Un Castigo En Tres Venganzas Comedia Famosa HABLAN EN ELLA LAS PERSONAS SIGUIENTES: FEDERICO, GALÁN. FLOR, DAMA. ENRIQUE. FLÉRIDA. CLOTALDO. LAURA, CRIADA. DUQUE DE BORGOÑA. FLORO, VEJETE. MANFREDO, VIEJO. DOS MONTEROS. BECOQUÍN. UN CRIADO DEL DUQUE. Jornada Primera Salen el Duque, Enrique, de camino, Manfredo, Federico y Clotaldo. Vengas con bien, Enrique, donde sean digno laurel de tu valor mis brazos, cuando ceñir sobre tu cuello vean fáciles nudos con ilustres lazos. Mal, Carlos invictísimo, se emplean en tronco tan inútil los abrazos tan nobles. No malogres dichas tantas, pues basta que me admitas a tus plantas, donde, nadando en piélagos de fuego, donde, volando en círculos de plata, humilde rayo de tu esfera llego, en quien el sol su resplandor retrata. Pues, ¿qué hay del duque de Sajonia? Luego que oyó de mí lo que tu imperio trata, segunda vez las armas apercibe y con grande secreto esta te escribe. Dale un papel. Lee. A Carlos de Borgoña, el Justiciero. Con buenas señas viene el sobrescrito, que el Justiciero soy, cuyo severo blasón a mis anales solicito. Ver lo que mi enemigo dice quiero. La nema rompo, la cubierta quito, Lee para sí. y ya veo, entre penas y entre enojos, que es la tinta veneno de los ojos. Extraño caso, y tan extraño caso, que una y mil veces le repito y veo, y cuanto más por él los ojos paso, menos fuerza le doy, menos le creo, si bien en rabia y cólera me abraso de ver que allá se sepa mi deseo, siendo así que los cinco que aquí estamos, solos lo dispusimos y tratamos. Enrique es mi sobrino y no pudiera en mi sangre caber alevosía; Manfredo me ha criado, verdadera es su fe que excedió la luz del día; Clotaldo es el Atlante de esta esfera, porque él es toda la privanza mía; Federico, prudente y atrevido, en la paz y en la guerra me ha servido. ¿Qué haré? Si me declaro aquí, el respeto le pierdo a mi valor; si sufro y callo, daré con la omisión fuerza al efeto de un falso amigo, de un traidor vasallo. Solo esta vez dañar pudo el secreto. Quiérome declarar por ver si hallo desengaño teniéndolos delante, que la muestra del pecho es el semblante. En confusión la carta al Duque ha puesto. Grande la pena es, pues él suspira. Nunca a Carlos le vi tan descompuesto. Con notable atención vuelve y nos mira. Señor excelentísimo, ¿qué es esto? A todos nos suspende y nos admira ver en vos tal afecto de tristeza. ¿Con lágrimas responde vuestra alteza? No os espantéis, Manfredo, de haber visto en mí tal sentimiento, porque es fuerza que hoy la severidad que no resisto, el uso altere y el estilo tuerza. No es temor de las gentes que conquisto el que mi pecho a tal extremo esfuerza. Causa hay mayor, mayor desdicha sigo. Pues, ¿qué tenéis señor? Perdí un amigo. ¿Es muerto el duque de Austria? No, Manfredo, ni este amigo murió, que si muriera menos dolor me diera, menos miedo, saber que le gané en mejor esfera. Por lo que triste yo y confuso quedo es porque le he perdido sin que él muera. Ved la carta, veréis mi sentimiento. (Y yo mis penas, a los cuatro atento.) Lee Manfredo. «Avisado he sido de que Vuestra Alteza pasa por tierras mías a verse con su sobrino el duque de Austria para hacer liga contra mí, y que podré prenderle en el camino. Yo no he querido deberle a ajena deslealtad lo que puedo al proprio valor, y así aviso a Vuestra Alteza que mire de quién se fía, y pues es de enemigo tome el primer consejo. Dios guarde a Vuestra Alteza. El duque de Sajonia.» Esto dice la carta. Extraño caso. ¡Vive Dios si supiera...! (Yo estoy muerto.) (Cuando las señas examino y paso, cuatro semblantes en los cuatro advierto: Manfredo la leyó sin hacer caso; Enrique queda del suceso incierto; Federico colérico se ofende; Clotaldo se suspende y se suspende. ¿Cuál de estos tres afectos habrá sido el que indicia a su dueño de culpado? ¿Manfredo que constante ha resistido, o Enrique que confuso se ha admirado? ¿Federico que ciego se ha ofendido, o Clotaldo que triste se ha mostrado? No sé, que varias dio naturaleza contraria admiración, ira y tristeza. Pero toque una experiencia la verdad.) ¿Cómo, Manfredo, después de haber revelado de esta traición el secreto, ni os admiráis, ni mostráis cólera, ni sentimiento de tristeza, y os quedáis con el semblante primero? Poco cuidado os ha dado el mío, pues no os merezco parte en mis penas. Señor, los que con salud tenemos experiencias, porque al fin dijo un sabio que los viejos en la escuela de los años son discípulos del tiempo, pocas veces nos rendimos a la admiración ni hacemos acciones que signifiquen nuestro dolor. Fuera de esto, como yo dentro de mí sé lo que en mí mismo tengo y no puedo sin mí mismo haber errado acá dentro, no hice novedad alguna, porque ya, caduco y viejo, ni como mozo me espanto, ni como joven me altero, ni como mal advertido hago actos de sentimiento. Y así, señor, ni me admiro, ni me enojo, ni entristezco. Las cosas grandes que vienen sin hacer salva primero a la razón, con la luz que les da el entendimiento, dignamente el más constante debe admirar, pues, por eso, a la cólera del rayo previno la voz del trueno. Quien no se admiró de verle fue porque supo primero la venida de la voz, que se lo dijo en el viento; y así, el no haberse admirado, da escrúpulos de saberlo, porque es modestia afectada hacer de un rayo desprecio. Irse tras la admiración no está en mano del afecto, luego del riesgo sabrá quien no hizo caso del riesgo. Yo hice admiración, y cuantos no han hecho lo que yo he hecho son para mí sospechosos. Pon a tus razones freno, que basta que te disculpes tú, sin que intentes, soberbio, culpar a otro, pues ninguno de cuantos aquí nos vemos tiene, Enrique, contra sí más testigos que tú mesmo, porque la admiración dice sobresalto, y no sabemos si te admiraste de haber alimentado en tu pecho su muerte, bien como el áspid que, de otras vidas sediento, es, quitándose la suya, el homicida y el muerto. Y si se debe argüir la lealtad por el efecto que hizo en nosotros la carta, yo solo disculpa tengo, que colérico al oírla, llevado de mi ardimiento, le quisiera dar mil muertes al que es traidor a su dueño y su patria. Mira cómo quien sintió con tanto extremo verle ofendido de otro, le ofendiera por sí mesmo. Déjame a mí responder por ti y por mí. En tu argumento tu misma razón te vence, Federico, pues haciendo a la admiración de Enrique equivocados intentos, como son a la lealtad y a la culpa en tu concepto, tu misma lengua es el áspid que siendo tuya te ha muerto, pues tu cólera tampoco se explica, y no conocemos si es contra quien cometió la traición de este secreto, o contra quien la revela, pues, no tienen, según creo, cólera ni admiración determinado el objeto. Nadie debiera callar más que tú, Clotaldo, puesto que fue tuya la tristeza, porque es el más proprio afecto la tristeza de quien tiene mal seguro el pensamiento. También la tristeza es noble y muy digno sentimiento de un leal que ve ofendido su señor.Y así, Manfredo, su tristeza le disculpa más que a ti tus fingimientos. Con licenciosas palabras ofendes al que es ejemplo de lealtad, y bien debieras agradecerme que dejo de decir, Enrique... ¿Qué? Que eres del Duque heredero, y que al duque de Sajonia fuiste a ver, y está más puesto en razón que, interesado, le descubrieses tu intento cara a cara que nosotros a mil peligros expuestos. Porque es tanta la vergüenza de fiar un caballero su flaqueza, que infinitos son honrados no por serlo, sino por no declarar que no lo son a un tercero. Si no estuviera delante el Duque, caduco y necio, hiciera... ¿Para qué son bizarrías con un viejo? Y si está delante el Duque, embótense los aceros para cuando no lo esté. Yo, solo, a los dos defiendo mi lealtad y su lealtad, brazo a brazo y cuerpo a cuerpo, y el que primero este guante tomare será el primero que riña. Arrójale y tómanle los dos. ¡Suelta, Clotaldo! ¡Suelta, Enrique! Pues, ¿qué es esto? ¿No miráis que estoy delante? ¿Así se pierde el respeto a mi persona? ¡Soltad! Toma el Duque el guante. Señor. Señor. Yo me quedo, Federico, con el guante. Y pues solo yo le tengo, a nadie toca salir sino a vos; y así, al momento salid de mi corte antes que por altivo y soberbio de los hombros os divida sangriento verdugo el cuello. Solo para obedecerte valor tuve y vida tengo, pero advierte que apartarme de ti, señor, cuando veo el juicio de una traición entre nosotros suspenso, es decir que yo lo soy. Federico, yo os destierro por atrevido. Señor, no a todos les consta eso, y a todos consta que salgo en vuestra desgracia. ¡Luego salid de mi corte! Dame la muerte, pues la merezco, en un público cadalso, que yo moriré contento de ver que dice el pregón a todos por lo que muero. Bien está. Adiós, Federico. Otro día nos veremos. Norabuena. Pues, yo tomo la palabra. Pues, ¿qué es eso? Vos no salgáis de la corte, que en ella habéis de estar preso, Enrique; y vos, retiraos a vuestra casa, Manfredo. Tú ven, Clotaldo, conmigo. Apenas, señor, me atrevo a mirarte, por si acaso sospechas de mí que puedo haber sido yo. Clotaldo, no te disculpes, que temo que me diga la disculpa lo que me calló el silencio. Vanse. (Bien me ha sucedido todo, pues, seguro el Duque, tengo aquestos favores más, y aqueste enemigo menos, que he de ser dueño de Flor y de estos estados dueño.) Vase. ¿Hay más desdichas, fortuna? ¡Oh, qué bien dijo un discreto que no es la primer desdicha la que ha de sentir el cuerdo, sino empezar a sentir las que han de seguirse luego! Que son horas las desdichas que en el minuto postrero que una acaba, empieza otra. ¡Ay, Carlos, el Justiciero, qué mal cumples con el nombre que te ha de clamar eterno! ¡Ay, Flor hermosa! En llegando aquí mi dolor, no puedo proseguir, porque las voces anudadas en el pecho se estorban unas a otras por salir todas a un tiempo, bien como un cristal penado que, aunque se ve de agua lleno, no se vacía si no hace lugar al aire primero. Y así mi pecho, bien digo, porque es un cristal mi pecho, y penado porque, en fin, nada le falte al concepto, tan lleno está de desdichas que cuando decirlas quiero, no puedo si no es llorando; y así, salen de él a un tiempo, en las lágrimas el agua, y en los suspiros el viento. Sale Becoquín. ¡Señor, es hora de hallarte! Hoy que buscándote vengo con buenas nuevas parece que te ha sepultado el centro de la tierra. A Dios pluguiera, Becoquín. Pues, ¿qué tenemos? Pero no, no me lo digas, que aunque estés triste, yo tengo remedio con qué sanarte, recipe para este enfermo, recado de Flor de flores, en que te dice que luego bajes a verla, que baja a los jardines, que abiertos estarán, donde podrás hablarla. Mas, ¿cómo oyendo este recado te estás tan divertido y suspenso? ¡Cómo quiere mi fortuna que hasta el gusto y el contento vengan a darme la muerte, que es el indicio más cierto de morir cuando se hacen enfermedad los remedios! ¡Vengan postas, Becoquín! ¿Postas? Sí. Pues, si podemos irnos a pie, ¿para qué son las postas o a qué efeto? Notable eres, cuanto más en hallarlas tardaremos que en irnos allá los dos pian, pian, que en volviendo esta esquina hacia esta mano, luego sobre el tabernero a esotra, enfrente de un sastre corcovado, se ven luego las celosías de Flor, sus jardines y sus huertos. ¿Postas para andar dos calles? No, sino para ir huyendo de esa dicha que me busca, que merecerla no puedo por no hacerle ese pesar a mis desdichas, que siendo favor de Flor, es matarme saber que es suyo y le pierdo. Un tanto cuanto parece enigma, y yo no me atrevo a declararla, porqué no alcanzo yo los rodeos de platónicos amores, que como siempre profeso el escudérico amor, el filósofo no entiendo. Mas, vamos a ver a Flor. Eso no, ni yo me atrevo a verla, que no he de dar a mis penas esos celos. Busca postas y partamos, que yo, Becoquín, te espero allá en casa. No creí nunca que estabas sin seso, aunque siempre lo dudé, hasta ahora que te veo decir uno y hacer otro, como cuando estás diciendo que vas a casa y no quieres ir a ver a Flor, te veo echar hacia ver a Flor y no hacia casa. ¿Qué es esto? ¿No has visto un reloj que tiene en su círculo pequeño un volante que señala los escrúpulos del tiempo, y que aunque el volante quiera ir otro camino, luego obedece al artificio que le manda por de dentro? Así yo, aunque quiera ir por otro rumbo, no puedo, que la acción solo es volante del artificio del pecho. Y así, es fuerza que obedezca al alma que vive dentro. La puerta abren del jardín. Postas prevén, que aquí espero. Por saber para qué son, las postas iré.Ya vuelvo. Vase y sale Flor. Desde aquellos miradores que hacen, con belleza suma, al mar un jardín de espuma y al jardín un mar de flores, cercado de mil temores estuvo mi pensamiento por mirarte tan atento, que se dejaba engañar de los bosquejos del mar, de los celajes del viento. Si bien, no era mucho error pensar que viniese ciego por el viento quien es fuego, por el mar quien es amor. Pero, ¿qué es esto, señor? ¿Tú, mirarme con enojos? ¿Tú, lágrimas por despojos? ¿Tú, suspiros y tú agravios? Haz intérpretes los labios de las dudas de los ojos. Flor hermosa, a quien le bebe el alba el primer candor, y, para mis ojos, flor en lo hermoso y en lo breve. No mi amor suspiros debe a las quejas y desvelos, ni a las sombras ni recelos, que en concursos de rigores son mis desdichas mayores que pudieran ser mis celos. Mira cuál será el dolor que me ofende y me fatiga, pues me permite que diga que es el de celos menor, porque celos, en rigor, aunque me dieran la muerte, no quitarán, ¡dolor fuerte!, verte, y, como yo te viera, muriera, pues que muriera de la enfermedad de verte. Ya habrás sabido, ¡ay de mí!, que mi pena y mi dolor es la ausencia, hermosa Flor, que ha de apartarme de ti. Mira si es justo que así sienta y llore, pues los cielos juntan todos mis desvelos debajo de una sentencia, pues hay celos sin ausencia y no hay ausencia sin celos. Cuando con mis penas lucho, muerta ni viva me creo; ni muerta porque te veo, ni viva porque te escucho. Mucho es mi dolor y mucho, Federico, mi tormento, pues el uno al otro atento, nadie se quiere rendir, o es que de puro sentir me falta ya el sentimiento. Dime pues, ¿qué causa ha habido para tanta pena mía? Ser tú, Flor, mi dicha y día, y haberme ya anochecido. Siendo así, forzoso ha sido que pierda su resplandor, ausente el día, la flor. Pero las frases acorta, ¿por qué te vas? Porque importa mi ausencia. ¿A quién? A mi honor. ¿A tu honor? ¡Ay de mí, triste, que aún esperanzas tenía de que así te detendría! Mas, así como dijiste que en eso tu honor consiste, las esperanzas perdí. ¡Vete pues, vete de aquí! Que si a tu honor importó, no he de detenerte yo. ¿Qué? ¿Ya me despides? Sí. Sin duda ves cuánto hoy importa la brevedad, y qué implica a mi lealtad todo el tiempo que aquí estoy, porque has de saber que voy ofendido. No prosigas, que a mayor pena me obligas; que si lo que he de saber ofensa tuya ha de ser, no quiero que me la digas. Vete, y no me digas, no, la causa porqué te vas, que no quiero saber más de que a tu honor importó. Muera honrado y muera yo ausente, y pues atrevido vas, que no vuelvas te pido si es de tu venganza incierto, porque más te quiero muerto, Federico, que ofendido. Escucha, que sospechosa no has de quedar, y pudiera quejarme de ti si fuera la queja más licenciosa. Sabe, pues, que la forzosa ofensa que en mi honor ves, violencia del Duque es, no es injuria ni es agravio de otra mano ni otro labio, que no viviera después. Toma en albricias la vida, y advierte bien cuál estoy, pues las albricias te doy, Federico, a la partida. Abrázale. ¡Ay, gloria tan mal perdida! Sale Becoquín. Ya quedan en la posada postas. Pero, ¿qué jornada es esta? ¿No me dirás? Sale Floro, viejo, y Laura. Flérida, de quien estás para esta noche avisada, viene a verte. ¡Qué rigor! ¡Qué desdicha! ¡Qué violencia! ¡Qué bien, cielos, al ausencia llamaron muerte de amor! Sí, pero muerte mayor será mi pena. ¿Por qué? Porque mayor pena fue ausentarse que morir. ¿Eso un hombre ha de decir? Sí, pues un hombre le ve. ¿De qué suerte? Escucha, yo hallo por discursos ciertos que se hace bien por los muertos y por los ausentes no. El muerto honras mereció; olvido, el que ausente está, luego yo he probado ya cuánto aquello a esto prefiere, pues honran al que se muere y olvidan al que se va. Bien de ti quejarme puedo, pues que dudas de mi amor. ¿No ves que te llamas Flor? Pues no te dé el nombre miedo. ¿Por qué? Porque flor, excedo a la estrella más luciente, y, siguiendo eternamente de tu sombra el arrebol, seré yo la flor del sol que le está adorando siempre. Esa flor, y flor gigante, la fue por tener amor. Si ella es amante y es flor, yo soy Flor y seré amante. ¿Quién lo asegura? Bastante testigo es mi fe, crisol de lealtad. No el arrebol turbes de tus rayos pues, bella flor del sol. ¿No ves que se me pone mi sol? Vanse los tres (Federico, Flor, y Becoquín). Ya solos los dos estamos, Laura, ya puedes hablar; acábame de contar aquel cuento que empezamos. Hoy Clotaldo se ha valido de mí, y porque yo le dé entrada esta noche... ¿Qué? Mil escudos me ha ofrecido. Lo que pretendí de ti para salir bien de todo es la consulta del modo. No sé qué me hiciera aquí a no haber inconvenientes. ¿Cómo no te causa miedo el cuidado de Manfredo? Nada importa como intentes ayudarme tú. ¿No ves que para llegar aquí está antes su cuarto? Sí. ¿Y que él cierra siempre? Pues, ¿cómo ha de poder entrar sin sentirle y sin tener llave? Lo que yo he de hacer menos nos ha de costar, porque él solamente quiere que, movida a su pasión, ate una escala al balcón, que él a subir se prefiere por ella, y a entrar de modo que sin que nos cause miedo el cuidado de Manfredo puede asegurarse todo. Pues, si tú, Laura, sin mí tan dispuesto lo tenías, ¿para qué de mí te fías? Para valerme de ti, pues sabes que soy amiga, y a Flor diviertas un rato mientras yo la escala ato. Mira, no sé qué te diga, pero cansarse es error, que estás ya determinada y no ha de servir de nada. Ya vuelven Flérida y Flor. Vanse. Salen Flor y Flérida con manto. Mejor aquí estaremos que en el estrado, pues gozar podremos desde este mirador tanta belleza, objeto singular de mi tristeza. Enjuga el tierno llanto, y no malogres, no, diluvio tanto, Flérida, que no es hora que desperdicie lágrimas la aurora cuando con lento paso entra el sol en las líneas del ocaso, si ya no quiere hacerle tu porfía un planeta mozárabe del día. Cuando aurora presuma parecer, no será arrogancia suma, donde flor tan hermosa mis lágrimas enjuga generosa. Serénese tu cielo, y prosigue si así tienes consuelo. La causa pues, amiga, que a tal extremo, a tal pasión me obliga, son los necios recelos que he causado en Enrique con los celos que le di por vengarme de un pesar, y resuelto ya a olvidarme disculpas no han bastado, ni mil satisfacciones que le he dado. Yo, que firme le amo, viendo que no ha de ir si yo le llamo a mi casa, he querido hablalle hoy en la tuya, y he fingido de tu parte un recado: que venga aquí. No más, porque has andado muy atrevida, Flérida, y muy necia. ¿Así mi casa y mi amistad se precia? ¿Recado de mi parte y luego que a mi casa venga a hablarte? ¿Quién te ha dicho, (¡qué errores!), que aquesta casa es lonja de amadores, y que suelen en ella de amor tratar y contratar? Flor bella, no tan liviana fuera contigo, ¡ay infeliz!, si no tuviera prenda que me obligara a salir mis desdichas a la cara. Basta decir que si mi honor me obliga, ¿de quién me he de fiar si de una amiga como tú no me valgo? A la inmediata de esa duda salgo. De nadie y, con respeto digno a tu honor, murieras con secreto, que las damas, de amores aun callan sus desdenes y favores. Y cuando a tu respeto no atendieras, que tengo padre yo advertir pudieras, y que no puede aquí tan libremente entrar Enrique. Si el inconveniente al principio se viera, no fuera ciego amor, que lince fuera. Sale Enrique. Flor hermosa, a quien ama el corazón, es, cielos, quien me llama. Sin duda que ha sabido aquel disgusto que hoy hemos tenido su padre y yo, y procura que haga las amistades su hermosura. Él viene. Ya comienza a hacer en mí su efecto la vergüenza. ¡Sacad luces! Sacan luces Floro y Laura. ¿Decislo porque ciego, hermosa Flor, a tanta esfera llego? Si bien, de esta osadía, disculpa es el ser vuestra más que mía. Señor Enrique, aunque ha sido de mi parte aquel recado, de mí habéis sido llamado y de Flérida escogido. Ella es quien aguarda aquí, porque trata su valor tan noblemente a su honor, que se ha valido de mí para que testigo sea de su ingenio singular. Que quiere enseñarme a amar y que en su prudencia vea la cordura y discreción con que debe una mujer tan principal proceder. Esta es sola la ocasión con que Flérida os llamó, porque vos tengáis en ella un cómplice como ella y un testigo como yo. Si esta es escuela de amar, mejor fuera si, por Dios, que ella aprendiese de vos lo que ha venido a enseñar. Porque con vuestras liciones, Flérida hermosa supiera, señora, de qué manera mujeres de obligaciones han de tratar sus desvelos. El haber aquí venido, para hablarme en esto ha sido, y satisfacer los celos que de mí, Enrique, tenéis. Y, ¿satisfacción habrá si estoy persuadido ya al agravio que me hacéis? ¿Persuadido? Señor viene, señora. ¡Triste de mí! Ya el verme Manfredo aquí ninguna disculpa tiene. Esperad, que no vendrá a casa agora de espacio, que luego se va a palacio, y luego al punto se irá. Mejor es que no le vea. También me conviene a mí que no le vea, Flor, aquí. Sagrado esa cuadra sea. Escóndese y sale Manfredo. ¡Oh, privanzas de los hombres, siempre caducas privanzas! ¡Valedme, cielos! Señor, ¿qué es esto? ¡Oh, Flor! ¿Aquí estabas? Y confusa de escucharte. ¿Quién es la que te acompaña? Flérida, señor, mi amiga. Mejor dijeras tu esclava. Perdonad no haberos visto, señora, que como entraba divertido en mi tristeza, no os vi. De que en vos la haya, el pésame quiero darme. ¡Muerta estoy! Y yo sin alma. Aquí, señora, os espera la gente de vuestra casa. Fuerza es irme, amiga mía. Perdóname (¡estoy turbada!) el cuidado que te dejo. Procura que Enrique salga, y adiós. En buena ocasión me has puesto. ¿Y cuando empeñada me dejas, te vas? Es fuerza. No salgáis de aquesta sala. Hasta tomar la carroza os he de ir sirviendo. En nada os replico. (Yo perdí una ocasión que esperaba de satisfacer a Enrique.) Vanse. (¿Qué es esto que por mí pasa? ¿Quién en el mundo se ha visto, sin haber dado la causa, en tan necio empeño?) (Agora que entran sus recelos y ansias, es la mejor ocasión para ir a poner la escala.) Cuidado Floro. Ya entiendo. Vase. Mira, supuesto que baja acompañando mi padre a Flérida, si de casa sale. No, que antes, señora, vuelve a subir. Sale Manfredo. ¡Oh, esperanzas, qué neciamente os fundáis en las acciones humanas! (Bien su dolor y su pena, en el papel de la cara, escribe con sangre el pecho. Quiero atreverme a apurarlas.) Señor, ¿tú triste? ¿Qué es esto? ¿Tú sobre las blancas canas lágrimas y tú suspiros? ¿Qué tienes? ¡Ay, Flor! No es nada, acá son cosas del Duque. (De aquesta vez se declara, pues cosas del Duque dice que son las que más le agravian. Y es Enrique su sobrino y está dentro de su casa. Acabemos de una vez y no muramos de tantas.) ¿No merezco yo tener, para ayudarte a llevarlas, parte en tus penas? Y aun todo, pues tú, Flor, eres la causa por quien las siento, que en fin yo me moriré mañana y heredarás mis desdichas. (Con muchos sentidos habla.) Enrique... (No hay que esperar, ya de esta vez se declara. Pues ganemos por la mano.) Enrique, señor, aguarda, vino hoy. Si sabes que vino, sabrás que trujo una carta en que de un traidor le avisan al Duque… esto es cosa larga. Él, sobre aquesto, mandó a Federico que salga luego de su corte; a mí que me estuviese en mi casa. Será sepulcro de un vivo la esfera de aquesta sala. Esto me ha pasado, en fin, déjame tú. Floro, Laura, llevad luz a mi aposento, que es piedad que luces haya donde está un cadáver vivo sepultado en propria infamia. Vase. Pasé de un pesar a otro, pasé de un ansia a otra ansia, que no tienen más salida laberintos de desgracias. En un día, Federico se ausenta, a mi padre agravia el Duque, Flérida pierde a mi decoro y mi fama el respeto, Enrique está cerrado en mi misma cuadra. ¡Oh, qué de cosas, fortuna, se eslabonan y se enlazan, todas posibles y todas en mi agravio conjuradas! Sale Laura. Ya tu padre en su aposento queda, y a todos nos manda que ninguno le entre a ver. Todas las puertas cerradas, como tiene de costumbre, dejó. ¡Los cielos me valgan! ¿Qué hemos de hacer de este hombre encerrado, Floro? ¿Laura? Sale Enrique. Porque oí que vuestro padre recogido, Flor, estaba, pude atreverme a salir a quitaros dudas tantas. No temáis, pues, que conmigo segura está vuestra fama, porque os adora, señora, con tanto respeto el alma, que solo a morir se atreve. (¡Esto solo me faltaba, que Enrique me diga amores porque en la ocasión se halla!) Señor Enrique, por Dios, que no la ocasión os haga andar tan galán conmigo, que ya sé que es cortesana obligación de un señor festejar a cualquier dama. con quien está, aunque las voces del corazón no le salgan. Yo estoy, como vos sabéis, de mil temores cercada. Soy quien soy y vos, señor, sois Enrique, sangre de Austria; Flérida es amiga mía, y cuando no hubiera nada de esto, sino solo que ella fue quien os trujo a mi casa, no os hiciera yo un favor faltando a esta confianza. No os agraviéis a vos misma tanto que penséis que haga la ocasión hoy lo que antes hizo vuestro ingenio y gracia. Pues, haced una fineza por mí. De ello os doy palabra si es perder una y mil vidas. Pues idos; yo daré traza que salgáis sin que mi padre os sienta, que esta ventana no tiene reja, y haciendo de las colchas de mi cama escala, podéis bajar. Quien va a serviros, en nada ha de reparar. Por ella me arrojaré sin que haya más prevención. Mas, ¿qué es esto? Al abrir entra Clotaldo rebozado. ¡Jesús mil veces! En mala ocasión llegué. ¿Quién eres? ¿Hombre, ilusión o fantasma? ¿Forma con cuerpo y sin voz? ¿Horror con vida y sin alma? ¿Por dónde has entrado aquí? ¿Qué es lo que escondido aguardas? ¿Quién eres? ¡Rompa tu voz mis dudas! ¿Qué quieres? Nada, que harto llevo en lo que he visto. Pues no has de volver. ¡Aguarda! Ni para haberte atrevido a las rejas de esta casa lleváis disculpa en el hombre que aquí rebozado hallas, ni tú para presumir que es mi soberbia villana tengas apoyo en aquél que así esta clausura infama. Pues, para satisfacer dos razones tan fundadas, dos culpas tan evidentes, dos presunciones tan claras, tengo una disculpa noble, tengo una respuesta honrada, y, al fin, una verdad sola, que si es verdad, una basta. Pues, con pensar cada uno lo que en sí mismo le pasa, hallará que pudo el otro, sin habelle dado causa, estar aquí, con lo cual, si son vuestras dudas varias, con una certeza sola habré respondido a entrambas. Idos los dos, porque llena de confusiones el alma tengo un puñal en el pecho y un áspid en la garganta. En yéndose aquese hidalgo me iré, porque si yo estaba aquí, no es justo que yo, porque otro viene, me vaya. En quedando sola vos me iré, que el que entró con tanta resolución, no es razón que casi huyendo se vaya. Por esa ventana entrastes, volved por esa ventana o yo haré que os vais. ¿Qué espera quien a vista de una dama habla así, sino que yo ejecute lo que habla? Para hacer lo que yo digo, traigo por lengua la espada. ¡Detente, señor, espera! Detiénele Flor, asiéndole, y quítale la daga, y el otro le mata. ¡Suelta, Flor! ¡Esa luz mata! Mátala y vanse. Muerto soy. (Aquella es voz de Enrique. Mis pies me valgan, pues que no me han conocido y he topado la ventana.) Vase. ¡Ay, infelice de mí! Sale Manfredo con luz y espada. ¡Flor! ¿Pues qué ruido anda en tu cuarto? (¡Muerta estoy!) ¿Tú, sin luz? ¿Tú, las ventanas de tu aposento a estas horas abiertas? ¿Tú, levantada y sola? ¿Tú, ay de mí, triste, con una desnuda daga en tu mano y un sangriento cadáver a tus pies? ¡Rara admiración y prodigio extraño! ¿Qué es esto? ¡Habla! (Si me ha dejado la voz el suceso, ella me valga.) Señor, estando (¡estoy muerta!) hablando (¡soy desgraciada!) con mis damas (¡oh, infelice!), me quedé (¡desdicha extraña!) durmiendo sobre esta silla, cuando de aquesta ventana (¡qué asombro!) me despertó el ruido. Vi (¡qué desgracia!) entrar un hombre por ella. ¡El temor me tiene heladas las razones en el pecho! Este (¡ay, cielos!), la luz mata lo primero, y luego llega a mí, donde (¡ay, Dios!) aguarda triunfar de tu honor y el mío. Yo, quitándole la daga de la cinta, en mi defensa le di muerte. Esta es la causa de verme vestida y sola, abiertas estas ventanas, este puñal en mi mano y este difunto a mis plantas. ¿Cómo, muriendo a tus manos, tiene desnuda la espada? Con las ansias de la muerte, debió entonces de sacalla. Veneno me dan a un tiempo tus obras y tus palabras, pues, si te escucho y le veo, hallo que es Enrique (¡extraña desdicha!) el hombre infeliz que has muerto. Quien entre cuantas sombras previno el discurso, sombras halló imaginadas. El día que (¿hay más pesares?) con atrevidas palabras me ofende Enrique y el Duque me destierra de su gracia, hallo a Enrique, su sobrino, muerto dentro de mi casa. ¿Quién creerá que fue mi hija quien le dio muerte y la causa? Ninguno, porque también hay verdades desgraciadas. ¿Quién no ha de creer que ha sido esta traición y venganza? Si lo descubro, me pongo yo el cuchillo a la garganta; si lo oculto, hago también cautelosa mi ignorancia. De aquí lo quiero sacar y a las puertas de otra casa ponelle. Pero si el Duque, que con tanta vigilancia ronda la ciudad de noche, con él en hombros me halla, ¿qué desengaño me queda? Sea, pues, con más extraña industria y con más recato el sacalle de mi casa. Ven acá, Flor. Dime, ¿ha visto alguna gente de casa esta desdicha? Yo sola la sé, porque las criadas huyeron de aquí y ninguna le vio. Pues, Flor, mira y calla, que vida y honor nos va. Aunque quisiera, no hablara, porque el temor en el pecho me ha embargado las palabras. Jornada Segunda Salen Federico y Becoquín de camino. Al abrigo de estos montes, y a la sombra de estas peñas, que sin ser conchas de nácar parecen madres de perlas, te he estado esperando y ya, apurada la paciencia, quise mil veces partirme pensando que no vinieras. Bien mi cuidado agradeces, bien estimas mis finezas con esa desconfianza. ¿Qué hay de nuevo? Malas nuevas. Pues mucho es haber tardado si caminabas con ellas; mas prosigue, no dilates el decirlas, considera que es otra desdicha más la desdicha que se piensa. Ayer, sin decir la causa, mandaste que previniera con grande priesa dos postas antes que la breve ausencia del sol, mayorazgo, en fin, de luz, a la luna tersa, como a su menor hermana, diese alimentos de estrellas. Despedístete de Flor, flor en nombre y en belleza, y flor en facilidad y inconstancia, pues apenas nace el alba intacta y noble, niña al sol cándida y bella, crece al día hermosa y pura, cuando al mirar que se ausenta, seca y marchita se abrasa, fácil y mustia se entrega, descaída la hermosura, profanada la belleza y la beldad desmayada, por no decirte que muerta... ¡Espera! ¡Detente! ¡Aguarda! ¡No prosigas, no! No ofendas el más constante accidente, que no es posible que sea Flor como todas las flores, que peligran en sí mesmas. Pero sí será. Prosigue: trujiste las postas, ¡ea!, aquí quedaste y, porqué menos que decirme tengas, mal vestido de camino yo me puse en una de ellas. Tú quedaste para hacer hoy no sé qué diligencias. Dije, en fin, que te esperaba. Atento yo a tu obediencia y a mi cuidado, traté del dinero y en dos letras... Eso es lo que ya no importa. Vamos a Flor. Esto es fuerza decir, porque cuando yo acabé esta diligencia se había ya de la noche pasado más de la media. ¡Qué nos importa la hora! ¿Es matemática esta? Ve al caso. A estas horas quise ver a Flor por si quisiera escribirte. Entré en la calle. ¿Mas qué? ¿Hallaste gente en ella? Es verdad. ¿Cuándo mintieron celos? Mas, ¿que por las rejas a donde yo hablaba, hablaban? No hablaban. Pues, ¿qué recelas el decírmelo? ¿Qué importa que estén en la calle? Espera. En viendo la gente, yo en el umbral de una puerta me detuve. Hiciste bien. De allí a poco rato llega uno de los que esperaban, y por una escala trepa que, aunque no la vi, de arriba es cierto que estaba puesta. ¡Mientes, villano! ¡No digas tal, ni injuries con vil lengua el honor de Flor hermosa! ¿Cómo es posible que mienta si yo que lo vi lo digo? Pues, cállalo aunque lo veas, porque estimo yo de Flor tanto el honor y las prendas, que, aunque ella me ofenda a mí, mataré yo a quien la ofenda. Pues, no hablaré más palabra. ¡Ay de mí! ¡Dadme paciencia, cielos, o dadme la muerte! Ven acá. Hablaré por señas. Solo esto quiero que digas: ¿por qué, si viste a las rejas subir un hombre, no hiciste con valor y con prudencia alguna acción que estorbara su intento? La causa es esta: porque cuando llegar quise a ellos, advertí que era, alborotando la calle, infamar honor y prendas de Flor, y si lo sabías tú, que tanto su honor precias, me habías de dar la muerte, porque al fin es cosa cierta que, aunque Flor te ofenda a ti, matarás tú a quien la ofenda, y, así, me estuve quedito. Como tuya es la respuesta, cobarde al fin. Nunca yo te dije, señor, que era valiente. Determinarse uno a no saber sus penas dicen que es valor, y miente quien lo dice, pues confiesa que las temió quien no tuvo ánimo para saberlas. Dime pues, ya que estuviste en la calle, ¡qué tristeza!, si le abrieron la ventana. No, porque ya estaba abierta. Luego, ¿entró dentro del cuarto? Concedo la consecuencia, y, porque no nos andemos en demandas y respuestas, dentro estuvo poco rato y, al cabo de él, por la mesma escala volvió a bajar donde los otros le esperan. Y dijo a todos, pasando junto a mí: «Demos la vuelta, que importa que no nos sigan y conozcan porque queda hecho».Y lo demás no oí, que él iba con tanta priesa que, aunque dijo otra razón, se bebió el aire la media. Fui a la mañana a su calle, y vi que estaba a las puertas de Flor unos carros largos y que iban a toda priesa cargándoles de la ropa que por las ventanas echan hombres del trabajo, así se llaman en nuestra lengua los ganapanes.Yo entonces, viendo la casa revuelta, llegué hasta que pude ver a Flor, de cuya tristeza sus lágrimas me informaron. Dijo que iban a la aldea, que escarmientos de la corte le sacaba huyendo de ella. «Díselo así a Federico. Que no me olvide. Que crea que Torreblanca será sepulcro mío en su ausencia». Esto dijo y volvió al llanto desmintiendo mi sospecha, porque no es, señor, posible que aquellas perlas fingiera, que, en desprecio del aurora, fuera desaire que fueran para ser testigos falsos, siendo finas, tantas perlas. Salí de allí y, por no dar con el Duque, que a estas selvas esta mañana salió a caza, rodeé dos leguas de monte. Esta la ocasión fue de mi tardanza, y estas las malas nuevas que traigo. Perdóname, porque es fuerza que yo, pues sirvo, las traiga, y tú, pues amas, las sientas. ¿En la calle de Flor, gente? ¿En sus ventanas y rejas escalas? ¿Y las ventanas (¡ay de mí, cielos!) abiertas? ¿Un hombre (¡ay de mí otra vez y otras mil!) que entra por ellas? Pues, ¿para cuándo es la vida si de esta vez no se arriesga? ¡Muramos, valor, muramos, que buena ocasión es esta! A la corte he de volver, que no importa la obediencia del Duque. ¡Vamos! Señor, advierte que, si te ciegas, es perder honor y vida. Pues, no importa que se pierdan perdida Flor, porque todo se guardaba para ella. Desata aquellos caballos y vamos donde Flor vea que muero, y que muero a manos de mis celos y su ofensa. He aquí que antes de llegar te conocen y no llegas. Pues, ¿qué he de hacer, Becoquín? Espera a que anochezca. ¿Quién para llorar con celos un hora tendrá paciencia? Habla conmigo y no llores. Fuera de eso, si hoy se ausenta Manfredo no habrá ocasión esta noche para verla. Si a eso añadieras, señor, otro traje, menor fuera el riesgo. ¿No dices tú que andan, Becoquín, en ella esos hombres del trabajo, que la mudan y descuelgan y cargan los carros? Sí. Pues, aquese el disfraz sea. Pongámonos dos vestidos como aquellos y no temas que nos descubran por ellos, que si son como tú muestras, galas de hombres del trabajo, es forzoso que me vengan. Ataja por esta parte. La caza del Duque es esta. Y, si no me engaño, él mismo por esa parte atraviesa. Mucho importa, Becoquín, que aquí no me halle ni vea. Escóndete entre esas ramas mientras pasa. Aquí te queda tú por si siente el ruido, y en casa de Celio espera, que hasta allí yo iré seguro. Pues, retírate que llega. Escóndese y salen Clotaldo y el Duque de caza. Hacia aquí me parece, por el rumor que entre las hojas crece, que el jabalí se esconde. Bien movida, la yerba nos responde de su planta valiente. Tira al tiento. ¡No tires, señor, tente! Que yo aunque soy y he sido puerco, no puerco jabalí. ¿Escondido qué hacéis aquí, soldado? Espulgábame al sol. O me han burlado los ojos, o os he visto otra vez. (Malo es esto, vive Cristo.) ¿Sois montero? Quisiera, pero ni soy montero ni montera, aunque soy Becoquín. Este es criado de Federico. Bien, no me he engañado en que visto os había. Y es un loco. Déjale, pues, que me divierta un poco. ¿Dónde está vuestro amo? Don Arciniega Becoquín me llamo. Hoy con otro criado postas tomó, y no pienso que ha parado según gana tenía de correr. ¿Y dónde iba? A Berbería. No lo sé, mas lo infiero. ¿De qué? De lo que aquí dijo primero. Pues, ¿qué es lo que decía? «Aquesto no se hiciera en Berbería». Y así, muy bien infiero que iría donde aquesto no se hiciera. Y vos, ¿qué hacéis aquí? Sigo la caza, porque aunque Dios me dio tan mala traza, me dio buen gusto. A vella vine. ¿Que tanto os divertís en ella? Es cosa singular lo que me agrada. ¿Cuál mejor os parece? La empanada. Vos gastáis buen humor. Así conviene, porque cada uno gasta lo que tiene. Idos pues. Que me place. Vase. ¡Qué pocas treguas el cuidado hace con estos mis recelos! Tu vida, gran señor, guarden los cielos. Su piedad es testigo, pues del riesgo te avisa tu enemigo. ¿Qué importa cuando incierto estoy de este enemigo que encubierto solicita mi muerte y el ignorado mal es el más fuerte? Yo asegurarte puedo de todos. ¿De qué suerte? Ya Manfredo a Torreblanca pasa la familia y la casa. Enrique (aquí enmudezco) retirado desde ayer no te ha visto. Desterrado Federico se parte. No falta más que asegurar mi parte, pues, con irme, señor, quedas seguro. ¿Tú te despides? Tu quietud procuro a costa de mi honor y mi esperanza. Poco estimas, Clotaldo, mi privanza, y poco el amor mío. Mas porque veas que de ti me fío, cuando de mí a Manfredo he retirado y cuando a Federico he desterrado, cuando a Enrique he prendido, (si bien esta prisión, prisión no ha sido), en fin, cuando de todos me prevengo, contigo solo a estas montañas vengo, donde, para que veas que tú solo en mi amor y gracia seas el primero, mi vida quiero fiar de ti cuando, rendida al sueño, los sentidos desvanece. Y así, Clotaldo, en tanto que me ofrece la yerba blando lecho, sé centinela que me guarde el pecho, y que fío de ti, no solo advierte, mi vida, mas la sombra de mi muerte. (Valiente empresa mía. No perdáis la ocasión, vuestro es el día.) ¿Qué dices? Que no es mucho que aquí el sueño se haga, señor, de tus sentidos dueño si asistiendo y rondando pasas toda la noche asegurando tu corte. Bien premiado estoy si adquiero Échase. así el nombre feliz de Justiciero. (Si aquí a dormir se entrega, fuerza será esperar, porque me niega el paso todo un monte que cierra la salida a otro horizonte.) ¿Quién en el mundo ha visto mayores confusiones? ¿Qué resisto? Mas, tarde el pensamiento poner quiere en razón mi atrevimiento. Yo estoy desesperado, ya con el de Sajonia declarado, y estoy también de Flor aborrecido. Enrique (¡ay, Dios!) de mí muerto o herido. Pues, si escapar no puedo de Carlos o de Enrique o de Manfredo, y hay tantos potentados por mí ya en Alemania conjurados, en tal caso, la mía ya no es traición, ya no es alevosía, que por guardar mi vida de esta suerte debo darle la muerte. Quien me ha de matar, muera. Vale a dar y sale Federico. ¡Tente, traidor! ¡Espera! ¡Válgame Dios! ¿Qué es esto? (¡Oh, suerte airada!) Habiendo despertado tú, no es nada, que si estando dormido necesidad, señor, de mí has tenido, (así, en tu enojo, advierto que te temí mirándote despierto, que así lo quieren las desdichas mías), tú mira, Carlos, bien de quién te fías. Vase. No intentes de esa suerte disculpar el querer darle la muerte. Bien tu lealtad y sus traiciones creo, que si oculto le veo y al criado escondido, quién duda que a matarme haya venido. Mas, siguiéndole irán las ansias mías. Vase. (dentro.) ¡Guárdate, Carlos, de quien más te fías! ¿Ya no habrá acción que pueda intentar yo que bien no me suceda? Mas, suele ser mayor la desventura del infeliz que peca con ventura. Vase y salen Flor, Laura y Floro. Retírate a este aposento pues ves cuán revuelta está la casa. Amiga, ojalá que fuera mi monumento y muriera en él. Advierte... ¿Qué he de advertir si en rigor sé que es de cualquier dolor última línea la muerte? Dejadme que muera, pues acabará con morir de una vez tanto sentir y tanto llorar. ¿Después, señora, de haber salido del engaño en que te viste anoche, te muestras triste? Esa, pues, la causa ha sido. Que como los dos huisteis, y en el riesgo me dejasteis cuando las luces matasteis, lo que pasó no supisteis. (Y así, en efeto importó para lo que hizo después mi padre.) Confieso que es bien que no merecí yo. «Salgamos», dijo, «de aquí, rebozado caballero, que echar a perder no quiero tan noble casa».Y así, Enrique, que aquesto oyó, a la poca luz que daba el balcón, que abierto estaba, tras el otro se arrojó. Yo, hecha una estatua de hielo, casi difunta quedé, y aunque este suceso fue tan feliz, (¡pluguiera al cielo!) fuerza es el haber sentido el lance de haber hallado en mi reja un embozado, y en mi casa un escondido. Y al fin, el sentirlo yo todo me ha de tener triste. ¿Posible es que no supiste quién fue el embozado? No. Sería de los que te aman, que una escala fácilmente se puede asir. Dignamente, ladrón al amor le llaman. (Laura, bien ha sucedido, que en ninguno ha sospechado.) (¡Qué bien los he desvelado! El primer suceso ha sido que se escapó de criados, que todos en la ocasión dice un discreto que son enemigos no excusados.) Sale Manfredo. Flor mía. Seas bienvenido, que me has tenido, señor, llena de asombro y temor. Dime, ¿cómo ha sucedido? Salíos los dos allá fuera. Con notable suspensión hablan los dos. Cosas son del Duque. Vanse. ¿De qué manera el negocio dispusiste? Después, desdichada Flor, que de aquel sangriento humor tú me informaste, ya viste que yo las puertas cerré, porque vernos no pudiera ningún criado, y tú fuera te quedaste. Hasta aquí sé. Luego, con solicitud, al cadáver infelice de un arca mal capaz hice triste y mísero ataúd. Después de imaginaciones varias que me combatieron y que mi discurso hicieron confusión de confusiones, salirme determiné de la corte, y a vivir, mejor dijera a morir, irme a una aldea, porqué tres cosas así consigo: dar al Duque, mi señor, este gusto, dar color a la tragedia que sigo, y, al fin, para no vivir donde cada instante vea una sombra horrible y fea que me dé más que sentir. Y así, por todo el lugar varios carros envié, conque a todos desvelé a donde fuese a parar aquella arca. Aquesta, pues, se llevó a una casa mía, que ha días que está vacía, al Carmen, porque, después que anochezca, de allí pueda sacarla con cuerdo intento y meterla en un convento que sepulcro le conceda, pues, de noche y disfrazado, sacando un arca cerrada de una casa despoblada y poniéndole en sagrado, mi recelo se asegura, tiene lugar la piedad, mi casa seguridad y el cadáver sepultura. Salen Becoquín y Federico de ganapanes. Temerosa te he escuchado. Notables estratagemas de amor. Becoquín, no temas, pues hasta aquí hemos llegado. Es todo lenguas la Fama y temo que diga el viento... Mas, ¿quién es? De este aposento, ¿qué se ha de sacar, nuesama? Que el carro cargado está y para llevar el peso falta más hato. ¿Con eso, buen hombre, os entráis acá? ¿No hay allá fuera cuidado? No se enoje su mercé, porque yo solo me entré tan nacio y determinado, que buena disculpa tengo, puesto que le he dicho ya que por la hacienda que está en este aposento vengo. Y he errado, es cosa llana, en querer, pues está abierta, sacarla yo por la puerta cuando otros por la ventana, si vuestro enojo cruel no topa en decir que ya de aqueste aposento está mudado cuanto hay en él. No es aquesa la ocasión de haberme enfadado así, sino de que entréis aquí sin esperar más razón. Reñirle a él no conviene, sino a quien le dejó entrar, que razón no ha de guardar, señor, quien razón no tiene. ¿Qué más prueba de venir sin ella, que habiendo ya dicho que por lo que está aquí ha venido, decir luego que estará mudado? Pues, si estarlo imagináis, ¿a qué efeto así os entráis soberbio y determinado? Pues, si ya mudado está, venís errados los dos, porque, en estándolo, vos no tenéis qué hacer acá. Y, en efeto, salíos fuera, que lo que está en este cuarto no se muda ahora. Harto, señora, lo agradeciera yo a su merced. Pues, a vos, ¿qué os puede importar en eso? Estoy ya rendido al peso que he sustentado hoy, por Dios, y quisiera descansar, si es que algún descanso espera quien vive de esta manera. Puesto que se ha de mudar, ya que estos dos han entrado, deja que saquen, señor, lo que hay aquí, pues mejor será salir de este enfado de una vez. Has dicho bien. Ea, esta ropa sacad. Por ese estrado empezad. Pues, en nombre de Dios, ten. Toribio, vamos sacando las almohadas así. Floro y Laura estaos aquí y ved lo que van sacando de aqueste cuarto los dos. Salen Floro y Laura. Mirad lo que sacan otros, que esta hacienda con nosotros segura está. Sí, par Dios. Vuelve, Toribio, a torcer. Todo bien asido va. Sí, que señor mandará que nos den para beber. Carga este tercio. ¿Yo? Sí, ten firme. Tenelde vos. Turbado ando, Flor. Adiós. Vase. ¿Fuese ya su padre? Sí. Pues salgan, ingrata Flor, Descúbrese. mudable, falsa y cruel, envueltas en fuego y llanto mis desdichas de una vez. Salgan, pues, salgan del pecho, todos juntos de tropel, los agravios de mi amor, los desprecios de tu fe. Pero, ay de mí, que aunque quiero quejarme de ti, no sé por dónde empiece. Que cuanto estudiado truje, al ver tus ojos se me olvidó. Y entre el dudar y el temer mis celos enmudecieron, cobardes deben de ser, pues solo saben hablar a donde no hay para qué. Federico, esposo mío, mi dueño, mi amor, mi bien, ¿qué extremos, qué sentimientos son estos? ¿Qué pena es la que te aflige? ¿Qué agravio, qué pesar o qué desdén? Porque si te adora el alma, siempre amante, siempre fiel, siempre tuya y siempre mía, ¿de quién te quejas? Y, ¿a quién? ¿Qué traje es este? ¿Qué es esto? ¿Cómo vuelves sin temer los peligros de tu vida? ¿Aún tú no lo sabes bien? Mas, como un sabio decía, donde quiera que yo esté mis bienes están conmigo, que allá era hacienda el saber. Yo, que soy sabio en desdichas, puedo decir al revés: conmigo traigo mis males que son mi hacienda también. Y así, no importa que venga a morir, pues, cierto es, que aunque me estuviera allá, allá muriera también. Y aquí muero con ventaja, pues yo muero y tú lo ves. Pregunto, ¿hace nada al caso que yo cargado me esté? Que aunque es delante este cielo, soy Atlante muy novel y daré con todo en tierra. Eso importa así, porqué si alguien viene te halle así, Becoquín, dando a entender que vamos sacando ropa. El que entrare, si me ve como cargado, cargando, ¿no lo entenderá también? Floro, ponte tú a esa puerta. Tú a aquélla porque aviséis si vuelve mi padre. Agora dime tú, si ya te ves a tu voz restituido, qué queja. (¡Ay, de mí! Si él sabe lo que pasó anoche, yo soy muerta.) Sí diré, que no por haber callado al verte, Flor, olvidé lo que tengo que sentir. Antes cobré aliento bien como el curso de una fuente que, estorbándole el correr con la mano, se hace atrás, falta un instante y después vuelve con mayor violencia. Así, mis ojos también, que corren siempre desdichas, en el punto que te ven se suspenden aquel rato estorbados del placer de verte, con mayor fuerza vuelven al llanto después, porque el poder resistido corre con mayor poder. Prosigue y no hagas cobardes los celos, que siempre fue su opinión el ser valientes. Mas, muy de valientes es, cuando riñen sin razón, acobardarse y temer. Pues, ya es forzoso el hablar, perdona, Flor, si esta vez pierdo el respeto a tu honor, que no hay celoso cortés. Del mal que vienes herido, sola de esa razón sé. Y antes que me digas más, si te puede merecer mi amor alguna fineza, te suplico que me des, Federico, una palabra. Sí doy. Persuádete. ¿A qué? A que no te he ofendido, y que mi honor y mi fe al lado viven del sol, y con más ventajas que él. A que te amo como a esposo y, al fin, señor, aunque estés persuadido a tus agravios, soy quien soy. Di agora, pues. Ya no tengo qué decir, porque si no he de creer que faltas, Flor, a quien eres, siendo mudable y mujer, no tengo de qué quejarme. Y así yo, yo callaré el haber visto en tu calle (¿visto dije?), yo me erré, que no lo vi (¡ay, quién callara!) en fin. No diré que sé que estuvo en tu calle gente, que se ha arrojado también de tu balcón una escala, fuera ojalá su cordel un lazo para mi cuello, pues subió por ella quien es más dichoso que yo porque menos firme es. Que entró dentro, que pasó lo que los dos os sabéis. Si esto no he de creer, digo que es verdad que dices bien, que se engañó quien lo vio y, pues, que mentira fue. Adiós, Flor, guárdete el cielo. Quien eres, serás (sí, a fe), pues no es faltar a quien eres, que, en efeto, eres mujer. No has de salir. Oye. Espera. Suéltame, Flor. Oyemé. No es posible. Cree de mí que no has de volverme a ver en tu vida y, plega a Dios, que las nuevas que te den de mí sean que a las manos de un traidor... La voz detén, mi señor. Mi señor dije, yerro de la lengua fue, porque quien ofende amando ni es mío, ni lo ha de ser. No te arrepientas, que yo la palabra tomaré. Pues has de oírme. Yo te creo sin hablar, no hay para qué. Pues no has de salir de aquí hasta escucharme. Di, pues. ¿Nunca has visto, Federico, que he de valerme también de comparaciones yo, un vidrio que al rosicler del sol finge más colores en verde y azul papel que dibujó en cielo y tierra el apacible pincel de naturaleza, y luego el color, al parecer que es fingido, del cristal no deja señal después? Así, aunque los celos tuyos te hagan terminar y ver sombras, fantasmas, visiones con voz, con cuerpo, con ser, son aparentes no más, que celos saben hacer de las lágrimas cristales. Y así, un celoso, tal vez, aunque lo que ve es verdad, es mentira lo que ve. Esto el alma te asegura, y, así, te digo que fue apariencia solamente, que no te puedo ofender. Vete agora, vete agora. Vete, Federico, pues. Agora no me quiero ir, que primero he de saber de tu boca si es verdad lo que te he dicho. Sí es. Luego, ¿llegó el embozado? Sí. ¿Abierto un balcón y en él una escala? No lo niego. Y, ¿subió un hombre? Así fue. ¿Entró en tu cuarto? Es verdad. ¿Habló contigo? También. Y, ¿no me lo niegas? No. ¿Por qué? ¡Di, fiera! ¿Por qué? Que ya yo me contentaba, aunque es cierto, yo lo sé, conque lo negaras tú. Mira qué poco a deber te llego, pues no te debo una mentira. ¡Ay, cruel! ¿Por qué? ¿Por qué no me engañas siquiera, ingrata? Porqué es verdad cuanto me acusas, no el ser mudable y infiel, y yo no quiero negarlo dando con esto a entender que si mi culpa es mentira, lo es mi disculpa también. Que el que ha de decir verdad, Federico, no ha de hacer el prólogo con mentira, porque al mentiroso es bien no creerle las verdades cuando las diga después. Pues, si va a decir verdad, yo no puedo más también. ¡Qué pesado es un estrado! Los diablos carguen con él. Déjale. ¿Disculpa hay? Sí. Plega a Dios. No dudes, prosigue pues. ¿Quién puso la escala? Nadie. ¿Quién el embozado fue? No le conocí. ¿A qué entró en tu cuarto? No lo sé. Pues, ¿dónde está la disculpa? En no saberlo. Muy bien. Y, ¿disculpa es no saberlo, de suerte que yo he de ver los agravios cara a cara y las disculpas por fe? Adiós, Flor, tienes razón. Si quisieres irte, ve, que no hay más satisfacciones que darte que no saber quién fue, porque si le hubiera hablado supiera quién. Vete, vete y plega a Dios que las nuevas que te den de mí sean que mi muerte ha sido. ¡Detén! ¡Detén las maldiciones, Flor mía! Mía dije. Yerro fue de la voz, que por costumbre pronuncia amores tal vez. No tienes que arrepentirte, que yo no te tomaré la palabra. Luego, ¿estás enojada tú también? Sí, pues que de mí has tenido tan bajo concepto. ¿Quién no tuvo celos amando? Quien amó con firme fe. Aunque vaya yo enojado, no lo quedes tú esta vez. Haga las paces el tiempo que nos falta. Mal podré resistirme a mi deseo cuando estoy queriendo bien, mi señor, ya sin errarme, sino porque lo has de ser. Adiós, Federico. Adiós, Flor. ¿Volverete a ver? Sí, que ya no he de ausentarme. ¿Cómo? Impórtame también. Pues, en Torreblanca estoy. Pues, a Torreblanca iré. ¡Ay, perdido dueño mío! ¡Ay, mi malogrado bien! ¡Ay, mi bien pesado estrado! ¡El diablo te lleve! Amén. Vanse y sale Manfredo disfrazado. ¿Quién se vio más afligido ni en más peligroso empeño que yo, sin que fuese dueño del delito cometido? Retirado y escondido, mi desdicha me buscó en mi casa. Allí me halló sin llamarle con mi dicha, que aún no fuera mi desdicha cuando la llamara yo. Oculté el noble delito de Flor por salvarme a mí, y truje advertido aquí, con un secreto infinito, el arca que solicito de aquí sacar escondida sin que a otro testigo pida favor porque, de esta suerte, lleve una muerte a otra muerte, que ya no es vida mi vida. Ya solo en la calle estoy. Abrir esta puerta puedo con pavor, asombro y miedo. Confieso que a verte voy, joven infeliz. No doy paso que no me parece que se erice y estremece el cadáver, suerte dura, pidiendo la sepultura que ya mi valor le ofrece. Vase y salen Federico y Becoquín. ¿Quién ha de entenderte? A mí apenas me entiendo yo. ¿Ya no has de partirte? No. ¿Y has de quedarte aquí? Sí. Pues, ¿cómo has de estar aquí después de haberte pasado, señor, lo que me has contado? Por eso mismo no quiero ausentarme, que así espero quedar, Becoquín, vengado. Sale Manfredo con un arca. Aunque se esfuerza el valor, las fuerzas no lo consienten. Bueno es antes que se intenten mirar las cosas mejor. Mas dos hombres veo. El uno podrá ayudarme. Mancebo, por vuestro traje me atrevo en caso tan oportuno. Esta arca habéis de llevar aquí cerca, y daros quiero vuestro trabajo primero y después a refrescar. Tené amigo de esa parte. Bien, por Dios, voy ocupado. Pues, yo que estoy ya empeñado en ello o he de matarte o has de hacello. Amágale con la daga. (Lance fuerte. Si me quiero resistir, podrá justicia venir y conocerme, de suerte que a mi dicha corresponde la ocasión. Ya es fuerza aquí llevalla, pues vengo así.) Ayude y dígame a dónde se ha de llevar. Id delante, que yo os seguiré. Tomé. ¿Qué quieres? Aguardamé en este puesto un instante. Aquí aguardo. Gente siento. Por si fuere el Duque es bien irme. Vase. Salen el Duque, Clotaldo y gente. ¡Deteneos! ¿A quién? Al Duque. Gran cosa intento. ¿Qué mandáis? Tenido estoy. ¿Qué es aquesto que lleváis? Un arca. Y, ¿a dónde vais? No sé, por Dios, dónde voy. Ahí detrás su dueño viene. Él les dirá dónde va. ¿Adónde viene? Ahí está. Parece que gusto tiene de verme cargado. Aquí no viene nadie. Este es ladrón. ¡Prendelde, y después lo sabremos! ¡Ay, de mí! ¡Reconocelde! Llegan luz. Señor, Federico es. ¿De esta suerte? Sin duda, a darte la muerte viene en tal traje. ¡Ah, rigor! Lo que en el arca hay mirad. Dadme la llave. ¿Qué llave? (¿Viose desdicha más grave?) Luego la descerrajad. Abierta pienso que viene con solo un cordel liada. ¡Deslialda! Desliada está. ¡Ved lo que contiene! ¡Jesús, y qué mal olor! ¡Llega esa luz! Ello es cierto, cuerpo muerto es. ¿Cuerpo muerto? Este es Enrique, señor. ¡Válgame el cielo! ¡Llevad preso al traidor y aquesta arca, despojos de fiera parca, entre los dos os cargad para darle sepultura! (Cielo, ¿a quién desdicha igual sucedió?) (Con suerte tal, hoy mi dicha se asegura.) Jornada Tercera Salen Manfredo y Flor. Prosigue, que estoy, señor, de tus razones pendiente y dando gracias al cielo que deparar te quisiese aquel hombre. Como digo, en viendo que diligente volvió la espalda el buen hombre, presumo que un ángel fuese, dejele alargar delante, porque si a reconocerle llegasen... Sale Laura. ¡Señor! ¡Señora! ¿Qué ha sucedido? ¿Qué tienes? Desde esa torre, atalaya del sol, he visto que vienen, de la corte, hombres armados que cercan y que guarnecen una carroza, no sean que hayan venido a prenderte por el enojo del Duque. La fortuna echó la suerte. Sin duda que se han hallado testigos que me condenen. ¿Qué haré, Flor? Huye señor. Sí. ¿Podré salir? No puedes, que a la puerta paró ya esa carroza en que viene Clotaldo y un hombre a quien... Mas pintarlo no conviene cuando todos por la sala entran ya. ¡No te despeñes! ¡Tente pensamiento! ¡No me arrastres, discurso, tente! Sale Clotaldo y Federico con prisiones y vendados los ojos. Entrad vos solo conmigo, todos los demás se queden. Señor Manfredo. Señor Clotaldo. Pues, ¿de esta suerte vos en mi casa? ¿Qué es esto? Importa que solo quede con vos. Pues, déjanos solos. [Aparte.] (Dicen que astrólogo suele ser el corazón, y yo presumo que he de creerle, que en las desdichas no hay astrólogo que no acierte.) Vanse. (¡Ay, bella Flor! ¡Cuánta culpa en estos sucesos tienes!) Ya estoy solo. Pues leed. Dale un papel. Decreto del Duque es este. Lee. Manfredo, Conde de Anjí, a mi servicio conviene que esté en Torreblanca preso Federico en lo más fuerte de ella, donde el sol apenas por solo un resquicio entre. No le quitéis las prisiones y ninguno a hablarle llegue sino vos, y así, vos solo le llevad lo que comiere. Esto importa a mi honor y esto lo mando pena de muerte. Y yo así os lo notifico. Yo lo obedezco.Y, si puede informarse mi cuidado, decidme, ¿qué caso es este? ¿Por qué prende a Federico? Por las sospechas que tiene de la traición que sabéis y porque dio a Enrique muerte. ¿A Enrique dio muerte? Sí. Quedad con Dios. (Imprudente corazón mío, pues tanto solo a profanar te atreves, y sabes, por los efetos, que Flor ama, estima y quiere a Federico, no temas, sino imposibles emprende. No pierdas las ocasiones, que el cielo te favorece.) Vase. Al paño. De aquí me llevó el temor pero aquí el temor me vuelve. Sin que mi padre me vea, detrás de aquestos canceles le oiré. ¿Preso Federico? ¿Yo alcaide? ¿Mi casa el fuerte? ¿Y por la muerte de Enrique? ¿Qué enigma, cielos, es este? Muerte, Enrique y Federico dijo. Demos neciamente otro paso a ver qué dicen Federico, Enrique y muerte. Yo he de salir de esta duda. Descúbrele. Federico, ya os consiente mi valor que en tantas penas la luz del sol os consuele. El mayor consuelo mío es, señor Manfredo, verme preso en vuestra misma casa. ¡Dichoso el que en ella muere! ¿Qué miro? Pues mis desdichas ir delante no pueden, demos otro paso atrás. En tan rigurosa suerte, poder dispensar quisiera en este orden y que fuese hospedaje generoso, pero yo... No hay que ofrecerme merced ninguna. El rigor ejecutad de las leyes, que a un poderoso enojado y a un enemigo valiente no vence quien se resiste, sino quien se humilla vence. Ya que mis desdichas veo, oírlas quiero claramente. Demos otro paso. Quien discurre tan cuerdamente, disculpe mi acción.Venid donde una torre os encierre y donde el sol no os visite. A todo estoy obediente. Seguidme pues. Pero, en tanto, decidme, ¿qué caso es este? (Lo que él sabe me pregunta. Mas contárselo conviene.) Salí desterrado. Ya lo sé. Volví neciamente en este traje a la corte. Nunca a la corte volviese. Pues, ¿qué os sucedió? Topé un hombre... ¿Sí? Que por verme en este traje me dice que un arca suya le lleve. (¡Válgame el cielo! ¿Qué escucho? ¿Que a quien di el arca fue este?) Y, ¿por qué no os excusasteis siendo vos? Porque valerse quiso del valor, y yo, porque no me conociesen si acaso alguno llegaba, antes quise parecerme a mi traje que a mí mismo, que es el acción más prudente saber un hombre medirse a lo que pide su suerte. ¿No conocisteis quién era? Cuando yo le conociese soy caballero, y por mí ninguno ha de perder. Fuese, y yo, encontrado del Duque, fue fuerza el reconocerme el rostro, pero no el alma, que él de rebozo ve siempre. Ofendiose en verme así, porque el mudar traje tiene ya confesado el delito que no ha imaginado hacerse. Quiso saber qué llevaba, que como el cielo previene que nada puede ocultarse, aunque él sabe que inocente estoy en aqueste caso, quiso que en mis manos viese calificado el delito cuando el alma echar no puede. Abriola, y halló, ¡ay de mí!, de Enrique, infelice suerte, la imagen en el cadáver vuelta a su primera especie. Clotaldo en fin, ¡ah, traidor!, del suceso muy alegre, por ocasiones que callo, me confirmó delincuente no solo de esta desdicha, mas de que quise atreverme a matar al Duque, y bien sabe él quién en esto miente. Pero si de las supremas causas las segundas prenden y el cielo por sus juicios, que investigar no conviene, quiso que en ajenas culpas propias penas redimiese, yo estoy contento, Manfredo, pues no hace dura la muerte la pena, sino la culpa, y así, quien ninguna tiene, aunque con el vulgo muera infamado, alegre muere, pues morir por la verdad es la más felice suerte. Sabe Dios cuánto me pesa que este agravio quiere hacerle hoy el Duque a mi valor, pues demás de que inocente sé que morís, sois mi amigo. (¡Ay Dios, quién hablar pudiese! Mas el callar no es valor cuando así el honor se ofende.) Venid, Federico. Vamos. El cielo, amigo, os consuele. Él mi inocencia defienda. Vanse. Y él tan gran traición revele. ¡Ay de mí! Si las desdichas repeso y número tienen, y conforme los sujetos da el cielo males y bienes, ¿cómo en mis males ordena que unos con otros se encuentren? Si es fuerza salir un cuerpo para que el cristal se llene de otro, ¿cómo estando llena un alma otros caber pueden? Pero como en la constancia es mi valor tan valiente, así los males se miden con el sujeto que tienen. Pues no tengo que rendirme siempre amante, firme siempre, escollo expuesto a las olas, roca firme a sus vaivenes, ha de hallarme la fortuna viva y muerta eternamente. Ya mi padre habrá cerrado las puertas y, como suele, se irá a reposar. Las llaves he de procurar cogerle y ver a mi amado esposo aunque honor y vida arriesgue. Sale Becoquín. De esperar, desesperado he venido a resolverme a aguardar aquí a mi amo, centro solo donde suele, como del imán traído, hallarse naturalmente. ¿Quién es? Bueno. ¿Becoquín? ¿Tan poco mi amor te debe que agora me desconoces? Antes, para conocerte, lince suele hacerse el alma como estrella que precede las luces del sol que adoro. Ya ocaso soy donde mueren. ¿Has visto acaso a mi amo? Acaso no puedo verle, muy de propósito sí, que de propósito quieren los cielos que muera yo. ¿De qué manera? No aprietes las cuerdas a mi tormento. Pero ven si verle quieres cargado el cuerpo de hierro, si el alma de penas fuertes. ¿Que está preso? Preso está en esa torre, y de suerte que no sé si saldrá vivo. Mas sí saldrá, aunque mil veces muera yo. ¿Encontrole el Duque? Y en trance, amigo, tan fuerte, que confirmó sus sospechas. Plega al cielo que por verle no me aprieten las agallas como a muchos acontece. Vanse y salen el Duque y Clotaldo. Digo que será mejor, por ser del pueblo querido, que en la cárcel, sin rüido, pruebe, señor, tu rigor, porque del vulgo adorado, y aunque voz de Dios le llaman, tal vez su deidad infaman cuando juzga apasionado. Y así, si quieres hacer información de su vida, al que hoy prendes homicida, libre mañana has de ver. Mucho mi amor le disculpa, pues siempre conocí en él alma noble en pecho fiel. Si halla disculpa su culpa en ti, ¿quién le ha de culpar? También yo abonarle quiero, pero temo que el acero que allá no pudo emplear, de luto y llanto no vista este miserable estado. (Él aprieta demasiado, fiera y horrible conquista.) Ve, dile a Manfredo... ¿Qué mandas, señor, que le diga? (¡Ah, envidia, fiera enemiga!) Dile pues... ¿Qué le diré? Dile, en fin... ¿Qué, señor? Nada. (¡Ah, cielos, qué gran rigor!) ¿Qué he de decirle, señor? Dirasle... (¡Ah, fortuna airada!) (Bien de mis dichas dudé.) Dile, pues, que a Federico (¡qué mal a postrar me aplico la hechura que levanté!), dile que allá en la prisión, le dé un garrote. (¡Ay de mí!) Harelo, señor, así. Vase. ¡Qué terrible es la pasión que aqueste siempre ha mostrado contra Federico! Y yo, si el alma no se engañó, de ella misma he confirmado que está de todo inocente. ¡Qué hombre de tan gran valor! ¡Qué ofendido el ofensor! Honrado como valiente, sufre sin mostrarse airado, y en medio de tanta injuria sabe refrenar su furia. Pacífico y reportado muestra, como por cristal a donde el sol reverbera, que a pesar de envidia fiera goza alma noble y leal. Hoy la postrera experiencia de su lealtad he de hacer para poder convencer la ambición con la inocencia. A velle a la cárcel voy, porque de esta vista infiero, pues me llaman Justiciero, que ha de ser juzgado hoy. Vase y salen Federico, Flor y Becoquín. Ya no por cárcel, por cielo podré esta torre tener pues te merecí de ver. Ya ningún daño recelo, que si la muerte temí, no fue, bellísima Flor, temerla por su rigor, sino por quedar sin ti, aunque si las almas son eternas, podrá la muerte privarme del bien de verte, no de tu dulce prisión. Que si eterna has de vivir y eterno he de ser también, no priva de tanto bien la desdicha del morir. Pues si los cuerpos divide quedando ausentes las almas, nuevos laureles y palmas a mis dichas apercibe. Pero mal, mi bien, empleo un tiempo tan deseado, pues con penas he mezclado las glorias que ya poseo. ¿Cómo estás, mi bien? ¿No has visto cuando, entre rosados velos, busca el sol nuevo horizonte dejando en nuestro hemisferio los aires en negro asombro, la tierra en mudo silencio, los animales confusos, cubierto de horror el cielo, hasta que vuelve a dorarlo con nuevas madejas, siendo si su ausencia muerte a todo, vida y ser su nacimiento? Pues si así el alma, que vive ausente de los reflejos que de la luz de tus ojos comunica, ausente de ellos muere a todas sus potencias, muere a todo sentimiento, hasta que vuelve a gozar de tu vista rayos nuevos. ¡Ay, Flor del alma! Ya flor de verde y caduco almendro, que por vestirle temprano nunca dio fruto a su dueño. Si fui tu sol y te dio verdor lozano mi aliento, hoy será fuerza gozarte, pues son mi ocaso estos hierros. ¡Ay, Flor! No llores, bien mío, que si soy tu flor, yo espero verte presto renacer con esplendores febeos, siendo en tus muertas cenizas el fénix tú de ti mesmo, sirviendo aquestas cadenas de secos ramos sabeos, repitiendo siempre vidas, inmortal contra los tiempos. Lo habéis tan bien discurrido que a interromper no me atrevo tan bien sentidos pesares. Mas, ¡ay!, la puerta han abierto. Tu padre viene. No importa, que con su licencia vengo. Sale Manfredo con una cesta. Siempre es noble la piedad. Hija. Señor. Vete presto, porque he visto de la corte venir gente, aunque de lejos, por si es recado del Duque. Solo tu gusto deseo. Adiós, señor Federico. Págueos, bella Flor, el cielo esta piadosa visita. Adiós también, pues no puedo asistir a tus prisiones. Vanse. El deseo te agradezco. Sentaos y comé un bocado, Federico, que yo espero veros libre, porque son las cóleras de los dueños tempestades que en un hora muestran el cielo sereno. ¡Ay, mi Manfredo! ¡Ay, amigo! Si lo decís por consuelo, yo lo agradezco. Comed. No podré. Pues, por lo menos, bebed y confortaréis el estómago. No tengo sed. ¡Bebed, por vida mía! Por el juramento bebo. Bebe. Pues adiós, porque no es bien que me encuentren acá dentro si son ministros del Duque los que vienen. Solo espero, después del cielo, en tus manos. Cree que tu bien intento. Vase y salen Flor y Clotaldo. Para darle de comer, como su alteza ha mandado, en este punto ha bajado él solo. Quiérole ver, que hay nuevo orden. No será, viniendo por vuestra mano, muy piadoso. (¡Ah, vil tirano!) El serlo en la vuestra está como vos queráis que viva. Haciendo feliz mi suerte vivir podrá, aunque a la muerte traigo orden que se aperciba. Nunca esperé de vos menos. ¿Qué respondéis, bella Flor? Si no a mi amor, a su amor se lo debéis. Cuando llenos estos estados están, que al Duque traidor ha sido, que en Sajonia le ha vendido, y que ha muerto a Enrique, dan mis intentos nuevo medio para librarle si vos me queréis bien. Vive Dios, villano, que si el remedio, no digo yo de una vida, pero del mundo, estuviera en que yo bien te quisiera, fuera del mundo homicida. Vete y dale tu recado. Y dije bien, pues arguyo que si es de su muerte, es tuyo, y no de quien te ha enviado a mi padre, que antes quiero verle muerto con honor, que no obligarme al amor de un falso, de un lisonjero. Pues advierte... (Mas aquí viene Manfredo. Callar importa y disimular, que mi negocio hago así.) Sale Manfredo. Clotaldo. Amigo Manfredo. El Duque, como confía de vuestro valor, me envía... (Toda el alma cubre un miedo.) A que, porque no alborote, de Federico la muerte... (¡Ay, Dios, y qué dura suerte!) Le mandéis dar un garrote hoy en la prisión. Mas él viene aquí y os lo dirá. Sale el Duque. ¿Adónde Manfredo está? A tus pies. ¡Oh, amigo fiel! Pues, ¿qué hay del preso? Señor, tus órdenes no he excedido. Por mis manos ha comido siempre. (¡Tirano rigor!) Verle quiero. Voy por él. Vase. Mira, gran señor, que queda libre como verte pueda el rostro. (¡Ah, bárbaro infiel!) Mis descuidos perdonad, bella Flor. Dame tus pies. Con quien vuestro hermano es con más llaneza os tratad. Mi padre es el conde y yo por mi hermana os he tenido. Honrar vuestra hechura ha sido. Salen Federico y Manfredo. Ya a vuestras plantas llegó, gran señor, un desdichado dichoso en haberos visto. (¡Qué mal la piedad resisto!) ¡Despejad! (¡Hola! ¡Cuidado!) Vanse Flor y Clotaldo. Y pues, Federico, ¿qué descargos, a tantos cargos, después de tiempos tan largos como en mi casa os honré tenéis que dar? Que yo mismo, mirad cuán grande es mi amor, por el último favor de amor, al fin barbarismo, los quiero de vuestra boca oír. Decid, proponed, y de mi piedad creed esto. Y a esta sola invoca este triste desvalido de la fortuna y de vos, aunque muy bien sabe Dios, señor, que no os he ofendido. A los tratos de Sajonia, ¿qué decís? Que de mi vida, siendo yo mismo homicida, sea última ceremonia ser de todos blasfemado como el traidor más aleve, si el pensamiento más leve de mi parte os ha agraviado. Y, ¿en el quererme matar en la caza? Ya el honor es quien me fuerza, señor, si me forzaba callar mi valor, a que publique, aunque con ajena culpa, la verdad en la disculpa. ¡Válgame Dios! Y de Enrique, muerto por vos, pues hallado fue en vuestros hombros, ¿quién duda que queda la lengua muda como el ánimo postrado? Carlos, duque de Borgoña, de Austria generosa rama, descendiente del que puso su estoque en la Casa de Austria, a es tiempo que mis verdades puertas al silencio abran y lisonjeros cobardes descubran fingidas caras. Ya sabes con la lealtad que te serví veces tantas, ya en la paz y ya en la guerra, dando plumas a la fama, y que mi sangre no debe a la mejor de Alemania nada. Pues, óyeme agora, verás que lo son del alma. En esta ciudad que inunda, más que con líquida plata, el gran Danubio con sangre de enemigos en su infancia, en competencia serví a una bellísima dama, (si tan noble como hermosa, tan prudente cuanto honrada), de esa esfinge, ese Clotaldo, mas con fortuna contraria, pues le despreciaba a él al paso que a mí me amaba. Sucedió lo de Sajonia, el traerte aquellas cartas, el guante de desafío, el perder por él tu gracia y, al fin, el ir desterrado, si es el ausencia, en quien ama, muerte civil que los cuerpos perdona y las almas mata. Tú, señor, lo considera si acaso de veras amas, pues este tirano imperio se extiende a fieras y plantas. Partime, y a mi criado, diciendo donde esperaba, orden di que aquella noche la calle y puertas rondara de mi dama. Al fin, lo hizo, cuando mudable o ingrata, o quizá, como ella dice y es lo cierto, desdichada, ocasiona su hermosura que un galán con una escala, no sé que Clotaldo fuese, si bien lo revela el alma, escaló por un balcón la fuerza más soberana que puso el cielo en la tierra, de armas de honor pertrechada, tanto, que a bajar le obliga mentidas sus esperanzas. Esto me estaba contando mi criado cuando a caza llegaste a la misma parte a donde yo le aguardaba. Escondime, que el respeto del dueño tiene por sacra ceremonia un pecho noble. Recostástete en la falda de aquel apacible monte, y de allí a poca distancia vi que sacaba el traidor para matarte la daga. Salí a librarte, aunque tú o mi desdicha me paga mal esta acción, que infelices con los servicios agravian. Volvía bien disfrazado por desmentir asechanzas. (¡Válgame el cielo! ¿Qué es esto? ¿Qué confusiones? ¿Qué bascas siente el pecho?) Al fin, señor, (¡Jesús, el alma se arranca!), encontré un hombre cargado de aquella infelice carga, que como me vio vestido de estas pobres antiparas (¿qué es esto, cielos?), me obliga a que la caja le traiga. Yo, por no ser conocido, no resistí. Tú rondabas, me encontraste, aquí preso me enviaste. (¡Fuego exhala el corazón! ¡Cielos, muero!) Sirvan de tumba tus plantas al cuerpo más infelice, concha de la mar preciada, perla que el honor vincula en sus vividoras aras. ¡Todo el cielo sea conmigo! ¡Jesús, valedme! Cae en sus brazos. Él te valga. ¿Viose caso más horrendo? ¿Que una pena imaginada baste quitarle la vida a un hombre de prendas tantas? ¡Hola, Clotaldo! ¡Manfredo! Salen los dos. Señor. Señor, ¿qué nos mandas? Dad al cuerpo sepultura, pues reina en el cielo el alma. (Bien obró el vino.) ¿Qué es esto, señor? Con mortales ansias luchando, en mis brazos muerto se ha quedado. Al punto le hagan sus obsequias. Al fin puedo llevarle a enterrar. Y tanta pena siento, que a poder darle vida y a mi gracia restituirle, lo hiciera. Yo voy a hacer lo que manda Vuestra Alteza. Vase. Ven Clotaldo, (Agora solo me falta comprobar esta verdad con este traidor.) (Hoy canta vitoria mi pretensión. Quiero buscar quien me haga, dándole a Carlos la muerte, señor de la Casa de Austria.) Vanse y sale Flor y Flérida. A aquesto, al fin, he venido, que será felice suerte hacer honrar con su muerte a la que dio a mi marido. Puesto que justa esperanza fuera, siendo así verdad, no quiere el cielo piedad que se ofrece con venganza. Si Federico mató a Enrique, aunque es caso incierto, ¿qué consuelo es verle muerto? Que aunque la ley esto dio por castigo al homicida y ella satisfecha quede, la que le perdió no puede de una muerte sacar vida para su difunto esposo. Y así, amiga, yo te ruego no hables al Duque, que un fuego sacar otro no es forzoso. Sale Becoquín. ¿Viose desdicha mayor? ¿Qué ha sido? Tu padre lleva... No es posible que me atreva a decirlo de dolor. ¿A quién lleva? A Federico. ¿Dónde? A dalle sepultura. ¡Triste nueva! ¡Suerte dura! Cae sobre almohada o silla, si hay. ¡Repórtate, te suplico! ¡Vuelve en ti, Flor! ¡Ay de mí, que pienso que ella también murió! ¡Ay Dios, muerto mi bien y viva yo! ¡Vuelve en ti, Flor hermosa! Dime, amigo, ¿diéronle garrote? No, de sentimiento murió de perderte. ¡Ay enemigo hado! Retírate un rato y descansa. No le habrá descanso en mi pecho ya. ¡Ah, Clotaldo! ¡Ah, Duque ingrato! ¡Ah, cielo cruel! No prosigas, aunque es justo el sentimiento. No le muestro, pues no siento mi propia muerte. ¡Ay, amiga! Ayúdale cómo pueda venir a su cuarto. Ten. ¡Ay de mí! Muerto mi bien, ¿para qué vida me queda? Vanse y sale Clotaldo con tres valientes. Como digo, en este puesto los tres habéis de esperar, porque aquí sale a cazar el Duque. Ya está dispuesto todo como has ordenado. Retiraos, pues que ya viene. Ya todo hombre se previene al caso. Amigos, cuidado. Sale el Duque. No me deja el pensamiento de caso tan asombroso reposar. Mas, ¿qué reposo he de hallar en tal tormento? Clotaldo está aquí, y aquí, pues me da el sitio lugar, hoy tengo de averiguar lo que a Federico oí. ¡Saca la espada, traidor! ¿Señor? ¡Sácala, villano! Repara... ¡Aleve, tirano de mi amor y de mi honor! ¡Sácala, digo, o así te he de matar! ¿No sabré, gran señor, por qué? Porqué eres un traidor. ¡Aquí amigos, que agora es tiempo! (Ninguno se atreve contra tal valor.) ¡Aleve, no te han de valer los pies! Síguele. (¡Huye, Rodolfo, no vea el Duque a ninguno aquí!) Vase y sale retirándose y cae a los pies del Duque. ¡Detén el brazo, ay de mí, aunque tu rigor se emplea tan justamente! ¿Emboscada tienes, traidor, prevenida y pides que te dé vida? Ya, señor, es acabada, ya de muerte estoy herido. Óyeme, que es acción cuerda, porque el alma no se pierda, pues el cuerpo se ha perdido. Yo, al de Sajonia escribí dándole de tus intentos ardides y pensamientos noticia.Yo pretendí en este monte matarte, como también quise agora. Y con intención traidora y pretensión de heredarte, intenté descomponer a Federico y a Enrique maté. No es bien te suplique, cuando ya no puede ser, me des la vida. El perdón te pido, y a Dios, que muero. Él te guarde. ¡Ah, lisonjero, ya se acabó tu ambición! No en vano, fiera pasión, hizo el alma sentimiento a ejecutar el intento que el traidor me aconsejó, que Dios a los hombres dio este divino instrumento. Llamar quiero algún montero que retire a la espesura este cuerpo. Sepultura no ha de tener. Justiciero me llaman, mostrarlo quiero hoy aunque digan de mí que es impiedad. Pero allí viene Manfredo, él será quien le retire y dará venganza a su vista así. Sale Manfredo. (Ya es forzoso que haya hecho efecto el veneno fuerte que, con amagos de muerte, de tal suerte abrasa el pecho que llega al último estrecho al que le toma.) Este es el sepulcro. Ya a mis pies, Clotaldo, entre amargas quejas dio veneno a mis orejas y al suelo el cuerpo después. Ya el traidor ha confesado que mi estado conspiró, que al de Sajonia escribió, que a Federico ha envidiado, que a Enrique la muerte ha dado, que a mí me quiso matar, que te pretendió afrentar y, a no faltar las razones, confesara más traiciones que tiene arenas el mar. Por probarle en este puesto, a sacar le provoqué la espada, y en él hallé que a nueva traición dispuesto una emboscada había puesto. Pero viendo mi valor, alas le prestó el temor, y huyendo quedó vengado mi sobrino, disculpado mi amigo y muerto el traidor. Ya es tiempo, famoso Carlos que el cielo guarde mil siglos, para premio de lealtades y de traidores castigo. Dentro de mi noble casa dio la muerte el fementido Clotaldo a Enrique. Esto supe de Flor, porque él, atrevido, escalando sus balcones y hallando allí a tu sobrino, que de Flérida llamado por sus celos había sido, le dio la muerte, y yo fui quien por el secreto quiso darle sepulcro, y topando disfrazado a Federico aquella arca le entregué con quien a tus manos vino. Hicísteme de él alcaide. Yo, al fin, como prevenido de su inocencia, librarle pretendí dándole un vino, de suerte confeccionado que privado del sentido le dejó en tus manos, donde, por tu mandado, advertido a que tú segunda vez me lo mandases, benigno sepulcro le di.Y agora, gran señor, había venido a ver si de aquel beleño despiertos ya los sentidos estaba. Tus plantas son el sagrado, y este nicho quien le sirve de sepulcro y adonde, no sin divino impulso, diste la muerte al traidor, como se ha visto. Esta es la losa. Levanta, Manfredo, que quiero vivo ver al que lloré difunto. Dicen dentro. ¡Federico! ¡Ah, Federico! dentro. ¿Quién me llama? Quien te ha dado nuevo ser. Sale Federico. ¡Cielos! ¿Qué miro? Señor, ¿vos aquí? ¿Qué es esto? Dame los brazos, amigo, que ya los cielos publican tu lealtad. Por tan divino favor les rindo mil gracias. Mira allí el cadáver frío de tu enemigo, a mis manos muerto por divino instinto. Yo te reduzco a mi gracia y doy las rentas y oficios del traidor. Mayor merced, señor, a tus plantas pido. Pídeme lo que quisieres. Mis penas y mis peligros daré por bien empleados como engaste el cristal fino de la bella Flor mi mano, pues parte en ellos ha sido. Yo, de mi parte, lo otorgo. Yo le recibo por hijo, heredero de mi casa. Y tengan con un castigo fin tan justas tres venganzas: mía, tuya y la de Enrico.