Personajes LA APOSTASÍA LA GENTILIDAD LA IDOLATRÍA LA SINAGOGA EL JUDAÍSMO LA ENVIDIA LA FE CUPIDO EL ALBEDRÍO EL MUNDO MÚSICOS Sale la Apostasía, vestido de holandés Caballo desbocado, el Espíritu Santo me ha llamado en la Sabiduría a mí, que soy la docta Apostasía, cuyo ingenio, de agudas ciencias lleno, no se sujeta de la Ley al freno; que una vez admitida, corriendo libre, la dejé rompida. Los piélagos del Norte, mi imperio son, allí tengo mi corte y entre las varias leyes, que políticas guardan tantos reyes, como hoy contiene el Mundo, supremo emperador, yo solo fundo en razón mi razón, pues los abismos de todos venzo con mis silogismos. Tiene este gran monarca hoy en su esfera tres hijas, la primera, que en la Ley Natural, infausto día la vio el mundo, llamada Idolatría, casose en el Oriente con la Gentilidad que ciegamente tres mil dioses adora en las verdes campañas de la aurora, (Dentro, música) como dicen las voces que el aire ocupan dulces y veloces, dando claros indicios de cómo sale a hacer sus sacrificios, de idólatras aplausos coronada y del emperador acompañada. Sale un Coro de Música, y detrás la Idolatría y la Gentilidad, vestidos a lo indio «Cantad, mortales, cantad, dando justa adoración a cuantos dioses diversos adoro, que a todo no basta el cuidado de un Dios; cantad, cantad con eco veloz a Palas, a Venus, a Juno y al Sol». Felice fuese el día, bellísima, gallarda Idolatría, que para mi fortuna Babilonia te dio primera cuna, cuando Nembroth hizo, soberbio y ciego, a los mortales adorar el fuego, donde en tu edad primera, como Fénix, naciste de su hoguera, hasta que a las porfías de ese tesón luciente de los días tanto te dilataste, que emperatriz de Oriente te juzgaste, donde, no sin misterio, en mí te adora el oriental Imperio. Gallardo esposo mío, gentil dos veces por la ley y el brío, más feliz el día fuese que ser de ti admitida mereciese; pues ya no solamente de los hermosos rayos del Oriente me veré coronada, pero también de sombras en la helada estación, donde el día a brazos lucha con la noche fría, porque mi altivo nombre se venere adonde nace el Sol y adonde muere. Y porque así mi rendimiento obliga a los dioses, la música prosiga, en tanto que llegamos donde a sacrificar a Apolo vamos. «Cantad, mortales, cantad, dando justa adoración a cuantos dioses diversos adoro, que a todo no basta el cuidado de un Dios; cantad, cantad con eco veloz, a Palas, a Venus, a Juno y al Sol». Vanse dando vuelta al tablado por la otra puerta Del mundo hija segunda es la que ha sido, allá en la escrita Ley, que hoy cubre olvido, judía Sinagoga hizo su empleo, casándose con ella el Pueblo hebreo, en cuya compañía, hasta hoy se advierte, que al mismo Dios, que ciega dio la muerte, espera cada día proterva; así le aclama su porfía. Sale el segundo Coro de música y detrás el Judaísmo y la Sinagoga, vestidos a lo judío «Llorad, mortales, llorad, con rendido corazón, al Dios que esperáis, que venga a sacaros de [la] esclavitud, de pena y dolor. Llorad, llorad, y el llanto y la voz al Cielo le pida rocío y candor». Repetida la luz mil veces sea, bella y hermosa Sinagoga hebrea, de aquel dichoso día que en Sinaí la fe dudosa mía te admitió por esposa, cuya Ley hasta hoy siempre amorosa, he guardado constante, sin que a apartarme de ella sea bastante la voz del Galileo, que Mesías se dijo. Pueblo hebreo de quien yo me compongo, amado esposo, ya que a ese esposo por escandaloso, constante, altiva y fuerte, yo, la gran Sinagoga, le di muerte; indigno amante fueras si matándole yo, tú le creyeras; y pues que tú ni yo habemos temido los prodigios que de él hemos oído, pues dicen que encubierto en el Mundo quedó después de muerto; al Cielo le pidamos que nos llueva el rocío que esperamos. La música y el llanto le aclame con las lágrimas y el canto. «Llorad, mortales, llorad, con rendido corazón al Dios que esperáis, que venga a sacaros de [la] esclavitud, de pena y dolor. Llorad, llorad, y el llanto y la voz al Cielo le pida rocío y candor». Vanse dando vuelta al tablado Tras la hija primera del Mundo y la segunda, la tercera (que, por haber tenido tanta Gracia, la Fe en ella ha nacido) se sigue, y es de quien yo enamorado, viví un tiempo a sus leyes ajustado, y aun hasta ahora la quiero, que fue mi amor carácter al primero paso que di, y aunque Herejía me llamo, en cierto modo la amo; pues por hacerla mía, sus incendios padezco cada día, a cuyo efecto, siempre recatando mi nombre y religión, la sigo, cuando el campo la divierte, cantando tras los dos de aquesta suerte. Sale la Fe, vestida de dama, y el Coro 3.º de Música de indios, con mascarilla y de gala, y el Albedrío, vestido de loco «Venid, mortales, venid, a rendir el corazón al Dios verdadero, que asiste en el Mundo, sacramentado después que murió. Venid, venid, que él sólo es el Dios, y aunque es de venganzas, para mí es de amor». ¡Pardiez, muesa ama! No sé a quién llaman estos versos Dios de amor, ¿pues en el Mundo nadie le tiene? Yo creo que le hay; que aunque es verdad que el Judaísmo le ha muerto, con cada hora le aguarda disfrazado y encubierto, según dicen los cantares a sus finezas compuestos. Yo, como soy Albedrío, persona de poco seso, no tengo voto; y así, por el vuestro me gobierno. Y, dejando esto a una parte, ¿cómo (tan hermosa siendo y tercera hija del Mundo, nuestro emperador supremo) estáis sin tomar estado?, o yo, como loco, ¿debo de ignorar si le tenéis, nunca a vuestro esposo viendo? Vuestra hermana la mayor con el oriental Imperio está casada, y la llama su emperatriz; la de en medio, el Judaísmo la adora, y vos, más beldad teniendo, no tenéis reino en el Mundo que pueda llamarse vuestro. Dices bien, que yo hasta ahora es verdad que no le tengo porque en mi Edad primitiva vivo sin tener asiento. ¿No tenéis envidia de ellas? Lástima, no envidia, tengo; y esta materia no es para ti; vuelvan los versos a lisonjear los aires con la voz y el instrumento. «Venid, mortales, venid, a rendir el corazón al Dios verdadero, que asiste en el Mundo, sacramentado después que murió. Venid, venid, que él sólo es Dios, y aunque es de venganzas, para mí es de amor». Dan vuelta, y al irse detiene a la Fe, la Apostasía, y los Músicos se van Bellísimo asombro, a cuyo breve contacto el ameno jardín que pisas produce flores a un tiempo sin tiempo. Un príncipe disfrazado a tus canciones atento, se ha dado mil parabienes, soberbiamente creyendo que es tan dichoso que es él por quien se dicen, supuesto que dicen, que el Dios de amor, disfrazado y encubierto, anda en el Mundo por ti, y yo le traigo en el pecho, que si no es este, no hay otro Dios de amor, ni yo le creo debajo de otros disfraces. Yo, sí; y de tu voz entiendo quién eres, aunque te ocultes, pues niegas, osado y ciego, que asiste en el Mundo el Dios de amor a quien yo le tengo, no porque nunca le he visto, pero porque sé que es cierto. ¿Ya me has conocido? Sí, que como fuiste algún tiempo en este mismo palacio amante de mis afectos, todavía traes señales de quién eres, y te veo el carácter del Bautismo indeleblemente impreso en el alma. Pues conoces quién soy, ¿cómo con desprecios me tratas? Como me importa no escucharte. Pues me siento del Mundo favorecido con dilatados imperios, al Mundo te pediré por esposa mía. Primero me daré muerte. ¡Albedrío, detenla! ¿Yo? ¿Cómo puedo? Que ella puede a mí llevarme tras sí, y yo, no. Ya lo veo; pero puedes persuadirla. Es en vano cuanto intento, si ella quiere resistirse; que yo inclino mas no fuerzo. Pues por fuerza sabré yo, osadamente resuelto, detenerla. Mal podrás hacer fuerza a mis intentos, si yo con el Albedrío voy de la ocasión huyendo. Vase Prenderé yo al Albedrío. Va a detenerle, él huye, y no le puede coger ¿A mí? Aqueso fuera bueno; libre soy, libre nací, de nadie puedo ser preso. Vase Pues yo seguiré sus pasos. Al irse a entrar, sale Cupido con un velo blanco en el rostro, y le detiene No harás, si yo los detengo. ¿Cómo podrás estorbarlo? Sólo con ponerme en medio de tu error y su virtud la aseguro y la defiendo. ¿Quién eres tú, que detrás de ese blanco, sutil velo, la defiendes? El que puede y debe excusar sus riesgos. A entender me das que tienes divinidad, pues yo tiemblo al mirarte. Es la verdad; deidad soy. Yo no lo creo; corre el velo para que te adore en llegando a verlo. Sin verlo, lo has de creer con oírlo. ¿Cómo puedo a una voz, por el oído, cautivar mi entendimiento? Yo veo unos accidentes solos, y no he de creerlos; y así, si el paso me impides, en ti mancharé este acero. Aquesos ultrajes tuyos tantas veces los padezco cuantas, bárbaro, profanas mis altares y mis templos. Pues ¿quién eres? El amante de esta beldad, que pretendo su hermosura disfrazado; y así, a defenderla vengo de tu amor. Si con amor sólo ultrajarte deseo, ¿por qué me estorbas? ¿Qué haré ya con amor y con celos? Abrázase con él Y así, yo te haré pedazos. Mas, ¡ay!, que al tocarme, el pecho me has abrasado. Llegaras a ponerme en él sujeto, humilde y arrepentido, y fuera ese ardor sustento. ¡Fuego, fuego, que me abraso! Salen todos y el Mundo ¿Quién da estas voces? ¿Qué es esto? Yo lo diré, pues que ya en vano encubrirme intento. Yo, Mundo, rey poderoso; yo, gentil, ilustre Imperio; yo, gallarda Idolatría; yo, gran Judaísmo hebreo; yo, confusa Sinagoga, soy (rómpase mi secreto) la Apostasía; en el Norte, mi patria y mi silla tengo. Aquesta tercera Edad, hija tuya, es el sujeto que con vida y alma adoro, y hacerla dueño deseo de mi Ley, si bien en parte viéndola creer preceptos ajenos de la verdad, es verdad que la aborrezco; y así, en una parte amante, por reducirla a mi gremio, y en otra enemigo suyo por ver sus errores ciegos, o queriéndola la olvido u olvidándola la quiero. En esta neutralidad, confuso, absorto y suspenso, vine a hablarla a sus palacios, con la libertad que tengo de conciencia y tú me has dado para llegar aquí, puesto que eres Mundo y que en ti encierras ritos contrarios y opuestos; saliome al paso a impedir de seguirla los intentos esa deidad disfrazada, que todos miráis haciendo, para decirme quién es, grandísimos Sacramentos, hasta decirme que es amante suyo y queriendo reconocerle celoso llegasteis a aqueste tiempo. Mundo, averigua quién es, y su honor restituyendo a su pureza, examina de su embozo los misterios; que yo, habiéndote avisado a ti y a todos no quiero más de que le descubráis en venganza de mis celos. ¿Mi hija tiene oculto amante, de quien ninguno sabemos de nosotros, y a quien yo, la Esfera del Orbe siendo, no conozco? Sí, y no es mucho, si Juan dice en su Evangelio que, viniendo al Mundo yo, después de haberle yo hecho, no me conocerá el Mundo. Hácense todos a una banda ¿Hecho tú al Mundo? Esto es cierto. Pues ver quiero a quien me hizo. Adelántase a todos Llegaré a correrte el velo; mas ¡ay de mí!, que embargadas todas mis acciones siento, cargando sobre mis hombros los montes que yo sustento, cuya inmensa pesadumbre suspende mi movimiento; llegad, pues no puede el Mundo. Adelántanse los dos al Mundo Yo con mi Idolatría llego. Si eres criador, ¿qué dios eres de cuantos yo reverencio? ¿Qué, como Gentilidad, has preguntado, supuesto que en la multiplicación de dioses está tu yerro? Pero quiero responderte: yo soy el dios de Amor. ¿Luego hijo de Venus has sido? Y tan castísima Venus, que nació de las espumas, porque Estrella del Mar siendo, nació a ser norte, a ser guía de perdidos marineros. ¿Luego eres Cupido? Nombre que en latino idioma pienso que «deseo» se interpreta. Sí, pues de mí dice el texto que con deseo deseé; y pues deseo con deseo, yo soy Cupido, si bien puro, lícito y honesto. Adorarete por uno de mis dioses en corriendo el velo de tu deidad. Páranse los dos iguales delante del Mundo Llega, Gentilidad. Llego a descubrirle, aunque en vano, que estatua de vivo hielo al primer paso quedé. Si en el primer paso advierto que muchos dioses confiesas, uno solamente habiendo, ¿qué mucho que al primer paso quedes turbado y suspenso? Llega tú, gran Judaísmo. Ven, Sinagoga, siguiendo mis pisadas. Tras ti voy. Pasan a la Gentilida de Idolatría los dos Yo, que solo un Dios confieso, ya he dado otro paso más que la Gentilidad; pero confesando solo un Dios, que tú solo seas, te niego, pues no ha venido el que aguardo, y a uno que lo dijo he muerto. ¿Qué te turbas? Llega. Aquí llegar pude, a más no puedo, tan viva estatua he quedado, como los tres. Paránse los dos En diciendo, que no ha venido tu Dios, has tropezado en tu yerro. Pues todos os turbáis, yo con mayor atrevimiento, acercarme más que todos a este gran prodigio pienso. Yo confieso solo un Dios. Pasa adelante Ya atrás la Idolatría dejo, y le confieso Humanado en un puro Virgen Pecho. Pasa adelante Ya he pasado al Judaísmo; pero que tú seas, te niego, el Dios que adoro; pues no estás detrás de ese velo en cuerpo y alma; y así, pues más cerca llegué, quiero correrle. ¡El brazo y la acción se me han suspendido a un tiempo! Párase delante de todos, de suerte que queden el Mundosolo el primero; luego, Gentilidad e Idolatría, Judaísmo y Sinagoga; después la Apostasía Aunque te hayas acercado más que todos, quedas lejos. Gentilidad, Judaísmo, Apostasía, ¿qué es esto? Él es sin duda algún dios de los muchos que yo tengo. No es, que no hay más de uno solo, mas de venir aún no es tiempo. Bien puede ser que éste sea, pero no que esté allí dentro. Cada uno está en su error, obstinado, torpe y ciego. Mézclanse todos a un bando Pues que vengarnos en él todos juntos no podemos, y todos interesados somos en su atrevimiento, y mi honor ofende (amante de mi hija, no sabiendo la mayor parte del Mundo quién es), en ella venguemos el deshonor que es de todos. ¡Fuera del Mundo la echemos! Fácil será, que no vive en el Mundo aunque esté dentro del Mundo la Fe; porqué más que del Mundo es del Cielo. Ya que no me vengo en ti, verás que en la Fe me vengo; hoy la tengo de arrojar de mí al más rudo desierto. Yo, que soy Gentilidad, desde hoy perseguirla ofrezco con martirios. Y yo, Mundo con mis aborrecimientos. Yo, con mis persecuciones. Yo, con negar sus misterios. No esté la Fe entre nosotros. ¡Fuera del Mundo la echemos! Vanse todos ¡Ay cándida, ay bella esposa, que a las finezas opuestos de mi Amor, la Idolatría, la Apostasía y el Pueblo judaico, desde hoy empiezan (siendo hoy el día primero que vengo a verte embozado) a afligirte con tormentos, llevándolos tras sí el Mundo! De tus puras venas presto correrán mares de sangre; y yo tu aflicción consiento, por acrisolar así las finezas de tu pecho en tu primitiva edad. Suena un clarín Ya desde esta parte veo que, para echarla de sí, el Mundo, en el mar ha puesto una galera, forzados son los que baten sus remos; porque forzados del Mundo navegan contra los Cielos cuantos en él pecan, dando a solo el Mundo contento. El clarín Ya sobre el árbol mayor de todos, la Envidia advierto ir descubriendo la Tierra, donde han de dejarla, haciendo la Tebaida de los montes su reclusión y destierro. Voces dentro Ya empieza a correr tormenta sobre el mar, de quien dijeron los Santos y los Doctores que tribulaciones fueron sus ondas, pues cuantas veces se dice en Sagrados Textos «Agua», se entiende también tribulación y tormento; si ahora es galera esa en que afligida te veo, Fe, correr fortuna, yo Nave te la haré bien presto, donde no vayan forzados; pues cuantos militen dentro voluntariamente irán, y solamente los vientos favorables que del Austro corran, te darán aliento. Aborrecida del Mundo en los ásperos desiertos, en esta tu edad primera te has de ver; pero por eso tendrá cuidado de ti el divino Amor Eterno; el Cupido, hijo de aquella casta, pura y limpia Venus. Allá te buscaré yo con este rebozo mesmo que he de deber a tu Fe, que me quieras encubierto; y pues, en la alegoría de este explicado concepto, soy Cupido y Dios de Amor, desde aqueste instante quiero que seas mi Psiquis; pues allá en el idioma griego, «Psiquis», cuidado de amor quiere decir, yo le tengo; y así, Psiquis y Cupido, desde aquí los dos seremos: tú, porque eres mi cuidado; yo, porque soy tu deseo. Vase. Suena el clarín, descúbrese una galera consus remos, en lo alto del árbol la Envidia, vestidade grumete, y todos en la popa; córrense las corti-nas y aparece el segundo teatro de un monte ¡Amaina, amaina, que ya en el piélago profundo del inmenso mar del Mundo, corriendo tormenta está la galera! Vientos son de Poniente todos cuantos nos embisten con espantos. Cierzo, Ábrego y Aquilón, airados en la tormenta, ninguno hay que no se enoje. Todas las velas recoge y leva la palamenta. Persecuciones son mías y tribulaciones cuantas con admiraciones tantas alternan las ondas frías. ¿Dónde todos me lleváis? A apartarte de nosotros. Si no quepo entre vosotros, dadme muerte, no queráis verme sola y afligida, llevándome de esta suerte. No queremos en tu muerte vengarnos, sino en tu vida. ¿No es mejor que el mar violento en sus entrañas me oculte, en su centro me sepulte, y él sea mi monumento? No, que un desierto apartado es el que te ha de hacer guerra. Mundo, albricias, tierra. Tierra, que yo mismo la he ignorado. Pon la proa en las montañas. Ya toca su punta en ellas. Arrojemos, en aquellas tierras incultas y extrañas, a tu hermana aborrecida. Vaya a tierra, y sola allí dé al Cielo cuenta de sí, de su Amor y de su vida. Solamente el Albedrío quede con ella. Era claro; porque no hubiera reparo para dejarle, si es mío. Pues yo muy bien te dejara como en mi mano estuviera. Vaya a tierra. ¡Vaya y muera! Echanla de la galera Veamos si su Dios la ampara. Sí amparará. Ahora, pues, vuelve a cortar las espumas, ave del mar, que sin plumas vuelas y nadas sin pies. Parte la galera ¿Es posible que este ultraje todos conmigo hacéis? Sí. ¿Y conmigo? Como aquí no te oímos, buen viaje. Vase la galera Plegue a los Cielos, bajel, que por las ondas soberbias del mar del Mundo (que son tribulaciones y penas) águila sin alas nadas, delfín sin escamas vuelas, des al través, embestido de huracanes y tormentas. O que desbocado monstruo choques en las altas peñas, donde en las nubes el buque, donde el tope en las arenas, tumba funesta de cuantos concibe tu vientre, seas en panteón de cristales al Cielo la quilla vuelta, tu mal luciente fanal, entre el centro y las estrellas, apagándose en el uno, en las otras no se encienda, si no fuere para ser errado, veloz cometa, que, presagio de la muerte de todos, se os aparezca. El Mundo, ese ingrato padre de las familias, que alberga, segunda vez anegado, a llorar y sentir vuelva los mortales parasismos del Diluvio, en ti se vea (¡oh páramo de desdichas!) agonizando sin fuerzas; la Idolatría enemiga en sus errores perezca; y el Imperio del Oriente, para siempre la anochezca; la confusa Sinagoga, ni patria ni asiento tenga; y peregrino su pueblo, vago y prófugo se vea aborrecido de todos, mendigar patrias ajenas. Mas, ¡ay de mí!, no permita el Cielo que tal suceda, y aunque mis quejas escuche, no haga caso de mis quejas, en la parte que venganzas le pidan, sino clemencia. Del mar (¡oh Mundo!) que sulcas, tan victorioso te veas, que en diluvios de agua o fuego, ni agonices, ni perezcas; y cuando fortuna corras, en la mar triste y deshecha, esa galera sea el arca, que de tus cenizas muertas salve las reliquias suyas, sin que a ser quien fuistes vuelvas; la Idolatría de todos sus errores convalezca, tanto, que el luciente Imperio a eterno día amanezca; la Sinagoga llorosa, reconozca sus ofensas, y su forajido pueblo, casa, abrigo y patria tenga, para que todos viniendo al rebaño de la Iglesia, en la militante nave, no en la forzada galera, corran el mar de la vida, antes que en los fines de ella, a un rebaño y a un pastor se reduzcan las ovejas, que yo, en las persecuciones, constante, altiva y atenta, no pediré para todos justicia, sino clemencia. Tú bien puedes pedir eso, pero yo, con rabia fiera, pediré que los castigue, el Mar con sustos, la Tierra con terremotos, el Aire con ráfagas, con violencias el Fuego; y el Cielo todo con iras. ¿No consideras que eres Albedrío, y no tienes elección, para que quieras más de lo que quiera yo? Sí, mas, ¿quién tendrá paciencia, viéndose arrojar así en una isla desierta? Desierta isla en sus principios fue la Fe, como la tengas, presto la verás poblada de varias gentes diversas. Sólo sé que ahora estamos viendo troncos, riscos, peñas, ciudadanos de los montes, compañeros de las fieras; y más, cuando ya la noche de pardas nubes cubierta, baja bostezando asombros, baja esparciendo tinieblas. Da voces, llama a los Cielos, que de los dos piedad tengan. Sí tendrán, mas a los brutos llamaré, que están más cerca: ¡leones de aquestos garitos, lobos de aquestas tabernas, osos de estos colmenares, gatos de aquestas despensas! ¡Qué locuras! ¡Moradores de estas incultas malezas! Apartados los Coros de música, a un lado, y a otro ¿Quién da voces? ¿Quién nos llama? ¿Qué escucho? Nunca, hasta aquesta hora, supe que podía saber música una bestia. Respóndeles. Sí haré, y quiero que sea en su propia lengua. Canta La Fe es, que huyendo del Mundo, a vuestros desiertos llega. Venga norabuena. Norabuena venga. «Venga norabuena, norabuena venga» Mientras esto se canta, se abre el monte y se descubre el Palacio La que era áspera montaña, llena de horror y tristeza, retirando sus peñascos, es ya una fábrica bella. Palacios son y jardines todos los que a verse llegan a la escasa luz que el día en el crepúsculo deja. No vi casa más hermosa, no vi más divina esfera. Sepamos quién es el dueño, para que piedades tenga de los dos. Llama, Albedrío. ¿Para qué, si ya las puertas se han abierto? Ábrese el Palacio A nadie veo, entra dentro, porque sepas quién este Palacio habita. Entra tú, que yo quisiera (si es que es posible quedarme) que tú traigas la respuesta. Pues ¿qué temes? ¿Qué sé yo? ¿Cuándo, para que yo tema, es menester mucho achaque? Conmigo allá dentro entra. Dentro «¡La deidad de este valle venga en hora buena!». «¡La reina de este alcázar en hora buena venga!». Entran por una puerta y salen por otra con unaluz, como admirados, oyendo la Música «¡Rosa de estos abriles, venga nora buena!». «¡Flor de la Primavera, norabuena venga!». «¡Venga norabuena, norabuena venga!». ¿Has visto nunca, Albedrío, tan poderosas riquezas, tan reales aparatos, como este alcázar ostenta? Tantos son, que yo tomara que fueran menos. ¿Qué piensas? ¿Qué? Que es palacio encantado, y que algún mágico intenta encantarnos en él; pues todo es añadir dos letras, pues ya cantados nos tiene. Nadie en todo él ver se deja, a cuyo efecto tomé esta luz, que estaba puesta en una mesa. Dásela al Albedrío Eso, en parte, mis sobresaltos consuela, pues en la primera sala estaba puesta la mesa con pan y vino, señal de que hay prevenida cena; y más que canten y encanten como, al fin, yo coma y beba. ¿Quién nos dirá, quién es dueño de maravilla como esta? Si las voces no lo dicen, no sé. Yo hablaré con ellas. Sonoras voces, que el viento enamoráis tan süaves, que de racionales aves os informa vuestro acento; el armonïoso aliento, que ya articulado oí, me diga: ¿quién labró aquí este Alcázar? Hablad, ¿pues no os dejáis ver? «Todo es, Fe divina, para ti». Pues ¿a quién este favor yo le he debido en fortunas tan ásperas e importunas? «Él te lo dirá mejor». ¿Ves cómo hay encantador, pues se escucha y no se ve? ¿Adónde está, para que mi agradecimiento más no tarde? «Tú le verás con los ojos de la Fe». Pues ¿cómo supo de mí, y a quién tan grande interés se previno? «Todo es, bella Psiquis, para ti». ¿Para mí se labró? «Sí». ¿Pues quién a eso le obligó no podéis decirlo? «No». Pues ¿cómo yo he de saber a quién lo he de agradecer? Decid, ¿quién es su autor? Yo. Sale Cupido, matando la luz que tiene el Albedrío; él se turba, y ella queda como ciega ¡Ay de mí! La luz han muerto; ahora es cuando a lo que cantan el en se añade y encantan. Vase Si en tu voz y acción advierto, quienquiera que seas, es cierto que mayor duda tendré que la que tuve; y no sé de las dos a cuál acuda, pues, por quitarme una duda, me dejas con dos. ¿Por qué? Porque si una sola ha sido haber tu nombre ignorado, de haber tu luz apagado al haberme respondido, segunda duda ha nacido; pues lo que antes no sabía, no sé ahora; y la porfía de cegarme es otra más, luego hay la que tú me das y la que yo me tenía. El quitarte la luz fue porque en mi Amor verdadero, como para Fe te quiero, ciega has de ser para Fe; en creer lo que se ve, no se merece; y así, por darte mérito a ti, no he querido que me veas, sino que ciega me creas, cuanto te diga de mí. ¿Luego a oscuras me has de hablar? Sí, que Misterios Sagrados se han de creer a ojos cerrados. Esto más parece dar que no a creer, a dudar, riesgo corre el merecer. Este el mérito ha de ser, que tú has de ganar conmigo. Pues di, que a creer me obligo cuanto fuere de creer. Canta Yo, bellísima Psiquis, que así llamarte es bien desde hoy, que tu belleza cuidado de Amor es, soy un amante tuyo, tan constante y tan fiel, que antes de ser te quise, mira qué haré después. Y si más te encarezco mis finezas, diré que soy el mismo Amor, pues quiero como él. Desde aquellas edades primeras de la Ley natural, donde tuvo su principio tu ser, Naturaleza Humana, te quise entonces bien; porque tú, desde entonces, empezaste a tener Gracia en mi pecho, y como desde allí te miré como Gracia partiendo contigo mi Poder; desde aquí Ley süave de Gracia te he de hacer; no es la primer fineza que me debes, haber hecho aqueste Palacio para albergarte en él, que tu naturaleza por sí, desde que fue, me ha debido atenciones, que sin encarecer, me han costado la vida. Viéndote ahora, pues, del Mundo despreciada, perseguida también de tantos enemigos, como tu suerte ve contra ti conjurados, vengo a decirte que todos serán al fin alfombra de tus pies; todos vasallos tuyos, viniendo a obedecer sus varias opiniones al yugo de tu Ley; y hasta entonces, mi Psiquis, vive triunfante, pues aunque pueda turbar tu quietud y placer, su rigor y su ira, no le podrán vencer, por más que se declaren, el Judaísmo infiel, la Idolatría gentil, la Apostasía crüel. Este murado Alcázar, que con el capitel toca al Sol, es tan grande, tan dilatado es, que aunque parece que hoy fuera del Mundo esté, tan grande es como el Mundo; pues los términos de él comprehende, porque aqueste pequeño, al parecer, edificio, es la hermosa, nueva Jerusalén, que verás dibujada del celestial pincel en bosquejos, si acaso la Apocalipsi lees, en ella no habrá cosa que no merezcas ver obediente a tu mando, y a tu gusto cortés. La Tierra te dará sus frutos, sin haber dañado alguno, como en el primer vergel. Regalarate dulce el Aire, que tal vez en las copas hiriendo, será instrumento, a quien acompañen las aves, cuyo veloz tropel será alada capilla que músicas te dé. El Sol en blandos rayos lisonjeará también tu belleza templando su altivo rosicler, y cuando no le temple, el monte sabrá hacer sombras, que te estarán sirviendo de dosel a los mullidos catres, que curiosa tejer sabe la Primavera de rosa y de clavel. Las fieras de esos montes halagüeñas poner a tus plantas verás toda su rustiquez. No aguardarán los peces ser robados, porqué se vendrán ellos mismos a tu anzuelo, a tu red. De suerte que obedientes a tu servicio estén, Fuego, Aire, Tierra y Agua que en pluma, escama y piel, en luz y fruto y flor, sus tributos te den, el Sol, el monte, el valle, la ave, el bruto y el pez. Tu familia será tan dilatada que las gentes que te sirvan no se cuenten; después tendrás para vianda un pan y vino, en quien mil distintos manjares cifrados verás; pues el maná del desierto, que neutral sabor fue, hallarás en la mesa, más dulce que la miel, del panal de la boca del león; pero aunque te sepa a pan y vino, ni pan ni vino es. De todo este agasajo, no quiero que me des más gracias, Psiquis mía, que no quererme ver cara a cara, creyendo que en alma y cuerpo esté, detrás de un velo blanco, cuya cándida tez encubre en sus especies mi Amor y mi poder. Advirtiendo que el día que dudes cuanto es esta verdad verdad, perderás todo el bien; pues, palacio, jardín, agasajo, placer, gusto, dicha, contento, verás desvanecer en el aire, quedando torre, jardín, vergel, palacio, alcázar, muro, deshecho de una vez; porque aunque sólo creas, importa el obrar bien, que aunque eres la Fe, Psiquis, fe sin obras no es fe. A tu fineza obligada, y a tu Amor agradecida, una y mil veces la vida ofrezco a tus pies postrada. Divino consejo ha sido ocultarme tus despojos, que no he menester los ojos si me dejas el oído; por él me has arrebatado el Alma, y mi Entendimiento, a tus favores atento, de ellos cautivo ha quedado. No los ojos rendiré solamente a mis oídos, todos los demás sentidos por uno despreciaré; y así, aunque la vista diga, que mira algún accidente, le responderé que miente; si el tacto a dudar me obliga, que miente responderé; y así, al gusto y al olfato, pues ni el gusto, vista o tacto, huele, gusta, toca o ve de este sentido el sentido, sino el oído no más; y así, siempre me verás, que soy Fe por el oído. Aquesa digna obediencia de nuevo rinde mi Amor, a más gusto, a más favor. Luego ¿bien dará licencia esa liberalidad a que una merced te pida? Ya la tienes concedida, franquea mi voluntad. ¿Qué quieres? Pide y no seas cobarde en esto; porqué montes mudarás con Fe, si montes mudar deseas. El Mundo me ha despreciado, todos me han aborrecido; pues que tan dichosa he sido, que he mejorado de estado, permite, Señor, que dé cuenta de la dicha mía al Mundo, a la Apostasía y Gentilidad, porqué sepan mi estado dichoso; que no queda bien vengado con dichas el envidiado, si no lo ve el envidioso. Y no esta razón ha sido la que me pudo obligar, querer, sí, comunicar tus grandezas; y así, pido licencia, para que no las ignoren, por si así a que te adoren a ti puedo reducirlos yo. No fueras Fe verdadera, a no ser comunicada a los extraños; en nada más obligarme pudiera tu piedad. Yo los traeré otra vez a estas montañas, fortunas corriendo extrañas vendrán. Yo los llamaré de tu parte, porque tengan de ti noticia doctores, santos y predicadores los avisarán, que vengan a verte. Ahora donde está la Mesa vamos, en ella hallarás, ¡oh Psiquis bella!, el verdadero Maná. Con acento repetido cantad, dulces ruiseñores, los finísimos amores de Psiquis y de Cupido. Vanse «Psiquis, pues que tanta fue tu suerte, logra tu suerte, vive y triunfa; pero advierte, que Fe sin obras no es Fe». Sale el Albedríocomo a escondidas Cuanto los dos han hablado desde aquella parte he oído, y confuso y suspendido, triste y absorto he quedado, viendo la proposición de que no habemos de ver quién el dueño pudo ser de esta generosa acción; solamente a los oídos crédito habemos de dar. Ahora bien, quiero llamar todos los demás sentidos, a ver cómo llevan esto. ¿Creerás, vista, lo que yo sin ver escuchare? No. Mal respondió, pero presto. Manos, ¿creeréis lo que oís, sin tocarlo? No. También responden presto, y no bien. Narices, pues, ¿qué decís vosotras? ¿Si vuestro olfato pan solo oliere, creeréis que otra cosa es lo que oléis? Que no, dicen; y no trato de preguntarlo a la boca: yo responderé por ella, que estando mi gusto en ella, a mí responder me toca: digo que lo que me dan me sabrá a lo que comiere; a carne, si carne fuere; y a pan, cuando fuere pan; a tocino, si es tocino; y cuando en esto dispense, nadie me ha de hacer que piense que el vino no ha de ser vino; mas si bien lo considero, es lo fácil de creer, pues esto lo sabe hacer cada día el tabernero. Vase. Suenan dentro voces. Si pareciere, en la partedonde fue la galera, y venir representando por el palenque que ella fue, será mejor, y si no en el vestuario Mira, Envidia, pues eres el piloto, que hemos errado todos el camino. Del aquilón las ráfagas, y el noto, nos llevan a la ley de su destino. Desjarciada la vela, el árbol roto, nos vemos en el mar, cascado el pino. ¡Que nos vamos a pique, a tierra, a tierra! Sale como nadando el Judaísmo Ella del mar ha de vencer la guerra; dondequiera que vaya, esposa mía, te he de llevar sobre mis fuertes brazos. La verde yerba de esa selva fría las vidas nos rescate. Aquestos lazos tu vida salven, bella Idolatría. Nunca tanto he estimado tus abrazos. Libreme de ese piélago profundo. ¿Qué mucho, si también se libra el Mundo? En ásperas montañas derrotados, juntos, segunda vez, todos nos vemos. ¿Qué tierra será esta? De turbados, no es mucho que ya todos la ignoremos. Sea cualquiera, muros levantados a aquella parte entre peñascos vemos; ampárenos su pompa y su decoro. Mucho lo dudo, pues que yo lo ignoro. Lleguemos todos juntos a sus puertas. Al acercarnos a ellas se han cerrado, estando todas al principio abiertas. ¿Quién el dueño será de este murado edificio? No sé. Voces inciertas del Mundo le apelliden por sagrado. ¡Ah de la torre! ¡Ah del altivo espacio! ¡Ah del muro! ¡Ah del templo! ¡Ah del Palacio! Dentro Abrid todas esas puertas, sin que a quién es se repare, que a cualquiera que llamare, las de la Fe están abiertas; a cualquiera abrid, y no las personas exceptuéis. Salen todos los que pudieren, y detrás la Fe, convelo en el rostro, y luego se le quita ¿Quién sois y qué pretendéis? Saber quién vive aquí. Yo. Gran Dios de Israel, ¿qué veo? Júpiter alto, ¿qué miro? Santo Sabaoth, ¿qué admiro? Inmenso Apolo, ¿qué creo? Cielo, ¿qué es esto que vi? ¡Absorto y confuso estoy! ¿De qué os admiráis? Yo soy. ¿La que aborrecemos? Sí. ¿Quién tanto poder te ha dado, que dueño de Alcázar eres, con que a todos te prefieres? El esposo que he adorado. ¿Cómo de sedas vestida? ¿De diamantes adornada? ¿De laureles coronada? ¿De criados asistida? ¿Dueño de aqueste Palacio? ¿Y de este monte te ves? Todo lo sabréis después, que requiere más espacio. Entrad, donde halléis ahora, en dulce hospedaje manso, quietud, sosiego y descanso. La Fe, que en mi pecho mora, nunca ha sido vengativa; quien me trata con rigor, tiene más cierto mi amor; no me miréis como esquiva, que antes, en esta ocasión, para dárosle quisiera, que el corazón casa fuera, y entrarais al corazón; y en fe de cuanto es verdad, que estoy de vuestra venida a mi suerte agradecida, venid, tañed y cantad. «En hora dichosa vengan al Alcázar de la Fe todos los hijos del Mundo, no a dudar, sino a creer». Éntranse haciendo reverencias con majestad, yquédase la Apostasía, y sale el Albedrío, vestido de gala, ridículo Todos estamos medrados, que en esta eminente casa todos cuantos sirven medran. Albedrío, espera, aguarda. ¿Qué quieres? Saber de ti qué es esto que por mí pasa. Pues ¿selo yo? Solo sé que está contenta mi ama con un amante que tiene, a quien ha debido tantas finezas en poco tiempo, que está tan rica y bizarra, tan hermosa y tan divina con los dotes de la Gracia. Dime, ¿el amante quién es? Yo nunca le vi la cara, ni ella tampoco, que siempre rebozado el rostro anda; ella dice que es el mismo Dios de Amor. ¿Quién dice? Calla, que Dios no anda disfrazado. Ella lo cree. Pues se engaña. ¿Y qué culpa tengo yo? Haber tú, con la Ignorancia, inclinádola a creerlo. Ella es la que a mí me manda. Hacia estos jardines sale. No es ahora ocasión de hablarla; Sinagoga e Idolatría son las dos que la acompañan. Áspid soy; así, entre flores me escondo. Hacia allí te aparta, que si hallo ocasión yo haré que hacia donde estás se vaya. Salen la Idolatría, la Sinagoga y la Fe En fin, ¿que nunca le has visto el rostro? No, que una blanca forma de nube le sirve de cortina a deidad tanta. ¿De qué sabes que lo sea? De que él lo dice, que basta, porque es la misma Verdad. Aparte las dos De envidia muero y de rabia de ver sus felicidades. Yo también. Pues despreciarlas, porque no quede contenta de que a las dos se aventaja. Yo, allá en mi Ley, verdad es que ya he visto veces varias hablar embozado a Dios; en nube a Moisés; en aura a Elías; y en sombra, a muchos profetas y patrïarcas; pero en su espíritu solo, querer que en cuerpo y en alma, Dios se reduzca a una forma, como tú dices, es falsa proposición. Yo, también en mi Ley veo que hablan mis dioses; pero por boca de sus ídolos y estatuas. No lo arguyen mal las dos, que aunque son Leyes contrarias en negar este misterio, convienen conmigo entrambas. Mira, que desde el principio del Mundo en jardines anda (el Génesis lo repite) encubierta y disfrazada una mañosa culebra, que con hechizos encanta. Allá en mis dioses también, un dios horrible se halla, que robó, encubierto en sombras, a Proserpina gallarda, siendo el monstruo de los dioses. Quien beldad tuviera y gracia no pretendiera encubrirla a los ojos de su dama. Amante que no se deja ver de ella, defectos guarda. Sabe a quién quieres, si quieres te tengamos tus hermanas por dichosa. Hasta que veas este amante cara a cara, no te tengas por felice. Aparte ¡Qué de confusiones varias se han engendrado en mi pecho! Ven, Idolatría gallarda, por este jardín; no tanto la aflijamos; si ella se halla enamorada, ¿qué importa, que sea la Serpiente? Nada, ni que sea el dios Plutón, si es todo hermoso a quien ama. Poco envidio sus venturas. Vase Mucho lloro sus desgracias. Vase ¡Válgame el Cielo! ¿Qué es esto que estoy sintiendo en el Alma? ¿Yo, siendo Fe, prevarico a las persuasiones falsas de dos envidiosas? Ahora llegan a tiempo mis ansias. ¿Ves cómo no soy yo solo quien acusa la Ignorancia? ¡Ay Albedrío! ¿Qué haré, que aunque con envidia hablan, me han puesto con sus razones un temor que me arrebata los sentidos? Yo, señora, te lo diré, tras mi anda por este jardín. Di, pues. Llévala hacia donde está la Apostasía A mí se acerca, guiada esta vez de su Albedrío. ¿En tus brazos no descansa? ¿En tu regazo no duerme, según unos versos cantan? Pues, en estando dormido, córrele el velo, y repara en sus señas; con lo cual, verás que te desengañas, sin que él se ofenda; pues no lo sabrá durmiendo. Tanta es la confusión, que en mí de un instante a otro se halla, habiendo a los dos oído burlar de mi amor, que aunque haga esa ofensa a mis finezas, hoy tengo de examinarlas. Tenme una luz encendida, pues que ya la noche baja, que, cuando le dé mi pecho, tengo de verle su cara. Yo tendré la luz a tiempo. Vase y sale la Apostasía Yo tengo ahora de hablarla. ¿Quién está aquí? Yo, señora, siguiendo tu soberana beldad, aquí me escondí, oculto entre aquestas ramas, por adorar tu belleza. No sé qué nueva mudanza siento en todos mis afectos, que ya no me desagradan tus finezas, ni me ofenden, desde que determinada a ver y tocar estoy a quien adoro. Sale Cupido Aparte ¡Ay ingrata, qué bien tus ruinas dispones! ¡Qué mal mis finezas pagas! Ese favor agradezco. Añádele la esperanza de que si me desengaño que no es Dios el que me ama, seré tuya. Yo te acepto, con la mano, la palabra. Vete, pues, porque no sé quién en este jardín anda. Aparte Ya empieza a desconocerme. Aparte ¡Quién tuvo dicha tan alta! ¡Vencí al mismo Amor! Vase ¿Quién es? Yo soy, Psiquis soberana (disimularé mis celos), ¿conocimiento te falta ya de quién soy? No, señor, pero como ser me mandas ciega, es forzoso que no te conozca, si no hablas. ¿Estás muy contenta, Psiquis, de que ya el Mundo te haya visto tan bella y tan rica, y con majestades tantas? Manifestar tus grandezas es mi mayor alabanza; entra, Señor, a mi cuarto. Como hoy en aqueste alcázar está reducido el Mundo, y en él varias gentes andan, no merecen verme todas; en esta apacible estancia pasaré sobre las flores lo que de la noche falta, pues el céfiro süave, lisonjeramente causa sonora música, hiriendo en las copas y en las ramas; siéntate aquí, y dime, Psiquis, qué te han dicho tus hermanas. Siéntanse Envidiosas me han hablado. Pues no creas a quien habla con envidia. Yo no creo, sino solo tu palabra. Aparte Yo lo veré ahora, pues es bien que experiencias haga de tu amor: ¿David no dice de mí, en un psalmo que él canta, que yo me sé hacer dormido? Pues esta ha sido la causa, dormido me fingiré, para ver en lo que para su acción, esto es, permitirla solamente, y no forzarla. ¿Quieres que canten, en tanto que entre mis brazos descansas? Sí, hermosa Psiquis, y más si es canción en tu alabanza. Cantan y Él se queda dormido «Pájaros, fuentes y flores, todos al Dios de Amor decid amores. Aves, su luz saludad». «Volad, volad». «Cristales, su espejo sed». «Corred, corred». «Flores, de alfombra servid». «Lucid, lucid, y en dulce y süave lid, aclamando su deidad, lucid, corred y volad». Parece que se ha dormido. Aparte Dice bien, verdad es clara, pues que sólo lo parece. Levántase Esta es la ocasión que aguarda mi deseo. ¡Qué temor por mis venas se dilata!, pero amar sin ver a quién, desaire es de la ignorancia. ¡Albedrío! Sale el Albedrío con una linterna, ábrela, y enciende una bujía y tómala ella ¿Qué me quieres? ¿Y la luz? Aquí te aguarda cubierta. Dámela, pues. Ya no es Fe, ya a serlo falta; pues su Albedrío la enciende la luz, que mi voz la apaga. ¿Quién creerá que es con la luz mi ceguedad más extraña? Claro está, que la Fe sola es con la luz menos clara. Llega a él Blanco velo, a quién encubres saber tengo, y qué sustancia debajo de las especies se comprehende. Espera, aguarda, mujer, no sin Fe me toques; que mis misterios profanas, perdiendo así cuantos dotes te comunicó mi Gracia. Desaparece, y hay gran terremoto ¡Ay de mí! ¡Perdí la Fe, perdí el esposo que amaba, perdí las felicidades, sacrílegamente osada! Cúbrese el Palacio y vuelve el Monte ¡Ya contra mí todo el Cielo irritado se declara, pues con prodigios me asombra con portentos me amenaza! Huyó el hermoso palacio, y en la desierta campaña primera vuelves a verte, de tus contrarios cercada. Van saliendo todos como asombrados ¡Qué notable terremoto! ¡Qué confusión tan extraña! ¡De sus polos desquiciado, el cielo se desencaja! ¡La máquina de los orbes confusa en sus ejes anda! ¡La grande Naturaleza al caos vuelve! ¡Las entrañas de los montes son volcanes, que humo escupen, fuego exhalan! ¿Qué se nos ha hecho el Sol? ¡Desierto es el que era alcázar! Fe, ¿dónde están tus palacios? ¿Dónde tus tesoros guardas? Dudé, faltando a ser Fe, conque todo el bien me falta; la Tierra gime oprimida con el peso de mis plantas; los montes sobre mis hombros caducan sus cumbres altas; el Sol me esconde sus rayos, la Luna sus luces guarda; todo, en fin, se me rebela, porque quise tocar cuantas maravillas Dios contiene debajo una Forma blanca. Tú, Sinagoga cruel, tú, Idolatría tirana, tú, bárbara Apostasía, ocasionasteis mis ansias: yo mesma metí, yo mesma mis enemigos en casa, que este es el riesgo que tiene el católico, que ampara, ni habla, ni oye, ni ve, ritos ni leyes contrarias; perdí, en fin, todos los bienes, que eran dotes de la Gracia. ¿Luego eres mía? No soy. ¿No me diste esa palabra? No la cumpliré, que yo lloraré con tales ansias, que a mis brazos vuelva el Dios de Amor; cuanto erré engañada, confieso ya arrepentida. Descúbrese en lo alto Cupido, con una mesa, y en ella Hostia y Cáliz Pues el confesarlo basta para que yo te perdone; que en quien tan de veras ama, como el mismo Dios de Amor, presto los enojos pasan; y para que nunca dudes cuánto puede mi palabra, este es mi Cuerpo y mi Sangre, y que yo lo diga basta. Sacramentado te adoro, con la vida y con el alma, sin que ya me prevariquen las proposiciones falsas de todos mis enemigos. Aquella vista me mata. Aquel manjar me atormenta. Aquel misterio me espanta. Aquel Pan me atemoriza. Aquel secreto me abrasa. A mí me reduce tanto, que desde hoy tengo esperanzas, que algún día seréis todos ovejas de la cabaña de la Iglesia. Aquese monte, pues contiene gentes varias, y en el idioma caldeo, junta de muchos se llama Toletot, Toletot sea, y Toletot en España, será desde hoy el lugar donde más la Fe se ensalza. De Psiquis y de Cupido la alegoría aquí acaba. Y, humildes, os suplicamos que nos perdonéis las faltas.