El conde Lucanor Comedia Famosa Personas que hablan en ella. LUCANOR PTOLOMEO, soldán de Egipto FEDERICO ROBERTO ASTOLFO CASIMIRO PASQUÍN ROSIMUNDA CLORI IRIFELA ESTELA FLORA SIRENE LIBIA UNOS GUARDAS MÚSICA Jornada Primera dentro ruido de caza y sale después, como cayendo, Ptolomeo, soldán de Egipto, vestido a lo gitano. dentro. Desenlaza la pigüela a otro halcón, que tras él suba a socorrerle. dentro. ¡Huchohó! dentro. No hay para qué, que aunque él huya volando, sabré corriendo hacer que se restituya a la alcándara. Mas, ¡cielos, favor! dentro. En las peñas duras el caballo del Soldán se desboca. Suerte injusta. dentro ruido. dentro. Por más, generoso bruto, que envuelto en sudor y espuma rindas al aire el aliento, des a la tierra la furia Ahora sale. desalojado del fuste que tu altiva espalda ocupa, del estribo que te ciñe y la rienda que te ajusta, sabré sin ti penetrar los ceños desta espesura en seguimiento de aquel veloz pirata de pluma que en los piélagos del viento, haciendo una y otra punta para caer sobre el sol, más allá del sol se encumbra. Mas, ¡ay!, que en vano te sigue ya ni aun la vista, pues suma tu velocidad, te aleja tanto que la más aguda ni pájaro te devisa ni átomo apenas te juzga; conque perdidos los dos, tú en la campaña cerúlea y yo en la verde campaña, corremos igual fortuna, pues a un tiempo destemplados, tú entre nubes, yo entre grutas, partimos entre los dos, tú la vaga y yo la inculta. Mal seguido de mi gente, porque no igualó ninguna el desenfrenado aliento que de sus ojos me hurta, perdido y solo en las quiebras destas pardas peñas duras, que enmarañadas defienden la entrada a la luz más pura del sol, me hallo sin que tope de humana planta ni bruta o vereda que me guíe o huella que me conduzga. Pero en lo más intrincado del monte, si no me ofusca lo pavoroso del seno, quiere el cielo que descubra no sé qué fábrica pobre que entre esplendores de augusta a pesar del tiempo vive míseramente caduca. Acercarme quiero a ella, por si la habitase alguna persona que al real camino o me adiestre o me reduzga. ¡Ah del miserable albergue! dentro ruido de cadena. Mas ¿qué lamento se escucha, que entre arrastradas cadenas la esfera del aire turba? dentro Federico Inconstante fortuna, condicional imagen de la luna, por más que en mí tus iras ejecutas, no es infeliz quien de tus iras triunfa. Ya desta voz y aquel ruido no es difícil que presuma dónde estoy, pues, aunque yo no pisé este sitio nunca, tuve de él noticias siempre. Esta es la prisión, sin duda, del infeliz Federico de Toscana, que asegura con sus ruinas mis aplausos, mis dichas con sus injurias. Pasar no quiero adelante, por que la piedad no acuda a revocar los decretos de una sentencia tan justa que la pronuncian los hados siempre que mi mal pronuncian. Por otra parte –sin que me mueva a lástima alguna, pues a quien culpa su estrella, no en vano mi rigor culpa– quiero torcer el camino. Y no sin causa, pues una parda choza allí parece que en bárbara arquitectura es fachada de otro seno no menos funesto en cuya lóbrega estancia quizá habrá gente. ¡Ah de la obscura Tocan dentro una arpa. habitación! Mas ¿qué oigo? Templado instrumento usurpa las cláusulas a las aves a cuyo compás divulga. Dentro Irifela cantando. Inconstante fortuna, condicional imagen de la luna, por más que en mí tus iras ejecutas, no es infeliz quien de tus iras triunfa. ¿Qué es esto, cielos? Lo mismo que uno llora en sus angustias, otra en sus lisonjas canta. Tan poca distancia, incultas peñas, hay del canto al llanto, de la pena a la ventura, de la desdicha a la dicha, que pueden dos voces juntas formar de un mismo concepto el lamento y la dulzura, repitiendo a un tiempo mismo una alegre, otra confusa: Cantando los dos y representando. Inconstante fortuna, condicional imagen de la luna, por más que en mí tus iras ejecutas, no es infeliz quien de tus iras triunfa. dentro. ¡Muera! ¡Tiradle! ¡Ay de mí! Tercera voz articula no menos casual asombro que la primera y segunda. dentro. Por aquí va. Sale Roberto. ¡Favor, cielos! ¿Qué es esto? Las plantas tuyas, seas quien fueres, sagrado sean del que en noble fuga llega a socorrerse dellas. Salen algunos guardas con armas. ¡Tiradle! ¡Muera! La furia tened. ¿Por qué ha de morir? ¿Tú, señor, nos lo preguntas, siendo tú quien nos lo mandas? ¿Yo? ¿Cómo o cuándo? ¿Eso dudas? Guardas somos de esa torre en cuyo centro se oculta Federico de Toscana, con orden que la clausura no penetre destos cotos persona, señor, alguna que no muera; mayormente siendo el que amparar procuras en traje y lengua toscano. Vuélvese contra él empuñando un puñal, y Roberto le detiene con la rodilla hincada en el suelo. ¿Qué es, traidor, lo que aquí buscas cuando mal ignorar puedes que de tu nación perjura cualquiera sombra me asombra y cualquiera voz me injuria? Óyeme y dame la muerte si no basta en mi disculpa la seguridad que goza quien ha venido en tu busca con fueros de mensajero. ¿Cómo aquí hallarme procuras? Como apenas a este puesto, primera posesión tuya que con islas de Toscana el Archipiélago junta, solo y sin armas, de aquella mal defendida faluca tomé tierra, cuando supe que la generosa lucha boreal de la cetrería, que es la caza de que gustas, te tenía en estos montes. Y así, en fe de la segura plática de embajador, te busqué en ellos; a cuya causa han querido matarme, sin más delito o más culpa que no saber dónde estaba. ¿Quién todo eso me asegura? Este pliego. ¿Para mí? Sí. ¿Cúyo es? De Rosimunda, la duquesa de Toscana. Pues ¿qué? ¿Todavía la dura la esperanza de que pueda ver libre a su padre? ¡Nunca! Retírate mientras leo. Levántase Roberto, abre el pliego, y dentro de él hay otro. (¡Ay, Flora!, en ausencia tuya, ¿qué habrá que no sea desdicha?). «A la Majestad Augusta de Ptolomeo de Egipto». Y trae otra carta inclusa. Lee. «Ya que al rescate de cuanto todo aqueste estado suma, la persona de mi padre no es posible que reduzgas y que de su libertad allá por causas ocultas nunca la plática admites y siempre el contrato escusas, merézcate aquesta vez, no, señor, por hija suya, por el honor que me ensalza ni la sangre que me ilustra, sino sólo por mujer triste, afligida y confusa, que ésta para con los nobles es la dignidad más justa, que, después que te asegures de cuanto ese pliego incluya, permitas llegue a su mano y responda a esa consulta». ¡Qué secreto imperio, cielos, es este de la hermosura, que aun cuando ruega postrada es cuando manda absoluta! No sólo he de ver el pliego, cortés hoy con Rosimunda, pero sin verle he de darle y hacer que responda; que una cosa es mi seguridad y otra la estimación suya, el día que no me habla en lo que más me disgusta. A un guarda. Dile a Federico tú que hoy mis rigores le indultan su prisión, que a verme salga. A otro. Y tú, por que no haya duda que de aquí conmigo lleve, mira quién aquella gruta habita y venga también a mi presencia. Tú escucha lo que a Federico diga en obediencia tan justa, porque has de llevar de todo la respuesta. (Luces puras, no me enternezcáis al verle, pues sois mi culpa y disculpa). Por una parte sale un guarda con Federico, viejo venerable, y por otra el otro con Irifela, vestida de pieles. Ya está Federico aquí. Y aquí Irifela, sañuda fiera humana, que es quien vive esta bóveda profunda. A ver a un tiempo en los dos dos monstruos de la fortuna, ¿qué mucho que me estremezca?, ¿qué mucho que me confunda? Feliz yo, si el mandar hoy que a la luz me restituyan del sol, es para acabar de una vez con mis angustias. Dichosa yo, si el buscarme hoy entre estas peñas rudas, es para que con mi muerte mejor el destierro cumpla. Y así mudamente absorto… Y así absortamente muda… …te suplico me declares… …te pido que me descubras… …¿para qué a un vivo cadáver sacas de su sepultura? …¿para qué en estas montañas donde me arrojas me buscas? Dos preguntas me habéis hecho y es bien ser dos las preguntas, porque quizá no supiera responder a cada una de por sí, y sabré a las dos. ¿Por qué? Porque vienen juntas a ser respuesta una de otra, cuando infieras, cuando arguyas que tú padeces por ella y ella por ti. ¿Cómo? A Federico primero. Escucha tú que lo ignoras; y tú, que lo sabes, disimula. De Europa al Asia infestado el paso tenían mis fustas, que, bandoleras del mar, se valen de lo que hurtan, cuando… …religioso yo, procurando hacer segura la senda a Jerusalén, al que peregrino surca estos mares con devota fe de ver en su gran curia, entre otros sacros lugares, aquella inmortal aguja que fue de mi Dios humano pira, monumento y urna, en persona salí al mar, fundando en campos de espuma vaga ciudad, población de su verdinegra bruma. Yo, viendo que tú venías, para que nadie presuma menos ardimiento en mí, salir dispuse en tu busca y al tiempo que sobre el ferro tenía la armada surta, para levar al instante que el viento fuese en mi ayuda, Irifela, esa gitana, que en las estrellas apura, arbitrio de las estrellas, todas las cosas futuras –si ya no es, como otros dicen, que en las mágicas que estudia diabólico genio inspira y negro espíritu pulsa– al poner el pie en la plancha me salió diciendo: Sale Irifela Escusa esta jornada, Soldán, porque los hados te anuncian que del duque de Toscana serás prisionero, cuya persona tu libertad facilita u dificulta, pues ella ha de ser el precio del rescate de la tuya. Adivinadas desdichas, si no creerlas es cordura, no es cordura no temerlas, porque en estas conjeturas, si el crédito es liviandad, es temeridad la burla. Pero a vista del empeño, aunque el aviso me asusta, temerosamente osado salí en la demanda tuya, en cuyo naval encuentro… …amotinada la chusma de la real, porque había, entre otras naciones, escuadras turcas, te dejó ganar el viento, y con él a la fortuna, que, aunque parecen dos cosas, fortuna y viento son una; de suerte que yo el cautivo vine a ser, mi armada en fuga. ¡Oh, memoria! ¿Para qué, si no me matas, me angustias? Desvanecido en la presa de tu persona por una parte; y por otra, temiendo que hado que hoy no se ejecuta no se ejecute mañana; por que a ambas cosas acuda, a Irifela desterré –por que otra vez no me arguya mentirosos vaticinios– y a ti te puse en segura prisión –por que su amenaza no pueda suceder nunca–. Conque la pregunta de ambos es respondida pregunta, pues tú haces que ella padezca y ella hace que tú sufras. Sí. Mas ¿por qué con mi muerte de una vez no te aseguras? Porque tu vida es resguardo de muchos que se conjuran contra mí, temiendo vengue en tu vida sus injurias. No es eso. Pues ¿qué es? Que el cielo quiere que el hado se cumpla. ¿Cómo puede ser, si ya la fuerza, el poder, la industria, todo se da por vencido? O dígalo Rosimunda, pues, viendo que mi rencor su esperanza desahucia, ya en otros medios me escribe. Toma, aquesa carta es suya. Licencia te doy de leerla y responder a una duda que, según me da a entender, el estado te consulta. Esta es la primer piedad que debo a mi desventura. Feliz yo, aunque ella, ¡ay de mí!, Lee para sí. firma: «Infeliz hija tuya». (Lástima me da su llanto, que no hay corazón que sufra lágrimas de mujer ni hombre; que lo que enamoran unas, otras compadecen. Pero aunque a piedades me induzga, el ver a Irifela aquí todas las piedades frustra). ¿Quién, cielos, se vio jamás en pena tan importuna? ¿Has leído? Y más quisiera, aunque estimo honra tan suma, no haber leído. ¿Por qué? Por no entrar en más confusa penalidad. ¿Cómo? Como trae la mayor de mis dudas. Lleva mal el pueblo que no haya en él dueño que supla mi ausencia, agobiando el cuello a las doradas coyundas de gobierno y matrimonio; y queriendo Rosimunda tome estado, me propone tres con quien casarla, en cuya elección resuelva yo el que más a mí se ajusta, porque ella, sin mi licencia, hacer la elección repugna. Bien tengo de sus estados y sus convenIencias muchas noticias, pero no tengo de sus personas ninguna. Y en cuanto a mi voto, más quisiera acertar, ¿quién duda?, la persona que el estado; que no son amigas nunca fortuna y naturaleza, y así debe la cordura perdonar por la persona tal vez algo a la fortuna. «El hombre es lo más», adagio es que introdujo la aguda política; conque, al ver que he de adivinar a escuras, perdonara la obediencia por lo que della resulta a mi confusión. Aguarda, que ya que en acción tan justa no puedo valerte en todo, en parte es bien que presuma aliviarte dando medio de quien el acierto arguyas. (Por lo que me importa ver quién con su estado se aúna). ¡Irifela! ¿Qué me mandas? En tus mágicas astucias, de cuantas veces afliges, alivia siquiera una. Di a Federico y a mí, destos tres que le consultan en lo personal, qué partes tienen, qué costumbres usan. Como los dos entréis solos en mi habitación, la luna de un espejo os mostrará qué virtudes los ilustran, qué vicios los acompañan y en qué ejercicios se fundan. Vanse los demás y los dos entran por una puerta, y sale por otra Irifela con una hacha. Retiraos todos y tú ven conmigo. Sea disculpa de aquesta superstición ser infiel quien la ejecuta y quien la manda, sin que yo en ningún pacto concurra. La negra tez desta antorcha de norte os sirva. ¡Qué escura lóbrega estancia! ¡Qué seno tan horroroso! La muda noche aquí de asiento vive. Corre una cortina y en medio del teatro se ve un espejo. ¿Qué os asombra? ¿Qué os perturba? ¿Quién son los tres que has de ver? Como a los dos me descubras, al otro ya le conozco. Pues ¿quién son los dos que dudas? Son Casimiro de Hungría, príncipe Astolfo de Rusia. Pues llegad a ver y oír quién son y en lo que se ocupan. En una parte cajas y trompetas y en otra instrumentos. dentro. ¡Arma, arma! ¡Guerra, guerra! dentro. Todo sea horror y furia. dentro. Cantad, y todo sea amor cuanto este jardín incluya. dentro. Compitiendo con las selvas, donde las flores madrugan. Arma otra vez. ¿Qué ves tú? Una ciudad veo que asaltada, no hay criatura que al furor de un fuerte joven sus incendios no consuman. Tú, ¿qué ves? Un jardín miro que varias flores dibuja, y en él un joven hermoso que en un cenador de murta peinándose está. Éste dice a las tropas con quien triunfa: dentro. ¡Arma, arma! ¡Guerra, guerra! dentro. Todo se tale y destruya. ¿Y aquél? dentro. Cantad, y sea amor todo, pues al ver que adulan… …los pájaros en el viento forman abriles de pluma. Cubre el espejo. Ya los has visto. Esperad. No el mágico cristal cubras tan presto, hasta que me informen mejor las acciones suyas. Pues para que de más cerca los veas, otra figura fantástica te los muestre; y así a Casimiro escucha. Sale Casimiro vestido a lo húngaro mirándose a un espejo que traerá un paje, y los músicos descubiertos, cantando. Más al propósito mío, de tono y de letra muda. ¡Ay, loca esperanza vana, cuantos días ha que estoy engañando el día de hoy y esperando el de mañana! Más de ese tono conviene la letra con mi deseo, pues de un día en otro veo que mi dicha se entretiene. Pasa el de ayer, el de hoy viene previniendo al de mañana, sin que mi pena tirana mejore amor, siendo así que en él sólo para mí… …Ay, loca esperanza vana… Paseándose y vistiéndose y mirándose a cada vuelta al espejo y peinándose. Amo a Rosimunda bella desde que vi su retrato. ¿Quién en el que enviarla trato pudiera copiar su estrella para que admitido de ella quedara? Pero si voy tan perfecto como soy pintado, su gusto ofendo; y así en vano estoy temiendo… …cuantos días ha que estoy… …pues claro está que el amor ya la eleción me asegura, que siempre fue la hermosura primer carta de favor; y más cuando a su rigor tan sin engaños estoy rendido, si no es que doy con esto fuego a la llama, pues sólo merece el que ama… …engañando el día de hoy… Mas ame yo, aunque padezca, pues bien mi estrella enemiga hará que no la consiga, mas no que no la merezca. Y así, cuando me aborrezca, viendo a quien pierde y quien gana, quedará mi pena ufana entre sus desdenes, yo riendo del de hoy y no… …esperando el de mañana. Vanse como entraron. ¡Ay loca esperanza vana cuantos días ha que estoy engañando el día de hoy y esperando el de mañana! Este es afetado y vano. Su presunción me disgusta; que en el hombre, aunque es adorno, no es mérito la hermosura. Pero prosiga la acción en que está Astolfo de Rusia. dentro. ¡Arma, arma! ¡Guerra, guerra! Sale Astolfo vestido estrañamente a lo polaco y armado con la espada desnuda y un escudo y algunos retirándose de él. Sienta mi estrago esta infelice tierra y, aunque se dé a partidos de vencida, ninguno en ella quede con la vida; que para mí no es gloria si no se baña en sangre la vitoria. ¡Piedad, señor! Villanos, ¿qué más piedad que muertos a mis manos? Huyen todos. ¡Fuera!, que en enemigo rebelde la piedad es el castigo. Arda, pues, la ciudad, hasta que sea tanta la sangre que vertida vea por toda su campaña que el hidrópico orgullo de mi saña su sed apague en ella. ¡Oh, Rosimunda bella, quién, para que llegara como soy a tu vista, retratara el espíritu altivo con que, ceñido de laurel, recibo destos rebeldes vitoriosa palma! Mas, ¡ay!, que no hay matices para el alma. Vase. Este es soberbio. Bien se ha conocido, pues no se mueve a quejas de rendido; y sólo es venturosa la corona que tiene rey que vence y que perdona. Ya los dos que ver quisiste has visto. Y en la blandura de uno y la fiereza de otro, ambos mi elección repudia. Pasa al tercero. Es en vano; que ya tengo de él algunas experencias. ¿Y quién es, ya que me tocan tus dudas? Es el conde Lucanor, un soldado de fortuna, que, aunque le ilustra mi sangre, sus desdichas le deslustran. General fue de mis tropas, sus vitorias fueron muchas, y hoy que falta la de Marte, la escuela de Apolo cursa dado a buenas letras, siendo entre la espada y la pluma docto en todas lenguas; pero no tiene otra herencia alguna. Y porque es sobrino mío, el consejo le consulta de cumplimiento no más. Yo le he de ver. Pues escucha lo que en un bosque, en que a caza ha salido Rosimunda, le sucede. dentro. ¡Guarda el león! Sale Rosimunda despavorida y Lucanor tras ella. ¿No hay quien a mi amparo acuda? Estela, Clori, Sirene, ¿sola a vista de una fiera me dejáis? Aquí hay quien muera en tu favor: mientras viene, retírate tú; que yo en tu defensa me quedo. En las sombras de mi miedo Al caerse deja un chapín en el tablado y se entra tropezando. tropezando voy. Y no temas que tus pasos siga, sin que me mate primero. Ella peligra y yo muero al verlo. Mas mi enemiga suerte aun aquesta ventura no permite a mi tristeza: que me mate una fiereza en favor de una hermosura. Y así, sólo a aqueste fin, tuerce el paso su furor al bosque otra vez. Sale Pasquín. Señor. ¿Dónde vas? Tente, Pasquín. ¿Y la fiera? Ya la acción volvió con plantas ligeras. No en vano quiero yo fieras, por lo apacibles que son. ¿Luego lo hiciera una hermosa, volverse por no matar? ¡Que no llegase a lograr ocasión tan venturosa como que morir me vieras, Rosimunda, en tu favor! Pero mi estrella en rigor es más fiera que las fieras. ¿Por qué algo de eso tu amor nunca se lo dice a ella? ¿Es menos duca tu estrella que Rosimunda, señor, para que una hablar te impida y otra no? A hablar no me atrevo, pues cuanto pensado llevo, en viéndola se me olvida. Si yo un estado tuviera que ofrecerla, si me hallara con poder que me alentara a que libertar pudiera a Federico… ¿Qué oí? …yo me declarara; pero si soy un pobre escudero suyo no más, ¿cómo, di, he de hablar en competencia de otros? Pobreza y amor u dicen mucho valor u dicen poca prudencia. Mas ¿qué es lo que luce allí? Un chapín es. Pasquín, tente. Porque aun a mí no es decente atreverme a alzarle así. ¿Cómo no, si a lo que brilla, haciendo dos mil cambiantes, son los clavos de diamantes y de oro la virilla? Y vendido, me prometo mi desnudez remediar. Aun yo no le he de tocar sin todo aqueste respeto. Échale un pañuelo y hinca la rodilla y levántale. Ven, pues; al retrato ya la caja que me faltó… Pero esto mejor que yo el efecto lo dirá. Que lo diga o no el efecto, fuera mejor que a otro fin vendiéramos el chapín con muchísimo respeto. Vanse los dos. Ya habrás visto si conviene su persona a mi pintura. Sí, Federico. Y, si hubiera yo de hacer elección de una de las tres sombras que he visto, esta fuera. ¿En qué lo fundas? En que rehusando al decoro, al peligro no rehúsa; en que ama con fineza, en que siente con cordura, en que con valor aspira y con temor dificulta, en que conoce su estrella y en que enojos disimula. Mira… ¿Qué he de mirar? …que… Prosigue, ¿de qué te turbas? …que es consejo de enemigo, y le tomaré. La obscura noche baja, y por que vais, al dejar mi estancia obscura, renovando la memoria, digan las tres sombras juntas: Esto todo se ha de representar y cantar junto, sin cesar cajas, trompetas e instrumentos, hasta que acabe la escena, advirtiendo, que se oiga o no, nadie ha de durar más que lo que durare uno. ¡Arma, arma! ¡Guerra, guerra! Todo sea horror y furia. Todo sea paz y amor cuanto este jardín incluya. Compitiendo con las selvas, donde las flores madrugan. dentro. ¡Estela, Sirene! ¡Cielos, dadme favor, dadme ayuda! No temas; que yo, señora, moriré en defensa tuya. Vuelve a la prisión, adonde respondas a la consulta. Si el hombre es lo más, lo menos son fierezas y hermosura. Vanse, y salen Sirene con una salvilla y en ella un reloj, Clori con otra y en ella una cadena con una medalla, y con otra Estela y en ella un chapín tapado con un tafetán; y Rosimunda y Clori con instrumentos. Ya que del pasado susto de aquella montaraz fiera, deste jardín en la esfera sucede al peligro el gusto, puedes divertirte en ver los tres que a tu padre van consultados: aquí están sus retratos. Si el hacer esa curiosa experiencia de quién son y cómo son no le toca a mi elección, sino sólo a mi obediencia, a cuyo efecto escribí al Soldán licencia diera que mi padre respondiera, ¿para qué quieres que aquí me empeñe en verlos, Estela, aventurando agradarme quizá del que no han de darme? Y así, es mañosa cautela de mi no elegido empleo no ver lo que no he de ver. (Y más cuando anda el placer tan lejos de mi deseo). Aunque es, señora, verdad, con todo eso considero que es mucho el decoro, pero poca la curiosidad. ¿Qué importa ver un retrato? (Quién, ¡ay de mí!, hacer pudiera que el de Casimiro viera, de cuya hermosura trato enamorarla, porque… Mas callad, locos desvelos, que hasta ahora aún no sois celos). Por tu gusto los veré. ¿Cúyo es el que está (¡ay de mí!) Clori, en tu mano? (¡Qué pena!) Pendiente de una cadena, Astolfo es. Y dice así: Tómale Estela y lee como alrededor. «Bien en la cadena muestro la prisión de mi albedrío y en ella el retrato envío, por que al verse esclavo vuestro, no podáis dudar que es mío». ¡Rendido mote! Sí fuera si las cadenas trocara y a mi padre las quitara y a mí no me las pusiera. ¿Y qué te parece de él? No sé lo que me parece, pero a la vista se ofrece áspero, altivo y cruel. ¿Cúyo es ese (¡ay, infelice!) que está en tu mano, Sirene? Casimiro es. ¿Y en qué viene? En un reloj. Y en él dice: Lee. «Pues de un favor o un desdén cuentas las horas, di a quien vas a obedecer leal que te abrevie en las del mal y párate en las del bien». Mírale y déjale. Ten. ¿No te agrada? ¿Eso ignoras? ¿Por qué, no es lindo? Porque ¿quién sufre a un lindo que esté diciendo su amor por horas? ¿Cúyo es ése, Libia? (¡Ay, cielos!). Es del conde Lucanor, tu primo. Pues ¿no es error? (Disimulemos desvelos). (Suframos penas tiranas). ¿Traerme retrato (¡ay de mí!) del que tantas veces vi? Las acciones cortesanas más en ceremonia estriban tal vez que en necesidad. Y, aunque el verle sea verdad por instantes, no es bien vivan los dos más favorecidos el día que los tres son igualmente a la elección llamados, si no escogidos. ¿Y en qué viene? No sé, pues de aqueste cendal cubierto, sin haberle descubierto le traigo. Descubre el chapín y en la suela el retrato. Este el chapín es que yo en la fuga perdí de la fiera, cuando fue preciso el correr a pie, y a él en mi defensa vi. (Fiel vasallo, amante fiel, ¡cómo mi riesgo previene!) Mas ¿dónde el retrato viene? Debajo, señora, de él. Lee. «Volverte a tu dueño trato, pues sólo veniste a fin de que hiciese mi recato la suela de su chapín la caja de mi retrato». Esta sí es cortesanía discreta, esta sí es acción de capricho y de elección, de gala y de bizarría. Buscar lugar que en sí encierra tal decoro que, aun después que yo le traiga a mis pies, no mire más que la tierra, es de estimar. (Mas, ¡ay, cielos!, cobraos, locas fantasías.) (Ya podéis, desdichas mías, hablar, pues que ya sois celos). De otra suerte lo juzgara yo, pues mucho mejor fuera que, aunque en el suelo la viera, del suelo no levantara prenda tan tuya, señora, cuanto más para hacer della jeroglífico al volvella. (Fuerza es fingir). ¿Quién lo ignora? Que si lo contrario dije, fue por sacar qué decían las demás y qué sentían de si esta osadía me aflige con causa o no. Claro es, y con mucha, cuando infiero que ha andado necio y grosero, desatento y descortés. ¡En tu chapín mote a fin de declarar su cuidado! ¡Qué por tu cuenta has tomado los agravios del chapín! Yo digo mi parecer. Basta, Estela, bien está. Retirad todo eso, y ya que no puedo entretener nada mis tristezas, di, Flora, algún tono. Sí haré, tan nuevo que hoy le estudié. Sale Lucanor. (Si fuera el que yo escribí). Canta. Vuela, pensamiento mío, vuela sin temer osado los desaires de un desvío, pues yo a volver desairado es sólo a lo que le envío. ¿Cúya es esa letra, Flora? Es del conde Lucanor. Pues ¿el Conde (¡qué rigor!) hace coplas? No, señora, pero esta hizo. ¿Cómo? ¡Ay, Dios! Como no es en su fortuna tan necio que no haga una ni tan loco que haga dos. Y ya que en una ocasión no conseguí merecer morir en defensa tuya, vengo a suplicarte… ¿Qué? …que para morir en otra, licencia (¡ay de mí!) me des. ¿En qué ocasión, Lucanor? La que precisa no dé lugar a la contigencia, yéndome a buscar a quien me mate, sin argüirme si es muerte o si no lo es. Y para que veas, señora, si busco la más cruel, licencia para ausentarme vengo a pedirte. ¿Por qué? Porque, cuando otros la piden de venir a merecer, de ir a no merecer yo es bien que la pida; que en las casas de los pobres siempre anda todo al revés. A Astolfo y a Casimiro, o tú, o tu consejo, o quien pudo –pero contra un triste cualquiera pudo poder– se la han dado para entrar en tu corte a pretender tus agrados, mientras viene aquella eleción en quien advertidamente noble, generosamente fiel, quieres que otro dé el favor por dar tú siempre el desdén. Yo, que a hacer número sólo en la consulta fui, a que descanse el discurso en mí –que es alivio para un juez el darle qué desechar si le dan en qué escoger–, desconfiado, señora, de que nunca pueda ser el elegido, rehúso la cara al desaire, pues no es tan grande el mal, mirado sin los antojos del bien. Yo no tengo más caudal para aspirar al dosel que en mejor esfera ciñe luz de mejor rosicler que tu sangre y que mi espada. Pues ¿cómo quieres que esté a vista de los que vienen coronados de laurel, todos faustos, todos pompas, si no es que me quede a ser el lunar de la hermosura de tu corte, cuando a ver llegue en cada joya un sol y en cada pluma un vergel? La oposición de la noche hace claro al día y no es justo, siendo yo la sombra, que más resplandor les dé con mi obscuridad, que un pobre, tropezando todo en él, sólo hace dar qué decir donde no tiene qué hacer. Y así, si me echares menos –que no harás, señora, bien que los trastos desechados aun hacen falta tal vez– ten entendido (¡ay de mí!) que me he ausentado a no ver cara a cara mis desdichas; que, aunque en mí hay valor, no sé que baste para mirar tu mano en otro poder bien que habrá de consolarme –mas ¿qué consuelo ha de haber?; perdóname este descuido que la envidia no es cortés, hija al fin de ruines padres– ver que la ventaja esté de parte de la fortuna y no del mérito, pues aun el que merece más no merece merecer lo que he merecido yo, pues he merecido ver, como tabla de milagro, sucederme nada bien ante la deidad de amor sacrificada mi fe en una basa del templo, puesta mi estatua a sus pies. Vase. ¡Volved, Conde, oíd, escuchad! (Mas, ¡ay de mí!, ¿para qué le llamo, si no ha de darse por vencida mi altivez?). Vuelve Lucanor. ¿Qué mandas? ¿Cuándo os vais? Luego. El cielo os lleve con bien. (Para impedir su partida, industria el amor me dé). ¿Y para esto me llamáis? Aunque os vais, Conde, creed de mí que tendré memoria de vos, siempre que me dé la música ocasión. Creedme, Conde, a mí, y no os vais. ¿Por qué? Porque aun los queridos no lo pasan ausentes bien, ved qué harán los no queridos. De mí entendido tened que la hablaré siempre en vos. Y de mí, Conde, también. Vanse. Todas me honran; pero todas, contra mi suerte cruel, no valen lo que una vale. Si he de dar mi parecer, idos, Conde, sin que os vais. Eso, ¿cómo puede ser? Olvidando que el que olvida, si lo consigue una vez, ni está presente ni ausente. Vos me aconsejáis muy bien, si como dais el consejo dierais medios para él. Dos cosas aseguráis. ¿Qué son? Vengaros de quien os aborrece y pagar alguna callada fe que ha de sentir vuestra ausencia. Pues ¿cómo es posible haber afecto tan desvalido? Eso no sé; pero sé que si algún día olvidáis, algún día lo sabréis. Vase. ¡Qué pegado afecto al alma el del amor propio es, pues nunca le suena mal que haya quien le quiera bien! Días ha que vi en Estela… Mas, discurso, ¿para qué reconocer solicitas lo que no has de agradecer? En fin, me despedí, y cuando de Rosimunda esperé que alentara mi esperanza, «el cielo os lleve con bien» es cuanto la merecí. Sale Pasquín. ¡Que no pueda dar con él! Aquí estoy. ¿Qué traes, Pasquín, que enojado al parecer vienes, no habiéndote visto en todo hoy? ¿Qué he de traer, si con él no puedo dar? Luego, oye, ¿no soy yo a quien buscas? No, señor. Pues habla, ¿con quién el disgusto es y a quién buscas? El disgusto es conmigo y le ha de ser hasta que le halle. ¿A quién dices? Al compañero de aquel chapín que yo me eché a hallar y tú me echaste a perder. ¡Qué locura! No es locura pensar que por allí esté; que claro está que no había con el uno de correr una principal señora a concojilla en un pie como juegan los muchachos cuando hacen «una, dos, tres, Cojea. coja es». Sin duda dejó los dos, y, pues yo no le hallo, ven conmigo a decirme tú dónde el chapicidio fue, que, aunque yo vengo de andar todo el bosque, no acerté con el sitio. Calla, loco, y oye: lo poco prevén que hay que prevenir en casa, porque antes de anochecer he de salir de la corte. Pues ¿qué hay, señor? ¡Qué ha de haber! Despedime, presumiendo que Rosimunda, después que se vio de mí servida, me mandara detener, alentando mi fortuna al oír: «Me voy por no ver más desaires». ¿Y qué dijo? «El cielo os lleve con bien». Voto a diez maravedís, y, pues nunca entró más bien, y a la trompa de París, y tras la trompa y los diez, al chapín de la Condesa, que es una ingrata cruel. ¡Y cómo que es cruel ingrata! Sale Rosimunda a la ventana en lo alto. (Ventura ha sido que esté todavía en el jardín y yo sola, para que empiece la industria mía su partida a suspender. Y esta sea la primera rémora que eche a sus pies, sin que sepa quién la envía). Arroja una caja con una joya y da a Pasquín en la cabeza y cierra. Vuelvo a decir otra vez que es cruel y ingrata y más ingrata, ¡ay de mí!, y cruel quien hace señas con guijas de a veinte arrobas. ¿Qué fue? Un guijarro que han tirado de aquella ventana, y no es el primer tiro en que hace chichones una mujer, pues todos sus tiros van a la cabeza. Detén la voz, que el golpe no es nada ni nunca lo pudo ser, siendo caja de una joya la que cayó; aunque más es que la caja. Pues ¿qué es más? La joya con un papel. Ése fue el que me mató. ¿El papel? Pues ¿puede haber cosa tan pesada, y más si es de algún galán novel que ama porque aman los otros, y la dama con desdén arroja papel y joya? ¡Vive Dios, que lo he de ver! «No os ausentéis, Conde, y vuestros lucimientos disponed, que quien da ese medio agora cuidará de otros después. Y para que no tengáis a nadie que agradecer, la Venus de aquesa fuente dirá lo que habéis de hacer, si entre las murtas que adornan el primor de su cincel buscáis desde aquí adelante el dueño deste papel». Joya y papel viene a mí. Salto y brinco de placer. ¿Quién puede ser en el mundo quien compadecida esté tanto de mí? Qué sé yo. Mas ¿eres devoto de las almas del Purgatorio? Porque ellas suelen hacer de aquestas habilidades. Si no, acuérdate que fue el mejor amigo el muerto. Calla, ignorante. Sí haré, que el que toma ha de callar. ¿Adónde vas? A poner esta bienvenida joya en casa de un mercader para que de una librea haga los créditos él. Y empecemos por aquí a lucir y parecer, para cuando vengan estos príncipes. El paso ten: que della yo no he de usar. Pues ¿por qué, señor? Porque no hay ruindad como dejarse obligar de una mujer. Estela anda por aquí, y de mí no han de creer que para servir a una, tomo de otra. No uses, pues, tú, sino yo. ¡Suelta! ¡Quita! Porfían a tirar ambos della. Sale Sirene. Señor Conde… ¿Qué queréis? Bien sabéis cuán vuestra afecta siempre he sido. Ya lo sé, y lo que os debo. Pues viendo que ausentaros disponéis, y que es alhaja de ausente este retrato que veis de Rosimunda, que acaso tenía yo, quiero que esté mejor empleado en vos. Humillado a vuestros pies dos veces estoy: la una de obligado, de cortés la otra; que retrato suyo así recibirle es bien Quedad con Dios. Esperad. ¡Quién fuera del mundo rey, para feriaros tal prenda a todo el imperio de él! Mas habréis de perdonarme. Tomad, no como interés, como reconocimiento, esta joya. ¿Cómo? ¿Qué? ¿La joya? Calla, villano. Aunque mi intento no fue más que serviros, la tomo por no quedar descortés. Vase. ¡Vive Dios, que una por una, se la lleva, como quien no quiere la cosa! ¿Dónde vas, Pasquín? Tras ella. ¿A qué? A echar un embargo, puesto que tengo parte también. ¿Tú? ¿Qué parte? El coscorrón. Detente. ¿No decías que es ruindad tomar de una para otra? ¿Quién se ve obligar y obligar tanto que no intente agradecer? Si fuera cada diamante un rayo del sol y a él se redujeran mil soles, hiciera lo mismo al ver de un sol, más que todos sol, el retrato en mi poder. Sí; mas viniera mejor, señor, si viniera… ¿En qué? …en la suela de un zapato tuyo. Calla, loco, y ven a disponer mi partida. ¿Y qué dirá de eso? ¿Quién? La boba que dio la joya. Lo que ella quisiere, pues a eso se expone la dama que abatidamente fiel fineza hace con quien sabe que quiere a otra dama bien. Jornada Segunda Salen Rosimunda, Estela, Sirene, Clori, Flora y Libia. Dejadme todas; ninguna conmigo quede. No quieras dar a tus melancolías con la soledad más fuerza. Aun por eso la deseo, porque sé que es la tristeza monstruo que en las soledades de sí sola se alimenta. El día que está tu corte de tantos aplausos llena, toda regocijos, toda saraos, músicas y fiestas, a causa de que hoy Astolfo y Casimiro desean, de lo vivo a lo pintado, declarar la competencia, no sólo siempre te miran tan triste, pero ¿a la esfera deste jardín te retiras, adonde a solas intentas quedar? Sí, Estela, y pues dije que no es posible que pueda haber dicha para mí sino mi desdicha mesma, dejadme todas, dejadme. Mira… Advierte… Considera… Repara… ¿Qué hay que repare, mire, considere, advierta? Dejadme, digo otra vez y otras mil. ¡Rara estrañeza! ¡Notable melancolía! ¡Grave mal! ¡Triste violencia! (¡Oh, quiera el cielo no nazca de que mi esperanza muera!). Vanse y queda sola Rosimunda. Loco pensamiento mío, ya que tú eres de mis penas sólo el testigo con quien puedo descansar en ellas, permite este instante que sola me dejan, que tú y mis desdichas entremos en cuenta. ¿Qué es lo que pasa por mí, siendo desde mi primera cuna imaginado asunto de las plumas y las lenguas? Pues cuantos escriban pensadas novelas, ¿no harán la fingida mayor que la cierta? Dejo aparte la osadía de los que fieros intentan cada uno al entrar su bando con una industria tan necia como traer a dos, donde el uno es fuerza que a vista del otro desairado vuelva, y voy a lo que resulta contra mí de su imprudencia, pues ella es causa de que Lucanor… Detente, lengua, que no has de decir, por más que padezcas, de que Lucanor haga de mí ausencia. Por no decirlo, lo dije. Sola estoy. Memoria, deja de cuantas veces me afliges, que una sola me diviertas, y ten entendido que hablar en mis penas no es por aliviarlas, sino por crecerlas. Es mi primo Lucanor; y aunque la sangre pudiera amor, cumpliendo el adagio, hacer que sin fuego hierva, mayor causa pienso que hay en las estrellas, pues quieren que a él ame y a mí me aborrezca. Agora me preguntara alguien, si acaso me oyera, ¿por qué, siendo así, no hago yo la elección por mí mesma? Mas, ¡ay!, que era fácil darle por respuesta que mi libertad no es mía, es ajena. Que esto de casar a gusto las mujeres de mis prendas, es bueno para las farsas y tengo de quitar de ellas, a costa del alma, por más que lo sienta, que pueda el amor más que el valor pueda. Y siendo así que es preciso que él, el nombrado, no venga, y que yo no dé la mano a quien mi padre no quiera –pues él, claro está, elegir es fuerza quien su libertad con poder pretenda– ya que no me ha de deber lo más, lo menos me deba, luciendo a vista de otros, airoso con mi asistencia, sin que sepa quién su humildad alienta; que no hay bien si se hace por que se agradezca. En medio se corre una cortina y vese una fuente con una estatua pequeña de mármol y, si no se pudiere ejecutar en el salón, se represente dentro. Pone en ella un libro de memoria dorado y una cadena. Y pues el primer papel dijo que a esta Venus venga, donde hallará entre estas murtas tal vez o memoria o prenda, en ellas pondré memoria y cadena, pues venga o no, importa poco que se pierda, hasta que yo reconozca si es segura industria esta para llevarla adelante. ¡Oh, tú, de Amor madre bella, secreto me guarda; que la costa hecha tienes al silencio, pues eres de piedra! Tocan chirimías y dicen dentro: ¡Viva Casimiro! ¡Astolfo viva! ¿Qué voces son éstas? Sale Estela. Que Astolfo ya y Casimiro de tu palacio a las puertas llegan, aplaudidos ambos de la plebe y la nobleza. Mira que tardas, señora, para que uno y otro vean cuánto la fama mintió, que encareció tu belleza, pues aunque habló en plumas, pinceles y lenguas no dijo lo menos de tus excelencias. Forzoso es, ¡ay, infelice!, que acuda a acción tan molesta; que al fin vienen a mi corte, aunque sin mi gusto vengan. (Pero yo sabré usar de cautela, conque aún el nombrado mi esposo no sea). Vase. Confusa imaginación, pues también conmigo quedas a solas, deja también que yo entre contigo en cuentas. ¿Qué imperio es, ¡ay, triste!, el de las estrellas, que aunque sólo inclinan, parece que fuerzan? Amo al conde Lucanor y todas estas tristezas de Rosimunda, no sé qué oculta causa secreta tienen contra mí, que no llego a verlas vez que en cada una no halle una sospecha. A esta causa, cuando sola quedó, previne, encubierta de aquel jazmín, atender a sus acciones y ciega vi que entre las murtas, que a esta Venus cercan, llegó. Cuidadosa veré qué hay en ellas. Pero gente en el jardín ha entrado. La acción suspenda mi vana curiosidad, que después daré la vuelta. Y más cuando es, ¡cielos!, Lucanor quien entra. ¡Quién disimulara celosas ofensas! Tocan dentro atabales y dicen. ¡Viva Astolfo! ¡Casimiro viva! Salen Lucanor y Pasquín. Voces lisonjeras, sedlo a todos, añadiendo que ellos vivan y yo muera; pues aun en las plantas, cuando aman, es fuerza que unas se destruyan para que otras crezcan. ¿Dónde vas, señor? No sé dónde voy ni… Mas, espera, que hacia la fuente de Venus sola Estela está. ¿Qué fuera si es la de la joya, como tú sospechas? Calla. Estela, ¿qué soledad es ésta? Cuando está todo palacio tan de gala, tan de fiesta, ¿vos sola en estos jardines? Mi duda, Conde, es la mesma. Y así, me parece que entre los dos sea, pues una es la duda, una la respuesta. ¿Vos, cuando os juzgaba ausente, aquí? ¿Qué es esto? Es Estela, no ser… ¿Qué? …tan bien mandada el alma, como la lengua. El decir es fácil uno que se ausenta, mas no el ausentarse si hay quien le detenga. ¿Y hay quien le detenga? Vos, que sois la que me aconseja que me quede y que me vaya. Y así por vuestra obediencia me ausento, pues no asisto a las fiestas, y me quedo, pues en vos vengo a verlas. Dentro música de atabales y trompetas. Aunque esa lisonja, Conde, sólo es cortesanía vuestra, la estimo. Quedad con Dios, que ya el rumor de más cerca dice que en palacio los príncipes entran y no es bien me eche menos la Duquesa. Esperad y una palabra sola mi dolor os deba. Decid. ¿Por qué me dijisteis que hay quien me ame y me aborrezca? ¿Habéis olvidado? No, pero quisiera. ¿Pues nuestro concierto que olvidéis no era y que entonces lo sabréis? Lo uno sólo se me acuerda: el olvidar se me olvida. A mí y todo. Id norabuena; que mientras no olvidéis, soy al silencio tan de piedra como es esa Venus. Preguntadlo a ella, que si ella os responde, mía es la repuesta. Vase. ¿«Que si ella os responde, mía es la respuesta»? ¿Qué enigma es esta, Pasquín? ¿Quién te ha dicho que yo tenga don de enigmas? Qué sé yo. Pero por sí o por no, aquésta he de adivinar Mira las hojas. ¿Qué es lo que ahí intentas? Ver si alguna alhaja nos dejó encubierta. ¿Tal locura había de hacer? ¿No hizo la otra de la reja? Pues el refrán de los cestos, ¿quién se le quitó a las cestas? No examines, loco, pretensión tan necia. Como ésos pretenden cosas menos cuerdas. Mi señora doña Venus, pues ya usted es diosa vieja –y las viejas, aunque diosas, dar es forzoso en terceras– dígame si el guardainfante de hierba trae que demos a la primera que venga. Esconde la cadena y el libro. ¡Ay, vive Dios! ¿Qué es aqueso? Muestra el libro y esconde la cadena. Nada. ¿Qué escondes? Espera. Es un libro de memoria que traigo en la faltriquera. ¿Tú, libro tan guarnecido? Pues ¿por qué no? Suelta, suelta. Mira que es mi confesión. No le abras, no le leas. Pónese Pasquín la cadena, mientras lee Lucanor y siempre que vuelve se reboza por que no la vea. . «Si el consejo de no iros, Conde,…» ¿Es tu confesión esta? Pues ¿no eres tú mi pecado? «…os merece mi fineza…» (Hasta aquí bien va). «…y creyendo a quien siente vuestra ausencia, venís a esta fuente…» (Bueno). «…creed que hallaréis siempre en ella alguna memoria mía». (Mejor). «Y ahora en primer muestra, pues día es de gala, poneos en mi nombre esa cadena…» (Malo). «…hasta que me asegure si es cierta la mensajera». ¿Dónde la cadena está? Qué sé yo. Tú puedes verla, que yo no hallé más que el libro. Amor, no es codicia esta, sino estimación. Aquí no está. Pues ¿a quién te quejas? Llega, di hacia dónde estaba. Llegarán, que no son bestias. Tírale de la capa y desarrebózale y ve la cadena. ¿Por qué me haces andar loco, cuando tú la tienes puesta? Por andar cuerdo en guardarla de tus manos, pues es cierta cosa que has de darla luego. No daré en mi vida; muestra. ¡Ay, ingrata Rosimunda! ¿No te corres, no te afrentas de que, siendo yo tu sangre, de mí otra se compadezca y no tú? Estela, conmigo tan liberal, tan atenta, que sin aspirar a más que a mí, olvidó su fineza. Mi necesidad socorra con tan mañosa cautela que aún las colores me escusa. Eso tienen las Estelas, valían para toreadoras cualquier cosa por que hicieran siempre a tiempo los socorros. Corrido estoy de vergüenza y aunque agradezco la acción, me pesa, Pasquín, de verla tan fina. Escribe en el libro. También a mí, y aun a lo del alma fuera mejor mi pesar. ¿Por qué? Toma la cadena a peso. Me pesa que no me pesa. Pero ¿qué haces? ¿Qué he de hacer? Respondo, Pasquín, a Estela. ¡Oh, si como es de memoria, de olvido este libro fuera Pone el libro en las hojas. por que pudiera a sus manos volver con mejor respuesta! Pónese la cadena. Pon aquí; que aunque aventure que Rosimunda se ofenda, tengo de darla a entender que cuando ella me desprecia, hay quien me estime. Bien haces. Mas dime, si al salón entras y Rosimunda te ve, ¿qué haremos de la licencia que te dio para partirte? Dejarla, Pasquín, con ella, que licencias que se piden sin gana que se concedan, en obligación no ponen a nadie de obedecerlas. La música y dicen dentro. ¡Viva Casimiro! ¡Astolfo viva! ¿Quién habrá que crea que allí aquellas voces y aquí estas finezas, las unas me estimen, las otras me ofendan? Vase. Yo lo creeré, mas no quiero discurrir en la materia. Oye, seora Venus, pues se da por vieja, regale; que así hacen aquella y aquella. Vase. Tocan las chirimías y salen por una parte, con acompañamiento, Astolfo y por otra Casimiro y por en medio las damas y detrás Rosimunda. Felice la fortuna… Con reverencias. Infelice la suerte… …del que hoy ve en el alcázar de la luna… …del que hoy del sol en el palacio advierte… …que todo es vida en él. …que todo es muerte. Felice, pues, prosigo, aunque muera el que muere a tan hermoso riesgo que prefiere a las seguridades el castigo… Infelice, otra vez y otras mil digo, aunque viva el que vive donde aun el viento su favor no escribe,… …pues no hay muerte de amor si hay esperanza. …pues vida no hay donde hay desconfianza. A él. Si yo esperara merecer, ya fuera grosero mi delito. En esperar sin merecer, no quito su estimación a la atención primera. A él. De ninguna manera espero yo, pues aun morir no espero, pues vivo con el gusto de que muero. Yo… Yo… No más, y a entrambos respondiera si la materia que argüís supiera. Pero quien ha nacido hija de la prisión de un padre anciano, darse por entendida fuera en vano de lo que ni es ni puede ser ni ha sido riesgo, esperanza, mérito o olvido; plática que la estrañan con espanto el uso, el luto y más atento el llanto. Y pues tan presto espera mi tristeza que acabe Marte lo que Amor empieza, pues es fuerza que habiendo de firmar la elección el que muriendo en una torre yace, agradecido el dueño en quien la hace, convierta en esta parte la academia de Amor en la de Marte. Entonces yo, siguiendo de mi estrella la inclinación, daré mi voto en ella. Y hasta entonces, cuestión para que apelo, bienvenidos seáis, guárdeos el cielo. Hace que se va haciendo reverencia, y los dos la acompañan hasta la puerta. Por que veáis que deseo que ése en vuestro servicio sea mi empleo, y por que en un ensayo vislumbres dé el relámpago del rayo, dadme licencia para que prevenga sustentar un torneo en que mantenga que mérito no alcanza el que padece en fe de la esperanza. La licencia otorgara si con mi condición la consultara, pero públicas fiestas fuera exceso muy contra la piedad de un padre preso. Pues si públicas fiestas son al decoro lícito molestas, y Amor ha de empezar la competencia antes que Marte, dadme a mí licencia para que en un festín… Ni eso tampoco. Sale Lucanor con la cadena, repara Rosimunda en ella y cáesele el abanico de la mano. Loco está quien mira esto y no está loco. Pues tú, según aqueso, no lo estarás, que ya lo estás. (Confieso que al ver a Lucanor me he suspendido, aunque he estimado que haya sucedido bien aquel medio que eligió mi pena, pues vuelve a la prisión con mi cadena). ¡Hola! Señora. Alzad ese abanillo. Levantan entre los dos el abanico. Yo he de lograllo. Yo he de conseguillo. ¿En cuál de los dos queda? Veamos presto a quién le he de pedir. Pues ¿qué es aquesto? ¿Pedirle vos? Yo. Astolfo, Casimiro, Lucanor… ¿Lucanor es el que miro? Pues ¿cómo así vuestro respeto ignora la atención? Yo, señora. Yo, señora. Soltad, soltad, que de ninguno puede ser prenda mía; ni en mi mano quede, ya que della salió para la vuestra. Toma, Clori, y en muestra de que de nadie ya –ni aún mía– no sea, quítala allá donde jamás la vea. Si mi desatención… Si mi osadía… Si la cólera mía… Está bien, retiraos los dos y vos también, Conde; quedaos advirtiendo los tres que deste empleo no es lid, es elección el galanteo, y elección que al mirar quién la dispone, verá la obligación en que le pone. Vase. ¿Qué te parece de uno y otro amante? Uno afectado es; otro, arrogante. Vanse. Feriadme, hermosa dama, aquesa bella prenda a cuanto queráis pedir por ella. Esta prenda no es mía. En vano en todo mi temor porfía. Vase. Dichoso yo si aquesa prenda os debo. Perdonadme, que a darla no me atrevo. ¡Oh, cuánto contradice que quiera ser felice el infelice! Vase. Si a dos tan venturosos la has negado, mal la podrá pedir un desdichado. Antes bien, si cuando a otros la negaba, era… ¿Por qué? …porque a él se la guardaba. Toma, y pluguiera a Dios que en mí estuviera que ésta la mano de su dueño fuera. Beso tus pies; y basta ver que gano la litigada prenda de su mano, sin que a más aspirar pueda mi pena. Ciégale, Sant Antón. Si a esta cadena… Ya más que no le ciegues. …reducido se viera todo el sol, el sol rendido a tus plantas se viera. Perdona, Clori, y tómala siquiera por reconocimiento de mi agradecimiento, que esto no es paga, es muestra de mi celo. Por no ser descortés. Guárdete el cielo. Vase. Lo mismo dijo la otra. A estas señoras, ¿quién graduó las manos de dotoras? Ay, Pasquín, ¿no me das la norabuena? Sí, por cierto: mil años sin cadena te goces; que, por Dios, que te temía cuando te vía con ella, porque vía que el oro para ti es manjar estraño y te pudiera hacer notable daño. ¡Jesús, Jesús, qué dicha que ya vienes sin ella! Si un instante más la tienes en el cuerpo, revientas. Tu locura aún no es, Pasquín, baldón de mi ventura. ¿Qué ventura? Pesar dejó la dama de aquella pobre Venus que te ama tan en tu amor corriente que purga tus achaques por su fuente. Pues ¿puede haber ventura más noble, más altiva, más segura que verme, Pasquín, dueño de prenda que fue empeño de los dos? Ven adonde, ya que mi dicha a mi dolor responde, en mi poder la vean por que testigos sean sus celos de mis celos. ¡Oh, cuando usar piedad quieren los cielos, lo que encadena Amor! Aquesa es buena, pues ¿cuánto es más lo que desencadena? Vanse. Sale Rosimunda sola. Sola otra vez he mandado que me dejen, verde estancia, en tu esfera, atribuyendo a mi tristeza la causa, siendo así que ya no es ella, sino el gusto de que haya logrado tan bien Amor de aquesta industria la traza. En fin, los socorros míos, sin conocer quién los haga, han tenido a Lucanor para que huyendo no vaya el rostro a la competencia. Y, pues ya desengañada estoy, viendo en su poder la cadena, de que nada hay que temer el secreto, puesto que un mármol le guarda, proseguir quiero la industria poniendo joyas que valgan más, pues aquella fue sólo –no temiendo aventurarla– bien como espía perdida a conocer la campaña. No faltará quien murmure, si esto a saberse se alcanza, cómo joyas mías no son conocidas, sin que haga reparo él ni nadie en ellas, sin ver que uno y otro salva ser prendas que en el secreto de un escritorio guardadas dejó mi padre, de que muriéndose me dio una aya la llave. Pero ¿a quién, ¡cielos!, doy satisfación tan vana? Y así, volviendo al discurso, veamos a qué su esperanza la imaginación estiende, pues su ingenio, cosa es clara, viendo el libro de memoria, que habrá entendido que el alma del dejarle fue decirle Ábrele. que responda en él. No vana fue la prevención, pues dice de lo que escribí a la espalda: Lee. «Aunque soy necio, señora, en lo que amo y lo que olvido…», dos afectos significa a la primera palabra, pues claramente confiesa que a una olvida y a otra ama, «…no tanto que no he entendido vuestro amor antes de agora», y en esto bien da a entender que presume con quién habla. ¿Qué fuera que a mis finezas otra ganase las gracias? «Pero quien rendido adora…», aun si dijese a mí, vaya, «…una ingrata fe, mal funda agradecer la segunda». Algo me consuela ver que a quien es, la desengaña. «Y así, el socorro estimando, le pagaré…». ¡Amor me valga, que ya mi fe desconfía, pues alienta otra esperanza! Cobro aliento y vuelvo a leer para enlazar lo que falta. «Aunque soy necio, señora, en lo que amo y lo que olvido, no tanto que no he entendido vuestro amor antes de agora. Pero quien rendido adora una ingrata fe, mal funda agradecer la segunda. Y así, el socorro estimando, le pagaré en acabando de olvidar a Rosimunda». ¿Luego ya empezó a olvidarme? ¡Quién creyera, quién pensara que diese yo contra mí a mi enemigo las armas! ¿Mis finezas juzga de otra? ¿Quién será, ¡ay de mí!, esta dama, de quien por tan entendido se da que es ella? ¡Mal haya quien aventura finezas que tan al rostro le salgan! Mas, ¡ay de mí!, ¿cómo puedo dejar yo de aventurarlas si en una parte mi amor, si en otra parte mi fama, una me obliga a emprenderlas y otra me obliga a callarlas? ¿Qué hiciera yo por saber, cielos, quién es? Pero nada me parece que podrá descubrirla y declararla como llevar adelante el intento; pues es clara cosa que una vez o otra, no advirtiéndola la falta, no dejará de haber señas. Y así, con acción contraria, lo que empezó la fineza ha de acabar la venganza. Pone una caja. No dádiva ya, veneno quisiera que en esta caja Escribe. quedase, y lo que le escriba ha de ser sólo en instancia de que diga quién presume que es deste efecto la causa. ¡Oh, si el disimulo, cielos, me valiera que llegara a saber quién dueño es desta ira, desta rabia, deste veneno, este fuego, este rencor, esta saña, este delirio, esta furia, este…! Salen Lucanor y Pasquín. ¿Vos en voces altas, sola y colérica? ¿Qué es esto, señora? Nada. Vase. «Enterrad a ese mozo, Luis Quijada», sólo le faltó decir. ¡Qué melancolía tan rara trae consigo! No me espanto si novio a disgusto aguarda. ¿Cómo? Como lo han de ser: Astolfo, todo arrogancias, Casimiro, todo espejos, o tú, todo pataratas. ¿Qué son pataratas? Ciertas finísimas circunstancias de los hijos de vecino cuando enamoran sin blanca. Quiero, adoro, si no muero, y luego es menester que haya alguna dama pechera que les sustente la hidalga. Calla, que viene allí Estela. Retírate entre estas ramas, que si buscando el nidal va, no pondrá si la espantas. No por eso lo haré, pero por no verla, por no hablarla; que no sé qué he de decirla si en sus finezas me habla y yo respondo en mis penas. Sale Estela. Segunda vez a esta estancia sola salió Rosimunda y segunda vez mis ansias acechándola la vieron buscar no sé qué en las matas desta murta. Pues ¿qué esperas, curiosa desconfianza, que no llegas a saber qué es lo que en ellas se guarda? (Mira si digo bien; ya Estela toma el libro y la caja. llega) Un libro y una caja hay aquí. (Ya toma el libro). (Y si la vista no engaña, una caja en la otra mano trae). (Ya tenemos alhaja que echar por ahí). Lo primero veré lo que el libro trata. (Ya lee lo que la escribí). Dice en la primera plana: «Si el consejo de no iros, Conde…», con el Conde habla, «…os merece mi fineza…». No en vano me dijo el alma que esto tocaba a mis celos. Mas ¿cuándo, ¡ay de mí!, se engañan presunciones que atormentan ni sinrazones que agravian? Pero prosigo: «…y creyendo…», ¡qué sentimiento!, ¡qué rabia!, «…a quien siente vuestra ausencia…». (Señor). (¿Qué dices?). (Repara en que Rosimunda vuelve). (Si con el hurto la halla en las manos, ella y yo somos perdidos; que salga es fuerza). Estela. Tirano, ¿qué quieres? Que en lo que andas, dejes. Sí haré, pues que ya no tengo que saber nada, puesto que todo lo sé. Y sé, traidor, dónde paran todas aquestas finezas. (Sin duda a saber alcanza que das sus joyas a otras). (Sí, pues el verme la agravia y dice que sabe dónde van a dar finezas tantas). Aunque me conozco, Estela, deudor de dichas tan altas… No tienes que repetirlas, ya sé todo lo que pasa. …no puedo satisfacer a tu queja, que me falta aun más que la voz el tiempo viendo a Rosimunda que anda tan cerca de aquí que ya hacia aquí llega. Repara en si es justo que te coja con ese libro, esa caja en las manos. No, por cierto. Toma, toma, tú los guardas, pues son tuyos, porque a mí el desengaño me basta de que esto y aun más merece quien ama a quien sabe que ama. Vase. No alces la voz; no te oiga, ya que no te ha visto; calla. Déjala que cacaree, pues pone. Sale Rosimunda. (Penas tiranas, ¡qué mal sosiega un celoso! ¡Qué mal un triste descansa!). (Al paso salirla quiero mientras Estela se alarga). (De aquí me fui temerosa de que mis celosas ansias me declarasen con él, y aquí me vuelve mi rabia, quejosa de por qué no me he de declarar. Que haya precepto para el silencio del amor, cordura es, vaya; mas precepto para el de los celos, es ignorancia). Conde, ¿aquí estáis todavía? Pues ¿cuándo no soy yo estatua añadida a estos jardines, sin ser, sin vida y sin alma? No me espanto, que hay entre ellos alguna de tan estraña perfección que no sería mucho, transformado el que ama en lo amado, estatua hacerse, no más de por imitarla. Mal puedo negarlo yo, pues amo una de tan rara dureza que ni ve ni oye ni entiende ni siente ni habla, conque yo ni hablo ni veo ni entiendo en más que adorarla. Yo pienso que a la que vos amáis, nada de eso falta, pues sé que habla, entiende y siente. (Énfasis traen las palabras. Yo me he de escurrir por que no me meta a mí en la danza). (Qué fuera que algo supiera). (Mucho, temor, te adelantas). (No darme por entendido conviene). ¿Qué importa que haya para quien hable y quien sienta si para mí, siempre ingrata y nunca, ¡ay de mí!, piadosa, nunca siente y siempre calla? (Más dice de lo que fuera razón decir). Quizá engaña la apariencia, porque hay… ¿Qué hay? …hay presunciones vanas, hay malicias engañosas, hay suposiciones falsas, hay fantásticas ideas, hay fingidas asechanzas, hay mentiras aparentes y por fin de penas tantas… …¡Ay, verdades que en amor siempre fuisteis desdichadas! ¡Hola! ¿Qué músicos son los que en mis jardines cantan? Sale Estela. Como a los príncipes diste licencia para que entraran a verlos –no imaginando que en ellos, señora, estabas– en aquella galería, gozando el fresco del aura, parándose Casimiro cantar sus músicos manda. Y así, retírate; no te vean si hasta aquí pasan. No te des por entendida de que los oigo y aguarda al paso, y si hacia aquí vienen, di que hacia otra parte vayan. (¡Ay de mí, que no pudiese embarazar lo que hablan!). Vase. Y, volviendo, Lucanor, a que hay tantas cosas varias como vos decís, también sé yo que hay muchas contrarias. Pues ¿qué podéis saber vos? Sé que hay quien, fingiendo que ama, ya se ausenta y ya se vuelve, ya se acerca y ya se aparta, ya se muere y ya se vive, ya se hiela y ya se abrasa. Y, siendo mentiras todas sus finezas, quizá agravia algunas que no lo son, de que importando callarlas… …buen ejemplo son las mías, pues con mentiras se pagan. Si hubieran de ser, señora, oráculo a tus palabras aquellas voces y fueran tuyas las desconfianzas, yo respondiera… ¿Qué habías de responder? …que, aunque hagas estudio al enojo, no podrás barajar, tirana, la razón de mis razones. ¿Qué razón? La que me mata. ¿De qué? De celos de ver en tu corte… Calla, calla; que aunque tú te valgas de eso… Ni tú de esotro te valgas… …no podrás negar que falso… …no podrás negar que ingrata… …en vano llama a la puerta quien no ha llamado en el alma. dentro. Quita el capirote a ese neblí que tras ella salga. ¿Qué nuevas voces se escuchan, nunca en esta tierra usadas? Sale Estela. Astolfo, habiendo traído en su servicio la caza que la vecindad de Rusia tiene con Noruega, manda a sus cazadores, viendo subir al sol una garza, que la vuelen. Y así ellos templados halcones sacan a aquese cercano bosque de ese jardín y en él andan. No eso estraño, sino que siempre tú las nuevas traigas. Soy de guarda hoy a tu Alteza. ¿Cuándo tú no eres de guarda? Sale Casimiro. Proseguid el tono y letra, por si acertase a escucharla Rosimunda. Sale Astolfo. Seguí el vuelo, por si acaso a verle alcanza la Duquesa. ¿Casimiro, Astolfo, aquí? ¿Qué os espanta? Yo con licencia entré a estos jardines cuya fragancia de los sabeos aromas es ella imitación varia, cuando pensando, señora, que solo en ellos estaba, a estos músicos mandé proseguir la consonancia de sus aves y sus fuentes, cítaras de pluma y plata que al órgano de las hojas sonoramente acompañan, uniendo templadamente aquí fugas y allí pausas entre cuerdas de cristal, trastes de oro y lazos de ámbar. No pensé que Vuestra Alteza tan cerca de aquí se hallara. Y así llegué hasta aquí. Yo, con inclinación contraria, viendo avecindarse al sol pequeña nube con alas coronándose altanera por reina de la campaña, y viendo que se sentía con alas de su arrogancia mi esperanza al ver, señora, cosa junto al sol más alta, pretendo con mis halcones abatirla y humillarla por que junto al sol no hubiese nada más que mi esperanza. Y como para seguir su vuelo, encontrados andan allá sin pisar los ojos y aquí sin mirar las plantas, pude llegar, sin saber dónde, señora, llegaba. Las dos disculpas acepto con atención que no valgan para otra vez las disculpas. Si te ofenden… Si te cansan… …romperé hoy los instrumentos. …hoy despediré la caza. Ninguno en su vida más cláusulas entone blandas. Ninguno cobre su halcón; dejad que libres se vayan. Y pues es su patria el viento, dejadles gozar su patria. (Buenas dos finezas: uno no oír a quien canta que rabia y otro ahorrar de los rocines que los cazadores matan). dentro. Entremos todos tras él. ¿Qué es eso? Sale Roberto. Beso tus plantas. Roberto, seas bienvenido. ¿Qué nuevas traes? Esta carta del Duque, mi señor. Muestra, y toma en porte mil almas. ¿Cómo está mi padre? ¿Cómo ha de estar? Lleno de canas, de penas y de desdichas, de sentimientos y ansias. ¿Hablástele? No, señora, porque no me dieron tanta licencia. Lo más que hice fue verle. ¿Qué me acobarda para no romper la presa que anuda, aprisiona y ata las lágrimas en los ojos y la voz en la garganta? Sale Flora. Seas, Roberto, bienvenido. Y tú, Flora, bien hallada. (Después hablaremos). (Bien te lo merecen mis ansias). Príncipe invicto de Hungría; de Rusia príncipe invicto, cuyo valor, cuya fama viva a los futuros siglos; generoso Lucanor, gloria ilustre del antiguo esplendor que en nuestra sangre esmaltó un origen mismo; corte heroica de Toscana; vasallos, deudos y amigos: Entra toda la compañía y las damas. Oíd todos, que a todos quiero hacer de mi voz testigos. (Ah, ingrato, lo que me debes, pues cuando tratas mi olvido, trato dilatar mi mano y, siendo tú el desvalido, ni tuya ni de otro sea. ¡Oh, logre Amor el arbitrio!). Mi padre –ya lo sabéis, pero es fuerza repetirlo– por dar religiosamente a Jerusalén camino, de una viva sepultura esqueleto apenas vivo, más que prisionero, esclavo yace del soldán de Egipto. Yo, que habiendo de tomar estado, me fue preciso confrontar los dos aciertos de mi obediencia y su juicio, le pedí que me enviara su parecer por escrito por que, siendo el cuerdo el suyo, no fuera el no cuerdo el mío. En este pliego responde. Y por que veáis que ha sido no afectada mi atención, no aparente mi designio, primeramente ante todos Bésale con reverencia. humillada le recibo y en él segundariamente mi fe y libertad resigno. El que aquí viene nombrado, mi esposo ha de ser; rendidos le habéis de dar la obediencia y deste estado el dominio. Pero primero que llegue a declarar quién ha sido el elegido, es forzoso público hacer el motivo de la consulta, pues claro es que en sujetos tan dignos, sin segunda intención, no corrió la elección peligro. La causa que me ha obligado a escribirle ni es ni ha sido el miedo de errar, sino –si ya la verdad publico– el deseo de acertar con el medio más vecino a su libertad, haciendo entre mí este silogismo para cuya consecuencia segunda atención os pido. Cuanto un infelice anciano, mísero, humilde, afligido, preso y pobre, desde una triste cárcel ha podido dar, es su hija y es su estado. Pues ¿quién habrá tan impío que con una ingratitud responda a dos beneficios? Y así, antes de abrir el pliego, a los tres os notifico una condición con que le he de abrir, o, como vino, cerrado le echaré al mar, donde en su profundo abismo la obligación o la queja quede entregada al olvido, sin que se tenga jamás de la una ni la otra indicio. La condición es que, puesto que ya él de su parte hizo elección, haya de hacer de su parte el elegido homenaje de pagarla, pues es blasón más altivo ser fino con una deuda que con una pasión fino. Mi mano ya es suya, pero no lo ha de ser mi albedrío si agradecido no muestra que della estimación hizo, pagándola a quien la debe; porque no puede conmigo –aunque su invencible sangre sea la que el cielo quiso coronar de más laureles que el campo del sol ha visto– ser ni príncipe ni amante ni generoso ni invicto ni fiel ni ilustre ni noble quien no fuere agradecido. Y así, antes que posesión tome del tálamo mío, manteniendo su esperanza del capitulado alivio de ser cierta, ha de tomarla de las campañas de Egipto por que no se diga de él ni de mí que los dos fuimos sacrificio de Himeneo primero que sacrificio de Palas, cuando los dos dar primer lugar debimos a los marciales horrores que a los amantes cariños. Mirad, pues, si con aquesta condición de que atrevido ha de dar la libertad a quien le adopta por hijo antes que me dé la mano que yo hasta entonces resisto, abro la carta o la rompo, dando en átomos distintos sus letras al mar y al viento; bien que es ocioso castigo, pues no hay más viento o más mar, ya que mis penas explico y que mis penas recato, que en tanto confuso abismo el piélago de mis ojos o el aire de mis suspiros. Aguarda, espera; que yo, más a tu llanto movido que a la razón de tu llanto, a entrambas cosas me rindo. Y como yo sea el dichoso, una y mil veces afirmo, estimando como debo el favor de Federico, que las gitanas riberas me verán cerrar del Nilo las siete bocas, por quien monstruo espira cristalino en el Jonio mar, poblando sobre campañas de vidrio errantes montes de brea, cuyos altos edificios, volcanes de fuego en agua, cada uno será movido ya del impulso del remo y ya del viento al arbitrio antes que toque tu mano; porque aunque acaso haya sido añadida condición esta, en quien ama rendido los acasos de las damas son acasos muy precisos. Lo mismo te ofrezco yo, porque si a mí me ha elegido, cautivo no ha de morir quien me hace vivir cautivo. Y así de Egipto los campos, que a ejemplo de los Elíseos gozan deleitosamente, siendo humanos paraísos, un pensil en cada cumbre y un hibleo en cada sitio, de mis húngaros caballos verá pacer sus distritos, ya a la escarcha del invierno y ya al calor del estío. Vos, Lucanor, ¿qué decís? ¿No habláis? ¿No ofrecéis lo mismo que los demás? No, señora. ¿Por qué? Porque yo no aspiro a ser nunca tan dichoso, y así nunca diversivo me he embarazado en pensarlo. Fuera que el daros auxilio, ¿cómo puedo yo ofrecerlo si yo no puedo cumplirlo? Lo que de mi parte juro, por no quedar menos fino, es, si mi fortuna acaso –error es el presumirlo, mas la fortuna tal vez suele padecer delirios– hiciere éste en mi favor, no creerlo hasta que mi tío libre esté o en la demanda muera yo. Y esto lo digo, porque es decir que jamás seré de tanto bien digno. ¿Eso ofrecéis? Esto ofrezco. Yo lo juro. Yo lo afirmo. Pues con esa condición la nema a la carta quito. Pendiente estoy de sus labios. Yo, de sus ojos divinos. Yo, siendo de hilo la nema, de que hasta hoy ninguno ha dicho con más propiedad que tiene pendiente el alma de un hilo. Lee. «No tengo licencia, hija, para descansar contigo, sino para responderte no más. Y así sólo digo por consejo del Soldán, –quizá por ser de enemigo me estará bien el tomarle– que de aquestos tres tu primo, el conde Lucanor, sea el que sea tu marido». Cielos, ¿qué es esto? Fortuna, ¿qué escucho? ¿Qué oigo? ¿Qué miro? (Aquí llegó mi esperanza al último parasismo). ¡Viva el conde Lucanor! De contento salto y brinco. ¡Vítor el Conde, mi amo! (Pero miento si tal digo que en competencia de dos poderosos enemigos…) Vase. ¡El conde Lucanor, vítor! (Cielos, mi industria me ha muerto, pues cuando mi amor previno dilatar mi mano a quien ni amo ni quiero ni estimo; al que estimo, quiero y amo, la dilató. Mas ¿qué digo? Que si él trata de olvidarme, acertar errando ha sido). (¿Quién creyera que el primero favor que el amor me hizo, fuera el último favor? Mas ¿cuándo al infeliz vino sin zozobra la ventura, sin sobresalto el alivio?). (¿Esto sufro?). (¿Esto consiento?). (¿Un escudero conmigo?). (¿Conmigo un particular?). (¿Más airoso?). (¿Más lucido?). (¡Volcán soy, rayos aborto!). (¡Etna soy, llamas respiro!). (Mas disimular es fuerza). (Pero fingir es preciso). Bien, hermosa Rosimunda, se ve fue el Soldán quien hizo esta elección, pues a mí para vuestro no me quiso por no deslucir sus triunfos con tan pequeño enemigo. Dos norabuenas os doy: la una (mal mis penas finjo) del acierto del empleo, que gocéis felices siglos; la otra de la libertad del Duque, pues es preciso que Lucanor cumplirá el homenaje que hizo. Claro está. Y así yo (¡ay, cielos, qué mal mis penas resisto!) uno y otro parabién, bien como Astolfo prosigo. Pero sabido tened… Pero tened entendido… …que la armada que pensaba emplear en vuestro servicio… …que las tropas que quería dar en militar auxilio… …será asunto… …será empleo… …de lograrlo… …de cumplirlo… …no dándole vos la mano, sin que él os dé a Federico. Vanse. (¡Oh, quién decirles pudiera que sí hará! Cielos divinos, ¿para qué, si me quitáis los medios, me dais los bríos?). No quiero alegar finezas, Conde, con vos de que ha sido en vuestro daño lo que quizá mi temor previno en vuestro favor, mas quiero –ya que el empeño se hizo tan público que no es posible no haber yo dicho que quien no me dé a mi padre no ha de ser esposo mío– por que no se pierda todo, ya que todo se ha perdido, daros un consejo. ¿Qué consejo, en tanto conflicto como venir el contento sólo a crecer el martirio? Que, pues empezasteis, Conde, como habéis tal vez escrito, a olvidarme, lo acabéis, y en sirviéndoos del olvido me digáis adónde queda para que haga yo lo mismo. Vase. (Cielos, ¿qué escucho? Ella sabe lo que yo a Estela la escribo). De una norabuena, Conde, y un pésame a un tiempo miro que os soy deudora; mirad vos cuál de los dos estilos os está mejor. Ninguno, que de ti no solicito, Estela, más que me dejes, pues como ignorante amigo me has muerto, sin que yo pueda quejarme del homicidio. ¿Yo, Conde? Tú, Estela, pues, apacible basilisco, por darme vida me has muerto. Ni te entiendo ni averiguo por qué lo dices. Porque no siento tanto (¡testigo es Amor!) topar la injuria a puertas del beneficio, a Rosimunda perdiendo, como perdiéndola (¡impío rigor!) quejosa, pues fuera de mis desdichas alivio el perderla no culpado. Otra vez y otras mil digo que no te entiendo. ¿A quién diste parte de lo que te escribo? Pues tú, ¿cómo o cuándo, Conde, jamás a mí me has escrito? No tu liberalidad, Estela, afectes conmigo tanto que negarla quieras. Fuerza es volverme al principio de que no te entiendo. Pues ¿no es tuyo, Estela, este libro? ¿No es tuya esta joya? No. Pues ¿cómo te hallé en el sitio que estaba con ella a ti? La curiosidad lo hizo de ver qué había Rosimunda dejado allí. ¿Luego han sido suyos el libro y la joya? Sí. Mal hayan mis sentidos que se han dejado engañar de mal aparentes visos. Y mal hayas tú, ¡ay, Estela!, pues cortesano contigo me obligaste… Basta, Conde, que si tu engaño lo quiso, no es justo que mi respeto venga a pagar tu delirio. Vase. ¿Quién en el mundo jamás en tal confusión se ha visto? Sale Pasquín. Ya por toda la ciudad mujeres, viejos y niños, altos, bajos, flacos, gordos, medianos, grandes y chicos, todos te aclaman, haciendo en tu nombre regocijos. ¿Por qué, Pasquín? Porque eres tú su duque. Es desvarío. ¿Agora sales con esto? Cielos, ¿qué puedo hacer? dentro. Idos… Oye. dentro. …que no he de dar más. Él noramala nos hizo de merced. Aguarda, espera, que aunque nunca vaticinios creí, éste he de ver. Roberto, ¿qué es esto? Sale Roberto. Que habiendo dicho Astolfo a sus cazadores que no cobren fugitivos unos halcones y suelten a los demás, he querido comprar algunos, porque agasajado he venido del Soldán, demás de haberme librado de un gran peligro la vida, y sé que no puedo hacerle mayor servicio –fuera de que su retorno espero, que será rico– que enviárselos, porque ése es su mayor ejercicio. Y llegando a un cazador, me pidió tan excesivo precio que le respondí dándole no sé qué: «Idos, que no he de dar más». ¿Qué fuera que me abriese algún camino a mis desdichas el cielo? Roberto, yo os he debido las albricias de la carta. Que me perdonéis os pido, y tomad aquesta joya… ¿La joya? ¡Cuerpo de Cristo! …con cargo de que compréis los halcones y conmigo os veáis antes de enviarlos, porque aquese criado mío ha de ir con ellos. ¿Quién? Tú. Pues ¿quién, demonios, me hizo embajador pajarero? La joya, Conde, recibo, por emplearla en una dama, y en todo veréis que os sirvo. Y así, para que no pierda la compra ocasión… Amigo, esperad, que los halcones ya en cualquier precio son míos. Ve tú y llévalos a casa. ¿Qué intentas? Ir yo contigo, que ver al Soldán intento y ver si industrioso quito un enemigo a mi patria. Paréceme que partimos yo el halcón, tú el cascabel; pues ¿quién en el mundo ha visto irse uno a volar soldanes? ¿Quién se vio en igual abismo? ¿Rosimunda, ¡ay, cielos!, era la que piadosa conmigo me escribía? ¿Rosimunda la que –teniendo entendido, como todos, que no era posible ser preferido yo a tales competidores– buscó modo, halló camino para dilatar su mano, cuyo mañoso artificio gusano labró de seda la tumba de su capillo para sepultarse en ella, copo hilado de sí mismo? ¿Casimiro vano, Astolfo soberbio y desvanecido irónicamente hacen de la elección desperdicio, juzgando que fueran ellos mejores para enemigos del Soldán que yo? ¿El Soldán me elige por desvalido, mísero y pobre? Y en fin, nombrándome Federico, ya fuese ajeno consejo, ya fuese propio motivo, dejándome a mí obligado, ¿a sí se deja cautivo? Pues ¿cómo, cielos, pues cómo, astros, planetas y signos que el sol ilumina a rayos, que parte la luna a giros, aves, fieras, peces, plantas, montes, mares, selvas, ríos, dará el conde Lucanor satisfación de sí mismo a Rosimunda de que es el amante más fino que no perdió nada en ellos a Astolfo y a Casimiro, al Soldán de valeroso, y al Duque de agradecido, y a todo el mundo de que donde no hay fuerza, hay arbitrio; donde no hay poder, industria; donde no hay armas, designios; donde no hay naves, ingenio; donde no hay tropas, capricho? Ahora bien, amor y honor, abandonad el peligro, y, pues perdidos estamos, perdámonos bien perdidos. Y del conde Lucanor no puedan decir los siglos que hizo mala elección de él quien ya de él la eleción hizo. Jornada Tercera Salen Rosimunda y Estela. Di, Estela, no cante a Flora, y ninguna dama mía, por ser de mis años día, de gala esté; que quien llora tantos prevenidos daños, no los ha de celebrar, si ya no es con descontar ese número a sus años, viendo uno menos, ¡ay, cielos!, que padecer y sentir. ¿Es posible que al oír tan continuos desconsuelos ninguna ha de merecerte parte dellos, por siquiera que alivio el contarlos fuera? Ese gusto quiero hacerte. No habrá favor semejante. (Pues no estimes el favor; que es por si puede un temor leer su pena en tu semblante). Sabrás, Estela, aunque no lo mostré en mi vida, que siempre a Lucanor amé. (Hasta aquí me sabía yo). Y viendo que no se había de dar en mi estimación a partido la pasión, sin decir quién le asistía sus alcances reparaba con industria que fingí. (También me sabía hasta aquí). Él, no sé yo quién juzgaba que la dama podía ser,… (Yo, sí). …pero que sabía que era otra quien le quería, claramente dio a entender. ¿Cómo? Escribiéndola… Di. …que, su favor estimando, la amaría en acabando… ¿De qué? …de olvidarme a mí. Muy largo plazo tomaba, pues tarde o nunca sería. (Disimula, pena mía). Y a grosería tan brava, ¿tú qué le dijiste? ¡Ay, cielos! ¿Qué le había de decir, puesto que me ves morir de ausencia, de amor y celos? De ausencia, pues desde aquel día que abrí, ¡pena grave!, el pliego, ninguno sabe, ni vivo ni muerto de él. De amor, pues Amor ha sido quien su dicha ha embarazado. De celos, pues no he alcanzado quién aquella dama ha sido. (Ni aun agora, pues en ti no veo estremos amorosos). (A un traidor, dos alevosos; no ha de ver mudanza en mí). ¿Que no supiste jamás quién aquesa dama era? Por saberlo, Estela, diera… Pues de mí no lo sabrás, porque no sólo lo ignora desvelada mi noticia, pero en vano aun la malicia saberlo intenta. Sale Sirene con una joya en el pecho. Señora. ¿Qué dices, Sirene? Ya en aquella galería del cierzo, la escribanía, como me mandaste, está puesta. Escribir me conviene: ven. (Mas ¿qué miro? ¡Ay, Estela!). (¿Qué, señora, te desvela?). (La joya que trae Sirene yo a Lucanor envié). (Pues ¿quién duda que ella era la dama?). (Esta es la primera seña que en alcance hallé de mi pena; este el primero indicio. Sirene es, sí, por quien me olvidaba a mí). (¡Buen gusto de caballero!). (Dame industria, Estela mía, cómo confirmarlo agora podré). (¡Qué sé yo!). Sale Clori. Señora. ¿Qué hay, Clori? A darte venía este lienzo. Bien está. (Ya es otra, Estela, mi pena: también aquella cadena le envié). (Quizá será dama del Conde también). (Ya hay dos testigos). Sale Flora. Señora. ¿Qué es lo que me dices, Flora? Roberto,… (¿Qué miro?). …a quien por gobernador nombraste cuando de Egipto volvió, pidiendo audiencia llegó, y dice que importa. (Baste, Estela, que también es joya que yo le envié aquella que trae Flora). (También ella será su dama). (¿Pues tres? Mas yo he de saberlo). Flora, ¿quién te dio, (¡fiero rigor!), esa joya? Lucanor la dio a Roberto, señora, con quien ya sabes que yo me he de casar, por ser quien trajo aquel pliego. Está bien. A ti, Clori, ¿quién te dio la cadena? El Conde fue. ¿A qué propósito a ti? Aunque sea contra mí, siempre la verdad diré. Aquel abanico tuyo los tres rescatar quisieron; grandes dones me ofrecieron los dos; pero yo, que arguyo que el Conde le merecía más que ninguno, a él le di, y él aquesta joya a mí. Sirene. Señora mía. Dime, ¿quién te dio (¡ay de mí!) esa joya? La verdad te dirá mi voluntad, mas no has de enojarte. Di. Tuyo un retrato traía –ya tú alguna vez le viste– en el muelle. ¿Y qué le hiciste? En ese jardín un día se cayó de él; Lucanor le halló; volviendo a buscarle, no fue posible que darle quisiese, haciendo su amor dos mil estremos con él, y al fin con él se quedó, y aquesta joya me dio en ferias. A Flora. (Pena cruel, ¿qué quieres de mi tristeza, si en lo que amo, siento y callo, cualquiera ofensa que hallo la trueca en una fineza? Quien más caudal no tenía que el que yo solicitaba las joyas que le di daba por cualquiera prenda mía: a Roberto, porque viene con la nueva en su provecho; a Clori, por mi desecho; por mi retrato, a Sirene. Pues ¿cómo posible es que yo con su olvido encuentre?). Dirás a Roberto que entre. Quede esto para después. Sale Roberto. Con dos pesares, señora, a besar tus plantas vengo. Ya soy centro de pesares; perdido les tengo el miedo. ¿Qué hay, Roberto? Ya supiste que yéndose malcontentos de aquella elección Astolfo y Casimiro a sus reinos, quejosos vivían de ti. Sí. Pues ambos, pretendiendo que no valga la elección allá en no sé que pretextos fundados, uno sus huestes ha movido al mismo tiempo que otro su armada; infestando, uno altivo, otro soberbio, aquél todas tus campañas y aquéste todos tus puertos. Lucanor, a quien tocaba el salir a defenderlos con la gente que el estado ya en tu defensa ha dispuesto, no parece, y aun se dice (callaré que fui instrumento de que se ausentase)… ¿Qué? …que uno de los dos le ha muerto. ¿Qué dices, Roberto? Digo que se dice, no que es cierto… Desmáyase. ¡Ay, infelice de mí! ¡Estela! ¡Estela! ¿Qué es eso? Estela, que desmayada, consigo ha dado en el suelo. (Bien su sentimiento hubo menester mi sentimiento para no hacer yo otro tanto, pues al desmayar, el pecho me ha defendido el rencor de que no me daba estremos quien debe estremos a otra. Novedad es que los celos alguna vez dan la vida de cuantas veces han muerto). Retiradla allá vosotras. Llévanla. Tú prosigue (cobra aliento, valor; mira que eres mío y no has de dejar de serlo). Entrambos, pues, infestando tus campañas y tus puertos –aquí quedé– desde el mar y desde la tierra han hecho seña de paz, procurando les oigas; a cuyo efecto embajadores, señora, vienen los dos de sí mesmos. Tu audiencia aguardan. Decid que Casimiro el primero entre; que oír al enemigo siempre ha sido de provecho. Sale Casimiro. Dadme, señora, a besar vuestra mano. Alzad del suelo. ¿Qué venida es esta? Es volver a buscar mi centro, pues fuera de vuestras plantas siempre estuviera violento. Pues embajador aquí sois, no habléis en otro afecto, sino como embajador no más. Humilde obedezco. El príncipe Casimiro dice que, aunque fue concierto del homenaje pasar por cualquiera nombramiento del Duque, viniendo en él tan claro que por consejo del Soldán a Lucanor elige, no debe, atento a la pleitesía, cumplir los ritos del juramento; pues diciendo que no es suyo el gusto, sino ajeno, y estando preso, señora, la fuerza alega del dueño. Y así, teniendo por nula la elección con los acuerdos de las leyes, que no dan fe ni autoridad al preso, prosigue que está en campaña a dos acciones resuelto. Una, hacer guerra al Soldán, si vos, volviendo al primero homenaje, le cumplís la palabra de que dueño será el que librare al Duque deste estado –no me atrevo a decir de vos; que fuera elevar mucho el empeño, con la esperanza de que vos pudiérais ser el premio–. Otra es que si no volvéis a revalidar el fuero, no hará la guerra al Soldán, sino a vos, satisfaciendo el desaire de… dentro ruido. dentro. He de entrar. dentro. Tened. dentro. Apartad. ¿Qué es eso? Sale Astolfo. El embajador de Astolfo, que ha sentido este desprecio, que donde está Rusia, a Hungría se le dé el lugar primero. ¿Por qué no, cuando soy yo mi embajador? Mas ¿qué veo? Porque también soy yo el mío; que es muy fácil a un concepto parecerse otro, si entrambos se encaminan a un fin mesmo, pues donde es uno el amor, siempre es uno el pensamiento. Aunque sea a mí… No más que yo… Príncipes, ¿qué es esto? Es amar. Es adorar. Es morir. Es haber muerto. Pues quitemos los embozos al disfraz y claro hablemos. Astolfo, ya a Casimiro –fuese error o fuese acierto– oí; y siendo la acción mía, con quien no puede haber duelo, hablad vos, para que a entrambos pueda responder a un tiempo. Diciendo vos que fue vuestra la acción, culparla no debo; y así, paso a lo que importa sin usar del fingimiento. Que el que os diere a vuestro padre será de Toscana dueño dijisteis; y sobre no poder ya Lucanor serlo –pues la condición no puede él cumplirla, a cuyo efecto corrido o desconfiado huyó la cara al empeño–, con que nuestra pretensión vuelve al estado primero, digo que tengo mi armada donde si vos, acudiendo a libertar vuestro padre, la revalidáis de nuevo, o morir en la demanda o traerle vivo os ofrezco; pero si no, perdonadme, al mundo satisfaciendo y a vos de que mi valor pudo sólo… Ya os entiendo. Y aunque pudiera ofenderme de ambos la amenaza, puesto que no es plaza un albedrío, que no es ciudad un deseo, baluarte una memoria ni revellín un afecto, para que a fuego ni a sangre se conquiste; con todo eso, la libertad de mi padre y la quietud de mi pueblo me pone en obligación de no despreciar los medios. A cuya causa, otra vez y otras mil a decir vuelvo, por si otra vez dar pudiese, como dicen, tiempo al tiempo, que el que a él libertare, a mí me cautivará, advirtiendo, para que jamás no vuelva a hacer el desaire esfuerzos, que ha de ser juramentándoos que el que perdiere el derecho no quede por enemigo del otro, sino que atento le ha de dar después favor para todos cuantos riesgos le acarreare su ventura. Yo lo juro. Yo lo ofrezco. Y que el que al Duque librare me tendrá a su lado puesto. Pues con eso yo también cumpliré lo que prometo. Cajas. Toca a marchar,… Toca a leva,… …mis armadas huestes, siendo golfos de acero y de pluma… …siendo mis alados leños ciudades de lino y brea… …que las campañas cubriendo… …que rizando los cristales… …pueblen los campos amenos… …huellen los montes de espuma… …no dudando… …no temiendo… …el arbitrio de los hados. …ni la discreción del viento. Vanse. Roberto, oye. ¿Qué me mandas? Cercanas las armas viendo destos dos necios amantes, ¿no tenías ya dispuesto ejército que saliera en campaña a detenerlos? Si, señora. Pues prosigue en su leva. ¿Y a qué efecto? A efecto de que también marche a Egipto. ¿Con qué intento? Con intento de que sea mía la acción, pues es cierto que ellos no han de conseguirla. ¿Por qué? Porque van opuestos. Y cuando dos generales no se unen, siempre el tercero arbitrio es de la campaña. Y así, sus marchas siguiendo, siempre a la mira mi gente, la vitoria me prometo; porque siempre es la vitoria del que llega de refresco. Dos cosas así consigo: la libertad, lo primero, de mi padre; y siendo yo quien se la dé, quedar dueño de mi mano, pues a mí me doy lo que a mí me ofrezco. Sí, mas ¿quién el general ha de ser, saber deseo, destas armas? Lucanor. Pues ¿adónde está? En mi pecho; que a prueba de sinrazones todavía le conservo como testigo que dice: Pues que tú vives, no muero. Vanse y sale Irifela, mirando al cielo. O miente la astrología o la mágica se engaña o toda esa azul campaña perturba el orden del día o falta la ciencia mía, que es más, o aquella pequeña barca que aferra a una peña, de la prisión del Soldán es la prenda que me dan todos los cielos por seña. ¡Oh, si a cumplir se llegara ya el destino y ser pudiera parte yo a que se cumpliera, para que la pena rara de mi destierro vengara! Mas, ¡ay!, que en vano lo espero, pues a lo que considero del traje y de los azores, son dos pobres cazadores los que trae; y a lo que infiero es, ya que hoy a caza vino el Soldán, que desde el puerto debió de haber descubierto algún pájaro marino dentro del agua y previno, por que nueva presa hicieran, que esos cazadores fueran a volarle sobre el mar. Hacia aquí los veo llegar. No quisiera que me vieran, por que no le hablen de mí hoy al Soldán y otra vez quiera que le haga juez de lo remoto. Y así ocultarme pienso aquí, de aquestos troncos guardada. Escóndese y salen Lucanor y Pasquín, vestidos de cazadores con dos halcones. ¿Dijiste que en la ensenada oculta la barca espere, por que a lo que sucediere bien o mal, la retirada tengamos segura? Sí. Mas decirlo yo, no apura que la tendremos segura. Mira si ves por ahí gente alguna. ¿Quién aquí ha de haber, si es sitio donde aun la luz del sol se esconde? (A este hombre otra vez he visto y, si a mis dudas asisto, se me representa el conde Lucanor, aquel que vi en otra caza, al reflejo de mi imaginado espejo). Ya que hemos llegado aquí, ¿no sabré a qué intento? Sí. (Oh, si escucharlos pudiera, por que de duda saliera). Mi intento ha sido venirme, Pasquín, sólo a introducirme con el Soldán, por si fuera posible tener un día de darle muerte ocasión… (Apenas oigo razón). …porque esto sólo podría enmendar la suerte mía; pues faltando, claro está que otro ninguno andará con el Duque tan cruel; con que librándole a él mía la beldad será de Rosimunda, ¡ay de mí!, con cuyas memorias lucho. (Ya que sus voces no escucho, si es él, he de ver así:) Lucanor. ¿Llamaron? Sí. ¿Quién aquí me conoció? No es posible. ¿Cómo no? Lucanor. Hacia este lado segunda vez te han nombrado. ¿Quién es quien me llama? Sale, y espántase Pasquín, cayendo. Yo. ¿Quién eres, ¡oh, monstruo bello!, de hermosura soberana? ¿Quién eres, Palas gitana, que, aunque caigo, no es en ello? No has menester tú sabello. Básteme el saber a mí que eres tú. Por qué, me di. Porque en el fin con que vienes, interesada me tienes. ¿Quieres conocerlo? Sí. Pues para que ser se crea en tus pretensiones parte, procura, Conde, guardarte de que el Soldán no te vea. Testigo este aviso sea que tus motivos infiero y dellos mi aplauso espero. En que él te conoce advierte; y así, si llegare a verte, madruga y mata primero. Mas lleva para consuelo de tu empresa, Lucanor, que es el cielo en tu favor. Ampare tu vida el cielo. Vase. Quiere ir tras ella y detiénele Pasquín. Oye. No oiga. Suelta. Un vuelo su curso es, montes talando. ¿Vuelo? ¿Qué estoy esperando? Vale a quitar el capirote al halcón. ¿Qué intentas? Echar tras ella este halcón para cogella, supuesto que va volando. Déjame seguir la acción. Dónde o cómo, he de saber, que el Soldán me pudo ver, o si acaso fue ilusión o sombra. Salen los guardas con armas. Daos a prisión, si no queréis ver rendida a nuestras armas la vida. (Por fiera que era la fiera, mucho mejor que éstos era). ¿En qué está de mí ofendida vuestra cólera, llevando para el Soldán este halcón? (Deben de pensar que son halcones de contrabando). Si al Soldán venís buscando, con él os pondremos presto. Venid. (Muy mal se ha dispuesto, aunque quedó en la ensenada segura la retirada). Venid, pues. Mirad… Sale el Soldán. ¿Qué es esto? (Habla tú, que no quisiera repare en mí su crueldad, por si dijo o no verdad aquella divina fiera). Retírase Lucanor y procura que no le vea. (Yo hablara si yo supiera, señor, a lo que venimos). Esos forasteros vimos, y oyendo que nos decían que estos halcones traían para ti, a ti los trajimos. ¿Para mí son los halcones, estranjeros? Señor, sí. ¿Quién es quien me los envía? (¿Qué le tengo de decir?). (Que Roberto, y esta carta le da). ¿No habláis? Proseguid. ¿Cómo calláis? No os espante, que en toda mi vida vi soldán que no me turbase. ¿Quién me lo envía? Decid. Un Roberto (que Roberto es del diablo para mí). ¿Es el que aquí mensajero de Toscana estuvo? Aquí lo verás; que yo estoy más de escurrir que discurrir. «Agradecido, señor, al honor que recibí después de darme la vida cuando a vuestros pies huí, como feudo que pagar debo, deseándoos servir, os envío dos halcones: uno sacre, otro neblí. Con dos disculpas me atrevo: una, porque conocí vuestra inclinación, y otra, por llegar a presumir que son maestros en la caza». En toda mi vida vi ni más hidalgo presente ni más de mi gusto. A mí llegad. ¡Qué buenas señales de pájaro! Vos venid, llegad, llegad con esotro. ¿Dice su merced a mí? (Di que un simple soy). (En eso poco aventuro el mentir). A vos digo, claro está. Oiga cuál manda el sofí, el soldán o lo que es. De él no hagáis caso; advertid que es un simple, un mentecato. Mas nadie quiso venir sino él. (Si donde no lo oye es grande gusto decir mal del amo, ¿qué será adonde lo puede oír?). Llega, bestia, tontonazo. (Por Dios, que me has de sufrir y has de saber a qué sabe cuando me tratas tú así). Llegarán. (¡Válgame Dios! Si me conoce, ¡ay de mí!). No menos buenas señales tiene estotro. Vos decid, ¿entendéis el campo bien? Sí, señor; cuando en abril llueve y nieva por enero, bien sé que el año no es ruin. No dirá cosa con cosa, no hables con él. Recibid los halcones y templadlos esta noche; que al reír Toma los halcones. del alba mañana, quiero probarlos. Y vos, que en fin sois más discreto que esotro… (¡Y cómo que es eso así!). …decidme, ¿qué hay en Toscana de nuevo? ¿Cómo el país recibió que Lucanor fuese el esposo feliz de Rosimunda? Muy mal. ¿Por qué? Porque es un civil escudero, donde había príncipes, como así, así, en que escoger. Yo la culpa tengo, yo el consejo di de que a Lucanor nombrara Federico. Fue sutil industria de aseguraros,… ¿Cómo? …escogiendo al más ruin, que si no, ya habían jurado los otros en dura lid dar al Duque libertad. Sabe el cielo le elegí por hombre de más valor, porque una vez que le vi haciendo rostro a una fiera, de él me aficioné… (¿Qué oí?) …tanto que no hice reparo en otros que por allí había, sino en él. (Salvo el no conocerme a mí). Y eso de pensar que yo había al Conde de elegir por menos fuerte enemigo, ha sido presunción vil de algún cobarde que no sabe que hay más que sentir tener a un noble valiente por contrario que a cien mil que no lo sean. Mas ésta no es plática para ti. Cuidad de esos estranjeros hasta que se hayan de ir; que han de llevar un presente a Roberto. Aqueso sí. ¿Qué, señor? Un elefante. (¡Ay, desdichado de mí! ¿Esto tenemos agora? Pues ¿no me bastó venir cargado de un tagarote, sino volver desde aquí de un guardainfante cargado?). Tocan cajas y clarines, lo más bajo que puedan sonar. ¿Qué es esto? Escucháis. ¿Oís sordas cajas que a lo lejos parece que suenan? Sí, señor. Pues, ¿qué novedad será aquesta? Sale Irifela asustada. Escucha,… Di. …pues nadie sino yo hasta ahora sabe qué es. (¡Ay, infeliz! Quiera el cielo lo que diga no resulte contra mí). Asaltada de los ecos que por todo este confín de poco espacio a esta parte oír se dejan sin oír, sonando en tierra y en mar sólo aquel ruido sutil que da escaseada la caja, que da sisado el clarín, atalaya de ese monte, hasta su cumbre subí, donde apenas fui bastardo penacho de su cerviz, cuando de un cristal usando, tan proporcionado en sí que a menos puntos da más, disminuye o crece, vi en atraídos objetos que distantes reducir supo su fábrica, el mar, cuajado su azul zafir de blancas velas de quien flámulas colgando mil en Babilonias de espuma cada entena es un pensil. La línea del horizonte que terminó su perfil con la tierra, vi también poblar, señor, y cubrir de armados montes de acero, formando en vario matiz los estandartes de un mayo, las banderas de un abril. Viendo tanta novedad, a mi espíritu acudí, de quien supe en mar y tierra que el uno y otro adalid son Casimiro y Astolfo, que a vengar vienen en ti la elección de Lucanor, que no obedeciendo… Di. …se reduce a que la mano, copo de nieve y jazmín, Rosimunda de los dos dé al que llegue a conseguir la libertad de su padre. Mira cómo resistir podrás su fuerza, que yo, aunque más puedo decir, no lo he de decir, porque me importa el callarlo a mí, por volver por la opinión de todo ese azul viril. Vase. Oye, aguarda, espera. El viento aun no la podrá seguir. (En fin, calló que eras tú). (De estraño susto salí). (Cielos, ¿cómo, sin que pueda este trance prevenir, me asaltan de su invasión antes que el principio el fin? Perdido estoy, pues no puedo a la defensa salir tan presto; pero a la fuerza ha de igualar el ardid). Venid conmigo; que, aunque caiga el cielo sobre mí, conjurados sus influjos en estrellado motín, ese que topacio muere, si para nacer rubí, no ha de haber logrado nunca, ya que una vez lo temí, que del duque de Toscana sea prisionero vil el gran Ptolomeo de Egipto, por más que de su cenit iras fleche ciento a ciento, rayos vibre mil a mil. Vase. (¿Quién en igual confusión jamás se ha visto, Pasquín?). (Yo, sin qué ni para qué). (¿Los dos vuelven, ¡ay de mí!, al amor de Rosimunda con nueva esperanza?). (Sí, que eso tiene el que se ausenta. Ya no se acuerdan de ti ni ella ni nadie). (Villano, mientes). (Véngate de mí ahora que eres amo, pues no importa). (Cielos, ya aquí no hay más…) (¿Qué?). (…que adelantarme yo a dar a todo esto fin con la muerte del Soldán, pues en viéndole…) Venid donde os alojáis los dos. Ven, salvaje, ven tras mí. (Bien te vengas). (No te espantes; que es gran gusto sacudir uno a su señor). (Fortuna, duélete una vez de mí). Vanse. Tocan cajas y trompetas y dice dentro Casimiro. dentro. Haced alto a la falda de esa sierra. dentro. Echa el esquife. dentro. ¡Amaina! dentro. ¡A tierra, a tierra! Casimiro sale. Y a los dulces compases de la trompa, mi gente los gitanos campos rompa. Astolfo sale. Y riberas del Nilo el campo marche a las templadas cláusulas del parche. Sus apacibles márgenes amenas en granates conviertan las arenas… El rápido raudal de sus cristales sus espejos guarnezca de corales… …bebiendo, en vez de aljófares, horrores el asustado vulgo de esas flores… …hollando, en vez de fugitiva plata, campos el sol de líquida escarlata… …siendo la tierra horror… …el mar portento… …iras el fuego. Cajas. …escándalos el viento. Pero ¿qué ronca caja, de horror llena, a las espaldas deste monte suena? Mas ¿qué trompa bastarda la marcha sigue en nuestra retaguarda? Un escuadrón no menos numeroso alto hace allí. No menos poderoso trozo allí se detiene de ejército. Avanzando hacia acá viene, aún no ajadas las más recientes copas, joven bridón, dejando atrás las tropas. Ya conocido el ámbito que yerra, brida y estribo deja. Y ya a pie, a tierra… …sin temor… …sin recelo… …se acerca. Sale Rosimunda vestida de corto, con banda y espadín. Guárdeos, príncipes, el cielo. ¿Qué veo? ¿Qué miro? ¿Hablando en esta parte… …horrible a Adonis? . …apacible a Marte? ¡Oh tú, de Amor bellísima amazona! ¡Oh tú, del sol bellísima belona! Con prodigios tan raros, ¿qué es tu intento? Venir a acompañaros, que no quiere que sea mi albedrío vuestro el empeño y el aplauso mío. Tras vosotros me arrastra mi deseo, cómplice en el peligro y el trofeo. ¿Qué os admira y espanta? Ver tanto brío en hermosura tanta. A mí no, que pensar fuera locura, que vence nada más que la hermosura. Habiendo tú llegado, ya general no soy, sino soldado. Habiendo tú venido, ya ni aun soldado soy, sino rendido. Las bengalas cobrad; y pues licencia me dais para que os juzgue a mi obediencia, sabed que lo que más mi aliento mueve a que a los dos la retaguardia lleve es tener entendido que vuestro amor es reino decidido y que lograr no puede efecto alguno majestad cuyo ejército no es uno. Y así, temiendo en vuestra competencia que la desavenencia os ha de destruir, vengo a asistiros y en cualquiera ocasión a conveniros. Yo ya lo estoy, pues sólo me acomodo a obedecer tus órdenes. Yo y todo. Siendo así, la primera ha de ser que los dos… Aguarda... Espera. …que desde aquella roca que al Nilo una garganta desemboca, blanca bandera veo tremolar. Si de paz es su deseo, no le oigas. Al contrario, siempre yerra quien no le oye. Sale el Soldán en lo alto. ¡Ah del mar! ¡Ah de la tierra! Ejército numeroso, poderosa armada fuerte, blanca bandera de paz os hace seña. ¿Qué quieres? Que de parte del Soldán, con el seguro que ofrece su fe, les digáis a Astolfo y a Casimiro, que lleguen a parlamentar con él; que tratar de medios quiere antes que la guerra rompa, y con sus armadas huestes al opósito les salga. Aquí, gitano, los tienes. Casimiro son y Astolfo los dos que miras presentes. Di al Soldán que con el mismo seguro que los promete, puede llegar. Al instante soy con vosotros. ¿Luego eres tú el Soldán? ¿No os lo había dicho antes el pavor de verme? No, que nada da pavor a quien de nada le tiene. No, Astolfo, blasones; no es esto castigar rebeldes como alguna vez te vi. No sé yo que tú lo vieses; mas quien rebeldes castiga verás que bárbaros vence. Baja, baja, por que veas que a nadie le asusta el verte. Harto es eso para quien vi también entre deleites de músicas esgrimir mejor que la espada el peine. El aseo no desluce al valor, antes le crece; que ser un hombre aliñado no es dejar de ser valiente. Vamos ahora a lo que importa; lo que no importa se deje; desciende, pues. Sí haré, hermosa Rosimunda, a obedecerte. ¿Luego me conoces? Sí, y darme temor no puedes, pues a vencer esta fiera contigo agora no viene quien en tu favor tal vez le vi que otras fieras vence. Pero, en fin, cobraos en tanto que al valle el Soldán desciende. Vase. ¿Dónde o cuándo verme pudo? ¿Cuándo o cómo pudo verme? ¿Cómo o cuándo o dónde a mí me vio? Algún prodigio es éste. (Desde esta parte, Pasquín, a todo escondido atiende). (Así atendiera al que ya la liga aprieta y le duele el callo y está diciendo: «¿Adónde estaba lo breve?»). Sale el Soldán. Bellísima Rosimunda, con quien el número crece la fama a sus nueve, pues ya son diez las que eran nueve, generosos Casimiro y Astolfo, en quien Amor quiere ostentar milagro hoy, pues trae, trocando accidentes, valiente al afeminado y afeminado al valiente; la libertad es del Duque la que pretendéis que os ferie tantas máquinas de fuego sólo a un átomo de nieve. La mano de Rosimunda premio es de quien se le diere vivo; y dejando a una parte cómo dos amores pueden, domesticando sus celos, tratarlos familiarmente, sin temer que con sus armas gane uno lo que otro pierde, paso a otro no menos claro principio, que es que el que viene a una empresa, aunque ejecute muchas, desairado vuelve sin aquella. A cuya causa no el ardimiento os empeñe a lo imposible, porque –dejando para la suerte el trance de la batalla– el fin principal que os mueve no le habéis de conseguir, pues en la defensa deste os tengo de hacer la guerra con dos hombres solamente. ¿Con dos hombres? Con dos hombres. ¿De qué suerte? Desta suerte: ¡Ah de la torre! Salen dos guardas. ¿Quién llama? Decid al Duque que a ese torreón se asome. Sale en lo alto Federico. ¿Qué es, bárbaro, lo que me quieres? Que te vea Rosimunda que aún estás vivo. ¡Valedme, cielos! Y pues no el pesar me mató de tantas veces, me mate el placer de una. Llega a hablarle, llega a verle. Padre y señor. Hija mía. Engaño es decir que tiene alas el corazón, pues no hace que el pecho reviente volando al riego del mío. Con sólo este bien de verte me ha pagado mi fortuna cuantas injurias me debe; bien que ya yo le esperaba desde el día que prudente te di por esposo al conde Lucanor, pues de su fuerte espíritu siempre tuve confianza que viniese a tratar mi libertad. ¡Pluguiera a Dios que así fuese! (¡Que esto escuche!). ¿Dónde está? Que será el gusto de verle igual al tuyo. (¡Ay de mí!). No, señor, no, señor, pienses que el Conde es quien me acompaña. Pues ¿quién en mi amparo viene? Casimiro, destas tropas general; de los bajeles, Astolfo. ¿Y el Conde? El Conde, de tímido no parece. Desde el día de esa dicha, la cara al empeño vuelve. (¡Oh, quién pudiera salir a decirles…) (¿Qué?). (…que mienten!). (Díselo, como yo suelo decírtelo a ti, entre dientes, de suerte que no lo oigas). ¿Así el favor agradece? Ya que al Duque has visto, agora, por que no estrañes haberme oído decir que dos hombres no más tu poder defienden, oye cómo. ¡Ah de la guardia! ¿Qué nos mandas? ¿Qué nos quieres? En el mismo instante que de guerra el rumor más leve se oiga y diere un paso más dese ejército la gente, sin esperar nuevo orden, dad a Federico muerte y echad al mar su cadáver, por que aun muerto no le lleven. ¿Qué dices, bárbaro? ¿Qué es lo que ordenas, aleve? ¿Qué es lo que fiero ejecutas? ¿Qué es lo que tirano emprendes? Hacer escudo su vida de vuestras iras crueles, pues al menor movimiento, quien me ofenda a mí, a él le ofende; quien me tire a mí, a él le tira; quien me hiriere a mí, a él le hiere; y en vez de darle la vida, viene a abreviarle la muerte. Vase. Oye. Aguarda. Escucha. Espera. ¿Quién se vio en tan inclemente trance? ¿Quién en igual duda? ¿Quién en tan tirana suerte? ¿Quién en tan notable empeño? (¿Quién en confusión tan fuerte?). (¿Quién esperó que un halcón a un elefante le truequen?). Rosimunda, pues ya ves que de cualquier acción pende mi vida, no la apresures. Deja, sin que tú la abrevies, que me acaben mis desdichas. A tus estados te vuelve. Y pues yo erré la primera eleción, tú acertar puedes la segunda; en ella vive siempre heroica, feliz siempre, que yo, como quede vivo, no importa que preso quede. Pues ¿cómo es posible, habiendo llegado, señor, a verte en tan mísera fortuna, vuelva a mandar y te deje, sin que mi fuego…? Repara en que si la planta mueves un paso más, ejecuto el orden. La acción suspende, no el brazo levantes, no la vil cuchilla ensangrientes; que ya vuelvo atrás. Yo no, que no es justo que se cuente que llegué aquí y me volví sin que tale, abrase y queme todo este imperio. Bien dices. A sangre y fuego se lleve la guerra, y no de los dos se diga que un accidente nos detuvo. Toca al arma. Del instrumento más débil el eco será este golpe. No, Casimiro, lo intentes; no, Astolfo, lo solicites; mira que soy yo al que ofendes. También soy yo. ¡Toca al arma! Tente, Casimiro; tente, Astolfo; de aquella vida, no de la mía, te duele. ¿Tú, que me traes, me acobardas? ¿Tú, que me traes, me detienes? Sí, que no es bien, como dijo el Soldán, de ambos se cuente que en vez de darle la vida, venís a darle la muerte. Pues ¿qué hemos de hacer? Que vamos adonde mejor se piense si hay industria contra industria. Ya es hora: a la prisión vuelve. Dejad que un rato más viva quien tanto tiempo ha que muere. Si habemos de pensar medio, el mejor será el más breve. No a la vista del desaire estemos. ¿Qué te detienes? Dejad que un instante más le vea, pues no he de verle. Ven a tu prisión. Espera. Ven a la tienda. Detente. Aun no me dejan hablarte. Vamos. Ni a mí, padre, verte. A Diós, hija. Padre, a Diós. Él te valga. Él te remedie. Él te guarde. Y Él te libre. Él te ampare. Él te consuele. (Y Él me dé paciencia a mí para sufrir tantos fuertes golpes de fortuna como yunque el corazón padece de la fragua que en el pecho un Etna, un Volcán enciende. Ya, aunque dé muerte al Soldán, no es posible que se enmiende nada mi desdicha, pues contra mí el golpe se vuelve. ¿Qué he de hacer, cielos?). (Dejar la pretensión me parece y volver donde no digan de ti que la cara vuelves al riesgo, sino asistir a Rosimunda en aqueste trance en que se halla). (Villano, no esa infamia me aconsejes. ¿Yo había de parecer adonde nadie me viese el rostro, si no es vengado del baldón de que se piense de mí que huyo de cobarde?). (No en mí tus enojos vengues. Pero yo me vengaré de ti, pues el Soldán viene). ¿Todavía, cazador, aquí estás? Pues ¿qué he de hacerme? Pensé que te hubieras ido al ver tan cerca tu gente. ¿Cómo, sin el elefante? ¿Y qué hacías aquí? Con este mentecato estaba hablando. Mucho me he holgado de verte. ¿A mí? Sí. ¿Por qué? Porque es bien, para que no piensen que me da temor su vista, que vean que me divierte la caza. Trae tus halcones, para que una presa vuelen. Ya voy por ellos. (¡Qué buena ocasión, si no tuviese la contraocasión de que en dándole yo la muerte, le darán la muerte al Duque!). Dime tú, si el campo entiendes, ¿de dónde se tomará mejor el viento? Desde este risco que cae sobre el mar. Dices bien, y que a él me acerque será acertado. (Fortuna mis intentos favorece. ¡Oh, si entendieran la seña los de mi barca!). ¿Qué emprendes con esa seña, villano? Yo me entiendo y Dios me entiende. ¿Todavía la prosigues? Soy un simple; no, no tiene que hacer de mí caso. (Aún no me entendieron). Más parece malicioso que no simple y si a hacer la seña vuelves, te arrojaré de aquí al mar. Pues ¿en qué enojarte puede no más de que yo haga así? (Ya entendieron y ya vienen costeando a la orilla). Mucho; que de tu nación aleve todo pienso que es traiciones. (Responderle me conviene para afirmar que soy yo). No me hagas que te eche, como dije, al mar. Veamos de qué suerte. De esta suerte. Eso es lo que yo quería, pues sin armas llego a verme iguales a ti. Pues ¿cómo tú entre tus brazos me prendes? Como en ellos solicito matarte sin darte muerte. ¿En otro estilo me hablas? Traidor, villano, ¿quién eres? Soy el conde Lucanor. Bien mi elección agradeces, habiéndote hecho en Toscana duque. Si a mí me prefieres por menos fuerte enemigo, más que me obligas me ofendes. Por más fuerte te elegí. Ahí verás lo que me debes, pues te saco verdadero en que elegiste al más fuerte. ¡Traición, traición! dentro. El Soldán da voces. (Su gente viene y mi barca no se acerca). Sale Irifela. ¡Llegad a favorecerle; que le da muerte un traidor! Ya, ¿cómo, ingrato, pretendes no morir? Muriendo entrambos. ¿De qué suerte? De esta suerte. Al mar se arroja con él. dentro ruido, y salen los guardas. Una barca a socorrerles ha llegado. Más ha sido, que es enemiga, a prenderle. Egipto, guarda la vida a Federico si quieres que viva el Soldán, porque morirá uno si otro muere. ¿Quién es aquél que del barco habla? El cazador, parece, simple. El conde Lucanor es; cumplió su hado la suerte, pues del que hoy duque en Toscana es, cautivo llega a verse. Sale Pasquín. Ya están allí los halcones. ¿Con eso ahora, traidor, vienes? Pues ¿qué hay de nuevo? Que en ti es bien la traición se vengue. dentro. No le deis muerte, pues ya está su vida en mi muerte. Que no me den muerte, dice esta voz. A ella agradece la vida. Vamos a ver lo que disponer conviene. Vanse. Dígame usted, pues lo sabe todo, ¿qué ruido es aqueste? Ven conmigo y lo sabrás, pues desde aquí llega a verse la tienda de Rosimunda, donde es fuerza que me acerque. Vanse, y salen Astolfo y Casimiro, Rosimunda y las damas. Más agora en reportarme que en empeñarme me debes. Ya que a no embestir reduces mi furor, di, ¿qué resuelves? Que volvamos desairados, y no la vida nos cueste de mi padre una vitoria. ¿Esto los astros consienten? ¿Esto los hados permiten? dentro ruido. ¡Qué rigor! ¡Cielos, valedme! ¿Qué estraño ruido en la orilla del mar se oyó? De una breve embarcación que, impelida de los embates crueles, dio al través entre esas peñas un hombre al parecer viene luchando a brazo partido con ondas y espumas leves, con otro en los brazos. ¿Quién puede ser? ¡Jesús mil veces! ¿Quién eres, prodigio? Soy quien a esas plantas ofrece, ya que a Federico no, como te ofrecí valiente, al Soldán; y, pues cautivo hoy en tu poder le adquieres, a Federico te doy, con que, haciendo agora el trueque al canje de su persona, vendré a ser el que merece tu mano, pues mi palabra he cumplido de no verte hasta que te dé a tu padre y aquí en el Soldán le tienes. Es verdad; y, pues ninguno resistir al hado puede y su persona es el precio de la mía, manda en breve que alguien con aqueste anillo por él a la torre llegue. Ve, Roberto; y tú, los brazos me da, Lucanor, mil veces, aunque Estela se desmaye. Ya no haré sino quererle como a dueño tuyo y mío. Mis sentimientos consuele, ya que no la logre yo, el ver que Astolfo la pierde. Que no sea Casimiro su dueño, mi dolor temple. Y pues la palabra di que el que a tu padre te diere me había de ver a su lado, la he de cumplir desta suerte: dame, Lucanor, los brazos. Todos es justo ofrecerle por tal acción alma y vida. Salen Federico y Roberto. Ya aquí a Federico tienes. Hija, ¿qué ventura es ésta? La que a Lucanor le debes. ¿Al que de cobarde había huido el rostro? Una y mil veces me da, Lucanor, los brazos. Humilde a tus pies me tienes. Yo quedo tan consolado de que mi consejo acierte que le quedo agradecido a que él me le desempeñe. Pues lo que fue hasta aquí guerra, sea ya paces alegres. Con que El conde Lucanor será feliz, si merece... que de los que a otros sobraren algún víctor se le preste.