantas impías fortunas, contra mi honor se han conjurado tus iras! ¿Qué he de hacer? ¿Dónde he de ir? Si a mi casa determinan volver mis erradas plantas será dar nueva mancilla a un anciano padre mío, que otro bien, otra alegría no tuvo sino mirarse en la clara luna limpia de mi honor, que hoy, ¡desdichado!, tan torpe mancha le eclipsa. Si dejo, por su respeto y mi temor afligida, de volver a casa, dejo abierto el paso a que diga que fui cómplice en mi infamia, y ciega y inadvertida vengo a hacer de la inocencia acreedora a la malicia. ¡Qué mal hice, qué mal hice de escaparme fugitiva de mi hermano! ¿No valiera más que su cólera altiva me diera la muerte cuando llegó a ver la suerte mía? Llamarle quiero, que vuelva con saña más vengativa y me dé muerte; confusas voces el eco repita, diciendo... Dentro. Vuelve a matarme; serás piadoso homicida, que no es piedad el dejar a un desdichado con vida. ¿Qué voz es esta, que mal pronunciada y poco oída no se deja conocer? Dentro. Dadme muerte, si os obliga ser piadosos. ¡Cielos, cielos! Otro la muerte apellida, otro desdichado hay, que hoy, a pesar suyo, viva. Mas, ¿qué es lo que ven mis ojos? Descúbrese CRESPO atado. Si piedades solicita cualquiera que aqueste monte temerosamente pisa, llegue a dar muerte... Mas, ¡cielos!, ¿qué es lo que mis ojos miran? Atadas atrás las manos a una rigurosa encina... Enterneciendo los cielos con las voces que apellida... ...mi padre está. ...mi hija viene. ¡Padre y señor! Hija mía, llégate y quita estos lazos. No me atrevo; que si quitan los lazos que te aprisionan, una vez las manos mías, no me atreveré, señor, a contarte mis desdichas, a referirte mis penas; porque si una vez te miras con manos y sin honor me darán muerte tus iras; y quiero, antes que las veas, referirte mis fatigas. Detente, Isabel, detente, no prosigas; que desdichas, Isabel, para contarlas, no es menester referirlas. Hay muchas cosas que sepas, y es forzoso que al decirlas tu valor te irrite y quieras vengarlas antes de oírlas. Estaba anoche gozando la seguridad tranquila que al abrigo de tus canas mis años me prometían, cuando aquellos embozados traidores (que determinan que lo que el honor defiende el atrevimiento rinda) me robaron, bien así como de los pechos quita carnicero hambriento lobo a la simple corderilla. Aquel capitán, aquel huésped ingrato, que el día primero introdujo en casa tan nunca esperada cisma de traiciones y cautelas, de pendencias y rencillas, fue el primero que en sus brazos me cogió, mientras le hacían, espaldas otros traidores que en su bandera militan. Aquese intrincado o oculto monte que está a la salida del lugar, fue su sagrado; ¿cuándo de la tiranía no son sagrados los montes? Aquí ajena de mí misma dos veces me miré, cuando aún tu voz, que me seguía, me dejó, porque ya el viento, a quien tus acentos fías, con la distancia por puntos adelgazándose iba, de suerte que las que eran antes razones distintas, no eran voces sino ruido; luego, en el viento esparcidas, no eran voces sino ecos de unas confusas noticias, como aquel que oye un clarín, que, cuando dél se retira, le queda por mucho rato, si no el ruido, la noticia. El traidor, pues, en mirando que ya nadie hay quien le siga, que ya nadie hay que me ampare, porque hasta la luna misma ocultó entre pardas sombras, o cruel o vengativa, aquella, ¡ay de mí!, prestada luz que del sol participa, pretendió, ¡ay de mí otra vez y otras mil!, con fementidas palabras buscar disculpa a su amor. ¿A quién no admira querer de un instante a otro hacer la ofensa caricia? ¡Mal haya el hombre, mal haya el hombre que solicita por fuerza ganar un alma, pues no advierte, pues no mira que las vitorias de amor no hay trofeo en que consistan sino en granjear el cariño de la hermosura que estiman!, porque querer sin el alma una hermosura ofendida es querer una belleza hermosa, pero no viva. ¡Qué ruegos, qué sentimientos ya de humilde, ya de altiva, no le dije! Pero en vano, pues (calle aquí la voz mía), soberbio (enmudezca el llanto), atrevido (el pecho gima), descortés (lloren los ojos), fiero (ensordezca la envidia), tirano (falte el aliento), osado (luto me vista)... y si lo que la voz yerra, tal vez el acción explica, de vergüenza cubro el rostro, de empacho lloro ofendida, de rabia tuerzo las manos, el pecho rompo de ira... Entiende tú las acciones, pues no hay voces que lo digan; baste decir que a las quejas de los vientos repetidas en que ya no pedía al cielo socorro, sino justicia, salió el alba y con el alba, trayendo a la luz por guía, sentí ruido entre unas ramas. Vuelvo a mirar quién sería y veo a mi hermano. ¡Ay, cielos! ¿Cuándo, cuándo, ¡ah suerte impía!, llegaron a un desdichado los favores con más prisa? Él, a la dudosa luz, que, si no alumbra, ilumina, reconoce el daño antes que ninguno se le diga, que son linces los pesares que penetran con la vista. Sin hablar palabra, saca el acero que aquel día le ceñiste; el capitán que el tardo socorro mira en mi favor, contra el suyo saca la blanca cuchilla. Cierra el uno con el otro; este repara, aquel tira, y yo, en tanto que los dos generosamente lidian, viendo temerosa y triste que mi hermano no sabía si tenía culpa o no, por no aventurar mi vida en la disculpa, la espalda vuelvo y por la entretejida maleza del monte huyo, pero no con tanta prisa que no hiciese de unas ramas intricadas celosías, porque deseaba, señor, saber lo mismo que huía. A poco rato, mi hermano dio al capitán una herida; cayó, quiso asegurarle, cuando los que ya venían buscando a su capitán en su venganza se irritan. Quiere defenderse, pero viendo que era una cuadrilla, corre veloz; no le siguen, porque todos determinan más acudir al remedio que a la venganza que incitan. En brazos al capitán volvieron hacia la villa sin mirar en su delito, que en las penas sucedidas acudir determinaron primero a la más precisa. Yo, pues, que atenta miraba eslabonadas y asidas unas ansias de otras ansias, ciega, confusa y corrida, discurrí, bajé, corrí, sin luz, sin norte, sin guía, monte, llano y espesura, hasta que a tus pies rendida, antes que me des la muerte te he contado mis desdichas. Agora que ya las sabes, generosamente anima contra mi vida el acero, el valor contra mi vida, que ya para que me mates aquestos lazos te quitan mis manos; alguno dellos mi cuello infeliz oprima. Tu hija soy, sin honra estoy, y tú, libre; solicita con mi muerte tu alabanza para que de ti se diga que por dar vida a tu honor diste la muerte a tu hija. Álzate, Isabel, del suelo; no, no estés más de rodillas, que a no haber estos sucesos que atormenten y persigan, ociosas fueran las penas, sin estimación las dichas. Para los hombres se hicieron y es menester que se impriman con valor dentro del pecho. Isabel, vamos aprisa; demos la vuelta a mi casa, que este muchacho peligra y hemos menester hacer diligencias exquisitas por saber dél y ponerle en salvo. (Fortuna mía, o mucha cordura, o mucha cautela es esta.) Camina. (¡Vive Dios, que si la fuerza y necesidad precisa de curarse, hizo volver al capitán a la villa, que pienso que le está bien morirse de aquella herida, por excusarse de otra y otras mil!; que el ansia mía no ha de parar hasta darle la muerte.) Ea, vamos, hija, a nuestra casa. Sale el ESCRIBANO. ¡Oh, señor Pedro Crespo! Dadme albricias. ¿Albricias? ¿De qué, escribano? El concejo aqueste día os ha hecho alcalde, y tenéis para estrena de justicia dos grandes acciones hoy: la primera es la venida del rey, que estará hoy aquí, o mañana en todo el día, según dicen; es la otra, que ahora han traído a la villa de secreto unos soldados a curarse con gran prisa aquel capitán que ayer tuvo aquí su compañía. Él no dice quién le hirió, pero si esto se averigua, será una gran causa. (¡Cielos! ¡Cuando vengarme imagina, me hace dueño de mi honor la vara de la justicia! ¿Cómo podré delinquir yo, si en esta hora misma me ponen a mí por juez para que otros no delincan? Pero cosas como aquestas no se ven con tanta prisa.) En extremo agradecido estoy a quien solicita honrarme. Vení a la casa del concejo, y recibida la posesión de la vara, haréis en la causa misma averiguaciones. Vamos. A tu casa te retira. ¡Duélase el cielo de mí! Yo he de acompañarte. Hija, ya tenéis el padre alcalde; él os guardará justicia. Vanse. Sale el CAPITÁN, con banda, como herido, y el SARGENTO. Pues la herida no era nada, ¿por qué me hicisteis volver aquí? ¿Quién pudo saber lo que era antes de curada? Ya la cura prevenida, hemos de considerar que no es bien aventurar hoy la vida por la herida. ¿No fuera mucho peor que te hubieras desangrado? Puesto que ya estoy curado, detenernos será error. Vámonos antes que corra voz de que estamos aquí. ¿Están ahí los otros? Sí. Pues la fuga nos socorra del rigor destos villanos, que si se llega a saber que estoy aquí, habrá de ser fuerza apelar a las manos. Sale REBOLLEDO. La justicia aquí se ha entrado. ¿Qué tiene que ver conmigo justicia ordinaria? Digo que agora hasta aquí ha llegado. Nada me puede a mí estar mejor, llegando a saber que estoy aquí, y no temer a la gente del lugar, que la justicia es forzoso remitirme en esta tierra a mi consejo de guerra, con que, aunque el lance es penoso, tengo mi seguridad. Sin duda se ha querellado el villano. Eso he pensado. Dentro. Todas las puertas tomad, y no me salga de aquí soldado que aquí estuviere, y al que salirse quisiere, matadle. Pues ¿cómo así entráis? (Mas, ¿qué es lo que veo?) Sale PEDRO CRESPO, con vara, y los que puedan. ¿Cómo no? A mi parecer, la justicia ¿ha menester más licencia? A lo que creo, la justicia, cuando vos de ayer acá lo seáis, no tiene, si lo miráis, que ver conmigo. Por Dios, señor, que no os alteréis; que solo a una diligencia vengo, con vuestra licencia, aquí, y que solo os quedéis importa. Al SARGENTO y a REBOLLEDO. Salíos de aquí. A los LABRADORES. Salíos vosotros también. Al ESCRIBANO. Con esos soldados ten gran cuidado. Harelo así. Vanse. Ya que yo, como justicia, me valí de su respeto para obligaros a oírme, la vara a esta parte dejo y como un hombre no más deciros mis penas quiero. Arrima la vara. Y puesto que estamos solos, señor don Álvaro, hablemos más claramente los dos, sin que tantos sentimientos como vienen encerrados en las cárceles del pecho acierten a quebrantar las prisiones del silencio. Yo soy un hombre de bien, que a escoger mi nacimiento no dejara (es Dios testigo) un escrúpulo, un defeto en mí que suplir pudiera la ambición de mi deseo. Siempre acá entre mis iguales me he tratado con respeto; de mí hacen estimación el cabildo y el concejo. Tengo muy bastante hacienda, porque no hay, gracias al cielo, otro labrador más rico en todos aquestos pueblos de la comarca; mi hija se ha crïado, a lo que pienso, con la mejor opinión, virtud y recogimiento del mundo; tal madre tuvo, téngala Dios en el cielo. Bien pienso que bastará, señor, para abono desto, el ser rico y no haber quien me mormure; ser modesto y no haber quien me baldone; y mayormente viviendo en un lugar corto donde otra falta no tenemos más que decir unos de otros las faltas y los defetos, y ¡pluguiera a Dios, señor, que se quedara en saberlos! Si es muy hermosa mi hija díganlo vuestros extremos... aunque pudiera, al decirlos, con mayores sentimientos llorar... Señor, ya esto fue mi desdicha; no apuremos toda la ponzoña al vaso; quédese algo al sufrimiento. No hemos de dejar, señor, salirse con todo al tiempo; algo hemos de hacer nosotros para encubrir sus defetos. Este, ya veis si es bien grande, pues aunque encubrirle quiero, no puedo, que sabe Dios que a poder estar secreto y sepultado en mí mismo no viniera a lo que vengo, que todo esto remitiera por no hablar, al sufrimiento. Deseando, pues, remediar agravio tan manifiesto, buscar remedio a mi afrenta, es venganza, no es remedio, y vagando de uno en otro uno solamente advierto que a mí me está bien y a vos no mal; y es, que desde luego os toméis toda mi hacienda, sin que para mi sustento ni el de mi hijo (a quien yo traeré a echar a los pies vuestros) reserve un maravedí, sino quedarnos pidiendo limosna, cuando no haya otro camino, otro medio, con que poder sustentarnos. Y si queréis desde luego poner una ese y un clavo hoy a los dos y vendernos, será aquesta cantidad, más del dote que os ofrezco. Restaurad una opinión que habéis quitado. No creo que desluzcáis vuestro honor, porque los merecimientos que vuestros hijos, señor, perdieren por ser mis nietos, ganarán con más ventaja, señor, con ser hijos vuestros. En Castilla, el refrán dice que el caballo (y es lo cierto) lleva la silla. Mirad que a vuestros pies os lo ruego Híncase de rodillas. de rodillas y llorando sobre estas canas, que el pecho, viendo nieve y agua, piensa que se me están derritiendo. ¿Qué os pido? Un honor os pido que me quitasteis vos mesmo, y con ser mío, parece, según os le estoy pidiendo con humildad, que no os pido lo que es mío, sino vuestro. Mirad que puedo tomarle por mis manos y no quiero sino que vos me le deis. Ya me falta el sufrimiento. Viejo cansado y prolijo, agradeced que no os doy la muerte a mis manos hoy, por vos y por vuestro hijo; porque quiero que debáis no andar con vos más cruel a la beldad de Isabel. Si vengar solicitáis por armas vuestra opinión poco tengo que temer; si por justicia ha de ser no tenéis jurisdicción. ¿Que, en fin, no os mueve mi llanto? Llantos no se han de creer de viejo, niño y mujer. ¿Que no pueda dolor tanto mereceros un consuelo? ¿Qué más consuelo queréis, pues con la vida volvéis? Mirad que echado en el suelo mi honor a voces os pido. ¡Qué enfado! Mirad que soy alcalde en Zalamea hoy. Sobre mí no habéis tenido jurisdición; el consejo de guerra enviará por mí. ¿En eso os resolvéis? Sí, caduco y cansado viejo. ¿No hay remedio? El de callar es el mejor para vos. ¿No otro? No. Juro a Dios Levántase. que me lo habéis de pagar. ¡Hola! Toma la vara. Dentro. ¿Señor? (¿Qué querrán estos villanos hacer?) Salen el ESCRIBANO y LABRADORES. ¿Qué es lo que manda? Prender mando al señor capitán. ¡Buenos son vuestros extremos! Con un hombre como yo, en servicio del rey, no se puede hacer. Probaremos. De aquí, si no es preso o muerto, no saldréis. Yo os apercibo que soy un capitán vivo. ¿Soy yo acaso alcalde muerto? Daos al instante a prisión. No me puedo defender; fuerza es dejarme prender. Al rey desta sinrazón me quejaré. Yo también de esotra; y aun bien que está cerca de aquí, y nos oirá a los dos. Dejar es bien esa espada. No es razón que... ¿Cómo no, si vais preso? Tratad con respeto... Eso está muy puesto en razón. Con respeto le llevad a las casas, en efeto, del concejo; y con respeto un par de grillos le echad y una cadena; y tened con respeto, gran cuidado que no hable a ningún soldado, y a todos también poned en la cárcel; que es razón, y aparte, porque después, con respeto, a todos tres les tomen la confesión. Y aquí, para entre los dos, si hallo harto paño en efeto, con muchísimo respeto os he de ahorcar, juro a Dios. Llévanle preso. ¡Ah, villanos con poder! Vanse. Salen REBOLLEDO, CHISPA, el ESCRIBANO, y CRESPO. Este paje, este soldado son a los que mi cuidado solo ha podido prender, que otro se puso en hüida. Este el pícaro es que canta: con un paso de garganta no ha de hacer otro en su vida. ¿Pues qué delito es, señor, el cantar? Que es virtud siento, y tanto, que un instrumento tengo en que cantéis mejor. Resolveos a decir... ¿Qué? ...cuanto anoche pasó... Tu hija mejor que yo lo sabe. ...o has de morir. Rebolledo, determina negarlo punto por punto; serás, si niegas, asunto para una jacarandina que cantaré. A vos después, ¿quién otra os ha de cantar? A mí no me pueden dar tormento. Sepamos, pues, ¿por qué? Esto es cosa asentada, y que no hay ley que tal mande. ¿Qué causa tenéis? Bien grande. Decid, ¿cuál? Estoy preñada. ¿Hay cosa más atrevida? Mas la cólera me inquieta. ¿No sois paje de jineta? No, señor, sino de brida. Resolveos a decir vuestros dichos. Sí diremos, y aun más de lo que sabemos, que peor será morir. Eso excusará a los dos del tormento. Si es así, pues para cantar nací, he de cantar, vive Dios. Canta. .Tormento me quieren dar Canta. ¿Y qué quieren darme a mí? ¿Qué hacéis? Templar desde aquí, pues que vamos a cantar. Vanse. Sale JUAN. Desde que al traidor herí en el monte, desde que riñendo con él (porque llegaron tantos) volví la espalda, el monte he corrido, la espesura he penetrado y a mi hermana no he encontrado. En efeto, me he atrevido a venirme hasta el lugar y entrar dentro de mi casa, donde todo lo que pasa a mi padre he de contar. Veré lo que me aconseja que haga, ¡cielos!, en favor de mi vida y de mi honor. Sale ISABEL y INÉS. Tanto sentimiento deja; que vivir tan afligida no es vivir, matarte es. ¿Pues quién te ha dicho, ¡ay Inés!, que no aborrezco la vida? Diré a mi padre... ¡Ay de mí! ¿No es ésta Isabel? Es llano. Pues ¿qué espero? Saca la daga. ¡Primo! ¡Hermano! ¿Qué intentas? Vengar así la ocasión en que hoy has puesto mi vida y mi honor. Advierte... ¡Tengo de darte la muerte, viven los cielos! Sale PEDRO CRESPO. ¿Qué es esto? Es satisfacer, señor, una injuria y es vengar una ofensa y castigar... Basta, basta; que es error que os atreváis a venir... ¿Qué es lo que mirando estoy? ...delante así de mí hoy, acabando ahora de herir en el monte un capitán. Señor, si le hice esa ofensa, que fue en honrada defensa de tu honor... Ea, basta, Juan. Hola, llevalde también preso. ¿A tu hijo, señor, tratas con tanto rigor? Y aun a mi padre también con tal rigor le tratara. (Aquesto es asegurar su vida, y han de pensar que es la justicia más rara del mundo.) Escucha por qué, habiendo un traidor herido, a mi hermana he pretendido matar también. Ya lo sé; pero no basta sabello yo como yo; que ha de ser como alcalde, y he de hacer información sobre ello. Y hasta que conste qué culpa te resulta del proceso, tengo de tenerte preso. (Yo le hallaré la disculpa.) Nadie entender solicita tu fin, pues, sin honra ya, prendes a quien te la da, guardando a quien te la quita. Llévanle preso. Isabel, entra a firmar esa querella que has dado contra aquel que te ha injuriado. ¿Tú, que quisiste ocultar nuestra ofensa, eres agora quien más trata publicalla? Pues no consigues vengalla consigue el callalla agora. No; ya que como quisiera, me quita esta obligación, satisfacer mi opinión ha de ser desta manera. Inés, pon ahí esa vara; pues que por bien no ha querido ver el caso concluido, querrá por mal. Vase. Dentro DON LOPE. Para, para. ¿Qué es aquesto? ¿Quién, quién hoy se apea en mi casa así? Pero, ¿quién se ha entrado aquí? ¡Oh, Pedro Crespo! Yo soy, que volviendo a este lugar de la mitad del camino (donde me trae, imagino, un grandísimo pesar), no era bien ir a apearme a otra parte, siendo vos tan mi amigo. Sale. Guárdeos Dios; que siempre tratáis de honrarme. Vuestro hijo no ha parecido por allá. Presto sabréis la ocasión; la que tenéis, señor, de haberos venido, me haced merced de contar, que venís mortal, señor. La desvergüenza es mayor que se puede imaginar, es el mayor desatino que hombre ninguno intentó. Un soldado me alcanzó y me dijo en el camino... Que estoy perdido, os confieso, de cólera... Proseguí. Que un alcaldillo de aquí al capitán tiene preso. Y, ¡voto a Dios!, no he sentido en toda aquesta jornada esta pierna excomulgada, si no es hoy, que me ha impedido el haber antes llegado donde el castigo le dé. ¡Voto a Jesucristo, que al grande desvergonzado a palos le he de matar! Pues habéis venido en balde, porque pienso que el alcalde no se los dejará dar. Pues dárselos sin que deje dárselos. Malo lo veo, ni que haya en el mundo creo quien tan mal os aconseje. ¿Sabéis por qué le prendió? No; mas sea lo que fuere, justicia la parte espere de mí; que también sé yo degollar, si es necesario. Vos no debéis de alcanzar, señor, lo que en un lugar es un alcalde ordinario. ¿Será más de un villanote? Un villanote será, que si cabezudo da en que ha de dalle garrote, par Dios, se salga con ello. ¡No se saldrá tal, par Dios! ¡Y si por ventura vos si sale o no queréis vello, decidme do vive, o no...! Bien cerca vive de aquí. Pues a decirme vení quién es el alcalde. Yo. ¡Voto a Dios, que lo sospecho! ¡Voto a Dios, como os lo he dicho! Pues, Crespo, lo dicho, dicho. Pues, señor, lo hecho, hecho. Yo por el preso he venido, y a castigar este exceso. Yo acá le tengo preso por lo que acá ha sucedido. ¿Vos sabéis que a servir pasa al rey, y soy su juez yo? ¿Vos sabéis que me robó a mi hija de mi casa? ¿Vos sabéis que mi valor dueño desta causa ha sido? ¿Vos sabéis cómo atrevido robó en un monte mi honor? ¿Vos sabéis cuánto os prefiere el cargo que he gobernado? ¿Vos sabéis que le he rogado con la paz y no la quiere? Que os entráis, no es bien se arguya, en otra jurisdición. Él se me entró en mi opinión sin ser jurisdición suya. Yo os sabré satisfacer, obligándome a la paga. Jamás pedí a nadie que haga lo que yo me pueda hacer. Yo me he de llevar el preso. Ya estoy en ello empeñado. Yo por acá he sustanciado el proceso. ¿Qué es proceso? Unos pliegos de papel que voy juntando, en razón de hacer la averiguación de la causa. Iré por él a la cárcel. No embarazo que vais; solo se repare, que hay orden que al que llegare le den un arcabuzazo. Como a esas balas estoy enseñado yo a esperar... Mas no se ha de aventurar nada en la acción de hoy. Hola, soldado, id volando, y a todas las compañías que alojadas estos días han estado y van marchando decid que bien ordenadas lleguen aquí en escuadrones con balas en los cañones y con las cuerdas caladas. No fue menester llamar la gente, que habiendo oído aquesto que ha sucedido, se han entrado en el lugar. Pues, ¡voto a Dios!, que he de ver si me dan el preso o no. Pues, ¡voto a Dios!, que antes yo haré lo que se ha de hacer. Éntranse. Tocan cajas y dicen dentro. Esta es la cárcel, soldados, adonde está el capitán; si no os le dan, al momento poned fuego y la abrasad, y si se pone en defensa el lugar todo el lugar. Ya, aunque rompan la cárcel, no le darán libertad. Mueran aquestos villanos. ¿Que mueran? Pues qué, ¿no hay más? Socorro les ha venido. Romped la cárcel; llegad, romped la puerta. Sale el REY, todos se descubren, y DON LOPE. ¿Qué es esto? Pues, ¿desta manera estáis, viniendo yo? Esta es, señor, la mayor temeridad de un villano, que vio el mundo, y, ¡vive Dios!, que a no entrar en el lugar tan aprisa, señor, muestra Majestad, que había de hallar luminarias puestas por todo el lugar. ¿Qué ha sucedido? Un alcalde ha prendido un capitán, y viniendo yo por él, no le quieren entregar. ¿Quién es el alcalde? Yo. ¿Y qué disculpa me dais? Este proceso, en que bien probado el delito está, digno de muerte, por ser una doncella robar, forzarla en un despoblado, y no quererse casar con ella, habiendo su padre rogádole con la paz. Este es el alcalde, y es su padre. No importa en tal caso, porque si un extraño se viniera a querellar, ¿no había de hacer justicia? Sí; pues ¿qué más se me da hacer por mi hija lo mismo que hiciera por los demás? Fuera de que, como he preso un hijo mío, es verdad que no escuchara a mi hija, pues era la sangre igual. Mírese si está bien hecha la causa, miren si hay quien diga que yo haya hecho en ella alguna maldad, si he inducido algún testigo, si está algo escrito demás de lo que he dicho, y entonces me den muerte. Bien está sustanciado; pero vos no tenéis autoridad de ejecutar la sentencia que toca a otro tribunal. Allá hay justicia, y así remitid el preso. Mal podré, señor, remitirle; porque como por acá no hay más que sola una audiencia, cualquier sentencia que hay la ejecuta ella, y así esta ejecutada está. ¿Qué decís? Si no creéis que es esto, señor, verdad, volved los ojos, y vedlo. Aqueste es el capitán. Aparece dado garrote, en una silla, el CAPITÁN. Pues ¿cómo así os atrevisteis...? Vos habéis dicho que está bien dada aquesta sentencia, luego esto no está hecho mal. ¿El consejo no supiera la sentencia ejecutar? Toda la justicia vuestra es solo un cuerpo no más; si este tiene muchas manos, decid, ¿qué más se me da matar con aquesta un hombre que estotra había de matar? Y ¿qué importa errar lo menos quien acertó lo demás? Pues ya que aquesto sea así, ¿por qué, como a capitán y caballero, no hicisteis degollarle? ¿Eso dudáis? Señor, como los hidalgos viven tan bien por acá, el verdugo que tenemos no ha aprendido a degollar. Y esa es querella del muerto, que toca a su autoridad y hasta que él mismo se queje, no les toca a los demás. Don Lope, aquesto ya es hecho. Bien dada la muerte está, que no importa errar lo menos quien acertó lo de más. Aquí no quede soldado ninguno, y haced marchar con brevedad, que me importa llegar presto a Portugal. Vos, por alcalde perpetuo de aquesta villa os quedad. Solo vos a la justicia tanto supierais honrar. Vase el REY, y acompañamiento. Agradeced al buen tiempo que llegó su majestad. Par Dios, aunque no llegara, no tenía remedio ya. ¿No fuera mejor hablarme, dando el preso, y remediar el honor de vuestra hija? Un convento tiene ya elegido y tiene esposo que no mira en calidad. Pues, dadme los demás presos. Al momento los sacad. Vase el ESCRIBANO. Salen REBOLLEDO y la CHISPA. Vuestro hijo falta, porque siendo mi soldado ya, no ha de quedar preso. Quiero también, señor, castigar el desacato que tuvo de herir a su capitán, que aunque es verdad que su honor a esto le pudo obligar, de otra manera pudiera... Pedro Crespo, bien está. Llamalde. Ya él está aquí. Sale JUAN. Las plantas, señor, me dad; que a ser vuestro esclavo iré. Yo no pienso ya cantar en mi vida. Pues yo sí, cuantas veces a mirar llegue el pasado instrumento. Con que fin el autor da a esta historia verdadera; los defetos perdonad.