Pedro Calderón de la Barca Amor, honor y poder Comedia famosa Personas que hablan en ella: EL REY. TEOBALDO. EL CONDE. LUDOVICO. ENRICO. ESTELA. INFANTA. UN CAZADOR. TOSCO, villano. Jornada I Salen ENRICO y ESTELA. No salgas, Estela, al monte, vuélvete al castillo, hermana, que por estos campos hoy ha salido el Rey a caza. No te vea de la suerte que en las soledades andas, causando a Venus desprecio, dando envidias a Dïana, cuando Diosa destos montes, que miden veloz tus plantas, o son las cumbres de Chipre o son las selvas de Arcadia. Por tu gusto, Estela, vives en Salveric retirada del aplauso de la corte, del adorno de sus galas. Aquí un hermano te sirva, aquí un padre te acompaña y aquí un monte te obedece, que reina suya te llama. No te vea el Rey y piense, viendo la humildad que tratas, que lo que es sobra del gusto, viene a ser del honor falta. Por tu vida que te quedes en Salveric y no salgas hoy al monte. No saldré, que ser gusto tuyo basta. Desde aquí al castillo vuelvo a obedecer lo que mandas. Yo, hermana, te lo suplico, queda a Dios. Dentro. ¡Aparta, aparta! ¿Qué voz es esta? Dentro. Poned delante dellas espadas. Tente indómito caballo. Desde aquellas cumbres altas un caballo se despeña con una mujer. Hoy baja despeñado otro Faetonte. Poco le debo, si aguarda más ocasión mi valor, para mostrarse, pues basta el ser mujer. Vase. En el viento apenas pone las plantas, porque un volante que al sol le vuelve otro sol de plata, lleno del viento que deja le va sirviendo de alas. Tan igualmente ligeros los pies y manos levanta, que parece que a los cielos tira la yerba que arranca, tan bañado en sus espumas, que parece que un mar pasa y que pegado en los pechos el mar a pedazos saca. Firme la dama le oprime y aunque sean tan contrarias la de un bruto y la de un sol, son dos cuerpos con un alma. Ella cobarde se anima y animosa se desmaya, que es el peligro forzoso, donde la fuerza es tan flaca. Pero ya Enrico, mi hermano, saliendo al paso le aguarda, aunque un monte es imposible esperarle cara a cara. Atravesado se arroja y el tiro al bocado agarra y asiendo el freno en la mano, se le opuso a su arrogancia. Con la izquierda en un sujeto el viento y el fuego para, y con la derecha a un punto por el arzón mismo saca a la dama, que en los brazos sin aliento y desmayada, el sobresalto al peligro, lo que le debe le paga. Y tirando el freno, cuando a la silla el brazo alarga, volvió el caballo, parece que a mirar lo que llevaba, porque envidioso de verse dueño de gloria tan alta, quiso con bárbaro intento, sino perderla, robarla. Mas ya con ella en los brazos al valle mi hermano baja, que parece que del sol harto su esplendor la llama. Sale ENRICO con la INFANTA en los brazos. ¡Hermana, Estrella! Volando trae de aquesa fuente agua o entra por ella al castillo. Yo voy presto; aquí me aguarda. Vase. Trae el agua, que mis ojos no me darán la que basta, porque será breve el mar para vencer fuerza tanta. ¡Qué mucho, si el mismo sol, aunque con luz eclipsada, hoy en sus rayos me quema, hoy en sus rayos me abrasa! ¿Quién ha visto, quién ha visto, aunque por suertes contrarias, desgraciada la ventura, venturosa la desgracia? ¡Señora, señora! Apenas oye mi voz y turbada la color, en un compuesto mezcló la nieve y el nácar. Y dichosamente unida, nieve roja o rosas blancas, se vio purpúrea la nieve y la púrpura nevada. No sé qué deidad oculta a su adoración me llama, que de tan forzoso efeto no determino la causa. ¡Señora! ¡Válgame el cielo! ¡Albricias, cielos, que habla! ¡Alma, albricias! ¿Dónde estoy? ¡Ah señora! ¿Quién me llama? Quien del alma la mitad, hoy a tu vida consagra y por no dejar de verte, no te ofrece toda el alma. Aquel caballo, sin duda, es el Júpiter que anda enamorado y tomó forma en apariencia rara, para que tú fueras, cuando le oprimieras las espaldas, Europa de Inglaterra, y él el caballo de España. ¿Cómo te sientes? Mejor. Mas ¿quién eres tú, que amparas mi vida? Soy quien la tuya también ofrece a tus plantas. ¿La vida te debo? Es cierto; mas procedes tan tirana, que cuando te doy la vida, en satisfación me matas. [Aparte.] (Agradecida le escucho, que del honor fuera falta la ingratitud a quien debo la vida.) ¿Cómo te llamas? Enrico de Salveric, que vivo en estas montañas, en el castillo famoso que es mi apellido y mi casa. Aquí podrás descansar. Yo quisiera que el alcázar fuera del sol. Mas ¿quién eres? Yo soy... Sale el REY, LUDOVICO, TEOBALDO y acompañamiento. Aquí está la Infanta. Hermana, dame tus brazos. ¿Cómo te sientes? No es nada el dolor, aunque no puedo estar en pie. Pues llevadla a ese castillo y en él descanse lo que le falta al día, que ya con sombras negras la noche amenaza. ¡Dichoso quien llega a verte con vida, porque presaga el alma de tus desdichas, temió tu muerte temprana! ¡Vida te dio mi deseo! Yo procuraré pagarla, que a quien me ha dado la vida, no es mucho que le dé el alma. Vase. [Aparte.] (¡Ay arrogantes deseos! ¡Ay humildes confïanzas! ¡Ay cobardes presunciones! ¡Ay satisfaciones falsas! ¡Ay esperanzas perdidas! La Infanta, ¡cielos!, la Infanta es a la que di la vida y la que me quita el alma.) Vuestra Majestad me dé a besar sus Reales plantas, si de la tierra que piso merezco tocar la estampa. ¿Quién eres? Enrico soy. de Salveric, que mi casa es hoy, pues a honrarla vienes, venturosa en tal desgracia. ¿Cómo retirado vives de la corte? Porque halla mi padre en la soledad más quietud a su edad larga. ¿Vive todavía el Conde? Sí señor. Fue la privanza de mi padre. ¿Y solo tú su soledad acompañas o vive también Estela con vosotros? [Aparte.] ¡Cosa extraña que no pudiese encubrirlo! Aquí está, señor, mi hermana, que también del campo gusta. Mucho le debe a la fama. ¿Qué dicen, que es muy hermosa? Siempre la opinión se alarga, que no es muy hermosa Estela, el no ser fea le basta. Dícenme que es muy discreta. Sabe, señor, cosa es clara, lo que tiene obligación una mujer en su casa. Mucho me holgara de verla. No es el traje en que ella anda, digno, señor, de tus ojos; y esta sola fue la causa para excusar de que tú la vieras. Sale ESTELA. Aquí está el agua. Mas ¡qué miro! Estela es esta, que cuando cayó la Infanta fue por agua y viene agora. Mejor dijeras que el alba, vestida de resplandores o de rayos coronada, otra vez al campo sale y que entre sus manos blancas trae congelado el rocío, que por lágrimas derrama. Vuestra Majestad, señor, disculpando la ignorancia que me permite este traje, me dé sus manos. Levanta, no me acuse la soberbia que tuve un cielo a mis plantas porque si otras hermosuras un mundo pequeño llaman, tú eres un cielo pequeño. ¡Qué bien la humildad ensalzas! El cielo aumente tu vida. [Aparte.] (¡Oh lo que este hermano habla!) ¡Ah Ludovico! Señor. No sé qué siento en el alma, que con decirme que es mía, ya como ajena me trata. [Aparte.] (¡Ay Estela! ¡Quién creyera, que cuando a verte llegara, vencieran celos de un rey el contento que me causas!) ¿Qué sientes? Siento temor, con el amor en batalla y cuanto el amor me anima tanto el amor me acobarda. Estela me da contento y aqueste hermano me cansa. Échale de aquí, que todo es invenciones quien ama. Bien me aconsejas. [Aparte.] ¡Ay cielos! ¡Oh mal haya, amor, mal haya el que contra sí aconseja! Su Alteza, Estela, está en casa y pues ha sido ventura nuestra, tan gran desgracia, aunque como en monte sea ve a servilla y regalarla. Vuestra Majestad, señor, dé licencia. Vete hermana, que la agua no es menester. Mejor será que tú vayas, que aunque yo no haya caído aquí es menester el agua. El cansancio y el calor, pensión propia de la caza, me tienen con sed y quiero beber. Vete, pues, ¿qué aguardas? [Aparte.] Mi muerte decir pudiera, pues voy, por suertes contrarias, de tu hermana enamorado y celoso de mi hermana. Vase. Turbado a tu vista llego, que cuando amor me provoca, teniendo el agua en la boca, bebo por los ojos fuego. Si entre sus rayos me anego, como en sus ondas me abraso de un extremo al otro paso. ¿Quién ha visto efecto igual, que esté en la mano el cristal y esté la llama en el vaso? Cuando el sol sobre la nieve su rubio esplendor desata, hace una nube de plata que del monte al valle llueve. Uno corre y otro bebe. Y ansí en efectos tan llanos, de tus ojos soberanos la luz en las manos dio y ese cristal desató de la nieve de tus manos. Yo, a tu luz turbado y ciego busco el agua; pero ya mal mi fuego templará, si está en el agua mi fuego. Abrásome, pero luego, que el cristal hermoso pruebo, el agua a los ojos llevo, que en tan confusos enojos, tienen sed labios y ojos. Bebed ya. Pues ya ¿no bebo? Lisonjera, libre, ingrata, dulce y süave una fuente, hace apacible y corriente de cristal y undosa plata. Lisonjera se dilata, porque hablaba y no sentía, süave, porque fingía, libre, porque murmuraba, dulce, porque lisonjeaba, y ingrata, porque corría. Aquí, Vuestra Majestad, podrá templar el rigor de tanto fuego, mejor, porque tanta claridad quizá ofende por verdad. Y si este cristal deshecho abrasa y yela, sospecho que en mi pecho se ha de hallar el yelo para templar el fuego de vuestro pecho. Bebed, templad los enojos de tan sedientos agravios. Ya doy el agua a los labios, teniendo el fuego en los ojos. De tan contrarios despojos la causa a decir me atrevo. A la boca el agua llevo y mis ojos me la dan, que ya con más sed están. Bebed ya. Pues ya ¿no bebo? Pero este cristal pretende acabarme con cautela. Si fuego, ¿cómo me yela? Si yelo, ¿cómo me enciende? Si libre, ¿cómo pretende? Si apacible, ¿cómo daña? ¡Oh cómo me desengaña el agua, si es lisonjera! ¡Oh cómo en pena tan fiera, siendo tan clara, me engaña! Claro y ardiendo pretende experiencia tan extraña, como claro desengaña y desengañando enciende. Si vuestra intención me ofende, dándome el cristal consejo, en él la respuesta dejo y es fuerza desengañar, si para hacerlo ha de estar en mis manos un espejo. Vuestra Majestad me dé licencia. Un instante espera. [Aparte.] (¡Ay, Ludovico! quisiera...) ¿Qué quisieras? No lo sé. Toda mi vida pensé que amor cuando un rey se atreve, flechas de oro y rayos mueve. Mas ¿qué resistencia aguardo, si para el fuego en que ardo hoy vibra rayos de nieve? Mil cosas decir quisiera de mi desdicha importuna y apenas he dicho alguna, cuando vuelvo a la primera. Mis extremos considera, pues cuando llego a sentir el fuego en que he de morir y le pretendo contar, me contento con mirar y se quedan sin decir. Tú eres discreto y sabrás la ocasión de mi cuidado, y al fin, desapasionado mucho mejor le dirás, que no puedo sufrir más el incendio que sentí. Di que libre vine aquí, di que ya tendido lloro, di que su rigor adoro y al fin dila que la vi. Vase. [Aparte.] (¡Yo le diré tus desvelos y seré, mas ofendido, el primero que haya sido el tercero de sus celos.) Estela, oye, el Rey, ¡ah cielos! como desapasionado, aqueste amor me ha fïado. ¡Qué mal su daño advirtió, si está enamorado, y yo, celoso y enamorado! Que te diga, me ha mandado, lo que yo mismo dijera, si enamorado me viera no tengo la culpa yo, pues él la ocasión me dio. Si cuando a mirarte llego me abraso en el mismo fuego, no es nuevo el mal que resisto, que ya en el mundo se ha visto guiar un ciego a otro ciego. Díjome, que no sabía encarecerte su pena, que la diga como ajena y dígola como mía. Estela, si te quería, pregúntaselo a los cielos, testigos de mis desvelos. Pero en confusión tan brava, si otro en los celos acaba, mi amor se empieza en los celos. El Rey de una misma suerte a ti te ha dado ocasión para decir tu pasión y a mí para responderte. Dile al Rey cuán mal advierte en mi honor siempre fïel. Ser noble, no es ser crüel, pues dices lo que a él le obliga, dirasle al Rey que te diga lo que le respondí a él. Vase. ¿Quién en el mundo se ha hallado, cuando tal rigor me ofreces, enamorado dos veces y dos veces despreciado? Celoso y enamorado, con propio y ajeno amor, llegué a pedirte un favor. Si el desprecio solicitas por los celos que me quitas, yo te perdono el rigor. Vase. Sale un CAZADOR por una puerta, y TOSCO villano por otra y dicen dentro primero. ¡Hola, hao, pastor! ¿A quién dan estas voces? A vós. Yo no só hola, juro a Dios, y avísole que habre bien. ¡Hola! ¿Una palabra sola a un cazador no dirás? Él es el hola no más, porque aquí no hay otra hola. ¿Piensa el lacayo que está con otra hola como él, que solo es su nombre aquel de hola acá y hola acullá? ¿Que no hay de aquestos crïados, ¡mirad qué dichosa gente! quien muera sópitamente, pues todos mueren oleados? No debe de hablar conmigo. Dime el camino en que estoy, que [ni] sé por dónde voy, ni sé la senda que sigo. Corriendo el monte venía con otros monteros yo y en el monte me cogió el crepúscolo del día. ¡Lleve Barrabás el nombre! ¿El qué le cogió, señor? El crepúsculo. ¿Es traidor o es encantado ese hombre? ¿Y cómo le cogió? ¡Hay tal! ¿Aquesto en el monte había? ¿Crepúsculo tiene el día? Y diga, ¿no le hizo mal? [Aparte.] (El Villano se ha creído, que es alguno que hace daño y ha de quedar con su engaño.) En fin, hasta aquí he venido huyendo de aquese hombre. Diga, ¿los hechos son buenos de aquese que por lo menos tiene peligroso nombre? [Aparte.] (Con esto engañarle puedo, pues con esta industria mía lo que no la cortesía, habrá de obligalle el miedo.) Un hombre se traga entero si está con hambre, dos juntos. ¡Oh güego de Dios! ¿Tan güerte tiene el guargero? Yo le llevaré, ¡pardiez!, hasta el castillo, que allí el Rey está; ¡pese a mí dos se zampa de una vez!, que esta noche se ha quedado en Salveric, como digo. Yo apostraré que conmigo no tiene para un bocado. Yo vine por leña y vo sin ella, hablalle no puedo. [Aparte.] Él va temblando de miedo. Si él me agarra, muerto só. Vanse. Sale TEOBALDO y la INFANTA. No salga Vuestra Alteza, que un bárbaro accidente, descortés, no consiente respeto a la belleza, cuando en muertos colores halló el campo la vida de las flores. El riesgo, más que el daño, amenazó mi vida y al peligro rendida, temí el rigor extraño. Ya estoy más descansada, menos mortal y más enamorada. Descanse Vuestra Alteza. [Aparte.] Pero ¡qué es lo que veo! Llevome mi deseo. Otra al caer tropieza, pero al revés ha sido, yo tropecé después de haber caído. Muy bien podré ir en coche. Porque tu Alteza pueda descansar, aquí queda el Rey aquesta noche. Debo a Enrico la vida. [Aparte.] Enamorada estoy y agradecida. [Aparte.] ¡Oh quién fuera el dichoso que la vida te diera! ¡Oh quién Enrico fuera! ¡Mil veces venturoso, quien por extraños modos, hoy da la vida a quien la quita a todos! Salen LUDOVICO, el REY, el CONDE, ENRICO y acompañamiento. De la suerte que sale el sol resplandeciente, que con su luz ardiente no hay cosa que no iguale, cuando con rayos baña, ya el techo, ya la rústica cabaña. Ansí noble Rey mío, alégrese esta casa que a serlo del sol pasa, de cuya luz confío, que será eterno al día, por tuya celestial, noble por mía. Alzad, Conde, del suelo, dadme, dadme los brazos. Será, con tales lazos, poco llegar al cielo. Mirad, que porque tardan, envidiosos los míos os aguardan. De tu padre heredaste honrar la humildad mía. ¡Cuántas veces solía el Rey, mi señor...! Baste, que como los blasones, heredé de mi padre obligaciones. Ya sois de mi Consejo de Estado. Señor, mira... Vuestra razón me admira. Que estoy cansado y viejo. Conde, yo sé que tengo necesidad de vós. Ya no prevengo disculpa, aunque pudiera. Que suplas te suplico esta ignorancia. Enrico, agradecer quisiera de la Infanta la vida. Con dársela ha quedado agradecida y no hay en mi cuidado cosa que satisfaga. Solo quiero por paga el habérsela dado y de nuevo la mía, que el monte no gastó la cortesía. Galán andáis, Enrico, y aunque en esto no os pago, de mi cámara os hago... Ya los labios aplico a la tierra que doras. Porque entréis donde estoy a todas horas. La Infanta hará mercedes a Estela de su mano. Tantos honores gano, que ya Alejandro excedes. [Aparte.] Pues en un mismo día, su vida halló donde perdí la mía. ¿Qué merced hacer puedo a Estela, o qué favores, si ya con los mayores corta y corrida quedo? Por la de Enrico, beso tus pies. [Aparte.] ¡Amor, yo he de perder el seso! No te despeñes, tente. ¿Hasta dónde has llegado? No mueras abrasado, pues solo es bien que intente, estar viendo y amando, vivir muriendo, por morir callando.) [A LUDOVICO.] Hoy, Ludovico, muero amante desdichado, he me desesperado y amando desespero. En fin, ¿qué te responde? Al honor más que al gusto corresponde. Esta noche he quedado aquí, por ver si puedo, atropellando el miedo, ciego y desesperado, entrar donde está Estela. Haces bien, que el amor todo es cautela. Por esto, sin que haya razón de haberle honrado, hoy al Conde he obligado a que a la corte vaya. [Aparte.] (¡Cuántas honras hay dadas, que van con sus infamias disfrazadas!) La industria solo ha sido hija de la fortuna, ya no espero ninguna. [Al REY.] Como no prevenido, hoy a tener disponte cama de campo y cena como en monte. A aqueso solo vengo, que si gustos quisiera, en palacio estuviera. Ya, Conde, me prevengo a penas y desvelos. [Aparte.] Y yo rabio de amor, vivo de celos. Vanse. Determinad pensamiento, si tan confuso rigor ha nacido del amor o del agradecimiento. Con dos efectos me siento a una inclinación rendida, si Enrico me dio la vida, si ver a Enrico me agrada, ¿es estar enamorada o es estar agradecida? Quisiera darle un favor, que es darle vida, excediera, porque de mi pecho fuera la satisfación mayor. En pagándole el valor no estuviera tan rendida, mi voluntad es fingida, satisfacer no es amar. Luego tanto desear, es estar agradecida. Pero aunque no me ofreciera vida, pienso, y con razón, que lo que es obligación voluntad entonces fuera. Determinarme quisiera, yo estoy a Enrico inclinada, más rendida que obligada. Amar no es satisfacer, luego tanto padecer es estar enamorada. Anímame un noble intento, acobárdame un temor. Alma, ¿qué es aquesto? Amor. ¿Y aquello? Agradecimiento. Defenderme en vano intento, deseo, ya estoy vencida, respeto, ya estoy rendida. Luego estar tan obligada es estar enamorada y es estar agradecida. Sale ENRICO. ¡Qué bien la gentilidad llamaba Dios al amor, pues el más humilde honor iguala a la Majestad! ¿Para cuándo es la lealtad sino cuando es menester saberse un hombre vencer? Yo moriré sin hablar, mas ¿cómo podrá callar quien habla solo con ver? ¡Ay Flérida! ¿No tuviera yo tan venturosa suerte, que dándome a mí la muerte a ti la vida te diera? Dichoso mil veces fuera, pero mi felice estrella me ofrece gloria tan bella, porque es muy cierto, ¡ay de mí! que yo la ocasión perdí, pues yo me quedé sin ella. A tu presencia he llegado y como el alma la vio, para hablar se me olvidó cuanto tuve imaginado. En este cuarto ha mandado su Majestad, que tu Alteza esté, ¡qué rara belleza! Ojos, lengua, deteneos, basta la ocasión, deseos, que hay lealtad donde hay nobleza. [Aparte.] (Disimular me conviene, sin mirarle le hablaré, porque de los ojos sé el daño que al alma viene.) Grande es, y sabe, y tiene majestad que al sol admira. [Aparte.] Cobarde el alma suspira. [Aparte.] ¡Mal mi deseo se entabla! [Aparte.] ¡Ay cielos, aún no me habla! [Aparte.] ¡Ay cielos, aún no me mira! [Aparte.] Quiero apurar el temor, haciendo a los celos jueces, que son los ojos a veces, intérpretes del amor. [Aparte.] Ya va faltando el valor. ¿Adónde Teobaldo está? [Aparte.] (Faltó el sufrimento ya.) [Aparte.] Callar pude enamorado, mas celoso, ¿quién podrá?) Eternos años aumente el cielo la sucesión de tan generosa unión. [Aparte.] (No le pesa.) [Aparte.] No lo siente. De un siglo a otro siglo cuente, pues el cielo le previene aquesta gloria que tiene por suya Teobaldo. ¡Ay cielos! No estima quien me da celos. No ama quien celos no tiene, Enrico, Enrico, no des. [Aparte.] (Declarándome voy mucho.) Parabién... ¿Qué es lo que escucho? A quien casada no ves. Mas que en tu vida lo estés, si no ha de ser con tu gusto. ¿Qué es esto, tormento injusto? Basta Enrico, bien está, que con mi gusto será, pues sabes que deso gusto. Si del parabién te ofendes, yo lo que el mundo publico. [Aparte.] ¡Qué mal me entiendes, Enrico! [Aparte.] Flérida, ¡qué mal me entiendes! ¿Darme parabién prendes? Pesar me fuera mejor. Declárate. Tengo honor. Habla. Prometí secreto. ¡Mal haya tanto respeto! ¡Mal haya tanto valor! Vanse. Sale TOSCO con luz, y ESTELA. ¿Cerraste la puerta? Sí, con dos trancas la cerré. Ten cuenta della. Sí haré. Y pon esa luz aquí. Mandasme que della tenga cuenta, a mi cargo lo tomo, el cerrar la puerta, como el crepúsculo no venga. Antes que venga te irás. ¿Antes que venga me he de ir? [Aparte.] Él sin duda ha de venir. ¿Qué tengo de saber más? [Aparte.] Alerta está el enemigo, el verla, honor, me conviene. [Aparte.] Yo apostaré que si viene, topa primero conmigo. [Aparte.] Entremos en cuenta honor, ¿cómo podré defenderme? [Aparte.] No es el peor el comerme. El mascarme es lo peor. [Aparte.] El poder de un rey es rayo que lo más alto abrasó. [Aparte.] Si aquesto supiera yo, me pusiera el otro sayo... [Aparte.] La industria y el nombre valga, pues no hay resistencia ya. [Aparte.] Que este es el nuevo y saldrá muy manchado cuando salga. [Aparte.] Direle que he de pagar lo que a mi mismo honor debo. [Aparte.] Diré, que es el sayo nuevo, que me deje desnudar. [Aparte.] Si en su apetito se ciega, dareme muerte. [Aparte.] No hay más, seré un segundo Juan Bras del vientre de la Gallega, pero mejor será ir donde no me halle jamás. Pues Tosco, ¿dónde te vas? Tengo un poco que dormir, duerme tú por vida mía. Yo no dormiré, ¡ay de mí!, porque me ha de hallar así el crepúsculo del día. ¡Pésete quien me parió! ¿Qué es lo que dices, señora, con eso sales ahora? [Aparte.] No en vano le temo yo. Soy de mi honor centinela y a no dormirme me obligo, que está cerca el enemigo y importa pasarla en vela. Llaman. A la puerta siento ruido. No abras sin saber a quién. El crepúsculo es sin duda. Enrico debe de ser. Llaman. Otra vez vuelve a llamar. Abre la puerta. Voy pues. [Aparte.] Pero si este es el ladrón, y me zampa, ¿qué he de her? Porque hoy só Tosco y mañana Dios sabe lo que seré. Sale LUDOVICO y el REY rebozados. ¡Señora Estela, señora!, él es, y tan descortés, que se ha entrado sin licencia. ¡Qué atrevido es el poder! Ni pone límite al miedo, ni guarda al respeto ley. Aquí está Estela. ¡Ay de mí! ¿Qué es lo que miro? ¿Quién es quien desta suerte se atreve...? Hombre, ¿quién eres? El Rey. ¡Qué mal hice en preguntarlo!, que si no fueras tú, ¿quién tuviera este atrevimiento? Óyeme Estela. Detén el paso y mira que ofendes el vasallo más fïel, el honor más invencible y la más constante fe. [Aparte.] Acercándose va a ella, él la zampa desta vez, antes de haberme comido, pienso que no huelo bien. ¿Por dónde podré escaparme mientras la come? Pues yo, que en mí por diferenciar hará lo mismo después. Vase. Estela, nunca he querido con imperios ofender de tu hermosura el respeto de quien hago al cielo juez. Obligarte y persuadirte, siempre mi deseo fue, más amante con finezas, que tirano con poder. De amor es mi atrevimiento, que más atrevido es un humilde enamorado que no poderoso un rey. Y porque veas que soy pues todo lo vengo a ser, como señor generoso y como galán cortés, dispón de todos mis reinos, que solamente ha de ser el poder para servirte, usa generosa dél. El cetro y corona de oro, que con bello rosicler ciñe mis dichosas sienes en el supremo dosel. Y cuando en campaña armado, envidia del sol tal vez, es Marcial cetro un bastón, rica corona un laurel, todo a tus pies lo consagro. Y porque veas también que soy rey y soy amante, mírame humilde a tus pies. [Aparte.] Temiendo estoy y dudando. ¿Quién ha padecido, quién, mayor tormento de celos, o quién ha llegado a ver más claramente su engaño? Hablando, hablando está el Rey, y está oyéndole, ¡ay de mí! Amor, no consideréis que es, si queréis que yo viva, él señor y ella mujer. Señor Vuestra Majestad mire quién soy y quién es, pues lo que por sí se debe, me debe por mí también. No se atreva poderoso, que si en un vasallo fiel no hay contra el poder espada, hay honor contra el poder. [Aparte.] (Dejadme, celos, un rato, no apretéis tanto el cordel que en el tormento de amor confieso que quiero bien. ¡Quién supiera lo que dicen! ¡Qué amigos son de saber los celos! No puedo más.) ¡Señor! ¿Qué queréis? No sé. ¿Cómo Estela te responde? ¿No lo supieras después? Con desprecio a mis regalos, a mis ruegos con desdén, con rigor a mis amores, con honor a mi poder. [Aparte.] (¡Buenas nuevas te dé Dios!) ¿Eso responde? ¿Quién cree tal rigor... ni tal ventura? [Aparte.] aunque más desesperado a sufrir y padecer. Estela. Señor advierte que soy... Estela, mi bien, quien me da la muerte y puede darme la vida. ¿Por qué a un rey desprecias que humilde te adora? [Aparte.] (¡Cielos! ¿Qué haré? Porque al más leal vasallo ofendes, que tuvo rey.) No tiene término amor. Ni el honor tiene interés. [Aparte.] (¡Qué mal sosiega un celoso! ¡Quién vio encontrados el ver y el oír en un sujeto! Y pues que los ojos ven su agravio supla el oído su pesar con su placer.) Señor, ¿cómo va? Muy mal. [Aparte.] Mejor dijeras muy bien. Nunca ha sido más ingrata. [Aparte.] Nunca más hermosa fue. Porque no preguntas más más ingrata y más crüel, dice que aunque su rey soy, en honor no hay interés. [Aparte.] (Eso sí, partid oídos con los ojos este bien y disimulad amor. ¡Hay más constante mujer!) No la obligues ya con ruegos, mézclale el decir y hacer, con desprecio en los favores y enfádate. [A LUDOVICO.] (Dices bien. Pero en mirando sus ojos, no sé cómo puede ser.) Mas, Estela, ya faltó el sufrimiento, porque un poderoso ofendido, es ira, si favor fue. Cierra, Ludovico, luego esa puerta. [Aparte.] Y cerraré los ojos a mis desdichas. [Aparte.] (¡Piadosos cielos! ¿Qué haré? Si doy voces y despiertan a Enrico, será poner en contingencia su vida, venza la industria al poder.) ¡Qué presto, señor, te ofendes de la esperanza! ¡Qué bien sufrieras amante firme las dilaciones de un mes! Presto del honor te ofendes, todos los hombres queréis fáciles mujeres antes, pero Lucrecias después. Obligarte con honor siempre mi deseo fue, pero si fácil te obligo espérame aquí veré qué gente hay en esta sala para que tú entres después, adonde mi amor te espera. Vase. Aquí espero, porque dé esta breve dilación por pensión a tanto bien. ¡Ah Ludovico! Señor, ¿qué hay de nuevo? Que llegué, vi y vencí, ya Estela hermosa se ha declarado. [Aparte.] ¡Ah crüel! Por no disgustarme fácil, todo su desprecio fue. Pero ya me espera. [Aparte.] ¡Ay cielos! Mas ¿qué me espanto? Es mujer. Golpe dentro. ¿Cerraron la puerta? Sí. Dentro ESTELA. ¡Eduardo! Llegaré a ver quién me llama. Entra. Está cerrado. Esta es la industria contra la fuerza y el honor contra el poder. Vengose de mi porfía, hoy con mis ojos pondré fuego al Castillo. [Aparte.] Volvió el alma a su propio ser.) Sosiégate. ¿Cómo puedo? ¿De qué me sirve ser rey, si hay contra la fuerza industria y hay honor contra el poder? Jornada II Sale el REY, TEOBALDO, LUDOVICO y ENRICO. La esperanza en el amor es un dorado veneno, puñal de hermosuras lleno, que hiere y mata en rigor. Es en los dulces engaños edad de las fantasías, donde son las horas días, donde son los meses años, un martirio del deseo, y una imaginada gloria, verdugo de la memoria. Basta, Teobaldo, yo creo que es amando la esperanza, luz que de noche se ofrece que desde lejos parece que a cada paso se alcanza, cuando engañado de vella aquel que la va buscando, piensa que se va ausentando o que se va huyendo ella. Pues siendo así que el que espera muere en el mismo favor, como tú sabes mejor. ¡Pluguiera a Dios no supiera! Mira el tiempo que he vivido del pensamiento engañado, de mil deseos burlado y en mi amor desvanecido. Llamado desta esperanza, vine, señor, desde Hungría, por ver si la suerte mía tan grande ventura alcanza. Tú después me has ofrecido efetuar el concierto y de la esperanza muerto, con la esperanza he vivido. No es bien que más tiempo aguarde ni de esperar me entretenga, que bien por presto que venga, no dejará de ser tarde. Que yo he tratado, es verdad, este casamiento justo y yo te ofrecí mi gusto, pero no su voluntad. A la Infanta dije yo mi intención y en ella vi, ni bien concedido el sí, ni bien declarado el no. Desta manera han pasado muchos días y te dan con favores de galán, licencias de desposado. Hoy quiero verla y hablarla y aunque su obediencia sé, aconsejarla podré, pero no podré forzarla. Pues si tú has de hablarla es vano el favor que me prometo, pues te ha de tener respeto por su rey y por su hermano y aunque tenga voluntad ha de negártela a ti, que fuera el decirte sí al parecer libertad. Que la hable, te suplico de mi parte y con tu intento, quien sepa mi pensamiento. Presente está Ludovico y Enrico, en los dos advierte, quien puede hablarla mejor. Uno de los dos, señor. Su Alteza ha venido a verte. Pues quédese ansí y después se verá mejor. [Aparte.] ¡Ay cielos! ¡Tan adelantados celos! ¡Qué cierto mi daño es! Sale la INFANTA. Oí decir que no tenía salud vuestra Majestad y vine a verle. Es verdad, una gran melancolía me aflige. ¡Qué injusta ley! ¿En qué la pena consiste? ¿De que un rey puede estar triste? ¿No es hombre también el Rey? ¡Ay, hermana, si supieras, cuando en tus manos me ofrezco, templar el mal que padezco, qué fácilmente pudieras! ¿Pues eso dudas, señor? Si importa a tu bien mi vida, mírala a tus pies rendida. Retiraos todos; mejor se remedia mi mortal pena. Contarla procura, que ningún médico cura sin informarse del mal. Ya sabes, Flérida bella, que a caza al monte salí, el día que, despeñada, para todos fue infeliz. Donde tú hallaste la vida, yo la libertad perdí y mil veces la perdiera, si la rescatara mil. Si pretendiera pintarte lo que en el monte advertí, fuera contar las estrellas en el celestial zafir. No dieran a su hermosura varias colores matiz, a tantas orejas tabla, ni lengua, pincel sutil. No hubiera en el campo flores, porque el clavel, su carmín escureciera en sus labios bello engaste de marfil. Quien pintar quisiera al viento, le pintara en el jazmín. Azucenas de cinco hojas eran sus manos y al fin vi al alba hermosa, vi al sol... Pero, ¿qué mucho si vi, ¡ay hermana!, si vi a Estela, Condesa de Salveric? Por deidad de aquellos montes la veneré y la ofrecí el alma por sacrificio, que amor hasta hoy es gentil. Llegué a hablarla, tan turbado, que yo pude presumir que era mudo y que los ojos sin duda hablaron por mí. Pero no los entendió, que su lenguaje sutil no le sabe, hermana, hablar, quien no le sabe sentir. A su padre y a su hermano cargos y oficios les di porque a la corte vinieran, mas poco importa el venir, pues después que en ella vive mas crüel, sin advertir en mi poder, me desprecia, tiranamente feliz. En su cuarto entré de noche, sin temer, sin advertir, ni rigor, ni honor, mas fue mi atrevimiento infeliz. No tengo lugar de hablarla y pues hoy ha de venir a verte, dile las penas que por su causa sentí. Que yo turbado y rendido, solo te sabré decir, que al principio de mi amor estoy de mi vida al fin. Agradecida te escucho y pues te fías de mí, aunque ignorante de amor, en él te quiero servir, dando a tu tristeza causa. Baja esta tarde al jardín y escóndete entre la fuente de Venus, donde el buril quiso, dando al mármol alma, los pinceles descubrir y escondido en la belleza de la pared del jazmín, al descuido, con Estela, yo pasaré por allí y la dejaré en la fuente. Tú entonces podrás salir y hablarla, que si te oye, tendrá lástima de ti; porque a lágrimas de amor, ¿quién se podrá resistir? ¿Qué divino entendimiento iguala al tuyo sutil? Déjame besar tus manos, tuyo he de ser hoy por ti. Vivo, tú me das la vida. Quédate Flérida aquí mientras a la fuente voy, no demos que presumir a su hermano si hoy me vengo, poco importa prevenir la industria contra la fuerza, también hay industria en mí, porque contra el honor no hay poder, industria sí. Vase. Hoy, Flérida, si pudiera hacer lengua el corazón, mejor mi pena dijera, si ya sus alas no son a tantos rayos de cera, que si al mismo sol te igualas casta Venus, bella Palas, de esperanza y favor falto, quien ha de volar tan alto, forzoso es prevenir alas. En mí un esclavo tenéis, de quien servida seréis, si yo os merezco. Mirad, que se va su Majestad. ¿Y aqueso me respondéis? Pero no ha sido en mi daño el fin de tan dulce engaño, tu desprecio no es rigor, que ya merece un favor, quien alcanza un desengaño. Vase. [Aparte.] Remedio me pide a mí mi hermano y yo le doy medio a sus desdichas aquí, que es muy propio el dar remedio, quien no le halla para sí. Aquí Enrico se ha quedado, ¡quién pudiera hablarle, quién manifestarle un cuidado y revelarle también celos que a mi amor ha dado! ¡Qué miro! Ya el Rey se ha ido y yo en mis dulces antojos he quedado divertido, que puesta el alma en los ojos son imanes del sentido. Mal hago en quejarme ansí, pues no es razón que se sientan mis deseos, ¡ay de mí! Mas ellos de mí se ausentan y ellos me tienen aquí. Amor, ¡tanto os atrevéis!, desta suerte os venceréis. Espera Enrico. Mirad, que se va su Majestad. ¿Y aqueso me respondéis? Yo, señora, he respondido lo que... Ya tengo entendido. [Aparte.] No tengo esperanza ya. No se va; que ya se ha ido. Y supuesto que llegáis agora a buena ocasión, quiero que me deshagáis, Enrico, una confusión que a todo Palacio dais. Mis damas han reparado, en que sois siempre el primero, que con más firme cuidado os mostráis en el terrero. Mas galán y enamorado siempre divertido os ven y en las acciones mostráis efetos de querer bien y como no os declaráis, desean saber a quién. No se os conocen colores, nunca pretendéis lugar, siempre publicáis rigores, solo salís a danzar, a nadie pedís favores. Todas quisieran que fuera quien el secreto supiera, bien podéis decirme quién, que si yo quisiera bien, desta suerte lo dijera. Al sol, con vanos antojos y con arrogancia loca, ofrecí el alma en despojos, que no negará la boca, ambicioso de mi bien, hasta el cielo me atreví. Verdad es que quiero bien, pero qué fuera de mí si tú supieras a quién. No lo diré, que si fuera posible que el mundo hallara otro yo no lo dijera, que aun a mí me lo negara, porque yo no lo supiera. El que satisfecho adora, contando su mal mejora, porque algún placer alcanza. Quien quiere sin esperanza, presto el desengaño llora. Si yo te quisiera a ti, pongo al caso, y lo dijera, ¿no te ofendieras de mí y en aquel punto perdiera lo que estoy gozando aquí? Pues no he de buscar mi daño, sino vivir con mi engaño. Yo he de morir y callar, porque más quiero esperar la muerte que un desengaño. Callando el alma, procura una gloria tan segura. Pero agora solo siento mi pequeño atrevimiento, no mi pequeña ventura. Pues si yo dijera aquí esta desdicha importuna, dos culpas hubiera en mí, el decirlo fuera una y otra el decírtelo a ti. Pues cuando supiera ella tanto querer, tanto amar, siendo tercera tan bella, pienso que fuera buscar con todo el sol una estrella. Mal a estos tiempos conviene tanto amoroso rigor, pues el galán que a ellos viene, no solo dice amor, pero dice el que no tiene. No digo que os declaréis, pero que no la neguéis, si es la dama que sospecho. Yo lo diré, satisfecho de que no la nombraréis. ¿Es Belisarda? No es ella, ni de sus luces centella. ¿Y Celia? Es más su hermosura. ¿Es Jacinta por ventura? Es más discreta y más bella. ¿Es Flora o Laura? ¡Por Dios!, no es ninguna de las dos. ¿Es Arminda? No os canséis, porque no la nombraréis, sino es que os nombréis a vós; que entonces, aunque sería tan grande mi atrevimiento, presumo que él se diría y no por el sentimiento, sino por la cortesía. Yo quiero hacer un favor a quien también sabe amar. Tomad, Enrico, esta flor, con ella habéis de enseñar a quien tenéis tanto amor, con aquesta seña bella vuestro dueño me diréis, porque en quien llegare a vella es señal que la queréis. Pues vós os quedad con ella, que si tanta gloria gano y aquesa rosa me obliga para que mi dueño diga, muy bien está en vuestra mano. No la quiero, por hüir la ocasión que viene a vella. En vuestra mano ha de ir, que si ha de volver a ella mejor será no salir. Porque si yo os la volviera después de haberla tomado, grande atrevimiento fuera pues con habérosla dado, quien es mi dueño dijera. Si tan desdichado soy que de aquesto os ofendéis, disculpado en todo estoy pues vós la rosa tenéis, que yo mismo no os la doy. Tomad la rosa, por ver a quién la vais a ofrecer. Pues no os habéis de ir, que ya lo quiero decir. Ya no lo quiero saber. Vase. Oye, Flérida, ya es ida. Ya me determino tarde, la ocasión perdí y la vida. Mas ¡qué propio es del cobarde llorar la ocasión perdida! Si en ventura tan segura el tiempo y lugar me sobran, ni los pierdo, ¿qué procura mi amor, si nunca se cobran, tiempo, lugar y ventura? ¿No estaba, Flérida, aquí? ¿Y ella no me preguntó a quién adoraba? Sí. ¿Pues de qué me quejo, si yo la ocasión perdí? Ninguno tan necio ha sido, que para haberla perdido la ocasión ha procurado, que para haberla gozado muchos hay que la han tenido. Vuelve, Flérida y sabrás de mi amor las penas fieras; mas dígolas si te vas, y pienso, que si volvieras no acertará a decir más. Mira lo que me has debido, yo solo amando he callado, yo solo amando he sufrido, que amar, muchos han amado, pero pocos han sabido. Toma tú la rosa bella que en tus manos está bien, vuelve a tu cielo esta estrella. Tú eres a quien quiero bien, pues mi amor digo con ello. Mas ¿qué es esto?, ¡hay tal locura! Mis penas la digo, cuando no las oye a su hermosura. Muera quien no sabe amando gozar de la coyuntura. Sale TOSCO villano con capa y calza. ¿No es Enrico aquel que está hablando consigo? Sí, señor. ¿Cómo entraste aquí? Todos estamos acá, por Dios hasta acá me he entrado, a pesar de los porteros, de las bardas y albarderos. ¿Y hasta el jardín has llegado? ¿Pues qué tengo de decir, si te ven adónde estás? ¿Pueden obligarme a más de que me vuelva a salir? Pasé por los aposentos que estaban todos vestidos, tan galanes, tan pulidos, que el verlos daba contento y de imaginarlo alegra. Salte del jardín, acaba. En uno vi un reis que estaba habrando con una negra, que el que a la puerta está, dijo: «Estos tapices son la historia del rey Salomón, y la reina que se va». Sabá y Salomón. No es justo tener tal conversación, dije, y el reis Salmerón tiene muy bellaco gusto. ¡Hay ignorancia mayor! Mire, estaba el Rey sentado y vestida de brocado toda la Reina, señor, y cuando a mirar me pongo un rey de aquella manera, le pregunté, que si era aquel rey de Monicongo. Él dijo: «Rey es también», aunque al revés lo decía, del fin del Ave María. ¿Cómo? De Jesús, amén. De Jerusalén dirás. ¡Bueno es aqueso, pardiez! ¿Es mucho errarse una vez? Pero en el jardín vi más. Vete de aquí. He de decillo y en diciéndolo me iré, en una huente miré una fulana de ovillo. Fábula de Ovidio. Sí, fábula de olvido era, y pasó desta manera. [Aparte.] Diviértete amor ansí, suspende tanto pesar. Yo le dije al hortelano: «Contadme lo que es, hermano, que yo os lo quiero pagar». Él dijo: «De buena gana destos dos que miras son la historia del rey Antón, y de la Diosa doña Ana». La diosa Diana diría, y el rey Anteón. ¡Pardiez! ¿Es mucho errarse una vez? Eso o esotro sería. El Rey es este. ¡Ay de mí! Hoy has de echarme a perder. ¿Qué es lo que tengo de her? Escóndete, Tosco, allí y mira que no te vea. Eso de ver o no ver él es el que lo ha de hacer. Salen LUDOVICO y el REY. [Aparte.] ¿Quién hay que tu intento crea? Alguna esperanza gano. ¿Enrico? A tus pies estoy. [Aparte.] ¡Que a ninguna parte voy, donde no tope este hermano! ¿Qué harás? Echarle de aquí. Será darle más sospechas. Causa habrá. ¡Bien te aprovechas de la lición que te di! Enrico, mucho me he holgado de hallarte agora. Señor, ¿en qué te sirvo? Mi amor parece que te ha llamado. El mío me trajo aquí. [Aparte.] Bien digo, amor me obligó. [Aparte.] Bien digo, amor te llamó para apartarte de mí. ¿Qué me mandas? Hoy confío de tu cordura un secreto y de mi gusto el efecto, de tu entendimiento fío. Teobaldo y la Infanta agora, la ocasión has de notar. ¿En fin, él se ha de casar con la Reina mi señora? Tratado está el casamiento y no efectuado en rigor. ¿Y será cierto, señor, el fin de tan justo intento? Yo tuviera gusto en esto y pienso que le tendrá. Sí, ¿mas sabes si se hará el casamiento tan presto? Si me dejases decir, el preguntar te excusara. Yo también, señor, callara, si me dejaras sentir. Por quitarte la ocasión de tantas preguntas fieras, quise, Enrico, que supieras de la Infanta la intención. Ve a hablarla y dila el intento, que para aquesto me obliga, que su voluntad te diga, su gusto y su pensamiento, que solo su gusto sigo en lo que quiero intentar y que si se ha de casar, que me responda, contigo. Tú con aquesto sabrás el fin de lo que procuro y yo estaré más seguro que no lo preguntarás. Bien el intento has fïado, señor, de mi amor fïel, porque ninguno más que él el saberlo ha deseado. Y ansí de la lealtad mía solo se puede fïar, que era solo preguntar lo mismo que yo sabía; y como al alma le toca, como tan propio tu gusto, por no preguntarlo, es justo que lo sepa de su boca. Yo iré a saberlo y me obligo ser feliz, si al preguntar si se pretende casar, te respondiere conmigo. Vase. ¿Fuese ya? Sí, ya se ha ido. Bien le supiste engañar. Vete, que aquí he de esperar en esta fuente escondido. Mira... Ya mi gusto es ley y no hay temor que me asombre. Mas ¡qué miro! ¿No es un hombre? [Aparte.] Mírame de zaino el Rey. ¿Quién eres? Tosco, señor. ¿Y el nombre? Tosco. ¿Qué quieres? Quiero lo que tú quisieres. ¡Traidor! Só Tosco traidor. ¿Qué haces? [Aparte.] (¡Muerto só! ¡Ay de mí!) Irme, que a esto he venido. ¿Y por qué te has escondido? ¿Cómo aquí entraste? Hoy vi el palacio y engañado de los ojos he venido hasta aquí, y me he escondido, porque mi amo me ha mandado que me escondiera de ti y fue porque no me vieras con aquestas pedorretas. ¿Quién es tu amo? [Aparte.] (¡Ay de mí! ¡Solo en verle me desmayo!) Enrico, que allá, señor, era Tosco labrador, y acá só Tosco lacayo. ¿No me ve que no me tapa esta capa la calcilla? Si otro es capa de capilla, esta es capilla de capa. Y siempre tan cortés hue que a ninguna se igualó, pues aunque me siente yo, ella se me queda en pie. ¿De Enrico eres? Lo seré, si no te disgustas desto. ¿Dónde está Estela? Muy presto con la respuesta vendré. No te has de ir sin que me digas en que está agora ocupada. Diré lo sin faltar nada, que eres rey y a mucho obrigas. Estela es coja y mulata, aunque tan branca la ves, zurda y tuerta, porque es el ojo izquierdo de prata. Seis dedos en una mano tiene y con tormento eterno, sabañones el invierno y suda mucho el verano. Una sarna la acompaña, tanto, que nunca la deja, y aunque aquesta es tacha vieja, tiene una potra tamaña. Los dientes, aunque esto pasa, señor, como cosa poca, son vecinos de su boca, que se mudan a otra casa. Estar trópica no es nada, teniendo tan gran barriga, que no hay nadie que no diga: «Doña Estela está preñada». Levanta una costilla hacia la mano derecha, aunque poco le aprovecha ponerse una almohadilla, con que llevará una cruz, pues queda sin cabellera que parece la mollera el huevo de un avestruz. Y cuando por su trabajo el moño se está poniendo, pienso que le está diciendo el cabello que está abajo: «Tú que me miras a mí mártir de rizado aseo, no te caigas, tente en ti, que cual tú te ves me vi, veraste como me veo». Y con esto, si me das licencia, me quiero ir, que yo volveré a decir cuatrocientas cosas más. Vete, que ya el alba hermosa, entre azucenas y lirios, baja a dar vida a las flores coronada de jacintos. Diosa de amor, Venus bella, si con mis quejas te obligo, por amante me socorre, ayúdame por rendido, escóndeme entre tus jaspes y acuérdate cuando hizo trofeos a tu hermosura, bello Adonis, Marte altivo. Escóndese el REY entre los ramos. Sale la INFANTA y ESTELA. ¿Qué te parece el jardín? Que adelantarse en él quiso el arte a lo natural, a lo propio el artificio. ¡Qué hermosamente se ofrece a la vista un laberinto de rosas, donde confuso vario se pierde el sentido! ¡Qué bien cruzan en las flores los arroyos cristalinos, que a las galas del abril son guarniciones de vidrio! Cuando de las fuentes bajan hacen verdes pasadizos de los cuadros, siendo espejo de esmeraldas guarnecidos. A Diana en esta fuente me parece que la miro, bañándose en los cristales de su perfección testigos. Y cuando inquietas las ondas de su movimiento miro, imaginándola viva, que ella las mueve imagino. Tan vivo el mármol parece que si ya no se ha movido, pienso que es porque en las ondas se está contemplando él mismo. No es la mejor esta fuente, aunque el cincel peregrino se esmeró en su perfección. Como nunca la había visto... Vesme tan de tarde en tarde... Que disculpes te suplico, esta culpa, si la tengo. Ven poco a poco conmigo hacia la fuente de Venus. Los ojos tan divertidos están en la variedad de la belleza que admiro, que en cada cuadro quisiera entretenerme. El rüido desta fuente me llevó el alma tras el oído. Parece melancolía. Triste estoy. Ese es indicio de amor. ¿Quieres bien, Estela? Bien puedes hablar conmigo. Dijéralo a ser verdad, mas ni quiero, ni he querido bien en mi vida. ¡Ay Estela! ¡Tan neciamente has vivido! Ven a la fuente de Venus, quizá viendo su artificio, te obligará a querer bien un Adonis escondido. [Aparte.] Ya Estela llega la fuente y yo trabado imagino varias máquinas, mas luego unas con otras olvido. Sale ENRICO y dice. [Aparte.] (Si mis labios, si mis ojos, con lágrimas y suspiros no doblan la esfera al viento y no hacen mares los ríos, poco sentimiento tengo, poco mi mal significo. Mas mi sentimiento es tanto, que me deja sin sentido. ¡Ay, Flérida! ¿Yo he de ser quien oiga de ti, yo mismo, la sentencia de tu boca? ¿Cuándo en el mundo se ha visto al inocente culpado dar sentencia sin delito? Mas es por darme en tu boca disimulado el castigo.) Buscando te vengo. [Aparte.] ¡Ay cielos! Al paso le salió Enrico. Con lo que pensé ausentarle es la causa con que vino. Escucha. [Aparte.] ¡Ay de mí! ¿Si acaso este mi amor ha entendido y se declarase agora estando el Rey escondido? Si no te han dicho mis ojos, Flérida, si no te han dicho mi turbación lo que veo... [Aparte.] Él se declara conmigo. Escúchame atento un rato. El Rey... [Aparte.] ¡Ay cielo divino! Por el Rey turbado empieza. ¿Qué puede haber sucedido? El Rey trata de casarte y por honrarme a mí, quiso, [Aparte.] (o por matarme), que yo te diese el dichoso aviso. Díjome que yo supiese [Aparte.] el cielo quiere que sea de mis desdichas testigo. [Aparte.] (Él se declara, ¿qué haré? Si donde está el Rey le digo, será darle más sospechas y es fuerza atajarle.) Enrico, si el Rey pretende casarme... Óyeme. Ya te entendido. Dirasle al Rey que no tengo más gusto que su albedrío. ¿Eso respondes? ¡Ay cielos! ¡Cómo no pierdo el sentido! ¿Y sabes ya que es Teobaldo el que te dan por marido? Ya lo sé. Pues ya, señora, del Rey el recado he dicho y soy otro del que era, escucha un recado mío. Esta flor... [Aparte.] ( El Rey lo escucha, ¿qué he de hacer?) Vente conmigo, Enrico, si hablarme quieres. Pues, Estela, yo te pido, por ser negocio que importa, te quedes aquí. En el rico adorno de aquesta fuente, que con bellos artificios de cristal riega las rosas de esmeraldas guarnecidas, me hallarás entretenida. [Aparte.] Ninguna cosa he entendido, sino rey y casamiento, que la está hablando imagino en lo que yo le mandé. Mas ya con discreto aviso se va apartando la Infanta llevándole divertido, y deja a Estela. ¡Qué ingenio iguala al suyo divino! Aquí me puedes hablar que estamos solos. Pues digo que esta flor, a quien abril dio color, aunque marchito con el fuego de mis ojos y el llanto de mis suspiros, es tuya y será razón, que prenda que tuya ha sido solamente la merezca quien es de tu mano digno. Dala a Teobaldo, que yo no soy tan desvanecido que me juzgue digno della. Y pues de tu boca he oído que quieres casarte, toma la flor, en cuyos hechizos el alma bebió el veneno que ha de quitarme el jüicio. Esta flor te di, es verdad, por señas de que ella ha sido quien claramente mi agravio y tu atrevimiento ha dicho. ¿No te dije que la dieras a aquella en cuyo servicio te mostrabas tan amante? Pues ¿cómo te has atrevido a dármela a mí, si della tu atrevimiento adivino? Si había de verla en tu dama, ¿cómo en mis manos la miro? ¡Qué buena ocasión te ha dado el casamiento fingido para volvérmela! Mira, señora, que nada finjo. ¿Tú me dices que me quieres? Yo, Flérida, no lo digo. Pero si ansí lo entendiste, señora, lo dicho dicho. Vanse. [Aparte.] Ya se perdieron de vista. ¡Oh qué bien la Infanta hizo en apartarle de aquí! Sobre molduras y frisos hermosas basas se asientan de mármol y jaspes lisos. [Aparte.] Allí entre aquellos laureles parece que hacen ruido y es el Rey, que por las redes de los jazmines le he visto. Disimular me conviene y pues me escucha ofendido, direle mi sentimiento, como que a Venus le digo.) Hermosa madre de amor, que aun entre mármoles fríos gozas de Adonis los brazos, con tantos nudos lascivos. Dile, que ese niño Dios, si te obedece por hijo, que yo sola, a su pesar, de sus engaños me libro. Porque si fuera posible, que me quisiera el Rey mismo, si el Rey quisiera intentar cosa contra el honor mío, que no es posible que ofenda al honor más claro y limpio. Al mismo Rey le dijera, que en más que su Reino estimo, y más que el mundo, mi honor. Sale el REY. [Aparte.] (Parece que habla conmigo, ya no parece la Infanta.) Si a un mármol helado y frío cuentas tus males, escucha pues eres mármol, los míos. Escucha, Estela, mis quejas, no diga el amor que has sido tú conmigo más ingrata, que lo es un mármol contigo. ¿No tienen amor las flores? ¿No es este cárdeno lirio el que en las selvas de Arcadia fue enamorado Jacinto? ¿No es eclipse esta flor del sol, y este ciprés Cipariso? ¿No es Adonis esta planta, y este narciso, Narciso? Pues si en la tierra las flores, si los peces en los ríos aman, ¿para qué te precias de libre con pecho altivo? Mira que es en el soberbio siempre mayor el castigo. Porque de mí no se queje, ni culpe el intento mío, Vuestra Majestad, señor, que me escuche le suplico. Si es culparme ya bastan tus enojos. No culpes tú mi amor, culpa tus ojos, ellos la caüsa han sido, solo por adorallos me he perdido. Si Vuestra Majestad verme quería, ¿por qué más descubierto no venía? No se encubriera, si mi amor buscara, que nunca el que hizo bien huye la cara, que ningún bien ha habido, que no guste de ser agradecido. [Aparte.] Estela, el que deseo. Suelta la mano. Si en mis labios veo su nieve hermosa y bella. Suelta. Tápame con ella la boca y callaré. Sale ENRICO. Fuese ofendida, Flérida bella y yo quedé sin vida. Y si alguna tuviera, pienso que en este instante la perdiera. ¿Qué es lo que miro? ¡Cielos! ¿Si en los celos de amor da el honor celos? Pero erraron los labios, que estos ya no son celos, sino agravios. Suelta, suelta la mano, que viene, ¡ay de mí triste!, allí mi hermano. Mal mi pena resisto. [Aparte.] ¡Oh quién no hubiera visto su agravio! Mas si es grave infamia en el honor, ¿quién no la sabe? pues tan injustamente culpa el mundo también al inocente. ¡Tirana ley!, doblada infamia hallara, si, mirando mi agravio, me tornara. Tu Majestad se esconda. Yo no puedo, amor pudo esconderme, mas no el miedo. Escóndete por mí. Solo pudiera. ese ruego alcanzar que me escondiera. Escóndese. [Aparte.] (El Rey se ha retirado, confesose culpado, ya que de la razón la füerza hallo, pues teme el Rey a tan leal vasallo. ¿Que el Rey, que el Rey ha sido? Otro no fuera. Pero ¿soy marido? Sí, que no está casada, corte la lengua donde no la espada.) Hermana, ¿qué miras en estas fuentes, con tantos artificios diferentes, mármores y figuras? Estaba contemplando sus pinturas. Es propio de los Reyes estas grandezas tales. Bultos hay que parecen naturales, uno vi, que quisiera... [Aparte.] Yo pienso, hermana, que el mejor no has visto, llega y verasle. [Aparte.] ¡Ay cielos! Él se atreve a descubrir al Rey y él no se mueve. Este es del Rey tan natural retrato que siempre que su imagen considero, llego a verle quitándome el sombrero con la rodilla en tierra. Y si el Rey me ofendiera, de suerte que en la honra me tocara, viniera a este retrato y me quejara y entonces le dijera, que tan cristianos reyes, no han de romper el límite a las leyes, que miraste que tiene sus Estados, quizá por mis mayores conservados, con tu sangre adquiridos, también ganados, como defendidos. ¡Qué arrogante y soberbio atrevimiento! Ya a mi cólera falta sufrimiento. Sale TEOBALDO y LUDOVICO. Aquí está el Rey. [Aparte.] ¡Ay cielos! Vengo a morir donde me matan celos. Aqueste atrevimiento tuyo ha sido. Fuiste desvergonzado y atrevido. Dale un bofetón. Ofenderme pudiste, no afrentarme y pues en ti no puedo, que eres mi rey, vengarme, satisfaré mi ofensa en los testigos. Todos somos, Enrico, tus amigos. Saca la espada y hiere a TEOBALDO. ¡Oye Enrico! ¡Ay de mí triste! ¡Muere, infeliz, pues mi desdicha viste! ¿Tú para mí la espada? Rendida está a tus plantas y arrojada, no quiera el cielo que en tu ofensa sea, ni que infame se vea con tu sangre manchada. Si ofenderme pudieras, mi agravio hubiera sido solamente el haberme defendido. Un rayo he sido de arrogancia lleno, que en mi rostro causó tu mano el trueno y respondiendo el fuego de mi pecho, le dejé en otra muerte satisfecho. Un arcabuz, cuando la llama toca, el fuego le responde por la boca. Diste a mi rostro el fuego y rebentó por los sentidos luego. No puede, aunque bárbaro, inhumano detuviese la mano. Mas ya que tales mis desdichas fueron, pude hacer atrevido que no las digan ya los que las vieron, que si la sangre lava esta desdicha brava, eres mi rey, no puede con la tuya, y fue fuerza lavarla con la suya. No puedes afrentarme y esto ha sido, señor, haberme dado más honor. Que si haberle defendido, a ejecución tan bárbara obligado, ninguno mi desdicha habrá sabido que no sepa primero por qué ha sido y que aquesto me obliga a ser honrado. Sale el CONDE. ¿Quién a Teobaldo hirió, señor? ¿Qué es esto? ¿Pues Vuestra Majestad tan descompuesto, con la mano en la espada y la de Enrico, ¡ay cielos!, toda ensangrentada? Enrico hirió a Teobaldo. Sustanciad el delito y castigadlo. Vase. Pues Enrico, ¿qué es esto? Es la desdicha en que el honor me ha puesto. Yo, Enrico, he de prenderte. Piadoso juez serás en darme muerte. No he de saber qué ha sido ni ha pasado, que no quiero escucharte apasionado. Ven preso. Ya lo estoy. Y yo estoy loco. Contra el poder, honor importa poco. Jornada III Salen LUDOVICO, ENRICO y TOSCO villano. El obedecer es ley, por su mandado he venido. ¡Gracias al cielo que ha sido en algo piadoso el Rey! Mandome que yo asistiese y no sé con qué ocasión, a vuestra injusta prisión, y que vuestro alcaide fuese. Sabe Dios si me ha pesado de daros este pesar. Mas no me puedo excusar. Su Majestad ha mandado, que mientras estéis ansí, ninguna persona os vea, que solo un crïado sea quien os acompañe aquí, y que este no salga fuera. Sino que, juntos los dos, tan preso esté como vós. Preguntar, señor, quisiera, ¿qué delito cometí, para que su Jamestá con tanta regulidá se acuerda también de mí? ¿Para qué me quiere preso? A ser mi hermana muy bella yo sirviera al Rey con ella, sin enojarme por eso. Si Enrico se descubrió, estando escondido allí, también me descubrió a mí y no tomé enojo yo. Pues no es bien que desa suerte, vós mismo os quitéis la vida. Ella fuera bien perdida y bien hallada mi muerte, cuando a este punto viniera, que el temor no me acobarda. Pero presumo que tarda, por no serme lisonjera. El jüez más riguroso, que habéis, Enrico, tenido, es vuestro padre. Y ha sido en eso padre piadoso. Ya Teobaldo de la herida convaleció y ha quedado con salud. Hubiera dado, en albricias de su vida, la que no tengo. Con esto y con que mañana ha de ir Estela misma a pedir vuestra vida al Rey, supuesto que sin riesgo alguno está, será fácil el perdón. ¿De qué los extremos son? Faltó el sufrimiento ya. ¿A pedir mi vida ha de ir, Estela, al Rey sin mirar lo que se obliga a pagar, quien facilita el pedir? ¡Ay Ludovico! ¡Ay amigo! ¡Quién estorbarla pudiera, que ni le hablara, ni viera! Si hay remedio, yo me obligo ayudar tan justo intento. ¿Qué remedio puede haber, si no es...? Mas no puede ser. ¿Por qué? Yo también lo siento. Pedid: ¿qué queréis que os doy palabra de hacer aquí cuanto quisiereis de mí? Pues que tan dichoso soy, que aquese consuelo gana la pena mía; tomad aquesta llave y entrad en el cuarto de mi hermana, ella os abrirá la puerta. Y mirad, que de vós fío no menos que el honor mío, con esperanza muy cierta de que miraréis por él y decid que no le pida mi vida al Rey, que mi vida será muerte más crüel, si ella a pedirla ha de ir, que no sé cómo ha de hallar dificultad para dar quien facilita el pedir. No os cause injusto temor el de mi seguridad, fïad, pues, la libertad, de quien os fía el honor. Pues no es mucho, cuando pasa doblada la obligación, que vós abráis la prisión, a quien os abre la casa. ¿De qué os habéis suspendido? ¿En qué estáis imaginando? Sin duda que estáis pensando, que es mucho lo que he pedido, pues no lo hagáis y no estéis triste. Mientras Ludovico piensa y repiensa, os suplico, señor, que a mí me escuchéis. Si con tan necia porfía, te cansa tu vida a ti, déjame vivir a mí, que aún no me cansa la mía. Si ya tu vida perdida, no quieres que medio haya, déjala a Estela que vaya a pedir al Rey mi vida. Diga Estela al Rey que yo só Tosco de buena ley. Si tú descubriste al Rey, él a mí me descubrió. Que esto por aquello sea y estemos en paz. [Aparte.] ¡Hay cosa en amar más venturosa! ¿Quién hay que mis dichas crea? Hoy no solamente gano la ocasión que he pretendido. Pero tan dichoso he sido, que me la ofrece su hermano. Y en tanta gloria me veo, cuando él me llega a rogar, que la tengo de obligar con lo mismo que deseo.) Enrico, lo que he pensado, no es haberos ofendido, que ni mi daño he temido, ni vuestro honor he dudado. Yo iré, porque no penséis, que fue temor o dudar, las guardas he de quitar. Con eso me las ponéis, que la confïanza es prisión del alma. Las puertas todas se quedan abiertas. Tomad esa llave, pues, y decid que si rendida a pedir mi vida ha de ir, porque no haya que pedir, yo me quitaré la vida. Yo le diré que el honor más que la vida estimáis. Vos pienso que me le dais. Vase LUDOVICO. Ya se fue. Solos estamos y de par en par las puertas, sin guardas están y abiertas. Pues ¿qué quieres? Que nos vamos. ¡Viven los cielos, villano, bajo, vil, que si no fuera afrenta mía, te diera hoy la muerte con mi mano! ¿Yo ofender, siendo testigo el mundo, tanto valor, la confïanza al honor y la lealtad a un amigo? ¿Ese consuelo me ofreces? ¿Aqueso me has de decir? Sí, señor, porque el morir, no es burla para dos veces. Sale la INFANTA, con hábito de hombre, de noche. Pasos de un amor cobarde y de un ánimo valiente, sin luz guiados. ¿Adónde me llevas de aquesta suerte? ¿Ansí imposibles se allanan? ¿Ansí respetos se pierden? ¿Ansí honras se atropellan y obligaciones se vencen? Mas ¡ay, que el amor vencido, tan ajeno de sí viene, a dar a un cuerpo dos vidas, que una es suya y otra debe! ¡Sin guardas están las puertas y abiertas todas! ¿Qué puede haber sucedido? Aquí hay luz y con ella gente. Quiero llegar. ¿Es Enrico? Helo sido, que el que muere ya no es, porque la vida no es vida cuando es tan breve. Enrico. [Aparte.] No habla conmigo, porque Enrico solamente ha dicho: ¡Plegue a los cielos que nunca de mí se acuerde! Lo primero que has de hacer es que no has de responderme, ni preguntarme mi nombre. [Aparte.] Castillo encantado es este. Si esta palabra me das, diré a lo que vengo. Excede mi confusión a mi espanto. Pues ¿qué puede haber que intentes callando el nombre y guardando el rostro? Si acaso vienes a darme muerte y te encubres por blasonar de clemente, palabra te doy aquí de no querer conocerte, aunque me importe la vida. [Aparte.] ¡Por San Pito, que parecen aventuras, que en los montes a los andantes suceden! Mas no va hasta aquí muy malo, pues no hay quien de mí se acuerde. Ya, Enrico, que del valor estoy satisfecho, advierte de una amistad el ejemplo en el peligro más fuerte. Toma dineros y joyas, bastante para ponerte en el reino más extraño, que ve el sol desde el Oriente. A la puerta del castillo está un caballo que excede al viento en la ligereza y el temor hará que vuele. Sin guardas están las puertas y cuando muchas tuviese, no temas, que al son del oro las más vigilantes duermen. Vete, pues y quiera el cielo, que algún día más alegre, pues debo lo que te pago, me pagues lo que me debes. [Aparte.] ¡Vive Cristo, que el mancebo el tiple a la voz suspende sin acordarse de mí! Yo apostaré que no tiene ni un borrico para Tosco. Ya Enrico del sueño vuelve, veamos qué le responde. Mas, ¿qué dice que no quiere? Si supiera a qué venías, no ofreciera neciamente la palabra, porque solo deseo saber quién eres, que arguye poca nobleza y casi infame procede, quien satisfecho no obliga y obligado no agradece. ¿Cuándo en el mundo se vea encubrirse? Quien ofende se encubre, quien hace bien, casi imposible parece. Pero respondiendo agora, perdóname, si se atreve mi respeto a tu amistad, porque es forzoso ofenderte. Con seguras confïanzas preso un amigo me tiene, que la libertad del alma son las prisiones más fuertes. No puedo romper la fe y aun es bien, que consideres, que no puede ser traidor quien tiene amigos tan fieles. Él la libertad me fía, tú la libertad me ofreces y acudir al mayor daño es menor inconveniente. Vete y déjame rendido en las manos de la muerte, que ya me sobran los males, cuando no aceto los bienes. Pero si noble y piadoso darme la vida pretendes, con más lícitos favores y con medios más decentes, busca a Teobaldo y dirasle que noble y piadosamente le pida mi vida al Rey, que mire, que considere, que fue error quien me obligó, regido el brazo dos veces del agravio y de los celos. Que si este rigor suspendes, harás, que el tiempo te alabe, que la fama te celebre, que la memoria retenga y el olvido te respete. [Aparte.] ¿No lo dije yo? ¡Que haya hombre tan impertinente, que no tan sola la vida, pero que el oro desprecie! Enrico, si tú supieras lo que a pedirme te atreves, sospecho, que te pesara. Mas la que tan noble quieres corresponder al honor, pues sabes lo que me debes, una palabra has de darme. Ya mi discurso previene imposibles y el mayor llano y fácil me parece. ¿Pero qué puedes pedir a un hombre que apenas tiene vida? [Aparte.] ¿Y a un hombre que está sin tabardillo a la muerte? Que si acaso te perdona el Rey y libre te vieres, no has de serme nunca ingrato. Más que me obligas, me ofendes. ¿Esa palabra me das con la mano? Y si rompiere la fe que te juro, el cielo me falte, mas tú... ¿Qué sientes? No sé, no sé qué blandura, qué suavidad diferente de la mía está en tu mano, con que los sentidos mueve, pues siendo de fuego el tacto, ¡es a la vista de nieve! Tu presencia me enamora, tus razones me suspenden, tu entendimiento me alegra y me regocija el verte, sino temiera enojarte, dijera, que era... ¡Detente! ¿Conócesme ya? Sí y no. Que no sé qué responderte. Enrico, Flérida soy, que ahora vengo a ofrecerte el fruto de aquella flor, siempre en mi esperanza alegre. No te espantes deste extremo, que si un amor se resuelve, no hay respeto que no venza, temores que no atropelle. Mira lo que quieres más, o que a Teobaldo le ruegue, que pida tu vida al Rey. Cuanto antes que te viese no conocerte sentía, siento ahora el conocerte. Ya no paga mi lealtad la que a Ludovico debe, sino la que debe al Rey, siempre leal, noble siempre. Si al servir al Rey mi hermana en tal peligro me tiene, ¿con qué razones pudiera a la del Rey atreverme? ¡Bueno fuera que quisiera tan en mi favor las leyes, que las observase el Rey para que yo las rompiese! Vete Flérida y el cielo tanto tus gustos aumente, que pensiones de tu justo sean mayores placeres. Teobaldo te goce, ¡ay cielos!, pues él solo te merece, cuando envidioso en tus brazos con mil regalos alegres, como marido te estime, como galante requiebre, que yo envidioso y contento mientras espero mi muerte, solamente lloraré hallarte para perderte. No te arrepientas después, mira Enrico, que no vuelve la ocasión a quien la deja, ni la halla quien la pierde. Quien desprecia enamorado es que no estima o no quiere, no hagas del favor desprecio, mira que me voy. Pues vete. Enrico, adiós. Él te guarde. ¡Ah señor, que no hay, advierte dos infantas, ni dos vidas! ¿Que no me llamas? ¿Que vuelves? Pues aunque me llames ya, no tengo de responderte. Vase. Yo nunca te llamaré. ¿Fuese ya Flérida? Fuese. ¡Oye, Flérida! A buena hora. ¡Ay honor, lo que me debes! Dos vidas quisiste darme, porque dos vidas me cuestes. Vanse. Salen el CONDE y ESTELA. Solo tu quietud procuro, pues viéndote el Rey casada, estarás más respetada, y tu valor más seguro. Porque si tu hermano ha sido quien guardó tu honor, es llano que la ausencia de un hermano podrá suplir un marido. Su padre he sido y jüez, porque en confusión tan fiera, primero mil veces muera para matarle una vez. Aumente mi pena el llanto, pues él aumenta el dolor, la vida costáis honor, no sé yo si valéis tanto. Un nuevo aliento me llama, para dar con mayor gloria, dilatando mi memoria, eterno asunto a la fama. Ireme a los pies del Rey, a ver si puedo ofendida romper, pidiendo su vida los límites a la ley. Mas si el Rey airado y fuerte rompiere los de la fe, con mis manos me daré en su presencia la muerte. De tu valor satisfecho, solo puedo en trance tal, dar la sangre y el puñal, pero tú la vida y pecho. Y estos extremos no son contra el valor que en ti veo, que la justicia deseo, pero no la ejecución. Vase. Afligido pensamiento, que en tan confusos enojos, haciendo lenguas los ojos, decís vuestro sentimiento. ¿Qué es lo que busco?, ¿qué intento cuando del Rey ofendida, me quita el llanto la vida? ¡Cielos!, ¿cómo puede ser que haya en el mundo mujer, que llore el verse querida? Casarme mi padre intenta para resistir mejor al Rey; porque el honor con mayores fuerzas sienta menos el peso al afrenta. Pero no ha considerado, que en tan felice estado son sus deseos perdidos; porque muchos ofendidos son menos que un agraviado. A Ludovico quisiera, sin saber cómo avisar, que me pretenden casar, porque él el primero fuera, que a mi padre me pidiera, que si tanto amor ha sido verdadero y no fingido, las finezas que él hacía cuando amante me ofendía, podrá obligarme marido. Sale LUDOVICO. [Aparte.] Hasta su cuarto he llegado, según las señas que veo, guiado de mi deseo y de la noche ayudado. Hoy mi amor se ha levantado a la mayor esperanza, ¡mas siento en mí una mudanza!, que quisiera haber venido, si amor me hubiera traído, pero no la confïanza. La ocasión que en mí se emplea, ya me acobarda y anima y pienso que no se estima, porque ya no se desea. Mi valor es bien se vea. Estela es esta. ¡Ay de mí! ¡Ay cielos! ¿Quién está aquí? No te alborotes. ¿Quién eres? ¿No me conoces? ¿Qué quieres? ¿No eres Ludovico? Sí. Sin duda que te ofrece formado el pensamiento, puesto que imaginado, parece que te veo. ¿Pues cómo te atreviste a entrar aquí, rompiendo las puertas a mi cuarto y a la noche el silencio? Escucha Estela, escucha, sabrás a lo que vengo y verás que te obligo, si piensas que te ofendo. Tu hermano me ha traído que aqueste atrevimiento dice la confïanza que a su amistad le debo. Él hizo que viniera a decir que primero que le pidas tu vida al Rey airado y fiero, dará cüello a un lazo, un puñal a su pecho. Que jamás al Rey hables, que morirá contento, sin que su vida compres con tu honor. Y con esto quédate satisfecha de que me voy huyendo, porque el amor no venza la lealtad y el respeto. Escucha, Ludovico. Perdona, que no puedo, que no vengo a escucharte, a hablarte solo vengo. Sabe amor, si me pesa de la ocasión que pierdo, mas donde honor es más es el amor lo menos. Vase. Ludovico, no hagas de la ocasión desprecio, que nunca a quien la deja volvió el suelto cabello. Mujer es la ocasión y ansí nos parecemos, rogadas despreciamos, despreciadas queremos. En estas confusiones, no sé lo que sospecho, que a lo que amor no pudo, me obliga el sentimiento. ¡Qué villanas que somos, pues para hacer extremos, no bastaron finezas lo que pudo un desprecio! Mas temeroso Enrico de mi valor, ha puesto duda en la confïanza y en la constancia miedo. Iré a los pies del Rey, porque vea que tengo valor para intentar el más heroico hecho, que la fama publique, que solemnice el tiempo, que respete el olvido, que siempre juzgue el suelo, que la tierra sustente, que alumbre ardiente el cielo, que comunique el mar y que suspenda el viento. Vase. Salen la INFANTA y TEOBALDO. Aquesto has de hacer por mí. Verás cómo al Rey suplico que le dé la vida a Enrico, pues ha de vivir por ti. Que si el perdonar ha sido debida y piadosa ley y solo a pedirlo al Rey de aquesta suerte he venido, en confusiones tan fieras, como mi amor advirtió, quisiera pedirla yo y que tú no la pidieras. Débole a Enrico la vida. Pues bien es que satisfagas, si lo que debes le pagas. Ha de ser encarecida con el Rey la petición. Y tú misma la verás, puesto que presente estás. Él llega a buena ocasión. No sé qué llego a sentir, que, si mi temor repara, quisiera que el Rey negara lo que le llego a pedir. Vuestra Majestad, señor, me dé por ventura tanta a besar los pies. Sale el REY. Levanta, ¿Cómo te sientes? Mejor. Que pensé he convalecido y por solo haber llegado a tus pies, se ha adelantado la salud. ¿Qué ha sucedido? Álzate del suelo y di, ¿qué quieres? Hasta tener lo que pido, me has de ver rendido a tus pies ansí. Una cólera, señor, nunca previene razones, ni son suyas las acciones y más tocando al honor. Cuando está más disculpado, si de sentimiento lleno, vive a la razón ajeno y a la prevención negado. Y pues te suplica ya, quien más agraviado es, señor, que la vida des, ¿mira Enrico? ¿Bien está? Yo, señor, agradecida en tan trágicos enojos, con lágrimas de mis ojos vengo a pedirte una vida. Testigo fuiste, señor, cuando con valientes modos, desamparándome todos, me dio vida su valor. Justo será que le dé, teniendo por mí el perdón, la suya en satisfación, ¿mira Enrico? Ya lo sé. Licencia el honor te dio, si no es que de ti te olvidas, para que su vida pidas, para que le llores no. Sale LUDOVICO. Una dama a quien el manto cubre el rostro y cuya voz, con suspiros divididos rompe el viento con temor, a solas te quiere hablar. Dejadme solo. [Aparte.] ¡Ay amor! ¡Lo que me debes me pagas! ¡Amorosa confusión! Vase. [Aparte.] Si ya creíste los celos, ¿por qué dudas el rigor? Ya en la sala entra la dama. Sale ESTELA con un manto. Sombra que de luz vistió este cuarto, aunque eclipsado su divino resplandor. ¿Quién eres que el alma alegre palpitando el corazón, ella se viene a la boca y él se previene a la voz? ¿Qué quieres? ¿A qué veniste? Que viendo por nube el sol, su tristeza me entristece, deme dolor su dolor. ¿Por qué los rayos escondes? Dime, ¿quién eres? Descúbrese. Yo soy. Tú solamente pudieras causar tal admiración al alma, que como tuya, sin verte te conoció. Y como la imagen eres a quien se rinde el amor, por la fe detrás del velo, como deidad te adoró. ¡Ay Estela! ¿Más que el ruego, pudo vencerte el rigor, la amenaza más que el llanto, más que el alma la pasión? ¿Tanto luto para un vivo? Si no es que yo el muerto soy, que de tus ojos, Estela, es el milagro mayor. Por la vida de tu hermano vienes, que es justa razón, que se la dé humilde, quien soberbia se le quitó. En tu mano está su vida, escoge, pues tengo yo la justicia en la una mano y en la otra mano el perdón. No soy Rey de Inglaterra, tu rey y tu amante soy y he de vencer con rigores, lo que con regalos no. ¿Cómo podrás defenderte? Solos estamos los dos, hasta aquí el rigor fue cuerdo, pero ya es necio el rigor. Eduardo generoso, Tercero de Inglaterra, de las tres lucientes rosas, luz, norte, amparo y defensa. Tú, que en alas de la fama siempre celebrado vuelas, ocupando en tus memorias, voz, aplauso, trompa y lengua. Yo soy Estela infelice y de Salveric Condesa, por heredar de mi casa nombre, honor, lustre y nobleza. En Salveric retirada viví, donde la aspereza en la soledad me dieron, prados, montes, valles, selvas. Vísteme en el campo un día, ¡pluguiera a Dios no me vieras, o que allí fuera a tus ojos áspid, bruto, tigre o fiera! ¡Negárame el sol la luz y sepultándome en ella, fuera el claro día noche, parda, obscura, triste y negra! Desde aquel punto empezaste a hacer amorosas muestras, resistiendo con honor, gusto, amor, poder y fuerza. ¿Qué peña en el viento sorda? ¿Qué roca en el mar opuesta a soplos y olas, que libres baten, gimen, braman, suenan como yo a suspiros tuyos, como yo a lágrimas tiernas he sido, y al agua y viento, risco, monte, roca y peña? ¿Qué esperanzas tienes mías, para que ansí te prometas menos rigor? Pues porque veas, notes, oigas, sepas que la vida de mi hermano no es bastante a que yo pierda un átomo de honor, siendo pasmo, horror, miedo y tragedia. Con este acero que miras me daré muerte yo mesma, si acaso la afrenta mía buscas, quieres, ves e intentas. Si tienes hoy en tus manos la justicia y la clemencia y buscas para su agravio muerte, horror, miedo y afrenta, yo también tengo en las mías, con resolución más cierta, viviendo y muriendo honrada, vida, honor, lauro y defensa. Yo por la vida de Enrico vine o a volver sin ella, puesto que ha sido la mía, culpa, causa, miedo y pena. Para que la alma infelice, en su misma sangre envuelta, pida justicia, bañando fuego, viento, mar y tierra. Y conmoviendo a piedad, siendo sola su inocencia y en cada gota mezclando voz, gemido, llanto y pena. Porque en poblado los hombres, porque en el monte las fieras, porque en el aire las aves, cielo, sol, luna y estrellas, aves, peces, brutos, gentes, astros, signos y planetas, digan, vean y publiquen, oigan, miren, noten, sepan, que hay honor contra el poder, que hay industria contra fuerza y que hay en mujeres nobles vida, honor, lauro y defensa. Esconde, Estela, el riguroso acero, no te vean con él, que hacer espero inmortal esta hazaña. ¿Quién está aquí? ¡Severidad extraña! Salen LUDOVICO, la INFANTA y TEOBALDO. ¿Qué mandas? Ludovico, llámame al Conde, tú Teobaldo a Enrico. [Aparte.] ¡Estela con el Rey! Ya sus enojos claros se ven en los airados ojos. [Aparte.] ¡Que una mujer ha sido tan noble, que el poder haya vencido! Callen Porcia y Lucrecia, que ofendidas despreciaron las vidas. Pero no desta suerte, por honor se atrevieron a la muerte. Yo solamente he sido, quien vencedor se coronó vencido. Salen LUDOVICO y el CONDE por una puerta y por otra TEOBALDO, ENRICO y TOSCO villano. Vós, Teobaldo, ¿venís por mí? Quisiera ser quien la vida y libertad os diera. Llama el Rey. ¿Qué hay de nuevo, Ludovico? Aquí está el Conde ya. Y aquí está Enrico. Si a escuchar mi sentencia me has traído, habiéndote de ver, piadosa ha sido, pues la piedad declara, que nadie muere viendo al rey la cara. Yo también quiero vella, por no morir. Por cierto que es muy bella. [Aparte.] Su Majestad se sienta y a su lado la Infanta. [Aparte.] El Rey airado, ¡con gravedad admira! severo y grave a todas partes mira. Caballeros, mis deudos y vasallos, leales, nobles y amigos, a vuestro bien habéis de ser testigos, pues por satisfaceros tantas hazañas, que en el mundo han sido término al tiempo, límite al olvido, hoy quiero lisonjearos, con una reina, que pretendo daros. Estela es quien merece partir conmigo la Imperial Corona, que luciente en mis sienes resplandece, porque veáis en tan felice estado, vencido mi poder, su honor laureado. No repliquéis, sentaos en esta silla, que es solo merecisteis ocupalla, siendo del mundo espanto y maravilla. No merezco esos pies. Y cuando fuera del mundo emperador, lo mismo fuera. Pues a mi Reina quiero besar la mano, siendo yo el primero que le dé la obediencia. Y todos esperamos tu licencia, para deciros ya con voz altiva, ¡Viva Edüardo con Estela, viva! ¿Pues no llegáis, Enrico? No he llegado, que ninguno a su rey mira culpado, mas si culpa en mi inocencia abonas, yo llegaré contento, pues con darme licencia, me perdonas. En días de mis bodas, quiero que sean alegrías todas. Dé Flérida la mano a Teobaldo. Yo soy quien gano. Pues, ¿no es bien que te asombre mano de quien lloró por otro hombre? Yo la culpa he tenido. Y licencia te pido para darla, señor, a quien me ha dado causa de que por él haya llorado. Yo la doy y contento de que así queda satisfecho Enrico. Que me dejes besar tus pies suplico, porque a tus plantas puesto, poder, amor y honor den fin con esto.